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PLAN DE VUELO GENERAL

PEMIS

BIENVENID@S

El modelo pedagógico de la Misericordia es una novedad en el


campo de la pedagogía y al mismo tiempo representa uno de los
modelos más antiguos que se remonta a la época de Jesús, quien
diseño, tal como lo contemplamos en la Palabra de Dios, una
metodología para acercarse y dar a conocer el mensaje del Reino.

PRÓPOSITO

Al finalizar el estudio del diplomado PEMIS, los estudiantes iluminados por


la Palabra de Dios y cada uno de los conocimientos adquiridos, asumen
con radicalidad la vocación y misión de discípulos del Reino, para aportar
en la transformación social, como personas líderes, comunitarias, críticas
y trascendentes.
PLAN DE VUELO MODULO 2

BIENVENID@S

En este segundo módulo, contemplaras todos los elementos y teorías


que fundamentan el modelo PEMIS y le ofrecen bases sólidas a la
construcción y reflexión científico - pedagógica. Es de vital
importancia que reflexiones y comprendas el contenido de este
módulo ya que servirá como sustento en la aplicación del modelo
pedagógico de la Misericordia, ya sea a nivel pastoral y/o educativo.

PRÓPOSITO

Al finalizar el estudio del segundo módulo de la PEMIS, los mediados


iluminados por la Palabra de Dios e instruidos por los aprendizajes
adquiridos, identifican cada uno de los elementos y teorías que
fundamentan el modelo pedagógico de la misericordia.
METODOLOGÍA

VER A: cuando encuentres este dibujo, comprenderás que nos referimos a la fase del
VER, esto quiere decir que en un primer momento debes hacer conciencia de tus conocimientos
previos en torno al tema.

SENTIR CON: Al llegar a este momento, debes tener una mentalidad abierta,
dispuesta a aprehender y des aprehender, dispuesta a romper antiguos paradigmas. En este
espacio conocerás la temática a profundidad.

ACTUAR POR: Este momento se refiere al espacio en el cual dentro del módulo se
evaluará el aprendizaje con diversas estrategias.
TABLA EVALUATIVA DEL PROCESO:

Esta tabla evaluativa es una propuesta para el mediador, quien está en plena libertad de
modificarla y cambiar la actividad de los foros por cualquier otra herramienta que permita la
interacción.

UNIDAD 1 15%
FORO 5%
UNIDAD 2 20%
MODULO 2 UNIDAD 3 25%
FORO 10%
UNIDAD 4 20%
Autoevaluación 5%
ACTIVIDADES Y COMPETENCIAS
UNIDAD ACTIVIDAD EXCELENTE APROBADO DEFICIENTE

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respondiendo la Misericordia
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CUATRO a la siguiente
FUNDAMENTACIÓN pregunta
TEORICA ¿de qué
manera
aportan cada
una de las
teorías
presentadas
al modelo
pedagógico
de la
misericordia?
MAPA DEL MODULO

DIPLOMADO PEMIS

UNIDAD 1: DIMEN SIÓN


HERMENEUTICA

UNIDAD 2:
FUNDAMENTACION
MODULO 2 BIBLICA A. T
SOBRE ROCA UNIDAD 3:
FUNDAMENTACION
BIBLICA N.T
3.1- Pedagogía de Jesús
UNIDAD 4: 3.2 constuctivismo
FUNDAMENTACION
TEORICA 3.3 humanismo
3.4 MEC
UNIDAD 1

DIMENSIÓN HERMENEUTICA

HERRAMIENTA LA MALETA DE VIAJE

Debes buscar en diversas fuentes el significado de la Palabra Hermenéutica,


dibujar una maleta y escribir dentro de ella los resultados de tu búsqueda.
Debes volver durante el estudio de esta unidad a lo investigado.

¿Desde dónde vamos a educar, cuáles serán nuestras claves de lectura? El hecho
educativo es un que-hacer y co-hacer de una comunidad de fe, que, haciendo una lectura y
permanente relectura de los acontecimientos, asume un compromiso transformador de la
realidad. Por lo tanto, es difícil decir qué es primero, ¿el contexto en que educamos, el hecho
educativo mismo que emprendemos, o la comunidad de fe que asume tal proceso educativo
como lugar teológico privilegiado? En realidad, son elementos que coexisten e interactúan, pues
tienen una unidad esencial.

El contexto en el que educamos

Cada época, cada situación histórica, representa una realidad compleja que apareja límites y
posibilidades. Muchas veces tendemos a percibir nuestro contexto con una lente que nos oculta
la realidad, las lecturas superficiales generalmente sólo nos muestran de nuestro tiempo las
dificultades, pero siempre la realidad está preñada de oportunidades, posibilidades nuevas a
explorar y actualizar.

Hablar de nuestra realidad hoy es hablar de "globalización", pero este fenómeno es tan
complejo que las categorías de análisis que poseemos son insuficientes. La globalización no
puede ser encuadrada ni en las categorías de Weber ni en las de Marx de análisis de la realidad,
este estar sin herramientas de comprensión señala la complejidad y agrega inseguridad a
quienes pretendemos "ver, juzgar y actuar" de un modo crítico en el mundo actual.

A continuación, planteamos someramente algunos rasgos de este contexto socio político


económico y cultural:

Son de todos nosotros conocidos los efectos de la mundialización de la economía, el


empobrecimiento creciente y la sistemática exclusión de cada vez mayor cantidad, de personas
de una existencia humana digna y con sentido. La revolución de la comunicación y la información
crea nuevos vínculos entre los pueblos, suscitando la conciencia de pertenecer a una humanidad
que está arriesgando lo mismo. Esas nuevas tecnologías ahondan divisiones dentro de la
sociedad y entre las sociedades, entre quienes tienen a su alcance y pueden utilizarlas y quienes
su pobreza se las hace inaccesibles.

Los países fuertemente endeudados se encaran con la presión de los programas de ajuste
estructural para poder pagar los intereses, perjudican severamente a los pobres reduciendo los
gastos en educación, salud y bienestar público. Se calcula que en 1999 la deuda de América
Latina alcance 706 mil millones de dólares. Sólo por el concepto de servicio de su deuda externa,
la región pagó entre 1982 y 1996 la cantidad de 739 mil millones de dólares, es decir, una cifra
superior a la deuda total acumulada.

La sociedad moderna, con su política de mercado libre, somete al hombre a la competitividad,


crea la necesidad de individuos capaces para asumir el modelo económico del país, lo
importante es "hacer', es una mentalidad exclusivamente productiva. Se concibe al hombre
como simple instrumento, en los planes cotidianos como en los macros, y no como lo que es: fin
de todo lo que acontece.

Se le niega al hombre su derecho a desplegarse con libertad en su entorno propio y compartido,


no se respeta su unicidad ni la diversidad humana. Las transnacionales y los medios de
comunicación están moldeando el gusto de los consumidores, y están creando una cultura
global homogénea. Está haciendo falta la afirmación vital de que somos únicos y distintos y por
lo tanto la tolerancia es una exigencia en la relación de personas y pueblos sometidos a la
violencia.

La familia se siente incapaz de asumir sus roles, pareciera que la escuela debiera asumir la
responsabilidad total de la formación de los niños y jóvenes. Los niños víctimas de la violencia
son cada vez más, y sin embargo constituyen el potencial más valioso de nuestros pueblos.

La UNESCO afirma que el objetivo último del desarrollo es mejorar la condición humana: "La
pobreza, el desempleo, el hambre, la ignorancia, la enfermedad, la miseria y la exclusión social
son males absolutos. Peor aún, se ven reforzados por actitudes y hábitos culturales estrechos
que conducen al egoísmo, a los prejuicios, a las tensiones sociales y conflictos violentos. Estos
son obstáculos que inhiben el progreso. Ha llegado la hora de eliminarlos". Los mismos países
que hablan de políticas de ajuste afirman que la educación es el eje del desarrollo humano, ¿qué
responsabilidad se le está hoy asignando a la educación?

La educación ha tenido en estos últimos tiempos visitas redentoras de los avances de la


investigación educacional más reciente como son: la interdisciplinariedad, teorías de sistemas,
transversalidad, aportes de las corrientes constructivistas, proyectos institucionales, currículos
diversificados, conexión teoría práctica, trabajo en equipo, relaciones con la comunidad, redes
institucionales. Se amplían programas y nuevas formas de educación permanente y a distancia;
constatamos diversidad de ofertas y medios para satisfacer la demanda de educación, pero es
un hecho innegable que la desvalorización práctica de la educación persiste en nuestros países;
la situación del maestro, económicamente maltratado socialmente desvalorizado y
profesionalmente frustrado es una muestra.

La globalización es una transformación de las fuerzas productivas que mueven a la sociedad,


basada en una nueva forma de conocimiento. Algo ya se ha mencionado, estamos ante una
nueva forma de comunicación basada en una nueva tecnología. Esto ha llevado a una nueva
escala de relaciones sociales, no se trata ya de la escala local o nacional, sino de una mundial.

Se ha hecho famosa la expresión "aldea global" para referimos a nuestra sociedad globalizada,
intercomunicada e interdependiente. Estamos conectados, esta es nuestra nueva realidad.
Asistimos por primera vez en la historia a una multiculturalidad increíble que podemos ver (por
medios tecnológicos o directamente ya que los viajes son cada vez más frecuentes y accesibles),
a la vez que a la imposición, por los medios de comunicación - valoración, de una hegemonía
cultural más fuerte, al ser más sutil, que la impuesta en otro tiempo por la colonización.
Tenemos necesidad de una concepción alternativa de la realidad desde la educación y de una
educación cristiana alternativa. Necesitamos tener el coraje de sentimos libres para hacer algo.
(UNESCO).

Por otra parte, es necesario insistir en que la globalización no es un fenómeno meramente


económico. Globalización y neoliberalismo no son términos intercambiables. La globalización es
un fenómeno de toda la sociedad. El neoliberalismo es una forma de administrar
económicamente la globalización, no es el único posible, ni es inevitable.

También se ha mencionado al describir la realidad, cuánto se han profundizado las diferencias


sociales, al punto de que son de uso corriente en nuestro vocabulario los términos "incluidos" y
"excluidos". En un mundo globalizado, en esta aldea global, ya no hay ricos y pobres, poderosos
y débiles, simplemente hay quienes consumen, pueden y en definitiva existen y, quienes no
tienen ni pueden nada, no cuentan, son desechables, no existen y, más aún es bueno que no
existan.

El sistema fabrica excluidos y se cuida muy bien de señalarlos como indeseables y peligrosos
para los que tienen el privilegio de estar incluidos, privilegio que deben cuidar y, por lo tanto,
defender.

 EL HECHO EDUCATIVO

Cuando hablamos de "hecho educativo" lo hacemos en un sentido muy amplio que asume,
incluyéndolas, otras expresiones tales como "proceso educativo", "relación educativa", "acto
educativo", "intencionalidad educativa", "triángulo educativo", entre otros. No obstante, esta
amplitud del término que usaremos, es importante partir señalando cuál es nuestro imaginario
al tratar el tema.

Quizá sea innecesario decirlo, pero para evitar sobreentendidos digamos que el concepto de
aprendizaje y hecho educativo que estamos manejando comprende todo el ámbito de la
Educación. Partimos de una visión de fe y por tanto de una concepción antropológica cristiana
que va a marcar una orientación persona lista de la educación y del aprendizaje.

Nosotros partiendo de la revelación y de la filosofía personalista y de la antropoteología del


Concilio Vaticano II, proponemos la siguiente caracterización del Hombre:

HOMBRE = VARÓN - MUJER = PERSONA

 No definible porque no es objeto.


 Creatura, hijo del Amor de Dios y de su voluntad creadora.
 Realidad única, singular, de ahí la eminente dignidad de toda persona.
 En cambio, en proceso abierto siempre, hasta la muerte- resurrección.
 Inabarcable en ninguna categoría - Inagotable
 Auto-trascendente, abierto a lo otro distinto de sí y al Otro por excelencia. Capaz de
entrar en diálogo de amor con Dios.
 Relacional, no es sino en relación con otros, con el medio, con la historia.
 Libre, autónomo, capaz de autodeterminación y auto- creación.
 En situación, encarnado en un aquí y un ahora que son límite y oportunidad a la vez. En
tensión permanente entre lo que es y lo que quiere y se propone ser.
 Apelable, sensible a las interpelaciones y capaz de respuesta - Disponible,
 Homo sapiens - Homo demens. Racionalidad y locura, sabiduría y exaltación...
 Con voluntad de sentido, en búsqueda permanente de encontrar y dotar de sentido su
vida, su historia, su mundo.
 Palabra y presencia. Capaz de simbolizar, nombrar, describir, expresar y comunicarse.
Pero no sólo comunica su palabra, su mera presencia lo hace.
 Capaz de valorar, apreciar, discernir, juzgar y responder por sus opciones.
 Capaz de amar, hasta dar la vida.

Resumiendo todo lo anterior podemos afirmar que:

LA PERSA = MISTERIO

Partimos de una antropología profundamente optimista, el hombre creado por Dios es capaz de
Dios, lo dice míticamente el Génesis: el soplo divino en su rostro lo pone de cara a la
trascendencia. Este hombre creado a imagen y semejanza de Dios, visto por su creador como
muy bueno", en tanto que libre se va haciendo a sí mismo en opciones y compromisos en las
coordenadas espacio temporales que le tocan.

El hombre es la única creatura capaz de hacerse, de construirse a sí mismo en su praxis; se


humaniza o deshumaniza. Este autoconstrucción implica que su relación con toda la realidad,
también con Dios, está atravesada por la libertad y el ensayo; la relación dialogal del hombre
con Dios tiene altibajos, progresos y retrocesos, acercamientos y alejamientos, como lo muestra
la historia del pueblo elegido. Pero esto es buena noticia, nos habla de que el hombre es
verdadero interlocutor de Dios y no mero títere.

Hacer teología es partir del presupuesto existencial de que Dios y el hombre se comunican
verdaderamente, se conocen y se aman como personas y por lo tanto toda la relación está
atravesada por la libertad y por el misterio. La afirmación de la libertad humana es irrenunciable,
decir sí a Dios, creer y hacer la experiencia de la libertad es una misma cosa; al mismo tiempo la
libertad se define en la acción, está orientada a la acción.

Esta libertad está ligada a nuestra antropología básica: somos deseo. El destino del hombre es
ser carencia, apertura, capacidad de acogida. La vida, nos dice el relato de la creación, nos viene
de fuera, de la respiración de Dios, somos de " condición deseante". Este deseo es bueno
procede del proyecto de Dios de crear alteridad; es posible porque hay alteridad, pluralidad,
porque somos inacabados. Dios nuestro Padre, educa el deseo del hombre asediado por los
ídolos, por fascinaciones diversas y lo va llevando a discernir, a través de los profetas, su rostro.

Cultivar el deseo es una gran tarea educativa, es suscitar inquietud que mueve a la superación,
a las grandes cosas; es importante cultivar el deseo para una capacidad de opción, de vivir en
libertad. El niño, el joven tan expuesto a la fascinación y por lo mismo tan manipulado, necesita
renovar la fuente de sus deseos y que los ayudemos a formular su verdadero deseo. Más aún la
sensibilidad ante la propia conciencia -el fondo de nosotros mismos- mantiene siempre abierta
la comunicación de nuestra libertad con la de Dios.

Aceptamos como personas libres y llenas de deseos supone aceptamos llamados a discernir y a
optar permanentemente desde referentes claros de valor.

Es necesario aclarar que si definimos a Dios y a la persona humana como misterio, no en el


sentido de algo oculto, sino como plenitud, como inagotable fuente de novedad, sorpresa,
maravilla, entonces nuestra teología toda y la educativa en particular, deberá respetar esto y ser
abierta, capaz de reformulación, dispuesta siempre a abandonar una verdad más pequeña por
una más rica y grande.

De otro modo, afirmar que la persona humana es misterio en el sentido de algo fascinante,
inefable e inagotable, y que lo es porque el Espíritu Santo habita en ella, nos implica como
educadores estar dispuestos a "entrar descalzos" en esta tierra sagrada de los niños y los jóvenes
que educamos, como Moisés tuvo que descalzarse para pisar el suelo sagrado desde el cual Dios
lo llamaba. Desarrollaremos esta idea más adelante.

Si partimos admitiendo la definición de aprendizaje como la modificación relativamente estable


de la conducta a partir de una experiencia nueva, en una concepción personalista cristiana el
aprendizaje será significativo (es decir relevante, con sentido, en la doble comprensión del
término: 1. Cargado de contenido, significante, y 2. orientado, con un norte), en tanto implique
un cambio no meramente conductual, sino en y de la persona.

De lo anterior resulta que para nosotros aprendizaje significativo, sería sinónimo de


humanización, de personalización, de realización plena de la vocación humana; de algún modo
aprendizaje sería, conversión, pasaje de modos menos humanos a modos más humanos de ser,
vivir y relacionarse (en tanto el hombre es un ser esencialmente relacional).

Otra consideración previa, cuando pensamos en el hecho educativo lo concebimos como un


proceso intencional y deliberado (vale decir consciente, libre y voluntario), por el cual se
provoca, induce, suscita esa experiencia nueva capaz de modificar, significativamente la
persona, Implica una praxis, es decir una relación dialéctica entre reflexión - acción, que supone
a la vez un continuo aprendizaje conversión para quien educa.

El proceso educativo del que hablamos consiste y exige una interacción personal educador -
estudiante, en el cual nos educamos mutuamente, es decir nos hacemos, mutuamente
personas, nos humanizamos. Lo desarrollaremos más adelante, pero desde ya es bueno decirlo:
no educamos sin involucrarnos, sin encuentro de personas, de varones y mujeres enteros, es
decir de cuerpos, de conciencias, de voluntades libres, de inteligencias y de afectos.

En este Módulo nos proponemos señalar el horizonte hermenéutico, vale decir ¿Desde dónde
vamos a leer el hecho educativo? En primer lugar, lo leemos desde la encarnación. El educador
cristiano, inmerso en una realidad concreta, parte para su misión de una teología y espiritualidad
de encarnación, Y esto ni más ni menos porque ser cristianos es seguir las huellas de Jesucristo:
"Siendo Él de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de
sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo como
tal" (Filp.2, 6-7).

Por la encarnación el Hijo de Dios entra en la historia y la convierte en historia de salvación. El


Hijo asume lo que hay de debilidad y pobreza en lo humano para hacer visible la misericordia de
Dios, su predilección, desde el reverso de la historia, Es nuestro seguimiento y, más aún, nuestra
identificación progresiva con el Hijo del Dios vivo que nos van a llevar a vivir en profundidad el
compromiso bautismal. La kénosis es el paradigma de la educación, es la forma en que Dios
entra en la historia y empieza a educar al hombre. "la Palabra se hizo carne y habitó entre
nosotros" (Jn. 1, 14).

Dios se hace semejante, cercanía, supera toda separación, entiende y obra desde dentro del
hombre, asumiendo su realidad lo conoce, lo ama, lo sirve. Del mismo modo quien pretende
educar asume el misterio del hombre, su fragilidad y su grandeza, sus límites y sus posibilidades,
sus abismos y sus cumbres, para acompañarlo en un proceso de hacerse semejante a Dios. La
educación desde la clave de la encarnación propenderá a desarrollar en la persona su dignidad
de origen en comunión con otros seres, ayudará a hacer emerger lo más humano, personal y
socialmente, para acrecentar la comunión interhumana y formar una sociedad solidaria y
reconciliada.

Por el misterio de la encarnación reconocemos el mundo y la historia como lugar teológico,


donde vamos encontrando a Dios en cada acontecimiento, en cada rostro, en cada cultura, en
el aula, en el niño y en el joven que educamos. El Hijo de Dios se anonadó a sí mismo para
divinizarnos, y claramente optó por los pobres y excluidos de su tiempo. La educación hoy entre
nosotros los cristianos, tiene un desde dónde definido, el mismo que eligió Jesús.

Es desde los pobres y excluidos de hoy donde se nos pide cambiar la historia, desde ellos y con
ellos, no a la manera mesiánica de otros tiempos. Por aquí anda la dimensión profética de la
educación de nuestros días. Para nosotros no hay desechables, sólo hay seres humanos. Pero
quizá sean estos también tiempos sapienciales. El hecho educativo a partir de la encarnación y
del asumir esta nuestra compleja realidad, deberá realizarse desde la clave profética en tensión
con la clave sapiencial. El educador deberá tener la sabiduría para saber cuándo gritar y cuándo
callar, cómo educar desde los pobres y con ellos en un tiempo de trabajo silencioso y muchas
veces invisible a los ojos del mundo, pero sin arrear banderas.

Otro aspecto a enumerar en estas consideraciones hermenéuticas es la historicidad del hecho


educativo: se trata de un hecho que tiene lugar en un tiempo y un espacio concretos. Nos
hacemos mutuamente personas en la historia y es en ella que educamos, en el "aquí y ahora"
que nos toca vivir.

Pero por otra parte es importante señalar que este aquí y ahora no son coordenadas estáticas,
aquellas famosas formas a priori kantianas. 'Proponemos concebirlas como categorías
dinámicas y en términos de participación en su gestación. Se trata de un aquí y un ahora que
nos hace pero que también hacemos, que nos determina pero que también responsablemente
determinamos con nuestra praxis.

El hecho educativo lo entendemos como una praxis liberadora (Medellín) y transformadora de


la persona y de la realidad. No hay educación sin transformación, lo veíamos antes al definir el
aprendizaje como proceso de humanización. Esta praxis educativa supondrá una reflexión y
acción, y así dialéctica mente, que lleve a establecer nuevas formas de relación entre "saber" y
"poder'. El saber es un empoderamiento, es potenciar, dar posibilidades. Pero este
empoderamiento que otorga el saber no puede estar exento de un orden axiológico. A la inversa
sólo puede acceder al saber hoy quién tiene poder, de ahí la importancia del desde dónde que
enunciamos antes (desde los pobres y excluidos).

La praxis transformadora de la educación exige hoy también un reposicionamiento de sujetos e


instituciones y de las relaciones entre ambos. La fuerza del Espíritu nos urge a un compromiso
educativo serio y radical. La realidad y la vocación nos llaman a estar presentes, de modo activo
y significativo, en la construcción de una historia diferente.

De ahí que otra clave de lectura del hecho educativo sea una reflexión pedagógica crítica. No es
tiempo de meras buenas intenciones, sino de profesionalismo.
El educador cristiano debe ser un profesional que asuma y arriesgue permanentemente de
modo crítico las nuevas pedagogías. El trabajo y la reflexión en equipo le permitirán explorar,
confrontar, crear, innovar y arriesgar responsablemente en este campo.

HERRAMIENTA DE ACTUAR POR (EVALUACION): Luz del saber

Dibuja una vela con no menos de 3 y no más de 5 rayos de luz y con unas cuantas
gotas de cera derramadas.

Aprendizajes
significativos
Tema
central

No me gusto o
no comprendí

EL HECHO EDUCATIVO, LUGAR TEOLÓGICO

Desde la teología de la creación, y más aún desde la teología de la encarnación, todo lugar
humano es lugar de Dios, lugar donde se manifiesta y nos revela su proyecto salvífico de amor.
La gloria de Dios es que el hombre viva, o el hombre viviente es la gloria de Dios, se ha traducido
más o menos así este hermoso descubrimiento de san Ireneo. Sin lugar a dudas, entonces, el
hecho educativo como proceso de humanización o plenificación del hombre es un lugar
privilegiado desde donde Dios se nos revela hoy.

 El hecho educativo como aprendizaje permanente

El aprendizaje supone siempre ruptura y novedad o nueva construcción, vale decir que aprender
implica siempre desaprender. De otra manera lo dijimos antes, se trata de pasar (no
casualmente) de formas menos humanas a formas más humanas de comportamiento y de vida.

Pero lo importante en esta aldea global y en esta sociedad del conocimiento en la que estamos
metidos, será aprender a aprender, y, por ende, a desaprender, toda la vida y en todas las
dimensiones de la vida. Educar en este ejercicio es humanizar y humanizarse. La historia de
salvación nos muestra a Dios como el maestro que no descansa, que no duerme sobre los
aprendizajes de su pueblo, siempre le enseña y le exige más.

Le entrega y enseña la Ley cuando el pueblo la necesita, y lo desafía cuando se instala en ella,
exigiéndole superarla: "el sábado es para el hombre y no el hombre para el sábado"; "habéis
oído... pero yo les digo...", "les doy un mandamiento nuevo..." Sólo una estrecha y vetusta
concepción de Dios nos dice de Él que es inmutable, ese es el concepto griego y no semita de la
divinidad, nuestro Dios es vivo y trino, es relación de amor entre personas, y toda relación
amorosa es dinámica y creativa, jamás estática.

La educación supone un proceso permanente, dinámico, nunca concluido, siempre abierto a un


plus. La persona humana, creada a la imagen del Dios Trino, no tiene límites a su crecimiento y
a su cambio, está creada para perfeccionarse en comunión con los otros desde su concepción a
su muerte, en todas las dimensiones: biológica, psicológica, social, trascendente.
Nuestra concepción del aprendizaje supone también conflicto y superación del mismo a través
de un crecimiento o maduración. Si construir supone deconstruir, si aprender supone
desaprender, lo que me anima a desaprender es el conflicto. Sin conflicto, entonces, no hay
aprendizaje, no hay construcción, no hay humanización. La historia es conflicto, es tensión
permanente entre fuerzas que tienden a lo viejo y fuerzas de cambio, entre fuerzas opuestas y
multidireccionales. EI hecho educativo es un fenómeno histórico y social, que se desarrolla en
medio de las crisis, y que no podría darse fuera de ellas, no sería un hecho, sino una mera
abstracción.

Nuestra sociedad nos coloca permanentemente en situaciones de conflicto a resolver, pero a la


vez no nos prepara para asumirlo. Es papel de la educación el desmitificar el conflicto, quitarle
la peligrosidad, la amenaza de desintegración que conlleva, y mostrarlo como motor de
crecimiento.

Será nuestro papel acompañar al niño o al joven a enfrentar la ansiedad que produce el conflicto,
a enseñarle a convivir con las tensiones y, más aún, a desearlas y mantenerlas para de ese modo
asumir compromisos mayores. Por ejemplo, construirse éticamente supone asumir la tensión
entre la dimensión histórica y la axiológica, ambas irrenunciables. En la experiencia dolorosa,
pero no paralizante ni desestructurante, de la distancia entre mi realidad y mi utopía, es que me
comprometo y avanzo en un proyecto de vida humanizante.

Es en el conflicto entre lo que en conciencia (Gaudium Spes, 16) percibo como bueno o como
malo, como justo o como injusto, o en el conflicto entre opciones que comportan siempre
valores, a veces buenos y deseables, pero incompatibles simultáneamente, donde aprendo a
tomar decisiones, a construir.

Un auténtico aprendizaje es el que llamamos significativo, ya lo mencionamos, ahora


ahondamos más. El hombre de hoy vive enfermo y muere de ausencia de sentido. Esta
enfermedad quizá existió siempre, pero obviamente se ha hecho endémica en este siglo.

Una auténtica educación será aquella que conduzca al hombre de hoy, varón y mujer, a
descubrir el sentido de su vida y un sentido para vivir y para morir.

La búsqueda de sentido se convierte en camino de salvación para la persona y para la sociedad.


Sin sentido no vivimos una existencia humana, mal sobrevivimos. Sin sentido no nos construimos
éticamente, a lo más pasaremos por la vida como cumplidores de normas ajenas. Sin sentido no
alcanzamos la vocación humana: nos realizamos, no nos humanizamos, no podemos siquiera
intentar ser felices.

Es necesario descubrir el y los sentidos que validen nuestra existencia. De este modo seremos
capaces de dotar de sentido todas y cada una de nuestras opciones y pasiones (de pathos,
aquello que no elegimos y por tanto padecemos), las pequeñas y las grandes dificultades, los
fracasos y los nuevos intentos, tomar decisiones libres y comprometidas, luchar y arriesgar, vivir
la propia vida y no mal vivir una existencia vacía e impuesta.

En algún momento de la vida la persona debe realizar una opción fundamental y fundante, se
trata de una elección axiológica decisiva y unificante, en tomo a la cual se organizarán a lo largo
de su vida las nuevas opciones, que reforzarán o minarán la opción fundamental. La opción
fundamental imprime dirección y valor a la vida, refleja el sentido de ella y a la vez le confiere
sentido.
La educación hoy, quizá más que nunca, tiene el desafío de contribuir eficazmente a generar
sentido para el joven. Un sentido que haga de la vida algo digno de ser vivido, un sentido que le
recuerde la maravilla y la gratuidad de la vida, un sentido que lo ponga de frente a la
responsabilidad de estar vivo, de ser consciente, y libre, de ser una creatura amada de Dios.

El aprendizaje supone, exige, una pedagogía de la esperanza. No hay cambio, no hay novedad,
no hay posibilidad de generar sentido, sin un horizonte que apenas entrevemos, pero hacia el
cual apuntamos y caminamos. Sólo puede ser educador un varón o una mujer porfiadamente
esperanzados y capaces de suscitar esperanza en sus educandos.

Una pedagogía de la esperanza será paciente y exigente a la vez, tierna y misericordiosa como
la de Jesús, e iracunda y subversiva como la de los profetas, caminará lentamente junto a los
cojos de este tiempo, pero no dejará de invitarlos y animarlos a volar, a soñar y a "disoñar" una
nueva realidad.

 El hecho educativo como liberación integral

Educar es liberar, "la verdad los hará libres". Y es maravilloso que cuando Pilato quiere provocar
a Jesús preguntándole "¿qué es la verdad?", Jesús calla. La verdad hay que buscarla y buscarla
juntos, Jesús percibe que la pregunta de Pilato no es auténtica, que él no está dispuesto a buscar
la verdad, quiere sólo una receta hecha para desechar, valga la redundancia.

Para la búsqueda de la verdad liberadora, a nivel educativo hace falta incentivar y posibilitar la
interioridad, los espacios de silencio, ya la vez posibilitar la actitud dialogal con grupos naturales
donde la confianza mutua de lugar a la apertura y permita el contraste de ideas para comprender
mejor la realidad. (VIRTUAL, 2016)

El objetivo de la liberación es la construcción del hombre nuevo en un mundo también nuevo,


la construcción de la fraternidad evangélica, la instauración de un sistema más justo en las
relaciones humanas, la verdadera paz será el fruto de estas nuevas relaciones.

Cada vez que celebramos la Eucaristía proclamamos a Jesucristo como Señor y liberador de la
historia, y, como comunidad, nos comprometemos a rechazar como anti-reino todo tipo de
opresión que impida al hombre la realización de su personal y comunitaria vocación humana.

Cada vez que participamos de un proyecto educativo, que entramos al aula, que compartimos
espacios con niños y jóvenes, cada vez que buscamos alternativas con nuestros colegas
educadores, hacemos realidad ese compromiso en nuestra praxis liberadora.

La educación libera nuestras posibilidades escondidas, desvela aquello que estaba oculto, abre,
ilumina, deja ser al ser que somos auténtica mente y que, sin esa experiencia educativa
mediadora, permanecería desconocida, larvada, abortada. De ahí que la verdadera educación
sea siempre liberadora.

La creatura humana es un ser complejo, multidimensional, promesa, si hablamos de educación


integral es porque nos interesa todo ese misterio humano de posibilidades inéditas, porque nos
interesa desatar, permitir ser a todo el ser. La encarnación implica redención, valoración, de
toda la persona, de ahí que la educación desde la perspectiva de la encarnación necesariamente
deba tender a la liberación integral.

El hecho educativo es liberador en tanto que subvierte el concepto de poder que domina,
excluye, segrega y discrimina para recoger el sentido auténtico del poder como potencialidad
que permite querer, hacer, en definitiva, ser. Se trata de una educación liberadora que redefine
el poder y lo recoloca en los protagonistas.

Continuando en la misma línea, el hecho educativo es liberador en tanto sea constructor de


verdadera equidad. Redescubrir a Dios como Padre nos lleva a un intenso sentido de fraternidad
y a un radical compromiso evangélico por la justicia.

El término equidad en nuestro tiempo tiene connotaciones ambiguas. Cuando nosotros lo


utilizamos no pensamos en la demagógica "igualdad de oportunidades" que difícilmente es
posible, pensamos más bien en una discriminación positiva, garantía de la igualdad real que
corresponde a la eminente dignidad de los hijos e hijas de Dios.

Construir la equidad supone asegurar el respeto, pero previamente el reconocimiento y la


aceptación de la existencia y, más aún, del derecho a la existencia, de sexos diferentes, culturas
y pueblos diferentes, capacidades y ritmos diferentes. Este reconocimiento de la alteridad, de la
otredad, es la única plataforma posible para la equidad que no sea ni homogeneización ni
manipulación opresora.

En la práctica educativa esto lleva en un primer sentido a derrumbar mitos de superioridad de


un sexo, una cultura, una etnia, así como el de la homogeneidad en el aula que simplemente es
desconocimiento de las realidades personales y concretas.

En un segundo sentido, lleva a un respeto de las diferencias como elemento de riqueza y


crecimiento personal y social; a un análisis de las causas profundas de todas las formas de
discriminación y exclusión; a una apuesta al diálogo, a la libertad de ser y expresarse y a la
integración -comunión.

El hecho educativo nunca es un hecho privado, aislado, individual. El hecho educativo es por su
propia naturaleza un hecho comunitario, el educador siempre tiene detrás y consigo, una
comunidad educante, una sociedad, una Iglesia, un pueblo todo, que lo sostiene, acompaña,
anima y exige. De ahí tantas veces nacen las dificultades de responder a ese pueblo, a esa Iglesia,
a esa comunidad concreta. De ahí las tensiones y conflictos con los cuales convive el educador y
lo desafían siempre más.

Dios para entrar en relación de amor con el hombre elige un pueblo, a él se va manifestando, a
él lo educa a lo largo de la historia, toda la pedagogía de Dios nos muestra siempre la relación
humana como espacio de libertad u opresión, de humanización o deshumanización.

San Pablo decía ya que nos salvamos en racimo, sin embargo, es hoy cuando tomamos
conciencia cada vez mayor de la estructura interpersonal, dialogal, de la persona humana, cuyo
verdadero ser se realiza en el encuentro con los demás. Es quizá esta sociedad globalizada e
interdependiente, y, simultáneamente esta sociedad en que la soledad induce a distintas formas
de evasión, la que nos hace patente esta relacionalidad intrínsecamente humana.

El hecho educativo es, entonces, siempre un fenómeno comunitario, pero es también un hecho
mutuo. Ya hemos mencionado la idea de que nos hacemos mutuamente personas en la historia,
en términos educativos hablamos de coeducación. La pedagogía de Jesús es evidentemente
dialogal, de encuentro. Jesús educa encontrándose con la gente, haciéndose presente,
dejándose ver y tocar involucrándose. No hay auténtica educación sin ese involucramiento, sin
ese ser interpelados a la vez que interpelantes, sin ese tocar al otro distinto de nosotros y sin
dejamos tocar. El hecho educativo supone aceptar la mutua vulnerabilidad, supone
simultáneamente recepción y confrontación.
En primer lugar, es necesaria la actitud receptiva: hacer espacio al otro en nosotros para que en
ese espacio de libertad y aceptación incondicional pueda ser quien es, pueda descubrirse como
único, como frágil, como pleno de posibilidades a explorar e inventar. Pero también educar exige
confrontación: no educa quien no se muestra tal como es, aunque no sea la imagen esperada
por el otro, quien no hace visible sus convicciones, pues para que el otro pueda encontrarse a sí
mismo, su sentido de vida para crecer, sus propias convicciones por las que será capaz de vivir y
luchar, es necesario el conflicto, la confrontación que provoca la alteridad de una presencia
madura.

Concebimos también el hecho educativo como servicio, y en esto también siguiendo al Maestro:
"Yo estoy entre ustedes como quien sirve". Del mismo modo el educador cristiano vive su misión
como ministerio de servicio, servicio fraterno y solidario, servicio a quien más lo necesita,
servicio que dignifica, que confiere valor, estima, a quien lo recibe y que humaniza a ambos en
la relación.

Precisamente en una sociedad que privilegia el consumo, la usurpación, la competencia salvaje,


nosotros reivindicamos el hecho educativo como servicio, vale decir como un nuevo orden de
relacionamiento, signo visible y creíble del Reino, de ese Reino que se mueve en la tensión
permanente del "ya, pero todavía no".

Hoy las nuevas generaciones descreen de la palabra como simple sonido o garabato gráfico,
creen sin embargo en los testimonios concretos de entrega sencilla, en las actitudes de
sobriedad y gratuidad del compartir llano.

Por otra parte, entendemos el servicio como expresión del amor, "quién no ama a su hermano
a quién ve, no puede amar a Dios a quién no ve". El servicio es parte del dar, más aún, del darse,
que es el rasgo distintivo del auténtico amor que es siempre pródigo y fecundo.

 El hecho educativo como construcción de una nueva civilización

El hecho educativo, ya fue señalado en el capítulo anterior, supone una praxis transformadora
de la realidad, El término praxis hace referencia a la relación dialéctica entre reflexión y acción,
la teoría y la acción son inseparables, una lleva a la otra y una alimenta a Ia otra, es decir se
retroalimentan.

De ahí la importancia de que el educador tenga iniciativa, sea constructor del currículo, esté
capacitándose siempre para la reflexión crítica y para la búsqueda en común con sus colegas.
Esa reflexión a partir de su propia acción educativa y de la de su equipo de referencia cercano,
lo animará a dar nuevos pasos, a arriesgar un poco más en las futuras acciones, que, una vez
ejecutadas son materia de nueva reflexión crítica y así sucesivamente en una relación que crece
dialécticamente.

Es importante señalar que la acción educativa no es exclusiva de las instituciones de Educación,


si bien ellas se definen a sí mismas por un objetivo educativo. La educación es una acción ejercida
por la sociedad toda, la familia, la sociedad civil, los medios de comunicación, el Estado, ejercen
mayor o menor influencia y lo hacen de modo más o menos intencional cabiéndoles distinto
grado de responsabilidad, pero todas ellas realizan una acción educativa.

Los profesionales de la educación deben tener clara conciencia de esta realidad para mantener
la sana tensión entre la responsabilidad y la gratuidad. En el cambio, en la transformación de la
realidad, en la construcción del hombre nuevo y del Reino, nos cabe una responsabilidad
irrenunciable. Pero, simultáneamente debemos conservar la, humildad y la serenidad de quien
sabe que sólo es parte de una gran comunidad " educadora que lo trasciende y que, además la
historia está movida por el Espíritu.

No asumir la tremenda responsabilidad que nos cabe en este momento, sería caer en la
tentación de la omisión, de abstención, en definitiva, desertar de nuestra misión.

Muchas veces nos creemos todopoderosos y arremetemos, desconociendo la fuerza vital, la


responsabilidad y el valor de la contribución de toda la sociedad en el hecho educativo, nos
conduciría por una parte a la frustración, pero además nos convertiría en franco tiradores
aislados. No sería la acción adecuada, ni axiológica ni estratégicamente. La propuesta evangélica
va por el lado de la comunión y la participación en la gestión de la nueva sociedad que soñamos.
La tarea educativa es responsabilidad de la familia, de los maestros, de la sociedad; así
considerada, los educadores tenemos que asumir una responsabilidad no sólo con la vida del
niño, sino con la vida, con la calidad de vida y la continuidad del mundo que les ofrecemos.

No podemos quedamos sólo como críticos del mundo, negando o rechazando, o como quien
informa asépticamente de él, sino asumir la responsabilidad de hacer acogedor este mundo,
casa para todos.

