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FEMINISMO, IGUALDAD, DIFERENCIA Y POSTCOLONIALISMO

Josefina Fernández - Antropóloga Feminista. Coordinadora del Programa de Género del


Ministerio Público de la Defensa. Trabajo presentado en las Jornadas: “¿El sistema de
géneros entró en combustión? El desafío de las subjetividades transgéneros” Organizada
por el Foro de Psicoanálisis y Género y la Asociación de Psicólogos de Buenos Aires .
Caba, Octubre de 2009.

Esta presentación estará centrada en la discusión generada en el interior del feminismo


con la introducción del concepto de diferencia para, desde allí, dar cuenta de las
impugnaciones que esto acarrea a las corrientes igualitaristas y de las maneras en que el
mismo concepto es recogido por las posturas postcolonialistas, más precisamente, el
feminismo postcolonialista. Finalmente, espero presentar algunas de las alternativas que
desde el feminismo, desde sus propias corrientes, se plantean frente a los problemas que
ocasionó la introducción de la diferencia.

A mediados de los 80, parecía ya ser un hecho totalmente reconocido en el


ambiente angloamericano la “crisis” en el feminismo. Las corrientes de
pensamiento dominantes procuraban consolidarse y el impacto de la teoría
psicoanalítica francesa fue cambiando los términos del debate en el mismo
ambiente. El feminismo radical era discutido en los círculos feministas socialistas
de Inglaterra y, en los EEUU, el radicalismo feminista se transformaba en un
feminismo cultural que celebraba lo “femenino”. Las feministas socialistas
construían su propia postura política, separada de la ortodoxia marxista y las
feministas negras y lesbianas se organizaban sobre la base de la raza y la
preferencia sexual. Muchos de los esfuerzos de éstas estuvieron orientados a
señalar los graves pecados del feminismo blanco, burgués y heterosexual. Fue
quizás la reunión de sus críticas, junto al advenimiento de lo que es conocido como
pensamiento posmoderno, lo que contribuyó al cuestionamiento que se hizo al
carácter excluyente de la categoría género y al mismo concepto de Mujer, con
mayúscula. Los debates sobre identidad y diferencia, el reconocimiento de que no
hay una Mujer universal por la que el feminismo pueda hablar, se articulan en la
crítica de éste como una de las grandes narrativas de la modernidad, percibidas,
desde el posmodernismo, como potencialmente tiránicas y universalizadoras. Las
propias feministas habían quedado atrapadas en sus propias metanarrativas y
reclamos de verdad etno-heterocéntricas.

Tanto la producción de las mujeres negras como de las lesbianas ha sido crítica en el
proceso de tomar en cuenta el efecto de factores sociales de carácter totalizador sobre las
mujeres. No obstante, unas y otras son en ocasiones estimadas como responsables de las
fragmentaciones devenidas en los 80 dentro de la “unidad” del movimiento feminista. Esta
unidad, sin embargo, se sostuvo a expensas del ocultamiento de las mujeres negras,
lesbianas y de clases bajas. La suma de prefijos tales como negra o lesbiana al feminismo,
indica fuertemente el carácter excluyente que tuvo la corriente principal de la segunda ola.
Tales prefijos fueron medios necesarios para identificar aquellos puntos de disputa
alrededor de la política feminista e impugnar a un feminismo que construía su agenda en
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torno a la experiencia blanca, heterosexual y de clase media, agenda incompleta e
inadecuada a la hora de dar cuenta de la diversidad de la experiencia femenina.

¿CUÁNDO Y CÓMO LLEGA EL TÉRMINO DIFERENCIA AL FEMINISMO?

La llegada del concepto diferencia a las filas del feminismo es relativamente reciente. En
efecto, las feministas de la llamada primera ola no usaban la palabra diferencia,
empeñadas como estaban en transformar el sexismo, el discurso misógino convencional
sobre los sexos, y conquistar así nuevas oportunidades para las mujeres e iguales
derechos que aquellos ejercidos por los varones. La igualdad entre los sexos en términos
legales, civiles, políticos y sociales fue la gran reivindicación de este primer feminismo. La
segunda ola fue, de alguna manera, la responsable de introducir el concepto de
diferencia. Fueron sus feministas quienes comenzaron a hablar de género como categoría
diferente de sexo.

Como seguramente ustedes saben, la distinción sexo/género fue verdaderamente


revolucionaria no sólo para el movimiento de mujeres sino también para las ciencias
sociales y el pensamiento en general. El enfoque de la diferencia mostró su valor
heurístico como productor de nuevos conocimientos sobre el pasado de las mujeres, hasta
el momento las grandes invisibles de la historia. La avidez con que muchas teóricas e
intelectuales acogieron la demanda por explorar teórica y documentalmente la “diferencia”
en clave de diferencia de género, llevó a revisar la producción, fundamentalmente
proveniente de la antropología, la historia y la teoría literaria, realizada hasta el momento
y el sesgo androcéntrico presente en ella. El nuevo discurso feminista comenzó entonces a
decir que las mujeres tenían características específicas diferentes, pero no inferiores, de
las de los varones. De la androginia igualitarista de la primera ola se pasó a la distinción
de lo femenino y lo masculino. El género, construyendo lo femenino como diferente de lo
masculino, se impuso luego como categoría dicotómica referida al dimorfismo sexual de la
especie humana.

El concepto “diferencia de género”, en aquel momento, parecía no tener otro significado


que el de discontinuidad entre dos géneros: la diferencia de género era igual a la
diferencia entre los géneros, masculino y femenino, pero solo dos. Bastó pues que la
segunda ola del feminismo descubriera y elaborase entonces el concepto de género para
que la afirmación de la diferencia de las mujeres como diferencia de género se instalase
ahí con todo su esencialismo. Como señala Flavio Pierucci (1999), se trataba ahora de un
diferencialismo esencialista, aferrado a lo irreductible de una diferencia colectiva que,
aunque cultural, es irreductible. En otras palabras, al tiempo que se pretendió des-
biologizar a la mujer a través del concepto de género, ella resultó esencializada. Fijando la
mirada en la diferencia, continúa Pierucci, el feminismo terminó fijando el esencialismo de
una diferencia.

El género como diferencia sexual, en términos de Teresa de Lauretis (2000), pasó a


confinar el pensamiento feminista crítico en el cuadro conceptual de una oposición
universal de sexo (la mujer como diferente del varón, ambos universalizados o la mujer
como diferencia pura y simple y, por tanto, igualmente universalizante) o que volverá más
difícil sino imposible, como veremos más adelante, articular las diferencias entre “mujeres”
y “Mujer”. Esto es, las diferencias entre las mujeres o, tal vez más exactamente, las
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diferencias en las mujeres. A partir de esta fijación de la mirada en la diferencia, todas las
mujeres serán diferentes personificaciones de alguna esencia arquetípica de la Mujer o
personificaciones más o menos sofisticadas de una femineidad metafísica-discursiva.

