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Árbol genealógico

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Prólogo
En la frontera entre El Tíbet y Nepal
—No eres normal.
—Sabes, Magnus, que cuando te emborrachas, ese acento irlandés tuyo se vuelve tan
marcado que apenas te entiendo —la voz de Warlord era suave y tranquila. Y tan
mortífera como el whisky de malta que habían robado.
—Tú me entiendes perfectamente —Magnus sabía que nunca hubiera tenido los cojones
de hacer ningún comentario sobre Warlord, sin importar lo cierto que fuera, si no
estuviera jodidamente oscuro, en mitad del Himalaya, en mitad de la nada, y si él no se
hubiera bebido un pequeño trago de ese fino whisky—es decir, casi toda la botella para él
solo. Y si no fuera el segundo al mando de las tropas mercenarias, con la responsabilidad
de mostrarse ebrio.
—No eres normal, y los hombres de aquí lo saben. Murmuran que eres un licántropo.
—No seas ridículo —Warlord se sentó muy por encima del campamento, su silueta
contra el cielo nocturno, su brazo curvado alrededor de su rodilla, rifle en mano.
—Eso es lo que también les dije. Porque soy escocés. Sé mucho más que ellos. No
existe tal cosa como los hombres lobos —Magnus asintió sabiamente, y rompió el precinto
de una segunda botella—. Hay cosas mucho peores que eso. ¿Sabes por qué lo sé?
Warlord no dijo nada.
Nunca decía una palabra que no fuera necesaria. Nunca era amable. Nunca era
agradable. Mantenía sus secretos, y era la cosa más endemoniadamente mezquina en la
lucha que Magnus había podido ver en su vida. Ahora, mientras sus muchachos estaban
celebrando su último saqueo, él estaba haciendo guardia en el punto más alto con vistas
hacia su guarida. Para un hombre que destacaba en el robo a turistas ricos y oficiales del
gobierno, y que nunca cavilaba a la hora de matar cuando la ocasión lo requería, era
endemoniadamente decente.
Magnus continuó:
—Crecí en las desoladas Islas Hébridas, lejos al norte, donde el maldito viento sopla
todo el tiempo, ni una sola planta se atreve a crecer, y los viejos cuentos son repetidos
una y otra vez en las largas noches de invierno.
—Suena bien como lugar para crecer —Warlord cogió la botella del puño de Magnus y
la inclinó hacia su garganta.
—Eso es —Magnus observó a su líder—. Tú no sueles beber.
—Si vamos a rememorar algo, debería usar algo para amortiguar el dolor —Warlord era
un oscuro borrón contra las estrellas—un borrón antinaturalmente oscuro.
Por la mañana, Magnus se arrepentiría de haber soltado su lengua de ese modo. Como
todos los hombres de allí, y había sido marcado por la crueldad y la traición, la única
maldita cosa en la que destacaba era la lucha, y si alguna vez era capturado por algún
gobierno en el mundo, sería colgado—o peor.

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Pero el whisky lo volvía sociable, y confiaba en Warlord—él creaba las normas, y era
implacable a la hora de hacer que los demás las cumplieran, pero era condenadamente
justo.
—¿Echas de menos tu hogar, entonces? —preguntó.
—No pienso en ello.
—Es cierto. ¿De qué sirve? No podemos volver. No nos querrían. No con tanta sangre
en nuestras manos.
—No.
—Pero hoy nos lavamos parte de esa sangre.
Warlord alzó sus manos y las miró.
—Las manchas de la sangre nunca se van.
—¿Cómo lo sabes?
—Mi padre me lo dejó muy claro. Una vez que das voluntariamente un paso hacia el
demonio, estás marcado de por vida y destinado al infierno.
—Sí, mi padre decía las mismas tonterías, justo antes de desatarse el cinturón y
golpearme con él —Magnus se encorvó, para luego animarse de nuevo—. Esos monjes
budistas de hoy fueron agradecidos, sin embargo. Nos bañaron con bendiciones. Eso nos
puede ayudar. ¿Es ese el motivo por el que los dejaste libres?
—No. Los liberé porque odio a los matones, y esos soldados chinos son unos capullos
que piensan que es divertido usar a esos hombres benditos como práctica de tiro —la voz
de Warlord vibró con furia—. No lo soportas. Pero esta vez nos pagaron con algo más que
bendiciones.
Para el asalto había sido beneficioso, cargándolos con armas de fuego, munición, y un
general chino que había renunciado a su licor y su oro para mantener las fotografías de su
affaire secreto con el hijo menor del presidente comunista.
Magnus sonrió abiertamente mientras mirada hacia delante, al este, donde un brillo en
el horizonte marcaba la luna creciente.
—Tú y yo, hemos ido de putas juntos. Hemos peleado juntos. Y sigo sin entender cómo
pareces saber siempre dónde está escondido el dinero y el alcohol, y dónde hay mayor
número de escándalos.
—Es un don.
Magnus agitó su dedo hacia él.
—¡No me distraigas con tus disparates! ¿Cómo llegaste a ser tal criatura?
—Del mismo modo que tú. Maté a un hombre, huí, y terminé aquí —Warlord elevó la
botella y brindó por las cumbres nevadas que dominabas sus vidas—. Aquí, donde la única
norma es la que yo hago, no tengo que rogar por piedad a nadie.
—Sabes que no es eso a lo que me refiero. Algo está mal contigo. La sombra que
proyectas es demasiado oscura. Cuando estás enfadado, hay una especie de —Magnus
movió sus dedos en un contoneo— resplandor trémulo en los bordes. Tienes un modo de

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aparecer de la nada, sin sonido alguno, y sabes cosas que no son asunto tuyo, como ese
general chino que sodomizaba a ese chaval. Los hombres aseguran que no eres humano.
—¿Por qué dicen eso?
—Por tus ojos… —susurró.
—¿Qué ocurre con mis ojos? —Warlord volvía a tener ese tono suave y mortífero en su
voz.
—¿Te has mirado en un espejo últimamente? Jodidamente espeluznantes. Por eso los
hombres te han seguido. Pero ahora hay quejas —Magnus se abrazó a sí mismo con un
poco de disgusto.
—¿Por qué hay quejas? —preguntó Warlord con engañosa calma.
—Los hombres dicen que no estás prestando atención a los negocios, que estás
distraído con tu mujer.
—Con mi mujer —los ojos obsidiana de Warlord refulgieron en la oscuridad.
—¿Creías que nadie se iba a dar cuenta que desaparecías por las noches? Te ven
marchar, y entonces susurran entre ellos —Magnus intentó suavizar el ambiente—. Son
una panda de viejas.
Warlord no se mostraba divertido.
—¿Y no están contentos con el resultado de esta incursión?
—Sí, pero hay más cosas además de tener una buena pelea y robar una gloriosa
cantidad de dinero —Magnus fue al grano—. Los chicos están preocupados por su
seguridad. Hay rumores de que los militares de ambos lados de la frontera están
cansados de que metamos las narices en sus asuntos, y están enviando refuerzos.
—¿Qué tipo de refuerzos?
—No puedo responderte a eso exactamente. Están siendo demasiado reservados. Pero
están también llenos de energía y, bueno…
Warlord se echó hacia atrás.
—¿Llenos de energía y…?
—Diría que también están asustados. Como si hubieran empezado algo que no pueden
frenar. Seré franco contigo, Warlord. No me gusta nada de esto. Necesitamos que dejes
de follarte a la chica y descubras qué está ocurriendo —ya está. Magnus le había dado el
mensaje, y Warlord no le había arrancado la cabeza.
Aún.
Apoyó su espalda contra la roca. El granito estaba frío. Por supuesto. A excepción del
breve verano, esas montañas estaban siempre frías. Y en ese valle, limitado por tres
lados con acantilados, y por el otro con un desfiladero que daba a un río embravecido, el
constante viento azotaba su escaso cabello y lo cortaba profundamente hasta los huesos.
—Odio este puto lugar —murmuró—. Nada bueno ha salido de Asia aparte de las
especias y la pólvora.
Warlord se rió, y casi sonaba como si estuviera divirtiéndose.
—Tienes razón en eso. Mi familia es de Asia.

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—No me tomes el pelo, no eres un chino.
—Un cosaco de las estepas, lo que actualmente es Ucrania.
Magnus sabía geografía; había trabajado en esa área del mundo como estafador y
soldado.
—Ucrania… eso está cerca de Europa.
—Cerca sólo cuenta en el juego de las herraduras y las granadas de mano —Warlord
miró hacia arriba, a las estrellas. Tomó un sorbo de whisky—. ¿Has escuchado hablar de
los Varinski?
Magnus cambió de un estado apacible a uno con expresión homicida en pocos segundos.
—Esos hijos de puta.
—Has oído hablar de ellos.
—Hace ocho años estuve trabajando en el Mar del Norte, haciendo un poco de
piratería, robando algunas cosillas, y tres Varinski me alcanzaron. Me informaron de que
ese era su territorio, que iban a llevárselo todo —Magnus clavó su dedo contra la
hendidura de su mejilla donde faltaba una muela—. Les dije que no fueran tan codiciosos,
tenía suficiente para todos. Pero esos hombres… es por ellos que mi nariz está torcida.
Es por ellos que me faltan tres dedos y dos meñiques. Estuvieron a punto de matarme,
entonces me tiraron al océano para que me ahogara. Los médicos dijeron que fue por eso
que no morí desangrado. Hipotermia. Varinskis —escupió el apellido como si fuera
veneno—. ¿Sabes la reputación que esos monstruos tienen?
—Sí.
—Odio a esos hijos de puta.
—Ellos son mi familia.
Un terror gélido recorrió la espina de Magnus.
—Los rumores sobre ellos son…
—Todo cierto.
—No puede ser —Magnus se agarró firmemente al éxtasis inducido por el alcohol, que
se evaporaba rápidamente.
—Dices que los hombres juran que no soy humano.
Magnus rechazó la idea con todo el ímpetu que logró reunir.
—Nuestros hombres son un puñado de salvajes ignorantes.
—Pero soy humano. Un humano con dones especiales… los más maravillosos, placenteros
y tentadores dones —la voz de Warlord tejió un hechizo a su alrededor.
—No necesitas decírmelo. Soy todo un hombre guardando secretos —Magnus luchó por
levantarse. La mano de Warlord se aferró a su brazo y lo sentó de nuevo de un tirón.
—No me dejes, Magnus. Querías saber.
—No quiero saber nada malo —murmuró.
—Querías consuelo. Te lo estoy dando —Warlord le pasó la botella. Se la pasó como si
fuera a necesitarla—. Hace mil años mi antepasado, Konstantine Varinski, hizo un pacto
con el diablo.

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—Joder —Magnus siempre había odiado ese tipo de historias. Las odiaba porque creía
en ellas.
Deseó que la luna apareciera de detrás de las sombras, pero apenas estaba a la mitad,
y el lóbrego brillo asomaba entre ellas, pero no podía hacerlas desaparecer. Deseó que
algunos de sus hombres le hicieran compañía, pero los muy estúpidos estaban en el valle,
bebiendo, jugando, viendo sus estúpidos vídeos y vomitando. Nadie sabía que estaba
sentado allí arriba, sonsacando secretos que deberían estar mejor enterrados, y ahora
temeroso por su vida.
—Konstantine tenía su reputación en las estepas. Se complacía al matar, torturar,
extorsionar, y se murmuraba que su crueldad rivalizaba con la del diablo —la voz de
Warlord se tiñó de humor—. A Satán no le gustaban esas historias—juraría que es un
pequeño vanidoso—y buscó a Konstantine para eliminarlo de la competición.
—No me digas que Konstantine venció al diablo —dijo Magnus incrédulamente.
—No, se ofreció a sí mismo como el mejor sirviente de Satanás. A cambio de la
habilidad de poder dar caza y matar a sus enemigos, Konstantine prometió su alma, y la
de todos sus descendientes, al diablo.
Magnus miró detenidamente a Warlord, intentando verlo, pero como siempre las
sombras alrededor de su líder eran densas, oscuras, impenetrables.
—¿Eres su descendiente?
—Uno de muchos. Hijo del actual Konstantine —los extraños ojos de Warlord brillaron
en la oscuridad.
—Te lo dije. Largas noches de invierno, y todos los viejos cuentos para asustar a los
niños.
—Los niños deben ser asustados —Warlord bajó el tono de su voz hasta convertirla en
un susurro—. Deberían temblar en sus camas y saber que criaturas como yo merodean por
su mundo.
Magnus sabía lo diabólico que era. Su padre lo había sermoneado cada día mientras
intentaba sacar la rebeldía de él. Era por eso que, ahora… casi podía sentir las ascuas del
infierno quemando su carne.
—Es un cuento fantástico —aclaró su garganta—. En mil años, imagino que habrá
conseguido unos cuantos adornos. Algunos cuenta cuentos que la modificarán para hacer
más excitante el relato… ¿no crees?
Un gruñido tenue retumbó, proveniente de la figura escondida de Warlord.
—¿Por qué otra cosa te crees que los hombres me buscan cuando quieren localizar a
sus enemigos? ¿Por qué crees que me contratan? Puedo encontrar a cualquiera, en
cualquier lugar. ¿Sabes cómo?
Magnus agitó su cabeza. Él no quería saber cómo.
Pero era demasiado tarde.
—A Konstantine Varinski y cada Varinski desde entonces, el diablo les legó la habilidad
de convertirse en un animal depredador.

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—Cambiar… —la luz de la luna los alcanzó entonces, y Magnus fijó su mirada en
Warlord. La fijó porque tenía miedo de apartar su vista de él—. ¿Entonces eres un
hombre lobo?
—No, los Varinski no somos estúpidas bestias dominadas por las fases de la luna. No
somos controlados por nada que no sean nuestros propios deseos. Cambiamos cuando
queremos, cuando lo necesitamos. Tenemos largas vidas, engendramos sólo niños, y nada a
excepción de otro demonio puede matarnos. Dejamos un rastro de sangre, fuego y
muerte allá donde vamos —Warlord se rió, un ronroneo gutural.
—Somos la Oscuridad.
—Sí, lo sois —Magnus veía la oscuridad cada vez que miraba dentro de sus ojos. Aún
discutía consigo mismo, porque no quería que fuera cierto—. Pero no eres ruso. Eres de
Estados Unidos.
—Mis padres huyeron, se casaron, se mudaron al estado de Washington, cambiaron su
apellido a algo que sonara bien, sólido y muy americano, y nos criaron a mis dos hermanos,
a mi hermana y a mí. No aprueban, especialmente mi padre, esa cosa del fuego, la sangre
y la muerte de los Varinski. Dice que tenemos que controlarnos —la amargura de Warlord
era marcada y furiosa—. El control es una mierda. Me gusta la sangre, el fuego y la
muerte. No puedo luchar contra mi naturaleza.
Inténtalo. Por la gloria de Cristo, inténtalo.
—¿El pacto puede romperse?
Warlord se encogió de hombros.
—Se ha mantenido por miles de años. Imagino que se mantendrá por otros miles más.
La cabeza de Magnus daba vueltas, y el arroz y el cordero que había comido en la cena
guerreaban contra el whisky escocés.
—Pero no eres como los Varinski que he conocido. ¿ Seguro que eres uno de ellos?
—Quiero que convenzas a los hombres de que no tiene por qué preocuparse. Puedo
mantenerlos a salvo de cualquier refuerzo que los militares hayan enviado —Warlord
depositó su rifle en el suelo. Se quitó las botas, dejó a un lado su abrigo y su camisa. Se
desató el cinturón, bajó sus pantalones y se puso en pie, dejando que el débil resplandor
de la luna lo bañara.
En aquellas largas noches de invierno cuando las putas visitaban el campamento,
Magnus había visto a Warlord desnudo y en acción. Era sólo un hombre, un chaval que
hacía de la lucha su vida. Pero ahora, por los bordes, su silueta se volvía algo
menos…definida.
Magnus elevó la botella hasta su boca. Su mano temblaba, y la boquilla de cristal
tintineaba contra sus dientes.
—Voy a cazar…y matar —los huesos de Warlord de deshicieron y se reconstruyeron.
Su largo pelo negro se expandió, apareciendo en su cuello, su espalda y su vientre,
bajando por sus piernas. Su rostro cambió, tornándose cruelmente felina. Su columna

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vertebral cambió de forma; cayó a cuatro patas. Sus orejas…y su nariz…sus manos…y sus
dientes…
Magnus pestañeó de nuevo.
Una lustrosa y grande pantera del color del ébano se erguía ante él con afiladas garras
y blancos dientes, y un pelaje tan negro como una sombra. Y sus ojos…
Magnus se encontró a sí mismo retrocediendo, gritando y gritando, mientras el gran
depredador felino acechaba a sus espaldas, sus patas sin emitir ningún sonido, los
familiares ojos negros de Warlord fijados en su presa… en Magnus.

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Capítulo 1
Empezó como siempre lo hacía, con una ráfaga de aire frío del Himalaya golpeando el
rostro de Karen Sonnet.
Se despertó sobresaltada. Sus ojos se abrieron de repente.
La oscuridad de la tienda oprimía sus globos oculares.
Imposible. Por la noche había dejado un pequeño diodo encendido.
Ahora estaba oscuro.
De alguna manera él había arrasado con la luz.
El constante viento soplaba a través del estrecho valle de la montaña, sacudiendo el
dosel de nylon antidesgarrante que la protegía—apenas—de la aniquilación, y sacudía las
campanillas colgadas del techo de la tienda de campaña. Su intérprete se había marchado
dejando un rastro de tabaco, especias y lana. El frío amenazador deslizó sus gélidos
dedos dentro de la tienda…
Karen se esforzó por escuchar a su visitante.
Nada.
Pero ella sabía que él estaba allí. Podía sentirlo moverse a través del suelo en dirección
a ella, y mientras esperaba cada nervio se tensó, estirándose…
Su fría mano tocó su mejilla, haciéndola exclamar y saltar.
Se rió, un sonido bajo y profundo de diversión.
—Sabías que vendría.
—Sí —murmuró.
Mientras él se arrodillaba junto a su catre, ella aspiró su aroma: cuero, agua fría, aire
fresco, y algo más—el olor de lo salvaje. Él la besó, sus fríos labios firmes, su respiración
cálida en su boca.
Ella se quedó suspendida en el tiempo, en un lugar, en un océano de placer. A la vez que
su beso mantenía su cuerpo agitado, sus pechos hinchándose, el familiar anhelo creciendo
profundamente dentro de ella.
La noche que ella había llegado allí, se había despertado por el contacto del beso de un
hombre. Sólo un beso, tierno, curioso, casi… reverente. Por la mañana pensó que lo había
soñado.
Pero esa noche él había vuelto, y la siguiente, y cada noche la había arrastrado a la
pasión más a fondo. Y ahora… ¿cuántas veces la había visitado? ¿Dos meses? ¿Más? A
veces no venía por una noche, dos, o tres, y era entonces cuando ella dormía
profundamente, agotada por el trabajo y el fuerte viento. Entonces él volvía, su

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necesidad aún mayor, y la tocaba, la amaba, con una violencia afilada como un cuchillo. Ella
sentía su desesperación, y le daba la bienvenida en su mente… y su cuerpo.
Esta vez él se había ido por una semana.
Él deslizó la cremallera de su saco de dormir, haciendo un áspero sonido con cada
muesca que se abría, haciendo que los latidos del corazón de Karen se intensificaran.
Empezó por su garganta, sosteniéndola, presionando el pulso que corría por esa zona.
Apartó el saco, exponiéndola al aire frío de la noche.
—Esperaste por mí… desnuda —presionó la palma de su mano entre sus pechos,
sintiendo los latidos de su corazón—. Estás tan viva. Me haces recordar…
—¿Recordar qué? —él sonaba como un americano, con un leve acento, y se preguntó de
dónde podría provenir y qué estaba haciendo allí.
Pero él no quería que ella pensara. No en ese momento. Ávidamente, acarició sus
pequeños pechos, uno en cada mano. Sus manos eran grandes, ásperas y con callos, y las
usaba para masajearla mientras sus pulgares hacían círculos en torno a sus pezones.
De su garganta salió un áspero sonido.
—Estás necesitada —su voz se hizo más profunda—. Ha pasado mucho tiempo…
—He estado esperando.
—Y ese era mi tormento, que no podía estar aquí contigo.
Era la primera vez que había sugerido que necesitaba aquello tanto como ella. Sonrió, y
de alguna forma, en esa oscuridad extrema, él debió haberla visto.
—Te gusta. Pero si me has atormentado, tengo que devolverte ese tormento —su
cabeza descendió. Tomó un duro pezón en su boca y succionó, suavemente al principio, y
después, mientras ella gimoteaba, con fuerza y destreza.
Él la volvía loca.
Ya cualquier mujer que recibía a un amante nocturno estaba a medio camino de la
locura.
Ella llenó sus puños con su pelo, y descubrió lo largo que era… suave y sedoso. Tiró de
él, echando su cabeza hacia atrás.
—¿Qué quieres? —su voz era un susurro ronco.
—Date prisa —estaba fría. Estaba desesperada—. Quiero que te des prisa.
—Pero si me doy prisa no podré hacer esto —él bajó aún más las sábanas, acariciando
su vientre y sus muslos. Elevando sus rodillas, abrió sus piernas, exponiéndola al frío,
escandalizándola, haciéndola aspirar una asombrada inspiración.
—Déjame ver —él elevó sus caderas—. ¿De verdad estás preparada?

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Sus dedos se deslizaron desde sus rodillas a lo largo de la sensible piel de sus muslos,
hacia su humedad. Con un delicado toque, abrió sus labios y frotó suavemente su clítoris.
—Adoro tu aroma, tan rico y femenino. La primera vez, fue tu fragancia lo que me llevó
hacia ti.
Horrorizada, ella intentó juntar sus piernas.
—Me baño cada noche.
—No dije que apestaras. Dije que tienes un aroma que me llama y me arrastra hacia ti
—sus dedos patinaron por sus muslos, arriba y abajo, apartándolos de nuevo… y eran
afiladas, casi como garras. Casi una amenaza—. A ningún otro hombre. Sólo a mí.
—¿Eres un hombre? —su pregunta se le escapó, y se arrepintió de ello. Se arrepintió
de inyectar la realidad en su delicado y encantador sueño de pasión.
—Pensaba que te había demostrado definitivamente mi hombría. ¿Quieres que vuelva a
hacerlo? —el matiz de advertencia se había ido; sonaba cálidamente divertido, y el dedo
que introdujo en ella era largo, fuerte… y como una garra.
El impacto la hizo echar la cabeza hacia atrás, y cuando metió un segundo dedo, sus
labios se movieron convulsivamente.
—Por favor. Amor, te necesito.
—¿Me necesitas? —lentamente, fue sacando sus dedos, los presionó de vuelta a su
interior, lo sacó de nuevo… y mientras los introducía en ella, apretó su clítoris entre su
pulgar y su índice.
Ella gritó. Se corrió. El orgasmo explotó en ella, llevándola de aquella fría e inhóspita
ladera de montaña a una orquesta de fuego. Sus muslos se aferraron en torno a su mano.
Sólo podía ver rojo tras sus párpados cerrados. El calor irradiaba de su piel.
Él rió, una irresistible acometida tras otra, alimentando su locura hasta que colapsó,
estremeciéndose y jadeando.
Él la cubrió con su cuerpo.
—No puedo —murmuró, y su voz tembló—. No otra vez.
—Sí, podrás.
—No. Por favor —ella intentó luchar, pero él se estiró sobre ella. Su cabeza estaba
enterrada en su hombro; obviamente él era alto. Su cuerpo, pesado por el músculo, la
presionaba contra el catre. Su carne estaba fresca y firme. Sus hombros, su pecho y su
estómago se tensaron con vigor, y su corazón retumbaba en su pecho.
El poder vibraba en él, y la sostuvo con facilidad mientras la sondeaba de nuevo… pero
no con sus dedos.

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Ella estaba engullida por la necesidad, y su miembro era grande, más que sus dos dedos
juntos. Mientras él trataba de introducirse en ella, gimoteó, su cuerpo ajustándose
gradualmente a su longitud, su grosor, y mientras tanto, las secuelas del clímax
provocaba espasmos en sus músculos más íntimos. Él la mantuvo envuelta en sus brazos,
agarrándola como si fuera su salvación.
Y ella lo abrazó, sus brazos atrayéndolo hacia su pecho, sus piernas aferradas a su
cintura, entregándose, absorbiendo… absorbiendo todo su ardor, su necesidad, sabiendo
que era un sueño, sin querer nada más.
Cuando la punta de su pene tocó su núcleo más íntimo, ambos se helaron.
La oscuridad los mantuvo en un capullo de calor y sexo y emociones demasiado
extendidas para el confort. Entonces su pasión explotó, brillando lo suficiente como para
iluminar la noche.
Él empujó y se retiró, con estocadas fuertes y rápidas, arrastrándola junto a él en su
búsqueda de la satisfacción. Ella continuó, el éxtasis fluyendo por ella con el calor y la
intensidad de la lava.
El ritmo aumentó y aumentó, hasta que, sobre ella, su respiración se detuvo. Se
encogió, elevándola y sujetando sus piernas a sus espaldas… y se sumergió una última vez.
El éxtasis la hizo estallar en pequeños fragmentos de su ser. Se corrió,
convulsionándose de placer, hasta que no siguió siendo una austera y solitaria adicta al
trabajo, sino una criatura de luz y alegría.
Sin prisas, él se dejó caer sobre ella, cubriéndolos con las sábanas de seda y el saco de
dormir. Echándose al suelo, tiró de una gran manta sobre ellos… pero no. Ella la tocó con
su mano y descubrió pelo, grueso y suave. Piel de algún tipo, entonces.
¿Acaso la había llevado en un viaje al pasado, a un siglo en el que el hombre cogía a la
mujer que deseaba como prueba de su destreza cazando? ¿No era esa una mejor
explicación que la locura?
Mientras la transpiración enfriaba sus cuerpos, mientras sus respiraciones y sus pulsos
volvían a la normalidad, ella se deslizó con facilidad en su sueño.

Se mantenía en el borde del acantilado, el cielo azul rodeándola. El viento soplaba con
fuerza, removiendo su pelo y enturbiándole la visión, y en la voz del viento ella pudo
escuchar los gemidos de las mujeres de luto, los roncos sollozos de los hombres solitarios,
y el aullido angustioso de un niño. Ella trató de dar la vuelta, de alejarse, pero sus pies
eran demasiado pesados. Cayó…

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Antes de golpearse, se despertó violentamente.
Se levantó, para verlo saltando para ponerse en pie. Escuchó el clic del seguro de una
pistola.
—¿Qué ocurre? —preguntó—. ¿Escuchaste algo?
—Nada. Una pesadilla —un fantasma de su mente, uno que la amenazaba desde que era
una niña.
Desde el día en que su madre había caído desde ese acantilado.
Lentamente, su amante colocó algo junto a la cama—un arma de fuego de algún tipo, se
dio cuenta—y se deslizó de nuevo dentro de los cobertores.
—No estabas completamente dormida.
—Eso es cuando yo… Eso pasa siempre que ocurre.
—¿Un monstruo? —él retiró los cortos y lisos mechones de cabello castaño oscuro
sobre su cara.
—Muerte —con un escalofrío, lo envolvió con sus brazos.
Se inclinó sobre su estrecha cama en la tienda al pie del Monte Anaya. La oscuridad la
presionó; la sensación de que todo estaba mal en ese lugar la oprimía. Odiaba todo eso.
Y mañana se despertaría. Él se habría ido. Y ella iría a trabajar, otro día gastado en el
infierno.
Así que lloró.
Él acarició su rostro con la yema de sus dedos, encontrando lágrimas.
—No. No hagas eso.
Las lágrimas sólo fluyeron con más rapidez.
Él la besó. Besó la humedad de sus mejillas, sus labios, su garganta… La besó como si no
hubieran hecho el amor hacía diez minutos. La besó con pasión. La besó con decisión.
Finalmente, se olvidó de llorar, y no recordó nada más que el deseo.
Después, mientras se volvía a dormir, creyó haberle escuchado decir en una lenta y
ronca voz:
—Me haces real de nuevo.

Capítulo 2
Por la mañana Karen se despertó con el repique de campanas, las bofetadas del frígido
aire de la montaña en su rostro, y el tradicional saludo Serpa de Mingma.
—Namaste, señorita Sonnet.

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—Namaste —con los ojos cerrados, Karen esperó en tensión, pero Mingma no exclamó
nada sobre un hombre en su tienda, o comentó sobre la nueva piel de animal.
Karen abrió sus ojos y escudriñó la tienda que había sido por al menos tres meses su
hogar, y lo sería otros dos, si la montaña era generosa y no la perseguía con una temprana
ventisca. La tienda era de cinco por siete, con suficiente espacio para su catre, un
escritorio de viaje con su ordenador y un baúl con todas sus pertenencias personales.
Como solía hacer, el amante secreto de Karen había barrido cualquier rastro de su
presencia.
Él era su secreto, y tenía la intención de mantenerse así.
—Agua caliente —Mingma, su cocinera, su criada e intérprete, sostenía un lavamanos
que humeaba, se inclinó y lo colocó en la pequeña mesa bajo el espejo.
—Gracias —pero aunque Karen sabía que el agua se enfriaría rápidamente, no podía
obligarse a sí misma a abandonar la calidez de su nido y saltar desnuda directa hacia el
frío.
Entonces Mingma dijo las palabras mágicas.
—Phil aún no está aquí —Karen voló fuera de su catre.
—¿Qué?
—Los hombres están aquí. Phil no.
—Ese despreciable… —rebuscando en el fondo de su saco de dormir, Karen encontró la
ropa interior que escondía allí cada noche y se la puso.
Todo aquel proyecto no había sido nada más que mala suerte y problemas, requiriendo
cada porción de la concentración de Karen y cada porción de las aptitudes diplomáticas
de Mingma para mantener a los hombres trabajando. Ella nunca habría pensado que el
subdirector del proyecto, Philippos Chronies sería el principal retraso.
—¿Dónde está?
—Dejó el pueblo anoche. Estuvo fuera durante horas. Volvió, y ahora su tienda se
hincha con sus ronquidos.
El padre de Karen nunca le asignaba los mejores hombres a ella, pero Phil era un nuevo
golpe bajo. Sabía del negocio, pero dejaba claro su desprecio por los trabajadores
nativos. Intentaba coger vacaciones imaginarias de griegos ortodoxos, pero cuando ella
señalaba que tenía conexión a Internet vía satélite, y que al buscar no había ningunas
vacaciones en esa fecha, se enfurruñaba.
Hizo un rápido VPA—vagina, pechos y axilas—y se enfundó en sus ropas: pantalones
caqui hechos para calentar y mantenerte en pie en las más duras condiciones, un parka de
camuflaje y un sombrero de ala ancha, y unas robustas botas de montaña.

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—Bien, voy a bajar —salió al exterior. Las campanillas tintinearon suavemente.
Mingma la siguió. Las campanillas volvieron a sonar.
Cuando Karen había llegado por primera vez a ese lugar, había quitado las campanillas
de la entrada de la tienda. Pero Mingma se había puesto tan afligida, y tan insistente en
que las campanillas mantenían al diablo lejos, que Karen las había vuelto a poner. Porque
no le importaba satisfacer las supersticiones de Mingma. Y porque mientras el tiempo
pasaba, nada que mantuviese al diablo en su camino había servido con ella.
El día estaba calmado. Aún. Silencio.
Karen había aprendido lo poco que importaba aquello a esas alturas.
—Los hombres no están contentos —dijo Mingma.
—Ni yo tampoco —suspiró—. ¿Qué ocurre?
—Están cada vez más cerca del corazón del demonio.
Karen no se burló.
Su padre lo hubiera hecho.
Él era el dueño de los hoteles Jackson Sonnet, una cadena especializada en vacaciones
de aventura. Los centros estaban localizados en zonas de primera calidad, y ofrecía
clases de vuelo, escalada, esquí, camping, rafting, bicicleta de montaña—lo que un
entusiasta aventurero quisiera aprender, los hoteles Jackson Sonnet podrían enseñárselo.
Cualquier aventura que un turista pudiera imaginar, los hoteles Jackson Sonnet se lo
ofrecían de modo que pudiera disfrutarlo.
Jackson Sonnet era un genio a la hora de saber lo que ansiaba un aventurero de sillón,
él se sentía orgulloso de ser un hombre que podía conseguirlo todo, y se había asegurado
endemoniadamente bien de que su hija, Karen, aprendiera todo, sin importar sus miedos.
Porque, por dios, él no iba a aguantar a una hija que fuera una cobarde. Escaladores y
senderistas en busca del máximo desafío habían acudido en manada al Himalaya, a la
cordillera más alta del mundo. Querían peligro y dureza, y lo habían conseguido.
La altitud era grande, el aire escaso, y con las inesperadas tormentas y el persistente
rumor de matones internacionales, incluso los caminos más transitados requerían
resistencia y coraje.
Así que el Monte Anaya, situado en la cara seca del Himalaya en el borde entre Nepal y
el Tíbet, parecía el lugar ideal donde construir un hotel boutique—al menos sobre el papel.
El Monte Anaya tenía la reputación de ser imposible de escalar. Ese era su atractivo.
Todos los ocho mil—catorce picos sobre los ocho mil metros sobre el nivel del mar—
eran duros, tanto que había listas mostrando el número de muertes por ascenso.

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El Monte Anaya era diferente. Los guías sherpa subían a regañadientes, e incluso había
algunos que no lo hacían.
Los montañeros hablaban sobre la montaña en tono silencioso, como si fuera un ser vivo,
usando palabras como “malicioso” y “malévolo”. La mala suerte descendía en bolsas con
cadáveres.
Por eso, sólo quince escaladores expertos habían conseguido alcanzar la cima. De ellos,
seis perdieron dedos del pie o las manos—uno un pie entero—por congelación. Uno se
rompió el brazo por un desprendimiento de rocas y se lo amputó a sí mismo. Dos murieron
dos meses después de su triunfo. Uno se volvió demente después de alcanzar la cima.
Entre los escaladores que intentaban aquella montaña, se murmuraban leyendas sobre la
voz de una sirena llamando a un hombre hacia la muerte, o un inexplicable fuego en la
tormenta, o un rostro demoníaco en la nieve.
Todos buscaban el desafío. Ninguno se creía nunca las historias… hasta que llegaban
allí.
Ella no lo había hecho. Con veintiocho años, había supervisado ya la construcción de
hoteles en el interior despoblado de Australia, los páramos africanos, y en la Patagonia
de Argentina. Cada uno ofreció sus propios desafíos.
Ninguno había sido como aquel.
—Mientras acomoda a los hombres, prepararé su desayuno —Mingma simplemente
había aparecido un día, nombrándose a sí misma como la asistente de Karen.
Ella pensaba que Mingma estaba entre los cuarenta y los cien, una viuda de ojos
afilados que había enterrado a dos maridos y ahora se mantenía a sí misma. Sus dientes
estaban manchados de tabaco, su expresión era serena, y su inglés era bueno.
—Haré algo más que acomodarlos —cruzó a grandes zancadas la alta y plana área
donde había instalado su tienda, y bajó por el camino que la llevaba a la zona de
construcción.
Las rocas de la base del Monte Anaya crecían alrededor del punto donde el hotel sería
construido. Una vez que los cimientos estuvieran apropiadamente instalados, el hotel
estaría a salvo de terremotos, o eso dijeron los arquitectos y los ingenieros técnicos.
Ella estaba allí desde la primavera, al inicio de la construcción, e inmediatamente se
había percatado de que ellos no habían tenido en cuenta a la montaña en sí. El granito caía
como gigantes bloques de construcción a lo largo del valle, el legado de unos
desprendimientos de rocas tan masivos que habían arrasado con el paisaje. Aquí y allá
pequeñas plantas verdes luchaban por asomar, pero estaban condenadas. El fino suelo se

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aflojaba rápidamente, resbalaba, y las arrastraba con él. Nada tenía permiso para vivir
allí, bajo la amenaza de la montaña, gigantesca, inhóspita, cruel.
Karen siempre intentaba no mirar al Monte Anaya, pero como siempre la cima atraía su
mirada—arriba de la colina, sobre las escarpadas laderas de roca, más allá de los
glaciares y las praderas de nieve, a la cumbre del Monte Anaya. Allí el pináculo apuñalaba
el cielo azul con una punta de gris y blanco. Montañas, todas la montañas, eran las
culpables de sus pesadillas, pero el Monte Anaya… En Sánscrito, significaba “maldición
del diablo”.
Los nativos creían que la montaña estaba maldita.
Después de vivir dos meses en sus sombras, Karen también lo creía.
La montaña arruinaba sus días, y su amante nocturno acechaba sus sueños. Estaba
atrapada allí por las expectativas de su padre y su propio sentido del deber—y por Phil
Chronies.
Una docena de hombres estaban repantigados alrededor, apoyados contra las antiguas
retroexcavadoras de precios exorbitantes que habían conseguido en el Tíbet, estaban
acariciando los yaks, y charlando.
Mientras se acercaba, sonrió.
Su intérprete, Lhakpa, se presentó e hizo una reverencia. Ella se inclinó y habló sólo
para él.
—Gracias por hacerte cargo de mis hombres hasta que llegue el señor Chronies.
—Sí, por supuesto. Estoy al cargo de ellos —Lhakpa se inclinó de nuevo.
—Anoche, cuando se reportó, me dijo que habría explosiones hoy.
—Sí. Nos dijo dónde colocar la dinamita —sonrió alegremente.
—Yo le digo dónde poner la dinamita.
Cuando se acercó al contenedor donde estaba la dinamita, los ojos de Lhakpa se
agrandaron.
—El señor Chronies se enfadaría si usted…
Ella se giró y lo encaró.
—¿No has visto al señor Chronies informándome día y noche?
—Sí, señorita Sonnet.
—¿No me has visto dirigir al señor Chronies todos los días, durante todo el día?
—Sí, señorita Sonnet.
—El señor Chronies me obedece en todo —sonrió con buen humor.

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Era suficientemente cierto; Phil la obedecía a regañadientes, pero la obedecía. Tenía
un sistema, y maldita fuera si dejaba a Phil y su vagancia dejarla en un segundo plano; eso
acabaría con su ya precaria posición como una mujer en la ocupación de un hombre.
Además, había aprendido el oficio del mejor. Sabía cómo hacer cada tarea en el lugar.
Y llevar a cabo la tarea de colocar la dinamita, supo, ganaría el respeto de los hombres,
porque, como todos los de su género, se dejaban impresionar por explosiones
estruendosas que volaban grandes rocas en pequeños guijarros.
Ojalá pudiera creer que la montaña se sentiría igual de impresionada, y le dejaría
construir aquel maldito hotel.

Se tendió sobre su estómago en una roca sobre el lugar de la construcción, observando


a Karen Sonnet mientras el resentimiento y la lujuria irritaban su vientre.
¿Por qué estaba ella allí? ¿Por qué no había podido ser otra persona? Un hombre,
preferiblemente, un chico como los demás, que supiera de construcciones de hoteles, que
bebiera y fumara, se mostrara dócil con unos chanchullos y corrupción.
En su lugar, tenía a Doña Dulzura y Luz.
La primera vez que la había visto, había estado esperando en la estación de trenes de
Katmandú. Atrapó su mirada; las mujeres bellas lo hacían, y ella era suficientemente
hermosa. Baja, probablemente metro sesenta, con una figura esbelta que se veía bien en
pantalones de color caqui. Pelo castaño y piel perfectamente bronceada, el tipo que se
utilizaba para anuncios comerciales. Pero no pensó mucho en ella, figurándose que sería
una de los miles de senderistas que llegaban al Nepal cada año para hacer excursionismo
a través del Himalaya. Había sonreído con sorna mientras dirigía a los porteros para
cargar su equipo de camping. Le hizo gracia preguntarse cuántos porteros tendría que
contratar para que lo llevaran todo arriba y abajo por las sendas de montaña, si llevaba
un secador de pelo en ese bulto, y dónde pensaba enchufarlo.
Justo cuando estaba traspasando su atención a otra fémina, Karen hizo algo
extraordinario.
Lo miró directamente, y sonrió.
Tenía los ojos verdes y azules más extraordinarios que había visto en su vida, con unas
largas y oscuras pestañas, y esa sonrisa… Se agitó por alguna clase de placer interior y
cambió todo lo que había pensado sobre ella.
Era preciosa.
Fue azotado por la necesidad.

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Su sonrisa se apagó. Como si su mirada la pusiera nerviosa y desvió sus ojos. Habló con
los porteros; era paciente con su inglés forzado, y sabía unas pocas palabras en nepalés.
Él no se movió, sino que llamó a uno de los carteristas que merodeaban por el andén.
Lanzándole una moneda, dijo:
—Averigua quién es y a dónde va a ir —no es que importara; tenía un trabajo que hacer.
No tenía tiempo para obsesionarse con una mujer de ojos color aguamarina.
Entonces, cuando tuvo su respuesta, maldijo con una larga letanía.
Ella iba a estar justo en la base del Monte Anaya, a menos de un brazo de distancia,
meses y meses, construyendo el hotel Jackson Sonnet.
Se había calmado a sí mismo con el conocimiento de que sería incapaz de lograr ese
desafío. En cambio, había manejado a todos a su alrededor, y si obstaculizaban, les
sonreía. Miró a Lhakpa, manteniéndose cerca mientras disponía las cargas. Miró a los
otros hombres, todos sonrientes y flirteando mientras se preparaban para la explosión.
Estaba cambiándolo todo, y si no miraba con cuidado, lo cambiaría a él, también.
Tenía que sacarla de su vida.

Capítulo 3
Karen se aseguró de que los hombres estuvieran a una distancia segura, se hubieran
puesto protección en los oídos y encendido la alarma, lo que quería decir que estaban a
punto de detonar los explosivos. . . Y empujó el desatascador. El suelo tembló debajo de
sus pies. La roca sólida se alzó, desplazó y transformó en escombros, perfectamente
ubicados como para ser retirados.
No había perdido su toque.
Quitó las protecciones de sus orejas y esperó, tensa, por el rugido que expresara que
había agitado la montaña, y que estaba tomando su venganza en una lluvia de rocas que
arrasara toda su obra—y a sus hombres, y a ella. Después de un minuto completo de
silencio, uno de los chicos alzó los pulgares.
Aclamaron débilmente. Lhakpa y Dawa se dirigieron a sus retroexcavadoras. Los viejos
motores rugieron a la vida. Ngi´ma reunió a su equipo de hombres y yacs y fue entrando.
Ella trepó el sendero para tomar un desayuno rápido antes de bajar al solar para poner
manos a la obra y demostrar el por qué era quien estaba a cargo. Estaba cerca de la cima
cuando captó esa sensación, ese sentido espinoso de ser observada. Lo había tenido
frecuentemente últimamente, y se volvió y echó un vistazo a las alturas — y allí estaba
Philippos Chronies descendiendo por el sendero del sur, su cabeza calva brillando al sol.

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Phil era griego—canadiense, bajo, amplio en el medio, con un cuerpo que iba
angostándose desde su ancha cabeza a sus diminutos pies. No había trabajado antes con
él, pero no había tardado más de unos días en ser capaz de juzgar su carácter.
Se habían conocido en el aeropuerto en Katmandú, cogido el tren hacia el lugar de
trabajo, y dentro de la primera había tratado de tener una relación con ella. Cuando
había apuntado a su anillo de boda, se había encogido de hombros y dicho que su esposa
conocía su lugar.
Karen le anunció que ella no, y lo interrogó sobre su experiencia laboral.
Las cosas habían ido cuesta abajo desde allí.
Ahora plantó sus botas sobre el suelo rocoso y esperó. Cuando la descubrió, le hizo
gestos de que se acercase y presentara su informe. Girándose, terminó su caminata hasta
la zona plana donde había hecho levantar su carpa.
Un fuego diminuto de bosta de yac deshidratada se quemaba en un hoyo cavado en el
suelo. La espiral de humo se elevaba hacia el cielo azul brillante.
Mingma le pasó una taza de té dulce y caliente, con mucha leche.
—Gracias.
Karen envolvió sus manos alrededor de la taza y bebió a sorbos, tratando de calentar
la frialdad en su estómago.
—Come.
Mingma le indicó el pequeño tazón de papas, carne y verduras, mezclado con especias y
pintado de verde con. . . algo.
A Karen no le importaba qué era ese algo. Durante el curso de su trabajo, había comido
carne estropeada, queso rancio, y preparado insectos astutamente. Era delgada,
musculosa, sabía cómo sobrevivir bajo las condiciones más ásperas. Podía cuidarse, pero
no tenía que hacerlo—tenía a Mingma.
Sentándose sobre un taburete del campamento, comió con una cuchara hecha de
cuerno de yac. Había empaquetado su propio equipo, pero la noche en que había llegado
estalló una extraña tormenta, llevándose una caja entera de provisiones desfiladero
abajo, esparciéndolas en grietas y en el torrente violento que se formó en un instante y
desapareció a la tarde siguiente. Desde entonces, Karen había descubierto que las
tormentas extrañas eran la norma aquí. Las lluvias torrenciales extrañas, las tormentas
de nieve extrañas, las extrañas tormentas de viento se formaban en la cima de la
montaña y se extendían como una mano enorme sacudiendo de la misma manera que a un
jején en su monumental costado.
No sería golpeada. No podía.

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No prestó atención cuando Phil se presentó. Mientras se movía, terminó de comer, y
solamente cuando dejó su cuchara se dirigió a él.
—Phil, dame una buena razón por la que no debo despedirte ahora mismo.
—Tengo una. Estaba enfermo anoche, pero he venido a trabajar de todos modos…
—¿Anoche? ¿Estabas enfermo? —lo miró directo a los ojos ¿Y por eso estabas fuera
visitando a tu novia?
Lanzó una mirada resentida a Mingma.
—Sí, yo no… quiero decir, estaba buscando a alguien para que me ayudara a
recuperarme y así poder venir hoy a trabajar.
Usó un blanco pañuelo húmedo para dar toquecitos al sudor que goteaba de su frente
ancha.
—Un solo chance más, Phil. Un chance, o tú estarás pateando mierda camino abajo.
Karen giró la cabeza hacia el solar.
—Ve a trabajar ahora.
No lo observó partir, pero podía escucharlo chillar órdenes mientras bajaba la
pendiente.
Poniéndose de pie, se detuvo en el borde y miró al solar. Los trabajadores se
aglomeraban de la misma manera que hormigas, cambiando de lugar las rocas liberadas
por la explosión. Las retroexcavadoras cambiaban de lugar las piedras más grandes,
mientras que los inmensos yacs blancos y negros se movían pesadamente tras sus
adiestradores, arrastrando los escombros en una pila.
Cuando había sido una niña pequeña en su dormitorio en Montana, había soñando con
princesas y vivieron—felices—para siempre, ésta no era la vida que había previsto.
Mingma se reunió con ella sobre el borde, y las dos mujeres permanecieron de pie en
silencio.
Finalmente Karen preguntó:
—¿Cómo está Sonam?
Uno de sus trabajadores había estado cambiando de lugar una piedra con su yac
cuando una roca inmensa había caído por la pendiente, golpeado su hombro, y luego
rebotado y golpeado a su yac. La clavícula de Sonam estaba fracturada, su yac estaba
muerto, y estaba aterrorizado.
—Sus huesos se están curando.
Mingma dio pitadas a su cigarro, y el humo bajó de entre sus labios.
—Pero no volverá al trabajo. Intenta construir en el corazón del mal.
Karen había escuchado eso muchísimas veces desde que había llegado.

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El corazón del mal.
Todos parecían saber qué encarnaba. Todos excepto ella, y no quería saberlo.
Permaneciendo ignorante, esperaba vencer al monte Anaya.
Ahora, conducida por el mismo impulso desafiante que la hizo enfrentar cada desafío
que la vida y su padre le lanzaron, levantó sus brazos a la montaña.
—¡No vas a echarme de aquí tan fácilmente!
Mingma lanzó el cigarro al suelo.
—¡No lo haga señorita! No enfade a Anaya. Ya estamos en peligro mortal.
Un viento frío viajó rápido por la ladera.
Karen se tambaleó de atrás para adelante, aterrorizada por la réplica ominosa.
—¿Qué hace que este lugar sea diabólico? Es más que sólo el monte Anaya. Es todo
este lugar, con Nepal a un lado, el Tíbet al otro…
—Ésa es la verdad, señorita.
Mingma encendió otro de los delgados cigarros que fumaba.
—Y Warlord es muy fuerte.
—Los caudillos ya no existen. No en el mundo civilizado. Pero especialmente aquí. . .
Las drogas fluían en esta área. Esclavos, también—esclavos machos para trabajar en
las profundas minas siberianas, esclavos de sexo femenino para servir a sus amos. Aunque
los gobiernos protegían los caminos de montaña, a veces una incursión caía sobre un grupo
particularmente rico. Y desde el otro lado de la frontera en el Tíbet, los rumores
flotaban por el aire sobre las luchas entre los soldados chinos que controlaban el área e
insurgentes.
—Todos queremos dinero.
Mingma miró la montaña y arrojó una apacible bocanada de humo en su dirección.
—No usted.
Karen le sonrío.
Mingma la miró seriamente y repitió:
—El dinero es el mal, pero todos lo queremos. Por eso es que el Monte Anaya atrae a
las malas personas como si fuera un imán.
—¿Por qué? No tiene sentido.
—Pero, sí, señorita, lo tiene. Hace mil años un pueblo habitó la ladera de la montaña.
Mingma hizo un gesto hacia el valle.
—Vivieron al sol, cultivando la tierra, arreando a sus yacs —su voz fuerte bajó al nivel
de un susurro—. Entonces El Malvado llegó.
—¿El Malvado?

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—El mal que camina como un hombre. Uno a uno corrompió a los lugareños, prometiendo
poder y gloria si protegerían sus tesoros. Trataron de obtener todo lo que prometió, y
aún más y por lo tanto aceptaron sacrificar su corazón.
—Su. . . ¿Corazón? ¿Tenían solamente uno?
Karen no estaba bromeando.
Pero Mingma frunció el ceño, su curtido rostro arrugado por la larga exposición al sol.
—Es una leyenda.
—Sí, pero de algún modo debe ser verdad.
La mirada de Karen se extendió por el solar. Allí incluso la luz del sol estaba matizada
del gris.
—Escuche.
Mingma presionó una mano sobre su pecho.
—Hicieron su cruel sacrificio, y cuando su corazón había cesado de latir, se dieron
cuenta de cómo El Malvado los había engañado, porque tenían todo el poder que pidieron,
pero sin un corazón ya no eran más seres vivientes. Se convirtieron en uno con la montaña,
corrompiendo el cielo que perfora, la carne de la tierra alrededor de ella, las piedras que
son sus huesos. Desde ese día la montaña ha sido cruel, destruyendo a todos los que
luchan por vivir en su sombra, todos los que tratan de dominar sus alturas. La montaña
guarda los tesoros, enterrados en lo profundo de la angustia y la maldad, protegiéndolos
de todos los que los buscan. Las personas del pueblo están para siempre solas, frías y
crueles, y ése es su castigo.
—Sin corazón.
Inevitablemente Karen pensaba en su padre.
—Sí, comprendo cómo puedes perder tu humanidad y convertirte en un ser sin corazón,
pero no sé si un pueblo puede hacerse uno con la montaña.
—¿No escucha por la noche los sollozos de las madres que han perdido a sus hijos? ¿No
escucha a los maridos llorar a sus esposas? —la voz de Mingma bajó a un susurro otra
vez— ¿No escucha los gemidos de los bebés perdidos, para siempre malditos?
Si solo Karen pudiera bromear sobre la pintoresca superstición de Mingma, pero en la
noche los había escuchado—y luego en su sueño caía. Caía siempre en la nada.
—Desearía no haber venido aquí nunca.
Se paseó de un lado a otro.
Mingma se reunió con ella, haciendo un recorrido entre la cornisa y el fuego antes de
ponerse en cuclillas al lado del hoyo.

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—No tenía elección. Su destino fue establecido el día en que el creador pensó su
primer nombre. Nadie puede librarse de él.
—¿Mi destino? ¿Tengo un destino?
—Como todos nosotros.
Los rasgados ojos marrones de Mingma miraron y sopesaron los movimientos
impacientes de Karen.
—Claro, pero ahora el mismo me chupa un huevo.
Karen regresó hacia atrás, recogió su taza, y vertió un poco de té ella misma.
—¿Así que supongo que estamos cavando cerca del lugar dónde los lugareños
enterraron su corazón?
—El corazón del mal. La montaña lo protegerá contra las máquinas, los hombres—y
usted.
Karen se había entrenado para no sentir. Con un padre como el suyo, ser sensible era
rogar por ser lastimada. Pero ahora mismo, cuando los problemas se multiplicaban y
perdió el control aparentemente débil sobre su cordura, esto se sintió muy personal.
Levantó su mirada resentida a la montaña y se puso de pie
—Vamos a terminar con el solar, condenada, y maldigo…
Mingma se lanzó a sus pies.
—No lo haga, señorita, no maldiga, no provoque al…
Un grito inhumano rompió el aire.
Las dos mujeres se acercaron al borde mirando desde lo alto el lugar de trabajo.
Los hombres estaban corriendo, esparciéndose como roedores fuera de una trampa.
Un hombre cayó fuera de su excavadora. Gateó algunas yardas, miró detrás de él
obviamente aterrorizado, se puso desesperadamente de pie, y huyó.
Phil les estaba gritando, gesticulando desenfrenadamente, tratando de arrearlos de
regreso al trabajo.
No le prestaron atención.
Cuando Mingma miró a los hombres en pánico, su cara estaba quieta, esculpida en
piedra.
—Así es. Ha comenzado.

Capítulo 4
—Quédate aquí.
Karen empezó a descender por el sendero desigual.
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Mingma agarró su brazo y la detuvo.
—No lo haga, señorita. ¡No vaya ahí abajo!
Pero el deber llamaba, y Karen siempre respondía.
—Tengo que hacerlo.
—Escape conmigo. Si se va ahora, ¡puedo salvarla!
La desesperación colmaba los ojos de Mingma.
—Está bien. Seré rápida -Karen la sacudió.
Mingma formó un lazo con la ristra de campanas y las enredó alrededor de su propia
muñeca.
—Señorita, debo partir. ¡Por favor venga conmigo!
—Sigue, entonces. Está bien. ¡Te alcanzaré!
Karen descendió por el accidentado sendero tan rápidamente como pudo, escuchando
el repiquetear de las campanas sagradas mientras Mingma huía en dirección contraria.
Cuando alcanzaba la primera pila de escombros, Phil la alcanzó.
—Maldita mierda, es sólo una vieja tumba. Una momia, parece.
—¿Un hallazgo arqueológico?
El corazón de Karen se hundió.
Un hallazgo arqueológico era la ruina de la construcción comercial. Quería decir que el
trabajo tenía que detenerse mientras llamaban a las autoridades para determinar su
importancia y excavar los restos.
—Si no se lo decimos a nadie, podemos deshacernos del cuerpo y continuar la
construcción…
Le lanzó una mirada hiriente a Phil.
—Como si nadie fuera a escuchar a esos hombres que gritan escupiendo espuma.
—Puedo hacer que se callen la boca —dijo malhumoradamente.
—¿Pero puedes hacerlos regresar al trabajo?
Caminó hacia la retroexcavadora que todavía se estaba moviendo y la apagó. La
situación era obvia ahora. El operador había quitado una de las inmensas rocas fuera del
camino, y ahí, acomodado en un hueco, se encontraba un manojo envuelto en tela.
El cráneo era evidentemente visible, y eso debió ser lo que despertó el pánico.
—Apaga el resto de las máquinas —le dijo a Phil—. No podemos malgastar el gas. Es
demasiado arduo de encontrar y tremendamente costoso.
Cuando Phil obedeció, se acercó y se arrodilló al lado del cuerpo.
Era el cadáver de un niño, tal vez cinco de años, sentado y descansando de lado en un
hueco en la piedra, con su mano apoyada bajo su mejilla como si estuviera dormido. El aire

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de montaña seco y frío por altura había secado su piel, estirándola sobre los huesos,
manteniendo los rasgos visibles.
Había sido una niña bonita. Su fina ropa tejida todavía estaba intacta, con solamente
algunos agujeros y los bordes un poco deshilachados, y Karen podía ver los colores
descoloridos que decoraban su bata. Un collar de oro martillado colgado alrededor de su
cuello y aros de oro perforaban sus orejas, y un brazalete envolviendo su. . . Su angosta
muñeca. Otro paño estaba tendido bajo el cuerpo y lo protegía de la piedra fría.
Una niña amada. Una niña importante. Una niña enterrada con amor y cuidado-y
sacrificada brutalmente.
Porque entre los mechones castaño claro que todavía se agarraban a su cabeza, un
agujero perforaba el cráneo de niño limpiamente.
—Ah.
Los ojos de Karen se llenado de lágrimas.
—Pobre cosita.
Sabía que no debía tocarla-cuando los arqueólogos llegaran, la regañarían con todas sus
fuerzas. Pero algo sobre la niña le llamaba. Algo sobre ese homicidio sucedido hacia tan
largo tiempo le rompía el corazón.
Extendiendo una mano temblorosa, la colocó suavemente sobre la cabeza de la niña-y la
niña abrió sus ojos.
Eran de color aguamarina, del mismo color que los de Karen-como los de Karen-y la niña
la miró. Karen vio la profusión de la pena que llenaba esos ojos antes de que se cerraran
otra vez -y el cuerpo se desintegrara bajo su taco.
Karen se arrodilló, congelada, descreyendo, sabiendo lo que había visto y reconociendo
que era imposible.
Echó un vistazo alrededor de ella desenfrenadamente, queriendo a alguien cerca, otro
ser humano vivo, pero solamente estaba Phil, sentando en el asiento de la excavadora,
maldiciendo al motor mientras pataleaba y gemía allí.
Miró la ropa encogida, el oro que brillaba en el polvo de lo que había sido el cuerpo.
Y en el sitio donde la cabeza había descansado, donde los huesos de la cabeza de la
niña lo habían sujetado, había un azulejo blanco cuadrado se una pulgada de espesor.
Cuidadosamente Karen lo levantó de entre los restos. Lo limpió gentilmente con la mano, y
le miró fijamente.
Era un icono, una pintura estilizada de la Virgen María del tipo que había colgado en
residencias rusas durante más de mil años. Su túnica rojo cereza y el halo brillante
hacían del icono una obra preciosa, así como los ojos grandes, oscuros y tristes de María,

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mirando directamente a Karen, y la pálida lágrima solitaria que descendía por su mejilla
respondiendo a la que descendía de los ojos de Karen. Ésta era la María del sacrificio, la
madre que había dado a su hijo para salvar al mundo.
La mirada de Karen se dirigió al polvo de la niña masacrada obedeciendo el mandato del
diablo.
¿Su madre había llorado cuando impulsaron el pico a través de su cráneo?
El pueblo había sacrificado su corazón. . .
A gran altura encima de ella, la montaña gimió, y otra vez Karen habría jurado que
alguien-o quizás algo-la miraba.
Miró a Anaya.
El pico se levantaba hacia el cielo, y parecía haber crecido, hinchándose desde el
interior, como si los fuegos del infierno lo presionaran hacia arriba.
Miró-y lo vio.
Un hombre extraño, vestido todo de negro, sereno sobre el borde del despeñadero que
miraba hacia el lugar de construcción. Estaba de pie perfectamente quieto, una estatua
viviente solo traicionada por su larga cabellera negra y barba movidas por el viento.
Él la miró.
Ella la miró.
Ninguno se movió.
¿Quién era este hombre que la miraba con tal ferocidad?
Entonces la voz de Phil, directamente tras ella, la hizo saltar.
—Hey, ¿quién es ése? —su mano se acercó por sobre su hombro.
Ella apretó el icono contra su pecho. Pero él arrancó el collar de oro fuera del polvo de
una antigua tragedia.
—¡A la mierda!, ¿piensas que esto es digno de ella?
—¡No lo hagas!
Envolvió su mano alrededor de su muñeca.
—¿Por qué no?
—Los arqueólogos estarán furiosos por que la tocaste
—No es como si tú hubieras esperado.
Sus dedos se movieron sobre el icono que sujetaba.
—¡No era como eso!
—Sí, claro.
Sonrió abiertamente, era todo dientes blancos en una cara redonda y rosada.
—Fuiste lo suficientemente rápida para agarrar lo que querías.