Visto así, trabajar por la justicia y la paz tiene que formar parte de la cultura escolar y tenerse
en cuenta en la organización de las experiencias de aprendizaje, en su amplio espectro del saber
ser, saber pensar, saber convivir, saber hacer. Supone revisar actitudes, estereotipos, prejuicios,
racismos, comportamientos, no sólo a nivel interpersonal, sino social, nacional, y hacerlos con
la verdad, yendo a la raíz de los problemas, sin negar el conflicto, ni el dolor y confiar en la
capacidad de las personas para buscar soluciones justas y consensos. Para ello una formación
actualizada y una búsqueda disciplinada, trabajar con otros en la creatividad. El trabajo en
colaboración es fundamental, muy poco podemos hacer solos.

La realidad tiene sus desgastes y sus oportunidades, el educador tiene que saber descubrir este
rostro para suscitar responsabilidad social y compromiso con esperanza. Tenemos que ser
educadores de esperanza y para ello reencenderla en nosotros, mantenerla viva. Sin esperanza
no podríamos acompañar a los jóvenes que van perdiendo ilusión o son tentados por la salida
violenta.

Por eso también queremos destacar el hecho educativo como constructor de nuevas formas de
utopía. Sin utopías no hay educación, el educador necesita de un horizonte axiológico que
oriente y sustente su praxis en el día a día. Pero no alcanza con ser conscientemente y
porfiadamente utópicos, se trata además de enseñar a ser utópicos, enseñar a amar la utopía
como única forma de construir las utopías posibles y necesarias para vivir humanamente; la
utopía forma parte de la esencia del cristianismo, la historia humana es siempre un camino hacia
la realización del proyecto de amor de Dios, que Jesús llamó el Reino. La originalidad de Jesús es
que anuncia ese Reino de

amor y de gracia, de justicia y misericordia, como actualidad: "ya está presente entre ustedes",
y simultáneamente como futuro: el reino es regalo de Dios, hay que esperarlo y gestarlo, hay
que pedirlo "venga a nosotros tu Reino", hay que anunciarlo y hacerlo visible: "vayan y anuncien
que el Reino de Dios está cerca". Se trata de la tensión dialéctica ya citada del "ya, pero todavía
no".

En tiempos de Jesús quienes quisieron dar muerte a la utopía matándolo, se encontraron


sorpresivamente con la respuesta de Dios, con su Palabra definitiva sobre la vida y la muerte y
sobre el destino del hombre: la resurrección, "Sepa, pues, con certeza toda la casa de Israel que
Dios ha constituido Señor y Cristo a este Jesús a quien vosotros habéis crucificado" (Pedro en el
primer discurso). La resurrección del crucificado abre un horizonte nuevo y abre una nueva clave
hermenéutica para leer la historia.

Herederos de la utopía levantada para siempre por el propio Dios, los educadores cristianos
estamos llamados a ser testigos existenciales de la resurrección, del hombre nuevo y del mundo
nuevo, y, basados en esta fe, nos comprometemos a ser signos proféticos, lámparas encendidas
de esperanza aún en medio de las tinieblas más oscuras.

La utopía, al decir de Eduardo Galeano, sirve para caminar, la utopía no es un lujo accesorio, es
la que mueve y anima la acción para que sea acción humana y no mero tropismo o impulso
inconsciente. Extrañamente la utopía parece tener el poder de bilocación: anida en el corazón
del hombre, pero este se da cuenta que no le pertenece, no es creación suya, porque siempre
lo trasciende y lo llama desde lejos a un plus inédito y superior; la utopía tironea al hombre
desde dentro y desde lo alto.

Sin utopía la vida no es sino un ensayo para la muerte y el hecho educativo no es sino una alevosa
mentira (alevosa, no piadosa). La utopía no es solamente como decíamos antes inherente a la
esencia del cristianismo, lo es a la esencia humana, desde la impronta de ser imagen y semejanza
de Dios. El mayor robo que le podemos hacer a las nuevas generaciones es robarle el derecho a
la utopía, de ahí la urgencia de la educación de reivindicar este derecho humano por excelencia.

Y hablando de esas nuevas formas de utopía que debemos rescatar a través del hecho educativo,
quizá una de las que hemos venido oyendo hablar más en los últimos tiempos sea la de la
globalización de la solidaridad. Estamos en un planeta globalizado, pero simultáneamente
estamos en un planeta vergonzosamente dividido por un muro mayor que el que ha sido
derribado hace diez años, se trata ahora de un muro invisible pero no menos terrible: la brecha
cada día mayor entre incluidos y excluidos. Frente a esta realidad, que nos desafía ética mente
a los cristianos, no podemos permanecer indiferentes, se tratará entonces de globalizar no ya la
pobreza o la exclusión, sino la solidaridad.

La solidaridad puede constituirse en semilla y fermento de transformación social, se ha dicho


que el tercer milenio será humano si es solidario. La solidaridad hoy implica una sensibilidad y
percepción atenta de la situación de los excluidos y un sintonizar con sus anhelos de liberación
integral. La solidaridad es la caridad de siempre encarnada en el hoy histórico, asumiendo todos
sus desafíos y responsabilidades. Es la caridad que, fiel al seguimiento de Jesús y a las exigencias
de nuestro tiempo, adquiere nuevas expresiones y dimensiones.

Es histórica, porque descubre a Dios en la marcha del pueblo y en los acontecimientos; es social
y comunitaria, porque el sujeto de la solidaridad que urge hoy son las comunidades y los
pueblos; asume una responsabilidad ética y una proyección política, porque está dispuesta a
asumir nuevas alternativas; se vive como opción evangélica por los empobrecidos.

La experiencia de la solidaridad para el cristiano, es expresión de la intensa vivencia de


comunión, que nace de lo que llamamos el "cuerpo místico de Cristo". En la Escritura no
encontramos el término "solidaridad", pero cuanto ella significa se encuentra el término
"koinonía", ésta era vivida y expresada por las primeras comunidades en el tener un sólo
corazón, una sola alma y en el compartir todos los bienes con alegría, glorificando a Dios y
dándole gracias.
El hecho educativo supone la construcción de esta solidaridad que es la expresión histórica del
mandamiento nuevo: "Ámense unos a otros, como Yo los he amado a ustedes"; "En esto
reconocerán que sois discípulos míos: si os amáis los unos a los otros"

La solidaridad es una línea de fuerza se vive con sentido de unidad y compartir, en un mundo de
competición, de lucha por el éxito personal. La comunidad es consciente que ésta es una
práctica con sabor a Evangelio y al mismo tiempo es la única manera de educar.

Hemos hablado ya del Misterio de la Encarnación y de su repercusión en el hecho educativo,


volveremos luego a trabajar en tomo a la espiritualidad del educador y allí partiremos de una
espiritualidad de encarnación, pero aquí y ahora, en este capítulo es necesario señalar que la
consecuencia directa de la encarnación: el hecho educativo es simultáneamente acción de Dios
y acción del hombre.

La concepción cristiana cree en la libertad del hombre, regalo de Dios, y a la vez en que Dios
interviene y mueve la historia. Ésta no le es indiferente a Dios, la ha tomado en sus manos para
llevarla a plenitud, pero sin ahorramos el discernimiento de los signos de los tiempos, el esfuerzo
y la lucha, a fin de que su obra sea nuestra obra.

"La voluntad de Dios al encarnarse es la de que el hombre viva, y viva en abundancia (Jn 10.10),
es expresión sublime de su amor a su creatura y a su sueño para con ella. Esta voluntad de amor
y plenitud para el hombre no lo convierte en un títere suyo, vacío de inteligencia y voluntad
creadora, por el contrario, lo pone en camino hacia una meta y le da la fuerza necesaria para
alcanzarla.

El hombre, precisamente al reconocerse profundamente amado por Dios, emprende su vida


cargada de sentido y la juega a favor del proyecto de vida abundante para todos. En eso consiste,
ni más ni menos, el hecho educativo, en hacer posible para todos, una vida más humana, plena
y abundante, conforme a la dignidad de hijos e hijas de Dios y de hermanos y hermanas de
Jesucristo quien no retuvo para sí la condición divina a fin de encarnarse y ser uno de nosotros,
uno con nosotros.

El hecho educativo es así vivido por nosotros en corresponsabilidad con Dios, La educación
consiste en asumir juntos, educandos y educadores, el reto de la deificación de la humanidad,
educar equivale a asumir juntos, y con Dios, el misterio de nuestras relaciones.

Al Educar, nos humanizamos y humanizamos, aceleramos el Reino.

Ese Reino que es don y tarea, es regalo de Dios,

pero es también tarea nuestra.

 Dios Uno y Trino paradigma de humanización en los procesos de educación liberadora.

La formación integral del ser humano es la mejor de las finalidades de la educación. De ahí sigue
la importancia de la interdisciplinariedad para responder de manera eficiente a tan valiosa
finalidad. El hombre solo puede sentirse realizado si ha logrado solucionar sus inquietudes de
vida en todas sus dimensiones. No obstante, a la hora de la verdad, con suma frecuencia
encontramos que nuestra acción educativa, como estudiantes y licenciados en Teología, no hace
presente nuestra formación disciplinar (teológica) y mucho menos tiene en cuenta el acontecer
salvífico de Dios que se lleva a cabo también en la escuela.

Pareciera que Dios no pasara por nuestro quehacer educativo. No somos conscientes de su
acción-permanente, ni captamos o sentimos su presencia. Por tanto, nuestro quehacer
educativo no logra ser comprendido como un verdadero lugar teológico, como si Dios solo
estuviera presente en momentos y lugares privilegiados distintos al proceso de aprendizaje.

Por tanto, el presente capítulo busca responder a la siguiente pregunta: ¿En qué sentido el acto
educativo es un lugar teológico? El Dios de Jesucristo no sólo se revela y se hace presente en la
historia humana, en los procesos políticos y sociales en los que hay empobrecidos y marginados;
hoy también lo podemos ver en los procesos educativos.

Estos son generadores de espacios teológicos y muestran que no sólo se puede hacer teología
desde de la realidad dramática del pobre; también la educación es un elemento que posibilita la
reflexión teológica tan válido como los otros lugares donde acontece Dios trino. Dios atraviesa
todas las experiencias del ser humano y de manera silenciosa va recreando y actuando. Captar
su acción creadora exige una atención especial para tomar conciencia, reconocer y acoger su
oferta de salvación, que espera una respuesta libre de adhesión a su voluntad. (DELAGADO
SANCHEZ, 2011)

Es así como en la historia humana, por la pedagogía del amor de Dios, se ha convertido en
historia de salvación. En el cronos histórico donde se da el kairós, el tiempo de Dios, que es
plenitud de amor y de gracia.

La acción liberadora y educadora de Dios comunidad se sigue encarnando en la historia humana


a través de diversas mediaciones. Estas van expresando con diversa densidad la única acción
salvífica del amor de Dios para con el hombre. Ello constituye el centro de la teología de los
signos de los tiempos y del tema patrístico de los vestigios del logo esparcido por el mundo.

 La Iglesia sacramento de Cristo.

La Iglesia ha sido convocada por Dios Padre, a través de su Hijo y con la animación del Espíritu
Santo, para que continúe la misión evangelizadora y educadora de Jesús.

La Constitución Dogmática Lumen Gentium cuando la Iglesia trata de definir su identidad la inicia
comprendiéndose como misterio-sacramento destacando que la Iglesia es en Cristo como un
sacramento, o sea, signo e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad del género
Humano"(LG 1).

Ciertamente el concepto de Misterio en la Escritura y la patrística tiene diversas connotaciones,


Misterio Sacramento es el proyecto da Dios manifestado en la historia (Cor. 4, 1; Rom. 6, 25; Col.
1, 25; Ef. 3, 4-8) Y plenamente realizado en Cristo. Puede significar los diversos hechos
significativos de la vida y acción de Cristo o designar las fases de la realización del plan de Dios:
el tiempo de la promesa-alianza y del profetismo, el tiempo de Jesús, el tiempo de la Iglesia
como tiempo de la acción del Resucitado y del Espíritu, el tiempo de la realización de la utopía
del Reino de Dios (la escatológica).

Se le aplica a la Iglesia como sacramento fundamental en cuanto asociada al misterio de Cristo,


del Espíritu o a la Trinidad, y a los acontecimientos salvíficos celebrados en la liturgia, y en este
sentido se le atribuye fundamentalmente a los siete sacramentos de la Iglesia, a través de los
cuales concretiza, para las diversas situaciones de la vida humana, su condición de ser
sacramento de Cristo historizando el plan de salvación y comunicando la gracia divina.

Pero también se aplica a las verdades cristianas reveladas que en cuanto tales son conocidas
pero inaccesibles a la razón humana aún en su condición de manifestadas. La nota característica
del misterio es por una parte el proyecto de amor de Dios a todos los hombres, manifestado, de
un modo exclusivo y único, en la persona de Cristo: su encarnación, sus elecciones por los pobres
y desplazados, su palabra y su plena realización en el misterio de su Pascual.

Por otra parte, es ese proyecto (utopía) en cuanto revelado y realizándose históricamente a
través de gestos, palabras, personas (principalmente por los apóstoles y profetas) e instituciones
(Cor. 4, 1; Rom. 6, 25; Col. 1, 25; Ef. 3, 4-8) y concretizado en la Iglesia sacramento universal de
salvación. La Iglesia es Misterio y Sacramento en cuanto que toda su realidad humana y divina,
temporal y espiritual, se ordena a ser signo e instrumento del Reino implantándose en nuestra
historia por su presencia y acción.

En síntesis, la Iglesia Misterio y Sacramento se da por cuanto está referido al plan eterno del
Padre respecto a la salvación universal, a la acción de Cristo y del Espíritu y a la proclamación
realización del Reino de Dios - histórica y escatológica del cual la Iglesia es "germen y principio
en la tierra"(LG.5), pero que no se identifica o agota con ella.

La dimensión visible e histórica (Personas, hechos, palabras, organización) son mediaciones del
Misterio oculto en Dios y dado a conocer al hombre por Cristo. Son las formas vinculantes que
Dios va eligiendo para actualizar la manifestación de su designio de amor, en analogía a la
naturaleza humana Jesús en la Encarnación. El Misterio de la Iglesia es su ser Cuerpo organizado,
Pueblo de Dios. Desde este aspecto lo sacramental es una dimensión que permea toda la
realidad eclesial. Todo está en vistas a mostrar el Misterio de comunión del Hombre con Dios y
de los hombres entre sí.

En definitiva, la Iglesia es sacramento en cuanto que, en ella, como dirá Leonardo Boff, "se
cruzan todos los misterios. Ella constituye el espacio donde dichos misterios son concienciados,
vividos, celebrados y anunciados a los hombres”. Así pues, su ser y su acción se identifican con
el ser sacramento, signo e instrumento de comunión con Dios y de los hombres entre sí. Ella ha
sido convocada por Cristo para ser continuadora de su acción evangelizadora y esta es una
concreción histórica de su sacramentalidad por cuanto que, a semejanza de Cristo en quien
"todos los aspectos de su Misterio (...) forman parte de su actividad evangelizadora", su ser y su
misión se identifican con su tarea de evangelizar:

"Evangelizar constituye, en efecto, la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más


profunda. Ella existe para evangelizar; es decir, para predicar y enseñan, ser canal del don de la
gracia, reconciliar a los pecadores con Dios... Predicar y enseñar son dos aspectos que expresan
dicha sacramentalidad con tanta densidad como su misión de santificar o de conducir la historia
hacia la plena realización en Cristo. Es la forma histórica de su ser profecía y realización. Porque
la palabra anuncio es palabra viva y eficaz que convoca, concita, Página: 53 EN 14 congrega: crea
nuevas relaciones, es instrumento y realización de nuevas comuniones. Enseñar en la Iglesia es
proclamar no solo verdades sobre el misterio Dios sino incorporarlo en el ser y actuar como
cristianos.
 La Iglesia discípula madre-maestra.

Esa asamblea (EKLESIA) que se congrega convocada por el Resucitado está atenta a vivir su
condición de discípula a través de un proceso constante de acogida de la buena Nueva por la
cual se reúnen en nombre de Cristo para buscar juntos el reino, construirlo y vivirlo. Ella misma
necesita estar evangelizada y comienza por evangelizarse a sí misma porque tiene "necesidad
de escuchar sin cesar lo que debe creer, las razones para esperar y el mandamiento nuevo del
amor" (EN 15).

Pero hay una condición de Madre y Maestra que la Iglesia lleva en si mismo como parte
integrante de su misión que se especifica en "engendrar hijos, y educarlos y regirlos, guiando
con materno cuidado los individuos y los pueblos"(M et M. 1) 5. Toda la acción educativa de la
Iglesia, y fundamentalmente su enseñanza social, se inserta en este dinamismo de madre que
se preocupa por sus hijos sobre todos del más débil y de maestra que educa a sus hijos y a los
pueblos.

El compromiso educativo es un dinamismo que tiene su fuente en la misión de evangelizar y


transformar que tiene la Iglesia y en el hecho de que el hombre es camino necesario para la
Iglesia. El hombre, en cuanto sujeto situado en un contexto y protagonista de su futuro, es el
camino necesario que la Iglesia debe recorrer. En este proceso de reflexión y nueva conciencia
sobre la educación y en particular eclesial en América Latina se van desarrollando nuevas
perspectivas que enriquecen la Teoría y la praxis educativa de la Iglesia.

 Comunidad eclesial y educación liberadora.

Medellín N°6 partiendo de una búsqueda de una nueva y más intensa presencia de la Iglesia en
la actual transformación de América Latina a la luz del Concilio Vaticano 1/, (Introd.8) "fija muy
especialmente su atención en la Educación, como factor básico y decisivo en el desarrollo del
Continente 7

El horizonte de referencia desde el que se sitúa su lectura de la realidad educativa es el vector


que orienta el compromiso de la Iglesia con su pueblo: las contradicciones que surgen de la
dialéctica opresión - desarrollo integral- liberación.

Desde este lugar teológico propone una "visión de la educación más conforme con el desarrollo
integral que se propugna para el continente y a esta se la llama educación liberadora". La
educación un medio clave para liberar a los pueblos de toda servidumbre y hacerlos ascender
de condiciones menos humanas a más humanas y es también un medio de construcción de la
persona en Cristo.

Es comprendida desde dos contextos: de la misión de la Iglesia y del concepto de liberación


como proceso de "crecimiento humano que nos acerca a reproducir la imagen del Hijo, como
anticipo de la plena redención de Cristo". (Ed.9) La meta del desarrollo del hombre, según el
designio de Dios, es que alcancemos todos "la estatura del hombre perfecto". La educación al
ser liberadora es ya anticipo de la plena redención de Cristo.

La educación liberadora tiene una relación de continuidad en el proceso de plena humanización


y esta tiene como meta y fin el Cristo Pascual, imagen del Dios invisible.

También en Medellín, influenciado por la concepción de desarrollo de Populorum Progressio, N°


8 la educación sólo forma parte de la misión eclesial en la medida en que es educación cristiana
o sea explícitamente orientada a Cristo.
La educación liberadora es situada en la misión de la Iglesia desde dos perspectivas. Como
educación cristiana, a la que tiene derecho todo bautizado, a fin alcanzar la maduración en la fe.
Como Iglesia servidora de todos los hombres colabora en su camino para el desarrollo integral
de la persona desde la tarea de promoción humana. Es liberadora por cuanto se dan una serie
de condiciones que hace de la Educación liberadora una mediación necesaria para que América
Latina pueda redimirse de las injustas servidumbres y desarrollarse integralmente.

 Convierte al educando en sujeto de su propio desarrollo.


 Es creadora y personalizadora por cuanto concientiza sobre la dignidad humana
promueve la libre autodeterminación y el sentido comunitario.
 Abierta al diálogo.
 Capaz de valorar y rescatar lo local y nacional en el contexto de lo continental.
 Capacitar para el cambio permanente y orgánico.

Esa misión de la Iglesia es actuada en diversos medios e instituciones educativas. La segunda


Conferencia del Episcopado lo deja muy claro en el documento Medellín que señala algunas
características para que las escuelas y sus comunidades educativas desarrollen una educación
eclesial liberadora.

 Educación liberadora
1. La escuela y los centros educativos no agotan la misión educativa de la Iglesia y ésta no se
identifica con ninguno de los instrumentos concretos
2. La democratización de la Escuela católica que se expresa entre otras cosas por la inclusión
y la participación de los padres en las actividades y organización de los centros docentes,
de los alumnos, desarrollando su protagonismo personal o desde movimientos de jóvenes.
3. Ser una verdadera comunidad abierta e integrada a la comunidad local, nacional y
continental 4. Desarrollar la participación desde la comunidad educativa.
4. Dinámica, renovadora y vivencial.
5. Abierta al diálogo (pluralista).
6. La escuela como punto de partida de un desarrollo más orgánico y abarcativo de la
sociedad.
7. Defensora de los derechos de los padres a la libre elección de la escuela para sus hijos. (Cf.
DM N°s 11 al 19).

Pero también se la considera como acción organizada, proyectada e inserta en la dinámica


pastoral de la Iglesia local. La pastoral educativa integrada a la pastoral orgánica de la Iglesia
local ha sido una de las grandes visiones de Medellín.

En efecto, al centrar la reflexión teológico- pastoral desde la consideración de la naturaleza de


la Iglesia en cuanto misterio de comunión, se ha posibilitado la comprensión orgánica de su
misión evangelizadora que pasa a ser una acción eficaz y complementariamente desarrollada
desde múltiples funciones, ministerios y carismas, pero al servicio de la comunión y actuando
en forma solidaria.

El misterio de comunión y la misión de la Iglesia se concretiza para un tiempo y un lugar, a través


de la Pastoral. La pastoral de la Iglesia que ha de "ser necesariamente global, orgánica y
articulada" y que designa como Pastoral de conjunto" es toda esa obra salvífica común exigida
por la misión de la Iglesia en su aspecto global", actuada en distintas pastorales específicas y
entre sí subsidiarias y coordinadas.
La dimensión y dinamismo sacra mental del Pueblo de Dios misterio de comunión se actúa en
su Pastoral orgánica y de conjunto y en ella se especifica la misión educativa de la Iglesia como
Pastoral educativa.

De esta forma la dimensión pastoral de la Iglesia asume una forma específica que es la pastoral
educativa que en cuanto tal realiza toda la misión de la Iglesia a través de una comunidad
cristiana que asume la mediación de la educación liberadora como vehículo de promoción y
evangelización de la persona, la comunidad y la cultura local.

 Iglesia que educa evangelizando

En Puebla se plantea los nuevos desafíos que emergen para la evangelización en el presente y
el futuro de América Latina.

Esta Iglesia signo sacramento, Pueblo y familia de Dios es también definida como "escuela de
forjadores de historia" porque es "lugar donde se aprende a vivir la fe, para impulsar
eficazmente con Cristo la historia de nuestros pueblos hacia el Reino.

En continuidad con Medellín asume y completa la noción educación liberadora definiéndola


como evangelizadora. Y la considera parte integrante de la evangelización, en ella se continúa la
misión de Cristo, aun cuando no la reconoce como parte esencial, sino ligado a su contenido
integral.

La tarea educativa busca como finalidad inmediata la promoción de la cultura que humaniza. Y
personaliza al hombre. En este sentido Puebla maneja los términos de educación y
evangelización sin lograr una reversibilidad explícita. Sin lugar a duda para Puebla es claro que
la Iglesia educa evangelizando, por cuanto que, evangelizando, llamando a la conversión
construye en humanidad.

La evangelización es educativa. Pero también se puede plantear que, en cuanto que la acción
educativa es definida como educación evangelizadora la Iglesia evangeliza educando. La
educación liberadora evangelizadora abre al hambre a la plena participación en el Misterio de
Cristo Resucitado.

Pero no toda educación es evangelizadora. Por ello Puebla señala características que identifican
la Educación liberadora evangelizadora. Para ser evangelizadora debe:

 Humanizar y personalizar al hombre. Esta condición que posibilita crear en el hombre el


lugar donde pueda revelarse y ser escuchada la Buena Noticia.
 Ejercer una función crítica y ser educación para la participación y la justicia. Convertir al
educando en sujeto del desarrollo personal y comunitario, y ser educación para el
servicio.

Criterios de identidad según el Documento de Puebla:

 Al pertenecer a la misión evangelizadora de la Iglesia debe anunciar explícitamente a


Cristo Liberador. (DP.1 031).
 Ha de mirar la situación histórica y concreta del hombre y buscar formar sujetos fuertes
y coherentes para vivir las exigencias de su bautismo. (DP. 1032)
 Entre sus objetivos prioritarios está el formar agentes para el cambio permanente y
orgánico. (DP. 1033).
 Que respete el derecho inalienable de todo hombre a una educación que responda al
propio fin, carácter y sexo. (DP.1034).
 Reconocer a la familia como primera responsable de la educación. (DP.1036).
 Ha de ser libre para que toda persona y comunidad ejerza el derecho a la verdad
(DP.1037)
 Por lo cual el estado garantizará una participación equitativa de los servidos no estatales
en el presupuesto educativo que posibilite la elección libre de los padres. (DP. 1038).
 La comunidad educativa hace que el colegio se transforme en "verdaderos agentes de
evangelización (DP.1 023).

Es de notar que Puebla no realiza un análisis de la escuela como factor mediador de desarrollo
y evangelización. Solo reafirma su importancia (DP.1 040) "es un lugar de evangelización y
comunión,"(DP. 112) siempre que se la transforme en:

 Instancia de asimilación crítica, sistemática e integradora de la cultura.


 Lugar de diálogo fe y ciencias.
 Ambiente privilegiado de desarrollo de la fe.
 Alternativa válida para el pluralismo educacional.

Concluyendo Puebla concibe la acción de educación evangelizadora como parte de su misión


integral. La incorpora dentro de su ser signo e instrumento mediación del Misterio de Cristo en
la medida que crea el "lugar" teológico donde se escucha y revela la Buena Noticia: el designio
salvífico de Padre en Cristo y su Iglesia.

 Iglesia evangelizadora de la cultura

En Santo Domingo N° 1O, la Iglesia se mira a sí misma desde el desafío de impulsar "con nuevo
ardor la una Nueva Evangelización, que se proyecte en un mayor compromiso por la promoción
integral del hombre e impregne con la luz del Evangelio las culturas de los pueblos
latinoamericanos" (S.D.1)

La síntesis teológica de la evangelización en Santo Domingo está visualizada desde dos procesos
complementarios: la inculturación del Evangelio y la evangelización de la cultura. El evangelio y
sus diversas representaciones históricas- eclesiales para llegar al hombre necesariamente tiene
que asumir el criterio de la encarnación. Solo de este modo puede llegar a ser pertinente y
significativo para el hombre de hoy.

Pero al mismo tiempo para transformar la vida personal y social el evangelio ha de ser generador
de nuevos símbolos, una nueva cultura.

En Puebla se reafirma la continuidad con Medellín y Puebla y se avanza en algunos aspectos muy
promisorios.

a. Un primer avance es la caracterización de Evangelizadora. La educación cristiana para ser tal


ha de ser evangelizadora de la vida y cultura de las personas y los pueblos.

b. Un segundo aspecto es que la "educación cristiana es indispensable en la Nueva


Evangelización" (S.D. 263). y ello en razón de que la inculturación del evangelio en la propia
cultura es proceso dinámico que dura toda la vida de las personas y de los pueblos.

c. El tercer avance está en la afirmación de que su fundamento está en una "verdadera


antropología cristiana" que se concretiza en un proyecto educativo que educa hacia "un
proyecto de hombre en el que viva Jesucristo" (S.D. 265).
d. Pero probablemente el aspecto innovador más relevante está en la consideración de que "la
educación es la mediación metodológica para la evangelización de la cultura" (N° 271).

 Exigencias básicas
 Una educación cristiana que se posiciona como educación desde y para la vida.
 Desde y para la dignidad de la persona y la verdadera solidaridad.
 Para el compromiso ciudadano cívico social, proyectado desde la enseñanza social de la
Iglesia.

e. Por último la consideración del docente como sujeto eclesial que evangeliza, que catequiza y
educa cristianamente (S.D. 265).

La educación cristiana en cuanto acción de la Iglesia orientada a evangelizar la cultura participa


de su dinamismo sacramental: "Por ella se escucha en el hombre las "palabras de vida eterna"
(Jn. 6.68), se realiza en cada quien la "nueva creatura"(1I Cor.5, 17) Y se lleva a cabo el proyecto
del Padre de "recapitular en Cristo todas las cosas"(Cfr. Ef. 1, 10) (8.0. y 264).

Lee con atención la conclusión de la primera unidad y teniendo en cuanta los


aprendizajes obtenidos de la unidad, elabora la herramienta ciudad explore
(herramienta PEMIS).

CONCLUSIONES

La teología y la educación, por dónde se inicia el diálogo, la libertad es el tema de intersección


entre estas dos ciencias. Educar es caminar hacia la madurez, crecer como persona, como
ciudadano maduro y solidario. El ser humano que cree en el Dios de Jesucristo tiende a la
madurez, al crecimiento como persona humana, a vivir una libertad liberada de las ataduras del
egoísmo. Recordemos: ¿quién es el cristiano? Es, antes que nada, un ser relacional. Si utilizamos
el concepto aristotélico de sustancia, podemos decir que a la sustancia le son adicionados
accidentes.

El cristiano es aquel que se relaciona con el totalmente Otro, ahí se descubre, percibe que es
destinado a la salvación, a vivir plenamente en gracia; y eso, se da en la historia. La pregunta
hodierna sería: ¿Cuáles son los acontecimientos simbólicos? ¿Cuáles son las señales en las cuales
una persona, un joven, un adolescente, puede percibir el Dios de Jesucristo? El Dios que nos
lleva a un compromiso ético, solidario, a una libertad liberada, a actos libres que encaminan a la
Orientación Fundamental. La “realidad” de la Educación Liberadora es lo que llamamos
“situación” en Teología; no estamos en tiempos de grandes discursos. Nos encontramos delante
de una generación donde el universo simbólico se caracteriza por un gran consumo de signos e
imágenes. Algunos autores denominan este acontecimiento como un ambiente de profunda
semiotización.

Debemos entonces, a la luz de Jesucristo, dialogar con las señales actuales: el lenguaje digital,
lo corporal, la música, la poesía de esta generación. Es necesario que caminemos más allá de las
fronteras de los edificios de las Iglesias; es urgente que inventemos un nuevo medio de ser
Iglesia en las escuelas confesionales cristianas y/o católicas. En un mundo secularizado, no
debemos restringir las situaciones que pueden llevar a la experiencia de la fe únicamente a la
proclamación de la Palabra y al culto litúrgico. No podemos experimentar a Dios de repente en
la liturgia de la Iglesia, si no lo vemos en ningún lugar fuera de ella, en nuestras experiencias
cotidianas con los hombres y mujeres y con el mundo.
Percibimos que, en la experiencia de Dios, a través de símbolos que le son propios, está la salida
para la desesperanza de nuestros jóvenes y adolescentes, hijos de la televisión y del lenguaje
digital. Es siempre bueno recordarles a los educadores, en estos agotadores tiempos de
magisterio, que Jesús de Nazaret reveló la Resurrección donde la muerte parecía triunfar. “La
cuestión decisiva consiste en saber lo que muere y lo que resucita en el mundo de la Educación
Cristiana en el Tercer Milenio. “He aquí la necesaria articulación de la teología y la educación,
donde la primera tiene como responsabilidad: ayudar a percibir las señales del Dios de
Jesucristo que apuntan en la construcción de un ser humano solidario.

Siempre que lo haga desde la escuela y desde todo espacio educativo desempeñará su papel. El
diálogo entre la Teología y la Educación se hace urgente. De la misma forma en que Jesús, al
conversar con la Samaritana le revela la propia identidad (Jn 4), la teología se hace necesaria en
el universo educacional confesional para colaborar, sin imponer, en la construcción de una
Educación integralmente Liberadora, ayudando al “tejido” de la identidad del universo escolar
confesional cristiano y/o católico.

Tal diálogo se enlazará a partir de lo que une las dos ciencias: la libertad humana. La libertad
anunciada por Dios en su Hijo Jesucristo. La Teología puede indicar a la Educación a cómo llevar
al educando a realizar actos libres dirigidos para la solidaridad, liberados de las ataduras del
egoísmo; a la construcción de la libertad profunda que es la toma de decisión en relación a sí
mismo y a Dios.

La Educación Liberadora desea formar ciudadanos fraternos, solidarios y responsables, en fin,


personas humanas. La Teología percibe que la Revelación de un Dios personal ayuda al ser
humano a su auto-reconocer como persona, sujeto de la propia historia y responsable por la
historia del otro/a.
UNIDAD 2

FUNDAMENTACIÓN BIBLICA DE LA PEMIS EN EL PRIMER TESTAMENTO

Es necesario antes de adentrarte en esta segunda unidad, partir de los conocimientos


previos. elabora un esquema en forma de camino en el cual ubiques textos bíblicos del
antiguo testamento que recuerdes (no debes buscar en la biblia) y que sepas hablan de
la misericordia de Dios.

Es bueno aclarar desde el comienzo, que el recorrido que vamos a iniciar ahora por
el Antiguo Testamento sigue el curso del texto bíblico; es decir, haremos un recorrido
diacrónico por los diversos momentos de la historia salvífica valiéndonos del mismo orden en
que aparecen los datos en cada libro del Antiguo Testamento y enfatizando siempre que cada
uno de estos momentos tiene un profundo sentido pedagógico por parte de Dios.

1. La creación como punto de partida: el proyecto pedagógico de Dios inicia con la vida,
primera gran explosión de su misericordia

“…y vio Dios que todo era bueno…” (Gn 1, 4.10.12.18.21.25.31). He aquí el escenario original
donde tiene inicio la más bella de las relaciones, aquella que se establece entre el Creador y la
criatura. Siete veces repite el Texto que se trata de un escenario “bueno”; es decir, idóneo, apto,
hecho a la medida, excelente, sin limitaciones… para todo lo que se va a realizar en él: nada más
y nada menos que un encuentro que estará por siempre marcado por el aspecto dialógico. Dios
no crea por crear, crea porque quiere comunicar, quiere acercarse a, encontrarse con y,
finalmente, acoger-me, acoger-te, acoger-nos. Primera gran explosión de la misericordia divina:
Dios crea un escenario apto para el encuentro dialogal.

En este primer momento, o primera explosión de la misericordia divina, vamos a subrayar algo
que marcará por siempre tanto las acciones del Creador como de la criatura: la vida; como don
primero y necesario, sin vida no habría relación, no habría conocimiento. Dios derrama su
misericordia en forma de vida. La libertad. Dios crea en libertad y para la libertad. Todo cuanto
hizo “vio que era bueno” y, además, bendice; esto es, deja su propia impronta en la obra creada
(Gn 1, 22.28). Sin embargo, no tendríamos mucha claridad sobre el rumbo de nuestra libertad si
efectivamente el mismo Texto no nos lo aclara: “…Creó, pues, Dios al hombre a imagen suya, a
imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó…” (Gn 1, 27). Y esta imagen y semejanza con
Dios involucra tanto el don de la vida como el don de la libertad a lo cual agregamos el don del
diálogo. Somos interlocutores de Él, hemos sido creados para dialogar con Él.

Cuando hablamos pues, de “imagen” y “semejanza”, estamos hablando de todo cuanto el


Creador sembró en ese ser, varón y hembra, que creó en el sexto día. Lo primero es la capacidad
de dar continuidad a la vida, luego capacidad de dialogar. De hecho, la creación y la continua
presencia de Dios en ella, no es otra cosa que el fruto del diálogo intratrinitario. Cierto que el
Texto no nos muestra a simple vista esta realidad; sin embargo, es un hecho que la Teología
posterior va a descubrir que ya en el acto creador estaba la Trinidad creando e impregnando de
todos sus atributos a toda la obra creada (cf. Jn 1, 1-18; Col 1,16).

Así, entonces, del mismo modo que el diálogo intrinatario es creador, el diálogo entre el ser
humano, hombre y mujer, con su Dios Trino, tiene por finalidad la re-creación. He ahí la máxima
vocación a la que hemos sido llamados y llamadas: ser re-creadores permanentes al estilo de la
Trinidad.

Recapitulemos: vida, libertad y diálogo, tres atributos divinos que han quedado como distintivos
exclusivos del ser humano al punto de hacernos imagen y semejanza del Creador. Un auténtico
don, fruto de la misericordia.

Para discutir en grupo (foro 2)

Al releer de nuevo el pasaje de la creación que nos ofrece el libro del Génesis (Gn
1,1—2,4a), seguramente surgirán interrogantes como ¿es cierto que así fue la
creación? ¿Es posible que todo cuanto vemos haya sido creado en “seis días”? ¿Por qué al
terminar este relato (Gn 1,1—2,4a), continúa otra versión tan distinta también de creación (Gn
2,4b-19)? ¿Cuál de los dos tiene la razón? ¿En dónde queda explicitada la misericordia de Dios
en ambos relatos?

Pero la cuestión no termina sólo aquí. También habrá que intentar conciliar la posición de la
Biblia con las teorías científicas de la aparición del cosmos y de los seres vivos. Una discusión
que se plantea en términos generales como la “teoría creacionista” y la “teoría evolucionista”.
Dos posiciones que ostentan defensores sin aparentes puntos de acuerdo. La cuestión es,
entonces, involucrar en el proceso vocacional y en el Proyecto pedagógico el diálogo entre la fe
y la ciencia. Ni la aspirante a la vida consagrada, ni la niña que se forma en nuestras instituciones
educativas, ni el catequista que trabajan en la parroquia puede pasar por alto esta
aparentemente insoluble discusión.

La fe tiene razón y la ciencia también tiene razón

Hasta hace unos cuantos siglos, en todo caso no más de cinco, la única referencia que se tenía
sobre el origen del mundo era lo que nos dice la Biblia; esa era la gran verdad que nadie
cuestionaba porque no existía lo que hoy llamamos “ciencia”. A partir del surgimiento de la
época moderna, que para muchos comienza a florecer más o menos por los mismos años del
descubrimiento de América (1.492) y otros muchos eventos, empieza a surgir eso que se va a
llamar “ciencia” que tiene como punto de partida cuestionar y dudar de todo.

Es la época de la “duda metódica”, y así como se dudó y se cuestionó todo y se exigieron pruebas
para todo, del mismo modo se empezó a dudar del texto bíblico. Pero no todo fue tan negativo.
Esto permitió, por lo menos a los protestantes, descubrir muchas cosas novedosas; estudiar la
Sagrada Escritura con método científico. Los católicos tardamos un poco más, pero lo
importante es que hoy podemos acercarnos también con herramientas científicas al estudio y
profundización de la Biblia para poder aprovecharla mejor con todo el respaldo de la Iglesia
(léase la Constitución dogmática Dei Verbum del Concilio Vaticano II).

No vamos a hacer un recuento de todo el conflicto histórico que llevó a la famosa discusión entre
la fe y la ciencia. Pero es necesario que tengamos en cuenta que, a partir del surgimiento del
método científico, las ciencias naturales comenzaron a florecer. La astronomía y todas sus
disciplinas afines empiezan a perfilar una “teoría del cosmos”, “teoría del origen de las especies”,
“teoría de la evolución de las especies…” y así sucesivamente. Hoy existen teorías muy
convincentes sobre el origen del cosmos, sobre la evolución de las especies, etc., más la cuestión
no es asumir una posición antagónica o de abierto rechazo sólo porque dichas teorías
contradicen la Escritura; sería como asumir la posición del “científico” que abiertamente rechaza
la Escritura sólo porque no está de acuerdo con la teoría científica.
Para abordar ambas posiciones, tratando siempre de mantener el diálogo, que ya dijimos, en la
primera intencionalidad de Dios en su creación, es necesario que caigamos en cuenta de que
dicha cuestión la podemos dirimir así: existen dos facetas de una misma verdad: la verdad
teológica y la verdad científica.

