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La resiliencia en la escuela: aprendiendo a vivir. 20 octubre, 2013 Jesús C.

Guillén

En la medida de lo posible, el bienestar debería enseñarse en la escuela porque sería un antídoto contra la incidencia
apabullante de la depresión, una forma de aumentar la satisfacción con la vida y una ayuda para aprender mejor y
practicar el pensamiento creativo. Martin Seligman

La resiliencia

Cuenta Boris Cyrulnik, el niño huérfano que huyó de un campo de concentración nazi a los seis años de edad y que
acabó convirtiéndose en un prestigioso neurólogo y psiquiatra, la historia de un chico pelirrojo dócil pero fuerte, al que le
habían diagnosticado esquizofrenia. El chico vivía en los barrios bajos de Tolón, en dos habitaciones lúgubres en pisos
diferentes. En una de ellas vivía su abuela que estaba enferma de cáncer y, en la otra, su padre alcohólico junto a un
perro. El muchacho se ocupaba de las tareas domésticas, compraba, daba de comer a sus familiares y también
estudiaba. Un día que cambió su vida, un profesor de lenguas exóticas le invitó a una cafetería para hablarle sobre un
programa cultural. Poco antes de los exámenes finales del bachillerato, el chico pelirrojo comentó a Cyrulnik: “Si tengo
la desgracia de aprobar no seré capaz de abandonar a mi familia”. Poco tiempo después, el padre murió atropellado al
perseguir al perro que se había escapado de casa y la abuela falleció en el hospital. Posteriormente, el chico pelirrojo se
convertiría en un experto sobre lenguas orientales que le permitiría conocer gran parte del mundo (Cyrulnik, 2002).
Aunque el perro no se hubiera escapado de casa, seguramente el chico habría aprobado los exámenes y, aunque no
hubiera llegado a la Universidad, mantendría ciertos rasgos resilientes. Y en eso consiste la resiliencia, en la capacidad
que tenemos para soportar la frustración y superar las adversidades que nos plantea la vida saliendo fortalecidos de las
mismas. Una puerta abierta a la esperanza que huye de determinismos y que posibilita el cambio.

La resiliencia en la escuela

Tradicionalmente, en la escuela ha predominado la detección de defectos (dichoso bolígrafo rojo) en lugar de la


identificación de fortalezas, sobre todo a nivel estrictamente académico. Pero para promover la resiliencia se han de
favorecer climas emocionales positivos y optimistas en los que el alumno se sienta seguro y responsable, sin estar ello
reñido con la debida exigencia. Esta escuela resiliente proactiva ha de contar con docentes que sepan acompañar el
proceso de evolución personal de sus alumnos y que acepten y sepan gestionar la diversidad y la complejidad de las
relaciones entre los distintos colectivos (profesores, alumnos o familias).
La resiliencia se trata de un aprendizaje que puede darse durante toda la vida y, más allá de las particularidades de
cada uno, todos podemos aprender a ser resilientes. Y de la misma forma, todos los niños, independientemente de que
estén inmersos en problemas o no, pueden beneficiarse de los programas educativos que promuevan la resiliencia,
capacidad imprescindible no sólo para el desarrollo exitoso del alumno sino también del docente.

La base cerebral de la resiliencia

Las investigaciones han demostrado que la mayor capacidad para sobreponerse a la adversidad proviene de una mayor
activación de la región izquierda de la corteza prefrontal respecto a la región derecha. Una persona resiliente puede
llegar a activar hasta treinta veces más su región prefrontal izquierda que otra con baja resiliencia (Davidson, 2012).
Además, las personas que se recuperan rápidamente de las adversidades
muestran conexiones más fuertes (más materia blanca) entre la corteza
prefrontal y la amígdala (ver figura; Davidson, 2012). La corteza prefrontal
atenúa las señales emitidas ligadas a las emociones negativas de la
amígdala y, de esta forma, permite al cerebro planificar sin la distracción de
las emociones negativas (Kim y Whalen, 2009).
Y no hemos de olvidar que el desarrollo de las funciones ejecutivas está
ligado al proceso neurocognitivo de maduración del lóbulo frontal que se
alarga más allá de la adolescencia.
Cultivando la resiliencia

A continuación, enumeramos algunos factores que creemos que debemos fomentar en el proceso de construcción de la
resiliencia en el aula. Aunque se puede utilizar la hora destinada a la tutoría para realizar actividades para mejorar la
resiliencia, cualquier oportunidad es válida para impulsar este proceso y esto se puede dar en cualquier asignatura. Y
como ya comentamos anteriormente, el beneficio será general, independientemente de que el alumno se encuentre ante
una adversidad o no.

