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Anoiss Traducciones

Árbol genealógico

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La noche en la que todo comenzó
—Quiero que me cubras las espaldas—Konstantine le pasó a su hermano la
botella y señaló hacia el campamento del valle que había abajo—. Voy a coger a la
chica Gitana.
—Se supone que no debemos molestar a los Gitanos—Oleg tomó un largo
trago de vodka—. ¿Recuerdas? Está escrito. Cualquier mujer es nuestra para follar,
excepto esas Romaníes.
Konstantine mostró sus blancos y afilados dientes en lo que pasó por una
sonrisa.
—Me pregunto por qué—la familia Varinski no tenía reglas. Casi ninguna
regla. Podían hacer lo que quisieran—secuestrar, robar, torturar, asesinar—y nadie
podría pararlos.
Pero existía una antigua ley.
No podían tocar a una mujer gitana.
—Los Gitanos son asquerosos—Oleg escupió en dirección al campamento, y el
escupitajo se evaporó al tocar el suelo congelado. Ese otoño era tan frío como los
pechos de una bruja, con una gelidez temprana que había arruinado los cultivos y
puesto un filo hambriento en el carácter de cada uno—. Cogerás una enfermedad.
—¿Qué me importan las enfermedades? Lo único que me puede matar,
hermano, eres tú.
—No te mataría—dijo apresuradamente.
Oleg tenía la edad de Konstantine, y casi el mismo tamaño: dos metros, bien
musculados, con grandes puños. Mejor, Oleg era un gran luchador. Pero le temía al
dolor. Cuando tenía que luchar, lo hacía, pero no le gustaba.
Konstantine lo amaba. Amaba ganar, por supuesto, pero más que eso, amaba
todo lo relacionado con una pelea. Amaba trazar sus estrategias mientras estaba en
pie, figurándose quién sería el siguiente en atacar y cómo, calculando cuál de sus
enemigos era más fácil de vencer y cuál requería un esfuerzo extra. El dolor actuaba
como estimulante, y el rojo era su color preferido.
Aquella noche Konstantine quería más acción. Supuso que allí habría
probablemente cuarenta personas en el campamento Gitano: treinta hombres y
mujeres de quince a setenta años, y diez niños.
—¿Acaso no hemos peleado fuerte esta noche? ¿No nos hemos lavado las
manos en la sangre de nuestros enemigos?
—No eran nuestros enemigos—Oleg clavó su mirada en las fogatas del
campamento—. Era únicamente otro trabajo.

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—Sea quien sea al que nos hayan contratado matar, es nuestro enemigo—
Konstantine cogió la botella y bebió hasta que el vodka quemó sus tripas, y la
devolvió a su sitio. Él no infravaloraba a los Gitanos; defendían lo suyo, valoraban a
la chica, y más que nada, peleaban sucio. Apreciaba eso. También calculó que podría
robarles a la chica delante de sus propias narices—. Estoy negociando con un
terrorista en Indonesia. Pronto iremos a la guerra. Hasta entonces—miró colina abajo
hacia el campamento, la emoción de la persecución corriendo por sus venas—, pillaré
unas cuantas gatitas Gitanas.
Oleg impactó la botella contra su cabeza.
Konstantine vio las estrellas.
Haciéndole un placaje por detrás de sus rodillas, lo tumbó y envolvió un codo
doblado alrededor de su garganta.
—Si lo haces, deberás dejar el clan.
—¿Quién tendrá los cojones de echarme? —Konstantine miró dentro de los
ojos de su hermano a modo de desafío—. No tú, Oleg.
—No. Yo no. Pero tal vez…tal vez la ley Gitana no viniera del primer
Konstantine…sino de su creador.
—¿De su madre? —sus labios se curvaron—. Mató a su madre para sellar el
pacto con su sangre.
—No. Del diablo—Oleg tiró del pelo de Konstantine—. ¿Nunca pensaste en
eso? ¿Nunca has pensado que el diablo pudiera haber sido el que puso esa condición
en el pacto?
—Por supuesto que lo pensé. ¿Nunca te preguntaste por qué? ¿Por qué habría
de decirle el diablo al viejo Konstantine que no podía tocar a las mujeres Gitanas?
—Yo…no lo sé.
Konstantine se relajó bajo los brazos de su hermano. En un tono coloquial, dijo:
—¿Viste a la chica Gitana cuando estaba en el pueblo? —esperó—. Bueno, ¿la
viste?
—Sí —Oleg era reacio a alimentar la obsesión de Konstantine, pero la entendía
muy bien—. Es preciosa. Demasiada pequeña para ti, sin embargo.
—Pechos erguidos, cintura estrecha, pequeñas caderas, pelo oscuro—
—Le crecerá un bigote pronto.
—¿Qué me importa? No voy a quedarme con ella. ¿Pero te diste cuenta de
esos profundos y oscuros ojos que lo ven todo? ¿Sabes por qué sus ojos son así?
Porque puede ver el futuro.
Oleg bajó la guardia.
—Son Gitanos. Mienten para poder quitarles el dinero a los humanos crédulos.

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—No, escuché a su gente hablando—creyeron que era un perro. La chica no
dice la fortuna. Tiene visiones. Quiero que tenga a un hijo mío.
—Un hijo. No puedes tener un hijo con ella. ¡Es Gitana!
Konstantine agarró con fuerza las muñecas de Oleg.
—Piénsalo bien, Oleg. Abre tu pequeña y diminuta mente. Imagina un hijo
con mis dones y sus visiones combinados. Sería poderoso, tan poderoso que El
Maligno lo temería. Es por eso que no podemos yacer con las Gitanas. Porque mi hijo
podría tomar el lugar del diablo como líder del infierno.
Oleg volvió a sentarse, su expresión horrorizada.
—A veces, Konstantine, estás loco.
Y tan pronto como Oleg perdió la oportunidad de mantenerlo agarrado,
Konstantine cambió.
Donde había estado tumbado sobre la tierna hierba, había un montón de ropa,
y sobre ellas se erguía un enorme y musculoso lobo de pelaje castaño—un lobo que
era Konstantine.
Oleg se debatió por recuperar el agarre, pero el lobo cogió la mano de Oleg
entre sus dientes y mordió hasta que los huesos crujieron.
—¡Puto govnosos! —aulló Oleg.
Konstantine lo soltó. A veces Oleg necesitaba ser puesto en su lugar.
Trotando colina abajo, entró en el campamento. Casi a la primera, captó la
esencia de la chica—un cuerpo joven, fresco y limpio. Se mantuvo lejos de los
hombres, queriendo no meterse en problemas hasta que tuviera su presa a la vista, y
que nadie le prestara atención, porque los lobos viajaban en manada, y los canes
aislados no eran un incordio. Siguió a su olfato, y allí estaba ella, sentada con las
otras niñas, escuchando y hablando, riéndose de las payasadas de otra que estaba
haciendo un sombrero de piel, todas usando un huso para convertir la lana en hilo.
Se mantuvo fuera de la vista de la hoguera, observando.
Sus intenciones eran frías y calculadoras, cierto; quería un hijo nacido de sus
entrañas. Pero el acto sería un placer, porque la chica era muy guapa.
Inesperadamente, algo frío corrió por su espina.
Peligro.
Miró a su alrededor. Los hombres estaban bebiendo, y no se habían percatado
de su presencia. Oleg no se atrevería a interferir de nuevo; probablemente estaría aún
curando su mano y maldiciéndolo.
¿Entonces dónde estaba el peligro?
Allí. En el lado más alejado de la hoguera. La anciana.

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¡Clac! Estaba espantada, la corazonada de una vieja bruja con las cejas tan
oscuras y salvajemente rizadas que se podían ver desde esa distancia. Tenía una de
esas blandas, protuberantes narices de señoronas que se curvaba sobre sus labios
arrugados. Lo peor de todo era que, bajo esas arrugas y el pelo cada vez menos
abundante, vio un retazo de belleza. Era como si le hubieran echado un maleficio,
que le causara vejez.
Estaba seguro de que su abrigo de pelo castaño y su inmovilidad lo
esconderían de ojos humanos, hasta que ella miró directamente hacia él, sus grandes
gafas de monturas negras agrandando sus atemorizados ojos. Lentamente alzó su
mano y lo señaló con su torcido dedo.
El silencio cayó sobre las niñas, y todas se giraron a mirarlo como si fuera uno
solo.
—Varinski —dijo, y la palabra era una maldición.
—No seas tonta, vieja. Los Varinski no nos molestan.
—Varinski —dijo la anciana de nuevo.
¿Cómo lo había sabido? ¿Cómo lo reconoció?
Entonces la niña, la que tenía las visiones, se levantó con el huso en la mano.
—Iré a comprobarlo, anciana.
Era más fácil de lo que esperaba.
La chica comenzó a caminar hacia él.
Él absorbió al lobo y volvió a ser un hombre.
—¡No! —gritó la mujer con una fuerza sorprendente.
La chica se giró y caminó de vuelta hacia él.
—Está todo bien. Tengo que coger más lana, de todas formas.
Mientras la mujer luchaba por ponerse en pie, la hermosa Gitana caminó
directa hacia los brazos de Konstantine. No gritó; él no le dio la oportunidad. Con
una mano sobre su boca, envolvió su brazo alrededor de su cintura, la levantó, y
caminó hacia el extremo del campamento. Él estaba desnudo. Ella llevaba una falda.
Sería fácil.
Entonces la muy perra usó el huso para pincharlo en el costado.
Él la soltó y rugió.
Ella gritó tanto como le permitieron sus pulmones, y gateó para escapar.
Pudo vislumbrar a los sorprendidos hombres llegando y cargando contra él.
Agarrando su brazo, la giró hacia él, y cuando levantó la aguja de nuevo, la arrancó
de su mano y la lanzó a sus rescatadores.

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—¡Poyesh’ govna pechyonovo! —rió, cogió al líder del grupo y lo arrojó con un
puñetazo al centro de la masa de hombres que cargaba contra él. Lanzando a la
pequeña Gitana sobre sus hombros, corrió a la oscuridad.
Ellos no podrían atraparlos, esos Romaníes. No tenían su velocidad, sus
pulmones o sus instintos.
Después de varios intentos de golpearlo para hacerlo perder el equilibrio, la
chica paró, pero él no cometió el error de creer que se había resignado. Sólo estaba
esperando. Esperando a que él parase y pudiera combatirlo con toda su fuerza y
espíritu. Lo hacía querer reír, esa pequeña cosa que quería apuñalarlo con aquel
artilugio de mujer. Sería un placer domarla.
Media hora después, paró en un motel a las afueras de Poltava. Tenía un
acuerdo con el posadero.
Allí, éste mantenía una cabaña disponible para Konstantine, y él lo dejaba
vivir.
La chica estaba lacia, tiritando de frío, y sin aliento de haber estado golpeando
el hombro de Konstantine. La empujó encaminándola hacia la puerta y el calor
dentro de la habitación. Le permitió deslizarse por su cuerpo, y la mantuvo mientras
recuperaba su equilibrio, esperando mientras ella lo examinaba.
No se molestó en mirarlo de arriba abajo; apuntó justo en sus genitales y los
inspeccionó con indiferencia.
La mayoría de las mujeres se desmayaban o hacía sonoros arrullos. Entonces
ella escaneó el resto de su cuerpo. Su mirada persistió en la evidencia sangrienta de
su ataque con el huso. Dijo:
—Así que puedes ser herido—y sonrió.
No estaba asustada. Estaba furiosa, y preparada para atacar. Sólo medía
apenas metro y medio de estatura, conteniendo un valor de dos metros y medio de
desafío. No podría ser sometida; eso nunca funcionaría. Así que hizo algo fuera de su
carácter. La besó.
No supo por qué. Nunca había besado a una mujer antes. El coito no requería
ese tipo de intimidad. Pero algo en esa niña le hacía querer tocar sus labios con los
suyos, y no era un hombre que se privara de sus deseos. Era un beso lujurioso.
Aplastó su boca contra la suya.
Frunció estiradamente sus labios para repelerlo, y al mismo tiempo, ciñó sus
brazos con sus dedos.
Entonces…cuando su aliento tocó su cara, las sensaciones lo barrieron. No lo
reconoció, se sentía como un fuego encendido en una estufa que nunca había tenido
una llama. Deslizó sus brazos por su espalda, buscando la fuente de ese sentimiento.

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Ella dejó de agarrar sus brazos y se mantuvo inmóvil. Entonces, oh dios, sus
labios se ablandaron y se abrieron. Era como una ciruela madura lista para que él le
diera un bocado—lo cual hizo, el más gentil mordisco en su exuberante labio inferior.
Ella brincó, y cuando él la lamió, volvió a brincar.
Su lengua tocó la suya, y tan rápidamente como un incendio forestal, el calor
rugió fuera de control. Su beso se convirtió en un intercambio de sabores, roces,
pasiones, almas. Su beso los consumió, cegándolo del peligro y llevándolo a la locura.
Nunca más cogería a otra mujer. La quería a ella, la Gitana. Nunca otra mujer.
Cuando finalmente se apartaron, sin aliento y asombrados, él miró el interior
de sus oscuros ojos castaños, y vio su destino. Eso era por lo que debía tenerla.
Eso era por lo que el diablo se la había prohibido.
Cuando habló, su voz era ronca y llena de pasión.
—Mi nombre es Zorana.
—Zorana —repitió. Conocía bien la magia contenida en un nombre; supo,
también, que ella se lo había regalado con una parte de su alma—. Mi nombre es
Konstantine.
—Konstantine —asintió.
Cogiendo su mano, lo guió hacia la cama. Para él fue como si el universo
hubiera cambiado, convertido en un lugar donde las antiguas normas no eran
aplicables, y la frescura traía esperanza, por mucho tiempo apagada, ahora devuelta
a la vida.
Estaba en lo cierto.
Pero ningún hombre desobedecía abiertamente la autoridad del diablo sin
temibles consecuencias.

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Capítulo 1
—Tengo el avión—gritó Rurik a la vez que agarraba los controles.
La agreste ladera de una montaña se avecinaba.
El misil estaba casi sobre ellos.
Condujo el avión hacia arriba y al lado.
No lo iban a conseguir.
No iban a…
—Perdone, caballero, estaremos aterrizando en unos minutos. Necesita
reclinar su asiento a la posición inicial.
Rurik Wilder se despertó bruscamente, su corazón galopando, el sudor
brillando en su cuerpo.
La azafata se mantuvo en el pasillo, dirigiéndole esa falsa media sonrisa que le
decía que no le importaba si lo había despertado, que el viaje de siete horas de
Newark a Edimburgo la había mantenido de pie todo el tiempo, y ¿había él escuchado
a los niños correteando arriba y abajo por el pasillo mientras sus padres roncaban y
todos se quejaban?
Él la miró detenidamente, desconcertado, intentando orientarse a sí mismo.
—Perdóneme, caballero, aterrizaremos en unos minutos. Necesita…
—¡Está bien! —trató de verse normal, sonriendo a modo de disculpa, y subió
su asiento hasta la posición vertical.
Ella se marchó con ese golpear de tacones que decía que no estaba apaciguada.
La anciana a su izquierda lo miró a través de esos ojos tan marrones que eran
casi negros.
A su derecha, sintió los ojos de alguien clavados en él, y cuando se giró, la
chica americana apartó la mirada.
El pánico lo golpeó, y pasó su mano por su rostro.
No, quizás tuviera los ojos abiertos como platos, pero sus latidos eran lentos y,
más importante aún, sus rasgos eran humanos.
Intentó una sonrisa.
—¿Estaba roncando?
—Parecía que estuvieses recibiendo algún tipo de paliza. Debe haber sido una
buena pesadilla.
La chica tendría probablemente diecinueve años, con grandes y suaves ojos
castaños, un bronceado natural, y pechos que le harían ganar fans alrededor del
mundo.
Qué pena que los únicos pechos que lo atraían estaban unidos a una mujer con
grandes ojos azules, pelo corto, negro y rizado, una cámara digital Nikon SLR
siempre alrededor de su cuello, y una forma de desaparecer cuando menos se lo
esperaba que golpeaba su ego.
Maldita Tasya Hunnicutt. Maldita la fascinación que había ejercido sobre él
desde el primer momento en que se conocieron. Maldita ella por ser tan inconsciente,
y maldito él por quererla más, ahora que la había tenido, que antes.

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Tasya era su destino—y ella ni siquiera lo sabía.
—Siempre tengo esa pesadilla cuando vuelo. Lo normal es que no duerma,
pero dejé Seattle hace veintitrés horas, y entre las paradas y el retraso en Chicago…
—se encogió de hombros, haciéndolo parecer casual, pretendiendo que el sueño no
era más que una pesadilla causada por el jet lag y el cansancio.
La chica se lo tragó, y asintió comprensiva.
—¿Es tu primer viaje a Escocia?
Él interpretó expertamente cada uno de los sonidos que hizo el motor del jet.
—¿Qué? No. No, de hecho he vivido allí desde hace diez meses.
Ella pareció animarse.
—¡Genial! Siempre he querido vivir en un país extranjero. Creo que abriría mis
horizontes, ¿sabes?
—Si, tengo unos horizontes muy abiertos —y el culo dormido de estar sentado
tanto tiempo.
—¿Qué haces aquí?
—Llevo una excavación arqueológica en las Islas Órcadas al norte de Escocia
—los ojos de la chica se agrandaron.
—¿No es una coincidencia? ¡Siempre quise ser arqueóloga!
Tú y todo aquel que oyó hablar sobre el descubrimiento de la tumba de oro del rey
Tutankamón.
—Eso es una coincidencia.
—¿Qué estás excavando?
—Hasta que no la hayamos abierto del todo, no lo sabremos —aunque sentía
en sus propios huesos que siempre lo había sabido—. Pero creo que es la tumba de
un caudillo celta —se tensó al escuchar los cambios en el ala mientras descendían.
Hombre, era patético. Habían pasado cinco años desde que se sentó en el
asiento del piloto, cinco años desde que había jurado no volver a volar jamás, y aún
no podía relajarse y confiar en los vuelos comerciales. Si pudiera mirar fuera de la
ventanilla, podría juzgar mejor cómo lo estaba haciendo el piloto, pero Rurik estaba
en el segundo asiento en la sección de la mitad.
Cuando había recibido la llamada de la excavación, había cogido el primer
vuelo, y ese era su castigo—un asiento demasiado estrecho para sus hombros, las
rodillas casi en su barbilla. Pero al menos estaba de regreso a tiempo para abrir la
tumba.
—¡Sé quién eres! —la chica se levantó de un salto, sus ojos brillando—. ¡Te vi
en la CNN!
—¿No lo hizo todo el mundo? —él también lo había visto en los resúmenes de
las noticias, y había confirmado sus peores miedos.
—El Sr. Hardwick estaba hablando de usted.
—El buen viejo Hardwick—el capataz de la excavación, Rurik se dio cuenta en
ese momento, que era un teatrero sediento de publicidad.
—Eres el chico que todos creían loco cuando empezó a excavar alrededor de
las pequeñas islas y ahora has encontrado un buen alijo de oro.

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Con la innata precaución de un arqueólogo con experiencia, dijo:
—De hecho, la Sociedad Nacional de Antigüedades me financió, así que
siempre tuve un equipo, y hay algo que parece oro, tal vez, dentro de lo que parece
una tumba, tal vez, pero hasta que llegue allí y podamos abrirla, no lo sabremos
realmente.
Debía estar allí ahora, para ver si Hardwick había encontrado la caja que Rurik
había estado buscando, la caja que contenía algo más preciado que el oro.
—Wow… sólo…wow —los ojos de la chica eran grandes y llenos de adoración.
Le ofreció su mano reverentemente—. Soy Sarah.
Él le estrechó la mano.
—¿Por qué tienes pesadillas? —le sonrió, acariciando sus blancos nudillos con
la yemas de los dedos.
—Porque… ¿tengo miedo a volar? —ridículo, por supuesto, pero mejor que
contarle la verdad.
—Pobrecito —le sonrió de nuevo. Él necesitó esa segunda sonrisa para darse
cuenta—tenía a una chica de diecinueve años intentando besarle. Se deshizo de su
toque. Miró a su alrededor para saber si la anciana de ojos oscuros lo había visto.
Por supuesto que sí. Estaba lanzándole cuchillos con los ojos, sus pesadas y
grises cejas uniéndose sobre su estrecha nariz. Sarah se acercó a él.
—Podría ser de mucha ayuda en esa excavación tuya.
Él evitó su mirada, y urgió mentalmente al piloto a que pusiera el maldito
avión sobre tierra.
—Me encantaría tenerte, pero sólo contratamos a arqueólogos experimentados.
Además, ¿no te vas a encontrar con nadie?
Se encogió de hombros.
—Sólo a mi grupo de la Iglesia.
Así que tenía diecinueve años, era parte de un grupo de la Iglesia, y estaba
intentando seducirlo. Genial. Simplemente genial. Había crecido sabiendo que iría al
infierno. Sólo que no se había dado cuenta de que iba de culo a ciento veinte por hora
por la carretera directa hacia el infierno.
—Un grupo de la Iglesia es excitante.
—¿Excitante? —su voz rayaba la incredulidad—. ¿Has estado alguna vez en
un grupo de la Iglesia?
Vaya, no. Nunca. Las Iglesias no recibían a familias como la suya.
El avión dio una sacudida cuando las ruedas tocaron la pista.
—¿Vas a ir a París? Te encantará. Grandes Catedrales. Pequeñas y entrañables
iglesias.
Él no había estado en ninguna de ellas.
Se puso de pie antes de que las azafatas abrieran las puertas.
—Algunos coros fantásticos. No te pierdas Roma. ¡El vaticano está allí!
Un sitio donde él se aseguraría de estar lejos.
Mientras Sarah luchaba por sacar su maleta por encima de su cabeza, él agarró
su equipaje de mano y se metió por medio del pasillo.

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Su madre lo habría matado por ser tan bruto, y su hermano se habría muerto
de la risa. Por Dios mío. Una chica menor de edad intentando besarlo—eso lo hacía
oficialmente un viejo y sucio hombre a la madura edad de treinta y tres. Se apresuró
a la recogida del equipaje. Una niña de diecinueve años que dio un paso hacia él, y
Tasya Hunnicutt que no se podía alejar de él lo suficientemente rápido. Había ido a
casa de su familia para la celebración del cuatro de Julio que había empezado genial
y había terminado en un hospital sueco en Seattle, y al mismo tiempo, la tumba que
tan laboriosamente había excavado se había abierto para revelar un destello de oro.
Qué puñetero mes había pasado. Ahora le iba a costar un duro día conducir a través
de las cada vez más angostas carreteras para llegar al ferry de John O’Groat e ir
desde allí hacia las Islas Órcadas. Y sería afortunado si, al hacerlo, un vendaval no se
había levantado, obligando al ferry a mantenerse en puerto. No había sido
especialmente afortunado desde que comenzó la excavación. Habían sufrido
tormentas, por supuesto—nadie atravesaba el norte de escocia en invierno sin
devastadores vientos fríos y lluvias que congelaban el trasero, pero él había tenido
que parar sólo un par de días, y también en los domingos, de todas maneras. Si era
un hombre supersticioso, diría que la excavación servía a un propósito mayor.
No había sido un hombre supersticioso cuando había comenzado a trabajar en
el sitio. Lo era ahora.
Cogiendo su maleta de la cinta transportadora, se encaminó al alquiler de
coches, cogió las llaves de un Mini Cooper, y entonces salió fuera y se puso las gafas
de sol.
—Un bonito día.
Se giró para encontrar a la anciana del avión de pie a sus espaldas. Era baja y
encorvada; la parte más alta de su cabeza casi se hallaba a la misma altura que sus
hombros.
—Sí, lo es—lo que en Escocia incluso en mitad del verano era increíble.
—Pero se avecina un cambio —su voz era ronca, gravemente acentuada…y no
escocesa. Sonaba casi como su padre—ruso o ucraniano.
—¿De verdad? —él escudriñó los cielos—. ¿Los meteorólogos predicen
tormenta? Bueno, no es sorprendente, ¿no? Después de todo, es Escocia.
—Un cambio en la Tierra.
—¿Huh? —la miró de nuevo.
—Puedo intuirlo —sus ojos oscuros lo escrutaron de la cabeza a los pies; vio
más allá de sus ropas y su piel, debajo de sus huesos, y vio algo que no le agradó—.
Hay algo surgiendo desde el infierno, y el cielo está desplegándose hacia abajo —su
voz se convirtió en un susurro—, y cuando los dos colisionen, todo será diferente.
—Seguro —avanzó de costado hacia el bordillo—. Bueno, tengo mucha
distancia que recorrer, así que adiós.
—Ve con Dios—respondió.
Vieja loca.
Se apretó dentro del asiento del conductor, y arrancó.
¿Cómo hacía para atraer siempre a los más locos?

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Pero cuando miró por el retrovisor, ella se mantuvo en pie observándolo. Un
rayo de sol tocó la plata de su oscuro pelo. Irresistiblemente le recordó a su madre, y
la visión que había cambiado su vida.
Y un estremecimiento trepó por su espalda.

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Capítulo 2
Sol. Trabajadores interinos de setenta años. Ningún viento. Ninguna
insinuación de lluvia, y ninguna en la conjetura.
Rurik se encontraba sobre el arco del barco—él era un pasajero solitario—y
esperó a la primera señal de la Isla de Roi.
El día anterior había conducido como un loco por las Tierras bajas escocesas,
las amplias expansiones de nada, interrumpidas por los campos de golf, ciudades
industriales, y fabricantes de whisky. Su propia fatiga lo había forzado a pararse en
Inverness y caer en una pensión, luego levantarse temprano para conducir hacia las
Tierras altas, la tierra de Braveheart, entrecruzándose por diminutos caminos de dos
veredas que se torcían y daban vueltas, donde la velocidad máxima era lenta y debía
parar para que cruzaran las oveja.
Pero incluso ese retraso había sido menor. Por la tarde, había llegado a la costa
del norte de Escocia. Parecía como si los elementos conspiraran para que llegara a la
excavación lo más pronto como fuera posible.
Hay algo surgiendo desde el infierno, y el cielo está desplegándose hacia abajo. Y
cuando los dos colisionen, todo será diferente.
Su madre había dicho algo así, pero a diferencia de la extraña anciana, Zorana
no era rara o vieja ni acostumbraba a hacer declaraciones enigmáticas, a menos que
considerarse un “Carga el lavavajillas, gran lummox— no te di a luz para tener a otro
hombre esperando.
Detrás de él, el primer oficial del barco aconsejó:
—No llegarás a la isla más rápido por mucho que presiones.
—Duncan. Oye, ¿cómo estás?— Rurik sonrió y le dio la mano al curtido
escocés—. No puedo evitarlo. Yo debería haber estado allí todo el tiempo.
—Siempre, te quedas aquí día y noche y en cuanto das la espalda, tu equipo
retira el mantel de debajo de la porcelana—Duncan se unió con él en la barra y miró
fijamente al mar picado—. ¿Sabes a cuántos turistas hemos transportado en los
pasados cuatro días?
—¿Cuántos?
—Bastantes como para hundir el barco—bajo su barba cana, recortada, el labio
de Duncan se rizó con desdén.
—Si el equipo hubiera mantenido sus bocas cerradas…
—No puedes contener el rumor sobre el oro, amigo. Esto no ha cambiado en
los últimos diez mil años. El oro atrae a la mirada de avaros y codiciosos.
—Ellos no tenían por qué que llamar una maldita rueda de prensa—que era lo
que se le había atragantado—ver a Kirk Hardwick en cámara, exponiendo su
fabuloso tesoro de oro y conocimientos.
—A Hardwick realmente le gusta su pequeño minuto de atención y con
ustedes yéndose, él lo ha tenido.
—Estoy seguro—la insinuación de una sombra apareció sobre el horizonte. La
Isla de Roi.

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—Cuando digo a los turistas americanos que la isla tiene sólo siete millas de
ancho, y que no hay coches, me miran como si me hubiera vuelto tonto—los astutos
ojos de Duncan miraban cómo la isla tomaba forma— plana en un extremo,
alzándose lentamente en un acantilado en el otro—. ¡Y los reporteros! Graznando y
cargando hacia abajo con cámaras, cada uno tratando de dar a Freckle y Eddie una
propina por llevar su equipaje.
Rurik echó un vistazo atrás a los dos tripulantes.
—¿Ganaron mucho?
—Les gusta el dinero. Pero no les gusta ser tratados como estúpidos aldeanos.
—¿Cuántos reporteros hay?
—Cuatro— dos de Edimburgo, uno de Londres, y un alemán de alguna
agencia de noticias internacional. Bastante para escribir una decente historia, podrás
pensar, pero aún tengo que verlos—Duncan miró a Rurik, se apoyó contra el
pasamanos, y cruzó sus brazos sobre su pecho—. Ahora, cuando esa muchacha de
pelo negro y rostro dulce comience a escribir, entonces veremos algo.
Rurik fingió ignorancia.
—¿Quién?
Duncan no se lo tragó eso.
—Sabes quién.
—¿Tasya?
—No, no conozco a Tasya. Me refiero a Hunni.
—Tasya... Hunnicutt—todos la llamaban Hunni, y ella respondía fácilmente a
esa expresión cariñosa, sonriendo a todo el mundo, hombres encantadores, mujeres,
y niños igualmente. Rurik no podía usar su apodo tan casualmente. Esto lo irritaba—
ella lo irritaba—como un grano de arena en una almeja.
—¿Ah, es ese su verdadero nombre?—dijo Duncan—. No lo sabía—y un
infierno que no sabía. Él había lo visto perfectamente aunque Rurik había pretendido
indiferencia.
—Entonces ella está aquí— Rurik la vería otra vez, la vería por primera vez
desde que él había completado su cuidadosa seducción y ellos hubieran pasado la
noche en Edimburgo juntos.
—La he traído esta mañana. Ella dijo que habría estado aquí antes, pero
estaba terminando las fotos para su historia en Egipto. Ella es una viajera, de las
buenas.
Eso es endemoniadamente cierto. Un hombre tendría que clavar sus pies al piso para
mantenerla en un lugar.
—Ella no ha estado aquí mucho. Bien.
—La muchacha no ha sido dañada.
¿Ningún daño? Rurik recordó todo demasiado claramente, el daño que ella le
había hecho. El olor de su piel, el sonido de su risa ronca, la sensación de su cuerpo
acalorado contra el suyo, su sabor...
—Ella es demasiado entrometida para su propio bien.

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—De un modo encantador—pero entonces, me siento atraído por ella—
Duncan puso su mano a su pecho y suspiró como un chaval herido de amor.
Rurik abrochó la barra del pasamanos tan herméticamente como pudo. Debía
hacerlo, o estrangularía Duncan.
Él empezó a parlotear
—No hay ni un hombre en la isla, excepto ese reportero marica de Londres,
cuya brújula no señale al norte al verla.
—Ella tiene una cara huesuda.
—¿Ella tiene cara?
La incredulidad de Duncan cogió a Rurik por sorpresa, y él se rió. Desde luego,
Duncan tenía razón. ¿Por qué debería cualquiera de los tipos cuidarse de lo que su
cara pareciera?
Lamentablemente para Rurik, no podía conseguir sacar el rostro de Tasya de
su mente. Su pelo corto era tan negro que a la luz, como en el pub después de una
difícil jornada laboral y unas pocas horas bebiendo, los mechones resplandecían con
los colores y el lustre del ala de un cuervo. Sus cobaltos ojos estaban rodeados por
pestañas de Snuffleupagus 1, de un espesor absurdo, del color del hollín, y largas.
Cuando ella parpadeaba, sus pestañas abanicaban el aire, y cuando miraba a Rurik,
su mirada azul eléctrica le enviaba una descarga a lo largo de sus nervios. Y para ser
justos, su cara no era realmente huesuda—esculpida sería una mejor palabra, con una
amplia mandíbula que ella usaba para enfatizar sus palabras—ella la levantaba
cuando se obstinaba, la giraba lejos cuando no tenía ninguna intención de escuchar,
señalaba a alguien cuando ella quería hacer un comunicado.
Cuando se trataba de su cuerpo... bien, de acuerdo, Rurik entendía por qué los
tipos gemían cuando tenían una erección y se encontraban en una situación
embarazosa. Ella se parecía una diosa de película de los años cincuenta, con los
pechos generosos—Rurik le daba una C, y eso no era una clasificación—una cintura
diminuta, unas gloriosas caderas, y buenas piernas. Largas, musculadas, buenas,
buenas, buenas piernas. Todos eso se condensaba en aproximadamente un metro
sesenta de acción dinámica.
Cubría todo con el hábito de una monja, nada más dejaba salir un atisbo de su
cara, y ningún hombre la notaba—excepto él.
Así que, desde luego, Duncan contradijo el pensamiento nostálgico de Rurik
rápidamente con:
—Y sus labios... Ella hace a un hombre pensar en pecados realizados
pecaminosamente, despacio, y muy a menudo.
Eso describía perfectamente a Tasya y sus labios y el sexo...
—Ella es una distracción.
—Eso es lo que es—Duncan fervientemente estuvo de acuerdo—. Pero ella no
usa sus artimañas para el mal, Rurik. No ha hecho nada a tus espaldas.

1
Personaje de la serie Barrio Sésamo.

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Rurik había sido injusto con su carácter. Probablemente. Y por sus propios
motivos. Pero cuando Tasya Hunnicutt vio la excavación, no fue la pasión hacia él la
que hizo que sus ojos azules se pusieran grises e intensos. Él juraría que ella tenía
más en su mente el asegurarse de conseguir buenas fotos y escribir una historia.
—Ella sabe demasiado sobre el sitio.
—Querrás decir que ella sabe tanto como tú—dijo Duncan hábilmente. Dios
prohíba. Rurik miró fijamente a la isla que se acercaba.
—Ella es una reportera, y su patrón financia la excavación, así que tal vez su
trabajo es saber demasiado— Duncan palmeó el hombro de Rurik—. Si me preguntas,
te diría que debes apuntar hacia Hunni y dejar de enfurruñarte.
Rurik sacudió su cabeza y lo fulminó con la mirada.
—No es que los demás vayamos a coger algo. Eres el único con alguna
oportunidad. Ahora, si me excusas, el capitán MacLean estará requiriendo mi ayuda
para atracar el ferry.
Duncan se dirigió hacia el puente, sonriendo abiertamente. Rurik enfrentó la
isla, pero veía a Tasya—y su destino.
La Isla de Roi tenía la forma de un antebrazo óseo, con el extremo del codo
elevado fuera del agua. La tumba estaba en el lado alto, no lejos de los precipicios y a
treinta metros sobre el mar.
Cuando el barco arribó a la isla, pudo ver todo con más detalle—el rubor de la
hierba en verano, unos cuantos árboles, inclinados por el viento, las playas de arena
blanca bajo las rocas. El lugar era un asilo para las aves; revoloteaban por el aire,
llorando por las largas migraciones y cortos veranos, y una sola águila real volaba
sobre todos ellos, cazando... siempre cazando.
Rurik siguió su arco, su alma desesperada por alzar el vuelo, para planear
sobre las corrientes de aire ascendentes hasta alcanzar el sol, entonces replegar sus
alas cerca de su cuerpo y zambullirse hacia el océano, el viento tan fuerte llenando
sus pulmones, el regocijo afilado, penetrante, fresco.
Sin problemas, él podría convencerse de que era necesario. Si él se lo
permitiera simplemente a sí mismo, podría cambiar su forma, convertirse en una
gigantesca ave de caza. Él tenía poderes que ningún hombre debería tener, dados a él
debido a un pacto hecho hace mucho entre el primer Konstantine y el diablo. El
padre de Rurik dijo que el cambio les trajo más cerca del mal, pero Rurik lo debería
usar para bien.
Esto es lo que él se había dicho a sí mismo cinco años atrás... y un hombre
bueno había muerto.
No importaba cuánto añorara las alegrías del vuelo, desde entonces Rurik
nunca había vuelto a hacerlo.
Aun así el poder no era algo que él pudiera perder. Esto era un hambre que
crecía cada día, un ansia en su tripa que él apenas podría contener — y esto lo hacía
todo más peligroso.

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Ahora, más que nunca, su visión del halcón parecía la mejor manera de velar
por su proyecto, sus garras largas y caídas en picado combinados con el elemento
sorpresa eran la defensa más probable.
Más importante, él podría decir que los Varinski lo habían encontrado...
Ellos, después de todo, habían encontrado a Jasha, y esto era sólo cuestión de
tiempo antes de que ellos lo detectaran, también. Rastrear era lo que los Varinki
mejor hacían—o eso dijo su padre.
Pero era lo que su madre había dicho lo que de verdad lo atormentó... él se
estremeció al recordarlo. Él había ido a casa a las Montañas de la Cascada en
Washington para celebrar el cuatro de julio, con la familia Wilder, su primer
descanso desde que él había empezado el trabajo en la zona de excavación.
Esa noche, después de que los fuegos artificiales hubieran terminado, los
invitados se hubieran marchado, y la hoguera se extinguiera, esta visión poderosa
había asaltado a su madre. Y sí, ella era un Gitana, y sí, Rurik sospechaba que ella era
una psíquica. Y sí, su familia entera era un poco diferente de la mayoría de las
familias americanas—sus padres habían inmigrado de Ucrania y habían cambiado su
nombre de Varinski a Wilder porque los Varinski eran asesinos y estaban bastante
cabreados con sus padres, y el clan Gitano de su madre estaba que se subía por las
paredes, también.
Pero excepto en la ocasión cuando Rurik tenía ocho y había robado en las
tiendas Wal—Mart en Marysville un Megatron Transformador y su madre lo había
hecho darle la vuelta a sus bolsillos y después devolverlo antes de abandonar la
tienda, él nunca había atestiguado algún signo de que Zorana fuera psíquica—hasta
la noche del día cuatro. Su cuerpo ligero había exudado poder, su voz usualmente
femenina se había puesto profunda y potente. Ella había mirado a Rurik, y él habría
jurado que ella podría ver las manchas sobre su alma.
Ella había maldecido a la familia con su profecía....
Cada uno de mis cuatro hijos debe encontrar uno de los iconos de los Varinski.
Sólo su amor puede traer las piezas sagradas a casa.
Uno realizará lo imposible. Y el amado de la familia será corrompido por la traición…y
saltará al fuego.
El ciego puede ver, y los hijos de Oleg Varinski nos han encontrado. Nunca estaréis a
salvo, ellos harán lo que sea para destruiros y mantener el pacto intacto.
Si los Wilder no rompen el pacto con el diablo antes de tu muerte, irás al infierno y
estarás separado por siempre de tu amada Zorana...
Y tú, mi amor. Ya no eres de esta tierra. Estás muriendo...
Se lo había dicho a su padre, y en cuanto había terminado de hablar,
Konstantine se cayó al suelo, aplastado bajo las garras de una rara enfermedad que
desgastaba en su corazón.
Konstantine siempre había sido uno de los hombres más cordiales,
imponentes que Rurik se había encontrado alguna vez. Verlo estirado sobre una
camilla en el Hospital sueco en Seattle, IVs pinchados en sus brazos, una desviación

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en su pecho, tubos que corrían en torno en su nariz—en ese momento, Rurik
entendía que el mundo había cambiado.
Él tenía sólo un tiempo limitado para encontrar el icono que salvaría la vida de
su padre y su alma. Si Rurik fallara, la destrucción vendría a por todo lo importante
para él. Su familia. Su mundo.
Tal vez el mundo entero.
El barco tomó un giro cerrado hacia la izquierda, dando la vuelta por el final
de la isla, y allí estaba, el pueblo de Dunmarkie, recostado en el puerto y
presumiendo de tres docenas de casas, una taberna, y un mercado.
Las calles estaban vacías.
Rurik se enderezó.
Como si lo hubiera hecho cada día durante los últimos veinte años, el capitán,
de manera eficiente, acercó el barco en el muelle. La tripulación se apresuró,
asegurando sus amarras, poniendo la pasarela... y luego se encontraron de pie allí,
mirando inquietamente el pueblo.
—¿Dónde están todos?—preguntó Duncan.
Rurik encontró la mirada fija del hombre
—Algo pasó en el sitio.

Rurik pasó la última cuesta, miró hacia abajo, y juró.


Su asolada y azotada por el viento excavación arqueológica, con su tumba
gentilmente apilada, que era alternativamente cepillada por el toque de la brisa del
mar y el rugido brutal de tormenta fuera del Mar del Norte, estaba inundada por la
gente. Aldeanos, pescadores, fotógrafos, y reporteros— estaban todos allí,
estropeando la hierba verde pálida y las frágiles flores, invadiendo sus secciones
marcadas con cuidado, dando vueltas, hablando, empujando por buscar una
posición.
¿Dónde estaban sus trabajadores? ¿Quién estaba controlando todo?
¿Dónde estaba su superintendente? ¿Dónde estaba Hardwick?
Rurik dio un paso adelante severamente.
La muchedumbre alrededor ya lo había descubierto, y él escucho su nombre
repetido una y otra vez.
Ashley Sundean se puso ante él primero antes de que alcanzara el borde de la
muchedumbre. Ella era un estudiante de arqueología de Virginia, que estaba ese
verano en la excavación, una muchacha que hablaba suavemente arrastrando las
palabras y que ocultaba un corazón de acero. Él se paró y la afrontó.
—¿Que es lo que pasa aquí?
—Esto es... es tan horrible...— se desplomó antes que él.
—Seguro como el infierno que lo es—vio el destello de los objetivos de las
cámaras que se giraban a su paso, y los oyó comenzar a pulsar y arremolinarse—.
Comencemos por el principio. Cuéntamelo todo.

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Ella respondió a su voz de mando enderezando sus hombros y examinando
dentro de sus ojos.
—Aproximadamente una semana después de que salieras, nosotros estábamos
aclarando las ruinas en la sección F21 en la rampa.
Él miro colina abajo hacia el sitio. Hacía un año y veinte pies de montones de
tierra, ellos encontraron una rampa de piedra que descendía hacia la tumba. Desde
entonces habían concentrado su atención allí, atravesando la suciedad, trabajando su
camino hacia donde Rurik creía que estaba la entrada a la tumba. Habían seguido el
camino ancho de piedras entre el frío y las sombras oscuras de la tierra. Doce pies
bajo el nivel de la tierra, el camino terminaba en una esquina formada por las dos
paredes verticales que sellaban la tumba.
Ashley continúo.
—Hubo una tormenta. Nosotros preparamos una lona, pero el agua siguió
goteando y el viento arrancó la esquina de la lona.
—Entonces dejasteis el trabajo ese día.
—Sí—se sorbió la nariz, y se dio golpecitos con su manga en su enrojecida
punta.
Estaba llorando. ¿Por qué estaba llorando?
—Fue una noche del demonio. La lluvia cayendo, y el viento aullando— la
gente en la taberna decían que las banshees estaban anunciando que la muerte había
sido soltada y el mundo estaba acabándose—tembló como si la amenaza fuera
verdadera.
Él no sentía ningún escepticismo. ¿Cómo podría él? Quizás las banshees eran
reales— él era el último hombre que podría rebajar las viejas leyendas.
—Cuando volvimos al día siguiente, el sol había salido. La luz era brillante y
fresca. Podíamos ver a una gran distancia—miró la tumba como si ella recordara—.
La lona se había ido. Algunas piedras sobre la pared de roca se derrumbaron sobre la
tierra— y tan pronto como abrimos, el sol entró en la tumba por primera vez desde el
día en que había sido sellada—y los rayos hicieron brillar el oro.
—Eso escuché. En cada canal de noticias del aeropuerto.
Ashley frotó una mancha en su frente,
—Yo le dije que debería llamarte y luego poner la cubierta sobre…
—¿Se lo dijiste a Hardwick?
—Sí. Y él no se le dijo a nadie, pero las palabras se escaparon con los aldeanos
y desde allí, el rumor salió volando de la isla sin que nadie dijera una palabra—
arrastró su dedo del pie por la áspera hierba, conteniendo cierta…información.
—¿Pero?
—Pero una vez que los reporteros se presentaron, Hardwick no pudo soportar
la presión. Se puso a excavar. Preparó tours, habló sobre el progreso de la
excavación—te dio todo el crédito. De verdad, lo hizo—tocó la manga de Rurik, tan
afligida que él asintió en reconocimiento—. Le gustaba ser el centro de atención. A
todos nos gustó—era refrescante sacar nuestras cabezas de la suciedad y tener

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reporteros tratándonos como si todo lo que dijéramos fuera importante. Pero no
hicimos ningún mal.
La mirada de Rurik barrió a la muchedumbre, notando a los reporteros que
surgían ahora hacia ellos.
—Hablar con la prensa puede haberos sentado bien a vosotros, pero no ha
ayudado al sitio—siguió adelante, ignorando a los reporteros, los turistas, los
visitantes que gritaron su nombre.
Ashley se agarró a su manga, dejándole hacer camino a través de la
muchedumbre.
—Hardwick dijo que no teníamos una opción.
—Hardwick es un idiota.
La voz de Ashley subió dos octavas.
—¡No diga esas cosas sobre él!
—Supuestamente es quien está al control de todo. ¿Por qué no debería decirlas?
—Rurik avanzó por el borde de la rampa. Llegó a la escena en la pared de la tumba—
y supo la respuesta antes de que Ashley contestara.
Una pared había sido rota. La roca se había derrumbado sobre la tierra. Dentro,
una ventana de oro hacía señas... y la empuñadura de un sable antiguo de acero salió
de aquella ventana.
La punta salió del cráneo de Hardwick.
Y Tasya Hunnicutt, la mujer cuyo coraje descuidado lo irritaba con furia e
inquietud, luchó para levantar el cuerpo y quedar libre.

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Capitulo 3
Los ojos de Tasya Hunnicutt se humedecieron mientras se esforzaba por
levantar el cuerpo inerte de Kirk Hardwick del afilado borde de la espada. Ella no
estaba llorando, exactamente, pero había llegado a la escena a tiempo para ver a
Hardwick metiendo la mano en la tumba para recuperar el primer pedazo de oro, y
disparar la trampa para bobos de hacía mil años—esa escena se aparecería y repetiría
en sus pesadillas. Y en su ocupación, ella había visto bastantes atrocidades para
poblar sus pesadillas; ella no había esperado ninguna durante esa excavación
arqueológica dirigida por el frío, decisivo Rurik Wilder.
Pero Rurik no estaba localizable, y eso explicaba el error que le había costado a
Hardwick su vida. Rurik no le habrían permitido a Hardwick excavar la tumba
mientras se exponía ante las cámaras. Los reporteros nunca habrían podido
intimidar a Rurik para que se apresurase la excavación.
Ella iba caminando, cuando vio a Hardwick arrodillándose ante la ventana
que daba a la tumba, y le oyó decir:
—Hace cuatro a cinco mil años, montones de tumbas fueron construidas. La
teoría del Sr. Wilder es que hace mil años, un guerrero medieval llamado Clovus el
Beheader tomó la estructura y la hizo propia, abasteciéndola con el tesoro como
anticipación de su muerte.
¿Brandon Collins para el London Globe había gritado:
—¿Qué llevo al Sr. Wilder a esa conclusión?
—Él hizo una extensa investigación sobre Clovus y el camino de destrucción
que trascendió por la Francia contemporánea, Inglaterra, y Escocia—Hardwick
removió piedras de la pared mientras el equipo de arqueólogos de Rurik se mantenía
en pie detrás, frunciendo el ceño y mirando atentamente, sus brazos cruzados—. El
Sr. Wilder documentó la lenta desintegración de Clovus desde ser el más poderoso y
temido guerrero de su tiempo a un hombre débil derrotado por una enfermedad, y él
trazo la retirada de Clovus a esta remota ubicación…
Llegados a ese punto, Tasya había saltado al sendero de piedra. Ella era la
representante de National Antiquities, la única que tenía una oportunidad de
convencer a Hardwick antes de que dañara al sitio—y Rurik lo dañara a él.
Eso fue el por qué ella vio lo sucedido tan claramente: ¡ella había estado a diez
pies de distancia cuando Hardwick se interrumpió y exclamo con alegría:
—¡Es un arcón lleno de tesoros cubierto de oro!
En ese momento, una ola invisible de rabia congelante surgió de dentro de la
tumba. No había experimentado tal choque de maldad pura desde el día en que tenía
cuatro años y había visto su mundo subir en llamas. El frío se llevó su aliento, la cegó,
la frenó en seco.
Para cuando ella pudo ver y hablar de nuevo, Hardwick había alcanzado el
interior.
Y la espada saltó hacia fuera de de la nada y le perforó directo a través del ojo.

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El destello embotado de oro debió haber sido la última cosa que pudo ver en
vida.
Hardwick murió instantáneamente, la espada colgada de él como una horrible
advertencia a todo el que se atreviera a asaltar la santidad del tesoro de Clovus.
La muchedumbre jadeó, murmurando, chillando... y encogiéndose atrás del
borde de la calzada. De modo distante, Tasya oyó el chasquido y zumbido de
cámaras y computadoras, cómo los reporteros y turistas luchaban para capturar la
escena y transportar una historia que en un instante había pasado de ser algo
insignificante a un espectáculo.
Nadie vino en su ayuda. Tenían miedo.
Tasya tuvo miedo, también. Para ella, la tumba abierta exudó una maldad
palpable, tan gruesa y ácida como el veneno. Ella respiró, y deseó urgentemente
deshacerse de ella, pero la malevolencia era vieja, potente, e infinita.
Aún así, alguien tenía que mover a Hardwick de la espada, colocarlo sobre la
tierra, y darle lo que se debía a los muertos. Aunque ella misma se enorgulleciera de
su fuerza superior, Hardwick era tan alto como rechoncho, y cada vez que ella movía
el cuerpo, el sonido de la espada que raspaba la carne y el hueso la hacía querer
vomitar.
Entonces lo oyó. La voz que hacía un mes que no escuchaba, diciendo su
nombre con pasión…
—Espera, Tasya, y te ayudaré.
Ella miró hacia arriba. Vio a Rurik bajando a lo largo de la rampa sin prestar
atención a su propia seguridad.
Dos reacciones la golpearon simultáneamente.
Mi amante.
Y...
El idiota. El maldito idiota.
Liberada del peso de Hardwick, se lanzó hacia Rurik. Ella hundió su hombro
en su barriga, enviándolo a una inevitable caída, y antes de que él pudiera recuperar
su respiración, se arrastró sobre él y dijo en su cara:
—¿No tienes ningún sentido común? Hay más trampas para tontos.
—¿Quién no tiene sentido, entonces?—sus ojos, el color del coñac crudo,
ardieron con irritación—por ella.
Si su conducta fuera algo por lo que juzgarla, ella siempre lo habría irritado.
—Yo estoy siendo cuidadoso, no yendo por el camino con mi cabeza bien alta,
preguntando como podría cortármela.
—Yo he pasado por este camino antes.
—Sí, y cuando la primera piedra en esa pared se movió, todo en esta tumba
salió de equilibrio—agarró la camisa de Rurik en sus puños y susurró suavemente,
no queriendo que ninguno de los reporteros escuchara—. El viejo demonio que está
enterrado aquí está determinado a hacernos pagar caro por los contenidos. Nada es
seguro.

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—¿Entonces qué estás haciendo aquí?—su abdomen era sólido. Él estaba
cálido. Y ella tenía frío y miedo. Y se sintió protector hacia ella.
Eso estaba mal. Tan emal.
—¿Qué querías que hiciera? ¿Dejar a Hardwick a los pájaros de carroña?
Él pareció dejar de respirar, y sus párpados flaquearon, y sus ojos crecieron. . .
nublados, como si él luchara para ocultar algún secreto dentro de él.
Apresuradamente, soltó su camisa.
Nadie sabía mejor que ella que su liso y castaño pelo se sentía suave cuando
ella enredaba sus dedos en él, que el cuerpo tenso bajo su ropa de trabajo podría
transportar a una mujer al éxtasis, que el tatuaje grabado en su fuerte pecho, vientre,
y brazo debía haber sido la insensatez de un joven, y la de una mujer era trazarlo. La
memoria del placer que ellos habían compartido la hizo derretirse. El calor de
posesión, cuando él buscó marcarla como suya, la había hecho correr.
Más que eso—a veces cuando ella estaba cerca de él, experimentaba el escozor
de algo... espantoso. Algo qué le recordó aquella noche de fuego y destrucción,
miedo, y la oscuridad interminable.
Ella se calmó y se alejó de él.
Sus ojos volvieron a ser normales, y se abrieron de golpe con irritación.
—¿Siempre tienes que ser la única en arrojarse al peligro? ¿No puedes dejar
sólo por una vez a alguien más hacer el informe sobre la masacre en Somalia o la
plaga en Indonesia?—actuaba como si hubieran tenido esta lucha cien veces, cuando
en realidad él nunca había mencionado su trabajo antes.
Ellos apenas habían hablado antes. Su mutua antipatía no había requerido
palabras.
Su pasión mutua tampoco.
No. Nada de recuerdos. ¡No ahora!
Ella echó un vistazo por encima a las caras que los miraban detenidamente.
Los aldeanos estaban allí. Los reporteros. El equipo arqueológico.
–Este no es momento para conversación.
—¿Cuándo sugieres entonces que hablemos? ¿Después de haber hecho el
amor toda la noche? No, espera. Tú no te quedas para un tranquilo desayuno. Te
marchas sin decir adiós—Rurik permaneció sobre la tierra, sarcástico y, gracias a
todos sus intentos y propósitos, relajado.
No la pudo engañar. Cada músculo de su cuerpo estaba tenso.
¿Porque quería aprovecharse de ella? ¿Para recordarle que la última vez que
había puesto sus ojos sobre él, había estado desnuda en sus brazos?
—No ahora—dijo entre dientes.
—Créeme, me he dado cuenta, o si no yo estaría enfocando una luz hacia tus
ojos mientras te interrogaba—deliberadamente, se incorporó, y apoyó sus brazos
sobre sus rodillas inclinadas—. Dime que pasó aquí.
Ella estaba más que alegre por el cambio de tema.
—Hardwick nunca lo vio venir. Él quitó una piedra y la espada saltó hacia
fuera—había estado esperando durante mil años a que ocurriera esto.

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Rurik miró a Hardwick, y su cara no mostró ningún signo de compasión.
—El tonto hijo de perra.
—Él no merecía morir por su estupidez. Nadie merece esto.
La mirada fija de Rurik cambió hacia ella.
—No. Nadie merece esto. Lamentablemente, pasa más de lo que a cualquiera
de nosotros nos gustaría.
—Mira, ¿va a estar cada palabra que digas cargada de significado?—oyó un
murmullo, y mirando arriba a las líneas de caras fijas llenas de avidez, comprendió
que había elevado su voz.
—¿Lo sacamos fuera de aquí?—preguntó Rurik.
Él actuaba como si su arrebato desenfrenado hubiera satisfecho alguna
necesidad perversa en él, o le había demostrado algo, y esto la enojó más aún—.
Trata de no perder la cabeza por un corte. Podrías necesitarla algún día—ella se
dirigió de vuelta al cuerpo de Hardwick.
Rurik la siguió, mientras mantenía su perfil bajo y su cuerpo firme, un hombre
que se muestra como un blanco más pequeño a su inadvertido—y largamente
muerto—atacante. Cogiendo a Hardwick por debajo de sus brazos, él lo alzó,
fácilmente, gentilmente.
Las lágrimas escocían en los ojos de Tasya otra vez e hicieron que su nariz
picara. Este no era sólo el dolor y el choque; ver a Rurik tratar a Hardwick como si
fuera un bebé que necesitaba un descanso causaba una punzada de ajena ternura a su
naturaleza.
¿Porque, cómo podría una mujer como ella llevar una maleta llena de ternura
en sus viajes? Eso abría la puerta al dolor de corazón, y se interfería con el trabajo.
Ella no era una idiota—sabía que su trabajo era importante. Sus fotos
mostraban una resuelta luz sobre la guerra y la pobreza, y sus historias detallaban
injusticias tan inequívocamente que ella era un personaje no grato para algunos
gobernantes del mundo... y una heroína para otros.
Más importante aún, cuando tuviera éxito consiguiendo su libro publicado
con la estruendosa compañía de la publicidad, ella habría mejorado el mundo, y
ganado el pedazo más pequeño, más jugoso de venganza personal. Todo lo que la
posicionaría en las listas de best sellers del mundo sería la evidencia que existía en
aquella tumba.
Ella siguió a Rurik sobre la rampa, mirando, escuchado, sintiendo, en busca de
más trampas.
La muchedumbre estaba en silencio. Rurik colocó el cuerpo sobre uno de los
carros que el equipo usaba para mover los escombros, y encaró a la gente que estaba
de pie alrededor.
Visiblemente, él tenía las riendas en sus manos.
—Marta y Charlie, escoged a dos de mi equipo para os ayuden a arrastrar el
cuerpo al pueblo y amortajar al Sr. Hardwick.
Martha era la dueña de la tienda de la taberna y la tienda de comestibles, tan a
cargo como alguien pudiera de los doscientos pescadores, granjeros, y ancianos de

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Roi. Charlie era el tipo que distribuía consejos religiosos, no un ministro, pero un
hombre sabio con una buena cabeza sobre sus hombros.
Ellos asintieron, tomaron a Jessica Miller y Johnny Boden de su equipo, y se
dirigieron hacia el pueblo. En cuanto cubrieron la colina y desaparecieron de la vista,
los reporteros comenzaron a gritar preguntas. Él ondeó pidiendo silencio.
—Nosotros queremos ofrecerle el respeto apropiado al Sr. Hardwick, y al
mismo tiempo asegurar el sitio que él tan arduamente trabajó. Hardwick creía
profundamente en la protección de nuestro patrimonio y entender el pasado, por lo
que quiero que cada uno se quede atrás mientras yo remuevo el arcón con el tesoro y
cualquier otro objeto de valor. Entonces pondremos a un guardia para este lugar y
los objetos.
Tasya observó mientras los reporteros respondían a su fácil aire de mando,
escribiendo y grabando cada palabra que había dicho.
Desde la primera vez ella se lo había encontrado, había sabido que él era un
hombre nacido para la autoridad. Él nunca se marchaba sin mirar a sus espaldas
para ver si alguien estaba siguiéndolo—lo que siempre ocurría. Sus gentes le rendían
culto. Ella se dijo que era porque él había sido un piloto de las Fuerzas Aéreas; sabía
eso porque no había podido resistirse a investigar su pasado. Ella le guardaba rencor
por ser capaz de fascinarla sin realizar ningún esfuerzo mientras la trataba como una
peste insignificante, una soplona enviada por la National Antiquities Society para
vigilar su trabajo.
Entonces... ellos hicieron el amor, y él le demostró que le había estado
prestando más atención de la que ella había imaginado.
Dios mío. Cuando Rurik Wilder mostró interés por una mujer, por ella, se
sintió como una tonelada de ladrillos. Cuando descubrió que toda aquella
indiferencia metódica que había desplegado no era nada más que una fachada que
usaba para desafiarla, atraerla en sus brazos... de acuerdo, ella corrió. Corrió como
un conejo asustado.
Ella todavía pensó que su vuelo había sido la mejor, la más inteligente
decisión que ella pudo haber tenido... si ella nunca hubiera tenido que verlo de
nuevo.
Pero aquí estaban, de pie ante la tumba que traería su éxito y venganza, y
mientras lo veía tomar una toalla y limpiar las manchas de la sangre de Hardwick en
la piedra y organizaba varios turnos para guardar la tumba, todo en lo que ella podía
pensar era lo mucho que quería mantenerlo a salvo.
Era una idiota. Qué pedazo de idiota.
Su mirada cambió a la suya. Por un momento, su corazón trinó cuando él se
centró en ella.
Entonces dijo:
—Srta. Hunnicutt, necesitaré que dirijas el equipo aquí mientras yo abro la
tumba…
En una llamarada, toda su determinación retornó apresuradamente.

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Si él descubriera lo que ella esperaba descubrir—probaría la perfidia de los
Varinski que trascendía a mil años atrás—ella estaría a su lado. Ella sonrió, un ataque
frontal lleno de encanto mezclado con resolución, y dijo:
—Necesitarás que yo tome fotos mientras excavas el sitio. Así que yo me
quedaré contigo.