La verdad teológica

La Sagrada Escritura no es un tratado de ciencias naturales; en ningún momento, quienes


elaboraron estos dos relatos de la creación y ningún otro relato que hable de los orígenes del
mundo, del hombre, del pecado…etc., tenían como preocupación fundamental demostrar
científicamente lo que estaban escribiendo; primero porque todavía no se puede hablar de
época científica y segundo, porque las necesidades de la comunidad no eran de ese tipo. En el
caso de nuestros relatos de creación, ni siquiera el autor está tratando de responder a la
pregunta “¿Quién creó el mundo, los animales, el hombre…? Esa no es la pregunta que está
detrás de los relatos que hemos reseñado (Gn 1,1—2,4a; 2,4b-19); tampoco está tratando de
responder a la pregunta “¿Quién fue el que cometió el primer pecado: el hombre o la mujer…?”
(Gn 3,1-7).

La pregunta no es por el origen del mundo y del hombre, sino por el origen del mal en el mundo

En un momento crucial para el pueblo de la Biblia, hay una pregunta que a todos les preocupa:
¿Por qué existe el mal en el mundo, de dónde viene, quién lo “creó”; acaso fue el mismo Dios?
Las dimensiones de esta pregunta, sólo las podemos entender si nos ponemos en lugar de aquel
pueblo que tenía ya varios siglos de historia y había pasado por una cantidad de experiencias de
dolor, sufrimiento, lágrimas y amargura. Lo último que había vivido fue la destrucción de
Jerusalén, el saqueo y el incendio del templo y la humillación de tener que ir preso (no todo el
pueblo, sino los líderes más representativos) a Babilonia. Estamos hablando del año 587 a.C.
Pero a estos daños terribles hay que sumarle un elemento que para nosotros muchas veces pasa
desapercibido: en la antigüedad, cuando un pueblo vencía a otro, el sentimiento era que quien
vencía realmente era la divinidad del pueblo vencedor. Entendamos entonces que aquí, el gran
dolor es ver que Yavéh, el gran Dios de Israel, ha quedado aplastado por el pueblo que destruyó
su ciudad y su templo; estamos hablando del imperio babilónico y su dios Marduk.

El desconcierto, el desconsuelo, si se quiere, la depresión que produjo esto en la conciencia


israelita, son indecibles. Seguramente fueron años de mucha oscuridad. Sólo quedaban dos
alternativas: entregarse al dolor y desaparecer completamente como tantos otros pueblos de
aquel entonces o reconstruirse a partir de una recuperación de lo más genuino de la fe. Con el
tiempo, hubo quienes fueron capaces de mantener viva la fe del pueblo y, efectivamente, unos
cincuenta años después de aquel fracaso tan grave, los que habían ido al destierro regresan y se
ponen a la tarea de la reconstrucción.

La reconstrucción de la fe, de la identidad, del credo y de todas sus convicciones exigió para los
teólogos de ese entonces, un profundo análisis del pasado para poder entender el presente y
proyectarse hacia el futuro. Así de simple. Y para realizar esa tarea, los líderes religiosos de Israel
se propusieron analizar el pasado desde lo más antiguo posible; por eso se remontan a la época
misma de los orígenes, de la creación. Y la primera gran afirmación es que Dios “todo lo hizo
bien” y que bendijo todo cuanto creó. Con esto, no sólo “liberan” a Dios de toda responsabilidad
en cuanto a la presencia y acción del mal en el mundo, sino que liberan también a la creación
misma de toda maldad y, por tanto, superan el destinismo o pesimismo histórico que consiste
en pensar que todo tiene que desembocar en maldad y perversión per se.
He ahí lo que hemos llamado “verdad teológica”: todo cuanto Dios creó lo hizo bien, con una
armonía y con unos fines muy bien definidos y orientados al bien. Para no dejar inconcluso el
resto del análisis que hacen los teólogos israelitas en aquel momento, digamos que a lo largo de
los demás capítulos del Génesis, hasta el 11 inclusive, examinan todas las posibles fallas que
originaron el mal, el odio, la venganza, la muerte. Así, descubren que en el origen de todo está
la infidelidad misma del ser humano, hombre y mujer, al designio misericordioso del Creador.
Primero, cuando deciden que también pueden ser iguales a Dios en un acto de absoluta soberbia
(Gn 3); segundo, cuando no hay el mínimo de respeto por el hermano (Gn 4), tercero, cuando al
interior del mismo pueblo se diluye la responsabilidad colectiva por buscar el bien y la justicia,
lo cual desencadena el naufragio social, el diluvio (Gn 7—9) y, finalmente, cuando tanto la
religión como la política olvidan sus respectivos roles y se convierten en cierta forma en azote
para el pueblo (Gn 11,1-9).

En definitiva, hay un primer momento en el cual creador y criatura entran en diálogo gracias a
la bondad misericordiosa de Dios; sin embargo, ese diálogo comienza a flaquear dada la
infidelidad humana; sin embargo, la misericordia infinita de Dios no desaparece en ningún
momento: ni cuando la primera pareja se revela contra él (Gn 3), ni cuando un hermano se
atreve a asesinar a su semejante (Gn 4), ni cuando ese naufragio colectivo termina con la vida
de todo el pueblo (Gn 7 al 9), ni cuando el orgullo y el engreimiento hacen pensar que pueden
“alcanzar” la misma altura de Dios a través de una gran torre (Gn 11,1-9).

Sería muy útil tanto en el ámbito de la comunidad formativa como en los grupos de jóvenes,
niños adultos, profesionales, consagrados y consagradas, animar la lectura de estos capítulos de
una manera programada para ir descubriendo en cada uno de ellos las más grandes y hermosas
huellas de la misericordia de Dios en cada uno de ellos. Para ello, se recomienda La Biblia de
nuestro pueblo (versión para América latina de La Biblia del peregrino, de L. Alonso Schökel), la
cual ofrece un comentario a cada uno de los pasajes.

La verdad científica

Como vimos, la Biblia no tiene ninguna pretensión científica. Es más, acabamos de ver que a
nadie le preocupaba en aquel momento la pregunta por el origen del mundo, sino más bien, el
origen del mal, el odio, la venganza, la muerte violenta. Desafortunadamente, se incurrió en el
error de darle a esos relatos un carácter literal, es decir, afirmar que, así como dice la Biblia, así
fue y ¡punto!

En la actualidad, los mismos estudios bíblicos nos han ido enseñando que tanto en estos como
en muchos otros, la intencionalidad del autor no fue dar datos científicos, sino revelar un
mensaje utilizando básicamente el simbolismo como medio apto para transmitir su
pensamiento. Esa intencionalidad y ese simbolismo es lo que nos toca tratar de descubrir hoy a
nosotros ya que estamos a muchísimos siglos de distancia de los autores originales y, por tanto,
no nos es fácil captar de inmediato lo que tenía en mente cada autor.

En lo relativo al origen del mundo, la vida, las especies, etc., la ciencia hoy nos inunda con teorías
de todo tipo. Seríamos ingenuos pretender pensar que ninguna de ellas tiene la razón.
Evidentemente, la teoría mejor fundamentada debemos aceptarla, si no como un “dogma” de
fe, al menos sí como una posible explicación del origen natural de todo cuanto vemos. Eso es lo
que podemos aceptar como “verdad científica”; es decir, las explicaciones científicas que en
cierto modo nos ayudan a comprender muy bien el orden y las leyes que rigen el universo. Tales
explicaciones o teorías no tendrían por qué chocar con la fe; es más; un científico no tiene que
ser ateo para postular dichas teorías y del mismo modo, si nosotros las aceptamos no es porque
hemos ya renunciado a la fe.

La razón es muy simple: aunque la astronomía, por ejemplo, y todas las demás ciencias del
cosmos, nos den razón de muchas cosas verificables, siempre queda un margen que no es
posible verificar por la ciencia; es decir, hay un punto originante y original en todo el cosmos
que la ciencia no logra explicar y que probablemente nunca podrá explicar. Ese punto originante
para un creyente es Dios. En el principio de todo está su potencia creadora y esto no tendría que
reñir con ninguna teoría científica.

Se cuenta que una niña de sexto grado escribió una carta a Albert Einstein, el más grande genio
científico del pasado siglo, donde le preguntaba sobre sus convicciones religiosas y la posibilidad
de combinarlas con su espíritu científico, a la cual el genio respondió:

“…cualquier persona que esté seriamente involucrada en la búsqueda de la Ciencia acaba


convenciéndose de que algún tipo de espíritu se hace manifiesto en las leyes del Universo, uno
que es enormemente superior al espíritu del hombre. En este sentido, la búsqueda de la Ciencia
lleva a un sentimiento religioso de un tipo especial, que seguramente es bastante diferente a la
religiosidad de alguien un poco más inexperto”

(http://protestantedigital.com/cultura/30627/La_carta_de_Einstein_sobre_Dios_a_una_nintil
dea_de_escuela_dominical ).

Recordemos: la verdad teológica y la verdad científica no tienen por qué reñir: ambas
representan una mirada diferente, desde un ángulo distinto, a la misma realidad. La cuestión,
por encima de todo, es que no nos quedemos en quién es el poseedor de cuál verdad; la cuestión
es que nos confrontemos, qué tanta responsabilidad y compromiso sentimos y demostramos
hoy con esta obra que llamamos creación. ¿Percibe la creación hoy nuestra misericordia tal
como la percibió en los inicios?

2. Las historias de los patriarcas y matriarcas de Israel, auténticas muestras de la ternura


misericordiosa de Dios. Un nuevo ingrediente en el proyecto pedagógico divino

Recordemos que, en los primeros once capítulos del libro del Génesis, los teólogos de Israel
intentaron examinar el problema del origen del mal en el mundo y la responsabilidad de este
pueblo en esas situaciones de maldad, de violencia y odio en el pasado; y para ello, se
remontaron a los orígenes más remotos: la creación del mundo, de la naturaleza, de los
animales, del hombre y la mujer… Y en todo ese recorrido encontraron que el único responsable
del mal es el mismo ser humano cuando se deja dominar por el egoísmo, la codicia y el afán de
dominar a los demás.

En ese proceso de análisis histórico donde han podido descubrir el papel de Dios, sus acciones y
el origen o raíz de esas acciones, van a dar un nuevo paso mirando ya las actitudes y expresiones
de Dios para con el pueblo de Israel en concreto. Es bueno tener en cuenta que aquí, los teólogos
de Israel ya no piensan en términos universales, sino exclusivamente israelitas, es decir, se van
a centrar en los orígenes de Israel como pueblo; pero es bueno que tengamos en cuenta desde
ahora que también van a detectar el origen de otro pueblo -los ismaelitas- para quienes también
hay gestos verdaderamente sorprendentes de esa ternura misericordiosa de Dios en ese pasado.
Claro que esos relatos hoy nos sirven a nosotros como un referente importante para descubrir
esa ternura misericordiosa de Dios que podemos percibir también en el origen de nuestros
pueblos y nuestras familias.
Veamos en primer lugar, qué hay en el origen de Israel como pueblo.

a) Alianza con Abrahán: la misericordia Dios siempre ahí, en los momentos más difíciles
de la historia

¿Quién no ha pasado por momentos difíciles en su vida, momentos en los cuales todo parece
estar en contra nuestra? Si miramos la vida de nuestra gente, especialmente de quienes durante
más de cincuenta años en nuestra patria han sufrido directa o indirectamente la persecución, la
injusticia y hasta la expulsión de su territorio, ¿nos hemos puesto a pensar cómo será la vida de
esas personas, de esas familias? Tal vez hemos escuchado hablar de los miles de desplazados de
nuestro país, pero ¿conocemos algo de su realidad? ¿Sabemos cómo viven, cómo se la juegan
para no morir de hambre? ¿Tenemos idea de sus anhelos, sus aspiraciones, sus sueños y
esperanzas?

Bueno, una historia muy similar a la que viven tantos paisanos nuestros nos va a narrar la Biblia:
la historia de Abraham, un hombre nacido en Ur, una pequeña población del Cercano Oriente,
ubicada muy cerca del Golfo Pérsico, cerca de los ríos Tigris y Éufrates.

Y por qué hacemos esta asociación; porque precisamente Abrahán era de familia nómada; es
decir, recorrían una vastísima región periódicamente con sus ovejas y cabras buscando los
pastos para los animales, sin territorio propio, sin patria, sin estabilidad para sí y para la familia.
Muy seguramente, este estilo de vida no era lo que estas personas querían vivir; por tanto,
debemos imaginar que, en medio de todo, Abrahán soñaba con una tierra, con una situación
estable. Es muy significativo el hecho de que, según nos narra la Biblia, Sara, la mujer de
Abrahán, no había podido tener hijos, signo de que esa pareja, no había podido colmar sus
aspiraciones. Pero no nos quedemos sólo con Abrahán y su mujer, pensemos en todas esas
parejas que vivían la misma situación.

En esas condiciones pues, la misericordia de Dios se hace presente, convoca, llama; ratifica en
el corazón de sus hijos e hijas sus más hondos anhelos y aspiraciones, y esos anhelos y
aspiraciones se ven colmados con la bendición y con la promesa de esa presencia y apoyo
permanentes (cf. Gn 12, 1-3), pero además, Dios garantiza la vida a través de una descendencia
que para esta gente era imposible, Sara era estéril (Gn 11,30; 16,2). Con todo, la promesa se
realizará a pesar de esa esterilidad; delante de Dios sólo se puede percibir vida; así es como
opera la misericordia de Dios, derramando vida donde está perdida o amenazada.

b) Un conflicto interétnico, marco perfecto para hacerse sentir la misericordia divina


como acogida, solidaridad, inclusión: “Alianza” con Agar

Un auténtico proyecto pedagógico debe, por todos los medios, demostrar su apertura a la
inclusión; esto es, que su impacto e incidencia cobije a todos los miembros de la sociedad sin
importante condición socio-económica, opción política, sexual, religiosa… Es algo así como el
“comportamiento” de Dios con los personajes con los cuales se va comenzando a escribir la
Historia de la Salvación. Un judío ortodoxo, no aceptará jamás que Dios haya hecho una
“alianza”, una promesa a Agar y más tarde a su hijo Ismael; ¿por qué? Porque se trata del pueblo
árabe, y es importante saber que los judíos y los árabes no se quieren; y esto no es actual, las
raíces de este odio mutuo se pierden el en lo más remoto del Antiguo Testamento.

En el proyecto pedagógico divino, todo es sorprendente. Nos sorprende cómo Dios va


haciéndose presente en la cotidianidad de las personas y las familias; nos sorprende cómo va
acogiendo e incluyendo a todos sus hijos e hijas sin hacer ningún tipo de discriminación. Abrahán
es el gran patriarca de Israel y Sara su mujer, es la gran matriarca. Sin embargo, Agar la egipcia,
esclava de Sara que dio a luz un hijo para Abrahán y Sara, es la gran matriarca del pueblo árabe.
Esa condición de esclava y de vientre sustituto no la hace inferior a su ama en el plan
misericordioso de Dios; para ella también hay palabras tiernas, acogedoras e incluyentes: Gn
16,5-13 y 21,9-21.

c) Misericordia y solidaridad en las demás historias de los patriarcas y matriarcas

Sabemos que Israel reconstruye su origen desde la vocación de Abrahán y Sara (Gn 12,1—25,18)
y luego desde Isaac y Rebeca (Gn 25,19—27) y, finalmente, Jacob, Lya y Raquel (Gn 28—36); y
aunque muy de pasada, también conocemos el origen remoto del pueblo ismaelita o árabe a
partir de la esclava Agar pero que es necesario redescubrirla como la gran matriarca de los
ismaelitas (Gn 25,12-18).

Podemos decirlo con toda certeza, la misericordia de Dios en todas estas historias se manifiesta
a través de la solidaridad. Dios es un ser solidario con quienes vamos peregrinando por este
mundo, eso es lo que marca el caminar de los patriarcas y matriarcas, y ese debe ser hoy para
nosotros el gran consuelo: pese a todas las dificultades que sufrimos como personas, o las
dificultades que atraviesan las familias y las comunidades, pese a todo ello, ahí está la presencia
siempre solidaria de Dios, su amor y su amor y su infinita bondad y misericordia no tienen límite
ni se quedaron en el pasado; hoy tenemos que saber redescubrir en la cotidianidad de la vida
esa misericordia solidaria del Padre.

Valdría la pena preguntarnos en ¿qué hechos vemos hoy esa solidaridad misericordiosa de Dios?
¿Me lleva el proyecto de mi comunidad a experimentar la solidaridad misericordiosa de Dios en
la vivencia de mis compromisos religiosos? ¿El proyecto educativo de nuestra institución induce
a las estudiantes a vivenciar la misericordia solidaria de Dios para que, a partir de allí, ellas sean
capaces de transmitirlo a otros? ¿Qué ajustes tendremos que hacer tanto en nuestro proyecto
comunitario como en nuestros proyectos educativos institucionales?

d) Relectura para nuestro tiempo

Hemos iniciado este apartado recordando la realidad que viven miles de familias que han sido
desplazadas de sus territorios. A la luz de la acción misericordiosa de Dios con respecto a
Abrahán, conviene que pensemos cuáles son los signos de esa misericordia de Dios con nuestros
desplazados, pero más todavía, cuáles son los signos de nuestra misericordia con esos hermanos
y hermanas. Recordemos que toda nuestra vida está inundada por la misericordia de Dios, por
tanto, nuestras acciones no pueden más que ser misericordiosas.

De otro lado, la promesa de Dios se debe entender como un llamado a la estabilidad; al prometer
una tierra, Dios ratifica esa aspiración de todo ser humano, poseer un territorio; al prometer
una descendencia, Dios ratifica la vocación humana a construir familia, pero en un territorio,
¿Cómo podemos lograr eso hoy? No se trata simplemente de ir a donde están los sin tierra para
hablarles del amor y de la misericordia de Dios, se trata de buscar los mecanismos, las instancias
que les hagan sentir a ellos que pueden lograr lo que aspiran y desean: un territorio para
realizarse dentro de él como persona y como familia.

e) La clave para entender las historias de los patriarcas y matriarcas de la Biblia

Creo que ya va quedando claro cómo en cada paso del Proyecto pedagógico de la Misericordia
se deja sentir una o varias facetas de la misericordia infinita de Dios; en el caso de las historias
de los patriarcas y matriarcas de los israelitas e ismaelitas, podemos subrayar varias de esas
facetas; en primer lugar, como hemos venido diciendo, la solidaridad de Dios como expresión
de su misericordia; solidaridad con Abrahán y su esposa Sara; solidaridad con Agar, la esclava y,
por tanto, la excluida; solidaridad con Isaac y su esposa Rebeca; solidaridad con los hijos de Isaac,
cuyas historias reflejan auténticos conflictos interétnicos y familiares; pero también hay que
entender esa misericordia de Dios aquí como presencia, como compañía y como
acompañamiento.

A partir de estas claves, podemos analizar las diferentes situaciones de nuestros grupos, de
nuestras familias y de nosotros mismos.

3. Egipto, la esclavitud. Lugar donde se manifiesta la misericordia liberadora de Dios

En las dos primeras etapas o momentos de la historia salvífica, o lo que es igual, del Proyecto
pedagógico de la Misericordia, pudimos constatar como en cada momento de esos, siempre se
manifiesta la misericordia del Padre dejando como una especie de huella indeleble para sus hijos
e hijas. Así en la Creación, la marca o la huella de la misericordia de Dios es el don de la vida; en
las historias de los patriarcas y matriarcas, la huella es múltiple: es solidaridad, presencia,
acompañamiento, acogida, comprensión…

Vamos a entrar ahora a releer otro momento crucial y definitivo en el proceso de ese plan
salvífico o Proyecto pedagógico de la Misericordia, la esclavitud, la liberación, el paso por el
desierto y la llegada a la tierra de la libertad.

a) En medio de la opresión, la misericordia de Dios tiene rostro de sensibilidad

La experiencia de esclavitud y opresión que le tocó vivir a muchos pueblos a los que alcanzó el
poderío egipcio, unos mil novecientos años antes de Jesús, se va a convertir en un momento
muy especial para la intervención y la acción de Dios. Si pudiéramos definir con una palabra el
sentido de esa intervención divina, podríamos perfectamente decir que se trata de la dimensión
sensible de la misericordia de Dios. Y ¿por qué sensible? El siguiente pasaje nos despeja el
interrogante con toda claridad: “… Y el Señor dijo [a Moisés]: Ciertamente he visto la aflicción de
mi pueblo que está en Egipto, he escuchado su clamor a causa de sus capataces, me he fijado en
sus sufrimientos. Y he descendido para librarlos de mano de los egipcios, y para sacarlos de
aquella tierra a una tierra buena y espaciosa, a una tierra que mana leche y miel…” (Ex 3,7-9).

Si nos damos cuenta, las palabras subrayadas en el texto, son acciones propias de los órganos y
los sentidos: la vista, el oído, pero también acciones de movimiento: he descendido… para
sacarlos… llevarlos a una tierra buena… Es decir, en su Proyecto pedagógico, Dios derrama su
misericordia como expresión de su sensibilidad; Él ve, escucha, se fija, siente, baja, libera, lleva
a otro lugar…

La clave hermenéutica que nos ayuda entonces a una mejor comprensión de esta historia de
esclavitud y opresión en medio de la cual interviene Dios, es la sensibilidad misericordiosa de
Dios que no soporta el dominio injusto de unos sobre otros, que no se hace el desentendido
ante los clamores y gritos desesperados de quienes padecen y sufren la injusticia.

Apliquemos ahora esta clave a nuestra propia historia. Pensemos quiénes están hoy clamando,
pidiendo a gritos que haya justicia, paz, que haya más sensibilidad… Y pensemos también qué
estamos haciendo nosotros para responder a la manera de Dios a esos gritos y clamores. La
historia de la esclavitud en Egipto no es cosa del pasado; este acontecimiento mantiene hasta
hoy un valor simbólico permanente; el símbolo de Egipto podemos estar viviéndolo nosotros y
nosotras de muchas maneras: como esclavos, pero también podría ser que estemos haciendo el
papel del faraón: dominante, opresor… La cuestión, por tanto, es volver a fijarnos en la acción
divina y disponernos para entrar en comunión con Él. ¿Estamos preparados y preparadas para
actuar del lado de Él y como Él? ¿De qué manera nuestro Proyecto formativo y nuestro Proyecto
de la Pedagogía de la Misericordia son un explicitación de esta actitud divina?

b) De Egipto a la tierra de la libertad; pero antes, el desierto

El proyecto pedagógico de Dios es perfecto, no sólo porque es “el proyecto de Dios”, sino porque
está dirigido a su criatura predilecta: el ser humano, hombre y mujer, para que en ellos se siga
perpetuando esa “imagen y semejanza” en las cuales Él quiso crearlos.

Dios sabe que, al salir de Egipto, al pueblo no le bastaba haber visto destruidos a sus opresores
tal como lo narra el libro de Éxodo (Ex 14,1-31) y lo canta el mismo Moisés en su canto de
liberación (Ex 15,1-21). No basta ver caer al opresor; es necesario sacar la opresión de la propia
conciencia; ser capaces de superar la mentalidad de esclavos para poder comenzar a vivir la
libertad. He ahí la clave con la cual debemos entender la travesía por el desierto.

Es un hecho que entre Egipto y la tierra de Canaán, que es a donde se dirige el pueblo, hay un
desierto que es necesario atravesar; sin embargo, aquí no nos interesa esa parte real o física,
sino el valor simbólico que adquiere el desierto en la Biblia. Así como Egipto adquiere el valor
simbólico de la opresión y, en definitiva, de todo lo que va en contra del Proyecto de Dios, del
mismo modo, el desierto encierra un gran valor simbólico, el valor de la conciencia. Sin la
travesía por la propia conciencia hasta superarla no es posible llegar a la tierra prometida.

El desierto, apenas sí tocado muy desde lejos por nuestra espiritualidad, es pues el “laboratorio”,
el “aula” perfecta donde Dios va a comenzar un auténtico proceso formativo con su pueblo. Ya
el pueblo experimentó la acción de la misericordia liberadora de su Dios; sin embargo, ahora va
a empezar a vivir una nueva experiencia, la experiencia de ser conducidos y educados por el
mismo Dios.

Y son muchos los signos de la misericordia de Dios en este proceso: en primer lugar, ante el
desánimo y los deseos de volver a Egipto que comienza a sentir el pueblo tan pronto comienza
la travesía del desierto, se manifiesta la paciencia misericordiosa de Dios (Ex 15,22-26); la
misericordia de Dios es paciencia ante nuestra terquedad e ignorancia.

En segundo lugar, cuando el pueblo vuelve nuevamente a rebelarse contra Moisés por la falta
de alimento, nuevamente se manifiesta esa paciencia misericordiosa de Dios esta vez con una
nueva dimensión: la providencia (Ex 16,1-36). La misericordia de Dios es providente, da de comer
al pueblo y lo prepara para la siguiente etapa del proceso.

No perdamos de vista este detalle: lo esencial del desierto es la formación. Un pueblo que ha
vivido en la esclavitud, en el sometimiento, en la carencia de una identidad y de una autonomía
necesita ser formado, y ahí está la pedagogía de la misericordia divina: para enseñar, para
mostrar un camino de crecimiento y de conquista de una auténtica conciencia. Esta es la clave
con la cual podemos comprender a profundidad los relatos de la alianza que nos narra el libro
del Éxodo en los capítulos 19 al 24. Si el pueblo logra asimilar estos retos formativos que el Señor
le transmite, estará preparado para comenzar un nuevo proyecto de vida en la tierra prometida.

Aquí debemos hacer un pare y analizar la calidad de nuestro proyecto formativo…

Pero no todo en el proyecto sale a veces como está diseñado. Ya dijimos que el proyecto
pedagógico de Dios es perfecto; sin embargo, quienes lo están viviendo puede ser que en
cualquier momento se dejen arrastrar por otras propuestas que a la postre terminan siendo
auténticos anti proyectos. Como esto no es ajeno a la vida de las personas y de los pueblos, la
Biblia nos ilustra esta situación con un pasaje muy diciente: “el becerro de oro” (Éx 32,1-14).

Sería muy útil volver a leer este relato en clave de los anti proyectos que en cada momento de
la historia y de nuestros procesos formativos y pedagógicos van surgiendo. ¿Cuáles son los
becerros de oro que se manifiestan hoy como alternativas tanto para nuestra vida como Hijas
de la Misericordia, formandas, mediados de nuestros colegios, agentes de pastoral,
destinatarios de nuestra acción evangelizadora? ¿Cómo estamos respondiendo a esas anti
propuestas? ¿Cuál es el grado de conciencia y de libertad que estamos sembrando en las
destinatarias de nuestro Pedagogía de la Misericordia? ¿Están en grado de discernir con claridad
hacia dónde van y no equivocarse?

Como podemos ver en el texto bíblico, el becerro de oro no es el fin de las relaciones del pueblo
con Dios; la paciencia misericordiosa de Dios es infinita y el proceso puede continuar gracias a
la misericordia divina que ahora se traduce en perdón.

c) Un curso que el pueblo tiene que aprobar antes de entrar a la tierra prometida: el
proyecto de la justicia

Como venimos constando, el desierto se convierte para el pueblo en un gran laboratorio, en una
auténtica aula para el aprendizaje, y ¡cuánto aprendió este pueblo en esa travesía! También tuvo
sus caídas, pero ya vimos cómo se arreglan las cosas con Dios: con verdadero arrepentimiento
y con el perdón, fruto de la misericordia del Padre.

En este contexto de aprendizaje por parte del pueblo es importante que pensemos un momento
en la finalidad última de todo este proceso formativo. Recordemos que el pueblo se lamentaba
y clamaba a Dios desde esa situación de esclavitud y de vejación que vivían en Egipto y que Dios
mismo vio esa situación y escuchó ese clamor y bajó Él mismo para sacarlos de allí y llevarlos a
un lugar distinto; pero a ese lugar no se llega sin este proceso que hemos venido describiendo,
y tampoco se llega a improvisar. Veamos entonces qué es lo que tiene que desarrollar el pueblo
una vez que haya entrado a la tierra prometida.

El libro del Deuteronomio es una verdadera fuente de aprendizaje para el pueblo. Cierto que
este libro se escribió mucho tiempo después de que el pueblo pasó por el desierto y después
también de que estuvo en la tierra prometida y, en fin, después de que había pasado por muchas
experiencias; pero ahí precisamente está la enorme validez y actualidad del Deuteronomio:
mostrarnos todo lo que tenemos que hacer si queremos de verdad iniciar un proyecto de
libertad, de justicia, de fraternidad y de igualdad.

En tal sentido, antes de entrar a la tierra prometida el pueblo debía tener una experiencia de la
misericordia de Dios traducida en términos de justicia vivenciada a partir de las relaciones
interpersonales. En la experiencia de esclavitud de Egipto, no era posible la vivencia de esta
dimensión; es en el desierto, lejos de la esclavitud y la tiranía donde el pueblo tiene que
aprender esa dimensión totalmente nueva. A este respecto, podemos leer las exhortaciones de
Moisés que nos narra el Deuteronomio, Dt 4,1-43.

En segundo lugar, la vivencia de la misericordia de Dios visualizada en la fraternidad. Si no un


auténtico sentido de fraternidad, entonces la experiencia formativa del desierto no tendría
valor. Podemos centrarnos en el segundo discurso de Moisés donde se dan las normas y
mandatos para ir logrando la armonía y la fraternidad: Dt 5,1-33.
En tercer lugar, el pueblo tiene que ser consciente de que si Dios se ha ocupado de ellos no ha
sido por sus méritos, sino por la pura gratuidad misericordiosa de su Dios: Dt 7,7-11. “Israel
nunca podrá jactarse tener méritos suficientes para ser un pueblo especialmente elegido, pues
no es ni grande ni importante; el motivo de su elección se debe puramente al amor de Dios, a
su gracia y su bondad; Israel siempre tendrá que recordar esto. Volver a su pasado de esclavitud
y de dominación y acordarse de que ese fue el motivo por el cual Dios lo amó y se comprometió
con él, porque no era nada, Dios lo hizo ser; porque estaba sometido y humillado, Dios lo rescató,
porque nadie escuchaba sus gemidos y lamentos, Dios los escuchó (cf. Ex 3,7-9) y lo elevó al
rango de interlocutor suyo dándole la capacidad de comprometerse en un pacto: el de ser su
pueblo, escuchando y obedeciendo todo cuanto el Señor le ordenaba. Así pues, al don gratuito
de Dios corresponde una tarea, una responsabilidad muy grave para Israel.” (Biblia de nuestro
pueblo, comentario in situ)

En cuarto lugar, la misericordia de Dios vivida como un auténtico proyecto de justicia solidaria,
donde no hay excusas para permitir que mientras unos están bien, otros estén pasando
dificultades: Dt 15,1-11.

Dentro de esta solidaridad, es importante tener en cuenta que no podemos reducirla sólo a las
relaciones con los semejantes; es necesario involucrar también a los animales y a la misma tierra;
he ahí el sentido del año sabático: descanso para las personas, para los animales y para la tierra…
Lev 25,1-7.

Otro efecto de la solidaridad es el alto sentido de la igualdad. Con el correr del tiempo era posible
que algunos empezaran a prosperar más que otros, y eso no está mal si esa prosperidad no se
construye a costa de empobrecer a otros. Para logar mantener una cierta nivelación social, se
inventaron la figura del “año jubilar” cuyo objeto principal era el perdón de las deudas, la
recuperación de la propiedad y la liberación de los esclavos; es decir, con esta herramienta se
pretendía dar la oportunidad de que todos y cada uno volvieran a comenzar su vida socio
económica, todos apoyando a todos: Lev 25,8-17.

Relectura y actualización para nosotros hoy

Indudablemente todo proyecto pedagógico debe tener como fin último la transformación
integral de la persona. En ese sentido, es necesario examinar los puntos exactos de conexión
entre el Proyecto pedagógico del Padre, el cual como hemos visto, tiene como eje pedagógico
central la misericordia, con nuestro Pemis institucional.

Cabe preguntarnos si nuestra Pemis tiene visualizado o no el horizonte hacia el cual avanzamos,
la “tierra prometida” hacia la cual avanzan nuestras formandas y nuestras estudiantes: un nuevo
tipo de persona, un nuevo tipo de sociedad, un nuevo tipo de relaciones interpersonales, una
nueva imagen de cristianas auténticamente sensibles al Evangelio y al llamado de Jesús a ser
nuevas criaturas (Jn 3,1-15).

Aquí se pueden inspirar para elaborar preguntas que ayuden a establecer esa conexión entre el
Proyecto pedagógico-salvífico del Padre y la Pemis.

d) La tierra prometida: una tierra conquistada no con las armas, sino con el ejemplo del
nuevo proyecto de pueblo

Por lo que nos han contado y por lo que podemos leer en el libro de Josué, es posible que ya
demos por hecho que el pueblo de Israel “conquistó” Canaán, la tierra prometida a sangre y
fuego; algo así como lo que hicieron los españoles cuando llegaron a América. Sin embargo,
probablemente las cosas sucedieron de otro modo. Canaán se fue convirtiendo para los
israelitas en “su” tierra, en tierra de libertad, a medida que ellos iban implementando ese
proyecto de solidaridad, fraternidad e igualdad; ese proyecto de justicia que tenía que ser
completamente diferente a lo que ya habían experimentado en Egipto, el mismo que tenían que
padecer los mismos habitantes de Canaán.

Pensemos entonces en una tierra conquistada, no por la violencia y las armas, sino por el
ejemplo de unos grupos o tribus que antes estaban sometidos a la esclavitud y a la servidumbre,
y que, a través de su fe en un Dios liberador, fueron capaces de organizarse de manera diferente.
Es obvio que eso suscita en los que aún están sometidos a la servidumbre, ese deseo y esas
ganas de liberarse de ese yugo opresor del imperio egipcio.

Si miramos las cosas así, pronto podemos descubrir cómo la misericordia de Dios es la que va
guiando, la que va inspirando esa convicción y esa confianza de que es posible organizarse de
un modo distinto. Las características más fuertes de esta nueva forma de organización del
pueblo son muchas, veamos algunas, aunque sea en términos generales:

 En relación con la tierra: la tierra no es de un amo o rey o emperador; la tierra es de Dios


y Él la “presta” para que el pueblo viva de ella, para que la guarde y la conserve como
propiedad de la familia.

 En relación con la familia: ninguna familia estaba aislada, todas se agrupaban en tribus;
la tribu era como una garantía de seguridad para cada familia. Las familias no vivían
sometidas a un jefe o capataz, vivían en pequeño el proyecto de la fraternidad, la
solidaridad y la igualdad.

 En relación a lo religioso: todos tenían en una misma fe en un mismo Dios, en Yahvé que
los liberó de la servidumbre y la esclavitud. Esa liberación era celebrada cada año y era
el gran motivo de la Pascua.

 En relación al culto: ni las personas ni las familias estaban obligadas a recorrer grandes
distancias para ir a un lugar central de culto; había santuarios locales donde realizaban
su culto, celebraban las hazañas del Señor y, sobre todo, recordaban cómo era la vida
cuando eran esclavos y cómo se vivía ahora en condiciones de libertad. Eso se llama
celebrar la vida.

 En relación con la seguridad: no había un sistema militar para la defensa; todos estaban
en condiciones de vigilar y defender a todos; es decir, cada familia era responsable de
seguridad de sus miembros y se unían en situaciones de hostilidad o amenaza; así se
defendían unos a otros.

En fin, podríamos continuar enumerando cada vez más y nuevas maneras de vivir esa
experiencia de la libertad inspirada por el amor y la misericordia de Dios. Esto para entender
que cuando nos dejamos arropar por ese amor misericordioso del Padre, nuestros anhelos de
humanización son perfectamente alcanzables; no importa que circunstancias nos rodean, no
importa cuántos “faraones” pretender dominarnos y someternos a su servicio; la misericordia
bondadosa de Dios estará siempre ahí para respaldar nuestras justas aspiraciones de paz y
libertad.
Elementos para trabajo de profundización o reflexión:

Tenemos ante nosotros una tierra, una sociedad, unas familias, muy golpeadas por la injusticia,
por la violencia, por el desamor:

¿Cómo podemos, desde nuestra PEMIS levantar el corazón de nuestra gente para iniciar procesos
de “conquista” de esta tierra con esta clave del proyecto de la solidaridad, la fraternidad y la
igualdad?

¿Cómo lograr que el Evangelio sea para nosotros la más efectiva herramienta de “conquista” de
tantos hermanos y hermanas que aún viven sometidos a las formas modernas de servidumbre?

¿Cuáles podrían ser las estrategias más idóneas para recuperar tanto “territorio” perdido? Al
hablar de territorio perdido, pensemos en tanta gente que no tiene acceso a los espacios de
evangelización, de formación cristiana, etc. No importa cuáles sean las causas, pero son personas
que también tienen derecho a ser evangelizadas y contagiadas de la propuesta de Jesús.

4. Las nuevas formas de la misericordia divina en la tierra prometida: acompañamiento,


corrección, comunicación a través de los jueces

Como todo en la vida no es color de rosa, y especialmente cuando hablamos de nuestra


condición humana, unos días nos sentimos fuertes, decididos y comprometidos con las mejores
causas, pero otros días nos dejamos llevar por el abandono y la desidia; eso mismo le pasó al
pueblo de Israel. Por muchos años mantuvieron ese entusiasmo de vivir de acuerdo a lo que
habían prometido cumplir en la Alianza que hizo el Señor con ellos; pero hubo momentos en los
cuales bajaban la guardia, se dejaban llevar por otros proyectos; olvidaban quién realmente era
su auténtico Dios y se iban detrás de otros dioses; es decir, abandonaban con ligereza el camino
que el Dios del amor y la libertad les había propuesto.

En esos momentos difíciles, cuando el pueblo abandonaba el proyecto de la libertad, surgían


muchos problemas: enfrentamientos con otros pueblos, luchas entre hermanos,
contradicciones y amenazas de ser reducidos nuevamente a la esclavitud.

Sin embargo, hay algo muy hermoso en la historia salvífica que aún hoy es posible detectar
incluso en nuestra experiencia personal espiritual: en los peores momentos, en las situaciones
más críticas, en las encrucijadas más tremendas, cuando creemos que definitivamente todo va
a terminar, ahí se hace sentir la presencia misericordiosa y amorosa de Dios; quizás de la manera
menos esperadas, pero ahí se hace sentir. Así es la misericordia infinita de Dios.

Así lo experimentó el pueblo de Israel. En esos momentos críticos que vivió llevado por su propia
terquedad e infidelidad al proyecto de la libertad, Dios se hizo presente por medio de unos
personajes muy especiales que la Biblia denominó softim, plural de la palabra safat, que se
traduce al castellano como “juez”. La época de los jueces es entonces una prueba más de que
siempre el pueblo estuvo acompañado por la presencia misericordiosa de su Dios. Esos
hombres, movidos Dios, iban actuando de tal manera que ayudaban al pueblo a salir de las
situaciones más críticas y amenazantes.

El pueblo fue concluyendo que cuando le estaba yendo mal, cuando estaba amenazado por
algún pueblo vecino, era porque se habían apartado de Dios y estaban atravesando una especie
de castigo; ahí se acordaban nuevamente de Dios, reconocían sus infidelidades y pecados y
clamaban el perdón de su Dios. La prueba de que Dios les perdonaba era precisamente cuando
de entre el pueblo, esa misericordia divina suscitaba un juez que lideraba al pueblo amenazado
y lo llevaba al combate del cual casi siempre salían vencedores.

En síntesis, pues, la época que hemos mencionado se conoce en la Biblia como la época de los
jueces. De esto nos da cuenta el libro que se denomina precisamente De los Jueces; casi todos
sus relatos son violentos, sangrientos. A muchos creyentes no les llama mucho la atención esta
literatura. Sin embargo, no tenemos que pensar que se trata de una crónica de violencia y
sangre; sencillamente se trata de un recurso literario donde se pretende mostrar cómo en esta
época de asentamiento en la tierra prometida, el pueblo siempre estuvo acompañado, como ya
dijimos, de la presencia misericordiosa de Dios. Nos enseña también que Dios es siempre fiel y
no abandona a su pueblo, a sus hijos e hijas, aunque estos sean infieles. Que lo más importante
de todo es reconocer las fallas e infidelidades para que Dios nuevamente haga sentir su
misericordia infinita.

