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Pequeño panorama del realismo especulativo

Pierre-Alexandre Fradet / Tristan Garcia

Los miembros fundadores del realismo especulativo como movimiento filosófico fueron
Quentin Meillassoux, Graham Harman, Ray Brassier e Iain Hamilton Grant. Más que un
movimiento embrionario, la forma de pensar a la que dieron el impulso hoy va más allá de
los límites de la filosofía y se expresa en los más variados campos: política, arte, ecología,
informática. Si el certificado de nacimiento del movimiento corresponde a una Conferencia
celebrada en Londres en 2007, la corriente resultante no es una sola, sino múltiple, tejida con
muchas ramas y atravesada por grietas cada vez más visibles, Ray Brassier llega incluso a
cuestionar su pertenencia a este movimiento. El pensamiento especulativo está tan
diversificado que a veces se combina con el de los predecesores más o menos lejanos. Aquí,
a menudo se menciona el nombre de Bruno Latour, cuya Teoría del Actor-Red tiene en
cuenta tanto el mundo humano como los objetos no humanos, pero también los de Schelling,
Bergson, Whitehead, Laruelle y Badiou, algunos de los cuales pensaron la realidad fuera de
las condiciones subjetivas para acceder a ella.
Utilizando la metáfora de la tectónica de placas, se podría decir que el terreno del realismo
especulativo nació del encuentro de dos continentes contemporáneos: los modelos de Latour
y la ontología de Badiou. A medida que los pensamientos cercanos a Latour (antropoceno,
giro ontológico de la antropología, ontología orientada a objetos) y los pensamientos
cercanos de Badiou (materialismo contemporáneo, partidarios de la hipótesis comunista) se
alejaban unos de otros, la unidad del realismo especulativo se rompió. En la cuestión de la
continuidad o discontinuidad zooantropológica, por ejemplo, el continente latino (Harman,
Stengers, Descola) se centra en entidades híbridas y en todo aquello que confunde y luego
borra lo humano, mientras que los pensamientos de Badiou o Meillassoux se centran en la
distinción entre lo vivo y lo pensante, y en el acontecimiento radical de la emergencia del
pensamiento humano. Como movimiento constituido, el realismo especulativo puede haber
sido el encuentro fortuito, hace algo más de una década, entre dos continentes de
pensamiento contemporáneo, ajenos entre sí. La base filosófica común que ha designado
para un tiempo no deja de ser relevante.

Dos términos ambiguos


¿Cuáles son los objetivos del realismo especulativo? Bajo esta expresión de doble entrada,
encontramos dos de los términos más ambiguos del vocabulario filosófico. El concepto de
“realismo” se refiere en este caso principalmente a los objetos que son independientes de la
mente humana: sillas, árboles, tierra, fuego. Mientras que la filosofía post-kantiana ha tendido
