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Richard Mackenney- La Europa del Siglo XVI

Nuevas Dimensiones

El Humanismo y sus Repercusiones

La difusion del humanismo desde Italia a otras partes de Europa constituyo uno de los
mas importantes factores de cambio en el siglo XVI, sin embargo, el termino “humanismo”
sigue siendo vago, poco preciso. Entraña dificultades que el humanismo del Renacimiento
sea tan dificil de definir en terminos positivos, al hallarse su verdadero sentido medio
oculto bajo glosas superpuestas hechas en periodos posteriores y que han terminado por
distorsionar su sentido. Algunas veces, nuestra imagen del humanismo esta perfilada
sobre la idea decimononica de “humanitarismo”, es decir, la adopcion de valores
humanitarios en las relaciones interpersonales. En otras ocasiones el humanismo es
definido como una filosofia secularizadora que hace hincapie en el hombre antes que en
Dios. Semejante abanico conceptual es demasiado amplio para que resulte de alguna
utitlidad, porque en aquella primera intepretacion tiende a resaltar la puesta en practica de
los valores cristianos, mientras que esta segunda a lo que apunta es al ateismo. Sin
embargo, ambas definiciones pueden resultar utiles porque son reveladoras de la
trascendencia que tuvo el humanismo; no obstante, ni la una ni la otra hacen justicia a la
variedad de ideas a que dio lugar el humanismo. Para captar este ultimo extremo,
necesitamos prescindir de la idea de que el humanismo fue un conjunto de valores o una
filosofia coherente. Es preferible que dirijamos nuestra atencion hacia las posibilidades
que se fueron abriendo paso gracias a las ideas humanisticas.
Para comprender lo que fue el humanismo, no se puede hacer nada mejor que imitar a los
mismos humanistas: volver a las fuentes, elevarnos por encima de la confusion y
desvelar la naturaleza del original. Usaremos una definicion estricta de humanismo, el
cual, por medio de la reflexion critica sobre el lenguaje, proporciono al hombre un nuevo
lugar en el tiempo y que le dio un nuevo sentido del espacio gracias tambien a la serie de
avances en las artes visuales producida en paralelo. A fines del siglo XV, ambos modos
de percepción (literario y visual) habían alcanzado la madurez en Italia; sin embargo,
debido a su difusión por el resto de Europa a lo largo del XVI, uno y otro se transformarán
al entrar en mutuo contacto en nuevos contextos y, en suma, este proceso sentará las
bases de la llamada “Revolución Científica” del siglo XVII. Hay que destacar que se
mantuvo la diferenciación inicial entre las letras humanísticas y las artes visuales porque,
en el norte del continente, la aplicación de dichas técnicas humanísticas al estudio de la
Biblia se dejó sentir en los que reclamaban una reforma eclesiástica, mientras que las
artes visuales jugaron un papel de similar importancia en el renacer católico que se
produjo en el mundo latino.
El dinamismo del pensamiento humanístico es notable teniendo en cuenta que el
humanismo nunca fue un programa general de principios preestablecidos de cuya
aplicación pudiera derivarse un “movimiento”. Incluso si lo definimos en términos estrictos,
la característica del humanismo es su tendencia al cambio. Lo que todos los “humanistas”
comparten no es una filosofía, sino unas técnicas de conocimiento muy concretas: la
capacidad de comprender y de imitar las palabras del mundo antiguo. El gran logro de los
humanistas fue el descubrimiento (o la recuperación) del placer de la elocuencia, de esa
capacidad expresiva que elevaba a los hombres por encima del resto de los seres de la
creación. Las posibilidades que se les abrieron entonces parecían ser infinitas, lo que
permite explicar por qué fueron tan cambiantes los intereses de los humanistas, algo que,
por otra parte, los hace tan difíciles de seguir.
Es posible cartografiar algunos de los principales descubrimientos del viaje intelectual
humanístico. Partimos de Italia, no sólo en atención al Renacimiento del siglo XV, sino
también porque Italia nunca había perdido del todo el contacto con el pasado romano. Los
vestigios de Roma estaban esparcidos por las ciudades de la Península, las piezas que
todavía eran utilizables se habían empleado en la construcción de iglesias y palacios. A
mediados del siglo XII , el obispo Otto von Freising señaló que los lombardos “conservan
algo de la caballerosidad romana en sus maneras y expresión”.
No obstante, el humanismo del Renacimiento fue un fenómeno más limitado y como tal
deberá ser definido si queremos comprender su significado. El término deriva de los
studia humanitatis del currículum latino medieval, que giraba en torno a siete materias: las
cuatro del quadrivium (aritmética, geometría, astronomía y música), que constituía el
grado elemental en artes, y las tres del trivium (es decir, gramática, retórica y lógica). Los
sabios humanistas impusieron un nuevo orden de prioridades: insistieron en la
importancia de la gramática y la retórica y, después, las aplicaron a la redacción de textos
de historia y de poesía. La insistencia escolástica en la lógica fue ridiculizada como algo
estéril. Analizar los puntos clave en el desarrollo del pensamiento humanístico nos exige
iniciar una digresión que supera los límites cronológicos del siglo XVI, sin embargo, sería
un error acotar a un solo período ese conjunto de ideas que llamamos el Renacimiento.
Por el contrario, es necesario insistir en la profundidad de los cambios culturales que se
habían venido produciendo desde el siglo XIV, así como en el peso de su impacto en el
conjunto de Europa durante el XVI.
Dada la permanencia cultural y política de la tradición romana en Italia, es un error creer
que Francesco Petrarca (1304-1374) fue el “padre del humanismo”, ya que éste rompió
con el pasado medieval mucho menos de lo que él mismo suponía. Es cierto que expresó
su admiración tanto por el latín de los antiguos romanos como por el republicanismo
clásico, pero en muchos aspectos su manera de pensar era típica de su tiempo, es decir,
típica de la crisis y depresión de fines del siglo XIV.
Sin embargo, es este mismo sentido del tiempo lo que hace que el pensamiento de
Petrarca sea tan original. Su actitud hacia el pasado era innovadora, tan nueva que ayudó
a crear nuestro sentido moderno de periodizaeción histórica. No desarrolló una filosofía
sistemática que pudiera compararse eos la visión universal de los escolásticos, pero, al
plantear de nuevo cuál caa la relación entre su propio mundo y el mundo antiguo, vino a
redefmire! lugar del hombre en la historia. Quería recuperar los auténticos textos de los
autores romanos, en especial los de Cicerón e imitar su latín. Para lograrlo, tenía que
suprimir todas lasconjeturas y corrupciones textuales de quienes habían copiado los
manuscritos originales, muchos de ellos monjes. Ese período de preservación y
corrupción de los textos era, para Petrarca, una época de oscuridad que había hecho
