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DE LA MAGIA

PRIMITIVA
A LA MEDICINA
MODERNA

Ruy Pérez Tamayo


1997

Este libro fue pasado a formato Word para facilitar la difusión, y con el propósito de
que así como usted lo recibió lo pueda hacer llegar a alguien más. HERNÁN

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Rosario – Argentina
Adherida al Directorio Promineo
FWD: www.promineo.gq.nu
DEDICATORIA
A IRMGARD

AGRADECIMIENTOS

En primer lugar, a mi madre, quien desde muy pequeño me inculcó un gran respeto por los
médicos y una gran admiración por la medicina. También en primer lugar, a mis maestros en las
ciencias médicas, quienes confirmaron con creces todo lo que me había anticipado mi madre.
También en primer lugar, a mis alumnos en medicina ( y en especial, a los que se hicieron mis
amigos), cuyas dudas y preguntas me ayudaron a mantenerme razonablemente actualizado.
Finalmente, y también en primerísimo lugar, a mi esposa Irmgard, quien con generosidad ha
comprendido, patrocinado y protegido las muchas horas que he dedicado a estudiar la historia de
la medicina y a escribir sobre ella.

PRÓLOGO

Hace ya más de 50 años desde que empecé a estudiar medicina. En efecto, en 1943 ingresé a la
entonces Escuela de Medicina de la UNAM, pensando que seis años después terminaría mis
estudios, me graduaría de médico y, a partir de ese momento, ejercería mi profesión con gran
prestigio social y éxito económico. Lo que pasó fue muy diferente: desde 1943 nunca he dejado
de estudiar, me gradué de médico a principios de 1950 y a partir de esa fecha he trabajado en mi
profesión durante ya casi medio siglo, con escaso impacto social y muy modesto éxito económico.
La discrepancia entre mis expectativas juveniles y el desarrollo ulterior de mi vida se debe a dos
factores principales: en primer lugar, a mi garrafal ignorancia a los 17 años de edad, y en
segundo lugar, a la creciente complejidad de la medicina en los últimos 50 años. Quiero creer que
con el paso del tiempo el primer factor se haya reducido un poco, pero en cambio me consta que
el segundo factor ha crecido en forma fenomenal, y su transformación ha sido no sólo
cuantitativa sino cualitativa. A lo largo de mi vida de médico no sólo he experimentado esa
transformación, sino que también he estudiado los orígenes de la medicina y sus peripecias a
través de la historia.
Estas páginas presentan un resumen de la evolución de la medicina desde sus principios hasta el
momento actual. Se trata de una historia de mitos y de observaciones empíricas, de errores y de
visiones geniales, de triunfos y de fracasos, de retrocesos y de avances, de ignorancia y de
sabiduría, de ilusiones y de realidades, de mucho dolor pero también de mucha esperanza, o sea
de una historia profundamente humana, tan vieja como la humanidad y tan joven como sus
aspiraciones actuales. He intentado redactar esta historia de la medicina en forma sencilla y sin
lenguaje técnico, porque no he escrito para médicos ni para historiadores, sino más bien para los
jóvenes que pudieran ya estar interesados en elegir esa profesión para su vida realmente para
aquellos que todavía no han hecho una decisión definitiva al respecto. También he escrito para
los adultos que no son médicos que tengan curiosidad por establecer un primer contacto con la
historia del llamado arte de Hipócrates y Galeno. Confieso que no soy un testigo imparcial: en mi
opinión, la medicina es la más interesante, la más noble, y la más satisfactoria de todas las
ocupaciones posibles del hombre, mil veces mejor que los oficios de Creso, Don Juan, de
Napoleón y de Einstein. Además, exige la dedicación más completa, el ejercicio más amplio y
continuo de todas las facultades y el desarrollo del espíritu más o de servicio a la sociedad,
basado en el respeto y el amor por nuestros semejantes.

INTRODUCCIÓN
MEDICINA, ¿CIENCIA O ARTE?

Antes de iniciar un repaso de la historia de la medicina conviene hacer un intento por definirla.
Con frecuencia se dice que la medicina es un arte y que el médico es un artista, pero también se
habla de la medicina científica y del médico como un hombre de ciencia. Incluso el Diccionario de
la Real Academia de la Lengua Española define así la palabra "medicina":
Medicina. Ciencia y arte de precaver y curar las enfermedades del cuerpo humano.
Una forma de intentar resolver el dilema de si la medicina es ciencia o arte es comparar los
métodos de trabajo, los objetivos y las metas de los médicos, de los científicos y de los artistas.
Respecto a los métodos de trabajo, los tres personajes se enfrentan a sus respectivos problemas
(el enfermo, la pregunta científica, la expresión artística) con experiencias previas que les
permiten imaginar o intuir correctamente la solución (el diagnóstico correcto, la hipótesis

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adecuada o la mejor creación estética); en cierto sentido, los tres requieren creatividad, o sea la
capacidad para concebir configuraciones novedosas a partir de un mínimo de elementos iniciales.
Otra característica común en el trabajo de los tres personajes es su destreza técnica, su habilidad
experta para manipular la naturaleza de manera no sólo precisa y exacta sino también elegante y
hasta bella. Sin embargo, los objetivos de los tres personajes son distintos: el médico intenta
curar a su paciente individual o preservar su salud (o la de la comunidad), el científico trata de
crear un esquema aceptable trabaja para generar metas de la medicina, de la ciencia y del arte
son diferentes: la medicina persigue la salud, la ciencia el conocimiento, y el arte la emoción
estética.
La respuesta a la pregunta que encabeza este apartado es que las dos cosas: es ciencia y es arte,
pero también es algo más. Es ciencia desde que esta disciplina, tal como se conoce actualmente,
se inició en el siglo XVI (de hecho, la ciencia empieza en 1543 con la publicación de dos libros:
uno de anatomía la Fabrica de Vesalio y el otro de astronomía, el De Revolutionibus de
Copérnico); también es arte, pero no tanto en el sentido de artista sino más bien en el de
artesano, en el de un oficio que requiere el dominio de conocimientos teóricos y de habilidades
técnicas que se adquieren con la práctica. Pero sólo es ciencia y es arte: también es algo más, y
la identifica como una actividad humana singular . La medicina es la única profesión dedicada a
lograr que hombres y mujeres vivan y mueran sanos lo mas tarde posible. Para ello médicos se
ocupan de tres cosas: 1) de la conservación de salud, 2) de la curación de las enfermedades, y
3 ) de evitar las muertes prematuras. Estas tres metas no son alternativas no complementarias, y
pueden contemplarse al nivel intelecutual o colectivo.
1) Las medidas dirigidas a la conservación de la salud se conocen como profilácticas y son de dos
tipos: las que promueven la salud (ejercicio físico, dieta) y las que previenen las enfermedades
(saneamiento ambiental, vacunas).
2) El manejo médico o quirúrgico de las enfermedades es la terapéutica, y su objetivo es
devolverle la salud al enfermo y reintegrarlo a una vida normal.
3) Finalmente, la medicina no es enemiga de la muerte; si así fuera, la medicina siempre sería
derrotada; lo que ella combate son las muertes evitables o prematuras, que a partir del siglo XVI
han ido disminuyendo progresivamente gracias al avance de los conocimientos en profilaxis y en
terapéutica. La medicina acepta (¡ y más le vale! ) que al final la muerte siempre es inevitable,
porque es parte de la condición humana.
Pero la profilaxis, la terapéutica y la lucha contra las muertes evitables o prematuras no agotan
todo lo que la medicina es: falta la manera o estilo como los médicos realizan tales acciones, que
puede ser de cuatro formas distintas: 1) con atención rigurosa a las reglas científicas que se
aplican en el caso particular, 2) con gran cariño y apoyo emocional a los seres humanos
afectados, 3) con una mezcla saludable de 1 y 2, y 4) con ignorancia científica, desapego
emocional e impaciencia burocrática por terminar lo antes posible con la experiencia. Aunque
estos cuatro tipos de médicos existen hoy y han existido siempre, a lo largo de toda la historia de
la humanidad (no porque sean médicos sino porque son miembros de la especie Homo sapiens
sapiens), desde hace 25 siglos persiste vigente el aforisma hipocrático sobre la verdadera
naturaleza de la acción médica:
Curar algunas veces, ayudar con frecuencia, consolar siempre.

PARTE PRIMERA. LA MEDICINA PRECIENTÍFICA


I. LA MEDICINA DE LOS PUEBLOS PRIMITIVOS

INTRODUCCIÓN

UNA forma de acercarse a los orígenes de la medicina es estudiando las ideas sobre la
enfermedad y las prácticas terapéuticas de los pueblos primitivos que han sobrevivido en esa
forma hasta nuestros días. Tal concepto supone que, de la misma manera que el resto de su
cultura, la medicina que practican en la actualidad los grupos sociales primitivos refleja la que
existía en los albores de la civilización, antes de que se desarrollara la escritura y se iniciara el
registro de la historia. Existen varios estudios de ese tipo, realizados en diferentes épocas y en
numerosos grupos primitivos de distintas partes del mundo, que muestran una serie de
características comunes:
1) Las enfermedades son castigos enviados por una deidad, casi siempre por la violación de un
tabú o de alguna ley religiosa, o bien son causadas por brujos o hechiceros, pero en todo caso se
trata de fenómenos sobrenaturales;

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2) tanto el diagnóstico como el tratamiento de las enfermedades requieren medios y ritos
igualmente mágicos o religiosos;
3) los personajes encargados del manejo de los pacientes son sacerdotes, brujos o chamanes,
que con frecuencia funcionan como las tres cosas, a veces simultáneamente;
4) hay distintas formas de adquirir las enfermedades, pero entre las más frecuentes están el
castigo divino, la introducción el cuerpo del paciente, como una piedra o un hueso, la posesión
por un espíritu, la pérdida del alma, el "mal de ojo", el "susto" y otras más;
5) Aún las lesiones traumáticas, como las heridas de guerra así como las complicaciones del
embarazo o hasta la mordedura por animales como el jaguar o la víbora, cuyas causas son bien
aparentes, para el hombre llenas de elementos mágicos o sobrenaturales.
Este concepto mágico-religioso de la medicina, con variaciones de detalle según distintas épocas
y regiones geográficas, estaba ampliamente difundido entre los pueblos primitivos de
localizaciones tan distintas como Mesopotamia, Egipto y otros grupos de África, Europa, Australia
y América. De hecho, cuando a principios del siglo XVI ocurrió el "encuentro" de las dos culturas,
la española y la mesoamericana, ambas compartían este concepto mágico-religioso de la
medicina, aunque los dioses respectivos tenían distintos nombres y los mecanismos de
enfermedad aceptados por los indígenas (pérdida del alma o "mal de ojo") eran diferentes del que
prevalecía entre los europeos (desequilibrio de los humores), que entonces todavía se
encontraban bajo la influencia de las ideas galénicas. Para ambas culturas las enfermedades eran
castigos divinos enviados por los dioses ofendidos a los hombres y mujeres pecadores, y en
ambos casos parte del tratamiento era suplicarles su perdón (a Dios Nuestro Señor o a
Tezcatlipoca el Negro, según el caso) por medio de rezos o de encantamientos, así como con
regalos, sacrificios, penitencias y promesas de enmienda.
Aunque el concepto mágico-religioso de la medicina sea primitivo, eso no significa que sea cosa
del pasado. Además, tampoco se limita a los grupos sociales y étnicos caracterizados por los
antropólogos como primitivos, sino que persiste hasta hoy en muchas culturas de distintas partes
del mundo, junto con otras tradiciones de épocas muy antiguas. En México forma parte
importante de lo que se conoce como medicina tradicional, así como de muchas de las "curas" o
"limpias" que todavía realizan a diario centenares de curanderos o brujos como "tratamiento" no
sólo de toda clase de enfermedades, sino también para salir de una racha de mala suerte, para
mejorar el empleo, o para lograr que vuelva el ser amado.

LA MEDICINA ASIRIA

La escritura se inició en la antigua ciudad de Uruk, situada al sur de los ríos Eufrates y Tigris, en
la Mesopotamia, en donde habitaban los sumerios y los acadios, en el año 3500 a.C.
aproximadamente. Los sumerios construyeron la ciudad de Babilonia, que sobrevivió unos 3 000
años, hasta que fue destruida en el año 275 a.C. El rey Hamurabi (2123-2081 a.C.) fue el
primero en levantar un cuerpo de leyes para regular la administración, que incluye algunas
relacionadas con la cirugía, y que son las más antiguas que se conocen. En 1902 se desenterró
en las ruinas de la ciudad de Susa, a donde lo habían llevado desde Babilonia como trofeo de
guerra en el año 1100 a.C., un bloque cilíndrico de diorita de más de 2 m de alto y 0.50 m de
circunferencia, en donde está grabado el Código de Hamurabi. En la parte superior del bloque hay
un bajo relieve que representa al rey recibiendo las leyes de las manos de Shamash, el dios-Sol,
y por debajo hay 16 columnas de inscripciones, mientras que en el lado opuesto hay 28 columnas
más. Las leyes médicas se refieren a la práctica de la cirugía y establecen los honorarios que
deben cobrarse según el nivel social y económico del paciente, y según el resultado de la cirugía.
Algunas de ellas son las siguientes:

218. Si un médico (Asu) opera a un noble por una herida grave con una
lanceta de bronce y causa la muerte del noble; o si abre un absceso en el
ojo de un noble con una lanceta de bronce y lo destruye, se le cortará la
mano.
219. Si un médico opera a un esclavo con una lanceta de bronce y le
causa la muerte, tendrá que reponer el esclavo con otro del mismo valor.
221. Si un médico cura una fractura ósea de un noble o alivia una
enfermedad de sus intestinos, el paciente le dará cinco shekels (ca.150 g)
de plata al médico.
223. Si se trata de un esclavo, el dueño del esclavo le dará dos shekels de
plata al médico.

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Figura 1. El código de Hammurabi, ca. 1700 a.C. grabado en diorita, con el rey sentado
en el trono y recibiendo las leyes de manos de Shamash, el Dios-Sol.

En cambio, la mayor parte del conocimiento que se tiene sobre la medicina en Babilonia y en
Asiria se deriva de las 30 000 tabletas de arcilla descubiertas por sir Austen Henry Layard en las
ruinas de la Biblioteca de Asurbanipal (669-626), en Nínive, de la que se dice que contenía cerca
de 100 000 tabletas en donde se habían copiado a todos los clásicos de la literatura sumeria y
babilonia. La escritura cuneiforme asiria fue traducida en 1846 por Henry Rawlinson, después de
12 años de trabajar en una inscripción hecha por órdenes del rey Darío I (581-485 a.C.), en
donde se relatan sus victorias en la guerra. Con esta traducción se inició la ciencia de la
asiriología, igual que 10 años antes la traducción de la Piedra Roseta por Champollion había
iniciado la ciencia de la egiptología.
Se ignora la antigüedad de los textos que los escribas del rey Asurbanipal copiaron para su
biblioteca, pero se calcula que se remontan al año 2000 a.C. De las 30 000 tabletas examinadas,
cerca de 800 están relacionadas con la medicina, aunque no es fácil distinguir entre textos
médicos, exorcismos, encantamientos y plegarias, que con frecuencia se usaban como medios
terapéuticos. La medicina asiria era mágico-religiosa, con predilección por el mecanismo de
enfermedad conocido como posesión, o sea el ingreso al organismo de un espíritu maligno, pero
con un alto grado de especialización; por ejemplo, si había dolor en el cuello, el responsable era
el espíritu maligno Adad; si el pecho era el afectado, se trataba de Ishtar; si eran las regiones
temporales, le correspondía a Alu, uno de los espíritus conocidos genéricamente como Utukku,
que eran particularmente agresivos; Gallu producía alteraciones en las manos, Rabisu en la piel,
Labartu en el aparato genital femenino; Nantar, el mensajero de Allatu, la reina del mundo
nocturno, era capaz de causar 60 enfermedades diferentes; Ura, otra habitante del mundo
nocturno, era la diosa de la pestilencia, etcétera.
Para librarse de estos demonios era necesario practicar exorcismos, acompañados de
purificaciones, sacrificios y penitencias. El médico o asu era una mezcla de sacerdote y médico,
pero también los jueces y los abogados eran sacerdotes, porque en una cultura tan dominada por
los dioses el poder descansaba en sus representantes. Estos asu habían desarrollado una serie de
medidas terapéuticas de aplicación local que ayudaban a extirpar al demonio por medio de
plantas, lodo, vendajes, ungüentos y emplastos; naturalmente, todas estas medidas estaban
dotadas de poderes mágicos, sobre todo aquellas que finalmente resultaban benéficas para el
enfermo. Entre las sustancias recomendadas para preparar pomadas o para administración Por
distintas vías se cuentan 250 derivadas de vegetales y 120 minerales, como anís, asafétida,
belladona, mariguana, cardamomo, aceite de castor, canela, ajo, mandrágora, mostaza, mirra y
opio. Entre los vehículos están: vino, aceites, grasas, miel, cera, leche y agua. Algunas
indicaciones son adecuadas, como azufre para la sarna, mariguana para la depresión y la
neuralgia, mandrágora y opio para el dolor y como somníferos, y la belladona para la
dismenorrea y el asma. Pero también se recetaban por vía oral grasa cruda de cerdo, heces de

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perro o humanas, sangre y orina de animales y otras cosas peores, con la idea de que los
demonios se asquearan y abandonaran el cuerpo del paciente.
Una parte importante de la terapéutica del asu era la colocación en la cercanía del enfermo de
estatuillas de monstruos en actitudes amenazantes, con objeto de que, al verlas, el demonio
responsable del padecimiento se asustara y huyera. Otra parte de su trabajo era adivinar el
pronóstico, lo que se hacía por la inspección del hígado de un animal sacrificado con ese
propósito. El hígado se observaba porque era el órgano que contenía mas sangre, y como la vida
y la sangre eran sinónimos, el hígado era el sitio del alma. La hepatoscopía se realizaba en
ovejas, y no solo en casos de enfermedad, sino también cuando se iba a emprender un negocio,
un matrimonio, una guerra, o cualquier otra empresa peligrosa. También se practicaba la
adivinación por medio de la astrología, basada en que los movimientos del Sol, de la Luna y de
los planetas, como eran dioses, precedían a los acontecimientos en la Tierra. Los conocimientos
de los astrónomos babilónicos eran sorprendentes y establecieron relaciones estrechas entre la
astrología y la medicina, que tuvieron gran influencia no sólo en el pensamiento médico de
Egipto, de Grecia y de Roma, sino que siguieron formando parte de la medicina durante toda la
Edad Media.

LA MEDICINA EGIPCIA

Los historiadores antiguos alabaron la capacidad de los médicos egipcios. En la Odisea, Homero
(ca. 1100 a.C.) escribe que: "En Egipto los hombres son más hábiles en medicina que ningunos
otros." Herodoto (ca. 484-425 a.C.) cuenta que los reyes persas Ciro y Darío sólo tenían médicos
egipcios, y también dice que la medicina egipcia estaba muy especializada, al grado que había
médicos que sólo estudiaban y trataban una enfermedad. Como en otras culturas antiguas, en
Egipto prevalecía la medicina mágico-religiosa, en la que el sacerdote es el médico y todo el
panteón de dioses el causante de las enfermedades, desde Ra, el dios-Sol, pasando por Osiris, el
dios del Nilo, Isis, su esposa y hermana, madre de otros dioses, Ptah, el Gran Arquitecto, quien
también era el dios de la Salud, y muchos más. Los egipcios creían en la inmortalidad del alma y
en la resurrección del cuerpo, lo que probablemente contribuyó a la práctica de la momificación,
que data de la Segunda Dinastía (ca. 3000 a.C.).
La medicina egipcia está muy ligada al nombre de Imhotep, visir del rey Zoser (III Dinastía, ca.
2980 a.C.), que al mismo tiempo era también arquitecto, astrónomo, mago, sacerdote y médico.
Un siglo después de su muerte (ca. 2850 a.C.) se le consideraba como un semidiós, y en el año
525 a.C. ya era un dios, hijo de Ptah (aunque se sabía que había sido hijo del arquitecto
Kanofer). Posteriormente se transformó en el dios de la Medicina y durante el periodo helénico
era la principal deidad adorada en Menfis, al lado de Ptah. Los enfermos acudían a sus templos,
en donde se celebraban distintos ritos, y muchos dormían ahí; en sus sueños se les aparecía el
dios Imhotep y les indicaba el tratamiento apropiado. Los griegos lo identificaron con Asclepiades
y adoptaron varias de sus tradiciones.
Mucho de lo que se sabe respecto a la medicina egipcia se debe a la existencia de varios papiros
antiguos: el papiro de Edwin Smith, que se ocupa principalmente de cirugía; el de Ebers, que es
una recopilación de textos médicos; el de Kahun, que se refiere a ginecología; el de Hearst, que
es un formulario médico práctico; el de Londres, que contiene numerosos encantamientos, etc. El
papiro de Edwin Smith es el documento quirúrgico más antiguo que se conoce, pues data del
siglo XVII a.C. y entonces ya era antiguo; fue adquirido en Tebas en 1862 por el egiptólogo de
ese nombre, quien se dio cuenta de que su contenido era médico pero no lo publicó. Después de
su muerte su hija lo regaló a la Sociedad de Historia de Nueva York, y ésta convenció al famoso
egiptólogo James Henry Breasted (1865-1935) de que lo tradujera; finalmente, la traducción
apareció en 1930. En el papiro de Edwin Smith se describen numerosas fracturas y dislocaciones,
heridas, tumores, úlceras y abscesos y se señala su tratamiento; también se recomiendan
exorcismos y encantamientos o recitativos, que deben pronunciarse antes o durante el
tratamiento, pero no se insiste demasiado en ellos. En general, la terapéutica es conservadora y
se refiere a vendajes, tejidos absorbentes, tapones y férulas, así como aparatos para inmovilizar
fracturas hechos de goma. En las heridas se aplicaban grasa y miel, así como carne fresca, pero
también se menciona el estiércol.

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Figura 2. Página del papiro de Edwin Smith, ca. 1650 a.C.

El papiro de Ebers fue adquirido en Egipto en 1873 por el profesor Georg Ebers, quien dos años
después publicó una edición similar, con introducción y vocabulario. Fue escrito en la primera
mitad del siglo XVI a.C., pero el autor dice que es una recopilación y muchas de las recetas son
muy antiguas, de 2500 a 3000 a.C. En este papiro se mencionan tres tipos de doctores: médicos,
cirujanos y hechiceros o exorcistas, y se dan los tres tipos de tratamientos, que son remedios,
operaciones y encantamientos. En el papiro de Kahun se da una receta para un preparado
contraceptivo: un supositorio vaginal preparado con heces de cocodrilo, miel y carbonato de
sodio.

LA MEDICINA MESOAMERICANA PRECOLOMBINA

Antes de 1492, en Mesoamérica se desarrollaron varias culturas, como la náhuatl, la maya, la


purépecha, la otomí y otras más. De la que existe más información sobre sus ideas y prácticas
médicas es de la náhuatl, porque era la que prevalecía en el altiplano de Anáhuac cuando llegaron
los conquistadores, la que aprovecharon para su beneficio durante la destrucción de Tenochtitlán
y los primeros tiempos de la Nueva España, y la que se comentó más en sus escritos de esos
años. Lo poco que se sabe de la medicina de las otras culturas mesoamericanas no se aparta en
lo esencial de los principales elementos de la náhuatl, por lo que en esta sección solamente nos
referiremos a esta última.
De los muchos dioses que los aztecas reconocían y adoraban, varios de ellos estaban relacionados
con la medicina; por ejemplo, Tláloc, señor de la Lluvia, producía enfriamientos y catarros,
neumonías y reumatismos; Xochiquetzal, diosa del Amor y de la Fertilidad, enviaba enfermedades
venéreas y complicaciones del embarazo y del parto; Tezcatlipoca o Titlahuacán era
especialmente temible, pues se asociaba con enfermedades graves o letales; Xipe-Tótec, Nuestro
Señor el Desollado, era especialista en enfermedades de la piel. Las mujeres jóvenes muertas en
su primer parto eran adoptadas por Coatlicue, la diosa de la Tierra y de la Muerte, y convertidas
en cihuateteo no subían al Séptimo Cielo sino que se quedaban residiendo en el Primer Cielo,
desde donde bajaban a la Tierra, especialmente en los días 1-Venado en los cruces de caminos,
para asustar a los hombres y producirles enfermedades a los niños, como parálisis facial, atrofia
de miembros, enfermedades convulsivas y otros padecimientos neurológicos. Las cihuateteo más
jóvenes eran las más malas pues se ensañaban con los niños más pequeños y hermosos, "para
robarles su belleza".
Hasta cuando el padecimiento era algo tan natural, como una fractura consecuencia de una caída
sufrida durante el ascenso de una montaña, los aztecas lo relacionaban con una causa divina,
pues sabían muy bien que era precisamente en los sitios más peligrosos de la montaña en donde
moraban los chaneques y otros espíritus malignos, expertos en empujones y zancadillas.
Con frecuencia el enfermo azteca no tenía conciencia de haber violado alguna ley o mandamiento
religioso, o no sabía bien cuál era la deidad que había ofendido con su comportamiento, y
entonces la consulta con el médico o tícitl incluía no sólo el diagnóstico y el tratamiento de la
enfermedad, sino también la identificación del dios enojado. Esto era muy importante, porque los
ritos sacrificios y exorcismos eran diferentes para los distintos dioses. Además de los rezos y las
ceremonias religiosas correspondientes, el tícil también empleaba medios terapéuticos naturales,
entre ellos principalmente la herbolaria, que entre los aztecas era extraordinariamente rica.
Algunas medicinas que todavía se usan hoy provienen de la herbolaria precolombina, como la
infusión de yoloxóchitl para las fiebres o la de toloache como abortivo, pero en la antigüedad se
usaban muchas otras con muy distintas indicaciones. Es probable que dentro de esta riqueza
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tradicional todavía se puedan encontrar algunas otras sustancias con uso terapéutico real y
efectivo, pero tal sugestión requiere estudios científicos críticos y religiosos.

LA EFICIENCIA DE LA MEDICINA PRIMITIVA

¿Qué resultados tenían los médicos primitivos? ¿Se beneficiaban sus pacientes con las
invocaciones a los dioses, las máscaras, los ritos mágicos, los sacrificios, los exorcismos y la
herbolaria? En otras palabras, ¿servía para algo la medicina primitiva, o cuando el enfermo se
curaba, lo hacía a pesar del diagnóstico y del tratamiento que recibía del curandero o chamán? La
respuesta a estas preguntas es que los resultados de los médicos primitivos eran bastante
buenos, que muchos enfermos, sus familiares y sus amigos se beneficiaban con las funciones del
curandero o chamán, pero no precisamente por ellas mismas sino por otras razones, totalmente
independientes de sus medidas terapéuticas, que podemos resumir en las tres siguientes:

Figura 3. Manuscrito azteca tomado del libro Libellus de medicinalibus indorum herbis,
de 1552. La planta Xonachton azcapayxiia, y se recomienda contra el dolor del corazón.

1) El efecto psicológico positivo de una relación médico-paciente bien llevada, en la que el


enfermo, sus familiares y amigos, así como el médico, sus ayudantes y el entorno social al que
todos pertenecen, comparten las mismas creencias y las mismas ideas sobre las enfermedades,
sus causas y los efectos benéficos (le las medidas terapéuticas empleadas. En esta relación
médico-paciente cada uno de los participantes debe desempeñar su papel con rigor y fidelidad,
pues el éxito depende en gran parte de la ejecución adecuada de una liturgia preestablecida. Esto
explica las máscaras y el atuendo de los chamanes, sus trances, sueños y danzas, los exorcismos
y las estatuillas de los asu asirios, los ritos y encantamientos de los snw egipcios, la quema del
copal, las ofrendas y las yerbas del tícitl azteca; de la misma manera, también explica el santito
con la veladora prendida en la casa del Niño Fidencio, los dibujos en el piso de la choza del brujo
o curandero navajo, y el título de médico enmarcado en la sala de espera y la bata blanca del
médico científico contemporáneo. Cuando en la relación médico-paciente se cumplen las
expectativas del enfermo, de sus familiares y de sus amigos, una buena parte del problema ya ha
sido resuelta.
2) En ausencia de medidas terapéuticas que realmente las modifiquen, muchas enfermedades
revelan una historia clínica característica, cada una con un principio más o menos definido,
diversas manifestaciones clínicas sugestivas o hasta diagnósticas, evolución variable pero
frecuentemente predecible, y un final propio, que varía desde curación habitual hasta muerte
inevitable. Al conjunto de fenómenos propios y a la evolución espontánea de cada enfermedad se
les conoce como su historia natural. Su relación con la eficiencia de la medicina primitiva es que,
por su historia natural, muchas enfermedades tienden a curarse espontáneamente, con
frecuencia a pesar de lo que se intente para acelerar su evolución favorable. Por eso se dice, con
toda razón, que el catarro común o coriza se quita con tratamiento en una semana, y sin
tratamiento en siete días. Cuando la medicina primitiva se enfrenta a padecimientos que de todas
maneras, por su historia natural, iban a curarse (que por fortuna son la mayoría) y el paciente se
cura, se anota un triunfo que en realidad no le corresponde.
3) Otro factor inespecífico que contribuye al éxito de la medicina primitiva se conoce como el
efecto placebo. La palabra "placebo" proviene de la voz latina placit, que significa "complacer ". El
término describe un fenómeno biológico interesante: el efecto fisiológico positivo de un agente
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(con frecuencia un fármaco) totalmente inerte, cuando se administra a una persona que cree y
espera que tendrá el efecto deseado. Un ejemplo clásico es la disminución de la fiebre en ciertos
pacientes a los que se les administra NaCl (sal), que no tiene ninguna acción conocida sobre la
temperatura somática, diciéndoles que se les está dando ácido acetil-salicílico (aspirina), que es
un efectivo antipirético. El efecto placebo requiere con frecuencia que el paciente esté informado
de los objetivos de las medidas terapéuticas a las que se somete, pero también puede observarse
en sujetos inocentes de lo que les ocurre, pero con cierta imaginación.
Estos tres elementos inespecíficos, el efecto positivo de una buena relación médico-paciente, la
historia natural de las enfermedades, y el efecto placebo, explican la mayor parte de los éxitos de
las medicinas primitivas. El resto, que seguramente no son pocos, puede atribuirse a los
conocimientos y a las prácticas empíricas de los médicos primitivos. La curación de las heridas de
guerra y de otras lesiones traumáticas, el manejo de algunas complicaciones del embarazo y del
parto, así como la atención de muchos padecimientos ginecológicos y pediátricos agudos, eran y
siguen siendo ejemplos de la eficiencia de la medicina primitiva. Pero también debe señalarse que
en no pocas ocasiones los tratamientos del sacerdote, del chamán o del brujo resultaban (y
todavía resultan) desastrosos para el enfermo, en parte por lo que hacían y en gran parte
también por lo que dejaban de hacer. Esto es cierto no sólo de la medicina primitiva y de su
sucesora contemporánea, la medicina tradicional, sino también de todas las otras medicinas que
se desarrollaron sobre bases empíricas e imaginarias a lo largo de la historia de la humanidad,
hasta el surgimiento, a partir del siglo XVI, de la medicina científica.

II. LA MEDICINA EN GRECIA (SIGLOS IX A I A.C.)

INTRODUCCIÓN

LA CIVILIZACIÓN griega se extiende desde los siglos XI o X a.C., hasta el siglo a. C., o sea un
total de aproximadamente 10 siglos o 1 000 años. Lo que se conoce como la cultura griega
antigua ocupa la primera mitad de ese lapso, mientras que la cultura griega clásica se desarrolló
en la segunda mitad, a partir del siglo V a.C. (el llamado siglo de Pericles), y hasta el siglo I a.C.
Durante la época antigua el pueblo griego integró su identidad étnica y social a partir de grupos
aqueos, jonios, dorios y orientales, incluyendo fenicios y otros habitantes de las costas del
Mediterráneo. Durante ese prolongado lapso los griegos recibieron múltiples y profundas
influencias de culturas más antiguas, como las mesopotámicas (asiria, caldea, babilónica y
persa), las de Medio Oriente (siria, israelí) y las africanas (libia, egipcia). El llamado "milagro
griego", o sea el surgimiento casi explosivo en Grecia, durante el siglo V a.C., de una cultura que
sentó las bases del pensamiento característico de la civilización occidental, debe gran parte de su
existencia y de su estructura a las tradiciones, a las experiencias y a las ideas que los pueblos
griegos recibieron y adoptaron de sus antecesores y vecinos. El conocimiento sobre los astros, los
principios de la arquitectura, el manejo de la geometría y de las matemáticas, las artes de la
navegación y de la guerra, los secretos de la medicina, y muchas otras cosas más, las tomaron
los griegos en gran parte de sus contactos con otras culturas y procedieron a cambiarlas y a
mejorarlas por medio de su genio incomparable. Pero buena parte del trabajo pionero ya estaba
hecho.

LA MEDICINA EN LA GRECIA ANTIGUA

La medicina de la Grecia antigua no era diferente de la primitiva descrita en el capítulo 1. Tenía


una sólida base mágico-religiosa, como puede verse en los poemas épicos La Ilíada y La Odisea,
que datan de antes del siglo XI a.C.
En ambos relatos los dioses no sólo están siempre presentes sino que conviven con los humanos,
compiten con ellos en el amor y pelean con ellos en la guerra y hasta son heridos pero (claro) se
curan automáticamente. No así los guerreros mortales, cuyas heridas requieren los tratamientos
de la medicina primitiva, aunque ocasionalmente también se benefician de la participación de los
dioses.
El dios griego de la medicina era Asclepíades. Según la leyenda, Asclepíades fue hijo de Apolo,
quien originalmente era el dios de la medicina, y de Coronis, una virgen bella pero mortal. Un día,
Apolo la sorprendió bañándose en el bosque, se enamoró de ella y la conquistó, pero cuando
Coronis ya estaba embarazada su padre le exigió que cumpliera su palabra de matrimonio con su
primo Isquión. La noticia de la próxima boda de Coronis se la llevó a Apolo el cuervo, que en esos
tiempos era un pájaro blanco. Enfurecido, Apolo primero maldijo al cuervo, que desde entonces

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es negro, y después disparó sus flechas y, con la ayuda de su hermana Artemisa, mató a Coronis
junto con toda su familia, sus amigas y su prometido Isquión. Sin embargo, al contemplar el
cadáver de su amante, Apolo sintió pena por su hijo aún no nacido y procedió a extraerlo del
vientre de su madre muerta por medio de una operación cesárea. Así nació Asclepíades, a quien
su padre llevó al monte Pelión, en donde vivía el centauro Quirón, quien era sabio en las artes de
la magia antigua, de la música y de la medicina, para que se encargara de su educación.
Asclepíades aprendió todo lo que Quirón sabía y mucho más, y se fue a ejercer sus artes a las
ciudades griegas, con tal éxito que su fama como médico se difundió por todos lados. La leyenda
señala que con el tiempo Apolo abdicó su papel como dios de la medicina en favor de su hijo
Asclepíades, pero que éste fue víctima de hubris y empezó a abusar de sus poderes reviviendo
muertos, lo que violaba las leyes del universo. Además, Plutón, el rey del Hades, lo acusó con
Zeus de que estaba despoblando su reino, por lo que el rey del Olimpo destruyó a Asclepíades
con un rayo.

Figura 4. Estatua de Asclepíades, copia romana de un original griego. Museo Capitolino,


Roma.

Una parte de la medicina de la Grecia antigua giraba alrededor del culto a Asclepíades. Entre las
ruinas griegas que todavía pueden visitarse hoy, algunas de las mejor conservadas y más
majestuosas se relacionan con este culto. En Pérgamo, Efeso, en Epidauro, en Delfos, en Atenas
y en otros muchos sitios más, existen calzadas, recintos y templos así como estatuas, lápidas y
museos enteros que atestiguan la gran importancia de la medicina mágico- religiosa entre los
griegos antiguos. Los pacientes acudían a los centros religiosos dedicados al culto de Aslepíades,
en donde eran recibidos por médicos sacerdotes que aceptaban las ofrendas y otros obsequios
que traían, anticipando su curación o por lo menos alivio para sus males. En Pérgamo y en otros
templos los enfermos dejaban sus ropas y se vestían con túnicas blancas, para pasar al siguiente
recinto, que era una especie de hotel, con facilidades para que los pacientes pasaran ahí un
tiempo. En Epidauro las paredes estaban decoradas con esculturas y grabados en piedra, en
donde se relataban muchas de las curas milagrosas que había realizado el dios; los pacientes
aumentaban sus expectativas de recuperar su salud con la ayuda de Asclepíades. Cuando les
llegaba su turno eran conducidos a la parte más sagrada del templo, el abatón, en donde estaba
la estatua del dios, esculpida en mármol y oro. Ahí se hacían las donaciones y los sacrificios, y
llegada la noche los enfermos se dormían, sumidos en plegarias a Asclepíades en favor de su
salud; en otros Santuarios los enfermos llegaban directamente al recinto sagrado y ahí pasaban
la noche. En este lapso, conocido como incubatio por los romanos, se aparecían Asclepíades y sus
colaboradores (sus hermanas divinas, Higiene y Panacea, así como los animales sagrados, el
perro y la serpiente) se acercaban al paciente en su sueño y procedían a examinarlo y a darle el
tratamiento adecuado para su enfermedad. En los orígenes del culto prevalecían los
encantamientos y las curas milagrosas, pero con el tiempo las medidas terapéuticas se hicieron
cada vez más naturales: las úlceras cutáneas cerraban cuando las lamía el perro, las fracturas
óseas se consolidaban cuando el dios aplicaba férulas y recomendaba reposo, los reumatismos se
aliviaban con baños de aguas termales y sulfurosas, y muchos casos de esterilidad femenina se
resolvieron favorablemente gracias a los consejos prácticos de Higiene.
En la Grecia antigua, el médico o iatros era un sacerdote del culto al dios Asclepíades, y su
actividad profesional se limitaba a vigilar que en los santuarios se recogieran las ofrendas y los
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donativos de los pacientes, se cumplieran los rituales religiosos prescritos, y quizá a ayudar a
algún enfermo incapacitado a sumergirse en el baño recomendado, o a aconsejar a una madre
atribulada sobre lo que debía hacerse para controlar las crisis convulsivas de su hijo. Aunque el
iatros era el equivalente del brujo o chamán de la medicina primitiva, del asu asirio, del snw
egipcio y del tícitl azteca, sus funciones estaban mucho más restringidas que las de sus
mencionados colegas, porque él pertenecía a una sociedad mucho más estratificada y a una
disciplina profesional mucho más rigurosa.
En los museos de Éfeso, Pérgamo, Epidauro y Atenas (y en muchos otros museos griegos), y
también en el Museo del Louvre, en París, en el Museo Británico, en Londres, en el Museo
Alemán, en Munich, en el Museo de San Carlos, en México, y seguramente en muchos otros
museos de otros piases del hemisferio occidental, hay hermosas estatuas de Asclepíades, el
antiguo dios griego de la medicina, que se conoció como Esculapio entre los romanos. En mi
efigie favorita aparece como un hombre atlético y maduro, con pelo y barba rizados, apenas
cubierto por su túnica y recargado en un caduceo en el que se enrosca una gruesa serpiente. Su
imagen es claramente primitiva y no hay duda de que pertenece a un mundo ya desaparecido
desde hace muchísimo tiempo. Sin embargo, su influencia en el ejercicio de la medicina duró más
de 1 000 años, en vista de que se inició en el mundo antiguo y se prolongó en la Grecia clásica,
se mantuvo en la época de Alejandro Magno, siguió durante Imperio romano y con él llegó hasta
el Medio Oriente, en donde persistió hasta los principios de la Edad Media, después de la caída del
Imperio bizantino y con la conquista de Constantinopla por los árabes. Durante todo este
prolongado lapso las ideas médicas mágico-religiosas de los asclepíades y las práctica asociadas
con ellas prevalecieron en el mundo occidental, o por lo menos coexistieron con otros conceptos y
manejos diferentes de las enfermedades, que fueron surgiendo con el tiempo pero que no
tuvieron la misma fuerza para sobrevivir. Uno de ellos fue el sistema médico asociado con el
nombre de Hipócrates de Cos, quien vivió a principios del siglo V a.C.

LA MEDICINA EN LA GRECIA CLÁSICA

Platón se refiere a Hipócrates como un médico perteneciente a los seguidores de Asclepíades, y


aparte de otras breves referencias por otros autores contemporáneos, eso es todo lo que se sabe
de él. Pero aunque su figura es casi legendaria, su nombre se asocia Con uno de los
descubrimientos más importantes en toda la historia de la medicina: que la enfermedad es un
fenómeno natural. Como hemos mencionado, la medicina primitiva se basa en el postulado de
que la enfermedad es un castigo divino, o una hechicería, o la posesión del cuerpo del paciente
por un espíritu maligno, o la pérdida del alma, o varias otras cosas mas, que tienen todas un
elemento común: se trata de fenómenos sobrenaturales. De hecho, ésa es la razón por la que
105 antropólogos la conocen como medicina primitiva. Pues bien, la tradición ha consagradas a
Hipócrates como el defensor del concepto de que las enfermedades no tienen origen divino sino
que sus causas se encuentran en el ámbito de la naturaleza, como por ejemplo el clima, el aire,
la dieta, el sitio geográfico, etc. En el tratado sobre La enfermedad sagrada, o sea la epilepsia,
que data del siglo V a.C., el autor dice:

Voy a discutir la enfermedad llamada "sagrada". En mi opinión, no es más


divina o más sagrada que otras enfermedades, sino que tiene una causa
natural, y su supuesto origen divino se debe a la inexperiencia de los
hombres, y a su asombro ante su carácter peculiar. Mientras siguen
creyendo en su origen divino porque son incapaces de entenderla,
realmente rechazan su divinidad al emplear el método sencillo para su
curación que adoptan, que consiste en purificaciones y encantamientos.
Pero si va a considerarse divina nada más porque es asombrosa, entonces
no habrá una enfermedad sagrada sino muchas, porque demostraré que
otras enfermedades no son menos asombrosas y portentosas, y sin
embargo nadie las considera sagradas.

La postura de la escuela hipocrática, de renunciar a explicaciones sobrenaturales sobre las


enfermedades y de buscar sus causas en la naturaleza, no ocurrió en el vacío. Desde un siglo
antes algunos filósofos del mundo griego habían empezado a intentar responder preguntas
fundamentales sobre la naturaleza sin tomar recurso en los dioses; como precedieron a Sócrates
se les conoce en su conjunto como los filósofos presocráticos. Los primeros surgieron en Mileto,
un próspero puerto en el Egeo (hoy en Turquía), que entonces poseía una población internacional

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en la que comerciaban e intercambiaban ideas griegos, egipcios, persas, libios y otros habitantes
del Mediterráneo. Los filósofos eran hombres libres, estudiosos de la astronomía, la geografía y la
navegación, e interesados también en la política. Miraban al mundo que los rodeaba y se
preguntaban por su naturaleza, por sus causas y por su esencia. Las respuestas que formulaban
eran especulativas pero excluían a la mitología, no aceptaban explicaciones sobrenaturales. El
primero de ellos fue Tales, quien predijo el eclipse del año 585 a.C., por lo que sabemos que
estaba vivo en el siglo VI a.C. A la pregunta: "¿De qué está formado el Universo?", Tales
respondió: "De agua."
Era una respuesta basada en su experiencia, pues había estado en Egipto y observado la forma
como el ciclo anual del Nilo se asocia con la agricultura y el florecimiento del desierto. Tales
asoció el agua con la vida y le pareció que era el elemento que podía dar origen a todo lo demás.
Una generación más tarde, Anaximandro contestó a la misma pregunta señalando que el
elemento primario no era el agua sino el apeiron, una sustancia más primitiva y no perceptible
por nuestros sentidos, lo que daba origen tanto al agua como al aire, al fuego y a la tierra, que
son las sustancias que forman el Universo. Otro filósofo contemporáneo, su discípulo
Anaxímenes, opinó que la sustancia que forma todas las demás del Universo es el aire, y que lo
hace a través de los procesos de condensación y rarefacción.
Había otras muchas teorías para explicar varios fenómenos naturales, como los truenos y los
rayos, los temblores, los cometas, el arco iris, etc., varias contradictorias entre sí pero todas
coincidiendo en buscar las causas y los mecanismos dentro de la misma naturaleza y sin la
participación de los dioses. De modo que cuando los médicos hipocráticos empezaron a rechazar
la existencia de enfermedades divinas lo hicieron en un ambiente en donde tales ideas ya no eran
extrañas.
Pero hay otro antecedente histórico del concepto natural de las enfermedades, que
probablemente también influyó en la postura opuesta a lo sobrenatural de los médicos
hipocráticos. Se trata de una idea originada en Egipto por lo menos 1 000 años antes para
explicar algunas enfermedades; los snw imaginaron que en el contenido intestinal se generaba un
principio patológico, un agente capaz de pasar al resto del organismo a través de los metu o
canales que comunicaban a los distintos aparatos y sistemas entre sí, y de producir trastornos
más o menos graves en ellos. Este principio se conoció como wdhw y quizá representa el primer
intento en la historia de la cultura occidental de explicar varios síntomas y hasta ciertas
enfermedades sin la ayuda de los dioses o de fuerzas sobrenaturales. Naturalmente, el whdw era
totalmente imaginario, pero en este caso la imaginación se mantuvo dentro de lo posible en el
mundo de la realidad. La idea del whdw tuvo consecuencias importantes entre los snw, quienes
basaron gran parte de sus medidas profilácticas y terapéuticas en ella: los snw recomendaban a
los sujetos sanos que se hicieran 2 o 3 enemas al mes, para evitar la aparición de whdw, y desde
luego los enfermos eran sometidos a este tratamiento con mucha mayor frecuencia. El concepto
del whdw pasó de Egipto a la Grecia antigua, y sus resonancias influyeron a los médicos
hipocráticos.

HIPÓCRATES

Tradicionalmente se considera a Hipócrates de Cos el "padre de la medicina" y se le atribuye la


autoría del llamado Juramento hipocrático, de un popular libro sobre Aforismas, de cierto número
de los textos que forman el Corpus Hipocraticum, así como el hecho de insistir en la observación
como base de la práctica clínica, o sea el método hipocrático. Pero la verdad es que se sabe muy
poco del Hipócrates histórico, excepto que vivió en el siglo V a.C., que era originario de Cos, que
era un médico reconocido y miembro de los asclepíades, que tomaba alumnos y les enseñaba el
arte de la medicina; todo lo demás que se dice de Hipócrates es leyenda. Desde luego, el
Juramento hipocrático es un documento de origen pitagórico (véase el Apéndice I), los Aforismas
son una colección de consejos y observaciones médicas que se han ido acumulando a lo largo de
siglos, y el Corpus Hipocraticum es una colección de cerca de 100 libros sobre medicina que se
escribieron en forma anónima durante los siglos V y IV a.C., algunos hasta probablemente
después. El contenido de estos textos es muy variable, algunos son teóricos y muy generales,
otros tratan de distintos aspectos especializados de la práctica médica, otros de cirugía, y otros
más son series de casos clínicos breves sin conexión alguna entre sí. Como era de esperarse en
una colección tan heterogénea, hay distintas teorías para explicar los mismos fenómenos y
numerosas contradicciones, no sólo entre distintos libros sino hasta en un mismo texto. Hasta el
siglo pasado se creía que varios de ellos (los más antiguos) habían sido escritos por el propio
Hipócrates o sus discípulos directos, pero investigaciones más recientes han demostrado que tal

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creencia es infundada. Lo que el Corpus Hipocraticum sí representa es un resumen del ejercicio
entre los griegos de un tipo de medicina, que puede llamarse racional, a partir del siglo V a.C. y
hasta el ocaso del helenismo.
Al mismo tiempo que la medicina racional, en la Grecia clásica persistió la práctica de la medicina
primitiva o sobrenatural, ejercida por los iatros especializados en los templos de Asclepíades, y al
mismo tiempo otra medicina todavía más primitiva, a cargo de magos y charlatanes itinerantes,
demiurgos que iban de ciudad en ciudad anunciando sus pócimas maravillosas y prometiendo
toda clase de curaciones y milagros. De hecho, algunos de los libros del Corpus Hipocraticum
fueron escritos para combatir a los que practicaban esa forma de medicina, ya que en Grecia no
había reglamentación alguna del ejercicio profesional. Tampoco había escuelas de medicina, de
modo que si un joven deseaba hacerse médico buscaba a un miembro distinguido de la profesión
que lo aceptara como aprendiz; la regla era que fuera admitido a cambio de una remuneración,
con lo que el maestro quedaba obligado a impartirle su ciencia y su arte al alumno durante el
tiempo que fuera necesario.

Figura 5. Representación de Hipócrates en un manuscrito bizantino; el libro que


sostiene dice: " La vida es corta, el arte es largo ".

III.LA MEDICINA EN EL IMPERIO ROMANO (SIGLOS III A.C. A VI D.C.)

