Vous êtes sur la page 1sur 4

Mujeres y alcohol1

¿Placer privado o problema público?

Autora: Ettore, E., 1999

Edita: Narcea, S.A. de Ediciones

por María Álvarez-Riedweg (Médico – Alcohólica rehabilitada), 2000

La autora - Elizabeth Ettore -, Doctora en Sociología, ha trabajado ampliamente en el campo de


la investigación sociológica sobre mujeres, alcohol y drogas. Nos presenta un libro que ha
escrito, en la línea de AA y otros grupos de autoayuda, después de muchas conversaciones con
mujeres, pensando en las mujeres y para las mujeres que tienen problemas con el alcohol;
obviamente desde una óptica de mujer, con un trasfondo reivindicativo y feminista.

Con estos alicientes previos, inicié la lectura del libro con grandes expectativas, aumentadas si
cabe por otros motivos más importantes: como mujer, evidentemente; como alcohólica
rehabilitada, deseosa de conocer un nuevo y específico enfoque y como profesional de la salud,
ávida de ampliar mis conocimientos en el campo de las drogodependencias.

En la introducción deja claro que quiere damos una visión cercana a la usuaria, lo que intenta
conseguir introduciendo fragmentos de conversaciones con mujeres alcohólicas. Nos habla de
la necesidad de una respuesta compasiva en el tema de las mujeres y el alcohol. Utiliza la palabra
compasión que conlleva una cierta connotación de victimismo y, a la vez, cierta pasividad
implícita. Por el contrario, el abordaje de la persona alcohólica o drogodependiente necesita de
una compresión activa, de una escucha reflexiva, de una aceptación abierta y de una empatía
sentida y verdadera. No creo que las mujeres, en general, necesitemos ninguna compasión, ni
ninguna lástima en ningún momento, ni cuando se está en rehabilitación y mucho menos cuando
se está consumiendo, incluso cualquier manifestación en ese sentido puede ser motivo de
rechazo.

Distingue, equivocadamente a mi modo de ver, entre dos maneras de beber alcohol en las
mujeres. Me pregunto: ¿Cómo beben los hombres? La primera: beber de forma positiva,
representa beber de una forma moderada, en situaciones en que la mujer está bien o para
sentirse bien, ya sea sola o acompañada; se bebe como relax o como premio después de un día
de trabajo agotador, para animar una conversación y hacerla más fluida, ... donde toda mujer
debe aprender donde está su propio límite, para ellas es una experiencia positiva. La segunda:
beber de forma negativa significa que una mujer es incapaz de controlar su manera de beber y
esto le comporta problemas físicos, psicológicos y emocionales; se bebe para ahogar un dolor,
superar el estrés, vencer la timidez, olvidar los problemas... se bebe alcohol como una medicina
que todo lo cura.

Quizá no haya reparado la autora en el hecho de que en nuestra sociedad occidental y


mediterránea, donde el alcohol es la droga legal más consumida y socialmente aceptada, se
empieza a tener contacto con el alcohol ya en la infancia: las conocidas quinas fortalecedoras,
la bebida bautizada en las celebraciones familiares ... más tarde, en la adolescencia se sigue
consumiendo por múltiples motivos - de entrada, serían todos ellos positivos-: introducción al

1
Álvarez-Riedweg, M. (2000): Revista Española de Drogodependencias. 14.07.2000
mundo de los adultos, diversión, desinhibición, superar la timidez ... Es, en un principio, un
contacto casi lúdico el que induce la continuidad del consumo, a partir del cual, en algunos casos,
se irá creando una «lieson» invisible (la neuroadaptación) que con el tiempo irá condicionando
la persistencia del consumo, la aparición de la tolerancia, la dependencia y tras un período de
silencio clínico la eclosión de la enfermedad alcohólica en toda su magnitud: biometabólica,
psicológica y social. Existe una transición intangible en este contínuum hacía la dependencia -
forma de beber negativa -. Por lo tanto, no se trataría de dos maneras de beber, sino de dos
momentos sucesivos, simultáneos o incluso independientes en el tiempo, durante el curso del
desarrollo de la adicción. En la carrera del consumo alcohólico o de cualquier otra droga, el
semáforo, que no tiene el color ámbar pasa del verde al rojo sin previo aviso.

