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Árbol genealógico

Prólogo
En la frontera entre El Tíbet y Nepal
—No eres normal.
—Sabes, Magnus, que cuando te emborrachas, ese acento irlandés tuyo
se vuelve tan marcado que apenas te entiendo —la voz de Warlord era suave y
tranquila. Y tan mortífera como el whisky de malta que habían robado.
—Tú me entiendes perfectamente —Magnus sabía que nunca hubiera
tenido los cojones de hacer ningún comentario sobre Warlord, sin importar lo
cierto que fuera, si no estuviera jodidamente oscuro, en mitad del Himalaya, en
mitad de la nada, y si él no se hubiera bebido un pequeño trago de ese fino
whisky—es decir, casi toda la botella para él solo. Y si no fuera el segundo al
mando de las tropas mercenarias, con la responsabilidad de mostrarse ebrio.

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—No eres normal, y los hombres de aquí lo saben. Murmuran que eres
un licántropo.
—No seas ridículo —Warlord se sentó muy por encima del campamento,
su silueta contra el cielo nocturno, su brazo curvado alrededor de su rodilla,
rifle en mano.
—Eso es lo que también les dije. Porque soy escocés. Sé mucho más que
ellos. No existe tal cosa como los hombres lobos —Magnus asintió sabiamente,
y rompió el precinto de una segunda botella—. Hay cosas mucho peores que
eso. ¿Sabes por qué lo sé?
Warlord no dijo nada.
Nunca decía una palabra que no fuera necesaria. Nunca era amable.
Nunca era agradable. Mantenía sus secretos, y era la cosa más
endemoniadamente mezquina en la lucha que Magnus había podido ver en su
vida. Ahora, mientras sus muchachos estaban celebrando su último saqueo, él
estaba haciendo guardia en el punto más alto con vistas hacia su guarida. Para
un hombre que destacaba en el robo a turistas ricos y oficiales del gobierno, y
que nunca cavilaba a la hora de matar cuando la ocasión lo requería, era
endemoniadamente decente.
Magnus continuó:
—Crecí en las desoladas Islas Hébridas, lejos al norte, donde el maldito
viento sopla todo el tiempo, ni una sola planta se atreve a crecer, y los viejos
cuentos son repetidos una y otra vez en las largas noches de invierno.
—Suena bien como lugar para crecer —Warlord cogió la botella del puño
de Magnus y la inclinó hacia su garganta.
—Eso es —Magnus observó a su líder—. Tú no sueles beber.
—Si vamos a rememorar algo, debería usar algo para amortiguar el dolor
—Warlord era un oscuro borrón contra las estrellas—un borrón
antinaturalmente oscuro.
Por la mañana, Magnus se arrepentiría de haber soltado su lengua de ese
modo. Como todos los hombres de allí, y había sido marcado por la crueldad y
la traición, la única maldita cosa en la que destacaba era la lucha, y si alguna
vez era capturado por algún gobierno en el mundo, sería colgado—o peor.
Pero el whisky lo volvía sociable, y confiaba en Warlord—él creaba las
normas, y era implacable a la hora de hacer que los demás las cumplieran, pero
era condenadamente justo.
—¿Echas de menos tu hogar, entonces? —preguntó.
—No pienso en ello.
—Es cierto. ¿De qué sirve? No podemos volver. No nos querrían. No con
tanta sangre en nuestras manos.
—No.
—Pero hoy nos lavamos parte de esa sangre.
Warlord alzó sus manos y las miró.
—Las manchas de la sangre nunca se van.

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—¿Cómo lo sabes?
—Mi padre me lo dejó muy claro. Una vez que das voluntariamente un
paso hacia el demonio, estás marcado de por vida y destinado al infierno.
—Sí, mi padre decía las mismas tonterías, justo antes de desatarse el
cinturón y golpearme con él —Magnus se encorvó, para luego animarse de
nuevo—. Esos monjes budistas de hoy fueron agradecidos, sin embargo. Nos
bañaron con bendiciones. Eso nos puede ayudar. ¿Es ese el motivo por el que
los dejaste libres?
—No. Los liberé porque odio a los matones, y esos soldados chinos son
unos capullos que piensan que es divertido usar a esos hombres benditos como
práctica de tiro —la voz de Warlord vibró con furia—. No lo soportas. Pero esta
vez nos pagaron con algo más que bendiciones.
Para el asalto había sido beneficioso, cargándolos con armas de fuego,
munición, y un general chino que había renunciado a su licor y su oro para
mantener las fotografías de su affaire secreto con el hijo menor del presidente
comunista.
Magnus sonrió abiertamente mientras mirada hacia delante, al este,
donde un brillo en el horizonte marcaba la luna creciente.
—Tú y yo, hemos ido de putas juntos. Hemos peleado juntos. Y sigo sin
entender cómo pareces saber siempre dónde está escondido el dinero y el
alcohol, y dónde hay mayor número de escándalos.
—Es un don.
Magnus agitó su dedo hacia él.
—¡No me distraigas con tus disparates! ¿Cómo llegaste a ser tal criatura?
—Del mismo modo que tú. Maté a un hombre, huí, y terminé aquí —
Warlord elevó la botella y brindó por las cumbres nevadas que dominabas sus
vidas—. Aquí, donde la única norma es la que yo hago, no tengo que rogar por
piedad a nadie.
—Sabes que no es eso a lo que me refiero. Algo está mal contigo. La
sombra que proyectas es demasiado oscura. Cuando estás enfadado, hay una
especie de —Magnus movió sus dedos en un contoneo— resplandor trémulo en
los bordes. Tienes un modo de aparecer de la nada, sin sonido alguno, y sabes
cosas que no son asunto tuyo, como ese general chino que sodomizaba a ese
chaval. Los hombres aseguran que no eres humano.
—¿Por qué dicen eso?
—Por tus ojos… —susurró.
—¿Qué ocurre con mis ojos? —Warlord volvía a tener ese tono suave y
mortífero en su voz.
—¿Te has mirado en un espejo últimamente? Jodidamente espeluznantes.
Por eso los hombres te han seguido. Pero ahora hay quejas —Magnus se abrazó
a sí mismo con un poco de disgusto.
—¿Por qué hay quejas? —preguntó Warlord con engañosa calma.

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—Los hombres dicen que no estás prestando atención a los negocios, que
estás distraído con tu mujer.
—Con mi mujer —los ojos obsidiana de Warlord refulgieron en la
oscuridad.
—¿Creías que nadie se iba a dar cuenta que desaparecías por las noches?
Te ven marchar, y entonces susurran entre ellos —Magnus intentó suavizar el
ambiente—. Son una panda de viejas.
Warlord no se mostraba divertido.
—¿Y no están contentos con el resultado de esta incursión?
—Sí, pero hay más cosas además de tener una buena pelea y robar una
gloriosa cantidad de dinero —Magnus fue al grano—. Los chicos están
preocupados por su seguridad. Hay rumores de que los militares de ambos
lados de la frontera están cansados de que metamos las narices en sus asuntos,
y están enviando refuerzos.
—¿Qué tipo de refuerzos?
—No puedo responderte a eso exactamente. Están siendo demasiado
reservados. Pero están también llenos de energía y, bueno…
Warlord se echó hacia atrás.
—¿Llenos de energía y…?
—Diría que también están asustados. Como si hubieran empezado algo
que no pueden frenar. Seré franco contigo, Warlord. No me gusta nada de esto.
Necesitamos que dejes de follarte a la chica y descubras qué está ocurriendo —
ya está. Magnus le había dado el mensaje, y Warlord no le había arrancado la
cabeza.
Aún.
Apoyó su espalda contra la roca. El granito estaba frío. Por supuesto. A
excepción del breve verano, esas montañas estaban siempre frías. Y en ese valle,
limitado por tres lados con acantilados, y por el otro con un desfiladero que
daba a un río embravecido, el constante viento azotaba su escaso cabello y lo
cortaba profundamente hasta los huesos.
—Odio este puto lugar —murmuró—. Nada bueno ha salido de Asia
aparte de las especias y la pólvora.
Warlord se rió, y casi sonaba como si estuviera divirtiéndose.
—Tienes razón en eso. Mi familia es de Asia.
—No me tomes el pelo, no eres un chino.
—Un cosaco de las estepas, lo que actualmente es Ucrania.
Magnus sabía geografía; había trabajado en esa área del mundo como
estafador y soldado.
—Ucrania… eso está cerca de Europa.
—Cerca sólo cuenta en el juego de las herraduras y las granadas de mano
—Warlord miró hacia arriba, a las estrellas. Tomó un sorbo de whisky—. ¿Has
escuchado hablar de los Varinski?

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Magnus cambió de un estado apacible a uno con expresión homicida en
pocos segundos.
—Esos hijos de puta.
—Has oído hablar de ellos.
—Hace ocho años estuve trabajando en el Mar del Norte, haciendo un
poco de piratería, robando algunas cosillas, y tres Varinski me alcanzaron. Me
informaron de que ese era su territorio, que iban a llevárselo todo —Magnus
clavó su dedo contra la hendidura de su mejilla donde faltaba una muela—. Les
dije que no fueran tan codiciosos, tenía suficiente para todos. Pero esos
hombres… es por ellos que mi nariz está torcida. Es por ellos que me faltan tres
dedos y dos meñiques. Estuvieron a punto de matarme, entonces me tiraron al
océano para que me ahogara. Los médicos dijeron que fue por eso que no morí
desangrado. Hipotermia. Varinskis —escupió el apellido como si fuera
veneno—. ¿Sabes la reputación que esos monstruos tienen?
—Sí.
—Odio a esos hijos de puta.
—Ellos son mi familia.
Un terror gélido recorrió la espina de Magnus.
—Los rumores sobre ellos son…
—Todo cierto.
—No puede ser —Magnus se agarró firmemente al éxtasis inducido por
el alcohol, que se evaporaba rápidamente.
—Dices que los hombres juran que no soy humano.
Magnus rechazó la idea con todo el ímpetu que logró reunir.
—Nuestros hombres son un puñado de salvajes ignorantes.
—Pero soy humano. Un humano con dones especiales… los más
maravillosos, placenteros y tentadores dones —la voz de Warlord tejió un
hechizo a su alrededor.
—No necesitas decírmelo. Soy todo un hombre guardando secretos —
Magnus luchó por levantarse. La mano de Warlord se aferró a su brazo y lo
sentó de nuevo de un tirón.
—No me dejes, Magnus. Querías saber.
—No quiero saber nada malo —murmuró.
—Querías consuelo. Te lo estoy dando —Warlord le pasó la botella. Se la
pasó como si fuera a necesitarla—. Hace mil años mi antepasado, Konstantine
Varinski, hizo un pacto con el diablo.
—Joder —Magnus siempre había odiado ese tipo de historias. Las odiaba
porque creía en ellas.
Deseó que la luna apareciera de detrás de las sombras, pero apenas
estaba a la mitad, y el lóbrego brillo asomaba entre ellas, pero no podía hacerlas
desaparecer. Deseó que algunos de sus hombres le hicieran compañía, pero los
muy estúpidos estaban en el valle, bebiendo, jugando, viendo sus estúpidos

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vídeos y vomitando. Nadie sabía que estaba sentado allí arriba, sonsacando
secretos que deberían estar mejor enterrados, y ahora temeroso por su vida.
—Konstantine tenía su reputación en las estepas. Se complacía al matar,
torturar, extorsionar, y se murmuraba que su crueldad rivalizaba con la del
diablo —la voz de Warlord se tiñó de humor—. A Satán no le gustaban esas
historias—juraría que es un pequeño vanidoso—y buscó a Konstantine para
eliminarlo de la competición.
—No me digas que Konstantine venció al diablo —dijo Magnus
incrédulamente.
—No, se ofreció a sí mismo como el mejor sirviente de Satanás. A cambio
de la habilidad de poder dar caza y matar a sus enemigos, Konstantine
prometió su alma, y la de todos sus descendientes, al diablo.
Magnus miró detenidamente a Warlord, intentando verlo, pero como
siempre las sombras alrededor de su líder eran densas, oscuras, impenetrables.
—¿Eres su descendiente?
—Uno de muchos. Hijo del actual Konstantine —los extraños ojos de
Warlord brillaron en la oscuridad.
—Te lo dije. Largas noches de invierno, y todos los viejos cuentos para
asustar a los niños.
—Los niños deben ser asustados —Warlord bajó el tono de su voz hasta
convertirla en un susurro—. Deberían temblar en sus camas y saber que
criaturas como yo merodean por su mundo.
Magnus sabía lo diabólico que era. Su padre lo había sermoneado cada
día mientras intentaba sacar la rebeldía de él. Era por eso que, ahora… casi
podía sentir las ascuas del infierno quemando su carne.
—Es un cuento fantástico —aclaró su garganta—. En mil años, imagino
que habrá conseguido unos cuantos adornos. Algunos cuenta cuentos que la
modificarán para hacer más excitante el relato… ¿no crees?
Un gruñido tenue retumbó, proveniente de la figura escondida de
Warlord.
—¿Por qué otra cosa te crees que los hombres me buscan cuando quieren
localizar a sus enemigos? ¿Por qué crees que me contratan? Puedo encontrar a
cualquiera, en cualquier lugar. ¿Sabes cómo?
Magnus agitó su cabeza. Él no quería saber cómo.
Pero era demasiado tarde.
—A Konstantine Varinski y cada Varinski desde entonces, el diablo les
legó la habilidad de convertirse en un animal depredador.
—Cambiar… —la luz de la luna los alcanzó entonces, y Magnus fijó su
mirada en Warlord. La fijó porque tenía miedo de apartar su vista de él—.
¿Entonces eres un hombre lobo?
—No, los Varinski no somos estúpidas bestias dominadas por las fases
de la luna. No somos controlados por nada que no sean nuestros propios deseos.
Cambiamos cuando queremos, cuando lo necesitamos. Tenemos largas vidas,

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engendramos sólo niños, y nada a excepción de otro demonio puede matarnos.
Dejamos un rastro de sangre, fuego y muerte allá donde vamos —Warlord se
rió, un ronroneo gutural.
—Somos la Oscuridad.
—Sí, lo sois —Magnus veía la oscuridad cada vez que miraba dentro de
sus ojos. Aún discutía consigo mismo, porque no quería que fuera cierto—. Pero
no eres ruso. Eres de Estados Unidos.
—Mis padres huyeron, se casaron, se mudaron al estado de Washington,
cambiaron su apellido a algo que sonara bien, sólido y muy americano, y nos
criaron a mis dos hermanos, a mi hermana y a mí. No aprueban, especialmente
mi padre, esa cosa del fuego, la sangre y la muerte de los Varinski. Dice que
tenemos que controlarnos —la amargura de Warlord era marcada y furiosa—.
El control es una mierda. Me gusta la sangre, el fuego y la muerte. No puedo
luchar contra mi naturaleza.
Inténtalo. Por la gloria de Cristo, inténtalo.
—¿El pacto puede romperse?
Warlord se encogió de hombros.
—Se ha mantenido por miles de años. Imagino que se mantendrá por
otros miles más.
La cabeza de Magnus daba vueltas, y el arroz y el cordero que había
comido en la cena guerreaban contra el whisky escocés.
—Pero no eres como los Varinski que he conocido. ¿Seguro que eres uno
de ellos?
—Quiero que convenzas a los hombres de que no tiene por qué
preocuparse. Puedo mantenerlos a salvo de cualquier refuerzo que los militares
hayan enviado —Warlord depositó su rifle en el suelo. Se quitó las botas, dejó a
un lado su abrigo y su camisa. Se desató el cinturón, bajó sus pantalones y se
puso en pie, dejando que el débil resplandor de la luna lo bañara.
En aquellas largas noches de invierno cuando las putas visitaban el
campamento, Magnus había visto a Warlord desnudo y en acción. Era sólo un
hombre, un chaval que hacía de la lucha su vida. Pero ahora, por los bordes, su
silueta se volvía algo menos…definida.
Magnus elevó la botella hasta su boca. Su mano temblaba, y la boquilla
de cristal tintineaba contra sus dientes.
—Voy a cazar…y matar —los huesos de Warlord de deshicieron y se
reconstruyeron. Su largo pelo negro se expandió, apareciendo en su cuello, su
espalda y su vientre, bajando por sus piernas. Su rostro cambió, tornándose
cruelmente felina. Su columna vertebral cambió de forma; cayó a cuatro patas.
Sus orejas…y su nariz…sus manos…y sus dientes…
Magnus pestañeó de nuevo.
Una lustrosa y grande pantera del color del ébano se erguía ante él con
blancos, afiladas garras y dientes, y un pelaje tan negro como una sombra. Y sus
ojos…

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Magnus se encontró a sí mismo retrocediendo, gritando y gritando,
mientras el gran depredador felino acechaba a sus espaldas, sus patas sin
emitir ningún sonido, los familiares ojos negros de Warlord fijados en su
presa… en Magnus.

Capítulo 1
Empezó como siempre lo hacía, con una ráfaga de aire frío del Himalaya
golpeando el rostro de Karen Sonnet.
Se despertó sobresaltada. Sus ojos se abrieron de repente.
La oscuridad de la tienda oprimía sus globos oculares.
Imposible. Por la noche había dejado un pequeño diodo encendido.
Ahora estaba oscuro.
De alguna manera él había arrasado con la luz.
El constante viento soplaba a través del estrecho valle de la montaña,
sacudiendo el dosel de nylon antidesgarrante que la protegía—apenas—de la
aniquilación, y sacudía las campanillas colgadas del techo de la tienda de

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campaña. Su intérprete se había marchado dejando un rastro de tabaco,
especias y lana. El frío amenazador deslizó sus gélidos dedos dentro de la
tienda…
Karen se esforzó por escuchar a su visitante.
Nada.
Pero ella sabía que él estaba allí. Podía sentirlo moverse a través del
suelo en dirección a ella, y mientras esperaba cada nervio se tensó,
estirándose…
Su fría mano tocó su mejilla, haciéndola exclamar y saltar.
Se rió, un sonido bajo y profundo de diversión.
—Sabías que vendría.
—Sí —murmuró.
Mientras él se arrodillaba junto a su catre, ella aspiró su aroma: cuero,
agua fría, aire fresco, y algo más—el olor de lo salvaje. Él la besó, sus fríos labios
firmes, su respiración cálida en su boca.
Ella se quedó suspendida en el tiempo, en un lugar, en un océano de
placer. A la vez que su beso mantenía su cuerpo agitado, sus pechos
hinchándose, el familiar anhelo creciendo profundamente dentro de ella.
La noche que ella había llegado allí, se había despertado por el contacto
del beso de un hombre. Sólo un beso, tierno, curioso, casi… reverente. Por la
mañana pensó que lo había soñado.
Pero esa noche él había vuelto, y la siguiente, y cada noche la había
arrastrado a la pasión más a fondo. Y ahora… ¿cuántas veces la había visitado?
¿Dos meses? ¿Más? A veces no venía por una noche, dos, o tres, y era entonces
cuando ella dormía profundamente, agotada por el trabajo y el fuerte viento.
Entonces él volvía, su necesidad aún mayor, y la tocaba, la amaba, con una
violencia afilada como un cuchillo. Ella sentía su desesperación, y le daba la
bienvenida en su mente… y su cuerpo.
Esta vez él se había ido por una semana.
Él deslizó la cremallera de su saco de dormir, haciendo un áspero sonido
con cada muesca que se abría, haciendo que los latidos del corazón de Karen se
intensificaran. Empezó por su garganta, sosteniéndola, presionando el pulso
que corría por esa zona. Apartó el saco, exponiéndola al aire frío de la noche.
—Esperaste por mí… desnuda —presionó la palma de su mano entre sus
pechos, sintiendo los latidos de su corazón—. Estás tan viva. Me haces
recordar…

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—¿Recordar qué? —él sonaba como un americano, con un leve acento, y
se preguntó de dónde podría provenir y qué estaba haciendo allí.
Pero él no quería que ella pensara. No en ese momento. Ávidamente,
acarició sus pequeños pechos, uno en cada mano. Sus manos eran grandes,
ásperas y con callos, y las usaba para masajearla mientras sus pulgares hacían
círculos en torno a sus pezones.
De su garganta salió un áspero sonido.
—Estás necesitada —su voz se hizo más profunda—. Ha pasado mucho
tiempo…
—He estado esperando.
—Y ese era mi tormento, que no podía estar aquí contigo.
Era la primera vez que había sugerido que necesitaba aquello tanto como
ella. Sonrió, y de alguna forma, en esa oscuridad extrema, él debió haberla visto.
—Te gusta. Pero si me has atormentado, tengo que devolverte ese
tormento —su cabeza descendió. Tomó un duro pezón en su boca y succionó,
suavemente al principio, y después, mientras ella gimoteaba, con fuerza y
destreza.
Él la volvía loca.
Ya cualquier mujer que recibía a un amante nocturno estaba a medio
camino de la locura.
Ella llenó sus puños con su pelo, y descubrió lo largo que era… suave y
sedoso. Tiró de él, echando su cabeza hacia atrás.
—¿Qué quieres? —su voz era un susurro ronco.
—Date prisa —estaba fría. Estaba desesperada—. Quiero que te des prisa.
—Pero si me doy prisa no podré hacer esto —él bajó aún más las sábanas,
acariciando su vientre y sus muslos. Elevando sus rodillas, abrió sus piernas,
exponiéndola al frío, escandalizándola, haciéndola aspirar una asombrada
inspiración.
—Déjame ver —él elevó sus caderas—. ¿De verdad estás preparada?
Sus dedos se deslizaron desde sus rodillas a lo largo de la sensible piel de
sus muslos, hacia su humedad. Con un delicado toque, abrió sus labios y frotó
suavemente su clítoris.
—Adoro tu aroma, tan rico y femenino. La primera vez, fue tu fragancia
lo que me llevó hacia ti.
Horrorizada, ella intentó juntar sus piernas.
—Me baño cada noche.

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—No dije que apestaras. Dije que tienes un aroma que me llama y me
arrastra hacia ti —sus dedos patinaros por sus muslos, arriba y abajo,
apartándolos de nuevo… y eran afiladas, casi como garras. Casi una amenaza—.
A ningún otro hombre. Sólo a mí.
—¿Eres un hombre? —su pregunta se le escapó, y se arrepintió de ello. Se
arrepintió de inyectar la realidad en su delicado y encantador sueño de pasión.
—Pensaba que te había demostrado definitivamente mi hombría.
¿Quieres que vuelva a hacerlo? —el matiz de advertencia se había ido; sonaba
cálidamente divertido, y el dedo que introdujo en ella era largo, fuerte… y
como una garra.
El impacto la hizo echar la cabeza hacia atrás, y cuando metió un
segundo dedo, sus labios se movieron convulsivamente.
—Por favor. Amor, te necesito.
—¿Me necesitas? —lentamente, fue sacando sus dedos, los presionó de
vuelta a su interior, lo sacó de nuevo… y mientras los introducía en ella, apretó
su clítoris entre su pulgar y su índice.
Ella gritó. Se corrió. El orgasmo explotó en ella, llevándola de aquella fría
e inhóspita ladera de montaña a una orquesta de fuego. Sus muslos se
aferraron en torno a su mano. Sólo podía ver rojo tras sus párpados cerrados. El
calor irradiaba de su piel.
Él rió, una irresistible acometida tras otra, alimentando su locura hasta
que colapsó, estremeciéndose y jadeando.
Él la cubrió con su cuerpo.
—No puedo —murmuró, y su voz tembló—. No otra vez.
—Sí, podrás.
—No. Por favor —ella intentó luchar, pero él se estiró sobre ella. Su
cabeza estaba enterrada en su hombro; obviamente él era alto. Su cuerpo,
pesado por el músculo, la presionaba contra el catre. Su carne estaba fresca y
firme. Sus hombros, su pecho y su estómago se tensaron con vigor, y su corazón
retumbaba en su pecho.
El poder vibraba en él, y la sostuvo con facilidad mientras la sondeaba de
nuevo… pero no con sus dedos.
Ella estaba engullida por la necesidad, y su miembro era grande, más
que sus dos dedos juntos. Mientras él trataba de introducirse en ella, gimoteó,
su cuerpo ajustándose gradualmente a su longitud, su grosor, y mientras tanto,
las secuelas del clímax provocaba espasmos en sus músculos más íntimos. Él la
mantuvo envuelta en sus brazos, agarrándola como si fuera su salvación.

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Y ella lo abrazó, sus brazos atrayéndolo hacia su pecho, sus piernas
aferradas a su cintura, entregándose, absorbiendo… absorbiendo todo su ardor,
su necesidad, sabiendo que era un sueño, sin querer nada más.
Cuando la punta de su pene tocó su núcleo más íntimo, ambos se
helaron.
La oscuridad los mantuvo en un capullo de calor y sexo y emociones
demasiado extendidas para el confort. Entonces su pasión explotó, brillando lo
suficiente como para iluminar la noche.
Él empujó y se retiró, con estocadas fuertes y rápidas, arrastrándola junto
a él en su búsqueda de la satisfacción. Ella continuó, el éxtasis fluyendo por ella
con el calor y la intensidad de la lava.
El ritmo aumentó y aumentó, hasta que, sobre ella, su respiración se
detuvo. Se encogió, elevándola y sujetando sus piernas a sus espaldas… y se
sumergió una última vez.
El éxtasis la hizo estallar en pequeños fragmentos de su ser. Se corrió,
convulsionándose de placer, hasta que no siguió siendo una austera y solitaria
adicta al trabajo, sino una criatura de luz y alegría.
Sin prisas, él se dejó caer sobre ella, cubriéndolos con las sábanas de seda
y el saco de dormir. Echándose al suelo, tiró de una gran manta sobre ellos…
pero no. Ella la tocó con su mano y descubrió pelo, grueso y suave. Piel de
algún tipo, entonces.
¿Acaso la había llevado en un viaje al pasado, a un siglo en el que el
hombre cogía a la mujer que deseaba como prueba de su destreza cazando? ¿No
era esa una mejor explicación que la locura?
Mientras la transpiración enfriaba sus cuerpos, mientras sus
respiraciones y sus pulsos volvían a la normalidad, ella se deslizó con facilidad
en su sueño.

Se mantenía en el borde del acantilado, el cielo azul rodeándola. El viento


soplaba con fuerza, removiendo su pelo y enturbiándole la visión, y en la voz del viento
ella pudo escuchar los gemidos de las mujeres de luto, los roncos sollozos de los hombres
solitarios, y el aullido angustioso de un niño. Ella trató de dar la vuelta, de alejarse, pero
sus pies eran demasiado pesados. Cayó…

Antes de golpearse, se despertó violentamente.


Se levantó, para verlo saltando para ponerse en pie. Escuchó el clic del
seguro de una pistola.

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—¿Qué ocurre? —preguntó—. ¿Escuchaste algo?
—Nada. Una pesadilla —un fantasma de su mente, uno que la
amenazaba desde que era una niña.
Desde el día en que su madre había caído desde ese acantilado.
Lentamente, su amante colocó algo junto a la cama—un arma de fuego
de algún tipo, se dio cuenta—y se deslizó de nuevo dentro de los cobertores.
—No estabas completamente dormida.
—Eso es cuando yo… Eso pasa siempre que ocurre.
—¿Un monstruo? —él retiró los cortos y lisos mechones de cabello
castaño oscuro sobre su cara.
—Muerte —con un escalofrío, lo envolvió con sus brazos.
Se inclinó sobre su estrecha cama en la tienda al pie del Monte Anaya. La
oscuridad la presionó; la sensación de que todo estaba mal en ese lugar la
oprimía. Odiaba todo eso.
Y mañana se despertaría. Él se habría ido. Y ella iría a trabajar, otro día
gastado en el infierno.
Así que lloró.
Él acarició su rostro con la yema de sus dedos, encontrando lágrimas.
—No. No hagas eso.
Las lágrimas sólo fluyeron con más rapidez.
Él la besó. Besó la humedad de sus mejillas, sus labios, su garganta… La
besó como si no hubieran hecho el amor hacía diez minutos. La besó con pasión.
La besó con decisión. Finalmente, se olvidó de llorar, y no recordó nada más
que el deseo.
Después, mientras se volvía a dormir, creyó haberle escuchado decir en
una lenta y ronca voz:
—Me haces real de nuevo.

Capítulo 2
Por la mañana Karen se despertó con el repique de campanas, las
bofetadas del frígido aire de la montaña en su rostro, y el tradicional saludo
Serpa de Mingma.
—Namaste, señorita Sonnet.
—Namaste —con los ojos cerrados, Karen esperó en tensión, pero
Mingma no exclamó nada sobre un hombre en su tienda, o comentó sobre la
nueva piel de animal.
Karen abrió sus ojos y escudriñó la tienda que había sido por al menos
tres meses su hogar, y lo sería otros dos, si la montaña era generosa y no la

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perseguía con una temprana ventisca. La tienda era de cinco por siete, con
suficiente espacio para su catre, un escritorio de viaje con su ordenador y un
baúl con todas sus pertenencias personales. Como solía hacer, el amante secreto
de Karen había barrido cualquier rastro de su presencia.
Él era su secreto, y tenía la intención de mantenerse así.
—Agua caliente —Mingma, su cocinera, su criada e intérprete, sostenía
un lavamanos que humeaba, se inclinó y lo colocó en la pequeña mesa bajo el
espejo.
—Gracias —pero aunque Karen sabía que el agua se enfriaría
rápidamente, no podía obligarse a sí misma a abandonar la calidez de su nido y
saltar desnuda directa hacia el frío.
Entonces Mingma dijo las palabras mágicas.
—Phil aún no está aquí —Karen voló fuera de su catre.
—¿Qué?
—Los hombres están aquí. Phil no.
—Ese despreciable… —rebuscando en el fondo de su saco de dormir,
Karen encontró la ropa interior que escondía allí cada noche y se la puso.
Todo aquel proyecto no había sido nada más que mala suerte y
problemas, requiriendo cada porción de la concentración de Karen y cada
porción de las aptitudes diplomáticas de Mingma para mantener a los hombres
trabajando. Ella nunca habría pensado que el subdirector del proyecto,
Philippos Chronies sería el principal retraso.
—¿Dónde está?
—Dejó el pueblo anoche. Estuvo fuera durante horas. Volvió, y ahora su
tienda se hincha con sus ronquidos.
El padre de Karen nunca le asignaba los mejores hombres a ella, pero
Phil era un nuevo golpe bajo. Sabía del negocio, pero dejaba claro su desprecio
por los trabajadores nativos. Intentaba coger vacaciones imaginarias de griegos
ortodoxos, pero cuando ella señalaba que tenía conexión a Internet vía satélite,
y que al buscar no había ningunas vacaciones en esa fecha, se enfurruñaba.
Hizo un rápido VPA—vagina, pechos y axilas—y se enfundó en sus
ropas: pantalones caqui hechos para calentar y mantenerte en pie en las más
duras condiciones, un parka de camuflaje y un sombrero de ala ancha, y unas
robustas botas de montaña.
—Bien, voy a bajar —salió al exterior. Las campanillas tintinearon
suavemente.
Mingma la siguió. Las campanillas volvieron a sonar.

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Cuando Karen había llegado por primera vez a ese lugar, había quitado
las campanillas de la entrada de la tienda. Pero Mingma se había puesto tan
afligida, y tan insistente en que las campanillas mantenían al diablo lejos, que
Karen las había vuelto a poner. Porque no le importaba satisfacer las
supersticiones de Mingma. Y porque mientras el tiempo pasaba, nada que
mantuviese al diablo en su camino había servido con ella.
El día estaba calmado. Aún. Silencio.
Karen había aprendido lo poco que importaba aquello a esas alturas.
—Los hombres no están contentos —dijo Mingma.
—Ni yo tampoco —suspiró—. ¿Qué ocurre?
—Están cada vez más cerca del corazón del demonio.
Karen no se burló.
Su padre lo hubiera hecho.
Él era el dueño de los hoteles Jackson Sonnet, una cadena especializada
en vacaciones de aventura. Los centros estaban localizados en zonas de primera
calidad, y ofrecía clases de vuelo, escalada, esquí, camping, rafting, bicicleta de
montaña—lo que un entusiasta aventurero quisiera aprender, los hoteles
Jackson Sonnet podrían enseñárselo. Cualquier aventura que un turista pudiera
imaginar, los hoteles Jackson Sonnet se lo ofrecían de modo que pudiera
disfrutarlo.
Jackson Sonnet era un genio a la hora de saber lo que ansiaba un
aventurero de sillón, él se sentía orgulloso de ser un hombre que podía
conseguirlo todo, y se había asegurado endemoniadamente bien de que su hija,
Karen, aprendiera todo, sin importar sus miedos.
Porque, por dios, él no iba a aguantar a una hija que fuera una cobarde.
Escaladores y senderistas en busca del máximo desafío habían acudido en
manada al Himalaya, a la cordillera más alta del mundo. Querían peligro y
dureza, y lo habían conseguido.
La altitud era grande, el aire escaso, y con las inesperadas tormentas y el
persistente rumor de matones internacionales, incluso los caminos más
transitados requerían resistencia y coraje.
Así que el Monte Anaya, situado en la cara seca del Himalaya en el
borde entre Nepal y el Tíbet, parecía el lugar ideal donde construir un hotel
boutique—al menos sobre el papel. El Monte Anaya tenía la reputación de ser
imposible de escalar. Ese era su atractivo.

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Todos los ocho mil—catorce picos sobre los ocho mil metros sobre el nivel
del mar—eran duros, tanto que había listas mostrando el número de muertes
por ascenso.
El Monte Anaya era diferente. Los guías sherpa subían a regañadientes, e
incluso había algunos que no lo hacían.
Los montañeros hablaban sobre la montaña en tono silencioso, como si
fuera un ser vivo, usando palabras como “malicioso” y “malévolo”. La mala
suerte descendía en bolsas con cadáveres.
Por eso, sólo quince escaladores expertos habían conseguido alcanzar la
cima. De ellos, seis perdieron dedos del pie o las manos—uno un pie entero—
por congelación. Uno se rompió el brazo por un desprendimiento de rocas y se
lo amputó a sí mismo. Dos murieron dos meses después de su triunfo. Uno se
volvió demente después de alcanzar la cima. Entre los escaladores que
intentaban aquella montaña, se murmuraban leyendas sobre la voz de una
sirena llamando a un hombre hacia la muerte, o un inexplicable fuego en la
tormenta, o un rostro demoníaco en la nieve.
Todos buscaban el desafío. Ninguno se creía nunca las historias… hasta
que llegaban allí.
Ella no lo había hecho. Con veintiocho años, había supervisado ya la
construcción de hoteles en el interior despoblado de Australia, los páramos
africanos, y en la Patagonia de Argentina. Cada uno ofreció sus propios
desafíos.
Ninguno había sido como aquel.
—Mientras acomoda a los hombres, prepararé su desayuno —Mingma
simplemente había aparecido un día, nombrándose a sí misma como la
asistente de Karen.
Ella pensaba que Mingma estaba entre los cuarenta y los cien, una viuda
de ojos afilados que había enterrado a dos maridos y ahora se mantenía a sí
misma. Sus dientes estaban manchados de tabaco, su expresión era serena, y su
inglés era bueno.
—Haré algo más que acomodarlos —cruzó a grandes zancadas la alta y
plana área donde había instalado su tienda, y bajó por el camino que la llevaba
a la zona de construcción.
Las rocas de la base del Monte Anaya crecían alrededor del punto donde
el hotel sería construido. Una vez que los cimientos estuvieran apropiadamente
instalados, el hotel estaría a salvo de terremotos, o eso dijeron los arquitectos y
los ingenieros técnicos.

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Ella estaba allí desde la primavera, al inicio de la construcción, e
inmediatamente se había percatado de que ellos no habían tenido en cuenta a la
montaña en sí. El granito caía como gigantes bloques de construcción a lo largo
del valle, el legado de unos desprendimientos de rocas tan masivos que habían
arrasado con el paisaje. Aquí y allá pequeñas plantas verdes luchaban por
asomar, pero estaban condenadas. El fino suelo se aflojaba rápidamente,
resbalaba, y las arrastraba con él. Nada tenía permiso para vivir allí, bajo la
amenaza de la montaña, gigantesca, inhóspita, cruel.
Karen siempre intentaba no mirar al Monte Anaya, pero como siempre la
cima atraía su mirada—arriba de la colina, sobre las escarpadas laderas de roca,
más allá de los glaciares y las praderas de nieve, a la cumbre del Monte Anaya.
Allí el pináculo apuñalaba el cielo azul con una punta de gris y blanco.
Montañas, todas la montañas, eran las culpables de sus pesadillas, pero el
Monte Anaya… En Sánscrito, significaba “maldición del diablo”.
Los nativos creían que la montaña estaba maldita.
Después de vivir dos meses en sus sombras, Karen también lo creía.
La montaña arruinaba sus días, y su amante nocturno acechaba sus
sueños. Estaba atrapada allí por las expectativas de su padre y su propio
sentido del deber—y por Phil Chronies.
Una docena de hombres estaban repantigados alrededor, apoyados
contra las antiguas retroexcavadoras de precios exorbitantes que habían
conseguido en el Tíbet, estaban acariciando los yaks, y charlando.
Mientras se acercaba, sonrió.
Su intérprete, Lhakpa, se presentó e hizo una reverencia. Ella se inclinó y
habló sólo para él.
—Gracias por hacerte cargo de mis hombres hasta que llegue el señor
Chronies.
—Sí, por supuesto. Estoy al cargo de ellos —Lhakpa se inclinó de nuevo.
—Anoche, cuando se reportó, me dijo que habría explosiones hoy.
—Sí. Nos dijo dónde colocar la dinamita —sonrió alegremente.
—Yo le digo dónde poner la dinamita.
Cuando se acercó al contenedor donde estaba la dinamita, los ojos de
Lhakpa se agrandaron.
—El señor Chronies se enfadaría si usted…
Ella se giró y lo encaró.
—¿No has visto al señor Chronies informándome día y noche?
—Sí, señorita Sonnet.

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—¿No me has visto dirigir al señor Chronies todos los días, durante todo
el día?
—Sí, señorita Sonnet.
—El señor Chronies me obedece en todo —sonrió con buen humor.
Era suficientemente cierto; Phil la obedecía a regañadientes, pero la
obedecía. Tenía un sistema, y maldita fuera si dejaba a Phil y su vagancia
dejarla en un segundo plano; eso acabaría con su ya precaria posición como una
mujer en la ocupación de un hombre.
Además, había aprendido el oficio del mejor. Sabía cómo hacer cada
tarea en el lugar. Y llevar a cabo la tarea de colocar la dinamita, supo, ganaría el
respeto de los hombres, porque, como todos los de su género, se dejaban
impresionar por explosiones estruendosas que volaban grandes rocas en
pequeños guijarros.
Ojalá pudiera creer que la montaña se sentiría igual de impresionada, y
le dejaría construir aquel maldito hotel.

Se tendió sobre su estómago en una roca sobre el lugar de la construcción,


observando a Karen Sonnet mientras el resentimiento y la lujuria irritaban su
vientre.
¿Por qué estaba ella allí? ¿Por qué no había podido ser otra persona? Un
hombre, preferiblemente, un chico como los demás, que supiera de
construcciones de hoteles, que bebiera y fumara, se mostrara dócil con unos
chanchullos y corrupción.
En su lugar, tenía a Doña Dulzura y Luz.
La primera vez que la había visto, había estado esperando en la estación
de trenes de Katmandú. Atrapó su mirada; las mujeres bellas lo hacían, y ella
era suficientemente hermosa. Baja, probablemente metro sesenta, con una
figura esbelta que se veía bien en pantalones de color caqui. Pelo castaño y piel
perfectamente bronceada, el tipo que se utilizaba para anuncios comerciales.
Pero no pensó mucho en ella, figurándose que sería una de los miles de
senderistas que llegaban al Nepal cada año para hacer excursionismo a través
del Himalaya. Había sonreído con sorna mientras dirigía a los porteros para
cargar su equipo de camping. Le hizo gracia preguntarse cuántos porteros
tendría que contratar para que lo llevaran todo arriba y abajo por las sendas de
montaña, si llevaba un secador de pelo en ese bulto, y dónde pensaba
enchufarlo.

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Justo cuando estaba traspasando su atención a otra fémina, Karen hizo
algo extraordinario.
Lo miró directamente, y sonrió.
Tenía los ojos verdes y azules más extraordinarios que había visto en su
vida, con unas largas y oscuras pestañas, y esa sonrisa… Se agitó por alguna
clase de placer interior y cambió todo lo que había pensado sobre ella.
Era preciosa.
Fue azotado por la necesidad.
Su sonrisa se apagó. Como si su mirada la pusiera nerviosa y desvió sus
ojos. Habló con los porteros; era paciente con su inglés forzado, y sabía unas
pocas palabras en nepalés.
Él no se movió, sino que llamó a uno de los carteristas que merodeaban
por el andén. Lanzándole una moneda, dijo:
—Averigua quién es y a dónde va a ir —no es que importara; tenía un
trabajo que hacer. No tenía tiempo para obsesionarse con una mujer de ojos
color aguamarina.
Entonces, cuando tuvo su respuesta, maldijo con una larga letanía.
Ella iba a estar justo en la base del Monte Anaya, a menos de un brazo de
distancia, meses y meses, construyendo el hotel Jackson Sonnet.
Se había calmado a sí mismo con el conocimiento de que sería incapaz de
lograr ese desafío. En cambio, había manejado a todos a su alrededor, y si
obstaculizaban, les sonreía. Miró a Lhakpa, manteniéndose cerca mientras
disponía las cargas. Miró a los otros hombres, todos sonrientes y flirteando
mientras se preparaban para la explosión.
Estaba cambiándolo todo, y si no miraba con cuidado, lo cambiaría a él,
también.
Tenía que sacarla de su vida.

Capítulo 3
Karen se aseguró de que los hombres estuvieran a una distancia segura,
se hubieran puesto protección en los oídos y encendido la alarma, lo que quería
decir que estaban a punto de detonar los explosivos. . . Y empujó el
desatascador. El suelo tembló debajo de sus pies. La roca sólida se alzó,
desplazó y transformó en escombros, perfectamente ubicados como para ser
retirados.

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No había perdido su toque.
Quitó las protecciones de sus orejas y esperó, tensa, por el rugido que
expresara que había agitado la montaña, y que estaba tomando su venganza en
una lluvia de rocas que arrasara toda su obra—y a sus hombres, y a ella.
Después de un minuto completo de silencio, uno de los chicos alzó los pulgares.
Aclamaron débilmente. Lhakpa y Dawa se dirigieron a sus
retroexcavadoras. Los viejos motores rugieron a la vida. Ngi´ma reunió a su
equipo de hombres y yacs y fue entrando.
Ella trepó el sendero para tomar un desayuno rápido antes de bajar al
solar para poner manos a la obra y demostrar el por qué era quien estaba a
cargo. Estaba cerca de la cima cuando captó esa sensación, ese sentido espinoso
de ser observada. Lo había tenido frecuentemente últimamente, y se volvió y
echó un vistazo a las alturas — y allí estaba Philippos Chronies descendiendo
por el sendero del sur, su cabeza calva brillando al sol.
Phil era griego—canadiense, bajo, amplio en el medio, con un cuerpo que
iba angostándose desde su ancha cabeza a sus diminutos pies. No había
trabajado antes con él, pero no había tardado más de unos días en ser capaz de
juzgar su carácter.
Se habían conocido en el aeropuerto en Katmandú, cogido el tren hacia el
lugar de trabajo, y dentro de la primera había tratado de tener una relación con
ella. Cuando había apuntado a su anillo de boda, se había encogido de hombros
y dicho que su esposa conocía su lugar.
Karen le anunció que ella no, y lo interrogó sobre su experiencia laboral.
Las cosas habían ido cuesta abajo desde allí.
Ahora plantó sus botas sobre el suelo rocoso y esperó. Cuando la
descubrió, le hizo gestos de que se acercase y presentara su informe. Girándose,
terminó su caminata hasta la zona plana donde había hecho levantar su carpa.
Un fuego diminuto de bosta de yac deshidratada se quemaba en un hoyo
cavado en el suelo. La espiral de humo se elevaba hacia el cielo azul brillante.
Mingma le pasó una taza de té dulce y caliente, con mucha leche.
—Gracias.
Karen envolvió sus manos alrededor de la taza y bebió a sorbos, tratando
de calentar la frialdad en su estómago.
—Come.
Mingma le indicó el pequeño tazón de papas, carne y verduras,
mezclado con especias y pintado de verde con. . . algo.

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A Karen no le importaba qué era ese algo. Durante el curso de su trabajo,
había comido carne estropeada, queso rancio, y preparado insectos astutamente.
Era delgada, musculosa, sabía cómo sobrevivir bajo las condiciones más ásperas.
Podía cuidarse, pero no tenía que hacerlo—tenía a Mingma.
Sentándose sobre un taburete del campamento, comió con una cuchara
hecha de cuerno de yac. Había empaquetado su propio equipo, pero la noche en
que había llegado estalló una extraña tormenta, llevándose una caja entera de
provisiones desfiladero abajo, esparciéndolas en grietas y en el torrente violento
que se formó en un instante y desapareció a la tarde siguiente. Desde entonces,
Karen había descubierto que las tormentas extrañas eran la norma aquí. Las
lluvias torrenciales extrañas, las tormentas de nieve extrañas, las extrañas
tormentas de viento se formaban en la cima de la montaña y se extendían como
una mano enorme sacudiendo de la misma manera que a un jején en su
monumental costado.
No sería golpeada. No podía.
No prestó atención cuando Phil se presentó. Mientras se movía, terminó
de comer, y solamente cuando dejó su cuchara se dirigió a él.
—Phil, dame una buena razón por la que no debo despedirte ahora
mismo.
—Tengo una. Estaba enfermo anoche, pero he venido a trabajar de todos
modos…
—¿Anoche? ¿Estabas enfermo? —lo miró directo a los ojos ¿Y por eso
estabas fuera visitando a tu novia?
Lanzó una mirada resentida a Mingma.
—Sí, yo no… quiero decir, estaba buscando a alguien para que me
ayudara a recuperarme y así poder venir hoy a trabajar.
Usó un blanco pañuelo húmedo para dar toquecitos al sudor que goteaba
de su frente ancha.
—Un solo chance más, Phil. Un chance, o tú estarás pateando mierda
camino abajo.
Karen giró la cabeza hacia el solar.
—Ve a trabajar ahora.
No lo observó partir, pero podía escucharlo chillar órdenes mientras
bajaba la pendiente.
Poniéndose de pie, se detuvo en el borde y miró al solar. Los
trabajadores se aglomeraban de la misma manera que hormigas, cambiando de
lugar las rocas liberadas por la explosión. Las retroexcavadoras cambiaban de

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lugar las piedras más grandes, mientras que los inmensos yacs blancos y negros
se movían pesadamente tras sus adiestradores, arrastrando los escombros en
una pila.
Cuando había sido una niña pequeña en su dormitorio en Montana,
había soñando con princesas y vivieron—felices—para siempre, ésta no era la
vida que había previsto.
Mingma se reunió con ella sobre el borde, y las dos mujeres
permanecieron de pie en silencio.
Finalmente Karen preguntó:
—¿Cómo está Sonam?
Uno de sus trabajadores había estado cambiando de lugar una piedra
con su yac cuando una roca inmensa había caído por la pendiente, golpeado su
hombro, y luego rebotado y golpeado a su yac. La clavícula de Sonam estaba
fracturada, su yac estaba muerto, y estaba aterrorizado.
—Sus huesos se están curando.
Mingma dio pitadas a su cigarro, y el humo bajó de entre sus labios.
—Pero no volverá al trabajo. Intenta construir en el corazón del mal.
Karen había escuchado eso muchísimas veces desde que había llegado.
El corazón del mal.
Todos parecían saber qué encarnaba. Todos excepto ella, y no quería
saberlo. Permaneciendo ignorante, esperaba vencer al monte Anaya.
Ahora, conducida por el mismo impulso desafiante que la hizo enfrentar
cada desafío que la vida y su padre le lanzaron, levantó sus brazos a la montaña.
—¡No vas a echarme de aquí tan fácilmente!
Mingma lanzó el cigarro al suelo.
—¡No lo haga señorita! No enfade a Anaya. Ya estamos en peligro mortal.
Un viento frío viajó rápido por la ladera.
Karen se tambaleó de atrás para adelante, aterrorizada por la réplica
ominosa.
—¿Qué hace que este lugar sea diabólico? Es más que sólo el monte
Anaya. Es todo este lugar, con Nepal a un lado, el Tíbet al otro…
—Ésa es la verdad, señorita.
Mingma encendió otro de los delgados cigarros que fumaba.
—Y Warlord es muy fuerte.
—Los caudillos ya no existen. No en el mundo civilizado. Pero
especialmente aquí. . .

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Las drogas fluían en esta área. Esclavos, también—esclavos machos para
trabajar en las profundas minas siberianas, esclavos de sexo femenino para
servir a sus amos. Aunque los gobiernos protegían los caminos de montaña, a
veces una incursión caía sobre un grupo particularmente rico. Y desde el otro
lado de la frontera en el Tíbet, los rumores flotaban por el aire sobre las luchas
entre los soldados chinos que controlaban el área e insurgentes.
—Todos queremos dinero.
Mingma miró la montaña y arrojó una apacible bocanada de humo en su
dirección.
—No usted.
Karen le sonrío.
Mingma la miró seriamente y repitió:
—El dinero es el mal, pero todos lo queremos. Por eso es que el Monte
Anaya atrae a las malas personas como si fuera un imán.
—¿Por qué? No tiene sentido.
—Pero, sí, señorita, lo tiene. Hace mil años un pueblo habitó la ladera de
la montaña.
Mingma hizo un gesto hacia el valle.
—Vivieron al sol, cultivando la tierra, arreando a sus yacs —su voz
fuerte bajó al nivel de un susurro—. Entonces El Malvado llegó.
—¿El Malvado?
—El mal que camina como un hombre. Uno a uno corrompió a los
lugareños, prometiendo poder y gloria si protegerían sus tesoros. Trataron de
obtener todo lo que prometió, y aún más y por lo tanto aceptaron sacrificar su
corazón.
—Su. . . ¿Corazón? ¿Tenían solamente uno?
Karen no estaba bromeando.
Pero Mingma frunció el ceño, su curtido rostro arrugado por la larga
exposición al sol.
—Es una leyenda.
—Sí, pero de algún modo debe ser verdad.
La mirada de Karen se extendió por el solar. Allí incluso la luz del sol
estaba matizada del gris.
—Escuche.
Mingma presionó una mano sobre su pecho.
—Hicieron su cruel sacrificio, y cuando su corazón había cesado de latir,
se dieron cuenta de cómo El Malvado los había engañado, porque tenían todo el

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poder que pidieron, pero sin un corazón ya no eran más seres vivientes. Se
convirtieron en uno con la montaña, corrompiendo el cielo que perfora, la carne
de la tierra alrededor de ella, las piedras que son sus huesos. Desde ese día la
montaña ha sido cruel, destruyendo a todos los que luchan por vivir en su
sombra, todos los que tratan de dominar sus alturas. La montaña guarda los
tesoros, enterrados en lo profundo de la angustia y la maldad, protegiéndolos
de todos los que los buscan. Las personas del pueblo están para siempre solas,
frías y crueles, y ése es su castigo.
—Sin corazón.
Inevitablemente Karen pensaba en su padre.
—Sí, comprendo cómo puedes perder tu humanidad y convertirte en un
ser sin corazón, pero no sé si un pueblo puede hacerse uno con la montaña.
—¿No escucha por la noche los sollozos de las madres que han perdido a
sus hijos? ¿No escucha a los maridos llorar a sus esposas? —la voz de Mingma
bajó a un susurro otra vez— ¿No escucha los gemidos de los bebés perdidos,
para siempre malditos?
Si solo Karen pudiera bromear sobre la pintoresca superstición de
Mingma, pero en la noche los había escuchado—y luego en su sueño caía. Caía
siempre en la nada.
—Desearía no haber venido aquí nunca.
Se paseó de un lado a otro.
Mingma se reunió con ella, haciendo un recorrido entre la cornisa y el
fuego antes de ponerse en cuclillas al lado del hoyo.
—No tenía elección. Su destino fue establecido el día en que el creador
pensó su primer nombre. Nadie puede librarse de él.
—¿Mi destino? ¿Tengo un destino?
—Como todos nosotros.
Los rasgados ojos marrones de Mingma miraron y sopesaron los
movimientos impacientes de Karen.
—Claro, pero ahora el mismo me chupa un huevo.
Karen regresó hacia atrás, recogió su taza, y vertió un poco de té ella
misma.
—¿Así que supongo que estamos cavando cerca del lugar dónde los
lugareños enterraron su corazón?
—El corazón del mal. La montaña lo protegerá contra las máquinas, los
hombres—y usted.

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Karen se había entrenado para no sentir. Con un padre como el suyo, ser
sensible era rogar por ser lastimada. Pero ahora mismo, cuando los problemas
se multiplicaban y perdió el control aparentemente débil sobre su cordura, esto
se sintió muy personal. Levantó su mirada resentida a la montaña y se puso de
pie
—Vamos a terminar con el solar, condenada, y maldigo…
Mingma se lanzó a sus pies.
—No lo haga, señorita, no maldiga, no provoque al…
Un grito inhumano rompió el aire.
Las dos mujeres se acercaron al borde mirando desde lo alto el lugar de
trabajo.
Los hombres estaban corriendo, esparciéndose como roedores fuera de
una trampa. Un hombre cayó fuera de su excavadora. Gateó algunas yardas,
miró detrás de él obviamente aterrorizado, se puso desesperadamente de pie, y
huyó.
Phil les estaba gritando, gesticulando desenfrenadamente, tratando de
arrearlos de regreso al trabajo.
No le prestaron atención.
Cuando Mingma miró a los hombres en pánico, su cara estaba quieta,
esculpida en piedra.
—Así es. Ha comenzado.

Capítulo 4
—Quédate aquí.
Karen empezó a descender por el sendero desigual.
Mingma agarró su brazo y la detuvo.
—No lo haga, señorita. ¡No vaya ahí abajo!

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Pero el deber llamaba, y Karen siempre respondía.
—Tengo que hacerlo.
—Escape conmigo. Si se va ahora, ¡puedo salvarla!
La desesperación colmaba los ojos de Mingma.
—Está bien. Seré rápida -Karen la sacudió.
Mingma formó un lazo con la ristra de campanas y las enredó alrededor
de su propia muñeca.
—Señorita, debo partir. ¡Por favor venga conmigo!
—Sigue, entonces. Está bien. ¡Te alcanzaré!
Karen descendió por el accidentado sendero tan rápidamente como pudo,
escuchando el repiquetear de las campanas sagradas mientras Mingma huía en
dirección contraria.
Cuando alcanzaba la primera pila de escombros, Phil la alcanzó.
—Maldita mierda, es sólo una vieja tumba. Una momia, parece.
—¿Un hallazgo arqueológico?
El corazón de Karen se hundió.
Un hallazgo arqueológico era la ruina de la construcción comercial.
Quería decir que el trabajo tenía que detenerse mientras llamaban a las
autoridades para determinar su importancia y excavar los restos.
—Si no se lo decimos a nadie, podemos deshacernos del cuerpo y
continuar la construcción…
Le lanzó una mirada hiriente a Phil.
—Como si nadie fuera a escuchar a esos hombres que gritan escupiendo
espuma.
—Puedo hacer que se callen la boca —dijo malhumoradamente.
—¿Pero puedes hacerlos regresar al trabajo?
Caminó hacia la retroexcavadora que todavía se estaba moviendo y la
apagó. La situación era obvia ahora. El operador había quitado una de las
inmensas rocas fuera del camino, y ahí, acomodado en un hueco, se encontraba
un manojo envuelto en tela.
El cráneo era evidentemente visible, y eso debió ser lo que despertó el
pánico.
—Apaga el resto de las máquinas —le dijo a Phil—. No podemos
malgastar el gas. Es demasiado arduo de encontrar y tremendamente costoso.
Cuando Phil obedeció, se acercó y se arrodilló al lado del cuerpo.
Era el cadáver de un niño, tal vez cinco de años, sentado y descansando
de lado en un hueco en la piedra, con su mano apoyada bajo su mejilla como si

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estuviera dormido. El aire de montaña seco y frío por altura había secado su
piel, estirándola sobre los huesos, manteniendo los rasgos visibles.
Había sido una niña bonita. Su fina ropa tejida todavía estaba intacta, con
solamente algunos agujeros y los bordes un poco deshilachados, y Karen podía
ver los colores descoloridos que decoraban su bata. Un collar de oro martillado
colgado alrededor de su cuello y aros de oro perforaban sus orejas, y un
brazalete envolviendo su. . . Su angosta muñeca. Otro paño estaba tendido bajo
el cuerpo y lo protegía de la piedra fría.
Una niña amada. Una niña importante. Una niña enterrada con amor y
cuidado-y sacrificada brutalmente.
Porque entre los mechones castaño claro que todavía se agarraban a su
cabeza, un agujero perforaba el cráneo de niño limpiamente.
—Ah.
Los ojos de Karen se llenado de lágrimas.
—Pobre cosita.
Sabía que no debía tocarla-cuando los arqueólogos llegaran, la
regañarían con todas sus fuerzas. Pero algo sobre la niña le llamaba. Algo sobre
ese homicidio sucedido hacia tan largo tiempo le rompía el corazón.
Extendiendo una mano temblorosa, la colocó suavemente sobre la cabeza
de la niña-y la niña abrió sus ojos.
Eran de color aguamarina, del mismo color que los de Karen-como los de
Karen-y la niña la miró. Karen vio la profusión de la pena que llenaba esos ojos
antes de que se cerraran otra vez -y el cuerpo se desintegrara bajo su taco.
Karen se arrodilló, congelada, descreyendo, sabiendo lo que había visto y
reconociendo que era imposible.
Echó un vistazo alrededor de ella desenfrenadamente, queriendo a
alguien cerca, otro ser humano vivo, pero solamente estaba Phil, sentando en el
asiento de la excavadora, maldiciendo al motor mientras pataleaba y gemía allí.
Miró la ropa encogida, el oro que brillaba en el polvo de lo que había
sido el cuerpo.
Y en el sitio donde la cabeza había descansado, donde los huesos de la
cabeza de la niña lo habían sujetado, había un azulejo blanco cuadrado se una
pulgada de espesor. Cuidadosamente Karen lo levantó de entre los restos. Lo
limpió gentilmente con la mano, y le miró fijamente.
Era un icono, una pintura estilizada de la Virgen María del tipo que
había colgado en residencias rusas durante más de mil años. Su túnica rojo
cereza y el halo brillante hacían del icono una obra preciosa, así como los ojos

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grandes, oscuros y tristes de María, mirando directamente a Karen, y la pálida
lágrima solitaria que descendía por su mejilla respondiendo a la que descendía
de los ojos de Karen. Ésta era la María del sacrificio, la madre que había dado a
su hijo para salvar al mundo.
La mirada de Karen se dirigió al polvo de la niña masacrada
obedeciendo el mandato del diablo.
¿Su madre había llorado cuando impulsaron el pico a través de su cráneo?
El pueblo había sacrificado su corazón. . .
A gran altura encima de ella, la montaña gimió, y otra vez Karen habría
jurado que alguien-o quizás algo-la miraba.
Miró a Anaya.
El pico se levantaba hacia el cielo, y parecía haber crecido, hinchándose
desde el interior, como si los fuegos del infierno lo presionaran hacia arriba.
Miró-y lo vio.
Un hombre extraño, vestido todo de negro, sereno sobre el borde del
despeñadero que miraba hacia el lugar de construcción. Estaba de pie
perfectamente quieto, una estatua viviente solo traicionada por su larga
cabellera negra y barba movidas por el viento.
Él la miró.
Ella la miró.
Ninguno se movió.
¿Quién era este hombre que la miraba con tal ferocidad?
Entonces la voz de Phil, directamente tras ella, la hizo saltar.
—Hey, ¿quién es ése? —su mano se acercó por sobre su hombro.
Ella apretó el icono contra su pecho. Pero él arrancó el collar de oro fuera
del polvo de una antigua tragedia.
—¡A la mierda!, ¿piensas que esto es digno de ella?
—¡No lo hagas!
Envolvió su mano alrededor de su muñeca.
—¿Por qué no?
—Los arqueólogos estarán furiosos por que la tocaste
—No es como si tú hubieras esperado.
Sus dedos se movieron sobre el icono que sujetaba.
—¡No era como eso!
—Sí, claro.
Sonrió abiertamente, era todo dientes blancos en una cara redonda y
rosada.

