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CUNDE EL TERROR EN MIRAFLORES

Los tiempos son difíciles, navegamos en aguas procelosas, estamos en medio de


grandes incertidumbres y a la menor debilidad nos podrían acometer el cansancio, la
apatía o el desánimo. Esas son las llamadas “condiciones subjetivas”. Superar esas
debilidades constituyen la esencia de nuestro trabajo político. Unir y acerar nuestras
fuerzas y darles el entusiasmo requerido para el asalto final, nuestro más importante
compromiso moral. Pues las condiciones objetivas lo dicen a los gritos: este régimen
se desmorona y nada ni nadie podrá evitar su caída.

Antonio Sánchez García

Que las solitarias declaraciones de un desterrado pongan a gritar a las focas amaestradas
del presidente de la república y amerite el tronar de sus amenazas contra Globovisión,
demuestra el pánico que empieza a cundir en Miraflores. Se acabaron los tiempos de sus
sarcasmos, sus risitas jaquetonas, sus burlas inmisericordes. Murió el sobrador. Desde el
26S está desencajado, sabiéndose metido hasta el cuello en el pantanal. Por ahora, el
escándalo de turno – Makled y su narcorégimen – lo han sumido en la paranoia. De
nada ha servido el compromiso de Juan Manuel Santos de asegurarle a su nuevo “amigo
íntimo” el envío del testigo estrella de la fiscalía norteamericana en un eventual juicio
contra la élite de la fuerza armada venezolana y altos funcionarios de su gobierno
llevados a tribunales para responder por delitos de narcotráfico y terrorismo.

No es, por cierto, un terror ilusorio ni corresponde a pura imaginación de la ya muy


sensible esquizofrenia presidencial. Corresponde a una brutal realidad: si Makled tiene
efectivamente todas las pruebas de que se jacta, y está dispuesto a entregarlas a la
justicia norteamericana antes de que transcurran los eventuales 18 meses de la decisión
de la Corte Suprema colombiana respecto de su definitiva extradición, constituye sin
duda una presa infinitamente más valiosa para el departamento de justicia
norteamericana que en su tiempo Noriega o el mismo Fidel Castro. Aquel fue
secuestrado para llevarlo a juicio en territorio norteamericano. Éste debió fusilar a dos
víctimas propiciatorias para sacudirse el riesgo de terminar él mismo ante un tribunal de
Manhattan.

Para apreciar el significado real de las declaraciones de Guillermo Zuloaga - principal


accionista de Globovisión - , asilado en los Estados Unidos por razones de la
persecución política que se le sigue en nuestro país y que las estentóreas declaraciones
de dos ex periodistas y parlamentarios no vienen más que a reafirmar, hay que tener en
cuenta el carácter de virtual secuestro en que se encuentra el presidente Chávez a manos
del presidente colombiano Juan Manuel Santos.
Las afirmaciones que diera el primer magistrado colombiano y que parecieron
tranquilizar las angustias presidenciales son apenas una prueba de la exquisita perfidia
de que un buen político colombiano es capaz. Pues si en ellas le asegura cumplir su
palabra y entregarle a la ansiada presa, primero pasa por taquilla a cobrar lo suyo, para
luego recordar como al desgaire que antes debe contarse con la decisión de la Corte
Suprema y que tal decisión puede tardar entre seis y dieciocho meses. Para
complementar el real significado de ese lapso, que prolonga hasta lo interminable la
pesadilla que asola las almohadas del dormitorio presidencial, su embajador en
Washington garantiza, simultáneamente y sin el menor pudor, que Makled estará a la
libre disposición de las autoridades norteamericanas. Consecuencia final: cuando
Makled llegue a Venezuela puede que sea un bagazo sin ningún significado político
jurídico. Y peor aún: que los tribunales norteamericanos hayan agotado la recopilación
de datos y pruebas contra parte muy importante de la elite gobernante venezolana.

De manera que suceda en Venezuela lo que suceda, lo único que salvaría a la familia El
Aissami, a Hugo Carvajal, a Henry Rangel Silva, a Acosta Carlés, a otra treintena de
generales y a un buen montón de parlamentarios y funcionarios del régimen de
terminar en una cárcel norteamericana, sería montar una dictadura tanto o más feroz que
la cubana y permitirle a todos ellos una placentera jubilación en una Venezuela
absolutamente aislada del mundo exterior, sin asomarse un centímetro fuera de nuestras
fronteras, que los perros de presa de la DEA no le quitarán el ojo de encima. ¿Es
posible?

¿Cuántos miles, cuántos cientos de miles de muertos le cuesta a Hugo Chávez esa póliza
de vejez, si es que, por salvar a su camarilla de corruptos y narcotraficantes decide saltar
la talanquera que aún lo mantiene del lado de la democracia – por frágil, aparente y
mentirosa que ella sea – y montar la dictadura castro chavista que ronda sus sueños?
¿Estará dispuesto a hipotecar su futuro y jugarse la vida por una salida tan improbable
como suicida?