Elementos para el estudio y el diálogo…

Nacimos y crecimos en el seno de una familia creyente, nuestro pueblo es creyente;


se podría decir que todos somos creyentes. Pero deberíamos preguntarnos, ¿cómo
es la calidad de nuestra fe? ¿vivimos realmente una fe comprometida?

Si bien, nosotros hoy no pensamos que los males que atravesamos son consecuencia de nuestros
pecados e infidelidades, ¿qué lectura hacemos de esas situaciones negativas que vemos a diario?
¿Será que, si logramos mejorar en fidelidad a Dios y a su palabra, esas situaciones podrían ser
superadas?

5. La monarquía, el más grande signo de rechazo al proyecto amoroso de Dios. La


misericordia de Dios se convierte en conciencia crítica que denuncia y anuncia: los
profetas

Hay un momento en el que la época de los jueces, que coincide con lo que se conoce como
época tribal, no funcionó más. Parece que todos esos ideales con los que el pueblo empezó su
experiencia en la tierra prometida fueron decayendo, fueron perdiendo interés y calidad y
finalmente el pueblo prefirió que Samuel, el último de los jueces, les nombrara un rey (cf. 1Sa
8). Qué contradicción tan grande: en lugar de mantener ese ideal de libertad y de igualdad, el
pueblo prefirió ser dominado por un rey. Y partir de ahí, todo empezó a cambiar.
Lamentablemente, quienes creyeron en su ingenuidad, que la monarquía podría solucionar los
problemas del momento, resultaron siendo víctimas de su propio invento.

La monarquía cambió por completo esas relaciones que describimos más arriba al referirnos al
proyecto de la tierra prometida. Para decirlo, en una palabra, el pueblo regresó a la misma
situación que sus antepasados habían vivido en Egipto. Muy pronto el pueblo empezó a vivir la
opresión, la injustica, la desigualdad social, la obligación de pagar impuestos o tributos a su rey…
Pero ya no había vuelta atrás. La monarquía ya estaba instituida y por tanto, al pueblo le tocó
enfrentar las peores situaciones de opresión, exclusión y abandono; sólo le quedaba esperar y
confiar en que algún día las cosas tendrían que cambiar.

Pero ni siquiera en esta circunstancia de infidelidad tan extrema, el Dios de la misericordia y la


libertad, abandonó a su pueblo. Justamente este período que se puede pintar de una manera
tan negativa, es uno de los más ricos en espiritualidad y experiencia de Dios para el pueblo
creyente. Y todo gracias a que así es Dios; Él siempre está ahí por más que le demos la espalda,
Él está ahí.
Esa situación que atrajo la monarquía empieza a ser denunciada por la voz de los profetas. En
esos momentos en los cuales el pueblo no tenía quién lo defendiera, quién sacara la cara por él,
Dios hace sentir de nuevo su amor misericordioso con el que sufre; suscita esos personajes que
tenían unas características muy especiales y bien definidas: en primer lugar, eran
independientes del poder; y desde esa autonomía e independencia podían denunciar los
atropellos y las injusticias cometidos por la monarquía; en segundo lugar, se identificaban
plenamente con la causa de Yahvéh, y ya sabemos que la causa de Yahweh, su gran “sueño” es
que el pueblo tenga libertad, que disfrute de la vida en armonía y solidaridad; y en tercer lugar,
estos profetas sentían como propios los dolores y padecimientos del pueblo. Ante esa situación,
los profetas tienen dos maneras de ejercer su ministerio: primero que todo, denunciando
públicamente las injusticias e infidelidades al proyecto de Dios y, en segundo lugar, anunciando
mensajes de esperanza y de consuelo para el pueblo. Así, por ejemplo, la vocación del profeta
Jeremías describe con toda claridad lo que tenía que hacer un auténtico profeta: “...arrancar y
arrasar, destruir y demoler, edificar y plantar…” (Jr 1,10).

Así pues, si miramos el contenido y mensaje de cada uno de los profetas, podemos corroborar
cómo a pesar de que la monarquía parecía tener las riendas de la historia, en realidad ese poder
y dominio es exclusivo de Dios y Él es el Único que sabe guiar los caminos de esa historia a punta
de amor y de misericordia. Por eso, una vez más Él ve y escucha los lamentos de ese pueblo que
sufre, tal como sucedió cuando el pueblo estuvo esclavizado en Egipto (cf. Ex 3,7-9). Y una vez
más se manifiesta, en esta oportunidad a través de los profetas.

6. La etapa más dura faltaba por venir: la destrucción de Jerusalén y el exilio. Todo se
derrumba, pero ahí está todavía la misericordia de Dios haciéndose presente

Por más dura que haya sido la situación bajo el régimen de la monarquía, todavía el pueblo no
había experimentado la peor de sus experiencias; faltaba la más grande de todas: ver la
destrucción de Jerusalén, presenciar el saqueo del Tempo y verlo arder. Qué hay detrás de estos
sucesos: el pueblo tenía ya metido en la mente que Jerusalén era una ciudad santa, era la ciudad
de Dios, por tanto, nadie podía tocarla, y lo mismo pensaban del templo: era la casa de Dios, su
morada única y, por tanto, era también intocable. Eso no tenía discusión para ningún judío
antiguo. Sin embargo, llega un momento en que el poderío de un emperador vecino, el rey de
Babilonia, en su afán de expandir su imperio toca también territorio judío, se toman la ciudad
de Jerusalén, saquean el templo, lo incendian y, para completar, toman presos a los personajes
más sobresalientes de Jerusalén, rey y su familia, a los sacerdotes más prestante y, en fin, a lo
más selecto de la sociedad y se los llevan presos a Babilonia. Esta es la llamada “época del
destierro”.

Es muy difícil calcular el impacto psicológico que produjo esta situación en el alma de los judíos.
Es que, con estas acciones, los babilonios les estaban demostrando a los judíos que ese Yahweh
en el que ellos creían y confiaban no era nada frente al dios Maraduk, el dios de ellos, los
babilonios. Marduk era el dios verdadero que fue capaz de vencer y aniquilar a Yahweh.

En estas circunstancias, la fe de los israelitas, su orgullo nacional y étnico, quedaron “a metros


bajo tierra”. Todo se había terminado. Habían confiado y creído en un Dios que fue incapaz de
defender su ciudad, su morada, su pueblo. Esos son los sentimientos que invaden la mente y el
corazón de los que están sometido y humillados en Babilonia.

Pero, como ya hemos dicho, los hilos de la historia los maneja única y exclusivamente ese Dios
que desde que se dio a conocer lo hemos identificado ya como el Dios del amor, de la compasión
y la misericordia. En medio de todos los dioses que se mencionaban en aquellas épocas en esas
regiones, es el Único que tiene “entrañas de misericordia”, el Único que da vida en lugar de
quitarla. Por eso, en medio de ese panorama tan desolador, en breve tiempo, los dolores y la
humillación comienzan a ceder el paso a la esperanza. “Dios nos ha castigado duramente; pero
no nos ha destruido ni nos tiene desamparados”, Yahweh sigue vivo en medio de nosotros”. Ese
es más o menos el mensaje de los profetas que el mismo Dios suscitó allá en el destierro, donde
muchos no creían, ni si quiera se les ocurría que podría llegar la acción de Yahweh.

A través de dos grandes personajes se hace sentir Dios para comunicar su mensaje de amor y
misericordia al pueblo desplazado en Babilonia. En primer lugar, a través de Ezequiel, un hombre
que se desempeñaba como sacerdote de Jerusalén y que llegó como deportado a Babilonia. En
el destierro, Ezequiel recibe la vocación de profeta. Y de todas sus enseñanzas, hay dos que vale
la pena resaltar. La primera, infunde al pueblo la fe y la confianza haciéndole ver que la Gloria
de Yahweh se ha desplazado desde Jerusalén al destierro de Babilonia. ¡Esto tan sencillo para
nosotros representa un gran paso para estas personas porque en su mentalidad no cabía la idea
de que Yahweh se moviera de Jerusalén! A partir de esta nueva experiencia de fe, las cosas
comenzarían a cambiar en la mentalidad y la espiritualidad de los israelitas deportados.

Y la segunda gran enseñanza de Ezequiel, inspirada por esa fuerza misericordiosa de Dios es la
idea de que, si bien ellos allá en el destierro parecían cadáveres, huesos secos; el Espíritu de
Yahweh les iba a devolver la vida. La metáfora de los huesos secos que nos describe Ezequiel es
sencillamente deslumbrante, espectacular; levanta la fe, la esperanza y los ánimos del más
decaído. La podemos ver en Ez 37,1-14.

Y por otra parte, el otro personaje que, guiado por la fuerza misericordiosa de Dios, levantó la
fe y la esperanza de estas personas en el destierro, es el segundo Isaías, cuyo mensaje podemos
leer en Isaías 40 al 55. La misión de este profeta fue fortalecer la fe del pueblo y hacerles ver
que Yahweh estaba dispuesto a llevarlos de nuevo a la tierra de Israel. Esta parte del libro
comienza con una expresión cargada de absoluta misericordia: “Consuelen, consuelen a mi
pueblo, dice su Dios…”. ¡Imaginemos lo que siente el corazón de Dios cuando ve sufrir a sus hijos
e hijas!

Una vez que el pueblo regresa a su tierra; esa misericordia y bondad de Dios sigue actuando en
medio de ellos, animando, confortando y dando mucha fortaleza para reconstruir no solamente
la ciudad y su templo, sino la fe y el corazón destrozado de los israelitas.

Toda la literatura bíblica resalta pues esa bondad y misericordia infinitas de Dios. Misericordia
que de un modo u otro los hagiógrafos describen a través de imágenes y símbolos, como una
manera de hacernos ver que en todas las cosas y en todo momento, la misericordia del amor de
Dios siempre se ha hecho y se hará presente.
UNIDAD 3

FUNDAMENTACIÓN BIBLICA DE LA PEMIS EN EL SEGUNDO TESTAMENTO

NUEVO TESTAMENTO: LA MISERICORDIA DE DIOS SE HIZO CARNE Y PLANTÓ SU MORADA EN


MEDIO DE NOSOTROS

Desde los orígenes de la iglesia como comunidad de creyentes se ha tenido una clara convicción:
el Antiguo Testamento es preparación para el Nuevo. Y eso es perfectamente cierto. En el
recorrido general que acabamos de hacer del Antiguo Testamento, pudimos detectar cómo en
todo momento y en toda circunstancia, la presencia de Dios está ahí, manifestándose, actuando,
mostrando nuevos caminos, consolando, sirviendo, acogiendo… En fin, todo, en el Antiguo
Testamento nos muestra esa fuente inagotable del amor y la misericordia de Dios que no tienen
fin.

En la lógica y en los tiempos de Dios, llega el momento en que esa bondad y amor misericordioso
decide tomar forma; entonces el evangelista Juan nos describe muy bien esa acción con las
palabras, “el logos se hizo carne y habitó en medio de nosotros” (Jn 1,14). Quizás para la gran
mayoría de paisanos de Jesús, su presencia no significa nada, es una persona más del montón y
punto. Pero para otros, para quienes lo escucharon y vieron sus acciones, y fueron capaces de
abrir su corazón para ser llenado por Él, Jesús es la presencia misma de Dios; es la Revelación
plena y definitiva del Padre. Y Jesús es muy consciente de ello. Un día, después de constatar que
sus palabras y gestos no tocaban para nada a muchos, pero a otros sí, exclamó “lleno del Espíritu
Santo, «Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has mostrado a los sencillos las
cosas que escondiste de los sabios y entendidos. Sí, Padre, porque así lo has querido” (Lc 10,21).

Tenemos que decir entonces que no hay ninguna palabra y ninguna acción de Jesús que no sea
concreción de todo aquello que ES Dios: amor, acogida, bondad, comprensión, ternura,
perdón…en una palabra, misericordia.

Cómo percibe y cómo transmite cada evangelista esa realidad:

El acontecimiento Jesús de Nazaret cambia por completo el rumbo de la historia para quienes
fueron capaces de ver en él la presencia misma de Dios. Sin embargo, las fuerzas contrarias al
plan misericordioso de Dios, enfrentan a Jesús, lo juzgan y lo condenan a muerte. Pero aún ahí,
el amor y la misericordia del Padre, siguen adelante con su proyecto. Jesús sigue siendo el centro
de la vida de cada creyente y de cada comunidad. Aunque ya no está presente de manera física,
él es el motor que sigue animando y dando sentido a la vida de la comunidad.

Es sumamente importante tener en cuenta las situaciones difíciles que atravesaban las
comunidades cristianas primitivas para poder entender cómo iluminaban su vida, cómo
percibían a Jesús y qué respuestas iban encontrando a las diferentes situaciones de cada día.
Eso fundamentalmente es lo que nos revelan los Evangelios: una manera de animar y motivar a
sus respectivas comunidades en su camino de fe y compromiso. Veamos entonces cómo cada
evangelista desarrolla esta tarea.

a) El Evangelio de Marcos

Hoy en día sabemos que la comunidad de Marcos atravesaba situaciones muy difíciles y
dolorosas; había persecución, exclusión y señalamientos a quienes confesaban su fe en Jesús
Resucitado. Esto pudo haber acabado con el proceso de fe de la gente porque creer para ellos
resultaba algo problemático y, sobre todo, doloroso.

En ese contexto de dolor y sufrimiento, Marcos escribe su Evangelio. No exactamente para


justificar las situaciones dolorosas ni para “distraer” la atención de los creyentes con palabras
dulzarronas o con promesas irrealizables. De hecho, podríamos decir que el Evangelio de
Marcos, es el Evangelio de la cruz. Aquí no se oculta el sufrimiento ni se promete que
desaparecerá por el solo hecho de creer en Jesús.

La intencionalidad de Marcos es mostrar que el destino humano no es el sufrimiento; que por


encima de todos los males, está Jesús, quien sufrió en carne propia la persecución y la muerte
en cruz. De ahí entonces, que Marcos va mostrando en su Evangelio auténticas imágenes de
personas que sufren: paralíticos, poseídos, enfermos… y a cada uno, Jesús se acerca siempre con
palabras llenas de amor y de misericordia.

Así pues, el creyente comprende que, aunque no nacimos para sufrir, es un hecho que los males
y padecimientos surgirán, máxime en una sociedad donde el odio, la sed de poder y de dominar
no escatiman males para las personas; tal era la situación que vivía la comunidad de Marcos;
pero que aun así, la vocación humana sigue siendo la vivencia del amor, la fraternidad y la
solidaridad. Y eso fue exactamente lo que realizó Jesús y es exactamente lo que tiene que hacer
todo aquel que cree en él. Eso se llama una fe cargada de compromiso.

En síntesis, entonces, el Evangelio de Marcos nos muestra a Jesús en acción. En su camino


encuentra todo tipo de personas con todos los dolores y sufrimientos que surgen de la injusticia
y el desamor, y él va acercándose, acogiendo, sembrando en sus corazones las semillas de la
verdad, la justicia, la fraternidad y, en definitiva, haciendo visible en sus acciones y palabras la
misericordia y el amor de Dios.

Para la reflexión comunitaria:

Seguramente nos relacionamos continuamente con personas o con comunidades que atraviesan
muchas dificultades y que padecen de múltiples maneras. ¿En qué pensamos cuando vemos el
dolor de la gente? ¿Qué iniciativas se nos ocurren para ayudarlos? ¿Hemos visto en el Evangelio
de Marcos de qué manera se acerca Jesús a las personas? ¿Cómo podríamos integrar en nuestro
Pemis esas actitudes de Jesús?

b) El Evangelio de Mateo

Mateo escribe su Evangelio para una comunidad muy diferente a la de Marcos. No faltaban,
claro está, el sufrimiento y la exclusión; pero, aun así, se trata de una comunidad muy diferente.

Por lo que se puede percibir en la obra mateana, su comunidad es una iglesia muy bien
organizada, compuesta por fieles que proceden del judaísmo, pero que están experimentando
el rechazo total y definitivo por parte de los judíos. Ante dicho rechazo, los cristianos de la
comunidad de Mateo se cuestionan sobre su deber o no de cumplir la ley judía, ¿qué parte de
esa ley era necesario cumplir y qué partes podían ya dar por superadas? De otra parte, aunque
se trata de creyentes totalmente convencidos de su fe en Jesús, muerto y resucitado, se
cuestionan sobre la “validez” de esta fe, ¿no estarían actuando en contra del querer de Dios…?
Y otra gran preocupación era si debían mantener una identidad estrictamente judía o abrirse al
ingreso de otras personas que aunque no procedieran del judaísmo se sentían atraídas por la
forma de vida promovida e implantada por Jesús; es decir, ¿debían abrirse a la universalidad o
era mejor permanecer como un gueto?
Con su Evangelio, Mateo busca entonces iluminar la fe de su comunidad; darle un sentido y un
valor auténtico a las convicciones de esta comunidad donde las personas tienen la oportunidad
de vivir con auténtico gozo el mensaje y el ejemplo de Jesús. Para Mateo, Jesús es el culmen y
el centro de la revelación de Dios; en él se han cumplido absolutamente todas las escrituras. Él
ha llevado la ley a su plenitud y ha realizado en sus obras y palabras todo lo que los profetas
habían enseñado y escrito sobre el Mesías.

Los fieles de la comunidad de Mateo pueden estar completamente tranquilos respecto a su


relación con la tradición judía. Su ruptura con el judaísmo no les debe hacer pensar que son unos
apóstatas, es decir, que han renegado de su fe judía; todo lo contrario; deben sentirse felices
porque en Jesús y como Jesús, están logrando llevar esa ley a su plenitud.

Para Mateo, por tanto, Jesús recoge el más perfecto pensamiento judío el cual se centra en la
Alianza, como elemento en el cual se fragua la fidelidad al plan de Dios; en la Ley, como camino
de realización personal y comunitaria y signo claro de esa fidelidad; y en las enseñanzas de los
Profetas, especialmente en lo que tienen de promesas de Dios para su pueblo. Ahí está
condensado el pensamiento judío que en Jesús se ha realizado plenamente.

En síntesis, el Evangelio de Mateo da testimonio de que Jesús llevó al Ley a su máximo


cumplimiento, aunque esto haya implicado desmontar todo el sistema de legalismo judío que
mantenía oprimido al pueblo. Al realizar este desmonte, Jesús pudo transparentar el auténtico
rostro de la misericordia que es su Padre. Pero la misión de Jesús no se queda únicamente en
hacer transparente ese rostro misericordioso del Padre; su tarea incluye también enseñar a
todos los hombres y mujeres de buena voluntad a que hagan lo mismo. He ahí la función o tarea
mesiánica de Jesús, lo cual es una auténtica novedad: lograr que todo el que acepte en su
corazón que Él es el Mesías, el Hijo de Dios vivo, realice también estas mismas obras.

Por tanto, este proyecto de Jesús se debe ver concretamente en una comunidad que:

 Se organiza y centra totalmente su fe en Jesús, condenado a muerte por el poder de los


dirigentes de su pueblo, pero resucitado por la absoluta misericordia del Padre;

 Debe superar con mucho la Ley judía, pues ahora tiene la oportunidad de transparentar
esa misericordia de Dios en la vivencia de las Bienaventuranzas como la regla más
simple, pero más efectiva, de llevar a la plenitud cualquier tipo de ley y de justicia;

 Tiene que abrirse a la universalidad porque Jesús no es el Mesías sólo para Israel, sino
para toda la humanidad. Nadie está ni puede ser excluido del plan misericordioso de
Dios. La misericordia y el amor de Dios no se pueden vivir sólo hacia adentro, hay que
proyectarla como Jesús hacia los demás, hacia el prójimo;

 Está llamada a celebrar las misericordias del Señor; en la alegría, en el compartir, en la


práctica de todos los signos que transparentan esa misericordia infinita del Padre,
especialmente en el bautismo.

Para la reflexión comunitaria:

Hemos visto a grandes rasgos cómo era la comunidad de Mateo. Hagamos el ejercicio de
describir cómo son nuestras comunidades; pensemos en la comunidad cristiana donde estamos
insertas, pero también pensemos en nuestra comunidad canónica. ¿Cómo vivimos, qué
dificultades tenemos, qué signos de rechazo a nuestro estilo de vida, qué ilusiones, qué
esperanzas tenemos, qué dificultades y problemas tienen nuestras comunidades cristianas… En
fin, ¿en qué nos parecemos a la comunidad de Mateo?

Demos una nueva mirada al sermón de las Bienaventuranzas (Mt 5—7) y respondamos: ¿en qué
aspectos nuestro pemis conecta con ese plan de vida que nos ofrece Jesús? ¿En qué aspecto se
desconecta y cuáles pueden ser las causas? ¿Cómo podemos armonizar entonces nuestro pemis
con el proyecto de Jesús? Debemos ser conscientes de que ahora estamos asumiendo que TODO
el Evangelio, de principio a fin, es un explicitación de la misericordia de Dios manifestada y hecha
vida en Jesús.

c) El Evangelio de Lucas

Lucas, según el criterio de los estudiosos, es un autor muy particular. Es el único de los cuatro
evangelistas que nos ofrece dos obras perfectamente identificables: el Evangelio y el libro de los
Hechos de los Apóstoles. En el primero nos deja ver todo lo referente a la vida, las enseñanzas y
la acción de Jesús; es lo que podemos llamar “el tiempo de Jesús”. Y en su segundo libro, nos
narra lo referente a los primeros tiempos de la Iglesia con María y los Apóstoles a la cabeza; es
lo que podemos denominar “el tiempo de la Iglesia”. Vamos a ver cómo en ambas obras, el hilo
conductor es el Espíritu Santo, que va dejando derramar su gracia sobre la comunidad de los
creyentes, la cual se traduce también en amor, acogida, misericordia.

Otro elemento distintivo de Lucas es que no tiene un origen judío. En el caso de Marcos, Mateo
y Juan, proceden del judaísmo. Lucas, por el contrario, es de origen “pagano”, según la antigua
clasificación de los judíos. Todo el que no era judío, era pagano. No sabemos en qué momento
Lucas se hace cristiano o si procedía de una familia cristina. En todo caso, se nota que es un
hombre sumamente culto; conocedor profundo del Antiguo Testamento y muy enamorado
especialmente de los profetas. No tanto de la Ley.

Una característica muy importante de nuestro autor es que se trata de un cristiano de segunda
o de tercera generación. Eso significa que la comunidad a la que él anima es como la “nieta” de
la comunidad cristiana primitiva. Esto es muy diciente porque en muchos casos, lo que nuestros
abuelos tanto se esforzaron por construir, los ideales que fueron forjando, los sueños que fueron
realizando, tienden a desaparecer entre una generación y otra. Y eso mismo lo podemos aplicar
a la experiencia cristiana que le toca ver a Lucas. Una comunidad que está perdiendo ideales,
que se ha “acomodado” demasiado y que parece muy conforme con lo que está viviendo; el
calor y los bríos iniciales se están apagando… El mensaje de Jesús se ha idealizado mucho; mejor
dicho, Jesús y sus enseñanzas se han espiritualizado demasiado y la práctica de esa fe no se nota
casi; parece que sólo se vive de recuerdos bonitos y ya.

Podríamos decir entonces, que la intencionalidad de Lucas con su obra es algo así como
“sacudir” a la comunidad; brindarle unos buenos elementos para una efectiva “refundación”.
Recordemos que este término se viene manejando mucho en la vida religiosa quizás porque
también a nuestras comunidades cristianas y también a las consagradas, nos sucede algo similar.

Y bien; después de una larga investigación y confrontación de las cosas tal como fueron desde
el principio, Lucas nos narra todo lo referente a la acción misericordiosa de Dios realizada en
Jesús de Nazaret. Después de mostrarnos ese origen humilde y humano de Jesús, pero
acompañado siempre por la fuerza del Espíritu Santo, nos cuenta que un día, en la sinagoga de
Nazaret, Jesús se lanza a la vida pública después de leer el pasaje de Isaías 61,1: “El Espíritu del
Señor está sobre mí, porque él me ha ungido para que dé la Buena Noticia a los pobres; me ha
enviado a anunciar la libertad a los cautivos y la vista a los ciegos, para poner en libertad a los
oprimidos, para proclamar el año de gracia del Señor” (Lc 4,18-19). Como quien dice, Lucas
enseña que desde el inicio mismo de su misión Jesús es consciente de que su obra no es
estrictamente de él, sino del Padre y que de ahí en adelante todo lo que diga y haga se va a
centrar exclusivamente en realizar ese ideal de Dios: proclamar la Buena Noticia a los pobres…
anunciar la libertad a los cautivos y la vista a los ciegos… poner en libertad a los oprimidos…
proclamar el año de gracia del Señor…

Básicamente podemos distinguir dos partes en el Evangelio de Lucas: una primera parte se
centra en el ministerio de Jesús en Galilea; esto es, al norte del país, fuera de la región de Judea.
En esa región Jesús va realizando con sus obras lo que transmite con sus palabras. La gente
puede ver realizado el mensaje del amor y la misericordia en cada palabra, en cada gesto y
acción de Jesús.

La segunda parte del Evangelio se centra específicamente en el “camino hacia Jerusalén”. Poco
a poco Jesús va dejando atrás la región de Galilea y comienza a aproximarse cada vez más al
centro de Judea, es decir, Jerusalén. Él sabe que allí no le espera lo mejor. Sin embargo, es
justamente en esta parte del recorrido donde Lucas se esfuerza más por lograr que esa
misericordia de Dios personificada en Jesús se vea con mayor claridad y contundencia. Es como
si Lucas quisiera decirnos que a pesar de todas estas acciones y enseñanzas de Jesús, el juicio
que tendrá en Jerusalén será aún más drástico e injusto. Así, la comunidad cristiana y cada
creyente en particular, tienen que esforzarse por realizar esa misma acción de Jesús aunque en
su horizonte sólo se vean amenazas, incomprensiones y contradicciones. Además, la fe en Jesús,
no puede quedarse en meros recuerdos; es necesario poner en acción esa fe al estilo de Jesús.

De este modo, los estudiosos de Lucas nos hacen notar varias cosas muy interesantes que
conviene tener en cuenta:

 El Evangelio de Lucas es el evangelio del Espíritu Santo. Desde el inicio mismo de su


Evangelio, cuando nos narra el relato de la Anunciación, el Espíritu Santo está presente
y actuante. Ilumina, fortalece y anima a María para exclamar aquel fiat que abre para la
humanidad el envío del Salvador. Y así, a lo largo de la vida de Jesús, el Espíritu Santo es
como el motor que induce a Jesús a asumir ese compromiso que lo llevará a enfrentar
los poderes de la muerte, en todo caso para que la verdad sobre el amor, la justicia y la
misericordia de Dios permanezcan por siempre;

 Lucas es el Evangelio de la misericordia; en esto también concuerdan todos los


estudiosos del Nuevo Testamento. Más que ningún otro evangelista, Lucas subraya ese
aspecto misericordioso de Dios personificado, como ya dijimos, en Jesús. Es justamente
en este Evangelio donde encontramos las muestras más preciosas de lo que piensa Jesús
de la misericordia; miremos la manera cómo se acerca a los enfermos, a los niños, a las
mujeres; y si aún queremos ver más, examinemos a profundidad ese relato maravilloso
del buen samaritano; aquella parábola de la oveja perdida, la dracma perdido y la más
sobresaliente de todas: la del hijo pródigo. ¡Podríamos hacer todo un tratado sólo sobre
estos tres o cuatro pasajes!

 Lucas es el evangelio de la alegría y el gozo. Parece que Lucas no concibe como un


creyente puede quedarse impávido ante las palabras y las acciones de Jesús. Para él, el
Evangelio es de por sí la noticia más alegre y gozosa que jamás se había pronunciado. Y
la manera como Lucas expresa esa manera de pensar es concluyendo muchos pasajes
con las palabras “todos se alegraban y alababan a Dios”. Como quien dice, Jesús es gozo,
alegría, motivo de alabanza…

 Lucas es el Evangelio de la Iglesia: la vida de Jesús tiene sentido en cuanto tiene una
proyección; es decir, en cuanto realiza una misión. Del mismo modo, la comunidad de
creyentes que es la Iglesia tiene sentido en cuanto se orienta a una misión, la misión de
continuar la misma obra de Jesús, misión que debe realizar con esa conciencia de ser
discípula. Eso es la Iglesia, la discípula de Jesús y continuadora de su obra. Cuando la
Iglesia olvida ese ideal, pierde totalmente la ruta que el Espíritu le ha trazado desde el
inicio.

 También podemos agregar que Lucas es el Evangelio de la inclusión, de la equidad de


género… En fin, un Evangelio que va explicitando y haciendo ver a la comunidad a la cual
está dirigido, todos los elementos que deben tener en cuenta para poder llevar con toda
propiedad el título de comunidad “cristiana”.

Elementos para la reflexión:

Hemos visto sólo unos cuantos elementos del Evangelio de Lucas; podríamos seguir agregando
muchos más; sin embargo, a partir de lo visto aquí, tratemos de confrontar el “ardor” de nuestro
corazón (como aquel de los discípulos de Emaús) con la calidad de nuestra fe y nuestro
compromiso cristiano. Dijimos que la comunidad de Lucas es como de segunda o tercera
generación y que ya sus ideales iniciales están un poco desdibujados. Pensemos en esos ideales
de nuestro Fundador, M.A Builes, en los motivos que lo llevaron a fundar nuestra Congregación
y en la tarea que él soñaba realizar a través de esta Fundación: ¿Estarán todavía frescos esos
ideales? Hagamos conciencia de los años de fundación; seguramente alguna vez hemos leído las
Memorias de nuestra comunidad, quizás encontremos que somos un poco diferentes a esas
primeras generaciones de hermanas; pensemos: ¿en qué somos iguales, en que somos diferentes
y cuáles son los motivos de esas diferencias? A pesar de todo, ¿mantenemos aquel mismo
“ardor”? Si encontramos que nuestro ardor ha decaído, ¿qué podemos hacer para recuperarlo?
¿Será que el Evangelio de Lucas, dirigido a una comunidad que muestra signos de decadencia,
nos puede iluminar?

d) El Evangelio de Juan

El Evangelio de Juan es el más tardío; al parecer se escribió ya finalizando el siglo primero o


iniciando el segundo. Sus materiales y composición presentan diferencias muy grandes con los
tres primeros; sin embargo, en esencia nos revela el mismo acontecimiento sobre Jesús;
coincide con los otros tres en lo concerniente a la Pasión y la Resurrección de Jesús.

El ambiente o la situación que se manifiesta detrás del cuarto Evangelio es muy particular.
Aparte de las situaciones propias que vivía la comunidad respecto a sus relaciones con el
judaísmo, que de por sí eran bien tensas, la comunidad de Juan enfrenta también problemas de
tipo ideológico. Se trata de un ambiente donde se mueve con mucha fuerza una especie de
filosofía con características de religión denominada “Gnosticismo”.

Según el padre G. de La Torre (2007, p. 5), “El gnosticismo (búsqueda de la gnosis) es un


importante movimiento espiritual, que trataba de dar una visión de conjunto sobre la existencia
humana inmersa en el mundo, intentando encontrar la comprensión total de su misterio -el
misterio del ser humano- y de responder a las grandes preguntas: de dónde viene, a dónde va,
por qué el mal, cómo librarse de esta situación, cómo ser feliz...
Este es el ser humano con el que quiere encontrarse el autor del cuarto evangelio; un ser
humano que está tomando conciencia de su situación de ser ambiguo en el mundo, mezcla de
luz y de tinieblas; ser inquieto, que no cesa de buscar la auténtica verdad y de responder a los
profundos interrogantes acerca del sentido de su vida.

La gnosis se orienta hacia un conocimiento profundo de la verdad, verdad que si es tal,


solamente puede venir de Dios”.

Escritores como el autor del cuarto Evangelio y san Pablo, tuvieron que enfrentar esta corriente
pues tuvo adeptos muy famosos y de gran influencia en las comunidades. Así entonces, tanto
Juan como Pablo respondieron a su manera, desde su fe y sus convicciones sobre la verdad de
Cristo.

A lo largo de todo el Evangelio de Juan encontramos a un Jesús que ilumina la vida de la gente
con su verdad. Una verdad que sólo pueda ser descubierta por aquellos que sean capaces de
“de renacer del agua y del Espíritu”. Este es el primer desafío que plantea Jesús a un maestro de
Ley, Nicodemo.

En pocas palabras, el planteamiento general del Evangelio de Juan se puede sintetizar así (De la
Torre, 2007, 7):

 El Dios del Antiguo Testamento no es otro que el mismo Dios Padre de Jesucristo.

 Ese Dios ha creado al mundo mediante su palabra poderosa, como también ha creado
al ser humano, tanto a su cuerpo como a sus elementos espirituales. El hombre está,
efectivamente, esclavizado bajo el poder de las tinieblas o del pecado; pero, no por
maldad intrínseca del cuerpo, sino por la opción que el ser humano suele hacer en
contra del Dios que inhabita su conciencia, de quien es creatura y a quien debe
adoración “en espíritu y en verdad”.

 La salvación viene por el encuentro y seguimiento de Jesucristo, “camino, verdad y


vida”, cuya muerte y resurrección nos libera definitivamente y nos introduce en el reino
de la luz.

 Jesús -y este es un punto fundamental- fue verdadero hombre, asumió un cuerpo real
(“la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros”, Jn 1,14) y fue en ese hombre
completo donde se reveló la Palabra de Dios, como fue ese hombre total el que sufrió y
murió en la cruz, y el mismo que resucitó y subió junto al Padre.

En la manera como Juan organiza el Evangelio se puede ver, así como en los demás Evangelios,
esa acción misericordiosa de Dios que cobra vida en las palabras y signos que Jesús realiza. Juan
organiza las acciones de Jesús en 7 grandes signos:

1) La conversión del agua en vino (Jn 2, 1-11);

2) la curación del hijo del funcionario romano (Jn 4, 43-54);

3) curación de un paralítico en la piscina de Betesda (Jn 5, 1-9);

4) multiplicación del pan (Jn 6, 1-5);

5) camina sobre el agua (Jn 6, 16-25);

6) curación del ciego de nacimiento (Jn 9, 1-41) y


7) la resurrección de Lázaro (Jn 11, 1-44).

Cada uno de estos signos está enmarcado en una gran enseñanza o discurso de Jesús. Es decir,
la palabra y la acción en Jesús ocurren de manera simultánea; en eso podemos identificar que
efectivamente Jesús es la misma presencia de Dios. También digamos que esos signos que nos
narra el evangelista Juan son en definitiva la manera como la comunidad puede percibir la
misericordia amorosa de Dios en cada momento de su vida: en el símbolo del vino que alegra el
corazón del ser humano y lo pone en conexión con Dios (signo 1); en la vida que debemos cuidar
desde sus mismos inicios como respuesta al querer de Dios que quiere que tengamos vida y la
tengamos en abundancia (signo 2); en la integridad de nuestro cuerpo que es una maravillosa
obra de Dios y el cual tenemos que amar y respetar (singo 3); en el alimento que es también un
regalo de Dios y que todos debemos procurar para que nadie padezca hambre (signo 4); en el
saber sortear las situaciones difíciles que tenemos que enfrentar día tras día, pero con la fe firme
en que así como Jesús podemos “caminar sobre ellas” (signo 5); en la formación de nuestra
conciencia para que podamos ver la vida con nuestros propios ojos y así poderla vivir con el
amor que Dios nos regala (signo 6) y, finalmente, en la fe y la esperanza de que todo no termina
con nuestra muerte; después de todo, la presencia misericordiosa de Dios en Jesús está siempre
ahí con nosotros para sostenernos (signo 7).

Para la reflexión comunitaria

No es extraño para nosotros hoy ver en nuestras comunidades cristianas distintas posiciones o
enfoques con respecto al cristianismo. Muchas personas que nacieron en el seno de familias
católicas, pertenecen hoy a otras denominaciones, pero lamentablemente no saben dar razones
válidas de su cambio. Han aprendido frases como “ustedes los católicos son unos idólatras”
porque adoran imágenes…. Ustedes tienen el anticristo que es el papa… y, en fin otra serie de
afirmaciones que a muchos les convence y optan por irse de la Iglesia católica.

La cuestión es entonces que con respecto a esas situaciones que son reales en muchas de
nuestras comunidades, nosotros nos preguntemos qué estamos haciendo para dar una auténtica
imagen de nuestra fe; cómo estamos actuando para que en nosotros se pueda ver esa presencia
amorosa y misericordiosa de Dios; qué tenemos que reformar en nuestro proyecto comunitario
para lograr transparentar la misericordia encarnada de Jesús.

e) Los escritos paulinos

Una buena parte de los escritos del Nuevo Testamento son de autoría de san Pablo. Como bien
sabemos, Pablo no fue directamente apóstol de Jesús; comenzó siendo un perseguidor acérrimo
de los cristianos, pero termina convirtiéndose en un auténtico apóstol de Jesucristo; incansable
misionero, predicador de la realización de todas las promesas de Dios en su hijo Jesucristo.

Como dijimos cuando hablamos del Evangelio de Juan, también Pablo tiene que enfrentar el
problema de la corriente gnóstica; pues bien, Pablo incorpora en su teología varios elementos y
vocablos gnósticos, como cierto dualismo cuerpo-espíritu, Dios-mundo, etc., pero se esfuerza
en presentar el Evangelio de Jesucristo tal como es transmitido por la tradición de los apóstoles
y la revelación especial de él mismo, como la verdadera gnosis o sabiduría, que no es otra sino
el seguimiento del Cristo muerto y resucitado, verdadero hombre, siervo sufriente de Dios Padre
y humilde servidor de los hombres. No hay otra gnosis secreta ni otra revelación más que este
evangelio anunciado a todos los que afirman su fe en Jesucristo (De La Torre, 2007, 8).
Para poder llegar al corazón de sus interlocutores, Pablo sabe hacerse griego con los griegos,
judío con los judíos, "débil con los débiles", "todo para todos, para ganar por lo menos a algunos"
(1 Cor 9,12-23).

Por razones de espacio y de tiempo, no es posible examinar aquí el contenido y mensaje de cada
una de las Cartas de Pablo; por tanto, en términos generales digamos que el contenido esencial
de su mensaje es el de la "tradición" apostólica: Jesús de Nazaret muerto y resucitado para la
salvación de todos los hombres (1 Cor 15,1-5). A esta "verdad del Evangelio" no se le puede
quitar nada, así como nada puede reemplazarla: "Si nosotros mismos o un ángel venido del Cielo
les anunciara un Evangelio distinto del que les hemos anunciado, ¡qué sea expulsado!" (Gal1, 6-
8; 2,5.14). Pero este mensaje necesitaba ser traducido en un estilo de vida y está destinado a
producir una "criatura nueva" (2 Cor 5,17); por eso Pablo se hace educador y pastor.

La vida de Pablo gira en torno a una continua serie de peligros. Él mismo lo expresa en 2Cor 11,
26-28: “… Sufrí peligros de ríos, peligros de salteadores, peligros de los de mi raza, peligros de
los gentiles, peligros en ciudad, peligros en despoblado, peligros por mar, peligros entre falsos
hermanos, trabajo y fatiga, noches sin dormir, muchas veces hambre y sed, muchos días sin
comer, frío y desnudez. Y aparte de otras cosas, mi responsabilidad diaria la preocupación por
todas las Iglesias…”. Sin embargo, nada de esto es obstáculo para desarrollar su tarea misionera.
Su gran preocupación por lograr anunciar a todos el Evangelio del amor y la misericordia de
nuestro Señor Jesucristo.

