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LA CORRIENTE DE LA CONDUCTA

Considerada transversalmente en cada uno de sus momentos particulares, la conducta constituye una
estructura unitaria a pesar de la diversidad de sus manifestaciones, pero también en sentido
longitudinal, a lo largo de lapsos prolongados, revela poseer unidad, porque sus ciclos sucesivos se
van encadenando según una relación continua. Esta relación de continuidad es a la vez una relación
de sentido, significativa, porque depende del contexto general de la individualidad de quien se
conduce. Entonces es propio de los procesos de la conducta un doble carácter de continuidad y de
significatividad. Nunca dejamos de conducirnos de una u otra manera, y esta continuidad es
dinámica: las conductas ya verificadas motivan al sujeto a emprender otras, y en general es todo lo
anteriormente actuado y experimentado lo que en parte considerable confiere o no poder estimulador
a cualquier situación nueva.
Pero la conducta también expresa y satisface tendencias personales, y eso explica los caracteres
peculiares que asume en los distintos individuos, así como la persistencia, consciente o inconsciente,
de aquellas necesidades que no han podido ser satisfechas y que por ello vuelven a desencadenar en
el tiempo actividades nuevas orientadas hacia el mismo fin.
Sea que se tomen en cuenta los comportamientos sucesivos, o esa perduración de la tensión
psicológica que se manifiesta en comportamientos separados en el tiempo pero que responden a la
misma necesidad, es legítimo hablar de una "corriente de la conducta" (Daniel Lagache), tal como
James, para referirse a la. continuidad de la vida mental y a la vaguedad de los límites que separan un
estado de conciencia de otro, habló de la "corriente de la conciencia". Corriente de la conducta es un
concepto más vasto, porque engloba, naturalmente, al primero.
Dentro de ese fluir continuo del conducirse es posible sin embargo distinguir configuraciones
particulares: las de diversos ciclos o segmentos de comportamiento, separados entre sí por límites
generalmente imprecisos pero discriminables sin embargo. ¿A qué se denomina “ciclo” o
“segmento” de comportamiento? A la sucesión de momentos o etapas que se desarrollan desde el
momento en que la persona experimenta una impresión de tensión (sea ésta casi imperceptible, leve o
intensa; consciente, preconsciente o inconsciente), de desequilibrio con el medio (natural, cultural o
humano), que parece reclamarle algo, o por el contrario, negarle algo que ella necesita, y que
concluye en cuanto ese equilibrio roto queda restablecido y la tensión desaparece. . . para volver
inmediatamente a resurgir, suscitada por otras necesidades.
La unidad interna de cada ciclo o segmento de conducta es dada por la persistencia de una misma
tensión o, de una misma motivación. Los ciclos de comportamiento tienen una duración muy
variable, y es común además que queden incluidos unos en otros, al convertirse a su vez en objetos
motivantes los recursos o medios necesarios para alcanzar el objeto originariamente perseguido. Por
ejemplo, la tensión motivadora puede haber surgido del anhelo de viajar, pero para alcanzar el objeto
que la hará desaparecer (la realización efectiva del viaje) es preciso obtener dinero, o conseguir
alguna licencia en el trabajo, etc., y todos estos medios se convierten en los objetos propios de
segmentos de conducta incluidos en el ciclo principal. El psicólogo clínico que examina las
motivaciones de una persona debe hallarse siempre atento a estas distinciones, con las que se liga la
significación de la conducta dentro del contexto general de las tendencias de una personalidad.
Por otra parte, cada ciclo de conducta, sea breve o prolongado, sea independiente o integrado en otro,
se compone de varias fases o etapas. No hay que confundir a estas fases o etapas con las áreas de la
conducta; son procesos diversos que se inician con ese estado de desequilibrio y tensión en que
consiste la motivación, y en ellas intervienen igualmente operaciones del área de la mente, del
cuerpo, o actuaciones en el medio externo.
Las fases
Detallaremos siguiendo el esquema de Daniel Lagache la sucesión cronológica de las diversas fases
o etapas de cada ciclo de conducta. Estas son: puesta en marcha, búsqueda de medios, terminación y
modificaciones secundarias.
La puesta en marcha o primer tiempo de cada segmento del comportamiento corresponde a la
motivación. Esta desempeña un papel fundamental en el psiquismo porque es el motor de la
conducta. Excepto en los actos reflejos en los que las reacciones no están precedidas por la
motivación sino que se desatan automáticamente apenas aparece el estimulo, todas las demás
actividades psíquicas emanan de ella. No es necesario que sea consciente, pero sin motivación no se
verificaría ninguna de las operaciones, desde las más sencillas hasta las más complejas, que caben
dentro del quehacer humano: ni beber cuando se siente sed (la sed es precisamente la motivación), ni
inscribirse en una carrera universitaria, ni. criar a los hijos, programar una reunión política, fumar un
cigarrillo, conquistar el espacio...
Nos limitamos aquí a una caracterización sumaria de la motivación porque sólo nos interesa ahora en
cuanto momento inicial de los cielos de comportamiento, y desde esta perspectiva lo que debe
tomarse en cuenta es que es vivida por el sujeto como una especie de inquietud o tensión, como una
ruptura del equilibrio mantenido con el medio. En otras palabras. la motivación consiste en la
activación consciente o inconsciente, agradable o desagradable, de una necesidad que a veces reviste
un tono emocional intenso,- y que sólo se aquieta en cuanto el equilibrio roto es restablecido. Por
ejemplo los estímulos del medio parecen exigir algo de una persona (un acto de generosidad, corregir
un trabajo, ordenar un cuarto), o al revés, el medio parece poder colmar una exigencia previa (ofrece
agua para la sed, un puesto para satisfacer el afán de figuración, seres en quienes volcar amor, etc.);
sólo cuando los objetos correspondientes a la necesidad suscitada o brotada con espontaneidad son
por fin alcanzados, la motivación cesa. Esto es, no sólo ha iniciado el ciclo de conducta, sino que
persiste durante todo su transcurso. Por otra parte, los ciclos concluidos provocan por lo común
nuevos estados de tensión, reactivan necesidades que originan así ciclos nuevos. El acto de caridad
cumplido es estímulo para nuevos actos semejantes; corregir un trabajo induce a emprender otro;
alcanzar un puesto motiva para buscar nuevas relaciones sociales, etc. Ya hemos dicho que la
conducta constituye una corriente, y, para citar nuevamente a Lagache: "es motivada pero, a su vez,
motivadora".
La segunda etapa es la de la elaboración de la conducta, y consiste en Ias operaciones que emprende
el sujeto para lograr aquello que calmará la tensión motivante. Puede tratarse de operaciones
mentales o materiales, deliberadas o automáticas. Para resolver un problema teórico un físico
empleará exclusivamente sus dotes de inteligencia, pero para que un manjar resulte sabroso un
cocinero deberá valerse de recursos materiales. Es muy común que, como en este último caso, sean
los dos, tipos de operación los que se deben emplear, y casi siempre las operaciones mentales
constituyen un ensayo previo de lo que se realizará luego en concreto.
A veces la elaboración de la conducta se verifica de una manera casi automática: se saca un cigarrillo
en momentos de nerviosidad, se salta rápidamente para sortear un peligro. Aquí la aparición del
estímulo, la motivación y la elaboración se dan prácticamente juntas, sin deliberación por parte del
sujeto. Es lo que sucede en el caso de los hábitos en los que no interviene una motivación y en los
actos instintivos. En otras situaciones la elaboración de la conducta corre a cargo de acciones
materiales no gobernadas por la inteligencia, sino que son tanteos al azar: "ensayos y errores", y de
otras en que, en cambio, interviene preponderantemente el área 2. Por ejemplo, cuando ante una
experiencia muy frustrante se experimentan náuseas, lo que constituye una vía o medio de calmar la
tensión psicológico, o cuando un calambre es la manera de no hacer algo, siendo este no hacer el
objeto inconscientemente perseguido, etcétera.
La terminación del segmento de conducta coincide con la obtención de un objeto que restablece el
equilibrio psicológico turbado por la activación de la necesidad. Tal objeto no tiene que ser, por
cierto, un objeto real, como muchos de los ejemplos anteriores lo hacen percibir. El agua que calina
la sed, la persona a quien se puede amar o el proyecto mental por fin precisado y claro, etcétera, son
todos objetos, con iguales títulos unos y otros si es que sirven para reducir la tensión.
Lo que es fundamental tomar en cuenta es que la finalización del ciclo de conducta exige que se
establezca un cierto contacto, real o irreal, con algún tipo de objeto. Es un aspecto del
comportamiento que cabe vincular con el concepto de intencionalidad
Pero primero es necesario considerar las modificaciones o efectos secundarios que determina toda
conducta. Por empezar, en el propio sujeto ya que independientemente del hecho obvio, de que la
conclusión de un ciclo implica el alivio de la tensión o cese de la motivación, transforma en total su
situación psicológica y suscita circunstancias psicológicas distintas. Estos son los efectos
secundarios autoplástcos, que cuando revisten un carácter más o menos permanente constituyen ya
un aprendizaje. Pero también existen, efectos aloplásticos: todo modo de conducirse supone directa
o indirectamente una comunicación con otros seres humanos y en este sentido influye en los mismos,
de manera más o menos marcada y más o menos durable. Cabría comprobarlo en cualquiera de los
ejemplos que hemos ofrecido: realizar un acto de caridad, alcanzar un puesto, o aun beberse un vaso
de agua en presencia de alguien... todo repercute en ese otro. A veces la repercusión se produce
primordialmente en el medio material y no en el medio humano, pero, es casi inevitable que de
alguna manera indirecta afecta también a personas.
Nos hemos referido aquí a los cielos de conducta como si se dieran por separado, sucediéndose
ordenadamente en el tiempo. Só1o las necesidades de la exposición justifican este esquema, que en
los hechos se presentan con una complejidad mucho mayor. Los ciclos se entrecruzan unos con otros,
y suele darse algo así como una línea principal y otras secundarias; o sucede que las motivaciones
son conflictivas y el mismo objeto a la vez atrae y rechaza, etc. Cuando se trata de ciclos
prolongados, compuestos a su vez por varios otros, el entrecruzamiento y los conflictos son tan
variados como el de los diversos planos de intereses en que se reparte la vida de un hombre. Así,
mientras un joven está motivado para seguir una carrera universitaria lo está también para contraer
matrimonio, para desarrollar actividades políticas, para realizar un viaje, etc. Y se requiere un análisis
certero de la personalidad del individuo para aprehender la unidad subyacente tras motivaciones tan
disímiles.
La intencionalidad
Fue Franz Brentano quien por primera vez señaló de manera clara dentro de la psicología, aunque
había antecedentes al respecto en la filosofía medieval, un rasgo característico de la vida anímica el
que precisamente constituye a su juicio su cualidad esencial: la intencionalidad. Es un término con el
que se expresa que una actividad está orientada hacia algo que la trasciende, y ése es el caso de la
actividad psicológica en general. Los fenómenos físicos se hallan como contenidos en sí mismos,
pero procesos tales como los de percibir, recordar, desear, etc., incluyen una referencia a un objeto
que está fuera de ellos. Si se percibe se percibe algo, si se recuerda se recuerda algo, etc. Este algo
puede pertenecer al ámbito material que rodea al sujeto o a su propio fuero íntimo; sea como fuere,
no se confunde con la actividad que hacia él está enderezada. Es un. objeto real o irreal, del presente,
del pasado o aún del futuro (si, la intencionalidad apunta a algo no existente aún), que constituye el
indispensable otro polo de la actividad de la conciencia.
Decimos actividad de la conciencia porque tal fue la concepción de Brentano. Autor de fines del
siglo pasado (aunque vivió hasta 19l7, su Psicología desde el punto de vista empírico, en la que
expone su teoría de la intencionalidad, fue publicada en 1874), consideraba a la psicología como la
ciencia que se ocupa de la vida mental. Como sabemos, sólo en épocas posteriores comenzó a
prevalecer un concepto más amplio de la conducta. Pero su doctrina, aplicada a los puntos de vista
actuales, sirve para poner de relieve el carácter trascendente de todas las operaciones de la conducta
y en general el carácter funcional y no sustancial del Psiquismo, que no es sino una pura actividad,
ajustada a las posibilidades del organismo humano. Y es una actividad que, simbólica o concreta, se
halla siempre dirigida hacia un objeto.
La escuela psicoanalítica ha puesto de relieve también este lazo o vínculo que establece cada
conducta con un objeto que le es trascendente al elaborar la doctrina de las relaciones objetales,
debida fundamentalmente a Melanie Klein, lo que esta autora quiere significar, en polémica con lo
sostenido por Freud, es que en toda conducta de un ser humano, aún en las más tempranas etapas del
desarrollo, se hallan involucrados otros seres humanos, que éstos constituyen "objetos" con los que
establecemos vínculos en nuestros comportamientos.
Estas primeras relaciones con otros seres humanos dejan ya una huella duradera, quedan
internalizadas, y en calidad de "objetos internos" sellan posteriormente toda la vida psicológica. La
diferencia con Freud reside en que según éste en los primeros períodos de la vida el niño vuelca
sobre sí mismo sus afectos (autoerotismo) y no existen aún relaciones de objeto. Para la escuela
kleiniana, en cambio, aunque el bebé chupe su propio pulgar, en su fantasía establece de este modo
una relación con una persona significativa, con su madre (más específicamente, con el pecho
materno).
Independientemente de que tal sea o no la realidad de los hechos, hay que aclarar que incluso el
autoerotismo supone la intencionalidad en el sentido de Brentano; para la vivencia, para el acto
mental dirigido eróticamente hacia el cuerpo del mismo sujeto, éste constituye un objeto
trascendente.
En suma, la teoría de las relaciones objetales pone de relieve que esa apertura hacia algo
trascendente, que Brentano postuló como rasgo característico de la vida psicológica, no se limita tan
sólo al área de la mente, sino que se extiende a la totalidad del comportamiento, y esa apertura es casi
siempre, de un modo directo o indirecto, una relación con otras personas. Piénsese por ejemplo, en lo
que existe de contacto humano implícito en conductas tales como asistir a un espectáculo, buscar
empleo, orar, aprender una técnica, etc. Y asimismo, en cómo los contactos ya establecidos
predisponen efectivamente con respecto a los posteriores, a modo de marco referencial interno.
Conducta y situación
Al poner de relieve el carácter vincular de todo comportamiento motivado, aparece también otro de
sus rasgos característicos: no procede de impulsiones ciegas del organismo que se desatan de manera
puramente endógena, sino que son impulsiones dirigidas hacia determinados objetos, y este
"dirigirse hacia" significa a la vez lo contrario de una reacción pasiva. La conducta brota sólo de un
diálogo, por así decir, que se entabla. entre el individuo y el medio; es el emergente de una
interacción.
En todo momento los seres vivos se hallan envueltos en cúmulos de circunstancias internas y
externas que constituyen una estructura organizada. Entre los hombres esas circunstancias son no
sólo naturales sino también culturales y la estructura está dotada asimismo de un sentido individual.
El nombre que le corresponde es el de situación. Es vivir situaciones asistir a cursos universitarios,
estar por tener un hijo, ser empleado, permanecer sin comer largas horas, sentir calor o frío, haber
recibido una buena noticia, y así sucesivamente.
Pero yendo más allá de las circunstancias más o menos inmediatas, como las de los ejemplos de
arriba, también constituyen situaciones para cada uno configuraciones mas permanentes, tales como
las que enumera Sartre en El ser y la nada: el lugar en que uno habita, el pasado ya vivido, los
objetos que comúnmente lo rodean (el "entorno"), las personas con quienes se tiene contacto ("mi
prójimo", dice Sartre), y la perspectiva de la propia muerte. Cabe agregar a esta lista las condiciones
socioculturales de la época, el tipo de familia, las características físicas del organismo: ser vigoroso o
enclenque, atractivo o insulso, los talentos especiales de que uno se halle dotado, la edad...
