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CHRISTINA DODD

Casi como estar Enamorados


2° de la Serie Corazones Perdidos de Texas

Traducido y corregido por ALENA JADEN Página 1


CHRISTINA DODD
Casi como estar Enamorados
2° de la Serie Corazones Perdidos de Texas

CHRISTINA DODD
Casi como estar Enamorados
2° de la Serie Corazones Perdidos de Texas
Almost Like Being in Love (2004)

AARRGGU
UMMEEN
NTTO
O::

Como hija del medio, la naturaleza rebelde de Pepper Prescott la ayudó a sobrevivir cuando sus
padres desaparecieron y ella y sus hermanos fueron enviados a diferentes hogares de acogida en
todo el país. Ahora, una joven independiente, Pepper se encuentra a la fuga después de ser testigo
de un tiroteo. Temiendo por su vida, huye al único lugar que alguna vez consideró su casa y se
sorprende al encontrar a su antiguo amante, Dan Graham, que vive en un remoto rancho en las
montañas.
Un aguerrido ex-soldado de las Fuerzas Especiales, Dan ya no ataca a Pepper como un hombre
con el que puede confiar sus secretos, su vida y su amor. Pero siempre estuvo latente una
profunda pasión, una llamarada de deseo y sensualidad. Pepper se da cuenta de que la única
manera de recuperar su vida es aliarse con el enigmático guerrero que está dispuesto a ayudarla a
luchar por su futuro mediante la resolución de los misterios de su pasado, y convertirla en su
esposa.

SSO
OBBRREE LLAA AAU
UTTO
ORRAA::

Christina Dodd nació en Estados Unidos, se graduó en la


Universidad de Boise y comenzó a trabajar en una empresa de
ingeniería, compaginando este trabajo con la escritura. Más tarde
trabajó en una librería hasta dedicarse le lleno a la escritura. Es la
prestigiosa autora de más de una treintena de novelas románticas,
históricas y modernas y también de intriga. Ha recibido varios
premios como el RITA y el Goleen Herat. Lleva leyendo novelas
desde niña, pero fue en su adolescencia cuando decidió que sus
libros favoritos eran los románticos, debido al humor que se
desprende siempre de las diferencias entre los protagonistas
masculinos y femeninos.
Cuando nació su primera hija decidió dejar su trabajo como dibujante para dedicarse a escribir,
pero no fue hasta diez años después, dos hijos y tres manuscritos, cuando su primera novela fue
publicada. Su nombre aparece habitualmente en las listas de libros más vendidos y ha ganado
numerosos premios.

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Para Bobbie
Una mujer extraordinaria que puede hacerlo todo,
Y sin embargo eres tan buena amiga, que me gustas de cualquier modo.

Un enorme agradecimiento a T.J. Oatman por venir en mi auxilio


cuando pedí ayuda con la ganadería.
Nunca antes había pensado en el ganado como una manada de cachorritos.

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PPRRÓ
ÓLLO
OGGO
O

Pepper Prescott, de ocho años, despertó para encontrar la luz brillando en el pasillo desde la
cocina. Parpadeó y, bostezando, miró el reloj. Los números iluminados decían las dos y treinta y
seis, y experimentó una oleada de triunfo, porque sabía que se suponía que no estuviera despierta
en medio de la noche.
Pero esa luz significaba que papá y mamá finalmente estaban aquí. No habían estado cuando
Pepper llegó a casa después de la escuela. La casa había estado vacía, algo que había sucedido sólo
unas pocas veces que Pepper pudiera recordar, y siempre implicaba a un feligrés que había tenido
un accidente y estaba muriendo, y una familia que necesitaba ayuda para aceptar la mortalidad.
Generalmente mamá dejaba una nota sobre la mesa, pero esta vez no había nada. Pepper incluso
revisó en el piso para ver si el aire acondicionado habría volado el papel.
Entonces hizo lo que mamá querría que hiciera, y hurgó hasta encontrar un bocadillo. Bueno,
no era exactamente lo que mamá querría que hiciera, porque tomó galletas en lugar de una
manzana y las comió frente a la televisión, y miró los programas que no se suponía que mirara. Lo
pasó perfectamente bien hasta que Hope llegó a casa. Entonces Hope apagó la TV y obligó a
Pepper a hacer su tarea en la mesa de la cocina.
Hope, de dieciséis años, siempre hacía lo correcto. En la escuela, los maestros de Pepper
siempre decían: “Tuve a tu hermana Hope, y ella nunca hablaba todo el tiempo.” O: “Enseñé a tu
hermana, Hope, y ella obtenía todos 10.”
A Pepper le enfermaba escuchar sobre la maravillosa y perfecta Hope, y pateó la pata de la
mesa todo el tiempo mientras Hope iba a buscar a la bebé a la guardería de la iglesia.
Llegó a casa con una arruga entre las cejas, pero no quiso decir nada a Pepper. Cuando Gabriel
llegó a casa de haber jugado al fútbol, lo llevó a un rincón y susurraron en un tono preocupado.
Papá y mamá no fueron a casa en toda la noche, y no llamaron.
Pepper había ido a la cama sintiendo que era su culpa porque había comido esas galletas, pero
ahora podía oír voces en la cocina, y eso significaba que estaban en casa. Apartando las mantas,
caminó en silencio por el pasillo hacia la luz.
Reconoció la voz de Hope, y la de Gabriel, y ellos susurraban como si alguien estuviese
ahorcándolos. Pepper oyó hablar a un hombre, pero no era papá, y se detuvo casi en el umbral.
Sólo tenía puesto su camisón. Mamá decía que una niña de ocho años no salía en su camisón
frente a extraños.
Pepper espió por la puerta y vio que había dos desconocidos en la cocina, un sheriff de Texas y
una sheriff de Texas.
Hope estaba sentada a la mesa. Gabriel estaba parado detrás de ella con las manos sobre sus
hombros.
Y papá y mamá no estaban allí.
La dama estaba diciendo:
—… el auto rodó cinco veces cerca de las tres esta tarde en un tramo vacío cerca de la frontera
mexicana… —¿De quién estaba hablando? ¿Por qué estaba aquí? Ella continuó—: … y no fueron
descubiertos hasta casi las ocho de la noche por un oficial que pasaba. Ambos cuerpos estaban
apaleados de un modo que… —El hombre sheriff clavó su codo en las costillas de ella. La mujer
terminó—: Murieron instantáneamente.

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Muertos, ¿quiénes estaban muertos? ¿De quién estaban hablando?


—Lamento traerles este tipo de noticias.
La dama parecía decirlo en serio.
Pero Pepper seguía sin comprender. ¿Quién había muerto instantáneamente?
El hombre preguntó:
—¿Tienen a alguien a quien puedan llamar para que se quede con ustedes? ¿Tías? ¿Tíos?
—No. Mis padres no tenían familia. Se conocieron… ambos eran huérfanos...
Hope dejó caer la cabeza sobre las manos y soltó un sollozo.
¿Por qué hacía eso? ¿De quién estaban hablando?
En lo profundo de su corazón, Pepper lo sabía, pero no podía creerlo.
Gabriel, el grandote Gabriel de catorce años, hizo un sonido que Pepper nunca había oído, algo
entre un quejido y un gemido.
Y Pepper... Pepper también estaba haciendo un ruido. No se dio cuenta hasta que todos giraron
y la miraron. Entonces ella retrocedió del umbral, pero el sonido que salía de su garganta era fino,
agudo y seguía volviéndose más fuerte.
Hope se puso de pie y corrió hacia ella.
Gabriel la siguió y permaneció apartado, mirando fijamente, del modo en que solía hacerlo
antes de que mamá lo hiciera unirse a la familia.
Tomando a Pepper en sus brazos, Hope dijo:
—Shh. Despertarás a la bebé. Shh, Pepper, te pondrás enferma. Shh…
Meció a Pepper.
Pero la niña estaba rígida, con un pie encima de otro, su delgado camisón pegándose a su piel
repentinamente pegajosa, y lloraba porque no podía evitarlo. Su mamá... decían que su mamá
estaba muerta. Su papá… ¡no! Lo había visto esa misma mañana. Se veía cansado, pero le había
dado un beso y le había dicho que se portara bien hoy.
Decía eso cada día cuando ella se iba a la escuela, y ella nunca lo hacía, y ahora él estaba…
¿estaba muerto? ¿Su mamá? ¿Apaleada? ¿Se había ido? ¿Muerta?
Hope la levantó y cargó a Pepper a su dormitorio, diciendo todo el tiempo:
—Shh, shh, tranquila, cariño, despertarás a la bebé, te pondrás enferma, no llores, no llores.
Pepper no creía estar llorando. Había llorado antes, pero nunca se había sentido así. Este dolor
desgarrador en las entrañas, el palpitar en su cabeza, el vacío… en todas partes.
Las dos niñas se sentaron sobre la cama de Pepper.
Gabriel se detuvo en el umbral.
—¿Puedo ayudar? —preguntó, pero estaba incómodo y de algún modo fuera de lugar.
Por supuesto. Sólo había vivido aquí unos pocos años. Papá y mamá no eran sus verdaderos
padres. Él no sabía qué hacer.
Pepper sollozó con más fuerza. Gabriel era su hermano, el único que la entendía cuando nadie
más lo hacía, y ahora todo estaba cambiando, desintegrándose… destruido.
Sus vidas estaban destruidas.

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Tomando a Pepper por los hombros, Hope la sostuvo. Se agachó hasta estar al nivel de Pepper.
La miró a los ojos.
—Escúchame, Pepper. Escucha. Escucha.
Pepper se calmó un poquito. Sólo un poquito. La agonía todavía rasgaba su vientre. Entendía
que esto era sólo una calma en la tormenta. Pero contuvo la respiración y escuchó.
—Cuidaré de ti —juró Hope—. Confía en mí. Somos una familia. Me aseguraré de que estemos
juntos. Cuidaré de ti. Créeme.

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CCAAPPÍÍTTU
ULLO
O 0011

Georgetown, Washington, D.C.


Principios de junio
Diecisiete años más tarde…

Jackie Porter esperaba no avergonzarse a sí misma cayendo de rodillas frente a su ídola y


besando su ruedo. Era una clara posibilidad, una que enfrentaba con una mezcla de pavor y
diversión, ¿pero qué podía hacer? La General Jennifer Napier era quien Jackie quería ser en veinte
años: una mujer exitosa por derecho propio.
Porque Jackie también tendría éxito por sus propios méritos. Mientras se adelantaba de a poco
en la fila que serpenteaba dentro de la moderna librería Georgetown, aferraba su copia gastada
de la autobiografía de la general y una copia del nuevo lanzamiento, un libro que claramente
delineaba y explicaba los principios por los cuales la General Napier se había convertido en un
éxito. Mientras tanto, Jackie abrigaba la brillante chispa de esperanza que la General Jennifer
Napier había creado en ella.
La General Napier había perdido a sus padres en circunstancias horribles… igual que Jackie.
Había sido criada en una serie de hogares adoptivos… igual que Jackie. Había cometido errores en
su juventud, errores tan terribles que no había creído que pudiera recuperarse jamás de la
desgracia y la vergüenza… igual que Jackie. Sin embargo, ella había transformado su vida, se había
ido a West Point, unido a las fuerzas armadas, y ahora era la mujer General de mayor jerarquía en
el Ejército de Estados Unidos.
Jackie levantó la mirada hacia la enorme foto que colgaba sobre la mesa donde la General
Napier estaba firmando libros.
La General Jennifer Napier tenía cincuenta y cinco años, era una mujer atractiva con
penetrantes ojos azules y cabello oscuro, algo canoso, recogido bajo su sombrero militar. Se
ejercitaba cada mañana, controlando inflexible y severamente su cuerpo en máxima salud. Era una
reconocida tiradora. Vivía según los principios de disciplina que resumía en su libro.
Ahora Jackie también vivía según ellos. Se ejercitaba cada día. Practicaba tiro y defensa
personal. Mantenía los ojos fijos en su meta y no permitía que nada —ni la amistad, la diversión ni
el romance— se metieran en su camino. La General Napier nunca se había casado, dedicando su
vida a su carrera, y aunque Jackie había elegido una carrera diferente —la horticultura— dedicaba
su vida a construir un negocio de paisajismo exitoso en el área de Washington, D.C. Le estaba
yendo bien para ser una niña pobre y huérfana de Texas. Y si algunas veces por la noche sufría de
soledad, y recordaba su único terrible error con un demasiado cariño... bueno, a la luz del día tenía
la vida que había construido para sí misma, y eso era suficiente.
Ahora Jackie esperaba en línea para agradecer a la General Napier por su orientación.
Torciendo el cuello para ver más allá de las otras mujeres en la fila, captó el primer vistazo en vivo
de su heroína.
La general se veía mayor y más vieja que en su foto, y Jackie pensó: “Aerógrafo”. Entonces se
regañó por ser cínica. Después de todo, la general había estado en una extensa gira promocional.
Había sido entrevistada en televisión y radio. Probablemente estaba exhausta. Y era, en todos los

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demás sentidos, absolutamente como Jackie la había imaginado. La fila se movió un centímetro
más y el corazón de Jackie latió con fuerza al acercarse.
Jackie se había vestido con cuidado para este momento, con una falda azul oscuro y blusa
blanca pulcramente ajustada por un cinturón en su cintura, y diseñada para sacar el mejor partido
de su altura de 1.73 y para minimizar su busto generoso. Sus sandalias eran azul oscuro y blancas,
chatas y conservadoras. Como aconsejaba la general, las joyas de Jackie eran tradicionales pero
costosas: aretes de oro, una cadena de oro, y un reloj sencillo con una correa de cuero negra.
Cada mujer, al detenerse frente a la General Napier, parloteaba sobre cuánto admiraba a la
general, diciendo casi las mismas palabras que Jackie había planeado, pero cuando Jackie se
acercó a la mesa, todo su discurso preparado salió volando de su cabeza. Sus dedos temblaron
mientras entregaba los libros a la general.
La General Napier fijó su mirada en ella.
—¿Cuál es su nombre?
—Pep… —Se contuvo—. Jackie. Jackie Porter.
Debía estar realmente nerviosa… casi había dado su verdadero nombre a la general.
—¿Cómo se deletrea, Jackie?
—J-a-c-k-i-e P-o-r-t-e-r.
—¿Quiere que diga algo especial? ¿Feliz cumpleaños? ¿O...?
—No. No, sólo quería decir…
Oh, cielos, iba a caer de rodillas y besar el ruedo de la general.
La General Napier abrió el nuevo libro y comenzó a firmarlo.
—¿Sí?
—Yo sólo… sólo… —Vamos, Jackie, escúpelo—… quería decirle cuánto me inspiró. Yo soy...
Era... soy de Texas, y fui criada en hogares adoptivos igual que usted. Simplemente... cometí
muchos errores, y cuando leí su autobiografía, sentí como si fuésemos hermanas.
La general estaba asintiendo, escuchando mientras firmaba su nombre con un floreo, y luego
siguió con la autobiografía y firmó su nombre otra vez.
—Me alegra haber podido ayudar. Por eso es que escribí los libros. Sentí que tenía algo para
decir. —Una vez más miró directamente a Jackie, y cruzó las manos frente a ella sobre la mesa—.
Es importante que, sin importar los obstáculos frente a usted, nunca se dé por vencida.
—¡Lo sé! —Hablar se estaba volviendo más sencillo—. Cuando usted dijo en su libro: “He
decepcionado a gente que creía en mí, y me he decepcionado a mí misma, y le debo a ellos y más
que nada a mí misma convertirme en un éxito”, eso tocó un punto sensible en mí.
—¡De veras! —La mirada de la General Napier se volvió más cálida—. Me halaga tanto que
haya memorizado mis palabras.
—He memorizado todos sus principios de vida. Verá, mi padre era pastor, y yo tenía ocho años
cuando la policía vino y dijo que él y mi madre habían muerto después de malversar los fondos de
su iglesia. Las autoridades me separaron de mis hermanas y hermano adoptivo, y mi hermana los
ayudó. Estaba tan furiosa que quería hacer que el resto del mundo pagara por mi dolor.
La gente en la fila detrás de Jackie estaba poniéndose impaciente, y la dama que estaba
entregando los libros a la general parecía que estaba a punto de interrumpir, así que Jackie habló
más rápido.

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—Hice berrinches, me hice tatuajes, huí de las casas de acogida, hurté…


—Nunca me hice un tatuaje —dijo la general pensativamente—, pero por lo demás me suena
conocido.
—Tuve una madre sustituta que intentó enderezarme, pero estaba demasiado fuera de control.
La general asintió.
—Tenías que enderezarte sola.
—¡Exacto! Y lo hice, y lo hago, pero un día cuando me sentía sola y desalentada, encontré su
libro y fue como si estuviese hablándome a mí.
El ayudante de la General Napier se encontraba a su izquierda —Jackie lo reconoció de su
fotografía en el libro; él había estado con la general desde hacía cinco años, su nombre era Otto
Bjerke— y se veía adusto, como si él también hubiese oído demasiados relatos como el de ella y
no creyera en ninguno de ellos.
A Jackie no le importaba. La general estaba interesada, sus ojos brillaban mientras escuchaba.
—Tengo que agradecerle por más que simple apoyo e inspiración. Usted dijo que no podría
haberlo logrado sin la ayuda de Dios, y yo... desde que mis padres murieron y perdí a mi familia,
me negué a ir a la iglesia. Por usted, recuperé mi fe, y no puedo agradecerle lo suficiente por eso.
La General Napier le ofreció su mano, y cuando Jackie la estrechó, la general la apretó entre las
dos suyas.
Lágrimas brillaron en sus pestañas al decirle:
—Son historias como la suya las que hacen que toda la dificultad de escribir valga la pena.
Gracias por contármelo. Realmente lo aprecio.
Las lágrimas brillaban en los ojos de Jackie también.
—No, gracias a usted.
La General Napier soltó su mano. Jackie tomó sus libros.
Y su momento terminó.
Mientras se alejaba de la mesa, se estremecía de emoción. El encuentro había sido todo lo que
había esperado. Había hecho feliz a la general y a ella misma de paso. Ese era uno de los principios
de la general. Da elogios generosamente donde corresponde, y el placer que verás en su recepción
te regresará por duplicado. Una vez más la general había tenido razón.
Mientras Jackie se movía por la librería, echó un vistazo a la pila del nuevo lanzamiento de la
General Napier... y se dio cuenta de que debería haber comprado una copia para la señora Dreiss.
En menos de dos semanas sería el cumpleaños de la señora Dreiss, y aquellas dos mujeres —la
señora Dreiss, que había aceptado a una rebelde niña de acogida, y la General Napier— le
recordaban una a la otra en su estricto código moral y sus dichos con sentido común.
Más importante, necesitaba enviar indicios ocasionales de su afecto a la señora Dreiss. No
había regresado a verla. Simplemente… todavía no había ido. No podía enfrentar los recuerdos, o
la posibilidad de encontrarse con él allí, así que se decía a sí misma que el año siguiente iría a
visitarla, y mientras tanto enviaba regalos.
La culpa impulsó a Pepper.
Tomando una copia del libro de la general, se dio vuelta y comenzó a andar de vuelta hacia la
mesa... y se detuvo.

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La General Napier estaba hablando con alguien más, firmando para alguien más. La fila
serpenteaba alrededor de la librería entera, y no había manera de que Jackie pudiera empezar
desde el final y llegar antes de su cita con la señora Maile para discutir sobre su paisajismo.
Atrapando a uno de los vendedores mientras él pasaba rápidamente a su lado, Jackie preguntó:
—¿Cuánto tiempo estará aquí la General Napier?
—Hasta que todos tengan sus libros autografiados. —Señaló la fila con una sonrisa—. Será un
rato. ¿No es genial? Generalmente los escritores se quedan una o dos horas, pero ella dice que si
la gente viene y hace una fila por ella, obtendrán sus libros firmados.
—Es genial —acordó Jackie con fervor—. ¿Cuánto tiempo supones que será?
Él estudió la fila.
—Dos horas como mínimo.
Ella miró su reloj. La señora Maile no estaba a más de un kilómetro y medio, su patio de
Georgetown era diminuto y exclusivo, y si Jackie compraba el libro nuevo ahora y se apresuraba
con su consulta, probablemente podría regresar a la librería a tiempo para obtener otro autógrafo.
Le arrojó el libro sin firma al muchacho.
—Márcalo. Volveré por su autógrafo en cuanto pueda.

La señora Maile insistió en observar cada diseño de jardín en cada revista de diseño de patios
que tenía, y tenía unas cuantas. La hora que Jackie había imaginado se convirtió en dos. Para el
momento en que corrió de regreso por las carreteras de Georgetown, las farolas estaban
prendiéndose una por una en el ocaso de finales de primavera. Llegó a tiempo para ver al
empleado girando el cartel de “Cerrado” en la puerta. Sostenía los tres libros en un brazo, la
punzada en su costado con el otro, y miraba con una especie de helada desesperación. Había
pensado en varias cosas más que quería decir a la General Napier, cosas importantes, cosas que
podría decir en el tiempo que le llevaría a la general autografiar el libro de la señora Dreiss. Pero
ahora no podía.
La General Napier se había marchado hacia la última parada en su gira promocional. Hacia
Nueva York, donde sería agasajada por su editorial como la diosa que era.
Jackie respiró con fuerza, luchando contra la desilusión. Entonces recordó: Los obstáculos están
allí para ser superados. Eso decía la General Napier. Esto no era un desastre, era un obstáculo, y
Jackie podía superarlo con un poco de inteligencia. Dios sabía que había tenido que pensar rápido
en otras ocasiones. Ocasiones en que pensar rápido probablemente le había salvado la vida.
Comparado con esos momentos, esto era sencillo.
Dando la vuelta, caminó hacia la cochera bajo el edificio. El auto de la General Napier podía
seguir aparcado allí. Jackie le entregaría una lapicera y el libro de la señora Dreiss, la general
podría firmarlo mientras Jackie no diría nada más porque eso sería empañar una bendición —así
era como la General Napier lo llamaba cuando alguien intentaba tomar ventaja de una situación—
y Jackie estaría en marcha con los libros autografiados y un corazón contento.
El garaje era de concreto gris y acero reforzado, lleno a la mitad de autos y camionetas,
incluyendo un largo auto negro con matrícula del gobierno. La general todavía no se había
marchado. Jackie llevó la mano a su pecho y soltó un suspiro de alivio.

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Los focos fluorescentes sobre su cabeza arrojaban luz y sombras en el suelo y el techo. Los
conductos de calefacción y aire acondicionado colgaban cerca del techo mediante agarraderas de
metal, y el lugar olía a neumáticos y polvillo.
Las pisadas de Jackie resonaban arriba y alrededor. Sintiéndose tonta de repente, se detuvo
detrás de una columna y evaluó si tenía el valor para acercarse a la General Napier mientras su
asistente miraba. No era que no le gustara Otto Bjerke; en su libro, la General Napier había
hablado muy bien de él. Sin embargo, las confesiones de Jackie no parecían haberlo interesado ni
convencido. Tal vez le habían ordenado que detuviera a fanáticos pesados.
La vergüenza avanzó junto con sus nervios. ¿Estaba siendo demasiado prepotente?
Las puertas del ascensor se abrieron. Escuchó pisadas, las pesadas de Otto Bjerke y las ligeras
de la general. Oyó la voz de la General Napier diciendo:
—Eso fue bien, y todavía tenemos tiempo para cenar.
Jackie sabía que si no intentaba al menos obtener esa firma, nunca se lo perdonaría. Tenía que
intentar. Iba a salir de atrás de la columna cuando los pasos de Otto se detuvieron, y en voz baja y
seria dijo:
—Mire, General, he estado intentando reunir el valor para decir esto durante una semana.
Los pasos de la General Napier también se detuvieron.
—¿Qué sucede?
Ella parecía alerta, preocupada.
La profunda voz del hombre retumbó en la quietud.
—Sé lo que está haciendo.
Jackie se quedó paralizada en inmovilidad absoluta. Él sonaba serio, acusador. Sin querer, se
había metido en un momento tenso.
—¿De qué está hablando? —La voz de la General Napier también se volvió cortada—. ¿Qué
quiere decir con que sabe lo que he estado haciendo?
—Yo estaba trabajando hasta tarde. La escuché hablando en su línea privada.
La General Napier dijo bruscamente:
—Mayor, ¿qué está intentando decir?
La mayor parte de los primeros años de Jackie los había pasado con el olor del peligro en sus
fosas nasales. Sentía su olor acre ahora.
—Está vendiendo información a los terroristas. —Otto Bjerke sonaba tranquilo y formal
mientras hacía la espantosa acusación—. General Napier, tendré que entregarla.
Siguió un pesado silencio. Jackie contuvo la respiración mientras esperaba escuchar a la
General Napier negándolo, explicando...
—Supongo que no tendría ningún sentido decirle que soy parte del contraespionaje —le dijo
ella suavemente.
Él sonaba triste.
—No, General, no serviría.
—Ni ofrecerle una porción de las ganancias. Es una suma muy considerable.
El corazón de Jackie se detuvo. Su ídolo acababa de admitir su culpa.
Entonces la voz de Otto Bjerke se volvió apesadumbrada.

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—General, la he admirado cada día que he trabajado para usted. Esa es la única razón por la
que se lo estoy advirtiendo. Le debo muchísimo.
Ella sonaba glacial como el hielo al decir:
—Y yo te debo a ti.
—¡General! ¡Señora! —El pánico sonó en su voz—. No…
El disparo retumbó contra los tímpanos de Jackie.
Cuando el sonido se hubo aclarado, oyó a la General Napier murmurar:
—Nunca deberías haberme advertido.
Paralizada y estupidizada por el terror, Jackie dejó caer los libros.

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CCAAPPÍÍTTU
ULLO
O 0022

Los libros aterrizaron de lleno contra el hormigón, su golpe sordo tan fuerte como el disparo.
—¿Quién está ahí? —restalló la voz de la General Napier entre las filas de autos.
Con el instinto afinado de un gato salvaje, Jackie corrió.
Agachándose, se abrió camino entre los autos. Sabía adónde se dirigía… si lograba llegar allí.
Otro disparo estalló a través del aire. Un parabrisas se rompió, bañando a Jackie de vidrio.
—¡Deténgase! —ordenó la General Napier.
Cada instinto decía a Jackie que corriera, y confió en ese instinto como nunca antes. Se
escabulló detrás de una columna. Resonó otro disparo. Otro parabrisas roto… pero más lejos.
Cuando la General Napier gritó nuevamente “¡Deténgase!” su voz iba en la dirección opuesta.
Había perdido el rastro de Jackie.
Y Jackie había llegado a su meta: una cuerda de plástico delgada, amarilla, que colgaba cerca de
una columna desde uno de los conductos de calefacción altos y amplios. Había alcanzado a verla al
entrar. En Texas, su papá había hecho una hamaca con este tipo de soga. Todos ellos —su
hermana mayor, su hermano adoptivo y su hermanita bebé— podían hamacarse en ella al mismo
tiempo. Con cuidado, tiró del áspero plástico amarillo, temiendo a medias que cayera en su cara y
trajera corriendo a la General Napier. La cuerda aguantó.
Usando los brazos y piernas, trepó por la cuerda. Con la adrenalina corriendo por sus venas,
apenas sintió el tirón de sus músculos, pero Dios mío, ¿tenía que respirar tan ruidosamente?
Cuando estuvo a la altura del conducto de calefacción, que subía en espiral en la oscuridad, lo
miró con temor. En su infancia, durante la extensa progresión de hogares adoptivos, había
escapado, muchas veces. Incluso una vez se había ocultado en una cochera muy parecida a esta,
así que sabía que cuando se deslizara dentro de la delgada caja de metal, su peso la comprimiría y
el estaño podría hacer el sonido de truenos... y alertar a la General Napier.
Pero no había opción. La General Napier estaba explorando el garaje entero. Había dejado de
gritar, pero sus pasos se movían con una seguridad que aterró a Jackie.
Suavemente, Jackie se colocó sobre el conducto.
Mientras el estaño se doblaba y crujía, un auto entró chirriando en el garaje.
—¡Hijo de puta! —dijo ferozmente la General Napier.
Con las palmas resbalosas por el sudor, Jackie subió la cuerda y la metió dentro del conducto.
—¡Policía! —resonó la voz de un hombre por el garaje—. ¡Baje su arma!
Ahora Jackie quería maldecir.
Policía. Si fuera una mujer normal, consideraría a la policía sus salvadores. Pero con su historial,
no le creerían cuando dijera que la distinguida general había disparado a su propio ayudante. Y
aun si lo hacían, para el momento en que realizaran las pruebas al arma y confirmaran que Jackie
era inocente, haría tiempo que la general habría desaparecido... después de hacer eliminar a
Jackie.
Porque Jackie sabía que los mismos principios que habían guiado las acciones de la General
Napier en su ascenso por la escalera del ejército norteamericano guiaban ahora sus acciones. La
general sería implacable en su búsqueda de un chivo expiatorio.

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Ese chivo expiatorio era Jackie.


Manteniendo la cabeza gacha, Jackie gateó ágilmente hacia la entrada del garaje, dependiendo
de que los gritos de la policía y las furiosas respuestas de la General Napier bloquearan el ruido de
su fuga. Tenía unos pocos momentos antes de que la General Napier los convenciera de su propia
inocencia.
Jackie hizo que ese tiempo contara. El conducto estaba metido contra la pared de hormigón al
lado de la amplia abertura. El aire fresco la atrajo, llevándola hacia adelante. Pero allí no colgaba
ninguna soga conveniente. No había modo de bajar, y eran tres metros hasta el piso de hormigón.
No tenía elección. Después de una fugaz inhalación de aire, se deslizó por el conducto, colgó de
sus manos un solo segundo y luego cayó al piso.
El golpe reverberó por sus tobillos. No podía moverse. Se cayó. Un grito confirmó que la habían
visto.
Rodó y se puso de pie corriendo. Corriendo hacia la libertad. El portón alambrado comenzó a
bajar traqueteando. Los gritos se volvieron más enfáticos. Las pisadas retumbaban hacia ella.
No creía que estuvieran cerca.
No se atrevía a mirar atrás.
Un disparo abrió un agujero en la pared de hormigón justo delante de ella.
Casi había llegado.
El portón casi había terminado de bajar.
En el instante antes de que la puerta se cerrara traqueteando, se dejó caer y rodó debajo de
ella.
Inmediatamente estuvo de pie otra vez, corriendo tanto como podía por arriba de la rampa.
Otro disparo explotó detrás suyo, golpeando el portón, rebotando cerca de su cabeza.
Detrás de ella, hombres y mujeres gritaban.
Podía oír la puerta subiendo con un repiqueteo otra vez, pero giró en la esquina hacia la calle.
Había algunas personas allí, mirando hacia el garaje, pero retrocedieron mientras ella pasaba
corriendo, calle abajo y rodeando la esquina.
Aquí nadie había escuchado el jaleo de abajo. La banda tocando en la acera del café
enmascaraba cualquier ruido.
Los turistas y vecinos disfrutaban del calor de la noche de junio. Ignorantes del drama que se
desarrollaba tan cerca, daban sorbos a sus bebidas. Conversaban.
Aunque la respiración de Jackie corría en su garganta, caminó tranquilamente más allá del café
en la acera. Agarrando una chaqueta roja de mujer que colgaba en una silla desocupada, se la
puso. Buscó en su cartera, sacó una hebilla, retorció su cabello hacia arriba quitándoselo del cuello
y lo sujetó.
Le temblaban los dedos. Oyó un grito detrás suyo, y su cuerpo se sacudió como si le hubieran
disparado. Pero todavía no. Todavía no.
Un rápido vistazo detrás probó que los policías no la habían divisado. Se dispersaron,
moviéndose con rapidez. Ella siguió caminando como alguien que sabía adónde iba. Volvió a
doblar en la esquina, dejando atrás las luces más brillantes y los grupos más grandes de gente.
Viendo un callejón, cruzó la calle. En el extremo más alejado podía ver una salida. Una escapatoria.
Entró en las sombras y respiró. Aquí podía oler su pasado: basura, oscuridad, pánico y traición.

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Permaneciendo agachada y cerca de los alambrados, bordeó los contenedores, trotando sobre
el asfalto roto. No podía retorcerse el tobillo ahora. No con la muerte pisándole los talones.
Los sonidos de la calle fueron silenciados. Estaba alejándose de la respetabilidad, de regreso
hacia la peor parte de la vida. Escuchó el correteo de ratas en los residuos, la desesperación
balbuceante de una persona de la calle acurrucada en una caja de cartón.
Deslizó la mano dentro de su cartera. En un compartimiento con cierre mantenía los restos de
su pasado, porque una mujer como ella nunca confiaba en ese perro Destino. Una mujer como ella
nunca se sentía totalmente cómoda. Una mujer como ella siempre miraba por encima del hombro.
Iría al Aeropuerto Internacional Dulles a su taquilla. Adentro había una mochila cargada con
diez mil dólares en efectivo, dos documentos de identidad, una pequeña bolsa con artículos de
aseo y una muda de ropa. Compraría un pasaje en el primer avión que saliera y se marcharía, con
suerte antes de que la policía pudiera armar un retrato robot de ella y difundirlo en los medios.
¿La librería tenía una cámara de seguridad que pudiera mostrar su rostro? Probablemente. Si su
horrible suerte seguía, tenían su foto.
Deteniéndose antes del final del callejón, sacó una pequeña navaja suiza. Buscó las tijeras.
Cinco minutos más tarde, cuando salió paseándose tranquilamente del callejón, su cabello
estaba cortado cerca del cuero cabelludo, los extremos de su camisa atados bajo sus senos para
que se viera el tatuaje en la base de su columna, y se había limpiado el maquillaje del rostro.
Jackie Porter estaba muerta.
Pepper Prescott había tomado su lugar.

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CCAAPPÍÍTTU
ULLO
O 0033

El teniente Dan Graham no dormía en el suelo cada noche. La mayoría de las noches dormía en
una cama, como una persona normal. Pero a veces, cuando la luna estaba llena y los fantasmas
venían de visita, se encontraba estirado contra la pared en la sala de estar, envuelto en mantas,
durmiendo tan ligeramente como lo hacía en aquellas misiones cuando cada sonido traía peligro, y
la muerte estaba a sólo un suspiro de distancia.
No le preocupaba su tendencia a vagar por la casa de noche. La inquietud era el precio que
pagaba por sus años en el ejército.
Además, la última vez que había dormido en el piso, la tentación de una casa de rancho vacía
había resultado ser demasiado para algunos de los niños del pueblo, y habían intentado forzar la
entrada. Cuando descubrieron que la casa no estaba vacía, lo que sucedió de manera aterradora,
corrieron tan fuerte que dejaron marcas de quemadura en el césped de la vieja señora Dreiss. Dan
había reído en voz baja y regresado a la cama.
Ahora el suave repique de su alarma perimetral lo despertó. Abrió los ojos a una falta total de
luz; en una noche sin luna, las montañas Idaho definían la oscuridad. Un rápido chequeo del panel
de intrusos confirmó que algo grande había atravesado el rayo láser que atravesaba el camino de
ripio al serpentear más allá del granero.
Típicamente el daño era hecho por un ciervo, aunque a veces un oso bajaba torpemente de las
montañas y se acercaba demasiado. Pero era pasada la medianoche, y sólo durante una luna llena
esos animales vagaban por la noche para alimentarse.
Levantándose de su cama improvisada, se puso los jeans, metió su pequeña pistola Beretta
9mm en la parte trasera de la cintura de sus pantalones y se preguntó qué sería. ¿Era el momento
que había estado esperando? Tal vez ellos finalmente lo habían encontrado.
Pisadas ligeras, firmes subieron las escaleras hacia el amplio porche de madera. Las pisadas de
una mujer. Las mujeres generalmente eran menos peligrosas que los hombres. Generalmente.
Pero él no cometía el error de asumir que todas lo eran.
El picaporte de la entrada vibró, pero cuando no abrió, ella caminó por el porche alrededor de
la casa. La adrenalina fluyó en sus venas, pero la controló, dejó que ardiera alrededor de las
heridas en su rostro y su vientre.
Tomó una bocanada profunda de aire, con el olor de la necesidad de venganza. De justicia.
Siguió las pisadas hacia la cocina en el fondo. No vio destello de luz a través de las cortinas de
encaje, así que ella no llevaba linterna. Esperó que tropezara con la hamaca del porche.
Ella la rodeó sin vacilar. O llevaba gafas de visión nocturna, o conocía la disposición de la casa
Dreiss.
Distantemente notó que, por el sonido, ella usaba botas de algún tipo y pisaba como si no
tuviera miedo de ser descubierta. ¿Creía que la casa estaba abandonada? ¿O había venido a
buscarlo, esperando un enfrentamiento?
No. Poco probable. La gente que lo perseguía nunca jugaba limpio. Nunca mostraban sus
rostros, nunca permitían que su verdadera identidad fuera revelada.
Entonces, ¿quién era esta intrusa?

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Se detuvo junto al cajón que la señora Dreiss siempre tenía en el porche. Oyó el crujido del
pestillo oxidado al levantar la tapa. No encontraría nada para robar allí… y en efecto, bajó la tapa y
siguió caminando.
En la anticuada cocina, el reloj emitía un resplandor fosforescente, dándole a él luz suficiente
para ver el contorno oscuro de la mesa de madera, la cocina a leña, la mesada alta... la ventana
donde la mujer se detuvo. Estaba cerrada, por supuesto, con una sencilla traba deslizante, pero
ella la sacudió como si supiera lo que estaba haciendo, y en poco tiempo la traba se liberó de su
cierre y la ventana se deslizó hacia arriba, el marco combado crujiendo todo el camino.
Fascinante. Ella conocía los secretos del hogar de la señora Dreiss.
Con un movimiento de la mano, levantó la persiana.
Él le permitió meter la pierna por la abertura, luego los brazos, la cabeza y los hombros. Cuando
ella se enderezó, la tacleó, derribándola, rodando con su cuerpo sacudido y terminando encima de
ella.
E inmediatamente la conoció. La reconoció por su forma, su olor, por los recuerdos que lo
asaltaron.
—Pepper —dijo—. Pepper Prescott. He estado esperándote.
El golpe dejó a Pepper sin aliento. No podía ver nada.
Sin embargo, incluso antes de que él hablara, supo quien yacía encima de ella. Reconoció su
peso, su olor, la gloriosa impresión de su cuerpo estirado sobre el de ella.
Dan Graham. Su amante. Su sufrimiento.
¿Cómo podría olvidarlo?
Sabía que había cosas que debería decir. Preguntas que debería hacer. Pero lo único que podía
pensar era Dan.
El calor de él calentó su cuerpo frío. Su voz descendió a un canturreo. Sus manos se deslizaron
entre el cabello de ella.
—¿Dónde has estado estos últimos nueve años?
Pero no parecía importarle la respuesta, porque bloqueó la boca de Pepper con la suya.
Por un momento aturdido e indefenso, un fragmento de recuerdo se adueñó de su mente, la
memoria de la voz emocionada de una niña adolescente confiándole... Dan da los mejores besos.
Eso había sido un desafío para Pepper. Descubrir si era verdad.
Y lo era. Maldición. Lo era.
Sus labios se abrieron sobre los de ella, y Pepper olvidó el pasado, olvidó el presente. Lo único
que existía eran los labios de él sobre los suyos, el piso duro bajo su cuerpo, y una calidez
largamente desterrada brotando desde las profundidades de su alma.
La lengua de él empujaba lenta, minuciosamente, dentro de su boca.
Él no esperó que le diera permiso.
Nunca lo había esperado.
La atrajo al beso con una incitante ondulación de la lengua, provocando con un oscuro sondeo
que imitaba el primer empuje tentativo del acto sexual. Tomaba placer de ella como si fuese su
derecho. Pero daba placer en igual medida, prodigándole una intensidad de pasión que otorgaba
placer y prometía satisfacción.

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Era como si cada parte de ella lo llenara con un deleite que desbordaba en pasión oscura y
humeante. Pepper casi podía oler el chisporroteo entre ellos.
Él sabía a pasta dental de menta y a Dan, un sabor picante que ella nunca había olvidado, y la
alimentaba con ese sabor como si supiera que ella había ansiado probarlo otra vez.
Sin embargo, no le correspondió. ¿Cómo podía? Seguía desequilibrada, con la cabeza dando
vueltas por la caída, por casi haber sido asesinada, por estar en fuga los últimos cinco días...
Cuando se puso rígida, él soltó una exclamación impaciente, y el beso tentativo y cariñoso se
convirtió en un reclamo. Él embestía y embestía otra vez.
La renuencia de ella desapareció al recordar. Recordar el modo en que lo había sentido dentro
suyo. La fuerza, la necesidad y el calor.
Nunca lo había olvidado. Sin importar cuánto hubiera intentado, nunca había olvidado. Los
dedos de Dan le masajearon el cuero cabelludo, propagando ondas expansivas de placer por los
nervios de su piel hacia sus senos, su vientre, y era tan bueno como había sido antes.
Mejor, porque lo había extrañado tanto.
Él inclinó sus labios para sellarlos con los de ella, sin permitirle un momento para pensar, y la
poseyó tan a fondo que cada movimiento de su lengua hacía que el cuerpo de ella se arqueara
hacia arriba, intentando acercarse más a él. Ya estaban pegados del hombro a la rodilla. Dan
estaba entre sus piernas, y el cierre de sus jeans estirado contra el bulto de su erección. Era un
incentivo que ella no había sentido en la realidad durante nueve largos años, aunque había soñado
con eso.
Sin importar lo disciplinada que fuera a la luz del día, sus sueños habían sido salvajes y
sensuales, llenos de Dan y de esa noche, el dolor de perder su virginidad y el éxtasis de estar con
él.
Y la culpa posterior, la abrumadora sensación de haber ido demasiado lejos en su rebeldía y su
rabia. De haber ido finalmente mucho, mucho más lejos.
Ahora, bajo su tacto, el calor rugió dentro de Pepper. Le acarició los brazos y los hombros
cubiertos por una remera, encontrando los contornos perdidos mucho tiempo atrás y
deleitándose en ellos. Lo recordaba, por dentro y por fuera. Lo deseaba, por dentro y por fuera.
Nunca había dejado de desearlo.
Como si hubiese oído su reconocimiento, el beso de Dan se volvió más ligero, más suave, más
tierno... Levantó la cabeza.
Dijo: “Pepper.” Y eso fue todo.
Maldito fuera. Ella se había traicionado aun antes de haberlo visto siquiera.
Reaccionó como siempre hacía cuando todos sus planes salían mal... con hostilidad. Lo empujó
por los hombros.
—Quítate de encima mío.
—No.
Eso fue todo. Simplemente “no” dicho en una voz serena, monótona, que no revelaba nada del
hombre en que se había convertido.
Excepto que no lo sentía muy diferente. Era alto, medía 1.92, y de huesos pesados, con
hombros grandes que la hacían sentir delicada. Siempre había tenido buenos músculos. Él había
trabajado cada verano como peón para su padre, y para el momento en que tenía diecisiete años,

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había tenido un cuerpo duro, sexy y erguido, el tipo más atractivo en el pueblo de Diamond. El tipo
más genial en el Condado Adams. El tipo que se metía en su mente y jugaba con su alma.
Pero no quería recordar eso.
Volvió a empujar.
—Casi me quebraste la pierna tacleándome de ese modo.
—No, no lo hice.
Él sonaba absolutamente seguro, oscuramente amenazador, y peligroso. No sonaba como el
Dan que ella había conocido. El Dan que había amado.
Ese Dan había sido fogoso y salvaje, un potro indómito criado para saltar vallas y correr hacia el
atardecer. Este Dan era... aterrador y tranquilo.
Los bordes viejos y encrespados del linóleo de la señora Dreiss se clavaban en el centro de su
espalda, y ella notó los olores familiares de su hogar: bolsitas de clavo de olor, almidón y cera de
limón. Ahora, además de los viejos aromas, el olor agregado de polvo giraba ligeramente en el
aire.
La alarma despertó dentro de ella. La señora Dreiss nunca permitiría que se asentara una mota
de polvo en su casa.
—¿Cómo llegaste aquí? —preguntó él.
La conciencia de ella se alejó de Dan. Escuchó el silencio de la casa y dijo distraídamente:
—¿A qué te refieres?
—No viniste en auto.
Oh, no. Lo había notado. Sus manos se alejaron de él como si se hubiese sobrecalentado. Sus
uñas rayaron el piso.
—¿Por qué te importa? ¿Qué estás haciendo aquí? ¿Dónde está la señora Dreiss?
Dan se arrancó de su cuerpo. Se puso de pie. Extendió su mano. No esperó que ella la tomara
sino que la agarró del brazo y la levantó.
—¿Dónde está ella?
A Pepper no le gustó el tono ligeramente jadeante e inquieto de su voz.
No le gustaron los pensamientos que daban vueltas en su cabeza.
Dan prendió la luz.
Pepper parpadeó ante la repentina iluminación de la sencilla lámpara en el centro del techo de
casi tres metros. La cocina grande y anticuada con su mesa pequeña en un rincón y el fregadero
blanco desportillado se veía prácticamente igual a cuando había vivido aquí.
Dan no. Siempre había tenido ojos oscuros y piel oscura; su bisabuela había sido una india
Shoshone, sus genes habían dominado la familia de la madre de él desde entonces y, claramente,
la sangre india americana corría por sus venas. Pero de algún modo Dan había frustrado la apuesta
genética, y a los diecisiete su cabello había sido de un precioso oro bruñido. A los diecisiete
también había tenido una pureza de semblante y una claridad de rasgos que hacía que las
muchachas parlotearan y rieran tontamente cuando él volvía su mirada hacia ellas.
Ahora era... severo. El encanto de un joven guapo había desaparecido. Ahora líneas cínicas
marcaban la piel alrededor de su boca. Sus ojos negros la observaban como si él fuera a obtener
respuestas por cualquier medio. Ni un músculo se movía en su rostro, y no obstante el peligro
brillaba en el aire a su alrededor.

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Este era un hombre despiadado. Era un hombre con la noche en su alma.


Pepper lo vio todo en un instante: las similaridades, los cambios. Los cambios... Dio un paso
hacia él. El cabello lacio llegaba casi hasta su cuello. El sol lo había coloreado en un bronce
uniforme. Una cicatriz zigzagueaba a lo largo de su mejilla y sobre la nariz: una herida que había
sido habilidosamente arreglada. El punto bajo la cicatriz se veía ligeramente hendido, como si el
pómulo hubiese sido destrozado. La fina línea blanca estaba dibujada como pintura de guerra
sobre su piel, haciéndolo verse, irónicamente, más como un indio que nunca antes.
Lo habían lastimado. Muchísimo.
Y ahora estaba aquí, en la casa de la señora Dreiss, cuando debería haber estado en su casa en
el rancho Graham al final del camino.
Ella frotó las manos por sus brazos, intentando calentarlos a través de la tela resbalosa de su
chaqueta.
—¿Está enferma?
La única respuesta que obtuvo fue la visión de la espalda de él mientras caminaba hacia el
frente de la casa, encendiendo luces al pasar.
Pepper lo siguió, sus botas baratas haciendo un ruido sordo y apagado al caminar y
friccionando ampollas nuevas encima de aquellas que ya se habían reventado.
La casa había sido construida en los años veinte, con la sala de estar, el comedor y la cocina
distribuidos en una hilera de adelante hacia el fondo. De cada habitación salía un dormitorio. El
comedor no había cambiado, con un aparador empotrado que iba a lo largo de una pared y una
mesa lo suficientemente larga como para alimentar a un grupo de trilladores de dieciocho
personas. Sólo la computadora sumaba un toque extraño, fuera de lugar de lo contemporáneo.
Las plantas desparramadas por las habitaciones se veían descuidadas: polvorientas, secas,
sufriendo como Pepper sufría ahora. En la sala de estar, el encaje de hilo almidonado todavía
decoraba los brazos de los sillones, las cortinas de encaje seguían cubriendo las ventanas.
Pepper vio que la puerta al dormitorio de la señora Dreiss seguía abierta.
Haciéndose a un lado, Dan dejó que Pepper la atravesara primero.
El tocador estaba hecho de roble sólido, que había oscurecido con el tiempo. Los cepillos de
nylon de la señora Dreiss, su pasador de plata, su colección de botellas de perfume de cristal
estaba colocada con esmero delante de un espejo lleno de polvo. Como siempre, la cama estaba
hecha con un edredón de trama circular en un fondo azul oscuro.
La habitación estaba vacía.
Dan no tenía que decir una palabra. La señora Dreiss se había ido.
—¿Cuándo… falleció? —susurró Pepper.
No podía decir la palabra “morir”. Ahora no. No en referencia a la señora Dreiss.
—Diez meses atrás.
—¿Sufrió?
Él no se movió. No mostraba ninguna emoción.
—Ataque al corazón. Yo mismo la encontré. Murió en el jardín.
Un alivio, mínimo pero real, disminuyó la tensión en los músculos de Pepper.
—Así que murió feliz.
—Se veía en paz y satisfecha consigo misma.

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—Gracias a Dios. —Pepper se sentía extraña, desconectada de él, de este sitio. Su cabeza
zumbaba mucho, y tragó con fuerza—. No era tan vieja.
—Setenta y uno.
—No, no tan vieja.
Pepper estaba agradecida de que él no le hiciera reproches por la tristeza que había provocado
a la señora Dreiss, en los meses que había vivido allí y más tarde, cuando se había marchado y
nunca había mirado atrás.
Aunque sí había mirado atrás. Había enviado obsequios de vez en cuando, pequeños regalos y
comunicados breves para que la señora Dreiss no se preocupara. Le había comprado un libro y
había intentado que lo autografiaran...
Pero no había querido que nadie la rastreara, y siempre había pensado que tenía tiempo.
Tiempo para regresar. Tiempo para compensar a la señora Dreiss.
Ella, de todas las personas, debería haberlo sabido.
Yendo hacia el ropero, abrió la puerta. La ropa de la señora Dreiss estaba allí colgada, y el
aroma de un saquito de lavanda salió para envolver a Pepper.
—Nunca pensé que ella fallecería.
Estúpida. Todos mueren.
Pero él estuvo de acuerdo.
—Tampoco yo.
Pepper tocó el vestido que la señora Dreiss usaba para ir a la iglesia cada domingo en el verano.
Un algodón de lava y pon —la señora Dreiss no tenía tiempo para perder con la plancha— cuya
simplicidad, para Pepper, simbolizaba a la señora Dreiss. Una mujer sensata, sin pelos en la lengua,
bronceada por una vida pasada al aire libre entre sus plantas, con ojos azules que podían ver las
mentiras de una niña de dieciséis años por lo que eran y la audacia para enfrentarla al respecto.
Pepper enfrentó a Dan.
—Nadie pensó que debiera aceptar a una huérfana.
Él levantó una ceja como si ese parecer lo sorprendiera.
—A ella no le importaba lo que nadie pensara.
—No.
Pepper se observó en el espejo amarillento y ondeado sobre el tocador. Su rostro estaba
distorsionado, demasiado ancho en la frente, demasiado estrecho en el mentón, sus ojos avellana
extremadamente grandes y llenos de incredulidad. Por primera vez desde que había oído el
disparo que había matado a Otto Bjerke, el terror perdió intensidad, reemplazado por un amargo
pesar.
—Realmente no lo sabías.
Era una afirmación, pero él parecía estar preguntando.
El mundo estaba distorsionado, descentrado, quitado de su eje por la traición de la General
Napier, por la muerte de la señora Dreiss, y por el hombre parado detrás suyo, tan conocido y sin
embargo tan diferente. Su mirada se encontró con la de él en el espejo.
—No.
Dan tenía una expresión en su rostro, un leve frunce en sus labios, como si no supiera si creerle.

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—Estaré en la cocina si me necesitas.


Él la dejó sola, para llorar si quería, supuso, pero el dolor era demasiado nuevo. Demasiado
terrible. No podía llorar. Ni siquiera podía sentir. Durante los últimos nueve años había pensado
que tenía un lugar adonde ir cuando fuera un éxito, y una persona con la que alardear, que estaría
totalmente feliz por ella. Lo había planeado en su mente mil veces.
Llegaría al rancho en un auto genial —un Mercedes, un Beemer; no, esperen, llegaría en
helicóptero— traería regalos, y los ojos de la señora Dreiss brillarían con orgullo. La señora Dreiss
tampoco la regañaría por haber escapado. La señora Dreiss era una gran creyente en el agua
pasada. Muchas veces durante el año que Pepper había vivido aquí, la señora Dreiss le había dicho
que dejara de mirar atrás, le había dicho que tenía el futuro por delante. Mucho antes de que
Pepper hubiese descubierto a la General Jennifer Napier y sus axiomas, había tenido a la señora
Dreiss y su sentido común.
Y la señora Dreiss había vivido como creía. La señora Dreiss nunca hubiese traicionado a nadie.
No como esa arpía, esa asesina, la General Napier.
Yendo hacia la cama, Pepper trazó la trama del edredón.
En lugar de regresar con triunfo, había vuelto necesitando un refugio, segura de que tenía un
hogar al que recurrir cuando la vida se ponía demasiado difícil.
El refugio había desaparecido. La señora Dreiss se había ido, y lo único que quedaba era el
amargo conocimiento de que Pepper había recibido lo que merecía. Ni orgullo, ni ayuda, ni amor.
La señora Dreiss se había ido.
Con una mueca dolorida, Pepper se quitó las botas. Trepando torpemente sobre la cama, se
acurrucó encima del edredón, posó la cabeza en las almohadas y lloró por la mujer que había
acogido a una adolescente rebelde y la había hecho enderezar, verse a sí misma y decidir que
tenía que cambiar... o morir.

Traducido y corregido por ALENA JADEN Página 22


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CCAAPPÍÍTTU
ULLO
O 0044

Saliendo al porche, Dan cerró la puerta detrás de sí, con cuidado de ser silencioso. Se
estremeció con su remera; hacía frío aquí afuera, como siempre por la noche tan alto en las
montañas. Abriendo su billetera, sacó un audífono y micrófono chatos y diminutos. Caminó hacia
la esquina del porche. Un billón de estrellas brillaban desde arriba, no ocultas por nubes ni smog.
Allí arriba, un hombre podía mirar y ver la eternidad… y saber que el infierno existía aquí mismo en
la tierra.
Él lo sabía. Había vivido allí. Seguía viviendo allí.
En algún sitio en los cielos estaba el satélite que tomaría su llamada y la transmitiría a un lugar,
una oficina, un teléfono. Apretando el botón de llamada, Dan escuchó la serie de zumbidos y
silbidos.
—Teniente Graham. —La voz del Coronel Donald Jaffe habló claramente en su oído, y pese al
hecho de que era dos horas más tarde en Washington, D.C., sonaba alerta—. ¿Hay algún
problema?
—Atrapé a un intruso. —Mientras sus ojos se adaptaban a la oscuridad, Dan descendió los
escalones, caminó hacia la entrada y miró hacia el garaje, luego colina abajo hacia el granero—.
Una mujer a la que conocía cuando era adolescente.
—Deshágase de ella.
—Lo haría. —Poniéndose en cuclillas sobre la grava nivelada, Dan buscó huellas de neumáticos.
Poniéndose de pie, se sacudió los dedos—. Pero parece extraño que aparezca ahora, en medio de
la noche, sola... sin automóvil.
La voz del Coronel Jaffe se volvió seca.
—Suena como una criminal profesional.
—Dado su pasado, es una buena posibilidad.
Aunque con el cabello se veía más como de clase media que del tipo criminal. Pero Dan sabía lo
suficiente como para no engañarse por las apariencias o pensar que Pepper Prescott se había
abstenido del crimen. Había estado bien encaminada a los problemas cuando había vivido en
Diamond.
Por supuesto, él también.
—Sí, investiguémosla. Mejor estar seguros. —Ahora Dan oía el cansancio en la voz del Coronel
Jaffe—. ¿Cuál es su nombre? ¿Qué sabe sobre ella?
—Nombre, Pepper Prescott. Edad veinticinco años. Nacida en Texas… o eso me dijo una vez.
Criada en casas de acogida. Vivió en Diamond, en realidad aquí en el rancho, durante once meses
cuando tenía dieciséis años. —Dan intentó pensar qué más sabía sobre ella, pero una descripción
de su calor por dentro y por fuera no ayudaría en nada con la búsqueda—. Eso es todo.
El Coronel Jafre preguntó incrédulo:
—¿Esa es toda la información que puedo obtener?
—Es lo mejor que puedo hacer. Después de la muerte de la señora Dreiss, yo mismo intenté
rastrearla brevemente pero no pude. Creo que ha estado viviendo bajo nombres falsos.
—¿Por qué estaba intentando rastrearla usted mismo?
Sin dudas el Coronel Jaffe vería lo que era importante.

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Si Dan decía al coronel que Pepper era la nueva dueña del rancho, se pondría furioso. Querría
cancelar la operación, y Dan no podía permitir eso, así que simplemente dijo:
—Asuntos personales, señor.
—Asuntos personales. ¿Una relación personal?
—Mucho tiempo atrás.
—Hmm.
Dan sabía lo que estaba pensando el coronel, porque la idea también se le había ocurrido.
—Sí, señor. Nuestros amigos podrían haber descubierto la antigua conexión y haberla
infiltrado.
—Pero eso es una posibilidad remota. —Dan casi podía oír al Coronel Jaffe sopesando las
posibilidades—. Muy bien. Obtendré su información lo más rápido posible. No la queremos allí si
es una civil inocente.
—No se preocupe por eso. Lo único que tengo que hacer es asustarla. —Con un cinismo
perfeccionado con el tiempo, Dan dijo—: Huirá. Es lo que mejor hace.
—Queremos interrogarla si no es una civil.
—Sí.
Dan planeaba hacerlo de cualquier modo. Diablos, lo esperaba con ansias, porque no le había
dicho toda la verdad al Coronel Jaffe. La necesidad de Dan de investigar a Pepper era más que
negocios. Era personal. Era curiosidad por una antigua amante y sus propias reacciones frente a
ella. Esta noche Pepper había irrumpido en algo más que la casa.
Se había abierto paso hasta el hombre que él había sido antes. Cuando él había cedido a una
compulsión irresistible y la había besado, había sentido algo intenso, abrumador, viejo y sin
embargo resplandecientemente nuevo, y lo reconocía.
Lujuria, limpia, pura y primitiva… y para nada sorprendente, porque había estado pensando en
Pepper, de vez en cuando, durante nueve años. Había estado buscándola seriamente desde que la
señora Dreiss había muerto. Y ella había entrado directamente en su mundo. No le resultaría tan
sencillo escapar esta vez. Él descubriría adónde había ido, qué había hecho. Descubriría la verdad
de por qué estaba allí. Y que Dios la ayudara si era una de ellos.
Como si no pudiera soportar no preguntar, el Coronel Jaffe dijo:
—¿Algún indicio de los muchachos?
—Nada. ¿Todavía los tiene vigilados a todos?
—Por supuesto. —El coronel sonó irritado por que Dan lo preguntara—. Llegaron a Vegas dos
semanas atrás. Apostaron un par de días, se dieron la gran vida como hombres que podrían morir
mañana, y entonces se escabulleron uno por uno. Todos excepto dos, que siguen apostando. El
resto de ellos está disperso por el noroeste. Pueden alcanzarte en doce horas.
Con satisfacción, Dan dijo:
—Están esperando a Schuster.
—Evidentemente estás débil por tus heridas y notablemente desprotegido. Plantamos la
información sobre tu actividad y tu ubicación. ¿Qué lo detiene? ¿Por qué todavía no han intentado
matarte?
Dan sonrió ante el deseo libremente expresado del Coronel Jaffe de ver que dispararan a Dan.

Traducido y corregido por ALENA JADEN Página 24


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—¿Tienen un mal sentido de la orientación? ¿Han comprendido el error de sus actos y han
decidido convertirse en norteamericanos decadentes? —Se puso serio—. ¿Han decidido ahorrarse
un montón de problemas enviando a una antigua novia para eliminarme? —Oyó movimiento en el
interior de la casa—. Se acerca. Hágame saber qué descubre sobre ella.
Los dos hombres cortaron la transmisión sin fanfarria.
Dan entró nuevamente mientras Pepper estaba encerrada en el baño, y aunque era pasada la
medianoche, él atizó el fuego en la estufa para ahuyentar el frío de la cocina y encendió la
cafetera. Pepper adoraba la cafeína, y mucho tiempo atrás los dos habían pasado muchas noches
con una taza de expreso con leche, simulando que estaban en Seattle... o en París. Necesitaba
saber más sobre ella, qué estaba haciendo aquí, y el olor del café la atraería a su lado.
Esta no era una visita casual. Ella tenía un objetivo. Su tarea era descubrir de qué tipo antes de
que fuera demasiado tarde para ella, o para él.
Mientras Pepper entraba otra vez en la cocina, él analizó sus movimientos, su expresión facial,
el modo en que movía las manos. Se había deshecho de las botas, y sus ordinarias medias blancas
se veían como si fueran a caerse. Todavía llevaba su chaqueta, apretándola contra sí como si
tuviera frío… y lo tenía cuando entró por la ventana. Sus ojos se veían aturdidos, como si le
hubiesen dado un golpe que no había esperado.
¿O sí? ¿O sabía la verdad sobre la señora Dreiss y el rancho?
Dan se apoyó contra la encimera, sirvió un jarro y lo empujó hacia Pepper.
—Gracias.
Ella no lo miró, no se acercó más que lo necesario para rodear la taza con las manos. Entonces
permaneció allí, mirando atentamente la infusión marrón humeante como si estuviera fascinada
por el color, y eso le dio tiempo a Dan para examinarla.
Los años habían traído cambios. Un montón de cambios.
Nueve años atrás ella había usado el cabello ondulado y largo por la espalda, trenzado
alrededor de su rostro, y el color había cambiado constantemente. Rojo, rubio, castaño, con
estrafalarios reflejos rosados, azules o púrpura. Ahora el color era negro, y el corte era corto,
desparejo, y desordenadamente rizado.
Pero el corte era la única señal de la antigua y rebelde Pepper. Los rasgos de la nueva Pepper
habían madurado de la redondez de la adolescencia a una elegancia esbelta, y la vivacidad
constante, la hostilidad abierta habían sido reemplazadas por una inteligencia pensativa que lo
fascinaba contra su voluntad. Los ojos avellana de la nueva Pepper no chispeaban con verde, sino
que esa noche parecían ser de un gris brumoso, y estaban cansados, tristes... y cautelosos.
¿Dónde había estado? ¿Qué había provocado semejantes cambios? ¿Quién había provocado
semejantes cambios?
Tal vez era un hombre. Ella era una de esas mujeres por las que los hombres luchaban. Sin
importar cuánto creciera, su rostro podría poner en marcha mil navíos… o con ese corte de pelo, al
menos una docena.
Para su sorpresa, no le gustaba esa imagen más que la idea de que había venido para
encontrarlo y matarlo.
Empujó la azucarera hacia ella, con un discordante chirrido sobre la mesada de fórmica verde.
Ella se sobresaltó con el sonido. Miró la azucarera. Lo miró a él. Y su mirada se apartó
furtivamente.

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—Gracias.
Sonaba apagada, como si hubiese sufrido una gran impresión.
Tal vez realmente así había sido. Quizá no le había llegado ninguna de las cartas. Tal vez había
aparecido aquí ahora por accidente.
Sí, y quizás James Bond realmente prefería su martini agitado, no mezclado.
Con una voz que sonaba casi rutinaria y muy civilizada, Pepper preguntó:
—Entonces… ¿qué has estado haciendo desde la última vez que te vi?
Con apreciación cínica él se dio cuenta de que estaba sacando conversación, como si fuera un
acontecimiento normal que llegara a medianoche después de una ausencia de nueve años.
Qué pena. Él solía jugar este juego con habilidad y encanto. Ya no tenía paciencia. Ya no le
importaba.
—Me uní al servicio.
Ella dejó la taza. Como si de pronto se hubieran puesto sudorosas, se secó las palmas en los
pantalones.
—El... servicio. ¿Como el ejército?
La aguda mirada de él notó cada movimiento.
—Exactamente como en el ejército.
—¿Hacías… alguna cosa en particular?
Fuerzas Especiales, Unidad Terrorista. Pero no le decía a nadie toda la verdad, y ciertamente no
a esta mujer.
—Nada en particular.
Vio que el pecho de ella se elevaba y caía como si estuviera luchando por respirar, y su voz
sonaba ahogada. Ella se tocó la cara donde la cicatriz cruzaba el rostro de él, y su dedo tembló.
—¿Fue allí donde obtuviste...?
—Los soldados americanos no son bienvenidos en muchas partes del mundo —dijo él
quedándose considerablemente corto.
—No. No, claro que no.
¿Sabía ella sobre la cicatriz que atravesaba su vientre? ¿Le habían dicho que era su punto débil?
¿La habían convencido de que podía matarlo?
Pero si ella había venido a matarlo, este no era su primer trabajo, porque se apoyó contra la
mesada en una parodia de relajación.
—¿Cuánto tiempo has estado en casa?
—Menos de un año.
Ella tomó el jarro.
—Debes haber extrañado Diamond. Me sorprende que te hayas marchado siquiera.
La mirada de él se movió a su boca. Sus labios anchos estaban ligeramente hinchados, la única
señal de que su beso no había sido un sueño erótico. Ella sabía igual. Hambrienta, caliente,
nostálgica... suya.
Pero eso era una ilusión. Pepper no era suya. Era... sólo Dios sabía qué era, o por qué estaba
aquí, pero repentinamente, él se hartó de ser civilizado.

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—No podía quedarme aquí. No después de que nos jodiéramos mutuamente.


Ella dio un respingo. El café se derramó por el borde de la taza. Pero su voz era estudiadamente
casual.
—Éramos un par de niños estúpidos. Lo que existió entre nosotros no era más que un
encaprichamiento juvenil. Lo superé. Y estoy segura de que tú también. —Se interrumpió como
esperando que él estuviera de acuerdo, y cuando no lo hizo, se encogió de hombros—. De
cualquier modo, nunca hacia el pasado. Ni siquiera recuerdo qué sucedió.
La emoción inundó a Dan junto con la furia de un rugiente arroyo de montaña, y esa emoción
era rabia. El recuerdo de esa única noche lo había alejado de Diamond. Los sueños de esa única
noche lo poseían en la selva, en el desierto, en Alemania y en las Filipinas, sacándolo de un sueño
profundo para enfrentarse a sábanas pegajosas y una noche de pasearse de un lado a otro.
¿Y ella no lo recordaba?
Sacando una servilleta de papel del rollo, se agachó y secó el café y luego la miró. Una postura
nada amenazante, una que daba una posición de superioridad al más débil del dúo. Aquí él podía
simular que no sentía nada más que un leve interés por ella y sus respuestas.
—¿Qué pensaste? ¿Creíste que podría permanecer aquí después de que tú escapaste?
Ella balbuceó:
—No… no entiendo por qué no.
Él la azotó con la verdad.
—Todos sabían lo que habíamos hecho.
Ella se puso lo suficientemente pálida como para que la quemadura de sol en su nariz brillara
como un faro.
—¿Cómo podían saberlo todos? Era de noche. No había nadie cerca. Nadie nos vio.
—¿Qué otra cosa podían pensar? Una noche tú y la señora Dreiss tuvieron una pelea violenta
porque faltaste a la escuela… —Pepper se veía tan malhumorada como aquel día de invierno que
había ido a McCall y regresado con un pequeñísimo tatuaje de dragón en la base de su columna—.
Te fuiste conmigo como alma que lleva el diablo, permaneciste afuera toda la noche, robamos
cerveza de una tienda en McCall, bebimos, conducimos, y luego te marchaste tan rápido del
pueblo que dejaste marcas en la autopista y a mí en el aire. —Dan arrugó la servilleta de papel en
una bola y la arrojó, con fuerza, dentro del tacho de basura—. El chisme era que te había violado.
Ella giró bruscamente la cabeza hacia él.
—¡Violación!
—Eso pensó la señora Dreiss. Así que me hizo venir aquí y me arrancó una tira de piel…
—Te absuelvo. No me violaste. —Pepper miraba a todos lados excepto a él—. ¿Podríamos
hablar de otra cosa?
No era condenadamente posible. Él había estado esperando esta posibilidad durante muchos
años. ¿Por qué diablos había huido?
—Sé que no fue bueno.
—Por favor, cállate.
—Lo gracioso es que incluso en aquel entonces tenía una técnica mejor que la que te demostré.
Pero te había deseado tanto tiempo que perdí el control. En algún lugar en el fondo de mi mente,
estaba avergonzado, porque fui semejante zoquete, pero estaba ahogándome en el placer.

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—¡Shh!
Ella miró alrededor como si hubiera alguien que pudiera escuchar.
Él continuó sin cesar:
—Eras virgen. Yo estaba caliente y fui torpe…
—¡No, no lo fuiste! —La voz de ella era grave e intensa—. ¡No fue así!
Él seguía arrodillado delante de ella.
—Entonces, ¿por qué te marchaste?
—¡Fue lo que dijiste después!
Él se esforzó, intentando recordar. Había estado medio borracho y totalmente alucinado por
ella. No podía recordar haber mascullado nada excepto un débil intento de reconfortarla. Pero
intentó mentir, simular que recordaba lo que había dicho.
—¿Por qué eso te ofendió?
Ella intentó hablar. Cerró los ojos. Intentó hablar nuevamente. Farfulló:
—Tú... idiota arrogante. ¡No has cambiado ni un poquito! No importa. Olvídalo.
No iba a darle una pista, al menos no ahora mismo, así que Dan se puso de pie. Que ella
recordara lo alto que era. Que se sintiera nerviosa cerca de él.
—Me dejaste para enfrentar a mi papá, a la señora Dreiss, y a todos en el pueblo.
E incluso ahora, eso lo irritaba.
—Nadie sabía —repitió Pepper.
—Para el momento en que terminé de beber y pelear, lo sabían.
Los ojos de ella se entrecerraron.
—Tu culpa, entonces.
Estaba más delgada. No tenía una gota de maquillaje. Su frente y nariz estaban quemadas por
el sol, un rojo con manchas en la piel blanca y con pecas. Llevaba una camisa beige recta de
mangas largas y pantalones a juego, ropas baratas, como si las hubiese comprado en una tienda
de descuentos. Colores aburridos, como si hubiese estado interesada en el anonimato. Los
pantalones eran un poquito largos para ella. El ruedo estaba andrajoso, como si hubiese andado
un largo camino, pisándolo todo el tiempo. Y estaba nerviosa, como un gato el 4 de Julio.
Más importante, estaba cansada… ese siempre era un buen momento para interrogar a un
sospechoso. Dando un paso atrás, él le otorgó un poco de espacio y cambió de tema a algo menos
personal pero importante en un nivel diferente.
—¿Qué has estado haciendo tú?
Demasiado rápido ella preguntó:
—¿Qué quieres decir?
Una reacción interesante.
—Para ganarte la vida.
Él vio que se relajaba.
—Soy paisajista.
Pepper puso azúcar en su taza y revolvió el café.
—No te está yendo muy bien, supongo, o no estarías aquí.

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La furia la recorrió en un destello, encendiendo su rostro, iluminando a la vieja Pepper de


adentro hacia afuera.
—Tal vez vine a alardear.
—Tal vez. —¿Había tenido éxito? Si así era, ¿por qué no estaba vestida para impresionar? ¿Qué
estaba haciendo aquí? Y más todavía…—. ¿Cómo llegaste aquí?
Ella respiró hondo.
—¿Llegar aquí?
Lo había entendido, pero estaba dando rodeos. Dan esperó sin comentarios, sabiendo por
experiencia que el silencio funcionaría donde las palabras no lo lograban.
Tenía razón. El silencio la puso incómoda, y dijo deprisa:
—Tuve un accidente algunos kilómetros atrás en la ruta. Tuve que venir caminando.
—¿Estás bien?
Lo estaba. Él sabía que lo estaba. Se movía sin dolor.
—Estoy bien.
Pero no quería hablar sobre lo que había pasado. Más y más curioso. Cuando la gente había
sobrevivido a un accidente, siempre quería hablar sobre eso, incluso cuando era su culpa.
—Tuviste un accidente. No saliste herida. Tú… ¿caminaste hasta aquí?
—Sí. Caminé.
—¿Nadie fue a buscarte?
—Me perdí un poquito. —Ella intentó tomar un trago de café, pero le temblaban las manos—.
Me salí de un camino de ripio.
Dan se puso tenso. ¿Un poquito perdida? La autopista serpenteaba a través de las montañas,
pero estaba pavimentada todo el camino hasta Diamond. Tenía que haber venido por atrás para
haber conducido por un camino de ripio, y para que nadie hubiera aparecido, tendría que ser tan
lejos que ni siquiera las aves podrían encontrarlo.
—Tendrás que llamar a la compañía de renta de autos. Contarles lo que sucedió.
—No. No, el auto era mío. —La voz de ella se hizo más aguda, más jadeante—. Lo compré. A un
hombre. Tengo los papeles. O, más bien, los tenía. Estaban en la guantera.
Mucha información para probar que era dueña de ese auto.
—La compañía de seguros, entonces.
Ella se veía como si nunca se le hubiese ocurrido.
—Sí, los llamaré mañana.
Dan había hecho suposiciones sobre su viaje aquí. ¿Qué partes eran verdad?
—Entonces no llegaste volando a Boise. Condujiste todo el camino hasta aquí.
—Sí.
—¿Desde dónde?
Ella se encogió de hombros como si no pudiera ver razones para no decírselo, y sus palabras se
hicieron cortadas y firmes.
—Conduje desde Denver.
—Entonces has estado viviendo en Denver.