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—Fuiste lo suficientemente rápida para agarrar lo que querías.
Era total y completamente odioso, un gusano avaro de hombre. . . Esa
clase de tipo a quien la montaña malvada atraía.
Tal vez estaba en casa aquí, pero ella no. Había visto que los ojos de esa
niña se abrían. Sabía ahora que las viejas leyendas eran verdaderas. Y con todo
lo que se había entrenado ella misma para ser dura y fuerte, no era lo
suficientemente buena para desafiar al diablo.
—Voy a sacarla de aquí—susurró.
La tierra tembló, sonando de la misma manera que fríos huesos viejos,
debajo de sus rodillas y pies.
Despacio se puso de pie.
¿Sismo?
No, pero a gran altura por encima de ellos se escuchó a la montaña
retumbar y tronar peligrosamente.
—Phil, ¿escuchaste eso?
—Sí. ¿Seguro? Hace eso constantemente.
Él plantó sus rodillas en el polvo del sacrificio.
—¿Qué pasó con el cuerpo? ¿El aire lo hizo desintegrarse? Me pregunto
qué habrá escondido en la ropa.
Sacrilegio. ¡Sacrilegio!
—Phil, ¡no lo hagas!
Otro retumbar agitó el aire, y un chasquido inmenso sonó mientras los
huesos de la montaña se rompían.
—Phil, vamos. Es peligroso aquí.
—En un minuto.
El impulso de detenerlo luchó con la necesidad de escapar. Estaba
preparada sobre los dedos de sus pies, lista para correr.
—¡La montaña está derrumbándose!
—¡Mira el oro que enterraron con este niño!
Él se puso a excavar entre los restos.
Tiró de su hombro.
—¡Tenemos que correr!
La empujó, sus labios retirados hacia atrás, sus dientes que brillaban de
saliva.
—Corre, entonces. ¡Esto es mío!
Asustado por el demonio de la codicia que veía en sus ojos bordeados de
rojo, saltó hacia atrás. Echó un vistazo hacia arriba. Vio el polvo de la enorme

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caída de rocas vibrar hacia ella. Escuchaba el sonido de las toneladas de piedra
descendiendo por la montaña. Se dio cuenta de que el monte Anaya había
decidido aplastarlos a ellos y su audacia.
Corrió.
Corrió tan duro y tan rápido como pudo fuera de ese lugar. Del corazón
del mal.
El suelo vibró. El ruido se había convertido en una cacofonía de piedras
haciéndose añicos y un rugido que sonaba. . . de la misma manera que un
motor.
Una motocicleta grande y negra se plantó frente a ella. Se detuvo. El
extraño, el hombre que la había mirado desde arriba estaba sentado sobre el
asiento, sus ojos encendidos por la urgencia. La tomó de la cintura, jaladola al
asiento tras él.
Se aferró a él.
Él golpeó el acelerador.
Se precipitaron al otro lado del solar, la moto atravesó grietas y rocas. El
neumático delantero bailaba a un compás disparatado. No podía controlar la
máquina. Iba a matarlos.
Pero se paró sobre los pedales. Patinó, se inclinó, lo evitó.
Quería gritar de miedo. Y tal vez lo hizo. Entonces una mirada tras ellos
la hizo inclinarse hacia adelante, exhortándolo a ir más rápido.
La avalancha de rocas los perseguía, alimentada por la rabia de la
gravedad y la montaña. Las rocas tan grandes como casas se cerraban de golpe
detrás de ellos como las huellas de un gigante, cada vez acercándose más. . . y
más. Anaya gimió con el esfuerzo. El polvo se levantó, oscureciendo el cielo, el
solar. . . Phil.
Phil había desaparecido, aplastado en algún sitio dentro de la gigantesca
pila de roca.
El Monte Anaya había protegido el corazón del mal otra vez.
Girando su cabeza, presionó su cara en la chaqueta de cuero.
Olía a agua fría, aire fresco, y desenfreno.
Empezó.
Conocía ese olor. Había soñado con él todas las noches.
Este era su amante-no un sueño, como esperaba; no la locura, como
temía; pero un hombre de audacia y coraje.
Por supuesto. ¿Quién otro desafiaría la muerte para rescatarla?

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Desesperadamente, se aferró a él mientras el Monte Anaya contribuía
con sus esfuerzos finales en su destrucción, haciendo rebotar rocas como
inmensas pelotas de goma. Las piedras chocaron, haciéndose añicos en cascos
gigantescos, afilados y malvados. Astillas de roca la golpearon. Millones de
toneladas de granito arrasaron las viejas sendas, las plantas sitiadas, y todas las
pruebas del pasado.
La motocicleta alcanzó el lugar más lejano del valle.
La nube de polvo los envolvía.
El suelo ascendió.
Cada colisión de roca contra la tierra hacía cascabelear la moto y la
dejaba sin asidero.
El Monte Anaya iba a ganar. La muerte los tenía en su apretón mientras
la motocicleta se rompía sobre la cima del promontorio y volaba por el aire-
hacia la nada.

Capítulo 5
Karen gritó en serio
Su amante rugió en desafío.

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La moto aterrizó duramente en un montón de escombros. La rueda
trasera patino. Él ajusto. Acelero. Y se alejaron de la montaña, dejando atrás las
murmuraciones y el retumbar de una asesina frustración.
El áspero camino los llevó lejos de Monte Anaya. Descendieron
convenientemente y arrancaron, mientras zigzagueaban a través de curvas y
arroyos diminutos. Entonces un ocasional árbol creció, excavando sus raíces en
el fino suelo. La esperanza tan conspicuamente ausente del Monte Anaya
existió y se intensificó con cada milla que ellos conducían.
Aunque la altura seguía siendo elevada y el aire fino, el terreno había
cambiado. Las primeras flores diminutas y penachos de hierba ablandaban la
pedregosa austeridad.
Finalmente el amante de Karen giró la moto directamente por encima de
una colina, cerrando de golpe abajo sobre el acelerador, y condujo como un
demonio a la cima, alrededor de una curva… y se detuvo en un prado estrecho
oculto directamente por las montañas.
Él apago el motor.
El silencio repentino era espantoso.
Los oídos de Karen todavía sonaban del alboroto que acompañó el
derrumbamiento, del rugido de la moto, y ahora ella pudo oír la corriente de un
arroyo, un pájaro cantando… sonidos tan normales y dulces, quiso llorar de
alegría.
La montaña no los había matado. Ésta había hecho todo lo posible, pero
ella estaba viva. Ellos estaban vivos.
Se deslizó del asiento. Su trasero todavía vibraba de su salvaje paseo. Sus
rodillas temblaron alarmantemente.
Ella casi había muerto.
Se hundió en la tierra. El olor de hierba aplastada llenó su cabeza, y
durante un breve momento se inclinó y beso la tierra. Sonriendo, ella lo miro.
—Gracias —dijo—. Gracias.
Él no la miró. Se sentó completamente inmóvil, casi como si nunca se
hubieran encontrado.
Y en verdad, ellos no habían. Las noches de ansiedad, la necesidad de
sexo apenas podía contar como una introducción.
Aun incluso la vista de su tiesa figura podía detener el lento avance de
su exuberancia. Un pensamiento la poseyó.
Estaba viva.

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Se puso de pie, dio tres pasos, y giro en un círculo como la demente Julie
Andrews. Si pudiera llevar una melodía—que ella no podría—habría irrumpido
en un coro conmovedor de “The Sound of Music”.
Se sentía como si hubiera encontrado el Shangri—la. Aquí en el prado, la
luz del sol era clara y pura. Corrió hacía el pequeño arroyo. La caída en forma
de cascada en una piscina revestida con piedras lisas, entonces derramadas
sobre la cama del arroyo. El agua brilló cuando cruzó las piedras, y ella se
arrodilló a su lado. Cuando salpicó el agua sobre su cara, estaba tan fría que la
hizo apretar los dientes. Estaba haciendo el ridículo, pero no le preocupó.
Estaban vivos.
Se rió cuando comprendió que el polvo cernido desde el cielo en realidad
procedía de su cabello—la tierra del deslizamiento había caído sobre ella con
arena. Se despojo de su abrigo, lo sacudió, y lo abandonó a un lado. Con
amabas manos lavó su cabeza, y una puñalada de dolor la estremeció.
Cuidadosamente exploró, algo, una astilla de la roca, había un pequeño corte en
rodajas en su cuero cabelludo, detrás de su oreja. El lugar se sentía pegajoso, y
cuando estiro la mano sus dedos se tiñeron con el carmín de la sangre seca.
Aunque sería un pequeño precio a pagar por estar vivo.
Ella cerró sus ojos, dobló la cabeza, y le agradeció a Dios, entonces se
puso de pie, preparada para hacer frente a lo que podría suceder después.
Cuando se giró, él estaba allí.
No debería haber estado sorprendida. Él siempre se movía con
deliberada cautela.
Pero esa vez ella brinco de horror.
Él era de seis pies, de amplio hombros y cadera estrecha. El mismo polvo
que la cubría lo envolvía por completo, sobre su pelo oscuro, largo y liso, sobre
su negra e indomable barba y bigote. Bajo la suciedad que rayaba su cara su piel
estaba tostada por el sol. Aunque su estructura ósea fuera vagamente exótica,
tal vez Europea, este hombre era Caucásico.
Y sus ojos… sus ojos eran negros. No el azul de la media noche, no el
castaño sable, no el gris del carbón de leña. Negros. Tan negros que al mirarlos
parecían como si se hubieran tragado el iris. Negro, opaco y brillante, como
obsidianas, el cristal negro formado en los fuegos de un volcán.
Ella intento retroceder.
Él agarró el frente de su camiseta en sus puños y dio un tirón
acercándola.

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¿Drogas? Sí. Solo drogas podrían causar que sus ojos parecieran como…
eso.
Drogas… o ella realmente se había muerto en el derrumbamiento, y éste
era el infierno, y él era el diablo.
Aunque aquí todo parecía tan real.
Él parecía real.
Ellos estaban cerca, casi tocándose. Él se inclino hacia ella, su respiración
tocando su rostro. Y cuando ella miró fijamente en esos ojos, entró en un alma
tan oscura y atormentada que nada podría aliviar su dolor. Excepto quizás…
—¿Qué piensas que estabas haciendo? —la vos de su amante de media
noche, sí, pero baja, furiosa, intensa—. ¿Permanecer allí mientras la montaña se
prepara para matar? ¿No sabes la reputación de Anaya? ¿Mingma no dijo que la
montaña podría destruirte por tratar de conquistarla? Ninguna persona que
haya subido, construido en ella y estudiado ha vuelto entera y sin cambios ¿No
sabes el olor del mal cuando este llena los pulmones?
Lo huelo ahora.
Pero estaba demasiado atemorizada—también era inteligente—para
decir eso.
—Deberías haberme abandonado.
—Sí, debería. Pero no podía ver tu muerte —él respiro con fuerza, su
pecho subiendo y bajando como un hombre en agonía—. No tú. Nunca tú.
Él podía parecer el diablo, pero sonaba como su protector. Y la besó con
toda la desesperación de un animal enjaulado, soltando su pasión como una
avalancha sobre ella.
Sí. Este era su amante. Ella reconoció su sabor.
Pero ellos nunca se habían besado así. Él la arrastró en su abrazo, la
sostuvo furiosamente. Lo que había pasado previamente entre ellos podría
haber sido un juego apasionado comparado a su necesidad actual. Él la
consumía, mientras tragaba su respiración, su voluntad.
Él la quemó con su fiebre, y detrás de sus ojos cerrados ella vio las
erupciones de carmesí y oro, las señales luminosas de angustia descargada.
Desequilibrada, se asió a él, el arroyo balbuceaba detrás de ella, su locura
llamándola en… y ella le devolvió el beso.
Porque estaban vivos.
Ella nunca había estado tan viva.

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Este hombre, que había mostrado su placer por encima de todos, la había
salvado de la muerte, le había traído aquí a este lugar perfecto, y ahora él la
quería.
La quería a ella.
Bienvenidos al infierno.

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Capítulo 6
Karen se olvidó de su extraño amante, oscuro, ojos brillantes y recordó
sólo su habilidad. Levantando sus piernas, deslizó una alrededor de su cadera.
Él agarró su trasero, girando alrededor, y sin moverse un paso, la dejo
sobre el césped. Sus manos volaron, mientras bajaba la cremallera, bajando sus
pantalones y bragas por debajo de sus rodillas. Gruñó con frustración cuando
sus botas lo detuvieron abruptamente. Removió una fácilmente, pero los
cordones de la segunda estaban anudados, y en la profundidad de sus ojos
negros ella vio una llamarada de rojo. Rojo como el fuego. Rojo como las llamas
del infierno.
Con una sacudida, volvió a la realidad.
Ella trató de sentarse.
—¡No! —en un movimiento eficiente, él le quito el pantalón de su
desnudo pie.
El terreno, con hierba exuberante, fue sorprendentemente fresco.
Él extendió sus piernas—y se detuvo. Y miro. Miro como si nunca antes
hubiera visto a una mujer.
Ciertamente, nunca se había revelado a sí misma de manera audaz. Ella
trató de utilizar sus manos como protección, pero él las capturo.
—No —dijo de nuevo.
Tomo ambas muñecas con una sola mano y uso la otra para abrirla a la
luz y al aire. Sus dedos bajaron al su centro, una rápida y ligera caricia que trajo
una máxima alerta a cada nervio femenino.
—Yo nunca había visto algo tan hermoso —susurró él. Arremolinó la
punta de un dedo dentro de ella—, suave y rosada, inflamándose cuando lo
toco…
Involuntariamente ella se apretó, sosteniéndolo allí.
Él cerró sus ojos, su cara un estudio de agonía del deseo.
Entonces él vino, con urgencia. Abrió la cremallera y se despojó de sus
pantalones vaqueros hasta sus rodillas.
Brevemente ella vio su erección, sólida, ancha, exigente.
Él la abrió, colocándose sobre ella y empujo dentro.
—¡No! —intentó incorporarse.
¿Por qué?, ella no quiso saber—ella necesitaba de él tanto como él
necesitaba de ella pero esto... esto era demasiado, demasiado pronto, no el
tenido glorioso amor, sino una afirmación frenética de vida.
Ella quiso detenerse. Necesitó llegar.

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Él ahuecó sus muslos, usó las curvas de sus brazos para extenderlos más,
los elevó, y empujó de nuevo.
—¡Maldito¡ —estaba desvalida contra su fuerza, desvalida para detener
la llama que entró en su torrente sanguíneo y corrió a través de sus venas.
Se agarró a sus brazos, clavando las uñas en su chaqueta de cuero, y usó
ese echo para alzarse una y otra vez a si misma, pequeños movimientos que
chocaban con su necesidad y la alimentaban.
Como si ella hubiera hablado, él dijo,
—¡Esta bien! —y rodó, trayéndola sobre él.
Su pelo negro se extendió sobre el césped verde. Su rostro bajo la barba
era duro, y sus ojos eran estrechas aberturas de demanda.
Él soltó su agarre.
—¡Corre, entonces!
Él era un hombre de huesos grandes. No podría montarlo y tener sus
rodillas sobre la tierra. Así que, con sus manos en su desnudo vientre, ella se
empujó, puso sus pies debajo de si, y montó.
Era decadente.
Estaba delicioso.
Ella le sirvió a él.
Ella se sirvió a si misma.
Escuchó sus gemidos y le hizo sufrir. Sondeó para sus propios placeres y
repitió los movimientos que trabajaron para ella.
El sol pego sobre sus hombros. La brisa acarició sus pezones.
Bajo ella él se retorció. Dentro la estiró hasta el límite.
Era un animal hermoso, con sus largos y fuertes músculos, estrechos en
sus grandes manos.
Y algo de él corrió bajo su piel, en su sangre, mientras al mismo tiempo él
respiraba profundamente, como si su ser alimentara su corazón, su alma.
Sus muslos ardieron con el ejercicio cuando subió y bajó, subió y bajó.
Ella jadeó fuertemente, luchando por atraer bastante del efímero aire fresco
para sostener esta carrera hasta el final. Se movió más rápido y rápido,
arrastrándolos hacia la realización.
El orgasmo tomó el mando de ella, un breve y glorioso clímax que
golpeo y se extendió a sus sentidos para incluir el mundo entero, y que redujo
su atención a él—y a ella. Pensó que él era hermoso cuando se puso debajo de
ella, feroz, indisciplinado, salvaje, con pasión.

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Terminaron demasiado pronto. Alzo los brazos en un exceso de júbilo, se
reía en voz alta. Ella nunca había estado tan viva y feliz. Había escapado del
monte Anaya. Ellos habían escapado de la muerte.
Se derrumbó sobre él, jadeante, exultante.
Él envolvió sus brazos alrededor de su espalda y rodó una vez más.
Estaba bajo él, con el calor de su cuerpo entre las piernas, la tierra fresca
debajo, y alrededor de su cabeza pequeñas flores blancas floreciendo.
La miraba como desconcertado.
Ella miró fijamente por detrás, sonriendo, recuperándose de su locura.
Despacio su oscura mirada la devolvió a la normalidad, después a la
cautela.
Había tenido sexo con este hombre, él la sostuvo en sus brazos mientras
dormía a su lado, confió en él para salvar su vida. Pero aún no sabía nada de él,
y sus ojos… sus ojos la enfriaron con el mismo sentido de desastre inminente
que había experimentado en las laderas del Monte Anaya.
Con los dedos de la mano él empujo sus cabellos fuera de su rostro.
—Tú no debías haber hecho eso.
—¿Qué? ¿Qué quieres decir? ¿Yo no debía tener sexo contigo? —dijo ella
con tono amargo—, no sabía que tenía opción.
—No deberías haberme hecho eso. No te debería haber gustado. Sobre
todo no deberías haberte reído.
Lo miró fijamente.
Parecía tan severo, como un ministro evangelista predicando el Antiguo
Testamento.
Ella se esforzó por un divino significado.
—No estaba riéndome de ti, si eso es lo que piensas. Estaba riéndome…
—De alegría. Lo entiendo.
La observó tan estrechamente, que se sentía como si su mirada restregara
su rostro, revelando más de lo que ella quería que él supiera, y la hizo
consciente de su peso presionándola sobre la hierba, sus piernas extendidas, su
peligrosa vulnerabilidad. Se removió incómodamente.
De nuevo él le acarició el cabello.
—Algún día me gustaría poder reír de nuevo.
—No me río así muy a menudo —ella no hacía nada de esto muy a
menudo.
—Sin embargo —con claro signo de renuencia él se apartó de ella. Se
puso de pie y se desnudó, una eliminación rápida, eficiente de ropa y botas.

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Él arrojó todo sobre el suelo, después se situó sobre ella, mirando hacia
ella, sus puños apretados y sin desgarrar.
Sospechar que él levantaba pesas era absurdo, más bien era que llevaba
una vida al borde de la civilización, donde solo Dios sabía lo que hacía para
vivir, aún así era alto y delgado, un listo depredador con la fuerza envuelta en
los músculos de sus brazos, en el volumen de sus hombros, el poder rasgando
de su vientre. Su miembro y bolas colgando entre sus piernas, y auque estaba
débil, ella sabía muy bien el tamaño y el poder que ejercía allí.
Manchas irregulares de negro carbón grabadas en su pecho y brazo. Las
marcas parecían formar rayos, pero fueron encogidos, jalandas en los borde de
la piel, comiendo su carne. No podía ignorarlas, y la compasión le hizo
preguntar,
—¿Qué te paso?
Inclinado hacia abajo, capturo sus muñecas y la puso de pie.
—No es nada.
—¿Nada? —tocó una ligeramente—. Parece una quemadura, pero hay
una forma… ¿no hay…?
—Es una marca de nacimiento.
—¿Es doloroso?
—No —se apartó de ella.
Independientemente de lo que las marcas fueran, él era sensible sobre
ellas. Y la manera en que la miró, como un hombre que había llegado a una
decisión, la hizo pensar.
No quería pensar.
Pero ella era, sobre todo, una mujer de sentido común, una mujer que era
fuerte por necesidad, una adicta al trabajo que pasaba su vida de completar un
trabajo a otro. Hasta que este hombre había visitado su tienda, ella no se había
molestado en tener amantes por años. Un amante eran muchos problemas. Un
amante siempre requería atención, y ella no tenia tiempo que perder.
Ahora se sentía como si hubiera renacido para este mundo; muy abierto,
muy crudo, muy nuevo.
¿Ella estaba como un niño que experimentaba nuevas emociones—o eran
viejas emociones conseguidas gratuitamente?
No sabía.
Pero sabía que su falta de disciplina podría tener consecuencias.
Sus pantalones colgaban alrededor de una pierna. Su camiseta se torcía
alrededor de su cintura. Estaba de pie al lado de una bota. Había tenido sexo sin

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protección, sexo—oh, Dios, ¿en qué había estado pensando? —y su corrida
mojaba sus muslos.
Nunca había hecho algo tan escandaloso en su vida.
Los rayos de sol se vertieron sobre ellos. Podía ver todo de él con
demasiada claridad, y las preguntas zumbaron a través de su mente.
¿Qué ahora?
¿Qué si estoy embarazada?
¿Quién era él?
Y, Este hombre es un salvaje.
Ella sabía qué en sus huesos. Que había sido, después de todo, ¿por qué
lo recibió en su cama por la noche?
Agarrando la cintura de sus pantalones, los arrastro a lo largo de sus
piernas en lo que esperaba pareciera un intento casual de vestirse.
—Yo sé que ya has hecho mucho, pero si puedes llevarme al teléfono
más cercano. Tengo que llamar a mi padre, decirle lo que pasó. De Phil se a de
notificar a sus parientes más cercanos. Hacer arreglos para pagar el alquiler del
equipo que hemos perdido —preocupaciones y responsabilidades retornaron
en tromba a su mente—. ¿Piensas que Mingma escapo? ¿Mi cocinero e
intérprete? Ella dijo que iba a correr. Escapo, ¿ella no lo hizo?
—Mingma está bien —dijo él sin expresión alguna en su rostro o voz.
—¿Realmente? —ella hizo una mueca de dolor por su tono—. ¿Cómo lo
sabes?
—Mingma es lo bastante inteligente como para reconocer el peligro
cuando lo ve. Qué aparentemente es más de lo que tú puedes hacer —se
arrodillo ante Karen, desató su bota, y la arrastró a él y sus pantalones.
Karen no sabe si se refería al peligro de Monte Anaya o el peligro que
representaba.
Ella se echo hacia atrás.
—Mira, no sé lo que piensas que estás haciendo… —realmente, estaba
bastante segura de lo que él pensaba que estaba haciendo, pero la cautela había
nacido en su fea cabeza.
—Vamos a tomar una ducha —él dio tironeo su cabeza hacia la clara y
fría cascada.
—No. Espera. Yo lavé mi cara en esa agua. Por no mencionar que yo subí
en Montana a las Rocas del Glaciar del Parque Nacional. Cuando era una niña
estaba de rodilla en un riachuelo justo como allí, construyendo un dique fuera

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de rocas. Así que sé sobre lo que estoy hablando cuando digo que no voy a usar
ese arroyo para un baño —retrocedió.
—¿De qué otra manera te propones asearte? —él sonaba prosaico, no
peligroso, como un tipo que habría encontrado en la universidad—. Si el agua
esta fría, tu puedes acusarme de duras intenciones.
Él usó su velocidad adquirida para despojar lejos sus pantalones.
Monte Anaya había destruido sus últimos tres meses de trabajo. Había
perdido a un hombre en el sitio. Había vislumbrado finalmente a su amante y
se percató de que no estaba loca—pero tal vez el lo estaba. No pensaba que
tuviera una onza de humor negro. Pero ahora se encontró con una mueca.
—Bueno. Es verdad —ella miró a su alrededor. Estaban en el borde de
una frontera sin ley, con el vislumbre más magro de civilización por lo menos a
un día en coche. No había nadie que los viera y, más importante, no había
forma fácil de limpieza.
Miró abajo hacia sí misma. Su camiseta estaba mugrienta. Sus piernas
estaban desnudas. Ahora que él lo mencionaba, se sentía del tipo arenoso.
Una hora más no haría ninguna diferencia para el mundo exterior.
Una brisa crujiente alivió a través de los prístinos valles de montaña.
Con un grito que hizo eco en las paredes del valle, ella asió el dobladillo de su
camiseta, despojándolo por encima de su cabeza, y corrió hacia la cascada.
Detrás de ella oyó un grito similar. Corrió mas allá de ella, levanto alto
sus pies descalzos, y cayó al arroyo en segundos por delante de ella. Heladas
gotas rociadas en el aire. Él se deslizó hasta pararse, y ella se abrió camino hacía
él. Él la envolvió en sus brazos y la empujó bajo la cascada helada.
Gritó ella en severa agonía, y se rió y salpicó cuando él utilizó sus manos
para lavar todo su cuerpo. Ella frota su espalda, sensación tonta, caliente, más
libre por un tonto segundo.
Ellos no demoraron; estaba demasiado frío.
Pero se lavaron, y ella supo por qué él siempre olió tan fresco y salvaje
cuando fue a su cama.
Primero él venia aquí, a la cascada.
Él la sacó del agua y agarro su cintura con las manos.
Ella lo miró a y se rió.
Su rostro cambió sutilmente, de la diversión compartida a la rigidez, una
desolación que rompió su corazón.
Entonces él las dijo, las palabras que la llevaron del dolor a la rabia.
—Nunca te dejare ir.

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Capítulo 7
Karen caminó detrás de este hombre que no conocía… este hombre que
conocía tan íntimamente.
—¿Qué quieres decir, con que nunca me dejarías ir? —relajado, seguro
en su decisión, la escrutó, sus ojos negros impenetrable—. Mira. Tú me salvaste.
Estoy agradecida. Pero eso no significa que quiera permanecer aquí. Tengo un
trabajo que hacer, y me propongo hacerlo —deliberadamente ella le dio la
espalda y camino hacia la primera pieza de su ropa, luego a otra, recogiéndolas
y dándoles golpes para eliminar el polvo de ellas. Ella estaba húmeda, fría y
temblando, pero no le mentiría a él. Temblaba porque tenía miedo.
¿En qué se había metido?
Saltó cuando él dio un paso más hacia ella, silencioso como un gato,
entonces lo miro para ver que haría después. Y, porque no podría ayudarse,
observó la forma en que los largos músculos su espalda y trasero se curveaban
y se contraían y estiraban bajo su dorada piel.
Él abrió las alforjas de su motocicleta. Sacó unos vaqueros de estilo
comanche y se vistió con ello, y tiró una camiseta sobre su cabeza. Rebuscando
dentro, sacó otra camiseta y lo sacudió en su dirección.
—Está limpia. Póntela —tiró otro par de vaqueros—. Puedes enrollarlos
en las piernas.
Ella se detuvo, intentando decidir, mientras que sus órdenes de
comando la ofendían, su propia ropa estaba polvorienta y sudorosa.
Recogiendo sus botas, él los tiró adelante, entonces metido la mano atrás
en la funda de su arma. Se volvió enfrentarla, una Glock semiautomática
sostenida en su mano.
—Ponte mi ropa.
Su corazón se detuvo—después corrió. Él no quiso decir eso.
—Tú no me dispararás.
—¿Porque tuvimos sexo? Yo no contaría con eso —esos extraños ojos
negros la miraron, y ella no tuvo ni una sola pista de lo que había detrás de
ellos—. He tenido muchas mujeres, y no doy ni una mierda por cualquiera de
ellas.
Lo que ella creyó. Oh, Dios. Ella realmente lo creyó.
¿Debía luchar? Obtuvo cinturón negro en el jiu—jitsu; en su línea de
trabajo, en los lugares en el mundo que visitó, la autodefensa tuvo sentido. Pero
su maestro era Vietnamés, un veterano de la guerra con los americanos, y le
había enseñado a evaluar una situación. Esto parecía severo.

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Esto parecía imposible.
—¿Qué vas hacer? ¿Correr desnuda a través del prado mientras yo te
cazo con mi motocicleta? —su amante montó al asiento y puso su mano en el
arranque—. ¿Subir las piedras mientras yo te uso como práctica del tiro blanco?
Un reciente recuerdo ardió a través de su mente congelada por el miedo.
La niña sacrificada para el mal y enterrada bajo las rocas con joyería de
oro y un icono santo.
Karen miró abajo a sus manos. Sostuvo su abrigo sujetándolo fuerte con
los puños, y anduvo a tientas por el bolsillo. Sintió la pieza... pequeña
cuadrada… la niña le había pasado el icono para custodiarla.
—No quiero que me uses como objetivo de práctica —Karen tenía que
vivir para proteger el icono. Entonces tendría que esperar el momento propicio
y sorprender a ese monstruo con una patada que lo dejara fuera o, aún mejor, lo
matara.
—Entonces ponte la ropa —el arma permaneció estable sobre ella—. Y tu
abrigo y…botas. Deja el resto de las cosas aquí. No las necesitaras de nuevo.
Ella hizo como le dijo, vistiéndose en silencio, sabiendo que no había
tenido ninguna otra opción de rescate, aún maldiciéndose por ser tan idiota y
entregarse él.
Los vaqueros estaban flojos alrededor de su trasero, y enrollo el
dobladillo cuatro veces para poder andar. Cuando se envolvió en su abrigo,
deslizo la mano en el bolsillo y desplazo los dedos a lo largo del borde del icono.
El recuerdo del apacible rostro de la Virgen le dio el coraje para preguntar,
—¿Quién eres tú?
—Warlord. Yo soy Warlord.
—¿Eres un mercenario? —¿uno de los asesinos despiadados que se
alimentaban de los vecinos y turistas?
¿Podría su situación empeorar un poco?
Podría. Él la miró directamente, sus obsidianos ojos vacíos de emoción.
—No un mercenario. Yo soy Warlord.
Cuando el sol se puso, el hombre que se llamó Warlord condujo su moto
por un camino empinado, estrecho y recto hacia una cara escarpada de la
piedra. Karen quiso esconder sus ojos, pero en el último segundo el camino se
desvió, Warlord siguió, y la motocicleta rugió protegido por tres lados del
acantilado y el cuarto por una hondonada lejos en el espacio.
El humo de una docena de hogueras en el campamento se retorcía en el
aire claro. Cien hombres, vestidos como Warlord, con el pelo y barbas como

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salvaje y enredado, sentados en cuclillas en grupos alrededor de las llamas,
cocinando, charlando, jugando video juegos sostenidos en sus manos, bebiendo
y leyendo.
Cada cabeza se volvió en su dirección. El silencio cayó. Los hombres los
observaron—observando a ella—con agudo interés. Entonces retornaron a sus
comidas, sus conversaciones.
Era como si la pareja en la motocicleta fuera invisible. Como si. . . ella
fuera invisible.
Warlord condujo lentamente la moto a través del campo, torciendo y
dando vuelta entre los hombres. Condujo más allá de un enorme hoyo, por el
fuego, en el centro, ahora frío y ennegrecido por el carbón de leña.
Karen agarró la chaqueta de cuero de Warlord con palmas sudorosas.
Oyó retazos de inglés hablado con diferentes acentos, de francés, de alemán, de
lenguas asiáticas, y un lenguaje que no podía identificar. En voz baja preguntó,
—¿Qué es este lugar?
—Nuestra base.
—¿Para qué?
—Nuestras incursiones.
Mercenario. Dijo que él era Warlord.
—No puedes ser el único Warlord —dijo ella.
—Soy acertado. Soy brutal. He vencido a todos mis rivales. Soy el único
Warlord que importa en esta parte del mundo.
Como un animal mudo, ella ciegamente había corrido con él, había
confiado en él para guardar su caja fuerte, y había caído en esta trampa.
—Todos ellos te han visto ahora —dijo Warlord—. Ellos saben que
aspecto tienes. Saben que si corres, ellos conseguirán detenerte. Yo te sugeriría
que no corrieras. Podrían disfrutar mucho con ello.
Hizo que se enfermara con su amenaza, pero ella contestó con suficiente
positividad.
—Cuando corra, no les dejaré atraparme.
Por un segundo soltó el manillar, capturando sus manos, tiró hacia
adelante hasta que ella descansó contra su espalda, mejilla a la ingle.
—¿Acaso estás bajo la pintoresca impresión de que lo estoy pasando
bien ahora mismo? —farfulló—. Pon tus manos en el manillar, tonto.
Él se rió, un estruendo profundo de su cuerpo, y tomó el mando de la
motocicleta otra vez.

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Ella observó su entorno a través del crepúsculo ahondando, mientras
intentaba suponer qué tienda sería suya. Suya. . . y de Warlord. Hasta que
pudiera escapar.
Porque no importaba lo que él dijera, qué amenaza le hiciera, se
escaparía. Era inteligente, con buena salud. En el invierno de sus dieciséis su
padre la había enviado hacia el yermo de la montaña con solamente el mínimo
de equipo, y había sobrevivido sola a una brutal semana. Y Warlord no podría
mirarla cada minuto del día.
Cuanto más lejos entraban en el campo, más se hundían sus esperanzas.
Quizás Warlord no podía mirarla, pero a menos que el campo se vaciara
cuando la tropa se fuera de incursión, ella podría mirarlo.
Cuando se acercaron al extremo del valle, él detuvo la motocicleta y
señaló.
—Aquí es donde vivo —la mirada de ella subió y subió.
Una plataforma de madera construida veinte pies sobre el suelo del valle,
y en el acantilado. Encima de la plataforma estaba las más grande tienda que
ella alguna vez hubiera visto, y había visto en abundancia.
—Es de construcción tradicional, caliente en invierno, fresca en verano.
Yo vivo aquí—y ahora tú lo haces, también —dijo él—. Estarás cómoda.
—No, yo no quiero.
—Entonces estarás incómoda. Tú eliges —él manejó la motocicleta por
una hendidura en la piedra y bajó, entonces la estabilizo en lo que ella se ponía
de pie.
Sus piernas estaban inestables—por el hambre, el miedo, el largo viaje
hasta ese lugar. Apoyándose contra la piedra, comprendió cuan atrapada estaba
realmente. Mientras iban montados ella debería haber torcido sus orejas o
picado los ojos. Sí, ellos se habrían destrozado, pero habría tenido una
posibilidad de saltar a la libertad…
—Ven —él tomó su mano y la arrastró detrás de si.
Ella planto sus talones.
Sin mirar atrás, él dijo,
—¿Quieres que yo te lleve? Eso podría proveer a los hombres con
entretenimiento —con su mano libre gesticulo hacia la raquítica escalera que
llevaba a la tienda— . Y si nos caemos, sería un largo camino a tierra.
Ella tropezó hacia delante bajo la presión de su agarre.
Él la empujó los primeros pasos a la escalera.

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Estaba empinado, con una casi escalera de mano, y para sostenerse ella
se dobló para asir las bandas de rodadura de madera sobre ella.
—No camines por el tercer escalón. Se romperá bajo tú peso —cuando
ella dudó, él la empujó de nuevo— . Ve. Ahora no estoy interesado en ti. Las
mujeres agotadas no tienen ninguna vida con ellas. Esperaré hasta mañana,
cuando hayas comido y dormido y seas capaz de luchar.
Él era tan bastardo. Un bastardo completamente acertado.
Tenía hambre, estaba sedienta y cansada. Los pantalones que le había
dado estaban deslizándose, y los dobladillos se habían soltado. Ella usó una
mano para mantener el cinturón, y mantuvo la otra en la escalera, y sus ojos se
alzaron resueltamente a la plataforma y la tienda.
Si él cumplía la promesa que le hizo y saliera dejándola sola esa noche,
mañana tendría la energía e inteligencia para encontrar una salida de esto.
Incluiría probablemente un rescate.
Asustadizamente, él hizo eco de sus pensamientos.
—Imagino que tu padre pagaría bien por recupérate.
—¿Qué sabes tú de mi padre? —soltó ella.
—Sé que posee la compañía para la cual trabajas.
Por fin entendió el motivo del secuestro.
Rescate.
Por supuesto. Nada más tenía sentido.
—Deberías haber investigado un poco más de información sobre tus
posibles víctimas, porque mi padre no pagaría ni una moneda de diez centavos
por recuperarme.
Allí estaba. Le había dado la verdad sin adornos.
—¿Tú esperas que me crea que él no se preocupa por su única hija?
—Yo no doy una maldita cosa por lo que tú creas —ella deseó que los
escalones tuvieran un barandal, algo que le diera la ilusión de protección de
una dura caída.
Él rió, un sonido bajo de entretenimiento que lamió a lo largo de su
espina dorsal.
—Sí tú padre es verdaderamente indiferente a ti, es bueno saberlo. Así
no tendré que preocuparme porque envíe ayuda.
—No —dijo ella amargamente—, no tienes que preocuparte sobre eso.
—No camines en el cuarto de la cima.
Ella vaciló, contó, entonces subió en un largo paso.

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—Sí me consigues un martillo y algunos clavos, arreglaré esto para ti —
dijo ella sarcásticamente.
—En caso de un ataque por un grupo de mercenarios con aspiraciones
por mi valle y mi territorio, esos escalones me darán los segundos extras que
necesito para matar algunos más de ellos.
—Oh —ella usó sus codos para moverse poco a poco a su manera de
subir a la plataforma. Los dos—por—ocho tablas eran elásticas, las cabezas de
los clavos estaban mohosas, y cuando ella miraba hacía abajo podía ver la tierra
a través de los huecos en las tablas.
Él sonrió abiertamente cuando la miró acercarse lo más posible a la
tienda y detenerse, con la mitad del cuerpo inclinado, lista para dejarse caer
sobre la plataforma—o el mundo—, intentó enviarla dando volteretas sobre el
borde.
Ella miraba hacia abajo.
—¿Qué fue eso? ¿Un ataque? ¿Y una matanza?
—La matanza es una tradición en la frontera —ligeramente él saltó a
estar de pie a lado de ella, mientras observaba minuciosamente cada
movimiento en el valle y en las montañas—. Pero no te preocupes. El valle es
casi impenetrable. Los atacantes tienen que subir la montaña que los rodea
antes de que puedan subir el precipicio, y mientras ellos lo hacen, nosotros los
cogeremos fuera como los patos en una galería de tiroteo.
—¿Qué si ellos usan helicópteros?
—Son mercenarios que no están bien financiados —capturando su
muñeca, tiró a lo largo de la estrecha cornisa hacia la entrada.
Por un alarmante momento ello miró sobre el borde y todo el camino
hacia abajo. Justo como en sus pesadillas, el terreno se apresuraba a encontrarse
con ella. Echó un imprudente paso atrás, tropezando con una clavija de la
tienda de campaña, y casi se cae de trasero. Con los brazos al viento, se tragó un
grito.
Warlord la arrastró hacia delante, a sus brazos, y la sostuvo.
—Le tienes miedo a las alturas.
—No, yo no —al menos, no debería tener. No cuando allí era mucho
mejor alejar el miedo de inmediato.
—Esta es la pesadilla que te despierta.
Ella lo negó automáticamente.
—No, no lo es.

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—Estas son las montañas más altas en el mundo. Las más peligrosas. Si
tienes miedo, ¿por qué tomaste ese trabajó?
—Yo no estoy asustada —dijo ella rechinando los dientes.
El sol se había ido. La luz de las estrellas apenas brillaba. Las fogatas del
campamento fluctuaron abajo a lo lejos, y ella no podía ver realmente su cara.
Pero por la inclinación de su cabeza supo que la estudiaba, y justo como habían
sido aquellas noches cuando él visitó su tienda, ella pensó que él veía
claramente en la oscuridad.
No quería que la viera asustada. El miedo siempre liberaba la horrible
burla, así que inclinó su barbilla y sonrió herméticamente.
—Tengo una pregunta. ¿Me compartirás con tus hombres? —no debió
haberle hecho pensar en eso, pero tenía que saber.
Había demasiados hombres afuera, y ella tomaría esa picada fuera de la
montaña tomando la opción entre eso y ellos.
Cogiendo el frente de su camisa en un puño, él se inclino cerca de su cara,
y cuando habló, su respiración acarició su rostro.
—Yo no comparto lo que es mío. Y tú eres mía; no cometas ningún error
sobre eso. Mía para siempre.
—Para siempre es mucho, muchísimo tiempo.
—Una eternidad —sin advertirlo e inesperadamente, la atrajo a sus
brazos, y en un simbolismo que no estaba perdido para Karen, él cruzo de un
gran paso a través de la apertura de la tienda.

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Capítulo 8
Los brazos de Warlord se apretaron alrededor de Karen.
—Bienvenida a casa, novia mía.
Sí. Le había presentado su reclamo, y la había tratado como una novia,
pero una novia de los días en que los hombres capturaban a sus mujeres y las
retenían por la fuerza hasta que las entrenaban para ser dóciles y sumisas.
Tendría que esperar en el infierno a que eso ocurriera.
—Podrías querer mantener vigilada a tu novia, o te clavará un cuchillo
entre las costillas.
—Toda relación debe enfrentar pequeños problemas para que termine
resultando.
La dejó resbalar hacia abajo hasta posarse sobre sus pies.
—Wow.
En todos los años que le llevó fortalecerse a sí misma, Karen nunca había
visto algo así. Dos atroces linternas de campamento pendían de ganchos desde
el techo y derramaban una luz blanca sobre el interior espacioso de la carpa. La
concha exterior no difería en absoluto de cualquier campamento
Norteamericano, pero dentro. . . Una suntuosa alfombra de lana echa a mano
cubría el piso, e inmensos tapices colgaban a lo largo de las paredes. Para aislar
contra el frío, suponía Karen, pero también para dar la abundancia de su belleza
a la morada de un trotamundos.
Al parecer el hombre—un incursor—se había apoderado de lo que
deseaba. Al mirar en esa dirección un árbol airoso de la vida crecía sobre un
fondo verde. En otra dirección un caballero medieval cabriolaba al otro lado de
un campo. Una pared era una versión moderna de un lago azul en el crepúsculo,
y en la otra un arco garboso con rosas rosa que se volcaban a un sendero. La
alfombra era de una gloriosa cachemira en tonos crema, borgoña y negro.
—Supongo que el término "Feng Shui" no te significa nada, ¿no?
—No se nada de comida china.
¿Estaba siendo gracioso? No podía saberlo, y realmente no es como si
fuera a reírse.
El resto del mobiliario era una mezcolanza, como los tapices—había dos
baúles, un escritorio provincial francés, una silla de escritorio ergonómica, una
mesa de centro con almohadones tirados alrededor de ella como asientos
informales, o tal vez para cenar, Karen no sabía cuál. No le importaba. Porque
también estaba la cama. . . .
Ah, la cama.

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No era nada más que un colchón queen—sized puesto sobre el piso en
un marco de cama sin patas, con una cabecera de latón y postes con un dosel de
red—mosquitero. Los postes brillaban como si alguien le sacara lustre a diario,
una pistolera de cuero angosta estaba atada con una correa a uno de los pilares
verticales, almohadas hinchadas coquetamente, parecía que el glorioso artilugio
murmuraba sobre pecado y seducción.
En su lugar gritaba descanso y relajación.
—¿Qué clase de colchón es ése? —preguntó.
—Un Sealy.
Gimió con un placer totalmente diferente al placer que había
experimentado en sus brazos.
—Mi dios, ¿cómo lo conseguiste aquí?
—¿Por qué te preocupas?
Tomó el cuello de su abrigo y trató de levantarlo.
Envolvió sus brazos más fuertemente alrededor de sí y lanzó una mirada
furiosa.
Tiró.
—Quítate el abrigo antes de acostarte.
—No.
En un ademán elaborado retiró sus manos.
—Estaba haciendo de caballero.
—Ese barco ya ha partido.
Por un momento pensó que iba a reírse.
—Me recuerdas a. . .
—¿A qué?
—Casa.
Le dio un empujón sobre el hombro.
—Vete a dormir. Tengo que averiguar que pudo ocurrir con ese envío
que debía llegar hoy.
Tropezó con la cama, se arrojó de lado a lo largo del colchón, y se deslizó
en el sueño inmediatamente. . . .
Permanecía de pie al borde del despeñadero, el cielo azul rodeándola. El
viento enredando su pelo, dejándolo caer alrededor de su cara. Trató de
retroceder, regresar, pero sus pies eran demasiado pesados. Entonces el suelo
tembló. Las piedras rugieron. El borde se hundió. Cayó hacia el abismo. . . .
Su propio grito la hizo despertar.

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Con el corazón tronando abrió sus ojos para mirar directamente a los
suyos. Los de Warlord.
Se agachó sobre la cama, sujetándola.
—¿Era tu pesadilla? ¿Caías?
—Sí.
Se estremeció, y despertó completamente.
—Sí.
Sus brazos parecían seguros, pero eso era un engaño. Porque la miraba
sin expresión, y ahora, sin duda, conocía su debilidad.
Explotaría su debilidad.
—¿Quieres que me quede? —preguntó.
—No.
Alejó su brazo bruscamente, y cerró los ojos, rechazándolo.
No podía seducirla con palabras tiernas y confortantes. No sería su novia
dócil.
Escuchó, pero no se oía nada. Furiosa de que se hubiera quedado tan
cerca, reclamó:
—¡Vete, maldito!
Nadie respondió.
Abrió los ojos. Estaba sola.

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Capítulo 9
Karen despertó sabiendo exactamente dónde estaba. Supo por qué estaba
allí. Recordó cada momento horrendo del día anterior, y sobre todo, recordó a
Warlord.
Escuchó los pasos. Estaba en la carpa. Cuando se acercó se liberó
cuidadosamente de las mantas y se preparó para saltar.
Y escuchó la suave voz de Mingma decir:
—Namaste, señorita Sonnet.
Los ojos de Karen se abrieron de golpe. Salió de la cama a toda prisa.
—¿Mingma? ¿Estás aquí? ¿Te capturó, también?
—¿Señorita?
La frente de Mingma se frunció mientras la miraba perpleja.
—¿Qué quieres decir con, capturar? Me trajo para ti.
Karen pensaba que seguramente estaba más desorientada de lo que creía,
porque eso no tenía sentido.
—¿Dónde está Warlord?
—Warlord se fue.
—¿Fuera del campamento?
Karen sonrió abiertamente con placer despiadado.
—¿Qué hora es?
—El sol saldrá pronto.
—Podemos ponernos en camino.
—No, señorita.
—No te preocupes. Haré los planes.
Karen empujó su cabello fuera de su cara. Era buena en la planificación,
buena para aprovechar la oportunidad, y tenía que escapar ahora, mientras que
ese señor de la guerra estuviera fuera bebiendo con sus amigos y celebrando a su
nueva concubina.
Mingma rechistó y agitó la cabeza cuando Karen tiró de los vaqueros de
hombre que colgaban alrededor de sus caderas —los vaqueros de Warlord.
—Eso no es atractivo. El Warlord pidió que le consiguiera nueva ropa
para llevar.
Con una sonrisa, mostró una falda de georgette azul verdoso y una blusa
al ombligo trabajada detalladamente con cuentas de oro bordadas a mano.
—Dijo que solo le trajera lo más fino y hermoso, y eso hice.
—Ése es un equipo deportivo muy elaborado.
—¿Equipo deportivo?

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Mingma inclinó su cabeza ante el sarcasmo de Karen.
—No comprendo "Equipo deportivo", pero el color es como sus ojos.
—Grandioso. Justamente lo que siempre había deseado.
—¿Lavará sus manos y cara antes de comer?
Mingma señaló la jofaina y la jarra de cobre.
—Maravilloso, sí. Gracias.
Karen chapoteó el agua fría sobre su cara, se despabiló y sintió cómo
aumentaba su confianza.
—¿Se cambiarás antes de comer?
Mingma se le acercó y trató de tirar de la camisa de Karen.
—¡No! No voy a ponerme eso.
—¿No le gusta?
Mingma parecía realmente herida.
—Sería difícil dar una caminata con eso. ¿Todos los hombres están fuera?
Karen no esperó una respuesta, sino que abrió la solapa de carpa y miró.
La luz suave y grisácea de primera hora de la mañana se derramaba a
todo lo largo del valle, y desde allí podía verlo todo—el despeñadero en un
lado, el desfiladero al otro, y una estrecha entrada sobre el final lejano. Sobre el
piso del valle una docena de hombres dormían en bolsas y carpas, y dos
permanecían acurrucados, limpiando sus rifles. Uno de ellos le echó un vistazo,
y luego miró hacia el otro lado del valle. Luego de su mirada se dirigió a un
guardia sentado a gran altura sobre una roca, rifle en mano. Mirando más
atentamente, vio otros guardias ubicados estratégicamente en varios puestos de
vigilancia, vestidos de camuflaje y sujetando un impresionante conjunto de
armas de fuego.
—Esto no va a ser fácil.
Karen salió y exploró las montañas a su alrededor.
—No podemos pelear para abrirnos camino, así que vamos a tener que
ser astutas. Me pregunto si esos tipos están abiertos a sobornos.
Mingma salió a su lado.
—¿Quiere partir?
—¡Por supuesto que quiero partir!
—¿Por qué quiere dejar a Warlord?
Mingma no comprendía. Obviamente. Así que, con la voz áspera por la
ira, Karen dijo:
—Porque el bastardo me trajo aquí contra mi voluntad, ése es el por qué.
Desea usarme. . . de la misma manera que una puta.

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—No como una puta. Como una esposa. Es un honor.
—¿Un honor? ¿Ser forzada a tener relaciones sexuales con un incursor
ignorante y brutal?
—¿Pero no es su amante secreto?
—¿Qué?
Esas palabras la conmocionaron, Karen se giró hacia Mingma.
—¿No es el amante que le escuchó llorar, que entró a su carpa por la
noche para hacerle olvidar su pena?
—¿Lo sabías?
Karen permaneció de pie, sus manos flojas a sus costados.
Mingma lo sabía.
—No es bueno que una mujer joven dormir sola.
Karen cubrió sus mejillas calientes con las manos.
—¿Todos lo saben?
—No, señorita. Los hombres a quienes podía contratar no eran buenos.
Solamente el más flojo trabajaría en ese lugar malvado. El Warlord retiene lo
mejor para sí mismo.
Mingma apuntó sus solemnes ojos marrones a Karen.
—Soy la mejor, así que me contrató para cuidarle.
Karen miró fijamente a Mingma, a la mujer a quien pensaba que conocía,
y se dio cuenta de que su mandíbula colgaba abierta. La cerró bruscamente y
preguntó:
—¿Cuándo? ¿Quieres decir hoy?
—No. Cuando llego al Monte Anaya. Warlord, la vio en Katmandú, y
supo en ese momento que la haría suya.
—¿Y lo hizo ahora?
Warlord la había estado mirando en el tren, y no se había dado cuenta.
Había estado demasiado ocupada tratando de esquivar los avances de Phil. En
ese momento había pensado que Phil era el peor libidinoso con el que tendría
que lidiar en Nepal. ¡Qué estúpida que había sido al respecto!
—Cuando se dio cuenta a dónde iba, vino a mí. Dijo que necesitaría que
alguien la protegiera. Así que traigo mis campanas de la suerte y las cuelgo
sobre su carpa, y tierra poderosa del dios sobre el Everest y la desparramo bajo
sus pies. Día y noche digo las oraciones para protegerle contra El Malvado, y
por la noche añado hierbas del sueño a su cena para que no escuche los gritos
de la montaña y no enloquezca u trate de encontrar a los que están perdidos.
Como si esperara ser elogiada, Mingma sonrío e hizo una reverencia.

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Karen no sonrío.
—Así que trabajabas para él. Tú trabajaste para él todo el tiempo. Viniste
porque te estaba pagando.
—Sí, señorita.
En las últimas veinticuatro horas Karen había visto la muerte, enfrentado
el mal, aceptado la vida, y descubierto que su amante, su salvador, era un señor
de la guerra1. Warlord. Pero esta traición la hería más que todo lo demás que
había visto o pasado.
—Confié en ti —murmuró.
—Por supuesto. De la misma forma en que confío en usted. Somos
hermanas.
Mingma parecía tan en calma, como si no supiera que había engañado a
Karen.
—No. Las hermanas no se lastiman las unas a las otras.
—No la he lastimado. La he cuidado y velado por usted cuando su
amante no podía.
—¡Por dinero!
—Señorita, tengo un hijo, dieciséis años. Aquí, las escuelas no son buenas.
Así que lo envío a sus Estados Unidos, y pago para que él viva con una familia
estadounidense y se prepare para la universidad. Es listo. Lo hace bien.
Mingma resplandecía de orgullo.
—Así que pago.
—Pagas su vida con la mía.
—No, señorita. Warlord es el mejor soldado aquí. Mantiene el control.
Mingma mostró su puño cerrado.
—Le mantendrá a salvo.
—No quiero estar a salvo. ¡Quiero estar fuera de aquí!
—La quiere aquí. ¿Por qué su deseo debe ser superior al suyo?
Estaban hablando en círculos. Karen hervía de frustración.
—Muy bien. Tú eres su títere. Así que aléjate de mí.
—Pero, señorita, coma su desayuno.
—Ponlo fuera de la puerta. Lo tomaré cuando recupere el apetito.
Karen buscó refugio en la carpa tras ella y avanzó con paso majestuoso
de un lado al otro de la alfombra de felpa.
Mingma. Mingma la había traicionado.

1
Warlord: Lit. señor de la guerra, significa caudillo o jefe militar.

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No lo había visto venir. Y ¿Por qué no? Había trabajado la construcción
como directora, donde cada timador y deshecho humano acudía en tropel a sus
trabajos con la esperanza de estafar a la mujercita estúpida. Había aprendido de
la manera difícil a no confiar en nadie.
Pero aún así Mingma se había filtrado bajo su guardia.
Debía dar gracias a Dios por que su padre nunca lo sabría. Gracias
dios. . . Sí, porque si no escapaba de esta prisión, terminaría siendo el juguete de
algún chiflado caudillo hasta que se cansara de ella, o hasta el final de su vida, y
esos dos eventos podrían ser muy cercanos.
Tenía que encontrar la manera de salir de allí. Ningún chiflado la dejaría
sin una ruta de escape. La carpa mayor estaba colocada en una plataforma
contra un despeñadero. Warlord era demasiado astuto para haber hecho eso
accidentalmente.
Levantó el pesado tapiz que cubría la pared trasera, y revisó la tela
impermeable bajo él.
Allí.
Una costura se movía sinuosamente desde el piso a un punto
aproximadamente a medio camino por la pared. Karen se arrodilló y pasó sus
dedos a lo largo. El trabajo fue hecho como una ocurrencia tardía, la costura
estaba unida con hilvanes de un fuerte y transparente hilo de nilón. Trató de
romperlo—imposible. Un cuchillo, algo afilado. . . agarró la pistolera que estaba
atada a los soportes verticales sobre la cabecera.
Vacía.
Echando un vistazo por todas partes, agarró una bandeja de chapa
dorada de la mesa y usó el borde para serrar el hilo encima del nudo, soltó el
pespunte y lo quitó. Separó la tela y miró hacia afuera.
Como pensaba, la plataforma sobresalía alguna pulgada más allá de la
carpa, y solo un poco más allá en el despeñadero vio el origen de un sendero
que serpenteaba en las montañas.
Entonces. . . miró hacia abajo. El sendero estaba a un metro ochenta de la
plataforma, y una caída de seiscientos metros de rocas afiladas—una bajada que
garantizaba romperse los huesos.
Warlord no podía saltar eso. ¿Podía? Tenía que tener alguna suerte de
estructura temporal. Se arrodilló y tocó bajo la plataforma, buscando algo con
que cruzar esa distancia.
Nada.