Sin embargo, esta situación no pasó desapercibida para todas las mujeres encolumnadas
en el feminismo: las mujeres negras y también las lesbianas hicieron escuchar
tempranamente su voz1. La vinculación más grande entre ellas fue su creciente convicción,
durante los primeros años de la segunda ola, según la cual la corriente feminista principal
excluía sus intereses. Ambos grupos lucharon por la visibilidad dentro de un movimiento
que decía abrazar sus intereses debajo del término hermandad, pero que usaba como
paradigma la experiencia de las mujeres blancas, heterosexuales y de clase media.

LAS VOCES DE MUJERES LESBIANAS: UN ADIÓS A LA “HERMANDAD” FEMINISTA

Para las feministas lesbianas, los problemas de la sexualidad femenina y las imágenes
sexualizadas de las mujeres fueron cruciales para el análisis de la opresión de las mujeres.
Ellas objetaban que los escritos provenientes de feministas heterosexuales enfatizaban las
relaciones varón-mujer a expensas de las relaciones mujer-mujer. Claro que estas
feministas lesbianas, aún cuando criticaban el descuido dentro de la corriente feminista
principal del lesbianismo, no estaban sólo interesadas en las relaciones sexuales, ni
siquiera la sexualidad, en sí mismas. Ellas advertían sobre el hecho que la opción sexual
lesbiana afectaba todos los otros aspectos de sus vidas en tanto la sociedad en general las
veía como enfermas. De esta manera, esta heterorealidad que les dificultaba el acceso al
trabajo, al ejercicio de la maternidad, etc., debía ser un foco de toda política feminista. En
general, tal como pasó con las mujeres negras, las feministas heterosexuales entendieron
estas críticas como provocadoras de divisiones, críticas que rompían la tan mentada
hermandad. En algunos casos, las mismas críticas fueron tomadas como un deliberado
esfuerzo de hegemonizar el movimiento tras un modelo de sociedad que pusiera en
cuestión toda viabilidad política de las relaciones heterosexuales.

Las feministas lesbianas prefirieron celebrar sus vínculos mujer-mujer e impulsaron a


todas las mujeres no lesbianas a autodenominarse “lesbianas políticas”. Junto con los
varones gays, uno de los primeros intereses de las feministas lesbianas fue desafiar la
extendida idea según la cual todas sus relaciones personales y sus elecciones sexuales
tenían que ser objeto de control y vigilancia. A comienzos de los 70, grupos
estadounidenses tales como “The Furies” o “Radicalesbians” provocaron un profundo
malestar en el feminismo heterosexual. Estos grupos cuestionarán los análisis feministas
centrados exclusivamente en la heterosexualidad y cuya valoración de la sexualidad
femenina perseguía ciegamente un modelo heterosexual incuestionable. Es necesario,
dirán las feministas lesbianas, una reapropiación positiva del término lesbianismo usado
indiscriminadamente para definir a cualquier mujer que no sigue los patrones socialmente
establecidos. De cara a declaraciones tales como “todas las mujeres devienen lesbianas”,

1 Así como las lesbianas habían encontrado el sexismo en el movimiento de liberación gay, las
mujeres negras lo habían hecho dentro del movimiento por los derechos civiles. Crecía en estas
mujeres un sentimiento de identidad dividida entre el movimiento de liberación de mujeres y
aquellos otros organizados en torno a la raza o la opción sexual.

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las heterosexuales se mantuvieron, en gran medida, en una actitud defensiva y tendieron
a ignorar las críticas de sus pares sobre la heterosexualidad y sus instituciones. Esto les
dificultó, entre otras cosas, pensar el lesbianismo en términos de construcción social.

Grupos como Radicalesbians intentaron algo más que una re-presentación de la


preferencia sexual, ellas buscaban también terminar con todo aquello que dividía a las
mujeres en el patriarcado con vistas a fortalecer los vínculos personales y políticos entre
éstas. Buena parte de sus escritos advierten sobre el carácter destructivo que tiene el
patriarcado en la vida de las mujeres y sobre el poder atribuido por él a los roles sexuales.
Afirmarán que la necesidad de categorizar la identidad a través de la orientación sexual
desaparecerá tras una utopía andrógina donde los significados sociales atribuidos a tales
roles ya no existan. Se deberá enfatizar y fortalecer, por encima del amor sexual, la
amistad y vínculos entre las mujeres para así eliminar el esfuerzo de la ideología patriarcal
por evitarlos. A. Rich señala que escribió su texto referido al continnun lesbiano no con el
ánimo de incrementar divisiones entre lesbianas y heterosexuales sino para alentar a éstas
a examinar la heterosexualidad como una institución política que priva de poder a las
mujeres. Sin duda, esta feminista se esfuerza por establecer un puente a un lado y otro
del feminismo en la medida en que construye el concepto de heterosexualidad como una
institución que no afecta sólo a lesbianas, ella tiene poco que ver con la opción sexual. La
heterorealidad es causa de todo tipo de explotación de las mujeres: prostitución, violencia
contra las mujeres, dependencia marital, etc.

Lo cierto es que, puesto que el feminismo había asumido el compromiso de lucha tanto
en el plano político como el personal, las lesbianas esperaban que el mismo prestara
atención a sus problemas. En todo caso, la esfera privada no era sino el reflejo de los
sistemas de poder y subordinación más amplios. Ocupadas en derribar los estereotipos de
lo femenino, omitían analizar todo el espectro de estereotipos homosexuales. Asimismo,
mientras la maternidad era un tema central, los problemas que su ejercicio acarreaba a las
lesbianas no era considerado y sólo raramente era discutido. El supuesto liberalismo del
feminismo con respecto a lo sexual tenía una práctica homofóbica que era muy difícil
erradicar. Las lesbianas eran “toleradas” pero se mantenían teóricamente invisibles.
¿Transformaría el feminismo la situación de las personas no heterosexuales?

La pregunta sigue aún sin responderse y otras nuevas aparecerán en el camino. En efecto,
a lo largo de los 80 surge una generación de lesbianas que, reflejando la diversidad de
posiciones que las políticas gays y lesbianas habían impulsado, rechazarán cualquier
noción uniforme de lo que al momento había sido retratado como identidad lesbiana. Ellas
introducen una heterogeneidad de formas de ser lesbiana retomando discusiones sobre los
roles butch femme y sobre prácticas sadomasoquistas e inician alianzas con varones gays
en el activismo queer.