Y bien, comprender la conducta de una persona. exige que se tome en cuenta su situación , tanto en
el primer como en el otro sentido; sobre todo en lo que respecta a los demás seres humanos que tales
situaciones hayan involucrado o involucren.
Hay que aclarar que nunca son los meros hechos objetivos los que constituyen la situación sino
al par que éstos, la resonancia subjetiva que despiertan en el sujeto. En esto influyen de manera
determinante los rasgos de la personalidad individual y las experiencias vividas (en gran parte
responsables de tales rasgos). No configura la misma situación para una u otra persona el hecho de
obtener una beca, ser obrero de una fábrica, emigrar a otro país, padecer un duelo, etcétera.
Por constituir la conducta una estructura molar, dotada de un valor humano, no es posible
desprenderla de la situación, Pero situación significa, hechos que revisten un particular sentido según
la persona de quien se trate, y no menos estímulos universales. Estos últimos lo constituyen tan
sólo aquellas circunstancias que afectan a necesidades básicas comunes a todos los seres humanos, y
que cobran, efectivamente, una significación más o menos similar para todos cuantos se ven
envueltos en ellas. Por ejemplo, Una alarma súbita que implique un riesgo de vida para nadie deja de
constituir una "situación".
El etólogo J. von Uexküll puso de manifiesto que incluso en la vida animal el medio nunca es
idéntico para las distintas especies, sino que se configura un Umwelt (mundo circundante) especial
para cada una de ellas: complejos específicos de medios de protección, de alimentos disponibles, de
amenazas, etc, determinados por lo que los animales pueden percibir y actuar en relación a ellos (el
Merkzweít y el Wirkwelt respectivamente). Por lo que atañe al ser humano, el hecho de que siempre
se halla "en situación" fue señalado con especial énfasis por los filósofos existenciales, y dentro de
ellos sobre todo por Sartre y por Karl Jaspers. El primero advierte que esto no significa imposibilidad
de decidir libremente el curso del propio comportamiento. Para los deterministas aclara por el hecho
de que la existencia se desarrolla inevitablemente en medio de situaciones "no soy libre” de escapar
a la suerte de mi clase, ni de mi nación, mi familia, o de edificar siquiera mi poder o mi fortuna, o
vencer mis apetitos más insignificantes, o mis hábitos". No es tal su posición. Si hay "situaciones"
para el hombre es justamente porque ellos libremente, según su propio proyecto existencial, dotan de
determinado sentido a los hechos crudos. Estos son en sí neutros, sostiene el filósofo, en una actitud
quizas extrema; esperan "ser aclarados por un fin para manifestarse como adversarios o como
auxiliares”.
En cuanto a Jaspers, estudió las "situaciones límites", aquéllas que, ningún hombre puede eludir
porque son parte de la condición humana. Tales son la muerte, la enfermedad, la culpa y el hecho
mismo de hallarse siempre en situación. La psicología clínica tiene innumerables ocasiones de
comprobar cómo la conciencia más o menos aguda de estas situaciones límites" interviene en el
proceso del comportamiento.
Es indudable que la interpretación situacional de la conducta refleja en este terreno la posición que
comenzó a difundirse por toda la psicología y aun en muchas otras ciencias, y no sólo ciencias
humanas, a partir de la psicología de la forma y que acaso cabe resumir así: todo hecho se da en un
contexto y fuera de él se torna abstracto y por lo tanto incomprensible.
El campo psicológico
La amplitud del concepto de situación, e incluso su ambigüedad semántica, ya que incluye
circunstancias muy diversas, torna preferible el empleo de otra expresión, la de campo psicológico,
para un estudio minucioso de la conducta.
Es el creador de la teoría del campo Kurt lewin, quien trasladó al fenómeno de la conducta, influido
por las teorías físicas de¡ campo eléctrico y del campo magnético, el enfoque estructuralista aplicado
por los psicólogos de la forma a sectores más parciales del psiquismo: la percepción, la memoria, la
inteligencia.
El campo psicológico es definido como "la totalidad de los hechos coexistentes concebidos como
mutuamente interdependientes", e implica a la vez simultaneidad temporal: sólo se toma en cuenta lo
sucedido en un lapso breve -a diferencia de lo que puede entenderse, más ampliamente, como
situación-, y además incluye a la propia persona que se está conduciendo, con su visión y
valorización particular de los hechos. La interacción de todos los elementos integrantes del campo es
lo que explica su conducta.
Es importante esta inclusión de la, persona como miembro integrante del campo psicológico, porque
implica tener en cuenta indirectamente no sólo'' circunstancias presentes sino también pasadas (las
que contribuyeron a constituir la individualidad de la persona de que se trata, esto es, sus
experiencias anteriores, inmediatas y mediatas), y considerar asimismo la proyección hacia el futuro,
puesto que la persona se propone fines, anhela alcanzar metas no conseguidas aún.
Esta inclusión atenúa por lo tanto el contraste entre el encuadre histórico de la conducta que adopta
el psicoanálisis -histórico-genético en realidad, porque se remonta al pasado personal pero en busca
de los orígenes más primitivos del comportamiento- y el encuadre an-histórico de Lewin, a quien -le
interesa fundamentalmente "la situación actual total en su individualidad concreta", con especial
énfasis en las condiciones momentáneas, aunque, como señalamos, las circunstancias del pasado no
son omitidas por entero.
El enfoque de Lewin posee una ventaja especial: permite un análisis más detallado del interjuego de
todas las causas que determinan la conducta y la experimentación con las mismas a través de una
variación sistemática de las condiciones momentáneas. Ayuda también a este análisis de la dinámica
del comportamiento el sistema de representaciones gráficas de que se vale para simbolizar los
factores que integran el campo psicológico. Se trata de representaciones inspiradas en la topología,
rama de la matemática cualitativa, no métrica, que estudia las posibles relaciones entre espacios y las
“regiones" internas de éstos últimos. Con esas representaciones Lewin simboliza las diversas
"regiones" del campo psicológico o los "sistemas en tensión" de la persona, sus modos de conexión,
la existencia de "barreras" o límites entre los mismos, etc. La utilización de estos elementos gráficos
explica la denominación de "topológica" que recibe la escuela de este autor.
"La tarea de representar científicamente el medio psicológico reviste una significación fundamental.
Especialmente para los más importantes problemas de la psicología, a saber, la explicación de la
dinámica psicológica. Sin embargo, hasta el presente ha habido una gran carencia de útiles
adecuados para este propósito", afirma Lewin, y con respecto a la representación topológica, que
vendría a corregir esta situación, dice lo siguiente: "En tal representación topológica no es necesario
considerar los particulares separados de la situación en un aislamiento relativo, como se siente uno
demasiado tentado a hacerlo en la descripción puramente verbal. Más bien el procedimiento obliga a
partir primariamente de la situación total presente como una unidad... Por otra parte, y por las
mismas razones, tal representación permite que en un grado peculiarmente alto se unifique una masa
de detalles aparentemente desvinculados o contradictorios y que se clarifiquen sus relaciones
mutuas".
'Reproducimos en la página 53, una representación topológica del campo psicológico en sus
componentes generales.
El campo psicológico o “espacio vital" (V) incluye la totalidad de los hechos que determinan la
conducta, y equivale a la persona más el medio. V = P + M. En efecto, los hechos objetivos del
medio nunca explican por sí solos el Comportamiento; "debe describírselos, más bien, según afectan.
al individuo particular a que conciernen"
Poner dibujo
Deben poseer para él una realidad psicológica, constituir estímulos. Y lo afectan, además, según su
carácter individual y según las condiciones momentáneas en que se encuentra. Para un niño "un cubo
de madera puede ser una vez un proyectil, otra un cubo de construcción y otra aún una locomotora"'.
Pero este ejemplo no debe hacernos pensar que los factores del medio son siempre "físicos". La
cordialidad de una sonrisa puede constituir también uno de ellos.
Según las fórmulas de la psicología topológica, el comportamiento es siempre una función de la
persona y el medio psicológico: C = F'(P.M), de lo cual se deducen otras fórmulas: M = F (P) y P = F
(M). El espacio vital lo constituyen, como sabemos, la persona y el medio: V = (P.M), lo cual permite
simbolizar de otra manera el comportamiento: C - F (V).
Los "límites" entre persona y medio, así como entre espacio vital o campo psicológico, y envoltura
externa, son permeables, de modo que el conjunto posee una gran movilidad. El equilibrio de¡ campo
psicológico es sumamente inestable: se desestructura y reestructura constantemente, sea porque la
persona modifica el medio (por ejemplo, recuerda alguna situación anterior), o porque éste influye en
la persona (al aparecer facetas nuevas en los estímulos presentes, que determinan un cambio en el
estado anímico del sujeto), o porque irrumpen hechos externos al campo psicológico,
correspondientes en cambio a la envoltura externa. Esta última posibilidad puede darse en el caso de
un accidente, ejemplifica Lewin: aunque el suceso no integraba el espacio vital en un momento dado,
interfiere bruscamente en él y lo modifica.
Los estímulos del medio psicológico adquieren determinado valor para el sujeto, positivo o negativo,
intenso o débil según las necesidades que en esos momentos experimente. Esto es, se transforman en
valencias, según la terminología propia de la teoría del campo. Las necesidades, a su vez, proceden
de distintas "regiones" personales, convertidas en “sistemas en tensión", y la intensidad de las
valencias depende del carácter más o menos central de aquellos, de la proximidad o lejanía, sea
espacial o temporal, de las valencias y de la existencia o no en el campo de valencias distintas.
Pero lo fundamental es que la emergencia de una necesidad, la condición momentánea en que se
halla un individuo, es lo que convierte en valencias a los objetos del medio, proceso que se
manifiesta. como una fuerza que atrae hacia ellos o, por el contrario, aleja. Las valencias son "hechos
imperativos del medio" que dirigen la conducta, por estar ligados con tensiones psicológicas. Estas
tensiones existen a veces con anterioridad a la percepción de tales hechos, y otras son suscitadas por
ellos.
Las fuerzas atractivas o repulsivas son representadas por vectores, flechas que permiten simbolizar su
intensidad (mediante el largo), su dirección (la dirección) y su punto de aplicación (la punta de la
flecha). Los movimientos que determinan las ("locomociones"), sean concretos o simbólicos
constituyen los equivalentes psicodinámicos de los "senderos que surcan las regiones espaciales de la
topología matemática; se los denomina "locomociones". Está de más repetir que no hay
"locomoción", esto es, proceso conductal, si "no se hallan presentes ciertas energías psicológicas,
cuando no existe conexión con sistemas psíquicos en tensión que mantienen en movimiento el
proceso".
Reproducimos a continuación un gráfico en el que los vectores representan las fuerzas atractivas que
se ejercen simultáneamente sobre un niño que desea a la vez asistir a un picnic y quedarse en su casa
para jugar con un compañero
Poner dibujo
La finalidad de las locomociones promovidas por las energías que brotan de los sistemas psíquicos
en tensión es restablecer el equilibrio igualando las tensiones de las diversas regiones psíquicas, o al
menos lograr un equilibrio en un estado de tensión más bajo.
"Los procesos psicológicos frecuentemente pueden ser deducidos, valiéndose de ciertos puntos de
vista, de la tendencia al equilibrio (como pueden serlo igualmente los procesos biológicos en general,
así como procesos físicos, económicos y otros). La transición de un estado de descanso a un proceso,
así como el cambio en un proceso estacionario, puede ser derivado del hecho de que en ciertos
puntos el equilibrio ha sido perturbado y de que entonces se inicia un proceso tendiente a lograr un
nuevo estado de equilibrio"... "Un estado de equilibrio no significa, además, que el sistema carezca
de toda tensión. Por el contrario, los sistemas pueden alcanzar el equilibrio en un estado de tensión
(v.g., un muelle bajo tensión o un recipiente que contiene gas sometido a presión)".
A veces es posible que los procesos que tienden a igualar las tensiones que se experimentan, esto es,
las locomociones, vayan encaminados directamente hacia las "valencias"; otras surgen impedimentos
("barreras") que constituyen fuerzas restrictoras, y se hace necesario dar un rodeo. Por ejemplo, debe
uno ir a buscar una tenaza para arrancar un clavo, cuya resistencia a soltarse constituye una barrera
para la acción directa. El rodeo implica una locomoción que inicialmente se aleja del objeto-meta,
pero, de todas maneras, son las valencias impulsoras las que en última instancia determinan las líneas
de fuerza que dirigen la conducta. Veámoslo en otro sencillo ejemplo representado en el gráfico
siguiente:
Poner dibujito
N= niño; ch= trozo de chocolate; B= banco
En ciertos casos la locomoción no se produce en forma de pasos adecuados en forma realista a la
consecución de la meta, sino que se acude inconscientemente a medios sustitutivos, de carácter
imaginativo. Se trata de lo que los psicoanalistas denominan "refugio en la fantasía", mecanismo de
defensa con que se alivia la tensión psicológica, aunque sólo de manera precaria y transitoria, puesto
que el objeto perseguido continúa inalcanzado.
De todo lo anterior se desprende, como conclusión general, que la doctrina de Lewin enfatiza que
interpretar una conducta significa conocer tanto el estado presente de la persona como el del medio
que la rodea, puesto que la conducta es siempre "situacional", un emergente de la interacción de
persona y ambiente. Para expresarle en los términos del propio Lewin: ".comprender o predecir el
comportamiento psicológico (C) requiere que se determinan para cualquier tipo de suceso
psicológico (acciones, emociones expresiones, etc.) La situación total momentánea, esto es, la
estructura momentánea y el estado de la persona (P) y del medio psicológico (M).C = f (PM). Todos
los hechos que existen psicobiológicamente deben tener una posición en este campo, y sólo los
hechos que poseen tal posición tienen efectos dinámicos (son causas de sucesos)
Agreguemos que hay que distinguir la "envoltura externa" -que cabe denominar igualmente campo
geográfico o ambiental- del medio psicológico. Este se recorta dentro de aquél según las
orientaciones de la persona, y sus objetos dejan de ser meros hechos objetivos para convertirse en
valencias". Además, si bien el campo psicológico es una constelación formada por elementos
presentes, el presente de la persona, señalamos incluye igualmente representaciones y tendencias
inconscientes del pasado y expectativas respecto al futuro, las que pueden ser a su vez, tanto
conscientes como inconscientes. Caben aún otras discriminaciones: así como dentro del campo
geográfico o ambiental se distingue el campo psicológico, que incluye exclusivamente a la persona y
al medio psicológico, únicos factores que pesan en la determinación de la conducta, dentro del
campo psicológico debe diferenciarse el campo de la conciencia.
Esta diversidad de los campos permite que se produzcan disociaciones entre ellos, tal como, según
hemos visto, suele haber disociación en las áreas de la conducta. Un individuo puede hallarse
físicamente en un lugar, en tanto que, sumido en una fantasía, su campo psicológico incluye escasos
o ningún elemento de¡ mismo. El psicoanálisis tuvo en cuenta en especial otras disociaciones: las que
se producen entre los “sistemas" conscientes y los inconscientes; el "descuido" que nos hace dejar
caer al suelo el objeto frágil que al parecer deseábamos preservar, revela, como tantos otros casos,
esa transitoria disociación o división esquizoide. Lo mismo cabe decir de los síntomas neuróticos,
que emergen de zonas del psiquismo disociadas de la vivencialidad consciente. ¿Por qué esa
obsesión de verificar un número irracional de veces si se echó llave a la puerta? ¿por qué ese
inoportuno calambre que impide escribir la carta de reconciliación?, ¿por qué ese absurdo temor a la
oscuridad? Son manifestaciones extrañas para el mismo sujeto que las padece, ajenas a sus
pensamientos o deseos conscientes.
Algunos de estos ejemplos hacen ver cómo la disociación de los campos -geográfico y psicológico, y
dentro de éste el de la conciencia- está ligada con una disociación en las áreas de la conducta: en el
área del cuerpo, (área 2) la conducta parece perseguir metas divorciadas de las de los propios
propósitos (área l); o en la actuación en el mundo externo (área 3) la persona no comprende sus
mismos deseos o ideas conscientes, etcétera.