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Echó un vistazo dentro de la carpa por una tabla suelta que soportara su
peso.
Nada.
No podía seguir esperando.
Mingma estaría de regreso pronto para tratar de convencerla de vestirse
con la ropa de harén y jugar a la doncella tímida conquistada por Warlord el
guerrero.
Y una mierda.
Karen no lo haría.
Otra vez midió la arcada con la vista. Se paró en el borde—y casi saltó.
Pero de la misma manera que una astilla de vidrio, un pensamiento
agudo y brillante cortó su concentración.
El icono. Tenía que tomar el icono.
Y su abrigo, por supuesto. Era estúpido pensar en escaparse en el
Himalaya, incluso en verano, sin un abrigo.
Tomando el anorak de camuflaje, pasó sus brazos en las mangas y se
ajustó el cinturón alrededor de su cintura. Sin poder resistirse deslizó su mano
en el bolsillo y sacó el icono.
La Madonna la miraba seriamente.
—Te salvaré —juró Karen, y caminó de regreso al agujero en la carpa. Se
deslizó tras él y permaneció de pie allí, la brisa levantando su pelo. Miró
fijamente el comienzo del sendero un metro ochenta más allá.
Había hecho mucho montañismo en su vida. Había saltado grietas sobre
torrentes violentos. Conocía la longitud de sus piernas, y conocía sus límites.
Sin un impulso previo. . . Este salto era imposible.
Envolvió sus brazos alrededor de su cintura y se comió el mal genio que
se desarrolló en su garganta.
Caería.
Había soñado esto un millón veces.
Quedaría horriblemente lastimada, lisiada, sus huesos se harían añicos,
sus órganos internos sangrarían de manera incontrolable.
Su respiración se aceleró, y sus ojos se llenaron con lágrimas.
Estaba siendo dramática. Era una cobarde.
Pero estaba asustada.
Por otro lado, si se quedaba allí, sería el juguete de un monstruo.
Salta.
Así que saltó.

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Se estiró de la misma manera que Superman, las manos hacia adelante,
tratando de propulsarse en el aire.
Erró. Golpeó con un crujido de huesos como si le hubieran dado un
puñetazo sobre la cara y el pecho. Sus piernas colgaban, girando locamente. Se
resbaló. Se agarró a la hierba. Se sostuvo. Oyó el sonido de la hierba
entrecortarse. Se resbaló otra vez. Estaba cayendo. . . .
Su pie halló una roca metida sólidamente debajo de la saliente.
Una mano golpeó la rama de un arbusto.
Quería trepar.
Se forzó a aflojar el paso, balancearse, concentrarse. . . .
Gradualmente se movió lentamente en su estómago hacia el sendero. Se
impulsó sobre la repisa. Rodó. . . Y estaba a salvo. A salvo.
Tomó una honda bocanada de aire, la primera desde que había saltado.
¿Segura? No había salida. De algún modo, de alguna manera, Warlord la
perseguiría.

***

Magnus gateo hacia adelante a lo largo de la roca en el borde del


despeñadero, su mirada se clavó en el regimiento abajo. Se asentó junto al
hombre al que había jurado su lealtad.
Warlord descansaba sobre su estómago, mirando el movimiento de
tropas por el valle. Le gustaba tenerles vigilados cuando marchaban,
entrometidamente y torpemente patrullando los valles de ríos largos y angostos
y los picos asesinos donde los mercenario aún reinaban.
Magnus no le temía. Ya no. No tenía ninguna razón para hacerlo. El
rasguño a lo largo de su mejilla había curado, suturado por un médico
experimentado en Katmandú. Rara vez despertaba de la pesadilla del peso de
un gato grande sobre su pecho y su aliento caliente sobre su cara. Casi nunca
pensaba en la noche en que supo que las leyendas de miedo que su pobre
madre le había susurrado al oído eran ciertas, y monstruos vagaban por la tierra.
Porque, al final, sabía que ya estaba condenado por sus pecados, y no
importaba si moriría por la mano de Warlord—o garra—ya que era mejor que
vivir como la mayoría de los hombres lo hacían, encadenado a un escritorio o a
una dársena, y molido por la pobreza.
Aún con toda la lealtad que le tenía a Warlord, todavía guardaba la
distancia de algunas pulgadas cuidadosas de su amo. En una voz baja dijo:

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—El ejército es muy despreocupado sobre el envío de la nómina.
—¿Por qué no deberían serlo?
Warlord expresó con una sonrisa su estado de serena diversión.
—Han transportado dos remesas por las montañas sin ningún problema.
Es obvio que las medidas represivas del gobierno han funcionado, y los
mercenarios bribones están bajo el control.
—Por supuesto.
Magnus se golpeó la frente consternado.
—Debí haberlo sabido.
Warlord permanecía imperturbablemente seguro.
—Cuando vine aquí hace quince años, tenía diecisiete y había escapado
de casa conducido por el miedo y la culpa, seguro de estar condenado. Hoy
vamos a liberar la nómina entera para los funcionarios públicos de Khalistan.
—Ye se ha acercado todo el mundo.
—Sí. ¿Pero has visto al soldado que está usando los binoculares? ¿Uno
con aros en las orejas?
Magnus lo había hecho. El tipo era alto, fornido, con una cara que
parecía que había parado con ella un tren de carga. Llevaba unos aretes que se
veían más como maquinaria que joyas.
—Ayer. Me pregunto a quién está buscando.
—Nos está buscando.
—¿Así que es uno de los nuevos mercenarios?
—Buena suposición.
En una respiración larga y lenta, Warlord jaló el aire en sus pulmones.
—No me gusta su olor. Él' es. . . acre.
—Y tú tienes nariz para los problemas.
Y ahora Magnus sabía por qué.
—¿Nos cuidamos de él?
Warlord miró al hombre grande.
—No. Ese olor. . . No es más que una emisión. Pero me recuerda algo; no
puedo recordar qué. . . Un peligro para nosotros.
Sus ojos negros crecieron desenfocados. Parecía que estuviera mirando
dentro de sí mismo.
—Algo viene. . . Pero no está aquí aún. . .
—Te lo dice tu instinto, ¿entonces?
—Sí.
La palabra no era más que un susurro sobre los labios de Warlord.

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—Es bueno ver que estás concentrado —dijo Magnus.
Despacio Warlord giró su cabeza y lo miró fijamente.
—Estas refiriéndote a tú concentración, ¿no?
Magnus preguntó ansioso.
—¿Ahora que tienes a la mujer en tu carpa?
La voz de Warlord bajó de nivel aún más.
—¿Las ganancias han caído?
—No.
—¿Los negocios han estado abandonados?
—No.
—Entonces ¿cual es tu queja?
—Es que se te ve un poquitito distraído, y en nuestro trabajo eso significa
problemas.
Magnus sabían que con un golpe de una garra Warlord podía cortar su
corazón. Pero tenía un deber hacia los hombres, y hacia Warlord mismo, y las
palabras tenían que ser dichas.
—Ahora que ya sabes que está segura, ya puedes poner el corazón dónde
pertenece—en hacer dinero.
—Tus ahorros están seguros en Suiza. Y no te preocupes—mi corazón
está justamente donde siempre esta, cocinándose en el infierno.
Warlord dejó escapar un hondo suspiro. Hizo sonar su cuello. Se puso de
pie sin ningún cuidado.
—Sigue al plan. Lleva a los hombres. Tengo que irme.
—Pero. . . Tú. . . Nosotros. . .
Magnus no podía dejar de tartamudear consternado.
Warlord se inclinó, agarró el frente de la camisa de Magnus, y lo levantó
a la altura de sus ojos.
—No me falles.
En un solo salto Warlord se deslizó de hombre en pantera.

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Capítulo 10
Apúrate. Apúrate.
Lo sabía. La encontraría.
De prisa....
¿Qué era él?
Karen hizo un alto. Se giró.
El sendero se extendía detrás de ella, vacío, rocoso.
Miró, no vio nada más que la línea de los Himalaya grabada contra el
cielo, irregular, inmaculada, indiferente. Escuchó, no escuchó nada excepto el
siempre presente viento, el estruendo de una cascada distante, el grito breve de
un halcón sobre su cabeza.
Había estado caminando por una media hora, y había estado nerviosa
cada minuto.
Pero estaba siendo ridícula, concediendo a Warlord poderes que ningún
simple hombre podía poseer. Estaba fuera del campamento. A menos que
hubiera regresado solo unos minutos después de que Karen partiera, tenía una
buena oportunidad de escapar.
Podrían no gustarle las montañas, pero sabía cómo correr, y sabía cómo
esconderse.
Así que tenía que darse prisa.
El sendero no era más que solo un corte de piedra blanda entre el granito,
pero mientras discurriera en dirección contraria al campamento de Warlord,
seguiría.
Continuó, con propósito renovado, caminando enérgicamente entre
piedras gigantes y por una pradera de alta montaña. El sendero bajaba. . .
escuchó el sonido blando de un paso. . . se giró nuevamente.
No había nada allí.
Exploró la pradera.
Nada.
Captó un movimiento por el rabillo del ojo. Pero cuando miró en el lugar
solamente se veía la sombra de una nube alta y distante.
Sin embargo. . . habría jurado que alguna cosa se movió en el césped tras
ella.
Imposible. Debía ser el viento girando a través de las flores.
Pero el vello de su nuca aún estaba erizado.
Habría jurado que alguien—o algo—la estaba mirando.
Regresó a su viaje, rodeó un monolito, y se detuvo bruscamente.

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—Oh, ayuda —susurró.
El sendero discurría todo a lo largo de un despeñadero más arriba y un
abismo pasaba rozando a lo largo de un despeñadero más arriba y un abismo
seis mil metros más abajo, y se estrechaba a solamente veintisiete centímetros
de roca desmoronada. Abajo, el río violento trituraba las piedras, lamiendo la
base, y este cruce hacía que el terrorífico salto desde la plataforma de la carpa
del caudillo pareciera simple.
Mientras estaba en las alturas, era una cobarde. Lo sabía. Su padre se
había burlado de ella lo suficientemente a menudo. Y generalmente manejaba
su miedo. . . Pero no hoy. No cuando se estaba librando de las garras de un loco.
Cuando estaba imaginando una persecución inexistente.
Tomando un hondo suspiro, se apoyó contra el despeñadero y movió
lentamente un pie hacia adelante, después el otro, mantenía los ojos hacia
adelante con determinación y miraba fijamente al otro lado del abismo al
despeñadero contiguo. Tomó lentas y profundas bocanadas de aire, tratando de
prevenir la hiperventilación. La brisa fresca enfriaba el sudor que brillaba sobre
su cara. No quería desmayarse.
No, dios, por favor, no te desmayes, porque siempre había una
posibilidad de que sobreviviera a la caída y sufriera por días y noches de
interminable agonía. . . De la misma manera que su madre. . . .
Peor, el miedo la hizo alucinar.
Pensaba que alguien estaba de pie tras ella sobre el sendero. Alguien que
arrojaba su aliento caliente sobre su cuello.
Con cuidado infinito giró su cabeza hacia el costado.
Warlord estaba allí, feroz y furioso, mirándola a los ojos.
No.
Oh, no.
No era posible. ¿Cómo la encontró tan rápidamente?
—Tú enfrentarías esto. . . ¿En vez de a mí? —preguntó.
—¿Qué crees?
Su insolencia fue instintiva—y fuera de lugar.
Porque en lo profundo de sus ojos ardían rojizos, y dijo:
—Pienso que has cometido un error terrible —la agarró.
Por un largo y helado momento creyó que la arrojaría al vacío y moriría.
Moriría de la misma forma en que había muerto todas las noches en su
pesadilla.

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En vez de eso la hizo girar y la empujó de regreso a la pradera,
arrojándola de cara al suelo. Su mejilla aplastó la verde hierba, y sus ojos se
llenaron de lágrimas de frustración.
Pero no durante mucho tiempo. Respiró profundamente y logró
controlarse.
Karen Sonnet no lloraba. No se quejaba. No lloriqueaba.
Había fallado en escapar. Recibiría el castigo que le impusiera—y cuando
tuviera otra oportunidad, escaparía otra vez.
La levantó y la movió como si no pesara nada, juntando sus manos a la
espalda y colocando una banda de frío metal alrededor de sus muñecas.
Esposas.
Poniéndola sobre sus pies, la empujó por el sendero que había tan
recientemente bajado. Karen sentía rebelión, miedo. . . Y una liberación
vergonzante de no tener que continuar avanzando por esa cornisa angosta,
peligrosa y fracturada.
¿Qué decía eso sobre ella? En realidad no deseaba saberlo.
—Oye —le dijo.
—Cuando estemos de regreso.
Warlord caminaba tras ella y podía sentir su calor y su rabia quemando
su piel. Sujetaba sus brazos, controlándola firmemente.
—No quiero regresar.
—Pues qué jodidamente mal.
Caminaba demasiado rápido para ella, golpeando el dorso de sus piernas
con las suyas, haciéndola tropezar.
—Es ridículo pensar que me deseas tanto como para cometer un crimen.
—Nunca habría pensado que eras una mujer estúpida.
Se volvió para mirarlo a la cara.
—No soy estúpida.
Tomando su cintura con sus manos, la levantó, y la atrajo contra él hasta
que sus caras estuvieron lo suficientemente cerca para tocarse.
—¿Cómo llamas a una mujer que no es capaz de reconocer a un hombre
en celo cuando lo ve?
Dejó escapar un largo, aterrorizado aliento cuando tomó conciencia de
las llamas en sus ojos oscuros.
—Los hombres podrían ser animales, pero no están en celo.
—¿Con cuántos hombres te has acostado? ¿Uno? ¿Escogiste al nerd más
anémico de tu escuela secundaria para llevar a cabo el acto?

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—¡Universidad! —jadeó, porque pensaba que el nerd era menos nerd si
era más viejo.
Entonces Warlord se río, un ronroneo ronco de diversión letal, y ella
sabía que había cometido un error.
—Por supuesto —le dijo—. Ninguna precipitación gloriosa de hormonas
adolescentes para ti. Esperaste el momento correcto, escogiste a tu hombre, y lo
cogiste sin una pizca de pasión.
—¡Eso no es verdad!
Envolvió un brazo alrededor de su cintura, la atrajo contra su pecho, y la
dejó deslizarse contra su cuerpo despacio pero con seguridad.
—Eso no es verdadero ahora. . . ¿Lo es, Karen?
Su boca se secó de miedo. . . Y deseo.
Maldito. Se había dicho tantas veces que las débiles emociones y las
pasión poderosa no tenía cabida dentro de su alma, y sin embargo él le hacía
sentirlas todas.
La apretó contra él el tiempo suficiente para que pudiera sentir el calor
de su erección. Entonces la hizo volverse por los hombros y la hizo marchar
nuevamente delante de él.
La caminata era nuevamente demasiado rápida y su tensión aumentaba
a cada momento.
¿Iba a lastimarla? ¿Golpearla? ¿Matarla?
Alcanzaron su carpa, y el angosto puente de madera que había buscado
estaba ahora en su lugar uniendo el sendero a la carpa. La empujó a través del
mismo sin importarle su miedo y titubeo, a través de la hendidura en la carpa, y
la hizo rodar bajo el tapiz.
Escuchó el grito de felicidad de Mingma:
—¡Oh, señorita! —mientras se acercaba apresuradamente a ella.
Warlord levantó su mano en señal de alto.
Mingma se detuvo.
—Mañana, asegúrate de que arreglen esta costura en la carpa.
Le hizo una señal para que saliera.
Retrocedió hacia la puerta, su mirada fija sobre él, su expresión temerosa.
Se detuvo en la entrada, puso sus manos juntas devotamente, y le rogó con los
ojos.
Eso, más que cualquier otra cosa, envió una descarga helada a través de
las venas de Karen.
—No la mataré.

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Su tono severo hizo que Karen se estremeciera.
Como si eso fuera lo mejor que podía esperar, Mingma inclinó su cabeza
y se escapó de la carpa, dejando a Karen a solas con un Señor de la guerra.
Sus muñecas esposadas constituían una discapacidad insuperable, pero
Karen obligó a sus rodillas a moverse, de ninguna manera iba a permanecer en
el suelo como una esclava indefensa.
Pero cuando estaba poniéndose de pie él presionó su mano en la cima de
su cabeza y la mantuvo en su lugar. Jaló una hoja larga y brillante de su
cinturón, se colocó tras ella. . .
Cerró los ojos ante la expectación del dolor. . . Y repentinamente sus
manos estaban libres.
Sacó sus brazos del abrigo y lo tiró a un lado.
Por un segundo el recuerdo del icono se resbaló por su mente.
La Madonna estaba a salvo.
Entonces apretó sus manos frente a sí y las miró fijamente, las miró muy
duramente, tratando de creer en la prueba que se encontraba delante de sus
propios ojos.
El metal frío sobre sus muñecas no era acero, como pensó, sino oro, no
eran esposas, sino anchos brazaletes de oro ornamentados.
—¿Qué es esto?
Hizo oscilar una soga cortada, la soga que había conectado los brazaletes,
ante sus ojos.
Ella todavía observaba atentamente las joyas que envolvían sus muñecas.
El oro resplandeciente había sido trabajado, decorado con cuentas diminutas
también de oro que moldeaban una pantera merodeando. En frente del
fenomenal gato se encontraba la luna creciente, también creada por una serie de
cuentas de oro diminutas. Eran asombrosos, únicos, barbáricos—y no podía
hacerse una idea de cómo retirarlos.
Trató de pasar un dedo entre el metal y su muñeca; pero los brazaletes
estaban demasiado ajustados contra su piel. Rascó en la costura, buscando un
broche; estaba escondido por algún dispositivo inteligente.
La miró con la boca curvada en una media sonrisa.
—Son hermosos, ¿no?
—¿Cómo me los quito?
—No lo haces.
—¿Qué?

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—En cuanto se cierran no pueden ser retirados por nadie, excepto por un
joyero con tijeras lo suficientemente fuertes para cortarlos.
Recogió una de sus muñecas y siguió a la pantera.
—¿Ves esto? Este soy yo. Y ¿Ves esto?
Pasó su dedo sobre la luna.
—Esa eres tú. Esto te marca como de mi propiedad, y si te escapas otra
vez, todos en esta parte del mundo te traerán a mí.
Pensó en ello y luego comenzó a tartamudear:
—P—pero eso los convierte en brazaletes de esclavo.
—Exactamente.
Todavía miraba los ornamentos exquisitos sobre sus muñecas, tratando
de comprender más que sólo las palabras. . . .
Cuando lo hizo, la rabia se abrió paso a través de ella.
Sin tomar conciencia de las consecuencias, guiada por el instinto y
cegada por la rabia, se lanzó hacia él.
Lo tomó por sorpresa, también, dándole un puñetazo en el plexo solar,
extrayendo el aire de sus pulmones mientras usaba uno de los brazaletes junto
con un puñetazo lo suficientemente duro como para grabar la imagen de la
pantera en su mejilla.
La sangre salpicó. Él se tambaleó sobre sus pies.
—No soy un adorno de mierda. No soy una cosa que tú posees.
Se propulsó en una patada lateral que habría hecho sentir orgulloso a su
maestro de jujitsu. Una patada que debería haber golpeado la cara de Warlord
dejándolo en coma.
Pero nunca llegó a destino.
Su primer ataque lo había tomado por sorpresa, pero no era el único que
sabía defensa personal.
Viró bruscamente y se agachó. Su patada pasó por encima de su cabeza.
Sacándola de balance. Impulsó sus pies debajo de ella. Ella cayó golpeando el
piso duramente. Voló por el aire hacia ella. Todavía moviéndose, rodó hacia él.
Y erró.
Casi.
Trató de ponerse de pie. Atrapó una de sus muñecas cubiertas de oro y
se la retorció a la espalda. Con su último intento impulsó el otro brazalete hacia
la parte posterior de su cabeza. Agarró su brazo, deteniéndolo a centímetros de
su objetivo.
Con ese movimiento ya la tenía.

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Usó su peso y tamaño despiadadamente, se sentó sobre sus caderas,
presionando sus muñecas sobre su cabeza. Inclinándose cerca de su cara, la
miró fijamente a los ojos. La sangre goteaba en su mejilla de los cortes que le
había hecho con el brazalete. No giró su cabeza lo suficientemente rápido y
algunas gotas salpicaron en sus labios.
Su cuerpo la aplastó.
Su sangre tiñó su rostro.
No podía soportarlo. Con un movimiento tan rápido que fregó su mejilla
sobre la alfombra, lamió la sangre de sus labios.
Su gusto a cobre aguijoneó los tejidos de su boca. Entonces…
La primera granada voló de su mano en un arco hermoso por el cielo
tibetano azul brillante, directamente al convoy, y tocó tierra en el Jeep principal.
El pequeño tipejo que lo conducía gritó; entonces la explosión estremeció el
paso y voló al general chino en un millón de pedazos…
Tan repentinamente como había partido, regresó al piso de la carpa de
Warlord. Sorbió el aire en un largo grito entrecortado. Miró desenfrenadamente
a su alrededor. Preguntó:
—¿Qué fue eso?
Warlord la sujetaba de la misma forma que antes que ella. . . ¿Antes que
ella qué? ¿Se perdiera en sus recuerdos? ¿Sus recuerdos?
No lo sabía—porque no había ocurrido. Lo que había visto era imposible.
—"¿Qué fue eso?" —repitió burlón—. Mi sangre en tu boca, mi cuerpo
dominando el tuyo—¿qué piensas tú? Eres un adorno. Eres mi posesión. Y es
tiempo que comprendas que es lo que significa eso.
Todavía sin aliento, exclamó en un fuerte y cruel grito ahogado:
—Por lo menos te he lastimado también.
—Sano. . . Rápidamente.
Sonrío, sus dientes blancos y afilados, y la combinación de su diversión y
el rastro de sangre secándose sobre su mejilla refrescaron su rabia, y la hicieron
ser consiente de lo insostenible que era su situación.
—Me miras con esos grandes ojos del color del océano en invierno que se
preguntan si voy a lastimarte.
Trató de besarla, pero giró su cabeza así que murmuró en su oído:
—Nunca te lastimaría. Pero prometo que antes de que acabe contigo,
cada vez que pienses en el placer, pensarás en mí.

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Capítulo 11
Karen miró fijamente a los ojos negros de Warlord.
¿Sentía algo por ella? ¿Sobre ella? Además de, ¿rabia sanguinaria?
Además de, ¿lujuria?
Se bajó de su estómago, la levantó, y la dejó caer en el colchón. Todavía
estaba rebotando cuando se dio vuelta para encontrárselo esperándola con esa
sonrisa feroz en su lugar. Balanceó la soga ante sus ojos como el reloj oscilante
de un hipnotista.
—¡No!
Ella se aferró a la soga por el centro y trató de tirar de ella.
Agarró su muñeca y envolvió la soga alrededor del brazalete.
Suavemente—no tenía razón para ser descortés; su resistencia no la estaba
llevando a ningún lugar—llevó sus brazos hacia atrás, deslizó la soga a través
de los postes de latón sobre la cabecera, y agarró su otra muñeca.
Lucharon.
Él ganó.
Cuando terminó, la soga serpenteaba alrededor de uno de los amplios
brazaletes, pasando a través de los postes, y alrededor del otro brazalete. Había
cierto juego en la soga; podía cambiar de lugar sus brazos unos treinta
centímetros en cualquier dirección, podía usar las sogas para impulsarse hacia
la cabecera—pero estaba atada.
—Te odio tanto.
—Aún no. Pero tú lo harás.
Sacó su cuchillo.
Una explosión de miedo se manifestó intensamente en su interior.
Estaba molesto. Tan disgustado. La hoja brillaba a la luz de las linternas.
Presionó la punta del cuchillo contra su garganta justo sobre el cuello de su
camiseta, y sonrío en su cara.
—No luches —susurró—. Odiaría resbalarme.
Dirigió la punta hacia el escote de su camiseta—y con una rebanada
limpia la cortó abriéndosela hasta la cintura.
Chilló, y se odió por eso.
—Te lo dije. No te lastimaré.
Usó la punta del cuchillo para retirar la tela de uno de sus senos, luego
del otro.
Sus pezones se endurecieron por el frío. . . Y quizá por el tacto lento y
traicionero de su lengua hambrienta sobre su labio inferior.

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Cortó las mangas con la hoja. La camiseta quedó tendida bajo su cuerpo
convertida en harapos.
Soltó el cuchillo en la pistolera de cuero atada sobre la cabecera. Usó sus
manos, ambas, para apretar sus puños cerrados.
—Ser tan rebelde —la regañó —. No te traerá nada bueno. Soy más
grande, soy más fuerte, y ya sé cómo hacerte ronronear.
Envolvió sus dedos alrededor de sus muñecas encima de los brazaletes, y
luego los deslizó, sobre sus tensionados hombros, y sobre sus hombros.
—Tanta tensión.
Usó sus pulgares para masajear los anudados músculos encima de su
omóplato, y las puntas de sus dedos masajearon los tendones en la parte
posterior de su cuello.
—No podrás contenerte. Pero definitivamente debes intentarlo.
Disfrutaré observarte rendir.
El odio apasionado, afilado quemó en su estómago.
¿Cómo podía haberle dado la bienvenida en su carpa, en su cama? No
era nada más que un. . .
—Eres una serpiente —le dijo en una acusación cargada de veneno.
—No. Soy una pantera. Y tú eres mi compañera.
—No.
—Veremos lo que dices. . . Después.
Usó sus pulgares sobre sus pezones. Los frotó una y otra vez, primero
con la almohadilla de su pulgar, luego con el filo de su uña, hasta que ella solo
deseaba gemir—y no de miedo.
Maldito. Si quería usarla, ¿no podía ser un hombre y acabarlo
rápidamente?
En su lugar deslizó su brazo bajo ella, levantándola, arqueándola contra
su boca hambrienta. La succionó suavemente al principio, luego más duro,
llevando casi todo su pecho al interior de su boca, manipulándolo con su lengua,
dientes y labios hasta que sus párpados se cerraron y se encontró clavando las
uñas en las almohadas bajo su cabeza.
Con escrupulosa deliberación introdujo su rodilla entre sus piernas y
empujó su muslo contra ella.
La dura costura de los vaqueros rozó su clítoris, y su sensación de
plenitud se convirtió repentinamente en algo doloroso.
No, no doloroso. Ésa no era la palabra correcta. Ella estaba. . . necesitada.

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El bastardo que la abrazaba, que se refregaba sobre ella, la había
perseguido, marcado como suya, asustado hasta la muerte, y ahora. . . ahora
estaba usando todos sus conocimientos sobre ella y probablemente sobre otras
mil mujeres para hacerla correrse. Correrse tan rápido y tan duro que se sentiría
avergonzada de sí misma. De su debilidad.
Así que con un grito ahogado exclamó:
—¿Cuál es el problema? ¿No se te para?
Despacio la dejó sobre las sábanas. Irguiéndose sobre sus rodillas encima
de ella, bajó sus manos a su cinturón gastado de cuero marrón.
No pudo apartar la mirada mientras, con deliberada lentitud; separó los
dos extremos, y luego.... abrió los botones, uno por uno.
Llevaba ropa interior, ropa interior de algodón blanca lisa, por lo que ella
podía ver, de algún fabricante estadounidense. Y cuando empujó los vaqueros,
su erección tensó la tela. Se bajó los calzoncillos—y repentinamente, todo el
asunto se puso mucho peor.
Había visto su pene antes. Por supuesto. Pero hoy parecía más largo, más
ancho. Se elevaba entre sus rizados vellos negros, una pálida escultura de
mármol veteada de azul, y la simple visión de él la hizo sentir una feroz
necesidad de tocarlo.
Pero no podía. La había atado. . . su esclava.
Cerró sus ojos y giró la cabeza.
—Desearía que apuraras esto. No sé qué es lo que haces todo el día, pero
estoy segura que los señores de la guerra tienen algunos deberes.
Se río, y sonaba como un ronroneo.
—No. Soy como un gato de caza. Hay largas horas de descanso, seguidos
por breves estallidos de furiosa actividad.
—¿Y cuál es esto?
—Mi combinación favorita de ambos.
Algo blando y lujurioso acarició su garganta, haciéndole cosquillas en su
esternón, resbalando bajo el holgado cinturón holgado de sus vaqueros
prestados para acariciar su estómago. Y por un segundo creyó sentir el largo
arrastre de una larga y afilada garra de un lado a otro de su frágil piel.
Sus ojos se abrieron de golpe.
Desde arriba su Warlord se apoyaba sobre un codo y escudriñaba su cara.
—No quiero que te escondas detrás de tus párpados. Te quiero
totalmente abierta a mí.
—¿Qué fue eso?

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Le mostró una gloriosa pluma de pavo real llena de color y la agitó
ligeramente a través de sus pechos.
—¿Esto?
—Es que yo sentí. . .
Su mirada se posó en él.
Sus pantalones habían desaparecidos. Llevaba solamente una corta y
ajustada camiseta negra que se aferraba a su pecho musculoso. Su cuerpo
esculpido estaba tenso con la expectación, aunque todavía limpiaba
imperturbable su piel con la pluma, decidido a levantarla más allá del nivel del
suspenso dejándola atontada.
Colocó su palma plana sobre su estómago, justo por encima del cinturón
de sus vaqueros—sus vaqueros—y deslizó su mano debajo de la dura tela.
Apretó su estómago, sólo lo presionó, y ese simple punto de contacto se sentía
bien tan bien. Alentador, dulce, como si le importara, no la victoria, sino hacerla
feliz.
Compelía su rendición sobre la base de la mentira más atroz de todas.
Ella tiró de la soga.
Él la miró con interés.
—¿Estás evaluando los nudos? Eso no ayudará. Era un Boy Scout.
—¿Un Boy Scout? ¿Esto es lo que te enseñaron en el campamento?
—No, no entregaban esta insignia al mérito. Imagino que el campamento
habría sido muchísimo más popular si lo hubieran hecho.
Maldito por saber atar un buen nudo. Y maldito por hacerla querer reírse.
¡Ríete! ¡Ahora!
Usó todo su peso para arrastrarse hasta la cabecera de la cama, pero la
soga resistió, y mientras subía él sujetó las piernas de los vaqueros y los jaló.
—Eres un cerdo.
—Una pantera.
—No te halagues a ti mismo.
—Y con todo, los pantalones se van.
No era verdad. Quedaron atrapados en la cumbre de sus muslos, y
cuando frotó la pluma sobre sus caderas, ella quiso patear esa porquería lejos de
ella.
No podía, porque se las había arreglado para aprisionar sus piernas tan
eficientemente como había aprisionado sus manos. Y a ella.
La frustración la arrasó, así que lanzó un alarido de guerra y dejó ir sus
pantalones.

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¿Acaso importaba? La tendría afuera de ellos para su placer, y no se
quedaría tendida allí todo el rato dejando que hiciera con ella lo que deseara. En
un arrebato de loca cólera lo pateó en el pecho, esperando dejarlo inconsciente o,
al menos, lastimarlo, retrasándolo y dejándolo sin aliento. En vez de eso aferró
su tobillo y usó su movimiento como palanca para voltearla sobre su estómago.
Sus muñecas se cruzaron. Su cara se enterró en las almohadas, y saltó sobre sus
codos y rodillas para gritar su desafío.
Inmediatamente estaba detrás de ella, entre sus piernas, agarrando y
sujetando sus caderas cerca de las suyas. Su erección sondeó, encontró, ingresó
y se deslizó.
Se agarró a las barras de latón. El metal frío contra de sus palmas y el
fuerte calor que emanaba de si provocó una corriente eléctrica a través de su
cuerpo, haciéndola sentir como si la punta de un relámpago atravesara su
espina dorsal.
—Bastardo. Estúpido piojoso. Gusano.
—Es correcto.
Él empujaba duro y hondo.
—Ódiame. Insúltame. Sé feroz.
Extendió la mano alrededor bajo su estómago, y usó sus dedos para
manipular su clítoris hasta que la tuvo ondulando debajo de él.
—Pero preocúpate. Por Dios. Siente.
¿Sentir? No podía parar de sentir. Estaba en lo profundo dentro de ella,
controlando sus movimientos con su brazo alrededor de sus caderas,
haciéndola moverse para él, con él. Infructuosamente luchó contra él, tratando
de establecer su propio ritmo, usarlo de la misma manera que un vibrador para
llevarse a si misma al orgasmo.
No tendría nada de eso. Sus movimientos en su interior eran profundos,
pequeños, controlados, impidiéndole lograr ya la satisfacción.
Su respiración sonaba áspera en sus pulmones. Luchó para impulsarse
contra la cabecera de la cama—y se aferró a ella—hasta que pudo apoyarse
sobre las barras de latón. Su mejilla, sus hombros, sus pechos, su estómago
descansado contra el frío metal, y aún así él permaneció debajo de ella,
empujando su cuerpo hacia arriba con movimientos lentos, calientes y
prohibidos que hicieron que el relámpago se extendiera a lo largo de cada
nervio. Ya no lo insultó. Le rogó.
—Por favor, Warlord. Por favor. Más profundo. Ahora. Más rápido.
—No.

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Su voz tembló mientras luchaba contra sus deseos.
—Esperas. Te rindes. Me llamas amo y luego te dejaré correrte.
Estaba frenética de lujuria, pero aún no había perdido su mente.
—No lo haré.
Tiró de ella hacia atrás pegándola a él. Se apoyó contra su espalda y
susurró en su oído:
—Uno de nosotros ganará. Ambos sufriremos.
—No me importa un carajo si nos morimos.
Se río, su risa transmitía la vibración de su pecho a su espalda, su aliento
levantaba el cabello sobre su cuello.
—Pero ¡qué muerte tan dulce será!

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Capítulo 12
¿Qué es lo que había dicho Warlord?
Cada vez que pienses en el placer, piensa en mí.
Había cumplido con su amenaza. Karen no tenía idea de cuánto tiempo
había estado confinada en la carpa de Warlord. Ni siquiera si era de día o de
noche. Solamente sabía que se había convertido en una lucha interminable,
continua y sensual por mantener su orgullo. . . Y si algo no ocurría pronto, le
daría todo lo que él quisiera. Se rendiría. Lo llamaría amo. Ya no sería Karen
Sonnet sino La esclava de Warlord.
Porque no importaba qué estuviera haciendo, pensaba en el placer.
Cuando le daba de comer los alimentos que Mingma les preparaba, miraba sus
dedos largos y pensaba cuán hábilmente deslizaban la pluma por su espina
dorsal. Cuando le hablaba, miraba sus labios gloriosos y recordaba cómo se
sentían cuando se movían contra su boca en largos, pausados y húmedos besos.
Cuando se alejaba de ella, miraba los músculos firmes y cóncavos de su trasero
y recordaba cómo se sentían sus glúteos bajo sus palmas cuando empujaba
dentro y fuera, dentro y fuera.
Y cuando miraba los brazaletes que había puesto sobre sus muñecas, los
creía hermosos. . . . Oh, dios. La había drogado con sexo.
Lo odiaba. Odiaba este lugar. Se odiaba a sí misma y su propia debilidad.
Hoy, como todos los días, despertó con una sola idea—tenía que escapar.
Tenía que escaparse antes de que el invierno empezara, porque entonces estaría
atrapada para siempre.
Normalmente por la mañana no escuchaba nada más que el suave
murmullo de Mingma hablando con Warlord, y el viento que pasaba silbando
una melodía burlona. Pero hoy permaneció tendida muy quieta, escuchando a
un hombre hablando muy cerca de la puerta.
—Ye tienen que salir, hombre. Hay problemas que estallan entre las filas.
La última incursión fue tan bien que dejó a algunos de los hombres ávidos de
más. Los otros están nerviosos, preocupados por los informes de problemas.
—¿En qué grupo estás tú, Magnus?
La enunciación lenta suave y amenazadora de Warlord erizó el vello de
su nuca.
Karen escuchó el sonido nítido de puño contra carne, y se giró en shock.
Magnus era pequeño, rechoncho, con las piernas arqueadas,
parcialmente calvo y una amplia postura. Tenía una fina cicatriz roja sobre una
mejilla, y le faltaban los meñiques de ambas manos. Mantenía sus puños cerca

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de su pecho como un boxeador en un combate de boxeo que espera un golpe
fatal.
Warlord era una cabeza más alto, descalzo, vestido con vaqueros a
medio abotonar. Lo estaba mirando fijamente, estrechando sus ojos y
limpiándose la sangre de su boca.
—¿Te mato ahora, o debemos irnos fuera?
—No me matarás.
Magnus levantó su barbilla.
—Sabes que estoy en lo cierto.
Warlord todavía lo miraba fijamente, sereno sobre las plantas de sus pies,
listo para saltar. Entonces gradualmente, deliberadamente, se relajó.
—Muy bien. Háblame.
—Has estado dos semanas aquí, hombre, sacudiendo la carpa de noche y
de día.
Karen apretó furtivamente las sábanas sobre su cara carmesí.
—Tienes responsabilidades. Estos hombres te siguen a ti porque los
mantienes seguros y los haces ricos. Pero la riqueza no les hará bien si los
rumores son verdaderos.
—¿Qué rumores?
—Que los ejecutores, unos a los que el ejército contrató para ir contra
nosotros... son comandados por otro como tú.
Magnus bajó la voz, pero todavía podía escucharlo.
—Una bestia que recorre las montañas en la forma de animal.
¿Magnus pensaba que Warlord era un hombre lobo? Oh, hermano.
Warlord realmente lo había timado.
—Benjie y Dehqan desaparecieron mientras estaban patrullando, y
descubrí que una huella de sangre iba hacia el campamento del ejército justo
sobre la frontera. Me acerqué lo suficiente como para escuchar los gritos.
Estaban atormentando a alguien. Luego Benjie apareció aquí.
—¿Ileso?
—Saludable y bullanguero. Dijo que Dehqan decidió regresar a su casa
en Afganistán.
—Tú no le crees.
—Ni por un minuto. Nadie lo hace. Está nervioso como un gato, y Dae—
Jung lo atrapó haciendo señas hacia las montañas con un espejo.

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Karen echó una ojeada a los dos hombres. Estaban de pie con las cabezas
juntas, concentrados en su discusión, y aunque no sabía con seguridad quién
eran Magnus, era claro para ella que Warlord lo respetaba y le agradaba.
—Nos ha traicionado —dijo Warlord.
—No hay ninguna duda sobre eso —respondió Magnus.
—Benjie ha sido siempre el primero en tomar el camino fácil. ¿Me
pregunto qué le prometieron?
—Dinero.
—No. Respeto. Eso es lo que nuestro estúpido Benjie ansía.
Warlord dio toquecitos a la sangre sobre su labio partido pensativamente.
—Muy bien. Tráemelo. Veamos si puedo convencerle de que me dé una
versión diferente de los hechos.
—¿Abajo cerca del hoyo de fuego? —preguntó Magnus.
—Oh, sí. Definitivamente en el hoyo de fuego.
Warlord dio una palmada a Magnus en el hombro.
—Tráelo.
Cuando el escocés partió, estaba silbando.
Warlord abrió un baúl, sacó una camiseta de mangas largas, y se la pasó
por la cabeza. La metió dentro de sus vaqueros, se abotonó, jaló un cinturón de
cuero cubierto, y lo soltó a través de los bucles. Sentándose, se colocó unas
pesadas botas negras sobre las medias de lana y las ató sobre su pantorrilla.
Extendiendo la mano dentro del cofre otra vez, extrajo dos cuchillos afilados y
delgados y los soltó en sus botas. Se puso de pie y sacudió sus vaqueros, ató
una pistolera grande alrededor de su pecho y una más pequeño alrededor de
cada brazo. Puso una Smith & Wesson 952 en la pistolera más grande y dos
Kel—Tec P—32s en las más pequeños.
El hombre estaba yendo a la caza de un oso.
Agarró un abrigo negro holgado, verificó sus armas y luego echó un
vistazo a Karen.
Ella cerró sus ojos y fingió estar dormida.
Así que por supuesto no lo escuchó acercarse, no sabía que estaba ahí
hasta que murmuró en su oreja:
—No tardaré mucho, querida. Estás cansada. Permanece en la cama.
Se incorporó tan rápido que le golpeó la barbilla con la cabeza.
Se río y frotó su cara dolorida.
—No es mi día.
—Este es el verdadero problema, ¿no?

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—¿Qué te hace creer que sí?
—Magnus te golpeó. No dejarías que nadie te golpeara a menos que. . .
Girando su cabeza, lo miró a la cara—la pálida piel cubierta por la barba
pesada y rodeada por el pelo alborotado, la nariz fuerte, los labios flexibles, y,
dominándolo todo, esos negros, negros ojos.
—¿A menos que me lo merezca?
—Sí.
—¿Sabes qué quiero lo mejor para ti?
—¿No soy estúpida? —dijo ásperamente, pero al mismo tiempo tocó
ligeramente el corte sobre sus labios.
La corrigió.
—Solía echarme sobre mi estómago encima del solar de construcción y
mirarte.
—¿Me mirabas?
Eso explicaba ese sentimiento espinoso que solía tener en la nuca.
—No podía apartar mis ojos. Trabajas mucho. Eres lista. Eres terca.
Destacas con una luz interior, y odiaba lo que me estabas haciendo, haciéndome
dar cuenta de lo qué estaba haciendo, cambiándome contra mi voluntad. He
tenido otras mujeres, pero solamente te recuerdo a ti. Llenas mi mente. Llenas
mi alma.
Maldito. Cómo se atrevía a tratar de cautivarla?
—Es un poco tarde para zalamerías.
Giró su cabeza.
—¿Vas a matarlo? ¿A ese Benjie?
—Depende de cuánto esté dispuestos a decirnos y cómo de rápido
proporcione esa información.
Warlord volvió a recostarse sobre sus piernas.
—¿Por qué? ¿Te sientes apenada por él?
—No. No si ha traicionado a sus compañeros.
—No piensas mucho como una mujer.
—¿Cómo piensa una mujer?
Lo congeló con una mirada acerada.
—Las mujeres son siempre todo —movió sus dedos e hizo su voz alta y
chillona——. Ooh, no lo lastimes.
—Das la impresión de haber mirado demasiadas películas viejas, unas
donde la mujer siempre se cae y tuerce su tobillo mientras trata de escapar.
Enseñó sus dientes en una sonrisa salvaje.

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—Trata de conseguir Kill Bill. Te dará una nueva perspectiva de qué tipo
de violencia es capaz una mujer.
—Tú eres una mujer bonita. Una mujer fuerte. Un director de
construcción.
Inclinándose sobre ella, deslizó sus dedos a través de su pelo.
—¿Qué te hizo decidir convertirte en directora de obras?
Como si fuera a contarle sobre su propio infierno privado.
—¿Qué te hizo decidir convertirte en un despiadado señor de la guerra?
—contestó.
Sus dedos nunca se detuvieron, y sus ojos brillaron de la misma manera
que obsidianas.
—Tengo un talento natural para el homicidio.
Tirando de su pelo, inclinó hacia atrás su cabeza y la besó
profundamente.
Ella sintió la sangre de él sobre su lengua y…

La primera granada voló de su mano en un arco hermoso por el cielo tibetano


azul brillante, directamente al convoy, y tocó tierra en el Jeep principal. El pequeño
tipejo que lo conducía gritó; entonces la explosión estremeció el paso y voló al general
chino en un millón de piezas de pollo chow—mein. En el momento de aterrador silencio
que siguió, Warlord sonrío con profundo deleite; el maldito hijo de puta nunca más
golpearía a una mujer hasta la muerte ni atacaría con bombas incendiarias a la colonia
nómada en desquite por ofrecer hospitalidad a un norteamericano.
Entonces los soldados chinos entraron en acción, rociando las rocas con balas.
Sus hombres contestaron al fuego. El angosto paso resonó con los disparos. El olor a
pólvora picó su nariz, y todavía sonreía mientras ajustaba la bayoneta a su arma, bajó la
colina en ataque, y espetó a los bastardos amarillos hasta que la sangre lo salpicó de pies
a cabeza.
Una bala lo golpeó en la espalda. El dolor estalló en sus pulmones. Se tambaleó.
Se dejó caer sobre sus rodillas.
Pero nadie sobre este campo de batalla podía matarlo.
Enroscándose, miró al tipo que le apuntaba con la pistola.
Víctor Rivera era un mercenario más viejo. Estaba aprovechando esta
oportunidad para librarse de un intruso norteamericano joven e inexperto. Era de
Argentina. Y la palabra que gritó cuando Warlord atravesó sus bolas fue una pura
blasfemia en español—y la última palabra que alguna vez diría.

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Warlord levantó los genitales de Víctor sobre la punta de la bayoneta. La sangre
goteaba por su rifle hasta sus manos, y en el silencio repentino bramó,
—¡Esto es lo que queda de mi enemigo! ¿Quién más es mi enemigo?
Los chinos gimieron, rompieron filas y huyeron.
Los mercenarios de Rivera se movieron.
Warlord se río, sacó la pistola de Rivera de su cinturón, y le disparó al hombre
en la cabeza.
Estaba yendo al infierno.
No—estaba en el infierno.

Con un grito entrecortado Karen regresó al presente. Estaba en la carpa


de Warlord. Warlord se había ido. Estaba tendida horizontalmente sobre la
cama. Su corazón latió con fuerza, agitando su pecho. Desenfrenadamente
levantó sus manos y las miró. No estaban cubiertas de sangre. Se miró. Llevaba
un camisón holgado, pálido y transparente, no estaba manchado por la sangre
derramada.
La porcelana tintineó suavemente. Mingma se arrodilló al lado de la
mesa baja, organizando los platos del desayuno y vertiendo el té en un jarro. El
aroma de su tabaco entró flotando al otro lado de la carpa. Todo estaba. . .
normal
Pero Karen no lo estaba. Había estado en algún lugar, visto algo que
nunca debería haber visto.
Había saboreado la sangre de Warlord; luego había visto un evento
terrible del pasado, lo había visto a través de los ojos de Warlord.
—¿Dónde está? —exigió.
Mingma miró hacia arriba, y la expresión de Karen debió haber sido
alarmante, porque se puso de pie y dio un paso hacia atrás.
—Partió. Me dijo que le dejara dormir.
Señaló la comida.
—¿Desayuno?
Karen se incorporó y apoyó su cabeza en sus palmas. ¿Qué le estaba
pasando? ¿Cómo podía estar en la mente de Warlord? ¿En su pasado? ¿Se había
vuelto totalmente loca, finalmente?
—¿Señorita?
Mingma tocó su hombro.
En un ademán violento, Karen golpeó su mano.
—No me toques.

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No había olvidado la traición de Mingma, y ahora mismo no necesitaba
ningún viaje sobrenatural provocado por el ácido para oler los problemas que
amenazaban. No importaba si Mingma parecía sinceramente amable, si los
sherpa hubieran estado dispuestos a venderla a Warlord, la hubieran vendido
por unas cervezas. No es que Karen se preocupara por él, pero sabía que la
protegía, y en un campamento de cientos de hombres rodeados por territorio
hostil, la protección era un producto primario a ser valorado.
Levantando su mirada hacia Mingma, dijo:
—Sal y dime que está ocurriendo ahí.
Mingma se acercó a la solapa de carpa y la levantó.
Karen escuchó un grito alto y agudo.
—Benjie —dijo Mingma.
—¿No hablará?
—Está asustado.
Mingma miró fijamente al campamento, luego exploró el horizonte.
—¿Asustado de Warlord?
—Pienso que. . . asustado del Otro.
La serenidad de Mingma se estaba agrietando.
—¿Qué Otro?
—Los hombres hablan del Otro, un mercenario que pasará un trapo a
Warlord y sujetará este territorio para siempre.
Karen vio la oportunidad que había estado buscando.
Se puso de pie. Agarró una bata. Se arrodilló junto a la mesa y empezó a
comer.
—Déjame.
—Señorita, si trata de escapar otra vez, me matará.
La voz de Mingma tembló.
—¿Si Warlord cae, quién pagará tus honorarios? ¿Quién respaldará a tu
hijo en América?
Karen pinchó a Mingma en su punto débil.
—¿No estás pensando en escapar?
El color se escurrió de la cara marrón de Mingma, y dio un paso
alejándose de Karen.
—Señorita, ¿usted ve el futuro?
—Solamente un tonto no vería este futuro.
Karen comió regularmente—necesitaría el alimento—y no miró hacia
arriba.

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Mingma dio un paso de regreso hacia la entrada, se detuvo y se quedó,
luego huyó de la carpa.
Karen dibujó una sonrisa pequeña y feliz. Liberarse de Mingma era el
primer paso hacia la libertad. Por primera vez en dos semanas Karen estaba
sola. Ahora podía hacer lo que tenía que ser hecho.
Necesitaba sus botas de excursión. Necesitaba ropa que quedara bien y
con la que pudiera caminar. Sobre todo, necesitaba su abrigo.
Se apresuró a acercarse al baúl abierto. Arrodillándose sobre la alfombra
de cachemira, revisó la ropa.
Y allí estaba. Su abrigo. Buscó en los bolsillos, y cuando sus dedos
agarraron el icono cerró los ojos con alivio.
La Madonna estaba a salvo.
Lo sacó y se sentó allí, sujetando el icono en su mano, observando la
mirada inmensa, oscura y triste de la Virgen María. Cuando lo hizo, los eventos
de ese día nadaron a través de su cerebro como un sueño febril. El
descubrimiento de la tumba. . . el cuerpo de la niña. . . esos ojos, iguales a los
suyos, tristes, sumisos, y de un sorprendente color azul—verdoso. . . y la
disolución del cuerpo frágil bajo el tacto de Karen.
Luego el estruendo de rocas, la negativa de Phil de partir, la aparición de
Warlord. . .
Cada momento había estado fuera de su control desde entonces. ¿Pero
qué otro curso podía haber tomado? Si Warlord no la hubiera subido en la
motocicleta, hubiera muerto. Ahora aquí estaba, un cautiva para un hombre que
la asustaba y cautivaba tanto.
Nunca había sido religiosa—no había tenido ninguna oportunidad, por
que su padre no había tenido ninguna paciencia a las tonterías de la biblia—
pero ahora, en una oración que venía de su corazón, suplicó:
—María, por favor ayúdame a encontrar el camino a casa.
Casa. . . No tenía una casa. La oscura mansión en Montana de su padre
estaba decorada con cornamentas y cuero marrón, y aunque había sido criada
allí, estaba siempre en tensión, mirando sobre su hombro, esperando la próxima
crítica hiriente, el próximo gesto despectivo impaciente.
¿Así que por qué había pedido que a la Madonna que la ayudase a ir a
casa?
—¿Qué es eso?
La voz suave de Warlord se escuchó tras ella.

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Gimió fuertemente—¿cuándo se había convertido en una niña
estúpida?—y traído el icono a su seno, cuando cada instinto la impulsaba a
proteger el objeto sagrado.
—Lo encontré —dijo.
¿La había escuchado?
—¿Dónde encontraste un icono ruso?
Warlord agarró su muñeca y acercó la Madonna a la luz. La valoró con
una mirada.
—El estilo muestra de que fue pintado a comienzos de la historia de la
iglesia ortodoxa.
—¿Cómo lo sabes?
—En Rusia, antes de los soviéticos—y durante, a veces—el icono era el
corazón de la familia, venerado encima de todas las cosas. Eran el Evangelio en
pintura, y eran conservados en la esquina hermosa, el Krasny ugol, la esquina
roja.
—¿La esquina roja?
¿De qué estaba hablando?
—En la cultura rusa, el rojo significa hermoso.
Habló con la tranquila certeza de un experto.
—Estos iconos, especialmente los iconos de la Virgen María, fueron
considerados milagrosos. Cada pose, cada color tenía significado, y hay
leyendas folklóricas de luchas entre el bien y el mal por la posesión de los
iconos.
—¿Qué dicen las leyendas?
Más importante, ¿cómo lo sabía? Había sobrevivido a semanas de
eventos extraños, pero este era quizás el más extraño, que esta criatura del
misterio y la sombra pudiera conversar con tales conocimientos sobre la cultura
rusa.
—Ya lo sabes, lo habitual. El diablo hace un trato con un hombre
malvado. Para sellar el pacto el hombre malvado ofrece entregarle el icono
familiar al diablo, una pieza de madera pintada con cuatro imágenes diferentes
de la Madonna. Pero su madre se niega a dejar que su hijo tome los iconos. Así
que la mata, lava sus manos en su sangre, y mientras bebe para celebrar el
cierre del trato, el diablo divide las Madonnas y, en un destello de fuego, las
arroja a los cuatro extremos de la tierra, donde se pierden.
Warlord miró fijamente el icono como si lo reconociera.
—Hmm. Perdidos por un milenio hasta ahora.

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No le gustaba la manera charlatana en que recitó la historia. No le
gustaba la manera en que sujetaba su muñeca. No le gustaba el brillo en sus
ojos.
—¿Podría verlo? —preguntó, pero no era nada más que una formalidad,
porque al mismo tiempo se lo quitó.
Tan pronto como agarró el icono, se escuchó un sonido de chisporroteo y
se olió a carne quemada.
Tiró el icono en su regazo. Caminó hacia atrás y la miró fijamente. A ella.
Al icono. Luego a sus manos.
—¿Qué ocurrió?
Recogiendo el icono, ella lo acunó en sus palmas. Estaba caliente, y al
parecer lo había lastimado.
Caminando al lavatorio, puso sus manos bajo un chorro de agua fresca.
Todavía en ese tono coloquial, dijo:
—En esas leyendas viejas son comunes las supersticiones.
Miró a la Madonna, y sospechó la verdad.
—¿Qué trato hizo con el diablo el hombre malvado?
Warlord permaneció de pie dándole la espalda y mirando fijamente en la
palangana.
—Uno que condenó a sus descendientes al infierno.
—¿Eres un descendiente de ese hombre malvado?
—Tú eres una mujer de sentido común. No crees en una historia tan
tonta.
Había visto a la niña, muerta durante mil años, abrir sus ojos. Había
vivido los recuerdos de Warlord. Había escuchado el chisporroteo de carne de
Warlord cuando había sujetado el icono. En una voz rota dijo:
—No sé qué creo.
—No importa, de todos modos.
Continuó de pie con sus manos en el agua y de espaldas a ella.
—Te vas de aquí.
Por un momento, su tono informal suavizó el impacto de sus palabras.
Entonces comprendió, un estallido de júbilo. . . seguido por un sentido
inexplicable de pérdida. ¿Y por qué debía sentir la pérdida? Esto era el objetivo
que había querido, exigido, luchado para conseguir. Podía irse a casa sabiendo
que nunca había cedido ante su dominación sexual. Partir ahora le permitiría
mantener su orgullo e integridad.
Pero la pérdida todavía estaba ahí.

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Y el miedo, porque sabía que nunca la dejaría irse a menos que algo
estuviera terriblemente mal.
—¿Por qué? ¿Qué ha ocurrido? —preguntó.
—Mis ataques han enfurecido a los ejércitos sobre ambos lados de la
frontera, y trajeron a un soldado mercenario experimentado para sacarme y
mantener las cosas bajo control. Los Varinskis son bien conocidos por sus
tácticas de terror. Es demasiado peligroso que te quedes.
Había traído esto sobre sí, entonces. Muy bien.
—Necesitaré mis botas y alguna ropa que me quede bien.
Giró para encontrarse cara a cara con ella, y la conmocionó verlo se reír.
—La práctica, prosaica Karen.
Extendiendo la mano bajo la mesa, encontró una llave, se la pasó, y
señaló con el dedo.
—En ese maletero.
Se puso de pie.
—Me vestiré.
Caminó a la solapa de carpa, la levantó, y escuchó. Podía casi verlo irse
en alerta.
—Apúrate.
No necesitaba que se lo dijera dos veces. Se quitó la bata y se puso la
ropa con rápida eficiencia. Cuando al principio ayudó, trató de empujarlo, pero
pronto se puso claro que no tenía ninguna intención lujuriosa. Trabajó para
poner armas sobre su cuerpo. Ató una Glock alrededor de su pecho y un
cuchillo arriba de su manga, y cargó su mochila con munición y raciones secas.
Llenó una cantimplora con agua y la puso sobre su cinturón, y le dio un
multitool que combinaba con uno que había perdido en el desprendimiento de
rocas. Puso una brújula e insumos médicos generales en su bolsillo y, milagro
de los milagros, colgó su pasaporte alrededor de su cuello.
Su pasaporte. . . había pensado que se había perdió en el
desprendimiento de rocas.
—¿Dónde conseguiste eso?
—Lo robé de tu carpa hace muchas semanas.
—Hijo de puta —farfulló, pero ahora mismo estaba agradecida. Tener su
pasaporte aceleraría su viaje a casa—y le evitaría tener que pedirle ayuda a su
padre.
Mientras trabajaban, sabía que estaba escuchando algo fuera. Al
principio no escuchó nada, los gruesos tapices la protegían del tumulto fuera.

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Lentamente el clamor rompió el silencio en la carpa. El ruido creció, gruñó,
añadiendo un filo a su prisa.
Cuando había terminado de atar sus botas, se arrodilló frente a ella.
—Ve hacia Katmandú. No dejes de caminar durante dieciocho horas. No
confíes en nadie a menos que estés en la embajada norteamericana, e incluso
entonces, sé precavida —miró hacia arriba, sus ojos oscuros y serios.
—Pase lo que pase —sobrevive.
—Lo haré.
—Lo sé.
Fue a la parte posterior de la carpa y abrió la costura de un golpe.
El ruido de lucha explotó en la carpa. Escuchó los gritos, los tiros, los
gruñidos de cólera, y los gritos animales de guerra.
Volteó una sección del camino y lo giró, lo colocó luego al otro lado de la
brecha. Era el puente que había buscado cuando se escapó antes.
—Recuerda todo lo que te dije.
—Lo hago.
—Cuando regreses a los Estados Unidos, ¿puedes hacer una cosa para mí?
Llamar a su madre, supuso, y decirle cosas alentadoras.
—Sí. Lo que quieras.
Tomando su cara entre sus manos, la besó. La besó profunda,
rápidamente, con el propósito de dejar su marca sobre ella.
No quería hacerlo, pero respondió. Lo saboreó, reconoció, absorbió. Y, sí,
sintió la pérdida de una relación y un hombre condenado desde el comienzo.
Arrancándose, investigó sus ojos.
—De algún modo, algún día, iré por ti. Está atenta.
La besó otra vez. Se volteó. Fue hacia la delantera de la carpa. Empujó la
solapa de para abrirla. La última cosa que vio fue a Warlord saltar de la
plataforma y entrar en el tumulto, con una pistola que ardía en cada mano.
No la escucharía allí, pero respondió de todos modos:
—Haré exactamente eso.
Recogiendo su mochila, cruzó el puente.
No miró atrás.