No hay nada en las enseñanzas de Pablo que se salga de su objetivo: dar a conocer la verdad
sobre Cristo; el Hijo de Dios enviado por el Padre que con su muerte y resurrección nos ha
rescatado; su sangre ha pagado por nuestro rescate. He ahí, la esencia de las enseñanzas de
Pablo. En cada escrito, en cada plática dirigida bien sea a cristianos como a judíos, lo esencial
para Pablo es subrayar el aspecto misericordioso de Dios que en Cristo se hizo carne para
nuestra salvación.

Para la reflexión comunitaria:

Una de las cosas que más llama la atención sobre la vida de Pablo es su ímpetu misionero, el celo
por ir a cada rincón a visitar, predicar, anunciar. Su gran anhelo era llevar la Buena Noticia a sus
hermanos judíos, sin embargo, son ellos sus principales enemigos y perseguidores. Esa actitud
de sus hermanos de raza, no constituye para Pablo un obstáculo. Ahí es donde más arde en él su
gran deseo de llevar la Verdad del Evangelio a cada criatura. Desde esta perspectiva,
examinemos ¿cómo es nuestro ímpetu misionero? ¿qué nos impulsa hoy a salir de la comodidad
en que a veces nos hemos acostumbrado a vivir? ¿hasta dónde se extiende nuestro horizonte
misionero? Al volver a mirar la vida Pablo pensemos: ¿qué desafíos nos presenta hoy su vida y
sus actitudes de Apóstol misionero?

Diseña una página web utilizando la herramienta de wix.com en la cual indiques 10


ideas centrales (por cada testamento) que permitan evidenciar por qué cada uno
de los testamentos fundamenta el modelo pedagógico de la Misericordia.
UNIDAD 4

FUNDAMENTACIÓN TEORICA DE LA PEMIS

Ubica en el diccionario los siguientes conceptos:

- Pedagogía
- Humanismo
- Constructivismo
- Pedagogo

Después de buscar las palabras escribe un cuento corto en el cual sin pronunciar las palabras
se evidencie su significado.

4.1 PEDAGOGIA DE JESÚS

Estos son los momentos que tendrá esta reflexión:

 La Pedagogía de Jesús, una pedagogía de la misericordia.


 El lugar histórico–social de la pedagogía de la misericordia.
 Un Itinerario educativo–pastoral fundado en el principio de la compasión – misericordia.

I. LA PEDAGOGÍA DE JESÚS, UNA PEDAGOGÍA DE LA MISERICORDIA

Al querer aproximarnos a la Pedagogía de Jesús debemos explicitar la comprensión que


tengamos de pedagogía para, desde ahí, hablar de la pedagogía de Jesús.

La pedagogía, como ciencia de la acción educativa, es una disciplina no simplemente descriptiva


o interpretativa de una práctica existente, sino una reflexión crítica, prioritariamente proyectiva,
tendiente a dar sentido, redefinir y ofrecer una refundamentación permanente al conjunto de
prácticas educativas. Es una ciencia dinámica que evoluciona constantemente, pues siempre
tiene que dar una respuesta inédita y eficaz a las aspiraciones crecientes y emergentes de
humanización de las personas y a las exigencias de transformación del medio social dentro del
cual se inserta y realiza.

No partiendo de cero, sino de una experiencia acumulada, la pedagogía hace una constante
evocación del patrimonio del pasado, de la experiencia; es también una con–vocación por el
hecho de ser una acción-reflexión comunitarias; pero, sobre todo, es una pro–vocación,
particularmente en los momentos críticos de cambios de épocas en los cuales se hace un
cuestionamiento radical a la educación misma, al papel y misión que debe desempeñar y a las
instituciones que le sirven de soporte y mediación. Por lo mismo, la educación y la reflexión
crítica y sistemática sobre la misma, que es la pedagogía, tienen que ser una práctica y una
ciencia proféticas en el sentido más profundo y auténtico de la tradición judío-cristiana. Se debe
inspirar, por una parte, en la labor educativa de los profetas y, por otra, señalar la misión
profética de los educadores: profetas-educadores y educadores-profetas.
La pedagogía, como ciencia interpretativa, pero fundamentalmente proyectiva, debe responder
permanentemente a aquellos interrogantes que constituyen y definen sus mismos fundamentos
y su razón de ser:

Responder a las siguientes preguntas:


¿En dónde y cuándo se educa?: determinando el cambiante contexto histórico
y social dentro del cual se realiza y en función del cual está la acción educativa.
¿Para qué se educa? ¿Qué fines se propone la educación en la realidad en que se
desenvuelve?
¿Qué tipo de personas se pretende formar mediante la educación?
¿Cómo se educa en un determinado contexto histórico? ¿Cuáles son los procesos
metodológicos y didácticos coherentes con los propósitos educativos?

Al querer responder a estas preguntas tenemos que afirmar que entre más nos acercamos a los
Evangelios con mirada de educadores, descubrimos siempre más la incomparable riqueza que
ellos nos ofrecen desde una perspectiva pedagógica.
Intentaremos, pues, adentrarnos en los Evangelios con esta óptica e inquietud, poniendo de
relieve aquellos rasgos más destacados, con la conciencia de que nos acercamos a una fuente
de riqueza inagotable.

II. LA UTOPÍA PEDAGÓGICA DE JESÚS: LA IRRUPCIÓN, LA PRESENCIA Y REALIZACIÓN DEL REINO


DE DIOS

“También a otras ciudades tengo que anunciar la Buena Nueva del Reino de Dios, porque a esto
he sido enviado”. (Lc 4,43)
El verdadero maestro, el auténtico educador–profeta, debe tener una meta definida que inspira
y atrae todos sus mensajes y da sentido a todos sus actos. Condición indispensable de la acción
educativa es saber hacia dónde se marcha para no extraviar la ruta o andar erráticamente sin
brújula. En el camino pedagógico del Éxodo, el pueblo de Israel iba hacia la “tierra prometida”.
Ella justificaba los cuarenta años de su caminar por el desierto, años y años dando vueltas sobre
el mismo sitio, con ganas, a veces, ante las duras dificultades, de volver al lugar de donde huyó,
pero, en definitiva, guiado y animado por Yahvéh educador, que nunca renunció a su plan, tenía
siempre en el corazón, en sus sueños y aspiraciones la Tierra prometida y anhelada como
heredad.

Los verdaderos educadores deben saber bien hacia dónde van, qué es lo que quieren alcanzar;
o al menos, qué es lo que quieren dejar atrás; esa lucidez y certeza eliminan la zozobra, la
incertidumbre, sirven para evaluar los instrumentos, para determinar las prioridades, para
prever decisiones y, sobre todo, para tener la certeza de que se avanza y se asimilan y superan
las dificultades y hasta los fracasos.

Todo proyecto educativo permite ordenar, a partir de la meta a la cual se quiere llegar, los pasos
y los niveles siguientes del método; no hay algo que disperse más y haga inútiles los esfuerzos
de la gente, como el no saber exactamente por qué y para qué se trabaja; en el conocimiento -
generador del convencimiento - es donde comienza la motivación, lo que mueve, impulsa y guía
el actuar.
Un grupo que no conoce el horizonte y la meta de su trabajo y de sus esfuerzos carece de
convicciones y se moverá tan sólo por emociones e impulsos que no dan certeza por lo
vulnerables e inestables que son.

Jesús, el Maestro-profeta, tenía muy claramente definida su misión y también su plan educativo:
la implantación del Reino de Dios. Ese fue su gran proyecto, que como tal era irrenunciable,
inmodificable, pues para eso había sido enviado y había venido (Lc 4,43). Era el imán de todos
sus movimientos, el eje, la piedra angular sobre la que construía, el télos hacia el cual ordenaba
todas sus palabras y acciones.

Por esta razón, el elemento central de la originalidad de Jesús como Maestro reside en la
intencionalidad y el contenido de su enseñanza y práctica educativas. A diferencia de los
Maestros de la Ley, cuya acción magistral consistía en enseñar la Ley y las tradiciones, y vigilar
por su recta interpretación y observación, Jesús centra la totalidad de su vida, de su misión y de
su actuar, como Maestro–Profeta, en proclamar y hacer presente la utopía de Dios, expresada
en la imagen del Reino de Dios que se fue plasmando en la tradición profética y que se haría
presente en los últimos tiempos mediante el Mesías–Rey.

Jesús proclama el Evangelio de Dios, la Buena y esperanzadora Noticia de que el Reino de Dios
y su acción salvadora han llegado a nosotros. Jesús educa en función de la realización de la
Utopía de Dios de la cual es portador: la irrupción de un mundo nuevo, de una humanidad
renovada según el proyecto original nacido del corazón de Dios.

No podemos, entonces, comprender la pedagogía de Jesús, fuera de ese proyecto


evangelizador, que constituye el horizonte y sentido último de su praxis educativa. La pedagogía
de Jesús es evangelizadora: mediación, signo e instrumento de la Buena Nueva de la liberación,
de la comunión y de la vida en plenitud para la humanidad...

III. EL LUGAR EDUCATIVO Y LA UTOPÍA PEDAGÓGICA DE JESÚS

Al plantear cualquiera proyecto pedagógico es indispensable responder, entre otros, a estos dos
interrogantes: ¿En dónde se educa? y ¿Para qué se educa? En efecto, toda acción educativa
liberadora, tal como fue la de Jesús, se da dentro de unas coordinadas espacio–temporales muy
precisos y pretende dar una respuesta oportuna y eficaz a la realidad y las condiciones concretas
en que vive una determinada población. Por lo mismo, toda pedagogía verdadera debe ser
concreta e histórica, por su ubicación y por su respuesta a las necesidades vitales del grupo
humano al cual se dirige.
En relación con la acción educativa de Jesús debemos, entonces, preguntarnos: ¿En qué medio
realizó Jesús su acción educativa? y ¿Cuál fue la intencionalidad última, el sentido, la utopía para
la cual educó?
IV. CONTEXTO Y CONDICIONES ECONÓMICAS, POLÍTICAS, SOCIALES Y RELIGIOSAS EN LAS
CUALES JESÚS DE NAZARETH REALIZÓ SU PROYECTO EDUCATIVO
“Este es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea”. (Mt 21,11)

Los Evangelios presentan la región de Galilea y el pueblo de Nazaret como el lugar en donde se
originó y se desarrolló la mayor parte de la vida de Jesús y donde inició su misión evangelizadora.
(Mt 2,19–23; 4,12–17; 21,11; 26,71; Lc 1,26; 4,16; Mc 6,1).
Ahora bien, Galilea y Nazaret no pertenecían a la historia ni a la geografía “santas”. Galilea era
considerada como alejada del auténtico Israel por su contacto con el mundo de los gentiles que
la circundaba y por la influencia que pudo tener el mundo pagano en sus costumbres, por su
actitud hacia Judea y su centro religioso y político, Jerusalén y el Templo, y por su desvirtuada
observancia de la Ley y del culto. Por esa razón se la llamaba “Galilea de los gentiles” (Mt 4,15;
1M 5,15). Por lo mismo, de Galilea no podría venir el Mesías. Cuando se suscitaron las
disensiones populares acerca de Jesús y muchos entre la gente, decían: “Este es sin duda el
profeta”, y otros afirmaban “éste es el Cristo”, otros replicaban: “¿Acaso va a venir de Galilea el
Cristo?” (Jn 7,40–41). Los sumos sacerdotes fariseos replicaron a Nicodemo: “Indaga y verás que
de Galilea no sale ningún profeta”. Igualmente, Nazaret no figuraba en ninguna parte en todo el
Antiguo
Testamento, ni se hace ninguna alusión a algún episodio histórico acaecido allí. Cuando Felipe
encuentra a Natanael y le dice “que han encontrado a aquel de quien escribieron Moisés en la
Ley, y también los profetas, Jesús, el hijo de José, el de Nazaret, Natanael le responde: “De
Nazaret puede salir cosa buena? (Jn 1,45–46).
En los tiempos de Jesús, este poblado no tenía la menor importancia. Estaba al margen de la
historia y de la economía de Palestina, distante de las vías que unían las localidades que
desempeñaban algún papel en la economía de entonces.
Además, Jesús vivió en una época profundamente agitada, en un país irremediablemente
conflictivo en los varios campos de la vida de la nación: en lo económico, lo social, lo político, lo
ideológico y lo religioso.
Era un territorio indigente, habitado por los más pobres entre los pobres de Israel. La mayoría
de los palestinos vivían del trabajo agrícola rudimentario: sus principales instrumentos eran la
hoz y el arado sin ruedas, aplicados a tierras poco fértiles. Con la ocupación romana, la antigua
propiedad comunal, loteada y trabajada familiarmente, fue desestructurada convirtiéndose en
latifundios. El excesivo cobro de impuestos por parte del nuevo imperio romano aumentó aún
más el desequilibrio social, el endeudamiento de los campesinos (Mt 6,12; 18,24.28–34;
Lc16, 5–7), la concentración de las tierras y la práctica del trabajo por jornada, mal remunerado
e inestable (cfr. Mt 20,1–16). Había hambre, pobreza y muchas enfermedades.
El empobrecimiento de los campesinos en una economía agraria, generó grande circulación de
desocupados en búsqueda de trabajo al destajo o caídos en la mendicidad.
En las ciudades se concentraban los grandes propietarios de las tierras que eran administradas
por capataces o mayordomos (Lc 12,35–48), los funcionarios de la administración pública, los
cobradores de impuestos, las familias judías más nobles ligadas al Sanedrín, los pequeños
artesanos y los comerciantes.
Las autoridades políticas de Palestina estaban bajo el control de Roma que recientemente había
anexado la región al Imperio Romano. Las nuevas reglas económicas impuestas por Roma
entraban en conflicto con el concepto sagrado de la propiedad y de la producción en Israel. La
tierra pertenece al Señor, y parte de la producción está destinada al culto a través de los
diezmos. Los impuestos por cabeza cobrados por el Imperio descaracterizaban la teocracia de
Israel, es decir, la idea de que es Dios quien gobierna directamente a su pueblo.
Las clases altas y los ricos poderosos estaban comprometidas con los romanos en la explotación
del pueblo (Jn 11,47–48; Lc 20,47) y no les importaba la pobreza en que vivía la mayoría de la
población (Lc15, 16; 16,20–21).
Además de esto, el proceso de helenización, es decir, la adopción de un estilo de vida griego, se
promovía en Palestina a partir de las élites dominantes. Los usos y costumbres tradicionales de
Israel entraron en colapso, desintegrando las estructuras que sustentaban la cultura del pueblo.
Las autoridades que garantizaban la sobrevivencia de la sociedad judaica, lograron ajustar sus
intereses a los del dominador y al Sanedrín le tocó aceptar la limitación de sus competencias a
cuestiones ligadas a la práctica religiosa. Pilatos, procurador romano en el área, en la función de
gobernador general, fue involucrado en el proceso contra Jesús acusado como subversivo contra
la autoridad romana (cfr. Mt 27,11–14; Lc 23,2.14), hecho común en la Palestina de entonces.
En efecto, después de la muerte de Herodes el Grande, quien había recibido la concesión de
parte de Roma para administrar en su nombre a Palestina, Roma decidió aumentar su control
sobre el área. Para ello instituyó un gobierno ejercido por los procuradores y ordenó un censo
(Lc 2,1; Hch 5,37), para definir el valor de los impuestos de la región, calculado por persona.
Ante la ocupación extranjera fue organizada la resistencia y un levantamiento hacia los años 4 a
6 de nuestra era, encabezada por Judas el Galileo, fundador del movimiento celota que se
identificaba con las aspiraciones del pueblo, citado por el historiador judío de la época, Flavio
Josefo (cfr. Hch 5,37). En la masacre que se siguió al levantamiento fueron crucificados 2.000
judíos rebeldes. Lo que motivaba a los celotas, era la conciencia tradicional de que al Señor
pertenece la tierra, fe que se expresaba en la aceptación radical de la soberanía de Dios. A causa
de ello había muchos conflictos y tensiones sociales (Mc 15,6; Mt 24,23–24) con represión
sangrienta que mataba sin piedad (Lc 13,1). Las rebeliones se sucedieron una tras otra hasta la
insurrección final en el año 68 que culminó con la destrucción total de Jerusalén.
La protesta de los celotas fue al mismo tiempo política y religiosa, la rebelión de Judas el Galileo,
fue marcada por la resistencia de la ciudad de Séforis, cerca de la población de Nazaret. Aquella
fue completamente devastada por los romanos.
Sin la menor duda estos hechos contribuyeron a la formación de la conciencia religiosa y política
del pueblo galileo.
En medio de este profundo conflicto, marcado por la radicalización de la fe en Dios, la revuelta
por la desarticulación de la vida de Israel y la rápida expansión de la pobreza, por un lado, y la
actitud colaboracionista de las élites del pueblo, por otro, se sitúa el proyecto de Jesús.
Durante los tres años de su vida itinerante, Jesús convive la mayor parte de su tiempo con
aquellos que no tenían lugar dentro del sistema social y religioso de la época. Jesús pasa a ser
conocido como “amigo de los publicanos y pecadores” (Mt 11,19). Acoge a los que eran
excluidos y rechazados en la sociedad: los inmorales (prostitutas y pecadores), los herejes
(samaritanos y paganos), los impuros (leprosos y poseídos), los marginados (mujeres, enfermos
y niños), los colaboracionistas (publicanos y soldados), los débiles (los pobres y mendigos). Jesús
se dirige a todos y no excluye a nadie, pero habla a partir de los pobres y marginados y en
solidaridad con ellos. La llamada de Dios hecha por Jesús, al anunciar el Evangelio del Reino, es
clara: no es posible acoger la Buena Nueva y continuar apoyando un sistema que margina y
explota tanta gente en nombre de Dios.
El medio social de Jesús es el de estos pobres de Israel. De este medio, llama a la mayoría de sus
discípulos y de él provienen las multitudes que lo buscan y siguen, movidos por las necesidades
fundamentales o con el anhelo de encontrar un movimiento que alimentase sus esperanzas de
cambio. De este modo, el principal referente económico y social de Jesús, por experiencia
personal y solidaridad, es el de los empobrecidos.
A causa de esta actitud suya de acoger a los marginados, Jesús entra en conflicto con los grupos
de poder de la sociedad judía: los fariseos, los escribas, los saduceos, los sumos sacerdotes, los
herodianos, los romanos. Este conflicto va a ser la causa de su muerte (Mc 3,6).

V. ESPERANZAS MESIÁNICAS EN EL PUEBLO DE ISRAEL

“Como el pueblo estaba a la espera, andaban todos pensando en sus corazones acerca de Juan
si no sería él el Cristo”. (Lc 3,15)

“¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?” (Lc 7,19)


En medio de las agudas crisis políticas se acentuaban en el pueblo de Israel las esperanzas
mesiánicas. Los profetas habían anunciado y alimentado la esperanza en la venida de un nuevo
David que sería el instrumento de la acción liberadora de Dios que restauraría la vida del pueblo
en su más amplia dimensión: política, religiosa, material, social y personal. Esta esperanza de un
nuevo rey David, en cumplimiento del anuncio profético de Natán (2S 7,12–16) se revivía de
manera especial cuando los imperios poderosos amenazaban con dominar a Israel e invadían su
territorio (Asiria, Babilonia, Siria y finalmente el Imperio Romano).
Todos los profetas, heraldos de Dios, en tiempos de crisis política y social, anunciaban en torno
a estas esperanzas, la irrupción de tiempos nuevos, de la era escatológica que abriría una época
nueva de esperanza, en la cual el conflicto sería superado, la dominación sería vencida, la justicia
y la paz serían la nueva luz de la humanidad y la solidaridad la marca de la nueva humanidad
(cfr. Isaías, Jeremías, Oseas, Amós, Miqueas, etc.). Se puede afirmar que el anuncio de los
tiempos mesiánicos, en los cuales se realizaría la acción liberadora definitiva de Dios,
estableciendo justicia y derecho a favor de los pobres, era uno de los rasgos más característicos
del profetismo en Israel. Los profetas anunciaban y animaban la esperanza en la manifestación
definitiva de Dios mediante el Mesías rey davídico.
En los tiempos de Jesús esta esperanza se manifestaba de múltiples maneras.
Había una concepción teocrática que planteaba el establecimiento del reinado político-
mesiánico de un descendiente de David. Se trataba de la instauración de una monarquía
teocrática que tendría como resultado la prosperidad, la justicia y la verdadera adoración a Dios.
Quienes tenían esta concepción abrigaban la esperanza de la restauración de Israel en sentido
político-nacionalista. El Mesías terminaría con la dominación extranjera y el Reinado de Dios se
haría presente por medio del estado judío teocrático.
Este era el modelo esperado y propugnado por los celotas, quienes, a partir de la acción de Judas
el Galileo, cultivaban esta forma de esperanza, que alcanzaría la posesión autónoma de la tierra
y la soberanía política del pueblo de Israel. Para lograrlo optaron por la vía armada y la
insurrección contra la ocupación romana.
Una concepción apocalíptica esperaba el establecimiento en los tiempos mesiánicos del Reinado
de Dios de carácter cósmico y universal. Aguardaban la acción purificadora de Dios al final de los
tiempos, viniendo directamente del cielo, bajo la figura del Hijo del hombre como juez vengativo
y liberador del pueblo fiel. El Hijo del hombre recibiría de Dios todo el poder y el reinado sobre
todos los pueblos y naciones. Su victoria sería tan definitiva que su reino no sería destruido
jamás (cfr. Dn 7,13–14). La comunidad del Qumram de los esenios vivía de esta esperanza
mesiánica apocalíptica. Todo sería obra de Dios. En consecuencia, no quedaba sino esperar su
venida.
Los grupos y clases dirigentes, políticas y religiosas, contemporáneas a Jesús no se movían por
las esperanzas mesiánicas. Por el contrario, la oposición de los líderes de Israel a los proyectos
mesiánicos del pueblo indicaba que ellos se movían con base en otro proyecto histórico. Creían
y hacían creer que el verdadero Israel, fiel a los mandatos de Dios, se conformaba con aquellos
que cumplían con exactitud la Ley y los preceptos y observaban todas las tradiciones. Además,
practicaban el culto establecido, particularmente llevando a cabo las ofrendas, los diezmos y
primicias y los sacrificios en el Templo y recitaban fielmente las oraciones prescritas.
En los tiempos de Jesús, la esperanza mesiánica estaba en alta. Era una de las características del
pueblo sufrido que se entusiasmaba con toda predicación que tuviese un tinte mesiánico, como
la de Juan el Bautista, la de Jesús, la de Judas el Galileo, de Teudas y de tantos otros que
surgieron en la época. Juan el Bautista atraía al Jordán el pueblo de Jerusalén de Judea y de toda
la región vecina (Mt 3,5): "Como el pueblo estaba a la espera, andaban todos pensando en sus
corazones acerca de Juan, si no sería él el Cristo" (Lc 3,15). Por eso Herodes Antipas lo prendió
y lo mandó matar (Mt 14,3–12).

Las élites se oponían a la esperanza del pueblo. No sin razón el Evangelista San Mateo presenta
el conflicto entre Herodes el Grande (fallecido en el 4 a.C.) y el niño Jesús vaticinado como el
Mesías. Mateo presenta a Jesús como el Emanuel, el "Dios que está con nosotros”, como el
cumplimiento de las profecías (Mt 1,23), y señala a los magos de Oriente que buscan al rey de
los judíos recién nacido, naturalmente en la casa de Herodes. San Mateo relata: "Oyendo esto,
el rey Herodes se turbó y con él toda Jerusalén. Convocó a todos los sumos sacerdotes y escribas
del pueblo, y por ellos trataba de averiguar el lugar donde había de nacer el Cristo" (Mt 2,3–4).
Conocemos la secuencia del relato. El Mesías estaría siempre del otro lado, del lado de los
pobres y oprimidos y era una amenaza que desestabilizaría el “status quo” y el proyecto histórico
de las élites que se sustentaban de la dominación y empobrecimiento del pueblo.

VI. EL PROYECTO HISTÓRICO DE JESÚS

“Después que Juan fue preso, marchó Jesús a Galilea, y proclamaba la Buena Nueva de Dios: “El
tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva”.
(Mc 1,14–15)

En medio de este profundo conflicto, situado entre la aguda descomposición social de Israel y
rápida expansión y agudización de la pobreza, y las anhelantes esperanzas de la venida de los
tiempos mesiánicos, por una parte, y, por otra, el rechazo a todo intento de transformación
social por parte de las élites económicas, sociales y religiosas de Israel y su actitud
colaboracionista, calculadora y oportunista hacia la dominación imperial, se sitúa el proyecto de
Jesús.

En este contexto de aflicción y desesperación, en el que el pueblo todavía alimentaba una


esperanza de la llegada del Mesías, Jesús anuncia la soberanía radical y exclusiva de Dios, el
Reino mesiánico de Dios.

La predicación de Jesús revela cómo concebía su proyecto evangelizador por cuanto estaba
marcada por la experiencia de opresión y por la extrema pobreza, abandono y aflicción del
pueblo. Por eso mismo él se sitúa en el centro de las esperanzas del pueblo y despierta en él
tantas expectativas. Él era un miembro del pueblo, que compartía el mismo drama histórico y
se alimentaba de la esperanza de los que no obstante todo, tenían razones para esperar.

Asumiendo el dolor y las esperanzas del pueblo pobre y sufriente, Jesús abría en la historia
nuevas posibilidades de vida humana: “Jesús recorría todas las ciudades y los pueblos,
enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino y sanando toda
enfermedad y toda dolencia. Y al ver a la muchedumbre, sintió compasión de ella, porque
estaban vejados y abatidos como ovejas que no tienen pastor” (Mt 9,35–36). El proyecto que él
anunciaba y que hacía ya presente, abría un nuevo capítulo de posibilidades históricas
precisamente por articularse con las condiciones materiales de vida del pueblo, sus conflictos,
sus intereses, sufrimientos y esperanzas.

El Proyecto del Reino de Dios, tal como Jesús lo concebía, representaba un enorme destello de
luz de esperanza, una “Buena Noticia fundamental" que anunciaba la inauguración de una nueva
era, la llegada de los tiempos mesiánicos.

Este es el testimonio fundamental e incontrovertible, aun desde el punto de vista histórico, que
nos trasmiten los Evangelios.
En efecto, al adentrarnos en ellos constatamos que Jesús de Nazaret centró la totalidad de su
vida (de su predicación y de su acción) en la tarea de proclamar y hacer presente, mediante
signos históricos, la Buena y esperanzadora Noticia del Reino de Dios.

5.1 Jesús, Evangelizador del Reino

La vuelta y reencuentro con el Jesús histórico, tal como lo presentan los relatos evangélicos,
muestran su relación constitutiva con el Reino de Dios y el Dios del Reino.

La vida histórica de Jesús de Nazaret tiene su centro y su sentido último y decisivo en una
realidad clave: el Reino de Dios: dos términos inseparablemente relacionados: para Jesús, Dios,
a quien llama Abbá, es siempre el “Dios del Reino”, y el Reino es siempre “el Reino de Dios”, de
manera que se podría hablar de una “totalidad dual”.

El Jesús histórico no ha predicado sistemáticamente ni a sí mismo, ni a la Iglesia, ni a Dios


simplemente, sino el Reino de Dios. La realidad absoluta y decisivamente última, en función de
la cual orienta toda su predicación y su vida entera, es el Reinado de Dios.

Jesús se presenta, con su vida, con su palabra y con los signos de toda su práctica, como el
evangelizador y el servidor del Reino de Dios. Su causa, a cuyo servicio se dedica con fidelidad
total y por la que entrega su vida, es la causa del Reino. Es más, al anunciar la Buena Nueva del
Reino de Dios, invita a la conversión y a su seguimiento para que ese Reino pudiera seguir siendo
conocido, anunciado, servido (cfr. Lc 9,1–6 y par.; Lc 10,1–12) y así fuese continuada su causa.
Lo que también es históricamente cierto es que Jesús al anunciar la Buena Nueva del Reino,
invitaba también a seguirle a él y a proseguir su causa.

5.2 La Buena Nueva del Reino: la Utopía de Dios

Toda esta novedad que comenzó a existir alrededor de su persona, Jesús la designó como Buena
Nueva del Reino de Dios. Expresión antigua, usada por primera vez por el profeta Isaías para
designar la Buena Nueva de la vuelta de los exiliados (Is 40,9; 52,7; 61,1). Desde entonces todos
esperaban la Alegre Noticia de la llegada del Reino. En el anuncio de Jesús esta esperanza se
realiza.

Ciertamente la manera como entendía Jesús el Reinado de Dios, no coincidía de ninguna manera
con la concepción y expectativas teocráticas de los celotas, ni hierocráticas de los sacerdotes,
escribas y fariseos, ni apocalípticas de los esenios acerca de la venida del Reino de Dios, muy
extendidas por cierto en su época, como lo vimos anteriormente, sino que para Jesús la
proclamación de la Buena Nueva del Reino de Dios estaba en relación con las promesas
mesiánicas del profetismo del Antiguo Testamento que anunciaban la venida del Mesías-Rey, el
cual instauraría en la tierra la Utopía de Dios: la plena liberación de los oprimidos, la justicia y el
derecho a favor de los pobres y, como fruto de todo ello, la paz verdadera, la fraternidad y la
alegría en el pueblo.(cfr. Sal 72; Is 11,2–9; 32,1–3. 15–18;42,1–4; 65,17–25; etc.).

Jesús anunció e inauguró la Utopía de Dios (eu-tópos = lugar de la plena felicidad; ó ouk-tópos =
no lugar; lo que no se halla ahora en ningún lugar): un mundo radicalmente nuevo en el cual
finalmente se haría justicia a los desheredados de la tierra y en el que reinaría definitivamente
la fraternidad por el reconocimiento de Dios como Padre común, y como fruto de todo ello la
paz entre todos los seres humanos y la armonía de la humanidad con la naturaleza.

El Reino de Dios para Jesús conlleva una transmutación, un cambio radical (sub-versio) de todo
aquello que niega o se opone al Proyecto de Dios, el anti-reino (inversio y perversio):
 En un mundo donde impera la violencia, la amenaza, el temor y la muerte, Jesús ofrece la
vida en abundancia y trae la verdadera paz (Jn 10,10; Mc 3,4, Jn 14,27; 20, 20–21).
 En una sociedad con múltiples formas de esclavitud y empobrecimiento, Jesús proclama la
Buena Noticia de la liberación de todas las servidumbres (Lc 4,18–21).
 En un mundo estructurado según la ley de la competitividad y la exclusión en el que
predominan relaciones de dominio y opresión, Jesús afirma la igualdad y la solidaridad de
hermanos y hermanas (Mt 20,20–28; 18,1–6.10).
 Frente a la acumulación egoísta de la riqueza, Jesús propone la necesidad de compartir los
bienes de la creación (Lc 12, 33–34; 18,18–27; Lc 14,33; 12,33–34).
 Frente a la búsqueda de prestigio y de privilegios, Jesús defiende el valor y la dignidad de
toda persona como hijo e hija de Dios y la igualdad en la fraternidad (Mt 20,20–28; 11,25–
27; Lc 14,7–11).
 Ante las estructuras aplastantes y totalitarias del poder, Jesús contrapone la actitud del
servicio a la comunidad (Mt 23,11–12).
 Contra la absolutización de la ley, Jesús afirma que ésta debe estar al servicio de las personas
y no lo contrario, y proclama el nuevo código de vida: el mandamiento nuevo del amor (Jn
13,34–35; 15,12–13; Lc 10,25–37).
 Ante el fariseísmo legalista y ritualista, Jesús afirma que el culto en espíritu y en verdad,
agradable a Dios, es el amor al prójimo y la práctica de la justicia (Mt 9,10–13; 12,1–8; 23,23).
 En oposición a la hipocresía y la mentira, Jesús proclama la verdad que nos hace libres (Jn
8,31–32).

Para Jesús, el Reino de Dios no se establece de manera intrascendente, dejando a la persona, el


mundo y a la sociedad inalterados como si no pasase nada. La Buena Noticia exige y comporta
el cambio radical de las situaciones generadoras de violencia y de muerte, de injusticia y
exclusión en que se vive. Por esta razón Jesús encuentra constantemente oposición, padece y
anuncia a sus discípulos, persecución, cárcel, torturas y muerte.

5.3 Se anuncia a los pobres la Buena Nueva

Se reconoce en este anuncio un componente originario y fundamental de la misión mesiánica


de Jesús. En la Sinagoga de Nazaret así lo proclama él mismo: “El Espíritu del Señor sobre mí,
porque me ha ungido. Me ha enviado a anunciar a los pobres la Buena Nueva” (Lc 4,18); y a los
enviados de Juan el Bautista lo presenta como uno de los signos de que los tiempos mesiánicos
han llegado y de que el Reino de Dios está presente en él y por él (Lc 7,21–23; Mt 11,3–6). Jesús
quiere mostrar que a través de todo lo que está realizando por los desventurados y atribulados,
el Reino de Dios está irrumpiendo en la historia.

Este anuncio está directamente relacionado con la proclamación de las Bienaventuranzas, cuyo
mensaje comienza exactamente, en el Evangelio de San Lucas, con estas palabras:
“Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios” (Lc 6,20).

En su obra magistral sobre las bienaventuranzas, J. Dupont1, habiendo comparado


minuciosamente las versiones tan diferentes de Lc 6,20–26 y de Mt 5,1–12, llega a la conclusión
de que las tres primeras bienaventuranzas –la de los pobres, los que tienen hambre y de los que
sufren– forman un todo y representan el núcleo más antiguo de la predicación inicial del Jesús
histórico. Este foco de su misión, en estrecha relación con el oráculo de Is, 1–2, era la afirmación
fundamental que, en él, Dios quería poner fin a las situaciones inhumanas y a todo el mal

1 DUPONT, Jacques, Les Béatitudes, Tomo II, La Bonne Nouvelle. Paris, J. Gabalda et Cie. Éditeurs, 1969.
Cfr. también SAMAIN, E., Manifesto da Libertação: O Discurso-programa de Nazaré (Lc 4,16-21). En
Revista Eclesiastica Brasileira, Fasc. 134, Junho 1974, pp. 261-287.
intolerable del cual eran víctimas los pequeños y empobrecidos del pueblo y que se elevaba
hasta él como un clamor para que se les hiciese justicia. Para ellos la venida de Jesús y el anuncio
de la llegada del Reino de Dios era una Buena Nueva, la Alegre y esperanzadora Noticia de su
liberación de toda opresión.

En el texto lucano los beneficiarios de esta venida del Reino son personas humanamente
infelices. El pobre de la bienaventuranza en San Lucas es aquel que no tiene trabajo para
sobrevivir, y que debe mendigar por estar desprovisto de todo. Es también aquel que, en la
sociedad, está al arbitrio de los poderosos; aquel que aparentemente desprovisto de cultura, no
cuenta para nada y no puede decir nada para defenderse. El afligido es una persona sumergida
en una tristeza profunda y persistente; una tristeza tan honda y tan fuerte que se manifiesta
exteriormente en el llanto. El hambriento es aquel que es privado de la comida indispensable
para vivir y que, además, no tiene los medios para adquirirla. En el contexto mesiánico de la
misión de Jesús, es absolutamente claro que es a esas personas concretas a las que él se dirigió.

El privilegio por los pobres, los afligidos, los que tienen hambre, en la predicación y en la acción
de Jesús, tienen su fundamento teológico en Dios mismo, rico en misericordia. No se
fundamenta en las disposiciones morales y religiosas de estos pobres y afligidos o en una
espiritualización de la pobreza como virtud. La pobreza de aquellos a quienes Jesús anuncia la
Buena Nueva del Reino de Dios es considerada como una situación inhumana, indigna para la
persona creada a imagen y semejanza de Dios, haciendo de los pobres las víctimas del hambre
y de la opresión. En sí misma es un mal que niega el proyecto de Dios, una situación que va
contra

Dios mismo. Anunciando la Buena Noticia del Reino de Dios a los pobres, Jesús manifiesta la
solicitud de Dios por ellos, su voluntad de poner fin a sus sufrimientos. Jesús no afirma que la
pobreza sea un ideal, sino que los pobres son objeto de un amor particular de Dios, y que él está
decidido a liberarlos del mal que los oprime.

5.4 El Reino de Dios llegó, está en medio de vosotros

En tiempos de Jesús, todos esperaban la llegada del Reino de Dios, pero cada uno a su manera.
Como acabamos de señalar, para los fariseos, el Reino vendría cuando la observancia de la ley
fuese perfecta; para los esenios, cuando el país fuese purificado por la acción justiciera de Dios;
para los celotas, se instauraría con la liberación de la dominación extranjera y el
restablecimiento de la soberanía de Israel. Jesús, en cambio, no esperaba la venida del Reino de
Dios. Para él, el Reino ya estaba llegando (Mt 4,17); ya está presente! Ésta es la novedad, la
Buena Nueva que él anuncia.

Lo original de Jesús en el anuncio escatológico de la Buena Nueva es que la utopía de Dios,


expresada en el Proyecto histórico del Reino de Dios, no es más una promesa y una esperanza
para el futuro, sino que se hace realidad presente aquí y ahora, se hace topía y kairós en su
persona y en su acción. Jesús termina así la proclamación de su misión en la sinagoga de Nazaret:
"Hoy se cumple la Escritura que acabáis de oír” (Lc 4,21); y cuando le preguntaron cuando
llegaría el Reino de Dios, contestó: "El Reino de Dios viene sin dejarse sentir, y no dirán: "Vedlo
aquí o allá", porque el Reino de Dios está “en medio de”, “entre” vosotros y está “dentro de”
“en el interior de” vosotros” (Lc 17,20–21) (la preposición griega ento - jentós tiene este doble
y rico significado). En Jesús, evangelizador del Reino, lo último se hace presente y el presente,
penúltimo. La promesa se hace realización, y ésta es primicia de la plenitud que está por venir.

5.5 Id y contad lo que habéis visto y oído


Jesús no sólo dice que el Reino ya llegó y está presente, sino que lo hace visible y materializa
mediante signos históricos de liberación, de vida, de acogida, de misericordia, de perdón que
encarnan y manifiestan los valores que lo caracterizan. El Reino es todo aquello que se pone en
movimiento con el anuncio y la práctica de Jesús; es algo que las personas experimentan cuando
entran en contacto con Jesús y con la comunidad creada por él. Juan el Bautista, que en la cárcel
había oído hablar de las obras que realizaba Jesús, envía a dos de sus discípulos para que le
pregunten: “¿Eres Tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?”. Jesús, que en ese momento
curó a muchos de sus enfermedades y dolencias, les responde: “Id y contad a Juan lo que habéis
visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los
muertos resucitan, se anuncia a los pobres la Buena Nueva” (Lc 7,18–23; Mt 11,2–5).

Es a través del hacer de Jesús, mediante sus “signos” (shmeia–seméia), y obras (’erga–érga)2,
como él evangeliza, anuncia y hace presente y visible el Reino de Dios. La Buena Nueva del Reino
es un hecho de vida, donde Dios está presente, actuando, liberando a su pueblo con poder,
realizando su plan de salvación, mostrando que es Rey, Señor de la historia. Anunciar la Buena
Nueva del Reino, evangelizar, es señalar los hechos donde el Reino de Dios está aconteciendo e
interpretarlos de tal manera que aparezca esta dimensión escondida de la presencia liberadora
de Dios en la historia del pueblo.

En efecto, en los signos realizados por Jesús, el Reino se presenta como una realidad salvífica
que libera y satisface las necesidades concretas, concediendo pan a los hambrientos, esperanza
a los desesperanzados, sanando toda enfermedad y dolencia en el pueblo, liberando de
opresiones históricas y marginaciones de diverso tipo. En la totalidad de la práctica de Jesús,
práctica situada, concreta, preferencial por los empobrecidos, conflictiva, el Reino se presenta
como alternativa ofrecida por Dios a la situación, históricamente dominada por los signos y la
presencia del anti-reino, signos de muerte, de violencia, de egoísmo, de exclusión, de mentira,
de dolor, de frustración, en una palabra, que lo compendia todo: hechos y situaciones de
pecado.