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Capítulo 4
Rurik se arrodillo ante la ventana de la tumba, removiendo las piedras una
por una, removiendo el polvo de un millón de años.
Concentrado en su trabajo… y al mismo tiempo, a lo largo de los bordes de su
mente, era consciente de Tasya. Escuchó los clicks de su cámara grabando sus
movimientos. Escuchando su voz cuando tomaba nota de sus progresos. Filtrando el
calor de su cuerpo, ya que se arrodillaba junto al él.
No la quería aquí.
Todos los datos de la investigación del líder guerrero Clovus decían que no
había tenido nada mejor que hacer que ser un asesino en serie medieval-un caníbal,
un salvaje, un matón que quemó todo en su camino a la destrucción de Europa, y que
obtuvo mucho placer en el sufrimiento de otros, la sociedad moderna lo etiquetaría
un psicópata.
¿Trampas?
Sí, para todos, Clovus fue sin duda quemado en el infierno, y no habría usado
allí su saqueo, él podría haberse asegurado el que nadie más pudiera tener un
momento de placer con su botín.
Trabajar aquí era más o menos esperar entonces por el siguiente golpe para
caer… y si Rurik no tenía cuidado Tasya podría ser el siguiente muerto acostado
sobre una losa en la iglesia.
Al mismo tiempo, se regocijó de saber que trabajaban juntos de nuevo. Él
podría mantenerla con vida, y de alguna manera hacerle pagar por hacerlo pasar por
tonto. Hacerle pagar con sus labios, cuerpo y mente, una y otra vez, hasta que ella no
tuviera fuerzas para ponerse en pie.
Como aliviado por cada piedra lejos del camino, abriendo una puerta más y
más grande en la casa de los muertos, él mantuvo su atención sobre su trabajo y lejos
de la plataforma de piedra que albergaba el cofre del tesoro.
Quiso extender la mano y tomarlo pero la lección enseñada por la avaricia de
Hardwick no podía ser rebajada. Y también la posición del cofre era sospechosa-¿Por
qué poner un tesoro que podría ser visto fácilmente por un casual ladró? ¿Por qué
estaba allí una pared de piedra detrás que ocultaba el interior de la tumba? Una fina
hoja de oro martillada cubría la caja, y la cerradura de cobre sostenía una llave,
esperando dar vuelta.
El cofre del tesoro era un sueño, y Rurik no tenía dudas de que había más
trampas esperando por él.

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–Espera un minuto, Rurik –Tasya se giro y entregó la cámara a Ashley–.
Retrocede cuidadosamente-y toma fotos del proyecto en su conjunto. Quiero un
marco amplio de las paredes, el camino, y el agujero de entrada.
–Correcto –Ashley sonaba alegre de volverse-parecía estar muy asustada.
Cuando puso sus dedos en la siguiente piedra, Tasya estableció la mano sobre
la de él y hablo suavemente en su oído.
–No tires, que uno esta flojo.
Él se giro a mirar en sus ojos.
El brillante azul se había convertido solemne y gris; ella sabía algo que él no.
–No se siente bien. Un paso atrás, y tira de el con un palo o un gancho de
agarre.
¿Que no se siente bien? ¿Qué diablos significa eso?
–¿Por qué debo escucharte? –¿por qué escuchar la advertencia de una mujer
con nada más que ella y su profesión?
La mano de Tasya apretaba sobre la suya.
–No es que me guste malditamente si vives o mueres. Pero no estoy ansiosa
por ver a otro hombre gotear sangre mientras él se cuelga en la punta de una espada.
–Encantador.
–Exacto. Entonces ¿qué tienes que perder? –su tono sarcástico desmentía la
intensidad en su rostro. Ella estaba tan segura. Tan segura.
Y mientras él quiso despedirla, había visto a su madre, la mujer más prosaica
en el mundo, agarrada en las fauces de una poderosa profecía. Durante aquel día
hacía menos de dos semanas, su vida se había partido por la mitad… otra vez.
Un hombre aprendía de sus experiencias. Rurik no podría alejar a Tasya del
peligro, pero podría usar la oportunidad para descubrir más-sobre ella, y su pasado,
el pasado sobre el que nunca hablaba.
Moviéndose con cuidado, él retiro su mano de la piedra. Giró su palma dentro
de la suya, y agarró sus dedos.
–¿Hay allí algo de lo que quieras decirme?
Tasya se encogió de hombros y miró a lo lejos.
–Tengo una sensación –dijo ella en un tono bajo.
- ¿Tienes una sensación sobre Hardwick?
La pálida tez de Tasya se tornó gris.
Aparentemente, incluso un duro reportero conocía el miedo cuando roza por
lo sobrenatural.
–Sí. Pero no pude llegar a él a tiempo.

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Tiró de su mano para liberarla, y él la dejo. Ella evito su mirada, no queriendo
darle entrada la pregunta sobre su intuición… como si él quisiera, mientras los
reporteros y turistas miraban con avidez, y Ashley esta detrás de ellos, cámara en
mano, grabando cada movimiento y palabra.
–Ashley, consigue el garfio –él la llamó. Cuando Ashley se apresuró por el
camino hacia su cobertizo de almacenamiento, él se rió de Tasya–. Por fin solos –su
fija mirada en sus ojos, después lejos–. No lo hagas.
Él estiro la mano… ella lo había abandonado, había corrido sin una palabra,
sin una nota, sin una llamada. Él se había despertado a partir de una larga noche de
hacer el amor para descubrir una cama fría y sin ningún signo de la mujer que él tan
cuidadosa y astutamente, cortejó y reclamó.
Ahora aquí, ellos estaban cara a cara, solos, y ella desesperadamente quiso
evitar una íntima discusión… que dulce venganza. Esto era una reanudación de la
persecución-pero esta vez él no se molesto con el subterfugio o la sutileza. Esta vez,
ella sabía que él estaba en caliente búsqueda… y sabía que estaba enojado.
Naturalmente al ser Tasya trató ella de tomar el mando de la situación.
-Este no es el momento, ni el lugar para hablar de asuntos personales.
Tenemos un trabajo que hacer.
–Estoy de acuerdo. Hablaremos de nuestros asuntos personales… más tarde –
permitió que su mirada vagara de la punta de su cabeza hasta la punta de sus
desaliñados zapatos de deporte, tocando todos los puntos importantes en medio.
Ella enrojeció en un doloroso tono.
–Yo no corrí.
–Como un conejo asustado –él espació las palabras, teniendo cuidado en
acentuar cada sílaba-. Mírate. No puedes mentir sobre ello satisfactoriamente –se rió
suavemente, con un borde de amenaza–. Tengo la intención de tomar posesión de lo
que es mío.
Ella se inclinó hacia él, levantando su barbilla.
–No soy tuya –su barbilla dio un paso involuntario.
Ashley gorgojeó.
–Aquí está el garfio, señor.
–Gracias –sin soltar la fija mirada de Tasya, acepto el largo poste.
–Debí haber dejado que la trampa saliera –dijo Tasya con ferocidad.
–¿Podrías tú salvar el mundo y dejarme ir al infierno? –él se burló.
–De donde tú te sientas, te prometo este será un viaje corto.
–Pero Tasya, te tengo conmigo… a donde vaya.

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Ellos se miraron fijamente el uno al otro, desafiándose cada uno con sus
cuerpos y sus mentes.
–¡Wauu! ¡Estas van a ser grandes fotos! –dijo Ashley.
Él oyó el chasquido del capturador. Vio a Tasya dar vuelta y arrebatar su
cámara de las manos de Ashley. Él se relajó y sonrió.
–Tienes razón, Ashley. Aquellas van a ser grandes fotos.
Dos horas más tarde por el tiempo en que ellos terminaron, Rurik había
saltado más de tres trampas. Con la ayuda de Ashley, Tasya había tomado doscientas
fotos. Habían limpiado completamente la entrada-y Rurik ayudo a sostener el cofre
del tesoro en sus manos.
En todo caso, la multitud alrededor tenía la tumba más grande. Él no sabía de
donde venían ellos; cada persona de la isla ya estaba aquí. Entonces, un helicóptero
se acercó, y comprendió que la gente de la prensa llegaba de cualquier forma que
pudiera. Había estado concentrándose con demasiada fuerza para notarlo.
Concentrándose en su trabajo. Concentrándose en mantener segura a Tasya.
Concentrándose en observar el sexto sentido que ella había estado ocultando a tales
dolores.
¿Ella estaba sensible… a qué? ¿Intenciones crueles? ¿El residuo del mal que
rodeó al muerto Clovus y todos sus hechos?
Rurik no sabía, pero sabía que su conocimiento no la había tomado de
improviso. Ella había estado muy conciente de su capacidad, y esto lo hizo ser aún
más curioso sobre ella.
¿Cuándo había ella aprendido que tenía tal regalo? ¿Qué acontecimientos
habían provocado su instinto?
–¿Hay una trampa en el cofre? –preguntó él suavemente.
–No –ella encontró su atenta mirada de interrogatorio–. Estoy segura –miro
atrás a la tumba–. Estamos seguros por ahora. Hay más allí, pero no… de algún
modo, ellos están en silencio. Detrás de algo, pienso.
–Correcto.
El sol bajaba sobre el horizonte occidental.
Reverentemente él llevo el cofre del tesoro hacia las sombras y entre los rayos
que todavía brillaban al final del camino de piedra. No lo colocó sobre la tierra, se
arrodillo sobre ella.
Como si fuera una señal, Tasya se arrodilló en un lado y Ashley en el otro.
Él estaba bien conciente en que parecían a antiguos sacerdotes que adoraban a
un dios de oro. Miró a Tasya.

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Ella comenzó son sus fotos reverentemente, aún más una animación que hizo
claro que este hallazgo era importante y emocionante. Ella desempeño su parte a la
perfección, ya que servía al National Antiquities y su desesperada necesidad por
financiar.
Él dio vuelta a la llave en la cerradura de bronce, nunca esperando que
pudiera abrirla. Aún mientras los funcionamientos hacían un chirrido y horrible
sonido, el eje de la llave se sostenía estable. Abrió la tapa sin la visible vacilación.
Ashley jadeó.
La muchedumbre murmuró.
La cámara de Tasya pulsó cuando disparo el tiro.
El contenido era todo lo que un arqueólogo pudiera desear.
Ellos brillaron.
Con gran ceremonia, removió cada pedazo y colocó sobre la tierra. Una daga
de acero con juego de zafiros en una empuñadura de plata. Un brazalete de oro en
forma de una serpiente con ojos de rubíes. Anillos de pulseras en oro y ámbar.
Cada vez que él extrajo un artefacto, los reporteros hablaron por micrófonos,
tomaron imágenes fijas y registraron video.
Pero cuando alcanzó la base final de cedro del cofre, dio un toque para
asegurarse que no existiera ningún falso botón y nada oculto en las profundidades, y
susurró.
–Maldición.

Cada uno de mis cuatro hijos debe encontrar uno de los iconos Varinski.

Rurik siempre supo de la leyenda del Varinski. Su padre le había contado la


historia, y a sus hermanos Jasha y Adrik, y a su hermana Firebird.

Hacía mil años, un guerrero brutal vagó por las estepas rusas.
Conducido por su ansia de poder, el primer Konstantine Varinski cometió una terrible
negoció. A cambio de la capacidad de cambiarse a voluntad en un depredador insensible,
prometió su alma, y las almas de sus descendientes. Y pagó al Diablo con los iconos benditos
Varinski-y la sangre vital de su madre.
Cada uno de mis cuatros hijos debe encontrar uno de los iconos Varinski.

Zorara tenía sólo tres hijos. Uno había desaparecido en las regiones
inexploradas de Asia. Su profecía era imposible.

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Pero menos de una semana después de su visión, Jasha había llegado a su casa
en Washington con su mujer-y uno de los iconos Varinski: una interpretación rusa
tradicional de la Virgen.
Ella sostenía al niño Jesús, José de pie a su derecha, y sus halos brillaban con
las hojas de oro. Sus trajes eran de color rojo cereza, el fondo de oro, y sus ojos… sus
ojos eran grandes y oscuros, llenos de compasión.
Entonces Rurik, quien ya había estado buscando un modo de romper el pacto,
ahora tenía que encontrar el siguiente icono.
Él había sido un piloto de las Fuerzas Aéreas; esto estaba en contra de cada
fibra de su ser, creer en una visión y una profecía.
Pero como otros hombres en su familia, él vivía cada día atado a un pacto con
el Diablo. Sería un idiota el desmentir lo sobrenatural, pero verdaderamente ponía
más fe en su investigación. Él había creído que había localizado al correcto jefe
militar y tu tumba.
Pero el icono no estaba en el cofre.
Y en un tono desesperado, Tasya susurro.
–Maldición.
El le dirigió una dura mirada.
Este hallazgo trajo publicidad a la National Antiquities, un rico tiró de
artefactos, y reporteros para cubrirlo todo.
¿Qué podría desear Tasya?
¿Qué buscaba ella?
¿Y por qué?

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Capítulo 5
En julio en el norte de Escocia, el sol se alzó a las cuatro de la mañana. Rurik se
alzó antes. Se vistió de camuflaje y botas de combate, y salió afuera a su usual carrera
mañanera—salvo que no era su costumbre correr por la mañana.
Ahora mientras él sabía que los reporteros habían tirado sus almohadas sobre
sus ojos y los vecinos dormían la resaca, recorrió el camino a la tumba.
Se había pasado la tarde anterior en la taberna del pueblo, elogiando a
Hardwick, presumiendo los descubrimientos de la tumba, fingiendo modestia, y
compartiendo el crédito con cada uno de los miembros de su equipo. Había tomado
demasiadas cervezas inglesas, y observado a Tasya a través de la muchedumbre,
intercambiando información con los reporteros, respondiendo las preguntas de
turistas, y hablando con los arqueólogos locales. Oh, e ignorándolo a él. Ella hizo eso
con una facilidad obvia y consumada.
Al menos podía tener consuelo en el hecho de que ella se molestó. Peor,
mucho peor, sería si lo tratara con la indiferencia con que trataba a los otros. Era
media noche cuando él se fue a la cama, y las tres de la mañana cuando se levantó,
desvelado y desesperado por regresar a la tumba.
No había localizado el icono Varinski. El cofre del tesoro pudo haberlo
contenido una vez—según la investigación de Rurik, lo había contenido una vez—
pero ahora se había ido.
Todavía la tumba era grande y Clovus había demostrado ser más taimado y
más cruel de lo que Rurik imaginó; quizás el icono se encontraba secretamente en
alguna parte dentro del lugar. O quizás la tumba contenía una pista acerca de su
paradero. Hoy los arqueólogos y reporteros se apresurarían a la tumba con las
esperanzas de clasificar los descubrimientos... así que él corrió.
El sol estaba en su espalda. El aire fresco llenó sus pulmones. Siguió el camino,
su paso era largo desafiando rápidamente la ascendente cuesta de la isla. Sin
embargo, cuando se acercó al montículo de tierra, se encontró a sus hombres
alejándose. ¿Qué demonios. . .? Se paró y esperó hasta que Connell y Tony lo
alcanzaron.
—Este no es el tiempo para el cambio de guardia.
Connell apuntó.
—MacNachtan todavía esta allá arriba con su rifle.
El cruel aldeano se paró en un grupo de piedras, perfilado contra el cielo, y
Rurik le envió un fuerte saludo.
—No podemos ver sentido alguno de que todos nosotros estemos aquí –Tony
tenía el pelo de punta—probablemente había dormido con la ropa puesta.

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—¿Todos nosotros? –preguntó Rurik.
—Hunni dijo que usted estaría pronto por aquí –dijo Connel.
—¿Hunni? –Rurik miró fijamente el césped, mientras soplaba la brisa del
océano, en la tumba, paciente y amenazante—. ¿Tasya Hunnicutt está aquí?
—Sí, dijo que usted quería que ella empezara fotografiando la entrada –Tony
le sonrió abiertamente, con la mueca afectada de un hombre que hacia un momento
había cumplido sus sueños con palabras y sonrisas coquetas de una mujer.
—Usted sabe, jefe, es genial tenerla aquí de Nacional Antiquities. Ella tiene un
verdadero caso de calentura por las cosas de allí. Podría ser una arqueóloga—ella
totalmente lo consigue.
—Es asombrosa –en más de una forma. Rurik observo a los chicos mientas se
alejaban.
El genio idiota. Nunca se le ocurrió que Tasya pudiera estar mintiendo, que
podría tener un motivo ulterior. La utilización de arqueólogos para proteger la
tumba se parecía a utilizar cachorros para proteger un hidrante de insectos.
Por supuesto, nunca se le habría ocurrido a él que Tasya se levantaría más
temprano que él para comprobar la tumba. ¿Así que quién era el genio idiota, ahora?
Caminaba por la rampa de piedra hacia la entrada de la tumba, teniendo
cuidado de que Tasya no lo oyera.
Siempre había pensado que ella sabía demasiado, estaba demasiado
interesada, tenía razones para seguir la excavación tan estrechamente. Ahora tenía la
intensión de interrogarla—y disfrutaría cada minuto.
La luz goteó dentro de la tumba. Ella tenía alguna fuente de iluminación, y
podía oír su cámara, tomando imagen tras imagen. Teniendo cuidado de no alertar
su presencia, él se movió hacia dentro y miro fijamente.
Allí estaba ella, vestía una camiseta de camuflaje con sus gloriosos jeans
apretados.
No era de extrañar que los chicos creyeran cada palabra que ella dijera. La
mujer tenía una forma que hacía que un hombre quisiera tirar ese gol a través de ese
neumático. Repetidamente.
Llevaba botas de trabajo negras, y su mochila caqui descansaba en el suelo al
lado de ella. Uno podría suponer que vendría vestida para el polvo en la tumba… o
si uno fuera supersticioso, podría creer que había llevado el camuflaje por la misma
razón que él. Entonces no sería fácilmente vista. Ella se arrodillo en la pared detrás
del estante dónde el cofre del tesoro había sido colocado. Las talladuras cubrían la
piedra, y apoyó el lente de la cámara cerca. Para capturar cada panel.

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Cómo fascinaba. Ella trabajó exactamente la pared que él pensaba examinar.
¿Por qué estaría interesada en las talladuras cuándo el interior de la tumba podría
contener más oro? ¿Más joyas?
¿Qué estaba buscando?
Ahora mismo, a no le importaba. Porque ellos estaba solos. Así que como lo
había prometido, la tenía acorralada, y no tenía hacia donde correr.
Deliberadamente, él surgió de la entrada, bloqueando la luz del sol que
alcanzó adentro, tocando la pared… tocándola a ella.
Cuando ella se giró alrededor, ella se agachó en una posición luchadora.
—Estas nerviosa –él se agachó en la tumba—, ¿Por qué? ¿Eres culpable?
—Rurik ¿Qué estas haciendo aquí? –ella lo miró directamente a los ojos.
—Se supone que yo me encuentre aquí según le dijiste a mis chicos.
—Sí, bien –puso la cámara alrededor de su cuello y se preocupó con
pequeñeces en las escenas.
Sip. Era culpable.
—No podía esperar a ver que era lo que había dentro de la tumba –dijo ella.
—Pero no estás dentro. Estabas concentrada en las talladuras de la pared de
entrada. ¿Por qué era eso?
—Soy fotógrafa del National Antiquities. Necesito tener un record de cada
pedazo de la tumba –su pelo negro se rizaba tumultuosamente, como si no hubiera
hecho nada, más que pasar sus dedos a través de el.
Rurik extendió la mano.
Ella trató de echarse a un lado, luego deliberadamente no se movió. ¿Trataba
de convencerlo de que no se preocupaba de que la tocara? Buena suerte.
Él envolvió un rizo detrás de su oreja.
Ella se mordió un labio.
Chica inteligente. Debería estar preocupada.
Deslizando su mano detrás de su cuello, tiró de ella hacia él.
—No –ella presento sus puños.
—Trata de detenerme –él se rió con una sonrisa dentuda—. Realmente me
gustaría que lucharas.
—¿Por qué? ¿Qué vas hacer? ¿Forzarme o besarme? –sonaba altiva como solo
una mujer independiente podía sonar.
—No tengo que obligarte a hacer nada –le susurró al oído—, voy a hacerlo tan
caliente, que nos fundiremos juntos, y nunca sabrás donde yo termino y tú
comienzas.
La forma en que ella respiro hizo maravillas con su temperamento.

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Volviendo su cabeza, él beso su mejilla.
—Pero después… —después, cuando él hubiera jugado con ella, cuando ella
estuviera fuera de balance, amenazando su mundo, y prometido el cielo.
No podía hacer el amor con ella, no podía hacer que se quedara con él, pero
por Dios, si ella corría otra vez, ella lo recordaría.
Girando su atención a la pared, y en un tono que garantizaba incomodarla, él
dijo,
—Esto demuestra un regalo de Clovus que se parece mucho a… espera, sí,
parece invaluable… se ve como el envoltorio de una barra de ¡Hershey!
Realmente, parecía como la forma y tamaño de un icono. Pero los artistas
medievales no usaban la perspectiva realista, y a tallistas de piedra en el norte de
Escocia les faltaban a veces las habilidades de los artesanos del sur. Hasta que él
hubiera estudiado la escritura, no podría estar seguro qué regalo de Clovus había
recibido, e incluso entonces, sería duro; le llevaría tiempo llevar lejos pedazos y
parches.
—No seas idiota –obviamente, Tasya nunca había querido algo tan
sinceramente—. Es demasiado corto y amplio para ser una barra de Hershey. Créeme.
Yo si sé lo que es mi barra de Hershey –miró ella nuevamente a través de la cámara,
y tomo fotografías de varios angulos.
No sabía por qué Tasya estaba tan interesada. Pero al final ¿Qué importa eso?
Mientras él pudiera leer la escritura y estudiar las talladuras, tendría éxito en su
parte de la búsqueda.
—¿Tomasteis fotos de todo?
—Tomé un panorama general. Ahora estoy haciendo unas tomas desde varios
ángulos usando otros tipos de luz.
—Bien ¿Todavía ningún woo—woo sobre las trampas de bobo?
—Nada. Estamos seguros –bien.
Él sacó la linterna del bolsillo en su pierna.
—Yo estoy seguro. Tú estas en serios problemas.
Ella detuvo la toma de fotos y se encendió con exasperación.
—No dejas de ser odioso en cada oportunidad que se te aparece.
—No estoy siendo odioso. Estoy siendo realista –se movió alrededor del borde
de la pared a través de los escombros, e ilumino con una linterna la antecámara de la
tumba.
Las paredes eran de piedra, densa y oscura, y su cabeza rozo el techo de la
piedra. Herramientas antiguas y huesos de animales desordenados en el suelo, y ante
el muro un altar de piedra. Un sarcófago de piedra entreabierto se apoyaba contra el.

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Tasya caminó dentro con él.
—¿Qué hay aquí?
—Es una mezcla de la edad de bronce y de artefactos medievales. Eso
confirma mis sospechas—la tumba probablemente es de hace cuatro mil años, y
Clovus quitó al rey y lo enterró aquí, y confiscó las tierras para él.
—¿Ese tipo no tenía miedo, verdad?
—Ningún miedo a la muerte, y poco respeto por el pasado. Sospecho que este
sarcófago contiene al primer ocupante de la tumba.
—No me gusta este lugar –ella se encogió de hombros inquietamente—.
¿Dónde esta Clovus?
—La cámara del entierro está allí –Rurik cabeceó hacia una pared de piedra
lisas.
—Sí –ella se estremeció—, puedo sentirlo.
Él no sabía nada de ella. Nada. Y aquí estaba su oportunidad.
—¿Qué sientes? ¿Cómo sabes que es él? ¿En cuánto tiempo se puede deducir
si es un hombre malo?
No pensó que ella le respondería, pero ella tomó sus preguntas una a la vez.
—Me siento como si estuviera ahogada por la oscuridad. ¿No estoy segura de
que esto es Clovus, pero quién puede ser? Y los sentí cuándo tenía cuatro años, y
nunca se me ha olvidado la sensación
—¿Ellos? –ella tenía toda su atención—. ¿Quiénes son ellos?
Ella no le prestaba atención, pero gradualmente dirigió su cabeza hacia la
entrada y miró fijamente e intensamente. Susurró.
—Quizás no sea Clovus pero siento… que ellos están aquí.
Al mismo tiempo, él oyó voces, y no tuvo problema de poder reconocer su
acento, su tono jactancioso, su amenaza Varinski. El hijo de perra. Varinskis. Sus
primos del infierno lo habían encontrado.
Los Vainskis fueron entrenados para encontrar al incauto, asesinar a sus
enemigos, para destruir todo lo que ellos quisieran destruir. Usualmente, solo
realizaron sus asesinatos y sabotajes solo por el pago de sus clientes. Nadie le estaba
pagando ahora. Ellos cazaban a los Wilder por venganza. Habían encontrado a su
hermano mayor, Jasha. Ahora lo encontraron a él.
Rurik se encontraba aquí… entre su destino y una mujer que hacia que le
doliera el color y temperatura de fuego.
Su muerte acabaría con la esperanzas de su familia, pero él lucharía, y
conseguiría sacar a Tasya. No merecía morir porque estuviera con él.
—Vuelve –dijo él—, ve hacia detrás del altar.

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Ella miraba la cámara en su mano.
—Mi mochila. ¡Mi mochila estaba allí en la entrada!
Él se dio prisa, agarró su mochila y su linterna, y la empujó a la pared de atrás.
Juntos se arrodillaron detrás del altar. La puso detrás de él—y con un jadeo, ella
desapareció en la pared. Un pequeño panel de sólida roca la había girado y tragado.
El metió la mano en la densa—oscuridad.
Ella cogió su mano, y su mano tembló. Lo mismo hizo su voz.
—Estoy aquí. A un paso.
Sí. El aire fresco venía directo del mar.
Él se apoyó. Su visión era excelente—más que excelente—y vio una cámara
pequeña de piedra y un túnel que se torcía lejos en la tierra. Empujo su mochila y
linterna hacía ella.
—Vete. Necesito oír lo que ellos dicen.
Tirándose atrás en la antecámara de la tumba, cerró la pared, se agachó, y
esperó.
Había cuatro de ellos, hombres por supuesto—los Varinskis solo producían
hijos—y Rurik comprendió en seguida que ellos no sospechaban que estaba ahí.
También comprendió que Boris, la cabeza de los Varinskis, no había enviado a
sus principales hombres a esta misión. O si él tenía, el Varinskis tristemente fue
sobrestimado. Como todos eran ruidosos, ineptos, despreocupados sobre qué, o
quien, podría ocultarse en la tumba. Ellos anduvieron, muchachos sin cuidado en el
mundo.
Uno de ellos, uno rudo de treinta años, cargaba una bolsa de cuero de buen
tamaño.
—Entonces, ¿Cuál es el problema aquí? –pregunto en ruso.
—Sí, ¿Por qué tuvimos que venir a una pequeña isla de mierda en Escocia?
Otro tipo examinó el pilar de piedra y la pared que bloqueaba la entrada.
Llevaba un sombrero de vaquero y botas, y se parecía a un cosaco que imitaba a un
tejano.
Rurik resbaló alrededor, quedándose detrás del altar, observando.
El líder quizás tenía cuarenta años, y se paro en el medio de la tumba con sus
manos en la cadera.
—Al parecer uno de los viejos chicos tuvo una visión. Yo no sé lo que era, pero
hombre, eso hizo que Boris se asustara.
—Yo estaba allí cuando pasó –dijo el chico más joven.
Los otros tres lo miraron.
—Tú no eras –el líder simplemente no le creía.

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—Sí, era yo –el chico insistió—. El estrafalario tía Iván, el tipo ciego con la
telilla blanca encima de sus ojos, llamo a Boris como si pudiera verlo, lo agarró por la
garganta, y esa voz que parecía… como… —el chico se estremeció— parecía muy
profunda, fuerte y espectral.
—Al tío Iván nunca le ha gustado Boris –dijo el líder—. Él lo ceba.
El chico se encogió inquietamente.
—Sí. Lamento que yo no creyera esto.
—¿Tan, que dijo él? –preguntó uno de los otros tipos.
—Tío Iván le dijo a Boris que el trato con el diablo se estaba rompiendo
separadamente, a menos que los Varinskis consiguieran su mierda juntos y mataran
al tipo que se casó con la Gitana.
—Konstantine –dijo el líder.
—Sí, Konstantine. Si los Varinskis no mataran a Konstantine, a sus cachorros y
a la perra con la que se casó, los Varinskis se volverían un hazmerreír y el pacto se
rompería. La cosa entera me da escalofríos.
La historia a Rurik le daba escalofríos, también. Había asumido que la visión
de su madre era un incidente aislado, y sin considerarlo, había figurado que una
fuerza benévola había trabajado a través de ella. La visión le había advertido a su
familia del problema, los instruyó sobre cómo romper el pacto con el diablo.
Ahora parecía como si uno de los Varinskis hubiera tenido una visión similar
diciéndole a Boris contundente que destruyera a Konstantine y a su familia—si no.
Mierda
—¿Entonces que se supone que haremos en este lugar? –el tipo con la bolsa,
tiro de ella y la abrió. Lanzó un disco metálico a cada uno de los otros.
—El tío Ivan dijo que había un icono, una especie de cosa santa que nosotros
teníamos que encontrar –el chico cogió un disco y lo ató a un pilar—, supongo que el
icono esta aquí, y nosotros vamos a destruirlo hasta hacerlo añicos.
Rurik que estaba concentrándose en escuchar detrás de las puertas
comprendió que sus asesinos primos… eran el equipo de demolición.
Nada asombroso ellos no se preocupaban si alguien se ocultaba aquí. ¿Iban a
volar la tumba, y posiblemente a destruir el icono, la oportunidad de su padre de la
salvación y… oh, Dios, ¿Tasya sobreviviría?
—Tú conociste a Konstantine, ¿no lo hiciste, Kaspar? –preguntó el chico.
—Lo conocí –dijo el líder.
—Era cierto que él era el más grande, el mejor jefe que tuvimos, y que Boris
tuvo miedo de él? –los tres subordinados se volvieron hacia Kaspar y esperaron por
la respuesta.

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—Él no era el más grande, pero era el más inteligente. Taimado. Cuando
luchaba, siempre ganaba. Tenía las mejores estrategias, y cuando estuvo al cargo, los
Varisnkis eran el más gran poder en el mundo –Kaspar escupió en la tierra—, no
como ahora.
El equipo estaba callado, mientras ponían las cargas. Rurik no se atrevió a
moverse. El icono… y Tasya. ¿Los perdería a ambos?
El chico dijo.
—Boris mejor hace algo pronto, o caerá.
—¿Oíste por casualidad eso, también? –Kaspar se burló.
—Boris es mi padre, pero Vadim es mi hermano. Vadim tiene mi lealtad, y
prometo, él será el siguiente jefe –el chico rió, y giro su cabeza hacia la luz del sol.
Rurik salto.
Sus labios eran de color rojo, sus mejillas igualmente brillantes, sus ojos
estaban inclinados. Tal vez llevaba maquillaje por lo que podría verse así, pero Rurik
no lo creía. Ese chico era un fenómeno natural.
—No seas necio –dijo Kaspar bruscamente—, Vadim es demasiado joven.
El chico le silbo a Kaspar. Se balanceó, y Rurik tuvo una súbita visión de en lo
que el niño podría convertirse… las pupilas en sus ojos fueron señalando de arriba
abajo, su lisa piel brillo como si estuviera cubierta por un brillo de uñas, y los dientes
en su boca eran puntiagudos como un vampiro… o una serpiente de cascabel.
Kaspar chasqueó sus dedos al chico.
—¡Basta! Alek, no tenemos tiempo para esta mierda. Tenemos que conseguir
hacer esto antes de que alguien venga a verificar la tumba.
Alek dejó de balancearse.
—Si alguien nos coge, será un maldito enredo –agregó Kaspar.
—De acuerdo. Pero no insultes a mi hermano, o él te conseguirá –Alek tomó
su carga y se inclino abajo para ponerlo.
Cuando Kaspar se aseguro de que Alek no le prestaba atención, se volvió
hacia atrás y usó su pañuelo para limpiar su frente.
Rurik le habría gustado hacer lo mismo. Los Varinskis eran aves de rapiñas,
lobos o panteras. Nunca serpientes. Nunca algo que se deslizó en la tierra y mató con
veneno. ¿Qué había pasado? ¿Cuándo había ocurrido este cambio?
Cuando Alek se enderezó, Kaspar preguntó.
—¿Cargas en el lugar? ¿Cronometraron los relojes? –cuando todos asintieron,
dijo—. Entonces saquemos el infierno fuera de aquí.
El Varinski los apremió a una velocidad que expresaba claramente el poder de
la explosión. Rurik se movió a través de la pared y el túnel—y corrió hacia Tasya.

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—¿Qué averiguasteis? –susurró ella.
—¿Qué diablos haces aquí? Corre, ¡corre! –la empujo hacia delante. Chica
inteligente. No pidió detalles. Ella respondió a su agitación y corrió a toda velocidad
en la oscuridad.
Él corrió con ella, su mano en su espalda.
La luz se marchitó detrás de ellos. El túnel se hizo más estrecho y más corto.
Ellos corrían a través de la suciedad ahora, con algunas rocas… pero el olor del mar
atraía a Rurik adelante.
La oscuridad los rodeó. Tasya tropezó con los escombros del suelo. Él la
mantuvo de pie.
—Baja, el techo está disminuyendo. Vamos a tener que arrastrarnos—ahora –él
la puso de rodillas y la empujó delante de él—el túnel era más estrecho—pero
adelante y alrededor de una esquina podía ver la luz—. Casi estamos allí.
—Se hace tan estrecho –ella jadeaba por el esfuerzo, pero más que eso—por el
pánico.
Claustrofobia. Qué infierno de tiempo para averiguar eso.
—Déjame estar al frente. Si puedo pasar, tú puedes.
—Si. Bien –el pensamiento pareció hacerla sentir mejor.
Tal vez esto no era una buena idea para añadir a su terror, pero por lo que
sabía él del carácter de Tasya, ella se levantaría con la ocasión. Cuando él se apretó
delante de ella, dijo.
—Mantén el ritmo. La tumba va a volar.
Ella continuó.
Ellos rodearon la esquina. Él podía ver la luz del sol adelante. Era un agujero
pequeño, pero podrían extenderlo. Estaban arrastrándose, moviéndose rápidamente.
El túnel se estrechó más, descomponiéndose a una mera madriguera, y él se encontró
arrastrándose a lo largo de su vientre.
—Unos metros más. ¡Unos más!
Al principio, la vibración era un zumbido en la tierra. Creció a un retumbo. El
temblor vino y los cogió por detrás. La tierra se alzó una vez, un gran susto. Su mano
asió una piedra en la pared de fuera.
Tasya gritó.
Y con un violento temblor, el túnel se derrumbó, enterrándolos a ambos en la
tierra.

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Capítulo 6
Tasya no podía respirar. Ella no podía respirar. No había aire. Estaba oscuro.
La tierra la sobrecargaba. Tenía suciedad en la boca, en sus pulmones.
Toda su vida, esto había sido su pesadilla.
Que fuera enterrada viva.
Se revolvió, desorientada, no sabiendo cómo salir.
Entonces alguna cosa la agarró. Tirando de ella por sus hombros. Ella luchó,
tratando de ayudar. Tratando de escapar.
Golpeó con fuerza algo con su cabeza. Sintió que algo se deslizaba
desesperadamente por delante de ella. Tomó una barra metálica y uso eso como
remo. Intento gritar, pero no podía respirar.
Oh, Dios. Iba a morir. En la oscuridad. Iba a ahogarse en la oscuridad.
Y de repente, su cabeza estaba fuera. Fuera, al aire libre. No podía ver, sus ojos
se endurecieron con la suciedad. No podía respirar. La suciedad llenaba su boca y
nariz. Sin embargo, el peso se había ido de su cabeza. Podía sentir el aire, y saborear
la impresión de la luz del sol.
Alguna cosa tiró de ella más duro. Arrancándola totalmente del túnel que
había sido su tumba, y la echó en la tierra.
Frenéticamente, ella sacudió su cara, escupió tierra, todavía no podía respirar.
Su cabeza estaba zumbando.
Ella se estaba muriendo.
—Detente –Rurik, Rurik está aquí—. Voy a ayudarte.
Puso su boca en la suya y le dio su respiración.
Ampliando sus pulmones. Cuando se apartó, ella tosió. Tosió y tosió,
arrojando suciedad, recibiendo el aire, sonándose la nariz… estaba viva.
Se sentía como el infierno, pero estaba viva.
Cuando pudo abrir los ojos, se encontró en una estrecha cornisa de roca en el
acantilado sobre el mar. Eran uno diez pies por debajo del nivel del suelo, y
alrededor de noventa pies sobre el océano.
Rurik se sentó a su lado, los brazos descansando sobre sus rodillas levantadas,
las manos colgando.
Miraba fijamente hacia el mar. Suciedad apelmazando su pelo, sus cejas, su
ropa, su piel. La suciedad estaba en su oído. Un corte sobre su frente rezumó sangre.
Le dio una idea de cómo de horrible ella debía de mirarse.
No se preocupó. Estaba viva.
Inclinó su cabeza contra la piedra. El aire olía bien, como el océano… y la
tierra. Las piedras se encajaban en su espalda, las molestias le decían que estaba viva.
La suciedad llenaba sus botas, guijarros se habían hecho camino entre los dedos de
sus pies, y eso era bueno, también.
—Tienes miedo a las alturas? –pregunto Rurik.
—No –muy abajo, las olas golpeaban las rocas—. Solo a la oscuridad –él
asintió—. No puedo creer que me hayas hecho salir con la mochila –miro hacia abajo.

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Si bien había esperado por Rurik en la entrada del túnel, había colocado la mochila al
frente de ella, apretando las correas tanto como pudo—. La cámara –dijo.
Él rió un poco entre dientes.
—Figúrate –y—, ¿Estas bien?
Ella abrió la cremallera principal de ala flexible, sacó la Nikon, y la examinó.
Su impermeable, a prueba de suciedad, de rayos, la mochila acolchada había llegado.
—Parece bien.
—Buena chica –sonrió de nuevo.
Con ternura, guardo su amada cámara de nuevo.
Tomando él su teléfono celular del bolsillo, lo abrió. Cayó suciedad.
—Mierda –la pantalla estaba agrietada. Lo sacudió, empujando hablar, lo puso
en su oreja—. Mierda –dijo de nuevo—, no fue construido para entrar en una cueva –
lo puso en su bolsillo—. ¿Tienes uno?
—En mi mochila –dijo vagamente—, sin embargo esta apagado. ¿Quién me va
a llamar?
—No sé, ¿Tu madre? ¿Tu padre?
Ella miraba al otro lado del océano. Una fina, línea de color gris pálido
deslizándose hasta la línea del horizonte, para tragar el cielo azul.
—Mis padres están muerto.
—¿Y tu otro amante?
—Él esta ocupado –dijo sin perder un golpe.
—¿Estas tratando de ponerme celoso?
—No.
—Por supuesto que no. Para ello, tendrías que tener cuidado.
¿Tú realmente quieres hablar de esto ahora? Pero ella no contesto. Él realmente
quería hablar, en cualquier momento, en todas partes. Y ella quería evitar aquella
confrontación a toda costa.
Ella comenzó a desabrochar la mochila.
—¿Quieres llamar a tu familia? Porque cuando salga en las noticias lo de la
explosión, se van a preocupar.
Puso su mano sobre la de ella para detenerla.
—Ellos no se preocuparan, no por algunos días, de todos modos. Tengo una
forma de aterrizar sin problemas. No, guarda el teléfono por ahora.
Ella sabía porque. Apuntando hacia arriba en la parte superior del acantilado,
preguntó.
—¿Aquí estamos en peligro?
—No. Esos hombres no sabían que estábamos en la tumba. Con certeza no nos
vieron escapar.
—Sabía que la leyenda era exagerada –dijo ella con satisfacción.
Él se volvió a mirarla.
—¿Qué leyenda?
—Te diré cuando estemos fuera de esta isla.

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Sus ojos se estrecharon. Él comenzó a hablar. Cambiando su pensamiento.
Habló de todos modos.
—¿Qué es lo que sostienes?
Ella apostaría que eso no era lo que había estado a punto de decir. Miró hacia
su mano. Agarraba una pieza sucia de metal oxidado de más o menos ocho pulgadas
de largo y estrecho como una espada.
—No lo sé. El cuchillo de algún rey. Es como si me hubiera encontrado
mientras me estabas halando fuera.
—Guárdalo. Lo examinaremos más tarde.
Ella abrió la cremallera del bolsillo de su mochila, en uno de los bolsillos para
el agua que nunca llevaba, y lo guardo dentro. Rurik la miró, y la decepción de su
boca se convirtió en una delgada línea.
—Ese cuchillo puede ser lo único que halla quedado de la excavación.
—Lo siento –puso la mano sobre su brazo—. Se lo que significaba esa tumba
para ti.
Él considero su mano. Miró a ella. Y sus ojos eran salvajes. Casi… aterradores,
con una llama roja en el interior. Capturando su aliento. Quito su mano enseguida.
—Mientras estés viva, la tumba no es nada.
Ella había esperado que se pegara contra ella, que la agarrara, la besara. No
que dijera eso. Y en un tono grave dijo.
—Eh estado en peligro antes.
—No como este. No por mí.
El podía ser tan irritante—poderoso, y seductor. Hacia que pusiera todas sus
defensas en alto, la hacía sentir a salvo del mundo—y en peligro con él. Si ella cediera
ante él, confiara en él, creyera en él, sería la tonta más grande en la historia del
mundo. Mantuvo su voz enérgica y sin bienvenida.
—Te das demasiado crédito. Me temo que soy yo quien te puso en peligro.
Al principio comenzó a negarlo. Luego se rió en silencio.
—Sí. Tú puedes hacer enfurecer a un santo. Pero no importa a quien se culpe
por esto, voy a hacer todo lo que este en mi poder para mantenerte viva. –se puso de
pie y extendió su mano.
Ella lo dejo ponerla de pie.
Deslizando su brazo alrededor de su cintura, la acerco hacia él e inclinó la
frente contra la suya.
—No puedo predecir el futuro, pero sé que esto acaba de empezar.
Sus pestañas estaban granuladas con tierra, pero sus ojos castaños estaban
oscuros, tranquilos y pensativos—y no hablaba de la tumba o la explosión; hablaba
de ellos.
Miedo. Rurik daba miedo cuando estaba así.
No físicamente miedo. Nunca pensó que él pudiera hacerle daño. Pero,
implacable miedo.

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La quería a ella, y tenía intención de tenerla. Tal vez podría explicarle porque
era imposible. Tal vez le confesara su pasado, y le explicara el peligro de estar con
ella, y espantarlo.
Pero Rurik no parecía asustarse fácilmente y si hablaba de los fantasmas que la
atormentaban—él sabría. Conocería que la fachada de reportera valiente era una
farsa, que era una niña asustada que temblaba en la noche. Él brillaría con luz en las
oscuras esquinas de su alma, y ella sería obligada a hacerle frente a los recuerdos y
sus miedos.
Entonces… ¿Qué pasa si odiaba lo que veía? ¿Qué pasaría si él se reía y le
dijera que creciera? ¿Qué pasaría si utilizaba sus miedos para manipularla?
¿Qué pasaría si él se alejaba?
No, sabía que era mejor mantenerlo a distancia.
¿Cómo va esto, Tasya?
No muy bien, ya que él me sostenía contra su cuerpo y observaba mis ojos como si
entendiera, el largo camino.
Moviéndose con deliberada lentitud, se desenredo de él.
—Mira, necesito que regresemos a los periodistas y los arqueólogos para subir
las fotos que tomé ayer y hoy, y enviarlos a mi jefe en la National Antiquities. No
estoy demasiado feliz sobre llevar conmigo el único verdadero registro de tus
conclusiones, y ellos estarán seguros en el ordenador de la revista.
Rurik mantuvo el agarre de su mano cuando ella dio un paso lejos.
Posiblemente porque en la roca donde estaban tenía solo tres pies de ancho. Tal vez
porque no quería dejarla ir.
—Escuché a los tipos que explotaron la tumba. Alguien de allí atrás quiere la
información borrada. Están bien financiados, son hombres desesperados,
posiblemente ecos terroristas, y como testigos, tenemos que mentir un poco y no ser
reconocidos hasta que podamos hablar con las autoridades.
Entonces ella casi le dice. Hubiera sido tan fácil darle una explicación de
quienes eran aquellos hombres, y la verdadera razón del por qué ellos habían puesto
esos explosivos.
Pero entonces habría que decirle a Rurik lo que ella había sido hasta ahora, y
que había puesto a él y a su amada excavación, en peligro.
Ella esperaba sobre el borde de la plataforma.
Se trataba de un largo descenso hacía el océano.
Le diría a él después.

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Capítulo 7
Rurik mantuvo un ojo en Tasya cuando subía ella el precipicio detrás de él.
No era una mentirosa. No tenía miedo a las alturas. No le tenía miedo a lo que
pudiera ver—excepto a la oscuridad.
Él amararía saber por qué, pero ahora no era el momento. Ahora ellos tenían
que corre. Correr lejos y rápido, proteger esas fotos de las talladuras de la pared,
estudiarlas, y quizá, encuentre una manera de no sólo salvar la vida de su padre, sino
también su alma.
–Esta es la situación –Rurik alcanzó la cima del precipicio. Se arrojó en el suelo
de tierra, y se arrastró lejos de la orilla–. Tenemos que bajar de esta isla sin marcados,
y yo me he preparado para tal eventualidad.
Sobre un precipicio de cien pies por encima del océano, Tasya dejo de subir.
Ella ignoró su mano, mientras se movía para agarrarse, y lo miraba como si estuviera
chiflado.
Él no le dio oportunidad de preguntar.
–Tengo escondido material de supervivencia, no lejos de aquí.
–Seguro que lo tienes –Tasya terminó su subida, y se arrojó sobre la plana
tierra, también.
Habían recorrido un largo camino en el túnel, y ahora un levantamiento los
ocultó de la cueva de Clovus. La isla desnuda, sin árboles les dejaba poca cobertura
en el camino; él tendría que usar los contornos de la tierra para dejarlos fuera de la
vista.
No es que nada de eso importara. Si los Varinskis vinieran en busca de ellos,
que se encontraran. Él los conocía por su reputación. Los reconocía en su sangre.
Desde el día que nació, su padre lo había entrenado para esperar problemas,
lo preparo para ellos, le enseño a caminar inadvertidamente y oír cada sonido.
Constantine había entrenado a sus hijos—y a su hija—para la inevitable
aparición de los Varinskis. Rurik no estaba sorprendido porque hubieran llegado
ahora; sólo estaba sorprendido de que les hubiera tomado tanto tiempo en
encontrarlos.
–Nunca nadie nos descubrió –Tasya sacudió su ropa y pasó sus dedos a través
de su pelo. La suciedad llovió por todas partes–. Somos parte de la tierra.
Él se maravillo con su ingenuidad.
Ella lo miro y él la atrapo mirándole.
–¿Qué?¿Por qué me miras así?

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–Vamos –él le señaló a Tasya fuera de la tumba, llevándola rápidamente fuera
por la Isla de Roi, esperando que pudieran escapar antes de que fueran descubiertos.
¿Quizá podría comandar forzosamente un bote? ¿O la barca?
–He estado pensando sobre cómo bajar de la isla –ella siguió de cerca sus
talones–. Mi ultraligero está aquí.
–¿Un ultraligero? –él se detuvo tan de repente que ella casi choca con él, y se
giró para enfrentarla–. ¿Qué quieres decir con un ultraligero?
–¿Tú sabes–pequeño avión de ala fija–diseñado para volar cortas distancias a
lenta velocidad?
–Sé lo que es un ultraligero –dijo él con irritación–, ¿Por qué esta aquí?
–Me gusta volar. Es hermoso aquí, y los cielos están despejados –ella lo miraba
de lado.
No quería que él mirara en sus ojos.
–¿Por qué no?
–¿Cuándo lo trajiste aquí?
–Mientras te ibas.
–¿Cuándo comenzaste a volar?
–Tomé lecciones la última vez que estuve en los Estados Unidos.
Lecciones. Cuando estuvo en los Estados Unidos.
–¿Por qué ahora?
–¿Por qué esperar?
–¿Dónde aterrizaste? –un ultraligero. Esas condenadas cosas eran
notoriamente inestables. Una persona podría matarse…

–Tengo el avión –grito él cuando agarró los controles.


Frente a una severa cara montañosa.
El proyectil casi sobre ellos.
Condujo el avión de lado.
No iban a lograrlo…

–Hay mucha tierra llana aquí para usar como pista de aterrizaje –estaba
molesta.
Bien.
–De nuevo –¿por qué trajiste un ultraligero a Escocia?
–¿Por qué el interrogatorio? –estallo ella–. ¿Qué tiene de malo haber traído un
ultraligero? Muchas personas los disfrutan. Tú sabes, ¡pasatiempo y posesiones!
Un pasatiempo. Ella pensaba que volar era un pasatiempo.

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–Las personas disfrutan de sus ultraligeros cuando están en sus casas. ¿Pero
en una isla al Norte del Atlántico?
¿Dónde se va de visita solo de vez en cuando? ¿Dónde las corrientes de los
vientos eran traicioneras y una buena tormenta en el océano empujaría ese
ultraligero hasta la deriva?

Rurik piloteaba el avión de un lado para otro.


No iban a lograrlo…

Respiró profundamente, intentando alejar los recuerdos.


–Es muy conveniente que lo trajeras cuando tenemos problemas. Yo no confío
en lo conveniente.
–Correcto. Quizá sospeché que habría problemas debido al libro que escribí
sobre la familia Varinski y específicamente de los gemelos Varinskis.
Los Varinskis.
Se olvidó del avión. Se olvidó del ultraligero.
Los Varinskis.
Se sentía exactamente como cuando el túnel se había derrumbado. Aturdido,
jadeante, incapaz para asimilar la magnitud del desastre.
Ella estaba de pie y lo miraba, boquiabierta.
–Grandes dientes.
Cerró de golpe la mandíbula.
–Dame más información.
–Mi publicista me ha preparado una entrevista en GMA2 en cuanto pusiera
mis manos en alguna prueba de la leyenda. Estoy segura que ellos utilizaran lo de la
explosión en la tumba mientras exploraba lo que pondrá la historia en primera
página.
–Estoy bastante seguro de que tienes razón. Dime todo sobre eso cuando
estemos fuera de la isla –agarrando su brazo, él marchó hacia el escondite.
–Además, tienes el arte de la supervivencia escondida en la isla. Eso es
conveniente, también –jadeaba, pero no aminoro el paso.
–Mi padre enseño a sus hijos a siempre anticiparnos a cualquier amenaza,
luego de agradecer de que el peligro no se mantuviera en su fea cabeza.
–¿Tu papá es un superviviente?
–Se podría decir eso.

2
NT "Good Morning America Noticias.

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–¿Es por lo qué vives en las montañas en Washington? Siempre oí que ellas
estaban llenas de… –ella misma atrapada en el acto.
–¿Casos de cabeza? Sé muchos de ellos –sabía mucho de los Varinskis,
demasiado—sólo su apellido era Wilder.
Parecía afligida por haber preguntado.
–Pero actualmente, mis padres se movieron a Washington para evitar a sus
familias. Las familias que no querían que se casaran, por lo que huyeron lejos –no le
digas la verdad a Tasya. Al menos no toda—, una partida de amor.
–Con seguridad, ellos son la razón para creer en el amor –ahora parecía que
Tasya quisiera salir corriendo a toda velocidad. Sí, cariño, Yo puedo hablar sobre el amor,
y eso te asusta de muerte… y voy a averiguar por qué.
Alcanzaron a llegar al comienzo del arroyo que corría por la isla.
Los antiguos habían venerado también aquí, amontonando las piedras
alrededor de la primavera, plantando un solo árbol. Y estaba muerto ahora, salvo
una rama, torcida por los vientos que constantemente soplaban hacia el océano.
Rurik se despojó de sus botas y cinturón.
–¿Qué sobre tus padres? ¿Dijiste que ellos estaban muertos, pero eran una
partida de amor?
–No pienso eso. Pienso que era un matrimonio arreglado –mantuvo su boca
cerrada.
–¿Un matrimonio arreglado? ¿En estos tiempos? –tomando su muerto teléfono
celular del bolsillo, lo dejó caer en una bota–. Ellos no nacieron en los Estados Unidos
–Tasya realmente mantenía la información privada. Por suerte para él, estaba
entretenido–—. ¿Pero se amaron? –camino hacia el arroyo.
–No lo recuerdo. Murieron hace mucho tiempo –lo miró, frunciendo el
entrecejo.
Sin vacilación, él se reclinó. En el claro, el agua fría fluyó sobre él, mientras se
despojaba de la suciedad que había trabajado a su manera en cada grieta. Limpió su
olor, también—por si la escuadrilla de bomba Varinskis fuera bastante inteligente
para buscarlos, no los rastrearían fácilmente.
Cuando salió del agua, sacudió su cabeza como un perro, rociando agua por
todas partes.
–¿Para qué hiciste eso? –Tasya preguntó en un tono que claramente le dijo que
ya había preguntado varias veces.
Él la miro.

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–La pregunta no es ¿para qué hice eso? Es, ¿por qué no lo estas haciendo? –él
estaba de pie y salio, mientras limpiaba el agua de su cara, exprimiendo lo peor de su
ropa.
Ella observo el cielo.
La línea delgada de color gris le había dado alcance al azul, y el sol se
marchitó. La brisa dio de puntapiés, no tenían mucho tiempo antes de que la
tormenta de verano escocés les robara el calor.
Arrodillándose, empujó su mano en el agua, e hizo una mueca por el frío. Lo
miro de nuevo.
Él se refirió a si mismo.
–Limpio.
Ella se quito sus botas y cinturón, y con gran cuidado puso su mochila al lado.
–Muy bien –y tomando una respiración profunda, se sumergió.
Estaba exactamente como él. Ella probablemente rasgó fuera de sus vendas en
un rápido tirón, también.
Mientras ella se retorcía en el arroyo como un salmón encallado, él alzó dos
piedras cuidadosamente equilibradas del monumento primitivo y recuperó su
equipo de supervivencia.
Tasya no era la única con una mochila que podría durar más de una explosión
nuclear. Tenía un cambio de calcetines allí. Un pasaporte que lo identificaba como
John Telford, y uno que lo identificaba como Cary Gilroy. Una linterna. Una brújula.
Un espejo de señal. Cerillas en un cilindro impermeable. Sedal. Botiquín. Pastillas de
yodo. Raciones deshidratadas por congelación. Manta especial. Tres cuchillos, una
pequeña pistola y municiones, gafas de sol, un sombrero—una navaja de afeitar.
Espero hasta que Tasya salió del agua, que titiritaba de frío.
–Pareces bien.
La suciedad se había lavado río abajo, dejando humedad en la pálida piel y
vibrantemente rosada. Su pelo corto, rizado y negro aparecía en todas direcciones,
y… oh, maldita sea, podía ver sus pezones a través de su camisa.
No quiso ver ahora mismo el contorno de sus pezones. No quería pensar en
sus pechos, o la curva de su cintura, o su pequeño clítoris, o la manera que le hizo
sentirse cuando se apretó a él y gimió y vino…
Estaban atrapados en una isla escocesa. Necesitaban salir antes de que sus
primos los alcanzaran. La mejor forma de salir en el ultraligero que Tasya había
traído por alguna razón nefaria.
Y él había jurado nunca volver a volar. No así. No con el viento en la cara. La
muertes había estado muy cerca el día de hoy; el hundimiento había cerrado sus ojos

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y oídos, la tierra había pasado demasiado, y durante unos minutos horrorizados,
había pensado que ellos tendrían su último respiro. Él había pensado que los
Varinskis habían ganado.
Entonces había luchado por salir y estar de pies sobre la repisa, la suciedad
cayó en cascadas frente a é—y el maldito túnel se había derrumbado detrás del él.
Había tenido que regresar, en el aire de la oscuridad para rescatar a Tasya…o
morir con ella.
Él había servido como partera y había tirado de ella liberándola, y ahora, le
gustara o no, la fuerza de ese augurio los unió. Tonta mujer. Ella no entendía. Pero él
caminaba por la leyenda todos los días, y vivía con la prueba del mal. En la profecía
de su madre, había visto la evidencia de Dios.
Ahora con el hedor frío de la muerte todavía en sus fosas nasales, dos grandes
necesidades rasgaron dentro de él… querer volar, quererla a ella. Ambas necesidades
calentaron su sangre, y toda el agua fría del mundo no podrían lavarlas lejos.
Y Tasya ofrecía mientras negaba el otro. Ella no entendía… nada.
Empujó la navaja de afeitar a ella.
–Afeita mi cabeza.
–Afeitarte...
–No hay ningún modo más rápido de cambiar de imagen. Tengo que ser
irreconocible.
Ella sonrió abiertamente, y pasó a su mejor imitación del Medio Oeste.
–Yo no sé como destrozarte, chico grande, pero un tipo que mide seis pies y
cuarto es reconocible en todas partes.
Él no le devolvió la sonrisa.
–El oro en el sitio es una gran noticia. La explosión es una noticia aun más
grande, y el personal de noticias estará aquí para cubrirlo. Nuestra desaparición
llevará a la especulación—primero, el que estemos enterrados en la tumba, y luego
que nuestros cuerpos no sean encontrados—que fuimos nosotros quienes pusimos
las cargas.
Ella pestañeó, asustada.
–Esto apesta.
–Sí. Pero es la realidad. Si quieres ponerte a segura en alguna parte y sacar
esas fotografías, afeita mi cabeza.
Ella se puso seria.
–Todo el mundo va a mirarte.

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–Cariño, todos esperan que los tipos grandes parezcan duros, y siendo el más
mezquino, al menos nadie querrá mirarme directamente, o hablar sobre mí, o pensar
sobre mí.
–Sí –ella miró fijamente su pelo castaño, oscuro y mojado, y luego la navaja de
afeitar en su mano.
Durante la noche que habían pasado juntos, ella había tocado su pelo, una y
otra vez, recorriendo sus dedos a lo largo de su cuero cabelludo, acariciando las
hebras de su cabello.
En sus ojos, él vio los recuerdos.
Con seguridad, ella no quería afeitar su cabeza. Pero dio una mueca, y señalo
la tierra.
Se sentó, con las piernas cruzadas delante de ella, y tuvo el cuidado de no
retroceder cuando ella deslizo la navaja de afeitar cuidadosamente a lo largo de su
cuero cabelludo.
–¿Qué vamos a hacer conmigo? –la navaja de afeitar era nueva y afilada, pero
solo con agua podía facilitar el paso de ella, al ras de la piel.
–Tú vas a usar mi sombrero y gafas, y en cuanto podamos encontrar ropa
diferente, tendrás que cambiar tu estilo.
–¿Siempre piensas tan rápido? –ella estaba cogiendo la forma, razón por lo que
la navaja se deslizaba más fácilmente.
–Es parte de mi entrenamiento.
–Entrenado por la fuerza aérea, eso significa.
Bueno. Lo había investigado. Pero no había ningún camino para que ella
investigara a su familia. Kostantine tenía bien cubiertas sus huellas, ningún reportero
podría rastrear sus antecedentes.
–En la Fuerza Aérea me enseñaron un poco, pero sobre todo fue mi padre. Un
sobreviviente ¿recuerdas?
Ella levanto la navaja de afeitar de su cabeza.
–¿Te estas burlando de mi?
Él la miro estoicamente
–No.
–Inteligente. Ya te afeite. No querría resbalarme y cortarte.
Por primera vez desde la llegada de ayer a la isla, él sonrió abiertamente y se
relajó. Ellos oscilaban al borde del desastre, y ella lo amenazó.
No porque ella no comprendiera el peligro—lo hacía definitivamente—sino
porque no importaba la circunstancia del caso, ella no tomaba una mierda de alguien.