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Capítulo 13
Montana, cinco semanas después
Karen estaba en la puerta del estudio de su padre. El fuerte color vino de
las cortinas cerradas. Los paneles de madera eran de color nuez oscura. Una
nueva cabeza de alce colgaba encima de la fría chimenea.
Bolígrafo en mano, Jackson Sonnet sentado en su escritorio en una
piscina de luz, bajo, hombros anchos, cabello canoso, enojado con la lectura de
papeles ante él.
—¿Papá? —tenía ella la voz un poco rota.
Él se congelo. Silencio. Sin mirar, sin una nota de bienvenida, de alivio o
alegría, él dijo.
—Era tiempo de que volvieras a casa.
El aliento de ella atrapado en un brillante pedazo de rota esperanza.
Solo esta vez, cuando él no sabía si estaba viva o muerta, se esperanzó… Bajó su
bolsa.
Que contenía su pasaporte, su cartera, suficiente ropa para varios
días…y los restos de los sus brazaletes de esclavitud. Cuando había llegado a
Timbuktu, ella había conseguido un joyero que los cortara. Él le había ofrecido
una buena suma por los veintidós kilates de oro, que ella rehusó. Porque podría
obtener un mejor precio en otro lugar, se había dicho así misma. Porque podría
ser que necesitara el dinero… o porque quería lanzar los brazaletes sobre el
fuego de la Montaña Doom, donde regresarían al infernal hogar de donde
habían venido.
Ella hizo una mueca de dolor.
Podía estar un poco traumatizada.
Avanzó dentro de la sala. Quería arrojarse sobre el cuello de su padre y
llorar de agonía, pero sabía que era lo mejor. Que no importaba que hubiera
desaparecido en el Himalaya, esta no era diferente a todas las demás
bienvenidas a casa.
Dio su informe.
—La montaña colapso en el sitio. El derrumbe lleno el valle. No se puede
construir el hotel.
—¿Tardaste cinco semanas en volver para decirme eso? —él la miró, sus
ojos de luz, el cortante azul que siempre había tenido, el que siempre la
atemorizó cuando era niña.
Había pensado mucho sobre lo que le iba a decir a su padre. Él no
curaría la humillación que había sufrido, él solo podía ver que no sufrió

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ninguna lesión que la incapacitara. Así que decidió contarle la verdad, o lo
menos posible de revelar, la menos mortificante versión de la verdad.
—Fui secuestrada y me mantuvieron cautiva.
—¿Por quién?
—Por un mercenario que vive en el área —Wardlord… pero ella no iba a
eso. Paso su lengua alrededor de la carne interna de su boca, y por un breve
segundo probo la memoria de su sangre. En el borde de su mente una pesadilla
paso, lista para reproducirse.
No quería pensar en él. Nunca.
—¿Antes o después del derrumbe?
—Él me salvo, y después me secuestró.
Jackson golpeo su silla hacia atrás tan fuerte que dio en la pared.
Ella se encogió.
Jackson se puso de pies, sus fuertes manos apretadas en puños. Su voz
baja de desdén, preguntó,
—¿Esperas que me crea eso?
—Sí. ¿Por qué no? ¿Qué piensas tú que paso?
—Estuviste revolcándote a los alrededores con ese tipo porque él tenía
un abrigo negro de cuero y una motocicleta.
—¿Como sabes eso? —¿cómo sabes cosas sobre Warlord?
—Te escapaste con él y cuando se canso de ti, regresas a mí con esa
absurda historia de mierda.
¿Cómo fue que él obtuvo esa información, con la suficiente verdad como
para hacerla lucir mal?
—Padre. No puedo creer que hayas enviado a alguien a tomar fotos del
sitio del hotel.
—Lo hice —admitió.
—¿Sabes por las noticias de los millones de toneladas de roca que
destruyeron la base de la montaña? Yo no falsifique las rocas —estaba
incrédula—. Ni siquiera tú podrías estar paranoico.
Malas palabras dijiste. Definitivamente malas.
Jackson enrojeció de ira. Con dura voz dijo.
—¿Sabes cuánto me cuesta este proyecto?
—¡Casi te cuesta a tu hija!
—Mi hija —se mofó—. ¿Es eso lo que piensas?
Entonces él miró sorprendido, como si alguien hubiera hablado.

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El silencio en el cuarto era profundo, y ella se encontró escuchando su
propia respiración.
—¿Qué quieres decir?
—Nada —murmuró.
—¿Dices que yo no soy…tu hija?
Con la mirada caída, y mirándola ahora embarazosamente.
—Eso no importa.
—Por supuesto —sus manos colgaban a los lados, pero su cerebro
corría— . Esto lo explica todo. La indiferencia, la impaciencia, la constante falta
de afecto y atención… Yo no soy tuya.
—¿Qué diferencia hay? He tenido el problema de cuidar de ti. He
pagado por tu educación —su breve momento de arrepentimiento se perdió; él
estaba trabajando sobre su temperamento.
—Te volviste loco —por primera vez, lo entendió—. Este es el camino
que tomas cuando algo te hace quedar mal o te incomoda.
—¿Qué hombre no se enojaría? Una esposa que salía con no sé quien,
mientras trabajaba, y todo lo que obtengo fuera de esto es un niño sin valor. Si
tu madre tuvo que dejarme con un niño, ¿por qué diablos tuvo que ser una niña?
Karen no se preocupo sobre su condena. Tenía que averiguar…
—¿Quién era mi padre?
—Mi mejor amigo. ¿Quien más?
Podía casi sentir la amargura de Jackson.
—¿Quién era tu mejor amigo?
—Dan Nighthorse. Ese bastardo indio Blackfoot.
—Me acuerdo de él —apenas. Era la sombra de una figura en el fondo de
su mente, aquellas memorias eran principalmente tomadas con el recuerdo de
las manos de su madre, su sonrisa, sus ojos… su muerte.
—Él siempre estaba alrededor, entre los turistas, hablando sobre las
montañas, el vivir de la tierra y ver el hermoso escenario. Ella amaba escalar,
era una experta, quería que nosotros subiéramos a las montañas para comulgar
con la naturaleza, como si fuéramos hippies. Yo no tenía paciencia para esa
basura.
—Lo sé —Jackson podía construir hoteles que atendieran a los
excursionistas, pero a menos que él pudiera cazar, a menos que un animal
muriera por sus manos, a no le interesaba acampar.

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—Ella me daba lata, y finalmente le dije que dejara de molestar y se fuera
con él —miró hacia la colección de astas alineadas en sus paredes—. No puedo
creer que ella se enamorara de ese perro de mierda.
Un horrible pensamiento la golpeo.
—¿Los asesinaste?
—¿A tus padres? No, no los asesine, no importa lo mucho que se lo
merecieran. Estaba trabajando mientras ellos se encontraban alrededor del
desierto, y una tormenta de nieve se sitúo allí. Tu madre bajo al maldito
acantilado.
—Lo sé —las pesadillas de ella siempre habían sido de la caída.
—Nighthorse se rompió el cuello tratando de rescatarla, y maldita sea,
ella se congelo antes que la guardia civil aérea llegara y la trajera. Mi padre me
llamó y me dijo que regresara a la casa y le dijera adiós a mi esposa, y me
informo entonces lo que todo el mundo sabía—que habían sido amantes
durante años a mis espaldas.
—Recuerdo al abuelo —alto, barrigón, un desagradable hombre que
abusaba de su hijo, ignorándola, y enviándola a huir con su ama de llaves.
—Cuando llegue al hospital, ellos dijeron que la hemorragia interna no
pudo ser detenido. Como me preocupé —se detuvo, tragando. Temblando de la
emoción.
Karen comprendió que había sufrido. Por la humillación, que ella
suponía.
—Abigail quiso que le prometiera que te cuidaría como si fueras mía.
—¿Se lo prometiste a ella? —Karen no podía imaginar a su padre
cediendo por la presión, ni siquiera ante la muerte de una mujer.
—Se lo prometí —dijo burlándose, pero esta vez frente al espejo—. Mi
padre dijo que era un tonto, y lo era. Pero la amaba. Apuesto a que no sabias
eso.
—Tú… ¿la amabas?
—Solo Dios sabe por qué. Ella no era buena para nada. No podía
mantener la casa arreglada. No podía conservar el rancho para llegar. Reñía por
que no le prestaba mucha atención. Se disgusto porque tomé mis placeres
mientras viajé. Entonces me engañó con mi mejor amigo.
—Imagina eso —todo dentro de Karen, todas las partes que habían
parecido inseguras, con asombro, parecían hacerse más fuertes. Sus pulmones
respirando, su corazón latiendo, su balance era tan seguro que ni un terremoto
podría lanzarla fuera de la tierra. Y todas las partes emocionales de ella, las

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únicas que la ayudaban con la esperanza, se fueron lejos de la luz que guiaba su
vida—. ¿Por qué me dices esto ahora? ¿Por qué, cuando todo lo que he hecho es
trabajar por ti, tratando de complacerte, llevando a cabo el trabajo cuando otro
no podía—por qué decidiste destruirme?
—Phil me dijo.
—¿Phil? —intento comprender—. ¿Phil Chronies?
—Sí, ¿te sorprende, no es así? —Jackson contemplo su ancha mirada con
sombría satisfacción—. Nada menos que Phil Chronies, el hombre que perdió
un brazo a mi servicio. El hombre que tú dejaste morir.
—Porque él era demasiado ambicioso para dejar el oro —rápidamente
ella comprendió lo que hacía, y se paró en seco. No justificaría a ella y sus
acciones. No a su padre. No cuando acababa de volver de los muertos para no
encontrar alivio, ninguna bienvenida, pero si acusaciones—. ¿Cómo puedes
creer en el peor tipo en tu organización entera sin aún preguntarme que pasó?
—Eres la hija de tu madre, que se revuelca con algún extranjero de
cabello negro en vez de trabajar como deberías.
Escuchó el eco de una amargura tan vieja que había comenzado hacía
mucho tiempo.
—Sí. Soy hija de mi madre. Soy leal hasta el día en que comprendí que
nada de lo que haga por ti…hará que me apruebes —Amarme, quiso decir, pero
él no podría entender el término.
Warlord había hecho algo por ella. Le había demostrado su amor—
retorcido, posesivo, pero dado libremente. Warlord había saltado junto a ella
con una soga, pero ahora, cuando miró a su padre, ella comprendió cuan fuerte
estuvo rodeada de sus expectativas.
Ahora era libre.
Dio un paso adelante.
—Eres un tonto, Jackson Sonnet. Hubiera hecho cualquier cosa por ti.
Cualquier cosa. Y tú escuchaste el veneno que Phil Chronies puso en tu oído.
Tú tuviste tu parte contra mí —dijo riendo, y con un sentido de libertad que
nunca antes experimento—. Gracias, Padre, por haber hecho posible que yo siga
mi sueño.
Se sacudió con frustración.
—¿De qué demonios estás hablando?
—Me voy —miró su bolsa. Llevaba el abrigo. El icono estaba en su
bolsillo.

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Excepto por el cuadro de su madre, y ella podría recogerlo de camino a
la salida, no había nada aquí nada que necesitara. Nada en esta casa que
quisiera.
—Me voy a Inglaterra. Visitare el museo Victoria y Alberto. Voy a ir a
España para visitar cada viñedo en la Rioja. Iré a comer naranjas y aceitunas y
tomates y pan. Iré a hacer amigos para jugar. Iré a andar en bicicleta, y nadare
en el Mediterráneo, y tomare el sol.
Tomó un largo aliento, luego lo liberó... y toda la tensión de veintiocho
años pasó la inclinación y combó por la presión interminable de Jackson Sonnet.
Él la atacó con su habitual sutileza.
—Este es el plan más estúpido que he escuchado.
—No es un plan, Padre. Por el próximo año, no estoy planificando nada.
Voy a dejarlo caer a su voluntad.
—¿Cómo demonios piensas llevar a cabo eso?
—Gracias a ti, Padre, y a tu entupido calendario que asegura que nunca
has tenido tiempo, he acumulado una pequeña fortuna, y puedo darme el lujo
de tener un año sabático —reflexivamente, añadió—, o dos.
—¿Estás loca? Has trabajado cada día de tu vida. ¿Qué te hace pensar
que puedes pasar el tiempo sin hacer nada más porque…?
—¿Porque quiero? ¿Qué es lo que siempre he querido? Voy a hacer
civilizada. Voy a ser una chica —intentó pensar que podría impresionarlo lo
cuan sería estaba—. Voy a hacerme una pedicura.
—¿Una pedicura? —él no podía haberla mirado más ultrajado—o
alarmado—. ¿Para qué quiere una pedicura?
—Sólo he tenido una en mi vida—y me gustó. Ahora voy a tener tantas
como quiera.
—¡Estas despedida!
Pensó en ello.
—No. Definitivamente pienso que renuncio primero —se doblo ante él
con apreciación burlona—. ¡Adiós! Padre. ¿O debería llamarte Sr. Sonnet?
Disfruta de tu tiempo con Phil, y trata de hacerte creer que él te dice la verdad.
Los vasos sanguíneos que fijaron las mejillas rojizas de su padre
aparecieron como ríos escarlatas en un mapa.
—No puedo creer que estés renunciando de esta manera
—No estoy renunciando. Voy a encontrarme a mí misma —recogiendo
su bolsa, ella caminó hacia la puerta.
No miró hacia atrás.

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Capítulo 14
Dos años después
Aqua Horizon Spa and Inn
Sedona, Arizona
Karen Sonnet estaba de pie en el frío vestíbulo del hotel, alto, de
moderna entrada en madera—y—piedra, hablando con Chisholm Burstrom,
presidente y CEO de la base Burstrom Technologies en Texas, y su esposa,
Debbie, sobre los acontecimientos de la noche, cuando un nuevo invitado dio
un paso en la puerta—y Karen contuvo la respiración.
El forastero cruzó hacia el mostrador de registro. Su cabello negro estaba
cortado por un buen estilista y su rostro estaba limpio y rasurado. Su paso era
largo y confiado, y su inmaculado traje negro de corte europeo encajaba
perfectamente con su musculoso cuerpo. Su crujiente camisa blanca y corbata
azul podrían haber pertenecido a cualquier hombre de negocios rico que
visitaba el Aqua Horizon Spa and Inn para relajarse y hacer negocios.
Karen se distanció, su mano sobre su pecho para contener el latido de su
corazón
Sus ojos no eran negros, pero si unos inusuales ojos verdes.
Él su mano extendió, dirigiéndose a ella....
Detrás de ella, Chisholm Burstrom dio un grito.
Karen saltó.
—Lo siento, cariño. No pensé —Chisholm puso una mano sobre su
hombro, pero su mirada estaba fija en el forastero. Con dos largos pasos él lo
encontró—. Wilder, viejo amigo de armas, me alegro de que hubieras podido
venir.
—Chishom, gracias por invitarme —el extraño agito la mano de
Chisholm—. Estoy esperando con interés la oportunidad de conocer a tus
nuevos ejecutivos y obtener más chismes del nuevo juego tecnológico.
—¡Nada de eso! —la Sra. Burstrom caminó entre los dos hombres y
coqueteo un poco mirando de uno a otro— . Este hotel es el destino número
uno en el mundo del spa. Lo escogí por lo especial, ya hice la lista de invitados,
seleccione las actividades, y esto no se convertirá en una conferencia de
negocios. ¡Chisholm, lo prometiste! y el Sr. Wilder no quiere conocer mi lado
malo. ¡Soy un enemigo terrible!
El Sr. Wilder sostuvo sus manos con las palmas hacia arriba.
—Yo nunca la enojaría, madame. ¡No soy tan valiente!
Los tres se rieron, cómodos entre ellos y la situación; entonces la Sra.
Burstrom se giro hacia Karen.
—Karen, este es el Sr. Rick Wilder, uno de nuestros invitados más
especiales. Rick, esta es Karen Sonnet. Es la fuerza que ha estado planificando
nuestro grupo durante meses.
—Es una pequeña niña inestimable —dijo Chisholm

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Esta vez el forastero miró a Karen, realmente la miró.
Su corazón se acelero nuevamente. Ella esperó, sin aliento, oírlo
preguntar.
¿Usted miraba hacía mí?
En cambio sus ojos se tornaron ardientes con una civilizada apreciación.
Sabía lo que él veía; ella había cultivado cuidadosamente la tranquila, y
la confortable imagen que el spa demandaba para su personal.
Su vestido azul era suelto, sin mangas, a lo largo de la rodilla y casual, y
“casual” describía perfectamente sus zapatillas planas, sandalias marrones, y
desnudas y bronceadas piernas. Su pelo castaño tenia rayos rubios, unos
naturales, algunos no, y un estilo de corte en capas que rozaba sus hombros.
Parecía lo que ella era—la coordinadora de eventos en un pequeño, y
muy exclusivo hotel del alto cañón en el desierto a las afuera de Sedona.
Extendió su mano.
—Sr. Wilder, un gusto de conocerlo.
Él tomó su mano y la agito con profesionalismo.
Sorprendida—posiblemente porque todavía estaba medio convencida de
que este hombre era Warlord. Probablemente porque había esperado esta
salvaje, eléctrica emoción de reconocimiento con su toque.
—Es bueno conocerle, Karen. No puedo esperar a disfrutar de las
actividades que ha preparado para nosotros —sonrió, sus dientes limpios,
blancos, y afilados.
Afilados. . .
Warlord la besó. Volviendo. Corrió hacia el frente de la tienda. Empujando la
solapa abierta de la tienda. Saltó de la plataforma y en el tumulto, una pistola en cada
mano.
Ella se estremeció, luego alejo el recuerdo, la locura, y asintió a su saludo.
—Discúlpeme. Tengo que registrarme y cambiarme por algo mas casual
—él asintió a todos ellos, y le sonrió nuevamente.
Cuando él cruzó a grandes zancadas, la Sra. Burstrom dijo satisfecha
—Esa era la sonrisa de un hombre que le gustó lo que vio.
—Karen, estas en problemas ahora. Mi querida niña tiene este fulgor en
sus ojos —el Sr. Burstrom sonrió, su quijada temblando.
—Cállate, Chisholm —la Sra. Burstrom unió su brazo al de Karen y agitó
sus dedos a él—. Trabajo bajo la cubierta de la discreción.
En un tono cortés que escondía su débil parpadeo de alarma, dijo Karen,
—Sra. Burstrom, no fraternizo con los clientes —su busca personas vibro,
y bajó la mirada para verlo. Salvada por la campana—. Los proveedores tienen
una pregunta, así que si me disculpan…
—¿Existe una norma que lo prohíbe? —la Sra. Burstrom caminó con ella.
Tanto como ser” salvada por la campana”
La Sra. Burstrom dijo que confiaba en el conocimiento de Karen, y Karen
pensó que probablemente lo hacía, pero ella era la clase de gerente que

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verificaba cada detalle, desde las cestas de bienvenidas en los cuartos de
huéspedes hasta los arreglos de flores en el bufete. Había trabajado con
Chisholm Burstrom para hacer un éxito de su empresa, y esperaba que esta
reunión les atara más cerca a sus empleados más leales y trajeran a sus
invitados honrados en el pliegue.
Y Karen había trabajado con ella para asegurarse que eso pasara.
—¿Qué si hay una regla que prohíbe la fraternización con los invitados?
No, pero yo no podría preguntar por un invitado que sería un dolor de cabeza
el cual se iría en una semana? —Karen dio la misma respuesta cómica que
siempre daba a las preguntas de buen corazón y directas.
—¿Nunca te tientan?
—No.
—¿No es lo mismo que un par de ojos verdes con rayos dorados? —la
Sra. Burstrom coaccionó.
—Tiene los ojos muy lindos —ojos que parecían positivamente
normales—. Pero no.
—No es natural que una muchacha de tu edad viva sola.
—Soy apenas una muchacha, Sra. Burstrom. Ya tengo treinta años, y
hace casi un año, salvo un descanso que duro un año, he estado en un hotel la
jornada de trabajo completa durante ocho años completos. Usted no sería el
primer casamentero que he frustrado.
—¡Un desafío!
Karen se detuvo en medio del vestíbulo.
—No. Por favor. Mi rompimiento del negocio hotelero coincidió con el
final de una mala relación. Figuro que aquellas semanas con él contuvo
bastante sexo, rabia, angustia, y argumentos para compensar los años de una
relación normal, y no estoy interesada en intentarlo otra vez.
—Dos años es mucho tiempo para curarse.
—No he sentido quejarme de interés desde entonces.
—Aún así miraste a Rick con bastante fuerza.
La Sra. Burstrom no iba a rendirse, entonces Karen contó más de lo que
generalmente decía.
—Él me recordó a mi ex. Siempre salto cuando veo a un hombre como
este. Esa no era una sana relación.
—¿El te golpeaba? —pregunto bruscamente la Sra. Burstrom.
Karen completó su franqueza.
—Casi así de malo. Él me amarró.
—Bien. No empujaré la cuestión —caminaron hacia la cocina otra vez—.
Quiero que sepas que Rick es un joven correcto, honorable que ha pasado el
tiempo en el mar.
El temblor de alarma subió nuevamente por la espina dorsal de Karen.
—¿De verdad? ¿Dónde?
—India y Japón, y luego Italia y España.

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Karen tuvo que dejar de saltar al sacar conclusiones
La Sra. Burstrom continuó,
—Inteligente como un látigo, habla varios idiomas, y desarrollo un juego
de computadora que se comercializara en los Estados Unidos y luego
internacionalmente.
—¿De verdad? —Karen no podría preocuparse menos sobre los juegos
de computadora—. ¿Y como se llama?
—Warlord.

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Capítulo 15
El balneario de Aqua Horizon y la posada habían sido construidos a lo
largo de un despeñadero, y diseñados para hacer de marco a las imponentes
formaciones rocosas y el panorama de los valles más abajo. Miraba hacia el sur
así que captaba el sol, y el exterior de los edificios, las plantas nativas, y los
senderos engravados se confundían en la atmósfera desértica con calidez y
sensibilidad.
Con los puños apretados a sus costados, Karen caminó por el sendero del
bloque cinco de la urbanización del hotel. Tan pronto como estuvo fuera de la
vista de las ventanas corrió, corrió tan duro como pudo hacia su cabaña en el
borde del área. Interviniendo, cerró la puerta detrás de ella y se apoyó contra
ella.
Generalmente las paredes azules de cáscara de huevo, los frescos pisos
de azulejo color crema, y las copias enmarcadas de Jack Vettriano en el
departamento—estudio la calmaban, pero ahora nada podía limpiar la
conmoción de su mente.
Era él.
¿No lo era?
No podía ser coincidencia que el juego de Rick Wilder se llamara Warlord.
¿O lo era?
No. No podía serlo.
Sacó su maleta de debajo de la cama. Estaba llena de zapatos adecuados
para caminar, ropa interior, y ropa cómoda, siempre lista para el momento en
que tuviera que huir.
Porque aunque habían pasado dos años desde que se había alejado sin
una mirada hacia atrás, dejando que Warlord luchara por su vida, todavía creía
que algún día podía reaparecer y reclamarla otra vez.
De algún modo, algún día, iré por ti.
Yendo hacia el compartimiento en el ropero, lo abrió y sacó su pasaporte.
Luego, más despacio, recuperó el icono pintado con la Madonna. Por un crucial
segundo miró fijamente la pintura. Recordó a la niña que había protegido el
icono durante mil años, de la misma forma en que sus ojos se habían abierto y
mirado a Karen antes de que su débil cadáver se convirtiera en polvo. Y aunque
Karen no quería creer, todas las mañanas cuando miraba el espejo y veía esos
mismos ojos mirándola de regreso, sabía que la niña le había pasado la custodia
del icono.
Tenía que proteger a la Madonna.

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Pero tenía una vida también, y tenía que proteger su propia libertad.
Tomó la foto enmarcada de su madre que estaba sobre la mesa, recortó la
imagen y colocó el icono en el forro, cerró el recipiente y los guardó en el
interior de la bolsa. Envolvió la campana de vidrio que había comprado en
Italia en un chal de encaje que había comprado en España, y los guardó en uno
de los bolsillos del costado. Luego cerró todas las cremalleras y la colocó junto a
la puerta.
Deslizó su mochila de abajo la cama. Esta contenía todas las provisiones
indispensables para mantener la vida en tierra virgen —comida deshidratada,
una linterna, un poncho impermeable, una cantimplora. Una visita rápida a su
diminuta cocina y ella tenían una selección de Baker’s Breakfast Cookies
añadida a su despensa, y estaba lista para irse.
Una llamada la hizo gritar como si una serpiente de cascabel estuviera de
pie al otro lado. O Warlord, lo que era peor.
—Señorita Karen, ¡soy Dika! —gritó la empleada.
De cincuenta años Dika Petulengro había llegado a trabajar allí no
mucho después de que Karen llegara. Limpiaba las dos docenas de cabañas de
huéspedes que estaban esparcidas por toda el área, hablaba inglés con acento
ruso, tenía ojos hermosos ojos marrón oscuro rodeados de largas y oscuras
pestañas, y les gustaba a todos. Karen la consideraba una de las personas más
amables a quienes alguna vez había conocido —pero no confiaba en ella.
Mingma le había enseñado a ser precavida.
Más importante, Karen no necesitaba un testigo de su fuga. Así que puso
su cuerpo para obstruir la vista y abrió la puerta.
—Dika, ¿podrías volver en una media hora?
Eso le daría tiempo de llegar a su automóvil y largarse como el infierno.
—¿Porque tiene a ese hombre hermoso aquí?
Dika estiró su cuello para ver alrededor de Karen, y sus ojos se abrieron.
—No. ¡No un hombre, una maleta!
—Estoy haciendo un poco de embalaje para mis vacaciones —dijo Karen.
Dika topó contra la puerta con su cadera lo suficiente como para soltarla
de la mano de Karen.
—No, señorita Karen, mire. Ha empacado su vaso bonito. La mantilla de
encaje que cuelga al costado de su tocador ha desaparecido.
Miró duramente a Karen.
—Y tiene esa expresión en sus ojos.
—¿Qué expresión?

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—La mirada de un refugiado forzado a huir otra vez.
De algún modo Dika reconocía la expresión.
Karen enderezó su barbilla.
—Está bien, la ayudo.
Dika se abrió camino y cerró la puerta detrás de ella.
—Pero digame por qué primero. ¿Por qué está asustada?
—Una de las visitas. . . me recuerda a alguien.
—¿El Sr. Wilder?
La inquietud de Karen creció.
—¿Cómo lo sabes?
—El personal está chismorreando, por supuesto —se encogió de
hombros—. Dijeron que parecía cautivada con el hombre, pero creo que tal vez
confunden el terror con fascinación.
Karen asintió con la cabeza rígidamente. Odiaba confesar este pánico
abrumador, pero Dika parecía comprender.
—¿Alguna vez le maltrató? ¿Tal vez es su marido?
—No. Y no. Definitivamente el Sr. Wilder no es mi marido, y ni siquiera
estoy segura que sea el tipo pienso que podría ser.
Eso parecía descabellado, Karen se dio cuenta mientras lo trataba de
explicar.
—En otro tiempo. . . sus ojos eran negros.
—Negros. ¿Todos negros? ¿Sin ningún color?
—Correcto. Al principio pensé que eran drogas, pero luego me di cuenta
de que lo eran. . . de algún modo él. . .
—Era el propio diablo —sugirió Dika.
—Sí —exclamó Karen.
Por supuesto. Dika comprendía. Había venido desde Ucrania, de una
nación tan salvaje y rara como los Himalaya.
—El Sr. Wilder no es él. Sus ojos son verdes, luminosos, hermosos y para
nada espantosos.
Dika asintió con la cabeza.
—Indicó que estaba interesado en mí, pero no más que cualquier otro
tipo.
—Este hombre, el Sr. Wilder, puede serlo. . . ¿le tiene miedo?
—Sí.
Dika pensó por un momento.
—¿Tiene cerveza en el refrigerador?

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—Un par.
—Las abriré.
Dika le mostró la puerta del patio, se apresuró entonces al refrigerador.
—Vaya fuera y siéntese. Tenemos que hablar.
—Tengo que partir.
—Primero hablamos. Entonces, si lo desea, le ayudaré partir—y sé como
huir secretamente.
Eso tenía sentido. Eso tenía mucho sentido. Y algo sobre Dika que —de
hecho—calmaba el pánico de Karen y la hacía pensar más claramente.
Abrió la puerta que daba al patio y salió al aire tibio y seco. La cerca de
hierro forjado que rodeaba el jardín estaba engrosada con arbustos y
enredaderas, dándole privacidad y la ilusión de frescor, y las sillas estaban
hechas de telas azules ligeras y reclinadas.
Detrás de ella la puerta se abrió y cerró, y Dika empujó una cerveza
helada en la mano de Karen. Se sentó con toda la garantía de un consejero
experimentado y dijo:
—Así que no sabe si es en realidad él.
—No. Cuando estaba en Europa, justo después de que me libré de él, lo
vi constantemente —en el tren, en los restaurantes, sobre las playas. Al ver a un
hombre de espaldas, notar su caminar, el color de su pelo, o el movimiento de
sus manos.
Karen llevó la cerveza a su boca, tomó un trago y volvió a bajarla.
—Pero nunca era él.
—Miraba otra vez, y se daba cuenta de que estaba equivocada —dijo
Dika—. Entonces, cuando los días se convirtieron en semanas y las semanas en
meses, se relajo y no lo vio tanto.
—Cierto. La última vez, aproximadamente hace seis meses, salí con un
tipo que me recordó al él. Este tipo en realidad se veía mucho mejor—¿cómo
pude equivocarme? En realidad se afeitaba sobre una base semiregular—y
luego me besó. Era tan aburrido casi entro en coma.
Ese era un recuerdo para olvidar rápidamente.
—Su otro hombre—sus besos no eran aburridos.
—Era muchas cosas, pero nunca aburrido.
Karen tomó un largo trago de cerveza.
—¿Pero no sabe cual es su apariencia? ¿No recuerda? ¿Piensa que el Sr.
Wilder ha cambiado su apariencia? ¿Sus ojos?

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Karen le dijo sobre la barba y el pelo, y el nombre del juego de
computadora, y terminó con:
—El Sr. Wilder no tiene la intensidad de Warlord.
—Y aún así usted, que es una mujer sensata, teme que éste sea el hombre.
—Estupideces, supongo.
—No. Sus instintos Le dicen que seas cautelosa. Creo que debe ser
cautelosa. Éste podía ser un hermano o un sirviente, alguien enviado para
espiarle.
Un escalofrío se deslizó hasta arriba de la espina dorsal de Karen. La
miró.
—Tengo que irme —susurró.
Dika puso su mano sobre las de Karen.
—Razón de más para no irse. Aquí tiene hombres de seguridad que
pueden defenderla. Amigos que le creerán cuando diga que un hombre
aparentemente normal es una amenaza.
—Sí. . .
Lo que Dika decía tenía sentido, y clavaba las uñas en su sentido del
pánico, la grave necesidad de huir se aplacó.
Dika vio la relajación de Karen y sonrío.
—Sí. Bien. Déjame contarle una historia. Hace casi cuarenta años mi tribu
sufría una fenomenal tragedia.
—¿Tu tribu?
—Soy Rom. Caló. Gitana.
—¡Oh!
Karen estudió los ojos marrones de Dika, su complexión morena, su
cuerpo compacto.
—No sabía que los Rom vivían en Ucrania.
—El Rom ha paseado alrededor del mundo, y hace aproximadamente
mil años mi propia tribu cometió el error de pasar por Rusia.
Dika puso cara rara.
—Los rusos hicieron de la persecución una forma de arte. Pero no
tuvimos un verdadero problema hasta hace casi cuarenta años, cuando nuestra
pertenencia más preciada nos fue arrebatada.
La mente de Karen saltó inmediatamente al icono. Su icono.
—¿Cual es tu pertenencia más preciada?
Dika suspiró.

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—Era una niña, la elegida para que ver las visiones que nos guiaban.
Nuestra Zorana. Cuando partió…
—¿Partió? Pensé que dijiste que les fue arrebatada.
—Las historias difieren.
Dika se encogió de hombros expresivamente.
—Los viejos cambian sus relatos. Todo lo que sé es que la suerte que
habíamos disfrutado durante tanto tiempo desapareció. Nuestros ejes se
estropearon, nuestros bebés murieron, nuestros jóvenes fueron asesinados. Mi
padre desapareció en una de las prisiones rusas. Tenía once años entonces. En
Ucrania, las milicias podían ser muy malas, muy corruptas. Tomaron lo que
querían, mataron, quemaron. Mi madre me enseñó a esconderme cuando
vinieron, y lo hice, hasta que un día cuando tenía quince, el general me vio
antes de que pudiera ocultarme. Amenazó con quemar los carros si el Rom no
me entregaba a él. Así que lo hicieron.
Incrédula, Karen preguntó:
—¿Cómo pudieron?
—Era yo o sus propios niños y por lo tanto me sacrificaron.
Un fantasma de la memoria se escabulló por la mente de Karen. La niña
sacrificada. . .
Dika miró la cerveza que tenía agarrada en sus manos.
—Nunca vi a mi madre otra vez. Estuve con Maksim cinco años. Todo el
tiempo estaba furioso conmigo, y al final, pienso, sólo furioso. Dijo que me
acosté con otros hombres. Acusó a sus soldados, su hermano, su mejor amigo.
Me golpeó, me pateó, hizo que no pudiera tener niños.
—Lo siento.
—Así que finalmente me acosté con otro hombre, un hombre fuerte, y
cuando el general vino por mí le ordené que le diera un tiro como un perro en
la calle. Luego vine aquí.
Dika miró hacia arriba, y líneas hondas se grabaron su en labio superior
y entre sus cejas.
—Incluso ahora, a veces veo a Maksim en mis pesadillas.
—Me haces sentir avergonzada por quejarme.
Porque Warlord la había retenido contra su voluntad, pero había
prometido no lastimarla nunca, e incluso ahora lo creía.
—No. No esté avergonzada. Esté orgullosa de si misma por lo que ha
conseguido. Doy gracias a Dios todos los días por haber usado mi fortaleza para
luchar contra Maksim, y recuerdo con placer haber dado la orden de matarlo.

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Dika levantó su barbilla.
—Señorita Karen, no quiere correr para siempre. Si éste no es el hombre,
entonces permanezca dónde quiera estar. Diré al personal que lo miren, y si es
él yo personalmente prepararé las hojas y lo haré desarrollar un sarpullido tan
terrible que tenga que ir al hospital.
Karen se río, y se relajó.
—Tienes razón. Tengo que dejar de correr de un recuerdo. He roto los
viejos vínculos.
Y, curiosamente, significaba los que la unían a Jackson Sonnet, no las
sogas que Warlord había usado para atarla.
En verdad, su ruptura con el hombre a quien había llamado su padre la
había hecho darse cuenta cuán sola estaba en el mundo. No había tenido
ningún amigo, porque había trabajado demasiado y no tenía tiempo para ellos.
Se había movido de lugar a lugar y no había tenido ninguna residencia excepto
la mansión oscura, fría y deprimente en Montana. Y había gastado su vida en
cosas que le eran desagradables debido a la aprobación inalcanzable de un
hombre.
Así que había cambiado su vida. Viajó. Se hizo la pedicura. Hizo amigos,
cantó canciones, bebió vinos finos. A veces extrañaba la vieja vida; había sido
una buena directora de ese proyecto maldito, y habría sido satisfactorio
terminar el trabajo allí.
Todavía el único sitio verdaderamente oscuro que permanecía en su
horizonte era su miedo de que Warlord saliera de las sombras de su vida
vieja—y recordó demasiado claramente la leyenda que había transmitido sobre
el malvado ruso y sus descendientes, malditos por toda eternidad. Recordó la
manera en que su carne había chisporroteado en contacto con el icono.
Dika tenía razón. Si el Sr. Wilder era Warlord, Karen tendría poca chance
de escapar si huía. Así que era tiempo de enfrentar su miedo.
—Soy fuerte. Tengo confianza en mí misma. No soy la misma persona
que era hace dos años. Por eso. . . me quedaré.
—¡Bien!
Dika palmeó la rodilla de Karen y se puso de pie.
—Mi gente se ha reunido otra vez. Tenemos un interés en esta lucha
contra el diablo y sus subalternos, y le ayudaremos, señorita Sonnet. Así que sea
precavida, debe saber que tiene amigos cuidando su espalda. Ahora tengo que
ir a trabajar.
—Yo, también. Tengo un buffet para supervisar.

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Karen se puso de pie también.
—¿Quién lo sabe, señorita Karen?
Dika parecía absolutamente despierta.
—Si este Sr. Wilder no es su amante, entonces quizás el demonio está
muerto.
Karen chasqueó su lengua en el interior de su labio. A veces,
inesperadamente, el sabor de su sangre inundaba su boca, y veía con sus ojos,
sentía con su corazón. . . La angustia, la oscuridad, la violencia, y un profundo,
desesperado anhelo.
—No. Definitivamente no está muerto. Está ahí en algún sitio. . .
esperando.
Cuando las dos mujeres entraron, el desconocido caminó afuera de los
arbustos, se quitó el polvo, y permaneció de pie como una estatua.
Karen salió primero a supervisar su buffet.
Dika trabajó en una media hora; luego también partió, cerrando con llave
las puertas detrás de ella.
Trepó a la cerca. Se adentró en la privacidad del patio, se arrodilló junto
a la puerta, forzó la cerradura, y entró.
La cabaña olía a desinfectante. Los toques femeninos decoraban la
habitación. Karen Sonnet había hecho este lugar parte de sí misma.
Pero había estado lista para abandonarlo ante la primera señal de
problemas.
Su bolsa y mochila todavía estaban tiradas sobre la cama.
Se dirigió hacia ellos.
Debió haber corrido mientras podía.

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Capítulo 16
Jackson Sonnet miró fijamente su trofeo más reciente— la cabeza de una
gran hembra de ante que había conseguido en una visita a Alaska—repicó los
dedos sobre su escritorio, y esperó. Y esperó.
Finalmente Phil Chronies apareció en la puerta de su estudio.
—Aquí lo tiene, Sr. Sonnet. Lo encontré. En realidad no lo perdí. En
realidad me olvidé de ello. Recibe tanto correo que es difícil estar al tanto de
todo.
Se acercó sigilosamente y pasó el informe del Detective a Jackson.
Jackson miró el plano sobre de papel madera.
—Ha sido abierto.
—Sí, esos carteros de Montana son realmente entrometidos.
Phil se movió de la misma manera que un niño que tuviera que ir al baño.
—Vete.
Phil huyó.
—No cierres de golpe.
Phil cerró de golpe la puerta detrás de él.
—¡La puerta! El pequeño pendejo lo hace cada vez maldita sea.
Chronies no eran bueno para nada. Después de escuchar su historia
sobre que Karen se había estado tirando a algún motociclista del Himalaya, de
cómo Phil había luchado por proteger el trabajo él solo, y cómo Karen lo había
dejado para morir, Jackson se había sentido mal por su brazo faltante, por no
mencionar que había querido evitar una demanda judicial, así que se había
asegurado de que toda la hospitalización y la rehabilitación fueran pagadas al
cien por ciento. Eso fue durante los seis meses en que Phil había permanecido
sin comisión.
Luego, cuando volvió, Jackson le había dado un trabajo en su oficina
central en la cuidad, respondiendo a las preguntas de campo. Tenía sentido;
Phil era un maldito ayudante de construcción. Debería haber sabido sobre
empresa, o eso es lo que Jackson había pensado.
Pero Phil había sido malísimo, desconocedor de los temas más básicos,
incapaz de conseguir materiales donde debía y cuando debía, y su arrogancia
había resultado en la pérdida de uno de sus mejores supervisores de
Construcciones Jackson.
Dos, si contaba a Karen.
Así que, para minimizar el daño que Phil podía hacer, Jackson lo había
clavado como empleado de relaciones públicas y le había dicho a su director

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que lo mantuviera ocupado. Después de tres meses Nancy había pedido que
Jackson pusiera a Phil en vereda antes de que tuvieran una demanda de acoso
sexual en sus manos.
Así que Jackson lo había traído a la oficina de su casa, y lo había puesto a
clasificar.
El pedazo de mierda no podía hacer ni siquiera eso.
¿Qué había dicho antes de que se marchara Karen?
Disfruta tu tiempo con Phil, y confía en la verdad de todo lo que te diga.
Era como si hubiera maldecido a Jackson, porque estos pasados dos años
habían sido miserables. Hasta donde podía saber, Phil era alérgico al trabajo, a
cualquier tipo de trabajo. Fabricaba excusas estúpidas para su incompetencia.
Cada vez que Jackson gritaba, Phil sacaba a colación la historia sobre cómo
Karen se había estado tirando a un motociclista y lo había dejado a para que
fuera aplastado por una avalancha. Y cada vez que el tipo empezaba a contar la
historia sobre Karen y la avalancha, cambiaba un poco de la misma.
En primer lugar Jackson no debería haberle escuchado. No debería
haberle dicho la verdad a Karen sobre su madre. Debería haber mantenido su
promesa a Abigail y criado a Karen como su propia hija en lugar de como un
empleado conveniente. . . Mierda. Por primera vez en su vida se sentía culpable.
Iba a tener que deshacerse de Phil. Le daría un bonito paquete de
jubilación, lo amenazaría con la muerte o peor si contaba los secretos sobre los
asuntos personales de Jackson, y lo sacaría por la puerta.
Porque nadie tenía derecho de saber qué estaba ocurriendo con Karen
excepto Jackson Sonnet.
El sobre se abrió fácilmente—después de todo había sido abierto
previamente—y sacó el informe.
Karen había pasado casi un año en Europa haciendo sólo lo que dijo que
fue a hacer—un montón de nada.
Seguro de que no podría soportarlo, Jackson había esperado que ella
regresara arrastrándose a casa.
Pero no. El Detective de la agencia le había enviado fotos de ella en la
ópera de Viena, viajando por el ferrocarril, comprando en una feria,
repantigada en playas con gente que nunca había visto antes.
Aparentemente hizo amigos fácilmente. Exactamente de la misma
manera que su mamá.
Pero a diferencia de su madre, no se estaba acostando con nadie. Hasta
donde el Detective pudo descubrir, Karen era tan pura como la nieve virginal.

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Eso asombró a Jackson. . . ¿esa historia que le había contado era la
verdad? ¿Realmente había sido raptada por un mercenario y mantenida como
rehén?
¿Algún hijo de puta había lastimado a su niña pequeña? ¿Jackson le
había fallado tan miserablemente?
El papel se arrugó en el puño de Jackson.
El año pasado, cuando finalmente había regresado a los Estados Unidos,
Jackson había esperado verla cruzar la puerta, buscando un trabajo.
En lugar de eso fue a un balneario en Arizona, se quedó allí como
huésped por una semana, y luego empezó a trabajar allí como coordinadora de
eventos.
Cuando leyó ese informe, casi había echado espuma por la boca. Todos
esos años de universidad, de adiestramiento, de aprender a sobrevivir en las
condiciones más duras, desaparecidos para malgastar su presente en un
balneario y hotel mariquita preparando fiestas para personas que retozan en
Jacuzzis y toman masajes. Y se hizo hacer la manicura, para la mierda que sirve.
De acuerdo con este más reciente informe, todavía estaba ahí. Les
gustaba mucho. Cada informe sobre el progreso estaba lleno de elogios. Había
tenido un par de aumentos. Y había fotografías.
Jackson se hundió en su silla y miró fijamente la foto en su mano.
Se veía bien. No como Abigail; si se hubiera parecido Abigail tal vez
podía haberla perdonado. En lugar de eso se veía como una versión de
femenina de su padre, ese maldito indio Nighthorse. Se había arreglado.
Adquirido un bronceado. Dejando su pelo crecer y lo había aclarado. Llevaba
maquillaje y vestidos. . .
Era una mujer muy bonita, y no se merecía lo que le había dado.
Debería haber mantenido su promesa a Abigail.
Si lo hubiera hecho, no sería un anciano patético que espiaba a la niña a
quien había querido de la misma manera que una hija.
Phil cerró silenciosamente la puerta de la oficina de Jackson.
Se había dado cuenta de que si la golpeaba lo suficientemente y luego la
abría solo un poco podía mirar al viejo tonto. Ayudaba conocer el humor de
Sonnet, y ayudaba saber cuándo parecer ocupado. El viejo tonto tenía un ataque
de nervios cada vez que descubría a Phil revisando el correo o jugando al
solitario en la computadora, y realmente se había puesto furioso cuando
había—perdido—ese informe del Detective. Pero a Phil no le importaba
demasiado.

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Alguien quería saber todo sobre Karen Sonnet, y ese alguien estaba
dispuesto a pagar muy bien por esa información. Y Phil Chronies complacería
al infierno antes que renunciar a un sujeto con un buen cheque.
El teléfono sonó.
Sonrío de manera desagradable mientras agarraba su copia del informe
del Detective y recogía el auricular.
Alguien que tenía conciencia del tiempo.

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Capítulo 17
Los Burstroms habían alquilado el complejo acuático para su fiesta de
apertura, y esto alardeó de buceo y piscina, tres toboganes, y un cuarto de milla
de río que rodeaba el área con una corriente poderosa que propulsaba a los
invitados de los Burstroms desde el buffet cerca de la piscina y atrás. Había
salvavidas para cinco nadadores, dos masajistas para el cuello en sus mesas
portátiles, un dj que tocaba lo que le solicitaban, y los invitados nadando,
bronceándose con la puesta del sol, y maravillándose de la vista.
Karen supervisó el acontecimiento con ojo penetrante, y la mantuvo tan
ocupada que apenas pensó en Rick Wilder y su misteriosa semejanza con
Warlord. Aunque… ella nunca se relajaba lo suficiente.
Cuando finalmente lo vio, él salía de la piscina. Lo miró paralizada, él
curveó los dedos de sus pies en el borde, empujó su pelo mojado fuera de sus
ojos, y le sonrió a dos de los viejos empleados de la Sra. Burstrom.
Él parecía tan normal. No como el mercenario o su demonio Némesis,
pero igual que un hombre americano vistiendo un bañador verde y una mojada
camiseta beige… realmente un típico americano.
Pensó que podría tener la oportunidad de estudiar su cuerpo, observar
cualquier señal que pudiera identificar, pero aparentemente no era la única
mujer con aquella idea en la mente, y él desapareció rápidamente bajo el
bombardeo de los recientes ingenieros femeninos de Burstrom.
Lo cual hacía sentir a Karen poco graciosa, como una vieja novia
abandonada.
Hasta el momento en que se fue por la noche a la cama, después de haber
trabajado durante veinte horas sin parar, durmió como una roca, sin ninguna
premonición o sueño.
La actividad de la mañana siguiente incluyo un torneo de volleyball y
partidos de tenis, y en la tarde una degustación de vino, y al momento en que
los primeros de Burstrom Technologies se sentaron alrededor de la cena, Karen
estaba lista para un momento a solas. Observo la cena alrededor del recorrido
de postres, y después a su izquierda los diestros proveedores, y salió hacia su
lugar favorito en la tierra, el jardín japonés. La noche era clara—por supuesto
era el desierto de Arizona—y la luna llena y las discretas luces hacían un
camino fácil de seguir. La grava blanca sonaba bajo sus sandalias, y al lado, el
goteo de un pequeño arroyo sobre las pulidas piedras encabezado por el borde
del acantilado, donde ingeniosamente caía en una cascada de espuma. Rodeó
una esquina, descendiendo las escaleras entre las piedras—y se detuvo fría.

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El banco de granito estaba ocupado. Comenzó a darse la espalda para
alejarse, pero él giró su cabeza, y la luz de la luna blanca brilló sobre su cara.
Rick Wilder.
Todo lo que ella le había dicho a Dika sobre ser fuerte e independiente
desapareció en un destello de alarma.
Levanto un pie, lista para escapar.
Inmediatamente él se puso de pie.
—Lo siento. ¡Lo siento! ¿Es éste su jardín privado? Pensé en poder
excusarme y no volver, porque sabía que Chisholm iba a presentar los premios
anuales de empleados. Ya que no soy un empleado, francamente no me
preocupa. ¿La dejo sola?
Ella vaciló.
Pero él parecía tan normal, todo a su alrededor era tan—chico—
normal… y no podía alegar que la había seguido, ya que ella había llegado
después de él. Nadie sabía donde estaba ella, pero tenía su buscapersonas, y no
era como que no podría gritar y convocar a los guardias de seguridad que
patrullaban las tierras cada momento de la noche.
—Este jardín es para el uso de los invitados, y si no le preocupa mi
compañía, me gustaría tomar un momento para descansar —encontró una roca
artísticamente colocada en medio del jardín, lejos de él, se sentó y gimió—. He
estado esperando para sentarme durante las últimas seis horas.
—Noté que trabaja desde la mañana hasta la noche.
¿Notó? ¿La había estado mirando?
—No siempre —dijo ella cautelosamente—. Solamente cuando tenemos
una actividad grande.
—¿Cómo de a menudo pasa? —él sonrió amistosamente, con una sonrisa
abierta y se sentó hacia atrás sobre el banco donde había estado antes.
—Eso depende del tiempo, pero en invierno, cada diez días más o menos.
La gente se enloquece por salir de la nieve, entonces vienen aquí y fingen que es
julio en Chicago.
—Un trabajo duro.
—No realmente. Es más grato mirarlos. Son casi niños, tan felices.
Sin ninguna preocupación, la miró, la luz de la luna sobre su rostro.
—Entonces esto es perfecto para usted. ¿Cuánto tiempo hace que
coordina eventos?
—Un año.
—¿Qué hacía antes?

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—Antes viaje alrededor de Europa durante un año. Y antes de eso… —lo
examinó— era la jefa de un proyecto de construcción de hoteles de aventura.
—Bromea —si él era bueno fingiendo, porque ella no pudo ver un solo
parpadeo que traicionara otra cosa que solo una conversación casual para
conocerla.
—Bien, primero… ¿un año en Europa?
—Me gusta Europa.
—Sí… ¿pero un año?
—Me conseguí un pase Eurail y fui donde me tomaba mi capricho. Comí
en grandes restaurantes, hice muchos amigos, vi muchos museos —otra vez lo
miró estrechamente—. Evité sólo una cosa.
—¿Qué fue eso?
—Las montañas Europeas. No quise ver los Alpes y los Pirineos. Si
nunca veo una montaña otra vez, será demasiado pronto.
—Las odia.
—Lo hago —nunca había odiado algo tanto en su vida.
—¿Sabe lo que más me gustó sobre Europa? El Gelato. Podía hacer mi
camino por Italia comiendo gelato.
Ella estaba animada por el momento. Él no estaba interesado en
descubrir lo que ella hizo. Quería hablar de él mismo. Este tipo realmente era
solo… un tipo.
—El Tour del Gelato en Europa. Suena magnifico.
—Algún día escribiré un libro —él miró hacia atrás al salón de baile—.
La comida aquí es excelente.
—Gracias.
—Y los vinos son perfectos. ¿Usted escogió los vinos para las comidas, o
lo hizo la Sra. Burstrom?
—Hice las recomendaciones —dijo ella modestamente, pero todo el rato
pensó en cuánto a ella le gustaba un hombre con buena apreciación por el vino
fino y la comida. Él parecía tan civilizado.
—Es la mujer con el programa. ¿Qué pasa después de que dan los
premio y se termina la cena?
—Es tiempo libre, entonces supongo que cada uno hará una pausa por
una de las barras.
—Eso suena lo correcto —bostezo y se puso de pie—. Voy a dar una
vuelta. Volé aquí directamente de Suecia, y el reloj de mi cuerpo todavía esta
fuera. ¿Puedo caminar con usted hacia dentro?

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—Sí. Gracias. Puede —porque ella era fuerte e independiente, y capaz de
dar un paseo al lado de Rick Wilder sin miedo.
—¿Cual es el plan para mañana por la noche? —se dirigió hacia el hotel.
—A la Sra. Burstrom no le gusta que hable de sus proyectos —ella subió
las escaleras delante de él, sintiéndose tímida, esperando que el largo vestido
cubriera sus muslos—. Le gusta el elemento sorpresa, y desde luego respeto sus
deseos.
—La Sra. Burstrom tiene su carácter, ¿no es así? Tiene a Burstrom
alrededor de su dedo meñique.
—Solo la forma en que debe ser —sonrió Karen.
Llegaron a la cima. Él a su lado.
—¿Qué es eso? ¿Sobre la cima del cañón?
Ella se detuvo y miró también. Una luz llegó y se movió, entonces se
detuvo y se fue.
—Deben ser campistas, a pesar de que no deben estar allí. O
excursionistas perdidos —ella saco su busca, pero antes de que pudiera incluso
hablar al jefe de seguridad del balneario se apresuró en el camino hacia ellos.
—¿Necesita algo, Srita. Sonnet? —Ethan dirigía su linterna sobre Rick.
Rick parpadeo y escudo sus ojos con la mano.
Una calidez se extendió por sus venas. Ethan había estado observándola.
—Estoy bien, pero mira —señaló la luz que se había movido un poco
más cerca del balneario—. Es mejor que envíes a alguien allí para investigar.
Ethan miró arriba al borde del cañón.
—Excursionistas estúpidos —refunfuñó—. Llamaré al sheriff. Él se hará
cargo de ellos —antes de que abriera su teléfono móvil, examinó los ojos de
Karen—. ¿Está todo bien con usted?
—Realmente todo esta bien, gracias Ethan.
—Bien. Buenas noches, Sr. Wilder.
A medida que se alejaban, Ethan se puso de pie buscando en el borde del
cañón, hablando convincentemente al despacho del sheriff.
Rick volvió la mirada atrás.
—Realmente tiene mucha seguridad por aquí. He encontrado a alguien
cada vez que he estado solo.
—¿Y usted?
—¿Tiene muchos problemas con los intrusos?
—No, solo la ocasional alma perdida. Pero, esta zona es todavía salvaje.
Tenemos linces y halcones, y algunas veces un puma.

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—Wow. No había pensado en eso —él miró en torno a los árboles como
si esperara un ataque en cualquier momento.
—Pero estamos perfectamente a salvo. Ellos nos tienen más miedo a
nosotros…
—… que nosotros a ellos —terminó él—. Sí, claro, mi papá me lo decía
por las serpientes, pero todavía odio a esos babosos gusanos gigantes.
—Yo también —caminando, ella metió sus manos detrás de su espalda.
No era que esperara que él la agarrara, pero era alto, y sus amplios hombros le
hicieron sentir que llenaba el camino.
El hotel entró en su vista, y Rick dijo,
—Usted me decía sobre mañana por la noche.
—No, no lo hacía.
—Vamos —trató de engatusarla—. No lo contaré. Es la última noche, por
lo que debo tener un gran final. ¿Qué tiene planificado?
Era tan encantador tener a un hombre que en realidad estuviera
interesado en lo que ella hacía.
—Ellos tendrán un buffet a media tarde, un baile por noche, y otro buffet
a la medianoche. Luego cada uno se marchara al día siguiente, tendremos una
semana de clientes habituales, y todo comienza de nuevo.
—¿Vamos a tener un baile? ¿Así que habrá un salón de baile? ¿Con
banda en vivo?
—Son una banda local, llamados Good Red Rock, y tocaran canciones de
las últimas seis décadas.
—Me gusta bailar.
—¿De veras? —levantó sus cejas con incredulidad.
—Sí. Las mujeres harán cualquier cosa por un hombre que sabe bailar.
La hizo reír tontamente.
—¿Cualquier cosa?
—Confíe en mí.
—Entonces realmente no le gusta bailar, solamente le gusta recolectar
recompensas —para su sorpresa comprendió que coqueteaba. Un ligero
coqueteo. Con un tipo que le recordaba a su Warlord.
Tal vez esta era una señal de que estaba recuperándose de los horrores
del tiempo en el Himalaya.
—Bueno… sí. ¿Sueno como un pecador?
Él parecía tan divertido, que no se detuvo a examinar el significado
oculto de sus palabras.

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—Suena como un hombre muy inteligente para mí.
—Entonces, mi plan no está funcionando. ¿Mañana en la noche bailara
conmigo?
—Sí… pero no por más razón que el placer de la danza. No habrá nada
entre nosotros.
—Muy bien. Porque mañana por la noche tendré que encantarla lo
suficiente por nada.
Ella reía suavemente.
—Puede esperanzarse.
—Lo hago —él sonrió, una sonrisa, y algo en su interior se relajo.
Seguramente si fuera Warlord no expondría su rostro totalmente.
Seguramente si fuera Warlord ella no se sentiría tan despreocupada.
—Dicen que cuando un hombre baila con una mujer, todos sus secretos
se revelan.
—En ese caso… tendré la mejor intención de parecer interesante
rápidamente.
—¿No piensa que sea interesante?
—Creo que soy interesante —él se detuvo.
Ella se detuvo también, y lo miró.
Le dio un golpecito en la nariz, como un hermano mayor amonestándola.
—Pero soy un empollón del ordenador. Creo que son interesantes los
numeros binarios.
Ella se rió en voz alta, y disfrutó la sensación de su mano ahuecada
cuando froto su mejilla, y el punto más alto del hueso, con su pulgar.
—¿Por qué un empollón del ordenador sabe bailar?
—Mis padres son inmigrantes. Bailar es necesario.
Ella habló sin pensar.
—Entonces voy a disfrutar en tus brazos.
Suavemente él dijo,
—Esa podría ser la mejor cosa que podrías darme.

