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dicciones que una obra de tal magnitud inevitablemente

implica. "
Del mismo modo este libro constituye un "topos",
un lugar de encuentro que requiere, paira qué no coexis-
tan al modo del proceso primario las propuestas que en
él se despliegan, un trabajo de retranscripción, de reela-
boración, de historización y de despliegue de la contra-
dicción por parte de aquellos a quienes está destinado.
Hay en Freud, indudablemente, una ética de la ver-
dad que lo llevó a ir más allá de sí mismo cuando de
revisar sus propias propuestas se trató, en aras de am-
pliar el campo no sólo del conocimiento sino de la
transformación posibles. A esta ética, concebida como
compromiso, anhelamos se adscriba el lector junto a
aquéllos que hemos participado de este volumen. Sabe-
mos que este compromiso lo llevará, inevitablemente,
más allá de nosotros mismos.

SILVIA BLEICHMAR

B/R

12
"LO INCONCIENTE":
fecundidad clínica de sus paradigmas

SILVIA BLEICHMAR

Observaciones preliminares

Hemos elegido una forma expositiva no sintética,


ello quiere decir que no nos proponemos limitarnos a
la exposición de los ejes centrales del texto. Estos ejes
serán más bien concebidos como ordenadores de un
pensamiento —el de Freud en 1915—, y de las cuestio-
nes que alrededor de él se abren en distintas direc-
ciones, tanto en la obra misma de Freud como en el
psicoanálisis posfreudiano.
El modo de lectura implica una concepción teoré-
tica, es decir teórica y de consecuencias clínicas. Ello
implica que la metapsicología sea concebida como un
"espacio teórico" cuyos principios sirvan de ordenado-
res para la clínica, y al mismo tiempo que sus postu-
lados puedan ser sometidos a la prueba de la clínica.
La lectura no se sostiene en modo alguno en el re-
curso a la autoridad. No se trata del conocido "Freud
dijo", que amalgama el discurso teórico a partir de la
supuesta autoridad del enunciante, como si algún dis-
i curso humano pudiera ser homogéneamente verdadero
—carácter teológico en la reificación del discurso cien-
tífico—. Se trata de la necesariedad de un enunciado,
que hace a la exigencia del productor de dar cuenta de
: las vicisitudes a las cuales los problemas teóricos no
resueltos lo arrastran, confrontado siempre, por un
' lado, a su propia práctica y a la racionalidad a que
ella lo compulsa, por otro, al discurso de sus contem-
poráneos, a la vigencia de una polémica que le opone
un obstáculo y lo obliga a recentramientos.

13
La lectura posterior —en este caso la que propone-
mos— no deja de resituarse en dos ejes: 1) la recupe-
ración de la polémica histórica —aquella a la cual
Freud se aboca—; 2) la inmersión en tina polémica
¡ actual que marca, de hecho, un relevamiento de cues-
tiones que a los ojos de quien lee sostienen líneas de
confrontación en el psicoanálisis contemporáneo.
Sólo de este modo el texto deviene actual: actual
ante los problemas que cada practicante se plantea y
actual en la medida en que puede dar cuenta de las
cuestiones tanto resueltas como no resueltas y de
las consecuencias que se arrastran como obstáculos
en la práctica que sostienen.
No puede haber entonces sustituciones del discur-
so escrito. No se trata de "lo que Freud quiso decir"
-hemos discutido duramente está metodología en el
interior mismo de la práctica para que nos retorne por
la ventana—. El discurso, como todo discurso, sólo
puede dar cuenta de sus contradicciones y encontrar
aclaraciones a sus oscuridades a través de sus propias
asociaciones: en tal sentido, correlaciones con el resto
de la obra.
De ahí la importancia de la posición histórica. Que
sea una u otra fecha —tanto de redacción como de pu-
blicación— da cuenta de un conjunto de propuestas que
encuentran un ensamblaje en enunciados previos y pos-
teriores. 1915, fecha de redacción y publicación de este
texto de "Lo inconciente", perteneciente a la Metapsi-
cología, implica, por un lado, una teoría del inconciente
ya establecida —unlversalizada a partir de 1900 y co-
rroborada tanto en las producciones de los neuróticos
(campo de la clínica) como en las observaciones de la
vida cotidiana (incluidos en ello los sueños)—, pero
cuya, legalidad aún no ha sido precisada con exactitud.
Dos descubrimientos previos enmarcando el funciona-
miento psíquico: principio de placer-displacer y defini-
ción ampliada del concepto de sexualidad —ya asentado
a partir de una teoría de las pulsiones no por exhaus-

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tiva menos contradictoria—; pero 1915 implica también,
y como consecuencia de la teoría pulsional que pone el
"centro de iifco^i^StóiDrps^uica encuna teoría de la
"delegación", un abandono si no éí^lícitó áí níeñós""por
aü^nciá'r del conceptoHéHEscr^

mo efecto de la Impronta dé lati^ora


si bien "será desarrollado a lo largo de nuestra exposiT
ción, hace a una notación metodológica ante la cuál el
lector debe estar advertido.
Las consecuencias de una lectura histórica de este
tipo consisten en la sustitución, por un lado, de toda
lectura "cronológica" que pretenda generar la ilusión
de una progresión supuesta, de un ideal de perfeccio-
namiento que no deja de ser el reflejo, en el nivel teó-
rico, de una concepción genéticoevolutiva tanto del
progreso psíquico como del teórico. Por. otro, de toda
lectura ahistórica que tomara cada texto como una ver-
dad en sí misma, cada frase como una verdad en sí
misma, fractura que encierra al enunciado en sí mismo
cancelando toda posibilidad de productividad. Diferen-
ciar histórico de cronológico, e historicidadde..jgáoésis^
son cuestiones tanto de la teoría del sujeto psíquico
como deTa métódólógfá de prodücción teónca, y se "re-
flejan en la segunda todas las ilusiones de la primera,
sus impasses y sus aciertos.
Él método de exposición de lectura que me pro-
pongo desarrollar es entonces el mismo seguido en un
seminario. Es debido a ello por lo que la estructura
capitular ha sido totalmente respetada y marca el orden
del texto. Sólo el pasaje de la palabra hablada a la letra
escrita me imposibilita la continuación de un intercam-
bio dialogado con el lector, obligándolo a interrogarme
en ausencia del mismo modo que propongo hacer con
Freud. Proponiéndole que en aquellas zonas oscuras de
mi propia escritura continúe la indagación del original
que enfrentaremos juntos en una apertura que no can-
cele sus interrogantes y los míos.

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Relaciones entre inconciente, represión y pulsión,
una presentación del texto

En principio un exordio. Antes de entrar en un


ordenamiento capitular, nos encontramos con una pá-
gina cuyos dos ejes enmarcan la lectura. En primer
lugar, las relaciones entre inconciente, represión y pul-
sión; en segundo lugar, la diferencia entre el inconciente
como existente y el conocimiento del inconciente.
"Introducen el texto." Es decir, hacen resaltar dos
cuestiones que, si bien serán recuperadas a lo largo de
todo el desarrollo, parecen requerir ser. puestas de re-
lieve por Freud. "El psicoanálisis nos ha enseñado que
la esencia del proceso de la represión no consiste en
i cancelar, en aniquilar una representación representante
de la pulsión, sino en impedirle que devenga concien-
te." 1 De inicio.la represión: el inconciente apareciendo,
como efecto de su acción. Es porque la represión opera,
expulsando una representación (que no puede ser can- ,
celada, que no puede ser aniquilada, que debe ser enr
viada a otro espacio en el cual sobreviva sin perturbar
i lo conciente), por lo que el inconciente se despliega en
| jginecesariedad. ¿De qué orden es esta representación
expulsada? Del orden sexual, es decir pulsional; que
Freud emplee el concepto de representación represen-
tante no es sino consecuencia de mantenerse dentro de
una concepción simultáneamente explicitada: la de la
pulsión como un concepto límite entre lo somático y
lo psíquico. El hecho de que haya un "representante"
no es sino el efecto de que se genera en otro lugar
(somático) y encuentra, por delegación, sus expresiones
psíquicas desdobladas en afecto y representación. Re-
presentación —sobre la cual opera la represión— repre-
sentante de la pulsión: contenidos sexuales del incon-
ciente.
"Decimos entonces que se encuentra en el estado de
lo «inconciente», y podemos ofrecer buenas pruebas
de que aun así es capaz de exteriorizar efectos, inclui-

16
dos los que finalmente alcanzan la conciencia." Incon-
ciente y al mismo tiempo ¡eficaz capaz de exteriorizarse
en efectos. Si no hubiera efectos de lo inconciente, ¿se-
ría posible su conocimiento? El hecho de que el objeto
que la ciencia cerca —como ños enseña la^pistemolb^
già actual— sea invisible a los ojos, no obtúraeíTuñ^ !
damentó mayor que nos lleva a intentar cercarlo: que ¡
sus efectos son visibles. Y en este caso no sólo visibles, ¡
sino perturbantes, es decir que nos obligan a operar j
con ellos en aras de una transformación.
Intento de Freud, en este mismo párrafo, de cer-
camiento de las relaciones entre inconciente y repre-
sión. Puntualización, al menos, de una cuestión que lle-
vará a los desarrollos que abarcan gran parte de los
capítulos siguientes: "Todo lo reprimido tiene que per-
manecer, inconciente, pero queremos dejar sentado des-
de el comienzo que lo reprimido no recubre todo lo
inconciente. Lo inconciente abarca el radio más vasto;
lo reprimido es una parte de lo inconciente". Veremos
deslindarse esta cuestión en dos aspectos: que lo incon- )
cíente —descriptivo— abarca tanto lo reprimido como
aquello circunstancialmente dejado en suspenso, a lo
cual Freud otorgará por el momento el nombre de la-
tente. Por otra parte, que lo originariamente reprimido
no puede ser considerado reprimido en sentido estricto,
ya que nunca fue expulsado de la conciencia, nunca fue
conciente. El contexto de la frase: "lo reprimido es Tina
parte de lo inconciente", nos inclina a pensar que es
en la primera dirección hacia donde está trabajando el
texto. Es decir, que intenta abordar una preocupación
central: la de definir, bajo qué circunstancias, en qué
términos, podemos hablar de ficonwraìt^
tricto, es decir sistèmico. JMeTencjax lo inconciente des-
criptivo y lo inconciente sistèmico no es una de las
preocupaciones menores de Freud en este texto. Dar
estatuto metapsicológico a lo inconciente, es decir tó-
pico —dónde se emplaza—, dinámico —en qué relación
de conflicto entra— y económico —qué energía lo ocu-

17
pa, de qué modo esta energía circular~^._jsc»i .
dedor de los cuales se definirán las cuestiones del inr_
conciente sistèmico.
Él segundo párrafo aborda la cuestión del conoci-
miento del inconciente. "Desde luego, lo conocemos sólo
como conciente, después que ha experimentado una
transposición o traducción a lo conciente.1" El incon-
ciente no se reduce, ni mucho menos, a su conocimiento.
El hecho de que sólo podamos conocerlo mediante una
"traducción" implica, por un lado, que no es posible
subsumir conocimiento y existente. Freud está cercane
do, claramente, un objeto al que considera real, que
tiene tanto leyes de existencia conio de conocimiento,
que no son asimilables unas a las otras, y al mismo
tiempo que debe ser "transpuesto", "traducido", tor-
nado otro lenguaje, transcripto a otra lengua —veremos
luego que es en realidad transcripto en lenguaje— para
que su conocimiento se haga posible.
Ningún ^gnosticismo en juegoNingún sometimien-
to del ser al conocer. Intento de dominio del objeto
mediante su conocimiento, lo cual no reduce su existen-
cia real, "efectiva", wirklich, es decir no virtual, culmi-
nando en la función del análisis: "El trabajo psicona-
lítico nos brinda todos los días la experiencia de que
esa traducción es posible. Para ello se requiere que el
analizado venza ciertas resistencias, las mismas que en
su momento convirtieron a eso en reprimido por re-
chazo de lo conciente". Transposición —idea ya presente
en los manuscritos, en principio en la carte. 52, que hace
a modos de simbolización, de pasaje, de elaboración—
y vencimiento de una resistencia, ambos dando cuenta
de un trabajó psíquico, de un esfuerzo de dominio por
apropiación.

CAPITULO I
Justificación de lo inconciente

à) Necesariedad:\ Freud parte, inevitablemente, de

18
la conciencia para justificar el supuesto de lo incon-
ciente: "Es necesario [el supuesto de lo inconciente]
porque los datos de la conciencia son en alto grado
lagunosos; en sanos y en enfermos aparecen a menudo
actos psíquicos cuya explicación presupone otros actos
de los que, empero, la conciencia no es testigo". Es el
hedió de la insuficiencia de la conciencia lo que sostie-
ne, de inicio, la justificación de lo inconciente^ Introdu-
cir un concepto nuevo, abrir una nueva propuesta de
ceKamientp de lo real, implica siempre un reconoci-
miento d e ^ ^ insuficienciasdelo conocido. Si nos bas-
tara con ló que conocemos, si este conocimiento nos
permitiera el dominio del objeto, el cambio, la intro-
ducción de un supuesto nuevo, se vería librado sim-
plemente al deseo de innovar del estudioso. En tal caso,
el "deseo de inventar" reemplazaría al "deseo de cono-
cer", haciendo dudoso el valor de una nueva adquisición.
Son los actos psíquicos cuya explicación se sustrae los
que obligan á una introducción justificada de lo incon-
ciente. "En sanos y en enfermos": la elección ño es
arbitraria; ¿por qué no "en hombres y Si mujeres", o
"en niños y en adultos"? Porque de hecho lo inconciente
jb¿^emergdo, en primera instancia, en la clínica de las
neurosis, y su universalización comoexistente obliga a
la inclusión de la categoría originariamente excluida.
"En sanos y en enfermos" quiere decir: no es patrimo-
nio de los neuróticos, no es una formación malsana de
un psiquismo que podría desplegarse muy bien pres-
cindiendo de ella, como originariamente supusimos.
El carácter lacunar de la conciencia, de la concien-
cia de todo el mundo, incluida en ello nuestra propia
conciencia, la del investigador: "por nuestra experien-
cia cotidiana más personal estamos familiarizados con
ocurrencias cuyo origen desconocemos y con resultados
de pensamiento cuyo trámite se nos oculta", obliga a
que para otorgar una ganancia de coherencia y sentido
se introduzca lo inconciente. "Una ganancia de sentido
y de coherencia es un modo que nos autoriza plenamente

19
a ir más allá de la experiencia inmediata." Ninguna
supuesta reificación de un irracionalismo présente en_
Freud. Es la ganancia de sentido —por supuesto, de un
sentido otro que el originariamente establecido— lo que
justifica el derecho de operar con el concepto de incon-
ciente. Y a continuación: " Y si después se demuestra
que sobre el supuesto de lo inconciente podemos cons-
truir un procedimiento que nos permita influir, con éxito
sobre el decurso de los procesos concientes para con-
seguir ciertos fines, ese éxito nos procurará una prueba
incontrastable de la existencia de lo supuesto". Es decir
que la corroboración empírica, que implica la construc-
ción de un método nuevo, basado en la existencia de
este objeto descubierto, es la prueba definitiva, incon-
trastable, de su existencia. No se corrobora finalmente
una hipótesis si ella no lleva a una transformación posi-
ble del objeto. El método no precede al objeto, se deriva
del mismo, pero la transformación no es una simple
"aplicación", es el modo último de corroboración deja,
validez del concepto en cuestión.
Paso rápidamente las líneas en las cuales Freud
señala la imposibilidad de igualar psíquico a conciente.
Posiblemente no estén ellas en el eje de nuestras pre-
ocupaciones actuales. La polémica con la psicología de
conciencia clásica no está en el centro de la mira actual
—ello no quiere decir que no pudiera resurgir bajo
distintas modalidades—. Voy a detenerme en el párrafo
cuarto de este primer capítulo: Dejemos de lado, nos
propone, si han de concebirse como anímicos incon-
cientes o como físicos estos estados de la vida anímica
de innegable carácter latente para promover al primer
plano lo que sabemos con seguridad acerca de su na-
turaleza: " . . . en sus caracteres físicos nos resultan por
completo inasequibles; ninguna idea fisiológica, ningún
proceso químico, pueden hacernos vislumbrar su esen-
cia. Por otro lado, se comprueba que mantienen eí más
amplio contacto con los procesos anímicos concientes;
con un cierto rendimiento de trabajo pueden traspo-

20
nerse en estos, ser sustituidos por estos; y admiten ser
descritos con todas las categorías que aplicamos a los
actos anímicos concientes, como aspiraciones, decisio-
nes, etc. Y aun de muchos de estos estados latentes te-
nemos que decir que no se distinguen de los concientes
sino, precisamente, porque les falta la conciencia".
Vemos a un Freud que se va diferenciando de la
psicología de la época por aproximaciones sucesivas al
objeto. Objeto sinuoso que no se captura en un instante,
que obliga a un rodeo, a bordear sus cualidades a tra-
vés de formas complejas de manifestación. En princi-
pio, el lector psicoanalista no puede impedir que salte
a la vista una aproximación, tal vez excesiva, a los fe-
nómenos de conciencia: mantienen el más amplio con-
tacto con los procesos anímicos concientes, pueden
trasponerse en éstos con un rendimiento de trabajo
(alerta de Freud, ello no es tan simple), pero lo que
suena más contradictorio, contradicción que veremos
emerger claramente si cotejamos con otros párrafos
del capítulo II, en el cual se señala la radical diversidad
de lo inconciente con relación a lo conciente, es el hecho
de que admitan ser descritos con todas las categorías
que aplicamos a los actos anímicos concientes. Sin em-
bargo, una lectura más cuidadosa nos centra en un
punto: es el hecho de que en la escritura lo inconciente
ha cedido a lo latente, que lo inconciente se está defi-
niendo en una dirección fundamentalmente descriptiva,
ausencia de conde-ruña, que engloba a procesamientos
psíquicos diversos. En sentido amplio, y en aras de una
justificación desde la perspectiva de la conciencia, Freud
tiene el derecho de regirse por las similitudes. Luego
veremos de qué modo radicaliza las diferencias.
fb ) La legitimidad, j "Él supuesto de lo inconciente
es, además, totalmente legítimo, puesto que para esta-
blecerlo no nos apartamos un solo paso de nuestro mo-
do habitual de pensamiento, que se tiene por correcto."
Nuevamente nos vemos enfrentados a la diferencia en-
tre el objeto y su conocimiento. Que nuestro pensamien-

21
to no tenga que apartarse de su modo habitual de pen-
sar, es decir que se rija por las leyes de la lógica^
qué opere con relaciones de causalidad, de contradic-
ción, pone en este caso de relieve que no estamos frente
a un irracionalismo. El supuesto de la necesariedad de
lo inconciente da por tierra con toda ilusión agnóstica
que subordinara el enástente a su conocimiento. El su-
puesto de la legitimidad, con un irracionalismo que pre-
tendiera una identidad entre objeto y método. Entre
estos dos últimos hay relaciones de correspondencia.
no de identidad. Que conozcamos al inconciente, que se
rige por otra legalidad que aquella que nos propone el
pensamiento conciente, no implica que este conocimien-
to pueda ser capturado por el inconciente mismo. No
hay conocimiento legitimo que pueda regirse por leyes
que no sean aquellas que veremos luego proponer como
las del proceso secundario. En tal sentido," él^incon-
ciente" no sabe, el inconciente es, y será la conciencia,
es_ decirel_ sujeto capaz de estrocturar significaciones,
quien sepa, o no sepa, de las determinaciones que el
inconciente propomf medíante sistemas de tascr^jciiffi^^
de investimientos, fuerzas que habrá que someter a do-
minio mediante un esfuerzo de trabajo.
Los párrafos siguientes están destinados a mostrar
el modo de aproximarse al inconciente. Hagamos de
cuenta que se trata de un otro, una vida anímica perte-
neciente a otra persona. Interpretémolos como si fue-
ran ajenos; ello no será tan fácil, nos enfrentaremos
con obstáculos de otro orden que aquellos que tene-
mos cuando nuestra intención interpretante se vuelca
hacia el exterior. El modelo de razonamiento parecería
cumplir una función: poner de relieve que aquello que
desconocemos de nosotros mismos, y cuya emergencia
se nos aparece como extraña, puede ser entendido como
proveniente de lo psíquico; pero al mismo tiempo, de-
jar sentada "la ajenidad" de lo inconciente, su carácter
extraño para el sujeto mismo. Porqué"inmediatamente
Freud hace una salvedad: no es asimilable nuestro in-

22 fj0 ^
conciente a una conciencia otra, a una conciencia se-
gunda: "en primer lugar, una conciencia de la que su
propio portador nada sabe es algo diverso de una con-
ciencia ajena, y en general es dudoso que merezca con-
siderarse siquiera una conciencia así, en la que se echa
de menos su rasgo más importante" (el hedió de ser
conciente, aunque parezca de perogrullo). Y la argu-
mentación toma inmediatamente uñ giro diverso: "el
hecho de que los procesos anímicos latentes [es decir
que están fuera de la conciencia,' no necesariamente
inconcientes en sentido estricto, sólo descriptivamente
inconcientes] que discernimos gozan de un alto grado
de independencia recíproca, como si no tuvieran co-
nexión alguna entre sí y nada supieran unos de otros",
pero fundamentalmente, y éste es el argumento decisi-
vo, porque llegamos a saber, por medio de la investi-
gación analítica, "que una parte de estos procesos aní-
micos [evidentemente los reprimidos, aquellos que luego
veremos apuntar como inconcientes en el sentido sis-
témico del término, regidos por otra legalidad, sometidos
a lo que será llamado el proceso primario] poseen car
racteres y peculiaridades que nos parecen extraños y
aun increíbles, y contrarían directamente las propiedar
des de la conciencia que nos son familiares".
Henos aquí en un proceso ya de diferenciación que
no está esforzándose por asimilar lo inconciente a lo
psíquico —como en párrafos anteriores, cuestión zan-
jada—, sino por marcar la radical diversidad de ios
procesos psíquicos inconcientes. Ésta diferencia radical
entre ambos sistemas nos alerta contra toda ilusión de
captura inmediata por parte de la conciencia; la refe-
rencia a Kant no es gratuita. Lo inconciente es real, tan
real como los objetos físicos, que no son en la realidad
tal como se aparecen a la conciencia. Sin embargo, sin
discutir con respectó a los objetos físicos la incognos-
cibilidad de la casaren-sí kantiana, ¡Bread deja sentada*
la posibilidad del conocimiento del mundo psíquico:
"nos dispondremos satisfechos a experimentar que la

23
enmienda de la percepción interior, no ofrece dificulta-
des tan grandes como la de la percepción exterior, y que
el objeto interior es menos incognoscible que el mundo
exterior". ¿Es que lo inconciente tiene una cualidad
cognoscitiva diferente de lo real exterior, como preten-
d¥ria~este párrafo," o la teoría del conocimiento mismo
enla cuàrse sostiene debe ser reformulada en términos
| d^réicónocer'l^insiificienicia de la conciencia como mo-
| do^Te captura inmediata de lo real, y de la incíusión de
un procesamiento diferente de aprehensión del- objeto
sin que ello implique ni la intuición inmediata ni la
Categoría a priori trascendental? La epistemologia con-
temporànei que en realidad Freud no se
limitaba a diferenciarse de Kant con relación al modo
de aprehender un objeto nuevo, sino que estaba desple-
gando un nuevo modo de cercar el objeto real.