 Siempre positivos. Tradicionalmente la educación se ha restringido a detectar y remarcar los aspectos negativos del
alumnado (el subrayado con bolígrafo rojo que comentábamos antes) en detrimento de los positivos. Pues bien, una
educación orientada a mejorar la resiliencia tendría que optimizar las fortalezas y virtudes del alumno que le permitan
adoptar una actitud positiva. Independientemente de los condicionamientos genéticos, se puede aprender a ser más
optimista e interpretar las dificultades como retos. De lo contrario, las creencias negativas pueden condicionar el
aprendizaje adecuado.
 En la clase se ha de respirar seguridad. El profesor ha de generar en el aula un clima emocional positivo y seguro
que permita al alumno sentirse respetado, apoyado y querido. La puerta abierta a la esperanza que supone
la plasticidad cerebral ha de generar siempre en el docente expectativas positivas sobre sus alumnos (efecto Pigmalión
positivo). Además, los alumnos no han de ser meros elementos pasivos del aprendizaje, sino que han de ser
protagonistas del mismo y han de participar en las decisiones que se tomen en el aula.
 Las relaciones siempre sanas. Hemos de fomentar las relaciones entre compañeros en las que predominen la
comunicación, el respeto, la empatía y la cooperación, en detrimento de la competición. Cuando se da importancia a
estos aspectos socioemocionales, que por otra parte son imprescindibles en la formación del ciudadano del mañana, y
se fomenta el trabajo colaborativo, es más sencillo resolver los conflictos que puedan surgir y se facilita aprendizaje.
Nuestro cerebro es social y la promoción de la resiliencia es una tarea colectiva (Forés y Graells, 2008).
 El cambio es posible. Como la vida constituye un proceso de transformación continuo, en el aula hemos de aceptar y
suscitar un pensamiento crítico y creativo que permita visualizar nuevas posibilidades. Las ideas novedosas y diferentes
facilitan el progreso y abren un mundo lleno de esperanza.
 Todos nos equivocamos. Cuando se asume con naturalidad que el error forma parte del proceso de aprendizaje,
aprendemos a tomar decisiones con determinación. Se disfruta el proceso y no nos afecta negativamente el no obtener
un determinado resultado porque sabemos que el análisis de la situación nos permitirá mejorar.
 Fomentemos la autonomía. El alumno ha de aprender a ser autónomo y saber distanciarse de opiniones negativas
que le puedan perjudicar. Para ello es imprescindible su mejora en la autorregulación emocional y, en concreto, es muy
importante la técnica del autorrebatimiento que permite, mediante el diálogo interno, analizar y relativizar el sentimiento
provocado por una emoción negativa. La mejora del autocontrol ayuda en la lucha contra el tan temido estrés crónico
(Lantieri, 2009).
 ¡Sonríe, por favor! Cuando somos capaces de relativizar las situaciones con sentido del humor, mejora nuestro
bienestar. Aunque es difícil demostrar que el humor tiene beneficios terapéuticos, sí podemos afirmar que mejora la
resiliencia de las personas y ayuda a disfrutar más de la vida (Forés y Grané, 2012). El docente que entra en el aula con
una sonrisa natural tendrá más posibilidades de generar un clima emocional positivo y facilitar así el aprendizaje.