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Él la miró pensativamente.
Pepper revolvió tan fuerte el café que formó un remolino en la taza.
—No.
Uno de los matasellos en una de las cartas que había enviado a la señora Dreiss era de Denver,
y cuando la señora Dreiss había muerto, él había buscado a Pepper allí. No había encontrado ni un
rastro de ella, y él tenía contactos bastante buenos.
—¿Dónde has estado viviendo?
—Me mudo mucho.
La misma Pepper de siempre. Sin compromisos y sin confesiones.
—Los caminos deben haber estado resbaladizos. Todavía hay mucha nieve ahí afuera.
Dejando su café, ella fue hacia el fregadero y buscó dentro del estante de la ventana donde la
señora Dreiss mantenía su colección de violetas africanas. Pepper tocó las hojas mustias.
—Fue horrible atravesar las Rockies.
—Probablemente fue por eso que te resbalaste del camino. Diste contra un sector con hielo.
Con una mirada de reproche hacia él, ella echó agua en la base de las macetas.
—Podrías regar estas plantas de vez en cuando.
—Te llevaré de regreso al sitio del accidente mañana. A recoger tus cosas. Traer el auto.
Dan reconoció la expresión en el rostro de ella: el labio inferior sobresaliendo, la mirada
directa, acerada. Pepper estaba a punto de decirle que se fuera al infierno, y él no estaba listo
para ir ahí todavía. No solo, de cualquier modo.
—Estoy muriendo de hambre. ¿Hay algo para comer?
Cada vez que ella lo evadía, él más sospechaba.
—Galletas.
El rostro de Pepper se iluminó. Sus ojos resplandecieron, su boca ancha sonrió. Entonces su
sonrisa flaqueó, su ceño se frunció y pareció perdida. Insegura.
—¿Quién…?
Dan fue al freezer y sacó el recipiente hermético de plástico.
—La señora Dreiss las hizo antes de morir. —Sacando la tapa fría y rígida, ofreció el recipiente a
Pepper—. Las guardé para ti.
Ella olfateó largamente las galletas con chips de chocolate de la señora Dreiss.
—¿Cómo sabías que vendría aquí?
Ah. Finalmente el momento. Él la golpeó con la información importante.
—Sabía que aparecerías cuando te enteraras de que la señora Dreiss te dejó el rancho.
La cara de Pepper se aflojó. El recipiente cayó de su mano débil. Dan atrapó las galletas antes
de que cayeran al piso.
Entonces no lo había sabido.
—¿Ella me dejó… el rancho? ¿Todo? Quiero decir… ¿el rancho?
Pepper empezó a temblar, un estremecimiento de poca intensidad provocado por, diagnosticó
él, insomnio, hambre y estrés.

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Sacando tres galletas, las puso sobre una servilleta de papel y las calentó en el microondas.
Hacían falta exactamente sesenta y seis segundos para llevarlas a la consistencia correcta. Él lo
sabía; lo había hecho con frecuencia.
—Ten. —Rompió un trocito y lo sostuvo contra los labios de Pepper—. Esto mejorará todo.
No lo haría, pero seguro que ayudaría.
Mientras ella masticaba, el color regresó a su rostro. No tenía los ojos tan desencajados, ni
estaba tan demacrada. Dejó que él pusiera otro trozo en su boca.
Dan disfrutaba de la textura de los labios contra sus dedos. Jugó con la idea de besarla y probar
la oscura calidez del chocolate, el sabor rico de las nueces negras.
Pero ella no estaba pensando en eso. En él. Toda su atención estaba puesta en la situación que
enfrentaba.
—¿Es por eso que estás aquí? ¿Estás cuidando el lugar?
Esa no era la razón. Para nada, pero no podía contarle la verdad. Así que mintió con la habilidad
que venía con mucha práctica.
—Papá y yo hemos estado atendiendo el rancho desde que el viejo señor Dreiss murió. La
señora Dreiss sólo estaba interesada en su jardín. Lo sabes.
—Lo recuerdo —dijo Pepper débilmente.
—Quedarme aquí ha hecho que sea más sencillo no perder nada de vista.
Quedarse allí era parte de un plan temerario para obtener justicia por demasiadas muertes.
Dan intentó dar de comer nuevamente a Pepper, pero ella se había recuperado lo suficiente
como para reconocer la intimidad de ese gesto.
Tomando las galletas de la mano de él, comió el resto de la primera y la segunda entera.
Dejando la servilleta de papel, lo miró directo a los ojos.
—Cuando ella murió… cuando se leyó el testamento… ¿me buscaste?
—Hemos estado buscándote, siguiendo el rastro de matasellos de los paquetes que enviaste a
la señora Dreiss.
Dan dio el paso que había estado queriendo dar, el que lo puso tan cerca que Pepper tenía que
mirar directamente hacia arriba, y ella lo hizo con alarma.
—Si ninguna de las cartas te llegó, si no viniste a reclamar el rancho como tuyo, ¿por qué estás
aquí?
Las pupilas de ella se dilataron mientras lo miraba. Tragó con dificultad.
—Sí vine a reclamar el rancho. Por eso es que vine.
—Mentirosa.
El mentón de ella sobresalió. Respiró hondo.
—Cree lo que quieras. Llámame como quieras. Me han dicho cosas peores. Ahora, estoy hecha
polvo. Me voy a la cama.
—Tu dormitorio está preparado. —Deliberadamente, la provocó. Necesitaba ver la evidencia de
su dolor—. La señora Dreiss quería que estuviera listo para ti cuando vinieras a casa.
Ese mentón prominente tembló, pero Pepper lo conocía bien. Sabía que él estaba siendo cruel.
Le sonrió con todos los dientes.
—Me asearé antes de ir a la cama.

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Tomando la última galletita, se dio vuelta… y se tambaleó un poco.


Dan no sabía qué había estado haciendo, pero estaba exhausta, acosada y mintiendo con sus
perlados dientes blancos, y él pretendía descubrir porqué. La vio desaparecer por la esquina, con
su mirada puesta en el trasero flacucho.
Entonces ella volvió a asomar la cabeza, y por un momento, él vio un destello de la vieja y
traviesa Pepper.
—A propósito —señaló el revoltijo de mantas en el suelo del comedor—, ¿quién está haciendo
una pijamada?
Le sonrió.
Como siempre, su sonrisa lo atrapó desprevenido. Quería devolverle la sonrisa. Quería creer en
sus mentiras. Quería que todo estuviera bien, porque nadie sonreía como Pepper. Nadie
compartía su alegría tan genuina, tan generosamente. La primera vez que ella le había sonreído,
Dan había estado perdido, y no había encontrado el camino de regreso.
Pepper Prescott tenía mucho que responder.

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CCAAPPÍÍTTU
ULLO
O 0055

El Sargento Sonny Midler empujó su sombrero de vaquero sobre su frente, apoyó el brazo
contra el pomo de la montura y dijo lentamente:
—Hey, Dan, la próxima vez que quieras marcar terneros, tal vez deberías montar un caballo que
no te quite de encima en un árbol.
Dan se levantó del suelo, se sacudió el polvo, hizo una señal grosera a Sonny y caminó hacia
Samson, que estaba mirándolo con una sonrisa en su estúpida cara de caballo.
—Eres un imbécil —dijo Dan.
No sabía si se refería a Samson o a Sonny, y no importaba mucho. Sonny tenía que ajustar
cuentas con Dan; el sargento estaba realmente enfadado por tener que trabajar en un rancho otra
vez. Y Samson nunca había sido otra cosa más que terco. Los dos le habían dado a Dan lo que
quería esta mañana: una oportunidad de descargar parte de la frustración que le había provocado
la llegada de Pepper.
—Será mejor que seas agradable, Sonny. —Hunter Wainwright había estado en el rancho desde
que Dan podía recordar, y bromeaba con una mano pesada—. Dan es el hijo del jefe.
Por si acaso, Dan le hizo una seña a él también, y montó con facilidad a Samson, el maldito
palomino que había sido su caballo por más de doce años. No sabía por qué se molestaba en
montarlo; Samson realmente se quitaba de encima a sus jinetes cada vez que podía. Tal vez Dan lo
mantenía cerca porque era el castrado más grande que cualquiera hubiese visto jamás en
Diamond. Tal vez era porque Samson siempre conocía el camino a casa.
Dan estaba listo para ir a casa ahora. Había pasado tres horas, de las seis de la mañana hasta las
nueve, en la propiedad de su padre, marcando terneros. Era un trabajo duro, apestoso y
polvoriento, duro y lleno del berreo de los terneros y las maldiciones de los vaqueros.
La verdad era que la cirugía para reparar sus intestinos había convencido a Dan de que no
quería volver a sangrar internamente nunca más. Así que había escuchado a su cuerpo,
descansado mucho el otoño pasado y este invierno, e imaginado que volvería a ponerse en
condiciones para finales del verano.
Algunos de los vaqueros se habían burlado de él las primeras veces que se había retirado de un
día de trabajo. Entonces él los había mirado, larga y duramente, y ellos se habían callado. Sabía
que volaban los rumores sobre lo que había hecho en el servicio, rumores nefastos de muerte y
desesperación, pero nada de lo que dijeran podía compararse con la verdad. Ni siquiera podían
empezar a imaginar lo que había hecho... lo que estaba haciendo.
Por eso era que estaba haciéndolo. Para que los hombres que trabajaban tan duro en el rancho
nunca conocieran la desolación y desesperanza.
Con un movimiento de la mano, Dan dejó atrás el ruidoso lugar, cabalgando a través de las
praderas hacia lo de la señora Dreiss.
El extenso valle se estiraba y retorcía entre los picos todavía cubiertos de nieve y las verdes
faldas de la montaña. El valle seguía al río que finalmente se abría paso dentro del Snake. Dos
propiedades dividían el valle: el rancho Dreiss y el rancho de su padre. Abarcaban muchas de las
montañas circundantes, donde el ganado vagaba en invierno cuando querían perderse por
completo.

Traducido y corregido por ALENA JADEN Página 33


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Las montañas definían esta tierra. Eran las montañas las que traían las tormentas de invierno
tan repentinas y violentas que incluso un vaquero experimentado podía quedar atrapado y
congelarse hasta la muerte. Eran las montañas las que proveían de veranos tan breves que a veces
las pilas de nieve no se derretían hasta después del Día de la Independencia. La gente aquí arriba
en las tierras altas se reía del clima, decía que había sólo dos estaciones, invierno y agosto, y
tenían razón.
Pero las montañas habían formado el carácter de Dan, lo habían hecho duro, lo habían hecho
solitario, lo habían hecho líder de hombres... y lo habían traído de regreso a casa. En todo ese
tiempo desesperante en el hospital, dos cosas lo habían hecho seguir adelante: saber que cuando
viniera a casa los picos escarpados estarían allí, como habían estado toda la eternidad... y saber
que era hora de encontrar a Pepper.
Pero no la había encontrado. Ella lo había encontrado a él. Eso significaba algo. Sólo tenía que
descubrir qué. El granero se veía bien cuando Dan entró. Dejó a Samson en su casilla y lo cepilló.
Después tomó el teléfono, llamó a su padre y dijo:
—Ha regresado.
Russell era un ranchero y para nada tonto; le llevó sólo un momento deducir a quién se refería.
—¿Sí? Pepper Prescott apareció volando a reclamar ese legado, ¿verdad?
—No lo sé.
Hombre de negocios que era, Russell fue directo al tema de primordial importancia.
—¿Quiere vender el rancho?
—No lo sé.
—Porque si es así, somos los primeros en la lista. Debe saberlo, vivió con… —La voz de Russell
se trabó al darse cuenta de lo que Dan había dicho—. ¿Qué quieres decir con que no sabes si
apareció volando a reclamar su herencia? Es por eso que está aquí, ¿cierto?
—No sabía que la señora Dreiss había fallecido hasta que llegó aquí.
—¿Fue eso lo que te dijo? —La condenación de Russell era categórica y desdeñosa—. Está
mintiendo.
—Me he vuelto bastante bueno para distinguir una mentira de la verdad.
Durante el silencio pensativo al otro lado del teléfono, Dan casi pudo ver a su padre acariciando
la barba apenas crecida en su mentón. Russell no sabía sobre las cosas que había hecho su hijo en
el servicio, pero la habilidad de Dan para discernir una mentira tenía algo que ver con ellas. Su
padre tampoco sabía la verdad sobre lo que estaba haciendo Dan en el rancho de la señora Dreiss,
pero los cambios en su hijo lo ponían evidentemente incómodo. Dan lo sabía y lo lamentaba, pero
los eventos que había presenciado, las acciones que había realizado, habían destruido cada
emoción excepto la necesidad de venganza... hasta la noche anterior, cuando Pepper lo había
llevado a una furia candente con su indiferencia, y una lujuria ardiente con su beso.
—Si no vino a tomar su herencia, ¿para qué regresó? —preguntó Russell.
Las gallinas cloqueaban y picoteaban en el patio, rascando en busca de comida y quejándose
suavemente.
—No lo sé.
Pero Dan iba a descubrirlo.
—Conociendo a esa muchacha, son problemas.

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—Sí.
Sí, Dan diría que ella traía problemas. Eran problemas cuando lo primero que él hizo fue
taclearla y besarla, y más problemas cuando ella le devolvió el beso. Problemas cuando había
escuchado mientras ella se aseaba antes de irse a dormir, e imaginado cómo se vería desnuda.
Problemas cuando quiso ir a meterse en la cama con ella y mostrarle lo que había aprendido de las
mujeres a las que había usado para olvidarse de ella. Sí, eso eran problemas, sin dudas.
La voz de Russell se volvió cautelosa.
—¿No tienes problema con que ella esté ahí?
—Seguro.
—Es su rancho —dijo Russell—. Podrías dejárselo.
—Puede ser su rancho —recordó Dan a su padre—, pero no puede llevarlo adelante sola.
—No dije eso, pero puede ocuparse de la casa. Podrías vivir aquí, ir allá y hacer las faenas. —La
voz de Russell se volvió ansiosa—. Hijo, ven a casa.
Era bueno saber que su padre lo quería de vuelta en la casa, pero era típico de Russell olvidar
que no se habían llevado bien cuando Dan era un adolescente, y todavía seguían llevándose mejor
cuando vivían en casas separadas.
Eso era porque su papá siempre sabía todo. Había dado consejos a Dan sobre cómo curar esas
heridas en su rostro y su vientre. Le había dicho cómo invertir el dinero que había ganado en el
servicio y qué camioneta comprar. Incluso había escogido la mejor muchacha para que Dan se
casara. Así que Dan se había mudado con la señora Dreiss, aparentemente para ayudarla. En
realidad, si no se hubiese alejado de su padre, los dos tercos hombres hubiesen llegado a los
golpes.
Sin embargo, se querían, así que Dan dijo:
—Todavía no puedo ir a casa, papá. Tal vez más adelante. Veremos cómo marcha.
Samson asomó la cabeza por el costado de su casilla, resopló al teléfono y sopló en el auricular.
—¿Qué diablos fue eso? —gritó Russell.
—Samson.
Dan rascó la nariz de su caballo. Un tono disgustado apareció en la voz de Russell.
—No sé porqué montas ese castrado grande y malo. No es nada más que problemas.
—Me recuerda a ti.
Dan miró los ojos marrones de Samson. El caballo le devolvió la mirada y luego empujó más
fuerte su hocico en la mano de Dan.
—Muy gracioso. Escuché que estuviste marcando terneros esta mañana.
Esa noticia llegó a Russell enseguida.
—Intento ganarme la vida.
—No es necesario que te preocupes por eso. —Fue un poco de la preocupación de Russell lo
que llevó la conversación de vuelta a Pepper—. Hijo, no permitas que te atrape en sus garras otra
vez.
—No te preocupes, papá. Puedo manejarla.
—No has caído en sus garras ya, ¿cierto?
Tal vez Russell lo conocía mejor de lo que Dan comprendía.

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—Papá, nunca escapé de ellas.


Mientras Russell estaba farfullando, Dan colgó el teléfono. Dio una última cepillada a Samson,
luego se puso su chaleco de plumón para disimular el bulto que hacían la pistola y la funda bajo su
camisa, y salió paseando en la mañana fría. Mientras estiraba las contracturas de sus músculos,
miró alrededor con profundo aprecio por este valle. Por su hogar.
Desde aquí, Dan no podía ver la casa de su padre. Las viviendas se encontraban en los extremos
opuestos del valle, a kilómetros de distancia y fuera de vista de la otra, del modo que le había
gustado a las dos familias. Su familia siempre había sido ambiciosa, ganándose bien la vida con el
rancho, trabajando tres sectores, con los derechos federales a otros tres. Los hombres Dreiss
nunca habían valido mucho, según Russell, trabajando un solo sector y haciendo un trabajo pobre
en una tierra rica. Russell se había frotado las manos cuando el viejo Dreiss había muerto, sin dejar
herederos excepto su esposa. Russell había pensado que la señora Dreiss le vendería la tierra.
Dan recordaba el escándalo cuando la anciana se había rehusado, y enérgicamente además.
Dijo, con la franqueza que la caracterizaba, que no pensaba renunciar a su jardín e ir a vivir al
pueblo con un montón de tenderos, leñadores y buenos para nada, y eso era todo. Había
mantenido su hogar, y ella y Russell habían llegado a un renuente acuerdo. La familia de él
administraba el rancho de ella por una sustancial porción de las ganancias, y ella podía vivir en su
casa y atender su jardín, lo que había hecho con vigor y entusiasmo.
Ahora Dan pensaba que tal vez ella había sabido que tenía problemas de corazón, porque antes
de morir, había dejado que la casa y el granero se echaran a perder y había concentrado toda su
atención en su amado jardín. Sólo una vez, cuando estaban sentados en el porche observando el
sol poniente, ella había hablado sobre Pepper y cuánto ansiaba verla otra vez. Había rememorado
lo que Pepper había hecho mientras vivía allí, lo que podría estar haciendo ahora. Había
especulado acerca de los comienzos de la vida de Pepper y cómo eso había contribuido a su
rebeldía. No había dicho nada que él no supiera, pero odiaba oír hablar a la anciana con tanto
afecto por una muchacha que se había marchado.
Pepper debería haber regresado. Tenía que haber sabido que la señora Dreiss quería verla.
Desde comienzos de la primavera Dan había pasado mucho tiempo lijando y pintando,
arreglando cercos y arrancando algunas malezas en los lechos de flores. A veces, cuando echaba
un vistazo al jardín, creía ver a la señora Dreiss enderezándose, con la mano en la espalda, su
enorme sombrero aleteando con la brisa.
Había visto mucha muerte en las fuerzas armadas. Había llegado a aceptarla como parte de la
vida, pero todavía no podía creer que ella ya no estuviera. Después de que había regresado, ella
era la única que comprendía su necesidad de soledad. No se dio cuenta de que también tenía una
furiosa sed de venganza.
Cuando la señora Dreiss había muerto, Dan había invitado al Coronel Jaffe al rancho. El Coronel
Jaffe era bajo, regordete, rubio, un administrativo con genialidad para la organización y un modo
extraordinario de predecir los movimientos del enemigo. Había estado tan fuera de lugar en el
rancho como lo hubiese estado en un campo de batalla, pero Dan tenía un objetivo en mente. Le
había mostrado los dos ranchos, lo había impresionado con el aislamiento y el terreno complicado,
y luego, esa noche, en la cocina de la señora Dreiss, Dan había mezclado un whisky con agua para
los dos y había propuesto su plan.

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Dan entregó su bebida al Coronel Jaffe.


—Coronel, ¿diría usted que yo era uno de los mejores antiterroristas en la unidad?
El Coronel Jaffe pareció sorprendido y luego cauto.
—El mejor. Me ocuparía de que le entregaran el Corazón Púrpura y la Medalla de Honor, pero
sabe que no es posible.
—Eso no me importa. El ejército me enseñó mucho. Me enseñó cómo pensar sobre la marcha.
Me enseñó honor. Me enseñó por qué vale la pena luchar. Por qué vale la pena morir. —Abriendo
el paso hacia la sala de estar, Dan dijo—: He estado pensando: no estoy tan seguro de estar
satisfecho estando muerto.
El Coronel Jaffe lo seguía de cerca.
—Teniente, no tiene elección. Usted mató al único hijo de Schuster en un combate mano a
mano. Tuvimos que difundir la información de que estaba muerto y hacer que pareciera
convincente, o Schuster nunca hubiese descansado hasta matarlo.
Dan señaló la silla mecedora al Coronel Jaffe.
—Lo sé. Lo sé.
Hundiéndose en el sofá, tomó un trago de su bebida y esperó.
El Coronel Jaffe puso un afgano sobre sus rodillas regordetas y lo toqueteó hasta que estuvo
bien, y entonces miró a Dan a los ojos.
—¿Está diciendo que quiere que Schuster sepa que está vivo?
—Él ha evadido a nuestras fuerzas durante seis años. Ha dirigido más bombardeos de los que
puedo recordar. Hay una sola cosa que lo sacaría de su escondite. Una cosa que podría atraerlo a
nuestro territorio... —Dan dejó que su voz se apagara tentadoramente.
—Usted. Y usted le debe algo. —El Coronel Jaffe frotó el borde de su vaso, y entonces, como si
recobrara el sentido, sacudió la cabeza—. Demasiado peligroso. Podríamos poner una trampa con
usted como cebo, pero para que funcionara, usted tendría que estar aquí solo, o condenadamente
cerca.
—Ya vivo solo en la casa —señaló Dan—. Y desde que regresé, he sido reservado. Los vaqueros
vienen una vez cada tanto, pero yo no voy de visita al pueblo. No tendría que cambiar nada en mis
hábitos o la manera en que vivo.
Dan podía ver que el Coronel Jaffe estaba tentado, pero obligado hacer objeciones.
—Dijo que no era dueño de este lugar. ¿El nuevo dueño no vendrá pronto y lo reclamará?
—No, intenté informarle sobre su herencia y no puedo encontrarla.
Y Dan quería encontrarla. Sufría una intensa curiosidad por lo que habría pasado con Pepper
Prescott. Pero ella —y su curiosidad— podían esperar.
—Hice el intento. Ella no puede demandarme por eso, y cuando hayamos terminado, de algún
modo la encontraré y le entregaré el lugar.
—¡Quiere decir con lo que quede después de que Schuster haya terminado! —El Coronel Jaffe
golpeó el brazo de su silla—. Dan, sea razonable, no funcionará. Es demasiado peligroso.
Realmente lo matarían.
Dan se inclinó hacia delante.
—Hay una cabaña arriba, en las colinas, construida dentro de la roca, la vieja granja. Podríamos
poner nuestro equipo allí.

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—Eso podría funcionar —concedió el Coronel Jaffe—, pero no lo haremos.


—No estamos más cerca de encontrar a Schuster, ¿cierto? —Dan oyó la respuesta en el silencio
del Coronel Jaffe—. ¿A cuántos americanos más tiene que matar antes de que estemos lo
suficientemente desesperados como para hacer algo para atraparlo? ¿Cuántos niños más tienen
que ser asesinados? ¿Cuánto más miedo y angustia tiene que provocar? —El Coronel Jaffe tomó
un sorbo de su whisky—. ¿Qué tal si oyera un rumor de que estoy vivo, retirado y desprotegido,
viviendo como un rey en espléndido aislamiento en las montañas Idaho...?
Una sonrisa lenta se extendió por los labios del coronel.
—Tendría que venir a ocuparse de usted.
—Tendría que venir en persona.
Alto, de cabello castaño y ojos azules, con una sonrisa abierta y modales cordiales, Annar
Schuster era el único hombre en el mundo que Dan anhelaba ver. Capturar. Matar.
Por todos los inocentes a los que había destruido.
Por una querida niñita.
—Schuster no puede permitirse que se sepa que yo superé a su hijo...
El Coronel Jaffe bufó.
—Mató a su hijo.
—Exacto. Y aun si esa información nunca se filtrara, le comería las entrañas saber que estoy
vivo y que su hijo está muerto.
—Podríamos atraparlo —aceptó el Coronel Jaffe—. Simplemente no sé si podremos salvarlo a
usted al mismo tiempo.
—Conozco las posibilidades. —No mejores que cincuenta—cincuenta si todo salía bien—.
Tenga un poco de fe. Soy un soldado condenadamente bueno. He sobrevivido a más de una pelea
cuando no debería haberlo logrado.
—Tiene una reputación por su suerte, Graham, pero la suerte se agota. Casi se le agotó la
última vez.
Dan ocultó su sensación de triunfo y habló de logística.
—Usted tendría que hacerle llegar la información de que estoy vivo. Que uno de sus hombres la
robe, o algo así.
—Puedo hacerlo.
Levantando su vaso, Dan dijo:
—Asumí que podía.
El Coronel Jaffe se quedó mirando la televisión en blanco. En sílabas tajantes dijo:
—Los terroristas de Schuster saben dónde estamos, qué vamos a hacer antes de que lo
hagamos. Han estado bajando a mis hombres uno por uno y en grupos enteros.
Dan no había sabido eso, pero interpretó correctamente la información.
—Han accedido una fuente en las fuerzas armadas.
—Sí.
—Tiene que usarme.

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—Sí. —Dan podía ver al Coronel Jaffe haciendo cálculos en su cabeza—. Aproximadamente en
un mes. Nos llevará todo ese tiempo traer discretamente las armas y establecer una guardia
perimetral. Necesitará refuerzos en el pueblo y en el rancho.
—Tenemos peregrinos pasando por el pueblo de vez en cuando. Artistas y tipos a los que les
gusta el aire fresco de la montaña. Envíe a un par de soldados a vivir en el hotel.
El Coronel Jaffe mencionó a un par de hombres de la vieja unidad de Dan.
—Wagner y Yarnell… estarán sorprendidos al oír sobre su resurrección.
—En cuanto al rancho, antes de alistarse, Sonny Midler era un vaquero en Colorado. Es
respondón, pero es bueno con un arma y preferiría tenerlo cuidando mi espalda que a cualquier
otro. Lo contrataré para trabajar con el ganado. Se integrará muy bien. —Dan sonrió—. Pobre tipo.
Se alistó para irse del rancho.
Los cansados ojos marrones del Coronel Jaffe se entrecerraron.
—Ha estado pensando en esto algún tiempo.
—Desde que salí del hospital, la recuperación ha sido tan aburrida como dolorosa. Podía pasar
ese tiempo compadeciéndome a mí mismo o haciendo planes. —Dan sonrió de manera
desagradable y dejó que el whisky ardiera en el camino hacia su estómago—. Hice planes.

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CCAAPPÍÍTTU
ULLO
O 0066

Dan subía caminando el sendero. La casa blanca de tablones se encontraba sobre una loma con
vista del valle y las montañas. Altas piceas azules rodeaban el patio, proporcionando una barrera
contra el viento en el invierno y sombra en el verano.
Dentro de la casa, Pepper dormía en el mismo dormitorio que había usado antes.
La frustración chisporroteaba en sus venas. Frustración, pasión, y una necesidad desgarradora
de imponer su dominación sobre ella. Había sido así nueve años atrás. Cuando era un adolescente,
había sido el más grande semental en tres valles, conduciendo el mejor auto, ganando cada
premio de rodeo, tirándose a las chicas más populares. Y había sido bueno en todo, conduciendo,
montando, con el sexo. Todos habían pensado que era irresistible.
Entonces Pepper había llegado al pueblo.
Dan se detuvo en el porche. Colgó su sombrero en el perchero. Se sacó las botas. La señora
Dreiss le prohibía que pisoteara con lodo el piso limpio de su cocina. Ahora que era él quien hacía
la limpieza, tenía un deprimente aprecio por la sensatez de ella. Parado descalzo en la cocina,
escuchó el silencio. ¿Pepper se habría escapado mientras él no miraba?
No. Eso era imposible. Aun si no había venido a matarlo, tenía una herencia. Sin importar lo
exitosa que hubiera sido o no con su paisajismo, sería una tonta si diera la espalda a un rancho
teniendo un comprador ansioso... y lo tenía.
Entrando al baño, se lavó las manos y la cara, luego levantó la cabeza, esperando girar y verla
parada en el umbral. En cambio, el silencio era ensordecedor.
Apoyando la palma de la mano contra la pared entre el baño y el cuarto de Pepper, casi podía
sentirla. Ella estaba ahí, y su presencia hacía que todo ese día fuera inconfundible. Pepper estaba
de regreso, y él quería venganza, satisfacción, justificación, un cierre... Diablos, no sabía qué
quería, pero sabía que Pepper se lo daría. Se lo debía. Le debía muchísimo.
Deambuló dentro del dormitorio de ella y se quedó mirándola en su impecable cama de una
plaza. Seguía dormida, profundamente dormida, de espaldas y con una mano abierta apoyada
contra la pared, la otra metida bajo su mejilla. Llevaba un camisón blanco de mangas largas que
había dejado en su parada previa, y había bajado las mantas hasta su cintura. Sus labios estaban
hinchados y abiertos, y respiraba hondo. El débil ronquido lo desarmó, y su mano merodeó sobre
la oreja de ella.
Se veía mejor hoy. Tenía color en su rostro, así como algunas arrugas provocadas por la
almohada. Su cabello negro estaba levantado en picos y chato en valles. Se veía encantadora.
Cautivadora. Inocente.

Pepper salió del primer sueño profundo que había tenido en cinco días para encontrar a un
hombre alto suspendido encima de ella. No sabía dónde estaba. No lo reconoció. Sólo recordaba
que alguien quería matarla.
Instintivamente, reaccionó defendiéndose. Le dio un puñetazo en la entrepierna.
Él se movió a tiempo. Apenas a tiempo. Mientras su puño golpeaba el muslo, el hombre maldijo
firmemente. Ahora ella sabía quién era.

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Era Dan. Esta era la casa de la señora Dreiss.


Estaba a salvo.
Levantó la mirada hacia Dan. Se veía como un guerrero. Un salvaje.
Al menos esperaba estar a salvo. De él, de ella misma.
Los latidos de su corazón, que se habían acelerado a velocidad Mach, se desaceleraron un
poquito.
—¿Qué diablos crees que estás haciendo? —Él hablaba en un tono grave, vibrante, casi en un
susurro, pero ella no cometió el error de pensar que era indiferente—. Podrías haber destruido las
generaciones futuras de Grahams.
Indignada, ella se incorporó sobre un codo.
—¿Qué diablos crees que estás haciendo tú, entrando en mi habitación mientras estoy
durmiendo?
—Cariño, la alternativa es entrar en tu habitación cuando estás despierta, y eso llevará a una
cantidad de resultados totalmente diferente.
Dan llevaba una camisa de jean azul y un chaleco camuflado verde gastado. Un par de
pantalones de trabajo envolvían sus caderas estrechas. Se veía aun mejor que la noche pasada, y
eso era decir mucho.
Anoche había sido casi bondadoso. Hoy era un idiota. Un idiota alto, grandote y apuesto.
Con brusquedad, ella dijo:
—Créeme, no será así.
Sin importar lo que él dijera, sin importar que su beso hubiese sido tan bienvenido y dulce
como chocolate caliente en un día frío, sin importar que su vientre se apretara al verlo... No iba a
meterse en su cama. Se había acostado con él una vez. No podía soportar sufrir las consecuencias
otra vez.
—Casi me matas del susto. —Para ocultar la admisión preguntó—: ¿Qué estás haciendo aquí?
Aquí era su dormitorio, iluminado por la luz del sol y decorado con posters de películas hechas
diez años atrás.
Él la contempló en su viejo camisón de franela, diseñado para ser usado en el campo, donde el
invierno era una horrible aflicción, en una casa donde la calefacción central nunca había sido
instalada. Y aunque nada cambió en el rostro inmóvil de él, ella pensó que estaba divertido.
Bien. Podía estar tan divertido como quisiera. Aquí arriba en el rancho, en cuanto la última
nieve alrededor de la casa se había derretido, ella solía dormir con la ventana abierta, celebrando
su libertad del miedo que era abundante en las ciudades. No iba a cambiar sus costumbres ahora
sólo porque él la hubiese visto en camisón.
El rastro de humor en la expresión de Dan decayó.
—Pensé que tal vez te habías escabullido.
—¿Cómo podría?
Pepper se mordió el labio. No había querido recordarle que había caminado hasta aquí.
—Es cierto, no tienes auto —dijo él amablemente—. Será mejor que lo hagas remolcar hoy.
Ella había quitado cada pieza de identificación del barato cacharro que había comprado en
Colorado. Había sacado su mochila del asiento trasero y se la había colgado sobre el hombro.

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Había empujado el auto por la montaña más alta de la ruta más remota que pudo encontrar.
Definitivamente no quería ir a buscarlo.
—No podemos. Cayó por un acantilado.
Dan se quedó quieto.
—Dijiste que te saliste de una ruta.
—Así fue. Era un camino realmente alto.
—Un acantilado. ¿Cómo demonios saliste?
Si tan sólo supiera...
—Salté.
Intentando evidentemente aferrarse a su paciencia, él preguntó:
—¿Cómo saliste de la ruta? ¿Te quedaste dormida?
Tenía que decirle algo.
—Debo haberlo hecho.
—¿Por qué no te detuviste a descansar? Sabes lo peligrosas que pueden ser las rutas de
montaña.
Sus ojos eran de un marrón tan oscuro que era casi negro, y la regañaba como si estuviese
preocupado.
Ella deseaba que fuera indiferente.
—Estaba apresurada por llegar aquí. Me confundí.
—¿Por qué camino dijiste que venías?
—No lo hice. No sé cuál era. —Hizo un gesto vago—. Era de ripio. Había mucho viento.
—Pero lograste encontrar el camino hasta aquí sin problemas. —Dan se inclinó
amenazadoramente hacia ella y la cuestionó sin piedad, como si tuviera experiencia en
interrogatorios—. Debes haber tenido alguna idea de dónde estabas.
Pepper deseó que se callara la boca.
—Comencé a caminar colina abajo y aquí es donde terminé.
A Dan le llevó un largo rato responder.
—Qué afortunado.
—Muy. —Ella se mordió el labio e hizo su mejor imitación de una pobre mujer tonta—. Fue
todo tan horrible, es un borrón.
Inclinándose hacia ella, Dan plantó sus puños sobre el colchón a cada lado de ella y la miró a los
ojos. Parecía severamente poco convencido.
—¿Por qué creo que me estás mintiendo?
Porque así era. ¿Qué tipo de hombre reconocía el acto de la mujer indefensa y respondía
sensatamente?
Sólo Dan, que la conocía tan bien.
Acercó de golpe su rostro al de él, ignorando el calor que él emanaba, ignorando el olor familiar
de él, simulando no estar afectada por su cercanía.
—¿Tienes que estar aquí?
Él se enderezó con bastante facilidad y caminó hacia el tocador.

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—¿Aquí? ¿En tu dormitorio? ¿O aquí en el rancho?


—Sabes a qué me refiero. En el rancho. —Él la irritaba como una piedra en la media—. Dijiste
que la señora Dreiss me dejó este lugar.
—Dijiste que viniste aquí a reclamarlo.
Pepper seguía embotada por el sueño, pero se dio cuenta de que, anoche, él le había contado
sobre la muerte de la señora Dreiss. Él se había percatado de que ella no había sabido sobre la
herencia cuando había llegado. Le había contado una estúpida mentira provocada por el
agotamiento y la rebeldía, y ahora tenía que borrar la falsedad y empezar de cero.
—En realidad no sabía sobre la herencia antes de llegar aquí. Dije eso porque…
—Porque siempre golpeas cuando estás siendo atacada. Siempre desafías a la gente para que
crea lo peor de ti.
Ella enderezó los hombros e intentó decirle que ya no estaba tratando con la niña desafiante y
furiosa que había conocido antes.
—¡No! Ya no.
—Lo hiciste anoche.
—Anoche fue... anoche estaba desequilibrada. Cuando me dijiste que ella se había ido… Dios
mío, todavía no puedo creer que se haya ido.
De cualquier modo, eso sí era cierto, y las lágrimas que la habían esquivado llegaron de pronto,
cerrándole la garganta, corriendo por sus mejillas.
Tan serenamente como un hombre que se enfrentaba a una mujer llorando todos los días, él le
pasó un pañuelo de papel del tocador.
Pepper lloró más minutos de los que quería, dominada por su pesar y su arrepentimiento. Sin
embargo, luchaba contra el sentimentalismo: ¿por qué el dolor la abrumaba ahora, enfrente de
Dan? Necesitaba ser la mujer que había creado con los fragmentos de su vida anterior: ambiciosa,
fría y lógica. Cuando pudo controlarse, se secó las mejillas y se sopló la nariz.
—Lo siento. No pretendía cambiar de tema. —Intentó mirarlo a los ojos, pero no podía llegar
más allá de su mentón—. Ya no aliento a la gente a creer lo peor de mí. He cambiado.
—La gente no cambia.
Su frío comentario desterró la inseguridad de ella y llevó su mirada a la de él.
Había dicho que había estado en el ejército. Había sido un soldado. ¿Dónde? ¿Quién era su
comandante? ¿Conocía a la General Jennifer Napier?
Pepper se sentía enferma.
¿Había trabajado Dan bajo el mando de la General Napier? ¿La admiraba ciegamente como lo
había hecho Pepper? ¿Cómo miraría a Pepper si ella era acusada de asesinato? ¿La entregaría a la
ley bajo la orden de la General Napier?
Esas eran las preguntas que Pepper no se atrevía a hacer. No quería estar involucrada en la vida
de Dan. Más importante aún, no quería a Dan involucrado en la suya.
Recordó el axioma favorito de la general. No defiendas. ¡Ataca! Buen consejo.
—Tú has cambiado.
Él inclinó la cabeza.
—Eso me dicen.

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Había cambiado. Antes había sido un muchacho insolente, que caminaba con un andar sensual
que había captado cada mirada femenina en todo el Condado Adams. Se había movido como si
comandara el sol, la luna y el viento norte, y viejas y jóvenes, todas las mujeres se habían fijado en
Dan Graham.
Ahora se movía diferente. Ahora cada movimiento era gatuno, alerta, como si esperara un
golpe desde atrás en cualquier momento. Caminaba como un hombre que podía defenderse. Que
se había defendido. Y detrás de ese rostro con su piel bronce y su expresión tranquila, ella percibía
una oscuridad, un vórtice tan profundo y negro que chupaba toda la luz de su alma.
Él demostraba una conciencia profunda, masculina de todo lo que lo rodeaba, incluso de ella.
Especialmente de ella. Parecía satisfecho con tenerla cerca suyo, y eso hizo que se preguntara...
—Después de la muerte de la señora Dreiss, ¿cuánto intentaste encontrarme?
—Escribimos a tu última dirección conocida.
—Me mudé.
—Bastante.
Las acciones de Pepper en Georgetown habían atormentado cada paso de su camino hacia el
rancho. La noche de los autógrafos le había contado todo sobre sí misma a la General Napier. Que
era de Texas. Que era huérfana. Que sus padres habían cometido un crimen. Con esa información
y el alias de Pepper —Jackie Porter— escrito en los libros autografiados que había dejado caer,
con el tiempo la general podría rastrear los pasos de la vida de Pepper.
¿Cuál era el axioma de la general? Sé meticulosa en cada intento.
Tarde o temprano el rastro la conduciría aquí. A Diamond. Al rancho.
Y sería pronto, si Dan levantaba el sedimento con el que Pepper había cubierto sus huellas.
—¿Escribiste a todos los lugares donde viví? ¿Hablaste con la policía? ¿Buscaste en internet?
—No pude encontrar ni un rastro tuyo, ni siquiera en internet, y la policía estaba
profundamente desinteresada. No les importa ubicar a una persona perdida que no desea ser
encontrada.
—¿Cuándo buscaste por última vez?
—Han pasado algunos meses.
Pepper se relajó un poquito. En el pasado, había adoptado más de un nombre. Si Dan no podía
rastrearla de Diamond a Washington, a la General Napier le llevaría un tiempo localizarla desde
Washington a Diamond. Pepper necesitaba mirar las noticias y ver si había algún informe sobre
esa perra. Esa traidora a su país. Traidora de cada persona que se encontraba en esa fila en esa
librería y que la admiraba tan fervientemente como Jackie Porter lo había hecho.
Pepper tenía que echar un vistazo alrededor del campo, ver dónde podría ir a esconderse, ver
qué podía hacer para defenderse si ese e—mail que había enviado desde el cibercafé en Denver
no llegaba a las autoridades adecuadas a tiempo.
Tragó con fuerza. No sabía si había enviado ese e—mail a la persona correcta, o si el senador
Vargas reconocería su nombre. Pepper había diseñado el jardín de su casa en la ciudad más de un
año atrás, y él había sido agradable y sinceramente entusiasta respecto al trabajo de ella, pero los
senadores conocían mucha gente en el curso de doce meses.
Y si el senador veía el e—mail, ¿le creería? Ella le había señalado que no sólo estaba
preocupada por su propia seguridad, sino por la seguridad del país: había habido una violación de

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alto nivel de la seguridad nacional. ¿Era él la persona correcta para informarlo? No sabía cómo
funcionaban esas cosas; era una paisajista que había pasado la mayor parte de su vida evitando
todo lo que tuviera que ver con el gobierno, sus agencias y la ley.
Hasta que la general fuera atrapada, Pepper nunca podría descansar tranquila… y cada vez que
hubiera un bombardeo en cualquier parte del mundo, Pepper se preguntaría si la General Jennifer
Napier estaba involucrada.
Necesitaba a Dan fuera de esta propiedad. Puede que ya no le gustara, pero no quería la
muerte de él sobre su conciencia.
Ajustó su camisón hasta que supo que cubría decentemente su trasero y salió de la cama. Sus
huesos crujieron mientras se movía. Había caminado seis horas anoche, en medio de un frío
helado y por caminos de ripio, cargando la pesada mochila que luego había metido en el viejo baúl
en el porche, y le dolía todo por el esfuerzo. Sentía como si hubiera podido dormir otras doce
horas. Pero tenía que ponerse en marcha. Tenía que hacer planes para protegerse a sí misma y al
rancho… y a Dan.
Dan la observaba clínicamente, como si fuese un médico, pero no hizo comentarios sobre su
rigidez.
—Mi papá decía que estabas muerta.
—No lo dudo.
Al señor Graham no le había gustado que ella saliera con su hijo, y se lo había hecho saber
inequívocamente.
Abriendo el ropero, miró la ropa allí colgada. La ropa que había abandonado nueve años atrás.
Ropas para trabajar: camisas de franela y jeans gruesos. Ropas para llevar a la escuela: tops con
lentejuelas y jeans ajustados. Y ropas que garantizaban que provocaría a Dan: remeras ajustadas,
jeans de tiro bajo y una sexy camisola celeste.
—Sabía que habías pasado a la clandestinidad. Estaba esperando que volvieras a asomar la
cabeza —dijo él.
Ella se dio vuelta y lo miró enojada.
—No soy una marmota pronosticando la primavera.
Dan la miró de arriba abajo. Sin lascivia.
Sin embargo, ella se encontró poniendo un pie encima del otro. Su camisón no era
transparente, la franela era demasiado gruesa para eso, pero no llevaba nada debajo.
Dan se comportaba como si también lo supiera, como si no importara si ella tenía ropa o no, si
se ocultaba bajo las sábanas o se encontraba sobre sus dos pies. Él apreciaba el modo en que se
veía. Siempre le había gustado cómo se veía, y tenía una manera de mirarla que la hacía sentir
como si pudiera protegerla de cualquier amenaza, de cualquier reto. Para una mujer que se
encontraba tambaleando al borde del desastre, esa ilusión era casi irresistible.
—No —dijo él—. No, nunca te he comparado con una marmota.
Tenía que hacer algo respecto a este hombre antes de olvidar las lecciones que había aprendido
en todos los años desde el día en que su familia la había abandonado.
Nadie sentía lealtad por ella. Nadie la protegería. No podía confiar en nadie.
Esos no eran los axiomas de la General Napier, sino los suyos. Los había olvidado por un
tiempito, y vio el aprieto en que se había metido.

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Sin embargo, aunque la General Napier fuera una traidora, su consejo seguía siendo bueno. Sé
resuelta, había dicho. Así que Pepper se volvió hacia Dan y señaló la puerta.
—¡Vete! No tienes que quedarte aquí. ¿Por qué simplemente no te vas?
—Cuidé el lugar mientras la señora Dreiss vivía —dijo él—, y lo he cuidado desde su muerte.
Tengo una responsabilidad de asegurarme de que no suceda nada con el rancho antes de que pase
a tus manos.
La impaciencia y la desesperación movieron a Pepper. Lo quería fuera. Si se marchaba, ella
podría hacer planes para defender este lugar y a sí misma.
—Puedo manejarlo todo. He vivido aquí antes.
Una expresión de inocencia y sorpresa cruzó el rostro de él.
—¿De veras? Hubiera dicho que una sola persona nunca podría manejar todo en un rancho.
Pepper no confiaba en él. Parecía como si Dan estuviera poniéndose máscaras, una tras otra, y
ninguna de ellas representaba sus verdaderos sentimientos.
—Con el ganado, las gallinas y el jardín —continuó él—, apenas he logrado mantener el ritmo, y
los vaqueros ayudan con el trabajo pesado.
Oh, sí. Había olvidado cuánto trabajo rotundamente agotador suponía el rancho. Del amanecer
al ocaso, todo el verano, reparando cercos, persiguiendo ganado, intentando robar un momento
para el jardín. Sacó un par de jeans del ropero.
—Puedes vivir en la casa de tu padre y venir en auto.
—¿Por caminos de ripio? —Cruzando los brazos sobre el pecho, Dan se veía tan severo e
inamovible como una cara de piedra del Monte Rushmore—. Lleva una hora. No tengo dos horas
por día para desperdiciar.
El año que Pepper había pasado viviendo con la señora Dreiss había estado lleno de trabajo
para ella, para la señora Dreiss, para todos. En la distancia siempre podía ver a los vaqueros
trabajando con el ganado. Y Dan había estado allí mucho tiempo, generalmente trabajando.
Intentando meterse en sus pantalones el resto del tiempo.
Se movió incómoda. Miró fijo los jeans azul oscuro en sus manos y luego los puso tras su
espalda, como si él pudiera leerle la mente.
—Pero si quieres ir al pueblo —dijo él—, ver al abogado y firmar los papeles, me marcharé.
Había descubierto su debilidad certeramente.
—Dios, no.
Él levantó una ceja.
—¿No?
No. No quería que nadie en el pueblo supiera que había llegado. Desde luego no quería firmar
ningún papel, no con su nombre real, ni con su seudónimo. Había tenido suerte hasta ahora. Había
mirado CNN en los aeropuertos, y aunque había habido una breve mención de la muerte de Otto
Bjerke, el reportero había dicho que nadie conocía la identidad del asesino. Había pensado mucho
qué significaba eso, y había decidido que la general no quería que Pepper fuera llevada por la
policía. Sin dudas, la General Napier temía el testimonio de Pepper. Así que la general debía estar
cazando a Pepper por su cuenta, o tal vez con algunos de sus compinches terroristas. Eso
significaba más peligro. Dan no tenía idea de cuántos problemas estaban acechándola.

Traducido y corregido por ALENA JADEN Página 46


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Con cruda desesperación, Pepper se preguntó si estaría escondida el resto de su vida… su vida
corta, fácilmente terminada. A Dan le dijo:
—No sé cuánto tiempo me llevará instalarme y descubrir qué quiero hacer con el lugar. Puedo
esperar un poco para reclamar el rancho, ¿cierto?
—No veo porqué no.
—Si tú… si quieres quedarte, está bien.
La otra ceja de Dan se elevó. Obviamente, un pedido tan pobre no lo satisfaría.
Las palabras casi la ahogaron.
—Agradecería si te quedaras hasta que me establezca.
—Hasta que hayamos subido el ganado a las tierras altas —concedió él—. Serán dos semanas.
Dos semanas. Mientras la General Napier, sus soldados y sus cazarrecompensas permanecieran
alejados durante dos semanas, él estaría a salvo.
—Eso servirá.
Tenía que hacerlo.
Dan se frotó la mandíbula con los dedos y la contempló pensativamente.
—Pepper, ¿hay algo que quieras contarme?
Ella se quedó mirándolo. La tentación alta y larga que representaba. Si volcaba el asunto en él,
de algún modo Dan lo solucionaría… ¿verdad? Confiaría en que ella estaba diciendo la verdad.
Seguramente lo haría. No recordaría su juventud salvaje y la vez que habían hurtado cervezas de
una tienda en McCall. No se preguntaría por qué ella se había mudado con tanta frecuencia
después de haber abandonado Diamond ni sospecharía de que hubiese cometido más crímenes, e
incluso un asesinato...
Pensó en el pobre Otto Bjerke, el ayudante de la general. Había sido un hombre honorable, y
estaba muerto debido a sus principios. Asesinado por una mujer tan despiadada que no había
vacilado en matar al hombre que había trabajado para ella durante años.
Ahora la General Napier buscaba a Pepper. Miró a Dan. Si la General Napier la encontraba, Dan
tenía la posibilidad de ser asesinado por estar en el lugar equivocado en el momento incorrecto.
¿Qué había estado pensando?
No podía permitir que permaneciera aquí.
—Pepper, ¿qué está pasando? —preguntó Dan, mirándola intensamente.
Un suave repique sonó desde el comedor. Ella dio un salto.
—¿Qué es eso?
Dan miró el buscapersonas prendido a su cinturón, leyó el mensaje y entonces, como si el
aparato pudiera oírlo, dijo:
—Te llevó bastante tiempo.
Ella iba a preguntarle qué quería decir. Entonces un ruido en el camino de entrada le hizo girar
la cabeza. Un vehículo, dando saltos sobre la grava irregular. En su mente imaginó un auto. Un
auto largo, negro, del Estado.
Tensa y alerta, Pepper exigió saber más enérgicamente:
—¿Quién es?
—¿Por qué? ¿Estás esperando a alguien?

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—¡No!
—Te ves… —la mirada de él permaneció en su rostro—... incómoda.
—No lo estoy. Pero, ¿quién es?
Con asombrosa certeza, él dijo:
—Es sólo mi padre.
Afuera, las ruedas del auto escupieron grava mientras se detenía. Una puerta se cerró de un
golpe, y la voz de un hombre rugió:
—¡Danny! ¿Dónde estás?
Dan desenroscó su cuerpo del borde del tocador.
—No hay dudas, es mi papá.
—¿Qué está haciendo aquí?
—Le dije que habías llegado. —Dan se dirigió a la puerta—. Siempre ha tenido un pésimo
sentido de la oportunidad.
¿Cómo empeoraron las cosas tan rápido?, se preguntó Pepper. Dan sospechaba que ella tenía
un secreto y el señor Graham sabía que había llegado. Bien podría poner una valla publicitaria
para anunciar su presencia.
—Desearía que no hicieran correr la voz todavía.
Dan se dio vuelta para mirarla.
—Es sólo mi papá —le dijo amablemente.
La puerta metálica golpeó en la cocina. El señor Graham gritó:
—¿Dan? ¿Estás aquí?
Apurada, ella tomó el brazo de Dan.
—¿Él se lo ha dicho a alguien?
Tomándole la mano, Dan la sostuvo con la suya.
—Podemos decirle que quieres privacidad.
Por un momento, ella permitió que su calidez la tranquilizara. Sin embargo, no podía encontrar
seguridad allí.
—Eso estaría bien.
Apartó la mano de un tirón.
—Pero está preocupado porque tú y yo volvamos a estar juntos. No sirve de nada darle más
para preocuparse. Por atractiva que estés en tu camisón, ¿por qué no te cambias y me ahorras un
montón de problemas?
—Ningún hombre vivo puede acusarme de usar un camisón largo de franela para ser atractiva.
—Sólo resulta que es así.
Con una mirada larga, caliente y abarcativa más, Dan salió para encontrarse con su padre,
cerrando la puerta tras de sí.

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Mientras Pepper buscaba dentro de un cajón de su ropa vieja, pudo oír la voz del señor Graham
retumbar a través de la puerta.
—¿Qué estabas haciendo en su dormitorio?
—Despertándola —oyó que decía Dan lacónicamente.
Ella sacó ropa interior, un sostén y una remera de Idaho que declaraba “Darth Tater” y
mostraba una papa vestida con armadura negra.
—¿Cómo?
El toque nervioso en el tono del señor Graham era difícilmente halagador.
—Con mis labios.
Mirando enojada la puerta, se arrancó el camisón. Dan sabía que podía oírlos.
—¿Ya estás besándola?
El señor Graham sonaba horrorizado.
El sostén y los calzones eran un poquito grandes y el elástico estaba flojo, pero Pepper se los
puso en tiempo récord.
—Papá, le dije que se levantara —dijo Dan.
Ella se detuvo con la remera a medias por su cabeza y esperó escucharlo agregar que la había
besado la noche anterior.
No lo hizo. Qué bueno.
Pasó un peine por su cabello corto —eso no llevó mucho tiempo— y subió el cierre de los jeans.
Colocó curitas en sus talones con ampollas y se puso medias y zapatos.
—¿Seguía durmiendo? —El señor Graham tenía la incredulidad de toda una vida de ranchero
de que nadie podía dormir más allá del amanecer—. ¡Es pasado el mediodía!
Ella salió bruscamente por la puerta y entró en la cocina, hablando mientras andaba.
—No llegué aquí hasta después de la medianoche. Mañana me levantaré con los pájaros.
Los dos rostros que se volvieron hacia ella eran tan diferentes como podían ser padre e hijo.
Eran de la misma altura, pero mientras que Dan tenía huesos grandes y marcados, el señor
Graham era musculoso y nervudo, sin trasero excepto por una billetera y un pañuelo doblado. Su
cabello que empezaba a ralear era de un rubio rojizo, su piel era blanca y con pecas, y sus ojos
azules exponían cada emoción. Ahora mismo la miraba con una brusquedad e irrisión que hicieron
que ella quisiera devolverle la rudeza.
Pero se contuvo. Ya no era la pequeña Pepper Prescott, la huérfana rebelde que había llevado
al hijo de Russell Graham por el sendero de la perdición. Se había transformado en una paisajista
exitosa y responsable con olfato para los negocios, y debido a su reciente herencia, se había
convertido en la vecina del señor Graham. Además, tenía que depender de su buena voluntad
para mantener el rancho en marcha hasta que pudiera decidir qué hacer con él… o hasta que la
General Napier los hubiera matado a todos.
Entonces la mirada del señor Graham aterrizó en su cabello. Se rió.
—¿Qué hiciste? ¿Caíste sobre una cortadora de césped?
Ella respondió antes de poder pensarlo mejor.

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—Me resulta más sencillo que sacarlo con pinzas como hace usted.
El señor Graham se pasó la mano por la frente demasiado alta hasta las entradas de su cabello.
—No es agradable burlarte de tus mayores.
Los viejos instintos aparecieron, y ella se acercó al señor Graham y se detuvo cara a cara con él.
—Tampoco es agradable burlarse de un mal corte de cabello.
—Esa fue una de las razones por las que mamá se divorció de ti —dijo Dan—. Nunca pudiste
mantener la boca cerrada respecto a su cabello. ¿Cierto, papá?
El señor Graham miró enojado a su hijo. En un tono altanero, dijo:
—Hay más en un matrimonio que un corte de pelo. Tu madre tenía tantas razones para
dejarme que no las recuerdo todas.
Pepper descubrió que sus labios se estiraban con diversión. De acuerdo a la leyenda local, antes
de su separación cuando Dan tenía seis años, los Graham habían sido famosos en todo el condado
por sus peleas a gritos. Ahora vivían amigablemente separados, ella dirigiendo una posada en
McCall, él en el rancho familiar. Si Dan había sufrido algún trauma por el divorcio, lo había
superado hacía tiempo, habiendo tenido la sensación de seguridad de dos padres que lo amaban
profundamente.
La expresión de Pepper se agrió. Debía ser agradable estar tan seguro de afecto. Deseaba no
envidiar a Dan, pero así era. No estaba orgullosa de su resentimiento, pero ahí estaba, sólido e
inamovible.
El señor Graham miró a su hijo.
—Hablando de cortes de cabello, ¿cuándo te harás uno, Danny?
Pepper volvió a sonreír, para nada sorprendida de que el señor Graham fastidiara a su hijo por
el largo de su cabello. Había estado haciéndolo desde que lo conocía.
—Conozco a un barbero —le ofreció ella.
Entonces su mirada chocó con la de Dan y su respiración se detuvo.
Él se encontraba junto al fregadero, mirándola como un tiburón depredador, como si la sonrisa
de ella alimentara alguna parte famélica de su alma. Sin una palabra ni movimiento le dijo que la
deseaba, y el cuerpo de Pepper respondió. A regañadientes, con resentimiento, pero respondió,
recordando, suavizándose y buscándolo.
La voz de él era tranquila y profunda.
—Si es el mismo barbero que cortó tu cabello, tendré que rehusarme.
El señor Graham la miró, luego miró a Dan, luego volvió a mirarla a ella y sus ojos se enfriaron
perceptiblemente.
—Pepper, ¿cuánto tiempo vas a quedarte?
Abriendo mucho los ojos, ella dijo:
—El tiempo que haga falta. —¡Que entendiera lo que quisiera! Entonces Dan se aclaró la
garganta, y ella recordó que tenía que apaciguar a su padre—. Señor, agradecería si no dijera a
nadie que me he mudado otra vez aquí.
—Nadie en el pueblo está interesado en ti —dijo el señor Graham.
Pepper resopló. Sobre las faldas de la montaña y a aproximadamente cincuenta duros
kilómetros por el camino se encontraba el pueblo de Diamond. Tenía una población de

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ochocientos treinta y cinco, una calle principal, un sólo semáforo, y una escuela donde obtenían su
educación todos los hijos de granjeros de los ranchos circundantes. Todos hacían sus compras en
la única tienda de Diamond y dividían su tiempo de bebidas entre los dos bares. Había una iglesia
congregacionalista, una iglesia de los Santos de los Últimos Días, y un sacerdote viajante católico
que iba una vez por mes a escuchar confesiones y dar la comunión en la sala de estar de la señora
Buckley.
De vez en cuando alguien nuevo se instalaba. Generalmente espíritus libres, gente de las
ciudades que imaginaban una existencia bucólica en el campo y se mudaban para entrar en
contacto con la naturaleza. Una vez que la naturaleza los tocaba en forma de temperaturas
heladas y ventiscas huracanadas, la mayoría de los espíritus libres estaba prácticamente acabada
de vivir sin comodidades. No podían esperar a vender y mudarse de regreso a la civilización, así
que en su mayor parte siempre vivían las mismas familias en los alrededores de Diamond.
La familia Graham había vivido aquí desde el siglo diecinueve. Habían creado haciendas y se
habían establecido. Conocían a todos y le agradaban a todos. Se casaban en los ranchos de otras
familias, y nadie tan salvaje como Pepper jamás había amenazado la decencia de la familia
Graham.
Ahora había heredado el rancho Dreiss.
¿Que nadie en el pueblo estaba interesado en ella? Todos en el pueblo estaban interesados en
ella. Incluso Dan soltó una risotada.
—Papá, ¡qué mentira! No he estado en Diamond más de una hora por mes desde que llegué a
casa. Todos saben sobre los asuntos de todos los demás, y no me gusta que se entrometan en los
míos.
—No te haría daño ir un poco más seguido, Danny —rezongó el señor Graham—. Todos
preguntan por ti cada vez que voy, y a esa agradable muchacha Johnson le encantaría hacerte
compañía.
—¿Rita? —preguntó Pepper incrédula—. Oh, por favor. Cuando estábamos en la secundaria,
Dan la asustaba, y ahora es mucho más... —Pepper se detuvo. Había estado a punto de decir “más
peligroso ahora”, pero no quería que él supiera que lo había notado—. Además, ¿todavía no está
casada?
—Una vez. —Dan sacó un jamón del refrigerador y comenzó a cortar tajadas—. No funcionó.
—¡Pobre Rita! Dijo que nunca se divorciaría.
Pepper miró atentamente el jamón, todo rosado y de olor dulce, y su estómago rugió.
—La vida tiene un modo de hacerte cambiar de opinión. ¿Vas a llamarla? —preguntó Dan.
No.
—Después de que me instale —dijo en voz alta.
—Le encantará saber de ti. —En un tono nostálgico, Dan preguntó—: ¿Recuerdas a Mark
Jeffers?
—¿El chico con orejas como puertas abiertas? Seguro.
Estaba más que hambrienta. Estaba famélica.
—Es un artista. Bastante bueno. Vive en una cabaña arriba en las colinas en el rancho de su
familia, y envía sus cosas a Nueva York para muestras.

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—Wow. —Abriendo el paquete de pan, Pepper puso trozos en tres platos—. Apuesto a que la
señora James está encantada.
—Siempre dijo que él tenía el potencial de un gran artista, aunque nunca entendí cómo lo
sabía.
Dan le pasó la mostaza, sacó los tomates, los lavó y los cortó.
Mientras conversaban y trabajaban juntos, el señor Graham los observaba con amargo
disgusto. Estaban excluyéndolo. Lo sabía, y no le gustaba.
—Entonces, Pepper, ¿por qué no quieres que nadie sepa que estás aquí?
—No quiero tener que tratar con chismes, ni recepciones de bienvenida, ni… —intentó hacer
una sonrisa autocrítica—, más probable, ninguna condena. Todavía no. No hasta que me instale.
Por favor.
El señor Graham tenía esa sonrisa en la cara, la que significaba problemas.
—Si los dos van a vivir juntos aquí, ¿quién cocinará la cena?
Pepper quiso protestar que no había dicho que vivirían juntos. No del modo que implicaba el
señor Graham. Pero Dan ofreció una respuesta que garantizaba que tanto ella como el señor
Graham se volverían locos.
—Estaré ocupado con el ganado y los cultivos todo el día, así que supuse que Pepper lo haría.
—Pepper abrió la boca para objetar furiosamente. Dan puso el tomate cortado en los platos—. Al
menos por el verano. Yo lo haré este invierno.
Después de una mirada a la expresión espantada del señor Graham, Pepper se aplacó.
—¡Dan, no vas a quedarte aquí tanto tiempo! —El señor Graham se volvió contra Pepper—. No
estarás planeando quedarte, seguramente. ¡Vas a vender este lugar!
—No lo había pensado. —Era la verdad. Había llegado la noche anterior. No había tenido
tiempo para pensar qué haría—. La señora Dreiss me lo dejó. Venderlo parece frío.
—No voy a mantenerlo por ti, ¡puedo decirte eso! —dijo el señor Graham.
Dan se movió detrás de su padre. Hizo una cara larga, incrédula.
Ella se dio cuenta de que Dan estaba dándole indicaciones. Se las arregló para no reír.
—Supongo que si tuviera una oferta lo suficientemente buena, podría vender.
—No esperes obtener más de doscientos mil por este lugar. —El señor Graham metió los
pulgares en su cinturón y se meció sobre sus talones—. Está arruinado. No hay cesiones de
terreno federales conectadas a él. En realidad no vale tanto, pero algún pobre imbécil
probablemente te dé doscientos.
Dan levantó cinco dedos, señaló a su padre y le hizo una señal de pulgares arriba.
Los ojos de ella se abrieron mucho. ¿De veras? ¿Quinientos mil?
El señor Graham siguió:
—Imagino que doscientos mil es mucho dinero para una muchacha como tú.
Dan se tapó los ojos con una mano.
Un arrebato de rabia se adueñó de ella. Con trabajo duro, economización y ahorros, tenía
cincuenta mil dólares en un banco en Georgetown, y no sólo podía disponer de él, sino que estaba
allí parada siendo tratada con condescendencia por un ranchero de Idaho que necesitaba que le
patearan el trasero. Sonriendo con dulzura edulcorada, dijo:

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—Pero, pensándolo mejor, realmente no podría desprenderme del rancho por menos de un
millón. El valor sentimental y todo eso.
—¿Un millón de dólares? —rugió el señor Graham—. ¡Es una terrible cantidad de sentimiento!
—¡Yo tengo una terrible cantidad de sentimiento!
Y Pepper se encontró parpadeando contra un torrente inesperado de lágrimas penosas.
El señor Graham se veía tan horrorizado como cualquier hombre que pasaba la mayor parte de
su tiempo con vaqueros y ganado.
—¡Pero bueno, señorita! Nada de eso. Todos extrañamos a la señora Dreiss, pero no nos ves a
Danny y a mí cayendo y llorando como niñas.
—Papá, ella es una niña. —Dan la hizo sentar—. Pepper, ¿cuándo fue la última vez que
comiste?
Lo recordaba demasiado bien, pero esas galletas apenas habían sido una comida.
—Ayer en el almuerzo.
¡Tenía que parar con esto! Toda esta emoción desenfrenada. No era su estilo. Pero, oh Dios,
estaba tan asustada. Extrañaba a la señora Dreiss. Quería... miró a Dan. No sabía lo que quería,
sólo sabía que no podía tenerlo.
No supo cuál de los hombres Graham puso el sándwich frente a ella, pero mientras clavaba los
dientes en el pan marrón crocante, oyó claramente al señor Graham diciendo:
—Maldición, hijo, ¿no te he enseñado que una mujer hambrienta es una mujer peligrosa? —
Ella no dejó de comer. Dan no respondió. El señor Graham pareció entender eso como un
reproche, porque dijo—: Puedes dejar de mirarme mal. No le he dicho nada que no haya oído
antes. Nunca olvidaré cómo se veía la primera vez que la vi.
Con un tono extraño y dolorido en su voz, Dan dijo:
—También recuerdo la primera vez que entró en la escuela.

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Estaba tatuada, perforada, usaba el maquillaje como un arma, y Pepper Prescott entró por la
puerta del auditorio el primer día de clases como si fuera la dueña del lugar. La secundaria entera,
todas las ciento cincuenta y tres personas, dejaron de hablar y se quedaron mirándola. Su cabello
estaba teñido de rubio con reflejos rojos… y no un rojo que Dios hubiera creado. Rojo como un
pastel de cereza o el costado de un granero. Tenía una serie de aros atravesándole las dos orejas.
Su camisa estaba atada bajo sus pechos generosos, mostrando su ombligo perforado y una cintura
estrecha. Llevaba una sonrisa desdeñosa y jeans que acunaban su apretado trasero. Nadie se
movió mientras ella posaba en el umbral, bien consciente de su impacto en la conservadora
escuela de campo.
Las expresiones en los rostros de las muchachas eran divertidísimas al darse cuenta de lo
aburridas que eran comparadas con Pepper. Las expresiones de los chicos mientras asimilaban su
salvaje sexualidad eran igualmente cómicas.
Dan, repantigado en su asiento, supo que tenía la misma expresión. Iba bien con su erección; la
misma reacción que hizo que cada chico heterosexual en la escuela se retorciera, intentando
ponerse cómodo. Pero Dan sabía que tenía la ventaja persiguiendo a Pepper; era un Graham,
estaba en el último año, podía pelear, y nadie más conducía un ‘66 El Camino de época. Era el tipo
más peligroso en la escuela.
Entonces la mirada de Pepper se deslizó sobre él sin un gramo de interés, y se encontró
enderezándose indignado. Ella no se daba cuenta de lo importantes que eran los Graham. No lo
notó en absoluto.
La señora Sweet, la directora, obviamente había esperado la llegada de Pepper, porque hizo un
gesto y dijo:
—Siéntese, señorita Prescott. Estamos a punto de tener nuestra asamblea inaugural. Cuando
hayamos terminado, puede venir a mi oficina y discutiremos el código de vestimenta adecuado.
Todos esperaron, tensos y excitados, para escuchar a la muchacha nueva siendo insolente con
la señora Sweet. En cambio, Pepper asintió con la cabeza y se hundió en un asiento al lado de la
líder de las porristas, Rita Johnson, una niña tan inocente y convencional que se avergonzaba
mirando la tapa de una Cosmopolitan. Ahora Rita se veía como si estuviera a punto de desmayarse
de horror, y realmente se dio vuelta y olisqueó a Pepper como intentando captar el olor de drogas
ilícitas o, peor, olor corporal.
Pepper le sonrió. Por primera vez él vio ese repentino y dulce estallido de efervescencia, y él
también sonrió, como si su júbilo fuera contagioso. Más importante aún, después de un momento
de sobresalto, Rita devolvió la sonrisa a la estudiante salvaje, perforada y exótica. Poco después
estaban susurrando, y a mitad de camino del discurso de bienvenida de la señora Sweet, la
directora tuvo que parar y reprenderlas. Era la primera vez que Rita se había metido en problemas
en toda su vida, y para sorpresa de Dan, no estalló en lágrimas.
Se veía más bien desafiantemente encantada, como si hubiese alcanzado una meta que había
establecido para sí misma pero que no sabía cómo lograr.
Por supuesto, cuando la señora Sweet terminó con Pepper, ella tenía la camisa metida en los
jeans y un arete por oreja, y llevaba una nota escandalizada para la señora Dreiss sobre la
inconveniencia de enviar niños a la escuela vestidos de un modo que sin dudas sería una mala
influencia para los demás estudiantes.

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La señora Sweet tenía razón. Porque desde ese día en adelante, Pepper llevó remeras y jeans,
pero el daño había sido hecho. Todos en la secundaria se peleaban para ser terminalmente
geniales también... incluso Rita Johnson.
Especialmente Rita Johnson, quien cosía sus propias ropas y logró hacer un trabajo bastante
creíble de cambiar su guardarropas de modesto a alucinante en menos de una semana.
Lo gracioso era que Pepper no se burlaba de los intentos de Rita ni los de nadie más, de hecho.
No hablaba sobre los otros lugares en que había vivido. No comparaba Diamond con la gran
ciudad, ni les decía que un pueblucho tan diminuto era increíblemente tedioso. No hablaba sobre
sí misma en absoluto. Y a todos, incluso a las porristas, hasta a la señora Sweet, les agradaba. Sin
importar qué hiciera Pepper, sin importar cuánto holgazaneara, sin importar con qué frecuencia
faltara a la escuela, le agradaba a todos.
A él le gustaba.
Le gustaba el modo en que hablaba, despacio y pensativamente, como si sopesara cada
palabra. Era casi sureño en su cadencia, pero ella no tenía ese acento, y cuando alguien le
preguntó si era de Texas, ella se encogió de hombros y dijo: “No soy de ninguna parte”.
El drama de su comentario lo impresionó.
Le gustaba la manera en que se detenía cada tarde en cuanto ponía un pie fuera de los terrenos
de la escuela y volvía a colocar cada arete a la vista de la oficina de la señora Sweet. Le gustaba
cómo caminaba, con un lánguido movimiento de las caderas que hechizaba a cada chico en la
Secundaria Diamond. Le gustó, realmente le gustó cuando ese idiota Peck Maltkin, cuya familia
pensaba que era mejor que los Graham, intentó agarrarle las tetas enfrente del baño de las
mujeres. Ella lo tomó de la muñeca y retorció, poniéndolo de rodillas y sosteniéndolo ahí hasta
que él rogó su perdón por todo, incluso por haber nacido.
Sí, a Dan le gustaba, pero el problema era que a ella no le gustaba él. Sin importar lo que
hiciera, sin importar cuánto alardeara frente a ella, Pepper no le prestaba atención. No lo
entendía. Todas las muchachas en el pueblo querían estar con él.
¿Qué problema tenía?
Por primera vez en su vida, tuvo que perseguir a una chica. Cuidadosamente, planeó su ataque.
Comenzó visitando a la señora Dreiss. Ella había sido su vecina desde que podía recordar, y hacía
las mejores galletas del pueblo, así que no era ninguna molestia pasearse hasta allí, sentarse en la
cocina y observar a Pepper que aprendía cómo hornear.
Sólo que la señora Dreiss no soportaba a los vagos, así que Dan se encontró envuelto en un
delantal, aplastando círculos de masa de galletas de mantequilla de maní con un tenedor y
metiéndolas en el horno. Sin embargo, Pepper no le decía mucho, excepto “pásame el polvo de
hornear” y “¿podrías dejar de acaparar la batidora?”
La señora Dreiss los observaba con una expresión sabia y simulaba que no tenía idea de por qué
él estaba allí.
Fue a la escuela el día después de su primera experiencia en la cocina, esperando que Pepper le
hubiese contado a todo el pueblo que el Gran Dan Graham había estado horneando galletas.
Nunca hubiese superado esa vergüenza.
En cambio, ella no le contó a nadie en la escuela lo que él había estado haciendo, casi como si
estuviera avergonzada de haber pasado tiempo con él.
¿Qué tenía él de malo?

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Así que le ordenó a Karen D’Amato, su primera novia y quien le había enseñado cómo empañar
las ventanillas de un auto, que diera a Pepper el detalle total sobre sus proezas sexuales.
Eso fracasó. Pepper lo ignoró todavía más atentamente, dedicando su tiempo a ayudar a Rita a
perforar el cartílago de su oreja y a Meghan Dawson a aprender cómo hacer tatuajes de henna.
Hubiese pensado que Pepper no estaba interesada en los muchachos, excepto por el modo en que
ella lo miraba cuando pensaba que él no estaba viendo... con recelo y una curiosidad irreprimible.
Así que, a medida que el invierno avanzaba, salió con algunas otras chicas —hey, no podía
evitarlo si todas lo deseaban— pero siguió pasando por la casa de la señora Dreiss. Ayudaba con
las tareas diarias y aprendió más sobre plantas de lo que jamás hubiese querido saber, porque la
señora Dreiss las amaba y Pepper las amaba todavía más. Tenían un invernadero bajo la ventana
del cuarto del fondo, donde podía captar la mayor cantidad de luz del sol, y experimentaban con
cultivos perennes que sobrevivirían al contundente frío de las montañas, y vegetales que
madurarían en la mitad de tiempo y duplicarían de ese modo el rendimiento de los cultivos. Él
preguntaba a Pepper sobre su pasado, pero lo único que obtenía por sus esfuerzos era que Pepper
lo tratara como un hermano que no estaba del todo bien de la cabeza.
Finalmente, después de haber estado allí seis meses y que hubiera pasado la Navidad, llegó el
día en que la escuela secundaria hacía frente al frío para el paseo anual llamado “Estos chicos nos
están volviendo locos” a Warm Springs Pool para nadar. La temperatura rondaba los 5ºC bajo
cero, el hielo se formaba en los costados del estanque y las acompañantes se sentaban por encima
de los niños en una cabina cerrada, calefaccionada, y sólo salían para amonestaciones necesarias.
Pero el estanque en sí permanecía en unos tostados 29 grados. Lo único tan bueno como subir al
trampolín, adoptar una pose afectada y luego zambullirse en el agua cálida era mirar a las chicas
haciéndolo. Mientras todas estaban allí con sus trajes de baño enterizos (la señora Sweet no
aceptaba los bikinis), riendo, temblando y alardeando, cada muchacho se fijaba en ellas. Como dijo
Dave Geary mientras miraba a Laura Berners, “sus pezones están tan duros que podrían cortar un
cristal.”
Cuando Pepper subió al trampolín, confirmó lo que cada chico en la secundaria ya sabía. Tenía
una figura que detendría el tráfico. En todo caso, su traje de baño era más conservador que los
demás, pero no ocultaba esas largas piernas. Sus caderas eran esbeltas y su cintura diminuta, pero
su busto sobresalía en la parte superior de su traje con exuberante abundancia, y él quiso ahogar a
los demás muchachos por babosearse en el estanque. Ella se zambulló, ejecutando un clavado
perfecto, y nadó como si hubiera nacido en el agua. Su habilidad para nadar creó otro misterio
sobre Pepper, un misterio que hizo que se decidiera todavía más a lograr gustarle a ella.
No se dio cuenta de que su suerte estaba a punto de cambiar, y de que estaba a punto de pasar
toda la primavera saliendo con la chica más salvaje de por ahí.
La señora Sweet y la señora Dreiss bajaron a gritar a los chicos por tirarse entre sí al estanque, y
se quedaron un rato para hablar con los niños. Le agradaban a todos: la señora Sweet era severa
pero justa; la señora Dreiss era severa pero divertida.
Justo antes de que volvieran arriba a sentarse con las demás acompañantes, la señora Sweet
dijo a la señora Dreiss:
—Pepper Prescott está adaptándose bien. Sería bueno para todos que permaneciera en
Diamond. Olvidará toda esta locura y será un buen y estable miembro de la sociedad. Predigo que
encontrará un esposo dentro de poco… uno de los Yeager tal vez, o quizás el muchacho Michaels.
La señora Dreiss respondió con dureza:

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—Es demasiado buena para ellos, y está bien por su cuenta.