La multitud del pueblo rápidamente identificó a Jesús, por las obras que realizaba, y por su
enseñanza, con las esperanzas que tenía (Mt 4,23–25; 5,1; 7,28–29; 8,1.16.18; 9,26.31.35–36;
12,46; 13,36; 14,13–21.35; 15,10.30–31.32–39; 17,14; 19,2; 20,29; 21,8–9; 22,33; 23,1): “Y
sucedió que cuando acabó Jesús estos discursos, la gente quedó asombrada de su doctrina;
porque les enseña como quien tiene autoridad, y no como los escriba." (Mt 7,28–29). Los ciegos,
los más miserables entre los pobres, identificaban a Jesús como el Mesías, el Hijo de David (Mt
9,27). Después de curar a un ciego y mudo, toda la gente decía atónita: "No será este el Hijo de
David?” (Mt 12,23 cfr. Mt 15,22–28).

Vino Jesús junto al mar de Galilea; subió al monte y se sentó allí. Y se le acercó mucha gente
trayendo consigo cojos, lisiados, ciegos, mudos y otros muchos; los pusieron a sus pies, y él los
curó. De suerte que la gente quedó maravillada al ver que los mudos hablaban, los lisiados
quedaban curados, los cojos caminaban y los ciegos veían; y glorificaron al Dios de Israel”
(15,31). Al ver la resurrección del hijo de la viuda de Naim, “el temor se apoderó de todos, y
alababan a Dios, diciendo: “Un gran profeta ha surgido entre nosotros”, y “Dios ha visitado a su
pueblo”. Y lo que se decía de él, se propagó por toda Judea y por toda la región circunvecina”
(Lc 7,16–17). Cuando entró a Jerusalén la multitud celebró su llegada como Rey mesiánico (Mt
21,9).

2
Los evangelios no utilizan la palabra teraj (téras)=milagro-prodigio, para indicar el actuar de Jesús.
Para ayudar al pueblo a entender esta misteriosa presencia del Reino en los hechos de vida,
Jesús usaba las parábolas. Son muchas las realidades de la vida cotidiana con las que compara
el Reino de Dios: la semilla, el campo, la perla preciosa, el trigo y la cizaña, el grano de mostaza,
la levadura, la red, la pesca, la sal, el tesoro escondido, la dracma perdida, el deudor implacable,
los trabajadores de la viña, las bodas del hijo del rey, las diez vírgenes, el buen samaritano, el
juez injusto, el hijo pródigo, la oveja perdida, etc. y decía” ¡Quien tiene oídos para oír que oiga!”
(Mt 13,9). Las parábolas que narraba Jesús ayudaban al pueblo a ir descubriendo la presencia
del Reino de Dios a partir de su propia experiencia de vida.

Los pobres entendían este lenguaje (Mt 11,25), pues el Reino anunciado por Jesús era de ellos
(Mt 5,3.10), y para ellos (Lc 4,18). En cambio, los otros ni lo entendieron, ni lo acogieron (Mc
4,11–12).

5.6 ¡Convertíos!

La Buena Noticia se presenta como una interpelación que exige una decisión y una opción:
“¡Convertíos!” (Mc 1,15; Mt 4,17).

Jesús no pide: “Cumplan la Ley y las tradiciones!”. El pide metánoia, es decir, cambiar el modo
de pensar, el corazón, la forma de vivir y de actuar. Este es el llamado a la conversión que la
llegada del Reino trae consigo. El cambio que la llegada del Reino está pidiendo es algo que
engloba todos los aspectos de la vida de las personas, del pueblo y de la nación.

¿Por qué cambiar? A lo largo de los siglos anteriores se fue dando una inversión total de valores
que se expresó en la práctica legalista y cultual. La religión oficial ya no revelaba el rostro de
Dios al pueblo: el mandamiento de Dios fue anulado por las tradiciones (Mc 7,8); el ser humano
estaba en función de la ley (Mc 2,27); el templo estaba antes que el amor a los padres (Mc 7,10–
13); la misericordia fue sustituida por la observancia (Mt 9,13); la justicia practicada por los
fariseos no manifestaba el Reino (Mt 5,20). En la práctica, el amor a Dios estaba separado del
amor al prójimo. Los escribas y fariseos, responsables de la transmisión de la fe, se habían
olvidado de las necesidades de los pobres (Lc 13,15–17), imponían cargas pesadas al pueblo (Mt
23,13).

Era necesario hacer todo nuevo: metánoia. Nacer de nuevo: “Quien no nace de nuevo no puede
ver el Reino de Dios” (Jn 3,3), iniciar una práctica nueva en el rumbo que Jesús proponía: vivir el
amor a Dios en el amor al prójimo (Mt 22,39). Muchos no quisieron hacer ese cambio radical, se
levantaron contra Jesús y decidieron eliminarlo. (Jn 12,37–41; 11,45–54; Lc 19,42).

5.7 ¡Creed en la Buena Noticia!

El acceso a la Buena Nueva anunciada por Jesús sólo era posible a través de la fe: “Creed en la
Buena Noticia” (Mc 1,14). Fe no sólo en el mensaje de Jesús, sino también y sobre todo en él
mismo, tal como era: obrero, joven, sin estudio, venido de Galilea, sin ser doctor de la Ley, sin
ser sacerdote, sin ser de la clase dirigente. Y tal como él se presentaba…” Yo soy el Camino, la
Verdad y la Vida” (Jn 14,1);” Nadie viene al Padre sino por mí” (Jn14,6); “Quien me ve, ve al
Padre” (Jn 14,9). Sin esta fe en la palabra y en la persona de Jesús no era posible entender la
Buena Noticia del Reino que él anunciaba, mucho menos, acogerlo y comprometerse con él y
con su causa.
VI. PRINCIPIO Y FUNDAMENTO DE LA DINÁMICA DEL PROYECTO HISTÓRICO DEL REINO:
LA COMPASIÓN Y LA MISERICORDIA

“Jesús recorría todas las ciudades y los pueblos, enseñando en sus sinagogas, proclamando
la Buena Nueva del Reino y sanando toda enfermedad y dolencia. Y al ver a la muchedumbre,
sintió compasión de ella porque estaban vejados y abatidos como ovejas que no tienen
pastor”.
(Mt 9, 35–36)

 Al buscar comprender la dinámica que inspira e impulsa el proyecto histórico del Reino de
Dios inaugurado y proclamado por Jesús, encontramos el sentimiento de compasión por el
dolor y el sufrimiento de la gente y la práctica de la misericordia como expresiones históricas
del amor de Dios.

El sentimiento fundamental que testimonian los evangelios en Jesús, es su inmensa


compasión por el pueblo sufrido, oprimido, empobrecido: “Jesús recorría todas las ciudades
y los pueblos, enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino y sanado
toda enfermedad y dolencia. Y al ver a la muchedumbre, sintió compasión de ella porque
estaban vejados y abatidos como ovejas que no tienen pastor" (Mt 9,35–36). Jesús siente
compasión de la gente que no tiene qué comer (Mt 15,32; Mc 6,34; 8,2); se compadece del
leproso y lo cura (Mc 1,41); tiene compasión de la viuda, cuyo hijo había muerto (Lc 7,13).

El verbo splagcnixomai - splagjnízomai), que aparece en todos estos relatos, tiene sus raíces
en splag non -splágjnon = vísceras, especialmente el útero, el corazón, el pulmón, el hígado),
significa conmoverse, compadecerse, condolerse. Es sentir en lo más profundo del ser, hasta
en las vísceras, el dolor y el padecimiento del otro, al punto de hacerlo suyo, de sentirlo como
propio.

A su vez, la gente agobiada y abatida se dirige a Jesús, diciéndole: “¡Ten piedad de mí, hijo
de David!” (Mt 15,22; 17,15); “¡Señor, socórreme!”(Mt 15,25).

 A partir de la inmensa compasión que siente Jesús surge, como reacción necesaria, su acción
misericordiosa. El Reino de Dios anunciado por Jesús es el Reino de la misericordia y en Jesús
se manifiesta en actos concretos que curan a los enfermos, alimentan a los que tienen
hambre, restauran la dignidad perdida, reincorporan a los marginalizados a la plena
comunión fraterna. La misericordia es la concreción histórica del amor al prójimo, pues todo
el bien que se haga a los más necesitados entre los pobres, hasta el final de la historia, es un
bien que se hace al mismo Cristo, en comunión con él y su Reino (Mt 25,31–46). Al final
seremos juzgados por la misericordia. Por esto Jesús interpreta toda la Ley de Israel en la
perspectiva de la misericordia (Lc 10,25–37). Ésta pasa a ser la base ética del Reino porque el
Padre es rico en “misericordia” (Ef 2,4). La perfección que Jesús, según Mt 5,48, propone a
sus discípulos de ser “perfectos como el Padre celestial es perfecto” consiste, según Lucas,
en el deber de “ser misericordiosos como el Padre celestial es misericordioso” (Lc 6,36). Es
una de las condiciones que Jesús plantea para entrar a formar parte del Reino de Dios (Mt
5,7) y una de las exigencias que reitera citando al profeta Oseas, por encima de la observancia
de las tradiciones y el culto: “Misericordia quiero y no sacrificio” (Os 6,6; Mt 9,13; 12,7;
23,23).
Jesús parece tener conciencia de que, en su persona, a través de sus acciones de absoluta
misericordia que manifiestan el amor y la justicia de Dios, el Reino ha sido inaugurado. Pero,
al mismo tiempo, tiene conciencia de que éste es un proyecto escatológico de Dios que
deberá abarcar toda la historia de la humanidad como lo sugieren las parábolas del Reino del
grano de mostaza (Mt 13,31–32) y de la levadura (Mt 13,33).
 En contraposición a la actitud compasiva y acción misericordiosa manifestada por Jesús, y
que hacía que la gente empobrecida se identificara con el Proyecto de Reino de Dios
anunciado e inaugurado por él, los guías de Israel que debían ser los pastores de su pueblo,
son denunciados por Jesús en la parábola del buen samaritano como guías sin compasión (Lc
10,25–37). Jesús comparte la indignación del pueblo que sabe poner de manifiesto el carácter
mercenario de estos pastores que se aprovechaban del rebaño en su connivencia con el
poder opresor (Jn 10,1.10.12–13). Más aún, Lucas informa que cuando Jesús estuvo
amenazado por Herodes, lo definió como "zorro" (Lc 13,32), depredador del rebaño.

Los evangelistas registran un conflicto creciente entre Jesús y la clase dominante, formada
por la élite sacerdotal, los ancianos, los jefes de las familias más pudientes que explotaban al
pueblo a través del culto y su institución política, el Sanedrín, y con los fariseos que oprimían
al pueblo al transformar el cumplimiento de la Ley de Dios en un sinnúmero de preceptos
opuestos a la práctica de la misericordia como compasión por el pueblo sufrido (cfr. Mt 12,7;
9,13; 15,1–9).

La distancia que tomó Jesús hacia el Templo es la señal más clara de que compartía el rechazo
que el pueblo tenía hacia sus líderes. El Templo era, en efecto, el banco de las transacciones
mercantiles y el corazón político de Israel y, por lo mismo, el centro de la explotación del
pueblo bajo una apariencia de religiosidad. Por eso Jesús entró en conflicto concreto y
material con el Templo (Mc 12,38–44; 13,1–2; Mt 21,12–13).

En definitiva, la compasión-misericordia que inspira la acción evangelizadora de Jesús, se


contrapone a la actitud inmisericorde y depredadora de los grupos afianzados en el poder
(Mt 18,23–35).

"EL AMOR PRINCIPIO DE LA MISERICORDIA"


Corazón de la experiencia cristiana en el seguimiento de Jesús

6.1 Paradigma de la parábola del samaritano compasivo y misericordioso

Ante la realidad colombiana, al igual que la de Jesús, configurada por la anti-misericordia activa,
que hiere y da muerte a los seres humanos y amenaza y da muerte a quienes se comprometen
con alma, vida y corazón con una misericordia práxica, urge asumir personal y comunitariamente
la misericordia como principio, como amor eficaz, presente no sólo en el origen de un proceso,
sino de manera permanente, presente y activo a lo largo de él, marcando una determinada
dirección y configurando los diversos elementos dentro del proceso.

Creemos que el "principio misericordia" es el fundamento de la actuación de Dios y de Jesús, y


debe serlo de sus seguidores y seguidoras. Parecerse a Jesús y al Dios de Jesús significa
configurarse con su ser y quehacer histórico-liberador:

 Encarnarse: en lo concreto, real y especifico "hacerse carne real en la historia real", desde y
con los rostros reales y concretos de hombres, mujeres, jóvenes, niños sufrientes en
contextos y situaciones de empobrecimiento, violencia y muerte.
 Llevar a cabo una misión: anuncio gozoso de la Buena y esperanzadora Noticia del Reinado
de Dios en el "aquí" y "ahora" de nuestra vida, con la denuncia profética de todo lo que se
opone al proyecto liberador de Dios: el anti-reino.
 Cargar con el pecado del mundo: no como televidente pasivo, insensible e indiferente:
pecado, por cierto, que sigue mostrando su mayor fuerza en el hecho de que da muerte a
millones de seres humanos.
 Resucitar: comunicando y saliendo de sí para generar VIDA, ESPERANZA Y GOZO.

Acerquémonos al relato de la parábola para comprender su dinámica y en ella el sentido que


revela Jesús acerca del “principio de la misericordia”.

PRIMER TIEMPO:

"Se levantó un legista, y dijo para ponerle a prueba":

"Maestro, ¿Qué he de hacer para tener la herencia vida eterna?”


Jesús le dijo: "¿Qué está escrito en la ley? ¿Cómo Lees?

Él le responde: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus
fuerzas y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo".

Jesús le dijo entonces: "Bien has respondido. HAZ ESO Y VIVIRAS".

En este primer tiempo vemos las siguientes características, que valen también para el segundo
tiempo que abordaremos más adelante:

 En cada tiempo hay dos preguntas y dos respuestas.


 En cada uno de ellos el "sabio e inteligente" hace la primera pregunta, a la cual Jesús
responde con una segunda (contra-pregunta).
 En cada tiempo el "sabio e inteligente" responde la segunda pregunta.
 Cada tiempo termina con la respuesta de Jesús a la pregunta inicial.
 El primer diálogo se centra en la cuestión de: "¿Qué he de hacer para tener en herencia vida
eterna?". Si examinamos bien el segundo también: Deseando "justificarse" le pide a Jesús
una definición de "prójimo". Sin lugar a dudas está preguntando lo que precisa hacer para
ganar la vida eterna.
 Cada tiempo es iniciado con un análisis por los motivos del "sabio e inteligente". En el
primero, se trata de poner a prueba a Jesús. En el segundo encontramos que él quiere
justificarse.
 Cada tiempo termina con el criterio de verdad en el reinado de Dios: "Haz eso y Vivirás".

Mientras en Marcos es transformado en un "diálogo de controversia", aquí la sugerencia es una


reconocida autoridad religiosa que está evaluando a un maestro no oficial para ver si él da la
respuesta correcta. "Se levantó"; ésta es una cortesía social, es un saludo de respeto. En Oriente
Medio un alumno siempre se levanta para dirigirse a su profesor, por cortesía. Aquí el legista
no sólo se levanta para dirigirse a Jesús, sino que también le da el título de Maestro que es una
palabra que Lucas usa para designar al "rabí". El uso de esta afirmación es que Jesús es por lo
menos igual a él.

Ahora el legista intenta cuestionarlo, y no es una cuestión cualquiera, superficial o tangencial


de la existencia humana, sino sobre el fin último de la misma, según la concepción de los
diferentes grupos judíos: La vida eterna. En Lucas el legista de la ley pregunta exactamente
igual que el hombre de Lc 18:18 "¿Qué he de hacer para tener en herencia vida eterna?".

Para heredar la vida eterna, Israel ya recibió el Shemá, el alma de la fe del pueblo: "Escucha,
Israel. Yahvéh nuestro Dios es el único Yahvéh. Amarás a Yahvéh tu Dios con todo tu corazón,
con toda tu alma y con toda tu fuerza". El Dios único reclama el amor desde todas las zonas de
lo humano. ¡Qué hermosa antropología!, el Shemá recorre toda la persona humana: "Con todo
tu corazón", esto es, con toda la emoción del ser; "con toda tu alma", con toda la conciencia
personal y vital; "Con todas tus fuerzas", con vehemencia e impulso; "Con toda tu mente", con
toda la capacidad especulativa y organizadora de la vida. La persona completa, en amor.

A esto sigue la vinculación, por parte de aquel legista, del mandato del Levítico: "Y amarás al
prójimo como a ti mismo" (Lv 19,18). Este segundo mandamiento, aparece citado aparte en
Mateo y Marcos, lo notable en la respuesta del legista no es su referencia al precepto del amor
a Dios, sino que, al igual que lo que en Mateo y Marcos hace Jesús mismo, une entre sí los
preceptos del amor a Dios y el amor al prójimo, lo cual parece presuponer que ya en el tiempo
de Jesús era corriente entre los rabinos el resumir la Ley entera en el doble precepto del amor
a Dios y al prójimo, no siendo ello, por tanto, creación de Jesús.

En efecto, si según el texto de Lucas, el legista mismo designa el doble precepto del amor como
el camino de la vida indicado por la Ley, entonces sólo le queda a Jesús insistir en la necesidad
de llevar a la práctica el precepto del amor y decir la manera como hay que hacerlo.

Hacernos una y otra vez la pregunta "¿Qué es ser cristiano? ¿Qué es lo central de una vida
nueva y comprometida en Cristo? Nos llevará siempre a clarificar que nuestra identidad
cristiana se funda en la misericordia, corazón de la experiencia cristiana.

Es el amor eficaz aconteciendo en medio de los pobres y sencillos, en los pequeños; es el amor
eficaz revelado con beneplácito por el Padre en su Hijo; es el amor eficaz revelándose en el Hijo
en el anuncio gozoso de la Buena Nueva a los pobres, en la liberación a los cautivos, en la vista
a los ciegos, en la libertad a los oprimidos y en la proclamación del año de gracia del Señor, y es
el amor eficaz que le dice a todo seguidor y seguidora del Hijo que sigue la voluntad del Padre y
prosigue la causa del Hijo: " i Dichosos los ojos que ven lo que veis! Porque os digo que muchos
profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis, pero no lo vieron y oír lo que vosotros oís,
pero no lo oyeron." (Lc 10, 23b-24)

La práctica del mandamiento nuevo del amor es dada por Jesús como criterio de
reconocimiento de sus verdaderos discípulos: "Os doy un mandamiento nuevo que os améis
los unos a los otros. Que, como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los
otros. En esto conocerán todos que sois discípulos míos: Si os tenéis amor los unos a los
otros." (Jn 13,34)

El amor eficaz, el amor veraz, ha de ser no de repetir bien la lección de memoria y de palabras,
sino de obras concretas: "No amemos con puras palabras y de labios para afuera, sino
verdaderamente y con obras." (1 Jn 3,18)
SEGUNDO TIEMPO.

¿QUIÉN ES MI PROJIMO?

Pero él (el doctor de la ley), queriendo justificarse dijo a Jesús: ¿Quién es mi prójimo?

Él, deseando justificarse, replica a Jesús: "¿Quién es mi prójimo?". Ahora él sabía lo que Jesús
pensaba. Pero, él simplemente anda esperando hacer algo para ganar la vida eterna.

El doctor de la ley no sabe que solamente por la práctica de la misericordia él puede vivir y
heredar la vida eterna. Él no sabe lo que es eso. Él de hecho vive por algo bien diferente de
misericordia; por su propia intención y capacidad de presentarse como hombre justo delante
de Dios. El doctor de la ley quería considerarse plenamente justo.

La pregunta hecha a Jesús: "¿Quién es mi prójimo? " es hecha, con el fin de que él se refiera "a
sus parientes y amigos". Entonces el doctor de la ley responderá: "He amado plenamente a
esas personas " y entonces Jesús lo alabaría y le diría: “verdaderamente cumpliste la ley".

Jesús no da en su respuesta una definición de prójimo, no dice: "todas las personas", sino da
una muestra, por medio de una narración ejemplar, de la manera en que procede el auténtico
amor al prójimo.

El camino de Jerusalén a Jericó; ciudad situada a unos 27 kilómetros de distancia y


aproximadamente 1000 metros más baja que la capital, conduce por la región solitaria y quebrada
del desierto de Judá (Cf. Lc 4,1), en el que se encuentra indefenso el caminante solitario y donde,
según testimonio de los escritores de la antigüedad, eran frecuentes los asaltos de bandidos. El
que sea un judío quién es objeto del atraco es la hipótesis más obvia, pero es un dato que queda
sin determinar, de seguro intencionalmente, ya que el amor que salva entonces a aquel hombre,
no pregunta por nacionalidad o confesión.

De esta forma el legista hace su pregunta en un mundo que tenía opiniones acerca de quién
era el prójimo. De hecho, como se observa la ley oral no era enteramente uniforme. Había un
vivo debate acerca de puntos de interpretación.

"Un Hombre cayó en manos de salteadores... dejándole medio muerto"

"Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de salteadores, que,

Después de despojarle y golpearle, se fueron dejándole medio muerto.

La respuesta de Jesús a la pregunta del legista, es considerada como parte del diálogo teológico
con él. Ella es una introducción a una segunda pregunta. Como vimos en el primer tiempo, Jesús
solicita al interrogador su propia respuesta. La parábola es narrada para hacer esto posible.

La historia presenta a un hombre, que es golpeado y despojado de todo, y dejado medio


muerto. La golpiza probablemente significa que él luchó con sus atacantes; "dejándole medio
muerto". Los rabíes identificaban estadios para la muerte. "Medio muerto", el estadio
siguiente era llamado "cuasi expirando". Es claro que el hombre quedó inconsciente, y no
podía, por tanto, identificarse. Y también, su identidad no podía ser establecida por cualquier
circunstancia.

El Sacerdote

Casualmente, bajaba por aquel camino un sacerdote, y al verlo dio un rodeo. Es casi cierto que
el sacerdote iba a caballo. Podemos deducirlo por el hecho de que los sacerdotes pertenecían a
las clases más elevadas de su sociedad. En oriente medio, ninguno que tuviera una posición
elevada en la sociedad hacía un viaje de 27 Kms a pie. Los pobres andan. Todas las otras personas
en general y las clases más elevadas en particular, siempre van a caballo o camello.

La parábola contiene el presupuesto de que el Samaritano hace, lo que el sacerdote podría


haber hecho. Esta parábola presume un potencial igual de servicio, por lo menos de parte del
sacerdote y del samaritano. Finalmente, el samaritano podía ser un hombre pobre, no obstante,
se indica que él tenía una cabalgadura.

Tomando la parábola en su contexto original, podemos imaginarnos un cuadro que nos


presenta un sacerdote que pasa, que ve a un hombre herido (presumiblemente a cierta
distancia), y después desvía su cabalgadura por la otra margen del camino, y sigue su camino.

Vamos a tratar de reconstruir el mundo en el cual el sacerdote vivía y pensaba, recorramos (Si
12,1-7).

"Si haces el bien, mira a quién lo haces, y por tus beneficios recibirás favor. Haz bien al piadoso;
hallarás recompensa, si no de él, al menos del Altísimo. No habrá bienes para el que en el mal
persiste, ni para quien no agradece la limosna. Da al hombre piadoso, y del pecador no te
cuides. Haz bien al humilde y no des al impío; niégale su pan, no se lo des, para que no llegue
con ello a dominarte. Pues un mal duplicado encontrarías por todos los bienes que le hubieres
hecho. Que también el Altísimo odia a los pecadores, y de los impíos tomará venganza. Da al
hombre de bien, y del pecador no te cuides."

De esta forma la ayuda ofrecida a pecadores podía ser considerada como una acción contra el
propio Dios, que detesta a los pecadores. El Eclesiástico previene contra administrar ayuda a
cualquier extraño. Puede ser que el sacerdote estuviese influenciado por esas ideas, vigentes
en su época. Más probablemente, él era prisionero de su propio sistema legal/teológico.

El sacerdote no fue testigo ocular del ataque de los asaltantes. Alguien dijo, ¿cómo podía estar
él seguro de que el hombre herido era un prójimo? Cuando encuentra un cuerpo mudo y
desnudo, paralizado. Sin poder hablar, y sin ropas que lo identificasen, los viajeros no podían
decir quién era el herido. Sobre todo, había no solamente la posibilidad de que el herido no
fuese judío: él también podía estar muerto; si así fuese cualquier contacto con él contaminaría
al sacerdote. El sacerdote se contaminaría, y él su familia y sus siervos sufrirían como él las
consecuencias de su gesto.

Este asunto de la pureza ritual era muy serio. Lo dejaba sin alimento para él y su familia; lo
excluía de oficiar ceremonias y de vestir sus filacterias. El contacto con un cadáver estaba en el
tope de la lista. La Ley oral agregaba cuatro más. El contacto con un no judío era el primero de
esta lista adicional. De esta forma, aquel sacerdote estaba corriendo un gran peligro de contraer
impureza ritual en su forma más severa, desde el punto de vista de la Ley escrita y también la
oral.

Las reglas de pureza eran.... siempre consideradas como un fin en sí mismas, y no apenas un
medio teniendo en vista un fin. Ellas eran consideradas como la mejor manera de evitar el
pecado y alcanzar las cimas de la santidad.

De esta forma el sacerdote lucha con el anhelo de ser un hombre bueno. La procura evitar el
pecado y alcanzar la santidad. Una parte adicional de su lucha se relaciona con el hecho de que
él está (de la misma forma que el hombre herido) viajando, descendiendo de Jerusalén para
Jericó. Gran número de sacerdotes servían en el templo por períodos de dos semanas, y vivían
en Jericó. Cualquier sacerdote que saliese de Jerusalén camino de Jericó, se presumía que
estuviese cumpliendo su período de servicio, en el templo y estuviese yendo para casa. La
purificación ritual generalmente tenía lugar en el templo. Sobre todo, los dos sacrificios diarios
realizados en el Templo eran ejecutados por sacerdotes levitas y laicos judíos llamados de
"delegación de Israel". Durante la ceremonia un instrumento era tocado en la hora de ofrecer
incienso. Al son de ese instrumento el jefe de la delegación de Israel hacia que todos los impuros
se colocasen de pie delante de la puerta oriental frente al altar.

Fuera de la humillación que eso acarreaba, el proceso de restauración de pureza ritual era caro
y consumía tiempo. Incluía el buscar, el comprar y el quemar una novilla hasta tornarse cenizas,
y el ritual llevaba toda una semana. De esta forma, es fácil entender la situación del sacerdote
cuando repentinamente da con un hombre inconsciente a la orilla del camino.

Seguramente las esposas, los siervos y colegas habrían aplaudido el hecho de la negligencia
ante el hombre herido, y que los fariseos lo juzgarían justificado por no haber parado, y con
derecho a pasar de largo. Finalmente, el mandamiento de no contaminarse era incondicional.
Por tanto, el sacerdote tenía el derecho legal de pasar de largo.

El sacerdote era víctima de un sistema ético/teológico legalista “permutado- prohibido”. La


vida para él era un sistema codificado de "haga" y "no haga". Las respuestas dan al devoto la
certeza de que él está obrando correctamente, hasta que da con un hombre inconsciente
arrojado a la vera del camino.

El Levita

De igual modo, un levita que pasaba por aquel sitio lo vio y dio un rodeo…

Creemos que el levita no está condicionado por tantas reglas como el sacerdote. “Un levita
podía, permitirse más libertad de acción que un sacerdote". Para quien Jeremías escribe: "Al
levita le era requerido apenas observar la pureza ritual en curso de sus actividades litúrgicas.
Así, él podía prestar ayuda, y si el hombre estuviese muerto o muriese en sus manos, la
repercusión para él no habría sido tan seria."

Al contrario del sacerdote, el levita se aproxima al hombre herido. Esto es expreso por sus
acciones. El sacerdote, viajando, vio y pasó de largo. Más el levita llegó a aquel lugar bien cerca,
y entonces vio y pasó. Y entonces se decide no ayudar y seguir adelante. El miedo a
contaminarse no puede ser el motivo más fuerte, más bien puede ser el miedo a los asaltantes
o más probablemente es el ejemplo del sacerdote, su superior, que lo detiene. Él puede decir:
"¿Si el sacerdote que está en frente nada hace, porque yo, un mero levita, debo preocuparme?

El levita al igual que el sacerdote, no puede saber si el herido es un prójimo o no. Ésta puede
ser la razón por la que él se aproxima a él. Tal vez él podría hablar. Al no conseguir descubrirlo,
entonces continúa su camino. Sean cuales sean las razones, el resultado es el mismo.

El levita pertenece a una clase social más baja que el sacerdote y podía ir a pie. De cualquier
forma, él podría. Haber prestado los auxilios médicos básicos. Igual que no tuviese medios para
llevar al hombre a un lugar seguro. Si él estuviese a pie, podemos imaginario diciendo para sí
mismo: "No puedo cargar este hombre hasta un lugar seguro; ¿debo entonces sentarme aquí
toda la noche y arriesgarme a ser atacado por los mismos ladrones?". De cualquier forma, sale
de escena, siguiendo al sacerdote.
PASO UN SAMARITANO: VIO, SINTIO COMPASION Y SE ACERCO

Pero un Samaritano que iba de camino llegó junto a él, vio y sintió compasión. Ante el ver, hacer
e irse de los tres personajes anteriores (salteadores-sacerdote- levita), la actitud cambia con la
presencia del Samaritano; al contrario de todas las expectativas, no se va. De ahí en adelante
cada línea describe una acción (siete en total) de parte del Samaritano para servir al hombre
herido. La lista es larga porque el Samaritano solitario precisa compensar los actos de todos los
otros personajes. Él hace compensación por las fallas de ellos, en orden inverso; de ahí el
paralelismo invertido.

El levita podría por lo menos haber presentado los primeros auxilios. Este es el primer grupo de
actos del Samaritano. El sacerdote iba ciertamente a caballo, y podría haber llevado al hombre
a un lugar seguro. El Samaritano también hace esto. Los salteadores le arrebatan el dinero y lo
dejan semi-muerto. El Samaritano paga de su propio bolsillo, y dejándole provisiones suficientes,
con la promesa de volver y pagar más, si es necesario. El clímax ocurre en el centro, con la
inesperada COMPASION del Samaritano.

Como en Lucas 14,18-20 y 20,10-14, estamos ante una progresión de tres personajes. Después
de la aparición del sacerdote y del levita, el auditorio espera un laico judío. La secuencia natural
y lógica seria sacerdote-ievita- laico, pues, ya observamos, que estas tres clases de personas
oficiaban en el templo. De la misma forma como delegaciones de sacerdotes y levitas subían a
Jerusalén y volvían después de unas dos semanas determinadas, también "la delegación de
Israel" subía para servir como ellos. Después de sus períodos de servicio se esperaba
naturalmente que los tres grupos estuviesen en camino volviendo a casa. El oyente nota el
primero y el segundo, y espera el tercero. La secuencia es interrumpida, todavía, para el gran
choque y sorpresa del auditorio: el tercer hombre a aparecer en camino es uno de los odiados
samaritanos.

Las huellas de desprecio entre los judíos y los samaritanos son expresadas en el libro de la
Sabiduría de Si 25,26, cerca del 200 a.C.

"Hay dos naciones que mi alma detesta, y la tercera ni siquiera es nación: los habitantes de la
montaña de Seír, los filisteos y el pueblo necio que mora en Siquem." Así, los samaritanos son
comparados a los filisteos y los edomitas. Durante toda la época de Jesús fue intensificado el
odio entre judíos y samaritanos por el hecho de que éstos habían contaminado el templo
durante una fiesta de Pascua, pocos años antes. Los samaritanos eran públicamente maldecidos
en las sinagogas; diariamente era hecha una petición a Dios para que los samaritanos no fuesen
partícipes de la vida eterna.

Jesús podría haber contado una historia acerca de un judío noble ayudando a un odiado
samaritano. Una historia así habría sido acogida más fácilmente por las emociones del
auditorio. Por el contrario, aparece el odiado samaritano como héroe. Sólo una persona que
haya vivido haciendo parte de una comunidad que tenía un enemigo tradicional,
entrañablemente odiado puede entender perfectamente el coraje de Jesús para hacer del
despreciado samaritano como el moralmente superior a los líderes religiosos del auditorio. Así,
Jesús atina en los sentimientos de odio más profundos del auditorio, y con audacia lo expone.

El primer término hebreo que en el Antiguo Testamento indica la misericordia, es rehamim, que
designa propiamente "vísceras" (en singular, seno materno), en sentido metafórico se expresa
para señalar aquel sentimiento íntimo, profundo y amoroso que liga a dos personas por lazos
de sangre o de corazón, como a la madre o al padre con su propio hijo (Sal 103,13; Jr 31,20) o
a un hermano con otro (Gn 43,30). Estando en las vísceras, el sentimiento que de allí brota es
espontáneo y está abierto a toda forma de cariño.

El verbo griego "splagjnizomai", "se le conmovieron las entrañas", caracteriza la actitud del
samaritano (recordemos quien era cultural, social y religiosamente un samaritano para los
judíos). Este verbo se aplica en el Nuevo Testamento exclusivamente al Padre y a Jesús (Mc
1,41; 6,14; 8,2; 9,32; otras dos veces en Lucas y cinco veces en Mateo). La actitud del samaritano
es la encarnación del modo de ser de Dios mismo.

Podemos ir notando la intensidad y progresión clara de cada escena: el sacerdote “casualmente


bajaba por aquél camino"; el levita "que pasaba por aquel sitio"; y el samaritano "llegó junto a
él y al verle tuvo compasión". Siente profunda compasión por el hombre herido, y esa
compasión es inmediatamente traducida en hechos concretos.

La acción del samaritano está descrita con tantos detalles que podríamos dejarnos captar
emocionadamente; pocas veces se nos presenta una descripción de secuencias tan ricas y
conmovedoras: "llegó junto a él, al verle tuvo compasión, acercándose, vendó sus heridas,
echando en ellas aceite y vino; y montándole sobre su propia cabalgadura, le llevó a una posada,
cuidó de él ... le encargó al posadero dándole dinero...", "cuida de él y, si gastas algo más, te lo
pagaré cuando vuelva."

Nos puede venir a la memoria y al corazón, esa otra descripción con tantos detalles de acción
del Padre con el hijo que vuelve: "Estando todavía lejos, lo vió y se conmovió, echó a correr,
se le echó al cuello, se puso a besarlo...", "sacad el mejor traje, vestidlo, ponedle anillo,
sandalias, traed el ternero cebado, celebremos un banquete" (Lc 15,20ss). Son secuencias de
amor eficaz, de compasión activa, sobreabundante, entrañable, en bien de la dignidad y vida
de todo ser humano.

CONTINUACIÓN DE LA PARÁBOLA

"Al día siguiente, de regreso, pasó por allí el Samaritano y comprobó que había varios hombres
heridos en la cuneta del camino. Tanto el sacerdote como el teólogo hablan vuelto a pasar de
largo, diciéndose que ellos no podían hacer nada ante tanta gente. El Samaritano,
comprendiendo eso mismo, desanduvo el camino andado para buscar un grupo de hombres
amigos y de posadas cercanas con que poder socorrer a tantos heridos".

Unos días más tarde, en un nuevo viaje de Jerusalén a Jericó volvió a pasar el samaritano. La
cuneta estaba llena de hombres atacados y mal heridos. El Samaritano comprendió que eran
víctimas de toda una banda organizada y muy poderosa. Se dedicó entonces a investigar hasta
identificar a la banda armada. Y descubrió el capitalismo, encarnado en los grandes
terratenientes y comerciantes de Jerusalén".

(Y quizá, posible conclusión....

"A los pocos días, el Samaritano, aparecía tendido en la cuneta del camino. El sacerdote y el
levita, al volver a pasar por ahí, debieron pensar: se ha hecho impuro, y la impureza acarrea la
muerte. Y siguieron su camino".

José Ignacio González Faus


II. EL LUGAR HISTÓRICO–SOCIAL DE LA PEDAGOGÍA DE LA MISERICORDIA

Antes de leer y reflexionar sobre el contenido del tema, me pregunto y me respondo de manera
creativa.

Responde:
¿Qué sé sobre el lugar histórico-social de la pedagogía de la misericordia?
¿Cuál es el “desde donde”, la óptica, el objeto formal, el lugar social que permite la elaboración
de una pedagogía en clave “samaritana”? ¿Desde dónde hay que reflexionar para que nuestra
acción educativa pueda tener una significación verdaderamente misericordiosa, liberadora y
vivificante?

La condición objetiva en la cual hacemos nuestra reflexión teológica–educativa es el continente


de Abya – Yala, tierra madura y sagrada, generadora de vida, en la cual, para nuestras culturas
originarias, todo: las altas cordilleras y las florestas, las caudalosas aguas que la riegan y los
mares que la besan, el firmamento que la alumbra son un reflejo de la bondad y sabiduría infinita
de Dios. La tierra que estamos pisando es sagrada por el heroísmo de las virtudes que la han
santificado, por la sangre de los mártires que a borbotones la están consagrando, y por las luchas
libertarias que la han estado fecundando.

Esa es nuestra tierra: inmensamente amarga y gustosamente dulce: es la tierra de la Pascua


Latinoamericana.

Nuestra historia ha estado tatuada por sucesivas contradicciones: invasión y conquista –


resistencia y lucha; esclavitud – fuga en palenques y quilombos; colonialismo y guerras de
independencia; dependencia y opresión y anhelo y gestas de liberación. Esta última
contradicción que marcó el caminar de los pueblos y de la Iglesia Latinoamericana en las décadas
de los 60 y 70 y que estuvo en los orígenes de nuestra teología latinoamericana, se ha visto
agudizada por el gigantesco muro geopolítico que se ha levantado entre el norte opulento y el
sur empobrecido y por la contradicción

Muerte – vida, exclusión – solidaridad, que cada vez más va marcando el ritmo de la historia
del mundo y que es, hoy por hoy, el mayor desafío para nuestra conciencia y compromiso
cristianos.

Estamos naciendo a una nueva época cuyo factor de identificación es la globalización como
ídolo o como promesa, como amenaza y también con múltiples oportunidades: como
dinamismo diabólico que divide, excluye y mata, o como fuerza simbólica que congrega, unifica
y da vida. No podemos cerrar los ojos ante el huracán de la globalización neoliberal, dentro de
la lógica irracional del mercado total, según la cual todo, absolutamente todo, se convierte en
valor contable y objeto de transacción y consumo: el fetichismo de la mercancía. En este mundo
en el cual nos ha tocado vivir, convivir y para muchos malvivir, el mercado se ha convertido en
el fin, método y medio de todo comportamiento humano y de la organización de los estados.

En forma muy aguda los expresa Eduardo Galeano: “En el mundo sin alma que se nos obliga
aceptar como único mundo posible, no hay pueblos, sino mercados; no hay ciudadanos, sino
consumidores; no hay naciones, sino empresas; no hay ciudades, sino aglomeraciones; no hay
relaciones humanas, sino competencias mercantiles” (11).

Nos encontramos ante el ciclón de una globalización unipolar, norcéntrica, asimétrica, mercado
céntrica, construida y dirigida desde arriba. Sin la menor duda es la última ideología dominadora
del siglo XX. Pero al mismo tiempo, contra la proclama del fin de la historia y muerte de las
utopías, desde los empobrecidos de la tierra y desde el sur geopolítico, desde el reverso de la
historia, está en gestación y ya está viendo la luz la globalización de la esperanza, de la
solidaridad y de la justicia, única y verdadera alternativa posible, necesaria y urgente para el
mundo, primera profecía del Siglo XXI.

