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Tengo una muñeca vestida de azul

Luis Enrique López, en Autoeducación. Revista de educación popular (Lima), 10/11, 1984,

45-50.

Fue casi a fines de noviembre cuando en el curso de una entrevista realizada en una

una profesora del primer grado me relataba sus

comunidad aymara de la provincia de (

experiencias en la escuela local. Mi entrevista me confesaba que -luego de ocho meses de

transcurrido el año escolar- los niños sólo podían entender sus señas, sus ademanes. Y tal

vez sin comprender el profundo problema que tenía entre manos, se ufanaba de que ahora

sus alumnos, por lo menos, cantaban canciones y habían superado ya esa etapa en la que ni

siquiera levantaban la vista.

)

"Ahora por lo menos entienden mis señas

terrible

cerrados eran

mis ademanes

cantamos

nada,

no entendían

ni señas

ahora

había chicos que no querían ni levantar la vista".

cuando entramos era

bien

canciones

antes,

Luego de descubrir algunos datos interesantes, como que Doña Alicia era una maestra

nacida en (

preguntarle si sabía algo de aymara. El "no" que recibí como respuesta fue rotundo. Por

otro lado, revisando ahora mi cuaderno de notas veo también que ésta no era la primera vez

que Doña Alicia tenía a su cargo el primer grado. Por el contrario era una profesora cuya

experiencia "lidiando" con niños monolingües en su primer contacto con la escuela era

reconocida por sus colegas. Hacía varios años que Doña Alicia enseñaba en primer grado.

Los profesores de la escuela así lo habían decidido. Tener una maestra que no supiera

aymara obligaría a los alumnos a hablar en castellano y así la tarea sería más fácil para

todos.

Con suma curiosidad ingresé al salón de clase y me puse a jugar un poco con los niños

intentando decir algunas cosas en aymara. Así transcurrieron unos diez minutos cuando la

barrera inicial parecía romperse con algunos de los varoncitos y cuando éstos comenzaban

ya a hacerme preguntas y hasta tomarme el pelo en aymara, Doña Alicia entró al salón y en

voz alta, casi gritando, dijo: "Ya niños. Dejen tranquilo al señor. Vamos a comenzar la

clase". Me senté al final del salón y, mientras mi grabadora corría registrando algunas

expresiones de los niños que se encontraban cerca a mí, la profesora pidió a sus alumnos

que prestaran atención a lo que ella escribía en la pizarra.

y que había llegado a la comunidad hacía ya más de siete años, me animé a

)

"Tengo una muñeca

vestida de azul zapatitos blancos

y velo de tul".

Con estos versos escritos en la pizarra se daba inicio a una clase de Lenguaje.

Puntero en mano, la profesora hizo que sus alumnos repitieran, por lo menos unas cinco veces, cada uno de los versos de la pizarra, sin percatarse siquiera de si sus discípulos entendían o no lo que decían. Nunca se dio explicación alguna sobre el contenido de los versos "leídos" ni se mostró dibujo y objeto alguno que permitiera a los educandos, por lo menos, adivinar qué era lo que estaban repitiendo. Sin embargo, nadie parecía aburrirse y el "loreo" continuaba, con los alumnos, creyendo que imitaban a su profesora a la perfección y con ella sin darse cuenta de los obvios problemas que tenían sus alumnos para emitir sonidos castellanos. A la voz de "vestido", los niños decían "wistiru"; de "muñeca", "moñica"; y de "tul", "tol".

Luego de unos minutos, y ya "paporreteada" la lección, Doña Alicia dio inicio a la segunda fase de la enseñanza. Llamó a algunos alumnos al frente y comenzó con Darío, un niño de once años que cursaba el primer grado por tercera vez. Darío imitando a su maestra, puntero en mano y presto a demostrar lo que sabía, leyó de corrido los versos de la pizarra:

"Tinku u-na moñica wistira de a-sol saptirus lancus

y wilu de tol".

La profesora, luego de un "muy bien, Darío", llamó a Yon, otra de las estrellas del salón. Luego salieron dos varones más. Al escuchar al cuarto o quinto alumno, la maestra se percató de que lo que ellos decían no era exactamente lo que ella emitía. Dirigiéndose a mí, dijo: "Ay, yo no sé qué pasa con estos niños. Ni hablar bien pueden. Confunden la u con la o y la i con la e". Tal observación me tomó por sorpresa, por cuanto era obvio que los niños no estaban haciendo otra cosa que transferir al castellano las reglas de pronunciación que rigen para el aymara, su lengua materna. Nadie les había ayudado a percibir la diferencia entre el sistema vocálico aymara (de tres vocales: a, i, u) y del castellano (de cinco). Tampoco se los había ayudado, a través de ejercicios de práctica oral intensiva, a producir

correctamente los sonidos del castellano que difieren de los de su lengua materna. Por último, ni siquiera se les corregía cuando cometían errores de pronunciación como los descriptos. Simplemente, se asumía que, automáticamente, los alumnos deberían pronunciar correctamente el castellano, como si se tratara de niños que hubieran escuchado y hablado esta lengua toda su vida.

La clase de Doña Alicia continuó y ocho de los doce alumnos varones presentes pudieron recitar en forma más o menos aceptable -aunque con notorios problemas de pronunciación y entonación- lo que habían aprendido de memoria. Sin embargo, la dirección que tomaba el puntero en manos de los alumnos nos permitía deducir que, en realidad, los niños sólo estaban simulando leer lo escrito en la pizarra. De las diez niñas presentes, sólo dos pudieron hacer lo mismo. Las otras permanecían en silencio y un tanto avergonzadas frente al pizarrón mientras la profesora repetía: "¿Ya ves Basilia? Siéntate nomás. Después están hablando. Hay que prestar atención. Para eso venimos a la escuela. A ver siéntate nomás". Una a una iban sentándose las niñas mientras Doña Alicia me miraba y decía: "Así son estas chiquitas aquí. ¿Qué se puede hacer con ellas?". Sin contestarle, bajé la cabeza.

Había transcurrido casi una hora y los niños del primer grado, todos aymarahablantes, no habían aprendido nada. Antes de mandarlos al recreo, con mucho esfuerzo, intenté explicarles en aymara lo que todo eso significaba:

(

)

"Aka quillqatax muñik' ajataw parlixa. Uka muñik' a ajas laram isiniwa; janq'u sapatuniwa; ukastsi chukunirakiwa".

Naturalmente que hubo cosas que ni siquiera intenté incluir en mi descripción ni menos traducir, como aquello del "velo de tul", y lo reemplacé más bien por la manga negra - chucú-, con que las señoras aymaras cubren sus cabezas. Cuando terminé de hablar se armó un gran batullo. Algunas niñas me señalaban tímidamente y se reían entre ellas; otros niños más bien señalaban la pizarra y conversaban entre sí; en eso, la maestra se me acercó y sorprendida me preguntó: "¡¿Entiende usted el aymara?!"

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