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Capítulo 18
Karen estaba vestida para el gran baile de los Burstrom, satisfecha con
ella. Porque los últimos tres días todo había ido perfectamente bien durante
cada evento.
Los Burstrom habían delirado sobre la gerencia del hotel, tanto así que
tenía la impresión de que tenían la intención de ofrecerle un puesto en la
empresa.
Preveía una gran bonificación en su futuro inmediato.
La mujer que vio en el espejo era de su agrado, también. Su negro
vestido a la rodilla era sencillo, con un escote asimétrico y unas seis pulgadas en
la parte posterior del cuerpo—un abrazo de falda. Las mangas de copa hacían
lucir sus brazos entonados, y se había arreglado el pelo con flequillos dorados
alrededor de su rostro de forma artística.
No, no siempre se vestía bien para atender estos eventos, pero hoy
brillaba.
¿Cómo no podría hacerlo? Todo el día Rick había estado cortejándola, no
deliberadamente, no ostentosamente, pero con sutiles atenciones que la hicieron
sentir especial. Flirteando. Por primera vez desde el Himalaya, podía reír y
hablar con un hombre sin preocuparse si el cautiverio y la esclavitud sexual
siguieran. Aunque por toda la comodidad que sintiera ante la presencia de
Rick, sus alertas aun sonaban. Él era peligroso. No como Warlord, pero no era
un hombre para tomar a la ligera. Cualquier hombre que llevara exitosamente
una compañía a nivel mundial tenía que ser peligroso en su camino.
Pero sus dudas implicaban disparos, mercenario, iconos, y pactos con el
diablo.
Abrió su joyero. Busco sus pendientes color ámbar y en su lugar se
encontró acariciando con su dedo un brazalete de esclava.
Oh, ya no era realmente un brazalete de esclava. El cual había sido
cortado de sus muñecas. Anduvo alrededor de Europa con ella en el fondo de
su bolsa de viaje por diez meses. Entonces un día en Ámsterdam, había visto en
una tienda a un hombre trabajando con un mazo una hoja de oro. Y supo lo que
quería hacer.
Había devuelto sus pulseras destrozadas. Dulcemente le había pedido
que la dejara trabajar en ellas. Al principio él había estado asustado, y los dos
habían discutido en su breve inglés y su holandés pobre. Finalmente él había
concedido que el oro casi puro podría ser formado, aún por una aficionada
como ella. Estando de pie en aquella ventana, había aporreado ambos

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brazaletes. Cada golpe del martillo la hacía reír. Con vengativo placer había
aporreado en el olvido las señales que la proclamaron esclava. Con un poco más
de cuidado había trabajado en el arte de las panteras, formas vagamente
nebulosas. Entonces había alisado los bordes, rediseñándolas en pulseras, y las
probó.
Se veían fabulosas, pesadas y gloriosamente barbáricas. Las había
admirado, tomadas y nunca tocadas otra vez.
Ahora tenía el placer en una mancha negra en la superficie de oro.
Cautelosamente las levantó de la caja y las deslizó en su muñeca. Dio un paso
en sus zapatillas de satén negras con arcos de satén hinchado, y caminó al
espejo de cuerpo entero. El traje era elegante, los zapatos eran sexy, y los
brazaletes sueltos, frescos contra su piel, e impresionantes.
Miraba la antítesis de una esclava.
Sin permitirse un solo pensamiento de peligro, tomó su abrigo de seda
turquesa y lo colocó sobre sus hombros. A su lado encendió una lámpara en el
área, y camino hacia la puerta.
Esta noche podría dejar el pasado, y nunca mirar atrás.

El salón de baile era ostentoso, decorado con flores y tapices de seda, y


sus puertas francesas abiertas para dejar entrar el aire seco del desierto. Dentro,
sesenta personas vestidas con sus mejores galas. Observó vestidos de cóctel en
chiffon rojo, y tuxedos negros diseñados a medida. La champaña y tequila
fluían libremente, y tocando los Good Red Rock, mientras cada persona salía a
bailar.
Los texanos sabían cómo hacer fiestas.
Pero Karen estaba trabajando, vigilando a los mozos que circulaban con
bandejas de champaña y aperitivos, sacando a un invitado quien había caído
sobre una pequeña mesa decorativa y una larga base llena de flores. Llamó al
personal de limpieza para que recogiera la cerámica rota y limpiaran el área.
Se fijó en el dobladillo del vestido de cuerpo entero de la Sra. Burstrom
cuando el Sr. Burstrom caminó mientras bailaban el Cotton—Eyed Joe.
Y todo el tiempo en la periferia de su visión, observó la oscura cabeza de
Rick Wilder.
Hablando, sonriendo y bailando con una mujer tras de otra.
Cuando el salón de baile se puso más caluroso él se despojó de su
chaqueta y la corbata. Su crespa camisa blanca y pantalón del traje presumiendo
de sus anchos hombros y el abdomen plano, y cuando desabotonó sus puños y

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enrolló sus mangas, la fuerza encordelada de sus antebrazos morenos hizo que
la boca de Karen se secara. Empaquetado así, era un vistoso modelo de hombre.
Aunque aparentemente él nunca la miraba.
Mientras sostenía una mujer en sus brazos no era conciente de ninguna
otra… y anoche le había dicho la verdad: cada una de esas mujeres habrían
hecho algo por él.
Tarde en la noche, cuando la fiesta estaba desarrollándose fácilmente y
ella estaba sola detrás de un ficus, él la encontró. Su mirad la recorrió con
aprobación, y se demoró en las pulseras.
—Te ves magnifica.
Magnifica. Le gustó eso.
—¿Me harías el honor? —ofreciendo su mano, con la palma hacia arriba.
La elegante tradición en un paquete magnífico… y un hombre
observándola astutamente lo suficiente como para saber cuando terminaría con
sus deberes.
Pero todas sus sospechas, aún no lo había vinculado con Warlord,
aunque sabía que la miraba mientras no era consciente…
Con su vacilación, sus ojos verdes—dorados se arrugaron divertidos.
Y esto la hizo comprender que tenía que tomar una decisión y sostenerse
en ella. Él era ó no era Warlord. Anoche había decidido que no era, y nada
había pasado para que cambiara de pensamiento.
Superando su resistencia, colocó su mano en la suya y pasó a su brazo.
La banda tocó una canción movida, y el tropezó un poco cuando
comenzó a moverse al ritmo de la música.
Definitivamente no se movía como Warlord.
A pesar de los falsos primeros pasos, Rick lo llevaba bien, continuo con
el ritmo hasta que ella jadeo con el esfuerzo—y placer.
Y esto la hizo recordar a Warlord.
Te prometo que antes de que termine contigo, cada vez que pienses en placer,
pensaras en mí.
Y lo hizo. Tonta como era, lo hizo.
Cuando la canción terminó, Rick preguntó.
—¿Has disfrutado en mis brazos?
—Mucho —bajó la vista, lejos de su mirada burlona, entonces la subió y
vio dentro de sus ojos.
Él examino su rostro, su vestido, sus zapatos.
—Hermosa —respiró.

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Ella estaba flirteando, sacando cada última respiración como una
tentación y él respondió.
—La siguiente canción es lenta —le ofreció su mano nuevamente.
—Seguro.
Toma esto, memoria de Warlord. Voy a bailar dos veces con el mismo chico sexy.
Le dejo acercarse. Puso sus brazos sobre sus hombro, sus
tranquilizadores amplios hombros, y juntos se movieron influenciados por la
música.
Este no era Warlord. Lo podría saber por su toque. Podría saberlo
cuando él tocara como esto, sus cuerpos se movían juntos al ritmo lento de los
pasos hacia la intimidad.
¿No podría?
Pero no podía ver a Warlord bailando como todos, nunca. Procediendo
así, civilizado bailando, y…
Tenía que dejar de pensar en él. Ahora.
Rick Wilder no era Warlord, pero tal vez… Rick Wilder fuera la cura que
buscaba.
Despegándose y sonriéndole, sobre sus ojos una luz tranquilizadora.
—¿De dónde eres, Rick?
—Fui criado en una pequeña ciudad en Cascade Mountains. Mis padres
son inmigrantes, y siembran uvas para vino, y tenemos un puesto de frutas.
Somos muy orgánicos. Los gusanos no se atreven a invadir nuestras manzanas.
Mi padre les maldijo.
—Tus padres suenan encantadores. ¿Algún hermano?
—Dos hermanos y una hermana —se movía con la música
aparentemente sin pensamiento alguno, llevándola confiadamente—. ¿Qué
sobre ti? ¿Cómo es tu familia?
—Tengo un padrastro. Me crió, pero estamos separados.
—Que pena —Rick ladeó su cabeza—. ¿Ó no?
—No lo sé. Toda mi vida he sido una idiota, pero no he hablado con él
por dos años, y lo extraño —parpadeó sorprendida. No sabía por qué había
dicho eso. Ni siquiera había pensado en ello—. Pienso que puede estar solo.
—Sé por donde vas. Mi padre es del viejo mundo, disciplinario, y yo era
siempre un chico salvaje —Rick ofreció la información fácilmente, como un
hombre sin secretos—. Cuando era joven, resentía siempre sus consejos para
hacer lo correcto, pero ahora que he cometido errores, comprendo que él quería
que fuera un hombre de bien.

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“Cuando haces lo incorrecto a menudo, puedes volverte malo.
—¿Malo? —dijo sorprendida—. Esa es una dura palabra.
—Eso es lo que mi padre diría. Para él no hay grises, solo blanco o negro.
Suponía que los inmigrantes tenían un punto diferente de vida.
—De hecho, de aquí iré a visitarlos.
—¿Una reunión familiar?
—No saben que iré. Voy a darles una sorpresa —sonrió, pero no era
usual en él, sonreír fácilmente. Esta era una pequeña sonrisa torcida un poco
dolorida.
Probablemente lo miró exactamente igual a cuando ella habló sobre
Jackson Sonnet.
—Podrías venir conmigo —dijo él impulsivamente.
Al menos, suponía que fue un impulso.
—¿Qué? ¿Por qué?
Suspiró.
—Porque mi padre va a darme la lata. Puedo escucharlo ahora.
“Adrik, tienes casi 33 años. ¿Qué? ¿Ni siquiera tienes novia? Deberías
casarte. Deberías tener hijos.
Karen al principio se rió.
Él la miró con tristeza.
—Oh seguro. Piensas que es gracioso.
—Pienso que estas buscando una pajita.
—Pero que encantadora pajita eres tú.
Sonrieron uno con el otro en perfecto acuerdo.
—Así, ¿Adrik es tu verdadero nombre?
—Un nombre de la ciudad antigua.
En un impulso, ella dijo.
—¿Podrías caminar conmigo hacia mi casa de campo?
—Nada me gustaría más —tomó su mano y tiró hacia la pista de baile.
—¿Ahora? —ella no había querido decir ahora.
Él se detuvo por las puertas.
—Mi querida coordinadora de eventos, los invitados están encabezando
la mesa del buffet de medianoche. La Sra. Burstrom le dio una alegre mirada. Y
si me quedo aquí mucho tiempo, voy a ver nada más que un combate de fuertes
ronquidos.
—¿Qué piensas que quiero hacer en mi casa de campo?
—Tomar un trago mientras gimoteamos sobre nuestros padres.

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—En ese caso… —tomó su mano y salieron.
Él lo hacía tan fácil para ella. No la presionaba. Sabía que estaba
haciendo lo correcto, usarlo para sacar a Warlord de su mente.
Tan pronto como salieron al patio él se detuvo y beso su mejilla, luego
deslizo sus labios a lo largo de su barbilla y bajo a su garganta.
Las personas los vieron. Mujeres los vieron. Y la ráfaga de suspiros casi
puso a Karen fuera de sus pies.
Aunque el beso era tan suave, tan gentil, Karen no podía más que reírse
y pasar sus dedos a través de su cabello.
—¿Sabes que acabas de hacer que cada mujer de aquí me envidie?
Le envolvió la cintura con un brazo y la dirigió hacia su casa de campo.
—No, solo hice que cada hombre de aquí me envidie.
En alguna porción distante de su mente, ella comprendió que él decía
exactamente lo correcto.
Pero pocos hombres se molestaron. Tenía que darle puntos por eso. Y
puntos por averiguar dónde estaba su casa… eso la hizo tropezar sus pasos.
—¿Cómo sabes a donde ir?
La miró indignado.
—¿Piensas que después del encuentro con el guardia de seguridad de
anoche, y viendo las luces en el borde del cañón, podría caminar contigo sin
observar primero que era seguro llegar a casa?
Era un amor. Tan dulce.
El Sr. Burstrom había levantado sus pulgares hacia ellos cuando dejaron
el salón de baile, y la Sra. Burstrom los había mirado positivamente sentimental.
Karen se detuvo y beso sus labios ligeramente.
Él besó su frente y presionó su mejilla sobre su cabeza.
Ella se acurrucó cerca. Anduvieron a lo largo de la ruta a su casa.
Tomando su llave, abrió la puerta.
La situación era tan normal, como un diario con cada persona que podía
o no ir a la cama juntos, y no podría pensar en Warlord o los brazaletes de
esclava o en el hombre que estaba condenado por un antiguo trato con el diablo.
Ella abrió la puerta. La lámpara que dejo encendida brilló en un río de
luz. Un susurro de brisa llenó el aire con la fragancia de mesquite, un regalo
obtenido por haber dejado la ventana abierta. Le hizo un gesto para que entrara.
—¿Quieres algo de tomar?
—No. Lo que quiero es a ti.

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Desde el día que había caminado lejos de Warlord no había mirado atrás,
no había querido un hombre. Pero quería a este hombre. No había entendido
qué combinación de cuerpo y espíritu, músculo y alma lo hacían atractivo, pero
no tenía miedo. No había nada sobre este hombre que hablara de posesión, de
la loca necesidad de mantenerla cautiva. Parecía como el tipo de hombre que
podría bailar, tomar su placer, y seguir su camino.
Y eso era justo lo que quería.
Empujó la puerta cerrándola detrás de él.
Este no era un hombre de tierra y aire, fuego y magia, pero era un
hombre completamente normal que bailaba con una mujer con la esperanza de
conseguir sus pantalones. Nunca había sido rápida y de fácil enganche en el
colegio—la poca experiencia que tuvo la había convencido de que el sexo casual
era justo, bueno, y sus mejores momentos fueron pasados leyendo o calculando
o aún estudiando—ahora mismo, el sexo casual era justo lo que el doctor
ordenaba.
Rick se inclinó en la pared y tiró de ella. Tenía una leve erección debajo
de sus pantalones, y ella levantó la boca a la suya, pensando que podría ir
directo al grano.
Instantáneamente él beso sus parpados y cerró los ojos, luego deslizó su
lengua alrededor de su oreja hasta que ella se estremeció con deleite. Repitió la
caricia en su mejilla y mandíbula, y con su dedo siguió con el toque en sus
labios.
Con cada toque agitaba su cuerpo hasta que quiso gritar con el triunfo.
Warlord no la había marcado como suya. Podía sentir placer sin pensar
en él. A éste era lo que necesitaba para limpiar su mente de él—el apasionado
abrazo de un hombre normal.
Y entonces Rick la besó, profunda, cálidamente, mientras que el mundo
se arremolino alrededor de ella y la tierra se movió bajo sus pies.
Cuando él separó sus labios ella lo miró fijamente a los ojos verde—
dorados engañosos, y levantó la mano, y lo abofeteo con todas sus fuerzas a
través de la cara.
—Warlord. Eres un completo y absoluto bastardo.

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Capítulo 19
Era él. Era Warlord. Lo conoció tan pronto como lo saboreó.
—¿Cómo osas hacerlo? ¿Cómo osas jugar a este juego conmigo?
Warlord la miró, sus aparentemente pálidos ojos nunca se alejaron de su
rostro.
—Fuera —se arrancó del círculo de sus brazos—. Sólo vete, y nunca
vuelvas.
Extendió la mano al buscapersonas para llamar al jefe de seguridad.
Sus reflejos no habían disminuido su velocidad. Arrancó el
buscapersonas de sus manos y lo tiró en la silla, poniéndolo justo en el
almohadón, donde rebotó y quedó apoyado.
Ciega por la rabia y la decepción, terminó golpeándolo otra vez—y él la
agarró y la sacudió. La presionó nuevamente contra la pared y deslizó sus
manos por la parte inferior de sus muslos, envolviéndolos alrededor de él tan
confiado como cuando la había guiado en la pista de baile. Con tanta confianza
como la que había utilizado para calmar sus sospechas y hacerla pensar que era
digno de confianza, un hombre sencillo y trivial, cuando a decir verdad era la
criatura más intensa y despiadada que alguna vez se puso un traje de oficina.
Lo empujó.
—Suéltame. Estos no son los Himalayas, y no soy ninguna cobarde que
está demasiado asustada para levantarse e irse.
—Te haces muy poca justicia.
Ni siquiera se molestó en ocultar su tono. La manera en que hablaba, el
ronroneo en su voz, pertenecía a Warlord.
—Nunca fuiste una cobarde, Karen. Eras una criatura de fuego y pasión,
y me mostraste la luz cuando estaba sumergido en la oscuridad.
—¡Qué tremenda pila de mierda!
Estaba tan enfadada su corazón martilleaba en su garganta. Sus mejillas
ardían. Apretó las cuerdas de sus hombros entre sus puntas de los dedos.
—Viniste a hacer una tonta de mí.
—Vine a salvarte.
—¿De qué? ¿De mí misma? ¿De mi estúpido deseo de ser una mujer
normal que vive en los EE.UU., lleva vestidos y tacones, y tiene un trabajo de
chica?
Con ácido en su tono, dijo:
—Debes haberme confundido con tu padre. ¿Pero lo llamaste tu
padrastro, ¿no?

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—¿Qué sabes sobre mi padrastro?
Su voz tembló de ira.
—Solamente lo que pude cosechar de horas investigando por Internet.
Parecía tanto sarcástico como entendido.
—Añade el descubrimiento de que después de que regresaras de Nepal,
fuiste a casa por una hora, partiste, y nunca regresaste, y fue suficiente.
Odiaba que hubiera invadido su vida privada, husmeado, y ensamblado
la suficiente información para hacer las conjeturas correctas sobre su relación
con Jackson Sonnet.
—Ahora me doy cuenta de que debí haber investigado sobre tu familia,
tal vez hubiera descubierto qué es lo que te hace funcionar.
—Mi familia guarda un perfil bajo.
Deslizó dedos a lo largo del borde de su escote hasta el declive entre sus
senos.
Ella aprovechó su distracción y arrojó sorpresivamente un golpe a su
nariz con su frente.
Él lo esquivó.
—¿Por qué estás luchando contra mí? Esto es lo que quieres.
—¿Y cómo es que se te ocurrió tamaña estupidez?
—¿Pensabas que podías llevar mis brazaletes y no enfrentar las
consecuencias?
—¡Tus brazaletes!
Levantó sus muñecas frente a sus ojos.
—¿Has echado un vistazo a estos bebés? ¿Has visto lo que les hice?
—Los convertiste en un adorno para tus muñecas, un adorno que
aseguró que nunca pudieras olvidar al hombre que te los dio.
Su presunción hizo caer su mandíbula. Recordó cómo había golpeado
sobre el oro, vapuleándolo con el martillo una y otra vez hasta que su brazo
dolía y el metal maleable estuvo dañado, cambió su forma de odiados
brazaletes de esclavo a simples adornos.
—Estás loco.
—No. Sólo te conozco mejor de lo que tú te conoces. Te conozco porque
me llevaste dentro de ti, y toqué la parte más profunda de ti misma. No importa
cuánto odies la idea, has pasado los últimos dos años esperándome tú has
gastado los pasado dos años esperando mi regreso.
—He estado esperando en el miedo.
—No, dulce.

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Apoyó su frente en la suya.
—Has estado esperando en la expectación.
Miró fijamente en sus ojos, sus suaves ojos verdes ligeramente salpicados
de oro. Su corazón martilló en el pecho, y no podía respirar. De ira. Realmente
no de expectación.
—Si te hubiera reconocido. . . ¿Cómo lo hiciste? Cambiar tu color de ojos
¿Antes, usabas lentes de contacto negros?
Lanzó una carcajada.
—Tú no crees en eso.
No lo hacía.
—Mis ojos eran negros porque había caído tan profundamente dentro
del corazón del mal que mi alma era negra.
—Claro —se burló de él—. Y los ojos son las ventanas al alma.
Pero un escalofrió se elevó por su espina dorsal. La niña sacrificada. . . el
icono. . . el relato había hablado de la familia atada por el pacto del diablo. . . y
la sujetaba en sus brazos.
—Sí. Lo son. Mira tus ojos. Puros y hondos, como una piscina glacial.
—Corta. . . con. . . eso. No estoy comprando una palabra.
—Bien, porque no quiero hablar de eso ahora.
—Eso es todo lo que quiero hablar contigo.
—Eso nos deja solamente una cosa que ambos queremos hacer.
Sintió que su cuerpo se tensaba, y lo supo.
—No, ¡no es cierto!
Pero era demasiado tarde.
La besó. Quería morderlo, pero primero. . . quería saborearlo. El sabor
era penetrantemente dulce y conmovedor más allá de la fe. Ya fuera que lo
deseara o no, saboreó los recuerdos, la pasión. . . el placer.
Ese placer que la lanzaba al vacío, a él. . . .
El viento que entraba por la ventana abierta al lado de la cama levantó
un mechón de su pelo y lo envolvió alrededor de su barbilla como un abrazo.
Escuchó el sonido grave de sus zapatos cuando los pateó.
Abrió su bragueta, dejó caer sus pantalones, y se frotó a sí mismo entre
sus piernas. Su polla desnuda rozó su calzón, la seda lo hacía resbalar y
deslizarse.
El roce era como un fósforo a punto de encender una fogata—y encendió
en ella una reacción inmediata.

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Torció su cabeza hacia atrás, golpeándola contra la pared. Arrojando el
poco juicio que quedaba en su cerebro de mosquito.
¿Cómo pudo no saberlo? ¿Cómo pudo no haber reconocido su olor—
cuero, agua fría, aire fresco, y ese aroma raro que era solo suyo—¿el olor del
salvajismo? Yanqui Candle podía usar a Warlord como un perfume, y las
mujeres se reunirían para encender esa mecha.
—Maldito.
Luchó en sus brazos como una mariposa enganchada contra la pared.
—Tengo amigos aquí, y no te dejarán hacer esto.
—Tus amigos te vieron llevarme a tu cabaña. ¿Piensas que andan por ahí
a la espera de escucharte gritar de éxtasis?
Tomó una respiración larga, lista para gritar.
Y la besó. La besó realmente esta vez, aprovechando su vulnerabilidad,
absorbiendo su sabor, volviéndola a familiarizar con su esencia. . . la cual
llegaba plagada de pasión.
Éste era el hombre que recordaba, intenso, fiero, tan vivo que el deseo
saltaba de su cuerpo hacia el suyo. En toda la historia del mundo, ningún
hombre jamás había querido a una mujer de la misma forma en que él la quería.
La sujetaba como si se tratara de algo realmente preciado. Una mano
sosteniéndola; la otra acariciando su cintura, sus pechos, y su garganta, de la
misma manera que un coleccionista que adoraba cada faceta.
Y absorbió su adoración, respondió a la emoción pura de estar cerca de él
otra vez. Sintió como se doblaban los dedos de sus pies. Un zapato de satén
negro resonó sobre el piso de baldosas. Débilmente, mientras sus músculos se
tensaban y su respiración se aceleraba, supo que estaba revelando demasiado
de su larga, solitaria espera. Pero aún así el cúmulo de sensaciones la abrumó,
creciendo como la marea hasta llenar los fragmentos más solitarios y desolados
de su ser, las márgenes ocultas de su alma que se habían marchitado de soledad.
Necesitándolo. Con él entre sus piernas, apretándose contra su cuerpo, florecía
otra vez.
Cuando arrancó su boca de la suya, ella gimió, sus ojos se cerraron,
tratando de recuperar un poco de serenidad antes de afrontar su mirada.
Porque él lo sabía, siempre había sabido que no podía resistirlo. Seguramente se
estaría burlando de ella. Por supuesto.
El cambio, cuando vino, vino rápidamente.

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Como si no fuera más consciente de ella, apagó el fuego entre los dos y
permaneció de pie rígido, inmóvil, frío. Soltó sus piernas, puso ambas manos
sobre su cintura.
Abrió sus ojos y vio que su cabeza despacio, muy despacio, giraba para
mirar hacia la cama.
Warlord permanecía inmóvil, en tensión, un precavido, agudo
depredador. Sus ventanas nasales se dilataron cuando olió el aire. Sus ojos se
movieron de un lado a otro, tratando de ver lo que estaba escondido, y en sus
profundidades vio un llameante brillo rojo.
Algo estaba mal. Algo estaba aquí.
Su mirada voló a la ventana.
La había dejado abierta unos dos centímetros, con una vuelta del cerrojo
puesta en su lugar. Ahora estaba abierta de par en par.
Escuchó un sonido de deslizamiento.
En un instante Warlord la dejó ir.
Sus pies tocaron el piso duro. Se tambaleó hacia un lado sobre un solo
tacón.
Cuando se giró, sus ojos cambiaron.
Él cambió.
En su lugar había una pantera, negra, gruñendo, encorvada, y mirando
hacia la cama.

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Capítulo 20
Gritó y retrocedió contra la pared.
Warlord... ¿Warlord era una pantera? ¿O la pantera era Warlord?
Inmenso, negro, elegante, amenazador... Pero no la amenazaba a ella.
Hacía dos años en Nepal, ella había presenciado lo sobrenatural, cuando
tocó a la niña muerta hacía tanto tiempo, el sacrificio al diablo hecho por la
gente de la villa… y la niña había abierto los ojos. Aquellos inolvidables ojos
aguamarina que se habían igualado completamente con los de Karen.
Karen había esperado nunca más ver algo tan extraño, nunca más estar
tan cerca de ese otro mundo donde la fantasía cobraba vida y el mal se
mantenía reinando durante mil años.
Pero Warlord había regresado, y ahora... de abajo de la cama de Karen,
una cobra real salía de su escondite. Su piel brillaba con gloriosos tonos de color:
negro, rojo y oro. La cosa malvada medía por lo menos tres metros de largo, tan
ancha como su muslo, su capucha se difundía ampliamente abierta, sus
colmillos destellaban como joyas de la muerte, sus inteligentes ojos negros que
seguían los movimientos de la pantera.
De Warlord.
Más aún, sabía, con terrorífica seguridad, que la serpiente era consciente
de ella, y preveía asesinarla con agudo deleite.
¿Cómo había entrado allí esa cosa?
¿Por qué era tan grande?
¿Cómo podía tener tal propósito inteligente y malévolo?
Solamente una respuesta era posible: esa serpiente era como Warlord, un
hombre que se convertía en una criatura salida del infierno que caminaba con
un andar majestuoso, se escondía, tomaba la vida con inteligente eficiencia.
Warlord dijo que había caído en el corazón del mal.
Se pegó a la pared. Sus uñas rozaron el papel tapiz.
Ahora la había llevado con él.
Con un destello de intuición, recordó el trato con el diablo. Warlord le
había contado la leyenda el día en que había tocado el icono y este lo había
quemado.
El trato con el diablo... Éste era el resultado.
Incongruentemente, la pantera llevaba la camisa, abierta en el cuello de
Warlord, las mangas enrolladas.
La serpiente se balanceó hipnóticamente.
Ningún músculo se movía sobre el brilloso cuerpo del fenomenal gato.

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Sin advertencia la cobra escupió. Las plateadas gotas de veneno
golpearon la cara de la pantera.
La pantera gritó, un chillido de la agonía, su carne chisporroteó.
El veneno cayó al piso, como gruesas y mortales charquitos de mercurio.
La pantera se tambaleó sobre sus patas, saltó sobre ella y se enroscó en el
aire. Sus garras traseras cortaron la capucha desplegada de la cobra.
Luego la pantera aterrizó en el lecho y saltó por la ventana.
En una noche de horror, ésa era la cosa más horrible de todas.
La serpiente se encabritó, se agitó desenfrenadamente de un lado a otro,
buscando al gato. Su sangre salpicó las paredes y el piso. Sus colmillos
golpearon sobre sus parlantes, destrozaron el estante lleno de sus DVD,
arrojaron su reloj al otro lado de la habitación.
Karen se movió lentamente a lo largo de la pared, los ojos clavados en el
reptil mortal que se retorcía, desesperada por no atraer su atención y aún más
desesperada por no atravesarse en su camino.
Gradualmente la agitación de la serpiente se calmó. Depositó su mirada
en Karen y casi pareció sonreír, su lengua se movía rápidamente en burlona
expectación.
Parecía creer que Warlord la había abandonado a su suerte.
Solo por eso. La serpiente no era tan lista como había temido
anteriormente.
Pero, ¿dónde estaba Warlord? ¿El veneno había salpicado en sus ojos?
¿Estaba ciego?
¿Tendría que salvarse sola? Trataría. Por supuesto que trataría, pero
cuando esa cosa se levantó y se balanceó con destreza serpentina, se dio cuenta
de que su cabeza gigante se extendió a la misma altura que su garganta.
Corrió hacia la puerta, pero la serpiente la bloqueó.
Los colmillos brillaban.
Dio un paso hacia atrás.
Los ojos brillaron con llamas rojas. El cuerpo se deslizó hacia ella en
fenomenales olas.
Quería gritar, pero no tenía aliento para hacerlo, quería correr, pero no
tenía ningún lugar a dónde ir. Puso un pie detrás del otro, estiró su brazo a su
espalda, tanteando, desesperada por evitar obstáculos, mantenerse sobre sus
pies. Su mente desfiló. Si pudiera saltar sobre el colchón y tirarse a través de la
ventana, podría resultar lastimada, pero sería libre. Correría y gritaría, y la
seguridad llegaría, y…

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Tropezó con algo abultado, inflexible, algo que rodó bajo su pie de atrás
para adelante. Trató de atraparse. Su pie se resbaló sobre el azulejo. Cayó
sentada con un fuerte golpe. El zapato de vestir de cuero de Warlord estaba
sobre el piso. El zapato de Warlord la había hecho caer. Miró hacia arriba, vio la
cobra erguirse sobre ella, sus ojos negros y eufóricos, sus colmillos enseñados,
lanzando una mirada furiosa blanca y lista.
Se agarró al pesado zapato y lo lanzó, apuntando hacia el largo cuerpo
de la criatura sobre el piso.
La serpiente colapsó, desbalanceada. En un instante se irguió otra vez,
furiosa por su agresión. Iba a morir…
La pantera saltó de regreso a la habitación, en el lecho, luego al límite del
colchón y sobre la serpiente, haciendo añicos su cabeza hacia el piso. Con sus
dientes el fenomenal gato volteó a la cobra en el aire y rompió su espina dorsal
con un audible crack.
La sangre salió a chorros. La cosa horrible se retorció sobre el piso en sus
estertores de muerte.
La gigantesca pantera permaneció de pie sin aliento, su boca carmesí con
la sangre—y marcas de quemaduras por el veneno en su mejilla derecha y
ambos párpados.
Rick. El gato era Rick, y Rick era Warlord, y sus pesadillas más raras
habían tomado forma en la vida real. Retrocedió hacia la ventana, conocedora
de que huir era fútil, pero sabiendo, también, que tenía que tratar de escapar de
esa pesadilla donde cobras gigantes escupían veneno letal, y el hombre a quien
creía conocer... no era realmente un hombre.
El fracaso de la serpiente la desesperó aún más, un ritmo perturbador de
muerte serpentina.
Al mismo tiempo la pantera gimió y cambió. No podía alejar su mirada
fascinada y horrorizada mientras el pelaje oscuro se convertía en piel, hombros
y pecho llenaron la camisa, los huesos de las piernas se enderezaron, las garras
se convirtieron en dedos de las manos y los pies, la cara desarrolló una barbilla
fuerte, una nariz prominente, y. . . uno pálido ojo verde chispeante de vida,
mientras que el otro estaba hinchado, cerrado, con la piel vuelta volteada y
rezumando. Rick—o Warlord, o como quiera que se llamara—era casi humano
otra vez. Casi.
Agitó su cabeza y habló entre dientes:
—No, no, no —como si el cántico la fuera a devolver a la realidad de
algún modo.

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Detrás de él, el rosado vientre de la serpiente permanecía volteado hacia
arriba, enseñando los colmillos, sus negros ojos fijos sobre Warlord.
El horror la congeló en su lugar. Gritó:
—¡No!
Pero era demasiado tarde.
La serpiente enterró sus colmillos profundamente en el muslo de
Warlord.
El triunfo brillaba en sus ojos—pero solamente por un segundo.
Warlord terminó el cambio. Agarrando la cobra a su espalda del cuello,
se liberó y la estrelló contra la pared. El cráneo se agrietó. La serpiente cayó,
muerta por fin.
Y Warlord era totalmente humano.
Demasiado tarde.
Corrió hacia él.
—¿Estás bien?
La esquivó con una mano.
—¡No lo hagas!
—Déjame conseguir un equipo anti veneno.
Corrió hacia el teléfono.
—No ayudaría con este veneno. Tienes que irte. Ahora.
—¡Podrías morirte!
—Improbable —masculló.
Sujetó su pierna con ambas manos. Un ojo estaba hinchado y cerrado. La
piel sobre el otro estaba arrancada, roja y cubierta de suciedad, como si hubiera
quitado el veneno frotando con violencia.
—Están tras el icono.
Nada de lo que pudiera haber dicho habría exigido su atención como esa
sola palabra.
—¿Qué icono?
—El icono de la Virgen. El que encontraste en Nepal.
Como ella todavía fingía ignorancia, dijo impacientemente:
—Lo tienes escondido en el fondo de tu bolso con la fotografía de tu
madre.
—Cómo sabes…
Había registrado su habitación.
Este era Warlord, todo bien. Y Warlord era una pantera.

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Había protegido ese icono, mantenido en secreto, sin decirle nunca a
nadie sobre el cuerpo de la niña, y sus ojos, y la manera en que habían mirado
los de Karen... y solo un hombre había visto el icono.
Este hombre.
—Les dijiste que lo tenía.
—No. No lo hice.
—Claro.
Su ira aumentó.
—Porque eres el bastión del honor. ¿Cómo sabes que eso es lo que
quieren?
—Los espié. Los escuché. Vine a advertirte.
Recordando los últimos días, dijo:
—Te tomaste todo tu tiempo melodioso antes de pública la advertencia.
—No sé cómo te encontraron tan rápidamente.
Levantó sus brazos y luego los dejó caer.
—Pero no necesitas repetir mis errores. Escúchame. Vístete.
Ella miró su vestido negro arrugado.
—Muy bien.
Se dirigió al armario, se quitó el vestido, y lo dejó caer sobre el piso.
—Mi avión está esperando en el aeropuerto —dijo—. Puedes volar, ¿no?
—Tú sabes cada cosa sobre mí. ¿No sabes eso?
Jaló su pila de ropa resistente, la clase que había utilizado cuando estaba
construyendo hoteles.
—Tú licencia de piloto está al día.
Realmente sabía todo sobre ella.
—Llamaré y les diré que consigan la autorización para despegar. He
presentado un plan de vuelo para California.
—¿Qué hay en California?
Se vistió rápidamente, se puso una camiseta negra al revés. No tardó en
corregirlo.
—Mi hermano. Posee los Viñedos Wilder. Tipo listo. Fuerte. Puede
protegerte. Cuando llegues al aeropuerto, registra el avión. Asegúrate de que
no hayas conseguido ningún equipaje adicional en forma de otro Varinski.
Se acercó a él llevando vaqueros y un pesado cinturón, su camiseta negra
por fuera, sus botas de excursión, una chaqueta ligera—y, debajo de las mangas
largas, sus brazaletes de oro.
No podía soportar dejarlo atrás.

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—¿Qué es un Varinski? —preguntó.
Hizo un gesto con la cabeza hacia la serpiente.
—Ése es un Varinski.
Se estremeció, agarró el edredón de su cama, y lo lanzó sobre el cuerpo
largo y contraído.
Warlord continuó:
—Llamaré a mi hermano. Cuando desembarques en el Aeropuerto del
condado de Napa, cuidará de todo.
—¿Como confiaría en tu hermano?
—Tienes que confiar en alguien alguna vez, Karen Sonnet.
El sudor estalló por todo el cuerpo de Warlord, se estremeció e hizo una
mueca de dolor.
—No tienes ninguna elección. Vete ahora.
Sabía cómo alejarse sin una sola mirada atrás. Una vez, se había alejado
de él. Se había alejado de su padre.
Ahora agarró su bolsa y su mochila, caminó a zancadas hacia la puerta,
la abrió de para en par, salió, y la cerró silenciosamente detrás de ella.

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Capítulo 21
Warlord miro a Karen desaparecer de su vida.
Bien por ella. Se alegro de que tomara la amenaza del Varinski en serio.
Se alegro de que estuviera dispuesta a hacer algo para proteger el icono.
Él se merecía esto, morir solo, medio ciego, y en agonía.
Pero… después de todo lo que había pasado, no habría querido que lo
mordieran aquí en el suelo de su casa.
Él necesitaba vivir.
Necesitaba saber si ella había sobrevivido. Era la luz de su mundo, tenía
que continuar.
Hilos delgados de inyecciones de agonía por cada nervio de su cuerpo,
respiraba lentamente, con alientos profundos hasta que venciera el dolor.
Durante este año había pasado un infierno, aprendiendo a controlar su
dolor. De hecho, aprendió mucho. Aprendió a sobrevivir en la oscuridad eterna
y el sofocante calor, la falta de aire y las constantes palizas. Más importante,
había aprendido a tener paciencia, a planificar y auto disciplinarse.
Auto disciplina. Lo único que su padre había insistido que aprendiera, y
Warlord finalmente lo había hecho. Excepto cuando eso vino por Karen.
Había planificado la operación entera. Acercarse a ella, aliviar sus
miedos, seducirla, mostrarle que era un hombre diferente, luego explicarle el
peligro que la acechaba y conseguir sacarla del infierno a ella y a sus padres.
Solo una cosa le había frustrado.
Karen.
Karen, con su profesional distancia y sus uñas pintadas de color rosa y si
cautelosa cortesía. Karen, con su vestido negro y peinado que dejaba desnudo
su cuello y la buena voluntad de dormir con Rick Wilder mientras llevaba las
pulseras de Warlord alrededor de las muñecas. Karen, y su único momento de
ardo, sin dudar, de besos apasionados —justo antes de que lo golpeara en las
partes bajas suciamente.
Había sido la única mujer que alguna vez logró golpearlo, y lo había
hecho dos veces. No se jactaba de ello. Pero esto le decía lo mucho que ella lo
afectaba.
La cobra, la estúpida cobra de mierda, tenía el veneno en la saliva,
mordiéndolo, y llenándolo con la muerte. El pacto Varinski con el diablo se
rompía, y ellos podían hacer algo—sabotearlo, torturarlo, asesinarlo—para
prevenir que esto pasara. Warlord pasaría al otro mundo. En todo lo que podía

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pensar era en Karen y en lo mucho que lamentaba no poder haberla amado una
vez más.
Así que, la bola de mierda que era, tenía el poder de hacer algo para vivir.
Tenía que luchar. Simplemente no podía dormir y morir.
Posó su mirada en el par de pantalones de vestir arrugado sobre el piso a
ocho pies de distancia de él—los pantalones que se había quitado cuando había
pensado, erróneamente, que iba a tener una noche de suerte. Aun sosteniendo
el aliento y su presión arterial baja, se deslizo despacio por el suelo hasta llegar
a tocar una pernera. Tirando hacia él, arrugo el material hasta que pudo llegar
al bolsillo y sacar la navaja que guardaba allí.
Con el toque de un botó, surgió una afilada hoja corta. Centellando a la
luz, su salvador si algo podía salvarlo. Se torció a alrededor de él mismo,
tratando de ver los puntos del pinchazo en donde la serpiente le había mordido.
No podía, los colmillos le habían perforado en la parte superior del muslo hacia
el dorso de la pierna. Sin embargo, daría un golpe para ver si podía sacar el
veneno, junto con mucha sangre. ¿Qué tenía que perder? Doblo sus muñecas y
se dispuso a operar a ciegas—cuando Karen abrió la puerta y camino dentro.
Ella era hermosa. La quería. Así que le dijo la única cosa que tenia
sentido:
—Lárgate de aquí.
—No me digas que hacer —levantó dos de sus bolsas tan alto como pudo,
bajándolas, golpeando la puerta con sus pies—. Dame ese estúpido cuchillo.
Caminó y estiró la mano, y sus ojos brillaron con coraje.
—Me iré cuando puedas marcharte conmigo. Ahora, vamos a hacer esto
antes de que otro de tus estúpidos, lodosos amigos hagan estallar la carpintería,
¿o te vas a quedar en el suelo y quejarte? —ella estaba furiosa por regresar por
él. Y el hecho de que hubiera regresado calentó su corazón y reforzó su
resolución.
Él podría vivir.
—Cuando te pones así… —le dio el cuchillo, el mango primero, y esperó
a que ella no fuera lo bastante loca para tomar la oportunidad de atacar su
corazón.
Lo hizo rodar sobre su estómago.
—La mordida —dijo ella.
—Las mordidas —él podía sentir el veneno disolviéndose en las células,
los hilos, la fuerza de sus músculos en la pierna.
Con dos golpes seguros ella cortó su piel y sobre el músculo.

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El dolor lo hizo arquearse con la agonía.
La sangre corrió rápidamente por su pierna.
—¿Te lastime? —preguntó ella.
—Sí.
—Bien —ella alcanzó el extremo de la mesa de lado de la cama y tomo
una lámpara de lectura—. ¿Recuerdas a que parece el veneno?
—Grueso, plateado, justo como bolas de mercurio —cuando esto golpeó
su mejilla y los ojos se quemaron con el ácido, rasgaron su piel y… bien. No
podría hacer nada por su ojo. No podía pensar en ello ahora. Pero había sido
capaz de quitarse el veneno sobre el piso, y había frotado su cara con la colcha
de flores. Si algo había salvado la visión que tenía, pero todavía podía sentir las
moléculas restantes comiendo su piel.
—El veneno se encuentra allí, aferrándose a los hilos de tus músculos.
Así que rueda sobre tu costado —Karen le dio un empujón.
Él hizo como le dijo.
—¿Por qué haces esto?
—Porque estoy harta de preocuparme por ti y cuándo aparecerás de
nuevo.
—¿Entonces vas a cuidarme para así no sorprenderte más?
—Además, necesito ayuda para sobrevivir la noche, y eres mi mejor
opción.
—No en esta forma.
—Cállate. Arriba —usó la punta de su cuchillo para empujar primero
una gota de veneno, y después otra hacia el piso.
Ellas rodaron como gotas de mercurio.
—No está bien —refunfuñó ella.
—¿Por qué?
—Dejaron un revestimiento plateado a lo largo de las líneas de tus
músculos. Quédate aquí —corrió para el baño. Él podía oír sus golpes a través
de los cajones.
Karen le hacía sentir casi… esperanzado.
Regresó con una botella de agua oxigenada, rollos de gasa y cinta
adhesiva para primeros auxilios, y una botella de Listerine.
—Ni siquiera quiero saber que pretendes hacer con el Listerine.
—No tengo un botiquín para mordeduras de serpiente. O una taza de
succión. Así que vamos a probar con esto —arrodillándose a su lado. Ella lo
inclino en su estomago y derramo el agua oxigenada en la herida.

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Eso dolía como un hijo de puta.
Ella lo inclinó de nuevo y lo dejo escurrir.
—No hay cambios. La plata todavía se encuentra allí. Vamos a intentarlo
de nuevo —ella lo hizo, y al mismo tiempo habló con él, tratando de
mantenerlo enfocado.
Lo sabía. Le apreciaba. Pero estaba cada vez más frenética, y por último
él jadeo.
—No soy bueno para ti. Vamos ahora. Recuerda, mi avión. Mi
hermano…
Ella lo rodó sobre su estómago.
—Sé perfectamente bien como alejarme —se escuchaba lívida por él
atreverse a decir que no lo hiciera.
Gracias a Dios.
Sí ella estuviera suficientemente molesta, tendría que hacer su acto de
desaparición y quizás salvarse, y al icono y a su familia.
En cambio, en el más valiente acto que él nunca había visto en su vida—
y la estupidez más grande—ella pegó su rodilla en su espalda, puso su boca en
la mordedura, y succiono el veneno de la herida.

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Capítulo 22
Karen escupió la sangre y el veneno en el piso.
Warlord la empujó, alejándola.
Débilmente ella lo oyó gritar.
—¿Estas loca?
El veneno la golpeo primero, atacando sus sentidos con el ácido.
Entonces ella probó su sangre, y…

El Varinski vestía un casco y un chaleco de Kevlar. Sus orejas colgaban, cada


una perforada por conos de tornillo de tres octavos de pulgada. Tenía un cuchillo en una
funda atada a su costado, y acero cubrían sus nudillos. Sus brazos eran musculosos y
enormes, y tenía una cara parecida a un Neandertal—mandíbula ancha, frente tosca, y
un pómulo que se había trozado alrededor de un ojo. Él caminaba a través de la batalla,
lanzando a los hombres de Warlord hacia los lados como si fueran palillos de dientes.
Era masivo, indiferente al dolor, rápido como un rayo… y su mirada se fijó en Warlord.
Ellos se encontraron en un choque de crueldad.
Warlord acuchilló al Varinski, rasgándolo con el diente y la garra, pero este no
era un demonio ordinario. Este tipo tenía el don de matar. Él no se molesto con su
cuchillo o pistola, sino que golpeó a Warlord con sus puños blindados, tomando pedazos
de carne con cada golpe.
Warlord atacó con el cuchillo, rasgando el cuello del Varinski, sus piernas, su
cara, pero el Varinski se lo quitó y siguió golpeando. Se movió rápidamente, usó sus
manos así como puños, mostró la clase de técnica que solo un maestro en defensa
personal debería saber.
Warlord jadeó, su aliento entrando en sus pulmones. Perdía. Por primera vez
desde que era un muchacho con sus hermanos él estaba perdiendo una pelea.
Rápidamente, sopesó las opciones. Si cambiaba, convirtiéndose en pantera, tal vez
podría escapar, pero… sus hombres estaban abrumados, heridos, muertos o prisioneros.
No. Él se quedaría con ellos. Él los sacaría.
El Varinski lo rodeaba, entonces, con un grito en el campo, miró lejos.
Warlord golpeó en el vientre al Varinski—y con un poderoso puño lo golpeó en
el pecho.
Warlord perdió el conocimiento, y despertó para encontrase volando por el aire,
perdiendo el conocimiento otra ves en el acantilado… y golpeó las rocas.

El fuerte gusto antiséptico del Listerine salpicó en la boca de Karen. Ella


farfulló y escupió, empujo la mano de Warlord y la botella lejos.

Anoiss Traducciones
—¡Hijo de puta!
Warlord la sostuvo en su regazo. Sacudió sus hombros.
—¿Estas bien? ¿No sabes como de potente es el veneno? ¿Estas loca?
—Sí. Sí. Sí —ella se lanzó fuera de sus brazos, y corrió al cuarto de baño.
Su estómago. Su estomago subió, y ella se lanzó de cara a la taza del inodoro.
Colgó allí durante un momento, su mente girando cuando trato de pensar, de
comprender que le pasaba.
Reforzándose, se levanto y llego al lavado, se apoyó contra el, y examinó
sus propios ojos embrujados.
Ella había probado su sangre… y había sido transportada. Había pasado
antes, en su tienda en el Himalaya, pero sólo brevemente.
Esta vez había visto, olido, sentido el sueño, la visión. Había vivido en su
piel, y lo que había ocurrido había sido una pesadilla. Que había rebotado en un
acantilado y contra las rocas, y había sufrido horribles heridas. Ella debería
haber… no, él debería haber muerto lentamente, una dolorosa muerte.
Él no había.
Ella tembló.
Pero él había sufrido. Lo sabía ahora. Había sufrido innumerables
caminos horribles. Aún había sobrevivido para salvar su vida, y si ella no se
movía, y no apartaba su propio choque y trataba con la situación, ahora moriría
sobre su piso. Incluso Warlord se merecía algo mejor que eso.
Aquel hombre serpiente no era el único de aquellas cosas. Ellos tenían
que escapar.
Salpicó agua fría sobre su rostro, cepilló sus dientes, y salió.
Warlord estaba a sus pies. Había logrado luchar por ponerse los
pantalones, y ahora luchaba con el cierre.
—Primero déjame mirar la mordedura otra vez.
—Está bien —su tez estaba gris; sus pupilas eran pequeños puntos.
—Puedo ver —un poco más suavemente, lo empujó—. Quiero ver.
Necesitas ser vendado. Estas goteando sangre en el suelo —señaló el charco
sobre sus pies.
—Supongo. Simplemente no la toques de nuevo —dijo bajando su
pantalones.
Ella limpió la herida con gasa.
—La sangre debe de estar limpia. No puedo ver más veneno—. Apretó
otra gasa encima de la mordedura, sujetándola en el lugar, y miró sus blancos

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nudillos agarrados a la base de la cama—. Tienes que luchar con lo que halla en
tu sistema.
Él miró hacia abajo, a ella. Rojas, dolorosas ampollas en su mejilla, un ojo
estaba cerrado, y un fino brillo de sudor cubría su frente. Aunque él extendió su
mano firmemente a ella, y acarició su mejilla como si ella necesitara
tranquilidad.
—No te preocupes. Me mantendré aquí el tiempo suficiente para que
tomes el avión y estés segura.
—No quise decir… —pero ella ya le había dicho que estaba salvándolo
porque él era lo mejor para su seguridad.
¿Él creyó eso?
¿Ella?
Él se puso los pantalones.
Ella le ayudó con la cremallera y el cinturón, luego lo empujó en una silla
y acerco la luz sobre su cara.
Cuidadosamente limpió la suciedad de las heridas.
—Éste ojo debería estar bien. ¿Qué hay del otro? ¿Puedes abrirlo?
—No. Pero el globo ocular no recibió un golpe directo. Tengo posibilidad
de conservar mi vista.
Él estaba tan tranquilo. Tan seguro de si mismo.
Él continuó.
—Me adelanté. Ellos tendrán el avión listo. Tenemos que ponernos en
camino para llegar al campo de aviación y dirigirnos hacia las montañas.
—Pediré un coche —ella comenzó a levantar el teléfono, luego hizo una
pausa. Los hoteles tenían operadores, y las conversaciones telefónicas no eran
siempre privadas.
Llamó por alta voz a Dika, luego lo ayudó a ponerse los calcetines y
zapatos.
Un golpe sonó en la puerta. Ella miró a través de la mirilla.
Era la mucama. Estaba sonriendo, asintiendo.
—Srta. Karen —llamó—. Le traje la botella de vino que usted pidió —ella
sostuvo una botella para Karen, y nadie más estaba mirando.
Karen la dejó entrar.
Cuando Dika vio en el cuarto—el desorden de DVDs esparcidos, la lisa y
coloreada cola de la serpiente que sobresalía debajo del edredón, el hombre en
la silla—su sonrisa desapareció.
—¿Qué pasó?'

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—Nos atacaron.
Dika alzó su barbilla a Warlord.
—¿Este es el hombre al que tenia miedo?
—Si, pero él salvo mi vida.
—Otra vez —interpuso Warlord.
—Tomaste tu pago la ultima vez —Karen se quebró.
—¿Entonces a cambio usted ha salvado su vida? —Dika lo miró de arriba
abajo—. Atractivo el diablo. Ya puedo ver porque usted pudo.
—Me dijiste que confiara en mis instintos. En este caso, mis instintos me
dicen que debo sacarlo de aquí sin que nadie nos vea. Rápido —Karen esperó,
preguntándose si Dika podría burlarse de ella.
En lugar de ello, la suave y sonriente mucama había desaparecido,
reemplazado por un duro rostro, de una decidida e inteligente mujer.
—Correcto. Déme cinco minutos. Vuelvo en seguida —se fue.
Karen tomo dos botellas de agua de la nevera y empezó a extenderle una
a él.
Él tembló con una fuerte ráfaga y emitió un destello de fiebre tan caliente
que ella lo sintió desde donde estaba.
Por primera vez se tomó un respiro, y comprendió lo inadecuado que era
esta tarea. Ella no sabía nada más que los primeros auxilios básicos. No era
capaz de luchar contra los demonios que se convertían en bestias. Colocó la
botella contra su cuello, esperando refrescarlo, y dijo,
—Soy normal, una sensible mujer que es buena en la planificación de los
buffets de chocolate y tratando casos urgentes con arreglos florales. ¿Cómo voy
a ayudarte ahora?
—Sensible, sí —él tomó la botella, la abrió, y bebió—. Pero tú eres algo
más que normal. Puedes construir un hotel, golpear a un hombre, y sobreviste a
un viaje por el Himalaya. Ahora mismo no puedo pensar en nadie a quien
preferiría tener en mi lado.
Ella no quería sus halagos—pero eso tocó su corazón.
—Bébetela toda —dijo ella de manera cortante—. El veneno se eliminara
a través de el.
Como él bebió, sonriendo abiertamente, le recordó a alguien. Alguien
que le gustó.
Oh, sí. Él le recordó a Rick Wilder.
—Tengo el equipo de supervivencia en el avión —dijo él—. Con el
equipo que tienes en tu mochila, estaremos bien.

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—¿Examinaste todo lo que poseo? —ella bebió también, gravemente
consciente de que también había tomado algunas gotas del mortal veneno… y
unas pocas gotas de su aterradora sangre.
—Inmediatamente después de tu pequeña conversación en el patio —él
cabeceó hacia su puerta corrediza.
Ella tiro la botella lejos, derramándose el agua bajo su frente.
—¿Dika? ¿Nos escuchaste? —¿Él había oído cada palabra que había
dicho? ¿Sobre él? ¿Sobre ella? ¿Sobre sus miedos?
Aun ahora, enfermo como estaba, él la miró, sonriendo.
—Dika fue muy útil. Si ella no te hubiera convencido que te quedaras, yo
habría tenido que tomar severas medidas.
—Condénate en el infierno. Debería irme ahora mismo y dejarte a los
buitres.
Tomando su muñeca, él la besó.
—Es demasiado tarde para eso. Aun cuando yo muriera por esto—y
puedo—de algún modo regresaría por ti.
—Bastardo de mierda —ella paseó de una ventana a otra y tiró
bruscamente las cortinas al lado para mirar afuera.
¿Cuál era su problema con su confesión, ambos la halagaban y obligaban?
¿Por qué, de todos los hombres en el mundo, ella era la esclava de
Warlord?
Dika se apresuraba hacia la casa de campo de Karen, empujando su
carrito de limpieza por delante de ella.
Hacía un año, cuando Karen encontró empleo en el Aqua Spa y Hotel
Horizonte, Dika había llegado de su pueblito con una misión—asegurarse de
que Karen Sonnet permaneciera segura y la profecía podría ser cumplida.
Ahora los Varinskis habían golpeado de repente, brutalmente, y Dika
tenía que sacar a Karen y Wilder.
Golpeó en la puerta, y en la voz baja de la perfecta mucama, habló para
los de afuera.
—Limpiare el vino derramado ahora, Srta. Karen.
—Entra, Dika. Apreciamos lo que haces —Karen parecía tan agradable
como Dika. La brillante muchacha entendió completamente la razón del
subterfugio.
Dika cerró la puerta detrás de ella y bloqueó. Abrió el costado del carro y
le dijo a Wilder.
—Entra.

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Wilder asintió y se puso de pie lentamente, moviéndose como si sus
articulaciones le dolieran.
Karen vio su discapacidad y maldijo con vivos colores, en una variedad
de idiomas.
Está bien. A la muchacha él podría no gustarle, pero ella no podía
soportar verlo con dolor.
Envolviendo su brazo alrededor de su cintura, Karen le ayudó a moverse.
Dika cargo sobre él las bolsas de Karen, lo tapó, y Dika y Karen con su pasajero
oculto se dirigieron a la puerta.
Karen ayudó a Dika a empujar—Wilder pesaba una tonelada, y las
ruedas se hundían en el camino de grava—y charlaban ligeramente mientras
caminaban, para todos eran las intenciones y objetivos de dos mujeres que
trabajaban en el balneario y eran amigas.
Sin embargo, la piel de Dika rastreó. Ellos estaban allí, los Varinskis,
moviéndose para la matanza…
Dika, Karen, y Wilder alcanzaron el estacionamiento sin incidentes.
Karen estudió la luminosidad de la entrada del Aqua Horizon Spa and Inn,
luego a la blanca furgoneta de lavandería, encendida. Miró hacia abajo a sus
manos, que apretaba sus puños una y otra vez. Se enfrentaba al peligro, y temía
el juicio.
Dika no podía ayudar con su miedo, pero podría ayudarle a dar el
siguiente paso en el camino.
Dos hombres saltaron y levantaron el carro por la parte trasera de la
camioneta.
—Se trata de mi pueblo, los Rom, mi tribu. Ellos los llevaran al campo de
aviación —Dika puso la palma de la mano en la cabeza de Karen—. Bendiciones,
suerte, y fuerza estén contigo.
Karen la abrazó, salto, y ondeó cuando ellos pelearon por el asfalto y en
la oscuridad.
Dika volvió hacia la seguridad. Hacia la entrada intensamente
alumbrada del vestíbulo.
Aunque ella caminaba, el sentimiento de ser observada creció. Deslizó su
cuchillo por encima de la manga. Miro atrás. Estirada para escuchar. Sus pasos
se hicieron más cortos y más rápidos. Casi alcanzó las puertas — y alguien
apretó el paso fuera de los arbustos. O, más bien, algo.
Oídos puntiagudos sobresalían sobre su cabeza. La piel cubría su cuello
y mejillas, aunque su nariz y ojos y cuerpo eran definitivamente humanos.

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Él era lo que los Rom temían—la nueva y mala maldición de Varinski, un
que estaba sentado a horcajadas sobre la línea entre el depredador y el humano.
—Tú no debiste haber hecho eso —él habló despacio, como si las
palabras fueran difíciles para él.
La única seguridad de Dika estaba dentro. Dio un paso de reojo.
—Perdóneme, por favor —ella trató de darse la vuelta.
Él se movió delante de ella, a la mitad de la acción de sonreír
abiertamente.
—Dije que no debiste haber hecho eso.
—Tengo que entrar.
—Vamos a conseguirlos de todos modos... y ahora voy a tenerte —él
saltó sobre ella, con los colmillos expuestos.
Con una cuchillada rápida de su arma ella cortó su cara.
Él aulló con agonía.
Ella se precipito hacia la entrada.
Como las puertas automáticas estaban abiertas, ella chilló con toda la
fuerza de sus pulmones.
Vio al capitán de botones alzar la vista con horror. Vio al gerente de
turno comenzar alrededor del mostrador de facturación.
Entonces la bestia la cogió en sus garras. Sus colmillos cortaron su cuello.
Y mientras ella gritó, él la rasgó en fragmentos sobre la acera prístina del Aqua
Horizon Spa and Inn.