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Era total y completamente odioso, un gusano avaro de hombre. . . Esa clase de tipo a
quien la montaña malvada atraía.
Tal vez estaba en casa aquí, pero ella no. Había visto que los ojos de esa niña se abrían.
Sabía ahora que las viejas leyendas eran verdaderas. Y con todo lo que se había
entrenado ella misma para ser dura y fuerte, no era lo suficientemente buena para
desafiar al diablo.
—Voy a sacarla de aquí—susurró.
La tierra tembló, sonando de la misma manera que fríos huesos viejos, debajo de sus
rodillas y pies.
Despacio se puso de pie.
¿Sismo?
No, pero a gran altura por encima de ellos se escuchó a la montaña retumbar y tronar
peligrosamente.
—Phil, ¿escuchaste eso?
—Sí. ¿Seguro? Hace eso constantemente.
Él plantó sus rodillas en el polvo del sacrificio.
—¿Qué pasó con el cuerpo? ¿El aire lo hizo desintegrarse? Me pregunto qué habrá
escondido en la ropa.
Sacrilegio. ¡Sacrilegio!
—Phil, ¡no lo hagas!
Otro retumbar agitó el aire, y un chasquido inmenso sonó mientras los huesos de la
montaña se rompían.
—Phil, vamos. Es peligroso aquí.
—En un minuto.
El impulso de detenerlo luchó con la necesidad de escapar. Estaba preparada sobre los
dedos de sus pies, lista para correr.
—¡La montaña está derrumbándose!
—¡Mira el oro que enterraron con este niño!
Él se puso a excavar entre los restos.
Tiró de su hombro.
—¡Tenemos que correr!
La empujó, sus labios retirados hacia atrás, sus dientes que brillaban de saliva.
—Corre, entonces. ¡Esto es mío!
Asustado por el demonio de la codicia que veía en sus ojos bordeados de rojo, saltó
hacia atrás. Echó un vistazo hacia arriba. Vio el polvo de la enorme caída de rocas vibrar

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hacia ella. Escuchaba el sonido de las toneladas de piedra descendiendo por la montaña.
Se dio cuenta de que el monte Anaya había decidido aplastarlos a ellos y su audacia.
Corrió.
Corrió tan duro y tan rápido como pudo fuera de ese lugar. Del corazón del mal.
El suelo vibró. El ruido se había convertido en una cacofonía de piedras haciéndose
añicos y un rugido que sonaba. . . de la misma manera que un motor.
Una motocicleta grande y negra se plantó frente a ella. Se detuvo. El extraño, el
hombre que la había mirado desde arriba estaba sentado sobre el asiento, sus ojos
encendidos por la urgencia. La tomó de la cintura, jaladola al asiento tras él.
Se aferró a él.
Él golpeó el acelerador.
Se precipitaron al otro lado del solar, la moto atravesó grietas y rocas. El neumático
delantero bailaba a un compás disparatado. No podía controlar la máquina. Iba a matarlos.
Pero se paró sobre los pedales. Patinó, se inclinó, lo evitó.
Quería gritar de miedo. Y tal vez lo hizo. Entonces una mirada tras ellos la hizo
inclinarse hacia adelante, exhortándolo a ir más rápido.
La avalancha de rocas los perseguía, alimentada por la rabia de la gravedad y la
montaña. Las rocas tan grandes como casas se cerraban de golpe detrás de ellos como las
huellas de un gigante, cada vez acercándose más. . . y más. Anaya gimió con el esfuerzo. El
polvo se levantó, oscureciendo el cielo, el solar. . . Phil.
Phil había desaparecido, aplastado en algún sitio dentro de la gigantesca pila de roca.
El Monte Anaya había protegido el corazón del mal otra vez.
Girando su cabeza, presionó su cara en la chaqueta de cuero.
Olía a agua fría, aire fresco, y desenfreno.
Empezó.
Conocía ese olor. Había soñado con él todas las noches.
Este era su amante-no un sueño, como esperaba; no la locura, como temía; pero un
hombre de audacia y coraje.
Por supuesto. ¿Quién otro desafiaría la muerte para rescatarla?
Desesperadamente, se aferró a él mientras el Monte Anaya contribuía con sus
esfuerzos finales en su destrucción, haciendo rebotar rocas como inmensas pelotas de
goma. Las piedras chocaron, haciéndose añicos en cascos gigantescos, afilados y malvados.
Astillas de roca la golpearon. Millones de toneladas de granito arrasaron las viejas sendas,
las plantas sitiadas, y todas las pruebas del pasado.
La motocicleta alcanzó el lugar más lejano del valle.

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La nube de polvo los envolvía.
El suelo ascendió.
Cada colisión de roca contra la tierra hacía cascabelear la moto y la dejaba sin asidero.
El Monte Anaya iba a ganar. La muerte los tenía en su apretón mientras la motocicleta
se rompía sobre la cima del promontorio y volaba por el aire-hacia la nada.

Capítulo 5
Karen gritó en serio
Su amante rugió en desafío.
La moto aterrizó duramente en un montón de escombros. La rueda trasera patino. Él
ajusto. Acelero. Y se alejaron de la montaña, dejando atrás las murmuraciones y el
retumbar de una asesina frustración.
El áspero camino los llevó lejos de Monte Anaya. Descendieron convenientemente y
arrancaron, mientras zigzagueaban a través de curvas y arroyos diminutos. Entonces un
ocasional árbol creció, excavando sus raíces en el fino suelo. La esperanza tan
conspicuamente ausente del Monte Anaya existió y se intensificó con cada milla que ellos
conducían.
Aunque la altura seguía siendo elevada y el aire fino, el terreno había cambiado. Las
primeras flores diminutas y penachos de hierba ablandaban la pedregosa austeridad.
Finalmente el amante de Karen giró la moto directamente por encima de una colina,
cerrando de golpe abajo sobre el acelerador, y condujo como un demonio a la cima,
alrededor de una curva… y se detuvo en un prado estrecho oculto directamente por las
montañas.
Él apago el motor.
El silencio repentino era espantoso.
Los oídos de Karen todavía sonaban del alboroto que acompañó el derrumbamiento, del
rugido de la moto, y ahora ella pudo oír la corriente de un arroyo, un pájaro cantando…
sonidos tan normales y dulces, quiso llorar de alegría.
La montaña no los había matado. Ésta había hecho todo lo posible, pero ella estaba viva.
Ellos estaban vivos.
Se deslizó del asiento. Su trasero todavía vibraba de su salvaje paseo. Sus rodillas
temblaron alarmantemente.
Ella casi había muerto.

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Se hundió en la tierra. El olor de hierba aplastada llenó su cabeza, y durante un breve
momento se inclinó y beso la tierra. Sonriendo, ella lo miro.
—Gracias —dijo—. Gracias.
Él no la miró. Se sentó completamente inmóvil, casi como si nunca se hubieran
encontrado.
Y en verdad, ellos no habían. Las noches de ansiedad, la necesidad de sexo apenas
podía contar como una introducción.
Aun incluso la vista de su tiesa figura podía detener el lento avance de su exuberancia.
Un pensamiento la poseyó.
Estaba viva.
Se puso de pie, dio tres pasos, y giro en un círculo como la demente Julie Andrews. Si
pudiera llevar una melodía—que ella no podría—habría irrumpido en un coro conmovedor
de “The Sound of Music”.
Se sentía como si hubiera encontrado el Shangri—la. Aquí en el prado, la luz del sol era
clara y pura. Corrió hacía el pequeño arroyo. La caída en forma de cascada en una piscina
revestida con piedras lisas, entonces derramadas sobre la cama del arroyo. El agua brilló
cuando cruzó las piedras, y ella se arrodilló a su lado. Cuando salpicó el agua sobre su cara,
estaba tan fría que la hizo apretar los dientes. Estaba haciendo el ridículo, pero no le
preocupó.
Estaban vivos.
Se rió cuando comprendió que el polvo cernido desde el cielo en realidad procedía de
su cabello—la tierra del deslizamiento había caído sobre ella con arena. Se despojo de su
abrigo, lo sacudió, y lo abandonó a un lado. Con amabas manos lavó su cabeza, y una
puñalada de dolor la estremeció. Cuidadosamente exploró, algo, una astilla de la roca,
había un pequeño corte en rodajas en su cuero cabelludo, detrás de su oreja. El lugar se
sentía pegajoso, y cuando estiro la mano sus dedos se tiñeron con el carmín de la sangre
seca.
Aunque sería un pequeño precio a pagar por estar vivo.
Ella cerró sus ojos, dobló la cabeza, y le agradeció a Dios, entonces se puso de pie,
preparada para hacer frente a lo que podría suceder después.
Cuando se giró, él estaba allí.
No debería haber estado sorprendida. Él siempre se movía con deliberada cautela.
Pero esa vez ella brinco de horror.
Él era de seis pies, de amplio hombros y cadera estrecha. El mismo polvo que la cubría
lo envolvía por completo, sobre su pelo oscuro, largo y liso, sobre su negra e indomable

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barba y bigote. Bajo la suciedad que rayaba su cara su piel estaba tostada por el sol.
Aunque su estructura ósea fuera vagamente exótica, tal vez Europea, este hombre era
Caucásico.
Y sus ojos… sus ojos eran negros. No el azul de la media noche, no el castaño sable, no
el gris del carbón de leña. Negros. Tan negros que al mirarlos parecían como si se
hubieran tragado el iris. Negro, opaco y brillante, como obsidianas, el cristal negro
formado en los fuegos de un volcán.
Ella intento retroceder.
Él agarró el frente de su camiseta en sus puños y dio un tirón acercándola.
¿Drogas? Sí. Solo drogas podrían causar que sus ojos parecieran como… eso.
Drogas… o ella realmente se había muerto en el derrumbamiento, y éste era el infierno,
y él era el diablo.
Aunque aquí todo parecía tan real.
Él parecía real.
Ellos estaban cerca, casi tocándose. Él se inclino hacia ella, su respiración tocando su
rostro. Y cuando ella miró fijamente en esos ojos, entró en un alma tan oscura y
atormentada que nada podría aliviar su dolor. Excepto quizás…
—¿Qué piensas que estabas haciendo? —la vos de su amante de media noche, sí, pero
baja, furiosa, intensa—. ¿Permanecer allí mientras la montaña se prepara para matar?
¿No sabes la reputación de Anaya? ¿Mingma no dijo que la montaña podría destruirte por
tratar de conquistarla? Ninguna persona que haya subido, construido en ella y estudiado
ha vuelto entera y sin cambios ¿No sabes el olor del mal cuando este llena los pulmones?
Lo huelo ahora.
Pero estaba demasiado atemorizada—también era inteligente—para decir eso.
—Deberías haberme abandonado.
—Sí, debería. Pero no podía ver tu muerte —él respiro con fuerza, su pecho subiendo y
bajando como un hombre en agonía—. No tú. Nunca tú.
Él podía parecer el diablo, pero sonaba como su protector. Y la besó con toda la
desesperación de un animal enjaulado, soltando su pasión como una avalancha sobre ella.
Sí. Este era su amante. Ella reconoció su sabor.
Pero ellos nunca se habían besado así. Él la arrastró en su abrazo, la sostuvo
furiosamente. Lo que había pasado previamente entre ellos podría haber sido un juego
apasionado comparado a su necesidad actual. Él la consumía, mientras tragaba su
respiración, su voluntad.

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Él la quemó con su fiebre, y detrás de sus ojos cerrados ella vio las erupciones de
carmesí y oro, las señales luminosas de angustia descargada. Desequilibrada, se asió a él,
el arroyo balbuceaba detrás de ella, su locura llamándola en… y ella le devolvió el beso.
Porque estaban vivos.
Ella nunca había estado tan viva.
Este hombre, que había mostrado su placer por encima de todos, la había salvado de la
muerte, le había traído aquí a este lugar perfecto, y ahora él la quería.
La quería a ella.
Bienvenidos al infierno.

Capítulo 6
Karen se olvidó de su extraño amante, oscuro, ojos brillantes y recordó sólo su
habilidad. Levantando sus piernas, deslizó una alrededor de su cadera.
Él agarró su trasero, girando alrededor, y sin moverse un paso, la dejo sobre el césped.
Sus manos volaron, mientras bajaba la cremallera, bajando sus pantalones y bragas por
debajo de sus rodillas. Gruñó con frustración cuando sus botas lo detuvieron
abruptamente. Removió una fácilmente, pero los cordones de la segunda estaban
anudados, y en la profundidad de sus ojos negros ella vio una llamarada de rojo. Rojo
como el fuego. Rojo como las llamas del infierno.
Con una sacudida, volvió a la realidad.
Ella trató de sentarse.
—¡No! —en un movimiento eficiente, él le quito el pantalón de su desnudo pie.
El terreno, con hierba exuberante, fue sorprendentemente fresco.
Él extendió sus piernas—y se detuvo. Y miro. Miro como si nunca antes hubiera visto a
una mujer.
Ciertamente, nunca se había revelado a sí misma de manera audaz. Ella trató de
utilizar sus manos como protección, pero él las capturo.
—No —dijo de nuevo.
Tomo ambas muñecas con una sola mano y uso la otra para abrirla a la luz y al aire. Sus
dedos bajaron al su centro, una rápida y ligera caricia que trajo una máxima alerta a cada
nervio femenino.
—Yo nunca había visto algo tan hermoso —susurró él. Arremolinó la punta de un dedo
dentro de ella—, suave y rosada, inflamándose cuando lo toco…
Involuntariamente ella se apretó, sosteniéndolo allí.

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Él cerró sus ojos, su cara un estudio de agonía del deseo.
Entonces él vino, con urgencia. Abrió la cremallera y se despojó de sus pantalones
vaqueros hasta sus rodillas.
Brevemente ella vio su erección, sólida, ancha, exigente.
Él la abrió, colocándose sobre ella y empujo dentro.
—¡No! —intentó incorporarse.
¿Por qué?, ella no quiso saber—ella necesitaba de él tanto como él necesitaba de ella
pero esto... esto era demasiado, demasiado pronto, no el tenido glorioso amor, sino una
afirmación frenética de vida.
Ella quiso detenerse. Necesitó llegar.
Él ahuecó sus muslos, usó las curvas de sus brazos para extenderlos más, los elevó, y
empujó de nuevo.
—¡Maldito¡ —estaba desvalida contra su fuerza, desvalida para detener la llama que
entró en su torrente sanguíneo y corrió a través de sus venas.
Se agarró a sus brazos, clavando las uñas en su chaqueta de cuero, y usó ese echo para
alzarse una y otra vez a si misma, pequeños movimientos que chocaban con su necesidad y
la alimentaban.
Como si ella hubiera hablado, él dijo,
—¡Esta bien! —y rodó, trayéndola sobre él.
Su pelo negro se extendió sobre el césped verde. Su rostro bajo la barba era duro, y
sus ojos eran estrechas aberturas de demanda.
Él soltó su agarre.
—¡Corre, entonces!
Él era un hombre de huesos grandes. No podría montarlo y tener sus rodillas sobre la
tierra. Así que, con sus manos en su desnudo vientre, ella se empujó, puso sus pies debajo
de si, y montó.
Era decadente.
Estaba delicioso.
Ella le sirvió a él.
Ella se sirvió a si misma.
Escuchó sus gemidos y le hizo sufrir. Sondeó para sus propios placeres y repitió los
movimientos que trabajaron para ella.
El sol pego sobre sus hombros. La brisa acarició sus pezones.
Bajo ella él se retorció. Dentro la estiró hasta el límite.

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Era un animal hermoso, con sus largos y fuertes músculos, estrechos en sus grandes
manos.
Y algo de él corrió bajo su piel, en su sangre, mientras al mismo tiempo él respiraba
profundamente, como si su ser alimentara su corazón, su alma.
Sus muslos ardieron con el ejercicio cuando subió y bajó, subió y bajó. Ella jadeó
fuertemente, luchando por atraer bastante del efímero aire fresco para sostener esta
carrera hasta el final. Se movió más rápido y rápido, arrastrándolos hacia la realización.
El orgasmo tomó el mando de ella, un breve y glorioso clímax que golpeo y se extendió a
sus sentidos para incluir el mundo entero, y que redujo su atención a él—y a ella. Pensó
que él era hermoso cuando se puso debajo de ella, feroz, indisciplinado, salvaje, con
pasión.
Terminaron demasiado pronto. Alzo los brazos en un exceso de júbilo, se reía en voz
alta. Ella nunca había estado tan viva y feliz. Había escapado del monte Anaya. Ellos
habían escapado de la muerte.
Se derrumbó sobre él, jadeante, exultante.
Él envolvió sus brazos alrededor de su espalda y rodó una vez más.
Estaba bajo él, con el calor de su cuerpo entre las piernas, la tierra fresca debajo, y
alrededor de su cabeza pequeñas flores blancas floreciendo.
La miraba como desconcertado.
Ella miró fijamente por detrás, sonriendo, recuperándose de su locura.
Despacio su oscura mirada la devolvió a la normalidad, después a la cautela.
Había tenido sexo con este hombre, él la sostuvo en sus brazos mientras dormía a su
lado, confió en él para salvar su vida. Pero aún no sabía nada de él, y sus ojos… sus ojos la
enfriaron con el mismo sentido de desastre inminente que había experimentado en las
laderas del Monte Anaya.
Con los dedos de la mano él empujo sus cabellos fuera de su rostro.
—Tú no debías haber hecho eso.
—¿Qué? ¿Qué quieres decir? ¿Yo no debía tener sexo contigo? —dijo ella con tono
amargo—, no sabía que tenía opción.
—No deberías haberme hecho eso. No te debería haber gustado. Sobre todo no
deberías haberte reído.
Lo miró fijamente.
Parecía tan severo, como un ministro evangelista predicando el Antiguo Testamento.
Ella se esforzó por un divino significado.
—No estaba riéndome de ti, si eso es lo que piensas. Estaba riéndome…

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—De alegría. Lo entiendo.
La observó tan estrechamente, que se sentía como si su mirada restregara su rostro,
revelando más de lo que ella quería que él supiera, y la hizo consciente de su peso
presionándola sobre la hierba, sus piernas extendidas, su peligrosa vulnerabilidad. Se
removió incómodamente.
De nuevo él le acarició el cabello.
—Algún día me gustaría poder reír de nuevo.
—No me río así muy a menudo —ella no hacía nada de esto muy a menudo.
—Sin embargo —con claro signo de renuencia él se apartó de ella. Se puso de pie y se
desnudó, una eliminación rápida, eficiente de ropa y botas.
Él arrojó todo sobre el suelo, después se situó sobre ella, mirando hacia ella, sus puños
apretados y sin desgarrar.
Sospechar que él levantaba pesas era absurdo, más bien era que llevaba una vida al
borde de la civilización, donde solo Dios sabía lo que hacía para vivir, aún así era alto y
delgado, un listo depredador con la fuerza envuelta en los músculos de sus brazos, en el
volumen de sus hombros, el poder rasgando de su vientre. Su miembro y bolas colgando
entre sus piernas, y auque estaba débil, ella sabía muy bien el tamaño y el poder que
ejercía allí.
Manchas irregulares de negro carbón grabadas en su pecho y brazo. Las marcas
parecían formar rayos, pero fueron encogidos, jalandas en los borde de la piel, comiendo
su carne. No podía ignorarlas, y la compasión le hizo preguntar,
—¿Qué te paso?
Inclinado hacia abajo, capturo sus muñecas y la puso de pie.
—No es nada.
—¿Nada? —tocó una ligeramente—. Parece una quemadura, pero hay una forma… ¿no
hay…?
—Es una marca de nacimiento.
—¿Es doloroso?
—No —se apartó de ella.
Independientemente de lo que las marcas fueran, él era sensible sobre ellas. Y la
manera en que la miró, como un hombre que había llegado a una decisión, la hizo pensar.
No quería pensar.
Pero ella era, sobre todo, una mujer de sentido común, una mujer que era fuerte por
necesidad, una adicta al trabajo que pasaba su vida de completar un trabajo a otro. Hasta
que este hombre había visitado su tienda, ella no se había molestado en tener amantes

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por años. Un amante eran muchos problemas. Un amante siempre requería atención, y ella
no tenia tiempo que perder.
Ahora se sentía como si hubiera renacido para este mundo; muy abierto, muy crudo,
muy nuevo.
¿Ella estaba como un niño que experimentaba nuevas emociones—o eran viejas
emociones conseguidas gratuitamente?
No sabía.
Pero sabía que su falta de disciplina podría tener consecuencias.
Sus pantalones colgaban alrededor de una pierna. Su camiseta se torcía alrededor de
su cintura. Estaba de pie al lado de una bota. Había tenido sexo sin protección, sexo—oh,
Dios, ¿en qué había estado pensando? —y su corrida mojaba sus muslos.
Nunca había hecho algo tan escandaloso en su vida.
Los rayos de sol se vertieron sobre ellos. Podía ver todo de él con demasiada claridad,
y las preguntas zumbaron a través de su mente.
¿Qué ahora?
¿Qué si estoy embarazada?
¿Quién era él?
Y, Este hombre es un salvaje.
Ella sabía qué en sus huesos. Que había sido, después de todo, ¿por qué lo recibió en su
cama por la noche?
Agarrando la cintura de sus pantalones, los arrastro a lo largo de sus piernas en lo que
esperaba pareciera un intento casual de vestirse.
—Yo sé que ya has hecho mucho, pero si puedes llevarme al teléfono más cercano.
Tengo que llamar a mi padre, decirle lo que pasó. De Phil se a de notificar a sus parientes
más cercanos. Hacer arreglos para pagar el alquiler del equipo que hemos perdido —
preocupaciones y responsabilidades retornaron en tromba a su mente—. ¿Piensas que
Mingma escapo? ¿Mi cocinero e intérprete? Ella dijo que iba a correr. Escapo, ¿ella no lo
hizo?
—Mingma está bien —dijo él sin expresión alguna en su rostro o voz.
—¿Realmente? —ella hizo una mueca de dolor por su tono—. ¿Cómo lo sabes?
—Mingma es lo bastante inteligente como para reconocer el peligro cuando lo ve. Qué
aparentemente es más de lo que tú puedes hacer —se arrodillo ante Karen, desató su
bota, y la arrastró a él y sus pantalones.
Karen no sabe si se refería al peligro de Monte Anaya o el peligro que representaba.
Ella se echo hacia atrás.

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—Mira, no sé lo que piensas que estás haciendo… —realmente, estaba bastante segura
de lo que él pensaba que estaba haciendo, pero la cautela había nacido en su fea cabeza.
—Vamos a tomar una ducha —él dio tironeo su cabeza hacia la clara y fría cascada.
—No. Espera. Yo lavé mi cara en esa agua. Por no mencionar que yo subí en Montana a
las Rocas del Glaciar del Parque Nacional. Cuando era una niña estaba de rodilla en un
riachuelo justo como allí, construyendo un dique fuera de rocas. Así que sé sobre lo que
estoy hablando cuando digo que no voy a usar ese arroyo para un baño —retrocedió.
—¿De qué otra manera te propones asearte? —él sonaba prosaico, no peligroso, como
un tipo que habría encontrado en la universidad—. Si el agua esta fría, tu puedes
acusarme de duras intenciones.
Él usó su velocidad adquirida para despojar lejos sus pantalones.
Monte Anaya había destruido sus últimos tres meses de trabajo. Había perdido a un
hombre en el sitio. Había vislumbrado finalmente a su amante y se percató de que no
estaba loca—pero tal vez el lo estaba. No pensaba que tuviera una onza de humor negro.
Pero ahora se encontró con una mueca.
—Bueno. Es verdad —ella miró a su alrededor. Estaban en el borde de una frontera sin
ley, con el vislumbre más magro de civilización por lo menos a un día en coche. No había
nadie que los viera y, más importante, no había forma fácil de limpieza.
Miró abajo hacia sí misma. Su camiseta estaba mugrienta. Sus piernas estaban
desnudas. Ahora que él lo mencionaba, se sentía del tipo arenoso.
Una hora más no haría ninguna diferencia para el mundo exterior.
Una brisa crujiente alivió a través de los prístinos valles de montaña.
Con un grito que hizo eco en las paredes del valle, ella asió el dobladillo de su camiseta,
despojándolo por encima de su cabeza, y corrió hacia la cascada.
Detrás de ella oyó un grito similar. Corrió mas allá de ella, levanto alto sus pies
descalzos, y cayó al arroyo en segundos por delante de ella. Heladas gotas rociadas en el
aire. Él se deslizó hasta pararse, y ella se abrió camino hacía él. Él la envolvió en sus
brazos y la empujó bajo la cascada helada.
Gritó ella en severa agonía, y se rió y salpicó cuando él utilizó sus manos para lavar
todo su cuerpo. Ella frota su espalda, sensación tonta, caliente, más libre por un tonto
segundo.
Ellos no demoraron; estaba demasiado frío.
Pero se lavaron, y ella supo por qué él siempre olió tan fresco y salvaje cuando fue a su
cama.
Primero él venia aquí, a la cascada.

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Él la sacó del agua y agarro su cintura con las manos.
Ella lo miró y se rió.
Su rostro cambió sutilmente, de la diversión compartida a la rigidez, una desolación
que rompió su corazón.
Entonces él las dijo, las palabras que la llevaron del dolor a la rabia.
—Nunca te dejare ir.

Capítulo 7
Karen caminó detrás de este hombre que no conocía… este hombre que conocía tan
íntimamente.
—¿Qué quieres decir, con que nunca me dejarías ir? —relajado, seguro en su decisión,
la escrutó, sus ojos negros impenetrable—. Mira. Tú me salvaste. Estoy agradecida. Pero
eso no significa que quiera permanecer aquí. Tengo un trabajo que hacer, y me propongo
hacerlo —deliberadamente ella le dio la espalda y camino hacia la primera pieza de su
ropa, luego a otra, recogiéndolas y dándoles golpes para eliminar el polvo de ellas. Ella
estaba húmeda, fría y temblando, pero no le mentiría a él. Temblaba porque tenía miedo.
¿En qué se había metido?
Saltó cuando él dio un paso más hacia ella, silencioso como un gato, entonces lo miro
para ver que haría después. Y, porque no podría ayudarse, observó la forma en que los
largos músculos su espalda y trasero se curveaban y se contraían y estiraban bajo su
dorada piel.
Él abrió las alforjas de su motocicleta. Sacó unos vaqueros de estilo comanche y se
vistió con ello, y tiró una camiseta sobre su cabeza. Rebuscando dentro, sacó otra
camiseta y lo sacudió en su dirección.
—Está limpia. Póntela —tiró otro par de vaqueros—. Puedes enrollarlos en las piernas.
Ella se detuvo, intentando decidir, mientras que sus órdenes de comando la ofendían,
su propia ropa estaba polvorienta y sudorosa.
Recogiendo sus botas, él los tiró adelante, entonces metido la mano atrás en la funda
de su arma. Se volvió enfrentarla, una Glock semiautomática sostenida en su mano.
—Ponte mi ropa.
Su corazón se detuvo—después corrió. Él no quiso decir eso.
—Tú no me dispararás.

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—¿Porque tuvimos sexo? Yo no contaría con eso —esos extraños ojos negros la miraron,
y ella no tuvo ni una sola pista de lo que había detrás de ellos—. He tenido muchas
mujeres, y no doy ni una mierda por cualquiera de ellas.
Lo que ella creyó. Oh, Dios. Ella realmente lo creyó.
¿Debía luchar? Obtuvo cinturón negro en el jiu—jitsu; en su línea de trabajo, en los
lugares en el mundo que visitó, la autodefensa tuvo sentido. Pero su maestro era
Vietnamés, un veterano de la guerra con los americanos, y le había enseñado a evaluar una
situación. Esto parecía severo.
Esto parecía imposible.
—¿Qué vas hacer? ¿Correr desnuda a través del prado mientras yo te cazo con mi
motocicleta? —su amante montó al asiento y puso su mano en el arranque—. ¿Subir las
piedras mientras yo te uso como práctica del tiro blanco?
Un reciente recuerdo ardió a través de su mente congelada por el miedo.
La niña sacrificada para el mal y enterrada bajo las rocas con joyería de oro y un icono
santo.
Karen miró abajo a sus manos. Sostuvo su abrigo sujetándolo fuerte con los puños, y
anduvo a tientas por el bolsillo. Sintió la pieza... pequeña cuadrada… la niña le había
pasado el icono para custodiarla.
—No quiero que me uses como objetivo de práctica —Karen tenía que vivir para
proteger el icono. Entonces tendría que esperar el momento propicio y sorprender a ese
monstruo con una patada que lo dejara fuera o, aún mejor, lo matara.
—Entonces ponte la ropa —el arma permaneció estable sobre ella—. Y tu abrigo
y…botas. Deja el resto de las cosas aquí. No las necesitaras de nuevo.
Ella hizo como le dijo, vistiéndose en silencio, sabiendo que no había tenido ninguna
otra opción de rescate, aún maldiciéndose por ser tan idiota y entregarse él.
Los vaqueros estaban flojos alrededor de su trasero, y enrollo el dobladillo cuatro
veces para poder andar. Cuando se envolvió en su abrigo, deslizo la mano en el bolsillo y
desplazo los dedos a lo largo del borde del icono. El recuerdo del apacible rostro de la
Virgen le dio el coraje para preguntar,
—¿Quién eres tú?
—Warlord. Yo soy Warlord.
—¿Eres un mercenario? —¿uno de los asesinos despiadados que se alimentaban de los
vecinos y turistas?
¿Podría su situación empeorar un poco?
Podría. Él la miró directamente, sus obsidianos ojos vacíos de emoción.

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—No un mercenario. Yo soy Warlord.
Cuando el sol se puso, el hombre que se llamó Warlord condujo su moto por un camino
empinado, estrecho y recto hacia una cara escarpada de la piedra. Karen quiso esconder
sus ojos, pero en el último segundo el camino se desvió, Warlord siguió, y la motocicleta
rugió protegido por tres lados del acantilado y el cuarto por una hondonada lejos en el
espacio.
El humo de una docena de hogueras en el campamento se retorcía en el aire claro. Cien
hombres, vestidos como Warlord, con el pelo y barbas como salvaje y enredado, sentados
en cuclillas en grupos alrededor de las llamas, cocinando, charlando, jugando video juegos
sostenidos en sus manos, bebiendo y leyendo.
Cada cabeza se volvió en su dirección. El silencio cayó. Los hombres los observaron—
observandola a ella—con agudo interés. Entonces retornaron a sus comidas, sus
conversaciones.
Era como si la pareja en la motocicleta fuera invisible. Como si. . . ella fuera invisible.
Warlord condujo lentamente la moto a través del campo, torciendo y dando vuelta
entre los hombres. Condujo más allá de un enorme hoyo, por el fuego, en el centro, ahora
frío y ennegrecido por el carbón de leña.
Karen agarró la chaqueta de cuero de Warlord con palmas sudorosas. Oyó retazos de
inglés hablado con diferentes acentos, de francés, de alemán, de lenguas asiáticas, y un
lenguaje que no podía identificar. En voz baja preguntó,
—¿Qué es este lugar?
—Nuestra base.
—¿Para qué?
—Nuestras incursiones.
Mercenario. Dijo que él era Warlord.
—No puedes ser el único Warlord —dijo ella.
—Soy acertado. Soy brutal. He vencido a todos mis rivales. Soy el único Warlord que
importa en esta parte del mundo.
Como un animal mudo, ella ciegamente había corrido con él, había confiado en él para
guardar su caja fuerte, y había caído en esta trampa.
—Todos ellos te han visto ahora —dijo Warlord—. Ellos saben que aspecto tienes.
Saben que si corres, ellos conseguirán detenerte. Yo te sugeriría que no corrieras.
Podrían disfrutar mucho con ello.
Hizo que se enfermara con su amenaza, pero ella contestó con suficiente positividad.
—Cuando corra, no les dejaré atraparme.

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Por un segundo soltó el manillar, capturando sus manos, tiró hacia adelante hasta que
ella descansó contra su espalda, mejilla a la ingle.
—¿Acaso estás bajo la pintoresca impresión de que lo estoy pasando bien ahora mismo?
—farfulló—. Pon tus manos en el manillar, tonto.
Él se rió, un estruendo profundo de su cuerpo, y tomó el mando de la motocicleta otra
vez.
Ella observó su entorno a través del crepúsculo ahondando, mientras intentaba suponer
qué tienda sería suya. Suya. . . y de Warlord. Hasta que pudiera escapar.
Porque no importaba lo que él dijera, qué amenaza le hiciera, se escaparía. Era
inteligente, con buena salud. En el invierno de sus dieciséis, su padre la había enviado
hacia el yermo de la montaña con solamente el mínimo de equipo, y había sobrevivido sola
a una brutal semana. Y Warlord no podría mirarla cada minuto del día.
Cuanto más lejos entraban en el campo, más se hundían sus esperanzas.
Quizás Warlord no podía mirarla, pero a menos que el campo se vaciara cuando la tropa
se fuera de incursión, ella podría mirarlo.
Cuando se acercaron al extremo del valle, él detuvo la motocicleta y señaló.
—Aquí es donde vivo —la mirada de ella subió y subió.
Una plataforma de madera construida veinte pies sobre el suelo del valle, y en el
acantilado. Encima de la plataforma estaba las más grande tienda que ella alguna vez
hubiera visto, y había visto en abundancia.
—Es de construcción tradicional, caliente en invierno, fresca en verano. Yo vivo aquí—y
ahora tú lo haces, también —dijo él—. Estarás cómoda.
—No, yo no quiero.
—Entonces estarás incómoda. Tú eliges —él manejó la motocicleta por una hendidura
en la piedra y bajó, entonces la estabilizo en lo que ella se ponía de pie.
Sus piernas estaban inestables—por el hambre, el miedo, el largo viaje hasta ese lugar.
Apoyándose contra la piedra, comprendió cuan atrapada estaba realmente. Mientras iban
montados ella debería haber torcido sus orejas o picado los ojos. Sí, ellos se habrían
destrozado, pero habría tenido una posibilidad de saltar a la libertad…
—Ven —él tomó su mano y la arrastró detrás de si.
Ella planto sus talones.
Sin mirar atrás, él dijo,
—¿Quieres que yo te lleve? Eso podría proveer a los hombres con entretenimiento —
con su mano libre gesticulo hacia la raquítica escalera que llevaba a la tienda—. Y si nos
caemos, sería un largo camino a tierra.

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Ella tropezó hacia delante bajo la presión de su agarre.
Él la empujó los primeros pasos a la escalera.
Estaba empinado, con una casi escalera de mano, y para sostenerse ella se dobló para
asir las bandas de rodadura de madera sobre ella.
—No camines por el tercer escalón. Se romperá bajo tú peso —cuando ella dudó, él la
empujó de nuevo—. Ve. Ahora no estoy interesado en ti. Las mujeres agotadas no tienen
ninguna vida con ellas. Esperaré hasta mañana, cuando hayas comido y dormido y seas
capaz de luchar.
Él era tan bastardo. Un bastardo completamente acertado.
Tenía hambre, estaba sedienta y cansada. Los pantalones que le había dado estaban
deslizándose, y los dobladillos se habían soltado. Ella usó una mano para mantener el
cinturón, y mantuvo la otra en la escalera, y sus ojos se alzaron resueltamente a la
plataforma y la tienda.
Si él cumplía la promesa que le hizo y saliera dejándola sola esa noche, mañana tendría
la energía e inteligencia para encontrar una salida de esto.
Incluiría probablemente un rescate.
Asustadizamente, él hizo eco de sus pensamientos.
—Imagino que tu padre pagaría bien por recupérate.
—¿Qué sabes tú de mi padre? —soltó ella.
—Sé que posee la compañía para la cual trabajas.
Por fin entendió el motivo del secuestro.
Rescate.
Por supuesto. Nada más tenía sentido.
—Deberías haber investigado un poco más de información sobre tus posibles víctimas,
porque mi padre no pagaría ni una moneda de diez centavos por recuperarme.
Allí estaba. Le había dado la verdad sin adornos.
—¿Tú esperas que me crea que él no se preocupa por su única hija?
—Yo no doy una maldita cosa por lo que tú creas —ella deseó que los escalones tuvieran
un barandal, algo que le diera la ilusión de protección de una dura caída.
Él rió, un sonido bajo de entretenimiento que lamió a lo largo de su espina dorsal.
—Sí tú padre es verdaderamente indiferente a ti, es bueno saberlo. Así no tendré que
preocuparme porque envíe ayuda.
—No —dijo ella amargamente—, no tienes que preocuparte sobre eso.
—No camines en el cuarto de la cima.
Ella vaciló, contó, entonces subió en un largo paso.

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—Sí me consigues un martillo y algunos clavos, arreglaré esto para ti —dijo ella
sarcásticamente.
—En caso de un ataque por un grupo de mercenarios con aspiraciones por mi valle y mi
territorio, esos escalones me darán los segundos extras que necesito para matar algunos
más de ellos.
—Oh —ella usó sus codos para moverse poco a poco a su manera de subir a la
plataforma. Los dos—por—ocho tablas eran elásticas, las cabezas de los clavos estaban
mohosas, y cuando ella miraba hacía abajo podía ver la tierra a través de los huecos en
las tablas.
Él sonrió abiertamente cuando la miró acercarse lo más posible a la tienda y detenerse,
con la mitad del cuerpo inclinado, lista para dejarse caer sobre la plataforma—o el
mundo—, intentó enviarla dando volteretas sobre el borde.
Ella miraba hacia abajo.
—¿Qué fue eso? ¿Un ataque? ¿Y una matanza?
—La matanza es una tradición en la frontera —ligeramente él saltó a estar de pie a
lado de ella, mientras observaba minuciosamente cada movimiento en el valle y en las
montañas—. Pero no te preocupes. El valle es casi impenetrable. Los atacantes tienen que
subir la montaña que los rodea antes de que puedan subir el precipicio, y mientras ellos lo
hacen, nosotros los cogeremos fuera como los patos en una galería de tiroteo.
—¿Qué si ellos usan helicópteros?
—Son mercenarios que no están bien financiados —capturando su muñeca, tiró a lo
largo de la estrecha cornisa hacia la entrada.
Por un alarmante momento ello miró sobre el borde y todo el camino hacia abajo. Justo
como en sus pesadillas, el terreno se apresuraba a encontrarse con ella. Echó un
imprudente paso atrás, tropezando con una clavija de la tienda de campaña, y casi se cae
de trasero. Con los brazos al viento, se tragó un grito.
Warlord la arrastró hacia delante, a sus brazos, y la sostuvo.
—Le tienes miedo a las alturas.
—No, yo no —al menos, no debería tener. No cuando allí era mucho mejor alejar el
miedo de inmediato.
—Esta es la pesadilla que te despierta.
Ella lo negó automáticamente.
—No, no lo es.
—Estas son las montañas más altas en el mundo. Las más peligrosas. Si tienes miedo,
¿por qué tomaste ese trabajó?

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—Yo no estoy asustada —dijo ella rechinando los dientes.
El sol se había ido. La luz de las estrellas apenas brillaba. Las fogatas del campamento
fluctuaron abajo a lo lejos, y ella no podía ver realmente su cara. Pero por la inclinación
de su cabeza supo que la estudiaba, y justo como habían sido aquellas noches cuando él
visitó su tienda, ella pensó que él veía claramente en la oscuridad.
No quería que la viera asustada. El miedo siempre liberaba la horrible burla, así que
inclinó su barbilla y sonrió herméticamente.
—Tengo una pregunta. ¿Me compartirás con tus hombres? —no debió haberle hecho
pensar en eso, pero tenía que saber.
Había demasiados hombres afuera, y ella tomaría esa picada fuera de la montaña
tomando la opción entre eso y ellos.
Cogiendo el frente de su camisa en un puño, él se inclino cerca de su cara, y cuando
habló, su respiración acarició su rostro.
—Yo no comparto lo que es mío. Y tú eres mía; no cometas ningún error sobre eso. Mía
para siempre.
—Para siempre es mucho, muchísimo tiempo.
—Una eternidad —sin advertirlo e inesperadamente, la atrajo a sus brazos, y en un
simbolismo que no estaba perdido para Karen, él cruzo de un gran paso a través de la
apertura de la tienda.

Capítulo 8
Los brazos de Warlord se apretaron alrededor de Karen.
—Bienvenida a casa, novia mía.
Sí. Le había presentado su reclamo, y la había tratado como una novia, pero una novia
de los días en que los hombres capturaban a sus mujeres y las retenían por la fuerza
hasta que las entrenaban para ser dóciles y sumisas.
Tendría que esperar en el infierno a que eso ocurriera.
—Podrías querer mantener vigilada a tu novia, o te clavará un cuchillo entre las
costillas.
—Toda relación debe enfrentar pequeños problemas para que termine resultando.
La dejó resbalar hacia abajo hasta posarse sobre sus pies.
—Wow.
En todos los años que le llevó fortalecerse a sí misma, Karen nunca había visto algo así.
Dos atroces linternas de campamento pendían de ganchos desde el techo y derramaban
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una luz blanca sobre el interior espacioso de la carpa. La concha exterior no difería en
absoluto de cualquier campamento Norteamericano, pero dentro. . . Una suntuosa
alfombra de lana echa a mano cubría el piso, e inmensos tapices colgaban a lo largo de las
paredes. Para aislar contra el frío, suponía Karen, pero también para dar la abundancia de
su belleza a la morada de un trotamundos.
Al parecer el hombre—un incursor—se había apoderado de lo que deseaba. Al mirar en
esa dirección un árbol airoso de la vida crecía sobre un fondo verde. En otra dirección un
caballero medieval cabriolaba al otro lado de un campo. Una pared era una versión
moderna de un lago azul en el crepúsculo, y en la otra un arco garboso con rosas rosa que
se volcaban a un sendero. La alfombra era de una gloriosa cachemira en tonos crema,
borgoña y negro.
—Supongo que el término "Feng Shui" no te significa nada, ¿no?
—No se nada de comida china.
¿Estaba siendo gracioso? No podía saberlo, y realmente no es como si fuera a reírse.
El resto del mobiliario era una mezcolanza, como los tapices—había dos baúles, un
escritorio provincial francés, una silla de escritorio ergonómica, una mesa de centro con
almohadones tirados alrededor de ella como asientos informales, o tal vez para cenar,
Karen no sabía cuál. No le importaba. Porque también estaba la cama. . . .
Ah, la cama.
No era nada más que un colchón queen-size puesto sobre el piso en un marco de cama
sin patas, con una cabecera de latón y postes con un dosel de red—mosquitero. Los
postes brillaban como si alguien le sacara lustre a diario, una pistolera de cuero angosta
estaba atada con una correa a uno de los pilares verticales, almohadas hinchadas
coquetamente, parecía que el glorioso artilugio murmuraba sobre pecado y seducción.
En su lugar gritaba descanso y relajación.
—¿Qué clase de colchón es ése? —preguntó.
—Un Sealy.
Gimió con un placer totalmente diferente al placer que había experimentado en sus
brazos.
—Mi dios, ¿cómo lo conseguiste aquí?
—¿Por qué te preocupas?
Tomó el cuello de su abrigo y trató de levantarlo.
Envolvió sus brazos más fuertemente alrededor de sí y lanzó una mirada furiosa.
Tiró.
—Quítate el abrigo antes de acostarte.

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—No.
En un ademán elaborado retiró sus manos.
—Estaba haciendo de caballero.
—Ese barco ya ha partido.
Por un momento pensó que iba a reírse.
—Me recuerdas a. . .
—¿A qué?
—Casa.
Le dio un empujón sobre el hombro.
—Vete a dormir. Tengo que averiguar que pudo ocurrir con ese envío que debía llegar
hoy.
Tropezó con la cama, se arrojó de lado a lo largo del colchón, y se deslizó en el sueño
inmediatamente. . . .
Permanecía de pie al borde del despeñadero, el cielo azul rodeándola. El viento
enredando su pelo, dejándolo caer alrededor de su cara. Trató de retroceder, regresar,
pero sus pies eran demasiado pesados. Entonces el suelo tembló. Las piedras rugieron. El
borde se hundió. Cayó hacia el abismo. . . .
Su propio grito la hizo despertar.
Con el corazón tronando abrió sus ojos para mirar directamente a los suyos. Los de
Warlord.
Se agachó sobre la cama, sujetándola.
—¿Era tu pesadilla? ¿Caías?
—Sí.
Se estremeció, y despertó completamente.
—Sí.
Sus brazos parecían seguros, pero eso era un engaño. Porque la miraba sin expresión, y
ahora, sin duda, conocía su debilidad.
Explotaría su debilidad.
—¿Quieres que me quede? —preguntó.
—No.
Alejó su brazo bruscamente, y cerró los ojos, rechazándolo.
No podía seducirla con palabras tiernas y confortantes. No sería su novia dócil.
Escuchó, pero no se oía nada. Furiosa de que se hubiera quedado tan cerca, reclamó:
—¡Vete, maldito!
Nadie respondió.

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Abrió los ojos. Estaba sola.

Capítulo 9
Karen despertó sabiendo exactamente dónde estaba. Supo por qué estaba allí. Recordó
cada momento horrendo del día anterior, y sobre todo, recordó a Warlord.
Escuchó los pasos. Estaba en la carpa. Cuando se acercó se liberó cuidadosamente de
las mantas y se preparó para saltar.
Y escuchó la suave voz de Mingma decir:
—Namaste, señorita Sonnet.
Los ojos de Karen se abrieron de golpe. Salió de la cama a toda prisa.
—¿Mingma? ¿Estás aquí? ¿Te capturó, también?
—¿Señorita?
La frente de Mingma se frunció mientras la miraba perpleja.
—¿Qué quieres decir con, capturar? Me trajo para ti.
Karen pensaba que seguramente estaba más desorientada de lo que creía, porque eso
no tenía sentido.
—¿Dónde está Warlord?
—Warlord se fue.
—¿Fuera del campamento?
Karen sonrió abiertamente con placer despiadado.
—¿Qué hora es?
—El sol saldrá pronto.
—Podemos ponernos en camino.
—No, señorita.
—No te preocupes. Haré los planes.
Karen empujó su cabello fuera de su cara. Era buena en la planificación, buena para
aprovechar la oportunidad, y tenía que escapar ahora, mientras que ese señor de la
guerra estuviera fuera bebiendo con sus amigos y celebrando a su nueva concubina.
Mingma rechistó y agitó la cabeza cuando Karen tiró de los vaqueros de hombre que
colgaban alrededor de sus caderas —los vaqueros de Warlord.
—Eso no es atractivo. El Warlord pidió que le consiguiera nueva ropa para llevar.
Con una sonrisa, mostró una falda de georgette azul verdoso y una blusa al ombligo
trabajada detalladamente con cuentas de oro bordadas a mano.
—Dijo que solo le trajera lo más fino y hermoso, y eso hice.

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—Ése es un equipo deportivo muy elaborado.
—¿Equipo deportivo?
Mingma inclinó su cabeza ante el sarcasmo de Karen.
—No comprendo "Equipo deportivo", pero el color es como sus ojos.
—Grandioso. Justamente lo que siempre había deseado.
—¿Lavará sus manos y cara antes de comer?
Mingma señaló la jofaina y la jarra de cobre.
—Maravilloso, sí. Gracias.
Karen chapoteó el agua fría sobre su cara, se despabiló y sintió cómo aumentaba su
confianza.
—¿Se cambiarás antes de comer?
Mingma se le acercó y trató de tirar de la camisa de Karen.
—¡No! No voy a ponerme eso.
—¿No le gusta?
Mingma parecía realmente herida.
—Sería difícil dar una caminata con eso. ¿Todos los hombres están fuera?
Karen no esperó una respuesta, sino que abrió la solapa de carpa y miró.
La luz suave y grisácea de primera hora de la mañana se derramaba a todo lo largo del
valle, y desde allí podía verlo todo—el despeñadero en un lado, el desfiladero al otro, y
una estrecha entrada sobre el final lejano. Sobre el piso del valle una docena de hombres
dormían en bolsas y carpas, y dos permanecían acurrucados, limpiando sus rifles. Uno de
ellos le echó un vistazo, y luego miró hacia el otro lado del valle. Luego de su mirada se
dirigió a un guardia sentado a gran altura sobre una roca, rifle en mano. Mirando más
atentamente, vio otros guardias ubicados estratégicamente en varios puestos de
vigilancia, vestidos de camuflaje y sujetando un impresionante conjunto de armas de
fuego.
—Esto no va a ser fácil.
Karen salió y exploró las montañas a su alrededor.
—No podemos pelear para abrirnos camino, así que vamos a tener que ser astutas. Me
pregunto si esos tipos están abiertos a sobornos.
Mingma salió a su lado.
—¿Quiere partir?
—¡Por supuesto que quiero partir!
—¿Por qué quiere dejar a Warlord?
Mingma no comprendía. Obviamente. Así que, con la voz áspera por la ira, Karen dijo:

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—Porque el bastardo me trajo aquí contra mi voluntad, ése es el por qué. Desea
usarme. . . de la misma manera que una puta.
—No como una puta. Como una esposa. Es un honor.
—¿Un honor? ¿Ser forzada a tener relaciones sexuales con un incursor ignorante y
brutal?
—¿Pero no es su amante secreto?
—¿Qué?
Esas palabras la conmocionaron, Karen se giró hacia Mingma.
—¿No es el amante que le escuchó llorar, que entró a su carpa por la noche para
hacerle olvidar su pena?
—¿Lo sabías?
Karen permaneció de pie, sus manos flojas a sus costados.
Mingma lo sabía.
—No es bueno que una mujer joven dormir sola.
Karen cubrió sus mejillas calientes con las manos.
—¿Todos lo saben?
—No, señorita. Los hombres a quienes podía contratar no eran buenos. Solamente el
más flojo trabajaría en ese lugar malvado. El Warlord retiene lo mejor para sí mismo.
Mingma apuntó sus solemnes ojos marrones a Karen.
—Soy la mejor, así que me contrató para cuidarle.
Karen miró fijamente a Mingma, a la mujer a quien pensaba que conocía, y se dio cuenta
de que su mandíbula colgaba abierta. La cerró bruscamente y preguntó:
—¿Cuándo? ¿Quieres decir hoy?
—No. Cuando llego al Monte Anaya. Warlord, la vio en Katmandú, y supo en ese
momento que la haría suya.
—¿Y lo hizo ahora?
Warlord la había estado mirando en el tren, y no se había dado cuenta. Había estado
demasiado ocupada tratando de esquivar los avances de Phil. En ese momento había
pensado que Phil era el peor libidinoso con el que tendría que lidiar en Nepal. ¡Qué
estúpida que había sido al respecto!
—Cuando se dio cuenta a dónde iba, vino a mí. Dijo que necesitaría que alguien la
protegiera. Así que traigo mis campanas de la suerte y las cuelgo sobre su carpa, y tierra
poderosa del dios sobre el Everest y la desparramo bajo sus pies. Día y noche digo las
oraciones para protegerle contra El Malvado, y por la noche añado hierbas del sueño a su

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cena para que no escuche los gritos de la montaña y no enloquezca u trate de encontrar a
los que están perdidos.
Como si esperara ser elogiada, Mingma sonrío e hizo una reverencia.
Karen no sonrío.
—Así que trabajabas para él. Tú trabajaste para él todo el tiempo. Viniste porque te
estaba pagando.
—Sí, señorita.
En las últimas veinticuatro horas Karen había visto la muerte, enfrentado el mal,
aceptado la vida, y descubierto que su amante, su salvador, era un señor de la guerra 1.
Warlord. Pero esta traición la hería más que todo lo demás que había visto o pasado.
—Confié en ti —murmuró.
—Por supuesto. De la misma forma en que confío en usted. Somos hermanas.
Mingma parecía tan en calma, como si no supiera que había engañado a Karen.
—No. Las hermanas no se lastiman las unas a las otras.
—No la he lastimado. La he cuidado y velado por usted cuando su amante no podía.
—¡Por dinero!
—Señorita, tengo un hijo, dieciséis años. Aquí, las escuelas no son buenas. Así que lo
envío a sus Estados Unidos, y pago para que él viva con una familia estadounidense y se
prepare para la universidad. Es listo. Lo hace bien.
Mingma resplandecía de orgullo.
—Así que pago.
—Pagas su vida con la mía.
—No, señorita. Warlord es el mejor soldado aquí. Mantiene el control.
Mingma mostró su puño cerrado.
—Le mantendrá a salvo.
—No quiero estar a salvo. ¡Quiero estar fuera de aquí!
—La quiere aquí. ¿Por qué su deseo debe ser superior al suyo?
Estaban hablando en círculos. Karen hervía de frustración.
—Muy bien. Tú eres su títere. Así que aléjate de mí.
—Pero, señorita, coma su desayuno.
—Ponlo fuera de la puerta. Lo tomaré cuando recupere el apetito.
Karen buscó refugio en la carpa tras ella y avanzó con paso majestuoso de un lado al
otro de la alfombra de felpa.
Mingma. Mingma la había traicionado.

1
Warlord: Lit. señor de la guerra, significa caudillo o jefe militar.

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No lo había visto venir. Y ¿Por qué no? Había trabajado la construcción como directora,
donde cada timador y deshecho humano acudía en tropel a sus trabajos con la esperanza
de estafar a la mujercita estúpida. Había aprendido de la manera difícil a no confiar en
nadie.
Pero aún así Mingma se había filtrado bajo su guardia.
Debía dar gracias a Dios por que su padre nunca lo sabría. Gracias dios. . . Sí, porque si
no escapaba de esta prisión, terminaría siendo el juguete de algún chiflado caudillo hasta
que se cansara de ella, o hasta el final de su vida, y esos dos eventos podrían ser muy
cercanos.
Tenía que encontrar la manera de salir de allí. Ningún chiflado la dejaría sin una ruta
de escape. La carpa mayor estaba colocada en una plataforma contra un despeñadero.
Warlord era demasiado astuto para haber hecho eso accidentalmente.
Levantó el pesado tapiz que cubría la pared trasera, y revisó la tela impermeable bajo
él.
Allí.
Una costura se movía sinuosamente desde el piso a un punto aproximadamente a medio
camino por la pared. Karen se arrodilló y pasó sus dedos a lo largo. El trabajo fue hecho
como una ocurrencia tardía, la costura estaba unida con hilvanes de un fuerte y
transparente hilo de nilón. Trató de romperlo—imposible. Un cuchillo, algo afilado. . .
agarró la pistolera que estaba atada a los soportes verticales sobre la cabecera.
Vacía.
Echando un vistazo por todas partes, agarró una bandeja de chapa dorada de la mesa y
usó el borde para serrar el hilo encima del nudo, soltó el pespunte y lo quitó. Separó la
tela y miró hacia afuera.
Como pensaba, la plataforma sobresalía alguna pulgada más allá de la carpa, y solo un
poco más allá en el despeñadero vio el origen de un sendero que serpenteaba en las
montañas.
Entonces. . . miró hacia abajo. El sendero estaba a un metro ochenta de la plataforma,
y una caída de seiscientos metros de rocas afiladas—una bajada que garantizaba
romperse los huesos.
Warlord no podía saltar eso. ¿Podía? Tenía que tener alguna suerte de estructura
temporal. Se arrodilló y tocó bajo la plataforma, buscando algo con que cruzar esa
distancia.
Nada.
Echó un vistazo dentro de la carpa por una tabla suelta que soportara su peso.

