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A LOS PIES DE LA CRUZ:

la voluntad de Dios y el querer de los hombres


Autor: Ricardo Piñero Mora
(Universidad de Salamanca)
Arvo.net,07/02/2008

Cuando consideramos que nuestra existencia es un camino en el que debemos


buscar la verdad para vivirla, no podemos dejar de lado todo aquello que nos
duele, y conformarnos con apegar nuestra voluntad sólo a esos acontecimientos
que nos ofrecen un placer momentáneo, un bienestar pasajero… Los planes de
Dios para el hombre son tan inmensos, que si no intentamos despegar nuestros
párpados, que si no nos atrevemos a teñir nuestra mirada de visión sobrenatural,
podemos correr el riesgo de no percibir con claridad las maravillas que Dios
mismo nos ha regalado en la Encarnación de su propio Hijo.

En el querer de los seres humanos no encuentra fácil acomodo el sufrimiento ni el


sacrificio ni la generosidad, aunque todos podemos comprobar cómo a nuestro
lado hay personas que padecen, que se entregan a su familia, a su trabajo, que
se desgastan por nosotros sin llamar la atención, sin gritar, sin vociferar, y que
todo esto lo hacen con una dedicación que no puede provenir sino del amor, de
un Amor verdadero, desinteresado, cuya raíz es tan profunda que traspasa la
tierra y se hunde en el cielo.

A lo largo de su propia vida, Jesús, el Cristo, el Hijo del Dios vivo, no hizo otra
cosa que ponerse en las manos del Padre, no deseó otra cosa que cumplir Su
voluntad. Para ello su tarea fue tan sencilla como generosa: buscar en todo el
querer de Dios y, una vez hallado, no sólo llevarlo a la práctica, realizarlo, sino
amarlo con todas sus fuerzas, con todo su corazón, con toda su alma. Porque
Jesús de Nazaret es la revelación misma de un don de Dios tan grande que
podemos sentir y vivir cada uno de nosotros: Jesús se sabe Hijo de Dios, y nos
regala a ti y a mí esa filiación, nos injerta, por su cumplir y amar hasta el
extremo la voluntad de su Padre, en una vida plena, en una vida fecunda
sostenida y amplificada por la acción del Espíritu Santo.

Es desde esta perspectiva, desde donde hemos de intentar aunar el querer de los
hombres con la voluntad de Dios, sabiendo que en ese ejercicio de implicación
mutua el ser humano no pierde un ápice de su libertad, reconociendo que en esa
unión somos nosotros mismos los que obtenemos un bien mayor, porque
nuestras debilidades, nuestras flaquezas y nuestras miserias se verán
acompañadas de una fuerza superior que no reside en nuestras propias virtudes,
sino en la generosidad divina que pondrá luz donde sólo había oscuridad, que nos
hará seguir luchando allí donde antes todo parecía desplomarse. Ésa es la
ejemplaridad de la vida de Jesús, que no necesita ir al desierto para padecer
tentación, que no necesita ser injuriado y azotado para sentir dolor, que no cae
una y otra y otra vez con su cruz –cargada con nuestras faltas de amor- para
compadecer… Pero en los planes de Dios Padre no estaba quitarle ni el más
mínimo sufrimiento, porque en su providencia había confiado la Redención de los
hombres a la fidelidad de su Hijo.

Al ver a Jesús crucificado en lo alto del Gólgota no podemos sino caer en silencio,
aún más, caer de rodillas... La contemplación de la muerte de Cristo mueve las
entrañas de los hombres y de Dios mismo. Las de los hombres porque no
entienden, porque no queremos entender que la vida del Nazareno pueda tener
un final así, tan trágico: un final descabellado para una vida edificada sobre el
Amor. Ningún ser humano puede concebir tanto dolor… Es tan grande que no
podemos soportar seguir mirando, es tan profundo que rebosa nuestros
corazones empequeñecidos por el egoísmo y la tibieza. Tan sólo una mirada sigue
fija en la cruz, la mirada de su madre, de nuestra madre la Virgen María, porque
tiene un corazón tan puro, tan lleno de amor a la voluntad de Dios, que, una vez
más, sabe guardar silenciosamente tanta pena y seguir pronunciando un fiat tan
generoso como el de la Anunciación. A nosotros, el momento de la muerte nos
sobrepasa siempre, se nos escapa de las manos, no sabemos cómo afrontarlo, si
no nos ponemos, como la Virgen Madre, en las manos del Padre.