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Capítulo 23
Mientras la furgoneta circulaba con exceso de velocidad por el camino y
el amanecer matizaba el cielo del color azul más puro y más ligero, Karen abrió
el carro y ayudó a salir a Warlord.
Se movía con horrible lentitud.
—Es el veneno.
El techo era bajo; se dobló para evitar golpear su cabeza.
—Siento como si tuviera cien años.
Le lanzó una mirada dura.
—¿Sientes los efectos?
—Las puntas de mis dedos están hormigueando como si se hubieran
quemado por el frío.
Él tomó sus manos, giró esas palmas, revisó la piel, y tomó sus dedos
entre los suyos.
—Lo estás haciendo realmente bien.
—No conseguí mucho.
—Salvaste mi vida.
El tipo estaba volando en fiebre, probablemente había perdido un ojo,
apenas podía moverse, y estaba preocupado por ella. La estaba calentando.
Físicamente. Emocionalmente.
—Así que ahora estamos parejos —dijo—. No hay obligaciones por parte
de ninguno.
—Salvé tu vida. Tú salvaste la mía.
Sonrío.
—Pero te até. Así que para que estemos a mano, debes atarme.
—Lo haré.
Ella liberó sus manos de un tirón.
—Y lanzarte de un despeñadero.
—Duro.
En un paroxismo repentino de frío, tembló y se meció sobre sus pies.
—Tú no puedes hacerlo.
—Lo sé —farfulló, y rebuscó en el carro hasta que encontró una pila de
toallas limpias. Envolvió dos alrededor de sus hombros para darse calor. Usó
una para limpiarse la cara.
Y un portazo en la puerta trasera de la furgoneta mientras el conductor
ponía el acelerador a fondo.
—Varinskis.
Warlord permanecía inmóvil, preparado con una mano sobre el techo y
otra a su lado, observando por las ventanas traseras.
Moviéndose lentamente sobre sus pies ella también observó.
Un Hummer H2 negro con los vidrios polarizados estaba girando por el
camino y se acercaba rápidamente.

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El campo aéreo estaba a diez minutos del hotel.
—Nunca lo lograremos —dijo.
Entonces el tipo en el asiento del pasajero de la furgoneta abrió su
puerta—a ochenta millas por hora—se inclinó hacia afuera, y dejó caer algo
sobre el camino.
Karen observó una pelota pequeña rodar, abrirse de golpe, y difundir
estrellas de acero por todo el asfalto.
El Hummer rodó hacia ellos. Los neumáticos chirriaron. Viraron
bruscamente fuera del camino.
Karen lanzó un suspiro de alivio, empezó a regresar hacia Warlord—y
las puertas del Hummer se abrieron. Un lobo saltó afuera. Otro. Otro. Un
halcón peregrino voló tras ellos. Y en una grandiosa demostración de fuerza,
una gran pantera saltó del vehículo.
Su cuerpo fluía mientras corría. Sus manchas brillaban al sol naciente.
Su corazón saltó con horror al saberlo. . . Saber la verdad sobre estas
bestias, estas cosas que venían desde el corazón del mal, que la asesinarían,
matarían a cualquiera que se cruzara en su camino.
—¿Quiénes son esos tipos?
—Varinskis —dijo en voz alta uno de los tipos del frente.
Echó un vistazo a Warlord.
Era uno de ellos.
Echó un vistazo tras ellos. Los lobos estaban quedando atrás. Eran
demasiado lentos para mantener el ritmo. Pero siguieron corriendo, sabiendo
que llegarían allí.
La pantera se adelantó, observó casi deteniéndose en su persecución,
pero sus ojos verdes parecían al rojo vivo.
—¿Cuánto falta? —preguntó Warlord.
—Casi estamos ahí.
Lo vio empujar el dolor y la fiebre. Lo vio reunir su fuerza.
Flexionó sus rodillas, sus brazos. Dirigiéndose hacia la parte posterior,
miró hacia afuera.
—Lobos. Mala elección. Su máxima velocidad es de cuarenta y cinco.
¿Qué más han conseguido?
—Un halcón peregrino.
—¿El que se zambulle a velocidades de más de cien millas por hora?
Estos Varinskis no son nada estúpidos. Alguien en esta parte de la organización
tiene cerebro. Me pregunto quién.
Escudriñó a la pantera.
—Innokenti. Por supuesto. ¿No sabías que él es una pantera?
Tomando aliento, dijo en murmullos:
—El ave estará sobre nosotros antes de que podamos subirnos al avión.
Ella miró hacia la pista de aterrizaje. Un Cessna Citation X estaba
asentado sobre la pista de aterrizaje, listo para partir.

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—¿Ése es el tuyo?
Estaba impresionada. El mini—Jet más rápido del mundo.
—¿Puedes pilotarlo?
—Trata de detenerme.
Asintió con la cabeza.
—El ave me atacará. Toma tus bolsos y sube a ese avión.
—Estos tipos son como tú. Una mezcla de hombre y animal.
Ya debería estar conmocionada.
No lo estaba.
—Excepto que ellos son los villanos y yo soy el bueno.
Warlord parecía tan en calma, tan alentador.
La furgoneta chirrió al doblar en la esquina y entrar en el campo de
aviación, lanzándola a los brazos de Warlord.
La sujetó, duro, porque mientras la sostenía, aferraba la manija de la
puerta.
—Si no subo al avión antes de que estés lista para partir, cierra la puerta
y lárgate.
Podía. Debía. La estaba enviando. Sabía cómo manejarse en el mundo
mejor que la mayoría de las personas. Tenía dinero. Tenía su avión. Podría no
tener fe en ella, pero sabía que podía escapar de él y sus raros enemigos,
esconderse de ellos, mantener el icono seguro, y si hiciera eso, nunca tendría
que enfrentar su pasión por esta... bestia.
Pero la misma terca estupidez que la había hecho regresar a su cabaña y
salvar su vida todavía la sujetaba en su apretón.
—No.
—Quieren el icono.
—No pueden tenerlo así que es mejor que ganes esta pelea.
La sangre subió a sus mejillas. Visiblemente agitado por el veneno. Le
miró con la determinación del viejo Warlord—¿cómo pudo haberla engañado
alguna vez?—y dijo:
—Tienes razón.
Mientras, el conductor cerró de golpe los frenos, sujetó la manija, y a ella.
Antes que frenara totalmente se lanzó afuera.
—Ten el avión listo para irnos tan pronto como hayamos terminado —
gritó.
Aterrizó en el asfalto con la gracia flexible de una... una pantera.
Vio una mancha pasando como un rayo hacia él desde arriba.
La furgoneta coleó, paró, y ambos tipos se reclinaron y gritaron:
—¡Fuera! ¡Sal! ¡Llega al avión!
Agarró su mochila y bolsa y salió.
La furgoneta chirrió.
El pequeño, hermoso jet personal azul y blanco estaba esperando. Corrió
hacia las ruedas y empujó la cornamusa, dejando las ruedas libres para rodar.

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Las escaleras, partiendo del fuselaje, colgaban allí, abiertas y acogedoras. Las
subió de tres en tres escalones, llegó a la cima, y giró en una vuelta ajustada.
Debajo de ella, Warlord luchaba contra un hombre esbelto que manejaba
un cuchillo con exactitud mortal.
Más allá de la puerta los lobos se acercaban a grandes zancadas, sus ojos
fijos en Warlord, de un rojo resplandeciente.
—Muy bien —habló entre dientes. Tenía sus armas también.
Se deshizo de sus bolsas en el asiento del pasajero y fue a la cabina de
piloto. Nunca había hecho volar a uno de estos bebés. Pero su padre la había
entrenado bien. Tardó solamente un minuto en familiarizarse con los controles.
Entonces, con una sonrisa adusta, empezó los preparativos para el despegue.
Batería en línea. Bombas de combustible, botones de encendido—listos. Motor
derecho —engranado, rpm en aproximación. Encendido —listo. Obturador de gasolina
—listo. Podía sentir la vibración del spooling del motor y escuchar el chirrido en
algún lugar detrás de ella.
Con el interruptor de encendido del motor izquierdo entre manos, listo para
activarse... Tan pronto como Warlord estuviera a bordo.
Cuando terminó la lista de verificación, llamaron de la torre:
—¿Qué diablos está pasando ahí abajo?
Se agarró al micro y puso una nota de pánico en su voz.
—Están peleando con cuchillos. ¡Envíen a la policía aeroportuaria!
No es que la policía sirviera para mucho, pero proveerían una diversión,
y necesitaba toda la ayuda que pudiera conseguir.
Detrás de ella los motores ronronearon, dulce y bajo. Cambió de lugar el
avión algunos centímetros, sintiendo la manera en que respondía.
Los dos hombres luchaban en el suelo, y Warlord estaba perdiendo
fuerza visiblemente cuando rodaron.
Los lobos estaban llegando a la cerca, toda su atención enfocada en la
lucha.
Los polis estaban yendo hacia el altercado, sus pistolas en las manos.
Karen bombeó el obturador de la gasolina y, con el motor acelerado, fue
hacia los lobos.
No habían esperado eso. Miraron hacia arriba, sus fauces iluminadas a
través del parabrisas, y siguieron corriendo, jugando al juego del más valiente
con el avión porque pensaban que una mujer realmente no los atropellaría.
Arrogante, egoísta, pensamiento de mierda sobre esta chica.
Viró bruscamente para pisar a uno de los animales de presa sobre el
camino.
Los alaridos, compuesto de partes igual de cólera y angustia, llegaron a
sus oídos incluso sobre los sonidos de los veloces motores.
Giró el avión otra vez y persiguió a uno de los lobos que quedaban.
Podrían ser seres sobrenaturales que cambiaban de hombre a lobo y de regreso

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otra vez, pero estaba muy segura que podía hacer una abolladura en su ego con
las ruedas de su avión.
El lobo viró saliendo hacia el borde cubierto de hierba de la pista de
aterrizaje.
Fue hacia Warlord y el otro, el Varinski halcón.
Ella los miró. El Varinski perdió su concentración y la miró por el rabillo
del ojo.
Warlord reunió fuerzas y rompió el cuello del tipo, con una rápida llave
inglesa de sus manos.
—¡Sí!
Disminuyó la velocidad y viró bruscamente, poniendo los peldaños cerca
de Warlord. Escuchó un ruido de pies, miró y lo vio asomar la cabeza en la
cabina, y gritó:
—¡Asegura la cabina!
Motor de arranque izquierdo —engranado. Obturador de gasolina izquierdo —
avanzando.
Warlord se acercó hacia ella, con su voluntad agotada y su cara
consumida.
—¡Despega!
Porque los lobos habían desaparecido de su vista, y sabía que por lo
menos uno de ellos iba a tratar de coger su avión.
Recogiendo el micrófono, transmitió:
—Torre, Noviembre ocho—siete—ocho—siete—seis, rodando sobre el
suelo, listo para copiar la autorización.
Warlord se tiró al suelo. Se veía roto y estaba más pálido que la muerte.
—Hay una pistola en el bolsillo sobre el costado de mi mochila —le dijo.
La encontró, la sacó, y disparó en un movimiento suave.
Escuchó un gruñido.
—Lo mataste —gritó.
—Se necesita más que eso para matar a un Varinski.
Se puso de pie y cerró la compuerta del avión; entonces, mientras
carreteaba por la pista de aterrizaje y aceleraba, se tambaleó hasta la cabina de
piloto y se dejó caer en el asiento del copiloto.
El Cessna se acercó a la velocidad de despegue, y un hombre, un ser
humano, caminó por la pista de aterrizaje.
Lo reconoció.
No debería hacerlo, pero lo hacía.
Tenía que ser una visión.
Una cara como un Neanderthal, amplia mandíbula, frente pesada, y un pómulo
que había sido quebrado y empujado arriba hacia su ojo. Los lóbulos de las orejas
colgados hacia abajo, ambos perforados con pernos de tres octavos de pulgada. Se acercó
a la lucha, lanzando a los hombres de Warlord a un lado como si fueran mondadientes.
Era grande, indiferente al dolor, rápido como el relámpago—

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No. ¡No! No podía entrar en uno de esos trances ahora. Tenía que
enfocarse.
El neanderthal apoyaba sus grandes manos sobre sus caderas, sus ojos
taladrando los suyos, en un silencio estratégico, ordenándole que se detuviera.
El pequeño Cessna aceleró de la misma manera que un Dragster 2 de
honda. Vio la marca sobre el indicador de velocidad relativa de vuelo vio que la
velocidad de uno de los motores era excesiva cuando la aguja de velocidad
destelló más allá. Inmediatamente movió ligeramente el volante.
Despegando, marcha arriba, flats arriba, dirigiéndome a la zona de despegue.
Justo antes de que golpeara al neanderthal, este se movió.
—¿Qué era eso? —murmuró.
—Mi idea del infierno.

2
Un automóvil diseñado y desarrollado específicamente para resistencia aerodinámica de
carreras. Especialmente sobre un ¼ de milla. (402 m) o 1/8 de milla. (201 m) (esos que tenían forma
de balas en vez de motor se lanzaban con un lanzador que era como una honda gigante—Nt). ——Una
persona que compite con tal automóvil.

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Capítulo 24
El desierto color óxido y sus peligros comenzaron a alejarse y el cielo
azul los abarcó.
—¿Qué está haciendo? —gritaron de la Torre de Control.
—¡No tenías autorización de despegue! ¡Regresa al campo
inmediatamente! ¡Una violación ha sido presentada!
Warlord extendió la mano hacia el interruptor, y el hablante fue
silenciado. Levantando el largo dedo corazón con su puño derecho apretado, lo
giró con un ademán y señaló con el dedo hacia adelante.
—¿Qué representa eso? —preguntó Karen.
Warlord sonrió abiertamente.
—Que se jodan! Usé las reglas de vuelo visual.
Karen sonrió en respuesta.
—¿A dónde vamos?
—Gira este avión hacia el noroeste. Tres — tres — cero debería estar bien.
Cuando llegaron a una bonita, segura, meseta de altitud, apretó el piloto
automático y se volvió hacia Warlord.
Estaba hecho una mierda. Un corte largo sobre su pecho manchaba de
sangre su arrugada camisa de doscientos dólares, y sus ojos estaban
apretadamente cerrados, la piel sobre ellos formando una costra, como si
estuvieran tratando de protegerse del visiones infernales. Un puño descansaba
sobre su corazón, el otro sobre su vientre, y sus piernas estaban rígidas como si
estuviera librando una lucha horrorosa.
Lo sentía, pero no tenía tiempo para la compasión.
—¿Cuál es el plan aquí? Estás en malas condiciones, y para decirte la
verdad, yo misma no me siento demasiado bien.
La miró a través de un ojo verde nublado.
—Es el veneno. Incluso un vestigio es tóxico para alguien como tu.
—No estoy muerta, sólo me siento enferma.
—También ingeriste algunas moléculas de mi sangre, y eso luchará
contra el veneno.
—¿Por qué? ¿Qué hay de especial en tu sangre?
Aparte del hecho de que me hace ver cosas que tú has visto, escuchar cosas que tú
has escuchado, entrar en tus recuerdos, tu mente.
Hizo una mueca y no respondió.
—Es porque tú eres uno de ellos.
Y eso la hizo ponerse furiosa de nuevo.

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—Tú eres un... un Varinski.
Su ojo entrecerrado se abrió de golpe, y le lanzó una mirada furiosa.
—No, soy un Wilder. Mi nombre es Adrik Wilder. Recuerda eso.
—¿Por qué debería?
—Porque si muero por esto, quiero que una persona recuerde mi nombre.
—Tú no vas a morir.
No después de todo esto, no lo haría. Ella no lo permitiría.
—¿No?
Gimió y cambió de lugar sus piernas largas como si las articulaciones le
dolieran.
—Sal de la cabina y consígueme ropa.
Hizo lo que le ordenó, y cuando volvió estaba desnudo, hundido en el
asiento, su ropa formal arrugada sobre el piso a su lado.
Lo dimensionó con una sola mirada. Su cuerpo parecía más largo, más
fino que cuando había estado en el Himalaya, y con todos los músculos
esculpidos. Tenía cicatrices sobre sus hombros, pálidas y entrecruzadas, y a
través de su pecho y por su brazo, un tatuaje vibrante, dos gloriosos rayos en
rojo y oro.
A pesar de sus fervientes deseos mientras estuvieron separados, sus
genitales todavía estaban intactos.
—¿Cuándo tuviste tiempo de hacerte un tatuaje?
Tocó el rayo ligeramente.
—No es un tatuaje. La marca es la que aparece sobre cada chico Wilder
en la pubertad, aquella que prueba que es parte del pacto con el diablo.
Hizo un guiño.
—Son un obsequio fenomenal para alguien junto con una voz quebrada,
pelo en el cuerpo y erecciones inoportunas.
—Pero no lo tenías antes.
—Lo tenía, pero cuando me volví más malvado, el tinte se secó y se puso
negro.
—Igual que tus ojos.
—Sí. Igual que mis ojos. Y como con mis ojos, cuando comencé a caminar
de regreso a la luz, el color ha regresado.
Tembló, y la piel de gallina se extendió sobre su piel.
Empezó a meter los brazos en la camiseta negra, pero cuando se inclinó
hacia adelante cogió una vislumbre de su espalda. Cicatrices entrecruzadas la
cubrían desde su trasero hacia arriba por toda su espina dorsal y de hombro a

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hombro. Algunas eran profundas, cortando a través de su piel. Llena de
indignación preguntó:
—¿Qué te pasó?
—No importa.
Tomó la camiseta y la bajó.
—¡No importa!
Lo metió dentro de la camisa de franela negra y lo envolvió con el largo
abrigo de camuflaje.
—¿Cómo que no importa? ¡Alguien te golpeó!
—No importa —repitió.
Arrodillándose a sus pies, introdujo sus piernas en la larga ropa interior
y un par de pantalones de combate de camuflaje.
—¿Fue el Varinski? El tipo que te derrotó en la lucha.
—¿Cómo sabes eso? —masculló.
Así que tenía razón. Había visto en su mente. En sus recuerdos.
Cada vez que saboreaba su sangre, la conexión de sus mentes se hacía
más fuerte....
Pero él no se daba cuenta de eso, y no quería explicar aquello que ella misma no
podía comprender.
—No importa —lo imitó.
—Eres una mujer exasperante.
Jaló los pantalones, hurgó en el bolsillo, y encontró un pedazo de papel.
Se lo empujó.
—En una hora, llama a ese número. Te comunicarás con Jasha. Dale estas
coordenadas y dile que Adrik lo necesita.
—¿Quién es Jasha?
—Mi hermano.
—¿Por qué no lo llamas tú?
—Hay una muy buena posibilidad de que me odie.
—Tienes ese efecto sobre las personas.
La atrapó por la nuca, la sujetó mientras la inclinaba y la besó con dureza.
—Pero no sobre ti.
—Te odio —dijo automáticamente.
Por lo menos, lo había odiado durante dos años, y por una buena razón.
Pero no importaba con cuantas ganas lo había intentado, no lo había olvidado.

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Ahora, mientras lo miraba a la cara, tan cerca de la suyo, mientras la
fiebre destellaba a través de él, mientras sus pupilas se angostaban y se
estremecía en agonía, supo todo lo que había arriesgado para rescatarla.
Tal vez todavía lo odiaba. No lo sabía. Pero la muerte bombeaba a través
de sus venas —a través de las venas de él, también —y los dejaría tomarlos.
Tenían un asunto pendiente.
Warlord se recostó, su cara se contorsionó.
—Ya sea que me odie o no, hay una muy buena posibilidad de que Jasha
venga. Si te cree.
—No puedo esperar para hacer esa llamada telefónica.
—El plan de vuelo reportado a la FAA. Estamos a punto de cambiarlo.
Recordó al tipo sobre la pista de aterrizaje.
—Buena idea.
—Desciende tan bajo como puedas volar cómodamente y gira al norte, al
otro lado de la gran cuenca.
Desconectó el piloto automático e hizo lo que le ordenó.
Continuó:
—Estamos en camino a las Sierras Nevadas, justo al sur de Yosemite.
—Y luego ¿dónde?
Su boca se tensó en una línea adusta.
—Eso es todo.
—¿Qué quieres decir?
Podía darse cuenta de que no le iba a gustar la respuesta.
—Estamos pilotando a este bebé justo al medio de la Montaña Acantilado

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Capítulo 25
—No. Ah, no. —Karen agarró el brazo del Mercenario.
—¿Has perdido la cabeza?
—Subiremos en la moto, entonces no nos separamos.
— Él le dio una hoja de papel.
Ella le echó un vistazo. Eran instrucciones escritas del lugar donde se
encontraría con Jasha...si él decidía venir.
—¿Tienes miedo?— preguntó él con evidente preocupación.
—¡No, no tengo miedo! ¿Por qué tendría que tenerlo?
—¡Miedo a la caída!—
—¡No tengo miedo a saltar!—
—¿Piensas que soy algún tipo de cobarde?— Pero mira a tu alrededor.
Esto es un Cessna Citation X. Esto es un pájaro hermoso. ¡Estrellarse podría ser
un crimen!— Karen frunció el ceño. —En realidad, esto probablemente sea un
verdadero un crimen.—
Él la consideraba como a una mariposa. —He sido un mercenario. He
matado y he robado. ¿Me veo como alguien que este preocupado sobre la
criminalidad de estrellar mi aeroplano?—
—Supongo no. Pero el Cessna...—
—¿Lo viste?—
Inmediatamente ella sabía de quién hablaba. El hombre en su sueño. El
hombre que estaba allí de pie y miraba el aeroplano venir a él sin ningún signo
de miedo. Ella cabeceó, su mirada fija en el mercenario.—
—Esa bestia es Innokenti Varinski. ¿Recuerda que tratas con el diablo?
Sus antepasados lo hicieron. Sus ancestros... son perseguidores. Son
mercenarios.
Encuentran sus presas donde quiera que corran. —Y ellos están detrás de
ti.
—¡Pero...!— Ella acarició el funcionamiento perfecto, los hermosos y
elegantes controles.
—Lo sé.— Él acarició su asiento de cuero. —Vamos a estrellarnos en un
remoto lugar en el Alto Sierras. Es invierno. Los rescatadores tardarán un
infierno de tiempo en encontrarnos.
—Ellos seguirán la señal del transmisor localizador de emergencias (ELT).
Él la miró con incredulidad.
Y ella lo supo. —Quitaste el ELT.
—Lo deshabilité,— dijo él. —Cuando finalmente localicen el sitio del
accidente, va a aparecer que nuestros cuerpos han sido incinerados en el
ardiente accidente. El Varinski sospechará, pero esta es la única oportunidad
que tenemos para despistar nuestro olor, compraremos tiempo para escapar.
Preguntas y reproches giraban en su cabeza.
—Si el Varinski es un mercenario, ¿quiénes le pagan para encontrarme?

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—Nadie. Ellos te cazan por sí mismos.
—¿Por qué? ¿Por qué yo?
—Porque tienes el icono.
—¿Por qué? ¿Esto es tan valioso que ellos tienen que tenerlo?
—No. Es poderoso. Si se une con los otros tres iconos de la familia
Varinski, el pacto con el diablo se romperá y ellos se parecerán a otros hombres.
—Se puso los calcetines que ella le había traído.
—¿Cómo lo sabes?
—Después de que sostuve el icono, después de que me quemara, fui
abrumado por la comprensión de que estaba aliado con el diablo. Que si me
gustó esto o no, yo era igual que Innokenti, desagradable al cielo.— El
mercenario la observó poco a poco. El jefe militar la miró regularmente.
—Y no digno de la mujer que me obsesiona en mis sueños.
Ella sacudió su cabeza. No quería aquella responsabilidad.
—Ah, sí. Me mantuviste vivo en la oscuridad, y de algún modo tienes
uno de los iconos Varinski. No creo que sea coincidencia. Esos iconos han sido
ocultados durante mil años. Entonces, después de que yo... después de...
aproximadamente un año después de que te marcharas, los alcancé juntos e hice
mi negocio para averiguar que pasaba. Visité la casa de los viejos Varinski en
Ucrania.— El mercenario rió. —Aquel lugar era una broma, una enorme
antigua casa con espacios añadidos por donde quiera, ventanas rotas llenas de
trapos, coches en el patio con demasiada maleza. Allí vivían al menos cien
Varinskis. Mataron a su líder un año antes y luchaban entre ellos para ver quién
asumiría el negocio de la familia.—
—¿Quién contrata a estos…asesinos?—
—Principalmente dictadores y líderes militares, pero realmente,
cualquiera que pueda pagar su precio. Y no olvides que el Varinski ha estado
haciendo esto durante mil años. Tienen la reputación de cobrar aunque sea por
un favor.
—¿Esto es un gran negocio?— preguntó ella con incredulidad.
—¿Es la guerra un gran negocio?— ¿El asesinato en un gran negocio?—
Esa respuesta es suficiente. — Entonces el Varinski está forrado de
dinero.—
—Digamos que tienen una buena razón para luchar con el infierno para
mantener su status quo.— Él hurgaba en sus botas de excursión, actuando como
si sus dedos estuvieran entumecidos.
Ella puso el avión en el piloto automático nuevamente, se arrodilló a sus
pies, y empujó primero un pie, después el otro, en sus botas de excursión. —
¿Entonces observaste la casa de algún modo?— —No.— Sonrió abiertamente.
—Caminé derecho como si perteneciera allí.—
Ella tuvo que admirar su coraje.

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—Aparentemente me parezco bastante al resto de la familia porque
nadie me presto algo de atención. Vagué alrededor, escuchando lo que
hablaban, y averigüe que alguien había hecho una profecía—
—¿Quién? ¿Un médium?— Ella vaciló entre el sarcasmo y la creencia.
—Más o menos. El tío Iván es un viejo Varinski. Él es ciego—el primer
Varinski en la vida en ser ciego.—
—¿En mil años ningún Varinski se había quedado ciego?—
—El trato con el diablo garantizaba la buena salud y una larga vida, pero
ahora hay enfermedad, y es un signo de que el pacto se desintegra. Podría decir,
que el tío Iván tiene estos ojos blancos, nublados, bebe todo el tiempo, y es
bastante incoherente y babea. Excepto en ocasiones, cuando usa la voz del
Satán.— El mercenario tembló. —Él advirtió a su líder que él encontraría mejor
los iconos que el resto, y cuando Boris resultó ser un fracaso, él asesinó a
Boris.—
Nada tuvo sentido; leyendas y bestias míticas que jugaban en una
pantalla de plasma grande que hacían que los monstruos —y los héroes—
parecieran más reales que cualquier cosa en el mundo real, y ella estaba
asustada.
—¿Qué hay sobre ti?— preguntó ella. —¿Te pareces a los otros hombres,
y nunca cambian en un gato o...?—
—Supongo.— Su ojo bueno se convirtió en una ranura febril, y él miró...
hambriento. Angustiado.
El mercenario decía que ella brillaba con la luz. Ella no lo creía, pero lo
intentaría por una pequeña dosis de optimismo. —Si el Varinski está en tal
desorden, tienes una buena posibilidad de ganar.—
—Sí, excepto...—
—¿Excepto qué?—
—Hay un niño, de nombre Vadim. Él huele mal..., y juro, cuando estaba
allí él fue el único que sabía que yo no era de allí. Es joven, tan joven que aun no
podía tener el poder. Pero los ancianos que se le oponen mueren, no por
cualquier medio natural, y mientras estuve allí Vadim ganaba terreno. Desde
entonces me he dirigido a otros mercenarios, he escuchado los rumores, observé
su progreso en internet, y él es el jefe ahora. —El mercenario estaba rígido.— Si
tiene éxito en detenernos—mi familia, los Wilders—el diablo mantendrá cada
alma Varinski durante otro mil años.
—Estaban volando sobre el borde occidental de Nevada. Para el este
estaba seco, marrón, la Gran Cuenca plana. Para el oeste las montañas se
elevaron, impresionantemente blancas y nevadas bajo el color gris...
Ella miró alrededor el lujoso Cessna. Miro las Sierra Nevadas. No quería
abandonar este aeroplano. —Tienes un hermano,— dijo ella persuasivamente.
—Me envías con él. ¿Por qué no vamos juntos?—

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— Él no estará contento conmigo allí, y estará menos contento aun
cuando lleve mi batalla a su umbral.— —Esta batalla es la batalla de tu
familia.— Ella terminó de atar sus botas y se sentó atrás sobre sus talones.
—Innokenti lucha por el Varinski, sí. Pero él me acecha. Lo puse en
ridículo. Me golpeó en la batalla. Me encarceló. Y todo el tiempo pensó que no
era nada más que un simple humano.— —¿y qué?—
—¿Comprendes cuánto les gustaría a los Varinski poner sus manos en
un hijo del actual Konstantine? ¿Del Konstantine Wilder americano? No, claro
que no lo haces. Si ellos tuvieran uno de nosotros, a mí o uno de mis hermanos,
o, Dios no lo quiera, a mi hermana, la batalla habría terminado. — Él sonrió
desagradablemente. —Innokenti me tenía y nunca comprendió quién era yo.
Nunca comprendió que enterrándome mil pies bajo tierra no sería suficiente
para mantenerme confinado. No comprendió que pudiera generar una revuelta
que haría a los Varinski el hazmerreír entre los asesinos y mercenarios
alrededor del mundo.—
—Es personal entre usted dos.— La picadura en sus yemas del dedo se
extendía por encima de su brazo. Sus dedos del pie zumbaron con mucho dolor.
—Y tú estas en el medio. Lo siento.— Él parecía sincero.
—No es que disfrute de estar en medio, pero no me disgusta—— Ella se
paró.
—¿Qué?—
—Nada—. Más bien me gustaría que rechazaras derribar la ira del
Varinski sobre tu confiada familia.
—Nos lanzaremos en paracaídas desde aquí, juntos. De algún modo
sobreviviremos, y hay una buena posibilidad de que esta maniobra engañé
completamente al idiota Innokenti.
—¿De verdad? ¿Una buena posibilidad?—
—Una decente posibilidad. La mejor posibilidad que yo puedo hacer
para nosotros. Si él cree que su misión está completa, que estamos muertos,
entonces estaremos a salvo. —
—Bien. Invierno en Alto Sierras.— Ella pensó en los picos helados, la
nieve moderada en pies en vez de pulgadas, las avalanchas... las rocas que
esperan al imprudente para resbalar, caer a plomo en las rocas abajo, y morir.
—Goody.—
Él tomó su mano. —No te caerás.—
Cuando ella estuvo cautiva, había odiado que él conociera su debilidad.
Ahora, cuando el peligro pellizcaba sus talones y él estaba cicatrizando por el
pasado y amenazado por el futuro, sus palabras la consolaron.
—Lo sé. Realmente lo hago. Pienso que esto es solo un miedo natural de
caerme combinado con...— Ella podría casi oír el chasquido de voz de Jackson
Sonnet, Dios caramba, Karen, detén ser tan melodramática.
—Bien, solo un miedo natural a la caída.—

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—Combinado con tu madre fallecida,— el mercenario terminó su
pensamiento.
—Hiciste tu investigación.— ¿Cómo de incómodo era esto? Él sabía de
tu madre. La analizaba. Sentándose en el asiento del piloto, ocupándose ella
misma de los mandos.
—No estaba preparada para encontrar aquella noticia.— Entonces él la
sorprendió. Él puso su brazo alrededor de sus hombros. —Lo siento. No puedo
imaginarme el dolor de perder a tu madre tan pronto.—
Hacerla hablar de su madre y sostenerla al mismo tiempo... la hizo
ahogarse. Ahogarse sobre una muerte ocurrida hace veintiséis años.
Secretamente limpió una lágrima de su mejilla. —En realidad nunca lo superé.
Debería tenerlo superado, pero no lo tengo.—
—En realidad investigué un poco sobre tu padre también. Él no suena al
tipo más sensible en el mundo. Tal vez nunca le dieron la posibilidad para ir
sobre ello.—
Ella la giró su mirada hacia el Jefe militar. Ella estaba atónita—este
hombre que la había mantenido cautiva, que puso pulseras de esclavo sobre sus
muñecas, que paso dos largas semanas infligiéndole el mejor sexo sobre su
renuente cuerpo—él hacía calumnias sobre Jackson el Soneto y su carencia de
sensibilidad.
Pero el mercenario estaba tan cerca de su cara que casi la tocaba. Y esto
se sentía bien sobre ella—esto no era lujuria. Esto no tenía nada que ver con el
sexo. Esto era el reconocimiento de una alma humana herida humana por otra.
—¿Cuánto hace que no ves a tu madre?— preguntó ella en voz baja.
Él contestó calladamente, —Hace diecisiete años.—
—¿Alguna vez la echaste de menos?—
—Cada día. Y cuando yo la veo otra vez, bajaré sobre mis rodillas y
pediré su perdón por mi partida y por no haberle avisado que estaba vivo.—
—¿Qué hará ella?—
—Probablemente me dará una buena colleja. Luego e abrazará. Me
alimentará. Tengo la esperanza de que entremos de lleno en la etapa de
alimentarnos por un tiempo. Ella de verdad cocina bien.—
Karen rió. Él parecía tan cariñoso. Tan esperanzador. —¿En cuanto a tu
padre?—
El brazo del mercenario desapareció. —Mi padre y yo siempre
discutíamos.—
—¿Por qué?—
—Si era difícil. Amar a un ser bestia. Amar el acechar mi presa. Amar
luchar con garras y dientes y saber que ganaré,— dijo el mercenario ferozmente.
—Pero el nombre de mi padre es Konstantine, porque él era el líder de los
Varinski. Entonces él encontró a mi madre y se enamoró. Se casaron—de las
historias que ellos dicen, los Varinskis y la tribu gitana se opuso a la unión—e
inmigró a los Estados Unidos. Ellos cambiaron su nombre a Wilder, tuvieron

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tres muchachos, y entonces diez años más tarde, el milagro de una niña, la
primera niña nacida en mil años....— El mercenario medio sonrió.
Karen lo miró, fascinado para verlo perdido en sus sentimentales
recuerdos.
Pero el mercenario se cogió y enderezó. —La cosa es, como líder del
Varinskis, mi padre hizo algo indecible antes de que se casarse con Mama, y él
era estricto como no podrías imaginarte.
Él dijo...dijo siempre que diera la vuelta, me deslicé hacia abajo a lo largo
del camino del infierno, ¿y sabes qué? Él tenía razón. Lo sé ahora. La boca de
infierno casi me tragó antes de que diera la vuelta lejos, y hasta ahora esto me
llama. —
Él la asustaba cuando hablaba así. —¿Qué piensas? — ella susurró.
—Yo nunca debería convertirme en pantera. Nunca debería caminar en
la sombra. Pero cuando lo hago, me siento tan fuerte y seguro. Debe parecer
como la cocaína. Esto crea una ilusión de poder muy adictivo, nunca puedo
pararme. Aunque tengo que hacerlo, o seré como... ellos.—
—El Varinskis.—
—Sí. Como el Varinski. Entonces lo ves, por muchos motivos tenemos
que salvar el icono.— Furtivamente ella acarició la pulsera de oro alrededor de
su muñeca, luego enderezó sus hombros. —Lo tiraré.—
—¿Quieres?—
—No, por supuesto que no. —Su piel tomó una mirada estirada, como si
él se hinchaba por todas partes, y como si su cabeza fuera demasiado pesada él
la apoyó atrás contra el cabecero.—
Ella no podría. Desde luego que no podría. No podía traicionar a aquel
niño con hermosos ojos azul—verde, ojos que la miraron tanto como si fueran
suyos. Karen apartó su mirada lejos de él.
—Porque una mujer está destinada para poseer este icono, una sola
mujer. Y esa eres tú.—
—Porque lo encontré.—
Él hizo rodar su cabeza y la miró. —¿Sabes por qué lo encontraste?—
Ella sacudió su cabeza.
—Porque de acuerdo a la maldita visión de tío Iván, sólo una mujer
puede encontrar y sostener el icono—y esta mujer es la mujer que yo ame.—

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Capítulo 26
—Qué montón de mierda —Karen se sentó tiesa y furiosa en su asiento—.
No sabes lo que es el amor, si piensas que lo que sientes por mi es amor.
Warlord cerró su ojo bueno y pensó en ello.
—Adivino que puedo seguir esto. Piensas que si te amé, no te habría
secuestrado y retenido.
—O porque viniste por mí al balneario y mentiste sobre quien eras.
Ella estaba tan enfadada. Y tan hermosa. Si él no estuviera enfermo, la
bestia en él podría elevarse para reclamarla, y ella tendría una razón para
odiarlo una vez más. Y así era, el veneno de la serpiente se comió su hígado y
rasgó su piel. Sólo el concentrarse en ella y su conversación podría impedirle
llorar de agonía.
—En mi defensa, tuve que mentir o tú podrías haber corrido. Casi
corriste de todos modos.
—¿Piensas que cuándo te vi la primera vez y pensé que eras... quién eres?
—lo señaló con un dedo—. Y esa otra cosa. Escucharnos con disimulo a Dika y a
mí —obviamente saltaba de un resentimiento a otro—. Correr habría sido una
buena idea. Un plan sólido.
—Yo te habría seguido.
—No me seguiste la última vez.
—Fuera del Himalaya, dices. No podía —extendiendo la mano, él tomó
su barbilla y giró su cara hacia él—. ¿Me crees, verdad?
—Sí. Nunca podrías detenerte para dejarme ganar.
Con su chasquido y enfurruñamiento, ella lo hizo querer reírse. Con su
espíritu y valor, ella hacía que él quisiera protegerla. Con su
cuerpo...simplemente hacia que él quisiera.
—En Nepal te tome como una muchacha egoísta. Pero desde el día que
te perdí, inicie un largo paseo por el infierno —él volvió su cara hacia el sol.
En el último año, pareció que nunca pudiera obtener bastante sol.
—Cuando salí del otro lado había aprendido unas lecciones. Supe que no
hice lo que quería, y supe lo que verdaderamente quería. Entonces en el
balneario te corteje, y en realidad pensé que hacia un hermoso trabajo. Ibas a
acostarte conmigo hasta... ¡Maldita sea! No debería haberte besado.
—¿Piensas que no te habría reconocido en algún punto? —ella parecía
más que un poco irritada.
—Si hubiera podido quitarte la ropa y poner mi cabeza entre tus piernas,
estarías demasiado lejos para que te preocuparas —no estaba tan enfermo como

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pensaba, la mera idea trabajaba en él como un afrodisíaco—. Al menos hasta
esta mañana.
Ella fue de irritable a totalmente pacífica.
—Nunca has sufrido de modestia o de carencia de confianza.
—Cariño, pasé con muchas mujeres antes de que te trajera a mi tienda, y
por una razón— entonces podría saber cómo hacerte feliz.
—Eso era tan típico de ti —ella realmente se elevaba ahora con el
sarcasmo—. Sacrificándote en el altar del amor, y solo por mí, esperando en tu
futuro. Eres un amor. Y mantenerte en la práctica, seguro que les has servido a
muchas mujeres desde entonces.
El breve rubor de entusiasmo se descoloró, dejándolo frío.
—No. No ha habido otra mujer después ti.
Ella lo miró fijamente, su boca entreabierta.
Él no le dio tiempo de recuperarse. Tiro de ella a su asiento y se tambaleo
hacia atrás.
—Iré a ponerme el paracaídas, listo para irnos, o tendré miedo de que no
hacerlo —él abrió sobre su cabeza, sabiendo perfectamente bien que ella se giró
a mirarlo—. He estado con muchas mujeres, pero otra como tú, solo ame a otra
mujer.
Esto le dio fuerza para hablarle a su espalda.
—¿Quién era esa dechado de virtudes?
—Era solo una muchacha. Emma Seymour. Nos encontramos en una
competencia de banda. Ella era de la escuela contraria.
—¿Instituto? —por el tono de voz de Karen, él sabía que la había
sorprendido.
—Sí. Soy un típico muchacho americano. Fui al instituto. En Washington.
—¿Eres realmente de Washington?
—Puede que yo haya asesinado y robado, pero nunca he mentido —jaló
abajo su paracaídas y el equipo de supervivencia que guardó, sabiendo que este
día iba a llegar—. Recuerdo tan claramente el rostro de Emma. Oscuros ojos
marrones, el largo y oscuro cabello… su tez era perfectamente clara.
Considerando que él tenía la cara llena de granos, había sido realmente
una maravilla.
—Ella no quería que habláramos sobre nosotros, entonces no lo hice.
Cuando hablábamos por teléfono, era en voz baja, entonces nadie podría oírnos.
Nos encontrábamos en el café Burlington dos veces por semana, y discutíamos
sobre los libros que nos gustaban y sobre la computadora que construía y el

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colegio al que ella quería ir. Nosotros no hablamos sobre nuestras familias. El
asunto entero tenia la emoción secreta del tipo Romeo y Julieta.
El miró hacia la cabina de Karen para ver como lo tomaba.
Su boca se abrió nuevamente con sorpresa. Ella la cerró bruscamente y
preguntó,
—¿Dormiste con ella?
—Mi primera vez —hablar de que ello le hizo sentir un poco mejor—. Lo
hicimos debajo de las gradas justo después del partido de fútbol y los otros
chicos se habían ido, y recuerdo que estaba muy asustada y que yo temblando.
—Eso es… bien, eso es lindo.
—Yo no pienso así. Realmente esperaba que ella no se diera cuenta,
porque no era su primera vez.
—¿Ella era de la escuela superior? —Karen sonaba divertida y fascinada.
—Ella era mayor —él tiro de su paracaídas y apenas contuvo un gemido
de dolor en sus articulaciones—. Era una diosa.
—¿Especialmente desde que te hizo sentir como un Dios? —Karen reía
por lo bajo.
—Cuando hice el tonto, ella no hizo un alboroto de eso. Hizo que me
olvidara de preocuparme por haberme venido rápido. Ella hizo algo bueno por
mí —se puso de pie y miró hacia al frente—. Fue esa la razón por la que maté a
su padre.
Karen detuvo su sonrisa como si la hubieran cortado con un cuchillo.
—Después de que nosotros… tuviéramos sexo, fui a casa y mama está
arriba—. Aun el recuerdo lo hizo retorcerse—. Si hay una persona que un chico
justo después de su primera vez no quiere ver, es su mamá.
“Pero no había ninguna mirada diferente, porque me informo que Emma
estaba en el teléfono y me dijo que le dijera que no llamara tan tarde. Entonces
mamá me beso y se fue a la cama.
—¿Esa fue la última vez que la vistes?
—Si —asintió—. Si.
—¿Que dijo Emma que quería? —Karen lo miró, sus ojos llenos de
tormento.
—Primero pensé que era porque estaba embarazada. Luego comprendí
que solo habían pasado dos horas y que era muy pronto, además de que usé
preservativo. Ella me pregunto si todavía la amaba, y le dije que mucho. Y dijo
que no quería que pensara que era una zorra, y yo le pregunté si aun me
respetaba —diecisiete años después, y aun recordaba la conversación como si

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hubiese sido ayer—. Le dije que si iba, y ella dijo que no, que su padre me
mataría. La forma en que lo dijo me impacto. Como si ella estuviera realmente
asustada. Luego le dije que dejara su ventana abierta. Colgué y corrí.
—Ella vivía cerca.
—No. No realmente. Su casa estaba como a cuarenta kilómetros de
distancia por carretera. Pero una pantera no podía usar la carretera. Tome la
línea más recta posible—hasta la colina, colina abajo, a través del arroyo. El
lugar era pequeño, una casa vieja en una granja, y el lugar parecía un infierno—
pudriéndose, los escalones del porche rotos, sin tejas —tomó la carga de la
mochila y la puso sobre el asiento— . Ella abrió su ventana, y pude oler su
aroma.
—Su aroma —Karen alzo su mirada, delgada por las nubes rayadas—.
¿Como en Nepal, como pudiste oler la mía? ¿Porque eres una pantera?
El asintió.
—Pero junto con el olor de Emma, podía oler el fino aroma de la sangre.
Ella había estado en periodo la semana anterior, y sabia que esta no era sangre
menstrual. Ella esta herida.
—¿Su padre?
—No entendí lo que había pasado enseguida. Ese tipo de
comportamiento era tan extraño para mí—mi padre adora a mi hermana,
protegida por mi madre. Yo nunca había visto nada como esto —el recuerdo del
dolor de Emma todavía enfermaba a Warlord—y sus ojos brillaban con fuego
por el enfado—. Él la había golpeado tan fuerte que le rompió la nariz.
Hinchado. Partió su labio. Ella sostenía su brazo izquierdo. Le pregunte si tenía
alguna fractura, y ella pensó que tal vez su muñeca. Yo quería tomarla y
llevarla al hospital. Ella dijo que no, que no tenían dinero, y él… él podría no
dejarla salir de la casa. Dijo que una maestra nos había visto juntos, llamo a su
papá, y cuando Emma llego él ya la estaba esperándola.
—¿Le hizo…?
—¿La violo? No, no en ese momento, pero la forma en que ella actuó…
—Warlord quiso romper algo— . Le dije que era mi culpa que estuviera herida,
y que me ocuparía de ello.
—¿Qué hizo ella?
—Lloró. Y suplicó. Su padre era un granjero, un hombre grande, y yo
todavía era un muchacho flaco. Pensó que su padre podría pegarme hasta la
muerte —Warlord comprobó el paracaídas, asegurándose de que abriera, luego
lo envolvió y lo puso sobre sus hombros.

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—¿Cómo lo hiciste…?
—Hice mucho ruido. Él entró en su dormitorio. Lo desafíe a una pelea.
Se rió. Porque, tú sabes, él era uno de esos tipos que no golpeaban a las
personas que podían golpearles la espalda. Lo toque, hizo lo bueno y lo malo, y
salté por la ventana. Le dije que me encontraría con él al final del camino. Este
era un claro lejos de la carretera, fuera de la vista de la casa. El tipo exploto
detrás de mí. Hombre, él era grande. Puños como jamones. Cuando yo salí de
las sombras, todo lo que el vio fue al chico. Era tan engreído. Pensó que iba a
matarme con una mano atada a su espalda.
—Él estaba por llevarse una sorpresa.
—Cuando salté sobre él, cambié. Él vio la pantera y gritó. No tuvo
oportunidad.
—Tampoco Emma.
—Justo lo que pensé —Warlord se puso su casco—. Lo maté.
Despedazándolo. Arrastre el cuerpo lejos. Lo oculte en las montañas. Dios sólo
sabe si alguna vez fue encontrado. Entonces escapé. Fui a Seattle, viaje de
polizón sobre un buque de carga filipino, y nunca mire atrás.
—¿Pero tu familia? —la voz de Karen tembló.
Karen era demasiado sensible, demasiado suave para él. Pero Dios le
ayude, no podía dejarla ir.
—Mi papá siempre decía que si yo no era cuidadoso, si no me controlaba,
mataría, y mataría otra vez. Entendí que había sellado mi destino.
—Te hiciste mercenario.
—Ser un mercenario era bueno—y muy provechoso—para un hombre
como yo —la historia terminó, su necesidad de decirle a Karen la verdad fue
descargada, y la enfermedad retorno con una venganza. Se sentó en el suelo, se
estiró en el pasillo, y se relajó—. He hecho muchas cosas desde entonces que he
lamentado, pero no importa que haya sucedido pues, no importa que lo haya
hecho o dónde mis crímenes me hayan llevado, cuando recuerdo a la pobre de
Emma, no lo siento. Si yo pudiera, lo haría de nuevo.
Cuando el teléfono sonó en el dormitorio de Jasha Wilder, él apretó su
agarre en la mujer que estaba en sus brazos y dijo,
—Déjalo.
Su secretaria trató de liberarse.
—No podemos, Jasha. Querido, probablemente esto es de la bodega.
Nosotros vamos tarde. Cariño, anda, detente. Sabe que no puedo pensar
cuando haces esto.

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—Es por eso que lo hago —pero cuando ella anduvo a tientas por el
teléfono, él se apartó, recostándose sobre su espalda, y maldito a quienquiera
que había interrumpido un interludio encantador.
Ella se colocó contra las almohadas, con cuidado cubrió sus pechos, y
tomó el receptor.
—Ana Smith.
—Ann Wilder —refunfuñó él. Cuando la había contratado como su
ayudante administrativo, había sido tranquila, modesta, y tímida. Ahora ella
era su esposa, y a esa lista de cualidades él tenía que añadir obstinada. Era
obstina sobre no cambiar su nombre por el suyo, y eso lo molestó.
Ella probablemente rechazaba hacerlo porque lo molestaba.
—Ann Wilder —él dijo otra vez.
Ella lo ignoro y hablo en el teléfono.
—¿Puedo preguntar quién le dio esta referencia? —él apenas oyó una
respuesta.
La espina dorsal de Ana se enderezo bruscamente con una exclamación.
En un tono quebradizo que hizo que él se incorporara también, ella dijo.
—Hay una palabra que puede hacer toda la diferencia en esta llamada.
Le dejare hablar con el Sr. Wilder o colgaré. ¿Cuál es esa palabra? —cualquiera
que fuera la respuesta, esto hizo a Ann decir—, Solo un minuto, por favor —
puso la llamada en espera y se volvió a Jasha, su color aumentó—. Su nombre
es Karen Sonnet. Dice que está en un avión con Adrik. Cuando le pregunte por
la palabra, ella dijo, icono.
Jasha tomó el teléfono.
Anna se levantó, se puso su bata, y tomó el ordenador portátil. Buscando
a Karen Sonnet, y buscando las posibilidades.
Jasha tomó el teléfono del asimiento y dijo,
—Jasha Wilder. Usted debe hacer esto bien.
—No tengo ninguna intención de hacer esto bien. No sé cuáles son los
problemas de su familia, y no me preocupa —esta Karen no se incomodaba con
su irritación—. Pero Warlord insistió que le llamara y le diera estas
coordenadas.
—¿Warlord? —Jasha no sabía si sonreír con satisfacción o gemir.
Ana levantó su mirada.
Jasha cabeceó.
Ella escribió Warlord en el área de búsqueda.
—Rick —Karen dijo—, Rick Wilder. O Adrik. Como quiera.

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Ann escribió en su portátil, Adrik Wilder.
Karen continuó,
—De todos modos, él pregunta si vendría por nosotros porque tenemos a
los Varinski siguiéndonos, y él cree que necesitaremos ayuda.
—¿Por qué no esta él al teléfono?
—Esta inconsciente en la parte trasera del avión.
—Eso es muy conveniente —en una plana, furiosa voz, Jasha dijo—,
Karen Sonnet, o quien sea usted, no sé qué infiernos de truco está tramando,
pero cuando tenía diecisiete mi hermano Adrik desaparecido de nuestras vidas.
Hace dos años recibí una carta de Nepal comunicarnos que estaba muerto, y sus
restos nos fueron devueltos. Enterramos los restos.
—¿Pensó en comprobar el registro dental? —para alguien que solicita
ayuda, Karen era condenadamente sarcástica.
—No había lo suficiente como para dejar registros dentales.
—Debería haber comprobado el ADN —oyó a Karen exhalar molesta—.
Mire. Estaremos estrellando el avión en un lugar remoto de High Sierras y
haremos nuestro camino a pie en estas coordenadas. Usted los puede tomar o
no. Puede creerme o no. Nos puede ayudar o no. Pero como yo lo entiendo, hay
una profecía sobre su familia, sus primos quieren mi icono, y la serpiente
gigante que despedazó a Warlord no es casi tan horrible como el enorme
luchador que está rastreándonos.
Quien sea que fuera ella, sabía un montón de un infierno de cosas del
infierno de muchos. Jasha le hizo un gesto a Ann, un gesto de pluma y papel.
—Déme las coordenadas. Quizás estaré allí.
Ann le entregó el papel, y en su portátil escribió, Rick Wilder.
—Y quizá si usted no esta, debería enviar ayuda —Karen sacudió fuera
de las coordenadas.
—Le llamaré con mi decisión.
—No a este teléfono, no puede. Va con el avión.
Jasha escuchó un pitido.
—Me tengo que ir —dijo Karen—. Estaremos saltando en tres minutos.
—Creí que dijo que Warlord estaba inconsciente.
—Él lo está, por momento. Si la bofetada de aire frío no lo despierta, lo
estaré arrojando de todos modos.
—¿Qué pasa si él no viene para acá?
—Ayúdelo a él, esta bien.
Tal vez era Adrik.

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—Aunque a veces él no es tan malo. ¿Sabe? —como si no le gustara
admitirlo la suavidad, ella se cerró de nuevo molesta—. No se preocupe,
saltaremos el tándem. Conseguiremos ir a tierra. Entonces. . . Dios nos ayude si
no.
La línea quedo muerta.
Jasha miraba el receptor con furia y asombro. Él era el presidente y
director general de Wilder Wines. Estaba casado con la mujer más bella del
mundo. Era el hijo mayor de los Wilder. Él era un guerrero. Era un lobo. Nadie
le hablaba a él de esa manera.
—¿Acaso piensa que soy tan tonto que voy a dejar todo e ir corriendo en
lo que es obviamente una trampa de los Varinski? No puedo creer los nervios
de la mujer.
—Han pasado dos años desde que tu madre tuvo esa visión —Ann le
recordó vagamente cuando ella daba vueltas a través de páginas de Internet—.
Dos años desde que se encontró el primer icono y Tasya encontró el segundo.
La enfermedad de tu padre avanzaba. Si no encontramos los dos últimos iconos
pronto él va a morir, el pacto va a durar para siempre, y…
—Lo sé. ¡Lo sé! —Jasha odiaba ser tan inútil. Él iba a ir al infierno por
toda la eternidad.
—Y tu madre tendrá su propio infierno sin él —Ann estiro su brazo y le
entregó la laptop.
Allí, en una página de noticias de tecnología, estaba el anuncio de un
nuevo caliente juego de ordenador hecho para barrer a los sonados jugadores
de América, y bajo el título, WARLORD, había una foto de su diseñador, Rick
Wilder.
Incluso después de diecisiete años, Jasha reconoció a su hermano.
Las lágrimas brotaron de sus ojos.
—Joder —dijo.
Ann le abrazó.
—Lo sé.
—Diecisiete años sin una palabra. Él rompió el corazón de Mama. La
noticia de su muerte casi mata a Papa.
—Lo sé.
—Por el amor de Dios, enterramos los restos de Adrik.
—Lo sé.
—Debo dejar que ese mocoso se congele en el desierto.
—Deberías —Ann le miró—. ¿Quieres que un avión vuele a Yosemite?

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—Claro —Ann le besó y saltó de la cama.
—Voy a llamar a Rurik y decirle que tenemos que ir sacar a nuestro
pequeño hermano de problemas nuevamente—.

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Capítulo 27
El piloto automático estaba en control de dirección /control de altitud
mientras volaba bajo por la Sierra Nevada. Los picos cubiertos de nieve hacían
parecer diminuto al pequeño avión. Dos veces una montaña se acercó tanto que
Karen se estremeció en el asiento del piloto. Con gravedad esperó que los
cálculos de Warlord fueran correctos. Si existía la más leve falla el elegante
Cessna Citation X no tendría ninguna posibilidad de hacerse añicos contra
Acantilado Mountain. En su lugar se haría añicos en una montaña diferente,
probablemente demasiado pronto, y se llevaría a Warlord y Karen con él.
Terminó sus preparativos, insistió en un beso de la disculpa a su palma y
luego al tablero de instrumentos, y se dirigió al fondo de la cabina.
Warlord estaba estirado en el piso del pasillo, vestido para el salto.
Tocó su frente, presionó su mano contra la vena en su garganta.
Todavía estaba vivo. Gracias dios. Se había preguntado. Había tenido
miedo que... de qué, no lo sabía. De todos los hombres en este mundo que se
merecían morir, en su libro había sido el número uno.
Agarró su abrigo, mono, anteojos protectores, y casco. Ató su bolso
delante de su cuerpo, y luego se puso el arnés de paracaídas. No podía creer
que fuera a abandonar este avión hermoso.
Todavía no podía procesar realmente la indignación por la pérdida del
avión, no después de escuchar la historia sobre su primer amor... Si pudiera, lo
haría otra vez.
Había llevado a un hombre a su muerte. Lo había matado con dientes y
garras.
El padre de Emma se lo había merecido. Y si hubiera sido llevado a los
tribunales, tarde o temprano habría salido y vuelto a golpear a Emma otra vez.
O a matarla.
¿Así que quién era el que estaba equivocado?
Pasó por sobre el cuerpo de Warlord. Su mochila de campamento
sobresalía, con raquetas para caminar sobre la nieve.
Miró su cara inconsciente.
—Estabas listo para esto, ¿no?
Yendo a la puerta, localizó el asa de lanzamiento de la puerta de
emergencia y la activó. La puerta se deslizó afuera y abajo, desapareciendo bajo
el ala del Citation. El viento formó un tornado en la cabina. Ella giró y empezó a
salir.
Warlord estaba detrás de ella, atando su mochila a su cintura.
La primera alarma sonó; la computadora del avión reconoció que iba
demasiado bajo, reconoció que se estaba acercando a un obstáculo.
—¿Jasha viene? —gritó Warlord en medio del ruido del viento.
—No sé —le gritó en respuesta.
—Probablemente dije algo equivocado.

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Echó un vistazo a la montaña que se acercaba rápidamente.
Otra alarma. Y otra.
—No hay ninguna cosa correcta para decir a mi familia. He quemado
demasiados puentes.
La enganchó a él.
—Dijo que habían enterrado tus restos.
Lo miró.
—¿Listo?
—Vamos.
Las alarmas estaban sonando constantemente ahora. El aire gélido
soplaba en sus rostros.
Saltaron.
Estaban cayendo en una caída libre a treinta mil metros del suelo.
Contó hasta tres, y luego gritó:
—¡Hazlo!
Warlord tiró de su cuerda de rasgadura. La corriente ascendente los
elevó de golpe antes de hacerlos iniciar un descenso lento y tranquilo. Un lento,
tranquilo, descenso que les helaba el culo.
Detrás de ella, Warlord los movía hábilmente para enfrentar el impacto.
Envolvió sus brazos alrededor de ella mientras el glorioso y elegante
Cessna se acercaba a la pared rocosa del Monte Acantilado. Estalló en una bola
de llamas y luego se desintegró. La onda expansiva los arrojó entre las copas de
los árboles y una pendiente.
Al estar atados juntos y con todo el peso que llevaban, bajaron rápido.
Demasiado rápido. No tenían un espacio claro para aterrizar.
—¡Cruza tus piernas!
Karen escuchó, y obedeció mientras el bosque cubierto de nieve se alzaba
para atraparlos. Se estremeció cuando su bota chocó con una rama.
Entonces estaban entre los árboles, la nieve bajando de las ramas que los
abofeteaban por su impertinencia. El olor a pinos impregnaba el aire.
Iban derechoS al tronco de un árbol, al tronco de árbol más grande que
ella hubiera visto nunca. Los brazos de Warlord se apretaron a su alrededor.
Ella levantó sus brazos para proteger su cabeza.
Y algo se agarró al paracaídas y tiró de ellos deteniéndolos.
La sacudida la dejó sin aire.
Entonces, con una rajadura inmensa, la rama que los sujetaba se rompió.
Cayeron a plomo al suelo, golpeando ramas, hasta que Karen aterrizó de cara
en un banco de nieve, Warlord sobre su espalda. El impacto atravesó la corteza.
El hielo rodeó su cara, llenó sus ojos y su boca, y la hizo ser inmediatamente
consciente de su situación. El peso de Warlord y los suministros la hizo agitarse
impotente, desesperada por respirar.
Él dio la vuelta, sacándola de la nieve, y mientras tiraba de su casco
desenganchó la correa que los ataba.