a reducir el mundo a lo que aparece en la escena de la conciencia, los realistas especulativos
afirman la existencia de una realidad extrínseca y tratan de acceder a ella. En cuanto al término
“especulativo”, no debe confundirnos. Aunque en el lenguaje cotidiano se refiere a discursos
teóricos sobre objetos abstractos, intangibles o inmateriales, tiene un significado diferente en
la expresión “realismo especulativo”. En lugar de reconectarse con la cuestión de lo
sobrenatural y querer recrear, como el Kant de la Crítica de la Razón Pura, un “campo de
batalla en el que se desarrollan interminables conflictos” cuestionándose a sí mismo sobre
Dios, los ángeles o la Trinidad, los realistas especulativos evitan este tipo de cuestiones en
favor de buscar alcanzar racionalmente una esfera no humana. Por eso Quentin Meillassoux
llama “especulativo a todo pensamiento que pretenda acceder a un absoluto en general” y
precisa que “no toda especulación es metafísica”: en su caso, la especulación implica buscar
una verdad que no sea relativa a las condiciones de posibilidad, sin ser necesariamente de
naturaleza teológica (Après la finitude, Seuil, 2006).
Este es uno de los principales objetivos que se pueden atribuir al realismo especulativo: se
trata de identificar una alternativa al dogmatismo prekantiano y al criticismo de Kant. Al
dogmatismo prekantiano (Aristóteles, Tomás de Aquino, San Agustín...), los realistas
especulativos le reprochan haber caído en la irracionalidad al expresarse libremente sobre
objetos que exceden nuestro saber. A Kant le reprochan haber hecho imposible conocer lo
real, es decir, el objeto tal como está fuera de las condiciones de posibilidad que le impone el
sujeto (espacio, tiempo, entendimiento), porque nadie es capaz de salir de sí mismo para
conocer el objeto mismo. La imposibilidad de abstraerse de su finitud lleva a Kant y a sus
herederos a alejarse de la realidad y volver a centrarse en el estudio de las condiciones que el
sujeto impone a esta realidad.
Los realistas especulativos tratan de contrarrestar este acto de desviación y la posición
asociada. Proponiendo una definición que es ahora canónica, Quentin Meillassoux llama a
esta posición “correlacionismo”, es decir, “la idea de que sólo tenemos acceso a la correlación
entre el pensamiento y el ser, y nunca a uno de estos términos tomado de forma aislada”.
Para ilustrar esta posición, hay muchos ejemplos. De Husserl a Quine y Derrida, pasando
por Michel Henry y Wittgenstein, presuponemos en todo caso una cierta correlación entre
dos términos en lugar de afirmar la posibilidad de una relación inmediata con la realidad.
Esta primacía de la correlación es particularmente palpable en el “co-constructivista” Edgar
Morin, quien explica en una entrevista con Daniel Bougnoux y Bastien Engelbach que existe
una “colaboración del mundo exterior y de nuestra mente para construir la realidad”.