irreconocibles los originales y era descrito como una “época intermedia” o, en latín, un
médium aevwn. Y, así, de la noción de Petrarca de lo que lo separaba del pasado clásico
nacerá nuestro concepto de “Edad Media”. En la Edad Media, el tiempo pertenecía a Dios
(de aquí que los eclesiásticos rechazasen el cobro de intereses sobre cantidades de
dinero sólo en función de la duración del préstamo). Petrarca y los humanistas que lo
siguieron concedieron al hombre una nueva libertad en la indagación del pasado y,
además, como el pasado remoto también era un pasado pagano, el concepto de tiempo
acabó por hacerse más secular.
Uno de los presupuestos de Petrarca respecto al mundo clásico era que el hecho m ism o
de pensar precisaba tiempo, tiempo libre de la ocupación en asuntos materiales, lo que
los romanos llamaban otium, lo que nosotros podríamos denominar ocio. No obstante, a
medida que este proceso de indagación avanzaba, se fueron reuniendo más y diferentes
textos. La visión de la antigua Roma que había podido hacerse Petrarca cambió cuando
vieron la luz las cartas de Cicerón a Ático: en ellas se mostraba que aquel filósofo
inmaterial que conocía Petrarca también había sido un letrado consciente del poder y
profundamente embebido en los asuntos de la política. La siguiente generación de
humanistas hubo de ocuparse de las eventualidades de la vida activa más que de las de
la vida contemplativa, del negotium antes que del otium. Hacia el año 1400, los
humanistas utilizaban las palabras de Cicerón en política más que en poesía y el
conocimiento que tenían de la forma y la sustancia de la política romana lo aplicaban a la
vida de su propia República Florentina. De esta forma, se abrió esa fase del pensamiento
humanístico ligada a la “vida cívica”. Leonardo Bruni (c. 1370-1444) usó las artes de
Cicerón para crear la propaganda del republicanismo florentino, encomiando las virtudes
de la libertad y advirtiendo de los peligros de la tiranía. Hasta entonces, todos los modelos
dignos de ser imitados (Séneca y Quintiliano así como Cicerón) eran autores latinos.
Bruni, sin embargo, aprendió griego y la otra mitad de la herencia clásica vino a ocupar un
lugar cada vez más destacado en los intereses de los humanistas. Esto sucedió, sobre
todo, debido a la creciente presión que los turcos ejercían sobre Constantinopla y que
forzó a que un número mayor de eruditos griegos (y más textos griegos) se dirigiesen
hacia el oeste. Lo que Aristóteles había sido para los hombres de letras de la Edad Media,
lo fue Platón para los humanistas del Renacimiento: el punto de referencia esencial. Las
ideas de Platón ayudaron a elevar la dignidad del hombre hasta una posición apenas
inferior a la del mismo Dios. Esta búsqueda de lo sublime condujo a que se insistiese
cada vez más en el valor de la vida contemplativa en detrimento de la activa. De un lado,
Platón enseñó a los hombres a buscar a Dios por medio del perfeccionamiento del alma y,
de otro, les enseñó a concebir en términos ideales su relación con los demás. El hombre
europeo del siglo XIV estaba preparado tanto para el abandono de los signos externos en
la vida religiosa como para buscar la Utopía en política. Además, algunos intentos de
interpretar la naturaleza en términos platónicos sirvieron para extender un puente entre
magia y ciencia, entre el “misticismo” y una “rigurosa técnica de observación”.
El desarrollo histórico del humanismo renacentista que hemos trazado es profuso:
metodología específica, capacidad para intervenir en política, búsqueda filosófica de lo
sublime, aspiración de realizar una investigación realmente científica. Estos distintos
factores eran algo así como elementos inestables dentro de recipientes mal sellados y, a
medida que la temperatura ambiental se fue elevando durante el siglo XIV, su combustión
se hizo cada vez más inminente. La primera llamarada puede situarse en la obra de un
humanista romano, Lorenzo Valla (1405/7-1457). Su capacidad se puso al servicio de un
gobernante secular cuando, en 1439, bajo el mecenazgo de Alfonso de Nápoles, escribió
un libro sobre la Donación de Constantino. La Donación era un documento por el cual el
primer emperador cristiano había concedido al papa Silvestre I la primacía sobre los otros
patriarcas y una autoridad de carácter imperial sobre el Imperio de Occidente. Durante
siglos se había pensado que era una falsificación. Valla demostró que en efecto lo era por
medio de la crítica sistemática del léxico empleado en su texto. Constantino no era un rey,
el autor de la Donación no conocía las insignias imperiales: nadie en el siglo IV hubiera
utilizado el término phrygium para designar la tiara imperial. Tales errores probaban que el
autor había sido un falsario A su elocuencia y a sus servicios políticos, Valla añadió
algunas especulaciones sobre la naturaleza del alma, en especial en una obra sobre el
libre albedrío que constituía un ataque al escolasticismo medieval. Aún fue más allá y
aplicó su técnica a otro texto antiguo: la Biblia. Sus Adnotationes in Novum Testamentum
ponen las bases del “humanismo cristiano”, el cual pretendió reformar la Iglesia volviendo
a sus primitivos orígenes, sirviendo de lazo de unión entre el saber del Renacimiento y la
Reforma. La difusión desde Italia de las ideas humanísticas no supuso que éstas fueran
copiadas al pie de la letra. Al contrario, deberíamos entender que el humanismo fue un
factor que permitió la expresión de tradiciones locales y que, al mismo tiempo, se mezcló
con ellas. La piedad de Erasmo se nutría de las tradiciones devocionales de los Países
Bajos, en especial de la devotio moderna, ese intento revolucionario de secularizar el
monasterio. El fruto más célebre de dicho movimiento era un libro: la Imitación de Cristo
de Tomás de Kempis. Erasmo iba a difundir dicho ideal. ¿Qué llamada a la autodisciplina
podía ser más conmovedora que este requerimiento erasmiano hecho en su Enchiridion
Militis Christianil:”Lo que he dicho sobre el dinero también se aplica a los honores, placer,
salud, de hecho a la vida del cuerpo mismo. Nuestra determinación de imitar a Cristo
debería ser de tal naturaleza que no tuviéramos tiempo para esos asuntos.”
Para imitar a Cristo, no obstante, era imprescindible entender su mensaje, la buena nueva
difundida por los buenos mensajeros o “evangelistas”:”Créeme tú a mí, hermano mío, que
ninguna tentación te pueden los enemigos traer a la qual no deseche y rechace el estudio
de las letras sagradas, y ninguna adversidad puede acaecer que con ellas no se hafa
ligera de sofrir.”
Cuanto más se acercase uno a las palabras de quienes conocieron a Cristo, más cerca se
estaría de la Palabra de Dios:”Lo primero que debes hazer en la leción de la Santa
Escritura es estimarla y pensar que aquellas sagradas letras son respuestas y sentencias
venidas del cielo y salidas de los secretos de la divinidad. A las quales si con acatamiento,