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Despertaba su cuerpo hasta la locura, sí, pero incluso si ella no lo hiciese,
todavía la adoraría.
–No te preocupes por afeitarme. O cortarme. Sano rápidamente –muy
rápidamente–. Háblame del ultraligero porque la maldita cosa era lo mejor, lo más
rápido para salir de la isla —y él podría poder escaparse a menos que lo detectaran,
¿pero los dos?
No. Ella tenía razón. Tendrían que volar.
–Es de dos plazas, un poco más pesado que lo normal. Puedo conseguir el
principal.
Él rompió un juramento que había hecho cuando había mirado fijamente el
cuerpo torturado y mutilado de Jedi. El joven piloto más brillante que nunca había
visto volar con… frotó su pecho, el lugar más triste de su corazón.
Pero quizá no era tan malo. Cada día ansiaba volar, y si se refrenaba de tomar
los mandos, si él se detuviera del éxtasis de ser el piloto, quizás todavía abrazaría su
voto.
–Allí –ella sacudió el pelo suelto fuera de sus hombros, estaba de pie detrás, y
lo inspecciono—. Hice un buen trabajo, a pesar de que pareces… –buscaba ella en su
mente.
–¿Una cabeza de polla? –él paso sus manos sobre el cuero cabelludo, mientras
hacía una mueca de dolor a las cortaduras, pero complacido de encontrarlo liso.
–Bien… sí –ella tembló cuando el viento se levanto.
Lejos en la distancia, él oyó el rugido de un avión. Echó un vistazo; esto era un
hidroavión, que aterrizaba en el océano, cargado de reporteros, curiosos o la policía.
Sí, el reporte de la explosión había salido.
–Prepárate para irnos –él se puso sus calcetines secos, cargo su mochila, se
puso el cinturón.
Ella hizo lo mismo.
–Después de aterrizar, tendremos que caminar un poco para alquilar un
coche…
–No. Encontré afuera una pensión. De camino. Nos quedaremos allí esta
noche.
–Pero si conducimos toda la noche, podemos llegar a Aberdeen antes de la
mañana…
–No queremos conducir de noche. No necesitamos linternas y serpentear en
curvas, el camino de noche en Escocia, es más oscuro que el de clubes ahí afuera,
todos, yendo a cazarnos, y el primer tipo que nos encuentre, nos matará o nos

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entrevistará repetidamente –cuando ella iba a objetar, él le ofreció su mano—. Tú
sácanos de la isla. Consigue que salgamos vivos de Escocia.
Ella miraba su palma, con clara renuencia en su cara.
No quería estar con él más tiempo del requerido. Todavía sabía que él tenía
razón…
–Yo sostendré esto –ella intentó hacer esto como trato comercial. Intento agitar
su mano.
En cambio, él la capturo, abrió sus dedos, mirando fijamente su palma. A la
piel pálida, sensible y las líneas experimentadas y al destino allí tallado.
–¿Te das cuenta de lo que sucedió hoy?
–¿Qué? –lo miro sospechosamente.
–Tú y yo hemos renacido de la Madre Tierra, mientras arañábamos la manera
de salir del canal del nacimiento y entrar a la precaria vida –Rurik miró abajo
fijamente a ella.
–Juntos.
Él podía ver el casi comienzo de las protestas de Tasya.
–¿Qué significa eso?
–No lo sé, pero últimamente he aprendido una cosa… los presagios no son
para ser ignorados –tiernamente, él atrajo su palma a sus labios, y besó la
almohadilla bajo su dedo pulgar–. Sospecho que, bastante pronto, averiguaremos lo
que significa.

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Capítulo 8
Tasya esperó hasta que ellos estuvieron en el aire y sobre el océano antes de
volver a llamar.
—Tú nunca volaste de nuevo.
Rurik no contestó. Se sentó detrás de ella directamente en el pequeño asiento,
su cuerpo caliente contra su columna vertebral. Durante el vuelo preliminar y
despegue, él había estado tenso y poco conversador, y ella recordó claramente que su
investigación se había vuelto a la renuncia de Rurik de la fuerza aérea tras la muerte
accidental de su copiloto.
Ella no había podido conseguir más información que esa; sus preguntas
habían hecho que la fuerza aérea se mantuviera firme y sospechara, por lo que ella
había dejado el asunto. Ella no podría permitirse el lujo de hacerlos enfadar; una
mujer que viajaba por el mundo tomando fotos nunca sabía cuándo podría necesitar
la ayuda militar.
Pero obviamente Rurik había sufrido algún trauma, excepto cuando tomaba
las aerolíneas comerciales, él no había vuelto a volar desde entonces.
El motor—pequeño, compacto—zumbó ruidosamente, pero el sonido de la
brisa se escuchaba lejos. Su peso hizo que el manejar el ultraligero fuera diferente. Su
silencio la hizo querer ayudarle a relajarse. Ella charló.
—Mi instructor me dijo que tengo un verdadero sentido para el vuelo. No sé si
él me contó puras tonterías, pero yo amo esto. Amo el viento en mi cabello. A amo el
sentimiento de libertad—ninguna respuesta—. Cuando yo estoy a aquí, deseo poder
hacer esto para siempre. Deseo poder subir a las nubes, y rozar la cima de los árboles.
Pero no lo haré—se rió entre dientes—. ¿Yo te estoy poniendo nervioso?
Ninguna respuesta.
—¿Se siente como cuando tu volabas?
Todavía ninguna respuesta.
Ella no sabía si él estaba aterrorizado o se había tomado una siesta. En cuanto
ellos estuvieron sobre el continente y los vientos se estabilizaron bastante como para
echar un vistazo lejos, ella torció alrededor y lo miró.
Sus ojos estaban cerrados.
Pero él no tenía miedo.
Tampoco estaba dormido.
Él tenía una expresión de júbilo al contrario de cualquiera que ella hubiera
visto... excepto una vez, cuando ella lo había sostenido en sus brazos, en su cuerpo, y
le había sentido estremecerse en el éxtasis. Ella miró al frente de nuevo, y se preguntó
cuál podría ser la historia detrás del vuelo—y desesperadamente lamentaba
preocuparse por ello.

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Capítulo 9
Rurik se encontraba sobre la alfombra en la entrada de la pequeña pensión.
Estaba goteando por la lluvia que había estado cayéndole durante las últimas cuatro
horas, y Señora Reddenhurst no le permitiría caminar más lejos, a la calidez del
cuarto. En lugar de eso, estaba de pie con sus manos en sus amplias caderas, y con
impaciencia le escuchó implorar:
—Por favor, mi esposa y yo necesitamos un cuarto—limpió su cara con la
toalla de la cocina que ella le dio—. Decidimos hacer una caminata por las Regiones
montañosas para nuestra luna de miel. Porque ambos tenemos, usted sabe,
ascendencia escocesa. Y Braveheart nos gustó especialmente. Se supone que nosotros
nos quedaríamos esta noche en el pueblo de Cameron, pero entonces la lluvia
empezó a caer…
—Una pequeña llovizna—la señora Reddenhurst era alta, robusta, y rápida,
con un acento fuerte—. Eso es lo que tenemos aquí.
—Sí, seguro que lo es. Trajimos impermeables—levantó el borde de su poncho
y le mostró el nylon impermeable de camuflaje—. Pero tomamos la curva incorrecta.
Tenemos frío y hambre. Por favor, por favor, si usted tiene cualquier compasión en
su corazón—ese lugar era perfecto. Pequeño, apartado, una casa privada que
satisfacía los turistas, pero no conocido.
—Sr. Telford, ya se lo dije. Nosotros no tenemos espacio disponible.
—Un armario. Un ático. En cualquier parte donde podamos acostarnos
durante la noche. Nos iremos a primera hora de la mañana—gesticuló afuera de la
puerta—. Le prometí a Jennifer que vendría primero a conseguir un cuarto. Por favor.
Nosotros estamos recién casados y no quiero que ella comprenda...—movió inquieto
sus pies—. Ella piensa que soy capaz de hacer algo y yo deseo...—tomó la mano
enrojecida de la Señora Reddenhurst, pareciendo motivado y lastimoso—. Por favor,
no lo estropee ahora.
La tenía. La Señora Reddenhurst suspiró fuerte, pero dijo:
—Me recuerdas mi marido. Un hombre grande con más pelo que
inteligencia—desprendiéndose de su agarrre, ella limpió su mano en su delantal—.
Todo lo que yo tengo es el ático.
—Nosotros lo tomaremos.
—Lo llamo la suite nupcial.
—¡Qué perfecto!
—Lo llamo así porque la cama es horrible, y los dos rodarán al medio.
—Oh. Eso es incluso mejor—nunca había hablado con más sinceridad en su
vida.
—Tendréis que compartir mi baño. Eso está escaleras abajo desde el ático,
primera puerta a la izquierda.
—Aquí es mi tarjeta de crédito—sacó su cartera de la mochila. Cuando el
cargo pasase por la cuenta de Telford, Jasha lo notaría en seguida. Era una manera

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más inteligente y más segura que una llamada telefónica celular para permitir a la
familia saber que él estaba vivo y seguro.
—Tendrás que sobrevivir con un bistec y huevos para la cena. No tengo ni
salmón ni cordero para vosotros.
—Cualquier cosa que usted haga estará bien—era verdad, y él estaba
hambriento—. ¿Necesita ver mi documento de identidad?
—No voy a atenderos—agitó su dedo hacia él—. Tendréis que valeros por
vosotros mismos.
—Podemos hacerlo.
—¿Cuándo va a llegar tu esposa?—la señora Reddenhurst asomó la cabeza
fuera la puerta en la llovizna.
—La deje casi una milla atrás. Correré a buscarla y la traeré—hizo su mejor
imitación de un tímido americano—. No hemos visto nada aparte de ovejas en todo
el día, y ella se avergüenza por la forma en que se ve. Así que si no le importa, lo
dejaremos en decir hola y subiremos directos al ático.
—Estoy preparando la cena, por lo dejaré que vayan al ático y se limpien—
obviamente, nunca se le ocurrió a la señora Reddenhurst que él podría estar
mintiendo.
—¿Los otros huéspedes no están aquí?—se asomó a lo largo del corredor
detrás de ella. Había amplias puertas a ambos lados—salas públicas de algún tipo,
supuso.
—Un joven en su habitación, cambiándose para la cena. El otro fue al lago
MacIlvernock. ¡Los americanos son siempre tan enérgicos!—sacudió la cabeza como
si ella no los entendiera.
Rurik y Tasya habían llegado precisamente en el momento adecuado.
Cuando él salió fuera, lo llamó.
—Tendréis que comer en la cocina.
Él agitó su mano hacia ella, esperó hasta que estuviera fuera de vista, entonces
caminó hacia el cobertizo en el patio, y encontró Tasya, quien estaba de pie bajo la
pendiente, sus brazos cruzados, sus labios azules.
Su ropa había estado húmeda mientras ellos habían volado sobre el mar, y
cada vez que pudieron aterrizar en suelo llano, ella había estado temblando. Los dos
habían comenzado a atravesar los caminos que iban hacia el Bed and Breakfast 3, y en
menos de una hora, la lluvia había comenzado a caer. Ambos se habían puesto sus
impermeables, pero mientras Rurik se calentaba debido al esfuerzo, Tasya no podía
sacudirse el enfriamiento. Siendo ella, se quejó calurosamente, indicando que ellos
podrían haber alcanzado la ciudad y el centro de alquiler de coches en una hora, pero
ella caminó trabajosamente tras él. Ella había prometido confiar en él, y no rompería
su promesa debido a un mal tiempo.

3
Bed and Breakfast (B&B): Alojamiento y desayuno.

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—Ven. Podemos subir directos al cuarto, así que intentemos evitar el ser
descubiertos—tomó su mano, y por una vez, ella estaba demasiado cansada y fría
para luchar con él.
Corrieron por la casa hacia los escalones de la segunda planta. Localizó la
puerta al ático, y cuando lo abrió, una corriente de aire frío bajó por la escalera
estrecha—. Los escoceses y su obsesión con el aire fresco podrían ser la causa de
nuestra muerte—dijo él.
Tasya se estremeció.
—Yo voy al baño, me tomo una ducha y me cambio, y veré lo que puedo hacer
para parecer diferente—asió su mochila e intentó sonreír—. Afeitarme la cabeza
puede ser lo mejor para mí.
Él quiso prohibirle que lo hiciera. Pero al examinar sus ojos, vio la mezcla de
travesura y desafío, e hizo lo que él tan bien sabía, y en lo que ella era pésima—él
aceptó su batalla. Tan ligeramente como cualquier marido, dijo:
—Queremos cambiar tu apariencia, no hacerte parecer un sospechoso
terrorista.
Tasya parecía cabizbaja porque él hubiera rechazado su desafío.
—Espero que la propietaria tenga algún maquillaje o algún producto de pelo
que yo puedo usar furtivamente—se dirigió hacia el baño.
—Sí, yo también—murmuró. Revocando la imagen de la señora Reddenhurst,
el pelo gris herrumbroso y la boca delgada, él no apostaría por ello.
Tasya, con la piel pálida, clara, ojos azules eléctricos, y ese pelo negro como el
hollín, ella estaba demasiado reconocible—y demasiada atractiva para él.
Bajó los escalones y miró alrededor—y si Tasya hubiera visto su mala sonrisa,
habría corrido a toda velocidad en dirección opuesta y no pararía hasta llegar a la
frontera inglesa.
¿Cuántas semanas habían pasado desde que la había reclamado? ¿Cuántas
semanas se había estado despertando cada noche en una furia rugiente por ella, y
había pasado cada día preparándose en una lujuria roja?
Ahora Rurik y Tasya pasarían la noche en una Bed and Brakfast en medio de
ninguna parte, en el frío, diminuto ático, juntos en una cama de matrimonio alzada
con edredones, con un colchón que se hundía al medio. Tasya Hunnicutt estaba en
un problema—y ella aún no lo sabía.

Tasya estaba en un problema, y lo sabía. Se apoyó contra el lavamanos de


porcelana blanco cortado y se miró fijamente en el espejo, sus ojos oscuros y
redondos.
Esa mañana, la determinación de Rurik por quedarse a un Bed and Brakfast
tenía sentido. Pero entonces, esa mañana, ella casi se había colapsado y explotado.
Esa mañana había sido un milagro de la vida. Esa mañana, ella se había sentido como
si pudiera manejar cualquier cosa, incluso a Rurik con su humor más despiadado.

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Ahora ella había estado fría durante horas, estaba hambrienta, y tenía que jugar al
papel de una novia... de Frankenstein.
De acuerdo, Rurik no se parecía a Frankenstein, pero era bastante grande
como para ser el monstruo. De hecho, la primera vez que ellos habían hecho el amor
y él había empujado dentro de ella, se lo había pensado dos veces.
Esa noche, si ella hubiera estado pensando, su reacción a su jadeo de pánico la
habría asustado más que su tamaño. Ellos habían yacido en la cama, totalmente
desnudos, y en un momento cuando la mayoría de los tipos habrían ido adelante a
toda costa, él había notado su aprehensión. Él se había detenido, realmente se detuvo.
Se había tomado un momento, ajustó sus piernas, besó sus labios, barrió las yemas de
sus dedos por sus pezones, entonces bajó por su vientre... Cuando se trataba de
deducir lo que necesitaba una mujer, él era el amo. Cuando él tocó su clit. . . bien,
cuando ella había terminado de correrse, él estaba aún dentro de ella y enseñándole
el significado de múltiple orgasmo.
Era grande, él era determinado, él era cruel, y él la quería. Oh, y, Tasya, no nos
olvidemos que él está cabreado porque lo abandonaste.
Lo abandonó porque había dado demasiado de ella, y Tasya Hunnicutt nunca
hacía eso.
Peor, ella lo quería tanto que cuando él se acercaba, supiera o no que estaba
allí, cada nervio se ponía en alerta y sus bajos niveles de adrenalina se disparaban.
Abrió el grifo y salpicó un poco de agua fría sobre su cara. Tomando la toalla
para las manos, se secó la cara, y se miró otra vez. Todavía se veía como un infierno.
Porque ella tenía que decirle pronto la verdad. Bien, no toda la verdad. Ella nunca le
dijo toda la verdad a alguien.
Pero bastante verdad para hacerlo comprender que la responsabilidad de la
explosión descansaba sobre sus hombros, y que si él fuera elegante, alejaría el
infierno de ella. Levantó su barbilla. Probablemente se mataría antes de que eso
terminara, pero si tenía éxito en la adquisición de la maldita información sobre los
Varinski, la justicia tendría que ser servida; en Sereminia, Yerik y Fdoror Varinski
serían condenados por crimen organizado y asesinato, y ejecutados. Tasya podría
morirse, pero lo haría con la satisfacción de saber que los Varinski se estrellarían, sus
mil años de reinado de terror terminarían—y ella tendría su venganza. Miró hacia
abajo a su mochila. Su cámara estaba en allí. Las fotografías estaban en la memoria.
Una sensación de urgencia la instigó. ¡Si pudiera ver las evidencias que
tenía…!
Miró hacia la puerta, preguntándose si la señora Reddenhurst le permitiría
usar su ordenador.
En ese momento, que tuviera las fotografías no importaba si no era capaz de
salir de Escocia. De algún modo, ella tenía que enmascararse.
Abriendo el botiquín de la Señora Reddenhurst, Tasya escarbó
desesperadamente a través de los tubos de ChapStick, el ungüento para los juanetes
y uno para las hemorroides, las lociones de mano, las pinzas, las vendas... La señora
Reddenhurst debería ser la mujer más aburrida en la historia del mundo. Entonces,

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atrás en la esquina del fondo, Tasya encontró lo que quería. Miró la caja aporreada,
la fecha de caducidad había vencido hacía mucho tiempo, y comprendió—eso era
perfecto. Absolutamente perfecto.
No sólo podía cambiar su aspecto, casi podría garantizar que Rurik iba a
aborrecer este cambio. Aborrecerlo, despreciarlo... y tenía que vivir con ello por el
resto de su viaje.

Rurik estaba de pie delante de la estufa de la anticuada cocina, mientras


calentaba sus espaldas, mirando a señora Reddenhurst cocinar.
Sobre la encimera, la televisión de pantalla pequeña resonó con las nuevas
sesiones de comedia de la BBC. Una olla en la estufa hacía estallar su tapa cada vez
que burbujeaba. Los platos de barro en el horno se oscurecieron al calentarse. Todo
el tiempo, la Sra. Reddenhurst habló de su marido grande y tonto en tonos de afecto
y exasperación. Era obvio que ella lo extrañaba; Rurik había obtenido de su
conversación que la pérdida de su ingreso era la razón por la que ella había tenido
que convertir su pequeña casa en una pensión.
La señora Reddenhurst le recordó a su madre—severa por fuera, suave y
dulce por dentro. Había jurado que no iba a desvivirse por atender a sus invitados
inesperados, y en el espacio de media hora, ella había estado de acuerdo con dejarle
usar su ordenador para mirar sus “fotos de vacaciones”. Se había ofrecido a lavar y
secar su ropa, y que las tendría lista para el amanecer. Había conseguido que
pudieran ir a Edimburgo con otra de las parejas de la pensión. Lo más importante,
ella había sacado los bollos de avena de esa mañana para que tomara un bocado
mientras esperaba por Tasya.
Que estaba bien, porque Tasya había estado en aquel cuarto de baño durante
más de una hora.
—A las señoras jóvenes les gusta tomarse su tiempo en el baño, especialmente
cuando tienen un joven para impresionar—se movió sobre la encimera y sacó el
cordero del horno—. Usted verá. Cuando tu señora pase por aquella entrada, te
lanzarás sobre ella.
—Eso es a lo que le tengo miedo—murmuró él.
Pero realmente, ¿en qué travesura podría estar Tasya dentro del baño de la
señora Reddenhurst?
Ésta alzó la vista mientras servía los platos y dijo:
—Aquí está jovencita.
Rurik miró hacia la puerta—y se quedó doblemente horrorizado.
De alguna manera, Tasya había conseguido peróxido y ahora las puntas de sus
cabellos eran de color blanco brillante. Como si eso no fuera suficiente, había
encontrado gomina y eliminado el rizo de su cabello. Pinchos pegados en cada
dirección. Ella parecía un miedoso y envejecido puercoespín.
Él iba a matarla.

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Dio un paso en su dirección—y casi chocó contra la señora Reddenhurst
mientras iba de aquí para allá, preparando la mesa.
—¡Qué cosa más bonita!—lo miró con desaprobación—. Yo no sabía que tenías
a una niña como novia, señor Telford.
Oh, Dios. Señora Reddenhurst tenía razón. El pelo de Tasya la hacía parecer
una menor de edad.
¿Por qué?, quería decirle. ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?
Pero él sabía ya la respuesta—porque había dicho que necesitaban cambiar su
apariencia, porque de alguna manera había encontrado lejía, y porque ella amaba
irritarlo.
Había hecho un buen trabajo esa vez.
—Esas ropas son perfectas para una noche casual—la señora Reddenhurst
aprobó los pantalones caqui de Tasya, la camiseta suelta de color negro, y la chaqueta
ajustada también caqui—. Ven y siéntate. No seas tímida.
—Estoy tan contenta de conocerla, señora Reddenhurst—Tasya se acercó y,
con una sonrisa, extendió su mano—. Muchas gracias por hospedarnos, y espero que
no seamos demasiado problema.
Rurik no era el único que tenía el encanto en abundancia. vio la prueba de ello
cuando la señora Reddenhurst sonreía y respondía:
—Ningún problema en absoluto.
—El señor Telford nos ha perdido, pero usted ha salvado nuestras vidas—
Tasya deslizó un brazo alrededor de la cintura de Rurik y lo abrazó con falso afecto.
Rurik abrazó su espalda, con un poco de demasiado fuerza, y la sostuvo
bastante estrechamente para ella a sintiera su ira.
—Ahora, querida, si comienzas a contarle a la Sra. Reddenhurst todas nuestras
proezas en sus hermosas montañas, alguien va a ruborizarse—en ese justo momento,
el color saltó a las mejillas de Tasya—. Creo que eres tú—se inclinó y la besó en la
boca, y como todo lo que hacía era por venganza a sus comentarios de sabelotodo,
sus labios se demoraron... y volvieron. Ella estaba caliente de la ducha, la humedad,
y olía a fresco, era un afrodisíaco en sus brazos. Sujetando su cabeza, él miró hacia
abajo a su cara: sus ojos cerrados, aquellas pestañas ridículamente largas, la manera
que sus labios se ruborizaron para conjuntar con sus mejillas. . . .
El sonido de una campana distante los volvió a la realidad.
—Creo que los demás quieren su plato principal. Eso es bueno—ya que aquí
está subiendo la temperatura—la Sra. Reddenhurst sonrió con satisfacción, tomó los
platos y se encaminó hacia el comedor diminuto, dejándolos solos.
Rurik se apoyó para besar Tasya de nuevo.
Ella puso una mano en su boca.
—Déjame ir. Estoy hambrienta.
Ella lo había exasperado hoy; la mantuvo cautiva sólo por diversión.
—Yo debería azotarte por lo que hiciste con ese pelo.
—Me dijiste que cambiara mi apariencia—tenía aquel aire arrogante sobre ella
que claramente le decía que le encantaba su reacción.

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—Entonces te azotaré por diversión.
Ella casi se rió. Casi.
Nunca habría pensado que lo haría. Parecía la clase de mujer que se tomaba
una amenaza, sin importar lo profundamente relacionada con el sexo que estuviera,
demasiado en serio.
—¿Piensas que no lo haré?
Entonces rió realmente en silencio.
—Pienso que disfrutarías demasiado.
—Yo pienso que tú lo disfrutarías, también—se apoyó atrás contra la encimera,
y la ajustó para que todas las partes de su cuerpo descansaran contra todas las de
el—. Sobre todo disfrutarías la parte donde yo sostuviera tu cara en mi regazo, y
extendiera tus piernas, y te tocara.
La risa de Tasya se marchitó.
—Bastante pronto me estarías rogando. Usarías ese tono jadeante que tienes
cuando la necesidad está controlándote.
Sus ojos azules se volvieron un gris humeante.
—Lo oí varias veces esa noche en Edimburgo—pronunció con lentitud
arrastrando las palabras—. Recuerdas esa noche, ¿verdad?
—Déjame ir—se retorció contra él.
La mejor maldita tortura que él alguna vez había sufrido.
—Esa noche, aprendí mucho sobre lo que te gusta. Es por eso que sé que
después de que te azote, podría tocarte aquí—deslizó una mano entre sus cuerpos y
apretó donde lo haría mejor—. Entonces yo resbalaría un dedo dentro de ti, y te
correrías sobre mi regazo.
Ella se deshizo de su agarre.
Él le dejó, luego la acechó mientras huía hacia la mesa de la cocina.
—Cuando introduzca el segundo dedo dentro de ti, estarás tan lista, que
tendré que sujetarte con la otra mano para que no te derritas en el suelo.
—¡Detente!—lo miró con ojos atormentados.
—Oblígame—se sentó en la mesa, las palmas de sus manos sobre la superficie.
Tasya se irguió encarándolo, sus manos en puños delante de su pecho.
—Rompe a correr, Tasya—se mofó—. Para que yo pueda cazarte.
—No te daré la satisfacción.
—Oh, sí, quieres. Y te prometo que me darás exactamente la satisfacción que
yo exija.
Una tos ligera les hizo a los dos dar la vuelta rápidamente para enfrentar a su
posadera.
En un tono tanto horrorizado como encantado, la Sra. Reddenhurst preguntó:
—¿Queréis vuestro filete y huevos ahora, o la ensalada primero? ¿O preferís
que yo aplace la cena un poco mientras termináis vuestra lucha arriba?

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Capítulo 10
Boris Varinski se extendió en el sillón más grande en la casa de la familia
Varinski en Ucrania, con el control en la mano, viendo las noticias de CNN por la TV
de pantalla plana de cincuenta y ocho pulgadas. El sonido resonaba. Todo alrededor
de él, Varinskis golpeando con los puños en la espalda de otros y riendo
estridentemente.
Él no se reía.
Él había lo estado; cuando las noticias de la explosión en la excavación
escocesa salieron, con mucho gusto había recibido felicitaciones de sus hombres. Las
recibió con renovado respeto.
Entonces los reporteros vinieron y anunciaron que el administrador de la
excavación, Rurik Wilder, y la fotógrafo del National Antiquities, Tasya Hunnicutt,
habían desaparecido y se les creían muertos en la explosión. Habían mostrado fotos
de ellos, y enseguida, Boris supo que todo se había ido al infierno… y él era el único
Varinski bastante inteligente para saberlo. Aquel hombre en la pantalla era el
cachorro de Konstantine.
Boris había pasado todo un largo día en Kiev, encerrado con Mykhailo
Khmelnytsky, un historiador respetado, mientras que Mykhailo investigaba los
iconos de la familia Varinski y donde podrían estar ahora. De vez en cuando, Boris lo
había animado a apresurarse, y con un incentivo, cortó trocitos de la punta de uno de
sus dedos—su dedo pequeño del piel. Al final, Mykhailo había llegado a identificar
la tumba en Escocia como un lugar en donde los iconos fueron ocultados.
Boris había enviado al equipo de demolición, ellos habían volado el sitio, y en
la celebración que siguió, él había tenido por unos momentos la esperanza de que
había salvado su propio culo.
Pero si el hijo de Konstantine dirigió la excavación en el mismo sitio, Boris
podría apostar que el muchacho buscaba el mismo maldito icono para el que había
sido instruido para encontrar—y no por una buena razón.
Peor, que no moría tan fácilmente como los reporteros se imaginaban, y si él
tuviera el icono en su posesión…
Boris echó un vistazo alrededor.
Al menos, el tío Iván había caído de borracho otra vez, y ahora debería estar
en algún sitio en la grande y tediosa casa, sus ojos blancos volteados a su cabeza.
El tío Iván bebió ruidosamente más vodka de lo que cualquier hígado pudiera
llevar, tratando de curar su pena, que era ser el primer Varinski ciego en mil años, y
Boris con mucho gusto le daba botellas. Por que cuando el tío Iván estaba ahogando
sus penas, Boris sabía que él estaba seguro del tío Iván y el ser que lo poseía.
Por lo que sabía del icono, él usaba el cuerpo del tío Iván para agarrar a Boris
y amenazarlo.
Si Boris tuviera suerte, su equipo de demolición encontraría a Rurik, lo
encontrarían rápido, lo eliminarían, y tomarían el icono. Boris les daría a la
muchacha. Ella sería una recompensa para ellos, y una lección para ella.

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—Denme un teléfono –dijo Boris. Nadie le presto atención. Se levanto por su
propio pie. El dolor pasando como un rayo por su cadera mala, y el dolor haciéndolo
más fuerte y beligerante—, ¡Denme un teléfono!
Abruptamente, la celebración murió. Los muchachos se pusieron de pie y lo
miraron fijamente, y miró atrás.
¡Blin! La mitad de los jóvenes eran idiotas, babeando, mirando
inexpresivamente, no entendían nada. Tenían toda la inteligencia de un chimpancé.
Algunos de ellos, lo más jóvenes, cambiaban a bestias repulsivas—comadrejas, o
serpientes, o buitres. Depredadores, pero no nobles depredadores—depredadores
nobles que cazaban carroña. Depredadores que se deslizaban o corrían o se
escabullían.
Y de estos era Vadim. El propio hijo de Boris. Vadim era simpático, mezquino,
grande, y no precisamente de veinte. Desde el tiempo que él pudo gatear, había
gobernado su generación. Aquel pequeño govnosos miró a Boris como un tigre que
mira a un antílope envejecido que pronto sería derribado. Vadim miró, y él espero,
satisfecho en la creencia de que pronto Boris caería y él podría estar en sus zapatos.
Era de mierda. Seguro, después de que Konstantine lo abandonó, Boris había
tenido que luchar para ser declarado el líder del clan Varinski, pero había mantenido
el poder durante más de treinta años. Había sido él quién decidió abandonar la
búsqueda de Konstantine y su perra esposa. Había sido él que trajo a los Varinskis a
le era moderna con los dispositivos de rastreo y modernos explosivos y un sitio Web
realmente bueno que declaró su objetivo y tenía una gran logro corporativo.
Varinski… Cuándo Usted Quiere el trabajo Hecho, y Bien Terminado.
Boris había hecho esto sobre él mismo, y el lema lo dijo todo. El negocio había
aumentado con la publicidad. El Varinskis recogían oro— y era de oro. Cuando un
dictador vino y quiso dejar a alguien, pago en oro. Cuando una corporación de
petrolera quiso comenzar una pequeña guerra, ellos pagaron en oro. Y cuando Boris
chantajeó al dictador y a la compañía petrolera, para que él mantuviera la
información tranquila, ellos pagaron mucho oro.
Demonios, Boris tenía un analista en inversiones, y el tipo tenía el verdadero
incentivo para asegurarse que la inversiones fueran legitimas. Sabía que si no lo hacía,
Boris lo mataría con sus manos desnudas.
Justo cuando consiguió que toda la familia Varinski se colocara a su gusto…
los materiales pasaron. Algunos tipos se enfermaron. Varinski no se enfermó. Alguno
de los más viejos murieron en sus ochenta años. Los Varinskis vivían bien en sus
cientos. Algunas víctimas de los Varinskis comenzaron a defenderse; las mujeres que
habían sido violadas la cargaron contra ellos.
Ellos no pudieron ir muy lejos—ayudaba que los Varisnkis tuvieran al sistema
de justicia en un firme hacinamiento—pero que las mujeres tuvieran tan poco respeto
por las costumbres fue de mal augurio para el futuro de las generaciones Varinskis.
Yerik y Fdoro habían sido capturados y las pruebas presentadas por crimen
organizado y asesinato. ¡Algo así no había pasado antes¡

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Pero esta vez, Boris no hizo nada, no presiono para no tener que ver con el
gobierno Sereminian, no ofreció ningún soborno, ninguna amenaza que hiciera a los
funcionarios de Sereminia, podría conseguir liberarlos.
El mundo y todos trazaron una conspiración para derribar a Boris.
–Aquí hay un teléfono, hermano –uno de sus hermanos, uno de los de su
propia generación, le dio un inalámbrico.
Boris miró abajo, agarrándolo con su apretón de manos, y comprendió que no
podía hablar aquí. Su agitación ya lo había traicionado demasiado.
–Voy a mi oficina.
–Tío, antes de que haga tu llamada telefónica para tratar de arreglar este lío,
dame el control remoto de la tv –Vadim holgazaneó sobre el sofá, esa sonrisa
repelente, burlona.
Boris miró fijamente con los ojos abiertos a los jóvenes idiotas, a los críticos
hombres maduros, y a los viejos decrépitos. Él extendió el remoto al tío Shaman.
Vadim chasqueó sus dedos, y Shaman le lo extendió a él.
¡Su propio tío traiciono a Boris!
Traicionado y mirándolo fijamente, acusadoramente.
–¡Eh, gracias! –Vadim se rió y cambio de canal.
Boris arremetió contra Vadim. Vadim nunca se movió. Pero otros muchachos
lo hicieron, intervinieron frente a él, como si de buen grado sacrificasen su vida por
Vadim… y algunos de ellos eran los hijos de Boris.
¡Sus hijos! ¡Sus tíos! Todos desleales. ¡Todos!
Boris se detuvo. Él se mofó.
–Tú no mereces mi saliva –se dio la vuelta para irse… después de todo ¿Qué
opción tenía?
Vadim lo llamo.
–Cojeas, tío. ¿Puedo ayudarte en tu oficina?
–Tú pequeña pedazo de mierda –refunfuño Boris. Abandono el cuarto de TV,
andando sin un tirón. Deteniéndose justo a tiempo, apoyó su mano contra la pared,
sacudió su pierna, tratando de mover la unión a una posición más cómoda. Entonces
cojeó por el pasillo oscuro hacia su oficina.
Su cadera dolía. El estúpido doctor había dicho que esto era artritis. Entonces
Boris lo había matado. Él no necesitaba testigos de su debilidad.
Pero no podía matar al testigo que molía sus huesos y comía sus nervios,
noche tras noche, día tras día. La enfermedad estaba allí, y empeoraba.
Necesitaba su medicina. Dio un paso rápidamente… cuando estuvo en la
oscuridad, algo agarró su tobillo. Tropezó. Su pierna cedió. Se cayó sobre una rodilla,
se cogió a una mano… y se encontró en el suelo con el tío Iván.
El tío Iván, con sus ojos que brillaban azules en la oscuridad. Tío Iván, que se
movió con una capacidad y fuerza lejos de las capacidades de un viejo guerrero.
–Te advertí –su voz era profunda, cruel, bastante fría para congelar el tuétano
en los huesos de Boris.
Esto no era el tío Iván. Esto era… esto era el Otro.

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–No es mi culpa –dijo Boris–, yo no sabía que el cachorro de Konstantine era el
director de la excavación. No lo sabía…
En un destello, el tío Iván cambió su apretó del tobillo de Boris a su garganta.
Los viejos dedos torcidos tocaban la tráquea de Boris exprimiendo, cortando su
aliento.
–¿Culpa? ¿Quién habla de culpa? Me preocupo sólo por los resultados.
La presión alivió un poco, justo lo suficiente para que Boris pudiera hablar.
–Yo sé. Voy a buscar los…
–Te dije que encontraras los iconos.
–Lo hice. Encontré uno. Traté de destruirlo…
–No puedes destruir los iconos. Ningún hombre puede.
–La explosión…
–No hizo nada. ¿Tú no entiendes? –la mano se apretó. Y apretó–. La madre
Varinski dio su vida para proteger la Virgen. Su sangre hizo los iconos
indestructibles.
La última cosa que Boris recordó era ser agarrado por el brazo debilitado, y
comprendió que algo dio la fuerza al tío Iván.
Cuando Boris volvió en conocimiento, el Otro se inclino sobre él, despiadado,
viejo, malo en un modo que Boris sólo había comenzado a comprender.
La llama azul brilló dentro de los ojos del tío Iván, y é susurró.
–Tráeme los iconos. Todos ellos. Y encuentra las mujeres.
Boris desesperadamente quiso cerrar los ojos… y no sé atrevió.
–Sí.
–Las mujeres amadas por los Wilder están unidas por los iconos. Encuentra a
las mujeres. Encuentra los iconos. Encuéntralos, tráemelos.
–Sí –Boris dijo con voz ronca.
–Ten éxito, Boris –el olor de azufre corrompió el aliento del anciano—, tendrás
éxito, o veras el infierno en toda su gloria, y mucho, mucho más pronto de lo que te
hallas imaginado.

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Capítulo 11
—Te escuchó.
Embargada por el enojo y la vergüenza, Tasya anduvo a zancadas por el
corredor débilmente iluminado hacia la biblioteca en miniatura.
—¡La Sra. Reddenhurst escuchó cada palabra!
— Y lo disfrutó, también.
Rurik dio un paseo detrás de Tasya, sus largas piernas la alcanzaban con
facilidad.
—Apuesto a que ella va a dormir esta noche abrazada a su almohada.
—Sólo en el caso de que la almohada contenga dos pilas de tamaño D. Tasya
nunca había estado tan mortificada en su vida.
No había estado enojado. Obviamente. Él simplemente sonrió y se comió su
carne y huevos con entusiasmo.
Y eso fastidió a Tasya aún más.
—Quiero decir, no soy ninguna mojigata—
—Sólo inexperta.
Ella se detuvo. Giro. Se encontró su nariz casi enterrada en su pecho.
—¡No soy!
—Inexperta y aturdida.
Caminó alrededor de ella, más allá del salón dónde la Sra.. Reddenhurst se
sentaba con dos de sus visitas, la televisión vociferando, y en la biblioteca vacía. La
computadora de la Sra. Reddenhurst ubicada sobre el escritorio, una Mac de
cuatro—años con un monitor de doce pulgadas. Él la encendió, examinó las
conexiones, y extendió su mano.
—Podemos hacerlo. ¿Dónde está la memoria?
Tasya se deslizó en la silla.
— Aquí mismo.
Ella sacó la memoria de su bolsillo y la puso en el lector.
Rurik espera que tratara de desalojarla de su puesto a mitad de camino, pero
él acerco una silla y se sentó sobre su hombro izquierdo.
—¿Están las fotos allí?
Cargó las fotos en el programa, las subió, y dio un suspiro de alivio.
—Parece que no hubiera ningún problema.
Ayer había tomado cientos de fotos del sitio, el cofre, y todo su contenido,
pero ella pasó rápidamente por delante de aquellas para poner la que había tomado
esta mañana.
Hizo una mueca de dolor cuando vio la cantidad —solamente una docena de
un panel de tres pies de largo y densamente cubierto con figuras, símbolos, y
escritura. Entrecerró los ojos. El monitor no era bueno; todo estaba verde, y la
resolución era malísima.
—¿Cómo está tu inglés antiguo? –preguntó.

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—No es bueno, pero por suerte esta escultura fue hecha solo unos años antes
de la invasión normanda, así que nos estamos acercando al Inglés Medio. Además la
mayor parte de la historia se cuenta en imágenes.
Señaló la primera foto.
—¿Puedes ampliar esa?
Lo hizo, y los dos estudiaron la vista de la pared.
Ella indicó la figura a la izquierda.
—Clovus es un jefe militar—él decapita a sus enemigos hasta tener una gran
pila de cuerpos bajo sus pies, y otros guerreros se agachan ante él.
—He encontrado la prueba de eso, —acordó Rurik.
—El corta un barrido de destrucción a través de Europa, y el único que puede
contra él es este tipo.
Señaló a la figura, groseramente dibujada, de una figura coronada con un ojo y
una cara derretida.
—Hace que te preguntes qué era el rey si se las arreglaba para superar Clovus
el Beheader.
—Había muchas personas encantadoras en aquellos días.
Buscó la siguiente foto, y comprendió que ayudaba si se inclinaba hacia atrás
y miraba la imagen en conjunto en lugar de tratar de descifrar cada línea.
—Clovus tomó un barco.
Sabía que era Clovus, ya que él había traído una cabeza de souvenir que gotea.
—Entonces supongo que cruzó el canal a Inglaterra.
Rurik señalo unas palabras.
—Eso es lo que dice aquí.
Ella miró la pantalla entrecerrando los ojos.
— ¿Realmente? ¿Eso es lo que dice? Debería haber estudiado más Beowulf.
—Me alegro de descubrir una razón para haberlo hecho.
Rurik puso su mano tras su cuello y usó sus dedos para masajear el nudo que
tenía allí. Si fuera inteligente, le diría que ya basta. Pero él usaba sus manos con
verdadero talento, y había tenido un día largo. Un muy largo, muy tenso día.
—Bien. Entonces esta vez, Clovus corta una andana por el campo inglés, hasta
el momento en que encontró —amplió la imagen—. ¿Encontró al diablo? Esto se
pone cada vez mejor y mejor.
—Pezuñas hendidas. Cola. Yep, este es el diablo.
Rurik parecía prosaico.
—Clovus realmente se rodeó de gente mala.
Ella controló su entusiasmo y busco la siguiente foto.
—El diablo le dio un maravilloso presente.
—La barra de Hershey.
—Rurik señalo el cuadrado que estaba cambiando de manos.
—Oh, muérdeme.
Pero se estaba concentrando demasiado duro y su masaje era demasiado
bueno para ella para poner mucho vitriolo detrás de su insulto.

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—¿Qué piensas de esto?
—No lo sé.
—¿Ves el brillo que hay alrededor? Pienso esta debe ser una tableta de oro.
—Podrías tener razón.
Ella se giró para mirarlo.
—¿Qué pasa?
—¿Qué piensas?
—Suenas tan…neutral. Y te ves—
Parecía raro. Más bien perspicaz, y lleno de emoción reprimida.
—Tú eres el arqueólogo. Solo soy sólo aficionado. ¿Estoy leyendo esto mal?
—Tú lo lees exactamente como yo. Excepto... Yo no pienso que esto sea de oro.
Él señaló a la pantalla, al objeto que el diablo le dio a Clovus.
—¿Qué piensas que es?
—Pienso que esto es un objeto santo.
—Debido al halo.
Eso arrojaba al infierno todas sus teorías sobre el tesoro del Varinski.
—¿Pero qué hace el diablo con un objeto santo?
—Nada bueno, apostaré.
—No.
Ella se retiró del escritorio.
—Estás decepcionada.
—No lo sé.
Ella pensó en los detalles de la mitología del Varinski.
—¿Cuál era la parte era sobre el icono—?
—¿El Icono?
Rurik al instante estaba alerta.
—Nada. Yo solo... nada.
No necesitaba entrar en eso ahora mismo. Volviendo a la pantalla, dijo,
—Mira. Clovus está enfermo.
La piedra había dado la imagen de varios trastornos corporales de Clovus con
exhaustividad repugnante.
—Y él culpa al objeto, lo que sea, y lo envía al rey con un ojo.
Rurik se inclinó en la silla y presionó los talones de sus manos a su
frente. —¡Esto podría ser perfecto!
—¿Perfecto?
Apenas podía contener su decepción.
—¿Si la tabla de Hershey estaba en algún sitio en Europa? ¿Por qué?
—Por qué de otra manera, este objeto fue volado por las nubes con la tumba,
e incluso si no fue destruido, esto va a tomar diez años para tamizar los restos y
catalogar cada pedazo, ¿y quién demonios tiene diez años?
—Bien, —dijo ella sarcásticamente.

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—Ahora todo lo que tenemos que hacer es averiguar quién es la figura de un
solo ojo, pensar a que gobernante hijo de puta del siglo undécimo europeo se lo
envío.
Al final, para todos sus renuncias, Rurik descifró bastante del Viejo inglés para
entender cual era el rey tuerto que había vivido y saqueado en Lorena, ahora una
provincia sobre el borde de Extremo Oriente de Francia. Empezarían allí.
Su beca impresionó a Tasya. Esto y el calor proporcionado por él al sentarse
tan cerca, y sus dedos que rozan la base de su cuello... le gustaba sentarse aquí con él,
descifrando las talladuras, hablando sobre el próximo movimiento. Estaban cómodos
el uno con el otro, dos personas que tenían mucho en común. Casi... amigos.
Amigos, excepto el hecho que ella no había sido completamente franca con
él—para decir lo menos—y allí estaba aquella cosa sexual que ellos hicieron tan bien
y que la hizo querer huir tan lejos.
Porque Rurik Wilder nunca sería amenazado por su carrera y su
independencia y escaparía. Rurik Wilder no se sentía amenazado por nada. Él quería
una relación con ella—de que clase y por cuanto tiempo, ella no desafiaba
preguntar— y eso la aterrorizaba. La aterrorizada por las personas que la perseguían.
La aterrorizada porque él podría sufrir algún daño. Y no sería justo para él.
Mientras retiraba la tarjeta, la substituía en su cámara, y ponía su cámara a
resguardo, él limpiaba los remanentes de las fotos de la computadora de la Sra.
Reddenhurst. Tasya observó satisfecha que habían hecho un buen trabajo. Hacían un
buen equipo.
Él apagó el ordenador, entonces se giro, y tan rápidamente que no tuvo
tiempo de retroceder, agarró su mano en la suya.
—Ahora, háblame sobre ti y los Varinskis.
El ajuste de cuentas había venido más temprano de lo que había pensado.

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Capítulo 12
—No sé por dónde comenzar.
Tasya trató de controlar sus dedos por su pelo, e inmediatamente los pinchos
rígidos le recordaron qué había hecho para cambiar sus apariencias, y por qué.
—Empezando por el principio.
Rurik usó su dedo del pie para tirar de la silla directamente en frente de él, y
la señaló.
Podía no gustarle su actitud, pero se sentó. Después de todo, se lo debía.
Lo había involucrado en algo muy por encima de su cabeza, él nunca podría
manejarlo.
Aunque quizás se estuviera engañando a sí misma. Porque de la forma en que
este día había transcurrido, cada vez estaba más impresionada con sus capacidades.
El tipo tenía una habilidad especial: la había sacado afuera del túnel, había ocultado
la mochila repleta de suministros de supervivencia, exploró fuera de B y B—todas
acciones que revelaron su carácter. Este era un hombre que esperaba el peligro y se
preparaba para el problema.
Sin embargo, ella había traído el problema, por lo que se inclinó hacia
adelante.
— ¿Sabes quienes son los Gemelos Varinski?
—Dos asesinos experimentados de legendaria familia criminal Rusa—bien,
ahora Ucraniana—de la mafia que fueron capturados en Sereminia cometiendo un
asesinato por encargo y que ahora están en prisión esperando el juicio.
—Exactamente. Ellos no son los primeros miembros de la familia que son
capturados, pero ellos son los primeros que no han logrado 'escaparse' —usó
comillas en el aire— antes de su juicio. Los Varinskis han estado alquilándose como
mercenarios durante mil años, cometiendo horribles fechorías, y nunca han sido
condenados por un solo crimen.
Ella se inclinó aún más hacia adelante, caliente por el entusiasmo del tema.
— ¿Puedes imaginarte eso? Mil años.
—Increíble.
Se sentaba totalmente quieto, escuchando como si ella fuera el más brillante
orador en el mundo.
— ¿Por qué sabes tanto sobre ellos?
—He hecho mi investigación.
— ¿Qué tipo de investigación?
—De todo tipo. En la biblioteca, en línea, he hecho entrevistas.
Eso no era todo, pero ella sospecha que él no aprobaría el resto.
Estaba diciendo demasiado probablemente. Pero ella nunca llegó a hablar de
estas cosas. No con alguien que odiaba a los Varinskis como ella lo hacía. Aquí estaba
Rurik, su sitio arqueológico hecho volar por las nubes, el trabajo de su vida
arruinado—la entendería.

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—He documentado la historia de los Varinskis, su leyenda, y sus crímenes.
¿Sabes que la historia Rusa más antigua que he podido encontrar es de casi
ochocientos años, un manuscrito iluminado que habla de un tesoro de gran valor que
el primer Konstantine Varinski había dado —al diablo— para recibir sus habilidades
sobrenaturales?
—¿Qué habilidades sobrenaturales serian?
Rurik sonaba amable, como alguien que piensa que tiran de su pierna.
Tasya no lo culpó ni un poco.
—Lo sé—tampoco puedo creer que los Varinskis se escaparan con estas
gilipolleces. Supuestamente, estos tipos son cambia—formas, y cambian en
depredadores siempre que ellos quieran. Los Monjes tuvieron miedo de ellos, y
dijeron que esto provenía de un trato con el diablo y convirtió a los Varinskis de
seres humanos a demonios. Cada documento ruso posterior que encontré dice la
misma cosa, y afirman que es por eso que son tan buenos rastreadores y por qué
nadie puede librarse de ellos. ¿No es el mejor caso de Relaciones Públicas que hayas
oído?
—Asombroso.
Rurik estaba apoyado contra el respaldo, los brazos cruzados en su pecho, solo
su cara fuera de la luz.
—¿Cuál crees que es la verdad?

—Descubrí que Konstantine le había pagado a alguien, algún hombre


poderoso, probablemente un representante del zar, un montón de dinero para hacer
lo que deseara sin interferencias en las estepas de Ucrania. Konstantine, una vez
recibido ese permiso, procedió a hacerse un buen nombre para sí mismo como un
guerrero brutal.
No hablaría de las cosas que Konstantine había hecho, desde Konstantine lo
que hizo Clovus parecía leve en comparación.
—Crió a los guerreros más brutales, y ellos criaron a muchos más, siguiendo la
tradición familiar como hombres que se contratan como cazadores y asesinos,
hombres que luchan como mercenarios en cualquier ejército. Ellos no se casan, ellos
salen y violan mujeres, y si las mujeres saben lo que es bueno para ellas, paren a sus
bebés. Supuestamente, los Varinskis tienen sólo hijos—
—Que es posible, ya que es el macho quien determina el género, —interpuso
Rurik.
—Sí, pero con estos tipos, yo sospecharía que ellos dejan fuera a las niñas para
morir. —
Rurik casi habló, luego regresó a su estado de vigilancia.
—Todos los Varinskis están entrenados para ser soldados de perversidad
impresionante.
—¿Así que no crees en la parte sobrenatural?
—Oh, por favor.
—Tú no crees en lo sobrenatural.

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—No, yo creo en lo que puedo ver, saborear y tocar.
Ella ni siquiera creía en Dios. Había perdido la fe la misma noche en que había
perdido a sus padres.
—Estoy al día lo que creo puede ser una pieza del tesoro de la familia
Varinski—
—¿El tesoro que Konstantine dio al diablo?
Con la cara de Rurik en la sombra, podía ver sólo sus ojos, y ellos estaban
vivos y observando.
—¿Por qué el diablo no lo tiene?
—Según el mito Varinski, el diablo dividió el tesoro en cuatro partes y arrojó
los pedazos a los cuatro vientos.
Rurik sacudió su cabeza.
—Él los arrojó a las cuatro esquinas de la tierra.
—Así es. ¡Tú sabes sobre esas cosas!
Ella le dio puntos por eso.
—El diablo arrojó los pedazos a las cuatro esquinas de la tierra. Los relatos
discrepan en cuanto al tesoro y lo que era. Algunos dijeron oro. Otros plata. Algunos
dijeron que era un icono santo de la clase que todas las familias rusas guardan en su
lugar santo de la casa.
Rurik fijo la mirada en el ordenador, y asintió.
—Pensé que si era tan valioso, probablemente fuera de oro, como indicaban
todas las fotos y todas las iluminaciones mostradas en fotos como estas sobre el panel
de piedra.
Ella tocó el chip de memoria en el bolsillo de camisa.
—Deduje que el convenio que da sus derechos a Konstantine como un hijo de
puta debía estar grabado sobre el tesoro de algún modo.
— Bien, —dijo Rurik despacio, frunciendo el ceño—. Esto es un salto grande.
—Si Konstantine Varinski estuviera tan preocupado por la urna, la barra de
Hershey que arregló esta historia sobre el diablo que lo arroja a las cuatro esquinas
de la tierra, entonces hay algo incriminatorio en ello.
—Si todo lo que dicen es cierto—la leyenda de Varinski es falsa, ellos no
cambian en bestias de presa, y ellos simplemente se limitan a utilizar el mito para
asustar a la gente de muerte— entonces sí, parece lógico. Pero qué si—
—¿Y si realmente cambian en animales?
Ella se rió ligeramente.
En un rápido movimiento, se sentó derecho, a la luz. Su rostro estaba
vívidamente exasperado, y ella habría jurado que iba a hacer algo imprudente,
aunque, no sabía qué. Él se hundió nuevamente en su silla, pero ella sintió una
atención y una impaciencia, como la actitud de un halcón que espera un ratón para
librarse de su agujero.
—Eso realmente es un gran mito. Ellos no son lobos, controlados por la luna, o
vampiros no pueden salir por la noche. Ellos pueden ir a cualquier a parte en

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cualquier como hombres o como bestias. Eso les hace mucho más peligrosos, ¿no
crees?
Ella rió de nuevo.
—¡Hablas de la RR.PP.!
—Increíble.
Parecía elegir cuidadosamente sus palabras.
—¿Qué pasa si la tabla de Hershey no es más que un icono de una familia rusa,
y que tú te has tomado todos esos problemas para localizar el tesoro de Varinski en la
tumba de Clovus en la Isla de Roi?
—¿Pero no lo ves? Los Varinskis son cazadores internacionales, de alta
tecnología, exitosos perseguidores y asesinos a sueldo. Hicieron explotar la tumba.
Puso su mano sobre su rodilla.
—Tratan de ocultar algo.
—Entonces estas convencida de que los Varinskis fueron quienes volaron la
tumba.
Su pierna estaba tensa como el acero bajo su apretón.
—Desde luego que lo creso. Y si tú piensas en ello, también.
Apretó sus dedos, luego se alejó.
—Dijiste que no creías en las coincidencias.
—Entonces, probablemente, ellos quisieron matarte. Al Varinskis no le gusta
la intervención de la gente alrededor, exponiendo sus secretos.
Rurik sabía más sobre los Varinskis de lo que ella se había imaginado.
—Eso es posible.
—Tomas tu posible muerte con mucha calma.
Ella pensó en varias respuestas, y las descartó—todas ellas parecieron tan
melodramáticas.
—Aquel cofre fue una decepción. Cuando llegaste al fondo y la loza no estaba
allí, casi lloré.
—Casi lloro ahora mismo.
Él realmente parecía un poco rojo.
—¿Tanto como lamento preguntar... qué estás haciendo con toda esta
información?
—Escribí un libro.—
—¿Escribiste un libro sobre los Varinskis?
La voz de Rurik se elevó. Entonces alzó sus cejas.
—¡Está bien!
—Hazme un favor. Vaya a no me quiero enterar.
—Mi editor dice que está bien.
En tono de horror, preguntó:
— ¿Tienes un editor?
—Esto va a ser publicado en dos meses. ¡En libro de tapa dura!

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Ella había usado todas sus habilidades como escritora para tejer los hechos y
fantasías juntos en una persuasiva lectura. Estaba orgullosa de sí misma— y estaba
haciendo mella en su euforia.
—¿Sabes algo sobre la industria editorial?
—Conozco la mayor parte de los libros de suspenso. Tal vez nadie notará el
tuyo.
Él parecía positivamente esperanzado.
—Actualmente, las preventas son excelentes, —dijo ella con fría cortesía—. Mi
editor dice que será el gran éxito de ventas del New York Times.
Ella quiso aplastarlo como un bicho–a él y su carencia de entusiasmo.
—He documentado toda mi investigación, pero si puedo reproducir un
verdadero pedazo vivo de historia Varinski—que excitará a la prensa y me dará la
exposición que necesito. Así que aunque solo fuera un somero registro escrito de la
corrupción de Konstantine estaría bien, puedo buscar el icono, también, si eso es lo
que es. Es todo sobre publicidad.
—Todo sobre publicidad, —repitió él—. Cuando comenzamos esta
conversación, te dije que comenzaras por el principio, pero no creo que lo hicieras.
¿Quién es el Varinskis para ti?
Con cuidado espació cada palabra.
—¿Qué piensas tu? ¿Preguntas si ellos son parientes?
Sus mejillas se calentaron.
—Porque no estoy relacionada con aquellos monstruos. ¡Y nunca dormí con
uno!
Apartó la mirada, hizo un movimiento rápido con sus ojos y le regresó la
mirada.
—No. Eso no es lo que pregunto. Hay muchas injusticias en este mundo,
Tasya Hunnicutt, y tú los sabes. Tas ha visto. ¿Por qué decidiste intentar y destruir
este mal?
—Por qué es correcto.
Pobre respuesta.
—Porque es lo que hago.
—No. Con los otros males, tú tomas fotos. Escribes una historia. Te mueves
hacia la relativa seguridad. Con el Varinskis, una vez que se declare tu enemigo, no
volverás a estar segura. Y tú lo sabes. Entones otra vez, te pregunto— ¿por qué los
Varinskis?

—Deberías saber que tengo algunos gobiernos en este mundo que me odian
por mis historias.
No había pensado que Rurik le preguntaría sobre su motivación, o que él sería
tan astuto con su interrogatorio. Muchos hombres son olvidadizos con todo excepto
con la comida, la bebida, y el sexo. ¿Por qué tuvo que meterse de lleno con el Sr.
Interrogación?
—Intuyes el mal.

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La miró impasible.
Ella se retorció en su silla. Sabía hacia donde iba.
—Sentiste a Clovus y sus trampas. Sabías que los Varinskis estaban afuera.
—Cuando ellos se acercaron, Yo siento... hay un zumbido en mis oídos que
me pone enferma, y tengo este destello caliente que me hace ver llamas.
Muy cerca, Tasya! ¡Patinas muy cerca de la verdad!
—¿Ha habido alguna otra vez que hayas sentido esto?
Se sentía extraño cuando estaba él alrededor, pero lo atribuía a una lujuria
constante de bajo nivel que la afligía, y al modo en que olvidaba respirar cuando lo
miraba fijamente.
A ella le gustaba mirarlo, sus dorados ojos, su fuerte y severo rostro, el cuerpo
musculoso que se veía tan bien con ropa—y mucho mejor sin ella. Le gustaba su olor,
y le gustaba la forma en que la hacia sentir cuando la tocaba. . . como si fuera a vivir
para siempre. Para siempre, en un momento.
—¿Hubo otras veces en que hayas sentido lo mismo? –repitió él.
No iba a dejar ir el asunto.
Y ella no iba a hablar sobre eso—sobre esa noche hace mucho tiempo, sobre
las llamas en el horizonte, y cómo ella había gritado por su mami por que esos
hombres horrorosos estaban cerca, estaba enferma, tan enferma.
—Lo siento, Rurik. En parte fue culpa mía que bombardearan el sitio, pero lo
juro, nunca se me ocurrió que sería así.
— Entonces lo has sentido antes.
Él se parecía a un perro con un hueso.
—Y de todos modos tienes el descaro de decir que no crees en lo sobrenatural.
Su humor había estado vacilando de un lado a otro, y ahora se rompió.
—Esto no es sobrenatural. ¡Esto es solamente un presentimiento!
—Uno muy útil.
Se puso de pie.
—¿Crees en lo sobrenatural?
— Muchísimo.
Ella no podía saber si el estaba de broma o no.
—¿Un piloto de las Fuerzas Aéreas que cree en ghoulitos4 y fantasmitas?
—Un ex—piloto de las Fuerzas Aéreas. Quizás los ghoulitos y fantasmitas son
la razón de que lo dejara.
Todo eso no tenía sentido. Se puso también de pie.
– ¿Qué piensas de lo que hago?
—Pienso que te van a asesinar.
—¿Pero si derribo una herencia de crueldad, no lo valdrá?
—No. Porque no puedo pensar en un mundo sin ti.

4
Ghoul: Un espíritu maligno o demonio en folclore musulmán que se creía saqueaba tumbas y se alimentaba de
cadáveres

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Antes de que sospechara de sus intenciones, la tenía en sus brazos, presionada
contra su cuerpo. Él estaba duro y caliente, justo del modo en que ella lo recordaba,
pero menos gentil.... Quería besarla, y no tenía paciencia para la seducción. Este era
un beso violento como una tormenta, tan completo como un clímax. Él usó su lengua
en su boca, sus dientes sobre su labio inferior. La sujetó con un brazo por la espalda
mientras que con la otra mano acunaba su trasero y la masajeaba tan profundamente
que ella se estremeció, a mitad de camino de rendirse.
Entonces la dejó ir. La dejo ir y retrocedió. Y caminó a la puerta.
Ella tocó con sus dedos sus labios magullados, y cerró los ojos. Había pensado
que nadie lloraría su muerte, y sin embargo—Rurik podría parecer calmado y
estoico, pero el hombre escondía unas profundidades de pasión y angustia que
elevaba su temperatura y la hacia querer vivir, todo al mismo tiempo.
En una prisa repentina, corrió por el pasillo, con la intención alcanzarlo.
Él estaba de pie en el arco de la sala, donde la televisión resonaba, y miraba
fijamente sobre la cabeza de la Sra. Reddenhurst y dos de sus invitados.
Tasya se detuvo junto a él.
Una reportera permanecía de pie en la lluvia frente al montículo derrumbado
de la Isla de Roi. Detrás de ella, varias personas trabajaban bajo reflectores, cavando
frenéticamente, cuando ella dijo:
—No sabemos quien bombardeó el lugar. Se especula, desde luego, que
fueron terroristas, pero sabemos que dos personas están perdidas y se suponen
muertas. Pero hasta que sus cuerpos no sean encontrados, son sospechosos en la
explosión.
Y las fotos de Rurik y Tasya aparecieron sobre la pantalla.