Pero, como ya hemos manifestado, la disociación, y esto vale tanto para lo atingente a las áreas como
a los campos, suele cumplir un papel positivo en la vida normal, permitiendo respuestas ajustadas a
la realidad en lugar de caóticas o inadecuadas al dar salida a un plus de excitación por vías que no
perjudican el canal principal del operar psíquico. Así, si en una situación de amenaza el miedo se
expresa primordialmente a través del temblor, la mente puede tomar distancia ante el estímulo y
quedar más libre para idear una salida eficaz. Desde luego, sólo dentro de ciertos límites es normal la
disociación; si constituye una respuesta habitual y de caracteres muy marcados entra ya en la
patología. Es una característica de las psicosis, en esas condiciones de intensidad y duración, la
disociación entre el campo ambiental y el geográfico, que indica la pérdida del sentido de la realidad.
Conducta y personalidad
Al interpretar la conducta como el emergente de una situación, implícitamente es vinculada ya con la
personalidad, puesto que las situaciones no son, como dijimos, una colección de hechos objetivos,
sino su organización vívencial en una estructura peculiar que depende de las características
individuales del sujeto envuelto en ellos. "Percibir una situación, dice Lagache, es ya responder a ella
en función de la personalidad y de su historia.
Nos ocuparemos más adelante de este punto fundamental dentro de la psicología, el fenómeno de la
personalidad, pero debe quedar ya sentado que las tendencias propias de cada individualidad se
manifiestan primordialmente en esa especie de diálogo con el medio que es la conducta, a través de
la cual la persona "realiza sus posibilidades". Así, cada conducta constituye no una reacción
mecánica y uniforme a condiciones externas, sino una respuesta personal, idiosincrática, a una
situación: no hay conducta que no pertenezca a una personalidad, e inversamente, cada personalidad
se manifiesta en conductas. Aunque la mera presencia física denota sin duda características
individuales de la gente, sólo en el dinamismo de la conducta adquiere cabal expresión el "ser-en-el-
mundo" peculiar de cada uno. La personalidad no constituye así una entidad sustancial, sino una
cualidad característica de los modos de situarse en la realidad y responder a ella. En verdad, no todo
comportamiento posee en igual grado un sello individualizador, como es fácil comprender. Según
una muy repetida formulación de G.Klukhohn, Murray y Schneider, todo hombre es en cierto sentido
igual a todos los demás hombres, en otro sólo igual a determinados grupos de hombres, y en otro
aún, sólo igual a sí mismo. Por eso el comportamiento incluye reacciones básicas comunes a todos
los seres humanos, otras que caracterizan a su grupo social, y otras, por fin, propias de su
personalidad individual. En la vida real y concreta, los tres tipos de reacción se entrecruzan, y ocurre
que los rasgos idiosincráticos asoman incluso en comportamientos que responden a necesidades
genéricas del ser humano o a los requerimientos culturales de una comunidad. Esto se debe a que no
existe el hombre en general, sino individuos particulares, dotados de sus propias tendencias y de su
propia historia, de modo que la síntesis de las diversas necesidades se produce en cada caso
distintamente. Si cabe entender por, personalidad, como lo hacen J. Delay y P. Pichot, "la
organización dinámica de los aspectos cognitivos, afectivos, conativos (impulsos y voliciones)
fisiológicos y morfológicos de¡ individuo", es sólo en relación a ella, así como a las situaciones
vividas (en cuya configuración, según lo hemos visto, también interviene), como resultan
comprensibles las conductas. Es esta relación con la personalidad y la situación lo que las dota de
significado, lo que presta su carácter molar al comportamiento.
Resumiremos brevemente las notas fundamentales que caracterizan el comportamiento tal como las
hemos descrito hasta aquí:
1) El comportamiento implica una reacción molar.
2) Corresponde al más alto nivel de integración que se da en el hombre o, lo que es lo mismo, al
nivel "humano".
3) Es un fenómeno unitario, global, pero con diversas áreas de manifestación o tipos de operaciones.
4) En cualquiera de esas áreas las, operaciones pueden ser auto o aloplásticas.
5) La conducta puede calificarse cualitativarnente de consciente o no consciente, cualidades entre las
cuales se da una permanente interacción dinámica.
6) Constituye una corriente ininterrumpida, pero dotada de un ritmo que permite discriminar ciclos o
segmentos que tanto pueden sucederse linealmente como entrecruzarse o incluirse unos a otros.
7) En cada uno de estos ciclos o segmentos se distinguen varias fases, cuya unidad está dada por la
motivación.
8) La motivación supone la existencia de una necesidad no satisfecha y es experimentada como una
tensión; cesa con la consecución del objeto.
9) La consecución del objeto -originario o sustitutivo no supone sino una situación de equilibrio de
duración breve, porque pronto emergen tensiones nuevas.
10) La tendencia hacia un objeto es una característica esencial de la conducta; así como todo
fenómeno psíquico es intencional, toda conducta es objetal, relacional, pues establece un vínculo.
11) Los objetos perseguidos a partir de una motivación pueden ser reales o imaginarios, concretos o
de otra índole; pero siempre revisten un valor afectivo para el sujeto, ya que son requeridos por una
necesidad.
12) Cualquiera que sea el tipo de objeto, prácticamente nunca está desligado de una relación, directa
o indirecta, con el "otro". La conducta constituye una relación interpersonal.
13) La conducta brota de una situación y se da en una personalidad.
14) Es la personalidad la que convierte en "situación" las circunstancias, permanentes o transitorias,
de la vida de] sujeto.
15) Por su relación con la personalidad y la situación, la conducta constituye una estructura dotada de
sentido. Es un suceso global que reviste significación dentro de la vida de un ser humano individual y
concreto.
16) Esta concepción de la conducta como estructura global y significativa, propia de un sujeto en
situación, permite superar las clásicas dicotomías cuerpo-alma y organismo- medio.

ESTRUCTURA DE LA PERSONALIDAD
Uno de los progresos fundamentales que logró la psicología en el curso de las últimas décadas es,
según señalamos, haber establecido el punto de vista molar u holístico en la investigación de la
conducta; con ello se conecta otro avance igualmente esencial: el desplazamiento del interés desde el
análisis de los procesos generales del comportamiento a la consideración de ese especial tipo de
organización que caracteriza a cada ser humano en particular, o sea su personalidad. Sin que las
nuevas investigaciones hayan suplantado a los primeros, llevar el enfoque molar hasta sus últimas
consecuencias exigía sin duda insertar todo fenómeno psicológico en el contexto individual en que se
da.
Ante cualquier persona desconocida, e incluso conocida, cabe preguntarse: "¿cómo es? " Nos
hallamos ante un repertorio determinado de actitudes, palabras, gestos y acciones constituirlos en una
estructura particular cuya clave resulta a veces difícil de desentrañar y que al establecer las
diferencias entre las personas hace de cada una, de ellas un individuo único. Se trata de un fenómeno
sumamente complejo y es natural que haya hecho surgir variadas conceptualizaciones, las que sólo
en un tiempo relativamente reciente cobraron valor científico. En su Psicología de la Personalidad
Allport enumera hasta cincuenta definiciones de la personalidad (y del concepto conexo de
"persona"), acuñadas por filósofos, teólogos, sociólogos y juristas no menos que por psicólogos.
En cuanto a la definición que se debe al propio Allport, vastamente aceptada entre los psicólogos, lo
que pone de relieve es sobre todo el carácter de unicidad y complejidad de ese conjunto de rasgos
físicos y mentales en que consiste la personalidad. Esta es definida como "la organización dinámica
dentro del individuo de aquellos sistemas psicofísicos que determinan sus ajustes singulares a su
ambiente". Filloux señala en esencia los mismos aspectos: "la personalidad es la configuración única
que asume en el curso de la historia de un individuo el conjunto de los sistemas responsables de su
conducta".? Incluye una referencia al carácter evolutivo de la personalidad, que sólo se va formando
de modo gradual en el curso de la existencia, pero no señala en cambio otro aspecto esencial: su
índole vincular, pues entraña siempre formas peculiares de establecer relaciones con el ambiente, por
lo que debemos entender primordialmente el ambiente humano.
Los psicólogos de las más diversas escuelas coinciden, en sus teorizaciones sobre la personalidad, en
adjudicarle una índole estructural; constituye una totalidad ("organización", “configuración”, en las
definiciones citadas) que es más que la suma de las partes, y entre cuyos elementos existe una íntima
interacción. Las divergencias residen en estos últimos años en la concepción misma de lo que es una
estructura; o se la entiende, a la manera gestaltista, como una totalidad o conjunto, una unitas
multiplex ("Partimos de la idea de que no tratamos con elementos aislados, ni con sumas de
elementos, sino con conjuntos cuyas partes son a su vez estructuradas", dice Lagache, o se adopta,
como el psicoanalista Jacques Lacan, la concepción inaugurada por Claude Lévy Strauss, quien ve
en las estructuras los sistemas subyacentes en que radica la cohesión que liga a hechos aparentemente
dispersos y caóticos en el plano fenoménico. Son divergencias no enteramente elaboradas aún y no
nos detendremos aquí en ellas; señalamos en cambio que una y otra concepción subrayan igualmente
lo artificioso y deformante de toda investigación que descuide las relaciones mutuas entre las
diversas posibilidades funcionales y las funciones efectivas de la persona, y su integración en una
totalidad única. Otras diferencias en el enfoque se refieren ya a los miembros o subestructuras que
constituyen esa estructura que es la personalidad. Algunos consideran como fundamentales
características innatas (en gran parte el psicoanálisis, con su énfasis en las dos grandes pasiones
instintivas de vida y de muerte, cuyo interjuego se halla en la base de toda conducta; otros ponen el
acento en los aspectos adquiridos, como por ejemplo el conductismo y la reflexología (esta última
puso de relieve el papel del condicionamiento en la vida psicológica, o la dirección culturalista
de¡ psicoanálisis, cuyos representantes principales, Karen Homey, Erich Fromm y HaM Stack
Suilivan, recalcan el influjo formador de las condiciones socioculturales.
Clásicamente las subestructuras que los psicólogos diferenciaron en la. personalidad son la
constitución, el temperamento y el carácter, y en forma aproximada y con distinta terminología éstas
vuelven a aparecer en concepciones actuales. Por ejemplo, la discriminación de las tres instancias
freudianas, ello, yo y superyó, no deja de poseer afinidades con la posición clásica.
Dentro de la orientación holística en la psicología, la teoría de las tres instancias freudianas significó
un jalón, sin embargo, porque fue la primera postulación de un enfoque totalista y dinámico de la
personalidad, al tenerse en cuenta las relaciones dialécticas que vinculan entre sí las subestructuras,
entre las cuales brota constantemente el conflicto. "Los conflictos endopsíquicos son (sin embargo)
estructurales", afirma Harry Guntrip, con relación a la teoría freudiana. "Pronto se comprendió que
no existen impulsos o emociones aislados, como entidades autónomas que entraran en conflicto
dentro de la psiquis, comparando así -a ésta con una especie de liza. Los impulsos y emociones son
aspectos o actividades dinámicas de estructuras psíquicas, y el confiicto endopsíguico es una
manifestación de diferenciaciones estructumies de índole contradictoria"
Otra posición, la de Kurt Lewin, también subraya la existencia de subestructuras dentro de la
personalidad, desde un punto de vista diferente, pero que acentúa igualmente, al par que la unidad de
la persona, sus diferenciaciones internas. Hay que reconocer, sostiene Lewin, que las experiencias
psicológicas de¡ individuo, sus acciones y emociones, propósitos, deseos y esperanzas se hallan
inmersos en estructuras, esferas de la personalidad y procesos totalmente definidos".
"Por elevado que uno estime el grado de unidad en una totalidad psíquica, el reconocimiento de que
en el interior de la mente existen grados de coherencia extremadamente variados, constituye de todos
modos una condición de enorme importancia para una investigación psicológica más penetrante... Es
necesario. . . reconocer la estructura natural de la mente, sus sistemas, estratos y esferas psíquicas".
Las tensiones psicológicas que engendran la conducta emanan de subestructuras de la personalidad
definidas, que "ya han sido formadas, o se forman entonces, merced a ciertos procesos dinámicos
que no discutiremos aquí".
La representación topológico de la personalidad,13 simboliza su carácter gestáltico, tanto en el
sentido de que constituye un sistema "cuyas partes se hallan ligadas dinámicamente en forma tal que
el cambio en una de ellas trae apareado un cambio en todas las demás", como en el sentido de que
esas partes o "regiones" están diferenciadas.
El sistema de la Personalidad comprende según I,ewin
diversas regiones, algunas más centrales, otras más
periféricas. Las regiones centrales constituyen la
interioridad individual: rasgos de carácter, capacidades,
prejuicios, anhelos, "complejos", en tanto que las más
periféricas se encuentran en directo contacto con el
medio: son perceptivo-motrices. La más íntima de todas las regiones personales constituye un
“núcleo”, que dota de unidad y continuidad a la persona; es el "sí mismo", y no debe ser confundido
con la totalidad psíquica. En ésta reina una gran movilidad; regiones que tenían mayor proximidad
con la periferia se tornan más centrales y recíprocamente; y también el grado de integración entre
todas ellas es variable, ya que factores diversos determinan que la unidad se torne más o menos
estrecha en distintos momentos o períodos. "La estructura de una persona es con frecuencia
relativamente constante durante un largo período", es lo más que concede Lewin. Pero es una
constancia compatible con un alto grado de estratificación; estratificación que va aumentando
progresivamente desde el nacimiento hasta la edad adulta. A lo largo de la existencia se forman
diversas "esferas de vida": profesionales, familiares, amistosas, así como van surgiendo asimismo
necesidades nuevas. Cabe también que en la estructuración de la personalidad haya armonía o
disociaciones marcadas según la mayor o menor uniformidad en el desarrollo de las diversas
regiones y según la nitidez de los límites de su separación mutua. "El fenómeno de la división de la
personalidad es un ejemplo de un tipo de estructura muy especial".
Influye asimismo en la personalidad el "material psíquico" (la mayor o menor labilidad de los
sistemas; así por ejemplo, en los niños los intereses y estados anímicos varían más rápidamente); los
diferentes estados de tensión intrapsíquica, de promedio variable en las distintas personas, y los
contenidos constituidos por las aspiraciones, temores, ideales, y en general las "esferas de vida" de
cada uno.
La teoría de Lewin nos pone frente a un intento de explicar tanto la riqueza y movilidad interna como
la unidad de la personalidad; o sea, frente al hecho, evidente para la simple observación, de que en
cada individuo coexisten disociaciones e intereses múltiples y a la vez un estilo de conducta
característico y predecible”, dominado por lo que Allport denomina “sentimientos rectores”
A este autor se le debe otra importante teoría de la personalidad. la "teoría de los rasgos". Cuando
entre los actos o actitudes diversas de las personas es dable hallar un estilo común, nos hallamos,
afirma Allport, ante un rasgo (decisión o medrosidad, dominación o sumisión, puntillosidad o
descuido, rudeza o dulzura, lealtad o deslealtad, constancia o inconstancia, frugalidad o derroche,
afición al arte, pasión por la verdad, amor al riesgo, o sus opuestos, etc.). Situados en la teoría de
Allport entre los "hábitos" y los "Yos", que constituyen "sistemas de rasgos coherentes entre si pero
que pueden variar en situaciones diferentes" los rasgos constituyen a su juicio la mejor explicación
posible de "la coherencia de la personalidad, siempre que tal coherencia se pone de manifiesto, y la
incoherencia, en los casos en que prevalecen el conflicto y la discordancia. Entre los rasgos hay
estabilidad y también contradicción; hay rasgos cardinales y centrales, a los cuales pueden ser
subordinados los rasgos menores como rasgos subsidiarios, y hay rasgos disociados"." Son rasgos
todas las disposiciones que suelen denominarse sentimientos, actitudes, valores, complejos e
intereses; tienen por característica ser más dinámicos y flexibles que los hábitos, aclara Allport,
aunque resultan, al menos en parte, de la "integración de hábitos específicos", y expresan modos de
adaptación a los diversos mundos en que el individuo desarrolla su existencia. La personalidad
representa una integración mayor aún, aunque nunca perfecta, y su unidad consiste "en la compleja
interrelación funcional de los rasgos y su ordenamiento combinado en jerarquías". Esta unidad nunca
es rígida, y se manifiesta por otra parte no en conductas idénticas, sino "equivalentes", esto es, que
revelan coherencia, toda la coherencia que sea compatible con las diversas tensiones que provocan
las variaciones. del medio y con las contradicciones mutuas entre los propios rasgos personales.