CAPITULO II
La multivòcidad de lo inconciente,
y el punto de vista tópico

Profundizando en la idea de establecer diferencia-


ciones en lo inconciente concebido ampliamente como
latente, el capítulo comienza con la afirmación de que
"la condición de inconciente es sólo una marca de lo
psíquico que en modo alguno basta para establecer su
característica [ . . . ] . Lo inconciente abarca, por un lado,
actos que son apenas latentes, inconciente por algúñ~
tiempo, pero en lo demás en nada se diferencian de los ,'
concientes; y, por otro lado, prorasos^omoìos réprí
midos, que, si deT^eram cqncientes, constrastarian de
ia manera más llamativa con los otros procesos; coaa-
HeSEes^M^ que usamos
la palabra inconciente sea en sentido descriptivo —aque-
llo en lo cual la cualidad de conciencia está ausente—,
sea en sentido sistèmico: pertenencia a sistemas deter- ,
mmados_y.,.d.Qí^iónd^
La nueva notación propuesta: Ice, y Ce merece al-
24 N'-fc^o
gunos comentarios. Por un lado, que Freud no descuida
el hecho de encontrarse ante el acuñamiento de un ver-
dadero concepto: hay un salto del lenguaje, que inscribe
una palabra plausible de ser utilizada de otro modo
diverso, al lenguaje científico. Estamos ante una ver-
dadera construcción de concepto: la abreviatura opera
quasi como una formulación matemática. Y decimos
quasi porque, sin embargo, no sé desprende totalmente
de la cualidad. No pasa a un lenguaje matemático arbi-
trario: X e *5T, por ejemplo. Sistemas que no se desligan
de las cualidades que los constituyen, ni, evidentemente,
de sus emplazamientos recíprocos. La mayúscula no
está operando como elemento de jerarquía, sino como
pasaje de la cualidad, adjetivo (lo inconciente), al sus-
tantivo (el inconciente); requerimiento que obliga en
lengua alemana a su empleo —todos los sustantivos de-
ben ser escritos, en el alemán, con mayúscula—. Y, sin
embargo, subrayemos que la no arbitrariedad de la no-
tación, la conservación de lee y Ce, protegen a este par
saje al concepto, de toda arbitrariedad: mientras que
una x o una y pueden ser "llenadas" en matemáticas
con cualquier, contenido, en este caso no se divorcian
jamás de "un tipo" de contenido —sexual— y un tipo
de legalidad específica.
Y he aquí la gran subversión del modo de tramita-
ción psíquica clásicamente conocido: el camino reco-^
rricto^pDFmTacto'p^qin^^iij^^rdos'fás^, entré las
que se encuentra como selector la censura. Éí procesa-
miento psíquico va de lo inconciente a lo conciente. Si
la censiua^ je mega ^
cimos que se encuentra en estado de reprimido. Este
no es otro que el modelo múltiples veces expuesto tanto j
en ía carta 52 como en el " P r o y e c t o " " d e a i m _ C T i _
La interpretación de los sueños.3 Éí aparato psíquico se
rige por^ um cOTTteni^^citetoria que va de izquierda ¡
a derecha, corriente que en su recorrido debe sortear j
la censura, encontrar modos de tramitación diversos, i
de rétrañscñpHoñT i

25
Modelo de la carta 52
i li m
Ce
p PS ic Prcc
Kx y x X y X X
X *
* XX x y

Modelo del Proyecto (1895)

9 <f) \}/ -eGÜ


(cantidad
exterior,
exógena)
Qa
(cantidad interior, endógena)

Modelo de La interpretación de los sueños

Ice Prcc ce

Los tres modelos se caracterizan porque algo circu-,


la entre determinados elementos. Sea bajo el modelo
neurologico: cantidadësTQn) que e g e u ^ ^ b r e j e g ^
roñas; sea bajo un modelo estrictamente "psíquico",
"investimientos libidinales circulandòentre representa-
ciones. Segunda observación: la cantidad exterior al
aparato se transforma al*lngresar «a éste: Q devine
Qñ; o como vemos en
T m e n t ë ^ e n d i e pïïsiôrP'jjel estímulo

Las derivaciones de estos principios son de funda-


mental importancia, porque el traumatismo no será
medido entonces por la fuerza del estímulo que circula

26
fuera del aparato, sino por la capacidad, de esta ener-
gía devenida excitación, que al circular en forma endó-
gena pi^i^^éffivestffida^sj^pa^sjfeJhacCTvamizar.
las i^resentaSonesT^üíconcieotes jr perforar los siste-
mas de defensa —los idtesMTollos más importantes al
respecto los volveremos a encontrar en Más allá del
principó de placer.
Volvamos ahora a "Lo inconciente", teniendo raí
cuenta que los sistemas psíquicos no son entonces sólo
lugares de pasaje sino formas de ligazón de la energía
psíquic^
La diferencia entre "capaz de conciencia" y "con-
ciente" abre las posibilidades del preconciente. Es a
partir de la inclusión de este sistema "preconciente"
como se constituirá la verdadera opción que salve de-
finitivamente a la oposición de la cualidad o no de
conciencia. Lo descriptivo pasará a ser urna categoría
segunda: un acto psíquico será descriptivamente incon-
ciente, latente, sin por ello poseer las cualidades del
sistema inconciente.
Tópica y dinámica —luego será incluido lo econó-
mico— diferencian al psicoanálisis de cualquier psico-
logía. Sin embargo, la diferenciación tópica deviene
insuficiente. Los lugares no alcanzan para distinguir las
cualidades de los sistemas psíquicos.

Relaciones de pasaje: hipótesis tópica


e hipótesis funcional

¿Cómo operan las relaciones de pasaje de un siste-


ma a otro? Henos aquí enfrentados a una cuestión que <•
está en el meollo de la clínica. ¿Hay simetría entre el
"fwgajiT^ (represión) y de
lo inconciente a lo conáente j suerte dé desrepreáón)?
"Si un acto psíquico experimenta la trasposición
[no se trata, evidentemente, de un simple pasaje] del
sistema lee al Prcc, ¿defysmos suponer que a ella se
liga una fijación nueva, a la manera de una segunda

27
trascripción de la representación correspondiente, la
cual entonces puede contenerse también en una nueva
localidad psíquica subsistiendo, además, la trascripción
i originaria, inconciente?" Estamos frente a lo que se
: denomina hipótesis tópica, y nos vemos obligados a ha-
: cer la observación siguiente: Freud habla de un pasaje
; en una dirección: de lo lee a lo Ce. Esta dirección toma
¡ la forma de los modelos antes expuestos: pasaje de un
sistema anterior a uno posterior. "¿O más bien debemos
i creer, que la trasposición consiste en un cambio de es-
tado que se cumple en idéntico material y en la misma
localidad?" He aquí formulada la hipótesis funcional,
es decir que la cualidad de conciente o inconciente no
implica sino un cambio cualitativo, pero no tópico.
Las consecuencias al respecto son de magnitud. Si
nos inclinamos por el supuesto funcional para concebir
el proceso de la cura, para abordar el pasaje de lo re-
primido a la conciencia, el concepto de represión cae y
con él el de resistencia. Nos veríamos llevados a incli-
narnos por una posición en la cual lo inconciente podría
estar en lo manifiesto presto a cambiar de cualidad, o
de "sentido". Pero, al mismo tiempo, veremos a lo largo
de nuestro trabajo que la hipótesis tópica es insuficien-
te, que no alcanza con el pasaje de un sistema a otro,
que este pasaje debe ser sostenido por modos de liga-
zón y trasposición de un sistema a otro. Si la hipótesis
tópica es indispensable para la conservación de la dife-
rencia entre los sistemas psíquicos y la vigencia de la
represión, la hipótesis funcional pone el acento en este
cambio de cualidad que sufre, inevitablemente la repre-
sentación al pasar de uno a otro sistema. ¿Es inevitable
renunciar a una de ellas?
Al primer supuesto, el tópico, se enlaza el divorcio
tópico entre los sistemas lee y Ce. La representación
se hace presente en dos sistemas al mismo tiempo, y
sin embargo, dice Freud asentándose en la experiencia
clínica, ello no permite el levantamiento de la represión.
La represión no se cancela porque algo esté en lo ma-

28
nifiesto. Se esboza una diferenciación cuyo destino po-
dremos rastrear posteriormente, y que encuentra un
desenlace en el texto "La negación", de 1925. Manifiesto"
y conciente no son lo mismo: lo conciente implica la
conexión entre la huella mnémica inconciente y la con-
ciente, se^ trata de un enlace, no de una simple emergen-
cia. Algo puede ser manifiesto sin por ello ser conciente.
Más aún, puede ser enunciado por el sujeto mismo siii
que ello defina una cualidad nueva de sus enlaces re-
presentacionales, puede ser dicho sin ser oído. Hacer
conciente lo inconciente se separa entonces de poner de
manifiesto lo oculto. Es un trabajo de ensamblamiento,
de correlaciones, de lo que definiremos como "perla-
boración", lo que produce el verdadero pasaje de lo
inconciente a lo conciente. Y este pasaje no anula, de
hecho, que lo inconciente sobreviva como tal. El con-
cepto de represión originaria vendrá a anudarse a esta
cuestión, y veremos emerger nuevamente este problema
en el capítulo IV.
La hipótesis tópica, aquella que mejor se ajusta al
divorcio tópico entre los sistemas, la que garantiza teó-
ricamente el realismo del inconciente, no es sin embar- •
go suficiente para dar cuenta del "hacer conciente".
Múltiples problemas de la clínica psicoanalítica veremos
desplegarse a partir de la toma de partido con respecto
a estas cuestiones metapsicológicas que parecen tan
lejanas.
El hecho de que algo haya tópicamente traspasado
la barrera de la represión, es decir que se haga mani-
fiesto, no basta para otorgarle el carácter de conciente.
Tal el caso de las ideas compulsivas, aquellas que "pro-
gresionan" emergiendo sin perder por ello su carácter
de ajenidad. El diagnóstico diferencial entre ideas com-
pulsivas que ponen en riesgo la barrera de la represión,
perforándola, y que se acompañan en muchos casos de
contrainvestimientos masivos (tema que abordaremos
en el capítulo relativo a la represión) se diferencia ini-
cialmente de los síntomas obsesivos por el poco nivel

29
de disfraz, de desplazamiento, que implica con relación
a lo reprimido en sentido estricto. Aquello que el neu-
róüco mantiene celosamente guardado eñe! inconciente,
aparece como "a cielo abierto" en momentos de deses-
tructuración, de efracción de la represión, y lo que tó-
picamente es manifiesto no necesariamente es conciente.
He aquí el valor de la hipótesis funcional: un cambio
de cualidad se hace necesario, el ensamblaje en un sis-
tema representacional cuya pertenencia es preconciente
y en el cual la legalidad que rige es la del proceso se-
cundario.
Veremos, a medida que avancemos, hasta qué punto
la fecundidad clínica de la metapsicología no ha sido
explorada en todos sus alcances; cuestiones tales como
el carácter finito o infinito del análisis, la función de la
interpretación y su carácter extractivo o perlaborativo,
la diferencia entre el oír y el vivenciar —tema alta-
mente polémico y actual del análisis, que remite a la
posición del afecto en el interior de la cura, y que nos
introduce en el capítulo siguiente— pueden encontrar
vías de resolución al trabajar exhaustivamente estos
conceptos teóricos.

CAPÍTULO III
Sentimientos inconcientes

Henos aquí ante un tema cuya complejidad fue


soslayada en el psicoanálisis posfreudiano casi como
un verdadero escotoma. La "culpa inconciente", el
"amor inconciente", el "odio inconciente", caballitos de
batalla de la clínica de toda una época, no sufrieron
un esfuerzo de trabajo por parte de los practicantes
llevando a una verdadera sustancialización de un su-
jeto supuesto inconciente: "lo que usted siente real-
mente por ella no es odio, sino amor..."; "tú le dices
todo el día a mamita que la quieres porque temes
realmente odiarla". Este "realmente" es la marca de
una concepción que podríamos llamar fenomenológica:

30
la esencia, lo verdadero, está en el inconciente, y está
tal como luego será puesto de manifiesto por el ana-
lista; lo preconciente es "falso", encubre bajo el modo
de lo opuesto lo verdadero de lo cual el sujeto se de-
fiende. Las consecuencias son dé magnitud: eljsujeto,
capturado por "la palabra verdadera del analista^ es
soimétído aTün verdadero robo de pensamiento a partir
del cual, es el otro, él autor dé la respuesta: descon-
fiado de sus propios pensamientos, la Übré asociación
"deviene un "decir no reflerivo"^ sé enuncia ^ poder
^ ^ ^ ^ ¿ J jorque la escucha ha sido depositada en el
demiurgo que encontrará un sentido otro a lo dicho.
Entre el inconciente del sujeto y su conciencia la ins-
tancia del preconciente desaparece y el analista ocupa
el lugar de quien escucha, no dequieh enseñaá escu^
char-escucharse. En muchos liásos, el üilerSo^ de com-
prensión intelectual deviene una verdadera fuga discur-
siva en la cual la disociación entre lo vivencial y su
explicación no tienen puntos de anclaje. La sustitución
de un supuesto sentimiento conciente por otro incon-
ciente deja al sujeto inerme frente a sus afectos, y el
analista se ve compulsado a un esfuerzo "reeducativo"
cuyos derivados contratransferenciales son del orden
de la frustración y la hostilidad, generando en muchos
casos verdaderas reacciones terapéuticas negativas don-
de la inanalizabilidad del paciente se convierte en la
coartada teórica qué preserva al analista del colapso"
narcisista al cual ei fracaso lo impulsa. Del ladó~deí
paciente, el sometimiento pasivo a este demiurgo omni-
comprensivo reproduce de un modo brutal la pasividad
infantil agudizando sentimientos hostiles cuyo carácter
se desconoce. Veamos de qué modo, si nos aproxima-
mos a la metapsicología desde una perspectiva teoré-
tica, podemos ayudar a la resolución de estas cuestiones.
La pulsión, comienza afirmando Freud, no puede
ser objeto de la conciencia. Sólo puede serlo la repre-
sentación que es su representante; henos aquí nueva-
mente frente a esta propuesta tan polémica acerca del

31
carácter de la pulsión: derivaciones del cuerpo somá-
tico a lo psíquico, de lo no sexual a lo sexual, en lo cual
no nos detendremos aquí, sino para subrayar, simple-
mente, que cuando de lo inconciente se trata, Preud
deja de lado la cuestión de lo somático y se remite al
concepto de representancia, que le permite hacer una
limpieza del campo. Queda por ver, todavía, si el que
puede ser objeto de la conciencia es el representante
mismo o un derivado. Contentémonos por ahora con
subrayar que, en lo que se refiere al inconciente, no
caben dudas de que es la representación pulsioñal la
que puede estar en él en calidad de reprimida. El pro-
blema se planteará en lo que respecta a los sentimientos.
En primer lugar, una contradicción in termini: "el
hecho de que un sentimiento sea sentido, y por lo tanto
que la conciencia tenga noticia de él, es inherente a su
esencia". No hay posibilidad de un sentimiento sin su-
jeto que sienta. ¿En qué caso hablamos de sentimiento
inconciente? Cuando un sentimiento es percibido, pero
erradamente, debido a que ha sido enlazado a una re-
presentación otra que la originaria,. Lo que se altera en
este caso, podríamos agregar, no es el sentimiento, que
persiste como tal en la conciencia, sino el objeto al
cual se enlaza, que ha sido desplazado y sustituido por
otro. Es por aprés-coup como "cuando restauramos la
concatenación correcta, llamamos 'inconciente' a la mo-
ción afectiva originaria", la cual incluye, inevitablemen-
te, el sentimiento y el objeto al cual ha estado dirigido.
Es la concatenación lo alterado, y no el sentimiento
mismo en este caso. El ejemplo prototípico sería el
"miedo al caballo" que sustituye "el miedo al padre",
en múltiples ocasiones retomado por Preud.
Sin embargo, no es éste el único destino de una
moción afectiva. Tres son los posibles:
1) El afecto persiste —en todo o en parte— como
tal.
2) Es mudado en un monto de afecto cualitativa-
mente diverso.

32
3) Es sofocado, impedido por completo su desa-
rrollo.
Para poder entrar en este tema, es necesario expli-
citar algunos presupuestos que operan a lo largo de
toda la Metapsicología (incluidos en ella aquellos
textos que dan cuenta de los grandes modelos del fun-
cionamiento psíquico, de sus leyes y principios, y no
reduciéndola a los de 1914-15).
\ En primer lugar, la división en dos grandes cate-
$ gorías de la materialidad psíquica: la de íos sistemas
de representaciones y la de los investimientos. Este es
un principio general, ordenador, que encontramos a lo
> largo de toda la obra. Sus precedentes son: En el "Pro- ¡¡
yecto de psicología", la diferencia establecida por Freud jj
entre neuronas —elementos entre los cuales algo cir- .
cula— y cantidades: Qn —flujo circulante—. Pongamos
de relieve que la denominación Qn no se establece por ;
mero capricho: es intento diferenciador de Q (a secas),
cantidades que circulan por fuera del aparato; del :
mismo modo que veremos reaparecer esta cuestión con
respecto al tema de las pulsiones: diferencia entre estí-
mulo: Reiz, externo del aparato, y excitación: Erregung,
cantidad circulante en el interior dei aparato (libido).
La diferenciación es central para la elaboración de una
teoría del traumatismo en psicoanálisis: se trata de
diferenciar qué orden de estímulo es activante o pro-
! pacíante de un incremento energético interno que desen-
¡ cadene acciones de algún tipo —evacuación, ligazón,
I defensa.
"Sabemos también —dice— que la sofocación del
desarrollo del afecto es la meta genuina de la repre-
sión, y que su trabajo queda inconcluso cuando no la
alcanzja. En todos los casos en que la represión consi-
gue inhibir el desarrollo del afecto, llamamos 'incon-
cientes' a los afectos que reinstauramos mediante el
reenderezamiento del trabajo de represión." Meta de"
la represión: evitar el sufrimiento psíquico. No se trata
de un simple "mecanismo", su tarea es evitar el dis-

33
placer. ¿Cuál sería la razón para no llamar reprimido
al afecto? ¿Se trata de un mero capricho lingüístico?
Freud lo aclara de inmediato: "En la comparación
[entre el afecto y] la representación inconciente surge
una importante diferencia: tras la represión, aquella
sigue existiendo en el interior del sistema lee como
í formación real, mientras que al afecto inconciente le
i corresponde la posibilidad de esbozo a la que no se
| le permite desplegarse". Algo ha pasado con el afecto,
; y es su posibilidad de devenir nuevamente investimien-
; to, de descualificarse al pasar a lo inconciente. "Toda
; la diferencia estriba en que las representaciones son
investiduras —en el fondo, de huellas mnémicas—,
| mientras que los afectos y sentimientos corresponden
i a procesos de descarga cuyas exteriorizaciones últimas
se perciben como sensaciones."
Una diferenciación que se convierte en ley cuando
se trata de ver las relaciones entre el "principio de
constancia" y el "principio de placer/displacer". El
primero remitiendo al aumento o disminución de ten-
sión intrapsíquica, principio puramente económico; el
segundo, a la percepción, por parte de la conciencia,
de estos incrementos o disminuciones: cuaJificación de
las cantidades. Para que las cantidades devengan cuali-
dad es necesario que éstas sean percibidas de uno u
otro modo por el sujeto, en este caso el sujeto del yo
o de la conciencia.
¿Cuáles son las relaciones entonces entre la con-
ciencia, la represión y el afecto? La represión puede
llegar a inhibir la trasposición de la moción pulsional
en una exteriorización de afecto, es decir, evitar que la
representación investida con un monto determinado de
afecto devenga sentimiento displacentero para la con-
ciencia. Pero mientras que el imperio de la Ce sobre
la motilidad voluntaria es muy firme, y por regla ge-
neral resiste él asalto de la neurosis y sólo es quebran-
tado en la psicosis, sü gobierno del desarrollo del afecto
es menos sólido.