Pero el daño había sido hecho.
Dan escuchó a la señora Sweet. Al igual que media docena de otros chicos. Todos ellos fueron
directamente con Pepper y le contaron, palabra por palabra, lo que habían dicho.
Pepper se veía aturdida. Entonces pareció estar enferma. Los Yeager eran pobres y más
estúpidos que una botella de Jack Daniels una noche de martes. El hijo de los Michaels era un
niñito de mamá, cauteloso, mudo y sentencioso. A la señora Sweet le gustaba Pepper, sí, pero no
podía haber sido más clara: pensaba que Pepper debía conformarse con lo que pudiera obtener, y
estar agradecida.
Pepper no estaba agradecida.
Nadó hacia Dan, susurró: “Reúnete conmigo en el vestuario de las mujeres,” y salió del
estanque.
El modo en que caminaba era completamente diferente a como la había visto caminar antes.
Sus pasos eran largos y lentos. Sus caderas se balanceaban a un lado y otro hipnóticamente.
Estaba buscando problemas.
Él la ayudaría a encontrarlos. Esperó unos momentos, lo suficiente como para que nadie los
relacionara. Luego la siguió.
Ella se encontró con él en la puerta, cubierta de escalofríos. Se arrojó en sus brazos y lo besó.
Dan todavía podía recordar el modo en que sabía ese día. Como cloro, goma de mascar y
desafío. Sus cuerpos se pegaron, calentándose rápidamente bajo la presión de las hormonas de él
y la rebeldía de ella. Cuando finalmente la soltó el tiempo suficiente para respirar, Pepper dijo
contra su boca:
—Vistámonos. Vayámonos.
—Seguro. ¿Adónde?
—Donde tú quieras, bebé. —Ella le tocó los labios con los dedos—. Donde tú quieras.

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—Entonces, Pepper, ¿dónde has estado? ¿Qué has estado haciendo? —preguntó el señor
Graham, volviendo al ataque.
Ahora que ella había terminado de comer su sándwich, se sentía lo bastante renovada como
para discutir con él y bajarle los humos.
—Soy paisajista. Decoro los jardines de la gente rica.
Dan escuchaba, su mirada pasando de su padre a Pepper mientras absorbía cada trocito de
información.
—¿Fuiste a la universidad? —preguntó el señor Graham.
—No. Nada de universidad. No lo necesitaba. —Hubiese disfrutado de las clases, el aprendizaje,
la oportunidad de ganarse un título y ser una profesional respetada, pero eso no estaba destinado
a ser—. La señora Dreiss me enseñó sobre las plantas, y conseguí trabajo en un vivero. Aprendí
todo lo que pude allí, luego seguí adelante hasta que podía diseñar plantas para cualquier patio,
de cualquier tamaño, en cualquier sitio.
—¿Dónde estás trabajando ahora? —El señor Graham la miraba detenidamente—. ¿En otro
vivero? Ese no es trabajo para una mujer.
Ella se quedó mirándolo con incredulidad.
—Es difícil creer que todavía hagan misóginos como usted.
—Así es, ¿cierto? —intercedió Dan con calma—. Me asombra constantemente.
Las cejas del señor Graham se crisparon mientras miraba enojado a los dos.
—No soy un misógino. Simplemente sé cómo deben ser las cosas.
Antes de que Pepper pudiera escupir más indignación, Dan dijo:
—Pero, sí, Pepper, yo también siento curiosidad. ¿Dónde estás trabajando ahora?
Con inocencia fingida, ella levantó las cejas.
—Aquí, parece ser.
Él asintió, aparentemente satisfecho con esperar otra ocasión… y ella sabía que habría otra
ocasión.
—Después de que te marchaste, apenas terminé la secundaria —dijo Dan.
—Yo no me gradué.
Quería estar fuera del sistema, ser juzgada no por su familia ni por su pasado, sino por ella
misma. En cada ciudad, había podido comprar una licencia de conducir, usarla para abrir una
cuenta en el banco y rentar un apartamento. Siempre había construido una vida para sí misma de
la nada. Ninguno de estos hombres tenía noción de cuánto había logrado.
—¿Qué tipo de empleador va a contratarte si no tienes un diploma de secundaria? —preguntó
el señor Graham.
Ella habló con orgullo.
—Trabajo por mi cuenta.
—Estás aquí, y Danny afirma que no sabías sobre tu herencia, así que no debe haberte ido bien.
Ella arrugó la servilleta en su mano. Su negocio había sido próspero, y tener que morderse la
lengua ahora en lugar de dar una réplica insolente al señor Graham requirió de toda su fortaleza.

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—Tal vez vine de vacaciones.


—Un tipo de vacaciones extraño en el que no llamas para avisar que vendrás —dijo el señor
Graham.
Dan empujó un plato de galletas hacia ellos.
Tomando una, Pepper le echó una mirada de reojo. Era como un cuidador de zoológico
metiendo carne entre las barras de la jaula de dos leones combativos.
Funcionó, el tiempo que le llevó al señor Graham masticar y tragar. Entonces se volvió hacia su
hijo.
—Invité a algunas personas a cenar el sábado de la próxima semana. Vendrás. Necesito que
iguales los números.
Desafortunadamente para él, Dan no se veía nada entusiasmado de estar incluido.
—No me gustan las fiestas.
Pepper empujó el plato de galletas hacia Dan.
—Será mejor que tomes una.
Dan tomó una galleta y la mordió.
Mientras Pepper lo miraba, la conversación se apagó a un molesto zumbido de fondo. Todavía
seguían hablando, pero ella no podía comprender las palabras, porque finalmente estaba
asumiendo la conmoción de ver a Dan en carne y hueso. Había soñado con él durante tantos años.
Se preguntaba qué estaría haciendo. Había intentado justificar sus propias acciones en su mente.
Ahora Dan estaba sentado frente a ella, cálido y vivo. La había besado, tomado en sus brazos, la
había excitado. La había interrogado implacablemente. Le había dado la noticia sobre la señora
Dreiss.
Pero hasta que Pepper había dormido y comido, hasta que se había recuperado de su huida, el
miedo de su situación había robado la realidad a los eventos.
Sin embargo él estaba aquí de verdad, y con ese cabello rubio y esos ojos marrones capturaba
sus sentidos. La alimentaba. La buscaba. La hacía consciente de su cuerpo de una manera que no
había sentido desde el día que se había marchado de Diamond. Lo deseaba tanto como siempre.
Quería confiar en él y no se atrevía, porque lograría que lo mataran.
Dios mío. ¿Cómo un simple plan para sobrevivir se había complicado tanto?
Dan echó un vistazo a Pepper. Vio que lo miraba con intensidad, absorbiendo su esencia, y
levantó las cejas inquisitivamente.
Con un golpazo, ella aterrizó en el presente. Sacudiendo la cabeza, apartó la mirada de él. Tenía
que controlarse.
Indignado, el señor Graham apartó su silla.
—Tengo que volver al trabajo. —Miró duramente a su hijo—. ¿Estás seguro de que no quieres
venir a vivir a casa?
Tomando a su padre del brazo, Dan lo acompañó a la puerta principal.
—Papá, déjame ser franco. En la opción entre vivir con un viejo malhumorado como tú y una
mujer bonita como Pepper, perderás cada vez.
—Ese es mi muchacho. —El señor Graham palmeó la espalda de Dan, tomó su sombrero del
perchero y lo posó con cuidado sobre su cabeza con poco pelo. Mientras Pepper se sumaba a

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ellos, le sonrió—. Siempre tuvo buen ojo para las damas, y ellas siempre tuvieron los ojos puestos
en él. ¿Cierto, Pepper?
Tenía que darle crédito al señor Graham. Podía no ser sutil, pero se hacía entender. Muchas
muchachas habían cruzado el camino de Dan. Ella era una de las muchas que se habían
enamorado de él. Sin embargo, no lo quería ahora, y no le haría ningún daño tranquilizar al señor
Graham respecto a sus intenciones.
—Sí, señor. Ninguna de nosotras jamás pudo resistirse a él. Sin embargo, voy a intentarlo.
—Qué buena muchacha.
El señor Graham salió por la puerta.
Dan le echó una mirada que sopesaba su resolución y la encontró deficiente. Tomando su
sombrero, se lo puso bajo sobre los ojos y arrancó el sombrero que quedaba del perchero. Ella
tomó el sombrero de su mano de mala gana.
¿Había colgado allí todos estos años? ¿O él lo había puesto esta mañana mientras ella dormía?
El sombrero color beige hizo que rememorara el recuerdo brillante de una Navidad anticuada
como la pequeña Pepper Prescott nunca había imaginado.

Pepper no podía recordar haber sido parte de un grupo antes. No de este modo, no con treinta
chicos de secundaria agolpados en la cocina de la señora Dreiss, amasando caramelo masticable
hasta que perdía su prístina blancura y se volvía un poco gris.
La señora Dreiss se rió de los adolescentes y advirtió:
—Sin importar cómo se vea, tienen que comerlo.
Pepper empujó a Rita en el hombro.
—Tienes que probarlo. ¡Es bueno!
Lo era. En honor a las fiestas, habían hecho caramelo de menta, y cada dulce mordisco tenía el
fuerte sabor de alegría y buena voluntad.
—Adelante, cobarde. Te desafío.
Cautelosamente, Rita puso una gota en su boca y masticó. Sus ojos azules típicamente
americanos se abrieron mucho.
—¡Es bueno!
—¿Pensaste que iba a envenenarlas? —preguntó la señora Dreiss desde atrás de ellas.
Rita se veía horrorizada.
—No, señora, claro que no. Nunca pensé eso.
Pepper intercambió una sonrisa con la señora Dreiss. A Pepper le gustaba Rita, aunque la
porrista no tenía sentido del humor. Cabello rubio, una figura menuda y curvilínea, una
personalidad burbujeante... Rita se veía y actuaba como una adolescente de los años cincuenta de
una película cómica. Aunque Pepper no sabía por qué, ella le gustaba a Rita. Se reía de las bromas
de Pepper e imitaba tímidamente su vocabulario rudo, lo que hacía que Pepper muriera de risa,
porque Rita maldecía tan mal. Al mismo tiempo, Pepper se encontraba refrenando su humor
ofensivo. Rita tenía una creencia en la bondad de la humanidad que había sido destruida para
Pepper cuando sus padres la abandonaron, y con cruda honestidad, sabía que nunca podría ser
como Rita.

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Sintiendo el peso de una mirada sobre ella, miró alrededor y encontró a ese condenado Dan
Graham mirándola fijo. Él usaba sus ojos oscuros como una segadora, derribando a las muchachas
en el asiento trasero de su auto. Si la mitad de lo que ella escuchaba era cierto, se había acostado
con cada muchacha en el pueblo —excepto Rita, por supuesto— y la mayoría de las divorciadas.
Sin dudas pensaba que era un regalo de Dios para las mujeres, e irritaba a Pepper con su
arrogancia y su sonrisa torcida. Pepper le decía a Rita que probablemente la practicaba en el
espejo, y estaba usándola con ella ahora, llamándola con un movimiento de cabeza.
Ella oyó que el zumbido de susurros arrancaba, y notó que Christopher Bardey ofrecía una
apuesta a Charlie James.
Podían irse todos al infierno. Dan podía irse al infierno. Ella podía ser la chica más salvaje en el
pueblo —no porque eso fuera decir mucho, no en este pequeño pueblucho— pero no iba a
acostarse con Dan Graham, y no sólo porque nunca lo había hecho con ningún chico. Sabía, mejor
que nadie, que Dan quería que cayera de espaldas para poder jactarse de que se la había tirado.
Ella no iba a ser el trofeo de nadie. Le diría a dónde podía irse, pero… Su mirada pasó a la señora
Dreiss. La señora Dreiss, que tenía agarrados de las orejas a dos muchachos altísimos y los estaba
arrastrando afuera.
Por coincidencia, los muchachos eran Christopher Bardey y Charlie James.
A la señora Dreiss le gustaba Dan. Le daba la bienvenida a su casa, le pateaba el trasero cuando
se ponía perezoso y él le obedecía. Saltaba como un cachorrito cuando ella chasqueaba los dedos.
Bueno, Pepper también lo hacía. Nunca había tenido una madre sustituta como la señora
Dreiss. La señora Dreiss era vieja, tenía más o menos sesenta años, pero era vivaz y animada, con
una lengua afilada y una actitud sensata. Era delgada, alta y se teñía el cabello de negro. Hacía
tareas en el granero cada día, incluso cuando estaba enferma o cuando estaban aisladas por la
nieve. Decía bromas subidas de tono y recitaba poesía atrevida, y le enseñaba sobre plantas y
personas en igual medida. Así que, cuando la señora Dreiss le dijo que debería mostrar cortesía a
Dan y su padre rudo y espantoso, Pepper fue amable.
Pero no tenía que ir cuando Dan la llamaba, y no lo hizo. En cambio, disfrutó del resto de la
fiesta.
Cuando los chicos estaban apilándose dentro de sus autos para ir a casa, se quedó en el porche
temblando, saludando con la mano y exclamando como si fuera una muchacha normal con una
vida normal. Era una ilusión encantadora, y tenía lágrimas en los ojos mientras agradecía a la
señora Dreiss.
—Eres una niña normal —dijo la señora Dreiss—. Una niña normal que lo ha pasado mal. No
permitas que eso te haga pedazos. Eres tan buena como tú digas que eres.
—Seguro.
Pepper casi le creía.
—Dan sigue aquí. Tiene algo para ti. —Pepper quería gemir, pero la señora Dreiss la abrazó por
los hombros y susurró—: No es tan duro como le gustaría creer. Y tampoco lo eres tú.
Ella entró y cerró la puerta, dejándolos en el porche congelado.
Las luces de la casa brillaban en cuadrados sobre el piso de madera. Dan se encontraba en las
sombras, envuelto en su chaqueta de piel de cordero y con su sombrero negro de vaquero puesto.
Tenía una caja redonda grande, bellamente envuelta en las manos, y cuando Pepper se acercó a
él, se la dio bruscamente. Era la primera vez que lo veía comportándose con incomodidad.

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—Toma. Para ti.


Ella miró la caja y se sintió tonta.
—No tengo nada para ti.
—Lo sé, pero quería… y mi mamá me ayudó a escogerlo… Ella lo envolvió… ¿No vas a abrirlo?
Pepper se sentó en la hamaca del porche mientras Dan permanecía de pie frente a ella y se
mecía sobre los talones como si su reacción le importara. Mientras ella quitaba la cinta, él la
arrancó. Con cuidado, Pepper quitó la cinta del envoltorio y él gruñó:
—No eres de esas personas, ¿cierto? ¿De las que guardan el papel?
Ella podría haberle dicho que no le importaba guardar el papel, sólo le importaba prolongar la
extraña emoción de haber recibido un regalo. En cambio, le dijo:
—Sí, me importa el medio ambiente. Qué pena que a ti no.
—Me importa. ¡Me importa! ¿Lo has abierto?
Ella lo hizo, y cuando levantó la tapa, se encontró mirando un sombrero de vaquero beige de
dama. Lo sacó con reverencia y rozó el ala de fieltro.
¿Cómo había sabido Dan que ella quería uno? Había tenido cuidado de ser desdeñosa mientras
los hijos de rancheros hablaban sobre el rodeo de primavera y en qué eventos iban a participar y
qué se pondrían para verse auténticos. Como verdaderos vaqueros. Ella había sabido que estaría
fuera de lugar. Pero siempre lo estaba; la señora Dreiss no era rica, y un buen sombrero de
vaquero costaba mucho dinero.
—No puedo... —susurró.
—Sí, puedes. Le pregunté a la señora Dreiss antes de comprarlo, y ella dijo que estaba bien. —
Agregó desafiante—: Puedes preguntárselo.
—¿En serio? —Pepper seguía susurrando en ese tono sobrecogido, y se aclaró la garganta—. Si
ella dice que está bien, entonces supongo... es hermoso.
Una sonrisa se extendió por el rostro de él, una sonrisa tan amplia que ella se dio cuenta de que
había estado nervioso. Ahora no era el genial Dan Graham; era simplemente un chico que quería
saber que había hecho lo correcto.
—¿Te gusta?
—Muchísimo.
—Pruébatelo. —Dan no podía esperar. Quitándoselo de las manos, lo puso sobre la cabeza de
ella—. Te queda.
Como el zapato de Cenicienta. Pero ella no podía decir eso. Así que se puso de pie. Dijo
“gracias”. Y tomando las solapas de él con sus manos, se paró en puntas de pie y lo besó, un beso
casto, y luego entró corriendo en la casa y lo dejó parado en el porche, mirándola.

Ahora Dan tomó el sombrero y lo puso sobre su cabeza.


—Todavía te queda.
Así era. Le quedaba perfectamente... como el zapato de Cenicienta.

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CCAAPPÍÍTTU
ULLO
O 1100

Mientras Pepper salía al porche sosteniendo su sombrero de vaquero, a Russell no le gustó el


modo en que ella miraba a su hijo, como si Dan fuera el jinete de toros campeón en el rodeo. No
tenía sentido. Ningún sentido en absoluto, y él sabía cómo solucionarlo. La había visto mirando
alrededor del rancho a medias orgullosa y a medias temerosa, y con la franqueza animal de la que
se enorgullecía, dijo:
—Hay muchas cosas aquí que una mujer como tú no puede manejar.
Dan se movió hacia él. Y entonces se detuvo.
Con indiferencia, ella miró a Russell.
—¿Qué quiere decir con una mujer como yo?
—Una mujer de ciudad. —¿Estaba ofendida? Qué pena—. Los novillos se vuelven malos, y los
toros salen de los alambrados y tienen una mala actitud incesante.
—Imagínelo. —Su mirada permaneció sobre Russell—. Envenenamiento por testosterona en su
forma más pura.
Dan la observaba con ojos tan oscuros y penetrantes que Russell giró la cabeza, como para no
entrometerse en un momento privado. Parecía que lo único que Dan quería hacer era levantarla y
salir corriendo con ella a la primera cama disponible.
Russell recordaba sentirse así respecto a la madre de Dan, y miren adónde los había llevado
eso. Años de buen sexo y feas peleas. Un divorcio que le retorcía las entrañas y un amor que lo
incapacitaba para cualquier otra mujer. Tenía que haber una manera de desplumar a Pepper antes
de que Dan se enredara en su telaraña.
Russell estaba decidido a espantarla.
—Los osos bajan tambaleando de la montaña, y los linces merodean durante los partos,
buscando una comida fácil. ¿Qué harás si te metes accidentalmente entre una mamá osa y sus
oseznos?
—Lo mismo que usted haría, Russell —dijo ella—. Me mearía encima.
Él quiso reír pero se obligó a permanecer severo.
—No seas insolente, señorita.
—Estaba siendo sincera, señor.
Algunas cosas nunca cambiaban. Ella seguía teniendo una sabelotodo.
—Peor, si permaneces en este rancho, el rumor de que eres una mujer sola llegará a la escoria
que vive en las montañas. ¿Qué harás si algún cuatrero viene en busca de tu ganado?
Ella sonrió tan agradablemente que Russell se preocupó.
Abriendo la puerta mosquitero, se puso en puntas de pie y buscó el rifle que la señora Dreiss —
como cada ranchero— mantenía sobre ganchos encima de la puerta. Dan dio una especie de salto,
como si no quisiera que ella lo tuviera.
Russell coincidió con él.
—Maldición, mujer, ¡ten cuidado con esa cosa!
Entonces, viéndose tranquilo y divertido, Dan la ayudó a bajarlo. Se paró cerca del hombro de
ella, viendo cómo revisaba el rifle.

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—¿Cuál es el problema, papá? —preguntó Dan—. ¿Estás nervioso?


Al encontrar el rifle cargado, ella soltó el seguro. Levantándolo hasta su hombro, preguntó:
—Señor Graham, ¿qué quiere que dispare?
—¡Nada! —dijo Russell—. No hay razones para una demostración. Si dices que eres buena con
las armas de fuego, te creeré.
—Eso dice, hasta que se marche. Entonces mascullará sobre cómo debería jugar al póker
porque soy tan buena para mentir.
—Es aterrador lo bien que te conoce, papá —dijo Dan.
Era aterradora la manera en que Dan estaba tan orgulloso de Pepper. Cuando pensaba que
nadie lo notaba, la miraba como si fuera el regalo de Navidad y el de cumpleaños en uno. Desde
que había vuelto del extranjero, Dan había sido solemne, responsable, y tan cínico que hacía doler
los dientes a Russell. El hombre se encontró rogando que algo trajera de regreso al viejo Dan,
sonriente y problemático. Pero no Pepper. Dan no podría sobrevivir a otro desengaño como el
último.
Pepper movió el cañón hacia la camioneta.
—Podría disparar a su neumático.
Russell levantó las manos como si le hubiera apuntado el rifle a él.
—Te dije que te creo.
Con su suerte, ella erraría al neumático, le daría al tanque de gasolina y haría volar su F350.
—Pero podría errar al neumático, darle a su tanque de gasolina y hacer volar su camioneta.
Ante la expresión en el rostro de su padre, Dan rió con fuerza.
—Ella sabe todo lo que estás pensando, ¿verdad, papá?
Pepper echó una mirada a Dan, y por un momento compartieron una conexión, los recuerdos
de la antigua rebeldía de Pepper hacia Russell. Había sido más estridente entonces, menos
habilidosa para provocarlo, pero incluso en aquel momento había podido sacar de quicio a Russell.
Ahora tenía semejante estilo y un don seguro para provocar al padre de Dan que Russell estaba
totalmente confundido.
—La camioneta se ve bastante nueva —dijo Pepper en tono coloquial—, así que en cambio le
dispararé a esa rama muerta. ¿La ve, en aquel abeto Douglas allí? Dan, ¿qué tan lejos es eso?
Dan apenas tuvo que mirar para saber.
—Ciento ochenta metros.
Dan dudaba que su padre pudiera hacer ese disparo. De hecho, Dan estaría condenadamente
impresionado si Pepper lo lograba. Impresionado... y cauteloso. Se aseguró de estar parado lo
suficientemente cerca de ella como para tomar el arma si Pepper aprovechaba la oportunidad
para eliminarlos a él o a su padre ahora mismo.
Russell entrecerró los ojos para ver la rama; claramente esperaba que Pepper fallara.
—Bien, bueno, si logras disparar eso, me comeré mi sombrero con aserrín en el desay...
El estallido cortó sus palabras. La rama explotó justo donde se conectaba al tronco y cayó al
suelo. La boca de Russell quedó totalmente abierta.
Dan ocultó su propio asombro con un tono levemente inquisitivo.
—¿Qué estabas diciendo, papá?

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Russell miró a Pepper, y sus ojos estaban redondos y muy abiertos.


Ella bajó el rifle, miró el sitio donde había estado la rama y asintió, como si no la sorprendiera.
—¿Estabas hablando de comer tu sombrero, papá? ¿En el desayuno?
La opinión que tenía Dan de ella acababa de ser confirmada. Era —siempre había sido— una
tremenda mujer. No tenía miedo a nadie. Ni a su padre, ni a él. No tenía miedo de decir lo que
pensaba. Cuando la miraba, veía el tipo de honestidad abierta que pensaba que había olvidado
para siempre.
Pero Dan no sabía si era honesta. Bien podía ser una traidora esperando su oportunidad para
eliminarlo. De hecho, ¿dónde había aprendido a disparar así?
Dan le quitó el rifle.
Russell exigió saber:
—Dan, ¿sabías que podía disparar de ese modo?
—No. Nunca antes lo hizo. —Dan apoyó el arma sobre la mesa—. Bastante asombroso, ¿eh?
—Sí, bueno… —El labio de Russell se estiró como el de un niño enfurruñado—, no es tan buena
como tú.
Buen punto, y a Dan le alegraba que su padre lo hubiera aclarado, porque si Pepper tenía
aspiraciones de superarlo, tendría que atraparlo dormido.
—Sí, pero he estado disparando desde que era un niño. Tú me enseñaste. El ejército me enseñó
más.
Dan sabía que a Russell le irritaría ver a una mujer disparando tan bien, y lo hizo, porque dijo:
—Apuesto a que hicieron falta diez hombres para enseñarte, ¿eh, Pepper?
—La señora Dreiss podía disparar igualmente bien. —Pepper dejó en claro su punto—. Ella me
enseñó mucho, y después de eso practiqué durante meses y meses y meses en el campo de tiro.
—Muy bien, puedes disparar —dijo Russell—, pero, ¿qué si algún tipo se mete a la fuerza y no
puedes alcanzar un arma?
Como si ella hubiese anticipado la pregunta, lo agarró de la muñeca y del frente de la camisa,
dijo “esto”, y lo arrojó por encima de su cadera.
Él aterrizó con un golpe sordo que sacudió el piso de madera, de espaldas, mirando el techo del
porche de la señora Dreiss.
—Necesita pintura —comentó.
Ver a Pepper superar a su padre era lo más divertido que Dan había vivido en... no sabía cuánto
tiempo. Como agregado, Pepper estaba mostrándole sus habilidades… y eso hablaba bien de su
inocencia. No sabía por qué ella podía disparar, no sabía por qué podía hacer judo, pero una
terrorista infiltrada ocultaría sus habilidades tras una pantalla de incompetencia. Pepper
demostraba cada una de las suyas aparentemente sin malicia.
Pepper miró a Russell.
—¿Lo lastimé?
—Sabes que no lo hiciste —dijo Russell de mal humor—. Me noqueaste tan limpiamente como
uno de esos campeones de judo en las películas.
Dan tocó la mejilla de Pepper. Una sola y larga caricia por su mandíbula.
—Qué bien. Lindos movimientos. ¿Quién te enseñó?

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Ella movió la cabeza a un lado como si no le gustara que él la tocara, pero se mojó los labios.
Durante su permanencia en el hospital, Dan había visto su buena cantidad de Oprah, y Oprah diría
que Pepper era una mujer en conflicto.
—El maestro Han. Era un campeón vietnamita. Se mudó a George… —se corrigió fácilmente—,
a Estados Unidos y abrió su propia escuela.
—¿Dónde era eso? —preguntó Dan.
Como si él no la hubiese interrumpido, ella continuó:
—He estado estudiando durante tres años.
Dan dejó que ignorara su pregunta... por ahora.
—¿Tienes tu cinturón negro? —le preguntó.
—Sí.
Pepper no alardeó, simplemente extendió una mano hacia Russell.
Russell permitió que lo ayudara a ponerse de pie. Sacudió la parte trasera de sus pantalones. Y
por supuesto, Dan supo que su padre no podría permitir que ella tuviera la última palabra.
—Muy bien, Señorita Inteligente, ¿qué vas a hacer si hay más de un hombre y te atacan con
armas de fuego?
El color desapareció de las mejillas de ella, y ya no parecía la adolescente que había sido, sino
más de su edad. Y cansada. Se veía cansada.
—Entonces moriré.
Ella habló con tanta claridad, tanta desesperanza, que Dan se preguntó si habría aprendido a
disparar y hacer judo para protegerse de alguien. De un acosador. De un esposo. De un amante.
Russell no era un hombre cruel, y se vio horrorizado ante la categórica declaración de Pepper.
—No es probable que suceda —la tranquilizó.
Dan agregó:
—Especialmente porque todavía no me marcho.
Pepper lo miró como si temiera por él, y eso agregó peso a la teoría de él de un acosador.
—Deberías —le dijo—. Tu papá te necesita.
Russell abrió la boca para ponerse de acuerdo.
Dan respondió antes de que tuviera la oportunidad.
—Mi papá ha estado estupendamente sin mí durante años.
—La gente hablará de nosotros aquí juntos —señaló ella.
Russell asintió e intentó aportar su granito de arena.
—No si no saben que estás aquí —respondió Dan antes de que Russell pudiera hablar—. Eso es
lo que quieres, ¿no? ¿Que nadie sepa que has regresado?
Ella decayó como si los argumentos de Dan la hubiesen derrotado.
—Sí. Eso es lo que quiero.
—Entonces estaremos bien. Sinceramente, si todos en Diamond supieran que estoy viviendo
contigo, no haría ninguna diferencia para mí.
Russell saltó con la necesidad de decir lo que pensaba.
—El problema aparece cuando ella se acuesta contigo.

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—No estoy acostándome con él —dijo Pepper con absoluta convicción—. No voy a acostarme
con él.
Dan sostuvo a Russell con su mirada.
—¿Desde cuándo el sexo se convirtió en un problema, papá? Has estado arreándome hacia
cada mujer en el pueblo como si fuera algún tipo de semental. ¿Por qué no tener sexo con
Pepper?
Pepper odiaba que hablaran de ese modo sobre ella.
—¿Por qué no tener sexo con Pepper? Pepper está parada aquí mismo, y Pepper no está aquí
para tener sexo con nadie, especialmente no con Dan Graham. Pepper ha aprendido su lección.
—¿Qué lección es esa?
Dan se veía perversamente peligroso.
Ella pronunció las palabras con mucho cuidado.
—El sexo no vale la pena ni la complicación.
Dan dio un paso adelante para pararse justo frente a ella. La miró, como había hecho la noche
anterior, y aunque ella había dormido suficiente y había comido suficiente, igualmente él la
intimidaba con su estatura y su cercanía. Pero habló tan bajo que ella tuvo que esforzarse para
escucharlo.
—Ya veremos.
Estaba amenazándola con sexo tan bueno que no le importaría que no valiera la pena ni la
complicación. Mientras permaneciera aquí, mientras él estuviera aquí, el peligro la acecharía...
porque todavía no había superado a Dan Graham.
Débilmente, oyó al señor Graham decir:
—Hijo, traje ese compresor que querías. Está en la parte trasera de la camioneta y pesa
condenadamente cerca de cincuenta kilos. ¿Podrías ir a buscarlo?
Dan se alejó de ella.
Pepper respiró, mareada de alivio.
Dan echó una mirada dura a su padre y luego los dejó en el porche.
—Pórtate bien, papá.
Ella vio a Dan alejándose, con su mirada pegada a la promesa que había en esos largos pasos.
Sólo verlo caminar hacía que una mujer pensara que sería un amante al que nunca olvidaría.
La última vez había sido un triunfo de la rebeldía contra la autoridad. Esta vez lo que sentía no
era la rebeldía de una jovencita, sino la respuesta de una mujer ante la masculinidad cruda y pura
de Dan. La asustaba, este compulsión de los sentidos. Una necesidad totalmente fuera de control,
vertiginosa, algo patente e imprescindible. Cuando miraba a Dan, cuando oía su voz, cuando olía
su olor, se sentía desgarrada entre la impresión instintiva de que él podría mantenerla a salvo y el
deseo más lascivo de darle lo que él quisiera.
—Ruego al infierno que no estés planeando quedarte —dijo bruscamente el señor Graham—.
La última vez que te acostaste con mi hijo, le hicieron falta ocho años, catorce países y dos heridas
gravísimas para superarte. No necesita sufrir así otra vez.
Pepper quiso protestar, decir que ella también había sufrido. Pero enfrentó la verdad que había
aprendido de la manera más dura: a los padres de nadie le importaba ella del modo en que les
importaban sus hijos. Al señor Graham no le importaba su dolor.

Traducido y corregido por ALENA JADEN Página 67


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—Dan puede cuidar de sí mismo.


—Eso crees, ¿no? Pero no ha estado interesado en las mujeres, los autos o en tener compañía
desde que regresó. Ni siquiera su madre ha logrado sacarle más de dos palabras, y esa mujer
puede fastidiar a un hombre hasta su muerte. —La verdad estaba escrita en el rostro de Russell.
Podía ser un viejo quisquilloso, entrometido e inoportuno, pero amaba a su hijo y sufría por él—.
Lo peor de todo es cómo se ven sus ojos, tan viejos, como si hubiese presenciado cosas terribles.
Sí, eso era. Ella había visto esa expresión en el rostro de Dan, como si estuviera viendo otro
momento, otro lugar, y el único modo de que pudiera sobrevivir fuera alejándose, a un lugar
donde la emoción y el color no existían.
—Cuando llegaste aquí de donde quiera que hubieses estado, te dimos todas las oportunidades
para ser una de nosotros. —La mirada del señor Graham estaba fija en su hijo mientras Dan
luchaba con el voluminoso compresor para sacarlo de la caja de la camioneta—. Pero tenías que
dar la nota.
—¿Quiere decir que no quise ser como todos los demás en Diamond? No soy como todos los
demás en Diamond.
—Eso sin dudas. ¿Quién diablos nombraría Pepper a una niña?
Su desprecio dolía.
—Mis padres.
—Padres. No sabemos quién es tu familia. —El señor Graham hablaba rápido, porque Dan
caminaba de regreso—. Ni siquiera tú sabes quién es tu familia. Quiénes son tus padres.
Dan debía tener el oído de un murciélago, porque respondió desde el patio.
—Sí lo sabe.
Ella se quedó sin aire. Podía contar con dos dedos la gente a la que le había contado sobre su
pasado… la General Jennifer Napier y Dan. Y ahora Dan iba a decírselo a su padre. Con una voz que
vibraba por la emoción, le dijo:
—Por favor, Dan. No lo hagas.
Dan no le prestó atención.
—Es hija de un pastor de Texas y su esposa. Cuando tenía ocho años, murieron en un accidente
de auto. Ella fue separada de sus dos hermanas y su hermano adoptivo y fue enviada a vivir en
casas de acogida. Por eso era tan rebelde cuando estuvo aquí antes, y por eso es que está tan
decidida a sacar adelante este rancho ahora.
Su padre giró sobre sus talones. La miró con atención.
—¿Eso es cierto?
Ella cruzó los brazos y se rehusó a responder. El señor Graham no necesitaba saber sobre ella.
Por muchas razones, lamentaba habérselo contado a Dan, pero ahora mismo lo lamentaba porque
él estaba usándolo para blanquear su reputación. No le importaba un maldito comino lo que
pensara el padre de Dan de ella. No lo necesitaba. No necesitaba a nadie...
Y oyó los ecos de la Pepper rebelde y adolescente en su mente.
La verdad era que sí le importaba lo que pensara el señor Graham de ella. Sí lo necesitaba. Lo
necesitaba para que la ayudara a ocuparse del rancho. Tomando aire para fortalecerse, admitió:
—Es verdad.
Él la miraba con incredulidad.

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—¿Por qué diablos no me lo contaste antes?


—Porque usted se divertía tanto pensando que yo era un chucho que iba a llevar por el mal
camino a su muchachito Danny.
Dan se colocó a su lado.
—Sí que lo hiciste.
—No te llevé a ningún lugar en el que no hubieses estado ya.
—Por lo que escuché, él te llevó a algunos lugares en los que tú jamás habías estado. —El señor
Graham la observó mientras un intenso color rosado subía a sus mejillas—. Hmm. —Miró enojado
a Dan; por un momento, su voz le recordó a Pepper la de su propio padre—. Condenados
muchachos adolescentes. Guardan todo su cerebro en la ropa interior. —Girándose para poder
estar a su lado, el señor Graham señaló la pradera sur—. Dan dice que la alfalfa está lista para el
primer corte. ¿Qué piensas?
Ella se dio cuenta de que estaba reconociendo su posesión de la tierra de la señora Dreiss. Por
una pequeña porción de información, le daba su respeto.
—No lo sé, señor Graham. Tendrá que aconsejarme.
—Llámame Russell.
Mientras Russell se lanzaba a una detallada explicación de cuándo cortar y porqué, Pepper
reflexionó que no sólo le había dado lo que más amaba en el mundo —la posibilidad de disertar
sobre algo que sabía bien— sino también una excusa para que ella le agradara. Era el tipo de
hombre que era más feliz siendo amigo que enemigo.
Ella... ella también estaba más contenta.
Y Dan se veía satisfecho, como si hubiese solucionado un problema. Pepper no quería que él la
arreglara. No quería estar en deuda con él de ninguna manera, nunca. No podía permitirse el plan
de devolución.
Cuando hubo terminado de hablar, Russell dijo:
—Muy bien. Cortaremos tu sección la próxima semana. Si tienes alguna pregunta antes, habla
con Dan.
—Por favor, no le diga a nadie que estoy aquí —dijo ella. Él caminó hacia su camioneta y
levantó la mano en reconocimiento, obviamente sin tomarla demasiado en serio—. De veras —le
dijo enfáticamente, mientras ella y Dan lo seguían. El sol de la tarde se deslizaba sobre sus
hombros, quitando el frío del aire, calentando su piel, sus músculos, calentando todo el camino
hasta sus huesos—. Vine a ver a la señora Dreiss. Esto… —movió el brazo alrededor—, era lo
último que esperaba encontrar. Quiero algo de tiempo para lidiar con la muerte de la señora
Dreiss, y necesito paz y tranquilidad para hacerlo.
Más importante, tenía que descubrir si el senador Vargas había leído su e—mail y si no, qué
otra medida podía tomar para protegerse de la General Napier y recuperar su vida. De algún
modo, desde su propia tierra en este lugar fuera del tiempo, la tarea parecía factible.
—En un par de semanas. Estaré lista para tener compañía entonces.
O estaré muerta.
—Pepper, ¿qué hay de tu compañía de paisajismo? —preguntó Dan—. ¿No tienes que regresar
a… dónde fue que dijiste que estaba ubicada tu compañía?
—No lo dije.

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El silencio se prolongó mientras él evaluaba su expresión inflexible y luego continuó:


—¿No tienes que venderla, o buscar un encargado o algo?
Ella pensó en las consecuencias inevitables a la reputación que había trabajado tan duro por
construir. Sus clientes exclusivos iban a estar furiosos por ser abandonados por su paisajista, pero
la resolución la fortaleció. Pepper Prescott siempre había huido de sus problemas, pero esta vez
no había ningún lugar lo suficientemente lejos y lo suficientemente rápido al que escapar, y esta
vez había perdido algo valiosísimo para ella. Sí, Pepper Prescott resistiría y lucharía contra la
General Napier.
—Tengo una encargada, por supuesto. Es competente. Se ocupará de las cosas mientras no
estoy.
—¿De veras? —dijo Dan con incredulidad.
Russell se encogió de hombros.
—Está bien. Suena como que lo tienes bajo control, Pepper. Dan, creo que querrás marcharte
en cuanto ella se instale y comience a actuar como si fuera la dueña del lugar.
—Soy la dueña del lugar —dijo Pepper.
—¿Ves? Ya ha empezado. —Russell se puso el sombrero—. Dan, ¿cuándo irás al médico?
Dan echó una oscura mirada a su padre.
—Pasado mañana.
—¿Me harás saber qué dijo? ¿Por favor?
Russell sonaba humilde por primera vez desde que Pepper podía recordar.
Contempló a los dos hombres. ¿Qué estaba pasando aquí? ¿Qué tan seriamente había sido
herido Dan? La humildad de Russell debía haber funcionado con Dan, porque concedió:
—Seguro, papá. Te llamaré.
—Genial. —Russell arrancó la camioneta—. Tengo que admitirlo, es el lugar más bonito en cien
kilómetros.
Mientras se alejaba, Pepper gritó tras él: “¡En Idaho!” Dándose vuelta, miró la casa.
Hortensias bordeaban el amplio porche, sus ramilletes blancos floreciendo. Debajo de ellas,
anémonas se abrían en macizos de azul y púrpura, sus estambres dorados llamativos a la vista. En
un punto soleado detrás de la casa, la rica tierra negra estaba revuelta en el extenso jardín. Por su
experiencia de todos aquellos años, Pepper sabía que el granero estaba lo bastante cerca como
para poder hacer las tareas en el invierno, pero lo bastante lejos como para que el olor a vaca y
caballo nunca llegaran flotando con la brisa.
—Es el lugar más bonito en Idaho —acordó Dan.
El orgullo creció dentro de Pepper. Aquí la civilización no había ganado la batalla contra la
naturaleza. Nunca podría ganar la batalla, porque lo agreste rondaba en las montañas que se
elevaban en picos imponentes alrededor del valle, amenazantes y protectoras, ofreciendo
inviernos asesinos y veranos benditos. El aroma de los pinos siempre daba sabor al aire.
Los arroyos murmuraban a través de sus lechos rocosos. La tierra fértil despertaba a la vida
cada primavera y descansaba, latente, cada invierno. La flora y fauna crecían con fuerza: aquella
primavera, la señora Dreiss había llamado a Pepper a la ventana incontables veces para ver un
ciervo abriéndose paso por el césped, o ardillas corriendo a lo largo de una rama, o un oso
trastabillando al salir de su hibernación.

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Y Pepper era dueña de este lugar.


Nunca se había permitido soñar con tener nada. Primero, no había tenido el dinero. Luego,
cuando lo tenía, había temido poner su nombre falso en un documento legal tan permanente. Y al
final, había tenido que enfrentar la verdad: la aterraba establecerse en un lugar. Si vivía mucho
tiempo en algún sitio, tendría que llegar a conocer a sus vecinos, aprender los nombres de la gente
en la iglesia, convertirse en parte de una comunidad... De cualquier modo había empezado a
suceder en Georgetown. Había tenido su negocio y vivido en el área el tiempo suficiente como
para haber hecho amigos, amigos a los que les gustaba por ella misma, que mostraban interés en
sus opiniones. Amigos que hacían preguntas personales.
El legado de la señora Dreiss le había quitado la elección. Esto —se dio vuelta para mirar hacia
el valle—, esto era suyo.
Experimentó la conocida tensión de miedo al pensar en estar atrapada en un lugar.
Respirar hondo el fresco aire primaveral alivió la opresión en su pecho. Si descubría que no
soportaba estar atascada en un solo lugar, podía vender la casa de la señora Dreiss. La casa de
Pepper Prescott.
Y, para su sorpresa, la consternación se adueñó de ella. Miró alrededor otra vez. ¿Vender esto?
¿Cómo podría? ¿Qué quería? La General Napier decía que una persona exitosa tenía que tener
metas. Pepper había tenido sus metas: hacer dinero, prosperar tan completamente que de dónde
viniera y quién fuera realmente no importara. Pero ahora tenía una tierra. Si la vendía, sería lo
suficientemente rica para ser independiente el resto de su vida.
Por otro lado, si lograba permanecer con vida y descubrir un modo de meter a la General
Napier entre rejas, todo esto era suyo. Podía vivir aquí si quería. Si permanecía aquí, viviría la vida
de un ranchero: difícil, preocupante... y libre.
Sobresaltada, se dio cuenta de que quería quedarse aquí. Quería este rancho. Con voz aturdida
dijo:
—Esto es mío. Realmente mío.
Pero había un inconveniente.
Dan estaba a su lado, alto y erguido, el tipo de hombre en el que una mujer podía apoyarse.
El tipo de hombre que Pepper Prescott no se atrevía a tener.

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CCAAPPÍÍTTU
ULLO
O 1111

Boston, Massachusetts.

—¿Qué quiere decir con que sabe dónde comenzar nuestra búsqueda de Pepper?
Hope Givens miraba atentamente a Griswald, ignorando a todos los invitados, toda la familia
reunida en la mansión Givens para celebrar su diploma de Harvard y el nacimiento inminente del
primer hijo de ella y Zack. Mediante el puro poder de su mirada, obligó a su anciano mayordomo a
responderle de inmediato.
Zack Givens, CEO de Givens Enterprises, conocía bien el poder que ejercía su esposa cuando
fijaba sus grandes ojos azules en un hombre y exigía una explicación. Había tenido muchísimo
entrenamiento con la experiencia.
Habían estado casados por siete años, y Hope era la más dulce y tranquila de las mujeres. Lo
era… hasta que veía una injusticia que necesitaba ser enmendada o percibía una necesidad entre
los cientos de personas que llamaba sus amigos, o encontraba un obstáculo rastreando a su
familia perdida mucho tiempo atrás.
Ahora, mientras Griswald estaba en el patio de la suntuosa mansión Givens, su frente rompió
en sudor. Pasó una mano sobre su cabeza calva, volvió sus ojos de basset hound hacia Zack, y con
su seco acento británico dijo:
—Señor, con la fiesta de graduación de la señora en marcha y la señora en un estado avanzado
de embarazo, sostengo que no es bueno para ella emocionarse de este modo. Si no llevamos esto
a su estudio donde puedo ofrecerles un informe completo...
El sonido que Hope hizo sólo podía ser descripto como un rugido.
La voz de Griswald se fue apagando, y tuvo la sensatez de verse aterrorizado. Los padres de
Zack y su tía Cecily sacudieron las cabezas como perplejos por su locura.
Zack se colocó entre su mayordomo y su esposa, esperando proteger a Griswald de daño físico.
Con ocho meses y tres cuartos, Hope tenía suficientes hormonas corriendo por sus venas como
para llorar con las repeticiones de Yo amo a Lucy, reír con Los tres chiflados y hacer berrinches de
los que estaría orgulloso un niño de tres años. Todo esto en una mujer que todo el mundo
consideraba serena y razonable.
Por supuesto, Zack tenía experiencia con el temperamento de su mujer; antes de su
matrimonio, ella había destrozado su carácter y hecho pedazos su autoestima. Lo había merecido,
pero nunca había vuelto a cometer el error de asumir que Hope era una pusilánime.
Porque Hope había perdido a sus dos hermanas y su hermano adoptivo cuando sus padres
habían sido acusados de malversar los fondos de la iglesia. Su muerte en un accidente de auto
inmediatamente después había dejado a Hope sola y apabullada. Cuando Zack la conoció, ella
había estado buscando a los otros niños, y la única manera en que había logrado convencerla de
que se casara con él había sido sobornándola con el descubrimiento de su hermano adoptivo,
Gabriel. Desde aquel momento, siete años atrás, la familia entera había estado buscando a las dos
muchachas, y Hope no pensaba esperar un segundo más para escuchar cualquier noticia que el
gurú de internet, Griswald, hubiese sacado a la luz con su investigación.

Traducido y corregido por ALENA JADEN Página 72


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Gabriel estaba al lado de Zack ahora. El cabello de Gabriel era negro y lacio, sus ojos verdes
como esmeraldas, y aunque la familia no conocía su origen, sus ancestros latinos se exteriorizaban
en sus pómulos marcados y la frente ancha.
Demostró su claridad mental cuando sugirió:
—La familia debería pasar al estudio de Zack y escuchar qué ha descubierto Griswald.
—Una idea excelente. —Zack rodeó con su brazo a Hope y la ayudó a levantarse de la silla. A los
invitados dando vueltas, les dijo—: Por favor, sigan adelante con la celebración. Prometo que
pronto tendremos más para celebrar.
Los invitados, amigos íntimos y parientes, asintieron y murmuraron su acuerdo. Todos conocían
la historia de la familia perdida de Hope; todos ayudaban con la búsqueda cuando podían.
Mientras Hope caminaba delante de Zack, él notó que se movía lentamente. Se veía cansada, y
pensó que no faltaba mucho para que naciera su hija. Rogó que fuera pronto, porque no podía
esperar para tener a la bebé en sus brazos. Y esperaba que también encontraran a Pepper, porque
quería que Hope celebrara el nacimiento sin reservas.
Ella se detuvo en el umbral del estudio.
—Lo siento. Antes de escuchar las novedades, debo hacer una visita al servicio. —Los tres
hombres asintieron. Todos estaban familiarizados con sus hábitos recientes, y la noticia no
sorprendió a ninguno de ellos—. Pero no se atrevan a hablar sobre Pepper hasta que esté aquí —
ordenó.
Gabriel esperó hasta que estuviera en el baño con la puerta cerrada antes de murmurar:
—No, señora. Como usted diga, señora.
Zack miró fijo la puerta cerrada y sacudió la cabeza.
—Es un día desdichado cuando tres hombres adultos temen a una mujer muy embarazada.
—Yo no le temo, señor, simplemente respeto demasiado su estado como para angustiarla.
Ahora, si me disculpa, señor, iré a servir libaciones.
Griswald entró al estudio.
Por el costado de la boca, Gabriel dijo: “Está negando la realidad,” y lo siguió.
Zack se quedó en el pasillo, esperando para ver si Hope lo necesitaba. Ella salió y sonrió como si
le complaciera verlo.
—¿Te he dicho recientemente lo apuesto que eres?
—No. —Él suspiró teatralmente—. Y sabes lo duro que es eso para mi ego.
Ella cloqueó de risa, y cuando él abrió sus brazos, fue hacia él de inmediato.
—Tu ego no necesita mimos, muchacho mío. Es lo suficientemente grande.
—Sólo porque te tengo a ti. —Sintió un arrebato de amor—. Y a la bebé.
No podía rodear del todo la circunferencia ampliada, y ante la presión en la panza de Hope, la
bebé pateó vigorosamente.
Hope acurrucó la cabeza en el pecho de él.
—Es un milagro.
—Realmente lo es.
Su comienzo juntos había sido incierto, pero los últimos siete años habían sido los más dulces
que él jamás hubiese experimentado, y no quería nada más que hacerla feliz.

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—¿Crees que encontraremos a Pepper esta vez? —le preguntó ella.


Zack le acarició el cabello castaño, pero no pudo dar lugar a un falso optimismo.
—No lo sé. Eso espero.
Su esposa había afrontado años de pobreza y privación mientras intentaba descubrir cualquier
información sobre su familia. Había sido frustrada en cada ocasión, al igual que él, y ahora,
finalmente, confesó sus más profundos pensamientos.
—Me resulta sospechoso que no se hiciera ningún intento de mantenerlos unidos, y el hecho
de que tú fueras enviada tan lejos de casa es extraño.
—Lo sé —susurró ella—. Siempre he pensado lo mismo.
—Es todavía más sospechoso que con mi dinero y la influencia de mi familia, sigamos siendo
incapaces de encontrar cualquier rastro de las otras niñas.
Una enorme fuerza parecía bloquear cada averiguación de ellos.
—Sé que probablemente esto sea paranoia provocada por estar demasiado incómoda para
dormir, pero últimamente he estado preguntándome… —Hope levantó la cabeza del pecho de él y
lo miró—. ¿Crees que el incendio en el juzgado de Hobart fue iniciado deliberadamente para
destruir nuestros documentos? —Rápidamente agregó—: Eso es ridículo, ¿cierto?
—¿Pensar que alguien incendiaría el juzgado comarcal en Hobart, Texas, para deshacerse de
sus registros de adopción? Es ridículo… pero yo también lo he pensado.
Aunque él sabía que Gabriel estaba convencido de que así era, Zack no quería decírselo todavía.
Hope contuvo la respiración y luego suspiró.
—Es casi un alivio pensar que fue eso lo que sucedió. Es mejor que pensar que tú, yo y todos
nosotros somos tan incompetentes que no podemos localizar a mi familia.
—Y es peor pensar que alguien está intentando ocultar la verdad. —Dulcemente, agregó—: Una
verdad que debe ser terrible.
—Te dije que mis padres eran buena gente. —La boca de ella estaba apretada en una línea
severa—. Ellos no robaron ese dinero.
—Entonces alguien los mató.
Las lágrimas brillaban en los ojos azules de Hope.
—No puedo soportar pensar en eso.
Él se maldijo por sacar el tema ahora. Ahora cuando ella estaba tan sensible.
—Entonces no lo hagas. Entremos y escuchemos qué tiene para informar Griswald.
En su estudio, Zack ayudó a Hope a sentarse en el sillón de cuero más cómodo y se ubicó en el
apoyabrazos, donde podía tomarle la mano.
Gabriel puso la otomana bajo los pies de ella. Griswald le entregó un vaso de agua, luego tomó
su sitio frente a la chimenea y recitó los hechos que Zack y Gabriel conocían pero Hope no.
—La señorita Pepper estuvo residiendo en el área de Washington, D.C. Es una exitosa paisajista.
—¿Paisajismo? —Hope se aferraba a cada palabra suya—. Siempre fue una niña tan bulliciosa.
Nunca hubiese esperado que se dedicara a una profesión tan tranquila.
—Sí. Bueno. —Griswald respiró hondo—. Debido a mi dificultad para rastrear a su hermana en
el sistema de acogida temporal, y como Pepper es un nombre inusual, he sospechado mucho
tiempo que ella lo cambió, o que había sido cambiado. Al principio pensé que había sido adoptada.

Traducido y corregido por ALENA JADEN Página 74


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Como tenía ocho años cuando... abandonó Texas, eso parecía lógico, pero mi búsqueda en los
registros de adopción no produjo nada.
—¿Las agencias de adopción le dieron acceso? —preguntó Gabriel con interés.
—Eh... no. “Dar acceso” sería un término generoso —respondió Griswald.
—¿Se infiltró en los registros?
Gabriel logró sonar severo y para nada divertido, pero Zack sabía muy bien que lo estaba.
—Gabriel, sabes que lo hizo, así que cállate —dijo Hope enfadada. Ella había buscado a su
hermana por su cuenta, y sabía muy bien la poca información que daban voluntariamente las
agencias de adopción—. Quiero escuchar qué ha descubierto Griswald.
—Gracias, señora. —Griswald miró con desagrado a Gabriel, con la superioridad que sólo un
mayordomo británico podría mostrar. Entonces siguió hablando, su voz reflejaba la emoción de su
investigación—. Encontré a la mujer que pensé que podría ser su hermana Pepper en
Albuquerque, New México. Ella vivió allí cuatro años atrás por un tiempo breve, y se hacía llamar
Pepper Porter. Hablé con gente que la conocía, y la descripción se ajustaba a como creemos que
Pepper se vería hoy.
Zack había hecho que expertos escanearan la foto de Pepper con ocho años, y con un
complicado programa de software, crearan el rostro que hubiese adquirido al madurar. Era
inquietante, ver esos ojos avellana mirándolos tan serenamente. Hope había llorado al verla,
porque se veía como la máscara mortuoria de un ser amado... y Zack sabía que ese era el miedo de
Hope. Que no pudieran encontrar a Pepper porque estaba muerta. Sólo podía imaginar la
expectativa y desesperación que Hope sentía ahora, saber que finalmente habían ubicado el rastro
de Pepper.
—Había cambiado su nombre. Varias veces.
Griswald soltó un resoplido de indignación, como si Pepper lo hubiese frustrado a propósito.
Hope se enderezó.
—¿Por qué? —quiso saber—. ¿Estaba en problemas?
—No que yo pueda decir, señora.
Hope intercambió una mirada elocuente con Gabriel. Zack sabía por qué. Había escuchado
historias sobre Pepper. Cómo era la típica hija de pastor, rebelde, impertinente y atrevida. Sabía
que Hope y Gabriel pensaban que Pepper debía haber estado en problemas.
Zack los llevó infaliblemente de vuelta al tema que los ocupaba.
—¿Qué hizo para conseguir documentos?
—Compró identificaciones falsas por internet —le informó Griswald.
Hope se pasó los dedos por el cabello.
—¿Eso no es ilegal?
—Sí, señora. Mucho. Así que, aunque no pude averiguar sobre sus orígenes, presioné al
caballero que le vendió los documentos. —Griswald hizo una mueca con orgullo justificable—. De
ese modo pude seguir su rastro de Albuquerque a Minneapolis, luego a Tampa, y finalmente hasta
Washington, D.C. En su encarnación más reciente, se hacía llamar Jackie Porter. No ubiqué su
hogar inmediatamente, porque aunque trabajaba como Jackie Porter, alquilaba su apartamento
como Jacqueline P. Peters, una identidad que compró de una fuente totalmente distinta.
Incapaz de permanecer quieto, Gabriel caminaba por el estudio.

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—Estuvimos tan cerca de encontrarla. La perdimos por poco en Washington. Desapareció. Zack
y yo la rastreamos a Denver, donde compró un auto, condujo hacia las montañas y… no podemos
encontrar un rastro de ella ahora.
—¿Por qué? ¿Por qué abandonó una carrera próspera como jardinera y desapareció? —exigió
saber Hope.
—Porque... —Griswald vaciló—. Me temo que encontré un artículo en el Washington Post que
daba el nombre de Jackie Porter y la mencionaba como... —Con una mirada preocupada a Hope,
Griswald declaró—... buscada por asesinato.
Zack se puso de pie.
—Buen Dios.
Gabriel dejó de caminar y palideció.
—¿De quién?
Sólo Hope habló con certeza incuestionable.
—Eso es imposible. Es inocente.
—Encontré a alguien que está de acuerdo con usted. Con nosotros. Una vez que ubiqué el
hogar de la señorita Pepper en Washington, me infiltré en su computadora y encontré un e—mail
manifestando confianza en la inocencia de la señorita Pepper y ofreciendo ayudarla. Con la ayuda
de esta mujer, seguramente podremos ubicar a la señorita Pepper y limpiar su reputación. Porque
la dama que cree en la inocencia de la señorita Pepper es —con triunfo, Griswald dijo el nombre
de la conocida celebridad—: la General Jennifer Napier.

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CCAAPPÍÍTTU
ULLO
O 1122

—Vamos —dijo Dan—. Te mostraré el rancho.


Sin mirar para ver si Pepper lo seguía, caminó hacia su camioneta.
Esta camioneta era el vehículo de un hombre trabajador, alta, dura, verde claro, y cuidada
como una pieza valiosa de maquinaria del rancho. Su tracción en las cuatro ruedas y neumáticos
grandes lo habían mantenido fuera de bancos de nieve, y su poderoso motor subía los caminos
empinados sin un quejido. Su caja larga transportaba pacas de heno y el ocasional ternero
recalcitrante, y él guardaba sus herramientas en una caja con cierre pegada contra la cabina. El
polvo de los caminos de gravilla cubría el vehículo de arriba abajo, y el lodo salpicaba la parte
interior de los salpicaderos. Su camioneta se veía como cualquier otra camioneta de rancho en el
condado.
Pero contenía algo extra. Dan tenía un monitor debajo del asiento, conectado al monitor en la
casa. Su localizador lo alertaba cada vez que algo —o alguien— cortaba los rayos láser que
rodeaban la casa. Podía ver el tamaño y la dirección del intruso. También tenía armas ahí atrás. No
el habitual rifle que cada ranchero tenía en un perchero detrás suyo, sino armas que la mayoría de
los civiles no poseían, que ni siquiera sabían cómo usar.
Pepper lo había seguido, y dijo agresivamente:
—Muy bien, puedes mostrarme el lugar. Puedes enseñarme todo lo que necesito saber. En dos
semanas, dijiste. ¿Cierto? Dos semanas hasta que lleves el ganado a las tierras altas, y no más.
—Si no lo supiera, pensaría que no me quieres cerca.
Él abrió la puerta para ella y vio cómo se estiraban sus muslos mientras subía el escalón. Con la
habilidad de un observador experimentado, examinó la curva de su esbelto trasero mientras ella
se sentaba en el asiento en la cabina. Quería besarla.
—Sería mejor si te vas.
—¿Mejor para quién? No para mí.
Dan flexionó las manos. El tipo de beso que planeaba darle tenía que ser intercambiado
tumbados y sin ropa. Habría otros, besos preliminares que suavizarían la cólera de Pepper y la
relajarían para hacer el amor, y planeaba esos con igual cuidado. Sin embargo, el beso que saltó
enteramente imaginado en su mente era desesperado, con las bocas abiertas e íntimo.
Le resultaba interesante que él, que había puesto toda su considerable concentración en
atrapar al terrorista escurridizo que había matado a tantos hombres, mujeres y niños, ahora
encontrara una fascinación idéntica planeando la seducción de Pepper.
—Estoy pasándolo bien, estando aquí contigo. Es como los viejos tiempos… divertido y rebelde,
pero sin el sexo.
La oyó tomar aire bruscamente. Vio que sus ojos se abrían por el impacto.
—Eres un sabelotodo.
Estirándose, ella agarró la puerta y la cerró de un golpe en su cara.
Dan dio la vuelta y saltó dentro, y consideró cuánto disfrutaba presionándola para ver su ráfaga
de mal genio. Lo hacía para verificar la honestidad de ella, por supuesto, no por algún vestigio de
travesura juvenil que surgía inesperadamente cuando ella estaba cerca.

Traducido y corregido por ALENA JADEN Página 77


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Mientras ponía la camioneta en movimiento, la miró por el rabillo del ojo. El feo corte de pelo
hacía que su cabello ondulado pareciera el de una fiera. Se rizaba alrededor de su rostro en locos
rizos negros, enmarcando su tez naturalmente pálida; manchas de quemaduras del sol perduraban
descamadas en la nariz y la frente. Pero sus ojos eran grandes y pensativos, sus pestañas espesas y
oscuras, y su figura de muñeca Barbie se veía bien con esos jeans y esa remera.
No era nada extraño que su padre se preocupara por ellos dos viviendo juntos. La mayoría de
los hombres no podrían mantener las manos quietas. No querrían hacerlo. Dan seguro que no
quería, y tenía razones, buenas razones, para no fiarse de ella. Pero no fiarse significaba que tenía
que observarla de cerca, y ese deber era más atractivo de lo que debería haber sido.
Deteniéndose en el granero, dijo:
—Espera aquí. Será sólo un minuto.
—Tómate tu tiempo —respondió ella mordazmente.
Dentro del granero él sacó su transmisor de la billetera y lo metió en su oreja. Apretando un
botón, llamó al Coronel Jaffe.
—¿Alguna información sobre la mujer?
En un tono de gran tolerancia, el coronel dijo:
—He estado investigando menos de veinticuatro horas. ¿Asumo que no intentó asesinarlo
mientras usted dormía?
—No.
—¿Intentó seducirlo?
—No, maldita sea.
El Coronel Jaffe rió entre dientes.
—Así que hay una mujer en este mundo con un poco de sensatez.
—Estaba agotada —explicó Dan altivamente—. Estoy seguro de que se meterá en mi
dormitorio esta noche. Eso es, si los muchachos siguen haraganeando por el campo esperando a
Schuster.
El tono del coronel se volvió formal.
—Todavía no hay movimiento. ¿Ella ha hecho algo sospechoso?
—No quiere que nadie sepa que está aquí. No quiere visitar a viejos amigos. No quiere decirme
dónde ha estado viviendo o dónde está ubicado su negocio. Insiste en que me mantenga callado
respecto a ella.
—Porque no quiere ser identificada después de exterminarlo.
—Todo es posible —reconoció Dan.
—Puede quedarse un tiempo más —decidió el Coronel Jaffe—. Si es inocente, y si alguien está
vigilándolo, ella agrega un lindo toque de negligencia a su situación.
Lo habían discutido antes, pero…
—¿Hay alguien vigilándome?
—No a menos que sea uno de sus leales vaqueros, y el sargento Midler piensa que todos están
a salvo.

Traducido y corregido por ALENA JADEN Página 78


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—Muy bien. Entonces Pepper y yo partiremos a hacer un recorrido del rancho, donde la
cautivaré con mis conocimientos de ganadería y mi… —Dan bajó la voz a un tono masculino—,
enorme sombrero.
—Entiendo que hay mujeres que se impresionan con ese tipo de cosas —dijo el Coronel Jaffe
en un tono de total aburrimiento.
—Todas ellas, Coronel. Todas ellas.
Con una sonrisa, Dan colgó. Poniéndose sus guantes de trabajo, levantó un bloque de sal de
veinte kilos y lo cargó hasta la camioneta.
Encontró al sargento Sonny Midler, Hunter Wainwright, y un joven vaquero, T.J. Loving, de pie
junto a la camioneta, sombreros en mano, hablando con Pepper.
Sonny era un hombre apuesto, si había que creer a las mujeres, con su cabello caoba rizado y su
fácil sonrisa, y tenía labia. Demasiada labia, eso le había dicho Dan en las ocasiones frecuentes que
Sonny decía demasiado.
La buena apariencia madura de Wainwright siempre atraía a las mujeres. Las mujeres tenían
algo con esos mechones plateados en su cabello. Y T.J. era joven, realmente joven, y si una mujer
se sentía atraída por el aspecto juvenil, él era su hombre.
Todos eran musculosos y bien parecidos, y Dan no había estado bromeando al decir al Coronel
Jaffe que las mujeres adoraban a los vaqueros. Dan esperaba que Pepper tuviera suficiente
sensatez como para ser influenciada por un sombrero grande y un montón de estupideces, pero
de cualquier modo sufrió una punzada de celos.
Eso lo sorprendió. No era un hombre irracional. Nunca esperaría que ninguna mujer fuera
célibe durante nueve años. Ciertamente él no lo había sido.
Sin embargo, sus sentimientos hacia Pepper eran diferentes. Con ella, la lujuria se mezclaba con
una posesividad para formar una ferviente poción de necesidad. Necesitaba acostarse con ella
más de lo que había necesitado acostarse con ninguna mujer en los últimos... bueno, los últimos
nueve años. Ese ávido anhelo tenía que ser porque él había tomado su virginidad. Por alguna
razón, su corazón insistía en que ella era suya.
En ese momento, el insistente órgano estaba ubicado más abajo y dolía violentamente.
Ella no quería que la vieran, por alguna razón, y ahora estos tipos iban a chismorrear que Dan
tenía una novia. Cuando se acercó a la camioneta, imaginó que se veía sombrío.
Pepper tenía el sombrero bajo sobre su frente, un pobre disfraz, y asentía mientras los
vaqueros hablaban, pero permanecía sorprendentemente callada. Cuando los hombres vieron la
expresión en el rostro de Dan, cayó el silencio. Él se detuvo y los miró. Ellos se enderezaron.
—¿Buscando trabajo? —preguntó Dan.
Sonny giró el ala de su sombrero en las manos mientras hablaba.
—Sí, señor, queríamos saber si quiere que arreglemos cercos.
Su voz sonaba respetuosa, pero sonreía inconteniblemente. En el batallón era sólo su segundo
en cuanto a las conquistas femeninas, y nada le gustaba tanto como intentar robar una de las
mujeres de Dan. Nunca lo había logrado, pero eso no impedía que hiciera la prueba. Mientras Dan
levantaba la sal para cargarla en la caja de la camioneta, Sonny corrió a su lado.
—Deme, señor, eso es bastante pesado. Deje que lo ayude.
¡Como si Dan fuese un anciano!

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—Seguro.
Dan dejó que tomara el bloque de veinte kilos, y mientras Sonny lo levantaba, Dan lo golpeó
con fuerza en el vientre con el costado de la mano.
Sonny dejó caer la sal en la caja de la camioneta. Cayó con un ruido sonoro. La camioneta se
meció bajo el impacto. Mientras el aire salía de sus pulmones, Sonny se dobló.
Los otros vaqueros estallaron en carcajadas. Pepper mantenía la mirada hacia el frente.
En un tono paternal, Dan dijo:
—¿Te molesta la hernia, hijo?
—Sí —jadeó Sonny—. Mi hernia.
En voz más baja, Dan dijo:
—Todo vale en el amor y en la guerra, hijo. —Levantando la voz, agregó—: A trabajar,
muchachos. Llevaré a la dama a un recorrido por el rancho, y después se irá del pueblo.
—Eso es lo que dijo la señorita Watson.
T.J. sonaba desilusionado.
¿Quién?, pensó Dan.
—Esperaba que ella pudiera venir a Gem Lounge esta noche —continuó T.J.—, pero dice que
tiene un avión que tomar.
Sonny había recobrado el aire.
—No tiene sentido pasar la noche con el abuelo Graham aquí. De cualquier modo, él no sirve de
nada a las mujeres.
—Podrías estar lavando platos —dijo Dan.
Sonny se retiró rápidamente.
—No, señor, nada de servicio en la cocina para mí. Me voy a trabajar.
Mientras los vaqueros se alejaban, Dan se metió en la camioneta y cerró la puerta de un golpe.
—Condenados idiotas. ¿Qué les dijiste?
—Nada excepto mi nombre, que es Glenda Watson. —La irritación vibraba en la voz de
Pepper—. Los hombres nunca crecen, ¿verdad?
Él dio marcha atrás con la camioneta y se encaminó en dirección opuesta al rancho de su padre,
pasando otra vez junto a la casa, alrededor del final del valle y hacia el depósito de sal junto al río.
—¿A qué te refieres?
—Ese asunto con la sal. Y luego Sonny llamándote abuelo y asumiendo que para lo único que
estoy aquí es para tener sexo. Son todos pequeños sabelotodo presumidos.
—Sí, señora.
La lacónica respuesta de él hizo que sus ojos chispearan más.
—Eras un sabelotodo la primera vez que te vi, y sigues siéndolo.
—Igual que tú.
Eso sí que era quedarse corto.
—Yo tuve una crianza difícil. ¿Cuál era tu excusa para ser semejante delincuente grosero y
engreído?

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—No necesitaba una excusa. Tenía diecisiete años, y era el único hijo Graham. Crear problemas
es una vieja tradición familiar. —La camioneta traqueteaba por el camino de grava, cabeceando
mientras él conducía sobre surcos y por encima de roturas producidas por el congelamiento—.
Además, era un muchacho. Se supone que los muchachos sean salvajes.
Oyó que ella respiraba con fuerza. Vio que su cabeza se volvía hacia él mientras evaluaba su
sinceridad. Él mantuvo la expresión cuidadosamente imperturbable y agregó:
—Se supone que las niñas sean calladas y educadas.
—Voy a vomitar en el piso de tu camioneta —declaró Pepper de modo monótono.
—No lo hagas. Es el único vehículo que tenemos entre los dos.
La mandíbula de ella se tensó. Estaba preocupada porque él volviera a preguntar por su auto.
Bien podría obligarla.
—Hoy, más tarde, iremos a buscar tu auto y lo traeremos con un remolque.
Ella pronunció las palabras entre dientes.
—Está al pie de un acantilado. Es insalvable. Llamaré a la compañía de seguros cuando
volvamos a la casa.
—Buena idea, pero igualmente deberíamos buscarlo. El liquidador de seguros querrá mirarlo
antes de declararlo destruido.
Pepper aspiró profundamente, se volvió hacia él y en un ataque tan repentino que lo tomó por
sorpresa, le dijo bruscamente:
—Siempre tienes que tomar el mando, ¿verdad? Es a tu manera o no es.
Él pisó el freno y detuvo la camioneta. Esperó hasta que la nube de polvo se había asentado,
apagó el motor y bajó las ventanillas. Se volvió para estudiarla, con el brazo sobre el respaldo.
La boca llena de ella estaba apretada; su mandíbula sobresalía. Ella se encontró con su mirada
fijamente, e irradiaba resentimiento. Ya no se veía como la sofisticada señorita Prescott. Era
nuevamente la Pepper de dieciséis años, y él agradeció su llegada. Conocía a esta muchacha.
Entendía a esta muchacha.
—No tienes idea de qué estoy hablando, ¿cierto? —le preguntó con malhumor.
—Ni la más mínima.
Ese era el problema. Ella quería que él supiera lo que quería sin que se lo dijeran. No tenía —
nunca había tenido— la más remota idea. Pero ahora era lo bastante listo como para no simular.
Simplemente la invitó:
—Dímelo.
—Tenías que contarle a tu papá sobre mis padres, pero no le dijiste toda la verdad. Tenías que
arreglarlo y hacerlo bonito, para que yo le agradara. No me preguntaste qué quería. Simplemente
lo decidiste por tu cuenta.
—¿Qué arreglé?
—No dijiste que mis padres habían robado dinero de su iglesia y abandonado a sus hijos. —En
todo caso, la amargura de Pepper había aumentado a través de los años—. Y que murieron
intentando escapar. Murieron dejándonos atrás para que fuéramos… arrancados unos de otros y
enviados… para que quedáramos solos...
Respiraba agitadamente. Le ardían los ojos. Pero no estaba llorando. Estaba incandescente de
furia.

Traducido y corregido por ALENA JADEN Página 81


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¿Quería asesinarlo? Tal vez, pero mientras más irritada estaba, más se relajaba él. Las mujeres
culpables siempre intentaban escapar de sus problemas con sexo, y si esto era una seducción, ella
era muy mala en eso… y sin embargo sorprendentemente buena, porque él la deseaba.
—¿Temías que pensara mal de ti debido a los crímenes de tus padres?
—No. No, ¡no es eso! —Ella respiró hondo—. Cuando te conté sobre mis padres todos esos
años atrás, y te expliqué que me habían abandonado, ¿qué hiciste?
—Intenté encontrarlos.
—Intentaste encontrarlos —repitió ella—. Intentaste encontrar a mi familia. Enviaste una carta
a Hobart, Texas, preguntando por mi familia.
Lo había hecho. En el sufrimiento que había seguido a la desaparición de ella, lo había
olvidado... eso y la aturdida reacción de ella a su revelación.