Mencionaremos también a Gastón Derger entre los teóricos que intentaron explicar el hecho, al
parecer contradictorio, de que la personalidad constituye una estructura unitaria y a la vez una
interacción dinámica de subestructuras (¿no somos una misma persona a pesar de las emociones,
actitudes y acciones tan diversas y aun contradictorias que a veces parecen desgarrarnos? ). La
posición de Berger continúa en este punto la doctrina sobre el carácter de René Le Senne. En esa
naturaleza compleja y secreta propia de cada individuo. . . en esa 'totalidad concreta del yo', como
dice René Le Senne", distingue estratos de profundidad diversa, que son, "yendo de lo esencial a lo
accidental", las siguientes: el carácter (centro de la personalidad), las aptitudes, el personaje
(construido por la sociedad sobre el andamiaje del carácter, en función de las aptitudes y de las
circunstancias), la historia personal (que contribuye a que se actualicen algunas tendencias, se
repriman algunos deseos, se sublimen determinadas aspiraciones ... ), las situaciones (que aunque
desbordan en cierto modo el estudio de la personalidad son imprescindibles para su comprensión), y
por último la persona y el yo trascendental (que plantean problemas axiológicos y metafísicos a
partir de la personalidad empírica). En cuanto a esta última cuestión, es explicable, si la psicología
intenta mantenerse dentro de los límites de una ciencia fáctica e independiente de la filosofía, que
parezca ajena a su competencia, pero es imposible omitirla enteramente, a riesgo de dejar fuera de
toda consideración psicológica aspectos fundamentales del comportamiento y de las motivaciones
humanas. Volveremos más adelante sobre este punto, que es en cierto modo el de las fronteras de la
psicología.
Bases orgánicas de la personalidad
En posiciones biologizantes se ha considerado, ya desde antiguo, que son factores somáticos los que
determinan fundamentalmente las características de la personalidad; en la constitución residiría,
entonces, su verdadero núcleo. El concepto actual del comportamiento entendido como una
estructuración unitaria, en la que los fenómenos corporales representan únicamente una de las áreas
de manifestación, contradice ese punto de vista. Incluso cuando se habla hoy de "organismo" dentro
del ámbito de la psicología, lo que se quiere significar es una totalidad dinámica que se conduce de
manera integral, tanto en el área corporal como en la mental.
De todos modos, es indudable que el cuerpo en cuanto conjunto biológico de sistemas y aparatos se
halla en la base de todo tipo de conducta, sea ésta mental, corporal o de actuación en el mundo
externo, en calidad de requisito indispensable sin el cual no podría darse. Al cuerpo le corresponde a
veces dar directamente la respuesta a una situación que envuelve al sujeto como totalidad; son las
respuestas de área dos, tales como el rubor de la confusión, la palidez del miedo, el ahogo de la
angustia, las pupilas dilatadas de la sorpresa, el temblor de la excitación, y tantas otras reacciones
similares, pero es en todos los casos la condición para que haya en general respuestas (y desde luego,
recepción de los estímulos a los que se ha de responder). En suma, no existe psiquismo sin cuerpo.
Además en la índole peculiar de los sistemas orgánicos y de la morfología corporal, esto es, en la
constitución, radican las bases orgánicas de la personalidad. En otro plano aún, que hay que
considerar, la vivencia subjetiva del propio cuerpo se halla íntimamente ligada con otras
peculiaridades de la personalidad y con el grado de salud mental. Este plano vivencial recibe el
nombre de esquema corporal y ofrece marcadas divergencias con el cuerpo observable por un
tercero, con el cuerpo objetivo.
Kluckhohn y Moowrer han clasificado según su respectivo origen los determinantes de la
personalidad; estos son: universales, comunales, de "rol" e idiosincrasicos, y en tales categorías se
incluyen no sólo aspectos sociales y culturales, sino también biológicos.
Estos constituyen a juicio de los autores mencionados un factor importante, pero su interpretación
ofrece dificultades. ¿Es el somatotipo heredado el factor a que se deben rasgos tales como la
tolerancia a la frustración, la capacidad de aprendizaje, la conducta maternal, la hiper o la
hipoactividad, o en ello intervienen factores distintos? Es un tema sujeto a polémica. Y por otra parte
también, se ha comprobado que rasgos psicosociales contribuyen a determinar el somatotipo.
"Algunos factores que tendemos a encasillar muy cómodamente bajo el título de biológicos se
transforman a menudo, después de un examen cuidadoso, en productos de complicadas
interacciones. Una enfermedad invalidante, por ejemplo, puede ser en parte consecuencia de una
predisposición constitucional, pero es parcialmente también la consecuencia de la participación del
individuo en una casta o clase social en que la higiene y los cuidados médicos son inadecuados. La
tendencia a la corpulencia, tiene indudables repercusiones sobre la personalidad, tanto cuando
constituye la característica de un grupo, como cuando distingue a un individuo dentro de dicho
grupo. Pero son, generalmente, los recursos del medio físico explotados por la tecnología derivada de
la cultura los principales determinantes, en forma de vitaminas, sustancias nocivas y modos de
nutrición; y esto es lo que tiene consecuencias patentes en la corpulencia, estatura y potencial de
energía. Si la teniasis es endémica en una población, difícilmente se podrá esperar que el vigor sea
una nota sobresaliente de la personalidad. Pero la tenia no es una "herencia" ineludible, ni cultural ni
biológicamente; los efectos y la prevalencia de la teniasis dependen de las condiciones sanitarias
culturalmente logradas y de otros tipos de control ofrecidos por la cultura".
Es importante retener el concepto de interacción de los asertos reproducidos; en efecto, el organismo
está siempre en comunicación con su medio, según lo venimos reiterando, y gran parte de sus
componentes son resultado de este diálogo. Incluso dentro de su interior se entabla un diálogo, una
interacción dialéctica entre las diversas facetas, innatas o adquiridas, que lo integran, y de esa
integración depende en última instancia su configuración más o menos estable. Así, la constitución y
el temperamento, en tanto que potencial heredado, son únicamente un conjunto de posibilidades;
sobre ese conjunto influyen (y son a su vez influidos) tantos factores externos como rasgos internos
ya adquiridos. El esquema freudiano de las series complementarias constituye una ajustada
interpretación de este complejo interjuego entre nuevos estímulos y condicionamientos anteriores,
sobre una base heredada.
Esta base está representada por la constitución y el temperamento. Por constitución se entiende la
totalidad de los rasgos fisiológicos directamente captable de un individuo (la estructura morfológica
llamada "habito"), así como la de sus aparatos y sistemas internos. Las proporciones corporales, el
color y la calidad de la piel, la índole particular de la musculatura, de las glándulas de secreción
interna, las características biológicas de la sangre, del sistema nervioso, el tamaño y proporción de las
vísceras, la estatura, el color de los ojos; todo ello integra la constitución. Son rasgos marcadamente
estables en su mayoría, y pese a lo dicho sobre el influjo del medio, los que más claramente indican
dentro del organismo las disposiciones hereditarias o congénitas (el genotipo), así como los efectos
de los procesos espontáneos de maduración.
Frente a este punto de vista estático o morfológico cabe considerar igualmente la constitución desde
un punto de vista dinámico o funcional; en este caso se valora en lugar de los datos anatómicos la
capacidad de reaccionar del organismo, especialmente ante estímulos patógenos.
El sistema nervioso
De entre los diversos sistemas y aparatos orgánicos que participando modo prevalente en los
procesos de la conducta (la musculatura y el sistema óseo en el área 3, el aparato circulatorio y el
respiratorio en el área 2), los que más decisivamente contribuyen a plasmar el nivel psicológico de
integración y los rasgos de la personalidad son el sistema nervioso y el sistema glandular.
Sus vinculaciones mutuas son asimismo muy estrechas, de manera que cabe hablar de una regulación
neurohumoral de la conducta o de los factores neurohumorales de la personalidad.
La recepción de estímulos procedentes del mundo exterior o del propio organismo, así como la
elaboración de las respuestas, corre a cargo del sistema nervioso; el glandular influye, en cambio, a
través de una acción química -endocrina- en la totalidad del organismo, por donde el torrente
sanguíneo transporta las hormonas segregadas por las glándulas. El ritmo de la actividad, la mayor o
menor emotividad y excitabilidad de una persona, las características sexuales secundarias, son otros
tantos rasgos de la individualidad determinados por las peculiaridades del sistema glandular.
El sistema nervioso incluye el -sistema de relación y el sistema simpático. El primero es el órgano de
vinculación con el mundo; las funciones perceptivas nos informan sobre el mismo y las funciones
motoras son las que posibilitan las respuestas activas del organismo a los datos trasmitidos.
Constituyen respectivamente la vía aferente o sensorial y la vía eferente o motriz. Todas las
actividades voluntarias se verifican merced a la intervención del sistema nervioso de relación,
denominado consecuentemente sistema voluntario. A su vez, el sistema nervioso simpático o
vegetativo rige los procesos viscerales y la actividad de los músculos de acción involuntario (los
músculos lisos). Se lo denomina por lo tanto sistema autónomo.
El sistema de relación comprende a su vez el sistema nervioso central, compuesto por el cerebro, el
cerebelo y la médula espinal, y el sistema periférico, compuesto por la red nerviosa, con sus
terminaciones motoras o sensitivas. Cerebro y cerebelo forman el encéfalo. El primero ocupa la parte
superior del cráneo y consta de dos hemisferios unidos en la base por una sustancia blanca el cuerpo
calloso. Es la parte más importante de todo el sistema, especialmente por las funciones de integración
que desempeña la corteza cerebral. Es ésta la zona que posibilita la percepción y el movimiento, y
por lo tanto los procesos del aprendizaje, de papel tan capital en la formación de la personalidad.
Incluye asimismo regiones destinadas a la coordinación de los principales sistemas sensoriales del
organismo y rige en especial la motricidad de la lengua, cara, manos y pies en sus movimientos más
finos. Todas las zonas somáticas están representadas en la corteza cerebral, en regiones tanto
motrices como sensoriales, con la particularidad de que el lado derecho del cuerpo es representado en
la parte izquierda de la corteza, y recíprocamente. Por lo general la sensibilidad está concentrada
hacia la parte posterior del cerebro, y la motricidad en la parte anterior, y parece probable que a los
lóbulos frontales les corresponda una función de supercomando motriz.
La integración total de la conducta depende estrechamente de la coordinación de todas las funciones
cerebrales, corticales y no corticales, pero no existen zonas especiales correspondientes a las
características personales de cada individuo. Por otra parte, si bien algunas funciones están
localizadas (gracias a ello en los casos de tumores cerebrales los tipos de trastornos permiten
descubrirlos), tales localizaciones no poseen un carácter absoluto, porque en el caso de que un centro
nervioso quede lesionado o destruido la función puede ser retomada por otra zona después de algún
tiempo. Lasehley demostró esta flexibilidad de las funciones corticales al lograr que después de un
adiestramiento especial perros a los que se les habían extirpado los centros responsables de
determinados procesos motrices lo recuperasen. El cerebro no es un mosaico compuesto por zonas
independientes, sino una totalidad funcional.
Jean Delay afirma Incluso que las localizaciones no se vinculan con un centro, sino con un sistema.
". . . el centro es sólo la pieza principal de todo un dispositivo anatómico- funcional completo. El acto
más simple requiere sinergias antómicas y funcionales múltiples en tiempo y espacio. Además, cada
estructura psíquica comprende una infraestructura biológica y una, superestructura social. A lo sumo
se comprueba una correlación global entre desarrollo intelectual y desarrollo de la corteza cerebral,
especialmente de los lóbulos frontales, porque los aspectos complejos de las funciones psíquicas no
son localizables".
El papel de la corteza cerebral, según cabe deducir de lo dicho hasta aquí, es primordial en la
regulación de las funciones intelectuales. Le corresponde así coordinar la función del lenguaje,
localizado, en el sentido relativo que señalamos, en la llamada zona de Wernicke, como se denomina
a la parte posterior del lóbulo témporo-parietal izquierdo. Las perturbaciones del lenguaje permiten
corroborar la existencia de un intenso interjuego entre el desempeño aferente y eferente de la corteza,
debido en parte a la proximidad y al entrecruce de las regiones correspondientes. Por ejemplo, en los
casos de afasia, aun cuando se atribuya a una lesión del centro de Wernicke, el olvido de la
significación de las palabras y la consiguiente imposibilidad de emplear el lenguaje, los síntomas
suelen complicarse con agnosias y apraxias varias. Las primeras consisten en la incomprensión de
las impresiones recibidas; las segundas en trastornos de expresión, de modo que el sujeto realiza
movimientos incoordinados. Esto es, la perturbación se generaliza porque son afectadas
simultáneamente varias zonas analizadoras sensoriales o electores motrices.
Cada zona sensorial y cada zona motriz consta respectivamente de un área puramente sensitiva y un
área puramente motriz, así como de un área psicosensitiva y un área psicomotriz. Si se lesionan las
primeras, se pierden las funciones involucradas; si se lesionan las segundas sucede en cambio que las
funciones pierden su sentido. o no se comprenden los datos sensoriales (destrucción o lesión de un
área psicosensitiva), o se es incapaz de realizar movimientos adaptados (destrucción o lesión de un
área psicomotriz). El sistema nervioso en total, y muy especialmente la corteza cerebral, reciben
simultáneamente un elevado número de mensajes procedentes de las terminaciones nerviosas
periféricas (los órganos de los sentidos, que reciben los estímulos del medio, de una manera
diferenciada que permite distinguir los objetos, comportan una parte periférica, otra conductora y
otra parte cortical), y responden a ellos impartiendo "órdenes" motrices. Todas estas complejísimas
operaciones son resultado, como lo demostraron los estudios de Pavlov y su escuela sobre la
actividad nerviosa superior, de la acción de los analizadores sensoriales y de los efectores motrices;
gracias a unos y a otros, el cerebro constituye el gran órgano de la adaptación al medio. Esto no
implica que los datos de que dispone sean únicamente datos sobre el ambiente exterior: también
existen, junto a las vías de comunicación exteroceptivas, las vías ínteroceptivas, que suministran
información sobre el estado de los órganos internos. Así, si llega al cerebro el mensaje de que existe
carencia de determinado elemento biológico en el organismo, aumenta la excitabilidad ante los
objetos exteriores que podrían suplir esa carencia, así como, si el mensaje indica saturación de ese
elemento, la excitabilidad ante esos objetos disminuye. De tal manera el comportamiento resulta
"adaptado", mantiene el equilibrio entre el organismo y el medio.
Hablamos anteriormente de los procesos homeostáticos; sin el concurso de la corteza cerebral no se
podrían verificar, aunque también cumplen un importante papel en ellos el hipotálamo, centro
subcortical situado en el centro del cerebro, y la formación reticular, conjunto de neuronas que se
vinculan con el tronco cerebral y que son también sensibles a los cambios químicos del organismo.
Con todo, los centros de la base del cerebro están más estrechamente ligados con la vida afectiva que
con las funciones cognoscitivas y motoras, o con la coordinación general del organismo y su
adaptación al medio.