Hacia una salida del círculo de la correlación


Uno de los principales retos del realismo especulativo es tratar de responder al argumento
del “círculo de correlación”, que irriga un vasto sector de la filosofía moderna y
contemporánea. Este argumento, que parece irrefutable, puede formularse de la siguiente
manera: no se puede conocer la realidad en sí misma sin hacer de ella un objeto de
pensamiento. Como Hegel señaló, en una deliciosa frase de la Fenomenología del espíritu que
Meillassoux repite en Après la finitude, “no podemos «sorprender» al objeto «por detrás», para
saber lo que sería en sí mismo”.
Sin embargo, para Graham Harman, es evidente que no está justificado reducir la ontología
(el estudio de la realidad) a la epistemología (los medios por los que se la conoce). Una cosa
es decir que no podemos salir de nosotros mismos y otra es decir que podemos deducir que
no hay absolutamente nada más allá del horizonte de la conciencia. Todo el esfuerzo de
Graham Harman es, por tanto, intentar no sólo refutar a aquellos que concluyen que no hay
nada fuera de la subjetividad porque no podemos ignorarla, sino también demostrar que
podemos sostener con razón ciertos discursos sobre la realidad. Para subrayar la importancia
del mundo extramental, Graham Harman deja caer el cuchillo sobre lo que él llama “filosofías
de acceso”, más preocupadas por cómo accedemos a las cosas que por las cosas mismas. Por
su parte, propone una “ontología orientada a objetos” que sustituye a las ontologías que están
condenadas a proponer “un pensamiento de nuestro pensamiento de las cosas”. No es que
busque volver a un realismo ingenuo o a un naturalismo inconsciente de la intervención del
sujeto en el proceso de conocimiento. Su posición es admitir que existen objetos extramuros,
que tienen relaciones irreductibles entre ellos y con los seres humanos y que, aunque estos
objetos y sus relaciones no son inmediata o totalmente accesibles para nosotros, sin embargo
se revelan a sí mismos de manera indirecta y parcial. Harman ataca así el privilegio
tradicionalmente concedido a la relación sujeto-objeto, que ha oscurecido la relación que los
objetos pueden tener entre sí (como el fuego y el algodón, el agua y la roca, el polvo que se
acumula en un tronco en el ático durante nuestra ausencia, etc.).
En Quentin Meillassoux se dan otras tres razones para justificar la necesidad de romper el
círculo de correlación y encontrar el “Gran Afuera”. En primer lugar, la primacía dada a la
correlación sujeto/objeto tiene el efecto de limitarnos al estudio de las condiciones a través
de las cuales el objeto nos es dado en la experiencia. Porque sólo la esfera antropológica se
convierte en objeto de estudio relevante en la modernidad, nuestro campo de conocimiento
se reduce al mínimo y alimenta el sentimiento de estar “encerrado”, según la expresión de
Meillassoux, dentro de las condiciones subjetivas de acceso.
En segundo lugar, es necesario interesarse por la realidad misma para legitimar las
“enunciados ancestrales”. Estos enunciados son los realizados por científicos interesados en
“acontecimientos anteriores al advenimiento de la vida y la conciencia”. Se trata de un espacio
independiente de cualquier sujeto que sabe, y por lo tanto de cualquier posible correlación
sujeto/objeto.
Por último, Meillassoux cree que debemos centrarnos en mostrar cómo llegar al mundo
racionalmente dentro de nosotros mismos para evitar caer en el irracionalismo. Al sugerir
que la razón es impotente para dar a conocer la cosa en sí misma, Kant habría alimentado la
idea de que sólo la fe podría dar acceso a ella, de modo que muchos pensadores religiosos
recuperarían gradualmente esta idea para “establecer el derecho igual y exclusivo de toda fe
a aspirar a la verdad última”. En consecuencia, el racionalismo de Kant habría llegado
paradójicamente a exacerbar una forma de irracionalismo y fideísmo. Para combatir este
fenómeno, Meillassoux busca determinar cómo se puede llegar a conocer lo que existe fuera
del círculo correlacional, teniendo en cuenta la existencia de un sujeto que conoce. Esta
investigación le lleva a afirmar que sólo una cosa es absolutamente necesaria: la contingencia,
es decir, la posibilidad de que las regularidades de la naturaleza colapsen de la noche a la
mañana.
En un breve pero muy conceptual pasaje de Après la finitude, explica que la contingencia es
absoluta en la medida en que debe ser implícitamente presupuesta por todos, incluidos los
correlacionistas. Aunque varios autores anteriores a Meillassoux habían dado gran
importancia a la contingencia, este concepto tiene un significado singular y único en su obra.
En este caso, no se refiere a nuestra incapacidad para probar la existencia de leyes debido a
nuestra finitud (como es el caso de Hume), sino más bien al conocimiento de la ausencia
absolutamente real de leyes de la naturaleza. Al decir que el mundo es en sí mismo
contingente, Meillassoux no reitera simplemente la idea de que el mundo está cambiando y
es lábil, en lugar de reificado; deseoso de no plantear la existencia de un ser necesario, lo que
le llevaría a apoyar el tradicional pero anticuado principio de la razón, se libera tanto de los
principios del eterno retorno de lo mismo (clasicismo) como del eterno retorno de lo otro
(modernidad y postmodernidad), y luego afirma que el curso de los acontecimientos es en sí
mismo tan abierto que no implica ni una primacía de la estabilidad ni una primacía del
devenir.