Llegamos a los años 90, testigos del surgimiento de la teoría queer que aparece vinculada
a los debates posmodernos. El feminismo lesbiano toma un rumbo diferente y las
definiciones de qué es ser lesbiana continúan siendo revisadas. Gran parte del desarrollo
teórico de los estudios lésbicos se encuentra relacionado estrechamente con textos gay y
lesbianos que, apropiándose de algunos aspectos del pensamiento posmoderno, repiensan
sus políticas de identidad. Un ejemplo de ello son las exploraciones y críticas que se hacen

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en este época al escencialismo lesbiano y las preguntas acerca de qué intereses, si todavía
los hay, comparten las mujeres lesbianas y las heterosexuales.

Así por ejemplo, la feminista lesbiana Monique Wittig, basándose en la famosa frase de
Simone de Beauvoir (no se nace mujer, llega una a serlo) señalará que el rechazo a
devenir heterosexual siempre significó, concientemente o no, el rechazo a devenir varón o
mujer. Ella sugiere que “varón” y “mujer” son categorías políticas más que biológicas,
categorías que consiguen su significado a través de su inserción en el discurso de la
heterosexualidad. En común con Adrianne Rich, Wittig ve a la heterosexualidad como una
categoría usada para reforzar el rol atribuido socialmente a la mujer y reforzar,
simultáneamente, una ideología que reproduce las condiciones de existencia de la
institución heterosexual. En su “The Straight Mind”considera que porque rechazan ser
heterosexuales, “las lesbianas no son mujeres”. La lesbiana, dice Wittig, no es el sujeto
social mujer, sino el sujeto de una particular “práctica cognoscitiva” que permite rearticular
las relaciones sociales y las condiciones mismas del conocimiento desde una posición
excéntrica respecto a la institución de la heterosexualidad. Ella señala que “lesbiana es el
único concepto que conozco que está más allá de las categorías del sexo (mujer y varón),
porque la sujeto-lesbiana no es una mujer en el sentido económico ni político ni
ideológico. Porque lo que hace la mujer es una relación social específica con el varón, una
relación que hemos llamado de servidumbre, una relación que implica obligaciones
personales, físicas y económicas (residencia forzosa, realización de tareas domésticas,
deberes conyugales, producción ilimitada de hijos, etc.), una relación de la que las
lesbianas escapan rechazando el convertirse o el seguir siendo heterosexuales” (1981:
52-53).

Queda la pregunta, siguiendo a Wittig, si las feministas heterosexuales podrían rechazar


ser mujeres desmantelando las connotaciones devenidas del objeto sexual elegido. Podría
argumentarse que a pesar de su resistencia a la heterosexualidad, tal como la presenta la
autora, las lesbianas están todavía implicadas dentro de sus parámetros institucionales. En
alguna medida, los significados de lesbianas generados por los discursos de la
heterosexualidad pueden afectar las vidas personales de las mismas lesbianas y bien
podría cuestionarse esto apelando a la integridad de tales adscripciones libres de
formaciones represivas. Wittig otorga a las lesbianas un agencia que niega a las
heterosexuales, sugiriendo una lectura esencialista de la lesbiana en este contexto, en el
que polariza las identidades lesbiana y heterosexual. Diana Fuss (1989) señala que en
general la teoría lesbiana está menos interesada en cuestionar o partir de una esencia
lesbiana y una política identitaria basada en esta esencia compartida que los gays que han
revisado la sexualidad desde una perspectiva social constructivista. Dirá que la tendencia
de las lesbianas a adherir a supuestos esencialistas alrededor de una identidad lesbiana
discreta puede ser bien el resultado del hecho que histórica y socialmente las lesbianas
habitan una posición de sujeto más precaria que los varones gays. No sólo la invisibilidad
lesbiana sigue siendo un hecho en el movimiento gay y en buena parte del movimiento
feminista, también lo es en la obra de importante teóricos que han trabajado el tema
sexualidad tales como Michel Foucault.

LAS VOCES DEL FEMINISMO NEGRO: OTRO ADIÓS A LA “HERMANDAD” FEMINISTA.

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Según se consigna en algunos documentos, el movimiento feminista negro de los EEUU
comienza en 1973, después que una escritora, Doris Wright, convocara a un encuentro
para discutir la relación de las mujeres negras con el movimiento de mujeres y que resultó
luego en la conformación de la Organización Nacional de Feministas Negras en virtud de la
imposibilidad de acordar acciones conjuntas con las feministas blancas. Tanto esta
organización como su par británica (Grupo de Mujeres Negras) contribuyeron por entonces
a concienciar a las mujeres negras de la necesidad de organizarse alrededor de cuestiones
de etnicidad, además de las relativas al género, a los fines de que el movimiento de
mujeres atendiera a sus necesidades específicas.

En el inicio de los 80 aparece “Soy yo una mujer?”, esa protesta antirracista gritada al
feminismo etnocéntrico, protesta que retomaba, 130 años después, el título de un
extraordinario relato de la experiencia personal de una mujer negra, explotada como
esclava, de nombre Sojourner Thruth. La feminista negra bell hooks señaló agudamente
que el feminismo blanco era sin duda racista en tanto asumía, sin cuestionamiento alguno,
que la palabra mujer era sinónimo de mujer blanca, dejando con ello a las mujeres de
otras razas ubicadas en el lugar del Otro, seres deshumanizados que no se incluían bajo el
encabezado Mujer. bell hooks realiza un planteo similar al de Monique Wittig y de Diana
Fuss respecto al feminismo lesbiano, aunque desde otra posición. Para Wittig, por ejemplo,
rechazando la heterosexualidad las lesbianas rechazan la opresiva categoría “mujer” .
hooks y otras feministas negras declaran que un aspecto intrínseco en la lucha de las
mujeres negras en los EEUU desde los tiempos de la esclavitud, ha sido aquella orientada
a conseguir que se atribuyera a ellas el mismo estatus de “mujer” que era otorgado, tanto
material como ideológicamente, a las mujeres blancas. La segunda ola de feministas
blancas, en su continuo uso retórico de los dos grupos, “mujeres” y “negros”, no tomó en
cuenta la especificidad de la identidad de las mujeres negras, al punto de que éstas no
pudieron presentar su identidad sin antes no comprometerse con la lucha por la visibilidad
de las mujeres blancas y de los varones negros.