INTRODUCCIÓN

EN EL año 332 a.C., después de la conquista de Egipto, cuando Alejandro Magno buscaba un sitio
para fundar una de las 17 Alejandrías que estableció durante sus campañas de conquista en
Oriente, tuvo un sueño en el que un hombre viejo recitaba unos versos sobre una isla llamada
Faros. Convencido de que el viejo de su sueño había sido Homero, que le aconsejaba el mejor
sitio para su nueva ciudad, Alejandro visitó la isla, situada cerca de la orilla del Mediterráneo, al
oeste del delta del Nilo, pero resultó demasiado pequeña para sus planes. Entonces escogió la
costa de Egipto que estaba frente a la isla y ahí fundó su ciudad, que creció rápidamente.
Alejandro nunca la vio, porque unos tres meses después inició su viaje a la India y sólo regresó
después de su muerte, a ocupar su mausoleo. Cuando murió Alejandro, en el año 323 a.C., tres
de sus generales macedonios fundaron dinastías importantes para el desarrollo ulterior de la
cultura helenística: Antígono I, en Asia Menor y Macedonia, Seleuco I, en Mesopotamia, y
Ptolomeo Soter, en Egipto. Este último estableció la XXXI Dinastía de los Ptolomeos, se proclamó
faraón y tomó residencia en Alejandría; la ciudad se hizo rica gracias al intenso comercio
marítimo que sostenía con el resto de las poblaciones mediterráneas, y por la misma razón era
cosmopolita. En sus calles se mezclaban griegos, macedonios, sirios, persas, romanos, judíos,
árabes y hasta algunos egipcios; a pesar de su localización geográfica, Alejandría tuvo muy poco
que ver con el resto de Egipto.
Durante el reinado de Ptolomeo I, que duró casi 50 años, se establecieron las tres instituciones
que harían a esa ciudad tan importante como Roma en los siglos III-I a.C., y que le darían un
sitio privilegiado en la historia de la cultura occidental: el faro, el museo y la biblioteca. El faro de
Alejandría, que se dice alcanzaba casi 150 m de altura (¡) terminaba con una estatua de
Ptolomeo I de más de 7 m de altura que se movía con el viento, o sea que funcionaba como
veleta; considerado como una de las siete maravillas del mundo, se derrumbó con un temblor en
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el siglo XIV. La casa de las Musas o Museo, construido y sostenido en su totalidad con fondos
reales, funcionaba como un instituto de investigación humanística, artística y científica, abierto a
los estudiosos de prestigio y a sus alumnos sin restricciones ni geográficas ni raciales. La
Biblioteca se inició adquiriendo colecciones famosas y se enriqueció gracias a ciertas leyes
arbitrarias; por ejemplo todos los viajeros que llegaban a la ciudad debían declarar y entregar los
libros que poseían, el Estado los copiaba, devolvía las copias a los propietarios y se quedaba con
los originales. De esta manera, la biblioteca alcanzó dimensiones legendarias; se dice que llegó a
tener más de 700 000 libros (o rollos de papiro). Esto, junto con las espléndidas instalaciones del
Museo, atrajo a literatos, filósofos, artistas y científicos, entre los que estuvieron Calímaco,
Apolonio de Rodas, Teócrito de Siracusa, Erastótenes de Cirena, Euclides y su alumno
Arquímedes de Siracusa, y para nuestro interés, que es la historia de la medicina, Herofilo de
Calcedonia y Erasístrato de Chios.

HERÓFILO Y ERASÍSTRATO

Según Galeno, Herófilo fue el primero en disecar tanto animales como seres humanos, lo que
seguramente se refiere a disecciones públicas, ya que Diocles de Caristo probablemente ya lo
había hecho un siglo antes en Atenas. Herófilo era un profesor muy popular que escribió libros
acerca de anatomía, ojos y los partos, pero sus escritos se perdieron; de todos modos, sus
contribuciones fueron numerosas. Reconoció que el cerebro es el sitio de la inteligencia (en lugar
del corazón, como creía Aristóteles ) distinguió entre los nervios motores y los sensoriales,
describió las meninge y dejó su nombre en la presa de Herófilo, separó al cerebro del cerebelo,
identificó el cuarto ventrículo y bautizó al calamus scriptorius porque le recordó a la pluma con
que escribían los griegos de entonces. También les dio su nombre a la próstata y al duodeno,
distinguió entre arterias y venas, y describió los vasos quilíferos.
Erasistrato era más joven pero contemporáneo de Herófilo y sus obras también se perdieron; lo
que se sabe de él se debe a Galeno, quien escribió dos libros en su contra. Erasístrato profesaba
la medicina racionalista y se oponía a todo tipo de misticismo, aunque concebía que la naturaleza
actuaba en forma externa para configurar las funciones del organismo; en esto se oponía al
concepto de "esencia" de Aristóteles, que actuaba como una fuerza interna o innata Erasístrato
concebía que los tejidos estaban formados por una malla fina de arterias, venas y nervios, pero
pensó que en algunos los intersticios se llenaban con el parénquima. Trazó el origen de los
nervios primero a la dura madre, pero posteriormente se corrigió e identificó al cerebro como su
terminación; consideró que los ventrículos cerebrales contenían un espíritu animal y que los
nervios lo conducían a los tejidos. Pensó que, en el corazón, el ventrículo derecho contenía
sangre y el izquierdo espíritu vital o pneurna; durante la diástole llegaría sangre al ventrículo
derecho y pneuma al izquierdo, que se expulsarían en la sístole. Erasístrato nombró a la válvula
tricúspide y señaló con claridad la función de las dos válvulas aurículo-ventriculares y de las
semilunares; según Singer, también imaginó la comunicación entre venas y arterias para explicar
por qué las arterias aparecen vacías en el cadáver y sin embargo sangran cuando se cortan en el
vivo. Por eso ciertos historiadores concluyen que Erasístrato estuvo a punto de descubrir la
circulación sanguínea, lo que no ocurrió sino hasta 1628.
Celso (ca. 30 a.C.), Tertuliano (155-222 d.C.) y san Agustín (354-430 d.C.) acusaron a Herófilo y
a Erasístrato de haber disecado hombres vivos, criminales condenados a muerte que les fueron
facilitados por el faraón; Tertuliano dice que Herófilo era "un carnicero que disecó a 600 personas
vivas". Tales acusaciones son poco probables, si consideramos que: 1) siempre ha habido
prejuicios, especialmente religiosos, en contra de las disecciones y a través de la historia se han
hecho acusaciones semejantes a otros anatomistas, como Carpi, Vesalio y Falopio; 2) ninguno de
los acusadores era médico y dos de ellos eran religiosos, 3) nadie más repitió la acusación,
incluyendo a Galeno, quien criticó a los anatomistas alejandrinos por otras muchas razones.
Al cabo de un siglo de gran productividad humanística y científica, la energía alejandrina empezó
a agotarse. En el año 95 d.C., durante una revuelta entre griegos y judíos el Museo fue destruido.
Aunque se cambió a un templo cercano, en el año 391 una turba cristiana saqueó el templo,
quemó la biblioteca y convirtió los restos en una iglesia. Del museo y de la biblioteca no quedó
nada

ROMA

Desde hacía un par de siglos la vida cultural se había mudado a Roma. Al librarse de la
dominación etrusca, a fines del siglo V a.C., Roma inició una serie de cambios políticos y

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legislativos que llevaron a los plebeyos a alcanzar la igualdad con los patricios en el laño 287 a.C.
El último bastión etrusco, la ciudad de Veii, muy cercana a Roma, fue conquistado en 392 a.C.,
con lo que Roma casi duplicó su tamaño. En el año 387 a.C. los galos derrotaron al ejército
romano, invadieron e incendiaron Roma, pero ésta se recuperó y para el año 338 a.C., no sólo
había expulsado a los galos sino que dominaba todo el territorio central de Italia. El
enfrentamiento con Pirro, rey de Epiro, terminó con su fainosa victoria "pírrica", que lo obligó a
retirarse a Sicilia en el año 275 a.C., con lo que Roma dominó desde el río Po en el norte hasta la
punta de la bota italiana. Las tres guerras púnicas, que con intervalos ocuparon a Roma durante
más de 100 años (264-146 a.C.) y terminaron con la destrucción de Cartago, así como las tres
guerras macedonias y la campaña de España, que ocurrieron en el mismo lapso (215-134 a.C.)
tuvieron como consecuencia la expansión de Roma fuera de la península de Italia. La
organización administrativa y política de la República romana había surgido de las necesidades y
aspiraciones de Roma como Ciudad-Estado, pero el crecimiento desmesurado requería otra
estructura, que no tardó en imponerse en forma del Imperio romano.
La medicina en Roma también tuvo un desarrollo inicial esencialmente religioso. En los altos del
Quirinal había un templo a Dea Salus, la deidad que reinaba sobre todas las otras relacionadas
con la enfermedad, entre las que estaban Febris, la diosa de la fiebre, Uterina, que cuidaba de la
ginecología, Lucina, encargada de los partos, Fessonia, señora de la debilidad y de la abstenía,
etc. Plinio el Viejo dice con orgullo que la antigua Roma era sine medicis... nec tamen sine
medicina, o sea "saludable sin médicos pero no sin medicina". El estado de la práctica médica en
esos tiempos puede apreciarse por la recomendación de Catón para reducir luxaciones: recitar
huant hanat huat ista pista sista domiabo damnaustra, lo que no quiere decir absolutamente
nada, y por su panacea para las heridas: aplicar col molida. Como en otras culturas, la medicina
sobrenatural romana conservó su vigencia y su popularidad hasta mucho después de la caída del
Imperio romano; su naturaleza esencialmente religiosa le permitió integrarse con las teorías
médicas que surgieron en el Imperio bizantino y que prevalecieron durante toda la Edad Media.
En el año 293 a.C. una terrible plaga asoló Roma. Alarmados por su gravedad e indecisos sobre la
solución, los ancianos consultaron los libros sibilinos; la respuesta fue que buscaran la ayuda del
dios griego Asclepios, en Epidauro. La leyenda dice que se envió un navío especial, que el dios
aceptó la solicitud y viajó a Roma en forma de serpiente, que cuando llegó se instaló en una isla
del Tíber, y que la plaga terminó. Los romanos agradecidos le construyeron un templo al dios y lo
conocieron con el nombre de Esculapio. El primer médico griego que llegó a Roma en el año 219
a.C. se llamaba Archágathus y al principio tuvo mucho éxito, pero como se inclinaba a usar el
bisturí y el cauterio con excesiva frecuencia, su popularidad decayó. Casi un siglo más tarde otro
médico griego, Asclepíades de Prusa (124-50 a.C.) conquistó a la sociedad romana con su
oratoria brillante, su parsimonia terapéutica y su oposición a las sangrías. Asclepíades adoptó la
teoría atomista de Demócrito, que Lucrecio había puesto de moda en esa época con su poema De
re natura, pero no insistía en los aspectos más teóricos de la medicina griega sino más bien en el
manejo práctico de cada paciente; de todos modos, sus sucesores lo consideraron como el
iniciador de una escuela opuesta al humoralismo hipocrático, que se conoció como el metodismo
(vide infra). Asclepíades manejaba una terapéutica mucho menos agresiva que la de los otros
médicos griegos: sus dietas siempre coincidían con los gustos de los pacientes, evitaba purgantes
y eméticos, recomendaba reposo y masajes, recetaba vino y música para la fiebre y sus remedios
eran tan simples que le llamaban el "dador de agua fría". Es interesante que Asclepíades no llegó
a Roma como médico sino como profesor de retórica, pero como no tuvo éxito en esta ocupación
decidió probar su suerte con la medicina, o sea que no tenía ninguna educación como médico
antes de empezar a ejercer como tal. Su éxito revela el carácter eminentemente práctico de la
medicina romana, lo que también explica que otro lego en la profesión, Aulio Cornelio Celso (ca.
30 a.C. 50 d.C.) haya escrito De Medicina, el mejor libro sobre la materia de toda la antigüedad.
Este libro formaba parte de una enciclopedia, De Artibus, que también trataba de agricultura,
jurisprudencia, retórica, filosofía, artes de la guerra y quizá otras cosas más, pero que se
perdieron. Por fortuna, en 1426 (!13 siglos después!) se encontraron dos copias completas de De
Medicina, que fue el primer libro médico que se imprimió con el invento de Gutenberg, en 1478, y
el único texto completo de medicina que nos llegó de la antigüedad, porque (según Majno) el
papiro de Smith se detiene en la cintura y el Corpus Hipocráticum es una mezcla caótica de
textos de muy distinto valor.
CELSO
El libro de Celso es hipocrático pero está enriquecido con conceptos alejandrinos y también
hindúes. Está dividido en tres partes, según la terapéutica utilizada: dietética, farmacéutica y
quirúrgica. Celso describe y critica a los empiristas y a los metodistas, porque los primeros

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pretenden curar todas las enfermedades con drogas, mientras los segundos se limitan a dieta y
ejercicios. De Medicina contiene suficiente anatomía para convencernos de que Celso estaba al
día en esta materia, pero no demasiada porque el libro estaba dirigido al médico práctico. Entre
las causas de las enfermedades menciona las estaciones, el clima, la edad del paciente y su
constitución física. Los síntomas discutidos, como fiebre, sudoración, salivación, fatiga,
hemorragia, aumento o pérdida de peso, dolor de cabeza, orina espesa, y muchos otros, se
analizan conforme a la tradición hipocrática; la descripción de los distintos tipos de paludismo es
magistral. En otras páginas se encuentran el lethargus, enfermedad caracterizada por sueño
invencible que progresa rápidamente hacia la muerte, la tabes, que seguramente incluye a la
tuberculosis y otras formas de caquexia, las jaquecas de distintos tipos, el asma, la disnea, la
neumonía, las enfermedades renales, las gástricas, las hepáticas, las diarreas, etc. Las medidas
dietéticas e higiénicas que recomienda Celso para estos padecimientos son hipocráticas: ejercicio
moderado, viajes frecuentes estancias en el campo, abstención de ejercicios violentos, de
relaciones sexuales y de bebidas embriagantes. Deben evitarse los cambios bruscos de dieta o de
clima, y preferirse las medidas para bajar de peso (una comida al día, purgas frecuentes, baños
en agua salada, menos horas de sueño, gimnasia y masajes); las recomendaciones dietéticas
ocupan la mitad del segundo libro y la hidroterapia se discute extensamente. Celso divide las
drogas conocidas según sus efectos en purgantes, diaforéticas, diuréticas, eméticas, narcóticas,
etc.; la acción anestésica del opio y la mandrágora (que con, tiene escopolamina y hioscianina)
ya era bien conocida. La mejor parte del libro de Celso es la quirúrgica, que ocupa los libros VII y
VIII, en ella dice:

La tercera parte del arte de la medicina es la que cura con las manos [...]
no omite medicamentos y dietas reguladas, pero hace la mayor parte con
las manos [...] El cirujano debe ser joven o más o menos, con una mano
fuerte y firme que no tiemble, listo para usar la izquierda igual que la
derecha, con visión aguda y clara, y con espíritu impávido. Lleno de
piedad y de deseos de curar a su paciente, pero sin conmoverse por sus
quejas o sus exigencias de que vaya más aprisa o corte menos de lo
necesario; debe hacer todo como silos gritos de dolor no le importaran.

Celso discute el manejo de las heridas y señala que las dos complicaciones más importantes son
la hemorragia y la inflamación, lo que era realmente infección. Para la hemorragia recomienda
compresas secas de lino, que deben cambiarse varias veces si es necesario, y si la hemorragia no
cesa, entonces mojarlas en vinagre antes de aplicarlas. Pero si todo esto falla, hay que identificar
la vena que está sangrando, ligarla en dos sitios y seccionaría entre las ligaduras. Celso
recomienda aplicar a la herida distintos medicamentos compuestos de acetato de cobre, óxido de
plomo, alumbre, mercurio, sulfuro de antimonio, carbón seco, cera y resma de pino seca,
mezclados en aceite y vinagre; otros componentes recomendados (Celso propone 34 fórmulas
diferentes) son sal, pimienta, cantáridas, vino blanco, clara de huevo, ceniza de salamandra,
heces de lagartija, de pichón, de golondrina y de oveja.
LA MEDICINA ROMANA
La medicina romana era esencialmente griega, pero los romanos hicieron tres contribuciones
fundamentales: 1) los hospitales militares, 2) el saneamiento ambiental, y 3) la legislación de la
práctica y de la enseñanza médica.
1) Los hospitales militares o valetudinaria se desarrollaron como respuesta a una necesidad
impuesta por el crecimiento progresivo de la República y del Imperio. Al principio, cuando las
batallas se libraban en las cercanías de Roma, los enfermos y heridos se transportaban a la
ciudad y ahí eran atendidos en las casas de los patricios; cuando las acciones empezaron a
ocurrir más lejos, sobre todo cuando la expansión territorial sacó a las legiones romanas de Italia,
el problema de la atención a los heridos se resolvió creando un espacio especialmente dedicado a
ellos dentro del campo militar. La arquitectura de los valetudinaria era siempre la misma: un
corredor central e hileras a ambos lados de pequeñas salas, cada una con capacidad para 4 o 5
personas Estos hospitales fueron las primeras instituciones diseñadas para atender heridos y
enfermos; los hospitales civiles se desarrollaron hasta el siglo IV d.C., y fueron producto de la
piedad cristiana.
2) El saneamiento ambiental se desarrolló muy temprano en Roma, gracias a las obras de la
cloaca máxima, un sistema de drenaje que se vaciaba en el río Tíber y que data del siglo VI a.C.
En la Ley de las Doce Tablas (450 a.C.) se prohiben los entierros dentro de los límites de la
ciudad, se recuerda a los ediles su responsabilidad en la limpieza de las calles y en la distribución

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del agua. El aporte de agua se hacía por medio de 14 grandes acueductos que proporcionaban
más de 1 000 millones de litros de agua al día, y la distribución a fuentes, cisternas y a casas
particulares era excelente, pero en los barrios menos opulentos no tan buena. El agua se usaba
para beber y para los baños, una institución pública muy popular y casi gratuita; también se
colectaba el agua de la lluvia, que se usaba para preparar medicinas. En general, las condiciones
de higiene ambiental en Roma eran tan buenas como podía esperarse de un pueblo que
desconocía por completo la existencia de los microbios.
3) Durante la República la mayoría de los médicos eran esclavos o griegos, o sea, sujetos en una
posición subordinada, pero en el Imperio (ca. 120 d.C.) Julio César concedió la ciudadanía a todos
lo que ejercieran la medicina en Roma.

Figura 6. Reconstrucción de un hospital militar romano, valetudinaria, que forma parte


de un campamento en la frontera (tomado de Majno).

Además, se estableció un servicio médico público, en el que la ciudad contrataba a uno o más
médicos (archiatri) y les proporcionaba local e instrumentos para que atendieran en forma
gratuita a cualquier persona que solicitara su ayuda. Los salarios de estos profesionales los
fijaban los consejeros municipales. También se organizó el servicio médico de la casa imperial, y
muchos de los patricios retenían en forma particular a uno o más médicos para que atendieran a
sus familias. Con el tiempo también se legisló que la elección de un médico al servicio público
debería ser aprobada por otros siete miembros de ese servicio. Las plazas eran muy solicitadas
porque los titulares estaban exentos de pagar impuestos y de servir en el ejército. El gobierno los
estimulaba a que tomaran estudiantes, por lo que podían recibir ingresos adicionales.
Entre los médicos griegos y romanos que ejercían en el Imperio se distinguían cuatro sectas o
escuelas, basadas en sus diferentes posturas filosóficas, teóricas y prácticas: 1) Los dogmáticos
reconocían como su fundador a Herófilo, aprobaban el estudio de la anatomía por medio de las
disecciones, consideraban que las teorías sobre las causas de la enfermedad eran la esencia del la
medicina (desequilibrio de los elementos, de los humores del pneuma; migración de la sangre a
los vasos que llevan el pneuma; bloqueo de los canales del cuerpo por "átomos"' etc.). Sus
enemigos los caracterizaban como más "habladores" que "hacedores", y decían que pasaban más
tiempo discutiendo que viendo al paciente. Los dogmáticos decían que la confirmación de sus
doctrinas se encontraba en el Corpus Hipocraticum y que el mismo Hipócrates había sido un
dogmático. 2) Los empíricos nombraban a Erasístrato como su antecesor y se oponían a las
disecciones porque rechazaban la importancia de la anatomía en la medicina. Su postura era que
no deberían buscarse las causas de las enfermedades, porque las inmediatas eran obvias y las
oscuras eran imposibles de establecer; por lo tanto, la comprensión de cosas como el pulso, la
digestión o la respiración era inútil. Lo más importante en medicina era la experiencia personal
del médico con su paciente, y lo que debía hacer es recoger los síntomas y tratarlos uno a uno
usando los remedios que ya se habían demostrado efectivos en el pasado. Al igual que los
dogmáticos, los empíricos alegaban que Hipócrates y el Corpus Hipocraticum estaban de su lado.
3) Los metodistas también rechazaban todas las hipótesis y teorías sobre las causas de la
enfermedad, pero en cambio sostenían que sólo había unas cuantas circunstancias que eran
comunes a muchas enfermedades, que debían ser manejadas principalmente por medio de
dietas. Naturalmente, estaban convencidos de que Hipócrates y toda su escuela habían sido
esencialmente metodistas. 4) Los neumatistas eran inicialmente dogmáticos pero se separaron de
esa secta porque consideraron que la sustancia fundamental de la vida era el pneuma y que la
causa única de las enfermedades eran sus trastornos en el organismo, desencadenados por un

17
desequilibrio de los humores. Éste era el panorama del ejercicio de la medicina en Roma cuando
apareció Galeno.

GALENO

Claudio Galeno(130-200 d.C.) nació en Pérgamo, tres años después de que esa hermosa ciudad
griega hubiera sido conquistada por los romanos. Su padre Nicón era un arquitecto a quien
Galeno describió como inteligente, controlado y generoso; su modelo de pensamiento eran las
matemáticas y descreía de las opiniones emocionales que no podían demostrarse con precisión
lógica. Nicón cuidó que la educación de su hijo fuera completa en griego, autores clásicos,
retórica, dialéctica y filosofía, pues esperaba que se convirtiera en un filósofo profesional. Sin
embargo, una noche soñó que el dios Asclepio (cuyo majestuoso templo se estaba construyendo
entonces en Pérgamo) le ordenaba que su hijo estudiara medicina, por lo que a los 16 años de
edad Galeno ingresó como aprendiz con Sátiro, un médico local. Cinco años después murió Nicón,
dejándole a Galeno recursos suficientes para que nunca tuviera preocupaciones económicas. A los
21 años de edad Galeno viajó para seguir estudiando medicina, primero a Esmirna, después a
Corinto y finalmente a Alejandría, en donde permaneció más tiempo estudiando anatomía, en la
que llegó a ser un experto a pesar de que no realizó disecciones en humanos. Al cabo de casi 12
años de ausencia, Galeno regresó a Pérgamo y fue nombrado cirujano de los gladiadores, puesto
que desempeñó con gran éxito pues, según él mismo señala: "Muchos habían muerto en los años
anteriores y ninguno de los que yo traté falleció..."
Al cabo de tres años, Galeno viajó a Roma donde (con una breve ausencia de un par de años)
permaneció el resto de su vida. Allí tuvo un gran éxito, al principio como anatomista y
experimentador, y posteriormente como médico y polemista. Pero en lo que no tiene paralelo en
la historia es como autor: sus escritos son los más voluminosos de toda la antigüedad. Ocupan 22
gruesos volúmenes en la única edición que existe, con 2.5 millones de palabras, pero sólo reúnen
dos terceras partes de la obra, pues el resto se ha perdido. En su obra existen 9 libros de
anatomía, 17 de fisiología, 6 de patología, 14 de terapéutica, 30 de farmacia, 16 sobre el pulso,
etc. Galeno abarca absolutamente toda la medicina, que conoce mejor que nadie; todos los que
no están de acuerdo con él son ignorantes, estúpidos o las dos cosas, y lo dice con absoluta
claridad. Su ídolo es Hipócrates, cuyos escritos conoce mejor que nadie y además los interpreta
con la mayor fidelidad. En la discusión de cualquier tema, Galeno adopta con frecuencia la misma
estrategia: primero identifica a su contrincante y resume la opinión que va a demoler, sin dejar
pasar la oportunidad de calificarlo de absurdo, débil mental o algo peor; después invoca a
Hipócrates y señala dónde su víctima se aparta o hasta contradice al sabio de Cos, y finalmente
procede a detallar en forma sistemática y contundente la verdad acerca del tema en cuestión,
citando copiosamente a Hipócrates y también con frecuencia intercalando sus propias
interpretaciones, que, en su opinión, son fielmente hipocráticas y totalmente correctas. Los textos
de Galeno representan una síntesis del conocimiento médico antiguo y algo más; contienen no
uno sino varios esquemas generales que posteriormente fueron copiados, interpretados,
comentados y elaborados por un ejército de traductores y comentaristas a lo largo de toda la
Edad Media y hasta el Renacimiento. En un ambiente en donde el dogma era la autoridad y los
libros clásicos eran el dogma, la palabra de Galeno se transformó en la última corte de apelación
de todas las discusiones en medicina hasta la época de Vesalio (1543).

igura 7. Representación medieval de Galeno.

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Combinando las ideas humorales hipocráticas con las antiguas teorías pitagóricas de los cuatro
elementos, a los que agregó su propio concepto de un pneuma presente en todas partes, Galeno
procedió a explicar absolutamente todo. Abandonó la anotación cuidadosa de los hechos, tan
importante para Hipócrates, citando sólo sus milagrosas curas. Su principal teoría patológica se
basa en el equilibrio adecuado de los naturales, no naturales y contranaturales. Galeno agregó al
antiguo concepto de diátesis (tendencia o disposición natural) otros dos, de gran importancia
para su patología: pathos, que son las alteraciones pasajeras que desaparecen cuando se elimina
la causa de la enfermedad, y nosos, que es lo que persiste en las mismas circunstancias. Galeno
adoptó y elaboró la teoría hipocrática de la enfermedad como un desequilibrio de los humores,
que puede resultar de deficiencia o exceso de uno o más de ellos, o de cambios en sus
propiedades de frío, calor, humedad o sequedad.

IV. LA MEDICINA EN LA EDAD MEDIA (SIGLOS IV A XV)

INTRODUCCIÓN

EL IMPERIO ROMANO se dividió en dos durante la hegemonía de Constantino (306-337 d.C.),


pero ya desde el reinado de su predecesor, Diocleciano (284-305 d.C.), se había implantado la
Tetrarquía, que separaba al Imperio en cuatro regiones, cada una bajo la dirección de una
autoridad casi autónoma. Diocleciano conservó el mando imperial supremo pero cambió la capital
de Roma a Milán, aunque él mismo fijó su residencia en la ciudad de Nicomedia, en Bitinia (hoy
Turquía). Entre los muchos cambios que realizó Constantino deben destacarse dos: 1) la
fundación de la ciudad de Constantinopla, en el maravilloso sitio ocupado por un pueblo llamado
hasta entonces Bizancio, en el Bósforo, que se convirtió en la capital del Imperio romano en el
año 330 d.C., y 2) la adopción del cristianismo como religión oficial del Estado. La separación del
Imperio romano en occidental y oriental se acentuó con la invasión de los "bárbaros" (francos,
alemanes, visigodos y godos) en Occidente; las ciudades dejaron de ser los centros de la
población y la vida se hizo cada vez más rural. En cambio, en Oriente las actividades se
concentraron cada vez más en Constantinopla, que se transformó en el centro de la cultura que
se conoce como bizantina y que duró 1 000 años, hasta 1453, en que Constantinopla fue
conquistada por los turcos.
La civilización bizantina era una combinación de cultura griega clásica, leyes romanas,
cristianismo e influencias artísticas orientales. Mientras el Imperio romano occidental era invadido
por los "bárbaros", Roma se transformaba en una pequeña comunidad cristiana y el resto de las
ciudades se convertía en pueblos insignificantes, Constantinopla floreció como el centro del
Imperio romano oriental, conocida como la "Nueva Roma", y los bizantinos se llamaban a sí
mismos romanos.
Al lado del ocaso del Imperio romano occidental, el episodio más importante de esa época fue el
surgimiento del cristianismo, primero como una secta religiosa menor y perseguida, pero muy
pronto también como un movimiento cultural y político, que a finales del siglo V d.C. ya tenía la
fuerza suficiente para perseguir con éxito a sus antiguos perseguidores. Aparte de la relajación
moral de la sociedad, del caos político, de los episodios de; hambruna y de la miseria de grandes
masas de la población, una serie de epidemias contribuyó a generar un ambiente favorable al
crecimiento o retorno de las religiones paganas. La plaga de Orosio (125 d.C.), que se presentó
después de la famosa invasión por la langosta que destruyó por completo las cosechas, costó la
vida a más de 1 000 000 de personas en Numidia y en la costa de África; la plaga de Antonino (o
de Galeno, porque fue la que obligó al famoso médico a abandonar Roma) que duró de 164 a 180
d.C. y de la que morían miles de personas al día en Roma; la plaga de Cipriano, de 251 a 266
d.C., posiblemente de sarampión, por su naturaleza extremadamente contagiosa y la afección
frecuente de los ojos; y la plaga de 312 d.C., también de sarampión. Todas estas calamidades
propiciaron que los cultos tradicionales a las deidades romanas de la familia, del hogar, del fuego,
del campo, de la profesión y otras más se abandonaran, junto con la adoración al emperador
(estaba muy lejos), y que se recuperaran antiguos dioses o se adoptaran otros nuevos, más
poderosos y con mayor capacidad para proporcionar seguridad en este mundo e inmortalidad en
el otro, como Mitra (de Persia), Sarapis (de Alejandría) o Cibeles (de Asia Menor). Estas religiones
se conocen como "misteriosas" porque con frecuencia sus ritos eran secretos, pero en ellas
podían participar todos los que lo desearan, al margen de clase económica, nivel social o raza; el
culto era directo, sin la mediación de sacerdotes, y el premio la promesa de la vida eterna. Entre
estas religiones paralelas al cristianismo debe destacarse otra, el maniqueísmo, de origen persa,
que combinaba elementos de los ritos judaicos, cristianos y de Zoroastro. Según el profeta Maní,

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el mundo era el campo de guerra entre la luz y la oscuridad, la bondad y la maldad, el espíritu y
la materia; el hombre poseía ambos, pero para dominar al mal y alcanzar la inmortalidad debía
vivir una vida pura y rechazar todos sus deseos físicos. De no menor importancia, el culto a
Esculapio no sólo se conservó sino que incrementó su prestigio, y fue la última de las religiones
paganas que finalmente sucumbió ante la prevalencia del cristianismo, ya entrado el siglo IV de
nuestra era.

LA MEDICINA RELIGIOSA CRISTIANA

El derrumbe de la cultura romana, los sufrimientos constantes y el miedo a la muerte causada


por las epidemias mencionadas, contra las que no había tratamiento efectivo alguno, produjeron
una desmoralización generalizada. En tales condiciones creció la desconfianza en los médicos y la
gente se volcó con devoción a ritos mágicos y creencias sobrenaturales. En tiempos de zozobra
eso sucede, especialmente con los niños los enfermos y los sectores menos cultos de la
población. Frente a la miseria y a las catástrofes, la religión cristiana se presentaba como una
oportunidad de salvación para los humildes y los más desesperados, ya que Cristo aparecía como
médico de cuerpos y almas; la Biblia contiene numerosos relatos de curaciones milagrosas
realizadas por Jesús y algunos santos. El cristianismo incluye los conceptos de caridad y amor al
prójimo, por lo que espera de todos los fieles los mayores esfuerzos para aliviar el sufrimiento de
otros. Esto se hizo aparente en las epidemias que asolaron al Imperio en esos tiempos, porque
los cristianos atendían y cuidaban a los enfermos a pesar del grave peligro que había de contagio.
Además, la religión cristiana combatía las otras formas de medicina que se ejercían entonces,
porque se basaban en prácticas paganas. De esa manera surgió la medicina religiosa cristiana, en
la que el que el rezo, la unción con aceite sagrado y la curación por el toque de la mano de un
santo eran los principales recursos terapéuticos.
La práctica de la medicina religiosa cristiana se consideraba como un deber de caridad, pero no
incluía la preocupación por los problemas médicos o la investigación de las causas de las
enfermedades, porque se aceptaba que eran la voluntad de Dios. Incluso a principios del siglo III
algunos de los médicos cristianos fueron acusados por sus propios compañeros de venerar a
Galeno, en lugar de elevar sus plegarias a Jesús para obtener la curación de sus enfermos. En
esos tiempos surgieron algunas sectas místico-religiosas, como la de los esenios, que afirmaban
la necesidad de curar las enfermedades exclusivamente por la fe y la invocación de poderes
superiores; la secta de Simón Mago, que combinaba elementos órficos, pitagóricos y del culto a
Esculapio y ofrecía ritos mágicos; la secta de los neoplatónicos, basada en las doctrinas de
Zoroastro y otras aristotélicas antiguas, que postulaba que el mundo estaba repleto de
emanaciones divinas pero que era amenazado por distintos demonios (causantes de las
enfermedades) que sólo podían combatirse en un estado especial de éxtasis; la secta de los
gnósticos, que proporcionaba talismanes como profilácticos, los cuales llevaban diagramas
místicos y las palabras Abraxas y Abracadabra.

Figura 8. Jesús curando a un leproso, según Rembrandt.

El culto de los santos formó parte importante de la medicina religiosa cristiana. Entre los primeros
médicos cristianos que fueron beatificados se encuentran los hermanos gemelos Cosme y
Damián, originarios de Siria, que curaban por medio de la fe y que fueron perseguidos y
decapitados por Diocleciano, con lo que se transformaron en patrones de los médicos. Otros
santos se especializaron en distintas enfermedades: san Roque y san Sebastián protegían contra

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la peste, san Job contra la lepra, san Antonio contra del ergotismo, santa Lucía contra las
enfermedades de los ojos, san Vito contra el tarantismo, etcétera.

LA MEDICINA EN EL IMPERIO BIZANTINO

La medicina en el Imperio bizantino se desarrolló bajo la autoridad de la Iglesia católica, que


sostuvo el principio de autoridad suprema de las Sagradas Escrituras, no sólo en asuntos de la fe
sino también de la ciencia. Los primeros médicos cristianos incluyeron autoridades eclesiásticas,
como Eusebio, obispo de Roma, y Zenobio, sacerdote de Sidón; su práctica se basaba en las
enseñanzas de Jesús, para quien auxiliar al enfermo era un deber cristiano. Esta actividad
alcanzó gran importancia tanto para el individuo como para la comunidad, al grado que los
obispos eran responsables del cuidado de los pacientes. Los hospitales públicos aparecieron en
muchos sitios: el primero lo fundó san Basilio en el año 370 d.C., mientras que en el año 400
Fabiola, una dama romana convertida al cristianismo, fundó en Roma el primero de los grandes
nosocomios y la leyenda dice que salía a la calle a buscar a los desvalidos y leprosos para
llevarlos a su institución. En esos tiempos también la emperatriz Eudoxia construyó hospitales en
Jerusalén.
De esta manera la medicina, tras de haber sido primero mágica, después religiosa y al mismo
tiempo empírica, de haberse transformado posteriormente en una práctica racional durante la
etapa mas brillante de la Grecia clásica, de hacerse objetiva y experimental en Alejandría y de
haber regulado la higiene ambiental en Roma, volvió a hacerse religiosa en la decadencia del
Imperio romano y a quedar dominada por la Iglesia católica en el Imperio bizantino. En esta
forma de medicina dogmática la fe domina todo, incluyendo a la razón y a la realidad; su objetivo
esencial es la ayuda al enfermo, considerada como un acto de caridad cristiana.

LA MEDICINA ÁRABE

La conservación de muchos escritos clásicos griegos, no sólo médicos sino de todas las ramas de
la cultura, durante los siglos en que Europa estuvo sumergida en la Edad Media, se debió al
principio en los nestorianos, quienes huyeron de Alejandría en el año 431, tras haber sido
excomulgados por herejes en el Concilio de Efeso. Primero se refugiaron en el norte de
Mesopotamia y luego siguieron hacia Oriente y algunos llegaron hasta India y China. Pero el
grupo que nos interesa encontró asilo permanente en Jundi Shapur, capital de Persia, gracias a la
protección del rey Chosroes el Bendito. En ese tiempo la ciudad era un centro intelectual de
primera categoría, que atraía estudiosos de Persia, Grecia, Alejandría, China, India e Israel.
Cuando murió Chosroes (579) no pasó nada grave, y cuando la ciudad fue conquistada por los
árabes (636) la universidad no sólo no sufrió daños sino que 105 conquistadores la adoptaron e
hicieron de su escuela de medicina el centro principal de la educación médica en el mundo árabe.
Durante los primeros años los nestorianos tradujeron muchos de los libros clásicos del griego al
sirio, que era el idioma oficial de la Universidad de Jundi Shapur. Cuando llegaron los árabes, sus
eruditos tradujeron todo el material que encontraron a su propio idioma, de modo que los textos
griegos originales podían consultarse tanto en sirio como en árabe. Una de las primeras
traducciones del griego al sirio fue de Hipócrates y Galeno, realizada por Sergio de Ra's al- 'Ayn,
un médico y sacerdote que falleció en el año 536. En el siglo VII se estableció en Jundi Shapur un
centro de enseñanza superior conocido como Academia Hipocrática, que permaneció como la
principal institución científica del mundo árabe por más de un siglo, cuando fue desplazada por la
Casa de la Sabiduría, de Bagdad. A mediados del siglo IX los árabes ya conocían íntegro el
Corpus Hipocraticum, la obra monumental de Galeno y varios textos de Aristóteles.
La medicina árabe de los siglos transcurridos entre el advenimiento de Mahoma (623) y la
reconquista de Granada por los españoles (1492) ostenta una larga lista de nombres inmortales.
Entre los más famosos se encuentran el persa Abu Bakr Muhannad bn Zakariyya' al-Rhazi (865-
925 d.C.), mejor conocido como Rhazes, autor del libro Kitab al-Mansuri, que fue traducido por
Gerardo de Cremona (1114-1187) con el nombre de Liber de medicina ad Almansoren y que trata
en 10 partes de toda la teoría y la práctica de la medicina, tal como se conocía entonces. En el
texto latino la obra se convirtió en volumen de consulta obligado durante toda la Edad Media y
aún se seguía usando a fines del siglo XVI. En este libro y en otras publicaciones, Rhazes reitera
la teoría hipocrático-galénica de los humores para explicar la enfermedad, y los tratamientos que
recomienda están dirigidos a la recuperación del equilibrio humoral.
Otro médico persa que alcanzó gran fama fue Abu Ali al-Husayn bn 'Abd Allah Ibn Sina al-
Quanuni (980-1037), mejor conocido como Avicena, quien entre muchos otros libros escribió el

21
Kitab al-Qanun fi-l-Tibb, que en latín se conoce como Canon medicinae y que incorpora a Galeno
y a Aristóteles a la medicina en forma equilibrada. Este Canon es un esfuerzo titánico, que
contiene más de 1 000 000 de palabras y representa la obra cumbre de la medicina árabe. Se
ocupa de toda la medicina, presentada en un riguroso orden de cabeza a pies. Avicena adopta la
teoría humoral de la enfermedad, la expone y la comenta con detalle, sin agregar o cambiar
absolutamente nada, pero en forma dogmática y autoritaria. El Canon se divide en cinco grandes
tomos: el primero se refiere a la teoría de la medicina, el segundo a medicamentos simples, el
tercero describe las enfermedades locales y su tratamiento, el cuarto cubre las enfermedades
generales (fiebre, sarampión, viruela y otros padecimientos epidémicos) y las quirúrgicas, y el
quinto explica con detalle la forma de preparar distintos medicamentos.
También debe mencionarse a Abul-Walid Muhammad bn Ah bn Rusd (1126-1198), conocido como
Averroes, nacido en Córdoba y discípulo de Avenzoar, quien escribió el Kitab al-Kulliyat al- Tibb,
conocido en Occidente como Líber universalis de medicina o simplemente Colliget, en donde
discute los principios generales de la medicina sobre una base aristotélica, haciendo hincapié en
los muchos puntos en los que Aristóteles coincide con Galeno. Uno de los alumnos de Averroes
fue Abu Imram Musa bn Maimún (1135-1204), el gran Maimónides, también conocido como
Rambam (Rabi Moses ben Maimon), quien se destacó más como filósofo y teólogo que como
médico, aunque escribió varios libros de medicina que tuvieron mucha difusión. Maimónides era
un pensador original e independiente que con frecuencia critica a Galeno y sostiene puntos de
vista opuestos a los clásicos.
El peso de los escritos árabes en la Edad Media puede juzgarse considerando el currículum de la
escuela de medicina de la Universidad de Tubinga a fines del siglo XV (1481): en el primer año
los textos eran Ars medica de Galeno y primera y segunda secciones del Tratado de fiebres de
Avicena, en el segundo año se estudiaban el primer libro del Canon de Avicena y el noveno libro
de Rhazes, y en el tercer año los Aforismos de Hipócrates y obras escogidas de Galeno.

Figura 9. Médico tomando el pulso, según una edición de 1632 del Canon de Avicena.

Entre los árabes la organización de los servicios sanitarios creció rápidamente. Desde los tiempos
de Harun al-Raschid (siglo IX) se fundó un hospital en Bagdad siguiendo el modelo de Jundi
Shapur, y en el siguiente siglo el visir Adu al-Daula fundó otro mayor, en el que trabajaban 25
médicos y sus discípulos, y que se conservó hasta la destrucción de la ciudad en 1258; en total,
existieron cerca de 34 hospitales en el territorio dominado por el Islam. No eran únicamente
centros asistenciales sino también de enseñanza de la medicina; al terminar sus estudios, los
alumnos debían aprobar un examen que les aplicaban los médicos mayores. Los hospitales
contaban con salas para los enfermos (a veces especializadas, por ejemplo para heridos,
pacientes febriles, enfermos de los ojos) y otras instalaciones, cocinas y bodegas. De especial
interés son las bibliotecas, que contenían muchos libros de medicina y que estaban en Bagdad,
Ispahan, El Cairo, Damasco y Córdoba; esta última, fundada por el califa al-Hakam II en el año
960, poseía más de 100 000 volúmenes. La práctica de la medicina estaba regulada por la hisba,
una oficina religiosa supervisora de las profesiones y de las costumbres, que también se
encargaba de vigilar a los cirujanos, boticarios y vendedores de perfumes. La cirugía se
consideraba actividad indigna de los médicos y sólo la practicaban miembros de una clase
inferior; la disección anatómica estaba (y sigue estando) absolutamente prohibida por el Islam,
por lo que la anatomía debía aprenderse en los libros. Algunos de los médicos estaban muy bien
remunerados, como Jibril bn Bakht-yashu, favorito de Harun al-Raschid, quien recibía un
honorario mensual equivalente a varios miles de dólares y una recompensa anual todavía mayor,

22
"por sangrar y purgar al comandante de los Fieles"; también Avicena acumuló una gran fortuna
durante su vida.
A mediados del siglo XIII el poderío del Islam empezó a declinar. En 1236 Fernando II de Castilla
conquistó Córdoba y en 1258 Bagdad fue destruida por los mongoles; en los dos siglos siguientes
la civilización árabe fue poco a poco desapareciendo de las tierras mediterráneas y de Oriente,
pero su impacto cultural dejó huellas indelebles sobre todo en Persia, en el norte de África y en
España. La contribución principal de los árabes a la medicina fue la preservación de las antiguas
tradiciones y de los textos griegos, que de otra manera se hubieran perdido; además,
mantuvieron el ejercicio de la medicina separado de la religión en los tiempos en los que en
Europa era un monopolio de los clérigos. Mientras en los países cristianos la enseñanza de la
medicina se limitaba a la Iglesia, en España, Egipto y Siria la instrucción estaba a cargo de
médicos seculares y se impartía a judíos, árabes, persas y otros súbditos del Islam. Esta
enseñanza no era solamente teórica, sino que también incluía prácticas clínicas. Castiglioni
concluye que los árabes:

[...] no contribuyeron de manera importante a su evolución [de la


medicina] agregando nuevas observaciones y conceptos, ni abrieron
nuevas líneas de estudio médico; pero en una etapa de grandes
problemas en Occidente, fueron los que conservaron la tradición médica,
los que mantuvieron una cultura médica laica, y los intermediarios de
cuyas manos la civilización occidental iba a recuperar un precioso
depósito.

LA MEDICINA MONÁSTICA

Durante el siglo VI, asolado por la guerra entre Bizancio y los bárbaros (godos), así como por el
hambre y la peste, la única institución capaz de proteger a los interesados en el cultivo y
desarrollo de la cultura era la Iglesia católica de Roma. Junto con la filosofía, la medicina se
refugió en monasterios y conventos, dentro de los cuales se encontraban los escasos hospitales
que existían en Occidente. La medicina monástica floreció en Monte Casino, en donde san
Benedicto fundó el hospital de su orden, y cerca de Esquilace, en donde Casiodoro (490-¿585?),
distinguido filósofo y médico hipocrático, estableció un monasterio y llevó su colección de
manuscritos antiguos. Otros centros de práctica y estudio de la medicina se crearon en Oxford y
Cambridge (Inglaterra), en Chartres y Tours (Francia), en Fulda y St. Gall (Alemania) y en otros
sitios más. Los benedictinos fueron los responsables del establecimiento de las escuelas
catedralicias de Carlomagno, en las que desde sus principios se enseñó la medicina, y que se
encontraban en todo el Sacro Imperio romano. En el año 805, Carlomagno ordenó que la
medicina se incluyera en los programas de estudio de sus escuelas, que entonces sólo constaban
del trivium (aritmética, gramática y música) y del quadrivium (astronomía, geometría, retórica y
dialéctica). El monasterio de Monte Casino adquirió gran fama a fines del siglo IX; el papa Víctor
III (1086) escribió cuatro libros sobre Los milagros de san Benedicto, en donde se cuenta que el
rey Enrique II de Baviera (972-1024), que sufría de un gran cálculo vesical, fue curado durante
incubatio por el mismísimo san Benedicto, quien se le apareció en un sueño, lo Operó y le puso el
cálculo en la mano, en donde lo encontró al despertarse ya sano. El episodio se registra en un
bajorrelieve en la catedral de Bamberg, del escultor Riemenschneider.
La medicina monástica, que tuvo el mérito de reunir los documentos clásicos y de preservar las
tradiciones antiguas a través de tiempos terribles, declinó hasta casi extinguirse durante el siglo
X. Las causas de su obliteración fueron varias, pero una de ellas fue su éxito. Los monjes se
alejaban cada vez más de sus monasterios para atender la creciente demanda médica, lo que
interfería con sus deberes religiosos, por lo que en los Concilios de Reims (1131), de Tours
(1163) y de París (1212), las actividades médicas de los monjes primero se restringieron y
finalmente se prohibieron. La aparición de las órdenes dominicas y franciscanas en el siglo XIII,
ambas hostiles a cualquier actividad científica, reforzó el rechazo de la práctica de la medicina por
los frailes.
Cuando los primeros cruzados capturaron Jerusalén en 1099, encontraron un hospital cristiano
que había sido fundado 30 años antes por el hermano Gerardo para auxiliar a los peregrinos que
iban a Tierra Santa; estaba atendido por un grupo pequeño de monjes que se llamaban a sí
mismos "Los Hermanos Pobres del Hospital de San Juan". Los cruzados les entregaron algunos
edificios y el hermano Gerardo reorganizó a su grupo de monjes corno una orden religiosa regular
con el nombre de Caballeros de San Juan. Cuando Jerusalén cayó en manos de Saladino, los

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Caballeros se retiraron a Tiro y después llegaron a Accra, de donde volvieron a salir expulsados
por los ejércitos musulmanes y se establecieron primero en Chipre y después en Rodas. Para
entonces la secta ya había crecido y sólo en Italia tenían siete hospitales; en Rodas la Orden de
San Juan se transformó en un Estado soberano con sus propias leyes, un ejército y un cuerpo
diplomático, y construyó un inmenso hospital cuyas ruinas todavía sorprenden por su tamaño. En
1522 Solimán El Magnífico capturó la isla y expulsó a los Caballeros de San Juan, quienes
después de siete años de peregrinar por el Mediterráneo llegaron a Malta, que el emperador
Carlos V les había obsequiado. Ahí construyeron otro gran hospital y a partir de entonces se les
conoce como Caballeros de Malta, aunque en 1798 Napoleón conquistó la isla, los expulsó y
desde entonces tienen su cuartel principal en Roma.