Dan se subió los pantalones, metió dentro la camisa, intentando simular que no había pasado
nada extraordinario, cuando en realidad el sexo había sido extremadamente increíble, distinto a
cualquier experiencia que jamás hubiese tenido. En la oscuridad del El Camino, podía oír a Pepper
acomodando frenéticamente sus ropas, y el gimoteo ocasional, como si estuviese llorando.
Maldición. Había estado loco por ella. La había lastimado, lo sabía. Y ahora no sabía qué decir.
Se sentiría mejor por haberse acostado con ella si Pepper fuera a casa con su propia familia. No
porque la señora Dreiss no fuera genial, lo era, pero era un poco vieja y de costumbres muy
arraigadas, y más importante, no era la madre de Pepper.
Así que esperó hasta que los sonidos en el lado de ella se hubieran acallado. Estirándose, la
atrajo hacia él y la abrazó.
Ella estaba rígida, rechazándolo.
Pero siguió abrazándola hasta que se relajó un poquito. Sólo un poquito. Entonces le ofreció el
mejor consuelo que podía imaginar, lo único que había hecho que era tan bueno que ella le
perdonaría cualquier cosa.
—¿Sabes eso que me contaste en confidencia? ¿Sobre tu familia?
Ella volvió a ponerse dura.
—¿Sí?
—Hice algo realmente genial.
Temblando, Pepper preguntó:
—¿Qué hiciste?
—¡Nada malo! No se lo conté a nadie. No es así. —Estaba un poco herido porque ella pensara
que haría eso—. Hice algo para ayudarte a encontrarlos. Escribí a Hobart, al juzgado y pedí los
registros de tus hermanas y tu hermano.
No había pensado que Pepper pudiera arrancarse de sus brazos, pero lo hizo. Su respiración
sonaba áspera y ronca, y ella estalló con resentimiento.
—Tú… tú… ¿cómo pudiste? ¿Cómo pudiste hacerme eso?
—¿Qué quieres decir? —No podía creerlo. No estaba agradeciéndole. Estaba atacándolo—. No
te hice nada. Hice lo que pensé que era mejor.

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—Bueno, muchísimas gracias, George Washington. No sé dónde estaría sin tus consejos.
Lo irritaba tanto.
—¡Hey! Nadie me habla de ese modo.
—Claro que no. No al gran Dan Graham. —El sarcasmo desbordaba de ella. Y entonces—:
¿Alguna vez pensaste que yo misma podría haber intentado atraer su atención y que nadie se
molestó en…? —Ella dejó de hablar. Simplemente se detuvo. En una voz pequeña y tensa, dijo—:
Llévame de vuelta al rancho Dreiss. Tengo que salir de aquí.
Él había pensado que se refería a salir del auto.
Ella había querido decir salir de la ciudad.
Nunca se había enterado de nada, nada que reconociera su consulta, y eso parecía raro. A Dan
no le gustaba lo raro. Desde entonces había aprendido a desconfiar de lo raro.
Pero Pepper seguía protestando furiosa.
—¿Quieres saber por qué me marché de Diamond? Me marché porque actuaste como un
Graham. Despótico y sin pensar una sola vez en lo que yo quería.
La tenía atrapada en la cabina de una camioneta. No tenía adónde escapar. Así que él se inclinó
hacia ella y la presionó más para que le diera respuestas.
—¿Por qué no tenía que intentar averiguar sobre tu familia? Era lo correcto.
—¡Según tu juicio! ¿Siempre estás tan seguro de que tienes razón?
Los recuerdos surgieron dentro de él. Recuerdos del verano pasado: el calor, los olores de un
país extranjero, la casa quemada por el sol, la niña que vivía dentro... la explosión que había hecho
pedazos su vida.
—No siempre.
—Pero te sentías calificado para tomar decisiones por mí. Tú, un chico de dieciocho años.
—Así que huiste de mí.
—No huí de ti.
Lógicamente, él dijo:
—Acabas de admitir que lo hiciste.
—No se trataba de ti. Se trataba de mí. ¿Está bien? No todo en el mundo entero se trata de ti.
Sabía condenadamente bien que no se suponía que tuviera que explicar estas cosas a una
mujer. Se suponía que las mujeres lo sabían.
—Esa noche no se trataba sólo de ti o de mí. Estábamos enredados en todos los sentidos.
Estábamos furiosos juntos, hicimos el amor juntos. No eras sólo tú o yo, éramos nosotros.
Cuando Dan estaba enfurecido, la mayoría de la gente se alejaba de él. Pepper se encontró con
él de frente, con los ojos lanzando chispas.
—Nosotros se ha terminado ahora. Olvídalo.
—¿Olvidarlo? —Esforzándose, él controló su temperamento—. Hay momentos en la vida de un
hombre que son cruciales. Momentos que definen quién es por el resto de su vida. Esa noche,
querida mía, fue uno de esos momentos para mí. —Sus otros momentos... no eran buenos. Pero
ese lo era, y atesoraba el recuerdo—. ¿Estás diciendo que esa noche no fue uno de esos
momentos para ti?

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CCAAPPÍÍTTU
ULLO
O 1133

Esa noche había cambiado todo para Pepper.


La vergüenza de robar, de beber, de lastimar deliberadamente a la señora Dreiss, la única
persona con la que podía contar. El calor de la pasión y el dolor entre ella y Dan. El miedo de saber
que, con la ayuda de Dan, su familia podría encontrarla... pero podría no importarle hacerlo.
Pero Pepper no podía hablar sobre sus emociones. No sobre esa noche. No sobre ninguna
noche... o día. Había pasado nueve años desterrando emociones. Sus reacciones desenfrenadas,
infantiles ante cada situación en su vida la habían llevado al infierno y de regreso, y temía
permitirles que lucharan por volver a la superficie otra vez. Especialmente ahora. Especialmente
cuando la muerte la rondaba y ella necesitaba cada pedacito de lógica y sensatez que pudiera
desenterrar para poder sobrevivir.
La mirada de Pepper recorrió a Dan. Sus ojos ardían con fuego. Una mano agarraba el volante,
la otra el respaldo del asiento.
Si permanecía aquí, él siempre estaría cerca. No sabía lo que él quería de ella a la larga, pero a
corto plazo lo sabía muy bien. Había sido bastante claro respecto a eso. Quería estar en su cama.
¿Sería ella lo suficientemente fuerte como para decir que no? ¿Era lo bastante fuerte como para
convencerse de que no lo deseaba?
No sabía de qué profundidades de su alma salió la pregunta, pero soltó:
—¿Por qué tienes que ir al médico?
—¿Esa es toda la respuesta que obtengo? ¿Pregunté si esa noche te definió, y me preguntas
por qué tengo que ir al médico? —preguntó Dan incrédulamente.
—Simplemente... recordé lo que dijo tu padre sobre tu cita con el médico, y yo...
Echándose atrás, ella se apretó contra la puerta.
Con dureza, él preguntó:
—¿Tu respuesta depende de la mía?
—No. —Ella enderezó los hombros—. No tengo intenciones de responderte.
La expresión en el rostro de Dan se endureció. Pepper sabía que estaba intentando intimidarla,
pero se negaba a ceder.
En cambio, se recostó y abrochó su cinturón de seguridad.
—Aparentemente no pretendes responderme tampoco, así que supongo que estamos a mano.
Dan arrancó la camioneta y condujo hacia el depósito de sal.
—Así que estamos de vuelta en la secundaria —dijo con tensión.
La ruta necesitaba ser nivelada después de la escorrentía primaveral; la camioneta daba saltos
sobre ella.
Finalmente Dan rompió el silencio que se había prolongado entre ellos.
—Tengo una herida en el abdomen.
Ella lo miró a la cara y luego abajo, la camisa, como si pudiera evaluar la seriedad a través de
sus ropas.
—¿Cómo te la hiciste?
—Estaba en una pelea.

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—Una pelea. ¿Quieres decir entre dos tipos que están enojados? ¿O una pelea como una
batalla?
—Ambas. Tenía a un par de hombres conmigo, así que podrías llamarlo una batalla. Pero estaba
definitivamente cabreado con el otro tipo…
—¿Qué tan mala es tu herida? —preguntó ella, sintiéndose poco animada.
—Me dispararon. Perdí una porción de los intestinos. —La camioneta salpicó un arroyo helado
por la nieve y lleno de cieno—. Tuve peritonitis.
La mano de ella formó un puño contra la ventanilla.
—¿Vas a estar bien?
—Estoy bien.
Dan detuvo la camioneta en la ladera que daba al depósito de sal, una extensión llana a lo largo
del río donde los árboles descendían por la montaña y se entremezclaban el páramo y las
pasturas.
—Si estás bien, ¿por qué tienes que ir al médico?
—Sabes cómo es el ejército. Tienen reglas. Esta es mi última visita de seis meses. Después de
esto, será una vez por año. Más un chequeo que otra cosa.
Finalmente ella preguntó:
—¿Qué hacías en el ejército?
—Cosas de soldados.
Ella se estremeció ante el sonido discordante mientras él ponía el freno de mano.
¿Cosas de soldados? ¿Qué implicaba eso? Sabía que él había estado en el extranjero. Russell lo
había dicho. Pero la General Napier también había trabajado en el extranjero. ¿Se habían
conocido? ¿Él había estado a su mando? A pesar de la explicación de Pepper, ¿sentiría él la lealtad
de un soldado a una oficial al mando? ¿La entregaría?
El viejo Dan hubiese muerto por ella. El nuevo Dan la observaba, la juzgaba, pensaba que no
daba la talla. Ella no podía decidir qué, pero durante sus años separados, él había perdido algo:
compasión, esperanza, una creencia en la humanidad, en Dios o en la bondad.
Estaba cambiado, y ella no podía contar con él. Pepper sacudió la cabeza.
Todo aquí afuera era tan inmenso. Largo y estrecho, el valle se estiraba lejos de ellos, el ganado
salpicando el paisaje. Las montañas se elevaban arriba y alrededor, escarpadas y cubiertas de
pinos. Reinando por encima de todo, un cielo azul resplandecía tan limpio y brillante que Pepper
se sentía desnuda debajo de él.
¿Dónde se ocultaría? No en las pasturas o siquiera las montañas. El equipo de rastreo de la
General Napier sería convocado para encontrarla.
—¿Ves algo inusual? —preguntó Dan, señalando las dos docenas de cabezas de ganado que
pastaban en la hierba nueva.
Ella se puso tensa. ¿Algo inusual? Eso era precisamente lo que temía. Pero él sonaba relajado,
interesado.
Entonces ella los vio, abriéndose paso entre los torpes novillos: dos ciervos esbeltos con sus
cervatillos manchados. Los ciervos se dirigieron a los finos bloques de sal y lamieron
delicadamente hasta saciarse, levantando las cabezas de vez en cuando, olisqueando en busca de

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peligro. Los cervatillos brincaban juntos, sus pelajes brillando a la luz del sol. Su alegría era
contagiosa, su modo de andar divertido y desgarbado.
Distraída, Pepper rió en voz alta. Abriendo la puerta de la camioneta, bajó, con cuidado de no
asustarlos.
De su lado, Dan hizo lo mismo y dio la vuelta para unirse a ella.
—Vienen aquí abajo por la sal. Y a la casa por las rosas.
Hizo una mueca.
—Son hermosos —susurró ella.
La débil niebla de hierba verde resplandecía junto a sucios montículos de nieve que quedaban
en las sombras, donde el sol nunca llegaba. Aquí y allá, rocas grises se elevaban donde habían sido
dejadas por la escorrentía de primavera. El viento saltaba a través de las copas de los árboles,
haciéndolos chirriar y crujir como ancianos bailando después de un largo invierno. Más allá el sol
caía sobre el río, convirtiendo el agua en un brazalete de oro fundido.
En su tiempo lejos Pepper había olvidado cómo el espacio, la soledad y la inmensidad aquí
hablaban a su alma. Este lugar, una composición diluida por la luz de colores y texturas, resonaba
con el latido de la eternidad, y había estado tan preocupada que no lo había oído. Ahora veía, y
escuchaba, y su corazón se elevó.
La tormenta nos pasó de largo; no mires al cielo buscando nubes.
¿Quién había dicho eso? ¿La General Napier o la señora Dreiss? Ahora mismo, Pepper no podía
recordarlo. Sonriendo, giró la cabeza y encontró la mirada de Dan sobre ella.
La observaba sin expresión, sus ojos oscuros y graves estudiándola.
Hay momentos en la vida de un hombre que son cruciales. Esa noche, querida mía, fue uno de
esos momentos para mí.
Pepper oía el eco de sus palabras en la cabeza.
¿Era verdad? Dios sabía que, cuando eran jóvenes, ella lo había amado. Él había sido un ícono
para ella, ese alguien que todos querían ser: aceptado por su apellido, su rostro apuesto y su
genial auto. En los años intermedios, se había dicho a sí misma que eso era lo único que había sido
su grandiosa y gloriosa pasión: un impulso adolescente superficial de salir con el tipo más genial
que había por allí.
Apenas oyó a Dan hablando mientras él hacía gestos.
—Desde aquí, puedes ver el campo de alfalfa. El ganado intenta meterse, así que los vaqueros
vigilan ese cerco.
Sin embargo, había ido a los brazos de Dan, no con una ostentosa necesidad de aceptación sino
con un deseo abrasador de rechazar a todos y todo. En él había encontrado otro espíritu alocado.
Habían sido tan diferentes, y tan parecidos.
—Si el ganado entra aquí, son lo suficientemente tontos como para comer hasta morir —dijo él.
Sus pasados habían sido diferentes, pero los dos habían tenido un amor por los libros, y habían
hablado sobre los lugares a los que irían cuando terminaran la escuela y pudieran atender la
llamada de la aventura.
Dan le advirtió:
—Recuerda, el ganado son como personas. Algunos más inteligentes que otros, algunos más
malos que otros. Nunca des tu espalda a un novillo.

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Habían hablado durante horas... y se habían besado durante horas. Ella se había subido a su
regazo y lo había vuelto loco, y él le había devuelto el favor. Habían estado locos uno por el otro.
—Lo sé. Recuerdo al ganado.
—Sé que sabes, pero de cualquier modo te lo recuerdo. Pesan diez veces lo que pesas tú. No
corras riesgos.
Ella asintió.
—De veras. Lo sé.
—Llevaré esta sal al depósito —dijo Dan—. Luego nos iremos.
El tiempo y la distancia habían probado una cosa: cualquier deseo que ella y Dan hubiesen
tenido era intrínseco en ellos, como lava y hielo, encontrándose y volando todo en pedacitos con
la violencia de la explosión. Lo vio levantar el bloque de sal y descender la pendiente hacia el
depósito, sus pasos largos y gloriosamente fluidos. Los gamos se alejaron saltando, sus cervatillos
tras ellos, escapando al bosque. El ganado permaneció impasible mientras él colocaba la sal y
regresaba.
El sol besaba su rostro. Por supuesto. Hasta el sol adoraba a Dan.
Ese beso la noche pasada... Ante el toque de los labios de él sobre los suyos, el cuerpo de
Pepper se había preparado. Sus senos se habían vuelto más pesados, sus piernas habían temblado.
Su mente se había vaciado… ¡santo cielo! Su mente había eliminado cada pensamiento sensato,
cada miedo práctico, mientras su cuerpo se llenaba de necesidad. Incluso ahora quería correr a
encontrarse con él, dejar que la llevara hasta el suelo húmedo, donde podrían unirse como la
naturaleza quería.
El instinto de unirse a Daniel James Graham aplastaba incluso su instinto por sobrevivir, y como
ninguna otra cosa podía hacerlo, eso la asustó y la hizo recuperar el buen juicio. Gateando hacia su
lado de la camioneta, abrió la puerta, subió y cerró la puerta sola. No quería que él actuara como
un caballero. No quería sentir su mirada sobre ella y saber que sus manos podrían tocarla tan
fácilmente. No quería preguntarse si lo rechazaría o no.
Se acurrucó cerca de la puerta mientras él ponía en marcha la camioneta. Sería mejor que
comenzara a pensar como una ranchera. Sería mejor que empezara a aprender lo que había que
hacer... ahora.
—Esta noche ayudaré con las tareas —dijo.
—Mañana —dijo Dan cómodamente mientras daba marcha atrás y conducía por la ruta—.
Sigues cansada. Esta noche, si preparas la cena, será suficiente para mí. Estoy harto de mi propia
comida.
Un bostezo la tomó por sorpresa. Seguía cansada.
—¿Qué tienes para que prepare?
Él hizo un gesto vago.
—Hay algunas latas de cosas que puedes mezclar.
La pura idiotez masculina de sus palabras la relajó como ninguna otra cosa hubiera podido.
—Suena genial. Adoro las latas de cosas mezcladas.
—Solías ser una cocinera bastante buena.
—Sigo siéndolo. Con comida real. Ya sabes, verduras frescas, carne fresca, hierbas...
—No tenemos comida real.

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—Te haré una lista. Cuando vayas al médico, puedes pasar por la tienda. Mientras tanto,
déjame ver qué puedo hacer. —Bostezó otra vez—. ¿A qué hora en la mañana?
—¿Para las tareas? Las cinco.
—Por supuesto. Las cinco. —Suspiró con pesadez y luego se aseguró—. ¿En punto?
—Cinco en punto. De la mañana. —Él sonaba divertido—. Tenemos que alimentar a Samson,
limpiar su establo y sacarlo a las pasturas.
—¿Es el mismo Samson?
—El mismísimo. Está más viejo, pero igual de fuerte. Con el buen clima, he estado limpiando el
granero, sacando la paja vieja y preparándolo para la nueva. He estado trabajando en la pila de
abono para el jardín. —Mientras la miraba de reojo, agregó solemnemente—: Tenemos que juntar
huevos.
Una ola de recuerdos golpeó a Pepper.
—Ooh. —Golpeó la cabeza contra el respaldo del asiento—. Odio juntar huevos. Las gallinas
siempre se escabullen y los esconden bajo el granero en todos esos lugares horribles, llenos de
arañas...
—¿Llenos de arañas? —sugirió él amablemente.
—… llenos de culebras, y oscuros —ella se estremeció—, y yo tengo que meter la mano adentro
para encontrar los huevos.
—Usa una linterna.
Pero no sonaba insensible. Más bien, sonaba cómodo, estableciendo el tipo de diálogo que una
vez habían compartido. Sin embargo, bajo su camaradería, resplandecía una conciencia sensual.
Podían, y lo hacían, hablar sobre cosas de todos los días, y en todo ese tiempo el calor en el
vientre de Pepper seguía creciendo.
Dan mantenía su atención puesta en conducir por la ruta con baches, pero la sensación de ser
deseado llenaba la distancia entre ellos.
Pepper levantaba pesas y estaba orgullosa de su tono muscular, pero ahora sus brazos parecían
más desnudos que descubiertos, una provocación deliberadamente femenina para un hombre que
ya bullía de pasión. Cuando regresara a la casa, buscaría una de sus remeras de manga larga y se
cubriría más completamente, y no creía que fuese a sacar sus pantalones cortos hasta que hubiera
dominado la administración del rancho y él se hubiera ido.
Miró alrededor. Si la General Napier le daba la oportunidad.
La casa apareció a la vista, rodeada por árboles altos y viéndose acogedora y apacible. Sin
pensarlo, Pepper dijo:
—Creo que a un helicóptero le costaría mucho aterrizar en cualquier parte cerca de la casa.
—¿Tienes un helicóptero? —preguntó Dan ligeramente.
No debería haber sacado el tema.
—No.
—¿Tu novio tiene un helicóptero?
¿Su novio?
—Olvida que dije algo.
Dan se detuvo bajo la sombra de los árboles.

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Ella puso la mano en la puerta. Él se inclinó sobre ella y mantuvo la puerta cerrada.
—¿Tienes novio?
—No. Nada de novios. —Pepper evaluó golpearle la mano, pero era grande y ancha, ubicada
demasiado cerca de ella—. Ni esposo, ni enredos. Vivo sola. Trabajo sola. Me gusta de ese modo.
Esperaba haber sido clara.
Dan estaba muy cerca. Lo suficientemente cerca como para que ella se sintiera claustrofóbica.
Lo suficientemente cerca como para que se diera cuenta de que él no le creía.
Su mal genio llameó, y esa vez sí le golpeó los nudillos. Gracias a su esfuerzo, se lastimó la
mano, pero él la dejó bajar. Salió de la camioneta con un portazo y fue furiosa hacia la casa.
Él la alcanzó con unos pocos pasos largos.
—La casa está ubicada en una elevación —le explicó—. Las montañas suben detrás de ella. Hay
árboles altos en cien metros al frente y los costados. Ningún helicóptero podría aterrizar sin
perder las paletas.
—Como si tú lo supieras —le dijo con brusquedad.
—Lo sé. En mi época hice algunos aterrizajes de helicóptero peligrosos.
Mientras ella subía los escalones, la curiosidad le hizo bajar la velocidad.
—¿Eras piloto?
—No. —Dan sostuvo la puerta—. He respondido a tu pregunta, ahora puedes responder la mía.
¿Por qué te importa si un helicóptero puede aterrizar aquí o no?
Por primera vez, estaba agradecida a Russell Graham por entregarle una excusa muy necesaria.
—Imagino que tu padre sabe de qué está hablando, de vez en cuando, y había oído que los
cuatreros usan helicópteros en esta época.
—Lo hacen. Pero estarían fuera, donde está el ganado, no aquí junto a la casa.
—Oh. Sí. No pensé en eso. —No se había preocupado por el ganado en absoluto. Había estado
pensando en sí misma, atrapada en la casa sin lugar adonde ir—. Tu papá me asustó esta mañana.
Hizo que quiera aumentar la seguridad antes de que te vayas, en caso de que alguien intente
forzar la entrada.
—¿Aparte de dispararles o usar judo con ellos?
La mirada de Dan expresaba muy bien su admiración por las habilidades de ella, tan bien que
Pepper cambió de opinión y resolvió nuevamente vestirse de manera más conservadora.
—Sería agradable tener una advertencia. Por eso es que estaba pensando en la seguridad.
—¿Para que pudieras llamar al sheriff?
—Y escapar.
Ella fue hacia la enorme camelia que colgaba en una cesta junto a la ventana. La pobre cosa
estaba mustia; sólo una flor blanco crema estaba abierta. Con el borde de su remera sacó el polvo
de las hojas brillantes y probó el suelo con su dedo.
—Descubrí —dijo—, que las plantas, al igual que las personas, necesitan agua para crecer bien.
—Me olvido de eso.
Ella le ofreció una mirada feroz.
Dan la observó mientras buscaba la regadera, pero no parecía estar viéndola. Estaba pensando,
frunciendo el ceño, decidiendo. Finalmente dijo:

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—No tienes que preocuparte porque nadie entre aquí. He instalado un sistema de seguridad.
—¿Quieres decir, alrededor de la casa?
Ella dio una buena bebida a la camelia.
—Sí, alrededor de la casa, pero en un perímetro amplio… hasta el granero, colinas arriba, al
otro lado de la ruta.
Eso captó la atención de Pepper. No estaba hablando de un sistema normal de seguridad.
Estaba hablando de algo más.
—Nadie se acerca sin que yo lo sepa. —Señaló hacia los armarios en la sala de estar—.
Escucharás que se dispara una alarma cada vez que alguien, o algo, se acerque.
—¿Por qué harías eso? ¿Hay tantos intrusos aquí?
¿Realmente necesitaba estar preocupada por cuatreros además de la general?
—Todos saben que la señora Dreiss murió y que no has sido encontrada. Los vándalos siempre
se entusiasman por un poco de diversión. Hicieron algo de daño antes de que me mudara aquí, y
he espantado a algunos desde entonces. —Poniendo sus manos sobre los hombros de Pepper, la
miró a los ojos y dijo de manera tranquilizadora—: Confía en mí, aquí estás a salvo de cualquier
amenaza, sin importar lo grande o pequeña que sea.
Las palmas de él le dieron calor a través de la remera. Su aroma la tranquilizó y la excitó, y se
dio cuenta de que Dan estaba mintiendo… porque él representaba la mayor amenaza, y ella no
tenía resistencia contra él. Ningún tipo de resistencia en absoluto.
No. No, eso era imposible. Cautelosamente, dijo:
—Gracias. Me siento más segura.
—Eso era lo que quería.
La soltó.
Sin embargo, esa preparación hizo que la pregunta sobre su pasado presionara más fuerte la
conciencia de ella.
—Dan, ¿qué hiciste en el ejército?
—Seguridad. —Él sonrió con calma—. Nada más que seguridad.

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CCAAPPÍÍTTU
ULLO
O 1144

Las cinco en punto llegaron demasiado pronto la mañana siguiente.


Ante el golpe de Dan en la puerta, Pepper se puso de pie tambaleante e intentó recordar dónde
estaba y porqué estaba levantada.
Tareas. Tenía que hacer tareas. Por el resto de su vida, breve como podía ser, tendría que
levantarse a las cinco, vestirse e ir a alimentar a las gallinas, limpiar el establo, dar de comer a
Samson...
Sin embargo, la garantía de Dan de que su sistema de seguridad la mantendría a salvo le había
permitido dormir. Estaba profundamente agradecida por esa frágil sensación de seguridad.
Aunque... ¿habría otra razón por la que él había rodeado el lugar con láseres, radiolocalizadores
y alarmas?
Pero no. Eso era ridículo. Estaba preocupándose excesivamente, como diría la señora Dreiss, y
era tiempo de parar.
Mientras se ponía la ropa —jeans, un suéter liviano de cuello alto, una camisa de mangas largas
y botas— echó un vistazo al tocador. La noche pasada, mientras Dan estaba en el granero, ella
había traído su mochila. La había metido en el baúl del porche la primera noche, antes de forzar la
entrada, y ahora tenía su ID y su dinero escondidos. Rogaba a Dios no tener que huir otra vez.
Enderezando los hombros, simuló estar despierta y consciente mientras entraba en la cocina.
No tendría que haberse molestado. A Dan no le importaba si estaba despierta o lo
cuidadosamente que había cubierto cada centímetro de su cuerpo. Sus sexy ojos oscuros se fijaron
en su atuendo conservador y se burlaron de ella por imaginar que podría distraerlo tan fácilmente
de su deseo.
—Qué lindo —dijo.
Lo decía en serio. Ella podía usar arpillera y él seguiría interesado. Igualmente le provocó una
fina capa de sudor.
—Pensé que haría frío esta mañana —masculló.
—No está mal. Más o menos 4 grados.
Él metió una taza de café en su mano y esperó mientras tomaba unos pocos sorbos. Le puso el
sombrero de vaquero Cenicienta color beige en la cabeza y salió pisándole los talones.
Estaba frío. Pepper podía ver su respiración mientras corría por el sendero serpenteante hacia
el granero. Una ligera escarcha rozaba las briznas de hierba con plata. Los rayos del sol se
extendían dorados por el horizonte, luego asomaba el borde anaranjado, prendiendo fuego los
pocos sectores de nieve que todavía quedaban. El cielo se volvía de una pálida capa de azul y las
pocas nubes se iluminaban en una milagrosa combinación de oro y rosado. Era bonito, suponía,
pero sería más bonito si sucediera más tarde en la mañana. Alrededor de las diez estaría bien.
El granero estaba cálido y aromático con el olor a caballo y cuero. Era un olor familiar, uno que
no se había percatado de que extrañaba. Había una hilera de casillas abiertas, esperando las vacas
que ya no residían allí. En el espacio abierto bajo el pajar, había un banco de trabajo cargado de
herramientas: un taladro inalámbrico, una lata de pintura manchada de blanco y un pincel. Cerca
había dos viejas sillas de madera, una arreglada y pintada, la otra con un travesaño roto y una pata
torcida. Un lugar rigurosamente masculino, más como un taller que un granero.

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Dan le entregó un par de guantes de trabajo de mujer y señaló hacia el gallinero. Ella tuvo que
espantar al pequeño gallo bantam antes de poder meterse gateando; él se fue ofendido con
indignación masculina. Había sólo seis gallinas en residencia, durmiendo en sus nidos, y graznaron
cuando ella metió la mano debajo de ellas para buscar huevos.
—Lo sé —murmuró—, es una espantosa hora de la mañana. —Miró a la gallina más vieja
firmemente a los ojos—. No fuiste a poner huevos en otra parte, ¿cierto? —La vieja gallina le
devolvió la mirada sin acobardarse—. Me lo imaginaba.
Para el momento en que terminó de buscar más huevos y arrojar granos, Dan había limpiado la
casilla de Samson. Sacó al enorme castrado a una pastura y ella lo siguió, manteniendo un ojo
agudo en los cascos inquietos del caballo.
—Nunca le gusté —anunció.
—Le gustas. No quiere que nadie lo subestime, así que de vez en cuando patea. —Dan no
cambió de tono—. Como mi padre.
Ella inspeccionó los cuartos traseros del caballo grandote.
—Puedo ver el parecido.
—Me aseguraré de decírselo a papá.
Dan la ahuyentó hacia la casa. Ahora estaba despierta —ofendida, pero despierta— y notó los
gigantescos abedules de las canoas que bordeaban el sendero y las hojas verdes nuevas que
cubrían las ramas. Las peonías presentaban macizos de crecimiento reciente. Se detuvo a oler una
flor blanca, encontrando el aroma dulce y embriagador. La primavera llegaba más tarde en las
montañas, pero brotaba de la tierra con apuro, ansiosa por aprovechar al máximo el calor y la luz
del sol.
Pepper decidió hacer una vez más la pregunta que la había preocupado la noche anterior, y
nuevamente esta mañana.
—Dan, ¿qué hacías en el ejército?
—Seguridad. —Él sonrió calmadamente—. Vayamos a desayunar algo. ¿El cereal frío está bien
para ti?
—El cereal frío es genial.
Iba a empezar a presionarlo en busca de detalles sobre su pasado militar. Pero él dijo:
—Entonces prepararé el desayuno.
—Ooh, gracias.
La primera sonrisa de la mañana se abrió paso por su rostro renuente.
Dan la hizo detener. Le ajustó el sombrero, ubicándolo para que estuviera impecable sobre su
cabeza. Entonces se quedó mirándola.
Iba a besarla. Ella sabía que iba a besarla. Sus labios temblaron. Quería moverse hacia él. Pero
tenía que ofrecer resistencia. No podía caer en sus brazos cada vez que él hiciera un movimiento
hacia ella.
En cambio, Dan le acarició la mejilla con el pulgar.
—Adoro tu sonrisa.
El sencillo elogio le quitó la respiración. Él le quitaba la respiración. La brisa fría y vigorizante
agitaba su cabello rubio. La luz del sol clara, temprana, convirtió su rostro moreno en bronce. La
cicatriz blanca atravesaba su piel, una señal de fea violencia. Era tan hombre, fuerte, callado,

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resignado, que el corazón de Pepper se apretujó y sufrió por el deseo de abrazarlo, de buscar
consuelo en él y ofrecerle socorro.
Y eso demostraba que la preocupación le había hecho perder la cabeza, porque, ¿qué podía
ofrecerle, excepto una litera en el cementerio familiar, cortesía de la General Napier?
Pepper bajó la mirada al pecho de él y se enfrentó a su sensatez que disminuía rápidamente.
Tenía que recordar las lecciones que la vida le había enseñado.
Nunca confíes en nadie. Nunca ames a nadie.
—¿Pepper?
La profunda voz de él la sacó de su reflexión sobre el pasado.
Levantando la mirada con una sonrisa que negaba el derecho de Dan a estar preocupado, se
alejó con indiferencia.
—Será mejor que tomemos ese cereal. ¡Estoy famélica!
—Pepper —repitió él, y su nombre era una orden.
De mala gana, ella se volvió. Él la miraba con una intensidad que removió su fingimiento e hizo
una exhibición de su cobardía.
—Esto no es el final. Hablaremos, y cuando lo hagamos, me contarás la verdad.
Con una ironía que ella pensó que él no entendería, dijo:
—Espero que los dos vivamos lo suficiente.

—¡La señora Dreiss recibió las plantas que le envié!


Dan vio cómo Pepper aplaudía y miraba el enorme jardín detrás de la casa. Había sabido que
ella se emocionaría; no se había dado cuenta de que se sonrojaría de deleite.
Ella señalaba.
—Mira el invernadero. ¡Es el doble de tamaño que antes!
Como una especie de pavo real de la construcción, él pavoneaba sus habilidades masculinas.
—La señora Dreiss quería un lugar para probar las semillas que le enviaste, así que lo agrandé.
—¿Crecieron? ¿Lo sabes? Ella y yo solíamos cultivar colores de flores nuevos todo el tiempo, e
intentamos crear unas variedades resistentes al invierno de los perennes más delicados. Después
de que me marché, seguí intentándolo y envié semillas y retoños cada vez que pude... ¡mira! —
Pepper fue saltando hacia el jardín—. ¡Esta es una variedad nueva de prímula!
Lo que él sabía de plantas lo había aprendido estando cerca de la señora Dreiss y escuchándola.
Ahora Pepper parloteaba del mismo modo, con afecto y regocijo, y él experimentó una
satisfacción creciente. Las flores no alimentaban al ganado ni pintaban el granero, pero habían
sido importantes para la señora Dreiss, y eran importantes para Pepper, y él había cuidado el
jardín por ellas.
Pepper se arrodilló al lado de una hilera de largas hojas verdes que brotaban desde el suelo y
apartó el mantillo.
—¡Mira el tamaño de estas hostas! Son tan grandes. ¡Ella debe haberlas cruzado con un
elefante!

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Debería estar más receloso de Pepper. Ella había hecho pedazos su vida una vez. Podía hacerlo
nuevamente, con una sonrisa... o con un arma.
No le gustaba recordar el día que había recibido su herida en el vientre... el día que había
matado al hijo de Schuster. Su encuentro previo con el bastardo había dejado el rostro de Dan
cosido como el del monstruo de Frankenstein. Dan había tenido el olor de la venganza intenso en
sus fosas nasales, y no le había importado si moría alcanzándola. No le había importado si moría.
Todavía no había recobrado el instinto que lo había hecho sobrellevar tanta acción; la
compulsión de sobrevivir a cualquier precio. Le resultaba extraño haber hecho todo lo necesario
para mantener este lugar a salvo; no obstante, se enfrentaba a la vida reforzado sólo con la
determinación de abatir a ese bastardo Schuster.
Sin embargo, desde esa noche que Pepper había llegado, había sentido agitaciones. Lujuria,
necesidad, rabia... Qué cosa interesante, enfrentar a una mujer y preguntarse si ella era su
liberación, y saber que no importaba si lo era, porque tenía que tenerla... aunque ella fuera su
condena.
Le había contado sobre el sistema de seguridad, minimizando su sofisticación, y había esperado
ver si ella intentaba sabotearlo.
No lo había hecho. Había dormido sin moverse en toda la noche.
Dan lo sabía. Había entrado en su dormitorio varias veces para chequear, y se había quedado
allí para mirarla atentamente, deseando que despertara para poder unirse a ella en el colchón.
—Mira esa parcela de frambuesa. Ella estaba intentando desarrollar una zarzamora sin semillas
cuando yo estaba aquí. Dan, ¿sabes dónde guardaba sus registros? —le dijo Pepper—. Necesito
examinarlos lo antes posible.
—Los guardé para ti. Recuérdamelo esta noche y los buscaré.
Si Pepper era una terrorista, jugaba el rol de la inocente a la perfección, porque a cada
momento que pasaba, él estaba más seguro de su inocencia.
Debería hacerla alejar del rancho.
Pero no quería hacerlo. La quería aquí, donde podría intentar desentrañar el misterio que era
Pepper Prescott. Schuster todavía no había llegado a Norteamérica. Los muchachos de Schuster
seguían dispersos por el noroeste. Era seguro tenerla aquí un tiempo más.
—Mira cuánto ha hecho en nueve años. —Los brazos de Pepper abarcaban el área del jardín—.
¡Esto es increíble!
Cuando Dan era adolescente, había encontrado un espíritu afín en Pepper; como ella, él no
había querido estar en Diamond. Consideraba a Diamond un tranquilo remanso, separado de
Norteamérica por las montañas y diferente por las almas cordiales que vivían aquí. Mientras
miraba tv y leía libros, añoraba la aventura que sabía que rondaba en el camino.
Ahora sabía qué tipo de aventuras rondaban en el mundo. Deseaba no saberlo, pero nunca
podría volver a ser el inocente que había sido antes. Nunca más volvería a entrar en una
habitación sin evaluar a cada persona en ella; nunca volvería a ignorar una pisada detrás suyo.
—Este debe ser el romero que le envié. —Pepper apretó una rama, la olisqueó y rió—. Lo hice.
¡Creé un romero resistente al invierno! Te lo digo, podemos empezar una compañía de semillas y
ganarnos muy bien la vida.

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Ahora la animación de Pepper y su entusiasmo lo inundaron. Ella llevaba el sombrero de


vaquero que él le había regalado. La protegía del sol, que ardía tan intensamente en esta altitud, y
experimentó la satisfacción de un bárbaro que protegía a su mujer.
—Eso es lo que pensé que haríamos la señora Dreiss y yo cuando regresara... —Ella titubeó.
Bajó la cabeza, y sus dedos temblaron mientras tocaba amorosamente el romero—. Romero en
memoria.
Estaba llorando otra vez.
Abriéndose paso entre las hileras que esperaban para ser plantadas, Dan se arrodilló a su lado.
Pasándole el brazo por la espalda, le quitó el sombrero y la atrajo hacia su pecho.
Ella fue de buena gana, enterrándose contra él, aceptando su consuelo. Adoraba el peso de ella
apoyada contra él, y su olor, una combinación de mujer, tierra y romero.
¿Hubiera sido así si ella hubiese permanecido en Diamond, conversaciones y cercanía, o Russell
y la carga de la desaprobación del pueblo los hubiesen separado?
Alejándose, Pepper dijo:
—Gracias. Todavía es una conmoción darme cuenta de que no está aquí. Sigo esperando que
me llame desde la casa para que entre a hacer la tarea.
Sonriendo débilmente, se secó la nariz con la manga. Como estaba vulnerable, él aprovechó esa
ventaja.
—Si ella estuviera aquí, ¿qué le dirías que has estado haciendo mientras estabas lejos?
La mirada de Pepper subió como un rayo para encontrarse con la de él y luego se apartó
furtivamente. Fríamente, se puso de pie y se sacudió la tierra de las rodillas.
—Le diría que he estado haciendo paisajismo. ¿Qué más?
Ahí estaba otra vez. El conocimiento seguro de que ella estaba mintiendo, ocultándose de algo
o de alguien. Él tenía que recordar eso cuando su lujuria amenazaba con abrumarlo y la cautela
desaparecía.
Pepper Prescott no había vuelto a buscarlo. Había vuelto para buscar seguridad, o para tenderle
una trampa.
Dan tenía que definir cuál.

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CCAAPPÍÍTTU
ULLO
O 1155

El tercer día de Pepper en el rancho, un golpe sonó en la puerta de su dormitorio. El aire frío
quemaba su nariz. La voz de Dan dijo: “A levantarse y brillar.”
Sin abrir los ojos, ella dijo con brusquedad:
—No soy una estrella.
Él rió entre dientes. El sonido de sus botas se dirigió hacia la cocina.
Las cinco en punto. De la mañana. Otra vez.
Esta mañana hacía más frío, y Pepper intentó inútilmente mantener ambos pies fuera del piso
helado mientras se ponía la ropa saltando. Corrió a la cocina, deseando la calidez de la estufa y el
calor del café.
—Buenos días, rayo de sol —dijo la voz de un hombre.
Un hombre que no era Dan.
Parpadeó ante las dos figuras masculinas. Era el vaquero pelirrojo, el odioso que la había
mirado lascivamente, que se había burlado de Dan por ser viejo... el que había dejado caer el
bloque de sal en la camioneta.
Desesperadamente, intentó recordar su nombre.
—Sonny.
Sonny era casi tan alto como Dan, un tipo grandote con largas piernas delgadas. En base a unos
pocos minutos de conversación, ella supo que estaba encantado consigo mismo y sus habilidades
con las mujeres. Posando la mano sobre el corazón, él dijo:
—Qué dulzura. ¡Recordó mi nombre! —Golpeó el hombro de Dan con su puño—. Te dije que yo
le gustaba más.
Enigmáticamente, Dan dijo:
—Sonny, cuando usas la soga que te dan, no siempre tienes que hacerte un lazo.
Pero ella le había dicho a Sonny que se marchaba esa tarde y ahora él sabía que se había
quedado. Conocía a este tipo de hombres; haría la peor interpretación posible de la presencia de
ella, y probablemente pensaría que estaba bien insinuársele porque ella era fácil.
Algunas cosas no cambiaban nunca.
Pepper balbuceó:
—Yo... no me marché porque...
—Lo sé, Dan me lo dijo.
Sonny le guiñó un ojo.
Ella respiró hondo, preparándose para reprender a Dan por lo que había dicho. Lo que debía
haber dicho para poner esa sonrisa de suficiencia en la cara de Sonny.
Pero el hombre continuó:
—Qué bueno que haya podido llamarlo cuando su auto se averió, pero podría haberme llamado
a mí.
Lentamente, Pepper soltó el aire. Los dos hombres no se parecían en nada, y sin embargo se
asemejaban. Era algo en el modo en que se paraban, la manera en que sus ojos se movían

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alrededor de la habitación, como si estuvieran siempre conscientes de lo que estaba oculto para
los mortales inferiores.
—Mejor malo conocido —replicó ella.
Sonny rió con fuerza.
—No me extraña que el teniente la tenga aquí. Le gustan ingeniosas. —Dio un respingo, como
si hubiese dicho demasiado—. No porque siga siendo teniente.
Ella respondió con frialdad:
—Ni que me tenga aquí.
Sonny siguió metiendo la pata.
—No, claro que no. Este rancho es su casa, así que, técnicamente, usted lo tiene… a él... aquí.
—Se marchitó bajo los ojos entrecerrados de Dan—. Lo siento, señor. Simplemente... eh...
esperaré ahí afuera en el porche.
—Sigue con las faenas —ordenó Dan.
—Sí, señor. Señora.
Con un movimiento de cabeza en dirección a Pepper, Sonny salió por la puerta.
Dan le sirvió una taza de café y se la pasó.
—Sonny puede actuar como un completo idiota, pero es bueno en situaciones difíciles.
Ella irradiaba hostilidad.
—¿Y?
—Y tengo una cita en el médico hoy. ¿Recuerdas?
—Lo recuerdo. —El aroma de granos recién molidos la convenció de tomar un sorbo y luego
otro. Mirando furiosa a Dan por encima del borde de la taza, le dijo—: Lo que no explica porqué
Sonny sabe más de lo que debería.
—Me trajo el auto de papá para viajar, para que tú pudieras usar mi camioneta. No quiero
dejarte aquí sin ruedas en caso de que algo… en caso de que necesites ir a alguna parte.
—Pero eso no explica porqué…
—Él hará las faenas esta mañana y esta noche.
—Yo puedo hacerlas. —Irritada, se alejó de él—. De hecho, no quiero a Sonny haciéndolas.
Dan la miraba pensativo.
Pepper se sonrojó. Sonaba como una niña petulante. Cuando la cafeína se extendió caliente por
sus venas, usó un tono más razonable.
—Quiero hacer las tareas sola. Después de que te marches tendré que hacerlo, ¿o no?
—Lo harás.
Su voz profunda transmitía significados que las meras palabras no podían. Su cabello rubio
brillaba con reflejos dorados. Llevaba una camisa negra, almidonada, de mangas largas que hacía
que sus hombros anchos se vieran todavía más amplios, y un par de pantalones de lana canela que
abrazaban sus largas piernas y su trasero apretado. Vestido como peón, era apuesto. Vestido así,
hacía agua la boca, y las manos de ella ardían por acariciar los contornos bajo la ropa.
Hundiéndose en una silla, rodeó la taza con las manos, absorbiendo el calor. Gracias a los cielos
que él se estaba yendo. Si se quedaba, se le haría complicado no derribarlo como una... bueno,
como una gacela derribando a un león en algún especial surrealista del National Geographic.

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Dan dijo:
—Cuando pase por el granero, le diré a Sonny que deje las tareas de la noche para ti. Pero si lo
necesitas, llámalo al barracón. El número está junto al teléfono.
—Seguro.
Pepper se dio cuenta de que estaba mirando cómo ella lo miraba. Como de costumbre, él
parecía saber exactamente qué estaba pensando.
Saliendo bruscamente de su aturdimiento, le preguntó:
—¿Por qué le dijiste a Sonny que soy la dueña del rancho? ¡Ahora sabe mi nombre!
—Fue un desliz. No tienes que preocuparte. Confiaría a Sonny con mi vida… y la tuya. —¿Estaba
intentando decirle algo? Cuando intentó hablar otra vez, Dan dijo—: Me disculpo. No volverá a
suceder. Generalmente soy muy discreto.
Ella quería gritarle, ¿pero cómo podía? No le creía. Dan Graham no tenía deslices.
Entonces, ¿qué estaba intentando hacer? Lo observó con inquietud, y se dio cuenta de que
pese a toda la tensión sexual que se estiraba entre ellos como una línea tensa, no confiaba en él.
—Bueno... está bien. Siempre y cuando no se lo digas a nadie más. ¡A nadie más, Dan!
—Lo prometo.
Pepper miró el rizo pálido de vapor que salía del café y deseó poder librarse del enredo en que
se había convertido su vida. Esto era lo que sucedía cuando se involucraba con otras personas.
Esto era lo que sucedía cuando se involucraba… con Dan.
—Pepper, dime qué sucede. Puedo ayudarte.
Su voz cálida la acariciaba, invitándola a renunciar a sus inhibiciones.
Pero ella sabía que nadie podía ayudarla.
—No te preocupes por mí. Estaré bien mientras no estés. Puedo mantenerme ocupada en el
jardín. Destaparé el resto de las plantas.
Él fue hacia la mesa y se paró a su lado hasta que ella levantó los ojos para mirarlo a la cara.
—No destapes las plantas. Tenemos un frente frío y posiblemente nieve.
—Pero es junio.
—Son las montañas. Las montañas eliminan a los débiles y dejan atrás a los fuertes.
¿Estaba hablando sobre ella? ¿Estaba intentando decirle algo? Era demasiado temprano en la
mañana para mensajes enigmáticos.
—Si quiero llegar a Boise a tiempo para mi cita, será mejor que me largue. —Se puso el abrigo
con un movimiento de hombros—. Tengo la lista de compras, pero si nieva, pasaré la noche en las
tierras bajas.
—¡Eso sería genial!
El rostro de él perdió toda expresión.
—¿Lo sería?
—Quiero decir...
Había querido decir que sería un alivio tener un día sola sin la tensión de simular que no sentía
nada por él cuando lo que realmente quería hacer era arrancarle la ropa, y su ropa, y...
—Quiero decir que podré hacer mucho por aquí sin ti estorbando.

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—Será tarde esta noche, como mucho. —Dan quitó la taza del agarre de Pepper, le pasó el
brazo alrededor de la cintura y la hizo poner de pie—. Intenta extrañarme.
Tonta como era, no había previsto esto. Ayer él podría haberla besado y no lo había hecho. Hoy
la tocaba como si no pudiera contenerse, como si estuviera partiendo hacia la batalla y pudiera no
regresar jamás. La lenta sensualidad con que la atrajo hacia él la asustó por su poder. Pepper no
podía apartar la mirada de él, sus profundos ojos marrones y su rostro esculpido, y cuando sus
cuerpos se tocaron, se quedó sin respiración ante la ardiente dulzura de su unión. Echándola hacia
atrás, Dan le dio un solo beso de labios cerrados... un beso no menos intenso por su moderación.
La soltó, le devolvió la taza y salió por la puerta.
El viento fresco barrió la cocina, pero ella estaba allí mirando, su café olvidado.
Si derrotaba a la General Napier y obtenía el control de la tierra de la señora Dreiss, ¿qué iba a
hacer?
Dan podía irse, pero él, su exuberante sexualidad y sus promesas tácitas de placer vivirían justo
al otro lado del valle. Lo vería con frecuencia, él se aseguraría de eso. Ella pasaría su tiempo con
los senos y las entrañas doloridas mientras su corazón anhelaba algo que no se atrevía a tomar.
Pepper parpadeó consternada. Corriendo hacia la ventana, lo vio mientras metía su largo
cuerpo en un Corvette rojo brillante y bajo. Aunque no podía verla, levantó la mano para saludarlo
mientras se alejaba, luego la bajó rápidamente y acunó su puño contra el pecho.
¿Cuándo se había convertido en una canción country viva y coleando?

Dan metió el auto en el granero, donde Sonny estaba esperando.


Toda la arrogancia de Sonny había desaparecido, y estaba serio y adusto mientras ayudaba a
Dan a poner en el Corvette un dispositivo de rastreo y una pantalla que ofrecía a Dan una imagen
satelital de sus alrededores.
Limpiando sus manos grasientas, Sonny dijo:
—Muy bien, Teniente, aquí vas. Sabrás si alguien te sigue. Pero si lo hacen, ¿qué harás al
respecto?
—Tengo mi arma y algunas otras sorpresas. Además, este auto sí que se mueve. —Dan palmeó
el capó del Corvette—. Gracias a Dios por la crisis de los cuarenta de papá.
Sonny no le devolvió la sonrisa.
—Sigo diciendo que debería ir contigo.
—Te necesito aquí.
Sonny arrojó el trapo a un lado.
—No he visto ninguna señal de problemas alrededor del rancho. Está tan tranquilo como una
tumba, e igualmente aburrido.
—Al Coronel Jaffe le preocupa una posible infiltración terrorista entre los vaqueros.
—Aparte de mí, no hay nadie nuevo excepto ese chico. T.J. Wagner y Yarnell están en Diamond,
y dicen que no está pasando nada sospechoso. A menos que los terroristas compraran la lealtad
de uno de tus viejos peones, este lugar está limpio como una patena.
—E igualmente aburrido —completó Dan por él—. Cualquier cosa es posible, y lo sabes. Por eso
es que eres necesario aquí.

Traducido y corregido por ALENA JADEN Página 99


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—¿Para vigilarla a ella? —Sonny señaló hacia la casa—. Eso es hacer de niñera, señor. Glenda,
Pepper, o cualquiera que sea su nombre, no es ninguna terrorista.
La diversión de Dan desapareció.
—¿Tienes alguna razón para confiar en ella… aparte del hecho de que es una mujer bien
parecida?
—Sí, señor. Pareces confiar en ella, y eres mejor juzgando el carácter que cualquier hombre que
haya conocido jamás.
Un dolor sordo rasgó las entrañas de Dan donde el cuchillo del joven Schuster lo había cortado,
y su boca se frunció con una amargura que podía saborear.
—Gracias, Sonny, pero si lo recuerdas, no soy infalible, y esta es una misión demasiado
importante como para estropearla ahora.
—Exactamente —discutió Sonny—. Eres demasiado importante para esta misión. No deberías ir
a Boise. Es un viaje de tres horas por campo abierto. Demasiado arriesgado, señor.
—Si alguien está vigilándome, quiero dar la impresión de estar despreocupado y desprevenido
para un ataque. No quiero cambiar mi agenda.
—¿Quién lo sabrá? —discutió Sonny otra vez. Dan le echó una mirada elocuente—. Muy bien,
es cierto —admitió Sonny a regañadientes—. Todos en Diamond conocen tu agenda.
—No quiero espantar a los muchachos de Schuster. Quiero atraerlos aquí, y ahora mismo,
sabemos que cada uno de ellos está lejos. Estoy tan seguro como puedo estarlo. Lo sabes. —Dan
se apretujó en el asiento bajo y estrecho—. Sólo quieres librarte de perseguir vacas con este clima.
Sonny se dio por vencido.
—¿Puedes culparme?
—En absoluto. —Dan hizo un último chequeo del equipo—. Así que quédate aquí en el granero
y no pierdas de vista el camino. No permitas que nadie entre. No la dejes salir. —Aceleró el
motor—. Mantenla a salvo.

Traducido y corregido por ALENA JADEN Página 100


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ULLO
O 1166

—Brr. —La doctora Melling tembló mientras acompañaba a Dan fuera del Hospital de
Veteranos en Boise—. Planté mis tomates ayer, y hoy parece que va a nevar.
Él miró entendidamente el cielo gris.
—No aquí abajo, pero en las tierras altas seguro. No llegaré a casa antes de que empiece.
—Deberías quedarte en Boise a pasar la noche. —Ella se acurrucó en su traje de quirófano
liviano e hizo su oferta—. Puedo alojarte.
La doctora Melling era una soldado endurecida por los combates. Era atractiva, elocuente e
inteligente. Había leído los informes; comprendía lo que él había pasado de una manera que nadie
más podía. Si nunca hubiese habido una Pepper, la doctora Melling hubiese tenido un huésped
esta noche.
No tenía la más remota posibilidad.
Con cortesía innata, le dijo:
—Gracias, pero si va a nevar, tendré que guardar el ganado.
Ella asintió como si su ofrecimiento hubiera significado tan poco como el rechazo de él.
—Suena como trabajo duro. Te di un certificado de salud, pero deberías tomártelo con calma si
quieres volver pronto al combate. —No sabía que él estaba en servicio activo ahora mismo.
Malinterpretó el silencio de él, porque dijo severamente—: Tengo un cargo superior al suyo,
Teniente, y estoy ordenándole que lo tome con calma.
—Sí, señora.
Saludándolo con la mano, ella entró de nuevo al hospital.
Todavía no era mediodía cuando Dan se encaminó por la Autopista 95. Mientras conducía por
las montañas hacia Diamond, se puso fresco. El frente frío estaba avanzando.
Chequeó la pantalla satelital. No había nadie detrás de él. Delante no acechaba ninguna
emboscada. Tenía razón, el viaje a Boise había sido tranquilo… maldición.
Ahora, más que nunca, quería que terminara la espera. Quería saber dónde estaba la lealtad de
Pepper y qué le estaba ocultando. Quería saber si el interés que ella demostraba por el rancho era
real, si ese interés podía ser alimentado a un deseo de quedarse. Porque si ella decidía quedarse,
eso aliviaría la sensación de urgencia que lo impulsaba a apoderarse de ella.
Sonrió con mordaz diversión. Estaba mintiéndose a sí mismo. Nada podría aliviar su sensación
de urgencia excepto el mismo acto de posesión.
Y esperaba, con un fervor que sacudía su mundo, tener razón respecto a ella. Que Sonny
tuviera razón respecto a ella. Que fuera inocente, que pudiera tomarla… y no arrestarla.
Antes de llegar a Diamond, mantuvo una conversación breve y sombría con el Coronel Jaffe
durante la cual reportó un viaje sin incidentes. El Coronel Jaffe le dijo que los terroristas todavía no
se habían movido y reiteró su deseo de que atacaran a Dan. Dan estuvo de acuerdo.
Entonces entró en Diamond, por la única calle principal, estacionó junto al semáforo, sacó su
lista de compras y entró en la Tienda General Hardwick. Cuando vio la multitud, quiso gemir. La
mitad de los rancheros del área estaban ahí con sus esposas, y un coro de “¡Hey, extraño!” surgió
en cuanto Dan puso un pie en la puerta.

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Levantó la mano como saludo. Los conocía a todos. Había ido a la escuela con ellos o con sus
hijos. Necesitaba entrar y salir sin problemas, y eso incluía mantener el secreto de Pepper así
como evitar un ataque terrorista.
Su mirada se deslizó hacia Wagner y Yarnell, sentados justo en medio de los rancheros y
viéndose como un par de paisanos. Ese era su disfraz, simular ser hombres de las tierras bajas que
venían a buscar la vida limpia, y con lo tontos que se veían con sus overoles y sus sombreros de
pesca, podían haber nacido para ese rol. Dan esperaba condenadamente que supieran cómo
disparar una AK-47.
Le dijo a la dueña:
—La ola de frío debe ser buena para el negocio.
—Seguro que sí. —La señora Hardwick era lo bastante vieja como para ser su madre, y siempre
miraba el trasero de Dan, así como sus compras—. Te trajo aquí, ¿cierto?
Todos rieron.
—Ven a cenar alguna vez —le dijo Rebecca Hunter.
La señora Hunter abrigaba esperanzas de que él fuera poseído por admiración a su hija mayor,
Gloria. Como Gloria le había dicho una vez, no necesitaba un marido que administrara el rancho
cuando ella lo heredara, pero si lo necesitara, él sería el elegido. Dan se había sentido halagado,
porque Gloria era una tremenda mujer.
—Lo haré, señora Hunter —le dijo, sin una pizca de sinceridad.
—¿Cuándo vendrás a hacerte un corte de cabello? —dijo el padre de Rita—. Un corte de
hombre.
El señor Johnson había sido el barbero en Diamond por más años de los que Dan podía
recordar, y sólo conocía un tipo de corte de pelo, uno que involucraba un par de máquinas
eléctricas para cortar el cabello y un cuero cabelludo pelado. Dan no había ido con él desde que
tenía la edad suficiente para conducir a otra parte.
Dan mantuvo el sombrero firmemente en su cabeza y mintió:
—Acabo de hacerme uno.
Consultó su lista de compras. No sabía dónde estaba la mitad de las cosas, y cuando le dijo a la
señora Hardwick lo que quería, las tupidas cejas grises de ella se elevaron.
—¿Estás aprendiendo a cocinar? —Su voz fuerte puso a todos en alerta. Ella se dirigió a buscar
las carnes—. Nunca hubiera imaginado que sabías siquiera qué hacer con un lomo de cerdo.
—No es tan difícil cocinar —dijo Charlie James—. Excepto para mi esposa.
Su esposa le dio un golpe lo bastante fuerte en el brazo como para quebrárselo.
—Saben lo que significa cuando un hombre empieza a cocinar —dijo Chris Bardey. Él y Charlie
unieron las cabezas y cantaron al estilo tirolés—: Le está dando a alguien.
Esos dos tipos habían sido imbéciles en la secundaria, y no habían madurado ni un poquito. Dan
sintió pena por sus esposas, con las caras rojas y avergonzadas.
Tomando una cesta, caminó hacia los productos enlatados, esperando encontrar corazones de
alcaucil y deseando haber parado en Boise para hacer las compras. Los terroristas representaban
una amenaza menor que aguantar el acoso aquí, enfrentando a gente que había conocido toda su
vida y dándose cuenta de que no tenía nada en común con ellos. Era espeluznante volver a un
pueblo y ver que no había nada diferente. Nada había cambiado... excepto él.

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Mientras se dirigía a la caja, Rita Johnson entró en la tienda. Dan casi gimió en voz alta.
Pobre Rita, líder de las porristas, muchacha típicamente americana, estudiante sobresaliente.
Había hecho una sola locura en su vida: hacerse amiga de Pepper Prescott. Los adultos habían
pensado que lo hacía por caridad en vez del deseo de ser loca una sola vez antes de sentar cabeza.
Ahora era lo peor que una mujer podía ser en Diamond: divorciada con dos hijos.
Pero la valiente joven miró alrededor la docena de ojos curiosos, compasivos, levantó el
mentón y siguió caminando.
Cuando alcanzó a ver a Dan, casi se retiró nuevamente.
Su padre se levantó del banco, la agarró y la arrastró hacia Dan.
—¡Rita, mira quién está aquí! Justo la otra noche te preguntabas cómo estaría Dan, viviendo
solo, en soledad. —Para enfatizar, agregó—: Solitario.
Probablemente ella se lo había preguntado, pobre muchacha. No porque quisiera tener hijos
suyos, como su padre —y el de él— tan evidentemente esperaban, sino porque era una mujer
agradable que lo había conocido desde el jardín de infantes.
—Qué bueno verte, Rita —le dijo—. ¿Has oído algún chisme últimamente?
Ella lo miró parpadeando con perplejidad, luego entendió a qué se refería y se mordió el labio
para contener la sonrisa.
—Doug Weber está saliendo con Vicki White.
—Pensé que estaba casada.
—Ya no. —Agregó con deleite—: Ha habido un brote de divorcios en el pueblo. —Las miradas
ávidas en la habitación comenzaron a caer—. Tu papá está saliendo con alguien en McCall.
Sorprendido, Dan dijo:
—Pero ahí es donde vive mi mamá. ¿No podía hacer sus cosas en alguna otra parte?
—Es hombre, y como la mayoría de los hombres, una criatura de malos hábitos. —Ella
condenaba al género con placer—. Y Cheryl Kenner se me insinuó.
—Wow. —Dan estaba sorprendido—. Supongo que salió del closet.
—Lo hizo. Yo misma estoy pensando en volverme bisexual.
El señor Johnson tosió tan fuerte que alguien le golpeó la espalda.
—¿Por qué es eso? —preguntó Dan.
Rita pronunció la frase con estilo y garbo.
—Doblará mis posibilidades de tener una cita el sábado por la noche.
Rita acababa de confirmar las sospechas de Dan. Había desarrollado un sentido del humor
afilado como una cuchilla con el matrimonio, el divorcio y la desilusión. Con una sonrisa, le
preguntó:
—¿Eso es todo?
—Eso es todo —le aseguró Rita, y asintió de modo tranquilizador.
—¡Genial! Mi orden está lista. Tengo que irme.
Pagó a la señora Hardwick y se escabulló con sus bolsas.
Rita no le había dicho que Pepper Prescott estaba de vuelta en el pueblo, pero, ¿qué significaba
ese asentimiento tranquilizador? O Russell había guardado el secreto de Pepper… o había

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advertido a Rita para que permaneciera callada. Rita sería discreta, Dan estaba seguro, pero
hablaría severamente con su padre.
Finalmente estaba listo para hacer lo que había deseado hacer desde el momento en que
Pepper había entrado nuevamente en su vida. Se dispuso a encontrar el lugar donde el auto de
ella había salido volando por un acantilado. Esperaba que la nieve resistiera lo suficiente para que
él pudiera encontrar el sitio, porque aunque el Corvette respondía bellamente en condiciones
secas, no valía nada sobre hielo, y Dan no deseaba conducir por una ruta nevada a quince
kilómetros por hora.
Pero lo haría. Había engañado deliberadamente a Pepper sobre sus intenciones para esa noche.
Nada podía mantenerlo alejado de la casa donde ella dormía. Segurísimo que no una pequeña
tormenta de nieve de primavera.
Afortunadamente, no tenía muchos lugares para buscar. No muchas áreas por aquí tenían
caminos de ripio, una caída brusca y estaban ubicadas lo suficientemente cerca de la casa de la
señora Dreiss como para que Pepper pudiera haber llegado caminando después de un accidente.
Primero se dirigió a Kauffman Creek, pero una lenta subida por la pendiente no aportó nada. Ni
marcas de frenos, ni resbaladas donde un auto podría haber caído por el borde de un precipicio.
A continuación condujo hacia Reformation Butte. Otra vez nada. Pero el camino había sido
evidentemente allanado menos de veinticuatro horas antes; cualquier marca que ella hubiese
dejado hubiera sido borrada por la hoja.
Eran las tres, y las nubes se apiñaban mientras él tomaba un atajo hacia Gray Peak. Los vientos
estaban cobrando velocidad, haciendo que los pinos crujieran y gimieran, y condujo despacio, con
la cabeza fuera de la ventanilla, observando el costado de la ruta en busca de señales de que algo
había caído por la cuesta en picada hacia el arroyo mucho más abajo.
Encontró marcas en la cima de la siguiente elevación, en la barranca que llevaba hacia el valle.
Se detuvo, bajó y examinó la ruta. No había marcas de frenazos, ni indicios de que hubiera estado
conduciendo demasiado rápido o hubiese dado con un sector flojo de ripio y perdido el control.
Pero el montón de tierra al costado de la ruta mostraba claramente dónde habían pasado los
neumáticos.
Como sospechaba, ella no había tenido un accidente. Había enviado ese auto por el acantilado
a propósito. Allí parado a los pies de la barranca empinada, repleta de árboles, pudo ver el destello
de metal abajo. Más importante, podía oler el débil olor a plástico derretido, pintura quemada y
metal calentado. El auto se había quemado, o ella le había prendido fuego.
Eso confirmaba una cosa: no había sido enviada por los terroristas. Los terroristas que querían
matarlo eran profesionales, y nunca hubieran manejado tan mal este trabajo. Ella hubiese
aparecido, despreocupada y hermosa, vestida para matar… armada para matar.
Su mente comprobó preguntas y posibles respuestas.
¿Por qué había empujado su auto por un acantilado? ¿Por qué lo miraba con tanta cautela,
tanto miedo?
Estaba huyendo.
¿De la policía?
Tal vez.
¿Estaba escapando de un amante obsesionado? ¿Un esposo?
No, un esposo no. No tenía la marca de un anillo en el dedo.

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El propio Dan iba camino a sentirse obsesionado con ella. Obsesionado y, mientras miraba la
ruina retorcida del auto de Pepper, furioso. Le había mentido. ¿Por qué? ¿Por qué arriesgar su
vida para realizar un acto tan peligroso? Si estaba metida en semejantes problemas, ¿por qué no
se lo contaba?
Necesitaba información, y la necesitaba ahora.
Regresaría al rancho. Con Pepper. Allí encontraría todas las respuestas que pudiera desear.

Pepper apagó el televisor. Todavía no había menciones de una investigación que involucrara a
la General Jennifer Napier. De hecho, CNN decía que la general había regresado a Washington,
D.C., después de una exitosa gira promocional.
En Washington la general usaría su considerable poder para buscar en los registros de Texas y
determinar cuántas parejas casadas habían cometido crímenes aproximadamente catorce años
atrás, para descubrir el nombre verdadero de Jackie Porter y rastrearla a través del sistema de
acogida temporal.
Sin embargo... la única vez que Pepper había intentado buscar a sus hermanos, los registros de
Hobart, Texas, no habían estado disponibles debido a un incendio en el juzgado. Si Pepper tenía
suerte, y estaba rogando tenerla, eso entorpecería a la General Napier.
Mirando por la ventana, Pepper rió en voz alta en una breve explosión de alivio embriagador.
Copos blancos flotaban con el viento, y la tarde se convirtió en una noche prematura.
Habían dicho a Sonny Midler que se quedara en casa. La General Jennifer Napier no podría
llegar, ni sola ni con sus amigos terroristas.
Lo mejor de todo era que ningún Dan Graham deambulaba por la casa para llenar la atmósfera
con el perfume erótico de su sexualidad y sus intenciones. Le había dicho que no llegaría hasta
tarde esa noche. Había prometido que se quedaría en Boise si nevaba. Por primera vez desde que
había visto a la General Napier disparando a su ayudante, Pepper estaba sola y totalmente a salvo.
Pretendía pasarlo bien, ser ella misma, lejos de la mirada melancólica de los oscuros ojos de Dan.
Se encogió de hombros incómoda. ¿Qué era esa emoción que la poseía cuando él estaba cerca?
No podía ser amor. Lujuria, sí… lo reconocía. Pero el amor que había sentido por él todos esos
años atrás no había sido esta locura de placer y necesidad devastadora. Cuando estaba con ella, la
culpa la irritaba, porque no lo había apartado del peligro. La satisfacción la acosaba, porque contra
toda lógica, creía que él podía mantenerla a salvo. La satisfacción la hechizaba, porque él la miraba
con tan evidente deseo.
Pero lo había perdido antes, cuando había escapado y sobrevivido. Podía sobrevivir sin tenerlo
otra vez. Por esta noche, él se había ido, y ella podía dejar el pasado —el suyo, el de él— atrás.
Esta noche haría lo que deseara. En cuanto terminara con las faenas, podría hacer cosas
femeninas; tal vez una manicura y una limpieza de cutis. O podría buscar las tijeras y mejorar el
desastre que había hecho con su cabello en aquel callejón.
Poniéndose el abrigo, las botas y el sombrero de invierno, corrió por el sendero hasta el
granero, con los copos remolineantes danzando bajo el rayo de su linterna.
A Dan nunca parecía importarle cómo se veía su cabello. Su seductora mirada se entretenía en
los rizos como si esa imagen le diera placer. Se estremeció ante el recuerdo y se dijo a sí misma
que era el frío.

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En el granero, Samson estaba impaciente junto a la puerta, esperando que ella lo dejara entrar.
La miró enojado, mostrando el blanco de sus ojos, y mientras ella buscaba la cerradura a tientas, le
dijo:
—Sí que veo el parecido entre Russell y tú.
Bufando, Samson la empujó con su nariz.
Resbalando en el lodo, el estiércol y la nieve, ella aterrizó sobre manos y rodillas. Medio líquido,
medio sólido y todo apestoso, el estiércol salpicó sus brazos y sus jeans enteros.
Samson movió la cabeza y relinchó como si estuviera riendo.
—Bestia miserable. —Pepper se puso de pie, secó lo peor del cieno y lo miró furiosa—. Si ya no
fueses castrado, te lo haría.
Abrió la puerta y Samson entró trotando, más satisfecho consigo mismo de lo que cualquier
caballo tenía derecho a estar.
El interior estaba tranquilo y en silencio, cargado con los olores a cuero, heno y caballo. Las
gallinas se acurrucaban en el calor de su casa. Satisfecho de haber triunfado sobre la criatura
inferior que se ocupaba de él, Samson fue directo a su casilla. Mientras le daba de comer, ella le
preguntó:
—Tú y Russell son hermanos, ¿cierto? Tienen madres diferentes, pero los dos piensan que
saben lo que es bueno para Dan y los dos piensan que pueden mandonearme. No pueden. —
Samson masticaba sus cereales y examinaba las ropas mojadas y apestosas de ella con mirada
negativa—. Seguro, puedes arrojarme al estiércol, pero me levantaré otra vez. —Con un floreo,
cerró la casilla—. Y será mejor que seas agradable conmigo, ¡o no habrá desayuno!
Por la impaciente sacudida de su cabeza, era evidente que Samson no tomaba su amenaza en
serio.
Terminó las tareas y volvió rápidamente a la casa, congelándose mientras el frío atravesaba la
tela empapada en sus rodillas y puños.
En el porche se preparó para quitarse las ropas. Pero primero miró alrededor para ver si alguien
estaba mirando. Qué tontería. Con la oscuridad y el frío, con la nieve volando de lado, no había
nadie para verla. Pero Dan había dejado su marca en ella, haciéndola consciente de su cuerpo
como no lo había estado desde aquellos antiguos días de adolescencia en Diamond.
Dios, lo deseaba. Lo deseaba. Tenía miedo de él. Temía el deseo que él provocaba en ella.
Temía el control que Dan tenía sobre su mente, el modo en que visitaba sus sueños por la noche, y
no sólo sus sueños, sino sus fantasías despiertas.
Arrojó la ropa sobre la hamaca y luchó por sacarse los jeans. El viento silbaba sobre su piel
desnuda, poniéndola azul en un instante, y fue correteando adentro. Dejando caer los jeans y la
camisa dentro de la lavadora, la encendió y se dirigió al baño, dejando un rastro aromático detrás
suyo.
Era la ducha más larga que jamás había tomado. Quitando todo rastro del corral, se frotó hasta
que su piel estaba rosada y resplandecía en todas partes.
Con el agua abierta, no oyó el zumbido de la alarma en el comedor.
Corrió descalza a su habitación y se frotó las manos. Hacía frío aquí, pero si iba a la cocina y
encendía el horno... sonrió.
Nunca había habido una duda verdadera sobre lo que haría esta noche. Hornearía.

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Se puso rápidamente un suéter rojo de algodón y una falda cruzada a juego. Estaba caliente,
estaba cómoda, y estaba lista para hacer galletas.
Encontró las recetas en la cajita de lata floreada en el estante encima de la estufa. Las extendió
sobre la mesada y revisó las tarjetas amarillas, escritas con la elegante caligrafía de la señora
Dreiss. Mantequilla de maní. Avena con sirope de caramelo. No...
Snickerdoodles primero. No había comido snickerdoodles desde que se había marchado de
Diamond. Galletas tradicionales, hogareñas, de canela, con el elegante crujido de la harina
integral, las snickerdoodles eran sus favoritas. Puso el horno en trescientos cincuenta, juntó todos
los ingredientes sobre la mesada y armó la masa.
El viento soplaba alrededor de los aleros. Tarareó mientras trabajaba. No escuchó que se
cerraba la puerta del auto ni las botas en el porche.
Pero el sonido de la puerta cerrándose hizo que dejara caer la cuchara. Dio un salto.
La General Napier.
Pepper se volvió para enfrentar a... Dan.
Estaba aquí, una sombra oscura contra la madera pintada de blanco, una figura amenazadora
que dominaba la habitación con su tamaño y su impaciencia.
Se veía furioso. Se veía tenso. Se veía peligroso, más peligroso que los hombres sobre los que
Russell le había advertido. Más peligroso que cualquier ataque que pudiera lanzar la General
Napier.
Primero Pepper flaqueó con el escape de la tensión.
No era la general. Estaba a salvo.
Entonces su corazón saltó con la alegría de ver a Dan tan inesperadamente.
Finalmente, se agarrotó con impresión, euforia... y un tipo de miedo totalmente diferente.
Este hombre la deseaba. Lo dejaba claro a cada momento que estaba con ella. Ahora, sin
moverse ni decir una palabra, aclaraba su necesidad... y su impaciencia.
Pepper retrocedió hasta que el borde de la mesa se clavó en sus muslos. Se aferró tan fuerte a
la superficie pintada con las manos que la sangre abandonó sus dedos.
—No esperaba que volvieras hoy.
—Puedo verlo.
La voz de él acariciaba sus nervios como terciopelo sonoro, y él se quedó en las sombras.
Estaba creado para permanecer en las sombras, y estas lo amaban.
—Estás interrumpiéndome. Estaba… —señaló nerviosa la mesada repleta—, horneando. ¿Cómo
fue la visita con el doctor?
—Obtuve un certificado de salud.
Dan se alejó de la puerta. Hacia ella.
—Bien. Bien. —Pepper iba sigilosamente hacia el comedor—. Si me das un minuto, me pondré
los jeans y podemos hablar.
—No te molestes.
Su voz era ronca, como si hubiese estado enfermo. Pero no era así; ella lo supo tan claramente
como sentía el fuego de lujuria proveniente de él. La dificultad de Dan para hablar surgía de
demasiado deseo, contenido por demasiado tiempo.

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—Te lo advierto, ese ardid tuyo es inútil.