Algunas feministas radicales blancas, por ejemplo Kate Millet y Shulamith Firestone,
establecerán por entonces analogías entre la posición social de las mujeres y la posición
de las minorías raciales y étnicas en la cultura occidental. Ellas declaran de manera
bastante categórica que fue el movimiento abolicionista el que dio a las mujeres
americanas la primera oportunidad de acción y organización política. El emergente
movimiento de mujeres y el movimiento antiesclavitud fueron vistos como aliados
mutuamente fortalecedores. No obstante, cuando ellas hablan de mujeres se están
refiriendo a mujeres blancas y la voz de las mujeres negras en los encuentros y reuniones
públicas era sistemáticamente silenciada. Su derecho al sufragio no era equivalente al de
las mujeres blancas. Como señala bell hooks, cuando parecía que los varones negros
podían ser beneficiaros del derecho al voto antes que las mujeres blancas, se olvidaron
éstas de toda solidaridad política y urgieron a los varones blancos a la solidaridad racial
con ellas. Por otro lado, si bien muchas se unieron a favor del abolicionismo, el centro
estuvo puesto en conseguir el fin de la esclavitud y no se tuvo en cuenta la equidad en el
conjunto de las áreas de la vida social y política. Como sea, las mujeres negras estaban
atrapadas entre dos posibles elecciones: ellas debían elegir la solidaridad racial o elegir la
solidaridad sexual y, en cualquiera de los dos casos, sólo se apuntaba a la mitad del
problema. La experiencia había mostrado que el feminismo solamente se refería a las
necesidades de las mujeres blancas y los derechos civiles apuntaban a combatir la
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subordinación de los varones negros. En términos, otra vez, de bell hooks, en tanto el
feminismo consideraba análogo el término “mujeres” a mujeres blancas y el término
“negro” a varones negros, existió en el mismo lenguaje de un movimiento que decía
combatir la opresión sexista, una actitud sexista-racista hacia las mujeres negras. hooks
nos dirá que aunque las feministas blancas asumían tácitamente que el hecho de
identificarse a sí mismas como oprimidas las liberaba de ser opresoras, ellas lo eran y su
racismo debilitaba su misma noción de “hermandad”, a la que las mujeres negras no se
sentían convocadas.

En común con las mujeres lesbianas, las negras reconocían que las feministas
heterosexuales blancas concebían el movimiento de mujeres como propio y todas aquellas
que experimentaban otro tipo de opresión, además de la sexual, eran consideradas como
agentes que provocaban distracciones a lo que era el principal cometido del feminismo.
Esta homogeneización que se hizo sobre la vida de las mujeres separó del feminismo a
aquellas otras que se sentían más afectadas por el racismo dentro de la sociedad
occidental. Pero lo peor de ello residió en no haber advertido que negar las diferencias
entre las mujeres, sean dadas por la raza o por cualquier otra razón, era participar de la
misma noción masculina de poder. La no consideración de otras jerarquías corre el riesgo
de reproducir, y no desmantelar, las bases mismas de la subordinación.

Las feministas blancas, radicales y las socialistas, se comprometían apasionadamente en la


lucha contra el sistema dominado por los varones, lo llamaran patriarcado o no, y en ese
proceso atacaban instituciones tales como la familia que, a su juicio, sostenían
fuertemente dicho sistema. De manera inversa, las feministas negras se posicionaban
frente a una realidad en la que la familia parecía ser el único refugio frente al sistemático
racismo sufrido en el ámbito público. Estas feministas combatían el mito y las ideologías
que presentaban a las comunidades negras como matriarcales en su organización, donde
“matriarcal” tenía por fin connotar un poder femenino material, no sólo resultado de
verdadera falta de “virilidad” masculina sino de haber privado a los varones de su rol como
cabeza de familia. Los análisis sobre la estructura matriarcal de la familia negra fueron
muy extensos en los años 60 y afroamericanas como Angela Davis discuten por entonces
con tesis como la sostenida por Daniel Moynihan, para quien los problemas económicos y
sociales de la comunidad negra están vinculados a esa misma estructura matriarcal. Se
señaló por entonces que los orígenes de este matriarcado estaban en el trabajo que las
mujeres negras desarrollaban durante el período de la esclavitud, donde se las requería
para desarrollar tareas que eran valoradas habitualmente como masculinas desde el punto
de vista de varones y mujeres blancas. Como lo señala bell hooks, para explicar la
habilidad de las mujeres negras para sobrevivir sin ayuda de sus pares varones y para
desarrollar tareas que eran culturalmente definidas como masculinas, los varones blancos
dijeron que las mujeres esclavas negras no eran mujeres reales sino que eran criaturas
sub-humanas masculinizadas. No era improbable que los varones blancos temieran que las
mujeres blancas, testigos del trabajo que realizaban las negras, desarrollaran ideas acerca
de la igualdad entre los sexos y, así, alentaran su solidaridad política con las negras. Si las
mujeres negras fueron vistas como una amenaza potencial, la situación económica real era
que ellas constituían el grupo económico y social más excluido de los EEUU. La tesis del
matriarcado negro podía avergonzar a los varones negros por sus pares masculinizadas
pero no a un sistema que hacía del colectivo femenino la fuerza de trabajo más barata.
Perspectivas tales como las de Moynihan encubrían, en realidad, una gran desigualdad. Lo
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cierto es que las feministas fracasaron en su hipótesis sobre la institución familiar al no
tener en cuenta las diferencias que asume ésta cuando se la pone a jugar a lo largo de los
ejes raza y/o clase.

Otra de estas diferencias fue la conocida como tradición de las “otras maternidades”
propias de familias afro-americanas y derivadas de formas de familia africanas. Esta
tradición consistía en la asistencia y ayuda de madres que asistían a las “reales” madres,
madres de sangre, en el cuidado de los/as niños/as por períodos cortos o largos. Estas
otras madres podían tener vinculación sanguínea, abuelas, hermanas, tías, primas, o tener
un parentesco ficticio. El rol de las otras madres no era simplemente proveer algún tipo de
sostén a la madre natural en lo que respecta al cuidado sino que también implicaba el
acompañamiento permanente de ese ejercicio. Este rol condujo a las mujeres negras a
reconocer una responsabilidad comunitaria y, al mismo tiempo, a considerar como victoria
colectiva un éxito que las mujeres blancas lo estimaban como en el orden privado: el
ejercicio de la maternidad.

El sistema presentó, y aún presenta, a las mujeres negras como no femeninas, sub-
humanas, como criaturas puramente sexuales, disponibles tanto para los varones blancos
como para los negros. Contrariamente a las blancas, frágiles y sexualmente vulnerables,
las negras eran caracterizadas como promiscuas, mujeres que bajo ningún punto de vista
podían ser sujetas de violación y abuso en virtud de ser ellas mismas voraces
sexualmente. De la misma manera, los varones negros encarnaban el estereotipo del
violador. Estas imágenes no fueron muy cuestionadas por la corriente feminista principal y
como nos recuerda Angela Davis las feministas hacían marchas en contra del abuso sexual
contra las mujeres en áreas predominantemente negras.

