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Tanto el polo narcisista como el polo complementario de la relación se

encuentran presos el uno del otro, pues uno es la posibilidad de existir


idealizadamente del otro, en un juego de proyección e introspección. Se
encuentran presos en una trampa en la que al sujeto narcisista solo le sería
posible una relación superficial y donde el sujeto complementario sólo
puede admirar una relación simbiótica absoluta.

Colusión oral – el amor como preocupación del uno por el otro : en la


elección de la pareja, el conjugue en la posición de "hijo-lactante" adoptivo
tiene expectativas de satisfacción de sus necesidades orales. En función de
los problemas de su primera infancia, ocasionados por una madre con
dificultades para lidiar con la fase oral del bebé (tal vez como consecuencia
de sus propias dificultades en esta fase), querría colocarse en una posición
regresiva-pasiva y rescatar la satisfacción de su oralidad. No acepta ponerse
en una posición progresista, la posición de la madre, temiendo reproducir
con ello a la madre mala, interiorizada como objeto negativo. Esta funciones
maternas son transferidas entonces al compañero de una forma idealizada,
que seria visto entonces como una madre ideal.

A lo largo de la convivencia, no obstante, y como consecuencia del


trasfondo neurótico básico de esta relación, los conflictos terminan por
aflorar cuando vuelven a darse las circunstancias oportunas, con lo que los
conflictos no resueltos tienden entonces a repetirse. El "lactante" empieza a
perseguir a la "madre ideal", ahora tan frustrante, pasando a relacionarse
con ella a través del papel de "madre mala" interiorizada. Retrocede cada
vez mas en su conducta, colocando a la pareja "madre" en una posición de
fracaso en este juego, puesto que deja de reconocer o de valorar los
cuidados de la pareja, al tiempo que teme que a causa de sus actos
agresivos se agote la fuente de cuidados, terminando por perderla como en
la situación original de la infancia. Cuanto mas el cónyuge "madre" se
esfuerza, más es rechazado por el cónyuge "lactante" que ahora lo teme
como a la proyección del objeto malo.

Colusión anal-sádica (el amor como forma de pertenencia mutua) : "Esta


forma de colusión se produce como consecuencia del juego conjunto de un
carácter anal activo con otro pasivo" (Willi, 1985, p.121). En este tipo de
colusión cada cónyuge proyecta un patrón de relación que jugará un papel
importante en una relación matrimonial. El que no quiera ser dominado
deberá dominar al otro, ya sea mediante la seducción cariñosa y obediente,
ya sea mediante la confrontación directa llevando al otro a la exasperación
y a la impotencia.
El dominador activo, aunque actúe con avidez de poder y sadismo, parece
poseer una formación reactiva con respecto al miedo de ceder a su propio
deseo de someterse al otro. En el matrimonio y en la familia, exige adhesión
incondicional como expresión de su conflicto. Esta adhesión tiene por objeto
atenuar el miedo a la separación y al abandono. En contrapartida, el sujeto
pasivo de la relación acepta aparentemente todas las imposiciones de la
otra parte, feliz de no tener que posicionarse ni de asumir ninguna
responsabilidad directa con relación al matrimonio y hasta con la vida
propia. No obstante esa posición es solo aparente puesto que tras esa
docilidad y sumisión, tiene intención de mantener el poder y el control de la
relación a través de la obediencia y de la tolerancia.

La lucha anal por el poder se caracteriza muchas veces por un mezcla


poderosa de miedo y placer. No obstante, gracias a la misma complejidad
de la lucha, la separación aparece como muy lejana aunque muchas veces
parezca inminente a los que observan la situación desde fuera. Esta lucha
se da frecuentemente de forma cruel, al límite de lo soportable, pero por
otra parte solo hasta donde la pareja aguante, puesto que el objetivo no es
la separación sino la continuidad de la lucha.

Colusión fálico-edipal (el amor como afirmación masculina) : En este tipo de


colusión el amor es visto como una afirmación masculina. En el contexto
biopsicosocial de las relaciones, se da aquí una construcción de estereotipos
de los papeles masculino y femenino en la sociedad, de los que se esperan
determinadas actividades y comportamientos que tienden a estar mas
precisamente definidos cuanto mas neuróticas sean las relaciones. Se basa
en la dificultad de identificarse con las figuras de los padres (muy débiles o
muy poderosas), con la cuales los cónyuges no consiguen rivalizar ni
disociarse. Actualmente existe una gran duda sobre cuánto la peculiaridad
de la mujer puede ser consecuencia de una situación social desventajosa o
cuánto puede tener de base fundada biológica.