SALERNO

Desde mediados del siglo IX se tenía noticia de la existencia de una escuela de medicina en
Salerno, un puerto en la bahía de Pestum, cerca de Nápoles. Debido a su clima favorable, desde
mucho antes había sido un sitio favorecido por enfermos y convalecientes lo que atrajo a los
médicos; con el tiempo Salerno se transformó en un centro de excelencia médica. La leyenda dice
que la escuela de medicina fue fundada por Elinus, un judío, Pontos, un griego, Adala, un árabe,
y Salernus, un latino, pero aunque tales personajes no existieron, lo que sí existió fue la
convivencia pacífica de las cuatro culturas y 511 integración Positiva. La Escuela de Salerno era
fundamentalmente práctica y estaba dedicada al tratamiento de los enfermos, con poco interés
en las teorías y en los libros clásicos. Aunque en el año 820 los benedictinos habían fundado un
hospital en Salerno y los monjes practicaban ahí la medicina, los médicos laicos poco a poco se
fueron librando del control clerical y en el año 1000 la enseñanza de la medicina era
completamente secular; en el siglo XII la escuela desarrolló un currículum regular, adquirió
privilegios reales y donativos, y su fama se extendió por toda Europa. En 1224 Federico II ordenó
que para ejercer la medicina en las Dos Sicilias era necesario pasar un examen dado por los
profesores de Salerno.
Se han conservado algunos de los textos que leían los estudiantes de medicina de Salerno y que
tuvieron gran influencia en otras escuelas de Europa. Uno de los más antiguos es el conocido
como Antidotarium, una colección de recetas de uso común revisada por los profesores y
publicada para estudiantes y médicos en general, que tuvo muchas ediciones. Con la conquista
normanda en 1046 llegó a Salerno Constantino el Africano (1020-1087), quien iniciaría el flujo de
la medicina islámica en Europa por medio de sus traducciones de los textos árabes al latín.
Constantino no permaneció mucho tiempo en Salerno sino que se hizo monje benedictino y se
retiró al convento de Monte Casino, en donde pasó el resto de su vida. Su libro llamado Pantegní
(El arte total) es realmente una traducción del volumen de Haly Abbas Al Maleki (El libro real),
aunque Constantino no lo señala. Singer menciona que no es el único caso en que Constantino
olvida mencionar el nombre del autor y en cambio firma la obra como si fuera suya, pero otros
historiadores más caritativos recuerdan que en esos tiempos, en que se libraba una lucha a
muerte entre cristianos y árabes, no hubiera sido político que un sacerdote benedictino apareciera
como el traductor de un libro musulmán. Pantegni alcanzó gran popularidad y un siglo después
todavía se usaba como texto de medicina general en Salerno y en muchas otras escuelas de
medicina. Otros textos traducidos por Constantino fueron los Aforismos, los Pronósticos y las
Fiebres, atribuidos a Hipócrates, y varios libros de Galeno. Un famoso profesor de cirugía de
Salerno, Rogerius Salernitanus, escribió la Cyrurgía Rogerii en 1170, que fue el primer libro de
texto medieval de cirugía que dominó la enseñanza de la materia por más de un siglo en toda
Europa; se usó en las nuevas universidades de Bolonia y Montpellier, y su utilidad se prolongó
con su reedición en 1250 por Rolando de Parma, discípulo de Rogerius y profesor de la materia en
Bolonia. La Cyrurgia Rogerii es un libro típicamente salernitano: claro, breve y práctico, sin largas
y tediosas citas de otros autores. Cada afección quirúrgica se describe en forma sumaria y el
tratamiento se discute con parsimonia. Pero el libro más famoso de todos los producidos en
Salerno fue el Régimen sanitatis Salernitanus, también conocido como Flos medicinae Salerni. Se
trata de un texto versificado, en latín, que constaba de 382 versos, pero que con el tiempo creció
hasta alcanzar 3 431; varios autores calculan que muy pronto se tradujo a por lo menos ocho
idiomas y que para 1846 ya se había editado 240 veces. Este Régimen consta de 10 secciones:
higiene, drogas, anatomía, fisiología, etiología, semiología, patología, terapéutica, clasificación de
las enfermedades, práctica de la medicina y epílogo. Se trata de una serie de observaciones
simples y consejos racionales derivados de ellas, sin apelación algunas autoridades, a magias o a
los astros. Está escrito en un latín sencillo y claro, pero gran parte de su popularidad se debe a la

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excelente traducción al inglés de John Harington en 1607, y que hasta hoy se considera la mejor;
este personaje fue también el inventor del water-closet.
Salerno tuvo una gran influencia en la enseñanza y la práctica de la medicina de Occidente
durante los siglos X al XIII pero después su importancia empezó a declinar. Algunos factores que
contribuyeron a ello fueron la emergencia de otras grandes escuelas de medicina en Bolonia y
Montpellier, así como la fundación en 1224 de la Universidad de Nápoles; Salerno todavía
conservó cierta actividad literaria, pero como escuela de medicina en los siguientes siglos se
transformó en una "fábrica de títulos", de modo que cuando Napoleón la cerró en 1811 ya era un
cadáver.
En la Universidad de Bolonia existían profesores de medicina desde 1156, y es ahí donde se
reiniciaron las disecciones anatómicas humanas a principios del siglo XIV, que se habían
suspendido desde los tiempos de Alejandría; sin embargo, en la Universidad de Bolonia no existía
ningún interés en la ciencia o en el arte naturalista y toda la enseñanza, incluyendo a la medicina,
era escolástica. Las disecciones se hacían por razones médico legales, no para aprender anatomía
sino para buscar datos que pudieran resolver juicios; cuando finalmente las disecciones se
hicieron en relación con la anatomía, fue para que confirmaran a Galeno y a Avicena. En Bolonia
fue profesor de cirugía Guillermo de Saliceto (1210-1280), quien escribió un texto de cirugía en el
que rechaza el uso del cauterio (que era favorecido por los árabes) y prefiere el bisturí; en este
libro también se combate la idea antigua y muy generalizada de que la supuración es benéfica
para la cicatrización de heridas. Tadeo de Florencia (1223-1303) también fue profesor de
medicina en Bolonia y a él se deben algunas de las versiones en latín de los libros clásicos en
griego, sin pasar por sus versiones en árabe, que los habían corrompido; en cambio, también
patrocinó la medicina escolástica y argumentativa, que tanto contribuyó a retrasar el avance
científico en los siglos XIII a XVI. A esta misma época pertenece un discípulo de Tadeo, el
anatomista Mondino de Luzzi (1275-1326), quien realizó disecciones de cadáveres humanos en
público y cuyo libro de anatomía, publicado en 1316, es la primera obra moderna de la materia;
en diferencia con los demás profesores de anatomía de su tiempo, que presidían las disecciones
desde su alta cátedra leyendo a Galeno (práctica que criticó Vesalio), Mondino era su propio
prosector. Quizá el cirujano medieval más famoso fue Guy de Chauliac (1298-1368), quien
estudió en Bolonia, París y Montpellier y ejerció en esta ciudad hasta que pasó a Avinon, en
donde fue médico de la corte papal. Fue autor de la Chirurgia magna, que se convirtió en el texto
definitivo de su tiempo; estuvo a punto de morir de la peste pero se recuperó y describió su
propio caso. Guy cita a más de 100 autoridades médicas, revelando su amplia cultura, pero es un
galenista consumado; su autor quirúrgico favorito es Albucasis, pero también incluye numerosas
observaciones personales. De todos modos, también es astrólogo y atribuye las enfermedades a
la conjunción de Saturno, Júpiter y Marte.

LA PRÁCTICA DE LA MEDICINA

Hasta fines del siglo XV los conocimientos teóricos en medicina no habían avanzado mucho más
que en la época de Galeno. La teoría humoral de la enfermedad reinaba suprema, con agregados
religiosos y participación prominente de la astrología. La anatomía estaba empezando a
estudiarse no sólo en los textos de Galeno y Avicena sino también en el cadáver, aunque en esos
tiempos muy pocos médicos habían visto más de una disección en su vida (la autorización oficial
para usar disecciones en enseñanza de la anatomía la hizo el papa Sixto IV (1471-1484) y la
confirmó Clemente VII (1513-1524)). La fisiología del corazón y del aparato digestivo eran
todavía galénicas, y la de la reproducción había olvidado las enseñanzas de Sorano. El diagnóstico
se basaba sobre todo en la inspección de la orina, que según con los numerosos tratados y
sistemas de uroscopia en existencia se interpretaba según las capas de sedimento que se
distinguian en el recipiente, ya que cada una correspondía a una zona específica del cuerpo;
también la inspección de la sangre y la del esputo eran importantes para reconocer la
enfermedad. La toma del pulso había caído en desuso, o por lo menos ya no se practicaba con la
acuciosidad con que lo recomendaba Galeno. El tratamiento se basaba en el principio de contraria
contrariis y se reducía a cuatro medidas generales:
1) Sangría, realizada casi siempre por flebotomía, con la idea de eliminar el humor excesivo
responsable de la discrasia o desequilibrio (plétora) o bien para derivarlo de un órgano a otro,
según se practicara del mismo lado anatómico donde se localizaba la enfermedad o del lado
opuesto, respectivamente. Las indicaciones de la flebotomía eran muy complicadas, pues incluían
no solo el sitio y la técnica sino también condiciones astrológicas favorables (mes, día y hora),
número de sangrados y cantidad de sangre obtenida en cada operación, que a su vez dependían

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del temperamento y la edad del paciente, la estación del año, la localización geográfica, etc.
Había muchas opiniones distintas y todas se discutían acaloradamente, usando innumerable citas
de Galeno, Rhazes, Avicena y otros autores clásicos. También se usaban sanguijuelas, aunque
con menor frecuencia que en el siglo XVIII; los revulsivos los mencionan los salernitanos y se
practicaron durante toda la Edad Media y hasta el siglo XVIII, en forma de pequeñas incisiones
cutáneas en las que se introduce un cuerpo extraño (hilo, tejido, frijol, chícharo) para evitar que
cicatricen.
2) Dieta, para evitar que a partir de los alimentos se siguiera produciendo el humor responsable
de la discrasia. Desde los tiempos hipocráticos la dieta era uno de los medios terapéuticos
principales, basada en dos principios: restricción alimentaria, frecuentemente absoluta, aun en
casos en los que conducía rápidamente a desnutrición y a caquexia, y direcciones precisas y
voluminosas para la preparación de los alimentos y bebidas permitidos, que al final eran tisanas,
caldos, huevos y leche.
3) Purga, para facilitar la eliminación del exceso del humor causante de la enfermedad. Esta
medida terapéutica era herencia de una idea egipcia muy antigua, la del whdw, un principio
patológico que se generaría en el intestino y de ahí pasaría al resto del organismo, produciendo
malestar y padecimientos. Quizá ésta sea la medida terapéutica médica y popular más antigua de
todas: identificada como eficiente desde el siglo XI a.C. en Egipto, todavía tenía vigencia a
mediados del siglo XX. A veces los purgantes eran sustituidos por enemas.
4) Drogas de muy distintos tipos, obtenidas la mayoría de diversas plantas, a las que se les
atribuían distintas propiedades, muchas veces en forma correcta: digestivas, laxantes, diuréticas,
diaforéticas, analgésicas, etc. La polifarmacia era la regla y con frecuencia las recetas contenían
más de 20 componentes distintos. La preparación favorita era la teriaca, que se decía había sido
inventada por Andrómaco, el médico de Nerón, basado en un antídoto para los venenos
desarrollado por Mitrídates, rey de Ponto, quien temía que lo envenenaran; la teriaca de
Andrómaco tenía 64 sustancias distintas, incluyendo fragmentos de carne de víboras venenosas,
y su preparación era tan complicada que en Venecia en el siglo XV se debía hacer en presencia de
los priores y consejeros de los médicos y los farmacéuticos. Entre sus componentes la teriaca
tenía opio, lo que quizá explica su popularidad; la preparación tardaba meses en madurar y se
usaba en forma líquida y como ungüento. Otras sustancias que también se recomen daban por
sus poderes mágicos eran cuernos de unicornio, sangre de dragón, esperma de rana, bilis de
serpientes, polvo de momia humana, heces de distintos animales, etcétera.
Al mismo tiempo que estas medidas terapéuticas también se usaban otras basadas en poderes
sobrenaturales. Los exorcismos eran importantes en el manejo de trastornos mentales, epilepsia
o impotencia; en estos casos el sacerdote sustituía al médico. La creencia en los poderes
curativos de las reliquias era generalizada, y entonces como ahora se rezaba a santos especiales
para el alivio de padecimientos específicos. La tuberculosis ganglionar cervical ulcerada o
escrófula se curaba con el toque de la mano del rey, tanto en Inglaterra como en Francia, desde
el año 1056, cuando Eduardo el Confesor inició la tradición en Inglaterra, hasta 1824, cuando
Carlos X tocó 121 pacientes que le presentaron Alibert y Dupuytren en París.
Los médicos no practicaban la cirugía, que estaba en manos de los cirujanos y de los barberos.
Los cirujanos no asistían a las universidades, no hablaban latín y eran considerados gente poco
educada y de clase inferior. Muchos eran itinerantes, que iban de una ciudad a otra operando
hernias, cálculos vesicales o cataratas, lo que requería experiencia y habilidad quirúrgica, o bien
curando heridas superficiales, abriendo abscesos y tratando fracturas. Sus principales
competidores eran los barberos, que además de cortar el cabello vendían ungüentos, sacaban
dientes, aplicaban ventosas, ponían enemas y hacían flebotomías. Los barberos aprendieron estas
cosas en los monasterios, adonde acudían para la tonsura de los frailes; como éstos, por la ley
eclesiástica, debían sangrarse periódicamente, aprovechaban la presencia de los barberos para
matar dos pájaros de un tiro. Los barberos de los monasterios se conocían como rasor et
minutor, lo que significa barbero y sangrador. Los cirujanos de París formaron la Hermandad de
San Cosme en 1365 con dos objetivos: promover su ingreso a la Facultad de Medicina de París e
impedir que los barberos practicaran la cirugía.
Al cabo de dos siglos consiguieron las dos cosas, pero a cambio tuvieron que aceptar los
reglamentos de la Facultad, que los obligaban a estudiar en ella y a pasar un examen para poder
ejercer, y también incorporar a los barberos como miembros de su hermandad. En Inglaterra los
cirujanos y los barberos fueron reunidos en un solo gremio por Enrique VIII, y así estuvieron
hasta 1745, en que se disolvió la unión, pero en 1800 se fundó el Real Colegio de Cirujanos. En
Italia la distinción entre médico y cirujano nunca fue tan pronunciada, y desde 1349 existen

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estatutos que se aplican por igual a médicos, cirujanos y barberos; todos debían registrarse y
pasar exámenes en las escuelas de medicina de las universidades.

PRELUDIO DEL RENACIMIENTO

El paso de la Edad Media al Renacimiento ocurrió mucho antes en las humanidades y en las artes
que en las ciencias y en la medicina. Dance escribió su Divina Comedia a fines del siglo XIII
Petrarca y Boccaccio fueron contemporáneos en el siglo XIV, y Giotto y Donatello trabajaron en
ese mismo siglo. En cambio, el texto de Benivieni apareció en 1504, Copérnico y Vesalio
publicaron sus respectivos libros en 1543, y Gilbert dio a la luz su volumen sobre el magneto
hasta 1600, año en que Giordano Bruno fue quemado vivo por sus ideas. Hay por lo menos tres
siglos de diferencia entre el Renacimiento humanístico y el científico, pero a fines de la Edad
Media, en el campo de la medicina, destacan dos precursores interesantes pero muy distintos:
Fernel y Paracelso.
Jean Fernel (1497-1558) fue filósofo, matemático, astrónomo, filólogo y médico, esto último por
razones económicas, pues requería abundantes recursos para la obtención y mantenimiento de
sus aparatos astronómicos. Fernel tuvo gran éxito como médico: entre sus pacientes se contaron
Enrique II, Catalina de Médicis y Diana de Poitiers, la favorita del hijo del rey. Fue profesor de
medicina en París y escribió varios libros, como De abditis rerum causis, que fue muy popular,
Medicinaliura consiliorura centuria, un conjunto de casos estudiados personalmente, y el más
famoso de todos, Medicina, volumen de 630 páginas cuyo cum privilegio regis está fechado el 18
de noviembre de 1553. Fue uno de los textos de medicina más leídos en los siglos XVI y XVII y se
reimprimió cerca de 30 veces; se divide en tres secciones, designadas Fisiología, Patología y
Terapéutica. La primera sección (que se había publicado ya 12 años antes con el título de De
naturali parte medicinae) está formada por siete libros, cada uno con siete capítulos, y es una
descripción de la anatomía humana en términos exclusivamente galénicos, a pesar de que Fernel
era contemporáneo de Falopio, de Eustaquio y de Vesalio; como buen renacentista, sus
autoridades son Herófilo, Hipócrates, Galeno, Aristóteles, Avicena y Averroes. El resto de la
primera parte trata de los elementos, los temperamentos, el calor innato, los humores y la
procreación humana, entre otros temas, todos descritos en función de la teoría humoral de la
enfermedad. La segunda sección corresponde a la Patología y también tiene siete libros pero
ahora con 120 capítulos, que abarcan 238 páginas; se tratan las enfermedades y sus causas,
síntomas y signos, el pulso y la orina, fiebres, enfermedades y síntomas de las partes,
padecimientos subdiafragmáticos y anormalidades del exterior del cuerpo. No es sino hasta los
libros 5 y 6 de Medicina, dedicados respectivamente a las enfermedades y síntomas de las partes,
así como a padecimientos subdiafragmáticos, que Fernel se desprende de sus lastres medievales
y adopta una postura moderna frente a la patología: en primer lugar, abandona la tradición de
limitarse a ejemplos individuales, ya que generaliza a partir de sus experiencias ,sobre todo en
las patologías cardiovascular y pulmonar, que ocupan los últimos tres capítulos del libro 5. El libro
6 trata de los aparatos digestivo y urinario; los padecimientos se ilustran con observaciones
personales de Fernel, quien no pocas veces describe los hallazgos de autopsias, como cuando
describe el estado de los riñones en la litiasis renal:

Con frecuencia se observa que toda la carne o sustancia del riñón está
carcomida y lo que queda es el pus y muchos cálculos envueltos en una
membrana muy parecida a una bolsa [...] En aquellos que han sufrido
¡dolores nefríticos por largo tiempo yo he encontrado a veces el uretero
tan dilatado que podía insertar con facilidad el dedo gordo en su luz.

Fernel también describe el carcinoma del cuello uterino y la formación de fístulas vésico-vaginales
y recto-vaginales con la resultante salida de orina y materias fecales por vagina, hechos bien
conocidos desde la antigüedad. En cambio, las secciones de hígado y de bazo están descritas en
forma muy general y esquematica no permiten identificar ninguna enfermedad específica.

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a) Jean Fernel
b) Paracelso (1493-1541).
(1497-1558)

Figura 10. Dos precursores del renacimiento.

Phillipus Bombastus von Hohenheim(1493-1541), contemporáneo de Fernel, nació en Einsiedeln,


Suiza, y posteriormente adoptó los nombres Aureolus Theophrastus Paracelsus, que es como se
le conoce. Estudió medicina en Basilea pero no llegó a graduarse, y viajó extensamente en Italia
y Alemania trabajando como médico itinerante. En 1527 fue invitado a residir en Basilea como
médico de la ciudad y nombrado profesor de medicina de la universidad, pero su estancia fue
muy tormentosa. Paracelso tenía un carácter difícil y defendía ideas muy heterodoxas con
posturas arrogantes y lenguaje agresivo. Condenaba toda la medicina que no estuviera basada en
la experiencia, especialmente las teorías de Galeno y Avicena, cuyos libros quemó en público;
además, dictaba sus clases en alemán, en lugar de hacerlo en latín, como era lo apropiado en una
universidad tan conservadora. Procedió a pelearse con los médicos locales, a quienes insultaba
públicamente, llamándolos charlatanes, estafadores y asnos certificados; los estudiantes también
lo odiaban, lo bautizaron como "Cocofrastus" y le escribieron un poema insultante que se suponía
había sido enviado por Galeno desde el infierno. Paracelso se asociaba con vagabundos y
malhechores, pasaba las noches en las tabernas bebiendo demasiado y con frecuencia participaba
en escándalos y peleas. Al final se vio complicado en un juicio contra un sacerdote que había sido
su cliente y se negaba a pagarle sus elevados honorarios y lo perdió; las autoridades también se
pusieron en su contra y Paracelso tuvo que huir de Basilea, dejando atrás sus propiedades y
escritos. Continuó viajando toda su vida, repitiendo siempre la misma historia en distintas
ciudades europeas, hasta que murrio en Salzburgo a los 48 años de edad.
Paracelso es un precursor del Renacimiento no por lo que hizo sino por lo que intentó.
Insatisfecho con las creencias galénicas prevalecientes en su tiempo, se rebeló contra ellas, pero
no para revivir las doctrinas hipocráticas sino para sustituirlas por las suyas, que eran todavía
más oscuras y dogmáticas. En su juventud (152O) Paracelso publicó un pequeño libro llamado
Volumen medicinae paramirum (Von den Fünf Entien), en donde presenta una de sus principales
teorías sobre la enfermedad (propuso varias), un reto abierto a la patología humoral galénica
predominante. Distinguió cinco causas principales de enfermedad, consideradas como cinco
principios o esferas (Etia): 1) Ens astri, la influencia de las estrellas; 2) Ens venení, que no
incluye sólo tóxicos sino todo el ambiente; 3) Ens naturale, o sea la complexión del organismo,
que incluye a la herencia; 4) Ens spirituale, el alma; 5) Ens Dei, los padecimientos enviados por
Dios y que son incurables. Cuatro años más tarde Paracelso publicó una elaboración y ampliación
de sus ideas bajo el nombre de Opus Paramirum en donde se encuentra una teoría distinta de la
enfermedad, que resulta ser secundaria a la materia que llena el Universo; los alquimistas
medievales postulaban que esa materia estaba formada por el sulfuro (espíritus) y el mercurio
(líquidos), a lo que Paracelso agregó las sales (cenizas). Estas tres sustancias proporcionarían la
unión del hombre con el Universo y a través de ellas participaría en el gran metabolismo de la
naturaleza; la enfermedad sería el resultado de trastornos en el equilibrio de estas sustancias.
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Por ejemplo, si el mercurio se "volatiliza" el hombre puede perder sus facultades mentales; si las
sales se "subliman" el organismo se corroe y se produce dolor, etc. En relación con estas ideas,
Paracelso introdujo el uso del láudano, del mercurio, del azufre y del plomo en la farmacopea;
además, insistió en que las heridas tienden a cicatrizar espontáneamente y se opuso a la
aplicación de ungüentos y emplastes, tan favorecidos en esa época.
Tanto Fernel como Paracelso pertenecen por completo a la Edad Media, pero vivieron cuando ésta
se acercaba a su fin y en sus obras ya existen indicios renacentistas: Fernel vislumbró un
concepto moderno de la patología en la medicina, diferente del que había prevalecido por más de
1 000 años, mientras Paracelso se rebeló en contra de la autoridad de los textos clásicos y
predicó (aunque él mismo no lo hizo) que la medicina debería basarse en la experiencia personal
del médico y no en Galeno y Avicena.

PARTE SEGUNDA LA GRAN TRANSFORMACIÓN


V. LA MEDICINA EN EL RENACIMIENTO (SIGLOS XV A XVII)

INTRODUCCIÓN

DE ACUERDO con Sarton, el Renacimiento ocupa el periodo comprendido entre los años 1450 y
1600, pero él mismo señala que esos limites son arbitrarios, y que igual podrían aceptarse otros
más "naturales", como 1492 (año del "descubrimiento" del Nuevo Mundo) o 1543 (año de la
publicación del libro de Vesalio, De humani corporis fabrica, y del de Copérnico, De
revolutionibus), para marcar el principio del Renacimiento, mientras que 1616 (año de la muerte
de Cervantes y de Shakespeare) o 1632 (año de la publicación del libro de Galileo, Diálogo de
ambos mundos) servirían igualmente bien para señalar su fin y el inicio de la Edad barroca.
Cualesquiera que sean sus límites, el Renacimiento se caracterizó por dos tipos generales de
actividades: 1) las humanistas o imitativas, cuyo interés era la recuperación de los clásicos
griegos y latinos, tanto en literatura como en arte, y 2) las científicas o no imitativas, cuya
mirada estaba dirigida no al pasado sino al futuro. Los humanistas eran un grupo de hombres
muy bien educados, nobles y aristócratas muchos de ellos, no sólo de rango sino de espíritu, los
árbitros de la cultura y del buen gusto de su tiempo, que perfeccionaban sus conocimientos de
griego, de latín y de arte a lo largo de años de estudio; sus trabajos recuperaron a la cultura
clásica para todos los tiempos. En cambio, los científicos conocían poco el latín y menos el griego,
eran iconoclastas y rebeldes, algunos hasta francamente rudos y antisociales, al grado que sus
enemigos los llamaban bárbaros y analfabetos, muchas veces con razón. Sin embargo, algunos
de ellos fueron geniales y lo que crearon contribuyó mucho más que los trabajos de los
humanistas a la transformación del mundo medieval en moderno.
Se han señalado varios factores como causantes del Renacimiento, aunque algunos de ellos
también podrían verse como sus consecuencias. En vista de que varios de ellos influyeron en la
evolución de la medicina, a continuación se enumeran brevemente, sin que el orden en que se
mencionan signifique secuencia cronológica o jerarquía de importancia.
1) Invención de la imprenta. La posibilidad de hacer rápidamente muchos ejemplares de un texto
y distribuirlos entre los interesados se inicio hacia 1450. Hasta entonces, la difusión de las ideas
era muy ineficiente y se hacía por medio de la tradición oral y de copias manuscritas, ambas
sujetas a variaciones y errores en cada paso de un individuo a otro; además, los textos escritos
sólo podían ser consultados por los pocos que sabían leer latín o árabe. La imprenta hizo
accesibles las ideas clásicas a una población mayor y su influencia se incrementó cuando los
libros empezaron a imprimirse en idiomas nacionales.
2) "Descubrimiento" del Nuevo Mundo. El efecto de la duplicación repentina del tamaño del
mundo conocido, en la mentalidad del hombre medieval, casi no puede concebirse hoy día. Junto
con ese portento vino otro: la existencia de grandes grupos humanos con culturas e historias
totalmente nuevas e independientes de las europeas. Frente a tales noticias era imposible
conservar actitudes estrechas y visiones miopes respecto a la naturaleza y al sitio del hombre en
la Tierra.
3) La nueva cosmogonía. Junto con el descubrimiento del Nuevo Mundo, la nueva estructura del
Universo propuesta por Copérnico y defendida por Galileo contribuyó a destronar a la Tierra como
el centro del mundo celeste y al hombre como la criatura más importante de todo el Universo,
objeto principal de la creación divina.

29
4) Fractura de la hegemonía religiosa y secular de la Iglesia católica, apostólica y romana. Al
mismo tiempo que aumentaba la educación general y que los hechos parecían oponerse cada vez
con mayor fuerza a ciertos aspectos de las Sagradas Escrituras, la conducta escandalosa de
muchos miembros de la Iglesia católica (incluyendo a los papas) provocó primero la Reforma y
después el surgimiento de la Iglesia protestante en Alemania. Cuando el 31 de octubre de 1517
Lutero clavó en la puerta de la iglesia de Wittenberg sus 95 tesis sobre la venta de las
indulgencias, los martillazos iniciaron el resquebrajamiento progresivo de la autoridad eclesiástica
absoluta sobre todos los aspectos de la vida del hombre, hasta entonces monolítica e inflexible.
Incidentalmente, las tesis de Lutero fueron rápidamente traducidas al alemán (las originales
estaban en latín), se imprimieron en la imprenta universitaria y se distribuyeron en toda
Alemania, lo que en gran parte explica el enorme apoyo popular que recibieron casi
inmediatamente.
5) Concepto secular del Estado. Hasta antes del Renacimiento la sociedad estaba organizada
políticamente en grupos relativamente pequeños reunidos alrededor de una ciudad y los terrenos
que la circundaban. La autoridad descansaba en los príncipes feudales, que eran los dueños de la
tierra y de todo lo que había en ella (hombres, animales, cosechas, agua, etc.) y en sus
respectivos párrocos y otros miembros de la Iglesia, que eran los dueños del cielo y de la vida
eterna, que según ellos podría pasarse en el Paraíso o en el Infierno, de acuerdo con sus
decisiones, que como regla podían ser influidos favorablemente por medios terrenales. Esta
estructura simple empezó a cambiarse por el concepto secular del Estado, que culminaría en
épocas renacentístas con el surgimiento de las naciones.
6 )Transformación del idioma. Ya se señaló que al mismo tiempo que el desarrollo de la imprenta
empezaron a usarse distintos idiomas nacionales, al principio además del latín, pero muy pronto
en lugar de él. Esto amplió el número de posibles lectores y favoreció la emergencia del concepto
secular del Estado.
7) Divorcio de las culturas orientales. Durante parte de la Edad Media, los autores clásicos habían
sido traducidos al sirio y al árabe; el Imperio islámico funcionó como una especie de puente entre
Oriente y Europa. Entre los siglos IX y XI los autores árabes fueron los líderes del pensamiento
europeo, al que siguieron influyendo hasta muy entrado el siglo XIII. Esto fue particularmente
cierto en la medicina, donde Avicena y Rhazes reinaban junto con Galeno e Hipócrates, no pocas
veces por encima de ellos. Durante el Renacimiento se inició el rechazo de las culturas orientales,
pero naturalmente quedaron muchos residuos de ellas incrustados en el mundo occidental. El
mejor ejemplo de esto es la Biblia, que se leyó y se sigue leyendo sin recordar que se trata de un
libro característicamente oriental. El símbolo mas representativo de la separación de las culturas
occidentales de las orientales fue la adopción de la imprenta por Occidente y su rechazo por el
Imperio musulmán.
8) Interés en el individuo. Las transformaciones mencionadas permitieron al hombre renacentista
enfocar su interés menos en la santidad y en el más allá, menos en la salvación de su alma y en
la segunda venida de Cristo, y más en sí mismo, en sus propias cualidades y capacidades, tanto
actuales como potenciales. Muchos de los personajes típicos del Renacimiento aparecen hoy como
individuos vanidosos, ególatras y preocupados por proyectar su arte y sus ideas por encima de
todo y de todos; basta recordar las vidas de Cellini, de Leonardo o de Miguel Angel. Además en la
Edad Media prevalecían las ideas tradicionales de Aristóteles y santo Tomás de Aquino, junto con
los planes globales del Universo y de la naturaleza, en los que el hombre tenía un destino
prefijado por la divinidad. En cambio, en el Renacimiento el hombre se encontró con libertad y
poder, dueño de sí mismo, de su inteligencia y de su propio destino. Intoxicado con el
descubrimiento de su individualidad, enajenado por sus nuevos poderes y por su libertad,
cometió toda clase de excesos: los condottieros pelearon con furia, los príncipes se envenenaron
y apuñalaron mutuamente, los ricos banqueros se enriquecieron todavía más, los mecenas
patrocinaron generosamente el arte y la literatura, y los artistas respondieron creando un
torrente de maravillas. En medio de la violencia y del peligro que caracterizaba a las cortes de
105 príncipes renacentistas, pintores como Leonardo, Rafael y el Giotto, escultores como
Donatello y Miguel Angel, arquitectos como Palladio y Brunelleschi, y otros muchos genios más
produjeron en apenas 150 años suficientes obras maestras para llenar más de la mitad de los
museos de todo el mundo.
9) Emergencia de la ciencia moderna. El surgimiento de la ciencia moderna, tal como la
conocemos hoy, también es un producto del Renacimiento. La renuncia a las explicaciones
sobrenaturales, la adopción de la realidad como último juez de nuestras ideas sobre la naturaleza
(en lugar de la autoridad dogmática), la fuerza de la demostración experimental objetiva, la

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reducción del Universo a unas cuantas fórmulas, la matematización del mundo real, contribuyeron
en forma progresiva a modificar el carácter del mundo occidental.
A los distintos factores mencionados arriba como agentes causales o consecuencias inmediatas
del Renacimiento, debe agregarse otro de especial interés: el hecho de que todos ocurrieron en
un lapso muy breve, históricamente casi momentáneo. En efecto, Paracelso murió dos años antes
de la publicación de los libros de Vesalio y Copérnico; Leonardo era amigo de Maquiavelo y
contemporáneo de Miguel Angel, de Rafael, de Durero, de Cristóbal Colón, de Antonio Benivieni,
de Savonarola, y de Martín Lutero; Galileo nació el día en que murió Miguel Angel y fue
contemporáneo de Descartes, Bacon, Harvey y Kepler. En ese breve lapso (de 1543 a 1661)
floreció Andreas Vesalio, creador de la revolución anatómica, trabajó Ambroise Paré, precursor de
la cirugía moderna, Fracastoro escribió su profético texto sobre las infecciones, Malpighio reveló
un mundo microscópico nuevo, con el descubrimiento de la circulación de la sangre, Harvey se
convirtió en el padre de la fisiología y de la medicina científicas, y Sydenham renunció a la
especulación escolástica y regresó a la medicina hipocrática.

LA REVOLUCIÓN ANATÓMICA

Ya se ha mencionado que Mondino de Luzzi (ca. 1270-1326) publicó en 1316 uno de los primeros
textos de anatomía humana que hacen referencia a disecciones realizadas por el autor, pero
todavía basado principalmente en los escritos árabes; además, su libro no contiene ilustraciones,
la nomenclatura es compleja y utiliza muchos nombres árabes, y la calidad de sus descripciones
es muy variable. De todos modos, Mondino representa el primer paso de la revolución anatómica,
que tardó dos siglos en dar el siguiente. En ese lapso la anatomía siguió siendo italiana, sobre
todo porque el papa Sixto IV, que había sido estudiante en Bolonia y Padua, autorizó en el siglo
XV la disección de cadáveres humanos, condicionada al permiso de las autoridades eclesiásticas,
lo que fue confirmado por Clemente VII en el siglo XVI. En la Universidad de Bolonia las
disecciones anatómicas fueron reconocidas oficialmente en 1405, y lo mismo ocurrió en la
Universidad de Padua en 1429; Montpellier se les había adelantado, pues las disecciones públicas
se aceptaron en 1377, mientras que en París no se instituyeron sino hasta 1478.
El segundo paso en la revolución anatómica no lo dieron los médicos sino los artistas. Como
resultado del naturalismo del siglo XV, 105 grandes maestros de la pintura como Verrochio,
Mantegna, Miguel Ángel, Rafael y Durero hicieron disecciones anatómicas en cadáveres humanos
y dejaron dibujos de sus estudios. Uno de los más grandes anatomistas de esa época fue
Leonardo da Vinci (1452-1519), porque en sus cuadernos es posible reconocer la transición entre
el artista que desea mejorar sus representaciones del cuerpo humano y el científico cuyo interés
es conocer mejor su estructura y su funcionamiento Leonardo planeaba escribir un texto de
anatomía humana en colaboración con Marcoantonio della Torre (1481-1512), profesor de la
materia en Pavía, pero la muerte prematura de éste no lo permitió y sus maravillosos dibujos
anatómicos permanecieron ocultos hasta este siglo. El genio de Leonardo no tuvo gran impacto
entre sus contemporáneos y sucesores inmediatos, lo que fue una gran pérdida para la
humanidad.
El tercer paso en la revolución anatómica del siglo XVI lo dio un médico belga, Andreas Vesalio
(1514-1564), quien nació en Bruselas y se dice que murió en la isla de Zante, vecina al
Peloponeso griego, cuando apenas tenía 50 años de edad. De acuerdo con Singer:

Pocas disciplinas están más claramente basadas en el trabajo de un


hombre como lo está la anatomía en Vesalio. Y sin embargo puede
decirse que él es, en cierto sentido, un hombre afortunado en la posición
que mantiene en el mundo de la ciencia. Su gran trabajo no fue el
resultado de una larga vida de experiencia, como fue el de Morgagni o el
de Virchow; no se formuló en el fuego de una hoguera intelectual, como
el de Pasteur o el de Claude Bernard; no fue una tarea de razonamientos
sutiles y de hábiles experimentos, como fue la de Harvey o la de Hales.
Vesalio fue un producto muy característico de su época. La matriz del
tiempo estaba en trabajo de parto y lo dio a luz a él. Su padre intelectual
fue la ciencia galénica que existía desde mucho antes. Su madre fue esa
hermosa criatura, el nuevo arte, que entonces estaba en la flor de su
juventud. Hasta que estas dos fuerzas no se unieron no podía haber un
Vesalio. Después de que se unieron tenía que haber un Vesalio. Si ser
genio es ser el producto de su tiempo, entonces Vesalio fue un genio. El

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era un hombre fuerte y resuelto, de mente clara, bien estructurada y
poco sutil, y llevó a cabo aquello para lo que había sido creado. No hizo
nada más, pero tampoco hizo menos.

Figura 11. Andreas Vesalio (1514-1565)

El nombre original de la familia Vesalio parece haber sido Wesel o Wessel, que significa
"comadreja" En la parte central superior del famoso frontispicio de la Fabrica aparecen dos
querubines sosteniendo el escudo de la familia, que muestra tres comadrejas corriendo. Vesalio
representa la quinta generación de médicos en su familia: su tatarabuelo Pedro reunió una
valiosa colección de manuscritos médicos de su tiempo (fines del siglo XIV), muchos de ellos se
conservaron en posesión de la familia por cuatro generaciones y formaron parte de las lecturas
del joven Vesalio más de 150 años después. En 1533 Vesalio inició sus estudios de medicina en la
Universidad de París, con Jacobus Sylvius, el anatomista, Jean Fernel, nosólogo y filósofo, Johann
Günther, más filólogo que médico, y otros más, todos ellos convencidos galenistas. En 1536
Vesalio abandonó París sin graduarse y regresó a Lovaina a terminar sus estudios, pero sólo logró
el grado de bachiller. En 1537 se mudó a Padua y ahí su carrera fue meteórica, pues ese mismo
año se graduó de médico y al día siguiente el Ilustre Senado de Venecia lo nombró profesor de
cirugía, lo que incluía entre sus obligaciones la enseñanza de la anatomía.
El joven profesor (tenía entonces 23 años de edad) inició sus lecciones de anatomía humana con
un éxito sin precedentes, debido a tres factores principales: 1) sus conocimientos directos de la
materia, que ya eran considerables; 2) su práctica de realizar personalmente y sin ayuda de
prosectores todas las disecciones; 3) su uso de diagramas o esquemas para ilustrar distintos
detalles anatómicos. En abril de 1538 (sólo cinco meses después de haber sido nombrado
profesor) publicó sus Tabulae Anatomicae Sex (Seis tablas anatómicas), que son seis carteles,
tres de ellos del sistema vascular (dibujados por Vesalio) y los otros tres del, esqueleto
(dibujados por Van Kalkar), a los que Vesalio agrego breves explicaciones y nombres de muchas
de las estructuras en tres idiomas. En estas Tabulae, Vesalio todavía sigue fielmente la anatomía
galénica, pero su interés no es sólo ése sino que además sirven para apreciar el enorme salto que
dio en los cinco años que las separan de su inmortal Fabrica, que apareció en 1543. En ese año
Vesalio abandonó Padua y al siguiente fue nombrado médico de la corte de Carlos V, donde pasó
el resto de su vida. Los cinco años que vivió en Padua fueron suficientes para producir su obra
maestra, mientras que los 20 siguientes parecen haber sido de frustración y tedio. En 1555 una
segunda edición de su Fabrica pero con muy pocas modificaciones, y una carta que le escribió a
Falopio se publicó hasta después de su muerte, en 1564.
El título completo del libro de Vesalio es De humani corporis fabrica y está organizado en forma
típicamente galénica: consta de siete partes, la primera dedicada al esqueleto y las
articulaciones, la segunda a los músculos estriados, la tercera al sistema vascular, la cuarta al
sistema nervioso periférico, la quinta a las vísceras abdominales y a los órganos genitales, la
sexta al corazón y a los pulmones, y la séptima al sistema nervioso central. El libro termina con
un pequeño capítulo sobre algunos experimentos fisiológicos, como esplenectomía, afonía por
sección del nervio recurrente, parálisis muscular después de sección medular, sobrevivencia del
animal después de abrirle el tórax si la respiración se mantiene con un fuelle, etc. A las dos
primeras partes, o sea al esqueleto y a los músculos estriados, Vesalio dedica 42 del total de las
73 láminas, revelando con claridad el interés que tenía en que su libro fuera útil no sólo a los
médicos sino también a los pintores y escultores. En muchas de las ilustraciones las figuras posan
como estatuas clásicas en un ambiente bucólico, con colinas, árboles, rocas y ruinas romanas, así

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como un río cruzado por un puente y varias construcciones más recientes; las figuras poseen
actitudes y movimientos de seres vivos.
En la historia de la medicina el libro de Vesalio brilla como una obra única. Desde luego, antes de
la publicación de la Fabrica no había aparecido nada que ni remotamente se le pareciera, no sólo
por la riqueza de sus ilustraciones sino por el contenido que, como ya se ha mencionado, critica a
Galeno y expone sus errores. Además, después de la publicación de la Fabrica pasaron muchos
años para que apareciera otro libro que pudiera compararse con él, y algunos conocedores opinan
que eso todavía no ha ocurrido. Pero además de su contribución al avance del conocimiento
anatómico del hombre y de su gran valor artístico, el libro de Vesalio es también un parteaguas
en la historia de la ciencia en general, en vista de que es uno de los primeros textos donde se
concede más autoridad a la observación de la realidad que a lo escrito sobre de ella por las
autoridades. Vesalio no escribió un libro perfecto: la Fabrica contiene más de 200 correcciones a
la anatomía galénica pero también muestra errores, más en las ilustraciones que en el texto, que
está escrito en estilo afirmativo, con gran autoridad y no poca arrogancia, quizá revelando que el
autor (él mismo lo dice) apenas tenía 28 años de edad. Pero al considerar a Vesalio como hombre
representativo del Renacimiento científico, sus equivocaciones se vuelven poco importantes; lo
que destaca es su postura frente a la naturaleza, en comparación con las de sus predecesores y
contemporáneos.
Otros anatomistas que contribuyeron al gran progreso de esa disciplina en el Renacimiento fueron
Bartolomeo Eustaquio (1520-1574), un galenista de Roma cuyos trabajos principales se
publicaron dos siglos más tarde (1714), por lo que tuvo poca influencia en su tiempo, pero que
hizo casi tantos descubrimientos como Leonardo o Vesalio. Introdujo el estudio de las variaciones
anatómicas, describió e ilustró los hilios pulmonares con gran detalle, pero sobre todo produjo
una lámina del sistema nervioso simpático tan perfecta que Singer dice: "Dudo que se haya
presentado una imagen mejor y más clara de las conexiones de ese sistema hasta nuestros días."
Curiosamente, Eustaquio no ilustró la trompa por la que se le conoce, que por otro lado la era
conocida por Alcemos (500 a.C.) y por Aristóteles, pero en cambio describió el conducto torácico
casi un siglo antes que Jean Pecquet (1651)
El sucesor en la cátedra de Vesalio en Padua fue Realdo Colombo (1516-1559), uno de sus
discípulos, cuyo libro póstumo, De re anatomica, es un texto de anatomía basado en Vesalio pero
sin ilustraciones; sin embargo, contiene la primera demostración de la circulación pulmonar, por
lo que se menciona más adelante en este mismo capítulo. El sucesor de Colombo en Padua fue
Gabriel Falopio (1523-1562), gran admirador de Vesalio, que se distinguió por sus descripciones
del aparato genital femenino interno, de algunos pares nerviosos craneales y del oído interno,
pero que murió a los 39 años de edad. El sucesor de Falopio en la cátedra de Padua fue Fabricio
de Aquapendente(1590-1619), famoso cirujano y profesor de anatomía que construyó con sus
recursos el anfiteatro de disecciones que todavía existe; su prestigio atrajo a muchos estudiantes
de toda Europa, entre ellos a William Harvey. Fabricio es uno de los fundadores de la embriología
científica, gracias a su libro De formato foeti, en el que describe e ilustra en forma magnífica el,
desarrollo embrionario del hombre y del conejo, cobayo, ratón, perro, gato, oveja, cerdo, caballo,
buey, cabra, venado, pez, perro y serpiente. También ilustró claramente las válvulas venosas en
De venarunm ostiolis, que ya habían sido descritas antes, y en Opera chirurgica ilustró nuevos
instrumentos quirúrgicos y mejoró técnicas operatorias, además de defender la idea de que el
mejor cirujano es el que corta menos y lo hace con el mayor cuidado.

LA REVOLUCIÓN QUIRÚRGICA

El impulso que recibió el estudio de la anatomía con la Fabrica de Vesalio fue definitivo e
irreversible, pero además rebasó los límites de esa ciencia e influyó poderosamente en el
desarrollo de otras ramas de la medicina, como la cirugía, la fisiología y la medicina interna.
Otros factores ya mencionados también participaron, pero uno tan importante como inesperado
fue la guerra. En los siglos XVI y XVII las guerras religiosas fueron prolongadas y feroces y,
además, desde el siglo XV ya se contaba con armas de fuego, lo que había aumentado la
variedad de lesiones que se producían los combatientes. La cirugía se desarrolló a pesar de que
los cirujanos no poseían ni conocimientos ni medios adecuados para controlar el dolor y la
hemorragia, ni para combatir la infección. Esto limitaba la naturaleza de los procedimientos que
podían llevar a cabo, y que fueron esencialmente los mismos desde la antigüedad hasta después
del Renacimiento. Por eso mismo, los instrumentos con que contaban los cirujanos para trabajar
entre los siglos XII y XV eran muy semejantes a los que habían usado los médicos hipocráticos
del siglo V a.C. Un médico del mundo helénico del siglo I d.C. no hubiera tenido ninguna dificultad

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para atender la terrible herida por tridente de un pobre gladiador romano con los instrumentos
quirúrgicos que Henri de Mondeville usaría en alguno de sus nobles pacientes 13 siglos más
tarde.
Al terminar la Edad Media los enfermos tenían tres fuentes posibles de ayuda para el diagnóstico
y tratamiento de sus males: 1) el médico educado en una universidad, de orientación galénica o
arabista, que se limitaba a hacer diagnósticos y pronósticos y a recetar pócimas y menjunjes
como la teríaca, y que no ejercía la cirugía porque para ingresar a la universidad (París,
Montpellier) había tenido que jurar que no lo haría; 2) el cirujano-barbero, que no había asistido
a una universidad sino que se había educado como aprendiz de otro cirujano-barbero más
experimentado; 3) el curandero, charlatán o mago, un embaucador itinerante que viajaba de
pueblo en pueblo vendiendo sus ungüentos y sus talismanes, sacando dientes y ocasionalmente
haciendo hasta flebotomías y cirugía menor, casi siempre con resultados desastrosos.
En París un grupo de nueve cirujanos se reunió en 1311 para fundar la Hermandad de San
Cosme, con el propósito de establecer un monopolio sobre la práctica de la cirugía en esa ciudad
y en sus alrededores y evitar que los 40 barberos existentes trataran heridas menores, úlceras y
tumefacciones. Esta hermandad consiguió en ese mismo año una ordenanza de Felipe el Hermoso
en donde se dice que nadie podrá ejercer la cirugía sin haber sido examinado y aprobado por
Jean Pitard (quien era el cirujano real) o por sus sucesores pero los barberos no incluidos en la
Hermandad también formaron su corporación, los cirujanos solicitaron y obtuvieron el apoyo del
rey para que los médicos y los cirujanos los dejaran trabajar. El pleito continuó a lo largo del siglo
XV, con la Facultad de Medicina en favor de los barberos en contra de los cirujanos, hasta que
después de más principios del siglo XVI se resolvió al aceptarse que la Facultad era la autoridad
suprema, que los cirujanos tenían privilegios universitarios y podían aspirar a obtener grados
académicos y que los barberos podían tomar cursos de anatomía y cirugía en la Facultad y hasta
ingresar a la Hermandad de San Cosme. Esto ocurrió en 1515.
Ambroise Paré(1517-1590) nació en Hersent, suburbio de Laval, en Bretaña su padre era
carpintero. Se inició como aprendiz de barbero y a los 16 años de edad llegó a París, en donde
continuo siendo aprendiz pero al poco tiempo ingresó como interno al Hôtel Dieu y pasó ahí tres
años, al cabo de los cuales se incorporó al ejército de Francisco I como cirujano. Tenía entonces
19 años de edad y era su primera experiencia en la guerra, pero en ella hizo su primer
descubrimiento: las heridas por armas de fuego evolucionan mejor cuando no se tratan con
aceite hirviendo como se hacía tradicionalmente, debido a la creencia de que la pólvora era
venenosa. Este descubrimiento fue por serendipia, ya que un día al joven cirujano se le acabó el
aceite y entonces trató a un grupo de heridos por arcabuz con un "digestivo" preparado con yema
de huevo, aceite de rosas y aguarrás. Paré relata este episodio como sigue:

Esa noche no pude dormir bien pensando que, por no haberlos


cauterizado, encontraría a todos los heridos en los que no había usado el
aceite muertos por envenenamiento, lo que me hizo levantarme muy
temprano para revisarlos. Pero en contra de lo anticipado, me encontré
que aquellos en quienes había empleado el medicamento digestivo tenían
poco dolor en la herida, no mostraban inflamación o tumefacción y habían
pasado bien la noche, mientras que los que habían recibido el aceite
mencionado estaban febriles, con gran dolor e inflamación en los tejidos
vecinos de sus heridas. Por lo que resolví no volver a quemar tan
cruelmente las pobres heridas producidas por arcabuces.

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Figura 12. Ambroise Paré ( 1507-1591).

