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Primera edición: 2009

ISBN 978-607-00-2509-9

© 2009 Adán Echeverría

© 2009 Editorial Atemporia / Instituto de Cultura de Yucatán

© 2009 Consejo Nacional para la Cultura y las Artes

Editorial Atemporia
Juárez 309 Centro
C. P. 25000 Saltillo, Coahuila
www.editorialatemporia.com.mx

Instituto de Cultura de Yucatán


Calle 86 (Av. Itzaes) No. 501 C x 59 y 65, Col. Centro
C. P. 97000 Mérida, Yucatán.

Gobernadora constitucional del estado de Yucatán


Ivonne Ortega Pacheco
Instituto de Cultura de Yucatán
Director general
Renán Guillermo González
Subdirector general de literatura y promoción editorial
Jorge Cortés Ancona
Consejo Editorial del Instituto de Cultura de Yucatán
Roldán Peniche Barrera (presidente), Jorge Cortés Ancona, Ena Evia Ricalde, Rita
Castro Gamboa, Celia Pedrero Cerón, Faulo M. Sánchez Novelo, Feliciano Sánchez
Chan, Jorge Canto Alcocer, Juan Esteban Chávez Trava, Francisco Lope Ávila, Mitsuo
Teyer Mercado y Gaspar Gómez Chacón.

Las características gráficas y tipográficas de esta edición


son propiedad de Editorial Atemporia.

Portada: Susana Veloz


Editora: Alejandra Peart C.
Cuidado de la edición: Claudia Berrueto
Carlos Pereyra #27 Col. Viaducto Piedad
C. P. 08200 México D. F.
Todos los Derechos Reservados. Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización
de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas por las leyes, la
reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento,
comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, la fotocopia o la grabación,
así como la distribución de ejemplares de la misma mediante alquiler o préstamo
públicos. Impreso y hecho en México.
atemporiastructura

Arena
Adán Echeverría

Esta novela fue escrita bajo el apoyo de la Beca Jóvenes


Creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes.
Generación 2005-2006.
...los muertos están fijos en su muerte
y no pueden morirse de otra muerte.
— Octavio Paz, Piedra de sol.

Para R. R. H.
Capítulo UNO

“Soy uno de estos hombres detenidos en el tiempo. Esas miradas y la


nostalgia del mundo que conocía giran en los espacios oscuros de la
mente. Luego viene la resaca del insomnio a golpearme las sienes”.
Detiene la lectura. Se han empañado los ojos y de nuevo
tiemblan las manos. Aquel hombre le había dejado el pasaporte
hacia la pesadilla. Tardó en darse cuenta que ella misma era real.
Sentada junto al ventanal de casa, que da al jardín, mira la cerrazón
del cielo. El mundo regresa al principio, la oscuridad avanza confir-
mando ese retorno. Un viaje por los hilos delgados y pegajosos del
sueño, un ave de alas gigantes aletea y cubre el cielo de la negrura
que ahora mira a través del vidrio. Cae la lluvia. Las nubes pasan en-
cima de la ciudad, cubriéndolo todo con sus sombras líquidas. Toda
el agua que subió de los ríos y océanos se derrama en la humanidad
que corre a refugiarse. Ella mira la tierra empaparse, las plantas del
jardín humedecidas; siente que con el cielo ella se derrama, quiere
ser ese mar enorme que viaja en las alturas, caer en todos lados,
verterse sobre el mundo.
No es la primera vez que lee los papeles. Lleva meses ha-
ciéndolo, desde que ese hombre de las gafas se los entregó. Entonces

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Yosefina sintió que todo daba vueltas, que el hotel entero donde se
hospedaba, allá en el sureste dónde había ido a hablar sobre sus
investigaciones, se salía de la tierra en que tiene sus cimientos y se
movía de un lado a otro, como un péndulo que intentara sacarla
por alguna ventana. Y se agarró fuerte a las sábanas. Cada que ve
la caligrafía de Mauricio, viene la misma sensación, el vértigo de la
desesperanza.
“Tú pareces el sueño de algo que quizá nunca viví. Calles
arenosas donde el viento entra y sale de las habitaciones, furioso,
golpea ventanas, azota puertas sin que nadie blasfeme en contra. Las
noches no avanzan”.
“Cuando se hace el día, en las manos vuelvo a ver la sangre
latir. Estiro los dedos y dejo que la piel se caliente; el calor avanza,
retiro la mano y puedo sentirme, estoy vivo aún. La recurrencia es
imaginar que sólo existo en las pesadillas de estos habitantes”.
Han pasado seis meses en el continuo ir y venir de las pa-
labras, las anécdotas. Armando el rompecabezas de ese tiempo que
Mauricio vivió en la costa. Los papeles del cofre estaban en desor-
den; quizá la prisa de guardarlo todo. Yosefina ha leído con dedi-
cación, muchas horas, encerrada en su laboratorio de hidroponía,
para hacer una historia lineal de los escritos que le han entregado.
“No se cuántas veces he comenzado a escribir, si el relato
de estas páginas lo he escuchado con exactitud, lo he vivido o son
creaciones propias. Estas ideas y tu silencio me han hecho claudicar
diversas ocasiones. Hoy espero atreverme. He enviado cartas que no
han tenido respuesta. No te tengo y escribo para mí. Si alguna vez te
vuelvo a ver será para leerte los fragmentos uno por uno”.
Fue la maldición, el oráculo: nunca más mirarse los ojos,
nunca más tomarse las manos, ni escuchar de sus labios las palabras
que ha dejado escritas. La mujer abre la ventana, deja que el frío que
precede a la lluvia le golpee el rostro. Quiere ver si un poco del olor
a océano llega hasta esas latitudes donde ha quedado abandonada,
donde él la dejó esperando, donde ella quiso quedarse esperando.
–¿Por qué no regresaste? –del cielo caen las últimas gotas,
las que se atrasaron y no quieren seguir el viaje dentro de las nubes;
ansían dejar las alturas, bajar a tierra e inundarlo todo. Yosefina

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cruza los brazos sobre su abdomen, se reconforta a sí misma, inclina
la cabeza, y la barbilla topa con su pecho.
La mujer en la ventana mirando el jardín. La gota cae sobre
su cara, y el agua dulcifica sus lágrimas. No hay respuestas a las pre-
guntas que se hace, no las encuentra entre las plantas húmedas del
jardín, ni en el envés de las hojas, ni entre los helechos. Asoma un
poco el sol, lento, presente. La humedad sofoca. Yosefina adelanta
unos pasos hacia el verdor en que reposa su mirada. En la mente
siguen las palabras de Mauricio:
“Me siento secuestrado. Abandonado a la intemperie. Soy
de las personas que gustan de enfrentarse a lo desconocido (lo sabes);
intento el consuelo de considerar mi trabajo una oportunidad, a pe-
sar de los habitantes que causan calosfríos con sus miradas fijas y sus
andares aletargados. Los anocheceres cuando se reúnen en la playa
con el rostro ante la brisa. Quietud infame, respiraciones diluidas,
estatuas en la arena. Los músculos tensos y el mar ondeando en la
pupila. Cuando el ímpetu del oleaje se detiene, recuperan su andar
y regresan a casa. El arribo de las tortugas marinas sigue alentando.
Volverán por mí”.
Ella intenta imaginar el rostro de Mauricio al escribir, la
tensión de su cuello. Quiere encontrar la forma de volverse esa sus-
tancia capaz de atravesar las dimensiones paralelas del tiempo, llegar
hasta ese punto en que ese hombre, sintiéndose prisionero, escribía
bajo la tenue luz de una lámpara de aceite, dentro de una cabaña
en la playa. Puede ver su cabello revuelto, el torso desnudo, la ruda
textura de sus manos y esos delgados labios resecos.
Vestida con una bata de seda, sólo le queda el cuerpo flácido
ante la edad. Los pechos retenidos apenas por el sostén. Las estrías
enmarañando los muslos. El laboratorio ahora es distinto para Yo-
sefina. El instituto entero lo es. Salir a la calle se le dificulta. Avanza
por inercia hasta llegar al trabajo. Los colegas, los amigos, antiguos
amantes, los discípulos, todos la molestan. Su presencia, su roce, la
distraen, sólo quiere pensar en aquel hombre entristecido sobre la
playa, que habla en los papeles que la llevan en el tiempo a otra
realidad, hacia otra vida que debió vivir. Quiere que el recuerdo
la devaste, morir de tristeza. Y recuerda aquellos años cuando no

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podía tragarse las horas, los meses, el abandono. La jornada entre la
pulcritud y la asepsia de las mesas del laboratorio, los matraces, las
centrífugas, el ruido de los termocicladores, el tintineo de las probe-
tas bebiendo en esos frascos ámbar, es el hartazgo de no encontrar
la paz. El trabajo, por vez primera se ha vuelto una carga. Huye
hacia su privado, y ahí se sienta detrás del escritorio mientras todos
la miran con extrañeza, quiere seguir sola, fumar a solas. Apaga la
luz y se pasa las horas pensando. Este lugar, donde ha recreado sus
hipótesis, ya no es aquel sitio anhelado para olvidar, se ha vuelto el
punto preciso para que la atrapen sus obsesiones, y esa obsesión es
saber qué pasó con Mauricio. Averiguar todo, cada espacio de silen-
cio, cada acto del destino que se empeñó en detenerla acá, en esta
ciudad enajenante, mientras el hombre que amaba se perdía en la
amplitud de una playa, que le hacían sentir la soledad intensa, tan
intensa y mortal, como ella alcanzaba a descubrirlo, en las líneas de
ese discurso que era su legado. Como si poco a poco aquel hombre
de ideales se intoxicara de temores: la caligrafía entrecortada, hojas
garabateadas, como si se hubieran generado en la alteración.
“La línea de playa siempre es diferente. Detenido junto a
los oleajes, miro el mar como un monstruo manso que va desgas-
tándome la sombra. Ellos a mi alrededor, cabizbajos, tercos en su
silencio, aceptándome pero sin mezclarse conmigo. Cuántas veces
te he contado de los demonios que asaltan el sueño por las noches.
Ese alargar la oscuridad hasta que mis ojos se vuelven un pozo vacío,
oscurísimo. Ojos detenidos en los espejos. Yosefina, ¿existes? ¿existe
otro mundo fuera de este?”
Ella no tiene respuestas. Tal vez no exista. Las paredes blan-
cas del laboratorio, el verdor de su jardín, el color durazno en su
habitación, todos los colores escurriendo, manchando el gris de las
calles que la mantienen sitiada, en vilo. Los árboles de hojas azules.
El cielo amarillento. El sol color púrpura. Todo ha cambiado con la
mirada; quizá nada signifique su propia tintura, quizá ya no haya
carotenos ni pigmentos que las ondas de luz puedan atravesar. Qui-
zá nada tenga sentido y ella en verdad no exista. Como no existe esta
historia. Como no existe este mundo. Como ya no puede seguir vi-
viendo con esta sensación de refugiada que se ha impuesto. Todo se

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borra y es blanco. Habrá que empezar de nuevo. Abraza los papeles,
los arruga y alisa, una y mil veces. Hay un lagarto mordiéndole las
entrañas; puede sentir la aspereza de su piel, sus escamas sólidas, y
como se retuerce en su interior hasta cortarle. Cuando pensaba que
no había más lágrimas, Yosefina se mira inundada, llena de mocos y
salivaciones.
“En las noches es tu rostro, con su nariz pequeñita y el lunar
sobre la ceja, lo que me ayuda a sonreír y darme valor para regresar
al sueño”.
Aquellos tiempos habían estado clausurados para ella. Han
regresado para marcar de nuevo un inicio en esta vida, han marcado
la entrada a una etapa que no creyó que tendría lugar, no mientras
ella, la doctora Yosefina Morales seguía siendo la soberbia, la incan-
sable, la nunca derrotada. Madre soltera, mujer-ciencia, respetada
en el gobierno, admirada en la academia. Él ha vuelto, está acá,
debajo de la cama, en la regadera, se pasea por las habitaciones de
la casa, le mira las arrugas en el espejo, la espera en el agua caliente
del baño nocturno, la persigue, se le enreda al cuerpo. El recuerdo
se destapó como una vulgar caja de Pandora. Regresa el letargo que
la invita a hundirse en el colchón de su cama, como años atrás, re-
negando de su hija, odiando a Mauricio y las historias vividas a su
lado.
Presiente un cambio de personajes, más ahora que sabe que
su Lucrecia ha terminado la universidad, la misma licenciatura en
biología del padre y de ella. Ahora que su hija ha tenido un ofreci-
miento de trabajo, la ve contenta por ser independiente. Sabe que
siempre se ha valido por si misma, Yosefina no siempre ha podido
estar a su lado. Esta conciente que su hija dejará el nido, precisa-
mente ahora que el recuerdo del amante verdadero, el novio real, el
padre, ha despertado los fantasmas de sus odios, sus recelos.
“Te he visto Yosefina. Caminabas por la playa, detrás de
mis huellas, como un fantasma de sol. Agitación del viento en las
enredaderas que corren por las pequeñas ondulaciones de la playa.
Es la preocupación por mi cordura la que me hace reír: imaginarte
acá, cerca, siguiéndome los pasos.”