Al cerebelo, situado entre el cerebro y el bulbo raquídeo, le corresponde la coordinación de los
Movimientos, y sus lesiones pueden provocar temblores, movimientos caóticos, y trastornos del
lenguaje.
La médula espinal, extensión del cerebro que se prolonga más, allá del encéfalo, regula en especial
las actividades relacionadas con la respiración, la circulación, la digestión y el control de la
temperatura. Participa por lo tanto, junto con la corteza y la porción inferior del tálamo o hipotálamo,
en la tarea de mantener el equilibrio general del organismo.
Entre las diversas partes del sistema nervioso, y en especial del cerebro, existe sin duda una
diferenciación jerárquica; el "viejo cerebro" comprende las partes similares al cerebro de los
animales inferiores, en tanto que el "nuevo cerebro", representado en especial por los dos vastos
hemisferios de la parte superior del cráneo posibilita, a través sobre todo de la corteza, con sus
complicadas circunvoluciones de materia gris (sustancia nerviosa compuesta primordialmente de
núcleos celulares), la conducta típicamente humana. Pero todas estas diferenciaciones no obstan para
que la actividad nerviosa constituya en conjunto una totalidad funcional.
¿Cómo se verifican las funciones de coordinación del sistema nervioso? Debido a que constituye en
total, una máquina bio-eléctrica, según la expresión del neurólogo Jean Delay. Las células que
constituyen los centros o nervios; (neuronas) son una fuente de electricidad, procedente de su
actividad química, y cualquier excitación origina cambios en su carga eléctrica; estos cambios se
trasmiten, en forma de onda, de neurona a neurona, con una velocidad que puede incluso ser medida
(es inferior a la de la corriente eléctrica no orgánica). Posibilitan estas transmisiones de excitaciones
sensoriales o motrices transformadas en impulsos eléctricos las denominadas sinapsis, o sea, la unión
funcional entre las neuronas a través del contacto entre las dendritas o de los cuerpos celulares de una
de ellas con las axonas de otras. Cada neurona establece múltiples sinapsis, hasta 50.000 se calcula,
pero siempre con neuronas isocronas, esto es, con neuronas con cuyos tiempos de reacción
(cronaxias), exista un acuerdo funcional. A su vez, este acuerdo depende de los centros nerviosos,
con lo cual queda asegurada una dirección adaptada y no al azar de los recorridos de las ondas. "El
telar mágico" en que consiste según el famoso fisiólogo Sherrington el sistema nervioso "teje
siempre una muestra con sentido, aunque nunca estable". La continua movilización de las neuronas,
más de diez mil millones de las cuales se hallan alojadas en la corteza, permite organizar ese todo
coherente de percepciones, recuerdos, pensamientos, actos, emociones, impulsos, deseos y
decisiones de que se compone la vida psicológica. Y no debe entenderse por movilización
únicamente la acción, puesto que también la inhibición de la acción es un requisito fundamental de la
adaptación Entre las funciones corticales una de las más importantes es justamente el control
inhibidor: en los casos de lobotomías, en que son seccionadas conexiones que ligan la base del
cerebro y la corteza, se dan alteraciones de la conducta como consecuencia de la suspensión de ese
control inhibidor. Lo paradójico reside, según la reflexión expresada por Sir John Eccleq, premio
Nobel australiano, en la reunión celebrada en la Unesco en 1968 sobre investigaciones cerebrales, en
que si bien la complejidad del órgano superior del sistema nervioso "sobrepasa todo lo que existe en
el universo", los elementos básicos de que se compone, las neuronas, son todas muy similares; en
todas se hallarán dendritas que reciben los impulsos nerviosos y axonas que los trasmiten.
La otra gran subdivisión del sistema nervioso la constituye el sistema autónomo o vegetativo. Las
funciones que rige son, como su nombre lo indica, las de la vida vegetativa, y se cumplen
autónomamente, es decir, sin la intervención de la voluntad, e incluso durante el sueño o en períodos
de inconsciencia. Comprende dos subsistemas: el parasimpático y el simpático.
El parasimpático está constituido por fibras que se originan en la base del encéfalo o en la porción
terminal (sacra) de la médula; el nervio principal del sistema es el neumogástrico y se vincula con las
sensaciones de hambre, con las funciones sexuales y las de eliminación.
El simpático está constituido por dos cordones nerviosos que se extienden a cada lado de la columna
vertebral, con numerosos ganglios en su trayecto, los que reciben ramas aferentes de la médula y
emiten ramas eferentes. Algunas de éstas, al dirigirse a los diversos órganos, forman plexos: el solar,
el carotídeo, el hipogástrico, etc. La vida emocional, por lo que toca a su sustrato orgánico, es
primordialmente función del simpático.
Ambos sistemas suelen ejercer efectos contrapuestos: si la acción del simpático excita una función,
por ejemplo el ritmo cardíaco, la secreción de las glándulas sudoríparas, los procesos intestinales, o la
liberación de azúcar merced a la activación del hígado, el parasimpático, antagónicamente, la inhibe.
La existencia de funciones nerviosas autónomas encargadas fundamentalmente de los asustes
inconscientes del organismo no significa la no participación total en éstos del sistema de relación.
Todos los procesos vitales y psicológicos están sometidos a la acción de los dos sistemas, con mayor
predominio relativo de uno o de otro, y así como la vida vegetativa está sometida en parte al sistema
de relación, también cuanto hay de inconsciente o automático en la vida de relación está sometido a
la vez a la corteza cerebral y a los centros simpáticos de la base. Un hecho anatómico, el de que las
fibras nerviosas correspondientes siempre establecen sinapsis fuera de la médula o del cerebro,
determina que los procesos viscerales regidos por el sistema autónomo escapen al control de la
voluntad; sin embargo, un adecuado entrenamiento físico y mental permite, por fenómenos aún no
comprendidos, que, ciertas funciones vasculares, respiratorias o digestivas, sean reguladas
voluntariamente. ¿Constituye un progreso poder dominar las sensaciones de calor, de frío, de dolor?
¿O ser capaz de detener a voluntad el ritmo cardíaco o el respiratorio, como lo logran los yoguis de la
India? Es un punto sujeto a polémica. Según el conocido psiquiatra francés Baruk, se trata sólo de
"posibilidades patológicas ligadas con un debilitamiento de la voluntad y que no pueden considerarse
en modo alguno como un progreso". Y Paul Chauchard, al citar esta apreciación negativa, coincide
con ella, pues considera que ya suficiente tarea es para la conciencia regular la conducta de relación,
por lo que no puede considerarse conveniente que se deba ocupar también en el control
intraorgánico.
El sistema glandular
El segundo factor constitucional de intervención preponderante en el psiquismo es el sistema
glandular, hormonal o endocrino, que opera en estrecha vinculación con el sistema nervioso.
Todos los órganos corporales, incluyendo los músculos, son regados por la sangre, y en ella son
volcadas las liormonas, secreciones químicas producidas por las glándulas endocrinas, así llamadas
para diferenciarlas de aquellas otras cuyos productos llegan a le superficie corporal o a diversas
cavidades del cuerpo. Por conducto de la sangre, pues, llegan a la totalidad del organismo, y el efecto
de tales secreciones en el nivel del comportamiento ha sido comprobado repetidamente por vía
experimental. Un solo ejemplo: ratas machos desarrollan una conducta rnaternal hacia la cría si se les
inyectan hormonas femeninas en el cerebro.
Entre las glándulas endocrinas, aquéllas cuya acción ha sido mejor estudiada hasta el presente,
aunque no de manera exhaustiva, son las siguientes: la tiroides, las paratiroides, el páncreas, las
suprarrenales, las sexuales o gónadas y la pituitaria.
La tiroides, situada delante de la tráquea, influye en forma esencial en el desarrollo intelectual. Su
ablación (mixedema operatorio) o cualquier tipo de insuficiencia mixedémica (hipotiroidismo)
produce un marcado retroceso en la inteligencia. El hipertiroidismo, en cambio, como se da por
ejemplo en la enfermedad de Basedow, provoca hiperactividad, irascibilidad, agitación, insomnio, e
incluso puede desencadenar procesos psicóticos.
Las paratiroides, cuatro pequeñas glándulas situadas en la proximidad de la anterior, provocan según
el ritmo de la secreción ya sea fatiga e indolencia (en la hiperactividad) o estados de intensa tensión
(coincidentes con la hipoactividad).
El páncreas determina, si las dosis de insulina que segrega son excesivas, fatiga, y en general
trastornos respiratorios acompañados de nerviosidad y angustia, y en caso contrario, astenia.
Las suprarrenales. situadas, como lo indica su nombre, encima de los riñones, segregan dos
hormonas; la cortina, cuya hipersecreción suscita virilismo psicosomático, y la adrenalina, que según
lo demostrado por Cannon, a cuyas investigaciones en este campo se sumaron notablemente, en los
últimos años, las de Hans Selye, desempeña un papel fundamental en los estados de emoción. En
efecto, acelera los movimientos cardíacos, aumenta la presión sanguínea, modifica la glucemia;
gracias a sus efectos en las situaciones de peligro el organismo se encuentra en condiciones de
reaccionar con la lucha o la fuga.
Las gónadas (ovarios y testículos respectivamente en el sexo femenino y en el masculino)
determinan las características sexuales secundarias y en general la actitud hacia el sexo opuesto.
Psicológicamente no siempre priman en el individuo los rasgos correspondientes a su sexo, porque se
da en el organismo una bisexualidad originaria, de modo que las experiencias influyen en el
predominio de rasgos femeninos o masculinos; la homosexualidad, asimismo, puede obedecer a
causas enteramente psicológica. No obstante, características tales como la voz, el mayor o menor
hirsutismo y, en los casos normales la actitud general hacia el sexo opuesto, repetimos, dependen de
factores hormonales.
La pituitaria o hipófisis, alojada en la base del cráneo y compuesta por dos lóbulos, es la que regula
el funcionamiento de todas las demás glándulas y constituye así un Verdadero "cerebro endocrino".
Además, por su vinculación con el hipotálamo, centro de la base del cerebro, contribuye a la
conexión neurohumoral, cuya acción combinada es la que en última instancia ejerce el principal
influjo constitucional sobre la conducta y la personalidad. En efecto, el sistema nervioso influye en
las secreciones hormonales gracias a los mensajes que llegan de sus centros y de sus fibras excito-
secretoras, y recíprocamente, el sistema endocrino actúa a través de las hormonas en múltiples zonas
del sistema nervioso. Teniendo en cuenta en especial la influencia del funcionamiento endocrino, que
actuando sobre el sistema nervioso contribuye a determinar las características de la conducta,
Manfred Bleuler pensó que cabría establecer una psiquiatría endocrinológica. Llamó psícosíndrome
endocrino a un estado caracterizado por "perturbaciones aisladas de los instintos, trastornos del
humor y perturbaciones de toda la esfera instintivo-afectiva". Según Henry Ey sería apresurado
establecer ya conclusiones definidas sobre este punto, puesto que no se conocen aún de manera
enteramente clara las relaciones entre ;el sistema hormonal y el psiquismo, y las más de las veces las
relaciones son circulares: las condiciones endocrinas influyen en las neuropsíquicas y
recíprocamente.
Una función fundamental de las glándulas de secreción interna es su intervención en las situaciones
denominadas de stress. El fisiólogo austríaco Hans Selye investigó las reacciones inespecíficas del
organismo a las situaciones de estimulación excesiva o, por el contrario, de carencia excesiva, tanto
de índole física -heridas, infecciones, condiciones térmicas inusuales, intoxicaciones, fatiga, hambre,
etc.- como. de índole psíquica -temores, ira, sentimientos de culpa, frustración-, y las englobó bajo la
expresión de "síndrome general de adaptación" (S.G A.), o stres. En realidad el organismo siempre
se halla en necesidad de defenderse, puesto que el mero hecho de vivir produce desgaste y exige
continuos cambios en su interior, pero en las condiciones críticas del tipo de las enumeradas los
procesos de defensa, naturalmente, se acentúan.
Las etapas del stress, que se siguen en un orden invariable cada vez que el organismo se ve excedido
en sus posibilidades de funcionamiento homeostático regular, implican la secreción hipofisiaria de
ACTH (hormona adrenocórtico- trófica) y el ACTH estimula a su vez la corteza de las suprarrenales,
de tal manera que éstas suministran por su parte córticoesteroides. Una compleja interacción
glandular constituye parte esencial, pues, de todos estos fenómenos. La primera etapa del S.G.A. es
la reacción de alarma, en la que se ponen en acción todas las defensas del organismo. Hay una fase
pasiva primero (fase del shock), con descenso de temperatura y de la presión sanguínea,
concentración de, glóbulos rojos, pérdida de apetito y de la libido, etc., y luego una fase activa (de
contrashock), en la que se invierten gran parte de los procesos previos. La secreción de adrenalina y
de cortisona aumenta. Sigue a la reacción de alarma la etapa de resistencia: desaparecen los
síntomas, pues se ha producido la adaptación a las condiciones stressantes, pero si éstas resultan ser
especialmente intensas o persistentes, se produce luego la etapa del agotamiento, en la que se
vuelven a perder las condiciones de adaptación, y el organismo enferma. Los mismos esfuerzos
defensivos afectan al organismo que recurre a ellos, y se declaran entonces las "enfermedades de
adaptación" (denominación debida también a Selye). Por ejemplo, la falta de adaptación biológica a
agentes stressantes puede ocasionar endurecimiento arterial, afecciones renales, enfermedades
metabólicas, etc. Y deben considerarse asimismo enfermedades de adaptación toda 1a amplia gama
de las afecciones psicosomáticas. Las personas que experimentan estados marcados de tensión
psicológica, por carencia afectiva, porque reprimen la libre expresión de sus emociones, o porque a
causa de algún otro motivo las condiciones psicológicas en que se encuentran son desfavorables, se
hallan sometidas a un stress persistente que puede derivar en algunos casos en enfermedades
cardíacas, en úlceras estomacales, afecciones de la piel, asma, etc. Si hicieran falta nuevas
demostraciones de que el organismo constituye una unidad en la que los aspectos corporales y los
mentales son sólo facetas interrelacionadas de una unidad individual, las enfermedades
psicosomáticas aportarían una de las pruebas más decisivas.
Nos referimos al sistema nervioso, de relación y vegetativo, y al sistema glandular, como parte
fundamental de la constitución, base orgánica de la personalidad; nos interesarán ahora otros rasgos
constitucionales, características morfológicas del organismo, tales como la estatura, la forma de la
cabeza, las proporciones entre los miembros; en suma, el denominado "hábito corpóreo". El famoso
constitucionalista italiano Nicola Pende sostiene lo siguiente respecto al concepto de constitución:
"Actualmente podemos decir que por constitución se entiende la contextura morfológica individual,
diríamos el estilo arquitectónico del edificio corpóreo, el así llamado habitus; pero al decir
"constitución" no nos limitamos a señalar tanto sólo la morfología individual externa, la línea, el
peso, las proporciones que caracterizan a un individuo, sino que se agregan también el examen de las
características morfológicas internas, las proporciones viscerales (en lo posible por lo que puede dar
la radiología) y, finalmente, mediante la biopsia o estudio de la estructura hecha en vida, también las
características estructurales o histológicas (caracteres de la sangre especialmente y de otros líquidos
orgánicos)". Pende considera funcionalmente, en su repercusión dinámico psicológica, el sistema
nervioso y el sistema glandular; se refiere así a "las condiciones reactivas fundamentales del sistema
nervioso, que es el regulador y el instrumento de exteriorización de todas las reacciones vitales", pero
por sus características histológicas es indudable que forman parte, no menos que las de la sangre u
otros líquidos orgánicos, de la dotación constitucional.