Al cabo de unos años y de varias guerras más (Perpiñán, Landrecies, Bolonia), Paré regresó a
París y publicó su primer libro, titulado La methode de traicter les playes faictes par les
arquebutes et autrees bastons a feu; el de celles qui son faictes par fleches, dards et semblables;
aussi des combustions specialement faictes par la pouldre a canon (El método de tratar las
heridas hechas por los arcabuces y otras armas de fuego; y de las causadas por flecha; dardos y
similares; también de las quemaduras especialmente hechas por la pólvora de cañón) que
apareció en 1545. Así se estableció el patrón que iba a seguir durante casi toda su vida: después
de participar en alguna guerra como cirujano, regresaría a París a ejercer su profesión y a escribir
sus experiencias en nuevos libros. Escribía en francés, pues no conocía ni el latín ni el griego:
"Porque Dios no quiso favorecerme en mi juventud con la instrucción en ninguno de los dos
lenguajes": De todos modos, los principales lectores de Paré eran sus colegas cirujanos y
barberos que tampoco sabían otros idiomas, por lo que sus libros tuvieron gran éxito. Su segundo
apreció en 1549 con el título de Briefve collection de l'administration anatomique y es un tratado
de anatomía dirigido a cirujanos pero sin ilustraciones. Paré corrigió este defecto en la segunda
edición, de 1561, reproduciendo muchas láminas de Vesalio y dándole crédito como "... un
hombre tan bien versado en estos secretos como el que más en nuestro tiempo".
En 1549, en el sitio a Bolonia, hizo otro gran descubrimiento al no cauterizar el muñón de los
amputados para cohibir la hemorragia, sino hacerlo por medio de ligaduras de los vasos arteriales
y venosos seccionados. En una guerra ulterior (Hesdin) Paré cayó prisionero del duque de
Saboya, quien le ofreció que se quedara de su lado y a cambio le daría nuevas ropas y lo dejaría
ayudar a caballo, pero Paré rechazó la oferta. Finalmente, Paré curó de una úlcera cutánea a uno
de los nobles invasores, con lo que ganó su libertad y regresó a París.
En 1561, haciendo a un lado sus estatutos, la Hermandad de San Cosme recibió en su seno a
Paré y le otorgó el grado de maestro en cirugía; Paré leyó una tesis ¡en latín! Paré ya era cirujano
del rey Enrique II, a quien atendió junto con Vesalio en su accidente letal, después conservó el
mismo puesto con el rey Francisco II y a la muerte de éste su sucesor, Carlos IX, lo nombro
premier chirurgien du Roi en 1562. Dos años más tarde Paré publicó su obra Dix livres de la
chirurgie (Diez libros le la cirugía), en donde critica el uso del cauterio y describe la ligadura de
los vasos para controlar la hemorragia en las amputaciones. Carlos IX murió en 1574 pero Paré
conservó el título de cirujano primado y además fue nombrado valet-de-chambre de Enrique III,
quien le tenía la misma confianza que le habían mostrado sus tres hermanos. A los 65 años de
edad apareció la primera edición de sus Oeuvres, que además de cirugía contenían mucho de
medicina, por lo que la Facultad de París trató de evitar que se publicara. Como no lo logró,
difundió un libelo agresivo que Paré contestó pacientemente agregándole una Apología. Siguió
trabajando y publicando nuevas ediciones de sus Oeuvres; la cuarta y última que él revisó
apareció en 1585. Paré murió a los 80 años de edad, en 1590.
La vida y las obras de Paré hicieron por la cirugía lo que Vesalio hizo por la anatomía. Paré
compartía muchas de las supersticiones de su tiempo: creía que las brujas causaban desgracias,
que los astros influían en las enfermedades, que la plaga se debía a la voluntad divina, que
existían monstruos imaginarios (tiene un libro famoso sobre el tema) y otras más; en cambio, se
enfrentó a las creencias de que el polvo de momia y el del cuerno de unicornio tenían
propiedades maravillosas y en un librito precioso examina críticamente y refuta para siempre
tales supercherías. Pero quizá la contribución más importante de Paré a la cirugía fue su propia
personalidad, el ejemplo de su esfuerzo serio y continuo por aumentar sus conocimientos de
anatomía y la habilidad en su práctica profesional, así como su insistencia en que el cirujano debe
hacer sus mejores esfuerzos por evitar o aliviar el sufrimiento de sus pacientes.

LA TEORÍA DEL CONTAGIO

Aunque la idea de que algunas enfermedades se contagian es muy antigua (Tucídides lo


menciona en Historia de las guerras del Peloponeso) la primera teoría racional de la naturaleza de
las infecciones se debe a Girolamo Fracastoro (Verona, 1478-1553). Además de medicina,
Fracastoro estudió en la Universidad de Padua matemáticas, geografía y astronomía; siempre
mantuvo gran interés en los clásicos y fue amigo de varios de los humanistas más famosos de su
tiempo. Vivía recluido en su villa en las afueras de Verona dedicado al estudio y disfrute de las
artes; sólo ocasionalmente veía enfermos. Muy interesado en la geografía y en los
descubrimientos de los viajeros, los seguía en sus globos terrestres; lector voraz de los clásicos,

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amaba la música. Sólo salía para visitar inválidos distinguidos, o para dar su opinión en casos
difíciles o para estudiar epidemias de especial interés o gravedad. Su reputación como poeta,
humanista, médico y astrónomo se extendió por toda Europa. Cuando murió, a los 77 años de
edad, los veroneses honraron su memorial y le erigieron un monumento que todavía puede verse
hoy.

Figura 13. Girolamo Fracastoro (1483-153)

Fracastoro es recordado en la historia de la medicina principalmente como autor de un poema


aparecido en 1530, en el cual se describe la sífilis y de donde esa enfermedad tomó su nombre.
Sin embargo, la contribución más importante de Fracastoro a la teoría del contagio no fue su
poema Sífilis, sino De sympathia et antipathia rerum, liber unus, de contagione et contagiosis
morbus et curacione, liber III, Venecia, 1546, 77 pp.. En la segunda parte de este volumen, De
contagione, se encuentra una serie de conceptos acerca del contagio de algunas enfermedades
que tiene un aire casi moderno y que justifica la postura de Fracastoro como el precursor más
importante de la teoría infecciosa de la enfermedad. Antes de resumir sus ideas, recuérdese que
los únicos hechos que Fracastoro conocía eran sus observaciones clínicas y epidemiológicas. El
uso científico de los microscopios y el mundo que descubrieron se encontraban a más de 200
años de distancia en el futuro.
En el capítulo 2 de su Liber 1, Fracastoro se refiere a los diferentes tipos de infección como sigue:

Los tipos esenciales de contagio son en número de tres: 1) infección por


puro contacto; 2) infección por contacto humano y con objetos
contaminados, como en la sarna, la tisis, la pelada, la lepra (elefantiasis)
y otras de ese tipo. Llamo "objetos contaminados" a cosas como vestidos,
ropas de cama, etc., que aunque no se encuentran corrompidos en sí
mismos, de todos modos pueden albergar las semillas esenciales
(seminaria prima) del contagio y así producir infección; 3) finalmente hay
otra clase de infección que actúa no sólo por contacto humano y con
objetos sino que también puede trasmitirse a distancia. Estas son las
fiebres pestilenciales, la tisis, ciertas oftalmias, el exantema llamado
viruela, y otras semejantes.

La infección por contacto la compara Fracastoro con la putrefacción que pasa de un racimo de
uvas a otros vecinos, o de una manzana a otras en la misma canasta; en cambio, le parece que
la infección por objetos contaminados es de tipo diferente ya que el principio infeccioso (primo
infecto), al pasar del enfermo al objeto puede permanecer en él sin modificarse durante tiempos
variables que pueden ser hasta de dos o tres años.
Para explicar la infección a distancia Fracastoro presenta la teoría del hálito o de la exhalación,
que supone que todos los cuerpos u objetos están continuamente desprendiendo partículas que
percibimos a través de nuestros sentidos; por ejemplo, la exhalación de una cebolla puede
apreciarse por el olfato y además produce lagrimeo. De manera similar, las exhalaciones de
ciertas enfermedades pueden viajar a distancia y producir contagio, pero con diferencias
importantes: en primer lugar, las semillas se unen a los humores con los que tienen afinidad, y
en segundo lugar, generan otras semillas similares a ellas mismas hasta que todo el cuerpo se
encuentra afectado. Fracastoro no sólo anticipó de esta manera la multiplicación de los agentes
biológicos de enfermedad dentro del paciente, sino que además señaló su especificidad como
sigue:

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Existen plagas de árboles que no afectan a los animales y otras propias
de las bestias que no atacan a las plantas. También entre los animales
hay padecimientos propios del hombre, del ganado, de los caballos, etc.
Es más, considerando por separado los distintos tipos de seres vivos, hay
enfermedades que afectan a los niños y a los jóvenes que no ocurren en
los viejos y viceversa. También hay otras que sólo atacan a los hombres,
o sólo a las mujeres, y todavía otras que atacan a ambos sexos. Algunos
sujetos atraviesan inermes las pestilencias mientras que otros se
enferman de ellas.

Fracastoro distingue entre las infecciones y los envenenamientos señalando que estos últimos no
producen putrefacción ni pueden reproducir en otro organismo sus semillas, o sea que no son
infecciosos.
En el libro II de De contagione Fracastoro describe la historia natural de varias enfermedades
contagiosas y echa mano de su experiencia personal como clínico y epidemiólogo para
comentarías. En relación con el sarampión y la viruela, señala que afectan principalmente a los
niños; además, sólo en raras ocasiones vuelven a ocurrir en sujetos que ya las han padecido. Su
descripción del tifo exantemático es clásica. Señala a la tisis como contagiosa y dice que las
semillas de este padecimiento son específicas para el pulmón Dice que la rabia sólo se adquiere
por la mordida de un perro rabioso y el periodo de incubación, que en general es de 30 días,
puede prolongarse hasta por 8 meses como en un caso que tuvo oportunidad de observar); que
la sífilis puede transmitirse a los hijos a través de la leche de las madres infectadas y la
enfermedad ha cambiado su fisonomía con el tiempo, etc. El libro III se refiere en once capítulos
al tratamiento de muchas enfermedades contagiosas.
Existe una controversia acerca de la influencia que las ideas de Fracastoro tuvieron en la
medicina de su tiempo y la de sus sucesores. La idea de que, al igual que Vesalio y Paré,
Fracastoro fue responsable de una revolución en el pensamiento médico del Renacimiento que
transformó conceptos medievales en modernos es difícil de sostener. Sus libros no tuvieron
repercusión comparable a la Fabrica de Vesalio o las Oeuvres de Paré. De hecho, estudios
recientes no han revelado que los escritos de Fracastoro se usaran para avanzar en la
comprensión de las enfermedades infecciosas. Mucho de lo que enseñó a mediados del siglo XVI
tuvo que redescubrirse en los siglos XVIII y XIX.
Quizá el problema principal es que la obra de Fracastoro fue un intento de retratar la naturaleza
con una finísima malla de hipótesis e intuiciones geniales, pero con muy pocos hechos. La
principal diferencia de la obra de Fracastoro, en comparación con las de Vesalio y Paré, es que
mientras la del primero es casi puramente teórica, las de los segundos son eminentemente
prácticas; en ausencia de demostraciones objetivas era válido proponer otras ideas y explorar
otros caminos.
Fracastoro era un renacentista genial pero se adelantó a su tiempo y pagó por ello; pero si
hubiera nacido un siglo más tarde, cuando los microscopios alcanzaron el desarrollo necesario
para revelar el universo microbiológico, sus semillas hubieran pasado de ser meras hipótesis a
convertirse en algo concreto en el mundo de la realidad, y con ello su contribución al progreso de
la medicina hubiera sido incomparablemente mayor.

LA REVOLUCIÓN FISIOLÓGICA

Otro aspecto de la biología que se benefició con el impulso del Renacimiento científico fue la
fisiología. Galileo Galilei (1564-1642) no sólo hizo una serie de observaciones astronómicas que
arrojaron dudas sobre el universo aristotélico, sino que a partir de sus estudios de la mecánica
introdujo el concepto de la matematización de la ciencia. Uno de los primeros que empleó
métodos cuantitativos en la medicina fue Santoro Santorio (1561-1635), quien ingresó a la
Universidad de Padua a los 14 años de edad y se graduó de médico a los 21; al poco tiempo viajó
a Polonia como médico del rey Maximiliano y ahí permaneció 14 años. En 1611 fue nombrado
profesor en Padua y estuvo enseñando y trabajando en esa ciudad hasta 1624, cuando renunció y
marchó a Venecia, donde ejerció la medicina hasta su muerte. Santorio era amigo de Fabrizio de
Aquapendante y de Galileo, con los que mantuvo correspondencia durante los años que estuvo
alejado de Padua. Es posible que Santorio haya discutido algunos de los problemas que le
interesaban con Galileo.
En una ocasión memorable, Galileo observó los movimientos de un candelero en la catedral de
Pisa y al compararlos con su pulso encontró que eran regulares; de ahí partió la ley de la

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isocronía del péndulo. Santorio invirtió el proceso y contó el pulso usando un péndulo cuya cuerda
se ajustaba hasta que se moviera a la misma velocidad del pulso; la velocidad se expresaba en
términos de la longitud de la cuerda del péndulo. Este fue el modelo más simple del pulsilogium,
que posteriormente se hizo más complejo. Galileo inventó el termómetro de alcohol (y lo llamó
sherzino, "chistecito") pero Santorio, dándose cuenta de su importancia para medir la
temperatura de la fiebre, diseñó no uno sino tres diferentes termómetros: uno con un bulbo
grande para sostener en la mano, otro con un embudo para que respirara el paciente, y otro
pequeño para tomar la temperatura oral.
La obra más famosa de Santorio es su Ars de statica medicina aphorismi (Aforismos del arte de la
medicina estática, 1614) cuyo frontispicio es la famosa imagen del autor sentado en su silla
metabólica frente a una mesita con alimentos y una copa de vino. Entre varios experimentos,
Santorio encontró que si pesaba sus alimentos y después pesaba sus excreciones, había una
diferencia a favor de los alimentos; esta diferencia la eliminaba de manera imperceptible, a la que
llamó transpiración insensible. Según sus cálculos, el peso de la transpiración insensible en 24
horas era de 1.250 kg., lo que corresponde al limite superior normal, medido con mucho mejores
instrumentos y métodos tres siglos después. El libro de Santorio es importante porque sus
aforismos están basados directamente en sus observaciones experimentales, a pesar de que
como médico era un galenista confirmado y sus métodos terapéuticos eran hipocráticos.
De mayor impacto en el desarrollo de la fisiología científica fue el descubrimiento de la circulación
de la sangre por William Harvey (1578-1657). La idea ya había sido sugerida desde el siglo XIII
por Ibn an Nafis, y mucho se ha discutido que en el siglo XVI tanto Servet como Colombo habían
mencionado que la sangre del ventrículo derecho pasaba al ventrículo izquierdo por los pulmones
y no a través del tabique interventricular, como lo había postulado Galeno. Incluso Colombo
señala:

Entre los ventrículos está el septum, a través del cual casi todos piensan que hay un paso
entre el ventrículo derecho y el izquierdo, de modo que la sangre en tránsito puede
hacerse sutil por la generación de los espíritus vitales que permitan un paso más fácil. Sin
embargo, esto es un error, porque la sangre es llevada por la vena arterial (arteria
pulmonar) a los pulmones. .. Regresa junto con el aire por la arteria venal (venas
pulmonares) al ventrículo izquierdo del corazón. Nadie ha observado o registrado este
hecho, aunque puede ser visto fácilmente por cualquiera.

Figura 14. William Harvey ( 1578-1657).

Este texto sugiere que Colombo no sólo mencionó la circulación pulmonar de la sangre sino que la
había observado directamente. Harvey conocía el libro de Colombo y se refirió a él por lo menos
tres veces en su propia obra. No se sabe si Colombo había consultado el libro de Servet,
Restitutio christianismi, en donde se sugiere la existencia de la circulación pulmonar, pero es poco
probable porque Servet fue quemado vivo en 1553 y casi todas las copias de su libro fueron
destruidas, excepto tres, mientras que el texto de Colombo apareció en 1559.
Harvey nació en Folkestone y estudió en Cambridge. De ahí pasó, en 1517, a estudiar medicina
en la Universidad de Padua, donde me alumno de Fabrizio de Aquapendante, de quien conservó
gratos recuerdos toda su vida. Tras graduarse en 1602 regresó a Londres a ejercer la medicina.
Su prestigio profesional creció rápidamente y en 1609 fue electo médico del Hospital de San
Bartolomé. En 1615 Harvey fue nombrado conferencista en el Colegio de Médicos de Londres; su
primer curso lo dictó al año siguiente y todavía se conservan las notas que hizo para sus
conferencias. Puede verse que desde entonces ya tenía clara la idea de la circulación de la
sangre, pero no la publicó sino hasta 1628, en su famoso libro De motu cordis. La teoría galénica
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del movimiento de la sangre en el organismo no consideraba un movimiento circular sino más
bien de ida y venida de la sangre dentro del sistema venoso; según Galeno y todos sus
seguidores, las arterias no contenían sangre sino aire, pneuma. Además, la sangre se generaba
continuamente en el hígado, a partir de los alimentos, y alguna pasaba del lado derecho al lado
izquierdo del corazón a través de los poros del tabique interventricular, para mezclarse con el
aire. Harvey presentó muchos datos en contra de este concepto, derivados de distintas
observaciones en anatomía comparada, en embriología, en vivisecciones y en disecciones
anatómicas no sólo de cadáveres humanos sino también de muchas otras especies animales.
Conviene señalar, sin embargo, que Harvey nunca vio la circulación sanguínea, sino que la
dedujo de sus observaciones: la circulación de la sangre explicaba, mejor que ningún otro
concepto, la totalidad de los hechos. La conclusión de su libro es la siguiente:

Permítaseme que ahora resuma mi idea sobre la circulación sanguínea, y


de esta manera la haga generalmente conocida.
En vista de que los cálculos y las demostraciones visuales han confirmado
todas mis suposiciones, a saber, que la sangre atraviesa los pulmones y
el corazón por el pulso de los ventrículos, es inyectada con fuerza a todas
las partes del cuerpo, de donde pasa a las venas y a las porosidades de la
carne, fluye de regreso de todas partes por esas mismas venas de la
periferia al centro, de las venas pequeñas a las mayores, y por fin llega a
la vena cava y a la aurícula del corazón; todo esto, también, en tal
cantidad y con tan grande flujo y reflujo del —corazón a la periferia y de
regreso de la periferia al corazón— que no puede derivarse de la ingesta y
también es de mucho mayor volumen que el que sería necesario para la
nutrición.
Estoy obligado a concluir que en los animales la sangre es mantenida en
un circuito con un tipo de movimiento circular incesante, y que ésta es
una actividad o función del corazón que lleva a cabo por medio de su
pulsación, y que en suma constituye la única razón para ese movimiento
pulsátil del corazón.

La importancia del descubrimiento de la circulación sanguínea es enorme, pero no sólo por el


hecho mismo sino también por la metodología empleada por Harvey. Como Vesalio en la
anatomía y Paré en la cirugía, Harvey se plantea un problema fisiológico y para resolverlo no
sigue la tradición medieval, que era consultar los textos de autoridades como Galeno o Avicena,
sino que adopta una actitud nueva y muy propia del Renacimiento: el estudio directo de la
realidad. Ya en sus notas para las conferencias de 1616 en el Colegio de Médicos de Londres
señala que había disecado más de 80 especies distintas de animales, haciendo experimentos y
observaciones pertinentes a la solución de su problema. En De motu cordis relata experimentos
hechos en serpientes, cuyo corazón continua latiendo un tiempo prolongado después de la
muerte, y otros más sencillos comprimiendo venas prominentes en brazos humanos, en los que
demuestra la proveniencia de la sangre que llena las venas y las funciones de las válvulas
venosas.
Además de su habilidad experimental y de su penetrante capacidad de análisis crítico, Harvey
tiene otra gran virtud científica, que lo aparta todavía más del espíritu de la Edad Media: su
reticencia para adentrarse en problemas que no estaban directamente relacionados con sus
observaciones. En sus escritos no hay nada sobre el origen del calor innato o sobre la naturaleza
de la vida, que tanto habían ocupado a sus antecesores durante siglos sin producir resultados
aceptables. A partir de Harvey se inicia la revolución en la fisiología, manifestada por la tendencia
progresiva de los investigadores a plantear y resolver los problemas de esta disciplina en
términos más objetivos de mecánica, de física, de química o de anatomía comparada, alejándose
al mismo tiempo de explicaciones basadas en tendencias esenciales o en designios
sobrenaturales.

LA REVOLUCIÓN MICROSCÓPICA

Durante el siglo XVII ocurrió otra revolución más, que junto con la anatómica, la quirúrgica y la
fisiológica, iba a contribuir de manera fundamental a la transformación científica de la medicina,
al proporcionar el instrumento necesario para explorar un amplio y fascinante segmento de la
naturaleza desconocido hasta entonces: el mundo microscópico.

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Desde la antigüedad se sabía que los objetos aparecen de mayor tamaño cuando se ven a través
de una esfera de cristal; Plinio dice que Nerón usaba una esmeralda con este propósito. Alhazen
(965-1039), uno de los más celebrados oftalmólogos árabes, se refirió al aumento y a las
distorsiones de los objetos producidas por esferas de cristal, y Roger Bacon (1240-1292) señaló
lo mismo y además comentó la utilidad que el aumento tendría para personas con problemas de
visión, pero sus obras se publicaron hasta cinco siglos más tarde (1733). Los primeros anteojos
se fabricaron en Venecia en el siglo XIV, y desde entonces ya había castigos para los fabricantes
que los hicieran de vidrio en lugar de cristal.
Los microscopios ópticos son de dos tipos generales, según el número de lentes que los forman:
simples, de una sola lente, y compuestos, de más de una lente. Es posible que el primer
microscopio haya sido uno compuesto, el construido por Galileo en 1610, como un complemento
(invertido) de su invención del telescopio; sin embargo, la imagen que revelaba era muy
deficiente. Galileo lo llamó occhiale y todavía en 1642 señaló que aumentaba "las cosas pequeñas
unas 50 000 veces, de modo que una mosca se ve del tamaño de una gallina", lo que era una
exageración, pues hasta principios del siglo XIX los máximos aumentos logrados con microscopios
compuestos no eran mayores de 250 X.
Los primeros microscopios simples fueron pequeñas lentes de aumento (biconvexas) que en el
siglo XVII dejaron de ser juguetes curiosos y alcanzaron claridad y resolución suficientes para
hacer observaciones confiables en manos de un personaje extraordinario: Anton van
Leeuwenhoek (1632-1723). Pequeño burgués en un pueblo de Holanda (comerciante en telas en
Delft), sin educación universitaria alguna (ignorante de idiomas), en su juventud se aficionó a la
talla de lentes y en pocos años se convirtió en un tallador experto. Con el tiempo, sus lentes de
gran aumento fueron los mejores de Europa, pues alcanzaban resoluciones hasta de 200 X.

Figura 15. Anton van Leeuwenhoek (1632-1723).

Leeuwenhoek siguió tallando lentes biconvexos cada vez mejores y construyendo diferentes
microscopios simples toda su vida, pero al mismo tiempo desarrolló un gran talento para observar
e interpretar lo que veía con ellos. Su curiosidad nunca tuvo ni un proyecto definido ni límites
aparentes: todo le interesaba y todo era nuevo, no sólo para él sino para todo el mundo. En 1674
envió una primera carta con algunas de sus observaciones microscópicas a la Real Sociedad de
Londres, que reconociendo su originalidad y su interés las tradujo y las publicó en sus
Transactions. La correspondencia de Leeuwenhoek con esa augusta sociedad científica alcanzó
más de 200 comunicaciones y la sostuvo hasta su muerte. Fue el primero en ver y en describir
muchas estructuras microscópicas, como los espermatozoides, los protozoarios (Vorticella), los
vasos capilares, los eritrocitos, las láminas del cristalino, las miofibrillas y las fibras musculares
estriadas, y varios tipos de bacterias.
Marcello Malpighio (1628-1694) fue uno de los precursores en el estudio microscópico de muchos
tejidos, tanto de plantas como de animales y humanos. Fue profesor de medicina en Pisa, Bolonia
y Mesina, pero en todas partes encontró la oposición de los galenistas, que se resistían a
abandonar sus antiguas ideas. En Pisa coincidió con Giovanni Antonio Borelli (1608-1679), quien
era profesor de matemáticas, y ambos tuvieron gran influencia mutua en sus respectivos
trabajos. Finalmente Malpighio regresó a Bolonia, y de ahí pasó a Roma como médico del papa
Inocencio XII, quien admiraba su trabajo y lo protegió. En 1661 publicó su primer libro, De
pulmonibus observationes anatomícae (Observaciones anatómicas en los pulmones), en el que
describe los alvéolos pulmonares y la comunicación de las arterias con las venas pulmonares a
través de los capilares en el pulmón de la rana. En publicaciones ulteriores describió por primera
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vez los glóbulos rojos (pero los confundió con adipocitos), la estructura de la piel, de los ganglios
linfáticos y del bazo, la existencia de los glomérulos en el riñón, el desarrollo embrionario de
varias especies y la anatomía de las plantas. Malpighio fue uno de los primeros en señalar la
identidad esencial de la vida de plantas y animales.
Entre los primeros microscopistas debe recordarse al padre Athanasius Kircher (1602-1680),
jesuita alemán profesor en Wünzburg que emigró a Italia durante la Guerra de los Treinta Años y
trabajó de profesor de matemáticas en el Colegio de Roma. Kircher escribió tratados sobre muy
distintas materias: matemáticas, música, astronomía, filosofía, teología, filología, arqueología,
magnetismo, óptica, la peste, la tierra, los cielos, historia, geografía, prestidigitación, acústica y
los milagros. En su obra Scrutinium physico-medico (1658), dedicada al papa Alejandro VII,
después de decir que su microscopio tenía un aumento de 1 000 X, lo cual es una clara
exageración, Kircher relata haber examinado con él la sangre de un enfermo de peste:

[... ] una hora después de la venodisección se encontraba tan lleno de


gusanos que casi me sorprendió, a pesar de lo cual el hombre todavía
estaba vivo; cuando murió los gusanos invisibles eran tan numerosos...

Es seguro que con su microscopio, que cuanto más aumentaba 100 diámetros, Kircher no pudo
haber visto ni a Pasteurella pestis ni a ninguna otra bacteria del mismo o hasta de mayor tamaño.
Singer sugiere que sus gusanos eran rouleaux de eritrocitos, pero Dobell afirma que eran puras
visiones o fantasías.
Otro notable microscopista fue Robert Hooke (1635-1703), también inventor y arquitecto, aparte
de funcionar como el primer encargado de los experimentos de la Real Sociedad de Londres. En
1665, Hooke publicó su hermoso libro Micrographia, el primero con ilustraciones microscópicas de
distintos objetos, entre ellos el corcho, en el que por primera vez se describe y se ilustra una
célula biológica y se usa la palabra célula con el sentido que tiene hoy. Además, es interesante
que el libro de Hooke se publicara en inglés y no en latín.
La revolución microscópica se inició en el siglo XVII y con ella ocurrió lo mismo que con el
descubrimiento de América fines del siglo XV: repentinamente ingresó a la realidad un nuevo
inundo cuya existencia había sido objeto de fantasías y de sueños, pero que al explorarlo resultó
ser mucho más amplio y complejo de lo que se había imaginado.

LA REVOLUCIÓN EN LA PATOLOGÍA

A fines de la Edad Media se empezó a relajar la prohibición eclesiástica y secular de las autopsias
(véase la sección Preludio del Renacimiento, capítulo IV, p. 69). Al principio se autorizaron en
casos legales, pero pronto algunos médicos empezaron a practicarlas en sus pacientes fallecidos,
en busca de un diagnóstico o de la causa de la muerte. El primero en dejar un registro de su
experiencia con este procedimiento fue un médico florentino, Antonio Beniviení (1443-15O2), que
estudió en Pisa y Siena. Ejerció la medicina (con preferencia por la cirugía) en su ciudad natal;
entre sus clientes se encontraban los nombres más aristocráticos de Florencia, como los Médicis y
los Guicciardini. También fue médico y amigo de Savonarola. De acuerdo con su tiempo, Benivieni
era un médico humanista, galenista y arabista, como se confirma por los libros que tenía en su
biblioteca: Cicerón, Juvenal, Terencio, Virgilio y Séneca, entre otros clásicos, y Aristóteles, Celso
(De re medica), Dioscórides, Galeno, Hipócrates, Avicena, Averroes, Constantino el Africano,
Nicolás el Selenita (Antidotarium),Saliceto (Practica) y otros más. Participaba en la vida cultural
de Florencia y entre sus amigos se contaban el filósofo Marsilio Ficino y los poetas Angelo
Poliziano y Benedetto Varchi, quienes le dedicaron algunas de sus obras. Su libro, De abditis
nonnulis ac mirandis morborum et sanationum causis (De las causas ocultas y maravillosas de las
enfermedades y de sus curaciones) apareció en 1507, cinco años después de su muerte pero
todavía seis años antes de que naciera Vesalio. Contiene 111 casos clínicos vistos por Benivieni,
entre los que hay 15 con autopsia o estudio anatómico de las lesiones.

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Figura 16. Antonio Benivieni (1443-1502).

Los protocolos incluyen breves descripciones clínicas de la enfermedad y referencias casi


telegráficas a los hallazgos de la autopsia. Por ejemplo, el caso XXXVI dice lo siguiente:
Mi tocayo, Antonio Bruno, retenía el alimento que había ingerido por un
corto tiempo y después lo vomitaba sin haberlo digerido. Fue tratado
cuidadosamente con toda clase de remedios para curar los problemas
gástricos pero como ninguno le sirvió para nada, adelgazó por falta de
nutrición hasta quedarse en pura piel y huesos; finalmente le llegó la
muerte.
El cadáver se abrió por razones de interés público. Se encontró que la
apertura de su estómago se había cerrado y que se había endurecido
hasta la parte más inferior resultando en que nada podía pasar por ahí a
los órganos siguientes, lo que hizo inevitable la muerte.

En este caso el diagnóstico, a cuatro siglos de distancia, es sencillo: probablemente se trató de


un cáncer del estómago, de la variedad linitis plástica.
La brevedad de las descripciones revela que el interés de Benivieni era fundamentalmente
práctico. Se trataba de encontrar una explicación satisfactoria para los síntomas y la defunción
del paciente. En De abditis no hay discusiones teóricas o elucubraciones escolásticas, aunque
Galeno sigue siendo la autoridad indiscutible. Pero el texto sugiere que la "apertura" de algunos
pacientes fallecidos, en busca de la naturaleza de la enfermedad y de la causa de la muerte, o
sea la correlación anatomoclínica, no era algo excepcional en la práctica de la medicina, por lo
menos en centros culturales como Florencia.
Con el tiempo empezaron a aparecer recopilaciones de casos anatomoclínicos publicados en
Italia, Francia, Holanda y Alemania. Una de las más extensas fue la de Johann Schenk von
Grafenberg (1530-1598), quien estudió en Tubinga y después de ejercer la medicina en
Estrasburgo acepto la posición de médico de la ciudad de Friburgo, en donde finalmente murió.
Su libro apareció al final de su vida (1597) con el título de Observationen medicarum rararum...
libri VII, y tuvo mucho éxito. Se trata de una colección de más de 900 páginas que contiene
observaciones resumidas de Silvio, Vesalio, Colombo, Bahuin, Avenzoar, Garnerus y muchos más,
mezcladas con sus propios casos, cuya consulta se facilita gracias a un excelente índice. De
especial interés es Johann Jakob Wepfer (1620-1695) de Schafhausen, quien fue uno de los
médicos más famosos del siglo XVII. Interesado en afecciones cerebrales, hacía todos los
esfuerzos por conseguir permiso para autopsiar a sus pacientes fallecidos y a él se debe la
descripción original de las hemorragias cerebrales causadas por ruptura de pequeños aneurismas
arteriales. Su propia enfermedad incurable, probablemente insuficiencia cardiaca, fue descrita en
la edición póstuma de sus obras, en el prefacio que lleva el nombre de Memoria Wepferiana, y se
acompaña de una ilustración de la aorta de Wepfer, que muestra claramente una ateroesclerosis
avanzada. La autopsia se realizó "como es costumbre" y el protocolo, debido a un doctor D.
Pfister, describe en forma breve pero completa casi todos los órganos; el corazón se encontró
aumentado de tamaño y con consistencia ósea cerca de la válvula de la arteria pulmonar.
Pero el recopilador más acucioso y exhaustivo del siglo XVII fue Théophile Bonet (1620-1689),
quien nació en Ginebra y se graduó en Bolonia a la edad de 23 años. Ingresó al servicio del
duque de Longueville en Neuf-Chatel e intentó introducir medidas para regular la práctica de la
medicina, pero los demás médicos se opusieron a ellas. Después de recibir una golpiza que le
propinaron un medico y un boticario, renunció a su puesto y regresó a Ginebra, donde ejerció la
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medicina con mucho éxito; además, en 1652 fue nombrado miembro del Consejo de los
Doscientos, que tenía funciones de gobierno en Ginebra. Sin embargo, poco después de cumplir
50 años de edad se quedó completamente sordo y se vio obligado a reducir su consulta, lo que le
proporciono más tiempo libre para dedicarse a estudiar y escribir, lo que hizo de manera
incansable y prodigiosa. Publicó por lo menos 16 libros, pero el que nos interesa apareció en
1679, con el título de Sepulchretum sive anatomía practica ex cadaveribus morbo denatis...,
formado por tres grandes tomos que alcanzan las 1 706 páginas y contienen cerca de 3 000
casos clínicos con sus respectivas autopsias, recopilados de los escritos de 469 autores. Los casos
están ordenados por síntomas principales, en parte alfabética y en parte anatómicamente. Por
ejemplo, en el Libro I la primera sección trata de enfermedades de la cabeza, la segunda de
hemorragias cerebrales, la tercera de padecimientos con estupor, la cuarta de catalepsia e
insomnio, etc. Anticipando lo difícil que iba a ser la consulta de su Sepulchretum para encontrar
información sobre un punto específico, Bonet preparó varios índices cruzados para su primera
edición. Sin embargo, en la segunda, en 1700 (once años después de su muerte), los índices
desaparecieron y el editor Manget se justificó diciendo que estaban hechos con poco cuidado.
Esta omisión no fue completamente negativa, porque le sirvió de estímulo a Morgagni para
publicar su inmortal De sedibus medio siglo mas tarde (véase la sección La anatomía patológica,
capítulo VI, p. 121).
La revolución en la patología se inició y avanzó de manera considerable en el siglo XVI, con la
generalización de la práctica de la autopsia de interés médico y la publicación de numerosos
textos de correlación anatomoclínica, así como con su recopilación por autores enciclopédicos,
más preocupados por incluir todo lo publicado sobre la materia hasta entonces que por separar la
arena de los diamantes, entre los que sobresale Bonet. Éste fue el principio de una nueva forma
de estudiar la enfermedad, que siguió el camino señalado por Vesalio en la anatomía y por
Harvey en la fisiología: para conocer a la naturaleza, hay que interrogarla a ella misma, en lugar
de buscarla en los textos de Galeno o de Avicena.

LA REVOLUCIÓN CLÍNICA

De enorme importancia dentro de la historia de la medicina es la revolución, a fines del


Renacimiento, en la forma como los médicos atendían a sus pacientes. Hasta entonces, lo común
era una visita en la que el doctor escuchaba las quejas del enfermo, sentía su pulso, examinaba
su orina, y a continuación se enfrascaba en (una compleja disertación que variaba en contenido
según la escuela a la que pertenecía (galenista, iatroquímica, iatrofísica, animista, browniana, y
muchas otras más), pero que siempre era esencialmente teórica y que al final terminaba con
variantes de las mismas tres indicaciones terapéuticas, heredadas de los tiempos de Hipócrates:
dieta, sangrías y purgantes, a lo que la Edad Media había agregado, diferentes "medicinas", como
la teríaca y otros menjurjes igualmente inútiles o hasta peligrosos. Poco a poco algunos médicos
empezaron a sentirse incómodos con esa forma de proceder, con los restos del pensamiento
medieval y hasta con las teorías renacentistas en boga; en su lugar buscaron en la actitud
hipocrática clásica una salida a sus inquietudes. El prototipo de esta actitud fue Thomas
Sydenham (Dorsetshire, 1624-1689), quien hizo sus estudios en Oxford, después pasó un tiempo
en Montpellier y finalmente se graduó en Cambridge, a los 52 años de edad. Se estableció en
Londres y fue uno de los médicos más famosos de Europa, sin dar clases en ninguna universidad,
ni fundar ninguna escuela. Sus escritos son escasos y breves.

Figura 17. Thomas Sydenham (1624-1689).

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Sydenham es importante porque representa un cambio radical en la conducta del médico ante el
paciente, un retorno a la idea hipocrática de la observación cuidadosa de los síntomas y al
concepto de que representan los esfuerzos del organismo para librarse de la enfermedad.
Sydenham también contribuyó de manera fundamental a la consolidación de la idea de la historia
natural de la enfermedad. En sus propias palabras:

En la producción de enfermedades la naturaleza es uniforme y


consistente, tanto que para la misma enfermedad, en diferentes
personas, los síntomas son en su mayoría los mismos; e iguales
fenómenos a los que se observarían en la enfermedad de un Sócrates se
encontrarían en el padecimiento de un tonto. De la misma manera los
caracteres universales de una planta se extienden a cada individuo de la
especie, y cualquiera (hablo de un ejemplo) que describa exactamente el
color, sabor, olor, figura, etc., de una sola violeta, encontrará que su
descripción es buena, igual o aproximadamente, para todas las violetas
de esa especie particular en la superficie de la Tierra.

De esta manera Sydenham postula la existencia independiente de las enfermedades y la


posibilidad de distinguirlas entre sí partiendo de sus síntomas y signos característicos. Lo que
hacía falta era abandonar todas las hipótesis y todos los sistemas filosóficos que pretendían
explicar, y a veces hasta sustituir la realidad, y dedicarse a describir los fenómenos patológicos
con la misma fidelidad con que un pintor pinta un retrato.
Varias de las ideas de Sydenham se explican fácilmente si se considera la patología de la época
en que vivió. Las enfermedades epidémicas fueron muy frecuentes en Londres en esos años:
1667, de un total de 500 000 personas murieron 16 000, mientras que en ese mismo año sólo
nacieron 11 000; dos años antes la peste había exterminado 100 000 habitantes de la ciudad.
Para 1667 la peste había cesado pero en ese año murieron 1 300 personas de sarampión, 2 000
de cólera, 3 000 de tuberculosis, etc., y sólo 1 000 alanzaron una edad que le permitió al
encargado de anotar en los libros de registro que murieron de "vejez". Con este material,
Sydenham tenía la oportunidad de ver muchos pacientes de la misma enfermedad en un mismo
día y de formarse una imagen muy nítida de ella; de hecho, fue el primero en distinguir el
sarampión de la escarlatina. Algo semejante le ocurrió con la gota, porque él mismo la padeció,
por lo que pudo describirla con minuciosidad.
Los libros de Sydenham son interesantes porque, entre otras muchas cosas, no cita a ningún otro
autor, con excepción de Hipócrates. Su desprecio por la literatura médica era legendario, sobre
todo la de carácter más especulativo. En uno de sus primeros libros, Ars medica (1669) señala
que los que piensan volverse médicos capaces estudiando las doctrinas de los humores, o lo que
piensan que su conocimiento del azufre y del mercurio los ¡ayudará a tratar una fiebre:

[...] pueden igualmente creer que su cocinera debe su destreza para


cocinar y hervir a su estudio de los elementos, y que sus especulaciones
sobre el fuego y el agua le han enseñado que el mismo líquido humeante
que endurece el huevo reblandece a la gallina.

Con todo y su desprecio por las teorías, Sydenhiam también especuló sobre la enfermedad,
postuló la existencia de una constitución animal que predisponía a ciertas enfermedades en las
distintas estaciones del año, así como de una constitución epidémica determinada por los astros.
Además, creía que la naturaleza guiaba estas constituciones a través de un instinto secreto,
semejante a la vis medicatrix natura de los antiguos.

VI. LA MEDICINA EN LA EDAD BARROCA (SIGLOS XVII A XIX)

INTRODUCCIÓN

LA EDAD BARROCA sigue al Renacimiento y abarca desde la segunda mitad del siglo XVII hasta la
Revolución Industrial, a fines del siglo XVIII y principios del XIX. En este lapso se desarrollaron
una serie de grandes sistemas o teorías médicas que se disputaban el lugar prevaleciente que
habían ocupado las ideas galénicas durante cerca de 1 500 años. Varios sistemas médicos, como
la iatroquímica, la iatromecánica, el animismo y el vitalismo, el solidismo, el brownismo, el
mesmerismo y otros más, dieron origen a distintos conceptos de enfermedad, algunos de los

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cuales influyeron en la terapéutica empleada en los pacientes. Varias de estas teorías siguieron la
sugestión de Sydenham, de que la enfermedad debería estudiarse igual que otros objetos de
mundo natural y se dedicaron a clasificar a los padecimientos en clases, órdenes y géneros, lo
mismo que se hace con plantas y animales.
En esta época también quedó establecida la anatomía patológica como una ciencia, se avanzó en
el diagnóstico clínico con el descubrimiento de la percusión como un método de exploración física,
se generalizó el uso de la vacuna de Jenner en contra de la viruela y se descubrió el oxígeno. Las
ideas de los filósofos tuvieron gran influencia en el desarrollo de la medicina, a principios del siglo
XVIII en Alemania con Leibniz, Kant, Fichte, Schelling y Hegel, y a fines de ese mismo siglo en
Francia con los philosophes De Condillac, Helvetius, D'Alembert, Condorcet y Cabanis.
Finalmente, la Edad Barroca culmina con dos episodios médicos de inmensa importancia para la
evolución ulterior de la medicina, que fueron: 1) el desarrollo de los grandes hospitales, como los
de París, el Allgemeine Krankenhaus de Viena y el Hospital de la Charité en Berlín, y 2) los
trabajos de la École de Paris y de la "Nueva" Escuela de Viena. Desde luego, el movimiento social
más importante en Europa en el siglo XVIII fue la Revolución Francesa, que sirvió de marco y de
estímulo para varios de los episodios mencionados, que prepararon, estimularon y finalmente
consiguieron la transformación científica de la medicina.

Figura 18. Johannes Baptista van Helmont (1578-164).

LA IATROQUÍMICA

El fundador de esta teoría general de la medicina fue Paracelso (véase p. 72) con su interés en
ciertos aspectos químicos de la naturaleza, su postulado de las tres sustancias químicas
fundamentales (mercurio, azufre y sales) y su insistencia en el uso de sustancias químicas en vez
de las infusiones y preparados complejos recomendados por la tradición galénica. Pero Paracelso
realmente pertenece a una época anterior al Renacimiento, es todavía un producto de la Edad
Media. Más cercano a la Edad Barroca es Johannes Bapista van Helmont (1578-1644), quien
nació en Bruselas y estudió matemáticas, filosofía, astrología y astronomía en Lovaina, pero
rechazó el grado de maestro por considerarse todavía un estudiante. Después de un periodo con
jesuitas y capuchinos, continuó estudiando leyes, botánica y medicina; de esta última se
decepcionó cuando no pudo curarse de la sarna, pero al mismo tiempo rechazó la oferta de una
jugosa posición religiosa (porque no deseaba vivir y enriquecerse a costa de los pecados de la
gente), regaló todas sus propiedades y se hizo médico itinerante, curando en forma gratuita a
todos los que se lo solicitaban. En sus viajes conoció los escritos de Paracelso, después de 10
años regresó a Bruselas, se casó con una rica heredera y se retiró a Vilvorde a ejercer la
medicina y escribir sus obras. En 1621 se vio envuelto en una controversia sobre el "bálsamo del
arma", la idea de que la herida producida por una arma se curaba si el médico, en vez de tratar
al paciente, le aplicaba las medicinas al arma responsable de ella. Van Helmont insistió en que el
estudio de la naturaleza corresponde a los naturalistas y no a los sacerdotes, defendió a
Paracelso y a la magia, y propuso que los efectos milagrosos de las reliquias sagradas se deben a
su "acción simpática" y no difieren de la "cura del arma por magneto". Estas ideas eran peligrosas
y en 1623 fueron denunciadas por la Facultad de Medicina de Lovaina ante la Santa Inquisición;
Van Helmont compareció ante este alto tribunal y fue condenado a tres años de cárcel. Aun

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después de haber sido liberado, permaneció en arresto domiciliario y con la prohibición de
publicar cualquier cosa sin previa autorización de la Iglesia.
En esas condiciones permaneció hasta su muerte. Legó todos sus manuscritos a su hijo, quien los
publicó en 1648 como Ortos medicinae; la obra tuvo mucho éxito en los siglos XVII y XVIII, al
grado que para 1707 ya se había reimpreso 12 veces y traducido a cinco idiomas. Se trata de
más que de un tratado de medicina: es todo un nuevo sistema filosófico y religioso, junto con una
proposición para reformar en forma completa a la filosofía natural. La enfermedad se relaciona
con el Archeus, el principio vital de todo el organismo y no cada una de sus partes, un gas
espiritual y al mismo tiempo material, que genera al Ens morbi a partir de una semilla anormal.
La pasión que estimula al Archeus a producirla es variable y puede ser "indignación", "miedo", o
simple "perturbación". Cuando ya se ha generado, la semilla de la enfermedad adquiere
independencia del Archeus y sigue su propio programa, que puede incluir la destrucción del
mismo Archeus. Los agentes exteriores son incapaces de producir enfermedad en forma directa,
pero la causan a través de los Archei que cada objeto posee. En la interacción entre el Archeus
del organismo y el del agente causal de la enfermedad participan los principios de simpatía y
antipatía, centrales en el esquema de Van Helmont. La enfermedad es consecuencia del Pecado
Original, ya que desde entonces el hombre perdió la capacidad para asimilar por completo objetos
externos, como sus alimentos; siempre persisten residuos que conservan sus Archei, que
actuando sobre el Archeus del organismo generan el Ens morbí. Cuando la acción es local la
enfermedad se traduce en síntomas y cambios anatómicos.
Sus indicaciones terapéuticas incluyen encantamientos, rezos y conjuraciones, pero también opio,
mercurio, antimonio, vino para la fiebre, infusiones de distintas plantas, etc. En general, insiste
en medidas sencillas y proscribe las sangrías porque tienden a debilitar a los enfermos. Sin
embargo, también recurre a recetas empíricas o mágicas, como sangre y testículo de venado
para la pleuresía, así como otros componentes de la famosa Dreckapotheke.
Otro personaje del siglo XVII que rechazó la teoría humoral galénica es el holandés François de la
Boë (Franciscus Sylvius) (1614-1672), quien nació en Hanau y estudió en París, Sedan, Leyden y
Basilea, donde se graduó de doctor a los 23 años de edad. Los siguientes 23 años ejerció su
profesión en forma privada en Hanau, Leyden y Amsterdam, hasta que en 1660 fue invitado a
ocupar una cátedra en Leyden. Ahí atrajo a numerosos alumnos y pacientes que disfrutaban su
método de enseñanza clínica y la simplicidad de sus sistemas terapéuticos, respectivamente. Las
bases del sistema de Sylvius son la química, los nuevos conocimientos acerca de la circulación
sanguínea y la información reciente de los vasos linfáticos, linfa, ganglios y páncreas, a lo que
deben agregarse ideas antiguas como espíritus y el calor innato del corazón, pero en cambio
rechaza el concepto galénico del pneuma. Sylvius propone sustituir los cuatro humores clásicos
(sangre, flema, bilis amarilla y bilis negra) por otros tres, que son la saliva, el jugo pancreático y
la bilis; a este triunvirato humoral agrega la idea colectiva de los espíritus vitales. De importancia
primaria son los procesos químicos de fermentación y efervescencia, así como las cualidades de
ácido y alcalino; la saliva y el jugo pancreático son ácidos y la bilis alcalina. La saliva participa en
la digestión gástrica, mientras la secreción pancreática y la bilis contribuyen a la transformación
del quimo en quilo y heces fecales. Para Sylvius la sangre es el componente fundamental del
organismo, donde se desarrollan los procesos que resultan en salud y en enfermedad; la sangre
contiene a la bilis preformada, que se separa de ella en la vesícula biliar pero vuelven a mezclarse
en el hígado, donde junto con el quilo producen una fermentación vital. De acuerdo con Sylvius la
salud consiste en la realización normal del proceso de fermentación en el organismo, sin la
aparición de sales ácidas o alcalinas; en cambio la enfermedad ocurre cuando uno de estos dos
tipos de sales surge y prevalece.
La clasificación de las enfermedades de Sylvius es más compleja, porque también depende del
tipo de humor afectado. Por ejemplo, si la bilis es alcalina se producen fiebres elevadas, mientras
que si es ácida, causa congestión; los espíritus vitales también pueden alterarse por los excesos
de acidez o alcalinidad diluyéndose demasiado, eferveciendo de manera incompleta, o faltando
del todo. La terapéutica aplicada por Sylvius era bien sencilla: eliminar el ácido o el álcali en
exceso. Lo primero se logra con sustancias alcalinas y lo segundo por medio de ácidos. La
efervescencia de la bilis se cura con sustancias catárticas. Sylvius recomendaba diaforéticos,
absorbentes y eméticos, mientras que repudiaba las sangrías; uno de sus fármacos favoritos era
el opio, que administraba con tal liberalidad que llegó a decirse que sus métodos terapéuticos
fueron responsables de tantas muertes como la Guerra de los Treinta Años.
Otro médico iatroquímico del siglo XVII fue Thomas Willis (1622-1675), a quien volveremos a
encontrar entre los animistas. Willis se graduó en Oxford y allí inició el ejercicio de su profesión;
era miembro del pequeño grupo que se reunía en el Colegio Wadham y que posteriormente se

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transformó en la Real Sociedad de Londres. Con la Restauración fue nombrado profesor de
filosofía natural y en 1664 publicó su Cerebri Anatomie; en 1666 se mudó a Londres y pronto
alcanzó éxito profesional y económico. Willis postuló la existencia de cinco elementos, en lugar de
los cuatro galénicos o los tres de Sylvius; éstos eran agua, tierra, sal, azufre y espíritus. Además,
adoptó las ideas de Sylvius sobre la fermentación, pero rechazó los ácidos y los álcalis del médico
holandés. De hecho, Willis asignó a las fermentaciones todas las actividades corporales y todos
los movimientos internos, que aunque se localizan en el estómago y en el bazo, en realidad se
deben a los espíritus vitales generados en el cerebro, que, a su vez corresponde en su mayor
parte al mercurio que, según Paracelso, volatiliza los cuerpos.
Willis cree que las enfermedades, especialmente las de la sangre, se deben a fermentaciones y
efervescencias en que los espíritus vitales desempeñan el papel principal. Por ejemplo, la histeria
se debe a la unión de los espíritus con la sangre imperfectamente purificada en el bazo, así como
a la falsa fermentación que resulta de ello. Las medidas terapéuticas recomendadas por Willis en
su libro Pharmaceutica rationale fueron muy populares en su tiempo, pero Osler se refirió a este
volumen diciendo: "Está tan muerto como Willis. Me dan escalofríos al pensar en la constitución
que tenían nuestros ancestros, y cómo resistían los asaltos de los boticarios."
Otro iatroquímico del siglo XVII, el holandés Cornelius Bontekoe (1647-1695) quien fue médico
de Brandenburgo y profesor de medicina en Frankfurt, recibió un premio especial de la Compañía,
de las Indias Orientales por su promoción del comercio del te, en vista de que para "lavar el lodo
pancreático" recetaba a sus enfermos que tomaran 50 tazas de té de una sola vez, o 100 tazas
en el curso de un día; otras dos recomendaciones del profesor Botenkoe eran que los pacientes
fumaran tabaco en forma constante y usaran opio con generosidad. No es de extrañar que fuera
uno de los profesionales más famosos de su tiempo, que tuviera numerosa clientela y un grupo
grande de médicos seguidores de su "sistema".
La escuela iatroquímica perdió el prestigio con que contaba en varios países europeos a mediados
del siglo XVIII, en parte por el surgimiento de la escuela iatromecánica y del animismo, y en
parte porque la influencia de Sydenham y de Boerhaave alejó a los médicos y a los enfermos del
demasiado teorizar y concentró su atención en la medicina clínica. La iatroquímica hacía hincapié
en los aspectos cualitativos de la medicina y además era incapaz de explicar la especificidad de
los fenómenos naturales, mientras que la iatromecánica se prestaba al análisis cuantitativo y
proponía mecanismos bien definidos para la mencionada especificidad.