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Tiene que seguir siendo fuerte. Mostrar los dientes de la
felicidad a su hija, no como en la última ocasión, cuando discutieron
porque Lucrecia le dijo que se iba al sureste. La misma región que
veintidós años atrás recibió a Mauricio y no lo dejó regresar.
Yosefina, con sus cincuenta años, espera sentada en el jardín
la llegada de la recién profesionista. Ha terminado la lluvia, pero el
corazón continúa inundado. Las palabras de Mauricio quedaron en
el cofre, sobre el colchón de la cama de su hija. Yosefina sabe de an-
temano que nada hará por detenerla. Lucrecia igual está consciente
que su madre no le va a pedir que no acepte el trabajo. La noche
anterior la discusión las aventó sobre las paredes del rencor. Espera
que su hija entienda que las discusiones deben quedar atrapadas
en el momento en que se dan, y aunque suban de nivel las ento-
naciones y puedan volverse violentas, todo queda atrás y hay que
asumir la realidad. Lucrecia tiene veintidós. La soledad le ayudará a
salir adelante en cualquier empresa que lleve a cabo, de eso no tiene
duda su madre. A través del miedo que siente por el alejamiento y la
distancia, por que tenga que ir hacia las tierras que le robaron a su
hombre.
–Estaré bien. Leeré los papeles si te hace sentir mejor. Pero
no pienses que me mueva la vena como a ti.
Ahí terminó la discusión. Lucrecia diciendo la última pala-
bra, y Yosefina con la mirada arrastrándose por las paredes, caminó
con lentitud hacia su recámara. No pudo dormir, no pudo dejar
de llorar, no ha tenido tiempo para recapacitar sobre la relación
con su hija. Sabe que no todo lo ha hecho bien, pero no ha fallado
siempre. Quiere entender la dureza del rostro de Lucrecia al decir
las palabras que la han herido: No pienses que me mueva la vena como a
ti. Trata de comprender que la chica tiene razón. Es otro el proble-
ma, ¿cómo no verlo? El hecho que se aleje para siempre. Tener que
despedirla en el aeropuerto sin saber si volverá. Saber que no puede
acompañarla. Que las palabras escritas en los papeles, implican una
condena, un martirio, y que su hija se va a trabajar de lo mismo que
le arrebató a Mauricio. Él mismo ha dejado escrito lo desesperante
del sitio al que la hija se dirige:

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“No han vuelto a visitarme los que me contrataron. Cada
día espero hasta agotar el último brillo del sol; de pie en el atraca-
dero, la mirada como gaviota planeando sobre el oleaje. No llega
la ayuda prometida. Prisionero de este sitio, de estos hombres y sus
historias.”
Lucrecia entra al jardín. Mira a su madre bebiendo café,
sentada, con los pies extendidos, el derecho sobre el izquierdo, la
bata de seda se abre permitiendo ver sus muslos; mantiene la mirada
sobre el césped. Camina hacia ella con el rostro distinto, hay cierta
paz en sus músculos, y el brillo de sus ojos cafés va despuntando
bajo la tenue luminosidad que la lluvia ha dejado. Camina Lucrecia
sobre el césped, con ese su andar decidido, con esa fuerza en las
delgadas piernas, y el pantaloncillo brinca charcos, dejando ver las
pantorrillas.
“Permanezco sitiado por la soledad. No se puede abando-
nar el puerto, no me puedo abandonar... En el horizonte no apare-
cen las lanchas. Prisión de pensamientos. Habrá que esperar que
vengan por mí”.
Yosefina levanta la vista cuando la sombra de su hija le cae
en los tobillos. Lleva en la sonrisa, la respuesta última que le dieron
en la entrevista de trabajo.
–Me voy mañana.

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Capítulo DOS

Un silencio como cápsula no le permitía entender sus propias ideas.


No sabía si las voces de su mente estaban hechas para acrecentar la
desesperación por el abandono. Los víveres escaseaban y las llagas
en la espalda eran enormes. Se arrancaba las costras y no podía
acostarse a dormir por el dolor creciente. Demasiado viento, dema-
siada arena golpeándolo.
El insomnio le picaba el cuerpo y lo consumía. Había enfla-
quecido. Tuvo que esconderse por la tormenta y quedó atrapado en
la cabaña esperando que la playa terminara por devorarlo. Cuando
el aire pareció aquietarse, Mauricio rompió la ventana que daba
al mar, y escapó. La arena había bloqueado la puerta y el techo en
cualquier momento cedería.
La mañana de ese día era calma. No hubo señales previas
que pudieran indicarle al biólogo que al medio día el viento se vol-
vería tan severo. Corrió a su cabaña esperando protección. El ulular
a su alrededor parecía un quejido humano. Creyó que la cabaña
entera se le vendría encima. Afuera, los remolinos ensuciando la
panorámica. La oscuridad iba cubriéndolo todo. No había lluvia,
sólo el espectáculo de arena. La soledad le agitaba los pensamientos.

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Comenzó a rascarse los brazos, el cuello, la mente le ardía, igual los
labios, salivaba sin control, no encontraba palabras precisas que le
calmaran el ansia. Pensó en Yosefina y sintió que en el impulso del
recuerdo comenzaba a quedarse ciego. Sumido en esa oscuridad
que lo iba devorando creyó que sería enterrado vivo. Su respiración
se acrecentó y la claridad comenzó a ceder. Rompió la ventana atre-
viéndose a la playa. Una vez fuera, los granos de arena lo alcanza-
ban como dardos. Cerró los ojos y caminó a tientas. Sintió sobre su
cuerpo unas manos que lo empujaban de un lado a otro, y lo hacían
caer; luchaba por ponerse en pie. Escuchaba lamentos dentro de la
arena levantada. Apenas atreviéndose a entreabrir los párpados, sin-
tió un empellón violento y cayó de frente. Estaba agotado. El viento
calmó.
El doctor Ambrosio y Martín, ese chaparro de amplia fren-
te, lo miraron caminando en la playa como un zombie, divisaron la
silueta dando traspiés. Doña Susana, la dueña del café, al observar-
lo, pensó que se trataba de la muerte que había llegado por fin al
puerto. Se alegró. Quizá el viento al fin se había materializado en
esa silueta escuálida, con el rostro cubierto por el vello de una barba
desarreglada que observaban a través de los remolinos de arena.
–¡Vamos por él!
Ambrosio no creía más en la muerte, no la esperaba ni la
temía, y no se atrevió siquiera a creer que desde aquel día la necesi-
tarían más. Corrió hacia la silueta y, ayudado de Martín, levantaron
aquel bulto de donde había por fin terminado su andar, (el viento
cesó de golpe) y lo condujeron a la clínica.
Mariana Nadal le aplicó compresas de agua helada en la
frente que le hicieron recobrar el sentido. Mauricio abrió los ojos
para ver la sórdida sonrisa de aquel hombre, chaparro de amplia
frente, que durante varias horas estuvo paleando la arena de la en-
trada de su cabaña:
–Espere a pasar un huracán, amigo. Este ventarrón es pa
morirse de risa.
Esas noches de café el viejo Nicanor relataba, manotean-
do, los aconteceres diarios hasta sumirse en la memoria. Mauricio
regresaba a su cabaña pasada la media noche, y aprovechaba para

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escribir, tomar notas, redactar las cartas que pensaba enviarle a Yosefi-
na.
Conforme le fueron teniendo confianza, los habitantes de
Las Bocas se soltaron en los ademanes, le llenaron la noche con
anécdotas. El viejo Nicanor se deshacía en reproches, como si se
fuera quitando las costras de antiguas heridas y las aventara al fuego
para que carbonizaran. Descubriendo las capas de una historia que
Mauricio hubiera preferido no tener que escuchar.
— Te fuiste Ambrosio. Fuiste a la capital y nos dejaste en
este infierno —las lágrimas asomaron a los ojos del viejo— yo paga-
ré por lo que he hecho, pero tú, ¿por qué volviste?
Las noches se hacían más largas que los días. Aún así, Mau-
ricio Cuevas disfrutaba horas enteras cada gesto, cada movimiento
del mar. Marcaba los horarios del amanecer, el minuto exacto en
que el sol se perdía al horizonte. Mientras no llegaran las provisio-
nes, los voluntarios prometidos y el equipo, habría tiempo para no
dejar de mirar el mar, medirlo, sumergirse en él. Nadar. Aguantar la
respiración dentro de sus aguas. Intentar ahogarse. Que los hombres
se mantengan en su mutismo o que estallaran en historias inverosí-
miles, le tenía sin cuidado. Era el abandono de sí mismo y la mujer
que le esperaba ahí en la lejanía, lo que le arrancaba la desespe-
ración. Sería mejor ahogarse. ¿Rendirse al final? Rendirse sí, está
prisión ha sido suficiente, la sequedad y el sol han sido suficientes.
Paso a paso, bogando entre el oleaje se adentraba en el mar. Había
que ahogar el pensamiento.
Llegué para enero y me sentí inundado de silencio. Luego
que Ambrosio me rescató de la tormenta de arena comencé a ir al
café de Dona Susana; han sido muy amables. Eso permitió que el
anciano Nicanor se acercara a la mesa y me platicara sobre las tor-
tugas que arriban a las playas. En el trabajo anterior me di cuenta
de lo que se puede aprender a la gente de campo y en este puerto,
las cosas no deben ser diferentes. Me han parecido interesantes los
dramas que cuenta el viejo sobre su llegada a Las Bocas, acaba como
emborrachado de historias, aunque sólo bebamos café. En sus de-
lirios cuenta una y otra vez lo mismo. Pero esta noche asumo que

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habló de más; me ha parecido por la actitud de Ambrosio y sobre
todo por doña Susana.
–Llévelo a acostar, doctor —intervino la dueña del café,
dando un golpe en la mesa, luego que el viejo se había descompues-
to en llanto.
Doña Susana no es una mujer gorda. Tampoco es alta ni
tan fea como Nicanor dice. Sus pechos son amplios y siempre lleva
una pañoleta cubriéndole el cabello. Me dio la impresión de pa-
recerse a una gitana madura. Y su sonrisa, siempre acompañada
de un cigarrillo, sus ojos cafés, casi marrones, me confirmaron esa
duda: Parece una gitana, una curandera. El tono grave de su voz
se amolda a su figura. El cigarro entre los dientes y sus escupitajos
amarillentos la dibujan fiera.
Mientras Ambrosio ayudaba a Nicanor a levantarse de su
asiento, yo me ocupé en retirar los objetos del camino; del rostro del
anciano, los mocos escurrían por las arrugas y parecía que el tiempo
lo hubiera golpeado, como un rayo. Se le veía cansado, como un
muñeco de felpa que no puede sostenerse por sí solo. Ambrosio y
Martín lo arrastraron fuera de la fonda.
Doña Susana recogía las tazas, y se iba a la cocina, carras-
peando. Desde ahí apareció con un cigarro nuevo y me ofreció fu-
mar:
–Necesito uno para calmarme –como extraño aquel tiempo
cuando no probaba los cigarrillos.
–Hay que conocer a Nicanor para darle crédito a las cosas
que dice.– Ella me ofreció la llama del cerillo. Y me fui despacio
hasta mi cabaña, mirando la infinidad de estrellas que ofrecía la
noche.
Fue en las playas cercanas a Las Bocas, donde el padre Ser-
vando descubrió relieves en la piedra, y supieron que el lugar había
sido un sitio de adoración maya. Conservan las rocas con los dibujos
representando a las tortugas. Se utilizaron para construir el altar del
templo que se encuentra al fondo del poblado.
El doctor Ambrosio dibujaba sobre la arena los signos de los
que me hablaba. El resto de esa noche no quise preguntar por Nica-
nor. La semana siguiente la historia se repetía, y luego otra semana