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Nada.
No podía seguir esperando.
Mingma estaría de regreso pronto para tratar de convencerla de vestirse con la ropa
de harén y jugar a la doncella tímida conquistada por Warlord el guerrero.
Y una mierda.
Karen no lo haría.
Otra vez midió la arcada con la vista. Se paró en el borde—y casi saltó.
Pero de la misma manera que una astilla de vidrio, un pensamiento agudo y brillante
cortó su concentración.
El icono. Tenía que tomar el icono.
Y su abrigo, por supuesto. Era estúpido pensar en escaparse en el Himalaya, incluso en
verano, sin un abrigo.
Tomando el anorak de camuflaje, pasó sus brazos en las mangas y se ajustó el cinturón
alrededor de su cintura. Sin poder resistirse deslizó su mano en el bolsillo y sacó el icono.
La Madonna la miraba seriamente.
—Te salvaré —juró Karen, y caminó de regreso al agujero en la carpa. Se deslizó tras
él y permaneció de pie allí, la brisa levantando su pelo. Miró fijamente el comienzo del
sendero un metro ochenta más allá.
Había hecho mucho montañismo en su vida. Había saltado grietas sobre torrentes
violentos. Conocía la longitud de sus piernas, y conocía sus límites.
Sin un impulso previo. . . Este salto era imposible.
Envolvió sus brazos alrededor de su cintura y se comió el mal genio que se desarrolló
en su garganta.
Caería.
Había soñado esto un millón veces.
Quedaría horriblemente lastimada, lisiada, sus huesos se harían añicos, sus órganos
internos sangrarían de manera incontrolable.
Su respiración se aceleró, y sus ojos se llenaron con lágrimas.
Estaba siendo dramática. Era una cobarde.
Pero estaba asustada.
Por otro lado, si se quedaba allí, sería el juguete de un monstruo.
Salta.
Así que saltó.
Se estiró de la misma manera que Superman, las manos hacia adelante, tratando de
propulsarse en el aire.

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Erró. Golpeó con un crujido de huesos como si le hubieran dado un puñetazo sobre la
cara y el pecho. Sus piernas colgaban, girando locamente. Se resbaló. Se agarró a la
hierba. Se sostuvo. Oyó el sonido de la hierba entrecortarse. Se resbaló otra vez. Estaba
cayendo. . . .
Su pie halló una roca metida sólidamente debajo de la saliente.
Una mano golpeó la rama de un arbusto.
Quería trepar.
Se forzó a aflojar el paso, balancearse, concentrarse. . . .
Gradualmente se movió lentamente en su estómago hacia el sendero. Se impulsó sobre
la repisa. Rodó. . . Y estaba a salvo. A salvo.
Tomó una honda bocanada de aire, la primera desde que había saltado.
¿Segura? No había salida. De algún modo, de alguna manera, Warlord la perseguiría.

***

Magnus gateo hacia adelante a lo largo de la roca en el borde del despeñadero, su


mirada se clavó en el regimiento abajo. Se asentó junto al hombre al que había jurado su
lealtad.
Warlord descansaba sobre su estómago, mirando el movimiento de tropas por el valle.
Le gustaba tenerles vigilados cuando marchaban, entrometidamente y torpemente
patrullando los valles de ríos largos y angostos y los picos asesinos donde los mercenario
aún reinaban.
Magnus no le temía. Ya no. No tenía ninguna razón para hacerlo. El rasguño a lo largo de
su mejilla había curado, suturado por un médico experimentado en Katmandú. Rara vez
despertaba de la pesadilla del peso de un gato grande sobre su pecho y su aliento
caliente sobre su cara. Casi nunca pensaba en la noche en que supo que las leyendas de
miedo que su pobre madre le había susurrado al oído eran ciertas, y monstruos vagaban
por la tierra. Porque, al final, sabía que ya estaba condenado por sus pecados, y no
importaba si moriría por la mano de Warlord—o garra—ya que era mejor que vivir como la
mayoría de los hombres lo hacían, encadenado a un escritorio o a una dársena, y molido
por la pobreza.
Aún con toda la lealtad que le tenía a Warlord, todavía guardaba la distancia de
algunas pulgadas cuidadosas de su amo. En una voz baja dijo:
—El ejército es muy despreocupado sobre el envío de la nómina.
—¿Por qué no deberían serlo?

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Warlord expresó con una sonrisa su estado de serena diversión.
—Han transportado dos remesas por las montañas sin ningún problema. Es obvio que las
medidas represivas del gobierno han funcionado, y los mercenarios bribones están bajo el
control.
—Por supuesto.
Magnus se golpeó la frente consternado.
—Debí haberlo sabido.
Warlord permanecía imperturbablemente seguro.
—Cuando vine aquí hace quince años, tenía diecisiete y había escapado de casa
conducido por el miedo y la culpa, seguro de estar condenado. Hoy vamos a liberar la
nómina entera para los funcionarios públicos de Khalistan.
—Ye se ha acercado todo el mundo.
—Sí. ¿Pero has visto al soldado que está usando los binoculares? ¿Uno con aros en las
orejas?
Magnus lo había hecho. El tipo era alto, fornido, con una cara que parecía que había
parado con ella un tren de carga. Llevaba unos aretes que se veían más como maquinaria
que joyas.
—Ayer. Me pregunto a quién está buscando.
—Nos está buscando.
—¿Así que es uno de los nuevos mercenarios?
—Buena suposición.
En una respiración larga y lenta, Warlord jaló el aire en sus pulmones.
—No me gusta su olor. Él' es. . . acre.
—Y tú tienes nariz para los problemas.
Y ahora Magnus sabía por qué.
—¿Nos cuidamos de él?
Warlord miró al hombre grande.
—No. Ese olor. . . No es más que una emisión. Pero me recuerda algo; no puedo recordar
qué. . . Un peligro para nosotros.
Sus ojos negros crecieron desenfocados. Parecía que estuviera mirando dentro de sí
mismo.
—Algo viene. . . Pero no está aquí aún. . .
—Te lo dice tu instinto, ¿entonces?
—Sí.
La palabra no era más que un susurro sobre los labios de Warlord.

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—Es bueno ver que estás concentrado —dijo Magnus.
Despacio Warlord giró su cabeza y lo miró fijamente.
—Estas refiriéndote a tú concentración, ¿no?
Magnus preguntó ansioso.
—¿Ahora que tienes a la mujer en tu carpa?
La voz de Warlord bajó de nivel aún más.
—¿Las ganancias han caído?
—No.
—¿Los negocios han estado abandonados?
—No.
—Entonces ¿cual es tu queja?
—Es que se te ve un poquitito distraído, y en nuestro trabajo eso significa problemas.
Magnus sabían que con un golpe de una garra Warlord podía cortar su corazón. Pero
tenía un deber hacia los hombres, y hacia Warlord mismo, y las palabras tenían que ser
dichas.
—Ahora que ya sabes que está segura, ya puedes poner el corazón dónde pertenece—
en hacer dinero.
—Tus ahorros están seguros en Suiza. Y no te preocupes—mi corazón está justamente
donde siempre esta, cocinándose en el infierno.
Warlord dejó escapar un hondo suspiro. Hizo sonar su cuello. Se puso de pie sin ningún
cuidado.
—Sigue al plan. Lleva a los hombres. Tengo que irme.
—Pero. . . Tú. . . Nosotros. . .
Magnus no podía dejar de tartamudear consternado.
Warlord se inclinó, agarró el frente de la camisa de Magnus, y lo levantó a la altura de
sus ojos.
—No me falles.
En un solo salto Warlord se deslizó de hombre en pantera.

Capítulo 10
Apúrate. Apúrate.
Lo sabía. La encontraría.
De prisa....

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¿Qué era él?
Karen hizo un alto. Se giró.
El sendero se extendía detrás de ella, vacío, rocoso.
Miró, no vio nada más que la línea de los Himalaya grabada contra el cielo, irregular,
inmaculada, indiferente. Escuchó, no escuchó nada excepto el siempre presente viento, el
estruendo de una cascada distante, el grito breve de un halcón sobre su cabeza.
Había estado caminando por una media hora, y había estado nerviosa cada minuto.
Pero estaba siendo ridícula, concediendo a Warlord poderes que ningún simple hombre
podía poseer. Estaba fuera del campamento. A menos que hubiera regresado solo unos
minutos después de que Karen partiera, tenía una buena oportunidad de escapar.
Podrían no gustarle las montañas, pero sabía cómo correr, y sabía cómo esconderse.
Así que tenía que darse prisa.
El sendero no era más que solo un corte de piedra blanda entre el granito, pero
mientras discurriera en dirección contraria al campamento de Warlord, seguiría.
Continuó, con propósito renovado, caminando enérgicamente entre piedras gigantes y
por una pradera de alta montaña. El sendero bajaba. . . escuchó el sonido blando de un
paso. . . se giró nuevamente.
No había nada allí.
Exploró la pradera.
Nada.
Captó un movimiento por el rabillo del ojo. Pero cuando miró en el lugar solamente se
veía la sombra de una nube alta y distante.
Sin embargo. . . habría jurado que alguna cosa se movió en el césped tras ella.
Imposible. Debía ser el viento girando a través de las flores.
Pero el vello de su nuca aún estaba erizado.
Habría jurado que alguien—o algo—la estaba mirando.
Regresó a su viaje, rodeó un monolito, y se detuvo bruscamente.
—Oh, ayuda —susurró.
El sendero discurría todo a lo largo de un despeñadero más arriba y un abismo pasaba
rozando seis mil metros más abajo, y se estrechaba a solamente veintisiete centímetros
de roca desmoronada. Abajo, el río violento trituraba las piedras, lamiendo la base, y este
cruce hacía que el terrorífico salto desde la plataforma de la carpa del caudillo pareciera
simple.
Mientras estaba en las alturas, era una cobarde. Lo sabía. Su padre se había burlado
de ella lo suficientemente a menudo. Y generalmente manejaba su miedo. . . Pero no hoy.

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No cuando se estaba librando de las garras de un loco. Cuando estaba imaginando una
persecución inexistente.
Tomando un hondo suspiro, se apoyó contra el despeñadero y movió lentamente un pie
hacia adelante, después el otro, mantenía los ojos hacia adelante con determinación y
miraba fijamente al otro lado del abismo al despeñadero contiguo. Tomó lentas y
profundas bocanadas de aire, tratando de prevenir la hiperventilación. La brisa fresca
enfriaba el sudor que brillaba sobre su cara. No quería desmayarse.
No, dios, por favor, no te desmayes, porque siempre había una posibilidad de que
sobreviviera a la caída y sufriera por días y noches de interminable agonía. . . De la misma
manera que su madre. . . .
Peor, el miedo la hizo alucinar.
Pensaba que alguien estaba de pie tras ella sobre el sendero. Alguien que arrojaba su
aliento caliente sobre su cuello.
Con cuidado infinito giró su cabeza hacia el costado.
Warlord estaba allí, feroz y furioso, mirándola a los ojos.
No.
Oh, no.
No era posible. ¿Cómo la encontró tan rápidamente?
—Tú enfrentarías esto. . . ¿En vez de a mí? —preguntó.
—¿Qué crees?
Su insolencia fue instintiva—y fuera de lugar.
Porque en lo profundo de sus ojos ardían rojizos, y dijo:
—Pienso que has cometido un error terrible —la agarró.
Por un largo y helado momento creyó que la arrojaría al vacío y moriría. Moriría de la
misma forma en que había muerto todas las noches en su pesadilla.
En vez de eso la hizo girar y la empujó de regreso a la pradera, arrojándola de cara al
suelo. Su mejilla aplastó la verde hierba, y sus ojos se llenaron de lágrimas de frustración.
Pero no durante mucho tiempo. Respiró profundamente y logró controlarse.
Karen Sonnet no lloraba. No se quejaba. No lloriqueaba.
Había fallado en escapar. Recibiría el castigo que le impusiera—y cuando tuviera otra
oportunidad, escaparía otra vez.
La levantó y la movió como si no pesara nada, juntando sus manos a la espalda y
colocando una banda de frío metal alrededor de sus muñecas.
Esposas.

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Poniéndola sobre sus pies, la empujó por el sendero que había tan recientemente
bajado. Karen sentía rebelión, miedo. . . Y una liberación vergonzante de no tener que
continuar avanzando por esa cornisa angosta, peligrosa y fracturada.
¿Qué decía eso sobre ella? En realidad no deseaba saberlo.
—Oye —le dijo.
—Cuando estemos de regreso.
Warlord caminaba tras ella y podía sentir su calor y su rabia quemando su piel.
Sujetaba sus brazos, controlándola firmemente.
—No quiero regresar.
—Pues qué jodidamente mal.
Caminaba demasiado rápido para ella, golpeando el dorso de sus piernas con las suyas,
haciéndola tropezar.
—Es ridículo pensar que me deseas tanto como para cometer un crimen.
—Nunca habría pensado que eras una mujer estúpida.
Se volvió para mirarlo a la cara.
—No soy estúpida.
Tomando su cintura con sus manos, la levantó, y la atrajo contra él hasta que sus caras
estuvieron lo suficientemente cerca para tocarse.
—¿Cómo llamas a una mujer que no es capaz de reconocer a un hombre en celo cuando
lo ve?
Dejó escapar un largo, aterrorizado aliento cuando tomó conciencia de las llamas en
sus ojos oscuros.
—Los hombres podrían ser animales, pero no están en celo.
—¿Con cuántos hombres te has acostado? ¿Uno? ¿Escogiste al nerd más anémico de tu
escuela secundaria para llevar a cabo el acto?
—¡Universidad! —jadeó, porque pensaba que el nerd era menos nerd si era más viejo.
Entonces Warlord se río, un ronroneo ronco de diversión letal, y ella sabía que había
cometido un error.
—Por supuesto —le dijo—. Ninguna precipitación gloriosa de hormonas adolescentes
para ti. Esperaste el momento correcto, escogiste a tu hombre, y lo cogiste sin una pizca
de pasión.
—¡Eso no es verdad!
Envolvió un brazo alrededor de su cintura, la atrajo contra su pecho, y la dejó
deslizarse contra su cuerpo despacio pero con seguridad.
—Eso no es verdadero ahora. . . ¿Lo es, Karen?

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Su boca se secó de miedo. . . Y deseo.
Maldito. Se había dicho tantas veces que las débiles emociones y las pasión poderosa
no tenía cabida dentro de su alma, y sin embargo él le hacía sentirlas todas.
La apretó contra él el tiempo suficiente para que pudiera sentir el calor de su erección.
Entonces la hizo volverse por los hombros y la hizo marchar nuevamente delante de él.
La caminata era nuevamente demasiado rápida y su tensión aumentaba a cada momento.
¿Iba a lastimarla? ¿Golpearla? ¿Matarla?
Alcanzaron su carpa, y el angosto puente de madera que había buscado estaba ahora en
su lugar uniendo el sendero a la carpa. La empujó a través del mismo sin importarle su
miedo y titubeo, a través de la hendidura en la carpa, y la hizo rodar bajo el tapiz.
Escuchó el grito de felicidad de Mingma:
—¡Oh, señorita! —mientras se acercaba apresuradamente a ella.
Warlord levantó su mano en señal de alto.
Mingma se detuvo.
—Mañana, asegúrate de que arreglen esta costura en la carpa.
Le hizo una señal para que saliera.
Retrocedió hacia la puerta, su mirada fija sobre él, su expresión temerosa. Se detuvo
en la entrada, puso sus manos juntas devotamente, y le rogó con los ojos.
Eso, más que cualquier otra cosa, envió una descarga helada a través de las venas de
Karen.
—No la mataré.
Su tono severo hizo que Karen se estremeciera.
Como si eso fuera lo mejor que podía esperar, Mingma inclinó su cabeza y se escapó de
la carpa, dejando a Karen a solas con un Señor de la guerra.
Sus muñecas esposadas constituían una discapacidad insuperable, pero Karen obligó a
sus rodillas a moverse, de ninguna manera iba a permanecer en el suelo como una esclava
indefensa.
Pero cuando estaba poniéndose de pie él presionó su mano en la cima de su cabeza y la
mantuvo en su lugar. Jaló una hoja larga y brillante de su cinturón, se colocó tras ella. . .
Cerró los ojos ante la expectación del dolor. . . Y repentinamente sus manos estaban
libres.
Sacó sus brazos del abrigo y lo tiró a un lado.
Por un segundo el recuerdo del icono se resbaló por su mente.
La Madonna estaba a salvo.

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Entonces apretó sus manos frente a sí y las miró fijamente, las miró muy duramente,
tratando de creer en la prueba que se encontraba delante de sus propios ojos.
El metal frío sobre sus muñecas no era acero, como pensó, sino oro, no eran esposas,
sino anchos brazaletes de oro ornamentados.
—¿Qué es esto?
Hizo oscilar una soga cortada, la soga que había conectado los brazaletes, ante sus
ojos.
Ella todavía observaba atentamente las joyas que envolvían sus muñecas. El oro
resplandeciente había sido trabajado, decorado con cuentas diminutas también de oro
que moldeaban una pantera merodeando. En frente del fenomenal gato se encontraba la
luna creciente, también creada por una serie de cuentas de oro diminutas. Eran
asombrosos, únicos, barbáricos—y no podía hacerse una idea de cómo retirarlos.
Trató de pasar un dedo entre el metal y su muñeca; pero los brazaletes estaban
demasiado ajustados contra su piel. Rascó en la costura, buscando un broche; estaba
escondido por algún dispositivo inteligente.
La miró con la boca curvada en una media sonrisa.
—Son hermosos, ¿no?
—¿Cómo me los quito?
—No lo haces.
—¿Qué?
—En cuanto se cierran no pueden ser retirados por nadie, excepto por un joyero con
tijeras lo suficientemente fuertes para cortarlos.
Recogió una de sus muñecas y siguió a la pantera.
—¿Ves esto? Este soy yo. Y ¿Ves esto?
Pasó su dedo sobre la luna.
—Esa eres tú. Esto te marca como de mi propiedad, y si te escapas otra vez, todos en
esta parte del mundo te traerán a mí.
Pensó en ello y luego comenzó a tartamudear:
—P—pero eso los convierte en brazaletes de esclavo.
—Exactamente.
Todavía miraba los ornamentos exquisitos sobre sus muñecas, tratando de comprender
más que sólo las palabras. . . .
Cuando lo hizo, la rabia se abrió paso a través de ella.
Sin tomar conciencia de las consecuencias, guiada por el instinto y cegada por la rabia,
se lanzó hacia él.

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Lo tomó por sorpresa, también, dándole un puñetazo en el plexo solar, extrayendo el
aire de sus pulmones mientras usaba uno de los brazaletes junto con un puñetazo lo
suficientemente duro como para grabar la imagen de la pantera en su mejilla.
La sangre salpicó. Él se tambaleó sobre sus pies.
—No soy un adorno de mierda. No soy una cosa que tú posees.
Se propulsó en una patada lateral que habría hecho sentir orgulloso a su maestro de
jujitsu. Una patada que debería haber golpeado la cara de Warlord dejándolo en coma.
Pero nunca llegó a destino.
Su primer ataque lo había tomado por sorpresa, pero no era el único que sabía defensa
personal.
Viró bruscamente y se agachó. Su patada pasó por encima de su cabeza. Sacándola de
balance. Impulsó sus pies debajo de ella. Ella cayó golpeando el piso duramente. Voló por
el aire hacia ella. Todavía moviéndose, rodó hacia él. Y erró.
Casi.
Trató de ponerse de pie. Atrapó una de sus muñecas cubiertas de oro y se la retorció a
la espalda. Con su último intento impulsó el otro brazalete hacia la parte posterior de su
cabeza. Agarró su brazo, deteniéndolo a centímetros de su objetivo.
Con ese movimiento ya la tenía.
Usó su peso y tamaño despiadadamente, se sentó sobre sus caderas, presionando sus
muñecas sobre su cabeza. Inclinándose cerca de su cara, la miró fijamente a los ojos. La
sangre goteaba en su mejilla de los cortes que le había hecho con el brazalete. No giró su
cabeza lo suficientemente rápido y algunas gotas salpicaron en sus labios.
Su cuerpo la aplastó.
Su sangre tiñó su rostro.
No podía soportarlo. Con un movimiento tan rápido que fregó su mejilla sobre la
alfombra, lamió la sangre de sus labios.
Su gusto a cobre aguijoneó los tejidos de su boca. Entonces…
La primera granada voló de su mano en un arco hermoso por el cielo tibetano azul
brillante, directamente al convoy, y tocó tierra en el Jeep principal. El pequeño tipejo que
lo conducía gritó; entonces la explosión estremeció el paso y voló al general chino en un
millón de pedazos…
Tan repentinamente como había partido, regresó al piso de la carpa de Warlord.
Sorbió el aire en un largo grito entrecortado. Miró desenfrenadamente a su alrededor.
Preguntó:
—¿Qué fue eso?

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Warlord la sujetaba de la misma forma que antes que ella. . . ¿Antes que ella qué? ¿Se
perdiera en sus recuerdos? ¿Sus recuerdos?
No lo sabía porque no había ocurrido. Lo que había visto era imposible.
—"¿Qué fue eso?" —repitió burlón—. Mi sangre en tu boca, mi cuerpo dominando el
tuyo. ¿qué piensas tú? Eres un adorno. Eres mi posesión. Y es tiempo que comprendas que
es lo que significa eso.
Todavía sin aliento, exclamó en un fuerte y cruel grito ahogado:
—Por lo menos te he lastimado también.
—Sano. . . Rápidamente.
Sonrío, sus dientes blancos y afilados, y la combinación de su diversión y el rastro de
sangre secándose sobre su mejilla refrescaron su rabia, y la hicieron ser consiente de lo
insostenible que era su situación.
—Me miras con esos grandes ojos del color del océano en invierno que se preguntan si
voy a lastimarte.
Trató de besarla, pero giró su cabeza así que murmuró en su oído:
—Nunca te lastimaría. Pero prometo que antes de que acabe contigo, cada vez que
pienses en el placer, pensarás en mí.

Capítulo 11
Karen miró fijamente a los ojos negros de Warlord.
¿Sentía algo por ella? ¿Sobre ella? Además de, ¿rabia sanguinaria? Además de, ¿lujuria?
Se bajó de su estómago, la levantó, y la dejó caer en el colchón. Todavía estaba
rebotando cuando se dio vuelta para encontrárselo esperándola con esa sonrisa feroz en
su lugar. Balanceó la soga ante sus ojos como el reloj oscilante de un hipnotista.
—¡No!
Ella se aferró a la soga por el centro y trató de tirar de ella.
Agarró su muñeca y envolvió la soga alrededor del brazalete. Suavemente—no tenía
razón para ser descortés; su resistencia no la estaba llevando a ningún lugar—llevó sus
brazos hacia atrás, deslizó la soga a través de los postes de latón sobre la cabecera, y
agarró su otra muñeca.
Lucharon.
Él ganó.
Cuando terminó, la soga serpenteaba alrededor de uno de los amplios brazaletes,
pasando a través de los postes, y alrededor del otro brazalete. Había cierto juego en la
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soga; podía cambiar de lugar sus brazos unos treinta centímetros en cualquier dirección,
podía usar las sogas para impulsarse hacia la cabecera—pero estaba atada.
—Te odio tanto.
—Aún no. Pero tú lo harás.
Sacó su cuchillo.
Una explosión de miedo se manifestó intensamente en su interior.
Estaba molesto. Tan disgustado. La hoja brillaba a la luz de las linternas. Presionó la
punta del cuchillo contra su garganta justo sobre el cuello de su camiseta, y sonrío en su
cara.
—No luches —susurró—. Odiaría resbalarme.
Dirigió la punta hacia el escote de su camiseta—y con una rebanada limpia la cortó
abriéndosela hasta la cintura.
Chilló, y se odió por eso.
—Te lo dije. No te lastimaré.
Usó la punta del cuchillo para retirar la tela de uno de sus senos, luego del otro.
Sus pezones se endurecieron por el frío. . . Y quizá por el tacto lento y traicionero de
su lengua hambrienta sobre su labio inferior.
Cortó las mangas con la hoja. La camiseta quedó tendida bajo su cuerpo convertida en
harapos.
Soltó el cuchillo en la pistolera de cuero atada sobre la cabecera. Usó sus manos,
ambas, para apretar sus puños cerrados.
—Ser tan rebelde —la regañó —. No te traerá nada bueno. Soy más grande, soy más
fuerte, y ya sé cómo hacerte ronronear.
Envolvió sus dedos alrededor de sus muñecas encima de los brazaletes, y luego los
deslizó, sobre sus tensionados hombros, y sobre sus hombros.
—Tanta tensión.
Usó sus pulgares para masajear los anudados músculos encima de su omóplato, y las
puntas de sus dedos masajearon los tendones en la parte posterior de su cuello.
—No podrás contenerte. Pero definitivamente debes intentarlo. Disfrutaré observarte
rendir.
El odio apasionado, afilado quemó en su estómago.
¿Cómo podía haberle dado la bienvenida en su carpa, en su cama? No era nada más que
un. . .
—Eres una serpiente —le dijo en una acusación cargada de veneno.
—No. Soy una pantera. Y tú eres mi compañera.

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—No.
—Veremos lo que dices. . . Después.
Usó sus pulgares sobre sus pezones. Los frotó una y otra vez, primero con la
almohadilla de su pulgar, luego con el filo de su uña, hasta que ella solo deseaba gemir—y
no de miedo.
Maldito. Si quería usarla, ¿no podía ser un hombre y acabarlo rápidamente?
En su lugar deslizó su brazo bajo ella, levantándola, arqueándola contra su boca
hambrienta. La succionó suavemente al principio, luego más duro, llevando casi todo su
pecho al interior de su boca, manipulándolo con su lengua, dientes y labios hasta que sus
párpados se cerraron y se encontró clavando las uñas en las almohadas bajo su cabeza.
Con escrupulosa deliberación introdujo su rodilla entre sus piernas y empujó su muslo
contra ella.
La dura costura de los vaqueros rozó su clítoris, y su sensación de plenitud se convirtió
repentinamente en algo doloroso.
No, no doloroso. Ésa no era la palabra correcta. Ella estaba. . . necesitada.
El bastardo que la abrazaba, que se refregaba sobre ella, la había perseguido, marcado
como suya, asustado hasta la muerte, y ahora. . . ahora estaba usando todos sus
conocimientos sobre ella y probablemente sobre otras mil mujeres para hacerla correrse.
Correrse tan rápido y tan duro que se sentiría avergonzada de sí misma. De su debilidad.
Así que con un grito ahogado exclamó:
—¿Cuál es el problema? ¿No se te para?
Despacio la dejó sobre las sábanas. Irguiéndose sobre sus rodillas encima de ella, bajó
sus manos a su cinturón gastado de cuero marrón.
No pudo apartar la mirada mientras, con deliberada lentitud; separó los dos extremos,
y luego.... abrió los botones, uno por uno.
Llevaba ropa interior, ropa interior de algodón blanca lisa, por lo que ella podía ver, de
algún fabricante estadounidense. Y cuando empujó los vaqueros, su erección tensó la tela.
Se bajó los calzoncillos—y repentinamente, todo el asunto se puso mucho peor.
Había visto su pene antes. Por supuesto. Pero hoy parecía más largo, más ancho. Se
elevaba entre sus rizados vellos negros, una pálida escultura de mármol veteada de azul,
y la simple visión de él la hizo sentir una feroz necesidad de tocarlo.
Pero no podía. La había atado. . . su esclava.
Cerró sus ojos y giró la cabeza.
—Desearía que apuraras esto. No sé qué es lo que haces todo el día, pero estoy segura
que los señores de la guerra tienen algunos deberes.

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Se río, y sonaba como un ronroneo.
—No. Soy como un gato de caza. Hay largas horas de descanso, seguidos por breves
estallidos de furiosa actividad.
—¿Y cuál es esto?
—Mi combinación favorita de ambos.
Algo blando y lujurioso acarició su garganta, haciéndole cosquillas en su esternón,
resbalando bajo el holgado cinturón holgado de sus vaqueros prestados para acariciar su
estómago. Y por un segundo creyó sentir el largo arrastre de una larga y afilada garra de
un lado a otro de su frágil piel.
Sus ojos se abrieron de golpe.
Desde arriba su Warlord se apoyaba sobre un codo y escudriñaba su cara.
—No quiero que te escondas detrás de tus párpados. Te quiero totalmente abierta a mí.
—¿Qué fue eso?
Le mostró una gloriosa pluma de pavo real llena de color y la agitó ligeramente a través
de sus pechos.
—¿Esto?
—Es que yo sentí. . .
Su mirada se posó en él.
Sus pantalones habían desaparecidos. Llevaba solamente una corta y ajustada camiseta
negra que se aferraba a su pecho musculoso. Su cuerpo esculpido estaba tenso con la
expectación, aunque todavía limpiaba imperturbable su piel con la pluma, decidido a
levantarla más allá del nivel del suspenso dejándola atontada.
Colocó su palma plana sobre su estómago, justo por encima del cinturón de sus
vaqueros—sus vaqueros—y deslizó su mano debajo de la dura tela. Apretó su estómago,
sólo lo presionó, y ese simple punto de contacto se sentía bien tan bien. Alentador, dulce,
como si le importara, no la victoria, sino hacerla feliz.
Compelía su rendición sobre la base de la mentira más atroz de todas.
Ella tiró de la soga.
Él la miró con interés.
—¿Estás evaluando los nudos? Eso no ayudará. Era un Boy Scout.
—¿Un Boy Scout? ¿Esto es lo que te enseñaron en el campamento?
—No, no entregaban esta insignia al mérito. Imagino que el campamento habría sido
muchísimo más popular si lo hubieran hecho.
Maldito por saber atar un buen nudo. Y maldito por hacerla querer reírse.
¡Ríete! ¡Ahora!

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Usó todo su peso para arrastrarse hasta la cabecera de la cama, pero la soga resistió,
y mientras subía él sujetó las piernas de los vaqueros y los jaló.
—Eres un cerdo.
—Una pantera.
—No te halagues a ti mismo.
—Y con todo, los pantalones se van.
No era verdad. Quedaron atrapados en la cumbre de sus muslos, y cuando frotó la
pluma sobre sus caderas, ella quiso patear esa porquería lejos de ella.
No podía, porque se las había arreglado para aprisionar sus piernas tan eficientemente
como había aprisionado sus manos. Y a ella.
La frustración la arrasó, así que lanzó un alarido de guerra y dejó ir sus pantalones.
¿Acaso importaba? La tendría afuera de ellos para su placer, y no se quedaría tendida
allí todo el rato dejando que hiciera con ella lo que deseara. En un arrebato de loca cólera
lo pateó en el pecho, esperando dejarlo inconsciente o, al menos, lastimarlo, retrasándolo
y dejándolo sin aliento. En vez de eso aferró su tobillo y usó su movimiento como palanca
para voltearla sobre su estómago. Sus muñecas se cruzaron. Su cara se enterró en las
almohadas, y saltó sobre sus codos y rodillas para gritar su desafío.
Inmediatamente estaba detrás de ella, entre sus piernas, agarrando y sujetando sus
caderas cerca de las suyas. Su erección sondeó, encontró, ingresó y se deslizó.
Se agarró a las barras de latón. El metal frío contra de sus palmas y el fuerte calor
que emanaba de si provocó una corriente eléctrica a través de su cuerpo, haciéndola
sentir como si la punta de un relámpago atravesara su espina dorsal.
—Bastardo. Estúpido piojoso. Gusano.
—Es correcto.
Él empujaba duro y hondo.
—Ódiame. Insúltame. Sé feroz.
Extendió la mano alrededor bajo su estómago, y usó sus dedos para manipular su
clítoris hasta que la tuvo ondulando debajo de él.
—Pero preocúpate. Por Dios. Siente.
¿Sentir? No podía parar de sentir. Estaba en lo profundo dentro de ella, controlando
sus movimientos con su brazo alrededor de sus caderas, haciéndola moverse para él, con
él. Infructuosamente luchó contra él, tratando de establecer su propio ritmo, usarlo de
la misma manera que un vibrador para llevarse a si misma al orgasmo.
No tendría nada de eso. Sus movimientos en su interior eran profundos, pequeños,
controlados, impidiéndole lograr ya la satisfacción.

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Su respiración sonaba áspera en sus pulmones. Luchó para impulsarse contra la
cabecera de la cama—y se aferró a ella—hasta que pudo apoyarse sobre las barras de
latón. Su mejilla, sus hombros, sus pechos, su estómago descansado contra el frío metal,
y aún así él permaneció debajo de ella, empujando su cuerpo hacia arriba con movimientos
lentos, calientes y prohibidos que hicieron que el relámpago se extendiera a lo largo de
cada nervio. Ya no lo insultó. Le rogó.
—Por favor, Warlord. Por favor. Más profundo. Ahora. Más rápido.
—No.
Su voz tembló mientras luchaba contra sus deseos.
—Esperas. Te rindes. Me llamas amo y luego te dejaré correrte.
Estaba frenética de lujuria, pero aún no había perdido su mente.
—No lo haré.
Tiró de ella hacia atrás pegándola a él. Se apoyó contra su espalda y susurró en su oído:
—Uno de nosotros ganará. Ambos sufriremos.
—No me importa un carajo si nos morimos.
Se río, su risa transmitía la vibración de su pecho a su espalda, su aliento levantaba el
cabello sobre su cuello.
—Pero ¡qué muerte tan dulce será!

Capítulo 12
¿Qué es lo que había dicho Warlord?
Cada vez que pienses en el placer, piensa en mí.
Había cumplido con su amenaza. Karen no tenía idea de cuánto tiempo había estado
confinada en la carpa de Warlord. Ni siquiera si era de día o de noche. Solamente sabía
que se había convertido en una lucha interminable, continua y sensual por mantener su
orgullo. . . Y si algo no ocurría pronto, le daría todo lo que él quisiera. Se rendiría. Lo
llamaría amo. Ya no sería Karen Sonnet sino La esclava de Warlord.
Porque no importaba qué estuviera haciendo, pensaba en el placer. Cuando le daba de
comer los alimentos que Mingma les preparaba, miraba sus dedos largos y pensaba cuán
hábilmente deslizaban la pluma por su espina dorsal. Cuando le hablaba, miraba sus labios
gloriosos y recordaba cómo se sentían cuando se movían contra su boca en largos,
pausados y húmedos besos. Cuando se alejaba de ella, miraba los músculos firmes y
cóncavos de su trasero y recordaba cómo se sentían sus glúteos bajo sus palmas cuando
empujaba dentro y fuera, dentro y fuera.

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Y cuando miraba los brazaletes que había puesto sobre sus muñecas, los creía
hermosos. . . . Oh, dios. La había drogado con sexo.
Lo odiaba. Odiaba este lugar. Se odiaba a sí misma y su propia debilidad.
Hoy, como todos los días, despertó con una sola idea—tenía que escapar. Tenía que
escaparse antes de que el invierno empezara, porque entonces estaría atrapada para
siempre.
Normalmente por la mañana no escuchaba nada más que el suave murmullo de Mingma
hablando con Warlord, y el viento que pasaba silbando una melodía burlona. Pero hoy
permaneció tendida muy quieta, escuchando a un hombre hablando muy cerca de la puerta.
—Ye tienen que salir, hombre. Hay problemas que estallan entre las filas. La última
incursión fue tan bien que dejó a algunos de los hombres ávidos de más. Los otros están
nerviosos, preocupados por los informes de problemas.
—¿En qué grupo estás tú, Magnus?
La enunciación lenta suave y amenazadora de Warlord erizó el vello de su nuca.
Karen escuchó el sonido nítido de puño contra carne, y se giró en shock.
Magnus era pequeño, rechoncho, con las piernas arqueadas, parcialmente calvo y una
amplia postura. Tenía una fina cicatriz roja sobre una mejilla, y le faltaban los meñiques
de ambas manos. Mantenía sus puños cerca de su pecho como un boxeador en un combate
de boxeo que espera un golpe fatal.
Warlord era una cabeza más alto, descalzo, vestido con vaqueros a medio abotonar. Lo
estaba mirando fijamente, estrechando sus ojos y limpiándose la sangre de su boca.
—¿Te mato ahora, o debemos irnos fuera?
—No me matarás.
Magnus levantó su barbilla.
—Sabes que estoy en lo cierto.
Warlord todavía lo miraba fijamente, sereno sobre las plantas de sus pies, listo para
saltar. Entonces gradualmente, deliberadamente, se relajó.
—Muy bien. Háblame.
—Has estado dos semanas aquí, hombre, sacudiendo la carpa de noche y de día.
Karen apretó furtivamente las sábanas sobre su cara carmesí.
—Tienes responsabilidades. Estos hombres te siguen a ti porque los mantienes seguros
y los haces ricos. Pero la riqueza no les hará bien si los rumores son verdaderos.
—¿Qué rumores?
—Que los ejecutores, unos a los que el ejército contrató para ir contra nosotros... son
comandados por otro como tú.

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Magnus bajó la voz, pero todavía podía escucharlo.
—Una bestia que recorre las montañas en la forma de animal.
¿Magnus pensaba que Warlord era un hombre lobo? Oh, hermano. Warlord realmente
lo había timado.
—Benjie y Dehqan desaparecieron mientras estaban patrullando, y descubrí que una
huella de sangre iba hacia el campamento del ejército justo sobre la frontera. Me
acerqué lo suficiente como para escuchar los gritos. Estaban atormentando a alguien.
Luego Benjie apareció aquí.
—¿Ileso?
—Saludable y bullanguero. Dijo que Dehqan decidió regresar a su casa en Afganistán.
—Tú no le crees.
—Ni por un minuto. Nadie lo hace. Está nervioso como un gato, y Dae—Jung lo atrapó
haciendo señas hacia las montañas con un espejo.
Karen echó una ojeada a los dos hombres. Estaban de pie con las cabezas juntas,
concentrados en su discusión, y aunque no sabía con seguridad quién eran Magnus, era
claro para ella que Warlord lo respetaba y le agradaba.
—Nos ha traicionado —dijo Warlord.
—No hay ninguna duda sobre eso —respondió Magnus.
—Benjie ha sido siempre el primero en tomar el camino fácil. ¿Me pregunto qué le
prometieron?
—Dinero.
—No. Respeto. Eso es lo que nuestro estúpido Benjie ansía.
Warlord dio toquecitos a la sangre sobre su labio partido pensativamente.
—Muy bien. Tráemelo. Veamos si puedo convencerle de que me dé una versión
diferente de los hechos.
—¿Abajo cerca del hoyo de fuego? —preguntó Magnus.
—Oh, sí. Definitivamente en el hoyo de fuego.
Warlord dio una palmada a Magnus en el hombro.
—Tráelo.
Cuando el escocés partió, estaba silbando.
Warlord abrió un baúl, sacó una camiseta de mangas largas, y se la pasó por la cabeza.
La metió dentro de sus vaqueros, se abotonó, jaló un cinturón de cuero cubierto, y lo
soltó a través de los bucles. Sentándose, se colocó unas pesadas botas negras sobre las
medias de lana y las ató sobre su pantorrilla. Extendiendo la mano dentro del cofre otra
vez, extrajo dos cuchillos afilados y delgados y los soltó en sus botas. Se puso de pie y

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sacudió sus vaqueros, ató una pistolera grande alrededor de su pecho y una más pequeña
alrededor de cada brazo. Puso una Smith & Wesson 952 en la pistolera más grande y dos
Kel—Tec P—32s en las más pequeñas.
El hombre estaba yendo a la caza de un oso.
Agarró un abrigo negro holgado, verificó sus armas y luego echó un vistazo a Karen.
Ella cerró sus ojos y fingió estar dormida.
Así que por supuesto no lo escuchó acercarse, no sabía que estaba ahí hasta que
murmuró en su oreja:
—No tardaré mucho, querida. Estás cansada. Permanece en la cama.
Se incorporó tan rápido que le golpeó la barbilla con la cabeza.
Se río y frotó su cara dolorida.
—No es mi día.
—Este es el verdadero problema, ¿no?
—¿Qué te hace creer que sí?
—Magnus te golpeó. No dejarías que nadie te golpeara a menos que. . .
Girando su cabeza, lo miró a la cara—la pálida piel cubierta por la barba pesada y
rodeada por el pelo alborotado, la nariz fuerte, los labios flexibles, y, dominándolo todo,
esos negros, negros ojos.
—¿A menos que me lo merezca?
—Sí.
—¿Sabes qué quiero lo mejor para ti?
—¿No soy estúpida? —dijo ásperamente, pero al mismo tiempo tocó ligeramente el
corte sobre sus labios.
La corrigió.
—Solía echarme sobre mi estómago encima del solar de construcción y mirarte.
—¿Me mirabas?
Eso explicaba ese sentimiento espinoso que solía tener en la nuca.
—No podía apartar mis ojos. Trabajas mucho. Eres lista. Eres terca. Destacas con una
luz interior, y odiaba lo que me estabas haciendo, haciéndome dar cuenta de lo qué
estaba haciendo, cambiándome contra mi voluntad. He tenido otras mujeres, pero
solamente te recuerdo a ti. Llenas mi mente. Llenas mi alma.
Maldito. Cómo se atrevía a tratar de cautivarla?
—Es un poco tarde para zalamerías.
Giró su cabeza.
—¿Vas a matarlo? ¿A ese Benjie?

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—Depende de cuánto esté dispuestos a decirnos y cómo de rápido proporcione esa
información.
Warlord volvió a recostarse sobre sus piernas.
—¿Por qué? ¿Te sientes apenada por él?
—No. No si ha traicionado a sus compañeros.
—No piensas mucho como una mujer.
—¿Cómo piensa una mujer?
Lo congeló con una mirada acerada.
—Las mujeres son siempre todo —movió sus dedos e hizo su voz alta y chillona——.
Ooh, no lo lastimes.
—Das la impresión de haber mirado demasiadas películas viejas, unas donde la mujer
siempre se cae y tuerce su tobillo mientras trata de escapar.
Enseñó sus dientes en una sonrisa salvaje.
—Trata de conseguir Kill Bill. Te dará una nueva perspectiva de qué tipo de violencia es
capaz una mujer.
—Tú eres una mujer bonita. Una mujer fuerte. Un director de construcción.
Inclinándose sobre ella, deslizó sus dedos a través de su pelo.
—¿Qué te hizo decidir convertirte en directora de obras?
Como si fuera a contarle sobre su propio infierno privado.
—¿Qué te hizo decidir convertirte en un despiadado señor de la guerra? —contestó.
Sus dedos nunca se detuvieron, y sus ojos brillaron de la misma manera que obsidianas.
—Tengo un talento natural para el homicidio.
Tirando de su pelo, inclinó hacia atrás su cabeza y la besó profundamente.
Ella sintió la sangre de él sobre su lengua y…

La primera granada voló de su mano en un arco hermoso por el cielo tibetano azul
brillante, directamente al convoy, y tocó tierra en el Jeep principal. El pequeño tipejo que
lo conducía gritó; entonces la explosión estremeció el paso y voló al general chino en un
millón de piezas de pollo chow—mein. En el momento de aterrador silencio que siguió,
Warlord sonrío con profundo deleite; el maldito hijo de puta nunca más golpearía a una
mujer hasta la muerte ni atacaría con bombas incendiarias a la colonia nómada en
desquite por ofrecer hospitalidad a un norteamericano.
Entonces los soldados chinos entraron en acción, rociando las rocas con balas. Sus
hombres contestaron al fuego. El angosto paso resonó con los disparos. El olor a pólvora

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picó su nariz, y todavía sonreía mientras ajustaba la bayoneta a su arma, bajó la colina en
ataque, y espetó a los bastardos amarillos hasta que la sangre lo salpicó de pies a cabeza.
Una bala lo golpeó en la espalda. El dolor estalló en sus pulmones. Se tambaleó. Se dejó
caer sobre sus rodillas.
Pero nadie sobre este campo de batalla podía matarlo.
Enroscándose, miró al tipo que le apuntaba con la pistola.
Víctor Rivera era un mercenario más viejo. Estaba aprovechando esta oportunidad para
librarse de un intruso norteamericano joven e inexperto. Era de Argentina. Y la palabra
que gritó cuando Warlord atravesó sus bolas fue una pura blasfemia en español—y la
última palabra que alguna vez diría.
Warlord levantó los genitales de Víctor sobre la punta de la bayoneta. La sangre
goteaba por su rifle hasta sus manos, y en el silencio repentino bramó,
—¡Esto es lo que queda de mi enemigo! ¿Quién más es mi enemigo?
Los chinos gimieron, rompieron filas y huyeron.
Los mercenarios de Rivera se movieron.
Warlord se río, sacó la pistola de Rivera de su cinturón, y le disparó al hombre en la
cabeza.
Estaba yendo al infierno.
No—estaba en el infierno.

Con un grito entrecortado Karen regresó al presente. Estaba en la carpa de Warlord.


Warlord se había ido. Estaba tendida horizontalmente sobre la cama. Su corazón latió
con fuerza, agitando su pecho. Desenfrenadamente levantó sus manos y las miró. No
estaban cubiertas de sangre. Se miró. Llevaba un camisón holgado, pálido y transparente,
no estaba manchado por la sangre derramada.
La porcelana tintineó suavemente. Mingma se arrodilló al lado de la mesa baja,
organizando los platos del desayuno y vertiendo el té en un jarro. El aroma de su tabaco
entró flotando al otro lado de la carpa. Todo estaba. . . normal
Pero Karen no lo estaba. Había estado en algún lugar, visto algo que nunca debería
haber visto.
Había saboreado la sangre de Warlord; luego había visto un evento terrible del pasado,
lo había visto a través de los ojos de Warlord.
—¿Dónde está? —exigió.
Mingma miró hacia arriba, y la expresión de Karen debió haber sido alarmante, porque
se puso de pie y dio un paso hacia atrás.

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—Partió. Me dijo que le dejara dormir.
Señaló la comida.
—¿Desayuno?
Karen se incorporó y apoyó su cabeza en sus palmas. ¿Qué le estaba pasando? ¿Cómo
podía estar en la mente de Warlord? ¿En su pasado? ¿Se había vuelto totalmente loca,
finalmente?
—¿Señorita?
Mingma tocó su hombro.
En un ademán violento, Karen golpeó su mano.
—No me toques.
No había olvidado la traición de Mingma, y ahora mismo no necesitaba ningún viaje
sobrenatural provocado por el ácido para oler los problemas que amenazaban. No
importaba si Mingma parecía sinceramente amable, si los sherpa hubieran estado
dispuestos a venderla a Warlord, la hubieran vendido por unas cervezas. No es que Karen
se preocupara por él, pero sabía que la protegía, y en un campamento de cientos de
hombres rodeados por territorio hostil, la protección era un producto primario a ser
valorado.
Levantando su mirada hacia Mingma, dijo:
—Sal y dime que está ocurriendo ahí.
Mingma se acercó a la solapa de carpa y la levantó.
Karen escuchó un grito alto y agudo.
—Benjie —dijo Mingma.
—¿No hablará?
—Está asustado.
Mingma miró fijamente al campamento, luego exploró el horizonte.
—¿Asustado de Warlord?
—Pienso que. . . asustado del Otro.
La serenidad de Mingma se estaba agrietando.
—¿Qué Otro?
—Los hombres hablan del Otro, un mercenario que pasará un trapo a Warlord y
sujetará este territorio para siempre.
Karen vio la oportunidad que había estado buscando.
Se puso de pie. Agarró una bata. Se arrodilló junto a la mesa y empezó a comer.
—Déjame.
—Señorita, si trata de escapar otra vez, me matará.

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La voz de Mingma tembló.
—¿Si Warlord cae, quién pagará tus honorarios? ¿Quién respaldará a tu hijo en
América?
Karen pinchó a Mingma en su punto débil.
—¿No estás pensando en escapar?
El color se escurrió de la cara marrón de Mingma, y dio un paso alejándose de Karen.
—Señorita, ¿usted ve el futuro?
—Solamente un tonto no vería este futuro.
Karen comió regularmente—necesitaría el alimento—y no miró hacia arriba.
Mingma dio un paso de regreso hacia la entrada, se detuvo y se quedó, luego huyó de la
carpa.
Karen dibujó una sonrisa pequeña y feliz. Liberarse de Mingma era el primer paso hacia
la libertad. Por primera vez en dos semanas Karen estaba sola. Ahora podía hacer lo que
tenía que ser hecho.
Necesitaba sus botas de excursión. Necesitaba ropa que quedara bien y con la que
pudiera caminar. Sobre todo, necesitaba su abrigo.
Se apresuró a acercarse al baúl abierto. Arrodillándose sobre la alfombra de
cachemira, revisó la ropa.
Y allí estaba. Su abrigo. Buscó en los bolsillos, y cuando sus dedos agarraron el icono
cerró los ojos con alivio.
La Madonna estaba a salvo.
Lo sacó y se sentó allí, sujetando el icono en su mano, observando la mirada inmensa,
oscura y triste de la Virgen María. Cuando lo hizo, los eventos de ese día nadaron a
través de su cerebro como un sueño febril. El descubrimiento de la tumba. . . el cuerpo de
la niña. . . esos ojos, iguales a los suyos, tristes, sumisos, y de un sorprendente color
azul—verdoso. . . y la disolución del cuerpo frágil bajo el tacto de Karen.
Luego el estruendo de rocas, la negativa de Phil de partir, la aparición de Warlord. . .
Cada momento había estado fuera de su control desde entonces. ¿Pero qué otro curso
podía haber tomado? Si Warlord no la hubiera subido en la motocicleta, hubiera muerto.
Ahora aquí estaba, un cautiva para un hombre que la asustaba y cautivaba tanto.
Nunca había sido religiosa—no había tenido ninguna oportunidad, por que su padre no
había tenido ninguna paciencia a las tonterías de la biblia—pero ahora, en una oración que
venía de su corazón, suplicó:
—María, por favor ayúdame a encontrar el camino a casa.

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Casa. . . No tenía una casa. La oscura mansión en Montana de su padre estaba decorada
con cornamentas y cuero marrón, y aunque había sido criada allí, estaba siempre en
tensión, mirando sobre su hombro, esperando la próxima crítica hiriente, el próximo
gesto despectivo impaciente.
¿Así que por qué había pedido que a la Madonna que la ayudase a ir a casa?
—¿Qué es eso?
La voz suave de Warlord se escuchó tras ella.
Gimió fuertemente—¿cuándo se había convertido en una niña estúpida?—y traído el
icono a su seno, cuando cada instinto la impulsaba a proteger el objeto sagrado.
—Lo encontré —dijo.
¿La había escuchado?
—¿Dónde encontraste un icono ruso?
Warlord agarró su muñeca y acercó la Madonna a la luz. La valoró con una mirada.
—El estilo muestra de que fue pintado a comienzos de la historia de la iglesia ortodoxa.
—¿Cómo lo sabes?
—En Rusia, antes de los soviéticos—y durante, a veces—el icono era el corazón de la
familia, venerado encima de todas las cosas. Eran el Evangelio en pintura, y eran
conservados en la esquina hermosa, el Krasny ugol, la esquina roja.
—¿La esquina roja?
¿De qué estaba hablando?
—En la cultura rusa, el rojo significa hermoso.
Habló con la tranquila certeza de un experto.
—Estos iconos, especialmente los iconos de la Virgen María, fueron considerados
milagrosos. Cada pose, cada color tenía significado, y hay leyendas folklóricas de luchas
entre el bien y el mal por la posesión de los iconos.
—¿Qué dicen las leyendas?
Más importante, ¿cómo lo sabía? Había sobrevivido a semanas de eventos extraños,
pero este era quizás el más extraño, que esta criatura del misterio y la sombra pudiera
conversar con tales conocimientos sobre la cultura rusa.
—Ya lo sabes, lo habitual. El diablo hace un trato con un hombre malvado. Para sellar el
pacto el hombre malvado ofrece entregarle el icono familiar al diablo, una pieza de
madera pintada con cuatro imágenes diferentes de la Madonna. Pero su madre se niega a
dejar que su hijo tome los iconos. Así que la mata, lava sus manos en su sangre, y
mientras bebe para celebrar el cierre del trato, el diablo divide las Madonnas y, en un
destello de fuego, las arroja a los cuatro extremos de la tierra, donde se pierden.

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Warlord miró fijamente el icono como si lo reconociera.
—Hmm. Perdidos por un milenio hasta ahora.
No le gustaba la manera charlatana en que recitó la historia. No le gustaba la manera
en que sujetaba su muñeca. No le gustaba el brillo en sus ojos.
—¿Podría verlo? —preguntó, pero no era nada más que una formalidad, porque al mismo
tiempo se lo quitó.
Tan pronto como agarró el icono, se escuchó un sonido de chisporroteo y se olió a
carne quemada.
Tiró el icono en su regazo. Caminó hacia atrás y la miró fijamente. A ella. Al icono.
Luego a sus manos.
—¿Qué ocurrió?
Recogiendo el icono, ella lo acunó en sus palmas. Estaba caliente, y al parecer lo había
lastimado.
Caminando al lavatorio, puso sus manos bajo un chorro de agua fresca. Todavía en ese
tono coloquial, dijo:
—En esas leyendas viejas son comunes las supersticiones.
Miró a la Madonna, y sospechó la verdad.
—¿Qué trato hizo con el diablo el hombre malvado?
Warlord permaneció de pie dándole la espalda y mirando fijamente en la palangana.
—Uno que condenó a sus descendientes al infierno.
—¿Eres un descendiente de ese hombre malvado?
—Tú eres una mujer de sentido común. No crees en una historia tan tonta.
Había visto a la niña, muerta durante mil años, abrir sus ojos. Había vivido los
recuerdos de Warlord. Había escuchado el chisporroteo de carne de Warlord cuando
había sujetado el icono. En una voz rota dijo:
—No sé qué creo.
—No importa, de todos modos.
Continuó de pie con sus manos en el agua y de espaldas a ella.
—Te vas de aquí.
Por un momento, su tono informal suavizó el impacto de sus palabras. Entonces
comprendió, un estallido de júbilo. . . seguido por un sentido inexplicable de pérdida. ¿Y
por qué debía sentir la pérdida? Esto era el objetivo que había querido, exigido, luchado
para conseguir. Podía irse a casa sabiendo que nunca había cedido ante su dominación
sexual. Partir ahora le permitiría mantener su orgullo e integridad.
Pero la pérdida todavía estaba ahí.

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Y el miedo, porque sabía que nunca la dejaría irse a menos que algo estuviera
terriblemente mal.
—¿Por qué? ¿Qué ha ocurrido? —preguntó.
—Mis ataques han enfurecido a los ejércitos sobre ambos lados de la frontera, y
trajeron a un soldado mercenario experimentado para sacarme y mantener las cosas bajo
control. Los Varinskis son bien conocidos por sus tácticas de terror. Es demasiado
peligroso que te quedes.
Había traído esto sobre sí, entonces. Muy bien.
—Necesitaré mis botas y alguna ropa que me quede bien.
Giró para encontrarse cara a cara con ella, y la conmocionó verlo se reír.
—La práctica, prosaica Karen.
Extendiendo la mano bajo la mesa, encontró una llave, se la pasó, y señaló con el dedo.
—En ese maletero.
Se puso de pie.
—Me vestiré.
Caminó a la solapa de carpa, la levantó, y escuchó. Podía casi verlo irse en alerta.
—Apúrate.
No necesitaba que se lo dijera dos veces. Se quitó la bata y se puso la ropa con rápida
eficiencia. Cuando al principio ayudó, trató de empujarlo, pero pronto se puso claro que no
tenía ninguna intención lujuriosa. Trabajó para poner armas sobre su cuerpo. Ató una
Glock alrededor de su pecho y un cuchillo arriba de su manga, y cargó su mochila con
munición y raciones secas. Llenó una cantimplora con agua y la puso sobre su cinturón, y le
dio un multitool que combinaba con uno que había perdido en el desprendimiento de rocas.
Puso una brújula e insumos médicos generales en su bolsillo y, milagro de los milagros,
colgó su pasaporte alrededor de su cuello.
Su pasaporte. . . había pensado que se había perdió en el desprendimiento de rocas.
—¿Dónde conseguiste eso?
—Lo robé de tu carpa hace muchas semanas.
—Hijo de puta —farfulló, pero ahora mismo estaba agradecida. Tener su pasaporte
aceleraría su viaje a casa—y le evitaría tener que pedirle ayuda a su padre.
Mientras trabajaban, sabía que estaba escuchando algo fuera. Al principio no escuchó
nada, los gruesos tapices la protegían del tumulto fuera. Lentamente el clamor rompió el
silencio en la carpa. El ruido creció, gruñó, añadiendo un filo a su prisa.
Cuando había terminado de atar sus botas, se arrodilló frente a ella.

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—Ve hacia Katmandú. No dejes de caminar durante dieciocho horas. No confíes en
nadie a menos que estés en la embajada norteamericana, e incluso entonces, sé precavida
—miró hacia arriba, sus ojos oscuros y serios.
—Pase lo que pase —sobrevive.
—Lo haré.
—Lo sé.
Fue a la parte posterior de la carpa y abrió la costura de un golpe.
El ruido de lucha explotó en la carpa. Escuchó los gritos, los tiros, los gruñidos de
cólera, y los gritos animales de guerra.
Volteó una sección del camino y lo giró, lo colocó luego al otro lado de la brecha. Era el
puente que había buscado cuando se escapó antes.
—Recuerda todo lo que te dije.
—Lo hago.
—Cuando regreses a los Estados Unidos, ¿puedes hacer una cosa para mí?
Llamar a su madre, supuso, y decirle cosas alentadoras.
—Sí. Lo que quieras.
Tomando su cara entre sus manos, la besó. La besó profunda, rápidamente, con el
propósito de dejar su marca sobre ella.
No quería hacerlo, pero respondió. Lo saboreó, reconoció, absorbió. Y, sí, sintió la
pérdida de una relación y un hombre condenado desde el comienzo.
Arrancándose, investigó sus ojos.
—De algún modo, algún día, iré por ti. Está atenta.
La besó otra vez. Se volteó. Fue hacia la delantera de la carpa. Empujó la solapa de
para abrirla. La última cosa que vio fue a Warlord saltar de la plataforma y entrar en el
tumulto, con una pistola que ardía en cada mano.
No la escucharía allí, pero respondió de todos modos:
—Haré exactamente eso.
Recogiendo su mochila, cruzó el puente.
No miró atrás.