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Capítulo 13
Tasya parecía culpable y con ganas de huir, pero Rurik tenía que saber si su
fachada era suficiente.
—Sra. Reddenhurst, mi esposa y yo subiremos ahora.
Sra. Reddenhurst se giró en su sillón.
—Entren, entren. Encontré la gente amable que ha aceptado compartir su
coche con ustedes por la mañana.
Rurik tomó la mano de Tasya y la condujo al pequeño cuarto.
—Apreciamos que nos permitan ir con ustedes, Sr. y Sra. Kelly.
—Serena y Hamlin, —dijo el Sr. Kelly, y extendió su mano. Él era bajo,
envejecido, con un vientre redondo que sobresalía de su cinturón, y una barba blanca.
Su esposa le correspondía en altura y contorno, y ambos sonrieron radiantemente
con entusiasmo.
Aparentemente en verano Papá Noel y su esposa pasaban las vacaciones en el
norte de Escocia.
—Encantado de la compañía, especialmente con la parte de que usted
compartirá la gasolina.
Inclinó la cabeza.
—Yo le conozco.
Mierda.
—O al menos reconozco su acento. Ustedes son yanquis, —continuó.
—Somos justo del norte tuyo, —dijo Serena—, de Canadá. Siempre es bueno
ver vecinos cuando viajamos.
Tasya se apoyó en Rurik como si necesitara apoyo.
—¿Recuerdas cuando estuvimos con Fred y Carol en Florida? –dijo Hamlin.
—Eso fue salvaje. ¿No fue salvaje?
—Fred y Carol Browning eran nuestros verdaderos vecinos, de nuestro
vecindario, y nuestros hijos crecieron juntos, —explicó Serena—. Y nosotros los
encontramos en Florida en febrero. Imagínese esto.
Hamlin metió sus pulgares en sus tirantes.
—Imagínese, —dijo Tasya débilmente.
Antes de que los Kellys pudieran tomar aliento otra vez, Rurik dijo:
—Sra. Reddenhurst, queremos agradecerle por prestarnos su ordenador, y
gracias por darnos refugio.
—Sí, gracias.
Tasya tomó su mano.
—Eres bienvenida, ambos los son.
La Sra. Reddenhurst los miraba feliz por sus atenciones.
—¿Subirán ahora?
—¡Desde luego que lo harán! –dijo Hamlin en tono gracioso.
—Ellos son recién casados!—
Serena lanzó una carcajada para ajustarse a la suya.

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— ¡Mañana las ventanas de coche van a permanecer cerradas todo el viaje!
Iba a ser un largo camino hasta Edinburgo.
Rurik empujó a Tasya hacia el pasillo y hasta arriba de las escaleras.
—Ninguno de ellos reconoció nuestras fotos en la TV. –dijo ella en voz baja.
—Entonces tenemos una oportunidad de pasar exitosamente a Francia.
Él la siguió pisándole los talones mientras ella subía la escalera al segundo
piso. Ella se detuvo en el corredor.
—No tienes que ir a Francia conmigo.
—Créeme. Si tengo.
—No, realmente. Te he puesto en peligro.
Él se rió breve y amargamente. Ya había estado en peligro, pero ella
definitivamente se había añadido a la mezcla.
—Tengo una mejor idea. ¿Por qué no te mantengo segura mientras voy a
Francia tras el tesoro Varinski?
—No. –se respondió él mismo al tiempo que ella le contestaba.
—Tengo que encontrar el tesoro para mí.
Sus grandes ojos azules estaban muy serios.
—¿Por qué eso es lo mejor para las R.R.P.P?
Él apenas podía contener su irritación.
Cuando él recordó su plan—escribió un libro sobre los Varinskis, y deseaba
hacer un buen trabajo para convertirlo en un gran suceso— quiso gritarle. Como
podía Tasya Hunnicutt, la trotamundos más perspicaz que había conocido nunca,
imaginarse podía encender la mecha del Cártel más mortal del mundo y ganar.
Los Varinskis hacían a la Mafia parecer monaguillos, y ¿por qué?
Porque el viejo Konstantine había hecho un trato con el diablo, y el diablo
sabía como hacer sus cosas.
¿Qué importaba que Tasya no creyera en demonios y cambia formas?
Rurik vivía con la prueba— y las consecuencias—cada día.
Así que iría a Francia con ella, y cuando localizaran el icono... lo tomaría.
Porque ellos buscaban el icono que podría salvar la vida de su padre, y, más
importante—su alma.
Tasya se enfadaría, pero tendría que aprender a vivir con ello, porque Rurik
tenía la intención de retenerla.
—Deberías volver a la excavación. –dijo ella.
—Deja que yo busque el tesoro Varinski.
Su humor vaciló dudó entre la caliente frustración y la fría intención.
Poniendo sus dedos sobre sus labios, dijo,
—Ni siquiera lo insinúes. No te dejare enfrentarte sola al Varinskis.
Sus ojos se llenaron de lágrimas. Miró hacia abajo, respiró ruidosamente y dijo:
—Lo siento, realmente debo estar cansada.
Ella pensaba que él era un buen tipo, un tipo humano, y su imbecilidad
intencionada, por no mencionar el comienzo de una confrontación, lo hizo enfurecer
aún más.

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—Los dos lo estamos. Voy a tomar darme una ducha. La Sra. Reddenhurst
dijo que te prestaría uno de sus camisones. No me quedaré esperando.—
—Voy.
Miró hacia arriba.
—Rurik, realmente siento que tu excavación explotara.

Ella pensó que él estaba enfadado debido a la excavación. ¿Acaso podía estar
más equivocada?
Sin esperar una respuesta, ella se detuvo en la cima de la escalera.
Él la miró y dijo suavemente,
—No te preocupes. Tú vas a pagar— en más de un sentido.—
***
Tasya durmió mucho tiempo, el apagón absoluto del agotamiento, y luego
lentamente regresó a la conciencia.
Fue consciente del calor... excepto por aquel pie que colgada fuera de la cama.
Colgaba fuera de las sabanas, y sus dedos estaban fríos. Pero el resto de ella estaba
caliente... así que se relajó... El sueño era lo mejor que ella alguna vez hubiera tenido.
De Rurik girándola sobre su espalda. De Rurik levantándole el ridículo
camisón de franela de la Sra. Reddenhurst. “De Rurik deslizando sus dedos en sus
bragas y acariciándola justo encima de su clítoris... construyendo las sensaciones
lentamente, dejándola descansar, comenzando otra vez.... El aire frío en el ático
pinchaba su cara, agrietando sus labios... y Rurik se sostuvo sobre ella, grande,
oscuro, la sombra de un predador al acecho en la penumbra de la noche horas antes
del amanecer.
Todo lo que necesitaba era que él la tocara un poco más a menudo, con un
poco más intimidad, y tal vez una pequeña presión....
Ella hizo rodar sus caderas, una invitación voluptuosa de invadir más bien
que haraganear.
Una risa rugió fuera de él, y deslizó su pierna desnuda entre las suyas.
—No, esto no va a ser fácil.
Y ella despertó de golpe.
—¿Qué?
Estaba demasiado soñolienta y confundida para comprender lo que decía, o
aún exactamente qué pasaba.
Porque si él había decidido tomar las cosas en sus propias manos y atacar sus
sentidos——y aunque ella supiera que tenía muchas importantes objeciones
razonables a aquella idea, ahora mismo no se opuso a tener la decisión tomada para
ella—¿entones porque estaba comenzando a excitarla pero no ha montarla? ¿Por qué
no la estaba arrastrando a lo largo de la fuerza de la pasión?
¿Por qué demonios él no estaba dentro de ella aún?
Dio un murmullo suave e incoherente, uno que no podía ser interpretado
como estímulo, pero lo era.

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La besó; entonces sus labios se deslizaron a lo largo de su mandíbula hacia el
lóbulo de su oreja.
Lo chupó, algo que ella encontró suavemente interesante, luego la mordió, un
rápido, leve dolor.
Ella se arqueó fuera de la cama.
Él se rió otra vez.
No entendió lo que era tan gracioso para él.
Su mano cepilló su garganta desnuda, entonces un poco más abajo, entonces
un poco más abajo.... El camisón de la Sra. Reddenhurst inundo a Tasya en la esencia
de lavanda que perfumaba la franela. Era tan grande y tan ridículo, y el ático estaba
tan malditamente frio, Tasya se sentía segura con esa ropa.
Aparentemente Rurik había pasado por alto lo absurdo y encontrar sus
debilidades, ya que ella comprendió que él desabotonaba los cuatro botones del
frente. Sólo cuatro botones cerca de su garganta——aún el vestido era tan grande,
que podría haber sido la protección que la Sra. Reddenhurst le proporcionaba para el
acceso fácil a Rurik.
Su mano se deslizo adentro, permitiendo que la brisa helada susurrara a lo
largo de su piel sensible. Extendiendo el camisón, encontró el pecho de Tasya,
tomándolo en su ahuecada palma. Lo levantó, y su boca se cerró sobre su pezón,
chupando con fuerza, tirando de ella hacia la azotea de su boca, masajeando con su
lengua.
La ola de la pasión la golpeó, y Tasya se hundió con un sólo gemido largo.
Había pasado tanto… semanas desde que lo había tenido a él. Semanas de
insomnio, de deseo infructuoso, de despertar de sueños eróticos con su cuerpo
estremeciéndose en los agarres del orgasmo.
Ahora él estaba aquí, y la llevaba al borde del climax... al borde del climax... y
la dejaba temblando y privada.
Tomó aliento. Abriendo sus ojos.
El sol probablemente se elevaría en media hora. Podía ver a Rurik inclinarse
sobre un codo, mirándola. Sus amplios hombros estaban desnudos, con la piel tensa
estirada sobre cada músculo.
Era magnífico, grande, limpio, y masculino. Y ella lo quería.
—Por favor. –susurró.
Él sacudió su cabeza.
—No, cariño. Te quiero exactamente donde estas.
—¿De qué hablas?
—Mientras viajemos, quiero saber que tú me estás queriendo. Mientras
buscamos el tesoro, quiero tu necesidad vibrando suavemente en el fondo, que estés
consciente de cada minuto mientras sigas con vida.
Su voz era baja, profunda, separada en capas humeantes.
—Estás loco.
Ella también lo estaba.
—Estoy obsesionado.

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Se inclinó para acariciar su mejilla y su oreja con su aliento.
—Y quiero que tú te obsesiones, también.
Él estaba loco.
Igual que ella, porque estaba medio halagada por sus intenciones—medio
halagada, y completamente borracha.
—No es como si no supiera cómo cuidar de mí misma.
Deslizó su mano por su vientre lista para tocarse a sí misma.
El capturó sus muñecas y las levantó por encima de su cabeza.
—Y sé cómo hacer que te detengas. Su pierna se mezclaba con la suya,
llevándola directo al borde nuevamente. Ella luchó contra su agarre. La sostuvo
fácilmente.
Ella estaba en gran forma, pero mientras se agitaba bajo él, utilizando todos
los movimientos de autodefensa que alguna vez había aprendido, el bastardo ni
siquiera transpiró. Finalmente se cansó.
Mientras estaba tendida allí, jadeando de ira y frustración, la besó con besos
largos, lentos, dulces que se iniciaron en su frente y deslizaron hasta sus labios, su
garganta, sus pechos. Él encontró la carne desnuda de su vientre, y, por último, su
lengua se deslizó entre sus pliegues. . . .
Durante su primera noche juntos, habían hecho el amor más veces de lo que
podía recordar, pero nunca llegaron a este punto.
Así que fue una delicia descubrir cómo Rurik conocía a fondo el cuerpo de
una mujer. . . donde a lamer, cuánta presión aplicar, cómo construir el deseo en la
lenta marejada del placer.
No se sorprendió; él exudaba esa aura masculina de experiencia que prometía
mucho, y que entregaba con lánguido disfrute.
Luego, en el momento en que sus sentidos comenzaban a encresparse, el
retrocedió.
Olvidó la dignidad y se aferró a él, pero él se deslizó de la cama y se puso de
pie, con orgullo desnudo, su erección prominente y tentadora.
—Tenemos que irnos.
¿Ella había pensado que el exudaba un aura masculina de experiencia?
Sí, el era masculino, claro. Él era un gran, gran idiota.
—Eso era malo.
Se sentó y tiró de las sábanas hacia atrás, esperando que el aire frío sometiera
su libido desenfrenada.
Desafortunadamente para su libido, él caminó a través de la habitación para
recoger su ropa, y su culo le recordó al de David de Miguel Ángel. Sólo vida.
—Sí. Casi tan malo como para gastar una gran noche para hacer el amor
conmigo, y luego huir sin una palabra como si yo fuera una especie de monstruo.
Se giró, camiseta en mano. El tatuaje que antes la había fascinado serpenteaba
hacia abajo por su brazo, a lo largo de su hombro, y en el pecho, deslizándose
gloriosamente por su cintura.

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Capturó su mirada, y en un lento, exótico striptease invertido, levantó los
brazos sobre su cabeza y tiró de la tela elástica. Su boca se secó ante el panorama que
se desarrollaba justo dentro del marco de la ventana.
—¿Tal vez te gustaría decirme por qué te acobardaste? –le preguntó.
—No me acobardé. Simplemente...
Tan solo tenía miedo. Miedo de que fuera el único hombre que seguiría con
ella. Miedo de que fuera el único hombre al que podría amar. Entonces, si algo le
pasaba... Pero ella no podía decirlo, ¿verdad? Porque revelaría demasiado de un
alma marcada por la pérdida.
—Siempre supe que había una posibilidad de que los Varinskis me capturaran.
No quería que te hiciera daño
—Eso es noble. Tan noble.
El sonido de su voz no representaba tal significado.
—Eres tan buena para tomar la decisión de salvar mi vida de posibles lesiones
como para salir furtivamente temprano en la mañana como alguna prima—donna
foto—periodista asustada a la que le hubiera pedido un autógrafo.
—Eso no fue lo que hice!
—Entonces dime por qué te fuiste.
Él no le creía. ¿Cómo podría no creer en ella?
—Tengo miedo que de te hagan daño. –dijo ella tercamente.
Se acercó a la cama en un rápido movimiento. Trató de evitarlo, y consiguió
atraparla en medio, la mitad fuera de la cama, desequilibrada y vulnerable.
Sosteniéndola presionada contra su cuerpo, la besó, un lento volver a
encender el deseo apenas controlado. Como toda su resistencia era débil y ella
estaba de acuerdo puso sus brazos alrededor de su cuello, dejó que se deslizara
nuevamente sobre las sábanas.
Con total naturalidad, regresó con sus ropas.
Ella empujó su pelo de su frente húmeda.
—¿Por qué haces esto?
—Porque quiero que cada aliento tuyo esté vacío a no ser que estés lo bastante
cerca para olerme. Cada palabra que digas carezca de importancia a no ser que sea
para mí. Cada sonido que oigas este vacío a no ser que provenga de mi voz. Quiero
que recuerdes que cada placer que tengas de ahora en adelante, provendrá de mí.
Él examinó sus ojos.
—Quiero que confíes en mí lo suficiente como para decirme la verdad, toda la
verdad——sobre Tasya Hunnicutt.
Era raro como él puso el problema con el Varinskis, directamente en
perspectiva. Un metro noventa y cinco de problemas directamente frente a ella,
poniéndose sus pantalones.

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Capítulo 14
Tasya y Rurik estaban de pie, en la acera frente a la estación de tren de
Edimburgo y miraban a Hamlin y Serena Kelly cuando se iban.
–Este es el viaje más largo de mi vida –dijo Rurik–, ¿Cómo lo sabes?
Dormisteis la mayor parte de él –Tasya no lo había hecho. Tasya había estado
despierta, escuchando a los Kellys y su constante charla sobre su casa, sus vecinos,
sus viajes, sus vidas. Y justo cuando pensó que los mataría si no cambiaran de tema,
ellos lo hicieron—y alegremente advirtieron que, sí, de verdad, ella y Rurik
empañaron las ventanas traseras.
Ya que para entonces Rurik roncaba, Tasya no sabía por qué era tan gracioso,
pero mantuvo a los Kellys entretenidos por millas. Si hubiera dejado de llover, Tasya
podría haber abierto las ventanas y dejado que el viento se llevara sus voces fuera.
Pero no, la niebla continúo sin cesar, y ella había estado atrapada.
Atrapada entre un feliz dormir de Rurik, dos exuberantes canadienses, y los
recuerdos de la noche anterior. Maldito Rurik. Porque por él, ella era cuidadosa,
sentada con cautela, y quería todo el tiempo. La había convertido en una adolescente
caliente otra vez, y ella no apreciaba tener cada pensamiento consumiéndola en una
cosa–sexo. Y más que eso–sexo con él.
Ahora que Rurik le hacia señas al taxi, ella preguntó.
–¿Qué estás haciendo?
–Vamos a ver cuanto sale el barco para Bélgica.
–¿El barco para…? Pero le dijimos a la Sra. Reddenhurst y a los Kellys que
nosotros tomaríamos la línea ferroviaria por el Eurotúnel.
–Mentimos –él sotuvo la puerta del taxi mientras ella subía, y dio al taxista las
direcciones. Deslizando su brazo a través del asiento para descansarlo sobre sus
hombros, Rurik murmuró en su oído–, alguien que no nos gusta puede hacerles
preguntas, y entre menos sepan, mejor.
–Oh.
Ella estaba acostumbrada a ser cautelosa; una mujer sola que viajaba a todas
partes del mundo tenía que serlo. Pero este viaje se parecía a Bourne Identity, sólo que
con alguien que se veía mejor que Matt Damon.
Ella miró por la ventana. Tenía que dejar de pensara así. Solía saber que Matt
Damon era el tipo que mejor se veía en el mundo. Seguramente, si evitaba mirar a
Rurik, podría convencerse otra vez.
–¿Piensas que estamos siendo seguidos?
–Cualquier cosa es posible –él puso un dedo sobre sus labios, e indicó al
taxista.

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En quince minutos, ellos tenían sus entradas para el barco. Tardaba dieciocho
oras en cruzar a Zeebrugger, Bélgica, e incluía restaurantes y casinos. El abordaje era
en dos horas, la salida antes del anocheces, y Rurik decidió que tenían bastante
tiempo para visitar una tienda de ropa de segunda mano.
Tasya se encontró comerciando sus ocasionales caquis por un equipo que se
veía vagamente gótico y totalmente vergonzoso.
Después, a medida que caminaban por la calle, ella miró abajo, al remolino
negro de algodón justo alrededor de sus caderas, y en su hendidura, excluida en una
camisa rosa brillante con la cara de Marilyn Monroe en relieve sobre su diafragma.
–Pensé que nosotros tratábamos de parecer discretos.
–No –Ryrik vertía una abrigo de cuero negro que lo cubría desde el cuello
hasta debajo de las rodillas, descoloridos vaqueros negros, y una camisa repentina
delantera. Todo lo que él necesitaba era un sombrero de vaquero y podría pasar por
un tejano—. Queremos que la gente mire en algún otro sitio además de tu cara.
Tenemos la ventaja añadida que ahora, con tu pelo y este equipo, pareces de quince.
Si alguien tiene que describirte, esto es una buena cosa.
–Ellos nunca van a creer que tú eres un vaquero –lo informó.
–Estaré satisfecho si parezco un poco menos masivo –le sostuvo la puerta en
una cafetería–. Es mi tamaño que no puedo disfrazar.
El lugar era grande, olía a rico café y bollos, y tenía televisiones altas en cada
esquina y computadoras alineadas en la pared trasera. Dirigiéndose a la barra, él
compro dos cafés y la contraseña para el Wi–Fi, y la colocó ante uno de los
ordenadores vacíos.
Él tomó una silla al lado de ella, de cara hacia la habitación, y en una suave
vos dijo,
–Envía aquellas fotos a tu jefe.
Gracioso, por tener su corazón golpeando con la excitación como lo había
hecho cientos de veces–bajar y enviar fotos a Kirk Lebreque al National Antiquieties.
Ella lo imaginaba recibiendo los archivos, estudiando las fotos, poniéndolos en la
producción, y desde allí extendiéndolos a través del país. Él podría entender que ella
estaba todavía viva, y estaría tan contento–le gustaba ella como persona, sí, pero él la
amaba como reportero.
Y qué alivio era no tener la entera responsabilidad de registrar los hallazgos.
El proceso entero tomó al menos quince minutos, y cuando ella deslizo la
memoria de regreso a su mochila, le dio un codazo a Rurik.
–Ahora podemos irnos.
Pero él se sentó rígido, mirando fijamente en una de las televisiones.

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Ella oyó una voz que reconoció. Se dio la vuelta y miró.
La Sra. Reddenhust sollozando soportadamente delante de su pensión que
ardía en llamas, diciendo muchas veces con una voz rota.
–No sé por qué ellos lo hicieron. Aquellos hombres solamente anduvieron
caminando y prendieron fuego a mi casa. He perdido todo. Todo…

***

Kirk Lebreque sentado miraba las fotografías aparecer, una tras otras, y
desesperadamente intento memorizar cada detalle, estimando tamaños, materiales,
edad.
Cuando la última había llegado, con cuidado las coloco en una carpeta de la
Foto de tienda. Se sentó, su mano cernida sobre el ratón.
El final frío del revólver toco su cuello.
–Hágalo –la voz era áspera y con acento ruso.
Tragando el terror de consternación en su garganta, él tomo el archivo y lo
puso en la papelera.
–Esto no esta bien –la pistola golpeo a Kirk otra vez–. Limpie la memoria de la
computadora.
Kirk no podía ayudarle. Él se quebró.
–¿Por qué no le dispara a la computadora?
–Usted trata de engañarme. ¿Piensa que soy estúpido? Aquella computadora
se apoya en la unidad central. Hasta que usted limpie la memoria, no hará ninguna
diferencia –escucho él reflexivo–. Quizás le pegaré un tiro más tarde por diversión.
–¡Pero la sociedad tenía información importante sobre estas computadoras!
–Dejela limpia.
Kirk frotó sus húmedas palmas sobre sus pantalones, y jalo el archivo de
utilidades. Encontró el comando de borrado, destacó el disco duro…
–Esto es un crimen. Hay cosas en esta computadora que nunca podrá ser
recuperado.
–Exactamente.
Kirk no podía mirar al tipo una vez más. Lo había mirado durante seis horas,
discutiendo al principio, diciendo al tipo que Tasya estaba muerta, luego callado
para evitar aquellos puños grandes.
No sabía su nombre. Solo sabía que era grande y feo, y que algo estaba mal
con su cara–su nariz parecía casi de una rata, y él parecía capaz de ver en la
oscuridad.

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Él animo a Kirk a que se arrastrara para comenzar, y el modo en que manejaba
el cuchillo, y la pistola semiautomática… Kirk pulsó borrar, y miró como la
computadora iniciaba el proceso de limpiar el disco duro.
Él giro lejos su cabeza. No podía mirar. Buscando, subió a la cara del tipo, él le
dijo.
—Usted no se saldrá con la suya, sabe. Puedo identificarle.
Tuvo un segundo para comprender que había subestimado la situación.
Entonces él tiró del gatillo e hizo volar sus sesos por todas partes del cuarto.
Stanislaw Varinski cio el lío con satisfacción.
–No más, usted no puede.

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Capítulo 15
Rurik cogió un vislumbre de él mientras ellos abordaban el barco. Solo un
vislumbre. Esto era suficiente, y sabía-un Varinski los habría encontrado. Condujo a
Tasya a un área pública donde podrían mirar al resto de los pasajeros embarcar. El
amplio barco, con fondo plano sostenía a ochocientos treinta pasajeros y ciento veinte
coches, al menos según la literatura de la empresa, y él no vio ningún signo de más
asesinos.
Pero con un barco de ese tamaño, un Varinski podría fácilmente esconderse en
el maletero de un coche o trabajar en la tripulación.
En ninguna parte se estaba seguro de los Varinskis, a menos que Rurik lo
hiciera seguro.
–¿Debemos ir a nuestros asientos? –Tasya preguntó–. ¿O quieres ir al casino?
¿O a alguno de los restaurantes? –estaba siendo sarcástica.
Ella estaba alterada por la Sra. Reddenhurst y su pensión, y aun todas las
aseguraciones de Rurik de que su familia la ayudaría, no habían borrado el odio y la
desesperación en la fija mirada de Tasya. Ella tomaba su responsabilidad en el asunto
muy seriamente, e hizo recordar a Rurik lo que su madre siempre decía-el pelaje de
asesino y pillaje estaba en más que la vida y los bienes.
Los Varinskis destruyeron cada sentido de seguridad, y sombrearon cada día
soleado.
–Vallamos a localizar nuestros asientos primero.
los asientos eran al estilo aeroplano, enfrentados en una dirección en un
enorme cuadro. Ellos se reclinaron, Rurik había pagado en primera clase, por lo tanto
tenía el cuarto para estirar las piernas.
La cabina estaba atestada con gente que colocaba sus pertenencias, pero un
rápido vistazo no le mostró ningún signo del Varinski.
Sentándose al lado de Tasya, preguntó.
–¿Tienes el mapa del barco?
Ella se lo dio y cerró los ojos.
Él desdoblo el mapa y estudió la ubicación de las áreas públicas, el cuarto de
la tripulación, y los armarios de almacenaje, notando cada parte donde un Varinski
podría ocultarse.
–Cuando aterricemos en Bélgica, compraremos pasajes para ir en tren desde
allí.
Ella abrió los ojos.
–No seas tonto. El tren tomara demasiado tiempo. Volaremos a Lorena.
Él hizo una pausa.

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–El tren será…
–¿Lento? –ella se sentó hacia adelante–. Ahora mismo sostenemos la ventaja
sobre los Varinskis. Ellos no saben a donde vamos, y un brinco rápido en un avión
los dejaría fuera, por lo menos por un poco de tiempo.
–Aprendes rápidamente.
Maldición.
–Nosotros cogeremos un vuelo rápido a Estrasburgo y lo haremos. Con un
poco de suerte nosotros lo haremos.
Primero, ellos tenían que bajar del barco.
Él miró la parte de atrás del mapa. Los servicios eran siempre un peligro; tenía
que visítalos a cada uno, pero nadie tardaba, y las posibilidades para un ataque
solitario estaban bien.
–Los Varinskis podrían mirar los aeropuertos.
–¿Cómo ellos no miraron los trenes? –su tono tiro sobre una muesca.
Físicamente ella se relajó hacía atrás en el asiento, y moduló su tono. Era la voz
de la razón cuando dijo.
–He hecho este viaje antes, Rurik. Conozco de qué hablo.
–Sí. Se que lo haces –los pasillos inferiores donde la tripulación, los coches, y el
equipaje fueron guardados–se miraban bien, también.
Pero Rurik aposto en el suelo. Todavía llovía y cuando la noche llegara, el aire
se pondría más frío. Nadie estaría ahí, y el simpático Varinski podía estar al acecho
hasta que la mayor parte de los pasajeros estuvieran dormidos o jugando. Todo lo
que él tendría que hacer era encontrar a Rurik y Tasya solos, y el golpe sería tan fácil.
–Entonces iremos en avió –dijo ella.
Él al miró. Si Rurik no cogía al Varinski, ellos nunca se bajarían del barco.
Ahora mismo, estaba dispuesto a luchar por sus vidas; luchar con Tasya sobre como
ellos viajarían pareció menos importante. Después de todo, él había volado en el
ultraligero. Seguramente podía soportar un vuelo a través de Francia.
–Bien.
Ella lo miro curiosamente.
–¿Qué pasa? –el barco estaba en marcha, saliendo del puerto y hacía el Mar del
Norte.
–Voy a estirar las piernas –se puso de pie–. Tú permanece en tu asiento.
–¿Y si tengo que orinar?
–Lo tendré en cuenta ahora si te gusta, pero después, me gustaría que
permanecieras en tu asiento.
Ella echó un vistazo alrededor.

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–¿Estamos en peligro?
–Soy cauteloso.
–No tengo que ir –sacó ella su manta de viajes y cubrió sus hombros–. Me
quedaré aquí.
Con la llave, ella estaría segura de las personas y los empleados que cruzaban
los pasillos.
Esperó.
Abrió él la puerta exterior, y el viento casi la arrancó de sus manos. La niebla
se había desarrollado en una tormenta, y las nubes y el sol poniente hicieron de la
cubierta un lugar sombreado, vacío, barrido por la lluvia. Las escaleras surgieron; los
botes salvavidas sostenidos en esquinas donde un Varinski podría ocultarse-
especialmente un Varinski que se mantenía en su estado animal. Parches de luz por
las ventanas crearon sombras extrañas, y cuando Rurik pisó la cubierta resbaló su
cuchillo de la vaina alrededor de su cintura.
Alcanzó la popa. Hizo una pausa durante un minuto y miro por la estela
agitada salida por el barco. Escucho un movimiento y… oyó algo, el golpecito muy
débil de una pluma.
Sólo aquella fracción de segundo en que los ojos de Rurik le advirtieron el
peligro.
El peregrino vino directamente a su cara con las garras hacía afuera. Con sus
brazos, él abofeteo al pájaro de lado. Un dolor cegador cortó a través de su pecho. En
un instante, el peregrino cambio, convirtiéndose en un hombre tan alto como Rurik,
con brazos largos e intento de una fija mirada letal.
Rurik no dejó de mirar fijamente. Cargó, estocando el cuchillo… y este entró
en contacto, cortando la carne sobre la garganta del Varinski. El tipo brinco atrás con
sorpresa.
Bien. Estos bastardos siempre subestimaban a los hijos de Konstantine.
Rurik se rió.
- ¿Ellos enviaron a sólo unos de ustedes?
El tipo limpió su mano a través de la sangre que goteaba bajando por su
garganta.
-Solo un Varinski era necesario –cogió la mano de Rurik en el cuchillo en su
enorme apretón, y aporreó su pecho con el otro puño-. El mejor.
El cuchillo giro hacia Rurik, directamente a su pecho.
Concentrado, abrió sus dedos. El cuchillo hizo ruido en el piso. Rurik se dejo
caer de rodillas, su peso lanzo al Varinski fuera de balance. Pasando por debajo del
Varinski, usó su hombro para sacar el brazo del hombre de su agarre.

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El Varinski rugió de dolor. Entonces puso una presión aplastante en la mano
de Rurik. Aparentemente, el dolor lo hizo enfadarse.
Los huesos de Rurik comenzaron a romperse y separarse. El dolor era horrible;
su visión comenzó a descolorarse. Se iba hacía adelante.
Apenas en el barco de almacenaje de su memoria, oyó a su padre que le
gritaba que pensara. Oyó a sus hermanos que se burlaban de él por desmayarse, por
ser una mujercita.
Contra el gorila Varinski, solo tenía una posibilidad. Enfocó, hasta que pudo
trabajar su otra mano alrededor y abrir el estilete oculto bajo su manga… y se
posiciono entre las costillas del Varinki.
Este colgó allí sobre la lámina, sus amplio ojos, su apretó inflexible. Entonces,
en un chorro de sangre, murió.
Rurik lo cogió cuando se cayó. Verificando su pulso, no encontró nada. Sin
hacer una pausa, lo arrastró al lado y lo levantó sobre el carril. No se detuvo para
escuchar la salpicadura. La mancha sangrienta desaparecería bajo el azote de la
lluvia, pero no podía depender de que los pasajeros y la tripulación hubieran visto la
lucha. Necesitaba limpiarse, antes de que alguien lo viera.
Rompió la cerradura sobre uno de los armarios de almacenaje de los porteros,
y se tallo con las toallas de papel. Removiendo un plumero, lo saco fuera y lo
examino. Estaba mojado, pero no ensangrentado.
Miro con el ceño fruncido su pecho. El peregrino había abierto una herida de
ocho pulgadas o través de su camisa y sobre su pecho derecho. Eso quemaba. Su
tatuaje tenía bordes dentados, pero la piel se curaría. La camisa no, y esta dejaba
pruebas muy graficas de su lucha. Con un encogimiento de hombros, él volvió a
ponerse la chaqueta por delante.
Teniendo gran cuidado, hizo un recorrido alrededor del barco, haciendo una
pausa, escuchando y examinando a los otros pasajeros. Se detuvo en la tienda de
regalos, compró una camisa que decía Transpórteme Lejos, y se cambió en el probador
de los hombres. Finalmente hizo su retorno a su asiento.
Podría mirar a lo largo de la noche, pero creyó que Tasya y él estarían seguros.
Tasya despertó cuando se sentaba, pestañeando hacia él.
–Oh. Eres tú.
–Sí, soy yo –y recordó algo que antes no le había importado. Había estado de
acuerdo en volar con ella a Lorraine.
El misil estaba casi sobre ellos.
Rurik condujo el avión de lado.
Ellos no iban a lograrlo…

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–¿Todo está bien? –ella preguntó–. ¿Hay algún Varinski en el barco?
Él miró fijamente inexpresivo, entonces se calmo.
–Tú dime ¿Has sentido la presencia de cualquier Varinski?
La había cogido media dormida, todas sus barreras abajo. Ella mordió su labio
inferior, y desvió la mirada.
–¿Qué? –su obvia incomodidad lo cautivó.
Satisfecho.
Ella lo hizo volar.
Él le hizo revelarse.
Ella ya había confesado sus premoniciones. ¿Por qué estaba ahora intranquila?
–No sentiría a un Varinski a nos ser que él estuviera muy cerca, porque
cuando estoy contigo, siempre siento una sensación de bajo nivel de… algo –ella
puso su mano en su brazo como para tranquilizarlo–. Pienso justamente que, a tu
propio modo, eres peligroso.
–Ya veo.
Se había preguntado. Ahora sabía. Sus instintos sobre él estaban bien.
Justo no lo suficientemente bien.

***

Boris Varinski se sentó frente a su computadora con el teléfono, en su oficina,


buscando CNN.com por las noticias que quería.
Nada.
Ni una palabra sobre los asesinatos misteriosos de Rurik Wilder y Tasya
Hunnicutt.
¿Por qué no?
Duscha era uno de sus hijos, un asesino experto bendecido con brazos largos y
una masa aplastante de músculos. Le gustaba la matanza, insistiendo en ejecutar
todas y cada una de las sus asignación de propia mano. Ellos-Boris y sus hermanos-
habían pensado que la debilidad de Konstantine por la mujer gitana debía engendrar
hijos inferiores.
Aún Jasha Wilder había mostrado ser imposible de matar, y ahora, por cada
minuto que pasaba sin una llamada telefónica de Duscha, las esperanzas de Boris
fallaban un poco más.
La puerta se abrió de golpe. Uno de los muchachos más jóvenes pegó su
cabeza.
–Eh, tío ¿quieres jugar al póquer?

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Boris amaba jugar, y últimamente, demasiado a menudo, la familia jugaba sin
pedirle participar. Su falta de respeto era otro signo que su estado como líder había
decaído, y esta era una buena oportunidad de reforzar su control sobre ellos.
Pero si dejaba la oficina esta noche, podría perder la llamada de Duscha.
Peor, podría ver a tío Ivan.
–Espero una llamada ¿No puedes ver que espero una llamada?
–Sí, seguro. Espera por tu llamada –el muchacho cerró la puerta con un golpe.
Mientras Boris miraba fijamente el teléfono.

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Capítulo 16
Rurik sentado en la fila de pasillo, miraba fijamente a la puerta que estaba
entre él y el piloto, trató de penetrar la barrera con su mente, entender si el piloto era
moderado, cuantos años de vuelo tenía, si podría convertirse en un pájaro y elevarse
sobre las corrientes de viento…
Tasya cogió su mano.
–¿Estás bien?
El hizo mover su cabeza hacia ella.
–Estoy bien.
–No dormiste ni un poco anoche ¿verdad? –ella apretó sus dedos–. ¿Por
qué no tomas una siesta?
–No puedo dormir hasta que estemos lejos de la tierra.
–Sí, correcto –ella llevaba esa sonrisa torcida–. Estas a punto de quedarte
dormido ahora mismo.
–No, realmente. Yo… tengo miedo de volar.
Bien, la mentira más grande que alguna vez había dicho, pero la muchacha
sobre el avión de los Estados lo había creído ¿Por qué Tasya no debería?
Porque ella sabía que él había sido piloto.
–Oh, solamente cierra tus ojos.
Pero cuando sus ojos se cerraron, pudo escuchar el sonido del avión cuando
este unió la coleta, analizo el sonido del motor, el ruido de las solapas de alas
preparadas para el despegue…

En el aire sobre Afganistán


Hace cinco años.

El XF-155 Blackshadow cortó el cielo azul pálido, dejando un rastro de vapor blanco.
Debajo, en el borde del llano afgano, la tierra se torció, renunciando abruptamente del marrón
llano plano aumentando a las montañas altísimas. Por cuatro mil años, el llano, las montañas,
el calor, el frío, la sequía y el enemigo oculto que se desliza entre las cuevas y a través de pases,
hicieron de Afganistan una perra ciudad de hacer guerra.
Pero esas no eran noticias.
Las Fuerzas Aéreas estadounidenses nunca habían molestado al Capitán de estación
Rurik Wilder–Halcón–en ninguna parte, excepto en los agujeros de orina del mundo.
Y él fue, con gusto, por la posibilidad a volar aviones que volaban bajo radar, ambos
literalmente y figuradamente, sin levantar tanto como una onda.
Del asiento del copiloto detrás de él, el novato preguntó.

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–Eh, Halcón ¿qué es lo que buscamos?
–No sé –Rurik escaneó la tierra, buscando por alguna… cosa.
–¿No tenemos todas las pistas?
–Sólo sé que el jefazo se comporta como un muchacho con el pene torcido.
–¿Peor que de costumbre?
–Piensa en esto, Jedi. Volamos un avión tan secreto, ni una indirecta de su existencia
ha escapado a la prensa. Esta es mi tercera vez en el asiento del piloto, tu primera vez como
WISO, y solo conseguiste venir porque lo pedí. Y el General García llamó a la base, nos dio
coordenadas ¿y te dice reconoce? –Rurik silbó su despreció–. Por favor. Hasta ellos corren una
docena de misiones en este bebé, ellos no estarán convencidos de que ella pueda quedarse en el
aire –el Halcón siguió explorando el terreno abajo–. Le pregunte al general que si hubiera
cualquier satélite Intel el podría pasarnos desapercibidos ¿sabes lo que dijo? –no esperando
respuesta continuo–. Él dijo que el satélite Intel era lo que causaba que la misión nos fuera
dada. Su información no es concluyente, pero era lo suficientemente bueno para nosotros, lo
que causa un guiño bajo. Yo estoy aquí para decirte, Jedi, hay algo serio, muy serio cagarte
cuando te bajes.
–¿Esta es la terminología oficial de la Fuerza Aérea estadounidense?
–Sí… como una especie de FNG.
Jedi se rió.
FNG traducido vagamente como-multa al nuevo tipo…y Matt–Jedi–Clark era un
FNG. Él había terminado su formación teatral de guerra con su instructor piloto. Esta era la
novena misión operacional de Jedi como los Sistemas de Información de Armas Officer–
WISO–en un área hostil con el Halcón como piloto, y otro pensamiento de WISOS que tenía
él que hacer.
Rurik Wilder era el mejor piloto en las Fuerza Aéreas. Cada uno lo sabía; cada uno
sabía que Jedi había sido afortunado porque él tenía el mejor potencial para tomar el lugar de
Rurik en la cadena alimenticia.
Jedi estaba bien. Realmente bien. Valiente, fuerte, y verdadero. Es por eso que ellos le
llamaron Jedi. El chico era Luke Sky–Walker sin el lloriqueo.
Pero Rurik era “el Halcón”. En veintiocho, él había pasado mucho tiempo parando a
desafiadores de los servicios de su propio país, así como más que unos cuantos de otras
naciones-unas pocas amistosas y unas definitivamente agresoras. Hasta ahora, nadie había
llegado cerca de sus capacidades. Ninguno de estos chicos lo sabía, pero nadie podría alguna
vez.
Él echó un vistazo por encima del espejo retrovisor sobre la cubierta de proa.

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Por otra parte, Jedi era lindo. Tenía ojos negros, pelirrojo,, un cuerpo tonificado por el
levantamiento de pesas, y el Yo soy-un-caliente-de-mierda la jactancia que tantos pilotos
habían perfeccionado.
Rurik sonrió abiertamente.
Las chicas amaban a Jedi.
Las chicas amaban a Rurik.
De todos modos Jedi era rápido y simpático con una destreza para el vuelo. Él llegaría
lejos.
–Déme una vista de las montañas –llamó Jedi.
Rurik se dirigió a la izquierda.
Debajo de ellos, la llanura brilló en le calor de verano, y Rurik no vio una maldita cosa
de interés. ¿Qué podría haber allí? El terreno era marrón y el mandato, entonces el marrón y
agudo, subiendo rápidamente hacía el cielo y brillante con tanta fuerza… ¿Qué pasaba allí?
–Terremoto –la voz de Jedi se elevó con entusiasmo–. ¡Terremoto!
Las rocas cayeron cuesta abajo de la montaña. El aire se sacudió tan fuerte como la
tierra. Y directamente allí en el pliegue de la montaña, Rurik vio el rasgón de tierra abierta.
No, no la tierra.
Tiró de la visera de su casco y miró otra vez.
Había material rasgado abierto-material de camuflaje. Algo que ellos buscaban estaba
allí, algo expuesto por un truco de la naturaleza.
Esto era lo que el jefazo les había mandado que vieran. Una instalación enemiga de
alguna clase…
–Hijo de perra –susurró Rurik.
–¿Qué es ello, Halcón?
–¿Qué piensas que es? –Rurik pensó que lo sabía. Él también sabía que tenía que estar
absolutamente seguro.
–Pienso es… pienso que esto es algún tipo de campo militar o… –Jedi sonó estirado–.
Esto necesita dejar de temblar, y yo necesito estar más cerca. ¿Puede llevarnos más cerca?
–No puedo. No queremos que ellos consigan una buena mirada de este bebé –el avió,
quiso decir, el nuevo juguete de las Fuerzas Aéreas. Además, Rurik tenía otra opción. Sólo
esperaba que el FNG pudiera colgar sobre su entrenamiento bajo presión–. Estoy en el frente.
Tengo una vista. Tú toma los mandos.
–¿Quieres que yo tome los mandos? ¿Del Blackshadow?
–Ahora.
–Entendido –Jedi sonó estable como una roca, Halcón lo sintió mover el mando de
control.

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Buen chico. Porque Rurik sabía aún mientras él volaba, que Jedi debía planificar la
escena entera–la barra, los pilotos, el anuncio que el Halcón le había dado de volar el nuevo
avión…
–Concéntrate en volar. Mantenlo derecho, mantenlo estable.
–Bien Halcón. Lo tengo.
Todavía Rurik esperó, mirando a Jedi en el espejo retrovisor.
El chico realmente lo tenía. Era tan bueno como había pensado.
Rurik tomó una larga respiración. Durante el más mero segundo, se relajo y cerró los
ojos.
Profundamente dentro, lo sintió. El cambio, la prisa de regocijo… el sentido de
superioridad.
Había pasado tan largo tiempo desde que se había permitido cambiar, que se había
olvidado… se había olvidado de ese cuchicheo silencioso, sibilante en su cerebro, mientras
celebraba el poder. Él podría tomar una mujer. Podría ayudar a un niño. Podría aplastar a un
hombre.
Él era un dios.
Entonces, como una palmada, una voz más profunda, más dura se sobrepuso en su
mente.
No un dios. Un demonio.
Abriendo los ojos, echó un vistazo otra vez a Jedi.
El chico tenía su cabeza en la cabina mirando las medidas.
Entonces Rurik enfocó en el campo tan distante debajo. Más cerca, eligiendo detalles
que él nunca podría haber visto con su vista normal.
Camiones. Hombres.
Mierda.
Tomando otro largo aliento, afiló su visión de nuevo.
Una instalación nuclear.
Bastantes ojivas–¿Cuántas?
Cuéntalas.
Bastantes para vaporizar a lo americanos y paquistaníes, y, de aquí, el subcontinente
indio entero… la rabia se elevó en él. Aquellos estúpidos, pequeños tiranos. Ellos podrían
matar a cada uno.
Otra vez, la pequeña voz susurraba en su mente.
Él tenía el poder de terminar con ellos ahora mismo…
Él quiso terminar con ellos en ese mismo momento…
Oyó un ruido estrangulado sobre él, y que, aún más que la profunda memoria de su
padre, con voz severa, arrastrándolo atrás por el borde.

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Correcto.
Él tenía trabajo que hacer. El poder sobre la vida y la muerte tendría que esperar.
–No tengas pánico, Jedi. Los cogimos a tiempo –alcanzo por el botón trasmisor de la
radio-y rompiendo la atención cuando oyó el chasquido de seguridad en la pistola de Jedi.
Mirando sobre el espejo, observó sus propios ojos-el profundo destello rojo dentro de
sus largas pupilas, el sentido del Otro.
Encontró la mirada del chico.
Los ojos de Jedi eran humanos, tan humano, y feroz, enfadado… ansioso.
Jedi era primer piloto de la Fuerza Aérea, luego un WISO, excepcionalmente bien
entrenado para tratar con cada circunstancia que los militares podrían imaginarse.
Los militares solo no podían haber imaginado alguna vez nada como esto.
Jedi apunto su pistola en Rurik.
–Ponga las manos sobre la cubierta de proa donde pueda verlas.
Rurik hizo en cambio a con una voz calmada, procurando tomar el mando de una
situación insostenible.
–Jedi… Jedi, vuela el avión.
–Lo hago. Y haga lo que dije.
Despacio, Rurik hizo lo que había ordenado; las manos sobre la cubierta de proa
manteniendo su mirada estable sobre Jedi en el espejo.
Las mejillas de Jedi se tornaron como una cereza enturbiada.
El problema era, ¿el chico tenía bastante experiencia para sostener un arma sobre
Rurik, mantener el control del Blankshadow… y manejar su miedo? Un miedo que
rápidamente daba vuelta al enfado.
Con furia, el chico preguntó.
–¿Qué hacen sus ojos así? ¿Qué es?
Maldición. Rurik había dicho a Jedi que se concentrara en volar el avión. Infierno al
tiempo por no haber él seguido las órdenes.
–¿Sobre?
–No es de extrañar que esté tanta mierda hoy. Usted está con algún tipo de… –Jedi
presionó el botón de micrófono.
Puffy–Major Jerry Jacobs-contesto la llamada, y que más nada podría haber dicho
Rurik como seriamente ellos tomaron este vuelo y sus observaciones. Puffy tenía tan clara la
alta seguridad que rápidamente los había clasificado.
–Adelante, Blakshadow.
–El Capitán Wilder está drogado –soltó Jedi.
Hijo de perra. Ahora ellos estaban en problemas.
–¿Novato, sabe usted lo que dice? –el comandante Jacobs sonó totalmente ofendido.

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–Está sobre una especie de droga de diseño. Sus ojos llamearon rojos. Como él era el…
–Jedi se detuvo. Tragando-. Rojo como el fuego. Entonces sus pupilas cambiaron de tamaño.
Esto era un cambio pronunciado.
La voz de Jacobs se deslizo en un bajo, controlado coraje.
–¿Comprende usted esta acusación?
–Lo veo claramente señor –Jedi estaba firme–y aterrorizado. Sabía la seriedad de sus
acusaciones y acciones, pero más que eso…a Rurik le asusto que él se meara.
–Tengo los mandos.
Porque esto no era drogas. En algún lugar de su mente, Jedi lo sabía. Él sabía que
había visto una pequeña parte del cambio de forma de Rurik de hombre… a un halcón.
Pero Jedi era un hombre moderno. No creía en demonios. No creía que el diablo
caminara en la tierra tratando con mortales. Él no lo creía, y no quiso saber.
–¿Tomó usted los mandos del Capitán Wilder? –la voz inflexible de Jacob exigía una
respuesta… la respuesta correcta.
Ningún piloto de la Fuerza Aérea ha tomado antes los mandos por la fuerza.
Nunca.
–Abandoné los mandos al Capitán Clark, así yo podría concentrarme en mi
reconocimiento –dijo Rurik..
No fabricando una mala situación.
–¿Y? –Jacobs quiso algo de Rurik–tranquilidad, una negación, algo.
–Cuando lleguemos a tierra tengo un informe que dar.
–Bien. Clark, tráigalo aquí.
El micrófono pulsó apagado.
Jedi continúo volando el avión, pero su control estaba cada vez más errático, mientras
trataba de mantener un ojo sobre Rurik y su arma cerca.
El avión era demasiado nuevo, y demasiadas montañas surgieron alrededor de ellos
para aquella clase de vuelo.
–Permanece en calma -poco a poco Rurik bajó sus manos–. Solo regrésanos a la base.
Tú la puedes volar. Lo puedes conseguir. No voy a interferir.
–¡Callase! –dijo Jedi con ferocidad–. Solo cállese y mantenga sus manos lejos de los
mandos.
Rurik sabía que esto no resultaría bien para el chico-o para él. Ellos aterrizarían; le
harían hacer pis en una taza. Harían pruebas a su sangre, a su hígado, a su piel. Por Dios,
encontrarían sus amígdalas, que había perdido en un hospital en Seattle hace veintidós años.
Cada prueba estaría limpia.

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Entonces el FNG sería probado, y cuando él pasara negativo, sería castigado. Ellos lo
sacarían del entrenamiento y le enviarían a un psiquiatra. Y todo el rato él juraría que vio lo
que vio. Rurik diría lo menos posible, cada uno tomaría partido, y todo eso sería FUBAR5.
Mientras tanto, había antes una desconocida instalación nuclear sobre la tierra, con
un manojo de maníacos dotándola, y si él no hacía lo correcto, en cualquier momento una
bomba podría hacer explotar sobre…
La alarma que advertía del peligro sonó. Esta fue diseñada para conseguir la atención-
si era inminente el suceso. Un vistazo le mostró la situación. La instalación debajo los había
descubierto.
Y enviaron un misil tras ellos.
–Déjame volarla –Rurik comenzó a poner sus manos sobre los mandos de control.
–¡No, Señor!
–¡Después, pon el arma lejos y pon el maldito avión derecho! –Rurik aún no
comprendió que usaba su voz de mando.
–¡No, Señor!
–Tú tienes que volar. Aquel hijo de perra vendrá inmediatamente sobre nuestro culo –
Rurik no podía arrancar su fija mirada del misil que se dirigía hacia ellos.
–¡Estoy volando! –Jedi estaba molesto, pero no lo suficiente bien para salvarlos.
No se concentraba. No tenía la experiencia. Lo peor de todo, el chico tenía mucho
miedo de que Rurik fuera la muerte. Envió el Blackshadow en un espiral. Torció, volteando.
La g´s tiro a la cara, brazos y vientre de Rurik hasta que pensó que pasarían.
El misil estaba siguiéndolos, y ganando.
–¡No tenemos tiempo para esto! –Rurik no tenía la intención de acabar en una
explosión ardiente.
Estirándose hacia atrás, dio un golpe directamente a la pistola de las manos sudorosas
del chico.
El chico gritó.
–Tengo el avión –Rurik gritó cuando agarró los mandos.
La cara dura de una montaña surgió ante ellos.
El misil casi estaba sobre ellos.
Rurik hizo al avión subir de lado.
No lo iban a lograr…
Ellos eran claros.
El misil golpeo la montaña y exploto. Al mismo tiempo, la cubierta voló.

5
N. T. Es un acrónimo que significa comúnmente "mal de reparación más allá de todo" (se usa para describir el
estado de parte del equipo) o "mal Más allá de todo reconocimiento" (utilizado para describir una situación o
escenario), que ahora existe en muchas variaciones. Aunque se originó en los EE.UU. de las Fuerzas Armadas,
su uso se ha extendido a civiles entornos.

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¿Qué carajo?
Jedi se había expulsado. Expulsado sobre territorio enemigo.
¿Por qué pensó que ellos estaban condenados a chocar contra aquella montaña y tener
una ardiente muerte?
¿O porque él mismo estaba demasiado aterrorizado de Rurik para quedarse en el avión
con él?
Atontado, Rurik miró el paracaídas descender. Marcó el punto, luego regreso hacía la
base, determinó regresar hacia allí cuento antes para salvar a aquel chico.
Pero fue demasiado tarde.
Malditamente tarde.

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Capítulo 17
Pero había sido muy tarde. Demasiado tarde.
Desde entonces, Rurik había sopesado cada opción, después se habían movido
con la precisión de un relámpago.
Nunca llegaría tan tarde otra vez.
Vida y muerte, cielo e infierno, dependían de él.
Ahora estaba de pie en medio del pueblo de Toul y metódicamente hizo
proyectos para encontrar el icono.
–Aquí está lo que vamos a hacer. Iremos a la sociedad histórica local y les
preguntaremos sobre el rey tuerto. Si nos conseguimos ninguna información,
podemos intentar en la biblioteca local, y si los bibliotecarios no pueden ayudarnos,
usaremos sus computadoras para buscar en el Internet.
–Um –Tasya miró alrededor en la calle, caliente bajo el sol de la mañana.
–¿Hablas francés?
–No bien. ¿Por qué?
–Porque hablar con historiadores y bibliotecarios puede requerir algún valor
lingüístico.
–Si no tenemos, contratamos a un intérprete. Y probablemente tendremos que,
para considerar a la sociedad de arqueología local. Usualmente son aficionados, pero
con frecuencia conocen el campo circundante mejor que cualquiera –Rurik juntó sus
manos y las frotó. Casi esperó que esa fuera la ruta que tendrían que seguir. La
sociedad de arqueología local siempre tiene su tipo de personas.
–Están aquí. Voy a ir al centro de visitantes –ella dio un paseo hacia el edificio
más grande sobre la moderna carretera.
Por los servicios, se figuró él, y la llamo.
–Consigue un mapa mientras esté allí.
Ella agitó la mano dándole la espalda.

Qué infierno de sueño había tenido sobre el avión.


No, no un sueño. Una nueva restauración.
Maldita sea que cada vez que se subía a un avión, los recuerdos lo hundían.
Aquel pobre chico. Cuando Rurik recordó el cuerpo de Clark Mate, torturado,
despedazado, destruido… cuando recordó la escritura de la carta de condolencia a
los padres del chico… se retorció en la culpa recordada.
Había jurado no volar. Comercial, seguro–no podría evitarlo, y a nadie le
gustaba el vuelo comercial. Pero el ultraligero había sido un duro placer, y en el
pequeño avión había experimentado cada corriente de aire cuando el viento había
sostenido las alas en alto.
No más. No más vuelo. No por ninguna razón.
Rurik le debía a Jedi cumplir su voto.

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Cuando Rurik esperó a Tasya, examino los locales que daban prisa a sus
trabajos y los turistas que vagaban a lo largo de las pintorescas calles. Los Varinkis
no eran un fracaso, y cuando su asesino no lláme, enviaran refuerzos, y rápido.
Pero él no vio ninguna señal de peligro.
Bien, salvo por Tasya, que salió del centro de visitantes. Era peligrosa… para
él y su paz mental.
–Lo tengo –agitó ella un folleto bajo su barbilla.
–¿Qué es eso? –preguntó él.
–La dirección a la bodega que despliega el famoso tapiz que ofrece al rey
tuerto –enmudecido, él la miró fijamente.
Ella se encogió de hombros.
–Calcule que el centro de los visitantes era un gran lugar para comenzar,
especialmente desde que allí, alguien tiene que hablar ingles. Venga, la bodega esta a
solo unos bloques de aquí.
Rurik, siguió mirando a Tasya cuando ella cobro camino a través de la
muchedumbre, sonriendo hacia a los franceses, y los turistas que se retiraban y le
permitían pasar.
Él había intentado tanto protegerla de los Varinskis, que había olvidado lo
experimentada que era viajando, y como una reportera, podía, y habría investigado
fuera la información que ella necesitaba.
La bodega era un edificio medieval que había sido remodelado para acomodar
la entrada de los turistas que la visitaban todos los años. Pasaba por el alto río
Moselle, y cuando caminaron dentro, Rurik se sintió como si se hubiera transportado
a quinientos años atrás.
El techo era bajo en el frío, el centro de las ventanas oscuro. El lugar olía como
el vino fermentado y zumbaba con las voces de un grupo preparándose para seguir
al guía camino abajo, a los sótanos del vino.
–Allí –dijo Tasya—. Ese es el tipo que queremos –se dirigió ella hacía el
anciano inclinado que se puso rígido con desaprobación al ver su cabello en blanco y
negro de punta. Pero ella no se desalentó; lo arreglo con una deslumbrante sonrisa, y
le habló en mal francés. Hasta que él se quebró y le devolvió la sonrisa.
La próxima cosa que supo Rurik, fue que el orgulloso francés estaba
introduciéndolos en una larga y vacía galería en la parte posterior del edificio.
Encendió las luces y gesticulo hacia la pared, entonces desapareció por el centro de
las ventanas, mientras cerraba la puerta detrás de él.
Rurik se encontró mirando fijamente un tapiz que se estiraba a todo lo largo
del cuarto y llenaba la pared desde la altura de los ojos hasta el techo.
–Buen Dios –anduvo a lo largo del cordón aterciopelado que mantenía a
cualquier turista fuera de su alcance–. ¿Qué es esto?
–Es un tapiz hecho en el duodécimo siglo de la celebración de la historia de
Lorraine. El idioma usado es el latín. No muchos saben sobre sus orígenes, pero se
cree que la habilidad es local –Tasya caminó despacio a lo largo y delante de Kim,
sus manos a la espalda, escudriñando cada escena que el tapiz representaba.

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–¿Las personas en la oficina de visitantes dijeron que el rey tuerto esta aquí? –
Rurik podía ver las escenas de batallas y coronaciones, los pasajes de textos, y una
complejidad deslumbrante de eventos.
–Él no es un rey –corrigió Tasya—, su nombre es Arnulf, y es un jefe militar,
justo como Clovus. Probablemente Clovus dijo que era un rey para hacer su derrota
en manos de Arnulf menos humillante.
–Más PR6.
–Seguro –su expresión era resuelta, y se detuvo más de una vez para examinar
las figuras bordadas en el fondo de lino marrón–. Esto es más un bordado que un
tapiz, pero el detalle es asombroso. La historia entera de Alsacia–Lorena está aquí,
incluyendo… –se detuvo– allí está él. Arnulf el Tuerto.
Rurik se sumó a ella en al cordón.
Los colores eran todavía ricos, las figuras claramente dibujadas. Obviamente,
Arnulf no le pagó a su biógrafo, ya que las escenas eran iguales a unas que
proyectaban a Clovus, la actitud de satisfacción fallaba. Arnulf estaba de pie encima
de todos los cuerpos, pero según el tapiz, sacrificó un ojo y su nobleza por el poder.
El tapiz mostraba acuchillado y quemado a su manera el camino hasta el día, en que
él recibió un regalo de lejos.
–Mira –Tasya señalo.
–Lo veo –el regalo era la barra de Hershey formada y rodeada por un halo.
–Allí esta –susurró Tasya.
–Mira. Arnulf acepta el tributo con mucho gusto, pero enseguida su suerte se
vuelve amarga. Está herido, postrado en una cama. ¿Adivinaría que la herida se
torno gangrenosa? –el negro brotaba de la herida y sus enemigos se reunieron
alrededor de la cama en actitud de triunfo.
—Servirle a él claro –Tasya rió—. Culpó al regalo de su desgracia, y lo envío
lejos para hacerlo ocultar en un convento de monjas con la esperanza de que sería
curado.
Rurik podría ver mucho representado en aquella tapicería, pero no podía ver
tanto detalle.
–¿Dónde ves aquel tema sobre la curación?
–Esta en esta guía turística –Tasya le mostró el folleto.
Ella era una sabelotodo.
–Sí toda la información esta en la guía turística, entonces ¿qué hacemos aquí?
–La guía no nos dice donde esta el convento de monjas –ella estaba mirando
fijamente la última escena que implicaba a Arnulf el Tuerto–. Esperé que la
información estuviera en algún sitio en el… —su voz se apago.
Él siguió su mirada fija en la pequeña imagen de Arnulf muerto, sus ojos
cerrados y una flor estrechada entre sus manos.

6
Relaciones Públicas.

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–Allí escribe algo –utilizando si débil latín, él leyó—. Pero era demasiado tarde
para Arnulf. Él… no estoy seguro de poder leer esto, pero pienso que quiere decir el
objeto santo–
–Entonces esto es un icono.
–Sí –lo qué él le hubiera podido decir, ella no lo habría creído—. El objeto santo
vino para descansar en un convento de monjas en el reino de… No reconozco el título –se
acercó, tratando de complementar el nombre antiguo con el moderno—. Espera. El
convento de monjas está en… casi lo he conseguido…
Tasya no se movió, no desvió su mirada del tapiz. Hablando con una voz tan
baja, que él casi no escucho, dijo.
—Ruyshvania. El convento de monjas está en Ruyshvania –ella se llevó una
mano temblorosa a la frente.
—Tengo que volver a Ruyshvania.