reverencia y voluntad te allegares, luego sentirás una divina inflamación, una nueva
alegría, una maravillosa mudança, una consolación yncreíble, una afición muy de otra
manera que antes, con desseo de una reformación nunca pensada.”
El humanismo com o ejercicio erudito estaba empezando a hacer posible que las
personas se elevasen por encima de las meras apariencias y que se borrasen siglos de
sandeces acumuladas, no sólo en lo que leían, sino también en cómo se comportaban:
“Mas querer servir y onrrar a Jesu C hristo con cosas visibles, por sólo el bien que ay en
ellas, y poner aquí la cumbre de la religión... esto es a mi parecer arredrarse de la ley que
Christo nos mandó en el Evangelio, que es toda espiritual N o pienses tú luego q u e está
la charidad en venir muy contino a la Iglesia, en hincar las rodillas delante la s ymágenes
de los santos, en encender ante ellos muchas candelas, ni tresdoblar las oraciones muy
bien contadas. No digo que es malo esto, mas digo que no tiene Dios tanta necesidad
destas cosas. ¿Sabes qué llama sant Pablo charidad? Edificar al próximo con buena vida
y exemplo, con obras de charidad y con palabras de santa dotrina; tener a todos por
miembros de un mesmo cuerpo; pensar que todos somos una mesma cosa en Jesu
Christo; gozarte en el Señor por los bienes y provechos de tu próximo como por los tuyos
mesmos; remediar los males y daños agenos como los tuyos proprios; corregir con
mansedumbre al que yerra; enseñar al que no sabe; levantar y aliviar al que está abatido;
consolar al desfavorecido; ayudar al que trabaja; socorrer al necessitado.
La sátira a la que sometía las estructuras del poder eclesiástico continuó y aún se hizo
mayor en el Elogio de la Locura, terminado en 1514. Cuando se revuelve contra las
actividades recaudatorias de la Iglesia porque incitan a la superstición es fácil advertir la
causa de que Erasmo, más tarde, pudiese ser acusado de Luteranismo: “¿Y qué diré de
aquellos que, con perdones imaginarios, embaucan a la gente con mucha suavidad y
calculan la duración del purgatorio, contando los siglos, los años, los meses, los días, las
horas, sin incurrir en el más mínimo error, com o si utilizaran tablas matemáticas? ¿O de
aquellos que confían en que, empleando ciertas palabras mágicas y oraciones inventadas
por un piadoso inventor, ya para salud de las almas, ya para acrecentar su bolsa, se
prometen nada menos que las riquezas, los honores, los placeres, la abundancia, una
salud siempre robusta, larga vida, una vigorosa vejez, y al final un sitio en el paraíso junto
a Cristo, aunque no quieran ocuparlo hasta lo más tarde posible, esto es, cuando los
placeres de esta vida, a los que se agarran con los dientes, les abandonen, a pesar suyo,
sucediéndoles entonces las delicias del cielo?”
No obstante, Erasmo estaba convencido de que habia que intentar la reforma de una
iglesia unida, no su división, y es preciso recordar que tras la protesta de Lutero, e incluso
más o menos hasta 1530, las ideas Erasmo parecían contar con la aprobación casi
universal.
Francisco I quiso traer a Erasmo a su recién fundado Collége de Frunce y toda la vida
intelectual francesa había estado bullendo con las ideas de Erasmo desde que el
personaje visitó París en 1488.
los franceses habían establecido ya un contacto directo con los humanistas italianos, pues
Jacques Lefevre d’Etaples (1450-1536) había visitado a Pico y a Ficino en la década de
1480. Como Erasmo, Lefevre quería añadir sabiduría y piedad a la elocuencia y, además,
urgía a los cristianos a vivir de acuerdo con las Escrituras. No obstante, la polémica
mantenida con el veneciano Ermolao Bárbaro lo había hecho más receptivo al
aristotelismo que lo fue Erasmo y, por tanto, apreciaba a los místicos medievales, pero
también a los Padres de la Iglesia, una actitud que se trasluce en que haga especial
insistencia en la divinidad de Cristo.
Para François Rabelais (1490-1553), sin embargo, Erasmo era “mi padre y mi madre
espiritual”. Los dos hombres compartían una aversión al monacato de su tiempo y
también puede decirse que el sanguíneo anticlericalismo de Rabelais hunde sus raíces en
las tradiciones de la cultura popular. No obstante, las obras más famosas de Rabelais, las
aventuras de Gargantúa y Pantagruel son tan descomunales que se prestan a cualquier
interpretación, y luego la desbaratan. Los títulos de sus libros son mejor conocidos que los
textos, que son incomprensibles. Lo más probable es que la intención del autor fuera
precisamente ésa. Aunque no guardan sistematización alguna, sus divagaciones y
obscenidades pueden ser tenidas por humanísticas debido a su delectación en las
posibilidades de las palabras, aunque no se tratase de palabras relativas a la vida
intelectual del hombre, sino a su ser físico. El genio de Rabelais ha de ser identificado con
la copulación antes que con la contemplación, con el excremento más que con la
exégesis y, así, en su preocupación por el hombre como ser físico une las ideas
humanísticas con algunos de los hallazgos de los artistas del Renacimiento.
hemos de evocar otro episodio en la historia de esta fase del pensamiento humanista que
se identifica con Erasmo. A la luz de lo que con posterioridad iba a suceder, la más
fascinante de todas las ofertas que se le hicieron a Erasmo fue la que le vino del cardenal
Cisneros, quien le propuso ocupar un obispado en España. Ese Erasmo, el adalid de la
razón y de la tolerancia, podría haber ocupado un puesto en esa Iglesia entregada a una
guerra inquisitorial contra la herejía, la Iglesia que iba a ser la punta de lanza de la Contra-
Reforma. Pero, antes de 1530, las ideas erasmistas de una Cristiandad armónica
concitaban la atención de quienes defendían la posibilidad de un gobierno universal bajo
la corona de Carlos V y, además, su idea de tolerancia como expresión del amor cristiano
resultaba atractiva para los conversos, los judíos que habían sido bautizados, aunque
aquellos de entre ellos que eran sospechosos de haber vuelto a su antiguo credo
constituían el principal objeto de las pesquisas llevadas a cabo por la Inquisición
española. Hacia 1530, con Carlos V ocupado de nuevo en la guerra contra Francia en el
escenario italiano, los enemigos de Erasmo ganaron en predicamento y el erasmismo
terminó por ser relacionado con la herejía. Ha de recordarse como prueba de la diferencia
existente entre artistas y hombres de letras que Carlos V y Felipe II pudieron prohibir las
obras de autores del “Renacimiento” como Erasmo, al tiempo que nada les impedía seguir
siendo mecenas de pintores del “Renacimiento” como Tiziano. Se esconde aquí una cierta
ironía, puesto que existieron fuertes puntos de contacto entre las letras humanísticas y las
artes visuales y, así, al intentar entender la importancia del Renacimiento italiano en la
Europa del siglo XVI, debemos tener en cuenta que la visión del hombre fue difundida
tanto por artistas como por humanistas.