La mujer que padece una «dependencia de adicción», en muchas circunstancias, también


padece una «dependencia de subordinación», del marido, de los hijos... Una excesiva
dependencia de subordinación puede empujar hacía una dependencia de adicción. La
dependencia de adicción en una mujer es socialmente más inaceptable que en un hombre,
automáticamente se ve a aquella mujer como una esposa infiel, madre irresponsable, mala
trabajadora,... En cambio, la dependencia de subordinación se considera útil y moralmente
aceptable. Persiste la autora, en encontrar <razones» de mayor peso e inductoras del consumo
en la mujer; en este caso puede perfectamente equipararse la situación con la del hombre que
tiene, en muchos casos, la obligatoriedad-responsabilidad-dependencia del mantenimiento
económico familiar.

Transformando los conceptos de adicción física en «hambre del cuerpo» y de adicción


psicológica en «hambre del corazón», solo consigue minimizar la gravedad de la dependencia
física, que en algunos casos sin tratamiento puede llevar al delírium o incluso a la muerte y al
mismo tiempo restar importancia a la dependencia psicológica que necesita de un largo y
constante proceso de rehabilitación, con la adquisición de nuevas habilidades y aprendizaje de
nuevas actitudes, durante un período mínimo de dos años hasta poder valorar con cierta
garantía los resultados.

Habla de «desarrollar un hambre saludable», de cambiar una relación negativa con la bebida y
sustituirla por una relación positiva; es decir de poder ser capaz de beber con moderación. Cita
solamente de paso, que a algunas mujeres se les aconsejaría que dejaran de beber
completamente, cuando la dependencia fuera muy seria o hubieran tenido experiencias
negativas.

Totalmente inaceptable es el concepto de desarrollar un «hambre saludable». Para una persona


alcohólica volver a beber con normalidad es la excepción y no la regla. Solo un mínimo
porcentaje de personas alcohólicas puede llegar con el tiempo, a beber moderadamente u
ocasionalmente sin desarrollar síntomas. Tal y como definía Vaíllant: «... es igual que conducir
un coche sin rueda de recambio, el desastre generalizado es cuestión de tiempo».

Explica las consecuencias físicas del consumo de alcohol, los cambios en la vida emocional, los
sentimientos: la negativa interiorizada, la humillación, los remordimientos, la vergüenza, la
desesperanza, el miedo ... y la repercusión a nivel de relaciones laborales: sanciones, despidos;
relaciones sociales: pérdida de amistades,... hasta aquí, ¿en que difiere del hombre bebedor? Y
con relación a las «bebedoras en secreto» que mantienen durante mucho tiempo un consumo
negativo, conservando las apariencias, engañando a la pareja y autoengañándose. Existen
también algunos hombres que beben fuera de su casa y del entorno social habitual, escondiendo
su consumo y así mismo, engañando y autoengañándose.
Reflexiona sobre los problemas específicos que afectan a las mujeres: la clase social, la edad y
también sobre grupos especiales de mujeres: lesbianas, trabajadoras del sexo, camareras de
barra, mujeres maltratadas, esposas de alcohólicos, amas de casa, monjas ... muchos de estos
problemas sobreañadidos a otros: racismo, marginación ....

Insisto: ¿Cuál de estos problemas no puede trasladarse como imagen especular- al varón?

Denuncia una hipocresía social, en la que los juicios morales, delante de cualquier manifestación
pública de borrachera, son mucho más duros hacia una mujer que hacia un hombre. La
permisividad que tiene la sociedad hacia el consumo de alcohol es diferente según el sexo. Existe
un distinto patrón de medida en relación con lo que el hombre puede o la mujer puede hacer;
se da una manga más ancha para los hombres.