LA IATROMECÁNICA

La iatromecánica es la doctrina que compara al cuerpo humano con una máquina artificial y
pretende explicar su funcionamiento sobre bases puramente físicas. En este sistema las partes
sólidas del organismo constituyen diferentes maquinarias o conductos inertes que obedecen las
leyes de la estática, mientras que los líquidos se rigen por los principios de la hidráulica. Como las
leyes que gobiernan el movimiento de las partículas muy pequeñas, indivisibles e iguales que
forman la materia (según la teoría corpuscular), se definen cuantitativamente con precisión
matemática, la fisiología resulta ser una rama de las matemáticas aplicadas. La iatromecánica se
desarrolló a fines del siglo XVII; se acepta que uno de los primeros iatromecánicos fue Santoro
Santorio, a quien ya mencionamos como uno de los primeros en introducir métodos cuantitativos
en la medicina. Pero quizá el miembro más prominente de la escuela iatromecánica haya sido
Giovanni Alfonso Borelli (1608-1679), quien nació en Nápoles y estudió matemáticas en Roma.
Fue nombrado profesor de matemáticas en Mesina, pero su fama de sabio y buen maestro
determinó una invitación para ocupar la cátedra de matemáticas en la Universidad de Pisa, en
1656. Ese año Marcelo Malpigio fue nombrado profesor de medicina teórica en la misma
universidad y los dos personajes se hicieron grandes amigos, relación definitiva en la vida de
Borelli pues desarrolló un profundo interés en los experimentos y observaciones de Malpigio y
desde entonces la anatomía y la fisiología compartieron su atención con las matemáticas. Borelli
abandonó Pisa por Florencia, después regresó a Mesina, pero en 1674 ya estaba en Roma, donde
fue protegido por la reina Cristina de Suecia. Posteriormente ingresó a un monasterio y, según
unos, sobrevivió dando clases privadas de matemáticas y según otros, pidiendo limosna en las
calles Roma. Su obra principal De motu animalium está dedicada a Cristina, quien se encargó de
su publicación dos años después de la muerte del autor.

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Figura 19. Giovanni Alphonse Borelli (1608-1679).
El libro de Borelli, De motu animalium, consta de dos partes, la primera dedicada a los
movimientos externos y la segunda a los internos de los animales. La primera es estrictamente
iatromecánica, o mejor aún, iatromatemática, en la descripción de los movimientos corporales
basada en los principios de la mecánica física, y revela una experiencia personal muy amplia de
disecciones en distintas especies animales, incluyendo mamíferos, aves y peces. Las
descripciones se complementan con cálculos matemáticos basados en principios de estática y
cinética, y las funciones se interpretan como puramente mecánicas, usando la balanza, la
palanca, la cuña, la rueda, la polea y otros aparatos similares. La segunda parte es un tratado
magistral de fisiología que incluye la contracción muscular, la función renal, la respiración, la
secreción biliar, algunos aspectos de la nutrición y de la digestión y hasta comentarios sobre la
fiebre, todo manejado con gran capacidad de análisis crítico, profundidad de conceptos y
equilibrio de juicio. En esta parte Borelli ya no es un iatromecánico sino un sabio del siglo XVII,
cuya meta es alcanzar una comprensión aceptable de los fenómenos que estudia. Naturalmente,
sus argumentos corresponden a su época y en muchos sitios, en lugar de datos usa analogías,
pero eso no le resta valor a sus trabajos. Por ejemplo, señala que el riñón maneja la excreción de
líquidos y controla las sales alcalinas y tartáricas del suero, en vista de que las sales fijas,
adheridas tenazmente a las fibras y porosidades de la carne, sólo pueden desalojarse por medio
de la humedad. El principio fundamental es que las partículas no fluyen por tubos estrechos en
ausencia de líquidos abundantes que los lubriquen. Los líquidos pueden secuestrar sales y
mantenerlas ocultas por medio de la agitación intrínseca en la circulación, pero cuando acumulan
un exceso de sales se transforman en agentes potenciales de enfermedad. Así cargados, los
líquidos pueden irritar membranas y nervios sensibles, o bien sufrir una fermentación crónica que
finalmente producirá una corrupción extraña al organismo. El órgano responsable de eliminar
todas las sustancias patógenas es el riñón, que lo hace por medio de separaciones puramente
mecánicas.
Otro miembro distinguido de la escuela iatromecánica fue Giorgio Baglivi (1668~1706), discípulo
de Malpigio, que a la edad de 28 años fue nombrado profesor de anatomía en Roma. Baglivi
enseñaba que cuando el organismo se estudia con cuidado uno encuentra:

[...] máquinas trituradoras en los huesos maxilares y los dientes, un


recipiente en los ventrículos, tubos hidráulicos en las venas, arterias y
otros vasos, un pistón en el corazón, un filtro o múltiples orificios
separados en las vísceras, un par de fuelles en los pulmones, el poder de
una palanca en los músculos, poleas en los extremos de los ojos, y así
sucesivamente... Los efectos naturales de un cuerpo animado no pueden
explicarse en forma más clara y con mayor facilidad que con los principios
matemáticos experimentales con los que se expresaba la naturaleza.

Sin embargo,Baglivi estableció con claridad la diferencia entre la teoría y la práctica de la


medicina; mientras se intenta comprender la manera como está construido y funciona el
organismo, la teoría iatromecánica debe prevalecer, pero cuando se trata de examinar a un
enfermo y prescribir algo para aliviarlo, ninguna teoría sirve de nada. Es necesario echar mano de
la experiencia y la observación cuidadosa y al final usar remedios hipocráticos. Baglivi se refiere
con admiración a Sydenham, quien sostenía ideas semejantes.
Entre los iatromecánicos más entusiastas debe mencionarse a Archibald Pitcairn (1652-1713),
fundador de la escuela de Edimburgo en 1685. Primero estudió leyes pero después se cambió a
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medicina en París y se graduó en 1680 en Reims. Regresó a Edimburgo y adquirió gran prestigio
como médico y matemático, por lo que fue invitado a ocupar la cátedra de medicina en Leyden.
Permaneció ahí sólo un año y tituló su discurso inaugural: "Una oración que demuestra que la
medicina está libre de la tiranía de las sectas de los filósofos" y en él atacó fuertemente todos los
sistemas médicos, señalando que su búsqueda de las "causas" de los fenómenos son estériles y
que lo único que podemos conocer son las relaciones de las cosas entre sí y las leyes y
propiedades de sus apariencias. Pitcairn usó como modelo de ciena la astronomía, que se
abstiene de postular esencias, formas sustanciales, partículas invisibles o espíritus sutiles, y en su
lugar se limita a analizar los fenómenos observables y expresa sus leyes en forma matemática.
Los médicos deberían hacer lo mismo, deberían colectar sus observaciones sobre distintas
enfermedades y sus remedios y no prestar atención a las construcciones teóricas de los filósofos.
Un sistema muy cercano al iatromecánico fue el llamado mecánico-dinámico, postulado por
Friedrich Hoffmann (1660-1742) en su libro Fundamenta medicinae de 1695. Antes de estudiar
medicina en Jena aprendió matemáticas y filosofía; viajó a Holanda e Inglaterra, en donde fue
discípulo de Robert Boyle y seis años después de haber regresado a Alemania fue invitado a ser
profesor de anatomía, cirugía, física, química y práctica de la medicina en la nueva Universidad
de Halle, donde ganó gran fama como maestro y químico. Preparó varios remedios populares,
como Liq. anodynus H, Elixir viscerale H, Balsamum vitae H, etc., que le permitieron ganar una
pequeña fortuna. Tenía 60 años de edad cuando empezó a escribir su gran obra, Medicina
rationalis systematica, que apareció entre 1728 y 1740. El sistema de Hoffmann se basa en la
anatomía y en la física, pero en la anatomía de Hoffmann se incluye la fisiología y en la física se
estudian los movimientos de los cuerpos; la química es de importancia secundaria. El elemento
central es el movimiento:

Aprendemos por medio de observaciones cuidadosas que el movimiento


es la causa de todos los cambios que ocurren en el organismo y que en el
movimiento se encuentra la base de la salud y de la enfermedad; que las
causas mismas de las enfermedades actúan sobre las partes sólidas y
liquidas de nuestros cuerpos únicamente a través del movimiento; y que
los agentes terapéuticos ejercen sus efectos sólo a través del movimiento.
Por lo tanto, para explicar los fenómenos médicos y la actividad
terapéutica, creemos que debe prestarse especial atención al movimiento
y a sus variaciones.

Según Hoffmann, las máquinas están construidas de tal manera que una pieza defectuosa puede
trastornar los movimientos regulares de muchas otras partes. El resumen más condensado de las
ideas de Hoffmann lo da él mismo: "La vida y la muerte están condicionadas mecánicamente y
dependen sólo de causas físicas y mecánicas que actúan siguiendo leyes necesarias."
El sistema mecánico-dinámico se basa en el movimiento del corazón y en la circulación
sanguínea, descubierta a principios del siglo XVII (1616-1628). Pero lo que determina la actividad
cardiaca y la propulsión de la sangre es, a su vez, el movimiento de contracción y relajación de
las "fibras" que constituyen el corazón. La idea de "fibra" del siglo XVIII era diferente de la
actual: se trata de componentes elementales que se encuentran en todo el organismo, con
capacidad para contraerse y relajarse pero no tanto en sentido real sino figurado, porque también
las hay en el cerebro. De hecho, este "movimiento" de las fibras explica todas las funciones,
protege al cuerpo de la putrefacción y regula todas las excreciones y secreciones. Las causas de
la enfermedad actúan trastornando los movimientos, la circulación sanguínea y otras funciones;
para curar a los pacientes es necesario restablecer la libertad de los movimientos y la circulación
normal de la sangre.
Esta teoria no era suficiente para explicar las consecuencias de las infecciones y de la corrupción.
Hoffmann tenía muy presente que algunas heridas menores, como pequeñas cortaduras o
venisecciones torpemente realizadas a veces se complicaban con inflamaciones y supuraciones
muy aparatosas, acompañadas de fiebre elevada, delirio y aun la muerte. Desconociendo las
infecciones bacterianas, Hoffmann no distinguía entre isquemia, supuración por infección con
gérmenes piógenos, y putrefacción cadavérica. Entonces hizo lo mismo que tantos de sus
antecesores (y no pocos de sus sucesores) médicos habían hecho: inventó un principio cualitativo
en forma de un líquido sutil, "noble" y espirituoso, tan tenue que sólo se le percibe por sus
efectos, y lo hizo responsable de la actividad vital. De esta manera se apartó de sus premisas
puramente mecánicas y se hizo un precursor del animismo.

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Los tratamientos recomendados por Hoffmann eran sencillos y escasos en drogas: en primer
lugar debían regularse los movimientos anormales, relajar los espasmos y aumentar la
contracción de los órganos demasiado relajados. Aunque ciertas enfermedades eran capaces de
aliviar otras (por ejemplo, la fiebre cura los espasmos), Hoffmann dividía a las drogas en cuatro
clases: las que refuerzan, las que relajan, las que alteran y las que evacuan. Entre sus remedios
favoritos estaban el vino Hochheimer, el alcanfor, la quinina, el hierro, las aguas minerales y el
agua fría; con frecuencia recomendaba sangrías y practicaba él mismo flebotomías, además de
ser muy detallista y exigente en las dietas.

ANIMISMO O VITALISMO

Entre los primeros animistas debe mencionarse a Van Helmont y a Willis, quienes también figuran
como iatroquímicos (véase p. 115). El Archeus del primero corresponde al ánima, que reside en
el estómago y en el bazo; en cambio, el segundo postuló la existencia no de una sino de dos
ánimas distintas, la racional (inmortal y específica del hombre) y la material (compartida con los
animales), pero que no participan en la enfermedad. El personaje central en la historia del
animismo es Georg Ernst Stahl (1639-1734), quien estudio en Jena en los mismos tiempos de
Hoffmann. Permaneció Allí como privatdozent, después vivió siete años como medico en Weimar,
hasta que Hoffmann consiguió que lo nombraran profesor de la segunda cátedra de medicina de
la Universidad de Halle. Ahí trabajó durante 22 años, al cabo de los cuales viajó a Berlín como
médico de la corte hasta su muerte.

Figura 20. Georg Ernst Stahl (1660-1734).

Stahl rechaza lo relacionado con las ciencias naturales en la medicina; en su concepto, el


organismo es totalmente distinto de una máquina y solo puede comprenderse como el producto
de un principio inmaterial que le confiere forma, función, armonía y permanencia. El cuerpo
humano es completamente pasivo, un autómata manejado por una entidad denominada de
distintas maneras anima, natura, principium vitae, Natur, physis, y otros nombres más. Como
médico, Stahl había observado la asombrosa capacidad de autorregulación del organismo; como
químico se pregunto cómo era posible que una estructura tan compleja y tan destructible como el
cuerpo humano mantuviera su integridad frente a tantas agresiones y no se desintegrara como
ocurre tan rápidamente después de la muerte. Incapaz de explicar estas dos propiedades del
cuerpo humano (autorregulación y conservación) por medio de las teorías médicas en boga en su
tiempo, la iatroquímica y la iatromecánica, Stahl inventó una solución Perfecta: el ánima.
La obra principal de Stahl, Theoria medica vera (1708) tiene la estructura de los grandes
sistemas escritos en Europa después de la introdución de los tratados árabes: se inicia con
definiciones de la medicina y sus subdivisiones, después se refiere a los res naturales (elementos,
humores, temperamentos, miembros del cuerpo, facultades, operaciones y espíritus), luego a los
res non naturales (aire, comida, bebida, sueño y vigilia, movimiento y descanso, evacuación y
repleción, emociones y pasiones), posteriormente a los res contra naturales (enferme-dades,
causas, localizaciones, signos, síntomas, consecuencias) que también incluyen la higiene, y
finalmente se tratan las distintas terapeuticas, incluyendo dietas, drogas y cirugía.
El ánima imparte vida a la materia muerta, participa en la concepción (tanto del lado paterno
como del materno), genera el cuerpo humano como su residencia y lo protege contra la
desintegración, que solamente ocurre cuando el ánima lo abandona y se produce la muerte. El
ánima actúa en el organismo a través de "movimientos" no siempre visibles y mecánicos sino
todo lo contrario, invisibles y "conceptuales", pero de cualquier manera responsables de un tono
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específico e indispensable para la conservación de la salud. La interferencia con tales
movímientos resulta en cambios del tono que se manifiestan como contracciones o relajamientos
anormales que constituyen la enfermedad; los cambios de tono se expresan como taquicardia,
fiebre, escalofríos, convulsiones, parálisis, etcétera.
Para suterapéutica, Stahl consideraba que el propio organismo era el mejor agente, a través de la
vis medicatrix naturae, que era lo mismo que el ánima. Como esta última era la causa de todas
las enfermedades, también podía curar todo. Las medidas terapéuticas debían actuar
exclusivamente a través del ánima, o mejor aún, de los "movimientos" resultantes de su acción,
inhibiéndolos cuando fueran excesivos o estimulándolos cuando fueran débiles o estuvieran
ausentes. Stahl estaba a favor de las sangrías, tanto en padecimientos agudos como crónicos;
otros medicamentos que recetaba eran purgantes, eméticos, diaforéticos, polvos gástricos, etc.
Rechazaba la corteza de chinchona para combatir la fiebre intermitente porque pensaba que ésta
era una forma en que el organismo combatía la congestión o plétora; tampoco aprobaba el opio
porque restringía los movimientos, ni las aguas minerales y las preparaciones con hierro porque
eran las recetas favoritas de Hoffmann, ni muchos otros medicamentos en boga en su tiempo
porque eran inútiles o perniciosos. En general, su terapéutica era mínima y seguía la regla
hipocrática de la observación expectativa.
Stahl tuvo muchos seguidores, tanto en Alemania como en el resto de Europa, y especialmente
en Francia, en la llamada Escuela de Montpellier, en la que sobresalen tres médicos: Francois
Boissier de Sauvages de la Croix (1706-1767), Theophile de Bordeau (1722-1776) y Paul Joseph
Barthez (1734-1806). El primero predecesor y maestro y, junto con De Bordean, genuino
representante del siglo XVIII. Aunque Barthez sobrevivió hasta principios del siglo XIX, también
se identifica como fiel seguidor de Stahl y pertenece en cuerpo y ánima al siglo anterior.
Boissier de Sauvages se graduó de médico en Montpellier en 1726, en donde adquirió la filiación
iatromecánica tradicional. Después de estudiar las obras de Stahl, reconoció la existencia de "un
principio vital de los movimientos, superior a los mecanismos ordinarios", que proviene de un
motor, el ánima, que además determina la conservación del individuo. Boissier de Sauvages
también introdujo las "incógnitas x y y" en la fisiología, con el mismo significado con el que se
manejan en álgebra, para explicar ciertos fenómenos cuando se ignoran su naturaleza y sus
mecanismos. Teophile de Bordeau se graduó de médico en Montpellier en 1744 y posteriormente
radicó en París. Su idea central era la existencia de una comunidad de órganos íntimamente
asociados entre sí en el cuerpo humano, cada uno con vida individual, posición específica y
función definida, cuya suma constituye la "vida general" del organismo.
El papel del ánima en el sistema de De Bordean es ambiguo y se aleja del anima de Stahl; según
De Bordean, se limita a las emociones no participa para nada en otros fenómenos fiisiológicos,
como movimientos o secreciones. Cada emoción está conectada con un órgano, de manera que
una emoción es capaz de detener la digestión, otra produce lágrimas, otra más diarrea, etc. Estos
efectos estarían mediados por los nervios, pero en última instancia las emociones se asientan en
el ánima, que posiblemente está localizada en el cerebro. Para De Bordean los organos más
importantes eran el estómago, el corazón y el cerebro, el Trípode de la Vida", que genera los
movimientos y la sensibilidad, dedos fenómenos principales de la vida, aparte de regular todas
las actividades de los demás órganos. El cerebro proporciona la fuerza vital y la distribuye a todo
el organismo a través de los nervios, regulando la sensibilidad y los movimientos por mecanismos
no sujetos a las leyes de la física o de la química. El corazón mantiene la sangre y el quilo en
circulación y el estómago preside sobre los fenómenos nutricionales. La salud es el equilibrio
entre esas tres funciones y la enfermedad su trastorno, que, se caracteriza por tres etapas bien
conocidas irritación, coccion y crisis. La terapéutica de De Bordeau tenía como meta la promoción
de las crisis, especialmente en las enfermedades crónicas, lo que intentaba lograr con
estimulantes y con aguas minerales de los Pirineos (de cuyos baños fue director durante tres
años).
A fines del siglo XVIII el animismo de Stahl y sus seguidores cambio de nombre (pero no de
espíritu) con Paul Joseph Barthez (1734-1806), cuyas ideas empezaron a conocerse como
vitalismo. Barthez estudió teología primero y medicina después, fue médico militar y editor del
Journal des savants, y a los 27 años de edad fue nombrado profesor de medicina y botánica en
Montpellier. Al cabo de pocos años Barthez abandonó la medicina y se dedicó a las leyes, donde
en 1780 ya había alcanzado la posición de consejero de justicia, pero otra vez abandonó su
profesión y se dedicó a la filosofía. Cinco años más tarde fue nombrado rector de la Universidad
de Montpellier, pero como durante la revolución se puso del lado del ancien régime, al llegar la
República su nombramiento no fue renovado. No fue sino hasta1802 que Napoleón lo nombró
médico consultante, pero entonces ya sólo le quedaban cuatro años de vida.

51
El principio vital de Barthez es simplemente "la causa de los fenómenos de la vida en el cuerpo
humano". Aunque su verdadera naturaleza se desconoce, el principio vital está dotado de
movimientos y sensibilidad; además, es distinto de la mente, se encuentra distribuido en todas
partes del organismo y no puede funcionar de manera aislada en ninguna de ellas, ya que
rápidamente se generaliza por medio de simpatias o afinidades existentes entre los distintos
órganos. La enfermedad se debe a alguna alteración del principio vital;por ejemplo, los
padecimientos nerviosos son un debilitamiento de sus poderes, mientras que las fiebres pútridas
son fermentaciones que tienden a la corrupción; otro ejemplo serían las enfermedades malignas,
en las que el principio vital está muy disminuido o ausente.
La terapéutica recomendada por Barthez se basa ena las "indicaciones " que el médico recibe de
la enfermedad; por ejemplo, si el paciente tiene náusea hay que darle un emético, si cólicos un
purgante, si fiebre, un antipirético, etc. Esta forma de tratamiento puramente sintomático refleja
en gran parte la esterilidad del vitalismo para generar nuevas ideas sobre el manejo de distintas
enfermedades, en vista de que éstas se deben a trastornos en una esfera (el principio vital)
inaccesible a cualquier forma de manipulación externa.
Otro vitalista famoso de fines del siglo XVIII fue Marie Francois Xavier Bichat (1771-1802),
médico francés que volverá a ser mencionado en relación con el desarrollo de la anatomía
patológica (véase p. 138). Bichat nació en Thoisette-en Bas y estudió en Lyon y en París, en esta
última ciudad bajo la protección de Desault, el famoso cirujano. Como murió antes de los 31 años
de edad, sólo pudo trabajar unos cuatro años, pero lo hizo con tal intensidad y originalidad que
en 1800 publicó dos libros, Traité des membranes y Recherches physiologiques sur la vie et la
mort, mientras que otros dos, Anatomie génerale y los primeros tomos de su Anatomie
descriptive aparecieron en forma póstuma. Un año antes de su muerte, Bichat escribió:
"El caos era la materia sin propiedades; para crear el Universo, Dios lo dotó de gravedad,
elasticidad, afinidad, etc.... y a una parte le dio sensibilidad y contractilidad."
Estas dos propiedades, sensibilidad y contractilidad, ocurren en las dos formas genéricas de vida
que distingue Bichat, la orgánica y la animal. En su libro Recherches physiologiques sur la vie et
la mort, la primera parte está dedicada a una discusión de las diferencias entre las vidas orgánica
y animal y la forma como se manifiestan las dos propiedades vitales mencionadas, mientras que
en su Anatomie génerale, Bichat distingue entre los diferentes tejidos no sólo por sus propiedades
físicas después de muertos sino también por la variable distribución cuantitativa de las dos
propiedades vitales que poseen durante la vida. Bichat pensaba que era mediante el estudio de
las alteraciones en las propiedades vitales de tejidos específicos que deberían entenderse la
enfermedad y los mecanismos de acción de las drogas, y que las alteraciones anatómicas
observadas en las autopsias de los pacientes estudiados en la clínica deberían correlacionarse no
con los síntomas sino con los cambios en las propiedades vitales de los tejidos afectados.
Bichat deseaba hacer con la fisiología y la medicina lo que Newton con la física. Newton (según
Bichat) explicó todo lo que ocurre en el mundo con base en unas cuantas propiedades de la
materia viva. La fisiología, para hacerlo, debería adoptar un nuevo lenguaje al describir las
propiedades de la materia viva, diferente al de la física y la química; encontrar sus propios
principios, distintos de los que regulan las ciencias del mundo inerte e independientes de éste. El
vitalismo de Bichat ya no guarda más que un parentesco muy remoto con el animismo de Stahl;
se parece más a ciertas posturas antirreduccionistas contemporáneas, cuyo argumento central es
la irreducibilidad de la vida a las leyes de la física y de la química.

IRRITABILIDAD, SOLIDISMO, BROWNISMO Y MESMERISMO

Durante la Edad Barroca surgieron otras muchas "escuelas" o teorías médicas que pretendían
sustituir a la teoría humoral de Galeno. Una usó el concepto de irritabilidad, introducido por
Francis Glisson (159 7167 7), para denominar una "percepción natural no acompañada por
sensación alguna" y para explicar que "después de la muerte las fibras se contraen al ponerlas en
contacto con licores ácidos o picantes". Glisson basó su explicación del vaciamiento de la vesícula
biliar a través del cístico en la irritabilidad de la pared vesicular, que se contrae como respuesta a
la distensión producida por la acumulación de bilis; tal conjetura aparece en su libro Anatomia
hepatis, publicado en 1654. Pero fue Albrecht von Haller (1708-1777) quien desarrolló de manera
más extensa el concepto de irritabilidad y la apoyó con numerosos datos experimentales (según
él, sólo para identificar las partes del cuerpo que poseen irritabilidad realizó 567 experimentos).
Haller buscaba una alternativa razonable a las teorías biomédicas, ante el conflicto entre
iatroquímicos, iatro-físicos, animistas y otras "escuelas" más. También Hoffmann (véa-se p. 120)
usó a la irritabilidad como parte de su teoría del movimiento como expresión central de las

52
propiedades y de la energía de la materia, que percibimos como contracción y expansión. La vida
es movimiento, especialmente del corazón y de la sangre; la muerte es la ausencia de
movimiento. Existe un fluido nervioso que conserva normales las acciones del cuerpo; este fluido
lo secreta el cerebro y se distribuye en el organismo a través de los nervios y las arterias. Su
función es regular el tono de los tejidos, que se basa en su irritabilidad; cuando hay un exceso de
este fluido se produce un espasmo, mientras que su deficiencia resulta en atonía. Ejemplos de
enfermedades espásticas son las inflamaciones localizadas, hemorrágicas, catarros y neuralgias;
en cambio, las enfermedades crónicas se deben a la atonía. La terapéutica es sencilla: para las
enfermedades espásti cas se usan calmantes antiespasmódicos y emolientes; para la atonía se
requieren estimulantes o irritantes como vino, éter, alcanfor o quinina. Con diferentes disfraces,
la irritabilidad formó parte de varios otros sistemas médicos en la Edad Barroca.

Figura 21. Albrecht von Haller (1708-1777).

El solidismo o patología neural fue una de la reacciones más intensas en contra de la teoría
humoral de la enfermedad de Galeno. Fue propuesto por William Cullen (1712-1790) en su libro
First Lines of ihe Practice of Physic (1776). De acuerdo con Cullen, el sistema nervioso
desempeña el papel central en la patología humana y lo que se enferma no son los humores o
líquidos sino los tejidos y órganos sólidos del cuerpo. Cullen postuló la existencia de una fuerza o
principio indefinido generado por el sistema nervioso que inicia y mantiene todos los procesos
fisiológicos y patológicos que se dan en el organismo. Cullen llamó a este principio fuerza
nerviosa, actividad nerviosa, fuerza animal o energía del cerebro, y la separó del fluido de
Hoffmann y del ánima de Stahl. Este principio nervioso produce espasmo o atonía, pero el
primero no siempre es el resultado de un aumento en la actividad nerviosa sino que también
puede deberse a la debilidad del cerebro. Por ejemplo, en la fiebre los calosfrios y el alza de la
temperatura no se deben a cambios en los humores, como congestión o transformación mucoide
de la sangre, sino a una debilidad del cerebro producida por agentes externos como frío,
miasmas, contagios y otros. Esta debilidad, actuando a través de los nervios produceatonía de los
vasos periféricos, lo que causa el calosfrío. Pero tal secuencia patológica genera una reacción: se
estimula la vis medicatrix natura, y mientras el paciente tiembla, la atonia cardíaca, también
producida por el sistema nervioso, actúa como estímulo en el sistema vascular produciendo
espasmo y fiebre; el espasmo persiste hasta que aumenta la presión de la sangre en el corazón y
en los grandes vasos, con o que mejora la circulación del cerebro, disminuye la debilidad nerviosa
y la energía cerebral restaurada elimina el espasmo vascular, con lo que se instala la sudoración.
La terapéutica de Cullen era sencilla y muy seleccionada: para disminuir el espasmo aconsejaba
purgantes y eméticos, baños calientes y opio; para eliminar la atonía y fortalecer el corazón
usaba baños fríos y tónicos como el vino y la quinina, y como medidas generales recomendaba
dietas y diuréticos. Su tratamiento para la gota (que él mismo sufría) era eliminar todos los
licores de malta y los vinos fuertes, prohibición absoluta del tabaco, uso moderado (una vez al
día) de alimentos animales y abstención de toda verdura que produjera flatulencia, como la
berenjena o el betabel. Para complementar esta dieta rigurosa recomendaba ejercicio moderado
al aire libre, estímulo diario de la piel de la espalda con un cepillo suave, y en general un estilo de
vida sencillo y sin excesos de ningún tipo. Cullen se oponía al uso frecuente de las flebotomías y
sus tratamientos iban con frecuencia en contra de sus propias teorías, lo que seguramente
explica su gran éxito como médico.
Cullen tuvo muchos seguidores, pero ninguno más pintoresco que John Brown (1735-1788),
quien redujo la irritabilidad y el solidismo o patología neural al absurdo y lo bautizó como
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brownismo. El principio central del brownismo es la excitabilidad, presente en todo el organismo
pero concentrada en el sistema neuromuscular. La excitabilidad de Brown amalgama los
conceptos de irritabilidad y sensibilidad de Glisson, Haller y Cullen; sin embargo, para Brown la
vida sólo existe cuando las influencias externas actúan sobre la excitabilidad y generan una
respuesta congruente con ellas. La vida no es un fenómeno independiente o espontáneo, sino
más bien la reacción continua del organismo a estímulos externos. La salud es el equilibrio
momentáneo entre el nivel de estimulación externa y la magnitud de la reacción generada en
estructuras excitables; la relación entre estos dos elementos primordiales es puramente
cuantitativa.
Cuando los agentes externos se tornan deficientes o excesivos producen cambios paralelos en la
excitación, mientras que la magnitud de la excitabilidad se modifica de manera inversa, con lo
que se trastorna el equilibrio normal. Hay entonces una desviación del estado de salud, a lo que
se conoce como estado de predisposición a la enfermedad, un importante paso intermedio en el
canimo a la enfermedad, que cuando el médico lo reconoce le permite iniciar de inmediato
medidas para restablecer el equilibrio. Según Brown hay dos estados diferentes de
predisposición: estenia, producido por estimulación excesiva, y astenia, resultado de estímulos
deficientes. Brown rechaza el concepto de enfermedades específicas que pueden distinguirse por
sus causas diferentes, sus localizaciones anatómicas precisas y sus manifestaciones clínicas
frecuentes. Para él sólo existe una enfermedad general que adopta distintas formas, lo que
explica la aparición de diferentes síntomas ("falaces y perniciosos para el arte") y que con
frecuencia conducen a errores capitales. Sólo hay una excepción: el carácter del pulso arterial.
Tampoco los hallazgos anatómicos derivados de las autopsias constituyen información útil sobre
la enfermedad general, sino que sólo reflejan sus efectos fortuitos y su capacidad para mostrar
distintas formas. En vista de lo anterior, los esfuerzos tradicionales de los médicos para
diagnosticar clínicamente a sus enfermos son completamente inútiles, la historia clínica es
innecesaria y lo único que debe recogerse es el inventario de los estímulos externos que ha
recibido el paciente. Con esa información y con la toma del pulso decide si hay exceso o
deficiencia de estímulo y su orden de magnitud. Además, de acuerdo con la teoría browniana sólo
existe una forma de tratamiento médico: la administración de estimulantes. La terapéutica en
enfermedades esténicas consiste en reducir la excitación excesiva por medio de medidas
debilitantes como dieta vegetariana, abstinencia de alcohol, catárticos suaves, sudoración y
eméticos ocasionales; la sangría sólo se indica en los casos más graves y siempre con
moderación. En cambio, en los padecimientos asténicos (que son los más frecuentes) la
estimulación debe aumentarse hasta alcanzar otra vez los niveles normales, lo que requiere dieta
abundante en sopas y carnes fuertemente condimentadas, uso generoso devinos, licores y drogas
como alcanfor, éter y sobre todo opio. Las dosis recomendadas por Brown eran tan elevadas que
"se ha dicho del sistema browninano de terapéutica que sacrificó más seres humanos que la
Revolución Francesa y las guerras napoleónicas combinadas...
Entre los seguidores de Brown debe mencionarse al doctor Benjamin Rush (1745-1813), médico,
político, educador y filósofo estadunidense, titulado en Edimburgo, en 1768. Aunque sus
conceptos médicos eran brownianos, sus remedios favoritos eran la sangría y el calomel,
empleados vigorosamente.
Durante la epidemia de fiebre amarilla que asoló Filadelfia en 1793, Rush estableció un
tratamiento que se iniciaba con una purga de 10 granos de calomel y 10 granos de jalapa,
seguida por una sangría de 10-12 onzas; las dos medidas debían repetirse hasta que el paciente
se recuperara... o falleciera. Verdadero monumento a la resistencia humana es un enfermo al que
Rush sangró 22 veces en 10 días y que sobrevivió, ¡a pesar de haber perdido 176 onzas de
sangre (650.606 mililitros) al mismo tiempo que padecía fiebre amarilla! Otro browniano fue
Giovanni Rason (1762-1837), de Milán, quien estableció su teoría del stimolo y contrastimolo,
estados muy semejantes a la estenia y astenia de Brown pero diagnosticables sólo por la
respuesta a las medidas terapéuticas, de las que la sangría era la más recomendada: cuando el
paciente mejora después de ella, el stimolo está presente y se puede continuar con el
tratamiento, pero cuando no mejora (la sangría no debe repetirse más de dos veces) entonces el
diagnóstico es de contrastimolo.
El mesmerismo fue introducido por Franz Anton Mesmer (1734-1815) a fines del siglo XVIII, pero
en realidad pertenece más bien a épocas anteriores, por su carácter mágico y su ausencia casi
completa de relación con los diferentes movimientos de su tiempo, de búsqueda honesta de
nuevos caminos hacia el progreso del conocimiento médico. Mesmer estudió medicina en Viena y
su tesis recepcional versó sobre astrología y el uso del magneto, lo que posteriormente le sirvió
en su práctica, pero pronto inventó un fluidum universal que según él existía en todas partes y

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que fluye de la mano del terapeuta con propiedades curativas, a las que los pacientes son
particularmente susceptibles. En 1774 publicó sus experimentos y en 1799 apareció su libro
Mémoire sur la décou verte de magnétisme animal, en el que resume su doctrina. Al principio se
estableció en Viena, en una institución privada, pero una comisión nombrada por la reina María
Teresa examinó su práctica y lo obligó a abandonar la ciudad en 24 horas. Mesmer capitalizó a su
favor este tropiezo cuando llegó a París, en 1788, en donde al principio se asoció con D'Eslon,
miembro de la Facultad de Medicina. Pronto D'Eslon empezó a "magnetizar" por su cuenta, por
loq ue la relación si deshizo y los dos ex socios siguieron caminos paralelos pero independientes.
Mesmer recibió el patrocinio de María Antonieta y el rey Luis XIV le entregó 10 000 francos para
que fundara un Instituto Magnético y otros 20 000 francos para su uso personal. Mesmer daba
clases de magnetización a 100 luises de oro por estudiante, fundó una Orden de la Harmonía para
sus benefactores, estableció los baquets, tinas magnéticas llenas con agua sulfurada y otros
ingredientes, de las que salían tubos metálicos con anillos colgados por medio de los cuales los
participantes en la sesión establecían contacto. En estas sesiones Mesmer aparecía vestido con
estrambóticos ropajes color lila y tocaba con una banda o con sus manos a los pacientes. Estas
sesiones eran muy populares y muy pronto hicieron a Mesmer un hombre rico, entre sus clientes
se contaban Lafayette y muchos de los literatos, políticos y aristócratas más prominentes de su
época. Pero su fortuna no duró mucho tiempo: en1783 una comisión lo investigó y lo declaró un
charlatán, por lo que tuvo que cerrar su negocio. Con la Revolución perdió parte de su fortuna, y
cuando en 1798 intentó regresar a París su magnetismo ya no tuvo eco. Mesmer tuvo muchos
seguidores, sobre todo entre los que tenían una tendencia a 10 sobrenatural, lo esotérico y lo
misterioso, lo que era característico de los adeptos a la Naturphilosophie. Aunque era
indudablemente un charlatán, Mesmer tuvo el mérito de introducir la hipnosis como método
terapéutico, aunque rodeada de una parafernalia tan absurda que posteriormente fue muy difícil
que este procedimiento fuera aceptado dentro de la práctica ortodoxa de la medicina.

LA NOSOLOGÍA

Ya se mencionó, en el siglo XVII Sydenham preconizó el abandono de las teorias médicas y la


necesidad de construir la historia natural de las enfermedades a partir de la observación y la
descripción die los hechos patológicos. Sus enseñanzas fueron recogidas casi 50 años después
por Francois Boissier de Sauvages (1706-1767), a quien ya hemos mencionado como un vitalista
de Montpellier (véase p. 125). Sauvages adoptó la idea de que las enfermedades debían
describirse del mismo modo que las plantas y en 1731-1734 publicó un pequeño libro titulado
Nouvelles classes de maladies, que entre otros méritos tuvo el de estimular el interés de Carl von
Linneo (1707-1778) en el mismo tema. Sauvages continuó trabajando en la clasificación de las
enfermedades y en 1768 publicó su obra magna Nosologia methodica sistens morborurn classes
juxta Sydenhami mentem et botanicorum ordinem en tres volúmenes y con la enumeración de
2400 clases diferentes de enfermedades. Siguiendo un criterio aristotélico, Sauvages clasifica las
enfermedades en géneros, especies, clases y órdenes; la clasificación pretende basarse en los
síntomas, pero a veces se usa también la localización anatómica o la etiología. Se distinguen 10
grupos generales de enfermedades con 44 órdenes y 315 géneros; en cambio, en la siguiente
división en especies las enfermedades se multiplican hasta alcanzar las 2 400 ya mencionadas. En
realidad, la Nosología de Sauvages dista mucho de la idea de Sydenham, de dar una descripción
adecuada y completa de cada enfermedad; más bien se trata de una enumeración de síntomas
que se repiten en el texto cada vez que ocurren en distintas circunstancias. En niguna parte
aparece la historia natural de la enfermedad como el elemento fundamental para distinguirlas a
unas de otras.
También Linneo publicó su propia clasificación de las enfermedades en 1768 con el título de
Genera morbosa, en la que distingue 11 grupos diferentes que pueden reunirse en dos: los tres
primeros incluyen padecimientos febriles y así se denominan, mientras que los ocho restantes
fueron conocidos como temperati, porque Linneo concebía a la fiebre como una enfermedad de
pulso rápido y el término significa en proporción o medida mesurada; por lo tanto, los morbi
temperati eran los padecimientos no febriles.
Otro intento de clasificar las enfermedades fue realizado por Cullen, el médico escocés ya
mencionado (véase p. 130). En 1769 publicó su Apparatus ad nosologian methodicum, cuya
segunda edición apareció en 1793 y en inglés como Synopsis and Nosology, Being an
Arrangement and Definition of Diseases. Cullen no era, como Sauvages y Linneo, botánico
además de médico, sino solamente un clínico con intereses eminentemente prácticos, que señala:
"[...... la historia de la enfermedad ....] dista mucho de ser completa y exacta; y yo sostengo que

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es el ejercicio de la nosología el que directamente sirve para señalarr las dudas, para iniciar
preguntas y para dirigir nuestras observaciones ulterores."
Cullen intentó simplificar los esfuerzos de sus predecesores y en vez de 11 clases de
enfermedades propuso solamente cuatro: las pirexias, las neurosis, las caquexias y las locales.
Cada una de estas clases correspondía respectivamente a alteraciones en las funciores vitales,
animales, naturales y... otras. Esta última clase de enfermedades, las locales, que contenía 60 del
total de 151 géneros de la clasificación, servía como cajón de sastre para muchas enfermedades
mal definidas que ni siquiera fueron descritas en su texto de medicina de 1786. La clase de las
pirexias se dividía en cinco órdenes: fiebres, inflamaciones localizadas, exantemas, fluxiones y
hemorragias. La clase de las neurosis contenía cuatro órdenes más o menos relacionados con
trastornos nerviosos diversos, así como un quinto llamado espasmos, donde clasificó
palpitaciones, asma, cólicos, histeria y diabetes.
En el umbral del siglo XIX, en 1798, Phillipe Pinel (1755-1826) publicó su obra Nosographie
philosophique en tres tomos, que vio muchas ediciones y traducciones ulteriores y que ya revela
un cambio en la tendencia puramente nosológica de sus predecesores. Pinel estudió teología y
después viajó a Toulouse, donde se graduó de médico en 1773. Los cuatro años siguientes los
pasó en Montpellier estudiando por su cuenta los clásicos, ciencia y nedicina. Aunque se
encontraba en la capital del vitalismo, su interés en las matemáticas lo inclinaba más hacia la
iatromecánica, pero su postura pronto evolucionó hacia una visión más antropológica. Su interés
se fijó en la enfermedad, y especialmente en la salud. Posteriormente viajó a París y continuó sus
estudios, primero con Desault en la Charité y depués en el Hôtel Dieu. Desde 1784 se contaba
entre los visitantes al salón de madame Helvétius en Auteil, en donde se reunían varios de los
discípulos de De Condillac, así corno Condorcet y Benjamin Franklin, quien trató de atraer a Pinel
a los Estados Unidos. Cuando apareció su Nosographie Pinel ya tenía tres años como profesor de
patología médica en la Escuela de la Salud de París y como médico del hospital de la Salpetrière,
en donde permanecería 30 años más. La nosografía filosófica de Pinel corresponde más a una
serie de descripciones de diferentes enfermedades que a una clasificación rígida; de hecho, Pinel
sólo considera 5 clases, 8 géneros y menos de 200 especies en total. Leyendo sus páginas uno se
convence de que ya no es un nosólogo clásico, un clasficador de enfermedades, sino que ha
adoptado tal tendencia por convencimiento. En ediciones ulteriores de su obra las clasificaciones
se relegan cada vez más y las descripciones reciben mayor atención, hasta que en la quinta
edición (1813) la clasificación ha sido deplazada a un apéndice. De todos modos, la transición
entre la última edición de la Nosographie de Pinel y un texto contemporáneo de medicina es
mucho más fácil de hacer que a partir de las obras mencionadas de Sauvages, Linneo, Cullen y
otros más.

Figura 22. Phillipe Pinel (1755-1826).

LA ANATOMÍA PATOLÓGIGA

En la Edad Barroca se dieron dos pasos fundamentales en la evolución del estudio de las
alteraciones anatómicas en la enfermedad, que se había iniciado a fines de la Edad Media (1504)
con el libro de Benivieni y había continuado con otros esfuerzos, entre los que sobresale el
Sepulchretum de Boneto (véase p. 107), publicado ya en pleno Renacimiento (1679). Lo que
empezó como una búsqueda de la naturaleza de la enfermedad se transformó, en poco más de
150 años, en la investigación del sitio anatómico alterado; en otras palabras, la pregunta
medieval "¿qué es la enfermedad?" se sustituyó por la pregunta posrenacentista "¿en dónde está
la enfermedad?". Este cambio en el objetivo del interés médico en el estudio de las enfermedades
representa una verdadera metamorfosis conceptual; ya no se trata de documentar una teoría
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sino de establecer un hecho anatómico. Ésta fue la contribución inmortal a la medicina de
Giovanni Battista Morgagní (1682-1771) y de Marie François Xavier- Bichat (1771-1802).
Morgagní nacio en Forli y estudió medicina en Bolonia, donde fue alumno favorito de Valsalva y
(después de su graduación) su ayudante por varios años. Luego de actuar como prosector en su
universidad fue invitado a ocupar la cátedra de medicina teórica en la Universidad de Padua,
donde tuvo tal éxito que en cuatro años fue nombrado profesor de anatomía, cargo que
desempeñó con distinción durante 56 años, ya que dio clases hasta el último año de sus 89 años
de edad. Durante todo ese tiempo trabajó diariamente disecando en el anfiteatro, viendo
pacientes, haciendo experimentos, leyendo, pensando y escribiendo; era un hombre austero pero
de carácter amable y trato delicado. En sus últimos años se le conoció como "Su Majestad
Anatómica" y los patólogos de todo el mundo lo veneran como el Padre de la Patología. Escribió
varias obras, pero la que lo inmortalizó fue su libro De sedibus et causis morborum per anatomen
indagatis (1761), que apareció cuando el autor tenía 79 años de edad. Se trata de la recopilación
de 70 largas cartas que a través del tiempo le escribió a un joven amigo lego e identificado sólo
como "muy aficionado al estudio de las ciencias y especialmente de lamedicina", quien lo estimuló
a que las escribiera. Las 70 cartas contienen las historias clínicas y los protocolos de autopsia de
más de 700 casos, no todos vistos personalmente por Morgagni sino también por su maestro
Valsalva. Todos los datos, incluyendo los más insignificantes de la histona clínica y especialmente
de la autopsia, están incluidos y descritos con una minuciosidad sin precedente; en todo
momento Morgagni intenta correlacionar los hallazgos morfológicos con las manifestaciones
clínicas. Una característica del libro son sus cuatro índices, que permiten la consulta fácil y que,
según el propio autor, fue una de las razones por las que emprendió el trabajo, en vista de que
en la segunda edición del Sepulehretum se habían eliminado los índices y eso hacía casi imposible
encontrar la información deseada.

Figura 23. Giovanni Battista Morgagni (1682-1772)

De sedibus contiene un número enorme de observaciones originales, como aneurismas sifilíticos


de la aorta, atrofia amarilla aguda del hígado, meningitis secundaria a otitis purulenta,
hiperostosis frontal, cáncer gástrico,úlcera péptica gástrica, endocarditis, estennosis mitral,
estenosis e insuficiencia aórticas, estenosis pulmonar, ateroesclerosis coronaria, tetralogía de
Fallot, coartación de la aorta, gomas cerebrales, ileitis regional, hemorragia cerebral antigua y
reciente, quistes del ovario, cirrosis hepática, hepatización pulmonar en la neumonía, cálculos
renales, quistes de los plexos coroides, y muchas otras más. Morgagni elevó el nivel de la
descripción anatomopatológica a un grado al cual todo lo descrito adquiere valor, pero no debe
pensarse en él como un patólogo recluido en la sala de autopsias; tal denominación lo hubiera
sorprendido, en parte porque tal personaje todavía no existía y en parte porque sus actividades
eran mucho más versátiles que eso. En sus explicaciones Morgagni adopta una postura
iatromecánica al estilo de Borelli (véase p. 117), pero también invoca ocasionalmente
mecanismos iatroquimicos. Con toda la importancia que tienen sus muy numerosas
contribuciones específicas al conocimiento de la enfermedad su obra principal fue la demostración
definitiva de que las diferentes enfermedades se localizan en órganos distintos y que tales
localizaciones explican la gran variedad de síntomas clínicos.
El siguiente gran avance en la patología lo dio Bichat, quien ya fue mencionado como vitalista.
Las dos obras importantes de Bichat en este contexto fueron el Traité des membranes (1800) y la
Anatomie génerale (1801). La primera fue precedida, dos años antes, por un artículo titulado
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Dissertation sur les mem branes, basado en la sugestión hecha por Pinel, en 1797, en su
Nosographie philosophique, de que ciertos fenómenos patológicos se asocian regularmente con
membranas específicas que, en ese sentido, pueden considerarse independientes de los órganos
donde se encuentran. Bichat examinó experimentalmente esa proposición y afirmó que algunas
membranas eran, en efecto, elementos anatómicos separables físicamente de los órganos deque
forman parte y que una misma membrana puede participar en la arquitectura de órganos
distintos. En la Dissertation Bichat menciona tres tipos de membranas (mucosa, serosa, fibrosa)
pero dos años más tarde, en el Traité, el número ha crecido a cinco (las tres anteriores más las
compuestas y las accidentales), y al año siguiente, en la Anatomie génerale, expone que existen
21 tipos diferentes de membranas y emplea para ellas el nombre genérico de tissu (tejidos).
Bichat pensaba que todos los animales están formados por órganos, que son pequeñas máquinas
dentro de la gran maquinaria", o sea el organismo completo. A su vez, los órganos están
constituidos por tejidos, que los integran asociándose entre sí de la misma manera en que los
elementos químicos simples (oxígeno, carbón, nitrógeno, etc.) se combinan para formar
compuestos químicos. Tales elementos anatómicos o tissu fueron identificados por Bichat sin usar
el microscopio, del que desconfiaba pues temía que introdujera artificios en las estructuras
anatómicas. En cambio, sus métodos se basaron en la acción de varias sustancias químicas como
agua, ácidos, álcalis, distintas sales, así como desecación, maceración, putrefacción, etcétera.
Mientras Morgagni, con su libro De sedibus, dejó a la enfermedad firmemente establecida en los
órganos, en lugar de la presencia difusa en todo el organismo o en los humores galénicos que
tuvo durante 12 siglos, y estableció la importancia de la correlación anatomoclínica en su estudio,
Bichat sentó las bases conceptuales de una nueva ciencia, la histología (¡sin usar el microscopio!)
y logró que la patología avanzara de los órganos a los tejidos. En relación con la pregunta: "¿en
dónde está la enfermedad?", tanto Morgagni como Bichat son solidistas y localistas, pero
mientras el primero responde "en los órganos", el segundo señala "en los tejidos". Naturalmente,
los dos tuvieron razón, porque ambos basaron sus respuestas en los conocimientos de sus
respectivas épocas, que además ambos contribuyeron a ampliar y enriquecer con sus
observaciones originales.