Capítulo 13
Montana, cinco semanas después

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Karen estaba en la puerta del estudio de su padre. El fuerte color vino de las cortinas
cerradas. Los paneles de madera eran de color nuez oscura. Una nueva cabeza de alce
colgaba encima de la fría chimenea.
Bolígrafo en mano, Jackson Sonnet sentado en su escritorio en una piscina de luz, bajo,
hombros anchos, cabello canoso, enojado con la lectura de papeles ante él.
—¿Papá? —tenía ella la voz un poco rota.
Él se congelo. Silencio. Sin mirar, sin una nota de bienvenida, de alivio o alegría, él dijo.
—Era tiempo de que volvieras a casa.
El aliento de ella atrapado en un brillante pedazo de rota esperanza. Solo esta vez,
cuando él no sabía si estaba viva o muerta, se esperanzó… Bajó su bolsa.
Que contenía su pasaporte, su cartera, suficiente ropa para varios días…y los restos
de los sus brazaletes de esclavitud. Cuando había llegado a Timbuktu, ella había
conseguido un joyero que los cortara. Él le había ofrecido una buena suma por los
veintidós kilates de oro, que ella rehusó. Porque podría obtener un mejor precio en otro
lugar, se había dicho así misma. Porque podría ser que necesitara el dinero… o porque
quería lanzar los brazaletes sobre el fuego de la Montaña Doom, donde regresarían al
infernal hogar de donde habían venido.
Ella hizo una mueca de dolor.
Podía estar un poco traumatizada.
Avanzó dentro de la sala. Quería arrojarse sobre el cuello de su padre y llorar de
agonía, pero sabía que era lo mejor. Que no importaba que hubiera desaparecido en el
Himalaya, esta no era diferente a todas las demás bienvenidas a casa.
Dio su informe.
—La montaña colapso en el sitio. El derrumbe lleno el valle. No se puede construir el
hotel.
—¿Tardaste cinco semanas en volver para decirme eso? —él la miró, sus ojos de luz, el
cortante azul que siempre había tenido, el que siempre la atemorizó cuando era niña.
Había pensado mucho sobre lo que le iba a decir a su padre. Él no curaría la humillación
que había sufrido, él solo podía ver que no sufrió ninguna lesión que la incapacitara. Así
que decidió contarle la verdad, o lo menos posible de revelar, la menos mortificante
versión de la verdad.
—Fui secuestrada y me mantuvieron cautiva.
—¿Por quién?

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—Por un mercenario que vive en el área —Warlord… pero ella no iba a eso. Paso su
lengua alrededor de la carne interna de su boca, y por un breve segundo probo la memoria
de su sangre. En el borde de su mente una pesadilla paso, lista para reproducirse.
No quería pensar en él. Nunca.
—¿Antes o después del derrumbe?
—Él me salvo, y después me secuestró.
Jackson golpeo su silla hacia atrás tan fuerte que dio en la pared.
Ella se encogió.
Jackson se puso de pies, sus fuertes manos apretadas en puños. Su voz baja de desdén,
preguntó,
—¿Esperas que me crea eso?
—Sí. ¿Por qué no? ¿Qué piensas tú que paso?
—Estuviste revolcándote a los alrededores con ese tipo porque él tenía un abrigo negro
de cuero y una motocicleta.
—¿Como sabes eso? —¿cómo sabes cosas sobre Warlord?
—Te escapaste con él y cuando se canso de ti, regresas a mí con esa absurda historia
de mierda.
¿Cómo fue que él obtuvo esa información, con la suficiente verdad como para hacerla
lucir mal?
—Padre. No puedo creer que hayas enviado a alguien a tomar fotos del sitio del hotel.
—Lo hice —admitió.
—¿Sabes por las noticias de los millones de toneladas de roca que destruyeron la base
de la montaña? Yo no falsifique las rocas —estaba incrédula—. Ni siquiera tú podrías
estar paranoico.
Malas palabras dijiste. Definitivamente malas.
Jackson enrojeció de ira. Con dura voz dijo.
—¿Sabes cuánto me cuesta este proyecto?
—¡Casi te cuesta a tu hija!
—Mi hija —se mofó—. ¿Es eso lo que piensas?
Entonces él miró sorprendido, como si alguien hubiera hablado.
El silencio en el cuarto era profundo, y ella se encontró escuchando su propia
respiración.
—¿Qué quieres decir?
—Nada —murmuró.
—¿Dices que yo no soy…tu hija?

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Con la mirada caída, y mirándola ahora embarazosamente.
—Eso no importa.
—Por supuesto —sus manos colgaban a los lados, pero su cerebro corría—. Esto lo
explica todo. La indiferencia, la impaciencia, la constante falta de afecto y atención… Yo
no soy tuya.
—¿Qué diferencia hay? He tenido el problema de cuidar de ti. He pagado por tu
educación —su breve momento de arrepentimiento se perdió; él estaba trabajando sobre
su temperamento.
—Te volviste loco —por primera vez, lo entendió—. Este es el camino que tomas cuando
algo te hace quedar mal o te incomoda.
—¿Qué hombre no se enojaría? Una esposa que salía con no sé quien, mientras
trabajaba, y todo lo que obtengo fuera de esto es un niño sin valor. Si tu madre tuvo que
dejarme con un niño, ¿por qué diablos tuvo que ser una niña?
Karen no se preocupo sobre su condena. Tenía que averiguar…
—¿Quién era mi padre?
—Mi mejor amigo. ¿Quien más?
Podía casi sentir la amargura de Jackson.
—¿Quién era tu mejor amigo?
—Dan Nighthorse. Ese bastardo indio Blackfoot.
—Me acuerdo de él —apenas. Era la sombra de una figura en el fondo de su mente,
aquellas memorias eran principalmente tomadas con el recuerdo de las manos de su madre,
su sonrisa, sus ojos… su muerte.
—Él siempre estaba alrededor, entre los turistas, hablando sobre las montañas, el vivir
de la tierra y ver el hermoso escenario. Ella amaba escalar, era una experta, quería que
nosotros subiéramos a las montañas para comulgar con la naturaleza, como si fuéramos
hippies. Yo no tenía paciencia para esa basura.
—Lo sé —Jackson podía construir hoteles que atendieran a los excursionistas, pero a
menos que él pudiera cazar, a menos que un animal muriera por sus manos, a no le
interesaba acampar.
—Ella me daba lata, y finalmente le dije que dejara de molestar y se fuera con él —
miró hacia la colección de astas alineadas en sus paredes—. No puedo creer que ella se
enamorara de ese perro de mierda.
Un horrible pensamiento la golpeo.
—¿Los asesinaste?

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—¿A tus padres? No, no los asesine, no importa lo mucho que se lo merecieran. Estaba
trabajando mientras ellos se encontraban alrededor del desierto, y una tormenta de
nieve se sitúo allí. Tu madre bajo al maldito acantilado.
—Lo sé —las pesadillas de ella siempre habían sido de la caída.
—Nighthorse se rompió el cuello tratando de rescatarla, y maldita sea, ella se congelo
antes que la guardia civil aérea llegara y la trajera. Mi padre me llamó y me dijo que
regresara a la casa y le dijera adiós a mi esposa, y me informo entonces lo que todo el
mundo sabía—que habían sido amantes durante años a mis espaldas.
—Recuerdo al abuelo —alto, barrigón, un desagradable hombre que abusaba de su hijo,
ignorándola, y enviándola a huir con su ama de llaves.
—Cuando llegue al hospital, ellos dijeron que la hemorragia interna no pudo ser
detenida. Como me preocupé —se detuvo, tragando. Temblando de la emoción.
Karen comprendió que había sufrido. Por la humillación, que ella suponía.
—Abigail quiso que le prometiera que te cuidaría como si fueras mía.
—¿Se lo prometiste a ella? —Karen no podía imaginar a su padre cediendo por la
presión, ni siquiera ante la muerte de una mujer.
—Se lo prometí —dijo burlándose, pero esta vez frente al espejo—. Mi padre dijo que
era un tonto, y lo era. Pero la amaba. Apuesto a que no sabias eso.
—Tú… ¿la amabas?
—Solo Dios sabe por qué. Ella no era buena para nada. No podía mantener la casa
arreglada. No podía conservar el rancho para llegar. Reñía por que no le prestaba mucha
atención. Se disgusto porque tomé mis placeres mientras viajé. Entonces me engañó con
mi mejor amigo.
—Imagina eso —todo dentro de Karen, todas las partes que habían parecido inseguras,
con asombro, parecían hacerse más fuertes. Sus pulmones respirando, su corazón
latiendo, su balance era tan seguro que ni un terremoto podría lanzarla fuera de la tierra.
Y todas las partes emocionales de ella, las únicas que la ayudaban con la esperanza, se
fueron lejos de la luz que guiaba su vida—. ¿Por qué me dices esto ahora? ¿Por qué,
cuando todo lo que he hecho es trabajar por ti, tratando de complacerte, llevando a cabo
el trabajo cuando otro no podía—por qué decidiste destruirme?
—Phil me dijo.
—¿Phil? —intento comprender—. ¿Phil Chronies?
—Sí, ¿te sorprende, no es así? —Jackson contemplo su ancha mirada con sombría
satisfacción—. Nada menos que Phil Chronies, el hombre que perdió un brazo a mi servicio.
El hombre que tú dejaste morir.

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—Porque él era demasiado ambicioso para dejar el oro —rápidamente ella comprendió
lo que hacía, y se paró en seco. No justificaría a ella y sus acciones. No a su padre. No
cuando acababa de volver de los muertos para no encontrar alivio, ninguna bienvenida,
pero si acusaciones—. ¿Cómo puedes creer en el peor tipo en tu organización entera sin
aún preguntarme que pasó?
—Eres la hija de tu madre, que se revuelca con algún extranjero de cabello negro en
vez de trabajar como deberías.
Escuchó el eco de una amargura tan vieja que había comenzado hacía mucho tiempo.
—Sí. Soy hija de mi madre. Soy leal hasta el día en que comprendí que nada de lo que
haga por ti…hará que me apruebes —Amarme, quiso decir, pero él no podría entender el
término.
Warlord había hecho algo por ella. Le había demostrado su amor—retorcido, posesivo,
pero dado libremente. Warlord había saltado junto a ella con una soga, pero ahora,
cuando miró a su padre, ella comprendió cuan fuerte estuvo rodeada de sus expectativas.
Ahora era libre.
Dio un paso adelante.
—Eres un tonto, Jackson Sonnet. Hubiera hecho cualquier cosa por ti. Cualquier cosa.
Y tú escuchaste el veneno que Phil Chronies puso en tu oído. Tú tuviste tu parte contra mí
—dijo riendo, y con un sentido de libertad que nunca antes experimento—. Gracias, Padre,
por haber hecho posible que yo siga mi sueño.
Se sacudió con frustración.
—¿De qué demonios estás hablando?
—Me voy —miró su bolsa. Llevaba el abrigo. El icono estaba en su bolsillo.
Excepto por el cuadro de su madre, y ella podría recogerlo de camino a la salida, no
había nada aquí nada que necesitara. Nada en esta casa que quisiera.
—Me voy a Inglaterra. Visitare el museo Victoria y Alberto. Voy a ir a España para
visitar cada viñedo en la Rioja. Iré a comer naranjas y aceitunas y tomates y pan. Iré a
hacer amigos para jugar. Iré a andar en bicicleta, y nadare en el Mediterráneo, y tomare
el sol.
Tomó un largo aliento, luego lo liberó... y toda la tensión de veintiocho años pasó la
inclinación y combó por la presión interminable de Jackson Sonnet.
Él la atacó con su habitual sutileza.
—Este es el plan más estúpido que he escuchado.
—No es un plan, Padre. Por el próximo año, no estoy planificando nada. Voy a dejarlo
caer a su voluntad.

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—¿Cómo demonios piensas llevar a cabo eso?
—Gracias a ti, Padre, y a tu entupido calendario que asegura que nunca has tenido
tiempo, he acumulado una pequeña fortuna, y puedo darme el lujo de tener un año
sabático —reflexivamente, añadió—, o dos.
—¿Estás loca? Has trabajado cada día de tu vida. ¿Qué te hace pensar que puedes
pasar el tiempo sin hacer nada más porque…?
—¿Porque quiero? ¿Qué es lo que siempre he querido? Voy a hacer civilizada. Voy a ser
una chica —intentó pensar que podría impresionarlo lo cuan sería estaba—. Voy a hacerme
una pedicura.
—¿Una pedicura? —él no podía haberla mirado más ultrajado—o alarmado—. ¿Para qué
quiere una pedicura?
—Sólo he tenido una en mi vida—y me gustó. Ahora voy a tener tantas como quiera.
—¡Estas despedida!
Pensó en ello.
—No. Definitivamente pienso que renuncio primero —se doblo ante él con apreciación
burlona—. ¡Adiós! Padre. ¿O debería llamarte Sr. Sonnet? Disfruta de tu tiempo con Phil,
y trata de hacerte creer que él te dice la verdad.
Los vasos sanguíneos que fijaron las mejillas rojizas de su padre aparecieron como ríos
escarlatas en un mapa.
—No puedo creer que estés renunciando de esta manera
—No estoy renunciando. Voy a encontrarme a mí misma —recogiendo su bolsa, ella
caminó hacia la puerta.
No miró hacia atrás.

Capítulo 14
Dos años después
Aqua Horizon Spa and Inn
Sedona, Arizona
Karen Sonnet estaba de pie en el frío vestíbulo del hotel, alto, de moderna entrada en
madera—y—piedra, hablando con Chisholm Burstrom, presidente y CEO de la base
Burstrom Technologies en Texas, y su esposa, Debbie, sobre los acontecimientos de la
noche, cuando un nuevo invitado dio un paso en la puerta—y Karen contuvo la respiración.
El forastero cruzó hacia el mostrador de registro. Su cabello negro estaba cortado
por un buen estilista y su rostro estaba limpio y rasurado. Su paso era largo y confiado, y
su inmaculado traje negro de corte europeo encajaba perfectamente con su musculoso

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cuerpo. Su crujiente camisa blanca y corbata azul podrían haber pertenecido a cualquier
hombre de negocios rico que visitaba el Aqua Horizon Spa and Inn para relajarse y hacer
negocios.
Karen se distanció, su mano sobre su pecho para contener el latido de su corazón
Sus ojos no eran negros, pero si unos inusuales ojos verdes.
Él su mano extendió, dirigiéndose a ella....
Detrás de ella, Chisholm Burstrom dio un grito.
Karen saltó.
—Lo siento, cariño. No pensé —Chisholm puso una mano sobre su hombro, pero su
mirada estaba fija en el forastero. Con dos largos pasos él lo encontró—. Wilder, viejo
amigo de armas, me alegro de que hubieras podido venir.
—Chishom, gracias por invitarme —el extraño agito la mano de Chisholm—. Estoy
esperando con interés la oportunidad de conocer a tus nuevos ejecutivos y obtener más
chismes del nuevo juego tecnológico.
—¡Nada de eso! —la Sra. Burstrom caminó entre los dos hombres y coqueteo un poco
mirando de uno a otro— . Este hotel es el destino número uno en el mundo del spa. Lo
escogí por lo especial, ya hice la lista de invitados, seleccione las actividades, y esto no se
convertirá en una conferencia de negocios. ¡Chisholm, lo prometiste! y el Sr. Wilder no
quiere conocer mi lado malo. ¡Soy un enemigo terrible!
El Sr. Wilder sostuvo sus manos con las palmas hacia arriba.
—Yo nunca la enojaría, madame. ¡No soy tan valiente!
Los tres se rieron, cómodos entre ellos y la situación; entonces la Sra. Burstrom se
giro hacia Karen.
—Karen, este es el Sr. Rick Wilder, uno de nuestros invitados más especiales. Rick,
esta es Karen Sonnet. Es la fuerza que ha estado planificando nuestro grupo durante
meses.
—Es una pequeña niña inestimable —dijo Chisholm
Esta vez el forastero miró a Karen, realmente la miró.
Su corazón se acelero nuevamente. Ella esperó, sin aliento, oírlo preguntar.
¿Usted miraba hacía mí?
En cambio sus ojos se tornaron ardientes con una civilizada apreciación.
Sabía lo que él veía; ella había cultivado cuidadosamente la tranquila, y la confortable
imagen que el spa demandaba para su personal.
Su vestido azul era suelto, sin mangas, a lo largo de la rodilla y casual, y “casual”
describía perfectamente sus zapatillas planas, sandalias marrones, y desnudas y
bronceadas piernas. Su pelo castaño tenia rayos rubios, unos naturales, algunos no, y un
estilo de corte en capas que rozaba sus hombros.
Parecía lo que ella era—la coordinadora de eventos en un pequeño, y muy exclusivo
hotel del alto cañón en el desierto a las afuera de Sedona.
Extendió su mano.

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—Sr. Wilder, un gusto de conocerlo.
Él tomó su mano y la agito con profesionalismo.
Sorprendida—posiblemente porque todavía estaba medio convencida de que este
hombre era Warlord. Probablemente porque había esperado esta salvaje, eléctrica
emoción de reconocimiento con su toque.
—Es bueno conocerle, Karen. No puedo esperar a disfrutar de las actividades que ha
preparado para nosotros —sonrió, sus dientes limpios, blancos, y afilados.
Afilados. . .
Warlord la besó. Volviendo. Corrió hacia el frente de la tienda. Empujando la solapa
abierta de la tienda. Saltó de la plataforma y en el tumulto, una pistola en cada mano.
Ella se estremeció, luego alejo el recuerdo, la locura, y asintió a su saludo.
—Discúlpeme. Tengo que registrarme y cambiarme por algo mas casual —él asintió a
todos ellos, y le sonrió nuevamente.
Cuando él cruzó a grandes zancadas, la Sra. Burstrom dijo satisfecha
—Esa era la sonrisa de un hombre que le gustó lo que vio.
—Karen, estas en problemas ahora. Mi querida niña tiene este fulgor en sus ojos —el
Sr. Burstrom sonrió, su quijada temblando.
—Cállate, Chisholm —la Sra. Burstrom unió su brazo al de Karen y agitó sus dedos a
él—. Trabajo bajo la cubierta de la discreción.
En un tono cortés que escondía su débil parpadeo de alarma, dijo Karen,
—Sra. Burstrom, no fraternizo con los clientes —su busca personas vibro, y bajó la
mirada para verlo. Salvada por la campana—. Los proveedores tienen una pregunta, así
que si me disculpan…
—¿Existe una norma que lo prohíbe? —la Sra. Burstrom caminó con ella.
Tanto como ser” salvada por la campana”
La Sra. Burstrom dijo que confiaba en el conocimiento de Karen, y Karen pensó que
probablemente lo hacía, pero ella era la clase de gerente que verificaba cada detalle,
desde las cestas de bienvenidas en los cuartos de huéspedes hasta los arreglos de flores
en el bufete. Había trabajado con Chisholm Burstrom para hacer un éxito de su empresa,
y esperaba que esta reunión les atara más cerca a sus empleados más leales y trajeran a
sus invitados honrados en el pliegue.
Y Karen había trabajado con ella para asegurarse que eso pasara.
—¿Qué si hay una regla que prohíbe la fraternización con los invitados? No, pero yo no
podría preguntar por un invitado que sería un dolor de cabeza el cual se iría en una
semana? —Karen dio la misma respuesta cómica que siempre daba a las preguntas de buen
corazón y directas.
—¿Nunca te tientan?
—No.
—¿No es lo mismo que un par de ojos verdes con rayos dorados? —la Sra. Burstrom
coaccionó.

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—Tiene los ojos muy lindos —ojos que parecían positivamente normales—. Pero no.
—No es natural que una muchacha de tu edad viva sola.
—Soy apenas una muchacha, Sra. Burstrom. Ya tengo treinta años, y hace casi un año,
salvo un descanso que duro un año, he estado en un hotel la jornada de trabajo completa
durante ocho años completos. Usted no sería el primer casamentero que he frustrado.
—¡Un desafío!
Karen se detuvo en medio del vestíbulo.
—No. Por favor. Mi rompimiento del negocio hotelero coincidió con el final de una mala
relación. Figuro que aquellas semanas con él contuvo bastante sexo, rabia, angustia, y
argumentos para compensar los años de una relación normal, y no estoy interesada en
intentarlo otra vez.
—Dos años es mucho tiempo para curarse.
—No he sentido quejarme de interés desde entonces.
—Aún así miraste a Rick con bastante fuerza.
La Sra. Burstrom no iba a rendirse, entonces Karen contó más de lo que generalmente
decía.
—Él me recordó a mi ex. Siempre salto cuando veo a un hombre como este. Esa no era
una sana relación.
—¿El te golpeaba? —pregunto bruscamente la Sra. Burstrom.
Karen completó su franqueza.
—Casi así de malo. Él me amarró.
—Bien. No empujaré la cuestión —caminaron hacia la cocina otra vez—. Quiero que
sepas que Rick es un joven correcto, honorable que ha pasado el tiempo en el mar.
El temblor de alarma subió nuevamente por la espina dorsal de Karen.
—¿De verdad? ¿Dónde?
—India y Japón, y luego Italia y España.
Karen tuvo que dejar de saltar al sacar conclusiones
La Sra. Burstrom continuó,
—Inteligente como un látigo, habla varios idiomas, y desarrollo un juego de
computadora que se comercializara en los Estados Unidos y luego internacionalmente.
—¿De verdad? —Karen no podría preocuparse menos sobre los juegos de
computadora—. ¿Y como se llama?
—Warlord.

Capítulo 15
El balneario de Aqua Horizon y la posada habían sido construidos a lo largo de un
despeñadero, y diseñados para hacer de marco a las imponentes formaciones rocosas y el
panorama de los valles más abajo. Miraba hacia el sur así que captaba el sol, y el exterior

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de los edificios, las plantas nativas, y los senderos engravados se confundían en la
atmósfera desértica con calidez y sensibilidad.
Con los puños apretados a sus costados, Karen caminó por el sendero del bloque cinco
de la urbanización del hotel. Tan pronto como estuvo fuera de la vista de las ventanas
corrió, corrió tan duro como pudo hacia su cabaña en el borde del área. Interviniendo,
cerró la puerta detrás de ella y se apoyó contra ella.
Generalmente las paredes azules de cáscara de huevo, los frescos pisos de azulejo
color crema, y las copias enmarcadas de Jack Vettriano en el departamento—estudio la
calmaban, pero ahora nada podía limpiar la conmoción de su mente.
Era él.
¿No lo era?
No podía ser coincidencia que el juego de Rick Wilder se llamara Warlord.
¿O lo era?
No. No podía serlo.
Sacó su maleta de debajo de la cama. Estaba llena de zapatos adecuados para caminar,
ropa interior, y ropa cómoda, siempre lista para el momento en que tuviera que huir.
Porque aunque habían pasado dos años desde que se había alejado sin una mirada hacia
atrás, dejando que Warlord luchara por su vida, todavía creía que algún día podía
reaparecer y reclamarla otra vez.
De algún modo, algún día, iré por ti.
Yendo hacia el compartimiento en el ropero, lo abrió y sacó su pasaporte. Luego, más
despacio, recuperó el icono pintado con la Madonna. Por un crucial segundo miró
fijamente la pintura. Recordó a la niña que había protegido el icono durante mil años, de
la misma forma en que sus ojos se habían abierto y mirado a Karen antes de que su débil
cadáver se convirtiera en polvo. Y aunque Karen no quería creer, todas las mañanas
cuando miraba el espejo y veía esos mismos ojos mirándola de regreso, sabía que la niña le
había pasado la custodia del icono.
Tenía que proteger a la Madonna.
Pero tenía una vida también, y tenía que proteger su propia libertad. Tomó la foto
enmarcada de su madre que estaba sobre la mesa, recortó la imagen y colocó el icono en
el forro, cerró el recipiente y los guardó en el interior de la bolsa. Envolvió la campana de
vidrio que había comprado en Italia en un chal de encaje que había comprado en España, y
los guardó en uno de los bolsillos del costado. Luego cerró todas las cremalleras y la
colocó junto a la puerta.

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Deslizó su mochila de abajo la cama. Esta contenía todas las provisiones indispensables
para mantener la vida en tierra virgen —comida deshidratada, una linterna, un poncho
impermeable, una cantimplora. Una visita rápida a su diminuta cocina y ella tenían una
selección de Baker’s Breakfast Cookies añadida a su despensa, y estaba lista para irse.
Una llamada la hizo gritar como si una serpiente de cascabel estuviera de pie al otro
lado. O Warlord, lo que era peor.
—Señorita Karen, ¡soy Dika! —gritó la empleada.
De cincuenta años Dika Petulengro había llegado a trabajar allí no mucho después de
que Karen llegara. Limpiaba las dos docenas de cabañas de huéspedes que estaban
esparcidas por toda el área, hablaba inglés con acento ruso, tenía ojos hermosos ojos
marrón oscuro rodeados de largas y oscuras pestañas, y les gustaba a todos. Karen la
consideraba una de las personas más amables a quienes alguna vez había conocido —pero
no confiaba en ella. Mingma le había enseñado a ser precavida.
Más importante, Karen no necesitaba un testigo de su fuga. Así que puso su cuerpo
para obstruir la vista y abrió la puerta.
—Dika, ¿podrías volver en una media hora?
Eso le daría tiempo de llegar a su automóvil y largarse como el infierno.
—¿Porque tiene a ese hombre hermoso aquí?
Dika estiró su cuello para ver alrededor de Karen, y sus ojos se abrieron.
—No. ¡No un hombre, una maleta!
—Estoy haciendo un poco de embalaje para mis vacaciones —dijo Karen.
Dika topó contra la puerta con su cadera lo suficiente como para soltarla de la mano de
Karen.
—No, señorita Karen, mire. Ha empacado su vaso bonito. La mantilla de encaje que
cuelga al costado de su tocador ha desaparecido.
Miró duramente a Karen.
—Y tiene esa expresión en sus ojos.
—¿Qué expresión?
—La mirada de un refugiado forzado a huir otra vez.
De algún modo Dika reconocía la expresión.
Karen enderezó su barbilla.
—Está bien, la ayudo.
Dika se abrió camino y cerró la puerta detrás de ella.
—Pero digame por qué primero. ¿Por qué está asustada?
—Una de las visitas. . . me recuerda a alguien.

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—¿El Sr. Wilder?
La inquietud de Karen creció.
—¿Cómo lo sabes?
—El personal está chismorreando, por supuesto —se encogió de hombros—. Dijeron que
parecía cautivada con el hombre, pero creo que tal vez confunden el terror con
fascinación.
Karen asintió con la cabeza rígidamente. Odiaba confesar este pánico abrumador, pero
Dika parecía comprender.
—¿Alguna vez le maltrató? ¿Tal vez es su marido?
—No. Y no. Definitivamente el Sr. Wilder no es mi marido, y ni siquiera estoy segura
que sea el tipo pienso que podría ser.
Eso parecía descabellado, Karen se dio cuenta mientras lo trataba de explicar.
—En otro tiempo. . . sus ojos eran negros.
—Negros. ¿Todos negros? ¿Sin ningún color?
—Correcto. Al principio pensé que eran drogas, pero luego me di cuenta de que lo
eran. . . de algún modo él. . .
—Era el propio diablo —sugirió Dika.
—Sí —exclamó Karen.
Por supuesto. Dika comprendía. Había venido desde Ucrania, de una nación tan salvaje y
rara como los Himalaya.
—El Sr. Wilder no es él. Sus ojos son verdes, luminosos, hermosos y para nada
espantosos.
Dika asintió con la cabeza.
—Indicó que estaba interesado en mí, pero no más que cualquier otro tipo.
—Este hombre, el Sr. Wilder, puede serlo. . . ¿le tiene miedo?
—Sí.
Dika pensó por un momento.
—¿Tiene cerveza en el refrigerador?
—Un par.
—Las abriré.
Dika le mostró la puerta del patio, se apresuró entonces al refrigerador.
—Vaya fuera y siéntese. Tenemos que hablar.
—Tengo que partir.
—Primero hablamos. Entonces, si lo desea, le ayudaré partir—y sé como huir
secretamente.

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Eso tenía sentido. Eso tenía mucho sentido. Y algo sobre Dika que —de hecho—calmaba
el pánico de Karen y la hacía pensar más claramente.
Abrió la puerta que daba al patio y salió al aire tibio y seco. La cerca de hierro forjado
que rodeaba el jardín estaba engrosada con arbustos y enredaderas, dándole privacidad y
la ilusión de frescor, y las sillas estaban hechas de telas azules ligeras y reclinadas.
Detrás de ella la puerta se abrió y cerró, y Dika empujó una cerveza helada en la mano
de Karen. Se sentó con toda la garantía de un consejero experimentado y dijo:
—Así que no sabe si es en realidad él.
—No. Cuando estaba en Europa, justo después de que me libré de él, lo vi
constantemente —en el tren, en los restaurantes, sobre las playas. Al ver a un hombre de
espaldas, notar su caminar, el color de su pelo, o el movimiento de sus manos.
Karen llevó la cerveza a su boca, tomó un trago y volvió a bajarla.
—Pero nunca era él.
—Miraba otra vez, y se daba cuenta de que estaba equivocada —dijo Dika—. Entonces,
cuando los días se convirtieron en semanas y las semanas en meses, se relajo y no lo vio
tanto.
—Cierto. La última vez, aproximadamente hace seis meses, salí con un tipo que me
recordó al él. Este tipo en realidad se veía mucho mejor—¿cómo pude equivocarme? En
realidad se afeitaba sobre una base semiregular—y luego me besó. Era tan aburrido casi
entro en coma.
Ese era un recuerdo para olvidar rápidamente.
—Su otro hombre—sus besos no eran aburridos.
—Era muchas cosas, pero nunca aburrido.
Karen tomó un largo trago de cerveza.
—¿Pero no sabe cual es su apariencia? ¿No recuerda? ¿Piensa que el Sr. Wilder ha
cambiado su apariencia? ¿Sus ojos?
Karen le dijo sobre la barba y el pelo, y el nombre del juego de computadora, y terminó
con:
—El Sr. Wilder no tiene la intensidad de Warlord.
—Y aún así usted, que es una mujer sensata, teme que éste sea el hombre.
—Estupideces, supongo.
—No. Sus instintos Le dicen que seas cautelosa. Creo que debe ser cautelosa. Éste
podía ser un hermano o un sirviente, alguien enviado para espiarle.
Un escalofrío se deslizó hasta arriba de la espina dorsal de Karen. La miró.
—Tengo que irme —susurró.

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Dika puso su mano sobre las de Karen.
—Razón de más para no irse. Aquí tiene hombres de seguridad que pueden defenderla.
Amigos que le creerán cuando diga que un hombre aparentemente normal es una amenaza.
—Sí. . .
Lo que Dika decía tenía sentido, y clavaba las uñas en su sentido del pánico, la grave
necesidad de huir se aplacó.
Dika vio la relajación de Karen y sonrío.
—Sí. Bien. Déjame contarle una historia. Hace casi cuarenta años mi tribu sufría una
fenomenal tragedia.
—¿Tu tribu?
—Soy Rom. Caló. Gitana.
—¡Oh!
Karen estudió los ojos marrones de Dika, su complexión morena, su cuerpo compacto.
—No sabía que los Rom vivían en Ucrania.
—El Rom ha paseado alrededor del mundo, y hace aproximadamente mil años mi propia
tribu cometió el error de pasar por Rusia.
Dika puso cara rara.
—Los rusos hicieron de la persecución una forma de arte. Pero no tuvimos un
verdadero problema hasta hace casi cuarenta años, cuando nuestra pertenencia más
preciada nos fue arrebatada.
La mente de Karen saltó inmediatamente al icono. Su icono.
—¿Cual es tu pertenencia más preciada?
Dika suspiró.
—Era una niña, la elegida para que ver las visiones que nos guiaban. Nuestra Zorana.
Cuando partió…
—¿Partió? Pensé que dijiste que les fue arrebatada.
—Las historias difieren.
Dika se encogió de hombros expresivamente.
—Los viejos cambian sus relatos. Todo lo que sé es que la suerte que habíamos
disfrutado durante tanto tiempo desapareció. Nuestros ejes se estropearon, nuestros
bebés murieron, nuestros jóvenes fueron asesinados. Mi padre desapareció en una de las
prisiones rusas. Tenía once años entonces. En Ucrania, las milicias podían ser muy malas,
muy corruptas. Tomaron lo que querían, mataron, quemaron. Mi madre me enseñó a
esconderme cuando vinieron, y lo hice, hasta que un día cuando tenía quince, el general me

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vio antes de que pudiera ocultarme. Amenazó con quemar los carros si el Rom no me
entregaba a él. Así que lo hicieron.
Incrédula, Karen preguntó:
—¿Cómo pudieron?
—Era yo o sus propios niños y por lo tanto me sacrificaron.
Un fantasma de la memoria se escabulló por la mente de Karen. La niña sacrificada. . .
Dika miró la cerveza que tenía agarrada en sus manos.
—Nunca vi a mi madre otra vez. Estuve con Maksim cinco años. Todo el tiempo estaba
furioso conmigo, y al final, pienso, sólo furioso. Dijo que me acosté con otros hombres.
Acusó a sus soldados, su hermano, su mejor amigo. Me golpeó, me pateó, hizo que no
pudiera tener niños.
—Lo siento.
—Así que finalmente me acosté con otro hombre, un hombre fuerte, y cuando el
general vino por mí le ordené que le diera un tiro como un perro en la calle. Luego vine
aquí.
Dika miró hacia arriba, y líneas hondas se grabaron su en labio superior y entre sus
cejas.
—Incluso ahora, a veces veo a Maksim en mis pesadillas.
—Me haces sentir avergonzada por quejarme.
Porque Warlord la había retenido contra su voluntad, pero había prometido no
lastimarla nunca, e incluso ahora lo creía.
—No. No esté avergonzada. Esté orgullosa de si misma por lo que ha conseguido. Doy
gracias a Dios todos los días por haber usado mi fortaleza para luchar contra Maksim, y
recuerdo con placer haber dado la orden de matarlo.
Dika levantó su barbilla.
—Señorita Karen, no quiere correr para siempre. Si éste no es el hombre, entonces
permanezca dónde quiera estar. Diré al personal que lo miren, y si es él yo personalmente
prepararé las hojas y lo haré desarrollar un sarpullido tan terrible que tenga que ir al
hospital.
Karen se río, y se relajó.
—Tienes razón. Tengo que dejar de correr de un recuerdo. He roto los viejos vínculos.
Y, curiosamente, significaba los que la unían a Jackson Sonnet, no las sogas que
Warlord había usado para atarla.
En verdad, su ruptura con el hombre a quien había llamado su padre la había hecho
darse cuenta cuán sola estaba en el mundo. No había tenido ningún amigo, porque había

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trabajado demasiado y no tenía tiempo para ellos. Se había movido de lugar a lugar y no
había tenido ninguna residencia excepto la mansión oscura, fría y deprimente en Montana.
Y había gastado su vida en cosas que le eran desagradables debido a la aprobación
inalcanzable de un hombre.
Así que había cambiado su vida. Viajó. Se hizo la pedicura. Hizo amigos, cantó
canciones, bebió vinos finos. A veces extrañaba la vieja vida; había sido una buena
directora de ese proyecto maldito, y habría sido satisfactorio terminar el trabajo allí.
Todavía el único sitio verdaderamente oscuro que permanecía en su horizonte era su
miedo de que Warlord saliera de las sombras de su vida vieja—y recordó demasiado
claramente la leyenda que había transmitido sobre el malvado ruso y sus descendientes,
malditos por toda eternidad. Recordó la manera en que su carne había chisporroteado en
contacto con el icono.
Dika tenía razón. Si el Sr. Wilder era Warlord, Karen tendría poca chance de escapar
si huía. Así que era tiempo de enfrentar su miedo.
—Soy fuerte. Tengo confianza en mí misma. No soy la misma persona que era hace dos
años. Por eso. . . me quedaré.
—¡Bien!
Dika palmeó la rodilla de Karen y se puso de pie.
—Mi gente se ha reunido otra vez. Tenemos un interés en esta lucha contra el diablo y
sus subalternos, y le ayudaremos, señorita Sonnet. Así que sea precavida, debe saber que
tiene amigos cuidando su espalda. Ahora tengo que ir a trabajar.
—Yo, también. Tengo un buffet para supervisar.
Karen se puso de pie también.
—¿Quién lo sabe, señorita Karen?
Dika parecía absolutamente despierta.
—Si este Sr. Wilder no es su amante, entonces quizás el demonio está muerto.
Karen chasqueó su lengua en el interior de su labio. A veces, inesperadamente, el sabor
de su sangre inundaba su boca, y veía con sus ojos, sentía con su corazón. . . La angustia,
la oscuridad, la violencia, y un profundo, desesperado anhelo.
—No. Definitivamente no está muerto. Está ahí en algún sitio. . . esperando.
Cuando las dos mujeres entraron, el desconocido caminó afuera de los arbustos, se
quitó el polvo, y permaneció de pie como una estatua.
Karen salió primero a supervisar su buffet.
Dika trabajó en una media hora; luego también partió, cerrando con llave las puertas
detrás de ella.

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Trepó a la cerca. Se adentró en la privacidad del patio, se arrodilló junto a la puerta,
forzó la cerradura, y entró.
La cabaña olía a desinfectante. Los toques femeninos decoraban la habitación. Karen
Sonnet había hecho este lugar parte de sí misma.
Pero había estado lista para abandonarlo ante la primera señal de problemas.
Su bolsa y mochila todavía estaban tiradas sobre la cama.
Se dirigió hacia ellos.
Debió haber corrido mientras podía.

Capítulo 16
Jackson Sonnet miró fijamente su trofeo más reciente— la cabeza de una gran
hembra de ante que había conseguido en una visita a Alaska—repicó los dedos sobre su
escritorio, y esperó. Y esperó.
Finalmente Phil Chronies apareció en la puerta de su estudio.
—Aquí lo tiene, Sr. Sonnet. Lo encontré. En realidad no lo perdí. En realidad me olvidé
de ello. Recibe tanto correo que es difícil estar al tanto de todo.
Se acercó sigilosamente y pasó el informe del Detective a Jackson.
Jackson miró el plano sobre de papel madera.
—Ha sido abierto.
—Sí, esos carteros de Montana son realmente entrometidos.
Phil se movió de la misma manera que un niño que tuviera que ir al baño.
—Vete.
Phil huyó.
—No cierres de golpe.
Phil cerró de golpe la puerta detrás de él.
—¡La puerta! El pequeño pendejo lo hace cada vez maldita sea.
Chronies no eran bueno para nada. Después de escuchar su historia sobre que Karen se
había estado tirando a algún motociclista del Himalaya, de cómo Phil había luchado por
proteger el trabajo él solo, y cómo Karen lo había dejado para morir, Jackson se había
sentido mal por su brazo faltante, por no mencionar que había querido evitar una
demanda judicial, así que se había asegurado de que toda la hospitalización y la
rehabilitación fueran pagadas al cien por ciento. Eso fue durante los seis meses en que
Phil había permanecido sin comisión.

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Luego, cuando volvió, Jackson le había dado un trabajo en su oficina central en la
cuidad, respondiendo a las preguntas de campo. Tenía sentido; Phil era un maldito
ayudante de construcción. Debería haber sabido sobre empresa, o eso es lo que Jackson
había pensado.
Pero Phil había sido malísimo, desconocedor de los temas más básicos, incapaz de
conseguir materiales donde debía y cuando debía, y su arrogancia había resultado en la
pérdida de uno de sus mejores supervisores de Construcciones Jackson.
Dos, si contaba a Karen.
Así que, para minimizar el daño que Phil podía hacer, Jackson lo había clavado como
empleado de relaciones públicas y le había dicho a su director que lo mantuviera ocupado.
Después de tres meses Nancy había pedido que Jackson pusiera a Phil en vereda antes de
que tuvieran una demanda de acoso sexual en sus manos.
Así que Jackson lo había traído a la oficina de su casa, y lo había puesto a clasificar.
El pedazo de mierda no podía hacer ni siquiera eso.
¿Qué había dicho antes de que se marchara Karen?
Disfruta tu tiempo con Phil, y confía en la verdad de todo lo que te diga.
Era como si hubiera maldecido a Jackson, porque estos pasados dos años habían sido
miserables. Hasta donde podía saber, Phil era alérgico al trabajo, a cualquier tipo de
trabajo. Fabricaba excusas estúpidas para su incompetencia. Cada vez que Jackson
gritaba, Phil sacaba a colación la historia sobre cómo Karen se había estado tirando a un
motociclista y lo había dejado a para que fuera aplastado por una avalancha. Y cada vez
que el tipo empezaba a contar la historia sobre Karen y la avalancha, cambiaba un poco de
la misma.
En primer lugar Jackson no debería haberle escuchado. No debería haberle dicho la
verdad a Karen sobre su madre. Debería haber mantenido su promesa a Abigail y criado a
Karen como su propia hija en lugar de como un empleado conveniente. . . Mierda. Por
primera vez en su vida se sentía culpable.
Iba a tener que deshacerse de Phil. Le daría un bonito paquete de jubilación, lo
amenazaría con la muerte o peor si contaba los secretos sobre los asuntos personales de
Jackson, y lo sacaría por la puerta.
Porque nadie tenía derecho de saber qué estaba ocurriendo con Karen excepto
Jackson Sonnet.
El sobre se abrió fácilmente—después de todo había sido abierto previamente—y sacó
el informe.

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Karen había pasado casi un año en Europa haciendo sólo lo que dijo que fue a hacer—un
montón de nada.
Seguro de que no podría soportarlo, Jackson había esperado que ella regresara
arrastrándose a casa.
Pero no. El Detective de la agencia le había enviado fotos de ella en la ópera de Viena,
viajando por el ferrocarril, comprando en una feria, repantigada en playas con gente que
nunca había visto antes.
Aparentemente hizo amigos fácilmente. Exactamente de la misma manera que su mamá.
Pero a diferencia de su madre, no se estaba acostando con nadie. Hasta donde el
Detective pudo descubrir, Karen era tan pura como la nieve virginal.
Eso asombró a Jackson. . . ¿esa historia que le había contado era la verdad?
¿Realmente había sido raptada por un mercenario y mantenida como rehén?
¿Algún hijo de puta había lastimado a su niña pequeña? ¿Jackson le había fallado tan
miserablemente?
El papel se arrugó en el puño de Jackson.
El año pasado, cuando finalmente había regresado a los Estados Unidos, Jackson había
esperado verla cruzar la puerta, buscando un trabajo.
En lugar de eso fue a un balneario en Arizona, se quedó allí como huésped por una
semana, y luego empezó a trabajar allí como coordinadora de eventos.
Cuando leyó ese informe, casi había echado espuma por la boca. Todos esos años de
universidad, de adiestramiento, de aprender a sobrevivir en las condiciones más duras,
desaparecidos para malgastar su presente en un balneario y hotel mariquita preparando
fiestas para personas que retozan en Jacuzzis y toman masajes. Y se hizo hacer la
manicura, para la mierda que sirve.
De acuerdo con este más reciente informe, todavía estaba ahí. Les gustaba mucho.
Cada informe sobre el progreso estaba lleno de elogios. Había tenido un par de aumentos.
Y había fotografías.
Jackson se hundió en su silla y miró fijamente la foto en su mano.
Se veía bien. No como Abigail; si se hubiera parecido Abigail tal vez podía haberla
perdonado. En lugar de eso se veía como una versión de femenina de su padre, ese maldito
indio Nighthorse. Se había arreglado. Adquirido un bronceado. Dejando su pelo crecer y
lo había aclarado. Llevaba maquillaje y vestidos. . .
Era una mujer muy bonita, y no se merecía lo que le había dado.
Debería haber mantenido su promesa a Abigail.

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Si lo hubiera hecho, no sería un anciano patético que espiaba a la niña a quien había
querido de la misma manera que una hija.
Phil cerró silenciosamente la puerta de la oficina de Jackson.
Se había dado cuenta de que si la golpeaba lo suficientemente y luego la abría solo un
poco podía mirar al viejo tonto. Ayudaba conocer el humor de Sonnet, y ayudaba saber
cuándo parecer ocupado. El viejo tonto tenía un ataque de nervios cada vez que descubría
a Phil revisando el correo o jugando al solitario en la computadora, y realmente se había
puesto furioso cuando había—perdido—ese informe del Detective. Pero a Phil no le
importaba demasiado.
Alguien quería saber todo sobre Karen Sonnet, y ese alguien estaba dispuesto a pagar
muy bien por esa información. Y Phil Chronies complacería al infierno antes que renunciar
a un sujeto con un buen cheque.
El teléfono sonó.
Sonrío de manera desagradable mientras agarraba su copia del informe del Detective
y recogía el auricular.
Alguien que tenía conciencia del tiempo.

Capítulo 17
Los Burstroms habían alquilado el complejo acuático para su fiesta de apertura, y esto
alardeó de buceo y piscina, tres toboganes, y un cuarto de milla de río que rodeaba el
área con una corriente poderosa que propulsaba a los invitados de los Burstroms desde el
buffet cerca de la piscina y atrás. Había salvavidas para cinco nadadores, dos masajistas
para el cuello en sus mesas portátiles, un dj que tocaba lo que le solicitaban, y los
invitados nadando, bronceándose con la puesta del sol, y maravillándose de la vista.
Karen supervisó el acontecimiento con ojo penetrante, y la mantuvo tan ocupada que
apenas pensó en Rick Wilder y su misteriosa semejanza con Warlord. Aunque… ella nunca
se relajaba lo suficiente.
Cuando finalmente lo vio, él salía de la piscina. Lo miró paralizada, él curveó los dedos
de sus pies en el borde, empujó su pelo mojado fuera de sus ojos, y le sonrió a dos de los
viejos empleados de la Sra. Burstrom.
Él parecía tan normal. No como el mercenario o su demonio Némesis, pero igual que un
hombre americano vistiendo un bañador verde y una mojada camiseta beige… realmente
un típico americano.

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Pensó que podría tener la oportunidad de estudiar su cuerpo, observar cualquier señal
que pudiera identificar, pero aparentemente no era la única mujer con aquella idea en la
mente, y él desapareció rápidamente bajo el bombardeo de los recientes ingenieros
femeninos de Burstrom.
Lo cual hacía sentir a Karen poco graciosa, como una vieja novia abandonada.
Hasta el momento en que se fue por la noche a la cama, después de haber trabajado
durante veinte horas sin parar, durmió como una roca, sin ninguna premonición o sueño.
La actividad de la mañana siguiente incluyo un torneo de volleyball y partidos de tenis,
y en la tarde una degustación de vino, y al momento en que los primeros de Burstrom
Technologies se sentaron alrededor de la cena, Karen estaba lista para un momento a
solas. Observo la cena alrededor del recorrido de postres, y después a su izquierda los
diestros proveedores, y salió hacia su lugar favorito en la tierra, el jardín japonés. La
noche era clara—por supuesto era el desierto de Arizona—y la luna llena y las discretas
luces hacían un camino fácil de seguir. La grava blanca sonaba bajo sus sandalias, y al lado,
el goteo de un pequeño arroyo sobre las pulidas piedras encabezado por el borde del
acantilado, donde ingeniosamente caía en una cascada de espuma. Rodeó una esquina,
descendiendo las escaleras entre las piedras—y se detuvo fría.
El banco de granito estaba ocupado. Comenzó a darse la espalda para alejarse, pero él
giró su cabeza, y la luz de la luna blanca brilló sobre su cara.
Rick Wilder.
Todo lo que ella le había dicho a Dika sobre ser fuerte e independiente desapareció en
un destello de alarma.
Levanto un pie, lista para escapar.
Inmediatamente él se puso de pie.
—Lo siento. ¡Lo siento! ¿Es éste su jardín privado? Pensé en poder excusarme y no
volver, porque sabía que Chisholm iba a presentar los premios anuales de empleados. Ya
que no soy un empleado, francamente no me preocupa. ¿La dejo sola?
Ella vaciló.
Pero él parecía tan normal, todo a su alrededor era tan—chico—normal… y no podía
alegar que la había seguido, ya que ella había llegado después de él. Nadie sabía donde
estaba ella, pero tenía su buscapersonas, y no era como que no podría gritar y convocar a
los guardias de seguridad que patrullaban las tierras cada momento de la noche.
—Este jardín es para el uso de los invitados, y si no le preocupa mi compañía, me
gustaría tomar un momento para descansar —encontró una roca artísticamente colocada

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en medio del jardín, lejos de él, se sentó y gimió—. He estado esperando para sentarme
durante las últimas seis horas.
—Noté que trabaja desde la mañana hasta la noche.
¿Notó? ¿La había estado mirando?
—No siempre —dijo ella cautelosamente—. Solamente cuando tenemos una actividad
grande.
—¿Cómo de a menudo pasa? —él sonrió amistosamente, con una sonrisa abierta y se
sentó hacia atrás sobre el banco donde había estado antes.
—Eso depende del tiempo, pero en invierno, cada diez días más o menos. La gente se
enloquece por salir de la nieve, entonces vienen aquí y fingen que es julio en Chicago.
—Un trabajo duro.
—No realmente. Es más grato mirarlos. Son casi niños, tan felices.
Sin ninguna preocupación, la miró, la luz de la luna sobre su rostro.
—Entonces esto es perfecto para usted. ¿Cuánto tiempo hace que coordina eventos?
—Un año.
—¿Qué hacía antes?
—Antes viaje alrededor de Europa durante un año. Y antes de eso… —lo examinó— era
la jefa de un proyecto de construcción de hoteles de aventura.
—Bromea —si él era bueno fingiendo, porque ella no pudo ver un solo parpadeo que
traicionara otra cosa que solo una conversación casual para conocerla.
—Bien, primero… ¿un año en Europa?
—Me gusta Europa.
—Sí… ¿pero un año?
—Me conseguí un pase Eurail y fui donde me tomaba mi capricho. Comí en grandes
restaurantes, hice muchos amigos, vi muchos museos —otra vez lo miró estrechamente—.
Evité sólo una cosa.
—¿Qué fue eso?
—Las montañas Europeas. No quise ver los Alpes y los Pirineos. Si nunca veo una
montaña otra vez, será demasiado pronto.
—Las odia.
—Lo hago —nunca había odiado algo tanto en su vida.
—¿Sabe lo que más me gustó sobre Europa? El Gelato. Podía hacer mi camino por Italia
comiendo gelato.
Ella estaba animada por el momento. Él no estaba interesado en descubrir lo que ella
hizo. Quería hablar de él mismo. Este tipo realmente era solo… un tipo.

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—El Tour del Gelato en Europa. Suena magnifico.
—Algún día escribiré un libro —él miró hacia atrás al salón de baile—. La comida aquí es
excelente.
—Gracias.
—Y los vinos son perfectos. ¿Usted escogió los vinos para las comidas, o lo hizo la Sra.
Burstrom?
—Hice las recomendaciones —dijo ella modestamente, pero todo el rato pensó en
cuánto a ella le gustaba un hombre con buena apreciación por el vino fino y la comida. Él
parecía tan civilizado.
—Es la mujer con el programa. ¿Qué pasa después de que dan los premio y se termina
la cena?
—Es tiempo libre, entonces supongo que cada uno hará una pausa por una de las barras.
—Eso suena lo correcto —bostezo y se puso de pie—. Voy a dar una vuelta. Volé aquí
directamente de Suecia, y el reloj de mi cuerpo todavía esta fuera. ¿Puedo caminar con
usted hacia dentro?
—Sí. Gracias. Puede —porque ella era fuerte e independiente, y capaz de dar un paseo
al lado de Rick Wilder sin miedo.
—¿Cual es el plan para mañana por la noche? —se dirigió hacia el hotel.
—A la Sra. Burstrom no le gusta que hable de sus proyectos —ella subió las escaleras
delante de él, sintiéndose tímida, esperando que el largo vestido cubriera sus muslos—.
Le gusta el elemento sorpresa, y desde luego respeto sus deseos.
—La Sra. Burstrom tiene su carácter, ¿no es así? Tiene a Burstrom alrededor de su
dedo meñique.
—Solo la forma en que debe ser —sonrió Karen.
Llegaron a la cima. Él a su lado.
—¿Qué es eso? ¿Sobre la cima del cañón?
Ella se detuvo y miró también. Una luz llegó y se movió, entonces se detuvo y se fue.
—Deben ser campistas, a pesar de que no deben estar allí. O excursionistas perdidos
—ella saco su busca, pero antes de que pudiera incluso hablar al jefe de seguridad del
balneario se apresuró en el camino hacia ellos.
—¿Necesita algo, Srita. Sonnet? —Ethan dirigía su linterna sobre Rick.
Rick parpadeo y escudo sus ojos con la mano.
Una calidez se extendió por sus venas. Ethan había estado observándola.
—Estoy bien, pero mira —señaló la luz que se había movido un poco más cerca del
balneario—. Es mejor que envíes a alguien allí para investigar.

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Ethan miró arriba al borde del cañón.
—Excursionistas estúpidos —refunfuñó—. Llamaré al sheriff. Él se hará cargo de ellos
—antes de que abriera su teléfono móvil, examinó los ojos de Karen—. ¿Está todo bien
con usted?
—Realmente todo esta bien, gracias Ethan.
—Bien. Buenas noches, Sr. Wilder.
A medida que se alejaban, Ethan se puso de pie buscando en el borde del cañón,
hablando convincentemente al despacho del sheriff.
Rick volvió la mirada atrás.
—Realmente tiene mucha seguridad por aquí. He encontrado a alguien cada vez que he
estado solo.
—¿Y usted?
—¿Tiene muchos problemas con los intrusos?
—No, solo la ocasional alma perdida. Pero, esta zona es todavía salvaje. Tenemos linces
y halcones, y algunas veces un puma.
—Wow. No había pensado en eso —él miró en torno a los árboles como si esperara un
ataque en cualquier momento.
—Pero estamos perfectamente a salvo. Ellos nos tienen más miedo a nosotros…
—… que nosotros a ellos —terminó él—. Sí, claro, mi papá me lo decía por las serpientes,
pero todavía odio a esos babosos gusanos gigantes.
—Yo también —caminando, ella metió sus manos detrás de su espalda. No era que
esperara que él la agarrara, pero era alto, y sus amplios hombros le hicieron sentir que
llenaba el camino.
El hotel entró en su vista, y Rick dijo,
—Usted me decía sobre mañana por la noche.
—No, no lo hacía.
—Vamos —trató de engatusarla—. No lo contaré. Es la última noche, por lo que debo
tener un gran final. ¿Qué tiene planificado?
Era tan encantador tener a un hombre que en realidad estuviera interesado en lo que
ella hacía.
—Ellos tendrán un buffet a media tarde, un baile por noche, y otro buffet a la
medianoche. Luego cada uno se marchara al día siguiente, tendremos una semana de
clientes habituales, y todo comienza de nuevo.
—¿Vamos a tener un baile? ¿Así que habrá un salón de baile? ¿Con banda en vivo?

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—Son una banda local, llamados Good Red Rock, y tocaran canciones de las últimas seis
décadas.
—Me gusta bailar.
—¿De veras? —levantó sus cejas con incredulidad.
—Sí. Las mujeres harán cualquier cosa por un hombre que sabe bailar.
La hizo reír tontamente.
—¿Cualquier cosa?
—Confíe en mí.
—Entonces realmente no le gusta bailar, solamente le gusta recolectar recompensas —
para su sorpresa comprendió que coqueteaba. Un ligero coqueteo. Con un tipo que le
recordaba a su Warlord.
Tal vez esta era una señal de que estaba recuperándose de los horrores del tiempo en
el Himalaya.
—Bueno… sí. ¿Sueno como un pecador?
Él parecía tan divertido, que no se detuvo a examinar el significado oculto de sus
palabras.
—Suena como un hombre muy inteligente para mí.
—Entonces, mi plan no está funcionando. ¿Mañana en la noche bailara conmigo?
—Sí… pero no por más razón que el placer de la danza. No habrá nada entre nosotros.
—Muy bien. Porque mañana por la noche tendré que encantarla lo suficiente por nada.
Ella reía suavemente.
—Puede esperanzarse.
—Lo hago —él sonrió, una sonrisa, y algo en su interior se relajo.
Seguramente si fuera Warlord no expondría su rostro totalmente. Seguramente si
fuera Warlord ella no se sentiría tan despreocupada.
—Dicen que cuando un hombre baila con una mujer, todos sus secretos se revelan.
—En ese caso… tendré la mejor intención de parecer interesante rápidamente.
—¿No piensa que sea interesante?
—Creo que soy interesante —él se detuvo.
Ella se detuvo también, y lo miró.
Le dio un golpecito en la nariz, como un hermano mayor amonestándola.
—Pero soy un empollón del ordenador. Creo que son interesantes los numeros binarios.
Ella se rió en voz alta, y disfrutó la sensación de su mano ahuecada cuando froto su
mejilla, y el punto más alto del hueso, con su pulgar.
—¿Por qué un empollón del ordenador sabe bailar?

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—Mis padres son inmigrantes. Bailar es necesario.
Ella habló sin pensar.
—Entonces voy a disfrutar en tus brazos.
Suavemente él dijo,
—Esa podría ser la mejor cosa que podrías darme.

Capítulo 18
Karen estaba vestida para el gran baile de los Burstrom, satisfecha con ella. Porque los
últimos tres días todo había ido perfectamente bien durante cada evento.
Los Burstrom habían delirado sobre la gerencia del hotel, tanto así que tenía la
impresión de que tenían la intención de ofrecerle un puesto en la empresa.
Preveía una gran bonificación en su futuro inmediato.
La mujer que vio en el espejo era de su agrado, también. Su negro vestido a la rodilla
era sencillo, con un escote asimétrico y unas seis pulgadas en la parte posterior del
cuerpo—un abrazo de falda. Las mangas de copa hacían lucir sus brazos entonados, y se
había arreglado el pelo con flequillos dorados alrededor de su rostro de forma artística.
No, no siempre se vestía bien para atender estos eventos, pero hoy brillaba.
¿Cómo no podría hacerlo? Todo el día Rick había estado cortejándola, no
deliberadamente, no ostentosamente, pero con sutiles atenciones que la hicieron sentir
especial. Flirteando. Por primera vez desde el Himalaya, podía reír y hablar con un
hombre sin preocuparse si el cautiverio y la esclavitud sexual siguieran. Aunque por toda
la comodidad que sintiera ante la presencia de Rick, sus alertas aun sonaban. Él era
peligroso. No como Warlord, pero no era un hombre para tomar a la ligera. Cualquier
hombre que llevara exitosamente una compañía a nivel mundial tenía que ser peligroso en
su camino.
Pero sus dudas implicaban disparos, mercenario, iconos, y pactos con el diablo.
Abrió su joyero. Busco sus pendientes color ámbar y en su lugar se encontró
acariciando con su dedo un brazalete de esclava.
Oh, ya no era realmente un brazalete de esclava. El cual había sido cortado de sus
muñecas. Anduvo alrededor de Europa con ella en el fondo de su bolsa de viaje por diez
meses. Entonces un día en Ámsterdam, había visto en una tienda a un hombre trabajando
con un mazo una hoja de oro. Y supo lo que quería hacer.