34
Y Freud agrega: "Es posible que el desprendimien-
to de afecto parta directamente del sistema lee, en
cuyo caso tiene siempre el carácter de angustia, por
la cual son trocados todos los afectos". Una pregunta
siempre vigente que volveremos a encontrar en otros
lugares de la obra: origen y destino de la angustia. ¿Es
la angustia inconciente? ¿Es del yo? Que el desprendi-
miento parta del sistema inconciente puede ser pen-
sado en los siguientes términos: una corriente de inves- j
timiento arrastra un sistema de representaciones que, j
al topar con la represión/jñoTogra pasar la barrera
que ésta le impone. Áí tocar el umbral del yo se pro-
duce un divorcio entre la representación —reprimida—
y el afecto que no ha podido ser sofocado —por su
intensidad—; la angustia emerge entonces como afecto
no ligado, descualificado, debiendo a posteriori ligarse
a otra representación.
Supongamos ahora que el movimiento es el con-
trario, situación que, como veremos, es ampliamente
desarrollada en el capítulo siguiente, referido a la re-
presión: una representación preconciente es desinves-
tida de su carga preconciente y rechazada, arrojada a
lo inconciente; el afecto concomitante, de no poder ser
sofocado, quedará entonces como carga libre y se cons-
tituirá entonces como angustia flotante hasta que se
ligue a una nueva representación, en este caso, una re-
presentación sustitutiva.
Daremos un breve ejemplo de las posibilidades que
se abren a partir de la toma en cuenta de los destinos
posibles del afecto. Supongamos la emergencia de una
formación psíquica del siguiente orden: un niño se
niega a ir a la escuela porque cada vez que la madre
lo va a recoger teme que no llegue, "que le haya pasado
algo". Metapsicológicamente, y antes de definir si esta-
mos ante una fobia o un proceso residual a un síntoma
obsesivo (lo cual abordaremos en el capítulo siguiente)
veamos los movimientos que se han producido en los
procesos de investimiento y representación :

35
1. — "Que le pase algo", donde no es difícil des-
cubrir el deseo mortífero objeto de la represión.
Lo reprimido, en este caso, es una moción hostil
que sólo puede caer al inconciente al modo de la repre-
sión de una representación o conjunto de representa-
ciones: "deseo que mi madre muera". Del preconciente
ha sido expulsada y ha caído bajo el peso de la re-
pres

a) La representación b) En el PrccCc la representación


ha sido expulsada. se liga a
un afecto de signo contrario.
2. — El afecto concomitante, en lugar de ser sofo-
cado (es decir devenir investimiento libremente circu-
lante en el inconciente) se ha ligado a otra representa-
ción sobreinvistiéndola: es acá donde vemos aparecer
el segundo destino posible: que se mude en un afecto
cualitativamente diverso. El destino del afecto —que
toma los mismos caracteres de la transformación en lo
contrario desarrollada por Freud en "Pulsiones y desti-
nos de pulsión"— es producto de las relaciones entre
los sistemas psíquicos.
Hemos ejemplificado una de las posibilidades antes
expuestas por Freud. Detrás de la fenomenología de
una fobia signada por el miedo de ir a la escuela, es
una formación obsesiva, caracterizada por la formación
sustitutiva y el contrainvestimento del afecto hostil lo
que subyace. El capítulo siguiente, acerca de los modos
de la represión, permitirá mediante el concepto de con-
trainvestimiento ampliar la comprensión de estos ele-
mentos.
Supongamos que, en lugar de ello, la aparente

36
fobia se sostenga en "no quiero ir a la escuela porque
temo a la maestra".
1. — La moción hostil hacia la madre ha sido re-
primida (al modo de la fobia de Hans que encubre el
miedo-moción erótica hacia el padre).
2. — El afecto persiste —en todo o en parte— como
tal, desplazado a la maestra. La representación mater-
na hostil ha sido reprimida y sustituida por la de la
maestra, sobreinvestida con el monto afectivo libre.
Estamos ante un proceso de desplazamientos que per-
mite la represión de la representación y al mismo
tiempo no sofoca el afecto. Este es el primero de los
casos descritos por Freud en este capítulo.

La representación
ha sido reprimida. b, representación sustitutiva, permite que el
afecto subsista tras un nuevo emplazamiento.
El ifecto queda libre.
Dejaremos para el capítulo siguiente la formación
de contrainvestimiento que hace a un sofocamiento
total del afecto, para detenernos en las consecuencias
clínicas y técnicas de los dos casos expuestos centrán-
donos en lo siguiente:
La inhibición para ir a la escuela que acompaña,
tanto al síntoma obsesivo como al síntoma fòbico son
er tiempo último de cerramiento del movimiento psíqui-
co, lo que los diferencia está en el procesamiento
intrapsíquico que los determina. Valor, entonces, del
carácter diferencial de los destinos del afecto en el
diagnóstico.
En segundo lugar, formulación de la interpretación
a partir de ello. Aludimos anteriormente a una concep-
ción fenomenològica, fácilmente discutible, en la cual

37
lo "verdadero" estaría del lado del inconciente, y lo
manifiesto, lo preconciente, sería pura "apariencia". La
discusión acerca de los "sentimientos inconcientes" se
despliega agudamente en la cuestión técnica. Veamos
la diferencia que se abre en la interpretación del ejem-
plo expuesto en primer término: si la hostilidad hacia
la madre está sofocada, y lo que aparece en lo mani-
fiesto es el sobreinvestimiento amoroso, no es porque
"en realidad" el niño en cuestión odie a la madre; una
concepción así sustanciídMaría el inconciente en el cual
el objeto real externo se inscribiría como totalidad, y
desconocería el hecho fundamental de que si esta hosti-
lidad debe ser sofocada y su representación concomi-
tante reprimida, ello se debe a que, en el mismo nivel,
de realidad, la madre es amada. La ausencia —o el
abandono— del objeto apaciguante amoroso materno
ha permitido que se reinvista la representación odiada
—fragmento del objeto que rehúsa— y ésta emerge
atacando al preconciente que se defiende mediante un
acto de repulsa conducente a la formación del síntoma.
Si la interpretación reconoce sólo el odio "inconciente"
, y desconoce el contradictorio sistema representacional
que se ha hecho manifiesto, anulando él amor motivo
de la defensa, produce en ei sujeto una sensación de
descalificación de los afectos concientemente asumidos;
el analista deviene entonces "amo del pensamiento",
aparato de influencia, del cual hay que defenderse para
poder conservar un mínimo sistema de creencias en
la propia percepción, impulsando al analizando a moda-
lidades defensivas que no pueden ser consideradas sim:,
pléméñté resistenciales.
Retomando una idea eje del texto de "La repre-
sión",5 anterior al que estamos en vías de trabajar,
Freud afirma entonces: "Hemos afirmado que, a partir
de la represión, tiene lugar una separación entre el
afecto y su representación, a partir de lo cual ambos
van al encuentro de sus destinos separados. Esto es
incontrastable desde el punto de vista descriptivo, pero

38
el proceso efectivo es, por regla general, que un afecto
(un sentimiento, preferiríamos nosotros, en aras de
clarificar) no hace su aparición hasta que no se ha
consumado la irrupción en una nueva subrogación
[Vertregung = vicariancia, ha optado por traducir la
nueva edición francesa] del sistema Ce".
Las consecuencias para la clínica psicoanalitica
son de importancia, tal como estamos en vías de expo-
ner, y las retomaremos al final del trabajo sobre el
capítulo siguiente, en aras de ensamblar angustia y re-
presión con vistas a proponer algunos ejés metapsico-
lógicos tanto para el proceso analítico mismo como
para el diagnóstico diferencial de algunas entidades
clínicas.
CAPÍTULO IV
Tópica y dinámica de la represión
Habiendo llegado a la conclusión de que la repre-
sión es un proceso que se cumple: 1) sobre represen-
taciones; 2) en las fronteras de los sistemas lee y Prcc
(Ce) —estamos en pleno planteo sistèmico: ~ya"nò se"
trata de algo del orden descriptivo, que tendría que
ver con las relaciones entre la conciencia y lo incon-
ciente, sino de algo de otro orden, definido por siste-
mas de modalidades de circulación, de ensamblamien-
to. de investimiento y desinvestimiento, de pasaje—,
Freud propone ahondar en su proceso.
Se trata de una sustracciónde investidura, pero^,
¿en qué sistema se produce y a cuál pertenece la inves-
tidura sustraída?
Freud escoge partir de la represión propiamente
dicha (la traducción francesa ha optado, en este caso,
por otro equivalente: "pospresión"; refoulement = re-
presión; post-foulement = pospresión, si bien conserva
la expresión "represión propiamente dicha" para aludir
a la expulsión de una representación del sistema pre-
conciente hacia el inconciente). Aquí el camino de re-
corridos se invierte:*-..

39
En el texto "La represión" ya se había planteado
la diferenciación entre esta modalidad de la represión,
que podemos considerar como la que opera en cual-
quier aparato cuyos sistemas psíquicos ya se han cons-
tituido, y la represión originaria, que consiste sólo en
un acto de contrainvestimiento. En el caso de la repre-
sión propiamente dicha, al mismo tiempo que aigo
expulsa del preconciente, debe haber sistemas de repre-
sentaciones e investimientos que atrapen, a la represen-
tación desalojada, en el inconciente. Podemos pensar
de un modo tal vez algo burdo que el inconciente es
definido como una especie de cuarto trasero capaz de
alojar lo impensable, un interior en el interior de otro
interior, que posibilita mantener libre y ordenado un
cierto espacio. De tal modo, si consideráramos a cier-
tas formas de psicosis como efecto de un fracaso de
la represión originaria, el espacio psíquico podría ser
visto como una especie de "loft", espacio sin lugares
fijos, sin compuertas interiores, que permite el despla-
zamiento sin transformaciones de un lugar .a otro;
"loft" desmesurado, por otra parte, porque aun en las
construcciones más contemporáneas (ya que los hom-
bres que las realizan son sujetos de la represión, y se
supone que sus moradores también), el baño siempre
guarda un carácter hermético que permite, pese a todo,
una segregación diferencial de lo más privado.
La representación reprimida sigue teniendo efica-
cia en el sistema lee, nos dice, de modo que debe haber
conservado algún tipo de invéstidürá, investidura que
sólo puede ser preconciente. Al sustraer la investidura
preconciente pueden darse dos posibilidades: que se
conserve la investidura inconciente que, junto a la
preconciente, ya poseía, o que se reemplace ésta por
la investidura inconciente. Nos inclinaremos de mo-
mento por la primera posibilidad (la de que la repre:
sentación preconciente guarde ambos tipos de investi-
dura mientras está en el preconciente) por las conse-
cuencias que de ello se derivan para lo que veremos

40
posteriormente, al llegar al final de este texto, con rela-
ción al ensamblaje entre representación-cosa y repre-
sentación-palabra.
Una representación preconciente guarda, por tanto, \
dos investiduras: una preconciente y otra inconciente^ •
Al pasar al inconciente conserva la investidura incon-
ciente, ¿pero de qué modo? "...hemos puesto en la
base de esta observación, como al descuido, este su-
puesto: el paso desde el sistema lee a uno contiguo
no acontece mediante una trascripción nueva, sino me-
diante un cambio de estado, una mudanza en la inves-
tidura". Henos aquí en plena contradicción. Freud ha
dado un salto, alterando las coordenadas con las que
estábamos trabajando: habíamos partido de la repre-
sión, es decir del pasaje del Pee al Ice, y de repente
estamos en la inversa, y la inversa, en este caso, no es
el retorno de lo reprimido. Si ello fuera así, no estaría
en juego el problema del investimiento y de sus cua-
lidades, dado que el retorno de lo reprimido se realiza
a dominancia de proceso primario, por fuerza de la
investidura inconciente: el modo del retorno de lo re-
primido no implica sino la irrupción de los modos de
funcionamiento del inconciente, lo que llamamos "for-
maciones del inconciente", sea el síntoma, el acto falli-
do, el sueño, en todas ellas la legalidad que rige es
circulación del investimientos bajo el modo del proceso
primario. No hay en tal caso reinvestimiento precon-
ciente; el reinvestimiento preconciente se produce cuan-
do lo inconciente se liga en el preconciente, se reinviste
bajo el modo del proceso secundario, lo cual es impo-
sible de ser realizado sino en un proceso de significa-
ción cuya materialidad es siempre de lenguaje, como
veremos en los próximos capítulos. Diferenciar entre
supuesto tópico (necesario para la conservación del
realismo del inconciente) con relación a la des-féprer
sión, al modo de emergencia de lo reprimido y el su-
puesto funcional (característico de la represión) es algo
de lo cual Jean Laplanche se ha ocupado suficientemente

41
en su seminario acerca del inconciente, y remitimos al
lector a sus textos para que vea las consecuencias que
de ello se derivan.6
Volvamos entonces a ubicar las cosas, y a pensar
el pasaje del preconciente al inconciente, dirección de
partida de este párrafo. Lo que parecería importar es
que estamos ante un desarrollo del siguiente orden:
es como si Freud estuviera trabajando con el supuesto
de dos campos de fuerzas, y en esos campos de fuerzas
el supuesto funcional triunfa, porque el pasaje de un
sistema a otro implica, necesariamente, que la cualidad
del objeto (en este caso la representación) cambie: ella
no puede permanecer idéntica al pasar, de un sistema
a otro, los ensamblajes de fuerzas —de modo de circu-
lación de los investimientos— varían. La elección del
supuesto funcional, con relación al supuesto tópico, se
define en esta perspectiva.
La represión propiamente dicha, lo que nos hemos
lrabituadp a llamar represión secundaria, es un verda-
dero proceso de sustracción de investidura preconcien-
te, de pérdida de nexos y conexiones mi el interior, del
sistema preconciente, y de ingreso en un sistema en el
cual las circulaciones de investimientos que rigen las
relaciones entre representaciones son de otro orden.
Para el caso de la represión originaria, nunca se ope-
raría el investimiento preconciente; la representación
originariamente reprimida nunca habría logrado ima
retranscripción al preconciente, nunca habría sido en-
garzada en el sistema segundo, y, en razón de ello, nunca
j podría ser recuperada por el mismo. Estamos frente
' a un supuesto teórico que es el fundamento de la infi-
nitud del análisis: las representaciones originariamente
reprimidas, que constituyen el verdadero cañamazo en
el cual se organizará la trama del inconciente, son ina-
bordables analíticamente. Sólo lo serán sus retoños, sus
derivados, aquello que fue efecto, posteriormente, de la
f post-represión.
La sustración de investidura —preconciente— no es
sin embargo suficiente, nos dice Fréud, para la ronserva~
ción de la represión: "necesitamos de otro proceso que
en el_ primer caso [el de la represión propiamente dicha]
mantenga la represión y en el segundo f ia represión ori-
ginaria] cuide de su producción y de su permanencia, y
sólo" podemos hallarlo en el supuesto de un coritrain-
vestimiento mediante el cual el sistema Prcc se protege
contra el asedio de la representación inconciente".
Un gasto de energía permanente, un contrainvesti-
miento que garantiza la permanencia de las representa-
ciones en el ícc; he aquí la función del contrainvesti-
miento: mantener lo inconciente en su emplazamiento
cuando el aparato psíquico se ha clivado, es decir ha
constituido un funcionamiento de sistemas diferencia:
les, y fundar el inconciente instaurando la represión ori-
ginaria. ¿De dónde extrae su fuerza, su energía, sin em-
bargo, este contrainvestimiento? "La contrainvestidura
es el único mecanismo de la represión originaria; en
la represión propiamente dicha se suma la sustracción
de la investidura prcc. Y es muy posible que precisa-
mente la investidura sustraída de la representación se
aplique a la contrainvestida." Claramente vemos que la
fuerza que la representación reprimida deja libre en el
preconciente puede ser empleada para el contrainvesti-
miento; pero ello sólo es posible para una representa-
ción que ha sido expulsada del preconciente.
Recordemos: a la representación preconciente le ha
sido sustraída, al pasar al inconciente, la investidura
preconciente; de modo tal que una investidura precon-
ciente ha quedado libre y dispuesta a recargar otra re-
presentación preconciente. Pero en el caso de la repre-
sión originaria, en el caso en que, como vimos hace unos
momentos, la representación inconciente nunca arribó
al preconciente, ¿de dónde extrae el preconciente la
energía para un contrainvestimiento? Freud no lo abor-
da en ningún momento. Si la energía del inconciente es

43
efecto del "representante afectivo", Afectbetrag, dela_
pulsión, y el investimiento preconciente un derivado, por
desexüalización a partir de la represión, de está energía
primaria, es decir una energía derivada, no puede ser
causa de la represión originaria. Estamos ante un caso
de constitución progresiva del aparato, por diferencia-
ción. Si queremos conservar la hipótesis de un contra-
investimiento fundante de la represión originaria, de-
beremos responder de qué orden es esta energía, cuál
es su fuente. Freud quiere mantenerse firme en el pos-
tulado de dos tipos de energía, hipótesis que contrapone
a Jung a partir de "Introducción del narcisismo".7 Pero,
dos tipos de energía no permitirían encarar el pasaje
de una a otra; ambas marcharían siempre separadas y
sería difícil resolver la cuestión siempre presente en la
clínica, de la permanencia de las ligazones establecidas
a partir del proceso de perlaboráción (cuestión que se
despliega ampliamente en 1920, con Más allá del prin-
cipio de placer,8 y que reaparece en M. Klein con un
dualismo pulsional concebido miás como dos grandes
principios vitales). La pregunta que nos podemos for-
mular, la que la clínica nos plantea constantemente, es_
si el contrainvestimieñto se establece "naturalmente",
por diferenciación genético-progresiva, o es necesaria la
intervención de algún tipo de otro orden, de algún tipo
de mediación "represionante", para que el contrainves-
timiento se establezca.
El punto de vista económico, tan peyorizado desde
hace algunos años —tal vez por el mecanicismo en el
cual cayó en épocas anteriores—, nos permite sin em-
bargo proseguir ahondando en los destinos de la re-
presión en las neurosis de transferencia. En este caso
Freud propone sustituir investidura por libido, ya que
se trata de energía sexual, energía de las pulsiones sexua-
les. Volvemos a la pregunta formulada anteriormente:
¿dos tipos de energía, una sexual y una no sexual? ¿un
solo tipo de energía? ¿o dos modos de organización de
una energíasexual que al ligarse se des-sexualiza?