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Capítulo 18
Tasya se calmó; pensó que Rurik no se había dado cuenta de su pequeño
ataque de pánico delante del tapiz. De cualquier manera, él no dijo nada. Sin
embargo, preparaba con energía su calendario de viaje.
Alquilar un coche. Conducir hasta Viena. Llegar por la tarde noche. Esperar
varias horas al tren nocturno de Viena hasta la ciudad de Capraru en Ruyshvania.
Comprar mientras esperan.
Mientras tanto, Tasya se instaló en el compartimiento privado del tren
Nocturne, tenía una imagen completamente nueva. Llevaba maquillaje, un caro par
de vaqueros, botas negras y una camisa de botones blanca con cinturón. Todo el
estudiado conjunto casual costaba más que su cámara, y el conductor del tren le hizo
una reverencia cuando les vio desde el coche.
¿Qué esperaba? Esto era Europa. Allí adoraban la moda.
A pesar de que Rurik también había comprado una camisa nueva, todavía
llevaba ese abrigo largo de cuero.
Decía que le gustaba porque le hacía pasar desapercibido.
Ella pensaba que a él le gustaba porque escondía la variedad de armas que
sabía que llevaba.
Cuando el tren se puso en marcha, él dijo:
–Voy a dar un paseo por el tren. ¿Quieres algo?
–Dar un paseo por el tren. ¿Es ese un eufemismo para buscar problemas? –no
respondió, ni la invitó a acompañarlo. Ella ya se había dado cuenta de que le gustaba
patrullar sin compañía.
–Una copa de vino estaría bien –dijo–. Quizás incluso una botella.
Él puso una mano a cada lado de ella y se inclinó acercándose.
–Notas la tensión después de un rato, ¿verdad?
¿La tensión? No era que notara la tensión. Era su destino. No podía creer…
bueno, por supuesto, podía. Nadie sabía mejor que ella que el destino era una perra
que siempre exigía un pago.
En vez de responderle, Tasya puso la mano en su mejilla y le besó.
–Ten cuidado.
–Siempre –él le devolvió el beso, sus labios se entretuvieron, después se
enderezó–. Cierra la puerta cuando salga.
Así lo hizo. Aprovechó que estaba sola para darse una ducha en su pequeño
baño privado, y con un suspiro, se volvió a poner su ropa sin el cinturón.
Normalmente le gustaba viajar, y hacerlo con el mínimo de equipaje. Pero
parecía que cada parte de este viaje envolvía otro disfraz… y otra revelación. No

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deseaba nada más que volver a casa, a los Estados Unidos, a su espacioso
apartamento, vegetar en el sofá frente al atronador televisor, con el mando a
distancia en la mano y tratar de acordarse de quién era.
¿O era esto lo que se había enseñado a si misma ser?
Cuando salió, limpia y húmeda, Rurik ya había vuelto a la habitación. Su cena
esperaba en la pequeña mesa desplegable cubierta con un mantel blanco, y la botella
de vino que le había pedido estaba descorchada y respirando.
Cuando él la vio sus, sus ojos color brandy se encendieron como si una llama
los calentase.
Oh sí. El tipo tenía planes. ¿Planes para atormentarla un poco más? ¿Planes
para hacerla la mujer más feliz del mundo?
¿Cómo se sentí ella en cuanto a eso? No lo sabía. Si él fuera menos intenso… si
ese tren se dirigiera a cualquier otro sitio… si. Si.
Así que intencionadamente despreocupada Tasya alisó las arrugas que
quedaban donde había estado el cinturón y preguntó.
–¿Ningún problema?
–Ni una señal. Deja que me lave y después comemos.
–De acuerdo –le dijo a la puerta cerrada del baño.
Cuando salió, su pelo estaba mojado y su cara húmeda.
–No he visto a ningún Varisnki en el tren.
Estaba abrochando su camisa nueva sobre su ancho pecho, y ella quería gemir
de sólo mirarle. El tipo debía hacer mucho ejercicio para haber conseguido esculpir
esos pectorales. Ella se enderezó, absorta en una herida de cuchillada de unas ocho
pulgadas que cruzaba el lado derecho de su pecho, atravesando su tatuaje y cortando
en tiras su piel.
Él prosiguió.
–Creo que los perdimos en…
–¿Qué te ha pasado? –ella se puso de pie, le aparto las manos y abrió su
camisa. La herida estaba roja, irritada y fresca–. Te has metido en alguna pelea.
–No es nada.
–Un Varinsky.
Él hizo una pausa e inclinó la cabeza.
Ella juntó las piezas del puzzle.
–En el ferry. Los mataste.
–Sí.
–Se supone que los Varisnkis son indestructibles.
–Yo puedo matarlos.

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–Ya se que es un mito –dijo ella impacientemente–, pero creía que eran buenos
luchadores.
–Lo son. Pero de momento yo soy mejor.
Ella rozo cuidadosamente la piel que rodeaba el corte.
–Soy buena en primeros auxilios. ¿Quieres que yo…?
–Me pondré bien.
–Es profunda. Hay que cocerla.
–Te prometo que estoy bien. Tengo un metabolismo muy rápido.
–Por lo menos prométeme que estás al día con tus vacunas del tétano.
Él le cogió la mano y la apretó contra su corazón. Su pulso firme le calentó la
palma.
Pero Tasya no podía ignorar la prueba, justo delante de sus ojos, de que Rurik
estaba dispuesto a ponerse en peligro por ella.
–Primero la explosión, después casi te matan. No debí haberte metido en esto.
–Siéntate –él la acomodó en su asiento—. Relájate –llenó la copa de brillante
vino tiento y se la dio–. Tú no me has metido en esto. ¿No se te ha ocurrido pensar
que los Varinskis quieren destruir el icono y por eso pusieron una bomba en la
excavación?
–Eso es verdad –ella tomó un sorbo, y la intensidad y riqueza de la cosecha la
calentó–. Pero eso sería una misión cumplida. ¿Por qué aún nos persiguen? Deberías
dejarme seguir sola.
–No te voy a dejar.
Su corazón, su estúpido corazón dio un brinco entusiasmado de placer.
–Ese era mi lugar, y mi icono –añadió, y quitó las tapas de las bandejas–. La
camarera dijo que esto es Spatzle7 con queso, sea lo que sea eso, huele muy bien –
cogió su tenedor y dio un pinchazo.
Ella le miró.
No le creía. No creía que algún ser humano fuera capaz de arriesgar su vida
por lo que él llamaba una tableta de chocolate Hershey.
Él lo estaba haciendo por ella. Para mantenerla a salvo.
Tenía que contarle la verdad.
Le debía la verdad.

7
Spaetzle o Spätzle: se trata de una forma de pasta muy conocida en Suabia y el sur de Alemania donde es
muy empleado como acompañamiento de carnes y puede encontrarse también como un plato único (el
denominado Kässpätzle o spätzle con queso).

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Capítulo 19
Tasya comió y se bebió su vino. Esperó hasta que él hubiera terminado y
después dijo,
–Los Varinskis mataron a mis padres.
Rurik oyó sus palabras… y las rechazó. Era imposible. Era una tragedia
demasiado infernal para imaginársela.
Pero Tasya parecía ajena a su terror. Le relató los hechos de una forma
calmada, como si la droga del tiempo la hubiera aislado del dolor.
–Vinieron por la noche. Mi madre me sacó de la cama, me llevó con Miss
Landau, mi institutriz y me dio un último beso. Vi a mi padre sacando armas. Él me
dio un beso también a la vez que le alcanzaba a mi madre un rifle –Tasya respiró
pausadamente–. Esa fue la última vez que les vi.
Rurik tenía muchas preguntas que hacer… pero primero deseaba agitar sus
puños al aire y aullar de furia.
Ahora lo entendía, lo entendía todo demasiado bien.
Ahora sabía porque ella era tan fuerte, tan resistente, y tan admirable en todos
los aspectos que pensaba él que eran importantes.
Ahora comprendía por qué ellos nunca podrían estar juntos.
–Los Varinskis… por supuesto. Serían los Varinskis –se rió discretamente y sin
humor–. Esos bastardos.
¿Qué macabro destino les había unido? La noche en la que le habían hecho el
amor fue la primera en cinco años en la que había sido feliz.
–Bastardos, por supuesto. Bastardos por generaciones –Tasya enfrentó a Rurik
desde el otro lado de la mesa y con un fiero desdén dijo–, hombres que se convierten
en depredadores. ¡Oh, por favor! Viajé a Ucrania, y créeme, todo el mundo se cree ese
cuento.
–¿Fuiste a Ucrania? ¿Estás loca? –no quería gritar. No debería gritar–. Si
hubieran descubierto que estabas viva y que habías escapado…
–Lo sé, lo sé –hizo un gesto desdeñoso con la mano–. Pero entonces no
comprendía el peligro.
–Eso no te habría salvado –podría no haberla conocido nunca.
–Estoy casi segura de que no saben que estoy viva, o Miss Landau hubiera
huido conmigo en primer lugar.
–Eso es cierto –volvió a apoyarse en su asiento–. Tienes razón.
–En Ucrania no importa lo que los Varinskis hagan… matar, secuestrar,
torturar, violar… nadie les toca. Nunca van a la cárcel. Nunca son llevados a juicio.
Ellos viven en su recinto… es un paraíso para ellos.

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–Fuiste a su resinto –él cerró los ojos, tratando de bloquear el conocimiento de
lo que podría haber ocurrido.
–Conduje hasta allí.
–¿Cuántas veces?
–Lo bastante a menudo como para sacar algunas fotos.
–Paraste y sacaste fotos –apenas podía creer la intensidad de su locura… o la
extensión de su suerte.
–Soy fotógrafa –ella actuaba como si fuera la cosa más normal del mundo–.
Están esos coches en los que están trabajando, colocados por ahí con los capos
abiertos, y los que están abandonados oxidándose. El césped crece todos los veranos
y nadie lo corta. La casa está sin pintar. Cuando necesitan espacio extra, simplemente
añaden un adefesio más. ¿Sabes que es lo que tienen en la puerta?
–Un sitio para que las mujeres que han sido preñadas por un Varinski dejen a
sus bebés. Ellas llaman al timbre y corren, y los Varinskis cogen al niño, y celebran el
nacimiento de un nuevo demonio.
–Sabes un montón sobre ellos.
–Sí, lo hago –no te puedes hacer una idea.
–Entonces contéstame a esto. ¿Cómo se las han arreglado para perpetuar esa
atmósfera de terror todos estos años? Mantienen un férreo control de la imaginación
local –no podía sentarse y mirarla a los ojos por más tiempo. Se levantó y llamó al
botones, después puso los platos en la bandeja.
–Son unos extorsionadores. Unos asesinos. Unos secuestradores –ella estaba
fríamente furiosa–. Son una ofensa a la civilización, y es hora de pararlos.
–Estoy de acuerdo, y hago todo cuanto está en mi mano para pararlos –por
más razones de las que ella sabía–. Pero ahora mismo no puedo hacer nada, y tengo
algunas preguntas –quitó el mantel y volvió a plegar la mesa en la pared–. Los
Varinskis no matan por nada. ¿Quiénes eran tus padres? ¿Quién los quería muertos?
–¿Y yo que sé? Sólo tenía cuatro años –se encogió de hombros.
–Tú eres periodista. Habrás estudiado los archivos. ¿Qué decía la policía sobre
el ataque? ¿A quien le echaban la culpa?
–El informe de la policía culpaba a mis padres. Dijeron que fue un
asesinado/suicidio y que mi padre prendió fuego a la casa antes de suicidarse.
–Esa es una buena historia estándar. Los Varinskis le tienen mucho cariño.
¿Qué pasa con tu institutriz? ¿Dónde esta ella ahora?
–No lo sé. Perdóname por no estar interesada en encontrar a Miss Landau –
Tasya se levantó como si quisiera caminar, dándose cuenta de que no tenía espacio, y

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después se volvió a sentar–. Ella me llevó lejos, me dejo en la casa de acogida y
después desapareció. Creo que el haber sido abandonada me hace estar resentida.
Alguien llamó a la puerta. Rurik miró por la mirilla y dejó entrar al botones.
Este cogió la bandeja; Rurik le dio una propina, cerró la puerta con cerrojo y se volvió
hacia Tasya.
–No fuiste abandonada. Ella te puso a salvo y por alguna razón… ¿miedo a los
Varinskis?, probablemente, seguramente el miedo a que tú serías más fácil de
rastrear si ella estaba contigo… te dejó en la casa de acogida. Si te hubiera sacado de
la casa y hubiera dejado que los Varinskis te encontraran y te mataran, entonces
podrías guardarle rencor.
–Explícale a una niña de cuatro años que acaba de perder a sus padres y su
casa, que ha perdido a la institutriz que conocía de toda la vida, y que ha sido dejada
con gente que acogen regularmente diez niños a la vez, que no han sido
abandonados. Dudo que te escuchara.
–Pero ahora ya no eres una niña –su capacidad de guardar rencor le
preocupaba… ya que tenía muchas más razones para odiarle a él.
–Cuando necesito la motivación para hacer lo que hay que hacer…
–Es decir, cuando quieres meterte en la refriega a lo loco.
–Lo que sea –le hizo un gesto para ahuyentarle–. Cuando necesito tener miedo
o ponerme furiosa, me acuerdo de mis padres, y de los Varinskis, y pienso en mi
venganza. Por eso escribí un libro que garantizaría que me aprovechara de la
fascinación de la gente con la religión y las leyendas, los asesinos y la opresión. Por
eso quiero recorrer el mundo y hacer frente a los Varinskis para recuperar el icono. Si
puedo llevar una prueba al Museo de Historia Nacional, dejarles verificar la
autenticidad del icono y dar testimonio de la leyenda de los Varinskis, eso captará la
atención del mundo. Una vez que los Varinskis sean el centro de atención, las
autoridades de la Sereminia estaran obligados a condenarles.
–¿Y qué conseguirás con eso?
–Los Varinskis ganan millones todos los años llevando a cabo asesinatos.
Tienen un gran prestigio entre los criminales del mundo. Ese será el principio del fin
para ellos, y yo seré la persona que dispare el gatillo –su sonrisa era una sinfonía de
dientes blancos y satisfacción vengativa.
–Tú serás el objetivo –no sabía por qué se molestaba. Se trataba de Tasya
Hunnicutt. Ella no le escucharía. Ella haría lo que creyera correcto. Y cuando
descubriera quién era él… quienes habían sido sus padres, cual era su apellido antes
de Wilder… que era un Varinski, que vivía con el pacto del diablo todos los días de

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su vida, que él quería robarle el icono para liberar a su padre… nunca le perdonaría.
Nunca.
Y aún asía la quería. Era su mujer, aquella destinada a encontrar el icono. Lo
sabía, y la tragedia de su vida era que quién era y lo que era él nunca se podría
cambiar.
Y quién y que era, ella nunca lo aceptaría… cuando lo supiera. Pero aún no lo
sabía.
Algunos de sus pensamientos se debieron reflejar en su cara, porque ella se
escabulló.
–¿Por qué me miras de esa manera?
Quizá, si hacía los movimientos correctos, decía las cosas correctas, le
mostraba lo que sentía, ella lo recordaría y comprendería por qué había hecho lo que
pretendía hacer.
–El botones pronto vendrá a preparar la cama –él se levantó–. Estas cansada.
Ve, échate un rato. Estamos llegando a una parada. Necesito unas cuantas cosas y me
gustaría pensar un rato.
–De acuerdo –dijo ella lentamente–. ¿Estás bien? Te ves raro.
–Estoy bien.
–¿Estás seguro? ¿Te esta molestando la herida? –le puso una mano en su
pecho y la dejo allí preocupada por él. Creyéndole.
Una punzada de culpabilidad se le clavó en el costado.
Ella no confiaba en nadie, y por una buena razón.
Él se levanto apresuradamente antes de delatarse.
–Cierra la puerta cuando salga. Yo tengo llave.
Se quedó parado al otro lado de la puerta mientras oía que ella echaba el
cerrojo, antes de caminar hacia el final del vagón. Esperó hasta que el tren se detuvo.
Bajó del tren y compró todo lo que necesitaba de la hilera de vendedores que vendían
comida y artículos diversos. Eligió cuidadosamente lo que necesitaba y, cuando
subió de nuevo al tren, llevaba una bolsa en la mano.
Al menos, cuando terminara con ella esta noche, ella nunca lo olvidaría.

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Capítulo 20
Rurik se quedó de pie mirando desde el vagón a los pasajeros que se subían al
tren. Cuando éste se puso en marcha, recorrió con la mirada a todos los coches,
examinando a cada persona, asegurándose de que, una vez más, él y Tasya estaban a
salvo.
Esta noche necesitaba saber que estarían a salvo.
Esta noche se concentraría en Tasya. Sólo en Tasya.
Cuando estuvo satisfecho, volvió a su compartimento.
Tasya estaba profundamente dormida, tumbada boca abajo encima de las
mantas con la ropa puesta, roncando ligeramente. Él sonrió al verla tan relajada… y
cerró la puerta, tomando las precauciones necesarias para asegurarse de que nadie—
ni un enemigo, ni el amigable botones—podría entrar.
Ella había dejado la persiana subida, así que las luces de las ciudades por las
que pasaban salpicaban la ventana y cubrían las paredes con efímeras ráfagas de rojo,
azul y blanco.
Él la cerró, asegurándose de que ningún rayo de luz pudiera penetrar. Empujó
la alfombrilla hasta la puerta para tapar el brillo que entraba por debajo. En el
compartimento, la oscuridad era completa. Ningún ojo humano podría ver…nada.
Teniendo cuidado de no despertarla, le quitó la ropa. Usando el aceite que
había comprado, le masajeó la espalda, los muslos y las pantorrillas. Se tomó su
tiempo, siendo generoso en sus atenciones, aprovechando la oportunidad para trazar
cada parte de ella, para aprenderse su cuerpo como ella nunca le dejaría si estuviera
despierta. Masajeó los lóbulos de sus orejas, las plantas de sus pies, los huesos de sus
manos. Dibujó sus pechos, probó su ombligo, separó sus piernas y exploró,
excitándola levemente, pero sin buscar respuesta.
La respuesta que buscaría después.
Ella todavía dormía, pero gemía y se desperezaba como un bebé en las manos
de alguien en quien confía.
–Si –murmuró en su oreja, y le retiró el pelo de la cara–, duerme.
Él se despojó de sus ropas y trepó a la cama. El perfume de sándalo y rosa de
naranja de su cuerpo estimulaban sus sentidos… estimulando los de ella. O quizá
fueran sus manos, amasando sus músculos, lo que la llevó a despertarse. El oyó su
dificultad para respirar al darse cuenta de que estaba a oscuras, tumbada boca abajo
y de que un hombre estaba encima de ella.
–Shh… –le dijo– . Soy Rurik.
Agitadamente, ella trató de levantarse.

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Él la mantuvo tumbada manteniendo el peso en sus muslos. Deslizando sus
manos sobre sus caderas, sobre su cintura, hasta sus brazos, le cogió las muñecas y
las sujetó por encima de su cabeza.
–Sabías que no esperaría para siempre.
–¡No!
–Confía en mí –murmuró. En una larga y lenta ondulación, se acomodó
encima de ella. Junto las piernas de ella con sus rodillas y presionó su pecho contra
su espalda, su pene contra su trasero.
Rurik podía sentir el calor de su piel a medida que se encendía su pasión.
Ella lucho contra su agarre y dijo.
–No… –en un susurro.
Él frotó su cuerpo contra el de ella, aprovechando el aceite para facilitar la
fricción, deleitándose con la sensación de su piel contra la de él. Su cuerpo estaba
hecho para contenerle, para complacerle. Presionó su pene entre sus piernas,
buscando la seda entre ellas, la cálida piel, la gloria dentro de ella. Se frotó entre sus
muslos, disfrutando de la sensación de piel sobre piel.
–No –era más el sonido de la respiración que una palabra.
–¿Sabes lo que siento cuando estoy dentro de ti? –él usó su pene como si fuera
una estaca, empujando contra la entrada de su cuerpo, y el aceite que había usado en
ella le permitió abrirla, sólo un poquito. Lo suficiente para casi penetrarla.
En ese momento, se deslizó hacia la parte delantera de su cuerpo, y la parte
más sensible de él se rozó con la parte más sensible de ella.
Ella contuvo el aliento.
Él gruño.
–No puedes hacer esto –ella movía la cabeza de un lado a otro, tratando de
levantarse de la cama.
A pesar de que no tenía intención de hacerle daño, el disfrutaba controlándola.
Tenía que asegurarse de algo.
–Confía en mí –su peculiar perfume era más fuerte en la nuca, y aspiro el
aroma, besando la tierna piel–. Adoro tu sabor. ¿Sabes, desde aquella noche que
hicimos el amor, todo lo que tengo que hacer es estar cerca de ti, y no puedo probarte
otra vez?
–No puedes.
Él sujetó sus dos muñecas con una mano, y deslizó la otra entre sus costillas y
la cama, para tomar su pecho en la mano.
–Cuando te masajeé con el aceite en el pezón, gemiste en sueños.
–Seguro que lo hice –su voz sonaba enfadada, más Tasya, menos vulnerable.

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Entonces su pezón se endureció en su mano. Probablemente ella no quería
desear esto: la oscuridad, o a él. Pero su cuerpo traicionaba tanto su miedo como su
deseo.
–Maldito seas. Vete –ella trató de darse la vuelta.
Cuidadosamente, él retorció el pequeño pezón. Una vez, otra, y otra. Con un
lento y firme ritmo para excitar sus sentidos.
Sus respiraciones, y ese inevitable ritmo, obraron la magia. Ella jadeó, y el
sudor se formó en su piel. El olor de su cuerpo se hizo más fuerte, combinándose con
el perfume. Debajo de él, sus movimientos le hicieron darse cuenta de su fuerza, su
debilidad, la promesa de su femineidad.
Y el podía verla.
La oscuridad no era tal para él.
Él veía la mezcla de enfado y miedo en su rostro, el despertar de la pasión, la
fuerza con la que ella la retenía.
Si. Esto era lo que tenía que hacer. Ella no tenía ninguna oportunidad.
En un rápido movimiento, el la dejó ir y se puso el condón.
Ella no dudó lo más mínimo, sino que se lanzó hacia la libertad.
El la atrapó, la volvió a poner donde él quería que estuviera y volvió a
empezar. Sujetándola, masajeándola, excitándola.
Ella cedió más fácilmente esta vez, olvidando por algunos segundos la
oscuridad y su rebeldía. Cada vez que él la tocaba en un sitio nuevo, la empujaba a
un nuevo placer, ella intentaba forcejear. Pero su resistencia cada vez se hizo menor,
y finalmente acepto sus atenciones, relajándose en el colchón, esperando la siguiente
caricia.
Él volvió a presionar sus piernas juntas, después deslizó su pene entre sus
muslos y más arriba, encontrando la entrada a su cuerpo y acomodándose. Asió sus
manos por encima de la cabeza y sujeto su cuerpo con su peso, murmurándole
suavemente en la oreja.
–Cuando estoy aquí, cuando tu cuerpo empieza a jadear, el placer es sólo la
punta, y aún así es tan fuerte e intenso que deseo gritar. Entonces empujo un poquito
–lo hizo–, Y tú me aceptas, apretándome y prometiéndome el paraíso.
–Por favor. Está oscuro.
–Tú no tienes miedo de la oscuridad.
–No, no lo tengo. Yo no le tengo miedo a nada.
El besó su oreja y mordió su lóbulo, degustando su piel.
–Estoy casi a la mitad dentro, y tú te dilatas. Me estás dando la bienvenida.
–No eres bienvenido.

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–¿De verdad? Deja que te convenza –deslizó una de sus manos untada de
aceite debajo de ella, bajo su vientre y entre sus piernas y en uno de sus dedos, había
colocado un pequeño vibrador. Él accionó el interruptor, llevándola a un éxtasis
instantáneo y no deseado–a la vez que la penetraba profundamente.
Ella se retorció debajo de él y gimió de desesperación. Sus uñas se clavaron en
las sábanas.
Dentro de ella, el clímax la retorcía, la acariciaba.
–Cuando… cuando estoy tan dentro de ti como puedo, sigues tan apretada –él
debía haber separado sus piernas, el éxtasis era casi doloroso–, tan apretada y
caliente… dentro de ti, estás tan caliente… y tus pliegues tiran de mi, implorándome
que entre. Para llenarte… —estaba perdiendo la capacidad de formar palabras. En el
momento en que sus espasmos le llevaron al cielo con ella, la primitiva bestia que
llevaba en su interior se abrió camino para salir. La penetró cada vez más rápido,
desesperado por liberarse, determinado a reclamarla, a mostrarle el hombre que era
y hacerle saber que era suya.
El clímax de ambos fue in crescendo, y lentamente terminó.
Él apagó el vibrador, lo tiró al suelo, y escucho mientras ella sollozaba los
últimos instantes de su liberación.
Ella estaba exhausta. Podía sentirlo por el temblor de sus músculos, por la
manera que yacía, inactiva, debajo de él.
Bien. Eso haría más fácil el resto de la noche.
Se levantó, y le dio la vuelta, se tumbó boca abajo entre sus piernas, y la besó
allí.
Ella respiró entrecortadamente, tratando de escabullirse.
Él presionó sus manos contra su vientre.
–Quiero que te olvides de la oscuridad. Quiero que te olvides de a donde
vamos. Quiero que te olvides de quien eres. Sólo quiero que sepas lo que es el placer–
y quien te lo está dando –probó su piel, saboreando lentamente el gusto de una mujer
excitada y un hombre satisfecho.
Ella no podía creer que el quisiera seguir como si nunca hubiera llegado.
Como si no la hubiera sujetado y forzado orgasmo tras orgasmo hasta que sus
piernas temblaran.
–No puedes… no puedes hacérmelo otra vez. No tan pronto –con un brinco, él
se alzó sobre ella. Tomando su mano, la envolvió sobre su miembro excitado.
Esto era imposible, pero estaba caliente y duro como si fuera la primera vez.
Esa primera noche, él había sido igual que ahora. Un hombre de enormes
apetitos, fuertemente retenidos.

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Esta noche, él había liberado esos apetitos. Era un animal, un extraño para la
civilización–y la convertía en animal, también.
Apretando un paquete envuelto en una lámina de metal, él dijo.
–Pónmelo.
–No lo haré.
Ella no podía verle. No podía ver nada, solo la negra oscuridad que
presionaba sus pupilas y amenazaba con quebrar su voluntad. Pero podía olerle a
medida que se inclinaba cerca de su oreja, y cada vez que hablaba, ella sentía su
aliento contra su cuello.
–Me gustaría impregnarte, Tasya. Quiero verte llevar a mi hijo en tu vientre, y
saber que le das de mamar con tu pecho. Si pudiera, tendría una docena de hijos
contigo, y mi placer aumentaría cien veces más cada vez que te llenara con mi semilla,
una y otra y otra vez. Así que tú decides, Tasya Hunnicutt, ¿Condón o no?
Ella estaba más asustada que nunca de la oscuridad… pero se obligó a
olvidarse de todo excepto de él, y de la furia y el placer que despertaba.
Sus manos temblaban cuando desgarró el metal. Cogiendo el pequeño rollo, lo
deslizó por la punta de su pene, y lo estiró fácilmente hasta la base. Él no se movió.
Estaba tan quieto que parecía una estatua.
Cuando ella terminó, todavía le sujetaba con sus manos. Por un momento
pensó en los muchos movimientos de autodefensa que conocía. Los había usado
antes, y sin dudar siquiera; una mujer que quería el mundo sola, algunas veces se
encontraba en situaciones de peligro.
Pero se trataba de Rurik. Había creído su historia sobre los asesinos de sus
padres, y había estado con ella en cada paso de su viaje.
Sin prisa, ella acarició su muslo.
Sintió que él jadeó. Estaba segura de que sabía que había ganado.
Rodeándola con sus brazos, la levantó.
Ella gruñó, sabiendo lo que venía a continuación.
–Confía en mí –la penetró–. Confía en mí ahora. Confía en mí para siempre.
***
Cuando al fin Rurik subió la persiana, la mañana estaba bastante avanzada y
Tasya apenas recordaba como se sentía sin tenerle dentro de ella.
Él besó sus labios, llenándola con su lengua. La había tomado con su boca, con
su pene, con sus dedos. Se había arrodillado al lado de la cama, la había tomado con
su lengua y la había penetrado. La había tomado muchas veces, y cada una de ellas él
estaba fuerte y lleno, más grande que cualquier hombre que ella nunca hubiera
imaginado, inagotable, determinado, un hombre con una misión.

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Confía en mí.
Él había dicho eso, una y otra vez.
¿Confiar en él? Había hecho de su lema el nunca confiar en nadie, y esa
política la había mantenido sana.
¿Entonces porque ahora estaba tentada a desechar toda una vida de duras
lecciones? ¿Por qué parecía posible que al final podía buscar en lo más profundo de
su alma y encontrar emociones que ella creía extinguidas?
Amor y confianza… que brillantes parecían esas emociones esta mañana.
Lentamente, se sentó, retirando el pelo de su frente. Echó un vistazo a Rurik,
tendido a su lado, todavía desnudo, todavía excitado, que seguía mirándola como si
nunca fuera a dejar de desearla.
Ella no sabía que responder, que decir, como ser la mujer que el adoraba.
Así que se puso a mirar por la ventanilla.
Habían llegado a Ruyshvania.
Ella reconoció las montañas escarpadas, con rocas esparcidas, sombrías.
Reconoció los valles, salpicados con torrentes y alguna casa de labranza.
Reconoció las ruinas de castillos medievales de la Edad de Bronce, piedras que
seguían en pie en la cima de las montañas.
Ella reconocía este lugar porque por primera vez en veinticinco años estaba en
casa. En casa.
Bajó la mirada y reconoció a Rurik, también. Le reconoció de los días de viaje,
de la noche que había pasado entrelazada con él mientras el tren rodaba bajo ellos.
Mi Dios, ahora nunca le olvidaría, aunque en parte lo deseaba.
Si sólo… si sólo no pareciera que Rurik estaba dispuesto a arriesgar su vida
por ella y su misión.
Estaba empezando a tenerle como un héroe.
Él la miró, con sus vivaces ojos llenos de una ferviente emoción… la clase de
emoción que le hacía estar demasiado intranquila. Tomando su cara entre sus manos,
el presionó sus labios en un beso contra los suyos.
–Confía en mi, Tasya –dijo otra vez–. Confía en mí para siempre. Nunca te
haré daño. Nunca te traicionaré. Te lo prometo por el alma inmortal de mi padre.
Confía en mí.

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Capítulo 21
–Una charla completamente pintoresca –Rurik salio de la Antigua estación de
tren y miró a su alrededor.
El tiempo había dejado a Capraru atrás. Los ruinosos vestigios de sus murallas
medievales serpenteaban a través de la ciudad. No muy lejos, una gran torre de reloj
dominaba la plaza. Una banda de estilo bávaro decoraba los edificios de dos –o tres–
pisos, y las calles estaban cubiertas de adoquines. Algunos coches eran nuevos, pero
él vio modelos de los años sesenta y setenta bien conservados mezclándose con los
peatones que abarrotaban las calles.
–Ruyshvania vivió bajo la hoz y el martillo hasta la caída de la Unión Soviética.
Después, su líder marioneta, Czajkowski, aprovechó el poder y lo retuvo hasta hace
nueve años. Después de un cruel reinado, fue destronado y ejecutado, y desde
entonces, se ha sacado provecho de la singularidad de la ciudad. A los americanos les
gustan las calles limpias y la hospitalidad a la antigua, y el turismo funciona bien. –
Tasya parecía una guía de viajes, fría y bien informada, y su expresión no podía ser
más inexpresiva.
Eso le sorprendió. En cada una de las paradas, Tasya se había mostrado
entusiasta con los alrededores, interesada sin importarle las veces que los había
visitado.
Quizá la tensión de buscar el icono y fallar la estaba afectando. O después de
la última noche, quizá se sentía incómoda tratando de descifrar que era lo que él
quería.
Y él se lo había dicho demasiadas veces… Confía en mí.
–A ver si podemos encontrar alguien que nos lleve al convento –Rurik posó su
mano en la base de su espalda.
Tasya se ajustó la mochila, moviendo los hombros como si no fuera capaz de
encontrar una posición cómoda para las asas.
Bien. Quizá la pasada noche la hubiera dejado exhausta, provocándole dolores
en cada nervio y músculo. Quizá cada vez que hoy se moviera y sus huesos
protestaran, ella pensaría en él y en su dedicación en darle placer. Confía en mí.
–Deja que yo te lo lleve –él alcanzó la mochila. Ella se apartó bruscamente.
–No, yo la llevaré.
Y quizá su plan había fracasado. La pasada noche ella se aferraba a él, se
rendía para él, le dejaba llevarla más allá del miedo dentro de la pasión. Quizá ahora
su irritante y compulsiva independencia le hacía tener miedo… pero eso estaba bien.
Ella no podía huir, tenía un icono que encontrar.

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–Me encanta la apariencia de la gente de este lugar. Me encanta como se
comportan –casi todas las personas a su alrededor tenían el pelo oscuro y duras
facciones, y se movían con determinación, como si tuvieran su propio destino en su
manos—. Me recuerdan a mi madre…
Ella sofocó un débil grito, como si la hubiera sorprendido.
–A mi también me recuerdan a mi madre.
¿Su madre? ¿Había hablado de su madre? Quizá estaba empezando a confiar
en él, después de todo.
Él escuchaba con interés el dialecto. Sonaba parecido al ruso que sus padres le
habían enseñado, como el portugués y el español. Apenas conseguía entenderlo,
aunque lo intentara duramente.
–¿Sabes algo del idioma?
–¡No! ¿Por qué debería?
–No lo sé. Te he oído hablar francés.
—Bastante mal.
–Alemán y japonés con esos turistas.
–No conozco todos los idiomas que existen ¿OK? Sólo soy una reportera
gráfica, no la Torre de Babel.
–¡Ok! Pensaba que quizá conocieras algunas palabras en Ruyshvano –tío, ella
estaba irritable. Cuando su madre y su hermana se ponían así, él y su hermano se
cuidaban bien de bromear con ellas… sobre cualquier cosa. El SPM8 no era algo con
lo que bromear… bien, excepto que él y su hermano decía que su significado era
“Saca un Par de Maletas”9, y lo usaban como una excusa para correr hacía las colinas.
Allí acampaban y pescaban, y lo sentían por su padre, encerrado en casa con dos
mujeres realmente irritadas.
Pero Rurik no podía separarse de Tasya. Ella no estaría a salvo, y de todas
maneras… tampoco quería hacerlo.
Quizá esa era la razón por la que su padre se quedaba en casa en vez de unirse
a sus hijos para tener algo de esparcimiento. No importaba el humor con el que ella
estuviera, él aún quería estar allí para Zorana.
No se imaginaba por qué la gente decía que el amor estaba compuesto por tres
partes de gloria y una de sufrimiento.
–¿Deberíamos intentarlo en la oficina de turismo? –bromeó él.
Ella se relajó y sonrió. Brevemente, pero sonrió.

8
N.de la T.: Sindrome Pre Menstrual
9
N. de la T.: Aquí la autora hace un juego de palabras tomando las siglas PMS (Pre—Menstrual Syndrom) y su
significado para los hermanos: “Pack my Suitcase”. He tratado de darle el mismo sentido a la frase utilizando
las siglas en español.

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Él encontró un policía que hablaba inglés, y éste les indicó hacia el hotel de la
plaza.
Mientras caminaban, Tasya echó una mirada por encima de su hombre.
Rurik también echó una ojeada.
El policía les estaba mirando. A ella.
Ella volvió la cara y parecía… inquieta.
–Está bien –dijo Rurik–. Eres una chica muy guapa. Los hombres se quedan
embobados contigo todo el tiempo. ¿No te habías dado cuenta?
–Tienes razón, soy una chica guapa –ella agarró las asas de la mochila –es sólo
que este lugar es espeluznante.
Rurik echo una ojeada a su alrededor.
–Veinte mil personas, agradable y limpio, montones y montones de
restaurantes. ¿Qué es lo espeluznante?
–Nada.
Él la miró arqueando las cejas.
–En serio. Nada.
Él le cedió el paso a la entrada del hotel y entró tras ella. Era un lugar
agradable. Pequeño, limpio, y había una mujer detrás del mostrador.
Era más o menos de la edad de su madre, y le sonreía como sonríe una mujer
cuando ve a un hombre que le gusta.
Bien. Estaba persiguiendo a Tasya tanto, y ella se había comportado con tal
seriedad, que la apreciación de esta mujer era un bálsamo para su ego herido.
–Te estás pavoneando –murmuró Tasya.
–Y soy bueno en eso –él echó un vistazo a la placa de identificación de la mujer,
le mostró su más encantadora sonrisa y preguntó–, Bela, ¿puedo alquilar aquí un
guía?
–Han venido al sitio adecuado –Bela cogió un formulario, lo puso en un
portapapeles y preparó un bolígrafo–. ¿Quieren ir a algún sitio en particular, o les
gustaría un tour por nuestra maravillosa campiña?
–Queremos ir al Convento de Santa María –dijo Rurik.
Ella rasgo el papel con el bolígrafo.
–¿El Convento? Oh, pero si no hay nada allí arriba. Para empezar, no era un
convento rico, y Czajkowski lo despojo de todo lo que había de valor. La zona de
alrededor no es atractiva. Las imágenes hace mucho tiempo que desaparecieron, así
como los objetos sagrados más interesantes. ¿Me permiten que les proponga Horvat?
–No —insistió Rurik–. El Convento.
La sonrisa de Bela se esfumó. Puso el bolígrafo en el mostrador.

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–No puedo encontrarles un guía para llevarles allí.
–¿Por qué no? –preguntó Rurik.
Ella les llevó hacia la ventana.
–¿Ve esa colina?
A Rurik le parecía más una montaña, emergiendo por encima de la ciudad,
escarpada y boscosa, creciendo hacia el sol, atrapando briznas de nubes mientras se
arremolinaban a su paso.
–La gente dice que esa colina trae mala suerte. Yo no, por supuesto, sino la
gente. Dicen que está encantada. Dicen que no es un lugar para estar por la noche, y
desde que la carretera está en tan mal estado, es casi imposible subir hasta arriba y
bajar en un solo día. El Convento está en esa montaña. El convento y… –Bela se
estremeció–. Esa montaña no es un lugar agradable.
Tasya aparentemente no podía soportar más el estar callada.
–Tenemos que llegar allí —Bela pareció darse cuenta de su presencia por
primera vez. Entrecerrando los ojos, consideró a Tasya, y entonces asintió con la
cabeza como si, por primera vez, comprendiera su resolución.
–Por supuesto. Los cuentos son supersticiones, pero esto es Ruyshvania. Es
difícil superar la superstición aquí. Ya me entienden.
–Sí –dijo Tasya–, Si, lo entiendo.
–¿Me permiten sugerirles un coche de alquiler y un buen mapa? –Bela era la
recepcionista, agente de viajes y la encargada del alquiler de coches. Sacó un
formulario diferente, lo puso en el portapapeles y se lo pasó a Rurik–. Todavía queda
una monja viva allí, pero he oído que está un poco chiflada.
–¿Una monja?
–La Hermana María Helvig –Bela movió la cabeza–. Ella se niega a bajar y
vivir en la ciudad. Bueno, ella ha vivido allí arriba desde que tenía dieciocho años y
ha visto a todas las hermanas morir o ser… bien, ellas están muertas, y ella está sola.
–Eso es suficiente para enloquecer a cualquiera –convino Rurik.
–Es inofensiva –les aseguró Bela–. Al igual que la montaña. Estoy segura.
Cuando Rurik le devolvió el formulario relleno, Bela sonrió ampliamente y él
vio el reflejo de un diente de oro.
Bela añadió.
–Al menos, nada podrá hacerte daño allí arriba.
Aunque parezca mentira, ella le hablaba sólo a Tasya.

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Capítulo 22
Una hora después Rurik y Tasya se encontraban conduciendo por un
empinado y sinuoso desnivel. Cuando Rurik miró hacía atrás, podía ver Capraru
apareciendo y desapareciendo entre las curvas.
El embrague estaba flojo, la caja de cambios de cinco velocidades chirriaba
cada vez que cambiaba de marcha, y el asiento del conductor estaba en el lado
equivocado. Pero Rurik había conducido por carreteras de montaña toda su vida y
ésta no guardaba sorpresas para él.
¿Entonces por qué Tasya se estremecía cada vez que pasaban una curva? ¿La
había asustado atravesando Alemania hasta Viena? Había conducido como un
maníaco, sí, pero conducía un Mercedes, iban por la autopista y no le resbalaban las
ruedas.
Podía gritarle. Eso es lo que su padre hacía cuando su madre se agarraba al
salpicadero, o podía tratar de distraerla. Así que dijo.
—Parece que Ruyshvania se ha repuesto bien del dictador.
—Sí —sus dientes castañetearon cuando el coche golpeó un bache.
—Perdón —dijo él–, Bela tenía razón. La carretera está en muy mal estado.
Pero la ciudad es próspera, yo creo que podrían arreglarla.
—No si tienen miedo de venir aquí arriba.
Aparecieron a través de una curva y se encontraron una bifurcación en la
carretera. Hacía uno de los lados, la derecha, estaba pavimentado. El otro camino
estaba hecho de gravilla. Los dos parecían escabrosos y en mal estado.
Él avanzó para tomar el camino pavimentado.
Pero Tasya dijo.
—Toma el camino de la izquierda.
Él aminoró la marcha hasta que casi se detuvo.
–Bela dijo….
—Toma el de la izquierda.
—El otro camino está asfaltado.
—Estoy mirando el mapa. Este camino es más corto.
Él se volvió para mirarla.
Ella quería estar en cualquier sitio menos aquí. ¿Porque la había asustado
tanto anoche con sus promesas de lealtad y sus peticiones de confianza? ¿O era
porque sentía algo sobre este lugar? Una maldad similar al frío que había sentido en
el túmulo funerario?
—Ok, lo haremos a tu manera —él posó su mano en su rodilla.
Ella dudó, y pusó su mano sobre la de él.

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–Sí, por favor, hagámoslo a mi manera.
Quizás ella estaba empezando a ablandarse con él, después de todo. Metiendo
la marcha, torció a la izquierda.
Para su sorpresa, ella estaba en lo cierto. Condujeron diez millas por la mala
carretera hasta que doblaron una curva… y atravesaron la entrada del Convento de
Santa María.
Aparcó y salieron del coche. El convento era antiguo y atrayente, y podría
haber captado toda su atención.
¡Pero la vista! Él había vivido toda su vida en las Cascadas en Washington. En
sus viajes como piloto y arqueólogo, se había sentido intimidado por algunos
espectáculos impresionantes.
Pero las montañas de Ruyshvania parecían… antiguas. Las cimas alternaban
la luz y la oscuridad. Susurraban traición y devoción. Y en la distancia, otra montaña
arañaba el cielo, y otra, y otra, hasta el pálido azul del horizonte.
Cuando pudo apartar su mirada del horizonte, observó los mismos choques
de suave y duro en esta montaña. Tempestuosos salientes de piedra perforaban el
esponjoso césped esmeralda. Aquí y allí, los precipicios rompían los bosques de
coníferas por la mitad. La densa maleza cubría la escarpada montaña de verde, y bajo
ella, podía ver las fuertes ramas y las largas espinas que repelían a los invasores.
Él se volvió para encontrarse de cara al convento.
Piedra a piedra, los muros habían sido levantados, y los picapedreros habían
creado filigranas y gárgolas. Arriba, en lo alto del claustro, las cruces exploraban el
cielo azul. La capilla era antigua, era la edificación más vieja y pequeña del lugar, con
ventanas de vidrieras y una hermosa puerta tallada con las figuras de los santos. Así
como la montaña era primitiva, el convento desprendía santidad.
Este lugar poseía contradicciones, y escondía secretos. Eso lo sabía sin ninguna
duda.
Una pequeña mujer vestida de blanco y negro se acercaba desde el claustro.
La Hermana María Helvig.
Un par de gafas de culo de botella agrandaban sus azules ojos y sus pálidas
pestañas. Su toca se envolvía en su barbilla, y su piel ajada y ligeramente arrugada
cubría el rígido borde. Una sonrisa se iluminó en su cara mientras corría hacia Tasya,
con los brazos extendidos.
Tasya dio un pequeño respingo, un movimiento tan rápido que sólo él lo
reconoció como reticencia y después sonrió, y acepto la bienvenida de la monja.
La Hermana María Helvig agarró las manos de Tasya, se las besó con
entusiasmo y en un inglés con un marcado acento, dijo.

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—¡Estaba esperando que vinieras!
Él se plantó con los brazos cruzados delante de la monja. Ella se le acercó, con
los brazos abiertos, el puso sus brazos a la espalda y le hizo una reverencia.
–Es un honor conocerla, Hermana.
La Hermana María Helvig se paró en seco y sonrió.
–Por supuesto. ¡Debería haberte reconocido! ¡Él me habló de ti!
—¿Quién le habló de mí?— Preguntó Rurik bruscamente.
La Hermana María Helvig señaló al cielo.
–Él lo hizo.
El semblante de Rurik se suavizó. Sonrió y, como un niño pequeño en una
escuela católica, bajo la mirada.
—¿Él te dijo qué pasaría?
—No lo sabe, pero espera que tomes las decisiones correctas.
Rurik alzó la mirada, y su sonrisa había desaparecido.
–Yo también lo espero.
La Hermana María Helvig dibujó una cruz en el aire sobre su cabeza.
–He estado tan sola aquí desde que las otras hermanas murieron. Estoy tan
contenta de que hayáis venido a visitarme… ¿Tenéis la llave?
Tasya miraba fijamente a la buena hermana.
—¿Qué si tenemos la llave?¿De qué?
—Lo siento —la hermana parecía confusa—. Dijeron que alguien vendría a
por el icono —Ruirk y Tasya se pusieron tensos y se miraron fijamente.
—¿El icono? ¿Tú sabes donde está el icono?
—No, pero está aquí. Eso dice la leyenda.
—¿Qué leyenda?
La Hermana María Helvig metió las manos dentro de sus mangas.
–Hace casi mil años, un gran rey del oeste recibió un tributo de un líder militar
al que había vencido. El regalo traía poder al que lo poseyera, o eso dijo el lord. Pero
el lord odiaba a su vencedor, y se trataba de un truco cruel. Como el regalo era un
objeto sagrado, un cuadro de la Virgen y su hijo, si un hombre poseía el icono y no
tenía bondad en su corazón, la mala suerte le perseguiría por siempre.
El corazón de Rurik comenzó a latir intensamente mientras escuchaba. Este
era el lugar. Lo sabía.
La Hermana María Helvig continuó.
–El lord se marchitó y murió, riéndose de la trampa que le había tendido a su
vasallo, y el poder del rey pronto le falló. Se encontró sin ayuda ante sus enemigos, y

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sin amigos. Entonces envió aquí el icono para ponerlo a buen recaudo y desde
entonces lo hemos guardado aquí.
—¿Qué aspecto tiene? —preguntó Rurik.
—No lo sé. Nunca lo he visto —contestó con una dulce sonrisa.
—¿Dónde se guarda? —preguntó Tasya.
—No lo sé. Nadie lo sabe.
—¿Entonces no sabes si tienes el icono? —Rurik procuró esconder su
frustración bajo la lógica.
La Hermana María Helvig se rió, una débil e irónica risa, que no encajaba con
sus rasgos regordetes.
–Por supuesto que lo tenemos. ¿No es así, Hermanas? —ella se volvió hacía un
lado y se quedó mirando fijamente hacia la puerta de la iglesia.
Rurik también se giró, esperando ver… a alguien. Más de un alguien. No a
nadie. No el vacío. La Hermana María Helvig asintió, como si las invisibles hermanas
estuvieran de acuerdo con ella.
—¿Dónde más podría estar? Este es el lugar más santo de Ruyshvarua, quizás
incluso de todo el imperio.
—¿El imperio? —Rurik frunció el ceño.
—Creo que habla del Santo Imperio Romano —dijo Tasya.
—Por supuesto, Venid, dejadme que os enseñe algo —la Hermana María
Helvig podría parecer anciana, pero andaba como si fuese una mujer mucho más
joven, directa colina arriba. Rurik y Tasya se apresuraron a seguirla por el estrecho
camino.
El camino atravesaba un pequeño bosquecillo, y cuando volvieron a salir a la
luz del sol, se encontraron de cara a un acantilado que se elevaba por encima de ellos
y caía bruscamente a sus pies, cortando la montaña en dos o quizá uniendo dos picos
en uno.
Como si no tuviera ningún miedo, la Hermana María Helvig anduvo por el
estrecho camino que se deslizaba bordeando el precipicio.
Tasya se paró ante el acantilado y miró detenidamente desde el borde. La
caída era de unos mil pies yendo a parar directamente a unos afilados riscos. Ella se
echó atrás.
–Rurik, no le tengo miedo a las alturas. Me encanta volar. Tú lo sabes —él
sonrió ante su tensión.
–Claro que lo se.

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—Piloto mi ultraligero hasta cualquier parte —señaló ella hacia arriba, y luego
hacia abajo–. Pero un paso en falso en este precipicio, y no podré volar; me caeré en
picado.
—Tienes razón.
—¿Pero que se supone que debo hacer cuando una monja anciana parece estar
dando un paseo por el acantilado? ¿Decirle que tengo miedo?
—Ella es muy agradable. Seguro que lo comprende —Rurik no tuvo que
esperar mucho para saber lo que Tasya diría. Y haría.
—No seas idiota —Tasya dio el primer paso a través del precipicio.
Rurik fue detrás de ella.
–No lo puedo evitar. Forma parte de mi naturaleza. Mi madre me lo decía.
El camino parecía como si hubiese sido cortado por la mano de Dios a través
de la roca, y como si en algún otro tiempo hubiera sido llano y recto. Años de heladas
y deshielos, fuertes lluvias y montañas de nieve lo habían cambiado, deshilachándolo
como un viejo lazo. La roca se hacía migajas bajo sus pies, y aquí y allá había grietas
que seccionaban el camino completamente y les hacía tener que saltar hasta el
siguiente nivel.
Delante de ellos, la Hermana María Helvig saltaba como una cabra montesa de
percha en percha, abriéndose paso hacia delante y girándose para llamarlos.
—¡Daos prisa! Si vais tan lentos, nos quedaremos atrapados allí al anochecer.
—¿Allí donde? —preguntó Rurik.
Tasya no contestó. Se limitó a saltar por el siguiente abismo, y se quedó
petrificada cuando una capa de rocas se despeñó montaña abajo detrás de ella.
Apoyando su espalda contra el acantilado, miró a Rurik.
—¿Puedes hacerlo?
Él saltó, y cayó junto a ella.
–No te preocupes por mí. Si tengo que hacerlo, puedo volar —presionó su
cuerpo junto al de ella, y la besó–. No tengas miedo —susurró–. Después de todo lo
que hemos pasado, no creo que nuestro final sea despeñarnos hacia la muerte.
Tasya metió sus manos en su camisa, sus ojos azules se calentaban con su
abrazo.
–Quizá a Dios no le guste un sabihondo.
—Si a Dios no le gusto, es por una razón mejor que esa —cogió su mano –
.Vamos. Yo te llevaré —pensó que el que se lo permitiera, era una muestra de su
incomodidad. Cada vez que llegaban a un lugar donde el camino se abría en un
abismo él saltaba, después cogía la mano de ella mientras ella hacía lo mismo, y se

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reía de sí mismo por sentirse tan fuerte y protector cuando sabía muy bien que si le
dejaba hacerlo por si misma, podría saltar sin hacerse ningún daño.
Llegaron al otro lado para encontrarse a la Hermana María Helvig de pié, con
la mirada perdida en el horizonte.
Era espectacular. Esta parte de la montaña proporcionaba una vista diferente,
una que se extendía por kilómetros en tres direcciones. Tenía vistas a la unión de dos
ríos, de dos carreteras y a una serie de colinas que desaparecían hasta tocar el
horizonte.
—No tenía ni idea de que este país fuera tan maravilloso —dijo Rurik.
La Hermana María Helvig sonrió.
–Este lugar fue el primero en Ruyshvania en ser considerado sagrado. Pero
eran los paganos los que rendían culto aquí —hizo un gesto hacia la cima de la colina
y allí estaba, un altar de piedra de granito tallado, de ocho pies de ancho y cuatro de
fondo, equilibrado por unos rechonchos pilares que elevaban el monumento de la
tierra y lo presentaban al cielo.
Rurik reconoció la piedra. Estaba relacionada con los menhires y las piedras
verticales que salpicaban Europa y Gran Bretaña, piedras colocadas hace cuatro mil
años por los milagros de la ingeniería de los hombres primitivos.
—La iglesia llegó a Ruyshvania muy pronto —les contó la Hermana María
Helvig, — por lo menos en el siglo tercero, y ninguno de sus esfuerzos puedo
arrancar la piedra. Así que tomaron la otra parte de la montaña como su propiedad.
Siempre ha existido un lugar consagrado a nuestro Señor en la otra mitad de la
montaña, mientras este lugar rinde culto silenciosamente a la naturaleza, y juntos
hemos vivido en paz.
—No me imagino por qué los paganos decidieron que este lugar era sagrado
—dijo Rurik
—Esto es sólo parte del motivo —la Hermana le cogió de la manga, sólo de la
manga, no del brazo, y le llevó a un saliente rocoso marcado con un erosionado y
quemado tronco de un viejo gran árbol.
En medio del montón de rocas, él vio un hoyo, negro e impenetrable.
Tasya no le había seguido, y él la llamó.
—¡Mira! ¡Una cueva! —ella se quedo parada mirando hacia la cima de la
montaña y agitó la cabeza.
–Una entrada al inframundo. Se dice que este es el camino hacia el infierno —
como si hubiera sido empujada, la Hermana María se tambaleaba de un lado a otro –.
Oh, esta bien, Hermana Teresa! Les contaré la otra historia. No hace falta ser tan
gruñona —con un gesto de martirio, añadió–. También se dice que se trata de una

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ruta de escape secreta que usaba la familia real de Ruyshvania en caso de emergencia.
Dicen que pasa por debajo de la montaña y sale por el otro lado, en Hungría. Pero la
historia sobre la entrada al infierno es mucho más llamativa, ¿No es así?
A Rurik le gustaba la Hermana María. Le gustaba su infantil exuberancia, su
negativa a juzgar y condenar a los paganos que rendían culto aquí hace tanto tiempo.
–Es muy emocionante, Hermana. ¿Dónde vive la familia real? —Los dimitrus
están todos muertos ahora. O eso es lo que la gente dice. Pero ellos vivían justo allí
arriba—. La Hermana María Helvig señaló hacia la cima de la montaña.
Los instintos de él se agitaron.
—¿Qué les pasó?
—Fueron asesinados. Hace veinticinco años, la noche brillaba con el fuego y se
desgarraba con los gritos.
Rurik miraba detenidamente a la Hermana, que hablaba suavemente,
recordando. También miró detenidamente a Tasya, que seguía con la mirada perdida
en la cima de la montaña, con su normalmente animado semblante sin expresión.
—Las hermanas dicen que te lo diga, este árbol era viejo, alto, verde, el
símbolo de la familia real. Ellos también lo quemaron y, esa noche, toda Ruyshvania
lloró —la Hermana María Helvig se santiguó, y sus labios se movieron
silenciosamente.
Tasya la oyó y volvió la cabeza.
–Mejor nos vamos.
Pero el tenía que asegurarse.
–Tasya, mira esa cueva. Cuando estemos listos me gustaría hacer un mapa.
¿Estás aquí?
Tasya miraba al agujero que se abría en el suelo, y entonces, como si la hubiera
atrapado, se quedo mirando sin pestañear.
–Esa cueva no lleva al infierno, y no entraré en ella sea cual sea el peligro o la
recompensa —ella le miró, su firme mentón y sus azules ojos parecían pedazos del
cielo en invierno–. He estado en esa cueva antes. Yo soy parte de la familia real.
Escape a través de las cuevas. Soy la última superviviente de los Dimitru en la tierra,
y ahora ya sabes todos mis secretos… y tienes mi vida en tus manos.

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Capítulo 23
—Las hermanas sugieren que le gustará un viaje a la abadía.
La hermana María Helvig estaba de pie delante del claustro, tan alegre como
siempre, justo como si los tres no hubieran hecho un viaje a viejos y malos recuerdos
del pasado.
—Por supuesto. Si el icono está aquí, tiene que haber algún modo de descubrir
dónde.
Rurik parecía absolutamente confiado, un hombre que probablemente nunca
había oído gritos u olido el hedor de la carne quemada, y quien pensaba que el
infierno estaba después de la muerte.
La hermana María Helvig alzó una mano, y ladeo su cabeza como si estuviera
escuchando a la audiencia.
Entonces dijo:
—el tiempo se acababa.
Tasya miró al sol. Este estaba descendiendo hacia el oeste, y ella no quería
permanecer sobre esta montaña cuando anocheciera.
—Las hermanas sugieren que usted, joven, mire por las de los alrededores y
en las dependencias.
La hermana María Helvig tomó la mano de Tasya.
—Esta joven y yo miraremos en la capilla.
Rurik puso una expresión graciosa sobre su cara, parecía aliviado y para nada
sorprendido.
—Buen plan.
Tasya se alegró de ver su espalda. Ahora mismo, ella estaba resentida con él y
su familia en Washington y su clara conciencia y confianza en sí mismo, ella apenas
podía mirarlo.
Hicieron una pausa en la entrada de la capilla. Esta era estrecha y alta, con
altos ventanales pintados sobre las paredes, y rotas bancas de iglesia esparcidas entre
las enteras. Telas de araña adornaban el techo y colgaban de los candelabros, pero el
altar estaba impecable; el paño del altar estaba bordado con hilo de oro, limpio,
blanco, y tan fino, tan viejo. La Hermana María Helvig se persignó con el agua
bendita de la fuente, luego bañó sus dedos otra vez y grabó con el agua una cruz
sobre la frente de Tasya.
—Es mejor si yo lo hago, —dijo ella.
Usted está demasiado enfadada con Dios para hacerlo.
Era cierto— pero cómo lo sabía la Hermana María Helvig
—Yo siempre pensé que el icono debería estar en aquí.
Condujo a Tasya por el aislado pasillo hacia el frente.
—Los muchachos siempre obtienen toda la diversión, y pensé que sería
agradable si en cambio la obtuviera una de nuestras muchachas. Usted la encontrará.
— ¿Alguna idea de dónde mirar?
— Tengo muchas ideas!

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La hermana María Helvig juntó sus manos.
—Pensé—¿qué?
Ella miró a alguien invisible al lado de ella.
— ¿Qué? –preguntó Tasya.
La Hermana María Helvig suspiró pesadamente.
—La hermana Catalina insiste en no puedo ayudarla.
Tasya mordió su labio. Este no era el momento o el lugar para decir,
“palabrotas”, tampoco la Hermana María Helvig era la persona a quien ella podría
decírselas. Pero en verdad quería hacerlo.
Mientras la Hermana María Helvig miraba, Tasya camino al altar y observó el
piso, las paredes, el techo. Recorrió de un lado al otro el primer pasillo al lado, luego
el otro. ¡La capilla estaba construida con viejas piedras y madera que parecía a punto
de derrumbarse, y si en cierta época hubo una flecha o una señal del icono aquí había
desaparecido hacia tiempo.
—Quizás si te sentaras y pensaras en ello, —sugirió la monja.
Tasya sospechó que su sugerencia no era nada más que una tentativa de
hacerle pasar tiempo en la contemplación religiosa, pero sola no estaba llegando a
ningún lado. La vieja educación no podía ser negada; Tasya se arrodilló en uno de los
bancos cercanos al altar.
—Si me necesitas, llámeme.
La hermana María Helvig se dirigió a la parte trasera de la capilla, su hábito
susurraba suavemente al moverse.
Tasya suspiró y miró alrededor. Ella había estado aquí antes, una niña
mirando sobre una hilera de monjas.... deslizó sus ojos entrecerrados por el lugar.
Ella existió en ese estado entre el despertar y el dormir, cuando nada tenía
sentido... y todo era posible. Su mente floto libre de su cuerpo. Se vio a sí misma ahí
abajo, pobre cosa, cayó agotada en el banco de iglesia. Sus manos descansaron con
las palmas encima de su regazo. Su barbilla apoyada en su pecho. Sus ojos cerrados.
Vi un árbol, sus ramas alzándose hasta el cielo, sus hojas con verde serenidad
y cargadas de promesas. Oyó la voz de un hombre.... Tasya, pequeña, mientras vivas,
este roble nunca morirá.
Pero el roble murió. Murió en una muerte ardiente.
Ella vivía. Ella vivía para la venganza, y para que su venganza fuera completa
ella necesitaba el icono.
Estaba cerca. Tan cerca.
La luz de su conciencia se extendió en todas direcciones, buscando la llave, y
la cerradura dónde colocarla.
Una fuerza llevó la luz hacia el altar.
Esto tenía sentido, pero Tasya había examinado todo en la capilla...más aún la
luz se hundió, y hundió, en el piso y en las grietas entre las piedras donde parte del
mortero se había derrumbado en el polvo.
Alguien estaba enterrado bajo el altar.
Desde luego.