LA PERCUSIÓN

Leopold Auenbrugger (1722-1809) nació en Graz y estudió medicina en Viena, en donde se


graduó en 1752. Al cabo de 10 años de ejercer su profesión en el Hospital Español (del que fue
nombrado jefe de medicina en 1758) renunció por problemas con sus colegas y se dedicó a la
práctica privada, en la que tuvo un éxito fenomenal, pues sus pacientes pertenecían a los círculos
más exclusivos de la sociedad vienesa, aunque siempre atendió también a los más pobres que
buscaron su ayuda. Era un gran amante de la música y escribió el libreto de la ópera II fumista
(El deshollinador) con música de Salien. En 1784 el emperador José II le concedió el título
nobiliario de caballero (Von Auenbrugg) más por su prominencia, como médico de sociedad que
por su descubrimiento original, dado a conocer en su Iventum Novum (1765). En éste describe
sun experiencia de siete años con su nuevo método de exploración física, la percución, que
seguramente se inspiró en la experiencia adquirida en el hotel de su padre, cuando él era joven y
golpeaba en la tapa de barriles de vino para calcular su contenido. En su libro describe el sonido
que se obtiene por la percusión del tórax normal y el que se escucha en presencia de hidrotórax,
de cavidades pulmonares, de hidropericardio y de cardiomegalia; para explicar las diferencias
dice:

Estas variaciones dependen de la causa que aumenta o disminuye el


volumen de aire que se encuentra normalmente en el tórax. Sea sólida o
líquida, la causa produce lo que por ejemplo observamos en los barriles
que, cuando están vacíos, suenan a partir de todos los puntos, pero
cuando están llenos, pierden esa resonancia en proporción a la
disminución del volumen de aire que contienen.

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Figura 24. Leopold von Auenbrugger (1722-1809).

Este gran descubrimiento atrajo muy escasa atencion entre los colegas contemporáneos de
Auenbrugger, que casi no lo comentaron. En cambio, a fines del siglo XVIII el famoso cardiólogo
francés Jean Nicolas Corvisart (1755-1821) encontró por accidente una referencia al método,
empezó a usarlo y lo encontró tan útil que en 1808 publicó una traducción al francés del libro de
Auenbrugger, con un elogioso prólogo. Gracias a la excelencia de la traducción y a la fama
europea de Corvisart, esta vez la percusión rápidamente se transformó en un procedimiento de
rutina en el estudio de los enfermos, sobre todo entre los médicos de la École de Paris. De hecho,
en Viena se conocía a la percusión (junto con la auscultación, introducida por Laennec en 1819)
como los "métodos franceses" de exploración física, y no se generalizaron hasta que el famoso
Joseph Skoda (1805-1881), uno de los responsables del "milagro vienés" en la medicina europea,
publicó su libro Abhandlung ueber Perkussion und Auskultation (1839), del que se hicieron
numerosas ediciones.

LA VACUNA CONTRA LA VIRUELA

La posibilidad de conferir protección en contra de la viruela por medio de la "variolación", o sea la


inoculación de material purulento de un caso humano "benigno" de esa enfermedad a sujetos que
no la han padecido todavía, se conoce desde tiempo inmemonal. Los chinos tenían la costumbre
de introducir en las fosas nasales de niños sanos polvo de costras secas de pústulas de viruela
para protegerlos del contagio. En Turquía y Asia Menor también se variolaba, pero mojando
agujas en el material purulento un caso de viruela benigna y escarificando la piel de personas
sanas, especialmente de niñas, con objeto de evitar que la enfermedad las desfigurara y no
pudieran aspirar, llegado el momento, a ingresar a algun harén, que entonces y en esa sociedad
era uno de los mejores destinos para ellas. La información sobre esta práctica llegó a Inglaterra
gracias a las cartas escritas a la Real Sociedad de Londres en 1713 y 1714 por dos médicos
griegos, Emanuele Timoni y Jacobo Pylarini (el primero trabajaba en Constantinopla y el otro en
Esmirna), pero no se generalizó sino hasta que la esposa del embajador inglés en Constantinopla,
lady Mary Wortley Mon-tagu (1689-1762), hizo inocular a su hijo de 6 años y al regresar a
Inglaterra, en 1719, trató de convencer a algunos de sus amigos aristócratas de las bondades del
procedimiento. Dos años después hubo en Londres una epidemia terrible de viruela y lady Mary
convenció a su médico de que inoculara a su hija de tres años. Segun Voltaire, lady Mary inició
entonces una campaña para difundirla idea y despertó el interés del médico real, sir Hans Sloane,
quien solicitó a Jorge I le permitiera experimentar la variolación en seis condenados a muerte, en
la inteligencia de que si no les hasaba nada, les perdonarían la vida. El rey aceptó y el
experimento se hizo el 9 de agosto de 1721 con exceentes resultados, ya que cinco de los
inoculados desarrollaron sólo unas cuantas pústulas y a los pocos días estaban sanos; incluso se
averiguo que el sujeto que no tuvo pústulas había tenido viruela un año antes. A este
experimento se le dio gran difusión en la prensa. Posteriormente se hizo otro experimento en
cinco niños huérfanos, con los mismos resultados favorables, lo que también se comentó
ampliamente en los periódicos. Con esto, muchos nobles solicitaron se inoculara a sus hijos, y el
17 de abril de 1722 los príncipes de Gales (los futuros rey Jorge II y reina Carolina) aceptaron
que se inoculara a sus dos hijas. En EstadosUnidos durante la epidemia de viruela de 1721, el
reverendo Cotton Mather convenció al doctor Zabdiel Boylston de que realizara inoculaciones y a
muchos de sus fieles de que se protegieran de esa manera ellos y sus hijos. A pesar de los
resultados favorables (la mortalidad era de 2%, en comparación al 20% en individuos no

59
inoculados, sin contar entre estos últimos a los ciegos y los desfigurados), hubo mucha oposición
al procedimiento, sobre la base de que iba contra la naturaleza y la voluntad divina.

Figura 25. Edward Jener (1749-1823).

En esos tiempos era conocimiento común en las áreas rurales inglesas que las personas que
trabajaban con vacas y se contagiaban de la enfermedad conocida como vacuna, caracterizada
por varias úlceras localizadas generalmente en las manos y que curaban en unos cuantos días, ya
no podían enfermarse de viruela. Incluso en 1774 (¡20 años antes del experimento de Jenner!)
Benjamin Jesty, ganadero de Yetminster, Dorset, inoculó a su esposa y a sus dos hijos con
material purulento obtenido de la ubre de una vaca con vacuna. Aunque los vecinos lo calificaron
como un "bruto inhumano" (por hacer experimentos con su familia), la. señora Jesty y los niños
quedaron protegidos contra la viruela. y el propio Jesty fue posteriormente reconocido por el
Instituto Jenneriano de Londres como el primer "vacunador". EdwardJenner (1749-1823) estudió
medicina en Londres, donde fue alumno y amigo de John Hunter (1728-1793), el famoso
cirujano, en cuya casa vivió dos años. Cuando terminó sus estudios regreso a Berkeley a practicar
la medicina rural, lo que hizo con exito pero sin dejar de realizar observaciones y experimentos
originales con lagartijas, zorros y puercoespines, así como con pájaros y cuclillos, que comunicó
sistemáticamente a la Real Sociedad de Londres, la cual lo eligió miembro. Jenner mantuvo
correspondencia con Hunter durante 20 años y su última carta al maestro y amigo está fechada
dos meses antes del súbito deceso de Hunter. En 1796 Jenner (quien con frecuencia apoyaba en
público el valor de la vacunación para proteger contra la viruela) aprovechó la presencia de
vacuna en una granja vecina a Berkeley y transfirió pus de una úlcera de la mano de una joven
lechera a un muchacho de ocho años de edad, llamado James Phipps, por medio de una pequeña
incisión en el brazo. La vacuna prendió, formándose una pequeña úlcera purulenta que dejó una
cicatriz; seis semanas después Jenner inoculó al muchacho con material purulento de viruela
humana y no se desarrolló la enfermedad, ni meses después, cuando repitió la dosis. Entonces
inoculó con el mismo material de viruela humana a otras 10 personas que habían sufrido de
vacuna espontáneamente y demostró que todas eran resistentes. Sin embargo, lo que Jenner
deseaba era tener material accesible para "vacunar" a toda la gente que lo solicitara durante todo
el año (la vacuna es una enfermedad rara y sólo se presenta en ciertos distritos); entonces se le
ocurrió intentar pasar la vacuna de un ser humano a otro y determinar si el material purulento no
perdía su capacidad de inducir protección con el número de pases y el tiempo. Cuando estuvo
satisfecho de sus resultados publicó su pequeño y famoso libro An Inquiry into the Causes and
Effects of the Variolae Vaccinia (Una investigación sobre las causas y los efectos de la vacuna
contra la viruela), que apareció en 1798. A pesar de cierta oposición en Inglaterra y el resto del
continente europeo (especialmente en Francia), la vacunacióm pronto se generalizó en casi todo
el mundo civilizado. Unos cuantos años después Jenner predijo que "con la práctica de la vacuna
podremos eliminar a la viruela, que es la amenaza más terrible para la raza humana." Gracias a
una campaña mundial de vacunación organizada por la OMS en contra de la viruela a partir de
1967, el último caso "espontáneo" de esta enfermedad ocurrió en África (Somalia) en 1977,
aunque todavía en el año siguiente hubo dos casos más en Inglaterra, debido al escape del virus
de un laboratorio de investigación (otra víctima indirecta fue el director de ese laboratorio, que se
suicidó). La viruela se erradicó de México en la década de 1950-1960.

EL DESCUBRIMIENTO DEL O2

60
Durante el Renacimiento reinaba en la química la teoría del flogistón Stahl, a quien, ya
mencionamos como uno de los principales animistas. Segun ésta teoría, las sustancias
combustibles,(incluyendo metales calcinables) contienen un material llamado flogistón que se
pierde cuando se queman, lo que explica la pérdida de peso que sufren en tales circunstancia. Los
químicos más importntes del siglo XVIII destruyeron esa teoría con sus experimentos y
observaciones, aunque algunos siguieron creyendo en ella. Joseph Black (1728-1799) fue
profesor de química en Glasgow y en Edimburgo, donde sucedió a Cullen. En su tesis doctoral
(1754), demostró que la transformación del carbonato de calcio en hidróxido de calcio cuando se
calienta tiene dos consecuencias: por un lado pierde su capacidad de efervescer con ácidos, pero
por el otro adquiere la propiedad de absorber agua. En formulación química contemporánea:

CaCO3 + calor = CaO + C02 (1)


CaO +H2O = Ca(OH)2 (2)

Black demostró que en la reacción (1) el carbonato de calcio pierde peso, lo que estaría de
acuerdo con la teoría del flogistón. Pero si ahora el hidróxido de calcio se trata con una sustancia
alcalina ligera, el carbonato de calcio se regenera y la sustancia alcalina se hace cáustica:
Ca(OH)2 + Na2CO3 = CaCO3 + 2NaOH
Su descubrimiento importante fue que las reacciones descritas eran reversibles, y que al
regenerarse el carbonato de calcio se obtenía exatamente su misma cantidad inicial. La sustancia
que perdía el CaCO3 al calentarse y que recuperaba al regenerarse la llamó Black aire fijo, lo que
ahora conocemos como bióxido de carbno (CO2). Black estudió algunas de sus propiedades, pero
su contribución más importante, debida a su acuciosidad y a la exactitud de sus mediciones, fue
la introducción del análisis cuantitativo en la química.
Otro investigador inglés que contribuyó de manera fundamental al descurimiento del O2 fue
Joseph Priestley (1773-1804), nacido en Yorkshire y educado formalmente en teología y en
idiomas, de los que aprendió latín, griego, hebreo, sirio, árabe, francés, alemán e italiano. Se
ordenó ministro dentro de la iglesia disidente y primero trabajó en Nantwich, donde fundó una
escuela y dio clases de ciencias naturales, lo que le despertó gran interés en la investigación
científica, que ya no lo abandonó nunca. Posteriormente vivió en Warrington, en Leeds, en
Birmingham, unos anos en Londres, y finalmente en EUA, donde murió. Los experimentos sobre
el aire los inició Priestley en Leeds:

[....] vivía en una casa vecina a una cervecería pública, en donde primero
me divertí haciendo experimentos sobre el aire fijo, que encontré
generado en el proceso de la fermentación [...] Cuando empecé estos
experimentos sabía muy poco de química, y de esta manera no tenía idea
de la materia antes de asistir a un curso de conferencias químicas
dictadas en la academia de Warrington por el doctor Turner de Liverpool.

Priestley publicó los resultados de sus experimentos en Observations on Different kinds of Air
(1772), que contiene datos originales sobre el aire fijo (CO2), el aire inflamable (H2), el aire
nitroso (NO2), que él descubrió, y el gas del ácido clorhídrico (HCl), otro de sus descubrimientos.
También encontró "la restauración del aire, que ha sido consumido por velas, por plantas que
crecen ahí". Pero su máximo descubrimiento ocurrio en 1774, cuando calentó óxido de mercurio
con una mecha y obtuvo un gas que no era inflamable pero que favorecía la combustión de modo
que "una vela se quemaba en este aire con una llama sorprendentemente vigorosa". Priestley
había descubierto el oxígeno, pero de acuerdo con la teoría prevaleciente en su tiempo, lo llamó
"aire deflogisticado". De acuerdo con esa teoría, el aire favorece la combustión porque incorpora
el flogistón liberado por el cuerpo que arde; cuando una vela se apaga dentro de un recipiente
cerrado es porque el aire se satura de flogistón y ya no puede incorporar más. El aire libre está
parcialmente deflogisticado y por lo tanto permite la combustión, mientras que el aire descubierto
por Priestley estaba totalmente deflogisticado y por eso aumentaba la intensidad de la
combustión. Después de estos trabajos Priestley se mudó a Birmingham, en donde sus ideas
políticas y religiosas lo hicieron muy impopular entre ciertos grupos, hasta que el 14 de julio de
1791, mientras celebraba con una cena el aniversario de la toma de la Bastilla, sus enemigos
quemaron su iglesia y saquearon su casa, destruyendo sus manuscritos y aparatos científicos.
Priestley tuvo que huir a Londres y en 1794 emigró a Estados Unidos, en donde murió 10 años
más tarde.

61
Sin embargo, el golpe de gracia a la teoría del flogistón lo dio Antoine Laurent Lavoisier (1743-
1794), cuyos trabajos tuvieron un enorme efecto no sólo en la química sino también en la
fisiología y la medicina. Lavoisier nació en París y es-tudió primero en el College Mazarin, después
estudió botánica en el Jardin des Plantes y astronomía en el Observatoire, y a los 24 años de
edad se graduó con los más altos honores. Un año después ingresó a la Academia de Ciencias,
construyó su laboratorio, lo equipó con los mejores instrumentos de su tiempo y se dedicó a la
investigación. Un año después del descubrimiento de Priestley publicó su famoso trabajo en el
que describió la preparación de "aire deflogisticado" por medio del calentamiento del óxido de
mercurio, pero observó que cuando el óxido se convierte en metal libera algo al aire y cuando el
metal se oxida aumenta de peso, o sea que incorpora algo del aire. Dos años más tarde Lavoisier
demostró que el "aire deflogisticado" de Priestley es un componente característico de los ácidos y
propuso llamarlo oxígeno, o sea generador de ácido, lo que fue generalmente aceptado. Pero con
el descubrimiento del oxígeno y de la naturaleza de la oxidación, Lavoisier se dio cuenta de que la
respiración es realmente oxidación, que el aire ya respirado ha perdido cierta cantidad de oxígeno
y contiene bióxido de carbono, y en 1777 describió sus resultados en un famoso artículo titulado
Expériences sur la respiration des animaux. En 1780, en colaboración con Laplace, publicó su
monografía sobre el calor en la que concluye que la respiración es una combustión, "ciertamente
lenta, pero en todo semejante a la combustión del carbón". Lavoisier continuó sus trabajos sobre
la respiración y su papel en el metabolismo animal, pero con el triunfo de la Revolución Francesa
la Academia de Ciencias fue primero purgada de los "enemigos del pueblo" en 1792, y suprimida
en 1793. El 8 de mayo de 1794 Lavoisier fue acusado de "mezclar con el agua tabaco y otros
ingredientes dañinos para la salud de los ciudadanos", se le declaró culpable y fue guillotinado al
día siguiente. Pero para entonces ya había revolucionado por completo la química sobre bases
esencialmente modernas.

Figura 26. Antonie Lavoisier (1743-1794).

LOS GRANDES HOSPITALES

Ya hemos mencionado que los hospitales de la Edad Media siguieron el modelo de los
valetudinaria romanos, aunque es casi seguro que las condiciones de higiene de los nosocomios
medievales eran mucho peores que las de las instalaciones del Ejército Imperial. Hay dos
argumentos para sugen río: 1) las ciudades del medievo eran terriblemente sucias, no había agua
potable ni drenaje, la basura se acumulaba en las calles sin que nadie la recogiera, en tiempos de
lluvia se transformaban en lodazales impasables, y con las guerras y las hambrunas la gente del
campo inundaba las ciudades en busca de protección y comida, viviendo de limosna y
aumentando todavía más el riesgo de epidemias de enfermedades infecciosas que ocurrían con
frecuencia; era de esperarse que los hospitales reflejaran las mismas condiciones de higiene de la
ciudad, como puede verse en algunas pinturas de la época; 2) los valetudinaria eran hospitales
de sangre de cupo limitado, en los que se atendían casi exclusivamente lesiones de guerra en
legionarios fuertes y sanos hasta el momento de ser heridos, y en donde nunca faltaban comida y
bebida, y las reglas de disciplina eran militares; además, se encontraban en el seno del campo
militar, lejos de las poblaciones.
Con el crecimiento progresivo de las ciudades la necesidad de contar con más hospitales se hizo
irresistible y en 1656 Luis XIV de Francia abolió los horrendos leprosarios medievales,
"receptáculos de miserias", y fundó un sistema de hospitales en toda Francia. Este fue el primer
paso en la transformación de la medicina de hospital, pero todavía estaba muy lejos de mejorar
62
las condiciones de sufrimiento atroz de los enfermos. Según el relato de un paciente que estuvo
internado en el Hôtel Dieu de París en 1657, en cada sala había cuatro hileras de camas, un altar
y una mesa para comer; un boticario servía a todos los pacientes y había 300 religiosas que
servían como enfermeras, 9 curas, 6 aprendices de barberos-cirujanos, varias mujeres que
atendían los partos, y otros sirvientes. Antes de ingresar, si el paciente era hombre era
examinado por un aprendiz de barbero, y si era mujer, por una monja, y después llevado ante un
cura, que escribía su nombre y otros datos en un registro y también en una tarjeta, que se
amarraba en la muñeca izquierda del paciente; entonces se le asignaba una cama junto con otros
dos enfermos, y lo primero que debía hacer era confesarse. Las comidas eranfescasas, a menos
que los familiares o personas caritativas trajeran algo más sustancioso, lo que estaba permitido y
por ¡ello las puertas del hospital estaban abiertas día y noche y el ¡acceso era libre. El
tratamiento consistía en sangrado, enemas y las medicinas que proporcionaba el boticario,
teriaca o sus equivalentes. Los pacientes moribundos se ponían en la misma cama y se les
administraban los santos óleos antes de dejarlos en paz. Los muertos se encerraban en sacos, se
llevaban a la fosa común y se arrojaban en ella, para cubrirlos con sosa. La mortalidad oscilaba
entre 20 y 30%. Los que se curaban (como el autor del relato) recuperaban su ropa de acuerdo
con su tarjeta y podían irse. Los médicos iban raramente al hospital, al grado que en 1607 los
duques de Sajonia publicaron un reglamento que eximía de guardias a los médicos que aceptaban
ir de visita a algún hospital.

Figura 27. El hospital Hôtel Dieu de París en el siglo XVIII.

Poco mas de 100 años después, en 1788, un visitante al mismo Hôtel Dieu en París describió sus
experiencias como sigue:

La política general del Hôtel Dieu — forzada por la falta de espacio— es


poner tantas camas como sea posible en cada habitación y 4, 5 o 6
sujetos en cada cama. Ahí vimos a muertos mezclados con vivos.
También vimos cuartos tan estrechos que el aire se estanca y no se
renueva y la luz penetra débilmente [...] Vimos a convalecientes junto
con enfermos, moribundos y muertos [...] Deben ir descalzos hasta el
puente para respirar aire fresco en verano y en invierno [...] Vimos un
cuarto de convalecientes en el tercer piso, al que sólo se llega
atravesando la sala de viruela [...] La sala de los locos está al lado de los
pacientes postoperatorios, que no pueden reposar con esta vecindad
repleta de gritos y ruidos día y noche [...] En la sala de operaciones, en
donde se trepana, se operan cálculos y se amputan miembros, están los
pacientes que se están operando, los que ya fueron operados y los que
están esperando su turno [...] La sala de San José es para mujeres
emharazadas [...] Esposas ilegítimas y prostitutas, mujeres sanas y
enfermas, todas están juntas, 3 o 4 en la misma cama, expuestas a
insomnio, contagio, y en peligro de dañar a sus hijos. Las que ya han
dado a luz también están en grupos de 4 o más en una sola cama, en
distintos periodos del postparto [...] Es nauseabundo pensar cómo se
infectan entre sí [...] Mil causas particulares y accidentales se suman cada
día a las causas generales y constantes de la corrupción del aire y nos
obliga concluir que el Hôtel Dieu es el más insalubre y más incómodo de
todos los hospitales, y que de cada nueve pacientes dos fallecen.

63
Y sin embargo, esta metamorfosis de los leprosarios medievales en los hospitales de los siglos
XVII y XVIII le permitió a Francia transiormarse en la primera potencia médica de Europa durante
buena parte del siglo XIX, gracias a los trabajos de la École de Paris, basados en la correlación
reiterada de diagnósticos clínicos de gran precisión con autopsias cuidadosas de los mismos
pacientes, y con el desarrollo del llamado methode numerique de Lonis, o sea el método
estadístico. Lo que empezó en la clínica de Boerhaave en Leyden en 1701, con 12 camas, no
puede compararse con lo que ocurría en 1788 en París, con 20 341 pacientes internados en los
48 hospitales de esa ciudad. La diferencia no sólo es cuantitativa sino, de mayor importancia,
cualitativa (vide infra).
En el siglo XVIII en Austria también surgió, en Viena, un hospital que tendría una gran influencia
en el desarrollo de la medicina científica en Europa, el Allgemaine Krankenhaus.
Esta institución, fundada en 1784, sustituyó en el mismo sitio a otra muy antigua que se conocía
como la Grosse Armenhause (Gran casa de 105 pobres), que era una mezcla de refugio para
peregrinos, mendigos y delincuentes, y de embarazadas, heridos y enfermos, que funcionaba
desde el medievo. El cambio en la práctica die la medicina en Viena se inició con Gerhard van
Swieten (1700-1772), holandés discípulo de Boerhaave en Leyden, en donde se graduó de
médico en 1725 y permanecio como ayudante en el laboratorio de química; su práctica médica
era extensa y muchos enfermos los veía junto con Boerhaave. En 1744 viajó a Bruselas a ver a la
hermana de la emperatriz María Teresa y aunque no pudo salvarle la vida a su paciente
impresionó a la emperatriz de tal manera que al año siguiente le ofreció el puesto de su médico
personal. Van Swieten era considerado ya como el mejor discípulo de Boerhaave, pero como era
católico romano no podía aspirar a suceder a su maestro en la cátedra de Leyden, ciudad
eminentemente protestante. Aceptó, pues, la oferta de Viena y empezó a dar clases de anatomía,
fisiología, patología y medicina, pero no en la universidad sino en la biblioteca de la corte, de la
cual era el director. Sus conferencias atrajeron a multitud de estudiantes, por lo que tres años
más tarde María Teresa lo nombró presidente de la Facultad de Medicina de la Universidad de
Viena y le pidió que la reorganizara. Van Swieten causó una verdadera revolución en la facultad al
establecer un modelo de enseñanza clínica igual al que había aprendido en Leyden, para lo que
trajo a Viena a Anton de Haen (1704-1776, un antiguo colega y fundó un jardín botánico, un
laboratorio de química y un nuevo instituto de anatomía, además de separar la enseñanza de
esta materia de la cirugía. También se apropió de la autoridad del claustro de profesores y puso a
la facultad bajo el control del Estado, con él mismo como su representante; los nombramientos
académicos ya no los daba la facultad sino la emperatriz, por solicitud de Van Swieten; los
sueldos los pagaba el Estado, que además concedía las licencias para ejercer la medicina y debía
confirmar el nombramiento del director de la facultad. Naturalmente, hubo gran oposición a todas
estas reformas, pero Van Swieten salió adelante gracias al apoyo incondicional de la emperatriz.
Los cambios pronto empezaron a tener un doble efecto: por un lado influyeron en la
reorganización de otras facultades universitarias, como las de teología y filosofía, y por otro la
Facultad de Medicina ascendió en prestigio al primer nivel en Europa y desde entonces se conoce
como la "Vieja" Escuela de Viena. Los jesuitas se opusieron firmemente a los cambios en la
facultad de teología, por lo que Van Swieten los combatió y trató de lograr la disolución de la
orden, mas fracasó. En cambio, sí logró que las graduaciones se hicieran en la universidad y no
en la catedral de San Esteban, donde se llevaban a cabo con grandes ceremonias religiosas, que
incluían la declaración solemne de los graduados sobre su creencia en las enseñanzas de la
Iglesia católica y en la Inmaculada Concepción de la Virgen. Sus múltiples actividades le dejaron
poco tiempo para escribir, a pesar de lo cual publicó su Commentaria in Hermaní Boerhaave
aphorismos en cinco tomos (1754-1775), una colección de casos clínicos presentados en estilo
hipocrático. Era un oponente furibundo de los alquimistas, charlatanes y rosacruces, cuyos libros
quemó y a quienes trató de expulsar del país (sin éxito).
El profesor de clínica médica, De Haen, modificó la enseñanza insistiendo en que primero debían
hacerse historias clínicas detalladas, una inspección cuidadosa del paciente, un examen de la
sangre y de la orina, y hasta entonces establecer un diagnóstico e indicar el tratamiento.
Introdujo el uso sistemático del termómetro y la realización de autopsias en todos los pacientes
fallecidos. Pero en cambio era muy conservador, combatió las doctrinas de Haller de la
irritabilidad y sensibilidad, creía en la magia, en los milagros, en las brujas y en las enfermedades
causadas por el Diablo. Pero De Haen es importante porque en su tiempo se sentaron las bases
para la apertura del Allgemeine Krankenhaus, aunque ya no le tocó verlo. Quien sí apreció la obra
fue Maximilian Stoll (1742-1787), su alumno y sucesor. En su proyecto de hospital, Stoll sugirió
la construcción no de uno grande sino de varios pequeños, mientras que su competidor, Joseph
von Quarin (1734-1814), propuso uno enorme, lo que al final se hizo. Quarin fue nombrado

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director del Allgemeine Krankenhaus desde antes de que fuera terminado, mientras que Stoll
tuvo que contentarse con diez camas en dos salas, en una pequeña casita situada en el patio.

L' ÉCOLE DE PARIS

El surgimiento de los grandes hospitales contribuyó al desarrollo de importantes escuelas de


clínicos en varias capitales europeas, como Paris, Viena, Londres, Edimburgo, Dublín y Berlín. Con
relación a los hospitales de París, Ackerknecht los ha considerado como:

[...] esas verdaderas fábricas de la medicina repletas con los productos de


desecho de la joven sociedad industrial y sus gigantescas ciudades tan
atractivas a los campesinos. Tales instituciones médicas presentaban
oportunidades antes desconocidas para la observación clínica y la
realización de autopsias en gran escala, sirviendo de esa manera mucho
más al estudio de las enfermedades que de los individuos enfermos. Por
lo tanto, se puede denominar a la medicina de esta escuela ( y a la de sus
primos irlandeses e ingleses) "medicina de hospital", para distinguirla de
las medicinas de "biblioteca" y de "consultorio", que la precédieron, y de
la medicina de "laboratorio," que la sucedió.

El periodo histórico identificado con el florecimiento de la École de Paris va de fines del siglo XVIII
a mediados del siglo XIX, aunque sus antecedentes pueden encontrarse en Sydenham, en el
siglo, XVII. El principal promotor de la medicina "de observacion" fue Pierre-Jean-Georges
Cabanis (1757-1808), uno de los idéologues, un grupo de filósofos seguidores de las ideas de
Locke y Condillac, quienes postulaban que las sensaciones son los datos primarios del
conocimiento y que no hay nada en la mente que no haya penetrado a traves de los sentidos; las
ideas son simples representaciones de objetos presentes en la realidad externa. Por lo tanto, para
establecer la validez de una idea debe sometérsela a análisis, o sea reducirla a las sensaciones
que la componen y buscar el origen de cada una de ellas en el medio que nos rodea, tanto en la
naturaleza como en la sociedad. Parado en esta plataforma, que es una combinación de
empirismo y psicología pasiva, Cabanis predicaba que la medicina debería abandonar las
doctrinas clásicas de su tiempo, o sea los grandes esquemas teóricos y la clasificación de las
enfermedades, y regresar a su único y más genuino origen: la observación. En 1802 Cabanis
publicó su libro Rapports du physique et du moral de L 'homme, que fue muy popular e influyó
poderosamente en el pensamiento médico y la enseñanza de la medicina de Francia, así como en
los miembros de la École de Paris, aunque algunos (como Bichat) no lo citan, quizá por razones
más políticas que científicas.
Los trabajos de la École de Paris siguieron la filosofía de Cabanis y se dedicaron con gran ahínco y
espléndido genio a la caracterización anatomoclínica de las enfermedades. Aprovechando la rica
experiencia que les ofrecía el abundante material humano en los hospitales de París, este grupo
de médicos produjo numerosas obras maestras y sentó en parte las bases de la clínica moderna.
Aunque cada autor que enlista a los miembros de esta escuela da diferentes nombres, los que
aparecen en casi todas son Corvisart, Bayle, Laennec, Louis, Cruveilhier, Dupuytren y Trousseau.
El primero nació en 1755 y el ultimo murió en 1867, lo que cubre poco más de 100 años de gloria
para la medicina francesa, cuando alcanzó la cumbre del conocimiento médico en el hemisfeno
occidental y cuando París fue la reconocida capital del mundo de la medicina. Naturalmente, los
miembros de la École de Paris coincidieron durante su época más productiva con importantes
sobrevivientes de las generaciones anteriores (representantes tardíos de las distintas escuelas
medievales) y con sus propios alumnos, que como eran inteligentes pronto desarrollaron y
promovieron sus ideas personales, no siempre idénticas o afines a las de sus maestros.
A más de 200 años de distancia podemos ver a los miembros de la École de Paris como un grupo
razonablemente homogéneo, gracias al efecto telescopiante del tiempo y de la reflexión histórica.
Pero en su propia época es seguro que ellos se veían a sí mismos de manera diferente, no solo
porque eran fuertes personalidades sino porque además estaban viviendo en una de las épocas
más creativas y más estimulantes de toda la historia de la humanidad. En los párrafos siguientes
se presenta un resumen de las principales contribuciones de algunos miembros más importantes
de la École de Paris.
Jean Nicolás Corvisart (1755-1821) es recordado como el médico personal de Napoleón, de
18044 a 1815 pero no fue ningún arribista político pues ya en 1788 era médico de La Charité, en
1797 fue profesor de medicina del Collége de France y entre sus alumnos estuvieron Cuvier,

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Dupuytren, Bayle, Bretonneau y Laennec. En 1806 publicó su Essai sur les maladies et les lésions
organiques du coeur et des gross vaisseaux (Ensayo sobre las enfermedades y las lesiones
orgánicas del corazón y de los grandes vasos) volumen notable, repleto de casos clínicos de las
cardiopatías más diversas: calcificación de las válvulas cardiacas, pericarditis tuberculosa,
aneurisma de la aorta ascendente (con compresión de la arteria pulmonar), aneurisma disecante
de la aorta roto a la cavidad pleural izquierda, comunicación interveutricular (con una discusión
de flujos de izquierda a derecha y de derecha a izquierda), ruptura de las cuerdas tendinosas de
las válvulas cardiacas, ruptura del músculo papilar, etc. Los datos clínicos se enumeran con gran
exactitud y minuciosamente y las descripciones anatómicas son breves pero precisas y siempre
importantes. En 1808 difundió en francés el Inventum novum de Auenbrugger (sus comentarios
sobre la percusión son cuatro veces más voluminosos que el original). Cuando Fourcroy propuso
que cada clínica hospitalaria contara con un laboratorio se opuso, y su nihilismo terapéutico lo
llevó a señalar que: [...] en relación con las enfermedades cardiacas, algunas veces es posible
prevenirlas, pero nunca curarlas." Con su nombramiento de médico de Napoleón, en 1804,
Corvisart renunció a sus puestos académicos y pronto se transformó no sólo en servidor sino en
amigo leal y confidente del emperador. Después de 1815 Corvisart se retiró por completo de la
medicina (al grado de no querer ni hablar de ella) y murió de una hemorragia cerebral seis años
más tarde.
Uno de los principales alumnos de Corvisart y su sucesor como médico en La Charité fue Gaspar
Laurent Bayle (1774 1816), profesor y amigo de Laennec y uno de los miembros más antiguos de
la École de Paris. Bayle era un contrarrevolucionario y partidario de los Borbones que primero
estudió leyes, después entomología y finalmente medicina (en Montpellier y en la clandestinidad).
Llegó a París en 1798, atraído por Corvisart, y obtuvo la posición de ayudante de anatomía junto
con Laennec y bajo la supervisión de Dupuytren. Hombre pequeño y delgado, de carácter
modesto pero agresivo, se graduó en 1802, fue nombrado jefe de servicio en 1805 y murió de
tuberculosis pulmonar en 1816. En ese breve lapso alcanzó a publicar su libro Recherches sur la
phthise pulmonaire, basado en 900 autopsias realizadas personalmente en pacientes fallecidos de
esa enfermedad. Más de la mitad de la obra está ocupada por 54 casos anatomoclínicos
minuciosamente descritos, donde llaman la atención dos cosas: el uso habitual de la percusión
como un método de exploración física, herencia de Corvisart, y la falta de mención de la
auscultación directa, que Bayle practicó de manera sistemática. Señala que las características
esenciales de la tisis pulmonar no son los síntomas clínicos sino las lesiones degenerativas que
progresan a la ulceración y a la muerte.
Quizá la figura más famosa de la École de Paris y uno de los médicos más notables de toda la
historia de la medicina occidental sea René Théophile Hyacinthe Laennec (1781-1836). Nacido en
el puerto de Quimper, Bretaña, estudió en Nantes y en 1801 llegó a París y se inscribió como
alumno de Corvisart, en La Charité. Su ascenso en el mundo médico parisino fue
fenomenalmente rápido: en 1803 ya estaba dando conferencias de anatomía patológica (a la par
de Dupuytren) y recibió los Grand Prix de medicina y cirugía, y en 1804 se graduó con una tesis
sobre la medicina hipocrática. Veinte años después ya era el jefe indiscutible de la École de Paris,
autor de una de las obras inmortales de la medicina (vide infra), profesor en el College de France,
miembro de la Academia de Medicina, Caballero de la Legión de Honor, médico privado de la
duquesa de Berry (hermana del rey), así como de obispos y cardenales. Profundamente católico y
conservador, era enemigo de Napoleón y de todo lo que se relacionara con la revolución de 1786,
y aspiraba al retorno del ancien régime bajo los Borbones, razón por lo que era muy impopular
entre los estudiantes, casi todos liberales y opuestos a la presencia de los jesuitas en las
universidades. En visitas a La Charité, que empezaban todos los días a las 10:00 AM y eran
seguidas por cerca de 50 estudiantes (la mayoría extranjeros) Laennec hablaba latín y escribía
sus notas en el mismo idioma sobre los pacientes que veía, a pesar de que la revolución (y quizá
por eso) había abolido el uso de ese idioma en la enseñanza. Laennec es recordado sobre todo
por su invención de la auscultación mediata por medio del estetoscopio, que presentó por primera
vez ante sus colegas en 1815 y que perfeccionó en los años siguientes hasta que apareció su
famoso libro Traité de l'auscultation médiate et des maladíes des poumons et du coeur, en 1819.
Pero su contribución fue todavía mayor, porque en todos sus trabajos parte de la existencia de
enfermedades diferentes, de entidades esencialmente distintas, constituidas cada una por
síntomas clínicos característicos asociados a lesiones anatómicas específicas. Su postura es
claramente solidista; en sus escritos la teoría humoral de la enfermedad no se menciona y las
manifestaciones generales de los diversos padecimientos (fiebre, malestar general, pérdida de
peso) son secundarias al sufrimiento de órganos o tejidos específicos, como se demuestran en la
autopsia. Gracias a sus esfuerzos de correlación anatomoclínica, Laennec logró la síntesis de las

66
distintas formas de tuberculosis pulmonar, resolviendo una serie de problemas que plagaban la
comprensión de las enfermedades respiratorias.

Figura 28. René Theopile Hyacinthe Laennec (1781-1826).

Después de la muerte de Laennec, el miembro más prominente de la École de Paris fue Pierre-
Charles-Alexandre Louis (1787-1872), quien se graduó en París en 1813 y casi inmediatamente
viajó a Rusia, en donde ejerció la medicina durante siete años. Ahí se hubiera quedado si no
hubiera sido por una epidemia de difteria cuyas desastrosas consecuencias lo convencieron de
que su preparación era inadecuada y regresó a París, a refugiarse en el servicio médico de
Chomel, en La Charité. Ahí reunió literalmente miles de historias clínicas y de autopsias como
preparación para sus dos grandes estudios sobre la tuberculosis y la fiebre tifoidea, aparecidos en
1825 y 1829, respectivamente, que no son tratados simplemente descriptivos sino que los datos
se someten al méthode numérique, o sea al análisis estadístico, que Louis consideraba como la
única base sólida de los estudios médicos. El méthode numérique le sirvió a Louis para demostrar
que la sangría no beneficia a los pacientes con neumonía, para darle carácter de entidad
anatomoclínica a la fiebre tifoidea, demostrar que la ausencia de inmunidad es en parte
responsable de la frecuencia de la fiebre tifoidea en los jóvenes recién llegados a París, etc.
Comparado con la complejidad de los métodos estadísticos usados en la actualidad, el méthode
numérique de Louis y sus seguidores se antoja inocente y matemáticamente mal acabado, aun
para su época. Sin embargo, el principio general propuesto por Louis sigue siendo válido y ha
trascendido el marco estrecho de la patología humana, surgiendo como uno de los postulados
básicos de todo el conocimiento científico, porque la única forma como podemos apreciar a la
naturaleza es mediante la probabilística.
Jean Cruveuhier (1791-1873) fue profesor en Montpellier y en París. Tomó clases con el famoso
cirujano Dupuytren (vide infra), quien lo indujo a dedicarse a la anatomía patológica. Antes de
morir, en 1835, donó los fondos para establecer la primera cátedra de esa especialidad en París,
que ocupó Cruveilhier de 1836 a 1867, año en que renunció; lo sucedió Edmé-Félix-Alfred Vulpian
(1826-1887). Cruvelhier trabajó siguiendo el patrón establecido por Morgagni, que en general era
el favorecido por la École de Paris, o sea que insistía en la correlación minuciosa entre los
síntomas clínicos observados en la cabecera del enfermo y las alteraciones anatómicas reveladas
por la autopsia. Como también era jefe de servicios clínicos en la Maternité, la Salpetriére y la
Charité, tuvo a su disposición un material enorme. Desde que inició sus trabajos en París empezó
a juntar el material para su famosa obra Anatomie pathologique du corps humain (1830-1842),
dos magníficos tomos bellísimamente ilustrados a todo color por Chazal, cuya calidad artística, y
detalle anatómico no han sido superados. En este texto describió e ilustró por primera vez la
esclerosis diseminada, la atrofia muscular progresiva, y sobre todo, la úlcera péptica gástrica, que
los franceses todavía llaman la maladíe de Cruveilhier. Como nunca usó el microscopio,
Cruveilhier propuso una teoría errónea para explicar la inflamación, que consideró debida a
flebitis, quizá por la elevada frecuencia con que se observaban exudados purulentos en las
heridas.
También dentro de la École de Paris, pero del lado de la cirugía, debe nombrarse a Guillaume
Dupuytren (1777-1834), quien estudió en París en condiciones difíciles debido a su pobreza. Sin
embaygo, a los 18 años obtuvo el nombramiento de prosector en la École de Santé, lo que
llevaba la responsabilidad de hacer todaslas autopsias del plantel, y que Dupuytren aprovechó
trabajando intensamente. A los 24 años fue nombrado chef des travaux anatomiques, lo que
también emprendió con gran dedicacion, aunque pronto se inclinó más por la anatomía
67
patológica. Pronto anunció que estaba preparando un tratado de esta ciencia basado en 1 000
autopsias, y dio un curso en el que Bayle y Laennec fueron sus ayudantes. Pero perdió el interés
en el campo y quizá en parte por un grave pleito con Laennec, quien le reclamó sus intentos de
restarle importancia a Bichat y apropiarse de sus trabajos. En 1802 obtuvo la plaza de cirujano
de segunda clase en el Hôtel Dieu, donde trabajó el resto de su vida; en 1812, después de una
oposición difícil, fue nombrado jefe de cirugía operatoria y en 1815 cirujano en jefe. Segun un
contemporáneo, Dupuytren era "el primero de los cirujanos y el último de los hombres"; sus
colegas admiraban su gran habilidad quirúrgica pero lo odiaban por su actitud soberbia, dura y
poco escrupulosa. De todos modos tuvo éxito profesional y económico casi sin precedentes en la
historia de la medicina francesa: el rey Luis XVIII lo hizo barón y Carlos X lo nombró su cirujano
principal; cuando éste fue destronado, Dupuytren ofreció obsequiarle un millón de francos, la
tercera parte de su fortuna (el rey declinó la oferta). En1833, al dar una conferencia, Dupuytren
sufrió una hemorragia cerebral, pero insistió en terminar su clase y lo hizo. A partir de entonces
quedó inválido y murió año y medio después. Sus Leçons orales, cuatro volúmenes de sus
conferencias clínicas en el HótelDieu, fueron publicadas por sus alumnos entre 1830 y 1834 y se
tradujeron a otros idiomas europeos.
Armand Trousseau (1801-1867) pertenece por completo al siglo XIX pero todavía puede
identificarse con las postrimerías de la École de Paris. Nativo de Tours y discípulo de Bretonnean,
se graduó en París en 1825 y al año siguiente fue nombrado agregé. En 1830 publicó un trabajo
sobre la fiebre amarilla que atrajo la atención de sus colegas, y en 1837 ganó el Gran Premio de
la Academia de Medicina con su tratado sobre la tisis laríngea. Ambos textos son presentaciones
anatomoclínicas magistrales de los temas que tratan. Sin embargo, no fue sino hasta 1850 que
Trousseau fue nombrado profesor y jefe de medicina en el Hôtel Dieu, a pesar de que desde 1836
había publicado su famoso libro de terapéutica, que se tradujo al alemán, al inglés, al italiano y al
español, y que se editó y revisó ocho veces. Ya entronado en el Hôtel Dieu, Trousseau publicó su
Clinique Médicale de Hôtel Dieu de Paris (1861), que tuvo profunda repercusión en Europa,
Estados Unidos y América Latina. En ese texto sintetiza magistralmente los conocimientos
teóricos y las prácticas de diagnóstico clínico surgidas desde principios de siglo en la École de
Paris, y que entonces constituían lo más avanzado de la medicina de su tiempo.
Ya se ha mencionado que a lo largo de medio siglo (1800-1850) el centro de la medicina europea,
y por lo tanto del mundo occidental, estuvo en París, y que esto se debió principalmente al
trabajo y los descubrimientos de los médicos que hoy agrupamos como miembros de la École de
Paris. Pero éstos no eran los únicos que enseñaban y ejercían su profesión en la Ciudad Luz;
había muchos que practicaban la medicina amparados aún por ideas galénicas, otros que
cultivaban tendencias aún más esotéricas, como el brownismo o el mesmerismo, y hasta magos,
egiptólogos, animistas, paracelsianos, etc. Pero ninguno hizo más ruido ni causó mayor agitación
en el medio médico parisino que Víctor François Broussais (1772-1838), quien peleó en el ejército
revolucionario contra los chouans (realistas insurgentes del oeste de Francia). Después de una
rápida educación como cirujano, sirvió en la marina tres años y luego estudió medicina en París,
con Cabanis y Corvisart, pero sus principales profesores fueron Pinel y Bichat. Entre 1804 y 1814
sirvió como médico en los ejércitos napoleónicos en Holanda, Alemania, Austria, Italia y España y
acumuló gran experiencia que le sirvió para su libro Histoire des phlégmasies ou inflammations
chroniques (Historia de las flegmasias o inflamaciones crónicas, 1808). Se incorporó como médico
al Hospital Val-de Grace (1815), donde llegaría a ser profesor y jefe de medicina en 1824.
Broussais era un polemista incansable que disfrutaba las discusiones. La más encarnizada y
virulenta lo enfrentó a Laennec, y a toda la École de Paris. Había formulado una teoría médica
general, la medicina fisiológica, que de esto último sólo tenía el nombre. De acuerdo con ella, el
órgano enfermo no representa nada en la patología; el proceso fundamental es una "fiebre" y la
gastroenteritis es la base de toda la patología. Las enfermedades no existen como entidades
anatomoclínicas, los cuadros ciínicos basados en síntomas son des romans; la enfermedad no es
un elemento extraño incrustado en el organismo sino un trastorno en la fisiología normal del
sujeto afectado. Esta teoría apareció en Examen de la doctrine médicale generalment adoptée
(Examen de la teoría médica generalmente adoptada) en 1816 y se acompaña de un ataque
frontal a sus maestros Pinel, Bichat y Laennec. El libro tuvo gran resonancia en la medicina
francesa y la popularidad del autor creció rápidamente. Broussais tenía clientela aristocrática
privada y era un profesor muy popular por su elocuencia y su postura política liberal y
revolucionaria, que era la de casi todos sus estudiantes. La segunda edición de su libro, con el
título de Examen des doctrines médicales et des systémes de nosologie (Examen del las doctrinas
médicas y de los sistemas de nosología, 1821) además de reiterar sus críticas a Pinel la
emprende en contra de toda la medicina. Según Broussais, Hipócrates era un simple viejo

68
fatalista, sus seguidores lo mismo, toda la Edad Media era despreciable y el resto de las otras
medicinas (alemana, inglesa, española), con su acumulación de datos anatómicosdurante los
siglos XVI a XVIII no servían para nada. Lo único que se salva de esta debacle es la medicina
fisíológica. En 1834 apareció la tercera edición aumentada a 2 200 páginas, 680 dedicadas a
combatir a la École de Paris.
Broussais negaba la existencia de enfermedades específicas. La viruela y la sífilis eran simples
inflamaciones, como la tuberculosis y el cáncer. Casi todas las enfermedades se iniciaban o
terminaban como gastroenteritis, que poco a poco se transformó en el centro de la patología. La
terapéutica que propone y practica es consecuencia de su medicina fisiológica: como la
enfermedad resulta de la hiperestimulación que produce inflamación, especialmente del tubo
digestivo, debe combatirse con medios "antiflogísticos", o sea, la aplicación generosa de
sanguijuelas (especialmente en el abdomen, pues ahí reside el mal) y con una dieta estricta
constituida por líquidos "emolientes y acidulados". En la consulta de Broussais la fiebre tifoidea y
la sífilis, la viruela y las parasitosis, la tuberculosis, el cáncer y las enfermedades mentales,
fueron tratadas con abundantes sanguijuelas aplicadas al abdomen y sorbitos de agua tibia
azucarada y con gotas de limón. Su popularidad era tan grande que la importación anual de
sanguijuelas ascendió entre dos y tres millones en 1824, y a 41 millones en 1831, cuando
Broussais estaba en el apogeo de su fama. A su muerte en 1838, sus ideas no encontraron
seguimiento en Francia, que prefirió la postura de la École de Paris, pero en cambio fueron
adoptadas por los jóvenes médicos alemanes, sobre todo los que participaron en la revolución de
1848.

