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El caballo en la cultura puertorriqueña como elemento comunicativo \

Autor: Tomás López- Pumarejo


Brooklyn College (City University of New York)
Facultad de Economía

James Carey, un filósofo de los Estados Unidos, propuso que hay dos modelos principales
para entender lo que es la comunicación. Uno es el rito y la otro el transporte. El primero es
más fiel a lo que la comunicación significa esencialmente, y hace que la misma sea
edificante y fortalecedora. Gráficamente se representa como un círculo. El segundo es lo
contrario, sin embargo, es el dominante en nuestra sociedad ya que el mismo hace posible
el comercio y el estado moderno. Gráficamente se representa con una línea que une dos
puntos. Este trabajo de Carey circuló mucho durante los años ochenta y sirvió de base al
establecimiento de los ¨cultural studies¨ americanos.

Fue precisamente esta teoría, divulgada en el ensayo "A Ritual Approach to


Communication" lo que me vino a la mente cuando la profesora Ríos-Rigau me pidió que
abordara el tema del caballo en la cultura puertorriqueña desde el punto de vista de la
comunicación. El caballo une los dos modelos, el rito y el transporte. Pero la virtud de este
animal es que, al menos en el caso de Puerto Rico, tiene hoy día que ver más con el rito que
con el transporte. Para explicar por qué, relacionaré al caballo con uno de los principales
símbolos de lo puertorriqueño: las tallas de los tres reyes magos. Advierto, no obstante, que
la función simbólica y ritual del caballo en la cultura puertorriqueña es múltiple y compleja,
como vemos claramente en esta exposición.

Para explicar el modelo del rito, Carey llama la atención a la etimología del concepto
"comunicación," el cual muchos sabemos se desprende de la palabra "comunidad." Lo que
nos permite comunicarnos es lo que tenemos en común, las costumbres, los símbolos, el
lenguaje, lo cual se reafirma y continúa en cada encuentro estructurado, es decir, la reunión
familiar, una clase en la escuela, una misa, las fiestas tradicionales, en el esperado
programa de televisión, una boda, en la película de nuestro actor o género favorito, y aún en
las rutinas más cotidianas del diario vivir. Lo predecible genera reafirmación y,
simultáneamente, evolución, pues la cultura siempre es dinámica. Sólo en la comunicación
existe la comunidad, sólo en la comunicación surgen comunidades, y sólo en la
comunicación se revitalizan.

El modelo de la comunicación como transporte se consolidó al emerger la comunicación de


masas, la cual separó geográficamente al comunicador y al receptor al mismo tiempo que
los unió cronológicamente. Una vez surge el telégrafo la comunicación se vuelve
instantánea entre largas distancias. Pero este adelanto tecnológico vino enmarcado, sobre
todo en los países continentales, por un expansionismo que conectó regiones remotas
mediante rieles, carreteras y canales. En este contexto, comunicar significaba transportar
cartas, publicaciones, decretos oficiales, materia prima y todo tipo de bienes. La idea de
transportar siguió así ligada a la idea de comunicar, según Carey, aún cuando ya la
comunicación entre puntos distantes no requería transporte. ¿Por qué siguió ligada? Porque
el propósito de la comunicación continuó, al menos desde el punto de vista de las
autoridades, siendo el mismo: expandir el comercio y el estado moderno, dos cosas que
podemos distinguir, pero no podemos separar. La comunicación como edificadora de
comunidades, como rito, pasa así a un segundo plano.

Puerto Rico no podría ser mejor ejemplo de que Carey tiene razón, porque aquí, el progreso
ha desmantelado la vida de comunidad mediante el automóvil, la televisión, el celular, la
vivienda multifamiliar, el centro comercial y las urbanizaciones. Y si no fuera por el
fanatismo político, fuéramos tan indiferentes al quehacer del gobierno como en los Estados
Unidos. Pero debemos recordar que el trabajo de Carey representa un intento de hacer que
la comunicación como campo de estudio transforme la vida pública en un país hegemónico
donde las instituciones no responden lo suficientemente a los intereses de la población, ni la
población se siente lo suficientemente motivada al cambio.