44
Consecuencias teóricoclínicas de la diferenciación
entre represión originaria y
represión secundaria

Veamos las consecuencias de los temas que esta-


mos en vías de abordar tanto para el proceso clínico
como para la iniciación de la cura. Hemos seguido a
Freud en su diferenciación entre represión originaria
y represión propiamente dicha; inevitablemente nos ve-
mos llevados a extraer la conclusión de que, si la repre-
sión originaria no es un simple mecanismo sino un
verdadero movimiento fundacional del inconciente (em-
plaza definitivamente las representaciones de uno y otro
tipo en lugares, "topos", que reglan su funcionamiento),
es su mantenimiento lo que constituye la condición de
funcionamiento de un aparato psíquico clivado en dos
sistemas —lee y Prcc/Cc—, es decir, es su existencia
lo que da origen a lo que se ha llamado "formaciones
del inconciente" (sueños, actos fallidos, chistes y sín-
tomas).
¿Qué diferencia entonces a este funcionamiento
"normal" del funcionamiento neurótico, si la represión
es la condición tanto del inconciente como de los pro-
cesos lógicos que podemos denominar "de inteligencia",
de "pensamiento" —en sentido estricto—? En primer
lugar es importante recordar que la neurosis no es efec-
i to lineal de la represión, sino del retorno de lo reprimí-
I do. Es decir que la represión es condición necesaria
para que un funcionamiento "neuróticamente normal"
(¿normótico, podríamos decir?) se constituya. Si no hay
represión, si las cargas circulan libremente por el con*
i junto de un aparato que no puede establecer su ligazón,
i estasis, derivación, si el pasaje es directo desde el polo
perceptivo hacia el polo motor sin que algo obstaculice
y cree un espacio diferenciador, el sujeto no logra cons-
tituir las condiciones mínimas para una neurosis: los
desplazamientos de investimientos no tienen puntos de
anclaje. La ausencia de represión originaria, fundante,

45
sea por no instalación —caso de las psicosis infantiles—,
sea por derrumbe —caso de las esquizofrenias—no
permite la emergencia de un sujeto psíquico plausible
de estructurar "formaciones del inconciente".9
El contrainvestimiento es el tínico modo de funcio-
namiento de la represión originaria. Y si bien hay un,
momento de su instalación, si la primera infancia es_el
tiempo que culmina con el sepultamiento del autoero-
tismo en un sistema psíquico diferenciado —el lee— y
de constitución de las formaciones sustitutivas que dan
origen al Prcc y al yo, puede haber movimientos poste-
riores en los cuales esta represión originaria fracase y
a partir de la progresión de lo inconciente sobre el pre-
conciente-conciente, las formaciones sustitutivas tomen
a su cargo la reinstalación de la misma bajo un modo
compulsivo. Esto lleva a confundir frecuentemente el
diagnóstico en casos de psicosis que asumen la moda-
iidad de una neurosis de compulsión (obsesiva), pero
cuya característica es que esta compulsión viene a evi-
tar o a suturar el derrumbe de la represión originaria,
no a evitar el retorno de lo secundariamente reprimido.
Diferenciar entre contrainvestimiento, formación^
sustitutiva y formación de síntomas se convierte en una
guía importante de la tarea práctica. Veamos cómo ope-
ra ello en las neurosis; Freud toma las tres neurosis
clásicas —de transferencia— para precisar el modo de
emergencia del síntoma con relación a la represión. Lo
seguiremos en estas páginas finales del capítulo IV de
"Lo inconciente" para luego remitirnos brevemente a
un texto que es tal vez el complemento mayor de estos
párrafos: "Panorama de conjunto de las neurosis de
transferencia".
Comencemos con el caso de la histeria de angustia
(llamada comúnmente fobia). La primera fase del pro-
ceso radica en la emergencia de angustia: "[ella] Con-
siste en que la angustia surge sin que se perciba ante
qué. Cabe suponer que dentro del lee existió una mo-
ción de amor [podría ser hostil, incluso sería más preci-

46
so decir erótica, siguiendo la misma propuesta de Freud
cuando intenta diferenciar el amor como yoico y la mo-
ción erótica como inconciente. Cf. "Introducción del
narcisismo" y "Pulsiones y destinos de pulsión". Amo-
roso lo toma acá como modelo, como prototipo, ya que
es Hans quien se lo brinda] que demandaba trasponer-
se al sistema Prcc; pero la investidura volcada a ella
desde este sistema se le retiró al modo de un intento
de huida [subrayamos: al modo de un intento de huida;
no hay huida posible de lo "interior", éste es el modo
de diferenciación primario establecido en "Pulsiones y
destinos de pulsión" entre estimulo y excitación, entre
lo que está "adentro" y lo que está "afuera"] y la in-
vestidura libidinal inconciente de la representación así
rechazada fue descargada como angustia". La angustia
es el efecto entonces de que una representaciónjrecha-
zada, enviada al inconciente, reprimida ^gundariamen.-
te, deja una investidura libre que deviene amustia, se
descualifica. "A pro-"
ceso, se dio un primer paso para domeñar ese desagra-
dable desarrollo de angustia [cada vez que la represen-
tación reprimida se reinviste tiende a emerger hacia el
Prec^vuelve^rdespertaj angustia; estamos frente a un
modelo de fo"que luego será ilamado "angustia señal",
~peró la señal se da, ño ante lo real,sirio ante lo incon-
ciente que al reinvestirse insiste atacando al sujeto des-
de adentro]."

Primera fase (que podemos separar en dos):

A: La representación es B: Intenta su retorno y el montante


expulsada del PrccCc. afectivo deviene angustia.
47
Segunda fase: "La investidura fugada (prcc) se vol-
có a una representación sustitutiva [estamos en la fo-
bizáción de la angustia; el ejemplo que seguimos es el
de jéans, por tanjo la representación sustitutiva es el
__caballo ante
. ^ .el., cual
. j.Mi-^r hay
v. vmiedo,
.j. - • ••• el afecto se simboliza!
»m
i mi «i.wf.y i-.—
gue,asüvez,pqr una parte ^
va con la representación rechazada [no cualquier repre:
sentación: el caballo guarda restos represenj^ionales,
por condensación y desplazamiento, de lo reprimido:
los bigotes del padre, el gran pene, el pataleo,.etc. 1 y,
por, lajotra, s ^ ^ t r a j o de la represión por su distancia-
miento respecto de aquella (sustituto vor desplazamien-
to)". Hemos subrayado, por nuestra parte, distancia-
miento, porque henos aquí ante un modo de simboliza-
cióri: para que um foimacMn sustitutiva logre la ligazón
de Tos investimientos y constituya una protección ade-
cuada para lo"r£prfíniác£ es necesario que., existen reto-,
ños ~representacionesde diverso orden que posibilitan
el desplazamiento al modo de guardar un resto y devenir
al mismo tiempo "otra cosa". "La representación sus-
titutiva juega ahora para el sistema Ce (Prcc) el papel
de una contrainvestidura [es decir de algo que garantiza
que lo reprimido permanezca en su lugar]; en efecto,
lo asegura contra la emergencia en la Ce de la repre-
sentación reprimida."

Tercera fase: ¿qué ocurrirá a partir de ello? Una


especie de "soldadura" se establecerá entre la repre-
"séntlaHoi^^ susti"

48
tutiva que opera al modo de un contrainvestimiento. En
éV caso dé uña fobia al animal (Hans), cada vez que
esté sea percibido, sé activará la moción inconciente
*r^nEa5igi^_a _ la inversa, cada.vez que.Ja moción incpn-
ciente se reinvista, se activará el miedo al animal. Ima-
ginemos a un niño que ha constituido una fobia noctur-
na, a Drácula, por ejemplo; cada vez que se quede solo
en su camita, la exclusión de la escena primaria activará
la moción hostil hacia el padre, erótica hacia la madre.
La representación reprimida será reinvestida, desper-
tará angustia, y se ligará finalmente en miedo a partir
de simbolizarse en la representación de Drácula, repre-
sentación sustitutiva que posibilita el contrainvestimien- j
to. A la inversa, la imagen de .Drácula activará la repre- j
sentación reprimida y favorecerá microdesprendimientos
nuevas re- ;
present^iones. De tal modo, la fobia requerirá desuna
inhibición, es decirjde j a construcción de un camípo de
protección ante el est&nulo exterior que reactiva las
representaciones reprimidas. "Todo el entorno asociado
de la representación sustitutiva es investido con una
intensidad^ particular, de suerte que puede exhibir, una
elevada sensibilidad a la excitación. Una excitación en
cualquier lugar de este parapeto dará, a consecuencia
'del "enlace con l^represéntación sustitutiva, el envión
para un pequeño desarrollo de angustia que ahora es
aprovechado como' señal á fin de inhibir "él ulterior
avance de este último mediante una renovada huida de
la investidura (prcc)." Subrayamos "como señal" en
aras de mostrar que lo real (estímulo) significante, de-
viene excitación al ingresar en un aparato en ei cual
sobreinviste representaciones reprimidas; la señal es en-
tonces señal ante el ataque pulsional, ataque deseante
interno.
Y Freud agrega: "Mediante todo el mecanismo de
defensa^ jmes^jsnacción se ha conseguido proyectar
hacia afuera el peligro piulsional. Elyo se comporta co-
mo si el peligro del desarrollo de angustia no le amena-
.MI I .•••*• I.'.I I. - I I» I . M U .II, . I ^ M , , , , „,• ; NM I - "• C U — ' I » . I . T «I I É I . - — - ^ - - A T T « — Í T - » R > I - I • - 1 1 »K S G . '

49
zara desde una mociónpulsiorial,sino desde una per-
cepción, y por eso puede reaccionar contra ese peligro
externo conEttéñtos"de~huída: las evitaciones fóbicas".
Es entonces el yo quien cree que la señal de alarma es
• hacia el exterior; la angustia señal aparece definida acá,
claramente, como un modo de señal de alarma ante el
spbretayéstim^to^piiiSfa^ interna

Contrainvestimiento - formación
sustitutiva - formación de síntomas

No es mucho lo que es agregado a continuación con


respecto a las otras neurosis de transferencia. Freud se
limita a afirmar que en la histeria de conversioñ iaTiñ^
vestidura pulsional de la representación reprimida es
traspuesta a la inervación del síntoma, y propone remi-
tir la investigación a una profundización posterior. Stra-
chey, en nota al pie, considera que se trata posiblemente
de una referencia al artículo metapsicológico extraviado
sobre la histeria de conversión. Es posible que ello sea
así; de todos modos, podemos recurrir a "La represión",
perteneciente a esta misma Metapsicología, y a "Pano-
rama de conjunto de las neurosis de transferencia".
En primer lugar, el mecanismo de la represión sólo
nos es asequible cuando podemos inferirlo retrospecti-
vamente desde los logros de ella. Si circunscribimos la
observación a los resultados que afectan a la parte del
represéntante constituida por" la representación adver-*^
timos que la represión crea, por regla general, una for-
moción sustitutiva (cf. "La represión", pág. 148 de la
edición que venimos utilizando). La expresión "a la
parte del representante constituida por la representa-
ción" opera en el siguiente orden: representante (de la
pulsión, por delegación de lo somático en lo psíquico)
abarcando tanto la representación como el afecto. La
represión operando, entonces, sobre la representación.
(La traducción francesa actual ha optado por la expre-
sión: "parte-representación de la representancia", en la

50
cual no encontramos grandes variaciones, salvo que el
matiz "representancia", más que "representante" pone
el acento en la función—función de representancia^-,
pero no parecería cambiar el sentido. Cf. la nueva edi-
ción de PUF, vol. XIII, 1988, trad. bajo la dirección
científica de Jean Laplanche.)
La represión deja síntomas como secuela. ¿Hare-
mos coincidir la formación de síntomas con la formar
ción sustitutiva? La diferencia que ofrece Freud es
definitoiia: Los síntomas no son efecto de la represión, ^
sino del retorno de lo reprimido. Y aclara: 1) el meca-
nismo de la represión de hecho no coincide con el o los
mecanismos de la formación sustitutiva; 2) existen muy
diversos mecanismos de la formación sustitutiva; 3) los
mecanismos de la represión tienen al menos algo en
común, la sustracción de la investidura energética ío
/libido, si tratamos de pulsiones sexuales) ("La repre-
sión", pág. 149). —|
Algunas aclaraciones se hacen necesarias: en pri-
mer lugar, la represión no coincide con el mecanismo
de la formación sustitutiva en el caso de la represión
propiamente dicha, o represión secundaria, dado que la
diferenciación entre represenfc^ióñ y aiecto posibilita
que la representación sea rechazada hacia el inconcien-
te, y su investimiento preconciente quede libre, gene-
rando angustia. Sf este 'inv¥stimienfo se liga a otra re-
presentación, sólo entonces ella operará al modo de una
formación sustitutiva. En el caso de la represión origi-
naria no hay duda de que el contrainvestimiento, que es
el único modo de establecimiento de la represión origi-
naria, no sustituye a nada, sino que aparece del lado del
preconciente como modo de establecer una suerte de i
"tapón" que fija al representante pulsional en el lee. j
(véase pág. 143 del texto citado).
En segundo lugar, la formación sustitutiva que pa-
recería labarcar aT síntoma en la histeria de angustia
(en el caso de la fobia antes abordada el caballo es una
-— s-^-v-n. i i~ -1- i-i i, - -i inwv^mii'iit.j^
' i^iM
' iti'.n »11 iw
. wim W
im
. M
in
im
i • ir^nimiwminiwfir—nt—————

51
formación sustitutiva que permite la ligazón de la an-
gustia a una representación y adquiere al mismo tiempo
el carácter de síntoma) se disocia. de éste en la neuro-
sis obsesiva: de dos "aspiraciones libidinales, una amo-
rosa y otra hostil, la hostil es reprimida y la amorosa
es sobreinyestida dando lugar a uan formación jiustitur,
tiva que lleva a una alteración en eí yo, a través de la
de c^^iencj.a erremos, lo cuaL_
"dice^Préüd, no puede llamarse propiamente un síntoma
(¿bíd./pág. 151).
Me detendré aún unos momentos en "Panorama de
conjunto de las neurosis de transferencia" en aras de que
el lector, luego de este recorrido, pueda acompañarme
en algunas reflexiones clínicas que de esto se conclu-
yen. Se trata de un manuscrito recientemente recupe-
rado, encontrado en 1983 entre los documentos dejados
por Sandor Ferenczi a M. Balint. Lleva sobre su última
^ página una carta del 28 de julio de 1915, en la cual Preud
V da a Ferenczi la libertad de conservar o destruir este
** esbozo que en el plano general debía constituir la con-
j clusión de tres artículos consagrados a las neurosis de
3 transferencia. Si la primera parte intenta la diferencia-
j ción cuidadosa de los mecanismos operantes en las neu-
j rosís, la segunda está destinada a poner en correlación
1 í a éstas con una filogénesis de corte lamarckiano, autor
i por el cual Freud y Ferenczi compartían la admiración.
¡ Publicado por primera vez en 1985, bajo el título Uber-
i sicht der Ubertragungsneurosen por S. Fischer Verlag
í editores, incluido en 1987 en la Gesammelte Werke y en
i 1986 en la nueva edición francesa de las Obras Comple-
j tas de Freud, no tenemos aún edición castellana:
¡ Con vistas al tema que estamos tratando, el carác-
ter de la represión en las neurosis de transferencia tal
como es abordado en el capítulo IV de "Lo inconciente",
me limitaré a hacer un pequeño Recorrido por los prin-
cipales rubros que permiten esclarecer sus mecanismos
con relación a los componentes de la represión. Ellos
son tres, y aparecen de inicio en este texto: represión,

52
contrainvestimiento, formación de sustituto y de sín-
toma.
a) Represión.
Freud señala al respecto: tiene lugar en las tres
(neurosis) en la frontera del sistema lee y Prcc; con-
siste en un retiro orehusamientodel investimiento pre-
conciente; es consolidada por un modo de contrainves-
timiento. Resultado y culminación: son correlativos en
la medida en que el fracaso obliga a nuevos esfuerzos.
El resultado varía en las tres neurosis y en cada uno de
A,
los estadios de éstas.
b) Contrainvestimiento.
En la histeria de angustia falta de inicio, pura ten-
tativa de huida (recordemos los párrafos anteriores: se
retira el investimiento preconciente, se envía la repre-
sentación al preconciente, el investimiento libre —afec-
to— deviene angustia flotante).
En la neurosis de compulsión (neurosis obsesiva):
a diferencia de la histeria de angustia, el contrainvesti-
miento opera de inicio. .Dirigido contra una moción am-
bivalente. se constituye como formación reactiva.
En la histeria de conversión: el carácter logrado
es efecto de que el contrainvestimiento busca desde el
comienzo la conjunción con el investimiento pulsional
y se une a él al modo de un compromiso.
c) Formación de sustituto y de síntoma.
Corresponde al retorno de lo reprimido, al fracaso
de la r e p r é s i Ó n T T E n l a c o n v e r s i ó n formación
de sustitütoHjTd^^ la histeria "de" -4-
angustia la formación de sustituto hace posible a lo
reprimido su primer retorno. Én la neurosis de com-
pulsión se separan de modo tajante porque hay un pri-
mer"t^ del contrain-
véstimiénto, en el cual eT süstitüto es próvíst^^ este
irontyaMvésSSa^mfo, proviene de la instancia represora;
sólo los^^ síntomas posteriores son efecto del retorno de
lo reprimido.
La formación de síntoma, de la cual procede nues-

53
tro estudio —dice Freud—, coincide siempre con el re-
torno de lo reprimido.

Detengámonos ahora en el valor clínico de estas


opciones metapsicológicas. En primer lugar, valor diag-
nóstico y descaptura de lo fenoménico para establecer-
lo. Rastrear el comienzo de una neurosis puede ser el
modo de estaBlecer más claramente una diferenciación
que permita saber ante qué tipo de estructura, con qué
t dominancia, nos encongamos.
Volvamos a la cuestión ya apuntada de la instalar
ción de lo que fenoménicamente se considera una fobia
escolar. Ella puede provenir de diversos modos de ope-
rar, tanto de la represión como del contrainvestimiento
y el síntoma puede ser localizado desde diversas pers-
pectivas. Supongamos que estamos ante un pequeño
frágil perfeccionista que no puede responder al ritmo
de la tarea escolar porque escribe y borra compulsiva-
mente. El rechazo a la escolaridad, que asume "la for-
ma" de una fobia, con angustia masiva, no es sino efecto
del desequilibrio en el cual ya sea contrainvestimientos
masivos o síntomas (con retorno de lo reprimido) de
orden compulsivo pueden ser puestos en riesgo. Ciertos
casos graves de neurosis compulsivas precoces, que mar-
can el riesgo de fracaso de una represión estructurada
con contrainvestimientos masivos sin posibilidad de es-
tablecer retoños que permitan modalidades de represión
secundaria, son tomados por fobias. Sin embargo, la
imposibilidad de ir a la escuela porque no tolera me-
terse en el arenero, jugar con pintura, o simplemente,
permanecer un lapso con la ropa manchada por alimen-
tos dan cuenta de que no se está ante una fobia. La
emigración debe localizar, entonces, el punto "fobiza-
do" para (üscriminar en él si estamos ante una domi-
nanclaT á ^
de implicancias, en muchos casos, más severas. ,
¿Y por qué considerar más graves a estos cuadros?
En ellos se plantea el mismo problema que aparece

54
cuando se intenta hacer diferenciaciones entre neurosis
compulsivas de los adultos y formas compulsivas de
defensa en la psicosis. Volvamos a algunos de los ejes
ofrecidos por Freud: el contrainvestimiento es el modo
de operar de la represión originaria; ello quiere decir j
"quedeTladód^ j
preser^ lado del incon-
cíente, lo rtfija*r~a~lo inconciente. La garantía de que
~éste permanezca en su lugarjes que^sucesivas refraas-
cripcíonés JWíe^siihHft'íi^'tLBm^ Ereiid en la Carta
52) puedan estructurarse ¿T modo de retoños que ga- |
ra&ticen la movilidad de la represión secundaria. Estos j
retoños —sobre los cuales volveremos capítulo
siguiente^— son simbolizaciones favorecedoras de un
distanciamiento respectó de "lo "o^i^ñájñ^jmfie* rgprP.'
mido: al mismo tiempo que conservan lo reprimido,
un resto ^"placer se desplaza a través de sistemas de
represrateciones.
Á diferencia de un contrainvestimiento masivo, a
diferencia de una formación sustitutiva simple, el sín-
toma engarza siempre el retomo de lo reprimido a
aquello que reprime; por ello es "una formación de
compromiso". Una compulsión no es siempre un sín-
toma (tal como ocurre en ciertos momentos previos a
desestructuraciones psicóticas o en momentos posterio-
res. de restitución), puede ser simplemente el ejercicio
de un contrainvestimiento masivo en vías de fracaso.
Los, grgmdes cl^cos ^el psicoanálisis de niños siempre
"olfatearon" que las neurosis^de compulsión precoces
esteíaán^
Sabían que hay ím recorrido a establecer: la fobia es
"Ja^rimeraTc^^
establecimiento de la represión a partir del retorno de
lo reprimido; la angustia que siente el yo ante el ataque
de lo inconciente pone de mantfiesto ia é^teñHáT^e^"
un aparato olivado y en conflicto, y la fobia —modo
de simbolización de la angustia flotante a través del
miedo—es la marca dialéctica del fracaso de una re-

55
presión ya constituida. De ahí que el contramvestimien-
to y la aparición de formaciones reactivas —asco, pu-
doF^^seanlásTínSx^ pri-
mordiafe^ caractKPVpCTO
no necesariamente a la emergencia de fojma¡áones_sinr_
tomaIes7C^ entre histeria de
angustia y neurosis obsesiva, si bien sus tiempos de
culminación pueden presentar similitudes por la emer-
es siempre
BifefenciableT"angüstia flWe. flotente, en el primer, caso;
contrainvestimiento masivo en eí segundo.
Veamos ahora la conclusión a la cual Freud arriba:
"La fuerza de la represión se mide por la contrainves-
Tadufa gastada/ y el síntoma no se apoya s^o~eiTesta,
"^po7aidtam^reii~la investidiga^ul^M^ondensada en
él que viene del sistema lee" (pág. 182 de "Lo incon-
ciente"). Concepción no mecanicista del gasto de la
represión, no siempre recordada en la clínica psicoana-
lítica. Es el Prcc (o el yo), quien percibe la fuerza del
retorno de lo reprimido por medio de la percepción de
índices de cantidades. Cierto simplismo ha llevado a
considerar que si el sujeto se defiende de su hostilidad
(caso del obsesivo), es porque "debe de ser muy hostil";
se pierde de vista con ello que no se trata del monto
real de hostilidad reprimida, sino de una cualificación
que—
él mismo realiza de su
•— I un . __ (
propia. hostilidad.
p.lilJU. II... .i i
El monto
de contrainvestimiento impide la "repartición de inves-
timientos", la hostilidad no repartida emerge entonces
bajo el modo brutal del retorno de lo reprimido desli-
gado; no se trata entonces de "desreprimir" sino de
crear las mediaciones simbolizantes que posibilitan
estos desplazamientos fallidos. Interpretar, construir,
resimbolizar, no son meras herramientas técnicas, sino
propuestas teoréticas cuya posibilidad de instrumenta-
ción deriva de la cómpreñs^Tlne^psicoIógica tanto
de la estructura como de los procesamientos que en ella
se cumplen.
Y detengámonos aún un momento en la frase "el

56
síntoma no se apoya sólo en ésta [en la contrainvesti-
dura] sino, además, en la investidura pulsional conden-
sada en él que le viene del inconciente". La diferencia
entre el síntoma y la contrainvestidura fa3ícá~en que
^ ¿ " i T s S I S ñ a (así como "en la sublimación), algo del
orden de lo reprimido ha logrado pasar, permitiendo
entonces el ejercicio del principio del placer/dtepl^er
a un còsto mefiorTSi xm"pasaJe°Tiff^ao se produce, la
inversión libidinal de contrainvestimiento es enorme-
mente grande,, y los empobrecimientos a los cuales
queda librado él sujeto psíquico, de magnitud. La for-
^acíon""Her"s5itoma consolida ìa^repr^ión, evitando
este"cQsEoTy"s^nò señala-
mos en diversos momentos de nuestra lectura, "pasaje
de lo reprimido" (al modo del síntoma) con "levanta-
miento de la represión", tampoco debemos perder de
vista que el síntoma es la construcción simbolizante
más lograda del neurótico en el proceso de^ronserv^
ción de la libido dentro del principio de aojastancia.