La alarma corrió por sus nervios. ¿A qué se refería? ¿A escapar de la General Napier?
¿Esconderse aquí? ¿Probar su inocencia?
—¿D… de qué estás hablando?
—El modo en que te vistes. —Señaló sus piernas desnudas, sus pies descalzos—. Bien podrías
usar una falda todos los días. Usas esos jeans todo el tiempo, e imaginas que me mantendrán a
raya, bajo control.
Pepper no podía ver sus ojos; eran estanques oscuros, en sombras, y sin embargo sabía cómo la
miraba. Con una pasión que se alimentaba de la visión de sus piernas… y el conocimiento de lo
que había bajo su falda.
Dan continuó:
—Pero esos jeans gastados se pegan a tus muslos, acariciando cada músculo, y te veo caminar y
trabajar e imagino cómo se sentirá cuando tus muslos estén junto a los míos, cuando esté dentro
tuyo y tú estés montándome, arriba y abajo, llevándome tan cerca del sol que los dos arderemos
vivos.
Las rodillas de Pepper cedieron. Se sentó contra la mesa y llevó una mano temblorosa a su
garganta. No tenía miedo a un enfrentamiento. Se abría paso en el mundo intrépidamente. Pero
las palabras atrevidas de Dan despertaban pasiones en ella, y a eso le temía, y lo que sucedería
cuando fueran desatadas.
Los ojos de él relumbraron con un fuego oscuro mientras se quitaba el sombrero y sacudía la
nieve del ala. Su cabello rubio estaba revuelto y alborotado. Se movió hacia la luz, y ella contuvo la
respiración ante la cruda crueldad de su rostro.
—¿Qué sucedió? —Su propia voz raspó su garganta, apretada por la tensión del miedo y el
deseo—. ¿Por qué estás así?
¿Qué había eliminado su restricción y vencido su paciencia?
—¿Qué sucedió? —repitió él—. Esa es mi pregunta. ¿Qué te sucedió? ¿Dónde has estado?
¿Qué has estado haciendo?
—¿Cuándo? ¿Hoy?
Entonces se dio cuenta: él estaba preguntando más que eso. Quería su historia desde el día que
lo había dejado, y la quería ahora.
Pero no se lo diría. El hombre que estaba frente a ella no era un bondadoso confesor que
aplacaría sus miedos y la ayudaría a conseguir justicia. Quería todo de ella, y no le daría nada.
Enderezó los hombros y levantó el mentón.
—Te diré dónde he estado cuando me digas qué has estado haciendo.
—Eres muy cambiante. Creo que te conozco y entonces me sorprendes. —Él se acercó más a
ella, sus hombros anchos arrojaron una sombra sobre Pepper. No la tocaba, pero estaba tan cerca
que ella podía sentir el calor que irradiaba de él—. Creo que eres totalmente sincera y sana, y tú
empujas tu auto por un terraplén y lo prendes fuego.
Ella palideció.
—¿Cómo...?
Oh, no. Acababa de admitir todo.

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—¿Eres una criminal, querida mía? —Acarició las puntas de su cabello corto con los dedos—.
¿Robaste el auto? ¿Estás escapando de la policía? Dímelo.
El olor de él la envolvía, jabón, espuma de afeitar y un aroma cálido, masculino, a besos
pausados, mojados, y sexo que duraba hasta bien entrada la noche.
Quería decírselo. Pero una cautela innata la contuvo. Había enviado ese e—mail al senador
Vargas acusando a la General Napier de asesinato. Seguramente a esta altura alguien lo había
leído, lo había considerado como proveniente de Pepper y legítimo, y estaba tomando medidas.
Seguramente pronto escucharía algo en las noticias que indicara que había una investigación en
marcha.
Si no, se contactaría con Seguridad Nacional. Temía que entonces ellos —la general, la policía,
el gobierno— la rastrearan hasta aquí, pero tenía que actuar por su propia seguridad, por la de
Dan y por la del país. Respiró temblorosamente.
—No puedo, pero no soy… no soy...
—¿Sincera?
Súbitamente, se dio cuenta de que él estaba más que excitado. Estaba furioso.
Tenía sus razones.
Pero ella también tenía sus razones, y no aceptaba ese tipo de insulto de nadie. Apretando los
puños, le dijo:
—Permíteme ser sincera ahora. La verdad es que no confío en ti. No te conozco. No eres el
muchacho que amaba. No eres el hombre en que él debería haberse convertido. Eres alguien más,
y no quieres decirme quién. Entonces, ¿por qué debería contarte algo? Dime eso, Dan. ¿Por qué
debería ser sincera contigo?
Él la miraba a los ojos, y ella vio directo en las tumultuosas profundidades de su alma. Furia,
deseo, un viejo amor y una reciente traición se estremecían y movían en su alma como rocas
frente a la fuerza de un glaciar rompiendo.
Esa noche había dejado la civilización lejos, muy lejos. Ahora mismo no le importaba si ella no
confiaba en él. La deseaba, e iba a tomarla. La paciencia que ella había imaginado en él nunca
había estado ahí, sólo había estado esperando. Esperando hasta que no pudiera soportar más la
espera. Ahora ya no podía soportarlo.
—Pero soy el muchacho que amabas, porque recuerdo cada uno de los momentos de nuestro
tiempo juntos. —Inclinándose, aspiró sobre el cabello de ella—. ¿Sabes lo que me hiciste cuando
te fuiste? Me dejaste el recuerdo de cómo olías, los ruiditos que hacías, la manera en que
encajábamos perfectamente. Me marcaste contigo misma, y nunca pude perderme en ninguna
otra mujer. —Por un segundo, sólo un segundo, apoyó la mejilla sobre la coronilla de Pepper—.
¿Pensaste que te perdonaría por eso?
Las piernas de ella temblaron mientras sus palabras le alborotaban el cabello.
—Nunca pedí tu perdón.
—Muy cierto. Nunca quise que lo hicieras. —La mano de Dan se deslizó alrededor de su
cuello—. Vas a rogar por él.
¿Rogar? ¿Por el perdón? ¿O el sexo?
Quiso exigir una respuesta, pero no pudo.
Porque él le hizo levantar la cabeza y la besó.

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CCAAPPÍÍTTU
ULLO
O 1177

Dan se adueñó de ella con su boca, pasando los dientes por el labio inferior de Pepper,
raspando los sensibles nervios. Deslizó la lengua alrededor de la boca de ella y luego entró
despacio, prolongando la expectativa y haciendo levantar a Pepper.
Ella no lucharía; no era tan estúpida como para hacer eso. Estaba sola con un hombre apenas
rozado por el comportamiento civilizado. Con muy poco estímulo, él le daría un coscorrón y la
arrastraría a su caverna.
Pero podía negarse a responder a su provocación, y lo hizo. Se aferró a la mesa con sus puños,
rechazando el impulso de abrazarlo. No tenía miedo de confrontarlo, pero le temía sexualmente.
No la lastimaría, no físicamente, pero podría herirla en las partes secretas de su alma, y sería una
tonta en someterse a él.
Dan se apartó de ella.
—Eso es, querida. Resístete. Eso hace que la rendición sea mucho más dulce.
Levantándola sobre la mesa, deslizó las manos por los muslos de Pepper, abriendo los bordes
de su falda cruzada. Las manos callosas rozaron su piel suave, y la intimidad de eso hizo que le
raspara la respiración en la garganta. La acariciaba como si la sensación de su piel contra la de él le
diera placer.
Ella no sabía qué tipo de satisfacción le daba ese contacto, sólo sabía que él minaba sus fuerzas
con ese toque. O... no sus fuerzas. Su cordura, porque quería suplicarle que fuera más arriba.
Dios querido, era una tonta. Por él.
Los dedos de Dan se deslizaron arriba y abajo por la costura de la ropa interior en su
entrepierna.
—Esto está en mi camino.
—Que el cielo no permita que algo se meta en tu camino.
Su intento de sarcasmo fracasó cuando él sacó su navaja. Con un movimiento del pulgar, la hoja
salió, larga y afiladamente reluciente. Antes de que tuviera algún indicio de la intención de él, el
frío metal se deslizó a lo largo de su muslo, bajo sus calzones, y los cortó. La tela elástica se enrolló
alrededor de su cintura, el cuchillo se deslizó hacia arriba por su abdomen y entonces las tiras
cayeron a la mesa.
El miedo por la acción de él le provocó una emoción ilícita. Una emoción estúpida.
—¿Estás loco? —quiso saber.
—Absolutamente. Podemos decir, definitivamente, que estoy loco.
La hoja regresó fluidamente al puño y él metió el cuchillo en su bolsillo. Una respiración
profunda levantó su pecho mientras la miraba.
El miedo corría por los nervios de Pepper. Era demasiado grande. Demasiado rápido.
Demasiado intimidante. Demasiado exigente.
Y mirarlo la mojaba entre las piernas. Desde que había llegado, había sentido un dolor interior,
sufrido una necesidad fuerte y aguda en su útero, en el centro de su ser. Cada minuto del día, él la
hacía consciente de que era una mujer que ansiaba a su hombre. Sus negativas no le servían de
nada en este juego de deseo desesperado. Las negativas sólo la hacían querer más.

Traducido y corregido por ALENA JADEN Página 110


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Entonces el dedo de Dan se deslizó por el pliegue entre su muslo y el vello que protegía su
femineidad. Resultó ser una protección condenadamente inútil, porque se estremeció mientras los
nervios sensibles cosquilleaban en reacción.
—Dímelo. Dime de qué estás escapando.
Dan metió un dedo dentro de ella. Hasta el fondo en su interior.
—Bastardo —susurró ella—. Bastardo.
Él la atormentaba, usando el cuerpo de Pepper en su contra para obtener información. Estaba
totalmente involucrada… deseándolo, abrumada por la pasión. Y él no. Conservaba suficiente
distancia y sensatez como para interrogarla.
—¡Sucio hijo de puta!
Pepper lo pateó.
Él le atrapó el pie, levantándolo para posarlo sobre su hombro.
—¿Bastardo? ¿Hijo de puta? ¿Por qué? ¿Porque estoy dándote lo que quieres?
Pepper luchaba por mantenerse sentada, no caer de espaldas.
—¡No quiero esto!
Se apoyó en sus manos, intentando liberar el pie.
—¿De veras?
Dan sacó parcialmente su dedo muy despacio, usando la humedad del cuerpo de Pepper para
suavizar el camino. Estaba resbaladiza por dentro, y con su ayuda lo estuvo por fuera también.
—Cariño, puedes mentir todo lo que quieras. Tu cuerpo dice la verdad.
Ella tiró el pie otra vez. Estaba totalmente abierta, pero esta vez, cuando lo pateó con el otro
pie, logró darle en el muslo.
Él no retrocedió, pero le soltó el pie. Sin embargo, su dedo seguía dentro de ella, moviéndose
inquieto.
—¿De qué estás huyendo?
No podía contárselo. No sobre la General Napier. No cuando él era un soldado. No cuando
recordaba el pasado delictivo de ella.
Se escabulló.
Dan nunca perdió el contacto, y era exigente. Sabría la verdad, o al menos parte de la verdad,
así que ella le dijo:
—Me involucré con la persona equivocada.
—Ah —susurró él—. Eso fue lo que pensé.
—¿Qué quieres decir con que eso fue lo que pensaste?
Él retorció el dedo, llevándola al límite de la excitación.
—Siempre me pregunté por qué te habías marchado, y finalmente decidí que escapaste de mí,
de lo que teníamos, porque querías probar el mundo. Entonces, dime, ¿cuántos otros hubo?
—¿Cuántos qué?
—Dime —su aliento le rozaba el oído—, ¿cuántos hombres hubo?
Pepper quería golpearlo. Quería lastimarlo. Estaba manipulándola, y todo por información que
no tenía derecho a saber. Así que mintió.

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—Docenas.
—¿En serio? —Sacó el dedo, y luego metió lentamente dos dedos dentro de ella. Mientras se
estiraba, la incomodidad amenazó con convertirse en dolor—. ¿Todos tenían penes diminutos?
Porque estás casi tan condenadamente apretada como la noche que tomé tu virginidad. —Este
hombre sabía demasiado sobre las mujeres. Sabía demasiado sobre ella—. ¿Cuántos hombres? —
Ahora la persuadía, su voz era un glorioso, hermoso rugido—. La verdad. ¿Cuántos?
¿Qué diferencia hacía? Tarde o temprano, iba a ceder. tomándolo del cuello de la camisa,
levantó la cabeza y le habló contra el cuello, sabiendo que su aliento acariciaría la piel de él.
—Si te lo digo, ¿te callarás de una vez?
—Si me dices la verdad.
El pulgar de Dan frotaba en círculos alrededor de su clítoris.
¿La verdad? Apenas podía hablar.
—Ah, Dios, Dan, estás matándome.
—Ni siquiera estoy cerca de matarte. He estado esperando nueve años para hacerte esto.
Apenas he empezado. —El pulgar la raspó, los dedos la acariciaban por dentro, y ella se sacudió, el
temblor diminuto, preliminar de un orgasmo. Él se detuvo de inmediato—. Todavía no, cariño. No
puedes acabar aún.
Agarrando la camisa a manotazos, ella lo miró furiosa.
—Acabaré cuando acabe.
Él se rió, con una risita profunda, gutural.
—Puedo hablarte para que acabes. Puedo tocarte para que acabes. Puedo abrir mis jeans y
acostarte sobre la mesa, abrirte bien las piernas y meterme dentro tuyo, adentro y afuera, adentro
y afuera...
Un clímax inesperado la tomó, llevándosela consigo. La sangre corrió por sus venas. Sus
músculos interiores le apretaron los dedos. Pepper se arqueó contra él, mientras su cuerpo
buscaba prolongar la sensación y ella jadeaba en busca de aire. Cuando hubo terminado, se
hundió contra él.
Dan la sostuvo y rió. Rió grave y profundamente en su oído.
—No me digas —le dijo—, que estás en control de tu cuerpo y tus orgasmos. Yo tengo el
control, y si eres muy, muy, muy buena, te daré lo que necesitas.
Eso era lo que ella temía. Que le daría lo que necesitaba. Entonces necesitaría más. Era un ciclo
interminable de necesidad y satisfacción que él ofrecía, y Pepper ya había sufrido la agonía de
olvidarlo… y olvidar su pasión.
No sabía si podría olvidarlo otra vez.
—¿Cuántos hombres?
Dan la interrogaba como un profesional, atormentándola, manteniéndola desequilibrada, y sin
olvidar nunca su objetivo.
Lo odiaba por eso. Lo odiaba por hacerla hablar. Con la garganta apretada por la expectativa,
dijo:
—Ninguno. No hubo hombres para mí.
Él no le creería. Estaba segura de eso. Entonces, ¿qué iba a hacer? Mentir, por supuesto. Eso lo
hacía muy bien.

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Pero Dan no resopló, ni rió, ni protestó. En cambio, en ese tono frío que ella odiaba, preguntó:
—¿Por qué no?
Así que, en lugar de mentir, ella le dijo la verdad.
—No pude. Nadie era tú.
Dan deslizó su mano en el cabello de ella. Le levantó el rostro hacia el de él y la miró a los ojos.
Simplemente miró hasta sondear las mismas profundidades de su alma.
—Maldita seas —susurró—. Me haces pedazos.
Su respiración le tocó la cara. Su mirada le quitó todas sus máscaras.
—¿Eso significa que me crees?
—Te creo.
Moviéndose tan rápido como cae el rayo, él la soltó y se alejó. Abrió su camisa almidonada. La
arrojó a un costado. Llevaba una camiseta de mangas anchas debajo, y los músculos en sus brazos
se abultaron y flexionaron mientras se la quitaba por la cabeza. Su abdomen era plano, y su flecha
de felicidad apuntaba directo al cierre de sus pantalones. Y tenía una cicatriz, blanca, irregular,
justo por encima de las costillas y hasta la cadera.
Ante la silenciosa expresión de preocupación de ella, sacudió la cabeza.
—Está bien —le aseguró—. Estoy bien.
Se sacó las botas. Se libró de sus pantalones.
Pepper lo observaba, fascinada por el movimiento de su abdomen, el poder de sus muslos, el
bulto en sus calzoncillos. El bulto que prometía tanto.
Se le secó la boca. Su primera vez había sido en el asiento trasero del auto de él, de noche,
lleno de sonidos adolescentes y la amarga comprensión de que no podría quedarse y ser su
amante.
Esto era totalmente diferente. La luz de arriba iluminaba la cocina. Como perfumes exóticos, los
olores a vainilla y canela llenaban la casa. Ya no era una niña estúpida destinada a destruirse a sí
misma por la rabia y el resentimiento, sino una adulta con necesidades que no había reconocido
previamente.
Eran esas necesidades las que él alimentó intencionalmente. No mostraba su poder ni posaba,
pero se movía muy despacio, dándole tiempo para huir, gritar, cambiar de opinión... o apreciar sus
atributos.
Arrastrando una de las duras sillas de la cocina a la mitad del lugar, Dan se sentó. Finalmente,
se sacó la ropa interior meticulosamente. Levantó las caderas y la deslizó por sus piernas. Su
gruesa erección resaltaba.
El corazón de Pepper golpeaba en su pecho, llenando su garganta con una mezcla de cobardía y
expectativa. Estaba expuesta, sentada allí arriba sobre la mesa, con las tiras de sus calzones debajo
suyo. Se sentía incómoda, examinándolo tan descaradamente, pero no podía apartar la mirada.
No sabía qué hacer, qué esperaba él que hiciera.
Dan se sentó, estiró las piernas e hizo un gesto.
—La primera vez, yo te follé. Esta vez, tú me follas a mí.
Pepper no podía creer que tuviera el descaro para hacer una exigencia semejante, para
plantearlo tan desvergonzadamente, para provocarla sin remordimiento.

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No debería ir con él. Estaría loca si fuera con él. Pero la compulsión se encendió en ella. Le
había cortado la ropa interior, la había abierto. La había preparado con su toque. Lo miró fijo hasta
que le ardieron los ojos.
Él le exigía en silencio que hiciera lo que él deseaba.
Lo que ella deseaba.
Finalmente, cuando le dolieron los pulmones como si hubiese estado conteniendo la
respiración —ah, lo había hecho— tomó su decisión.
Era absurdo negarse a sí misma por miedo a la reacción visceral que había experimentado la
primera vez. Ahora era madura, una adulta que ya no creía que ese acto fuera la unión de dos
almas. Entendía que el sexo era simplemente el choque de dos cuerpos.
Podía manejar esto.
Deslizándose de la mesa, caminó, descalza y callada, por el piso. Tomando los bordes de su
falda cruzada, los separó y, oh, con muchísimo cuidado, se sentó a horcajadas de la silla.
A horcajadas de él.
Qué mujer tonta, haciendo lo que él exigía. Hubiese sido mejor si él la hubiera tomado.
Pero lo conocía. Dan no era el impetuoso chico de dieciocho años que había rodado con ella en
el asiento trasero de su auto. Era un hombre, y si había decidido que ella lo tomaría, entonces lo
haría. Tarde o temprano, lo tomaría, o tendría que enfrentar otro acecho, otra prueba, más
noches llenas con el conocimiento de que él dormía en la habitación de al lado y que la deseaba.
Y estaba demasiado fuera de control como para enfrentar otra noche de dolorosa excitación
con ecuanimidad. Tenía que tenerlo, y tenía que tenerlo ahora.
Dan la sujetó con una mano en el trasero y, como un mago haciendo un truco, hizo aparecer un
preservativo. El papel de aluminio estaba arrugado como si lo hubiese tenido en la palma de la
mano, y ella lo aceptó sabiendo muy bien lo que esperaba.
Él esperó preparado mientras ella se deshacía del paquete y colocaba el preservativo sobre la
cabeza de su pene. Lentamente lo desenrolló por su largura, y mientras lo hacía una campana de
alarma sonó en su cabeza. La piel era suave, la cabeza era ancha. Lo había tomado una vez y
después había escapado. ¿Realmente sabía lo que estaba haciendo?
Entonces Dan gimió. Lo miró a la cara y vio cómo se ponía tenso contra la dicha que le daba el
toque de ella. Y aunque la campana de alarma seguía resonando en su cabeza, ya no la escuchó.
Con los pies apoyados en el suelo, descendió sobre Dan. Mientras él rozaba su piel sensible,
Pepper pensó que acabaría incluso antes de que hubieran empezado. Entonces, con un temblor,
se controló y movió sus caderas hasta que él estaba ubicado en la entrada de su cuerpo.
Se sentía correcto. Se sentía bien. Mirar su rostro, ver esos amados ojos, la dura cara
bronceada, la cicatriz, el cabello dorado cortado severamente.
Cuando bajó las caderas, cuando él comenzó a entrar en ella, eso también se sintió correcto.
Dan la llenó, duro y caliente. Pero era verdad lo que había dicho sobre ella. Estaba apretada. Era
demasiado grande para ella. La presión de su entrada hizo que Pepper apretara los dientes contra
un gemido.
Pero si ella estaba dolorida, él estaba agonizando. Dan echó atrás la cabeza, con el rostro
contorsionado, las cuerdas de su cuello tensas. Pepper podía sentir las pequeñas sacudidas sus
caderas mientras luchaba contra el impulso de meterse dentro de ella.

Traducido y corregido por ALENA JADEN Página 114


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El sudor apareció su frente mientras sus muslos se tensaban debajo de ella, mientras lo
envainaba con su cuerpo. Mientras él también luchara, ella estaba satisfecha. Una sonrisita estiró
sus labios mientras bajaba más, se levantaba, volvía a caer, yendo todavía más profundo.
Sus dedos se fruncieron en el pecho de él, intentando encontrar un lugar al que aferrarse en un
mundo que giraba fuera de control. Pepper jadeaba, podía oírse a sí misma, y tembló por una
combinación de ansia profunda y una necesidad aun mayor.
—Dan. Por favor, Dan.
No sabía lo que le pedía. No importaba. Dan le daría lo que él deseara. Su mano tiró del nudo
en la cintura de ella. Arrojó la falda a un costado, y sus dedos regresaron a ella, en medio de sus
muslos totalmente abiertos. La tocó ligeramente, una caricia circular que la impulsó, que la abrió a
él sin reservas.
Con un suspiro ronco, Pepper perdió el control. Se deslizó totalmente hacia abajo, sintió las
piernas y el vientre de Dan debajo de ella. Se levantó rápidamente, regocijándose en el deslizar del
pene dentro suyo. Lo oyó gemir y rió. Rió por estar atrapada en este torbellino de pasión
indomable con él.
Tal vez el sonido de su risa destruyó lo que quedaba de la disciplina de Dan. Tal vez nunca había
pretendido permanecer pasivo. Pero con un movimiento se encontró con ella. Su suntuosa textura
la llenó, y ella embistió contra él, decidida a dominar.
El lento comenzar se convirtió en un frenesí de acción, de sonido, de sensación. La silla raspaba
el piso, sonidos pequeños, discordantes, que resonaban en la cocina grande y llena de luz.
Los dedos de Dan presionaban en la piel del trasero de Pepper. El piso bajo los pies de ella
estaba frío. Él gimió, un sonido profundo, destrozado. Las uñas de ella se le clavaron en los
hombros, y sus muslos temblaban por la tensión de elevarse encima de él, una y otra vez.
Cada empuje de las caderas de él, cada uno de los esfuerzos descendentes de ella los acercaban
más. Los llevaban más cerca del paraíso.
Los ojos de Pepper se cerraron mientras la necesidad se precipitaba hacia ella. No hubo un
momento prolongado de dicha, ni forma de frenar su clímax. El orgasmo la azotó como un rayo,
abrasando su piel con la de él, fusionándolos. Profundo en su interior ardía la fiebre, arrasando
con toda sensación excepto el placer y la agonía de ser una con este hombre.
Él no aflojó. La levantó, la guió, pero no se unió a ella. Le impuso más y más placer hasta que la
sangre tronó en las venas de Pepper, su cuerpo se arqueó sobre el de él en un enorme y
maravilloso espasmo, y Pepper gritó, un grito incoherente de indescriptible culminación.
Finalmente él permitió que el ritmo disminuyera lo suficiente para que ella recobrara el aire y
una leve apariencia de conciencia.
Ella lo oyó decir “Pepper.”
Abrió los ojos. Tomó conciencia de su entorno. Lo que había parecido una necesidad pocos
momentos atrás ahora parecía una locura. Titubeó ante la comprensión de lo que había hecho. Lo
que estaba haciendo.
La oscura mirada de Dan la desafiaba. Tomándole las manos, volvió a posarlas sobre su pecho.
El calor de su piel subió para encontrarse con las palmas de ella. Pepper podía sentir su corazón
golpeando con necesidad. Sus ojos negros ardían con un fervor posesivo.
—¿Quién soy? —exigió—. Dime quién soy.
Ella no entendía lo que le estaba preguntando.

Traducido y corregido por ALENA JADEN Página 115


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—Dan —susurró—. Eres Dan.


—¿Quién está abrazándote? ¿Quién está dentro tuyo? —Embistió una y otra vez—. ¿Quién está
haciéndote acabar?
Ahora lo comprendía. Él estaba enloqueciéndola y al mismo tiempo conteniendo su propio
clímax... todo para imponer su posesión. Quería control sobre ella. Exigía que ella lo reconociera
como su amo.
Lo odiaba por eso. Lo odiaba. Lo necesitaba. Nunca, jamás lo había olvidado.
—Pepper. Dímelo.
La hizo mover sobre él, más y más rápido.
Ella lo montó. El clímax se la llevó. Nuevamente la inundaron los espasmos jadeantes. Se movía
sobre él porque tenía que tomarlo. Porque su cuerpo lo exigía, y no tenía más opción que rendirse.
—¿A quién estás follando? —Dan la miraba a los ojos—. ¿Quién está dentro tuyo?
Pepper no podía apartar la mirada. Apenas podía hablar.
—Tú. Dan. Dan, por favor...
Él cedió al fin. Febrilmente, movió a Pepper sobre él.
Sus caderas hicieron un último movimiento, y entonces la sujetó encima suyo. Dentro de ella,
su pene se agitó al acabar, llenándola con su pasión.
Pepper luchó contra él, su cuerpo exigiendo más satisfacción, y más, hasta que pareció que iba
a morir por el despiadado éxtasis.
Finalmente, cuando el placer había superado todo lo soportable, se retiró poco a poco,
llevándose consigo la fuerza, el pensamiento... todo excepto la sensación.
Ella se aflojó. Dan seguía dentro suyo, todavía demasiado grande, todavía demasiado caliente,
pero ya no podía sostenerse más sobre él. Aunque este lento deslizarse encima de Dan se sentía
como una rendición—más una entrega que esta unión desenfrenada— por fin permitió que sus
músculos se aflojaran y quedó sentada sobre el regazo de él.
Como si esa fuera la señal que Dan estaba esperando, sus brazos la rodearon, atrayéndola
cerca, haciéndole apoyar la cabeza en su hombro.
Pepper se relajó contra Dan, confiando en él con todo su peso. Supo, en cuanto el pensamiento
coherente regresó, que tendría todo un montón de problemas que enfrentar... como qué hacer
con el enorme, sexualmente exigente y furioso hombre debajo suyo.
Pero ahora mismo esto se sentía bien. Mejor que cualquier cosa desde que había escapado de
él la primera vez... y con ese pensamiento, las dudas comenzaron a bullir en su mente.

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CCAAPPÍÍTTU
ULLO
O 1188

Mientras la pasión se retiraba, Dan sintió que Pepper se ponía tensa… por rechazo, por miedo,
no lo sabía. Sólo sabía que no le permitiría rehuir de él esta vez. Con una exclamación de
indignación, la apretó fuerte contra él y se puso de pie. Sin salir de ella, caminó hacia su
dormitorio. Ella se aferró a sus hombros y eso le dio un poco de satisfacción. Al menos estaba
demasiado débil como para alejarse de él. Al menos había logrado eso.
Apartando el edredón y las mantas, la colocó sobre las sábanas. Se veía frágil. Mantenía los ojos
cerrados, como si temiera encontrarse con la mirada de él.
Quería traerle un trapo frío y mojado y pasarlo por su rostro afiebrado. Quería consolarla,
murmurar tontas palabras de consuelo. Pero conocía a Pepper. Si él cedía un solo instante, ella se
levantaría como un fénix e intentaría establecer su independencia una vez más.
Así que, en cambio, le abrió las piernas todo lo que podía y se enterró profundamente dentro
de ella.
Los ojos de Pepper se abrieron rápidamente. Lo miraba con los ojos desorbitados.
—¿Tú no... no has...?
—Sí, lo hice. —Dan se apartó, con un roce largo, lento, y volvió a llenarla—. Pero contigo, no
lleva mucho tiempo recuperarse. —Apretó duro con sus caderas, empujándola contra el colchón,
poniendo presión donde le daría más placer—. No tengo sentido común cuando se trata de ti.
Era la verdad. Había explotado dentro de ella, una gloriosa liberación, y ahora experimentaba
un lento aumento de pesadez en su ingle, como un dique volviendo a llenarse después de una
inundación.
Ella lo miraba fijo, con los labios levemente abiertos, su respiración agitada.
—¿Qué esperabas? He esperado nueve años por esto.
Dan gimió mientras volvía a salir de ella. Su cerebro pedía paciencia, estrategia y una
manipulación fríamente tramada que la mantendría en su cama, para poder seguir haciéndole el
amor. Su cuerpo tenía otros planes.
Ella estaba gloriosamente caliente adentro, y mojada con su excitación.
—Mi pene tiene esta loca idea de que si está dentro tuyo lo suficiente, captarás el mensaje.
Pepper gimió mientras él entraba en ella otra vez, pero no preguntó lo que él quería que
preguntara. Ella no dijo: “¿Qué mensaje?”
Dan la maldijo, y se maldijo a sí mismo por permitir que eso importara.

La luz presionaba contra los párpados de Pepper, una clara indicación de que, como siempre, la
mañana había llegado demasiado pronto. Y con ese conocimiento llegó otro: la noche pasada
había sido magnífica, gloriosa... y sin sentido.
Girando la cabeza en la almohada de Dan, respiró hondo su esencia. Sin abrir los ojos, supo que
él no estaba, dejándola en el campo de batalla luego de llevarla al orgasmo tantas veces que le
dolían todos los músculos y que un malestar especial se había formado entre sus piernas... un
malestar que le decía que había sido bien y verdaderamente poseída.
Pasó un brazo sobre sus ojos y gimió.

Traducido y corregido por ALENA JADEN Página 117


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Poseída por un hombre que la miraba como una conquista que se le había escapado y ahora se
presentaba una vez más. Anoche ella se había derretido encima de él como un helado bajo el sol
de verano. Había realizado cada acto sexual que él había exigido... sugerido... convencido. Había
acabado una y otra vez, hasta que pensó que nunca podría volver a estar de pie, mucho menos
caminar en línea recta. Clavó las uñas en la palma de sus manos.
Dan se había grabado en ella. ¡Qué tonta había sido! ¿Y qué otra rendición esperaría él de ella
hoy?
Se sentó para escapar de sus irritantes pensamientos y miró la habitación de él. En su lujuria
habían enredado las sábanas y hecho chirriar los antiguos resortes de la cama. Nunca volvería a
tumbarse en una cama en esta casa sin pensar en Dan y la noche pasada, y...
—¡Mierda!
La realidad la golpeó en una oleada. Eran las diez. Se había perdido las tareas. Apartando las
mantas, saltó fuera de la cama y se vistió tan rápido como pudo. Se cepilló los dientes. Se lavó la
cara. Se peinó el cabello y, después de mirar su propio reflejo en el espejo con los ojos
entrecerrados, entró corriendo en la cocina y se puso el sombrero. No había tiempo para
desayunar. No había tiempo para hacer nada más que llegar al granero y ocuparse con… cualquier
cosa que pudiera encontrar para hacer. Saliendo rápidamente por la puerta, se detuvo resbalando
cuando Dan se acercó hasta el porche sobre Samson.
El caballo era tan alto, y el hombre tan altivo, que tuvo que mirar arriba, arriba, arriba...
Dan controlaba a Samson con sus rodillas y una mano despreocupada sobre las riendas, sus
músculos tensándose con cada movimiento. Las líneas severas del rostro de Dan se habían
relajado; casi sonreía, y observó la expresión nerviosa de ella y sus ojos somnolientos como si
disfrutara de esa visión y saboreara los recuerdos. El sol de la mañana acariciaba su cabello,
penetrando en cada mechón y prestándole un brillo que podría haber parecido un halo... excepto
que, después de la noche pasada, ella sabía la verdad. Este hombre no era ningún ángel, sino un
diablo decidido que la impulsaba, la atraía, la transportaba con ardor.
Y tan prosaicamente como si la noche nunca hubiese ocurrido, él dijo:
—Vayamos de picnic.
—¿Qué? —Pepper miró alrededor—. ¿Hoy?
—La nieve está derritiéndose rápido.
Y así era. Durante la noche, el frente frío de finales de la estación se había retirado. El viento
había cambiado hacia el oeste. La nieve cubría el suelo en manchas desiguales, caía derretida del
techo y corría en riachuelos por la colina.
—Vamos. —Él extendió su mano—. Samson puede llevarnos a los dos.
Pepper respiró el aire fresco y lo pensó. La noche pasada casi no había dedicado ningún
pensamiento al día de hoy, pero si lo hubiera hecho, hubiese esperado que Dan fuera beligerante
y autoritario. En cambio, él venía montado en su descomunal caballo, con una cesta de picnic
amarrada a la grupa del caballo, y esperaba que ella fuera con él como si fuesen dos niños
faltando a la escuela. Como si fueran jóvenes y desenfadados, y no tuvieran que enfrentar las
consecuencias de sus fechorías. Como si… como si estuvieran viviendo los últimos días de sus
vidas.
Y tal vez así fuera.
Bajando los escalones, tomó la mano de él y dejó que la alzara detrás de él en la montura.

Traducido y corregido por ALENA JADEN Página 118


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—Agárrate fuerte. —Puso a Samson al galope y preguntó—: ¿Sabes adónde vamos?


—Oh, sí.
Pepper no había estado sobre un caballo desde que se había marchado de Diamond, sin
embargo reconocía la sensación del galope ondulante de Samson y el olor del cuerpo cálido de
Dan como si hubiera sido ayer. El movimiento tiraba de sus músculos cansados, pero el aire que
corría por su rostro le recordaba esa primavera nueve años atrás, cuando Dan había ido a buscarla
cada mañana de sábado y la había llevado a pasear por los dos ranchos y entre las montañas.
Pepper siempre llevaba sándwiches. Él siempre llevaba gaseosas y papas fritas. Los dos habían
retozado como corderos en la primavera, y siempre, siempre los días habían terminado con ellos
estirados encima de una manta, acariciándose hasta que estaban arrebatados de deseo y
frustración.
Ahora esa sensación de libertad y juventud la animó. Samson, con sus grandes cascos y su lomo
ancho, los cargaba arriba por el sendero empinado y estrecho en las montañas. Mientras Dan
guiaba a su terco caballo, su cuerpo se movía entre los brazos de ella. Su calor mezclaba los
recuerdos de mucho tiempo atrás y de la noche pasada en un potente brebaje que llevaba a
Pepper hacia... probablemente hacia más desastre.
Más desastre.
Mientras ascendían, los pinos se volvían más cerrados. Pepper percibía el espíritu primitivo a su
alrededor, tomaba largos tragos de aire tan fresco que le hacía doler los pulmones, y
experimentaba un picor de advertencia corriendo por su piel. Lo agreste era contagioso. Si no
tenía cuidado, la vieja temeridad se apoderaría de ella y sucumbiría a Dan antes de que algo se
hubiese aclarado entre ellos.
Después de la noche pasada necesitaban hablar. Realmente, verdaderamente necesitaban
hablar.
Aparecieron en una llanura, y allí estaba la primera casa del rancho Dreiss, originalmente de
una sola habitación subterránea construida en la esquina de la colina para protección de los
vientos invernales y la nieve. En algún momento del siglo diecinueve, una mujer Dreiss había
insistido en que la cabaña fuera ampliada, así que ahora una porción se extendía más allá de la
ladera, una cabaña de madera con un porche y ventanas de vidrio que daban al bosque. Al
principio los árboles habían sido cortados para crear un patio, pero cuando Pepper había vivido
antes aquí, habían brotado almácigos cerca de la cabaña.
Ahora los almácigos habían desaparecido. Las malezas habían sido quitadas. El patio había sido
despejado nuevamente hasta las líneas de árboles a aproximadamente diez metros. El sol estival
brillaba sobre los sectores desparejos de hierba, derritiendo la nieve, y todo alrededor Pepper oía
el goteo mientras los hilos de agua se convertían en arroyos, y los arroyos corrían colina abajo
hacia el río.
Dan detuvo a Samson, luego bajó de la montura y se quedó mirándola como si fuera alguna
especie de premio que había capturado en batalla, haciendo a Pepper demasiado consciente de su
entorno primitivo y la caliente y humeante sensualidad de él. Parpadeó mientras él se estiraba y
ordenaba:
—Ven a mí.
Y ella, mujer tonta, hizo lo que él deseaba. Bajó de la montura a los brazos de Dan. Él la tomó
de la cintura, la acercó y dejó que se deslizara contra su cuerpo tan suavemente que ella dejó de
respirar por la expectativa.

Traducido y corregido por ALENA JADEN Página 119


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Cuando su rostro estuvo al mismo nivel que el de él, Dan la detuvo. La expresión en sus ojos
mientras la miraba la calentó desde adentro, mientras que el cuerpo musculoso la calentaba
desde afuera. Era tonta, tan tonta, porque envolvió las piernas alrededor de la cintura de él y lo
apretó fuerte. Su rostro descendió hacia el de Dan, y sus labios se tocaron. En un momento
prolongado, sabroso, estarían yendo hacia el porche y otra sesión de sexo magnífico y glorioso.
Ella estaba dispuesta. Dios querido, más que dispuesta.
Sin advertencia, Dan apartó la cabeza de ella y frunció el ceño.
—¡Maldita sea, Samson!
Dejándola de pie en el suelo, Dan se alejó de un salto.
El arrebato sexual de Pepper se fundió en diversión al ver a Dan persiguiendo a su recalcitrante
caballo, que se dirigía al granero. Dan atrapó las riendas e hizo detener a Samson, luego llevó al
enorme castrado por el sendero. Pepper se abrazó a sí misma mientras veía a Dan caminar a
grandes pasos hacia ella. La caricia larga y lenta había probado una cosa: la noche pasada no lo
había satisfecho. Su affaire se había extendido más allá de un asunto de una sola noche y se había
convertido en... ¿en qué?
Mientras Dan ataba a Samson a uno de los postes que sostenían el porche, ella lo miró
alarmada.
—¿Estás seguro de que no tirará abajo la estructura entera?
Con una extraña curva en la sonrisa, Dan sacudió la cabeza.
—Es sorprendentemente robusta. Los pioneros construían para el futuro. Vamos. —Sacó la
cesta del lomo de Samson—. Míralo.
Ella caminó por la hierba húmeda hacia el porche.
—La cabaña se ve como si pudiera derrumbarse con la brisa.
Con cuidado, subió los escalones, esperando que las tablas se hicieran polvo bajo su peso. Nada
crujió. Nada se movió. La madera era engañosamente fuerte.
—Este lugar es seguro. Resistió el terremoto más de veinte años atrás. Si algo amenaza alguna
vez la casa en el valle, este es el sitio para venir.
Él hablaba sin énfasis, con tanta serenidad que su comentario podía no haber sido más que
conversación casual.
Pero no se sentía casual. No cuando la General Napier la perseguía con un propósito tan mortal.
Pepper lo estudiaba con cautela. ¿Habría hablado dormida? ¿De algún modo él había descubierto
a qué le temía?
Él no prestó atención a su miedo, sino que subió al porche y abrió la puerta.
—Es un poco como una cueva.
Ahí dentro estaba oscuro.
—O una tumba.
—Es fácil ver porqué los Dreiss construyeron aquí. —Señaló adentro—. Nadie podría atacar la
casa sin advertencia, y quien quiera que esté dentro tiene las ventajas de una defensa
impenetrable en el fondo y la tierra alta en el frente.
Pepper se adelantó y luego se detuvo cuando el olor de la tierra salió emergió desde la puerta.
Intentando entretenerlo, dijo:
—Me encanta cuando hablas como un soldado. Me excita.

Traducido y corregido por ALENA JADEN Página 120


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—¿A qué le temes? —preguntó Dan—. Has estado aquí antes.


Pero nunca le había gustado. Sin embargo, Dan estaba allí parado como si no fuera a estar
satisfecho hasta que ella entrara, así que lo hizo. La habitación contenía una variedad de muebles
ruinosos que arrojaban sombras sobre el piso de madera. Una mesa larga, algunos taburetes, un
banco y un baúl hondo habían sido empujados al centro de la habitación. Una chimenea alta y
ancha hecha de piedra gris de río redondeada dominaba las sombras dentro, y un chillido salía de
la abertura.
Pepper retrocedió de un salto.
—¿Qué es eso?
—Murciélagos. También hay algunos ratones, pero el lugar es perfectamente seguro.
Ella se estremeció y salió rápidamente.
—No me gustan los ratones y los murciélagos, y realmente no me gustan las cuevas.
Él le sonrió mientras cerraba la puerta.
—¿Sabes lo hermosa que eres?
Ella se miró. No había hecho nada más que lavarse la cara y cepillarse el cabello y los dientes, ¿y
él pensaba que era hermosa?
—Llevo ropa de trabajo —señaló.
—Sí. —Su mirada posesiva se entretuvo en el cuerpo de ella y luego subió a su rostro—. Muy
atractiva.
¿Cómo podía haber imaginado que usar esa ropa sin atractivo lo ahuyentaría? Él deseaba el
cuerpo que había debajo de la camisa de franela y los jeans, su cuerpo, y tal vez... tal vez la mujer
dentro también. Para Pepper, que había sido indeseada por tanto tiempo, era una combinación de
deseos embriagadores.
—Ven.
Él caminó hasta un rincón soleado del porche. Hurgando en la cesta, sacó un edredón viejo, azul
y rojo sobre un fondo blanco, y lo extendió sobre las tablas gastadas. Con un floreo, se puso una
servilleta sobre el brazo y sacó una botella de Frappucino.
Pepper contuvo la respiración. No había desayunado. No había tomado café. Se le hizo agua la
boca mientras su sistema privado de cafeína cobraba vida. En un tono de asombro, preguntó:
—¿De dónde sacaste eso?
—Es de mi escondite privado. Nadie sabe sobre él excepto yo… y ahora tú. —La dejó sobre la
manta y sacó otra—. Sólo tomo una en ocasiones especiales. Esta mañana definitivamente califica
como una ocasión especial.
Tomando la botella, ella la sacudió y la abrió. El sabor dulce y cremoso a café se extendió por su
lengua, y cerró los ojos mientras saboreaba cada gota. Cuando los abrió, vio a Dan de rodillas
sobre la manta, desplegando un banquete de... eh, parecían sándwiches de salame, pickles y
ositos de goma. Ahá, una combinación ingeniosa de seducción y mala cocina. Y algún
desafortunado defecto de carácter en ella hizo que la incompetencia de él le resultara
absolutamente encantadora.
Dan hizo un gesto expansivo.
—¿Comenzamos?
La oscuridad en él parecía estar muy lejos hoy, pero seguía allí, solo que más pequeña.

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Pepper se ubicó en un rincón de la manta. Aceptó un plato y clavó los dientes en el sándwich. El
intenso sabor del ajo y el picante bocado de rábano complementaba el pan crocante, y pensó
distraídamente que este podía ser el desayuno más perfecto que jamás hubiese comido. Los
pickles con pan y manteca crujieron entre sus dientes con su sabor dulce y avinagrado. El sol había
calentado las tablas y la manta debajo de ella. La brisa cálida devolvía los pájaros a la vida, que
piaban en los árboles, en un frenesí por dar la bienvenida a la primavera una vez más.
El tiempo cambió, se alteró, y un dejà vu la llevó al pasado. Había estado aquí antes, en un día
como este, nueve años atrás. Habían montado a Samson. Ella había llevado la cesta de picnic.
Habían bebido gaseosas, no café en botella. Pero igual que ahora, la brisa suspiraba entre los
árboles. Igual que ahora, el bosque había estado desbordante de vida. E igual que ahora, Dan la
había mirado con una ávida intensidad que hacía que la sangre corriera por sus venas y el deseo se
deslizara por su espalda.
Después de la noche pasada, ¿cómo podía desearlo? ¿Cómo podía no desearlo? La noche
anterior él la había intimidado, y la había tratado con una pasión reservada sólo para los amantes
más preciados. Hoy él la atendía y se ocupaba de ella. ¿Quién sabía lo que podía traer mañana?
¿Quién sabía si la General Napier los mataría a ambos?
De repente, Pepper dijo:
—Esta es la época ocupada en el rancho, y me preocupa que debieras estar ocupándote del
tuyo ahora.
Dan dejó su sándwich y lo hizo a un lado. Como si hubiese estado esperando esta oportunidad,
le dijo:
—Dime la verdad. ¿Por qué deseas tanto que me marche?
—Me siento mal porque no estás trabajando en tu propio lugar.
Pero su mirada cayó ante la de él. No podía mirarlo y mentir.
—¿Por qué quemaste tu auto? —Estirándose por encima de la manta, le tomó las manos y la
hizo acercar—. ¿Por qué estás aquí ahora?
¿Qué podía decirle que él creyera? La verdad. Sí. Sí, podía decírselo. Abrió la boca. Una ráfaga
de pánico la atrapó, apretó sus pulmones, hizo que su piel escociera. Todos los viejos miedos le
cerraron la garganta, y no pudo hablar. No se atrevía.
Así que lo distrajo del único modo que sabía. Acercándose, lo besó. No era un sacrificio. Había
querido besarlo desde que había puesto sus ojos en él esa mañana. No, desde la primera vez que
lo había visto. El calor que él irradiaba, los olores a cuero y hombre trabajador, el modo en que la
había defendido frente a su padre, la había presentado a sus amigos vaqueros, había actuado
como si estuviera orgulloso de ella... todo se combinaba para excitar sus sentidos. Ahora
necesitaba hacerlo callar, y logró satisfacer su deseo al mismo tiempo.
Qué buen trato.
Los párpados de Dan se cerraron con un temblor, ocultando esos penetrantes ojos oscuros.
Permaneció inmóvil mientras ella apretaba su boca contra la suya, trazando la forma, adorando la
suavidad y la textura. Escalofríos corrían por la columna de Pepper cuando los labios de él se
abrieron y el aliento cálido se deslizó por su piel. Le respondió abriéndose a él, metiendo la lengua
en su boca. Una oleada de ternura la inundó, una ternura que nunca antes había experimentado.
Era casi como si pudiera saborear los años y todo el dolor de Dan. Quería absorberlo dentro suyo,
darle consuelo donde sólo había existido un sombrío pesar.

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Tal vez él sentía la misma angustia en ella, la soledad que había provocado vivir en fuga, porque
le deslizó los brazos alrededor de la cintura y la acercó más. Los dedos de Pepper titubearon entre
ellos antes de ir a apoyarse en los hombros de Dan. Él la calentaba del pecho a los muslos. Sus
labios se movían contra los de ella, recordándole los besos inexpertos que habían intercambiado,
la juvenil pasión que habían despertado en el otro. Ahora había más; la empatía de dos adultos
que se habían compartido tan completamente... y que habían perdido tanto.
Se habían perdido el uno al otro.
Las manos de ella se deslizaron hacia el cuello. Sus brazos lo atrajeron cerca, y lo amó con su
boca, cediendo a sus pasiones intensificadas poco a poco. Sus lenguas se tocaban, se retiraban,
danzaban en espirales de deseo siempre crecientes. Ella le acarició el cabello dorado con los
dedos, jadeando con satisfacción cuando el resplandor abrasó sus palmas.
Dan le agarró el trasero con las manos, luego metió el brazo bajo sus muslos y la levantó sobre
su regazo. Lentamente, la hizo bajar hasta que estaba de espaldas sobre la manta. Se inclinó
encima de ella, apretando su pecho contra el de Pepper, envolviéndola en sus brazos,
dominándola fácilmente con su cuerpo poderoso. El control escapó de ella, poseída por la
necesidad que le entrecortaba la respiración y agudizaba su conciencia... de él. Sólo de él.
La mano de Dan rozó bajo el borde de su remera, por sus costillas y bajo el aro suelto de su
sostén. Mientras su lengua exploraba la boca de ella, sus dedos acariciaban la piel de sus senos,
haciendo temblar cada nervio. El placer y la angustia casi rompieron el corazón de Pepper.
El pulgar le rodeó el pezón, y ella quiso que pusiera la boca ahí. Quería abrir las piernas para él.
Quería que le quitara la elección. Quería que Dan aliviara las exigencias de años de carencia y
anhelo. Quería enfrentar las consecuencias más tarde.
No, nunca.
Pero como ella percibía el dolor de Dan, él percibía la incertidumbre de Pepper. Con un gruñido
de impaciencia la agarró de las muñecas y apartó los brazos de ella de alrededor de su cuello.
—Eso respondió algunas preguntas. No todas, pero al menos las más importantes.
A ella le dolían los pulmones por la dificultad para respirar por haberlo besado, y apenas pudo
conseguir el aire suficiente para preguntar:
—¿Qué quieres decir?
—Estás muerta de miedo. —La miró profundo a los ojos—. ¿Estás siendo perseguida?
Su pregunta la golpeó tan fuerte que perdió la respiración otra vez.
—¿Qué? ¿Perseguida? Sabes sobre...
Sobre la General Napier.
Pero lo que él dijo la dejó helada.
—Sospechaba de un antiguo amante, pero anoche demostraste que eso no era posible. ¿Es
algún tipo con el que te negaste a salir? ¿A acostarte?
Ella se quedó mirándolo y lenta, lentamente, su cerebro lo comprendió. Dan no sabía sobre la
General Napier. Había pensado en una explicación que a ella nunca se le había cruzado por la
cabeza. Una explicación que tenía todo el sentido del mundo.
Dan continuó:
—¿Algún tipo está obsesionado con tenerte? Porque si ese es el caso, puedo ocuparme de él.
Créeme. Puedo ocuparme de cualquier cosa.

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Con una larga exhalación de aire, ella le dijo la verdad y dejó que él creyera una mentira.
—Sí, me están persiguiendo, y estoy medio muerta de miedo.

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CCAAPPÍÍTTU
ULLO
O 1199

No era que Pepper fuera una mentirosa sin experiencia. Desde que tenía ocho años, había
dicho falsedades a padres sustitutos y asistentes sociales. Desde que tenía dieciséis, había dicho
falsedades a todos sobre quién era y adónde iba, y era sólo en los últimos años que había
comenzado a decir tentativamente algunas verdades.
Pero no había hecho un buen trabajo mintiendo a Dan. Tal vez había perdido la práctica. Tal vez
era el modo en que él la miraba, con sus agudos ojos como un rayo X que leía en su alma. No
importaba. Mientras fabricaba la historia de su acosador, había cometido errores. Tuvo que dar
marcha atrás. Se contradijo. Y todo mientras Dan escuchaba sin comentarios y asentía como si le
creyera.
Su historia había empañado la tarde, especialmente cuando él dijo que hablaría con la policía y
preguntaría dónde habían ocurrido las persecuciones.
Ella le había rogado que no lo hiciera, asegurándole que la policía nunca había hecho más que
expedir una orden de restricción e ignorando la pregunta sobre dónde había estado.
Él había asentido otra vez, le había dicho que estaba a salvo y sugerido que regresaran al
rancho. Habían montado a Samson, y el viaje hacia el sendero había sido silencioso, no con el
silencio cómodo de amigos o el silencio humeante de la tensión sexual. Este silencio era doloroso,
del tipo que le atascaba los oídos y pesaba en su mente hasta que no podía pensar en nada más.
Debería haberle dicho la verdad. Le diría la verdad. Intentó hablar, pero cada vez que ensayaba
la frase inicial, le daba vergüenza.
Dan, ¿sabes eso que te conté sobre el acosador? Estaba mintiendo.
Dan, hice algo tonto. Presencié un asesinato y huí de la policía porque he estado viviendo bajo
un alias durante tantos años que supe que no me creerían.
Dan, estoy siendo perseguida por una escritora con gran éxito de ventas y la mujer General de
mayor jerarquía en el ejército porque en realidad es cómplice de terroristas.
Pepper no podía decir nada de eso. Aquellas palabras violaban cada código con el que había
vivido durante diecisiete años. Si las decía, estaría depositando su confianza en otro ser humano.
Pero tenía que hablar. Tenía que confiar en él. En la casa, se prometió, cara a cara. Sin
embargo, cuando la casa apareció a la vista, había alguien en el porche. Una mujer, pero no el tipo
de mujer que Pepper podría confundir jamás con la General Napier. Esta mujer era menuda y
rubia, llevaba una blusa azul con una bufanda de estampado búlgaro, que saludó al verlos y luego
empezó a saltar como una niña.
Pepper entrecerró los ojos, intentando ver, intentando controlar sus sentimientos de alivio por
no poder hablar con Dan, al menos no ahora. Tenía otra media hora, o una hora, o tal vez podría
evitar hacer su confesión un día más, ¿y qué diferencia haría eso? Todavía no había habido señales
de peligro.
—¿Quién es? —preguntó. Entonces reconoció a la visita, y palmeó el hombro de él—. Rita.
¡Dan, es Rita!
—Diría que tienes razón. Mi papá no mantuvo la boca cerrada.
Pepper estaría furiosa con Russell más tarde. Ahora mismo la alegría la abrumaba, y saludó y
saltó también.

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—¡Rita! —exclamó—. ¡Hey, Rita!


Antes de que Samson se hubiese detenido frente a la puerta, Pepper bajó.
Rita corrió hacia ella. Pepper vio un breve destello de ojos azul aciano llorosos antes de que Rita
arrojara sus brazos alrededor del cuello de Pepper y la abrazara como si fueran mejores amigas
separadas por mucho tiempo.
Pepper descubrió que abrazaba a Rita con el mismo fervor. Había extrañado el misterioso
conocimiento de Rita de la aplicación de maquillaje, su habilidad para combinar el esmalte de uñas
con su camisa, y la manera en que reía con culpa cuando contaba un chiste verde. Aparte de la
señora Dreiss, Pepper había extrañado a Rita más que a nadie, excepto Dan. Y durante esos años
de exilio, había intentado no pensar nunca en Dan.
Rita seguía siendo Rita; las primeras palabras en salir de su boca fueron:
—Pepper, ¿qué hiciste a tu cabello? Te ves como Heidi en una tormenta de nieve alpina.
Pepper se rió. No pudo evitarlo.
—También te ves bien.
Así era. Claro que Rita se veía bien. Era bonita y alegre, con una sonrisa dispuesta y una tez
como duraznos con crema. Llevaba su largo cabello rubio agarrado con una hebilla, y algunos
mechones se rizaban astutamente alrededor de su rostro. Incluso sus jeans se veían hechos a
medida, y probablemente lo eran, porque en la secundaria había ganado premios por su costura
en la Feria del condado Adams.
Sin embargo, inspeccionándola más de cerca, se veía cansada, y Pepper quiso preguntarle qué
sucedía. Pero una verdadera amiga lo hubiera sabido, y Pepper luchó contra el impulso de
disculparse por haberse marchado tantos años atrás. Había vivido en Diamond sólo once meses;
no era como si hubiese abandonado a su mejor amiga al marcharse. Pero sentía como si lo hubiese
hecho.
Sin una señal de incomodidad, Rita dijo:
—Hola, Dan. Escucha, sé que odias a los invitados, pero tu papá me contó que Pepper estaba
en casa y no pude mantenerme alejada. Hice una tarta de cerezas para disminuir la molestia de
tenerme aquí.
Dan habló con voz lenta y amable.
—Siempre eres bienvenida, Rita, lo sabes.
A Pepper, Rita le confió:
—A veces, cuando tengo que alejarme de mis padres e hijos, me escapo aquí. Pero no puedo
permitir que nadie sepa adónde voy o la máquina de chismes se aceleraría. —Puso los ojos en
blanco—. Puedes imaginártelo.
—Wow, sí que puedo.
Pepper se arriesgó a mirar a Dan. Él las observaba, con el sombrero en la mano, sonriendo. Algo
en Rita siempre provocaba esa respuesta masculina, una especie de diversión indulgente que la
había convertido en la muchacha más popular en la secundaria de Diamond. No era nada raro que
Russell quisiera que se casara con su hijo. Ella era todo lo que Pepper no era: domesticada y local.
Ajena a los pensamientos de Pepper, Rita le palmeó el hombro.

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—Cuando Russell me dijo que Pepper no quería que nadie supiera que había venido a casa, lo
agarré de su escuálido cuello y le informé que si le contaba a otra alma, nunca vería otro plato de
rollos de canela de mi parte. Está matándolo, pero ha mantenido la boca cerrada.
Dan rió entre dientes.
—Nunca subestimes el poder de una diosa doméstica.
Rita siguió parloteando.
—Dan, antes de que lleves a Samson al granero, ¿serías tan amable de traerme tijeras y un
peine? Y una toalla para poner alrededor de los hombros de Pepper. Necesito arreglar este lío que
alguien hizo en su cabello.
—Seguro, Rita.
Subiendo al porche, le besó la mejilla, aceptó un abrazo por la cintura, y entró en la casa.
Mientras la puerta se cerraba detrás de él, Pepper experimentó una punzada de celos y una
oleada de posesividad. Dan era suyo. Claramente no existía nada más que una amistad entre él y
Rita, pero la lógica no tuvo efecto en la oleada de rivalidad que se adueñó de ella. Pepper quería
que el sexo con Dan fuera casual, desenfadado, el tipo de sexo que otras mujeres tenían los
sábados por la noche y olvidaban el lunes por la mañana. En cambio, una consciencia
sobrecalentada le advirtió que Dan estaba cerca...
Y silencioso como un espectro, él regresó. Rita saltó y soltó un grito ahogado.
Pepper no. No necesitaba una conexión sobrenatural con este hombre… pero la tenía.
Con un movimiento de la mano, Rita despidió a Dan.
—Ahora vete. Me distraerás si te quedas, y arreglar este corte de pelo requiere de
concentración.
—Me gusta bastante el cabello de Pepper. —Subió a la montura—. La hace parecer un
duendecillo demente.
—¡Un elogio que cualquier mujer apreciaría! —le gritó Rita mientras él se dirigía al granero. En
un tono normal dijo—: No entiendo cómo un hombre con botas vaqueras puede caminar tan
silenciosamente. Me hace asustar tremendamente cada vez. —Hizo sentar a Pepper, pasó el peine
por su cabello e hizo ruiditos afligidos chasqueando la lengua. Colocando la toalla alrededor de los
hombros de Pepper, hizo el primer corte—. ¿Qué se sabe de su examen físico?
Sobresaltada y saliendo de sus taciturnas reflexiones, Pepper preguntó:
—¿Qué?
—Su examen físico. Todos en Diamond saben que fue al médico ayer. —En un tono pícaro, Rita
dijo—: Apuesto a que fue demasiado modesto como para contarte que casi lo mataron en defensa
de nuestro país... dos veces.
—Sabía que fue herido, pero no conozco los detalles. —Una curiosidad implacable impulsó a
Pepper, cuando prefería ser indiferente—. ¿Qué sucedió?
—Nadie lo sabe, pero su mamá y papá pasaron más o menos un mes en Washington en el
hospital, esperando ver si Dan moriría o viviría. —Rita cortaba y hablaba, cortaba y hablaba—.
Cuando Russell regresó, dijo que el comandante de Dan le había dicho que rara vez tenía el
privilegio de tratar con un hombre de semejante honor, honradez e integridad. Dijo que Dan tenía
una habilidad extraordinaria para descubrir un crimen y una falta de piedad absoluta para ejecutar

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el castigo. —Ante esas palabras, un temblor corrió por la espalda de Pepper—. Lo siento. —Rita
dejó de cortar—. ¿Toqué un punto sensible?
—Sí. Supongo que lo hiciste.
Un punto sensible grande, delicado. Dan sospechaba de Pepper. ¿Por qué no lo haría?
Ella actuaba de manera sospechosa, y él había realizado algún trabajo en el ejército que le
había enseñado a mirar el mundo con los ojos entrecerrados, a buscar problemas en todas partes.
Había crecido de un joven adolescente que se reía de la ley a un hombre que administraba justicia
rápida y brutal. Ahora ella había agravado el asunto mintiéndole… y él también lo sabía.
Estaba metida en tantos problemas. Anoche había tomado todas las experiencias que había
reunido en sus años lejos y las había colocado frente a ella como si fueran un escudo que la
protegiera de las intimidades más profundas con Dan. Él había hecho pedazos el escudo, y ella ni
siquiera podía explicarse a sí misma su propia sumisión inexplicable.
¿Qué tipo de estupidez instintivamente femenina había hecho que se sentara a horcajadas
sobre él? ¿Era simplemente un deseo de complacerlo? Se había aferrado a él como la mujer más
débil del mundo, y sabía la interpretación que él pondría en su entrega... y temía lo que sucedería
a continuación.
Primero él pensaría que había ganado. Luego se preguntaría si realmente la deseaba. Después
empezaría a alejarse de a poco, poniendo excusas para evitarla. O tal vez no se molestaría en
tener tacto. Tal vez se encogería de hombros y se iría.
O quizás no lo haría, y eso la asustaba más que nada.
Quería decirle que no se preocupara por su acosador, que su vida era asunto suyo, pero no
podía imaginar a Dan Graham abandonándola en su necesidad. Si nunca volvían a tener sexo, él la
ayudaría igualmente. Pepper estaba metida en un aprieto creado por ella misma, que se volvía
más profundo y más complicado a cada momento que pasaba.
Las tijeras cortaron otra vez, y Rita dijo:
—De cualquier modo, nunca habla sobre sus exámenes físicos, pero supuse que a ti te lo
contaría.
No se lo había contado. Pepper ni siquiera había pensado en preguntarle.
—No lo sé —masculló.
Rita rió tontamente.
—Ya sé porqué. Apuesto a que apenas han tenido oportunidad de decir una palabra desde que
llegaste a casa. —Inclinándose, Rita susurró al oído de Pepper—. ¿Es tan bueno en la cama como
dicen?
Escandalizada hasta lo más profundo, Pepper exclamó:
—¡Rita!
—Vamos. Soy la única mujer en ciento cincuenta kilómetros con la que nunca se acostó.
Satisface mi curiosidad.
—¡Rita! Nunca decías cosas como esa. —Tardíamente Pepper agregó—: Además, no hemos
pasado cada momento en la cama.
—Qué pena. —Un tono nostálgico apareció en la voz de Rita—. Me gustaría pensar que alguien
está divirtiéndose. Me casé con Brian Domokos. ¿Lo recuerdas?
—Lo recuerdo.

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Brian había sido una pálida imitación de Dan, apuesto, gracioso, un semental, pero sólo en su
propia mente... y en la de Rita.
—Nunca te gustó, ¿cierto? —preguntó Rita. Pepper se encogió de hombros incómodamente—.
Tenías razón. Solía pensar que era un dios griego. Ahora pienso que es sólo un griego condenado.
Me dejó y se fue a seguir su carrera como cantante.
Brian había llevado el cabello como un Elvis menor de edad; tocaba la guitarra y cantaba como
Clint Black con dolor de panza.
Liberada de la necesidad de ser amable, Pepper preguntó sarcásticamente:
—¿Cómo va eso?
—No habla conmigo. Si lo hiciera, le mandaría al sheriff por falta de pago de la pensión
alimentaria. —Rita tenía toda una actitud—. Una vez le pregunté a la señora Dreiss porqué nunca
había vuelto a casarse. Ella dijo: “Sabes cómo son los hombres. No puedes vivir con ellos, no
puedes sostener una almohada sobre sus cabezas el tiempo suficiente para que dejen de
quejarse.” —Pepper se rió. Había oído a la señora Dreiss diciendo lo mismo—. Estaba tan
escandalizada. —Rita se burló de sí misma y su inocencia—. Ahora sé a qué se refería. Mis hijos y
yo estamos viviendo con mis padres. No tengo educación. Ninguna manera de salir de Diamond ni
de mantenerme.
Pepper estaba furiosa con el esposo de Rita y todavía más furiosa con el Destino, que había
jugado tan insensiblemente con ambas.
Pepper había sido perseguida aquí por el asesinato y la decepción, y tenía el peligro en sus
talones. Rita vivía atrapada en un pueblito donde no había hombres buenos que pudieran
rescatarla, y no tenía modo de rescatarse a sí misma. Pepper no sabía a cuál de las dos debía tener
más lástima.
Mientras Rita cortaba el flequillo de Pepper, alcanzó a ver su expresión.
—No hagas eso. No es tan malo. Los niños apenas extrañan a Brian, y si hay algo que aprendí
mientras estuve casada es que no hay nada peor que estar con el tipo equivocado.
—Podría haber algo.
Como estar con un tipo que se sentía tan correcto, en un lugar que se sentía como el hogar.
Rita abrazó los hombros de Pepper.
—Todo se resolverá. Somos mujeres fuertes. Al final, sin importar qué suceda, prevaleceremos.
¿Cómo era ese dicho? Si no pierdes la cabeza cuando todos a tu alrededor están en pánico,
evidentemente no entiendes el problema. Esa era Rita.
Sin embargo, Pepper le ofreció una sonrisa tentativa. No era culpa de Rita ver siempre el lado
bueno de las cosas. Era un defecto de personalidad.
Rita volvió a cortar, hasta que Pepper se preocupó de que no le quedara nada de cabello. En un
tono persuasivo, Rita dijo:
—Cuéntame todo lo que ha pasado desde que te fuiste.
La mente de Pepper saltó al asesinato del pobre Otto Bjerke.
—Eso llevaría mucho tiempo.
—Y nunca te gusta hablar de dónde estuviste.
Rita sonaba herida, como si hubiese confesado sus secretos más profundos y Pepper no le
hubiera correspondido.

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Lo que era cierto.


—Rita… —balbuceó Pepper.
—No, está bien. Entiendo. Con tu pasado, debe ser difícil confiar en alguien. Después de estar
aquí un tiempo tal vez puedas contarme algunas cosas. Nunca he estado fuera del estado, y se
está poniendo pesado aquí. —El toque de travesura regresó a la voz de Rita—. Pero supongo que
volviste por tu fantasía. ¡Finalmente estás viviendo con Dan!
—Estamos viviendo juntos por necesidad. Yo lo necesito para que me ayude hasta que pueda
manejar el rancho y... las cosas. No podemos evitar conocernos mejor. —Pepper estaba orgullosa
de su tono prosaico—. Sé que come demasiado rápido. Él sabe que no lavo los platos hasta el
último segundo. Yo sé que eructa cada vez que toma una gaseosa...
—Sé que tú eructas más fuerte —declaró Dan desde el rincón del porche.
Esta vez Pepper también dio un salto. Así que sí podía acercársele sigilosamente.
Rita rió tontamente.
—Siempre fuiste la mejor eructadora, Pepper. —Sacó la toalla de los hombros de Pepper y
sacudió los mechones de cabello—. ¿Qué piensas del corte, Dan?
¡Como si necesitara invitación para expresar su opinión!
Él caminó por el porche, y esta vez sus botas hicieron un ruido sordo firme sobre las tablas.
Pepper se levantó mientras él se acercaba e intentó mucho sentirse indiferente. Lo miró a la
cara, pero la oscura mirada de él se encontró con la suya y los párpados de ella temblaron,
bajando un velo sobre sus ojos. Sobre su alma. Él estaba inspeccionándola, Pepper sabía que era
así, porque su corazón latía demasiado rápido, su piel se calentaba y deseaba... lo deseaba a él.
—Muy bonito —dijo él, y su voz era profunda y lenta, recordando a Pepper la noche pasada y
todas las cosas que habían hecho juntos mientras la oscuridad los envolvía en secreto y las únicas
promesas hechas eran apasionadas y físicas.
Rita debió haber reconocido el tono, porque dijo “uff”. Y se abanicó las mejillas. Pepper sabía
que nunca podría ser indiferente a él, pero con demasiada claridad recordó las palabras de Rita...
Dan tenía una habilidad extraordinaria para descubrir un crimen y una falta de piedad absoluta
para ejecutar el castigo. Pepper había planeado decirle la verdad sobre la General Napier. Ahora...
tenía miedo.
Otra vez.
Estaba harta de tener miedo. La resolución enderezó su espalda. Cuando Rita se fuera, Pepper
iba a conducir hasta Boise, iría al FBI y haría una denuncia. Tal vez no le creerían. Tal vez
enfrentaría una justicia cruel a sus manos. Podía hacer frente a su incredulidad. Pero no la
incredulidad de Dan, y nunca la justicia de Dan.
Enlazando el brazo con Pepper, Rita dijo:
—Vamos a mostrarte tu cabello.
Dan las siguió por la puerta y dentro de la casa, observando a las dos mujeres con creciente
satisfacción. En un sentido, estaba contento de que su papá hubiese chismorreado sobre ella,
porque la amistad de Rita sería otro lazo para mantenerla aquí. Y mantener a Pepper en el rancho
se había convertido, de algún modo, en una meta suya.
Observó desde la puerta del baño cómo Pepper miraba el espejo y se quedaba boquiabierta. El
corte acentuaba sus grandes ojos avellana y los huesos finos de su rostro. Pepper susurró:

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—Me veo como Audrey Hepburn.


Con satisfacción palpable, Rita dijo:
—Siempre lo he pensado.
Pepper la enfrentó.
—Yo siempre pensé que eras la princesa de cuentos de hadas que viviría feliz para siempre.
—Todavía podría suceder. No estoy muerta aún. —Esa era Rita, sonriendo con coraje de cara al
desastre—. No dejo de decirle a papá que lo único que necesito es el capital para abrir un mercado
de internet para vender mis edredones, y podría tener una ganancia considerable. Pero él no
quiere ayudarme.
Dan retrocedió para dejar salir a las mujeres.
—¿Por qué no?
Rita hizo una cara larga.
—Él piensa que internet nunca durará.
Pepper rió.
—Yo te adelantaré el dinero —ofreció Dan.
Con una arrogancia sorprendente, Rita dijo:
—No estaba dando indirectas.
—No creí que lo hicieras. —Ante el bufido de Rita, Dan explicó—: Mira, nos conocemos desde
que éramos niños. Eres organizada y estás motivada, y yo mantendré la nariz lejos de tu negocio.
Más importante, no sé tú, pero estoy cansado de que nuestros padres quieran juntarnos. Una vez
que tengas suficiente en el banco podrías mudarte. Pero si no quieres mi capital...
Rita casi le saltó encima.
—Lo aceptaré.
—Si todo va bien —dijo Pepper—, voy a vender algunas semillas y plantas únicas. Rita, podrías
hacer un sitio web que venda edredones y flores. Tal vez algunas de las otras mujeres en el pueblo
tienen cosas que podrían vender. Podrías cobrar una comisión.
El interés iluminó el rostro de Rita.
—El sitio web podría ser como una tienda general de campo para mujeres.
Fascinado, Dan preguntó:
—¿Eso funcionaría?
—Seguro. Déjame mostrarte. —En la sala de estar, Rita encendió la televisión—. Si puedo
encontrar el comercial donde venden cosas como esas...
Mientras pasaba los canales, la cara de Oprah llenó la pantalla, y en su tono más afectuoso e
interesado, preguntó a su invitada:
—Con esta contrariedad más reciente, ¿le preocupa que la tragedia la ronde?
Dan nunca apartó la mirada de Pepper, así que lo vio. Ella se sacudió tan fuerte que se veía
como si se hubiese agarrado a una valla eléctrica. Su rostro se puso blanco. Su mirada estaba
clavada la pantalla, y Dan también miró. Reconoció a la mujer.
La General Napier, con sus penetrantes ojos azules y su peinado prolijo. Ella miró hacia la
televisión y respondió:

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—Para nada, porque siempre convierto la desgracia en algo positivo para mí misma y para
alguien más.
Mientras Pepper miraba tan intensamente que sus pupilas oscuras tragaban todo el color en
sus ojos, la General Jennifer Napier parloteaba sobre la muerte de su ayudante y cómo cazaría a su
asesina hasta que la responsable fuera encontrada.
—Tú y O. J. —dijo Rita en un tono indignado—. No me gusta esa mujer.
—¡Espera!
Dan la detuvo antes de que cambiara de canal.
—Lo siento, Dan —dijo Rita—. ¿La conoces del servicio?
Observando a Pepper, respondió distraídamente:
—La conocí una vez, pero yo servía en el campo. No tenía mucho que ver con los generales.
Tenía tanto respeto por los generales como cualquier soldado: eran un mal necesario,
charlatanes pomposos o grandes políticos, y generalmente una combinación de los tres.
Pero era evidente que Pepper conocía a esta general, y no de buen modo. Pepper se aferraba a
cada palabra suya, y cuando la General Napier dijo que el retratista de la policía había dibujado a
la criminal siguiendo la descripción de la General Napier, Pepper dio un grito ahogado tan fuerte
que incluso Rita lo notó.
Rita corrió a su lado.
—¿Pepper? ¿Qué pasa?
En la televisión apareció un boceto de una mujer de cuarenta años con cabello oscuro, ojos
oscuros, nariz larga y un mentón hundido. Dan no la reconoció.
Pero Pepper sí. ¿O no? Rita la forzó a sentarse y Pepper obedeció sin quitar la mirada de la
pantalla, sin parecer estar consciente de Rita, de él o de nada más allá del dibujo. Miraba fijo,
escuchando atentamente mientras la General Napier daba el nombre de la mujer —Jackie
Porter— y alentaba al público a informar sobre cualquier observación. Un temblor la sacudió
cuando la General Napier anunció que, debido a una enorme demanda, había aceptado hacer
firmas de autógrafos extra en los estados del oeste.
Pepper se relajó sólo cuando una botella de lavandina danzante llenó la pantalla.
Dan vio el momento en que ella recordó que había otras dos personas en la habitación. Su
mirada se movió rápidamente, quedó atrapada en la de él, y Dan vio claramente el miedo en sus
ojos... miedo de él.
Pepper preguntó:
—Rita, ¿te escuché decir que no te agrada la General Napier?
—Es fría —afirmó Rita—. Cada vez que la veo, pienso que es la mujer más fría del mundo. ¿Por
qué?
—Yo solía admirarla. Mucho. —Pepper se levantó como si no hubiese pasado nada—. ¿Cuándo
llegan tus niños de la escuela?
Viéndose un poco desconcertada, Rita dijo:
—Shelley llega a casa en una hora.
—Te conozco. La madre perfecta. Probablemente querrás estar allí cuando llegue. —Pepper
empujó a Rita hacia la puerta—. Pero, gracias por venir. He disfrutado muchísimo esto. Y te
extrañé. —Su voz tembló—. Realmente te extrañé. Espero que puedas volver a visitarnos pronto.

