Vous êtes sur la page 1sur 4

San Agustín de Hipona (354-430), nacido en Tagaste, en la provincia romana de

África, había recibido la formación clásica según los tres niveles de escolaridad
tradicionales: en su ciudad natal cursó la escuela de primeras letras (desde los seis
hasta los trece años), luego en Madaura, capital de la región, la escuela de
gramática (desde los trece hasta los dieciséis años) y finalmente en Cartago, capital
de la provincia romana de África, la educación superior retórica (desde sus diecisiete
hasta sus veinte años). Finalmente, la conversión al Cristianismo de uno de ellos
abrió un nuevo rumbo a su búsqueda, y es así que encontró lo que buscaba en los
sermones del obispo San Ambrosio de Milán y en la lectura de las Sagradas
Escrituras, que durante tanto tiempo había rechazado por su lenguaje y estilo casi
bárbaros para los oídos de Agustín, acostumbrados al refinado latín ciceroniano.

Luego de muchos esfuerzos logra abandonar una forma de vida bastante disoluta,
y también deja atrás su cátedra y su carrera profesional hecha de ambiciones y
vanidades, y recibe el bautismo en el año 386. De ahí en más –y de regreso a
África–, primero sacerdote y luego obispo de Hipona a partir del año 396, retoma la
docencia desde a través de la predicación y de la pluma: cartas, diálogos, tratados
sobre temas dogmáticos muchas veces acuciantes por las herejías que se
presentaban una tras otra, sobre la reforma de las costumbres... y sobre la
formación del cristiano: sobre la educación.

Sobre este tema específicamente escribe tres obras –si bien su preocupación
se hace presente en varias más–: El Maestro (escrito en el 389, al año de haber
regresado a la provincia africana); La cultura cristiana (cuyos tres primeros libros
estuvieron redactados en el año 396, en tanto el cuarto fue terminado en el 426)
y La catequesis de los principiantes (399).

 EL MAESTRO: Es en síntesis, de la comunicación entre el alumno, el maestro


exterior y el verdadero Maestro, el Maestro-interior.
El llamado “maestro” (el maestro humano, el maestro-exterior) suministra con sus
palabras las noticias o los objetos de los conocimientos; despierta al alumno, lo
inquieta, lo incentiva, invita al alumno a volverse hacia los elementos de juicio que
existen en el interior de su espíritu, esperando que los contemple, los considere y
se pronuncie sobre esas cuestiones que él se ha planteado con anterioridad.

“Cristo es, pues, ese verdadero Maestro, el Maestro-interior”.

 LA CULTURA CRISTIANA: Es un plan de estudios para la formación del cristiano,


de ese cristiano que quiere conocer bien su religión para fortalecer su fe, y hallar en
el conocimiento de las verdades una respuesta a sus interrogantes y una norma
para las situaciones que la vida de cada día le plantea. San Agustín da importancia
a la educación del cristiano y que proponga una cultura cristiana, para que el hombre
llegue a la plena madurez de sus capacidades humanas naturales, que podrán
entonces sustentar sólida-mente su vida sobrenatural, la cual no podrá ser menos
que adulta.
Esta obra constituye una propuesta que, como tal, mira por entero a ese lado de la
puerta que es el mundo cristiano; pero hemos dicho que San Agustín es un gozne
entre dos mundos, y por eso en su propuesta la cultura clásica está presente, como
sustrato y preparación para la formación específicamente cristiana. Presencia
inevitable, de hecho, dado el propósito primero e inmediato de la obra: formar al
predicador cristiano.

En el libro I de La cultura cristiana San Agustín.- Se refiere a las cosas o


realidades sobre las que versa el estudio de las Sagradas Escrituras, distinguiendo
entre ellas las que son para ser disfrutadas y que nos hacen felices, y las que son
para ser usadas y que nos son útiles.

En el libro II._ Aborda el tema de los signos cuyo conocimiento es necesario para
interpre-tar las Escrituras, entre los que se encuentran los signos verbales, las
palabras, la lengua, los diversos idiomas. En su progresivo acercamiento a los libros
sagrados, el hombre debe primero hacer una lectura global que le permita captar el
sentido; luego una segunda lectura, más cuidadosa y aguda, le mostrará los
contenidos de la fe y los preceptos morales, y todo lo que se refiere a la esperanza
y al amor.