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era idéntica, y otra vez igual. Nicanor sobresaltado, Susana callán-
dolo, Ambrosio arrastrándolo fuera del café, y yo con la duda de que
estos hombres habían secuestrado mujeres durante la fundación de
Las Bocas, ahí se detenía el relato: ¡¿Por qué volviste, Ambrosio..?!
Servando fue el que dijo a los pescadores que la playa donde
pasaban las noches había sido utilizada por caribes que a bordo de
piraguas trajeron los ritos y sus máscaras. A nadie parecía importarle
los descubrimientos del sacerdote. El cansancio al trabajar bajo el
sol era suficiente para amodorrar a los hombres más vigorosos. Fue
el padre Felipe quien convenció a Nicanor de emular los rituales. De
mente frágil, Nicanor gustaba de responder a todos los retos que se
le pusieran, y por comandar las embarcaciones. Felipe aprovechó
esa capacidad innata del viejo, para convencerlo, hizo uso del es-
píritu simple del líder de los pescadores. Ni toda la fuerza física de
Nicanor era suficiente para doblegar los recovecos que el sacerdote
le hacía construir dentro de la mente.
–Hagámoslo viejo, un ritual de sangre y trago. Qué dices.
Acá nadie nos pedirá razones. ¿Qué importa Servando? Que revien-
te con sus “descubrimientos”.
Cuando volvimos a encontrarnos en el café, el viejo Nica-
nor me quiso dar a entender algo sobre el canibalismo que habían
llegado a practicar: “Felipe nos apoyaba y cómo nos divertíamos.
Ese cabrón gozaba nuestros excesos”.
–Éramos jóvenes, coño–, dijo tomándome del brazo –Cie-
rro los ojos y ahí están los rostros de aquellas criaturas. Solía diver-
tirme recordar el sufrimiento. Ahora, que en todos estos años no
logran abandonarme las pesadillas ni los gritos, ¡maldita sea! ¡Quie-
ro encontrar descanso! Liberarme de este maleficio —de nuevo el
llanto, los gritos de doña Susana, los brazos de Ambrosio cargaban
al abuelo en otra más de sus crisis.
–Me tienes harto. ¡Pórtate como un hombre! –y el escupita-
jo al suelo, amarillando la arena.
Esa ocasión surgieron los nombres de Arminda y Mariana.
Quise saber más sobre ellas, cuyo recuerdo, al asomar, había devuel-
to el brillo a los ojos de Nicanor, sus venas se hinchaban en los an-

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tebrazos, y la sonrisa de diablo que le arañaba la tristeza, se mostró
por vez primera.
–Los aterrados ojos de Arminda, puedo verlos; los gritos de
Marianita ante las embestidas de esos cabrones. El ritual tenía que
completarse.–El café se le escurría por la barbilla. Se limpiaba con
el antebrazo. Su risa de dientes podridos y los ojos extraviados.—
Después de ellas, todas las demás no importaron, uno se acostumbra
tanto a la muerte, y los rostros te parecen iguales, todas miraban con
los ojos de Arminda, con el rostro de la Marianita.
–No hables de Mariana, si no quieres que te bote los pocos
dientes que te quedan —gritó Ambrosio.
–¿Qué harás, matarme? –y se le escaparon unas carcajadas
a manera de ladridos.– ¿Por qué volviste?
El rostro del doctor se llenó de furia, creí que se iba a ir enci-
ma de Nicanor, pero apretó los puños y su mirada se escapó hacia la
noche, quedando fija. El viejo se levantó con lentitud y sin acabarse
el café se fue escurriendo hacia la puerta, como se filtra el agua en la
tierra, mientras con el dedo índice señalaba el pecho de Ambrosio,
quien ni siquiera lo miraba: ¡¿Vas a matarme Ambrosio, me matarás!?, y la
carcajada hiriente. Poco después, luego de hablar discretamente con
el doctor, salió Martín detrás del viejo.
Desde la ventana norte de la cabaña miré toda la noche, las
figuras golpearse entre sí. Entre empujones iban levantando polva-
redas. Los insultos crecían y se apretaban entre sí, mientras la noche
se iba haciendo vieja. No paraban, ninguno cedía un palmo. Y por
un momento volví a escuchar al viento, como gemidos que venían
desde el mar. Ellos se detuvieron un instante, tomados del cuello,
miraron alrededor, guardaron silencio, hablaban como en susurros
mientras la arena giraba a su alrededor, pasó la ventisca como un án-
gel furioso que los envolviera en luz; luego los hombres continuaron
golpeándose. Fumé varios cigarrillos mirando las dos sombras, una
sobre otra, sudando copiosamente y empanizándose de arena las he-
ridas. Con la luz del sol reconocí los rostros de Martín y Nicanor que
se despedían con el insulto entre los dientes, las venas hinchadas del
enojo, los cuerpos exhaustos y lentos se fueron arrastrando. Martín

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enfrascándose en una lucha cuerpo a cuerpo con Nicanor. ¡Pobre
anciano!
En el día los ruidos de la soledad violentan mi cordura. In-
tento convencerme y creer que tratan de decirme algo con estas
historias a cuentagotas, como si yo pudiera tener la solución de sus
pasados, como si fuera el exorcista de sus pensamientos. ¿Me verían
con ojos de misericordia para sus confesiones? Yo permanezco aten-
to por el morbo de saber de esas niñas secuestradas y su paradero:
Arminda, Mariana, ¿cuántas otras?; saber de la violencia perpetra-
da, empaparme en ella para arrebatar la mente a este miedo que me
inspira la soledad y el sonido repetitivo del oleaje con su maleficio
de monotonía. Entonces supe que estabas conmigo, Yosefina, que
nunca me abandonas; camino por la playa y me siento acompaña-
do. Es tu presencia la que me persigue sobre la arena. Te vi ahí, de
pie en la playa. El mar iba hurgándote los dedos. Caminé hacia a
ti y desapareciste en un remolino de viento. Como ansío que vivas
conmigo en este sitio.
Quiero ver si logro que Nicanor venga a la cabaña, ya que,
si la señora Susana es cortante, cuando el sacerdote Felipe llega es
peor. Todos callan, y tengo que retirarme. El viejo necesita tiempo y
atención para contarlo todo. El sacerdote y su impostura, acá igual
aventando culpas, sancionando, con sus juicios impuestos, Felipe in-
quisidor, ¡maldito alcohólico! Con una sonrisa sardónica se presenta
sin hacer ruido, con un sigilo desesperante y se queda mirando con
ese mirar punzante que entorpece y causa escozor.
Felipe el sacerdote, es un tipo arrogante y neurótico, muy en
su papel. Lo he visto regañar a Nicanor, manoteando en el aire para
hacerse entender mientras el anciano lloriquea. Se le pega al rostro
como si fuera a morderle la nariz, y su saliva pringotea las arrugas
del viejo. Como si ladrara rabioso. Sólo cuando no puede sostenerse
por la borrachera se le nota calmado, el vicio de observarlo todo,
con esa estúpida sonrisa del borracho, pretende tener todo bajo con-
trol, su propio cuerpo apenas logra sostenerse.
—Tienes que aprender a callar, pendejo…
Hay cierta agitación en el poblado al caer las noches. Sin
excepción, desde las seis de la tarde los habitantes se enfilan sobre la

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playa a mirar el oleaje. Todos en una larga línea, detenidos, inmóvi-
les. He pasado entre esas columnas humanas, les manoteo cerca del
rostro, pero son estatuas.
—Deberías acompañarnos y no quedarte encerrado en la
cabaña como un ratón.
Y les voy royendo la memoria.
Desde siempre los quelonios han traído sus milagros a estas
playas, y los sacerdotes, en vez de extirpar las prácticas herejes que
los pescadores tenían con los reptiles, acabaron seducidos por la vo-
luntad de sentirse víctimas, o peor aún, no pudieron ser parte de la
armonía, que en esos meses, corría por el campamento primitivo de
piratas viviendo a destiempo, lejos de todo y de todos, a sus anchas,
a la voluntad de los espíritus ampulosos de Nicanor y Felipe.
— Los huevos de tortuga y su sangre, un puto afrodisíaco.
Si además la bebes mezclada con algo de alcohol. Mira en qué nos
hemos convertido. Pero a machos nadie nos gana.
El padre Servando, renunciando a obtener éxito en la evan-
gelización de esta gentuza, se pasaba las horas intentando descubrir
más vestigios prehispánicos, explorando los alrededores, algo que
le valiera el viaje a esta zona de playones de aburrimiento infernal
a que habían sido sometidos, quizá con la información que recabe
pueda colgar los hábitos e ingresar a otro tipo de vida en cualquier
universidad que comprenda su naturaleza exploradora. Tiempo le
había costado entusiasmarse con la evangelización pero no podía
con el voto de obediencia, y menos con el de humildad, necesitaba
sobresalir, y ahora, con la información que recabara podía al fin
mandar al obispo a paseo; Felipe y Martín, concientes de sus gustos,
le dejaban hacer y él estaba absorto en sus excursiones por los alre-
dedores de ese playón apenas colonizado. Felipe en cambio, desde el
principio había cedido a pasar el tiempo alcoholizado, inventando
historias de brujería y pasiones truncadas que, por las noches, los
pescadores disfrutaban en medio de cánticos; o se pasaba las horas
en la creación de nuevos discursos para sus oraciones, volteando las
palabras a su antojo: los cielos del padre nos santifica, nuestro cielo
padre dénmelo hoy, denme el padre y el cielo, santifíquenme como
al padre. Rezos sacrílegos que el padre Felipe inventaba para aque-

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llos ignorantes; la evangelización no era lo suyo, ser sacerdote era
tener poder para conseguirlo todo, así lo había aprendido y le gusta-
ba. Desde muy pequeño, cuando entró al seminario supo que en la
iglesia, además de los abusos y las mentiras, todo era una cuestión de
generar culpas, y de quien las tiene, o quien las cura. El padre Mar-
tín era diferente a aquellos otros dos, fue el único que mantuvo la
esperanza de conseguir el cometido que se les había encomendado,
pero el tiempo no le alcanzaba con los quehaceres del campamento;
hablar con sus compañeros religiosos era caso perdido, su debilidad
física y su timidez le mantenía solo obedeciendo. Todo era caótico
en ese sitio al que arribaban los pescadores a descansar, a dónde
luego arribarían a esconderse, y donde al final se quedarían a vivir.
Los pescadores se dieron cuenta, igual que los religiosos, que
en la soledad de los playones, con la cantidad de arena en los ojos, el
silencio era tan poderoso como dios mismo. Había que entretenerse
o quedarse loco.
Servando y Martín no estuvieron de acuerdo con la inau-
guración del rito. Aquella tarde Nicanor, junto con Ambrosio y sus
compañeros, bajaron a las playas con unas niñas que habían robado
en un poblado costero al que arribaron a vender pescado y comprar
alcohol. Los dos sacerdotes intentaron liberarlas, pero la exacerba-
ción de los sentidos era demasiada. Fueron enterrados vivos después
de una amarga borrachera. A Felipe nada de eso le importaba. Era
impasible al zafarrancho. Ni los golpes que le propinaban a sus her-
manos de evangelio, ni la sangre derramada, mucho menos las niñas
que nadie extrañaría. La pobreza hace que olviden rápido.
—¡El infierno será para ustedes! –gritaba Servando con la
cara descompuesta por el odio, mientras le iba cayendo encima la
arena.
Con un madero le habían roto la cabeza. De nada sirvió
todo lo que había descubierto, estos pendejos bárbaros nunca com-
prenderán que este pedazo de tierra ha sido habitado siempre por
la violencia, que su comportamiento se ha potenciado por el sitio en
que estamos parados; hasta él mismo se sentía hirviendo de lujuria,
vanidad, deseos de poder, y por eso no cedía a sus recorridos y ex-
ploraciones ¡quería comprenderlo todo! Servando había descubierto

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montículos de cráneos y esqueletos humanos, todo un cementerio
reflejo de la barbarie, marcas en algunas rocas, asentamientos de-
rruidos, todo indicaba la antigua presencia de caribes en la región,
que la playa era utilizada para ritos de sangre, que los hombres ha-
bían sido devorados. El sitio había sido atacado por estas tribus que
acabaron con los pobladores mayas, en ese intercambio de culturas,
con la Muerte pisando la cabeza de las teologías de aquel sitio de
adoración. Todo estaba ahí, se sentía al respirar, y ahora constataba
que nada hubiese podido hacer para detenerlos. ¿De qué valía, si
nadie se podría enterar? Muerto él, todo volvería al pasado remoto,
escondido en la naturaleza que sigue creciendo sus hierbajos que
todo lo sepultan.
—¡Guárdame un sitio junto a Satanás! – gritó Nicanor
mientras echaba paletadas sobre Servando y Martín, que permane-
cían amarrados en el fondo de la fosa que ellos mismo habían cava-
do; la risa de Nicanor era centellante, como mordidas de serpiente
sobre el cuello de las víctimas, latigazo en espaldas descarnadas.
—¡Por amor de Dios, Felipe reacciona! –era el ruego de
Martín.– No lo permitas, que estos brutos nos entierran.
Felipe, borracho al fin, traidor acaso, prefirió unirse a los
pescadores y salvar el pellejo: “¿quieren rituales propios?, ¿olvidar
a dios y sentir que pueden traspasar la muerte?, yo también. Dios
ha muerto. En esta arena ya no se escuchará su voz, ¡Somos libres!
¡Libres al fin! –y los ojos de murciélago con hambre de sobrevivir—.
Claro que les ayudo, por más sacrílega que pueda parecerme esta
búsqueda, este aquelarre que quieren compartirme”; había bebido
el brebaje de licor y sangre junto con ellos. Tiró paletadas de arena
sobre sus compañeros. Lanzó escupitajos, les orinó encima. No era
menos asesino que la turba de pescadores.
—Ya estoy en el infierno, ¿de qué me acusan? –acabó di-
ciendo, entre hipos, y tiró la pala al suelo.
—¡No hay dios para nosotros! ¡Somos libres! –era el grito
que escapaba de los labios encendidos de lujuria de los pescadores
que se atragantaban con la bebida. La menor de las chicas, Maria-
na, era sodomizada por cada uno de ellos. Su rostro era un amasijo
de sangre, mocos, arena y lágrimas. No tenía más voz que ese hilo de