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CCAAPPÍÍTTU
ULLO
O 2200

Dan acompañó a Rita a su envejecido Sentra y sostuvo la puerta mientras ella subía.
—¿Te alegra tener a Pepper de vuelta? —preguntó Rita antes de que él pudiera—. Una
pregunta tonta, puedo ver que sí. Pero, ¿vas a quedarte con ella esta vez?
—No intenté espantarla la última vez.
Y no sabía si tendría la oportunidad de quedarse con ella en esta ocasión. El comportamiento
de ella frente a la televisión le había probado algo: podía ser la víctima de un acosador, pero
también era culpable de... algo.
Rita cerró la puerta y bajó la ventanilla.
—Esta vez tienes que darle lo que quiere.
—¿Qué es eso?
—Una razón para no huir.
La mujer lo saludó con la mano mientras se iba, dejando a Dan allí, mirándola y preguntándose
si alguna mujer sabría cómo decir lo que quería decir.
Entonces, con un vistazo a la casa, rodeó un nogal negro y se apoyó contra el tronco ancho,
oculto a la vista. Sacando su transmisor, hizo una llamada y, en cuanto la conexión se abrió, Dan
preguntó:
—Señor, ¿qué sabe sobre la General Jennifer Napier?
Siguió un silencio asombrado, y entonces el Coronel Jaffe dijo:
—¿Escribe libros?
—Parece que Pepper Prescott la conoce o sabe algo sobre ella. Sea lo que sea, no es agradable.
—¿De veras? —El interés se agitó en la voz del Coronel Jaffe—. No he escuchado ningún rumor
sobre... no, espere. El ayudante de la General Napier fue asesinado dos semanas atrás.
—Lo sé. En Washington. Acabo de verla en Oprah.
—Por supuesto. La vio en Oprah. —La voz del Coronel Jaffe era tan seca como un buen
chardonnay—. ¿Cree que Pepper Prescott tiene algo que ver con eso?
—Creo que, al menos, debe haberlo presenciado.
—Bien. Por lo menos ahora sabemos por qué apareció repentinamente en el rancho. —El
coronel hablaba con la satisfacción de un hombre al que le gustaba que sus acertijos se
resolvieran—. Déjeme husmear y veré qué puedo descubrir sobre el crimen y el papel de ella en
eso. Me contactaré con usted lo antes posible.
—¿Y, Coronel?
El Coronel Jaffe sabía qué iba a decir Dan.
—Ninguna señal de Schuster. Cambio y fuera.
—¡Maldición!
Ser un señuelo había sido una gran idea, pero Dan quería terminar con esto. Quería poder
manejar la situación con Pepper con decisión, y no podía hacer eso hasta que la operación
estuviera completa.
Estaba empezando a darse cuenta de que podría llevarle el resto de su vida descubrir qué
necesitaba Pepper para quedarse con él.

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Era un militar. Pero no tenía que serlo. Con sus heridas, podía ser dado de baja a pedido del
Coronel Jaffe. Nunca antes había evaluado el asunto porque no había tenido ningún otro sitio
donde quisiera estar. Ahora... su mirada recorrió el valle y las montañas circundantes. Conocía
estas tierras, adoraba estas tierras, y quería mantenerlas a salvo. Eran lo mejor de Norteamérica,
la parte más grandiosa, más alta, más salvaje del país, un símbolo del pasado y una esperanza para
el futuro. Si Pepper viviera aquí, Dan nunca querría estar en ninguna otra parte.
Pero primero tenía que llevar a Schuster ante la justicia.
Se encaminó de vuelta a la casa, decidido a aclarar una o dos cosas, como porqué Pepper le
había mentido sobre sus razones para venir a Diamond, y porqué no le había contado sobre el
asesinato del ayudante de la General Napier.
No creía ni por un segundo que ella hubiese disparado, entonces, ¿qué estaba ocultando? ¿Por
qué no confiaba en él? Había tantos problemas entre él y Pepper, que apenas sabía por dónde
empezar.
Pepper no estaba en ningún lugar dentro de la casa.
Por un momento, sus entrañas se retorcieron. ¿Había escapado?
Pero no. Él había estado afuera; lo sabría. Mirando alrededor, vio que faltaba el sombrero de
ella y los guantes de jardín. Como un ave buscando sustento, ella había salido al jardín.
Afuera, vio que con el regreso de la calidez primaveral y el calor del sol de la tarde, la última
nieve se había derretido en charcos entre las hileras del jardín. Pepper no estaba allí, pero vio su
perfil borroso en las ventanas empañadas del invernadero.
Ella decía que tenía un acosador, y Dan le creía. Reconocía la amarga vergüenza de una mujer
que se culpaba a medias por su aprieto. Las mujeres tenían una tendencia a creer que tenían la
culpa cuando algún loco se cruzaba en su camino. Pero lo otro que le había dicho —que era un
hombre, un hombre poderoso, a quien había conocido por el trabajo— era todo mentira. Bajo su
interrogatorio, ella se había contradicho, y cuando él se había ofrecido a contactar a las
autoridades, ella se lo había prohibido. Y Dan había visto las marcas en forma de medialuna en su
piel, donde se había clavado las uñas en la palma de las manos.
Entonces Pepper había vuelto a besarlo.
¿Creía que Dan era estúpido? Lo había besado para distraerlo, y había funcionado. ¿Qué
hombre no se distraería cuando la mujer de sus sueños aplastaba sus labios contra los suyos y
realizaba su fantasía a todo color?
Más que eso, ella lo había deseado. Sus ojos se habían encontrado con los de él, y luego se
habían cerrado. Sus labios se habían suavizado contra los de Dan. Sus pezones habían apretado
contra el pecho del hombre, provocándolo, exigiendo atención, y él había escuchado el llamado de
la sirena. Le había tocado los senos, acunándolos en sus palmas. La piel de ella era brillante y
tersa, y la redondez hizo cobrar vida a su rugiente pasión.
¿Estaba protegiendo a alguien?
¿Había matado a alguien?
¿Había presenciado un crimen y temía una acusación?
Abriéndose paso por el sendero embarrado, Dan abrió la puerta y entró en el aire húmedo y
perfumado del invernadero.
—Déjame ayudarte.

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Pepper se dio vuelta de golpe. Él alcanzó a ver unos ojos enormes, llenos de pánico, mientras
ella le arrojaba a la cabeza el desplantador que sostenía. La tierra voló en todas direcciones.
Dan se agachó y dijo:
—¿Qué diablos...?
El desplantador se estrelló contra una hoja de vidrio. Los fragmentos lo golpearon como
metralla. La mano de Pepper voló a su boca en un gesto de consternación. Se quedó mirándolo,
temblando.
Llevándose los dedos a la frente, Dan los apartó cubiertos de sangre. Ella comenzó a moverse
hacia él inmediatamente.
—Lo siento, lo siento. Me asustaste. ¿Estás muy mal herido?
—Estoy bien.
Él secó la sangre que corría por su frente con su pañuelo.
Ella se sacó los guantes. Le puso una mano sobre el brazo.
—¿El vidrio sigue dentro de tu piel?
—Estoy bien —dijo otra vez, tremendamente irritado. Había venido aquí a jugar al salvador
triunfal y había sido herido por una palita de jardín—. He tenido heridas peores.
—Claro que sí. —Pepper le tiró del cuello de la camisa hasta que se agachó hacia ella—. Pero no
te las hice yo. —Suavemente, apretó el pañuelo contra la herida—. ¿Eso duele? ¿Hay vidrios
dentro?
—Está bien. —Dan aprovechó estar al mismo nivel con sus ojos para mirarla a la cara—. Sin
dudas estás nerviosa.
Ella lo soltó. Se apartó. Sus ojos se llenaron de lágrimas y rebeldía.
—No te vi venir. Lo siento.
—Recuérdame no acercarme de sorpresa cuando tengas un arma. Con tu puntería, sería
mortal.
—Vamos. Te pondré una venda.
Dan dejó que le tomara la mano mientras lo guiaba por la alfombra de vidrios rotos y dentro de
la casa, hasta el baño. Bajando la tapa del inodoro, lo hizo sentar. Pepper le quitó el pañuelo y
examinó la herida, y luego soltó un suspiro de alivio.
—Va a estar bien.
—Creo que eso dije.
Dan la observó atentamente, con su ropa de jardinería vieja, suelta y sucia, con un manchón de
tierra en la mejilla, y pensó que nunca había estado tan hermosa como cuando sufría de
preocupación por él. Esta mujer lo enmarañaba en emociones que apenas podía reconocer.
Emociones que iban más allá de la lujuria, más allá de la necesidad. ¿Y qué había más allá de eso?
No lo sabía. Sólo sabía que la deseaba... y ella lo deseaba a él. Pepper no podía ocultarle nada. Sus
grandes ojos avellana mostraban su preocupación por él, y su deseo, y Dan experimentó una
oleada de triunfo que comenzaba en sus entrañas y subía hasta su corazón... No, su corazón no. Su
mente.
Él creía en el instinto visceral. Creía en la lógica y el pensamiento. Pero cuando consideraba los
sentimientos, todo en él se asustaba. Después de lo que había experimentado en los últimos años,

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no le deleitaba la idea de revivir sentimientos... al menos no sentimientos profundos. Al menos no


del tipo que podían dejarlo con cicatrices y angustiado.
Pepper se mordió el labio tembloroso hasta que él no quiso nada tanto como besarla para que
se sintiera mejor. Se acercó a ella. Ella se movió hacia él.
Entonces, como si la hubiesen pinchado con un alfiler, Pepper se apartó de un salto. Con esa
expresión de miedo que él no podía entender, le arrojó la venda y huyó hacia el comedor.
Dan la siguió.
—Tenemos que hablar.
Viéndose como la Pepper joven, casi salvaje, ella se volvió contra él.
—¿Sobre qué? ¿Sobre mi auto calcinado? ¿Sobre mi acosador? ¿Sobre mi familia? ¿No puedes
confiar en que maneje nada? ¿No puedes confiar en que yo sepa lo que necesito?
—¿Escuchaste lo que te dije en el invernadero? —Ante la mirada inexpresiva de ella, repitió—:
Puedo ayudarte. Déjame ayudarte.
—No quiero ayuda. Quiero… —Alejándose de él, ella le espetó las palabras por encima del
hombro—. Quiero la libertad para encontrar mi propio camino en el mundo.
Dios, era terca. Dan la siguió dentro de la cocina y le tomó la mano, dándola vuelta hacia él a
medias.
—Por lo que puedo ver, tu libertad va a conseguir que te maten. —La mirada de ella se apartó
de él—. Y lo único que tienes es a mí.
Arrancando la mano de la suya, Pepper declaró:
—No, no te tengo. ¡No eres mío!
Tenía razón. No era de ella. Cuando estaba con Pepper, él se deleitaba en el dulce esplendor de
hacer el amor… y recordaba el dolor de su separación.
—Entonces, ¿en quién te apoyarás? No tienes una familia para ayudarte.
Ella dio unos pasos más lejos.
Y como Dan no sabía si confiaba en ella, esta mujer con rostro culpable y ojos solitarios, rehuyó
los temas íntimos y se concentró en la familia de ella.
—Podrías encontrar a tu hermano y hermanas si buscaras en internet.
Yendo hacia el fregadero, ella se echó agua en la cara.
—¿Por qué lo haría?
—Curiosidad, aunque más no sea. ¿No quieres saber si tus hermanas y hermano están ahí
afuera, en algún lugar, buscándote?
—No lo están —dijo Pepper beligerante.
—Si yo tuviera hermanos, querría tenerlos cerca. —Dan se acercó, atrapándola contra la
mesada—. Los tuyos no eran muy grandes cuando los separaron.
—La bebé no. Por supuesto, nunca he esperado que Caitlin me buscara. Tenía sólo nueve
meses cuando se la llevaron. —La voz de Pepper contenía una gran cantidad de dolor—. Pero los
otros dos eran mayores que yo. Podrían haber buscado.
Dan insistió:
—¿Cómo sabes que no lo hicieron?
Tomando una servilleta de papel, ella se limpió la mancha de tierra de la mejilla.

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—Si hubiesen estado buscándome, ya me habrían encontrado.


—Eso no tiene sentido. Yo no pude encontrarte.
—Porque después de que dejé Diamond no quería que me encontraran.
Pepper miró alrededor como si buscara una escapatoria y la encontró en un asiento frente a la
mesa. Retorció la servilleta de papel en sus manos, haciéndola pedazos en su angustia.
—Pero antes de venir aquí por primera vez, estaba asustada y sola. Viví en hogares adoptivos
de porquería e hice locuras, pensando que algo llamaría su atención. —Se encogió de hombros
como si no le importara, cuando claramente sí lo hacía—. No lo notaron. No estaban buscando. No
quieren que los encuentre.
—Pero si no estás buscando activamente, definitivamente no encontrarás ningún mensaje que
pudieran dejarte en internet.
Quitándole la servilleta, Dan la arrojó a la basura. Cuando era joven, apenas había entendido
porqué ella había sido reacia a buscar a su familia. Incluso separados, su papá y mamá habían
hecho todo lo que podían para rodearlo de una familia amorosa. Sin embargo, ahora él había
estado afuera, en el mundo. Había visto lo peor de los seres humanos, y sabía que los mismos
sistemas que se suponía que te hicieran fuerte a veces fracasaban gravemente.
—¿Tu familia no era una familia feliz?
—Parecía feliz en aquel momento. Supongo que estaba equivocada, y te diré algo: no voy a
añorarlos y suspirar por ellos cuando no les importa si estoy viva o muerta. —Cuando Pepper se
puso de pie, la silla salió disparada hacia atrás, raspando el linóleo—. Ahora he terminado de
hablar del tema.
—Yo no.
Ella lo ridiculizó con una media sonrisa y los dientes fuertemente apretados.
—Claro que no. No has cambiado ni un poquito. Cuando tenías dieciocho años, estabas seguro
de que siempre tenías razón, convencido de que siempre sabías qué había que hacer. Seguro,
fuiste conmigo a robar cerveza, pero tú eras un Graham. Tu primo era el sheriff. Sabías que no iba
a pasarte nada malo.
Ella levantó un hombro. Su pose era un eco de la vieja rebeldía de Pepper, y al mismo tiempo,
sus manos temblaban. ¿De furia? Dan no lo creía, porque todavía lo miraba como si le tuviera
miedo. Habló más y más rápido.
—Me dices que tengo que buscar a mi familia, porque estás tan seguro de que tienes razón y yo
estoy equivocada. Déjame decirte, señor, que me gusta no tener la carga de una familia. No quiero
saber si están vivos en algún lugar del mundo.
Con lógica perfecta, Dan dijo:
—Eras una niña cuando los perdiste. ¿Has contemplado que lo que recuerdas no es del modo
en que sucedió?
Pepper se paró con los brazos rectos a los costados de cuerpo y los puños apretados.
—Recuerdo esa noche que mis padres murieron. Hope me consoló. Dijo: “Cuidaré de ti. Confía
en mí. Somos una familia. Me aseguraré de que estemos juntos. Cuidaré de ti. Confía en mí”.
Entonces, cuando me llevaron, me dijo que fuera una niña buena y que me encontraría pronto. Lo
prometió. Yo le creí. Le creí hasta que tenía trece años y una de mis madres sustitutas me dijo la
verdad. Nadie quiere a una niña que llora por las noches y hace berrinches todo el día. Hope
estaba feliz de deshacerse de mí.

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Incrédulo, él le preguntó:
—¿Le creíste a una arpía madre sustituta?
—Ella no era tan mala. Nunca me golpeó, y me daba tres buenas comidas por día. —Pepper
logró hacer una sonrisa—. Simplemente tenía cinco hijos propios y quería que dejara de quejarme.
Lo hice.
—Pero…
—Déjalo. —Se alejó, hacia el comedor—. Simplemente déjalo.
Dan no podía. La siguió.
—¿Qué si toda tu angustia es por nada? ¿Qué si tu familia está muerta?
—No seas estúpido —le espetó, buscando pelea—. Están bien.
—Las cosas pasan. Los accidentes pasan. —Caminó hacia ella, usando todas sus habilidades
persuasivas para convencerla—. Hay ladrones y matones en todo el mundo. No te das cuenta…
La sangre desapareció del rostro de ella.
—¿Qué si yo muero?
Parecía considerar su muerte como una amenaza muy real. Y con eso, regresaron al peligro que
la rondaba.
—No morirás —le aseguró Dan.
Ella volvió sus ojos duros hacia él, pero no parecía verlo.
—No puedes saberlo.
Cuando él le tomó la mano, sus dedos helados quedaron flojos en su mano.
—Te mantendré a salvo. Juro que te mantendré a salvo.
—Tengo que pensar. —Pepper respiraba rápida y superficialmente. Entró en el comedor, hacia
la computadora que había sobre la mesa—. Necesito escribir una carta. Un par de cartas. Una a
Hope. Necesito decirle que está bien, que todas esas cosas que le grité cuando me llevaron... no
eran ciertas. Una a Gabriel, siempre fue bueno conmigo. —Golpeteando los dedos contra el
teclado, miró fijo el monitor en apagado—. Me pregunto si podría encontrarlos...
—Te ayudaré a buscar. Nos meteremos en algunos de los sitios de búsqueda...
Ella lo agarró del brazo. Sus ojos echaban rayos.
—¡No! No te metas en la computadora. No empieces a buscar a mi familia. Ahora no. —Dan se
quitó los dedos de ella del brazo—. Por favor. Ahora no. No necesito las direcciones ahora mismo.
De cualquier modo, tengo que pensar qué decir. Y no quiero que…
—Nadie sepa que estás aquí —terminó Dan por ella—. Eso has dicho. Ahora ibas a decirme
porqué viniste aquí.
—No hay una razón misteriosa. Vine aquí en mi tiempo sabático, a visitar a la señora Dreiss y
ver el rancho. Me iré de aquí siendo una mujer rica. Mientras tanto, bien podría…
—¿Mentirme?
Esa furia inesperada surgió dentro de él. Ella siempre la provocaba con su desconfianza, y
ahora… ahora era peor. Más poderosa. Más personal.
—Estás nerviosa como un ratón en un porche lleno de trampas.
—¡No!

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—Empujaste tu auto fuera del camino. Me arrojaste tu desplantador. Me dijiste que tenías un
acosador, ¿recuerdas?
Pepper abandonó la fachada despreocupada.
—No confías en mí y yo no confío en ti, ¿recuerdas?
Su violento rechazo lo dejó atónito. Cierto, estaba esperando el informe del Coronel Jaffe antes
de poder confiar en ella, pero las mujeres deberían ser más suaves, más dulces, más confiadas.
—¿Entonces no resolvimos nada anoche?
—Nos sacamos las ganas que ambos habíamos estado sufriendo por mucho tiempo.
La muy brujita. ¿Cómo se atrevía a hacer una interpretación tan desagradable de la que había
sido la mejor noche de su vida?
—No las sacamos muy bien, porque todavía estoy sufriendo.
Abalanzándose sobre ella, la envolvió en sus brazos. Pepper se apartó de él tan frenéticamente
como si le temiera.
—¡No!
A Dan le hizo falta toda su disciplina para no volver a agarrarla bruscamente.
—No te entiendo en absoluto.
—Yo tampoco te entiendo. —Ella movía los brazos como un molino enloquecido—. Primero
estás furioso conmigo por mi familia y por… por todo. Después quieres tener sexo conmigo.
—Quiero hacer el amor contigo todo el tiempo. Las otras emociones existen por separado de
eso.
Para él tenía perfecto sentido. ¿Qué tan difícil podía ser comprender eso?
—Mira, sé que podrías seducirme. —Claro que sí—. Pero dijiste que no era eso lo que querías.
—¿Lo dije?
¿Acaso Dan había perdido la cabeza?
—Anoche querías que yo te sedujera.
—Eso fue anoche.
Y seducir no era la palabra que había usado.
—Tenemos que dar un paso atrás de nuestra obsesión mutua hasta que podamos decir
sinceramente que confiamos en el otro. No podemos seguir teniendo sexo...
El humor a fuego lento de Dan hirvió. Acercándose, se impuso deliberadamente sobre ella.
—Hicimos el amor. No tuvimos sexo. Hicimos el amor.
Antes de poder agarrarla y mostrarle exactamente qué quería decir, Dan se alejó rápidamente
de ella. Pero se detuvo en la puerta, miró el rostro mortificado de Pepper y dijo:
—Repetidamente.
Salió a zancadas por la puerta hacia el porche. En su bolsillo, sintió la vibración que indicaba un
mensaje entrante del Coronel Jaffe, una vibración que rápidamente se convirtió en un pitido.
El alivio inundó a Dan. Al fin. Al fin. Tenía que ser esto. El final de la operación… o información
sobre Pepper. La situación se había vuelto intolerable. Algo tenía que romperse. Colocó el
auricular en su oreja.
Y sin preliminares, el Coronel Jaffe dijo:

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—Schuster está en el país.


Esto era todo. Dan se alejó de la casa.
—¿Dónde está?
—En Utah.
—Me desharé de Pepper de inmediato.
—¡No! —La frustración del Coronel Jaffe se hizo sentir en el oído de Dan—. Nadie se mueve.
Dan se detuvo.
—¿Qué quiere decir? Los hombres de Schuster estaban esperándolo.
—Aparentemente no. —El Coronel Jaffe repitió—: Nadie se mueve.
Dan quería arrojar algo.
—¿Qué están esperando?
—No lo sé, pero la explicación lógica es que sospechan de una trampa, y si alguien está
vigilando sus movimientos, no puede deshacerse de la mujer ahora. Eso les indicará que sabemos.
Dan deseaba tanto esta venganza que podía saborearla, y sería retrasada... otra vez. Ahora
Pepper estaba en el camino.
—No importa. Ella no puede quedarse. No puedo perder a otro civil.
—¿Quiere arruinar el plan? ¡No lo creo, Teniente! Tenemos demasiado invertido en esto, y
estamos a las puertas del éxito. Schuster caerá. Pepper se queda.
Dan oyó el eco de su propia resolución en la voz del Coronel Jaffe.
Pero las cosas habían cambiado. Schuster, el bastardo más despiadado, sanguinario en el
mundo entero, esperaba a pocas horas del rancho. Quería matar a Dan, y no le importaría quién
se metía en su camino.
—Es un truco —dijo Dan.
—Eso es posible, pero correremos el riesgo. —La voz del Coronel Jaffe cambió a un tono más
amable—. Mire, sé que teme por ella por lo que le sucedió la última vez, pero Pepper Prescott no
es ninguna niña. Tal vez no sea cómplice de los terroristas, pero probablemente sea culpable de
algo.
Dan recordó el comportamiento de ella y no pudo discutir ese punto.
—¿Qué descubrió sobre Pepper y la General Napier?
—Todavía nada. Mi consulta está toda enmarañada en algún terreno de estúpida mierda
burocrática con el oficial al mando de Napier. Pero, ¿qué descubriremos que me haga cambiar de
opinión? Pepper se queda —dijo el Coronel Jaffe irrevocablemente.
Dan no iba a ganar, pero podía negociar.
—Muy bien, pero si va a quedarse aquí, Sonny tiene que cuidarla.
—Él tiene que cuidarlo a usted.
—¿Qué si ella es inocente? ¿Qué si es simplemente una civil? —Deliberadamente, Dan soltó la
información que protegería a Pepper... y metería su propio trasero en problemas—. ¿Qué si le
dijera que ella es la dueña perdida de esta propiedad y que vino a casa a reclamarla?
—¡Maldición, Teniente! ¿Eso es verdad?
—Sí, señor, así es. Si es asesinada en combate, sabe que se desatará un infierno.

Traducido y corregido por ALENA JADEN Página 140


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El Coronel Jaffe maldijo ferozmente. Dan supo que había ganado.


Mordiendo las palabras, el Coronel Jaffe dijo:
—Diga a Sonny que es el guardaespaldas de ella. Le diré a Wagner y Yarnell que patrullen la
ruta hacia el rancho. Pero usted cuidará su propia espalda, Teniente, o por Dios, sabré por qué.
—No van a matarme. —No ahora—. ¿Me hará saber en cuanto suceda algo? ¿Cualquier cosa?
—Inmediatamente.
La línea murió.
Dan guardó el micrófono y el auricular. Estaba empezando a pensar que no importaba por qué
Pepper estaba aquí, sólo que estaba y él tenía una segunda oportunidad. Una oportunidad de
salvarla. Una oportunidad de demostrar que sí sabía qué le convenía. Una oportunidad de
conquistarla, de quedarse con ella... de darle una razón para no huir.
Siguió con su caminata por la parte trasera de la casa. Caminó con pesadez por el porche. No
quería dar otra razón a Pepper para arrojarle algo.
Cuando entró nuevamente en la cocina, ella seguía allí de pie, rodeándose la cintura con los
brazos y el mentón elevado desafiante contra el mundo. Pero cuando vio a Dan, la rebeldía se
tambaleó, se le llenaron los ojos de lágrimas y fue hacia los brazos de él. Lo abrazó tan fuerte
como podía.
—Regresaste.
—No voy a dejarte.
—Lo sé, y yo… —¿Te amo por eso? Pero no lo dijo—. Quiero algunas respuestas. Desearía que
la señora Dreiss estuviera aquí. Ella solía ver las cosas con tanta claridad. Siempre me daba buenos
consejos, e incluso si yo no los seguía, siempre recordé lo que ella decía. —Con una honestidad
que desgarró el corazón de Dan, Pepper dijo—: Estoy confundida. No sé en quién confiar.
Confía en mí. Pero su confianza no valía nada si ella no la daba por su cuenta.
El tiempo pasaba. Schuster estaba esperando algo que ellos no comprendían. Dan estaba
atrapado en el rancho con una mujer que quería, necesitaba mantener a salvo. Pero ella no
recurría a él sino a la señora Dreiss, la mujer que la había acogido tantos años atrás.
Suponía que era justo.
—Ven conmigo.
Yendo a la pared de armarios en el comedor, se estiró hasta el estante superior y sacó una caja
de cartón, larga y estrecha, decorada con flores. La puso sobre la larga mesa del comedor.
—Toma.
Ella se acercó a la caja con cautela. Levantó la tapa y él supo lo que veía. Una hilera de cartas,
con separadores ubicados cada tanto entre ellas. El primer separador estaba marcado con la letra
de la señora Dreiss y dirigido a Pepper, nueve años atrás. Ella ojeó los separadores. Vio los
contenidos.
Cartas escritas en la caligrafía enmarañada de la señora Dreiss, todas dirigidas a ella. Algunas
habían sido devueltas al remitente. La mayoría nunca habían sido despachadas. Pero estaban
escritas, selladas, con estampillas, estaban listas para ir con ella cuando fuera que la señora Dreiss
descubriera dónde vivía Pepper. La señora Dreiss le había escrito al menos una carta por mes.
Había más de cien cartas allí, y eran todas para Pepper.

Traducido y corregido por ALENA JADEN Página 141


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Como si la fuerza la hubiese abandonado, Pepper se sentó pesadamente sobre una silla. Miró a
Dan con impotencia.
—Dijiste que querías respuestas. —Señaló la caja—. Ve si puedes encontrarlas ahí.

Traducido y corregido por ALENA JADEN Página 142


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CCAAPPÍÍTTU
ULLO
O 2211

Boston, Massachusetts.

—Hope solía ser tan dulce. —Gabriel salió con Zack del avión de la empresa, luego del
Aeropuerto Logan y hacia el estacionamiento donde esperaba la larga limusina—. Nunca imaginé
que el embarazo convertía a las mujeres en lobos depredadores que te arrancan el corazón
mientras te miran.
—Estás exagerando.
Zack deseaba poder hablar con convicción. A medida que progresaba su embarazo, Hope se
volvía más y más salvaje. Él, Gabriel y el asesor legal de la Corporación Givens, Jason Urbano,
habían viajado a Washington, D.C. Habían estado allí once horas, buscando a Pepper. A esta altura
Zack imaginaba que Hope estaría absolutamente homicida por la expectativa.
Gabriel hizo una mueca.
—Amo a mi hermana, pero espero que tenga este bebé antes de que nos ate y comience a
buscar a Pepper por su cuenta.
Eso era exactamente lo que temía el propio Zack. Más de una vez había despertado por la
noche y había chequeado para asegurarse de que su esposa no había tomado el avión de la
empresa y se había ido sin él a buscar a su hermana.
Gabriel dio una palmada a Zack en el hombro.
—¿Mencioné que estoy realmente contento de que tú tengas que tratar con ella?
—Viajarás a casa conmigo y ayudarás a dar el informe —respondió Zack.
—Tomaré un taxi.
—Y una mierda.
El tono de Zack era grave y amenazador, pero bromeaba sólo a medias.
Los dos hombres se acercaron cautelosamente a la limusina negra estacionada en el cordón de
la acera. Coldfell, la chofer de Zack, estaba firme al lado de la puerta trasera abierta, y ante la
mirada interrogativa de Zack, movió los dedos en el gesto universal de “ni tan bien, ni tan mal”.
Gabriel suspiró.
Pero Zack experimentó un salto alegre en el corazón. Odiaba estar lejos de Hope,
especialmente ahora que el cuerpo de ella florecía con su bebé. Sin importar lo difícil que ella
pudiera ser, para él verla siempre reafirmaba su amor.
Subió a la limusina, fresca después del calor extemporáneo de un día de verano en Boston. Las
ventanillas estaban polarizadas, la tapicería era negra, el interior apestaba a dinero; Zack estaba
feliz de que su fortuna pudiera hacer sentir cómoda a Hope.
Ella estaba esperando, con los dedos golpeteando su vientre hinchado, y la mirada que le
ofreció era exigente como mínimo.
Él se deslizó por el asiento de cuero. Pasando el brazo alrededor de su esposa, le puso un dedo
sobre los labios.
—Antes de decir una palabra sobre el encuentro con la General Napier, primero quiero saber,
¿cómo estás?

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—Embarazada. —Los ojos azules de ella brillaban con impaciencia—. ¿Qué dijo la general?
¿Puede ayudarnos?
Gabriel entró y se sentó frente a ellos.
—Más información —la presionó Zack—. ¿Estás embarazada y todavía no tienes contracciones?
¿Estás embarazada y el doctor dijo...?
—Que estoy dilatada dos centímetros y que pueden faltar dos semanas más. ¿Está bien? ¿Eso
es suficiente información? ¿Ahora puedo saber sobre mi hermana?
Poniendo el auto en marcha, Coldfell se alejó de la acera del aeropuerto, pero la ventanilla
entre el asiento del conductor y el asiento trasero permaneció abierta. Estaba escuchando
francamente. Todos los criados Givens sabían lo desesperadamente que estaba buscando a
Pepper la familia, y a su modo, estaban todos involucrados.
Eso era lo que Hope había hecho por Zack. Había tomado a un hombre apartado de la sociedad
y lo había metido en una familia humana. Así que él haría todo para ayudarla a reunirse con su
familia. Ofreció su informe con precisión.
—Nos encontramos con la General Napier en la casa de Pepper. La general estaba esperando
en una limusina oficial, y cuando fuimos al apartamento de Pepper, la puerta estaba abierta. El
apartamento había sido saqueado.
Hope respiró temblorosamente.
—Quedamos bastante conmocionados. —Zack nunca había esperado ver semejante
destrucción sistemática en el apartamento de Pepper. Era casi como si quien lo hubiese registrado
albergara una malicia personal hacia Pepper—. Quien quiera que haya sido fue minucioso y
buscaba algo bastante específico.
—¿Como la identidad o ubicación de Pepper? —adivinó Hope—. ¿Creen que encontraron algo?
—No lo sé. —Zack intercambió una mirada con Gabriel—. No encontramos nada, y buscamos.
—¿La General Napier los ayudó? —preguntó Hope.
—No, dijo que no quería interferir con una escena de crimen. —El labio de Gabriel se frunció
ante semejante exceso de aprensión—. Pero prometió que usaría sus considerables recursos para
encontrar a Pepper antes que el verdadero asesino.
La sagaz mirada de Hope se entrecerró.
—Pepper es buscada para interrogación sobre el asesinato del ayudante de la General Napier,
¿verdad?
—No realmente. —Mientras el auto aceleraba a través del tráfico de Boston, Gabriel se inclinó
hacia delante, con los codos sobre las rodillas—. Hablamos con la policía. Se refieren a Pepper
como una “persona de interés”. Quieren interrogar a Pepper, o Jackie Porter, como la llaman, pero
parece haber dudas de que ella realmente apretara el gatillo. Saben que ella estuvo allí, y la
General Napier parece convencida de que si la encuentran, será acusada.
Hope se estremeció.
—¿Por qué?
—Dijo que la policía no había hecho adelantos en el caso, que probablemente no podrían
encontrar al verdadero asesino, pero que Pepper, o más bien Jackie Porter, había sido vista
huyendo de la escena. Ella dejó caer el libro de la general, el que la General Napier le había
autografiado, y eso la convirtió en la principal sospechosa del asesinato. —Gabriel se reclinó sobre

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el asiento—. La General Napier dijo que a la policía le gusta hacer arrestos y condenas, y que
estaba segura de que arrestarían a Pepper porque ella había actuado mal y huido como si fuera
culpable.
Zack observó a Hope mientras ella absorbía la información. Su inteligencia lo había
impresionado casi desde su primera conversación. En realidad, había sido su voz lo que lo había
impresionado primero, llamándolo como una sirena.
Lo siguiente había sido su capacidad para preocuparse por todos a quienes conocía. Pero
mientras la había visto trabajar para obtener su diploma universitario en las circunstancias más
duras, había llegado a admirarla como nunca había admirado a ninguna otra mujer.
Ahora ella sabía lo que estaban diciendo pero todavía no quería creerlo. Con impaciencia
entrecortada, preguntó:
—¿Quién cree la General Napier que mató a su ayudante?
—Dijo que no lo sabía —le dijo Zack—. Dijo que ella estaba en una firma de autógrafos. Ella y su
ayudante bajaron a la cochera. Ella se dio cuenta de que había dejado algunos papeles y volvió a
subir al ascensor mientras él iba a buscar el auto. Cuando regresó, él estaba muerto y una mujer
huyendo. Le dijo a la policía que pensaba que su ayudante había interrumpido un robo y que le
habían disparado.
Hope miró a uno y otro.
—¿Qué piensan ustedes?
—Si no estaba allí, ¿por qué está tan segura de que Pepper no es culpable? —preguntó Gabriel.
Zack respondió:
—Dijo que en la firma de autógrafos habló con Pepper un largo rato, y Pepper la impresionó
como que estaba reformada.
—¿Reformada de qué? —dijo Hope con brusquedad.
—Según la general, Pepper tiene antecedentes penales.
Gabriel miraba a Hope con un afecto arraigado en su pasado mutuo. Hope se estaba poniendo
más y más irritada.
—Si Pepper tenía antecedentes penales, ¿por qué la policía no levantó sus huellas digitales del
libro y las comparó con otras oficinas de orden público?
Gabriel asintió.
—Eso es un problema, ¿cierto?
—Los generales envían a sus ayudantes a hacer todo —le dijo Zack—. ¿Por qué la propia
General Napier fue al apartamento de Pepper? Si fue tan aprensiva a echar una mirada al
apartamento de Pepper, ¿por qué no llamó a la policía y denunció el crimen?
Con perspicacia, Hope preguntó:
—Cuando olvidó esos papeles, ¿por qué no envió a su ayudante a buscarlos?
Zack y Gabriel intercambiaron miradas y asintieron. No habían pensado en eso. Hope miraba de
uno a otro.
—Ustedes dos no confían en la General Napier. Creen que es culpable de algo. Creen… creen
que ella mató a su ayudante. —Hope respiró hondo mientras la plena comprensión de esa
calamidad la inundaba—. ¿Qué le contaron sobre Pepper?
Zack y Gabriel intercambiaron miradas apesadumbradas. Zack dijo:

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—Al principio estábamos tan agradecidos de que una general de renombre estuviera
ayudándonos que no nos dimos cuenta de que había falta de coherencia en la historia de la
General Napier.
Gabriel admitió:
—Le dijimos el verdadero nombre de Pepper.
—Santo cielo. —Hope agarró una botella de agua—. Con eso y la influencia del gobierno, puede
obligar a cada estado a abrir sus listas de niños de acogida y descubrir dónde ha estado Pepper.
Coldfell aceleró la limusina.
Zack asintió adustamente.
—Dejamos a Jason en Washington hablando con la policía. Llamé a Griswald desde el
Aeropuerto Dulles y le dije que tenemos que encontrar a Pepper de inmediato, o no la
encontraremos con vida.

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CCAAPPÍÍTTU
ULLO
O 2222

El cementerio Dreiss ocupaba una ladera soleada donde la hierba se ponía verde a comienzos
de la primavera y permanecía así durante el calor de verano. Manzanos silvestres daban sombra a
las lápidas desmoronadas. Esta lápida era nueva y grabada marcadamente. Patricia Lois Dreiss.
La noche pasada Pepper había leído todas las cartas de la señora Dreiss, excepto una. Ahora se
enrolló las mangas, ignoró la fría humedad que se filtraba por las rodillas de sus jeans, y cultivó la
tierra alrededor de la tumba, plantando flores que se abrirían todo el verano. Pepper sabía que de
algún modo la señora Dreiss disfrutaría de la fragancia de las abundantes rosas tradicionales y el
brillante anaranjado y amarillo de las caléndulas.
Lamentablemente, la mente de Pepper no estaba puesta sólo en la luz del sol o el modo en que
sentía la tierra entre sus dedos. Una sensación madura de placer llenaba su cuerpo, y una
beligerante sensación de pánico llenaba su mente. Había dicho, a Dan y a sí misma, que habían
tenido sexo. Era un buen término, no eufemístico como acostarse, sino un término sólido,
moderno, que expresaba lo que había ocurrido realmente entre ellos.
Pero Dan había usado una expresión totalmente diferente. Hacer el amor. Hicimos el amor.
Pepper se estremeció. Miró atentamente las plantas mientras movía algunas por vez dentro de
la tierra. ¿Cómo podía decirle eso? Insinuaba que durante su unión, habían intercambiado amor.
¿Él la amaba?
No. No, no la amaba. Era como el resto de las personas en su vida, las que amaba, las que
decían que la amaban, en las que confiaba. La última lección seguía demasiado clara en su mente.
Había confiado en una escritora, una general, alguien a quien toda Norteamérica admiraba, y
ahora Pepper estaba siendo perseguida debido a su propia y débil necesidad de depender de la
integridad de una persona.
Mientras estaba con Dan, casi había olvidado el peligro que la rondaba. Casi. Pero siempre, en
la periferia de su mente, estaba atenta a un paso detrás suyo y el estallido de un disparo.
Habló a la lápida sabiendo que en algún lugar la señora Dreiss estaba escuchando.
—Gracias por las cartas. Me encantaron. Gracias por tener fe en que regresaría. Desearía haber
estado aquí para usted, pero tiene razón. No hay modo de volver el tiempo atrás, y no sucumbiré a
los arrepentimientos. Anoche Dan no dejaba de entrar en el comedor, decía que era para ver qué
estaba haciendo yo. Personalmente creo que iba para asegurarse de que no estaba llorando, y tal
vez para ver si le prepararía la cena. —Colocó la última planta en la tierra—. No lo hice. Y los
sándwiches de atún estaban bastante buenos.
Quitándose los guantes de jardinería, se sentó; se apoyó contra la lápida, calentada por la luz
del sol, y miró hacia el valle. Desde aquí podía ver el ganado salpicando las pasturas muy lejos,
cerca del recodo del valle y, a un paso, a un vaquero cabalgando por el camino. Podía ver la casa y
la figura de Dan mientras él se dirigía al granero. Podía ver a Samson en su pastura. Pero no podía
oír más que la brisa entre las hojas incipientes, y con el silencio le llegó una paz que no había
experimentado desde... desde no sabía cuándo. Seguro que no desde que había dejado caer esos
libros en la cochera.
Sacando la carta de su bolsillo, miró el sobre arrugado. La señora Dreiss había dicho que leyera
esta carta por último, pero parecía ser la más vieja del montón. Cuando Pepper la abrió, vio
porqué.

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Una multitud de tintas de colores diferentes rayaban las páginas, y la letra se volvía cada vez
más temblorosa. La señora Dreiss había escrito esta carta en diferentes momentos durante los
últimos nueve años.
Querida Pepper, voy a comenzar esta carta y poner las cosas realmente importantes en ella, y
agregar otras a medida que pienso en ellas. Contendrá toda mi sabiduría. No te preocupes, no
llevará mucho.
Pepper sonrió.
Primero, espero que no hayas huido porque temiste haberme decepcionado. Al final, un día de
faltar a la escuela, una caja de cerveza robada —¿cómo se había enterado de eso la señora
Dreiss?— y un revolcón con Dan Graham no son actos tan graves. Desilusioné a mucha gente en mi
vida, incluyendo a mi querida madre cuando me casé con el señor Dreiss, pero hice mis elecciones.
Tú hiciste las tuyas. Estemos contentas con ellas. Recuerda, cultivar flores y hacer las mejores
galletas en el condado no son logros pequeños.
En voz alta, Pepper respondió:
—¿Qué tal si ayudo a abrir un sitio de internet que venda los edredones de Rita y nuestras
plantas? Podemos convertirlo en un éxito, y durante los años malos en el rancho, necesitaré el
ingreso extra.
La tinta celeste cambiaba a negra:
Si no lo has hecho todavía, ve a buscar a tu familia. Has pasado tu vida sintiéndote herida
porque los necesitas y ellos no vinieron a buscarte. ¿Nunca has pensado que ellos podrían
necesitarte a ti?
—Escribiré las cartas esta noche —masculló Pepper.
Ya había redactado la de Hope. Pero, ¿por qué estaban todos fastidiándola sobre su familia?
Diciendo cosas como “ellos te necesitan” y “¿qué si están enfermos?”
Y recordando a Pepper que podía morir antes de tomarse el tiempo para descubrir dónde
estaban y qué les había sucedido. Según la señora Dreiss y Dan, sus rencores no valían mucho
cuando se enfrentaba a lo más desconocido. Peor, Pepper sabía que tenían razón.
La última entrada estaba escrita en rojo:
El doctor en Boise dijo que si no me opero, tendré un ataque al corazón y moriré. Si me opero,
tendré que hacerlo en el Hospital St. Luke, luego ir a una casa de reposo, después hacer que una
enfermera venga al rancho conmigo... si es que logro venir a casa. No confío en que los doctores
valgan nada, y seguro que no confío en que la gente piense que para una anciana sea importante
morir en su propia cama.
Así que no lo haré, y no le contaré a nadie lo que él dijo. No tengo miedo, y morir rápido de un
ataque al corazón es mejor que irme despacio.
Pepper secó una lágrima de su mejilla. Sabía que la señora Dreiss hablaba en serio. Pero qué
elección dura y fría para tomar, vivir más tiempo y quizás infelizmente, o morir pronto y de
repente en el lugar que amaba.
¡Deja de sentirte culpable!
Pepper dio un salto al ver que la señora Dreiss se había dado cuenta de lo que ella sentiría.
Volveremos a vernos, sé que así será, y he disfrutado de las cartas y las semillas que enviaste.

Traducido y corregido por ALENA JADEN Página 148


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La señora Dreiss hubiese apreciado la ironía de que era un regalo para ella, un libro comprado
por Pepper para ser autografiado por la General Napier y caído con los libros firmados en la
cochera, lo que había hecho que Pepper huyera al rancho. Huyera a casa.
Mucho tiempo atrás me preguntaba quién heredaría esta tierra cuando yo muriera. Cuando
entraste en mi vida, supe que te la daría a ti, porque la amas como yo. Sé que hay gente en
Diamond (específicamente ese viejo chocho Russell Graham) que pensará que saldrá a la venta. Me
harás un favor enorme si te quedas y te conviertes en una espina en su costado.
¿Y tal vez una espina en el costado de Dan también? Ese muchacho vino a casa del ejército, y
está furioso. Está herido, y más en su alma que en su cuerpo. Ayúdalo. Tú eres quien él necesita.
Eres quien siempre ha necesitado.
Pepper dejó caer las manos sobre el regazo. La carta hizo un ruido estrujado que era un eco de
parte de la desesperación de Pepper.
—Pero, señora Dreiss, estoy metida en semejantes problemas. Tengo a esta general detrás de
mí, y ella quiere matarme. —Pepper tragó con fuerza—. Han pasado diez días desde que envié un
e—mail al senador Vargas. Alguien tiene que haberlo leído a esta altura, y no ha pasado nada. Me
temo que se encuentra sobre una pila de e—mails marcados como “Chiflados”. O que la General
Napier fue llamada, ella lo desdeñó y le creyeron. Ella retorció los hechos en televisión para sonar
inocente. Mostró un boceto policial de una persona falsa que no tiene ningún parecido conmigo.
Está descarriando a la policía, y estoy segura de que todavía no ha sido arrestada. Quiero ir a la
oficina del FBI y contarles la verdad, pero me temo que se lo dirán a la General Napier y ella me
hará matar. —Pepper tragó otra vez, y con voz más suave dijo—: Dan quiere que confíe en él, pero
Rita dice que él es implacable con los criminales y cuando pienso en que pueda mirarme y no
creerme, simplemente no puedo. No me atrevo… Oh, ¿qué debería hacer?
Oyó la respuesta, clara como una campana, en su cabeza.
Advierte a Dan.
Miró alrededor, esperando ver a la señora Dreiss allí parada. En cambio, escuchó las palabras
otra vez.
Adviértele.
Miró la carta que sostenía en su mano temblorosa. La señora Dreiss había enviado una súplica a
través del tiempo, y Pepper quería consentirla. Pepper había hecho una pregunta a través del
espacio y había recibido una respuesta.
Adviértele.
La señora Dreiss tenía razón. Pepper tenía que hacer a un lado su desconfianza y contar a Dan
sobre la General Napier. Él sabría qué hacer, a quién contactar. Sí, podía pensar que ella era
culpable, pero confiando en él no sólo salvaría su propia vida, sino también quizás la de él.
Irresistiblemente, el granero atrajo la mirada de Pepper. Dan estaba allí adentro, haciendo algo
—soldando o martillando, algo masculino— y estaba enojado y herido en el alma. La señora Dreiss
lo había dicho, y Pepper le creía. Había pasado una parte tan grande de su vida haciendo lo
equivocado, pero no podía engañarse: ella y Dan compartían una conexión que el tiempo y la
separación no habían destruido. Quería ayudarlo. Quería estar con él.
La noche pasada se habían acostado en camas separadas, tan remilgadamente como si la noche
previa de desenfreno nunca hubiese ocurrido. Pero ella había dormido de a minutos y cuartos de

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hora, acechada por el recuerdo de todo lo que habían hecho y torturada por el conocimiento de
que podía ir con él, tenerlo cada vez que quisiera... y siempre querría.
Él había estado tan cerca. En la habitación de al lado. Si se hubiese levantado y abierto camino
hacia ahí, las manos de él se hubieran levantado para encontrarse con ella. Dan la hubiera
colocado encima suyo y... Pepper se contuvo antes de poder imaginar más. Posó una mano sobre
su corazón palpitante. Intentó recuperar la respiración. Parecía como si hubiesen sacado el corcho
a la botella y descubierto que el vino dentro era dulce y adictivo... e interminable.
Tal vez él no la querría para siempre. Tal vez mañana la espantaría como a un gato callejero.
Pero a la señora Dreiss le había gustado, había querido que a Pepper también le gustara.
Seguramente eso importaba. Seguramente ese mensaje suavemente susurrado —Adviértele—
significaba más que meras palabras.
Pepper iría con él, le hablaría sobre la General Napier. Luego le diría que iba a quedarse.
Le diría que necesitaban frenar un poco, construir la confianza entre ambos antes de naufragar
otra vez en las rocas de la sospecha. Luego... luego verían qué sucedía.
Poniéndose de pie, quitó las manchas de hierba de su trasero.
—Tiene razón —le dijo a la señora Dreiss—. Tengo que advertirle, permitir que me ayude.
Después yo lo ayudaré. —Sonrió—. Quiera o no.
Recogiendo sus herramientas de jardinería, caminó de vuelta a la casa.
En su dormitorio, fue al ropero y sacó la camisola celeste, la que había usado tantos años atrás
para provocar a Dan. Llevándola al baño, la colgó en el picaporte. Se deshizo del blando sombrero
de jardín y pasó un peine por su cabello, se lavó el rostro y las manos, y se sacó la camisa y el
sostén. Pasando la camisola sobre su cabeza, alisó la tela resbalosa sobre su piel... y sonrió.
Sólo quería hablar con Dan, por supuesto, pero a veces a una chica le gustaba saber que se veía
bien, sólo en caso de que hubiera otra posibilidad de, digamos, provocar a un chico.
Se puso la camisa otra vez. Tomando su sombrero de vaquero beige, lo posó en su cabeza.
Mientras alisaba el borde, sintió la textura como terciopelo, y recordó lo incómodo y ansioso que
se veía Dan cuando se lo había regalado tantos años atrás. Y al igual que en aquel momento, el
sombrero le quedaba perfecto... como el zapato de Cenicienta.
Pero tenía que recordar que quería hablar. Sólo quería hablar. Decidida a alcanzar a Dan, repitió
eso como un mantra, salió de la casa… y casi chocó con Hunter Wainwright, el vaquero que había
conocido en su primer día aquí, agachado junto a la ventana, con un destornillador en mano.
Le subió el corazón a la garganta, pero logró soltar un chillido agudo.
—¡Señora! —Él se enderezó—. Lo siento, no pretendía asustarla. Pensé que no había nadie
aquí.
—Está bien. —Pepper puso una mano sobre su pecho—. Estoy nerviosa.
En el más breve de los momentos, entre ver al vaquero y gritar, se le ocurrió la ironía posible.
Iba a contarle la verdad a Dan sobre la general, a confiar en él como no había confiado en nadie en
demasiado tiempo. Qué espantoso si era asesinada antes de poder llegar a él.
Tenía que ir con él. Tenía que ir ahora. Miró alrededor. La señora Dreiss se lo había advertido. El
tiempo se estaba agotando.
Pero Hunter se quitó el sombrero, mostrando una cantidad de cabello plateado y una
asombrosa línea de bronceado que atravesaba su frente.

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—Señorita Watson, ¿verdad?


Pepper recordó su seudónimo y su historia.
—Sí, esa soy yo. Me marché, pero tuve la posibilidad de regresar, así que lo hice.
Hunter no parecía interesado. Casi habló sobre ella mientras explicaba:
—Se supone que vigile esta vieja casa, que me asegure de que todo está reparándose. Tenía un
momento, así que estaba inspeccionándola.
—Oh. Muy bien. Bueno. Lo agradezco.
El ceño de él se frunció.
—¿Señora?
—Quiero decir… —no podía decirle que había heredado la casa—, que es agradable de su parte
ayudar de ese modo.
—Para eso me pagan.
Era un hombre realmente encantador, con su sonrisa encantadora y sus modales autocríticos.
A ella le agradaba, así que le devolvió la sonrisa, y entonces se puso rígida cuando ese molesto
vaquero, Sonny Midler, se acercó a zancadas al porche como si fuera el dueño del lugar.
No le prestó atención a ella, pero con una mirada directa a Hunter, dijo:
—Hey, Wainwright, pensé que ibas a bajar a la pastura sur y ayudar a mover al ganado.
Hunter rió entre dientes, un hombre mayor indulgente siguiendo la corriente a un vaquero
joven y engreído.
—Estaba buscando trabajo, y encontré algunas reparaciones aquí.
—No sabía que estuvieras buscando trabajo —dijo Sonny con dureza.
—Tengo algunas sorpresas debajo de la manga, pero si quieres que mueva el ganado, sin dudas
lo haré.
Hunter bajó tranquilamente las escaleras y desapareció por la esquina hacia el garaje. Sonny se
quedó mirándolo.
—Me pregunto qué estaba haciendo realmente aquí.
Irritada, ella preguntó:
—¿Qué está haciendo usted aquí? ¿No tiene trabajo que hacer?
Recordado de su presencia, Sonny se metió en su personalidad de “soy tan apuesto”.
—Vine a ver cómo estaba usted, señora. Ver si necesitaba algo.
—Si así fuera, podría conseguirlo sola —le dijo ella con brusquedad.
—Sí, señora. —Él tocó su sombrero—. Sé que podría, señora.
Ella cerró los ojos con furia, y cuando los abrió, él había desaparecido. Dio un salto igual que
cuando había visto a Hunter Wainwright. ¿Dónde había aprendido Sonny a moverse así, tan
silenciosamente? ¿Estaba imitando a Dan?
Con un bufido comenzó a andar hacia el granero y masculló: “Sé que así es”. Dan era el tipo de
hombre al que los hombres inferiores imitaban con la esperanza de ser como él. Buena suerte
para Sonny.

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Las grandes puertas del granero estaban abiertas a cada lado, atrapando la brisa que cantaba
por el valle, y cuando entró, Pepper olió heno, pintura fresca y cuero. Dentro estaba oscuro y
cálido, y siguió caminando, buscando a Dan.
Lo encontró en la parte abierta del granero, justo debajo del pajar, sentado de espaldas a la
pared. Había una silla a medio pintar encima del banco de trabajo. La otra silla estaba cerca. Y él
sostenía algo acunado en sus manos.
Cuando ella se acercó, levantó la mirada y sonrió. La inesperada ternura de su sonrisa atrapó el
corazón de Pepper y la detuvo.
—No hiciste un trabajo muy bueno buscando los huevos —le dijo él.
Dándose cuenta de lo que tenía, ella se arrodilló a su lado.
—Esa gallina vieja escondió su nido.
En la palma de la mano de Dan había un frágil óvalo blanco.
—Tiene otros tres huevos detrás de la soldadora, y están empollando. Es un viejo pájaro astuto.
El pollito dentro había roto la cáscara con su pico. Pepper podía ver un destello de un ojo negro
y grande. Lo blanco debajo estaba mojado y pegado a su cuerpito, pero el pollito picoteaba
frenéticamente, trabajando para poder nacer.
Pepper rió sin aliento.
—No fue mi culpa. Ella los ocultó antes de que llegara allí, o no estarían empollando ahora.
El pollito cortó un trozo grande de la cáscara y cayó sobre la palma de Dan. Se quedó ahí
agachado, asombrado por su libertad y el inmenso mundo del granero estirándose alto arriba y
lejos a su alrededor.
—Mira eso —se maravilló Dan—. Una vida totalmente nueva.
Cerrando las manos alrededor del pajarito, le sopló para calentarlo.
Pepper lo observaba con un nudo en la garganta. Este breve momento de creación lo
involucraba como nada que hubiera visto antes... nada excepto el acto de unirse con ella. La
oleada de amor que la golpeó casi la derribó.
Cuando Dan abrió la mano, el pollito flexionó las rodillas y se puso de pie tambaleante. Se
tambaleó y miró alrededor.
—Ups. —Él cerró las manos alrededor del pajarito otra vez—. No quiero que piense que soy su
madre. Esa viejecita me arrancaría los ojos a picotazos. —Yendo hacia la soldadora, se inclinó. La
vieja gallina chilló furiosa, y Dan protestó—: No lo lastimé. Estoy devolviéndolo.
Se quedó allí y miró hasta que el graznido terminó. Sonreía abiertamente como un papá
orgulloso.
—Mi muchacho es el primero en salir.
—Tu muchacho probablemente sea una niña, porque las niñas siempre están adelantadas a los
chicos, y te ves... —Pepper rió brevemente—, absolutamente blando.
—Ese soy yo. Soy un tipo blando.
Yendo al fregadero, se lavó las manos y las secó con una servilleta de papel.
Cuando se dio vuelta, la miró de arriba abajo. Su mirada se posó en el sombrero de vaquero
posado con garbo en la cabeza de Pepper, y su expresión se convirtió en algo diferente. Algo
intenso, sexual, apasionado. Dijo:

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—Pepper, viniste a mí.


Sobresaltada, Pepper se dio cuenta de lo que Dan pensaba. Pensaba que había ido con él para
tener sexo. Comenzó a moverse hacia ella como si fuera lo más natural del mundo que Pepper lo
buscara.
Ella retrocedió.
—No es por eso que estoy aquí.
Él siguió caminando, su paso fluido y depredador.
—¿Por qué viniste, corazón?
No le creía. O no le importaba creerle.
—Quería contarte algo.
Pepper se tambaleó hacia atrás sobre un banco.
Él la atrapó antes de que cayera sobre la pila de heno limpio debajo del pajar. Le deslizó un
brazo alrededor de la cintura. Sacándole el sombrero, lo arrojó sobre la pila limpia de paja.
Mientras le miraba la cara, la garganta, los pechos, sus párpados se volvieron pesados y puso
esa expresión sexy, arrasadora. Sin decir una palabra, expresó su necesidad. La atmósfera entre
ellos se calentó, perfumada con impaciencia y cargada de deseo.
Y ella supo que era cierto. Podía curarlo.
Porque lo amaba.
Pero primero tenía que darle toda su confianza.
Posando sus manos sobre el corazón de él, le dijo:
—Escúchame, Dan. Tengo que decirte la verdad.

Pepper le contó sobre la General Napier, sobre el asesinato, sobre su huida. Le contó todo
sobre los eventos que la habían traído aquí. Le contó todo excepto por qué venía con él ahora. No
creía que este hombre impasible, severo, pragmático creyera que la señora Dreiss le había dado
consejo.
Cuando Pepper había terminado de hablar, Dan dijo:
—Quédate aquí mismo.
Saliendo del granero, puso el auricular en su oreja, esperó hasta que el coronel atendió y dijo:
—Señor, sé qué, o más bien a quién, están esperando los terroristas.
Ante el chillido del Coronel Jaffe, Dan alejó el auricular de su oído.
Antes de terminar de explicar, el Coronel Jaffe estaba maldiciendo a la Inteligencia militar por
guardar secretos a las Fuerzas Especiales porque ellos mismos querían hacer el arresto. Dan pudo
oír que apretaban botones y altavoces atronando, y entonces el Coronel Jaffe dijo:
—Ahí está ella, haciendo una entrevista en Salt Lake City… que, casualmente, no está lejos de
donde se está escondiendo actualmente Schuster. La maldita pieza faltante justo delante de
nuestros ojos. —Gritó a su ayudante—: ¡Que alguien mantenga vigilada a la General Napier! —Y
entonces habló otra vez a Dan—: Será mejor que esto no arruine toda la operación, o por Dios que
haré que alguien lo lamente. Teniente, volveré a llamarlo.
El Coronel Jaffe cortó el teléfono de un golpe.

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Así que, por el momento, Pepper estaba a salvo. Dan sonrió. A salvo, y suya. Volvió al granero,
asegurándose de que sus medidas de seguridad estaban en su sitio, chequeando y volviendo a
chequear en busca de signos de emboscada. No había nada. Gracias a Dios, porque Pepper se
levantó de la silla junto al banco de trabajo. Esbelta, fuerte, lo miraba como si él pudiera ser la
respuesta a sus plegarias, pero preparada para actuar si era necesario.
Esta mujer, esta mujer frágil y reservada, había logrado evadir a una general del Ejército de los
Estados Unidos y la red de informantes terroristas alrededor del país. Esta mujer, esta mujer
hermosa, elegante, le había regalado su confianza de un modo que él nunca olvidaría. Su mente,
concentrada exclusivamente en la venganza, se tambaleó con asombro. Su corazón, helado por las
imágenes y sonidos de horror y crueldad, guerra y terror, se derritió con asombro.
Ella lo miraba con la cabeza inclinada y los ojos muy abiertos.
No era la mujer más hermosa del mundo. En alguna parte de su mente, él sabía que esa era la
verdad. Sin embargo, para él, la combinación de cabello oscuro rizado y atrevida franqueza, de
ojos avellana y confianza tentativa, era la visión más exquisita del mundo.
Pepper lo amaba. No lo había dicho, pero que le contara la verdad, toda la verdad, sin vacilar,
sin saber todo lo que él había hecho en las fuerzas armadas, pero segura en su mente de que él la
salvaría de algún modo…
Sí, lo amaba.
Buscando sus manos, las tomó en las suyas.
—Desearía que hubieras recurrido antes a mí.
—No lo hice... no podía... tenía que... —Ella le sonrió, esa sonrisa maravillosa que lo hacía
regocijar. Hacía que la deseara más allá del sentido común—. Primero tenía que descubrir algunas
cosas por mi cuenta.
—¿Ahora todo tiene sentido?
—Creo que sí. —Su sonrisa se iluminó hasta que él casi quedó cegado por su luz, y luego se
suavizó a un sonrojo—. Sé que sí.
Dan le besó cada nudillo. Las manos de ella eran manos de jardinera. Sus pulgares mostraban
un callo causado por usar el desplantador. Sus uñas eran cortas, sus cutículas desiguales. Los callos
bordeaban sus palmas justo debajo de los dedos, y su agarre era fuerte sobre los dedos de él.
—¿Qué haremos? —le preguntó.
Dan era un soldado. Conocía los hechos, sopesaba las probabilidades. Tendría al menos dos
horas de advertencia antes de que llegaran los terroristas. Estaba tan preparado como era posible,
lo había estado durante semanas. También conocía las probabilidades de sobrevivir a la batalla
que se aproximaba y la necesidad de hacer que cada momento contara.
—¿Qué haremos? —Sonrió—. Podemos hacer dos cosas. Podemos esperar, y podemos hacer el
amor.

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ULLO
O 2233

—¿Qué? ¿Ahora? ¿Estás loco?


Pepper quería exigir respuestas, pero Dan le rodeó la cintura con los brazos, agachó la cabeza y
la besó, con uno de esos besos profundos, gratificantes, que bebían de su aliento, minaban su
resolución, y hacían que deseara lo que él deseaba.
Desesperada y confundida, se liberó de él y retrocedió, lejos de su abrazo.
—La General Napier podría estar viniendo por nosotros ahora mismo.
Los ojos de él ardían en un marrón profundo, oscuro.
—Todavía no.
—¿Cómo lo sabes?
—Hice una llamada.
Se veía... feliz. Ella le había dicho que estaban en peligro, y una media sonrisa curvaba sus
labios. Pepper miró el teléfono y luego a él.
—¿De qué estás hablando?
—No sabes la verdad. Nadie en Diamond lo sabe. Pero no he sido dado de baja del ejército. Sigo
en el ejército. En Fuerzas Especiales.
Dan parecía alegremente indiferente al dejar caer su sorpresa.
La amenaza de la General Napier pendía sobre cada movimiento, cada pensamiento, pero
Pepper podía manejar eso. Era un peligro con el que había vivido durante casi dos semanas. Era el
comentario de Dan lo que la aterraba.
—¡Espera! ¿Estás en el ejército? No. —Estaba equivocado—. Fuiste herido. Estás retirado.
—Es más complicado que eso.
Ella le clavó las uñas en los hombros.
—¿Qué quieres decir con “es más complicado que eso”?
Él seguía frotándola en caricias largas, lentas, como si pudiera hacerla olvidar que… todavía
estaba en el ejército. ¡En la rama más peligrosa del servicio!
—Ahora mismo sólo puedo prometer que estás a salvo aquí conmigo… al menos por el
momento.
Ella miró alrededor del granero y vio cosas que nunca antes había notado. La escopeta sobre la
puerta se veía normal, pero la culata de una pistola sobresalía de uno de los huecos abiertos en el
banco de trabajo. Mientras había esperado que Dan regresara, había notado que el banco en sí se
veía pesado. Ahora se daba cuenta de que era lo suficientemente pesado como para detener una
bala, y ese chaleco isotérmico verde oscuro colgado allí... era blindaje.
Dan no estaba bromeando. Estaba… estaba en el ejército.
Aturdida lo oyó decir:
—En una hora todo podría cambiar. Cambiará. Tendré que enviarte lejos, a salvo, así que
aprovechemos el momento. Celebraremos la vida. Déjame mostrarte cómo.
Él era contundente, empeñado en la seducción, otra vez. Siempre.
Nada estaba bien. Todo lo que ella sabía había cambiado. La mente de Pepper daba vueltas,
con la confusión del amor, la preocupación, el dolor y el peligro.

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—¿Adónde irás tú? ¿Cómo te mantendrás a salvo? No estás en servicio activo, ¿verdad?
Con las manos alrededor de la cintura de ella, Dan la hizo retroceder contra una caseta de
madera, llevándola tan elegantemente como un bailarín, y no le respondió.
Ella había pensado que contarle la verdad los salvaría a ambos. Había pensado que irían con la
policía, el FBI, a algún sitio seguro. En cambio, él confesaba que seguía en el ejército, ¡donde casi
lo habían matado dos veces! Dan podía morir hoy, mañana, en un año. Pepper apretó una mano
contra el pecho de él. El suyo propio latía con fuerza en una mezcla de miedo y euforia, angustia y
desesperación.
—No podemos hacer el amor ahora.
El problema era que él no prestaba ninguna atención a sus palabras; en cambio, escuchaba al
cuerpo de ella.
—¿Confías en mí?
—Sí, lo hago, pero...
—Entonces confía en mí con todo tu corazón.
Él estaba extraño, exultante, imprudente, tocándola como si el tiempo ya no se extendiera
frente a ellos en una abundancia ilimitada. Como si pudieran posponer la muerte mediante un
simple acto de pasión. Sus ojos oscuros relucían de emoción.
—Te mantendré a salvo. Hagamos el amor como si el mañana nunca fuera a llegar.
—No es eso lo que quiero. Quiero que tú también estés a salvo.
—No te preocupes por eso.
Él descartó su preocupación como si no tuviera importancia. Apoyando la cabeza de Pepper en
su pecho, posó la mejilla sobre el cabello de ella. Parecía pensar que era la mujer más preciosa del
mundo, y la trataba como si la apreciara por encima de todo lo demás.
—Nos casaremos.
—¿Qué? —Si no hubiese estado abrazándola, Pepper hubiera caído a sus pies—. ¿Qué?
—Lo dije mal. —Dan no la soltaba. No se arrodilló frente a ella. Su voz seguía siendo exigente.
Pero le preguntó—: ¿Te casarás conmigo?
¡Como si eso lo mejorara!
—¿Por qué?
—Porque me amas. Me amas. —Él le besó la coronilla—. ¿Cierto?
Pepper ocultó la cabeza contra su pecho. Pocos momentos atrás se había dado cuenta de que
lo amaba. No se había mentalizado de lo que eso significaba. ¿Y él lo sabía? ¿Cómo había
adivinado una cosa semejante? ¿Había sido evidente para todos excepto ella?
Dan subía y bajaba las manos por su espalda.
—Estamos unidos. Deberíamos estar casados.
—¡Yo nunca dije eso!
¿Casarse con él? Cuando había vivido antes en Diamond, él había sido el chico salvaje, y ella
nunca había querido domesticarlo. Desde que había regresado, Pepper se había concentrado en el
peligro planteado por la General Napier y el peligro más inmediato de Dan y su excitante mezcla
de pasión y promesa. Lo miró a la cara y sus palabras no fueron más que un susurro.
—Nunca se me ha ocurrido casarme.

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—Qué halagador. —Pero él sonaba divertido y se veía confiado. Le desabotonó la camisa.


Cuando la camisola celeste apareció a la luz, él soltó un profundo gemido de deleite—. ¿Vienes a
mí de este modo y piensas rechazarme? Piénsalo. Dormiremos juntos cada noche y despertaremos
en brazos del otro cada mañana.
—Para siempre.
Ella no entendía ese concepto. Pero él parecía hacerlo.
—Absolutamente. Para siempre.
Matrimonio. Permanencia. Pepper nunca se había atrevido a pensar en él como suyo para
siempre. Todos en su vida se las habían arreglado para no amar a Pepper Prescott. ¿Estaba
diciendo que él sí? No, no la amaba. Dijo que estaban unidos.
El sexo era bueno. Él podía imaginar desearla para siempre. ¿De qué servía eso? No era
suficiente. Ella lo amaba. Qué tonto de su parte pensar que eso solucionaba todo. El amor nunca
había hecho más que herirla.
—Crees que porque te deseo eso soluciona todo.
—Querida, eso no hace daño.
Dan pasó la punta de sus dedos por el encaje pálido que adornaba el frente de la camisola.
Meticulosamente, ella escogió las palabras que lo probarían.
—Si no hubiese consentido a tener sexo…
—Hacer el amor —la corrigió él, y la acarició a través de la sedosa tela.
—A hacer el amor contigo la otra noche, ¿igualmente querrías casarte conmigo?
Miente, lo alentó en silencio. Por favor, por favor, miente.
Él rió entre dientes, y el sonido retumbó en su pecho.
—Probablemente no se me hubiera ocurrido pedírtelo ahora —admitió.
Hombre estúpido. Le había dicho la verdad.
Bueno, ella también podía decir la verdad. Rígidamente, le dijo:
—Gracias por el ofrecimiento, pero no.
La risa desapareció del rostro de Dan. Su cicatriz brilló blanca contra su piel.
—Creo que lo harás.
Poco a poco ella se apartó de su abrazo.
—¿Por qué?
—Porque eres la hija de un pastor. Sabes lo que está bien y lo que está mal. Y porque no
podemos hacer esto —sacó la camisa de los pantalones de ella—, sin desear esto. —Deslizó la
camisola hacia abajo. Sus párpados se volvieron pesados mientras miraba sus senos, y rozó un
pezón con el pulgar—. Tan bonitos —murmuró—. Como la piel vellosa de un durazno fresco.
—Deja de mirar mis pechos como frutas y escucha. No…
Pero cuando él puso la boca sobre su pezón, Pepper empujó la cabeza contra las tablas y
contuvo un gemido.
Cuando él la miró a los ojos nuevamente, le dijo:
—Estoy prestándote atención. No puedo no prestarte atención. Cásate conmigo, porque
necesitamos estar juntos.

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Pepper temía que él tuviera razón. Sí que necesitaban estar juntos. Sólo tenía que mirar a Dan,
pensar en él, y su cuerpo se preparaba. Sus senos dolían de necesidad; quería que él la chupara.
Dentro de su vientre, los músculos se tensaban con expectativa, mientras al mismo tiempo una
humedad crecía entre sus piernas. Cuando Dan le bajó el cierre de los jeans, ella no lo detuvo.
Pero las palabras que dijo venían de su corazón.
—Contigo el sexo es tan intenso, tan importante, tan trascendental...
—Dios, sí. —Dan le quitó los zapatos, deslizó los jeans y la camisola hasta sus tobillos—.
Quítatelos, cariño.
Ella se sacó todo.
—Pero tengo que parar antes de que mis pecados se desplomen sobre mi cabeza. —Cuando
Dan se paró, ella le tomó el rostro entre las manos—. Y temo que sobre la tuya. —Expresó el
temor más profundo en su corazón—. ¿Qué si mueres?
Él sonrió tan dulcemente que su corazón, sus rodillas, todo su ser se derritió.
—No puedo morir ahora. Ahora… Hagamos el amor una vez más. Hoy. Ahora.
La General Napier. Las fuerzas armadas. El matrimonio. La combinación de desastres daba
vueltas en la cabeza de Pepper, pero la lujuria y el miedo a la muerte que rondaba demasiado
cerca alentaron su consentimiento. El brillo en los ojos de Dan la calentó, lo deseara o no.
Él murmuró:
—Esta es la última vez que haremos el amor antes de enviar las invitaciones a la boda...
—No.
Pepper sacudió la cabeza. Él siguió como si ella no hubiera hablado.
—Así que disfrútalo. Ahora rodea esa cuerda con los dedos.
Ella miró a la izquierda y arriba, al rollo de soga que colgaba de una púa gruesa. ¿Qué estaba
planeando?
Dan no se lo explicó. En cambio, le tomó la mano y la levantó hasta la cuerda, y esperó hasta
que ella agarró el rollo.
—Eso es.
Otro rollo colgaba al otro lado de Pepper, bien arriba. También se aferró a él. Estaba estirada
contra la pared, con la camisa abierta, la camisola azul resbalando sobre sus pechos. Sus jeans
habían sido pateados lejos, y Pepper sospechó que se veía como una doncella violada en una
película vieja y mala. Pero las doncellas violadas no disfrutaban de la expresión en el rostro de su
violador tanto como ella disfrutaba la de Dan.
El color ardía en los pómulos de él, y sus ojos brillaban calientes de pasión. Él se arrodilló entre
sus piernas. Alarmada, Pepper intentó cerrarlas, pero él subió las manos por el interior de sus
muslos y la abrió tiernamente frente a su mirada. Su dedo apenas la acarició, un asomo de toque
que envió una profusión de sensaciones por sus nervios, y prometía más.
—¿Crees que te salvaré? ¿Crees en mí?
Ella apenas podía hablar por la expectativa.
—Sí. Sí.
Él la miró desde su posición arrodillada, y Pepper vio un brillo peligroso en sus ojos oscuros.
—Entonces debes saber esto… siempre me salgo con la mía.

