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Tiempo de saber

Armas y drogas: dos caras de la violencia globalizada

Por Jorge Antonio Alfaro Villamil∗

Entre 1990 y 1991, cuando estalló la llamada Guerra del Golfo Pérsico, fue posible ver
a través de la televisión parte de lo que estaba ocurriendo, con apenas unas horas o
minutos de diferencia, en países como Irak, Kuwait e Israel. En la memoria de muchos
de los que fuimos testigos perduran escenas de aviones disparando cohetes sobre lo
que se decía que eran instalaciones militares, de misiles estallando sobre ciudades y
de pozos petroleros en llamas. En ese entonces hubo voces que hablaron de la
“apología de la violencia en los medios”. No era que la violencia fuera algo nuevo en la
televisión, los periódicos o el cine, lo sorprendente era que pudiéramos ver lo que
estaba pasando como si fuera parte de un espectáculo más, que se podía mirar a la
hora de la cena, en horario estelar y frente a toda la familia. El manejo de la guerra en
los medios de comunicación representó un síntoma del proceso de globalización

A casi veinte años de la guerra del Pérsico, la violencia que se muestra en los medios
sorprende menos, al menos en sociedades como la nuestra, donde las escenas de las
guerra en el medio oriente han sido superadas por información sobre asesinatos,
secuestros y balaceras en las ciudades, pueblos y carreteras de México. Así como el
dolor físico hace al cuerpo generar sustancias analgésicas, en las sociedades el dolor
moral genera sus propias anestesias. Es preferible insensibilizarnos o dar la espalda a
los que nos duele y nos llena de miedo, que asumirlo como una parte de la realidad
ante la que tenemos responsabilidades y acciones a nuestro alcance. Podríamos decir
que de alguna manera, la globalización, como proceso acelerado de información, nos
ha vuelto más indiferentes ante la violencia.

En los medios de comunicación suele decirse que la situación de violencia agravada


que vive México en los últimos años es resultado del ataque frontal a las mafias del
crimen organizado, en especial las del narcotráfico. También se menciona la dificultad
del Estado mexicano para blindarse frente a la capacidad de corrupción que desarrollan
dichas mafias. Al mismo tiempo, la venta legal de armas y su entrada ilegal a México
complican la situación, ya que dotan a organizaciones ilegales de una capacidad para
poner en jaque la acción coercitiva del gobierno y el sostenimiento del Estado de
Derecho. Así, drogas y armas forman una pareja destructiva de la sociedad cuyo
vínculo es cada vez más evidente.

El principal argumento para prohibir la producción y venta de ciertas sustancias


calificadas como estupefacientes o drogas, es el peligro que encierran para dañar la
mente, el cuerpo y la moral de las personas. Sin embargo, cuando ciertas sustancias,
pese a sus riesgos, tienen alguna facultad terapéutica o su consumo es demasiado
habitual como para prohibirlo pese a los riesgos de salud que implica, su venta puede
ser legalizada con algunas o ninguna restricción. Tal es el caso del tabaco, el alcohol,
como los casos más representativos de drogas legales y vendidas sin restricción. En el
fondo uno se pregunta, cuál es la razón para prohibir unos estupefacientes y permitir
otros. El argumento sobre la capacidad destructiva de las drogas, con otros matices,
también podría aplicarse a las armas, pero al igual que en el caso de las drogas, hay
una serie de razonamientos a su favor que facilitan su venta legal en pequeña y gran
escala: por ejemplo: la garantía de autoprotección de las personas, la paz armada y el
equilibrio de poderes.

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En una lógica un tanto ingenua, cualquiera podría preguntarse, si tanto las armas como
las drogas son destructivas, ¿porqué la producción y ventas de armas no se prohíbe en
todos y para todos los países? Y si volteamos el razonamiento, nos preguntamos
¿porqué no se despenaliza la producción y venta de drogas en todos y para todos los
países? Ninguno de los planteamientos considera el aspecto económico involucrado
con ambos productos. Para profundizar la reflexión sobre la conveniencia de mantener
las prohibiciones sobre las drogas ilegales o despenalizarlas, vale la pena leer al
pensador español Antonio Escohotado, quien en su libro “Historia general de las
drogas”, analiza el proceso histórico que ha llevado a la prohibición y desmenuza los
argumentos para mantenerla. Desde su óptica, los argumentos de salud se diluyen y lo
único que se sostiene es la razón económica.

En el proceso de globalización hemos visto como las armas y las drogas se convierten
en el centro de grandes negocios internacionales. El sociólogo alemán Hosrt Kurnistzky
apunta en el prefacio de “Globalización de la violencia” que en la medida en la que la
sociedad sirve a la economía, en lugar de que la economía sirva a la sociedad, “la
política se convierte en un órgano para la realización de intereses económicos
particulares, y los mismos políticos se subordinan al soborno o tentadoras ganancias”.
Es decir, que mientras armas y drogas sigan representando un negocio de gran escala,
la solución a los problemas sociales que implican no se resolverá por la vía política.
Entonces cabe preguntarse, ¿será por la vía violenta? Ante la situación que estamos
viviendo en México, es tiempo de preguntarnos si la violencia generada en la lucha
contra el narcotráfico, no genera males mayores que la adicción a la drogas.

En conclusión, la venta de armas y de drogas, ya sea de manera legal o ilegal, ha


fortalecido un proceso de globalización de la violencia. Es tiempo de pensar en
soluciones que van más allá de la mera prohibición y el enfrentamiento armado, se
requiere pensar en mecanismos de despenalización y regulación de la producción,
venta y consumo de drogas, al mismo tiempo que se restringe y controla con
efectividad la producción y venta de las armas de asalto y destrucción masiva que
también dañan a la sociedad y sostienen al tráfico ilegal de drogas.

Sociólogo, investigador de la Asociación Mexicana de Pedagogía AC. Artículo publicado en la revista Foro Jurídico, agosto
de 2010