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Las aventuras de Rurik y Tasya habían comenzado en una tumba en Escocia.
Esto acabaría en una tumba en Ruyshvania.
La luz encontró un cofre de tesoros, similar al de Escocia
Y la luz se cernió allí. Esperando.
¡No tengo una llave! Tasya flotó en la capilla, los brazos extendidos. ¡No puedo
usar lo que no tengo!
Y de repente, ella estaba nuevamente despierta y sobre sus pies.
Ella también tenía la llave.
Segura por primera vez en todo este viaje, hurgó en su mochila. La arrastró
por el suelo a sus pies. La colocó sobre el banco. Desabrochando el compartimento
principal.
La llave no estaba allí. No estaba en el compartimento de lado. No estaba en
el estúpido pequeño compartimento para el teléfono móvil, o el que era para las
tarjetas de crédito, o en el bolsillo de Velcro para los bolígrafos. No estaba en la bolsa
de red con cremallera para guardar la muda de ropa, o el acolchonado
compartimento de la computadora.
Frustrada, se quitó el pelo de la frente. Alguien lo había robado.
—No, —susurró.
Tiene que estar aquí. Ella perdía cosas todo el tiempo.
Revisó a tientas el inferior de la mochila. Los lados... y en el bolsillo de la
botella de agua, encontró la forma que había estado buscando. La de una larga y
oxidada lámina de acero.
Pero esto no era una lámina de acero.
A través de toda Europa, el artefacto había estado repiqueteando en aquel
bolsillo exterior de su mochila. Esta había dado un golpe contra el marco de una
puerta, caído al suelo, sido almacenada en las cajas de arriba en el fondo de las pilas
de equipaje. Cuando ella abrió el bolsillo, las hojuelas de oxido, grandes y pequeñas
resonaron en respuesta a la apertura de la cremallera, y cuando ella investigó dentro,
su mano salió roja de oxido—y sostenía una llave.
Los dientes eran ahora claramente visibles bajo la corteza formada por mil
años de permanecer oculta en la tierra de la Isla de Roi.
—¿Lo encontró?
Ella giró para ver a la Hermana María Helvig sentada en el banco de iglesia
detrás de ella. La vieja monja reía, como siempre, y cabeceaba.
Sí. Yo la tuve todo el tiempo.
—Tasya se la mostró.
—Desde luego que lo hiciste.
—Y sé dónde está el icono.
La mirada de la hermana María Helvig cambio al suelo de piedra en el altar.
Entonces la buena hermana siempre supo la ubicación del icono.
— ¿Tomarás el icono? –preguntó.
— ¡Desde luego! Esto es lo que vine a hacer aquí.
Tasya salió del banco.

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— ¿Por tu venganza?
Tasya se paro.
—¿Cómo sabía usted esto?
—Yo veo a mis hermanas alrededor de mí. Ellas esperan por mí para
reunirnos.
Ella parecía tan convencida, Tasya giro, medio esperando ver una línea de
monjas vestidas en blanco y negro, sentadas en los bancos.
—Pero no estoy loca.
La hermana María Helvig giró hacia un lado y le habló a... nadie.
—¿Soy yo?
Tal vez ella no estaba loca o senil. Tal vez ella veía cosas que nadie más veía,
pero estaban aquí. Tal vez ella sabía cosas que nadie más sabía.... Tasya se acercó al
banco de la hermana, aferrándose con fuerza al borde.
—¿Tendré éxito?
La hermana María Helvig empujó sus anteojos encima de su nariz, y miró
solemnemente a Tasya.
—No entiendes nada en absoluto. Estás implicada en una gran batalla. El bien
y mal están en juego, y las acciones de cada persona, no importa cuán pequeñas,
harán toda la diferencia.
Tasya esperó por más. Más esclarecimiento, más especificaciones, más algo.
Pero la monja metió sus manos en sus mangas e inclinó su cabeza, y Tasya no
pudo decir si ella estaba rezando o durmiendo.
—Bien, entonces.
Tasya se acercó al altar. Con cuidado, colocó la llave sobre el pasamano y se
arrodilló sobre el granito.
Como había visto en su visión, la lechada hacia tiempo se había ido. Las
piedras estaban flojas. Piedras grandes, de la longitud y ancho de su antebrazo,
alineadas por maestros mamposteros y alisadas por generaciones de fieles. Con sus
dedos, ella escarbó sobre lo que estaba encima.
Suciedad... y huesos. Huesos limpiados por el tiempo.
Había dado con el lugar correcto.
Ella escarbó encima de otra piedra, y otra. Una de sus uñas se curvó hacia
atrás rápidamente, y contuvo una maldición.
No aquí. No con la Hermana María Helvig escuchando.
Los huesos eran viejos, cubiertos de fragmentos de una mortaja de lana el
marrón teñida por el largo contacto con la tierra. El hombre, cuando había estado
vivo, había sido alto y amplio. Su fémur era largo y grueso; los huesos de su cadera
eran robustos. Alguien había cruzado sus manos sobre su pecho. Los huesos del
dedo estaban dispersados entre sus costillas, uno todavía llevaba el anillo de oro
macizo.
Tasya hizo una pausa, decepcionada y jadeando. Ella había pensado que él
podría sostener el cofre.
—Siga mirando.

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La voz de la Hermana María Helvig floto débilmente desde los bancos. Y
luego, tan débilmente que casi Tasya no la oyó, dijo:
—Ya no hay tiempo.
Tasya miró alrededor.
—¿No tiempo para qué?
La monja no contestó, pero permaneció sentada con la cabeza inclinada.
La piedra sobre la cabeza del rey era de dieciocho centímetros de espesor y la
mitad de la altura de Tasya, y probablemente pesaba media tonelada. Brevemente
considero llamar Rurik por ayuda, pero había visto su renuencia para entrar en la
capilla. Por supuesto que no le llamaría, tampoco rezaría por la ayuda de un dios en
quien había perdido la fe hacía tantos años. En cambio, hizo lo que siempre hacía,
depender de si misma.
Diciendo, —Sosténgase, Hermana, esto va a ser ruidoso, —usó las rocas de los
lados de la tumba como un firme apoyo para sus pies.
Resbalando sus manos bajo los bordes de la gran lápida mortuoria, se esforzó
para alzar un extremo. El otro permanecía asegurado en la tierra firmemente. Los
músculos en sus brazos y estómago gritaron bajo la tensión, sin embargo despacio,
despacio el monumento comenzó a moverse. Casi había llegado a la mitad del
camino. . . . Casi allí. . . casi. . . iba a dejarlo caer. Tenía que dejarlo caer. ¡Tenía qué!
Miró abajo hacia el cuerpo, esperando ver el cofre.
En cambio el cráneo del rey sonrió abiertamente hacia ella, burlándose de sus
esfuerzos.
En una ola de furia, empujó la loza hacia afuera.
Con un golpe poderoso, la loza cayó sobre la ancha superficie del suelo, y se
rompió en dos.
Ella resistió la palpitación, apartando la vista de aquel cráneo que sonreía con
satisfacción.
—Mira esto, —dijo.
Encima de su cabeza coronada, vio un destello cuadrado de ocho pulgadas de
oro.
El cofre.
—Está aquí, —llamó—. Hermana, ¡el cofre está aquí!
Con cuidado de no perturbar los huesos, se arrodilló y quitó la suciedad. Sí. El
trabajo sobre la tapa era similar al de aquel cofre en Escocia. Imposible, pero de algún
modo este cofre había viajado a través de una isla, a través de un mar, a través de un
continente, terminando aquí en una tumba real en un viejo y honorable convento.
Miró alrededor por algo con que cavar, pero el altar estaba desnudo, y de
todos modos, ella podría no haber perdonado a Dios por permitir la muerte de sus
padres, pero eso no significaba que usaría algo de la iglesia como una pala.
—Hermana, ¿está segura de que el icono está adentro?
La hermana María Helvig no contestó, pero eso no sorprendió a Tasya. Luego
de los crípticos comentarios de la hermana. ¿Por le daría ahora a Tasya las respuestas
que buscaba?

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Con una impaciencia que no daba lugar al miedo o el fastidio, Tasya excavo
alrededor del cofre con sus dedos.
Más de vez miró ansiosamente a la llave esperando en el borde …pero no.
Ella no se atrevió a usarla en la apretada suciedad. Si se había debilitado el eje, y ella
rompía la llave ...mil años, y Tasya Hunnicutt haría volar el sistema entero
rompiendo la llave mientras excavaba para sacar el cofre. El pensamiento la hizo
estremecerse.
Por fin el cofre se liberó en su asimiento, y gradualmente ella consiguió
moverlo poco a poco fuera del agujero. Lo sostuvo en sus manos, maravillada con el
trabajo. Quiso agitar la caja, como un niño con su presente de cumpleaños, e intentar
descubrir por el sonido y el peso si su deseo había sido concedido.
Lo envolvió en sus brazos, y se preguntó cual era su contenido. Durante un
momento, cerró sus ojos y sostuvo la caja de oro incrustado y martillado en sus
brazos.
¿Estaría el icono aquí? ¿Había encontrado su prueba por fin? ¿Estaba su
venganza solo a la vuelta de una llave?
Alcanzó la llave. La dejó caer. Esta golpeó la piedra con un sonido metálico.
Su corazón golpeaba con fuerza.
Apenas se atrevió a mirar. Cuando lo hizo, vio los diminutos fragmentos de
óxido esparcidos por el suelo. Pero la llave permaneció en una pieza.
—Está bien, Hermana, —le dijo—. No se hizo nada.
Con el faldón de su camisa, frotó la llave, limpiando los dientes, sabiendo que
entre la suciedad en la cerradura y la corrupción en el metal, se podría necesitar un
equipo de expertos para abrir el cofre—y esto era si su visión era correcta, y la llave
emparejaba con la cerradura. No tenía ninguna chance de que funcionara—pero
tenía que intentarlo.
Colocando el cofre en el suelo, insertó la llave en la cerradura. Enseguida, esta
hizo tope con algo. Liberó la llave, la limpió otra vez—las manchas nunca saldrían,
pero sacrificó la camisa con mucho gusto—e intentó otra vez.
Esto todavía pegaba.
Recogiendo el cofre, lo giró para que la cerradura quedara de cara al suelo.
Tomó aliento—sabía bien como hacer esto—y con cuidado golpeo con su mano el
fondo.
Un diminuto, guijarro dentado golpeo en el suelo.
Esta vez, la llave entro. La giró.
La cerradura pulsó.
Su corazón golpeó en su pecho. Jadeó como si hubiera estado corriendo.
Abrió la tapa.
Por primera vez en casi mil años, ojos humanos miraron el icono de la Virgen
María.
Y la Virgen María regresó la mirada.
El color de cereza de su capa era tan rico, profundo y resplandeciente que
brillaba, y el halo de oro alrededor de su cabeza relumbraba en la luz variable. Su

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cara era pálida y de todos modos, sus ojos oscuros eran grandes y dolorosos, y una
lágrima recorría su mejilla. Ya que en su regazo, esta Virgen sostenía a Jesús
crucificado.
Las lágrimas se aglomeraron en los ojos de Tasya, también, y una salpicó sobre
el icono. Apresuradamente, ella lo borró y trató de decirse que ella lloraba porque
este era su momento de triunfo que tanto quería.
Pero aun no podía convencerse.
Los ojos tristes y tiernos de la Virgen contaban la historia. Esto, la Virgen era
una mujer que había perdido a su hijo. Ella era una mujer que había padecido el
sufrimiento incalculable. Y en su cara, Tasya vio a su propia madre.
Tasya recordó las llamas que brincaban hacia arriba, devorando las cortinas,
las paredes. Recordó el grito de los sirvientes. Vio el tormento de su madre
nuevamente cuando besó a su pequeña, dijo adiós y la envió lejos.
Tasya había gritado y llorado, por supuesto, pero no había entendido.
Ahora lo hacía, y las profundidades de su angustia se hicieron más profundas.
Su madre la había dejado ir, no sabía si su hija moriría, pero efectivamente su
propio tiempo había llegado... y que ellas nunca podrían volver a verse la una a la
otra vez.
El dolor de ese momento, cuando el lazo entre la madre e hija había sido
brutalmente cortado, nunca podría suavizarse.
Tasya sollozó una vez, un sonido brutalmente fuerte, áspero que hizo eco a
través de la capilla.
Otros sollozos se apretujaron en su pecho, pero ella los aguanto.
No podía llorar. Ella nunca lo hacía. No tenía tiempo.
La Hermana María Helvig había dicho que el tiempo se acababa, y Tasya
sabía que era verdad. Era el tiempo más largo que ella y Rurik se quedaban en un
lugar, lo más probable era que los Varinskis los encontrarían. Si ella obtenía este
icono para el National Antiquities, ellos tendrían que salir antes del anochecer,
mientras todavía pudieran manejar por la carretera hasta Capraru, y tomar un tren
fuera de allí.
Se puso de pie y sacudió su ropa.
—Ya lo tengo, Hermana. Estaba desde el principio aquí.
El sol que bajaba a través de las ventanas de oeste brilló en la figura de la
Hermana María Helvig.
—¿Quiere verlo?
Tasya se apresuró pasillo abajo.
—Está hermoso, Hermana, y tan antiguo y triste. El artista era un maestro, y—
Se detuvo y miró fijamente en la monja.
—¿Hermana?
La Hermana María Helvig cayó hacia adelante y se deslizó.
—¡Hermana!
Tasya deslizó el icono en el bolsillo delantero de sus vaqueros. Se arrodilló al
lado de la anciana y examinó su cara.

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Sus ojos estaban cerrados, su expresión serena.
La Hermana María Helvig estaba muerta.

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Capítulo 24
Rurik pasó en frente de la capilla. Cambió de hombro su mochila. Desabotonó
su duster10 y aseguró su pistola a un lado, un cuchillo al otro, y la espada oculta en su
manga. Verificó su reloj. Eran las tres de la tarde. Había esperado mucho y seguiría
esperando. Había explorado el exterior, observando en los edificios de afuera, el
cementerio, e incluso el claustro, pero no encontró señal alguna del icono. O no
estaba aquí—o estaba en la capilla.
¿No era de figurárselo? El único lugar donde él no podría ir.
No había visto señal de Tasya o de la Hermana María Helvig, y su sentido de
urgencia estaba creciendo. Él y Tasya—y la Hermana María Helvig, si él pudiera
convencerla—necesitaban localizar el icono o dejar el convento, o ambos. Ya habían
estado aquí demasiado tiempo.
Mientras caminaba hacia la puerta de la capilla, olió el aroma de la muerte.
Captó toda la escena en un momento—la vieja monja caída en su asiento, Tasya
arrodillada en el pasillo a su lado, cabeza gacha.
—Tasya.
Rurik se quedó donde estaba, si atreverse a entrar. Ella lo buscó.
Él esperaba verla llorar. En cambio su cara estaba pálida, compuesta, y sin
lágrimas—y el dolor que proyectaba se dirigió pasillo abajo hacia él.
Había dado tres pasos cuando el silencio lo golpeó. La capilla estaba
esperando por una decisión. Se detuvo y esperó también.
Pero nada pasó. El aire no quemó sus pulmones; el suelo no quemó sus pies.
Él seguía siendo un hombre y no había estallado en llamas. Empezó a abanzar de
nuevo.
—Ella está muerta.
Tasya puso la mano de la Hermana María Helvig sobre su regazo.
—Debemos sacarla ponerla afuera y llamar al sepulturero para que venga y
cuide de ella.
—Ciertamente debemos llamar al sepulturero, pero ella estaba lista para esto.
Yo encontré el cementerio. Su tumba está escavada. El ataúd está esperando. Y
nosotros tenemos que enterrarla ahora.
Cautamente, él tocó la mano de la monja. Nada. Ni siquiera un zumbido.
—Ella no tuvo los últimos ritos. Su cuerpo necesita ser lavado. ¡Tiene que
tener una ceremonia apropiada!
—Ellos pueden exhumarla y hacer lo que sea correcto, pero nosotros no
podemos dejar su cuerpo para que los animales salvajes lo encuentren.
—¿Qué quieres decir?
Él alzó a la monja en sus brazos y se dirigió hacia la puerta.
—Los Varinskis están acercándose a nosotros. Tenemos que salir de aquí.—

10
Duster. Especie de sobretodo largo y ligero, gastado especialmente. En los primeros días de los automóviles
abiertos se utilizaba para proteger la ropa del polvo del camino

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Tenía que darle crédito a Tasya. No preguntó cómo lo sabia. No discutió su
argumento. Simplemente se unió a él mientras caminaba pasillo abajo, el cuerpo de la
Hermana María Helvig flácido en sus brazos.
Salieron de la capilla y se dirigieron hacia el cementerio localizado detrás de la
capilla en las sombras de un gran árbol viejo.
Rurik puso a la Hermana María Helvig en el sencillo ataúd de madera que
esperaba por ella. Tasya colocó sus manos encima de su pecho, ordeno su cofia y su
túnica, y puso el crucifijo sobre de su corazón. La tumba había sido excavada
recientemente, el ataúd estaba limpio y seco y descansando en las sogas, y una pala
estaba esperando; la Hermana María Helvig había sabido la hora de su muerte. Rurik
sospechó que ella había sabido quién era él, también, y que ahora estaban viniendo
por ellos.
Ésta era la verdadera razón por la que él quería enterrarla profundamente. Si
pudieran, los Varinskis profanarían su cuerpo.
—Bien.
Tasya retrocedió y le ayudó a poner la tapa en el ataúd.
Juntos, tomaron las sogas. El ataúd era pesado, pero una vez más, Tasya
impresionó a Rurik con su fuerza y su determinación al hacer lo que tenía que hacer.
Ella aseguró sus pies y ayudó a bajar lentamente a la Hermana María Helvig en la
tierra.
Él agarró la pala.
Tasya estaba de pie, con la cabeza baja, sus manos en caderas, jadeando.
—Di las oraciones que quieras decir.
Cada instinto estaba golpeando.
—En cuanto termine, estaremos fuera de aquí.
Ella asintió y bajó su cabeza.
Él cavó y la observo.
Detrás de ella, el sol estaba deslizándose hacia el oeste. Los rayos tiñeron de
negro—y—blanquearon el pelo con oro y pusieron un halo alrededor de su cabeza.
Su piel brilló como la porcelana fina, y con sus ojos cerrados, sus pestañas oscuras
barrieron sus mejillas. Una ilusión, por supuesto; Tasya no era un ángel. Pero ella era
una buena mujer que intentaba hacer lo mejor y ayudar aquéllos que lo necesitaban.
Él no la merecía. Pero la quería, y lo mataba que el final pudiera llegar.
Miro alrededor.
Vienen rápidamente.
Terminó amontonando la tierra en la tumba. Tasya observaba.
Una de las cruces de piedra en el cementerio se había roto y caído en la tierra.
Él apuntó hacia ella.
—Pon eso en su tumba.
Tasya lo recogió. Era pesada y fría en su mano. La presionó en la tierra que
cubría a la Hermana María Helvig.
—Bien. Vamos.
Recogió su mochila y tomó el brazo de Tasya.

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Ella lo siguió gustosamente. Sentía una opresiva sensación de peligro. Su
tensión se había comunicado a ella— o quizás ella sentía el acercamiento de un
Varinski. ¿Habían llegado? ¿Estaban aquí?
Ella todavía tenía el icono en su bolsillo.
Tenía que mantenerlo seguro.
—¿Has visto señales de ellos?
Su inquietud creció.
—No.
Él alzo la miraba a los árboles. Hizo una pausa y escuchó.
—No. Pero rastrear personas es lo que ellos hacen, la sorpresa es su fuerte, y
hemos tardado aquí demasiado.
—Agarrando su brazo firmemente, comenzó a avanzar con largos y
despiadados pasos, indiferente a su incomodidad. Su corazón comenzó a agitarse,
no debido al paso enérgico, sino porque él parecía austero y angustiado mientras
ellos bordeaban el lado de la capilla, daban vuelta a una esquina—y encontraron a
tres hombres apoyados contra su automóvil.
Uno permanecía en una postura desgarbada sobre el capó, sacudiendo un
juego de llaves.
Otro holgazaneando sobre el tronco, con la cabeza ladeada, mirándolos. El
último estaba parado junto al lado más lejano, sonriendo abiertamente con sus brazos
flexionados y apoyados sobre el techo. Historia de West Side como realizada por
cosacos. Ella los reconocería en cualquier parte. Había visto fotos de ellos. Les había
visto demorarse en su jardín. Ella recordó el ahogamiento, el presentimiento horrible
que generaban en sus entrañas. Varinskis.
Dos tenía de pelo negro. Uno de ellos era rechoncho. Ambos eran jóvenes
inexpertos con caras hoscas.
El que tenía las llaves era rubio, viejo, de cuarenta o cincuenta, y
evidentemente a cargo.
Pero todos eran altos, fuertes músculos, con amplias caras, altos pómulos, y
barbillas fuertes. De hecho, todos ellos se parecían a Rurik. Se quedó sin aliento. Los
miró a ellos y al hombre que la sostenía apretadamente. El hombre que la había
llevado al éxtasis. El hombre en que confiaba. Rurik... Rurik era uno de ellos. Rurik
era un Varinski.

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Capítulo 25
Rurik nunca hizo una pausa. Él usó el brazo de Tasya para adelantarse, hacia
sus parientes.
Hacia los Varinskis.
Asustada, se clavó en seco, tropezó y cayó en la suciedad, sobre sus manos y
rodillas. Encima del zumbido en sus oídos, y el choque y dolor que la hizo casi
desmayarse, ella oyó a Rurik decir, —Aquí está ella. La que perdieron.
Ella inhaló profundamente y alzó la vista hacia los gamberros.
El que tenía las llaves dejó de sacudirlas. Se enderezó. —¿De qué carajo hablas?
— ¿El nombre Dimitru significa algo para ustedes tontos de mierda? –
preguntó Rurik.
Tasya cerró sus ojos. Dejó caer su cabeza. Luchó con el dolor, pero no podía
ocultar la verdad a si misma.
Rurik había roto su confianza. No, no solo su confianza— su corazón.
—Trabajé en el caso Dimitru. –dijo el tipo de las llaves.
Rurik la había cortejado. La había enamorado con cada palabra dulce y cada
acción galante.
Había trabajado, y trabajado mucho hasta convencerla que él era el único en
quien podía creer—el único ser humano de quien ella podría depender.
Y había tenido éxito.
—Aquella cosa sobre la tierra —Rurik sonaba frio y desinteresado—. Es la ni—
a Dimitru.
Le había dicho su secreto más profundo. En su vida, ella nunca le había
contado a nadie más sobre su familia.
Había dado su confianza a Rurik. Infiernos, ella le había dado su corazón.
Y gracias a ello. ¿Entonces él podría traicionarla y a sus parientes por... por
qué? —Imposible, —dijo el tipo de las llaves—. Matamos a todos los niños. Nosotros
quemamos la casa.
—La institutriz se la llevó, —le informó Rurik.
—Él miente.
Ese era otro de los chicos, la voz del tipo de las llaves estaba casi libre de su
acento, en cambio la voz de este muchacho era profunda y muy rusa.
—Una mujer y una muchacha de cuatro años se escaparon del gran, malvado
Varinskis. Me cómo se reiría todo el mundo si se supiera.
No podía comprender como Rurik podía mofarse así. Casi compadeció al tipo
de las llaves. Hasta que el tipo de las llaves llegó hasta ella y levantó su barbilla. Ella
se sacudió para liberarse.
Agarró su pelo y la sostuvo en el lugar. Examinó su cara—y ella examinó la
suya.

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Él tenía que tener cerca cincuenta años si es que había participado en la
incursión contra la familia Dimitru, aún estaba vivo y fuerte, con pelo tan rubio que
parecía de plata, y el color de sus ojos como sopa de guisantes secos.
Apretó su pelo sin piedad, girándola de un lado al otro. Examinó sus ojos.
Entonces, más insultantemente, inclinó su cabeza hacia un costado y se apoyo cerca
de su garganta. Sorbió su piel, luego deslizó su lengua en una larga, lenta lamida que
comenzó en su tráquea y terminó detrás de su oído.
Se levantó y se distanció. —Él tiene razón, —dijo en un tono plano—. Ella es
un Dimitru.
—Con un gesto disgustado, se limpió su saliva. Él se rió y usó su lengua en un
ademán de colgar y lamer en el aire, como un perro vuelto loco con la rabia.

Ella no se preocupó. Iba a morir, de todos modos.


–Muy pronto vas a conocerme, —prometió, y cambió su atención a Rurik—.
¿Qué te debemos por entregarla? ¿Dinero? ¿Joyas?
Arrojó las llaves otra vez. —O quizás simplemente que te dejemos vivir.
Ella se arrastró a sus pies. Tenía que prestar atención. Tenía que escuchar los
planes que tenían para ella, y si Rurik no los convencía de matarla inmediatamente,
tenía que buscar una salida.
—No vas a matarme, —dijo Rurik—. Soy el único con la información que
quieres—. ¿Recuerdas?
— ¿Qué carajo de información seria esa?
Era el muchacho moreno y pálido. Rurik levantó sus cejas al tipo de las llaves.
El tipo de las llaves sacudió la cabeza.
—¿Qué? —preguntó el muchacho—. ¿Escondes algo de nosotros?
El tipo de las llaves giro hacia el muchacho, y Tasya pudo haber jurado que le
gruñó como un verdadero perro. Puro truco.
El tipo de las llaves dijo:
—No me enfurezcas, Ilya, o me quedaré a la gatita para mí.
—La gatita es mía, —dijo Rurik—, y la mantendré conmigo hasta que me
canse de ella.
—Los Varinskis comparten, —dijo Ilya.
—Yo no soy un Varinski, —contestó Rurik.
—Actúas como uno. Cazaste el tesoro. Trajiste a una mujer para comerciar por
nuestra buena voluntad y protegerte. Y, el bono—el tipo de las llaves la miró sobre
el hombro—nunca le dijiste quién eres. Ella está de pie allí y todavía no sabe que
pensar. ¿O sí?

—Sabe muy bien que pensar.


Tasya deseo no hacerlo. Ahora mismo, la ignorancia de la verdad habría sido
la dicha.
—¿Es esto un asunto con ella?
—El muchacho moreno pareció incrédulo.

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—¿Mentiste sobre ser uno de nosotros?
Los Varinskis rieron, los tres, gamberros y asesinos.
—No mentí sobre ello. Ya lo dije. No soy uno de ustedes.
Rurik parecía tranquilo y al mando.
Tasya rehusó alejarse cuando él camino hacia ella.
—Mantendré a la mujer conmigo todo el tiempo que lo desee, y mantendré al
tesoro conmigo cuando lo encuentre.
El tesoro. El icono, quiso decir. El icono que estaba todavía en su bolsillo— y él
no sabía que había encontrado.
Él tomó su muñeca.
—Me enfermas.
Se retorció para liberarse.
Él dio la vuelta y se alejó.
Ella trató de plantar sus talones y evitar que se la llevara.
Él la arrastró detrás de él, usando su mayor corpulencia, indiferente a su lucha.
Entonces, de repente él la empujó.
Mientras tropezaba lejos de él, oyó tres golpes duros, y al tiempo que ella
giraba, Rurik tenía a uno de los muchachos con la cara aplastada en la tierra, su brazo
recto y estirado hacia atrás y su muñeca retorcida.
No comprendía.... Bien, ella sabía que Rurik era capaz de ganar una lucha,
desde luego. Necia que era, había dependido de él para su seguridad. Pero ella no
había comprendido exactamente lo mortífero que podía ser.
Había trabajado con él, luchado con él, viajado con él, dormido con él—y no
conocía a Rurik Wilder en absoluto.
Cautelosamente pasó su mano sobre el bolsillo delantero de sus vaqueros. El
icono estaba todavía allí.
Gracias Dios. Gracias a Dios, y la Hermana María Helvig, que Tasya no había
pensado en decirle que había encontrado el icono.
Ahora ella tenía que buscar la forma de ocultar el icono—o al menos ponerlo
en algún sitio un poco menos obvio.
Rurik colocó su pie calzado en medio de la espalda del chico.
— ¿Cómo te llamas?
—Sergei.
Tasya miro alrededor. Los otros miraban atentamente a Rurik.
— ¿Nadie te enseñó nada sobre hacer una maniobra imbécil? –preguntó Rurik.
—Sí.
Rurik torció un poco más.
— ¿Qué dijiste?
—Sí, señor. El Varinskis me enseño la maniobra imbécil.
Tasya deslizó su mochila.
— ¿Y cuál es la maniobra imbécil? –ladró Rurik como un sargento.
Sergei respondió como un recluta.

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—Esto es cuando alguien gira su espalda para atraer al atacante, pero cuando
lo hace, él está preparado y te pone.
Tan silenciosamente como podía, Tasya abrió poco a poco la cremallera de la
mochila.
— ¿Qué es lo que dice el Varinskis que debería hacerse a los imbéciles?
Claramente, Rurik sabía las respuestas.
Sergei hizo una larga pausa, una que duró mucho tiempo.
—Queda a la discreción del ganador.
Tasya deslizó el icono de su bolsillo y lo empujó a las profundidades de la
mochila, y lo giró como una oruga en un capullo de ropa.
—Mi padre dijo que los imbéciles deberían ser salvados de su miseria.
Rurik jugaba con el chico.
— ¿Entonces la pregunta es—debería matarte ahora o darte una segunda
oportunidad?
Ella cerró la cremallera del bolso rápidamente. No estaba bien, pero ahora
mismo, esto era lo mejor que podía hacer.
—Segunda oportunidad, —dijo Sergei.
—¿Qué?
Rurik torció el brazo de Sergei tan fuerte que Tasya oyó algo romperse.
Se estremeció y estuvo a punto de vomitar.
—Segunda oportunidad, señor.
La voz de Sergei chirrió.
—Por favor, señor.
Rurik le dejo ir y se alejo un paso.
—Mi padre mintió, o el entrenamiento ya no es lo que era en su época.
El tipo rubio no se había movido. Había mirado todo lo que pasaba sin interés
evidente.
—Está en entrenamiento.
—¿Cuánto tienes? ¿Dieciocho?
—Tengo veinte años. –expresó Sergei con tono resentido mientras se sostenía
la muñeca.
¿Ella se había equivocado? ¿Rurik no le había roto un hueso? ¿O estos tipos
estaban tan acostumbrados que el dolor les era indiferente?
—¿Un pájaro, correcto? –adivinó Rurik.
—Un búho, —dijo Sergei con orgullo.
—Ellos me trajeron para cazarle de noche.
El tipo de las llaves murmuró una palabra áspera en ruso.
—Así que su visión de día no es demasiado buena. Gracias por el consejo.
Rurik sacudió su cabeza en repugnancia.
—Vas a tener que hacerlo mejor que esto, o la primera cosa que harás será
matarte.
—Poyesh ' govna pechyonovo, —dijo Sergei groseramente.

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El tipo de las llaves e Ilya dieron un paso adelante, cada uno en una diferente
dirección.
—Sí, él joven es un idiota y dice demasiado, —dijo el Tipo de las llaves—, pero,
simpático chico Wilder, mostraste demasiado.
Tasya se dio cuenta de que ellos iban a atacar a Rurik. Dos asesinos entrenados
iban a matarlo–y aunque ella trataba de armarse de valor contra él, se preocupaba.
Porque pensaba que la protegería por lo menos un poco. . . Pero también porque le
importaba. Maldición, no quería hacerlo pero lo hacía. Rurik permanecía de pie con
holgura, esperando, mientras que los tipos lo rodeaban. Miró, falta de aliento,
esperando el primer puñetazo. En vez de eso, Ilya desapareció, dejando sus ropas en
el suelo, y en un destello de plumas, un inmenso pájaro blanco y negro tomó su lugar.
Con alas de una envergadura dos metros y medio, el águila emprendió el vuelo.
Tasya no supo qué hacer con sus manos. Qué hacer con sus pies. Si gritar o rezar.
Entonces Rurik estalló en una ráfaga de plumas y se elevó en el aire sobre los
alas de un halcón.
—No, —susurró—.¡No!
Había presenciado lo imposible. Alguien la agarró desde atrás.
—Sí, —susurró Sergei en su oído.
—Es verdad. Tú estás viviendo tu peor pesadilla.
Después, no supo qué hizo. Conocía los movimientos: codéalo en el intestino,
clávale el zapato en el empeine, retuerce esa muñeca lastimada. Era un Varinski, pero
debía haber hecho algo, porque estaba en el suelo detrás de ella. Tal vez no era
totalmente indiferente al dolor. Miró fijamente la pila de ropa y armas, las ropas y
armas de Rurik, a la izquierda en el suelo. Miró fijamente los cielos mientras las dos
aves de rapiña muy fuertes se rodeaban y golpeaban.
Sus garras eran como hojas de afeitar. El halcón era más pequeño, más rápido,
girando hacia dentro, golpeando, saliendo precipitadamente. Pero el águila contestó
cada movimiento con uno propio, cortando profundamente en el halcón. Acuchilló el
ala, el pecho. . . . El halcón se movió en espiral hacia abajo. A ella le pareció haber
gritado. El águila se abatió para la presa–y justo antes de que golpeara la tierra, el
halcón se convirtió en un hombre, tomando al águila y rodando, haciéndola añicos
contra el suelo con todo el peso de Rurik sobre él. El águila agitó sus alas y se quedó
quieto. Rurik había ganado, pero a un alto precio. Gemía y se retorcía, tratando de
tranquilizar su respiración. Estaba desnudo. Estaba indefenso.
Cuando el hombre rubio observó lo que pasaba, sus ojos comenzaron a arder.
Se quitó su ropa–mi Dios, era más grande y más musculoso de lo que hubiera
pensado–y Tasya se dio cuenta de que iniciaba su transformación. Un lobo. Era un
lobo. Su hocico creció largo; sus dientes se alargaron; el pálido pelo sobre su cabeza
cubría su cara, cuello y espalda. Usaría la ventaja del desgaste que había producido
en Rurik la lucha con el águila. Ahora pensaba terminar con Rurik. Así que Tasya
levantó su mochila y lo golpeó fuertemente con ella en la cara. Debieron haber sido
sus pesadas botas que colgaban de una correa las que le dieron. O tal vez fue su

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cantimplora, llena hasta la mitad de agua. Durante unos pocos segundos vitales,
golpeó la tierra y no se movió.
Cuando lo hizo, Rurik estuvo de pie sobre él. Su tatuaje se retorció sobre su
brazo y su pecho, y cielo azul y rojo pareció brillar amenazante.
—Pronto se hará de noche. ¿Dónde está el lugar que usan como campamento?
Tengo la maldita esperanza de que hayas tenido el sentido común de alejarte lo
suficiente del suelo sagrado.
El tipo en la tierra gimió y giró su cabeza.
—Por allí. –señaló Sergei señaló con el dedo, y su voz tenía un timbre de
respeto que no había escuchado antes.
—Camino abajo, cruzando por las rocas.
Rurik recogió sus ropas, cuchillos y pistola y los pasó a Tasya.
—Sujétalos.
Los miró, luego lo miró, queriendo ver su reacción cuando ella los limpió
retirándoles la tierra. Hasta que dijo,
—A menos que quieras que me quede desnudo.—
Ella no quería mirarlo, realmente mirarlo, pero sus palabras eran un desafío, y
ahora él era todo lo que ella podría ver. El sol poniente brillaba sobre los músculos de
su pecho, todavía subiendo y bajando por el esfuerzo, y sobre la herida de cuchillo
que ella ahora comprendió no era de un cuchillo, sino una uña o un diente. La sangre
rezumada de los cortes que el águila le había infligido. Estaba rasgado; el paquete de
seis de su vientre y sus muslos macizos hablaba tan claramente de una vida vivida
con un régimen de pesas y largos circuitos de trote, de preparación para la lucha que
vendría. Y había llegado.
Mientras ella lo miraba, sus genitales se despertaron. Desde luego.
Él era un Varinski.
—Te odio tanto, —respiró.
Ella nunca había querido decir tanto.
—Pero tú tienes mis ropas.
Sí. Él había ganado cada batalla con cada táctica secreta que conocía.
Y ella se había enamorado de todo ello.
Rurik agarró su mochila con una mano y su brazo con el otro, y comenzó a
caminar por el campo.
El tipo rubio, que ya no era más un lobo, se tambaleó sobre sus pies.
—La perra necesita que le ensenen una lección.
—Rurik lo confrontó.
— ¿Cómo te llamas?
—Soy Kassian.
—Bien, Kassian, yo diría que ella aprendió una. No puede matar a un Varinski,
pero le puede dejar inconsciente con un rápido golpe en la cabeza. Rurik giro con ella
y la arrastró con él camino abajo.
Había aprendido otra, también.

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Aquellos monstruos andaban sobre la tierra, y por su propia insensatez, ella se
había convertido en su presa.

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Capítulo 26
—Suelta mi brazo.
Tasya marchaba rígidamente junto a Rurik mientras él cruzaba de un tranco
colina abajo hacia el campo.
—Tengo cosas de decirte y ningún tiempo para hacerlo.
—Ella trató de dar un tirón para liberarse.
Su agarré se apretó.
—Permanece cerca. Su trabajo es el de matarte. Si te alejas de mí, ellos
terminarán ese trabajo.
—Qué opciones tan maravillosas me ofreces.
—No cortes tu nariz para fastidiar a tu cara.
—Soy una idiota. Pero no de ese tipo.
—Ella lo miró, tratando de ver al hombre que conocía tan bien.
Un Varinski. Mi Dios. Ella había trabajado con ese hombre, había dormido con
ese hombre, el hombre en que ella había confiado era un Varinski.
Ella lo había vio convertirse en un halcón. Ella lo había visto.
Todavía no podía comprenderlo, y no podía mantenerse en silencio.
—Pero el resto seguro, me lo has demostrado. Soy una idiota. En todos los
sentidos. Me jodiste de todas las formas posibles.
Él se detuvo.
—Bien. Primero—cuando te encontré, no sabía que eras una ternera de
sacrificio para el Varinskis. Así que no te convenzas de que te follé porque era
divertido. Te folle porque quise. Todavía quiero, y voy a hacer todo lo que sea
malditamente necesario para asegurarme que salgas de esto viva.
—Sí, seguro.
Se sintió mareada cuando fijó su mirada en ella y habló tan enérgicamente.
Casi le creyó.
—Es por eso que les dijiste quién soy.
Apretó su mano sobre su mochila.
Necesitaba concentrarse. Tenía el icono. Él no lo sabía. Y tenía la intención de
mantenerlo así.
—La he utilizado como moneda de cambio para que me acepten. Comenzó a
avanzar de nuevo, arrastrándola tras él.
—En el caso de que no lo hayas notado, hay cierta tensión entre los Varinskis
rusos y los Wilders Americanos, y te soy inútil muerto.
—Nunca me dijiste que eras un Varinski.
—No lo soy. Soy un Wilder. Soy hijo de mi padre. Hijo de mi madre.
—La empujó a un hueco herboso al lado del montón de bolsas de lona
Varinski—y rifles y pistolas semiautomáticas. Exploró el área, luego dejó caer su
mochila al lado de un montón de rocas.
Tomando una camiseta de ella, se la arrojó a la cabeza.
—Y cuando me contaste tu historia, nosotros teníamos prisa y corríamos.

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—No tienes que quedarte conmigo.
Ella le vio ponerse su ropa interior, atar sus cuchillos con una correa,
abrocharse sus pantalones.
—Sé todo lo que hay que saber sobre esta mierda, confía en mí, Tasya. No voy
a traicionarte. Lo juro por el alma de mi padre.
—El alma de su padre debe estar manchada por tu juramento, irá directo al
infierno.
Rurik la miró. Sólo la miró, y por un momento, vio directamente las
profundidades de su dolor.
Ella reconoció esas profundidades. Había vivido en esas profundidades.
Su columna vertebral rígida.
Ella no sentía empatía por él. Por un Varinski.
Ella apoyó el resto de su ropa y sus zapatos en el césped, y limpió sus dedos.
—¿Por qué estoy sujetando esto para ti?
Él se apoyó contra la roca y se puso sus calcetines y zapatos, y luego se estiró a
través de la pila de armas del Varinski y escogió una pistola semiautomática. Le puso
un cargador.
—Vamos a salir aquí.
—Me suena a una buena idea.
—Ella se inclinó para recoger una pistola.
Él cogió su mano.
—¿Sabes disparar?
—He tenido entrenamiento.
—Bien, entonces.
Él sonaba divertido.
—Aunque me agrada saber que podrías defenderte contra los Varinskis, tengo
miedo de no equivocarme mientras esté a tu lado para permanecer vivo yo mismo.
Él era cauteloso. Bien.
—Según tú, Varinskis, no puedo matarte.
—Eso es cierto. Pero si me pegas un tiro, ciertamente podrías hacerme más
lento.
—Es bueno saberlo.
Ella se fijó en su mirada.
—Hacerme más lento y enfurecerme.
La miró nuevamente.
—¿Y esto? Te explicaré primero, luego te daré la pistola.
—Suena como a un trato.
Ella no quería ser la que rompiera el contacto visual, pero el modo en que él la
miraba, tan perspicaz, tan decidido, hizo que volviera su mirada hacia la lejanía.
Él pensaba que como ya la había seducido una vez—bien, más que una vez—
sería capaz de engatusarla para que creyera su mentira otra vez.
¿Por qué no lo haría? Ella había sido una imbécil de todas las maneras.
—Vamos.

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Él trató de tomar su mochila.
Ella se negó, sus dedos se apretaron sobre la correa, su corazón palpitó con
repentina alarma.
Él era una cosa sobrenatural. ¿Sentiría el icono adentro?
—¿Qué estas haciendo?
—Abandonaremos las cosas aquí para que ellos piensen que volvemos.
Él tiró otra vez.
—Donde vamos, no necesitas tu mochila.
No. Él no sabía del icono.
Afróntalo, Tasya, si él supiera del icono, lo tomaría y correría — no, volaría — y te
dejaría librada a los Varinskis.
La amargura de aquella verdad la hizo levantar su barbilla y mirarlo
directamente a los ojos.
—Quiero quedarme con ella. Esto es... tengo mi cámara adentro.
Volvió a mirarla, tan enfadado, tan hostil.
¡Como si tuviera el derecho!
—Bien.
Tiró su duster de cuero junto a sus cosas y tomó su brazo otra vez.
Ella se sacudió.
—Puedo caminar.
—Bien.
La soltó y se dirigió hacia la colina.
Ella recogió su mochila y, alimentada por su cólera, se apresuró para
alcanzarlo.
—¿A dónde vamos?
—Al otro lado de la montaña para que podamos hablar en paz.
Lo que tenía enfrente era un angosto camino en la roca que cortaba por el
acantilado, cómo. Este no era un paseo que uno hace dos veces en un día. O nunca.
—¿Cómo te figurabas? Al menos uno de esos tipos es un ave. Si quieren volar
desde lo alto y cagarse sobre nosotros, lo harán. Son Varinskis. Pueden hacer lo que
quieran.
Ella se estremeció.
—Y tú también puedes.
—No, no puedo.
—Te vi.
—Me viste convertirme en un halcón por primera vez en cinco años. Rompí mi
voto porque—él suspiró y reunió sus pensamientos—. Los dos jóvenes Varinskis
están heridos. Ellos van a necesitar recuperarse—lo que van hacer, y rápidamente,
porque eso es parte del trato con el diablo. Humillaste a Kassian, y eso es lo que va
llevar más tiempo de recuperación, porque va a tener que restablecer su autoridad
sobre los chicos. Tenemos un par de horas antes de que vengan a buscarnos.
—Porque saben que ahora nos han encontrado, no podemos irnos.
Parecía como si el icono en la mochila pesara aún más.

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—Eso es exactamente lo que me propongo.
— O tal vez no nos encontraron. Tal vez me trajiste aquí para entregarme a
ellos.
Le dolió decir las palabras.
—Si fuera esa la verdad, ¿por qué iba a pasar la molestia de mentirte ahora?
Tenía las agallas de tratar de sermonearla
Su frustración se desbordó.
—Yo no sé, y maldita si entiendo porque hiciste esto—excavando el lugar,
siguiéndome por toda Europa.
—Lo hice por mi familia. Lo hice por mi padre.
—¿No es conmovedor? ¡Lo hice por mi familia, también! ¿Sólo quiero
encontrar el icono para la Nacional Antiquies Society, y tu quieres tomarlo para...?
Ella levantó sus cejas hacia él.
—Para mis padres en el Estado de Washington. —Añadió amargamente—,
¿Pero cuál es el punto al respecto? No encontramos el icono.
Ella tropezó.
Él cogió su brazo.
Casi se había traicionado. Casi había dejado escapar que había encontrado el
icono, que ella lo tenía en su posesión, y si ella pudiera, tomaría distancia.
—¿Entonces todo esto— la excavación, la carrera por Europa por los abogados
de Hershey —¿fue por tu familia y tú padre?
—La leyenda es cierta. El diablo hizo dividir los iconos. Él los arrojo a las
cuatro esquinas de la tierra.
Rurik arrojo hacia atrás su brazo como si fuera el diablo—y ahora mismo, para
Tasya, le parecía una justa descripción.
—Mi familia tiene que reunirlos para romper el pacto con el diablo.
— ¡Qué conmovedor!
Llegaron a la cornisa que se aferraba precariamente al borde del acantilado.
Él le ofreció su mano para ayudarla a cruzarla.
—¿Quieres oír esto o no?
Lo hacía. Deseaba alguna explicación.
—Seguro. Es mejor caer con los Varinskis.
Ella camino hacia adelante sin miedo. ¿Cómo podría temer una caída cuando
había dormido con su peor enemigo?
Rurik la siguió de cerca, por la orilla del camino de piedra.
Ella no podía detenerse—no quería parar—el sarcasmo burbujeó de ella como
un manantial infinito.
—Oh, espera. Se me olvido. Tú eres un Varinski.
—Él cogió su brazo y la detuvo, justamente allí sobre la estrecha saliente. Él no
hizo nada. Solamente esperó.
Ella no podía mirar hacia abajo. No miraría abajo. No podía.... Ella miró hacia
abajo. Todas esas rocas dentadas debajo. Arrancando su mirada, miró nuevamente a
Rurik.

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Claramente, el hijo de una perra podría estar de pie aquí todo el día. Sí,
porque si él se caía, él podría volar.
Ella se rindió.
—Por favor cuéntame tu historia. Golpea—
No. No más desprecio.
—Solo habla.
La dejó se ir y la siguió mientras iba avanzando al mismo tiempo con más
precaución esta vez
—Mi padre es uno de los descendientes de Konstantine, el líder de su
generación de los Varinskis—y el primer Varinski en enamorarse.
—¿De tu madre?
—De mi madre. Cuando se escaparon para casarse, su familia y su tribu
fueron tras ellos. Para decir lo menos, ningún grupo lo aprobaba. En la lucha,
Konstantine mató a su hermano. El Varinskis nunca lo perdonaría, por lo que
Konstantine y Zorana escaparon a los Estados Unidos, cambiaron su nombre por
Wilder, y construyeron su casa en las montañas de Washington. Tuvieron tres hijos.
—Su voz creció reverente—. Y entonces ocurrió un milagro. Mi madre dio a luz a la
primera niña en mil años.
Evidentemente, Rurik adoraba a su hermana, y por desgracia, su afecto tiró
por tierra las opiniones de Tasya.
—Me siento como si vagara en el Monsterpiece Theater, —dijo ella, pero cuando
llegaron al final del camino, y estuvo segura, pudo sentir su ira enfriarse. Qué era
exactamente lo que pretendía Rurik, por que caminaba a su lado, sus largos pasos
confiados y relajados.
—Mis padres esperaban que el pacto se hubiera roto, pero cuando Jasha paso
por la pubertad, se transformó en un lobo. Adrik cambió en una pantera.
Firebird...bien, mi hermana, Firebird, no cambia en un animal, pero ella es fuerte e
inteligente, y querida por todos nosotros.
—Y tú eres un halcón.
Tasya no quería ir cerca de la entrada de la cueva. Así que se dirigió a la cima
de la colina.
Rurik se unió a ella.
—Cuando los somos adolescentes, una cosa así es muy cool. No podíamos
dejar que nadie supiera sobre nosotros, por supuesto, pero salíamos a hurtadillas
para correr o volar, y pensábamos que éramos los chicos más populares de la ciudad.
Soy el único hijo que puede controlar la transformación. Mi padre dice que soy el
único varón que siempre será capaz de hacerlo. Puedo convertir un brazo en un ala,
o un pie en una garra, o cambiar mis ojos para ver con la agudeza y distancia de un
halcón de caza.
—Eres jactancioso.
Lo era. Jactancioso en la memoria de un joven con una libertad y un poder que
Tasya nunca hubiera imaginado.

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—Sí. Yo realmente era un come mierda. Mi padre alegó que cada
transformación nos llevaba más cerca del enorme hoyo del infierno, pero yo estaba
seguro que podría hacer que las cosas fueran diferentes para mí.
Mientras hablaba, su andar cambió infinitesimalmente.
—Cosas malas pasaron. Cuando Adrik tuvo diecisiete, estuvo en problemas y
simplemente... Desapareció. Nosotros le buscamos en Asia, pero... Nada. Sin
embargo, yo pensé que podría manejar la cosa del halcón sin ningún tipo de
repercusiones. ¡Volar era tan glorioso!
Ella lo miró y supo—estos recuerdos eran agridulces.
—Entonces te convertisteis en un piloto.
—Entonces todo el mundo sabía que era el mejor piloto en la Fuerza Aérea, el
tipo que tiene que volar el avión experimental y formar a los mejores reclutas
Ella escuchó el anhelo en su voz. Se dijo a sí misma que eso no le importaba. Y
se encontró preguntando de todos modos.
—¿Qué pasó?
—Estaba utilizado mi visión de halcón cuando yo volaba reconocimiento y mi
copiloto tuvo miedo y se expulsó en territorio enemigo. Antes de que pudiera
regresar por él, el enemigo lo había capturado y lo torturaron hasta la muerte.
Habló con una violencia contenida que le hiza mirarlo, realmente mirarlo.
La culpa colgaba sobre él como ropa de luto. El pesar lo estrangulaba como un
lazo. A su juicio. . . casi sentía lástima por él.
—Mi padre tenía razón. El regalo del diablo no se puede utilizar para el bien,
y me costó la vida a un buen hombre para que yo aprendiera esa lección. Entonces
hice una promesa de nunca utilizarlo otra vez.
Ella no quería sentir lástima por él, y se negó a sentirse obligada porque
hubiera roto su voto para salvar su vida.
—¿Quizás algo bueno saliera del vuelo?
—Confirmó la ubicación del enemigo, y nosotros lo sacamos.
Estaba siendo tan estúpido que no podía soportarlo.
—¿Entonces salvaste muchas vidas? ¿No crees que el diablo manipuló las
circunstancias para que dejaras de utilizar su don para el bien? —ella se quebró—.
Vamos, Rurik, no seas un idiota. Si vas a pelear contra los demonios del infierno,
necesitarás todas las armas en tu arsenal. Solo ten cuidado y no cambies cuando estás
alrededor de un idiota, eso es todo.
—Matt Clark no era un idiota.
—Cualquier hombre que se expulse de un buen avión en territorio enemigo
por cualquier motivo es un idiota.
Él se rió, una breve y violenta explosión.
—Eso es lo que dijo mi hermana cuando pasó.
—¿Por qué no la escuchaste?
—Ella tenía diecisiete, y yo era... me fastidió bastante.
Se frotó la frente.
—Tal vez ella tenía un punto.

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—Tal vez así era.
Tasya se detuvo al lado del altar de piedra y miro afuera a través del país. Su
país. Ahora mismo, ella necesitaba ver las montañas, los valles. Ver lo más lejos que
pudiera.
Todavía había uno hilo faltante en su historia.
—Tienes la habilidad de cambiar en un halcón. Para volar cuando y dónde lo
desees. Tus hermanos pueden cambiar en animales, también. Entonces, ¿por qué
quieres romper el pacto?
—Si yo no—si nosotros no lo hacemos—mi padre está condenado a quemarse
en el infierno por toda la eternidad.
Él, también, miro hacia la distancia.
—¿Puedes, ver más lejos ahora mismo? –preguntó ella.
—No. Cuando cambio, mis ojos son diferentes. Visiblemente diferentes.
Se volvió hacia ella, y sus ojos eran los de Rurik. Iguales a los del hombre que
amaba.
¿Cómo podría ella? ¿Cómo podría ella amar a un Varinski? ¿Cómo podría ella
de pie sobre la tierra de sus antepasados, traicionar a su padre y su madre, olvidar su
muerte, y abandonar su venganza?
No. No. Ella no podría. Ella había llegado demasiado lejos para cambiar su
curso.
El conocimiento del icono quemó en su mente. Si pudiera sobrevivir esta
reunión con los Varinskis de algún modo, podía frustrar a Rurik. Pero... si su historia
era cierta. . .
Su mente viró a antes de que permitiera que la idea tomara forma.
—¿Quién te dijo que la reunión de los iconos podría romper el pacto con el
diablo?
—Mi madre tuvo una visión.
—Tu madre tuvo una visión, —repitió inexpresivamente—. Y creemos esto
porque...?
—Porque yo estaba allí. Porque algo estaba hablando a través de ella, y lo vi.
Lo oí.
—¿Ella hace esto a menudo?
Utilizó realmente esa voz lógica, la clase que el tipo de The History Channel
utiliza cuando se le explica algo sencillo por centésima vez.
Rurik respondió con un flash de color rojo en sus ojos. Ella había ofendido a su
madre, y lo había enojado.
Bien.
—Nunca he visto que tuviera una visión antes, y más al punto, las dos
primeras partes de su profecía de inmediato se convirtieron en realidad. Mi padre
cayó como un roble talado. Y la mujer de mi hermano encontró el primer icono.
Eso la sacudió, pero ella lo escondió bajo la burla.
—Eso debe haber frustrado, necesitar de una simple mujer para encontrar uno
de los iconos.

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La consideró imperturbable.
—Mi madre dijo, 'Sólo sus amores pueden traer a la casa las piezas santas.
—¿Qué diablos significa eso?
—Creo que significa que tal vez puede encontrar el icono, pero es tu elección
llevarlo a mi familia.
El pánico golpeó primero, su corazón comenzó a bombear golpeando
demasiado rápido.
—¡Yo no soy tu amor!
Él sonrió, una lenta curva de los labios.
La decepción llegó después, lenta y en sus entrañas.
— Pero si tú piensas que lo soy, explica indudablemente mucho sobre por qué
has estado colgando conmigo en lugar de perseguir el icono tú mismo.
Gracias a Dios que lo había encontrado. Gracias a Dios que ella lo tenía. Y si
su historia le había hecho dudar, ese pequeño bocado de cardenal disparó su
resolución con la dureza del diamante.
—Estás determinada a causar una dificultad donde no existe. Si la profecía es
cierta, si algún mayor poder está trabajando a través de mi madre por el bien, ¿crees
que ese poder sería engañado si fingiera mi amor por ti?
Él la miró, la lógica absorbente de todo lo que quería era resbalar en la vieja y
familiar cólera.
La ira era más fácil. Mucho más fácil.
—No lo sé. No sé por qué debería creerte. Todo lo que sé es lo que he visto,
oído y sentido.
Señaló.
—Mi padre solía recogerme y llevarme al árbol de la colina, el símbolo de la
familia Dimitru. Subía conmigo al tope de las ramas. Señalaba al campo—casi la
misma vista que vemos desde aquí—y decía, 'Este árbol ha crecido en nuestra
montaña desde el comienzo del tiempo. Dimitru simboliza la sangre real, y mientras
el árbol crezca y florezca, los Dimitrus también.
Rurik trato de poner su brazo alrededor de ella. Lo empujó.
—¿Sabes lo que pasó? El dictador Czajkowski contrató al Varinskis para matar
a mi familia, matarnos a todos nosotros, y le dio instrucciones especiales de que el
árbol fuera quemado para que todo el mundo en Ruyshvania supiera que la familia
real nunca regresaría.
Rurik la abrazó suavemente y la contuvo mientras ella luchaba.
—Tasya, cariño, ¿por qué no lloras?
—¿No crees que desearía poder?
Odiaba esto. Ella no quería sentirse destrozada, rota de angustia en las tripas,
y si tenía que hacerlo, realmente no quería que él lo viera.
—Yo todavía escucho los gritos. Sigo viendo las llamas. El sueño de mis
padres quemándose en agonía, de las torturas que sometieron a mi padre, de la gente
que murió por nosotros, y yo sangro por los Ruyshvanians que perdieron un hijo o

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un padre. Ellos maldicen nuestro nombre, lo sé, y quiero hacer algo para traerles paz.
Quiero destruir al Varinskis por ellos.
Quería ser tan fuerte como fingía ser, no está débil niña que no se atrevía a
mirar en los restos de su vida por temor a hacerse pedazos.
Peor, su toque la sostuvo, aunque porque era así, no lo sabía.
Y eso era otra traición hacia sus padres, una traición mucho más dolorosa. En
un arranque de dolor y furia, ella dijo:
—Entonces tu familia puede llamarse Wilder si lo deseas, pero arañando un
poco más profundo, y tú eres Varinski. Siempre supiste lo que estaba buscando, y
mantuviste la verdad lejos de mí. Yo nunca te perdonaré por mentirme. Por usarme.
Nunca te perdonaré.

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Capítulo 27
Rurik miro a Tasya por un largo rato. Los huesos de su rostro parecían
tallados en granito. Sus ojos eran marrones, pero avivados por llamas rojas. La curva
de su boca era cruel. Y su cuerpo estaba inmóvil y tan fuerte como un depredador
esperando para hacer frente a la muerte. Tasya comprendió algo—realmente nunca
le había temido.
Le temía ahora.
Con una voz fría como el Ártico, preguntó:
— ¿Crees que tu maldita venganza insignificante se compara con romper un
pacto con el diablo?
Ella apenas pudo atrapar su bufido de indignación. . . y terror.
— ¿Insignificante?
—Si logras encontrar el icono, y si logras entregarlo al Nacional Antiquities, y
si te las arreglas para documentarlo lo suficiente para probar que tu teoría sobre el
Varinskis es cierta, entonces podrás ir a los programas matutinos a mostrarlo y
obtener tu publicidad. Tendrás tu libro publicado y tal vez, si se puede mantener la
atención del mundo durante más de quince minutos y si el Varinskis no amenaza o
soborna al jurado, Yerik y Fdoror Varinski irán a la cárcel.
Rurik cerró lentamente sus manos sobre sus brazos, se inclinó a la altura de
sus ojos, y la miro directamente, no se atrevió a parpadear.
—Donde ellos vivirán como reyes y saldrán en seis meses por buena conducta.
—Pero la mala publicidad—
—¿Va a hacer qué? ¿Dejarles un ojo negro por su negocio de asesinatos, y
atraer hacia ellos la atención del mundo? Quién estará indudablemente fascinado por
su maldad.
Hizo un gesto hacia el este, hacia Ucrania y la casa Varinski.
—Sesenta Minutos enviará a algunos de los viejos reporteros para entrevistar a
Boris. La editorial en que has depositado tus esperanzas se apresurará a darles un
contrato y un escritor fantasma para sensacionalizar su relato. Antes de que te des
cuenta, habrá una de película y una mini—serie de televisión sobre ellos. Pero eso no
te importará
Se puso rígida.
—¿Por qué no?
—No vivirás el tiempo suficiente para ver nada de eso.
—No tengo miedo de morir.
—Entonces eres una tonta, porque los Varinskis son como los muchachos
adolescentes en la banda de mayor éxito en la historia. No tienen conciencia. Les
encanta atormentar a los indefensos. Te golpearán, te matarán lentamente, y te
violarán mientras lo hacen.
—¿Cómo le hicieron a mi madre?
Ella luchó, pero sabía que estaba perdiendo terreno.
—Como le hicieron a tu madre. –estuvo de acuerdo.