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Mientras escupía y se limpiaba, se puso de pie, se sacó el casco—y se río.
Ella no podía creerlo.
—¿Qué te pasa?
Ella limpió un gran trozo de nieve acumulado en su escote.
—Casi morimos—más de una vez casi morimos—todavía estamos serio
peligro, y tú te estás riendo.
—Pero no nos morimos, y ¡vaya qué paseo!
Se río otra vez, y se encogió de hombros dejando caer el arnés del
paracaídas.
—¿No fue espectacular?
—No.
—Vamos, Karen.
La abrazó a su costado.
—La gravedad ganó. Llegamos al suelo. Ése es un buen augurio.
—Estás loco.
—Uno de nosotros tiene que estarlo. Y mira.
Señaló su cara.
—El frío hizo caer la hinchazón. Puedo abrir mi ojo un poco—y puedo
ver.
Tenía razón. Donde el veneno se había tocado, su piel todavía se veía
atroz —roja y cubierta de costras. Pero su párpado estaba mejor, y su ojo estaba
claro y se movía libremente.
Su alivio la hizo admitir:
—Entonces supongo que toda esta nieve es buena para algo.
La observó sacudirse; sacando nieve de lugares que nunca deberían
haber visto la nieve.
—¿Necesitas ayuda para sacarte eso?
—No.
—Realmente. Me encantaría de ayudar.
El maldito enfermo, estaba sonriendo. Coqueteando. Feliz de estar en el
suelo, alegre de tener su ojo intacto, y seguro de algún retorcido modo
originado en su virilidad idiota que si solo pudiera poner sus cálidas manos
sobre su cuerpo congelado; ella se derrumbaría en sus brazos en un montoncito
apasionado.
—Eres incorregible.
—Yo me ofrecí.
Con un encogimiento de hombros despreocupado, se rindió... Por el
momento.
Se puso sus raquetas, y luego la ayudó con las suyas. Echando un vistazo
a la rama quebrada encima de ellos, dijo.
—Si los Varinskis nos buscan, eso va a traicionarnos.
—Estamos sobre los siete mil pies. A temperaturas bajo cero. La tormenta
está empezando.

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Extendió su mano enguantada y dejó que se posaran en ella los copos
empujados por el viento.
—Los Varinskis son el menor de nuestros problemas.
—Es cierto. La nieve cubrirá los restos y nuestras huellas.
—Si no llegamos a un lugar seguro, la nieve nos enterrará vivos.
Plegó el paracaídas.
—Empieza a avanzar mientras puedas caminar, y encontremos algún
sitio para poner el campamento.
—Y entonces ¿qué?
—Y entonces sobreviviremos a esto... o moriremos juntos.
Besó su fría mejilla.
—Si tengo que morir, quiero que sea contigo.
Ella sacó de su bolso un gorro y una bufanda y se envolvió.
—Asegurémonos de vivir. Tengo un asunto pendiente con los Varinskis.
Le lanzó una mirada significativa.
—Y contigo.

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Capítulo 28
Karen vio a Warlord tambalearse y caer sobre una rodilla. Con líneas de
dolor grabadas en su cara, y la marca del veneno grabada en su piel.
Se detuvo, jadeó.
—Tenemos que montar el campamento.
—No hemos ido lo suficientemente lejos.
Se puso de pie. Volvió a caer.
—No estamos lejos del lugar de reunión.
La emoción del salto los había mantenido sobre sus pies, pero después
de una milla de bosques cubiertos de nieve y rodeados por una tormenta, esa
emoción había fallado. Todo sobre Warlord —su color ceniciento, sus ojos
apagados, el sudor brotando sobre la parte expuesta de su frente—reflejaba su
propio choque de adrenalina, y el dolor en avance y la parálisis del veneno.
—No importa. Simplemente ya no podemos ir más lejos.
—Tenemos que hacerlo. Estamos demasiado cerca del lugar donde
caímos. Para los Varinskis sería muy fácil encontrarnos.
—Bien. Tú vas adelante. Déjame saber cómo resulta eso.
Buscó el mejor lugar para poner el campamento. Cuando volvió a
mirarlo, había tropezado sobre su cara silenciosamente.
Se arrastró hacia él, lo volteó sobre su espalda, y verificó su impulso.
Tenía tanta fiebre que podría haber derretido la nieve.
—¿Qué es lo que esperabas? —preguntó a su cuerpo echado.
—Hace cinco horas una cobra mágica con un gran culo te mordió. Hace
cuatro horas venciste al Halcón Maravilla. Hace una hora chocamos tu avión.
¿Pensaste que eras Superman?
Lo hizo. Lo sabía. Estaría sorprendida si no poseyera su propia capa de
Superman. En algunos aspectos era de ese tipo. En otros... Bien, ese no era
momento de considerar su pasado o su habilidad de convertirse en una pantera,
o lo dejaría afuera en la nieve.
—Por lo menos el frío ha reducido la hinchazón de tu cara.
Ella escudriñó sus ojos.
—Pienso que tu vista estará bien.
Lo palmeó en el hombro.
—Buen trabajo.
Escogió un claro plano entre algunas rocas donde los cedros altísimos los
protegerían de la nieve. Miró el cielo y solamente vio miles de millones de
copos de nieve apresurándose hacia el suelo. No quería ser enterrada viva.
Registró su mochila. Encontró raciones deshidratadas, soga, eslabones de
enlace, una pala plegable, dos pistolas semiautomáticas, munición... Jackson
Sonnet daría su aprobación. El tipo estaba preparado.
Cavó una zanja poco profunda, tomó el paracaídas de las manos rígidas
de Warlord, y lo separó en capas sobre la nieve. Sacó la carpa de dos plazas de

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la mochila. Gracias a Jackson Sonnet, había aprendido a poner una carpa en la
oscuridad en temperaturas bajo cero, con el viento soplando. Buena cosa,
porque se estaba elevando en ella una neblina de dolor y desesperación. No
tenía mucho tiempo. El adormecimiento se estaba extendiendo inexorablemente
hasta arriba de sus brazos y piernas.
En el espacio estrecho dentro de la carpa colocó las bolsas de dormir —
apropiadas para cuarenta grados bajo cero, notó con aprobación. Unió los
cierres para hacer una sola bolsa grande, y apiló sus cosas en un rincón. Con un
escalofrío regresó a la tormenta que se desarrollaba afuera, arrastró el cuerpo
tendido de Warlord a la entrada, y lo hizo rodar dentro, sacudiendo la nieve de
él. Cerró la solapa de la carpa. Lo dejó en ropa interior, lo sacudió para
despertarlo lo suficiente como para que bebiera algo de agua de la cantimplora.
Tomó unos sorbos ella misma, y subió el cierre de la bolsa en torno a él.
Entonces se sentó, sin aliento, mirando fijamente su pelo negro y
despeinado, y trató de recordar por qué había trabajado tan duro para salvar su
vida. Era Warlord, el mercenario que la había mantenido como una esclava y la
había forzado a reconocer su indefensión ante su propia sexualidad. Éste era
Rick Wilder, el estúpido que fingió ser un inocuo hombre de negocios para
meterse en sus pantalones otra vez. Y cuando había salvado su vida, todavía
insistía en que debía ser parte de su vida. Si lo dejara morir en la nieve... se
estremeció.
Bien, no podía hacer eso, porque... Abrió su bolsa y escarbó
completamente hasta encontrar el icono. Miró fijamente la versión de la Virgen
María, quebrada por el sacrificio de su hijo. La Madonna miró a Karen,
recordándole en silencio la precariedad de la vida, y las lágrimas sobre la
pintura brillaron nuevamente. Karen no podía sacrificar a Warlord, no
importaba lo que hubiera hecho o qué haría.
Estaba al tanto de la derrota de Warlord. La había visto ella misma, y en
una esquina de su cerebro, representó y volvió a representar ese lugar que
había presenciado en su mente: la lucha, la pelea con el Varinski, la derrota de
Warlord.
¿Dónde había estado esos dos años? ¿En un hospital? ¿En una prisión?
¿En un ataúd? Era posible, supuso. Cuando ese Varinski lo había golpeado,
había sido lanzado por el aire contra rocas irregulares. La mayoría de los
hombres habrían muerto. Pero Warlord todavía estaba aquí y, hasta esta noche,
había parecido estar saludable y activo. ¿Cómo era posible eso?
¿Cómo era posible nada de todo esto?
Su áspera voz crispaba sus nervios.
—Karen. Ven a la cama. Necesitamos entrar en calor.
Karen despertó asustada.
Warlord estaba inconsciente.
El icono estaba en su bolsa.

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Estaba delirante. Si no se metía en la bolsa de dormir pronto, nunca lo
haría.
Fuera, la cólera de la tormenta hacía chirriar y gemir los árboles.
Allí, en la luz débil, podía ver su respiración.
Luchó para quitarse la ropa, sudando del esfuerzo y la fiebre. Cuando
estuvo en camiseta y ropa interior, dio un suspiro y se deslizó junto a Warlord.
Debería quitarse sus brazaletes de oro, pero ahora mismo, para alguna razón
que no podía comprender o confesar, le brindaban confort. Conectaban pasado
y presente, y necesitaba un puente de regreso a la época en que Warlord estaba
saludable... Por ahora ardía bajo su tacto.
Poniendo una mano sobre su pecho, otra sobre su frente, murmuró:
—Por favor Dios. Tenemos que sobrevivir a esto.
Como si hubiera rogado la oración perfecta, se arrellanó en la mente de
Warlord y su corazón.
Warlord despertó en estado de pánico. Trató de ponerse de pie. Sus
piernas estaban fracturadas. Sus costillas estaban fracturadas. Estaba ciego. No
podía casi respirar, y sus ideas tartamudeaban en su cabeza. El pánico le golpeó,
y gritó:
—¡Hey!
—Ciérralo. ¡Ciérralo!
La linterna brilló directamente en su cara, y se estremeció.
—Déjenlo solo tú. Le duele —
Warlord reconoció la voz.
—¿Magnus?
—Cállate.
Magnus sonaba gracioso. Áspero y angustiado.
—Tenemos que permanecer silenciosos.
—Cállalo —dijo el de la linterna—, o yo terminaré con él.
No creo que sea probable. Tú no eres un Varinski. Pero Warlord
obedeció a Magnus. Su subjefe parecía tan desesperado, y Warlord no
comprendía dónde estaba, por qué dolía, lo que les había pasado.
La linterna desapareció, dejándolos en la completa oscuridad otra vez.
—¿Dónde estamos? —susurró Warlord.
—En Siberia, en la mina de oro más profunda en el mundo entero.
Magnus palpó hasta arriba del brazo de Warlord y sujetó su hombro.
—No puedo creer que estás vivo. ¿Cómo sobreviviste a esa caída?
Cuando ese monstruo te golpeó, fue como si hubieras sido lanzado con un
cañón.
Una cara reventada en la mente de Warlord, ardiendo de la misma
manera que una máscara de Halloween demente, una cara compuesta de una
frente y mandíbula de Neanderthal. Involuntariamente, Warlord se encogió
dentro de su piel.
—¿Quién era?

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—Se llama Innokenti Varinski. Es el nuevo ejecutor para los ejércitos
sobre la frontera donde solíamos reinar.
Magnus se movió, y gimió.
—¿Sabías que tenían un primo como él?
—No.
En todos los años de Warlord como un mercenario, nunca había
conocido a un Varinski.
Ahora no quería conocer a otro nunca más.
—¿A quién capturaron? ¿A quién mataron? ¿Quién ha sido herido?
—Hay muchos lesionados —Bobbie Berkley está aquí con nosotros; no
va a vivir—pero perdimos a solamente ocho hombres.
Amargamente, Magnus dijo:
—Tienen un uso para nosotros.
El caudillo no adivinó; lo sabía.
—Somos la nueva mano de obra esclava.
—Mineros de oro, eso somos nosotros.
Todos sus hombres, pero especialmente Magnus, odiaban estar
confinados. Éstos eran hombres que recorrían sus propios senderos, y ahora
cavarían... Hasta que se murieran. Warlord enfermó de culpa.
—¿Cuán abajo estamos?
—Solamente doscientos cuarenta metros. Nos están consintiendo hasta
que estemos sanos—
—¿Sanos? ¿Qué pasa contigo?
—Perdí un ojo, y no puedo permanecer de pie lo suficientemente
derecho como para operar un taladro.
Esto era por su culpa.
—¿Qué ocurrirá cuando estemos bien?
—Nos enviarán abajo.
—¿Abajo?
Warlord se movió dolorosamente, despacio.
—Estamos a doscientos cuarenta metros. ¿Acaso eso no es hondo,
imbécil?
Curó rápidamente, más rápidamente que los hombres normales. Sus
huesos se estaban curando, pero había recibido mucho daño. Tenía que ponerse
de pie. ¿Cuánto más tiempo pasaría hasta que pudiera estar de pie?
—Cuatrocientos ochenta metros. Dicen que no dejarán helicópteros
pilotar la zona porque las corrientes descendentes los succionan. Cuanto más
profundo vas, más cerca del infierno estás, más caluroso se pone. Dicen que el
aire ahí abajo está lleno de veneno y los hombres se mueren donde caen, y ni
siquiera los gusanos están ahí para comerlos.
Esto era culpa suya. Su culpa. Su culpa. Había descuidado el deber por
tocar a Karen, abrazar a Karen, escuchar la voz de Karen y hacer el amor a

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Karen. Sus hombres confiaron en él, lo siguieron, y los había conducido a la
esclavitud. Les había fallado.
Supo qué daño había causado su lujuria incontrolada, pero tuvo que
preguntar:
—¿Karen se escapó?
—¿Tu mujer?
No había ningún reproche en la voz de Magnus.
—Nunca oí que la capturaran, y ninguna razón para que lo hicieran. Los
malditos Varinskis estaban demasiado ocupados con aplastar nuestros huesos
para preocuparse por una mujer.
Warlord cerró sus ojos con alivio.
Karen estaba a salvo.
Entonces, levantando su cabeza, dijo:
—Escúchame, Magnus. Me pondré mejor rápido. Y tú sabes qué soy.
Conseguiré que tú y los otros salgan de aquí; juro que sí...
Karen luchó, tratando de liberarse del horror de esta visión, pero se
apoderaba de ella y no la dejaba salir.
Warlord había estado allí cuatro días. Sabía eso porque una vez al día
alguien empujaba comida y agua en su celda. Bobbie Berkley había muerto
sobre el piso al lado de ellos; los guardianes lo habían dejado por veinticuatro
horas antes de arrastrar su cuerpo fuera de allí. El calor, la oscuridad, la
sensación de estar atrapados en el útero de la tierra con miles de millones de
toneladas de rocas rodeándolos por todas partes como si fuera una tumba...
Nunca cambiaba. Nada cambiaba aquí.
Magnus temblaba y gemía en sueños, y una vez, cuando los guardianes
dirigieron una luz a la celda, Warlord vio sus lesiones.
No solo había perdido un ojo. Había perdido media cara.
Su culpa. Era todo su culpa.
Ahora Warlord escuchaba a los guardianes en la puerta, y se movió
alejándose de la luz.
—Es fino. Agárralo y llévaselo.
El caudillo reconoció esa voz. Innokenti Varinski.
Sintió que le corría un sudor frío.
Como si fuera un cachorro, el neandertal le agarró por el cuello.
—Veo que me recuerdas.
—Te recuerdo.
—Soy Innokenti Varinski. Soy tu conquistador.
Cuando Warlord no dijo nada, Innokenti lo sacudió.
—Dilo.
—Tú eres Innokenti Varinski. Tú eres mi conquistador.
Warlord se dijo que obedeció porque era la cosa más lógica para hacer.
Pero más de eso, obedeció porque estaba asustado. Asustado de esta bestia que
lo había derrotado en la lucha, que lo había lastimado como nadie lo había

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lastimado nunca, y quien se deleitaría a la menor oportunidad de hacerlo otra
vez. Y otra vez.
Innokenti lo olfateó como si fuera una pieza de pan mohoso.
—Hueles gracioso... Para un ser humano.
—Tengo que lavarme.
Warlord no necesitaba que este enorme imitador de Sauron llegara a la
conclusión de que estaban emparentados por la sangre. Mientras las
habilidades de Warlord permanecieran en secreto, sus hombres tendrían una
oportunidad.
—¿Te gustaría darte un baño? ¿Y poner pétalos de rosa en el agua?
Innokenti sonrió y mostró una hilera de dientes negros y faltantes.
—¿Cuándo los Varinskis empezaron a pudrirse como hombres
normales?
Era una pregunta justa, tal vez un poco descortés, pero todavía una
pregunta justa, puesto que el trato con el diablo les había garantizado vidas
largas sin los problemas que atormentaban a simples mortales.
Pero evidentemente Warlord había tocado un tema espinoso.
La sonrisa del Varinski desapareció. Golpeó su frente contra la cara de
Warlord hasta que la sangre salió a chorros de su nariz y boca.
—Pedazo de mierda insolente. Te mostraré la putrefacción.
Lo lanzó contra la pared, recogió el bastón de acero del guardián, y
golpeó a Warlord en la espalda.
Warlord gritó. Cinco veces cayó la vara. Luego Innokenti lo lanzó al otro
lado de la habitación. Golpeó a un guardián, que chilló y cayó al suelo.
—Encadena sus manos y pies y ponlo a trabajar.
Recogiendo a Warlord del piso, el Varinski dijo:
—Soy Innokenti Varinski. Cuando mueras, recuérdame y maldice mi
nombre.
—Innokenti —dijo Karen entre dientes.
—Innokenti.
El lugar cambió y...
Días y meses sin final, sin luz, sin casi comida o agua.
Warlord no tenía aliento para maldecir a Innokenti Varinski. No tenía la
fuerza o la voluntad. Las profundidades de la mina minaron su energía. El
trabajo hizo añicos su cuerpo. La pérdida continua de sus hombres, uno tras
otro, rompió su voluntad.
Esto era por su culpa. Su culpa. Su culpa.
Una vez al mes Innokenti llegaba con su vara de acero. Al principio
Warlord no supo por qué había cambiado a ese tipo de trato. ¿Innokenti se
había dado cuenta de que ese mercenario estaba relacionado con la rama odiada
por los Varinskis, la familia Wilder?
Luego Warlord reconoció la fuente de la frustración de Innokenti.
Ningún otro hombre podía haber sobrevivido a una sola de esas palizas, sin

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embargo todos los meses cuando Innokenti regresaba, Warlord estaba
trabajando otra vez.
Innokenti tomaba su vara y golpeaba a Warlord, y llegaría un día en que
lo mataría, porque solamente otro demonio podía matar a un hombre atado por
el pacto con el diablo.
Pero no aún. No aún.
Si Warlord no hubiera descuidado sus deberes con sus hombres y
pasado todo su tiempo con Karen, él y sus hombres todavía serían libres. Sin
embargo el recuerdo de Karen era lo único que lo mantenía vivo. Cuando los
guardianes lo golpeaban con la vara de acero, y ya no podía recordar la
sensación del sol y el aire fresco sobre la piel, traía a Karen a su mente.
Karen vislumbrada en el tren de Katmandú.
Karen, en su carpa en las profundidades de noche.
Karen, agarrándolo en la motocicleta cuando escaparon de la avalancha.
Karen, bailando en la pradera, besando el suelo, desnuda bajo la cascada.
Karen, atada a la cama de latón y retorciéndose de placer...
A veces, la sentía tan cerca que podía oler su olor, tocar su piel, y
escuchar su voz canturreándole.
En esos momentos era cuando sabía que estaba alucinando. Karen nunca
le canturrearía...
En un año, la mitad de sus hombres lo dejaron. Murieron mientras
partían duramente la roca. Murieron en las profundidades de las cuevas. Y peor,
uno por uno, se echaron y murieron del hambre, de las palizas... y porque toda
esperanza había desaparecido. Nada de lo que dijo hizo una diferencia. Ya no
confiaban en él.
Incluso Magnus se había rendido.
Tenía que sacarlos. No podían esperar más. No podía esperar más.
Porque se había rendido también. No se dio cuenta cuán bajo se había
hundido hasta que uno de los guardianes lo golpeó con una varilla de acero y
dijo:
—Hey, bebé de pecho. Adivina quién viene mañana. Tu mejor amigo,
Innokenti Varinski. Y ¿sabes qué va a hacer? Va a golpearte hasta dejarte medio
muerto. Mejor prepárate para gritar, bebé de pecho.
Warlord se hundió sobre sus rodillas y lloró. Lloró de terror, lloró por la
llegada de la muerte, lloró y rogó al guardián para que lo matara, cuando sabía
que era imposible.
El guardián se río y lo golpeó otra vez.
—¿Parezco loco? Si te matara, me mataría. No, bebé de pecho, sólo
esperaré para escucharte cantar como una soprano mañana.
Las lágrimas se escaparon por las mejillas de Warlord todo el camino a
través del cambio de ese guardián y en el próximo. Ninguno de sus hombres lo
miró. Magnus no le habló. Les había fallado a todos... y siguió llorando.

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Entonces, con el cambio del guardián, la oportunidad se constituyó. No
la reconoció —hasta que la voz Karen se manifestó en su mente, ¡presta
atención!
Dos guardianes en lugar de los cuatro acostumbrados. Ambos estaban
borrachos —en alguna parte sobre el lugar de trabajo de la mina la compañía
había dado una fiesta. Un guardián se desmayó y nunca escuchó el rugido del
taladro antes de que perforara su pecho. El otro cayó ante un rápido golpe de
Warlord con la cadena.
—¿Ven, chicos?
Dijo Magnus.
—Lo hizo.
Pero su voz era débil, y se desplomó cuando trató de recolectar las armas.
Warlord recogió a su amigo y lo puso en el silo.
Magnus se había consumido ahí abajo. Sus huesos casi perforaban su piel,
y en la luz chillona sus labios parecían azules.
Treinta y ocho hombres se apiñaron dentro del ascensor.
—Estoy subiendo por las escaleras al próximo nivel. Denme un par de
minutos, y luego síganme. Mientras termino con los guardas, tú recoge sus
armas.
Warlord se apoyó para empujar el botón.
—Necesitamos las armas para escapar de aquí.
—¿Y quién diablos eres para decirnos qué hacer?
Exigió Logan Rogers.
—Es el tipo que nos sacará de aquí —dijo Magnus.
—Es el tipo que nos atrapó ahí, también —replicó Logan.
—¿Tienes un plan mejor? —preguntó Warlord.
Logan se hundió.
—Entonces cállate.
Warlord miró los remanentes de su banda de mercenarios.
—Libera a los otros presos, pero no los dejes subir al ascensor. No
aguantará el peso. Cuando nos hayamos hecho con el control, esos mineros
tendrán su oportunidad.
Sus hombres asintieron con la cabeza seriamente.
—Horst, antes de que esos estúpidos de arriba se den cuenta de qué está
ocurriendo aquí, podrías querer descubrir como invalidar los controles
—¿Cómo vas a eliminar a los guardias tú solo? —preguntó Horst en su
pesado acento sueco.
Warlord miró las cadenas sobre sus muñecas. Estaba escuálido, tan
delgado que parecía una víctima de la inanición. ¿La pantera podría quitarse los
puños? Si no. Bien, en esta oscuridad nunca verían a una pantera, incluso a una
pantera encadenada.
Dibujó su primera sonrisa en un año.
—No tendrán ninguna oportunidad.

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Ellos no. Se movió de nivel a nivel, silencioso, invisible,
sorprendiéndolos sin advertencia. Sus hombres llegaron tras él y recogieron las
armas hasta que cada uno de ellos sujetó varillas y látigos y armas de fuego.
A los ciento cincuenta metros, cuando alguien se puso sabio
aparentemente y trató de cortar la corriente, el ascensor continuó caminando.
Horst había hecho su trabajo.
Pero Warlord se estaba quedando atrás. Estaba débil, demasiado débil
para subir tantas escaleras. No podía seguir.
Cuando sus hombres llegaran a la cima, no podían simplemente salir del
ascensor. Una sola ametralladora arrasaría con ellos.
Tenía que detenerlos antes de que llegaran a la cima.
Entonces lo escuchó. Disparos desde arriba.

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Capítulo 29
Karen contuvo la respiración. Emitió un grito entrecortado. Comenzó a
luchar, tratando de incorporarse en la bolsa de dormir.
Warlord la sujetó en sus brazos, diciendo una y otra vez:
—Está bien. Está bien.
—No está bien. No puedo respirar. No puedo... Estaba oscuro. No había
aire. Hacía calor. Me golpearon.
Lágrimas se escaparon de las esquinas de sus ojos.
—El veneno te ha hecho enfermar.
Dejó deslizar en un hilito el agua en su boca y en su frente.
—Pero estás mejor ahora. Puedes respirar. Toma una respiración ahora.
Miró desesperadamente a su alrededor en la carpa apenas iluminada. El
peso de la nieve había hecho combar el nilón alrededor de ellos y había
escondido la luz del sol.
—¿Ves? Estamos en las montañas. Juntos. Esto es ahora. Ese tiempo y
lugar son anteriores.
—Pero lo vi.
Y aún más... Estaba allí. Estaba allí.
La envolvió en sus brazos.
—Tú estabas ahí. Te vi... Pero pensé que me había vuelto loco.
—Me despertaba por la noche y estaba tan oscuro, y sabía que estabas
vivo en algún lugar... ella sentía dolor en los huesos y músculos, como si
hubiera sido golpeada.
—Oh, dios, ¿cómo lo soportabas? Todo ese tiempo sin esperanza...
—Cuando cruzas el infierno, te mantienes caminando —dijo
irónicamente—. Un año en la oscuridad y el calor da mucho tiempo para pensar
a un hombre, y lo hice. Examiné mi vida un millar de veces.
—Lo sé.
Había estado en su mente cada minuto.
Le dio la cantimplora.
Bebió.
—Al principio, cuando recordé, fui desafiante. Estaba orgulloso de lo que
había hecho, recorriendo mi propio camino, haciendo caso omiso de las
admoniciones de mi padre, siendo libre.
Le dio una galleta de avena Baker’s Breakfast Cookie.
Ella comió despacio, llenando los lugares vacíos.
—Pero sobre la evaluación trescientos, empecé a recordar a mis
hermanos y a mi hermana, a cómo sería saber qué es lo que estaban haciendo, a
quienes querían. Recordé a mi madre, el beso que me dio la última vez que me
vio. Recordé a mi papá y cada palabra que me dijo, una y otra vez, durante todo
el tiempo en que fui creciendo.
Imitó una voz grave con un acento ruso pronunciado.

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—No cambies, Adrik. Mantén tu corazón puro, Adrik. Cada vez que te
conviertes en la pantera, te pones en las manos del diablo, Adrik.
Recordé cuánto odiaba todos esos buenos consejos, y qué tonto pensaba
que era, y cómo juré que cuando fuera un adulto haría lo que quisiera.
—Y lo hiciste.
—Y lo hice. Al final en la oscuridad enfrenté el hecho de que mi papá
tenía razón.
Los ojos de Warlord se angostaron.
—Hombre, odiaba eso. Pero también pensé que no importaba. Tenía que
sacar a mis hombres como fuera, y si eso implicaba sentarme sobre la mano
derecha del diablo, lo haría. Cuando la oportunidad vino finalmente, me
convertí en una pantera negra, silencioso como una sombra, y cada vez que
mataba a un guardia sabía que había salvado a cientos de prisioneros. Y cada
vez que maté a un guardia, tuve la sangre de otro hombre sobre mis manos.
Supo dónde estaba. Podía respirar sin obstáculos. Todavía dolía... Porque
era Warlord.
—Cuanto más se acercaban mis hombres a la superficie, más excitados
estaban. Supe por qué. Casi podía oler el aire fresco, y quería sentir el sol sobre
mi cara.
Sus ojos verdes brillaron cuando revivía su anticipación.
—No podía controlarlos. Iban por delante de mí. Cuando escuché los
disparos quería chillarles por ser tan tontos.
Prestó atención a cada palabra.
—¿Qué era?
—A cinco pisos de la superficie tropezaron con una emboscada.
—¿Qué hubiera ocurrido si hubieras ido primero?
—Apunté eso después, puedo decirte. Antes de poder llegar allí tenían a
los guardias controlados, pero cuatro de mis hombres estaban en el suelo, y
todo era un maldito desorden. Pensé que el ataque principal más arriba se
iniciaría, pero también estaba al tanto de la forma en que habían bebido los
guardias. Sus reflejos tenían que ser casi nulos. Tenían que estar confusos. Más
importante, estaban acostumbrados a arreglárselas con hombres demasiado
muertos de hambre y desanimados para rebelarse. Así que—era una mina;
usábamos dinamita todos los días—amañamos un explosivo en el ascensor. Mis
hombres lo enviaron mientras yo tomaba las escaleras y limpié el camino.
Siguieron, y todos llegaron a tiempo de ver la explosión.
Orgullosamente, Warlord dijo:
—Tomé el control de la mina con treinta y ocho muy enfadados
mercenarios, y no paramos hasta que habíamos secuestrado un avión con
destino a Afganistán.
—¿Innokenti? —tembló.
—Supongo que llegó poco después.
La acostó y cerró la cremallera de la bolsa de dormir hasta su cuello.

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—Habría odiado ser uno de los guardianes sobrevivientes.
—Magnus. ¿Magnus está vivo?
—Lo está, y vive muy bien para ser un ex—mercenario con un ojo, ocho
dedos y veintinueve dientes. Es el consultor del juego Warlord.
—¿Le gustan los videojuegos?
—Los odia. Siempre consideró que los jugadores que se sientan fijamente
a ver una pantalla y ejercitar los pulgares son unos estúpidos por tratar de
convertir esa experiencia en un juego, gracias a él la acción del juego transcurre
en una habitación dónde los jugadores son los protagonistas. En Warlord, el
jugador tiene armas adheridas a su cuerpo y sensores a sus manos, pies, y
cabeza, y tiene que defenderse contra las amenazas que se les acercan.
Su entusiasmo creció mientras hablaba.
—Cuanto más alto es el nivel, más difíciles las batallas, más los atacantes
involucrados. Es en realidad una organización de adiestramiento para
mercenarios.
—¿Un videojuego en una habitación? —Lo miró con una sonrisa
indulgente.
—¿Dónde será jugado?
—Pizzerías. Galerías de Paintball. Burstrom tiene su dedo en muchos
pasteles, y está acaparando propiedades para construir verdaderas casas de
juegos. Pero además, Burstrom y yo vemos el potencial para estudiar cualquier
tipo de peleas y sistemas de defensa. Las escuelas de kárate los incorporarán. Ya
hemos empezado el trabajo para modificar la idea para adiestramiento de
boxeadores. Las ventas preliminares han producido más de setenta millones de
dólares.
—Setenta millones de dólares.
Su sonrisa indulgente desapareció.
—¡Tienes que estar bromeando!
—Mi parte es solamente el diez por ciento.
—¿Solamente? Eso son siete millones.
—Ese es solo el comienzo. Las proyecciones para el próximo año son
cinco veces eso.
—Wow.
Nunca habría pensado que era un mago de las finanzas.
—Como con cada riesgo, siempre hay una posibilidad de que las
proyecciones caigan —le advirtió.
No vio ese acontecimiento. No a este empresario tranquilo y persuasivo
empresario.
Continuó:
—Además, puse el dinero que hice como mercenario en un banco en
Suiza, y solicité ayuda a mi consejero financiero—
—¿Tenías un consejero financiero?
—Habría sido un estúpido si no lo hubiera tenido.

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La dejó absorber eso.
—Así que con la ayuda de mi consejero financiero, mi fortuna personal
excede los treinta millones. Esa cantidad está totalmente separada del dinero
involucrado en el desarrollo del Juego Warlord.
Estaba conmocionada. Recordó cómo vivía, en una carpa con el botín de
cientos de incursiones... ¿Y tenía treinta millones? ¿Y contando?
—¿Por qué estás diciéndome todo esto?
—Quiero que sepas que si tú me haces el honor de casarte conmigo, te
cuidaré siempre.
Era una buena cosa estar echada. Porque de otra forma se hubiera
desplomado de la impresión.
—Mis pecados están más allá del recuento. Tu recuerdo fue lo único que
me mantuvo vivo durante el año desgraciado de mi cautiverio.
Se inclinó sobre ella y retiró su pelo fuera de su cara. Acarició su mejilla
con el dorso de sus dedos y sonrío a sus ojos pasmados.
—Tenemos una conexión. Más de una.
Agarró sus muñecas, los sacó de abajo de las mantas, y sujetó los
brazaletes de oro entre sus manos.
—Mira. Llevas mi marca de propiedad.
—¡Los llevo para mostrar que me libré de ti!
—Los llevas de la misma manera que una alianza.
Eso dio en el blanco, y la hizo mostrar una mueca de dolor.
—Puedes visitar mi mente —dijo persuasivamente—. Cásate conmigo.
Se quedó completamente inmóvil, absorbiendo sus palabras, conociendo
la verdad, pero demasiado asustada para reconocerlo.
—Registra tu cerebro —dijo Warlord—. ¿Qué ves?
Inmediatamente supo la respuesta. Pero en un gesto de desafío dijo:
—Nada.
Pero no la dejaría que comenzara a mentirle.
Inclinándose hacia ella, puso su frente contra la suya. Investigó sus ojos.
Y puso su mano contra su corazón.
Era oscuro. Hacía frío. Y quería a su mami.
Pero su mami no vino.
Los criados cuchichearon y la miraron. Su abuelo entró y la miró fijamente,
entonces frunció el ceño y agitó su cabeza. Pero principalmente estaba solo en la casa
oscura y fría, los susurros atemorizantes, y retazos de palabras...
Pobre niña. Su madre. Amante muerto. Saltó de un despeñadero después
de él.
Las lágrimas escaparon de los ojos de Karen.
Mami. Mami.
Pobre niña. Dan Nighthorse muerto. Mamá se cayó del despeñadero,
golpeó en las rocas, y ¿puedes imaginarlo? Sangró allí por un día, sus órganos
internos destruidos, y cuando la rescataron gritó.

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Karen escuchó a su padre volver a casa. Salió de su habitación y fue al balcón,
esperando que su papá la visitara. Y vio a su abuelo agarrar a su papá del mismo modo y
llevarlo a la oficina. Estaba con ese guía indio. Ha estado con él por años. ¿Sabes lo que
significa esto...? La puerta se cerró de golpe detrás de ellos.
¿Qué significa? Papá. Papá.
Pobre niña. Dan Nighthorse muerto. Mamá se cayó del despeñadero,
golpeó en las rocas, y ¿puedes imaginarlo? Sangró allí por un día, sus órganos
internos destruidos, y cuando la rescataron gritó. Pobre niña. Su madre se
murió. Pobre niña. Está sola.
Para siempre sola...
Karen se despertó llorando.
Warlord tenía lágrimas en sus ojos también.
—Mi pobrecita niña. Mi pobrecita niña. No puedo soportarlo. No estás
sola. Ya no estás sola.
Trató de empujarlo.
—Páralo. No quiero esto. Páralo.
—Es demasiado tarde para pararlo. Tú ingeriste mi sangre, y te dio la
fuerza para luchar contra los efectos del veneno. Te abrió una ventana a mi
mente. Y ¿qué significa eso, Karen?
—Nada —insistió.
Recogiéndola en sus brazos, presionó su oreja a su pecho, y mientras
escuchaba el ruido sordo de su corazón cayó en otro recuerdo.
El sol quemaba dentro de ella. El horizonte se extendía para siempre. Y tenía una
oportunidad. Podía triunfar en la vida, hacer que su padre la viera, la mirara realmente,
notara cuan duro trabajaba, cuan lista era... Una posibilidad, y era esta.
Karen se acercó al hosco equipo de construcción, dos docenas de hombres
holgazaneando contra una pila de leña.
Estaban enojados, cada uno de ellos. Habían estado trabajando en el hotel de
aventura australiano de Jackson Sonnet, estaban casi a mitad de la construcción, y su
director de proyecto había tenido un ataque cardíaco. Estaban consiguiendo a la hija de
veintitrés años del jefe como reemplazo, y sin decir nada se las arreglaron para dejar
saber a Karen qué opinaban.
Tenía una oportunidad y quería aprovecharla.
Sonrío, porque sonreír siempre desarmaba a los tipos, clavó sus manos en los
bolsillos de vaqueros, y preguntó:
—¿Quién es el jefe del equipo?
Un hombre, alto, delgado, de piel oscura, levantó su mano. No se puso de pie.
Está bien. Una oportunidad, y si manejaba bien a este tipo, si podía conseguir
que él trabajase para ella... Una oportunidad.
—Alden Taylor. Experimentado en construcción, la instalación de cañerías,
electricidad, acabados de yeso, acabados de carpintería. Has trabajado para mi padre por
¿cuánto tiempo?
—Veinticinco años con el maldito hijo de puta.

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Alden tenía un acento australiano pronunciado y estaba tratando de asustarla
insultando a su padre en su cara.
En su lugar jugado directamente a sus manos.
—¿Dirías que el viejo hijo de puta es propenso a los actos de generosidad?
Alden resopló.
Los otros tipos rieron a carcajadas y se movieron.
—¿Caridad? ¿Generosidad? ¿No?
Karen no se molestó en esperar una réplica.
—Hay una cosa y solo una cosa por la que mi padre se interesa —Tener a sus
hoteles construidos y funcionando para poder obtener ganancias. ¿Correcto?
Esta vez Alden trató de responder.
Lo dejó de lado.
—Ese viejo hijo de puta me ha tenido trabajando en hoteles todos los veranos
desde que tenía catorce. Puedo hacer todo que tú puedes hacer, con el plus de ser capaz
de terminar los planes de diseño, el plus de concretar el proyecto, el plus de poder hablar
a los inversionistas como una persona competente e impresionarlos con mi título de
dirección de construcción. Estoy aquí como director del proyecto porque soy el mejor que
Jackson Sonnet ha conseguido. No le importa que sea su hija; me ofreció el mismo trato
que ofrecía a todos los demás. Si consigo el hotel terminado a tiempo y con el menor
presupuesto, me pagará bien. Si meto la pata, estoy fuera de aquí.
Los labios de Alden temblaron como si quisiera reírse.
—Nunca cambia.
—Pido ser diferente. Hace el cambio. Se pone peor todos los años.
Estaba nerviosa, hablando demasiado rápido, pero tenía la atención de todo el
mundo.
—Me pongo a temblar ante el tendido eléctrico, y mi acabado de carpintería da
asco. Es por eso que pedí que fueras mi director de proyecto ayudante.
Caminó y ofreció su mano a Alden.
La miró, mantuvo su mirada, y la dejó tirar de él para afirmarse sobre sus pies.
—¿Me ascendiste?
—Sí. Felicitaciones, y bienvenido a veinte horas de trabajo al día.
Lo miró.
—Esta mañana, antes siquiera de ponerme camino al trabajo, papá llamó para
dejarme saber que estamos atrasados, y mordió mi culo para que me apurara. Así que
mientras recorro el proyecto, tú consigues que estos tipos trabajen. Luego te encuentras
conmigo; hablaremos de tu aumento de sueldo y haremos planes para ahorrar tiempo.
Empezó a dirigirse al hotel a medio terminar, y luego miró atrás al pasmado
Alden.
—Claro... Si quieres el trabajo.
La voz de Warlord la sacó fuera de su trance.
—¿Lo tomó?
—Sí.
Luego se dio cuenta de lo que había admitido.

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—No lo hagas.
—Así tu única oportunidad funcionó. ¿Tu padre alguna vez se dio
cuenta?
—Por favor. No lo hagas.
No podía dejar que el conociera todos sus secretos.
Inclinó su cabeza hacia arriba y rozó sus labios con los suyos, una y otra
vez, hasta que sus ojos se cerraron.
—Mi sangre en ti me dio una ventana a tu mente.
—No.
Su tacto, su beso embotó el borde afilado de la realidad, pero sabía la
verdad.
Durante los últimos días había visto sus debilidades. Había presenciado
su dolor.
Había vivido en su piel. Había pecado sus pecados. Había matado a
hombres. Se había regocijado con la lucha. Se deleitó en relaciones sexuales con
mil mujeres. . .
Con sus ojos había visto su propia cara por primera vez.
Había sentido la gloria de su captura, de las horas y días y semanas de
placer constante. Había estado determinada a ganar la lucha sensual entre ellos.
Había sobrevivido a la lucha que lo puso en las minas, apenas. Allí había
vivido en el infierno con él, conocido su remordimiento mientras observaba a
sus hombres morir, sintió el dolor de sus palizas, y sufrió la lenta caída de su
espíritu. Y había visto que no importaba cuan opresiva fuera la oscuridad, el
calor y los olores, sin importar cuán mortal fuera el trabajo, Warlord no se había
rendido. No por él, sino por sus hombres, había estado determinado a adquirir
su libertad.
Warlord se había redimido. Warlord había probado que tenía fuerza y
un alma honorable.
Karen no tenía semejante fuerza, semejante honor. Su vida era minúscula,
sus miedos exagerados. Nunca hubiera deseado que presenciara la angustia por
la muerte de su madre, los días solitarios de su infancia, los intentos fútiles de
complacer a su padre, la dificultad de su trabajo en la construcción... La
angustia y el placer de vivir como esclava de Warlord.
Pero lo hacía. En algún momento en los últimos días había estado en su
mente y presenciado todo eso.
—Sí cásate conmigo —dijo.
Giró su cabeza.
—¿Por qué querrías tú casarte conmigo?
—La visión de ti, el olor de ti, y tu calor se funden con mis huesos.
Calientas el núcleo duro y frío de mi alma, y cuando te vi en el balneario al otro
lado del vestíbulo, por primera vez en dos años estuve vivo y sano.
Rápidamente añadió
—Nunca te retendré contra tu voluntad.

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Lo miró con los ojos entrecerrados.
—No dije que no trataría de convencerte. No dije que alguna vez me
rendiría. Pero no te retendré nunca más contra tu voluntad. He sido retenido
contra mi voluntad. Fue una lección difícil, pero la aprendí.
Inclinó su cabeza.
—Por favor perdóname.
Estaban atrapados en carpa pequeña, en una bolsa de dormir, en ropa
que habían llevado durante cinco días. Pero aún así le rogaba como un
cortesano ante la reina Elizabeth.
No quería casarse con él. Pero disfrutó de su súplica. Lo disfrutó aún
más porque sabía —lo sabía— que aunque creía en todo lo que decía, había
tenido que luchar contra su propia naturaleza posesiva para hacer esa promesa.
—¿Por favor? —Dijo otra vez.
Puso su mano sobre su cabeza, principalmente porque la seda negra
pura de su pelo la tentó.
—Te perdono.
—¿Te casarás conmigo?
Ése era Warlord. Siempre dispuesto a aprovechar cualquier ventaja.
—No.
—Sería un buen marido. Karen, te quiero.
—Pero no sé si yo...
—¿Me amas?
—No sé si te amo.
Su padre le había enseñado que no podía depender de ningún hombre, y
Warlord había confirmado esa lección.
—Sé que no confío en ti.
Aun así lo miró con ojos preocupados. ¿Estaba cargándolo con el bagaje
equivocado injustamente?
—Shh.
La levantó, le quitó su camiseta.
—Te preocupas demasiado.
Debía detenerlo. Decirle que nunca podía perdonarlo por el tiempo que
pasó como su cautiva. Decirle que sabía que incluso el largo año en que había
pasado en infierno no había evaporado al diablo en él. Lo había visto la última
semana, cuando la había cazado, mentido sobre su identidad, tratado de
seducirla.
Warlord se quitó sus ropas, la sujetó entonces con una mano sobre su
cadera, se presionó contra ella, y cerró sus ojos, como si el simple tacto de su
cuerpo sobre su piel lo elevara a un lugar de puro éxtasis. Su erección se
presionó sobre su estómago. Su pecho, perfectamente decorado con el rayo
ardiente, se expandió y la tentó al ritmo de su respiración. Ella sujetó sus brazos
con sus manos y enrolló sus piernas alrededor de las suyas... porque el éxtasis
también la envolvía.

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Se levantó. Envolvió sus pulgares bajo el elástico de sus calzones y los
deslizó por sus piernas.
—Patéalos —susurró—. Por favor libérate de ellos.
Como una tonta, respondió a su súplica.
La recompensó deslizándose profundamente en la bolsa para besar sus
hombros, el interior tierno de su codo, su palma, y las puntas de sus dedos.
¡Cómo había extrañado la manera en que veneraba su cuerpo, cada
miembro, cada pulgada de piel, con su tacto y su boca!
Pasara lo que pasara, ahora estaba atada a Warlord, porque mientras
estaba en su mente se había enterado de que la amaba. La adoraba con toda la
pasión de un hombre que había vivido en el infierno y visto la oportunidad de
tocar el cielo.
Fue por eso que le permitió acariciar su estómago y entre sus piernas.
Fue por eso que acarició las profundas cicatrices que surcaban sus
hombros.
Era por eso que lo dejaría hacerle el amor y le haría el amor a cambio.
Él pasó sus palmas por los costados de su cuerpo, aprendiendo sus
curvas otra vez.
Fuera, el viento pelaba la nieve seca sobre la carpa capa sobre capa,
dejando que la luz del día se filtrara a través de la estructura de nilón. Las
ramas de los árboles cantaban mientras se balanceaban, y el fuerte olor a pino se
mezclaba con los aromas que emanaban de sus cuerpos.
Casi habían muerto por el veneno. Habían pasado juntos por el infierno.
Sus calientes y suaves labios besaron sus pezones, los saborearon, y la
hicieron darse cuenta de cuan dulce podía ser esta afirmación de la vida.
Envolviendo sus dedos alrededor de su cabeza, lo sujetó, deleitándose en
su aliento sobre su piel, y luego lo empujó sobre ella.
—Por favor —susurró—. Quiero
—¿Qué quieres?
Sonrío y la besó ligeramente, una y otra vez.
—Dime.
Se lo mostró. Arrastró sus manos bajando por su pecho, bajando por su
estómago, y abrazó su pene con sus dedos.
Su aliento siseó entre sus dientes. Arqueó su espalda. Sus ojos se
cerraron en agonizante placer.
En un tono de pura burla y deleite, dijo:
—Antes de que termine contigo, cada vez que pienses en el placer,
pensarás en mí.
Abrió sus ojos, la miró, y dijo:
—Lo hago. Mi querida, lo hago.
Luego se movieron juntos hasta que la nieve arrebató la carpa, y el sol
brillante se filtró a través del nilón fino, y la luz iluminó su cara magníficamente
esculpida y tan amada.

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Después de tres días de nieve interminable, viento y tormenta, el clima se
aclaró, y la Patrulla Aérea Civil y el equipo de rescate de montaña encontraron
Cessna Citation X. Tardaron dos días de búsqueda para ubicar los restos, pero
cuando lo hicieron, Innokenti y una docena de sus hombres cuidadosamente
seleccionados estaban con los civiles expertos de rescate.
Innokenti permaneció mirando mientras los rescatistas peinaban los
restos en busca de cualquier señal de supervivientes, y agitaron sus cabezas con
lástima. Pensaban que cada persona a bordo había muerto.
Innokenti no compartía ese criterio. Estaba esperando un informe de su
mejor observador. Cuando Pyotr volaba, nada escapaba más allá de sus ojos
afilados.
Algunos de los norteamericanos murmuraron con asombro cuando un
halcón marrón dio vueltas a la cabeza de Innokenti, y luego voló hacia los
árboles. Innokenti lo siguió.
Pyotr daba saltos de emoción.
—Están aquí —dijo—. Vi la prueba. Una nueva rama rota sobre un cedro.
—Tal vez fue dañada por el viento.
—Algo cayó sobre ella. La corteza está quebrada en el medio, y las agujas
están arrasadas al final.
—Buen trabajo.
Los otros hombres de Innokenti se acercaron.
—Vamos tras ellos.
Miró severamente sus caras de anticipación.
—Puedes tener a la chica, pero dejarás al Wilder para mí.
—¿Y los norteamericanos?
Lev señaló con la cabeza a los rescatistas.
Innokenti empezó a bajar colina, cambiando mientras se marchaba.
—Mátalos a todos.

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Capítulo 30
Warlord se agachó en la carpa, se vistió con capas y capas de ropa seca, y
salió a caminar por la nieve.
El día era perfecto, altas y menudas nubes contra un cielo azul brillante,
un viento fresco, y una temperatura que rondaba los 10 grados. O quizás el día
no era tan perfecto pero se sentía perfecto. Estupendo. Mejor de lo que se había
sentido en dos años. No, mejor de lo que se había sentido en toda su vida.
Karen no era suya aún, pero había ganado terreno.
Por supuesto, ella había tenido que ver primero su completa castración, y
eso no tenía sentido en absoluto. Cuando se había dado cuenta de que estaba en
su cerebro, viviendo con él los días oscuros de su encarcelamiento, había
querido gritar su negativa.
Había muerto todos los días en las minas, y cada vez que Innokenti
Varinski lo golpeaba, había gritado de agonía. Peor, la última vez, cuando
escuchó que Innokenti venía, había llorado. Gritado como el bebé de pecho con
que lo comparaba el guardia.
Pero a Karen no parecía importarle que se hubiera debilitado, que
hubiera lloriqueado y gemido. Casi parecía que él le gustara más por haber
actuado como una niñita.
No comprendía a las mujeres. Nunca lo haría. Pero agradeció a Dios por
ponerlas —especialmente a Karen —sobre esta tierra.
Karen salió de la carpa y se estiró, no lo miró. Porque era tímida sobre la
pasión que habían tenido y había estado dudando sobre si debía esconderse, o
avergonzarse por haber estado en su mente, o enfurecerse por haberse rendido.
En realidad no se había rendido totalmente, pero lo haría. Lo haría. No
podía luchar contra él y sus propios deseos, y cuando se diera cuenta de eso, él
le pondría su anillo sobre su dedo tan rápidamente como fuera posible. Luego
gastaría los próximos cien años en enseñarle a amarlo y mostrarle que podía
confiar en él.
—Te ves hermosa.
La acercó al círculo de sus brazos.
—No.
Se las arregló para hacerlo sonar como si fuera un idiota.
—No he tomado un baño en cinco días.
—Completamente hermosa —repitió, y la besó, y la besó otra vez.
Le devolvió el beso, y luego lo empujó como si se hubiera traicionado
demasiado.
Él pretendió no darse cuenta.
—Desearía tener un teléfono celular para poder llamar a Jasha y ver si
está en el lugar de reunión.
—No sonaba muy entusiasmado— advirtió ella.

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—Jasha es el mayor. El puede no estar entusiasmado, pero es el ser
humano más responsable que hayas conocido—
Un sonido débil y nítido cortó por el aire.
Empujó su espalda contra un árbol y, mientras la mantenía allí, exploró
el cielo.
—¿Qué fue eso? —preguntó.
—Nos vamos ahora.
Extendió la mano dentro de la carpa y sacó su mochila y su bolsa.
—Nunca debí dejar que nos quedáramos aquí.
—Eso fue un tiro.
—Correcto.
Había amontonado dos Glocks y unos cien cartuchos de munición.
Cuando cargó la bolsa, pensó que si no mataba a los Varinskis con cien
cartuchos, nunca lo harían. Pero con Karen a su lado, cien cartuchos parecían
lastimosamente pocas. Con Karen aquí deseaba tener una ametralladora M16. O
un tanque. Algo que la mantuviera segura.
—Crees que fueron los Varinskis.
Lo ayudó a cargar las armas.
—¿Pero no pudo ser un cazador?
Ató una pistola alrededor de su pecho bajo su abrigo, y todo el tiempo
trabajó en las posibles perspectivas de ataque y defensa.
—Cualquier cosa es posible.
—Tienes razón.
Reconoció las palabras que no había dicho.
—Pero no probable.
—Tú eres una buena tiradora, ¿no?
—Mi padre se aseguró de eso.
Cuando Warlord ató una pistola alrededor de ella, bajo su abrigo, sonrío
en su cara.
—Tu padre tenía sus puntos buenos.
—Me preparó para la supervivencia, eso es seguro. El viejo hijo de puta.
Parecía triste.
Él comprendió por qué. Había visto las emociones opuestas que se
revolvían en ella. Odiaba a Jackson Sonnet por criarla sin sentimentalismo o
suavidad. Pero aún así había sido su único padre, la constante en su vida, y
aunque no quería admitirlo, ¡comprendía qué duro golpe para su orgullo había
sido la infidelidad de su madre!... Y la traición de su mejor amigo.
—Lo extrañas.
Asintió con la cabeza.
—Supongo que sí.
—Cuando esto termine ve a verlo.
Puso su cuchillo hacia arriba en su manga. Colgó las sogas sobre su
cinturón por medio de los enlaces. Abriendo su bolsa, dijo:

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—Toma el icono.
No lo tocaría. Todavía tenía las quemaduras de la primera vez.
—¿No llevaremos el resto de nuestras cosas?
Revisó sus ropas.
—Tenemos que movernos rápido.
Colocó sus raquetas.
No discutió. No se quejó. No le dio una conferencia sobre el impacto
ambiental de dejar su equipo. Sacó el icono, luego el marco de fotografía. Con
movimientos rápidos quitó la fotografía de su madre. Luego lo colocó en un
bolsillo interior cerrado con Velcro. Él colocó su cuchillo en un bolsillo y colgó
su hacha de campamento del cinturón.
Ató sus raquetas.
Ella hizo lo mismo.
—Estoy lista.
—Eres una mujer en un millón.
Echó un vistazo a su GPS y se pusieron en camino.
Era un camino cuesta abajo pero duro. Los mantuvo bajo refugio donde
podía, evitó los bancos de nieve profundos mientras oteaba los cielos, y
escuchaba por una posible persecución.
—¿Hacia dónde vamos? —preguntó.
—Al sitio de reunión con Jasha.
—¿Y si no está ahí?
—Ese claro es la mejor posición de superioridad defensiva que pude
encontrar. Es por eso que lo escogí.
—¿Cómo previste todo eso?
—Me preparé para cada escenario.
Él le devolvió la mirada.
—Cuando conozcas a mi padre, comprenderás.
—¿Voy a conocer a tu padre?
—Querrá conocer a mi novia.
—No he dicho que sí.
—Estoy esperanzado.
Sonrió ante su expresión terca, y miró hacia adelante.
—¿Cuánto falta para llegar?
—¿Estás cansado?
El ejercicio había hecho desaparecer los últimos efectos del veneno. Se
sentía bien, aunque la altitud hiciera que sus pulmones lucharan para tomar un
poco de aire. Pero todo el estoicismo de Karen, era totalmente humana, y una
chica.
—Estoy bien.
—Puedo llevarte.
Lo detuvo.

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—Mira. Crecí haciendo caminatas por las Rocallosas, y estas hacen
parecer a las Sierras Nevadas como un paso a desnivel.— se replegó. —Así que
no necesito que me protejas.
—Susceptible.
Rió abiertamente mientras sentía el aliento de su ira calentar su espalda.
—Probablemente estemos a veinte millas de los restos. El ave no nos ha
encontrado aún.
—¿El ave? ¿Estás hablando del halcón? ¿Creí que lo habías matado?
—Hay más. Cuando están siguiendo un rastro siempre traen un ave. En
cuanto nos ubica no convertimos en presa, y sólo es cuestión de tiempo antes de
que la manada llegue para terminar el trabajo. Si podemos llegar al lugar de
reunión primero, y Jasha está ahí, tendremos una oportunidad. Si ha traído
refuerzos, eso sería mejor.
—¿Cuántos refuerzos? —empezó a parecer esperanzada.
—Mi hermano Rurik.
—Oh. —se sintió desinflada.
—No subestimes a mis hermanos. Mi padre los entrenó. Nos entrenó a
todos. Son luchadores listos y crueles.
—¿Así que hemos conseguido una oportunidad?
—Sí. Siempre hay una oportunidad.
No una muy grande, pero la perspectiva de pelear animaba a Warlord.
Quería ese icono seguro con su familia. Quería a Karen donde pudiera
protegerla. Sobre todo, quería acabar con Innokenti. Era tiempo de liberarse del
miedo que paralizaba sus pasos.
—Depende de cuántos hombres haya traido Innokenti. Más de ocho y
nosotros estamos en un aprieto.
—Fenomenal —farfulló.
—Recuerda, tú no puedes matar a un Varinski. Es parte del pacto,
esencialmente son demonios del infierno.
—Entonces ¿qué estoy haciendo con un arma de fuego?
—Puedes lastimarlos. Puedes protegerte.
Estaban logrando un buen tiempo, pero el próximo trecho estaba
marcado por un viejo desprendimiento de rocas, un refugio seguro, con algunos
árboles para protegerlos de miradas y un grande y escarpado promontorio de
nieve.
Warlord se detuvo en la cima.
—Nada por aquí.
—Pero una muy buena manera de obtener velocidad.
Señaló con el dedo un gran cedro viejo caído. La corteza estaba floja, y
con algunos golpes de su hacha ella obtuvo una pieza tan alta como ella y la
mitad de amplia. La puso sobre la nieve, señalando con el dedo cuesta abajo, y
se quitó sus raquetas.
—Un trineo.