La propuesta neoliberal es una globalización que encubre, al presentarse como única alternativa
posible para la humanidad, ocultando sus mecanismos de exclusión y opresión, que miente al
hacer creer que los sacrificios generados por los ajustes estructurales en el presente llevarán en
el futuro mediato a que sus beneficios se extiendan a todos, cuando rebose la copa de champán
que caracteriza la injusta distribución de los bienes y beneficios de la economía mundial.

Globalización que mata ya que ha instaurado la muerte en el corazón de la realidad: muerte


física de millones y millones de seres humanos de la “población sobrante” para la economía de
mercado, por no ser ni productores ni consumidores, (35.000 niños mueren diariamente en el
mundo por desnutrición y enfermedades hoy fácilmente curables). Mata culturalmente,
destruyendo la riqueza cultural de los pueblos en un proceso de homogenización de “cultura
universal” (occidental), del pensamiento y sentir únicos, de la civilización de masas bajo el signo
del individualismo y el consumo ilimitado y la eficiencia como fuente de realización personal y
de felicidad. Mata socialmente al negar los derechos fundamentales de una vida digna para la
mayoría de la población mundial. Mata ecológicamente con la destrucción irracional de la
naturaleza considerada únicamente como objeto de explotación y ganancia.

En este contexto, nuestra significatividad histórica depende, ante todo, de la capacidad suscitar
y demostrar una actitud crítica de resistencia y esperanza utópica y una praxis de
transformación de la realidad de exclusión y de muerte con miras a la construcción de un mundo
y de una sociedad en los que quepamos todos y todas sin exclusión y solidariamente, y donde
podamos vivir y convivir dignamente como hijos e hijas de Dios y como hermanas y hermanos
de Jesucristo.

Frente a esta realidad objetiva, que es el primer componente del “desde donde” hacemos
nuestra reflexión, nos preguntamos por la subjetividad hermenéutica desde la cual
comprendemos el mundo en que vivimos y nos comprometemos en su transformación

El documento de Santo Domingo, recogiendo el caminar de la Iglesia Latinoamericana así la


reafirma: “Hacemos nuestro el clamor de los pobres. Asumimos con renovado ardor la opción
evangélica preferencial por los pobres, en continuidad con Medellín y Puebla. Esta opción, no
exclusiva ni excluyente, iluminará a imitación de Jesucristo, toda nuestra acción evangelizadora”
(Santo Domingo 296).

“Apuntes sobre los medios de incomunicación”. En “Pastoral Popular”, Santiago, Chile, No. 249,
(11)

octubre – noviembre 1995


La opción por los empobrecidos y por su causa, el compromiso misericordioso y solidario con los
excluidos y con su praxis liberadora, constituyen el nuevo “lugar interpretativo” desde donde
comprendemos nuestro mundo.

Este lugar hermenéutico supone una inserción (encarnación) en la realidad histórica


contradictoria y conflictiva en que vivimos para hacernos cargo de ella (responsabilizarnos),
cargar con esa misma realidad (asumirla) y, finalmente, encargarse de ella (comprometerse
prácticamente en su transformación) como afirmaba el mártir de la Iglesia de los pobres, filósofo
y teólogo, Ignacio Ellacuría. (12).

El lugar interpretativo presupone no sólo una determinada ubicación en una realidad social,
histórica y cultural, sino también una actitud y práctica dentro de ella que intenten generar una
ruptura con el contexto vigente y un apasionado amor por la vida como posibilidad real para
todos y todas, y para la creación entera.

El lugar social de nuestra reflexión se plantea como compasión con las poblaciones abatidas y
dolientes y como pasión por la vida en búsqueda de un cambio cualitativo de la sociedad tal
como la conocemos y experimentamos.

El lugar interpretativo desde el cual plantearemos nuestra reflexión es, pues, el siguiente:

 Desde la marginalidad, desde el sur y desde la solidaridad con los excluidos.


 Desde la lucha por la vida y por las condiciones que la garanticen y la hagan posible.
 Desde la resistencia y la esperanza, en un mundo que corea a los cuatro vientos “el fin de
la historia y la muerte de las utopías”.
 Desde la alternativa popular, que busca afanosamente construir nuevos paradigmas de
convivencia y solidaridad humana y cósmica.

Responder:

1. Ejercicio de comparación y contraste. Entre lo que presenta el contenido y


lo que me toca vivir.
2. ¿Qué saberes o conceptos modificó en mí la lectura analítica realizada?
3. ¿Qué actitudes debo asumir y qué aptitudes debo aplicar en mi práctica
pedagógica?

ELLACURIA, Ignacio: “Hacia una fundamentación filosófica del método teológico latinoamericano”
(12)

ECA. 322 – 323. San Salvador, El Salvador. 1995, pág. 419.


VII. HACIA UN ITINERARIO EDUCATIVO PASTORAL DE LA

COMPASIÓN–MISERICORDIA

Antes de abordar el tema, me pregunto y respondo.

¿Qué sé sobre el itinerario educativo pastoral de la compasión – misericordia?

Ante la aguda y profunda crisis del mundo actual, cada vez más excluyente e insolidario, tal como
lo caracterizamos a grandes pinceladas, se nos plantea en este momento, la necesidad de
elaborar y proponer una alternativa viable desde nuestro campo y misión específicos, cual es la
educación cristiana: una pedagogía de la compasión - misericordia.

Partiremos de la afirmación de que la misericordia es una actitud, un talante, una opción


permanente de vida que se va construyendo en un camino perseverante hacía la justicia.

Proponemos, por eso mismo, un “itinerario pedagógico” que más que ser un recetario o un
esquema rígido de etapas, presenta un conjunto de “componentes” o “líneas de acción”, todas
ellas necesarias y confluyentes para una eficaz educación para la compasión–misericordia.
Aunque presentan un cierto orden lógico y sistemático, cada uno de los elementos
interactuantes es más un componente y vector necesarios que un paso o etapa sucesiva, lo que
quiere decir que todos ellos deben estar presentes de manera integral en el proceso educativo.

Al mismo tiempo iremos mostrando cómo estos elementos están presentes en la pedagogía de
Dios y en la pedagogía de Jesús; más aún, que son su misma pedagogía en la cual debemos
inspirarnos quienes reconocemos en Él a nuestro Maestro.

El itinerario educativo que proponemos a continuación está compuesto de los siguientes


componentes o dimensiones:

7.1. EL COMPONENTE DEL CONTACTO EXPERIENCIAL CON LA SITUACIÓN REAL DEL OTRO

“Y al ver a la muchedumbre sintió compasión de ella, porque estaban vejados y abatidos como
ovejas que no tienen pastor” (Mt 9, 35).

Hay un adagio muy antiguo que reza así: “Nihil volitum, nisi praecognitum”, “Nada es objeto del
deseo sin antes haberlo conocido”, lo cual puede traducirse en nuestro caso: no se puede ser
misericordioso sin sentir y hacer sentir la sangrante realidad del sufrimiento humano.

Así es la dinámica de toda la acción liberadora de Dios. En medio de la honda explotación a la


que fueron sometidos en Egipto, “los hijos de Israel, gimiendo bajo la servidumbre, clamaron, y
su clamor, que brotaba del fondo de su esclavitud, subió a Dios. Oyó Dios sus gemidos, y
acordase Dios de su alianza con Abraham, Isaac y Jacob. Y miró Dios a los hijos de Israel y
conoció...” (Ex 2, 23 – 25).

Como motivación para la vocación y envío de Moisés por parte de Dios para liberar al pueblo de
la esclavitud, dijo Javhéh: “Bien vista tengo la aflicción de mi pueblo en Egipto, y he escuchado
el clamor que le arrancan sus capataces; pues ya conozco sus sufrimientos. He bajado para
liberarle de la mano de los egipcios y para subirle de esta tierra buena y espaciosa; a una tierra
que mana leche y miel” (Ex 3, 7 – 8).
Dios ve la aflicción, escucha el clamor, conoce los sufrimientos de su pueblo, y es ésta la razón
para que baje a liberarlo de la esclavitud. Toda la acción salvadora de Dios nace de su ser
compasivo y misericordioso, por el cual ama con ternura al pueblo afligido y se solidariza con el
pobre y oprimido:

“Porque Él liberará al pobre suplicante, al desdichado y a quien nadie ampara; se apiadará del
débil y del pobre, el alma de los pobres salvará”. (Sal 72, 12 – 13).
La raíz de toda la acción misericordiosa de Jesús hacia los pobres y excluidos nace de su
compasión hacia ellos, al sentirse conmovido hasta sus entrañas por el sufrimiento de su pueblo.

Cuando Jesús ve a la multitud que persistente y afanosamente lo seguía a donde iba, “sintió
compasión de ellos, pues eran como ovejas que no tenían pastor y se puso a instruirles
extensamente.” (Mc 6, 34), y a partir de la compasión ordena a los discípulos: “Dadles vosotros
de comer” y multiplica superabundantemente el pan.

A su vez, Jesús comparte su propia experiencia con sus discípulos siendo un elemento
fundamental de su pedagogía. La elección y el envío de sus discípulos arranca precisamente del
sentimiento compasivo hacia el sufrimiento del pueblo. “Jesús recorría las ciudades y pueblos,
enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino y sanando toda
enfermedad y dolencia. Y al ver la muchedumbre, sintió compasión de ella, porque estaban
vejados y batidos como ovejas que tienen pastor. Entonces dice a sus discípulos: “La mies es
mucha y los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies”.

Y llamando a sus doce discípulos, les dio poder sobre los espíritus inmundos para expulsarlos, y
para sanar toda enfermedad y dolencia”. (Mt 9, 35 – 38; 10, 1).

El Evangelio de San Lucas presenta con toda claridad esta pedagogía de Jesús: educa a sus
discípulos a la solidaridad y amor misericordiosos, a partir del contacto real y vital con el
sufrimiento humano. Con aquellos que viven el flagelo de la exclusión, la injusticia social, la
violencia, el hambre.

Después de la apertura de su misión evangelizadora en la Sinagoga de Nazareth, donde Jesús


experimenta el fracaso, el capítulo 5 presenta el comienzo de su actividad propiamente dicha,
con el llamamiento de los discípulos. El capítulo prosigue con una serie de siete milagros. Son,
por así decirlo, milagros “in crescendo”, porque la narración termina con la resurrección de un
muerto. Después de una breve pausa, otros siete milagros. En total catorce milagros – dos veces
siete – y luego viene el capítulo 9 que comienza: “Habiendo convocado a las doce, les dio poder
y autoridad sobre todos los demonios y de curar enfermedades; y los envió a proclamar el Reino
de Dios y a curar”.

Jesús se preocupa por darles la educación del “ser cristiano” a los discípulos en aquellas
actitudes que forman al “hombre nuevo” en Cristo a partir de la experiencia directa de las
necesidades y sufrimientos de los demás. Es evidente el valor educativo de los milagros de Jesús
que presencian los discípulos y que les hacen comprender todos los sufrimientos humanos:
tanto físicos, como son las enfermedades, como sociales, de exclusión y excomunión, como
también psíquicos.

Los discípulos como espectadores de estos hechos y testigos de las actitudes de Jesús, su
Maestro, ven cuánto mal hay en el mundo, se dan cuenta de cuánto sufrimiento y abandono, de
cuánta exclusión y depravación existe en la sociedad, y son educados para adquirir ante cada
realidad un corazón compasivo, una sensibilidad, una actitud misericordiosa.
Es la educación a la ternura, a la bondad, a la compasión, a la solidaridad para con cualquier mal
y sufrimiento humanos, lo que ellos reciben de Jesús. Es la educación a esa apertura entrañable
del corazón la que Pedro testimonia como característica de Jesús, diciendo: “Pasó haciendo el
bien a todos, curando a todos los que estaban oprimidos” (Hch 10, 38). Jesús hace partícipe a
sus discípulos de su compasión sensible y atenta, de su capacidad de ver, comprender y sentir
como propios los sufrimientos y los males de los demás.

Los discípulos, que tienen tal vez una experiencia muy limitada de la vida, como toda persona
que está sumergida y agobiada por el trabajo y la fatiga diaria, son educados por Jesús,
ampliando su conocimiento de la realidad, para hacerles ver que hay mucho sufrimiento, mucha
necesidad de compasión, gente que sufre interiormente, que se encuentra desgarrada por
contradicciones de toda clase, necesitada de una palabra de confortación y de una acción
solidaria.

Es esta también la primera escuela que Jesús propone a sus discípulos para que aprendan a
comprender los sufrimientos y las necesidades más secretas de la gente, y las más sutiles,
precisamente porque son las más íntimas al misterio de la persona. Constatando directamente
las necesidades más inmediatas y angustiosas como la enfermedad, el hambre, la soledad, la
alienación de varios tipos, el rechazo social, la violencia física y hacía las conciencias, los
discípulos logran hacer sensible su corazón a estas situaciones.

Es esta también la primera escuela en la educación para la misericordia: suscitar experiencias


directas del dolor humano que lleguen a tocar las fibras más íntimas del corazón y conmuevan
las entrañas y susciten actitudes de compasión y de misericordia solidaria.

La actitud de Jesús, como amor misericordioso con el que sufre, nace del misterio de la
Encarnación en el que se manifestó la bondad de Dios, nuestro Salvador, y su amor por la
humanidad (filantropía) (Tit 3, 4).

La solidaridad–compasión es la actitud básica de la “Encarnación” que se formula en textos


como Filipenses 2, 6 – 11; 2 Corintios 8, 9 y Hebreos: 4, 15 y 5, 2.

“Tened los mismos sentimientos que tuvo Cristo: El cual, siendo de condición divina, no se aferró
a su categoría de Dios; al contrario, se despojó de sí mismo tomando la condición de siervo,
haciéndose semejante a los hombres...” (Fil. 2, 6 – 7).

“Pues no tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino
probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado. Y puede sentir compasión hacia los
ignorantes y extraviados, por estar también envuelto en flaqueza”. (Hb 4, 15; 5, 2).

La historia de la educación lo demuestra, y lo comprueba nuestra propia experiencia, que sólo


cuando se llega a compartir la vida y el sufrimiento de la gente, puede surgir la verdadera
solidaridad y compromiso por la justicia y la paz.

El dinamismo de la justicia y la paz comienza cuando el otro deja de ser extraño y entra a formar
parte de nuestra propia vida, de nuestros sentimientos y afectos; cuando nos hacemos su
prójimo, nos acercamos a él y cuando lo reconocemos como nuestro prójimo; cuando sus
anhelos, alegrías, angustias y sufrimientos nos incumben y nos tocan en lo más íntimo.

La historia más reciente de la Iglesia lo demuestra: cuando comienza el “éxodo” hacia los barrios
populares y marginados, hacia los campos y zonas de conflicto, cuando se inicia el camino de
inserción, como cambio de “lugar”, no sólo geográfico sino sobre todo social, político y cultural,
encarnándose de verdad en el mundo popular, es cuando ha comenzado una solidaridad
cualitativamente nueva: no desde fuera, sino desde dentro.

Un testimonio conmovedor lo tenemos en Monseñor Oscar Arnulfo Romero. El cambio radical


que experimentó de su conversión al pobre, se originó a partir de su acercamiento, de su
caminar al lado de su pueblo, oprimido y doliente por el hambre, la miseria, la violencia, la
guerra, la represión y la muerte. Cuando experimentó directamente la brutalidad de la represión
sintió la fuerza del Espíritu Santo que lo impelía a cambiar.

Es reviviendo la parábola del Samaritano y oyendo la pregunta de Jesús: ¿“Quién de estos tres
te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los salteadores?” y la respuesta del legista:
El que tuvo misericordia de él”, como escucharemos la invitación del Señor: Vete y haz tú lo
mismo”. (Lc 10, 36 – 37).

La educación a la actitud misericordiosa nace, pues, de un contacto vital, experiencial con el


mundo de los pobres, aproximándonos afectiva y efectivamente a su realidad. Ahí comienza el
camino.

EL COMPONENTE ANALÍTICO–CRÍTICO

“Con que sabéis discernir el aspecto del cielo y no


podéis discernir las señales de los tiempos?” (Mt 16,
3).

“Han curado el quebranto de mi pueblo a la ligera,


diciendo: “paz, paz” cuando no había paz” (Jr 6, 14).

“El producto de la justicia será la paz, el fruto de la equidad, una seguridad perpetua y
habitará mi pueblo en albergue de paz, en moradas seguras”. (Is 32, 17–18).
Hay una diferencia fundamental entre una compasión–misericordia “ingenua” y una
samaritanidad “crítica”. La primera, que tiene un profundo arraigo emotivo y espiritual es típica
de muchas actitudes sinceras de “compasión con quienes son víctimas de la injusticia y exclusión
social, y de la guerra propias”, de quienes quieren identificarse con ellos, por la cercanía,
escucha, ayuda; pero que no se preguntan o sólo muy superficialmente por las causas históricas
y estructurales que han generado y continúan produciendo las situaciones de desigualdad
social, exclusión y conflicto, de muerte y cuáles son los mecanismos que para mantienen y
consolidan una realidad injusta y un mundo insolidario y violento abiertamente en contradicción
con el plan de Dios.

La acción misericordiosa, además de tener el componente emotivo y hondamente espiritual, se


vale del análisis social e histórico crítico de la realidad que busca entenderla (intus – legere =
leer en profundidad) descubriendo las causas históricas y las estructuras sociales que generan
un mundo injusto, inequitativo y por lo mismo conflictivo y violento y de muerte.

La comprensión histórico–crítica lleva a superar aproximaciones meramente intuitivas o


subjetivas de la realidad hasta ver que cuanto acontece no es casual, sino que tiene
explicaciones causales que permiten comprender el funcionamiento de la sociedad y los
mecanismos de explotación y exclusión.
Cuando lleguemos a comprender las entrañas y mecanismos de la globalización que
aceleradamente está en curso, se producirá un vuelco radical en nuestra mirada sobre la
realidad, en nuestra mentalidad y actitudes, en nuestra manera de situarnos frente a los
conflictos sociales, en nuestra propia práctica social y política y en nuestra forma de seguir a
Jesús, en nuestra espiritualidad. Decididamente se pasará de actitudes de acomodamiento, de
acciones meramente paliativas y emotivas o de soluciones puramente reformistas, a una
práctica más profunda de transformación que incida no sólo en los efectos sino en las causas de
los hechos. En nuestro caso, se pasará de actitudes y acciones que solo responden a los efectos
y consecuencias de la injusticia y el conflicto armado y asistenciales, a compromisos más
profundos y decisivos que buscan cambiar, con las exigencias y los criterios de la justicia, las
estructuras económicas, sociales, políticas.

Este es el paso de una compasión–misericordia sincera pero ingenuas, o por lo menos limitada
porque no tienen un análisis crítico de la sociedad, a una samaritanidad y compromiso por la
justicia y la paz igualmente sinceros y generosos que sí tienen presente dicho referente analítico,
una mirada en profundidad de la realidad.

Hay que anotar, con todo, que no basta tener una comprensión crítica, “científica”, de la realidad
para transformar la práctica; en el fondo hay intereses sociales que determinan decididamente
las opciones y las prácticas de las personas y de los grupos. No basta entonces poseer un análisis
correcto sobre la situación, se requiere además apropiarse, identificarse con los intereses y las
causas populares. Conocer desde una opción solidaria. Para San Agustín “ningún bien es
perfectamente conocido si no es perfectamente amado” (De diversis quaestionibus octoginata
tribus (LXXXII), q. 35, 2: PL 40, 24).

Podemos concluir, entonces, que mientras una persona o grupo no haya dado y sumido este
paso analítico como vector permanente de su mirada sobre la realidad y no se haya identificado
de manera consciente con los intereses y la causa populares, mientras no se tenga un tipo de
análisis histórico crítico y estructural de la sociedad y de su funcionamiento en el nuevo
contexto de globalización neoliberal, no se habrán puesto los cimientos para una justicia y paz
verdaderas y permanentes.

Jesús tuvo en su acción evangelizadora–misericordiosa con la cual proclamaba y hacía presente


la Buena Noticia del Reino de Dios, una comprensión y un análisis agudo, profundo y ajustado
de la sociedad judía en que vivía, de sus estructuras de opresión y se sus mecanismos de
exclusión. Hoy podríamos hablar de un análisis crítico, histórico y estructural de la sociedad judía
sometida al dominio del imperio romano. Por eso pudo ir a las raíces y denunciar las causas del
mundo insolidario e injusto en que vivía y sus mecanismos de exclusión: la codicia y la riqueza,
el poder dominador, la absolutización de la ley, el formalismo religioso, el prestigio excluyente
y de privilegios.

Jesús era “sabiamente inteligente” en el sentido que entendía a fondo a su pueblo, conocía los
grupos sociales que la configuraban, las relaciones existentes entre ellos, a su gente. La sociedad
judía era una sociedad agrícola, colonial, dependiente del imperio romano, con una estructura
social marcadamente esclavista estructuralmente violenta. El lenguaje de Jesús, que utilizaba
constantemente comparaciones y metáforas “agrícolas”, de la “construcción” y de la
cotidianidad de la gente, demuestra cuán compenetrado estaba con la vida de su pueblo.

La sociedad judía era tremendamente “legalista”; sacralizaba una multitud de preceptos


humanos injustos y excluyentes como voluntad de Dios y mantenía una práctica religiosa
“formalista”. Jesús conocía en profundidad sus leyes opresoras y su religión alienante, por eso
pudo tomar distancia, criticarlas y denunciarlas; por eso pretendió cambiarlas. Jesús invirtió
completamente las estructuras de la sociedad: en lugar de la acumulación de la riqueza injusta,
planteó el compartir en solidaridad; en lugar del poder absoluto y aplastante, propuso el
servicio; en vez del prestigio excluyente, reconoce y valora en cada persona su dignidad de hijo
e hija de Dios y la igualdad fraternal; en sustitución de los sacrificios formalistas en el templo y
de su religión alienante, vivió el culto en espíritu y en verdad, entregando su vida para la vida
del mundo; sustituyó el peso aplastante de los preceptos y leyes humanas por el primado del
mandamiento nuevo del amor que nos hace libres.

Precisamente el conocimiento de su realidad, permitió a Jesús descubrir todos los mecanismos


“ideológicos” de la sociedad en que vivía, que lejos de propiciar la justicia y la solidaridad, se
enfilaban hacía intereses particulares y egoístas. Por eso previene a sus discípulos de la doctrina
de los fariseos y saduceos: “abran los ojos y guárdense de la levadura de los fariseos y saduceos”.
(Mt 16, 5 – 12).

No sólo conoció, sino que utilizó ese conocimiento para desenmascarar todas aquellas
construcciones ideológicas que buscaban ocultar la realidad y mantener el dominio sobre las
conciencias y justificar la situación de opresión. De esta manera fue creando conciencia entre
sus discípulos y les hizo abrir los ojos a la realidad.

Como educadores en el Seguimiento de Jesús no podemos soslayar la misma exigencia de


conocer en profundidad y de manera crítica la realidad objetiva que se ha estado viviendo desde
el final del siglo y comienzos del XXI. En ella debemos anunciar y realizar la Buena Nueva de
Jesús. Y para poder conocer la realidad objetiva que estamos viviendo a nivel latinoamericano y
mundial, para conocer todos los mecanismos ocultos con los que funciona el mundo actual,
tenemos que valernos de todos los instrumentos de interpretación y análisis que nos permitan
conocer de la manera más crítica dicha realidad y nos ofrezcan los medios más eficaces en la
perspectiva el Evangelio, para su transformación liberadora.

La ciencia histórica nos hace ver, no los hechos aislados, sino los procesos históricos
generadores; el análisis estructural facilita tener una visión de conjunto y articulada de la
realidad, y no de elementos aislados o una visión desmembrada de las partes. El conocimiento
de las diversas culturas, permite tener una comprensión mucho más amplia y honda de las
identidades populares, sustrayéndolas a los reduccionismos economicistas o políticos.

Si estamos convencidos que es posible comenzar a construir el Reino de Dios de justicia y de paz
desde ya, en el aquí y el ahora de la salvación, a través de signos que sean primicia y fermento
del mismo, tenemos que tomar muy en serio la mediación analítica en la educación basado en
el principio de la misericordia, conscientes de que nuestra acción sobre la realidad
corresponderá al tipo de comprensión, diagnóstico que tengamos de ella.

De no ser así estaremos cayendo en el espontaneismo y el subjetivismo y, por lo mismo, en la


ingenuidad de la acción, que además de ser frustrante, es históricamente ineficaz.
7.3 COMPONENTE EXPERIENCIAL DE ACOGIDA Y FRATERNIDAD

El que acoja a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe; y el que me reciba, no


me recibe a mí sino al que me envió”. (Mc 9, 37).

Estamos viviendo cada vez más en un mundo en el que se respira una atmósfera donde se
deprecia y se margina por razones económicas, sociales, políticas, étnicas, de género, de edad,
de religión; donde siempre más aumenta el número de personas excluidas de la mesa de la vida.
Vivimos en un contexto social en el cual el pueblo es constantemente reprimido y amenazado,
alienado por una cultura individualista y masificante. Diariamente la gente acumula en su vida
frustraciones y fracasos.

Aumenta día a día el número de desplazados por la violencia, de refugiados a causa de la guerra,
de migrantes que abandonan los campos creyendo encontrar en las ciudades una lucecita de
esperanza, de niños abandonados por las calles de las ciudades; ancianos encarcelados en la
soledad de los tugurios, de indocumentados que invaden los países ricos en búsqueda de
mejores oportunidades para vivir.

En este contexto, una de las prácticas pastorales y educativas fundamentales para vivir y educar
para la justicia y la paz es la acogida y la hospitalidad.

Cada centro y cada proyecto pastoral debería convertirse en un espacio de acogida, de


convivencia, de fraternidad; una casa, una familia que comparte, un hogar lleno de cariño y de
bondad.
Todo centro y acción pastorales deberían distinguirse, no sólo ni primariamente porque brindan
unos servicios a quienes lo necesitan y acuden a él, sino porque son una “casa de puertas
abiertas” que los acoge, los conoce y valora como personas y les ofrece la oportunidad de
integrarse a una comunidad que llega a ser su segunda y para algunos primera familia.

La acción misericordiosa comienza con el espíritu de acogida y fraternidad con que se realiza.
Como lugares de paz como se viva y experimente la solidaridad, debe ser un lugar. Quien es
excluido socialmente, y padece la violencia no sólo necesita pan y trabajo; tiene necesidad de
afecto, de experimentar el cariño y la ternura de una comunidad donde puede compartir las
penas, satisfacciones y esperanzas sin necesidad de cuidarse las espaldas: un sitio de encuentro,
de convivencia, de apoyo mutuo. Un hogar, una comunidad en la que se tenga la posibilidad de
gozar del encuentro, y celebrarlo como vivencia de la vida y de la convivencia, del cariño mutuo
y de la causa común compartida.

La acción evangelizadora y educativa de Jesús comenzaba con la “acogida” de los marginados y


excluidos. Entre los poderosos de su tiempo, los magistrados y los fariseos, y el pueblo
despreciado por ellos, visto como "gente maldita que no conoce la ley” (Jn 7, 49), Jesús toma
partido colocándose siempre del lado de estos últimos que son los que creen en Él. Se acerca a
los excluidos de la sociedad y hace de los empobrecidos, de los que lloran y tienen hambre, los
primeros incluidos en el Reino de Dios. Para ellos Jesús es presencia misericordiosa, acogida
bondadosa de Dios. Jesús acoge a los considerados pecadores, se sienta a la mesa con los
excluidos, reincorpora a los segregados a la comunidad. El Reino de Dios anunciado e inaugurado
por Jesús se convertía en una alternativa de comunión y fraternidad en medio de un mundo de
segregación, privilegios, exclusión y violencia.
Todo el Evangelio está cuajado de esta actitud pastoral y educativa de Jesús: va a comer donde
Zaqueo (Lc 19, 1 – 10); ve y llama a Leví (Mc 2, 13 – 17); come con los pecadores (Mt 9, 10 – 13)
y los publicanos (Lc 5, 29 – 32), toca los leprosos (Lc 5, 12 – 16), recibe a los paganos (Jn 4, 43 –
54), bendice a los niños (Mt 19, 13 – 15), perdona a las prostitutas (Lc 7, 36 – 50). E
invariablemente, después de sentirse acogidos, Jesús les hacía la invitación a actuar como
discípulos suyos, en uno u otro grado, prolongando la entrega que había ejercitado con ellos. Un
buen pedagogo, como era Jesús, comprendía que para entrar en el camino de justicia y
solidaridad hay que haber experimentado lo que es la compasión–misericordia.

Con la acogida se entraba a formar parte de una comunidad fraterna. Las primeras comunidades
cristianas testimonian esta experiencia: “La multitud de los creyentes no tenía sino un solo
corazón y una sola alma. Nadie llamaba suyos a sus bienes, sino que todo lo tenían en común”.
(Hch 4, 32 – 35). Pablo, utilizando la comparación del cuerpo humano, presenta la comunidad
cristiana como el “cuerpo de Cristo” del cual todos formamos parte, a tal punto que “si sufre un
miembro, todos los demás sufren con él. Si un miembro es honrado, todos los demás toman
parte en su gozo”. (1 Co 12, 26).

La actitud humana de acogida y la experiencia de fraternidad, al mismo tiempo que tienen una
profundidad teológica, se convierten en una actitud y vivencia pedagógicas fundamentales en
el camino de la misericordia.

7.4. COMPONENTE EXPERIENCIAL – OPERATIVO

“Todo el que venga a mí y oiga mis palabras y las ponga en práctica...


es semejante a un hombre que, al edificar una casa, cavó
profundamente y puso los cimientos sobre la roca.” (Lc 6, 46 – 48).

“Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.
“Felices los que trabajan por la paz porque serán reconocidos como hijos de
Dios”. (Mt 5, 6. 9).

Es elemental y obvio en pedagogía que “a andar se aprende andando; que a nadar se aprende
nadando, a pintar se aprende pintando, a tocar un instrumento se aprende tocando”. Así mismo
los valores se aprenden a través de la práctica cotidiana y perseverante de los mismos si se
quieren promover en la conciencia y en la vida de las personas. Y la misericordia se aprende
iniciándose en una práctica activa y concreta de la misericordia.
Y esto que aparece tan obvio, está con frecuencia muy ausente en las prácticas pastorales y
educativas. A pesar de muchas afirmaciones en contra, y la enunciación de principios educativos
dinámicos, en la práctica cotidiana predomina el aprendizaje conceptual, como si las cosas
cambiaran porque se dicen o afirman. Existe el predominio de una pastoral y educación
“verbalistas”, centradas en la “palabra” o la “imagen” (con minúscula): predicaciones,
conferencias, reuniones, homilías, cursillos, celebraciones, menajes, declaraciones, alocuciones
radiales, proclamas, videos, programas televisivos, ciberespacios, etc. Se supone, se desea, que
todo lo que se dice irá a la práctica.

La acción pastoral y educativa en sí mismas son comprendidas como “palabra” y “anuncio”. La


misma evangelización se puede concebir como un renovado anuncio de la Buena Nueva, como
una actualizada proclamación de la Palabra con nuevos métodos, recursos y expresiones.
Pero no puede ser así. Sabemos muy bien que la Palabra de Dios siempre ha sido histórica:
“Palabra-acción”, como definió magistralmente Paolo Freire, la pedagogía de Jesús, Palabra –
vida; es el “dabar” de la creación: “Dijo – Dios y fueron creadas todas las cosas” (Gn 1). La
Palabra de Dios siempre realiza lo que significa y pronuncia; es una palabra sacramental. Jesús
es “la Palabra” eterna de Dios, pero “hecha carne”; Él es “la Imagen del Dios invisible” (Col 1,
15); es el proyecto de Dios sobre la humanidad “hecho historia, hecho vida y práctica concreta;
“Es verbo, no sustantivo”.

La Evangelización para Jesús, la Buena Noticia que estaba en el centro de su predicación y


actividad, consistía fundamentalmente en proclamar la irrupción del Reino en medio de
nosotros y en hacerlo presente a través de signos históricos concretos de vida, de misericordia,
de liberación y de comunión. La Buena Noticia del Reino de Dios estaba indisociablemente
asociada en Jesús al hecho de “curar y sanar toda enfermedad y dolencia en el pueblo” (Mt 4,
23 y 9, 35) y al llamado a la conversión, al cambio de mentalidad y de vida, y a comprometerse
en la construcción del proyecto de Dios, manifestado e inaugurado en y por Él.

Cuando Juan el Bautista en la cárcel oye hablar de las obras de Jesús, envía a dos de sus
discípulos a preguntarle si Él era el Mesías que debía venir o si tenían que seguir esperando a
otro. “En aquel momento, nos dice el Evangelista San Lucas, Jesús curó a muchos de sus
enfermedades y dolencias y de malos espíritus y dio vista a muchos ciegos. Y les respondió: “Id
y contad a Juan lo que habéis visto y oído”: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan
limpios, los sordos oyen, los muertos resucitas; se anuncia a los pobres la Buena Noticia; y
dichoso aquel que no se escandalice de mí”. (Lc 7, 18 – 23).

El esfuerzo y propósito que hace la teología latinoamericana por recuperar la historia de Jesús
tiene por finalidad prioritaria la de suscitar en el creyente de hoy la decisión de pro – seguir esa
historia en la situación actual de América Latina y el mundo. Por eso, y concretando todavía
más, lo que persigue la cristología latinoamericana es recuperar el modo concreto de hacer
historia de Jesús mediante su práctica salvífico – liberadora al servicio del Reino y, a partir de
ahí, el modo de hacerse Jesús a través de esa misma práctica.

Lo más histórico de Jesús es su práctica, su actividad para operar eficazmente sobre la realidad
circundante y transformarla en la dirección del Reino. Lo central del Jesús histórico para
nosotros hoy es su invitación y su exigencia a pro–seguir su práctica. Jesús invitaba a “ponerse
a vivir y actuar” como Él. Nosotros, sin embargo, ponemos el acento en las palabras o en ciertas
“prácticas“de algún modo rituales (pensemos en lo que se tiene en mente cuando se habla de
un católico “practicante”) o en “actividades” que no son otra cosa que ejercicios mentales o
talleres de profundización de un tema, o trabajos de aula, o ejercicios académicos.

Queda entonces en claro que en un proceso pedagógico hacia la compasión–misericordia, no


se trata tanto de “hablar” (en sus múltiples formas) de la paz, ni siquiera en hacer un análisis
crítico y estructural que revela las causas de una sociedad y un mundo injusto y violento, por
más urgente y necesario que sea hacerlo. Lo importante y decisivo de toda pedagogía es que se
empiece a vivir de manera deferente y se comience a actuar de un modo nuevo, a la manera de
Jesús, “” Jesús-mente”. Todo lo demás: formación, cursillos, reuniones, celebraciones,
eucaristías, revisiones de vida, adquieren pleno sentido en la medida en que invite y ayude a
vivir y a actuar “a la manera de Jesús”.

Jesús mismo nos advierte: “No todo el que dice: ¡Señor, Señor! Entrará en el Reino de los cielos,
sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial” (Mt 7,21). Nos advierte con toda claridad
que la praxis es la base de su seguimiento: “¿Para qué me llaman Señor, Señor, si no hacen lo
que es digno? (Lc 6, 46). Quién realiza esa praxis es semejante a un hombre que al edificar “cavó
profundamente y puso los cimientos sobre la roca” (Lc 6, 47). Para Jesús, la praxis es el criterio
para juzgar la vida de las personas, y para definir su inserción o exclusión del Proyecto histórico
salvífico de Dios (Mt 25, 31 – 46).

Retomando este espíritu del Evangelio, el Apóstol Santiago nos exhorta a “poner por obra la
Palabra y a no contentarnos con oírla, engañándonos a nosotros mismos” (St 1, 22 – 23), y el
Apóstol Juan nos exhorta a que “no amemos de palabra ni de boca, sino de obras y según la
verdad”. (1 Jn 3, 18).

Con todo, hay que dejar muy en claro que no se trata de una praxis cualquiera, sino de esa
praxis cuyos elementos centrales encontramos en la de Jesús: una praxis solidaria con los
oprimidos y excluidos en dirección de su liberación; que es la liberación de todos y de cada uno.
Una praxis que tiene como contrapartida la supresión de todo aquello que obstaculiza, frena o
anula el caminar de las personas y de las comunidades y pueblos hacia la igualdad y la
fraternidad. Una praxis histórica concreta que asume las condiciones de la sociedad de la cual
uno forma parte, y las asume para transformarlas con todos los riesgos y consecuencias que
ello conlleva. Una praxis que, desde el comienzo, exige ser sellada con la ofrenda de la propia
vida como entrega al servicio y que siempre es conflictiva tanto internamente (crisis de
identidad, opciones profundas de vida, ambigüedades, inseguridad, contradicciones) como
externamente (conflictividad social e institucional, etc.). Sin embargo, esa es la única manera
que tenemos los seguidores de Jesús para hacer presente y operante el proyecto histórico –
salvífico de Dios en medio de los pueblos latinoamericanos.

7.5. EL COMPONENTE POLÍTICO Y GEOPOLÍTICO

“En los que se refiere al tiempo y al momento, hermanos, no tenéis


necesidad de que os escriba...

Cuando digan “Paz y seguridad” entonces él mismo, de repente,


tendrá sobre ellos la ruina, como los dolores de parto a la que está
encinta y no se escaparán” (1 Ts 5, 1 – 3) (cfr. Hch 24, 2 – 5).

“El fruto de la justicia serpa la paz, el fruto de la equidad, una


seguridad perpetua”. (Is 32, 17).

A este punto se descubre el nexo entre misericordia y política como consecuencia y


prolongación del segundo elemento del proceso educativo que estamos bosquejando: el
componente analítico y del cuarto componente: el operativo. En efecto, cuando se va
descubriendo que el mundo de la injusticia y de la violencia y de desigualdad abismal que ella
engendra, tiene sus raíces históricas y sus causas estructurales y que dependen de la forma
como está organizada (o mejor desorganizada) la sociedad y la convivencia humana, entonces
la consecuencia es obvia: sólo removiendo las causas generadoras de la injusticia y cambiando
esa organización y estructura sociales, podrá comenzar a gestarse y construirse un mundo en
donde se establezca y garantice la justicia y la paz.

Esto equivale a plantear la dimensión política en la acción por la misericordia. Educar para la
samaritanidad implica, entonces, introducir en el campo de la política y de la ciudadanía. La labor
por la justicia nos coloca de inmediato en una postura política de cuestionamiento, por una
parte, de la organización de la sociedad y del mundo en su conjunto, en los cuales las mayorías
pobres no cuentan y, por otra, de transformación radical de las mismas por no corresponder al
proyecto de Dios de una humanidad fraternizada en justicia y paz. Llevará también a participar
en los dinamismos y procesos locales, nacionales y mundiales que representan una fuerza
renovadora y de transformación en función del bien común.

Pero son tales los mecanismos de exclusión a nivel mundial, creados por la globalización
neoliberal del mercado, que la búsqueda de un mundo justo y solidario adquiere además una
dimensión geopolítica. La justicia y la paz planetarias exigen hacer una opción por un
reordenamiento del mundo en su conjunto, libre de desigualdades y exclusiones.

La política es un componente decisivo en la educación para la paz, si de verdad queremos


cambiar las estructuras del mundo y el curso de su historia. Sin esta dimensión y mediación, la
acción misericordiosa no pasa de ser un puro voluntarismo o un deseo piadoso. Hoy como ayer,
la acción política es una exigencia educativa, más aún, un imperativo de la paz, si quiere ser
eficaz y verdaderamente transformadora de la realidad actual y gestora de un mundo
alternativo.

Es célebre, al respecto, la afirmación de Pío XI: “la política es una de las formas más elevadas de
la caridad”, hoy podríamos decir: de la búsqueda de la justicia y de la paz; es el “amor con
proyecciones amplias” (Paul Ricoeur) o la “macrocaridad” (josé Comblin).