Otro tema de gran difusión en torno al cual se explicitaron las diferencias entre blancas y
negras fue la discusión sobre aborto y derechos reproductivos. Como seguramente
muchos/as de ustedes saben, las campañas por el derecho al aborto impulsadas en los
años 70 por las feministas norteamericanas no incluyó en sus filas a las mujeres negras.
Mientras algunas explicaban este fenómeno como resultado de la implicación que tenían
las mujeres de color en la lucha contra el racismo, otras señalaban que el sexismo no
ocupaba un lugar importante entre ellas, la conciencia de género aún no les había llegado.
En realidad, las activistas de los años 70 no revisaron la historia de las mujeres negras, no
repararon por ejemplo en la esterilización compulsiva de la que habían sido víctimas, en el
accionar del movimiento eugenésico, etc. En resumen, no consideraron que la opresión
sexual es muy diferente cuando el cuerpo sobre la que se ejerce no es blanco. Las negras
debieron esperar a que los medios de comunicación denunciaran estas cuestiones. Pero
cuando sale a la luz la esterilización forzada de las hermanitas Relf, una de 12 y otra de 14
años, ya era demasiado tarde, miles de negras no podían tener hijos.

En el marco de estos debates, bell hooks propondrá cambiar el concepto de “hermandad”


por el de solidaridad, entendiendo que el primero encubre el posible hecho de que una
mujer puede oprimir a otra. Por otro lado, plantea que el llamado a una hermandad que
tiene en sus cimientos la común opresión de las mujeres es un llamado a reconocer la
naturaleza de la victimización y a celebrar como víctimas, más que como rechazo, la
posición de sujeto de las mujeres. Finalmente, ese reconocimiento como víctimas conduce
a la reproducción de aquel estereotipo que excluía a las mujeres negras por su aparente
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fortaleza y capacidad propositiva. Concentrarse en una concepción de las mujeres como
víctimas impide que éstas analicen la complejidad de sus propias respuestas a otras
mujeres, tanto como a otros varones.

El feminismo negro ha crecido desde que empezó a hacer escuchar su voz y ahora forma
parte de importantes debates sobre la teoría postcolonialista y sobre diferencia y
etnicidad. Ellas son, de alguna manera, precursoras del feminismo postcolonialista. La
organización y el activismo de mujeres afro-americanas han ayudado también a la
organización de otros grupos de mujeres no blancas y revisar con ellas el etnocentrismo y
racismo dominantes. La creación de espacios como éstos, en el interior de los cuales se
cuestionan nociones de diferencia e identidad racial, sexual y económica dentro de la
categoría “mujer”, ha impulsado al feminismo a nuevas preguntas y nuevos trabajos en
países con variedad de expresiones religiosas y culturales.

Hemos visto entonces cómo, desde mediados de los 80, comienza a identificarse la
existencia de tendencias universalizadotas dentro del mismo pensamiento feminista. La
categoría unificada “mujer” como sujeto del feminismo comienza a ser desplazada. Pero,
¿qué acerca de la categoría de género y las maneras en que ella se manifiesta?

GÉNERO EN CUESTIÓN

El concepto de género, en sus formulaciones originales, lo presentan como una


construcción cultural, sea de la diferencia sexual o de la actividad sexual procreativa. Así
como la categoría Mujer sufre los embates de mujeres negras y lesbianas, el turno llega
también para el género y, más precisamente, para la oposición entre éste y el sexo.
Trataremos ahora la problematización de la distinción sexo/género proveniente de dos
corrientes que, aunque diferentes, tienen puntos en común: el materialismo feminista y el
feminismo posmodernista, el primero en la figura de Christine Delphy y el segundo en la
de Judith Buler.

Aunque dicho de manera general, mientras las feministas materialistas enfatizan las
vinculaciones socio estructurales, tratando a varones y mujeres como grupos sociales
fundados sobre la base de relaciones desiguales, las feministas posmodernas enfatizan las
explicaciones culturales, viendo a “varones” y “mujeres” como categorías discursivamente
construidas.

Para Christine Delphy, de cuño materialista, “varones” y “mujeres” no son dos grupos
naturalmente dados que alguna vez se vincularon jerárquicamente. Esta feminista se
opone a la idea de las feministas de la diferencia sexual, argumentando que la idea de
diferencia femenina deriva de un razonamiento patriarcal y sirve para justificar y encubrir
la explotación. Debe rechazarse cualquier noción de mujer que no esté contextualizada,
dirá Delphy. El sexo es para ella un producto de la sociedad y la cultura. Esta feminista
revierte la lógica usual de la distinción sexo/ género sugiriendo que más que ser el género
construido sobre la base de la diferencia sexual biológica, él ha devenido un hecho
pertinente, una categoría percibida, debido a la existencia del género. El género crea al
sexo anatómico en el sentido en que la división jerárquica de la humanidad en dos
transforma una diferencia anatómica en una distinción relevante para la práctica social. En
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sus últimos trabajos, Delphy afirmará más enfáticamente el carácter social del sexo y dirá
que más que ser la diferencia entre varones y mujeres un hecho biológico auto-evidente,
el reconocimiento de esa diferencia es un acto social. El potencial de la idea de género no
es sólo que desnaturaliza la diferencia entre varones y mujeres sino que pone nuestra
atención en la misma existencia de la división de la humanidad en dos categorías
genéricas. No es suficiente, dice, tratar el contenido género como variable si se asume
que el “contenedor” (la categoría mujer o varón) es inmodificable. Debería considerarse
entonces al contenedor mismo como producto social.

El vínculo entre Delphy y Butler lo dio Monique Wittig, quien identificó la categoría sexo
como la categoría política que funda la sociedad como sociedad heterosexual. Butler se
basa en Wittig cuando analiza la matriz heterosexual, el orden compulsivo del sexo/
género/deseo que vincula el sexo y el género en la heterosexualidad normativa. Para
Butler, tanto el género como el sexo son ficticios en el sentido que ellos son construidos a
través de prácticas discursivas y no discursivas. Si el sexo, tanto como el género, son
constructos, entonces el cuerpo no tiene un sexo esencial pre-dado. Más bien, los cuerpos
se vuelven inteligibles a través del género y no tienen una existencia significativa antes de
ser marcados por el género. Los cuerpos devienen generizados a través de la continua
representación (performance) del género. El género, más que ser parte de nuestra esencia
interna, es preformativo: ser femenina es actuar la feminidad. Cuando un varón
representa un drag, vistiendo y actuando como una mujer, es visto usualmente como
imitando o parodiando un modelo original, una mujer real. El punto de Butler es que, dado
que el género es una construcción, no hay original. La parodia es de la misma noción de
un original. El drag desnaturaliza el género, separa sus elementos preformativos y
despliega la ficcionalidad de su coherencia y revela la estructura imitativa del género
mismo.

