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Reflexión en torno a “Las palabras y las cosas”

Daniel Zavala Huerta

I. Introducción

Este ensayo es ante todo un ejercicio de reflexión, muy necesario para


cualquiera que esté inmerso en el estudio de las ciencias humanas, y en
particular de la Psicología, pues supone la necesidad de ubicarse ante
una inmensidad de ideas, posicionarse en un lugar desde el cual no sólo
se contemple de lejos el debate ya revisado por cantidad de autores a lo
largo del tiempo, sino que se construya una forma de pensamiento, una
actitud concreta, congruente e incluso propositiva ante ese caudal de
ideas.

Como tal, un ejercicio de reflexión supone un esfuerzo personal


pues implica quitarse las ataduras y los vicios intelectuales que, en el
peor de los casos, nublan cualquier posible entendimiento de lo que se
toma por objeto de estudio. Reflexión que tiene la posibilidad de
cuestionar incluso a éste último, como ya lo hiciera la Psicología Social
en uno de sus momentos críticos y la convirtió en dos psicologías
sociales o en varias, si se quiere, pero que ante todo reclama que
aquellos que se dedican a su estudio tomen una posición, ya concreta,
es decir, con fundamentos epistemológicos claros y concienzudos, ya
congruente y no como deformación o simplificación de conceptos que no
se comprenden y sin embargo se utilizan y distorsionan a través de un
discurso repetitivo, predecible y vacío. El fin deseable de dicha reflexión
sería la capacidad de proponer una forma inédita de pensamiento, que
retome no sólo el recorrido y el lugar actual que ocupan las ciencias
humanas así como los debates en torno a ellas, sino que sepa
articularlos con pericia, que se conviertan en formas revolucionarias,
transformadoras y críticas que configuren una nueva forma de
aproximarse a ellas.
Por lo anterior he tomado dos decisiones con respecto a la entrega
de este texto: la selección de “Las palabras y las cosas” y la estructura
misma del trabajo. Por un lado, la selección de dicha obra de Michael
Foucault como el hilo conductor de este ensayo corresponde a la
relevancia teórica y al debate que genera para las ciencias sociales -o
‘humanas’, en términos del mismo autor- y que de alguna manera han
cambiado la forma de representarlas, han hecho eco en sus métodos y,
sobre todo, han puesto sobre la mesa el debate que otros teóricos han
retomado en la denominada ‘posmodernidad’. Por otro lado, el trabajo
está estructurado de manera tal que poco se encontrará aquí de
referencia directa al autor, ya sea en forma de citas a la obra original o a
comentarios de otros autores con respecto a ella. Eso obedece a la razón
misma que da origen a este ensayo, o sea la reflexión; un análisis
exhaustivo del texto original terminaría por ser, como en el caso de
muchos otros textos, un resumen de la obra, un relato de ella, una
fotografía tomada desde un lente en particular. Por el contrario, lo que
aquí se defiende es la capacidad de pensar, de desarrollar los
argumentos contenidos en la obra para tomar una posición ante ellos,
cuestionarlos, articularlos, defenderlos o contrastarlos con el panorama
actual o con lo que se considere que podría llegar a ser en el futuro.

En términos generales, el trabajo contiene en su primera parte los


comentarios con respecto a “Las palabras y las cosas” de Michael
Foucault en tres de sus secciones: el ensayo sobre “Las meninas” de
Velázquez, y los capítulos La prosa del mundo y Las ciencias humanas.
Al final se presenta una conclusión que busca articular los argumentos
de la obra con la Psicología Social.

II. Sobre “Las palabras y las cosas”

Las Meninas
El ensayo que sirve de introducción a “Las palabras y las cosas” es una
descripción y un análisis de la pintura “Las meninas”, obra que data del
siglo XIX, considerada probablemente como la más importante del pintor
español Diego Velázquez. Foucault desarrolla de forma brillante esa
descripción que no vale la pena repetir aquí. Lo que es importante
resaltar es la metáfora filosófica que se descubre ante nosotros, el tema
central que propone y que no es otra cosa que la apología a la
“representación”.

La importancia de la obra de Velázquez, nos dice Foucault, es la


manera en que resuelve la representación de lo trascendente en el
cuadro, y que de hecho está más allá de éste: el rey. Es decir, lo que
realmente importa no está en el cuadro, pero todo lo representado gira
en torno a él, y sólo nosotros como espectadores podemos conocerlo
gracias a la duplicación –que es posible a través del espejo- que se nos
ofrece a la mirada. Lo trascendente en este cuadro es el rey, e
interpretado esto como metáfora, nos remite al lugar que ocupará el
‘hombre’ en la modernidad, como objeto de estudio de la ciencia.