CAPÍTULO V
Las propiedades particulares del sistema lee

Vayamos ahora a las propiedades del sistema lee.


En primer lugar, los procesos inconcientes no se reen-
cuentran en el Prcc, es decir que tienen una alta espe-
cificidad; y su núcleo, plantea Freud, consiste en agen-
cias representantes de pulsión~~^é~qmKreBñrdesc^^F
su investidura, por tanto en mociones de deseo.
Estamos frente a una legalidad específica y a con-
tenidos específicos. Los contenidos son del orden pul-
sional, es decir sexual; su legalidad expresa estas pecu-
liaridades:
"Dentro de este sistema no existe negación, no
existe duda ni grado alguno de certeza." La duda y la
certeza son también aseveraciones del orden del juicio,
en el sentido tanto psicológico como lógico del término.
En el sentido lógico: como hecho de plantear la exis-

57
tencia de una relación determinada entre dos o más
términos, o como acto de pensamiento que puede ser
considerado verdadero o falso; en el sentido psicoló-
gico: como decisión mental por la cual detenemos de
manera reflexiva el contenido de una aseveración y nos
la planteamos a título de verdad. Es evidente que, en
ambos casos, es necesario un sujeto para que ello se
produzca (consúltese el Vocábulaire technique et cri-
tique de la philosophie de Lalande).
"La negación es un sustituto de la represión, de
un estadio superior." El desarrollo de este tema con-
duce al texto de "La negación", de 1925, en el cual
Freud despliega ampliamente la cuestión haciendo alu-
sión a un verdadero momento posterior a la represión
que a partir de la disociación entre afecto y represen-
tación posibilita dejar al primero en suspenso en aras"
^cle la constitución del juicio^ Yo misma he trabajado
algunas ideasal "respecto énlel capítulo II de mi libro
En los orígenes del sujeto psíquico.
A continuación, dos afirmaciones con respecto a
la característica del investimiento: "Dentro del lee no
hay sino contenidos investidos con mayor o menor
intensidad. Prevalece una movilidad mucho mayor de
las intensidades de investidura". Esto nos conduce a la
definición del proceso psíquico primario: "Por el pro-
c^jÍQ?^spl^amíéñtólláiia, représeritácíon puede ~éñ- ~
tregar a otra todo el monto de su Investidura; y por
el ^condensación, puede tomar sobre sí la investidura
integra de muchas otras"TEs en el capítulo VII de La
interpretación de los sueños donde más claramente se
pueden pesquisar estos modos de funcionamiento. Limi-
témonos a algunas observaciones que posibiliten que
no se conviertan en meros enunciados vacíos:
La legalidad del lee es la de la movilidad de los
investimientos. Pero, ¿qué es lo que determina esta
movilidad? O, mejor dicho, ¿qué es lo que activa cierto
conglomerado representacional? Porque, después de
todo, como venimos insistiendo, el valor de una formu-

58
lación teórica tiene que ampliar nuestro horizonte de
comprensión clínico. Si nos atenemos al capítulo VII
recién mencionado, hav un sistema de recorridos que
implica siempre una progresión del polo perceptivo
*R 1 * ^ •• rrnn
— . —in al
-M- , — , - - I R - , - — N , - | - .I, III I N R » N N ••IIITIT-I I UTRTI»» IW^I.I IT>HIJ N I N W ^ I » « — ~

gola motor. La corriente de investimientos tiene cierta


(üreccionáiidad que puede topar con lajcensura —raí la
yigfliar-^" o "¿wubair" hasta las fronteras" yoicas de un
aparato cerrado sobre sí mismo y con la motilidad
impédlda'^^üriante No es casual el lugar
que Freud agigna al resto diurno: el es la marca del
actlvamientb dFío reaT en el^siqüismo. Algo acaecido,^
ion estímulo exterior, dévíeñe excitacion que réíhvisté
représentaciohés,m
íccdesactivado desdedói^pol^^^ Pfc(T —íin
pensamíeñfó~~so^^
durante la vigilia—- o desde el exterior del aparato aní-
mico mismo. ¿Cuál es el valor de éstas disquisiciones
en las cuales estamos embarcados? En primer, lugar,
poner de manifiesto que si bien el objetivo del análisis,
es el discernimiento de lo inconciente y la captura de
su emergencia a través de las formaciones discursivas,
esta emergencia no es el resultado aleatorio de un
deseo que se presentifica en forma azarosa sino de un.
conjunto de intersecciones intersistémicas destinadas a
Ta perlaboración.
"Los procesos del sistema Icc son atemporales, es
decir, no están ordenados con arreglo al tiempo, no
se modifican por el transcurso de este ni, en general,
tienen relación alguna con él." La idea de un sistema
de recorridos de los investimientos ^ffiíea úna conver-
sión, en el mterxor del psiquismo inconciente, <tel tiem-
po en espacio. Esta idea parece esCaF refrendada por
eTconcepto , yffoñm^) j l _
por el modelo de establecimiento de las inscripciones
en sistemas de no
se rige por la temporaBKdaff
en el momento de ingresar en el psiquismo.
Por nuestra parte, podnamos enunciar una suerte
( NI > I » •'. N ^ J I N I <HI<I P > I R » II MI J . I . >III I . N I I I « I IM • I " . N I R; M - U J—II"T"- • 7 ' — —

59
de ley general de este tipo: en el inconciente estatuido
por ÍaHrjgpj^^ ^Tos"!^
norrifíos espat^^ con-
ciencia como temporalidad.
Polr" último, no perdamos de vista un aspecto im-
portante: El hecho de que las representaciones incon-
cientes sean atemporales no implica que su activamien^
to lo sea; como veremos en el capítulo destinado á las
relaciones entre los sistemas psíquicos, el inconciente
"no flota en el vacío" y el proceso analítico tiene, la
estructura de una temporalidad, temporalidad muy pe-:
culiar, no genética, no lineal, sino destinada al après-,
coup, pero temporalidad al fin, que recaptura en pro-,
ceso los activamientos inconcientes que insisten a partir,
de su perlaboración por medio del Prcc,
"Tampoco conocen los procesos lee un miramiento
por la realidad. Están sometidos al principio de placer
(-displacer)." Es decir que su objetivo es la descarga,
y todo reinvestimiento en los términos antes plantea-
dos llevará a un recorrido tendiente a ello.
"Resumamos: ausencia de contradicción, proceso
primario (movilidad de las investiduras), carácter atem-
poral y sustitución de la realidad exterior por la
psíquica, he aquí los rasgos cuya presencia ^stamos
autorizados a"'espirar en procesos pertenecientes al
sistema lee."
Y volvemos a retomar un punto axial expuesto al
comienzo de este texto: "Los procesos inconcientes
sólo se vuelven cognoscibles para nosotros bajo las
condiciones del soñar y de las neurosis, o sea, cuando
procesos del sistema Prcc, más alto, son trasladados
hacia atrás, a un estadio anterior, por obra de un reba-
jamiento (regresión)." En primer lugar, diferencia,
nuevamente, entre la existencia del lee y su conocimien-
to. En segundo lugar, regresión —tópica— del Prcc.
¿Cómo abordar esta contradicción que consiste en que
hemos estado hasta ahora trabajando con un camino
progrediente de las representaciones lee y de repente

60
nos vemos sumergidos en una propuesta regrediente?
Sólo apelando a la represión podremos, desde mi punto
de vista, esclarecer esta cuestión.
Regresión-progresión de los contenidos inconcientes
Recordemos en primer lugar, que sólo lo secunda-
riamente reprimido es altamente móvil y puede ser
recuperado por el preoonciente. Lo originariamente re-
^r!mido7~nS estricto, fue sólo
"fijado*' a "To^m^ La
represión dicha, opera enton-
ces del siguiente modo: las representaciones inconcien-
tes, en aras de emerger —regidas por el principio de
placer-displacer—, se apropian de representaciones que
pueden facilitar su camino hacia la conciencia. En ese
recorrido, atraen hacia el inconciente representaciones
que, en sí mismas inocuas, quedan subordinadas al
proceso primario como efecto de su caída en este sis-
tema regido de tal modo. La regresión es, entonces,
regresión de lo préconciente y progresión de lo incon-
ciente, dando como saldo una formación de compro-
miso: síntoma o sueño (entre otras).
Pensemos qué ocurriría si fallaran eslabones, si la
represión se operara hacia representaciones a las cuales
les faltan eslabones intermedios que facilitaran este
proceso: estaríamos ante la posibilidad de una verda-
dera catástrofe: cada vez que un contrainvestimiento \
masivo fallara, algo de lo más cercano a lo originaria- ¡
mente reprimido estaría en riesgo de emerger: vería- j
mos más bien una progresión de lo inconciente sobre j
el preconciente. Tal el modo de emergencia en las psico- i
sis, y la evidencia de la relación que antes establecimos \
entre contrainvestimientos compulsivos y derrumbe de !
la represión en momentos previos o pospsicóticos que
tomen temporariamente la forma de una neurosis obse- j
siva grave. j
"Los procesos del sistema Prcc exhiben —con inde-
pendencia de que sean ya concíeiítes o sólo susceptibles

61
de conciencia—, una inhibición de la proclividad a la
descarga (T7. ^ Cuando el proceso trEtspasaTde una re-
presentación a otra, la primera retiene una parte de su

el desplazamiento." En el lee, las investiduras se incre-


mentan en su recorrido: tal el modelo que"Pféud había
planteado ya en sus textos sobre la histeria; se produce
una suTnaBonTEn el preconciente la retención efectua-
da en el procjscTde desplazamiento reparte las cargas",
las liga. ¿De qué depende esta cualidad? No lo vemos
acá resuelto sino sólo formulado en sus caracteres

mi opinión, ¿ partir de retomar la diferenciación que


veremos aparecer en el próximo capítulo, entre repre-
sentación-cosa y representación-palabra. Anticipemos
simplemente, para retomar luego en forma resignifi-
cada, que es a partir de la materialidad del lenguaje
que opera en el preconciente como puede ser conce-
bida esta legalidad ordenadora y ligadora del proceso
secundario en el interior del aparato psíquico. Señale-
mos simplemente que a continuación del párrafo que
estamos analizando Freud recupera la diferenciación
entre dos tipos de energía: una libre y otra ligada,
cuestión que, como hemos señalado anteriormente,
atraviesa gran parte de la obra.
"Al sistema Prcc competen, además, el estableci-
miento de una capacidad de comercio entre los conte-
nidos de las representaciones, de suerte que puedan in-
fluirse unas a otras, el ordenamiento temporal de ellas,
la introducción de una censura o de varias, el examen
de realidad y el principio de realidad." Y he aquí una
afirmación de importancia: "También la memoria con-
ciente parece depender por completo del Prcc, ha de,
separársela de manera tajante de las huellas mnémicas
en que se fijan las vivencias del lee, y probablemente
corresponda a una trascripción particular tal como la
que quisimos sii^óneF,^y "désp¿es hubimos de desestL~
mar, para el nexo de la repri^ñtaciori conciente con

62
la inconciente" (se refiere a la hipótesis de una segunda
"Inscripción, hipótesis tópicaX
El lee no recuerda nada, las Hm son, y es al pre-
conciente, lugar, en el cual es poSBíe^^Tlñitelaci^'idé*
un sujeto que recuerde, a quien compete la memoria.
Que el inconciente sea reservorio de la memoria quiere
decir, entonces, que en él están las representaciones,
fíiScripcioñes vivencíaíeiTir disposición del sujeto. Más
afinn^st^^ hacia la
"concienciar sm ^u^IíoTmplIque un recordar» sino sim-
plSnente la iosistericlacle una fim73e una' representad
cióñT^qSTcleBe^¥ér"feiípfflicáda~ es déOT
lÓs'sísti^ devenga récuer-
~doTtJfi"l»jdiá lilén&'c&rjjfófi^^ la memoriajde
nadie, puede _incluso^^perdurar^ a través^ fféFHémpo y
ser. encontrado dos generaciones después sin que ello
impli^é" c[üe íós^ieraoñájes presentes en la foto sean
fécWdadÓs^or^l süjétó que los vé. Es ün "reservorio
de~memony^siimprF y ciMdo'ha^a capaz de
recuperarlo como tal, es decir de historizarlo.
Una advertencia final, en el capííSiio, abre la vía
para futuras investigaciones: "Estamos describiendo la
situación tal como se presenta en el adulto, en quien
el sistema lee, en sentido estricto, funciona sólo como
etapa previa de la organización superior [si es en el
adulto, el carácter de etapa previa sólo puede conce-
birse con relación al sentido de los recorridos, no
genéticamente]. El contenido y los vínculos de este
sistema durante el desarrollo individual, y el signifi-
cado que posee en el animal [esta última frase sólo es
posible en el contexto de un inconciente que se define
por derivación de lo somático, y Freud ha oscilado todo
el tiempo entre el inconciente estructurado por siste-
mas de inscripciones —Hm— y el inconciente por dele
gación —por representancia—. Y aun cuando hayamos
optado teóricamente por el primero, con las consecuen-
cias clínicas que de ello se derivan, no podemos falsear
la frase. Sí podemos determinar su orden de pertenen-

63
cia teórico: aceptar una teoría endógeno-genética de la
pulsión conduce inevitablemente a un retorno biologista
en el fundamento del inconciente; el inconciente "de
cultura", el específicamente humano, no puede ser sino
el efecto de inscripciones deseantes, efecto de un "histó-
rico vivencial", como Freud mismo lo denominó casi
al final de su vida, en Moisés y la religión monoteísta
de 1938], no deben derivarse de nuestra descripción
sino investigarse por separado." Este es el modo, en-
tonces, de funcionamiento del inconciente determinado
por la represión, en el interior de un aparato que
posee lee y Prcc/Cc. Pero "Además, en el caso del hom-
bre, debemos estar preparados para descubrir, por
ejemplo, condiciones patológicas bajo las cuales ambos
sistemas se alteren en su contenido y en sus caracteres,
o aun los truequen entre sí". Este será el caso, eviden-
temente, de las psicosis, en las cuales podremos dete-
nernos en los capítulos que siguen.

CAPÍTULO VI
El comercio entre los dos sistemas

¿Cómo concebir a lo lee? ¿Como algo periclitado?


¿Como un residuo del desarrollo? Si fuera así, el aná-
lisis podría acabar con este remanente primitivo —lo
cual no ha dejado de ser intentado por ciertas corrien-
tes que intentaban reabsorber esta parte "infantil" en
aras de un ideal madurativo.
Tampoco podemos suponer que el comercio entre
los dos sistemas se limita al acto de la represión. "El
lee es más bien algo vivo, susceptible de desarrollo, y
mantiene con el Pr.cc toda una serie de relaciones;
entre otras, las de cooperación." Algo vivo, quiere decir
que si bien hay indestructibilidad de las representacio-
nes que en él se fijan —fundamentalmente aquellas ori-
ginariamente reprimidas, las que sostienen el cañamazo
en el cual se tejerá la tela de lo inconciente— éstas no
permanecen idénticas, sus relaciones varían. " . . . sus-

64
ceptible de desarrollo", ¿querría ello decir de progreso?
¿o más bien que puede seguir creciendo, enriqueciéndose
a través del atrapamiento de representaciones secunda-
riamente reprimidas? La frase que sigue da cuenta de
que ésta es la dirección indicada: "A modo de síntesis
debe decirse que el lee se continúa en los llamados
retoños, es asequible a las vicisitudes de la vida [es
decir, que sus vías de acceso están abiertas, no así las
de salida], influye dé continuo sobre el Prcc y a su vez
está sometido a influencias de parte de este. El estudio
de los retoños^del lee deparará un radical desengaño
a nuestras expectativas de obtener una separación
esquemáticamente límpida entre los dos sistemas psí-
quicos". Son estos retoños, derivados del núcleo más
profundo del inconciente, los que hacen posible las
relaciones entre los dos sistemas psíquicos. Son ellos
también los que acarrean insatisfacción a quien busque
una nítida separación entre los sistemas, a quien se
contente con una explicación simplista. Freud alerta:
la realidad es compleja, no se puede de buenas a pri-
meras construir una teoría que se caracterice por su
simplicidad.

"Fantasía, fantasma originario"

A continuación, un tipo de retoño de las mocio-


nes pulsionales que reúne notas contradictorias: la
fantasía. Cuando los psicoanalistas decimos "fantasía"
—o fantasma— inconciente, ¿qué estatuto metapsicoló-
gico otorgamos a esta noción? Freud ofrece en este
texto de "Lo mcoric!cñteir~un cOTyimío~3e~rasgos que
BgjggfrilHp^
de l^cuaTe^^KaBEndo—TíérTáHo del" lee en'sentido
estricto; estamos mas bien ame el prototipo ae una
formación de compromiso: ""Entre los retoños de las
mociones pulsionales lee del carácter descripto, los hay
que reúnen dentro de sí notas contrapuestas. Por un
lado presentan una alta organización, están exentos de

65
contradicción [es decir se rigen por una lógica de
la contradicción; es necesario diferenciar por un lado
entre "lo inconciente exento de contradicción" —como
un modo de organización en el cual no funciona la
lógica de la contradicción— y una producción psíquica
"exenta de contradicción", es decir en la cual no hay
contradicción, en la cual rige la lógica. Cuando deci-
mos: es un enunciado exento de contradicción, afirma-
mos precisamente su carácter lógico. Es el hecho de
que la fantasía "esté exenta de contradicción" lo que
impide ubicarla del lado del proceso primario, es decir
considerarla como sistémicamente inconciente. Lo ve-
mos explicitado a continuación:], han aprovechado to-
das las adquisiciones del sistema Ce y nuestro juicio
los distinguiría apenas de las formaciones de este sis-
tema. Por otra parte, son inconcientes e insusceptibles
de devenir concientes [es decir, que operan bajo efec-
to de la represión: insusceptibilidad de conciencia es
rasgo esencial de lo inconciente en sentido sistémico;
sólo lo descriptivamente inconciente puede devenir con-
ciente sin un trabajo extra, sin esfuerzo]. Por tanto,
cualitativamente pertenecen al sistema Prcc [por sus
cualidades, porque no se rigen por. el proceso prima-
rio], pero, de hecho, al lee".
Fantasías tanto de los normales como de los neuró-
ticos —universalización del concepto de fantasía, a
diferencia de lo planteado entre 1894 y 1897— cuya
dinámica es la siguiente: a pesar de su alta organiza-
ción no pueden devenir concientes, permanecen repri-
midas y, en cuanto se aproximan a la conciencia, es
decir en cuanto tópicamente rozan al sistema concien-
te, se abrirán dos posibilidades: mientras tengan una
investidura poco intensa permanecen allí, pero si so-
brepasan cierto nivel de investidura serán rechazadas.
Parecerían más bien ser. un efecto de segunda censura,
y sería tal vez correcto en este caso aplicar la vieja
fórmula "pertenecen a lo más íntimo del sujeto". Sin
embargo, un efecto de reinvestimiento puede rechazar-

'66
las; ello quiere decir que se mueven en un espacio esta-
blecido entre lo lee y la Ce. Tal vez lo más interesante
sea que, en sentido estricto, no forman parte de lo más
profundo del lee, que son retoños de los representantes
pulsionales reprimidos. La definición metapsicológica
que Freud nos ofrece se engarza en una linea en la
cual considera a la fantasía como un guión, escena
organizada susceptible de ser dramatizada bajo una
forma visual. El sujeto está siempre presente en tales
escenas —sea^a modo de participante, sea a modo de
observador—. Lo representado es una secuencia en la
cual las permutaciones son posibles, pero ellas recaen
sobre los personajes o sobre las permutaciones sintác-
ticas, lo cual no altera el orden lógico.
Es evidente que esta estructura explicitada en
la definición metapsicológica puede ser perfectamente
aplicada a los fantasmas originarios. La contradicción
de que algo "desde los orígenes" pudiera alcanzar esta
estructuración lógica y ser regido por el proceso secun-
dario salta a la vista si registramos atentamente los
conceptos que, siguiendo el texto, hemos venido desa-
rrollando; hay aquí un paso infranqueable. Y recomen-
damos remitirse tanto al Diccionario de psicoanálisis
de Laplanche y Pontalis (apartados "fantasía" y "fan-
tasías originarias") como al texto de estos mismos
autores aparecido bajo el título: "Fantasía originaria,
fantasías de los orígenes, origen de la fantasía".10
De todos modos, y simplemente a título de ordenar
miento,nt^^^emos^dejar de diferenciar entre dos
modalidades distintas de constitución de la fantasía:
láqüefla^ el MantiscrítoTMrde^T89^ "las fan
tasías se generan por una conjunción inconciente entre
víve^Tas~^ con' ciéítas tenden-
cías [tendencias regidas por investimientos pulsionales,
"por inovinmli^atós' idleseanSaCl>^
"cioSaret ésj^rííulp^ formación
acontece por combmación y desfiguración, analogameit
te á la""descomposí^ quíinlco que se