El argumento de Carey no está reñido con otro que alega que la comunicación de masas
también cumple una función ritual, es decir, construye comunidades. Benedict Anderson,
en su conocido libro "Imagined Communities," alega que las naciones modernas surgieron
de la comunicación de masas. La imprenta a gran escala hizo posible la circulación de
ideas, mediante el periodismo y la literatura, sobre lo que se supone que es la identidad de
cada país. Lo que hoy día podemos ver en un mapa del mundo emergió, sobre todo a partir
del siglo XIX. Sin embargo, la ironía implicada en el título "comunidades imaginadas"
llama la atención a la debilidad del nacionalismo como discurso unificador. El
nacionalismo, al menos el nacionalismo que promueve el estado, siempre se basa en
generalizaciones interesadas y divulgadas por los medios de comunicación para receptores
dispersos y anónimos. Este tipo de discurso informa, pero no determina manifestaciones
culturales como la talla de santos, las cuales siempre combinan una tradición muy local, y
muchas veces familiar, con la originalidad del artesano.

Aparte de Carey y Anderson pensé, al ser invitado a hablar sobre este tópico, en mi vida de
estudiante en la Universidad de Valencia. Cuando llegué a mi despacho un día a las once de
la mañana, el mismo ya no existía. Una bomba lo había volado en pedazos. Nunca se sido
yo ni tan importante ni tan amenazante como para que quieran reventarme en un atentado,
pero mi vecino de oficina sí. Se trataba de un profesor que defendía la lengua y cultura
castellana en un momento, a mediados de los años ochenta, cuando en España se
establecían los gobiernos autonómicos y sus consecuentes defensas de las lenguas y
culturas regionales.

El grupo responsable por el atentado fue "Terra Lliubre" o tierra libre, el equivalente
valenciano de la ETA. En aquellos días andaban los ánimos caldeados por el nacionalismo
regional, y un momento cumbre fue cuando sacaron de la plaza principal de la ciudad una
enorme estatua ecuestre de Francisco Franco, por lo cual dejó de llamarse la plaza del
generalísimo y pasó a llamarse la plaza del país valenciano. El evento fue un tanto como la
remoción de la estatua de Sadat Hussein de Badgad, ya que simbolizó el final de un órden
político, casi como si fuera una ejecución simbólica, y no faltó quien aplaudiera el evento.

Al recordar esos días, no me imaginé algo así ocurriendo en Puerto Rico, y me puse a
pensar dónde en la isla hay una estatua ecuestre de algún militar, adornando una plaza o un
parque. Consulté con la curadora de esta exposición y me informó que sólo ha visto una,
recientemente, desde el tren urbano, en algún lugar por Bayamón. Es interesante que la
profesora Ríos-Rigau anota en su introducción al catálogo de este evento, que de las artes la
escultura es, si bien importante, la de menos crecimiento, al parecer por razones de
economía financiera y espacial. Cito:

"Siempre alguien pregunta la razón por qué el arte de la escultura en Puerto Rico no está
tan generalizado como las demás artes plásticas. A pesar de que en las últimas décadas del
siglo XX, la escultura se ha ido desarrollando de forma más visible a través de la creación
de jardines escultóricos y bienales de escultura, así como de diversos proyectos de arte
público, todavía existe rezago. Una razón para la que existan hiatos en la producción
escultórica es el factor económico. Un pintor, un grabador, un ceramista pueden crear y
producir su obra con menos recursos económicos; sin embargo, un escultor necesita de
costosos medios tales como materiales, maquinaria, fundiciones y otros tantos para poder
ejecutar su obra. Es poco probable que un escultor se desarrolle a menos que individuos o
instituciones le comisionen un trabajo" (p. 18).

Volveré al asunto de la escultura en Puerto Rico tras comentar un poco sobre las otras artes
representadas en esta exposición.