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Había devuelto sus pulseras destrozadas. Dulcemente le había pedido que la dejara
trabajar en ellas. Al principio él había estado asustado, y los dos habían discutido en su
breve inglés y su holandés pobre. Finalmente él había concedido que el oro casi puro
podría ser formado, aún por una aficionada como ella. Estando de pie en aquella ventana,
había aporreado ambos brazaletes. Cada golpe del martillo la hacía reír. Con vengativo
placer había aporreado en el olvido las señales que la proclamaron esclava. Con un poco
más de cuidado había trabajado en el arte de las panteras, formas vagamente nebulosas.
Entonces había alisado los bordes, rediseñándolas en pulseras, y las probó.
Se veían fabulosas, pesadas y gloriosamente barbáricas. Las había admirado, tomadas
y nunca tocadas otra vez.
Ahora tenía el placer en una mancha negra en la superficie de oro. Cautelosamente las
levantó de la caja y las deslizó en su muñeca. Dio un paso en sus zapatillas de satén
negras con arcos de satén hinchado, y caminó al espejo de cuerpo entero. El traje era
elegante, los zapatos eran sexy, y los brazaletes sueltos, frescos contra su piel, e
impresionantes.
Miraba la antítesis de una esclava.
Sin permitirse un solo pensamiento de peligro, tomó su abrigo de seda turquesa y lo
colocó sobre sus hombros. A su lado encendió una lámpara en el área, y camino hacia la
puerta.
Esta noche podría dejar el pasado, y nunca mirar atrás.

El salón de baile era ostentoso, decorado con flores y tapices de seda, y sus puertas
francesas abiertas para dejar entrar el aire seco del desierto. Dentro, sesenta personas
vestidas con sus mejores galas. Observó vestidos de cóctel en chiffon rojo, y tuxedos
negros diseñados a medida. La champaña y tequila fluían libremente, y tocando los Good
Red Rock, mientras cada persona salía a bailar.
Los texanos sabían cómo hacer fiestas.
Pero Karen estaba trabajando, vigilando a los mozos que circulaban con bandejas de
champaña y aperitivos, sacando a un invitado quien había caído sobre una pequeña mesa
decorativa y una larga base llena de flores. Llamó al personal de limpieza para que
recogiera la cerámica rota y limpiaran el área.
Se fijó en el dobladillo del vestido de cuerpo entero de la Sra. Burstrom cuando el Sr.
Burstrom caminó mientras bailaban el Cotton—Eyed Joe.
Y todo el tiempo en la periferia de su visión, observó la oscura cabeza de Rick Wilder.
Hablando, sonriendo y bailando con una mujer tras de otra.

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Cuando el salón de baile se puso más caluroso él se despojó de su chaqueta y la corbata.
Su crespa camisa blanca y pantalón del traje presumiendo de sus anchos hombros y el
abdomen plano, y cuando desabotonó sus puños y enrolló sus mangas, la fuerza
encordelada de sus antebrazos morenos hizo que la boca de Karen se secara.
Empaquetado así, era un vistoso modelo de hombre.
Aunque aparentemente él nunca la miraba.
Mientras sostenía una mujer en sus brazos no era conciente de ninguna otra… y anoche
le había dicho la verdad: cada una de esas mujeres habrían hecho algo por él.
Tarde en la noche, cuando la fiesta estaba desarrollándose fácilmente y ella estaba
sola detrás de un ficus, él la encontró. Su mirada la recorrió con aprobación, y se demoró
en las pulseras.
—Te ves magnifica.
Magnifica. Le gustó eso.
—¿Me harías el honor? —ofreciendo su mano, con la palma hacia arriba.
La elegante tradición en un paquete magnífico… y un hombre observándola astutamente
lo suficiente como para saber cuando terminaría con sus deberes.
Pero todas sus sospechas, aún no lo había vinculado con Warlord, aunque sabía que la
miraba mientras no era consciente…
Con su vacilación, sus ojos verdes—dorados se arrugaron divertidos.
Y esto la hizo comprender que tenía que tomar una decisión y sostenerse en ella. Él era
ó no era Warlord. Anoche había decidido que no era, y nada había pasado para que
cambiara de pensamiento.
Superando su resistencia, colocó su mano en la suya y pasó a su brazo.
La banda tocó una canción movida, y el tropezó un poco cuando comenzó a moverse al
ritmo de la música.
Definitivamente no se movía como Warlord.
A pesar de los falsos primeros pasos, Rick lo llevaba bien, continuo con el ritmo hasta
que ella jadeo con el esfuerzo—y placer.
Y esto la hizo recordar a Warlord.
Te prometo que antes de que termine contigo, cada vez que pienses en placer,
pensaras en mí.
Y lo hizo. Tonta como era, lo hizo.
Cuando la canción terminó, Rick preguntó.
—¿Has disfrutado en mis brazos?

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—Mucho —bajó la vista, lejos de su mirada burlona, entonces la subió y vio dentro de
sus ojos.
Él examino su rostro, su vestido, sus zapatos.
—Hermosa —respiró.
Ella estaba flirteando, sacando cada última respiración como una tentación y él
respondió.
—La siguiente canción es lenta —le ofreció su mano nuevamente.
—Seguro.
Toma esto, memoria de Warlord. Voy a bailar dos veces con el mismo chico sexy.
Le dejo acercarse. Puso sus brazos sobre sus hombro, sus tranquilizadores amplios
hombros, y juntos se movieron influenciados por la música.
Este no era Warlord. Lo podría saber por su toque. Podría saberlo cuando él tocara
como esto, sus cuerpos se movían juntos al ritmo lento de los pasos hacia la intimidad.
¿No podría?
Pero no podía ver a Warlord bailando como todos, nunca. Procediendo así, civilizado
bailando, y…
Tenía que dejar de pensar en él. Ahora.
Rick Wilder no era Warlord, pero tal vez… Rick Wilder fuera la cura que buscaba.
Despegándose y sonriéndole, sobre sus ojos una luz tranquilizadora.
—¿De dónde eres, Rick?
—Fui criado en una pequeña ciudad en Cascade Mountains. Mis padres son inmigrantes,
y siembran uvas para vino, y tenemos un puesto de frutas. Somos muy orgánicos. Los
gusanos no se atreven a invadir nuestras manzanas. Mi padre les maldijo.
—Tus padres suenan encantadores. ¿Algún hermano?
—Dos hermanos y una hermana —se movía con la música aparentemente sin
pensamiento alguno, llevándola confiadamente—. ¿Qué sobre ti? ¿Cómo es tu familia?
—Tengo un padrastro. Me crió, pero estamos separados.
—Que pena —Rick ladeó su cabeza—. ¿Ó no?
—No lo sé. Toda mi vida he sido una idiota, pero no he hablado con él por dos años, y lo
extraño —parpadeó sorprendida. No sabía por qué había dicho eso. Ni siquiera había
pensado en ello—. Pienso que puede estar solo.
—Sé por donde vas. Mi padre es del viejo mundo, disciplinario, y yo era siempre un
chico salvaje —Rick ofreció la información fácilmente, como un hombre sin secretos—.
Cuando era joven, resentía siempre sus consejos para hacer lo correcto, pero ahora que
he cometido errores, comprendo que él quería que fuera un hombre de bien.

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“Cuando haces lo incorrecto a menudo, puedes volverte malo.”
—¿Malo? —dijo sorprendida—. Esa es una dura palabra.
—Eso es lo que mi padre diría. Para él no hay grises, solo blanco o negro.
Suponía que los inmigrantes tenían un punto diferente de vida.
—De hecho, de aquí iré a visitarlos.
—¿Una reunión familiar?
—No saben que iré. Voy a darles una sorpresa —sonrió, pero no era usual en él, sonreír
fácilmente. Esta era una pequeña sonrisa torcida un poco dolorida.
Probablemente lo miró exactamente igual a cuando ella habló sobre Jackson Sonnet.
—Podrías venir conmigo —dijo él impulsivamente.
Al menos, suponía que fue un impulso.
—¿Qué? ¿Por qué?
Suspiró.
—Porque mi padre va a darme la lata. Puedo escucharlo ahora.
“Adrik, tienes casi 33 años. ¿Qué? ¿Ni siquiera tienes novia? Deberías casarte.
Deberías tener hijos.”
Karen al principio se rió.
Él la miró con tristeza.
—Oh seguro. Piensas que es gracioso.
—Pienso que estas buscando una pajita.
—Pero que encantadora pajita eres tú.
Sonrieron uno con el otro en perfecto acuerdo.
—Así, ¿Adrik es tu verdadero nombre?
—Un nombre de la ciudad antigua.
En un impulso, ella dijo.
—¿Podrías caminar conmigo hacia mi casa de campo?
—Nada me gustaría más —tomó su mano y tiró hacia la pista de baile.
—¿Ahora? —ella no había querido decir ahora.
Él se detuvo por las puertas.
—Mi querida coordinadora de eventos, los invitados están encabezando la mesa del
buffet de medianoche. La Sra. Burstrom le dio una alegre mirada. Y si me quedo aquí
mucho tiempo, voy a ver nada más que un combate de fuertes ronquidos.
—¿Qué piensas que quiero hacer en mi casa de campo?
—Tomar un trago mientras gimoteamos sobre nuestros padres.
—En ese caso… —tomó su mano y salieron.

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Él lo hacía tan fácil para ella. No la presionaba. Sabía que estaba haciendo lo correcto,
usarlo para sacar a Warlord de su mente.
Tan pronto como salieron al patio él se detuvo y beso su mejilla, luego deslizo sus
labios a lo largo de su barbilla y bajo a su garganta.
Las personas los vieron. Mujeres los vieron. Y la ráfaga de suspiros casi puso a Karen
fuera de sus pies.
Aunque el beso era tan suave, tan gentil, Karen no podía más que reírse y pasar sus
dedos a través de su cabello.
—¿Sabes que acabas de hacer que cada mujer de aquí me envidie?
Le envolvió la cintura con un brazo y la dirigió hacia su casa de campo.
—No, solo hice que cada hombre de aquí me envidie.
En alguna porción distante de su mente, ella comprendió que él decía exactamente lo
correcto.
Pero pocos hombres se molestaron. Tenía que darle puntos por eso. Y puntos por
averiguar dónde estaba su casa… eso la hizo tropezar sus pasos.
—¿Cómo sabes a donde ir?
La miró indignado.
—¿Piensas que después del encuentro con el guardia de seguridad de anoche, y viendo
las luces en el borde del cañón, podría caminar contigo sin observar primero que era
seguro llegar a casa?
Era un amor. Tan dulce.
El Sr. Burstrom había levantado sus pulgares hacia ellos cuando dejaron el salón de
baile, y la Sra. Burstrom los había mirado positivamente sentimental.
Karen se detuvo y beso sus labios ligeramente.
Él besó su frente y presionó su mejilla sobre su cabeza.
Ella se acurrucó cerca. Anduvieron a lo largo de la ruta a su casa.
Tomando su llave, abrió la puerta.
La situación era tan normal, como un diario con cada persona que podía o no ir a la cama
juntos, y no podría pensar en Warlord o los brazaletes de esclava o en el hombre que
estaba condenado por un antiguo trato con el diablo.
Ella abrió la puerta. La lámpara que dejo encendida brilló en un río de luz. Un susurro
de brisa llenó el aire con la fragancia de mesquite, un regalo obtenido por haber dejado la
ventana abierta. Le hizo un gesto para que entrara.
—¿Quieres algo de tomar?
—No. Lo que quiero es a ti.

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Desde el día que había caminado lejos de Warlord no había mirado atrás, no había
querido un hombre. Pero quería a este hombre. No había entendido qué combinación de
cuerpo y espíritu, músculo y alma lo hacían atractivo, pero no tenía miedo. No había nada
sobre este hombre que hablara de posesión, de la loca necesidad de mantenerla cautiva.
Parecía como el tipo de hombre que podría bailar, tomar su placer, y seguir su camino.
Y eso era justo lo que quería.
Empujó la puerta cerrándola detrás de él.
Este no era un hombre de tierra y aire, fuego y magia, pero era un hombre
completamente normal que bailaba con una mujer con la esperanza de conseguir sus
pantalones. Nunca había sido rápida y de fácil enganche en el colegio—la poca experiencia
que tuvo la había convencido de que el sexo casual era justo, bueno, y sus mejores
momentos fueron pasados leyendo o calculando o aún estudiando—ahora mismo, el sexo
casual era justo lo que el doctor ordenaba.
Rick se inclinó en la pared y tiró de ella. Tenía una leve erección debajo de sus
pantalones, y ella levantó la boca a la suya, pensando que podría ir directo al grano.
Instantáneamente él beso sus parpados y cerró los ojos, luego deslizó su lengua
alrededor de su oreja hasta que ella se estremeció con deleite. Repitió la caricia en su
mejilla y mandíbula, y con su dedo siguió con el toque en sus labios.
Con cada toque agitaba su cuerpo hasta que quiso gritar con el triunfo.
Warlord no la había marcado como suya. Podía sentir placer sin pensar en él. A éste
era lo que necesitaba para limpiar su mente de él—el apasionado abrazo de un hombre
normal.
Y entonces Rick la besó, profunda, cálidamente, mientras que el mundo se arremolino
alrededor de ella y la tierra se movió bajo sus pies.
Cuando él separó sus labios ella lo miró fijamente a los ojos verde—dorados engañosos,
y levantó la mano, y lo abofeteo con todas sus fuerzas a través de la cara.
—Warlord. Eres un completo y absoluto bastardo.

Capítulo 19
Era él. Era Warlord. Lo conoció tan pronto como lo saboreó.
—¿Cómo osas hacerlo? ¿Cómo osas jugar a este juego conmigo?
Warlord la miró, sus aparentemente pálidos ojos nunca se alejaron de su rostro.
—Fuera —se arrancó del círculo de sus brazos—. Sólo vete, y nunca vuelvas.
Extendió la mano al buscapersonas para llamar al jefe de seguridad.
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Sus reflejos no habían disminuido su velocidad. Arrancó el buscapersonas de sus manos
y lo tiró en la silla, poniéndolo justo en el almohadón, donde rebotó y quedó apoyado.
Ciega por la rabia y la decepción, terminó golpeándolo otra vez—y él la agarró y la
sacudió. La presionó nuevamente contra la pared y deslizó sus manos por la parte inferior
de sus muslos, envolviéndolos alrededor de él tan confiado como cuando la había guiado en
la pista de baile. Con tanta confianza como la que había utilizado para calmar sus
sospechas y hacerla pensar que era digno de confianza, un hombre sencillo y trivial,
cuando a decir verdad era la criatura más intensa y despiadada que alguna vez se puso un
traje de oficina.
Lo empujó.
—Suéltame. Estos no son los Himalayas, y no soy ninguna cobarde que está demasiado
asustada para levantarse e irse.
—Te haces muy poca justicia.
Ni siquiera se molestó en ocultar su tono. La manera en que hablaba, el ronroneo en su
voz, pertenecía a Warlord.
—Nunca fuiste una cobarde, Karen. Eras una criatura de fuego y pasión, y me
mostraste la luz cuando estaba sumergido en la oscuridad.
—¡Qué tremenda pila de mierda!
Estaba tan enfadada su corazón martilleaba en su garganta. Sus mejillas ardían.
Apretó las cuerdas de sus hombros entre sus puntas de los dedos.
—Viniste a hacer una tonta de mí.
—Vine a salvarte.
—¿De qué? ¿De mí misma? ¿De mi estúpido deseo de ser una mujer normal que vive en
los EE.UU., lleva vestidos y tacones, y tiene un trabajo de chica?
Con ácido en su tono, dijo:
—Debes haberme confundido con tu padre. ¿Pero lo llamaste tu padrastro, ¿no?
—¿Qué sabes sobre mi padrastro?
Su voz tembló de ira.
—Solamente lo que pude cosechar de horas investigando por Internet.
Parecía tanto sarcástico como entendido.
—Añade el descubrimiento de que después de que regresaras de Nepal, fuiste a casa
por una hora, partiste, y nunca regresaste, y fue suficiente.
Odiaba que hubiera invadido su vida privada, husmeado, y ensamblado la suficiente
información para hacer las conjeturas correctas sobre su relación con Jackson Sonnet.

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—Ahora me doy cuenta de que debí haber investigado sobre tu familia, tal vez hubiera
descubierto qué es lo que te hace funcionar.
—Mi familia guarda un perfil bajo.
Deslizó dedos a lo largo del borde de su escote hasta el declive entre sus senos.
Ella aprovechó su distracción y arrojó sorpresivamente un golpe a su nariz con su
frente.
Él lo esquivó.
—¿Por qué estás luchando contra mí? Esto es lo que quieres.
—¿Y cómo es que se te ocurrió tamaña estupidez?
—¿Pensabas que podías llevar mis brazaletes y no enfrentar las consecuencias?
—¡Tus brazaletes!
Levantó sus muñecas frente a sus ojos.
—¿Has echado un vistazo a estos bebés? ¿Has visto lo que les hice?
—Los convertiste en un adorno para tus muñecas, un adorno que aseguró que nunca
pudieras olvidar al hombre que te los dio.
Su presunción hizo caer su mandíbula. Recordó cómo había golpeado sobre el oro,
vapuleándolo con el martillo una y otra vez hasta que su brazo dolía y el metal maleable
estuvo dañado, cambió su forma de odiados brazaletes de esclavo a simples adornos.
—Estás loco.
—No. Sólo te conozco mejor de lo que tú te conoces. Te conozco porque me llevaste
dentro de ti, y toqué la parte más profunda de ti misma. No importa cuánto odies la idea,
has pasado los últimos dos años esperándome, tú has gastado los pasado dos años
esperando mi regreso.
—He estado esperando en el miedo.
—No, dulce.
Apoyó su frente en la suya.
—Has estado esperando en la expectación.
Miró fijamente en sus ojos, sus suaves ojos verdes ligeramente salpicados de oro. Su
corazón martilló en el pecho, y no podía respirar. De ira. Realmente no de expectación.
—Si te hubiera reconocido. . . ¿Cómo lo hiciste? Cambiar tu color de ojos ¿Antes,
usabas lentes de contacto negros?
Lanzó una carcajada.
—Tú no crees en eso.
No lo hacía.

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—Mis ojos eran negros porque había caído tan profundamente dentro del corazón del
mal que mi alma era negra.
—Claro —se burló de él—. Y los ojos son las ventanas al alma.
Pero un escalofrió se elevó por su espina dorsal. La niña sacrificada. . . el icono. . . el
relato había hablado de la familia atada por el pacto del diablo. . . y la sujetaba en sus
brazos.
—Sí. Lo son. Mira tus ojos. Puros y hondos, como una piscina glacial.
—Corta. . . con. . . eso. No estoy comprando una palabra.
—Bien, porque no quiero hablar de eso ahora.
—Eso es todo lo que quiero… hablar contigo.
—Eso nos deja solamente una cosa que ambos queremos hacer.
Sintió que su cuerpo se tensaba, y lo supo.
—No, ¡no es cierto!
Pero era demasiado tarde.
La besó. Quería morderlo, pero primero. . . quería saborearlo. El sabor era
penetrantemente dulce y conmovedor más allá de la fe. Ya fuera que lo deseara o no,
saboreó los recuerdos, la pasión. . . el placer.
Ese placer que la lanzaba al vacío, a él…
El viento que entraba por la ventana abierta al lado de la cama levantó un mechón de su
pelo y lo envolvió alrededor de su barbilla como un abrazo.
Escuchó el sonido grave de sus zapatos cuando los pateó.
Abrió su bragueta, dejó caer sus pantalones, y se frotó a sí mismo entre sus piernas.
Su polla desnuda rozó su calzón, la seda lo hacía resbalar y deslizarse.
El roce era como un fósforo a punto de encender una fogata—y encendió en ella una
reacción inmediata.
Torció su cabeza hacia atrás, golpeándola contra la pared. Arrojando el poco juicio que
quedaba en su cerebro de mosquito.
¿Cómo pudo no saberlo? ¿Cómo pudo no haber reconocido su olor—cuero, agua fría,
aire fresco, y ese aroma raro que era solo suyo—¿el olor del salvajismo? Yanqui Candle
podía usar a Warlord como un perfume, y las mujeres se reunirían para encender esa
mecha.
—Maldito.
Luchó en sus brazos como una mariposa enganchada contra la pared.
—Tengo amigos aquí, y no te dejarán hacer esto.

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—Tus amigos te vieron llevarme a tu cabaña. ¿Piensas que andan por ahí a la espera de
escucharte gritar de éxtasis?
Tomó una respiración larga, lista para gritar.
Y la besó. La besó realmente esta vez, aprovechando su vulnerabilidad, absorbiendo su
sabor, volviéndola a familiarizar con su esencia. . . la cual llegaba plagada de pasión.
Éste era el hombre que recordaba, intenso, fiero, tan vivo que el deseo saltaba de su
cuerpo hacia el suyo. En toda la historia del mundo, ningún hombre jamás había querido a
una mujer de la misma forma en que él la quería.
La sujetaba como si se tratara de algo realmente preciado. Una mano sosteniéndola; la
otra acariciando su cintura, sus pechos, y su garganta, de la misma manera que un
coleccionista que adoraba cada faceta.
Y absorbió su adoración, respondió a la emoción pura de estar cerca de él otra vez.
Sintió como se doblaban los dedos de sus pies. Un zapato de satén negro resonó sobre el
piso de baldosas. Débilmente, mientras sus músculos se tensaban y su respiración se
aceleraba, supo que estaba revelando demasiado de su larga, solitaria espera. Pero aún así
el cúmulo de sensaciones la abrumó, creciendo como la marea hasta llenar los fragmentos
más solitarios y desolados de su ser, las márgenes ocultas de su alma que se habían
marchitado de soledad. Necesitándolo. Con él entre sus piernas, apretándose contra su
cuerpo, florecía otra vez.
Cuando arrancó su boca de la suya, ella gimió, sus ojos se cerraron, tratando de
recuperar un poco de serenidad antes de afrontar su mirada. Porque él lo sabía, siempre
había sabido que no podía resistirlo. Seguramente se estaría burlando de ella. Por
supuesto.
El cambio, cuando vino, vino rápidamente.
Como si no fuera más consciente de ella, apagó el fuego entre los dos y permaneció de
pie rígido, inmóvil, frío. Soltó sus piernas, puso ambas manos sobre su cintura.
Abrió sus ojos y vio que su cabeza despacio, muy despacio, giraba para mirar hacia la
cama.
Warlord permanecía inmóvil, en tensión, un precavido, agudo depredador. Sus ventanas
nasales se dilataron cuando olió el aire. Sus ojos se movieron de un lado a otro, tratando
de ver lo que estaba escondido, y en sus profundidades vio un llameante brillo rojo.
Algo estaba mal. Algo estaba aquí.
Su mirada voló a la ventana.
La había dejado abierta unos dos centímetros, con una vuelta del cerrojo puesta en su
lugar. Ahora estaba abierta de par en par.

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Escuchó un sonido de deslizamiento.
En un instante Warlord la dejó ir.
Sus pies tocaron el piso duro. Se tambaleó hacia un lado sobre un solo tacón.
Cuando se giró, sus ojos cambiaron.
Él cambió.
En su lugar había una pantera, negra, gruñendo, encorvada, y mirando hacia la cama.

Capítulo 20
Gritó y retrocedió contra la pared.
Warlord... ¿Warlord era una pantera? ¿O la pantera era Warlord?
Inmenso, negro, elegante, amenazador... Pero no la amenazaba a ella.
Hacía dos años en Nepal, ella había presenciado lo sobrenatural, cuando tocó a la niña
muerta hacía tanto tiempo, el sacrificio al diablo hecho por la gente de la villa… y la niña
había abierto los ojos. Aquellos inolvidables ojos aguamarina que se habían igualado
completamente con los de Karen.
Karen había esperado nunca más ver algo tan extraño, nunca más estar tan cerca de
ese otro mundo donde la fantasía cobraba vida y el mal se mantenía reinando durante mil
años.
Pero Warlord había regresado, y ahora... de abajo de la cama de Karen, una cobra real
salía de su escondite. Su piel brillaba con gloriosos tonos de color: negro, rojo y oro. La
cosa malvada medía por lo menos tres metros de largo, tan ancha como su muslo, su
capucha se difundía ampliamente abierta, sus colmillos destellaban como joyas de la
muerte, sus inteligentes ojos negros que seguían los movimientos de la pantera.
De Warlord.
Más aún, sabía, con terrorífica seguridad, que la serpiente era consciente de ella, y
preveía asesinarla con agudo deleite.
¿Cómo había entrado allí esa cosa?
¿Por qué era tan grande?
¿Cómo podía tener tal propósito inteligente y malévolo?
Solamente una respuesta era posible: esa serpiente era como Warlord, un hombre que
se convertía en una criatura salida del infierno que caminaba con un andar majestuoso, se
escondía, tomaba la vida con inteligente eficiencia.
Warlord dijo que había caído en el corazón del mal.
Se pegó a la pared. Sus uñas rozaron el papel tapiz.
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Ahora la había llevado con él.
Con un destello de intuición, recordó el trato con el diablo. Warlord le había contado la
leyenda el día en que había tocado el icono y este lo había quemado.
El trato con el diablo... Éste era el resultado.
Incongruentemente, la pantera llevaba la camisa, abierta en el cuello de Warlord, las
mangas enrolladas.
La serpiente se balanceó hipnóticamente.
Ningún músculo se movía sobre el brilloso cuerpo del fenomenal gato.
Sin advertencia la cobra escupió. Las plateadas gotas de veneno golpearon la cara de la
pantera.
La pantera gritó, un chillido de la agonía, su carne chisporroteó.
El veneno cayó al piso, como gruesas y mortales charquitos de mercurio.
La pantera se tambaleó sobre sus patas, saltó sobre ella y se enroscó en el aire. Sus
garras traseras cortaron la capucha desplegada de la cobra.
Luego la pantera aterrizó en el lecho y saltó por la ventana.
En una noche de horror, ésa era la cosa más horrible de todas.
La serpiente se encabritó, se agitó desenfrenadamente de un lado a otro, buscando al
gato. Su sangre salpicó las paredes y el piso. Sus colmillos golpearon sobre sus parlantes,
destrozaron el estante lleno de sus DVD, arrojaron su reloj al otro lado de la habitación.
Karen se movió lentamente a lo largo de la pared, los ojos clavados en el reptil mortal
que se retorcía, desesperada por no atraer su atención y aún más desesperada por no
atravesarse en su camino.
Gradualmente la agitación de la serpiente se calmó. Depositó su mirada en Karen y casi
pareció sonreír, su lengua se movía rápidamente en burlona expectación.
Parecía creer que Warlord la había abandonado a su suerte.
Solo por eso. La serpiente no era tan lista como había temido anteriormente.
Pero, ¿dónde estaba Warlord? ¿El veneno había salpicado en sus ojos? ¿Estaba ciego?
¿Tendría que salvarse sola? Trataría. Por supuesto que trataría, pero cuando esa cosa
se levantó y se balanceó con destreza serpentina, se dio cuenta de que su cabeza gigante
se extendió a la misma altura que su garganta.
Corrió hacia la puerta, pero la serpiente la bloqueó.
Los colmillos brillaban.
Dio un paso hacia atrás.
Los ojos brillaron con llamas rojas. El cuerpo se deslizó hacia ella en fenomenales olas.

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Quería gritar, pero no tenía aliento para hacerlo, quería correr, pero no tenía ningún
lugar a dónde ir. Puso un pie detrás del otro, estiró su brazo a su espalda, tanteando,
desesperada por evitar obstáculos, mantenerse sobre sus pies. Su mente desfiló. Si
pudiera saltar sobre el colchón y tirarse a través de la ventana, podría resultar lastimada,
pero sería libre. Correría y gritaría, y la seguridad llegaría, y…
Tropezó con algo abultado, inflexible, algo que rodó bajo su pie de atrás para adelante.
Trató de atraparse. Su pie se resbaló sobre el azulejo. Cayó sentada con un fuerte golpe.
El zapato de vestir de cuero de Warlord estaba sobre el piso. El zapato de Warlord la
había hecho caer. Miró hacia arriba, vio la cobra erguirse sobre ella, sus ojos negros y
eufóricos, sus colmillos enseñados, lanzando una mirada furiosa blanca y lista.
Se agarró al pesado zapato y lo lanzó, apuntando hacia el largo cuerpo de la criatura
sobre el piso.
La serpiente colapsó, desbalanceada. En un instante se irguió otra vez, furiosa por su
agresión. Iba a morir…
La pantera saltó de regreso a la habitación, en el lecho, luego al límite del colchón y
sobre la serpiente, haciendo añicos su cabeza hacia el piso. Con sus dientes el fenomenal
gato volteó a la cobra en el aire y rompió su espina dorsal con un audible crack.
La sangre salió a chorros. La cosa horrible se retorció sobre el piso en sus estertores
de muerte.
La gigantesca pantera permaneció de pie sin aliento, su boca carmesí con la sangre—y
marcas de quemaduras por el veneno en su mejilla derecha y ambos párpados.
Rick. El gato era Rick, y Rick era Warlord, y sus pesadillas más raras habían tomado
forma en la vida real. Retrocedió hacia la ventana, conocedora de que huir era fútil, pero
sabiendo, también, que tenía que tratar de escapar de esa pesadilla donde cobras
gigantes escupían veneno letal, y el hombre a quien creía conocer... no era realmente un
hombre.
El fracaso de la serpiente la desesperó aún más, un ritmo perturbador de muerte
serpentina.
Al mismo tiempo la pantera gimió y cambió. No podía alejar su mirada fascinada y
horrorizada mientras el pelaje oscuro se convertía en piel, hombros y pecho llenaron la
camisa, los huesos de las piernas se enderezaron, las garras se convirtieron en dedos de
las manos y los pies, la cara desarrolló una barbilla fuerte, una nariz prominente, y. . . uno
pálido ojo verde chispeante de vida, mientras que el otro estaba hinchado, cerrado, con la
piel vuelta volteada y rezumando. Rick—o Warlord, o como quiera que se llamara—era casi
humano otra vez. Casi.

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Agitó su cabeza y habló entre dientes:
—No, no, no —como si el cántico la fuera a devolver a la realidad de algún modo.
Detrás de él, el rosado vientre de la serpiente permanecía volteado hacia arriba,
enseñando los colmillos, sus negros ojos fijos sobre Warlord.
El horror la congeló en su lugar. Gritó:
—¡No!
Pero era demasiado tarde.
La serpiente enterró sus colmillos profundamente en el muslo de Warlord.
El triunfo brillaba en sus ojos—pero solamente por un segundo.
Warlord terminó el cambio. Agarrando la cobra a su espalda del cuello, se liberó y la
estrelló contra la pared. El cráneo se agrietó. La serpiente cayó, muerta por fin.
Y Warlord era totalmente humano.
Demasiado tarde.
Corrió hacia él.
—¿Estás bien?
La esquivó con una mano.
—¡No lo hagas!
—Déjame conseguir un equipo anti veneno.
Corrió hacia el teléfono.
—No ayudaría con este veneno. Tienes que irte. Ahora.
—¡Podrías morirte!
—Improbable —masculló.
Sujetó su pierna con ambas manos. Un ojo estaba hinchado y cerrado. La piel sobre el
otro estaba arrancada, roja y cubierta de suciedad, como si hubiera quitado el veneno
frotando con violencia.
—Están tras el icono.
Nada de lo que pudiera haber dicho habría exigido su atención como esa sola palabra.
—¿Qué icono?
—El icono de la Virgen. El que encontraste en Nepal.
Como ella todavía fingía ignorancia, dijo impacientemente:
—Lo tienes escondido en el fondo de tu bolso con la fotografía de tu madre.
—Cómo sabes…
Había registrado su habitación.
Este era Warlord, todo bien. Y Warlord era una pantera.

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Había protegido ese icono, mantenido en secreto, sin decirle nunca a nadie sobre el
cuerpo de la niña, y sus ojos, y la manera en que habían mirado los de Karen... y solo un
hombre había visto el icono.
Este hombre.
—Les dijiste que lo tenía.
—No. No lo hice.
—Claro.
Su ira aumentó.
—Porque eres el bastión del honor. ¿Cómo sabes que eso es lo que quieren?
—Los espié. Los escuché. Vine a advertirte.
Recordando los últimos días, dijo:
—Te tomaste todo tu tiempo melodioso antes de pública la advertencia.
—No sé cómo te encontraron tan rápidamente.
Levantó sus brazos y luego los dejó caer.
—Pero no necesitas repetir mis errores. Escúchame. Vístete.
Ella miró su vestido negro arrugado.
—Muy bien.
Se dirigió al armario, se quitó el vestido, y lo dejó caer sobre el piso.
—Mi avión está esperando en el aeropuerto —dijo—. Puedes volar, ¿no?
—Tú sabes cada cosa sobre mí. ¿No sabes eso?
Jaló su pila de ropa resistente, la clase que había utilizado cuando estaba
construyendo hoteles.
—Tú licencia de piloto está al día.
Realmente sabía todo sobre ella.
—Llamaré y les diré que consigan la autorización para despegar. He presentado un plan
de vuelo para California.
—¿Qué hay en California?
Se vistió rápidamente, se puso una camiseta negra al revés. No tardó en corregirlo.
—Mi hermano. Posee los Viñedos Wilder. Tipo listo. Fuerte. Puede protegerte. Cuando
llegues al aeropuerto, registra el avión. Asegúrate de que no hayas conseguido ningún
equipaje adicional en forma de otro Varinski.
Se acercó a él llevando vaqueros y un pesado cinturón, su camiseta negra por fuera,
sus botas de excursión, una chaqueta ligera—y, debajo de las mangas largas, sus
brazaletes de oro.
No podía soportar dejarlo atrás.

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—¿Qué es un Varinski? —preguntó.
Hizo un gesto con la cabeza hacia la serpiente.
—Ése es un Varinski.
Se estremeció, agarró el edredón de su cama, y lo lanzó sobre el cuerpo largo y
contraído.
Warlord continuó:
—Llamaré a mi hermano. Cuando desembarques en el Aeropuerto del condado de Napa,
cuidará de todo.
—¿Como confiaría en tu hermano?
—Tienes que confiar en alguien alguna vez, Karen Sonnet.
El sudor estalló por todo el cuerpo de Warlord, se estremeció e hizo una mueca de
dolor.
—No tienes ninguna elección. Vete ahora.
Sabía cómo alejarse sin una sola mirada atrás. Una vez, se había alejado de él. Se
había alejado de su padre.
Ahora agarró su bolsa y su mochila, caminó a zancadas hacia la puerta, la abrió de para
en par, salió, y la cerró silenciosamente detrás de ella.

Capítulo 21
Warlord miro a Karen desaparecer de su vida.
Bien por ella. Se alegro de que tomara la amenaza del Varinski en serio. Se alegro de
que estuviera dispuesta a hacer algo para proteger el icono.
Él se merecía esto, morir solo, medio ciego, y en agonía.
Pero… después de todo lo que había pasado, no habría querido que lo mordieran aquí en
el suelo de su casa.
Él necesitaba vivir.
Necesitaba saber si ella había sobrevivido. Era la luz de su mundo, tenía que continuar.
Hilos delgados de inyecciones de agonía por cada nervio de su cuerpo, respiraba
lentamente, con alientos profundos hasta que venciera el dolor.
Durante este año había pasado un infierno, aprendiendo a controlar su dolor. De hecho,
aprendió mucho. Aprendió a sobrevivir en la oscuridad eterna y el sofocante calor, la
falta de aire y las constantes palizas. Más importante, había aprendido a tener paciencia,
a planificar y auto disciplinarse.

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Auto disciplina. Lo único que su padre había insistido que aprendiera, y Warlord
finalmente lo había hecho. Excepto cuando eso vino por Karen.
Había planificado la operación entera. Acercarse a ella, aliviar sus miedos, seducirla,
mostrarle que era un hombre diferente, luego explicarle el peligro que la acechaba y
conseguir sacarla del infierno a ella y a sus padres.
Solo una cosa le había frustrado.
Karen.
Karen, con su profesional distancia y sus uñas pintadas de color rosa y si cautelosa
cortesía. Karen, con su vestido negro y peinado que dejaba desnudo su cuello y la buena
voluntad de dormir con Rick Wilder mientras llevaba las pulseras de Warlord alrededor
de las muñecas. Karen, y su único momento de ardor, sin dudar, de besos apasionados —
justo antes de que lo golpeara en las partes bajas suciamente.
Había sido la única mujer que alguna vez logró golpearlo, y lo había hecho dos veces. No
se jactaba de ello. Pero esto le decía lo mucho que ella lo afectaba.
La cobra, la estúpida cobra de mierda, tenía el veneno en la saliva, mordiéndolo, y
llenándolo con la muerte. El pacto Varinski con el diablo se rompía, y ellos podían hacer
algo—sabotearlo, torturarlo, asesinarlo—para prevenir que esto pasara. Warlord pasaría
al otro mundo. En todo lo que podía pensar era en Karen y en lo mucho que lamentaba no
poder haberla amado una vez más.
Así que, la bola de mierda que era, tenía el poder de hacer algo para vivir. Tenía que
luchar. Simplemente no podía dormir y morir.
Posó su mirada en el par de pantalones de vestir arrugado sobre el piso a ocho pies de
distancia de él—los pantalones que se había quitado cuando había pensado, erróneamente,
que iba a tener una noche de suerte. Aun sosteniendo el aliento y su presión arterial baja,
se deslizo despacio por el suelo hasta llegar a tocar una pernera. Tirando hacia él, arrugo
el material hasta que pudo llegar al bolsillo y sacar la navaja que guardaba allí.
Con el toque de un botón, surgió una afilada hoja corta. Centellando a la luz, su
salvador si algo podía salvarlo. Se torció a alrededor de él mismo, tratando de ver los
puntos del pinchazo en donde la serpiente le había mordido. No podía, los colmillos le
habían perforado en la parte superior del muslo hacia el dorso de la pierna. Sin embargo,
daría un golpe para ver si podía sacar el veneno, junto con mucha sangre. ¿Qué tenía que
perder? Doblo sus muñecas y se dispuso a operar a ciegas—cuando Karen abrió la puerta
y camino dentro.
Ella era hermosa. La quería. Así que le dijo la única cosa que tenia sentido:
—Lárgate de aquí.

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—No me digas que hacer —levantó dos de sus bolsas tan alto como pudo, bajándolas,
golpeando la puerta con sus pies—. Dame ese estúpido cuchillo.
Caminó y estiró la mano, y sus ojos brillaron con coraje.
—Me iré cuando puedas marcharte conmigo. Ahora, vamos a hacer esto antes de que
otro de tus estúpidos, lodosos amigos hagan estallar la carpintería, ¿o te vas a quedar en
el suelo y quejarte? —ella estaba furiosa por regresar por él. Y el hecho de que hubiera
regresado calentó su corazón y reforzó su resolución.
Él podría vivir.
—Cuando te pones así… —le dio el cuchillo, el mango primero, y esperó a que ella no
fuera lo bastante loca para tomar la oportunidad de atacar su corazón.
Lo hizo rodar sobre su estómago.
—La mordida —dijo ella.
—Las mordidas —él podía sentir el veneno disolviéndose en las células, los hilos, la
fuerza de sus músculos en la pierna.
Con dos golpes seguros ella cortó su piel y sobre el músculo.
El dolor lo hizo arquearse con la agonía.
La sangre corrió rápidamente por su pierna.
—¿Te lastime? —preguntó ella.
—Sí.
—Bien —ella alcanzó el extremo de la mesa de lado de la cama y tomo una lámpara de
lectura—. ¿Recuerdas a que parece el veneno?
—Grueso, plateado, justo como bolas de mercurio —cuando esto golpeó su mejilla y los
ojos se quemaron con el ácido, rasgaron su piel y… bien. No podría hacer nada por su ojo.
No podía pensar en ello ahora. Pero había sido capaz de quitarse el veneno sobre el piso, y
había frotado su cara con la colcha de flores. Si algo había salvado la visión que tenía,
pero todavía podía sentir las moléculas restantes comiendo su piel.
—El veneno se encuentra allí, aferrándose a los hilos de tus músculos. Así que rueda
sobre tu costado —Karen le dio un empujón.
Él hizo como le dijo.
—¿Por qué haces esto?
—Porque estoy harta de preocuparme por ti y cuándo aparecerás de nuevo.
—¿Entonces vas a cuidarme para así no sorprenderte más?
—Además, necesito ayuda para sobrevivir la noche, y eres mi mejor opción.
—No en esta forma.

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—Cállate. Arriba —usó la punta de su cuchillo para empujar primero una gota de veneno,
y después otra hacia el piso.
Ellas rodaron como gotas de mercurio.
—No está bien —refunfuñó ella.
—¿Por qué?
—Dejaron un revestimiento plateado a lo largo de las líneas de tus músculos. Quédate
aquí —corrió para el baño. Él podía oír sus golpes a través de los cajones.
Karen le hacía sentir casi… esperanzado.
Regresó con una botella de agua oxigenada, rollos de gasa y cinta adhesiva para
primeros auxilios, y una botella de Listerine.
—Ni siquiera quiero saber que pretendes hacer con el Listerine.
—No tengo un botiquín para mordeduras de serpiente. O una taza de succión. Así que
vamos a probar con esto —arrodillándose a su lado. Ella lo inclino en su estomago y
derramo el agua oxigenada en la herida.
Eso dolía como un hijo de puta.
Ella lo inclinó de nuevo y lo dejo escurrir.
—No hay cambios. La plata todavía se encuentra allí. Vamos a intentarlo de nuevo —ella
lo hizo, y al mismo tiempo habló con él, tratando de mantenerlo enfocado.
Lo sabía. Le apreciaba. Pero estaba cada vez más frenética, y por último él jadeo.
—No soy bueno para ti. Vamos ahora. Recuerda, mi avión. Mi hermano…
Ella lo rodó sobre su estómago.
—Sé perfectamente bien como alejarme —se escuchaba lívida por él atreverse a decir
que no lo hiciera.
Gracias a Dios.
Sí ella estuviera suficientemente molesta, tendría que hacer su acto de desaparición y
quizás salvarse, y al icono y a su familia.
En cambio, en el más valiente acto que él nunca había visto en su vida—y la estupidez
más grande—ella pegó su rodilla en su espalda, puso su boca en la mordedura, y succiono
el veneno de la herida.

Capítulo 22
Karen escupió la sangre y el veneno en el piso.
Warlord la empujó, alejándola.
Débilmente ella lo oyó gritar.

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—¿Estas loca?
El veneno la golpeo primero, atacando sus sentidos con el ácido. Entonces ella probó su
sangre, y…

El Varinski vestía un casco y un chaleco de Kevlar. Sus orejas colgaban, cada una
perforada por conos de tornillo de tres octavos de pulgada. Tenía un cuchillo en una
funda atada a su costado, y acero cubrían sus nudillos. Sus brazos eran musculosos y
enormes, y tenía una cara parecida a un Neandertal—mandíbula ancha, frente tosca, y un
pómulo que se había trozado alrededor de un ojo. Él caminaba a través de la batalla,
lanzando a los hombres de Warlord hacia los lados como si fueran palillos de dientes. Era
masivo, indiferente al dolor, rápido como un rayo… y su mirada se fijó en Warlord.
Ellos se encontraron en un choque de crueldad.
Warlord acuchilló al Varinski, rasgándolo con el diente y la garra, pero este no era un
demonio ordinario. Este tipo tenía el don de matar. Él no se molesto con su cuchillo o
pistola, sino que golpeó a Warlord con sus puños blindados, tomando pedazos de carne con
cada golpe.
Warlord atacó con el cuchillo, rasgando el cuello del Varinski, sus piernas, su cara, pero
el Varinski se lo quitó y siguió golpeando. Se movió rápidamente, usó sus manos así como
puños, mostró la clase de técnica que solo un maestro en defensa personal debería saber.
Warlord jadeó, su aliento entrando en sus pulmones. Perdía. Por primera vez desde que
era un muchacho con sus hermanos él estaba perdiendo una pelea. Rápidamente, sopesó
las opciones. Si cambiaba, convirtiéndose en pantera, tal vez podría escapar, pero… sus
hombres estaban abrumados, heridos, muertos o prisioneros.
No. Él se quedaría con ellos. Él los sacaría.
El Varinski lo rodeaba, entonces, con un grito en el campo, miró lejos.
Warlord golpeó en el vientre al Varinski—y con un poderoso puño lo golpeó en el pecho.
Warlord perdió el conocimiento, y despertó para encontrase volando por el aire,
perdiendo el conocimiento otra ves en el acantilado… y golpeó las rocas.

El fuerte gusto antiséptico del Listerine salpicó en la boca de Karen. Ella farfulló y
escupió, empujo la mano de Warlord y la botella lejos.
—¡Hijo de puta!
Warlord la sostuvo en su regazo. Sacudió sus hombros.
—¿Estas bien? ¿No sabes como de potente es el veneno? ¿Estas loca?

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—Sí. Sí. Sí —ella se lanzó fuera de sus brazos, y corrió al cuarto de baño. Su estómago.
Su estomago subió, y ella se lanzó de cara a la taza del inodoro. Colgó allí durante un
momento, su mente girando cuando trato de pensar, de comprender que le pasaba.
Reforzándose, se levanto y llego al lavado, se apoyó contra el, y examinó sus propios
ojos embrujados.
Ella había probado su sangre… y había sido transportada. Había pasado antes, en su
tienda en el Himalaya, pero sólo brevemente.
Esta vez había visto, olido, sentido el sueño, la visión. Había vivido en su piel, y lo que
había ocurrido había sido una pesadilla. Que había rebotado en un acantilado y contra las
rocas, y había sufrido horribles heridas. Ella debería haber… no, él debería haber muerto
lentamente, una dolorosa muerte.
Él no había…
Ella tembló.
Pero él había sufrido. Lo sabía ahora. Había sufrido innumerables caminos horribles.
Aún había sobrevivido para salvar su vida, y si ella no se movía, y no apartaba su propio
choque y trataba con la situación, ahora moriría sobre su piso. Incluso Warlord se
merecía algo mejor que eso.
Aquel hombre serpiente no era el único de aquellas cosas. Ellos tenían que escapar.
Salpicó agua fría sobre su rostro, cepilló sus dientes, y salió.
Warlord estaba a sus pies. Había logrado luchar por ponerse los pantalones, y ahora
luchaba con el cierre.
—Primero déjame mirar la mordedura otra vez.
—Está bien —su tez estaba gris; sus pupilas eran pequeños puntos.
—Puedo ver —un poco más suavemente, lo empujó—. Quiero ver. Necesitas ser vendado.
Estas goteando sangre en el suelo —señaló el charco sobre sus pies.
—Supongo. Simplemente no la toques de nuevo —dijo bajando su pantalones.
Ella limpió la herida con gasa.
—La sangre debe de estar limpia. No puedo ver más veneno—. Apretó otra gasa encima
de la mordedura, sujetándola en el lugar, y miró sus blancos nudillos agarrados a la base
de la cama—. Tienes que luchar con lo que halla en tu sistema.
Él miró hacia abajo, a ella. Rojas, dolorosas ampollas en su mejilla, un ojo estaba
cerrado, y un fino brillo de sudor cubría su frente. Aunque él extendió su mano
firmemente a ella, y acarició su mejilla como si ella necesitara tranquilidad.
—No te preocupes. Me mantendré aquí el tiempo suficiente para que tomes el avión y
estés segura.

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—No quise decir… —pero ella ya le había dicho que estaba salvándolo porque él era lo
mejor para su seguridad.
¿Él creyó eso?
¿Ella?
Él se puso los pantalones.
Ella le ayudó con la cremallera y el cinturón, luego lo empujó en una silla y acerco la luz
sobre su cara.
Cuidadosamente limpió la suciedad de las heridas.
—Éste ojo debería estar bien. ¿Qué hay del otro? ¿Puedes abrirlo?
—No. Pero el globo ocular no recibió un golpe directo. Tengo posibilidad de conservar
mi vista.
Él estaba tan tranquilo. Tan seguro de si mismo.
Él continuó.
—Me adelanté. Ellos tendrán el avión listo. Tenemos que ponernos en camino para llegar
al campo de aviación y dirigirnos hacia las montañas.
—Pediré un coche —ella comenzó a levantar el teléfono, luego hizo una pausa. Los
hoteles tenían operadores, y las conversaciones telefónicas no eran siempre privadas.
Llamó por alta voz a Dika, luego lo ayudó a ponerse los calcetines y zapatos.
Un golpe sonó en la puerta. Ella miró a través de la mirilla.
Era la mucama. Estaba sonriendo, asintiendo.
—Srta. Karen —llamó—. Le traje la botella de vino que usted pidió —ella sostuvo una
botella para Karen, y nadie más estaba mirando.
Karen la dejó entrar.
Cuando Dika vio en el cuarto—el desorden de DVDs esparcidos, la lisa y coloreada cola
de la serpiente que sobresalía debajo del edredón, el hombre en la silla—su sonrisa
desapareció.
—¿Qué pasó?'
—Nos atacaron.
Dika alzó su barbilla a Warlord.
—¿Este es el hombre al que tenia miedo?
—Si, pero él salvo mi vida.
—Otra vez —interpuso Warlord.
—Tomaste tu pago la ultima vez —Karen se quebró.
—¿Entonces a cambio usted ha salvado su vida? —Dika lo miró de arriba abajo—.
Atractivo el diablo. Ya puedo ver porque usted pudo.

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—Me dijiste que confiara en mis instintos. En este caso, mis instintos me dicen que
debo sacarlo de aquí sin que nadie nos vea. Rápido —Karen esperó, preguntándose si Dika
podría burlarse de ella.
En lugar de ello, la suave y sonriente mucama había desaparecido, reemplazado por un
duro rostro, de una decidida e inteligente mujer.
—Correcto. Déme cinco minutos. Vuelvo en seguida —se fue.
Karen tomo dos botellas de agua de la nevera y empezó a extenderle una a él.
Él tembló con una fuerte ráfaga y emitió un destello de fiebre tan caliente que ella lo
sintió desde donde estaba.
Por primera vez se tomó un respiro, y comprendió lo inadecuado que era esta tarea.
Ella no sabía nada más que los primeros auxilios básicos. No era capaz de luchar contra
los demonios que se convertían en bestias. Colocó la botella contra su cuello, esperando
refrescarlo, y dijo,
—Soy normal, una sensible mujer que es buena en la planificación de los buffets de
chocolate y tratando casos urgentes con arreglos florales. ¿Cómo voy a ayudarte ahora?
—Sensible, sí —él tomó la botella, la abrió, y bebió—. Pero tú eres algo más que normal.
Puedes construir un hotel, golpear a un hombre, y sobreviste a un viaje por el Himalaya.
Ahora mismo no puedo pensar en nadie a quien preferiría tener en mi lado.
Ella no quería sus halagos—pero eso tocó su corazón.
—Bébetela toda —dijo ella de manera cortante—. El veneno se eliminara a través de el.
Como él bebió, sonriendo abiertamente, le recordó a alguien. Alguien que le gustó.
Oh, sí. Él le recordó a Rick Wilder.
—Tengo el equipo de supervivencia en el avión —dijo él—. Con el equipo que tienes en tu
mochila, estaremos bien.
—¿Examinaste todo lo que poseo? —ella bebió también, gravemente consciente de que
también había tomado algunas gotas del mortal veneno… y unas pocas gotas de su
aterradora sangre.
—Inmediatamente después de tu pequeña conversación en el patio —él cabeceó hacia
su puerta corrediza.
Ella tiro la botella lejos, derramándose el agua bajo su frente.
—¿Dika? ¿Nos escuchaste? —¿Él había oído cada palabra que había dicho? ¿Sobre él?
¿Sobre ella? ¿Sobre sus miedos?
Aun ahora, enfermo como estaba, él la miró, sonriendo.
—Dika fue muy útil. Si ella no te hubiera convencido que te quedaras, yo habría tenido
que tomar severas medidas.

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—Condénate en el infierno. Debería irme ahora mismo y dejarte a los buitres.
Tomando su muñeca, él la besó.
—Es demasiado tarde para eso. Aun cuando yo muriera por esto—y puedo—de algún
modo regresaría por ti.
—Bastardo de mierda —ella paseó de una ventana a otra y tiró bruscamente las
cortinas al lado para mirar afuera.
¿Cuál era su problema con su confesión, ambos la halagaban y obligaban?
¿Por qué, de todos los hombres en el mundo, ella era la esclava de Warlord?
Dika se apresuraba hacia la casa de campo de Karen, empujando su carrito de limpieza
por delante de ella.
Hacía un año, cuando Karen encontró empleo en el Aqua Spa y Hotel Horizonte, Dika
había llegado de su pueblito con una misión—asegurarse de que Karen Sonnet
permaneciera segura y la profecía podría ser cumplida.
Ahora los Varinskis habían golpeado de repente, brutalmente, y Dika tenía que sacar a
Karen y Wilder.
Golpeó en la puerta, y en la voz baja de la perfecta mucama, habló para los de afuera.
—Limpiare el vino derramado ahora, Srta. Karen.
—Entra, Dika. Apreciamos lo que haces —Karen parecía tan agradable como Dika. La
brillante muchacha entendió completamente la razón del subterfugio.
Dika cerró la puerta detrás de ella y bloqueó. Abrió el costado del carro y le dijo a
Wilder.
—Entra.
Wilder asintió y se puso de pie lentamente, moviéndose como si sus articulaciones le
dolieran.
Karen vio su discapacidad y maldijo con vivos colores, en una variedad de idiomas.
Está bien. A la muchacha él podría no gustarle, pero ella no podía soportar verlo con
dolor.
Envolviendo su brazo alrededor de su cintura, Karen le ayudó a moverse. Dika cargo
sobre él las bolsas de Karen, lo tapó, y Dika y Karen con su pasajero oculto se dirigieron a
la puerta.
Karen ayudó a Dika a empujar—Wilder pesaba una tonelada, y las ruedas se hundían en
el camino de grava—y charlaban ligeramente mientras caminaban, para todos eran las
intenciones y objetivos de dos mujeres que trabajaban en el balneario y eran amigas.
Sin embargo, la piel de Dika rastreó. Ellos estaban allí, los Varinskis, moviéndose para
la matanza…

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Dika, Karen, y Wilder alcanzaron el estacionamiento sin incidentes. Karen estudió la
luminosidad de la entrada del Aqua Horizon Spa and Inn, luego a la blanca furgoneta de
lavandería, encendida. Miró hacia abajo a sus manos, que apretaba sus puños una y otra
vez. Se enfrentaba al peligro, y temía el juicio.
Dika no podía ayudar con su miedo, pero podría ayudarle a dar el siguiente paso en el
camino.
Dos hombres saltaron y levantaron el carro por la parte trasera de la camioneta.
—Se trata de mi pueblo, los Rom, mi tribu. Ellos los llevaran al campo de aviación —
Dika puso la palma de la mano en la cabeza de Karen—. Bendiciones, suerte, y fuerza
estén contigo.
Karen la abrazó, salto, y ondeó cuando ellos pelearon por el asfalto y en la oscuridad.
Dika volvió hacia la seguridad. Hacia la entrada intensamente alumbrada del vestíbulo.
Aunque ella caminaba, el sentimiento de ser observada creció. Deslizó su cuchillo por
encima de la manga. Miro atrás. Estirada para escuchar. Sus pasos se hicieron más cortos
y más rápidos. Casi alcanzó las puertas — y alguien apretó el paso fuera de los arbustos.
O, más bien, algo.
Oídos puntiagudos sobresalían sobre su cabeza. La piel cubría su cuello y mejillas,
aunque su nariz y ojos y cuerpo eran definitivamente humanos.
Él era lo que los Rom temían—la nueva y mala maldición de Varinski, una que estaba
sentado a horcajadas sobre la línea entre el depredador y el humano.
—Tú no debiste haber hecho eso —él habló despacio, como si las palabras fueran
difíciles para él.
La única seguridad de Dika estaba dentro. Dio un paso de reojo.
—Perdóneme, por favor —ella trató de darse la vuelta.
Él se movió delante de ella, a la mitad de la acción de sonreír abiertamente.
—Dije que no debiste haber hecho eso.
—Tengo que entrar.
—Vamos a conseguirlos de todos modos... y ahora voy a tenerte —él saltó sobre ella,
con los colmillos expuestos.
Con una cuchillada rápida de su arma ella cortó su cara.
Él aulló con agonía.
Ella se precipito hacia la entrada.
Como las puertas automáticas estaban abiertas, ella chilló con toda la fuerza de sus
pulmones.

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Vio al capitán de botones alzar la vista con horror. Vio al gerente de turno comenzar
alrededor del mostrador de facturación.
Entonces la bestia la cogió en sus garras. Sus colmillos cortaron su cuello. Y mientras
ella gritó, él la rasgó en fragmentos sobre la acera prístina del Aqua Horizon Spa and Inn.