PARTE TERCERALA MEDICINA CIENTÍFICA


VII. LA MEDICINA MODERNA (SIGLOS XIX Y XX)

INTRODUCCIÓN

LO QUE se conoce como medicina moderna tiene raíces muy antiguas en la historia, que se han
intentado resumir en las páginas anteriores. Pero es a partir de la segunda mitad del siglo XIX en
que la medicina científica se establece en forma definitiva como la corriente principal del
conocimiento y la práctica médica.
Naturalmente, muchas otras medicinas continuaron ejerciéndose, aunque cada vez más
marginadas conforme la cultura occidental avanzaba y se extendía. El surgimiento de Alemania
como una nación unificada bajo la férrea dirección de Bismarck se acompañó de un gran
desarrollo de la medicina, que la llevó a transformarse en uno de los principales centros médicos
de Europa y que no declinó sino hasta la primera Guerra Mundial.
Así como en el siglo XVIII y en la primera mitad del XIX los estudiantes iban a París, después de
1848 empezaron a viajar cada vez más a las universidades alemanas y en especial a Berlín.
Varias de las más grandes figuras de la medicina de la segunda mitad del siglo XIX trabajaban y
enseñaban en Alemania, como Virchow, Koch, Helmholz, Liebig, Von Behring, Röntgen, Ehrlich y
muchos más. Varias de las teorías más fecundas y de los descubrimientos más importantes para
el progreso de la medicina científica se formularon y se hicieron en esa época, muchos de ellos en
Alemania. Sin embargo, después de la primera Guerra Mundial, pero especialmente después de la
segunda Guerra Mundial, Europa quedó tan devastada que el centro de la medicina científica se
mudó a los países aliados, y en especial a los Estados Unidos.
A continuación se han seleccionado algunos de los avances que, a partir de la segunda mitad tad
del siglo XIX, han completado la transformación de la medicinana en una profesión científica.

LA TEORÍA DE LA PATOLOGÍA CELULAR

Esta teoría general de la enfermedad fue formulada por Rudolf Virchow(1821-1902) en 1858 y
constituye una de las generalizaciones más importantes y fecundas de la historia de la medicina.
Virchow nació en Schiwelbein, estudió medicina en el Friedrich-Wilhelms Institut (escuela médico-
militar) de Berlín, donde se graduó en 1843. Participó en la revolución de 1848 contra el gobierno
y en 1849 fue nombrado profesor de patología en la Universidad Main, de Würzburg. Permaneció
siete años en esa ciudad, al cabo de los cuales regresó con el mismo cargo a la Universidad de
Berlín. Dos años después dictó 20 conferencias que fueron recogidas por un estudiante y
publicadas el 20 de agosto del mismo año (1858), con el título de Die Cellularpathologie(La
69
patología celular). Virchow tomó el conepto recién introducido por Schleiden y Schwan de que
todas los organismos biológicos están formados por una o más células, para plantear una nueva
teoría sobre la enfermedad. Tres años antes ya había publicado sus ideas al respecto en sus
famosos Archiv, donde escribió:

No importa cuántas vueltas le demos, al final siempre regresaremosa la


célula. El mérito eterno de Schwann no descansa en su teoría celular [...]
sino en su descripción del desarrollo de varios tejidosy en su
demostración de que este desarrollo (y por lo tanto toda actividad
fisiológica) es al final referible a la célula. Si la patologíasólo es la
fisiología con obstáculos y la vida enferma no es otra cosaque la vida sana
interferida por toda clase de influencias externas e internas, entonces la
patología también debe referirse finalmente a la célula.

Figura 29. Rudolf Virchow (1821-1902).

Las bases teóricas de la patología celular son muy sencillas: las células constituyen las unidades
más pequeñas del organismo con todas las propiedades características de la vida, que son: i)
elevado nivel de complejidad, ii) estado termodinámicamente improbable mantenido constante
gracias a la inversión de la energía necesaria, iii) recambio metabólico capaz de generar esa
energía y iv) capacidad de autorregulación, regeneración y replicación. En consecuencia, las
células son las unidades más pequeñas del organismo capaces de sobrevivir aisladas cuando las
condiciones del medio ambiente son favorables; los organelos subcelulares, membranas,
mitocondrias o núcleo, muestran sólo parte de las propiedades vitales y no tienen capacidad de
vida independiente. Por lo tanto, si la enfermedad es la vida en condiciones anormales, el sitio de
la enfermedad debe ser la célula. Debe recordarse que en 1761 Morgagni había postulado que el
sitio de la enfermedad no eran los humores desequilibrados o el ánima disipada, sino los distintos
órganos internos, en vista de que se podían correlacionar sus alteraciones con diferentes
síntomas clínicos. Cuarenta años después, en 1801, Bichat propondría que el sitio de la
enfermedad no eran tanto los órganos sino más bien los tejidos, para explicar la afección de
distintos órganos que daba lugar a manifestaciones clínicas similares. Finalmente, en 1858,
Virchow concluyó que el sitio último de la enfermedad no era ni los órganos ni los tejidos, sino las
células.
El concepto de patología celular incorporó a la biología más avanzada de su época al servicio del
estudio de la enfermedad. Pronto se hizo imposible, hasta para sus más virulentos y
anticientíficos enemigos, rechazar un postulado tan fácilmente demostrable en el laboratorio y de
influencias tan amplias en la medicina. El uso del microscopio se estaba generalizando al tiempo
que se mejoraban su óptica y su mecánica; simultáneamente se introdujeron nuevas técnicas
para la preparación y tinción de los tejidos, con lo que el diagnóstico histológico basado en la
patología celular demostró su utilidad y se generalizó. En pocos años un avance conceptual
"básico" resultó en extensa aplicación "práctica"; naturalmente, esto no sorprendió a Virchow,
quien estaba convencido de que todo progreso científico es útil y de que todo conocimiento tiene
aplicación.
Hoy no resulta fácil concebir lo grande y profunda que fue esta revolución, porque desde los
primeros días los estudiantes de medicina se enfrentan a las células en histología, embriología,

70
fisiología, patología y otras muchas materias, de modo tan indisolublemente ligado a la estructura
y a la función biológicas que no es imaginable que alguna vez haya podido ser de otro modo.

LA TEORÍA MICROBIANA DE LA ENFERMEDAD

De todos los conceptos de enfermedad postulados a lo largo de la historia, seguramente el más


fantástico es el que la concibe como resultado de la acción nociva de agentes biológicos, en su
mayoría invisibles. Sin embargo, la idea es muy antigua y se basa en la observación de la
contagiosidad de ciertas enfermedades, registrada por primera vez por Tucídides (ca. 460 a.C.)
en su Historia de las guerras del Peloponeso, y a partir de entonces por muchos otros autores; la
creencia popular atribuía estas enfermedades a la corrupción del aire, a los miasmas, efluvios y
las pestilencias. Ya se ha mencionado que en el siglo XVI.
Fracastoro (1478-1553) señaló que el contagio de algunas enfermedades se debía a ciertas
semillas y además hizo otras especulaciones sorprendentemente atinadas, pero sus ideas
tuvieron poca repercusión en su época. La primera demostración directa de un agente biológico
en una enfermedad humana la hizo Giovanni Cosmo Bonomo (ca. 1687) cuando describió con su
microscopio al parásito de la sarna, el ácaro Sarcoptes scabieii, y con toda claridad le atribuyó la
causa de la enfermedad; sin embargo, su trabajo fue olvidado.
La primera prueba experimeital de un agente biológico como causa de una enfermedad epidémica
la proporcionó Agostino Bassi (1773-1856), abogado y agricultor lombardo que estudió leyes en
la Universidad de Pavia y también llevó cursos de física, química, biología y medicina, que eran
los que le interesaban. Debido a problemas con su vista (que lo acompañaron toda su vida y le
impidieron el uso del microscopio) renunció a su profesión de abogado y se retiró a su granja en
Mairago, pero su interés científico lo llevó a estudiar la enfermedad de los gusanos de seda
calcinaccio o mal del segno, que consiste en que el gusano de seda se cubre de manchas
calcáreas de color blanquecino y consistencia dura y finamente granular, especialmente después
de que muere; la enfermedad había producido daños graves en la industria de seda de
Lombardía. Bassi invirtió 25 años en el estudio sistemático del mal del segno, los primeros ocho
intentando reproducir experimentalmente la enfermedad por medio de administración externa e
interna de ácido fosfórico a los gusanos, sin éxito alguno, y los restantes explorando la hipótesis
de que la causa fuera un "germen externo que entra desde fuera y crece", lo que resultó
correcto.
Bassi identificó al agente causal como una planta criptógama u hongo parásito e intentó cultivarla
sin éxito in vitro. Poco después G. Balsamo Crivelli la identificó como Botrytis paradoxa y la
rebautizó como B. bassiana. Bassi publicó sus observaciones en el libro Del mal del segno,
calcinaccio o moscardino, malattia che afflige i bachi de seta (1835), donde se consigna la
naturaleza infecciosa de la enfermedad y se dan las instrucciones completas para curar a los
cultivos de gusanos afectados con sustancias químicas que él también descubrió.
Bassi señaló en otras obras que ciertas enfermedades humanas: sarampión, peste bubónica,
sífilis, cólera, rabia y gonorrea, también son producidas por parásitos vegetales o animales, pero
sólo razonando por analogía y sin aportar pruebas objetivas de sus aseveraciones.
Otro partidario de la teoría infecciosa de las enfermedades contagiosas, todavía más teórico que
Bassi, fue Jacob Henle (1809-1885), alumno de Johannes Müller en Bonn, al que siguió a Berlín, y
donde coincidió como estudiante con Theodor Schwann. Henle fue un brillante profesor de
anatomía, primero en Zurich, después en Heidelberg y finalmente en Gotinga, donde permaneció
hasta su muerte. En la época en que fue privatdozen en Berlín se encontraba entre sus alumnos
Roberto Koch, en quien tuvo gran influencia. En 1840 Henle publicó su libro Pathologische
Untersuchungen (Investigaciones patológicas), cuya primera parte ocupa 82 páginas y se titula
Von den Miasmen und Contagien und Von den Miasmatisch- Contagiösen Krankheiten (De las
miasmas y contagios y de las enfermedades miasmático-contagiosas). Se trata de un comentario
sobre las teorías generadas por la segunda pandemia de cólera que había alcanzado a Europa en
1832, pero incluye las observacionies de Bassi, Schwann y Caignard-Latour (que habían
demostrado la naturaleza viva de las levaduras responsables de la fermentación), de Schönlein
(quien describió el agente responsable del favus, después conocido como Achorium schönleinii),
de Donné (quien describió la Trichomonas vaginalis) y de otros más. Entre otras cosas, Henle
señala que para convencernos de que un agente biológico es la causa de un padecimiento es
indispensable que se demuestre de manera constante en todos los casos, que se aisle in vitro de
los tejidos afectados y que a partir de ese aislamiento se compruebe que es capaz de reproducir
la enfermedad. Estos tres procedimientos (identificación, aislamiento y demostración de
patogenicidad) son lo que se conoce como los postulados de Koch-Henle y que durante años

71
sirvieron de guía (y todavía sirven) a las investigaciones sobre la etiología de las enfermedades
infecciosas.
Otros precursores importantes fueron Casimir Davaine (1812-1882), el primero en sugerir el
papel patógeno de una bacteria en animales domésticos y en el hombre, basado en sus
observaciones experimentales sobre el ántrax, inspiradas por Pasteur, y Jean-Antoine Villemin
(1827-1892), quien demostró por primera vez que la tuberculosis es una enfermedad contagiosa
(en vez de un padecimiento degenerativo con un importante componente hereditario) y logró
transmitirla experimentalmente del hombre al conejo.
La teoría infecciosa de la enfermedad se basa en las contribuciones fundamentales de Louis
Pasteur (1822-1895) y Robert Koch (1843-1910), junto con las de sus colaboradores y alumnos,
que fueron muchos y muy distinguidos. Pasteur no era médico sino químico, y llegó al campo de
las enfermedades infecciosas después de hacer contribuciones científicas fundamentales a la
fermentación láctica, a la anaerobiosis, a dos enfermedades de los gusanos de seda, a la acidez
de la cerveza y de los vinos franceses (para la que recomendó el proceso de calentamiento a 50-
60°C por unos minutos, hoy conocido como pasteurización), entre 1867 y 1881. En este último
año Pasteur y sus colaboradores anunciaron en la Academia de Ciencias que habían logrado
"atenuar" la virulencia del bacilo del ántrax cultivándolo a 42-43°C durante ocho días y que su
inoculación previa en ovejas las hacía resistentes a gérmenes virulentos, lo que procedieron a
demostrar en el famoso e importante experimento de Pouilly-le-Fort, realizado en mayo de 1881,
que representa el nacimiento oficial de las vacunas. Pasteur y sus colaboradores desarrollaron
otras vacunas en contra del cólera de las gallinas, del mal rojo de los cerdos, y de la rabia
humana, esta última la más famosa de todas. No sólo se estableció un método general para
preparar vacunas (que todavía se usa) por medio de la "atenuación" de la virulencia del agente
biológico, sino que se documentó de manera incontrovertible la teoria infecciosa de la
enfermedad y se inició el estudio científico de la inmunología. Cuando Robert Koch nació, Pasteur
tenía 21 años de edad, pero entre 1878 (año en que Koch publicó sus estudios sobre el ántrax) y
1895 (muerte de Pasteur) los dos investigadores brillaron en el firmamento científico de Europa y
del resto del mundo como sus maximos exponentes. Aunque ambos contribuyeron al desarrollo
de la microbiología médica, sus respectivos estudios fueron realizados en campos un tanto
diferentes, Pasteur en la fabricación de vacunas y Koch en la identificación de gérmenes
responsables de distintas enfermedades infecciosas.

Figura 30. Los creadores de la teoría infecciosa de la enfermedad: a) Louis Pasteur


(1822-1895); b) Robert Koch (1843-1910).

A Koch se le conoce principalmente como el descubridor del agente causal de la tuberculosis, el


Mycobacterium tuberculosis, pero con toda su importancia, ésa no fue su contribución principal a
la teoría infecciosa de la enfermedad, sino sus trabajos previos acerca del ántrax y las
enfermedades infecciosas traumáticas, que realizó cuando era médico de pueblo en Wollstein.
Respecto al ántrax, Koch demostró experimentalmente la transformación de bacteria en espora y
de espora en bacteria, lo que explica la supervivencia del germen en condiciones adversas
(humedad y frío); y en relación con las enfermedades infecciosas, reprodujo en animales a seis
diferentes, de las que aisló sus respectivos agentes causales microbianos. Koch señaló:

La frecuente demostración de microorganismos en las enfermedades


infecciosas traumáticas hace probable su naturaleza parasitaria. Sin

72
embargo, la prueba sólo será definitiva cuando demostremos la presencia
de un tipo determinado de microorganismo parásito en todos los casos de
una enfermedad dada y cuando además podamos demostrar que la
presencia de estos organismos posee número y distribución tales que
permiten explicar todos los síntomas de la enfermedad.

Estas palabras recuerdan los postulados de Henle, su maestro. Koch fue nombrado profesor de
higiene en la Universidad de Berlín y ahí tuvo muchos alumnos que luego se hicieron famosos,
como Loeffler, Gaffky, Ehrlich, Behring, Wassermann y otros más. Todos, junto con los alumnos
de Pasteur, contribuyeron a la consolidación de la teoría infecciosa de la enfermedad. El
conocimiento de la etiología infecciosa de una enfermedad establece de inmediato el objetivo
central de su tratamiento, que es la eliminación del parásito. Esto fue lo que persiguieron Pasteur
con sus vacunas, Koch con su tuberculina, Ehrlich con sus "balas mágicas", Domagk con sus
sulfonamidas, Fleming con su penicilina, y es lo que se persigue en la actualidad con los nuevos
antibióticos.

LOS ANTIBIÓTICOS

El descubrimiento de los antibióticos se inició con la observación de Pasteur y otros microbiólogos


de que algunas bacterias eran capaces de inhibir el crecimiento de otras, y con la de Babés en
1885, quien demostró que la inhibición se debía a una sustancia fabricada por un microorganismo
que se libera al medio líquido o semisólido en que está creciendo otro germen; la sustancia es un
antibiótico aunque el término no empezó a usarse sino hasta 1940. Entre 1899 y 1913 varios
investigadores intentaron tratar infecciones generalizadas por medio de piocianasa, sustancia
antibiótica producida por el Bacillus pyocyaneus (hoy conocido como Pseudomonas aeruginosa)
pero a pesar de que usaba varias bacterias in vitro, resultó demasiado tóxico cuando se inyectó
en animales, por lo que su uso se restringió a aplicaciones locales para infecciones superficiales.
Al mismo tiempo, el éxito de las vacunas como profilácticas de ciertas infecciones y de los sueros
inmunes como terapéuticos de otras, así como los espectaculares resultados obtenidos con
compuestos arsenicales en la sífilis, desvió la atención de los investigadores en los antibióticos.
Fue en ese ambiente en el que se produjo el descubrimiento de Alexander Fleming (1881-1955),
escocés que estudió medicina en el hospital St. Mary's de Londres, se graduó en 1908 y se quedó
a trabajar ahí toda su vida, dedicado a la bacteriología, interesado en las vacunas, en
microbiología de las heridas de guerra y su tratamiento. Después de muchas frustraciones con el
uso de antisépticos en las infecciones generalizadas, Fleming descubrió en 1922 la lisozima, una
sustancia presente en las lágrimas y otros líquidos del cuerpo que lisa ciertas bacterias; pero al
cabo de varios trabajos realizados por él y otros investigadores no se encontró la manera de
usarla en el tratamientode las infecciones. Entonces, en 1928:

Trabajando con distintas cepas de estafilococo se separaron varias cajas


con cultivos y se examinaron de vez en cuando. Para examinarlas era
necesario exponerlas al aire y de esa manera se contaminaron con varios
microorganismos. Se observó que alrededor de una gran colonia de un
hongo contaminante las colonias de estafilococo se hacían transparentes y
era obvio que se estaban usando [... ] Se hicieron subcultivos de este
hongo y se realizaron experimentos para explorar algunas propiedades de
la sustancia bacteriolítica que evidentemente se había formado en el
cultivo y se había difundido al medio. Se encontró que el caldo en el que
había crecido el hongo a la temperatura ambiente durante una o dos
semanas había adquirido marcadas propiedades inhibitorias, bactericidas
y bacteriolíticas para muchas de las bacterias patógenas más comunes.

73
Figura 31. Alexander Fleming (1881-1955).

Fleming identificó al hongo como Penicillium notatum y bautizó a la sustancia antibiótica como
penicilina. Demostró que era efectiva en contra de gérmenes grampositivos, menos para los
bacilos diftérico y del ántrax y no tenía efecto sobre el crecimiento de gérmenes gramnegativos,
incluyendo la Salmonella typhi. También demostró que la penicilina no alteraba los leucocitos
polimorfonucleares en el tubo de ensayo y que no era tóxica en ratones y conejos, por lo que la
recomendó como antiséptico de uso local en seres humanos o bien para aislar ciertos gérmenes
en el laboratorio, gracias a su capacidad para inhibir el crecimiento de otras bacterias
contaminantes. Nueve años después, en 1938, Howard Florey (1898-1968), profesor australiano
de patología en Oxford, con la colaboración de Ernst Chain (1906-1979), bioquímico alemán
refugiado, y varios otros asociados, iniciaron una serie de trabajos para purificar y producir
penicilina en cantidades suficientes para hacer pruebas experimentales válidas sobre su utilidad
terapéutica.
En mayo de 1940 inyectaron ocho ratones por vía intraperitoneal con estreptococos y a cuatro de
ellos les administraron penicilina por vía subcutánea; en 17 horas los ratones controles estaban
muertos mientras que los inyectados seguían vivos y dos de ellos 52 curaron por completo. Con
otros experimentos usando estafilococos y clostridia, que dieron los mismos resultados, Florey y
sus colegas publicaron un artículo titulado "Penicillinas as a Chemotherapeutic Agent" e iniciaron
la parte más diffcil de su trabajo: encontrar apoyo en la industria para continuar produciendo el
antibiótico y explorar métodos para hacerlo en gran escala. Florey no tuvo suerte en Inglaterra,
que estaba entonces enfrascada en la parte más difícil de la segunda Guerra Mundial, pero viajó a
EUA (que todavía no entraba en la guerra) y con la ayuda de personajes influyentes logró que
tres compañías farmacéuticas se interesaran en la empresa. En 1942 se produjo suficiente
penicilina para tratar a un paciente, en 1943 ya se habían tratado 100, y en 1944 ya había
suficiente para tratar a todos los heridos de los ejércitos aliados en la invasión de Europa. La
penicilina fue el primero de los antibióticos que alcanzó desarrollo industrial y uso universal, y fue
y sigue siendo el mejor tratamiento para varias enfermedades comunes y el único para ciertos
padecimientos. Pero no es una panacea, ya que hay infecciones que no responden a ella y otras
en las que los gérmenes adquieren resistencia; además, su uso inmoderado puede tener
consecuencias más o menos graves. Pero su descubrimiento y sus aplicaciones abrieron la puerta
a la búsqueda de nuevos antibióticos, de los que la estreptomicina fue el siguiente y el más
celebrado, por su efecto sobre el Mycobacterium tuberculosis.
Selman A. Waksman (1888-1973), originario de Ucrania, emigró a EUA en 1910 y estudió en la
Universidad Rutgers, de New Brunswick. Antes de graduarse mostró gran interés en la
microbiología del suelo, y en especial en los actinomicetos; después de doctorarse en bioquímica
en la Universidad de California regresó a Rutgers y continuó trabajando en lo mismo. Poco a poco
su laboratorio adquirió fama como uno de los mejores en el campo de la microbiología del suelo,
por lo que recibió estudiantes de muchas partes del mundo. Uno de ellos, René Dubos (1901-
1982), llegó de París a estudiar con Waksman y se doctoró en 1927 con una tesis sobre la
degradación del H2O2 en el suelo. De Rutgers pasó a a trabajar con O. T. Avery (1877-1955), en
el Instituto Rockefeller, en Nueva York, y ahí logró aislar un antibiótico de bacterias del suelo, la
tirotricina, una mezcla de polipéptidos demasiado tóxica para administrarla por vía parenteral. De
todos modos, su descubrimiento estimuló a Waksman y a sus colaboradores, quienes iniciaron la
búsqueda sistemática de antibióticos en los microorganismos del suelo .
El primer resultado de estos estudios fue la actinomicina, obtenida por Waksman y Woodruff en
1940, el mismo año en que Florey y sus colaboradores describieron el potente efecto antibiótico
de la penicilina; sin embargo, en contraste con ésta, la actinomicina era muy tóxica. En 1942
74
Waksman y Woodruff publicaron el aislamiento de otro producto de los actinomicetos, la
estreptotricina, con actividad antibiótica contra grampositivos y gramnegativos, así como contra
las micobacterias, que no eran atacadas por la penicilina; sin embargo, otra vez resultó tener
elevada toxicidad tardía. Dos años más tarde, en 1944, Waksman y sus colegas Schatz y Bugie
describieron otro antibiótico más, la estreptomicina, también derivado de actinomicetos, y en ese
mismo año Feldman y Hinshaw demostraron que era efectivo en la quimioterapia de la
tuberculosis experimental en cobayos. En el laboratorio de Waksman se aislaron cerca de 20
antibióticos diferentes; además de los mencionados, la neomicina y un aminoglicósido, que se usa
sobre todo en aplicaciones tópicas o por vía digestiva. Antes de 1950 otros autores aislaron el
cloranfenicol, las tetraciclinas y la terramicina, también producidas por actinomicetos, y
posteriormente surgieron otros antibióticos más, como la polimixina, la entromicina, las
cefalosporinas, etc. A principios de la década se observó que en ciertas enfermedades infecciosas
la combinación de dos o más antibióticos tenía un efecto sinérgico, pero casi al mismo tiempo se
encontró también que con ciertas combinaciones el resultado podía ser el opuesto.

LA INMUNOLOGÍA

El origen de la inmunología se identifica con el de las vacunas, debidas a Jenner (véase p. 146), y
con el del primer método general para producirlas, desarrollado por Pasteur (véase p. 175).
Ninguno de estos dos benefactores de la humanidad llegó a tener una idea de lo que ocurría en el
organismo cuando se hacía resistente a una enfermedad infecciosa. El primer descubrimiento
importante en ese campo fue el de la fagocitosis, por Elie Metchnikoff (1845-1916) biólogo
interesado en la embriología com parativa de los invertebrados. Originario de Rusia, estudió en
Memania e Italia y en su país natal. La mayor parte de su carrera la realizó; en el Instituto
Pasteur, de París, donde llegó en 1888. Sin embargo, su descubrimiento fundamental lo realizó
en Mesina, Sicilia, en 1883. En sus palabras:

Un día, mientras toda la familia se había ido al circo a ver a unos monos
amaestrados, me quedé solo en casa con mi microscopio observando la
actividad de unas células móviles de una transparente larva de una
estrella de mar, cuando repentinamente percibí una nueva idea. Se me
ocurrió que células similares deberían funcionar para proteger al
organismo en contra de invasores dañinos [...]
[...] Pensé que si mi suposición era correcta una astilla clavada en la larva
de la estrella de mar pronto debería rodearse de células móviles, tal como
se observa en la vecindad de una astilla en el dedo. Tan pronto como lo
pensé lo hice.
En el pequeño jardín de nuestra casa [...] tomé varias espinas de un rosal
y las introduje por debajo de la cubierta de algunas bellas larvas de
estrellas de mar, transparentes como el agua. Muy nervioso, no dormí
durante la noche, esperando los resultados de mi experimento. En la
mañana siguiente, muy temprano, encontré con alegría que había sido
todo un éxito. Este experimento fue la base de la teoría fagocítica, a la
que dediqué los siguientes 25 años de mi vida.

Figura 32. Elie Metchnikoff (1845-1946)

75
Metchnikoff discutió sus hallazgos con Virchow, cuando éste visitó Mesina meses después, y
estimulado por el gran patólogo alemán publicó su famoso artículo "Una enfermedad producida
por levaduras en Daphnia: una contribución a la teoría de la lucha de los fagocitos en contra de
los patógenos" (1884), donde presenta con claridad su teoría y enuncia las relaciones de la
fagocitosis con la inmunidad de la manera siguiente:

Ha surgido que la reacción inflamatoria es la expresión de una función


muy primitiva del reino animal basada en el aparato nutriivo de animales
unicelulares y de metazoarios inferiores (esponjas). Por lo tanto debe
esperarse que tales consideraciones lleven a iluminar los oscuros
fenómenos de la inmunidad y la vacunación, por analogía con el estudio
del proceso de la digestión celular.

Metchnikoff comparó la fagocitosis de bacilos del ántrax por células sanguíneas en animales
sensibles y resistentes a la enfermedad y observó que era más activa en los vacunados. Al poco
tiempo regresó a Odesa a dirigir un laboratorio encargado de preparar vacunas contra el ántrax,
pero su interés era la investigación y finalmente abandonó Rusia. Apenas dos años después de su
llegada al Instituto Pasteur, en 1890, Carl Fränkel (1861-1915), colaborador de Koch, observó
que si se inyectaba animales con cultivos de bacilo diftérico muertos por calor, al poco tiempo se
les podía inyectar con bacilos diftéricos vivos sin que se enfermaran.
Al mismo tiempo, Emil von Behring (1854-1917) y Shibasaburo Kitasato (1852-1931)
demostraron que la inyección de dosis crecientes pero no letales de toxina tetánica en conejos y
ratones los hacía resistentes a dosis 300 veces mayores que las letales, y que además, el suero
de estos animales, en ausencia de células, era capaz de neutralizar la toxina tetánica en vista de
que mezclas de ese suero con toxina se podían inyectar en animales susceptibles sin que
sufrieran daño alguno. Behring y Kitasato bautizaron a esta propiedad del suero como antitóxica.
El artículo de Frankel se publicó el 30 de diciembre de 1890, mientras que el de Behring y
Kitasato apareció en otra revista al día siguiente. Además, una semana después Behring (esta
vez solo) publicó otro artículo en el que informaba resultados semejantes pero con toxina
diftérica, y la importante observación de que los sueros no producían inmunidad cruzada, o sea
que el suero antidiftérico no tenía propiedades de antitoxina tetánica, ni viceversa. Pronto los
resultados llamaron la atención de la industria química alemana y la casa Lucius y Bruning de
Höchst (posteriormente conocida como Farbwerke Höchst) firmó un convenio con Behring para el
desarrollo comercial de la antitoxina. Paul Ehrlich (1854-1915) también trabajó en ese proyecto,
pero además hizo contribuciones teóricas fundamentales al conocimiento de la inmunidad, entre
las que destaca su teoría de las cadenas laterales para explicar la reacción antígeno-anticuerpo.
De esta manera se establecieron las dos escuelas que iban a contender por la supremacía del
mecanismo fundamental de la inmunidad: la teoría celular o de la fagocitosis, de Metchnikoff, y la
teoría humoral o de los anticuerpos, de Behring (quien en 1896 ingresó a la nobleza y desde
entonces añadió "von" a su apellido). La disputa fue histórica y rebasó con mucho los límites de la
cortesía y hasta de la educación más elemental, revelando que la animosidad no era nada más
por una teoría científica sino por un conflicto mucho más antiguo y más arraigado entre franceses
y alemanes, que se había agudizado por la reciente derrota de Francia por Alemania, en la guerra
de 1871. Pero como frecuentemente ocurre en disputas entre grandes hombres Behring admiraba
mucho a Pasteur y era gran amigo y compadre de Metchnikoff; además, resultó que los dos
bandos tenían razón y que tanto las células como los anticuerpos participan en la inmunidad.
Behring recibió el premio Nobel en 1901 y Metchnikoff lo compartió con Ehrlich en 1908.
También a principios de este siglo se estableció que los mecanismos de la inmunidad, o sea las
células sensibilizadas y anticuerpos específicos, no sólo funcionan como protectores del
organismo en contra de agentes biológicos de enfermedad o de sus toxinas, sino que también
pueden actuar en contra del propio sujeto y producirle ciertos padecimientos. La primera
observación de este tipo la hizo Koch en 1891, al demostrar que la inyección de bacilos
tuberculosos muertos en la piel de un cobayo previamente hecho tuberculoso (o sea, un cobayo
inyectado cuatro semanas antes con bacilos tuberculosos vivos) resultaba en un proceso
inflamatorio localizado de aparición lenta (24-48 horas) que tardaba varios días en desaparecer,
mientras que en cobayos sanos no producía ninguna alteración. Koch pensó que se trataba de
una sustancia química presente en bacilos vivos y muertos e intentó aislarla, lo que lo llevó a la
preparación que llamó tuberculina y a proponer su uso como tratamiento de la tuberculosis
humana, aunque después se retractó.

76
Aunque Koch no lo supo entonces, describió lo que hoy se conoce como hipersensibilidad celular,
mecanismo inmunopatológico responsable de enfermedades como la tiroiditis de Hashimoto y la
polimiositis, de parte de las lesiones de la misma tuberculosis, de la hepatitis viral y de otras
afecciones infecciosas. En 1902 Charles Richet (1850-1935), profesor de fisiología en París, y sus
colegas, describieron otro mecanismo inmunopatológico que llamaron anafilaxia, lo que
literalmente significa ausencia de protección (recuérdese que profilaxia quiere decir protección).
Usando extractos de ciertas anémonas marinas establecieron la dosis tóxica para perros; los
animales que recibieron las dosis más bajas sobrevivieron después de presentar síntomas leves y
transitorios. Pero cuando varias semanas después, a estos animales sobrevivientes se les
inyectaron dosis mínimas de la misma toxina, mostraron una reacción inmediata y violenta que
terminó con su muerte en pocas horas. Posteriormente se ha establecido que en la anafilaxia el
antígeno reacciona con un anticuerpo que está fijo en las células cebadas, y que como
consecuencia de esa reacción la célula cebada libera una serie de sustancias contenidas en sus
granulaciones citoplásmicas, como histamina y serotonina, las responsables de los síntomas y de
la muerte. Este mecanismo explica algunas enfermedades humanas, como la fiebre del heno y la
urticaria.
En 1903 Maurice Arthus (1862-1945) señaló que la inyección repetida a intervalos adecuados de
un antígeno (suero de caballo) en el mismo sitio del tejido subcutáneo de conejos al principio
produce una reacción edematosa y congestiva transitoria, pero que con más inyecciones locales
el sitio se endurece y acaba por mostrar necrosis hemorrágica y esfacelarse. Estudios ulteriores
han demostrado que este fenómeno se debe a la acción decomplejos antígéno-anticuerpo locales
que activan C, generan moléculas con poderosa actividad quimiotáctica para leucocitos
polimorfonucleares; éstos se acumulan en el sitio de donde proviene el estímulo, fagocitan los
complejos mencionados y se desgranulan, liberando sus enzimas lisosomales al medio que los
rodea. Hoy va sabemos que la expresión completa de este mecanismo inmunopatológico no sólo
requiere cuentas normales de leucocitos polimorfonucleares (porque no ocurre en animales
leucopénico) sino también la presencia de la coagulación sanguínea normal (porque en su
ausencia no se observa). El fenómeno de Arthus explica muchos casos humanos de vasculitis por
hipersensibilidad.
Otra contribución fundamental fue la de Clements von Pirquet (1874-192) y Béla Schick (1877-
1967), dos pediatras vieneses, quienes en 1905 publicaron Die Serumkrankheit (La enfermedad
del suero), monografía en la que sugieren una explicación para los síntomas que desarrollaban
muchos niños de 10 a 14 días después del tratamiento de la difteria con suero antidiftérico, que
entonces se preparaba de los caballos. Los ninos tenían fiebre, crecimiento ganglionar
generalizado, esplenomegalia, poliartritis y un exantema transitorio que duraban más o menos
una semana y desaparecían espontáneamente. Pirquet y Schick postularon que las proteínas del
suero de caballo actuaban como antigenos, y como se inyectaban en grandes cantidades todavía
se encontraban en la circulación cuando el aparato irmunológico del niño respondía formando
anticuerpos. Así se formaban complejos antígeno-anticuerpo en exceso de antígeno, que son
solubles y se depositan en distintas partes del organismo, produciendo los síntomas de la
enfermedad del suero, que desaparece cuando ya se ha consumido todo el antígeno. Esta
hipótesis fue confirmada experimentalmente 53 años después por Dixon y sus colaboradores. La
enfermedad del suero ya no existe, pero el mecanismo se encuentra en un número considerable
de enfermedades humanas en las que se producen complejos inmunes que causan daño tisular,
como en el lupus eritematoso diseminado o en la glomérulonefritis aguda postestreptocóccica.
Cuando los efectores de la respuesta inmune están dirigidos en contra de antígenos propios del
organismo se producen las enfermedades de autoinmunidad, entre las que se encuentra el lupus
eritematoso ya mencionado, así como la tiroiditis de Hashimoto, algunas anemias hemolíticas, la
endoftalmitis facoanafiláctica, la miastenia gravis y muchas otras.
La naturaleza química y la estructura molecular de los anticuerpos se establecieron en la segunda
mitad de este siglo, junto con los mecanismos genéticos que controlan su especificidad. Uno de
los avances más importantes en la inmunología fue el descubrimiento de la participación de los
linfocitos, realizado por James L. Gowans (1924- ) y sus colaboradores, aunque antes ya se había
identificado a la célula plasmática como la responsable de la síntesis de los anticuerpos. La
naturaleza "doble" de la respuesta inmune surgió como consecuencia de los estudios de L. Glick
(1927- ) en aves a las que se les eliminó el órgano llamado bolsa de Fabricio, que regula la
maduración de elementos responsables de la síntesis de anticuerpos y los trabajos de J. F. A. P.
Miller (1920- ), en ratones timectomizados, en los que se reduce o se pierde el desarrollo de la
inmunidad celular. La teoría general más aceptada sobre el funcionamiento general de la
respuesta inmune es la de la selección clonal, que fue propuesta por Niels K. Jerne (1911-1995) y

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McFarlane Burnet (1899-1985). Los estudios de Peter B. Medawar (1915-1987) y sus colegas
establecieron que el rechazo de los aloinjertos es a través de la respuesta inmune, y además
descubrieron el fenómeno de la tolerancia inmunológica.
Existe un grupo de padecimientos congénitos muy poco frecuentes en los que alguna parte del
aparato inmunológico no se desarrolla normalmente, lo que en general resulta en infecciones
oportunistas más o menos graves, pero cuyo estudio ha permitido conocer mejor las funciones y
la integración de las distintas partes del aparato inmunológico entre sí. A estos "experimentos de
la naturaleza" se ha agregado, a partir de 1983, la epidemia mundial del sida (síndrome de
inmunodeficiencia adquirida), enfermedad producida por el retrovirus VIH-1 que destruye a un
subtipo de linfocitos que participa en la respuesta inmune en contra de agentes biológicos
patógenos, por lo que los pacientes fallecen a consecuencia de infecciones secundarias.

LA ANESTESIA

Desde sus orígenes, la cirugía estuvo limitada en su desarrllo por tres grandes obstáculos: la
hemorragia, la infección y el dolor. Ya hemos visto cómo en el siglo XVI Ambroise Paré (véase p.
88) la técnica de la ligadura de los vasos, en sustitución del cauterio tradicional, para cohibir la
hemorragia en las heridas de guerra y en las amputaciones. También ya se ha mencionado que
con el desarrollo de la teoría microbiana y la introducción de las vacunas, las antitoxinas, la
quimioterapia y los antibióticos, la lucha contra las infecciones en cirugía ha tenido grandes éxitos
en este siglo. La búsqueda de métodos para disminuir el dolor en las operaciones quirúrgicas es
muy antigua: los médicos árabes usaban opio y hiosciamina, y la mandrágora es todavía más
antigua, junto con el alcohol, pero ninguno de estos agentes impedía el dolor en ciertas
operaciones, como las amputaciones. En 1799 un químico inglés, Humphry Davy (1778-1829)
respiró óxido nitroso y sugirió que podría usarse en cirugía; sin embargo, como ese es el "gas de
la risa mas bien se usó como diversión en fiestas de gente joven, hasta que fue sustituido por el
éter sulfúrico, que produce un efecto similar, y como es líquido se puede llevar en un frasquito.
En 1842 un estudiante de química de EUA, William E. Clarke, que había asistido a varias "fiestas
de éter", pensó que podía tener otro uso y se lo administró a una joven mientras un dentista le
extraía un diente, con lo que ella no sintió dolor; sin embargo, Clarke no volvió a usar éter de esa
manera. En ese mismo año Grawford Williamson Long (1815-1878), médico joven de Jefferson,
que también había experimentado en "fiestas de éter", lo usó como anestésico general en una
operación quirúrgica, y volvió a usarlo de la misma manera varias veces más en los siguientes
cuatro años; sin embargo, no hizo pública su experiencia sino hasta 1849. En cambio, Horace
Wells (1815-1848),dentista de Hartford, Connecticut, impresionado por una demostración popular
de los efectos del óxido nitroso, hizo que le extrajeran uno de sus dientes bajo la influencia del
gas y no sintió dolor, por lo que lo usó como anestésico en por lo menos 15 extracciones dentales
y después hizo una demostración pública en enero de 1845 en el Hospital General de
Massachussetts, en Boston. Aunque después de la extracción dental el paciente dijo que no había
sentido nada, durante la demostración se quejó un poco, por lo que Wells no convenció a los
asistentes. Sin embargo, uno de sus alumnos que estaba presente, William Morton (1819-1868),
siguiendo el consejo del químico C. T. Jackson, usó éter con éxito, por lo que solicitó realizar una
demostración pública en el mismo hospital, el 16 de octubre de 1846, en la que se extirpó un
tumor del cuello con anestesia general. En la Biblioteca Countway, de la Universidad de Harvard,
en Boston, hay un cuadro de Robert Hinckley, pintado en 1882, en el que se reproduce este
episodio, y la sala en donde se llevó a cabo la operación se conoce hasta hoy como la Cúpula del
éter. Después de confirmar en otros pacientes quirúrgicos que su técnica inducía anestesia
general útil en cirugía, Morton intentó patentaría con el nombre de Letheon y se enfrascó en
pleitos interminables acerca de la primacía de su descubrimiento. De todos modos, el método se
generalizó, pues un mes después ya se usaba en Inglaterra y antes de un año en el resto de
Europa. James Young Simpson (1811-1870) empezó a usarlo en obstetricia, pero como el éter no
era tolerado por algunas pacientes cambió a cloroformo.
Nuevas técnicas se desarrollaron para administrar mezclas de los gases anestésicos con aire y
para controlar con precisión sus concentraciones relativas. La vía intravenosa para lograr
anestesia general fue usada en varios pacientes por Pierre Cyprien Oré (1828-1889) en 1874, por
medio de hidrato de cloral, que a partir de 1903 se cambió por los derivados del ácido barbitúrico.
La anestesia por depósito de la sustancia química en el canal raquídeo fue realizada por primera
vez en 1898 por August Bier (1861-1949) de Alemania, logrando insensibilidad en la mitad
inferior del cuerpo y conservando la conciencia del paciente, lo que se usó sobre todo en
obstetricia. Para la anestesia local, Carl Koller (1857-1944) de Viena empezó a utilizar cocaína en

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la cirugía oftálmica primero, y después en la otorrinolaringologia; al principio se usaba en forma
local, pero pronto empezó a iuyectarse por debajo de la piel para operaciones locales. La técnica
de la inyección de cocaína en los troncos nerviosos correspondientes a la región sometida a
cirugía fue introducida en 1884 por William Halstead (1852-1922) de Baltimore; posteriormente
se prepararon derivados de la cocaína (novocaina, lidocaina, xilocaína) que la sustituyeron.

Figura 33. Primera demostración de la anestesia por William T. Morton en el Hospital de


Massachusetts, Boston, en 1846.

LOS RAYOS X Y LA ENDOSCOPÍA

El descubrimiento de los rayos X el 8 de noviembre de 1895 por Wilhelm Conrard Röntgen (1845-
1923), profesor de física en Würzburg, fue el primero de una serie de avances en un campo de la
biotecnología médica que hoy se conoce como exploración no invasora y que caracteriza mejor
que muchos otros a la medicina de fines del siglo XX. No todos los procedimientos de la
exploración no invasora utilizan rayos X, pero todos nos permiten ver lo que ocurre dentro del
enfermo sin tener que abrirlo quirúrgicamente En el otoño de 1895 Röntgen experimentaba con
los nuevos tubos de vacío de Crookes cuando observó fluoresencia en una placa de cianuro de
bario y platino. El efecto se debía a un tipo de radiación desconocida hasta entonces, por lo que la
llamó rayos X. En las semanas siguientes trabajó día y noche delimitando estos nuevos rayos, y
el 28 de diciembre de ese año presentó un escrito de sus observaciones a la Sociedad Físico-
Médica de Würzburg, que se publicó el 6 de enero del año siguiente con el título de Eine neue Art
von Strahlen (Un nuevo tipo de rayos). Röntgen ya sabía que sus rayos atravesaban fácilmente el
papel y la madera, mientras que eran detenidos por ciertos metales; una de sus primeras
radiografras es de una caja de madera cerrada que contiene diferentes piezas de metal que
servían como pesas en las balanzas granatarias, y se ven las piezas como si la caja estuviera
abierta; otra es de la mano de su esposa, que muestra muy bien su anillo de bodas y los huesos
de los dedos. La aplicación médica de los rayos X fue inmediata, primero para localizar cuepos
extraños en los tejidos y para diagnosticar fracturas óseas, pero muy pronto tuvieron otras
aplicaciones.

Figura 34. Conrad Röntgen (1845-1923)

En 1897 Walter B. Cannon (1871-1945), entonces estudiante de medicina en Harvard, demostró


que si a un perro se le administraba una comida con sales de bismuto, el metal podía ser seguido
a lo largo del tubo digestivo por medio de los rayos X; la observación se uso clínicamente de

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inmediato y las imágenes mejoraron cuando el bismuto se cambió por bario. Cannon se expuso
demasiadas horas sin protección a los rayos X, porque entonces no sesabía nada sobre sus
efectos dañinos en los tejidos, y durante toda su vida sufrió de una dermatitis pruriginosa y
exfoliativa, que finalmente se transformó en leucemia linfocítica crónica que terminó con su vida.
Nuevas técnicas de opacificación se desarrollaron para observar los bronquios, las pelvicillas
renales, los ureteres y la vejiga urinaria, la cavidad uterina, las cavidades pleurales, los
ventrículos cerebrales y los distintos segmentos del aparato digestivo. El uso de los rayos X
cambió de manera radical la práctica de la medicina, que ahora podía "ver" directamente dentro
del organismo, en lugar de tener que inferir, a través de los datos de la exploración física, el
estado de los distintos órganos internos. Nuevas técnicas radiológicas, como el doble contraste, la
tomografía, la, angiografía y la angiocardiografia, enriquecieron todavía más el valor de esta
técnica, que ha alcanzado una resolución extraordinaria y una precisión diagnóstica admirable en
la tomografía axial computarizada. De hecho, la proliferación de técnicas de exploración no
invasora ha creado una nueva especialidad diagnóstica, la imagenología, que ha ocupado el lugar
de la antigua radiología en virtud de que incluye procedimientos que no solo utilizan a los rayos X
sino también otras fuentes de energía, como la ecosonografía (el sonido), la resonancia
magnética nuclear (los electrones) y la tomografía por positrones .
Otro gran adelanto en las técnicas de exploración no invasora ha ocurrido en la endoscopia.
Desde tiempo inmemorial los médicos han tratado de asomarse al interior del cuerpo humano a
través de sus distintos orificios, y han diseñado diversos instrumentos para hacerlo con mayor
eficiencia, como el otoscopio, para examinar el canal auditivo y la membrana del tímpano, el
colposcopio, para acercarse al cuello uterino, o el laringoscopio, para observar la parte superior
de las vías respiratorias. Hace 50 anos se empezaron a usar otros instrumentos para explorar
otros órganos, como el broncoscopio, para la tráquea y los grandes bronquios, el esofagoscopio y
el gastroscopio, para las partes correspondientes del tubo digestivo alto, y el rectoscopio y
colonoscopio, para las porciones terminales del intestino grueso. Los primeros instrumentos de
este tipo eran tubos cilíndricos gruesos y rígidos, terriblemente incómodos para los enfermos, y
con limitada resolución y escasa versatilidad, lo que resultaba muy frustrante para los médicos,
por lo que su uso fue muy limitado. Pero en años recientes han aparecido instrumentos muy
distintos, delgados y flexibles, que son bien tolerados por los pacientes y que poseen avances
mecánicos y electrónicos que permiten gran movilidad y observación casi perfecta, y que además
realizan distintos tipos de registros directos y, cuando es necesario, toma de biopsias múltiples.
Gracias a estos adelantos, la endoscopia ya se ha ganado un sitio privilegiado entre las técnicas
modernas de exploración no invasora.
Uno de los instrumentos de exploración no invasora desarrollados a principios de este siglo que
más beneficios ha traído a los médicos y a los pacientes es el electrocardiógrafo, un
galvanómetro de cuerda diseñado en 1903 por Willem Einthoven (1860-1927), quien estudió en
Utrecht y se graduó en 1885; ese año fue nombrado profesor de fisiología en Leyden, donde
permaneció toda su vida. Desde mediados del siglo XIX se sabía que, al contraerse, el corazón
aislado de la rana producía una corriente eléctrica, y en 1887 Augustus Waller (1856-1922)
demostró que el corazón humano generaba una corriente semejante y que podía medirse
colocando electrodos en la superficie del cuerpo. El galvanómetro de Einthoven redujo la inercia y
la periodicidad del trazo eléctrico al mínimo y permitió registros muy precisos de la actividad
eléctrica; entre los primeros resultados de la electrocardiografía se cuenta el análisis de los
distintos tipos de arritmias cardiacas, realizados entre otros por Thomas Lewis (1881-1945) y
publicados en 1911 en su libro Mechanism aud Graphic Registration of the Heart Beat. Pero la
utilidad del método pronto se extendió al estudio de muchos otros aspectos de la cardiología, de
modo que hoy es parte indispensable del examen de muchos pacientes.

LA ENDOCRINOLOGÍA

Una de las primeras sugestiones de la existencia de las hormonas se debe a De Bordeau, el


famoso médico vitalista de Montpellier (véase p. 125), quien en 1775 postuló que cada órgano
producía una sustancia específica que pasaba a la sangre y contribuía a mantener el equilibrio del
organismo; sin embargo, ésta fue sólo una teoría y De Bordeau no realizó ningún experimento
para documentarla. En cambio, en 1855 Claude Bernard (1813-1878) introdujo el término
secreción interna para describir sus observaciones sobre la función gluconeogénica del hígado y
posteriormente incluyó al tiroides y a las glándulas suprarrenales entre los órganos con secreción
interna. Edward Brown-Séquard (1817-1894) dedicó toda su vida profesional al estudio de las
secreciones internas del tiroides, de las suprarrenales, de los testículos y de la hipófisis, con tal

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persistencia que se ganó el título de "Padre de la endocrinología". Entre sus experimentos se
encuentra el famoso intento de autorrejuvenecimiento por medio de la inyección de extractos
testiculares, por lo que Harvey Cushing lo bautizó como el "Ponce de León de la endocrinología".
Desde un punto de vista general, William Bayliss (1860-1924) y Ernest Henry Starling (1866-
1927) fueron los primeros en proporcionar una demostración clara del mecanismo de acción de
las secreciones internas, con su estudio publicado en 1902 sobre la secretina, una sustancia que
estimula la secreción del jugo pancreático cuando el contenido ácido del estómago llega al píloro
y éste se abre. La secretina fue la primera sustancia que recibió el nombre de hormona (del
griego hormao, que significa yo excito), pero con el tiempo el término se ha usado para designar
en forma genérica a todas las sustancias producidas por las diferentes glándulas endocrinas.

Figura 35. Claude Bérnard (1813-1878).