Precisamente en torno a ello gira el argumento de “Las palabras y


las cosas”; en esa región que el autor denomina episteme, y que no es
más que el orden de las cosas, es en la que van a estar configuradas las
formas de saber de una época. Así, mientras que en el siglo XVI la forma
de saber estaba configurada por las semejanzas y las signaturas, en los
siglos XVII y XVIII se presenta la separación entre las palabras y las
cosas, para configurar el proyecto de la modernidad en la que el
‘hombre’ es su figura central y que, hasta la actualidad, sigue
presentándose como tema de debate sobre el objeto de estudio de las
ciencias humanas y en particular de la Psicología Social, disciplina que
ha visto la necesidad de replantearse sus bases epistemológicas con el
fin de no desaparecer entre esos otros campos de conocimiento que se
confunden en ocasiones entre sí, como la sociología y la filosofía.

Si se atiende a la biografía de Foucault y a su desenvolvimiento


como filósofo, cabría preguntarse ¿cómo pudo anticipar el papel de las
ciencias humanas en la crisis de la modernidad? En principio se puede
argumentar que su interés por defender lo que él denominó
‘arqueología’ del conocimiento, con ese método que no es como la
historia clásica sino una reconstrucción e interpretación de los hechos, lo
llevó a desmontar aquellos mitos y discursos que fueron las bases del
conocimiento, es decir, las epistemes en las diferentes épocas; debe
resaltarse, sin embargo, que su perfil intelectual tuvo mucha influencia
de filósofos como Kant y Nietzche, de éste último de quien retoma la
idea de la muerte de dios para decirnos que ‘el hombre’ no existe, y que
no es más que una idea producto de las necesidades específicas de la
época moderna y que, al contrario de lo que muchos han querido creer,
sobre todo en la Psicología científica, puede ser estudiado desde otras
perspectivas.

De hecho, ambos pusieron en cuestión la pertinencia de ese modo


privilegiado de acceso a la verdad que la modernidad hegemonizó: la
representación. De esa manera parece predecible el hecho de que la
Psicología en un momento haya pasado por alto esa observación, en una
primera aproximación al objeto, al no considerar la representación
como una mediación entre las cosas y las palabras, sino como algo del
orden del conocimiento, de la verdad.

Y es que las ciencias sociales, a partir de la modernidad y de la


aparición del hombre como objeto de estudio, han recurrido a la
‘representación’, como el ser vivo que trabaja y habla, como en “Las
meninas”, que no es otra cosa que la duplicación, en forma de
definiciones y modelos, que la explica. Foucault, al iniciar su arqueología
de las ciencias sociales analiza la pintura de Velázquez como paradigma
de la manera privilegiada de acceder a la verdad en la modernidad,
época que estableció que el único conocimiento verdadero era el
científico, exaltando como modelo de lo científico a la físico-matemática.
En ella, lo importante es la representación en los dos sentidos que
señalan “Las meninas”, como representación de la realidad (lo que
ocurría en el salón representado), y como duplicación de la
representación (la representación del reflejo de lo real, en el espejo). En
ciencia, esto se traduce así: el objeto de estudio se representa (se
recorta una porción del mundo a estudiar) y se enuncian fórmulas,
modelos y axiomas (duplicación de la representación).

De ahí que en la actividad científica, cuando se contrasta un


enunciado observacional de manera positiva, ese acontecimiento (como
el reflejo representado en el espejo) está indicando un más allá, una ley
universal y verdadera de la naturaleza. Con este tipo de supuestos se
fue construyendo el proyecto moderno y en la Psicología llegó al
extremo en algunas corrientes en las que incluso en la actualidad se
buscan universalidades, totalidades, en aquello tan histórico e inestable
como la mente, la cultura y la lengua.

En conclusión, el análisis que hace Foucault sobre “Las meninas” se


trata de una representación estética del concepto teórico que significó la
ciencia moderna, que se convierte en conceptualización filosófica en
“Las palabras y la cosas”, crítica a la representación en las ciencias
humanas.

La prosa del mundo

Utilizando lo que él denomina como ‘arqueología’, Foucault ofrece una


descripción de la episteme característica del siglo XVI, configurada por
las similitudes, entendidas éstas como una metáfora del libro abierto
que es la naturaleza, que contiene signos en ella misma y que al hombre
se le ha dado la capacidad de desvelarlos, de hacer que los signos
hablen y nos revelen el conocimiento.

Así, el autor dice que hasta finales del siglo XVI, la semejanza
juega un papel constructivo en el saber de la cultura occidental, y va a
estar configurado por lo que denomina ‘las cuatro similitudes’:
conveniencia, emulación, analogía y simpatía. Las primeras serían las
cosas ‘convenientes’, es decir, las que se tocan, en donde el límite de
una determina el inicio de la otra; la emulación es reflejo, en donde dos
figuras se enfrentan, se amparan una a otra; cuando las similitudes no
son visibles, basta con que sean semejantes en las relaciones, y a esto
el autor las llama ‘analogías’; finalmente la dualidad simpatía-antipatía
configura al mundo dentro de sí mismo, permite acercar y mantener las
cosas a distancia, por lo que lo mismo se encierra en sí mismo.