Claro que decir que el género es preformativo no es decir que una/o lo toma por la
mañana y se lo saca luego. Por el contrario, Butler dirá que estamos constreñidas/os en el
género. En respuesta a quienes la critican por negar la materialidad del cuerpo, ella
responde que la materialidad es un efecto del poder y que los cuerpos sexuados son
forzadamente materializados a través del tiempo. Butler toma el concepto de
performatividad proveniente de la lingüística, adonde es usado como aquellas formas de
habla que en su declaración dan existencia a lo que nombran. El ejemplo clásico que se da
es el rito del matrimonio o casamiento, cuando la autoridad dice “los declaro marido y
mujer”. En ese momento queda constituido, se da existencia al matrimonio. La
peformatividad es efectiva porque es citacional, dice Butler, se citan prácticas del pasado,
convenciones existentes, normas conocidas. En este sentido, la declaración “es una niña”
hace de ese infante recién nacido una niña. Y allí comienza el proceso de dar existencia a
una niña. Y esto tiene que ver con las convenciones que han establecido lo que es una
niña. En nombre del sexo se citan las normas del sexo. El sexo es materializado a través
de un complejo de prácticas citacionales que son normativas y regulatorias y también
coercitivas.

La perspectiva de Butler sobre el sexo y el género está vinculada a la noción de mujer


como una construcción sin realidad o unidad anterior al discurso.

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LA TEORÍA POST-COLONIALISTA

La teoría post-colonial se desarrolló en los últimos 20 años, como una vertiente histórica
de la izquierda interesada en analizar y teorizar las conflictivas relaciones centro-periferia,
creadas con el colonialismo pero mantenidas con posterioridad a la descolonización, tanto
en aquellos países que fueron colonizados como en los colonizadores. Examina cómo el
colonialismo, más que muerto, es reconfigurado después de los procesos de
descolonización. Se trata de una teoría preocupada por el legado actual de las relaciones
coloniales e imperalistas. La variedad de autores posibles de adscribir a esta corriente
postcolonial es tan grande como lo son sus diferentes posiciones teóricas-metodológicas.
Algunos enfatizan el análisis en las estructuras políticas y económicas de inspiración
marxista, otros escogen el estudio de la subjetividad y adoptan enfoques propios de la
teoría foucaultiana, etc. Lo cierto es que, en todo caso, todos ellos constituyen una contra-
postura a la homogenización cultural en la que la diferencia es pensada en clave
desigualdad y de jerarquía, relaciones de explotación y dominación entre estados
económicamente dominados y dominantes y entre clases dominadas y dominantes o,
desde una perspectiva foucaultiana, de las relaciones materiales y discursivas de poder/
saber. Relaciones que no sólo implican diferencia sino, sobre todo, desigualdad. Buena
parte de estos teóricos postcoloniales provienen de sociedades excolonizadas. La sagrada
trinidad, como suelen ser identificados Gayatri Spivak, Edward Said y Homi Bhabha
provienen, respectivamente de la India, Palestina y Pakistán. La crítica postcolonial se ha
visto atraída por la investigación de la complicidad de una gran parte de la cultura
occidental con las actitudes y valores ideológicos de la empresa de expansión capitalista-
colonial. Aunque desde perspectivas diferentes, sus autores hicieron de la diferencia y de
la alteridad, temas postcoloniales.

Como el conjunto de autores enrolados en esta teoría, las feministas tampoco constituyen
un grupo unificado. Algunas han reaccionado a la falta de tratamiento de la temática
género dentro de la teoría post-colonial misma. Así por ejemplo, han puesto en cuestión el
supuesto de que la subjetividad colonial puede ser descripta desde un simple análisis de
los sujetos masculinos, como si la masculinidad no fuera un categoría generizada e
implicada en relaciones de poder. En otras palabras, ellas han empezado a decir que el
imperialismo no puede ser entendido sin una teoría de género, entendido éste como
relaciones de poder. Estas relaciones no fueron una pátina superficial del imperio respecto
a los mecanismos más decisivos de clase y raza. Más bien, las dinámicas de género fueron
fundamentales para la seguridad y el mantenimiento de la empresa colonial. Así por
ejemplo, el dominio colonial se constituyó como un ámbito en el que los varones
occidentales podían expresar sus fantasías sexuales de una manera que no era posible
dentro de los confines de la moral victoriana. Lo exótico es un ejemplo especial del modo
en que el contexto colonial está imbuido de esas fantasías sexuales. Los harenes
presentes en la literatura del siglo XIX, con mujeres desnudas o semidesnudas
representadas muchas veces como de tipo caucásico pero ubicadas en lugares tales como
Turquía y la India, dominaron muchas de las representaciones coloniales sobre oriente.

Muchas veces incluso el paisaje colonial fue representado como un cuerpo femenino, un
territorio virgen abierto a la penetración imperial. Tanto África como la misma América
llegaron a ser para la imaginación europea una especie de trópicos porno, una fantástica
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pantalla mágica sobre la que Europa proyectó sus deseos sexuales prohibidos y sus
temores sexuales.

En igual línea de trabajo, muchas teóricas post-coloniales han notado que a pesar de la
aparente ausencia de mujeres británicas en los relatos históricos del imperio, ellas están
en la producción simbólica que sostiene ideológicamente al imperio. Aunque ellas no
aparecen como agentes de la colonia, juegan un importante papel en el modo en que el
imperio se mantuvo a un nivel ideológico. La postcolonialista Jenny Sharpe, por ejemplo,
relata como fue representado el Alzamiento de 1857 en la India, cuando los soldados
indios enrolados en la armada británica se rebelaron contra sus maestros colonizadores y
los regresaron a sus casas. Los británicos representaron este evento político en términos
de amenaza de deshonor para sus mujeres y chicos. La amenaza de ser violadas por
nativos fue construida como un destino peor que la muerte, pero el énfasis puesto en la
posible violación también tuvo el efecto de construir el lado nativo como bárbaro. En todo
caso, la mujer blanca en riesgo es usada para enmascarar e incluso justificar la violencia
contra los insurgentes en el contexto colonial.

Claro que también hay textos anticolonialistas en los que la figura de la mujer es puesta
en términos simbólicos. La identidad anticolonial nacional se propone con la figura de la
nación como una Madre. Algunas veces, lo femenino que corporiza la nación post-colonial
es representada como una nutriente que cuida y protege a sus hijos, otras como una
mujer fuerte e independiente que renuncia a su feminidad por la lucha política y algunas
veces, incluso, como una prostituta, ya que el cambio bajo el imperialismo desde una
cultura feudal tradicional o comunal a una economía capitalista es mejor imaginada por
ciertos escritores en la mercantilización de las relaciones sexuales entre varones y
mujeres.