Capítulo 23
Mientras la furgoneta circulaba con exceso de velocidad por el camino y el amanecer
matizaba el cielo del color azul más puro y más ligero, Karen abrió el carro y ayudó a salir
a Warlord.
Se movía con horrible lentitud.
—Es el veneno.
El techo era bajo; se dobló para evitar golpear su cabeza.
—Siento como si tuviera cien años.
Le lanzó una mirada dura.
—¿Sientes los efectos?
—Las puntas de mis dedos están hormigueando como si se hubieran quemado por el frío.
Él tomó sus manos, giró esas palmas, revisó la piel, y tomó sus dedos entre los suyos.
—Lo estás haciendo realmente bien.
—No conseguí mucho.
—Salvaste mi vida.
El tipo estaba volando en fiebre, probablemente había perdido un ojo, apenas podía
moverse, y estaba preocupado por ella. La estaba calentando. Físicamente.
Emocionalmente.
—Así que ahora estamos parejos —dijo—. No hay obligaciones por parte de ninguno.
—Salvé tu vida. Tú salvaste la mía.
Sonrío.
—Pero te até. Así que para que estemos a mano, debes atarme.
—Lo haré.
Ella liberó sus manos de un tirón.
—Y lanzarte de un despeñadero.
—Duro.
En un paroxismo repentino de frío, tembló y se meció sobre sus pies.
—Tú no puedes hacerlo.
—Lo sé —farfulló, y rebuscó en el carro hasta que encontró una pila de toallas limpias.
Envolvió dos alrededor de sus hombros para darse calor. Usó una para limpiarse la cara.
Y un portazo en la puerta trasera de la furgoneta mientras el conductor ponía el
acelerador a fondo.
—Varinskis.

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Warlord permanecía inmóvil, preparado con una mano sobre el techo y otra a su lado,
observando por las ventanas traseras.
Moviéndose lentamente sobre sus pies ella también observó.
Un Hummer H2 negro con los vidrios polarizados estaba girando por el camino y se
acercaba rápidamente.
El campo aéreo estaba a diez minutos del hotel.
—Nunca lo lograremos —dijo.
Entonces el tipo en el asiento del pasajero de la furgoneta abrió su puerta—a ochenta
millas por hora—se inclinó hacia afuera, y dejó caer algo sobre el camino.
Karen observó una pelota pequeña rodar, abrirse de golpe, y difundir estrellas de
acero por todo el asfalto.
El Hummer rodó hacia ellos. Los neumáticos chirriaron. Viraron bruscamente fuera del
camino.
Karen lanzó un suspiro de alivio, empezó a regresar hacia Warlord—y las puertas del
Hummer se abrieron. Un lobo saltó afuera. Otro. Otro. Un halcón peregrino voló tras
ellos. Y en una grandiosa demostración de fuerza, una gran pantera saltó del vehículo.
Su cuerpo fluía mientras corría. Sus manchas brillaban al sol naciente.
Su corazón saltó con horror al saberlo. . . Saber la verdad sobre estas bestias, estas
cosas que venían desde el corazón del mal, que la asesinarían, matarían a cualquiera que
se cruzara en su camino.
—¿Quiénes son esos tipos?
—Varinskis —dijo en voz alta uno de los tipos del frente.
Echó un vistazo a Warlord.
Era uno de ellos.
Echó un vistazo tras ellos. Los lobos estaban quedando atrás. Eran demasiado lentos
para mantener el ritmo. Pero siguieron corriendo, sabiendo que llegarían allí.
La pantera se adelantó, observó casi deteniéndose en su persecución, pero sus ojos
verdes parecían al rojo vivo.
—¿Cuánto falta? —preguntó Warlord.
—Casi estamos ahí.
Lo vio empujar el dolor y la fiebre. Lo vio reunir su fuerza.
Flexionó sus rodillas, sus brazos. Dirigiéndose hacia la parte posterior, miró hacia
afuera.
—Lobos. Mala elección. Su máxima velocidad es de cuarenta y cinco. ¿Qué más han
conseguido?
—Un halcón peregrino.
—¿El que se zambulle a velocidades de más de cien millas por hora? Estos Varinskis no
son nada estúpidos. Alguien en esta parte de la organización tiene cerebro. Me pregunto
quién.
Escudriñó a la pantera.

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—Innokenti. Por supuesto. ¿No sabías que él es una pantera?
Tomando aliento, dijo en murmullos:
—El ave estará sobre nosotros antes de que podamos subirnos al avión.
Ella miró hacia la pista de aterrizaje. Un Cessna Citation X estaba asentado sobre la
pista de aterrizaje, listo para partir.
—¿Ése es el tuyo?
Estaba impresionada. El mini—Jet más rápido del mundo.
—¿Puedes pilotarlo?
—Trata de detenerme.
Asintió con la cabeza.
—El ave me atacará. Toma tus bolsos y sube a ese avión.
—Estos tipos son como tú. Una mezcla de hombre y animal.
Ya debería estar conmocionada.
No lo estaba.
—Excepto que ellos son los villanos y yo soy el bueno.
Warlord parecía tan en calma, tan alentador.
La furgoneta chirrió al doblar en la esquina y entrar en el campo de aviación,
lanzándola a los brazos de Warlord.
La sujetó, duro, porque mientras la sostenía, aferraba la manija de la puerta.
—Si no subo al avión antes de que estés lista para partir, cierra la puerta y lárgate.
Podía. Debía. La estaba enviando. Sabía cómo manejarse en el mundo mejor que la
mayoría de las personas. Tenía dinero. Tenía su avión. Podría no tener fe en ella, pero
sabía que podía escapar de él y sus raros enemigos, esconderse de ellos, mantener el
icono seguro, y si hiciera eso, nunca tendría que enfrentar su pasión por esta... bestia.
Pero la misma terca estupidez que la había hecho regresar a su cabaña y salvar su vida
todavía la sujetaba en su apretón.
—No.
—Quieren el icono.
—No pueden tenerlo, así que es mejor que ganes esta pelea.
La sangre subió a sus mejillas. Visiblemente agitado por el veneno. Le miró con la
determinación del viejo Warlord—¿cómo pudo haberla engañado alguna vez?—y dijo:
—Tienes razón.
Mientras, el conductor cerró de golpe los frenos, sujetó la manija, y a ella. Antes que
frenara totalmente se lanzó afuera.
—Ten el avión listo para irnos tan pronto como hayamos terminado —gritó.
Aterrizó en el asfalto con la gracia flexible de una... una pantera.
Vio una mancha pasando como un rayo hacia él desde arriba.
La furgoneta coleó, paró, y ambos tipos se reclinaron y gritaron:
—¡Fuera! ¡Sal! ¡Llega al avión!
Agarró su mochila y bolsa y salió.

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La furgoneta chirrió.
El pequeño, hermoso jet personal azul y blanco estaba esperando. Corrió hacia las
ruedas y empujó la cornamusa, dejando las ruedas libres para rodar. Las escaleras,
partiendo del fuselaje, colgaban allí, abiertas y acogedoras. Las subió de tres en tres
escalones, llegó a la cima, y giró en una vuelta ajustada.
Debajo de ella, Warlord luchaba contra un hombre esbelto que manejaba un cuchillo
con exactitud mortal.
Más allá de la puerta los lobos se acercaban a grandes zancadas, sus ojos fijos en
Warlord, de un rojo resplandeciente.
—Muy bien —habló entre dientes. Tenía sus armas también.
Se deshizo de sus bolsas en el asiento del pasajero y fue a la cabina de piloto. Nunca
había hecho volar a uno de estos bebés. Pero su padre la había entrenado bien. Tardó
solamente un minuto en familiarizarse con los controles. Entonces, con una sonrisa adusta,
empezó los preparativos para el despegue.
Batería en línea. Bombas de combustible, botones de encendido—listos. Motor derecho
—engranado, rpm en aproximación. Encendido —listo. Obturador de gasolina —listo. Podía
sentir la vibración del spooling del motor y escuchar el chirrido en algún lugar detrás de
ella.
Con el interruptor de encendido del motor izquierdo entre manos, listo para activarse...
Tan pronto como Warlord estuviera a bordo.
Cuando terminó la lista de verificación, llamaron de la torre:
—¿Qué diablos está pasando ahí abajo?
Se agarró al micro y puso una nota de pánico en su voz.
—Están peleando con cuchillos. ¡Envíen a la policía aeroportuaria!
No es que la policía sirviera para mucho, pero proveerían una diversión, y necesitaba
toda la ayuda que pudiera conseguir.
Detrás de ella los motores ronronearon, dulce y bajo. Cambió de lugar el avión algunos
centímetros, sintiendo la manera en que respondía.
Los dos hombres luchaban en el suelo, y Warlord estaba perdiendo fuerza visiblemente
cuando rodaron.
Los lobos estaban llegando a la cerca, toda su atención enfocada en la lucha.
Los polis estaban yendo hacia el altercado, sus pistolas en las manos.
Karen bombeó el obturador de la gasolina y, con el motor acelerado, fue hacia los lobos.
No habían esperado eso. Miraron hacia arriba, sus fauces iluminadas a través del
parabrisas, y siguieron corriendo, jugando al juego del más valiente con el avión porque
pensaban que una mujer realmente no los atropellaría.
Arrogante, egoísta, pensamiento de mierda sobre esta chica.
Viró bruscamente para pisar a uno de los animales de presa sobre el camino.
Los alaridos, compuesto de partes igual de cólera y angustia, llegaron a sus oídos
incluso sobre los sonidos de los veloces motores.

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Giró el avión otra vez y persiguió a uno de los lobos que quedaban. Podrían ser seres
sobrenaturales que cambiaban de hombre a lobo y de regreso otra vez, pero estaba muy
segura que podía hacer una abolladura en su ego con las ruedas de su avión.
El lobo viró saliendo hacia el borde cubierto de hierba de la pista de aterrizaje.
Fue hacia Warlord y el otro, el Varinski halcón.
Ella los miró. El Varinski perdió su concentración y la miró por el rabillo del ojo.
Warlord reunió fuerzas y rompió el cuello del tipo, con una rápida llave inglesa de sus
manos.
—¡Sí!
Disminuyó la velocidad y viró bruscamente, poniendo los peldaños cerca de Warlord.
Escuchó un ruido de pies, miró y lo vio asomar la cabeza en la cabina, y gritó:
—¡Asegura la cabina!
Motor de arranque izquierdo —engranado. Obturador de gasolina izquierdo —
avanzando.
Warlord se acercó hacia ella, con su voluntad agotada y su cara consumida.
—¡Despega!
Porque los lobos habían desaparecido de su vista, y sabía que por lo menos uno de ellos
iba a tratar de coger su avión.
Recogiendo el micrófono, transmitió:
—Torre, Noviembre ocho—siete—ocho—siete—seis, rodando sobre el suelo, listo para
copiar la autorización.
Warlord se tiró al suelo. Se veía roto y estaba más pálido que la muerte.
—Hay una pistola en el bolsillo sobre el costado de mi mochila —le dijo.
La encontró, la sacó, y disparó en un movimiento suave.
Escuchó un gruñido.
—Lo mataste —gritó.
—Se necesita más que eso para matar a un Varinski.
Se puso de pie y cerró la compuerta del avión; entonces, mientras carreteaba por la
pista de aterrizaje y aceleraba, se tambaleó hasta la cabina de piloto y se dejó caer en el
asiento del copiloto.
El Cessna se acercó a la velocidad de despegue, y un hombre, un ser humano, caminó
por la pista de aterrizaje.
Lo reconoció.
No debería hacerlo, pero lo hacía.
Tenía que ser una visión.
Una cara como un Neanderthal, amplia mandíbula, frente pesada, y un pómulo que había
sido quebrado y empujado arriba hacia su ojo. Los lóbulos de las orejas colgados hacia
abajo, ambos perforados con pernos de tres octavos de pulgada. Se acercó a la lucha,
lanzando a los hombres de Warlord a un lado como si fueran mondadientes. Era grande,
indiferente al dolor, rápido como el relámpago

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No. ¡No! No podía entrar en uno de esos trances ahora. Tenía que enfocarse.
El neanderthal apoyaba sus grandes manos sobre sus caderas, sus ojos taladrando los
suyos, en un silencio estratégico, ordenándole que se detuviera.
El pequeño Cessna aceleró de la misma manera que un Dragster2 de Honda. Vio la marca
sobre el indicador de velocidad relativa de vuelo vio que la velocidad de uno de los
motores era excesiva cuando la aguja de velocidad destelló más allá. Inmediatamente
movió ligeramente el volante.
Despegando, marcha arriba, flats arriba, dirigiéndome a la zona de despegue.
Justo antes de que golpeara al neanderthal, este se movió.
—¿Qué era eso? —murmuró.
—Mi idea del infierno.

Capítulo 24
El desierto color óxido y sus peligros comenzaron a alejarse y el cielo azul los abarcó.
—¿Qué está haciendo? —gritaron de la Torre de Control.
—¡No tenías autorización de despegue! ¡Regresa al campo inmediatamente! ¡Una
violación ha sido presentada!
Warlord extendió la mano hacia el interruptor, y el hablante fue silenciado.
Levantando el largo dedo corazón con su puño derecho apretado, lo giró con un ademán y
señaló con el dedo hacia adelante.
—¿Qué representa eso? —preguntó Karen.
Warlord sonrió abiertamente.
—Que se jodan! Usé las reglas de vuelo visual.
Karen sonrió en respuesta.
—¿A dónde vamos?
—Gira este avión hacia el noroeste. Tres — tres — cero debería estar bien.
Cuando llegaron a una bonita, segura, meseta de altitud, apretó el piloto automático y
se volvió hacia Warlord.
Estaba hecho una mierda. Un corte largo sobre su pecho manchaba de sangre su
arrugada camisa de doscientos dólares, y sus ojos estaban apretadamente cerrados, la
piel sobre ellos formando una costra, como si estuvieran tratando de protegerse del
visiones infernales. Un puño descansaba sobre su corazón, el otro sobre su vientre, y sus
piernas estaban rígidas como si estuviera librando una lucha horrorosa.

2
Un automóvil diseñado y desarrollado específicamente para resistencia aerodinámica de carreras. Especialmente
sobre un ¼ de milla. (402 m) o 1/8 de milla. (201 m) (esos que tenían forma de balas en vez de motor se lanzaban con un
lanzador que era como una honda gigante—Nt). ——Una persona que compite con tal automóvil.

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Lo sentía, pero no tenía tiempo para la compasión.
—¿Cuál es el plan aquí? Estás en malas condiciones, y para decirte la verdad, yo misma
no me siento demasiado bien.
La miró a través de un ojo verde nublado.
—Es el veneno. Incluso un vestigio es tóxico para alguien como tu.
—No estoy muerta, sólo me siento enferma.
—También ingeriste algunas moléculas de mi sangre, y eso luchará contra el veneno.
—¿Por qué? ¿Qué hay de especial en tu sangre?
Aparte del hecho de que me hace ver cosas que tú has visto, escuchar cosas que tú has
escuchado, entrar en tus recuerdos, tu mente.
Hizo una mueca y no respondió.
—Es porque tú eres uno de ellos.
Y eso la hizo ponerse furiosa de nuevo.
—Tú eres un... un Varinski.
Su ojo entrecerrado se abrió de golpe, y le lanzó una mirada furiosa.
—No, soy un Wilder. Mi nombre es Adrik Wilder. Recuerda eso.
—¿Por qué debería?
—Porque si muero por esto, quiero que una persona recuerde mi nombre.
—Tú no vas a morir.
No después de todo esto, no lo haría. Ella no lo permitiría.
—¿No?
Gimió y cambió de lugar sus piernas largas como si las articulaciones le dolieran.
—Sal de la cabina y consígueme ropa.
Hizo lo que le ordenó, y cuando volvió estaba desnudo, hundido en el asiento, su ropa
formal arrugada sobre el piso a su lado.
Lo dimensionó con una sola mirada. Su cuerpo parecía más largo, más fino que cuando
había estado en el Himalaya, y con todos los músculos esculpidos. Tenía cicatrices sobre
sus hombros, pálidas y entrecruzadas, y a través de su pecho y por su brazo, un tatuaje
vibrante, dos gloriosos rayos en rojo y oro.
A pesar de sus fervientes deseos mientras estuvieron separados, sus genitales todavía
estaban intactos.
—¿Cuándo tuviste tiempo de hacerte un tatuaje?
Tocó el rayo ligeramente.
—No es un tatuaje. La marca es la que aparece sobre cada chico Wilder en la pubertad,
aquella que prueba que es parte del pacto con el diablo.

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Hizo un guiño.
—Son un obsequio fenomenal para alguien junto con una voz quebrada, pelo en el
cuerpo y erecciones inoportunas.
—Pero no lo tenías antes.
—Lo tenía, pero cuando me volví más malvado, el tinte se secó y se puso negro.
—Igual que tus ojos.
—Sí. Igual que mis ojos. Y como con mis ojos, cuando comencé a caminar de regreso a
la luz, el color ha regresado.
Tembló, y la piel de gallina se extendió sobre su piel.
Empezó a meter los brazos en la camiseta negra, pero cuando se inclinó hacia adelante
cogió una vislumbre de su espalda. Cicatrices entrecruzadas la cubrían desde su trasero
hacia arriba por toda su espina dorsal y de hombro a hombro. Algunas eran profundas,
cortando a través de su piel. Llena de indignación preguntó:
—¿Qué te pasó?
—No importa.
Tomó la camiseta y la bajó.
—¡No importa!
Lo metió dentro de la camisa de franela negra y lo envolvió con el largo abrigo de
camuflaje.
—¿Cómo que no importa? ¡Alguien te golpeó!
—No importa —repitió.
Arrodillándose a sus pies, introdujo sus piernas en la larga ropa interior y un par de
pantalones de combate de camuflaje.
—¿Fue el Varinski? El tipo que te derrotó en la lucha.
—¿Cómo sabes eso? —masculló.
Así que tenía razón. Había visto en su mente. En sus recuerdos.
Cada vez que saboreaba su sangre, la conexión de sus mentes se hacía más fuerte....
Pero él no se daba cuenta de eso, y no quería explicar aquello que ella misma no podía
comprender.
—No importa —lo imitó.
—Eres una mujer exasperante.
Jaló los pantalones, hurgó en el bolsillo, y encontró un pedazo de papel. Se lo empujó.
—En una hora, llama a ese número. Te comunicarás con Jasha. Dale estas coordenadas
y dile que Adrik lo necesita.
—¿Quién es Jasha?

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—Mi hermano.
—¿Por qué no lo llamas tú?
—Hay una muy buena posibilidad de que me odie.
—Tienes ese efecto sobre las personas.
La atrapó por la nuca, la sujetó mientras la inclinaba y la besó con dureza.
—Pero no sobre ti.
—Te odio —dijo automáticamente.
Por lo menos, lo había odiado durante dos años, y por una buena razón. Pero no
importaba con cuantas ganas lo había intentado, no lo había olvidado.
Ahora, mientras lo miraba a la cara, tan cerca de la suyo, mientras la fiebre destellaba
a través de él, mientras sus pupilas se angostaban y se estremecía en agonía, supo todo lo
que había arriesgado para rescatarla.
Tal vez todavía lo odiaba. No lo sabía. Pero la muerte bombeaba a través de sus venas
—a través de las venas de él, también —y los dejaría tomarlos.
Tenían un asunto pendiente.
Warlord se recostó, su cara se contorsionó.
—Ya sea que me odie o no, hay una muy buena posibilidad de que Jasha venga. Si te
cree.
—No puedo esperar para hacer esa llamada telefónica.
—El plan de vuelo reportado a la FAA. Estamos a punto de cambiarlo.
Recordó al tipo sobre la pista de aterrizaje.
—Buena idea.
—Desciende tan bajo como puedas volar cómodamente y gira al norte, al otro lado de la
gran cuenca.
Desconectó el piloto automático e hizo lo que le ordenó.
Continuó:
—Estamos en camino a las Sierras Nevadas, justo al sur de Yosemite.
—Y luego ¿dónde?
Su boca se tensó en una línea adusta.
—Eso es todo.
—¿Qué quieres decir?
Podía darse cuenta de que no le iba a gustar la respuesta.
—Estamos pilotando a este bebé justo al medio de la Montaña Acantilado

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Capítulo 25
—No. Ah, no. —Karen agarró el brazo del Mercenario.
—¿Has perdido la cabeza?
—Subiremos en la moto, entonces no nos separamos.
— Él le dio una hoja de papel.
Ella le echó un vistazo. Eran instrucciones escritas del lugar donde se encontraría con
Jasha...si él decidía venir.
—¿Tienes miedo?— preguntó él con evidente preocupación.
—¡No, no tengo miedo! ¿Por qué tendría que tenerlo?
—¡Miedo a la caída!
—¡No tengo miedo a saltar!— ¿Piensas que soy algún tipo de cobarde? Pero mira a tu
alrededor. Esto es un Cessna Citation X. Esto es un pájaro hermoso. ¡Estrellarse podría
ser un crimen!— Karen frunció el ceño. —En realidad, esto probablemente sea un
verdadero un crimen.
Él la consideraba como a una mariposa.
—He sido un mercenario. He matado y he robado. ¿Me veo como alguien que este
preocupado sobre la criminalidad de estrellar mi aeroplano?
—Supongo no. Pero el Cessna...
—¿Lo viste?
Inmediatamente ella sabía de quién hablaba. El hombre en su sueño. El hombre que
estaba allí de pie y miraba el aeroplano venir a él sin ningún signo de miedo. Ella cabeceó,
su mirada fija en el mercenario.
—Esa bestia es Innokenti Varinski. ¿Recuerda que tratas con el diablo? Sus
antepasados lo hicieron. Sus ancestros... son perseguidores. Son mercenarios.
—Encuentran sus presas donde quiera que corran. Y ellos están detrás de ti.
—¡Pero...!— Ella acarició el funcionamiento perfecto, los hermosos y elegantes
controles.
—Lo sé.— Él acarició su asiento de cuero. —Vamos a estrellarnos en un remoto lugar en
el Alto Sierras. Es invierno. Los rescatadores tardarán un infierno de tiempo en
encontrarnos.
—Ellos seguirán la señal del transmisor localizador de emergencias (ELT).
Él la miró con incredulidad.
Y ella lo supo.
—Quitaste el ELT.
—Lo deshabilité,— dijo él. —Cuando finalmente localicen el sitio del accidente, va a
aparecer que nuestros cuerpos han sido incinerados en el ardiente accidente. El Varinski
sospechará, pero esta es la única oportunidad que tenemos para despistar nuestro olor,
compraremos tiempo para escapar.
Preguntas y reproches giraban en su cabeza.
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—Si el Varinski es un mercenario, ¿quiénes le pagan para encontrarme?
—Nadie. Ellos te cazan por sí mismos.
—¿Por qué? ¿Por qué yo?
—Porque tienes el icono.
—¿Por qué? ¿Esto es tan valioso que ellos tienen que tenerlo?
—No. Es poderoso. Si se une con los otros tres iconos de la familia Varinski, el pacto
con el diablo se romperá y ellos se parecerán a otros hombres.
—Se puso los calcetines que ella le había traído.
—¿Cómo lo sabes?
—Después de que sostuve el icono, después de que me quemara, fui abrumado por la
comprensión de que estaba aliado con el diablo. Que si me gustó esto o no, yo era igual
que Innokenti, desagradable al cielo.— El mercenario la observó poco a poco. El jefe
militar la miró regularmente.
—Y no digno de la mujer que me obsesiona en mis sueños.
Ella sacudió su cabeza. No quería aquella responsabilidad.
—Ah, sí. Me mantuviste vivo en la oscuridad, y de algún modo tienes uno de los iconos
Varinski. No creo que sea coincidencia. Esos iconos han sido ocultados durante mil años.
Entonces, después de que yo... después de... aproximadamente un año después de que te
marcharas, los alcancé juntos e hice mi negocio para averiguar que pasaba. Visité la casa
de los viejos Varinski en Ucrania.— El mercenario rió. —Aquel lugar era una broma, una
enorme antigua casa con espacios añadidos por donde quiera, ventanas rotas llenas de
trapos, coches en el patio con demasiada maleza. Allí vivían al menos cien Varinskis.
Mataron a su líder un año antes y luchaban entre ellos para ver quién asumiría el negocio
de la familia.
—¿Quién contrata a estos…asesinos?
—Principalmente dictadores y líderes militares, pero realmente, cualquiera que pueda
pagar su precio. Y no olvides que el Varinski ha estado haciendo esto durante mil años.
Tienen la reputación de cobrar aunque sea por un favor.
—¿Esto es un gran negocio?— preguntó ella con incredulidad.
—¿Es la guerra un gran negocio?— ¿El asesinato en un gran negocio?
Esa respuesta es suficiente. — Entonces el Varinski está forrado de dinero.
—Digamos que tienen una buena razón para luchar con el infierno para mantener su
status quo.— Él hurgaba en sus botas de excursión, actuando como si sus dedos
estuvieran entumecidos.
Ella puso el avión en el piloto automático nuevamente, se arrodilló a sus pies, y empujó
primero un pie, después el otro, en sus botas de excursión. —¿Entonces observaste la
casa de algún modo?—
—No.— Sonrió abiertamente. —Caminé derecho como si perteneciera allí.
Ella tuvo que admirar su coraje.

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—Aparentemente me parezco bastante al resto de la familia porque nadie me presto
algo de atención. Vagué alrededor, escuchando lo que hablaban, y averigüe que alguien
había hecho una profecía
—¿Quién? ¿Un médium?— Ella vaciló entre el sarcasmo y la creencia.
—Más o menos. El tío Iván es un viejo Varinski. Él es ciego—el primer Varinski en la
vida en ser ciego.
—¿En mil años ningún Varinski se había quedado ciego?
—El trato con el diablo garantizaba la buena salud y una larga vida, pero ahora hay
enfermedad, y es un signo de que el pacto se desintegra. Podría decir, que el tío Iván
tiene estos ojos blancos, nublados, bebe todo el tiempo, y es bastante incoherente y
babea. Excepto en ocasiones, cuando usa la voz del Satán.— El mercenario tembló. —Él
advirtió a su líder que él encontraría mejor los iconos que el resto, y cuando Boris resultó
ser un fracaso, él asesinó a Boris.
Nada tuvo sentido; leyendas y bestias míticas que jugaban en una pantalla de plasma
grande que hacían que los monstruos —y los héroes— parecieran más reales que cualquier
cosa en el mundo real, y ella estaba asustada.
—¿Qué hay sobre ti?— preguntó ella. —¿Te pareces a los otros hombres, y nunca
cambian en un gato o...?
—Supongo.— Su ojo bueno se convirtió en una ranura febril, y él miró... hambriento.
Angustiado.
El mercenario decía que ella brillaba con la luz. Ella no lo creía, pero lo intentaría por
una pequeña dosis de optimismo. —Si el Varinski está en tal desorden, tienes una buena
posibilidad de ganar.
—Sí, excepto...
—¿Excepto qué?
—Hay un niño, de nombre Vadim. Él huele mal..., y juro, cuando estaba allí él fue el
único que sabía que yo no era de allí. Es joven, tan joven que aun no podía tener el poder.
Pero los ancianos que se le oponen mueren, no por cualquier medio natural, y mientras
estuve allí Vadim ganaba terreno. Desde entonces me he dirigido a otros mercenarios, he
escuchado los rumores, observé su progreso en internet, y él es el jefe ahora. —El
mercenario estaba rígido.— Si tiene éxito en detenernos—mi familia, los Wilders—el
diablo mantendrá cada alma Varinski durante otro mil años.
—Estaban volando sobre el borde occidental de Nevada. Para el este estaba seco,
marrón, la Gran Cuenca plana. Para el oeste las montañas se elevaron,
impresionantemente blancas y nevadas bajo el color gris...
Ella miró alrededor el lujoso Cessna. Miro las Sierra Nevadas. No quería abandonar
este aeroplano.
—Tienes un hermano,— dijo ella persuasivamente. —Me envías con él. ¿Por qué no
vamos juntos?

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— Él no estará contento conmigo allí, y estará menos contento aun cuando lleve mi
batalla a su umbral.—
—Esta batalla es la batalla de tu familia.— Ella terminó de atar sus botas y se sentó
atrás sobre sus talones.
—Innokenti lucha por el Varinski, sí. Pero él me acecha. Lo puse en ridículo. Me golpeó
en la batalla. Me encarceló. Y todo el tiempo pensó que no era nada más que un simple
humano.—
—¿y qué?
—¿Comprendes cuánto les gustaría a los Varinski poner sus manos en un hijo del actual
Konstantine? ¿Del Konstantine Wilder americano? No, claro que no lo haces. Si ellos
tuvieran uno de nosotros, a mí o uno de mis hermanos, o, Dios no lo quiera, a mi hermana,
la batalla habría terminado. — Él sonrió desagradablemente. —Innokenti me tenía y nunca
comprendió quién era yo. Nunca comprendió que enterrándome mil pies bajo tierra no
sería suficiente para mantenerme confinado. No comprendió que pudiera generar una
revuelta que haría a los Varinski el hazmerreír entre los asesinos y mercenarios
alrededor del mundo.
—Es personal entre usted dos.— La picadura en sus yemas del dedo se extendía por
encima de su brazo. Sus dedos del pie zumbaron con mucho dolor.
—Y tú estas en el medio. Lo siento.— Él parecía sincero.
—No es que disfrute de estar en medio, pero no me disgusta— Ella se paró.
—¿Qué?
—Nada. Más bien me gustaría que rechazaras derribar la ira del Varinski sobre tu
confiada familia.
—Nos lanzaremos en paracaídas desde aquí, juntos. De algún modo sobreviviremos, y
hay una buena posibilidad de que esta maniobra engañé completamente al idiota Innokenti.
—¿De verdad? ¿Una buena posibilidad?
—Una decente posibilidad. La mejor posibilidad que yo puedo hacer para nosotros. Si él
cree que su misión está completa, que estamos muertos, entonces estaremos a salvo.
—Bien. Invierno en Alto Sierras. — Ella pensó en los picos helados, la nieve moderada
en pies en vez de pulgadas, las avalanchas... las rocas que esperan al imprudente para
resbalar, caer a plomo en las rocas abajo, y morir. —Goody.
Él tomó su mano. —No te caerás.
Cuando ella estuvo cautiva, había odiado que él conociera su debilidad. Ahora, cuando el
peligro pellizcaba sus talones y él estaba cicatrizando por el pasado y amenazado por el
futuro, sus palabras la consolaron.
—Lo sé. Realmente lo hago. Pienso que esto es solo un miedo natural de caerme
combinado con...— Ella podría casi oír el chasquido de voz de Jackson Sonnet, Dios
caramba, Karen, detén ser tan melodramática.
—Bien, solo un miedo natural a la caída.
—Combinado con tu madre fallecida, — el mercenario terminó su pensamiento.

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—Hiciste tu investigación. — ¿Cómo de incómodo era esto? Él sabía de tu madre. La
analizaba. Sentándose en el asiento del piloto, ocupándose ella misma de los mandos.
—No estaba preparada para encontrar aquella noticia.— Entonces él la sorprendió. Él
puso su brazo alrededor de sus hombros.
—Lo siento. No puedo imaginarme el dolor de perder a tu madre tan pronto.
Hacerla hablar de su madre y sostenerla al mismo tiempo... la hizo ahogarse. Ahogarse
sobre una muerte ocurrida hace veintiséis años. Secretamente limpió una lágrima de su
mejilla.
—En realidad nunca lo superé. Debería tenerlo superado, pero no lo tengo.
—En realidad investigué un poco sobre tu padre también. Él no suena al tipo más
sensible en el mundo. Tal vez nunca le dieron la posibilidad para ir sobre ello.
Ella giró su mirada hacia el Jefe militar. Ella estaba atónita. Este hombre que la había
mantenido cautiva, que puso pulseras de esclavo sobre sus muñecas, que paso dos largas
semanas infligiéndole el mejor sexo sobre su renuente cuerpo, él hacía calumnias sobre
Jackson el Soneto y su carencia de sensibilidad.
Pero el mercenario estaba tan cerca de su cara que casi la tocaba. Y esto se sentía
bien sobre ella—esto no era lujuria. Esto no tenía nada que ver con el sexo. Esto era el
reconocimiento de una alma humana herida humana por otra.
—¿Cuánto hace que no ves a tu madre?— preguntó ella en voz baja.
Él contestó calladamente,
—Hace diecisiete años.
—¿Alguna vez la echaste de menos?
—Cada día. Y cuando yo la veo otra vez, bajaré sobre mis rodillas y pediré su perdón
por mi partida y por no haberle avisado que estaba vivo.
—¿Qué hará ella?
—Probablemente me dará una buena colleja. Luego me abrazará. Me alimentará. Tengo
la esperanza de que entremos de lleno en la etapa de alimentarnos por un tiempo. Ella de
verdad cocina bien.
Karen rió. Él parecía tan cariñoso. Tan esperanzador.
—¿En cuanto a tu padre?
El brazo del mercenario desapareció.
—Mi padre y yo siempre discutíamos.
—¿Por qué?
—Si era difícil. Amar a un ser bestia. Amar el acechar mi presa. Amar luchar con
garras y dientes y saber que ganaré— dijo el mercenario ferozmente. —Pero el nombre
de mi padre es Konstantine, porque él era el líder de los Varinski. Entonces él encontró a
mi madre y se enamoró. Se casaron—de las historias que ellos dicen, los Varinskis y la
tribu gitana se opuso a la unión—e inmigró a los Estados Unidos. Ellos cambiaron su
nombre a Wilder, tuvieron tres muchachos, y entonces diez años más tarde, el milagro de
una niña, la primera niña nacida en mil años....— El mercenario medio sonrió.

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Karen lo miró, fascinado para verlo perdido en sus sentimentales recuerdos.
Pero el mercenario se cogió y enderezó.
—La cosa es, como líder del Varinskis, mi padre hizo algo indecible antes de que se
casarse con Mama, y él era estricto como no podrías imaginarte. Él dijo... dijo siempre
que diera la vuelta o me deslizaría hacia abajo a lo largo del camino del infierno, ¿y sabes
qué? Él tenía razón. Lo sé ahora. La boca de infierno casi me tragó antes de que diera la
vuelta lejos, y hasta ahora esto me llama.
Él la asustaba cuando hablaba así.
— ¿Qué piensas? — ella susurró.
—Yo nunca debería convertirme en pantera. Nunca debería caminar en la sombra. Pero
cuando lo hago, me siento tan fuerte y seguro. Debe parecer como la cocaína. Esto crea
una ilusión de poder muy adictivo, nunca puedo pararme. Aunque tengo que hacerlo, o seré
como... ellos.
—Los Varinskis.
—Sí. Como el Varinski. Entonces lo ves, por muchos motivos tenemos que salvar el icono.
Furtivamente ella acarició la pulsera de oro alrededor de su muñeca, luego enderezó
sus hombros.
—Lo tiraré.
—¿Quieres?
—No, por supuesto que no. —Su piel tomó una mirada estirada, como si él se hinchaba
por todas partes, y como si su cabeza fuera demasiado pesada él la apoyó atrás contra el
cabecero.
Ella no podría. Desde luego que no podría. No podía traicionar a aquella niña con
hermosos ojos azul—verde, ojos que la miraron tanto como si fueran suyos. Karen apartó
su mirada lejos de él.
—Porque una mujer está destinada para poseer este icono, una sola mujer. Y esa eres
tú.
—Porque lo encontré.
Él hizo rodar su cabeza y la miró.
—¿Sabes por qué lo encontraste?
Ella sacudió su cabeza.
—Porque de acuerdo a la maldita visión de tío Iván, sólo una mujer puede encontrar y
sostener el icono—y esta mujer es la mujer que yo ame.

Capítulo 26
—Qué montón de mierda —Karen se sentó tiesa y furiosa en su asiento—. No sabes lo
que es el amor, si piensas que lo que sientes por mi es amor.
Warlord cerró su ojo bueno y pensó en ello.

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—Adivino que puedo seguir esto. Piensas que si te amé, no te habría secuestrado y
retenido.
—O porque viniste por mí al balneario y mentiste sobre quien eras.
Ella estaba tan enfadada. Y tan hermosa. Si él no estuviera enfermo, la bestia en él
podría elevarse para reclamarla, y ella tendría una razón para odiarlo una vez más. Y así
era, el veneno de la serpiente se comió su hígado y rasgó su piel. Sólo el concentrarse en
ella y su conversación podría impedirle llorar de agonía.
—En mi defensa, tuve que mentir o tú podrías haber corrido. Casi corriste de todos
modos.
—¿Piensas que cuándo te vi la primera vez y pensé que eras... quién eres? —lo señaló
con un dedo—. Y esa otra cosa. Escucharnos con disimulo a Dika y a mí —obviamente
saltaba de un resentimiento a otro—. Correr habría sido una buena idea. Un plan sólido.
—Yo te habría seguido.
—No me seguiste la última vez.
—Fuera del Himalaya, dices. No podía —extendiendo la mano, él tomó su barbilla y giró
su cara hacia él—. ¿Me crees, verdad?
—Sí. Nunca podrías detenerte para dejarme ganar.
Con su chasquido y enfurruñamiento, ella lo hizo querer reírse. Con su espíritu y valor,
ella hacía que él quisiera protegerla. Con su cuerpo...simplemente hacia que él quisiera.
—En Nepal te tome como una muchacha egoísta. Pero desde el día que te perdí, inicie
un largo paseo por el infierno —él volvió su cara hacia el sol.
En el último año, pareció que nunca pudiera obtener bastante sol.
—Cuando salí del otro lado había aprendido unas lecciones. Supe que no hice lo que
quería, y supe lo que verdaderamente quería. Entonces en el balneario te corteje, y en
realidad pensé que hacia un hermoso trabajo. Ibas a acostarte conmigo hasta... ¡Maldita
sea! No debería haberte besado.
—¿Piensas que no te habría reconocido en algún punto? —ella parecía más que un poco
irritada.
—Si hubiera podido quitarte la ropa y poner mi cabeza entre tus piernas, estarías
demasiado lejos para que te preocuparas —no estaba tan enfermo como pensaba, la mera
idea trabajaba en él como un afrodisíaco—. Al menos hasta esta mañana.
Ella fue de irritable a totalmente pacífica.
—Nunca has sufrido de modestia o de carencia de confianza.
—Cariño, pasé con muchas mujeres antes de que te trajera a mi tienda, y por una
razón— entonces podría saber cómo hacerte feliz.

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—Eso era tan típico de ti —ella realmente se elevaba ahora con el sarcasmo—.
Sacrificándote en el altar del amor, y solo por mí, esperando en tu futuro. Eres un amor.
Y mantenerte en la práctica, seguro que les has servido a muchas mujeres desde
entonces.
El breve rubor de entusiasmo se descoloró, dejándolo frío.
—No. No ha habido otra mujer después ti.
Ella lo miró fijamente, su boca entreabierta.
Él no le dio tiempo de recuperarse. Tiro de ella a su asiento y se tambaleo hacia atrás.
—Iré a ponerme el paracaídas, listo para irnos, o tendré miedo de que no hacerlo —él
abrió sobre su cabeza, sabiendo perfectamente bien que ella se giró a mirarlo—. He
estado con muchas mujeres, pero otra como tú, solo ame a otra mujer.
Esto le dio fuerza para hablarle a su espalda.
—¿Quién era esa dechado de virtudes?
—Era solo una muchacha. Emma Seymour. Nos encontramos en una competencia de
banda. Ella era de la escuela contraria.
—¿Instituto? —por el tono de voz de Karen, él sabía que la había sorprendido.
—Sí. Soy un típico muchacho americano. Fui al instituto. En Washington.
—¿Eres realmente de Washington?
—Puede que yo haya asesinado y robado, pero nunca he mentido —jaló abajo su
paracaídas y el equipo de supervivencia que guardó, sabiendo que este día iba a llegar—.
Recuerdo tan claramente el rostro de Emma. Oscuros ojos marrones, el largo y oscuro
cabello… su tez era perfectamente clara.
Considerando que él tenía la cara llena de granos, había sido realmente una maravilla.
—Ella no quería que habláramos sobre nosotros, entonces no lo hice. Cuando
hablábamos por teléfono, era en voz baja, entonces nadie podría oírnos. Nos
encontrábamos en el café Burlington dos veces por semana, y discutíamos sobre los libros
que nos gustaban y sobre la computadora que construía y el colegio al que ella quería ir.
Nosotros no hablamos sobre nuestras familias. El asunto entero tenia la emoción secreta
del tipo Romeo y Julieta.
El miró hacia la cabina de Karen para ver como lo tomaba.
Su boca se abrió nuevamente con sorpresa. Ella la cerró bruscamente y preguntó,
—¿Dormiste con ella?
—Mi primera vez —hablar de que ello le hizo sentir un poco mejor—. Lo hicimos debajo
de las gradas justo después del partido de fútbol y los otros chicos se habían ido, y
recuerdo que estaba muy asustada y que yo temblando.

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—Eso es… bien, eso es lindo.
—Yo no pienso así. Realmente esperaba que ella no se diera cuenta, porque no era su
primera vez.
—¿Ella era de la escuela superior? —Karen sonaba divertida y fascinada.
—Ella era mayor —él tiro de su paracaídas y apenas contuvo un gemido de dolor en sus
articulaciones—. Era una diosa.
—¿Especialmente desde que te hizo sentir como un Dios? —Karen reía por lo bajo.
—Cuando hice el tonto, ella no hizo un alboroto de eso. Hizo que me olvidara de
preocuparme por haberme venido rápido. Ella hizo algo bueno por mí —se puso de pie y
miró hacia al frente—. Fue esa la razón por la que maté a su padre.
Karen detuvo su sonrisa como si la hubieran cortado con un cuchillo.
—Después de que nosotros… tuviéramos sexo, fui a casa y mama estaba arriba—. Aun
el recuerdo lo hizo retorcerse—. Si hay una persona que un chico justo después de su
primera vez no quiere ver, es su mamá.
“Pero no había ninguna mirada diferente, porque me informo que Emma estaba en el
teléfono y me dijo que le dijera que no llamara tan tarde. Entonces mamá me beso y se
fue a la cama.
—¿Esa fue la última vez que la vistes?
—Si —asintió—. Si.
—¿Que dijo Emma que quería? —Karen lo miró, sus ojos llenos de tormento.
—Primero pensé que era porque estaba embarazada. Luego comprendí que solo habían
pasado dos horas y que era muy pronto, además de que usé preservativo. Ella me
pregunto si todavía la amaba, y le dije que mucho. Y dijo que no quería que pensara que
era una zorra, y yo le pregunté si aun me respetaba —diecisiete años después, y aun
recordaba la conversación como si hubiese sido ayer—. Le dije que si iba, y ella dijo que
no, que su padre me mataría. La forma en que lo dijo me impacto. Como si ella estuviera
realmente asustada. Luego le dije que dejara su ventana abierta. Colgué y corrí.
—Ella vivía cerca.
—No. No realmente. Su casa estaba como a cuarenta kilómetros de distancia por
carretera. Pero una pantera no podía usar la carretera. Tome la línea más recta posible—
hasta la colina, colina abajo, a través del arroyo. El lugar era pequeño, una casa vieja en
una granja, y el lugar parecía un infierno—pudriéndose, los escalones del porche rotos,
sin tejas —tomó la carga de la mochila y la puso sobre el asiento— . Ella abrió su ventana,
y pude oler su aroma.

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—Su aroma —Karen alzo su mirada, delgada por las nubes rayadas—. ¿Como en Nepal,
como pudiste oler la mía? ¿Porque eres una pantera?
El asintió.
—Pero junto con el olor de Emma, podía oler el fino aroma de la sangre. Ella había
estado en periodo la semana anterior, y sabia que esta no era sangre menstrual. Ella esta
herida.
—¿Su padre?
—No entendí lo que había pasado enseguida. Ese tipo de comportamiento era tan
extraño para mí. Mi padre adora a mi hermana, protegida por mi madre. Yo nunca había
visto nada como esto —el recuerdo del dolor de Emma todavía enfermaba a Warlord—y
sus ojos brillaban con fuego por el enfado—. Él la había golpeado tan fuerte que le rompió
la nariz. Hinchado. Partió su labio. Ella sostenía su brazo izquierdo. Le pregunte si tenía
alguna fractura, y ella pensó que tal vez su muñeca. Yo quería tomarla y llevarla al
hospital. Ella dijo que no, que no tenían dinero, y él… él podría no dejarla salir de la casa.
Dijo que una maestra nos había visto juntos, llamo a su papá, y cuando Emma llego él ya la
estaba esperándola.
—¿Le hizo…?
—¿La violo? No, no en ese momento, pero la forma en que ella actuó… —Warlord quiso
romper algo— . Le dije que era mi culpa que estuviera herida, y que me ocuparía de ello.
—¿Qué hizo ella?
—Lloró. Y suplicó. Su padre era un granjero, un hombre grande, y yo todavía era un
muchacho flaco. Pensó que su padre podría pegarme hasta la muerte —Warlord comprobó
el paracaídas, asegurándose de que abriera, luego lo envolvió y lo puso sobre sus hombros.
—¿Cómo lo hiciste…?
—Hice mucho ruido. Él entró en su dormitorio. Lo desafíe a una pelea. Se rió. Porque,
tú sabes, él era uno de esos tipos que no golpeaban a las personas que podían golpearles la
espalda. Lo toque, hizo lo bueno y lo malo, y salté por la ventana. Le dije que me
encontraría con él al final del camino. Este era un claro lejos de la carretera, fuera de la
vista de la casa. El tipo exploto detrás de mí. Hombre, él era grande. Puños como jamones.
Cuando yo salí de las sombras, todo lo que el vio fue al chico. Era tan engreído. Pensó que
iba a matarme con una mano atada a su espalda.
—Él estaba por llevarse una sorpresa.
—Cuando salté sobre él, cambié. Él vio la pantera y gritó. No tuvo oportunidad.
—Tampoco Emma.

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—Justo lo que pensé —Warlord se puso su casco—. Lo maté. Despedazándolo. Arrastre
el cuerpo lejos. Lo oculte en las montañas. Dios sólo sabe si alguna vez fue encontrado.
Entonces escapé. Fui a Seattle, viaje de polizón sobre un buque de carga filipino, y nunca
mire atrás.
—¿Pero tu familia? —la voz de Karen tembló.
Karen era demasiado sensible, demasiado suave para él. Pero Dios le ayude, no podía
dejarla ir.
—Mi papá siempre decía que si yo no era cuidadoso, si no me controlaba, mataría, y
mataría otra vez. Entendí que había sellado mi destino.
—Te hiciste mercenario.
—Ser un mercenario era bueno y muy provechoso para un hombre como yo —la historia
terminó, su necesidad de decirle a Karen la verdad fue descargada, y la enfermedad
retorno con una venganza. Se sentó en el suelo, se estiró en el pasillo, y se relajó—. He
hecho muchas cosas desde entonces que he lamentado, pero no importa que haya
sucedido pues, no importa que lo haya hecho o dónde mis crímenes me hayan llevado,
cuando recuerdo a la pobre de Emma, no lo siento. Si yo pudiera, lo haría de nuevo.

Cuando el teléfono sonó en el dormitorio de Jasha Wilder, él apretó su agarre en la


mujer que estaba en sus brazos y dijo,
—Déjalo.
Su secretaria trató de liberarse.
—No podemos, Jasha. Querido, probablemente esto es de la bodega. Nosotros vamos
tarde. Cariño, anda, detente. Sabe que no puedo pensar cuando haces esto.
—Es por eso que lo hago —pero cuando ella anduvo a tientas por el teléfono, él se
apartó, recostándose sobre su espalda, y maldito a quienquiera que había interrumpido un
interludio encantador.
Ella se colocó contra las almohadas, con cuidado cubrió sus pechos, y tomó el receptor.
—Ana Smith.
—Ann Wilder —refunfuñó él. Cuando la había contratado como su ayudante
administrativo, había sido tranquila, modesta, y tímida. Ahora ella era su esposa, y a esa
lista de cualidades él tenía que añadir obstinada. Era obstinada sobre no cambiar su
nombre por el suyo, y eso lo molestó.
Ella probablemente rechazaba hacerlo porque lo molestaba.
—Ann Wilder —él dijo otra vez.
Ella lo ignoro y hablo en el teléfono.

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—¿Puedo preguntar quién le dio esta referencia? —él apenas oyó una respuesta.
La espina dorsal de Ana se enderezo bruscamente con una exclamación. En un tono
quebradizo que hizo que él se incorporara también, ella dijo.
—Hay una palabra que puede hacer toda la diferencia en esta llamada. Le dejare hablar
con el Sr. Wilder o colgaré. ¿Cuál es esa palabra? —cualquiera que fuera la respuesta,
esto hizo a Ann decir—, Solo un minuto, por favor —puso la llamada en espera y se volvió
a Jasha, su color aumentó—. Su nombre es Karen Sonnet. Dice que está en un avión con
Adrik. Cuando le pregunte por la palabra, ella dijo, icono.
Jasha tomó el teléfono.
Anna se levantó, se puso su bata, y tomó el ordenador portátil. Buscando a Karen
Sonnet, y buscando las posibilidades.
Jasha tomó el teléfono y dijo,
—Jasha Wilder. Usted debe hacer esto bien.
—No tengo ninguna intención de hacer esto bien. No sé cuáles son los problemas de su
familia, y no me preocupa —esta Karen no se incomodaba con su irritación—. Pero
Warlord insistió que le llamara y le diera estas coordenadas.
—¿Warlord? —Jasha no sabía si sonreír con satisfacción o gemir.
Ana levantó su mirada.
Jasha cabeceó.
Ella escribió Warlord en el área de búsqueda.
—Rick —Karen dijo—, Rick Wilder. O Adrik. Como quiera.
Ann escribió en su portátil, Adrik Wilder.
Karen continuó,
—De todos modos, él pregunta si vendría por nosotros porque tenemos a los Varinski
siguiéndonos, y él cree que necesitaremos ayuda.
—¿Por qué no esta él al teléfono?
—Esta inconsciente en la parte trasera del avión.
—Eso es muy conveniente —en una plana, furiosa voz, Jasha dijo—, Karen Sonnet, o
quien sea usted, no sé qué infiernos de truco está tramando, pero cuando tenía diecisiete
mi hermano Adrik desaparecido de nuestras vidas. Hace dos años recibí una carta de
Nepal comunicarnos que estaba muerto, y sus restos nos fueron devueltos. Enterramos
los restos.
—¿Pensó en comprobar el registro dental? —para alguien que solicita ayuda, Karen era
condenadamente sarcástica.
—No había lo suficiente como para dejar registros dentales.

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—Debería haber comprobado el ADN —oyó a Karen exhalar molesta—. Mire.
Estaremos estrellando el avión en un lugar remoto de High Sierras y haremos nuestro
camino a pie en estas coordenadas. Usted los puede tomar o no. Puede creerme o no. Nos
puede ayudar o no. Pero como yo lo entiendo, hay una profecía sobre su familia, sus
primos quieren mi icono, y la serpiente gigante que despedazó a Warlord no es casi tan
horrible como el enorme luchador que está rastreándonos.
Quien sea que fuera ella, sabía un montón de un infierno de cosas del infierno de
muchos. Jasha le hizo un gesto a Ann, un gesto de pluma y papel.
—Déme las coordenadas. Quizás estaré allí.
Ann le entregó el papel, y en su portátil escribió, Rick Wilder.
—Y quizá si usted no esta, debería enviar ayuda —Karen sacudió fuera de las
coordenadas.
—Le llamaré con mi decisión.
—No a este teléfono, no puede. Va con el avión.
Jasha escuchó un pitido.
—Me tengo que ir —dijo Karen—. Estaremos saltando en tres minutos.
—Creí que dijo que Warlord estaba inconsciente.
—Él lo está, por momento. Si la bofetada de aire frío no lo despierta, lo estaré
arrojando de todos modos.
—¿Qué pasa si él no viene para acá?
—Ayúdelo a él, esta bien.
Tal vez era Adrik.
—Aunque a veces él no es tan malo. ¿Sabe? —como si no le gustara admitirlo la
suavidad, ella se cerró de nuevo molesta—. No se preocupe, saltaremos el tándem.
Conseguiremos ir a tierra. Entonces. . . Dios nos ayude si no.
La línea quedo muerta.
Jasha miraba el receptor con furia y asombro. Él era el presidente y director general
de Wilder Wines. Estaba casado con la mujer más bella del mundo. Era el hijo mayor de
los Wilder. Él era un guerrero. Era un lobo. Nadie le hablaba a él de esa manera.
—¿Acaso piensa que soy tan tonto que voy a dejar todo e ir corriendo en lo que es
obviamente una trampa de los Varinski? No puedo creer los nervios de la mujer.
—Han pasado dos años desde que tu madre tuvo esa visión —Ann le recordó vagamente
cuando ella daba vueltas a través de páginas de Internet—. Dos años desde que se
encontró el primer icono y Tasya encontró el segundo. La enfermedad de tu padre

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avanzaba. Si no encontramos los dos últimos iconos pronto él va a morir, el pacto va a
durar para siempre, y…
—Lo sé. ¡Lo sé! —Jasha odiaba ser tan inútil. Él iba a ir al infierno por toda la
eternidad.
—Y tu madre tendrá su propio infierno sin él —Ann estiro su brazo y le entregó la
laptop.
Allí, en una página de noticias de tecnología, estaba el anuncio de un nuevo caliente
juego de ordenador hecho para barrer a los sonados jugadores de América, y bajo el
título, WARLORD, había una foto de su diseñador, Rick Wilder.
Incluso después de diecisiete años, Jasha reconoció a su hermano.
Las lágrimas brotaron de sus ojos.
—Joder —dijo.
Ann le abrazó.
—Lo sé.
—Diecisiete años sin una palabra. Él rompió el corazón de Mama. La noticia de su
muerte casi mata a Papa.
—Lo sé.
—Por el amor de Dios, enterramos los restos de Adrik.
—Lo sé.
—Debo dejar que ese mocoso se congele en el desierto.
—Deberías —Ann le miró—. ¿Quieres que un avión vuele a Yosemite?
—Claro —Ann le besó y saltó de la cama.
—Voy a llamar a Rurik y decirle que tenemos que ir sacar a nuestro pequeño hermano
de problemas nuevamente.

Capítulo 27
El piloto automático estaba en control de dirección/control de altitud mientras volaba
bajo por la Sierra Nevada. Los picos cubiertos de nieve hacían parecer diminuto al
pequeño avión. Dos veces una montaña se acercó tanto que Karen se estremeció en el
asiento del piloto. Con gravedad esperó que los cálculos de Warlord fueran correctos. Si
existía la más leve falla el elegante Cessna Citation X no tendría ninguna posibilidad de
hacerse añicos contra Acantilado Mountain. En su lugar se haría añicos en una montaña
diferente, probablemente demasiado pronto, y se llevaría a Warlord y Karen con él.
Terminó sus preparativos, insistió en un beso de la disculpa a su palma y luego al
tablero de instrumentos, y se dirigió al fondo de la cabina.

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Warlord estaba estirado en el piso del pasillo, vestido para el salto.
Tocó su frente, presionó su mano contra la vena en su garganta.
Todavía estaba vivo. Gracias dios. Se había preguntado. Había tenido miedo que... de
qué, no lo sabía. De todos los hombres en este mundo que se merecían morir, en su libro
había sido el número uno.
Agarró su abrigo, mono, anteojos protectores, y casco. Ató su bolso delante de su
cuerpo, y luego se puso el arnés de paracaídas. No podía creer que fuera a abandonar
este avión hermoso.
Todavía no podía procesar realmente la indignación por la pérdida del avión, no después
de escuchar la historia sobre su primer amor... Si pudiera, lo haría otra vez .
Había llevado a un hombre a su muerte. Lo había matado con dientes y garras.
El padre de Emma se lo había merecido. Y si hubiera sido llevado a los tribunales, tarde
o temprano habría salido y vuelto a golpear a Emma otra vez. O a matarla.
¿Así que quién era el que estaba equivocado?
Pasó por sobre el cuerpo de Warlord. Su mochila de campamento sobresalía, con
raquetas para caminar sobre la nieve.
Miró su cara inconsciente.
—Estabas listo para esto, ¿no?
Yendo a la puerta, localizó el asa de lanzamiento de la puerta de emergencia y la activó.
La puerta se deslizó afuera y abajo, desapareciendo bajo el ala del Citation. El viento
formó un tornado en la cabina. Ella giró y empezó a salir.
Warlord estaba detrás de ella, atando su mochila a su cintura.
La primera alarma sonó; la computadora del avión reconoció que iba demasiado bajo,
reconoció que se estaba acercando a un obstáculo.
—¿Jasha viene? —gritó Warlord en medio del ruido del viento.
—No sé —le gritó en respuesta.
—Probablemente dije algo equivocado.
Echó un vistazo a la montaña que se acercaba rápidamente.
Otra alarma. Y otra.
—No hay ninguna cosa correcta para decir a mi familia. He quemado demasiados
puentes.
La enganchó a él.
—Dijo que habían enterrado tus restos.
Lo miró.
—¿Listo?
—Vamos.
Las alarmas estaban sonando constantemente ahora. El aire gélido soplaba en sus
rostros.
Saltaron.
Estaban cayendo en una caída libre a treinta mil metros del suelo.

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Contó hasta tres, y luego gritó:
—¡Hazlo!
Warlord tiró de su cuerda de rasgadura. La corriente ascendente los elevó de golpe
antes de hacerlos iniciar un descenso lento y tranquilo. Un lento, tranquilo, descenso que
les helaba el culo.
Detrás de ella, Warlord los movía hábilmente para enfrentar el impacto.
Envolvió sus brazos alrededor de ella mientras el glorioso y elegante Cessna se
acercaba a la pared rocosa del Monte Acantilado. Estalló en una bola de llamas y luego se
desintegró. La onda expansiva los arrojó entre las copas de los árboles y una pendiente.
Al estar atados juntos y con todo el peso que llevaban, bajaron rápido. Demasiado
rápido. No tenían un espacio claro para aterrizar.
—¡Cruza tus piernas!
Karen escuchó, y obedeció mientras el bosque cubierto de nieve se alzaba para
atraparlos. Se estremeció cuando su bota chocó con una rama.
Entonces estaban entre los árboles, la nieve bajando de las ramas que los abofeteaban
por su impertinencia. El olor a pinos impregnaba el aire.
Iban derecho al tronco de un árbol, al tronco de árbol más grande que ella hubiera
visto nunca. Los brazos de Warlord se apretaron a su alrededor. Ella levantó sus brazos
para proteger su cabeza.
Y algo se agarró al paracaídas y tiró de ellos deteniéndolos.
La sacudida la dejó sin aire.
Entonces, con una rajadura inmensa, la rama que los sujetaba se rompió. Cayeron a
plomo al suelo, golpeando ramas, hasta que Karen aterrizó de cara en un banco de nieve,
Warlord sobre su espalda. El impacto atravesó la corteza. El hielo rodeó su cara, llenó
sus ojos y su boca, y la hizo ser inmediatamente consciente de su situación. El peso de
Warlord y los suministros la hizo agitarse impotente, desesperada por respirar.
Él dio la vuelta, sacándola de la nieve, y mientras tiraba de su casco desenganchó la
correa que los ataba.
Mientras escupía y se limpiaba, se puso de pie, se sacó el casco—y se río.
Ella no podía creerlo.
—¿Qué te pasa?
Ella limpió un gran trozo de nieve acumulado en su escote.
—Casi morimos—más de una vez casi morimos—todavía estamos serio peligro, y tú te
estás riendo.
—Pero no nos morimos, y ¡vaya qué paseo!
Se río otra vez, y se encogió de hombros dejando caer el arnés del paracaídas.
—¿No fue espectacular?
—No.
—Vamos, Karen.
La abrazó a su costado.