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saliva que goteaba a la arena, y la mirada húmeda que solo miraba
hacia dentro de sí misma; Arminda esperaba su turno…
— ¡Ya no hay dios, somos libres...!
¿Es el mismo Felipe de cada noche? Su calva al sol me hace
dudarlo ¿cómo puedo creerles?, ahí está este sacerdote de piernas
cortas, la sombra de la nariz gigante que soporta un rostro avejen-
tado. Tiene uno que verlo tambalearse en las madrugadas, cuando
a solas se pasea por las callejas, arrastrando los pies, ladrando a las
sombras como un coyote; no puede ni con su propio cuerpo. Vi
cuando el guarda espaldas de Torrefuerte lo apartó de un empujón,
la noche que llegué a este puerto, cuando me presentaron a los po-
bladores. Se había acercado a pedir algo de beber.
— Lo tienes prohibido. No insistas –dijo Montañez.
En Las Bocas el trago es escaso y ocasional, Torrefuerte
nunca lo envía o lo hace rara vez; trajo unas botellas cuando llegué,
para brindar por un “nuevo comienzo” como lo había llamado. Los
habitantes del puerto se las han ingeniado para destilar uva de mar.
Martín y algunos otros están encargados de esta faena: “No todo
tiene que saberlo Torrefuerte”. Felipe igual lo hace, lo necesita su
cuerpo y todos cooperan un poco para mantenerlo dentro de la lu-
cidez que le da el alcoholismo; cuando ha dejado de beber, es una
sombra sudorosa y gimiente que se desgarra la piel, con los ojos
parpadeantes. Se vuelve todo aullidos y estertores. Saben que tiene
que tomar su dosis diaria de alcohol, dicen que prefieren su violenta
personalidad por demás controlable, a la violenta reacción contra
sí mismo que le trae el abstenerse. Soportarlo herido, bañado de
sangre por las calles del poblado, gritando y manoteando intentando
lastimar a quien se le acerque, no es agradable; su remordimiento le
llena la sesera de monstruos que nadie mas que él puede mirar, pero
que por los gritos que presenta deben ser en verdad aterradores.
Felipe no parece el tipo de persona que dicen. Si es que,
remotamente les alcanzo a creer que este hombre sea el mismo sa-
cerdote de las historias que Nicanor me cuenta. Perro que ladra no
muerde, reza la sentencia, y esa forma de regañar que tiene, escu-
piendo al hablar, los ojos desorbitados, el tufo de trago minándolo
todo, me hacen pensar que sólo es un cobarde hablador. Es una

26
tortura que los nombres sean idénticos en aquel pasado y en este
presente cuando me relatan los hechos, nicanores, martines, felipes,
marianas y ambrosios ¿son o ellos imaginan que lo son, o sólo es un
juego en el que quieren involucrarme? Aunque traten de hacerme
creer que lo vivieron.
Si las historias fueran ciertas, aún así, este personaje de la
narración no puede ser el mismo que manotea ante Ambrosio y
Nicanor, con la vena saltándose en la frente, con los ojos llenos de
sangre, y el tono de voz cambiando, gutural en ocasiones. “Cálmate
Felipe, deja te explico, sólo le decía al biólogo…”, “Vamos, déjalo
ya…” Han pasado muchos años, sería una momia. Lo semeja, siem-
pre llega de improviso, con su ropa negra y empolvada.
—¡Cállate maldito anciano! Como no puedes mantener la
boca cerrada. ¿Tendré que obligarte, dime, tendré que obligarte?
–toma de las orejas al abuelo lloroso.— ¿Y ustedes? ¿Qué carajo
esperan que no lo sacan a la playa? –se dirige a Susana, Ambro-
sio y Martín, para luego detener su mirada sobre mí. Ambrosio lo
toma de la cintura, Martín se va llevando a Nicanor. Felipe de cejas
arqueadas, la inmensa nariz bufando, esa vena en la frente. Busca
entre su ropa y saca la botella, se la empina, el líquido corre fuera de
sus labios, baja por su barbilla. Se limpia con el antebrazo sin dejar
de observarme. Desvío la mirada y siento que él no. Sigue mirándo-
me fijo, reconociéndome.
¿De qué época son estas personas? Comen a mi lado, be-
ben el café con canela de doña Susana, y me hablan de un Nicanor
robusto, violento, quizá el abuelo del anciano que a pedazos, me ha
expuesto esos rituales, el preludio de lo que sucedió. Aquel momento
que ni el mismo Nicanor, cuyos setenta y cinco años siguen esperan-
do la marcha del tiempo, pudo prever.
Servando y Martín manotearon desde su improvisada se-
pultura hasta que sus pulmones no pudieron más. Colgadas de las
ramas de los árboles, las tortugas decapitadas chorrean su sangre
sobre los cubos que contienen el aguardiente. Sobre la arena, se ven
las cabezas arrancadas, los ojos lacrimosos aún, de las tortugas que
parecen observar el rito desde las profundidades de la muerte.

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“Permítanme quedarme a respirar esta vida”, fueron las pa-
labras que Felipe utilizó para unirse a la jauría, y Nicanor que aún
comandaba al grupo de pescadores, lo permitió. Ambrosio nunca
estuvo de acuerdo con lo sucedido, pero no intentó detenerlos. Qué
cada quien se labre su futuro. Pero el futuro nunca llega.
Bajo las matas de uva de mar, y hechas con madera de los
mangles blancos, cortada dentro del humedal, están las jaulas donde
las chiquillas raptadas, con ojos temerosos, esperan en silencio, com-
partir el destino de los curas.
—Este pedacito de carne será necesario para afinar el ritual.
–y el grito de Arminda, por el corte de una parte de sus pantorrillas,
iba recorriendo la playa hasta introducirse en el oleaje, otro corte en
los muslos, otro más en los antebrazos, la chiquilla gritando. Felipe
sujetándole la cabeza con la mano izquierda, con el brazo derecho
estirando los brazos de la pequeña, mientras, tirados en el suelo, le
sujeta los muslos con las piernas. Nicanor presume la carne que le ha
arrancado. La sumerge en las cubetas y reparte el brebaje. Brindan y
beben sin dejar gota. Al final, el anciano mastica esa carne amarga y
cortando pedacitos con su afilado cuchillo va invitando al que quiere
mientras reza las oraciones que Felipe ha escrito para el momento.
Arminda logra morder en el antebrazo al que la sujeta. El
cura la arrastra de los cabellos, le remoja la cabeza en el mar, intenta
ahogarla hasta que Ambrosio logra arrebatársela. Nicanor va por la
chica, el agua de mar le cubre los tobillos “Dámela Ambrosio…”, y
se la entregan, tú nos vas a servir mañana, la saca del mar y la tira dentro
de la improvisada jaula. Los pescadores mientras tanto, continúan
divertidos en el cuerpo desmayado de Marianita, siguen turnándose,
toman del brebaje, ríen y se golpean el cuerpo arrebatados por la
algarabía.
Nicanor también le hizo cortes en el rostro a la pequeña,
en la frente, en la espalda, en los senos que apenas despuntan, y por
la fuerza le imprime un beso en la terrible boca, antes tierna, para
quedarse en la cara con los mocos de la criatura. Ambrosio aun-
que quiere no puede cerrar los ojos, piensa que inundarse de estas
imágenes le harán pensar que nada malo hay en la vida, todo es un
sueño, el mismo sueño de Servando, el mismo ritual arcaico que fue

28
descubierto “Estamos visitando la tumba de la Muerte, y ella nos
da la bienvenida”; no quiere clausurar los oídos, tiene que sentirlo
todo, y aún hoy siguen en su recuerdo los lamentos de la niña ensan-
grentada, de la otra que, desmayada y delirante, continúa siendo un
pedazo de carne para saciar la lujuria de estos hombres que no se
cansan.
—Danos a la pequeña.
—Nos servirá mañana –dice el viejo afilando el cuchillo.–
por ahora ahí tienen con qué divertirse. —Nadie discute, el arma
en las manos de Nicanor es suficiente respuesta para su ansiedad.
Llega el turno de Ambrosio, sujeta a la niña, apenas distingue sus
ojos cerrados entre la sangre que ha comenzado a coagular. Con su
vista y sus manos va limpiándole la arena.
—Vamos Ambrosio, ¿qué esperas?
—Es mi turno. Haré lo que me plazca. —¿Por qué volviste,
Ambrosio, si ya habías abandonado este sitio, porque tuviste que
regresar?
Nicanor habló de más. Los ojos de Felipe inundados de san-
gre, como si se pegaran a mi piel y fueran recorriéndola como san-
guijuelas, intentando que las historias escuchadas escaparan de mi
mente, recobraran su destino de secreto. El doctor Ambrosio con la
mirada sobre la taza de café, se mantiene absorto. Susana fuma y es-
cupe, fuma y escupe. Nicanor riendo, ladrándole a la luna. Martín lo
toma del antebrazo y lo conduce hacia la calle. Pero Felipe va sobre
el cuerpo del anciano, le entierra un pedazo de botella roto entre las
costillas, mientras Nicanor logra gritar. –Tú igual vas a matarme, todos
quieren matarme, vamos, mátenme, o déjenme en paz.

29
Capítulo TRES

Al entrar a su recámara miró el cofre con los papeles. Ha intentado


evitar leer su contenido. Demasiado ha sido soportar el sonambulis-
mo de su madre por lo descrito en esas hojas, como para caer en la
trampa. ¿Por qué leerlos? Nada de lo que digan le hará cambiar la
forma de pensar acerca de su padre. Para ella, al menos desde que
bloqueó esa historia, él sólo ha sido un chorro de semen en el que
viajaba el espermatozoide de donde se ha formado. Nada más. Ahí
está el cofrecito, junto a las maletas que ha preparado. Va mirándolo
desde cada ángulo, se sienta en la cama, a su lado, se pone de pie
de nuevo, lo ignora y camina hacia el guardarropa. Coge unos jeans
y los coloca en la silla, al lado de la cama, junto a las maletas. Es lo
más cómodo para viajar en avión. Una blusa de algodón color lila
le hará resaltar la pálida piel. “Me vuelvo transparente”. El sol la
espera. Se tira boca abajo en el colchón y su rostro queda mirando
ese regalo. La duda comienza a correrle por las manos, los antebra-
zos le pican.
—Que necedad Yosefina, que necedad la tuya.
Abre el cofre, toma el manojo de papeles, y nota que su
madre los ha dispuesto a manera de un librillo, uniendo las hojas

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por un lado con un hilo negro. Se da cuenta que ha invertido tiempo
suficiente para irlos ordenando, y sonríe pensando en el romanticis-
mo que por vez primera mira en Yosefina. Se tiende en la cama boca
arriba y levanta los papeles para leer en ellos:
“Todas las casas son de madera. Hay un orden incierto en
su distribución, desplegándose en semicírculos a manera de abanico.
Una casa destartalada con su altar de piedra labrada, es usada como
templo. El café de doña Susana marca el centro del puerto. Se le ve
apenas bajando del atracadero. Cuando llegué, para enero, aquí me
presentaron a la comunidad: Mauricio Cuevas, biólogo, trabajará
con ustedes, y las caras inexpresivas de los ahí reunidos. Se fueron
en silencio y me quedé mirando sus espaldas. Presintiendo los golpes
de tu ausencia que desde entonces no deja de perseguirme. Eran casi
las seis de la tarde.
—Ya habrá tiempo, ya habrá tiempo —señaló Montañez
dando unos golpecitos en el hombro.
Dentro y fuera del poblado todo es arena. En ocasiones me
entretengo mirando mis huellas conforme van desapareciendo a
cada lengüetazo del mar. El agua dulce se recolecta de las lluvias o se
obtiene del pozo, abierto al lado del café. El puerto se ha construido
sobre las playas de una península, con un aislamiento a propósito. Es
inútil caminar hacia cualquier lado, pantanos, arena e inabordable
mar. He andado cerca de 35 kilómetros sin detenerme, verificando
toda la costa que pudiera ser óptima para el arribo de las hembras
anidantes, y de regreso la noche me avienta su heladez y bruma. Me
ofrecieron lancha y voluntarios. Aún no llega ni el equipo ni los co-
laboradores. Rodeado por la duna costera, blanquizales y manglar,
el tiempo pasa despacio, y yo me quedo en la playa mirando la línea
de marea donde rompe el oleaje, las noches de creciente, el movi-
miento de las vaciantes, las formaciones de arena modificadas cada
día por la erosión. Cruzando la duna costera llegas a las ciénagas de
olores violentos. Para tocar la selva debe atravesarse el manglar, pero
las aguas pantanosas son suficiente escollo para el más aventurero
que no cuente con el equipo necesario. Los lugareños no intentan
siquiera verme, sus miradas me atraviesan. Este silencio tan duro. Su
continuo mutismo. En los recorridos que realizo las tardes y noches,