La teoría en la práctica

Para alcanzar la resiliencia, en particular, y la madurez emocional, en general, es imprescindible un cambio de mirada
que nos permita reemplazar los pensamientos negativos por positivos. Pues bien, el padre de la nueva Psicología
Positiva, Martin Seligman, ha dirigido el Programa de Resiliencia de Penn aplicado en institutos de secundaria, cuyo
principal objetivo es el de aumentar la capacidad de los estudiantes para enfrentarse a los problemas cotidianos
habituales durante la adolescencia. Los resultados analizados indican que el programa enseña a los estudiantes a ser
más realistas y flexibles ante los problemas surgidos, a tomar mejores decisiones, a ser asertivos y, además, reduce y
previene la ansiedad, la depresión y los problemas conductuales en los jóvenes (Seligman, 2012).
A continuación, presentamos tres actividades que pueden realizarse en el aula para mejorar la resiliencia:

1) Las tres cosas buenas


El propio Seligman nos aporta un ejercicio utilizado en el plan de estudios de su programa de resiliencia. Se indica a los
estudiantes que escriban todos los días tres cosas buenas que les haya sucedido durante una semana, aunque tengan
poca importancia. Al lado de cada comentario positivo han de responder a las siguientes preguntas: “¿por qué pasó esta
cosa buena?”, “¿qué significa para ti?”, “¿qué puedes hacer para que esta cosa buena se repita en el futuro?”
(Seligman, 2012).

2) Superando dificultades
Cada alumno debe elegir un tema que le preocupe y ha de describirlo en pocas líneas. Cada alumno expone su caso y
entre todo el grupo se escoge una de las situaciones para trabajar. Se van analizando las dificultades expuestas por el
alumno para, entre todo el grupo, encontrar las reacciones más adecuadas y efectivas para superar la dificultad (Güell,
Muñoz, 2010).

3) El cine y la resiliencia
Se elige una película que haga referencia a situaciones duras de la vida que se superaron con la actitud adecuada y se
analiza . No necesariamente ha de ser una gran película, pero sí ha de permitir el análisis de una determinada situación
práctica útil y significativa. Como ejemplo, podemos poner Manos milagrosas: la historia de Ben Carson (Carter,
2009) que relata sin grandes artilugios la vida de Ben Carson, un niño afroamericano que se crió en los suburbios de
Detroit sin grandes esperanzas (a priori) y que, con el esfuerzo de una madre resiliente, acabó siendo uno de los
mejores neurocirujanos del mundo.

Conclusiones finales
Como nos explica Cyrulnik en la historia inicial, la superación de una adversidad requiere el encuentro con una persona
significativa, por lo que hablar de resiliencia a nivel individual no es adecuado, sino que hemos de hablar de un proceso
en el que el niño, el alumno o la persona va creando la resiliencia a través de su evolución. Desde la perspectiva
educativa, la escuela resiliente se ha de caracterizar por brindar apoyo y afecto (Henderson, Milstein, 2005), pero
nuestra responsabilidad reside en cómo afrontamos los problemas, no en los problemas mismos que nos surgen. La
aplicación de las premisas que aporta la nueva Psicología Positiva para el desarrollo del bienestar, resulta
imprescindible en los entornos socioeducativos resilientes, dentro de un marco de educación emocional global que se
nos antoja tanto o más importante que la educación estrictamente académica o conceptual que a menudo se imparte.
Desde esta perspectiva optimista, la escuela se impregna de esperanza, alegría, altruismo o creatividad y colabora en el
proceso de formación de personas íntegras y felices. Anna Forés y Jordi Grané lo resumen muy bien (Forés y Grané,
2008): “La resiliencia es más que resistir, es también aprender a vivir”.

Bibliografía:
1.Cyrulnik, Boris, Los patitos feos. La resiliencia: una infancia infeliz no determina la vida. Gedisa, 2002.
2.Davidson, Richard, Begley, Sharon, El perfil emocional de tu cerebro, Destino, 2012.
3.Forés, Anna, Grané, Jordi, La resiliencia, crecer desde la adversidad, Plataforma, 2008.
4.Forés, Anna, Grané, Jordi, La resiliencia en entornos socioeducativos, Narcea, 2012.
5.Güell, M., Muñoz, J.(Coord.), Educación emocional. Programa para la educación secundariapostobligatoria, Wolters
Kluwer, 2010.
6.Henderson, Han, Milstein, Mike, Resiliencia en la escuela, Paidós, 2005.
7.Kim, M. y Whalen, P.:”The structural integrity of an amygdale-prefrontal pathway predicts trait anxiety”. Journal of
Neuroscience, 29 (2009).
8.Lantieri, Linda, Inteligencia emocional infantil y juvenil, Aguilar, 2009.
9.Seligman, Martin, La vida que florece, Ediciones B, 2011.
Para saber más:
Entrevista a Boris Cyrulnik: http://vimeo.com/14062317
¿Qué se entiende por resiliencia?