El libro III ._Trata las reglas de la interpretación, en lo que hace a puntuación,


pronuncia-ción, sintaxis gramatical, sentido propio y sentido figurado de términos y
frases, etc.

Finalmente el libro IV: Se refiere a la expresión de lo entendido, a la comunicación


de un contenido, a la enseñanza de la verdad cristiana.

 LA CATEQUESIS DE LOS PRINCIPIANTES: Es un manual para el maestro de


iniciación cristiana y analiza las disposiciones que debe tener un maestro, en sí y
en el ejercicio de la docencia; alude al manejo del curso, en lo que hace a disciplina
y a impartir conocimientos, captar el interés de los alumnos, corroborar el
aprendizaje por parte de ellos; qué hacer cuando se ha cometido un error por parte
del docente, según que haya sido advertido o no por los alumnos, o según su
gravedad, o su causa; cómo indagar las motivaciones de los alumnos en cuanto al
estudio, cómo hallar la justa medida en la exposición de los temas de manera que
no sean escasos ni profusos, etc. Todo ello con un profundo conocimiento de la
naturaleza humana, y una segura orientación cristiana.

VISIÓN HISTÓRICA Y SU APORTE A LA PATRÍSTICA

Porque las dificultades planteadas y las soluciones dadas exceden el marco


histórico de la obra para cobrar vigencia universal, veamos algunas de las preguntas
que el atribulado catequista formuló a su obispo:

Y el obispo de Hipona, tomando en cuenta tales planteos, dividió su respuesta


en dos partes:

I. - El tratamiento de las dificultades del joven maestro;

II.- La propuesta de dos modelos de catequesis, una extensa y breve la otra.

Tan sólo reproduciremos algunos textos pertenecientes a la primera parte del


opúsculo, en los que se entremezclan las observaciones pertinentes a las tres
preguntas de Deogracias. Todo lo que contiene la Sagrada Escritura es figura, o es
cumplimiento de Cristo y de Su Iglesia. Por eso, toda la narración ha de centrarse
en Cristo: esto, en cuanto al contenido de la lección. Pero también hay aquí
directivas pedagógicas muy concretas, como ser: abreviar el relato para no fatigar
al alumno; no conceder a todos los contenidos la misma importancia, sino saber
discernir los que son más importantes de los que no lo son, para que también el
estudiante pueda hacerlo a su vez; no perder jamás de vista, antes bien, tener
siempre presente que toda lección ha de tener como objetivo grabar en la mente,
en el corazón y en la vida misma del alumno el gran mandamiento del amor a Dios,
y su corolario, el amor al prójimo.

La adaptación a los oyentes

Estas directivas de San Agustín indican claramente una educación que hoy
llamamos “personalizada”, y que es, ni más ni menos, “educación” a secas. Porque
para que haya educación debe haber siempre la consideración y conocimiento de
las personas, y la adapta­ción a las mismas; si no, simplemente “no” es educación.

San Agustín valora la figura del maestro, a pesar de su trabajo muchas veces
aparente-mente invisible (y en una época en que el maestro ya no merecía ninguna
estima); considera los límites del maestro –como los de cualquier ser humano–, que
incluyen la posibilidad del error, e indica maneras de remediar la equivocación, y de
sobrellevar a quienes se burlan y hasta se alegran de ella; reconoce el cansancio
del maestro y su tedio por la rutina –“lo mismo cada día, cada semana, cada año”–
y le propone recursos psíquicos para salir de ella; también sabe lo dura que resulta
la tarea docente cuando el alumno no responde, cuando no se puede llegar a él, y
apunta formas de averiguar qué es lo que está pasando, cómo revertir la situación
o bien, y después de haberlo intentado todo, cómo seguir adelante. Y no deja de
considerar la situación personal y espiritual del maestro, a quien ayuda en sus
flaque­zas: “hagámonos aptos para enseñar...”.