31
(caminar de día sería suicidio) han llegado a trastornarme los kiló-
metros de playas que se extienden hasta que mis piernas no pueden
más. Las nubes de moscos y chaquistes cubren la piel los días que no
hay brisa; me han hecho llorar por la desesperación y la rasquera.
Las costras se me pudren y tengo que meterme al mar en las noches,
para evitar el ardor”.
Lucrecia detiene la lectura, se levanta de la cama y va hacia
el tocador, coge un lápiz color rojo para señalar algunas descripcio-
nes: “35 kilómetros de playa óptima para las hembras anidantes”,
después de todo, el tipo era biólogo y sus apuntes le pueden ser-
vir. Su trabajo será continuar la investigación sobre las tortugas que
arriban al puerto, marcarlas, conocer el tamaño de sus poblaciones.
Comenzó a sentir interés en el escrito, por conocer aquella época.
Rulor Miranda, al contratarla, le había dicho que, veintidós años
atrás se había hecho un intento por levantar un campamento de
tortugas; no se avanzó suficiente, y no volvió a tomarse la iniciativa
“Setenta nidos encontrados, cincuenta y cinco hembras marcadas,
todo se lo llevó el carajo… nadie ha vuelto a ocuparse”. Hasta aho-
ra. Y ella no puede detenerse a pensar en aquel fracaso, todo tiene su
momento en la historia, y considera que ocurrió para que ella logra-
ra solucionarlo, ahora que llega su turno de trabajar en Las Bocas.
—No nos defraudes, no puedes hacerlo, –le dijo Rulor al
apretarle la mano derecha luego de entregarle su pasaje de avión.
¿Por qué tardó tanto en devolverle la mano? Unos segundos de más
luego que se da la mano, el sacudón normal y te sueltas, Miranda
tardó en soltarla, luego se enjugó el sudor con ese nerviosismo irri-
tante.
Lucrecia regresa a la cama. Coge una almohada y la pone
sobre sus piernas. Se recarga en la cabecera y continúa la lectura:
“Nadie llega acá sin que Torrefuerte lo autorice. Desde Isla
Tiburón se trae todo lo necesario para cubrir las necesidades de la
gente. Este poblado, es una prisión perfecta. ¿Hasta cuándo perma-
neceré en este sitio? Los habitantes son los mismos de siempre. No
envejecen. No nace ni muere nadie en el puerto, nadie ha venido a
vivir a este sitio en al menos, los últimos treinta años. He entrado de
noche, a hurtadillas, al cementerio; revisado tumbas y no encontré

32
huesos, no hay cuerpos, ni signo de que los hubo alguna vez. Solo
lápidas con nombres inscritos pero sin fechas. El doctor Ambrosio
mantiene abierta la clínica de ocho a dos de la tarde, Mariana Nadal
es su enfermera. Casi nunca hay nadie para las consultas: “Heridas
superficiales e insolación es lo más frecuente”. Morena, de caderas
amplias para su baja estatura; mirada penetrante y rinconera, Ma-
riana Nadal me desesperaba al principio y me revolvía para escapar
de su vista; he caído en cuenta que es una forma de mantenerse al
margen de los desconocidos. Los ojos son su principal instrumento
de comunicación, evitando las palabras hasta donde pueda, y ha-
ciendo que las miradas lleguen a doblegar el interés por saber de
ella más de lo que ella misma quiera contar. Mariana es un fiel perro
para el doctor, quien siempre la ha cuidado. Sus ojos son un imán,
te atraen aún tratando de evitarlo. Todo se trae desde Isla Tibu-
rón, hasta las medicinas. ¿Qué entregan a cambio estos habitantes?
¿Pueden esperar tanto tiempo si se enferman? Aún no lo he descu-
bierto. Ha sido una espera de ¿cuatro meses? No vienen por mí. No
hay embarcaciones en el muelle desde que llegué en enero”.
Es febrero, veintidós años después, y Lucrecia comienza a
medir el desesperante aislamiento. Jamás ha vivido en una isla, y
aunque Las Bocas, no lo sea en sí, lo parece de acuerdo a la des-
cripción. Su edad y la diferencia de tiempo que le ha tocado vivir,
la hacen ser más vale madre que aquel tipo de los papeles. Ya sabrá
qué hacer cuando llegue el momento, una cosa es segura, no pre-
tende enloquecer en esa playa. Nunca ha sido débil. Ha tenido que
madurar aprisa y no estar ahí a la sombra de su madre. Lo supo des-
de que comenzó a salir con Laura, lo ha sabido en su relación con
Federico, en ese tiempo que estuvo de callejera, reuniéndose con los
chavos de la cuadra. Ellos mismos la impulsaron a conocer de frente
la frialdad de la violencia. Luego del accidente en las montañas, ella
decidió poner un freno a su vida, pero no por miedo. Se dio cuenta
que la muerte de su mejor amiga había sido un acto patético, y no
quería acabar de esa forma. Había tanto en la vida que necesitaba
conocer, y más ahora, con esas oportunidades de vivir en un lu-
gar apartado, lejos, con esa responsabilidad que ha querido para
su soledad, para poder vivir con sus deseos. Por eso se decidió por

33
biología, para estar siempre en contacto con la naturaleza, el género
humano le era detestable, mejor apartarse a lugares amplios, vacíos;
lo único bueno de la humanidad era el sexo, y de esto estaba satisfe-
cha, lo estaba desde los catorce años. Ahora, el relato de un hombre
trastornado no la haría claudicar, como no la hicieron rendirse las
lágrimas de Federico, esas palabras de hombre desesperado que no
podía darse cuenta que a pesar de existir amor entre ellos, el sexo
era mas poderoso para Lucrecia; ella sabía que no podía compartir a
un hombre con otra mujer, pero no entendía como él no podía com-
partirla con otro hombre, con otra mujer, con cualquiera, tan solo
era sexo, carajo, jueguitos nada más. No le importaban esos otros
con quienes se había acostado, a quienes les había prometido tanto,
que la adulaban y la entretenían durante las ausencias de Federico:
vive conmigo, llegó a decirles, como se dice vamos al cine, así era y no
estaba dispuesta a dar más explicaciones, lo tomas o lo dejas: tú no
puedes elegir tu forma de vivir, decía la canción y ella se sabía fuerte
al romper con esta demanda, esa ironía que cantaba con sus carna-
litos de la cuadra. Lo amaba pero no podía ceder. Era una cuestión
interna que le hacía sentirse bien, teniendo el poder de decisión. Eso
era, tener el poder le daba fortaleza; por supuesto le dolía, claro que
había llorado, era necesario hacerlo, sacarlo todo, en vez de mante-
ner los pleitos de siempre en los que nunca cedería, que la estaban
trastornando. Adiós Federico, alguna vez quizá le amó. Siempre lo
va a amar. Lo sabe, él igual lo intuye, sigue latiendo en su piel la voz
y las decisiones de Laura. Pudo haberse enamorado de la amiga. Es
tiempo para estar sola. Esa playa le brindará esa oportunidad.
—¿Cuál es tu intención, Yosefina? ¿Qué desista? No lo creo.
Estoy segura que no me lo pedirías.
“El doctor no estaba para curar enfermedades, sino para ir
midiendo los signos vitales de los habitantes, había dicho Mariana,
harta por el remolino de mis preguntas, sitiándome con los ojos;
ojos de sequedad, miradas que buscan escarbar la epidermis: todos
tienen un horario programado para venir a sus chequeos.
—¿Y las medicinas?
—No hacen falta. Somos muy sanos por acá, sabe. Tal vez
sea el agua del pozo, quizá los baños nocturnos en el mar –decía

34
sonriente, apenas levantando los ojos para verme. Es bonita, o es
que uno se acostumbra a sus rasgos; me gustaría que la conocieras,
quizá no pueda describírtela bien, te encantaría la forma de sus pár-
pados, y esa mirada. Cuando llegué a Las Bocas, a pesar de los avi-
sos enviados, sólo encontré al anciano Nicanor sentado en la arena,
con un papel en la mano:
— Nos hicimos a la mar, cuente con nuestro apoyo.
Los marineros que me trajeron, mientras se preparaban
para regresar a Isla Tiburón me habían dicho, no se preocupe, a
quien le importan esta bola de pendejos, que se vayan a la chingada.
¡A la mar! ¡Que idiotez! Y reían estrepitosamente. Montañez se que-
dó conmigo esperando que los habitantes regresaran.
— Dedíquese a lo suyo, ya le traeremos las cosas que hagan falta.
Cuando al fin estuve instalado en la cabaña, llegó Torrefuer-
te y el poblado comenzó a bullir por las pisadas y las respiraciones.
Fue cuando supe que no se habían hecho a la mar. Mas adelante
constaté la tradición de ver el anochecer en la playa, detenidas las
miradas en el oleaje. Al bajar Torrefuerte de la lancha, dos horas
después de mi llegada, los pobladores vinieron caminando como
insectos atraídos por la luz. La luz que salía del revólver que Torre-
fuerte cargaba siempre en el cinto. Luz que Montañez, el guarda
espalda, avienta desde la mandíbula endurecida. El brillo del miedo
a las represalias de su protector, del hombre que manda los insumos.
Por eso la dureza en el trato: yo había sido la causa de que dejaran
la playa y su tradicional espera: estar pendientes de los signos que
anuncian la llegada de las tortugas”.
Subraya con el lápiz rojo toda la cita: “el anochecer en la
playa, detenidas las miradas en el oleaje”. ¿Qué sentido tienen las
cosas que Mauricio escribe? ¿Parte de su fantasía? Subraya de nuevo:
“signos que anuncian la llegada de las tortugas”. Habrá que copiar
las notas, entender lo que ha querido decir. Lucrecia se inclina para
alcanzar el cajón del buró, junto a la cama, y saca su porta lentes, lo
abre y respira el olor de la marihuana, siempre tan necesaria.
— Me relajaría demasiado y tengo que madrugar para to-
mar el avión –cierra de nuevo el estuche, lo regresa al sitio inicial

35
y toma un paquete de cigarros. Enciende uno y deja que el humo
inunde su recámara.
“La mano protectora de Torrefuerte esta pendiente de ellos.
La mano que mece el oleaje. Dios supremo, emperador, gobernan-
te, inquisidor, eso han sido los hombres de la dinastía Torrefuerte,
primero el general y ahora Erik, para los pobladores de este infier-
no. Nadie se aleja de la costa. El mar no lo permite. Tienen barcas
para ir a pescar sin perder de vista la playa. De Isla Tiburón no se
viaja a Las Bocas de noche. Sin embargo, como dice Nicanor, están
acostumbrados a cruzar este pedazo de océano. Conocen cada bajo
de arena, cada cueva, las afloraciones de los arrecifes: Uno se acos-
tumbra, sabe”.
Para Lucrecia no importan las divagaciones de infiernos ni
calamidades. Atenuaciones literarias sobre la esclavitud y las luchas
por el poder. El abandono de este hombre a sus pensamientos lo ha-
brá trastornado. Pero el dato de los arrecifes cercanos, es útil para la
investigación. “Probable sitio de alimentación”, apunta en su libreta.
“Cada pedazo de playa tiene su nombre, quizá nunca me
acostumbre, no veo lo que ellos logran identificar en el paisaje. Pen-
saba en la playa como una línea continua, y he percibido esa muta-
bilidad perenne, el mar es una masa informe. ¿Cómo pueden saber
que este bajo se llama Tres Reinas, que aquel pedazo de playa a
donde llegarán los recorridos es Naular? He trazado un esquema
de los treinta y cinco kilómetros de playa que alcanzo a recorrer,
según Nicanor mas allá de Naular no hay suficiente arena para la
anidación, y cruzando un brazo del mar que se une con la ciénaga,
se llega hasta un sitio conocido como Calapetén.
—Desde ahí, los mangles topan con el agua, y no hay mas
camino, la creciente se come toda la arena. No hay como pasar a
menos que lo haga en lancha. A Naular que llegue es suficiente—.
Había dicho Nicanor las primeras veces que le conté sobre mis ca-
minatas”.
Hasta Naular, apunta Lucrecia, e intenta imaginar ¿cómo
será ese sitio? ¿Tendrá el mismo nombre? ¿Caminar treinta y cinco
kilómetros? Será la primera vez que trabaje con tortugas, y todo lo
que pueda saber le será de utilidad.