"Genio y figura hasta la sepultura" reza el dicho popular, y esta vinculación entre la morfología y
aspectos típicos de la personalidad fue establecida desde muy antiguo. En la Edad Media se
denominaba "fisiognómica" a la doctrina constitucionalista entonces vigente, pero su origen se
remonta más atrás aún, porque ya en la antigüedad había sido escrito un opúsculo bajo ese nombre,
atribuido a Aristóteles. Se consideraba en particular la correlación entre características de la
personalidad y la expresión o, mejor aún, la forma de la cara. Sin que pueda negarse que representa
un dato esencial para el conocimiento de las personas, así como para los estados emocionales
transitorios que experimentan, lo cierto es que los constitucionalistas actuales conceden más
importancia a otros aspectos de la morfología corporal, pero la que persiste y ahora apoyada en
investigaciones metódicas, es la convicción de que las características morfológicas corresponden a
características psicológicas. Tales correlaciones constituyen la base de la casi totalidad de las
tipología, como lo hemos de comprobar más adelante, al reseñar los principales intentos de
clasificación de la personalidad.
El temperamento
De esa compleja estructuración orgánica que es la constitución dependen estrechamente el estilo
peculiar de movilización energética y de reactividad emocional propio de cada persona. En este
"aspecto funcional de la constitución" consiste el temperamento; capa instintivo-afectiva de la
personalidad, según lo denomina J. J. López lbor, a diferencia de la capa intelectual-volitiva que
constituye el carácter.
Para Allport pertenecen al temperamento las siguientes funciones y rasgos: "Los fenómenos
característicos de la naturaleza emocional de un individuo, incluyendo su susceptibilidad ante los
estímulos emocionales, la intensidad y rapidez habituales de sus respuestas, la calidad del temple de
ánimo que predomina en él, y todas las particularidades de las fluctuaciones y de la intensidad del
mismo, considerándose estos fenómenos como dependientes de su estructura constitucional y en
consecuencia de origen principalmente hereditario".
Se trata pues de los efectos... individual de comportamiento la dinámica energético-emocional- el
grado de energía o fuerza de reacción así como el grado de sensibilidad o de excitabilidad, según
especifica Pende. Son aspectos de la personalidad íntimamente ligados a lo biológico y se traducen
externamente en la estructura Somática, por lo que se explica que las clasificaciones que se han
hecho de los temperamentos sean simultáneamente clasificaciones de estructuras somáticas
predominantes. De éstas dependen en gran parte, descontando un mayor o menor grado de
exteriorización que es consecuencia de la inserción en un determinado medio familiar y cultural, la
tendencia más o menos marcada a la efusividad, al entusiasmo, al sentimentalismo, a la expresividad,
si consideramos la emoción; la tendencia más o menos marcada hacia la impulsividad o la apatía, la
perseverancia en el esfuerzo o la irregularidad, en el terreno de la acción; la rápida y vivas percepción
de los estímulos o una cierta inercia, en lo que atañe a los umbrales de la reactividad, o la tendencia a
la alegría o a la tristeza, en lo referente al humor.
Todo ello, que configura el temple de ánimo característico de cada persona, resulta difícil de
adscribir, sin embargo, a un factor determinado. Como lo señala Allport, una cualidad temperamental
tan tipificadora como la energía, la vitalidad o el vigor, factor decisivo por lo corriente para gozar de
popularidad en las relaciones personales ("en el lenguaje común se hace a la personalidad sínónimo
de esta propiedad"), y hasta para la experiencia de la felicidad, no se sabe al fin con qué estructuras
constitucionales se halla ligada, y sólo se puede conjeturar que depende del modo de actividad de
ciertas glándulas: la hipófisis, las suprarrenales, las gónadas y la tiroides.
De todos modos, la actividad endocrina es posiblemente el mayor determinante de los rasgos
temperamentales, rasgos que son innatos y casi invariables a partir ya de la infancia, si bien, como
hemos indicado, sufren en alguna medida los efectos del medio cualquier aspecto innato de la
personalidad es sólo una predisposición a "responder" de cierta manera, pero las respuestas están
condicionadas igualmente por las características ambientales. Estas consideraciones nos llevan al
problema de la herencia en cuanto factor que coadyuva a la formación de la personalidad.
La herencia
El patrimonio innato consiste fundamentalmente en lo que le ha sido trasmitido al individuo por sus
antecesores y en las modificaciones experimentadas en el seno materno durante el período prenatal,
esto es, en su condicionamiento congénito, a lo que puede agregarse los efectos del nacimiento en sí,
si éste ha tenido características anómalas. Ph. Greenacre sugiere que la predisposición a la angustia
acaso se vincule con experiencias especialmente perturbadoras durante el nacimiento.
En el proceso de la concepción, al unirse dos células, la materna (óvulo) y la paterna
(espermatozoide) en una célula germinal fertilizada, quedan fijadas a través de los genes (partículas
ultramicroscópicas y sumamente numerosas que ocupan un lugar determinado en los cromosomas de
las células), condiciones trasmitidas por los padres que a medida que se van desarrollando merced a
la maduración, pre y postnatal, constituirán rasgos constitucionales y temperamentales ¿Se trasmiten
también, a través del plasma germinal, rasgos netamente psicológicos? Autores como Pearson,
Heymans y Wiersmán así lo sostienen, en controversia con la mayoría de los investigadores, los que
niegan la trasmisión hereditaria de caracteres psicológicos. Existe aquí sin duda una imprecisión
semántica. Son sí caracteres psicológicos, y sin embargo heredados, o congénitos al menos, el humor
predominante, la fácil o lenta excitabilidad, la emotividad, la energía, pero corresponden al aspecto
de la personalidad más ligado con las dotes biológicas. En cambio, los rasgos de carácter son
adquiridos. Nadie nace honesto o deshonesto, veraz o mentiroso, leal o traicionero, y así
sucesivamente. Las experiencias vividas son las que plasman estas cualidades.
Queda mucho por investigar aún sobre el interjuego de lo heredado y lo adquirido dentro del
organismo individual. La inteligencia, determinadas habilidades especiales (hay estirpes enteras de
músicos o de pintores), y algunas formas de trastornos psiquiátricos: la predisposición a la psicosis
maníaco-depresiva, a la esquizofrenia (aunque aquí se plantean mayores dudas), a algunos tipos de
epilepsia, parecen ser de índole hereditaria. El factor hereditario se manifiesta en estos últimos casos
en forma de una especial fragilidad del sistema nervioso o del sistema glandular.
Ocurre con frecuencia que rasgos que parecían hereditarios revelan ser, ante un estudio detenido,
sólo seudohereditarios, producto de actitudes de imitación o de identificación con personas
significativas del medio que se dan en la niñez.
Uno de los problemas que se ha suscitado últimamente con respecto a la herencia surgió en relación
con casos de criminalidad. Se comprobó que un homicida, autor de un asesinato incomprensible y
del que se mostró muy arrepentido, padecía de una irregularidad en la composición de los
cromosomas, y por ello se elaboró la conjetura de que esta anomalía, que se encontró
coincidentemente en muchos criminales, la mayoría con retardo mental, fuese la responsable de su
comportamiento antisocial. ¿Empujará inexorablemente a la violencia. si no al crimen, la existencia
de un cariotipo anormal?
Influyó en esta hipótesis el hecho de que en 1959 el profesor Jerome Lejeune reveló que los
mongólicos poseen -un cromosoma excedente en el vigésimoprimer par. Los seres humanos tienen
normalmente cuarenta y seis cromosomas en el núcleo de cada célula, distribuidos en dos grupos de
igual número, que son transmitidos respectivamente por el padre y por la madre. Dos de los cuarenta
y seis cromosomas, que por sus características morfológicas son denominados X e Y, determinan el
sexo. Las células de los cuerpos femeninos poseen todos dos cromosomas X, las de los masculinos
poseen un par formado por una X y una Y. Pero en algunos casos estas proporciones no se mantiene,
y la fórmula genética es XYX o XYY, o XXYY. Lo importante, desde el punto de vista, psicólogico,
es que acaso ciertos trastornos del comportamiento o perturbaciones totales de la personalidad estén
vinculados con esta, aberración cromosómica. Por de pronto, ésta se manifiesta, según está
prácticamente comprobado, en algunos rasgos físicos: estatura más elevada de lo común, alteraciones
anatomofisiológicas de los órganos genitales, acné de origen hormonal, torpeza en los movimientos.
Se pudo pensar así que la existencia de un cromosoma adicional podría determinar anomalías
psicológicas, pero en los casos .observados ni la tendencia a la criminalidad ni otras tendencias
patógenas se han revelado como rasgos constantes, de modo que el estado actual de los
conocimientos no permite asegurar que la conducta psicopática de los individuos afectados sea
función exclusivamente de esas características innatas. Y también se ignora, por otra parte, en qué
forma se transmiten por herencia los cromosomas suplementarios. Hubo al menos un caso
comprobado de fórmula cariotípica XYY que no fue trasmitida a seis herederos directos, que
nacieron con cariotipos normales. También en otra esfera de la psicopatología, en el difícil problema
de la esquizofrenia, aparecieron datos en los últimos años que hicieron replantear la cuestión del
influjo ejercido por las características constitucionales trasmitidas por herencia. Tanto en
investigaciones realizadas en los Estados Unidos como en la Unión Soviética, se ha descubierto que
un componente químico de la sangre humana -la globulina Alpha 2-, si su cantidad excede a la
proporción normal, puede perforar las membranas de los nervios y acaso radique en ello la causa de
la esquizotrenia. En efecto, esas perforaciones permitirían el paso de sustancias dentro y fuera del
sistema nervioso en forma tal que queda dañada la capacidad de las neuronas de transmitir
información. De allí las alucinaciones típicas de la esquizofrenia, enfermedad en la que apareció
justamente, en un gran porcentaje de casos investigados, una alta proporción de la dicha globulina.
Pero aun si hubiese que optar en definitiva por una concepción que hace responsable de la
esquizofrenia a un factor químico-biológico, tal como es posible explicar la parálisis general
progresiva por las espiroquetas de la sífilis, se estaría aún muy lejos, con todo, de poder reducir las
complejidades de la personalidad individual a factores constitucionales. Y la misma cautela se
impone si lo que se toma en cuenta son otras características psicobiológicas, como las ya citadas
variaciones individuales en las ondas cerebrales. Es verdad que existe por ejemplo una correlación
entre un trazado arrítmico en el encefalograma y los estados epilépticos, pero esto no constituye la
explicación exhaustiva de la enfermedad, que afecta la conducta total de la persona. Dice A Montagu
con respecto a lo que venimos tratando: "La herencia, como la constitución, no es, como creían
pasadas generaciones, el equivalente de predestinación, sino la expresión de lo biológicamente dado
en la interacción con lo ambientalmente dispuesto. Herencia no significa Destino, sino algo con lo
que, si queremos, podemos hacer muchas cosas. No podremos sustituir los genes por el medio, pero
debemos recordar .siempre que los genes no son determinantes de rasgos, sino las respuestas del
organismo en desarrollo al medio. Siempre podemos, pues, hacer algo para controlar la expresión de
esas respuestas. Y Montagu cita a continuación Términos de Thorndike con los que parece
justificable coincidir en gran medida, por lo menos en el estado actual de las Investigaciones: "A la
verdadera obra del hombre -su perfeccionamiento a través de la mejora del medio- la influencia de la
herencia no pone barrera alguna.
En lo que respecta a los factores congénitos, el régimen de vida que lleve la madre durante el
embarazo, por ejemplo tensiones emocionales, alimentación escasa o inadecuada, exposición a los
rayos X, así como los efectos de algunas enfermedades, ejercen su acción, a través del cordón
umbilical, sobre la dotación hereditaria ya existente en el feto, al configurar un determinado ambiente
prenatal. De este modo contribuyen también a la formación de la personalidad. Hay afecciones de
origen congénito, como los defectos cardíacos, ceguera, sordera o retardo mental que puede deberse
a que la madre padeció de rubéola durante los primeros meses del embarazo. Pero los testimonios no
son enteramente congruentes aun sobre las consecuencias de los trastornos emocionales sufridos por
la madre; por ejemplo, niños nacidos en campos de concentración se desarrollaron luego
normalmente, de modo que la cuestión constituye por el momento un tema para la investigación.
Sea como fuere, es un hecho que los factores congénitos reflejan en gran parte condiciones
ambientales, de modo que también en el patrimonio innato está ya dada la dialéctica con el medio.
Esta dialéctica continúa durante el curso total de la existencia; lo externo, una vez aprendido y
combinado con las posibilidades innatas, se convierte en configuración interna, y esta configuración
determina de qué manera serán acogidos y se reaccionará a los estímulos ambientales nuevos. En la
trama compleja de la personalidad hallamos hebras de distinto origen y cada una de ellas, al
interactuar con las otras, las modifica, y de contragolpe se modifica. No es otra cosa lo que dice el
esquema de las series complementarias de Freud, al que varias veces ya debimos aludir.
El esquema corporal
Si las características corporales, tanto estructural como funcionalmente, son parte integrante de la
personalidad, esto se verifica en un doble sentido; por una parte interviene el cuerpo como dimensión
objetiva, en cuanto constitución, por otra en cuanto dimensión vivencial, o sea, según la difundida
expresión de Paul Schilder, como esquema corporal Si en lo que respecta a los factores orgánicos o
biológicos lo preponderante es la dotación hereditaria o congénita, en el esquema corporal lo
determinante reside en las experiencias de interrelación personal.
La impresión subjetiva del yo corporal, la vivencia tanto de la posición y movimientos de¡ propio
cuerpo en el espacio, como de su masa interna, es lo que se entiende por esquema corporal. Entre
esta imagen vivida y las características reales del cuerpo, tal como pueden ser percibidas por un
tercero, o por la propia persona ante su figura reflejada, las diferencias son marcadas, pues se trata de
perspectivas distintas.
El esquema corporal no constituye un conocimiento intelectual, sino que está integrado a la
personalidad desde un plano eminentemente subjetivo, como marco de referencia individual de las
propias posibilidades de actuar en el mundo exterior de cosas y personas, y vinculado por lo tanto
con proyectos y tareas. Eso explica asimismo que las partes del organismo que están representadas
en él sean especialmente aquellas por las que se establecen mayores intercambios con el mundo y
con los demás: la mano, el rostro, los orificios corporales; en cambio la espalda, la nuca, raras veces
integran el esquema corporal. Lo hacen en cambio los elementos no ya corporales sino exteriores que
en un momento dado están íntimamente unidos a nuestra acción o a las vivencias anímicas: los
instrumentos que se están empleando, las ropas que vestimos; incluso el vehículo que se maneja. Es
que el esquema corporal es un modo de vivir, nuestro yo moviéndose en un mundo de objetos
concretos.
Su formación es gradual y nunca totalmente estabilizado, porque experimentamos diversamente
nuestro cuerpo en las distintas épocas de la vida y aun en distintos momentos. No es una Gestal sino
una Gestaltung, afirma Schilder; de Gestalten constituidas van surgiendo otras, sea por los procesos
de maduración en el niño, sea por diversas experiencias, normales o traumáticas, e incluso por la
misma ejercitación física.
Según Jean Lacan, entre los seis y los dieciocho meses se sitúa una fase de evolución en la que el
niño todavía impotente y carente de coordinación motora puede anticipar imaginariamente la
aprehensión y dominio de su unidad corporal en las imágenes de otros seres humanos o en la suya
propia percibido en un espejo. Este "estadio del espejo" esboza ya lo que será el yo, al identificarse el
niño con imágenes corporales estructuradas (Gestalten), en un período en que su propio cuerpo no le
pertenece todavía. "La asunción jubilante de su imagen especular por el ser sumergido aún en la
impotencia motriz y la dependencia de la alimentación que es el niño en ese estadio infans nos parece
pues manifestar en una situación ejemplar la matriz simbólica en que el yo se precipita en una forma
primordial, antes de objetivarse en la dialéctica de la identificación con el otro y antes de que el
lenguaje no le restituya en lo universal su función de sujeto".
Las modificaciones bruscas del esquema corporal ya adquirido se producen especialmente en las
alteraciones psicóticas, en las que se da con frecuencia lo que Buytendijk califica de "alienación en el
cuerpo": el sujeto se siente extraño.