67
combina con otro", donde estamos claramente ante un
"modeló de inscripción, un modelo que es posible exten-
der a la consntuffóff imsma del inconciente si jo~coiT
cebimosTcomoTcoinSH^ inscripción de unas
TiüHIasH^émómcas tal cómo lo vemos aparecer luego
La_^terpreU¡cU5n de los sueños.
Y la otra, la que rige un modelo "por delegación", mo-
déÍo He""represéntancia"J que inaugura tanto un modo
de constitución de losf an^^
cameñte adquiridos como el relevo que veremos operar
en la segunda tópica, relevo del inconciente por el ello
(existente desde los orígenes, no estructurado por re-
presión).
Como una última observación, y con relación a la
propuesta de Melanie Klein relativa a la phantasy in-
conciente como materialidad constitutiva del inconcien-
te y objeto principal de la clínica psicoanalítica kleinia-
na: La definición recapturada de sus textos tanto por
H. Segal como por S. Isaacs acerca de la phantasy
como "expresión mental del instinto" —y no volvere-
mos acá a lo que ya hemos discutido largamente: la
responsabilidad del psicoanálisis anglosajón en homo-
logar pulsión e instinto y la impronta que ello ejerció
durante años en el conjunto del psicoanálisis— nos
permite capturar fácilmente esta idea de "delegación".
Desde esta perspectiva, el concepto de phantasy sería
el intento más ímportanterea^ "
mo por cercará "representante representativo" pulsio-
ñáTfreü delegación. Más aún, Klein
vendría a saldar una cuestión irresoluble en la lógica
de una pulsión definida por delegación de lo somático
en lo psíquico. Si se trabaja desde esta concepción de
paralelismo, y se sostiene al mismo tiempo que el
objeto sería aleatorio, contingante, la pulsión se inscri-
biría en tres de sus componentes: fuente, meta, fuerza,
pero quedaría librada... ¿a qué? ¿a la búsqueda de
objeto? (solución que intentó Fairbairn desde su sole-
dad en Escocia). La cuestión no puede encontrar una

68
vía de solución si no se reemplaza la concepción "por
delegación" por una que la remita a la "inscripción":
la pulsión, concebida entonces como producto de cul-
tura, efecto de la inscripción sexualizante del semejan-
te, no sólo poseerla objeto de inicio, sino que el objeto
mismo devendría su fueaite (consultar, al respecto, los
Nuevos fundamentos de Jean Laplanche).
El error de Klein es, inevitablemente, efecto de las
vaciìaciorps de Freud con respecto al concepto de pul-
sión; la diferencia fundamental metodológica se produ-
cé, sín é m 5 a f ^ tabla rasa con las
difer'fenc!^ sí en lugar
dè^àéiìmr"^E'fléi^to'lm^ISffiúrc«? de sus contradiccio-
nes,^ ha^mos jjigar è^tas^còntradicciones para encon-
trar nuevas" vías de resolucioñ""Eás cc^écuéñciáFlíó
sòh solò"dé_ óMeri teofícorsiño clinico: sí la phantasy
es là màtèiialitìad sobre la cuál recae eí prócésó analí-
tico, laüüsíóñdéí ánáiisi& "terminable" será inevitable,
dado que se puede, analíticamente, abordar el núcleo
mismo del lee, cuestión qué nuestra lectura de "Lo
inconciente" nos hace descartar, ya que esta phantasy
sería dél orden de lo originariamente reprimido.
En segundo lugar, toda concepción de la fantasía
como hereditaria, incluida la de los fantasmas origina-
rios filogenèticamente adquiridos, llevaría a una con-
cepción puramente "extractiva" del análisis. Se trataría
de su develamiento —lo cual no deja de constituir
mdüdablélménte'ÍM priméTpasí^^ su rear"
ticulación, es decir de su resignificación a partir, de los

én cuestión. La disci^^necnica^impulsada por Lacañ


alrédedor de los años '60 en coñtra de"iiiT"ánálísis que
transcurriera s ó l o e n e l plano de lo imaginario sin
tomar en cuenta los articuladores simbólicos —estruc-
turalés^^qüe determinan este imaginario, debF ser én
nuestra opinión retìòmad^
en condiciónesete dar un paso más si salimos tantojde

69
la mitología biológica como de la subordinación estruc-
turalista.
Por último, no podemos dejar de subrayar, al
llegar a este punto, el carácter simbolizante de la fan-
tasía, que la ubica como un entretejido entre dos polos:
el deseo inconciente y la capacidad de teorizar (tanto
teorías sexuales infantiles, como de toda posibilidad
teorizante), En la carta 61 (del 2 de mayo de 1897),
Freud lö formula del siguiente modo: "Las fantasías
provienen de lo oído entendido con postérióridad
(Nachträglichkeit), y desde luego son genuinas en todo
su material. Son edificios protectores, sublimaciones
de los liedlos...". Por après-coup se produce una liga-
zón de lo traumático, simbolizaciones con repartición
de investimientos. Es su enraizamiento en lo inconcien-
te, y el hecho de que lo inconciente originariamente
reprimido encuentre a través de los distintos modos de
constitución de la fantasía ensamblajes posibilitadores
de articulación, lo que permite que cumplan una fun-
ción defensiva y, al mismo tiempo, que sü reinvestimien-
to favorezca la formación de síntomas.

Lo conciénte/lo manifiesto; una nueva vuelta

Veamos ahora, tal como nos lo propone el texto,


la cuestión del lado de la conciencia. "A esta, toda la
suma de los procesos psíquicos se le presentan como
el reino dé lo preconciente. Un sector muy grande de
esto proviene de lo inconciente, tiene el carácter de sus
retoños y sucumbe a una censura antes que pueda
devenir conciente [tal parecería ser el caso de la fan-
tasia reinvestida]. Otro sector del Prcc es susceptible
de conciencia sin censura." La hipótesis dé una nueva
censura, entre Prcc y Ce se impone; no hay pasaje diT
un sistema a otro sin pasaje por la censura. Es eT
monto de investimiento el que hace posible que la aten-
ción de la conciencia pueda tomar en cuenta algo que
está en el Prcc, y ello no sin vencer cierta fuerza de

70
trabajo que la censura le opone (la nota 5 de este capí-
tulo ofrece las referencias que Strachey ha realizado al
respecto, y es de interés su consulta).11 Lo que quere-
mos puntualizar con relación a esto es lo siguiente:
Freud abre acá una nueva cuestión, que la conciencia
se relacione con la percepción de un monto de investi-
miento, es decir con la atención. Si ello es así, es evi-
dente que no basta con que algo esté en lo manifiesto
para ser conciente; es preciso que la conciencia se per-
cate de ello, "y no siempre esto ocurrirá sin dificultad.
La diferencia entre manifiesto y conciente, que
más tarde encuentra derivaciones importantes, funda-
mentalmente en el texto "La negación", se convierte
eñlj^^
de que el sujeto Jtable no quiere decir que se escuche.
Algo pu^^estar peri^tamente en lo mardfi^to ráa
que por ello seá conciente : 1 a frase "no pienses que te
quiero nacer dafio"~líeja,ll^ cualquier
6fd6~áTÉnEoTeí^^ el sujeto
se Iraga'caigodé Ta i m ^ a r T a í el planteo de Freud en
ese texto de 1925 id que hacemos referencia: algo de lo
reprimido ha logrado emerger sin que por ello sea con-
ciéntef la negación es un sustituto de la represión, de
nivel más elevado.

Para que algo sea conciente, entonces, debe haber j


sido traspuesto al preconciente y de allí alcanzar la
conciencia venciendo la segunda censura. ¿Qué quiere
decir que haya sido traspuesto a lo preconciente? Que
haya pasado de la legalidad del proceso primario al
proceso secundario. Un fragmento de lo inconciente que
emerge en forma bruta, tal como ocurre en las psico-
sis, está por supuesto en lo manifiesto sin que por ello
sea conciente. Pero aun más, "no es capaz de concien-
cia", sólo lo preconciente es condición de conciencia.
De modo tal que sólo su ligazón en palabras, su articu-
lación en representaciones-palabra puede hacerlo plausi-
f ble de conciencia.12

71
La interpretación

La interpretación analítica, si hace conciente lo in-


conciente —suponiendo que nos inclináramos por una
de las fórmulas posibles— no consiste entonces simple-
mente en posibilitar que algo emerja. En los casos en
qué D o s e n f r i i t e r a o s T ^ f f i ^ significantes
—como ocurre en la psicosis—, o a cualquier otro tipo
de fracaso de la simbolización secundaria —caso de las
ideas compulsivas que "progresionan" hacia lo mani-
fiesto sin que el sujeto deje de sentirlas ajenas— la
función de ligazón es prerrequisito de su acceso a la
conciéncia.
Pero aun en el caso del neurótico podemos refor-
mular metapsicológicamente lo que nuestra experiencia
clínica cotidiana nos enseña: No basta con que el sujeto
"lo diga", ni, por supuesto, que el analista simplemente
enuncie: es necesario que esto sea asumido como enun-
ciado propio, con todo el peso de un enunciado que
es reconocido como tal por ei sujetó hablante. Esta es
^ y por su-
puesto, entre hablar y asociar libremente. Hemos visto,
a muchos años ya de ejercicio de la práctica psicoana-
lítica, cantidad de sujetos que han aprendido a "hablar"
para otro que interpreta, sin que ello signifique que
hayan aprendido a asociar libremente: es decir a dejar
emerger sus pensamientos conservando al mismo tiem-
po la capacidad de oírlos. La función del analista, de
^osibiHtar la emergencia de la libre asociación a través
de la atención igualmente flotante, no puede sino verse
corroborada por un sujeto que, al mismo tiempo que
emjmcíáT^iuedá^scuSSár su " p r o e i ^ S c S H o : ésta es
la condicion del reconocimiento del inconciente en el
sujeton^íqmcoT" ~ " ~ ~
""""Volvamos al texto: no sólo lo reprimido permanece
ajeno a la conciencia —continúa—, también son ajenas
a la conciencia »na parte de las mociones que gobier-
nan nuestro yo, vale decir, del más fuerte opuesto fun-

72
cional a lo reprimido. Apertura hacia la segunda tópica
la que se esboza, en la medida en que en el yo mismo
se constituyen aspectos inconcientes; pero estos aspec-
tos inconcientes, por el ordenamiento que estamos si-
guiendo, no necesariamente deben ser con facilidad
homolc^^os^CTO "'ánproci^' pribaarioc" san efecto de
segunda censura; ello quiere decir.rpor su relación con
lo reprimido han caído bajo el Jmparap de lo incon-
ciente, pero no necesariamente bajo los modos de circu-
lación del proceso primario. Si tal es el orden de la
fantasíá ^ancéblda como producto mestizo, ¿por qué
no concebir del mismo modo al narcisismo, fundacio-
nalmente ligado a la tópica del yo, al ccmtrainvestimien-
to del autoerotismo, pero no regido por la legalidad de
la circulación primaria, no regido por el monto de in-
vestimiento pulsional puro que en éste se despliega?
Tendremos, dice Freud, que aprender a emancipar-
nos de la significatividad del síntoma "condición de con-
ciente". La condición de conciente es enunciada como
un síntoma; la diferencia más importante se encuentra
no entre la conciencia y lo inconciente, sino entre lo
preconciente y lo inconciente. "Lo lee es rechazado por
la censura en la frontera de lo Prcc; sus retoños pueden
sortear esa censura, organizarse en un nivel más alto,
crecer dentro del Prcc hasta una cierta intensidad de
investidura, pero después, cuando la han rebasado y
quieren imponerse a la conciencia, pueden ser indivi-
dualizados como retoños del lee y reprimidos otra vez
en la nueva frontera de censura situada entre Prcc y Ce.
Así, la primera censura funciona contra el lee mismo;
la segunda, contra los retoños Prcc de él."

Y él señalamiento

" f la cura psicoanalítica obtenemos la prueba irre-


cusable de la existencia de la segunda censura, la situar
da entre los sistemas Prcc y Ce. Exhortamos al enfermo
a formular profusión de retoños del loe [éste es el sen-

73
tido de la libre asociación, deslizarse por una profusión
dé retoños de lo lee, transitar por las vías que, conducen
desde lo más lejano a lo reprimido inconciente! y lo
comprometemos a vencer las objeciones que la censura '
fagaTiOe^Mf-concientes de estes formaciones nrecon-
cientes; derrofaEido estir^nsura nos facilitamos el ca-
mmoTpíBn£"can^íar la represión [cancelamiento parcial.
~poF1irúiira^ trabaja de modo |
altamente individual, es decir contenido por contenidoT
representación por representación!, que es la obra de
la censura anterior." Pero: "la existencia de la censura
entre Prcc y Ce nos advierte que el devenir-conciente ,
no es im mero acto de percepción j^en el ^ ^ t i d o ^ l á ! ^
también de una
sÓbreñnvesiidura", es decir, que obliga a un verdadero
trabajó psíquico; y una sobreinvestidura en este caso
que' favorezca éTuámado de atención de la conciencia.
¿Ño sería ésta lafunción
, ni i del iseñalamiento
inm — 1 "'i 1 1 nen
rin~ "n i ~ •análisis?
"i
El modelo que acabamos de ver implica una vez más
un sistema de recorridos: algo que activa representa-
Ilíones lee, logra traspasar la primera censura a través
'de retonos de lo reprimido; este soBreinvesBmiento hace
prúgresionar elementos preconcientes descriptiva y tó-
picamente inconcientes (pero no regidos por la legali-
dad del proceso primario) hasta la conciencia; la se-
gunda censura rechaza estos contenidos y ios remití
nüevámenteaí Icc. Es necesario entonces que el inves^
tímlento dé ía coñciencia tenga algún tipo de reforza-
iiiiéntó qué piosiHjiSe"éringreso á éste sistemá. énfrente' 'r
él displacer que implica el reconocimiento de lo Ice Y
venza las resistencias a ello ligadas. Consecuencias téc-

miento se nos aparecería como el modo privilegiado de


reforzamiento del investimiento para que algo manifíes- <
•tó devengjTooñc^K! " tf5'
El lee, continúa el texto, es alcanzado por dos tipos
de procesos: aquellos provenientes de la actividad pul-
sional, y vivencias provenientes de la percepción exte-

74
rior. ¿Exterior a qué? La primera podría ser considerada
como exterior al aparato, pero no exterior al cuerpo, al
organismo. La segunda proviene del real externo al or-
ganismo mismo. Sin embargo, la percepción de un estí-
mulo exterior deviene excitación al ingresar en el apa-
rato del alma; parecería entonces que Freud conserva,
como en tantos otros escritos, el intento de mantener
dos polos de la percepción. De todos modos: "Normal-
mente, todos los caminos que van desde la percepción
hasta el lee permanecen expeditos, y sólo los que regre-
san de él son sometidos a bloqueo por represión". ¡Aten-
ción!: la atemporalidad del lee no se homologa, una
vez más, a que éste permanezca siempre idéntico. Si
los caminos de ingreso están siempre abiertos, es ine-
vitable que ef inconciente sea una instancia susceptible
de transfonnaciones; lo que ingresa a posteriori de la
represión originaria —que fijaun conjunto de repre-
sentaciones "para siempre"— es susceptible de recarga,
descarga, enriquecimiento a partir de la apropiación de
nuevos retoños... Las representaciones permanecen fi-
jadas en su interior, pero sus relaciones y reinvestimien-
tos se recomponen, ellos definen su eficacia en la for-
mación dé síntomas.
Y he aquí algo que ha producido verdaderas conse-
cuencias en el psicoanálisis posfreudiano: "Cosa muy
notable, el lee de un hombre puede reaccionar, esqui-
vando la Ce, sobre el lee de otro. El hecho merece una
indagación más a fondo, en particular para averiguar
si no interviene la actividad preconciente; pero como
descripción, es indiscutible". Gran parte del concepto
de contratransferencia, o de transferencia recíproca
—Freud la llamó Gegenübertragung— no deja de basar-
se en esta idea. Pero hasta dónde es justificado extraer
de ello un modelo para el proceso analítico como de
"comunicación de inconciente a inconciente" (idea que,
después de todo, Freud no dejó de esbozar en La dis-
posición a la neurosis obsesiva, de 1913).
En primer lugar, algo del orden de lo inconciente,

75
como hemos visto, puede pasar a lo manifiesto sin por -
ello ser conciente. Es decir, puede avanzar a través del
polo motor del aparato psíquico, sin que la conciencia
registre su existencia. En tal caso, perfectamente puede
operar sobre el polo perceptivo del analista, ingresar,
en su inconciente, agitar un sistema de representacio-
nes, y producir un determinado efecto —afectivo o repre-
sentacional— del lado de la conciencia. Pero el modelo
que estamos empleando no pone en juego un analista
tabula rasa, sino un analista determinado por su propio
inconciente. Grafiquémoslo del siguiente modo:

Las cantidades de investimiento disparadas, los sis-


temas representacionales activados, corresponden a la
singularidad del analista. Un analista que interpretara
desde esta posición, estaría en acting-out constante (en
el sentido estricto del término: sería llevado por la
compulsión de repetición al acto, sin otorgar significa-
ción y transformar en recuerdo estas representaciones
en juego). De modo que la interpretación ejercida des-
de la contratoiiisfereiicia"no sería "sino un juego de robo ,
de pensamiento, una suerte de aparato de influencia que
Atribuye al otro aquellas determinaciones que, históri
camente, se plasmaron en el analista a partir de un
TustoHco^véncíal que lo determinó como^üjetordrha^
conciente. Sin embargo, y sin abrir por ahora más la
discusión, Freud no deja de mostrar que el lee de un
hombre puede activar el lee de otro hombre; y esto

76
quiere decir que cuando ello ocurre, estamos en pre-
séñcíaTde representaciones que operan al modo d é l a
representación-cosa, objetos excitantes que activan in-
vestimieñtós iniconcientes.
Un analista que desconociera este hecho, un analista
que no se considerara a sí mismo sujeto de inconciente,
que anulara su capacidad de pensarse y escucharse, que
considerara cerrado el polo perceptivo que da ingreso
a lo inconciente y supusiera que sólo funciona aquel que
está abierto g. la percepción exterior, quedaría sometido
a los embates del inconciente del semejante sin posibi-
lidad de huida. Las consecuencias no sólo se verían re-
flejadas en la cura del paciente, sino en los propios
efectos lesionantes que ésta tendría para el aparato psí-
quico del analista. Por otra parte, una comunicación de
la cual el sujeto que la emite nada sabe, no tiene un
destinatario en sentido estricto; en tal medida, sería
dudoso incluirla en el orden de la comunicación en sen-
tido estricto. Para que devenga comunicación, debe ser
retranscrita en representación-palabra, y ello del lado
del analizando. El analista posee su. propio análisis (exo
o auto) para evitar, precisamente, quedar prisionero de
su propio inconciente y encontrar la retraducción en
palabras de aquello que lo agita; pero la interpretación
no es nunca la comunicación de algo del orden privado
del analista, sino del inconciente del paciente.
Por otra parte, y tal vez haciendo referencia a otros
desarrollos posfreudianos, a los que ponen en el centro
de la constitución dei inconciente iás 'répresentaciones
preverbáíes con las cuales las representaciones origina-
Hamente' íhscrxptas seconstifo^
Isarites, ¿n¿~ s e H a ^ a...
constitución de lo inconciente, la que define los prime-
ros tiempos de la sexualización precoz materna? ¿No
es la madre, en tonto sujeto de inconciente, quien emite
un mensaje sexual bajo el modo de un mensaje ener-
géticcT que tendrá que encontrarmodos de Kgazón en
el j^qüSsmo^SáriffiTen" estmcturación? Gran parte de"

77
tes ideas que yo misma he puesto a jugar, en En los orí-
"^enes"dei sujeto psíquico, al consíderareT la madre en
^to'sujéE^e^ado, sujeto de inconciente, podrían sos-
tenelrae*^¡e3Sctoménte en ésta aseveración freudianaT
liSBTLipSnSíeTEar proporcionado elementos clave para
aTjofdar ésté témá tEJito en su PrdWíemática IV de "El
J ñ o c y ^
para el psicoanálisis,

Perlaborar, ¿construir?, simbolizar

De todos modos, refrendando lo anterior, pocas lí-


neas más adelante Freud asevera: "La cura psicoanalí-
tica se edifica sobre la influencia del lee desde la Ce, y
en todo caso muestra que, si bien ella es ardua, no es
imposible. Los retoños del lee que hacen de mediado-
res entre los dos sistemas nos facilitan el camino para
este logro...", es decir, por apropiación de retoños, por
perlaboración de lo inconciente, por. adueñamiento. La
conciencia desempeña un papel fundamental en la cura
psicoanalítica: levantar las resistencias del preconcien-
te para que lo inconciente emerja, se completa en un
proceso por el cual la conciencia debe apoderarse de
eso que emerge para ligarlo de un modo diferente. Con-
secuencias para concebir el proceso analítico como
"perlaborante", resímbolizante.
Pero aun hay otro modo de levantamiento de la re-
presión: "Una cooperación entre una moción inconcien-
te, aun répHmldárcdiT inte "puede producirse en ,
está situación eventual: que la moción inconciente pue-
da operar en el mismo sentido que una de las aspira-
ciones dominantes". ¿Implica ello, en sentido estricto,
una verdadera cancelación de lo reprimido? Suponga-
mos el caso siguiente: un niño en pleno conflicto edí-
pícoi de ambivaléncia con su padre, se ve obligado a
reprimir la mocion hostil. Pero en cierto momento de
este conflicto infaraisübjetivo, el padre abandona a la
madre. Puede, eventualmente, y a partir de un refuerzo