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“Los pescadores se guían por el sol o las estrellas, si tienen
que salir de noche, y aún dentro de la oscuridad que hace temer de
la existencia misma, casi como estar en el estómago de dios, logran
recalar a la playa en el punto exacto donde está el atracadero. En
el puerto sólo existen unas diez barcas en las que apenas cabrían
dos o tres personas. Con ellas tiran redes para sardina, y otros peces
que pueden capturar y que jalan desde la playa. Casi siempre se
encuentra amarradas en la orilla bailando en el oleaje. Quizá por el
exceso de calor que hace durante el día, las noches del puerto son
frías de neblina densa. Las playas son anchas, de oleajes impetuosos.
Durante los nortes el mar escupe su sargazo cubriéndolo todo, el
viento arrastra los aguijones de la arena. Cuando el oleaje detiene
sus impulsos, ellos, estatuas en la playa, retornan a su movimiento.
Luz eléctrica sólo hay dentro de las casas, no existe en las calles. La
corriente es generada por dínamos que se han instalado en las bode-
gas antiguas de la empacadora de pescados, cerradas hace años. Se
instalaron grandes aspas de madera, que colocadas a determinada
altura, se ayudan con el viento para generar la energía. La cabaña
donde me quedo, cuenta con dos habitaciones, una que sirve de
dormitorio, con cinco literas. Un baño, y otro cuarto más amplio
que será la oficina, ahí hay electricidad. Antes de vivir acá, los pobla-
dores (o sus familias) vivieron en un lugar que alguna vez funcionó
como embarcadero para el henequén. Me han contado que el sitio
está abandonado y es conocido con el nombre de Mina de Oro.
Lo incendiaron cuando se iba diluyendo la revolución, poniendo en
libertad a los peones y haciendo de esa zona de embarcadero, un po-
blado rústico habitado durante al menos una década. Hoy quedan
las ruinas de algunas casas sobre la carretera costera del estado, lo
abandonaron al fundar Las Bocas. Nicanor recuerda aquellos días,
cuando los habitantes de Mina de Oro fueron traídos a poblar este
puerto. Del apogeo del henequén en la zona, ha pasado medio siglo.
Nicanor relató la historia: el coronel Torrefuerte llegó con sus tropas
a enfrentarse a los hacendados, achichincles y besamanos del gober-
nador Olegario, que habían hecho de la península su aquelarre con
la explotación del hombre.

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—Peores que bestias. Si los campesinos están jodidos, los
hombres de mar somos lo más bajo en la escala que define al ser
humano.
Luego de arrebatar las tierras y liberar a los peones, Torre-
fuerte vino a asentarse en Mina de Oro. Terminada la guerra, ya
retirado, puso en funcionamiento, a unos kilómetros del poblado, un
sitio para la fábrica de cerillos y le dio el nombre de El Tajo. ¿Cómo
llevar la vida sin las emociones de tener el mando? Los peones libe-
rados comenzaron a trabajar para él, quien fue ascendido a general
por su desempeño en las campañas que le fueron encomendadas. Y
como sucedió con la mayor parte de los revolucionarios, de héroe se
convirtió en explotador.
—Las Bocas no existía cuando Torrefuerte llegó. Pero se lo
digo, biólogo, antes que se instalaran los Peones y Arrigunagas, los
Molina y los Roche, en la península, esos hijos de puta que tanto
han jodido al pueblo, ya existía por parte nuestra el reconocimiento
por las tortugas que venían a desovar. Caían en las redes y nos las
comíamos. Carne suave, suavecísima.
Desde joven, las veía —decía Nicanor, ensimismado.—
Cuántas veces no pude contemplarlas al momento de hacer la cama,
esas paletadas a la arena con las cuatro aletas, a manera de manos
humanas. Las lágrimas al depositar los huevos, uno puede cogerlos
en el aire antes que caigan a la arena. Este ha sido su hogar y noso-
tros nos empeñamos en usurparlo. El abuelo Torrefuerte nos dio la
espada y nosotros abrimos las heridas.
Primero Mina de Oro, Isla Tiburón y después Las Bocas, de
esta forma se han movido los pobladores. Se han ido escondiendo,
los han apartado de la civilización.
—Salíamos de Isla Tiburón a pescar. Y el producto se lo
dábamos a la empacadora del general. Días enteros, y para no pasar
las noches en alta mar, bajábamos a estas playas donde construimos
el campamento. ¿Lo recuerdas Ambrosio? Luego vinieron los sacer-
dotes –sorbo a sorbo, Nicanor me iba desplegando la historia de su
gente.
—Siempre el ayer. Desde el mes de abril se ven los rastros en
la arena. Este es el futuro. Ya mero biólogo, ya mero, si nunca lo ha

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visto, le parecerá fascinante ver una hembra hacer cama o depositar
los huevos—. Decía Ambrosio intentando evadir la conversación del
viejo.
—Decidimos aprovecharnos de ellas —continuaba el an-
ciano con la vista plagada de oleajes— para mantenernos en pie y
durar pescando sin hambre. Pura proteína, ¿sabe? La carne como
mantequilla, se abre solita cuando siente el cuchillo cerca. La sangre
amarga y caliente, burbujeante. Pero los malditos curas decidieron
venir tras nosotros: Servando, Felipe y Martín. Ellos pusieron el bro-
cal del pocito alrededor del ojo de agua. El que está acá al ladito.
— El buen Servando –recuerda Ambrosio mientras endulza
su café.—Estaban seguros que podrían catequizarnos —murmuró
mientras iba moviendo con lentitud la cucharita dentro de la taza
humeante, resignado porque Nicanor no pensaba detenerse. Martín
y Susana nos contemplaban en una bocanada de humo.
—Alejados de las familias, ¿por qué no pasarla bien? —el
viejo Nicanor reía con los dientes podridos por la sal.—Empezamos
comiendo las tortugas, y en algún momento nos atrevimos a beber
su sangre—. Nicanor se detuvo, miró a mis espaldas. Ya venía la
dueña del café, con el rostro estirado en el enojo y la incomodidad
por la revelación que Nicanor hacía, movía el cigarro entre los la-
bios, de un lado a otro de la boca, ayudándose con la lengua. –Los
huevos de tortuga nos hacían hervir la hormona –ríe malicioso—
puros hombres alrededor y las ganas de piel desatadas. Uno tenía
que desahogarse, ¿sabe?
—Hora de callar, viejo— habló doña Susana, y Nicanor
volvió a su mutismo contemplando la taza entre las manos, mientras
el humo del café hacía remolinos en su cara”.
A Lucrecia ya nada le sorprende. La historia literaria que
cuenta Mauricio es más impactante que las notas para su investiga-
ción. Sin embargo, las descripciones de la anidación, y el reporte del
consumo de productos de tortuga marina le pueden servir.
Deja los papeles un momento. El silencio de la noche le
mancha los ojos. Sale al corredor de la casa, en el segundo piso. En
el cuarto de su madre aún hay luz. La chica piensa que Yosefina está

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en espera de que ella termine la lectura. Es el insomnio constante a
que se ha sometido los últimos seis meses.
—¿Estás bien? –pregunta ante su puerta.
—Seguro. Ve a dormir. Mañana hay que madrugar para
llegar a tiempo al aeropuerto.
Pero a Lucrecia se le ha espantado el sueño. La lectura de
los papeles le ha atrapado, y quiere terminar. No viajará con ese
cofre en su equipaje. Se repite que sólo lo está leyendo para darle
gusto a su madre. Le acongojan las revelaciones de Mauricio, in-
tenta pensar en Yosefina, en lo que debió sentir al leer estas notas
cargadas de paranoia: depredadores de tortugas, y el “amor” de su
madre arriesgándose en la soledad, ante los cuentos de un poblado
donde todos, al parecer, estaban concientes de la ilegalidad en la
que vivían. En aquellos años, los programas de conservación eran
incipientes. Ahora es distinto.
Recuerda la facultad. Las prácticas de campo. Estuvo tan
centrada en obtener buenas notas, que no se daba tiempo para salir
si no era en actividades de la escuela. Era su deber ser inteligente,
tener las mejores calificaciones; era la hija de Yosefina Morales, una
de las mujeres mas reconocidas por la academia. Y cada inicio de
curso se topaba con la misma cantaleta:
—¿Lucrecia Morales? no me digas que eres hija de la docto-
ra Yosefina. He seguido sus investigaciones en las revistas de ciencia.
Supe que está trabajando con el Fondo Internacional para la Ali-
mentación…, Gracias, sí, algo hay de eso, ella no platica mucho de
trabajo conmigo –siempre igual; Lucrecia no podía fallar, no podía
fallarse de nuevo. No ser la mejor era un insulto para su coeficiente
hereditario, la inteligencia viene en los genes, o al menos, hacía todo
lo posible por creer en eso.
No siempre había sido dedicada. Hubo una época en que
quiso conocerlo y probarlo todo. Lo había hecho en parte de la se-
cundaria y en la preparatoria. Entonces quiso pensar que siendo
terrible su madre se ocuparía de ella, que podía hacer que cumpliera
con las promesas que una vez le hiciera en el hospital, que esta-
ría con ella, escuchándola. Y perdió la virginidad a los catorce, con

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aquel chico siete años mayor; se unió a los grupitos de revoltosos de
la escuela, pero nunca la corrieron del colegio. ¿Cómo expulsar a la
hija de Yosefina Morales?
Pudo darse cuenta a tiempo. Luego que su amiga Laura
perdiera la vida, cuando se fueron de excursión con los novios al
bosque, y aquella cayera los diez metros al intentar cruzar el puente
de sogas entre los pinos. Lucrecia miró el cuerpo inerte de Laura,
los ojos de mirada estática, sin luz y sintió asco, y el hilillo de sangre
que brotaba de su cráneo roto y manchaba la tierra negra. Que pa-
tética había sido la muerte de una mujer tan importante para ella.
Laura era su ejemplo. A Lucrecia le gustaba seguirla en todo. Laura
daba un paso y ella corría para reafirmarlo. Llevaban años juntas,
creciendo tomadas de la mano, deteniendo sus miradas una sobre la
otra, compartiendo sus miedos, el maquillaje, los llantos y la algara-
bía. Más de una vez se arrimaron el cuerpo, durmiendo juntas. Al-
gunos besos sin importancia. ¿Sin importancia? ¿Y este abandono?
¿Y este largarse de la ciudad hacia un pedazo de playa en el culo del
mundo? ¿Sin importancia dices?
No pudo llorarla, la odió tanto por perder la vida de esa
forma tan obscena. Paco, el novio de Laura, se había desbordado
en lágrimas durante el entierro, y Lucrecia ni siquiera recordaba
el nombre del noviecito que le había acompañado en esa ocasión
a la excursión (intentaba sobrevivir a Federico), ni su nombre ni su
rostro. Sólo quedaban los ojos de Laura y todas las conversaciones.
—¿Estás segura Luqui, que quieres darle dolores de cabeza
a tu mami?
—A ella no le importa.
—Si es por berrinche… Si es sólo por amolarla que quieres
destramparte conmigo, puedo entenderlo. Y mira que es la única
vez que lo diré. Te llevo unos años y no quiero ser acusada de que
soy un mal ejemplo. De verdad que es la única vez que lo diré, y me
siento cursi y mojigata.
—No me chingues con eso Laura. Solo quiero que me digas
cuántas pastillas debo tomar para no quedar embarazada.
—Es que apenas tienes catorce años, chamaca.
—La misma edad que tú cuando lo hiciste.