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—La gravedad ganó. Llegamos al suelo. Ése es un buen augurio.
—Estás loco.
—Uno de nosotros tiene que estarlo. Y mira.
Señaló su cara.
—El frío hizo caer la hinchazón. Puedo abrir mi ojo un poco—y puedo ver.
Tenía razón. Donde el veneno se había tocado, su piel todavía se veía atroz —roja y
cubierta de costras. Pero su párpado estaba mejor, y su ojo estaba claro y se movía
libremente.
Su alivio la hizo admitir:
—Entonces supongo que toda esta nieve es buena para algo.
La observó sacudirse; sacando nieve de lugares que nunca deberían haber visto la nieve.
—¿Necesitas ayuda para sacarte eso?
—No.
—Realmente. Me encantaría de ayudar.
El maldito enfermo, estaba sonriendo. Coqueteando. Feliz de estar en el suelo, alegre
de tener su ojo intacto, y seguro de algún retorcido modo originado en su virilidad idiota
que si solo pudiera poner sus cálidas manos sobre su cuerpo congelado; ella se
derrumbaría en sus brazos en un montoncito apasionado.
—Eres incorregible.
—Yo me ofrecí.
Con un encogimiento de hombros despreocupado, se rindió... Por el momento.
Se puso sus raquetas, y luego la ayudó con las suyas. Echando un vistazo a la rama
quebrada encima de ellos, dijo.
—Si los Varinskis nos buscan, eso va a traicionarnos.
—Estamos sobre los siete mil pies. A temperaturas bajo cero. La tormenta está
empezando.
Extendió su mano enguantada y dejó que se posaran en ella los copos empujados por el
viento.
—Los Varinskis son el menor de nuestros problemas.
—Es cierto. La nieve cubrirá los restos y nuestras huellas.
—Si no llegamos a un lugar seguro, la nieve nos enterrará vivos.
Plegó el paracaídas.
—Empieza a avanzar mientras puedas caminar, y encontremos algún sitio para poner el
campamento.
—Y entonces ¿qué?
—Y entonces sobreviviremos a esto... o moriremos juntos.
Besó su fría mejilla.
—Si tengo que morir, quiero que sea contigo.
Ella sacó de su bolso un gorro y una bufanda y se envolvió.
—Asegurémonos de vivir. Tengo un asunto pendiente con los Varinskis.

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Le lanzó una mirada significativa.
—Y contigo.

Capítulo 28
Karen vio a Warlord tambalearse y caer sobre una rodilla. Con líneas de dolor grabadas
en su cara, y la marca del veneno grabada en su piel.
Se detuvo, jadeó.
—Tenemos que montar el campamento.
—No hemos ido lo suficientemente lejos.
Se puso de pie. Volvió a caer.
—No estamos lejos del lugar de reunión.
La emoción del salto los había mantenido sobre sus pies, pero después de una milla de
bosques cubiertos de nieve y rodeados por una tormenta, esa emoción había fallado. Todo
sobre Warlord —su color ceniciento, sus ojos apagados, el sudor brotando sobre la parte
expuesta de su frente—reflejaba su propio choque de adrenalina, y el dolor en avance y
la parálisis del veneno.
—No importa. Simplemente ya no podemos ir más lejos.
—Tenemos que hacerlo. Estamos demasiado cerca del lugar donde caímos. Para los
Varinskis sería muy fácil encontrarnos.
—Bien. Tú vas adelante. Déjame saber cómo resulta eso.
Buscó el mejor lugar para poner el campamento. Cuando volvió a mirarlo, había
tropezado sobre su cara silenciosamente.
Se arrastró hacia él, lo volteó sobre su espalda, y verificó su impulso. Tenía tanta
fiebre que podría haber derretido la nieve.
—¿Qué es lo que esperabas? —preguntó a su cuerpo echado.
—Hace cinco horas una cobra mágica con un gran culo te mordió. Hace cuatro horas
venciste al Halcón Maravilla. Hace una hora chocamos tu avión. ¿Pensaste que eras
Superman?
Lo hizo. Lo sabía. Estaría sorprendida si no poseyera su propia capa de Superman. En
algunos aspectos era de ese tipo. En otros... Bien, ese no era momento de considerar su
pasado o su habilidad de convertirse en una pantera, o lo dejaría afuera en la nieve.
—Por lo menos el frío ha reducido la hinchazón de tu cara.
Ella escudriñó sus ojos.
—Pienso que tu vista estará bien.
Lo palmeó en el hombro.
—Buen trabajo.
Escogió un claro plano entre algunas rocas donde los cedros altísimos los protegerían
de la nieve. Miró el cielo y solamente vio miles de millones de copos de nieve
apresurándose hacia el suelo. No quería ser enterrada viva.
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Registró su mochila. Encontró raciones deshidratadas, soga, eslabones de enlace, una
pala plegable, dos pistolas semiautomáticas, munición... Jackson Sonnet daría su
aprobación. El tipo estaba preparado.
Cavó una zanja poco profunda, tomó el paracaídas de las manos rígidas de Warlord, y lo
separó en capas sobre la nieve. Sacó la carpa de dos plazas de la mochila. Gracias a
Jackson Sonnet, había aprendido a poner una carpa en la oscuridad en temperaturas bajo
cero, con el viento soplando. Buena cosa, porque se estaba elevando en ella una neblina de
dolor y desesperación. No tenía mucho tiempo. El adormecimiento se estaba extendiendo
inexorablemente hasta arriba de sus brazos y piernas.
En el espacio estrecho dentro de la carpa colocó las bolsas de dormir —apropiadas
para cuarenta grados bajo cero, notó con aprobación. Unió los cierres para hacer una sola
bolsa grande, y apiló sus cosas en un rincón. Con un escalofrío regresó a la tormenta que
se desarrollaba afuera, arrastró el cuerpo tendido de Warlord a la entrada, y lo hizo
rodar dentro, sacudiendo la nieve de él. Cerró la solapa de la carpa. Lo dejó en ropa
interior, lo sacudió para despertarlo lo suficiente como para que bebiera algo de agua de
la cantimplora. Tomó unos sorbos ella misma, y subió el cierre de la bolsa en torno a él.
Entonces se sentó, sin aliento, mirando fijamente su pelo negro y despeinado, y trató
de recordar por qué había trabajado tan duro para salvar su vida. Era Warlord, el
mercenario que la había mantenido como una esclava y la había forzado a reconocer su
indefensión ante su propia sexualidad. Éste era Rick Wilder, el estúpido que fingió ser un
inocuo hombre de negocios para meterse en sus pantalones otra vez. Y cuando había
salvado su vida, todavía insistía en que debía ser parte de su vida. Si lo dejara morir en la
nieve... se estremeció.
Bien, no podía hacer eso, porque... Abrió su bolsa y escarbó completamente hasta
encontrar el icono. Miró fijamente la versión de la Virgen María, quebrada por el
sacrificio de su hijo. La Madonna miró a Karen, recordándole en silencio la precariedad de
la vida, y las lágrimas sobre la pintura brillaron nuevamente. Karen no podía sacrificar a
Warlord, no importaba lo que hubiera hecho o qué haría.
Estaba al tanto de la derrota de Warlord. La había visto ella misma, y en una esquina
de su cerebro, representó y volvió a representar ese lugar que había presenciado en su
mente: la lucha, la pelea con el Varinski, la derrota de Warlord.
¿Dónde había estado esos dos años? ¿En un hospital? ¿En una prisión? ¿En un ataúd?
Era posible, supuso. Cuando ese Varinski lo había golpeado, había sido lanzado por el aire
contra rocas irregulares. La mayoría de los hombres habrían muerto. Pero Warlord
todavía estaba aquí y, hasta esta noche, había parecido estar saludable y activo. ¿Cómo
era posible eso?
¿Cómo era posible nada de todo esto?
Su áspera voz crispaba sus nervios.
—Karen. Ven a la cama. Necesitamos entrar en calor.
Karen despertó asustada.

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Warlord estaba inconsciente.
El icono estaba en su bolsa.
Estaba delirante. Si no se metía en la bolsa de dormir pronto, nunca lo haría.
Fuera, la cólera de la tormenta hacía chirriar y gemir los árboles.
Allí, en la luz débil, podía ver su respiración.
Luchó para quitarse la ropa, sudando del esfuerzo y la fiebre. Cuando estuvo en
camiseta y ropa interior, dio un suspiro y se deslizó junto a Warlord. Debería quitarse
sus brazaletes de oro, pero ahora mismo, para alguna razón que no podía comprender o
confesar, le brindaban confort. Conectaban pasado y presente, y necesitaba un puente de
regreso a la época en que Warlord estaba saludable... Por ahora ardía bajo su tacto.
Poniendo una mano sobre su pecho, otra sobre su frente, murmuró:
—Por favor Dios. Tenemos que sobrevivir a esto.
Como si hubiera rogado la oración perfecta, se arrellanó en la mente de Warlord y su
corazón.

Warlord despertó en estado de pánico. Trató de ponerse de pie. Sus piernas estaban
fracturadas. Sus costillas estaban fracturadas. Estaba ciego. No podía casi respirar, y
sus ideas tartamudeaban en su cabeza. El pánico le golpeó, y gritó:
—¡Hey!
—Ciérralo. ¡Ciérralo!
La linterna brilló directamente en su cara, y se estremeció.
—Déjenlo solo tú. Le duele
Warlord reconoció la voz.
—¿Magnus?
—Cállate.
Magnus sonaba gracioso. Áspero y angustiado.
—Tenemos que permanecer silenciosos.
—Cállalo —dijo el de la linterna—, o yo terminaré con él.
No creo que sea probable. Tú no eres un Varinski. Pero Warlord obedeció a Magnus. Su
subjefe parecía tan desesperado, y Warlord no comprendía dónde estaba, por qué dolía,
lo que les había pasado.
La linterna desapareció, dejándolos en la completa oscuridad otra vez.
—¿Dónde estamos? —susurró Warlord.
—En Siberia, en la mina de oro más profunda en el mundo entero.
Magnus palpó hasta arriba del brazo de Warlord y sujetó su hombro.
—No puedo creer que estás vivo. ¿Cómo sobreviviste a esa caída? Cuando ese monstruo
te golpeó, fue como si hubieras sido lanzado con un cañón.
Una cara reventada en la mente de Warlord, ardiendo de la misma manera que una
máscara de Halloween demente, una cara compuesta de una frente y mandíbula de
Neanderthal. Involuntariamente, Warlord se encogió dentro de su piel.

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—¿Quién era?
—Se llama Innokenti Varinski. Es el nuevo ejecutor para los ejércitos sobre la
frontera donde solíamos reinar.
Magnus se movió, y gimió.
—¿Sabías que tenían un primo como él?
—No.
En todos los años de Warlord como un mercenario, nunca había conocido a un Varinski.
Ahora no quería conocer a otro nunca más.
—¿A quién capturaron? ¿A quién mataron? ¿Quién ha sido herido?
—Hay muchos lesionados —Bobbie Berkley está aquí con nosotros; no va a vivir—pero
perdimos a solamente ocho hombres.
Amargamente, Magnus dijo:
—Tienen un uso para nosotros.
El caudillo no adivinó; lo sabía.
—Somos la nueva mano de obra esclava.
—Mineros de oro, eso somos nosotros.
Todos sus hombres, pero especialmente Magnus, odiaban estar confinados. Éstos eran
hombres que recorrían sus propios senderos, y ahora cavarían... Hasta que se murieran.
Warlord enfermó de culpa.
—¿Cuán abajo estamos?
—Solamente doscientos cuarenta metros. Nos están consintiendo hasta que estemos
sanos
—¿Sanos? ¿Qué pasa contigo?
—Perdí un ojo, y no puedo permanecer de pie lo suficientemente derecho como para
operar un taladro.
Esto era por su culpa.
—¿Qué ocurrirá cuando estemos bien?
—Nos enviarán abajo.
—¿Abajo?
Warlord se movió dolorosamente, despacio.
—Estamos a doscientos cuarenta metros. ¿Acaso eso no es hondo, imbécil?
Curó rápidamente, más rápidamente que los hombres normales. Sus huesos se estaban
curando, pero había recibido mucho daño. Tenía que ponerse de pie. ¿Cuánto más tiempo
pasaría hasta que pudiera estar de pie?
—Cuatrocientos ochenta metros. Dicen que no dejarán helicópteros pilotar la zona
porque las corrientes descendentes los succionan. Cuanto más profundo vas, más cerca
del infierno estás, más caluroso se pone. Dicen que el aire ahí abajo está lleno de veneno
y los hombres se mueren donde caen, y ni siquiera los gusanos están ahí para comerlos.

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Esto era culpa suya. Su culpa. Su culpa. Había descuidado el deber por tocar a Karen,
abrazar a Karen, escuchar la voz de Karen y hacer el amor a Karen. Sus hombres
confiaron en él, lo siguieron, y los había conducido a la esclavitud. Les había fallado.
Supo qué daño había causado su lujuria incontrolada, pero tuvo que preguntar:
—¿Karen se escapó?
—¿Tu mujer?
No había ningún reproche en la voz de Magnus.
—Nunca oí que la capturaran, y ninguna razón para que lo hicieran. Los malditos
Varinskis estaban demasiado ocupados con aplastar nuestros huesos para preocuparse
por una mujer.
Warlord cerró sus ojos con alivio.
Karen estaba a salvo.
Entonces, levantando su cabeza, dijo:
—Escúchame, Magnus. Me pondré mejor rápido. Y tú sabes qué soy. Conseguiré que tú
y los otros salgan de aquí; juro que sí...

Karen luchó, tratando de liberarse del horror de esta visión, pero se apoderaba de ella
y no la dejaba salir.
Warlord había estado allí cuatro días. Sabía eso porque una vez al día alguien empujaba
comida y agua en su celda. Bobbie Berkley había muerto sobre el piso al lado de ellos; los
guardianes lo habían dejado por veinticuatro horas antes de arrastrar su cuerpo fuera de
allí. El calor, la oscuridad, la sensación de estar atrapados en el útero de la tierra con
miles de millones de toneladas de rocas rodeándolos por todas partes como si fuera una
tumba... Nunca cambiaba. Nada cambiaba aquí.
Magnus temblaba y gemía en sueños, y una vez, cuando los guardianes dirigieron una luz
a la celda, Warlord vio sus lesiones.
No solo había perdido un ojo. Había perdido media cara.
Su culpa. Era todo su culpa.
Ahora Warlord escuchaba a los guardianes en la puerta, y se movió alejándose de la luz.
—Es fino. Agárralo y llévaselo.
El caudillo reconoció esa voz. Innokenti Varinski.
Sintió que le corría un sudor frío.
Como si fuera un cachorro, el neandertal le agarró por el cuello.
—Veo que me recuerdas.
—Te recuerdo.
—Soy Innokenti Varinski. Soy tu conquistador.
Cuando Warlord no dijo nada, Innokenti lo sacudió.
—Dilo.
—Tú eres Innokenti Varinski. Tú eres mi conquistador.

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Warlord se dijo que obedeció porque era la cosa más lógica para hacer. Pero más de
eso, obedeció porque estaba asustado. Asustado de esta bestia que lo había derrotado en
la lucha, que lo había lastimado como nadie lo había lastimado nunca, y quien se deleitaría
a la menor oportunidad de hacerlo otra vez. Y otra vez.
Innokenti lo olfateó como si fuera una pieza de pan mohoso.
—Hueles gracioso... Para un ser humano.
—Tengo que lavarme.
Warlord no necesitaba que este enorme imitador de Sauron llegara a la conclusión de
que estaban emparentados por la sangre. Mientras las habilidades de Warlord
permanecieran en secreto, sus hombres tendrían una oportunidad.
—¿Te gustaría darte un baño? ¿Y poner pétalos de rosa en el agua?
Innokenti sonrió y mostró una hilera de dientes negros y faltantes.
—¿Cuándo los Varinskis empezaron a pudrirse como hombres normales?
Era una pregunta justa, tal vez un poco descortés, pero todavía una pregunta justa,
puesto que el trato con el diablo les había garantizado vidas largas sin los problemas que
atormentaban a simples mortales.
Pero evidentemente Warlord había tocado un tema espinoso.
La sonrisa del Varinski desapareció. Golpeó su frente contra la cara de Warlord hasta
que la sangre salió a chorros de su nariz y boca.
—Pedazo de mierda insolente. Te mostraré la putrefacción.
Lo lanzó contra la pared, recogió el bastón de acero del guardián, y golpeó a Warlord
en la espalda.
Warlord gritó. Cinco veces cayó la vara. Luego Innokenti lo lanzó al otro lado de la
habitación. Golpeó a un guardián, que chilló y cayó al suelo.
—Encadena sus manos y pies y ponlo a trabajar.
Recogiendo a Warlord del piso, el Varinski dijo:
—Soy Innokenti Varinski. Cuando mueras, recuérdame y maldice mi nombre.
—Innokenti —dijo Karen entre dientes.
—Innokenti.
El lugar cambió y...
Días y meses sin final, sin luz, sin casi comida o agua.
Warlord no tenía aliento para maldecir a Innokenti Varinski. No tenía la fuerza o la
voluntad. Las profundidades de la mina minaron su energía. El trabajo hizo añicos su
cuerpo. La pérdida continua de sus hombres, uno tras otro, rompió su voluntad.
Esto era por su culpa. Su culpa. Su culpa.
Una vez al mes Innokenti llegaba con su vara de acero. Al principio Warlord no supo
por qué había cambiado a ese tipo de trato. ¿Innokenti se había dado cuenta de que ese
mercenario estaba relacionado con la rama odiada por los Varinskis, la familia Wilder?

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Luego Warlord reconoció la fuente de la frustración de Innokenti. Ningún otro hombre
podía haber sobrevivido a una sola de esas palizas, sin embargo todos los meses cuando
Innokenti regresaba, Warlord estaba trabajando otra vez.
Innokenti tomaba su vara y golpeaba a Warlord, y llegaría un día en que lo mataría,
porque solamente otro demonio podía matar a un hombre atado por el pacto con el diablo.
Pero no aún. No aún.
Si Warlord no hubiera descuidado sus deberes con sus hombres y pasado todo su
tiempo con Karen, él y sus hombres todavía serían libres. Sin embargo el recuerdo de
Karen era lo único que lo mantenía vivo. Cuando los guardianes lo golpeaban con la vara de
acero, y ya no podía recordar la sensación del sol y el aire fresco sobre la piel, traía a
Karen a su mente.
Karen vislumbrada en el tren de Katmandú.
Karen, en su carpa en las profundidades de noche.
Karen, agarrándolo en la motocicleta cuando escaparon de la avalancha.
Karen, bailando en la pradera, besando el suelo, desnuda bajo la cascada.
Karen, atada a la cama de latón y retorciéndose de placer...
A veces, la sentía tan cerca que podía oler su olor, tocar su piel, y escuchar su voz
canturreándole.
En esos momentos era cuando sabía que estaba alucinando. Karen nunca le
canturrearía...
En un año, la mitad de sus hombres lo dejaron. Murieron mientras partían duramente la
roca. Murieron en las profundidades de las cuevas. Y peor, uno por uno, se echaron y
murieron del hambre, de las palizas... y porque toda esperanza había desaparecido. Nada
de lo que dijo hizo una diferencia. Ya no confiaban en él.
Incluso Magnus se había rendido.
Tenía que sacarlos. No podían esperar más. No podía esperar más.
Porque se había rendido también. No se dio cuenta cuán bajo se había hundido hasta
que uno de los guardianes lo golpeó con una varilla de acero y dijo:
—Hey, bebé de pecho. Adivina quién viene mañana. Tu mejor amigo, Innokenti Varinski.
Y ¿sabes qué va a hacer? Va a golpearte hasta dejarte medio muerto. Mejor prepárate
para gritar, bebé de pecho.
Warlord se hundió sobre sus rodillas y lloró. Lloró de terror, lloró por la llegada de la
muerte, lloró y rogó al guardián para que lo matara, cuando sabía que era imposible.
El guardián se río y lo golpeó otra vez.
—¿Parezco loco? Si te matara, me mataría. No, bebé de pecho, sólo esperaré para
escucharte cantar como una soprano mañana.
Las lágrimas se escaparon por las mejillas de Warlord todo el camino a través del
cambio de ese guardián y en el próximo. Ninguno de sus hombres lo miró. Magnus no le
habló. Les había fallado a todos... y siguió llorando.

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Entonces, con el cambio del guardián, la oportunidad se constituyó. No la reconoció —
hasta que la voz Karen se manifestó en su mente, ¡presta atención!
Dos guardianes en lugar de los cuatro acostumbrados. Ambos estaban borrachos —en
alguna parte sobre el lugar de trabajo de la mina la compañía había dado una fiesta. Un
guardián se desmayó y nunca escuchó el rugido del taladro antes de que perforara su
pecho. El otro cayó ante un rápido golpe de Warlord con la cadena.
—¿Ven, chicos?
Dijo Magnus.
—Lo hizo.
Pero su voz era débil, y se desplomó cuando trató de recolectar las armas.
Warlord recogió a su amigo y lo puso en el silo.
Magnus se había consumido ahí abajo. Sus huesos casi perforaban su piel, y en la luz
chillona sus labios parecían azules.
Treinta y ocho hombres se apiñaron dentro del ascensor.
—Estoy subiendo por las escaleras al próximo nivel. Denme un par de minutos, y luego
síganme. Mientras termino con los guardas, tú recoge sus armas.
Warlord se apoyó para empujar el botón.
—Necesitamos las armas para escapar de aquí.
—¿Y quién diablos eres para decirnos qué hacer?
Exigió Logan Rogers.
—Es el tipo que nos sacará de aquí —dijo Magnus.
—Es el tipo que nos atrapó ahí, también —replicó Logan.
—¿Tienes un plan mejor? —preguntó Warlord.
Logan se hundió.
—Entonces cállate.
Warlord miró los remanentes de su banda de mercenarios.
—Libera a los otros presos, pero no los dejes subir al ascensor. No aguantará el peso.
Cuando nos hayamos hecho con el control, esos mineros tendrán su oportunidad.
Sus hombres asintieron con la cabeza seriamente.
—Horst, antes de que esos estúpidos de arriba se den cuenta de qué está ocurriendo
aquí, podrías querer descubrir como invalidar los controles
—¿Cómo vas a eliminar a los guardias tú solo? —preguntó Horst en su pesado acento
sueco.
Warlord miró las cadenas sobre sus muñecas. Estaba escuálido, tan delgado que
parecía una víctima de la inanición. ¿La pantera podría quitarse los puños? Si no. Bien, en
esta oscuridad nunca verían a una pantera, incluso a una pantera encadenada.
Dibujó su primera sonrisa en un año.
—No tendrán ninguna oportunidad.

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Ellos no. Se movió de nivel a nivel, silencioso, invisible, sorprendiéndolos sin
advertencia. Sus hombres llegaron tras él y recogieron las armas hasta que cada uno de
ellos sujetó varillas y látigos y armas de fuego.
A los ciento cincuenta metros, cuando alguien se puso sabio aparentemente y trató de
cortar la corriente, el ascensor continuó caminando. Horst había hecho su trabajo.
Pero Warlord se estaba quedando atrás. Estaba débil, demasiado débil para subir
tantas escaleras. No podía seguir.
Cuando sus hombres llegaran a la cima, no podían simplemente salir del ascensor. Una
sola ametralladora arrasaría con ellos.
Tenía que detenerlos antes de que llegaran a la cima.
Entonces lo escuchó. Disparos desde arriba.

Capítulo 29
Karen contuvo la respiración. Emitió un grito entrecortado. Comenzó a luchar, tratando
de incorporarse en la bolsa de dormir.
Warlord la sujetó en sus brazos, diciendo una y otra vez:
—Está bien. Está bien.
—No está bien. No puedo respirar. No puedo... Estaba oscuro. No había aire. Hacía
calor. Me golpearon.
Lágrimas se escaparon de las esquinas de sus ojos.
—El veneno te ha hecho enfermar.
Dejó deslizar en un hilito el agua en su boca y en su frente.
—Pero estás mejor ahora. Puedes respirar. Toma una respiración ahora.
Miró desesperadamente a su alrededor en la carpa apenas iluminada. El peso de la
nieve había hecho combar el nilón alrededor de ellos y había escondido la luz del sol.
—¿Ves? Estamos en las montañas. Juntos. Esto es ahora. Ese tiempo y lugar son
anteriores.
—Pero lo vi.
Y aún más... Estaba allí. Estaba allí.
La envolvió en sus brazos.
—Tú estabas ahí. Te vi... Pero pensé que me había vuelto loco.
—Me despertaba por la noche y estaba tan oscuro, y sabía que estabas vivo en algún
lugar... ella sentía dolor en los huesos y músculos, como si hubiera sido golpeada.
—Oh, dios, ¿cómo lo soportabas? Todo ese tiempo sin esperanza...
—Cuando cruzas el infierno, te mantienes caminando —dijo irónicamente—. Un año en
la oscuridad y el calor da mucho tiempo para pensar a un hombre, y lo hice. Examiné mi
vida un millar de veces.
—Lo sé.
Había estado en su mente cada minuto.
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Le dio la cantimplora.
Bebió.
—Al principio, cuando recordé, fui desafiante. Estaba orgulloso de lo que había hecho,
recorriendo mi propio camino, haciendo caso omiso de las admoniciones de mi padre,
siendo libre.
Le dio una galleta de avena Baker’s Breakfast Cookie.
Ella comió despacio, llenando los lugares vacíos.
—Pero sobre la evaluación trescientos, empecé a recordar a mis hermanos y a mi
hermana, a cómo sería saber qué es lo que estaban haciendo, a quienes querían. Recordé a
mi madre, el beso que me dio la última vez que me vio. Recordé a mi papá y cada palabra
que me dijo, una y otra vez, durante todo el tiempo en que fui creciendo.
Imitó una voz grave con un acento ruso pronunciado.
—No cambies, Adrik. Mantén tu corazón puro, Adrik. Cada vez que te conviertes en la
pantera, te pones en las manos del diablo, Adrik.
Recordé cuánto odiaba todos esos buenos consejos, y qué tonto pensaba que era, y
cómo juré que cuando fuera un adulto haría lo que quisiera.
—Y lo hiciste.
—Y lo hice. Al final en la oscuridad enfrenté el hecho de que mi papá tenía razón.
Los ojos de Warlord se angostaron.
—Hombre, odiaba eso. Pero también pensé que no importaba. Tenía que sacar a mis
hombres como fuera, y si eso implicaba sentarme sobre la mano derecha del diablo, lo
haría. Cuando la oportunidad vino finalmente, me convertí en una pantera negra, silencioso
como una sombra, y cada vez que mataba a un guardia sabía que había salvado a cientos
de prisioneros. Y cada vez que maté a un guardia, tuve la sangre de otro hombre sobre
mis manos.
Supo dónde estaba. Podía respirar sin obstáculos. Todavía dolía... Porque era Warlord.
—Cuanto más se acercaban mis hombres a la superficie, más excitados estaban. Supe
por qué. Casi podía oler el aire fresco, y quería sentir el sol sobre mi cara.
Sus ojos verdes brillaron cuando revivía su anticipación.
—No podía controlarlos. Iban por delante de mí. Cuando escuché los disparos quería
chillarles por ser tan tontos.
Prestó atención a cada palabra.
—¿Qué era?
—A cinco pisos de la superficie tropezaron con una emboscada.
—¿Qué hubiera ocurrido si hubieras ido primero?
—Apunté eso después, puedo decirte. Antes de poder llegar allí tenían a los guardias
controlados, pero cuatro de mis hombres estaban en el suelo, y todo era un maldito
desorden. Pensé que el ataque principal más arriba se iniciaría, pero también estaba al
tanto de la forma en que habían bebido los guardias. Sus reflejos tenían que ser casi
nulos. Tenían que estar confusos. Más importante, estaban acostumbrados a

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arreglárselas con hombres demasiado muertos de hambre y desanimados para rebelarse.
Así que—era una mina; usábamos dinamita todos los días—amañamos un explosivo en el
ascensor. Mis hombres lo enviaron mientras yo tomaba las escaleras y limpié el camino.
Siguieron, y todos llegaron a tiempo de ver la explosión.
Orgullosamente, Warlord dijo:
—Tomé el control de la mina con treinta y ocho muy enfadados mercenarios, y no
paramos hasta que habíamos secuestrado un avión con destino a Afganistán.
—¿Innokenti? —tembló.
—Supongo que llegó poco después.
La acostó y cerró la cremallera de la bolsa de dormir hasta su cuello.
—Habría odiado ser uno de los guardianes sobrevivientes.
—Magnus. ¿Magnus está vivo?
—Lo está, y vive muy bien para ser un ex—mercenario con un ojo, ocho dedos y
veintinueve dientes. Es el consultor del juego Warlord.
—¿Le gustan los videojuegos?
—Los odia. Siempre consideró que los jugadores que se sientan fijamente a ver una
pantalla y ejercitar los pulgares son unos estúpidos por tratar de convertir esa
experiencia en un juego, gracias a él la acción del juego transcurre en una habitación
dónde los jugadores son los protagonistas. En Warlord, el jugador tiene armas adheridas
a su cuerpo y sensores a sus manos, pies, y cabeza, y tiene que defenderse contra las
amenazas que se les acercan.
Su entusiasmo creció mientras hablaba.
—Cuanto más alto es el nivel, más difíciles las batallas, más los atacantes involucrados.
Es en realidad una organización de adiestramiento para mercenarios.
—¿Un videojuego en una habitación? —Lo miró con una sonrisa indulgente.
—¿Dónde será jugado?
—Pizzerías. Galerías de Paintball. Burstrom tiene su dedo en muchos pasteles, y está
acaparando propiedades para construir verdaderas casas de juegos. Pero además,
Burstrom y yo vemos el potencial para estudiar cualquier tipo de peleas y sistemas de
defensa. Las escuelas de kárate los incorporarán. Ya hemos empezado el trabajo para
modificar la idea para adiestramiento de boxeadores. Las ventas preliminares han
producido más de setenta millones de dólares.
—Setenta millones de dólares.
Su sonrisa indulgente desapareció.
—¡Tienes que estar bromeando!
—Mi parte es solamente el diez por ciento.
—¿Solamente? Eso son siete millones.
—Ese es solo el comienzo. Las proyecciones para el próximo año son cinco veces eso.
—Wow.
Nunca habría pensado que era un mago de las finanzas.

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—Como con cada riesgo, siempre hay una posibilidad de que las proyecciones caigan —le
advirtió.
No vio ese acontecimiento. No a este tranquilo y persuasivo empresario.
Continuó:
—Además, puse el dinero que hice como mercenario en un banco en Suiza, y solicité
ayuda a mi consejero financiero
—¿Tenías un consejero financiero?
—Habría sido un estúpido si no lo hubiera tenido.
La dejó absorber eso.
—Así que con la ayuda de mi consejero financiero, mi fortuna personal excede los
treinta millones. Esa cantidad está totalmente separada del dinero involucrado en el
desarrollo del Juego Warlord.
Estaba conmocionada. Recordó cómo vivía, en una carpa con el botín de cientos de
incursiones... ¿Y tenía treinta millones? ¿Y contando?
—¿Por qué estás diciéndome todo esto?
—Quiero que sepas que si tú me haces el honor de casarte conmigo, te cuidaré siempre.
Era una buena cosa estar echada. Porque de otra forma se hubiera desplomado de la
impresión.
—Mis pecados están más allá del recuento. Tu recuerdo fue lo único que me mantuvo
vivo durante el año desgraciado de mi cautiverio.
Se inclinó sobre ella y retiró su pelo fuera de su cara. Acarició su mejilla con el dorso
de sus dedos y sonrío a sus ojos pasmados.
—Tenemos una conexión. Más de una.
Agarró sus muñecas, los sacó de abajo de las mantas, y sujetó los brazaletes de oro
entre sus manos.
—Mira. Llevas mi marca de propiedad.
—¡Los llevo para mostrar que me libré de ti!
—Los llevas de la misma manera que una alianza.
Eso dio en el blanco, y la hizo mostrar una mueca de dolor.
—Puedes visitar mi mente —dijo persuasivamente—. Cásate conmigo.
Se quedó completamente inmóvil, absorbiendo sus palabras, conociendo la verdad, pero
demasiado asustada para reconocerlo.
—Registra tu cerebro —dijo Warlord—. ¿Qué ves?
Inmediatamente supo la respuesta. Pero en un gesto de desafío dijo:
—Nada.
Pero no la dejaría que comenzara a mentirle.
Inclinándose hacia ella, puso su frente contra la suya. Investigó sus ojos. Y puso su
mano contra su corazón.
Era oscuro. Hacía frío. Y quería a su mami.
Pero su mami no vino.

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Los criados cuchichearon y la miraron. Su abuelo entró y la miró fijamente, entonces
frunció el ceño y agitó su cabeza. Pero principalmente estaba solo en la casa oscura y fría,
los susurros atemorizantes, y retazos de palabras...
Pobre niña. Su madre. Amante muerto. Saltó de un despeñadero después de él.
Las lágrimas escaparon de los ojos de Karen.
Mami. Mami.
Pobre niña. Dan Nighthorse muerto. Mamá se cayó del despeñadero, golpeó en las
rocas, y ¿puedes imaginarlo? Sangró allí por un día, sus órganos internos destruidos, y
cuando la rescataron gritó.
Karen escuchó a su padre volver a casa. Salió de su habitación y fue al balcón,
esperando que su papá la visitara. Y vio a su abuelo agarrar a su papá del mismo modo y
llevarlo a la oficina. Estaba con ese guía indio. Ha estado con él por años. ¿Sabes lo que
significa esto...? La puerta se cerró de golpe detrás de ellos.
¿Qué significa? Papá. Papá.
Pobre niña. Dan Nighthorse muerto. Mamá se cayó del despeñadero, golpeó en las
rocas, y ¿puedes imaginarlo? Sangró allí por un día, sus órganos internos destruidos, y
cuando la rescataron gritó. Pobre niña. Su madre se murió. Pobre niña. Está sola.
Para siempre sola...
Karen se despertó llorando.
Warlord tenía lágrimas en sus ojos también.
—Mi pobrecita niña. Mi pobrecita niña. No puedo soportarlo. No estás sola. Ya no estás
sola.
Trató de empujarlo.
—Páralo. No quiero esto. Páralo.
—Es demasiado tarde para pararlo. Tú ingeriste mi sangre, y te dio la fuerza para
luchar contra los efectos del veneno. Te abrió una ventana a mi mente. Y ¿qué significa
eso, Karen?
—Nada —insistió.
Recogiéndola en sus brazos, presionó su oreja a su pecho, y mientras escuchaba el
ruido sordo de su corazón cayó en otro recuerdo.
El sol quemaba dentro de ella. El horizonte se extendía para siempre. Y tenía una
oportunidad. Podía triunfar en la vida, hacer que su padre la viera, la mirara realmente,
notara cuan duro trabajaba, cuan lista era... Una posibilidad, y era esta.
Karen se acercó al hosco equipo de construcción, dos docenas de hombres
holgazaneando contra una pila de leña.
Estaban enojados, cada uno de ellos. Habían estado trabajando en el hotel de aventura
australiano de Jackson Sonnet, estaban casi a mitad de la construcción, y su director de
proyecto había tenido un ataque cardíaco. Estaban consiguiendo a la hija de veintitrés
años del jefe como reemplazo, y sin decir nada se las arreglaron para dejar saber a Karen
qué opinaban.

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Tenía una oportunidad y quería aprovecharla.
Sonrío, porque sonreír siempre desarmaba a los tipos, clavó sus manos en los bolsillos
de vaqueros, y preguntó:
—¿Quién es el jefe del equipo?
Un hombre, alto, delgado, de piel oscura, levantó su mano. No se puso de pie.
Está bien. Una oportunidad, y si manejaba bien a este tipo, si podía conseguir que él
trabajase para ella... Una oportunidad.
—Alden Taylor. Experimentado en construcción, la instalación de cañerías, electricidad,
acabados de yeso, acabados de carpintería. Has trabajado para mi padre por ¿cuánto
tiempo?
—Veinticinco años con el maldito hijo de puta.
Alden tenía un acento australiano pronunciado y estaba tratando de asustarla
insultando a su padre en su cara.
En su lugar jugado directamente a sus manos.
—¿Dirías que el viejo hijo de puta es propenso a los actos de generosidad?
Alden resopló.
Los otros tipos rieron a carcajadas y se movieron.
—¿Caridad? ¿Generosidad? ¿No?
Karen no se molestó en esperar una réplica.
—Hay una cosa y solo una cosa por la que mi padre se interesa —Tener a sus hoteles
construidos y funcionando para poder obtener ganancias. ¿Correcto?
Esta vez Alden trató de responder.
Lo dejó de lado.
—Ese viejo hijo de puta me ha tenido trabajando en hoteles todos los veranos desde
que tenía catorce. Puedo hacer todo que tú puedes hacer, con el plus de ser capaz de
terminar los planes de diseño, el plus de concretar el proyecto, el plus de poder hablar a
los inversionistas como una persona competente e impresionarlos con mi título de
dirección de construcción. Estoy aquí como director del proyecto porque soy el mejor que
Jackson Sonnet ha conseguido. No le importa que sea su hija; me ofreció el mismo trato
que ofrecía a todos los demás. Si consigo el hotel terminado a tiempo y con el menor
presupuesto, me pagará bien. Si meto la pata, estoy fuera de aquí.
Los labios de Alden temblaron como si quisiera reírse.
—Nunca cambia.
—Pido ser diferente. Hace el cambio. Se pone peor todos los años.
Estaba nerviosa, hablando demasiado rápido, pero tenía la atención de todo el mundo.
—Me pongo a temblar ante el tendido eléctrico, y mi acabado de carpintería da asco.
Es por eso que pedí que fueras mi director de proyecto ayudante.
Caminó y ofreció su mano a Alden.
La miró, mantuvo su mirada, y la dejó tirar de él para afirmarse sobre sus pies.
—¿Me ascendiste?

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—Sí. Felicitaciones, y bienvenido a veinte horas de trabajo al día.
Lo miró.
—Esta mañana, antes siquiera de ponerme camino al trabajo, papá llamó para dejarme
saber que estamos atrasados, y mordió mi culo para que me apurara. Así que mientras
recorro el proyecto, tú consigues que estos tipos trabajen. Luego te encuentras conmigo;
hablaremos de tu aumento de sueldo y haremos planes para ahorrar tiempo.
Empezó a dirigirse al hotel a medio terminar, y luego miró atrás al pasmado Alden.
—Claro... Si quieres el trabajo.
La voz de Warlord la sacó fuera de su trance.
—¿Lo tomó?
—Sí.
Luego se dio cuenta de lo que había admitido.
—No lo hagas.
—Así tu única oportunidad funcionó. ¿Tu padre alguna vez se dio cuenta?
—Por favor. No lo hagas.
No podía dejar que el conociera todos sus secretos.
Inclinó su cabeza hacia arriba y rozó sus labios con los suyos, una y otra vez, hasta que
sus ojos se cerraron.
—Mi sangre en ti me dio una ventana a tu mente.
—No.
Su tacto, su beso embotó el borde afilado de la realidad, pero sabía la verdad.
Durante los últimos días había visto sus debilidades. Había presenciado su dolor.
Había vivido en su piel. Había pecado sus pecados. Había matado a hombres. Se había
regocijado con la lucha. Se deleitó en relaciones sexuales con mil mujeres. . .
Con sus ojos había visto su propia cara por primera vez.
Había sentido la gloria de su captura, de las horas y días y semanas de placer
constante. Había estado determinada a ganar la lucha sensual entre ellos.
Había sobrevivido a la lucha que lo puso en las minas, apenas. Allí había vivido en el
infierno con él, conocido su remordimiento mientras observaba a sus hombres morir,
sintió el dolor de sus palizas, y sufrió la lenta caída de su espíritu. Y había visto que no
importaba cuan opresiva fuera la oscuridad, el calor y los olores, sin importar cuán mortal
fuera el trabajo, Warlord no se había rendido. No por él, sino por sus hombres, había
estado determinado a adquirir su libertad.
Warlord se había redimido. Warlord había probado que tenía fuerza y un alma
honorable.
Karen no tenía semejante fuerza, semejante honor. Su vida era minúscula, sus miedos
exagerados. Nunca hubiera deseado que presenciara la angustia por la muerte de su
madre, los días solitarios de su infancia, los intentos fútiles de complacer a su padre, la
dificultad de su trabajo en la construcción... La angustia y el placer de vivir como esclava
de Warlord.

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Pero lo hacía. En algún momento en los últimos días había estado en su mente y
presenciado todo eso.
—Sí cásate conmigo —dijo.
Giró su cabeza.
—¿Por qué querrías tú casarte conmigo?
—La visión de ti, el olor de ti, y tu calor se funden con mis huesos. Calientas el núcleo
duro y frío de mi alma, y cuando te vi en el balneario al otro lado del vestíbulo, por
primera vez en dos años estuve vivo y sano.
Rápidamente añadió
—Nunca te retendré contra tu voluntad.
Lo miró con los ojos entrecerrados.
—No dije que no trataría de convencerte. No dije que alguna vez me rendiría. Pero no
te retendré nunca más contra tu voluntad. He sido retenido contra mi voluntad. Fue una
lección difícil, pero la aprendí.
Inclinó su cabeza.
—Por favor perdóname.
Estaban atrapados en carpa pequeña, en una bolsa de dormir, en ropa que habían
llevado durante cinco días. Pero aún así le rogaba como un cortesano ante la reina
Elizabeth.
No quería casarse con él. Pero disfrutó de su súplica. Lo disfrutó aún más porque sabía
—lo sabía— que aunque creía en todo lo que decía, había tenido que luchar contra su
propia naturaleza posesiva para hacer esa promesa.
—¿Por favor? —Dijo otra vez.
Puso su mano sobre su cabeza, principalmente porque la seda negra pura de su pelo la
tentó.
—Te perdono.
—¿Te casarás conmigo?
Ése era Warlord. Siempre dispuesto a aprovechar cualquier ventaja.
—No.
—Sería un buen marido. Karen, te quiero.
—Pero no sé si yo...
—¿Me amas?
—No sé si te amo.
Su padre le había enseñado que no podía depender de ningún hombre, y Warlord había
confirmado esa lección.
—Sé que no confío en ti.
Aun así lo miró con ojos preocupados. ¿Estaba cargándolo con el bagaje equivocado
injustamente?
—Shh.
La levantó, le quitó su camiseta.

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—Te preocupas demasiado.
Debía detenerlo. Decirle que nunca podía perdonarlo por el tiempo que pasó como su
cautiva. Decirle que sabía que incluso el largo año en que había pasado en infierno no
había evaporado al diablo en él. Lo había visto la última semana, cuando la había cazado,
mentido sobre su identidad, tratado de seducirla.
Warlord se quitó sus ropas, la sujetó entonces con una mano sobre su cadera, se
presionó contra ella, y cerró sus ojos, como si el simple tacto de su cuerpo sobre su piel
lo elevara a un lugar de puro éxtasis. Su erección se presionó sobre su estómago. Su
pecho, perfectamente decorado con el rayo ardiente, se expandió y la tentó al ritmo de
su respiración. Ella sujetó sus brazos con sus manos y enrolló sus piernas alrededor de las
suyas... porque el éxtasis también la envolvía.
Se levantó. Envolvió sus pulgares bajo el elástico de sus calzones y los deslizó por sus
piernas.
—Patéalos —susurró—. Por favor libérate de ellos.
Como una tonta, respondió a su súplica.
La recompensó deslizándose profundamente en la bolsa para besar sus hombros, el
interior tierno de su codo, su palma, y las puntas de sus dedos.
¡Cómo había extrañado la manera en que veneraba su cuerpo, cada miembro, cada
pulgada de piel, con su tacto y su boca!
Pasara lo que pasara, ahora estaba atada a Warlord, porque mientras estaba en su
mente se había enterado de que la amaba. La adoraba con toda la pasión de un hombre
que había vivido en el infierno y visto la oportunidad de tocar el cielo.
Fue por eso que le permitió acariciar su estómago y entre sus piernas.
Fue por eso que acarició las profundas cicatrices que surcaban sus hombros.
Era por eso que lo dejaría hacerle el amor y le haría el amor a cambio.
Él pasó sus palmas por los costados de su cuerpo, aprendiendo sus curvas otra vez.
Fuera, el viento pelaba la nieve seca sobre la carpa capa sobre capa, dejando que la luz
del día se filtrara a través de la estructura de nilón. Las ramas de los árboles cantaban
mientras se balanceaban, y el fuerte olor a pino se mezclaba con los aromas que
emanaban de sus cuerpos.
Casi habían muerto por el veneno. Habían pasado juntos por el infierno.
Sus calientes y suaves labios besaron sus pezones, los saborearon, y la hicieron darse
cuenta de cuan dulce podía ser esta afirmación de la vida.
Envolviendo sus dedos alrededor de su cabeza, lo sujetó, deleitándose en su aliento
sobre su piel, y luego lo empujó sobre ella.
—Por favor —susurró—. Quiero
—¿Qué quieres?
Sonrío y la besó ligeramente, una y otra vez.
—Dime.

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Se lo mostró. Arrastró sus manos bajando por su pecho, bajando por su estómago, y
abrazó su pene con sus dedos.
Su aliento siseó entre sus dientes. Arqueó su espalda. Sus ojos se cerraron en
agonizante placer.
En un tono de pura burla y deleite, dijo:
—Antes de que termine contigo, cada vez que pienses en el placer, pensarás en mí.
Abrió sus ojos, la miró, y dijo:
—Lo hago. Mi querida, lo hago.
Luego se movieron juntos hasta que la nieve arrebató la carpa, y el sol brillante se
filtró a través del nilón fino, y la luz iluminó su cara magníficamente esculpida y tan
amada.

Después de tres días de nieve interminable, viento y tormenta, el clima se aclaró, y la


Patrulla Aérea Civil y el equipo de rescate de montaña encontraron Cessna Citation X.
Tardaron dos días de búsqueda para ubicar los restos, pero cuando lo hicieron, Innokenti
y una docena de sus hombres cuidadosamente seleccionados estaban con los civiles
expertos de rescate.
Innokenti permaneció mirando mientras los rescatistas peinaban los restos en busca
de cualquier señal de supervivientes, y agitaron sus cabezas con lástima. Pensaban que
cada persona a bordo había muerto.
Innokenti no compartía ese criterio. Estaba esperando un informe de su mejor
observador. Cuando Pyotr volaba, nada escapaba más allá de sus ojos afilados.
Algunos de los norteamericanos murmuraron con asombro cuando un halcón marrón dio
vueltas a la cabeza de Innokenti, y luego voló hacia los árboles. Innokenti lo siguió.
Pyotr daba saltos de emoción.
—Están aquí —dijo—. Vi la prueba. Una nueva rama rota sobre un cedro.
—Tal vez fue dañada por el viento.
—Algo cayó sobre ella. La corteza está quebrada en el medio, y las agujas están
arrasadas al final.
—Buen trabajo.
Los otros hombres de Innokenti se acercaron.
—Vamos tras ellos.
Miró severamente sus caras de anticipación.
—Puedes tener a la chica, pero dejarás al Wilder para mí.
—¿Y los norteamericanos?
Lev señaló con la cabeza a los rescatistas.
Innokenti empezó a bajar colina, cambiando mientras se marchaba.
—Mátalos a todos.

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Capítulo 30
Warlord se agachó en la carpa, se vistió con capas y capas de ropa seca, y salió a
caminar por la nieve.
El día era perfecto, altas y menudas nubes contra un cielo azul brillante, un viento
fresco, y una temperatura que rondaba los 10 grados. O quizás el día no era tan perfecto
pero se sentía perfecto. Estupendo. Mejor de lo que se había sentido en dos años. No,
mejor de lo que se había sentido en toda su vida. Karen no era suya aún, pero había
ganado terreno.
Por supuesto, ella había tenido que ver primero su completa castración, y eso no tenía
sentido en absoluto. Cuando se había dado cuenta de que estaba en su cerebro, viviendo
con él los días oscuros de su encarcelamiento, había querido gritar su negativa.
Había muerto todos los días en las minas, y cada vez que Innokenti Varinski lo golpeaba,
había gritado de agonía. Peor, la última vez, cuando escuchó que Innokenti venía, había
llorado. Gritado como el bebé de pecho con que lo comparaba el guardia.
Pero a Karen no parecía importarle que se hubiera debilitado, que hubiera lloriqueado y
gemido. Casi parecía que él le gustara más por haber actuado como una niñita.
No comprendía a las mujeres. Nunca lo haría. Pero agradeció a Dios por ponerlas —
especialmente a Karen —sobre esta tierra.
Karen salió de la carpa y se estiró, no lo miró. Porque era tímida sobre la pasión que
habían tenido y había estado dudando sobre si debía esconderse, o avergonzarse por
haber estado en su mente, o enfurecerse por haberse rendido.
En realidad no se había rendido totalmente, pero lo haría. Lo haría. No podía luchar
contra él y sus propios deseos, y cuando se diera cuenta de eso, él le pondría su anillo
sobre su dedo tan rápidamente como fuera posible. Luego gastaría los próximos cien años
en enseñarle a amarlo y mostrarle que podía confiar en él.
—Te ves hermosa.
La acercó al círculo de sus brazos.
—No.
Se las arregló para hacerlo sonar como si fuera un idiota.
—No he tomado un baño en cinco días.
—Completamente hermosa —repitió, y la besó, y la besó otra vez.
Le devolvió el beso, y luego lo empujó como si se hubiera traicionado demasiado.
Él pretendió no darse cuenta.
—Desearía tener un teléfono celular para poder llamar a Jasha y ver si está en el lugar
de reunión.
—No sonaba muy entusiasmado— advirtió ella.
—Jasha es el mayor. El puede no estar entusiasmado, pero es el ser humano más
responsable que hayas conocido
Un sonido débil y nítido cortó por el aire.
Empujó su espalda contra un árbol y, mientras la mantenía allí, exploró el cielo.
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—¿Qué fue eso? —preguntó.
—Nos vamos ahora.
Extendió la mano dentro de la carpa y sacó su mochila y su bolsa.
—Nunca debí dejar que nos quedáramos aquí.
—Eso fue un tiro.
—Correcto.
Había amontonado dos Glocks y unos cien cartuchos de munición. Cuando cargó la bolsa,
pensó que si no mataba a los Varinskis con cien cartuchos, nunca lo harían. Pero con Karen
a su lado, cien cartuchos parecían lastimosamente pocas. Con Karen aquí deseaba tener
una ametralladora M16. O un tanque. Algo que la mantuviera segura.
—Crees que fueron los Varinskis.
Lo ayudó a cargar las armas.
—¿Pero no pudo ser un cazador?
Ató una pistola alrededor de su pecho bajo su abrigo, y todo el tiempo trabajó en las
posibles perspectivas de ataque y defensa.
—Cualquier cosa es posible.
—Tienes razón.
Reconoció las palabras que no había dicho.
—Pero no probable.
—Tú eres una buena tiradora, ¿no?
—Mi padre se aseguró de eso.
Cuando Warlord ató una pistola alrededor de ella, bajo su abrigo, sonrío en su cara.
—Tu padre tenía sus puntos buenos.
—Me preparó para la supervivencia, eso es seguro. El viejo hijo de puta.
Parecía triste.
Él comprendió por qué. Había visto las emociones opuestas que se revolvían en ella.
Odiaba a Jackson Sonnet por criarla sin sentimentalismo o suavidad. Pero aún así había
sido su único padre, la constante en su vida, y aunque no quería admitirlo, ¡comprendía qué
duro golpe para su orgullo había sido la infidelidad de su madre!... Y la traición de su
mejor amigo.
—Lo extrañas.
Asintió con la cabeza.
—Supongo que sí.
—Cuando esto termine ve a verlo.
Puso su cuchillo hacia arriba en su manga. Colgó las sogas sobre su cinturón por medio
de los enlaces. Abriendo su bolsa, dijo:
—Toma el icono.
No lo tocaría. Todavía tenía las quemaduras de la primera vez.
—¿No llevaremos el resto de nuestras cosas?
Revisó sus ropas.

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—Tenemos que movernos rápido.
Colocó sus raquetas.
No discutió. No se quejó. No le dio una conferencia sobre el impacto ambiental de
dejar su equipo. Sacó el icono, luego el marco de fotografía. Con movimientos rápidos
quitó la fotografía de su madre. Luego lo colocó en un bolsillo interior cerrado con Velcro.
Él colocó su cuchillo en un bolsillo y colgó su hacha de campamento del cinturón.
Ató sus raquetas.
Ella hizo lo mismo.
—Estoy lista.
—Eres una mujer en un millón.
Echó un vistazo a su GPS y se pusieron en camino.
Era un camino cuesta abajo pero duro. Los mantuvo bajo refugio donde podía, evitó los
bancos de nieve profundos mientras oteaba los cielos, y escuchaba por una posible
persecución.
—¿Hacia dónde vamos? —preguntó.
—Al sitio de reunión con Jasha.
—¿Y si no está ahí?
—Ese claro es la mejor posición de superioridad defensiva que pude encontrar. Es por
eso que lo escogí.
—¿Cómo previste todo eso?
—Me preparé para cada escenario.
Él le devolvió la mirada.
—Cuando conozcas a mi padre, comprenderás.
—¿Voy a conocer a tu padre?
—Querrá conocer a mi novia.
—No he dicho que sí.
—Estoy esperanzado.
Sonrió ante su expresión terca, y miró hacia adelante.
—¿Cuánto falta para llegar?
—¿Estás cansado?
El ejercicio había hecho desaparecer los últimos efectos del veneno. Se sentía bien,
aunque la altitud hiciera que sus pulmones lucharan para tomar un poco de aire. Pero todo
el estoicismo de Karen, era totalmente humana, y una chica.
—Estoy bien.
—Puedo llevarte.
Lo detuvo.
—Mira. Crecí haciendo caminatas por las Rocallosas, y estas hacen parecer a las
Sierras Nevadas como un paso a desnivel.— se replegó. —Así que no necesito que me
protejas.
—Susceptible.

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Rió abiertamente mientras sentía el aliento de su ira calentar su espalda.
—Probablemente estemos a veinte millas de los restos. El ave no nos ha encontrado aún.
—¿El ave? ¿Estás hablando del halcón? ¿Creí que lo habías matado?
—Hay más. Cuando están siguiendo un rastro siempre traen un ave. En cuanto nos ubica
no convertimos en presa, y sólo es cuestión de tiempo antes de que la manada llegue para
terminar el trabajo. Si podemos llegar al lugar de reunión primero, y Jasha está ahí,
tendremos una oportunidad. Si ha traído refuerzos, eso sería mejor.
—¿Cuántos refuerzos? —empezó a parecer esperanzada.
—Mi hermano Rurik.
—Oh. —se sintió desinflada.
—No subestimes a mis hermanos. Mi padre los entrenó. Nos entrenó a todos. Son
luchadores listos y crueles.
—¿Así que hemos conseguido una oportunidad?
—Sí. Siempre hay una oportunidad.
No una muy grande, pero la perspectiva de pelear animaba a Warlord. Quería ese icono
seguro con su familia. Quería a Karen donde pudiera protegerla. Sobre todo, quería
acabar con Innokenti. Era tiempo de liberarse del miedo que paralizaba sus pasos.
—Depende de cuántos hombres haya traido Innokenti. Más de ocho y nosotros
estamos en un aprieto.
—Fenomenal —farfulló.
—Recuerda, tú no puedes matar a un Varinski. Es parte del pacto, esencialmente son
demonios del infierno.
—Entonces ¿qué estoy haciendo con un arma de fuego?
—Puedes lastimarlos. Puedes protegerte.
Estaban logrando un buen tiempo, pero el próximo trecho estaba marcado por un viejo
desprendimiento de rocas, un refugio seguro, con algunos árboles para protegerlos de
miradas y un grande y escarpado promontorio de nieve.
Warlord se detuvo en la cima.
—Nada por aquí.
—Pero una muy buena manera de obtener velocidad.
Señaló con el dedo un gran cedro viejo caído. La corteza estaba floja, y con algunos
golpes de su hacha ella obtuvo una pieza tan alta como ella y la mitad de amplia. La puso
sobre la nieve, señalando con el dedo cuesta abajo, y se quitó sus raquetas.
—Un trineo.
No podía creer a su inteligente chica.
—Vamos —dijo.
Casi se ubica en la delantera, y luego se dio cuenta de que había sido idea suya. Así que
se sentó atrás.
—¿Cómo pensabas hacer esto?
Puso las raquetas bajo su brazo.