Lo relevante en este planteamiento, y como en toda la obra que


aquí nos atañe, es la perspectiva desde la cual se nos ofrece una
reconstrucción del conocimiento occidental hasta la actualidad. Es decir,
que el pensamiento contemporáneo –ahora etiquetado por muchos
como posmoderno- es producto de una serie de cambios en las
necesidades y problemas específicos de una época, marcados por el
modo de vida, de producción y de conocimiento, desde el cual no es
posible aspirar a verdades universales –al menos no en las ciencias
sociales- dadas las características que les dieron origen.

Por otro lado, lo que también nos recuerda este capítulo es el


conjunto de conocimientos que quedaron olvidados después de finales
del siglo XVI, y que, si se los retoma desde una perspectiva
contemporánea, podrían ser de gran ayuda en las ciencias sociales; la
hermenéutica, como conjunto de conocimientos y técnicas que permite
que los signos hablen y descubran sus sentidos, ha recobrado fuerza
tanto como método como base epistemológica en la Psicología social,
por lo que su relevancia significa más que un cambio paradigmático, un
replanteamiento epistemológico dentro de la disciplina.

Las ciencias humanas

La crítica al concepto clave de la modernidad, el ‘hombre’, tanto como


fundamento de todas las positividades y como elemento de las cosas
empíricas, es el centro y la conclusión a la que llega el autor en el último
capítulo de “Las palabras y las cosas”.

Y no podría ser de otra forma, pues ya desde el principio nos


adelantaba que, como sujetos pertenecientes a un tiempo y a una
geografía, nos es imposible pensar en un orden distinto al que
conocemos, orden que sólo es posible a través del lenguaje y que
encuentra en este mismo su ‘representación’. La crítica a las
‘representaciones’, que son las formas de conocimiento de la
modernidad, nos permite ubicarnos en un plano distinto, en el que se
cuestiona la forma en la que llegamos al conocimiento, que se valida en
el discurso y que se objetiva en la práctica.

No nos engañemos, nos plantea el autor; no es la extrema


densidad del objeto de estudio de las ciencias sociales lo que las hace
tan difíciles, argumento utilizado tantas veces para justificar el movedizo
suelo en el que se sostienen, sino la complejidad de su configuración
epistemológica, o sea, que se mueven entre el apoyo en las ciencias
físico-matemáticas, las ciencias de la vida y las del lenguaje; de ahí que
Foucault nos hable del ser que vive, trabaja y habla.

III. Reflexión final

La Psicología, como parte de las ciencias humanas, como las denomina


Foucault, tiene su origen en el concepto de ‘hombre’ y su representación
en la modernidad. De hecho, la Psicología, y posteriormente la Psicología
social son producto de las necesidades específicas del momento y del
lugar en el que surgieron, y en la actualidad se comportan de acuerdo a
las características del tiempo y del espacio en el que nos encontramos.
Si se comprende lo anterior, se puede adivinar por qué en ocasiones la
base epistemológica de la Psicología se ha tambaleado y ha pasado por
un zigzagueo paradigmático: un tiempo en el psicoanálisis, otro en el
conductismo, el cognitivismo, igual que la Psicología social, un tiempo
en el rigor estadístico, en las actitudes, y ahora en una aparente división
en la disciplina.

Sin embargo la reflexión más importante que atañe tanto a la


Psicología Social como a los argumentos planteados en “Las palabras y
las cosas” reside en el hecho de que, un conocimiento que considera a
las ‘representaciones’ como su fuente, y que olvida que se trata
solamente de un vínculo entre lo visible (las cosas) y el discurso (las
palabras), está condenado a convertirse en un lenguaje vacío de
significado, que se repite a sí mismo en fórmulas y axiomas de las que
cree que se desprende la verdad, y lo cual impide comprender aquello
que se denominó como su objeto de estudio. Por ello el autor en el
prólogo, al referirse al texto de Borges, nos advierte que el lenguaje
permite al pensamiento llevar a cabo un ordenamiento de los seres, una
repartición en clases, un agrupamiento nominal por el cual se designan
sus semejanzas y diferencias, allí donde desde el fondo de los tiempos,
el lenguaje se entrecruza con el espacio, allí donde tan solo nos es
posible darle un orden a las palabras y a las cosas. Y entonces es
necesario para aquellos que se dedican a su estudio el reflexionar y
replantearse esos fundamentos sobre los que se sostiene la disciplina,
que en ningún caso son verdades universales ni absolutas, sino orden de
conocimiento.

Finalmente, este trabajo es también un llamado a la necesidad de


enfrentarse directamente con los autores, de cuestionarlos y de llevar
sus argumentos a un plano de discusión que los ponga a prueba y que
resulte en una comprensión más amplia de los conceptos que se dan por
supuestos sólo porque a través de la repetición se los ha colocado en un
pedestal incuestionable o se los llega a interpretar de manera que se
deformen sus postulados originales. Todo lo anterior, necesario para
cualquiera que se empeña en estudiar las ciencias sociales, no estará
libre de prejuicios –que tal vez incluso en este ensayo logren percibirse-
que, sin embargo, podrán seguramente superarse a través del ejercicio
y la lectura crítica de muchos de los autores que le han dado forma a la
cultura occidental.