Esa es la primera pregunta que habrán de responderse las dos fracciones existenciales en
pugna – chavismo y oposición – en cuanto perciban que la radicalización deja los
escarceos y se lanza por los escabrosos terrenos de una dictadura de tomo y lomo.
¿Cuáles son las consecuencias nacionales e internacionales de pasar a los hechos y
entregarle el mando del gobierno “a la extrema izquierda”, vale decir: al talibanismo
bolchevique, como lo acaba de proponer quien no necesita andar proponiendo nada para
darle el palo a la lámpara? ¿Por qué no se deja de bravuconadas y asume él, por fin y sin
melindres, las consecuencias de terminar por implantar violenta y brutalmente la
dictadura, tirando al basurero de esta Asamblea los pintarrajeados ropajes seudo
democráticos con los que aún se cubre? Él, que hace unos días tanto se pavoneaba
retando al general(r) Ocho Antich a alzarse con alguno de los cuarteles, ¿por qué nos
los alza él mismo, su comandante en jefe? ¿Por qué él, que se proclama urbi et orbi
dueño y señor de nuestras fuerzas armadas, no las pone en pie de guerra, las saca a la
calle y da el pitazo inicial a la dictadura militar que pretendió imponer el 4F para
terminar escondido en La Planicie? La única respuesta que se me ocurre es la más
obvia: porque no se atreve. Y no se atreve porque no puede. Su revolución “armada”
tiene las patas de barro. No cuenta ni con masas revolucionarias ni con soldados
bolcheviques. Está montado sobre un basural de corruptos y asaltantes. Y con esa
inmundicia no se hacen revoluciones. Se hacen satrapías. La suya se está desmoronando
como un rancho ante el embate de las lluvias. Tercermundismo puro y duro.

Pero ésas no son las únicas interrogantes que debemos plantearnos. Hay muchas otras.
La más importante de las cuales tiene que ver con lo que los marxistas llamaban “las
condiciones objetivas”. Que desde diciembre del 2006 han venido complicándose para
los fines de un brutal asalto al Poder total. Hasta entonces, contando con respaldo
popular y suficientes ingresos petroleros, incluso con cierta simpatía en los círculos
gobernantes de las democracias occidentales, su política pretendía anestesiarnos con un
acto de suprema magia política: darnos un golpe de estado perfectamente constitucional.
El crimen perfecto. Declarar la revolución mediante un paquete de preceptos
constitucionales. Convocó a la función estelar para el 2 de diciembre de 2007. Salió con
las tablas en la cabeza.

Como el hombre es porfiado y gusta de jorungar sus sueños, postergó su realización


para el 26 de septiembre, cuando conquistaría la perfecta asamblea para sacarle las patas
del barro y montar una dictadura por la vía parlamentaria. Que desde aquellos aciagos
días de su tremebundo fracaso como golpista se aterra ante la sola idea de ponerse al
frente de unas tropas de asalto y arriesgar su pellejo. Cuando supo los resultados quedó
boquiabierto: no consiguió los dos tercios y para más INRI quedó en minoría electoral.
Si no fuera por su abracadabra electorero hubiera quedado en minoría en su asamblea
ideal. Y lo que es aún peor: quedó con el trasero al aire. Y así, no hay Fidel, Mao ni
Lenin que resista.

Se le ha puesto chiquita. Y está atado como un cochino a las pulidas manos de Juan
Manuel Santos. Al que es capaz de venderle a su madre para que no lo deje en la
estacada. Ha demostrado estar dispuesto a entregarle a los cabecillas de las FARC, a
cederle el petróleo y renunciar a nuestros derechos limítrofes, con tal de apaciguarlo.
¿Lo logrará?

Así están las cosas: Chávez acorralado, cargando un régimen que se derrumba con él.
Le llueve sobre mojado. Véase el roadster de su dreamteam: El Aissimi, Elías Jaua,
Giordanni, Rafael Ramírez y Henry Rangel Silva. ¿No es patético? Ante la amenaza
virtual del Departamento de Justicia de los Estados Unidos sacar de bateador designado
a la patética y baboseante Eva Gollinger demuestra el nivel de zarrapastra al que está
llegando. Le amenaza el descenso a las ligas menores. Con un traje a rayas.

¿Puede el presidente de la república bajo esas circunstancias de apremio y secuestro


cerrar Globovisión sin desatar los demonios, nacional e internacionalmente? ¿Puede
apresurar la toma de decisiones de naturaleza represora y golpista teniendo la espada de
Makled sobre su cabeza? ¿O está condenado a mantener las apariencias mientras no
termine por encarcelar al peor y más peligroso testigo de cargo de su historia?

Las condiciones internacionales comienzan a ponerse verdaderamente insoportables. El


Senado español acaba de dar un paso trascendental: aprobar la llamada Declaración de
Caracas para, con ella oficializada como documento legalizado por las Cortes, presionar
al gobierno de Zapatero para que endurezca sus relaciones con Caracas. Sucede cuando
se creía amainado el temporal desatado por Cubillas, el etarra. Y su corte de facinerosos
vasco-venezolanos. Otra espada sobre Miraflores. Por ahora, que ladren los perros. Ya
veremos si muerden.

Volviendo la mirada a nuestras fuerzas, nada impele abandonar la estrategia


constitucionalista, pacífica, electoral que hemos asumido, con gran éxito, hasta
demostrarle al país y al mundo que los demócratas venezolanos somos mayoría. El
resultado palpable de esa estrategia, unida a la denuncia permanente ante los desafueros
y calamidades provocadas por el régimen, muestra que con ella se penetra en los
sectores populares y se va minando sistemáticamente el respaldo del que otrora
disfrutara nuestro aprendiz de tirano.

Los tiempos son difíciles, navegamos en aguas procelosas, estamos en medio de


grandes incertidumbres y a la menor debilidad nos podrían acometer el cansancio, la
apatía o el desánimo. Esas son las llamadas “condiciones subjetivas”. Superar esas
debilidades constituyen la esencia de nuestro trabajo político. Unir y acerar nuestras
fuerzas y darles el entusiasmo requerido para el asalto final, nuestro más importante
compromiso moral. Pues las condiciones objetivas lo dicen a los gritos: este régimen se
desmorona y nada ni nadie podrá evitar su caída.