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—Pero yo soy hija de la cocinera, en cambio tú...
—No digas eso cabrona. No tú. Sabes que de esos comenta-
rios vengo huyendo, para que tú también los hagas. Todo es: Yose-
fina esto, Yosefina aquello. Todo es Yosefina. Yo no quiero ser como
ella. He decidido hacer lo que se me pegue la gana, y te lo quise
confiar a ti. Dime si cometí un error al decírtelo.
—Tómate unas cinco pastillas, una sobredosis, para que te
baje en chinga. Pero eso sí, cuídate un poco más. No lo vuelvas a
dejar que termine adentro.
Y ese rostro de ojos abiertos, el hilillo de sangre manchando
la tierra, manchado su nombre, su historia. Laura estaba muerta
y Lucrecia miró hacia delante. Se refugió en los estudios y logró
terminar bien la preparatoria. Estuvo consolando a Paco, el novio
de Laura, el pobre tipo había quedado hecho un pendejo; era a él
a quien su amiga se le había resbalado cuando quiso tomarle de la
mano, para caer los diez metros. Y aunque nadie lo culpaba, Paco
sentía la calavera de Laura robándole el sueño. Sólo podía dormir
luego que Lucrecia le arrancaba la energía en el orgasmo.
Pero Lucrecia se hartó de semejante hombre. Era peor in-
cluso que Federico. Aquel tipo que le había quitado la virginidad, y
por mucho tiempo la cordura; no se puede olvidar el primer amor,
el primer orgasmo, el primer sexo oral compartido y mutuo, No, no
puede negar la fascinación por ese hombre, pero este pedazo de ser
humano de Paco le hartó tanto como para pensar que en el mundo
hay pocos machos importantes para la historia. Pocos hombres son
suficientes para tantas mujeres libres y soberanas, como ella. Fede-
rico era uno de ellos. Bueno, quizá el argumento esté confundido,
reconoció a tiempo que su imagen en el espejo se cruzaba de brazos,
pocos hombres importantes para cada mujer, eso está mejor, se pu-
sieron de acuerdo, y su imagen en el espejo regresó a duplicar cada
uno de sus gestos.
Ella cumplió los catorce y se miró hermosa. No le acomple-
jaba el hecho de casi no tener pechos. Y fantaseó al pensar en esa
probable homosexualidad que gustan los varones. En su afán por
conquistar niñas que aún no tienen el vello púbico completo, cuyos
pechos apenas empiezan a aparecer, y son puro pezón endurecido,

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ahí está implícito el deseo por poseer a un varoncito, y ellos pierden
la cabeza e incluso la libertad si los descubren. ¿Qué tanto los excita
un cuerpo así que les da por rasurarle a sus mujeres la vagina, en pei-
narlas con colitas o vestirlas con uniforme escolar y las calcetas hasta
las rodillas? Hay quienes las visten de saco y corbata, y encima les
pintan bigotito. Su maldita pederastía hipócrita en que se devanean.
Y aunque quieran negarlo ella pudo darse cuenta. Más cuando co-
menzó a pedirle a Federico que la penetrara por detrás, y aquel no
pudo resistirse.
—¿Estás segura que quieres esto?
—Mientras no me lastimes, carajo... –sabía que Federico
no se negaría, al contrario, sería un regalo para él. Y cuando ella
comenzó a devolverle el favor usando sus dedos, él accedió a com-
pensarla, cediendo también. Y se volvieron adictos a las sensaciones
anales. Hubo temporadas con Federico que ella pensaba en sólo dis-
frutar su verga hurgándole por atrás, inundándole el recto con el ca-
lor de su semen, y lo extrañó hasta los mocos cuando terminaron y
ya no podía enterrarle los dedos entre las nalgas velludas de hombre.
Por eso Paco con sus qué cosas dices Lucrecia, te puedo lastimar y mas aún
cuando dijo qué haces, ¿crees que soy puto o qué? le pareció un imbécil, y
más odió a Laura. Despreció tanto sus enseñanzas, comenzó a ne-
garla, y con el tiempo entendió que la amaba, que todo ese rencor
por su muerte era porque había amado más de lo que imaginó a su
amiga.
Fue tan fuerte el sentimiento, que se armó de valor para ter-
minar a Federico. El único hombre que en verdad le había llenado
los adentros. Tal vez eso era el amor, no poder arrancar un segundo
su rostro de la mente. Tal vez la mejor forma de retenerlo era ter-
minar cuando más lo necesitaba. Terminar con él y entregarse a la
amiga.
— Al menos nos tenemos.
— Nos tenemos.
— Ellos nunca entenderían…
— Extrañaremos la penetración.
— No tendremos que abandonarla. Es decir, nos tenemos
¿no? Estamos encima de cualquier relación que se nos presente. Mi

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Luqui…– y le mordía el lóbulo de la oreja derecha, mientras con sus
pies le rodeaba la cadera y sus manos sobaban sus incipientes senos
de pezones puntiagudos; Lucrecia recostada sobre Laura, sintiendo
los pechos de su amiga, sus pezones negros pinchándole la espalda.
Ambas sudorosas.—Ellos nada importan ahora.
—Sólo son un chorro de semen –y volteaba el rostro bus-
cando los labios de Laura –y tú me inundas tanto la boca.
La muerte de la amiga fue uno de los motivos que la hi-
cieron fuerte y dedicada durante la carrera. No iba a fiestas ni a
salidas de campo que no estuvieran programadas. No soportaba el
mundo de tontos que la rodeaban; salir al campo para poder libe-
rar su sexualidad (eso es todo lo que buscan), terminar una carrera
sólo porque si, o para publicar artículos científicos, e intentar ser
respetados. Lucrecia no quería nada de eso, no le importaba el re-
conocimiento, ni el amor (¿qué carajos es el amor entonces?), quería
estar sola, largarse de esa ciudad. Largarse de la vida con su madre,
abandonarla, abandonarse. Estar sola y tomar decisiones propias.
No podía perder el tiempo como los demás. Se conformaba con la
música, las lecturas y algo de marihuana. Laura le había enseñado a
fumar y ella lo disfrutaba tanto.
Luego de vivir la vida en plenitud junto con Laura no le
asustaba que este Mauricio de los papeles que le diera a leer su ma-
dre, insinuara que se traficaba la carne de tortuga en Las Bocas, o
que las estaban matando para utilizarlas en rituales, o que aquel
tipo enloqueciera en una playa de fantasmas y deseos. Lo que no le
queda claro a Lucrecia, era el hecho del aislamiento, “nadie llega a
Las Bocas si no lo autoriza Torrefuerte”. Ya Rulor Miranda le había
mencionado el apellido del dueño del instituto que la contrataba.
—Todo está arreglado para tu viaje. En Mérida te espera-
rán para conducirte a Progreso y de ahí saldrás en bote para Isla
Tiburón, pasarás unas noches conociendo al personal y luego te lle-
varán a Las Bocas.
Saber que se dirige a un puerto privado, hacia las amplias
playas en las que se realiza investigación sobre la conservación de
las especies, la mantienen despierta y entusiasmada, le animan a
continuar la lectura. Ni las recientes llamadas de Federico la alegra-

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ron, como saber que al día siguiente partiría. Y es que Federico está
dentro de su historia, en su mente, en las sensaciones de su carne.
Lo había llorado tanto cuando decidieron terminar, había sido ne-
cesario. Su madre los encontró haciendo el amor, cuando ella seguía
siendo menor de edad, y la había amenazado con correr a Federico
del instituto, Lucrecia sabia que nada impediría que Yosefina cum-
pliera sus amenazas.
—No me importa lo que Yosefina haga. Dime tú qué es lo
que en verdad quieres.
—Quiero que te largues de mi vida. Me tienes harta; ¿acaso
creíste que te amaba? Es a Laura a la única que he amado. ¡Lárgate
y no vuelvas! –y el maldito cobarde se había ido.
Por qué hablaba ahora, qué carajo quería. La verdad era
que Federico no había dejado nunca de buscarla (habló apenas supo
lo de Laura, y no por aprovechar la oportunidad, no, era un tipo
honesto que apreciaba a la mujer que le quito a su chica, si ellas eran
felices juntas; en realidad, nadie mas que él sabía que ellas estaban
juntas no sólo como amigas, y esa confianza Federico la agradecía:
Estás bien, Cómo para que me entierren ahora mismo, dijo ella, y
él tuvo que escucharla), y en todos esos años de la carrera, cuando
ella sentía alguna urgencia por que rozaran su piel, se comunicaba
con él y disfrutaba tanto esas horas de caricias. Pero igual sólo era
sexo, quería convencerse de que no amaba al tipo: los hombres son
sólo un chorro de semen, a veces hace falta su viscosidad pero no
siempre.
Los últimos dos años de la carrera, decidió reconocer la voz
y la mirada de Laura en cada mujer que conociera, y acudió a sitios
donde pudiera encontrar otras chicas que buscaran un desahogo de
energía sin compromisos. Ya era mayor de edad, podía liberar su
mundo sin que nada le importase. No pudo encontrar nada serio,
o no quiso hacerlo, a pesar de la delicadeza, de que ellas se dejaran
nombrar por Lucrecia con el nombre de la amiga amada.
A pesar de eso y de todo, Federico estaba presente. Ella le
hablaba y él siempre venia. Las llamadas que ahora él le hacía, y a
las que ella se negara a contestar, eran el resultado de que Federico
se hubiera liberado del compromiso que había adquirido y pensaba

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que quizá era tiempo de reconstruir en serio su vida con Lucrecia.
Ella no pensaba igual. Seguía odiándolo, odiándose por no poder
amarlo, y sobre todo por necesitar de él cada determinado tiempo.
Odiaba sentirse vulnerable. Lucrecia no quiso tomar su llamada. No
quiso decirle que se iba, que ya no volvería a esta ciudad que le ha
desgastado el pensamiento. Adicta al sexo, quiere conocer nuevos
cuerpos, y no seguir atada al mismo hombre con quien ha sufrido
tanto. El sexo es algo muy diferente del amor, y ella no quiere pensar
más que de esta manera.
Está contenta de ir a una playa privada. En la soledad podrá
recuperar su cordura, enterrar en la arena el recuerdo de Laura.
Mirar en su piel otras manos y no la repetición de los abrazos de Fe-
derico que tantas veces le colmaron el sentimiento. Ha tenido otros
novios, diversas mujeres, pero su mente no ha podio abandonar la
respiración clara de Federico, ni las manos y la risa desordenada de
Laura.
Sentada en la cama, con los papeles en la mano, divaga en-
tre el rostro de los personajes que formaron su historia y el momento
actual de esperar partir a un nuevo encuentro con ella misma. Gira
junto a ella la voz tartamuda de Rulor Miranda que la saca del en-
sueño, y el comentario sobre la dificultad de entablar relaciones con
los pobladores, y piensa que le da gusto que gente de dinero pueda
realizar ese tipo de retribución al ambiente. Dejar algunos miles de
pesos en investigaciones sobre la conservación de las especies, algo
que den, carajo. No hay problema en que las playas sean privadas,
al contrario, Lucrecia cree que será más fácil tratar con los poblado-
res, por estar controlados por los Torrefuerte. Necesita llegar a Las
Bocas lo antes posible, y dedicada al trabajo no tendrá tiempo para
la nostalgia. La historia de Mauricio se descompone:
“—En las playas vírgenes, los marineros dictan las leyes: y
esa ley es la violencia, partirle la madre al que no le parezca —la
idea no fue sólo de los pescadores, me dijo Nicanor noches después
cuando fui a verlo a su casa, ya de madrugada. Fue todo. Una com-
binación de eventos, los pasos inciertos del destino sobre una huma-
nidad tan limitada: la soledad, la virilidad de los cuerpos rudos y casi
en cueros, el alcohol y las hormonas, la adrenalina y el gruñido del

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oleaje, y en parte, las historias que el sacerdote Felipe había estado
inventando acerca del poder que da el actuar al amparo de la noche.
Todo lo que hacía para emborracharse gratis, ganarse a la gente a
como diera lugar. Planear con ellos las visitas a los puertos vecinos,
beber, robar, secuestrar”.
Lucrecia sabía lo que era actuar al amparo de la noche.
Acompañaba a Laura a comprar la hierba a los barrios bajos de la
ciudad. Incluso Paco se moría de miedo como el maricón que siem-
pre fue, y se supone que lo llevaban para que las defendiera. Laura y
ella, en cambio, sabían ser exigentes con la mercancía que pagaban.
Más de una vez se liaron a golpes con los vendedores.
—Golpear y correr, ¿entendido?
—Después de ti —decía Lucrecia siempre que Laura de-
cidía regresar por su dinero si la hierba había resultado de mala
calidad. El rostro de esa gorda, que entre las dos había pateado hasta
cansarse.
—No vuelvas a intentar engañarnos –y las patadas en todo
el cuerpo. La gorda llorando, gimiendo, y Laura estallando en risa.
Lucrecia la había derribado, y fue la última en dejar de patear.
—Esta desmayada, vámonos. Ya déjala –y Lucrecia seguía, seguía.
—¡Déjala ya, coño!
“El Tajo fue incendiado por los pobladores de Mina de Oro,
que exigían mejores tratos. Por eso fueron trasladados por medio de
la fuerza al campamento que el general nombraría: Las Bocas. Ya
Torrefuerte sabía del pocito y el campamento de pescadores. Estaba
enterado que ahí vivieron tres curas franciscanos intentando cate-
quizar a los pescadores que bajaban a la playa. Sabia de los sucesos
ocurridos, y había protegido a los asesinos.
Por eso envío a Las Bocas a los trabajadores inconformes
de El Tajo, junto con sus familias. Ahí aprenderían amar a dios. Y
el propio Torrefuerte sería su dios, sólo por medio de él, aquellos
hombres, que en un arranque de rebelión quemaron la fábrica de
cerillos, podrían obtener los recursos para vivir. Los tendría a su dis-
posición, para cumplirse los caprichos de dominación que seguían
en su carne luego de las andanzas en la revolución, sus ansias de
jugar con el género humano.