Así como la figura de la mujer no nativa tuvo un importante rol simbólico en el contexto
colonial, también lo tuvo la esfera doméstica, ese lugar privado, de trabajo femenino. La
producción de la domesticidad durante el colonialismo fue parte integral del mismo. La
limpieza obsesiva de los victorianos, que se centró en el entrenamiento del trabajo de las
mujeres en el hogar, produjo un particular tipo de domesticidad que fue el mismo trabajo
intensivo. Durante el período victoriano, el número de tareas hogareñas aumentó debido a
la preocupación por la limpieza y, dentro de la esfera colonial, el rol de la mujer británica
fue el de manager de sirvientes empleados para mantener el hogar colonial como un
epítome de este tipo de entrenamiento doméstico civilizado. Género e imperialismo se
vuelven a entrelazar. La ideología de la domesticidad fue una manera de controlar al
colonizado.

Pero también hay feministas postcoloniales cuyo énfasis ha sido puesto en las
tendencias universalistas del pensamiento feminista occidental. Autoras como
Gayatri Spivak, Chela Sandoval, Anne McClintock y Jenny Sharpe, Chandra
Mohanty específicamente, se han preocupado por dar cuenta de la naturaleza
generizada del colonialismo y se preguntan insistentemente sobre la naturaleza de
universales como Mujer para referirse a lo que las mujeres quieren. Es en este
sentido que retoman los cuestionamientos que señalé al comienzo y que derivaron
en uno de los adioses a la hermandad feminista.
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Chandra Mohanty (Bajo los ojos de occidente: feminismo y estudios postcoloniales, 1984)
cuestionará la categoría “mujer del Tercer Mundo”, como una categoría homogeneizadora
que existe en la producción feminista occidental. Ella discute el tipo de universalización
que ciertas feministas occidentales expresan, asumiendo que mujeres son un grupo ya
constituido, coherente y con idénticos intereses y deseos, sin consideración de cuestiones
de clase, etnía, raza y, por tanto, con características que pueden ser aplicadas universal y
transculturalmente. No se trata de una simple cuestión de representación sino de la
agenda política que se asume.

Gayatri Spivak (Puede el subalterno hablar?, 1993), en una dirección similar, desarrolla la
crítica a esta tendencia homogenizante dentro del discurso occidental cuando se habla de
Tercer Mundo. No obstante, ella enfatiza sobre cierto tipo de sujeto colonizado. Discute la
medida en que ciertas elites indígenas dentro del período colonial fueron cómplices de las
autoridades coloniales y las presenta como el sujeto que más se aproxima a las nociones
coloniales de lo que es presentado como Tercer Mundo. En contraste, esta autora habla
del sujeto subalterno, no perteneciente a la elite india y a menudo involucrado en las
insurrecciones contra el orden colonial pero dentro del dominio colonial. Al momento de
discutir el sujeto femenino subalterno, Spivak nota que tanto como objeto de la
historiografía colonialista y como sujeto de insurgencia, la construcción ideológica del
género mantiene el dominante masculino. Si en el contexto de la producción colonial el
subalterno no tiene historia, y no puede hablar, el subalterno femenino está aún más
profundamente en la sombra. Al hablar de este sujeto femenino subalterno la crítica
feminista occidental tiene mucho que desaprender, tiene que pensar acerca de la historia
de su posición en relación a lo subalterno.

Por su parte, Chela Sandoval se enrola en lo que ella llama feminismo del tercer mundo en
EEUU, que describe una forma de teoría feminista que se constituye como opuesta al
feminismo hegemónico angloamericano, blanco y de clase media. En algún sentido, se
trata de una posición que llama tercer género, desarrollada, precisamente, en los escritos
de las feministas del tercer mundo en EEUU. Tercer género que es resultado de no
ajustarse a la categorización de género que las feministas occidentales han formulado. Las
mujeres de color, dirá, existen en los intersticios entre las categorías legitimadas del orden
social. Sostiene que más que responder a esta conciencia diferencial de las feministas del
tercer mundo en EEUU, el feminismo hegemónico la ha caracterizado como un problema a
ser resuelto a través de las teorías de la diferencia pero la experiencia de articulación
teórica y política de las negras no forma parte de las currículas de las casas de estudio del
primer mundo.

Esta reseña de algunas feministas post-colonialistas muestran, en todo caso, que estamos
ante un feminismo que convoca al desplazamiento de la teoría feminista desde un
tratamiento parroquial, blanco, de clase media, a uno que se interesa por las mujeres de
diferentes contextos nacionales y culturales. En este desplazamiento se ha ido
constituyendo como una teoría propia y no simplemente como una reacción, sea a la
teoría feminista occidental o a la post-colonial general.

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GÉNERO, MUJER Y DESPUÉS ...

¿Cuáles son, pues, las alternativas que plantean las feministas de cuño igualitarista,
aunque crítico, las enroladas en el pensamiento posmoderno y también las post-
colonialistas frente a este sujeto Mujer cuestionado a partir de la diferencia? En otros
términos, cómo asumir una perspectiva que cuestione el carácter universal de la Mujer si
con ello se deja a las mujeres sin posición alrededor de la cual movilizarse políticamente.

Teresa de Lauretis propondrá una posición para la mujer como sujeto en los márgenes del
género. Se trata de un sujeto excéntrico que no está fuera del sistema ya que eso sería
imposible, sino en sus márgenes. Utiliza la metáfora del “espacio oculto” del cine, un
espacio que no aparece en la pantalla pero que el/la espectador/a puede inferir. Su sujeto
excéntrico encuentra su identidad en ese otro lugar del género asignado y ello supone un
desplazamiento del sitio otorgado por la sociedad.

Las feministas de cuño materialista ponen en cuestión la categoría “mujeres” pero sin
negar la existencia material de las mujeres como un grupo social definido no por su
esencia sino por su lugar dentro de la jerarquía de género. Entienden que esta perspectiva
permite tomar en cuenta la diversidad que existe dentro de las mujeres en términos de
sus posicionalidades materialmente diferentes en términos de clase, sexualidad,
nacionalidad, etnicidad, etc.

Elizabeth Spelman, feminista negra, dirá que no hay que tomar las singularidades desde
una perspectiva aditiva. Esto es decir, subalternizar todas las diferencias a la categoría
mujer, descuidarlas sin reparar en los contextos y su impacto en la experiencia del
sexismo. Es precisamente por lo situado de la práctica que las diferencias de raza, clase,
etc. son determinantes que hacen tanta diferencia (o más) que el sexo.