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—Pero vamos a hablar de las fallas en tu plan. Nacional Antiquities no tiene la
suficiente seguridad para mantener el icono a salvo.
—¡Tienen una buena seguridad!
—La prueba desaparecerá antes de que el primer experto la estudie. Así que el
resto del plan ya no funciona. Oh, excepto la parte sobre tu muerte. Ellos te matarán.
Ella levantó su barbilla.
—Ellos lo harán a de todos modos. Soy el Dimitru que tiene que desaparecer,
y los Varinskis no dejan sobrevivientes.
—Eso es cierto.
Rurik se enderezó.
—Pero si puede llegar a mi familia en Washington, ellos pueden protegerte.
—¿Cómo voy a llegar sin conducir al Varinskis a ellos?
—Voy a decirte cómo llegar, y suministraré la distracción.
—¡Al infierno lo harás!
—Hemos agotado las opciones. Uno de nosotros tiene que salir vivo para
encontrar el icono.
—Eres el único que tiene posibilidades de sobrevivir.
—También soy el único que puede luchar contra el Varinskis. Escúchame. Si
pudo encontrar el icono y llevarlo a mi familia, tenemos una oportunidad de derrotar
al diablo.
Tomó sus hombros y la sacudió ligeramente.
—Piénsalo. Si somos capaces de poner fin al pacto, el Varinskis no sería nada
más que un montón de patéticos seres humanos que no saben cómo funcionar en el
mundo real. Nadie tendrá miedo de ellos. Serán vulnerables a la persecución. Lo
habrían perdido todo. ¡Mira el panorama, Tasya! ¡No es esa tu venganza!
La había arrinconado, y lo peor—es que lo ha hecho haciéndola enfrentar los
hechos.
Su plan nunca tuvo una oportunidad de éxito.
Al menos uno de ellos iba a morir.
Y ese era el error final.
La frustración la sostuvo en un acalorado apretón.
—No quiero estar aquí. No quiero estar arrinconada. Quiero—
—¿Qué es lo que quieres?
Tú.
Rurik y un retorno de su ingenua creencia de que si ella sólo consiguiera
poner sus manos sobre la prueba podría derrotar al Varinskis y encontrar la paz con
la muerte de sus padres.
Rurik y la imagen de consuelo que le había dado en el tren.
Rurik y la vaga sensación de que se trataba de un hombre que podría amar.
Pero ahora lo había visto convertirse en un depredador,... Había visto la
prueba del diablo y su trabajo.
Cada uno de sus sueños había sido aplastado...y Rurik los había aplastado.

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Con un gruñido, ella dejó caer la mochila y la carga del icono, y los tiró bajo el
altar.
Lo empujó en el pecho. Lo empujó con todas sus fuerzas.
Él apenas se movió.
Estaba inmóvil: fuerte, alto...derecho.
Se sentía bien empujarlo, por lo que lo hizo otra vez, y otra vez.
Y él, que había soportado allí como un pilar de la razón y la calma, la recogió,
la aplastó contra él, y la besó.
No un beso como los del tren. No fue la gentil, lenta, tranquila seducción de
boca contra boca, sino un beso de calor, furia y frustración.
Aplastó sus labios, los abrió con su lengua, y tomó sin preguntar.
Ella quería eso. Por algunos momentos preciados, quería que el fuego entre
ellos consumiera las verdades dolorosas y trajera el olvido.
Así que ella le contestó con la misma pasión feroz, sujetando su cabeza en sus
manos, chupando su lengua, haciéndolo gemir.
Él ahuecó sus manos en su trasero levantándole las piernas, acomodándose a
fin de que su erección se frotara contra la costura de sus pantalones.
Ella rompió el beso, arqueó su espalda, cuando el orgasmo, rápido e
inesperado, quemó a través de su cuerpo.
La sostuvo, embistiéndola, prolongando el placer, pero en cuanto la pasión
creció, él dio vuelta, la presionó contra el altar, y tiró su camisa sobre su cabeza.
Sacudió su sostén abriéndolo con una mano y su cinturón con la otra.
—¡Hijo de puta!.
¿Pensaba que podría desnudarla, justamente como estaba haciendo y
hacérselo?
No sin desnudarse a sí mismo.
¡Ella aflojó su cinturón y desabrochó sus vaqueros con la suficiente violencia
para hacerlo murmurar entre dientes.
—¡Cuidado!
Él empujó sus pantalones a sus tobillos.
Ella se despojo de sus zapatos, abandonó todo—Levis y bragas— entonces
bajó sus pantalones. En un movimiento lleno de gracia, siguió los pantalones para
arrodillarse ante él.
—¡Cuidado!
Era más un gruñido que una palabra. No necesitaba ser cuidadosa. Sabía
exactamente lo que hacía.
Tomó su erección en su boca en un movimiento largo, deliberado que
humedeció la piel sedosa. La punta parecía terciopelo caliente, y saboreó la primera
gota de semen, brotando y llenándola con su sabor.
Sus noches juntos habían sido sobre él tomándola, dándole placer,
complaciéndola. Ahora, aquí, por fin y por lo menos, tenía el control. Lo chupó,
tomándolo tanto en su boca como pudo, para luego soltarlo despacio.

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Sus caderas se sacudieron como si no pudiera permanecer quieto. Su polla se
sacudió en su boca. Él juró, una larga cadena de maldiciones que utilizaba palabras
desesperadas y lenguas desconocidas. Dios, la venganza era dulce.
Debió haber visto su risa, o ¿quién sabe? Tal vez lo sintió, porque se quitó la
camiseta, pisoteando sus vaqueros se agachó y la tomó por las axilas.
La levantó, la puso sobre el altar, extendió sus piernas, y la siguió.
La piedra era áspera y caliente debajo de su espalda. Él estaba caliente y listo
sobre ella, su polla se apretaba tan fuertemente contra ella que parecía listo para
correrse.
Entonces ella dijo:
—No.
Él se detuvo. Sus brazos temblaron mientras se mantenía en esa posición. Sus
ojos eran carbones ardientes, y látigos de llamas rojas parpadeaban en sus
profundidades.
—¿No?
¿Se detendría si ella se lo pedía? Era poco probable. Agarró sus brazos.
—Tú vas abajo.
Su pecho subió y bajó, y sus dientes se apretaron. Él miró colina abajo hacia
los Varinskis, luego a ella nuevamente.
—Mujer, me empujas demasiado lejos.
Pero hizo lo que ella le ordenó. Rodó con ella.
—Perfecto.
Se incorporó sobre él, ingle contra ingle. Allí, sobre la cima del altar, ella
podría ver el valle, muchas millas abajo, encima la cordillera lejana, y a través del
horizonte la eternidad. Allí, estaban sobre la cima del mundo, y ella estaba encima de
él.
La brisa era justo lo bastante fresca para hacer que sus pezones se contrajeran...
o tal vez era su mirada que la excitaba....
Los contornos de su poderoso pecho y brazos brillaban al sol, y los destellos
sobre su cabello oscuro enfatizaban la definición de cada músculo. Ese tatuaje,
salvaje, primitivo, se pavoneaba a través de su piel en un brillante diseño arcaico. Sus
párpados cayeron cuando la miró, medio ocultando sus ojos, pero ella vio la verdad.
Lo profundo de sus pupilas, las llamas rojas parpadearon más enérgicamente.
El era un depredador. Era salvaje. Era despiadado.
Y por ese momento, le había arrebatado el poder.
Ella estiró sus brazos sobre su cabeza, riendo en una perversa explosión de
triunfo.
Extendió una mano hacia ella.
Ella capturó sus muñecas en sus manos.
Por un momento se resistió. Luego le permitió doblar sus brazos sobre su
cabeza.
Se estiró sobre él, el vello de su pecho rozaba ligeramente sus pezones. Sonrió
en su cara.

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—No te temo.
—Deberías temerme.
Ella se rió otra vez, y deslizó su lengua en su boca.
Se batió en duelo con ella, su lengua contra la suya, mojada y caliente.
La dejó mantenerlo cautivo, sí.
Pero se movió entre sus muslos, aumentando sus sensaciones, tentándola...
pero ella era fuerte. No lo tomó en su interior. En cambio, lo montó firmemente en un
suave oleaje, procurándose placer sin darle una maldita cosa–excepto, quizás, la
satisfacción de saber que con nada más que el recuerdo y la promesa de su polla
dentro de ella, podía tocar ese lugar profundo en su interior, que podía hacerla
desearlo.
Ella quería llevarlo a la locura.
Y tal vez lo hizo. Pero dos pueden jugar ese juego, y mientras ella provocaba,
drogándolo con su sensación. Él tomo sus pechos en sus manos, restregándolos
sobre el áspero vello de su pecho. Su boca resbaló fuera de la suya, a lo largo de la
cresta de su mandíbula a su oreja y, a continuación, a lo largo de su garganta en una
larga, lenta, húmeda caricia.
Su latido se reforzó. Estaba viva como nunca había estado en su vida quizás
porque la muerte se cernía tan cerca.
Estremeciéndose de necesidad, ella se arrancó de la intensidad adictiva
de su boca.
Se incorporó otra vez, pero esta vez no se estaba riendo. Ciega de lujuria, ella
anduvo a tientas entre sus cuerpos, tomó su polla en su puño, y lo sostuvo, lo
exprimió, sabiendo que podría terminarlo con el golpe de su mano, tratando de
convencerse de que podría vivir sin él en su interior.
Pero no podía. Esta podría ser, probablemente sería, la última vez que
tuvieran relaciones sexuales. Incluso si ambos vivían, ¿podría dormir con el
enemigo?
No. No. Eso era él. La última vez.
—Hazlo.
La miró, su rostro duro al filo de la necesidad, y habría jurado que conocía
cada pensamiento en su mente.
—Me has atormentado suficiente. Hazlo ahora.
Lo colocó en la entrada a su cuerpo e hizo presión, llevándolo dentro. Estaba
mojada por el deseo, pero sus tejidos se rindieron despacio, formando una envoltura
alrededor de él, y él gimió como si estuviera en agonía.
Sí. Si este sexo, este dilema, este placer, rompía su voluntad y robaba su
aliento, entonces lo correcto es que esto fuera una espada de doble filo.
Esa noche sobre el tren, había parecido como si él hubiera estado dentro de
ella en cada camino posible, que ellos habían explorado cada sentido, cada
sentimiento.
Pero no, esta vez era nueva, diferente. Ella estaba encima, al mando. Establecía
el paso, desarrollaba el ritmo.

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Mientras se elevaba y se dejaba caer, la piedra raspada sus rodillas. El sol
brillaba sobre su cabeza, sobre sus hombros. El olor de los pinos, el aire fresco, y
Rurik llenó sus pulmones. Vio a Rurik, glorioso, musculoso, húmedo de sudor, bajo
ella.
Hizo un gran esfuerzo, su rostro duro trasformado la luz solar y la oscura
obsesión. La pasión feroz coloreaba sus ojos. Sostuvo sus muslos en sus manos,
doblando sus dedos, levantándola, acariciándola, una y otra vez, como si no pudiera
tocarla lo suficiente. Por un segundo casi pudo ver las restricciones que ponía sobre
sí mismo, un movimiento, un aliento, refrenándose para no reclamar el mando sobre
ese día y sobre ella.
Él poseía el poder, y como se contuvo, su poder creció.
Ella lo experimentó, grande, fuerte y vital, dentro de ella. Sus caderas la
llevaron hacia arriba; ella encontró sus empujes con su propio movimiento. Juntos
viajaron por un pasaje tan antiguo como la piedra bajo ellos, y tan nuevo como el
alba.
Su respiración hizo un ruido áspero en su garganta.
Su clímax desarrolló y formó un maremoto muy fuerte y febril dentro de ella,
esperando chocar sobre ella. Perdió la noción del tiempo, del lugar. Eran sólo Rurik y
Tasya, un solo ser, unidos por la fascinación.
Entonces la golpeó un solo y largo espasmo de júbilo, sacudió su cuerpo.
Cuando la gloria más antigua del mundo cantó en sus oídos, hundió sus uñas en los
hombros de Rurik. Mientras él empujaba y se corría dentro de ella le dio la
bienvenida y lo abrazó, y vivió ese momento como nunca lo había vivido antes—y
nunca lo viviría de nuevo.
La lujuria se apoderó de ellos.
Ella gritó su placer a los cielos.
Él gimió profundamente, atormentado por el placer.
Y el relámpago se precipitó a la tierra, a través de la piedra del altar, a través
de él, y en ella. La sensación era un fuego y un choque como Tasya nunca había
experimentado. Gritó en el dolor y el éxtasis. La sacudida tomó su orgasmo mutuo y
lo condujo más allá de los límites del mundo, atándolos juntos y enviándolos en un
espasmo glorioso, final, dichoso.
—¿Qué...?
Ella afianzó contra su pecho, y lo miró, agotado, saciado, tan hermoso que
hizo brotar sus lágrimas.
—¿Qué fue eso?
Él estalló en una risa salvaje.
—Fusión.
***
Se vistieron en silencio, pero Tasya podía ver a Rurik echarle un vistazo desde
lo alto.
Fingió no notarlo. Mejor no pensar en lo que sucedió en el altar pagano de
piedra en su propio país con el sol brillando sobre ellos como una bendición.

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Ella ataba sus zapatos cuando Rurik empujó algo bajo su nariz.
La pistola semiautomática.
Ella lo miró durante un momento largo.
—Tómala. Tienes que ponerte en camino.
Con rapidez y precisos detalles le dijo como encontrar a sus padres.
Envolvió su mano en torno a la empuñadura.
—No quiero——
—Lo que quieres y lo que quiero no es importante. Uno de nosotros tiene que
derrotar al diablo, y al menos, mi querida, hemos compartido un largo ¡adiós!
—Alzó la vista hacia él.
Él le sonrió con toda la intensidad que había enfocado su atención y la había
hecho comprender que este podría ser un hombre en el que ella podría confiar.
—Cree en mí, Tasya, es el sueño de cada hombre compartir una gran relación
sexual con la mujer que él ama justo antes de morir en batalla.
—Con la mujer que él...tú...
Él lo había dicho antes, pero ella no le había creído. ¿Ahora cómo podría no
hacerlo?
—Desde luego que te amo.
Arrodillándose ante ella, terminó de atar su zapato.
—Tú no lo haces.
—Tasya, tengo treinta y tres años. Tal vez nunca he amado antes, pero lo
reconozco cuando lo siento.
Ella no sabía que decir, o como decirlo. La había hecho confiar en él, destrozó
sus sueños de venganza con una dosis salvaje de verdad, luego se ofreció para morir
por ella. Y él era un Varinski. Su enemigo, por el bien de la mierda.
Pero de algún modo la palabra no tenía ningún sentido.
—Está bien.
La ayudó a levantarse, la ayudó a colocar la pistola en su cinturón en la
espalda.
—Sé que no me amas. Pero si tuviera tiempo, podría cambiar tu mente, y eso
me hace feliz, también.
—Tal vez. –murmuró ella—. Si.
Extendió la mano bajo el altar y agarró su mochila. La ayudó a pasar las
correas sobre sus hombros. El bolso parecía pesado, como si con cada una de las
declaraciones de amor de Rurik, el peso del icono creciera.
El icono era solo un objeto sagrado. No tenía una preferencia hacia dónde iba
o quien servía. Tasya tenía que conseguir un motivo para refrenarse, y conseguirlo
rápido, o ella le diría la verdad a Rurik … y tal vez era lo que ella debería hacer, de
todos modos.
—Vamos.
Giró en la colina, alejando la idea.
Él la siguió, entonces tomó la iniciativa—y viro hacia la entrada de la cueva.
Se detuvo al lado de la siniestra, negra cuchillada en la tierra.

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—Qué?
Pero lo sabía.
—Quiero que tomes el camino a través de la cueva.
—No
—Lo has hecho antes. Puedes encontrar como salir.
—¡No!
—Dos de los Varinskis son pájaros. Ellos no pueden hacerlo allí. Pero si
detengo a Kassian, tú puedes escapar.
—Mira. No iré allí otra vez.
Ella respiró.
—Y no te abandonaré para morir. Llevaré mis chances contigo.
Rurik lo consideró. Él no sabía que la condujo más—su miedo a la oscuridad y
la cueva, o su coraje inapropiado. Pero él no podía acompañarla al hoyo, y si no
tuviera aquel coraje, no sería la Tasya que amaba.
Entonces él asintió.
—Muy bien. Ven. Vamos.
—Se puso en camino corriendo, escuchando como Tasya jadeaba detrás de él.
Había estudiado el terreno, calculando una ruta de escape.
Eso era lo que su padre lo había entrenado a hacer.
Giró hacia el pico alrededor del borde de la montaña, entonces hacia el pico.
Podía luchar contra los muchachos y triunfar.
Kassian era otra cosa totalmente distinta. Kassian era experimentado, mortal,
y ya había demostrado que estaba dispuesto a arrojar a los jóvenes a la refriega para
ablandar las defensas de Rurik.
Él era en todos los sentidos un perfecto Varinski.
Bordearon una arboleda y entraron corriendo en un claro repleto de rocas, en
camino a otra arboleda.
Y escuchó los sonidos que había estado esperando.
El batir de alas. El suave ruido sordo de las patas de un lobo.
Kassian debía haber restablecido rápidamente su dominio.
—Vienen.
La anticipación y el temor llenaron la voz de Tasya.
Rurik disminuyó la velocidad a una caminata. No había ninguna necesidad de
apresurarse ahora.
Poniendo a Tasya delante de él, dijo:
— Recuerda, usa tu cabeza. Permanece fuera de su camino. Cuando vea una
oportunidad, atacaré y tú correrás como el infierno. No te detengas, y permanece
viva, independientemente de lo que hagas.
—Escucha, tengo que decirte algo.
Se dio la vuelta para afrontarlo.
Echó un vistazo hacia arriba.
—¡No hay tiempo!
La empujó fuera del camino.

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En un destello de pálidas plumas, Sergei cortó por el aire, sus garras se
extendieron. Bajó en picada hasta apoyarse sobre una alta roca, y cambió. Mirado
había abajo y se rió, un grande, estúpido, perfecto conjunto de músculos y maldad.
Un Ilya sonriente salió de la arboleda frente a ellos. Kassian vino desde atrás,
cambiándose de la forma de lobo a humano. Sus colmillos se acortaron, su hocico se
estrechó, pero todavía la espuma se aferraba a los contornos de sus labios.
Kassian no estaba divertido. Estaba furioso.
Sí. Iba a ser una larga y dura lucha.
Ilya y Kassian se dirigieron hacia ellos.
Sergei saltó con todas sus fuerzas, agarrando a Tasya.
Ella se torció, le asestó con su codo en las costillas, y lo dejó sosteniendo su
mochila.
Aprovechando el descuido de Sergei, ella aterrizó sobre su espalda, agarrando
el bolso.
—¡Dámelo!
Rurik podría haber matado él mismo.
Debería haber corrido. En cambio sonaba como a una colegiala frustrada y
actuaba como un burro.
Por supuesto, Sergei respondió con toda la madurez de la que era capaz. Se
deshizo de ella en la tierra. Tomó su mochila por las esquinas inferiores. Dándola
vuelta boca abajo.
—¡No! ¡Para eso!
Tasya arremetió otra vez.
Todo el contenido se desparramó en el suelo. Su caja de lentes golpeó contra
una roca. La envoltura sobre sus barras de granola brilló como plata en a luz del sol.
Su ropa dispersada en la tierra, y su camiseta de repuesto desplegada. Algo
cuadrado, algo qué brillaba como el oro viejo, voló por el aire y con el timbre
distintivo de cerámica disparada, aterrizo entre las rocas.
El icono.
Tasya había encontrado el icono.

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Capítulo 28
Tasya patinó deteniéndose. Una mirada a su rostro culpable le dijo a Rurik
todo lo que necesita saber. No había olvidado decirle que había encontrado el icono.
Había optado por mantenerlo para sí misma, para conseguir su publicidad, publicar
su libro, obtener su venganza—y atraer la ‘venganza del Varinskis’ sobre su tonta
cabeza.
Estaba furioso. Fue traicionado. Estaba herido.
Y la amaba. Le había contado sus secretos más profundos, lanzadose a sí
mismo a su merced, suplicando por su comprensión.
La amaba.
La amaba.
Y ella le había mentido.
Sólo había una cosa por hacer.
-¡Maldita seas! –gritó. Agarrando sus hombros.
La empujó contra la roca.
-Tú pequeña puta, me traicionaste!
Mientras tiraba su puño hacia atrás, le susurró:
-Tírate.
Vio en sus ojos el parpadeo de la comprensión.
Lanzó un puñetazo.
Le permitió pegarle en mejilla. Saltó y aterrizó a su lado en la tierra. Mientras
la agarraba y la arrastraba de nuevo sobre sus pies, gritó como si hubiera sido
asesinada.
-Ésa es la manera. –oyó decir a Kassian.
Sí, cerdo despreciable, tú sabes como golpear a una mujer, ¿no?
-Traigan el icono. –gritó a sus primos condenados al infierno.
Sacudió a Tasya.
Ella se dejó sacudir como una muñeca de trapo, su cuello ladeando hacia
adelante y hacia atrás.
Sí, ésa era su Tasya. Una verdadera actriz. Lo había engañado. No había
tenido ninguna idea de que había encontrado el icono.
Algo de su verdadera rabia debió de haberse mostrado en su cara, porque ella
realmente se estremeció, y él vio algo—¿pesar?—en sus ojos.
Un poco tarde para eso.
Se volvió a tiempo para ver la estúpida mueca en la cara de Sergei, esa
avariciosa sonrisa suya, mientras se inclinaba, y recogía el icono. Los ojos de Sergei se
abrieron como platos, aterrorizado, sorprendido. Con un grito, arrojó el icono por el
aire. Aterrizó en el césped.
Sergei gritó de nuevo.
-¿Qué diablos le pasa? –exigió Rurik.
Como si no supiera. Ningún macho Varinski podía sostener el icono. La
Virgen no permitía ser poseída por un demonio.

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-Cállenlo. –dijo Rurik.
-¡Qué cobarde!
-Cállalo tú, bola de mierda.
Kassian empujó a Sergei. Sergei gritó hasta que Ilya lo golpeó con fuerza en
medio del pecho. Entonces cayó de rodillas y gimoteó.
-Así está mejor.
Agarró a Tasya del pelo, tiró su cabeza hacia atrás, y la besó duro.
Un beso de despedida. Al principio ella luchó. Pero luego se aferró a su cuello
y lo besó.
Cuando se echó para atrás, dijo:
-No corras a salvarme. No corras para salvar a nadie. Sálvate.
Quizás en su mente, ella todavía estaba luchando contra lo inevitable, pero su
beso le dijo la verdad. Sabía lo que tenía que hacer.
-Como si fuera a permitir que alguien muriera por mí.
Hay una opción aquí. Podemos morir luchando juntos, o puedes tomar el
icono y huir.
-No huiré.
-Entonces morirás, y el diablo tomara posesión del icono una vez más, y el
Varinskis ganará.
Ella sacudió su cabeza. La sacudió y la sacudió.
-Sí, Tasya.
Despacio ella asintió.
Poniéndose entre ella y el Varinskis, dijo:
-Hazlo que se vea bien.
-Lo haré.
-Confía en mí.
-Lo hago.
La miró fijamente.
Sus ojos azules eran feroces y ardientes.
-Confío en ti.
-Eso no es amor, pero es lo suficientemente bueno.
Esta vez cuándo la golpeó, ella se estremeció y gritó sollozando:
-¡Para! ¡Por favor párenlo!
Ambos hicieron el sonido de golpear carne contra la carne.
Detrás de ellos, Sergei todavía gemía y se quejaba.
Como si hubiera tenido suficiente, Rurik se volvió hacia los otros.
-Por la mierda, recojan el maldito icono!
Esta vez no miró, pero volvió a golpear a Tasya.
Cuando oyó gritar al otro Varinski, sonrió.
Tasya sonrió también, su cara roja por el esfuerzo.
Girando sobre su eje para enfrentar a sus primos, vio el icono de nuevo en el
suelo, y a Ilya sosteniendo su mano, su muñeca en su otra mano, mirando el daño,

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gritando, y mirando de nuevo. Kassian era el único inteligente en el grupo. Él
entendió lo que había pasado.
-Nosotros no podemos sostener la maldita cosa. Apuntó a Tasya.
-Haz que ella lo consiga para nosotros.
-Finalmente has tenido una buena idea.
Rurik empezó a empujarla hacia el icono.
Ella lo detuvo con una mano en su muñeca. En un tono bajo, dijo:
-Necesito sangre en mi cara, y necesito moretones.
Él se congeló. Ya que en todas las peleas en las que participó mientras estuvo
en la Fuerza Aérea y todas las peleas con sus hermanos, nunca había golpeado a una
mujer en su vida. Golpear a Tasya sería como golpear a su madre, o a Firebird, o
Meadow Szarvas, o a su vieja maestra, la Srta. Joyce.
-Por favor. –dijo Tasya.
-Viví en algunas buenas casas adoptivas, pero también viví en un par de
hogares malísimos también. He sido golpeada antes.
Su mano se acercó, pero inmediatamente cayó a su lado. Sus ojos azules eran
feroces y tan brillantes como un carbón ardiente.
-Si no lo haces, tendré que golpearme contra una piedra, y realmente me haré
daño.
-Bien. Lo haré.
Tuvo que fortalecerse. Cerró sus ojos casi todo el camino. Fingiendo que ella
era uno de sus hermanos. Y el golpe fue bastante duro como para partir su labio y
dejar un moretón en su mejilla.
-¡Mierda que duele!
Su puño surgió para devolver el golpe. Aun ahora su primer instinto era
defenderse.
-Nada de eso.
Agarrándola por el brazo, la propulsó hacia el icono, y en un tono fuerte,
áspero, gritó:
-Recógelo. Ponlo en tu mochila. ¡Tú lo llevarás!
Cayó hacia adelante. Se arrastró hacia el icono. Con una mirada de miseria, lo
recogió. Mientras lo hacía, el halo dorado de la Virgen brillo al sol.
Rurik esperaba que esto fuera una señal, un signo de esperanza de que su
sacrificio pudiera no ser en vano.
Ella dejó resbalar el icono en su mochila, se deslizó hacia adelante, recogiendo
su ropa, su barra de granola, su estuche de lentes, quedándose abajo, moviéndose
como una vieja mujer recogiendo sus pocas cosas preciosas. Se puso dentro del rango
de Kassian. Él se acercó y la pateó en las costillas. Ella cayó rodando colina abajo, su
mochila agarrada a su estómago, y chocó contra una roca.
Kassian era un hombre grande, de hombros anchos, malo y rápido.
Rurik no se preocupó. Había estado ambicionando esto. Cerró la distancia
entre ellos, agarró a Kassian por la garganta, miró de lleno en los ojos enrojecidos de
Varinski.

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-No te dije que la patearas.
-No estás a cargo.
El aliento caliente de Kassian olía a ajo y azufre.
-¡Lo estoy ahora!
Rurik le dio un puñetazo entre las piernas. Kassian se dobló, luego golpeó con
la cabeza el estómago de Rurik.
Rurik cayó de espaldas, subió su pierna, y, antes de que Kassian pudiera
enderezarse, lo pateó bajo la barbilla. Kassian se tropezó hacia atrás.
Sergei e Ilya saltaron inmediatamente sobre Rurik.
Tasya arrastró el aliento en sus pulmones, tratando de limpiar la oscura niebla
que nadaba ante sus ojos.
Con una mano en la roca que la había detenido y otra agarrando su mochila,
se puso de pie y se mantuvo parada, zigzagueando.
Tenía que enfocarse. Tenía que salir allí.
Ellos estaban matando a Rurik.
Primero Sergei e Ilya cayeron sobre él, y tomó una palpitación que les
respondiera. Rurik le había dicho que podría luchar; vio la prueba de ello ahora
mientras él daba patadas y golpes, saltando en el aire, moviéndose tan rápidamente
que no podía seguir sus movimientos.
Esto era Crouching Tigre, Hidden Dragon (película - El Tigre, El Dragón Oculto),
pero sin los subtítulos.
Un brillo de metal capto su mirada. Miró—y allí estaba. El arsenal de
Varinskis. Un rifle de largo alcance. Otra pistola semiautomática. Una escopeta. Y
todas las municiones.
Descubrió que nada curaba tan rápido una posible costilla rota como ver que
las armas de fuego de lo Varinskis estaban desprotegidas allí.
Echó la pistola y la escopeta de caza en el arroyo. Verificó el rifle para ver si
estaba cargado. Lo estaba, y lo colocó bajo su brazo. Esparció la munición en el piso.
Echó una mirada a la pelea a tiempo de ver a Kassian entrar en ella, y la
dinámica cambió.
Rurik estaba agobiado, todavía castigando a los hombres con sus puños y sus
pies, pero recibiendo más y más golpes en su cara, su pecho, sus piernas.
Entonces pasó.
En una acción tan rápida que no pudo seguirlo, él cambió. Rurik desapareció,
y en su lugar un halcón estalló en medio del grupo y voló fuera de allí.
Rurik.
Levantó su puño en señal de triunfo. ¡Bueno para él! Vio la llamarada cuando
sus ojos se enfocaron en ella. Él le había dado una ventaja. Quería que ella la usara.
Echando su mochila encima de un hombro, corrió por la colina hacia el
convento, y el escape.
Ese puntapié que Kassian le había dado no lo hizo fácil; tenía problemas para
respirar. El voluminoso rifle le pesaba, también. Pero no podía dejarlo ya que podría
necesitarlo.

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No dejaba de mirar sobre su hombro, desesperada por ver la batalla de Rurik.
Un águila grande blanca y negra voló tras el halcón.
Ilya.
Siguió corriendo, y miró de nuevo.
Los pájaros se enzarzaron en una batalla etérea, mientras atacaban y gritaban.
Las alas de Ilya golpearon a Rurik, pero Rurik era más pequeño y más rápido,
mientras golpeaba, rasgando al águila con el pico y garras. El combate era hermoso, y
mortal.
-Vamos, Rurik. –murmuró.
-Vamos. Tú puedes ganar esto.
Por primera vez desde que había salido de esa capilla para caer en manos de
los Varinskis, la esperanza se alzó en su corazón. Quizá ellos dos podrían sobrevivir
este ataque. Quizá él podría perdonarla por esconder el icono para sí.
Quizás. . .quizás ella podría vivir con un Varinski, con tal de que su nombre fuera
Rurik. Quizá nada de eso importaba. Quizá todo lo que importaba era sobrevivir—
Ella lo miró. Deteniéndose. Volviéndose.
Ella estaba ahora en lo alto de la montaña, mirando hacia abajo a las piedras y
bosquecillos que poblaban el campo. Las aves de rapiña todavía revoloteaban y
luchaban, pero el águila estaba cansada, fallando.
Ella no podía ver a Sergei; él estaba oculto de su vista.
Pero podía ver a Kassian. Estaba de pie en una roca, sosteniendo un arco y
flecha—y estaba apuntando a Rurik.

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Capítulo 29
La flecha voló, no en un movimiento lento como en las películas, sino tan
rápido que Tasya no tuvo el tiempo para gritar una protesta. Esta apuñaló al halcón
en el aire, arrancándolo de su trayectoria de vuelo, y durante un horroroso segundo,
vio la llamarada roja en sus ojos. Entonces el destello se extinguió.
El ave cayó en picada hacia la tierra y desapareció en una arboleda.
Ella gritó, poniendo toda su energía, toda su angustia, toda su emoción, en
una protesta contra la vida que la había conducido inexorablemente a este... este
destino.
Kassian Varinski la oyó. Dio vuelta para afrontarla. Rió, haciendo
resplandecer sus dientes. Y presionó sus labios en un beso que prometía la
humillación, la violación, la muerte.
La vieja rabia familiar contra el destino la embargó. Comenzó a avanzar hacia
él.
Pero no. Si se lanzaba precipitadamente a salvar Rurik, todo—el icono, la
familia de Rurik, la humanidad en sí misma—estaría pérdida.
Y no podía salvarlo. Había visto su vida desaparecer en un parpadeo.
Sabía ahora. Había sido un idiota persiguiendo el sueño incorrecto. El amargo
sueño. La venganza de su propia familia, incluso si era posible, sería una victoria
incompleta.
Pero podía salvar a los Wilder. Eran la familia Rurik, la gente que le había
traído al mundo, los únicos que lo formaron, formaron al hombre que había dado su
vida por ella y por el icono.
Su sacrificio no sería en vano.
Podía seguir las instrucciones de Rurik. No importaba cuan duro fuera el
camino, llevaría el icono a Washington.
Y aunque sabía que no podía matar un Varinski, si podía hacerlo daño.
Hacerle mucho daño.
Sin remordimiento o compasión, llevó el rifle a su hombro. Kassian echó un
vistazo a su mano firme, y fue hacia el lugar donde Rurik había aterrizado.
Ella disparó y falló.
Él desapareció de la vista.
—¡Tú, cobarde! ¡Cobarde de hijo de puta!
Quería matarlo. Era tan mala que quería matarlo—
El águila dio un chillido de triunfo, plegando sus alas se lanzó en picada....
Su furia caliente desapareció en la oleada de frío odio. Esta vez, apuntó con
serenidad, y disparó.
La bala golpeó al águila directamente en el pecho.
El pájaro explotó en una ráfaga de plumas blancas y negras, y descendió en
caída libre.
Toma eso, pedazo de mierda.

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Aunque le hubiera gustado saborear el triunfo, tenía sólo poco tiempo para
escapar.
Rurik tenía razón. Tenía sólo una ruta posible.
Regresó corriendo de la misma forma que había llegado, y miró los restos del
árbol, negro y desmoronado, que marcaba la entrada a la cueva.
Y allí estaba.
Bajó la mochila y el rifle a través de la pequeña grieta en la tierra. Luego se
metió ella misma, dejándose deslizar hasta que sus pies colgaron.
Su misión era clara en su mente. Escapar por el túnel. Entregar el icono para
salvarlo.
Todo que tenia que hacer era irse.
Irse y desaparecer en la interminable oscuridad donde nadie vive, ni siquiera
un soplo de aire…
¿Pero al final, qué importaban sus viejos miedos?
Lo peor que podría haber pasado ya había pasado. Rurik estaba muerto. Tenía
que irse.
Así lo hizo.
Aterrizó en el suelo de tierra blanda, respirando el fresco y húmedo aire. Un
rayo de sol desde arriba tocó su cabeza. La boca de túnel estaba lejos, dejándola en
una oscuridad tan negra que hacía doler los ojos. Al final, lo sabía, estaría segura,
otro país... una vida diferente.
Estaba lista para renacer una vez más por este túnel. Ahora había que pasar
por el doloroso proceso, una vez más.
Pero esta vez, ella no era una niña. Esta era su elección.
Tomando su mochila, buscó y encontró su linterna.
El estuche de plástico estaba agrietado.
Por supuesto. En este viaje, no podría tener luz.
Apoyó los dedos en la pared de roca y comenzó a avanzar.
Si sólo no estuviera sola. . .
Estranguló el pensamiento antes de que pudiera abrirse camino en su mente.
No podía pensar en Rurik, en la llama de su vida apagándose en un parpadeo.
Podía concentrase en salir. Realmente le había hecho daño a un Varinski, pero
los otros dos estaban vivos. ¿La cazarían ahora mismo? Creía que no. Tenían un
hermano por el que preocuparse, y el cuerpo de Rurik para... para...
No importaba lo que le hicieran al cuerpo de Rurik. Lo que importaba era
escapar. Así que se apresuró en la noche interminable. La luz de la boca de la cueva
poco a poco se fue reduciendo, como sabía que lo haría, y cada paso se convirtió en
un paso hacia lo desconocido. No, no lo desconocido. Al pasado.
Había sido joven, tan joven, y furiosa por haber sido arrastrada lejos de su
madre. Había pateado a su institutriz, tratando de escapar, para volver y ayudar a
apagar el fuego, y hacer que la mujer dejara de gritar. Pero la señorita Landau la
había arrastrado hacia adelante. Fue la imperturbabilidad de la buena señorita
Landau lo que puso fin al escándalo y había finalmente capturado la atención de

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Tasya; la señorita Landau siempre insistía que se debía mantener el comportamiento
apropiado costara lo que costara sin importar las circunstancias, y Tasya no se
comportaba correctamente.
Una vez que Tasya dejó de lanzar su rabieta y comenzó a prestar atención,
notó la oscuridad. Notó otras cosas, también—el olor a tierra, el lento, errático goteo
del agua, el tacto de la piedra bajo sus dedos. Notó que la imperturbable señorita
Landau temblaba ligeramente.
Pero fue la oscuridad lo que la había abrumado. Tasya y su institutriz estaban
caminando—Tasya estaba poniendo un pie delante del otro—por eso sabía que se
movían. Pero esto había parecido falso.
Como cualquier niña—como cualquier persona—la joven Tasya había medido
su progreso por lo que podía ver, sentir y oler, y aquí, nada cambiaba Nada
cambiaba por millas... por milenios. Ahora Tasya era más alta. Sus pasos eran más
largos. La vida la había transformado de niña imperiosa en alguien que creyó que
podría arreglar todo con su cámara, su historia, y, si fuera necesario, sus puños.
Mientras se movía por el túnel, manteniendo una velocidad estable, se
preguntó quién sería cuando escapara esta vez.
Caminó durante horas, parando únicamente para encender la luz de su reloj y
mirar la hora. Dos horas. Cuatro horas. Ocho horas.
A veces se sentía un soplo de aire cuando otra cueva daba al túnel principal.
La mayoría de las veces, era sólo fresco y puro, pero una vez pareció maligno, y por
sólo un instante el velo del tiempo se levantó, y, en su mente, vio a un hombre,
cargado de oro. Él se hundió bajo su peso, y murió allí en la cámara cercana.
No corrió, pero quería, lejos de la calavera de ojos vacíos que la miraban con
diversión.
¿Estaba volviéndose loca?
Sus pies lastimados. Sus ojos doloridos. Quiso gritar de soledad, por los
pensamientos que dieron vueltas en su cerebro como el halcón mismo—que había
perdido a todos los que alguna vez había amado, y ahora había perdido otra vez.
Enfrentaba una eternidad sombría con la soledad, y tal vez, solamente tal vez... una
eternidad de oscuridad, por allí no estaba la salida de esta cueva.
Eso hizo que se detuviera.
Sí. Había más pasajes que éste, y si se perdía, podría vagar, perdida, hasta que
muriera.
Tomando su mochila, enrolló el brazo a través de una correa. Poniendo su
espalda contra el muro, se deslizó hacia abajo y se sentó. Había caminado tanto
tiempo, tan rápido, tan duro, sin comida ni agua, que estaba empezando a tener
alucinaciones. No tenía ninguna razón, ninguna, para imaginar una muerte en estas
cuevas, o la desesperación de escapar cuando todo iba perfectamente. Tenía cornisa
de roca, estrecha y reconfortante, para guiarla, y el conocimiento de que había
pasado por aquí antes.

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No importaba cuánto tiempo le tomara, podría escapar de las cuevas y las
sombras, y una vez que estuviera de vuelta en el mundo real, nadie sabía mejor que
Tasya Hunnicutt cómo pasar de un país a otro sin ser notado.
Bueno, tal vez Rurik lo sabía mejor.
Una lágrima resbaló por su fresca mejilla.
La limpió.
No había tiempo para eso.
Sacando su cantimplora, tomó un largo trago, luego encontró sus barras de
granola y comió una de las pobres cosas desmenuzadas.
Esta cueva era simplemente una cueva, y parte del verdadero mundo. Ella no
era Luke Skywalker, enviada a un lugar fuera del tiempo donde las alucinaciones
probaban su fuerza y sus creencias. Hacia veinticinco años, ella había atravesado esta
cueva y no había sufrido ningún daño, no tenía revelaciones, no había aprendido
nada pero su vieja vida había terminado y una nueva vida había comenzado.
Ahora era mejor que antes. Hacía veinticinco años, la señorita Landau la había
metido prisa en todo el camino, y cuando Tasya de cuatro años no podía andar más,
la señorita Landau la había cargado. Entonces cuando ellas por fin se acercaron a la
apertura en el otro extremo, la señorita Landau había estado nerviosa. Incluso la niña
Tasya había comprendido que la señorita Landau temía lo que encontraría.
Hoy, Tasya también temió.
Después de más de ocho horas de camino, sabía que la persecución era
improbablemente, y si los Varinskis no habían descubierto la salida a la cueva la
primera vez, seguramente no podrían esta vez.
Así que ahora necesitaba mantener la cabeza despejada, permanecer
alimentada, permanecer hidratada, y seguir moviéndose.
Sacudió los restos de la barra de granola del paquete y su boca, tomó otro
buen trago de agua, de pie, y desempolvó el trasero de sus pantalones.
¿Cuánto tiempo más?
No lo sabía. ¿Un día? ¿Dos? La niña Tasya no había tenido concepto de
tiempo, sino que le había parecido como si la prueba final nunca terminara. Pero si
había terminado, y podría una vez más.
Anduvo hasta que encontró la cornisa, todavía en el nivel de la cintura, y
comenzó a avanzar. Escuchó un chorrito de agua, luego una ondulación, y
comprendió de que estaba caminando junto a un arroyo. El aire fresco creció, como si
en algún lugar cerca hubiera una entrada al aire libre. Su corazón se alzó—y por
primera vez, se tropezó con una piedra en el camino.
Cayó hacia adelante, sus manos extendidas para detener su caída. Se raspó la
palma de su mano y golpeo en sus espinillas al caer de las rocas, y cuando gritó, el
sonido hizo eco arriba y afuera.
Se congeló, y escuchó. En algún lugar cerca, el agua estaba goteando. Muy por
encima de su cabeza, oyó un débil chirrido: murciélagos. Se sentía la humedad aquí.
De alguna manera, ella había llegado a una enorme caverna, y tal vez a un
lago o un arroyo.

Anoiss Traducciones
No recordaba este lugar, no lo recordaba en absoluto.
Cautelosamente se arrastró hacia atrás y se puso de pie. Buscó a tientas la
pared que la había guiado aquí.
Encontró la cornisa y con cuidado avanzó poco a poco, deslizándose
alrededor de las rocas que bloqueaban el camino—y sin advertencia, la pared
desapareció.
Tomó una respiración rápida y aterrorizada que hizo eco a través de la
caverna, haciéndose más fuerte al expandirse para llenar el espacio muerto.
Retrocedió, encontró la pared otra vez, y la repisa, y avanzó una vez más.
El muro se derrumbó inmediatamente por debajo de su toque.
Algún día en el pasado reciente, un hundimiento había hecho que la pared se
derrumbarse, y, con ello, la repisa que la conduciría a la seguridad.
No podía creerlo. Esto no era posible. Había andado millas bajo tierra—si ella
calculaba tres millas por hora para un promedio, y un mínimo de ocho horas, había
andado veinticuatro millas bajo la maldita montaña buscando su libertad—¿para
terminar aquí? ¿Permanecer con su mano extendida en nada? ¡No era posible!
No podía regresar. Los Varinskis podrían no estar persiguiéndola en la cueva,
pero ella apostaría que no le permitirían volver alegremente y cruzar a través de
Ruyshvania.
No podía seguir adelante porque. . . porque no sabía a dónde ir. Tiró los
brazos hacia adelante, agitándolos, tratando de encontrar la orientación que
necesitaba—y la grava bajo sus pies resbaló.
Cayó. Por un instante se mantuvo en pie, arrastrándose hacia abajo como si
estuviera en esquís.
Luego el terreno desapareció completamente, y cayó en la oscuridad.
Boris se sentaba en su escritorio, mirando el teléfono, a la espera de que
sonara. Esperando que sus chicos llamaran y le dijeran que habían destruido a Rurik
Wilder, que tenían a la mujer—y el icono.
Boris había obedecido al Otro.
Había averiguado todo sobre la mujer que Rurik Wilder tenía con él, esta
Tasya Hunnicutt. Ahora Boris sabía que él estaba en un verdadero problema.
Porque en la Ciudad de Nueva York, un libro estaba en camino por el proceso
de publicación. Un libro sobre los Varinskis.
Cien años atrás, aún cincuenta, los Varinskis habían tenido una mano de
hierro sobre la industria de publicación de Nueva York. Habían sostenido las
empresas por sus diminutas pequeñas pelotas, y por seguridad, habían comprado el
alma de los editores.
Entonces, en los pasados treinta años, las mujeres habían caminado fuera de lo
permitido, se habían hecho redactoras poderosas y aún editoras, y aquellas mujeres
llevaban pantalones y tenían piercings en las cejas. Algunas de ellas eran aún jóvenes
y bonitas.
Boris no había pensado que importara. ¿Qué diferencia haría un libro? Nadie
creería la verdad sobre los Varinskis.

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Pero este autor había investigado todo sobre ellos.
Había escrito un libro narrando su historia, su leyenda, su larga opresión en el
negocio de los asesinatos, el modo en que ellos rastreaban y mataban por contrato, y
cómo los gobiernos los contrataban para perpetrar —crímenes—. Ella había tenido
una historia que contar, y el editor masculino dijo que ella tenía la voz para hacerlo y
ser un éxito de ventas. La mujer publicista sonrió con sus dientes blancos y llamo al
autor —el próximo Dan Brown—.
Mientras el mundo giraba su atención al juicio Varinski, la palabra en la boca
de los libreros y la prensa creció con dimensiones casi míticas. La publicidad
creciente alrededor de los Gemelos Varinski arruinaba la imagen cuidadosamente
desarrollada por Boris Varinski de asesinos invencibles, intocables.
Y el autor era Tasya Hunnicutt.
Tasya Hunnicutt, la compañera de Rurik, la fémina que trabajaba para la
National Antiquities Society. No era alguna anciana gorda con pelos en la barbilla.
Era la misma mujer que había desaparecido con Rurik Wilder después de la
explosión en la tumba escocesa.
Había prometido a su editor que antes de que publicaran el libro,
proporcionaría la prueba sensacional de la historia de Varinskis, y lo que había
ocurrido—el descubrimiento del oro, la explosión en la tumba, su misteriosa
desaparición—había creado un furor mucho más allá de cualquier cosa que podría
haberse imaginado. Ahora mismo, los matutinos americanos ofrecían ser los
primeros en tenerla como invitada cuando reapareciera.
Cuando el Otro se enteró sobre Hunnicutt, cómo había hecho la investigación
sobre los Varinskis, incluso yendo tan lejos como para viajar a Ucrania y tomar fotos
de su casa. . . Cuando el Otro descubriera que Boris no había estado vigilante y alerta
sobre su vida privada. . . Cuando el Otro se diera cuenta de que Boris no había
podido detener el libro antes de que fuera incluso presentado. . . Boris sufriría.
Y si el Otro preguntaba que había hecho para recuperar a la mujer y el icono, y
Boris le dijera que el cachorro de Konstantine y una mera mujer habían derrotado la
fuerza del Varinskis...
Boris podría morir.
Él podría morir, iría al infierno, y se quemaría en agonía eterna.
Lo sabía. Ya podía sentir las llamas.

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Capítulo 30
La cabeza de Tasya dolía. Su mejilla estaba helada. Pero no sabía donde estaba,
y cuando abrió sus ojos, su desorientación aumentó.
¿Tenía cuatro años?
¿Había sido su vida entera una ilusión?
¿Había muerto y encontrado en la vida después de la muerte una enorme
oscura caverna?
Se sentía como una idiota.
El camino a través de la oscuridad.
La pared que desaparecía. La caverna. La caída. Recordó ahora, pero recordar
no era agradable. Estaba como boca de lobo. No sabía dónde estaba. No sabía hacia
dónde ir. Estaba atrapada allí, en la montaña bajo su país, y moriría allí.
Podría desaparecer allí, y el icono que ayudaría a destruir el trato con el diablo,
vengar a sus padres, ayudar a que el espíritu de Rurik descansara en paz—
desaparecería, también, y nunca serí encontrado.
El diablo había ganado.
Ella había fallado.
Por primera vez desde que tenía cuatro años, Tasya bajó su cabeza a sus
rodillas y lloró.
Lloró por sus padres. Lloró por su niñez perdida. Lloró por todos los
momentos de dolor e inhumanidad que había documentado con su cámara. Lloró
por la muerte de las esperanzas de Rurik.
Sobre todo, lloró por Rurik.
Había caído luchando por ella.
Él podría haber robado el icono y escapado. Podría haberlo mantenido a salvo
y llevarlo con su familia, y ellos podrían haberlo protegido mientras esperaban que el
siguiente trozo del rompecabezas del destino cayera en el lugar.
Pero no. Rurik había creído que ella era una parte incorporada del plan, y
había rechazado abandonarla.
Aunque no cambiaba el hecho de que ella lo amaba. Por primera vez desde
que tenía cuatro años, se había atrevido a amar.
Aunque hubiera sido un idiota. ¿Qué bien le había hecho proteger su corazón,
sus palabras y su amor? Rurik estaba muerto, y nunca podría saber ella haría
cualquier cosa por él—llevar el ícono a sus padres, sacrificar su oportunidad de
venganza—porque lo amaba.
Levantando la cabeza hacia el cielo invisible, dijo,
-Dios, durante años, no he rezado. No creo en ti. ¿Cómo podría? No he visto
ninguna prueba de tu existencia. Pero ahora he visto la prueba de que el diablo
existe. Así que debes existir, también, y ahora te ruego. ... Rurik Wilder está muerto.
Él ha sido parte de un pacto con el diablo, pero él no firmó el pacto, y el es... era un
buen hombre. Si eres todo lo que es bueno, entonces por favor, yo te pido a usted,
tómalo y llévalo contigo. Déjalo venir...a casa.

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No podía hablar más. El dolor y la angustia rompieron su corazón. Se plegó
como una pequeña pelota. Los sollozos la sacudieron, le dolía la cabeza, y se le
desgarraban los pulmones. Se hizo eco a través de la cámara, a través de las grietas
en las rocas. . . y hasta el cielo.
No sabía cuanto tiempo había llorado. Durante una hora o más. Pero cuando
finalmente levantó la cabeza, se sintió mejor... ligera, más confiada.
Cuando todos los días de su vida se hubieran consumido, y vagara en las
tierras de los muertos, vería a Rurik otra vez. Y en la oscuridad y la humedad de la
caverna, hizo un voto—la primera cosa que le diría era que le amaba.
Por ahora—no importaba como de desesperada estuviera—tenía que tratar de
encontrar la salida de este laberinto de cuevas. Tenía que devolver el icono a la
familia Rurik, o morir intentando.
Pero—¡qué extraño! — parecía como si hubiera una luz en la distancia. No una
verdadera luz, no era la luz del sol o una linterna, pero este brillo...
Frotó sus ojos, tratando de limpiarlos, pero el brillo estaba allí todavía. Dos
brillos, en realidad.
Miró alrededor, preguntándose si el sol de algún modo se había colado allí.
Pero no, tenia que ser de noche. ¿Entonces la luna? ¿O tal vez un pez fosforescente en
el lago o alguna estalactita que brillaba en la oscuridad? Se rió un poco.
Tal vez se había vuelto loca, porque si miraba parecía que dos personas
estuvieran de pie en el lago. . . y había un lago. Llenaba la caverna, con ningún
camino a su alrededor.
Pero la gente—se trataba de un hombre y una mujer—que le hacían gestos
para que subiera por el camino por el que venía.
Tasya tenía hipo. se levantó, su mirada fija en a aquella gente. ¿Quiénes eran
ellos? ¿Eran personas? ¿O eran inventos de su imaginación?
¿Tasya estaba soñando? ¿Inconsciente? ¿Por qué había un hombre y una mujer
con ella en el subterráneo?
Agarró su mochila y reanudó su camino a través de la roca de regreso a la
pared donde había comenzado. Podía ver todo el camino; ya que la débil luz blanca
lo bañada todo.
Era extraño ver lo que había sido ocultado antes. El desprendimiento había
sido enorme; una sección entera de pared y techo se había derrumbado, demoliendo
lo que había sido un camino liso por las montañas, presa del río, y construyendo el
lago.
Cuando llegó a la cima, pudo ver atrás el camino por el que había venido, a lo
largo del sendero, y hacia adelante, dónde una delgada franja del camino de piedra
todavía se pegaba a la pared, una tira realmente delgada de piedra. Tan estrecha que
si se movía poco a poco, siguiendo el emplazamiento de aquellos forasteros
luminosos, había una posibilidad bastante buena que se deslizara y cayera, y esta vez
no sobreviviría.

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Pero las personas la esperaron, y de algún modo, ella sabía que tenía que
seguirlas. Seguro—si ella no lo hacia, estaría perdida para siempre. Pero si lo hacía...
¿quiénes era ellos? ¿A Dónde la conducirían?
Se veían tan familiares.
¿Cómo podrían parecer familiares?
Con su mirada fija en ellos, se puso contra la pared y anduvo de lado a lo
largo de la repisa. Mantuvo su mirada fija sobre los extraños, mantuvo su mirada fija
sobre los extraños, mantuvo su mirada fija... echó un vistazo abajo.
Y se congeló.
Sus dedos del pie colgaban sobre el borde—y la roca cayó directamente en el
lago. Eso estaba millas abajo, y las rocas sobresalían como dientes. Si se caía...
Un susurro delgado de sonido vino alrededor de su cabeza.
-Ven, cariño. Ven.
Esta era la voz de su madre.
Esta era la voz de su madre.
Con los ojos amplios y brillantes, Tasya siguió la fina roca alrededor del borde
del lago. La cual se mantuvo firme bajo sus pies.
Su madre. Sus padres. Había rezado, y sus padres habían venido por ella. O
para ayudarla a escapar de las cuevas. No sabía. No se preocupó. Por primera vez en
veinticinco años, podría ver la cara de su madre, los brillantes ojos azules, tan
parecidos a los suyos. Podría ver la cara de su padre, la mandíbula decidida, la
misma que veía en el espejo cada mañana.
Esto era el mejor momento de su vida.
Este era el momento en que comprendió cuánto había perdido. Y cuanto tenía.
-Mama. –susurró cuando se movió poco a poco adelante.
-Te extraño.
Su madre sonrió.
Lo sé.
Tasya no podía escucharla. No en realidad. Las palabras fueron como un
soplo en su mente.
-Papa...
Lo se.
La extensión se ensanchó. Se movió con más confianza.
-¿Él está allí con ustedes?
No le contestaron.
Se movió más rápido, tratando de verlos más claramente.
-Por favor. Rurik. Lo amé. ¿Puedo verlo?
Sus padres se alejaron cuando se acercaba. El calor de su amor la rodeó,
conduciéndola hacia adelante. Ellos rieron, alegrándose con ella.
La repisa se puso más amplia, se convirtió en un camino, y Tasya se apresuró
cada vez más, hasta que estuvo corriendo tras ellos.
Pero no hablaban.
-Oh, por favor. Oh, por favor—

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El brillo se ponía más brillante, más fuerte.
-Si yo pudiera verlo una vez mas...
Rodeó una esquina—y el sol de la mañana la golpeó de lleno en los ojos.
Arrojó sus manos sobre de sobre sus ojos, y miró hacia atrás.
-¿Mamá?
Pero ellos se habían ido, desaparecidos en la luz de día. La habían
conducido...a su libertad. Para vivir.
Ahora ella estaba sola otra vez.
El sentido de pérdida la sacudió como un golpe.
Pero no podía vacilar. No podía derrumbarse.
Había sido enviada a aquella cueva para aprender una lección, y había
aprendido. Podría ir adelante y haría lo que tenia que hacer.
Si sus padres estaban cerca, entonces tenía fe en que vería algún día otra vez a
Rurik.
Algún día, ellos estarían juntos otra vez.

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Capítulo 31
Konstantine empujó el andador, apoyándose pesadamente en las barras,
cuando él completó uno de tres circuitos alrededor de su casa en el Estado de
Washington. Su ropa colgaba de él, como si él fuera un viejo hombre en lugar de
tener sesenta y seis y un Varinski en la flor de su vida. Él tenía un estúpido tubo en
su nariz y estaba débil. Tan débil.
Cada día el caminaba un poco más lejos y se empujaba a ir un poco más
rápido.
Cada día, Zorana se preocupaba por pequeñeces y husmeaba. Ella caminaba
con él y arrastraba su oxígeno en las ruedas y su móvil tv, pero a ella no le gustaba y
a su propia manera, ella dejaba ver su opinión bastante clara.
Su pequeña esposa apenas había cambiado en treinta y cinco años. Ella
todavía era pequeña, cinco pies una pulgada, con el pelo y ojos oscuros que lo habían
fascinado. Su piel era lisa y morena, con un poco de carde de más en la mandíbula,
pero ¿qué hombre miraba la mandíbula de una mujer?
Sus labios... ah, sus labios todavía eran intonxicantes, los labios que habían
cambiado su mundo.
Él había visto como lo observaba como cuando docenas de veces los niños se
portaban mal. Su mandíbula empujaba hacia adelante, sus brazos cruzados sobre su
pecho—ella estaba acosándolo en lugar de caminar.
Ella no era feliz con él.
Usualmente, el podría ser indulgente con ella.
Pero no en este. Él no podía vivir sus últimos días como un inválido
encadenado a una silla de ruedas. El podría al menos recuperar una parte de su
fuerza.
Él tenía que hacerlo. Independientemente si a Zorana le gustara o no, la
batalla seria de él.
Así que ahora que caminaba y la distraía con su temas absurdos. -La casa—me
gusta. No tan grande, como los californianos que se mudan en las enormes
mansiones sobre la cima de la montaña y dicen que son los reyes. Cerdos en prendas
caras de vestir siguen siendo los cerdos. Tenemos tres habitaciones—que son
suficientes para nosotros. Y dos baños. -El se detuvo, levantó dos dedos, y utilizó la
oportunidad para coger aliento. -En el Antiguo País, dos baños eran insólitos. Todo el
mundo podría pensar que son ricos-.
Zorana no dijo nada.
-Por supuesto, podríamos remodelar y añadir un cuarto de baño sólo para
nosotros. Podría estar bien para cuando tengamos nietos. El viaje al baño es largo en
el invierno, y tú ya estas envejeciendo. Pero tú no quieres hablar sobre el diseño del
baño.-
Actualmente, ella había hablado acerca de un cuarto de baño matrimonial
durante años. Y lo silenciosa que se mostro ante el tema es una clara demonstración
de los furiosa que estaba.

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Él se preocupó por Zorana—su esposa ha tenido que ser valiente cada día
desde Adrik había huido hacia muchos años. Ahora Rurik había desaparecido. Jasha
dijo Rurik había utilizado su tarjeta de crédito, aquella con el nombre falso, pero la
última vez hace muchos días, y su preocupación, tácita pero tan real, roía en ellos
día y noche.
-Es un buen año para las uvas, especialmente para las uvas pinot.- Las hileras
de la vid, con gruesas hojas verdes y uvas madurándose, corren a través de su valle
hasta donde la vista lo dejaba ver, y que aliviará la pesadez de su corazón. -Si
mantenemos esto, vamos a patearles el fondillo a los cultivadores de en Oregón.-
Zorana no lo miro. Ella no respondió. Pero ellos habían estado casados
durante muchos años. Él conocía a su esposa, y esta era una batalla que podría ganar.
-El jardín está creciendo bien este año, también, y no quiero que tu manejes la tienda
de frutas tu sola. Es demasiado trabajo para una mujer de tu edad.- Ella resoplo. Él
fingió no oírla. -Vamos a contratar a uno de los chicos que trabaja para los Szarvases.
¿Cual es el nombre de esa chica?- Él fingió que no podía recordarlo. –La que haría
cualquier cosa por dinero para comparar pinturas?-
-Michele.-
Ha. Zorana había tenido que decir una palabra. Si él se mantuviera haci, ella
tenía que liberar todas aquellas furias reprimidas que él conocía que tenia debajo de
la superficie y la estaba consumiendo a fuego lento. -Eso es correcto. Cuando ella
trabaja, la gente para a comprar.-
Zorana se congelo en su lugar. -¿A qué te refieres con eso?-
Siguió caminando. -Quiero decir que se detendrán a mirar su cara bonita.-
La frustración y la furia de Zorana desbordo y se apresuró a reunirse con él. -
¿Ahora estás haciendo decisiones sobre la tienda de la fruta? La tienda de frutas que
empecé sin ninguna ayuda tuya? La tienda de frutas que pensaste era una idea
estúpida? ¿Y tú piensas que soy demasiado vieja para trabajarla?-
Él la dejó charlar por un tiempo, disfrutando del sonrojado de sus mejillas, las
mejillas que últimamente con demasiada frecuencia se habían tornado pálidas y
flacas con preocupación. Cuando finalmente comenzó a correr hacia abajo, el dijo, -
Yo pienso que tu eres muy hermosa, y me temo que algún joven vendrá y la separe
de mi.-
Ella resoplo. -Tenemos que revisar tus ojos la próxima vez que vayamos a ver
al médico de Seattle.-
-No es necesario. Yo lo vi mirándote. El mismo fantaseaba.- Konstantine
ligeramente golpeó su pecho con su puño. -Pero no voy a permitir que él te tenga. Tú
eres mía, para siempre.-
Sus ojos se llenaron de lágrimas rápido. Ella se recordó de su propia visión, la
cual lo via encadenado en el infierno por toda la eternidad. . . sin ella.
-Para siempre- el insistió. -Ahora dame un beso.-
Ella le besó, un beso lleno de su amor por él y su rebelión en contra este cruel
destino, y sostuvo con su brazo y maldijo la maldita enfermedad que gastaba su
corazón y lo hacía incapaz de confortarla como ellos deseaban.