También noté que el caballo apenas aparece asociado a lo bélico en la de pintura y artes
gráficas, y en ninguna pieza este animal le atribuye majestad a un militar triunfante. Sólo en
cuatro aparece el caballo dentro de batallas. Están, por ejemplo, las dos pinturas sobre el
grito de Lares de Augusto Marín (1961 y 1969) y sólo en la primera se destacan dos
guerreros a caballo. También los "Macheteros a caballo" de Carlos Raquel Rivera, de la
década de los 80, donde, según describe Ríos-Rigau una serie de jinetes asciende en actitud
de lucha dentro de un formato vertical estrecho. Lo bélico también se sugiere en el acrílico
¨Los de a caballo" de Cecilio Colón, ya que la pieza se propone inmortalizar a los valientes
jinetes de Vieques, pero es evidente en el ingenioso grabado "1898" de Carlos Raquel
Rivera, donde un soldado americano ataca por la espalda a un jinete español mientras éste
ataca de frente a un indio, quedando así el caballo prominentemente al centro de la
composición.

Las muestras del taller gráfico independiente "Alacrán," fundado por Antonio Martorell en
1967 y también las del "Taller Bija," fundado por Rafael Rivera Rosa y Nelson Sambolín
ubican al caballo en la simbología bélica dada la marcada intención política de sus carteles.
Lo mismo puede decirse de la obra de José Meléndez Contreras, cuyos expresivos caballos
recuerdan un tanto al "Guérnica" de Picasso. Sin embargo, en la pintura cuyo título sugiere
más batalla que ningún otro en la exposición "La invasión de Utuado" (1945) de Julio
Tomás Martínez, las tropas de los Estados Unidos, dirigidas por el capitán Henry, no
figuran en ataque, sino en cabalgata hacia el pueblo ante el aparente júbilo de los locales.

Volvamos a la escultura, y específicamente a la escultura ecuestre. Las estatuas ecuestres se


ubican en lugares de alta visibilidad y simbolizan no sólo el heroísmo del jinete, sino
también del pueblo que protegieron. Los caballos que en ellas figuran, aunque son vistosos
e imponentes, también son apenas una extensión del pedestal de una figura humana, la
belleza del caballo no importa por sí misma, sino que funciona como afirmación del poder
y la gloria de un militar y de un pueblo. La ausencia de este tipo de escultura en Puerto
Rico elimina al caballo de uno de los enclaves más privilegiados y democráticos que existe
en para el arte urbano: las plazas y parques y, por supuesto, lo excluye como símbolo de
soberanía. Sin embargo, si uno se sale de las taxonomías tradicionales de la historia del arte
que ubican lo artesanal en un espacio aparte, uno podría mirar las tallas de santos más como
un arte escultórico, y su portabilidad, variedad y disponibilidad como un elemento
democrático. Y si desde esa perspectiva uno ve a los caballos de los reyes magos, puede
uno no sólo apreciar al caballo como símbolo de lo puertorriqueño, sino también como
símbolo de valores más dignos y trascendentes que lo monumental y lo bélico.

El caballo de lo cotidiano en Puerto Rico, el animal de trabajo, no el de paso fino ni el de


batalla, es el chongo. Como el sato, es un animal generalmente dócil, fiel, útil y resistente.
Es objeto de mucho afecto y agradecimiento. Los estudiosos de la teoría del genero o
"gender studies¨ dirían que el caballo del jíbaro es un caballo feminizado, dado que
culturalmente se asocia lo femenino no a la guerra ni a la competencia individualista, sino a
la ternura, la colaboración y la laboriosidad. Podemos ver muestra de lo que aquí digo en lo
más conocido de la poesía y la música popular. Recodemos que el "Lamento borincano,"
reza: "… y alegre, también su yegua va, al presentir que su cantar es todo un himno de
alegría…" y que cuando Luis Llorens Torres salió de Collores fue "…en una jaquita valla
por un sendero ente mallas arropás de cundeamores." Así el género del equino contribuye a
la bucólica imagen de nostalgia, fertilidad y gentileza, producto de la estética modernista,
que ubicó al jíbaro en el centro de la iconografía puertorriqueña y con él, al chongo. Esta
asociación de lo puertorriqueño con la gentileza también se aprecia en el himno nacional de
Puerto Rico donde "..la tierra de Borinquen es un jardín florido de mágico esplendor…," el
cual contrasta con el de otras naciones, casi todos los cuales glorifican la batalla. Estas
observaciones son lugar común para quienes abordan el estereotipo del puertorriqueño
dócil.