Humanismo y Antropocentrismo

El Renacimiento del siglo xv produjo no sólo nuevas maneras de ver, sino también nuevas
formas de representar lo que se veía. El humanismo no era otra cosa que la capacitación
técnica propia de una elite intelectual. Antes de establecer la relación que existe entre las
ideas humanísticas y la nueva tecnología tipográfica, es preciso recordar que, con
anterioridad a que lo hiciera la imprenta, las artes visua
les ya habían empezado a expresar lo que suponía el humanismo respecto a la posición
del hombre en el mundo. En la obra artística se articularon las propuestas más profundas
y globales del conocimiento humanístico: el hombre en el centro y en la cúspide del
mundo natural. Los grandes artistas del Renacimiento no fueron humanistas en el sentido
de que no habían recibido una formación filológica, pero, sin embargo, le dieron expresión
a esa visión centrada en el hombre que era propia de los humanistas y, así, podríamos
añadir a la definición de “humanismo” que estamos empleando el “antropocentrismo”, que
fue su consecuencia mayor. En el año 1500, los artistas habían completado la indagación
humanista del tiempo histórico al haber conseguido expresar el nuevo sentido del lugar
que ocupaba el hombre en el espacio. El pintor florentino Giorgio Vasari (1511-1574) pasó
revista a los triunfos del arte renacentista en sus Vite de'piu eccellenti Pittori, Scultori et
Architettori (1550) y, al hacerlo, se convirtió en el primer historiador del arte europeo.
Vasari concentra su atención en tres grandes hitos en el
pulso de la creatividad artística. El primero lo identifica con Giotto da Bondone (1266/7-
1337), quien dotó de un realismo nuevo y de una nueva intensidad al arte de la pintura al
renunciar a la tradición iconográfica bidimensional y al crear la ilusión tridimensional con
sólo dos dimensiones. Giotto podía, m ediante escorzos, crear la ilusión de profundidad
con cualquier figura u objeto. No obstante, la relación entre objetos y figuras todavía no
estaba geométricamente bien resuelta. Este problema fue superado durante el período
que Vasari consideró el siguiente gran momento de vitalidad, a comienzos del siglo xv, y
que identificó con el pintor Masaccio (1401-1428), el escultor Donatello (c. 1386-1466) y el
gran amigo de éste, el arquitecto Brunelleschi (1377-1446). En este período, la
representación realista de objetos en el espacio alcanzó una nueva perfección. La causa
radicó en la aplicación de las reglas de la perspectiva lineal: la fijación de un único “punto
de fuga” sobre el horizonte en el cual convergían todas las líneas paralelas creando la
apariencia de una profundidad ordenada sistemáticamente. Lo más probable es que esta
técnica fuese una invención de Brunelleschi.
Pero, según Vasari, los logros artísticos habrían alcanzado su apogeo tan sólo en un
tercer momento, situado ya en su propia época cuando Miguel Ángel (1475-1564) se
convirtió en el más grande de los arquitectos, escultores y pintores de su tiempo. En lo
que se refiere a su conocimiento de la relación entre masa y espacio demostró una
capacidad como dibujante que nunca ha podido ser superada. Podía crear la ilusión
tridimensional en dos dimensiones, como podemos ver en las figuras que se revuelven y
parecen salir de la bóveda de la Sixtina. Aquí se reflejaba todo el conocimiento que como
escultor tema de la figura humana, así como de la forma de recrearla en el mármol. Su
dominio de las leyes de la perspectiva dota a sus dibujos arquitectónicos de toda la
armonía, la proporción y la simetría que puedan ofrecer los motivos clásicos. Podía
mostrar a Dios creando el universo, podía sumir al espectador en una terrorífica visión del
infierno y podía rediseñar las dimensiones de la vida sobre la tierra.
El genio de Miguel Ángel fue y sigue siendo único, pero otros artistas de su tiempo
también se beneficiaron de alguna manera de la fama que alcanzó. Este cambio en el
status (fruto de la competencia entre artistas y entre mecenas de artistas) hizo que
aumentasen tanto la estima como los honores que se les condecían. Los artistas ya no
tenían que ceñirse a ejecutar las exigencias concretas de una iglesia local, un gremio o
una ciudad: por el contrario, se convertirán en famosos personajes internacionales,
formando parte de las estructuras de poder y prestigio reconocidas como tales.
Por más que estuviera cambiando el status del artista, no es posible reducir sólo a
términos políticos o sociales lo que su talento podía ofrecer. Cabría desarrollar en este
punto la noción del arte renacentista como una exploración del espacio: cuantos más
horizontes se abriesen, la imaginación podía ampliarse hasta adueñarse de ellos. Saber
cómo conseguir que líneas paralelas convergiesen desembocó en un innovador control de
la idea de infinito. Las barreras que el mundo moderno ha establecido entre “artes” y
“ciencias” no existían en el siglo xvi. En realidad, estos términos en latín tenían un
significado contrario al actual: “arte” era un oficio o un trabajo manual, “ciencia” un
conocimiento abstracto. Además, arte y ciencia eran complementarias. Uno de los más
grandes monumentos de la creatividad renacentista es el fresco de Rafael “La Escuela de
Atenas”. Todo el mundo está ocupado: absorto en la contemplación, escribiendo sin
tiempo para sentarse, discutiendo, enseñando. En el centro se alzan los filósofos Platón y
Aristóteles. Es posible que la figura de Platón sea un retrato de Leonardo y en primer
plano el arquitecto Bramante aparece como el geómetra griego Euclides, mientras el
mismo Rafael ha incluido su autorretrato en un grupo a la derecha. Todos están reunidos
en el interior de una gran bóveda de cañón que nos empuja hacia el infinito. El arte del
Renacimiento creó una nueva conciencia del espacio que puso las bases para el
conocimiento científico del universo.