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No podía creer a su inteligente chica.
—Vamos —dijo.
Casi se ubica en la delantera, y luego se dio cuenta de que había sido
idea suya. Así que se sentó atrás.
—¿Cómo pensabas hacer esto?
Puso las raquetas bajo su brazo.
—¿Nunca has construido uno?
—No. Siempre los comprábamos en Mundo Wally.
Ella se subió adelante.
—Mi papá no veía ningún propósito en los juegos, así que mis juguetes
siempre tenían un propósito práctico.
Efectivamente, el viejo hijo de puta
Continuó:
—Eso quería decir que tuve que ponerme innovar. Me hice muy buena
escogiendo el árbol apropiado y—
Desatracaron. La corteza estaba sin alisar en la parte inferior, y al
principio fue lento, pero como la nieve se fue acumulando debajo se movieron
más y más rápido. Y Warlord rápidamente se dio cuenta de que no podían
maniobrar. Antes de llegar abajo estaban volando, volando hacia la pila de
rocas y árboles derribados por un alud. Estaba horrorizado, aterrorizado,
preguntándose qué gusano le había picado sugiriéndole que fuera caballeroso y
dejara a Karen sentarse al frente... Cuando una astilla voló más allá de su mejilla.
Otra, y luego la mitad del trineo. La cosa se desintegró bajo ellos y se
detuvieron con una patinada.
Mientras se sentaba en shock en medio de la nieve, Karen se puso de pie
y se limpió el trasero.
—Estaba empezando a preguntarme si eso se haría pedazos a tiempo.
Le extendió la mano. Debemos salir de aquí.
Miró hacia el cielo.
Un solitario halcón marrón volaba en círculos a gran altura encima de
ellos. Otro se reunió con él.
—Nos han alcanzado. Vámonos.
Las próximas dos millas corrieron como el infierno. El viento soplaba en
sus caras, enfriando su piel expuesta y haciendo difícil seguir. Su viaje en el
trineo había roto una de las raquetas de Karen. Las abandonaron. Cada quince
minutos tomaron un trago de agua y unos mordiscos de comida, pero nunca
disminuyeron la velocidad. Cada momento se esforzó por escuchar el sonido de
garras a la carrera al otro lado de la nieve.
—Estamos acercándonos —dijo.
Antes de que pudiera responder, un lobo aulló media docena de millas
detrás de ellos.
El color se escurrió de su cara.
Señaló con el dedo. —Corre derecho hacia adelante.

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Lo observó liberarse de su abrigo, su sombrero, cada pieza voluminosa
de ropa, se desnudó hasta quedar temblando. Todavía ardía del calor de la
lucha.
—¿Qué vas a hacer?
—Luchar contra el que nos sigue. Cuando llegues a la cima del
despeñadero—
—¿Un despeñadero?—
Sus ojos lo acusaron.
—¿Ése es tu punto defendible?
Le pasó el equipo de rappelling.
—Hay una cueva a dos tercios bajando por la pared. Ve a ella.
Agarrándola, la besó con todo el amor y la desesperación en su corazón.
—Por favor hazlo, permanece segura. No puedo aceptar la idea de un
mundo sin ti.

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Capítulo 31
Karen reconoció el beso de despedida cuando lo recibió.
Warlord la apartó.
Ella lo agarró por el frente de su delgada camiseta y tiró hacia atrás.
Besándolo con fuerza, marcándolo con su gusto. —Sálvate tu mismo. Lucha
bien.— Giró, ella corrió colina abajo... olvidándose de su amor.
Infierno de momento para decidir esto.
—Un acantilado,— refunfuño ella. —buen pensamiento, Warlord.— Por
supuesto, desde un punto de vista estratégico, este era un buen pensamiento.
Ella podía ver el largo tramo de terreno por delante, dotado con
gigantescos cedros de incienso, entonces la grieta en la tierra donde cayeron
lejos del acantilado. Si ella y Warlord alcanzan el primer piso, cuando Innokenti
y sus hombres lleguen sobre el acantilado ellos podrían retirarse. Pero Warlord
no estaba con ella, el primer suelo era un largo camino bajando, y el pensó que
ella bajaría con una soga cuando la única vez que ella había bajado con una
soga fue cuando su padre la obligó a amarrarse un arnés y arrojó su cuerpo
lejos de la pared de entrenamiento.
Ella caminaba rápido, su mirada sobre el acantilado. Si pudiera
concentrarse con fuerza en el recuerdo de Jackson Sonnet gritándole, —
Consigue sacar tu trasero, Karen!— ella podría conseguir su posición.
Un hombre salió de detrás de un árbol y frente a ella.
Un Varinski.
Ella lo reconoció por su altura, por su fuerza… el profundo resplandor
rojo de en sus ojos.
Con un movimiento suave tomó la pistola de su funda.
El subió sus manos. —¡Soy Rurik!—
Ella no bajó la pistola.
—Rurik Wilder.—
—Usted podría serlo.— Porque se parecía un poco a Warlord, pero con
pelo marrón.
—¿Él le habló sobre mí?— El resplandor rojo se fue un poco, y el tipo que
dijo llamarse Rurik intentó parecer manso.
Eso no funcionó.
—Me hablo sobre usted.— Este hombre estaba vestido para el combate,
también, con un mínimo de ropa.
—Jasha va a ayudar a Adrik.—
Sobre la colina se escuchó un disparo, el grito de un ave como espiral
descendente.
El supuesto hermano se tensó, y el resplandor rojo se intensificó.
—¿Por qué no ayudan a Adrik?— Preguntó ella fríamente.
—Porque Jasha me puso aquí para ayudarle.—
—Eres el hermano de Adrik.— Puso su pistola de distancia.

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—Sí.— Él frunció el ceño. —¿Qué la convenció?—
—¿Crees que soy niña, y que quiero que me proteja a mi? En lugar de
ello, ¿por qué no me dan algo de crédito? Vaya a ayudar a sus hermanos.—
—Suenas como mi esposa,— dijo en estado de sorpresa.
—Ella debe ser una mujer extraordinaria.—
—Esa es una forma de describirla,— murmuró él.
Comenzó a dirigirse hacia abajo.
Cuando miró hacia atrás él ya se había ido.
Corrió los últimos pasos a la cima del acantilado, corrió tan rápidamente
que casi cae afuera, lo cual podría haber resuelto el problema de su protección,
porque el acantilado estaba a 22 metros de alto, con grandes cantos rodados en
la base. Resuelto el problema, sí, pero habría arruinado su día.
Detrás de ella, oyó otro disparo, un grito humano, y el profundo aullido
de un lobo.
Estúpido saber que la batalla había comenzado, que su hombre y sus
hermanos estaban luchando por sus vidas, y la suya, pero su boca estaba seca y
sus manos temblaban mientras se enganchó el arnés y sujetó la cuerda a un
árbol.
¿No deberían el brillante, nuevo y resplandeciente miedo triunfar sobre
el viejo tonto e inútil temor?
En la parte lógica de su mente, notó que el acantilado era de puro granito,
casi sin asideros y sin forma de salvarse si caía. Lo cual era ridículo, porque
había comprobado la soga. Esperaba poder mantener los ojos abiertos un
tiempo, lo suficiente hasta encontrar la cueva. Mientras avanzaba pulgada a
pulgada por el camino sobre el acantilado.
—¡Ve! ¡Ve! ¡Ve!— Escuchó ella gritar a Warlord, y miró para verlo correr
hacia ella. —Jasha y Rurik están conteniéndolo, pero Innokenti dividió el grupo.
Encontraron un camino para bajar. ¡Estamos rodeados!— El subió en el arnés y
sujetó la soga a la roca. —Yo seré tu defensa en la cueva.—
Ella se encontraba sobre el borde, en forma de L, sus pies firmemente
plantados sobre el acantilado. Se lanzó a si misma con un salto, dejando caer la
cuerda, que rebotó de nuevo a sí misma. Su corazón tronaba frenéticamente.
Sus manos sudaban. Pero ella podría hacer esto. Ella podría definitivamente
hacerlo. —Estoy bien,— gritó ella. —¡Apúrate!—
Debajo de ellos alguien dio un profundo aullido como grito de guerra. El
pelo se erizó en la parte posterior de su cabeza.
Su mano se deslizó. Ella se congeló. Miró hacia abajo. Cinco Varinskis
invadían las afueras del bosque.
Uno tenía un rostro como un Neanderthal, un cuerpo como un tanque, y
llevaba pendientes de tornillos de máquina. Él la miro y gruñó.
Innokenti.
Midair, el mercenario, la pasó, apresurando la cuerda hacia la primera
cara, disparando con buena puntería.

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De ninguna manera le dejó ser más valiente de lo que ella era; quizás
Jackson Sonnet no era realmente su padre, pero él la había infundado con su
espíritu competitivo. Ella saltó tan fuerte como pudo.
En la parte superior del acantilado, escuchó disparos, como perros
gruñendo, y los sonidos de la batalla.
Abajo, Innokenti gesticuló a sus hombres. Ellos se separaron.
Uno levantó el vuelo como un águila.
Innokenti escalonó detrás, cuando una de las balas de Warlord le golpeó
en el pecho, entonces se enderezó otra vez.
Chaleco de Kevlar, pensó ella, y deseó que fuera verdad.
Él tomó osición apoyando sus piernas. Levantó su pistola, apuntó y
disparó. Warlord se derrumbó. Comenzó a caer. Se levantó. Se volvió a
derrumbar. La sangre cubrió su antebrazo, y él luchó por controlar su caida.
Enfurecida, Karen gritó como una banshee.3 —Asno. ¡Innokenti, usted es
un asno!—
Warlord luchó para permanecer en el lugar.
Ella saltó hacia él. Comprendió su inutilidad. Saltando hacia la cueva.
Hizo rappelling como una profesional.
Abajo Inokenti reía, soltando grandes y retumbantes rugidos de
diversión.
El granizo golpeó su cara. No, no granizo—balas acribillando el
acantilado a su alrededor, y pequeñas rocas.
—Espera,— le gritó a Warlord.
Ella saltó lo suficientemente fuerte para aterrrizar a la entrada de la
cueva. Se despojó de su abrigo. Liberó su pistola. Caminó hacia fuera de la
cueva.
Warlord luchó con las sogas. Si perdía la tensión, podría caer directo en
los brazos de Innokenti.
Innokenti apuntó a Warlord.
El águila se zambulló bombardeando hacia ella, fijos ojos crueles, garras
hacia fuera. Ella miraba abajo las señales de Innokenti. Su dedo apretó el gatillo.
Y una ráfaga sopló sacando al pájaro del aire. Las plumas volaron. El
águila gritaba de dolor y rabia.
A continuación Jackson Sonnet salió del bosque, con un rifle 30—06
sobre su hombro. —¡Toma eso!— gritó. —Nadie va a lastimar mi maldita hija.—

3
Son espíritus femeninos que, según la leyenda, al aparecerse ante un irlandésn anuncian una muerte
cercana de un pariente. Las banshees mostraban su respeto hacia los difuntos gimiendo o lamentándose
debajo de la ventana del moribundo, a veces elevándose por los aires hasta varios pisos de altura para
poder hacerlo

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Capítulo 32
Mientras Innokenti se giraba con sus hombres sobre Jackson, Karen
disparó. La bala golpeó una vena en un costado del cuello del Varinski.
Innokenti cayó, bombeando sangre de la herida.
La manada de lobos cargó sobre Jackson.
—¡Papá!— gritó Karen.
Jackson disparó a uno, golpeó con la culata del arma a otro en la cabeza,
y mientras caía bajo la embestida, ella vio un destello de su cuchillo de caza.
Los animales chillaron, no había muerto, imposible, Jackson podría ser
un viejo hijo de puta, pero no era demonio. Pero podrían dañarle.
Estaba tan orgullosa de él.
Arrojándose sobre el piso de la cueva, ella se arrastró al borde y se colocó
para tener mejor ángulo. Le disparó a un puma cuando él giro hacia Jackson,
entonces disparó a otro que apareció debajo de las cuerdas de Warlord,
temblando como un muchacho sacudiendo un manzano. Disparó una bala tras
otra, e hizo como Warlord la había instruido, hizo recuento de cada una.
Vació la pistola, y mientras ella empujaba más balas en el cargador buscó
a Warlord.
Él colgaba allí como una diana. La sangre cubría su brazo. Usando una
mano él descendió algunos pies, disparando a las bestias abajo, descendiendo
otra vez.
Tenía que darle tiempo para que llegara a tierra. Tenía que mantener a
raya al Varinskis.
Nada de lo que ella hubiera hecho en su vida era tan importante como
esto.
Sacudió sus dedos, y contó cada bala que disparaba. Cinco, seis,
siete…Oyó un ruido desde abajo, y echó un vistazo hacia arriba.
Innokenti estaba en pie, balanceándose hacia adelante y hacia atrás. El
miraba alrededor de su campo de batalla.
Su victoria se deslizaba fuera de su alcance.
El color del enojado inundó su rostro. Él fijo su mirada en Warlord,
sonrió diabólicamente, anduvo hacia el acantilado para esperarle.
Karen no tuvo tiempo de cargar su arma.
Ella se negó a mirar sin hacer nada.
Tomando la cuerda que colgaba, golpeó con el pie, y desde una altura de
veinticinco pies, más que un edificio de dos pisos, se arrojó sobre Innokenti.
Tal vez fuera que la sangre de Varinski en ella la hizo más fuerte que
nunca en su vida.
Tal vez fuera secretamente un ninja guerrero.
Tal vez fuera la fuerza de su amor por Warlord.

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Ella no lo sabía. Sólo supo que cuando golpeó a Innokenti en los
hombros, cada hueso de su cuerpo crujió, pero el golpe del impacto le dio a él
en plena cara. Y ella estaba todavía viva y luchando.
Mientras él levantaba su cabeza, ella rompió sus brazaletes de oro contra
sus oídos. Las pulseras golpearon contra sus pendientes de tornillos.
Su cabeza cayó de nuevo. Se sacudió como un perro quitándose el agua.
Con una precipitación nacida de la desesperación, ella envolvió la
longitud de la cuerda alrededor de su cuello y torció.
Warlord lo iba a conseguir. El estaría bien ahora.
Pero ella…ella estaba en problemas.
Debajo de ella, la masa del cuerpo de Innokenti se resistía como un toro
enloquecido. Él estaba estrangulado. Él estaba amordazado. Él jadeaba
buscando aire.
Pero la sangre del Varinski era pura.
Se levantó inexorablemente. Se extendió hasta su cabeza. Mientras ella
alzaba sus hombros, él le agarró los muslos, la impulsó sobre su cabeza y la
arrojó tan fuerte como pudo.
Mientras Warlord aterrizaba, con los pies en el campo de batalla, oyó un
grito de dolor.
Un Varinski cayó desde lo alto del acantilado y quedó salpicado en las
rocas. Arriba, sus hermanos peleaban, y ganaban al menos una victoria.
Él miró hacia Karen, pero ella se había ido. Innokenti resistía,
flexionando los puños, mirando aturdido y disgustado.
Warlord nunca había imaginado que una mujer podría luchar así, como
una Amazona, abordando a Innokenti desde tal altura. Apostaría que Innokenti
nunca lo habría imaginado, cualquiera.
Ella acaba de patearle el culo a Innokenti.
Ahora de alguna manera se había liberado a sí misma y huyó.
Chica inteligente. Inteligente Karen.
El brazo de Warlord estaba roto, el hueso destrozado por la bala de
Innokenti.
¿Y qué? Ahora era su turno de luchar.
Él hizo frente a la carga de un puma.
El puma rodó sobre él, montándolo a horcajadas y mientras Warlord
estaba debajo, le cortó el corazón con su cuchillo.
Mientras la criatura se hacía humana, mientras se crispaba, mientras se
drenaba lo último de su sangre, él llamó, —Innokenti.—
El gran bastardo insolente lo miraba, observando la hoja del cuchillo y la
sangre. —Poco hombre, esta vez te mataré.—
—Debiste haberlo hecho cuando me tuviste encadenado. —Warlord saltó
sobre Innokenti, y ,mientras lo hacía, cambió. La elegante pantera negra golpeó
a Innokenti por completo en el pecho, golpeándolo al revés, aterrizando con
todo su peso.

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Innokenti comenzó a cambiar, transformándose en una pantera, grande,
fuerte, elegante, manchada.
Pero no fue lo suficientemente rápido. Mientras estaba atrapado en la
etapa entre el hombre y gran gato, Warlord arrancó su ojo con una de sus
garras.
Por Magnus.
Innokenti gritó con rabia y agonía.
Ahora la batalla estaba igualada, el brazo de Warlord estaba roto, pero
Innokenti estaba ciego de un ojo.
Warlord golpeó de nuevo, apuntando a su garganta.
Innokenti retrocedió, pero no a tiempo.
Sus fuertes dientes blancos intentaban morder el pecho de Warlord.
Warlord bajó su cabeza y la estrelló contra la herida sangrante que era la
cara de Innokenti.
Innokenti gritó de nuevo, y arañó la oreja de Warlord.
Warlord sintió el agarre, escuchó el rasgar de la carne, sabía que
dolía…pero él no lo sentía. No sentía el dolor de su brazo. Solo sabía una cosa.
Innokenti sintió el dolor. Innokenti estaba aturdido por sus heridas.
Innokenti nunca había sufrido una derrota de ningún tipo…y esa visión le
asustaba y le paralizaba.
Warlord lo atacó, y lo atacó de nuevo.
Innokenti giro y rugió, rasgando sobre los brazos de Warlord, su vientre.
Pero Innokenti estaba a la defensiva, siempre a la defensiva.
La sangre cubrió la tierra debajo de ellos, el olor de la sangre incitaba el
instinto de lucha de Warlord. El tomó más y más trozos de carne del gran gato
que era Innokenti.
Entonces… el momento que tanto había estado esperando.
Debilitado y dolorido, en un traicionero segundo, Innokenti perdió su
forma de pantera. Convirtiéndose en hombre.
Y Warlord destrozó su garganta.
Por Karen.
Dio un rugido de triunfo. Se encendió de gloria. El era una pantera. Era
poderoso. Había derrotado Innokenti. Había ganado.
Miró alrededor buscando otras batallas en las que luchar.
No había más.
Debería haber celebraciones, sin embargo, había silencio. Tanto silencio.
Los Varinskis huían, cojeando, arrastrándose entre los árboles.
Él vio a sus hermanos, dos de ellos. Estaban vivos. Ellos habían bajado el
acantilado y se situaron en la base, mirando hacia abajo, hacia uno de los
cuerpos.
Jackson Sonnet, Warlord le reconoció por su foto en Internet, estaba allí,
también, herido y cubierto de sangre, aparentemente sano y feliz, pero
congelado en su sitio.

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Nadie hablaba. Nadie se movía. Algo no estaba bien.
Caminó hacia ellos. Se vislumbraba una ligera figura arrugada contra el
acantilado.
No era un Varinski. Eso no se trataba de un Varinski.
No. Oh, no.
El triunfo se convirtió en cenizas.
Warlord corrió, y mientras corría cambió. Era una vez más humano.
Cubierto de sangre de Innokenti y suya, pero gracias a su herencia, ya estaba
curándose.
Cuando Warlord llego hasta Karen, Jasha capturó su brazo. —Cuidado.
Él la lanzó contra las rocas. Está herida. Ella es tan…—
Warlord forcejeó para liberarse. Se arrojó en la nieve sobre sus rodillas
junto a ella. Estaba viva. Ella estaba todavía viva. Pero…
—No.— El pasó sus manos suavemente sobre su cara.
Su tez estaba cenicienta, sus labios azules. Luchaba por respirar. Aunque
al verle ella le sonrío gloriosamente. —Tu…lo mataste.— Su voz era un susurro.
—Si. Karen…— Ella había sufrido lesiones internas. Horribles heridas
internas. No se atrevía moverla.
—Confiaba...en ti. Sabía...que podrías.— Ella levantó su mano.
Buena señal. No estaba paralizada. Era una buena señal.
Tomó su mano. Fría. No era una buena señal. —Denme una manta, —
dijo él con ferocidad.—
—Algo para calentarla.—
Jackson lo dio su abrigo.
Warlord se lo puso alrededor.
Ella lo examinó con inquietud. —Estás herido.—
—No tan mal.— Los huesos de su brazo le dolían hasta su hombro. La
piel alrededor de su oído sangraba. Pero comparado con sus heridas... —Karen,
tienes que luchar.—
—Lo hago.— Ella cerró sus asombrosos ojos verdes mar. Los abrió. —
Ganamos.—
El dolor floreció en él, creció, ahogándolo.
—Ganamos…porque…nosotros sabíamos cada uno…secretos. Tu sabias
de mis…miedos. Sabía…tu eres parte…parte del pacto con el…diablo.— Ella
luchó por cada palabra.
—Con tu sangre en mi…lo estoy, también.—
—Para de hablar. Tienes que guardar tu aliento.— El estaba frenético,
enfermo de angustia.
Quería tenerla en sus brazos.
No. No. El no podía, porque moverla podría hacerle sangrar más sus
heridas internas. Podía sacudir su espina dorsal y paralizarla.
Ella tenía que vivir. Oh, Dios, tenía que vivir.

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—No. Ahora es el momento…para hablar.— Ella sonrío de nuevo, pero
sus labios estaban temblando. —Pensé…sobre eso. Me casaré…
definitivamente…. contigo—
Ella estaba deslizándose lejos y él no podía hacer nada. —Entonces tienes
que quedarte.—
—La próxima… vez.— Ella le sonrío. —Te amo.—
El la miró a los ojos. —Te amo, también. Esto es por lo que tenemos que
estar juntos. Karen—
Pero ella estaba muerta.

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Capítulo 33
—¡Karen!— Warlord la sacudió, desesperado por hacerla regresar.—
¡Karen!—
Débilmente, él fue consciente de las manos de sus hermanos sobre sus
hombros.
Apartó los hombros lejos de ellos, y la recogió en sus brazos. No debería
haberla dejado mentir en la nieve. Estaba fría. Ya fría. —Escúchame,— le dijo él.
—Tú misma lo dijiste. Estamos unidos. Estoy en tu mente. Y tú en la mía.
Nosotros no podemos separarnos. Karen. Regresa a mí.—
Escuchó por si había una respuesta. Escuchó por si ella le hablaba en su
mente. En su corazón. Pero escuchó solo el silencio.
No. Esto no podía estar pasando. Ella no podía estar muerta. Fueron
creados para estar juntos. Todo el tiempo que había pasado encarcelado en la
mina, había imaginado su futuro. Creía en su futuro. Pensar en Karen, en que
su luz vital interna se extinguía… era imposible. Esto era imposible.
Aunque... ella estaba sin aliento, sin latido en el corazón, débil en sus
brazos y yendo a la deriva, lejos de él. Él podía sentirlo. Cada minuto, ella se
movía más lejos, en la eternidad.
Se inclinó cerca de su oído. —Si no puedes volver, llévame contigo.—
Dejó caer su mano lejos, blanda y sin vida.
—Voy contigo. Por favor.— Un pensamiento lo golpeó. Él buscó en el
bolsillo de Karen, encontró la imagen de su madre. La cogió y la colocó sobre su
pecho. Encontró el icono. Llenando de ampollas en su mano, recordándole lo
que era. Un demonio, uno de los criados del diablo. Lo mantuvo sujeto en su
palma, queriendo que el dolor lo purificara... sabiendo que esto era imposible.
Colocó el icono al lado de la imagen y suplicó a la madre de Karen, una
rubia preciosa, con la Virgen de cabellos morenos, de triste mirada. —Por favor.
Ambas la amasteis. Y ella os amó a ambas. Ella os protegió a las dos.
Devuélvanla. O tomadme a mí. Os lo suplico.—
—Adrik, por el amor de Dios...— Jasha parecía ronco, ahogado.
Warlord lo ignoró. —Por favor, María, sé lo que soy. Sé lo que he hecho.
No soy digno de... tocaros. Oh Karen. Pero la amo tanto, y ella me ama. Ella
realmente lo hace. No nos separéis para siempre. Os ruego...— Él luchó para
poder hablar a través del nudo de su garganta. —Habla con la madre de Karen.
Ella no querría que su hija estuviera sola. Ella querría que yo estuviera con ella.
Ambas son madres. Por favor...— Las lágrimas rodaron por sus mejillas,
calientes y saladas. No del miedo, como las que tuvieron en la mina. No para él.
Pero por Karen, hermosa, vibrante, valerosa. Su voz tembló. —Ella me sacó del
borde de infierno. Ella sacrificó su vida por mí.—
Solo el silencio fue su respuesta. Ella se había ido. Realmente ido. El no
podía sentirla en su mente. Todo lo que él tenía eran memorias y un cuerpo frío
y quieto en sus brazos.

Anoiss Traducciones
Rompió en un sollozo como el gemido de un animal herido. Sus lágrimas
cayeron sobre Karen, sobre el icono, sobre la fotografía. Él sollozó una y otra
vez, gritando con tal pena que pensó que moriría.
Pero la Virgen había aclarado la respuesta. Él tenía que vivir. Vivo hasta
que ayudara a romper el pacto.
—Bien,— susurró con ferocidad.—Haré lo que sea necesario hacer.
Lucharé las batallas para derrotar al diablo, y cuando él sea vencido, viviré el
resto de mi vida como un hombre virtuoso. Cada día, me arrepentiré por los
pecados que he cometido.— Cuando hizo su juramento, acunó a Karen y apretó
su puño hasta que las cuerdas se destacaran en sus muñecas. —Viviré cada día
con un objetivo en la mente, que debo ser un hombre tan bueno como cualquier
hombre pueda ser, tanto que cuando yo muera, pueda ver a Karen otra vez, y
pueda estar con Karen otra vez. Lo juro, lo juro.—
El viento susurró a través de los pinos y levantó su pelo. El aire helado
mordió su carne desnuda, y la tierra fría se clavaba en sus rodillas. Un copo de
nieve fue a la deriva por delante de su mirada fija y se acomodó sobre la piel de
mármol de Karen.
La naturaleza lloró con él.
Pero en algún sitio, alguien escuchó su juramento.
—Te amo, Karen Sonnet,— susurró él, abrazándola, queriendo
absorberla en sus huesos. —Siempre te amaré.—
Escuchó un enorme y ahogado sollozo detrás de él. Jackson, el pobre hijo
de puta, estaba llorando.
Rurik se arrodilló al lado de Adrik y sujetó su mano. —Sé que no te
preocupa, pero sangras, y tenemos que hacer algo con tu brazo.— Warlord lo
miró fija e inexpresivamente, entonces bajó la vista a Karen. Sus lágrimas se
habían mezclado con su sangre y sudor, y una gota teñida de rosa rodaba
despacio desde de la esquina de su ojo. Parecía como si ella llorara, y
tiernamente se la limpió.
Sus ojos se agitaron.
Rurik salto hacia atrás.
El sollozo de Jackson se cortó a la mitad.
Jasha dijo, —¿lo viste...?—
Warlord la sintió respirar contra su cuerpo. Él no se atrevía a moverse.
No se atrevía a hablar.
Ella respiró otra vez. Y otra. Sus labios y su piel suavemente brillaron
con color. Sus ojos se agitaron otra vez.
Él no podía apartar la vista.
Sus ojos se abrieron. Ella lo miró directamente. —Te oí llamándome.—
Tomó otro aliento lento y cuidadoso. —Me trajiste de vuelta.—

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Capítulo 34
Estado de Washington
10 días después
Con el bebé en sus hombros, mientras Zorana Wilder caminaba de
adelante hacia atrás en la cocina de su casa estilo artesano, preparando la cena
para su terco y obstinado esposo, el cual, después de treinta y seis años de
casados, no confiaba en ella para saber lo que era bueno para él. Él trataba de
ponerse de pie cuando ella podía ayudarlo. Él refunfuñaba por comer verduras.
Trataba de beber vodka cuando debería tomar sus medicinas. El gran buey. El
gran, estúpido, horriblemente enfermo buey.
Ella retiró rápidamente sus lágrimas. Él también se preocupaba cuando
ella lloraba, así que lloró en su cocina, sobre su sopa, en lugar de sobre él, en su
silla de ruedas, con sus tubos y su oxigeno y sus drogas y todas las miles de
cosas necesarias para mantener su cansado, herido corazón latiendo.
Escuchó un coche desde la carretera.
Firebird dijo que ellos estaban lejos de la civilización.
Zorana se río de su hija y le dijo que no sabía de lo que hablaba.
Cuando Zorana era una niña, viajando con su tribu Romany alrededor
de Ucrania, había habido días y carreteras donde ellos solo habían visto granjas
estropeadas y hombres deteriorados. Aquí, las Montañas Cascadas estaban
alrededor de todo, cubiertas por bosques primarios, abetos Douglas, y pinos tan
altos que protegían a la familia de Zorana de las feroces tormentas del Pacífico.
En su pequeño valle cultivaban verduras, frutas y uvas. Aquí estaban
protegidos del clima sombrío.
Zorana se aseguró de ello.
La ciudad mas cercana, Blythe, estaba a 20 millas, y Seattle estaba a solo
unas pocas horas de distancia. Así que esta casa era la mejor de la civilización.
Sus amigos y familia sabían donde encontrarla a esta hora, y
efectivamente el coche que escuchaba a su espalda lo sabía, y en unos pocos
momentos alguien llamaría, entonces abriría la puerta.
Sus nueras entraron con las cabezas juntas. —Hola, Mamá,— ellas
dijeron al unísono.
Eran unas hermosas mujeres.
La esposa de Jasha, Ann, tenía veinticuatro, ojos azules, delgada, y de
1,83 metros de alto. Ella empequeñecía a Zorana, que con su 1,52 metros de
altura miraba siempre hacía arriba cuando mangoneaba alrededor de su familia,
por su propio bien, por supuesto.
La esposa de Rurik, Tasya, era lo opuesto a la tranquila Ann. Fue una
periodista gráfica que viajó por el mundo haciendo fotos de guerras, pobreza,
de problemas que la llevarían a prisión o peor. Era trigueña, pelo rizado y
brillantes ojos azules traspasados con vida. Ahora ella estaba escribiendo un
libro de ficción, y Rurik ya no estaba tan preocupado.

Anoiss Traducciones
—Mamá, no deberías cargar a Aleksandr. Él es demasiado grande para
ti.— Ann recogió el cálido y flojo peso del hijo de Firebird y único nieto de
Zorana.
—Lo sé.— Zorana movió sus hombros cansados, entonces besó a sus
chicas, una después de la otra. —Él es como mis niños. Demasiado alto para su
edad, robusto y fuerte. Y terco. Cuando Firebird está en Seattle no duerme
bien.—
—Niño de mamá,— Ann murmuró al niño dormido.
Nadie decía lo obvio—que no tenía más remedio que ser un niño de
mamá. Su padre era un misterio. Firebird había regresado embarazada del
colegio, y para enfurecer más aun a sus hermanos se había negado a decir el
nombre de su amante. En dos años y medio, ella nunca vaciló, no permitiría al
hombre, quien quiera que fuera, saber sobre Aleksandr.
Firebird era como sus hermanos. Como su padre. Terca. Tan terca.
—¿Donde está Firebird?— Tasya permanecía a la ventana, mirando hacia
afuera.
—Ella está en Seattle, después de haberse hecho las pruebas.— Con
amargura Zorana dijo, —Sabes cuáles. Los doctores están tratando de descubrir
qué esta mal con Konstantine verificando sus hijos. Ellos piensan que es
genético. Sería mejor preguntarle a Satán en qué está trabajando.—
—No pienso que los médicos estén bien conectados. —Tasya torció su
mejilla.
—Sólo algunos de ellos,— atajó Zorana.
—¿Cómo está Konstantine?— preguntó Ann.
Sería más fácil si pudiera llevarlo en brazos como hago con Aleksandr.
Sus pies se arrastrarían por el suelo, pero por lo menos entonces él podría
dormir cuando el dolor se hace demasiado…—
Zorana estudió a chicas, la forma en que apartaban su mirada evitándola,
la manera en que miraban hacia la ventana. —¿Qué pasa?—
—Mamá.— Tasya fue donde Zorana y le puso el brazo alrededor. —
Hemos encontrado el tercer icono.—
Zorana se congeló. El dolor, que nunca estaba lejos, la inundó. —¿El
icono de Adrik?—
—Si.— Ann se reunió con ellas.
—¿El tuvo un… amor?— Sin pensar, Zorana acaricio la suave mejilla de
Aleksandr.
Aleksandr, quien, con su brillante y chispeante sonrisa y sus furiosas
rabietas le recordaba demasiado a su tercer hijo…
—Nosotros tenemos a la mujer de Adrik,— dijo Tasya.
—Realmente, su esposa,— Ann dijo.
—¿El se casó?— Zorana cerró su puño sobre su pecho. —¿Dónde está
ella?—

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—Está fuera en el coche con Jasha y Rurik.— Tasya lloró. —Está
herida.—
—¿Ella fue herida cuidando del icono?— Zorana se dirigió hacia la
puerta, fuera en el porche, bajó las escaleras.
Tenían un dicho aquí: Según los días comienzan a alargarse, el frió comienza a
florecer. Qué cierto. El patio y jardín de Zorana parecían tristes, esperando la
primavera, y Zorana deseó tener un abrigo.
Entonces olvidó el abrigo y el frío.
Jasha y Rurik habían conducido una extraña camioneta con ventanas
oscuras, y rápidamente Zorana supo porque. Ellos habían puesto una camilla en
la parte trasera, y maniobraban con una mujer en silla de ruedas.
Ella era una cosita pequeña, solo un más alta que la propia Zorana.
Estaba triste. Estaba herida. Tenía tubos corriendo por sus brazos. Y Zorana
supo que ella había sido el amor de Adrik.
Salió a su encuentro.
—Mamá— Jasha comenzó.
—Shh— Ausentemente Zorana ahuecó su mejilla. Ahuecó a Rurik,
Entonces, con cuidado, envolvió a la muchacha en sus brazos. —Bienvenida.
Bienvenida.—
Lágrimas brotaron de los ojos azul verde de la muchacha.
En respuesta, lágrimas brotaron de Zorana. Se arrodilló frente a la mujer.
—Soy Zorana, ¿Cuál es tu nombre?—
—Soy Karen.— Ella tenía una preciosa voz, ronca y cálida.
—Y conociste a mi Adrik. Él te amó.—
—Y yo lo amo a él.
Zorana tenía el corazón apretado. El dolor de la pérdida, el conocimiento
de que había muerto tan lejos, eso estaba siempre ahí. Pero Karen podría
contarles sobre Adrik, llenar los espacios de tantos años perdidos, que podrían
ayudar a Zorana en su angustia. Realmente esperaba que pudiera ayudarla.
Karen parecía tan frágil, como si pudiera volar lejos con la enérgica brisa
del invierno.
Zorana sonrojada. —¿Qué hacen niños, dejándola permanecer en el frío?
Llevadla adentro. Tu papá deseará conocerla inmediatamente. Adelante.
¡Moveos!
En lugar de empujar la silla de ruedas a través de la hierba, ellos la
recogieron y se dirigieron hacia el pórtico. Una rampa de minusválidos había
sido instalada, una necesidad ya que Konstantine estaba cada vez más débil.
Un hombre mayor, de cabello gris y ojos de acero azules, les siguió. Se
detuvo a su lado. —Soy Jackson Sonnet. Soy el padre de Karen. Espero que todo
esté bien. Pero me voy a imponer.—
El parecía tan incomodo y sonaba tan brusco, como si medio esperara
que lo golpeara con las vides. Así que ella lo abrazó, porque, como Firebird
siempre dice, Zorana no tenía respeto por el espacio personal. —Por favor entre,

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Sr. Sonnet. Un invitado es una bendición para mi alma, y el padre de la mujer
de Adrik… es una doble bendición.—
Otro hombre, joven, alto, guapo, salió de la camioneta.
Ella le miró y sonrío amigablemente, pensando que este debería ser el
hermano de Karen. Excepto que el no parecía hermano de Karen.
En cambio era alto, como sus hijos. Su cabello era oscuro. Llevaba una
escayola en un brazo. Estaba delgado, enjuto, con una cara bronceada y con
cicatrices que había visto disipación y sufrimiento. Sus verdes y dorados ojos
eran una peculiar sombra que sólo había visto una vez antes en su vida… en un
bebé que ella había llevado en sus brazos.
Su corazón dejo de latir.
—¿Mamá?— El hombre levantó sus cejas. Habló con vacilación, como si
estuviera inseguro de su respuesta.
—¿Adrik?— ¿Adrik?— Escuchó su propia voz. Era retumbante, más
ruidosa de lo que estaba siempre, y Konstantine tenía el penetrante oído de un
lobo gris. Ella apretó sus manos sobre su boca, y luego lentamente las bajó.
Susurrando, —¿Adrik?—
—Soy yo, Mamá.— Sonrió, la más hermosa sonrisa que nunca hubiera
visto. —He regresado a casa.—
La vez última que lo había visto, él había sido un muchacho desgarbado.
Ahora era un hombre, azotado por las experiencias que lo habían moldeado,
levantado, quebrado, y renovado. No le conocía ahora, y al mismo tiempo... él
era su muchacho, su pequeño muchacho.
Voló hacia él, con los brazos extendidos.
Él la cogió, levantándola, la abrazó tan fuerte que sus huesos se
agrietaron. —Mamá.— Su voz se rompió. —Mamá.—
—Mi hermoso muchacho.— Sobrecogida con alegría, se abrazó a su
cuello. Lo abrazó y lo abrazó, como si nunca lo fuera a dejar ir. Este era el bebé
que había llevado en su seno, el niño a quien le había vendado las rodillas, el
joven hombre que había crecido tanto en su cocina, quien la había abrazado
antes de su primera cita y le había dicho que siempre la amaría más a ella…
Bruscamente enfurecida, se inclinó hacia atrás, tomó sus hombros en sus
manos. —¿Dónde has estado?, estúpido… yo estaba preocupada y he llorado.
¿Dónde has estado? ¿Por qué no llamaste? ¿O escribiste?—
—Tu no querías saber de mi.— Vio la culpabilidad en su rostro, y la
sabiduría ganada con tanta dureza, y tal tristeza.
—Por supuesto que quería oír de ti, grande, estúpido…— Abrazándole
otra vez. —Los hombres son tan estúpidos. Tú eres tan estúpido. Como tus
hermanos. Y tu padre. ¿Tuviste que ser hombre?—
El la besó y la bajó. —Yo supongo.—
Ella giró y se puso frente al porche. Sus otros muchachos estaban con
Karen y Jackson, observando y sonriendo. Tasya y Ann estaban en las ventanas,
mirando y llorando.

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Los muchachos comenzaron a aplaudir y gritar, y Zorana los silenció.
—Tu padre duerme en la sala. Si mira afuera…— Recordando su grito,
dijo, —de hecho…— dirigiéndose a la casa.
Demasiado tarde.
La puerta se abrió de golpe.
Konstantine Wilder parado afuera en el porche.
El stent estaba aun en su brazo, gracias a Dios, pero se había despojado
de los tubos. Por primera vez en más de un mes estaba de pie, delgado, llevado
por el dolor, su rostro en llamas con alguna emoción que ella no se atrevió
adivinar.
Jasha y Rurik corrieron a su lado, y cogieron sus brazos.
Les gesticuló para que le ayudaran a bajar las escaleras.
Ellos no discutieron. Nadie discutía con Konstantine cuando se le veía así,
como el jefe de una manada de lobos furiosos.
Ellos le ayudaron a bajar las escaleras, paso tras paso dolorosamente.
Los sacudió para que se retiraran. Su mirada fija en Adrik, pálido e
inmóvil, esperando por la sentencia de su padre.
Zorana no se atrevió moverse, ni a hablar.
El mundo entero esperaba en silencio para ver lo que Konstantine haría.
Caminó hacia Adrik. Se detuvo y le miró, lo miró durante muchos
segundos, sus ojos demasiado brillantes. Entonces abrió sus brazos. —Mi hijo.
Adrik. Mi hijo.—
Adrik caminó hacia el abrazo de Konstantine. —Papa, perdóname.
Perdóname.—
—Estás vivo. Estás en casa.— Las lágrimas de Konstantine corrían por
rostro. —He olvidado todo excepto lo mucho que he anhelado oír tu voz y ver
tu cara.—
Envolviendo sus brazos alrededor de los hombros de Adrik, dijo. —
Ahora ven. Ven. Esta noche lo celebraremos. ¡Esta noche tendremos una
fiesta!—

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Capítulo 35
Karen sentada sobre el canapé en la atestada sala de los Wilder, su
cabeza en el regazo de Adrik, él empujaba en su boca las remolachas en
conserva de su madre.
—Ellos harán la nueva sangre —dijo él.
Le divertía que cuando él estaba alrededor de su familia, su voz tomaba
una entonación decididamente rusa.
—Me siento bien.
—Él es el hijo de su madre, entonces es más fácil no discutir —
Konstantine sentado en su sillón, con sus piernas elevadas—. Si tú comes sus
remolachas, ellos te dejaran beber su vodka —él la saludó con su copa llena solo
licor.
Ella le devolvió la sonrisa.
Su enfermedad había gastado físicamente al viejo tirano, pero él no había
perdido ninguno de sus poderes. Notaba todo, oía todo, y su familia lo
considera como si fuera un rey— o más bien, el lobo principal de la manada.
Jasha y Ann sentados en el suelo discutían sobre la construcción de algo
con bloques—ellos le llamaron la nueva casa de Vinos Wilder—mientras
Aleksandr fruncía el ceño vigorosamente y construía su propia estructura.
Rurik y Tasya estaban en la cocina, supuestamente preparando otro plato
de aperitivos. Pero ellos se habían ido hacia tiempo por lo que Karen
sospechaba que estaban en una esquina besándose.
Esta familia era grande en besos. Y abrazos. Karen sonrió abiertamente
cuando miró a Jackson, que estaba sentado al lado de Konstantine sobre una
banqueta, contándole los detalles de la batalla sobre la roca. Siempre que
Zorana conseguía acercarse a Jackson, él saltaba hacia atrás para evitar otro
asalto cariñoso.
Karen no prestó atención a la conversación en voz baja hasta que escucho
decir a Jackson,
—Cuando comprendí que el pequeño gilipollas de Phil Chronies había
vendido la ubicación de mi hija a aquellos bastardos Varinski, le rompí un
brazo.
—Bien hecho —dijo Konstantine.
Sí, pensó Karen.
—Primero dijo que me demandaría; entonces le di a entender que él
tenia muchos huesos en su cuerpo y que yo era un viejo tacaño, pero en cambio

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él podía tomar el paquete de retiro que le ofrecía —Jackson sonrió abiertamente
con todos sus dientes.
Entonces llame a Sedona, pero alguna pobre mujer había sido asesinada
en el balneario, Karen estaba sobre un Cessna volando a California, y la
siguiente cosa que escuché era que el avión se había estrellado en las Sierras. Si
alguien pudiera sobrevivir, sería mi Karen, pero con aquellos Varinskis
rastreándola, sabía que se dirigiría a una posición defendible, entonces estudié
el terreno, luego entre por la parte de atrás de la ciudad, y trate de interceptarla.
Fallé, pero, lo juro, llegue a tiempo para la lucha.
—Me alegro que lo hicieras, Papá —llamó Karen—. Salvaste mi vida.
Jackson la miró asustado, luego horrorizado y mortificado.
—Bien, yo... tú eres... Um, tu madre me hizo... —él echó un vistazo con
interés a la familia Wilder, y su voz se apago—. Y no hice lo que... Era lo menos
que pude hacer entonces desde...
Ella lo rescató.
—Lo sé, Papá. Gracias.
—Sí —Adrik acarició la frente de ella—. Gracias, Jackson.
—De nada —Jackson refunfuñó.
—Lamento no haber estado allí para luchar —el anhelo en la voz de
Konstantine casi rompió el corazón de Karen.
—¿Dónde está Firebird? —Adrik preguntó, distrayendo a su padre—.
Había esperado que ahora estuviera aquí.
—Sabes que está abajo en el hospital —dijo Zorana dulcemente—. Ellos
siempre corren tarde.
Konstantine cruzó sus brazos sobre el pecho.
—Ah. Lo sé. Siempre lento. Pero no puedo esperar otro minuto para ver
este tercer icono, unirlo con los demás. Por favor, hijas mías. ¿Me los mostrarán
ustedes?
—Por supuesto, Papá —dijo Ann—. Puedes ver mi icono.
—Y le mostraré mi icono —dijo Tasya.
Las dos mujeres estuvieron de acuerdo en presentar los iconos que ellas
habían encontrado, aún al mismo tiempo en que pusieron el reclamo de los
iconos para ella—y nadie en esta poderosa familia disputó sus derechos de
poseer a las Vírgenes.
Esto le dio coraje a Karen para decir,
—Si Adrik me trae mi bolso, mostraré mi icono para usted.
Los hombres en el cuarto suspiraron de alivio.

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Las dos mujeres abandonaron el cuarto para traer sus iconos.
Adrik alcanzo detrás del canapé, donde ellos habían guardado su
equipaje— con sólo tres dormitorios, la casa estaba llena, y Adrik y Karen
dormirían sobre el sofá cama en la sala de estar.
Zorana limpio de la mesa el codo de Konstantine y colocó un prístino
paño rojo sobre la superficie.
Jackson frunció el ceño. Durante la batalla, había visto Adrik y a los
Varinskis transformarse en depredadores, entonces no tuvo ningún problema
para creer que eran cambia—formas. Pero obviamente no le gustaba el tono de
cualquier conversación que les diera tanta autoridad a mujeres.
—¿Que es un icono? ¿Por qué son tan importantes, de todos modos?
—Konstantine Varinski dio al diablo los cuatro iconos de su familia para
sellar el pacto que nos da nuestros poderes como animales y depredadores —
dijo Jasha—. Nuestra rama de la familia.
—Los Wilder —Rurik interpuso.
Jasha asintió a su hermano.
—Correcto. Los Wilder han sido destinados para unir aquellos iconos, y
cada hijo y su amor debe encontrarlos.
Jackson miró alrededor con confusión.
—Pensé que el otro niño, el de Seattle, era una muchacha.
—Lo es, Papá —Karen encontró su icono, luego se apoyo en Adrik
cuando él le ayudó a ponerse de pie—. La visión de Zorana hablaba de sus
cuatro hijos, pero adivino que las visiones no siempre son fáciles de entender.
—Eso es seguro —Konstantine refunfuñó.
Zorana giro hacia él con una furia instantánea.
—Yo tendría una clara visión si pudiera, Konstantine Wilder.
—Lo sé. No pensé…
—Entonces se cuidadoso con lo que dices.
Zorana, Karen comprendió, era delicada sobre su profecía.
Ann regreso con su primer icono. Ella lo trajo a la mesa de Konstantine y
lo coloco sobre el paño rojo.
Como el icono de Karen, este era viejo, la pintura estilizada, aún los
colores estaban encendidos en el azulejo, y brillaron como si ellos fueran nuevos.
La Virgen María sostenía al infante Jesús, mientras José estaba a su mano
derecha.
Tasya regreso después, y colocado su icono al lado de Ann.

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Como con el icono de Karen, como con el icono de Ann, los trajes de la
Virgen eran rojos cereza, y el halo de oro alrededor de su cabeza brillaba. Pero
sobre este icono su cara era pálida y de todos modos, sus oscuros ojos eran
grandes y dolorosos, y una lágrima se había resbalado sobre su mejilla. Ya que
en su regazo ésta Virgen sostenía a Jesús crucificado.
Karen colocó su icono a lado del de Ann. El pintor había retratado a
María como una joven muchacha, una muchacha que previó su destino y el de
su hijo. Triste, oscura, sabía que ojos les miraban fijamente a ellos,
recordándoles que ella había dado a su hijo para salvar el mundo.
La familia y Jackson se juntaron alrededor, mirando fijamente con temor.
—Mil años estos iconos han sido separados. Pronto encontraremos el
cuarto, y ellos estarán todos juntos —Zorana tomó la mano de Konstantine—.
Entonces serás libre.
—¿Eh? ¿Qué? —Jackson miró entre los dos—. ¿Él será libre de qué?
—Papa se enfermó la noche en que Mama tuvo su visión —le dijo
Rurik—. Ninguno de los doctores en Seattle había visto esta enfermedad que
come su corazón. No hay cura. Y si no unimos los iconos y rompemos el pacto
antes de que él muera, se quemará en el infierno por siempre.
—¡Hijo de puta! Esto es un repugnante castigo —dijo Jackson.
—Nosotros lo vemos como un incentivo —contestó Ann.
Karen sonrió cuando encontró la fija mirada de Jackson.
—¿Una vez que te acostumbras a la idea de hombres que cambian en
animales, el resto se sortea y cae en su lugar, no es así?
Los Wilders rieron y asintieron, y las mujeres tomaron los iconos y los
guardaron en su sitio.
Rurik y Tasya regresaron a la cocina.
Jackson se sentó en su silla y pasó sus dedos en el brazo.
—¿Si los iconos son tan importantes, no tendría más sentido ponerlos en
una caja de seguridad o algo?
—Los Varinskis son ricos —Konstantine lleno un vaso de vodka y se lo
paso a Jasha, quien se lo paso a Jackson—. Ricos de mil años de ser los mejores
mercenarios y asesinos en el mundo. Una caja de seguridad no estará a salvo de
ellos. Ningún lugar es seguro para ellos. Pero si la visión de Zorana es correcta
—añadió él apresuradamente— y el curso es así, entonces las mujeres son
propietarias de los iconos, y que Dios las proteja a ellas.
Jackson parpadeó, tomando de un solo trago su licor, y asintió.
—Tiene sentido para mí.

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Zorana se sentó en la mecedora cerca de la mano de Konstantine, con el
ordenador en su regazo.
—Karen, ¿vistes una luz?
—¿Una luz? ¿Cuando? —Karen preguntó asombrada.
—Cuando moriste.
Warlord se congeló, su mano levantada a medio camino hacia la boca de
Karen.
Rurik y Tasya caminaron a través de la cocina, sosteniendo platos medio
llenos. La conversación cesó.
Zorana continuó,
—Mire las experiencias después de la muerte, y la mayoría de las
personas dicen que vieron una luz.
Cada uno miraba a Karen.
Ella empujo la mano Warlord y se sentó derecha.
—No vi una luz. Yo era la luz. Y el calor, y justo… sentí tal dolor —
Innokenti la había arrojado. Ella golpeó la piedra, sus costillas se rompieron y le
perforo un pulmón. Recordaba haber utilizado la agonía para permanecer
consciente, que había sido muy importante estar consciente, para ver una vez
más a Warlord, para decirle…
Él se acerco más a ella, y la rodeó con su brazo.
Ella colocó su cabeza sobre su hombro.
—Un minuto estaba sufriendo, al siguiente algo parecido…y no estaba.
Era. No lo sé, flotando en la calidez, dirigiéndome alguna parte —cuando
trataba de recordar, los colores nublaban su memoria.
—Entonces escuche a Warlord.
—¿El estaba llamándote? —pregunto Zorana.
—No exactamente —Karen no estaba muy segura de cómo decirlo.
Warlord presiono la mejilla en su cabeza.
—Ella me escucho llorar. Yo estaba llorando y rogando a la Virgen María
y a la madre de Karen a su espalda.
Karen se preguntó si sus hermanos se podrían burlar de él, pero ellos
asintieron, y Konstantine lo miro con furia y orgullo.
—Yo habría hecho lo mismo por tu madre.
—Tu regreso, fue un milagro —Zorana tomó sus manos con alegría—. La
Virgen nos observa con compasión.
—No sabes que milagro tan grande —dijo Jasha—. Cuando llegamos al
hospital, los doctores dijeron que deberías estar muerta por esas heridas.

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—Estaban sorprendidos por lo rápidamente que ella se curaba, también
—Rurik trajo un plato de pan, queso, anchoas, y aceitunas y lo coloco al lado de
su padre.
—Es su estilo de vida saludable —dijo Jackson con orgullo.
—Es la sangre de Varinski en ella —dijo Warlord.
—Este es otro milagro —Ann se había criado en un convento; ella sabía
de sus milagros.
Dijo Karen.
—He estado pensado sobre lo que sucedido y porque. Supongo que el
tener tu propia muerte te hace eso —inusual para hablar de razones de peso,
pero en este lugar y con estas personas parecía natural—. Con la ayuda del
icono, Adrik es el único que ha creado el milagro. El sufrió, se arrepintió, y fue
redimido. Hay poder en la redención.
—Eso es cierto —Jasha sonrió—. Pero mira a Adrik. Él esta tan incomodo,
que esta retorciéndose.
Él estaba—retorciéndose como un niño en un asiento caliente.
—No era yo —protestó—. Fue la Virgen y la madre de Karen.
Jackson bebió otro trago de vodka.
—Abigail querría hacer eso por Karen.
Karen sabia que nunca podría olvidar como Jackson la había tratado de
niña, o que él tomó participación con Phil, o que le informara tan brutalmente
sobre su verdadera familia. Pero una vez que él comprendió su error, se había
apresurado y había venido por ella.
Si no fuera por él y su rifle, los Wilders probablemente no habrían
ganado la batalla. Así Jackson podría siempre ser parte de su pasado, y ella
podría hacerlo parte de su futuro.
Warlord miró el reloj en la pared.
—¿Dónde está Firebird? —él estaba cambiando el tema, sí. Pero Karen
sabia que mientras él había anhelado esta reunión con sus padres, había estado
preocupado, seguro de que ellos nunca lo perdonarían.
Ahora quería ver a su pequeña hermana. Firebird había tenido cuatro
años cuando él se fue. Ahora tenía veintitrés años, madre soltera, una colegiada
graduada que trabajaba en el estudio de arte del vecindario y vivía en la casa
con su hijo.
¿Qué podría ella decirle a su hermano perdido? ¿Incluso podría
reconocerlo?

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—Sí. ¿Dónde está esa muchacha? —Konstantine retumbo en su bajo
profundo—. No me gusta cuando está afuera tan tarde.
Rurik se rió.
—Si solamente son las ocho.
Konstantine apuntó hacia la ventana.
—Está oscuro.
—Probablemente se encuentra en el tráfico de Seattle —dijo Tasya.
—Ella usualmente llama —Zorana cerró el ordenador portátil y fue hacia
la ventana a mirar afuera.
—Llámala —urgió Ann.
Zorana parecía indecisa.
—No me gusta que piense que no confío en ella.
—Ella no piensa eso. Sabe que te preocupa, y ¿Quien no lo haría? —Jasha
sonó sensible, sonaba como un viejo hermano—. Las calles de la ciudad son
peligrosas, las autopistas mas, y ahora que tenemos tres iconos solo necesitamos
uno más para romper el pacto. Esto significa que los Varinskis son una gran
amenaza, y…
Ann hizo un sonido de alarma con la garganta.
Jasha se detuvo, comprendiendo que su buen sentido había plantado en
su madre un nivel de ansiedad en código rojo.
Aleksandr miraba sobre sus bloques.
—¿Mama?
—La llamare —Zorana comenzó a dirigirse al teléfono.
Konstantine levantó un dedo.
—Espera. Ella acaba de tomar la carretera —el oído del viejo lobo gris.
—¿Mama? —Aleksandr se puso de pie, una gran y brillante sonrisa en su
rostro.
Konstantine miro a su nieto.
—El será un lobo, también. Puedo estar seguro.
—No si nosotros rompemos el pacto —Ann le recordó.
Adrik se puso de pie, también, pasó a través de la ventana, por la
alfombra.
Karen se inclino contra el sofá, contenta con verlo para siempre.
Ella casi lo había llevado al borde del desastre.
Tuvo que traerla devuelta de la muerte.
Él creía que era el uno para el otro.
Creía que estaban predestinados.

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Ella creía que era afortunada por tenerlo.
No importaba cuál de ellos tuviera la razón. Estaban juntos en la batalla
contra el mal.
Estaban juntos para la eternidad.
Él era su esposo. Su pantera. Su amor.
Ahora el carro estaba lo suficientemente cerca como para escucharlo. Se
detuvo. La puerta se cerro de golpe.
—¿Mama? —Aleksandr bailo por la habitación, su mundo ahora que su
madre había regresado—, ¡Mama! ¡Mama! ¡Mama!
Warlord se arrodilló ante él.
—¿Podemos buscarla y esperarla juntos?
Aleksandr abrió sus brazos.
—¡Adrik! ¡Arriba!
Los ojos de Karen se llenaron de lágrimas cuando Warlord levantó al
robusto niño. Algún día, cuando ella se curara, cuando los iconos fueran unidos
y el peligro hubiera cesado, podrían tener un niño como Aleksandr. Como
poco… ellos podrían intentarlo.
Warlord unió su mirada con la suya, y ella supo que estaba pensando
igual.
Las botas de Firebird sonaron con cada paso, en el pórtico.
Adrik abrió la puerta.
—¡Mama! —Aleksandr sonrío, y se lanzo a sí mismo a sus brazos.
Ella lo atrapó, lo abrazo fuertemente, sus ojos cerrados, hombros
encorvados.
Karen no sabía de Firebird, nunca la había conocido, pero no tenía que
tener familiaridad para ver que Firebird estaba afligida.
Zorana se dirigió hacia ella.
—Hey —Warlord tocó el rostro de su hermana—. ¿Que está mal?
Ella abrió sus ojos. Mirándolo. Retrocedió y lo miró nuevamente.
—¿Sabes quién soy? —él preguntó.
Una lenta sonrisa apareció.
—Adrik. Mi Dios, Adrik. Estas vivo —ella caminó a sus brazos y le
permitió a él abrazarla a ella y a su hijo. Ella se inclino hacia atrás y lo miro
fijamente como si no tuviera suficiente de él—. No pensé que volveríamos a
verte de nuevo.
—No podría estar lejos de mi pequeña hermana —Warlord acarició la
mejilla de Aleksandr—, y de mi sobrino, para siempre.

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Firebird se puso rígida y se alejo.
—No. Solo… no lo haces.
—¿Que dije? —Warlord miró alrededor, desconcertado.
—No lo sé —dijo Jasha.
Rurik había sido piloto de la Fuerza Aérea, y Karen escuchó la orden en
su voz cuando dijo,
—Firebird, dinos que está mal.
Konstantine se inclino hacia delante, y su profunda voz tembló cuando
dijo,
—Mi pequeño pastelito, ¿qué te dijeron los doctores? ¿es mi enfermedad?
¿La tienes? ¿Te contagie? —ella dio un paso alejándose de Warlord, se apoyo
contra la pared por la puerta. Su rostro estaba gris y exhausto. Cuando ella miró
a cada uno de ellos, sacudió su cabeza—. No, Papa, no tengo tu enfermedad. En
efecto, eso es imposible.
—¿A qué te refieres? —Tasya preguntó—. Ellos no saben nada sobre esta
enfermedad. Todo es posible.
—No es eso —como si sus rodillas no pudieran sostenerla, Firebird se
deslizo al suelo.
Aterrizó con un golpe. Y preguntó,
—¿Por qué no me dicen que he sido adoptada? ¿Qué no estoy
relacionada con ustedes? ¿A alguno de ustedes? —miró directo a Zorana—.
¿Por qué no me dices que yo no soy su hija?

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