Si atendemos al diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, la resiliencia es la ‘capacidad humana de


asumir con flexibilidad situaciones límite y sobreponerse a ellas‘. Por tanto, se trata de un proceso de adaptación a las
experiencias de vida difíciles o extremas. Realmente se trata de un término que no se tiene demasiado en cuenta en los
centros escolares y mucho menos en los currículos de la mayoría de las asignaturas. Esto ha hecho replantearme sobre
la necesidad y la obligación que tenemos los docentes de incorporar la resiliencia dentro de las aulas, para que los
alumnos estén preparados para afrontar con las mejores garantías todos los reveses que puedan padecer a lo largo de
su educación.

¿Cómo podemos enseñar resiliencia a nuestros alumnos?

1. Enseña a hacer preguntas. Muchas veces los docentes pensamos en las respuestas que nos darán nuestros
alumnos. El profesor pregunta y el alumno responde aquello que le hemos enseñado. En ocasiones es importante no
sólo buscar respuestas, sino enseñar a elaborar preguntas. Las preguntas invitan a la reflexión, a la introspección y ello
puede ser determinante en el caso de que un alumno pase por un momento personal difícil. Enséñale a formular
preguntas abiertas y harás de tus alumnos unos alumnos más reflexivos y capaces de verbalizar sus preocupaciones y
adversidades.

2. Enseña la bondad. Se trata de un recurso tremendamente efectivo. Consiste simplemente en pedirles que durante
un día piensen en hacer un favor a alguien que les importe. Una vez hecho este favor deben verbalizarlo, es
decir, explicarlo en voz alta en clase. Los denominamos actos de bondad son un arma muy poderosa no sólo por el
acto de bondad en sí, sino por la gratitud que recibimos por dicho acto. Si educas a tus alumnos en la bondad, les
educarás también en la gratitud, serán más sensibles a lo que les rodea y les permitirá afrontarlo con la mejor de las
predisposiciones. La gratitud es la que pone la perspectiva a los acontecimientos que podemos considerar como
dramáticos.

3. Enseña hábitos saludables. Se trata de un aspecto fundamental si queremos educar a nuestros alumnos en la
resiliencia. ¿Por qué? Pues porque una rutina saludable permitirá a los alumnos afrontar con mejores garantías
cualquier adversidad que se les presente. Y por hábitos saludables debemos entender el ejercicio físico, dormir las
horas necesarias, comer de forma saludable y evitar situaciones estresantes. Con estos cuatro hábitos las posibilidades
de afrontar con éxito una crisis siempre aumentarán.

4. Enseña a ser útil. Debemos esforzarnos para que todos nuestros alumnos de una forma u otra se sientan útiles. Si
conseguimos que tengan la sensación de que sirven para algo, automáticamente estaremos ante alumnos con una
elevada autoestima. Serán alumnos felices y esta felicidad podrá ser determinante no sólo para afrontar sus
adversidades, sino también para ayudar a sus compañeros ante cualquier dificultad que surja.