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Las manos de ella se apretaron convulsivamente sobre las cuerdas. ¿Cómo podía decir eso? ¿A
qué se refería? ¿Estaba amenazándola con el matrimonio?
Entonces él bajó su cabeza y la probó, sacando todos los pensamientos de su mente.
Pepper gimoteó mientras la lengua la provocaba con la promesa del éxtasis. El aliento de él la
calentaba aún más, preparándola para el momento... el momento...
—Oh, Dan. Por favor, Dan.
Su cabeza cayó. Se esforzó por permanecer de pie, y se agarró a las cuerdas tan fuerte que las
hebras duras del yute se clavaron en sus palmas.
Él la tomó con su boca y chupó, envolviendo la piel sensible y saboreándola con una delicadeza
que condujo a Pepper a una dulce demencia. Se estremeció. Jadeó.
Como si encontrara placer en sus pequeños gemidos, en el modo en que se movían sus caderas,
él se movió más adentro, deslizando la lengua en su interior. Afuera, adentro. Imitaba el acto
sexual, y no era tan bueno. No era tan profundo. No era tan grande. Pero con cada empuje, el
impulso de Dan aumentaba y ella deseaba más.
Más de él. Todo de él.
Si no lo tenía pronto, Pepper iba a perder la cabeza.
—Por favor, Dan, por favor, te necesito. Quiero que me hagas el amor.
En un movimiento fluido, extenso, él se puso de pie. Se recostó contra ella, provocándola con
su fuerza. Parecía más alto que nunca, más poderoso. Su camisa estaba abotonada, pero su pecho
duro, tenso, presionaba contra el de ella. Pepper creyó sentir una tira que lo cruzaba… ¿una
pistolera? Dios mío, ¿llevaba un arma?
Entonces las manos callosas le acariciaron los brazos, las caderas se movieron contra ella en
ostensible necesidad, y ella olvidó el peligro y la angustia, porque en algún punto él había logrado
deshacerse de sus botas y pantalones. El pene desnudo presionaba contra su vientre, y ella quería
ese calor dentro suyo.
Sabía que él quería estar dentro de ella. Más débilmente, dijo:
—Por favor, Dan.
Deslizando las manos entre sus piernas, él apretó los globos de su trasero y la levantó. La
aplastó contra las tablas de madera, le abrió bien las rodillas con los codos. Ella estaba
despatarrada, tan expuesta como era posible.
—Así. —Los ojos de Dan brillaron con satisfacción cuando la miró. A ambos—. Así es como te
quiero.
Ella lo miró con atención, afectada por un pánico inesperado ante su vulnerabilidad. Él lo vio.
Por supuesto que lo vio. Pepper sospechó que incluso la había preparado para poder decir:
—Confía en mí. No te lastimaré.
Pero la alarma persistía mientras él se acercaba. Ella sintió el sondeo de su pene mientras
buscaba la entrada. Encontrándola, presionó hacia arriba, dentro de su pasaje. El movimiento la
estiró, y lo sentía tan enorme, tan invasivo. Ella gimió, se retorció sobre él, pero estaba húmeda
por la boca de él, mojada por su deseo, y Dan entró en ella firmemente, tomándola, haciéndola
suya.
Finalmente estaba dentro de ella hasta el fondo, su cuerpo entero recostado sobre Pepper,
sosteniéndola en su sitio. Mientras respiraba, el vello en su pecho frotó los pezones de ella bajo la

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camisola. Las tablas ásperas contra su espalda atraparon la tela de la camisa. Las manos de Dan
sobre su trasero la mantenían quieta. Sus manos se aferraron a las cuerdas, sus brazos se
flexionaron con expectativa.
Y Dan la miraba, con su cabello rubio cayendo sobre la frente, sus ojos cargados con la
sensualidad que lo llevaba a poseerla una y otra vez, en cada manera, en cada lugar, hasta que
nada que ella hiciera y ningún sitio al que fuera sería sin el olor de él, sin el recuerdo de él.
Mientras sostenía su mirada, él flexionó las caderas, un movimiento pequeño que lo alejó
apenas unos centímetros. Y entonces regresó. Atrás… y adelante. Atrás... y adelante. Embestidas
breves, lentas, que la tocaban toda por dentro, hasta la base de su útero. Con cada embestida, él
presionaba contra su pelvis, provocando un descontrol de nervios que sólo era posible porque
estaba tan abierta a él. Dan la instigaba por dentro y por fuera con su persistente asalto. Al mismo
tiempo la poseía con su mirada, exigiendo más de Pepper de lo que ella podía dar. Los sonidos
estallaron de ella, gritos breves de éxtasis frustrado.
—¿Estoy haciéndote daño? —le preguntó él con esa voz grave, profunda, que había visitado los
sueños de ella por demasiados años.
Pepper no podía rechazar el lánguido éxtasis lo suficiente como para hablar. Pero Dan se
detuvo y repitió la pregunta.
—¿Estoy haciéndote daño?
Ella supo que él no volvería a moverse hasta que se lo hubiera asegurado. Se mojó los labios.
—No.
Dios, no. No le estaba haciendo daño. Estaba… no sabía qué estaba haciendo, pero era
profundo, oscuro y tan íntimo que ella luchó con el conocimiento de que no tenía control. De que
la dominaba. Que cualquier placer que él escogiera infligir, ella lo permitiría.
Porque... porque... Cerró los ojos contra la mirada conocedora de él. Le permitía hacer estas
cosas porque le daban alegría. No porque él le hubiera propuesto matrimonio. No porque fueran
almas gemelas que habían estado separadas demasiado tiempo. No porque ella entendiera, mejor
que nadie, que la vida era corta y el tiempo debería ser celebrado con aquel a quien amaba. No lo
deseaba por esas razones. No lo amaba por esas razones.
Sin embargo, ahora el amor la llenaba hasta la exclusión de todo lo demás. El amor expulsaba el
miedo. El amor poseía su ser entero.
Los movimientos comenzaron otra vez, profundo dentro de ella, y siguieron más y más. Pepper
sentía a Dan en cada célula de su cuerpo. Él le provocaba una fiebre de impaciencia. Ella también
quería moverse, pero no había espacio entre él y la pared. Intentó levantarse, pero él la sostenía
demasiado fuerte.
Pepper estaba ahogándose en un deseo inexorable. Sus pezones se fruncieron, duros y casi
doloridos. Su corazón palpitaba. Un deleite violento la inundó. Se hundió con un pequeño grito,
tensándose contra él, sus caderas sacudiéndose contra las de Dan, intentando absorber cada
vestigio de dicha de la posesión.
Dentro suyo, sus músculos se cerraron sobre él, cada espasmo se volvía más y más grande
mientras la necesidad que él había cultivado tan diligentemente encontró culminación en un
clímax ardiente. Una liberación gloriosa se adueñó del cuerpo de Pepper. Y él... Al final, mientras el
cuerpo de ella exigía y el suyo daba, cerró los ojos. Dan gimió, un sonido sentido de angustia y

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euforia. Acometió en ella, empalándola con su orgasmo. La inundó con su semen, e incluso
sabiendo que podía quedar embarazada, Pepper se deleitó con eso.
En los estertores finales del orgasmo, Dan tenía una expresión de satisfacción salvaje. Su frente
cayó contra la de ella. La frotó de un lado a otro, y sus ojos abiertos capturaron la mirada de
Pepper antes de que pudiera apartarla. La miró fijo, sin sonreír, su expresión feroz proclamando
que era un conquistador, triunfante en su victoria pese a tener todo en contra. Era un amante,
loco de pasión.
Y por primera vez ella estuvo perfectamente satisfecha con su vulnerabilidad. Había aceptado
cada centímetro de él, le había dado permiso para disfrutar de su cuerpo. Y él lo había hecho. Dios
mío, lo había hecho.
Cada vez que hacían el amor era mejor, más fuerte; cada vez los unía más. Mientras Pepper
recuperaba el aire, se le dificultó e hipó. La brisa proveniente de las puertas tocó su rostro. Arriba,
en el pajar, los pájaros cantaban mientras salían volando por la ventana abierta. El mundo no se
había detenido, pero para Pepper, por un momento en el tiempo, se había reducido a un hombre
y una mujer.
A Pepper y Dan.
—Suelta las cuerdas, corazón. —Él habló contra su cabello—. Corazón, suéltate y aférrate a mí.
Era más fácil decirlo que hacerlo. En su clímax había apretado tan fuerte las cuerdas que tenía
los dedos rígidos. Poco a poco los aflojó. Bajó los brazos, los deslizó alrededor de los hombros de
él y posó la cabeza en su pecho.
Oyó el estruendo de su risa grave. Apretándola contra la pared, Dan deslizó las manos
alrededor de su cintura.
—Rodéame fuerte con tus piernas. —Cuando ella no se movió, agregó—: A menos que quieras
caminar.
Con un gemido exhausto, ella hizo lo que le indicaba.
Apartándola de la pared, Dan fue hacia la pila de heno desparramado bajo el pajar. Se arrodilló
y la hizo bajar hasta que el heno crujió a su alrededor.
Mientras Pepper se hundía, el olor la envolvió. Mientras Dan descendía sobre ella, su olor
masculino recubrió los aromas del granero, llevando consigo el nítido recuerdo de buen sexo y
ternura inexplicable. Disfrutó del peso de él encima suyo y su largura dentro de ella.
Pero el heno le pinchaba la piel desnuda. Se retorció.
—El heno pica.
Él levantó la cabeza, la miró y dijo:
—Bueno, yo también te amo.
Las palabras la atravesaron como un voltio de electricidad. ¿Estaba siendo sarcástico? No
importaba. Él no tenía derecho a decirle eso. Ningún derecho en absoluto. No era gracioso.
Dan rodó para que ella quedara encima suyo, protegiéndola del heno, y le rozó la espalda como
si no hubiera pasado nada importante.
Pero había pasado. Él le había recordado por qué había venido aquí, y lo que él había dicho. Le
había pedido que se casara con él, que estuviera con él para siempre.
La realidad, mantenida brevemente a raya, regresó con ganas. Una cosa era amarlo hoy. Estar
con él un rato. Pero el matrimonio... eso significaba para siempre, y ella no se atrevía a amar tanto

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a un hombre que su muerte pudiera matarla, que la ausencia de su amor fuera un vacío en su
alma. ¿Ya era demasiado tarde para ella?
Pepper tenía que alejarse de él. Luchó para incorporarse sobre los codos. Se abotonó la camisa
con dedos temblorosos, luego se separó de él. Mientras él salía de su cuerpo, generó otro temblor
de éxtasis; un pequeño cataclismo, uno que dijo a Pepper lo fácil que podría seducirla otra vez.
Al menos un tiempo.
Pero si lo dejaba, ¿él moriría?
Buscó frenéticamente su ropa interior, encontrándola metida en una pierna de sus jeans. ¿Sería
esta la última vez que hacían el amor?
Todo en ella la impulsaba a huir. Todo excepto esa pequeña vocecita dentro suyo que insistía
en que ella lo deseaba, sin importar cuáles fueran las condiciones.
Se puso los jeans y la ropa interior deprisa, comenzó a subir el cierre y entonces se dio vuelta
para verlo estirado encima del heno, desnudo de la cintura para abajo.
Las piernas de Dan eran largas, oscuras y deliciosamente velludas. Su pene descansaba contra
un muslo, aparentemente flácido e inofensivo, muy parecido a como se veía Superman cuando se
hacía pasar por un apacible reportero. Los brazos de Dan estaban metidos bajo su cabeza. Él la
observaba, con esa expresión enigmática en su rostro, y estaba esperando.
—Pepper, no me gusta cómo estás actuando. Dime, ¿vas a casarte conmigo? ¿O vas a escapar
otra vez?

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CCAAPPÍÍTTU
ULLO
O 2244

Boston, Massachusetts.

Gabriel se paseaba de un lado a otro sobre la alfombra oriental en el estudio de Zack. Zack
ayudó a Hope a sentarse en su silla más cómoda. Empujó la otomana bajo sus talones y le dio una
botella de agua. Ella la miró con odio.
—De todas las ocasiones en las que me vendría bien un cóctel, y no puedo tomarlo. —Sacó la
tapa violentamente. Tomó un trago y se volvió hacia Zack. Ese brillo intenso, celoso iluminó sus
ojos—. Bien, ¿qué sucede?
Zack sonrió con feroz satisfacción.
—Jason Urbano lo logró. Estaba entrevistando a los clientes de Pepper, intentando descubrir
dónde podría haber huido. Se reunió con el senador Vargas de Arizona, quien después de algunas
preguntas, admitió que había recibido un e—mail de Jackie Porter, su paisajista, enviado desde
una cafetería con internet en Denver, acusando a la General Napier del asesinato de su ayudante y
de colaborar con terroristas.
Hope se enderezó.
—¿Se lo ha dicho al gobierno?
Los dos hombres intercambiaron miradas, y Gabriel dijo:
—Le aseguró a Jason que lo había hecho, pero fue considerablemente menos comunicativo
respecto a qué iba a hacer el gobierno.
El color ardía en las mejillas de Hope.
—¿Por qué?
Zack tomó la mano de Hope y la sostuvo entre las suyas.
—Piensa, cariño. Esto es un asunto de seguridad nacional.
—Zack, tú tienes conexiones. ¡Descubre qué están haciendo!
—Me contacté con ellos —dijo él con paciencia—. Expliqué quién era Pepper en realidad. No
dijeron mucho, la gente así nunca dice mucho, y aunque no se comprometieron con el asunto de
los terroristas, admitieron que quieren encontrar a Pepper casi tanto como nosotros.
El color desapareció del rostro de Hope.
—Y la General Napier quiere a Pepper muerta para que no pueda decir a las autoridades
competentes lo que realmente sucedió. ¿Por qué no la encontramos antes? ¿Por qué yo no...?
Gabriel la interrumpió antes de que Hope pudiera culparse.
—Porque Pepper no quería que la encontráramos.
Eso distrajo a Hope.
—¿Qué? ¿Por qué?
—Ella odiaba ser la hija de un pastor. Odiaba que la gente esperara que fuera una niña modelo,
y hacía todo para ser un mal ejemplo.
—Lo sé. —Hope era ocho años mayor que Pepper—. Mamá siempre decía que ella era nuestra
niña salvaje.
Gabriel continuó:

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—Cuando papá y mamá murieron, ¿recuerdas cómo la gente de la iglesia decía que ella era
poco atractiva y que nunca nadie la adoptaría?
Zack nunca había oído eso.
—¡Bastardos! ¿Dijeron eso sobre una niña de ocho años?
Gabriel asintió sombríamente.
—Los miembros de la mesa directiva de la iglesia estaban convencidos de que mamá y papá
habían robado los fondos de la iglesia. Nunca buscaron otro culpable. Nos dividieron como si
fuésemos basura.
—Pepper estaba tan alterada cuando se llevaron a Caitlin, y gritaba furiosa cuando fueron por
ella. —Hope cerró la mano en un puño sobre su vientre—. Los ayudé con ella. Le dije que sólo era
pasajero.
—Yo también le dije eso. Las dos personas en el mundo a las que quería, y le mentimos.
Cuando Hope se dio cuenta de la verdad, las lágrimas cayeron por su rostro.
—No quiere que la encontremos. Cree que la abandonamos.
—Eso ayudó —masculló sarcásticamente Zack a Gabriel. Sentado en el brazo de la silla de Hope,
Zack le frotó el cuello y dijo en voz alta—: Pero la encontraremos. La haremos escuchar.
Gabriel ofreció a su hermana una caja de Kleenex.
—Lo peor que puede suceder es que salvemos su vida.
—Lo peor que puede suceder es que no lo hagamos. —Hope se secó las lágrimas de las
mejillas—. Entonces, ¿qué haremos ahora?
Tomando el teléfono de la casa, Zack llamó a Griswald.
—¿Cómo va todo? ¿Puedes bajar? —El chillido de entusiasmo de Griswald le hizo alejar el
teléfono de la oreja. Devolviéndolo, dijo—: Bien. Me alegra que haya funcionado.
Lentamente, Gabriel se puso de pie.
—¿Qué? —preguntó Hope—. ¿Qué funcionó?
—Son buenas noticias —le aseguró Zack—. Esperemos a Griswald y él...
—¿Qué funcionó? —exigió saber Hope violentamente.
Antes de que Zack pudiera tranquilizarla, escucharon el ruido sordo de pisadas sobre el piso de
madera en el vestíbulo.
Griswald entró disparado por la puerta, con el abrigo puesto a medias, el chaleco
desabotonado. En todos los años que había estado trabajando para él, Zack nunca había visto a su
mayordomo en semejante estado.
Hope señaló el suelo frente a ella.
—Cuénteme.
Griswald alisó el cabello lacio que bordeaba su cráneo.
—Hoy, más temprano, el señor Givens me llamó desde Washington y dijo que tenía una idea.
Hope fijó su mirada severa sobre Zack.
Zack explicó:
—Se me ocurrió que fuiste enviada a Boston, tan lejos de Hobart como podían enviarte.
Entonces, como los culpables estaban intentando separar a la familia, tal vez Pepper fue enviada
en la dirección opuesta.

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Griswald retomó el relato.


—Comencé a buscar a la señorita Pepper en los registros de escuela pública en Seattle,
Washington y los alrededores.
Hope agarró tan fuerte la mano de Zack que los nudillos de él se aplastaron.
—¿La encontró? —preguntó.
Triunfante, Griswald hizo aparecer un trozo de papel del bolsillo interior de su abrigo.
—Pepper Prescott, de ocho años, pupila del estado, aparece por primera vez diecisiete años
atrás en Seattle sin ningún tipo de registro. Fue colocada en una casa de acogida. No funcionó
debido a una excesiva beligerancia de su parte. Fue ubicada en otro hogar adoptivo. Tenía
rabietas. Fue enviada a otro hogar en Bellingham, Washington. No funcionó porque…
Hope se levantó a medias en su silla.
—Ve al grano —ordenó Zack.
—Sí, señor. —Griswald leyó—: A los dieciséis años, fue enviada al pequeño pueblo de Diamond,
Idaho. Vivió con una señora Patricia Dreiss durante casi un año, lo máximo que ha vivido en
cualquier lugar. Huyó desde allí y desapareció. —Entregó a Hope el fajo de papeles—. Señor, si
envía gente a sus casas de acogida, seguramente habrá una pista sobre su paradero actual, y tal
vez encontremos a la mismísima señorita Pepper.
Hope entregó uno de los papeles a Zack.
—Ustedes dos vayan a Diamond.
Zack se lo pasó a Gabriel.
—Gabriel irá a Diamond. Toma el avión de la empresa, Gabriel.
—Zack, quiero que vayas —dijo Hope.
Gabriel echó un vistazo a la hoja.
—Idaho. ¿Dónde queda Idaho?
—Al Oeste, señor —respondió Griswald.
—Zack. —Con poco éxito, Hope intentó levantarse de la silla cómodamente acolchada—. ¡Tú
vas!
Gabriel y Griswald salieron por la puerta, ignorándola y dejando que Zack enfrentara la furia de
Hope. Él negó con la cabeza.
—Estoy dispuesto a irme por un día, sabiendo que puedo volver contigo enseguida. Pero,
querida mía, no me importa lo que digas, cuánto llores o cómo brames. No iré. Me quedo aquí con
mi esposa, que va a tener un bebé.

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CCAAPPÍÍTTU
ULLO
O 2255

Le había ofrecido matrimonio a Pepper.


La proposición espontánea de Dan incluso lo había sorprendido a él.
Pero si él había estado sorprendido, Pepper había estado impresionada. Seguía impresionada, si
su expresión cruda, angustiada, significaba algo. Sus manos se habían detenido en el botón de sus
jeans, y lo miraba fijo, con una mezcla de esperanza y desesperación en sus ojos que le decía que
lo amaba... y que odiaba amarlo.
—El matrimonio tiene sentido —señaló.
Así era. Él la deseaba; necesitaba apoderarse de ella de cada modo que pudiera, y eso incluía el
matrimonio. Cuando eran adolescentes, él había amado el torbellino de libertad y excitación que
creaban cuando estaban juntos. Había soñado con cómo serían libres… juntos.
Había sido un tonto idealista.
Ahora era práctico, un adulto que sabía lo que quería y cómo obtenerlo. Lo mejor de todo era
que había visto evidencias de que Pepper también era práctica. Poniéndose de pie, tomó sus jeans
y se los puso lentamente.
—Antes, cuando vivías aquí, no estabas preparada para una relación permanente. Ninguno de
los dos lo estaba. Pero el tiempo ha cambiado para los dos. Tú has conseguido un negocio. Yo he
comandado una sección. Ya no somos niños.
Ella jugueteó con los botones de su camisa.
—No. Los dos hemos crecido y cambiado.
—Tienes un rancho. —Dan se puso las botas—. Necesitas ayuda para llevarlo adelante. Yo
puedo ayudarte.
Ella le arrojó una mirada dura y se dio vuelta.
—¿Entonces ahora te casas conmigo por mi rancho?
—No fue eso lo que dije. He ganado dinero en el servicio. Lo he invertido. Servirán mucho para
ayudarte a mejorar este lugar, y yo aportaré algo al matrimonio. —Intentó bromear—. Tú pones la
tierra y yo el dinero. Es un matrimonio hecho en el cielo.
—No quiero que pagues para casarte conmigo. Si salvas mi vida, ¿no crees que eso es
suficiente? —preguntó ella malhumorada.
La sangre de él se calentó ante la sugerencia de que luchaba para obtener ganancias,
admiración, una novia.
—Entonces, si salvo tu vida, ¿considerarás eso como una especie de dote y te casarás conmigo?
Ella tuvo la cortesía de verse avergonzada.
—No. ¡No! No quise decir eso.
—Que conste que voy a protegerte sin importar lo que decidas. Es algo que tengo que hacer.
—Eso no tiene nada que ver con nuestra idoneidad.
—¿De veras?
El sarcasmo se derramaba del tono de él.

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—No quieres casarte con alguien a quien tu familia no aprueba, alguien que no es de por aquí.
—Apoyándose contra la pared, Pepper se puso las medias a tirones y ató sus zapatillas—. Alguien
que siempre está metiéndose en problemas.
Ante su obstinada negativa a mirarlo, Dan se puso más cruel.
—No tiene sentido. Una hora atrás viniste y me contaste sobre la General Napier, y confiaste en
mí para que solucionara todo. ¿Ahora te preocupa si eres de por aquí? ¿Si mi padre te aprueba?
¿El padre al que comparaste con —señaló la casilla vacía de Samson—, el trasero de un caballo?
—Te conté acerca de la General Napier porque no quería que te mataran. Fuiste tú quien
propuso matrimonio.
Dan había intentado apelar al sentido común de Pepper, pero había más en esta situación que
eso, y aunque prefería mantener el asunto con sensatez, estaba dispuesto a hacer lo que fuera
necesario para mantenerla a su lado. Si eso era lo que hacía falta, hablaría sobre emociones.
—Me amas. —Ella no lo negó—. Me necesitas. —Tampoco negó eso—. Tendremos una buena
vida juntos.
Ella se aferró a eso.
—No estaríamos juntos. Lo admitiste. Sigues en el ejército. No estarías aquí. Estarías en Irak, las
Filipinas o Sudáfrica. —Su mirada fría, directa, lo contemplaba, y era como si nunca hubiese
gemido y agitado en los brazos de él—. Estarías fuera haciendo lo que sea que haces, y yo estaría
aquí, supongo, preguntándome cuándo me enteraría de tu muerte.
Por supuesto. Dan debería haberlo sabido. Ella no quería que estuviera en el ejército. Y con la
cantidad de seres queridos que había perdido, él suponía que la entendía. Sin embargo, aunque
pudiera, no cambiaría el curso de los próximos eventos. No ahora, con todo el peso de una
organización terrorista internacional preparada para caerle encima. Tenía una venganza que
cumplir.
Tomando el micrófono de su billetera, lo miró, aunque sabía que incluso en el frenesí de la
pasión hubiese escuchado la alarma. Pero el Coronel Jaffe no había llamado. Dan y Pepper tenían
un poco más de tiempo para aclarar esto. Sólo un poco.
—No eres mi única responsabilidad.
—Claro que no. Sigues en el ejército. Estás en las Fuerzas Especiales. No puedo creerlo. —Ella
se tambaleó como si fuera a caer—. Nueve años atrás, cuando estaba contigo, sentía semejante
intensidad de...
Cuando no terminó la frase de inmediato, él la completó.
—Amor.
—Pasión. —Ella lo miró enojada, y su voz se volvió más fuerte, más audaz, como la voz de la
joven y desafiante Pepper—. Una intensidad de pasión, y sabía por experiencia que nadie que me
importara se quedaba a mi lado. Ni mis familias sustitutas. Ni mi familia real. Nadie.
Él absorbió la información, se dio cuenta de lo que ella quería decir y lo rechazó.
—¿Quieres decir que me dejaste porque otra persona te dejó? ¿Que vas a hacerlo otra vez?
¿Qué es eso, alguna especie de venganza retorcida?
—Sabía que no entenderías.
Él no tenía paciencia con semejantes tonterías.

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—Lo he oído antes. —Su genio hervía a fuego lento, esperando para estallar—. Hazme
entender.
Ella fue ruidosa, beligerante.
—Escapé para ahorrarme el dolor de que me dejaras.
—¿Arruinaste mi vida, nuestras vidas, porque pensaste que podría traicionarte?
—Todos los demás...
—¡Al diablo con todos los demás! ¡Yo no soy todos los demás!
—Hubieses…
—¿Cuándo? ¿Cuándo te traicioné?
—Incluso mis padres…
—Pero no la señora Dreiss. Ni yo. Nunca te traicioné.
Pepper pensó que Dan iba a agarrarla, arrastrarla hasta la cama y demostrar lo endebles que
eran sus temores pasados. No tendría que esforzarse para excitarla; ella lo deseaba. Su cuerpo lo
anhelaba.
En cambio, Dan giró sobre sus talones, agarró la silla sin terminar y se colocó a horcajadas.
Sentándose, aferró los travesaños del respaldo.
—Escúchame. No soy ninguna de esas personas que te lastimaron. Juro que nunca te lastimaré.
—Quizá no, pero cuando intento dejarme ir —los brazos de ella se abrieron—, me encuentro
aferrándome al control como un gato colgado de la rama más alta de un árbol. Es aterrador estar
allí arriba, y sola, pero es más aterrador saltar. —Cerró los brazos a su alrededor—. Podría no
lograrlo, porque acostarme contigo es todo tortura, dicha y un deseo desgarrador que me deja
indefensa y herida porque no puedo estar contigo para siempre.
La oscura mirada de él absorbió su aflicción y su incomodidad. Asintió, como si hubiese
escuchado algo que ella no había pretendido revelar.
—Dilo.
Pepper se hizo la tonta.
—¿Qué?
—Dímelo.
—Ya lo sabes.
Él insistió en silencio.
Ella se rindió suavemente.
—Te amo.
Dan se paró. Arrojó la silla a un costado. Se movió hacia ella con la velocidad de un tornado, la
llevó hacia su cuerpo, miró sus ojos muy abiertos y confiados. Ella apretó los puños contra su
pecho, intentando retrasar su avance, pero él era un maestro estratega. Su calor la envolvió. Le
sonrió, una sonrisa tierna que la desarmó porque casi nunca la usaba.
—Te lo juro, no te arrepentirás de casarte conmigo.
—No quiero…
Él la interrumpió con besos, pequeños, dulces besos en sus labios. Lentamente, metió su
lengua, jugando con ella, provocándola con dulce facilidad.
Los párpados de Pepper temblaron hasta cerrarse. Luego se abrieron. Y se cerraron.

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Las manos de Dan vagaron. Una descendió por su espalda, dejando calor a su paso, para
cerrarse sobre su trasero y levantar sus caderas hacia las de él. La otra se deslizó alrededor de su
nuca y la acunó. Sus dedos la masajeaban, aliviando la tensión en su cuello, en su espalda.
Mientras Pepper regresaba al estado de excitación dispuesta, se dio cuenta, por supuesto. No
tenía que darse por vencida. Él simplemente ignoraría sus luchas, las pasaría por encima como si
no existieran.
Ella inclinó la cabeza, su boca se abrió. Lo saboreó, sorbió su lengua, adoró la textura de cada
beso cada vez más profundo.
Él trabajaba la sensual seducción al máximo. Cada movimiento de sus dedos levantaba los
diminutos vellos en la piel de Pepper. Cada movimiento de sus labios arrancaba otro suave gemido
de ella. Tal vez su cuerpo había estado caliente por la posesión previa. Tal vez ella cedía con más
entusiasmo mientras la promesa de la pasión la inundaba. Pero, ¿cómo podía resistirse a un
hombre que hacía promesas sin palabras, que no ansiaba nada más que darle placer sin prisas?
Tan suavemente como las flores se desplegaban al sol, los puños de Pepper se abrieron y se
extendieron sobre el pecho de Dan. Sus manos se dirigieron de a poco hacia los hombros, hacia el
cuello. Le tomó la cabeza con las manos, adorando la sensación irregular del cabello recién
cortado contra sus dedos. Él calentaba su cuerpo entero con el suyo, calmándola hasta creer —
¡falso, ella sabía que era falso!— que la cercanía de él vencía todos sus recelos, todos sus
problemas.
Respiraba con él. Su corazón latía con el de él. Dan la afinaba para igualar sus ritmos. Entonces,
poco a poco, se apartó, menguando el impacto de cada beso individual. Finalmente, se apartó por
completo.
Pepper sabía que estaba mirándola, esperando que ella abriera los ojos.
Dan quería casarse con ella, pero no había dicho que la amara. No en serio. ¿Qué era lo que
había dicho? Oh, sí, lo recordaba.
El matrimonio tenía sentido. Ninguna confesión apasionada de él, sólo un afecto indulgente,
una lujuria constante, y una enloquecedora y condescendiente necesidad de protegerla.
Sus ojos se abrieron de golpe. Lo empujó por los hombros.
—Eso no es suficiente.
Él la soltó.
—¡Maldita sea, Pepper! Eres la mujer más terca del mundo. ¿Qué quieres de mí? ¿Sangre?
La mano de Pepper voló a su garganta. Se quedó mirándolo. Vio la cicatriz en su rostro, la
cicatriz que atravesaba su vientre, y recordó porqué no podía aceptarlo.
—No. Nada de sangre. No quiero que sangres por mí.
Comenzó a andar hacia la puerta. Él la tomó del brazo.
—¿Vas a desperdiciar todo lo que somos juntos porque tienes miedo?
—Sí. Sí, así es. ¿Y qué? ¡No sabes lo que siento! No sabes lo que me ha pasado toda mi vida.
Él se imponía sobre ella como un juez.
—¿Ni siquiera me pedirás que renuncie a las fuerzas armadas? —Pepper no sabía qué decir.
¿Pedírselo? ¿Que renunciara?—. ¿Qué si dijera que lo haría? —exigió saber él.
Si dijera que abandonaría el ejército y se quedaría con ella, ¿se casaría con él entonces? No lo
sabía. Simplemente no lo sabía. Liberándose de un tirón, Pepper dijo:

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—Dijiste que ibas a enviarme a un lugar seguro. ¿Por qué no me voy ahora?
Dan no la siguió mientras iba furiosa hacia la casa, y ella se alegró, porque estaba tan enojada.
Tan enojada que las lágrimas se derramaban de sus ojos y caían por sus mejillas. Impaciente, las
secó, pero seguían apareciendo.
Irrumpió en la casa y cerró la puerta de un golpe. Esa pequeña violencia la hizo sentir mejor. Él
iba a entrar en batalla, ¿verdad? Tenía que tener sexo antes de morir, ¿cierto? Quería casarse con
ella... Un sollozo la atrapó desprevenida. Entró corriendo al baño y agarró un puñado de pañuelos
de papel.
Tenía que dejar de llorar. Había hecho lo correcto. Había confiado en él con su secreto. Él había
conocido a las autoridades correctas a quienes contactar, y ella sería enviada a un lugar seguro. Y
él podría no volver jamás con ella… esta vez, la siguiente, o la próxima.
No podría vivir así, sabiendo, preguntándose...
¿Por qué no se lo había dicho antes de que se enamorara de él otra vez? Entonces podría
haberse protegido de esta angustia. Era culpa de Dan. Todo era su culpa.
No quería amarlo.
Mientras pasaba fuera de la habitación de él, algo adentro captó su mirada. La habitación se
veía exactamente como cuando la señora Dreiss vivía: prolija y anticuada, con una cama grande de
latón, cortinas de encaje, una cómoda y una silla de madera, excepto que algo marrón e informe
se había anidado sobre la cama de Dan. ¿Una ardilla? Pepper caminó por el piso, concentrada en
no alarmar a la criatura marrón, y se sintió estúpida al darse cuenta de que esa cosa era una
muñeca. Una muñeca hecha en casa, rellena, mugrienta. Apenas hubiese sido reconocible si no
fuera por los dos ojos de botón negro cosidos en la cabeza de lienzo, y una mano que sobresalía
por debajo de su largo vestido sin forma.
Perpleja y cautelosa, tomó la pobre cosa en sus manos. Las patas se desplomaron tan
peligrosamente que temió que se le cayeran. Instintivamente, acunó la muñeca como a un bebé,
sosteniendo la cabeza y la espalda, pasando los dedos por la carita reseca. Podía ver dónde alguien
había dibujado una boca roja con tinta, y mechones de pelo negro cruzaban la frente, pero el color
casi había desaparecido. Una tela azul gastada rodeaba la cabeza de la muñeca y estaba cosida en
la base del cráneo para sostenerla en su sitio.
La muñeca había sido cosida a mano con exquisito cuidado, y la pobre cosita se veía como si la
hubiesen querido mucho en algún momento. Pero, ¿qué había provocado las marcas de
quemadura en el costado de la cara y el vestido? ¿Qué había arrancado un brazo?
Dan habló desde el umbral.
—Es un desastre, ¿verdad?
Pepper no estaba sorprendida de que la hubiese seguido.
—¿Qué le sucedió?
Acariciando todavía la muñeca, Pepper imaginó un incendio. Algo desastroso, pero no
trascendental.
La respuesta era trascendental.
—Fue volada… junto con la niña de cuatro años que era su mamá. La muñeca sobrevivió.
La mirada conmovida de ella fue hacia él.
—¿Alguien mató deliberadamente a una niña?

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Ahora él llevaba su arma sujeta en el exterior de su camisa, bajo el brazo, donde podría tomarla
con facilidad, y un chaleco blindado para ocultarla a simple vista.
—Mataron deliberadamente a la madre y el padre de la niña. Matar a la pequeña fue un extra,
una oportunidad de intimidar a cualquiera que se atreviera a ayudar al Ejército de Estados Unidos.
Dan hablaba calmadamente sobre un hecho horroroso, incluso uno catastrófico. Y tenía la
muñeca.
Estupefacta por la sorpresa, ella preguntó:
—¿Tú… estabas ahí?
—Yo era a quien los padres informaban. Te conté que estuve en las Fuerzas Especiales. Es más
que eso. Yo lideraba una unidad antiterrorista. —Dan tocó su mejilla marcada—. Con la luz
adecuada y con el color de cabello adecuado, puedo parecer surasiático, de Oriente Medio o
mongol.
La mirada de ella estudiaba sus rasgos, viendo cómo podía conseguirlo.
—¿Hablas esos idiomas?
—Algunos muy mal. Otros bastante bien. He representado muchos roles, desbaratado un
montón de complots, salvado a mucha gente. Pero no a todos. —Señaló la muñeca—. Le aseguré a
esas personas que no recibirían ningún daño. No creí que nadie me hubiese reconocido. Pensé que
había estado tan atento. —Tocó los mechones de cabello pintados en la frente de la muñeca. Por
un segundo, su máscara cayó—. Tenía a la niñita en mi falda mientras hablaba con su padre. Era la
pequeña más dulce, con enormes ojos marrones y una hermosa sonrisa. Por ella era que su padre
hablaba con nosotros. Quería una vida mejor para ella.
Pepper quería enojarse con él, decirle que ella era quien tenía recuerdos atormentadores. Pero
veía a un hombre sufriendo, y enfrentó un hecho desagradable. Era egoísta, egoísta hasta los
huesos. Había estado quejándose de sus problemas. Ahora Dan le estaba contando lo que había
hecho, y por qué, y sus razones eran más grandes y más atroces que cualquier cosa que ella jamás
hubiera enfrentado.
—Al día siguiente, me enteré de que había problemas. Tomé a algunos de mis hombres y
escapamos. —Mientras Dan miraba fijo, sus pupilas se abrieron hasta que sus ojos eran agujeros
dentro de la oscuridad de su alma—. Llegamos a tiempo para ver que la casa estallaba en nuestra
cara. Ningún grito. Sólo esa explosión que nos derribó. No pude oír nada durante horas, pero
podía ver. Y podía oler. Humo y fuego. El hedor de la carne quemada. Lo único que quedaba de su
hogar eran escombros.
Pepper había visto esa escena en las películas. Un fuerte estallido. Yeso y piedras volando por la
fuerza de la explosión. Sangre y huesos dispersos en todas partes.
Pero esto era real. Había sucedido. En su imaginación vio a Dan, asustado y apaleado, corriendo
hacia la casa demolida, intentando encontrar a la niña que había conocido el día anterior.
—¿Y la muñeca?
Él miró a Pepper como si le sobresaltara ver que estaba allí.
—Sí. La muñeca. Fue arrojada casi a mis pies.
Con horror Pepper reconoció las manchas marrones en la falda de la muñeca.
—Esta es la sangre de la niñita.

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—No. Es mía. —Él se tocó el abdomen—. No solté la muñeca, ni siquiera en el hospital. —Aguda
como una cuchilla, su mirada oscura se dirigió a ella—. Todos los que trabajamos contra los
terroristas terminamos del mismo modo: con cicatrices, renunciando en agonía, muertos... o
deseando venganza. —Ella dio un respingo ante la finalidad de sus palabras—. En lo único que
podía pensar era en esa pobre niñita y quién podría haber llegado a ser. Qué desperdicio. Qué
maldito desperdicio de belleza, talento e inteligencia, todo por unos tóxicos ideales y un montón
de dinero.
Pepper dejó la muñeca sobre la mesa de luz. Se volvió hacia Dan, le rodeó la cintura con los
brazos y lo abrazó tan fuerte como podía, intentando absorber el dolor que lo acompañaba cada
día.
Él no le devolvió el abrazo.
—Hice mi trabajo. Hice lo correcto. Cuando salí del hospital, fui a buscar a quien los traicionó a
ellos y a nosotros.
Pepper se puso dura de miedo por él. ¿Dan no entendía que él podía haber sido uno de los
buenos que terminó muerto?
Claro que sí. Dan hubiese conocido los hechos mejor que nadie.
—¿Lo encontraste? —le preguntó.
—Por supuesto. Lo maté. —El cuerpo de Dan tembló, un movimiento sacudido como si lo
hubiese alcanzado un terremoto—. Él casi me mató también. Pero yo lo maté.
Ella apretó la cabeza contra su pecho y escuchó el latido de su corazón.
—Estoy orgullosa de ti.
Dan permaneció inmóvil en sus brazos, como si no quisiera responder a su intenso abrazo.
Finalmente, sus brazos la rodearon, y la abrazó del mismo modo que ella.
Su corazón latía contra la mejilla de Pepper, el sonido retumbando a través de su cabeza. Los
músculos duros de su cuerpo absorbían la esencia vital de ella y la devolvían multiplicada por diez.
Lo amaba tanto, y por primera vez, lo amaba sin amargura ni envidia. ¿Cómo podía envidiar a un
hombre que vivía con este tipo de recuerdos?
Pepper miró su rostro inmóvil. Ahora lo reconocía como lo que era: una máscara que él se
ponía, no para confundirla, sino para ocultar su dolor a su padre, a la gente en el pueblo que no
sabía lo que él había hecho para protegerlos, a ella.
Ahora lo veía todo, y sufría por él.
—No salvaste a esa niñita.
Dan dio un respingo, y nuevamente ella vio la cruda angustia con la que él vivía cada día.
—No.
—No puedes salvar al mundo.
—¿Crees que eres la primera en decirme eso?
Sus ojos... sus ojos eran tan afligidos que los de ella se llenaron de lágrimas.
—Pero tú no lo crees. —Tomándole la mano entre las suyas, besó su palma. Sosteniéndola
entre ambas manos, le dijo—: Estoy tan orgullosa de ti.
—No tienes que tenerme lástima.
—No te tengo lástima. Nunca te tendría lástima. Tampoco me alegra que lo hayas pasado mal,
pero saber todo esto —tocó la muñeca sobre la mesa de luz—, cambia las cosas.

Traducido y corregido por ALENA JADEN Página 172


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—¿Qué cosas?
Pepper tosió, intentando despejar la vergüenza.
—Que hay cosas peores que ser una niña de acogida sin una familia. Tú y yo… somos dos almas
heridas, y de algún modo nos hacemos mejores.
Las cejas de él se elevaron con sorpresa.
—Sí. Sí, supongo que así es. Eso no es poco, ¿cierto?
—Es muchísimo.
—Prometo que nunca te lastimaré. Pero tengo una cosa más que hacer. —Sus labios generosos
se aplanaron en una línea severa—. Retribución. Venganza. Como quieras llamarlo.
Ella sabía que no iba a gustarle la respuesta, pero tenía que preguntar.
—¿Qué… qué tienes que hacer?
—El tipo al que maté… su padre nos ha eludido durante años. Es uno de los hombres que hace
los planos para los terroristas internacionales, y es el hijo de puta más astuto que haya nacido
jamás. Pero tiene una debilidad. Me quiere muerto.
—Entonces le hiciste saber que estás aquí. —Ahora todo estaba claro—. Por eso hay tanta
seguridad aquí. Por eso es que siempre llevas un arma. No sólo estás recuperándote de una
herida. ¡Eres un señuelo!
—Sí. No nos queda mucho tiempo, pero quiero que sepas que cuando esto haya terminado,
podré obtener un licenciamiento honroso del ejército, y lo haré.
—No te pedí eso.
—Sé que no lo hiciste. Es mi regalo para ti.
¿La amaba? Tal vez. Tal vez esta era la manera en que demostraba su amor un hombre
incómodo con las emociones. Pepper apenas podía hablar.
—También he hecho caer a la General Napier sobre ti.
—Puedo manejarlo.
Por el recuerdo de una niña de cuatro años, Dan se ponía en peligro. Ahora ella entendía por
qué. Era valiente, hacer lo correcto sin importar cuán difícil o mortífero fuera.
Pepper no podía hacer menos.

Traducido y corregido por ALENA JADEN Página 173


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CCAAPPÍÍTTU
ULLO
O 2266

Tan suave como una brisa de verano, Pepper tocó los labios de Dan con los suyos.
—Tienes cosas que hacer. Preparativos para que tus hombres no salgan lastimados. Y yo tengo
que empacar un bolso para llevar conmigo cuando vaya a refugiarme.
Era cierto. Dan tenía preparativos que hacer, y ella debería armar un bolso, pero apenas podía
soportar dejarla ir. Y eso era una negligencia en el cumplimiento del deber. Volvió a besarla, sólo
una vez, y entonces la soltó.
—Una bolsa pequeña —le indicó—. Cepillo de dientes, muda de ropa interior, lo básico. Estarás
de vuelta aquí antes de que termine la semana.
—Genial.
Pepper sonrió, pero sus labios se veían como si estuvieran rígidos, y sus ojos muy abiertos e
inquietos.
—No te preocupes. —Él usó un tono tranquilizador—. Te sacaremos a tiempo.
—Sé que lo harás. —Lo besó otra vez—. Y estarás bien, ¿verdad?
—Tengo dos hombres en el pueblo. Tengo un hombre en el rancho. La unidad está en su
puesto, esperando para moverse en cuanto los terroristas nos rodeen, y no serviríamos de mucho
si no estuviésemos acostumbrados a luchar contra las probabilidades.
Sus palabras no parecieron aplacarla perceptiblemente. En todo caso, ella se veía más asustada.
Pero su mentón se elevó.
—También yo. Y todo siempre sale bien al final. ¿Verdad?
Como un soldado yendo a la guerra, ella caminó hacia la puerta del dormitorio. Se detuvo antes
de salir, y lo miró durante un momento prolongado. Con una voz que sonaba dolorosamente
sincera, le dijo:
—Te amo. Y en cuanto esto haya terminado, nos casaremos.
Mientras desaparecía hacia su dormitorio, él se quedó mirándola. Qué gracioso. Había
expresado su miedo de que él muriera y, al mismo tiempo, había actuado como si no pudiera
esperar para salir de aquí. Un feo pensamiento se abrió paso en la mente de Dan. ¿Sólo estaba
interesada en su propia seguridad?
Se encontró moviéndose silenciosamente, para que las viejas tablas del suelo no crujieran. Fue
hacia la cocina. El comedor. La puerta del dormitorio de ella...
Un vistazo fugaz le probó que ella no estaba ahí. Mientras caminaba hacia el baño, intentó
decirse a sí mismo que el pánico era una reacción normal entre civiles. Sin embargo, cuando
tampoco la encontró allí, salió por la puerta y se enfureció. Enfrentados a la idea de la batalla, la
mayoría de las personas huían por sus vidas.
Pero Pepper... Pepper siempre huía, especialmente cuando se trataba de él. Dan se encontró
apretando los dientes mientras salía al porche y miraba, para verla corriendo hacia la camioneta,
con su viejo abrigo puesto, una mochila colgando sobre su hombro, las llaves de él colgando de sus
dedos.
Había dicho que lo amaba. Había dicho que se casaría con él. Y había usado esas palabras para
ocultar la verdad. Estaba escapando otra vez. Después de todas esas promesas de devoción,
estaba abandonándolo.

Traducido y corregido por ALENA JADEN Página 174


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Corrió hacia ella con el paso más ligero, cruzando el césped, hacia el camino de ripio. Justo
antes de agarrarla, ella percibió algo detrás suyo. Se dio vuelta. Dan vio su mirada asustada, vio su
salto instintivo hacia la camioneta. Tomándola de la cintura, la tacleó. Mientras volaban por el
aire, se retorció para que ella aterrizara encima suyo. La mochila se deslizó lejos.
Mientras rodaban por la hierba junto al sendero, los dos estaban hablando.
Ella dijo:
—Tienes que dejarme ir. Te he provocado un desastre otra vez.
—Eres mía. Nunca tomaste otro amante.
Dan se quedó atónito por las palabras, por el sentimiento. Ni siquiera había sabido que pensaba
algo semejante.
—Escucha. —Pepper se apoyó en él y le tomó el rostro entre las manos—. La General Napier
está buscándome. A mí. Si salgo de aquí, ella me perseguirá. Dividirá a los terroristas y tendrás una
posibilidad contra ellos.
—Mentirosa. Estás escapando porque estás asustada.
La mirada de ella cayó bajo su cortante desdén.
—Me marcho para ayudarte.
Él estaba furioso.
—No me vengas con esa mierda. En todos estos años nunca te permitiste otra relación porque
una relación es permanente. —Ella se quedó quieta, y él supo que finalmente estaba bien
encaminado—. Sí, eso es. Si amaras a alguien, a cualquiera, tendrías que quedarte en un lugar y
trabajar para mantener vivo el amor. Es más fácil escapar.
Ella se retorció, intentando alejarse de él.
—Eso es ridículo.
Dan la entendía ahora. Ahora entendía todo.
—Por eso estabas tan enojada cuando quise que buscaras a tu familia. No quieres conocerlos.
Temes no ser lo bastante buena para ellos.
Ella luchó fervientemente.
—Mi familia no es el problema aquí.
—No, el problema es que dijiste que me amabas. Prometiste casarte conmigo cuando todo esto
termine, y estás intentando escapar. ¿Te das cuenta de que si te marchas por ese camino
alejándote de mí, arruinarás toda la operación que llevó meses y un millón de dólares armar?
—No. No, nunca dijiste eso.
—No creí que necesitara hacerlo. Pensé que esperarías el momento correcto para ser
transportada fuera de aquí. Y, hmm, ¿por qué pensé eso? ¡Porque dijiste que sólo ibas a empacar
un bolso!
Dan rugió su angustia por ser abandonado por la mujer que amaba... otra vez. La mujer que
amaba. La mujer que le había devuelto la vida con su compasión y su admiración. La única persona
a la que había confesado su tormento por haber fracasado en salvar a esa niña. La mujer que
amaba. La mujer que, en cuanto se daba cuenta de que corría peligro de ser asesinada —o peor,
de ser parte de la vida de él para siempre— salía disparada como una cucaracha en busca de la
salida.
Pepper se estremeció.

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—No es lo que piensas. Voy a regresar, a estar contigo para siempre…


Enfurecido por su demostración de sinceridad, él la apartó de sí de un empujón, la dejó
aterrizar sobre su trasero. Se sentó.
—No te preocupes, si sobrevivo a esto, no te haré cumplir tu promesa de casarte conmigo. No
te aceptaría. Eres una cobarde en todos los sentidos posibles.
Ella se acurrucó, llevando las rodillas hacia su pecho, mirándolo como si él hubiese hecho
pedazos sus sueños. Sus ojos... reconoció la expresión en los ojos de Pepper. Había visto ojos
como los suyos en otra ocasión, cuando había tenido a esa niña en sus brazos y había visto la
conmoción de una muerte dolorosa y la vacuidad de una amarga eternidad.
La sorpresa de ver esa expresión en el rostro de ella actuó como una bofetada a sus sentidos.
Esta era la muchacha a la que había amado cuando era joven y que ahora amaba siendo un
hombre. Era una mujer complicada que no ofrecía su confianza con facilidad, si es que lo hacía. Él,
el hombre que creía en escuchar a sus instintos, nunca había percibido ningún dejo de traición en
ella.
Pero escuchó sus instintos respecto a él mismo, los oyó fuerte y claro, y le gritaron que había
estado esperando problemas. Había estado preparado para la traición. Había acusado a Pepper de
permitir que el pasado la influyera en perjuicio de todas sus relaciones, cuando él había hecho
exactamente lo mismo. Había admitido para sí mismo que la amaba, había entrado en pánico,
había hablado de más, había arruinado todo. Peor, había lastimado a la única persona que amaba
por encima de todo.
Masculló:
—Soy un tonto. —Los hombros de ella se desplomaron. Su labio inferior temblaba. Sus ojos se
llenaron de lágrimas—. Escucha, Pepper...
¿Cómo iba a explicarse?
Como una mujer al borde de un colapso emocional, ella se puso torpemente de pie. Soltó un
sollozo desgarrador, tan fuerte que casi sonaba falso.
—Lo siento. No hagas eso.
Dan se paró e intentó tomarla en sus brazos.
Se apoyó contra él… con fuerza. El peso de ella lo atrapó con la guardia baja. Y nunca lo vio
venir. Pepper lo agarró de la muñeca, enganchó su talón detrás de la rodilla de él y lo derribó.
Dan aterrizó de espaldas. Su entrenamiento tomó el mando. Rodó y se levantó en un
movimiento fluido. Todas las señales de la amante traicionada y herida habían desaparecido.
Pepper Prescott se encontraba erguida y alta. Sus ojos lo observaban como si fuera una alimaña, y
tan rápido como pudo, retrocedió, fuera de su alcance. Tenía una pistola lisa, recta en la mano.
Una Beretta 9mm, como la que él tenía en la pistolera en su costado.
Como la pistola en la pistolera en su costado.
Buscó su Beretta. Había desaparecido.
Pepper había hecho lo que ningún hombre había logrado hacer jamás. Le había quitado su
arma. Pepper debería haber estado asustada por el modo en que la miraba a ella y el arma, pero
estaba tan condenadamente enojada. No, enojada no. Furiosa, iracunda, preparada para matarlo
por lastimarla de todas las maneras posibles. Por traicionarla como cada persona en su vida la
había traicionado. Lo odiaba... porque lo amaba, y había intentado destruirla.
Con una voz que sonaba tan fría y serena como la de la General Napier, Pepper dijo:

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—Gracias por recordarme una verdad eterna, Dan. Por un segundo lo olvidé. Todos se
preocupan por sí mismos, y nadie confía en alguien como yo.
La mirada de él pasaba de ella a la pistola, ella y la camioneta, como si sopesara sus
posibilidades de derribarla.
—Guarda esa cosa. No vas a dispararme.
Suave, intensamente, ella dijo:
—Por favor. Prueba tu teoría.
Él miró el ojo frío y negro de la pistola, firme en la mano de ella. La miró a los ojos. Ella le
permitió ver la rabia que la impulsaba. Dan no se movió.
Pepper sonrió, un leve elevamiento de los labios, un movimiento casi doloroso en su angustia.
—Buena decisión. Y recuerda: o soy una cobarde y una mentirosa, o soy la mujer a la que
acabas de insultar. Realmente disfrutaría de una razón para dispararte.
—Lo entiendo.
—Ahora cuéntame el plan. Si no puedo marcharme por mi cuenta, necesito saber adónde voy
cuando me envíen lejos, y cómo llegaré allí.
—Tengo un tipo cuidando tus espaldas…
Dan miró alrededor, como anticipando su llegada.
—Vigilándome —dijo ella cínicamente.
Él dio un paso hacia ella.
—No. Se asegura de que estés a salvo.
Ella retrocedió. Estaba dispuesta a dispararle, y él se veía lo bastante loco como para correr el
riesgo. Pepper había permitido que la furia se adueñara de ella; no había pensado bien esto. No
sabía adónde iba a ir. Por otro lado, con la pistola de Dan en la mano, no tenía que escuchar sus
falsas disculpas.
—¿Puedes sacarme pronto de aquí?
—No, pero tenemos dos horas desde el momento en que los terroristas empiecen a moverse...
—Dan se detuvo. Un zumbido salía de su bolsillo. Con una cortesía que parecía fuera de lugar
después de su enemistad, preguntó—: ¿Te importa si atiendo?
—Por favor. —Ella hizo un gesto con la mano libre—. Adelante. Pero asegúrate de no sacar
accidentalmente un arma cuando busques el micrófono.
—Entendido. —Como si ella no estuviera allí apuntándole con su propia pistola, Dan colocó el
auricular en su oído y escuchó, con el rostro frío y sereno—. Coronel, sugerí que era un truco.
¿Cuántos hombres?
La pistola se estaba volviendo pesada. Pepper recogió la mochila y la colgó sobre su hombro. El
tono de Dan se tornó tajante.
—La enviaré a la cabaña. Es inevitable. —Escuchó otra vez y luego agregó—: Haré lo que pueda.
Cerró la transmisión y la siguió, a una distancia segura, hasta la camioneta. Tenía las manos
vacías, y los ojos entrecerrados y calculadores.
—¿Qué ha pasado?

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—Los terroristas, Napier, Schuster y sus hombres, contrataron actores para tomar sus lugares y
poder moverse en el rancho desapercibidos. Uno de los sustitutos sospechó y contactó a las
autoridades. Tenemos una situación entre las manos.
Pepper rió, un sonido débil que carecía de diversión. Abrió la puerta de la camioneta.
—Sígueme si quieres, pero por favor, recuerda que disparo muy bien y que realmente quiero
matarte. Ahora mismo quiero matarte más de lo que quiero matar a la General Napier, y no es
poco.
—Con mi ayuda, puedes sobrevivir.
La rabia que ella había pensado que tenía bajo control arremetió en palabras tan afiladas como
cuchillas.
—He tenido tu ayuda. ¡No creo que pueda aguantar más de tu ayuda!
Él levantó las manos.
—Ve a la vieja cabaña. Está blindada, surtida de municiones. Te llevé ahí a propósito, para que
supieras adónde escapar si las cosas iban mal. —Dan asintió hacia la camioneta—. Pero tendrás
que caminar. Abriré la puerta de la cabaña desde aquí.
Ella se burló:
—¿Y volverás a abrirla cuando quieras entrar?
—Una vez que estés dentro, lo verás. Es impenetrable.
—¿Qué hay de ti?
Ella oyó que una alarma estridente se disparaba dentro de la casa.
Él miró su localizador, y ante los ojos de ella se convirtió en un hombre poseído por la
necesidad de venganza, un soldado que ganaría por cualquier medio... un guerrero.
—Ese es Yarnell. Una tropa de hombres armados acaba de pasar por Diamond. No tienes
manera de salir y aproximadamente media hora antes de que lleguen aquí. En marcha.
Él no pareció moverse rápidamente, pero en un instante había desaparecido dentro de la casa.
Simplemente desaparecido, como si nunca hubiera estado ahí.
Ella dudó y entonces la realidad la golpeó. Su corazón dio un salto. No se atrevía a correr el
riesgo. La General Napier finalmente la había encontrado.
El sol se ponía mientras Pepper metía la pistola en el bolsillo de su abrigo y comenzaba a subir
por el sendero detrás de la casa hacia la vieja cabaña. A un paso enérgico, le llevaría diez minutos
llegar allí. Le llevaría ocho si corría, pero el sendero serpenteaba colina arriba, la mochila era
pesada, y no se atrevía a llegar sin aire. Necesitaba su respiración, y necesitaba su ingenio.
Este era el enfrentamiento que había temido tanto tiempo, y como había temido, estaría sola.
Probablemente moriría... sola. Qué asombroso cómo esa escena en el camino de entrada había
arruinado su vida y fortalecido su determinación. Podía morir, pero caería luchando, porque
quería vivir desesperadamente. Vivir para poder oír a Dan Graham disculpándose por sus ideas
erradas sobre ella, y real y verdaderamente quería verlo arrastrándose mientras le rogaba
nuevamente que se casara con él...
Pero entonces su imaginación le falló. No podía formar esa imagen. ¿Dan Graham?
¿Arrastrándose? Rió brevemente, pero la risa se convirtió en un sollozo y se lo tragó. No podía
pensar en Dan ahora. Tenía que concentrarse en sobrevivir.

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El bosque se volvía más denso a medida que subía. Las agujas de pino resbalaban bajo sus pies.
Podía oler el miedo en sí misma. Miedo, sexo y Dan. No era precisamente el perfume que hubiese
esperado respirar con su último aliento.
Saliendo al pequeño claro, vio la cabaña y, por primera vez, se dio cuenta de por qué Dan había
hecho limpiar el área. Nadie podría acercarse sigilosamente a este lugar.
Se dirigió rápidamente al porche. La puerta se abrió con facilidad ante su toque, con un peso
que hacía que se sintiera como la puerta de una bóveda de banco. ¿A prueba de balas?
Indudablemente. ¿Resistiría el estallido de un misil? No se atrevía a preguntarse eso. Le
hormigueaba la piel mientras miraba hacia el oscuro interior.
Y era oscuro. La cabaña se encontraba ubicada en el lado a la sombra de la montaña. El sol
estaba cayendo. Las ventanas estaban coloreadas para que no entrara nada de luz y,
probablemente, tampoco saliera. La única habitación era parcialmente una cueva, y el olor a tierra
húmeda y roca impenetrable hicieron que se diera cuenta... esta probablemente sería su tumba.
Sacando la linterna de su mochila, la alumbró por las paredes y en los rincones. Como antes, el
lugar se veía desierto. La mesa, taburetes, banco y baúl seguían ubicados en el centro de la
habitación, y la enorme chimenea se elevaba contra una de las paredes. Dio un cauteloso paso
adentro y oyó el correteo de patas de roedor. Apretó los dientes, pero sabía que los ratones
estarían comiendo su cadáver si no se asentaba ahora.
Casi dio un salto cuando, desde las sombras detrás suyo, escuchó:
—¿Cómo va todo, señorita?
—¡Sonny!
Girando rápidamente, ella lo vio subiendo los escalones pavoneándose, joven, presumido... ¿un
terrorista?
Él tocó su sombrero con un dedo.
—¿Hay algo con lo que pueda ayudarla?
Ella se puso de espaldas a la pared.
—Yo... sólo... —Buscó la pistola en el bolsillo de su abrigo—. ¿Qué estás haciendo aquí?
Él sonrió, pero el encanto abierto que había mostrado antes ahora parecía ensombrecido.
—¿Dan no se lo dijo? Vine a ayudar.
Del otro lado del porche llegó la voz de un hombre.
—¿Ayudar en qué? —Hunter Wainwright apareció a la vista—. ¿Ayudarla a ella? Es una mujer
inteligente. No va a creer eso.
—¿Qué diablos estás haciendo aquí, Wainwright? —Sonny movió el peso de sus pies—. Como si
tuviera que preguntar.
Antes de que pudiera saltar, Pepper lo apuntó con el arma.
—No lo hagas.
Sonny se tambaleó a punto de moverse. La miraba con ojos incrédulos.
—¿Qué está haciendo? Soy su hombre.
Dan había dicho que tenía un vaquero en el rancho para protegerla. Pero, ¿Sonny? ¿El
arrogante y odioso Sonny? Hunter rió con desdén.
—No va a creerte.

Traducido y corregido por ALENA JADEN Página 179


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El hombre caminó hacia ella. Pepper apuntó el arma hacia él.


—Tampoco dije que le creyera a usted.
Pero era mayor, más sensato, mientras que Sonny no parecía más que un muchacho
imprudente inclinado a las decisiones impulsivas, como la decisión de aceptar un soborno y
matarla.
Sin embargo, no podía apuntar a ambos con una sola arma. La General Napier estaba llegando.
Pepper tenía que meterse en la cabaña. Tenía que elegir.
Entonces Sonny hizo la elección por ella. Corrió hacia Wainwright, derribando al viejo vaquero.
Wainwright aterrizó con un ruido sordo, pero mostró una notable habilidad para pelear. Pateó los
pies de Sonny y aterrizó sobre él con un puñetazo violento. Los dos rodaron hacia Pepper,
aporreándose con un odio muy real.
Pepper se encontró tomando una decisión que no quería tomar. Una decisión espontánea. Con
la culata de la pistola, tumbó a Sonny. El joven gruñó mientras golpeaba el porche boca abajo.
Pepper se estremeció y comenzó a sudar. El cráneo de él había hecho un ruido hueco. No lo
odiaba tanto, pero tampoco se atrevía a llevarlo adentro.
Agarrando a Wainwright del cuello de la camisa, lo arrastró dentro de la cabaña mientras él se
ponía de pie tambaleante. Revisó las cerraduras y se dio cuenta otra vez de que Dan tenía razón.
Nadie podría atravesar esta puerta a menos que ella se lo permitiera.
Cerró la puerta. Se trabó tan silenciosamente como se había abierto, con una finalidad que hizo
que quisiera arrojarse afuera nuevamente y correr el riesgo.
Pero eso era estúpido. Si Dan podía defenderse desde aquí, ella también podría, especialmente
con la ayuda de este hombre. Miró preocupada a Wainwright. Él no se veía demasiado útil. De
hecho, parecía más preocupado por secar su nariz sangrante con su prístino pañuelo blanco que
por ayudarla a prepararse para la pelea.
—¿Supone que Sonny estará bien cuando aparezcan los terroristas? —le preguntó—. Odiaría
pensar que lo matarán por fracasar.
—Espero que le disparen las entrañas. Siempre actúa como si fuera tan inteligente, ¿sabe?
—Lo sé.
Mientras Wainwright le recordaba los defectos de Sonny, ella se sintió un poco más alegre por
su elección. Sin embargo, mantenía un ojo puesto en Wainwright mientras aplastaba una mano
sobre la superficie de la mesa. No se sacudió. El mueble era como todo lo demás aquí:
inesperadamente fuerte. Dejando su mochila y la Beretta, abrió la tapa del baúl, iluminó con la
linterna y jadeó cuando correteó un ratón.
Mientras daba un salto hacia atrás, Wainwright tomó la pistola de ella.
—Señora, agradezco que haya dejado este arma, porque tengo que decirlo, no me gusta
golpear a una dama, pero lo haría si tuviera que hacerlo.
Ella se quedó mirando la pistola que Wainwright le apuntaba, y se dio cuenta de que había
creído que Dan había enviado a alguien para ayudarla. Simplemente había elegido mal.

Traducido y corregido por ALENA JADEN Página 180


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CCAAPPÍÍTTU
ULLO
O 2277

Wainwright sacó otra pistola más pequeña de su chaqueta, manejando ambas armas con
desalentadora familiaridad.
Se encorvó fuera del alcance de los pies de ella que golpeaban y, con una sonrisita satisfecha,
ordenó:
—Muévase hacia la puerta y ábrala como una buena muchacha.
Pepper estaba cansada de que la trataran con condescendencia. Estaba harta de tener miedo y
de simular ser otra persona. Estaba cansada de los hombres con sus juegos de guerra, sus
conspiraciones y sus estúpidas suposiciones. Quería su tierra, quería su libertad, y por Dios que iba
a sobrevivir a esta batalla para poder hacer lo que quisiera el resto de su vida sin interferencia de
nadie, y eso incluía a Daniel Graham.
Plantando las manos en sus caderas, preguntó:
—¿Qué va a hacer, Wainwright? ¿Matarme?
Ante la irritación en su tono, la sonrisita de Wainwright desapareció.
—De ninguna manera, señorita. Voy a entregarla a ese tipo que me ha estado pagando buen
dinero para vigilarlos a usted y a Dan, y él va a darme un fajo lo bastante grande como para
llevarme muy, muy lejos de aquí.
Pepper no pudo evitarlo. Sonrió.
—¿Qué tan lejos cree que podrá escapar de un Dan Graham terriblemente enfurecido? Un
monasterio tibetano no parece su tipo de lugar.
El labio inferior de Wainwright sobresalió.
—Puedo escapar de Dan.
—Seguro que sí.
Ella dio un paso hacia Wainwright. El hombre retrocedió.
—Aléjese. El señor Graham me contó sobre su judo, o karate, o lo que sea que sabe.
¿Russell no podía mantener la boca cerrada con nada? Pepper siguió hablando.
—Eso asumiendo que este tipo que está pagándole no le ponga una bala entre los ojos porque
ha acabado de usarlo.
—¡Hey! No hay necesidad de hablar así. —La indignación de Wainwright parecía sincera—. No
es adecuado, viniendo de una muchacha bonita como usted.
—¡Hey! —se burló ella—. Esas personas son terroristas internacionales. ¿Cree que realmente
les importará algo sobre usted, yo o alguien más?
Las pistolas temblaron.
—¿Terroristas? No sea tonta. Son sólo esos tipos que quieren ajustar cuentas con Dan por ser
un tipo tan listo... —Viendo que los labios de ella se fruncían, Wainwright hizo un gesto con las
armas—. No sabe de qué está hablando. Abra la puerta.
—No le agrada nadie que sea más joven o más inteligente que usted, ¿cierto? Así que supongo
que está enojado con el mundo entero.
La pequeña pistola de él se afirmó sobre su pecho.
—Abra la puerta.

Traducido y corregido por ALENA JADEN Página 181


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Pepper debería haberlo manejado mejor, hacerle saber el tipo de escoria con la que había
hecho un trato, convencerlo de que la dejara ir. Una por una, abrió las trabas. Abrió la puerta a un
mundo bendecido por los últimos rayos de sol. Con un vistazo detrás suyo, se dio cuenta de que él
todavía mantenía una distancia considerable de ella. Salió corriendo hacia un costado, donde la
pared la protegería.
No lo vio. No oyó un sonido. Al rodear la esquina, no hubo ni un susurro de advertencia, pero la
mano de un hombre le rodeó la muñeca.
Dan dijo:
—Soy yo.
Pepper nunca había gritado de miedo en toda su vida. Entonces lo hizo. Su presión sanguínea
llegó al límite. A través del fuerte latido de su corazón, lo oyó repetir:
—Pepper, soy yo.
Dan. Era Dan.
Ese bastardo. Llevaba la misma ropa que antes, con el agregado de un chaleco a prueba de
balas que se tensaba sobre su pecho amplio.
Ella vio un caballo trotando de regreso por el sendero hacia el rancho. Samson.
Wainwright salió corriendo tras Pepper.
Dan la arrojó al piso al lado de Sonny, que seguía inconsciente. Subiendo, Dan golpeó a
Wainwright en la cara, usando el impulso de Wainwright para derribarlo de cabeza. Wainwright se
deslizó de cara por el porche. La Beretta 9mm salió volando. Pepper gateó tras ella. Dan comenzó
a acercarse a Wainwright.
Con su propia pistola, Wainwright disparó a Dan.
—Maldito seas, Wainwright. —Dan retrocedió y pateó el arma de la mano de Wainwright con
fuerza suficiente para enviarla volando lejos, a la hierba—. Eres el hijo de puta más imbécil que
jamás haya trabajado en este rancho. Si sobrevives a esto, irás a prisión. —Alzando a Sonny sobre
su hombro, Dan se dirigió a la cabaña—. Vamos, Pepper, ya casi están aquí.
Bien. Los terroristas casi estaban aquí. Dan estaba aquí. Ella sabía a quién odiaba más, pero era
una competencia cerrada.
Metiendo la Beretta en el bolsillo, lo siguió.
—¿Qué hay de Samson?
Merecía algo mejor que morir ahí afuera.
—Es un viejo caballo inteligente —le aseguró Dan—. Tomará un desvío y encontrará su camino
a casa finalmente.
Pepper cerró la puerta.
—¿Wainwright?
Dan asintió hacia la puerta.
—Echa un vistazo.
Ella miró afuera y vio a Wainwright corriendo tras Samson, tomándolo de la crin y subiendo a su
lomo con dificultad. Samson nunca disminuyó el paso mientras pasaba bajo una rama baja y se
quitaba de encima a Wainwright. El hombre golpeó el suelo de espaldas. Levantándose, persiguió
a Samson otra vez, pero Samson no quería saber nada más del viejo vaquero. Su trote firme se
convirtió en un galope, y se desvió del sendero y dentro del bosque.

Traducido y corregido por ALENA JADEN Página 182


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Dan rió y dejó al flojo Sonny sobre el suelo en el fondo de la cabaña.


Pepper los ignoró a ambos. Cosas más importantes que dos machos que pensaban que eran lo
mejor de la cuadra necesitaban su atención. Yendo hacia el baúl abierto, inspeccionó el contenido
con satisfacción letal. Había encontrado lo único que podía hacerla sonreír: el escondite de armas
de Dan. Lo descargó sobre la mesa. Un rifle pesado, con un buen alcance. Gafas... ¿de visión
nocturna? Las puso sobre sus ojos, y vio todo de un tinte amarillo. En el oscuro rincón del fondo
vio que Sonny levantaba la mano y se tocaba la cabeza. Sí, definitivamente eran gafas de visión
nocturna.
Sonny gimió.
—¿Estás despertando? —le preguntó Dan.
—Oh, Dios —dijo Sonny—. Estoy mareado. Estoy descompuesto.
—Apuesto a que sí.
El propio Dan sonaba un poco extraño. Pepper giró la cabeza hacia él.
Estaba arrancándose la manga de la camisa. Le llevó un minuto darse cuenta de que había
sangre manchando la tela.
Quitándose las gafas, preguntó:
—¿Qué pasó?
—Ese idiota me disparó con su estúpida pistola de juguete. —Dan sonaba molesto—. Dame una
mano, ¿sí, Pepper? Este estúpido agujero no deja de sangrar. —Había sacado un kit de primeros
auxilios, y le entregó un rollo de gasa. Ella vaciló—. No es tan malo. La bala lo atravesó.
Simplemente véndalo —le indicó en tono amable, como si ella fuera impresionable.
No era eso. Él estaba caliente y transpirando, y olía. No mal, claro que no. Sólo Dan podía
prepararse para la batalla, tomar su caballo, subir por una colina empinada, y hacer que ella
quisiera lamerle la piel sudorosa. No había modo de evitarlo. Tenía que tocarlo.
Presionando un extremo de la venda en el brazo, envolvió la gasa alrededor. Con tanto veneno
como pudo lograr, y ahora mismo era una asombrosa serpiente cascabel, le dijo:
—Debería haberte matado mientras tenía la posibilidad.
—Si te hace sentir mejor, nunca nadie, ni hombre ni mujer, me ha derribado y me ha quitado
mi arma. Sólo tú.
—Me sentiría mejor si te hubiese disparado.
Nunca había dicho nada tan en serio en su vida.
—Nunca has disparado a nadie. Te lo digo, generalmente no es tan bonito. —La advertencia
sonaba clara en su voz. Asintió hacia Sonny—. ¿Wainwright lo noqueó? —Ella no dijo nada—.
¿Pepper?
—Fui yo. —Le ató la venda y regresó a la mesa—. No mencionaste quién era tu refuerzo.
—Mi error. —Dan soltó una risotada—. Espera hasta que los demás se enteren de que el gran
luchador de terroristas fue derrotado por una mujer civil. —Sonny gimió. De pronto Dan se puso
totalmente serio—. Sonny, ¿vas a servirnos de algo?
Sonny no respondió.
Recordando el sonido de la culata del arma contra el cráneo, Pepper confesó:
—Lo golpeé bastante fuerte.

Traducido y corregido por ALENA JADEN Página 183


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Con una voz tan tranquila y confiada que Dan podía haber enfrentado esta situación cada día —
y, ella se recordó, lo había hecho—, él dijo:
—Ha estado peor. Cuando lo saquemos de aquí, los médicos se ocuparán de él. —No mostraba
ni un gramo de preocupación. Qué imbécil odioso—. Los chicos en el pueblo estarán encabezando
el rescate, pero debido al truco de los terroristas, no vendrán aquí enseguida. Depende de
nosotros permanecer con vida hasta que ellos lleguen. Tenemos que ser inteligentes, y tenemos
que ser rápidos. —Yendo hacia la mesa, Dan tomó el pesado chaleco—. Antibalas. —Se lo ofreció.
Ella se lo puso. Era grande, hecho para los hombros anchos de Dan—. Abróchalo.
Incluso mientras ella ajustaba las hebillas, se deslizaba a un lado y otro de su pecho. Dan tomó
el rifle.
—Rifle de francotirador —le informó—. Un Parker—Hale M—85, y municiones suficientes para
abatir a un ejército pequeño. —Señaló lo que parecía una calculadora grande—. Detonador
electrónico para las minas Claymore. —Le mostró los revólveres—. Dos Mark XIX Desert Eagle .44
Magnums con miras desmontables. —Señaló una funda acolchada de computadora—. Enciende
eso.
Pepper la abrió y se encontró mirando un panel electrónico. Pasó los dedos por los bordes y la
parte trasera y encontró el interruptor. Lo encendió y vio la tierra como en pendiente de la
cabaña.
Cada árbol, cada rama estaba tan claramente delineada como si fuera pleno día. En algún lugar
allí afuera, Dan había colocado cámaras para ayudarlo a deshacerse de sus atacantes, y mostraban
el terreno tan claramente como si pudiera verlo con sus propios ojos.
Dan echó un vistazo.
—Pepper, mira la pantalla. ¿Qué ves?
Algo brilló rojo mientras se deslizaba de árbol en árbol hacia la cabaña. No algo. Alguien.
Asustada, se dio cuenta de que la figura iluminada era humana.
Su foco pasó de Dan al peligro. Su corazón latió con fuerza, y luego palpitó como el de un
corredor al final de una carrera.
Pero apenas había empezado.
—La General Napier —susurró.
—No, ella no estará aquí todavía. Ella no, y tampoco mi hombre, Schuster. La primera regla de
ser un general: envía a los soldados prescindibles primero. La pelea casi habrá terminado antes de
que cualquiera de ellos haga una aparición. —Sacó una mira pequeña de su bolsillo y se la entregó
a Pepper—. Pon esto en la Beretta. La necesitaremos antes de que todo haya acabado.
Pepper tomó la pistola. La miró, lo miró a él, pensó en las cosas que le había dicho. Decidió que
necesitaba demasiado a Dan como para no seguir torturándolo ahora. Tomó la mira y la sujetó a la
pistola.
—Eres muy confiado tomando en cuenta que una hora atrás me llamaste cobarde y dijiste que
para lo único que era buena era para escapar.
—Una hora atrás fui un imbécil. Ahora no lo soy.
En un tono tan altanero como podía, ella dijo:
—Deberías buscar una segunda opinión. De hecho, me alegra dártela. Sigues siendo un imbécil.
El imbécil más grande que haya tenido la desgracia de conocer.