78
desde- el discurso materno, la moción hostil irrumpir
en el yo en concordancia con el mismo: "odio a mi pa-
"Ure porque nos abandonó". Sin embargo, la razón deT
odio inconciente —en sentido amplio, tal como hemos
visto en el capítulo III— no proviene del abandono de
la madre sino de la posesión ejercida sobre ésta en el
momento en que "se plasmó el conflictos La moción in-
cóñcieríteTH^ entonces y logró paaetrar
1cón]fflSto7 sin embargo, la
represión no ha sido cancelada; ¿ partir de ello, se g ¿
n^ran síntomás que dan cuenta de la vigencia de lo repri-
mido. El psicoanalista, colocado en posición de psicó-
logo, capturado encuna fascinación de la realidad, puede
atribuir estos síntomas a la separación misma, cuando
de hecho esta separación no hizo sino prodqpirr b^jo al
modo de ingreso de lo real en el aparato, una nueva
distribución de investimientos. La separación de los pa-
dres puede haber reinvestido el fantasma mortífero de
parricidio, en la medida en que el triunfo sobre él padre
se ha consumado, anulando la diferencia entre el deseo
y su realización, propiciando un verdadero retomo al
pensamiento mágico, y obligando a ejercer —por ejem-
plo, mediante la negativa a verlo— un verdadero "tabú"
que preserve del retorno del objeto muerto atacante. El
odio dirigido al padre real obtura entonces el odio <EnT
gido a la imago paterna constituida como poseedor de
la madre, y el conflicto de ambivalencia se perpetúa más
allá de esta supuesta emergencia de lo reprimido.
Freud lo aclara a continuación: "La represión que-
da cancelada para este caso y la actividad reprimida se
admite como refuerzo de la que está en la intención del
yo. Para esta última, lo inconciente pasa a ser una cons-
telación acorde al yo, sin que en lo demás se modifique
para nada su represión. El éxito del lee en esta coope-
ración es innegable; las aspiraciones reforzadas, en efec-
to, se comportan diversamente que las normales, habi-
litan para un rendimiento particularmente consumado
y exhiben frente a las contradicciones una resistencia

79
semejante a la que oponen, por ejemplo, los síntomas
obsesivos^-iel subrayado es nuestro).
El párrafóx final va sobre los contenidos del lee:
"Si hay en el hombre unas formaciones psíquicas he-
redadas, algo análogo al instinto de los animales, eso
es lo que constituye el núcleo del lee [algo análogo al
instinto, sólo puede ser del orden de la pulsión]. A ello
se suma más tarde lo que se desechó por. inutilizable
en el curso del desarrollo infantil [se refiere al auto-
erotismo, tal como lo va proponiendo en "Introducción
del narcisismo", ¿qué es lo que el ser humano desecha,
y no sólo desecha, sino que conserva y reprime: lo in-
servible o lo displaciente?] y qüe no forzosamente ha
de ser, por su naturaleza, diverso de lo heredado" (¿de
dónde? ¿filogenéticamente, históricamente?, ¿por qué
reducir, como se tiene tendencia, lo heredado a la heren-
cia biológica?).
"Una división tajante y definitiva del contenido de
los sistemas no se establece, por regla general, hasta la
pubertad" —por la relación existente entre desarrollo
sexual y estructuración psíquica, posiblemente; y, en
definitiva, la asunción del sexo y la posibilidad de ejer-
cicio de la genitalidad son reordenadores de los siste-
mas psíquicos.

CAPITULO VII
El discernimiento de lo inconciente

La nueva edición francesa, a la cual hacemos refe-


rencia cuando nos encontramos con una dificultad de
traducción, ha escogido "La identificación de lo incon-
ciente" como titulo de este capítulo. Se refiere con ello
al intento de atribuir su valor a la palabra de origen
latino que Freud emplea: Agnoszierung (Die Agnoszie-
rung des Unbeumsten), que retoma identificación en el
sentido de reconocimiento.
En castellano, de todos modos, "reconocer" implica
el examen cuidadoso de algo para enterarse de su iden-

80
tidad, naturaleza y circunstancia; o registrar, observar
por todos sus lados o aspectos una cosa para acabarla
de comprender o para rectificar el juicio antes formado
sobré ella —tales algunas de las definiciones ofrecidas
por el Diccionario de la Real Academia—; "discerni-
miento" se inclina más del lado del juicio que del objeto:
juicio por cuyo medio percibimos y declaramos la di-
ferencia que hay entre varias cosas.
Y bien, la Agnoszierung del inconciente. Preud se
hace cargo denlas dificultades que implica conocer al
lee a través de sus derivados. ¿Es posible su "recono-
cimiento" a partir de algo más vivido, algo que nos
permita captar en la realidad misma su modo de fun-
cionamiento? Con este objetivo se dirige hacia lo que
en forma general clasifica como neurosis narcisistas
—término que hoy nos confunde, ¿seria concebible una
neurosis "no narcisista"?—, es decir hacia las psicosis,
y en particular hacia la esquizofrenia.
Empieza con el modelo clásico, el mismo que ha
descrito ya en "Introducción del narcisismo" y luego
en "Pulsiones y destinos de pulsión": en las neurosis
de transferencia la denegación (refusement: rehusa-
miento, fue escogido en la nueva traducción al francés
para este término de versagung, ya que lo que está en
juego es un proceso Iibidinal, no algo del orden de las
cualidades sensoriales del objeto real: es rehusamiento
de pecho, no frustración de leche) del objeto real gene-
ra el estallido de la neurosis, y a partir de ello la libido
vuélve sobré"" un o b j e t o " ^
"persiste en el interior del sistema lee a pesar de la
represión —o más bien a causa de ella—" (es la exis-
tencia de la represión, su función, la que logra el manh
temmiéntÓ1dé"lnvéstimiCTitos dé un objeto inconciente.
Si élKTni^ ser "fija-
do" al inconciente. Es esta cualidad, de algo que per-
manece en el inconciente y puede por tanto ser trasla-
dado7 lo qué" genera la posibilidad de la transferencia).
Pero ¿qué ocurre en el caso de" la esquizofrenia?

81
Freud se apoya para su desarrollo en un texto de Abra-
ham de 1908: "Las diferencias psicosexuales entre la
histeria y la demencia precoz", en el cual éste sostiene
que es el apartamiento de la libido del mundo exterior,
deltas objetos, la base para la formación de las ilusio-
jíes de persecución en general, dado que el sujeto cuya
libido se ha apartado de los objetos, se ha colocado a
sí mismo contra el mundo, se encuentra solo y enfrenta
a un mundo que le es hostil.

Objeto de la pulgón¡objeto de amor

El problema teórico mayor, presente tanto en el


texto de Abrahain como en este que estamos abordan-
do, es la homologación entre autoerotismo y narcisis-
mo, confusión que se ha mantenido y extendido en gran ,
parte del mundo psicoanalitico posfreudiano. ¿Cuál es
su ¿rigen? Se trata de la cuestión del objeto. Es en "In-
troducción del narcisismo" y luego en "Pulsiones y des-
tinos de pulsión" donde conviene rastrearla. La oposi-
ción yo/objeto marca un modo de circulación de la
libido una vez que el yo se ha constituido como una
instancia de ligazón de los investimientos inconcientes.
"libido de objeto" es entonces una categ<míTque siirge
a partir de un modo de funcionamiento en el cual esta-
mos ante un sujeto "de amor", capaz de investir una
instancia que lo representa o a sus objetos en tanto
objetos amorosos. ¿Querría ello decir que antes de esta
etapa de constitución del sujeto psíquico estaríamos an-
te un estadio "anobjetal"? Ello implicaría dejar de lado
que lo que precede al narcisismo es el autoerotismo,
estadio en el cual si bien se podría sostener la hipótesis
de la ausencia de los objetos de amor, es imposible sos-
layar el hecho de que la pulsión posee algún tipo de
objeto que la instituye como tal.
La frase de Freud: "narcisismo primitivo carente
de objeto" no puede entonces ser entendida sino como
^carente^ de^Tjjéto^Siorbso", carente de objeto de liga-

82
zón de Investimientos, pero jamás como anobjetal en
sentido estricto, jamás como carente de objeto pulsio-
nal. Úna segunda dificultad se plantea ante esta frase,
y no puede ser producto sino de la complejidad inhe-
rente al pasaje de lo descriptivo a lo metapsicológico.
Ante el observador, tal como es descripto desde las pri-
meras lineas de "Introducción del narcisismo", tomar"
al propio cuerpo como objeto de amor, no plantea di-
ferencias con tomarse a sí mismo como objeto de amorT
TSTsoET^ y ' narcisìsT
ta puecEñ " ser ' homologados^
mente la posìbìIi3a5"dé"quéhayauna instancia que
" représenla ai modo~símbólicof
*'* imr-in i —un «mu ñutí «n^m-M
i tMraM
i fi^ »jrtifr-rw»rifiWí^
metafórico —para usar, un termino mas actual—/que
desplaza a otro lugar el real existente, lo que hace
que el sujeto pueda amarse a sí mismo sin que ello
implique una dominancia autoerótica, sí entendemos el"
autoerotismo, tal como aparece metapsicológicamente
en los texìiosrff^ cíe la pulsión^
destinado a la represión y núcleo constitutivo del incoi?
ciente. Aun más, podríamos^tiregar., con relación a l a
frase de referencia: "narcisismo primitivo carente de
objeto", que esto sólo se conserva en la dirección de un
no reconocimiento del objeto, de un engolfamiento del
objeto en ei yo -^antelo cual Lacan se convierte en el
psicoañallsta cuya teorización cobra valor insoslayable
para concebir esta constitución originaria como Beja-
~gung primordial, como introyección identificatoria—,
pero no se puede obyiarefhecho de que él y¿mismo
es un objeto pttvilegia3o de amoir"í3^
instancia y no se lo subordina a la totalidad del viviente.
Y transferencia...

Quedaría por abordar, la cuestión sólo esbozada, no


desarrollada por Freud, con respecto a la cuestión de
la transferencia. Que el psicòtico y muy en particular la
psicosis esquizofrénica, que es la entidad que aborda

83
este capítulo, aparezca como no plausible de establecer
transferencia, debe ser también puntualizado. Hemos
dicho: descriptivamente narcisista, dado que si hay al-
go que caracteriza a la esquizofrenia es lo que correc-
tamente la escuela inglesa ha denominado splitting yoico,
es decir estallido, desestructuración de esta instancia
de ligazón. La transferencia ha sido homologada, a par-
tir. de los Escritos técnicos de Freud, sólo a una de sus
vertientes: la neurosis de transferencia. Y, por supues-
to, para que haya "neurosis dé transferencia" es nece-
sario, en principio, que haya neurosis, es decir funcio-
namiento clivado de los sistemas psíquicos de los cuales
el síntoma emerge como producto transactional. Pero
la "transferencia de investimientos" es una ley de fun-
Icioñamiento de lo inconciente, tal o S m ó " ^
ñas anteriores. No me extenderé ampliamente alres-
pecto, sino para dejar simplemente puntuado que el
hecho dé qüe en las esquizofrenias, en su momento de
desesfi^
un^néurósis ncTanula lia .cuestión de
qué se estabíezcan "transferencias" de investimientos
masivoSj lo cual ha dado pie a esa famosa fórmula sur-
gida de la clínica psicoanalítica de hace algunos años
aoCTirarSÉeTa Y*€rans£éii^
Henos aquí anté probíémas metapsicológicos ~ cié
una psicopatología psicoanalítica que aún no ha sido
resuelta, y de los cuales Freud se limita a dar pistas para
su posterior construcción. Pero, al mismo tiempo, fe-
cundidad de una serie de conceptos que se abren hacia
la perspectiva de una técnica que no puede ser regida
simplemente por la intuición, por el saber hacer de los
psicoanalistas, sino que debe encontrar reformulaciones
conceptuales más sólidas.

Representación-cosa / Representación-palabra

Vayamos ahora a la relación entre los sistemas psí-


quicos: "Ningún observador dejó de notar que en la

84
esquizofrenia se exterioriza como conciente mucho de
lo que en las neurosis de transferencia sólo puede pes-
quisarse en el lee por medio del psicoanálisis". La in-
tención del párrafo es clara: se trataría de apuntar a
que aquello que en el neurótico está reprimido, es de
difícil extracción —no aparece sino por derivaciones,
retoños, formaciones de compromiso—, en la psicosis
esquizofrénica se muestra como al descubierto. Sin
embargo, recordemos que pocas páginas antes Freud
há puesto de ^relieve que una representación inconcien-
te no puede pasar a la conciencia sin la intermediación
del Prcc, y esto no es una simple cuestión tópica: es
la legalidad del Prcc aquello que garantiza ima tras-
cripción, una traducción plausible de dar capacidad de
conciencia a lo inconciente. El acceso a la conciencia
no puede producirse sin el pasaje por la legalidad del
proceso secundario y, como veremos en los párrafos
que siguen, esta legalidad otorga un carácter especial
a las representaciones que en cada uno de los siste-
mas circulan; de modo que la "condición de conciente"
se constituye —lo veremos a continuación— sm~el
pasaje de la representación-cosa a la representación-pa-
labra. *
Sisomosestricto^
que en la esquizofrenia seexterioriza, es decir se pone
de" manMesto'""aquello que en el n w ^ ^ ^ ^ ^ e n j ^ .
fondo del lee. Es~evfdénte que"Freud ha optado aquí
por üfSr*3efihición laxa del carácter de "conciente",
más ligada a lo inconciente descriptivo que a lo sistè-
mico, y que su intención es poner de manifiesto el fra-
caso de un cierto modo de organización de la tópica
en las psicosis. Pero ello no alcanza, dado que, como
afirma pese a la observación precedente, "al principio
no logramos establecer un enlace inteligible entre el
vínculo yo-objeto y las relaciones de conciencia". La
cuestión, entonces, del objeto: objetal, pero también
objetivo, con relación a la conciencia, la veremos des-
plegarse a lo largo del texto y encontrará un modo de

85
resolución, en nuestra opinión, al final de este capitulo.
El ejemplo de Víctor Tausk sirve para desplegar
una serie de observaciones sobre esquizofrenias inci-
pientes: la joven enferma se queja, después de una
pelea con su amado, de que "Los ojos no están dere-
chos, están torcidos (verdrehenY' y eso se debe a que
ella no puede entender que a él se lo vea distinto cada
vez, es un hipócrita, un "torcedor de ojos" (Augenver-
dreher: simulador). La palabra Augenverdreher se des-
pliega entonces en la doble dimensión: torcer los .ojos,
es decir distorsionar la mirada, y simular. Freud dice:
estamos ante una formación léxica esquizofrénica, es
decir ante un modo diferente, con relación a las leyes
del lenguaje, de estructurarse el discurso. Por otra
parte, "el dicho esquizofrénico tiene aquí un sesgo
hipocondríaco, ha devenido lenguaje de órgano". Y en
este contexto, es evidente que no se trata de que sea
el órgano el que habla (no es el ojo el que dice algo
que el sujeto no puede expresar) sino de que es el
lenguaje el que ha sido degradado, subsumiendo lo real
en lenguaje. En términos más actuales, diríamos que
"el referente" ha desaparecido como exterior al len-
guaje: el ojo no es significado por el lenguaje, sino
subsumido en el lenguaje. Y esto obedece a una serie
de reglas, reglas de lenguaje, por supuesto, pero cuya
^^^MdSd es efécto dé"Ta™vigencia o no del proceso
secündaríoT Lo que está alterado es evidentementeHñ
modo de funcionamiento del lenguaje, pero aquello que
da cuenta de esta alteración no es el lenguaje mismo,
sino la legalidad del proceso psíquico secundario, es
decíFTasrelaciones entre íos sistemas psíquicos.
m iii m
u i • 11 ,r-, m
i nm
i ••nnni •T-firdire. • "T /rT-^
' T""—.if' rsr-iVTrt^-W^f'lr*»—i1*1* " " *
Es por esta línea por donde habría que pensar hoy
la diferencia entre la hipocondría, a la cual Freud se
refiere en estas líneas, y las entidades psicosomáticas.
En la hipocondría estamos ante un proceso de subsu-
misión de lo real en el significante al modo de funcio-
namiento que éste tiene en el inconciente: al modo de
la representación-cosa; en los trastornos psicosomáti-
86
eos es el cuerpo real, el cuerpo somático el que se ve
afectado y es posible que el modelo con el que estamos
operando sea insuficiente, y tengamos que apelar a
otros, de los cuales el que me viene a la mente es el
de la "Carta 52", en el cual lo arcaico no se subsume
en el inconciente. De todos modos, en ambos casos
estamos ante un fracaso de la simbolización, pero no
son idénticos. Lo cual vuelve a poner sobre el tapete
la cuestión siguiente: los modos de simbolización no
pueden ser reducidos a uno solo en el aparato psíqui-
co. Y si bien la simbolización "de lenguaje" es la más
lograda, la que abre la posibilidad de la significación,
dos cuestiones quedarán por ser resueltas: tina, que es
la que estamos en vías de abordar, y que consiste en
saber de qué modo opera el lenguaje en el inconciente
y en el preconciente; la otra, de qué modo se producen
los fracasos de la simbolización, y qué queremos decir,
específicamente, cuando abordamos los diversos proce-
sos psíquicos en los cuales ellas se producen.
Volvamos ahora a la esquizofrenia, mediante la
cual Freud intenta dar íma nueva vuelta al proceso
psíquico primario. "En la esquizofrenia las palabras
son sometidas al mismo proceso que desde los pensa-
mientos oniricos latentes crea las imágenes del sueño,
y "que hemos llamado el nroc^o psíqmco primario.
Eflas*^iTcon(ífinsadas y, por (ítespl^amento,^e^trans;
fijEace^^ el
proceso puede avanzar hasta el punto en que una sola
palabra, idónea para ello por múltiples relacioi^s,j^u:
"me~sobre s£ la subrogación
i - i — l. | „„J^I, *m
l. - |„. .
de—1una cadena
-.Ja-a.-^-«
íntegra de
>M

"^Y'lüego de agregar nuevos ejemplos llega a una


conclusión que hay que desglosar cuidadosamente: "Si
nos preguntamos qué es lo que confiere a la formación
suslituliva y al síntoma de la esquizofrenia su carácter
extraño, caemos finalmente en la cuenta de que es la
predominancia de la referencia a la palabra sobre la re-
ferencia á la cosa". Hemos subrayado la última frase

87
para poner de relieve lo siguiente: no se trata de la
predominancia de la representación-palabra sobre la re-
presentación-cosa, se trata de la predominancia de la
feferencm'a~T^pá^Sfa sobre la referencia a la cosa:
heños"aquí cerrados al referente; la palabra sólo re-
nüte" aT"sí misma, no queda abierta a la significación
dé Ío reaí, no hay nada externo a ella; opera, entonces,
bájo íáléy dé fxmcionamiento del inconciente: el incon-
ciénte ñó fémite a ínMá sino á sTnusmo. no está abierto
a lá cómtmicación. Para que haya comunicación, es
necesario que el discurso se abra a una intencionalidad,
y esta intencionalidad debe encontrar algo externo a
sí mismo que la determine.
Haciendo referencia a un ejemplo que precede estas
líneas en el texto Freud dice: "Entre el apretarse un
comedón y una eyaculación del pene hay escasísima
semejanza en la cosa misma, y ella es todavía menor
entre los innumerables y apenas marcados poros de la
piel y la vagina; pero en el primer caso, las dos veces
salta algo, y para el segundo vale la frase cínica: 'un
agujero es un agujero'. Es la igualdad en la expresión
lenguajera [seguimos en este caso la traducción fran-
cesa, la castellana dice "lingüística", pero evidentemen-
te estamos ante algo que altera las leyes del lenguaje
de las cuales la lingüística da cuenta] y no la seme-
janza de las cosas designadas, lo que prescribe el reem-
plazo".
El ejemplo que cita de Reitler, del paciente que se
demoraba en el acto de ponerse las medias y en el
cual el proceso asociativo "después de vencer las re-
sistencias" —lo cual marca una diferencia central con
la esquizofrenia— encontró la siguiente explicación,
puede ser ejemplar al respecto: "el pie era el símbolo
del pene, y el cubrirlo con la media un acto onanista;
y se veía forzado a ponerse y sacarse una y otra vez
las medias, en parte para perfeccionar la imagen del
onanismo y en parte para anularlo".
¿Por qué partir de las llamadas psiconeurosis nar-

88
cisistas? Habíamos visto que si algo las define, en
principio/para Ifteud, es .elHfiecfio"de queTas^S^^^T
duras de objeto sóñ retiradas y no vuelven sobre un
objéto~m^^ yomismoT
De 16 que se trata, lo que estamos tratando de cércár
éntoncés/lís"el^omp^óTÉéndméno de investimiento y
coristraccíóñ de lá reáÜd"ad7 ¿Cóínb se establecen las
'reiatíoDes' con la vez 'l6B|etálés
y objetivos"/ en sentido extenso, externos al mundo
psíquico?
Y la representación-objeto
Veámoslo desde la representación-objeto, término
poco frecuente, sólo empleado por Freud en este capí-
tulo y en el antiguo texto de "Las afasias" (1891). No
parece haber otra referencia, y la consulta al índice de
materias del tomo XXIV de la edición de Amorrortu
así lo confirma. "La representación-objeto (Objefctvor-
stellung) concienté sé nos descompone ahora en la re-
presentación-palabra (Wortvorstellung) y en la repre-
sentación-cosa (Sachvorstellung), la cual consiste en
investimientos, si no dé imágenes mñémicas directas
de la icósa, ál ménos de huellas miiémicás más distan-
ciadas, derivadas de ella,"
La cuestión que obstaculiza, la que en nuestra
opinión debe ser abierta en todas sus dimensiones, es
la siguiente: la imagen mnémica de cosa, ¿implica ne-
cesariamente objetos en el sentido vulgar: "cosas"? ¿Se
limita a una realidad sustancial, corpórea? ¿O más
bien "cosa" es todo lo que, perteneciente al real externo
no significado, ingresa como materialidad bruta de
inscripción en un psiquismo que le asigna una legalidad
que lo constituye? Para ser más explícitos: ¿es la pro-
veniencia de las cosas lo que define la cualidad de cosa
o es un cierto modo de inscripción lo que otorga esta
cualidad a cualquier tipo de elemento que ingrese en
el psiquismo? En tal sentido, si el lenguaje tiene una
materialidad, si no se puede emitir un mensaje sin