El Universo Antropocentrico

El siglo XVII asistió a avances en la ciencia posibilitados por las nuevas matemáticas
(Newton, Leibniz), un nuevo método filosófico inductivo (Bacon, Descartes) y nuevos
instrumentos como el telescopio (Galileo), el microscopio, el termómetro, el barómetro, el
reloj de péndulo, la bomba de aire (Galileo, Boyle, Huygens). Estos avances no deberían
ensombrecer los logros intelectuales del siglo xvi. En cuanto a avances del m étodo cien
tífico podríam os recordar al astrónomo Gemma Frisius, quien escribió un comentario
sobre la triangulación topográfica en 1533, y al matemático John Napier, quien, entre 1595
y 1614, desarrolló los logaritmos. Sin embargo, estos ejemplos son sólo signos exteriores
de cambios culturales mucho más profundos. En 1500, el universo se entendía todavía en
términos ptolomeicos y el cuerpo humano a través de las formulaciones de Galeno. A lo
largo de los cien años siguientes, comenzó el desarrollo de la ciencia moderna debido a la
conjunción de letras humanísticas y arte antropocéntrico.
El dibujo era para los artistas lo que el lenguaje para los humanistas: creó un nuevo
concepto del mundo natural y de los límites de ese mundo. Leonardo da Vinci usó su
clarión para captar las fuerzas del crecimiento y transformación en plantas y animales,
vientos y olas: ¿qué podría ser más “científicamente” preciso que el famoso dibujo de una
liebre de Alberto Durero? Las consecuencias de la figuración precisa del cuerpo humano
fueron el neerlandés Andreas Vesalio (1514-1564) sacó a la luz en 1543 su De humani
corporis fabrica libri septem. Aunque nunca abandonó totalmente el marco anatómico
galénico, sí confirió a la anatomía un nuevo sesgo práctico al realizar él mismo las
disecciones en vez de explicar un texto mientras un ayudante realizaba los cortes, como
se hacía hasta entonces. Es importante tener en cuenta que el éxito del libro de Vesalio le
debió mucho, primero, a sus espléndidas láminas y, segundo, a que su difusión fue mayor
merced a la imprenta. Al mismo tiempo que el estudio anatómico hacía del hombre un
microuniverso, el universo se iba convirtiendo en un macro-hombre, y la conjunción de
ambos era una de las fuentes de la armonía universal cuyos secretos procuraban
descifrar los intelectuales. El mismo año, 1543, en el que Vesalio daba a conocer sus
hallazgos sobre ese universo que se hallaba en el interior del hombre vio la publicación de
una obra que iba a revolucionar la relación del hombre con el universo que se abría ante
él. Nicolás Copérnico (1473-1543) sumó a su conocimiento de la literatura latina un título
de leyes por Ferrara y el estudio de la anatomía en Padua, donde también aprendió
griego, lo que le permitió conocer antiguos escritos matemáticos y astronómicos. Cuando
volvió a Prusia, a la catedral de Frauenberg, sentó sus cuarteles en un torreón, desde el
cual, por medio de la observación y en mayor medida del estudio reflexivo, elaboró los
planteamientos sobre los que se fundamenta su gran obra : De revolutionibus orbium
coelestium. Este libro, el primero en
defender la idea de que la Tierra giraba alrededor del Sol estático, se basaba en Pitágoras
y corregía a Ptolomeo; en este sentido era una obra humanística. Su autor había
aprendido anatomía, un estudio que tenía un significado nuevo debido a las pautas de
dibujo establecidas por los artistas renacentistas. En ese sentido, Copérnico compartía
una visión antropocéntrica. Aunque todavía trabajaba con la noción de ocho esferas
celestes, dichas esferas resultaban superfinas para comprender el universo, proponiendo
que las estrellas estaban fijas y eran remotas. Las distancias inconmensurables que las
separaban de la Tierra hacían que el universo fuera infinito. En ese sentido, su
humanismo y su antropocentrismo habían contribuido a la visión científica del cosmos. Su
impacto no fue ni tan inmediato ni tan extraordinario como el que tuvo la obra de Vesalio.
Sería el telescopio de Galileo lo que haría posible el tipo de observacion que permitía
hacer dibujos con fidelidad.
La interacción de los estudios sobre la Antigüedad que los humanistas habían inspirado,
la observación del mundo natural, que el arte renacentista permitía registrar fielmente, y
cuestiones más generales sobre el universo mismo se encuentran entre las tendencias
intelectuales más importantes de la época, que se prolongaron, aunque sin mantener el