Feministas tales como Nancy Fraser, entienden que si bien es necesario cuestionar un
discurso feminista totalizante, dependiente de categorías tales como género, consideradas
demasiado unitarias y universales, hay razones para suponer que aún el desplazamiento
de las metanarrativas demandan una crítica social que puede abrazar lo local y lo
contextual – y este es claramente el caso de una respuesta feminista creíble.
Políticamente, las feministas tienen buenas razones para retener el binario masculino/
femenino en su discurso, a los fines de descubrir las diversas y multifacéticas maneras a
través de las cuales este binario aún se mantiene tan poderoso. En todo caso, deben
abandonarse conceptos unitarios tales como mujer y reemplazarlos por otros como
identidades sociales plurales y complejas.

Teóricas simpatizantes con posturas posmodernas sugieren una propuesta que no niegue
los contextos materiales de la vida de las mujeres sino que abogue por una visión de
“mujeres” como provisional y contextuada y que permita diferentes posicionalidades desde
las que el concepto “mujeres” pueda movilizarse (Nicholson, 1994).

Para feministas como Butler, cercana al pensamiento foucaultiano, si el género no tiene


ningún estatuto ontológico fuera de los actos que lo constituyen, ¿cómo puede articularse
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una lucha contra el género? Esta filósofa propone la deconstrucción de las categorías
básicas del feminismo y pone en cuestión el uso normativo del concepto político “sujeto”.
Usar esta categoría supone fundamentos incuestionables, de modo que el proceso
deconstructivo busca, en su opinión, fundamentos contingentes. Butler cuestiona la idea
de un sujeto estable de la política en tanto ello cierra un determinado campo y,
consecuentemente, excluye otros. Cuando la teoría define un sujeto de la política, lo que
hace es constituirse ella misma como un campo privilegiado fuera del cuestionamiento
político. Lo que se necesita es interrogarse sobre la propia construcción del sujeto como
algo dado. A juicio de esta filósofa, el sujeto está constituido por una exclusión y
diferenciación que es ocultada, revestida por el efecto de autonomía. Esta autonomía no
es más que una dependencia no declarada. Ella se pregunta sobre la necesidad de asumir
teóricamente desde el principio un sujeto con agencia, antes de poder articular los
términos de una tarea política de transformación, resistencia, democratización radical
significativa desde el punto de vista social y político. La respuesta es que, teniendo en
cuenta que las condiciones de posibilidad del sujeto y su agencia residen en un campo de
articulación en el que política y poder se dan al mismo nivel, no hay razón para suponer
un sujeto agente como dado antes de esa misma articulación. Desde su perspectiva,
entonces, se cuestiona la idea de construir un sujeto emancipatorio “mujeres”, en tanto,
“mujeres” se utiliza como una categoría que no incluye ni la de los opresores ni la de los
oprimidos. Habría que construir la categoría “mujeres” explicando los procesos de
exclusión que han constituido a las mujeres y no presuponer el sujeto “mujeres” como
sujeto de la emancipación. Respondiendo a las críticas recibidas respecto a la “muerte del
sujeto”, Butler dirá que el hecho de considerar la construcción del sujeto como
políticamente problemática, no implica eliminar al sujeto o negarlo. Reconstruir es
suspender todos los compromisos a los que se refiere “el sujeto” y tomar en cuenta las
funciones lingüísticas a las que sirve en la consolidación y ocultamiento de autoridad. Es
abrir sus posibilidades de significación. La petición de demandas en nombre de las
mujeres (como madres, dominadas, etc.) conlleva serios riesgos al movimiento feminista,
la hermandad no se produce allí. En sus palabras, contrariamente a lo que se supone, si el
feminismo considera que “mujeres” designa un no-designado campo de diferencias, un
campo que no puede ser totalizado ni sumado por una categoría de identidad descriptiva,
entonces estamos ante un término que está en un lugar de resignificación permanente.

Finalmente, concientes también del problema devenido de cuestionar el carácter universal


de la Mujer, esto es, dejar a las mujeres sin posición alrededor de la cual movilizarse
políticamente, las feministas postcolonialistas, Gayatri Spivak concretamente, aboga por la
adopción de un esencialismo estratégico. Esto es, más que asumir que una es un tipo
particular de sujeto y entonces un tipo particular de esencia, pueden existir determinadas
circunstancias, particularmente en los movimientos de resistencia, donde es necesario
adoptar estratégicamente un tipo particular de rol y de posición de sujeto. Lo que quiero
dirá Spivak es una teoría de la agencia y de la estrategia, no una teoría de la esencia. Se
trata de una necesidad estratégica de esencialismo riesgoso. Este riesgo existe porque se
asume que la única alternativa a la reconstrucción posmoderna es disponer de alguna
diferencia esencial entre varones y mujeres y alguna unidad esencial que apele a
“mujeres” como colectividad. Con el ánimo de esquivar los riesgos esencialistas y también
colonialistas (blanco, heterosexual y de clase media), se propone como sujeto del
feminismo un sujeto estratégico, sin realidad ontológica previa y con una identidad
colectiva ordenada según propósitos políticos específicos; una identidad coyuntural
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ajustada a las necesidades del proyecto emancipatorio para la que se construyó. No
obstante, queda como interrogante ¿quién o quiénes definen la estrategia en función de la
cual ha de construirse la identidad colectiva?

Ya para terminar y retomar un poco este viaje por el feminismo, mi impresión es que la
producción teórica y política del feminismo ha pasado de un momento en el que la
igualdad estaba por encima de las diferencias, a otro en el que se enfatiza la diferencia de
género; de la diferencia de género, que representa la diferencia femenina en singular con
relación al mundo masculino también en singular, se llega a las diferencias entre las
mujeres, las diferencias dentro. Todos estos momentos históricos no sólo representan una
redefinición consecutiva de las banderas de lucha del feminismo sino también una
diferenciación interna de corrientes ideológicas que parecen difíciles de conciliar y que es
necesario seguir discutiendo. Vale recordar que el interés relativamente reciente pero cada
vez más grande por lo local se constituye en conjunción con el impacto de lo global. Es
precisamente el marketing de nichos, que explora la diferencia de lo local uno de los
modos en que opera lo global. Por tanto, no se trata de pensar en sustituir lo global por lo
local, quizás el desafío sea pensar en una nueva articulación entro lo global y lo local. No
reparar en aquellas localizaciones de identidades sólidas y excluyentes sino en una que
funciona dentro de la lógica de la globalización, que produce y elabora identificaciones
globales con identificaciones locales nuevas.

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