Los caballos de los reyes magos, al ser caballos de rey, no se supone que sean chongos,
sino al contrario. Pero al servir de pedestal a los reyes magos, apuntan no solamente a la
importancia del caballo en la cultura puertorriqueña, donde se han desarrollado razas para
diferentes fines, y donde se estableció un centro de exportación equina durante la colonia
española, sino también apuntan a valores espléndidos del puertorriqueño que han
sobrevivido la secularización y la modernización de la sociedad. Explicaré lo que aquí
quiero decir con palabras de la curadora en la introducción al catálogo de esta exposición:

"El culto a éstos (los reyes magos) se refortaleció y extendió debido a varios factores. En
primer lugar enero era mes de cosecha, lo que producía cierto desahogo económico que
facilitaba las expresiones festivas. La variedad étnica de los reyes revalidaba la pluralidad
de los puertorriqueños, añadiendo reconocimiento y familiaridad a las figuras de la
epifanía. Finalmente, el concepto de peregrinación los reyes van de un lugar a otro ofrecía
un elemento gregario al jíbaro para ir de parranda de casa en casa. Fueron muchas las
condiciones que convirtieron el día de reyes y a las tallas de éstos en los favoritos de los
nacidos en el país." (p. 21)

Estas navidades pasadas mientras me encontraba de vacaciones en Puerto Rico, uno de mis
amigos francocanadienses vino a visitar las isla por primera vez. Su visita coincidió con el
día de reyes. Vio los reyes de Juana Díaz llegar al capitolio, las actividades para niños del
Museo de Arte de Puerto Rico, las tiendas de tallas y las de arte religioso. Luego también
las casas de mis familiares, muchos de los cuales coleccionan tallas. En un momento me
comentó: "Los puertorriqueños son muy religiosos." Le contesté: "No particularmente," por
lo que me miró con cara de asombro. Pero ahora que me he sentado a escribir esto, me
percaté de que ese fue un ejemplo más de cómo los extranjeros notan cosas que los locales
no perciben. Le contesté "no particularmente," pensando que la mayoría de mis familiares y
amigos van a la iglesia sólo para ritos de rigor, es decir, bautizos, bodas y misas funerales,
y porque las imágenes religiosas de sus casas son más artefactos de decoración que objetos
de devoción. Pero ahora pienso que esa mezcla de patriotismo y religión que los reyes
representan remite a ese espíritu gregario, festivo y generoso que sobrevive a la frialdad de
un Puerto Rico fragmentado en el miedo y la desconfianza, en la bacanal y en las
telecomunicaciones, un Puerto Rico sin trullas.

Los que vivimos en Nueva York, y sobre todo los que no somos de allí, sabemos que la
grandeza no es asunto de poder ni de gigantismo. El filósofo francés Michel de Certeau
describió la silueta de Manhattan como la inscripción en el paisaje de una retórica del
exceso. La ciudad aplasta, empequeñece, cultiva la mezquindad. Tiene sus oasis como
cualquier parte del mundo y lo espectacular se ofrece como en ningún otro lugar dado lo
pantagruélico de su arquitectura y su oferta mercantil y cultural, pero fuera de eso, que
relativamente es poco si uno sale de Manhattan, lo de la grandeza allí es algo demasiado
material y por lo mismo inmaterial.

Las tallas de los reyes a caballo representan mayor grandeza, en contraste con el gigantismo
de Manhattan y con las estatuas ecuestres de otros países, no sólo por su falta de
ostentación y soberbia, sino también por lo que tienen que ver con como el rito, en el
sentido de Carey, destila lo indeleble. Si bien sirven los reyes como objeto de decoración y
como excusa para el turismo y la bebida, mantienen vivo un gregario espíritu de nobleza,
que de alguna manera aflora cada año en el país de las fiestas navideñas más prolongadas
del mundo. Aunque en la vida moderna predomine el modelo de comunicación del
transporte sobre el modelo del rito, los reyes a caballo siempre invocarán esplendidez y
dignidad. Ningún discurso o monumento podría invocar esto con tan discreta fuerza y
arraigo.

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