En la integración del esquema corporal influyen de manera decisiva las impresiones táctiles y
visuales, pero estos procesos neurofisiológicos se complican siempre con el tipo de las relaciones
objetales que se hayan ido sucediendo en el curso de la socialización. Las impresiones de aceptación
o rechazo, de trato estable o inestable, que recibe el bebé en los primeros meses de vida, son
impresiones corporales, dependerán de cómo haya sido cargado en brazos, de cómo haya sido
amamantado, de que se lo haya acariciado o no; y estas impresiones, que son los primeros contactos
con el mundo, al ser introyectadas forman la matriz en que se irán inscribiendo las experiencias
posteriores y determinan asimismo la vivencia del propio cuerpo. Este, conjunto estructurado de
órganos y sistemas, va cobrando cada vez más claramente su carácter de "estructura de
significaciones, para un sujeto" o de "cuerpo-situación", según expresiones acuñadas asimismo por
Buytcndijk. El hombre, vive siempre rodeado de otros hombres, lo que determina de modo esencial
sus características psicológicas tanto generales como idiosincrásicas. Y en lo que respecta al cuerpo
en su dimensión subjetiva, en parte nos sentimos tal como hemos impresionado a las personas
significativas de nuestro entorno, y en parte según los sentimientos que les atribuimos, en un juego
circular de introyección y proyección. "Nuestra actitud hacia las distintas partes del cuerpo puede
hallarse determinada, en gran medida -afirma Schilder-, por el interés que se toman los demás en
nuestro cuerpo. Elaboramos nuestra imagen corporal de acuerdo con las experiencias adquiridas
mediante las acciones y actitudes de los demás. Estas pueden consistir en palabras o acciones
dirigidas hacia nuestro cuerpo. . . Las enfermedades que provocan acciones particulares hacia nuestro
propio también alteran el modelo postural, las experiencia infantiles tempranas son de particular
importancia en este sentido aunque en ningún momento dejamos posteriormente de reunir
experiencias y de explorar nuestro propio cuerpo. "Podemos tomar ciertas partes de los cuerpos
ajenos e incorporarlas a nuestra propia imagen corporal. Este fenómeno se llama personización. Pero
también podemos desempeñar íntegramente el papel de los demás, es identificarnos con ellos y esto
puede inducirnos a prestar una atención especial, con una actitud también especifica, a partes de
nuestro propio cuerpo".
Por otra parte, deseos, expectativas, temores, o aun los hábitos constituidos, tiñen tanto la visión del
mundo externo como la vivencialidad de la propia corporeidad, y eso explica que si por una parte el
esquema corporal, al hacemos experimentar nuestra espacialidad, permite un accionar adecuado
también puede presentar distorsiones muy marcadas. Fueron éstas, precisamente, las que por primera
vez hicieron nacer el concepto de esquema corporal, a raíz sobre todo de observaciones del
neurólogo Henry Head sobre formación de "miembros fantasma".
El fenómeno consiste en lo siguiente: en los casos en se procede a la amputación de un miembro sin
que se haya dado ocasión- al sujeto para que se prepare psicológicamente para la operación, éste
siente el miembro amputado durante largo tiempo después, como si formara parte aún de su cuerpo.
Los estudios de Head fueron proseguidos por neurólogos -K. Goldstein y A. Gelb, entre otros- y por
psicólogos y psicoanalistas -E. Meyer, David Katz, Clifford Seott, Schilder, a la vez neurólogo y
psicoanalista, M. Merleau-Ponty, en su calidad de filósofo interesado en la psicología, etc. pero
todavía no se conocen con certeza puntos importantes, por ejemplo, si las impresiones proceden de la
corteza cerebral o del lugar de la sección de los nervios sensitivos. Para Merleau-Ponty es decisivo
para la formación del miembro fantasma un condicionamiento. psicológico: los amputados no están
anímicamente dispuestos a tomar conocimiento de la pérdida del miembro real, y de ahí que éste se
transforme en un "fantasma" del que parten sensaciones, por lo general dolorosas, de índole
alucinatoria. Así, aunque la persona compruebe visualmente la mutilación, sigue recibiendo
estímulos que parecerían proceder del miembro ausente.
No es ésta la única anomalía posible del esquema corporal. La literatura neurológica presenta
numerosos tipos de anosognosias, esto es, de incapacidad de reconocer en sí mismo trastornos
funcionales tales corno cegueras, sorderas, parálisis, o diversas aquirias o aloquirias, que consisten
en la no percepción de una mitad del cuerpo, y de agnosias de la imagen corporal en su totalidad.
Toda esta patología del esquema corporal es prueba de una perturbación, por lo general profunda, de
la personalidad toda. Schilder sostiene que el sujeto deposita amor a sí mismo a través de su cuerpo,
y que es esta carga narcisista la responsable de las deformaciones de la imagen corpórea, por
ejemplo, las que se dan en los hipocondríacos y en los histéricos. Se trataría a su juicio de un especial
"mecanismo de defensa"; de una represión orgánica".
De todos estos fenómenos se desprende, en todo caso, hasta qué punto los caracteres específicos de
cada personalidad, así como su mayor o menor grado de equilibrio psíquico, se reflejan en el
esquema corporal, que se constituye como una condensación de experiencias especialmente
interhumanas, sobre la base de la corporeidad real.
El carácter
Con la consideración del carácter pasamos a un campo en que se aprecia de manera más neta aún que
en las subestructuras de la personalidad hasta ahora consideradas, el influjo del aprendizaje.
El carácter se define como el conjunto estructurado de actitudes estabilizadas y modos típicos de
actuar de una persona, mediante los cuales realiza su estilo individual de adaptación. El mismo
origen de la palabra (charasso = grabar) lo está señalando ya como resultado de lo que el sujeto ha
experimentado y adquirido en el curso de su existencia.
El carácter es de índole eminentemente relacional; los rasgos de carácter constituyen pautas
peculiares de vinculación con el mundo exterior y aun consigo mismo (para Alfred Adler, reflejan el
modo individual de solucionar el interjuego dentro de cada sujeto del sentimiento de comunidad y
del afán de dominio), y una somera lista de los rasgos de carácter más comunes basta para
confirmarlo. En efecto, si según nuestro temperamento somos por ejemplo apacibles, enérgicos,
sensitivos, o lo contrario, según nuestro carácter somos honestos o deshonestos, reticentes o abiertos,
intro o extrovertidos, pulcros o descuidados, ahorrativos, pródigos, confiados o desconfiados,
sumisos o independientes... La lista podría ser mucho más extensa, pues estos calificativos
condensan la experiencia humana sobre las casi infinitas modalidades del actuar y reaccionar de las
personas.
Son predominantemente, aunque no de manera exclusiva, estilos de conducirse que se reflejan en el
área 3, porque si bien el carácter incluye también predisposiciones mentales a encarar las situaciones
y las personas de determinada manera ("actitudes"), se revela sobre todo en el obrar.
Es común considerarlo como aspecto moral de la personalidad, y hasta asimilarlo con la fortaleza de
carácter, lo que involucra la intervención de la voluntad (para J. J. López lbor constituye la "capa
intelectual-volitiva de la personalidad"), pero en verdad, según se aprecia incluso por la corta lista de
rasgos de carácter arriba enumerados, no todos ellos son éticamente valorables, o implican una
determinada potencia de la voluntad.
Si así no fuera, cabría preguntarse, junto con Allport, por qué se habría de designar con un nombre
especial, el de carácter, un grupo de rasgos que emanan, junto con todos los otros, de la personalidad
total. El nombre queda en cambio justificado si los diferenciamos como el producto de lo "adquirido"
por el individuo, siempre en relación, desde luego, con su patrimonio innato.
En el habla común, en la literatura y aun en la psicología, carácter, temperamento y personalidad se
dan o han sido dados como sinónimos, por el hecho de que todos trasuntan rasgos distintivos de las
personas. Las diversas "caracterologías" por ejemplo, cuyo antecedente más antiguo posiblemente lo
representen Hipócrates (V. a C.) y Teofrasto (IV a. C.), cuya clásica obra Los caracteres describe
treinta tipos distintos, casi siempre son en definitiva tipologías de la personalidad centradas en
algunos rasgos dominantes, unas veces constitucionales y temperamentales, y sólo otras netamente
caracterológicos. Es el caso, en la Antigüedad de la Fisiognómica atribuida a Aristóteles, aparte de
los trabajos de los pensadores citados; en la Edad Moderna el caso de Los caracteres de La Bruyere
(1645-1696), y en la época actual de las tipologías de Kretschmer, de Sheldon, de Jung y de varios
otros autores, que reseñaremos en otro capítulo, Lo que sobre todo nos interesa retener del concepto
de carácter es que su formación es paulatina y procede primordialmente de las relaciones
interhumanas establecidas en los primeros años de la vida. A través de ellas le son inculcadas al niño
normas sociales vigentes, y el modo en que éstas son asimiladas depende del tipo de vínculos
personales que establecen estas experiencias. Por ejemplo, un carácter autoritario (o superyoico, en el
lenguaje psicoanalítico), o por el contrario un carácter "blando" o indeciso, se constituyen según el
modo en que al niño se le van impartiendo, y él va introyectando según también sus características
propias, normas higiénicas, de trato social, la obediencia, etcétera.
Nos referirnos ya a la significación esencial de las actitudes de los demás hacia el niño, y en especial
de las actitudes' parentales, en lo que respecta al esquema corporal. Los sentimientos hacia él que
refleja el trato que recibe son factores decisivos en este plano. Lo mismo vale para el carácter. La
dinámica psíquica involucrada es similar en uno y otro caso. Consiste primordialmente en la
identificación, la imitación y las reacciones en sentido contrario, distintos procesos por los cuales lo
que vemos o experimentamos en el medio humano que nos rodea pasa a formar parte de nosotros
mismos. Se da así una suerte de espiral: lo vivido determina rasgos de carácter y éstos determinan a
su vez cómo serán sentidas o interpretadas las experiencias posteriores.
En la literatura psicológica y psicoanalítico actual no se concede gran interés al carácter, a pesar de
que constituye un aspecto fundamental de la personalidad y de que trae a primer plano el tema no
resuelto aún de la importancia relativa de los factores innatos y los adquiridos en la formación
individual. Se multiplican en cambio los estudios sobre el "yo", instancia central de la personalidad
estrechamente vinculada con el carácter. Según la formulación del eminente psicoanalista Otto
Fenichel, éste se constituye precisamente como conjunto de las modalidades del yo. " . los modos
habituales de adaptación del yo al mundo externo, al ello y al superyó, y los tipos característicos de
combinación de estos modos es lo que constituye el carácter".
Pero esto nos introduce en una conceptualización de la estructura de la personalidad distinta de las
que hemos considerado hasta aquí, aunque coincidente en algunos aspectos: la que establece como
subestructuras las tres instancias del ello, el yo y el superyó.
Ello, yo y superyó
Dado que el psicoanálisis es una de las escuelas a la que en mayor medida se debe la preocupación
actual de la psicología por el ser humano considerado como totalidad, también influyó en el
surgimiento de la psicología de la personalidad. Freud fundó su doctrina en las observaciones
concretas de pacientes a los que trataba en calidad de psiquiatra, y su trabajo clínico lo llevó a
conceder un papel fundamental en la determinación de la conducta presente a sucesos del pasado,
dotados de un persistente poder motivador insospechado hasta entonces; también lo llevó a superar
las dicotomías cuerpo-alma e individuo-medio, al comprobar que los dos términos resultan
dinámicamente interrelacionados en esa estructuración unitaria y persistente de rasgos psicológicos
idiosincráticos en que consiste la personalidad.
Hubo modificaciones, sin embargo, en la conceptualización freudiana de la personalidad. A una
primera teoría de 1900, que implicaba una visión "topográfico" del denominado aparato psíquico,
expresión de fuerte acento fisiologista con que Freud designa la dinámica psicológica, le siguió, una
veintena de años más tarde, una concepción "estructural". En la topográfica importaba sobre todo la
ubicación, por así decirlo, de los procesos, en uno de tres sistemas: consciente Preconsciente e
inconsciente. Los dos primeros sólo se diferencian desde un punto de vista descriptivo, en tanto que
el sistema inconsciente se diferencia de ambos desde un punto de vista dinámico. En efecto, es el
psiquismo reprimido el que impulsa primordialmente vastas zonas de la conducta. Ya nos hemos
ocupado de este fundamental concepto psicoanalítico, del que se deduce que la personalidad se
manifiesta sobre todo en la dialéctica que se establece entre el sistema preconsciente-consciente y el
sistema inconsciente, merced al funcionamiento de la "censura".
La segunda interpretación de la dinámica psicológica no invalida la primera, pero constituye una
teoría de mayores alcances. Surgió a consecuencia de estudios más detenidos sobre la potencia que
decide sobre la represión o censura, que es el yo. Se advirtió entonces que no cabía identificar
inconsciente y reprimido, porque la misma censura o represión, función del yo, es a su vez
inconsciente, sin ser sin embargo reprimida.
La personalidad se halla estructurada, concluyó Freud, en tres instancias; éstas no constituyen
"partes" de la persona, hay que apresurarse a aclarar, sino realidades psicológicas funcionales tales
como afectos, ideas, disposiciones, actitudes y posibilidades de actuar y de comunicarse con el
mundo de distinta índole, y que muchas veces se hallan en conflicto mutuo.
El ello es la fuente de las pulsiones innatas, esto es, de Eros y Thanatos según la teoría freudiano. Sus
procesos son inconscientes, y sólo llegan a la conciencia las representaciones, ideas o afectos que de
ellas se derivan. El Eros o libido implica expansión, creatividad, y también sexualidad (en la vasta y
algo imprecisa acepción de la sexualidad dentro del psicoanálisis freudiano). Thanatos es lo que
representa en la vida psicológica las tendencias a la inmovilidad y a la muerte. En última instancia, la
tendencia que obraría en la vida orgánica al regresar al estado inorgánico de donde surgió. Los
instintos de Conservación y los sexuales entran, naturalmente, dentro de las tendencias libidinosas,
en tanto que las otras incluyen los impulsos de destrucción, sean dirigidos hacia el propio sujeto
(masoquismo) o hacia otros (sadismo ).
El ello constituye el aspecto más biológico de la personalidad; el equivalente de la constitución y el
temperamento de las concepciones clásicas, aunque estos últimos son conceptos más vastos y
abarcan aspectos no incluidos en el significado del ello. Este se caracteriza por un funcionamiento
peculiar dentro de la vida psicológica. Sus procesos no están sometidos al principio de realidad -los
impulsos no cumplen en el hombre, aclara Lagache, la función de adaptación que poseen para los
animales-, sino que se guían por el principio del placer y buscan en cualquier circunstancia una
descarga inmediata de la tensión. Son ajenos a la realidad lógica, desconocen el tiempo...
Representan las fuerzas profundas, irracionales, que gobiernan la existencia humina. Parece sin
embargo altamente hipotético que existan los fenómenos del ello como tales fuerzas impulsivas en sí.
Es más ajustado a la experiencia suponer que sólo existen conductas libidinales o agresivas, producto
de la reacción ante determinadas situaciones de organismos dotados, no de fuerzas, sino de
predisposiciones a obrar en diversos sentidos.
A diferencia de los impulsos del ello, que son innatos, el yo se forma en el contacto con la realidad.
Es un concepto, como dijimos, ligado al de carácter, pues del yo depende la adaptación del individuo
al medio y la solución de los conflictos intrapsíquicos, las modalidades más o menos permanentes de
las cuales son típicas para cada persona y constituyen los rasgos de carácter.
