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MUERTE EN VENECIA

La obra del arte por el arte, el arte parece buscar lo que la lengua en la meta-lingüística, hablar de si
mismo. Una obra maestra onírica casi al 99%. Película homónima a la novela de la que se adapta,
de Thomas Mann. Un canto a la búsqueda de la perfección, a la belleza, las formas, la verdad y el
sentido de la vida.
Mucha gente aún hoy en día despacha esta obra maestra aduciendo que representa una defensa de la
homosexualidad, con lo que sospechan de la homosexualidad de Luchino Visconti. No sé los demás
pero yo opino que aquel que prefiera poner etiquetas rápidas y cómodas, que se dedique a
reponedor de supermercado. Más allá de toda esta pantomima, es verdad que el jovén de lánguida y
descuidada melena dorada al sol, con la tez nívea, clásica y típica de sangre y estirpe regia, pues no
deja de ser una figura andrógena. Da pie a confusión, pero es perfecto para el juego de la busqueda
del canon griego, para tapar bajo el niño, la virginal e incorrupta expresión de la fragilidad, del
deseo de protección por parte de Dirk Bogarde, como si una palabra susurrada que perdiera su
belleza al elevar la voz.
Hablo de Canon griego porque en la Grecia clásica era una situación normalizada la relación entre
hombres mayores y jóvenes adolescentes aunque resulte chocante hoy en día, pero hay que decir
que la relación no es de carácter carnal como se puede entender en la actualidad, la penetración
estaba mal vista, y un joven que recíprocamente le devuelva el cariño a un mayor con penetración,
será estigmatizado de por vida. La relación se entendía como una muestra de cariño paterno filial
sin serlo, es decir, el mayor protegía al joven, le enseñaba y prestaba ejemplo, precisamente para
evitar otras aberraciones y el joven retribuía al mayor, con su belleza, con su juventud y ayuda en
tareas. Paradójica mente, era una práctica muy extendida entre el ejercito.
Ahora, para los que halláis leído la Iliada, entendereis mejor la relación entre Aquiles y Patroclo, y
para los que no, podéis intuirla en la película “Troya” de Wolfgang Petersen, que aunque edulcorada
en este sentido, deja intuir una relación especial.
Este largo paréntesis explica mucho mejor los resortes de la película de Luchino Visconti, pero
además, a esto hay que añadir toda la atmósfera con la que el director adorna la película, desde la
belleza de la ciudad de Venecia, con sus canales de agua, esas reminiscencias de Sigmund Freud
con el agua y su relación con los sueños húmedos y los deseos sexuales. La época, con
connotaciones represivas inconscientes, no hay más que fijarse en los trajes de baño del momento,
hoy en día son capaces de rebajarte la libido hasta niveles insospechados.
De forma paradójica, la película nos adentra en un mundo decadente, falto de energía, de forma, de
sustancia. La sustancia que coronará, cada vez más, y que en la parte postrera de la película será el
único tema central, será el joven Tadzio, elemento de admiración y veneración de nuestro personaje
principal, el compositor alemán, Gustav Von Aschenbach.
Bjorn Andresen es el desconocido actor que representa al joven Tadzio. La verdad es que es
complicadísimo componer un personaje así para las corrientes interpretativas del momento. No
aporta ninguna estridencia, con una actuación orgánica llena de matices. Se trataba de llegar a la
verdad no de forma fraudulenta, tenía que ser algo que fuese natural, poco más o menos que el
realismo mágico. No penséis que eso era fácil de lograr, ya que lo que imperaba en aquel entonces
en el cine era aún el sistema de estudios hollywoodienses, que aunque sin tanto poder mediático,
porque en esa época era cuando comenzaban a desintegrarse, aún dictaban el canon del
entretenimiento. Hasta aquel entonces, por lo general, el método interpretativo más extendida en
hollywood era el de la banalidad, superficialidad y crear cuentos de hadas nada realistas para
entretener al público con un placebo que los alienase de las verdaderas miserias del país. Claro está,
la sociedad americana era liberal en el fondo y mojigata en su apariencia exterior, o formal.
La película baraja conceptos como la razón, la virtud, el orden, deseos de vida (Eros) y deseos de
muerte (Thanatos), todos ellos referidos al progreso de la raza humana combinados en su justa
mesura, aun cuando se antojan insuficientes para la consecución de la felicidad. Pero aquí, están de
nuevo las represiones humanas, jugando como pequeños diablillos en pos de un equilibrio social,
pero frágil, porque nada impide a los instintos, a nuestro ser primario que se revela, saca de nuestro
fondo de armario los demónios, nuestros más grandes borrones. Señores, he aquí, la decadencia y la
muerte.
La película nos da una clave, y es que para vivir, y vivir bien, todo aquello que nos produce placer,
no tiene porque ser malo, porque de querer alcanzarlo demasiado tarde, se desvirtua, se vuelve
decadente, como nuestro buen amigo el compositor. Es un canto consabido al carpe diem latino.
Precisamente, el protagonista es un hombre concienciudo y eticamente correcto, puede decirse que
basicamente podríamos definirlo como una mente intelectual. Vive consagrado para sus libros y
estudios, pero en la última parte de su vida le pica la investigación de campo, la experimentación.
Hace volar a la loca imaginación y en cuestión de unos días, su esqueleto psicológico se derrumba
delante de sus ojos, los deseos se apoderan de él, esos malditos locos abandonaron la habitación
oscura donde habían estado recluidos bajo llave. Toda su vida, con su sentido se pasean delante de
sus ojos, ya sólo quiere abrazar la belleza, la juventud, la sexualidad como poder del deseo.
Instantes después nota como el tinte del pelo, recorre su cara. Aquella farsa, aquel juego de salón
que utilizó para ganarle la partida al tiempo, toca a su fin. La imagen de la decrepitud se hace
patente.
La verdad es que cada vez que lo pienso es bellísima, una metáfora total de la vida, en toda su
grandeza y en lo efímero de su cenit.
Otro de los temas a los que nos enfrenta es al amor no correspondido y a lo que con eso obramos.
Porque es verdad que el amor nos aporta alegrías, incluso nos embriaga, pero también envenena.
Sobre todo cuando no se puede contar, ni siquiera susurrar o sugerir a un amigo como secreto
inconfesable abusando de su amistad, son como ese cuchillo que se clava en el corazón y duele,
pero que no te quitas por miedo a desangrarte.
Donde va El joven polaco, donde escapa el débil eco de los nuevos tiempos. Tadzio se adentra en el
mar dejando huerfano de la ansiada perfección a aquel pobre viejo que esculpiera tras ella la utopía
de su existencia, la razón de su vida. Semeja que Gustav el recluir los sentimientos provocó que se
desatase la tiranía de la belleza, que avanza sin compasión pisoteando todo sin mirar atrás. Menos
mal que el inexorable paso del tiempo atenúa la virulencia de las heridas, el problema radica en
poseer un poco más de tiempo.
Para los curiosos he de decir, que el personaje a quien interpreta de Músico, Bogarde está inspirado
en Gustav Mahler. Y para los que buscan curiosidades, la mejor crítica que se utilizó para lanzar la
película fue la de la revista Playboy, hoy engalana todas las contraportadas del dvd.