Traducido y corregido por ALENA JADEN Página 184


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Él la miró con los ojos entrecerrados. Su tono nunca cambió mientras señalaba al soldado
resplandeciente en la pantalla.
—¿Quieres saber por qué brilla así?
Sí, ella quería saber porqué brillaba así. Pero le dijo bruscamente:
—Si decírmelo te hace sentir más inteligente, adelante.
—Las cámaras ven los combatientes en color.
De la esquina del baúl él sacó una cajita negra que entraba en la palma de su mano. Detrás del
primer atacante, ella vio otro. Por alguna razón parecía más brillante, de un rojo más intenso. Otro
atacante lo seguía detrás. Resplandecía con una chispa de verde.
Odiaba preguntar, pero su vida podía depender de que lo supiera.
—¿Por qué hay colores diferentes?
—Ajusté los sensores para que las armas diferentes brillen diferenciadamente. —Dan echó un
vistazo a la pantalla—. Verde. Tiene un lanzagranadas. Estos muros no aguantarán eso. Lo
eliminaré ahora mismo.
—¿Cómo vamos a hacer eso?
Dan le mostró la caja.
—Minas Claymore.
Pepper podía disparar, pero no sabía nada de cosas como estas. De armamento militar. Pero
asintió como si supiera.
No engañó a Dan, que explicó:
—Cuando preparé este lugar, coloqué minas en los árboles. Están preparados para explotar con
esto. Es una carga electrónica.
Ella volvió a asentir. Ahora lo entendía.
—Correcto.
Más hombres aparecieron en el monitor. Seis, moviéndose con velocidad y sigilo hacia la
cabaña.
—Ahí están. —Dan sonaba casi complacido. Cuando la vio mirándolo con incredulidad, le
explicó—: Es la espera lo que detesto.
Ella no pudo contener su respuesta corrosiva.
—Es la falta de fe lo que detesto.
—Perdóname.
Él sonaba sincero, y lo que podía ver de él se veía sincero.
—Cuando muera. —Pepper miró la pantalla—. Podrías no tener que esperar demasiado.
Él tuvo el descaro de poner un dedo bajo su mentón y levantar su rostro hacia el suyo.
—Prometí seguridad a una niña y la perdí. No voy a perderte a ti también.
—También prometiste no lastimarme. —Pepper le apartó la mano—. He visto cómo cumples
tus promesas.
—Haz tu parte y estarás bien.
Pepper quería contestarle que estaba equivocado, pero eso era estúpido e infantil. Quería que
cumpliera con su promesa.

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Él señaló la munición.
—Mantén los rifles cargados. Cuando te lo diga, aprieta los botones para las minas terrestres.
Las paredes están blindadas, los vidrios son a prueba de balas. Permanece agachada, y aléjate de
los agujeros de rifle.
Pepper nunca antes había escuchado ese tono en la voz de Dan: sereno, instructivo y mortal.
Tuvo un efecto extraño en ella. Hizo que el momento pareciera menos aterrador y a la vez más
real. Secó sus palmas sudadas en los costados de su jean.
—¿Agujeros de rifle?
—Hay tres agujeros a cada lado de la puerta en intervalos bajos irregulares en los muros del
frente, y uno en cada pared lateral. —Pepper se arrodilló en el piso y pasó los dedos por la pared.
Dan se arrodilló a su lado, tan cerca que ella pudo sentir su calor—. No pierdas de vista tu monitor.
Pepper echó un vistazo. Otras cuatro figuras se habían unido a las primeras. La mayoría de ellas
brillaban de rojo, pero pudo ver chispazos ocasionales de amarillo y azul.
No preguntó qué significaba eso. ¿Qué diferencia hacía? Ella y Dan tenían que matar a todos o
morir. Era tan simple como eso.
—Dan, estas no son nuestras tropas, ¿cierto? ¿La General Napier no engañó a las tropas
norteamericanas a venir y luchar por ella?
—No es tan sencillo. Nadie, ni siquiera un general, puede meter tropas norteamericanas en
batalla sin autorización. —Dan tomó el rifle de francotirador. Señaló el monitor—. ¿Ves a ese tipo
ahí?
Ella vio una forma rojo brillante corriendo de árbol en árbol, acercándose a la cabaña.
—Sí.
—Si él fuera uno de los nuestros, mi equipo reconocería sus armas como nuestras. Es posible
que los mercenarios y terroristas lleven equipos norteamericanos, pero no que las tropas
norteamericanas lleven equipo de alguien más. ¿Está bien?
—Mucho mejor.
—Voy a eliminarlo en cuanto llegue aquí. —Volvió a señalar—. Intentaremos hacer que el
lanzagranadas se desvíe hacia esta mina.
Ella vio una luz clara, horizontal contra un árbol. La mina.
—Bien.
Dan la tomó del mentón otra vez, y en esta ocasión no le importó la resistencia de ella. Le dio
un beso duro.
—Para la suerte —le dijo, y se recostó en el piso.
Metió el rifle a través de la pared, disparó y se retiró en un solo movimiento fluido. El brillo rojo
cayó.
Una descarga de balas barrió las paredes. Pepper podía oírlas golpeando la madera afuera, oír
el sonido metálico cuando golpeaban el refuerzo, y no pudo contenerse. Se encogió, segura de
que iba a morir. En cambio, en ese tono tranquilo, Dan dijo:
—Bien. Nuestro lanzagranadas está desviándose. Mira.
Ella abrió los ojos, los ojos que no se había dado cuenta de que había cerrado. Miró la pantalla.
El pitido verde estaba corriendo de costado.
—¿Estás bien? —preguntó Dan.

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—Sí.
Lo estaba. Surgieron los instintos primitivos que la habían llevado tan lejos en la vida.
—Bien. —Dan le pasó la cajita—. Cuando el lanzagranadas llegue aquí, aprieta este botón.
Las manos de Pepper temblaban, pero asintió. Podía hacer eso. Podía hacer cualquier cosa que
tuviera que hacer. Sus emociones se afilaron a un punto agudísimo. Supervivencia. Eso era lo único
que importaba ahora. La supervivencia.
Con una elegancia y velocidad que la asombraron, Dan se movió de agujero en agujero,
disparando, liquidando hombres, acercando más al lanzagranadas a la mina. Dan era bueno.
Probablemente era el mejor. Con los preparativos que había hecho y su destreza, tenían una
oportunidad.
—Cuatro hombres menos —dijo él.
El lanzagranadas estaba en posición. Pepper apretó el botón.
El suelo tembló por la explosión. El pitido verde se apagó y no se movió. Ocho pitidos más
aparecieron en la pantalla.
Parecía un video juego, uno de esos con una advertencia de violencia.
—Trajeron muchos hombres para un premio doble, tú y yo. Muy bien. Nos quedan seis minas.
—Mostró a Pepper qué botones apretar, y su mano no temblaba para nada—. Elimina tantos
como puedas. Saldremos peleando.
—Vamos a ganar.
Después de eso, para Pepper la batalla se borroneó en una serie de botones, rifles y
explosiones. Las tropas terroristas seguían apareciendo, más y más de ellos, inundando la cabaña
en una oleada.
—Casi ha terminado —anunció Dan—, porque aquí vienen. Allí están tu general y mi hombre.
Ni siquiera la perspectiva de la muerte podía atenuar la irritación de Pepper.
—Ella no es mi general. —Vio dos pitidos púrpura en el monitor—. ¿Por qué son de ese color?
—Blindaje. ¿Queda alguna mina?
—Una.
—Haz que cuente.
—Hice que todas contaran.
Dan le sonrió.
—Lo sé. Puedes cuidar mi espalda cuando quieras.
Pepper se dio cuenta de que ese era su tributo de despedida.
Maldición. Ella iba a morir. Dan iba a morir.
Elevó una plegaria a Dios. Una plegaria para que salvara a Dan.
Robó un momento al estudio de su monitor para echarle un vistazo. Él disparaba con precisión
y eficiencia. Se movía con economía de movimientos. Su cabello estaba despeinado. Su rostro
estaba sucio. Lo odiaba por traicionarla, y rogaba que viviera.
No quería evaluar qué significaba eso.
Un grupo entero de atacantes corrió hacia el lanzagranadas.
—Dan…

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—Lo veo.
Dan comenzó a disparar, un tiro tras otro. Los hombres cayeron.
Alguien levantó el lanzagranadas y lo apuntó a la cabaña.
Dan usó su voz de mando.
—Pepper, ve al fondo y acuéstate en el suelo.
A ella no le importaba un comino su voz de mando. Él seguía disparando. Ella tenía una mina
más. Tres combatientes se colocaron en su sitio. Ella fijó sus ojos en la pantalla. Un poco más
cerca. Un poco…
La voz de Dan subió y se volvió ruda.
—Pepper.
—No. —Era la última palabra que diría. Qué adecuado caer desafiante. Y, en voz más baja,
agregó—: Te perdono.
El lanzagranadas apuntó la casa. Ella apretó el botón. Y una doble explosión sacudió la cabaña.
Se encontró en el piso, con las manos sobre la cabeza y Dan encima suyo.
Se levantó polvo. La cabaña entera crujió. Pero nada se derrumbó a su alrededor. No cayó
ninguna viga.
—¿Qué diablos? —La voz de Dan retumbó dentro de ella—. Fallaron.
Pepper lo empujó.
—Quítate de encima.
Él la abrazó un momento más, ella supuso que para demostrar que podía. Entonces Dan buscó
el monitor, que estaba iluminado como un árbol de Navidad.
—Bueno, ya era hora. Ha llegado la caballería.

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CCAAPPÍÍTTU
ULLO
O 2288

Dan miraba a Pepper mientras ella ponía su abrigo doblado bajo la cabeza de Sonny.
—Lo siento —se disculpó por quinta vez—. Pensé que Wainwright era el bueno.
—Está bien —murmuró Sonny.
Mantenía la consciencia, pero evidentemente sufría de un agudo dolor de cabeza. Necesitaba a
los médicos, y en cuanto todos los terroristas hubiesen sido acorralados, Dan abriría la puerta.
Su cautela enfurecía a Pepper. También estaba sucia, sangrando de un corte en el mentón… y
viva. Era un milagro. Estaba viva.
Él no le había permitido acercarse a las ventanas, aunque las tropas norteamericanas habían
iluminado la montaña entera con reflectores. Él decía que no pensaba perderla ahora por una bala
perdida.
Pepper dijo a Sonny:
—Dan no me contó que tenía al ejército entero de Estados Unidos disponible por satélite.
—No importaba —dijo Sonny—. Ellos llegarían a tiempo o no.
Pepper echó una mirada furiosa a Dan. Eso era lo que él había estado diciéndole. Dan agregó:
—Como los terroristas nos engañaron, la unidad no estaba preparada cuando comenzó el
ataque.
—Está bien, ¡lo entiendo! —Ella señaló el monitor y se puso de pie de un salto—. Muy bien,
puedes dejarme salir ahora. Los tienen a todos.
Dan también se levantó.
—Nos darán una señal cuando estén listos para nosotros.
Ella saltaba de impaciencia.
—¿Cómo lo harán?
—Aquí vienen.
Él vio a un hombre separándose de los demás y dirigiéndose a la cabaña. Sonó un golpe en la
puerta. Ofreciéndole una mirada significativa, Dan dijo:
—Golpearán.
Y abrió la puerta.
—Señor, el área está asegurada.
El sargento hizo bruscamente una venia.
Dan se la devolvió.
—Ya era maldita hora de que llegaran aquí, Yarnell.
Entonces, mientras Pepper miraba atónita, los dos chocaron las manos en un apretón cordial.
—Es bueno verlo con vida, Teniente.
Yarnell golpeó a Dan en el hombro. Era alto y desgarbado, con botas negras del tamaño de
Texas, y aparentemente el camuflaje era su color favorito.
—Es bueno estar vivo. ¿Tienes médicos cerca? Sonny está en la cabaña. Consiguió que lo
noquearan, tiene una conmoción cerebral.

Traducido y corregido por ALENA JADEN Página 189


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Con la intención de hacer pasar un mal rato a Sonny más tarde, cuando estuviera totalmente
consciente, Dan se guardó cómo había sucedido. Yarnell silbó llamando a los médicos, y dos
soldados entraron rápidamente en la cabaña.
—No te preocupes —dijo Dan a Pepper—. Se ocuparán de él.
Dan miró la escena. Los cuerpos estaban cubiertos con lonas. Los prisioneros reunidos en un
grupo sombrío. Los rifles y municiones habían sido amontonados en pilas.
—¿Atraparon a los dos principales?
—Napier está bien y asegurada. Dice que no sabe nada sobre esto, por supuesto.
La boca de Dan se aplanó.
—No lo sabría. Fue una coincidencia que estuviera en el área.
—No seas ridículo. No fue ninguna coincidencia. —Yarnell sonrió con suficiencia—. Estaba
intentando detenerlo.
—Que Dios me salve de su bondad —dijo Dan.
—Ella… no estaba... intentando... detenerlo —dijo Pepper con los dientes apretados.
Los dos hombres la miraron, con sonrisas nerviosas.
—Estaba bromeando —dijo Dan.
—Oh.
La indignación de Pepper se desinfló.
Dan se volvió hacia Yarnell.
—¿Schuster? —Yarnell negó con la cabeza una sola vez. Con serena intensidad, Dan dijo—:
Maldición.
—¿Qué pasó con él? —preguntó Pepper—. ¿Fue asesinado?
—Suicidio —dijo Yarnell—. Los comandantes terroristas no se permiten ser capturados. Pero
tenemos a algunos de sus hombres.
—Casi igual de bueno. —Dan estaba satisfecho—. ¿Cuáles son los planes para la general?
Yarnell movió un hombro.
—Los jefes pidieron que la tengamos aquí esta noche. Los vientos son complicados para un
aterrizaje de helicóptero, o eso dicen.
Dan lo pensó un largo momento.
—¿Creen que ella puede secuestrar un helicóptero del ejército?
—Parecen pensar que ella puede hacer casi cualquier cosa, y no correrán ningún riesgo.
Dan silbó.
Pepper no dijo nada, pero estaba de acuerdo. La General Napier tenía dichos para situaciones
como esta. Si la derrota es inevitable, cae luchando. La muerte es la única rendición aceptable.
Claro que Pepper la había imaginado dando una heroica última batalla contra los terroristas, no
ayudándolos.
—Quieren asegurarse de que ella llega a Washington para interrogarla. Se la llevarán por la
mañana.
—Hey, Teniente, hey, señor, ¿por qué nos hizo salir del bar?

Traducido y corregido por ALENA JADEN Página 190


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Había soldados agolpados en el porche, al menos una docena de ellos, y todos conocían a Dan.
Cada uno de ellos estaba armado hasta los dientes, llevaban camuflaje veteado en sus caras y
sonreían a su antiguo líder. Le palmearon el hombro y estrecharon su mano, y él devolvió los
golpes y los saludos. Hablaban en un idioma que Pepper no entendía, sobre M-16s y HEs, y reían
sobre la muerte y morir.
Ella estaba alejada y temblaba por el aire frío, sintiéndose ridículamente sola y excluida.
Siempre había estado sola. ¿Por qué importaba ahora? ¿Ahora, después de haber enfrentado su
propia muerte? No necesitaba ser el centro de un grupo de amigos. Podía escabullirse, regresar a
la casa, construir una vida para sí misma. Tal vez enviar cartas a Hope y Gabriel...
No notó que Dan comenzaba a presentarla a sus compatriotas, porque un hombre solo
caminaba hacia el porche. Llevaba una camisa y pantalones verdes camuflados y botas negras del
ejército, como el resto de los soldados, pero no llevaba insignia en su manga. Su cabello era negro,
sus ojos verdes, su rostro parecía una estatua maya. Estaba mirándola. Mirándola fijo. Tanto que
ella se movió de un pie a otro, incómoda.
Hasta ahí llegaba la idea de escabullirse. El agente del FBI había llegado para llevarla a
interrogatorio. Pero cuando él se detuvo a unos pocos metros, le sonrió, una sonrisa enigmática,
alegre, como si estuviera feliz de verla. Como si la conociera. Como si ella debiera conocerlo.
Y había algo en él...
El cabello. Los ojos. La cara.
Su octava fiesta de cumpleaños. Banderines azul y dorado cubrían la sala. Miró alrededor de la
mesa a sus amigos y familia. Levantó la mirada hacia el muchacho apoyado en un rincón. Él le
sonreía.
—Gabriel —susurró.
Su hermano. Era su hermano.
No podía ser cierto.
Pero él asintió. Estiró las manos.
—Gabriel —dijo ella un poco más fuerte.
El amor que había sentido por Gabriel subió desde el sótano de su alma, donde lo había
desterrado. El amor aplastó los recuerdos, los resentimientos y la soledad de tantos años en exilio.
Contuvo la respiración en un sollozo. Poniendo sus manos sobre las de él, dijo:
—¡Oh, Gabriel, te he extrañado tanto!
Como si temiera que ella pudiera romperse, él la atrajo a un abrazo delicado, y cuando ella se lo
devolvió, su agarre se volvió más intenso y fuerte.
—Pensamos que te habíamos perdido. Hermana querida, pensamos que te habíamos perdido
para siempre.

Dan vio a Pepper descender la colina con el brazo de su hermano rodeándole los hombros. Era
un tonto por estar celoso, pero la envidia desgarraba sus entrañas. Había abrigado el sueño de que
ella encontrara a su familia. Había esperado que Pepper los recibiera nuevamente en su vida. Pero
también había imaginado que sería él quien los encontraría por ella. Había estado seguro de que
ella sería suya cuando eso sucediera.

Traducido y corregido por ALENA JADEN Página 191


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Era un bastardo egoísta. Ni siquiera podía alegrarse de que ella hubiese encontrado a su
hermano.
Porque... porque no era suya. Pepper estaba negando sus miradas, sus palabras, a ella misma.
Él había destruido todo con su desconfianza y sus crueles palabras. Dio un respingo al recordar lo
que había dicho y cómo la había rechazado. No sabía cómo volver a donde habían estado antes.
Dan sacudió la cabeza y comenzó a bajar la colina tras ellos.
—No puedo dejarla ir. Es mía.

Pepper iba a tropezones por el camino bien iluminado al lado de Gabriel. Todas sus dudas sobre
buscar a su familia habían sido erradicadas. Sabía que Gabriel la había buscado, y a toda su familia.
Confiaba en él. Siempre había confiado en él. Ahora una soledad diferente desgarraba su alma.
Dan había dejado claro lo que pensaba de ella, así que lo desterró de sus esperanzas. Si tan sólo
pudiera desterrarlo de su corazón. Se alejó de él sin mirar atrás, y se preguntó si él siquiera habría
notado que ella se había marchado, y deseó que no le importara tanto como para preguntarse
eso.
Casi habían terminado de bajar por el sendero empinado cuando Gabriel dijo afligido:
—Debería haberlo sabido.
Ella lo miró.
—¿Qué?
—Tienes problemas de hombres.
Con sorpresa ella se percató de que no le había hecho ni una sola pregunta sobre su vida, qué
había sucedido, qué sabía él. Rió avergonzada.
—Soy tan egoísta. Perdóname. Has venido hasta aquí para encontrarme. Ayudaste a
rescatarme, y estoy tan metida en mis propios problemas que ni siquiera te he agradecido.
—“Recuerda tus modales, son el lubricante de la vida” —dijo él burlándose, usando la frase que
su madre había utilizado.
Pepper se detuvo para dejar que algunos soldados pasaran y se encontró sonriendo a Gabriel.
—Entonces, dime, ¿estás casado?
—Nunca. No he tenido la buena suerte de encontrar a la mujer correcta.
—Tal vez la mujer correcta no te ha encontrado a ti.
Pepper comenzó a andar otra vez, deslizándose por el último tramo empinado del patio de la
señora Dreiss. Podía ver la casa, iluminada por reflectores, y soldados en guardia en cada rincón.
—¿Vives en Texas?
—Boston.
Ella parpadeó.
—Eso queda lejos de Texas. ¿Cómo...? Oh. Ellos te enviaron allí, ¿verdad?
—¿La bondadosa mesa directiva de la iglesia que nos separó a todos? —preguntó él
sombríamente—. No. Fui allí a buscar a Hope.

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Hope. Su hermana. La única persona a la que Pepper culpaba realmente por su soledad y exilio.
Pero en los últimos días Pepper había madurado, y un enorme anhelo por ver a Hope se adueñó
de ella.
—¿Tú…? —Pepper apenas podía hablar con el nudo de nerviosismo y pavor que sentía—. ¿La
encontraste?
Atravesaron el patio hacia el porche trasero, donde esperaba una mujer alta y bien vestida. Un
hombre de cabello oscuro se encontraba detrás de ella hacia un costado, una presencia
protectora. La mujer estaba muy embarazada. Su mano descansaba sobre su vientre, y miraba a
Pepper acercándose a ella con una ávida intensidad que atraía a Pepper y rompió su corazón.
Era su hermana. Era Hope. Pepper caminó más rápido y luego corrió, gritando:
—Hope. Estás aquí, ¡al fin viniste!
Hope se aferró a la baranda para descender los escalones. El hombre la ayudó con una mano
debajo de su brazo. Las dos mujeres se encontraron en medio del patio, con los brazos estirados.
La panza de Hope se metió en medio de su primer abrazo.
Las lágrimas de Pepper la cegaban. Ardiendo de alegría y amor, apoyó la cabeza en el hombro
de Hope y lloró.
La voz de Hope se quebró y tembló mientras repetía una y otra vez:
—Finalmente te he encontrado. Finalmente te he encontrado.
Sonaba como si hubiera estado practicando esa frase un largo, largo tiempo.
Levantando la cabeza, Pepper miró a Hope a la cara. La última vez que había visto a su
hermana, Hope tenía dieciséis años; dieciséis años maduros, responsables, pero con apariencia de
dieciséis. Ahora era una matrona, de treinta y tres años, fuerte, resplandeciente... embarazada.
—¿Cómo? —Pepper apretó la mano contra el vientre de Hope—. ¿Cuándo?
Hope hipó y sacó dos pañuelos de papel de su bolsillo. Ofreció uno a Pepper.
—A la manera habitual, y realmente pronto.
Aceptándolo, Pepper se sopló la nariz. Miró al hombre de cabello oscuro que se encontraba no
muy lejos con Gabriel.
—¿Tu esposo?
—Zack. Zack Givens. —Hope sonaba orgullosa—. ¿No es hermoso?
Pepper rió, un estallido de risa con hipo.
—Sí, lo es.
—¿Y él? —Hope señalaba hacia el sendero—. ¿Es tuyo?
Pepper no tuvo que mirar para saber de quién hablaba Hope. Dan se encontraba al otro lado
del patio, mirándolas. Podía sentir su mirada, y le molestó que se entrometiera en este momento
privado. Con un poco de brusquedad excesiva, dijo:
—No. Pensé que podría serlo, pero no funcionó.
—Oh. —La mirada de Hope se posó en Dan, y luego observó con perspicacia los estragos en el
rostro de Pepper—. Ya veo. —Chupando su pulgar, lo frotó en el mentón de Pepper—. Te
reconocería en cualquier parte. Tu rostro siempre está sucio. —Su sonrisa flaqueó y se quebró—.
Pensé que la General Napier iba a matarte. Pensé que habíamos llegado demasiado tarde.

Traducido y corregido por ALENA JADEN Página 193


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—Justo a tiempo. —Hope sollozó y Pepper la abrazó y dijo—: No lo hagas, querida. Ahora
estamos juntas.
—Esta vez no te dejaré ir —respondió Hope enérgicamente—. Lo siento tanto. Pepper, lo siento
tanto. Lo he dicho antes y nunca dejaré de decirlo. Nunca debería haber permitido que te llevaran.
Que se llevaran a ninguno de ustedes. Debería haber escapado con ustedes, habernos mantenido
unidos de cualquier manera posible.
—No es tu culpa.
Viendo el furioso pesar de Hope, Pepper lo creyó por primera vez. Por primera vez, dejó a un
lado los sentimientos de una niña de ocho años y vio la verdad.
—Nos hubiesen encontrado. Nos hubieran llevado de regreso y nada hubiera sido diferente.
En un susurro, Hope dijo:
—Asesinaron a mamá y papá. Sé que lo hicieron.
Pepper la apretó más fuerte.
—¿Qué?
Hope dio un respingo. Y Pepper se dio cuenta: su hermana no sólo estaba embarazada, sino
que los músculos de su estómago estaban apretados en un calambre.
—¿Se supone que haga eso?
Hope quiso hacerla callar, pero la voz de Pepper había flotado. Unas pocas zancadas llevaron a
Zack al lado de Hope.
—Hola, Pepper, qué bueno conocerte finalmente.
Su voz era agradable, notó ella, profunda, con ese acento curiosamente cortante de
Massachusetts, pero él no estaba mirándola.
—Hope, ¿hay algo que quieras decirme? —No esperó la respuesta de ella, sino que apretó la
mano contra el vientre de su esposa. Le clavó una mirada severa—. ¿Cuánto tiempo hace que está
sucediendo?
—Algunas horas.
Gabriel se acercó. Dan también.
Pepper se dio cuenta de que Hope estaba de parto.
—¡Oh, Dios mío! ¡Oh, Dios mío!
Una hora atrás Pepper había pensado que iba a morir. Ahora una nueva vida estaba llegando al
mundo. Quería aplaudir, bailar, gritar. En cambio, dijo:
—¡Hope, vas a tener un bebé!
Su hermana le sonrió en medio del dolor.
—Sí, querida.
—¿Cuántas horas? —exigió saber Zack.
Hope intentó sonreír y fracasó rotundamente.
—Seis.
—Maldita sea, Hope. —Gabriel arrojó su sombrero al piso—. ¡Te dije que te quedaras en casa!
En un tono alegre, Hope dijo:
—Trajimos a la partera.

Traducido y corregido por ALENA JADEN Página 194


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Rodeándole la cintura con el brazo, Zack la ayudó a ir hacia la casa.


—Prometiste que no tendríamos que usarla.
Pepper se quedó a su otro lado y escuchaba con una mezcla de consternación y envidia. Eran
una familia: Zack, Gabriel y Hope. Sonaban como una familia; se amaban como una familia;
conocían los secretos de los otros como una familia. Y ella había estado haciendo todo en su poder
para evitarlos.
Dan tenía razón. Había sido una tonta… en tantas cosas.
Mientras los tres se dirigían hacia la casa, Dan se acercó a Gabriel. Le ofreció la mano, y cuando
Gabriel la estrechó, dijo:
—Soy Dan Graham. Vivo aquí con Pepper. —Dan estaba orgulloso de su poco sutil expresión de
derecho sobre ella—. Ven conmigo. Creo que se supone que pongamos agua a hervir.

Lana Pepper Givens llegó al mundo en la cama de la señora Dreiss a las cuatro de la mañana. La
niña chillaba lo suficientemente fuerte como para despertar a cada soldado acampado en el patio.
Sus gritos hicieron que tres hombres y una mujer jugando cartas en la mesa de la cocina se
pusieran de pie.
—¡Puedo ir a fumar un cigarro! —dijo Russell triunfante, y salió corriendo al porche.

El llanto atravesó claramente las paredes de la tienda levantada en medio del campamento del
ejército. La General Jennifer Napier yacía en su bolsa de dormir y miraba fijo el techo de la carpa,
las luces que brillaban a través del nailon, y maldijo el dispositivo de rastreo que el Sargento
Yarnell había sujetado alrededor de su tobillo con una cuerda de acero.
Ese bebé garantizaba que la atención estaría enfocada en otra parte. La General Napier
probablemente podría escapar ahora, pero sería una presa, entretenimiento para las tropas
mientras la perseguían a través de las montañas.
Incluso en estas circunstancias inimaginables, aun en las profundidades de lo que parecía
desastre, la General Jennifer Napier no perdería su dignidad de semejante manera.

En el dormitorio de la señora Dreiss, la partera aseó a la pequeña, ignorando su llanto


estridente y sus patadas fútiles, y meditó con satisfacción que madre e hija estaban bien.
Envolviendo a Lana en una manta, la partera le puso un gorro rosado sobre la cabeza calva y se la
entregó a su madre.
Desde una distancia segura, Pepper observaba los procedimientos y se maravillaba por lo
natural y, no obstante, extraordinario que era esto. Tenía una hermana. Había visto cómo su
hermana daba a luz. Ahora tenía una sobrina.
Con deleite, Hope aceptó a su pequeña chillona.
—Es hermosa.
Zack se inclinó sobre ambas.

Traducido y corregido por ALENA JADEN Página 195


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—Es preciosa. —Su voz profunda se elevó una octava, y murmuró a la bebé—: Sí lo es. Es la
niña más hermosa del mundo.
Pepper sonrió al oír al hombre duro y taciturno reducido a un idiota balbuceante por una bebé
chillona de cara roja.
—Pepper, ven a ver a tu sobrina —le ordenó Hope.
Pepper no sabía qué hacer en realidad. No sabía qué hacer con los bebés, especialmente los
bebés tan pequeños. Acababa de pasar horas encerrada en esta habitación con una partera y su
cuñado, viendo partes de su hermana recién encontrada que nunca había soñado ver, y ahora
tenía que arrullar a esa pequeña y fea... Se inclinó sobre la cama.
La bebé dejó de berrear, miró a Pepper, e igual que un mono, estiró el labio inferior.
—Oh, Pepper. —Hope reía y lloraba al mismo tiempo—. Se parece a ti.
—Pobre niña.
Pepper rozó el puñito. No vio la mirada que intercambiaron Zack y Hope, pero de pronto se
encontró teniendo a su sobrina en brazos.
—Oh.
Los brazos delgados se sacudieron, los ojos de Lana se abrieron y cerraron, a veces por
separado, a veces juntos, y la boquita se estiró y bostezó.
Los ojos de Pepper se inundaron de lágrimas.
—Oh. Es hermosa.
Hope dijo:
—Pepper, será mejor que la lleves a ver a Gabriel antes de que él tire abajo esa puerta.
Pero Dan estaba allí afuera en alguna parte, esperando para ver a Pepper, deseando hablar con
ella. Tartamudeó:
—¿N... no querrá Zack hacer los honores?
—Me gustaría un momento a solas con mi esposa.
Zack tomó la mano de Hope y la sostuvo cerca de su corazón, y la manera en que miraba a su
esposa hizo que Pepper abrazara un poco más fuerte a la bebé. Cualquier pregunta que pudiera
haber tenido sobre su relación fue respondida en ese mismo momento. Él adoraba a su esposa.
Mientras Pepper salía en puntas de pie de la habitación, le susurró a la bebé:
—Necesitan privacidad. No te preocupes, eso no significa que te quieran menos. Significa que
estás a salvo porque ellos se aman y siempre estarán juntos.
Recordó lo que Hope había dicho sobre papá y mamá, y se preguntó, ¿era cierto? ¿Habían sido
asesinados? ¿Eran reales los padres maravillosos que ella recordaba? ¿Habían sido víctimas del
crimen más horroroso imaginable?
Pepper atravesó el comedor y entró en la cocina, mirando el pequeño ser humano en sus
brazos, desesperada por no dejarla caer, decidida a ser la mejor tía del mundo.
Tres sillas se corrieron con un chirrido cuando entró en la habitación. Conocía a Gabriel y Dan.
De hecho, a Dan lo conocía demasiado bien. Y aunque había conocido a la dama una sola vez en su
estadía aquí nueve años atrás, Pepper la reconoció: la madre de Dan, Barbara Graham. Era casi tan
alta como su hijo. Al igual que él, tenía piel oscura, pero ella además tenía el cabello oscuro y los
pómulos altos que la convertían en el vivo retrato de la bisabuela india de Dan.

Traducido y corregido por ALENA JADEN Página 196


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Como una buena madre, Barbara había venido porque su hijo casi había sido asesinado. Dijo:
“qué bueno verte otra vez, Pepper”, y sonaba como si fuera en serio. Siempre había parecido
agradable, y Pepper no podía culparla por haber criado a un idiota como hijo.
Lana parpadeó por la luz de arriba, y su carita de mono se arrugó en un ceño exagerado.
Gabriel se acercó rápidamente.
—¿Todo está bien? ¿Hope? ¿La bebé? Déjame ver. —Parecía atónito al mirar ese rostro infantil
fruncido—. ¿Se supone que se vea así?
Barbara se abrió paso a empujones.
—Déjenme ver. ¡Oh! —Y canturreó—. Sí, se supone que se vea así. Es hermosa.
—Si usted lo dice —respondió Gabriel dudoso.
Pepper quería concentrarse en la bebé en sus brazos. No quería levantar la mirada. Pero no
pudo evitarlo. Dan estaba mirándola, podía sentirlo, y atrajo su propia mirada irresistiblemente.
Los observaba a todos impasiblemente, sin indicar con su rostro o figura que le importara la
bebé, o Pepper, o sumarse a la celebración por el nacimiento de Lana. Sin embargo, una calidez se
deslizó por su espalda. No era indiferente.
Pero Pepper se dijo a sí misma que no le importaba. Sí, él la había salvado de la muerte.
También le había quitado su orgullo e independencia, que tanto se había esforzado por
desarrollar. Había prometido casarse con él, y él había creído lo peor de ella. Su desdén había
arrasado con el amor que había sentido por él durante nueve largos años. Finalmente estaba libre
de él.
Mirando a la pequeña Lana, Pepper sonrió. Tenía otras cosas con que ocupar su mente.
La puerta trasera golpeó. Dejando una repugnante nube de humo de cigarro en el porche,
Russell corrió al lado de Dan.
—¿Es una niña? —preguntó.
Dan observó el modo en que Pepper acunaba a la bebé, vio cómo Gabriel merodeaba alrededor
de ambas, y desgarrado entre la dicha y el pesar, dijo:
—Es una familia.

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CCAAPPÍÍTTU
ULLO
O 2299

Una hora más tarde, cuando Pepper entró en la cocina, Dan, Barbara y Russell seguían
levantados, tomando café y sentados a la mesa.
Asintió a todos, incluso hizo un contacto visual al pasar con Dan, y bromeó con lo que pensaba
que era un aplomo admirable:
—Estas fiestas trasnochadas son matadoras, ¿cierto?
—Eso mismo. —Barbara levantó los párpados con sus dedos—. Estoy demasiado vieja para
esto.
Russell dejó de rascar su mentón barbudo lo suficiente para preguntar:
—¿Cómo está la niña?
—Dormida. También Hope y Zack. La partera está en mi cama. —Estirando los nudos de su
espalda, Pepper se dirigió a la cafetera—. Gracias a Dios que alguien preparó esto.
—Danny lo hizo. —Barbara le palmeó el brazo—. Dijo que lo necesitarías.
—Danny tenía razón. —Pepper tomó una taza y levantó la cafetera—. Gracias, Danny.
Con esa voz profunda, grave y cálida que sonaba como sexo al acecho, él respondió:
—De nada, Pepper.
Ella derramó el café sobre la mesada.
Problemas. Enseguida causaba problemas. Lo miró sin una pizca de afecto. Un silencio
incómodo llenó la cocina mientras Pepper secaba lo derramado y cargaba su café con azúcar.
—¿Alguien encontró a Wainwright?
Russell dijo:
—Está en la prisión del condado con perdigones en el trasero. —Dándose vuelta, Pepper
levantó las cejas—. Intentó refugiarse en el barracón, y uno de los vaqueros tuvo objeciones. —
Russell sonrió—. Le daré un bonus mañana.
Barbara soltó una carcajada profunda y sonora.
—Russell, eres un sinvergüenza.
—Sí.
Russell le tomó la mano de ese modo que declaraba con claridad que ella era suya.
Pepper dijo:
—No me había dado cuenta de que estaban juntos otra vez.
Dan se veía sorprendido.
—Yo tampoco.
—La gente puede cambiar —dijo Barbara—. Incluso tu padre.
—Incluso tu madre.
Russell la codeó.
Barbara echó una mirada enigmática a Dan y Pepper, y terminó con mucha labia:
—A veces es necesario descubrir primero lo miserable que uno es estando separados.
Pepper se puso rígida. ¿Eso iba dirigido a ella? ¿O sólo lo sentía así?

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Russell se aclaró la garganta.


—Dan, bien podríamos ir a hacer las faenas. Luego puedes mudarte a casa, porque no hay
camas suficientes aquí.
Russell tenía razón. No había camas suficientes, el peligro estaba cerca, y Russell enviaría a
alguien a ayudar en el rancho. Dan podía ir a casa. Mientras Pepper evaluaba la buena noticia, el
silencio en la cocina se prolongó eternamente.
Finalmente, Barbara dijo:
—Russell, eres un viejo incordio.
—Sí, papá, realmente lo eres. —Dan se puso de pie—. Pepper, ¿puedo hablar contigo afuera,
en el porche?
—Ella no quiere hablar contigo —dijo Russell.
Al mismo tiempo Barbara decía:
—Eso es una buena idea.
Los padres de Dan se miraron enojados. Pepper dijo “claro”. No importaba lo que Dan tuviera
para decirle. No le importaba.
Tomando el abrigo de ella del perchero, Dan se lo puso sobre los hombros. Y el sombrero de
vaquero beige sobre la cabeza. Pero ella no pensaba aceptarlo. Cenicienta estaba muerta, y él la
había matado. Quitándose el sombrero, lo arrojó sobre una de las sillas. En un tono claro y preciso,
dijo:
—Ya no lo quiero.
Barbara dijo:
—Auch.
Por un momento, Dan se vio como si quisiera encajárselo otra vez en la cabeza. Pepper le
devolvió la mirada, desafiándolo, retándolo.
—Muy bien. Lo tendré aquí hasta que lo quieras de vuelta.
Sonaba sincero y se veía seguro de sí mismo.
Qué imbécil.
Un imbécil agradable, limpio, que en algún momento de la noche había tomado una ducha y
ahora olía a champú y piel cálida. Ella no necesitaba este tipo de incentivo. Mientras salía al frío
porche, se acurrucó en su abrigo.
—Espera sentado.
Su patio había sido transformado en un campamento militar provisional. Había docenas de
carpas armadas en todas partes, con un reflector sobre la tienda en medio del lugar, y guardias
armados a su alrededor. La tienda de la General Napier.
Algunos soldados estaban levantándose. Los cocineros estaban despiertos. Pero en su mayor
parte todo estaba silencioso, tranquilo, frío, con el amanecer próximo de un nuevo día.
Pepper dijo con suavidad:
—Supongo que será mejor hablar bajo, ¿eh?
Como si no hubiese hablado, Dan preguntó:
—¿Te vas?

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Lo conocía. Estaba intentando conmocionarla con su franqueza, pero ella podía eludirlo. En un
tono animado y civilizado, le dijo:
—¿A Boston? Sí, tenías razón. Quiero conocer a mi familia. Puedo ayudar con la bebé y…
—¿Cuándo regresarás?
Ella tomó aire enojada. ¿Él no podía jugar ese juego? Claro que no. No Dan Graham. Sólo
cuando el juego le servía.
—No sé si lo haré.
Las sombras y la luz cortaban el rostro de él en ángulos, y sus ojos brillaban con un oscuro
poder.
—Tienes esta tierra.
Muy bien. Ella también podía hablar con claridad.
—No sé si me quedaré con la tierra. No puedo pedirte que la cuides por un tiempo indefinido.
Sé que tu padre la comprará.
—La señora Dreiss la dejó para ti.
Oh, no. No iba a hacerla sentir culpable.
—No me quería atada a ella. Quería ayudarme. Y lo hizo.
—¿Qué hay de mí? —Él se acercó más—. Prometiste casarte conmigo.
Un poco demasiado fuerte, ella dijo:
—Cambiaste de opinión.
Dan bajó la voz para que sus palabras apenas llegaran a los oídos de ella, de modo que tuvo que
esforzarse para oír las espirales de tentación.
—Todo sería muy bueno entre nosotros. Me amas, y yo te amo…
—Oh, por favor. No lo hagas. Ni siquiera intentes decirme que me amas.
Odiaba esto. Lo odiaba a él. Odiaba que el olor de Dan la envolviera en recuerdos apasionados
cuando él estaba allí, mintiéndole sin siquiera un gramo de vergüenza.
—¿Se supone que eso haga palpitar mi pequeño corazón femenino? Porque no necesito tu tipo
de amor. El amor no es creer lo peor de mí en base a la evidencia. El amor es creer en mí pese a la
evidencia.
Dan respiró, soltó el aire y luego respiró otra vez.
—El amor es ser vulnerable después de demasiados años solo, y estaba tan aterrado que me
aferré a la evidencia como un arma para ahuyentarte.
Él habló con mucha rapidez, como si cada palabra lo avergonzara.
Pepper no tenía paciencia para esto. No tenía paciencia para sí misma y esa parte suya que
quería prestar atención y tal vez admitir que él podría no estar justificado, pero sí diciéndole la
verdad.
—Qué montón de mierda.
—Lo sé. Perdí la cabeza. —Bien. Esa sí que era una admisión—. Hice lo incorrecto. He creído lo
incorrecto. Nunca debería haber perdido mi fe en ti. —Tomando la mano de ella que se resistía, la
sostuvo contra su corazón—. Pero dijiste que me perdonabas. En la cabaña, cuando pensamos que
íbamos a morir. Te escuché.

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Pepper no quería estar cerca de él. No quería tolerar sus excusas, y no quería tocar su pecho.
Pero luchar sería poco digno, y ella perdería, así que dejó que su mano descansara floja en la de él.
—Dije que te perdonaba, pero fue el tipo de perdón otorgado a una persona a la que nunca
volvería a ver.
Burlonamente, él dijo:
—No sabía que había diferentes tipos de perdón.
—Se aprende algo nuevo todos los días. De cualquier modo, nunca dije que todavía te amara. A
veces el amor muere, y otras veces lo matan a golpes. Tomaste mi confianza y mi amor, las cosas
que nunca había dado a nadie en todos los años desde que perdí a mi familia, y los despreciaste.
—Lo siento. Lo siento tanto. Por favor, créeme. —Era una disculpa encantadora, pero él no se
detuvo lo suficiente para permitir que la saboreara. Fue directo a la verdad como él la veía—. Pero
tu amor no ha muerto.
Qué descaro.
—¿Y tú eres un experto en mis sentimientos?
Con imponente poder, Dan dijo:
—Pepper, lo que tenemos no es fácil. No es una emoción superficial que puede ser aplastada
por la desilusión o rota por la ausencia. Me amas, y te amo. —Ella puso los ojos en blanco—. ¡No
seas así!
Con el cabello cayendo sobre su frente y la indignación aumentando en su rostro, se veía
menos como el soldado seguro de sí mismo que siempre se salía con la suya, y más como el joven
Dan Graham.
Qué bueno. Porque al menos el joven Dan Graham había tenido sentimientos sinceros.
Cruzando los brazos sobre el pecho, Pepper se apoyó contra la baranda.
Ahora él estaba luchando. Las palabras no eran tan fáciles. Le soltó la mano.
—Tú y el amor que siento por ti han definido mi vida más que cualquier otra cosa.
Dan hizo una mueca como si quisiera seguir hablando. Ella no pudo resistirse a presionarlo.
—Por favor. Adelante.
—Sí. Sí. —Él apoyó las manos contra la baranda y miró hacia el campamento improvisado del
ejército. En un tono tan bajo que ella tuvo que esforzarse para oírlo, Dan preguntó—: ¿Recuerdas
cuando te conté sobre mi herida en el abdomen y que tuve peritonitis?
—Lo recuerdo. —Despreocupadamente preguntó—: Casi moriste, ¿verdad?
—Sí morí, un par de veces.
A ella no le gustó eso.
—¿De veras?
—Siempre volví.
—Supongo que lo hiciste.
Dan estaba parado a su lado, se recordó, bastante vivo.
—Cada vez que recobraba la consciencia, regresaba a este cuerpo sumido en fiebre y lleno de
agonía, y siempre porque pensar en ti me traía de vuelta. Mientras tú estuvieras en el mundo, no
podía irme.

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Él odiaba admitir su necesidad, y eso, más que cualquier otra cosa, la obligó a darse cuenta de
que estaba diciendo la verdad.
Sin embargo... ¿pensaba que podía usar un discurso para poner una venda sobre la herida que
había infligido? Él continuó:
—No sin saber dónde estabas, si me necesitabas... No sin buscarte, encontrarte y hacerte mía
una vez más.
—Bueno, me hiciste tuya, y más de una vez. —En un tono tan insultante como pudo, Pepper
preguntó—: ¿Por qué no estás satisfecho?
—Porque hacerte el amor no es lo importante. —Él levantó las manos en un gesto de pausa—.
No quise que sonara así. —Sus ojos brillaban de frustración—. Tenerte comprobó que hay mucho
más entre nosotros. Eres parte de mi ser. Eres mi luz al final del túnel. Haces que mi existencia
valga la pena, y tengo que hacer todo lo que esté en mi poder para mantenerte a mi lado.
—Excepto ser el hombre con el que quiero pasar mi vida.
—Soy ese hombre. Dame una oportunidad. Te lo ruego. No permitas que un momento de
pánico, mi pánico, arruine nuestras vidas.
Dan sonaba, y se veía, como el epítome de la franqueza.
Pero a ella no le importaba.
—No puedo darte otra oportunidad. Siempre me preguntaría cuándo vas a lastimarme otra vez.
—No puedo prometer que no habrá palabras entre nosotros, pero puedo prometerte que
siempre enfrentaré el mundo a tu lado. —Le besó la mejilla, una caricia tibia y suave. Y le susurró
al oído—: Por favor, Pepper, cásate conmigo.
—No. —Ella seguía sangrando por dentro por las cosas que él había dicho, y estaba asustada—.
Aprendí mi lección. No volveré a ser tan estúpida.
—Fuiste tú quien lo dijo mejor. Somos dos almas heridas, y de algún modo nos completamos
mutuamente. Completémonos para siempre.
Maldito fuera. Su sinceridad le cerró la garganta. Si no tenía cuidado, iba a ceder, y no podía.
Todavía no. Probablemente nunca.
Oyó el movimiento de muchos cuerpos y, agradecida por la distracción, miró hacia el
campamento. El sol estaba iluminando el cielo oriental, y fuera de la tienda del medio salió la
General Jennifer Napier, totalmente vestida en uniforme de combate, cada cabello en su sitio, su
rostro inflexible de líneas severas. Habló con dureza a los guardias, que se pusieron de pie de un
salto alrededor suyo e hicieron la venia como si ella no hubiese hecho nada malo. El Sargento
Yarnell se unió a ellos, con una expresión severa en el rostro.
Pepper fijó su mirada en la general; no podía confiarse en la General Napier. Nunca.
—¿Qué harán con ella?
—Irá a Washington para ser interrogada. —Dan le recordó—: Igual que tú.
—Sí. —Pepper observó a la general mientras la mujer caminaba hacia la tienda del cocinero,
con sus guardias siguiéndola pegados a sus talones—. Dan, ¿te das cuenta de que es peligrosa?
—Todos se dan cuenta de eso.
Una profunda inquietud se agitó en las venas de Pepper.
—¿Más peligrosa ahora que está arrinconada?

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Buscando dentro de su chaqueta, Dan sacó su Beretta de la pistolera y se la entregó.


—¿Eso te hace sentir mejor?
¿Estaba tratándola con condescendencia? Pepper no lo creía. Parecía más un gesto caballeroso,
uno que mostraba su confianza en ella y sus habilidades. Otro gesto galante en su inútil cortejo.
—Gracias.
Sostener el peso del arma, notar el calor que el metal había absorbido del cuerpo de él, la hizo
sentir mejor.
En ese momento la General Napier vio a Pepper. Sus ojos se entrecerraron. Sus labios delgados
sonrieron. Fue hacia el porche, una vieja puma fuerte, astuta que enfrentaba la última pelea de su
vida y planeaba desgarrar un poco de carne.
Yarnell la detuvo al pie de las escaleras.
—Señora, no puede ir allí arriba.
La General Napier le ofreció una mirada de desprecio pero se detuvo, como le ordenaban.
Levantó su rostro hacia el de Pepper, y la joven vio muy claramente las arrugas que marcaban su
rostro libre de maquillaje. Debía haber mentido sobre su edad, como había mentido en todo lo
demás.
—Si no es la pequeña Jackie Porter. ¿O es Pepper Prescott? —La mirada de la General Napier
pasó a Dan, y sus ojos se abrieron mucho—. Y el Teniente Dan Graham.
Dan se veía poco impresionado por su malevolencia.
—Me alegra verla, señora.
—Así que —ronroneó la General Napier, señalando a Pepper con un movimiento de la mano—,
por eso es que ella logró escapar de mí. Lo encontró a usted.
El sol asomaba sobre la colina, iluminando el cabello rubio de Dan en dorado.
—La subestima, General Napier. Ella se hubiese salvado sola.
Yarnell miraba a la General Napier con desagrado. Los soldados que la rodeaban escuchaban
con interés. La inquietud de Pepper se intensificó. Nadie excepto ella parecía darse cuenta de lo
potencialmente precaria que era esta situación. Los soldados, los hombres, parecían pensar que
como la General Napier era una mujer y estaba derrotada, ya no representaba una amenaza.
—No sea ridículo. —La General Napier desdeñó su convicción—. Es patética. Me contó sobre sí
misma en esa firma de autógrafos. Es una huérfana de, ¿pueden creerlo?, Texas. Sus padres eran
viles criminales que la dejaron en cuanto pudieron. Ella no tenía ningún recurso. Debe haber
estado entusiasmada por pegarse a usted.
Con una falta de entonación que era insultante en su desinterés, Dan dijo:
—Lamento haber tenido que ver esto, General Napier. Había esperado que fuera una mejor
perdedora.
Yarnell se acercó y la tomó del brazo.
—Señora, me temo que tendrá que venir conmigo.
Como si todo sucediera en cámara lenta, Pepper vio que la General Napier sacaba el arma del
costado de la pistolera del sargento. Suavemente, la general la apuntó al pecho de Dan.
Pepper no pudo oír los gritos de advertencia. No notó los frenéticos intentos de los soldados
por detener a la General Napier. Con intención mortal, Pepper levantó la pistola de Dan, contuvo

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la respiración, apuntó. Y disparó. La percusión sacudió su mano. El calor de la Beretta calentó sus
dedos. El disparo gritó en sus oídos.
Y Dan seguía de pie, ileso.
Mientras la General Napier caía, su pistola salió volando. Se agarró el brazo destrozado y gritó
su agonía… y su furia. Los soldados apuntaron sus armas a la general.
Recogiendo su arma del suelo, Yarnell se quedó mirándola con consternación.
—¿Cómo hizo eso? —preguntó al aire.
Suavemente, Dan quitó su pistola de la mano temblorosa de Pepper.
—No te sientas mal, Yarnell. Napier debe haber sido una experta desarmando a un hombre.
Apuesto a que daba instrucciones en su libro. ¿Verdad, Pepper?
Pepper se encontró sombríamente con su mirada. Estaba vivo, ella lo había salvado. Estaban a
mano.
—Cierto.
—Señorita Prescott, esa fue la puntería más excelente que jamás haya visto. —Yarnell miró
atentamente a la General Napier que se retorcía en el suelo—. Le disparó la pistola fuera de la
mano. Estoy agradecido, señora. Condenadamente agradecido.
—De nada, Sargento. —Cuando la general detuvo sus gritos estridentes, Pepper bajó los
escalones hacia ella. Inclinándose, se encontró con la mirada furiosa de la General Napier, y con
una voz que llegó sólo a los oídos de la mujer, le dijo—: Estaba apuntando a su corazón. Pero
bueno, su corazón es un blanco muy diminuto.

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CCAAPPÍÍTTU
ULLO
O 3300

Boston, Massachusetts.

Pepper tenía en brazos a Lana, de cuatro semanas, y discutía con su cuñado.


—No fue un cólico. Te lo digo, me sonrió.
Zack replicó:
—La doctora Banks dice que los bebés no pueden sonreír hasta las cinco semanas.
—Lana es más inteligente que la mayoría de los bebés —dijo Pepper altivamente.
En lo que a ella concernía, Lana era la bebé más inteligente del mundo. Pepper miró a su
alrededor con afecto. Era bueno estar aquí en el invernadero Givens, en el seno de su familia.
Había pasado la primera semana de su exilio —o más bien, de su vuelta a la civilización— en
Washington, D.C., hablando con el FBI y otras agencias del orden público sobre lo que había visto y
oído en esa cochera.
Incluso el Coronel Jaffe fue a presentarse a ella. Aunque dijo muy poco, Pepper se encontró
desarmada por sus ojos simpáticos y su sonrisa dispuesta, y asombrada y alarmada ante la
impresión de él de que ella era la mujer de Dan. Se lo aclaró de inmediato, pero él seguía
sonriendo.
Le resultó interesante que, aunque las agencias del orden público habían dejado en claro su
desaprobación por la huida de ella, fueran extremadamente corteses con la cuñada de Zack
Givens. Tal vez parte de su cortesía se debía a la presencia del amigo abogado de Zack, Jason
Urbano, quien asistió a las audiencias con ella.
Cuando no estaba siendo interrogada, estaba estrechando la mano del senador Vargas y
agradeciéndole por haber creído en su e—mail y tomado medidas. Estaba empacando su
apartamento, poniendo sus muebles en depósito, buscando sus plantas, y pasando amablemente
sus clientes a otros paisajistas. No había decidido qué iba a hacer con sus plantas o sus muebles.
No había decidido qué iba a hacer con su vida. Nada era igual. Tenía diferentes opciones. Tenía
diferentes obligaciones. Tenía una sobrina, una hermana mayor, un hermano, un cuñado... y en
algún lugar del mundo, una hermana menor a la que encontrar.
—Escuché a Lana decir su primera palabra el otro día. —Gabriel sonrió con suficiencia—. Miró
al espejo y dijo “cara de mono”.
—¡No lo hizo! —dijeron Hope y Pepper juntas.
—Sólo dices eso porque se parece a mí —agregó Pepper.
—Es cierto. —Gabriel tiró de uno de sus rizos—. Cara de mono.
—En realidad —dijo Hope—, se parece a Caitlin.
La habitación quedó en silencio. Hope, Gabriel y Pepper recordaban a su hermanita como bebé.
La habían tenido en brazos, besado, amado, y no la habían visto desde que tenía nueve meses.
Griswald no había encontrado rastros de ella, pero sabían que un bebé que había sido adoptado
tenía un apellido diferente y tal vez un nombre distinto. La búsqueda de Caitlin continuaría, pero
ahora era una adolescente. ¿Volverían a verla alguna vez?
Por esa razón, así como por sí misma, Pepper apreciaba a Lana. La familia de Zack recibió a
Pepper con entusiasmo. Al menos uno de los amigos de Hope iba cada día, y hablaban con Pepper

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como si la hubieran conocido desde hacía años. Incluso los criados sonreían abiertamente cuando
la veían. Era como si todos los sueños que no sabía que había soñado se hubiesen hecho realidad.
Excepto uno.
Pero no pensaba en él. Estaba ocupada abrazando, meciendo y haciendo eructar. Y si la última
semana había estado consciente de una cierta inquietud, la atribuía a la necesidad de tener un
empleo. Después de todo, había trabajado duro durante años. Pasar tiempo rodeada de lujo
estaba destinado a ponerla nerviosa. Y si su inquietud tomaba la forma de sueños eróticos que
involucraban a cierto ranchero de Idaho, bien, eso no significaba nada.
Griswald entró por la puerta.
—Señorita Pepper, tiene una llamada telefónica.
—¿Una llamada telefónica? —Gabriel levantó las cejas con sorpresa—. ¿De quién? Ella no tiene
amigos.
Todos rieron, porque en el bautismo de Lana Pepper había sido la persona más popular allí,
pero la joven se enojó. ¿Y qué si nadie en Boston era su amigo personal? Gabriel no tenía razones
para hacer notar su aislamiento.
Había olvidado que además de ser su hermano favorito —su único hermano— Gabriel podía ser
un incordio. De hecho, a veces le recordaba un poquito a Russell Graham, que probablemente
ahora estaba regodeándose en su éxito para separar a su hijo de la inconveniente Pepper Prescott.
—Es una jovencita, y es mucho más amable que usted, señor Gabriel —dijo Griswald con helada
cortesía—. Una señora Rita Domokos, de Diamond, Idaho.
Pepper se quedó helada, incapaz de imaginar porqué Rita la llamaría aquí.
Dan. Uno de los terroristas había regresado. Dan estaba herido, estaba muriendo...
Pero en ese mismo tono pomposo de mayordomo, Griswald dijo:
—Dijo que le dijera que todo está bien y que quiere hablar. —Pepper soltó su respiración
contenida. Pasó a Lana a los brazos de Gabriel—. Está en la línea dos. Puede tomarla en el estudio
del señor Givens. —Griswald transfirió su mirada desaprobadora a Zack—. Desde que la señorita
Lana nació, él nunca lo usa.
Mientras Zack presentaba una protesta a carcajadas, Pepper corrió hacia el estudio y cerró la
puerta detrás suyo. Apretó la línea dos y dijo ansiosa:
—¿Rita? ¿Cómo estás?
La voz de Rita llegó con claridad a través de los cables.
—Estoy muy bien. He comenzado el sitio web. Barbara está ayudándome, y necesito saber,
¿quieres vender semillas?
—¡Oh! Oh, sí, quiero...
Pero Pepper había olvidado ese plan, y no estaba allí. No sabía cómo estaban las plantas del
jardín de la señora Dreiss, o siquiera si seguían vivas. Se deslizó en el enorme sillón de cuero de
Zack.
—No lo sé. Tengo un montón de plantas aquí que necesitan ser trasplantadas pronto, pero he
estado... ¿Cómo están todos allí?
—Bien. Barbara y Russell se casarán otra vez el 4 de Julio. —Rita sonaba divertida—. Russell no
deja de decir que es el Día de la Independencia para todos excepto él. Será una gran fiesta. Tienes
que venir.

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Pepper asimiló las noticias, pero dijo:


—No creo que Russell me invitara a un chiquero.
—No lo sé. Deja que le pregunte. —Pepper oyó a Rita gritar—: ¡Hey, Russell, Pepper dice que
no la invitarías a un chiquero!
Pepper quiso golpear a su amiga.
—¡No! Rita, no le digas eso.
Pero no era la voz de Rita la que habló a continuación. Era Russell Graham, y sonaba tan furioso
como siempre.
—Y un cuerno que te invitaría a un chiquero. Te fuiste y dejaste a Dan otra vez. No he visto tan
mal al muchacho desde que llegó a casa del servicio cortado en trocitos.
A Pepper le encantó oír eso. Le encantó. Claro que no quería pensar lo que significaba su dicha
o si estar feliz por la depresión de Dan era indicio de un alma vengativa.
—Debería poder olvidar a una miserable cobarde como yo bastante rápido.
Russell gruñó.
—Me hizo una despedida de soltero, encargó algunas nudistas de Boise y después pasó la
noche mirando sus senos y diciéndome que no eran tan buenos como los tuyos. Bien, no sé la
verdad sobre eso, pero esas chicas tenían unos pechos bastante bonitos, si sabes lo que digo, y
para que él siquiera piense en los tuyos cuando podría haber estado...
La voz de Barbara se entrometió.
—Hola, Pepper. No, Russell, no puedes recuperar el teléfono. Entonces, Pepper, ¿cómo está
Boston? ¿Cuándo vendrás a casa? ¿Puedes llegar para mi boda? Nos encantaría verte ahí.
La voz de Russell gritaba en el fondo.
—¡Necesitamos toallas y sábanas nuevas! ¡Nuestros colores son azul y blanco!
—Russell, cállate —le dijo Barbara bruscamente—. Pepper, cariño, no tienes que traer nada.
—Nos gusta el vino tinto —gritó Russell—. ¡Y yo tomo Canadian Club!
—¡Russell!
Entonces el teléfono golpeó el piso lo bastante fuerte como para que Pepper apartara el
auricular de su oreja. Oyó una refriega.
Rita tomó el teléfono otra vez.
—Ha estado echando mano al Canadian Club desde temprano —le dijo a Pepper—. Pero, ¿ves?
Les gustaría que fueras a su boda. Será en la iglesia congregacionalista a las dos, seguida por una
recepción en su casa, que debería durar toda la noche.
—Rita, ¿es verdad que Dan está deprimido por mí? —Pepper no podía creer que lo había
preguntado—. No porque me importe, ya sabes, pero Russell dijo...
—¿Deprimido por ti? No. He hablado mucho con Dan.
¿Mucho? Pepper se enderezó en el sillón de Zack. ¿Qué quería decir Rita con mucho?
Rita continuó:
—Siente que te trató mal, que dijo muchas cosas que no debería haber dicho, pero conoces a
Russell. Él exagera en todo.
—Sí, lo hace. —Pero él dijo que Dan pensaba que ella tenía mejores senos que una nudista. El
hombre tenía buen gusto—. ¿Dónde está viviendo Dan?

Traducido y corregido por ALENA JADEN Página 207


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—En casa de la señora Dreiss. Alguien tiene que estar ahí hasta que regreses. Ya obtuvo ese
licenciamiento honroso, y un montón de medallas, que su comandante dijo que merecía. Pero no
te preocupes por ser egoísta. —Rita sonaba alegre y despreocupada—. Todos entendemos que
quieres conocer a tu familia. Vendrás cuando vengas. Pepper, estoy en el teléfono de los Graham y
aumentando su factura. Haznos saber qué quieres hacer con esas plantas. E intenta venir para el 4.
Todos estarán aquí. Tengo que irme. ¡Adiós!
Pepper colgó el teléfono lentamente y se preguntó si había sido invitada… o desafiada. ¿Rita
estaba saliendo con Dan? ¿Y por qué le importaría a Pepper si así era? Ella le había dejado claro a
Dan que no lo quería. Él debería encontrar otra mujer, casarse con ella, tener hijos con ella y ver la
nieve caer en invierno y los tulipanes florecer en la primavera...
Pepper salió del estudio de Zack. Miró alrededor distraídamente. No tenía adónde ir. Entonces
se dio cuenta de que Lana estaba en el invernadero con Hope. Lana la necesitaba. Hope la quería.
Pepper tenía un lugar en el mundo.
Cuando llegó allí, Hope estaba sola, amamantando a una Lana dormida. Hope miró a Pepper,
sonrió y señaló el asiento a su lado.
Y Pepper sintió un cosquilleo de advertencia. Reconoció la expresión de su hermana. La
reconoció de tantos años atrás. Hope iba a solucionar los problemas de Pepper, le gustara a ella o
no.
En un tono bajo y dulce, Hope dijo:
—Lana va a extrañarte cuando te marches.
Pepper farfulló:
—¿M... marcharme?
—Todos vamos a extrañarte. Pero tienes esa tierra en Idaho de la que ocuparte. Imagino que
estás preparada para regresar.
Pepper no había decidido nada sobre su tierra, y seguro que no había pensado en dejar a su
familia y volver donde las gallinas empollaban en la mano de un hombre y él preparaba el café
cada mañana a las cinco, y luego la despertaba y la arrastraba afuera a hacer faenas.
—Ha pasado casi un mes desde que te marchaste —dijo Hope—. ¿Has sabido de Dan?
Pepper habló con demasiada rapidez.
—No. ¿Por qué debería? —Entonces, sintiéndose tonta, se relajó—. Oh, te refieres al rancho.
—No, me refería a él y a ti. —Hope detuvo a Pepper con su mirada—. Disparaste a una general
del Ejército de Estados Unidos por él.
Pepper se enderezó.
—No le disparé por él. Le disparé por mí. Esa mujer destruyó mi vida y mis ideales. Espero que
la frían.
Hope meditó un momento y luego dijo:
—No sé si se supone que te diga esto, pero Zack dice que ella informó sobre todo su
conocimiento de la red terrorista y pidió una negociación de la condena.
Pepper siseó su exasperación.
—Entonces espero que la liberen para que sus amigos terroristas puedan tomar medidas
adecuadas.

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—No, va a pudrirse en prisión por el resto de su vida. —Hope acunó la mejilla de Pepper—.
Pero, sea lo que sea que decidas, tienes que volver a Idaho.
Bromeando sólo a medias, Pepper preguntó:
—¿Estás echándome del nido?
—No echándote, simplemente dándote un pequeño empujón. —Hope la miró a los ojos—.
Pepper, nos encanta tenerte aquí, pero has estado escondiéndote. Escondiéndote de ese buen
hombre.
—¿Dan? —Pepper resopló lo bastante fuerte como para sobresaltar a Lana. Bajó la voz—. No lo
conoces en absoluto.
—Creo que lo mismo podría decirse de ti.
En ese momento, Pepper se dio cuenta de que le gustaba tener una familia, sí, pero también le
había gustado vivir sola. Le gustaba pasar tiempo con sus plantas, hablando con cosas de hojas
verdes que no podían responderle. Las extrañaba.
Extrañaba su invernadero. Extrañaba el extenso valle y el ancho cielo azul, y las gallinas que
escondían sus huevos en cuchitriles llenos de culebras. Lo había extrañado los nueve años enteros
que se había ido, y seguía extrañándolo.
Y Dan. Lo extrañaba. Maldito fuera, extrañaba a Dan. Cuando se dio cuenta de que él había
conseguido su venganza, estaba emocionada por él. Cuando se daba cuenta de que él había
sobrevivido a esa pelea y estaba vivo en algún lugar de este mundo, su corazón florecía de alegría.
Hope continuó:
—Los dos tienen algunos asuntos que arreglar.
Pepper sabía que estaba luchando una batalla perdida por mantener vivo su resentimiento,
pero tenía que intentarlo.
—¿Como el hecho de que pensó lo peor de mí?
—Te conozco, Pepper, y tienes una tendencia a alentar a la gente a pensar lo peor de ti. O al
menos no los desalientas.
Con resentimiento, Pepper dijo:
—Quizás.
—¿Hay alguna razón para que él pensara lo peor de ti? —preguntó Hope.
—Es un estúpido.
—¿Aparte de eso?
—Me atrapó dejándolo.
Hope inclinó la cabeza con curiosidad.
—Algunos hombres podrían tomarse eso a mal.
—Debería haber creído en mí.
—¿Igual que tú deberías haber creído en él todos esos años atrás en vez de asumir que te
lastimaría?
Furiosa por lo que veía como una revelación de sus confidencias, Pepper exigió saber:
—¿Quién te dijo eso?
—Tú lo hiciste.
—Oh. Sí.

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Cuando Pepper había contado a Hope sobre sus años sola, no había pensado que Hope vería
más allá de los hechos explícitos, o que usaría ese conocimiento en su contra.
Hope apartó a la bebé de su pecho, puso a Lana sobre su hombro y le palmeó la espalda. La
bebé soltó un enorme eructo, y Hope sonrió con cariño.
—Escucha eso. Es igual a su tía Pepper. Espero que sea como su tía Pepper en otros sentidos
también.
—¿Qué sentidos? —preguntó Pepper con sospecha.
—Cuando eras pequeña, nunca huías de una pelea. Nunca escapabas de nada.
¿Una pelea? Pepper reconoció que había perdido esta. Poniéndose de pie, caminó hacia la
puerta. Mirando atrás, dijo:
—Quería que él fuera el Príncipe Azul.
Hope rió.
—El problema con desear al Príncipe Azul es que tienes que ser Blancanieves, y Pepper, tú has
ido a la deriva.

El Cuatro de Julio en Diamond, Idaho, siempre era una enorme celebración. El espectáculo de
fuegos artificiales era el más espléndido en el condado. Había un desfile con el camión de
bomberos y los caballos 4—H.
Pero a las dos de la tarde de ese Día de la Independencia en particular, las calles estaban vacías.
Cada persona del pueblo se encontraba en la iglesia congregacional observando a Russell y
Barbara Graham reunidos en santo matrimonio.
Dan se encontraba al lado de su padre en el altar y reflexionaba que no era común que un hijo
tuviera tanta suerte como para hacer de padrino de su padre mientras sus padres se casaban. Era
verdaderamente excepcional que un hijo viera cómo sus padres se sonreían mirándose a los ojos y
sintiera envidia.
Quería que esta fuera su boda. Quería ser el novio. Quería que Pepper fuera la novia. Quería
que las figuras en la torta fueran ellos.
En cambio, estaba allí de pie con la señora Hardwick, la dama de honor de su madre, y
contemplando las horas que pasaría atendiendo la recepción de sus padres. No sería tan malo,
excepto que sabía que su papá tenía una docena de muchachas listas para tenderle una
emboscada. Sharon Kenyon, Teresa Cannon, Beth Kauffman... la lista seguía y seguía. Podía sentir
los ojos de ellas sobre él ahora, admirándolo, calculando su valor, planeando su ataque.
Dan escuchaba al pastor hablando de manera monótona. Dan suspiró, respiró hondo el aroma
de las flores y sintió una ráfaga de aire fresco contra su cuello. Se dio vuelta rápidamente.
No había nadie allí. Vio los bancos llenos, los rostros sonrientes, el vivaz cabello rubio de Teresa
Cannon y su sonrisa animada.
Sin embargo, la brisa tocó su rostro, y la puerta de la iglesia se cerró como si ella hubiera estado
allí, observándolo.
Dan permaneció junto a sus padres en la recepción en el sótano de la iglesia, estrechó manos y
en voz baja dijo:
—Papá, volveré a la casa Dreiss a hacer las tareas y cambiarme antes de ir a la fiesta.

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Russell dio vuelta la cabeza con rapidez.


—Puedes cambiarte en la casa.
—Pero no puedo hacer las tareas en la casa.
—Puedo enviar a un vaquero a hacer eso.
Cínicamente Dan reflexionó que Russell realmente debía haber prometido una chance con él a
muchas mujeres.
—Papá, no es tan grave. Me llevará una hora, y de cualquier modo tengo que ir a buscar mis
jeans.
—Irás a la fiesta, ¿verdad? —Russell intentó hacerlo sentir culpable—. Tu madre estaría herida
si no celebraras nuestro matrimonio.
—No me lo perdería, papá. —Con aún menos consciencia que su padre, Dan usó la excusa del
soldado herido—. Necesito un poco de tiempo a solas antes de enfrentar otro aluvión de gente.
—Oh. —Russell luchó entre la compasión y la incredulidad. Ganó la compasión, pero sólo por
un pelo—. Seguro, hijo, ve y tómate una hora para descansar. Después ven a casa, ¡y pasa un buen
rato! ¡Tenemos a los Beefy Barbarians tocando hasta las dos de la mañana!
—Estaré ahí. No me lo perdería.
Dan se alejó de a poco, sonriendo y estrechando manos hasta haber salido de la multitud, luego
de la iglesia y dentro de su camioneta. Poniéndola en cambio, salió disparado por el pavimento.
¿Qué diferencia hacía? No había nada de tráfico. Incluso el sheriff estaba en la boda. Dan
atravesó Diamond rápidamente y tomó la autopista hasta llegar a la entrada de grava que llevaba
al rancho Dreiss. Entonces bajó la velocidad. Los novillos eran implacables cuando los golpeabas, y
no eran lo bastante inteligentes como para apartarse del camino de un hombre desesperado.
Llegó a la casa en tiempo récord, y mientras saltaba fuera de la camioneta, miró alrededor.
Ningún auto estacionado en el garaje. No había nadie sentado en la hamaca del porche,
meciéndose y sonriéndole. No vio ninguna evidencia de que cualquier persona hubiera estado
aquí.
No obstante, había sentido esa brisa en su cuello.
Entró deprisa en la casa. Echó un vistazo fugaz a la sala de estar y no vio a nadie. Miró dentro
del dormitorio de la señora Dreiss. Nadie. Entró en el comedor, miró en el dormitorio de Pepper.
Nada. Nadie. Abrió el armario y revisó la computadora, pero nada había cortado el rayo láser que
protegía el rancho. Ni un auto, ni un oso, ni un conejo. Dan hubiera jurado... todos sus instintos le
decían que ella había regresado.
Entró en la cocina. Vacía.
Se sentó a la mesa. Miró por la ventana hacia el jardín. Pepper no estaba allí afuera. Pepper no
estaba aquí adentro. La deseaba tanto, y ella no había regresado.
Había estado tan seguro de que lo haría. Tal vez no por él —probablemente no por él— sino
porque amaba este lugar. Sus plantas, su tierra, el hogar que siempre había deseado… desde que
era adolescente, este había sido su sueño. Se había ahuyentado sola la primera vez. Él la había
ahuyentado la segunda. Pero había resuelto que cuando ella regresara por tercera vez, la
cortejaría, se postraría ante ella. Demonios, se arrastraría si eso era lo que hacía falta para tenerla
de nuevo en sus brazos.

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Porque lo que le había dicho era verdad. No era sólo el sexo lo que lo atraía a ella. Pepper lo
completaba. Lo hacía cobrar vida, y no podía vivir sin ella. Esperaba que ella no pudiera vivir sin él.
Ya no podía soportarlo. No podía soportar la soledad ni la espera. Si ella no iba a él, él iría a ella.
Al diablo con la recepción de sus padres. Podía comenzar a empacar. Se paró. Entró en su
dormitorio.
Y allí, en medio de su edredón, descansaba un sombrero de vaquero de mujer beige. Sin
comprender, se quedó mirándolo.
El sombrero de Pepper. El sombrero que él le había regalado. ¿Cómo había...?
Entonces un alivio enorme, glorioso, lo llenó. Con un golpe sordo, la puerta se cerró detrás de
él.
Se dio vuelta y ahí estaba Pepper, con la espalda contra la pared y esa sonrisa maravillosa,
incontenible, iluminando su rostro.
La alegría corría como fuego por las venas de Dan. Ella era todo lo que necesitaba para ser feliz.
Tomando el sombrero, fue hacia ella. Se lo puso en la cabeza. Le besó los labios. La miró a los
ojos y dijo:
—Bienvenida a casa.
FFIIN
N

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