89
cierto soporte material, en este caso fonemático, un
elemento proveniente del lenguaje, en tanto realidad
exterior, puede perfectamente ingresar, como represen-
tación-cosa al psiquismo. Y, por el contrario, la rela-
ción con lo real exterior en tanto real significado, no
podría ser constituida sino por el orden del lenguaje,
y en tal sentido toda apropiación "de las cosas" seria
siempre una apropiación del orden de la representación-
palabra. Es esto lo que vemos en los tiempos de cons-
titución del lenguaje infantil, cuando las, palabras, se
adhieren a situaciones, están a mitad de camino, no
se constituyen en su circulación significante sino que se
anudan a representaciones fijadas, a significados cir-
cunstanciales. Es esto también lo que vemos cuando en
el proceso de libre asociación rozamos un significante
que ha quedado impregnado de adherencias, de inves-
timientos inconcientes que lo hacen resaltar con una
cualidad diferencial y que hay que hacer circular, en el
interior mismo del lenguaje para que recupere su
cualidad de representación-palabra.
Traducir Sachvorstéllung por representación-cosa
y no por representación "de" cosa, y Wortvorstellung
por representación-palabra y no "de" palabra. descañT
tura de la idea de que lo que está en juego es la pro-
veniencia: de las cosas o del lenguaje, para resituar
que se trata de un modo de funcionamiento. Por otra
parte, si el lenguaje opera como orden externo, mate-
rial y en tanto tal con su propio nivel de realidad, en
los orígenes del sujeto lo fonemático cobra un nivel
"cosa", sensoriovivencial del mismo orden que todas
las otras huéüás~ mnémicas; a posteriori, cuando el
ordéñ' sigmficáñte sé"cÓnstÍMya éh^^
ciado y la represión originaria posibilite la diferencia-
ción abriendo órdenes "propios de significación y no
simplemente "sigrifffcado^ár^
fecunda fórmula de'I^án^r^éran^^^rtídos los órde-
ñesT~nac[a~^e lo f^r^jar^a~cE"¿er "de lenguaje" si
deviene significante para el sujeto^

90
¿Dónde reside entonces la diferencia entre una re-
presentación conciente y una inconciente? "Ellas no
son, como creíamos, diversas transcripciones del mismo
contenido en lugares psíquicos diferentes [debe haber
algún tipo de cambio de cualidad, que veremos a
continuación], ni diversos estados funcionales de in-
vestidura en el mismo lugar, [el cambio de localidad,
entonces, es necesario, pero no alcanza], sino que, la
representación conciente abarca la representación-cosa
masTa^corré^ y la iñ"
conciente es la representación-cosa sola. El sistema lee
contiene las investiduras de cosa de los objetos, que
~son"lás invésHdüras de objeto primeras y genuinas [las
mvestíidGras puMci£3^JÍSs'que' remiten a las primeras.
mscripHQ^s'dé Hm; está hablando de los orígenes del
ícc, ya que a continuación ágrega: Jf el sistema Píi-cc
xiace cuando esa representación-cosa es sobreinvestida
[¿ligada de otro modo? porque evidentemente se trata
de otro tipo de investimiento, el investimiento que de-
fine j d sistema P^^ con el enlace con las representa-
cione^p¿abm ^ue le corresponden."
La representación-objeto
Mi i luí —mii «Ti I IÉI HI I II •n . li iiim»I u 1es
iamn,i 1 ' 11. i.»entonces
mf. 1 _»j > i »1el
i nn mi.ji«efecto de
1 »»>• jn; «m.nj.«
i ••1 • 1 »• 11 •», u »™
i >r»i •
este ensamblaje, ensamblaje entre una legalidad de len-
guaje —no hay otro modo de concebir a este investi-
Imento ^r^oñciénte^" y las representaciones-cosa in-
concientes. ¿Por qué sería el lenguaje, desde nuestra
perspectiva, el elemento capaz de ligar de un modo
distinto estas representaciones? Son evidentemente las
preposiciones, las conjunciones, los tiempos de verbo,
las personas verbales, aquellas capaces de organizar
coordenadas capaces de efrenar. el proceso primario.
Sólo una lógica de la contradicción es capaz de abrir
el proceso de la represión: si en el inconciente puede
coexistir simultáneamente una representación erótico-
deseante del pene del padre y del pecho de la madre,
jen el neurótico, constituido por represión, la cualifica-
ción de este deseo erótico por el pene pater^*no*piKde

91
devenir, sino angustia homosexual, y el deseo por el
pecho de la madre incesto y pasivización.
Y Freud concluye: "Ahora podemos formular de
manera precisa, eso que la represión, en las neurosis
de transferencia, rehúsa a la representación rechazada
Xenviada al inconciente]: la traducción éñ palaferas^'
que" debieran permanecer~eníazádai~con el objetó'. La
r^resralHcESi no aprehendió
psíquico no sóbreinvestido, se quedan entonces atrás,
cómo~ algia réprimido"". Hagamos'
s i n l a representación recha-
zada, expulsada a lo inconciente, ha perdido entonces
su representación-palabra; qué quiere decir esto sino
quélíalado"desligada del conjunto de redes que defi-
nen, lingüísticamente, su ensamblaje en el doble eje de.
lalengua, es decir en el doble eje paradigmático y
sintagmático, en el eje de las asociaciones y de las
sustitücioñes^ Énnrar sentido, al ser expulsada a lo in-
conHeíit^^ más allá
déqué'^ indudable-"
mente, todo elHmodélo dé la represión propiamente^
dicha. Pero de otro carácter es la represión originaria:
nun^^han^podido sér puestos éri palabras los repreT
sentantes originarios, fijados al inconciente; és esto lo
qüe los"constituye, afortunadamente, como irrecupera-
bies~como tales. Y es también por el hecho de que han
sido estabi^idos por fijación, del lado del preconcien-
te, por^^contratavestimento, que sólo serán recuperables
los retoños de lo reprimido, aquellos que establecen el
puente eritre~eTprecop^ repri-
.ffii WT
j .. ^ -II . In
. ^^
. s« "i-'fy -'nr. ."i". « MPi r JI®
. ••
mido. Afortunamente, dijimos, porque esta permanen-
'clá es garantía de la permanencia, también, del proceso
secundario; si ello no ocurriera de este modo, entra-
fíán a circular sobréinvestíSos hacia 16 manifiesto bajo
siFfofma" primordTáI7áTüciÍQHoria. És esto lo que hace
también a la concepción de un análisis "interminable",
és decir que no
Qeterminaao por represión "efectiva", necesaria.
92
Por otra parte, el hecho de que sea la sustracción
de la carga preconciente la que define la expulsión de
una representación al inconciente, no deja de ofrecer-
nos una guía también en la siguiente dirección: inevi-
tablemente el proceso de la libre asociación, al ir apo-
Serán3bse dé í ^ retonos de lo reprimido, llega a un
punto énqüe tócalo reprimido de tal modo que el si-
feñcro ^ hace inévítable. Las consecuencias técnicas de
ello 'sujeto' no es sino
la conclúsióñ jiecésáriá de qué **no puede decir" y no
dF^iTé"nno qmeré decír"—como algunos analistas par
récéñliompursa^ desde una incomprensión
radical de la représí^
dedéfensa^rt^ueHaceráiite ello, 6 mcIüsó~sT és^ÍCTto
fiácéf, ño~coFfespóñdé á este trabajo. De
fódós^oi^/^iiMc^yablé' queTei analista se lo pre-
gunte, y sin descuidar el intenso sufrimiento, la angus-
tia a la cual queda librado er páclente cuando el afecto
déscüSIffé^ yo, transformado
enangustia ~~
A continuación, encontramos los elementos para
confirmar la hipótesis que planteamos anteriormente,
con respecto a que lo que define el carácter de la rg-
presentación-cosa o de la representación-palabra no
depende del hecho de su proveniencia: "Las represen-
taciones-palabra provienen, por su parte, de la percep-
ción sensorial de igual manera que las representaciones-
cosa, de suerte que podría plantearse esta pregunta:
¿Por qué las representaciones-objeto no pueden devenir,
concientes por medio de sus propios restos de percep-
ción? [es decir, ¿por qué la percepción inmediata no
basta para construir el objeto, en sentido objetivo,
como exterior, significable?]. Es que probablemente el
pensar [en sentido estricto, como juicio] se desenvuel-
ve dentro de sistemas tan distanciados de los restos de
percepción originarios que ya nada han conservado
de sus cualidades, y para devenir concientes necesi-
tan de un refuerzo de cualidades nuevas. Además, me-

93
i
diante el enlace con palabras pueden ser provistas de
cualidad aun aquellas investiduras que no pudieron lle-
varse cualidad alguna desde las percepciones porque
correspondían a meras relaciones entre las representa-
ciones-objeto [tal como podría pensarse la percepción
en los animales, o en los niños ferales: el plato de co-
mida remite al comer, la relación se realiza entre repre-
sentaciones-objeto, pero su inmediatez no proporciona
cualidad permanente. Para que la representaciónrobjeto
sea realmente un acto de significación con permanencia
y ligada a los procesos de pensamiento, debe ser efecto
de la relación entre representación-cosa y representación-
palabra]. Y tales relaciones, que sólo por medio de
palabras se han vuelto aprehensibles, constituyen un
componente principal de nuestros procesos de pensa-
miento. Bien comprendemos que el enlace con repre-
sentaciones-palabra todavía no coincide con el devenir-
conciente, sino que meramente brinda la posibilidad de
ello; por tanto no caracteriza a otro sistema, sino al
Prcc".
Vimos antes que la cualidad de una representación
de devenir representación-cosa o representación-palabra
no era efecto de su proveniencia sino de su posibilidad
de inserción en uno u otro sistema psíquico. Ahora
vemos de qué modo puede funcionar la palabra en el
piro^sordeFdevenir conciente. La formulación de una
palabrano es suficiente, las palabras pueden estar ope-
rando como representaciones-cosa (tal como ocurre
con el bebé que dice "mamá", "mamá", y que consti-
tuye en el acto mismo de enunciar la presentificación
de un objeto, cumpliendo una acción de apropiación).
Tener en cuenta estos movimientos lenguajeros en aná-
físIsTTi^^ éñ'^Tlntenór dél^discurso ,
^ C analizando, permite e ^ u a r en el proceso de^Tubre^
asociación movimientos de irrupción que bajo la moda-
íidad aparente del discurso secundario operan como,
verdaxSI^
¿pelar a los apor^sHde'"^^ perder por

94
ello los ejes ordgnadores de los procesos psíquicos que
estamSsTén vías ^(e recorrer?
¿Se mantienen estas leyes en la esquizofrenia?
Freud se lo pregunta con relación a la represión, y es
evidente que no operan del mismo modo. Sin embargo
la ausencia de la represión no es condición, en sí
misma, de conciencia; más aún, la ausencia de la re
presión, el hecho de que ésta no opere entre los siste-
mas psíquicos, dejaría al psiquismo librado a la irrup-
ción, a la progresión de lo inconciente como tal, es
decir sin trascripción al proceso secundario y por tanto
sin generar las posibilidades de conciencia para las
cuales este sistema otorga las condiciones.
¿Qué ocurre entonces con las investiduras de los
objetos que el yo retira? Los párrafos finales de este
capítulo son altamente complejos, y los seguiremos
cuidadosamente intercalando observaciones de lo antes
analizado: "Si en la esquizofrenia esta huida consiste
en el recogimiento de la investidura pulsional de los lu-
gares que representan a la representación-objeto incon-
ciente [recordemos que la representación-objeto com-
prende la representación-cosa más la representación-
palabra, de modo que lo que parece desaparecer es la
representación-cosa, y las palabras en sí mismas ocu-
parán este lugar: ], cabe extrañarse de que la parte de
esa misma representación-objeto que pertenece al sis-
tema Prcc —las representaciones-palabra que le corres-
ponden— esté destinada a experimentar más bien una
investidura más intensa". Las palabras circulan en sí
mismas, desligadas, desabrochadas, de las representa-
ciones-gosa. Este es, evidentemente, el modo^e~funcío-
namiento de los delirios: la circulación de las palabras
opera en sí misma sm ninguna ^^ rSSSoSjcon
rente, ^a^^apertura" "a Ja lealidad externa al delirio
mismo. Es" en estecasodóndelasreprésentacionespa-
labra son sobreinvestidas de tal modo, y no nos parece
ser el caso de la esquizofrenia en los momentos en que
las palabras más que circular en el sistema de la lengua

95
operan como verdaderas representaciones-cosa, son en
realidad significantes que no pueden ensamblarse en el
código de la lengua, que no se sostienen en el doble
eje del lenguaje. Freud no deja de notar esta contra-
dicción: "Esperaríamos que la representación-palabra,
en cuanto es la porción preconciente, resistiese el pri-
mer asalto de la represión y se volviese por completo
no investible después que la represión avanzó hasta las
representaciones inconcientes-cosa [evidentemente, no
es pensable para él una verdadera caída., de la repre-
sión; si el inconciente es universal, la represión tam-
bién lo es, y éste es, en nuestra opinión, el obstáculo
que le impide^ concebir una caída de la represión, una
falíá estructural dé la misma, como las que se dan en
los momentos dé ^esmtegrácioñ s^lBEinEen^^^ytaw-
che esquizofrénica, que no se reducen a una variación
simple del movimiento defensivo]. Sin duda es esta
una dificultad para la comprensión [evidentemente, y
no se puede sortear, yendo al momento de constitución
del delirio:]. Aquí viene en nuestra ayuda la reflexión
de que la investidura de la representación-palabra no
es parte del acto de represión, sino que constituye el
primero de los intentos de restablecimiento o de cura-
ción que tan llamativamente presiden el cuadro clínico
de la esquizofrenia [sí, el momento de restitución deli-
rante, con sobreinvestimiento de las representaciones-
palabra pero desligadas de las representaciones-cosa,
es decir sin que se aunen en la representación-objeto,
por eso aparecen como irreductibles al razonamiento
"por realidad"]. Estos empeños pretenden reconquistar
el objeto perdido y muy bien puede suceder que con
este propósito emprendan el camino hacia el objeto
pasando por su componente de palabra, debiendo no
obstante conformarse después con las palabras en lu-
gar de las cosas [con lo cual las representaciones-
palabra han retornado a representaciones-cosa, a "obje-
tos concretos", el puro significante no puede ser sino
cosa, es decir materialidad bruta cuya intencionalidad

96
significante se ha perdido, quedando no sólo obturado
lo objetivo sino lo objetal, lo libidinal que lo sostiene]".
Y una reflexión final abre las vías para la homolo-
gación entre la teoría y el delirio: "Cuando pensamos
en abstracto nos exponemos al peligro de descuidar los
vínculos de las palabras con las representaciones-cosa
inconcientes, y es innegable que entonces nuestro filo-
sofar cobra una indeseada semejanza, en su expresión
y en su contenido, con la modalidad de trabajo de los
esquizofrénicos". Si "los esquizofrénicos tratan cosas
concretas como si fueran abstractas", es decir desliga-
das del soporte representación-cosa, cerradas a la cons-
trucción de la representación-objeto, una teoría que no
pueda dar cuénta del objetó real a abOTdar, una teoría
"que Reemplace al Hcónciénté por eí concepto de incon-
cíénte,"que someH"^l 'oEjHqTlas leyes del lenguaje en
iugar de ^capturarlo en las mismas para conocerlo, una
teoría que no se someta perr^nentem^te a t o prueba
de la clínica y que no ofrezca ñuevas respuestas a la
nflsmii^^ o naricisista
de los analistas, pero no puede ofrecer nuevas perspec-
tivas de conocinflerito y caerá, inevitablemente, bajó el
modo del síntomaT Es a la desconstrucción de un sín-
toma tal a Íó qué nüestra lectura intenta contribuir.

NOTAS

1 Hemos seguido la lectura de "Lo inconciente" en la


edición castellana (Amorrortu, vol. XIV). En algunos casos,
cotejamos con la nueva edición francesa de la Metapsicología,
París, PUF, 1988. Salvo indicación contraria, a partir de ahora
los subrayados que el lector encuentre en el interior de las
citas de Freud —y que se proponen poner de relieve algún con-
cepto—, son de la autora. Del mismo modo, las frases entre
corchetes incluidas en las citas responden a comentarios que
se haría farragoso agregar a posteriori.
2 Cf. Obras Completas, Vol. I.
3 En particular en el Capítulo VII, O.C., Vol. V.

97
4 En Metapsicología, O.C., Vol. XIV.
Metapsicología, op. cit.
(^¿Especialmente la primera parte de "El inconciente y el
ello", Problemática IV, Amorrortu, Bs. As., 1987.
7 En O.C., Vol. XIV, y en particular págs. 76 a 78.
8 O.C., Vol. XVIII, en particular Caps. III y IV. La mayor

parte de los desarrollos posteriores ha puesto el acento en el


descubrimiento de la compulsión de repetición, pero parecería
soslayarse la cuestión de que si el gran problema de la neurosis
no radica en la existencia del inconciente sino en su insistencia,
la técnica extractiva deviene insuficiente. Más allá no sólo se
abre sobre la segunda tópica y el segundo dualismo pulsional,
sino sobre una nueva perspectiva de la clínica psicoanalítica
lamentablemente no abordada en todas sus consecuencias por
Freud mismo.
9 He desarrollado más ampliamente estas cuestiones rela-

tivas a la instalación de la represión originaria en mi libro


En los orígenes del sujeto psíquico, Amorrortu, Bs. As., 1986.
Pero recién en estos años he llegado a la conclusión de que la
represión originaria puede derrumbarse en procesos psicóticos
de la adultez y reinstalarse posteriormente. A partir de ello,
la denominación de "represión originaria" (y no de "represión
primaria") es más adecuada no sólo desdé el punto de vista
terminológico, sino en razón del carácter fundante de la dife-
renciación entre los sistemas psíquicos que pone en marcha.
10 Publicado por Nueva Visión en un pequeño volumen

intitulado El inconciente freudiano y él psicoanálisis francés


contemporáneo, Bs. As., 1969.
11 Reproducimos esta nota para aquellos lectores que sigan

esta lectura por otra edición de las O.C.


Esta frase, bastante oscura, tal vez resultaría más
clara si contáramos con el artículo extraviado sobre
la conciencia. La laguna es aquí particularmente exas-
perante, porque parece probable que la referencia
aluda a un examen de la función «atención» —un te-
ma sobre el cual los escritos posteriores de Freud
arrojan muy poca luz—. En La interpretación de los
sueños (1900 a) hay dos o tres pasajes que parecen
pertinentes en este contexto: «Los procesos de excita-
ción habidos en él [el preconciente] pueden alcanzar
sin más demora la conciencia, siempre que se satis-
fagan ciertas condiciones; por ejemplo, [ . . . ] que se
alcance cierta distribución de aquella función que
recibe el nombre de atención» (AE, 5, pág. 534). «El
devenir-concíente se entrama de manera íntima con
la aplicación de una determinada función psíquica, la

98
atención» (ibid., pág. 582). «El sistema Prcc no sólo
bloquea el acceso a la conciencia, sino que [ . . . ] dis-
pone sobre el envío de una energía de investidura
móvil, una parte de la cual nos es familiar como
atención» (ibid., pág. 602). Contrastando con la par-
quedad de las alusiones al tema en escritos posterio-
res de Freud, el «Proyecto de psicología» de 1895
(1950 a), incluye un extenso tratamiento de la aten-
ción, como una de las fuerzas principales en el apa-
rato psíquico (AE, 1, esp. págs. 408-20). Allí, como así
también en «Formulaciones sobre los dos principios
del ¿acaecer psíquico» (1911 b), la relaciona en particu-
lar con la función de «examen de realidad». Véase mi
«Nota introductoria» a «Complemento metapsicológi-
co a la doctrina de los sueños» (1917 d), infra, pág. 218,
donde se considera la vinculación de la atención con
el sistema P.
12 Remarco "plausible de conciencia", en tanto condición

necesaria pero no suficiente —para apelar a la conocida fór-


mula—. La negación, así como los modos del discurso obsesivo
—entre otros— dan cuenta de que la representación-palabra no
es suficiente para que algo acceda a la conciencia, es decir para
que el sujeto reconozca como "propio" aquello que en su dis-
curso "lo significa", lo marca en una posición distinta de la que
cree estar asumiendo. Estas formaciones discursivas ponen en
tela de juicio la idea tan extendida de que "el hombre no puede
hablar sin oírse"; el poder oírse forma parte de un largo y
dificultoso proceso de aprendizaje, tanto en el diván como en
la producción de teoría, donde ciertos anquilosamientos dog-
máticos obturan tanto el oír como el oírse, el leer y el leerse.

99