mismo nivel de energía creadora, durante la última parte del siglo. Pensemos en la
brillante corte emperador Rodolfo II (en el trono desde 1576 a 1612), en la que trabajaron
el anticuario italiano Jacopo Strada, el artista flamenco Pedro Pablo Rúbens y, en 1599, el
astrónomo danés Tycho Brahe (1546-1601). Esle último había continuado la obra de
Copérnico, en particular la idea deinfinidad, después de haber observado una nueva
estrella en 1572, y su breve estancia en la corte de Rodolfo II lo puso en contacto con una
de las grandes figuras científicas del siguiente siglo, Johann Kepler.Tales personalidades
pueden considerarse los precursores de la ciencia moderna, pero había otro intelectual
cuyas ideas y actitudes podrían parecemos incluso más cercanas a nuestra propia
época.Michei de Montaigne (1533-1592), una de las inteligencias más preclaras del
período, desafía toda definición categórica aunque, por eso mismo, se convierte en una
útilísima guía de las categorías que el historiador necesita conocer a la hora de entender
las ideas de la época. En cuanto a sos puntos de vista e intereses, aunque no en su
formación, era un humanista que se deleitaba con las obras de Horacio, Lucrecio, Séneca
y Plutarco. Compartía con los humanistas el interés por la historia y la poesía y poseía un
sentido de la inconstancia humana bastante próximo al de Maquiavelo, escribiendo sobre
“la iacertidumbre y versatilidad de las cosas humanas, que con un ligero movimiento
cambian de un estado a otro muy distinto”. Como Maquiavelo» también, sentía aversión
por la retórica.
Para ilustrar el poder de la voluntad cita la observación hecha por Agustín de tGpona
sobre un hombre que era capaz de ventosear musicalmente, “que arrancaba a sus
posaderas cuantas ventosidades quería”, “que organizaba cuantas ventosidades se
proponía, acordándolas con el tono de las voces que se pronunciaban”. Y tenía una
opinión muy desenfadada de la pequeñez del hombre. Estas ideas eran expresadas por
medio de una forma literaria innovadora, el ensayo, un vehículo deliberadamente
indagador y especulativo que adoptó en estudios carentes de todo prejuicio inicial. Las
personas eran prisioneras de la costumbre. Su planteamiento propone toda clase de
innovadoras preguntas sobre la aceptabilidad de las estructuras sociales, e incluso de la
conveniencia de la eternidad (“Imagina de verdad cuánto menos tolerable y más dolorosa
sería para un hombre una vida que durara eternamente”). Los asuntos hum anos son
infinitamente diversos (“sujeto maravillosamente vano, variable y fluctuante es el hombre”)
y desde ese punto de vista el carácter finito de la vida era en sí mismo un alivio. La
indiferencia de M ontaigne le permitió hacer una sola pregunta, ¿qué es lo que sé?, y éste
fue uno de los primeros rasgos del escepticismo intelectual que iba a dar muestras de su
importancia como fuerza de cambio en el siglo XVIII.
Es tentador ensar en los grandes avances intelectuales del siglo xvi como un paso
decisivo hacia la Ilustración: la búsqueda de un mundo racional, armonioso y tolerante
que marchase de acuerdo con determinadas reglas comprensibles. Sin embargo, esto
supondría ignorar la conflagración que consumió a Europa en guerras religiosas durante
cien años desde mediados del siglo XVI. De hecho, fue excepcionalmente tardío de este
florecimiento, porque la visión de exaltación e ímpetu que la Escuela de Atenas parece
proponer había empezado a palidecer mucho antes, casi tan pronto como tomó cuerpo,
titubeando en medio de guerras de escala sin precendentes y de una ferocidad que la
protesta religiosa no hacía más que incrementar. Artistas y escritores habían dado a los
hombres nuevas responsabilidades y, sin embargo, éstos no poseían su grandeza. Su
infinita capacidad creadora podía ser dedicada a lo malo antes que a lo bueno, a la
crueldad más que a la bondad.
Pese a todos los motivos de esperanza, pese al buen augurio que la capacidad de los
grandes hombres parecía ofrecer, los síntomas del malestar eran evidentes (“Melancholia
I”, “Cuatro Jinetes del Apocalipsis”, “Diluvio” de Durero). El mismo Miguel Ángel había sido
uno de los seguidores de Savonarola y lamentaba el estado de la Iglesia en un soneto:

De un cáliz hacen espada y yelmo


y a granel venden la sangre de Cristo.
Cruz y espinas son escudo y daga
y hasta el Hijo se ve despojado de paciencia.