La hormona tiroidea fue aislada en forma cristalina por Edward Calvin Kendall (1886-1972) la
Navidad de 1914, y sintetizada por Charles Harington (1897-1980) y George Barger (1878-1939)
en 1927, aunque ya desde fines del siglo pasado se habían tratado con éxito algunos casos de
mixedema con extractos tiroideos. Las glándulas paratiroides fueron descritas por Richard Owen
(1804-1892) en 1852, durante la disección de un rinoceronte indio que murió en el zoológico de
Londres. En el hombre fueron mencionadas primero por Virchow en 1863 y extensamente
estudiadas por Victor Sandström (1852-1889) de Upsala, quien señaló la existencia de dos
paratiroides en cada lado del cuello. La naturaleza endocrina de las paratiroides fue demostrada
en 1909 por William G. MacCallum (1874-1944) y Carl Voetglin (1879-1960) por medio de sus
estudios de raquitismo renal, una situación patológica pediátrica en la que los niños desarrollan
lesiones óseas secundarias a la insuficiencia renal. Estos autores observaron hipertrofia de las
paratiroides y concluyeron que la reabsorción del calcio de los huesos se debía a que las
paratiroides regulan el metabolismo del calcio. Su conclusión se vio reforzada cuando lograron,
por medio de la administración de calcio, evitar la tetania que se presenta después de la
extirpación de las paratiroides. La parathormona fue aislada en 1915 por James B. Collip (1892-
1965), de Montreal, quien adermás demostró que su administración resulta en la disminución del
calcio de los huesos e hipercalcemia. Las glándulas suprarenales se conocían desde el siglo XVI y
fueron bautizadas con ese nombre por Jean Riolan (1580-1657), pero su importancia fisiológica
no se empezó a vislumbrar sino hasta 1855, cuando Thomas Addison (1793-1860), del Hospital
Guy de Londres, publicó su monografía On the Constitutional and Local Effects of Disease of the
Supra-renal Capsules (Sobre los efectos generales y locales de la enfermedad de las cápsulas
suprarrenales), en la que se refiere a este padecimiento, hoy conocido como enfermedad de
Addison, como "melasma suprarrenal''. La demostración de que la médula suprarrenal secreta
una sustancia que induce la vasoconstricción, especialmente de la piel y el área esplácnica,
hipertensión arterial y broncodilatación, fue realizada por Edward A. Sharpey-Schäfer (1850-
1935) y George Oliver (1841-1915), de Londres, en 1894. Esa sustancia fue aislada en forma
cristalina en 1901 por Jokichi Takamine (185}-1922), quien además le dio el nombre de
adrenalina, y sintetizada en 1904 por Friedrich Stolz (1860-1936). Durante varios años se pensó
que la secreción de adrenalina era continua y que de esa manera se mantenía normal la presión
arterial, pero en 1919 Cannon publicó su famoso libro Bodily Changes in Pain, Hunger, Fear and
Rage (Cambios somáticos en el dolor, el hambre, el miedo y la cólera) en el que demostró
experimentalmante que la adrenalina sólo se secreta en respuesta a estímulos emocionales. Una
contribución fundamental para el conocimiento de las funciones de la corteza suprarrenal fue
hecha por un zoólogo comparativo vienés, Artur Biedl (1860-1933), en su libro Innere Sekretion
(Secreción interna, 1910), donde relata que en 1899 extirpó el cuerpo interrenal de peces
81
elasmobranquios sin tocar la médula, pero los peces murieron. A una conclusión semejante
llegaron en 1927 Julius Moses Rogoff (1884-1938) y George Neil Stewart (1860-1930), de
Cleveland, cuando observaron que en los perros la extirpación de la corteza suprarrenal era letal,
mientras que la de la médula no; ademas, estos autores prepararon un extracto de corteza
suprarrenal cuyo uso evitó la muerte de sus animales. En 1934 Kendall y sus colegas aislaron en
forma cristalina una hormona, la cortina. y dos años después purificaron nueve esteroides
disintos de la corteza suprarrenal, lo que también logró Tadeus Reichstein (1897-1941)
independientemente en el mismo año. Uno de estos esteroides era la cortisona, que en 1949 se
usó con gran éxito en el tratamiento de la artritis reumatoide y de la fiebre reumática por
Kendall, Philip Hench (1896-1965) y sus colaboradores. En 1950 Kendall, Henry Reichstein
recibieron el premio Nobel. El descubrimiento de las distintas hormonas que secreta la corteza
suprarrenal ha aclarado una parte importante de su papel en el metabolismo de los electrolitos y
de las grasas, en la maduración sexual y en la pigmentación de la piel, pero además ha
introducido en la farmacopea potentes sustancias antiinflamatorias, que tienen múltiples
indicaciones diferentes en terapéutica.
La existencia de la hipófisis se conoce desde hace muchos años, pero sus funciones sólo
empezaron a dilucidarse a partir de este siglo, con los estudios de Henry H. Dale (1875-1968)
sobre el efecto vasoconstrictor periférico de extractos del lóbulo posterior descrito en 1895 por
Oliver y Sharpey-Schäfer. Dale descubrió en 1906 que la acción estimulante de la adrenalina y
del sistema nervioso simpático en el útero embarazado de la gata se bloquea con la inyección
previa de ergotamina, pero que este mismo útero se contrae activamente si el animal se inyecta
con un extracto de hipófisis de buey; la conclusión fue que el factor hipofisiario que induce
contracción muscular lisa actúa en un sitio distinto del estimulado por la adrenalina y el
simpático. Pronto se empezaron a usar extractos de hipófisis (pituitrina) para estimular la
contracción uterina en ciertas situaciones obstétricas, y a este efecto se le denominó acción
oxitócica hipofisiaria. En 1908 Sharpey-Schäfer y Herring demostraron la existencia de un
principio antidiurético, y en 1921 Herbert McLean Evans (1882-1969) y Joseph Abraham Long
(1879-1956), de EUA, lograron producir gigantismo en ratas inyectándolas con un extracto del
lóbulo anterior de la hipófisis, lo que condujo al aislamiento de la somatotrofina u hormona del
crecimiento. La existencia de hormonas gonadotróficas fue sugerida en 1927 por Bernhard
Zondek (1891-1946) y Selmar Aschheim (1878-1950), quienes implantaron fragmentos de
hipófisis anterior en el tejido celular subcutáneo de animales jóvenes y observaron desarrollo
sexual precoz. Se sugirió la existencia de una hormona, la tirotrófica, cuando se demostró que la
hipofisectomía experimental se acompañaba de disminución en el metabolismo basal, mientras
que en los animales tiroidectomizados la inyección de extractos de hipófisis anterior no produce
un aumento en el metabolismo basal; la conclusión fue que la hipófisis actúa indirectamente a
través de la tiroides. La prolactina y la hormona diabetogénica también fueron predichas y
posteriormente identificadas durante las primeras tres décadas de este siglo.
Uno de los grandes triunfos de la medicina moderna fue el aislamiento de la insulina. La
enfermedad caracterizada por polifagia o aumento en el apetito, polidipsia o aumento en la
ingestión de líquidos, y poliuria o aumento en la eliminación de orina, se conoce desde la
antigúedad y Arecio de Capadocia (81-138 d.c.) la bautizó con la palabra griega que significa
sifón, "diabetes". El sabor dulce de la orina de los diabéticos también se conoce desde tiempos
clásicos y aunque su redescubrimiento se atribuye a Thomas Willis (1621-1675), Molière lo
menciona en su obra de teatro Le Médecin Volant, escrita 24 años antes. La determinación de que
el sabor dulce se debe a la glucosa fue hecha en 1815 por Michael Engene Chevreul (1786-1889),
un industrioso químico francés que también era el director de la famosa fábrica de tapetes
Gobelin. La glándula endocrina pancreática fue descrita en 1869 por Paul Langerhans (1847-
1888) en su tesis para graduarse de médico, en forma de islotes de tejido repartidos en forma
irregular en el páncreas y con una histólogía diferente de la de la glándula exocrina. El
experimento crucial que relacionó al páncreas con la diabetes fue realizado por Joseph von
Mering (1849-1908) y Oskar Minkowski (1858-1931) en 1889, cuando trabajaban en
Estrasburgo; estos autores hicieron pancreatectomía total en perros y demostraron que
desarrollaban diabetes letal rápidamente. Se cuenta que fue un mozo del laboratorio el que llamó
la atención de los investigadores al hecho peculiar de que las moscas se acumulaban en la orina
de los perros operados, y que así fue como se dieron cuenta de que los animales tenían diabetes.
En 1893 Gustave Édouard Laguesse (1861-1927), de Lille, confirmó el experimento de Mering y
Minkowski y sugirió que los islotes de tejido diferente al páncreas exocrino producían una
secreción interna y los denominó islotes de Langerhans. En 1901 Eugene L. Opie (1873-1971),
patólogo de Johns Hopkins, en Baltimore, demostró que en muchos casos de diabetes 105 islotes

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de Langerhans estaban hialinizados. Los intentos de aislar el principio activo de los islotes
tuvieron poco éxito, debido a que la principal enzima secretada por el páncreas exocrino, la
tripsina, la degradaba rápidamente. Sin embargo, en 1908 George Ludwig Zuelzer (1870-1949),
de Berlín, preparó un extracto pancreático y se lo aplicó a ocho pacientes diabéticos, con
"buenos" resultados; sin embargo, una nueva preparación causó convulsiones y fiebre elevada,
por lo que se consideró demasiado tóxico y se abandonó. Es posible que los síntomas se hayan
debido a que el extracto pancreático era activo y produjo hipoglicemias graves, pero eso nunca lo
sabremos. El descubrimiento y la purificación de la insulina, una de las tres hormonas que
secretan los islotes de Langerhans, fue realizado en Toronto en el verano de 1921 por un cirujano
ortopedista metido a investigador, Frederick Banting (1891-1941), de 30 años de edad, y un
estudiante del segundo año de medicina, Charles H. Best (1899-1978), de 23 años de edad,
quienes aprovecharon un método creado en 1902 por Leonid Vassilyevitch Soboleff (1876-1919)
para evitar la degradación de la secreción de los islotes de Langerhans por la tripsina del
páncreas exocrino: la ligadura del conducto pancreático resulta en la atrofia de los acini
glandulares, mientras que los islotes no se alteran. El páncreas de los animales así tratados
proporcionó extractos estables y ricos en el factor hipoglicemiante, lo que permitió su aislamiento
y purificación. El trabajo se realizó en el laboratorio del profesor de fisiología, James MacLeod
(1876-1935), quien estuvo ausente cuando ocurrió el descubrimiento, pero agregó su nombre a
la primera comunicación que se hizo de los resultados a la Asociación Americana de Fisiología, en
diciembre de ese mismo año (para poder inscribirla, porque una regla de esa asociación era que
por lo menos uno de los autores que presentaban un trabajo debía ser miembro de ella, y ni
Banting ni Best cumplían el requisito). Cuando el artículo se publicó a principios de 1922 apareció
firmado por Banting, Best y MacLeod, y al año siguiente el Comité Nobel les concedió el premio
de Medicina a Banting y MacLeod "por el descubrimiento de la insulina". Best fue excluido porque
"no había sido postulado por nadie", pero Banting compartió en partes iguales su premio con él.
En 1926, Johan Jacob Abel (1857-1938), profesor de farmacología en Johns Hopkins, Baltimore,
sintetizó la insulina en forma cristalina.

LAS VITAMINAS

La existencia de enfermedades debidas a la falta de ciertos elementos en la dieta se demostró


desde 1793, cuando apareció el libro A Treatise of the Scurvy (Un tratado sobre el escorbuto) de
James Lind (1716-1794), médico escocés que dirigió el Hospital Haslar, nosocomio naval en
Portsmouth. Lind demostró que el escorbuto podía prevenirse agregando fruta fresca a la dieta, y
si esto no era posible, jugo de limón. A pesar de que Liud siempre teñía a su cuidado en el
Hospital Haslar entre 300 y 400 casos de escorbuto, que se curaban con su tratamiento, éste no
fue adoptado por la marina inglesa sino hasta dos años después de su muerte, luego de que en
1794 una flotilla inglesa llegó a Madras después de un viaje de 23 semanas sin que se presentara
un solo caso de escorbuto, gracias a que llevaban suficientes limones. De todos modos, la
importancia teórica del descubrimiento de las enfermedades por deficiencia dietética no se
apreció sino hasta casi 100 años después, cuando un médico holandés, Christian Eijkman (1858-
1930), que había estudiado con Robert Koch en Berlín, fue a trabajar a las Indias Orientales como
director del laboratorio en Batavia (hoy Yakarta, Indonesia), en donde se interesó en el beri-beri
y en 1890 publico un estudio sobre la polineuritis en las gallinas, enfemedad rnuy parecida al
beri-beri que se produce cuando se las alimenta con arroz descascarado y se cura cuando se les
da arroz entero o extractos acuosos o alcohólicos de la cáscara del arroz. Sin embargo, su
interpretación de los resultados no fue correcta, y fue su sucesor Gerrit Grijns (1865-1944) quien
continuó los estudios y en 1901 sugirió que tanto el beri-beri como la polineuritis de las gallinas
se debían a la ausencia en la dieta de un factor presente en la cáscara del arroz, o sea que son
enfermedades por deficiencia dietética. Estas ideas fueron puestas a prueba en 1905 por William
Fletcher (1874-1938) en un experimento realizado con los internos del manicomio de Kuala
Lumpur. Ahí demostró que casi 25% de los sujetos que recibieron arroz descascarado enfermaron
de beri-beri (la mitad murió), mientras que sólo 2 de 123 pacientes que recibieron arroz entero
tuvieron la enfermedad. A partir de 1906 Frederick Gowland Hopkins (1861-1947) inició una serie
de experimentos alimentando ratas con mezclas artificiales de sustancias puras que teóricamente
deberían ser capaces de sostener su crecimiento pero que no lo hacían; en cambio, si se
agregaba una cantidad muy pequeña de leche (menos de 2.5% del peso de la dieta) las ratas
crecían normalmente. Hopkins publicó sus resultados en 1912, insistiendo en la naturaleza
nutricional del proceso, aun cuando las sustancias deficientes (que él llamó "sustancias
accesorias") todavía no se habían aislado. Sin embargo, en ese mismo año Casimir Funk (1884-

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1926), químico polaco que trabajaba en el Instituto Lister de Londres, observó que las levaduras
eran tan efectivas para prevenir o curar el beri-beri como los extractos de la cáscara del arroz, y
de estos últimos preparó un concentrado que curaba con dosis de 20 mg; además, Funk sugirió
que las "sustancias accesorias" se llamaran vitaminas, porque pensó que químicamente se
trataba de aminas. Pronto se estableció que en realidad no son aminas, pero el nombre se ha
seguido usando. En la actualidad se conocen 14 vitaminas, todas descritas, aisladas, purificadas y
sintetizadas en la primera mitad del siglo XX, que desde luego no son los únicos nutrientes
esenciales, o sea aquellos necesarios para el crecimiento y la reproducción normal que no se
sintetizan (o se sintetizan en cantidades insuficientes) en el organismo. Las vitaminas son de dos
tipos, las solubles en agua o hidrosolubles, y las solubles en grasas o liposolubles. Las vitaminas
hidrosolubles son el ácido ascórbico o vitamina C, y los componentes del complejo B, tiamina,
riboflavina, niacina, piridoxina, ácido pantoténico, ácido lipoico, ácido fólico y vitamina B12. Las
vitaminas liposolubles son A, D, E y K. Otros nutrientes esenciales son elementos inorgánicos que
participan en distintos procesos metabólicos, de ellos los más importantes son el yodo, el calcio,
el fierro y el cobre.

LA EPIDEMIOLOGÍA

Como su nombre lo indica, la epidemiología es la rama de la medicina que estudia las epidemias,
pero en este siglo se ha transformado en mucho más que eso. Desde los tiempos de Hipócrates la
ocurrencia de enfermedades en ciertos climas y épocas del año llamó la atención a los
observadores, y en el texto conocido como Epidemias I y III del Corpus Hipocraticum el autor
presenta los padecimientos epidémicos que prevalecen en cada una las cuatro "constituciones",
que no son diferentes época del año sino más bien periodos que ocurren en distintos . Sin
embargo, las descripciones no contienen detalles cuantitativos sino juicios cualitativos, como
"muchos" o "pocos", lo que no sólo no permite tener una idea clara de lo que se describe, sino
que marcó un estilo de registro de las observaciones que prevaleció durante 2 000 años. Galeno
(véase p. 49) creó un nuevo sistema para explicar todas las enfermedades en el que participan
los temperamentos, la dieta, la ocupación, el ejercicio y otros factores, que resultan en un
desequilibrio de los humores, que se aceptó ciegamente durante 14 siglos. No fue sino hasta que
Sydenham (véase p. 109) recuperó el concepto de "constitución" de Hipócrates que se volvieron
a examinar las epidemias; por ejemplo, Sydenham dividió en dos las fiebres que eran frecuentes
en Londres, las estacionarias y las intercurrentes, y señaló que su aparición dependía de la
"constitución" de cada año. Dos siglos después Henle publicó su libro Von den Miasmen und
Kontagien, en el que separa a las enfermedades epidémicas en tres, grupos: 1) debidas a
miasmas, con el paludismo como su únicomiembro; 2) debidas en un principio a miasmas, pero
en su evolución se forma un parásito en el organismo que se multiplica y disemina el
padecimiento, que incluye a la mayor parte de las enfermedades infeciosas, y 3) las contagiosas
que icluyen la sarna y la sífilis. En 1848 un médico londinense, John Snow (1813- 1858), señaló
que las deyeciones de pacientes de cólera podían contaminar acidentalmente el agua potable y
que la enfermedad se diseminaba de esa manera. En1853- 1854 hubo otra epidemia de cólera en
Londres, en la que en una zona central pequeña de la ciudad hubo más de 500 muertos en 10
días. Snow realizó una encuesta casa por casa y demostró que sólo aquellos que obtenían el agua
potable de una bomba instalada en la Broad Street enfermaban de cólera, por lo que recomendó
se cancelara, con lo que desaparecieron los brotes del padecimiento en esa zona. Un paso de
gran importancia fue el que dio William Farr (1807-1883), médico inglés que estudió en Paus y
después en Londres, y a quien por sus múltiples contribuciones se considera como el "padre de
las es tadísticas vitales". Farr observó en 1840 que la iniciación, el desarrollo y la terminación de
una epidemia es con frecuencia un fenómeno regular, de modo que si se reúnen los casos que
ocurren en breves intervalos de tiempo (generalmente semanas) y se grafican, los puntos que
representan las frecuencias medias en cada intervalo pueden unirse con una línea curva que se
describe con una fórmula matemática. Sin embargo, no todas las epidemias tienen ese
comportamiento, y para ampliar el estudio de Farr el pionero de la ciencia llamada biometía, Karl
Pearson (1857-1936), desarrolló seis tipos diferentes de curvas de frecuencia y para cada una de
ellas derivó la ecuación adecuada. Sin embargo, las epidemias pueden tener evoluciones todavía
más complicadas, por lo que su estudio demanda otra técnicas.
Con toda la importancia que tiene conocer la historia de las epidemias, su estudio tiene otros
objetivos adicionales, entre los que se encuentra establecer corelaciones entre la presencia y el
desarollo de la enfermedad y algunos factores que pudieran ser causales. Un ejemplo de este tipo
de estudio fue el realizado primero por Franz Herman Muller, de Colonia, quien en 1939 estudió

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en forma restrospectiva los hábitos de 172 sujetos adultos fumadores, la mitad con cáncer del
pulmón y el resto sano, y encontró que entre los fumadores había 65% con ese cáncer, mientras
que entre los no fumadores sólo 3.5% lo habían padecido. A partir de este estudio se han
publicado literalmente docenas de otros trabajos sobre el mismo tema, tanto retrospectivos como
prospectivos, con resultados muy semejantes. El tabaquismo no sólo se asocia al carcinoma
broncogénico sino también a otros cánceres, de boca, laringe, faringe, esófago, vejiga urinaria,
etc. De hecho, en EUA se ha calculado que si se suman todas las muertes ocurridas por estos
distintos tipos de cáncer en 1978 se obtiene la cifra de 115 000, el 30% de todas las muertes por
cáncer de ese año. La conclusión es que si no fuera por el tabaco esas muertes no hubieran
ocurrido.
Otro tipo de estudios epidemiológicos de desarrollo reciente son los experimentales, utilizando
para ello colonias de distintos animales en las que se pueden introducir ciertas bacterias y virus
no patógenos para el hombre. Este tipo de estudios fue desarrollado por William Topley (1886-
1944) en la Escuela de Higiene y Medicina Tropical de Londres, a partir de 1921, y a 10 largo de
15 años usaron cerca de 200 000 ratones. Se examinaron las condiciones que mantienen una
epidemia, el papel de la inmunización natural, de la introducción de nuevas colonias de animales
no infectados, de las infecciones latentes, del papel de los animales susceptibles, etc. Otra forma
de epidemiología experimental es la teórica, que por medio de modelos matemáticos y con la
ayuda de la computación realiza simulaciones de epidemias estableciendo una serie de patrones
constantes y examinando su comportamiento cuando se introducen uno o más factores que
tienden a a modificarlos.

EL LABORATORIO CLÍNICO

Una de las características sobresalientes de la medicina moderna es el uso del laboratorio en el


estudio de los enfermos del siglo XIX empezó a introducirse una serie de técnicas para ampliar la
variedad, la capacidad analítica y la resolución de los distintos datos que el médico obtiene por
medio de la exploración física. Con el uso del estetoscopio, del termómetro, el microscopio y de
otros instrumentos como el baumanómetro, y el oftalmoscopio el éxamen clínico del paciente se
enriqueció en forma considerable. Pero al mismo tiempo se desarrolló otra dimensión en el
estudio del enfermo, que fue el uso de toda esa nueva biotecnología en varias de sus secreciones
como sangre y orina, jugo gástrico, el aire inspirado y expirado, en líquidos obtenidos de sus
cavidades (pleura y peritoneo), y hasta en sus heces fecales. El estudio del paciente se amplió
más allá de la toma de la historia clínica y el exámen físico no instrumental, para incluir el uso de
nuevos instrumentos y una serie de determinaciones realizadas en un espacio que se llamó
laboratorio clínico y de pruebas funcionales.
Desde sus principios y hasta avanzado el siglo , la medicina se desarrolló al principio en el
consultorio o en la casa del enfermo, por lo que se conoce como medicina clínica; posteriormente,
y en especial en la Edad Media, el hincapié en los textos clásicos en detrimento de los pacientes
la transformó en medicina de biblioteca,con el crecimiento y la multiplicación de los nosocomios,
junto con las migraciones masivas de la a las grandes ciudades, provocadas por hambrunas,
guerras y otras catástrofes semejantes, a partir del siglo XVII y hasta la primera mitad del XIX
surgió la medicina de hospital, caracterizada por el estudio anatomoclínico de grandes números
de pacientes. Pero con la unificación de Alemania y el progreso de su medicina académica en la
segunda mitad del siglo XIX, y el interés especial que se puso en el uso de técnicas químicas y
microscópicas para ampliar el estudio de los pacientes, se pasó a la medicina de laboratorio.
Este último fue un salto cuántico en el ejercicio de la medicina, un cambio no sólo cuantitativo
sino cualitativo. En menos de 100 años la profesión médica se transformó, de un arte empírico y
con escasos recursos para modificar en forma favorable para el paciente la evolución natural de
su enfermedad, en una profesión científica armada con técnicas cada vez más refinadas y exactas
para alcanzar diagnósticos más precisos. Una visita a los laboratorios clínicos de un hospital
contemporáneo de buen nivel académico es una experiencia memorable. El número y la variedad
de los exámenes que pueden realizarse, cada vez con mayor exactitud, ha estado creciendo de
manera exponencial durante la segunda mitad de este siglo y no muestra signos de alcanzar
pronto un punto de saturación. Nadie los ha contado, pero es probable que hoy existan más de 1
000 exámenes y pruebas de laboratorio útiles para el diagnóstico y el tratamiento de la mayoría
de los enfermos, con las que ni Hipócrates, ni Boerhaave, ni Laennec, soñaron en sus respectivos
tiempos para auxiliar a sus pacientes.
La biotecnología contemporánea aplicada a la medicina es una bendición para médicos y
enfermos; lo único que se obtiene de ella son beneficios para ambos, que antes de su

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introducción no eran accesibles. Es lamentable que recientemente se haya pretendido que la
biotecnología conduce a la deshumanización de la medicina. La coexistencia temporal de dos
fenómenos, sobre todo cuando se trata de una sola instancia (un solo experimento) no es prueba
de relación causa-efecto entre ellos. En el caso especifico mencionado existe otro elemento que
no se toma en cuenta cuando se acusa a la biotecnología moderna de la pérdida de los valores
humanos de la medicina, que es el desarrollo de la seguridad social. Ambas (biotecnología y
seguridad social) se introdujeron en los mismos años del siglo XIX: Bismarck logró que en
Alemania se aprobara la primera ley en 1889. Naturalmente, nadie duda que la toma de la
responsabilidad de la seguridad social por parte del gobierno sea un hecho positivo, un avance en
las estructuras que constituyen la sociedad moderna. Pero su realización en algunos países como
México, ha caído en una serie de prácticas que van en contra de sus objetivos declarados; una de
ellas es la masificación de las instituciones, con la consecuencia pérdida del individuo en medio de
la multitud. Es mucho más deshumanizante exigirle a un médico que vea 30 pacientes en 8 horas
que todas las biotecnológias diagnósticas y terapeúticas juntas.
El laboratorio clínico es la parte más científica de la nedicina moderna y por lo tanto es la que
distingue mejor dde todas las otras medicinas "tradicionales". Ha surgido de la aplicación rigurosa
de la biotecnología más avanzada al estudio de la enfermedad, y se ha hecho cada vez más útil y
confiable conforme las técnicas se han hecho cada vez más complejas y específicas. Esto ha
hecho a la medicina más eficiente en sus diagnósticos y, por lo tanto más efectiva en sus
tratamientos.

LA GENÉTICA Y LA BIOLOGÍA MOLECULAR

Quizá uno de los avances que mejor caracterizan a la medicina es el el que ocurrió en la genética
y en la biología . La genética inició su desarrollo actual a mediados del siglo XIX en el jardín de un
monasterio agustino en la ciudad de Brno, Hungría, en manos del sacerdote Gregor Mendel
(1822-1884) quien había estudiado biología en Viena y estaba interesado en la herencia de
distintos caracteres en las plantas como el color del albumen y del epistemo, la superficie lisa o
rugosa de las semillas, la longitud de los tallos y la localización axial o terminal de las flores, todo
en el chícharo Pisum sativum. Mendel hizo distintas cruzas de las plantas y calculó las variaciones
de las siete características mencionadas en las nuevas generaciones, lo que reveló la persistencia
de ciertos factores no identificados (y entonces ni siquiera imaginados) con ellas. Mendel también
fue profesor escuela de Brno durante 14 años, que fueron los que utizó pararealizar sus
experimentos. Fundó la Sociedad Historia Natural de Brno y publicó en 1866, en la revista de esa
sociedad, su hoy famoso trabajo Versuche über Planzenhybriden (Estudios sobre híbridos
vegetales), que pasó inadvertido durante 35 años, hasta que fue descubierto por Hugo de Vries
(1848-1935) y otros investigadores en 1900. Mendel fue nombrado abad de su monasterio en
1868, con lo que terminó su carrera científica. La aplicación práctica de los resultados de Mendel
la inició Archibald Garrod (1857-1936), médico inglés que en 1902 publicó un trabajo sobre la
alcaptonuria, rara enfermedad metabólica con comportamiento hereditario peculiar, cuya
explicación se encuentra en una de las leyes de Mendel. Garrod reunió otros padecimientos
congénitos más en los que los patronenes de herencia se explicaban de la misma manera, como
la cistinuria y el albinismo, y en 1909 publicó su famosa monografía Inborn Errors of Metabolism
(Errores congénitos del metabolismo ), con lo que creó una nueva disciplina dentro de la genética
humana: la genética bioquímica. Los cromosomas fueron identificados por Walther Flemming
(1843-1815) en 1882, pero el nombre se debe a W. Waldeyer, quien los bautizó en 1888
además, se reconocieron los dos tipos de división celular: mitosis y meiosis. Pronto llamó la
atención el paralelismo que existe entre la ley mendiana de la segregación de los factores
responsables de los caracteres hereditarios y los cromosomas como posibles portadores de esos
factores, lo que dio origen a la citogenética.

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Figura 36. Gregor Mendel (1822-1884).

Wilhelm Roux (1850-1924) propuso un modo teórico para explicar por que las células hijas
heredan el complemento genético completo de la célula original, en lugar de heredar la mitad, en
el que el núcleo posee hileras de estructuras individuales que se duplican; Theodor Boveri (1862-
1915) y William Sutton (1876-1916) siguieron este modelo y propusieron que los genes están
localizados en los cromosomas. El siguiente gran avance en este campo lo dio Thomas Hunt
Morgan (1866-1945) con sus estudios en la mosca de la fruta del género Drosophila, que
aparecieron en 1915 en un libro titulado The Mechanism of Mendelian Heredity, que tuvo gran
influencia en el desarrollo de la genética. Morgan continuó trabajando en el campo y en 1928
publicó otro libro, The Theory of the Gene, en el que propone que las características del individuo
se deben a pares de elementos o genes presentes en el material genético, que estos genes
muestran enlace (linkage) que corresponde a los cromosomas, que los pares se separan cuando
las células germinales maduran y que los gametos contienen una sola serie de genes; además,
los genes ligados se combinan como grupo, aunque también existe cierto intercambio ordenado
entre ellos.
En 1953 James Watson (1928- ) y Francis Crick (1916- ) publicaron un modelo de la estructura
terciaria del ácido desoxirribonucleico que incluía un mecanismo para su replicación y las bases
de su funcionamiento como portador de la información genética. Este modelo es el bien conocido
de una doble hélice anticomplementaria en la que la parte central está ocupada por las bases
púricas y pirimídicas y la parte externa por los residuos de los carbohidratos (desoxirribosa)
unidos a ácido fosfórico. Este descubrimiento introdujo la revolución biológica más importante en
el siglo XX, y ha ejercido gran repercusión en la medicina, pues representa la base de la biología
molecular, que es el estudio de las moléculas de los ácidos nucleicos que participan en la
codificación, expresión y síntesis de la información genética, que como regla se refiere a la
estructura primaria de proteínas.

Figura 37. Los descubridores de la estructura del ADN, James Watson (1928- ) y
Francis Crick (1916- ).

Ya desde 1940 se había iniciado la investigación epidemiológica de las enfermedades hereditarias


en cuanto a prevalencia, mecanismos de transmisión, heterogeneidad y tasa de mutación; en
1949 Linus Pauling (1901-1995) y sus colaboradores demostraron que la anemia de células
falciformes era una enfermedad molecular, producida por el cambio en un solo residuo de
aminoácido en las cadenas B de la hemoglobina, y pronto se agregaron otros padecimientos que
afectan otras moléculas, como las inmunglobulinas y la colágena. También se estableció que
87
muchos de 195 errores congénitos del metabolismo resultan del cambio en la estructura primaria
de alguna enzima, casi siempre debido a una mutación. Se demostró el polimorfismo genético de
enzimas y proteínas y se generó la hipótesis de que ésa fuera la causa de que existieran
diferencias en la susceptibilidad o resistencia algunas enfermedades desencadenadas por factores
ambientales. Otro factor complicado en el mismo fenómeno sería el sistema de
histocompatibilidad, que además se asocia a la susceptibilidad a enfermedades de
autoinmuniddad.
La biología molecular permite hoy la identificación, el aislamiento y la clonación de genes
específicos y en muchos casos su transferencia y expresión en bacterias, que entonces producen
moléculas llamadas recombinantes. Esto permite vislumbrar la posibilidad de la terapéutica
génica, que se aplicaría no sólo a los errores congenitos del metabolismo sino a muchos otros
padecimientos no hereditarios, porque la gran mayoría de las células somáticas del organismo se
dividen continuamente durante toda la vida y pueden sufrir alteraciones en su material genético,
como en el cáncer. En la actualidad se efectúa un programa internacional de investigación cuya
meta es conocer la totalidad de la estructura primaria del ácido desoxirribonucleico humano, lo
que seguramente proporcionará información muy útil para la prevención, el diagnóstico, el
pronóstico y el tratamiento de muchas enfermedades.

APÉNDICE
EL JURAMENTO HIPOCRÁTICO

El juramento hipocrático brilla en la historia de la medicina como una de las principales fuentes
de la ética médica. No hay duda de que ha regido (al menos de nombre) la actividad profesional
de los médicos y que a través de muchos siglos ha sido considerado un código ético completo. La
siguiente versión es la traducción del texto vertido del griego jónico antiguo al inglés por Ludwig
Edelstein en 1943.

JURAMENTO

Juro por Apolo Médico, por Esculapio, por Higiene y por Panacea, y por
todos los dioses y diosas, tomándolos por mis testigos, que cumpliré de
acuerdo con mis capacidades y mi juicio este juramento y convenio.
Considerar al que me ha enseñado este arte igual que a mis padres y vivir
mi vida en asociación con él, y si se encuentra necesitado de dinero darle
una parte del mio, y considerar a sus hijos como mis hermanos varones y
enseñarles este arte —si desean aprenderlo— sin costo y sin compromiso;
dar una parte de mis preceptos e instrucción oral y otras formas de
enseñanza a mis hijos y a los hijos del que me ha instruido y a los
alumnos que han firmado el convenio y hecho el juramento de acuerdo
con la ley médica, pero a nadie más.
Usaré medidas dietéticas para el beneficio de los enfermos de acuerdo
con mi capacidad y juicio; los protegeré del daño y de la injusticia.
No le daré una droga letal a nadie aunque la pida, ni le haré una
sugestion de este tipo. De manera semejante, no le proporcionaré un
remedio abortivo a ninguna mujer. Guardaré mi arte y mi vida con pureza
y santidad.
No usaré el bisturí, ni siquiera en los que sufran de la piedra, sino que me
retiraré en favor de aquellos que se dedican a este trabajo.
Cualquiera que sea la casa que visite, lo haré para el beneficio del
enfermo, manteniéndome alejado de toda injusticia intencional y de toda
mala acción, y en especial de tener relaciones sexuales con hombres o
mujeres, sean libres o esclavos.
Lo que yo vea o escuche en el curso del tratamiento, o aun al margen de
este, en relación con la vida de los hombres, que de ninguna manera
debiera difundirse, lo mantendré en secreto y consideraré vergonzoso
hablar de ello.
Si cumplo con este juramento y no lo violo, que pueda gozar de mi vida y
de mi arte, honrado por la fama entre todos los hombres por todo el
porvenir; pero si lo rompo y he jurado en falso, que lo opuesto sea mi
suerte.

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El juramento hipocrático puede dividirse en cuatro partes, cada una con origen y significado
distintos:
1) El primer párrafo, donde se invocan las principales deidades médicas (Apolo, Esculapio,
Higiene, Panacea), así como a todos los demás dioses y diosas y se señala que el documento no
sólo es un juramento sino también un convenio o contrato.
2) El segundo, que establece las reglas de las relaciones entre el juramentado y su profesor y su
familia, sus obligaciones docentes, y que termina con una cláusula de exclusión.
3) Los párrafos tercero a séptimo, que detallan diversas facetas de la práctica médica, con
hincapié en ciertos aspectos a los que se renuncia de manera específica.
4) El párrafo octavo, que es la protesta del compromiso y que señala claramente el premio al que
habiéndolo adquirido lo cumple, y el castigo para quien lo viola.
Las cuatro partes anteriores pueden comentarse de la manera siguiente:
1) La invocación de Apolo Médico en el primer párrafo ha sido interpretada como específica, ya
que Apolo es también el Dios Délfico, el Dios de la Pureza, quien renuncia a la medicina en favor
de su hijo Esculapio. Sin embargo, para la secta de los pitagóricos, que reformaron la medicina
de acuerdo con su concepto de pureza, el Apolo Délfico siguió siendo el principal médico. Higiene
y Panacea son las hijas divinas de Esculapio, quien posteriormente tendrá otros descendientes
terrenales. El primer párrafo adquiere sentido cuando se lee a través de las gafas de la secta
pitagórica. También resulta interesante que no solo se trata de un juramento sino también de un
convenio o contrato, que obliga al que lo acepta ciertas reglas de comportamiento distintas de las
que rigen a la población general. Es bien sabido que la secta pitagórica tenía carácter secreto y se
guiaba por una serie de reglas basadas en principios esótericos que incluían el poder mágico de
los números y la metempsicosis o transmigración del alma. El primer párrafo sólo se relaciona
con la medicina por el carácter de los principales diosesinvocados y no contiene ningún precepto
que pueda servir como código ético médico.
2) En el segundo párrafo el juramentado acepta a su maestro como su padre adoptivo y a la
familia de su maestro como su familia adoptiva; al mismo tiempo, se compromete a desempeñar
labores docentes para tres tipos de alumnos: sus propios hijos, los hijos varones de su maestro, y
los que hayan hecho el mismo juramento y aceptado el mismo convenio. Finalmente, se aclara en
forma terminante que tales beneficios no serán extendidos a nadie mas.
Este párrafo es uno de los pronunciamientos más claros de exclusividad en la membresía de una
secta cerrada, algo que en la Grecia de Hipócrates, de Sócrates y de Platón debe haber sido
excepcional entre los ciudadanos libres. La excepción eran otra vez los pitagóricos, quienes desde
Epaminondas, que reverenció a Pitágoras como a su padre, practicaban y proclamaban este tipo
de relación entre alumnos y maestros como la más digna y la más genuina. En cambio, la
mayoría de los ciudadanos griegos reconocía una relación distinta entre maestros y alumnos: sin
detrimento de las ligas de afecto y respeto mutuo, la función del maestro era enseñarle al alumno
su arte de tal manera que cuando éste llegara a ser maestro ya hubiera superado el nivel y los
conocimientos del primero. Cuando no alcanzaba a ser mejor que el maestro, se consideraba que
el maestro había fracasado. Los griegos clásicos nos legaron el mejor de los ejemplos de la
relación considerada como la más saludable y creativa entre maestros y alumnos: Sócrates fue el
maestro de Platón, quien a su vez fue el maestro de Aristóteles. En lugar de la sumisión ante la
autoridad paterna, que garantiza la ausencia de progreso pues el hijo no se atreve a criticar el
pensamiento del padre y a buscar caminos diferentes mientras conserva ese tipo de relación, la
historia nos muestra la alternativa que inventaron los griegos para avanzar el conocimiento en los
Diálogos de Platón y en las obras científicas y filosóficas de Aristóteles. La historia revela que ante
estas dos posturas diferentes, el hombre occidental escogió la pitagórica, la basada en el dogma
y en la autoridad, a partir del siglo II d.C. y durante los siguientes catorce siglos.
El segundo párrafo no tiene nada que ver con la medicina: los diferentes tipos de relaciones entre
profesores y alumnos se dan igualmente en la pintura, la tauromaquia, la química inorgánica y el
crimen organizado. Es posible que puedan incluirse dentro de la ética normativa o general, pero
no poseen ninguna característica que justifique su consideración dentro de un código ético
médico.
3) Los párrafos tercero a séptimo del juramento hipocrático tienen un carácter completamente
distinto de los anteriores: son mandatos específicos, casi prohibiciones, en relación con
situaciones concretas que incluyen medidas dietéticas, venenos, aborto, litotomía, relaciones
sexuales y secreto profesional.
De especial interés son las referencias a la "injusticia" (final del párrafo 3) y a la "pureza y
santidad" (final del párrafo 4), que reconfirman la naturaleza esencialmente religiosa del

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dccumento. Como era de esperarse, esta parte del juramento hipocrático es la que revela con
mayor claridad las diferencias entre una secta minoritaria de médicos griegos del siglo V a.C. y la
profesión médica de fines del siglo XX. Las medidas dietéticas mencionadas aparecen en muchas
partes del Corpus Hípocraticum y son radicalmente contradictorias; la participación del médico en
el suicidio era minoritaria en la Grecia clásica, donde el ciudadano libre era el único dueño de su
propia vida: la negativa a administrar abortivos sin hacer referencia a las diferentes situaciones
en que este problema surge es igualmente ciega e irracional, así como muy distinta a la que ha
adoptado a través de toda la historia un grupo específico de médicos; el rechazo a la litotomía, la
referencia a las relaciones sexuales y al secreto profesional se refieren a problemas que la
medicina ha ido enfrentando y resolviendo de distintas maneras en su historia.
Si de la lectura del primer párrafo del juramento hipocrático se concluye que se trata de un
documento sólo de interés histórico, y del análisis del segundo se desprende que refleja una
postura esencialmente mística y sin relación específica con la medicina, el examen de los cinco
párrafos siguientes debe convencernos de que el documento era minoritario en sú tiempo y que
pronto, después de haberse originado empezó a perder vigencia. La escuela hipocrática (que
representa cuatro siglos de ejercicio médico) y su culminación en Galeno, está repleta de
observaciones, postulados, ideas, acciones y recomendaciones que ignoran o contradicen el
juramento hipocrático.
4) El último párrafo confirma la sospecha de que se trata de algo diferente de un código ético
médico. Si el juramentado cumple con las demandas y requisitos especificados en los párrafos
anteriores, será honrado con fama entre todos los hombres por todo el tiempo por venir". Esto
apoya, una vez más, que el documento se refiere más a una secta religiosa que a un gremio
profesional.
¿Hay algo en este documento, promulgado hace por lo menos 25 siglos, que nos importe en esta
época? ¿Se justifica que tantos médicos contemporáneos lo usen para adornar las paredes de las
salas de espera de sus consultorios? Con todo respeto, creo que la respuesta es NO.

LECTURAS ADICIONALES
TEXTOS GENERALES

Castiglioni, A., A History of Medicine (Trad. E. B. Krumbhaar), Alfred A. Knopf, Nueva York, 2ª
ed., 1958.
Una de las mejores historias de la medicina escritas por un solo autor, un italiano de sabiduría
legendaria. Aunque el libro apareció hace casi 40 años, debe recordarse que la historia bien
escrita no envejece sino que, como los buenos vinos y el cognac, mejora con el tiempo.
Garrison, F. H., An Introduction to the History of Medicine, W. B. Saunders Co., Filadelfia /
Londres, 4ª ed., 1929.
Éste es el libro "clásico" de historia de la medicina en EUA; no hay duda de que es magnífico y en
todo comparable a los grandes textos europeos contemporáneos (la primera edición es de 1913).
Garrison era un gran conocedor de la historia y además un hombre muy culto; cada vez que se
consulta su libro se aprende algo nuevo.
Lain Entralgo, P. (ed.), Historia universal de la medicina (7 tomos), Salvat Editores, Barcelona,
1972.
Extensa y muy completa revisión de toda la historia de la medicina, bellamente ilustrada y escrita
por expertos, la mayor parte europeos. Obra de consulta más que de lectura, por su carácter
enciclopedico.
Major, R., A History of Medicine (2 tomos), Charles C. Thomas, Publ., Springfield, III, 1954.
Otro de los textos clásicos, muy equilibrado y con buenas ilustraciones.
Pérez Tamayo, R., El concepto de enfermedad. Su evolución a través de la historia (2 tomos),
UNAM /FCE/ Conacyt, México, 1988.
Historia de la evolución del concepto de enfermedad desde la época primitiva hasta la actual,
basada en el concepto de que nuestras ideas determinan nuestras acciones.
Singer, Ch., y E. A. Underwood, A Short History of Medicine, Oxford University Press, Londres, 2ª
ed., 1962
Un libro excelente que se puede leer de corrido, caracterizado por el famoso estilo "ligero" de
Singer, con especial interés en las contribuciones inglesas a la medicina.

MEDICINA PRECIENTÍFICA
Academia Nacional de Medicina (Martínez Cortés, F., editor general), Historia general de la
medicina en México, UNAM, 1984.

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La colección de ensayos más completa acerca de la medicina precolombina en México. Ya se han
publicado los primeros dos tomos, el primero en 1984 editado por Carlos Viesca Treviño y Agustín
López Austin, que cubre la medicina precolombina; el segundo en 1990, editado por Gonzalo
Aguirre Beltrán y Roberto Moreno de los Arcos, que llega hasta la época colonial.
Aguirre Beltrán, G., Medicina y magia. El proceso de aculturación en la estructura colonial, INI,
México, 1963.
Estudio profundo y muy bien documentado sobre la medicina tradicional en la época de la Colonia
en México.
López Austin, A., Textos de medicina náhuatl, UNAM, 1975. Colección de textos clásicos de
Sahagún, De la Cruz, Hernández, Ruiz de Alarcón, Clavijero, Del Paso y Troncoso, y otros más,
con una excelente introducción del autor.
Majno, G., The Healing Hand. Man and Wound in the Ancient World, Harvard University Press,
Cambridge, 1975.
Enorme colección de datos sobre medicina primitiva y precientifica envuelta en un texto muy
atractivo y con bellas ilustraciones; pone especial interés en la historia de la cirugía.
Ortiz de Montellano, B., Medicina, salud y nutrición aztecas. Siglo XXI Editores, México, 1993.
Obra reciente sobre la medicina y otros aspectos de la cultura náhuatl.

MEDICINA GRIEGA Y ROMANA


Jackson, R., Doctors and Diseases in the Roman Empire, University of Oklahoma Press, EUA,
1988.
Scarborough, J., Roman Medicine, Cornell University Press, Ithaca, Nueva York, 1976.
Estos dos textos describen con detalle diversos aspectos de la medicina en el Imperio romano.
Singer, Ch., "Medicine", en Livingstone, R. W. (compilador), The Legacy of Greece, Oxford
University Press, Londres, 1921, pp. 201- 208.
Breve pero muy completo repaso de la medicina griega.
Smith, W. D., The Hippocratic Tradition, Cornell University Press, Ithaca, Nueva York, 1979.
Temkin, O., Galenism. Rise and Decline of a Medical Philosophy, Cornell University Press, Ithaca,
Nueva York, 1973.
—Hippócrates in a World of Pagans and Christians, The Johns Hopkins University Press, Baltimore
y Londres, 1991.
Los tres libros revisan la vida y la obra de Hipócrates y Galeno, así como la práctica de la
medicina en la antigüedad y hasta la Edad Media.

MEDICINA MEDIEVAL Y DEL RENACIMIENTO


Gordon, B. L., Medieval and Renaissance Medicine, Philosophical Library, Nueva York, 1959.
Siraisi, N. G., Medieval & Earlg Renaissance Medicine, The University of Chicago Press, Chicago y
Londres, 1990.
Interesantes colecciones de información sobre la medicina a lo largo de la Edad Media y principios
del Renacimiento.

MEDICINA CIENTÍFICA
Bynum, W. F., Science and the Practice of Medicine in the Nineteenth Century, Cambridge
University Press, Londres, 1994.
Resumen de la repercusión que tuvo la revolución científica en la medicina durante el siglo XIX.
Reiser, S. J . Medicine and the Reign of Technology, Cambridge University Prses, Londres, 1978.
Revisión de los efectos de la tecnología en el examen clínico del paciente, la introducción del
microscopio, las pruebas funcionales, el laboratorio clínico, las especialidades médicas, y los
problemas que resultan de las decisiones médicas en las que participan determinaciones por
instrumentos de desarrollo tecnológico reciente.
Shryock, R. H, The Development of Modern Medicine, Alfred A. Knopf, Nueva Yo rk, 1947.
Texto clásico sobre la influencia de factores sociales y científicos en el desarrollo de la medicina
moderna.

CONTRAPORTADA
"Juro por Apolo Médico, por Higiene y por Panacea [las deidades médicas de la antigua Grecia], y
por todos los dioses y diosas, tomándolos por mis testigos, que cumpliré de acuerdo con mis
capacidades y mi juicio este juramento y convenio." Éstas son las palabras iniciales del famoso
juramento hipocrático que, hasta la fecha, pronuncian los médicos nuevos en el momento de

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graduarse. Es, en la historia de la medicina, una de las fuentes principales de la ética de los
profesionales de esta rama de la ciencia.
Por supuesto, la historia de la medicina no se inicia en Grecia y, en esta documentada historia de
la medicina, el doctor Ruy Pérez Tamayo se remonta a los pueblos más antiguos, en los que
predominaba el pensamiento mágico y las enfermedades —consideradas castigo de la divinidad—
eran curadas por sacerdotes, brujos o chamanes. Pasa así, de estos oscuros y poco
documentados orígenes hasta la increíble complejidad del momento actual, llevando al lector en
su camino a través de los momentos culminantes de la historia médica, avances y retrocesos,
ignorancia y sabiduría, mucho dolor y mucha esperanza. Historia profundamente humana, tan
vieja como la humanidad y tan joven como sus aspiraciones actuales, escrita para los jóvenes
interesados en elegir la profesión de médico y para los adultos que tengan curiosidad por conocer
el llamado arte de Hipócrates y de Galeno que demanda "la dedicación más completa, el ejercicio
amplio y continuo de las facultades espíritu firme y vocación de servicio a la sociedad." Sin olvidar
el aforismo hipocrático: Curar algunas veces, ayudar con frecuencia, consolar siempre.
Ruy Pérez Tamayo es médico cirujano egresado de la UNAM. Sus cursos de postgrado los realizó
en EUA. Fundó y dirigió por 15 años la Unidad de Patología de la Facultad de Medicina de la
UNAM. Ha sido investigador del Instituto de Investigaciones Biomédicas de la UNAM y del
Instituto Nacional de la Nutrición "Salvador Zubirán". Actualmente es profesor emérito y jefe del
Departamento de Medicina Experimental de la UNAM.

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