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Nunca consciente de su condición, ella lo libero antes de que ninguno de ellos
estuviera listo, y puso su segunda mano en la seguridad de su andador.
-Vamos a ir alrededor de la casa una vez más-, el dijo. Ella comenzó a
protestar, entonces él levantó su mano, escuchado. -Oigo un subiendo por la
carretera. –
Ella no cuestiono su declaración, el oído de lobo no le había fallado todavía. -
¿Lo reconoces?- pregunto.
Él sacudió la cabeza, y se novio tan rápido como pudo hacia la parte delantera
de la casa y ella no trato de frenarlo.
Dieron vuelta a la esquina cuando el Camry se detuvo delante del porche. La
mujer dentro quedo sentada y miro hacia la casa, entonces brinco en el asiento y los
miro cuando se movieron hacia ella.
-Es esa.. la chica, la que estaba con él cuando desapareció. Yo la reconozco de
la televisión-, susurró Zorana. –Esa es Tasya—con el pelo blanco y negro.-
-Así que veo.- El vio, también, las muchas expresiones de Tasya a través de la
cara: la ardiente resolución que la había traído hasta ellos desapareciéndose y
convirtiéndose en lágrimas y una desesperada renuencia a cumplir el deber que ella
había llevado hasta allí.
-¿Tu creéis que está herido?, ¿o regresara a casa más tarde?- la voz de Zorana
llena de esperanza.
Con obvia renuencia, Tasya abrió la puerta y salió del coche.
No. Tasya mostró en su rostro y en sus movimientos que no hay lugar para la
esperanza.
Su hijo, el bebé que había acunado, el niño le había enseñado a ser cauto, a
cazar, controlar su estado salvaje, el hombre que ha crecido hasta convertirse en un
piloto y entonces un arqueólogo. . . estaba muerto.
La chica caminó hacia ellos, tratando de sonreír con una unos labios que
temblaban.
El se detuvo, y tomó el brazo de Zorana cuando ella se ha apresurado hacia
adelante.
Como Tasya metió sus manos en el bolsillo y se detuvo delante de ellos, con
sus grandes ojos azules pidió su comprensión, por su compasión.
Peor en este momento, no había compasión para nadie más que para él y su
esposa.
Tasya sacó un pequeño cuadrado, envuelto en un papel de ceda y lo
desenvolvió extendiéndoselos.
El segundo icono.
Quería escupir sobre él. El precio había sido demasiado alto.
Los dedos de Zorana se temblaron cuando tomó el icono y miro en la cara de
la Virgen, en el crucificado Jesús, en el brillo del oro y la brillantez de más de miles
de años. Luego miró a Tasya. -¿Rurik?- ahogado.
Tasya sacudió su cabeza.

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Como si el icono estuviera demasiado pesado, Zorana se derrumbo hacia el
terreno. Konstantine trato de agarrarla, casi cayéndose el mismo.
Tasya saltó al lado de Zorana y envolvió su abrazo. Y las dos mujeres lloraron
en el hombro de cada una.
Al mirarlas, sus propias lágrimas llenaron sus ojos y bajaron sus mejillas.
Bien. Tasya había amado a su hijo. Ahora ella ayudara a su esposa. Así que
Konstantine la tomaría en su familia, y la amarían.

***

Tasya estaba sentada en el viejo escritorio de la pequeña habitación de Rurik


en la casa de sus padres.
Ella había descargado sus fotografías en su vieja computadora, y ahora las
examinaba una por una, revisando sus registros del sitio, la excavación, los
hallazgos.... Ella quería tan malamente enviar sus fotos a la National Antiquies, a su
editor de la compañía editorial, a los periódicos que ya habían seguido una nueva
historia. La venganza sobre los Varinskis había sido su objetivo por tanto tiempo que
no podía olvidarlo. Con la prueba que ella tenía aquí, podría darle a esa familia de
asesinos tal golpe que nunca podrían recuperarse.
Aunque toda la familia de Rurik había cambiado su nombre por Wilder, ellos
eran Varinskis, y él también. Konstantine y Zorana no podían haber sido más
amables con ella, hospedándola en su casa, tratándola con el respeto de ser la
persona que encontró el icono—y con el amor debido a ser la mujer de Rurik.
La hermana de Rurik, Firebird, abiertamente había llorado a su hermano.
Entonces, siempre práctica, ella le prestó ropa a Tasya de su armario hasta que la
orden del Internet llegara, y como alegrándose de tener a alguien de su edad en la
casa le habló de su bebé.
El sonograma mostró que era un niño. Ella no había decidido en un nombre.
Ella esperaba que no fuera demasiado grande; todos sus hermanos habían sido de
más de diez libras.
Pero después de todo Firebird nunca menciono al padre. Quienquiera que
fuera él, él estaba completamente fuera del cuadro. Tasya habría pensado que él era
solo un error breve, pero cuando Firebird no se percataba que ella la observada, la
veía mirando por la ventana y acariciando su vientre con una expresión en su cara
de...rabia, dolor, soledad... sí, por motivos diferentes, Tasya y Firebird tenía mucho
en común.
¿Entonces podría Tasya hacer públicas las fotos sin arruinar la posibilidad de
romper el pacto para siempre? Rurik quería desesperadamente darle una
oportunidad a su padre para redimirse. ¿Tasya le importaba?
Antes de que ella lo hubiera conocido, no se había preocupado en absoluto.
Pero entonces ella había venido a esta casa había encontrado que Konstantine era un
Varinski y que ella lo miraba con cautela. No le importaba que este estuviera

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terriblemente enfermo, pasando la mayor parte de su tiempo en una silla de ruedas,
respirando de noche con la ayuda de oxígeno.
Él se parecía a aquellos otros Varinskis, los bastardos que habían intentado
muchas veces matar a Rurik y finalmente lo habían logrado. Ella sabía por qué
temblaba cuando Konstantine estaba cerca; él había asesinado, él había violado y por
todo lo qué él se había arrepentido, aquellos pecados se arrastran por su alma.
La profecía de Zorana demandó que a no ser que él y sus hijos rompieran el
pacto con el diablo, Konstantine se quemaría en el infierno.
Cuando los Varinskis había asesinado a sus padres, Konstantine hacía ya
mucho tiempo se había ido de aquella familia, aún así ella no podía olvidar que él
había realizado hechos igualmente horribles.
Tampoco ella podría olvidar que él había engendrado Rurik y lo había criado
para ser un hombre al que ella admiró y amo.
Ella no sabía si debía amar a Konstantine u odiarlo—o llorar por él.
Extendiendo la mano, ella corrió su dedo a lo largo del borde del icono. Ella le
había dado a la Virgen el lugar de honor. Siempre que no miraba la pantalla del
monitor de la computadora, ella podría ver la sabia Virgen con ojos tristes y saber
que en la batalla entre el bien y mal otras pérdidas habían sido sufridas, otros
sacrificios habían sido hechos.
Pero viendo los fantasmas de sus propios padres le mostrado un hecho muy
importante a Tasya—su dolor ya no existía más, pero su amor por ella nunca fallaría.
Su ternura se extendía después de la muerte y los devolvió para salvar su vida.
Aunque aquellos asesinos, aquellos matones, aquellos Varinskis Ucranianos,
odiaran la idea de que ellos de cualquier forma dieran comodidades a la niña que los
había evadido, esto era una ineludible verdad que la forzara a vivir escondida, ellos
la curaron de su miedo a la oscuridad y le dieron la paz de la angustia que habían
encendido en su resolución.
Ahora todo lo que tenía que hacer era ir cuidadosamente a través de la maleza
de cientos de fotos de la web escocés en la Isla de Rey. Necesitaba pruebas
fotográficas de lo que ella y Rurik encontrado allí. Ella las aguantaría hasta que el
pacto hubiera sido roto y podría volver otra vez a la vida normal... como si la vida
alguna vez pudiera ser normal otra vez, sin Rurik.
Según iba trabajando, iba tomando notas escritas de lo que recordaba de cada
foto, hasta que alcanzo el punto de cuando le había dado la cámara a Ashley poder
trabajar junto a Rurik para abrir la tumba.
La primera foto tomada por Ashley mostraba a Tasya en el medio y a Rurik de
espalda, tieso y reservado, determinado a no tocar. Por una docena de fotos era lo
mismo—el agujero en la tumba se hizo más grande, pero Tasya y Rurik concentrados
en sus tareas.
De repente, la imagen cambió.
Tasya la tenía la mano encima de Rurik y se miraban el uno al otro.
Mirándose... y entre ellos Tasya vio la necesidad y el ultraje, la cólera y el
miedo, la tensión sexual era alta la foto se distorsionó en el monitor.

Anoiss Traducciones
Tasya se limpio las lágrimas de los ojos.
Las emociones entre ellos saltaron de la fotografía, un registro del tiempo
aquel antes de la trampa del cuerpo, de la caja del tesoro, las talladuras de la pared,
la explosión—y la verdad—cambiando sus vidas. ¿Habían sido ellos tan obvios?
¿Estaban sus pasiones allí para que cualquiera las viera? Aquel momento en la cueva
cuando Tasya había comprendido que moriría y quizás pasaría una eternidad sin
Rurik, no había llorado.
Llorar no era un hábito que ella deseara cultivar.
Aunque otra vez tuvo que limpiar las lágrimas de sus ojos y un solo sollozo se
le escapo. Ella se cubrió la boca, pero otro surgió y otro y calientes, rebeldes lágrimas
cubrieron sus mejillas.
¿Cómo se atrevía a estar muerto? ¿Cómo se atrevía? ¿Qué crueldad le hizo
darle el icono y forzarla a traerlo aquí para que el pacto pudiera ser roto... y entonces
ella podría vivir? Su vida entera había sido de una extensa soledad y por unos pocos
días, había estado viva. No siempre feliz, no siempre segura, pero viva.
Ahora los años más tristes de soledad estarán ante ella hasta que se marchitara
en la noche y por fin encontrar a sus padres, y a su amor, una vez más.
Abajo, ella oyó el rugido de Konstantine.
A ella le dio risa, y sollozo.
Ella llevaba ya diez días aquí y había descubierto que Konstantine rugía más
de lo que hablaba. Le confortaba oírlo. Él estaba vivo—enfermo, pero todavía vivo.
Luchando y vivo todavía. El anciano era una inspiración...pero entonces, todavía
tenía Zorana.
El pensamiento le trajo otra explosión de lágrimas.
¿Mi Dios, cuándo se había convertido en una niña?
Una respuesta fácil.
Cuando se había enamorado.
Por la esquina de su ojo, capto un movimiento, y en un acto de reflejo se giro,
puños arriba, listos para matar.
Un fantasma estaba allí de pie.
Rurik, con su chaqueta sobre su hombro.
Ella miró.
¿Lo habían enviado sus padres?
Él arrojo su chaqueta sobre la cama.
Desconcertada, la miró aterrizar.
Esto aterrizó con un susurro. Arrugando el edredón. Parecía real.
Él parecía real.
Parándose, golpeó su silla hacia atrás. Cayendo al piso con un golpe bastante
ruidoso como para despertarla y asustar al fantasma.
Pero no se despertó.
El fantasma no se movió. En su lugar él sonrió, una especie de sonrisa torcida
y burlona que detuvo su corazón. -Ningún hombre vale tantas lágrimas.-
-Rurik?- ella susurró. -Rurik!-

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El estaba quemado por el sol y delgado, con un cardenal amarillento alrededor
de sus ojos negros y una tristeza alrededor de su boca. Ella acercó una mano a su
hombro, pensando que iba a pasar a través de su forma—y tocó su cálida piel.
El agarró su mano, la llevo a su boca, la besó, y su aliento tocó su piel. . . .
Se lanzó a sí misma hacia él.
Ella se lanzó hacia él. Él la cogió entre sus brazos.
Vagamente, desde la puerta, oyó un lloriqueo. Sus padres estaban allí. Su
hermana miraba.
A Tasya no le importaba.
Ella envolvió sus brazos alrededor de su cuello, sus piernas alrededor de sus
caderas. Lo besó, tomando su aliento en sus pulmones y dándole su aliento. Y
recordó su voto en el túnel. -Te amo.- Ella tomó su cabeza en sus manos. Lo miró a
sus ojos. -Te amo. Te amo. Te amo.-
El era otro milagro de una vida bendecida con milagros.
Él estaba vivo.
Rurik estaba vivo.

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Capítulo 32
Firebird se situó en la ventana abierta de la habitación que compartía con
Tasya y miró fijamente la noche ahí afuera.
-Mira esa luna.
-Maravillosa.
Tasya estaba sentada en pijama, mirando en la pantalla de la computadora,
concentrándose tan duro como podía. Tenía que hacerlo, para bloquear el tumulto en
su cuerpo. Su sangre cantaba de necesidad; le temblaban las piernas de deseo. Y ella
holgazaneando allí jugando al solitario.
-Las estrellas son magníficas, también. Son tan claras y tan brillantes, puedo
ver claramente el establo.
Firebird lo dijo como si se tratara de un asunto importante.
-Cuando tenía diez años, quería desesperadamente un caballo y Papá dijo que
no. Dijo que un caballo era demasiado costoso para comprar y para mantener, y que
nosotros éramos pobres, inmigrantes que luchan sin dinero para tal frivolidad. Yo
estaba aplastada.
-Sí. Qué decepción.
Rurik estaba en la siguiente habitación. En la siguiente habitación, y Tasya no
podía ir a él. Porque las reglas de la casa no permitían que solteros durmieran juntos.
Se habían tomado de la mano durante la cena, se habían sonreído mirándose en los
ojos del otro. Entonces se besaron para darse las buenas noches—repetidamente—y
separaron sus caminos.
Tasya no podía creerlo. Ella tenía veintinueve años, tener que mantenerse
casta por la moralidad del siglo diecinueve aplicada por un ex Varinski.
-Pero la palabra de Papá es ley, así que no me quejé. Y en mi un décimo
cumpleaños, papá compró un caballo para él mismo.
Firebird tenía una pequeña sonrisa evocadora.
-Dijo que había descubierto un uso para él en los alrededores.
Cogida contra su voluntad por la historia, Tasya preguntó:
-¿Qué uso era ese?
-Darme algo para montar y querer.
-Bien.
-Él tiene sus momentos. De todos modos, mi dulce y vieja yegua se encuentra
todavía en el granero, así que Papá mantiene el heno en el desván. Le siguió una
larga pausa.
-Tú sabes, mis hermanos solían utilizar aquel granero como su espacio
privado.
Tasya la miró. Firebird tenía su atención ahora.
-Sí. Porque, tú sabes, para un tipo que solía no tener ninguna moral, Papá
realmente era estricto sobre nada de sexo bajo su techo.
-Ya lo noté.

Anoiss Traducciones
-Papá es un hombre realmente tradicional. Y, tradicionalmente, los amantes se
esconden para tener sexo.
Poco a poco, Tasya empujo su silla hacia atrás.
-Firebird, ¿qué estás tratando de decir?
-Nada. ¿Por qué crees que estoy tratando de decir algo?
Firebird se inclinó hacia afuera.
-Mira eso. Ese es un gran pájaro. ¡Un halcón!
Tasya corrió a la ventana a tiempo para ver el halcón inmenso volando a
través de la luna hacia el granero.
-Rurik –susurró.
-Papá tiene el oído de un.
Firebird se acercó a su iPod y conectó los altavoces.
-Mejor sales por la ventana.
***
Zorana escuchó la música sonar sobre su cabeza. Buscando bajo los cobertores,
tocó cariñosamente el pecho de Konstantine.
-Tasya acaba de salir por la ventana.
Konstantine gruñó y atrapando su mano, la sujetó.
-No he oído nada. Ahora, tranquila, mujer. Estoy tratando de descansar.-
***
Tasya corrió por el césped, a lo largo del sendero arbolado, hasta el granero.
Presionó su mano sobre la puerta. Con un crujido, esta se abrió. El granero
olía a paja limpia, a cuero, a un caballo muy querido. La luz de la luna fluía a través
de las ventanas abiertas, y Rurik estaba de pie junto al compartimiento.
La yegua había posado la cabeza adorablemente sobre su hombro mientras
acariciaba su nariz.
No había mujer en el mundo que pudiera resistírsele.
Sonrió a Tasya.
Otra vez esto la golpeó—él estaba vivo.
-Debo haber hecho algo realmente bueno en una antigua vida para merecerte.
Su voz era ronca por lágrimas no derramadas, y tragó para contenerlas.
Qué niña.
-Hiciste algo realmente bueno en esta vida.
Acarició al caballo una última vez, cuidadosamente, y cruzó a zancadas la
distancia que lo separaba de Tasya, su paso largo y fácil.
-Soy el que nunca desafió a soñar que te vería otra vez.
Quiso arrojarse sobre él como había hecho esa tarde, pero después de aquella
primera reacción instintiva, recordó... la lucha con el Varinskis, el modo en que la luz
en sus ojos se extinguía. Había pensado que lo habían matado. Al menos, que había
sido horriblemente herido, y pensó que ni siquiera su prodigiosa capacidad de
curación podía con una flecha atravesando su pecho sin sufrir consecuencias.
-¿Estás realmente vivo, o este es otro sueño?

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-Ella le tendió la mano, su mano pálida a la luz de la luna. Él se detuvo ante
ella, y ella presionó su palma sobre su corazón. Este golpeaba fuerte,
tranquilizándola.
-¿Cómo hiciste para sobrevivir? –susurró.
Él capturó sus dedos.
-Ven. Te contaré.
La condujo a la escalera de mano.
Se puso en marcha
-Tu hermana dijo que ustedes usaban este granero para hacerlo.
-Seguro. Los otros tipos. Pero no yo. Yo soy virgen.
Ella hizo una pausa y lo miró de arriba a abajo.
-Mentiroso.
-Virgen.
Alzó la vista, haciéndola terriblemente consciente de que el pijama ligero de
algodón se apretaba mientras ella subía, maravillosamente consciente de que él la
miraba y la deseaba.
Avanzó lentamente hacia el heno esparcido por el piso, miró hacia la trampa,
y lo miró seguirla hacia arriba.
-Tendré que ver que puedo hacer sobre eso.
-Deseo que lo hagas.
La luz de la luna brillaba a través de la ventana en un cuadro que alumbraba
cada paja y convertía en audaces sombras las vigas, las balas, la horca. Hacía calor
allí, el calor del sol de agosto que persistía bajo el alero.
No había venido lista para la seducción. Su pelo todavía estaba cubierto de
blanco en las puntas y rizado desordenadamente. Sus brazos estaban desnudos; una
explosión de estrellas decoraba la tela sobre su pecho y sus muslos. El cordón sobre
sus pantalones estaba anudado, y el cinturón descansando bajo en sus caderas.
-Eres la cosa más hermosa que he visto jamás.
Yendo al lugar en que la paja formaba un nido, él se estiró y metió sus brazos
detrás de su cabeza. Él era la vida, la invitación para el pecado.
Todas las veces que ellos habían estado juntos, se habían seducido, encontrado,
atacado, y deseado con lujuria.
Esta noche era diferente. Esta noche ella podría aprender.
Se arrodilló a su lado, la paja limpia crujía bajo sus rodillas. Desabotonando su
camisa, la abrió de par en par y trazó los contornos de su pecho. Encontró la piel
destrozada donde la flecha había entrado, justo debajo de su hombro izquierdo. Pero
había otra herida sobre su hombro, más grande, fea, donde la piel no cubría el
músculo y los bordes de la herida brillaban rojos.
-Rurik.
Examinó su cara.
Él la miró.
-Es terminado ahora.

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Lo que quería decir que él había sufrido más que lo que cualquier hombre
común podía soportar. Desabrochó su cinturón, quitó sus pantalones, descubrió que
en su muslo derecho faltaba un pedazo de carne, un pedazo de hueso por una
puñalada en su cadera. Ella besó cada herida, sus labios se demoraban, y aspiraba su
olor, se deleitaba en su vida, angustiada por su dolor. Él deslizó su mano alrededor
de su cuello, la atrajo hacia él y la besó.
-Está bien. Estas viva. Estoy vivo. Eso es todo lo que cuenta.
No, no es todo lo que cuenta. Aquellos bastardos casi te mataron. Pensé que lo
habían hecho. Y espero que se quemen en el infierno.
-Pienso que puedes estar segura de eso.
La besó otra vez.
-¿Los mataste a todos?
-Lo hice.
Examinó sus ojos. Alisó el pelo de su frente.
-Rurik. –susurró.
-Dime...
Suspiró, e inclinó su cabeza hacia atrás.
-Sólo si puedo abrasarte. Tengo que sostenerte mientras yo... mientras
recuerdo....
Extendiéndose a su lado, envolvió sus brazos alrededor de su cintura y puso
su cabeza contra su pecho.
-¿Estás lo suficientemente cálido? ¿Te hago daño?
La aplastó contra él.
-Esto es lo mejor que me ha pasado en tres semanas.
-Ella le escuchó respirar, e incluso ahora no podía creer que él estuviera aquí.
-Tú eres un milagro.
-No yo. Hay otros milagros en este mundo—y tantos horrores. He sobrevivido
algunos de ambos.
-Yo te vi. Luchabas con Ilya en el aire.
-Lo despedacé con mis garras. Yo estaba pateando su culo—
-Le vi. Lo tenías sobre las cuerdas, y luego—
-Kassian me arrojó una flecha.
Rurik tocó el punto donde la flecha lo había perforado.
-Los Varinskis son unos malos perdedores.
Tasya tragó el nudo de ansiedad que se había formado en su garganta.
-También vi eso. Pensé que te habían asesinado.
-Bastante cerca. Realmente cerca.
Tiernamente, él deslizo su mano a través de su brazo desnudo trasmitiéndole
con el toque calor y vida.
Sabía que estaba listo para ello. La herida era demasiado masiva para el
pequeño cuerpo del halcón—
-Espera un minuto.
Tasya medio se incorporó.

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-¿Dices que la flecha te mataría como un halcón, pero no como un humano?
-No exactamente.
Él luchó para explicar los puntos sutiles.
-Yo no sabía si podía sobrevivir como un humano, puesto que la flecha me
atravesó el pulmón—pero tenía una mejor posibilidad en mi forma humana.
Lamentablemente, estaba muy alto, y no puedo volar como humano. Estaba
demasiado lastimado, y con la flecha en mí, demasiado desequilibrado para volar, de
todos modos, y me fui de cabeza para la tierra tomando el camino demasiado rápido.
Cogí una vislumbre de ti.
Tomó su mano, y él besó sus dedos.
-Te vi dar vueltas y desaparecer.
-Lamenté huir. Lo odié tanto.
-Se acerco más a él.
-¿Piensas que no lo sé? También sabía que si alguien podría traer el ícono
hasta aquí, esa serías tú.
Inclinó su cabeza y examinó sus ojos.
-Sólo tú, Tasya. Sólo tú.
-¿Por lo de la profecía?
-No. Porque no importa cuan en contra estén las probabilidades, no te irás.
Medio sonrió ante la fe que declaraba en ella.
-Quise darte el tiempo para escapar. Calculé que no tenía mucha elección—
morir por la herida, o arriesgarme y volar hasta el último minuto, luego cambiar a la
forma humana, con la esperanza de no romperme el cuello.
La mano de Rurik aplastó la tela de su top.
-No rompí mi cuello.
Sabía lo que eso quería decir.
-¿Qué te rompiste?
-Rajé unas costillas, hice algo realmente malo a la articulación de mi hombro.
Rurik se encogió de hombros en una forma que parecía más una forma de
probar la articulación que una expresión de despreocupación.
-Pero con lo que pasó después, no me importó.
Ella pasó su mano sobre el, tranquilizándose, ofreciéndole comodidad.
Pero había comenzado a comprender que él no tenía tiempo para la
compasión. Rurik y su familia estaban implicados en una lucha a muerte - y más allá.
Y Rurik... Rurik solo quería ganar. Quería justicia.
Continúo.
-Mientras Kassian y Sergei me atropellaban, me arranqué la flecha de un tirón
y la clavé directamente a la garganta de Sergei.
-Bien. –dijo Tasya.
-Muchacha sanguinaria.
Rurik presionó un beso sobre su frente.

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-Pero aquella flecha realmente enfureció a Kassian, y recogió su bastón—mi
padre dijo que aquellos tipos usan todo como un arma, y tiene razón—y clavó de
golpe el extremo puntiagudo en mi hombro. Me clavó en el suelo.
-Tasya retrocedió, apretó sus puños en sus ojos, tratando de cerrarse hacia la
visión.
Alcé la vista, e Ilya se zambullía, garras hacia fuera, directamente hacia mis
ojos—cuando voló en una explosión de plumas en blanco y negro.
-Tasya se llevó sus manos a su cara.
-Usé su rifle y le pegué un tiro.
-¡Esa es mi chica!
Rurik rió en silencio, y ella oyó el sonido profundamente en su pecho. Pensé
que eso debía haber sido lo que pasó.
-Sabía que no podía matarlo, pero no me importó. Esperaba poder hacerle
mucho daño. La pequeña comadreja piojosa…{
-Águila, cariño.
La acarició bajo el top, encontrando piel suave a lo largo de su cintura.
-No una comadreja, un águila.
-Yo reconozco una comadreja cuando la veo. –dijo Tasya.
-Bien. –concedió.
-Una comadreja.
-Sigue.
Su mano resbaló debajo del cinturón de sus pantalones.
Ella capturo su muñeca.
-No pienses en esto. Sigue con la historia.
Él gimió.
-Podemos hablar más tarde.
Ella miró su cuerpo, y vio por qué él había perdido interés en contar su
historia. Y mientras sus manos se deslizaban ligeramente a lo largo de la piel de sus
nalgas, ella reconoció una disminución distinta de su curiosidad.
Pero él había dejado demasiadas preguntas sin contestar, y el lento ascenso de
la pasión podría ser contenido por un ratito más.
Quería saber, y tenía cosas que decir.
-¿Cayó sobre ti?
Rurik suspiró, pero suavemente, conteniéndose... por ahora... de tocarla.
-Lo perdí de vista, lo que era una buena cosa, porque para entonces estaba
medio muerto. Podría haberme asfixiado bajo él y no ser capaz de apartarlo. Aquel
asno de Kassian se puso del color del borscht11. Se inclinó hacia mí, me agarró por la
garganta, y dijo:
-Voy a terminar contigo. Luego voy a perseguir a la mujer y hacerla sufrir.

11
Tipo de sopa de Europa oriental hecha a base de remolacha, col, papas u otros vegetales que se puede servir
caliente o helada, a menudo acompañada de crema agria.

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-Rurik sonrió, pero esta no era una risa agradable. Aquella risa hizo a Tasya
alegrarse de no ser Kassian.
-¿Recuerdas ese truco del que te hablé, sobre que era el único que podía
cambiar era sólo una parte de mi cuerpo?
-¿Sí?
No estaba segura de querer oír esto.
-Cambié mis manos a garras y corté su garganta abriéndola de par en par.
Rurik gesticuló extensamente con su brazo libre.
-Entonces saqué sus ojos. Luego—¿Tasya?
Tasya comprendió que su cabeza zumbaba y su visión se velada. No era que
ella fuera delicada. Es que la imagen mental de Rurik fijado en la tierra, aún
luchando por su vida—y la suya.
-Tú lo mataste. –dijo ella.
-Sí. Lo maté.
Se incorporó, inclinándose sobre ella, su cuerpo en actitud de protección, su
cara sombreada en el misterio.
-Todo el tiempo mientras luchaba, todo lo que quería era escapar para llegar a
ti. No llores por mí. No te culpables por escapar. Hiciste lo correcto. Trajiste el icono
aquí, y nunca olvidaré... que confiaste en mí.
-Realmente confié en ti. Realmente confío en ti. Siento lo del icono.
Frotó palmas por sus mejillas.
Debería haberte dicho que lo tenía.
-Mientras me recuperaba, tuve mucho tiempo para pensar.
Apoyó su frente en la suya.
-¿Lo encontraste en la capilla, verdad?
-Cuando entraste por primera vez, yo sostenía la mano de la Hermana María
Helvig. Ella estaba todavía caliente....
La conmoción de Tasya había luchado con su pena, y por sobre todo, ella se
alegraba por la monja. Se alegraba de que hubiera podido estar con sus hermanas.
-¿Qué podías decir?
Parecía enérgicamente práctico, poniendo los recuerdos en el pasado.
-La monja está muerta, pero ¡eh! Encontré el icono.
-Verdad. Pero simplemente no pensé en decirte sobre el icono. Entonces la
enterramos, luego los Varinskis aparecieron, y luego—
-Entonces ya no te gustaba más.
Se acercó y aspiró el olor de su pelo.
-No, pero todavía te amaba, y eso me hizo enfadar aún más.
-Me amabas.
Su cálida y profunda voz se quedó sobre las palabras.
-Dímelo otra vez.
-Te amo.

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La besó, su aliento entremezclándose con el suyo, su lengua explorando, su
calor presionado contra ella. Cada movimiento era calor, vida y corazón, y cuando él
deslizó su mano bajo su camisa, sobre su vientre, para ahuecarse contra su pecho,
quiso morir del dulzor—y vivir el resto de su vida en sus brazos. Puso sus manos
sobre sus hombros.
-¿Vas a contarme el resto de la historia?
Él desanudó el cordón en su cintura.
-Mañana. Te la contaré mañana.

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Capítulo 33
Con gran ceremonia, Zoran colocó la inmensa carne de cerdo asada cubierta
con romero y salsa de mostaza, sobre la mesa de la cocina Wilder, luego se distancio
y rió mientras sus niños y su marido la aplaudían y elogiaban.
Tasya participo; un activo que sus años como niña adoptiva le habían dado
esa habilidad de observar las tradiciones de una familia, aprender de ellos
rápidamente, y armonizar sin ningún problema.
A veces esto era un asunto de ser de la muchedumbre.
A veces esto era un asunto de permanecer bajo el radar.
Los Wilder, era algo que hizo porque por fin aquí estaba en casa.
Esta familia la había tomado en su seno sin reservas; tal como Rurik prometió,
Konstantine y Zorana le abrieron su casa, no solo porque ella les había traído el icono,
si no porque había amado a su hijo. Durante aquellos días oscuros cuando habían
pensado que él estaba muerto, sus padres habían hablado sobre él, le preguntaron
sobre sus días pasados, le mostraron su libro de bebé, llorando con ella.
Ahora que había vuelto, ellos no lo reclamaron como propio. En cambio, le
rindieron homenaje con el lugar de honor en su mesa de la cocina.
Rurik estaba sentado sobre el banco a lado de ella, vestido con vaqueros, una
suelta camiseta negra, y un viejo par de zapatillas de deporte, asegurándose de que
ella tenía todo lo que quiso sobre su plato antes de buscara su propia cena de
bienvenida a casa.
Firebird se había tomado la noche libre de su trabajo en la escuela de arte
Szarvaz. Sentada al lado de Rurik, su piel irradiaba con un brillo especial que sólo
poseen las mujeres embarazadas.
Jasha y su novia, Ann, habían volado desde Napa para la reunión. Se sentaron
a la mesa de Rurik, abrieron más botellas de vino Wilder y mantuvieron las copas
llenas.
–Muy bien, mamá, la comida está sobre la mesa. ¿Ahora Rurik puede decirnos
lo que pasó? –Jasha miraba tan impaciente y molesto, ya que sólo el hijo mayor
observo cuan privados de ver la información que considera como su privilegio.
Zorana miro a su hijo.
–Rurik debe tener carne. Todavía esta débil.
–¿Débil de qué? ¿A qué pruebas lo sometieron? –Jasha hizo gestos a su
hermano- . No he escuchado aún la historia.
–Tan débil –susurró dramáticamente Rurik.
Su madre acarició su hombro y le dio el corte de final de esa carne de cerdo.

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–Tú eres una parte del trabajo –Jasha pareció ofendido, pero su tenedor fue a
sobre su plato lleno, y nunca redujo la marcha.
–La espera pone a Jasha irritable –Ann le confió a Tasya–. Si esto aumenta,
todos los iconos serían encontrados, el pacto sería roto, y nosotros podríamos volver
al negocio de la creación de uvas y vinos.
–Y tú y yo tendríamos tiempo para una luna de miel –dijo Jasha.
–No he estado de acuerdo con casarme contigo, aún –disparó Ann de regreso.
Jasha deslizó su brazo alrededor de sus hombros.
–Pero lo prometiste.
Ella voltio su cabeza, una mujer segura de su hombre.
–Tal vez.
–Yo podría morir sin ti.
Ella se volvió de nuevo hacia él, en contacto con el desvanecimiento de las
cicatrices de su garganta.
–Tú casi mueres por mí. Eso es suficiente.
La puerta protegida de la cocina dejaba entrar el aire caliente, tenía el olor de
una tarde de verano. Zorana sirvió la carne de cerdo con doradas papas rojas y
zanahorias rociadas con aceite de oliva, y una ensalada masiva griega. Todos en la
casa Wilder parecían tan normales... aún así Tasya nunca olvidó que cenaba en la
mesa de su enemigo.
De algún modo, parecía ser lo correcto.
Konstantine sentado en su silla de ruedas a la cabeza de la mesa, su cuarta
botella que pendía de un gancho, y vertiendo bastante vodka como para llenar el Mar
Negro.
Jasha miró suficientemente a Rurik que Tasya podría saber que eran hermanos,
aunque eran muy diferentes. Donde Rurik tenía el pelo castaño y ojos marrón dorado,
el pelo de Jasha era negro, y sus ojos eran de un color impar, como monedas de oro
antiguas.
Ann era muy alta y muy delgada, con un tímido comportamiento que
mantenía a todos a distancia hasta que sonreía. Entonces el mundo entero se
enamoraba de ella. Ciertamente Jasha la adoraba, esperaba por ella como si fuera la
reina y él su más fiel cortesano.
Tasya se inclino hacia Rurik, sentado en su mano derecha.
–Me gusta la forma en que Jasha trata a Ann.
Rurik se puso un trozo de papa en la boca, mastico y tragó.
–Él es tan gatito-azotado –ella lo miro de reojo–. No es que haya nada de malo
con ser azotado –añadió apresuradamente.

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Tasya tomó una aceituna de la placa de aperitivos. La paso por sus dientes
hasta que golpeó el hueso, uso su lengua para quitarlo, entonces deslizó el hueso
desnudo de su boca.
Rurik de color rosa, sus ojos se volvieron ardientes, y se inclinó muy cerca de
ella.
–Más tarde, voy hacer que pagues por ello.
–Pero estás débil de tus heridas… y de nuestra reunió de anoche –murmuró–.
Debes descansar.
–Estoy bien –él se quebró.
Ella sonrió.
–Entonces voy a contar con ello.
–Ma, Rurik dice que esta bien –Jasha sonrió abiertamente a su hermano–. Así
que nos puede decir lo que sucedió.
Zorana comenzó a agitar su dedo en su forma más vieja, pero Konstantine dijo.
-Él casi termina de comer, y yo también, y me gustaría saber cómo sobrevivió
al ataque del Varinski.
Rurik dejo su tenedor y cuchillo, la mesa se quedo en silencio y comenzó.
–Tasya te dijo que me vio luchar contra Ilya en el aire…
Justo como iba pasando la noche, la historia tenía le poder de horrorizar a
Tasya. Ruryk había estado así de cerca de la muerte, y cuando él contó lo de
acuchillar a Ilya, de la flecha que perforo su pecho, de girar al humano para alcanzar
la tierra y vivir, ella o bien se estremecía o bien aplaudía. Todavía podía apenas
comprender quién y que era él, y como había evitado la muerte.
Cuando llego a la parte donde Tasya le pegó un tiro a Ilya, Konstantine se
vertió más vodka y pasó la botella.
–¡Todos! ¡Un brindis! Por Tasya, nuestra nueva hija.
Cada uno levantó sus copas y bebieron el vodka. Excepto Firebird, que brindo
con agua.
–Por nuestras tres hijas –Zorana cruzo la copa primero a Firebird, luego a Ann
y después a Tasya.
–Ellas tienen nuestros corazones.
Todo el mundo bebió de nuevo.
–¡Por Rurik! –dijo Jasha.
–¡Por Rurik! –todo el mundo hizo eco.
–¡Puedes terminar tu historia sin interrupciones! –Jasha lo miró
significativamente.
Todos rieron, bebieron, y se sentaron de nuevo a escuchar una vez más.

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–¿Fue Ilya muerto con el impacto? –pregunto Konstantine.
–No, se tambaleo sobre sus pies, agarró la pistola de Kassian. Yo patee sus pies
por debajo de él –Rurik dio un crack de la risa- . El hijo de puta se disparo a sí mismo.
La mesa estaba absolutamente silenciosa. Entonces…
–Yo creo… ya que era un demonio… ¿si estaba fatal? –preguntó Jasha.
–Matándose más muerto que el infierno –Rurik confirmo.
–¿Un Varinski se pego un tiro? ¿Matándose él mismo? –Konstantine estaba
sentado y tenía la mirada perdida, sus ojos estrechos, sus dedos se frotaban juntos
muchas veces.
–Inaudito. Imposible. Me pregunto qué es lo que pasa.
–El pacto falla –dijo Zorana con total naturalidad–, si tenemos suerte, todos
ellos se matarán antes de que nos encuentren.
–Tú sigue esperando, mamá.
Sólo un mes antes, Jasha y Anna habían tenido sus propias carreras con el clan
Varinski, y aunque Jasha se hubiera curado, todavía tenía las cicatrices.
–Así que todos estaban muerto. Tú apostarías a la tierra. ¿Y…?
Firebird sacudió sus manos, tratando de alentar a Rurik para que terminara la
historia.
–Yo estaba hecho para el dolor. Estaba agotado. Me habían disparado. Perdía
mucha sangre, estaba deshidratado y con mucho dolor, y no pude conseguir salir de
la tierra para poder escapar y obtener ayuda.
-No –Tasya quebró la voz.
–Estaba oscuro y frío, estaba delirando, saliendo y entrando de la conciencia.
Fue en la madrugada cuando salí de ella y supe que estaba muriendo.
Zorana tomo su puño en su blusa, Anne limpio sus ojos con una servilleta, y
Jasha puso su brazo alrededor de ella. Firebird froto su mano sobre el montículo de
su vientre.
–Estaba con tal dolor, que me alegraba se fuera a terminar… –Rurik miró
directamente a Tasya–. Entonces se me aparecieron dos personas.
–¿Alguien vino en tu ayuda? –a Tasya le brillaban sus ojos azules llenos de
lágrimas, y miró a Rurik con esa expresión que tanto le rompía el corazón… y todo
valía la pena–. Dios los bendiga.
Le gustaba esta nueva Tasya, suave y tierna gracias al amor. Ella lo tocaba a
cada oportunidad; se acurrucaba contra él mientras pensaba que dormía, esperaba
sobre él.
Sabía que esto no podría durar. Bien, el amor lo haría, pero sobre su espera
contra él, no. Tasya necesitaba un empleo significativo, y ellos tendrían que

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encontrarle algo que hacer, y rápido, pero… un hombre podría acostumbrarse a ese
tipo de trato.
–El sol surgió detrás de ellos, pero yo nunca vi sus rostros –Rurik quiso pasar
esa parte, y al mismo tiempo… quiso explicar a alguien lo que había pasado–. Ellos
parecían brillar –la barbilla de Tasya dejo de temblar. Se sentó derecha, y lo miró
fijamente.
>> La señora me dio algo de beber, agua supongo. Realmente buena, agua
clara. Nunca había probado agua tan buena como esa –incluso el recuerdo alegro a
Rurik–. El hombre… él estaba en orden para hablar conmigo. Al meno, lo pude
escuchar en mi cabeza. Dijo que yo nunca iba a ser capaz de dar un tirón a aquel
bastón de la tierra, pero que si podía conseguir ponerme sobre mis pies y usar mi
otra mano sobre el palo, podría tirar de mi mismo.
–¿Por qué él no te tiro el palo encima? –Jasha todavía no entendía, nadie le
había dicho que fuera sutil.
Firebird lo miro con disgusto.
–Porque era un fantasma, idiota.
–Oh, vamos –Jasha mostró su incredulidad bastante claro–. Estabas
alucinando.
Tasya torció su servilleta entre los puños.
–Todos sabemos eso-si la herida dolía como una perra cuando él hombre
mayor trato de liberarme –con el recuerdo, Rurik frotó su hombro. Los tendones
agotados, el músculo rasgado, el conocimiento deliberado de que tuvo que romper
su propio omóplato–. Esas personas me llevaron hacia esta corriente que sale del
lado de la montaña. Justo me deje caer en el agua helada y deje lavar mis heridas, y
di un buen trago. Me desmayé de nuevo, y cuando desperté… el sol estaba en lo alto.
–Te dije que estabas alucinando –dijo Jasha.
Tasya miraba entre Jasha y Rurik. Abrió su boca, y la cerro de nuevo.
–Eres afortunado por no ahogarte en el arroyo –dijo Anne–. De acuerdo a la
población en Capraru, aquella corriente se secó cuando la familia Dimitru fue
asesinada.
Incluso Jasha dijo.
–Wuau.
Firebierd tembló.
–Esta es la mejor historia de fantasmas que nunca hubiera oído mientras
estaba de campamento.
–Tal vez yo alucinaba sobre la gente y la corriente, pero el hecho es, mis
heridas se cerraron, estaba conciente y capaz de ponerme de pie, y no había ninguna

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pista u olor de aquella pareja –Rurik miró a su familia absorber eso, luego añadio–.
Miré, y el inmundo palo de la tierra estaba, también.
Tasya trago, y en una suave voz, dijo.
–Sé quiénes era ellos.
Cada uno se dio la vuelta.
–Eran mis padres.
Como si ya hubiera adivinado, Zorana asintió.
–Ellos me salvaron –Tasya toco ligeramente el brazo de Rurik–. Y ellos te
salvaron.
Rurik tomó ambas manos, las beso y las sostuvo.
–Entonces seguramente podemos decir que nos dieron su bendición.

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Capítulo 34
-Entonces nosotros. Nosotros—Zorana y yo—les damos nuestra bendición.
Konstantine golpeó sobre la mesa con la palma de su mano.
-¡Otro brindis! ¡Por los padres de Tasya, los Dimitrus!
-Antai y Jennica. –proporcionó Tasya.
-¡Antai y Jennica Dimitru!
Konstantine miró dentro de la cristalina copa de vodka.
-Pahzhalstah, mis amigos. Gracias.
Todos bebieron otra vez, Konstantine tomó del licor con reverencia, como si
honrara a los Dimitrus por salvar a su hijo.
Zorana susurró algo en el oído de Konstantine, entonces se paró y comenzó a
limpiar la mesa.
Tasya y Ana trataron de levantarse y ayudar, pero Zorana puso una firme
mano sobre sus hombros.
-La cocina es pequeña. Déjenme hacerlo.
-Así que, Rurik.
Konstantine puso su copa sobre la mesa con un golpe resonante.
-Tú tenías una lanza en tu hombro. Te habían dado con una flecha. Tus dedos...
¿estaban rotos?-
Tasya frunció el ceño confusa.
-Sus dedos estaban bien.
Rurik sacudió su cabeza. Sabía a donde se dirigía su padre.
-Porque he estado viviendo en una casa durante una semana con tres mujeres
llorosas, si todo lo que tenías que hacer para evitarlo era una pequeña llamada
telefónica.
El pecho de Konstantine se hinchó.
-¡Una llamada de teléfono, Rurik! ¡Pudiste hacerla por cobrar!
Zorana agitó los platos en acuerdo.
Jasha se veía relajado y sonriente.
Rurik le regresó la sonrisa y dijo:
-No lo sé, papá. Eres muy estricto sobre no gastar tu dinero en llamadas de
larga distancia.
Tasya golpeó con su puño a Rurik.
-Él tiene razón. ¿Por qué no llamaste?
Con una mirada furiosa en su cara, Rurik se puso de pie de un salto.
-Mira. Logré llegar al convento. Eso me llevó todo un día, caminando y
arrastrándome. Había alimento y agua allí, y es donde me quedé durante ocho o
nueve días. O diez. Ya no estaba moribundo, pero deseaba estarlo. Me sentía hecho
mierda, y no podía dejar el Capraru por mí mismo.
Jasha levanto las cejas.
-¿Te alojaste en un convento y no te convertiste en cenizas?

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-Me quedé fuera de la capilla. Y no toqué ninguno de los objetos sagrados.
Pero no fue divertido, te puedo decir.
Rurik se estremeció ante los recuerdos del frío claustro, el catre duro, estrecho,
las pesadillas causadas por la fiebre y el dolor.
-No sólo porque soy parte de un pacto con el Demonio. A cualquier tipo le
daría un ataque si tuviera que dormir en la cama de una monja. Por suerte para mí
estaba tan malditamente enfermo que apenas podía elevar mi cabeza.
-Lo siento, hombre.
Jasha sacudió la cabeza.
-Finalmente, una mujer de Capraru apareció. Aparentemente la Sra. Gulyás se
aventura hasta allí una vez al mes para comprobar como está la Hermana María
Helvig.
-Voy a apostar que te veías mal.
Firebird tomó la toallita húmeda caliente que su madre le arrojó, y limpió la
mesa.
-Moretones por todos lados, agujeros en mi ropa a todo lo largo de mi cuerpo,
sangre seca... Y la forma en la Sra. Gulyás gritaba, tuve miedo de que la hubiera
asustado a muerte.
Recordó Rurik, limpiándose la cara con una servilleta.
-Entonces se dio cuenta de la monja estaba muerta.
-Oh, querido.
Tasya cubrió su boca.
-No hablaba el idioma—
-Oh, querido. –dijo Tasya otra vez
-Quien hubiera pensado que una mujer de su tamaño era capaz de moverse
tan rápido—él curvó sus brazos para mostrar su tamaño—pero ella volvió corriendo
por su coche, y yo no podía alcanzarla. Yo sabía que volvería, que iría—
¿Con los polis? –adivinó Ana.
-Me arrastraron a la cárcel local. Volvieron al convento, exhumaron a la
Hermana María Helvig, descubrieron que no la había asesinado, encontraron a los
Varinskis, estaban bastante contentos de que los hubiera matado—los Ruyshvanians
no son admiradores de los Varinskis.
Rurik se rió al recordar el banquete festivo que le habían servido.
-Cuando alguien finalmente recordó que me habían visto contigo, Tasya,
quisieron saber dónde estabas. Les dije que escapaste por el túnel.... No creo que me
hayan creído sobre esto, tampoco, pero subieron y lo comprobaron, descubrieron tus
pisadas de entrada y salida. Prepararon una inmensa celebración. Entonces me
dejaron ir.
Tasya tomó un trago de su vodka.
Si él no hubiera sentido tal ternura por ella, se habría reído. Era tan valiente
cuando se trataba de desafíos físicos, y tan cobarde sobre los sentimientos—los
sentimientos de otros, y sobre todo los suyos. Pero aprendería. En una familia tan
demostrativa como la suya, tendría que hacerlo.

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-¿Tasya, no quieres saber por qué estaba tan felices de que hubieras escapado
ilesa? –preguntó.
-No.
-Tasya. –dijo con reproche.
Ella se rindió.
-¿Por qué?
-Porque te reconocieron como la princesa Dimitru.
-No podrían. No lo hicieron.
Tasya habló demasiado rápido, atropellando las palabras en un exceso de
negación.
-No dijeron nada. ¿Quién me reconoció?
-La Sra. Gulyas me visitó mientras me liberaban. Me mostró una miniatura
que poseía de una pintura medieval. Una reina Dimitru. Tasya, ella se veía
exactamente como tú. Pelo negro y hermosos ojos azules. Genes fuertes en tu familia.
-No. Ellos no pueden haberme reconocido. ¿Por qué no dijo nadie nada?
Tasya retiró su pelo de su frente sudorosa. Claramente, no sabía si estar
contenta u horrorizada.
-Te reconocieron, y tu deseo de anonimato, y respetaron eso. Entonces...
cuando el Varinskis llegó, los reconocieron. Contaron terribles historias sobre la
noche en que tus padres fueron asesinados.
Tasya echó un vistazo alrededor de la mesa. Podía ver sus pensamientos en
sus ojos. Anoche había dormido con un depredador nato. Hoy había cenado con sus
enemigos. La incredulidad luchaba con la aceptación.
Tomando su mano, la envolvió con la suya.
-Los Ruyshvanians son la gente amable. Sufrieron mucho bajo el yugo de
Czajkowski. Son cautelosos, pero no crueles. Tienen memorias largas, y son muy
felices de que sobrevivieras. Muy felices.
Inclinándose, la tomó del cuello con sus manos ahuecadas y la besó.
-Así como yo.
Sus pestañas revolotearon, entonces, un media sonrisa levantó sus labios.
-Y esa es la razón por la que nos pertenecemos.
¿Cómo podría resistir? Él la besó de nuevo.
-Te amo.
-Te amo, también. –susurró ella.
En un tono de repugnancia su hermano, Jasha dijo:
-Búsquense un cuarto.
-Sh. Es dulce. –dijo Zorana.
Rurik mantuvo una mano sobre el hombro Tasya mientras decía:
-De todos modos, Papa, en el momento en que me pusieron en el avión, pensé
que otras veinticuatro horas no harían mucha diferencia, entonces los sorprendí con
mi persona.
-Muy bien –asintió Konstantine-. Acepto eso. Y ahora—somos familia. Mis dos
hijos han ganado mujeres dignas de ellos—

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Zorana interrumpido.
-Y si ellos trabajan muy duro para mejorarse a sí mismos, tal vez en cuarenta
años podrían ser dignos de sus mujeres.
Konstantine miró a su esposa, luego a través de la mesa a Tasya.
-Ella dice eso porque hemos estado juntos sólo treinta y cinco años.

-Entonces te estás acercando, Papa. –dijo Rurik alegremente.


-Reexaminaremos en cuarenta años. –rió Zorana, pero sus labios temblaron—
acordándose de los pronósticos de los doctores, Konstantine no tenía otros cinco años,
y luego... Rurik no podía pensar que pasaría si Konstantine muriera con el peso de
todos sus pecados sobre su alma.
-Siéntate, Mama. –dijo Firebird-. Cargaré el lavaplatos.
-Sí. ¡Pero primero!
Zorana sacó un plato con una alta pila de bollos del refrigerador, y lo puso
sobre la mesa. Al lado de ellos, colocó un tazón de crema ácida.
-¡Varenyky con cerezas!
Minutos atrás, Rurik había creído que no podía comer otra cosa. Ahora
mientras miraba su postre favorito, dijo:
-Eres la más maravillosa de las madres, te adoro.
-Como debes.
Zorana sirvió a Konstantine, entonces se sentó y dejó que Konstantine tomara
un pedazo y la alimentara.
-Mis hijos tienen mujeres mujer dignas de ellos. –repitió Konstantine-. Así que
se que estas mujeres elegirán a mis hijos para casarse y tener muchos niños. Muchos
niños.
Rurik se detuvo en medio de su varenyky para explicarle a Tasya.
-Ahora, espera, Papa—
Los ojos de Tasya destellaron.
-Sr. Wilder, no tengo la intención de discutir—
-Papá, estás haciendo tantos problemas —dijo Jasha.
Firebird cerró de golpe el lavaplatos. El sonido resonó en la pequeña cocina,
sobresaltándolos y haciéndolos callar. En la calma momentánea, disparó una
pregunta:
-¿Entonces, Rurik, qué van a hacer ahora?
-No lo sé –admitió Rurik-. Quiero regresar a mi excavación en Escocia y dirigir
la limpieza. Tasya quiere ser libre para vagar por los lugares salvajes del mundo en
busca de una historia.
-¡Nunca dije eso! –exclamó Tasya.
-No tuviste que hacerlo.
La entendía tan bien ahora. Entendido sus debilidades, sus fuerzas, su
necesidad de demostrarse a si misma y ayudar a los que son incapaces de ayudarse a
si mismos.

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-El problema es que nuestras vocaciones nos pusieron en el camino de los
Varinskis. Los Varinskis, quien ahora sabe quién es Tasya y que escapó de una de sus
campañas de asesinato—no se detendrán hasta que esté muerta. Además ellos saben
ahora dónde viven Jasha y Ana, por lo que nadie está seguro. Esto es un maldito lío.
Rurik miró a Jasha.
-¿Piensas que podemos causarle los suficientes problemas al Varinskis
bastante problemas como para mantenerlos ocupados y así poder trabajar?
-No tendrás que hacerlo.
Firebird habló con el tono de alguien que está presagiando el futuro.
Rurik se sobresaltó y miró fijamente en su pequeña hermana. Mierda, ella
también, no.
-¿Qué sabes tú, cosita? –preguntó Jasha.
-Boris está muerto, asesinado por su propia familia. –dijo Firebird en un tono
misterioso-. El liderazgo de los Varinskis está en juego.
-¿Tienes una visión?
La voz de Jasha era un murmullo.
-No. ¡Lo leí en Internet!
Firebird se rió tan fuerte que se dobló mientras se agarraba el vientre.
-Dios, ¡son tan estúpidos!
Ann rió también, luego Tasya, y finalmente Zorana.
Los hombres se unificaron en su desaprobación.
-Eso no fue gracioso. –dijo Rurik.
-Pensé que lo era.
Tasya reía como el gato de Cheshire.
-Muy bien, hija.
Konstantine miró con desaprobación a Firebird.
-Has tenido tu pequeña broma. Ahora dinos los detalles.
-Ellos encontraron el cuerpo de Boris en un hoyo de basura fuera de Kiev, al
parecer atacado por—Firebird hizo comillas en el aire con los dedos— aparentemente
‘varios tipos’ de animales salvajes. La especulación de la prensa internacional
consiste en que el Varinskis lo asesinó por su fracaso al momento de detener el juicio
de los Gemelos Varinski y mantener el episodio entero fuera de la prensa. Uno de los
Varinskis hizo una declaración diciendo que aunque lloraban a Boris, él había sido su
líder más débil en toda la historia y sería substituido por alguien con la fuerza para
devolver a la familia Varinski al pináculo del poder.
Ana se inclinó hacia adelante.
-¿Quién dijo eso? ¿Quién es su nuevo líder?
-No lo dijo.-
-Entonces están luchando entre ellos por el mando.
Konstantine acarició su barbilla.
-Me pregunto quién podría ser.

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-Hay bastantes candidatos, aunque ninguno de los obvios tiene las habilidades
de organización así como la crueldad que necesita para mantener en el control de
esos chicos.
Ana sacudió su cabeza mientras cada uno en la familia se giraba para mirarla.
-No soy psíquica, tampoco, pero he hecho mucha investigación en las pasadas
semanas.
Si existe un archivo en un ordenador en algún sitio sobre el Varinskis, Ana lo
encontrará. –anunció Jasha con orgullo.
-Los Varinskis más jóvenes están mucho en línea. Juegan vídeo juegos. Miran
porno. Algunos de ellos hasta tienen páginas de MySpace.
Ana rió con el placer satisfecho de alguien que había descubierto el eslabón
más débil.
Konstantine frotó su cuello.
-Tal dejadez.
-Me pregunto qué tipo de información se podría extraer buscando en los
lugares adecuados.
Los ojos de Tasya se estrecharon, y Rurik casi podía ver su mente trabajar.
Entonces Rurik dio su primera orden a su mujer.
-No vas a coquetear con un manojo de calientes jóvenes Varinskis para que
podamos averiguar qué pasa en la organización.
-Nunca cruzó por mi mente.
Pero Tasya realmente no le prestaba atención. Agarrándola por el frente de su
camisa, Rurik la puso de pie.
Obtuvo su atención.
-Prométame que no te pondrás en su camino. Saben quién eres ahora. Saben que eres
un asunto pendiente, y tienen todo para demostrar. No te pongas en contacto con
ellos.
La sacudió un poco.
-Se lo debes a tus padres, que volvieron de la tumba para salvar tu vida, y la
mía.
-Lo prometo, Rurik.
Tasya puso su mano sobre su cara.
-No te preocupes tanto.
-¿No te preocupes?
Él se hundió lentamente en su asiento.
Una mujer como esta, que se abalanzaba primero y pensaba después, no
quería que él se preocupara.
Le había dado todo. Le había dicho la verdad sobre ella y la verdad sobre él.
Lo había hecho abrazar su parte salvaje. Había traído el icono a sus padres y había
demostrado que él le importaba más que sus propias ambiciones y su propia
venganza.
Tenía que protegerla ahora—del Varinskis, y de ella.
-Realmente. Rurik. No me pondré en contacto con estos tipos en línea. Calma.

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Tasya tomó su mano y puso un tenedor en ella.
-¡Come algo de varenyky.
-¡Yoo-hoo!
La voz de una señora alta y amable se anunció en la puerta abierta.
Como una, la familia saltó y se dio vuelta.
La Señorita Mabel Joyce estaba de pie allí, su cara apretada contra el
mosquitero. Era alta y huesuda, con una leve joroba de matrona. Su pelo era del color
gris del hierro y había sido así desde que Rurik podía recordar. Sus ojos en un
tiempo podrían haber sido color avellana, pero ahora estaban descolorados a un
color gris tenue. Su quijada se inclinaba sobre su mandíbula, sus mejillas se
inclinaban hacia sus labios, y su cara entera era un monumento a la naturaleza que se
ablanda con la vejez. Pero su piel estaba libre de manchas; Rurik nunca la había visto
en el exterior sin un sombrero para protegerla del sol.
Lo sostenía ahora en su mano, un amplio-rebosado sombrero de paja que se
habría visto bien en una casa sobre la playa Cozumel.
-¡Entre!
Konstantine agitó una mano generosamente.
Zorana se alborotó en la puerta para abrir la cerradura.
-¿Quién es esta? –susurró Tasya mientras miraba fijamente a la anciana.
-Es la maestra jubilada aquí en Blythe. En el instituto, todos nosotros
estuvimos con ella.
Rurik vio la expresión cautelosa de Tasya.
-Es una anciana asombrosa. Enseño hasta la edad de retirarse, y recientemente
es que ella necesita del bastón.
-¿Cómo es que no la oyeron llegar? –preguntó.
-Es asombrosa su capacidad de estar en todas partes.
Rurik recordó más que una vez en que señorita Joyce se acercó a hurtadillas
detrás de los niños cuando apostaban o peleaban.
Tasya se removió inquietamente en su asiento.
-¿Crees que nos escuchó? ¿Escucho de qué estábamos hablando?
-Naw. No podía haber estado allí mucho tiempo.
-Se puso de pie y ofreció su asiento.
La Señorita Joyce rechazó el ofrecimiento.
-Solo puedo quedarme por un minuto. Los Milburns se ofrecieron para
traerme del pueblo. Quieren un cajón de frambuesas de la frutería. Están haciendo
mermelada, benditos sus corazones, y compartirán conmigo. Tenía algo para ti, así
que aproveché el paseo.
Zorana le trajo un vaso de té con hielo—la Srta. Joyce no bebía alcohol—la
maestra vació el vaso.
-Gracias. ¡Whew!
Agitó su sombrero ante su cara.
-Este verano está realmente caliente.
Rebuscando en su monedero, sacó un sobre largo.

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Rurik pudo ver los sellos extranjeros, el papel manchado, la escritura áspera
que había grabado su dirección en el frente.
-¡Esto me fue entregado por error— el cartero substituto para la ruta de
Burlington es un idiota!
La Señorita Joyce frunció el ceño.
-El correo debería revisar mejor a su gente. Pero cuando vi de dónde era la
carta, pensé que sería bueno que viniera, bien...
-Adrik. –suspiró Zorana.
Jasha se puso de pie despacio. Rurik lo siguió. Desde luego. Adrik.
Rurik estaba furioso con su hermanito por abandonar a sus padres sin una
palabra, pero al mismo tiempo... él era sangre de su sangre, hueso de su hueso. El
corazón de Rurik comenzó un lento, fuerte golpear.
Zorana arrebató el sobre de las manos de la señorita Joyce. Lo abrió
fácilmente—esta tan rasgado que la carta apenas se mantenía dentro. Dejando caer el
sobre al suelo, extendió abierta la fina hoja de papel. La Señorita Joyce se inclinó,
recogió el sobre, y lo alisó entre sus manos.
-Léanoslo, Zorana. Déjanos oír las noticias.
-La voz de Konstantine sonó con optimismo—y miedo.
-El cónsul americano para Nepal siente enviarnos tales noticias malas, pero
Adrik... El cuerpo en grave estado de descomposición de Adrik ha sido encontrado e
identificado. Ha sido incinerado.
-Su voz tembló, luego se fortaleció.
-Sus restos están siéndonos enviados.
-Oh, no. –susurró Ana.
Firebird dio un sollozo amortiguado.
-Mi pobrecito querido, es exactamente lo que temimos. ¡Lo siento tanto!
La Srta. Joyce acarició la espalda de Zorana.
Tasya abrazó a Rurik, y Rurik se apoyó pesadamente contra ella.
-Es como sospechamos.
Konstantine, quién sólo hacia unos minutos había estado rozagante y feliz,
ahora estaba descolorido, gris, y parecía frágil.
-Nuestro hijo y hermano está muerto.
Bajo la pena de la familia, había otra horrible comprensión— allí no había
ninguna esperanza.
Sin Adrik, sin la mujer que él amara y el icono que él estaba predestinado a
encontrar, el pacto nunca podría romperse.
Konstantine estaba condenado al infierno. Todos ellos estaban condenados...
por siempre.

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