5. Enseña a ser positivo. Ser positivo consiste en valorar por encima de todo aquello que tienes. Personalmente creo
que el ser positivo está muy ligado al autoconcepto que todos tenemos de nosotros mismos. En una sociedad
tremendamente consumista hay que invertir los valores que tienen los alumnos, es decir, hay que fomentar no lo que les
falta, sino todo aquello de que disponen. Hay que hacerles ver de manera consciente qué es aquello que tienen y qué
es lo que más valoran de lo que tienen, tanto en lo material como en lo que a las personas y a sus cualidades se refiere.
Haz reflexionar a tus alumnos. Convénceles de lo mucho que tienen, y de lo muchos que pueden dar. Para mí, educar a
las personas en ser positivas es tremendamente importante y, de hecho, puede ser determinante en caso de que un
alumno pueda experimentar algún tipo de pérdida, ya sea de un familiar, de algún animal de compañía, o de algún bien
de carácter personal.
6. Potencia habilidades. Este es otro aspecto al que doy mucha importancia a la hora de educar a nuestros alumnos
en la resiliencia. También va muy ligado al autoconcepto. De lo que se trata es de que sean los propios alumnos los que
descubran por sí mismo cuáles son sus habilidades, es decir, en qué son buenos, en qué pueden llegar a ser los
mejores. Una vez lo hayan descubierto, nosotros los docentes debemos potenciarlo al máximo con los recursos que
tengamos. Pensar en el potencial que puede suponer una clase de treinta alumnos. Son treinta potencialidades
distintas. Es un tesoro enorme del que ellos no tienen conciencia. Estas habilidades podrán resultar claves para poder
superar experiencias que se consideren traumáticas.

7. Enseña a resolver problemas. Posiblemente este sea uno de mis apartados favoritos. La resolución de problemas,
o de conflictos, es un aspecto que cada vez más se tiene en cuenta en los centros escolares. Debemos ver el conflicto
como una oportunidad, es decir, como una posibilidad de resolución. En este sentido las comisiones de convivencia de
los centros escolares resultan claves y la formación de alumnos mediadores son una extraordinaria oportunidad de
gestionar conflictos no individuales, sino de centro. Aquellos centros escolares que tejen una buena red de mediadores,
serán centros que estarán mucho más preparados para afrontar las adversidades que puedan surgir a lo largo de un
curso escolar. Al respecto de este punto recomiendo la lectura del artículo El conflicto escolar visto como una
oportunidad.

8. Fomenta la autoestima. La autoestima puede jugar un papel decisivo para hacer frente a cualquier tipo de
adversidad. De ahí que debamos insistir en reforzar al máximo la autoestima de nuestros alumnos. Y podemos hacerlo
a través de lo que denomino el refuerzo positivo incondicional, es decir, recordando y verbalizando lo mejor de cada uno
de tus alumnos, celebrando sus logros y compartiéndolos con el resto.
9. Crea redes de apoyo. Es fundamental tranmitir a nuestros alumnos que nunca estarán solos ante una adversidad,
sea del tipo que sea. De ahí que es muy recomendable establecer redes de apoyo entre compañeros, establecer
grupos, alianzas entre los miembros de un mismo grupo. De lo que se trata es crear vínculos, de crear amistades que
puedan perdurar en el tiempo y que en la adversidad se conviertan en una red de seguridad. A través de esta red de
apoyo los alumnos pueden dar lo mejor de sí en cada momento y retroalimentarse de la gratitud y de la bondad que
reciben por parte de sus compañeros.

10. Enseña perspectiva. La perspectiva no es más que el punto de vista desde el cual analizamos la realidad que nos
rodea. Por eso es tan importante enseñarla a nuestros alumnos. Ante una situación adversa, la perspectiva juega un
papel fundamental para la superación de la misma. De lo que se trata es de descentralizar el foco del dolor y del
sufrimiento a través, precisamente, de la perspectiva. Con la perspectiva lo que lograremos es relativizar el problema, es
decir, disminuir su magnitud y la desproporción que experimentamos en una situación adversa. A mayor perspectiva,
mayor visión. Y a mayor visión, mayor será la posibilidad de superar una situación traumática.
Estas son algunas de las actuaciones que pueden hacer de tus alumnos unos alumnos educados en la resiliencia. Soy
consciente de que el reto es ambicioso, pero estoy seguro de que hay muchas de las actuaciones que aquí propongo
que en algún momento has puesto en práctica. De lo que se trata es de ir construyendo día a día, sesión a sesión , unos
mecanismos que propicien que puedas enseñar la resiliencia en tus sesiones lectivas. Estoy convencido de que los
centros que fomenten la cultura de la resiliencia serán los centros que mejor gestionen las adversidades, tanto desde el
punto de vista individual como colectivo.