Diversidad de enfoques
A pesar de los fuertes vínculos entre el realismo especulativo y la esfera filosófica, este
movimiento se expresa mucho más allá de este campo. De hecho, una gran parte de la
actividad artística presupone la naturaleza inevitable del círculo de correlación y, a este
respecto, requiere la atención crítica de los realistas especulativos, ya sean filósofos o artistas.
Así, a través de sus famosos readymades, Marcel Duchamp quiso poner de manifiesto la
parte de subjetividad que condiciona la apreciación de cualquier obra de arte, y Umberto
Eco, en L'œuvre ouverte, afirmó la irreductibilidad de la mediación subjetiva en la experiencia
artística, de modo que allanó el camino para la práctica de la sobreinterpretación. No menos
fascinados por la mediación sujeto-objeto que por el propio objeto, fueron los artistas cuyas
obras destacan el papel del observador en relación con una obra o la importancia del contexto
institucional en la producción de sentido. El resultado en el siglo XX fue un creciente
desinterés por la noción de representación (que pronto será reemplazada por la de
presentación) y un creciente interés por el concepto de autorreferencialidad.
De Nelson Goodman a Arthur Danto, en la tradición analítica, o incluso en la tradición
dialéctica y crítica de Adorno, la crítica de la representación y la expresión se ha convertido
en un lugar común en la estética moderna: confundida con la imitación o la figuración, o al
menos con la presentación de algo ausente, la representación ya no es el atributo de las obras
de arte. En la mayoría de los casos se ha preferido a la idea más amplia de significado, o a
uno de sus avatares, que ya no es una cualidad de las obras en sí, sino una relación compleja
que asocia la obra con su intérprete. La hermenéutica de las obras ha consistido poco a poco
en hacer de su recepción un componente indistinguible de su creación: quien ve o lee la obra
lo hace al menos tanto como quien la produce. Tanto en el arte como en las teorías del
conocimiento, pensar en la independencia del objeto de su aprehensión se convirtió así en
un residuo ingenuo del realismo dogmático.
En contraste con estas ideas, que están muy difundidas en el campo artístico y filosófico, los
pensadores especulativos se distinguen por asumir la tarea de caracterizar el mundo como
una prioridad. El marcado interés por el mundo objetual es evidente entre los filósofos que
desarrollan “ontologías planas”, preocupados por poner todas las cosas (mesas,
contradicciones, seres humanos, animales...) en pie de igualdad para concederles un igual
derecho a la existencia. Ya sea que piensen en todos los objetos del mundo en términos de
intensidad en la herencia de Bergson, Deleuze y De Landa, o que tengan en cuenta tanto el
devenir intensivo como su exterioridad, su objetivo es crear una ontología inclusiva que evite
relegar ciertos objetos a la esfera de lo indecible (el “Otro radical”). En ausencia de
restricciones sobre los objetos considerados ontológicamente relevantes, todos los objetos y
corpus pueden ser utilizados por los realistas especulativos. Sin embargo, si esta “liberalidad”
ontológica es efectivamente observable en varios autores, no es una característica común de
todo pensamiento especulativo. La ontología de Ray Brassier, por ejemplo, es tan inclusiva
que sólo acepta una realidad: la nada. Brassier destituye la primacía otorgada a la correlación
al asumir una posición estrictamente nihilista. Este nihilismo entra en conflicto con la
posición de otros realistas especulativos, en particular la de Iain Hamilton Grant, cuya
reinterpretación de Schelling lo hace abundante en el sentido de un cierto vitalismo.
El objetivo de este caso no es establecer una frontera hermética entre las diferentes corrientes
y subcorrientes del realismo especulativo y establecer quién está “en el lado correcto” de la
frontera. Corresponderá al lector decidir por sí mismo lo que le parezca más digno de
atención entre las diversas tendencias aquí mencionadas. El lector debe ser consciente de
ello: en las páginas siguientes encontrará textos, algunos de los cuales se refieren más hacia
una u otra de las dos vertientes del movimiento estudiado: o el aspecto realista, o el aspecto
especulativo. Las afinidades realistas son realmente detectables en muchos filósofos
contemporáneos que no son necesariamente, o estrictamente hablando, realistas
especulativos. Mencionemos, por ejemplo, a Maurizio Ferraris, autor de un manifiesto en el
que ataca posiciones idealistas y constructivistas; a Markus Gabriel, que se aparta de las
condiciones de acceso y rechaza la noción totalizadora del mundo; a Paul Boghossian, crítico
del relativismo y partidario de una forma de objetivismo; a Jocelyn Benoist, crítica de la tesis
moderna de que la representación es una especie de pantalla distorsionadora que distorsiona
el conocimiento. En cuanto a los autores más inclinados hacia la dimensión “especulativa”,
podemos mencionar, entre otros, al filósofo quebequense Brian Massumi y a la filósofa belga
Isabelle Stengers, representantes del pragmatismo especulativo. Su posición tiende a conciliar
un cierto constructivismo (fuertemente rechazado por varios pensadores realistas) con una
preocupación por lo que trasciende el horizonte humano.
Reuniendo aquí textos que tratan a veces del realismo especulativo, a veces de uno de sus
dos aspectos (realismo o especulación), a veces de la relación que este movimiento
fragmentado tiene con el arte, queremos dejar clara la diversidad de enfoques que lo
caracterizan, así como la forma en que el arte puede convertirse en una interesante puerta de
entrada a los desarrollos que lo rodean.