Aunque a primera vista pudiera parecer correcto, al analizarlo con más detalle vemos que en las
sociedades occidentales actuales la conducta de la mujer en el consumo de alcohol, y también
en otros terrenos, se está equiparando a la del hombre a marchas forzadas, por lo que la
diferencia en este aspecto es mínima y llega a desaparecer cuando ya hablamos de la persona
borracha que es vista igualmente como un estorbo que molesta, que hay que quitar de en medio
y a la que la gente rehúye como si fuera contagiosa, en ese momento ya no importa su sexo, si
es hombre o mujer, simplemente la persona que ya está borracha deja de ser persona para
convertirse en escoria. La sociedad estigmatiza bajo su idea de vicio y de que no «sabe beber» a
toda persona que ha perdido la capacidad de beber con moderación, sin considerar el género.

A lo largo de todo el libro, la autora insiste de una manera repetitiva y cansina, en las mayores
dificultades que entraña la enfermedad alcohólica para la mujer-: ya desde su situación de
partida, por su mayor debilidad y vulnerabilidad, por la mayor estigmatización social, añadidas
a la multitud de «razones» que la empujan al consumo; hasta las múltiples trabas que encuentra
hasta ponerse en tratamiento, con el agravio de que además son tratamientos - según dice -
pensados por y diseñados para hombres. Actualmente, las drogodependencias constituyen uno
de los campos donde cada vez más existe un mayor equilibrio en relación con el género de los
profesionales que desarrollan su trabajo tanto en el estudio, como en la investigación y la
aplicación de los tratamientos.

Es un libro que rezuma un victimismo fácil que no nos hace ningún bien a las mujeres, como
mujeres y mucho menos a las mujeres alcohólicas, a las que puede equivocar con la idea de
justificar a través de «razones», en realidad excusas alcohólicas, el consumo; confundiendo las
consecuencias del mismo con las causalidades. Con el peligro de crear una pasividad que induzca
a perdurar en la ingesta de bebidas alcohólicas, observando como irresolubles en muchos casos
los problemas que las han conducido a la bebida o que han sido consecuencias de la misma; en
una actitud de impotencia que conlleve a renunciar por lo tanto a plantearse la demanda de
ayuda y la entrada en un programa de tratamiento; o en el caso de hacerlo, la aparición de otros
problemas justificar la recaída. Tratamiento que, si bien no resolverá todos los problemas
existentes previamente, sí que dotará a la persona alcohólica de una capacidad tanto para
observarlos desde otra perspectiva como para abordarlos con nuevos recursos y habilidades.

La autora propugna la creación e impulso de grupos específicos de mujeres. A mi parecer y


entendiendo que los grupos de terapia son la «vía regia en el tratamiento del alcoholismo»
(Bogani), además de aplicar otras técnicas simultáneamente, cuanta más diversidad exista en su
composición: edad, status, color, sexo, creencias, uso de distintas drogas .... existirá mayor
riqueza en los aprendizajes a través de la participación y mayores posibilidades de identificación
de actitudes y conductas favorables encaminadas no solo a aprender a dejar de beber sino
también a aprender a vivir bien sin beber.

Únicamente, en determinados casos podrían llegar a ser útiles grupos pequeños específicos,
siempre que coexistan y convivan con un grupo más amplio de referencia.

La importancia de este libro quizá pueda radicar en el hecho de que «son los propios actores»,
como dice Josefa Gómez Moya en un magnífico prólogo, quienes transmiten su personal punto
de vista sobre su propia experiencia.

Finalmente, manifestar que las expectativas iniciales no se han cumplido en ninguno de los
aspectos: como mujer, no me he sentido identificada; como alcohólica rehabilitada, creo que es
un enfoque alejado de la realidad alcohólica, con un mensaje confuso e incluso
contraproducente y como profesional, no me ha aportado ningún nuevo elemento de valor.