La vocación y el objeto de la política es el bien común, es decir, el bienestar de todos, el cual


brota de una exacta comprensión de la dignidad y de los derechos de las personas y de los
pueblos, en términos de igualdad. Pero la búsqueda del bien común requiere del discernimiento
para descubrir en un determinado período histórico cuáles con las necesidades fundamentales
de la colectividad, comenzando por las de los más marginados y priorizarlas según la urgencia
para el bienestar de la mayoría de la población.

La acción política con miras a construir la paz verdadera comporta, entonces, al menos cuatro
pasos:

 Un momento analítico que lleva a detectar las causas y las estructuras generadoras de un
mundo insolidario, injusto y en conflicto.
 Un momento proyectivo; estableciendo hacia dónde hay que dirigir la acción política y cómo
y con qué instrumentos hay que realizarla.
 Un momento organizativo: buscando que el pueblo mismo, como sujeto histórico a través
de sus organizaciones, sea el gestor principal de las transformaciones necesarias.
 Un momento pro–activo: de la acción propiamente dicha que organizadamente y de
manera eficaz vaya efectuando los cambios necesarios y urgentes de la sociedad.

Este elemento está también presente en la acción evangelizadora de Jesús con la cual hacía
presente desde el principio de la misericordia el Proyecto de vida plena, de justicia y paz que es
el Reino de Dios.

 Al querer hacer presente la utopía de Dios de una humanidad fraternizada, conoció


muy bien y enfrentó los grupos actuantes en la sociedad judía y las estructuras de
poder. Constantemente los denunció y desenmascaró.
 Deslegitimó la ley existente, porque en lugar de ser un instrumento para garantizar el
bien de todos, se había convertido en una forma más de dominación sobre las vidas
y las conciencias.
 Puso en evidencia la ideología alienante, que con un cariz religioso trataba de encubrir
una sociedad de privilegios y de poder agobiante;
 Emprendió una acción profética contra el Templo, corazón económico del sistema
político religioso del Sanedrín.
 Propuso como razón de ser de toda autoridad, no el privilegio y poder arbitrario, sino
el servicio a la comunidad.

Por actuar así Jesús fue perseguido, aprehendido, torturado y condenado a muerte en la cruz.
Efectivamente, la condena de Jesús fue una sentencia política, hecha por los poderosos en Israel
en unión con el imperio, por los efectos desestabilizadores que su acción evangelizadora
causaba en la sociedad judía.

También nosotros en el seguimiento de Jesús, si queremos educar desde la misericordia para la


justicia y la paz, debemos recuperar con toda lucidez la dimensión política de nuestra acción
educativa.

Recordemos las palabras de tres grandes testigos de la solidaridad: Emmanuel Mounier


afirmaba que “Todo es político, aunque lo político no lo es todo”; las de Mahatma Ganchi: “Los
que dicen que la religión no tiene nada que ver con la política, no saben lo que es la religión”; y
la de Desmond Tutu: “No hay nada más político que decir que la religión no tiene nada que ver
con lo político”.

Para concluir la reflexión sobre este componente me permito hacer un correctivo a una
expresión muy común con relación a la política. Se dice que ‘la política es el arte de lo posible’.
Esta afirmación es incompleta y ambigua. Deberíamos más bien decir que la política es el arte
de hacer posible lo deseable. En este caso se propone una meta, un ideal, un rumbo preciso a
la acción política: un mundo justo y solidario donde quepamos todos.

7.6. EL COMPONENTE DE LA ESPERANZA Y DE LA UTOPÍA

“Esperamos los cielos nuevos, la tierra nueva donde habite la justicia” (2


P 3,13)

“Vi a la nueva Jerusalén en donde no había ya muerte, ni llanto, ni gritos,


ni fatiga porque el mundo viejo ha pasado” (Ap 21,1–8).

Un servicio muy urgente que debemos prestar hoy desde la educación


inspirada en el Principio de la misericordia ha de ser el de reavivar la
esperanza y la utopía.

El desencanto frente a la modernidad que había prometido un crecimiento


ilimitado y un bienestar generalizado, ha conducido a la mentalidad difusa
de la posmodernidad, del pensamiento light del fin de los grandes relatos,
de la reivindicación de bienestar individual, del goce inmediato y sensual, del desvanecimiento
del sentido de lo social y, por lo mismo, el abandono de la mediación política para cambiar al
mundo.

Por su parte Francis Fukuyama, ideólogo del capitalismo neoliberal, anunció también la muerte
de toda utopía al afirmar, tras la caída del muro de Berlín, como derrumbe simbólico de los
ideales revolucionario, que “la democracia liberal puede constituir el punto final de la evolución
ideológica de la humanidad y la forma final del gobierno humano, y como tal, constituye el fin
de la historia”.

A partir de esta nueva situación se vive la experiencia y estado de ánimo de fracaso de las utopías
y de los mitos, y de frustración de los deseos de cambios profundos y alternativos. Nuestra
sociedad padece el desencanto y la desesperanza. Las reivindicaciones y militancias de otros
tiempos en los sectores más conscientes de la sociedad han sucumbido bajo el consumismo o
individualismo, la represión y el sentimiento de fracaso. Muchos grupos, antes fuertemente
comprometidos en la búsqueda de transformaciones sociales, abandonan su intención originaria
de trabajar por la justicia.

En esta situación, la crisis tal vez más grave de nuestros días sea la carencia de un horizonte
utópico que motive y justifique un compromiso solidario para tratar de cambiar este estado de
cosas. El golpe más grave a la condición humana es la de haber declarado la muerte de las
utopías. No se necesita más crear un “no – lugar”, (ouk topos) pues ya todo se volvió “lugar”.

De ahí que la mayor urgencia y la primordial tarea de una educación para un mundo justo y
solidario, sean la de fortalecer la resistencia frente al fracaso, la de reavivar la esperanza para
derrotar el conformismo; de rescatar la dimensión de profundidad en la contemplación sobre el
activismo frenético, de la sobriedad sobre el consumismo enloquecido, de reivindicar el futuro
abriendo nuevos horizontes de posibilidades, de hacer renacer y recrear las utopías.

No podemos resignarnos a que el mundo no puede ser diferente a lo que es y que la humanidad
esté condenada al sin sentido e inhumanidad. La utopía no es una ilusión vacía, el sueño de lo
irreal; es la exploración de nuevas posibilidades y realizaciones humanas en oposición a la
realidad contradictoria e inhumana que existe, en nombre de algo radicalmente mejor, que la
humanidad tiene derecho a desear y por lo cual merece la pena luchar.

La razón utópica forma parte del cristianismo. La historia humana, en medio de sus avatares y
contradicciones, es siempre un camino hacia delante en la realización del proyecto salvífico de
Dios. El éxodo fue un camino arduo de liberación y sacrificios hacia la conquista de la tierra
prometida y anhelada que manaba leche y miel. Los profetas anunciaron para los tiempos
mesiánicos un mundo en el que “No se levantará espada nación contra nación, ni se ejercitarán
más para la guerra; forjarán de sus espadas azadones y de sus lanzas podadoras” (Is 2, 4).
Predicen “un mundo en el que la justicia y la paz se besarán; anuncian un día en que “los
humildes poseerán la tierra y gozarán de inmensa paz” (Sal 37, 11), proclaman la “creación de
cielos nuevos y tierra nueva donde habrá gozo y regocijo por siempre jamás” (Is 65, 17 – 25).

Y Jesús viene a proclamar y manifestar en su persona y con sus obras el proyecto de Dios, la
utopía del Reino. Pero lo original de Jesús, a diferencia de los anuncios de los Profetas, es que
proclama que hoy se cumplen las profecías, que la utopía comienza a hacerse topía y kairós,
realidad histórica, concreta, perceptible, a través de los signos que Él realiza y que son ya inicio,
presencia, realización del Reino. Quienes quisieron matar la utopía de Dios, condenando a
muerte a Jesús, fueron derrotados por la acción de Dios quien resucitó a Jesús, venciendo para
siempre las cadenas de la muerte. La resurrección de Jesús abre un horizonte nuevo y hace leer
de forma absolutamente novedosa la realidad histórica del pasado, del presente y del futuro. Su
resurrección es la reafirmación de la utopía de la humanidad fraternizada, de un mundo según
el corazón de Dios y la “anticipación” de la plenitud de la humanidad y la “garantía de que se
logrará”.
La última palabra de Dios sobre Jesús de Nazareth no es la muerte, sino la vida, por ello, esta
palabra es también la última sobre quienes sigan a Jesús, asumiendo su quehacer en la historia.
Dios resucitó a Jesús (Hch 2, 23) y lo reveló a quienes serían testigos. No lo resucitó como quien
vuelve a la vida “biológica” anterior, sino como quien, conservando su identidad de Jesús, se
mostró totalmente transfigurado y plenamente realizado en sus posibilidades en la infinitud de
Dios. La resurrección significa la concretización del Proyecto histórico–escatológico de Dios en
la vida de Jesús y en la historia. Desde la resurrección de Jesús sabemos que la vida, aunque
pasando por el sin sentido de la muerte, tiene un verdadero y pleno sentido.

La resurrección provocó una transformación total en los apóstoles. Ganaron un “horizonte


nuevo” y nuevos ojos para leer de forma absolutamente novedosa la realidad histórica del
pasado, del presente y del futuro. Y eso nos pasa también a los cristianos: desde la resurrección,
sabemos cómo culmina el seguimiento de Jesús, a dónde conduce el proseguir su misión. Y de
allí surge la esperanza. Una esperanza que no ahorra, sino que, por el contrario, subraya la
importancia de los pasos concretos históricos. La resurrección de Jesús fue la coronación de su
praxis histórica cotidiana que trajo también, como consecuencia, la contradicción y la muerte
en la cruz. La historia de Jesús queda así asumida y transformada en la resurrección. Sin
embargo, su plenitud aún no está dada totalmente, sino hasta que se dé esa plenitud en toda la
humanidad. La resurrección de Jesús es una “anticipación” y primicia de esa plenificación y
garantía de que se logrará, pero aún está en proceso de realización. Y para que nuestra historia
llegue a su plenitud tenemos antes que asumirla concretamente en dirección a la solidaridad.

En la resurrección de Jesús radica, pues, la razón de nuestra esperanza en el trabajo


perseverante por construir la paz. Es la razón utópica del cristianismo, fuente de energía
movilizadora.

Firme en la fe en la resurrección de Jesús, Pedro anuncia “los cielos nuevos y la tierra nueva
donde habita la justicia (2 P 3, 13) y Juan “ve a la Nueva Jerusalén en donde no habrá ya muerte,
ni llanto, ni gritos, no fatigas, porque el mundo viejo ha pasado” (Ap 21, 1 – 8).

Herederos de la utopía de Dios, y de las primicias que debemos ir manifestando con las obras
de la misericordia, estamos llamados, como educadores cristianos, a ser testigos existenciales
de la resurrección y, basada nuestra fe en ella, a ser signos proféticos de la utopía de la justicia,
la solidaridad y la paz en nuestro país.

Vivimos en la esperanza, aunque con la conciencia de que aquí en esta tierra nunca llegaremos
a la realización plena y total de la utopía anunciada por Jesús y de que ninguna realización
concreta, ninguna mediación histórica puede ser confundida con la meta. El Reino es siempre
algo más, siempre mayor a nuestras realizaciones, siempre más grande que nuestras
aspiraciones, está siempre más allá. Y es precisamente eso lo que reaviva nuestra esperanza y
nos motiva irresistiblemente a ir adelante con perseverancia inquebrantable.

Podremos evocar, para concluir aquel poema sugestivo:

“Me acerco un paso y se aleja dos; corro afanosamente tras ella


y cuando estoy para alcanzarla se me escapa como el agua entre
las manos, y cuando creo haberla logrado, se desplaza al
horizonte. ¡Esa es la utopía! ¿Y entonces, para qué sirve? Pues
para eso: ¡para caminar!”
La educación desde la misericordia y para la solidaridad, cuando todos los horizontes parecen
borrados definitivamente, tiene la misión de hacer brotar en todos los miembros de una
comunidad educadora, la utopía de la vida planificada, la utopía de fraternidad humana y el
anhelo de la liberación de la creación entera (Rm 8, 19 – 22).

7.7. EL COMPONENTE DE LA ESPIRITUALIDAD

“Sed misericordiosos como vuestro Padre celestial es misericordioso”

(Lc. 6,36)

Cuando hablamos del componente de la espiritualidad como culminación del itinerario de


educación para la paz, estamos lejos de aquella visión dualista y hasta maniquea que separa y
opone el espíritu a la materia y al cuerpo, de manera tal que la vivencia de la espiritualidad
implicaría una negación del mundo material, un alejamiento de la historia y un sometimiento
mortificante de la corporeidad.

Una comprensión más unitaria de la persona humana, desde la antropología, al mismo tiempo
que una visión teológica más positiva de la creación y particularmente la profundización del
misterio de la encarnación, nos han llevado, afortunadamente, a superar una secular
comprensión y vivencia de la espiritualidad cristiana en términos dualistas.

El espíritu, al que hace referencia la espiritualidad, es la realidad más profunda de la persona: es


el principio y fuente de sus “motivaciones” últimas, de donde emanan sus ideales, su utopía, en
donde se enraízan los valores que inspiran su actuar, donde brota su pasión y mística por la cual
vive y lucha y con la cual contagia a los demás.

Toda persona tiene que enfrentarse con el misterio de su propia existencia. Debe optar por
ciertos valores que den sentido y consistencia a su vida. Tendrá que elegir, de una manera u
otra, un punto sobre el cual construir o articular toda su historia. Es lo que llamamos la “opción
fundamental”. En el corazón de la espiritualidad, como uno de sus componentes determinantes,
está implícita o explícitamente la elección de aquel valor que la persona coloca como eje y fin
de su vida y que da sentido absoluto a su existir.

Esto que vale para todo ser humano, es tanto más valido para el ser cristiano, a diferencia de
que la realidad más profunda de su propio ser, como principio vital, como fuerza motriz e
inspiradora de su vida es de carácter religioso. En el corazón de la espiritualidad cristiana, se
halla una profunda experiencia del Dios de la historia, el Dios de los pobres, de los débiles y de
los oprimidos, cercano e identificado con su dolor y sufrimiento, pero particularmente el Dios
rico en misericordia: “Sed perfectos como Vuestro Padre celestial es perfecto”, que Lucas
traduce: “Sed misericordiosos como Vuestro Padre celestial es misericordioso”.

Pero la más profunda y plena experiencia de Dios nos la ha revelado Cristo Jesús, y que su
Espíritu, presente en nuestros corazones, nos mueve a invocar como Abbá, Padre. Además, para
nosotros la espiritualidad tiene una referencia fundamental a la persona de Jesús de Nazaret, el
Cristo. La espiritualidad cristiana se funda n el seguimiento de Jesús: en proseguir su misión,
perseguir su causa, conseguir su utopía: el Reino de Dios. La opción fundamental por la que se
vive, se lucha y se entrega la vida, es la misma de Jesús: establecer en el aquí y ahora de la
salvación el Reino de Dios; de la justicia y la paz.
Tanto la experiencia de Dios, a cuya imagen debemos irnos configurando, así como el
seguimiento de Jesús, que están en el centro de nuestra espiritualidad, tienen algo en común:
la misericordia de Dios manifestada en Jesucristo.

La revelación de Dios en la historia es la manifestación de su amor; el misterio de la encarnación


es el sacramento primordial del amor de Dios, y la misión y práctica de Jesús, compendiadas en
el Reino, tienen el signo de la compasión–misericordia.

La presencia del Espíritu Santo en nosotros, como don de Cristo Resucitado producirá como
frutos “amor, alegría y paz” (Ga 5, 22).

De ahí que nuestra espiritualidad, basada en la experiencia del Dios bíblico y del seguimiento de
Jesús y de la presencia de su Espíritu, tiene que estar permeada y compenetrada de la
misericordia como principio vital, como valor, como utopía, como pasión, como mística, como
signo de identificación y reconocimiento de nuestro discípulo de Jesús, nuestro Maestro.

Profundizar en la espiritualidad de la samaritanidad como experiencia de Dios y seguimiento de


Jesús, debe llegar a ser la brújula, el portal y la meta del itinerario educativo pastoral que hemos
propuesto.

Por: Mario L. Peresson T.

4.2 MODIFICABILIDAD COGNITIVA ESTRUCTURAL


Antecedentes históricos
Reuven Feuerstein de origen judío nació en 1921 en Botosan, Rumania. Desde muy pequeño
mostro gran interés y gusto por la lectura. En la primera etapa de su juventud inicia su
experiencia de enseñanza con niños que tenían serias dificultades de aprendizaje. Así mismo
trabajo con adultos que necesitaban aprender el hebreo para poder viajar a Israel.
Motivado por la experiencia adquirida de niño y joven decide realizar estudios de Psicología
primero en la Universidad de Rumania y luego en Jerusalén en el contexto de la Segunda Guerra
Mundial. Tiempo después asume la tarea de ser maestro de escuela de niños y jóvenes que
habían sufrido la experiencia de los campos de concentración Nazi, descubre el reto de ayudarles
a despertar dentro de ellos mismos la capacidad para superar los terribles padecimientos que
habían vivido y ayudarles a descubrir en potencial humano que cada uno es.
Con base a estas experiencias vividas constata la teoría del mejoramiento Cognitivo, pero esta
vez apoyado en los conocimientos y los modelos teóricos que provenían de la psicología.
Es así como Feuerstein continúa con su proceso de aprendizaje y viaja a Suiza para continuar
con sus estudios donde se encuentra con importantes profesores como Jung y Piaget,
conocedores de su gran labor con niños y jóvenes provenientes de los campos de concentración,
nuevamente le asignan la tarea de rehabilitar y preparar a los niños y jóvenes judíos para
reintegrarlos a la sociedad.
Con esta vasta experiencia se apoya de grandes exponentes en la psicología como el profesor
André Rey, de la Universidad de Ginebra, al propio Jean Piaget, a Barber Inhelder, Marc Michelle
y Maurice Jeannet y junto con ellos avanzan en un mismo ideal “La posibilidad de Cambio del
Ser Humano”, siendo consciente de los grandes aportes de los modelos y corrientes que
favorecían a la modificación de la persona el vislumbra y sistematiza su propia teoría que se
basa en la modificación estructural integral del ser humano, conocida, valorado y asumida en
nuestro tiempos como la Teoría de la Modificabilidad Cognitiva Estructural.
PRINCIPIOS DE LA MODIFICABILIDAD COGNITIVA ESTRUCTURAL.
1. Los seres humanos son modificables. (rompe con las costumbres genéticas internas y
externas.)
2. El individuo con el que estoy trabajando es modificable.
3. Yo soy capaz de cambar al individuo.
4. Yo mismo soy una persona que puede y tiene que ser modificada.
5. La sociedad también tiene y debe ser modificada.

ALGUNOS CONCEPTOS BÁSICOS DE REUVEN FEUERESTEIN

 Aprendizaje Constructivo
Feuerstein quiere llevar al individuo a una situación de aprendizaje constructivo, para eso crea
un modelo de ensañar a pensar, un “modelo de emergencia” (Hadji, Ch. en: Avanzini, G.,
1992:63), un programa de intervención a través de un proceso de aprendizaje. El mediador va a
seguir los pasos de un “mapa cognitivo”, por donde discurren las etapas del acto de aprender.
El educando, a través de ese programa, va a ejercitar una serie de operaciones mentales que le
permitan superar sus deficiencias. Tal vez una de las mejores claves del sentido pedagógico de
Feuerstein haya sido este esquema topográfico del acto mediador, donde el educando aprende
a aprender.
 FUNCIONES COGNITIVAS
Las funciones mentales son las estructuras básicas que sirven de soporte a todas las operaciones
mentales. Son componentes básicos para la actividad intelectual. Son capacidades que nos
permiten percibir y expresar informaciones. Las funciones son el armazón del pensamiento y
permanecen invariables, aunque se van estructurando, adaptando y acomodando en los modos
diversos de interacción con el ambiente. Su origen está en las conexiones cerebrales.
(Feuerstein, R., 1991: 78).

 LAS OPERACIONES MENTALES:


Son acciones interiorizadas o exteriorizadas, son un modelo de acción o un proceso de
comportamiento; a través de ellas la persona elabora los estímulos. Son el resultado de
combinar nuestras capacidades, según las necesidades que experimentamos, en una
determinada orientación. Al hablar de metacognición expresamos el proceso cognitivo integral
que tiene como objeto nuestros propios procesos mentales. Es tomar conciencia de cómo
estamos pensando o actuando.
 POTENCIAL DE APRENDIZAJE:
Todo aprendizaje es un proceso reorganizador de nuestros conocimientos, al incorporar nuevas
relaciones entre ellos. Toda persona puede acrecentar su potencial, su capacidad de aprender a
través de la mediación. Vygotsky acuñó el concepto de zona de Desarrollo Potencial: es la
distancia que hay entre el nivel de desarrollo real, detectado por la resolución de problemas sin
ayuda, y el nivel de desarrollo próximo. (ZDP), determinado por la resolución de un problema
con la ayuda de alguien. Aquí empalma, con toda lógica, el papel de la mediación potenciadora
de aprendizaje y de la evaluación dinámica de Feuerstein. Se reafirma aquí la creencia de logar,
a base de mediación, que salga a la luz aquellas potencialidades del sujeto que están ocultas o
no han tenido su oportunidad.
LA MODIFICABILIDAD COGNITIVA ESTRUCTURAL EN MODELO PEDAGÓGICO DE LA
MISERICORDIA
El Modelo pedagógico de la Misericordia surge cuando la comunidad de Hijas de Nuestra Señora
de las Misericordias en el año 2002 hace un stop e inicia un proceso de renovación
Congregacional y descubre cuales son las limitantes que obstaculizan el avance y
direccionamiento Congregacional; y es en este preciso momento cuando surge la necesidad de
consolidar la identidad congregacional, con un sello propio, exclusivo, que se ajuste a las
necesidades de todos los ambientes comunitarios y pastorales, que penetre e incluya todos los
procesos y espacios formativos y evangélicos y es cuando se da inicio a la experiencia de
reflexión y construcción del modelo pedagógico de la Misericordia, planteado de la siguiente
manera:
El modelo pedagógico de la Misericordia se enmarca en la perspectiva de la Pedagogía de Jesús,
que es el amor a todos, especialmente a los del extremo o excluidos, como la persona, la familia,
las comunidades, las victimas del egoísmo, de las ansias de poder, del placer reinante en nuestro
mundo, para incluirlos o hacerlos que recorran el camino de su propia existencia, necesario para
construir convivencia, participar democráticamente y valorar el pluralismo cultural. (Esquivel
Villafañe, 2007)
Este proceso de reconversión cognitiva se desarrolla desde una dinámica capaz de modificar
esquemas mentales, conceptuales, comunicativos e integradores. Sólo así se construyen los
principios que fundamentan el proyecto de vida de niñas, niños, jóvenes y adultos que tienen
como horizonte, para su reflexión y acción un dinamismo responsable y transformador de su
entorno.
Desde este estado de reconversión el modelo Pedagógico de la Misericordia acoge la
experiencia del aprendizaje-enseñanza desde la línea de Reuven Feuerstein y su teoría de la
“Modificabilidad Cognitiva Estructural” puesto que esta teoría busca ayudar al ser humano a
rehabilitarse e integrarse no solo al sistema educativo sino también a la sociedad, así mismo el
Modelo Pedagógico de la Misericordia que no es otro que la misma pedagogía de Jesús,
pretende Reconstruir, redignificar, reintegrar y resignificar a la persona en su compromiso
comunitario, social, profesional y pastoral desde la experiencia del aprendizaje mediado a través
de experiencias significativas de vida y aprendizaje desde los diversos ambientes y escenarios
de la sociedad actual.

4.3 EL CONSTRUCTIVISMO
El modelo pedagógico conocido como Constructivismo urde sus raíces en la psicología
constructivista, desde el estudio del desarrollo y evolución pisco social y afectiva del ser
humano. El psicólogo George Nelly, psicólogo clínico que desarrollo la psicología de los
constructores personales en 1955, el psicólogo y pedagogo Jean Piaget, quien dedicó gran parte
de su vida y carrera al estudio del desarrollo humano durante el s. XX, además de teóricos como
Vigostsky con la teoría socio cultural del aprendizaje y David Ausubel con la teoría del
aprendizaje significativo, son considerados padres de este modelo. Pero como su nombre bien
lo indica este modelo es una construcción, que al igual que el modelo pedagógico de la
Misericordia, considera a la persona como centro y objetivo del proceso de enseñanza –
aprendizaje, capaz no solo de asimilar sino de construir a la luz de las experiencias significativas
y mediadas, verdadero conocimiento
Teniendo en cuenta que el modelo pedagógico de la Misericordia y el constructivismo, nacen a
la luz del humanismo y que poseen en sí mismo similitudes en su estructura vale la pena
referenciar, el constructivismo como fuente pedagógica y teórica de la PEMIS.
CONSTRUCTIVISMO PEDAGOGIA DE LA MISERICORDIA

Su centro es la persona y su proceso de El centro del proceso de enseñanza –


desarrollo aprendizaje y objetivo central es la persona y
está en relación con otras dimensiones o
pilares: comunitariedad, transcendencia,
investigación.
Enfatiza en la construcción de conocimiento Enfatiza en la construcción de conocimiento
a la luz de las experiencias sociales, afectivas a través del desarrollo del proceso de
y cognitivas mediación, que se fundamenta en la realidad
del mediado, y de su entorno, que le permite
la construcción de nuevas experiencias y
aprendizajes.
Se fundamenta en el aprendizaje Al igual que el constructivismo, retoma la
significativo – experiencia = conocimiento teoría del aprendizaje significativo.
Existe un objetivo en el aprendizaje Indica que el objetivo del proceso de
significativo que lleva a la confrontación con enseñanza – aprendizaje debe ser real para
la realidad. que sea posible la modificabilidad del
mediado y su entorno.
Busca que el aprendiz sea autónomo e Asumiendo que la persona es el centro del
independiente proceso educativo, indica que la persona que
reciba las influencias del modelo debe ser
líder de su propia vida y de su entorno social.
Conseguir que los sujetos sean los Desde cada uno de los pilares, especialmente
responsables de su propio aprendizaje desde el pilar de la investigación se indica que
mediante la construcción de significados la construcción de conocimiento y el
desarrollo de pensamiento está a favor de
resignificar al ser humano y los significados y
significantes.
Valorar los conocimientos previos Como estrategia de pensamiento y
elementos sólido en el proceso de enseñanza
– aprendizaje, indica que es supremamente
importante partir de los saberes previos
como base para el desarrollo de nuevos
niveles de aprendizaje.
Respetar el ritmo y proceso de aprendizaje La pedagogía de la Misericordia, sustentada
en los aprendices según la etapa de además en la piscología evolutiva o psicología
desarrollo. del desarrollo, estructurada por Jean Piaget,
asume que todo ser humano en las diversas
etapas de la vida posee habilidades diversas y
que el ritmo de aprendizaje depende de su
desarrollo físico, afectivo, social y cognitivo,
al igual que la teoría de la modificabilidad
asume que se debe respetar el proceso
natural del mediado.
Búsqueda de sentido relacionando los La PEMIS, desde un nuevo lenguaje y
conceptos implicados en el proceso de metodología, y desde el desarrollo de las
enseñanza aprendizaje competencias básicas del pensamiento
(saber saber, saber hacer, saber ser) busca
que el mediado de sentido a los conceptos
desde las dimensiones integrales del ser y su
entorno.
El rol del docente es de moderador, El rol del docente es de mediador, su tarea
coordinador, facilitador, mediador y al primordial es la mediación, al estilo del buen
mismo tiempo participante. Que debe crear samaritano, que acompaña hasta ver
un ambiente afectivo, armónico, de mutua finalizado el proceso de sanación y re -
confianza, partiendo de la realidad en la cual dignificación del mediado.
se encuentra el aprendiz, valorando los
intereses de estos y sus diferencias. Debe Como mediador está en la obligación de
conocer sus necesidades evolutivas y conocer la realidad del mediado y aportar
para que está, ya sea a nivel personal y/o
establecer una red de estímulos.
social sea modificada.
Estimula procesos tales como: clasificación, Estimula procesos tales como: comprensión,
análisis, creación, inferencia, deducción, modificación, análisis, síntesis, deducción e
estimulo, elaboración, pensamiento, inducción, desarrollo de pensamiento,
significación. conciencia crítica, espíritu científico,
transformación personal social, construcción,
significación, resolución.
Promueve el aprendizaje utilizando Promueve el aprendizaje significativo desde
materiales físicos, interactivos y el uso de herramientas de desarrollo
manipulables cognitivo (evaluación, tecnológicas, de
exploración mental, de comunicación, psico –
motriz, mediación comunitaria) y
operaciones mentales, para el desarrollo de
las funciones mentales.
Fomenta la participación activa del Promueve el trabajo colaborativo a través de
individuo para el desarrollo de sus las comunidades de vida y aprendizaje,
potencialidades, pero a la misma vez estableciendo roles y responsabilidades
fomenta la participación y el trabajo grupal. individuales a favor de un colectivo.
Parte de la discusión y el debate del Promueve el debate y el análisis de
conocimiento, para equilibrar el proceso problemáticas, para la búsqueda de
generando reflexión – aprender – des soluciones, indicando la forma de intervenir,
aprehender. pero no solo desde el proceder sino del
conocimiento profundo de las problemáticas.
El papel del aprendiz es de constructor de El papel del mediado es de constructor de
conocimiento, ya que articula los saberes conocimiento, ya que articula los saberes
previos con los nuevos conocimientos y previos con los nuevos conocimientos y
establece relaciones de sentido. establece relaciones de sentido.

El aprendiz propone soluciones a las El mediado propone soluciones a las


problemáticas presentadas, desarrolla problemáticas presentadas, desarrolla
habilidades tales como la comprensión y la habilidades tales como: identificación,
clasificación a través de la consulta y enlaza diferenciación, representación mental,
sus ideas con las de los demás. transformación mental, comparación,
clasificación, codificación – descodificación,
proyección de relaciones virtuales, análisis –
síntesis, inferencia lógica, razonamiento
analógico, razonamiento hipotético,
razonamiento transitivo, razonamiento
silogístico, pensamiento divergente,
razonamiento lógico.
El aprendiz debe seguir las instrucciones Las instrucciones dentro del proceso de
dadas por el facilitador. enseñanza – aprendizaje deben der claras, el
mediador debe favorecer un ambiente de
comprensión y al mismo tiempo de libertad.
Promueve el trabajo en comunidades de Para el modelo pedagógico de la Misericordia
aprendizaje y la construcción colectiva del el desarrollo de pensamiento colectivo le
conocimiento, ya que considera que el brinda al mediado conciencia social crítica,
aprendizaje no es una construcción habilidades sociales y avances en el proceso
individual sino social, ya que el aprendiz cognitivo.
asimila mejor los conocimientos cuando lo
hace de forma cooperativa.
Basa el proceso de asimilación de Es necesario para el modelo preparar al
conocimiento partiendo de situaciones mediado en actitudes resilientes, asertivas,
reales o en casos y problemas. además de la resolución de conflictos,
conociendo e identificando el problema,
presentando posibles soluciones y
desarrollando estrategias de solución a partir
de desarrollo de las operaciones mentales y
competencias básicas.
La interacción con el estudiante está La interacción con el mediado está
fundamentada en la reflexión crítica y la fundamentada en la reflexión crítica y la
autoevaluación autoevaluación
El aprendiz no es un ente pasivo del proceso, El mediado es el protagonista del proceso de
sino que reelabora los mensajes según sus enseñanza – aprendizaje.
propios esquemas cognitivos
El modelo promueve la elaboración de Las herramientas PEMIS, en su elaboración y
esquemas mentales como producto del aplicación son producto de la libertad y
proceso de aprendizaje significativo creatividad de pensamiento de los actores del
proceso de enseñanza – aprendizaje.
Evalúa todo el proceso de aprendizaje desde La evaluación en el modelo pedagógico de la
las dimensiones afectivas, sociales y misericordia se da en varias dimensiones,
cognitivas. La medida en la cual los desde el aprendizaje y desarrollo cognitivo,
aprendices construyen interpretaciones en el cual el mediado debe dar razón de los
significativas. contenidos asimilados, además desde la
asimilación de aprendizajes significativos que
Evalúa los procesos que se desarrollan para inciden de manera directa en la modificación
la construcción de nuevos aprendizajes, la de actitudes y comportamientos. Es decir, la
exploración, el descubrimiento y la solución evaluación es holística e incluye todas las
de problemas. dimensiones del ser.
El mediador debe apoyar al aprendiz para: El mediador debe asegurarse de desarrollar
enseñarle a pensar: desarrollo de las competencias básicas del conocimiento
habilidades cognitivas que optimizan su en los mediados: saber – saber, saber – hacer
proceso de razonamiento. Enseñarle sobre el y saber – ser. Diseñando criterios de
pensar: tomar conciencia de sus propios evaluación que permitan evidenciar los
procesos y estrategias mentales para avances y retrocesos y las construcciones
controlarlos y modificarlos mejorando el hechas por los mediados a la luz de los
rendimiento y la eficacia del aprendizaje. conocimientos adquiridos.
Enseñarle sobre la base del pensar:
incorporar objetivos de aprendizaje
relativos a las habilidades cognitivas dentro
del currículo.
PASOS para el desarrollo del proceso de Pasos del Modelos Pedagógico de la
enseñanza- aprendizaje cooperativo según Misericordia
el modelo
 Especificar objetivos de enseñanza.
 Especificar el propósito y generar
• Decidir el tamaño del grupo sentido de pertenencia y asimilación
de los objetivos del modelo desde su
• Asignar estudiantes a los grupos metodología y didáctica
• Preparar o condicionar el aula
 Establecer un nuevo lenguaje que
• Asignar los roles para asegurar la brinde significado al rol que
interdependencia. desempeña el mediado en
comunidad
• Explicar las tareas académicas.
 Establecer los contenidos, las
• Estructurar la meta grupal de competencias y operaciones
interdependencia positiva. mentales a desarrollar, al igual que
• Estructurar la valoración individual. los criterios de evaluación.

• Estructurar la cooperación  Ofrecer las indicaciones e


intergrupo. instrucciones claras acerca del
propósito que se quiere alcanzar y las
• Explicar los criterios del éxito. normas de convivencia comunitarias.
• Especificar las conductas deseadas.  Retomar los conocimientos previos
• Monitorear la conducta de los en el desarrollo del trabajo
estudiantes.  Crear un producto que evidencie el
• Proporcionar asistencia con relación a desarrollo y asimilación del
la tarea. contenido

• Intervenir para enseñar con relación a  Todo esto ubicado en las fases del
la tarea. VER A, SENTIR CON, ACTUAR POR

• Proporcionar un cierre a la lección.  Evaluación, partiendo de las


funciones, operaciones mentales y
• Evaluar la calidad y cantidad de criterios de mediación asimilados.
aprendizaje de los alumnos.
 Valorar el funcionamiento del grupo.

“El constructivismo plantea que nuestro El proceso de reflexión es fundamental para


mundo es un mundo humano, producto de el modelo, aquellas cosas que afectan al
la interacción humana con los estímulos mediado, a la comunidad de vida y
naturales y sociales que hemos alcanzado a aprendizaje y a la sociedad le interpela;
procesar desde nuestras operaciones integra las realidades políticas, sociales,
mentales” (Jean Piaget) económicas, religiosas y culturales para
elaborar sus propias conclusiones y
transformarlas en aprendizaje, pero además
para desde la reflexión interior y el debate
proponer alternativas de cambio.
Se sustenta en la teoría del aprendizaje Se sustenta en
significativo, es decir atribuir sentido,
significado y relevancia. teoría del Modificabilidad estructural cognitiva: todo
aprendizaje por descubrimiento, que invita a ser humano es capaz de aprender, es
no enseñar cosas acabadas sino los métodos necesario estimular y corregir a la luz de
para descubrirlas. Las zonas de desarrollo: diversas estrategias cognitivas y afectivas las
todo nuevo conocimiento debe generar un disfunciones presentadas y potencializar las
funciones. Como teoría sustenta el modelo
cambio en un ámbito real. El aprendizaje
centrado en la persona – colectivo: respeto en la planeación y dirección del propósito en
por el ritmo en el proceso de enseñanza – el proceso de enseñanza – aprendizaje.
aprendizaje, además del desarrollo de las Teoría del aprendizaje significativo:
competencias conceptuales, aprender y des-aprehender, crear
procedimentales y actitudinales. Aprender conocimiento a través de un mundo
imitando modelos: aprender mediante la conocible, atribuir sentido y significado a los
observación, imitación de modelos. elementos estudiados, haciendo de estas
Metodología activa: (Moisés Huertas) experiencias.
facilita la implicación y la motivación en el
proceso de enseñanza – aprendizaje. Pedagogía de Jesús: establece la esperanza y
Aprendizaje cooperativo: aprendizaje en un el amor como fundamentos que transforman
ambiente a través de dinámicas que al ser y a la sociedad desde una visión
promuevan la integración, la comunicación y kerigmática, profética y comunional.
el dinamismo. Inteligencias multiples: El Modelo humanista: fundamentada en el
proceso de enseñanza se debe adaptar a la aprendizaje significativo, situado y
dinámica propia del individuo cooperativo en el cual la persona es el
centro del proceso.
Modelo constructivista: El ser humano
constructor de conocimiento, transformador
de la realidad.
Modelo experiencial: sostiene que es posible
el aprendizaje en contacto con la experiencia
y desarrollo comunitario del mismo.
Comunidades de vida y aprendizaje: nacen
como una respuesta a la educación
individualizada sin incidencia a nivel social,
con la propuesta de generación de roles y
del producto de aprendizaje colectivo.
Proceso de mediación y resolución de
conflictos: teoría nacida en países con
situaciones de conflicto que luego fue
trasladado a la escuela como uno de los
centros principales de formación del
mediado que podría lograr cambios
significativos en el comportamiento,
acrecentando las habilidades sociales,
comunicativas y convivenciales.

Las similitudes que se pueden contemplar entre el modelo pedagógico de la Misericordia y el


constructivismo, fundamentan la posición de la pedagogía de la misericordia al querer
posicionarse como un modelo pedagógico flexible, integral, humanizador y liberador, que
entiende al mediado, a la persona, como el protagonista del proceso de enseñanza –
aprendizaje, y como aquel que a la luz de los elementos ofrecidos, además de los que por sus
experiencias sociales, afectivas y cognitivas ha logrado desarrollar , para construir, modificar y
transformar su propia dinámica y la dinámica social.

Elaborar ensayo científico – crítico respondiendo a la siguiente pregunta

¿de qué manera aportan cada una de las teorías presentadas al modelo
pedagógico de la misericordia
REFERENCIAS BIBLIOGRAFICAS
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No. 249, octubre – noviembre 1995
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Éditeurs, 1969. Cfr. también SAMAIN, E., Manifesto da Libertação: O Discurso programa
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 DONOSO, BRANT, P. S. (1 de 4 de 2016). La pedagogía de Jesús. Obtenido de la
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latinoamericano” ECA. 322 – 323. San Salvador, El Salvador. 1995, pág. 419.
 FLOREZ, Rafael. Hacia una Pedagogía del Conocimiento. Editorial McGraw-Hill, Capítulos
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 FREIRE, Paulo: Pedagogía de la autonomía. Saberes necesarios para la práctica educativa,
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 GÓMEZ, L. A. (2012). Modelo pedagógico de Jesús. Revista de Ciencias Humanas,
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 PERESSON, Mario: La pedagogía de Jesús, maestro carismático popular, Ediciones
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 PERKINS, Pheme: Jesús como maestro: la enseñanza de Jesús en el contexto de su época,
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 PUEBLA, III CONFERENCIA General del Episcopado Latinoamericano, la evangelización
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 SANDERS, E. P.: La figura histórica de Jesús, Editorial Verbo Divino, Estella, 2000.