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—¿Nunca has construido uno?
—No. Siempre los comprábamos en Mundo Wally.
Ella se subió adelante.
—Mi papá no veía ningún propósito en los juegos, así que mis juguetes siempre tenían
un propósito práctico.
Efectivamente, el viejo hijo de puta
Continuó:
—Eso quería decir que tuve que ponerme a innovar. Me hice muy buena escogiendo el
árbol apropiado y…
Desatracaron. La corteza estaba sin alisar en la parte inferior, y al principio fue lento,
pero como la nieve se fue acumulando debajo se movieron más y más rápido. Y Warlord
rápidamente se dio cuenta de que no podían maniobrar. Antes de llegar abajo estaban
volando, volando hacia la pila de rocas y árboles derribados por un alud. Estaba
horrorizado, aterrorizado, preguntándose qué gusano le había picado sugiriéndole que
fuera caballeroso y dejara a Karen sentarse al frente... Cuando una astilla voló más allá
de su mejilla. Otra, y luego la mitad del trineo. La cosa se desintegró bajo ellos y se
detuvieron con una patinada.
Mientras se sentaba en shock en medio de la nieve, Karen se puso de pie y se limpió el
trasero.
—Estaba empezando a preguntarme si eso se haría pedazos a tiempo.
Le extendió la mano. Debemos salir de aquí.
Miró hacia el cielo.
Un solitario halcón marrón volaba en círculos a gran altura encima de ellos. Otro se
reunió con él.
—Nos han alcanzado. Vámonos.
Las próximas dos millas corrieron como el infierno. El viento soplaba en sus caras,
enfriando su piel expuesta y haciendo difícil seguir. Su viaje en el trineo había roto una
de las raquetas de Karen. Las abandonaron. Cada quince minutos tomaron un trago de
agua y unos mordiscos de comida, pero nunca disminuyeron la velocidad. Cada momento se
esforzó por escuchar el sonido de garras a la carrera al otro lado de la nieve.
—Estamos acercándonos —dijo.
Antes de que pudiera responder, un lobo aulló media docena de millas detrás de ellos.
El color se escurrió de su cara.
Señaló con el dedo. —Corre derecho hacia adelante.
Lo observó liberarse de su abrigo, su sombrero, cada pieza voluminosa de ropa, se
desnudó hasta quedar temblando. Todavía ardía del calor de la lucha.
—¿Qué vas a hacer?
—Luchar contra el que nos sigue. Cuando llegues a la cima del despeñadero
—¿Un despeñadero?
Sus ojos lo acusaron.

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—¿Ése es tu punto defendible?
Le pasó el equipo de rappelling.
—Hay una cueva a dos tercios bajando por la pared. Ve a ella.
Agarrándola, la besó con todo el amor y la desesperación en su corazón.
—Por favor hazlo, permanece segura. No puedo aceptar la idea de un mundo sin ti.

Capítulo 31
Karen reconoció el beso de despedida cuando lo recibió.
Warlord la apartó.
Ella lo agarró por el frente de su delgada camiseta y tiró hacia atrás. Besándolo con
fuerza, marcándolo con su gusto. —Sálvate tu mismo. Lucha bien.— Giró, ella corrió colina
abajo... olvidándose de su amor.
Infierno de momento para decidir esto.
—Un acantilado,— refunfuño ella. —buen pensamiento, Warlord.— Por supuesto, desde
un punto de vista estratégico, este era un buen pensamiento.
Ella podía ver el largo tramo de terreno por delante, dotado con gigantescos cedros de
incienso, entonces la grieta en la tierra donde cayeron lejos del acantilado. Si ella y
Warlord alcanzan el primer piso, cuando Innokenti y sus hombres lleguen sobre el
acantilado ellos podrían retirarse. Pero Warlord no estaba con ella, el primer suelo era un
largo camino bajando, y el pensó que ella bajaría con una soga cuando la única vez que ella
había bajado con una soga fue cuando su padre la obligó a amarrarse un arnés y arrojó su
cuerpo lejos de la pared de entrenamiento.
Ella caminaba rápido, su mirada sobre el acantilado. Si pudiera concentrarse con
fuerza en el recuerdo de Jackson Sonnet gritándole, —Consigue sacar tu trasero,
Karen!— ella podría conseguir su posición.
Un hombre salió de detrás de un árbol y frente a ella.
Un Varinski.
Ella lo reconoció por su altura, por su fuerza… el profundo resplandor rojo de en sus
ojos.
Con un movimiento suave tomó la pistola de su funda.
El subió sus manos. —¡Soy Rurik!
Ella no bajó la pistola.
—Rurik Wilder.
—Usted podría serlo.— Porque se parecía un poco a Warlord, pero con pelo marrón.
—¿Él le habló sobre mí?— El resplandor rojo se fue un poco, y el tipo que dijo llamarse
Rurik intentó parecer manso.
Eso no funcionó.
—Me hablo sobre usted.— Este hombre estaba vestido para el combate, también, con
un mínimo de ropa.
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—Jasha va a ayudar a Adrik.
Sobre la colina se escuchó un disparo, el grito de un ave como espiral descendente.
El supuesto hermano se tensó, y el resplandor rojo se intensificó.
—¿Por qué no ayudan a Adrik?— Preguntó ella fríamente.
—Porque Jasha me puso aquí para ayudarle.
—Eres el hermano de Adrik.— Puso su pistola de distancia.
—Sí.— Él frunció el ceño. —¿Qué la convenció?
—¿Crees que soy niña, y que quiero que me proteja a mi? En lugar de ello, ¿por qué no
me dan algo de crédito? Vaya a ayudar a sus hermanos.
—Suenas como mi esposa,— dijo en estado de sorpresa.
—Ella debe ser una mujer extraordinaria.
—Esa es una forma de describirla,— murmuró él.
Comenzó a dirigirse hacia abajo.
Cuando miró hacia atrás él ya se había ido.
Corrió los últimos pasos a la cima del acantilado, corrió tan rápidamente que casi cae
afuera, lo cual podría haber resuelto el problema de su protección, porque el acantilado
estaba a 22 metros de alto, con grandes cantos rodados en la base. Resuelto el problema,
sí, pero habría arruinado su día.
Detrás de ella, oyó otro disparo, un grito humano, y el profundo aullido de un lobo.
Estúpido saber que la batalla había comenzado, que su hombre y sus hermanos estaban
luchando por sus vidas, y la suya, pero su boca estaba seca y sus manos temblaban
mientras se enganchó el arnés y sujetó la cuerda a un árbol.
¿No deberían el brillante, nuevo y resplandeciente miedo triunfar sobre el viejo tonto
e inútil temor?
En la parte lógica de su mente, notó que el acantilado era de puro granito, casi sin
asideros y sin forma de salvarse si caía. Lo cual era ridículo, porque había comprobado la
soga. Esperaba poder mantener los ojos abiertos un tiempo, lo suficiente hasta encontrar
la cueva. Mientras avanzaba pulgada a pulgada por el camino sobre el acantilado.
—¡Ve! ¡Ve! ¡Ve!— Escuchó ella gritar a Warlord, y miró para verlo correr hacia ella. —
Jasha y Rurik están conteniéndolo, pero Innokenti dividió el grupo. Encontraron un
camino para bajar. ¡Estamos rodeados!— El subió en el arnés y sujetó la soga a la roca. —
Yo seré tu defensa en la cueva.
Ella se encontraba sobre el borde, en forma de L, sus pies firmemente plantados sobre
el acantilado. Se lanzó a si misma con un salto, dejando caer la cuerda, que rebotó de
nuevo a sí misma. Su corazón tronaba frenéticamente. Sus manos sudaban. Pero ella
podría hacer esto. Ella podría definitivamente hacerlo. —Estoy bien,— gritó ella. —
¡Apúrate!
Debajo de ellos alguien dio un profundo aullido como grito de guerra. El pelo se erizó
en la parte posterior de su cabeza.

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Su mano se deslizó. Ella se congeló. Miró hacia abajo. Cinco Varinskis invadían las
afueras del bosque.
Uno tenía un rostro como un Neanderthal, un cuerpo como un tanque, y llevaba
pendientes de tornillos de máquina. Él la miro y gruñó.
Innokenti.
Midair, el mercenario, la pasó, apresurando la cuerda hacia la primera cara, disparando
con buena puntería.
De ninguna manera le dejó ser más valiente de lo que ella era; quizás Jackson Sonnet
no era realmente su padre, pero él la había infundado con su espíritu competitivo. Ella
saltó tan fuerte como pudo.
En la parte superior del acantilado, escuchó disparos, como perros gruñendo, y los
sonidos de la batalla.
Abajo, Innokenti gesticuló a sus hombres. Ellos se separaron.
Uno levantó el vuelo como un águila.
Innokenti escalonó detrás, cuando una de las balas de Warlord le golpeó en el pecho,
entonces se enderezó otra vez.
Chaleco de Kevlar, pensó ella, y deseó que fuera verdad.
Él tomó posición apoyando sus piernas. Levantó su pistola, apuntó y disparó. Warlord se
derrumbó. Comenzó a caer. Se levantó. Se volvió a derrumbar. La sangre cubrió su
antebrazo, y él luchó por controlar su caida.
Enfurecida, Karen gritó como una banshee.3
—Asno. ¡Innokenti, usted es un asno!
Warlord luchó para permanecer en el lugar.
Ella saltó hacia él. Comprendió su inutilidad. Saltando hacia la cueva. Hizo rappelling
como una profesional.
Abajo Inokenti reía, soltando grandes y retumbantes rugidos de diversión.
El granizo golpeó su cara. No, no granizo—balas acribillando el acantilado a su
alrededor, y pequeñas rocas.
—Espera,— le gritó a Warlord.
Ella saltó lo suficientemente fuerte para aterrrizar a la entrada de la cueva. Se
despojó de su abrigo. Liberó su pistola. Caminó hacia fuera de la cueva.
Warlord luchó con las sogas. Si perdía la tensión, podría caer directo en los brazos de
Innokenti.
Innokenti apuntó a Warlord.
El águila se zambulló bombardeando hacia ella, fijos ojos crueles, garras hacia fuera.
Ella miraba abajo las señales de Innokenti. Su dedo apretó el gatillo.

3
Son espíritus femeninos que, según la leyenda, al aparecerse ante un irlandésn anuncian una muerte cercana de un
pariente. Las banshees mostraban su respeto hacia los difuntos gimiendo o lamentándose debajo de la ventana del
moribundo, a veces elevándose por los aires hasta varios pisos de altura para poder hacerlo

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Y una ráfaga sopló sacando al pájaro del aire. Las plumas volaron. El águila gritaba de
dolor y rabia.
A continuación Jackson Sonnet salió del bosque, con un rifle 30—06 sobre su hombro.
—¡Toma eso!— gritó. —Nadie va a lastimar a mi maldita hija.

Capítulo 32
Mientras Innokenti se giraba con sus hombres sobre Jackson, Karen disparó. La bala
golpeó una vena en un costado del cuello del Varinski.
Innokenti cayó, bombeando sangre de la herida.
La manada de lobos cargó sobre Jackson.
—¡Papá!— gritó Karen.
Jackson disparó a uno, golpeó con la culata del arma a otro en la cabeza, y mientras
caía bajo la embestida, ella vio un destello de su cuchillo de caza.
Los animales chillaron, no había muerto, imposible, Jackson podría ser un viejo hijo de
puta, pero no era demonio. Pero podrían dañarle.
Estaba tan orgullosa de él.
Arrojándose sobre el piso de la cueva, ella se arrastró al borde y se colocó para tener
mejor ángulo. Le disparó a un puma cuando él giro hacia Jackson, entonces disparó a otro
que apareció debajo de las cuerdas de Warlord, temblando como un muchacho sacudiendo
un manzano. Disparó una bala tras otra, e hizo como Warlord la había instruido, hizo
recuento de cada una.
Vació la pistola, y mientras ella empujaba más balas en el cargador buscó a Warlord.
Él colgaba allí como una diana. La sangre cubría su brazo. Usando una mano él
descendió algunos pies, disparando a las bestias abajo, descendiendo otra vez.
Tenía que darle tiempo para que llegara a tierra. Tenía que mantener a raya al Varinski.
Nada de lo que ella hubiera hecho en su vida era tan importante como esto.
Sacudió sus dedos, y contó cada bala que disparaba. Cinco, seis, siete…Oyó un ruido
desde abajo, y echó un vistazo hacia arriba.
Innokenti estaba en pie, balanceándose hacia adelante y hacia atrás. El miraba
alrededor de su campo de batalla.
Su victoria se deslizaba fuera de su alcance.
El color del enojado inundó su rostro. Él fijo su mirada en Warlord, sonrió
diabólicamente, anduvo hacia el acantilado para esperarle.
Karen no tuvo tiempo de cargar su arma.
Ella se negó a mirar sin hacer nada.
Tomando la cuerda que colgaba, golpeó con el pie, y desde una altura de veinticinco
pies, más que un edificio de dos pisos, se arrojó sobre Innokenti.
Tal vez fuera que la sangre de Varinski en ella la hizo más fuerte que nunca en su vida.
Tal vez fuera secretamente un ninja guerrero.
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Tal vez fuera la fuerza de su amor por Warlord.
Ella no lo sabía. Sólo supo que cuando golpeó a Innokenti en los hombros, cada hueso de
su cuerpo crujió, pero el golpe del impacto le dio a él en plena cara. Y ella estaba todavía
viva y luchando.
Mientras él levantaba su cabeza, ella rompió sus brazaletes de oro contra sus oídos.
Las pulseras golpearon contra sus pendientes de tornillos.
Su cabeza cayó de nuevo. Se sacudió como un perro quitándose el agua.
Con una precipitación nacida de la desesperación, ella envolvió la longitud de la cuerda
alrededor de su cuello y torció.
Warlord lo iba a conseguir. El estaría bien ahora.
Pero ella…ella estaba en problemas.
Debajo de ella, la masa del cuerpo de Innokenti se resistía como un toro enloquecido.
Él estaba estrangulado. Él estaba amordazado. Él jadeaba buscando aire.
Pero la sangre del Varinski era pura.
Se levantó inexorablemente. Se extendió hasta su cabeza. Mientras ella alzaba sus
hombros, él le agarró los muslos, la impulsó sobre su cabeza y la arrojó tan fuerte como
pudo.
Mientras Warlord aterrizaba, con los pies en el campo de batalla, oyó un grito de dolor.
Un Varinski cayó desde lo alto del acantilado y quedó salpicado en las rocas. Arriba,
sus hermanos peleaban, y ganaban al menos una victoria.
Él miró hacia Karen, pero ella se había ido. Innokenti resistía, flexionando los puños,
mirando aturdido y disgustado.
Warlord nunca había imaginado que una mujer podría luchar así, como una Amazona,
abordando a Innokenti desde tal altura. Apostaría que Innokenti nunca lo habría
imaginado, cualquiera.
Ella acaba de patearle el culo a Innokenti.
Ahora de alguna manera se había liberado a sí misma y huyó.
Chica inteligente. Inteligente Karen.
El brazo de Warlord estaba roto, el hueso destrozado por la bala de Innokenti.
¿Y qué? Ahora era su turno de luchar.
Él hizo frente a la carga de un puma.
El puma rodó sobre él, montándolo a horcajadas y mientras Warlord estaba debajo, le
cortó el corazón con su cuchillo.
Mientras la criatura se hacía humana, mientras se crispaba, mientras se drenaba lo
último de su sangre, él llamó,
—Innokenti.
El gran bastardo insolente lo miraba, observando la hoja del cuchillo y la sangre.
—Poco hombre, esta vez te mataré.

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—Debiste haberlo hecho cuando me tuviste encadenado. —Warlord saltó sobre
Innokenti, y ,mientras lo hacía, cambió. La elegante pantera negra golpeó a Innokenti por
completo en el pecho, golpeándolo al revés, aterrizando con todo su peso.
Innokenti comenzó a cambiar, transformándose en una pantera, grande, fuerte,
elegante, manchada.
Pero no fue lo suficientemente rápido. Mientras estaba atrapado en la etapa entre el
hombre y gran gato, Warlord arrancó su ojo con una de sus garras.
Por Magnus.
Innokenti gritó con rabia y agonía.
Ahora la batalla estaba igualada, el brazo de Warlord estaba roto, pero Innokenti
estaba ciego de un ojo.
Warlord golpeó de nuevo, apuntando a su garganta.
Innokenti retrocedió, pero no a tiempo.
Sus fuertes dientes blancos intentaban morder el pecho de Warlord.
Warlord bajó su cabeza y la estrelló contra la herida sangrante que era la cara de
Innokenti.
Innokenti gritó de nuevo, y arañó la oreja de Warlord.
Warlord sintió el agarre, escuchó el rasgar de la carne, sabía que dolía…pero él no lo
sentía. No sentía el dolor de su brazo. Solo sabía una cosa.
Innokenti sintió el dolor. Innokenti estaba aturdido por sus heridas. Innokenti nunca
había sufrido una derrota de ningún tipo…y esa visión le asustaba y le paralizaba.
Warlord lo atacó, y lo atacó de nuevo.
Innokenti giro y rugió, rasgando sobre los brazos de Warlord, su vientre. Pero
Innokenti estaba a la defensiva, siempre a la defensiva.
La sangre cubrió la tierra debajo de ellos, el olor de la sangre incitaba el instinto de
lucha de Warlord. El tomó más y más trozos de carne del gran gato que era Innokenti.
Entonces… el momento que tanto había estado esperando.
Debilitado y dolorido, en un traicionero segundo, Innokenti perdió su forma de
pantera. Convirtiéndose en hombre.
Y Warlord destrozó su garganta.
Por Karen.
Dio un rugido de triunfo. Se encendió de gloria. El era una pantera. Era poderoso.
Había derrotado Innokenti. Había ganado.
Miró alrededor buscando otras batallas en las que luchar.
No había más.
Debería haber celebraciones, sin embargo, había silencio. Tanto silencio.
Los Varinskis huían, cojeando, arrastrándose entre los árboles.
Él vio a sus hermanos, dos de ellos. Estaban vivos. Ellos habían bajado el acantilado y
se situaron en la base, mirando hacia abajo, hacia uno de los cuerpos.

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Jackson Sonnet, Warlord le reconoció por su foto en Internet, estaba allí, también,
herido y cubierto de sangre, aparentemente sano y feliz, pero congelado en su sitio.
Nadie hablaba. Nadie se movía. Algo no estaba bien.
Caminó hacia ellos. Se vislumbraba una ligera figura arrugada contra el acantilado.
No era un Varinski. Eso no se trataba de un Varinski.
No. Oh, no.
El triunfo se convirtió en cenizas.
Warlord corrió, y mientras corría cambió. Era una vez más humano. Cubierto de sangre
de Innokenti y suya, pero gracias a su herencia, ya estaba curándose.
Cuando Warlord llego hasta Karen, Jasha capturó su brazo. —Cuidado. Él la lanzó
contra las rocas. Está herida. Ella es tan…
Warlord forcejeó para liberarse. Se arrojó en la nieve sobre sus rodillas junto a ella.
Estaba viva. Ella estaba todavía viva. Pero…
—No.— El pasó sus manos suavemente sobre su cara.
Su tez estaba cenicienta, sus labios azules. Luchaba por respirar. Aunque al verle ella
le sonrío gloriosamente. —Tu…lo mataste.— Su voz era un susurro.
—Si. Karen…— Ella había sufrido lesiones internas. Horribles heridas internas. No se
atrevía moverla.
—Confiaba...en ti. Sabía...que podrías.— Ella levantó su mano.
Buena señal. No estaba paralizada. Era una buena señal.
Tomó su mano. Fría. No era una buena señal.
—Denme una manta, —dijo él con ferocidad.
—Algo para calentarla.
Jackson lo dio su abrigo.
Warlord se lo puso alrededor.
Ella lo examinó con inquietud.
—Estás herido.
—No tan mal.— Los huesos de su brazo le dolían hasta su hombro. La piel alrededor de
su oído sangraba. Pero comparado con sus heridas... —Karen, tienes que luchar.
—Lo hago.— Ella cerró sus asombrosos ojos verdes mar. Los abrió. —Ganamos.
El dolor floreció en él, creció, ahogándolo.
—Ganamos… porque… nosotros sabíamos cada uno… secretos. Tu sabias de mis…
miedos. Sabía… tu eres parte… parte del pacto con el… diablo.— Ella luchó por cada
palabra.
—Con tu sangre en mi… lo estoy, también.
—Para de hablar. Tienes que guardar tu aliento.— El estaba frenético, enfermo de
angustia.
Quería tenerla en sus brazos.
No. No. El no podía, porque moverla podría hacerle sangrar más sus heridas internas.
Podía sacudir su espina dorsal y paralizarla.

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Ella tenía que vivir. Oh, Dios, tenía que vivir.
—No. Ahora es el momento… para hablar.— Ella sonrío de nuevo, pero sus labios
estaban temblando. —Pensé… sobre eso. Me casaré… definitivamente…. contigo
Ella estaba deslizándose lejos y él no podía hacer nada.
—Entonces tienes que quedarte.
—La próxima… vez.— Ella le sonrío. —Te amo.
El la miró a los ojos.
—Te amo, también. Esto es por lo que tenemos que estar juntos. Karen
Pero ella estaba muerta.

Capítulo 33
—¡Karen!— Warlord la sacudió, desesperado por hacerla regresar.—¡Karen!
Débilmente, él fue consciente de las manos de sus hermanos sobre sus hombros.
Apartó los hombros lejos de ellos, y la recogió en sus brazos. No debería haberla
dejado mentir en la nieve. Estaba fría. Ya fría.
—Escúchame,— le dijo él. —Tú misma lo dijiste. Estamos unidos. Estoy en tu mente. Y
tú en la mía. Nosotros no podemos separarnos. Karen. Regresa a mí.
Escuchó por si había una respuesta. Escuchó por si ella le hablaba en su mente. En su
corazón. Pero escuchó solo el silencio.
No. Esto no podía estar pasando. Ella no podía estar muerta. Fueron creados para
estar juntos. Todo el tiempo que había pasado encarcelado en la mina, había imaginado su
futuro. Creía en su futuro. Pensar en Karen, en que su luz vital interna se extinguía… era
imposible. Esto era imposible.
Aunque... ella estaba sin aliento, sin latido en el corazón, débil en sus brazos y yendo a
la deriva, lejos de él. Él podía sentirlo. Cada minuto, ella se movía más lejos, en la
eternidad.
Se inclinó cerca de su oído.
—Si no puedes volver, llévame contigo.
Dejó caer su mano lejos, blanda y sin vida.
—Voy contigo. Por favor.
Un pensamiento lo golpeó. Él buscó en el bolsillo de Karen, encontró la imagen de su
madre. La cogió y la colocó sobre su pecho. Encontró el icono. Llenando de ampollas su
mano, recordándole lo que era. Un demonio, uno de los criados del diablo. Lo mantuvo
sujeto en su palma, queriendo que el dolor lo purificara... sabiendo que esto era imposible.
Colocó el icono al lado de la imagen y suplicó a la madre de Karen, una rubia preciosa,
con la Virgen de cabellos morenos, de triste mirada. —Por favor. Ambas la amasteis. Y
ella os amó a ambas. Ella os protegió a las dos. Devuélvanla. O tomadme a mí. Os lo suplico.
—Adrik, por el amor de Dios...— Jasha parecía ronco, ahogado.
Warlord lo ignoró.
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—Por favor, María, sé lo que soy. Sé lo que he hecho. No soy digno de... tocaros. Oh
Karen. Pero la amo tanto, y ella me ama. Ella realmente lo hace. No nos separéis para
siempre. Os ruego...— Él luchó para poder hablar a través del nudo de su garganta. —
Habla con la madre de Karen. Ella no querría que su hija estuviera sola. Ella querría que yo
estuviera con ella. Ambas son madres. Por favor...— Las lágrimas rodaron por sus mejillas,
calientes y saladas. No del miedo, como las que tuvieron en la mina. No para él. Pero por
Karen, hermosa, vibrante, valerosa. Su voz tembló. —Ella me sacó del borde de infierno.
Ella sacrificó su vida por mí.
Solo el silencio fue su respuesta. Ella se había ido. Realmente ido. El no podía sentirla
en su mente. Todo lo que él tenía eran memorias y un cuerpo frío y quieto en sus brazos.
Rompió en un sollozo como el gemido de un animal herido. Sus lágrimas cayeron sobre
Karen, sobre el icono, sobre la fotografía. Él sollozó una y otra vez, gritando con tal pena
que pensó que moriría.
Pero la Virgen había aclarado la respuesta. Él tenía que vivir. Vivo hasta que ayudara a
romper el pacto.
—Bien,— susurró con ferocidad.—Haré lo que sea necesario hacer. Lucharé las batallas
para derrotar al diablo, y cuando él sea vencido, viviré el resto de mi vida como un
hombre virtuoso. Cada día, me arrepentiré por los pecados que he cometido.— Cuando
hizo su juramento, acunó a Karen y apretó su puño hasta que las cuerdas se destacaran en
sus muñecas. —Viviré cada día con un objetivo en la mente, que debo ser un hombre tan
bueno como cualquier hombre pueda ser, tanto que cuando yo muera, pueda ver a Karen
otra vez, y pueda estar con Karen otra vez. Lo juro, lo juro.
El viento susurró a través de los pinos y levantó su pelo. El aire helado mordió su carne
desnuda, y la tierra fría se clavaba en sus rodillas. Un copo de nieve fue a la deriva por
delante de su mirada fija y se acomodó sobre la piel de mármol de Karen.
La naturaleza lloró con él.
Pero en algún sitio, alguien escuchó su juramento.
—Te amo, Karen Sonnet,— susurró él, abrazándola, queriendo absorberla en sus huesos.
—Siempre te amaré.
Escuchó un enorme y ahogado sollozo detrás de él. Jackson, el pobre hijo de puta,
estaba llorando.
Rurik se arrodilló al lado de Adrik y sujetó su mano. —Sé que no te preocupa, pero
sangras, y tenemos que hacer algo con tu brazo.— Warlord lo miró fija e
inexpresivamente, entonces bajó la vista a Karen. Sus lágrimas se habían mezclado con su
sangre y sudor, y una gota teñida de rosa rodaba despacio desde de la esquina de su ojo.
Parecía como si ella llorara, y tiernamente se la limpió.
Sus ojos se agitaron.
Rurik salto hacia atrás.
El sollozo de Jackson se cortó a la mitad.
Jasha dijo, —¿lo viste...?

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Warlord la sintió respirar contra su cuerpo. Él no se atrevía a moverse. No se atrevía a
hablar.
Ella respiró otra vez. Y otra. Sus labios y su piel suavemente brillaron con color. Sus
ojos se agitaron otra vez.
Él no podía apartar la vista.
Sus ojos se abrieron. Ella lo miró directamente.
—Te oí llamándome.— Tomó otro aliento lento y cuidadoso. —Me trajiste de vuelta.

Capítulo 34
Estado de Washington
10 días después
Con el bebé en sus hombros, mientras Zorana Wilder caminaba de adelante hacia atrás
en la cocina de su casa estilo artesano, preparando la cena para su terco y obstinado
esposo, el cual, después de treinta y seis años de casados, no confiaba en ella para saber
lo que era bueno para él. Él trataba de ponerse de pie cuando ella podía ayudarlo. Él
refunfuñaba por comer verduras. Trataba de beber vodka cuando debería tomar sus
medicinas. El gran buey. El gran, estúpido, horriblemente enfermo buey.
Ella retiró rápidamente sus lágrimas. Él también se preocupaba cuando ella lloraba, así
que lloró en su cocina, sobre su sopa, en lugar de sobre él, en su silla de ruedas, con sus
tubos y su oxigeno y sus drogas y todas las miles de cosas necesarias para mantener su
cansado, herido corazón latiendo.
Escuchó un coche desde la carretera.
Firebird dijo que ellos estaban lejos de la civilización.
Zorana se río de su hija y le dijo que no sabía de lo que hablaba.
Cuando Zorana era una niña, viajando con su tribu Romany alrededor de Ucrania, había
habido días y carreteras donde ellos solo habían visto granjas estropeadas y hombres
deteriorados. Aquí, las Montañas Cascadas estaban alrededor de todo, cubiertas por
bosques primarios, abetos Douglas, y pinos tan altos que protegían a la familia de Zorana
de las feroces tormentas del Pacífico. En su pequeño valle cultivaban verduras, frutas y
uvas. Aquí estaban protegidos del clima sombrío.
Zorana se aseguró de ello.
La ciudad mas cercana, Blythe, estaba a 20 millas, y Seattle estaba a solo unas pocas
horas de distancia. Así que esta casa era la mejor de la civilización.
Sus amigos y familia sabían donde encontrarla a esta hora, y efectivamente el coche
que escuchaba a su espalda lo sabía, y en unos pocos momentos alguien llamaría, entonces
abriría la puerta.
Sus nueras entraron con las cabezas juntas.
—Hola, Mamá,— ellas dijeron al unísono.
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Eran unas hermosas mujeres.
La esposa de Jasha, Ann, tenía veinticuatro, ojos azules, delgada, y de 1,83 metros de
alto. Ella empequeñecía a Zorana, que con su 1,52 metros de altura miraba siempre hacía
arriba cuando mangoneaba alrededor de su familia, por su propio bien, por supuesto.
La esposa de Rurik, Tasya, era lo opuesto a la tranquila Ann. Fue una periodista gráfica
que viajó por el mundo haciendo fotos de guerras, pobreza, de problemas que la llevarían
a prisión o peor. Era trigueña, pelo rizado y brillantes ojos azules traspasados con vida.
Ahora ella estaba escribiendo un libro de ficción, y Rurik ya no estaba tan preocupado.
—Mamá, no deberías cargar a Aleksandr. Él es demasiado grande para ti.— Ann recogió
el cálido y flojo peso del hijo de Firebird y único nieto de Zorana.
—Lo sé.— Zorana movió sus hombros cansados, entonces besó a sus chicas, una
después de la otra. —Él es como mis niños. Demasiado alto para su edad, robusto y fuerte.
Y terco. Cuando Firebird está en Seattle no duerme bien.
—Niño de mamá,— Ann murmuró al niño dormido.
Nadie decía lo obvio—que no tenía más remedio que ser un niño de mamá. Su padre era
un misterio. Firebird había regresado embarazada del colegio, y para enfurecer más aun
a sus hermanos se había negado a decir el nombre de su amante. En dos años y medio, ella
nunca vaciló, no permitiría al hombre, quien quiera que fuera, saber sobre Aleksandr.
Firebird era como sus hermanos. Como su padre. Terca. Tan terca.
—¿Donde está Firebird?— Tasya permanecía a la ventana, mirando hacia afuera.
—Ella está en Seattle, después de haberse hecho las pruebas.— Con amargura Zorana
dijo, —Sabes cuáles. Los doctores están tratando de descubrir qué esta mal con
Konstantine verificando sus hijos. Ellos piensan que es genético. Sería mejor preguntarle
a Satán en qué está trabajando.
—No pienso que los médicos estén bien conectados. —Tasya torció su mejilla.
—Sólo algunos de ellos,— atajó Zorana.
—¿Cómo está Konstantine?— preguntó Ann.
—Sería más fácil si pudiera llevarlo en brazos como hago con Aleksandr. Sus pies se
arrastrarían por el suelo, pero por lo menos entonces él podría dormir cuando el dolor se
hace demasiado…
Zorana estudió a chicas, la forma en que apartaban su mirada evitándola, la manera en
que miraban hacia la ventana.
—¿Qué pasa?
—Mamá.— Tasya fue donde Zorana y le puso el brazo alrededor. —Hemos encontrado
el tercer icono.
Zorana se congeló. El dolor, que nunca estaba lejos, la inundó. —¿El icono de Adrik?
—Si.— Ann se reunió con ellas.
—¿El tuvo un… amor?— Sin pensar, Zorana acaricio la suave mejilla de Aleksandr.
Aleksandr, quien, con su brillante y chispeante sonrisa y sus furiosas rabietas le
recordaba demasiado a su tercer hijo…

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—Nosotros tenemos a la mujer de Adrik,— dijo Tasya.
—Realmente, su esposa,— Ann dijo.
—¿El se casó?— Zorana cerró su puño sobre su pecho. —¿Dónde está ella?
—Está fuera en el coche con Jasha y Rurik.— Tasya lloró. —Está herida.
—¿Ella fue herida cuidando del icono?— Zorana se dirigió hacia la puerta, fuera en el
porche, bajó las escaleras.
Tenían un dicho aquí: Según los días comienzan a alargarse, el frió comienza a florecer .
Qué cierto. El patio y jardín de Zorana parecían tristes, esperando la primavera, y
Zorana deseó tener un abrigo.
Entonces olvidó el abrigo y el frío.
Jasha y Rurik habían conducido una extraña camioneta con ventanas oscuras, y
rápidamente Zorana supo porque. Ellos habían puesto una camilla en la parte trasera, y
maniobraban con una mujer en silla de ruedas.
Ella era una cosita pequeña, solo un más alta que la propia Zorana. Estaba triste.
Estaba herida. Tenía tubos corriendo por sus brazos. Y Zorana supo que ella había sido el
amor de Adrik.
Salió a su encuentro.
—Mamá— Jasha comenzó.
—Shh— Ausentemente Zorana ahuecó su mejilla. Ahuecó a Rurik, Entonces, con
cuidado, envolvió a la muchacha en sus brazos. —Bienvenida. Bienvenida.
Lágrimas brotaron de los ojos azul verde de la muchacha.
En respuesta, lágrimas brotaron de Zorana. Se arrodilló frente a la mujer. —Soy
Zorana, ¿Cuál es tu nombre?
—Soy Karen.— Ella tenía una preciosa voz, ronca y cálida.
—Y conociste a mi Adrik. Él te amó.
—Y yo lo amo a él.
Zorana tenía el corazón apretado. El dolor de la pérdida, el conocimiento de que había
muerto tan lejos, eso estaba siempre ahí. Pero Karen podría contarles sobre Adrik, llenar
los espacios de tantos años perdidos, que podrían ayudar a Zorana en su angustia.
Realmente esperaba que pudiera ayudarla.
Karen parecía tan frágil, como si pudiera volar lejos con la enérgica brisa del invierno.
Zorana sonrojada.
—¿Qué hacen niños, dejándola permanecer en el frío? Llevadla adentro. Tu papá
deseará conocerla inmediatamente. Adelante. ¡Moveos!
En lugar de empujar la silla de ruedas a través de la hierba, ellos la recogieron y se
dirigieron hacia el pórtico. Una rampa de minusválidos había sido instalada, una necesidad
ya que Konstantine estaba cada vez más débil.
Un hombre mayor, de cabello gris y ojos de acero azules, les siguió. Se detuvo a su
lado. —Soy Jackson Sonnet. Soy el padre de Karen. Espero que todo esté bien. Pero me
voy a imponer.

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El parecía tan incomodo y sonaba tan brusco, como si medio esperara que lo golpeara
con las vides. Así que ella lo abrazó, porque, como Firebird siempre dice, Zorana no tenía
respeto por el espacio personal. —Por favor entre, Sr. Sonnet. Un invitado es una
bendición para mi alma, y el padre de la mujer de Adrik… es una doble bendición.
Otro hombre, joven, alto, guapo, salió de la camioneta.
Ella le miró y sonrío amigablemente, pensando que este debería ser el hermano de
Karen. Excepto que el no parecía hermano de Karen.
En cambio era alto, como sus hijos. Su cabello era oscuro. Llevaba una escayola en un
brazo. Estaba delgado, enjuto, con una cara bronceada y con cicatrices que había visto
disipación y sufrimiento. Sus verdes y dorados ojos eran una peculiar sombra que sólo
había visto una vez antes en su vida… en un bebé que ella había llevado en sus brazos.
Su corazón dejo de latir.
—¿Mamá?— El hombre levantó sus cejas. Habló con vacilación, como si estuviera
inseguro de su respuesta.
—¿Adrik?— ¿Adrik?— Escuchó su propia voz. Era retumbante, más ruidosa de lo que
estaba siempre, y Konstantine tenía el penetrante oído de un lobo gris. Ella apretó sus
manos sobre su boca, y luego lentamente las bajó. Susurrando, —¿Adrik?
—Soy yo, Mamá.— Sonrió, la más hermosa sonrisa que nunca hubiera visto. —He
regresado a casa.
La vez última que lo había visto, él había sido un muchacho desgarbado. Ahora era un
hombre, azotado por las experiencias que lo habían moldeado, levantado, quebrado, y
renovado. No le conocía ahora, y al mismo tiempo... él era su muchacho, su pequeño
muchacho.
Voló hacia él, con los brazos extendidos.
Él la cogió, levantándola, la abrazó tan fuerte que sus huesos se agrietaron. —Mamá.—
Su voz se rompió. —Mamá.
—Mi hermoso muchacho.— Sobrecogida con alegría, se abrazó a su cuello. Lo abrazó y
lo abrazó, como si nunca lo fuera a dejar ir. Este era el bebé que había llevado en su seno,
el niño a quien le había vendado las rodillas, el joven hombre que había crecido tanto en
su cocina, quien la había abrazado antes de su primera cita y le había dicho que siempre la
amaría más a ella…
Bruscamente enfurecida, se inclinó hacia atrás, tomó sus hombros en sus manos.
—¿Dónde has estado?, estúpido… yo estaba preocupada y he llorado. ¿Dónde has
estado? ¿Por qué no llamaste? ¿O escribiste?
—Tu no querías saber de mi.— Vio la culpabilidad en su rostro, y la sabiduría ganada
con tanta dureza, y tal tristeza.
—Por supuesto que quería oír de ti, grande, estúpido…— Abrazándole otra vez. —Los
hombres son tan estúpidos. Tú eres tan estúpido. Como tus hermanos. Y tu padre.
¿Tuviste que ser hombre?
El la besó y la bajó. —Yo supongo.

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Ella giró y se puso frente al porche. Sus otros muchachos estaban con Karen y Jackson,
observando y sonriendo. Tasya y Ann estaban en las ventanas, mirando y llorando.
Los muchachos comenzaron a aplaudir y gritar, y Zorana los silenció.
—Tu padre duerme en la sala. Si mira afuera…— Recordando su grito, dijo, —de
hecho…— dirigiéndose a la casa.
Demasiado tarde.
La puerta se abrió de golpe.
Konstantine Wilder parado afuera en el porche.
El stent estaba aun en su brazo, gracias a Dios, pero se había despojado de los tubos.
Por primera vez en más de un mes estaba de pie, delgado, llevado por el dolor, su rostro
en llamas con alguna emoción que ella no se atrevió adivinar.
Jasha y Rurik corrieron a su lado, y cogieron sus brazos.
Les gesticuló para que le ayudaran a bajar las escaleras.
Ellos no discutieron. Nadie discutía con Konstantine cuando se le veía así, como el jefe
de una manada de lobos furiosos.
Ellos le ayudaron a bajar las escaleras, paso tras paso dolorosamente.
Los sacudió para que se retiraran. Su mirada fija en Adrik, pálido e inmóvil, esperando
por la sentencia de su padre.
Zorana no se atrevió moverse, ni a hablar.
El mundo entero esperaba en silencio para ver lo que Konstantine haría.
Caminó hacia Adrik. Se detuvo y le miró, lo miró durante muchos segundos, sus ojos
demasiado brillantes. Entonces abrió sus brazos.
—Mi hijo. Adrik. Mi hijo.
Adrik caminó hacia el abrazo de Konstantine.
—Papa, perdóname. Perdóname.
—Estás vivo. Estás en casa.— Las lágrimas de Konstantine corrían por rostro. —He
olvidado todo excepto lo mucho que he anhelado oír tu voz y ver tu cara.
Envolviendo sus brazos alrededor de los hombros de Adrik, dijo
—Ahora ven. Ven. Esta noche lo celebraremos. ¡Esta noche tendremos una fiesta!

Capítulo 35
Karen sentada sobre el canapé en la atestada sala de los Wilder, su cabeza en el
regazo de Adrik, él empujaba en su boca las remolachas en conserva de su madre.
—Ellas harán la nueva sangre —dijo él.
Le divertía que cuando él estaba alrededor de su familia, su voz tomaba una entonación
decididamente rusa.
—Me siento bien.

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—Él es el hijo de su madre, entonces es más fácil no discutir —Konstantine sentado en
su sillón, con sus piernas elevadas—. Si tú comes sus remolachas, ellos te dejaran beber
su vodka —él la saludó con su copa llena solo licor.
Ella le devolvió la sonrisa.
Su enfermedad había gastado físicamente al viejo tirano, pero él no había perdido
ninguno de sus poderes. Notaba todo, oía todo, y su familia lo considera como si fuera un
rey— o más bien, el lobo principal de la manada.
Jasha y Ann sentados en el suelo discutían sobre la construcción de algo con bloques —
ellos le llamaron la nueva casa de Vinos Wilder—mientras Aleksandr fruncía el ceño
vigorosamente y construía su propia estructura.
Rurik y Tasya estaban en la cocina, supuestamente preparando otro plato de aperitivos.
Pero ellos se habían ido hacia tiempo por lo que Karen sospechaba que estaban en una
esquina besándose.
Esta familia era grande en besos. Y abrazos. Karen sonrió abiertamente cuando miró a
Jackson, que estaba sentado al lado de Konstantine sobre una banqueta, contándole los
detalles de la batalla sobre la roca. Siempre que Zorana conseguía acercarse a Jackson,
él saltaba hacia atrás para evitar otro asalto cariñoso.
Karen no prestó atención a la conversación en voz baja hasta que escucho decir a
Jackson,
—Cuando comprendí que el pequeño gilipollas de Phil Chronies había vendido la
ubicación de mi hija a aquellos bastardos Varinski, le rompí un brazo.
—Bien hecho —dijo Konstantine.
Sí, pensó Karen.
—Primero dijo que me demandaría; entonces le di a entender que él tenia muchos
huesos en su cuerpo y que yo era un viejo tacaño, pero en cambio él podía tomar el
paquete de retiro que le ofrecía —Jackson sonrió abiertamente con todos sus dientes.
Entonces llame a Sedona, pero alguna pobre mujer había sido asesinada en el balneario,
Karen estaba sobre un Cessna volando a California, y la siguiente cosa que escuché era
que el avión se había estrellado en las Sierras. Si alguien pudiera sobrevivir, sería mi
Karen, pero con aquellos Varinskis rastreándola, sabía que se dirigiría a una posición
defendible, entonces estudié el terreno, luego entre por la parte de atrás de la ciudad, y
trate de interceptarla. Fallé, pero, lo juro, llegue a tiempo para la lucha.
—Me alegro que lo hicieras, Papá —llamó Karen—. Salvaste mi vida.
Jackson la miró asustado, luego horrorizado y mortificado.

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—Bien, yo... tú eres... Um, tu madre me hizo... —él echó un vistazo con interés a la
familia Wilder, y su voz se apago—. Y no hice lo que... Era lo menos que pude hacer
entonces desde...
Ella lo rescató.
—Lo sé, Papá. Gracias.
—Sí —Adrik acarició la frente de ella—. Gracias, Jackson.
—De nada —Jackson refunfuñó.
—Lamento no haber estado allí para luchar —el anhelo en la voz de Konstantine casi
rompió el corazón de Karen.
—¿Dónde está Firebird? —Adrik preguntó, distrayendo a su padre—. Había esperado
que ahora estuviera aquí.
—Sabes que está abajo en el hospital —dijo Zorana dulcemente—. Ellos siempre corren
tarde.
Konstantine cruzó sus brazos sobre el pecho.
—Ah. Lo sé. Siempre lento. Pero no puedo esperar otro minuto para ver este tercer
icono, unirlo con los demás. Por favor, hijas mías. ¿Me los mostrarán ustedes?
—Por supuesto, Papá —dijo Ann—. Puedes ver mi icono.
—Y le mostraré mi icono —dijo Tasya.
Las dos mujeres estuvieron de acuerdo en presentar los iconos que ellas habían
encontrado, aún al mismo tiempo en que pusieron el reclamo de los iconos para ella —y
nadie en esta poderosa familia disputó sus derechos de poseer a las Vírgenes.
Esto le dio coraje a Karen para decir,
—Si Adrik me trae mi bolso, mostraré mi icono para usted.
Los hombres en el cuarto suspiraron de alivio.
Las dos mujeres abandonaron el cuarto para traer sus iconos.
Adrik alcanzo detrás del canapé, donde ellos habían guardado su equipaje— con sólo
tres dormitorios, la casa estaba llena, y Adrik y Karen dormirían sobre el sofá cama en la
sala de estar.
Zorana limpio de la mesa el codo de Konstantine y colocó un prístino paño rojo sobre la
superficie.
Jackson frunció el ceño. Durante la batalla, había visto Adrik y a los Varinskis
transformarse en depredadores, entonces no tuvo ningún problema para creer que eran
cambia—formas. Pero obviamente no le gustaba el tono de cualquier conversación que les
diera tanta autoridad a mujeres.
—¿Que es un icono? ¿Por qué son tan importantes, de todos modos?

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—Konstantine Varinski dio al diablo los cuatro iconos de su familia para sellar el pacto
que nos da nuestros poderes como animales y depredadores —dijo Jasha—. Nuestra rama
de la familia.
—Los Wilder —Rurik interpuso.
Jasha asintió a su hermano.
—Correcto. Los Wilder han sido destinados para unir aquellos iconos, y cada hijo y su
amor debe encontrarlos.
Jackson miró alrededor con confusión.
—Pensé que el otro niño, el de Seattle, era una muchacha.
—Lo es, Papá —Karen encontró su icono, luego se apoyo en Adrik cuando él le ayudó a
ponerse de pie—. La visión de Zorana hablaba de sus cuatro hijos, pero adivino que las
visiones no siempre son fáciles de entender.
—Eso es seguro —Konstantine refunfuñó.
Zorana giro hacia él con una furia instantánea.
—Yo tendría una clara visión si pudiera, Konstantine Wilder.
—Lo sé. No pensé…
—Entonces se cuidadoso con lo que dices.
Zorana, comprendió Karen, era delicada sobre su profecía.
Ann regreso con su primer icono. Ella lo trajo a la mesa de Konstantine y lo coloco
sobre el paño rojo.
Como el icono de Karen, este era viejo, la pintura estilizada, aún los colores estaban
encendidos en el azulejo, y brillaron como si ellos fueran nuevos. La Virgen María sostenía
al infante Jesús, mientras José estaba a su mano derecha.
Tasya regreso después, y colocado su icono al lado de Ann.
Como con el icono de Karen, como con el icono de Ann, los trajes de la Virgen eran
rojos cereza, y el halo de oro alrededor de su cabeza brillaba. Pero sobre este icono su
cara era pálida y de todos modos, sus oscuros ojos eran grandes y dolorosos, y una
lágrima se había resbalado sobre su mejilla. Ya que en su regazo ésta Virgen sostenía a
Jesús crucificado.
Karen colocó su icono a lado del de Ann. El pintor había retratado a María como una
joven muchacha, una muchacha que previó su destino y el de su hijo. Triste, oscura, sabía
que ojos les miraban fijamente a ellos, recordándoles que ella había dado a su hijo para
salvar el mundo.
La familia y Jackson se juntaron alrededor, mirando fijamente con temor.

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—Mil años estos iconos han sido separados. Pronto encontraremos el cuarto, y ellos
estarán todos juntos —Zorana tomó la mano de Konstantine—. Entonces serás libre.
—¿Eh? ¿Qué? —Jackson miró entre los dos—. ¿Él será libre de qué?
—Papa se enfermó la noche en que Mama tuvo su visión —le dijo Rurik—. Ninguno de los
doctores en Seattle había visto esta enfermedad que come su corazón. No hay cura. Y si
no unimos los iconos y rompemos el pacto antes de que él muera, se quemará en el
infierno por siempre.
—¡Hijo de puta! Esto es un repugnante castigo —dijo Jackson.
—Nosotros lo vemos como un incentivo —contestó Ann.
Karen sonrió cuando encontró la fija mirada de Jackson.
—¿Una vez que te acostumbras a la idea de hombres que cambian en animales, el resto
se sortea y cae en su lugar, no es así?
Los Wilders rieron y asintieron, y las mujeres tomaron los iconos y los guardaron en su
sitio.
Rurik y Tasya regresaron a la cocina.
Jackson se sentó en su silla y pasó sus dedos en el brazo.
—¿Si los iconos son tan importantes, no tendría más sentido ponerlos en una caja de
seguridad o algo?
—Los Varinskis son ricos —Konstantine lleno un vaso de vodka y se lo paso a Jasha,
quien se lo paso a Jackson—. Ricos de mil años de ser los mejores mercenarios y asesinos
en el mundo. Una caja de seguridad no estará a salvo de ellos. Ningún lugar es seguro para
ellos. Pero si la visión de Zorana es correcta —añadió él apresuradamente— y el curso es
así, entonces las mujeres son propietarias de los iconos, y que Dios las proteja a ellas.
Jackson parpadeó, tomando de un solo trago su licor, y asintió.
—Tiene sentido para mí.
Zorana se sentó en la mecedora cerca de la mano de Konstantine, con el ordenador en
su regazo.
—Karen, ¿vistes una luz?
—¿Una luz? ¿Cuando? —Karen preguntó asombrada.
—Cuando moriste.
Warlord se congeló, su mano levantada a medio camino hacia la boca de Karen.
Rurik y Tasya caminaron a través de la cocina, sosteniendo platos medio llenos. La
conversación cesó.
Zorana continuó,

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—Mire las experiencias después de la muerte, y la mayoría de las personas dicen que
vieron una luz.
Cada uno miraba a Karen.
Ella empujo la mano Warlord y se sentó derecha.
—No vi una luz. Yo era la luz. Y el calor, y justo… sentí tal dolor —Innokenti la había
arrojado. Ella golpeó la piedra, sus costillas se rompieron y le perforo un pulmón.
Recordaba haber utilizado la agonía para permanecer consciente, que había sido muy
importante estar consciente, para ver una vez más a Warlord, para decirle…
Él se acerco más a ella, y la rodeó con su brazo.
Ella colocó su cabeza sobre su hombro.
—Un minuto estaba sufriendo, al siguiente algo parecido…y no estaba. Era. No lo sé,
flotando en la calidez, dirigiéndome alguna parte —cuando trataba de recordar, los
colores nublaban su memoria.
—Entonces escuche a Warlord.
—¿El estaba llamándote? —pregunto Zorana.
—No exactamente —Karen no estaba muy segura de cómo decirlo.
Warlord presiono la mejilla en su cabeza.
—Ella me escucho llorar. Yo estaba llorando y rogando a la Virgen María y a la madre
de Karen a su espalda.
Karen se preguntó si sus hermanos se podrían burlar de él, pero ellos asintieron, y
Konstantine lo miro con furia y orgullo.
—Yo habría hecho lo mismo por tu madre.
—Tu regreso, fue un milagro —Zorana tomó sus manos con alegría—. La Virgen nos
observa con compasión.
—No sabes que milagro tan grande —dijo Jasha—. Cuando llegamos al hospital, los
doctores dijeron que deberías estar muerta por esas heridas.
—Estaban sorprendidos por lo rápidamente que ella se curaba, también —Rurik trajo
un plato de pan, queso, anchoas, y aceitunas y lo coloco al lado de su padre.
—Es su estilo de vida saludable —dijo Jackson con orgullo.
—Es la sangre Varinski en ella —dijo Warlord.
—Este es otro milagro —Ann se había criado en un convento; ella sabía de sus milagros.
Dijo Karen.
—He estado pensado sobre lo que sucedido y porque. Supongo que el tener tu propia
muerte te hace eso —inusual para hablar de razones de peso, pero en este lugar y con

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estas personas parecía natural—. Con la ayuda del icono, Adrik es el único que ha creado
el milagro. El sufrió, se arrepintió, y fue redimido. Hay poder en la redención.
—Eso es cierto —Jasha sonrió—. Pero mira a Adrik. Él esta tan incomodo, que esta
retorciéndose.
Él estaba retorciéndose como un niño en un asiento caliente.
—No era yo —protestó—. Fue la Virgen y la madre de Karen.
Jackson bebió otro trago de vodka.
—Abigail querría hacer eso por Karen.
Karen sabia que nunca podría olvidar como Jackson la había tratado de niña, o que él
tomó participación con Phil, o que le informara tan brutalmente sobre su verdadera
familia. Pero una vez que él comprendió su error, se había apresurado y había venido por
ella.
Si no fuera por él y su rifle, los Wilders probablemente no habrían ganado la batalla.
Así Jackson podría siempre ser parte de su pasado, y ella podría hacerlo parte de su
futuro.
Warlord miró el reloj en la pared.
—¿Dónde está Firebird? —él estaba cambiando el tema, sí. Pero Karen sabia que
mientras él había anhelado esta reunión con sus padres, había estado preocupado, seguro
de que ellos nunca lo perdonarían.
Ahora quería ver a su pequeña hermana. Firebird había tenido cuatro años cuando él se
fue. Ahora tenía veintitrés años, madre soltera, una colegiada graduada que trabajaba en
el estudio de arte del vecindario y vivía en la casa con su hijo.
¿Qué podría ella decirle a su hermano perdido? ¿Incluso podría reconocerlo?
—Sí. ¿Dónde está esa muchacha? —Konstantine retumbo en su bajo profundo—. No me
gusta cuando está afuera tan tarde.
Rurik se rió.
—Si solamente son las ocho.
Konstantine apuntó hacia la ventana.
—Está oscuro.
—Probablemente se encuentra en el tráfico de Seattle —dijo Tasya.
—Ella usualmente llama —Zorana cerró el ordenador portátil y fue hacia la ventana a
mirar afuera.
—Llámala —urgió Ann.
Zorana parecía indecisa.
—No me gusta que piense que no confío en ella.

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—Ella no piensa eso. Sabe que te preocupa, y ¿Quien no lo haría? —Jasha sonó sensible,
sonaba como un viejo hermano—. Las calles de la ciudad son peligrosas, las autopistas mas,
y ahora que tenemos tres iconos solo necesitamos uno más para romper el pacto. Esto
significa que los Varinskis son una gran amenaza, y…
Ann hizo un sonido de alarma con la garganta.
Jasha se detuvo, comprendiendo que su buen sentido había plantado en su madre un
nivel de ansiedad en código rojo.
Aleksandr miraba sobre sus bloques.
—¿Mama?
—La llamare —Zorana comenzó a dirigirse al teléfono.
Konstantine levantó un dedo.
—Espera. Ella acaba de tomar la carretera —el oído del viejo lobo gris.
—¿Mama? —Aleksandr se puso de pie, una gran y brillante sonrisa en su rostro.
Konstantine miro a su nieto.
—El será un lobo, también. Puedo estar seguro.
—No si nosotros rompemos el pacto —Ann le recordó.
Adrik se puso de pie, también, pasó a través de la ventana, por la alfombra.
Karen se inclino contra el sofá, contenta con verlo para siempre.
Ella casi lo había llevado al borde del desastre.
Tuvo que traerla devuelta de la muerte.
Él creía que era el uno para el otro.
Creía que estaban predestinados.
Ella creía que era afortunada por tenerlo.
No importaba cuál de ellos tuviera la razón. Estaban juntos en la batalla contra el mal.
Estaban juntos para la eternidad.
Él era su esposo. Su pantera. Su amor.
Ahora el carro estaba lo suficientemente cerca como para escucharlo. Se detuvo. La
puerta se cerro de golpe.
—¿Mama? —Aleksandr bailo por la habitación, su mundo ahora que su madre había
regresado—, ¡Mama! ¡Mama! ¡Mama!
Warlord se arrodilló ante él.
—¿Podemos buscarla y esperarla juntos?
Aleksandr abrió sus brazos.
—¡Adrik! ¡Arriba!

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Los ojos de Karen se llenaron de lágrimas cuando Warlord levantó al robusto niño.
Algún día, cuando ella se curara, cuando los iconos fueran unidos y el peligro hubiera
cesado, podrían tener un niño como Aleksandr. Como poco… ellos podrían intentarlo.
Warlord unió su mirada con la suya, y ella supo que estaba pensando igual.
Las botas de Firebird sonaron con cada paso, en el pórtico.
Adrik abrió la puerta.
—¡Mama! —Aleksandr sonrío, y se lanzo a sí mismo a sus brazos.
Ella lo atrapó, lo abrazo fuertemente, sus ojos cerrados, hombros encorvados.
Karen no sabía de Firebird, nunca la había conocido, pero no tenía que tener
familiaridad para ver que Firebird estaba afligida.
Zorana se dirigió hacia ella.
—Hey —Warlord tocó el rostro de su hermana—. ¿Que está mal?
Ella abrió sus ojos. Mirándolo. Retrocedió y lo miró nuevamente.
—¿Sabes quién soy? —él preguntó.
Una lenta sonrisa apareció.
—Adrik. Mi Dios, Adrik. Estas vivo —ella caminó a sus brazos y le permitió a él
abrazarla a ella y a su hijo. Ella se inclino hacia atrás y lo miro fijamente como si no
tuviera suficiente de él—. No pensé que volveríamos a verte de nuevo.
—No podría estar lejos de mi pequeña hermana —Warlord acarició la mejilla de
Aleksandr—, y de mi sobrino, para siempre.
Firebird se puso rígida y se alejo.
—No. Solo… no lo haces.
—¿Que dije? —Warlord miró alrededor, desconcertado.
—No lo sé —dijo Jasha.
Rurik había sido piloto de la Fuerza Aérea, y Karen escuchó la orden en su voz cuando
dijo,
—Firebird, dinos que está mal.
Konstantine se inclino hacia delante, y su profunda voz tembló cuando dijo,
—Mi pequeño pastelito, ¿qué te dijeron los doctores? ¿es mi enfermedad? ¿La tienes?
¿Te contagie? —ella dio un paso alejándose de Warlord, se apoyo contra la pared por la
puerta. Su rostro estaba gris y exhausto. Cuando ella miró a cada uno de ellos, sacudió su
cabeza—. No, Papa, no tengo tu enfermedad. En efecto, eso es imposible.
—¿A qué te refieres? —Tasya preguntó—. Ellos no saben nada sobre esta enfermedad.
Todo es posible.
—No es eso —como si sus rodillas no pudieran sostenerla, Firebird se deslizo al suelo.

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Aterrizó con un golpe. Y preguntó,
—¿Por qué no me dicen que he sido adoptada? ¿Qué no estoy relacionada con ustedes?
¿A alguno de ustedes? —miró directo a Zorana—. ¿Por qué no me dices que yo no soy su
hija?

FIN

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