Pero las entrañas de Dios también se desgarran, como el velo del templo: es el
Hijo quien da cumplimiento a la voluntad del Padre, poniendo su vida y su muerte
a disposición, haciendo de su entrega absoluta redención plena. No caben medias
tintas, no vale mirar para otro lado cuando lo que está en juego es la salvación de
los hombres. En las mismas entrañas de Dios están nuestros pecados, y remediar
ese dolor está a nuestro alcance: con la ayuda de la gracia todo cambia, sólo
tenemos que dejar que el Espíritu actúe en nosotros. Si abrimos nuestro corazón
al Amor, Él se encargará de limpiar nuestras heridas, nos devolverá la luz, nos
arrancará de las tinieblas y la muerte. Los brazos del Crucifijo nos acogen si
hacemos propósito de enmendar aquello que nos separa de Dios: la mayoría de
las veces no serán grandes faltas, pero en otras ocasiones deberemos enmendar
nuestra poca correspondencia, nuestra falta de gratitud, nuestro amor propio que
casi siempre prefiere el querer humano a la voluntad divina.

La vida de Jesús, y aún más su Pasión, es divina y humana, no sólo por la


condición de Cristo, sino porque interpela a Dios y a los hombres. La naturaleza
divina es más sublime porque padece, porque no es impasible, porque siente el
dolor del pecado de los hombres, y porque con su morir nos regala la dulzura del
perdón. No podemos olvidar la gracia del perdón: nuestro enemigo saca gran
provecho de este olvido, porque nos aleja de la reconciliación, porque nos mete
en el corazón el deseo de rebelión, de autoafirmación y con ello nos hace vivir
fuera de la casa del Padre. Todos tenemos algo de ‘hijo pródigo’, sobre todo
cuando nos empeñamos en no reconocer nuestras culpas, cuando nos obstinamos
en querer tener siempre la razón, cuando apedreamos a los demás con nuestra
soberbia y exigimos a los que nos rodean que acaten nuestra propia voluntad. El
diablo quiere que perdamos de nuestra alma la sed de Dios, y por eso pretende
emborracharnos con dinero, poder y tantas otras cosas que nos prometen aquello
que no pueden darnos…

Es difícil aceptar la muerte como un acto natural de la vida, pero la muerte de


Cristo no es algo ‘natural’, sino que viene de una condena: es una ejecución. Sólo
el corazón desgarrado de Dios puede transformar un acto atroz en un misterio
sobrenatural. Jesús está al servicio de una vida que sobrepasa los planes de los
hombres y que se funda en la providencia.

La cruz, porque el Nazareno muere en ella, se convierte en el eje del mundo, de


la historia, del hombre, gracias a un Cristo encarnado, mutilado e inmolado, y,
ahora, ante nuestros ojos, muerto. Nuestra cobardía y nuestro acomodo, nuestro
egoísmo y nuestra debilidad, también matan a Cristo y nos llevan a la
desesperanza. Pero cuando parece que todo acaba para los hombres, todo
comienza para Dios.

Sólo nos queda adorar la cruz, hacer de esa adoración una forma cotidiana de
vida, para así poder ver más allá de la agonía, para así poder vencer la tentación.
Ver a Cristo muerto es una de las mayores tentaciones que el diablo nos
presenta. Por el miedo quiere hacernos dudar; por el dolor pretende que
rechacemos la profundidad del amor de Dios; por el sufrimiento nos quiere hacer
huir del escenario del dolor y dejar a Jesús completamente solo; por el
sentimiento de soledad quiere que olvidemos la Alianza.

Por eso Jesús nos enseña a rezar no nos dejes caer en la tentación... porque
vencerla es madurar la fe, como acto de entrega confiada, incluso cuando no
entendemos el sentido de los acontecimientos; porque vencerla es mantener la
esperanza, es mantenernos firmes, como María y Juan, a los pies de la cruz;
porque vencer la tentación es contemplar la caridad de Cristo, que mana de su
cuerpo como su sangre, en señal de amor al hombre y de fidelidad al Padre:
hágase tu voluntad...

El Cuerpo y la Sangre de Cristo se alzan en la cruz, como si la crucifixión fuera


una hostia consagrada por el Espíritu de Dios para la iglesia universal. Danos hoy
nuestro pan de cada día… Y en esa forma pura, la muerte de Jesús está llena de
perdón y de vida, una vida eterna capaz de perdonar nuestras ofensas. Dios
Padre consagra una eucaristía en la que, a través del sufrimiento nos enseña las
bondades de la gracia y la fuerza del amor.

Así, la muerte en la cruz es la imagen del mandamiento nuevo, y tiene que ser
tan sobrecogedora para que se cure nuestra falta de fe: líbranos del mal…
ilumínanos Señor, y muéstranos tu cruz como la única fuente de vida.