La mentalidad cautiva entre el bienestar y la desesperanza no era tan sólo producto de las
tendencias intelectuales, era también el síntoma de esa crisis general del espíritu a la que
Lutero dio su primera expresión y que se identifica con la etiqueta de “Reforma”. Lutero se
situó en un explosivo punto de contacto entre la refinada cultura de los humanistas y el
ansia espiritual de la sociedad en general. Sin lugar a dudas, su protesta hunde sus raíces
en el humanismo alemán. Lutero podía hablar a una sociedad que, gracias al humanismo,
tenía un sentido nuevo de su propia historia y podía transmitir un mensaje cuya convicción
se basaba en la pretensión de entender mejor las palabras de un texto concreto: la Biblia.
Merece la pena analizar ambas cosas.
Mientras que en Italia el humanismo había trazado las raíces de la civilización hasta llegar
a Roma, el mayor logro de los eruditos alemanes fue subrayar su independencia
tradicional de la cultura latina (extremo en el que hacía hincapié la “Germania” de Tácito,
el historiador romano. Cuando fue coronado como poeta laureado en 1501, el erudito
Heinrich Bebel incluyó estas palabras en el discurso de celebración que pronunció ante el
emperador Maximiliano I:

“Los libros de los oradores, poetas, historiadores y filósofos están llenos de las
proezas de romanos y g r ie g o s, a los que ponen como modelos para la posteridad.
Pero ¿quién habla de F ed erico, d e Carlos, de Otón? Ninguno lo hace, y no se podrían
encontrar ejem plos más consum ados, y ninguno más digno de imitación. Para este
descuido no hay razón alguna, ex cep to el olvido en el que han caído las hazañas de
nuestros ancestros. Todos aq u ellos que deseen alabar a Alemania como se merece
hallarán que nuestra historia no carece d e proezas virtuosas y dignas de encomio. De
hecho, se darán cuenta de que el pasado alemán puede mantenerse por sí mismo no sólo
merced a los excelentes logros que se han conseguido en nuestros días, sino también
con las más grandes gestas de la antigüedad”.

La idea de estar en posesión de una tradición histórica autónoma hizo que las
imposiciones de una Iglesia latina, que les era ajena, pareciesen aun más intolerables,
como subrayó el mismo Lutero en uno de sus ataques contra la invasión de Alemania por
el clero italiano:
“Ya tenemos a unos cuantos cardenales. Piensan que los borrachos alemanes no
entenderán cuál es el juego, hasta que no les quede ni un solo obispado, monasterio,
parroquia o beneficio, ni un céntimo ni un cuarto... y entonces ellos procederán a
justificarlo todo con decir: “Somos los agentes de Cristo y los pastores del rebaño de
Cristo. Que se conformen los ton tos borrachos alemanes”.

En este sentido, “los romanistas nos toman por tontos y brutos” y al hacerlo rebajan “la
Palabra de Dios”. En su deseo de poner al hombre en contacto más cercano con su
creador, Lutero insistía en la importancia del acceso directo a la Palabra, sencilla y pura.
Toda la teología de Lutero iba a depender, en buena medida, del verdadero significado
que tuvieran las palabras del Nuevo Testamento. ¿Cómo se debía hacer penitencia ?
¿Qué pretendía Cristo en la Última Cena al levantar el pan y decir las palabras “Éste es
mi cuerpo”? Y ¿cómo se debía entender el significado de “Si alguien come de este pan,
vivirá eternamente”?
El nuevo contacto directo entre el cristiano y Dios hizo que los oficios de un intermediario
sacerdotal fueran superfluos, una posibilidad excitante que tenía algo en común con el
platonismo de los humanistas cristianos. Por otra parte, la supresión del mediador
espiritual obligó a que el cristiano tomase sobre sí una responsabilidad nueva e
impresionante y, además, hizo que sólo él conociese sus faltas. En ese sentido, Lutero
compartía tanto la confianza como el pesimismo de los pandes intelectuales de la época.
No obstante, fue más lejos que cualquiera de sus coetáneos en su pretensión de que sus
ideas llegasen a toda la sociedad.
La relación entre tendencias espirituales e intelectuales, entre las ideas y su repercusión
en la vida de la sociedad cristiana, se explica en parte merced a los viajes de escritores y
artistas (Leonardo, Erasmo,Durero) y la posibilidad de ejercer su influencia es distintos
medios. No obstante, la rápida transformación en tópicos de las nuevas ideas y la fuerza
de su impacto inicial deben entenderse partiendo del hecho de que las ideas circulaban
con mayor rapidez debido a los nuevos programas educativos y a la nueva tecnología d
eta imprenta.

Humanismo, Educacion e Imprenta

Las conexiones entre humanismo, educación e imprenta parecen bastante simples.


