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SALA EN ESPERA

ENERO 2011

Simulacros académicos Ι Carlos Roque


Todos blofeamos. Moldeamos en la medida de lo posible nuestra imagen y la
percepción que otros tienen de nosotros: exageramos o matizamos las historias
que contamos, ponderamos información y la minimizamos, exaltamos u
omitimos, dependiendo de quién la recibe. Acostumbramos hacerlo con todos:
compañeros del trabajo, amigos, parejas, padres y madres, completos extraños
y conocidos recientes. La mayoría del tiempo esto no lastima a nadie, incluso
puede ser divertido. Hay personas que alteran la realidad sin saberlo, y sin
ninguna agenda oculta. Sin embargo, otras tantas sólo buscan construir una
percepción falseada o edulcorada para participar de un juego que deviene
pantomima. Es ahí donde surge la preocupación que lleva a este escrito: porque
en algún punto no muy lejano, estas “modificaciones” y “variaciones” se
convierten en simulacros absurdos de nosotros mismos. Peor aún, estos
simulacros se hacen grupales, institucionales, globales y endémicos.

La academia es un espacio inundado por esta práctica. Estudiantes de


licenciatura, alumnos de maestría, candidatos a doctor, profesores, y otros
perdidos que sigan estas líneas, seguramente han sido protagonistas o actores
secundarios de algún simulacro académico. En los meses pasados he
comprobado que (quizá-no-tan) últimamente, hay una preponderancia de lo
visible sobre lo inteligible, del show sobre la esencia, de la cantidad sobre la
calidad, de la calificación sobre el aprendizaje. No sólo en las aulas de distintos
niveles educativos, sino entre investigadores y centros que deberían ser la
punta de lanza de nuevas ideas (¿qué tipo de ideas?, posteriormente se puede
abordar ese debate, pero ideas originales e investigaciones vinculadas a la
realidad, para empezar). La heterogeneidad de los temas de investigación no
debe ser pretexto para su falta de impacto en lo que se estudia. Y argumentar la
formación de “nociones básicas” respecto a un área del conocimiento no es
excusa para no relacionarla con la realidad a la hora de enseñar dichos
contenidos.
Valorar la forma sobre el fondo no es un crimen. Pero en un país como el
nuestro, con muchos sistemas que no funcionan como deberían (además del
educativo), es mejor equilibrar ambas características. Por ejemplo: en la
política se anuncian y vitorean obras, acciones y planes de gobierno para crear
una percepción entre los votantes. Pero de nada sirve tener una buena imagen
y excelente comunicación política si no se acompaña de acciones. Es una
situación insostenible, ya que hay un límite de engaño posible si ganas y no
haces el trabajo. Si se dejan de hacer acciones sustanciosas en un gobierno, por
más que se intente dar otra percepción, tarde o temprano llega un punto en el
que la sociedad gana conciencia, y los políticos pierden elecciones. Cuando hay
simulacros en el ámbito académico, no se pierden elecciones, se pierde algo
más importante: la posibilidad de nuevas ideas.

Abundan ejemplos de simulacros académicos: estudiantes que reciclan


trabajos; alumnos que fingen aprender y maestros que fingen enseñar;
publicaciones sin arbitrajes adecuados; licenciaturas, maestrías y doctorados
otorgados sin el rigor necesario; apadrinamientos, asignación de proyectos y/o
becas por relaciones personales y no por criterios académicos objetivos;
exageración de logros sin ninguna incidencia en la realidad…

Un ejemplo personal: he pasado exámenes sin tener los conocimientos


necesarios, sin haber leído, sin estudiar; he usado el trabajo de alguien más
para cumplir con la tarea; he blofeado sobre un tema que no sé y me he salido
con la mía. Nunca lo consideré un crimen (tampoco me siento orgulloso). El
problema es cuando esto sucede en todos los niveles, más allá de la “perrada”
estudiantil: maestros, doctores, pos doctores, personas cuya preparación
admiramos sin refrendar o cuestionar seriamente las aseveraciones,
argumentos planteados o investigaciones que realizan. La academia se trata
precisamente de eso. No me refiero a ser iconoclastas recalcitrantes sin
fundamento (que considero mentecatos), hablo de saber identificar cuando
alguien esta blofeando y cuando aporta algo significativo. Al menos es un
primer paso si se pretende (de ser posible) acabar con este tipo de simulacros.

Cabe matizar que no aspiro a que todo sea auténtico siempre. Es una idea
romántica creer que nadie ni nada tendrá intenciones ocultas, ni agenda. Mi
aspiración, al menos en el caso de la academia, es que lo que se publique, se
comparta o se difunda, tenga esencia y consistencia, y si no es mucho pedir:
impacto y estructura. No hay un nivel adecuado de celebración cuando nos
publican un artículo, libro, ensayo, o lo que sea, pero quizá podamos aspirar a
un “nivel óptimo de cacareo” de la producción científica sin caer en la
promoción sin esencia que se convierte en cascajo. Porque para aguantar
simulacros basta con los que ya he visto en otros aspectos de nuestra vida
cotidiana.

URL: http://www.salaenespera.mx/2011/01/simulacros-academicos-carlos-roque.html