Cuando Willi (1985) se refiere a la envidia del pene descrito por Freud, no lo
hace en el sentido literal del término sino como una envidia a los privilegios
masculinos. De la misma forma, el miedo a la castración es visto como
miedo ligado a la pérdida del papel masculino con todas sus implicaciones.

Puede que el hijo no sea capaz de romper con la madre cuando se casa,
acabando por incluirla en la relación. El padre, celoso del yerno o disminuido
por las victorias del hijo, lo agrede y lo hace de menos. Este proceso acaba
desembocando en una relación tensa, incluso a nivel generacional, que a
menudo se extiende del campo familiar al profesional donde por ejemplo
puede darse que tras dificultades en el trabajo se encuentren colusiones
edipales padres-hijos no resueltas.

La mujer, a su vez, en la elección de la pareja se encuentra en el papel de


víctima, fragilizada, ya sea por la pérdida de un gran amor o por la difícil
convivencia con padres que la maltratan, y necesita un hombre que la salve
de su infelicidad. No obstante al comprender el poder que posee para
controlar la masculinidad del marido, sexual y emocionalmente, tiene la
sensación de robarle el pene, apoderándose de su control y de su
funcionamiento. El marido, por tanto, se encuentra resignado en una
situación de represión fálico-agresiva, manteniendo así bajo control sus
fantasías edipales. Coloca su potencia en la esposa, librándose así de sus
propios temores.

Del mismo modo los hijos de ambos sexos con sentimiento de culpa por
superar a los padres o bien muy reprimidos por la fuerza la figura paterna,
pueden someterse homosexualmente a las fantasías de poder de los
padres. Así "el complejo de Edipo puede convertirse en un verdadero
conflicto de los cónyuges, en un juego neurótico, en el sentido de una
colusión" (Willi, 1985, p.152).

Willi (1985) enfatiza que los tipos de colusión no son categorías


matrimoniales sino una tentativa de diagnóstico de los conflictos básicos
envueltos en la relación.

No se puede pretender que el concepto de colusión abarque por completo


todas las explicaciones respecto a las relaciones conyugales. Lo que aquí se
establece es la construcción de un modelo teórico que busca entender lo
que se esconde tras los litigios que se plantean a nivel judicial. Se observa
que en muchos casos las personas utilizan el procedimiento judicial como
elemento de mantenimiento del vínculo neurótico colusivo.

El concepto de colusión, aunque no pretenda ser una herramienta de


clasificación, permite adquirir una visión sistémica, circular, sobre las
relaciones, evitando una lectura de causalidad lineal donde haya, como en
la lectura jurídica, un culpable y un inocente en la pareja y en la expareja.
Además, del análisis de casos presentados a juicio, puede determinarse si
predomina un tipo de colusión, o si puede aparecer una combinación de dos
o mas tipos colusivos que interaccionan entre sí.
De la lectura bajo el prisma del concepto de Willi (1985) se percibe la misma
co-responsabilidad en el mantenimiento de los conflictos, tanto emocional
como jurídicamente, vía abogados y tribunal. No existen culpables o
víctimas en una relación o en su ruptura, sino solo co-responsables, aunque
sea involuntariamente, en el mantenimiento de los conflictos no resueltos a
lo largo de sus vidas.

Estos conceptos de colusión e la clasificación de las relaciones neuróticas,


facilitan la compresión de la dinámica conyugal y de los conflicto
emocionales relacionados con la separación. Con esto es posible entender el
papel de cada uno de los excónyuges durante el proceso de separación y
cual deberá ser por tanto el papel del Poder Judicial, del juez, de los
abogados, del sector de psicología y del servicio social de juzgados
centrales y regionales y de los tribunales de justicia estatales.

Esta búsqueda interna de soluciones para los conflictos traídos a juicio que
tramitan los jugados de familia y sucesiones, significan una ampliación del
trabajo psicológico judicial, hasta mas allá de la mera verificación de los
hechos y de la redacción de la sentencia.

Sin pretender de ninguna manera sustituir al psicoterapeuta familiar


(psicólogo especialista en terapia de pareja y de familia), el psicólogo
jurídico debe ser también llamado a ocupar un jugar en la dinámica familiar
y estar atento al proceso del inconsciente de grupo que incluye las fantasías
inconscientes de cada miembro de la familia que son compartidas por todos
y las ansiedades generadas por dichas fantasías que llevan a los miembros
de la familia a utilizar defensas complementarias entre sí.

Está claro que no se pretende sustituir la psicoterapia familiar (en el ámbito


clínico) porque no es esa la función del psicólogo jurídico . La psicoterapia
de pareja debe formar parte del proceso de comprensión de la dinámica
familiar, con muchos mas recursos y tiempo del que sería posible en el
espacio limitado destinado a la psicología en el sistema judicial.