No debe confundirse el concepto psicoanalítico del yo con la concepción psicológica general. Dentro
de la teoría estructural de la personalidades yo designa una subestructura que gradualmente se va
diferenciando del ello originario merced a los reiterados contactos con el mundo exterior, y su
función principal consiste en organizar la recepción de los estímulos en un grado más alto que la
mera irritabilidad del organismo (tiene a su cargo los procesos de percepción, atención, memoria,
juicio y raciocinio), y en controlar las respuestas a los mismos, no según el principio del placer, que
exige la satisfacción inmediata de los impulsos que ponen en tensión al organismo, sino por el
principio de la realidad. Dice Freud con respecto al yo: "por su relación con el sistema de la
percepción establece el orden temporal de los procesos psíquicos y los somete al examen de la
realidad. Mediante la interpelación de los procesos mentales consigue un aplazamiento de las
descargas motoras y domina los accesos a la motilidad". La capacidad de demorar la descarga, el
poder de inhibición, que dentro del sistema nervioso corresponde primordialmente al órgano de
jerarquía máxima, el cerebro, corresponde dentro de la estructura de la personalidad a su centro
rector, que es el yo.
Todos estos procesos yoicos que representan la capacidad general de desenvolvernos en forma
adecuada en el mundo exterior son conscientes o preconscientes; pero también en relación al propio
mundo interno es el yo un elemento de mediación, y estos procesos intrapsíquicos, son en cambio
inconscientes. En este sentido el yo es la instancia de compromiso entre el ello y una tercera
instancia, el superyó, que condensa los sentimientos éticos. Así como resulta peligroso para la vida
física la entrega sin freno a las pulsiones instintivas, y el yo cumple una misión protectora al inhibir
la descarga (el principio de realidad es en el fondo un rodeo para obtener placer de maneras que no
amenacen la existencia); también resulta peligrosa para el equilibrio psicológico la no obediencia a
las propias normas éticas, que engendra necesariamente sentimientos de culpa y el descenso de la
autoestima; y también en esto desempeña el yo una misión protectora.
Para ello dispone de varios expedientes, entre los más característicos de los cuales se cuentan los
mecanismos de defensa. Se denomina de este modo a tipos de conducta inconscientes que de una
manera parcial e indirecta, y que no se contrapone ni a las exigencias de la realidad ni a las normas
superyoicas, permiten satisfacer los impulsos del ello.
Alivian sólo transitoriamente la tensión psíquica en lugar de conseguir una adaptación permanente,
obligan además a un fuerte gasto de energía psíquica, al mantener reprimidas las causas que originan
el conflicto, pero son muchas veces la mejor salida a que puede recurrir el sujeto en determinadas
circunstancias. En el neurótico las defensas son el recurso común, en la persona sana, recursos
esporádicos. Cuando la presión que ejercen los impulsos de la vida o de muerte es tan poderosa que
amenaza con manifestarse de manera peligrosa, surge el sentimiento típico de la angustia (aunque
éste no es por cierto el único modo en que se manifiesta o la única ocasión en que se origina esta
emoción), y ella mueve al sujeto a abrir como automáticamente una válvula de escape. Esa válvula
de escape puede consistir en alguno de los mecanismos de defensa.
El poder de desatar la angustia como señal de alarma constituye una de las más importantes
funciones yoicas. Según la primera formulación sobre la angustia ésta era resultado de la frustración
sexual; hoy se sostiene por el contrario que es resultado de una vivencia de frustración más total, que
abarca planos más personales. Gracias a la advertencia que comporta la angustia se reprimen las
ideas o sentimientos emanados directamente de la pulsión activada, pero al mismo tiempo de algún
modo se les da satisfacción, aunque sea de manera disfrazada. Las conductas defensivas implican
una verdadera disociación de la personalidad, si bien temporaria, y gracias a ella se disuelve, también
temporariamente, el conflicto. Si se trata por ejemplo de un sentimiento agresivo de cólera, ni éste
queda enteramente bloqueado ni se lo descarga de una manera que constituya un riesgo con respecto
a la situación exterior de la persona o con respecto a su. propia autoestima.
Quien primeramente dedicó un estudio detallado a estas conductas defensivas fue Anna Freud, a la
que se debe una obra clásica sobre este tema, la ya citada El yo y los mecanismos de defensa, de
1936. Los mecanismos de defensa que se suelen reconocer son los siguientes:
Proyección: consiste en adjudicar a otros las propias motivaciones, afectos o pautas de conducta.
Introyección: es la adopción de motivaciones, afectos o pautas ajenas como si fuesen propias. Junto
con la proyección es una forma de identificación, o sea, del proceso por el cual una persona siente
como si fuera otra, como si constituyese el otro polo de la relación objetal. En la imitación ese
apropiarse de modos de ser ajenos suele ser consciente y obedecer a un propósito parcial y definido;
la identificación es siempre inconsciente en cambio, y en cuanto mecanismo de defensa cumple la
función de proteger contra la angustia.
Represión: consiste en "censurar" determinados sentimientos, ideas o propensiones no permitiendo
que pasen a la conciencia. No es en verdad un mecanismo de defensa especial, pues interviene en
todas las conductas defensivas.
Regresión: es la reasunción de pautas de conducta ya superadas en la evolución personal.
Desplazamiento: trueque por otro "objeto" o meta del depositario original de pulsiones libidinales o
agresivas
Conversión: consiste en la transformación del conflicto psicológico en un síntoma corporal que lo
simboliza; por ejemplo, en una ceguera histérica el sujeto no ve, aunque no aparezca ninguna lesión
fisiológica, porque inconscientemente teme ver.
Aislamiento: es la evitación inconsciente de temas penosos y cuanto se relacione con él,
manteniendo reprimidos los recuerdos o percepciones vinculadas con el mismo.
Racionalización: adopción de falsas razones para explicar lógicamente la propia conducta o
sentimientos.
Negación: proceso semejante a la racionalización, que consiste en no confesarse a sí mismo deseos o
temores, o en general cualquier motivación que se sienta como desagradable o peligrosa.
Formación reactiva: la exageración de algunos sentimientos o tipos de comportamiento que son
precisamente lo opuesto de los que en verdad se experimentan y constituyen como una especie de
barrera contra los mismos, aunque en cierto modo posibilitan también un acercamiento psicológico a
ellos. Ejemplo típico: el exceso de puritanismo en personas que reprueban sus inconscientes
pulsiones líbidinosas. Otro ejemplo: defender rabiosamente el propio honor con susceptibilidad fuera
de lo común porque se está muy tentado a caer en conductas deshonorables.
Anulación: es un proceso cercano a la formación reactiva, pues consiste en comportarse de maneras
que en forma simbólica anulan conductas anteriores. Por ejemplo, disculparme exagerada y
compulsivamente después de haber molestado a una persona; o, en otro caso, mostrarse risueño y
amable después de haberse dejado llevar por la cólera.
Inhibición: consiste en la imposibilidad material de desarrollar algunas actividades que
inconscientemente se han cargado para el sujeto de una significación penosa. "Una persona que sufre
de una inhibición neurótica -afirma Anna Freud- se está defendiendo a sí misma contra la traslación a
la acción de algún impulso instintivo prohibido". Así, sentir inhibición para concurrir a bailes puede
deberse en una muchacha a que el baile reviste para ella una significación temidamente sexual. Otro
caso: la apatía general puede ser a veces una manera de mantener a raya sentimientos marcadamente
agresivos.
Mencionamos por último la sublimación, cuyo carácter peculiar torna inclusive dudosa su
calificación de "defensa". En efecto, en tanto que la utilización reiterada de los demás mecanismos de
defensa empobrece la personalidad y vuelve al sujeto cada vez más disociado en sus afectos y ajeno a
su verdadera vida interior, al par que los conflictos qué lo agitan continúan vigentes, la sublimación
crea situaciones nuevas y no deja residuos de frustración. Al "sublimar", la descarga de las pulsiones
se realiza a través de vías que resultan social y éticamente aceptables. El término "sublimación",
afirma Otto Fenichel, "no designa un mecanismo específico. Las defensas de carácter eficaz (tales
son las sublimaciones) pueden hacer uso de diversos mecanismos, como el cambio de la pasividad a
una actitud activa, la vuelta contra el sujeto, o la transformación de un fin en el fin opuesto. El factor
común a estos mecanismos es que, bajo la influencia del yo, el fin, o el objeto (o uno y otro a la vez)
es modificado sin resultar de ello el bloqueo de una descarga de carácter adecuado". Se puede hallar
por ejemplo sublimación de impulsos libidinosos en la creación artística, sublimación de la agresión
en la actuación política de carácter idealista, o en algunas actividades científicas, etc. En el polo
opuesto del "ajuste" ante circunstancias desfavorables, el comportamiento reviste así un carácter de
expresión o realización personal. Todos los procesos defensivos se ponen en marcha cuando asoma la
angustia a modo de indicador de un grado de intensidad pulsional que puede desencadenar
conflictos; revelan por lo tanto la existencia de un funcionamiento inconsciente del yo, que lo
convierte, como lo expresa Clara Thompson en el “coordinador de la avenencia”. La avenencia es la
que se debe concertar entre las fuerzas caóticas del Ello y las normas que impone la tercera instancia
de la personalidad, el superyo, o bien entre el ello y las exigencias de la realidad.
Tampoco en el superyó debe verse otra cosa que no sea “agrupamientos mentales", nada autoriza a
considerar a ninguna de las subestructuras de la personalidad como "entidades psíquicas accesibles a
la intuición o (a) localizarlas en ciertas regiones del sistema nervioso. Lo característico de las
motivaciones superyoicas es que se vinculan con prohibiciones o con normas y exigencias éticas, y
carácter superyoico es aquél en el que prevalecen clases de rasgos correspondientes a ellas. El
proceso por el que se constituye el superyó -que así como el yo deriva del ello, deriva, a su vez, del
yo- es eminentemente un proceso de identificación. No habría socialización del individuo sin un
juego circular de proyecciones e introyecciones merced al cual el bebé incorpora emocionalmente las
pautas del pequeño grupo humano con que se halla en contacto directo (introyección), y las asimila a
sus experiencias ya adquiridas e interpreta según sus modalidades innatas (proyección). Este pequeño
grupo constituye el vehículo de su integración a la sociedad en pleno, y no sólo el superyó sino
también el carácter (que es el estilo del yo) y el esquema corporal son producto de identificaciones.
Lo característico de las que conducen a la formación del superyó es su índole moralizante. Son
algunos aspectos del código moral de los padres, que éstos, expresan en mandatos y prohibiciones, lo
que el niño va introyectando, de modo que los siente como emanados de sí mismo. Según la doctrina
psicoanalítico es alrededor de los cinco años, finalizada la fase de complejo de Edipo, cuando se
forma el superyó, a consecuencia del especial giro que cobra durante ese período de la evolución
psicológica la identificación con los padres. Mediante este proceso el niño supera la angustia
procedente del conflicto edípico y forma su conciencia moral.
A semejanza de lo que ocurre con el yo, esta instancia es en parte consciente y en parte inconsciente.
Una frecuente deformación neurótica consiste en la extrema e irracional rigidez y severidad del
superyó, por ejemplo cuando una una persona se castiga inconscientemente a sí misma
imponiéndose normas de vida sumamente estrictas, o se torna exageradamente intransigente con los
comportamientos ajenos. Tales deformaciones superyoicas de la personalidad suelen originarse en la
identificación con padres que han sido excesivamente rigurosos con sus hijos y suscitaron en ellos
abrumadores sentimientos de culpa o de pecaminosidad.
Deben diferenciarse del superyó 'el yo ideal y el ideal del yo, aunque los conceptos no siempre se
hallan claramente discriminados en la literatura psicoanalítica. El yo ideal es la imagen, no siempre
consciente, de lo que la persona aspira lograr para sí en el sentido de la expansión de sus tendencia
instintivas, es un ideal de omnipotencia guiado por el principio del placer. El ideal del yo, en cambio,
consiste en la imagen, conforme a los ideales del superyó, de lo que se desea lograr en cuanto a la
autorrealización ética. Es una imagen predominantemente consciente, pero intervienen también en
ella requerimientos inconscientes de carácter superyoico.
La concepción estructural de las tres instancias constituye a la vez una interpretación de la formación
de la personalidad: a partir de las pasiones instintivas del ello, "que representan en el psiquismo las
exigencias de orden somático", se plasma el yo, "representante del mundo exterior, real, en lo
anímico, merced a las percepciones que nos ponen en contacto con el ambiente externo", y
posteriormente se diferencia dentro de éste el superyó, efecto de la trasmisión, a través de los padres,
de pautas culturales, pues refleja "la influencia de las tradiciones familiares, raciales y nacionales, lo
mismo que las exigencias del medio social inmediato que ellos (los padres) representan". Es
igualmente una interpretación de la personalidad ya constituida, porque esas tres instancias -o
"agrupaciones mentales", como las califica Lagache, para evitar que se las interprete de modo
sustancialista- actúan conjuntamente y estableciendo entre sí relaciones dinámicas cuya dialéctica
conflictiva es resuelta en cada persona de una manera peculiar. Una conocida imagen de Freud
simboliza al ello como un fuerte caballo guiado y refrenado por un jinete que es el yo; debemos
colegir, entonces, que las metas que ese jinete se fije y la medida en que la cabalgadura se deje guiar
o en que el jinete deba plegarse en cambio a sus impulsos es lo que caracteriza según esta teoría a
cada personalidad individual.
A través de las varias formas de conceptualizar la estructura de la personalidad que hemos reseñado,
se comprueba que en mayor o menor grado le han sido adjudicadas unidad, al par que posibilidad de
disociación, formación gradual, integración de aspectos somáticos y mentales y de aspectos innatos
y adquiridos, dialéctica entre maduración y relación con el medio, determinada índole morfológica
(el hábito) y expresión dinárnica (la conducta), capas nucleares y superficiales.
Gaston Berger sitúa también entre los estratos de la personalidad a la persona y al yo trascendental.
No nos referiremos a estos puntos, que nos llevarían a cuestiones filosóficas más que psicológicas,
pero aclarar el concepto de personalidad exige que se lo distinga del concepto de persona.
Personalidad y persona
Tanto a uno como a otro concepto les fueron adjudicados multitud de significados, muchas veces
colindantes cuando no coincidentes, pero hablar de la persona ha implicado casi siempre un matiz
teológico o filosófico. En la antropología filosófica contemporánea, la persona es considerada como
el centro de las conductas espirituales, esto es, regidas por valores específicamente humanos: la
verdad, el bien, la belleza, la justicia, o en general por actitudes que se distancian de los intereses más
inmediatamente vitales. La personalidad como sabemos, es el conjunto de los modos individuales de
adaptación y expresión.- ¿Son esas conductas en que nos manifestamos en el plano axiológico
propias de la consideración psicológicas? Desde luego, cuando el hombre se conduce según su
dimensión persona, cuando, según la expresión de Francisco Romero, "supera su subjetivismo
empírico, el flujo constante de impulsos, apetencias y necesidades, cuanto pertenece, en suma a la
esfera vital, y se adscribe a un orden sobreindividual, a un orden que lo trasciende y al que
voluntariamente se supedita", está obrando con sus más altas posibilidades, pero no por eso fuera del
nivel de integración psicológica, que tal como lo hemos interpretado incluye estas posibilidades.
En resumen: la personalidad, en cuanto totalidad integrada que constituye cada ser humano
individual considerado en sus aspectos idiosincrásicos, incluye a la persona, faceta parcial que puede
alcanzar mayor o menor desarrollo, por más que constituye el aspecto más plenamente humano del
hombre. Ser sensible a los valores espirituales y ser capaz de obrar conforme a ellos son actitudes y
conductas exclusivas de la persona, pero es lo común que entren en conflicto con motivaciones
diversas, y la resolución de tales conflictos se hace a veces a expensas de esos valores; está demás
decir, por otra parte, que no en todos los seres humanos la espiritualidad se halla igualmente acusada
y esos conflictos alcanzan hondura.
Justamente, algunas teorías de la personalidad inducen a inferir que el sello distintivo de una
personalidad depende de la importancia de la dimensión "persona" dentro de la personalidad total y
de la dialéctica que ésta establece dentro de la misma con otros aspectos de la configuración
individual.