Muchos de los humanistas fueron profesores. Se podia esperar que su influencia se
reflejase en determinadas reformas de las instituciones pedagógicas y que la teoría fuese
difundida, así como facilitada la práctica, merced a los libros impresos.
Entre las mayores prioridades de los humanistas se encontraba la formación de los
jóvenes. Pier Paolo Veigeoo, ya en 1404, recalcó la importancia de la educación para el
bien publico: “Porque la educación de los niños es un asunto c u y o interés va más allá
de lo privado; atañe al Estado, que de hecho mira a la buena form ación de los jóvenes
como algo que corresponde a su ámbito. S ería deseable ver aumentada esta
responsabilidad.
El orador Bruni animaba a que las mujeres, tanto como los hombres, estudiasen la
literatura clásica. El currículum se hizo más amplio y se definió de nuevo; sobre la base de
la gram ática se alzaban la poesía, la historia y la retórica, la filosofía moral y la natural, el
estudio de los Padres de la Iglesia, matemáticas, astrología, historia natural, música y
formación física.
El latín y el griego eran fundamentales, porque “un hombre que ignore las letras no lo es”.
Como respuesta a estas exigencias, en los siglos XV y XVI se produjo un enorme
crecimiento de las instituciones educativas. En Escocia se fundaron nuevas universidades
(Saint Andrews en 1411, Glasgow en 1451, Edimburgo en 1582). El Imperio, que contaba
con sólo cinco universidades en 1400, pasó a tener dieciocho en 1520 e incluso más en la
segunda mitad del siglo. Entre 1475 y 1520, se fundaron en Castilla dieciocho nuevas
universidades. Los tradicionales centros de Salamanca y Valladolid crecieron hasta
acoger a unos siete mil estudiantes cada uno. De las nuevas universidades, Alcalá fue la
más importante, llegando a contar con más de cuatro mil alum nos. Tanto Vesalio como
Copérnico estudiaron en Padua, Colet enseñó en Oxford.
En Inglaterra el “desmoronamiento del antiguo monopolio clerical de la cultura” produjo
una “revolución educativa”. Cambridge tenía unos mil doscientos estudiantes en la década
de 1560 y más de tres mil medio siglo después. En el caso inglés, este crecimiento se
basó en el aumento del número de escuelas. En las ciudades continentales, la educación
obligatoria fue considerada el mejor medio para inculcar a los jóvenes la Palabra de Dios.
En Estrasburgo, por ejemplo, y bajo la dirección de Johann Sturm, el Gymnasium
mezclaba la conciencia cívica de la República romana con lecciones evangélicas y,
además, los magistrados de la ciudad eligieron un maestro público para que impartiera la
instrucción cristiana en 1524. Junto con la beneficiencia para pobres, la educación se
convirtió en el medio por el cual tanto católicos como protestantes intentaban “llegar a la
población”.
El libro impreso acompañaba y reforzaba las nuevas iniciativas. La impresión con tipos
móviles pasó su infancia en la segunda mitad del siglo xv. La tecnología se difundió desde
Maguncia a Bamberg y después a Estrasburgo, Subiaco, Roma y Venecia, a Valencia y a
Londres. En 1500, ya se había “hecho mayor” y había prensas tipográficas en unas 200
ciudades. La posibilidad de acceso a los libros que entonces se abría fue trascendental
para la propagación de las ideas reformistas. Al mes de haber sido publicada (septiembre
de 1522), la primera edición del Nuevo Testamento en alemán de Lutero se había
agotado: se habían vendido los 3000 ejemplares. Durante su vida se vendieron más de un
millón de copias de su Nuevo Testamento y de la Biblia completa. Mientras que el siglo xvi
fue, en general, una época de inflación de precios, el coste de los libros cayó
drásticamente en términos reales, aumentando la posibilidad de conocer la Palabra de
Dios y las ideas de los reformadores. No sorprende, por tanto, que algunos se sintieran
amenazados: como un clérigo inglés dijo en la época enriquina: “O terminamos con la
imprenta, o la imprenta terminará con nosotros”.
En este ámbito, el humanismo había abierto nuevas aspiraciones educativas para los
laicos. Se produjo un gran desarrollo institucional y la imprenta aumentó la audiencia de
las nuevas ideas: esto es evidente. Las interconexiones de estos procesos son menos
claras y en muchos aspectos deberían ser considerados por separado.
En primer lugar, las ideas de los humanistas sobre la formación de los jóvenes no
pasaban necesariamente por lo institucional. Tenemos que evitar considerar “moderno” al
siglo xvi porque reconocemos instituciones que nos son familiares en sus escuelas y
universidades. Es importante recordar que uno de las aspectos más renovadores del
Renacimiento había sido su no dependencia de las instituciones. En Florencia no existía
una gran tradición académica en el siglo xv y, sin duda, la educación tenía un propósito,
pero no era un fin en sí mismo.
Algo parecido sucede en las mismas universidades; su expansión le debe más a la
demanda de oficiales que hacía el Estado que al despertar intelectual de los laicos.Esto
es lo que hizo que las Inris of Court resultasen tan atractivas para la gentry de la Inglaterra
Tudor. En Castilla el estudio del derecho era dominante en las universidades; los príncipes
decidían qué profesores eran aceptados en las universidades del Imperio. En el siglo XVI,
escuelas y universidades llegaban sólo a una proporción minúscula de la población
europea. El aprendizaje seguía siendo mucho más frecuente que la escolarización como
medio de formación de los jovenes y las tiendas fueron, a menudo, escenario de
discusiones de originalidad mayor que las aulas.
La visión social de los humanistas no fue siempre de las más amplias y el incremento de
las instituciones educativas causa más sorpresa por su cantidad que su calidad. Pese a lo
tentador que resulta considerar que la difusión de la Reforma fue una mezcla de ideas
humanísticas y reformas educativas, lo cierto es que le debió más al impacto atronador de
Lutero y de la imprenta.
Uno de los aspectos más llamativos de la primitiva historia de la imprenta en Europa es lo
que, gracias a ella, aprendemos sobre la cultura de los iletrados. Antes que ser un
vehículo para transmitir las ideas de la elite humanista, las prensas articularon ideas e
hicieron circular textos que expresaban los sentimientos de la común gente laica. Esta
gran diversidad ayuda a explicar las limitaciones de la imprenta como medio de difusión
de la Reforma. No hubo un programa coherente que fuera impartido de forma sistemática
a un populacho pasivo. La cultura impresa no destruyó todo lo que encontraba a su paso,
porque no estaba avanzando en una sola dirección sino en muchos frentes. Como
veremos, esto dio a la Iglesia establecida la oportunidad de reagrupar sus fuerzas y
replantear su estrategia.
El humanismo reafirmó la independencia intelectual y, en último término, espiritual de los
laicos. La tipografía puso esta reafirmación en contacto con una cultura popular de
inmensa vitalidad y le dio expresión a ambas. El saber ya no fue el coto de un estamento
social aislado. Ciertamente, la Contrarreforma iba a reafirmar el ideal del sacerdocio como
un orden de misioneros al servicio de los desarraigados, pero la idea de una vida
dedicada al claustro como la última meta de lo religioso se había acabado para siempre.
El ideal monástico, la suprema expresión del Cristianismo medieval, había llegado a su
fin.