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Culto a la Muerte

Emilio del Barco

Quienes pueden pontificar sobre normas de conducta, las adaptan a los tiempos en
que vivan. Es injusto plantearse, inhumanamente, que la vida o muerte de pueblos
enteros puedan someterse a las expectativas de unas elecciones, de las que
puedan salir triunfantes unos u otros. Aunque sea eso lo que suceda realmente.
Elegir a un político u otro, siempre cambia el futuro de alguien. Los inflexibles
prefieren que la gente muera, antes que cambiar su palabra, o sus designios. Los
asuntos de dignidad personal suelen ser decisivos para los políticos. El amor a sí
mismos puede más que su amor a la Humanidad. Las preferencias, sobre todo las
políticas, suelen funcionar como las obras de teatro; poniendo el decorado
apropiado, se monta una escena adecuada, con variaciones, para hacer el
desarrollo creíble.

En un mundo donde la idea del pacifismo progresa, parece fuera de tiempo la


institucionalización de la muerte violenta, como justificable a los ojos de Dios.
Quienes trafican con armas, guardan los beneficios, siempre situados a salvo, en la
distancia. Parecen creer que todos morirán, menos ellos.

Somos lo que pensamos. Desconfiemos de quienes se proclaman dueños de la


verdad. Porque no estarán dispuestos a consentir más verdad que la suya. Una vez
cambiado el camino, nadie puede volver a su origen. El agua que salía ayer de una
fuente, no es la misma que sale ahora. El mal que se escondía en el proyecto
original, no parece el mismo que late en la obra finalizada. El arrepentimiento no
influye en el pasado, sólo se traslada al futuro, cuando el mal ya fue hecho.
Cualquier creencia es limitadora. No se pueden sobrepasar sus fronteras teóricas,
cuando, en la práctica, cada creencia es la obra conjunta y cambiante de los
sucesivos continuadores de una idea, heredera de sí misma, que cambia al
continuarse. El punto de partida y el camino recorrido, forman parte de la meta.

Cuando el conocimiento se amplía, constantemente, la razón se pone en marcha,


para permanecer en movimiento. Revisando, completando, recolocando cada cosa,
hasta encontrarle su lugar adecuado. No creo, no puedo creer, en lo inamovible, lo
estático, lo perenne, lo eterno. Necesito saber que todo cambia, o, al menos, que
todo puede cambiar.

Pienso, discurro, razono, deduzco, y, entonces, cuando creo saber, descubro más
dudas, tras las primeras afirmaciones. Nunca se está ante la Verdad Total. Sino
ante verdades parciales, que te indican el camino hacia otras porciones de verdad.
Deberíamos curarnos de esas pretensiones visionarias, que nos conducen a creer
haber alcanzado el núcleo de la Verdad.

Vamos sabiendo más, cada día, sí, pero, cuanto más sabemos, más conscientes
somos de lo mucho que ignoramos. Sólo un iluso, o un mentiroso, pueden afirmar
conocer la verdad absoluta de algo. Llegamos a intuir pequeñas verdades
parciales, que van formando un conjunto, tan inmenso, que ninguna vida bastaría
para abarcar su desarrollo. Tras de una verdad, siempre hay otras. 16/02/10. Emilio
del Barco. emiliodelbarco@hotmail.es www.emiliodelbarco.com

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