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Ellos le brindarían esa oportunidad. Los habitantes exilia-
dos, secuestrados, lo sabían, intentaron defenderse, pero el arma-
mento de la gente de Torrefuerte y su capacidad de no ceder en
su empeño, fueron suficiente para arrojarlos a la costa. Los tiraron
de los barcos a más de doscientos metros del bajo más cercano a la
playa, mientras el general decía:
—Que no se diga que yo los he matado, de acá podrán lle-
gar a la playa si se lo proponen. Los que no lo logren será porque no
están preparados para enfrentar el futuro. ¡Qué sobreviva el fuerte!
Con la risa mortal de la venganza, el general Torrefuerte, junto con
cinco de sus guardias, pisaban las manos de los que intentaban subir
de nuevo a las lanchas. Los niños se ahogaron, sólo cinco de ellos
lograron salvarse. De las ciento cincuenta y cinco personas que To-
rrefuerte arrancó de Mina de Oro, menos de cuarenta llegaron a
Las Bocas, y esto no fue un triunfo, algunos piensan que hubiera sido
mejor morir ahogados.
Nicanor haría la vez del arcángel Miguel, hacer que nadie
escapara del recién formado puerto; para levantar su espada de fue-
go, el dardo de su voz, esa violencia tan querida, y que afirmaran sus
músculos, en esa soberbia de saberse atrevido y vale madre. Era el
mejor custodio que necesitaba el general. Torrefuerte les brindaría
todo lo que necesitaran, y ahí los mantendría hasta que se hartara
de ellos y decidiera su futuro. Tenía que pensar para qué le servirían
estos hombres, y mientras lo hacía, quedaban a merced de Nicanor.
Quien por cinco años había ido armando el campamento de Las
Bocas, luego de aquella discusión que lo empujó, junto con su gente,
a enterrar vivos a dos de los sacerdotes.
Felipe se quedó con ellos. No podía regresar a la orden fran-
ciscana sin sus hermanos, muertos ahora. Felipe junto con Nicanor
decidieron pedir la protección a Torrefuerte, cuando la gente de éste
último descubrió el campamento y los trajo ante el general; Torre-
fuerte pensó que alguna vez le servirían, y les dio la protección que
necesitaban. Los dejó vivir en esa playa. Los escondió de las auto-
ridades diciendo que se habían ahogado. Dejaron de existir desde
entonces. Llegó el tiempo de cobranza, y luego de la rebelión en
El Tajo, tomó la decisión: enviaría a los pobladores a Las Bocas, y

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Nicanor, Felipe y los demás los obligarían a quedarse ahí. Escon-
didos, perdidos del mundo, a su merced. Ahora Torrefuerte tenía
que pensar aprisa, Nicanor y su gente, no tendrían piedad, y si se
atrasaba quizá sería tarde y los hubieran matado a todos. Nicanor
ayudó gustoso al traslado de la gente. Entre las mujeres regresaba
Mariana Nadal, ahora con dieciséis, para acordarse que la habían
utilizado junto con la Arminda para inaugurar el rito, la tarde en
que enterraron vivos a los sacerdotes. A Mariana la habían llevado
moribunda a Isla Tiburón, y de ahí, al sanar fue enviada a trabajar
en El Tajo. Solo se quedaron con Arminda, a quien poseyeron y
torturaron durante meses, hasta que escapó de su jaula y no volvie-
ron a verla. Encontraron huellas en la arena con dirección al mar.
Pensaron que se había ahogado y esperaron que saliera a la playa su
cadáver. No sucedió. Creyeron que algún animal la hubiera devora-
do, pero tampoco parecía real, y ya luego comenzaron a pensar que
quizá se volvió un remolino de arena, cualquier posibilidad ya era
aceptable, pudo ser agua, o viento, irse hacia el sol, cualquier cosa
menos el dolor de los golpes, las violaciones, los desangramientos
que sufría mes a mes, cada que todos encendían de nuevo el ritual
de su abandono, el rito de unión que tenían los pobladores y las tor-
tugas que llegaban a desovar a sus playas. Todo con tal de estar lejos
de Nicanor y Felipe, lejos de sus dientes podridos, de sus corazones
de mantarraya, y su labor de cuchillo.
La primera noche que arribaron los exiliados de Mina de
Oro a Las Bocas, Nicanor y los suyos mataron a la mitad de los
hombres para quedarse con sus mujeres. Los que se doblaron desde
el principio, tuvieron que aceptar las condiciones de Nicanor y Fe-
lipe, sufrir despacito, sufrir con el tiempo. Servir a Torrefuerte. Ser
su propiedad. El doctor Ambrosio fue el último en llegar a vivir al
poblado, luego de graduarse en la capital. Había sido fundador del
campamento con Nicanor, pero se fue a estudiar medicina. Él fue
quien había llevado a Mariana a vivir a Mina de Oro (rescatarla
del mismo destino de Arminda), para trabajar en El Tajo, con la
anuencia de Torrefuerte. La chica recibió varias operaciones en la
capital, para reconstruirle el recto, la vagina, sanarle las heridas del
cuerpo y del rostro. Estuvo recluida en un instituto mental con el fin

49
de aquietarle la sombra de sus pensamientos. Ahí se hizo fuerte y de
penetrante mirar. Confiando en Ambrosio quien le prometió jamás
abandonarla. Mariana acentúo el poder de su mirada fija, hirien-
te, desquiciante, juzgadora. Luego fue regresada a Mina de Oro,
mientras Ambrosio estudiaba en la capital. Torrefuerte necesitaba
un médico de confianza, y él estuvo dispuesto a volver a Las Bocas.
Mariana había regresado cuando el general los tiró a todos al mar.
Ella nadó hasta la playa, y se quedó mirando hacia la barca del ge-
neral y consiguió apagarle la risa.
—Vámonos –dijo el viejo, y mientras regresaba a Isla Tibu-
rón fue construyendo el rostro de la chica que se le había quedado
viendo con fijeza. Tuvo que regresar a someterla. Torrefuerte man-
dó traer a Ambrosio porque hacía falta quien se hiciera cargo de
los habitantes, para la cuestión de curar heridas, proteger de enfer-
medades, practicar abortos. Después de su llegada nadie más lo ha
hecho.
—Desde que llegaste hiciste todo para recuperar a la Mariana.
—No digas mas viejito, que luego todo se complica, usted lo
sabe; ella necesitaba protección, —le respondía Ambrosio atrapan-
do entre sus manos la mano, marcada por la coloración verde de las
venas, del anciano –siempre necesitó protección— yo sólo miraba
los rostros tensos de ambos durante la plática. Martín, ese chaparro
de amplia frente estaba al alcance de una mirada para actuar si Am-
brosio lo necesitaba.
—Y Torrefuerte siempre quiso tenerla con él. –el anciano
comenzó a reír hasta que Ambrosio lo calló de un puñetazo. Nica-
nor cayó de espaldas al suelo y llegó Felipe para llevárselo. Martín se
puso delante de Ambrosio enseguida, apretando los puños.
—No quiero pleitos ahora. Llévatelo Felipe, tienes que ha-
blar con él –señaló doña Susana mientras encendía un nuevo cigarro.
Soy un intruso, una sorpresa, un juguete para estos hom-
bres. Un inquilino no deseado. La risa de Nicanor todas las noches,
como el aullido de una bestia que se pasea por las polvosas callejas,
alimenta mis pensamientos de ideas imprecisas, de ruidos innaturales
y sospechas, no quiero volverme paranoico, pero el rostro de todos
ahora me es diferente, creo que todos me observan con intenciones

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de lastimarme, algo los contiene, quizá es el saber que Torrefuerte
me ha traído, y no quieren enojarlo. Si pudieran me lastimarían.
—De todo lo que te dice Nicanor, cree la mitad, no sabe lo
que habla, ya no da más su mente. Los años, ¿comprendes? —me
advirtió el doctor Ambrosio cuando lo descubrí en mi cabaña re-
visando las notas que dejé sobre la mesita donde suelo escribirte,
Yosefina.
—Historias de viejo; hace usted bien en escucharlo, eso le
ayuda. Y está bien que lo escriba, da gusto que alguien practique la
literatura en estas tierras –dijo el doctor al dejar mis papeles, mien-
tras abandonaba la cabaña. Pasó junto a mí sin voltear a verme, y
sentí que algo se había roto en nuestra amistad.– Cuando pueda,
haga el favor de pasar por la clínica, deseo mostrarle algo –Me pidió
con una calma excesiva. Sentí que lo había traicionado al contarte
todo esto. Yosefina, si me leyeras y pudieras reconfortarme. En oca-
siones yo mismo suelo estar convencido de las palabras del doctor:
son historias de un viejo loco. Pero ese mutismo de los pobladores,
detenerse a mirar el ir y venir del oleaje sobre la playa, donde to-
dos participan sin excepción. Mirando el mar, con la respiración
contenida, hasta que las olas se detienen y el mar es una alfombra
bajo la tenue luminosidad de las estrellas; recuperan el movimiento
y caminan de regreso al poblado, es señal de que algo sucede que no
alcanzo a comprender aún.”
Lucrecia deja de nuevo los papeles. Mira alrededor y su
cuarto le parece tan ajeno. Esta es su última noche en casa de su
madre. En esa casa que tantos recuerdos le ha dejado. ¿Qué pasará
a partir de mañana? La sensación le hace cosquillas en el estómago.
Piensa en Yosefina, piensa en Mauricio, en Federico y en Laura, en
la forma en que aquel hombre de los papeles se dirige a su madre.
“El general Torrefuerte, después de ver desaparecida su em-
presa de cerillas por el incendio; de darse cuenta que nada podía ha-
cer por salvar su economía en esta zona, tuvo que conformarse con
sus empacadoras de pescado, con las que amasó su última fortuna,
desde Isla Tiburón. Yosefina, mi adorada pantera blanca, quizá no
vuelva a verte. Cada día tengo la certeza que no podré salir de acá.
Que ha llegado el punto final de nuestra historia, pero me aferro a la

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idea de buscar escapar. Necesito verte. El viejo general, decidió vivir
sus últimos días en Isla Tiburón como refugiado y, desde esa trin-
chera, mantuvo el contacto con los pobladores de Las Bocas. Tuvo
un hijo que luego le daría un nieto amado. Construyó las casas y el
atracadero de Las Bocas, y mantuvo en su poder poblado y gente,
sin que nadie estuviera enterado de la existencia de este puerto.
—Qué bueno que vino. ¿Le ofrezco algo de tomar?
—No. Vine por que usted me ha dicho.
— No creo que deba seguir yendo al café. De eso quiero
hablarle. En realidad no estoy de acuerdo en qué usted esté viviendo
entre nosotros. No se trata de usted, Mauricio, en otras circunstan-
cias quizá me cayera usted bien, y yo le brindaría mi amistad. –entró
Mariana, caminó hacia Ambrosio, se arrodilló junto a él, sin dejar
de mirarme, y le cogió de la mano. Ambrosio comenzó a acariciarle
la cabeza, metiendo sus dedos entre los cabellos de la mujer. Ella me
miraba y cedía a las caricias del doctor, se veía tan tranquila.
—No tengo mucho que hacer. Y le agradezco el comenta-
rio, pero entienda que ir al café es la única diversión que tengo en
todo el día. Si yo no fuera al café, si no tuviera tan sólo ese contacto,
el silencio me destrozaría.
—Es por eso que quiero pedirle que mejor venga acá a la
clínica. Verá usted, el padre Felipe anda muy indispuesto, hace días
que no aparece, y creemos que la borrachera que tendrá cuando
aparezca pueda volverlo violento, y usted ya lo vio regañando a Ni-
canor. Además, el viejo no se calla desde que usted llegó. Usted le
hace bien, pero quizá demasiado. Tanto que pueda resultar molesto.
Las historias de Nicanor sobre el puerto nos tienen harto, entiende.
Vivimos y ya. Las Bocas es tranquilo porque queremos que lo sea, y
no está funcionando revivir pasados que a nadie le interesan ya.
—¿Doña Susana le ha pedido que yo no vaya al café?
—Yo me he atrevido. Venga acá a la clínica. Mariana le
hará compañía.
—Y si no le hago caso –el doctor miró a Mariana. Ella le-
vantó la vista y continuó mirándome.
—Será su decisión. —Se levantó bruscamente. Con la ro-
dilla empujó la espalda de Mariana quien se inclinó hacia delante

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y con sus manos impidió caer de cara al piso. El doctor aporreó la
puerta al salir.
Esa noche me quedé en la cabaña. Era de madrugada cuan-
do Nicanor tocó a la puerta: Torrefuerte nunca logró mezclarse con
los pobladores del puerto. Ni aún cuando, luego de los primeros dos
años, la carne de Marianita comenzó a trastornarle las jornadas.
Fue el tiempo que más veces viajó el general a Las Bocas. En la casa
donde ahora está el templo, Torrefuerte se servía de la carne de
Mariana Nadal, tratando de avivar las carnes que habían brinda-
do tanto poder a muchas otras hembras: solo un hijo porque así lo
quise, siempre es así, tengo lo que quiero, y lo que quiero siempre es
bueno para todos, y ahora será bueno para ti. Pero llegó Ambrosio a
arrebatársela.
—Mariana se había acostumbrado tanto a la carne vieja.
Dime Ambrosio ¿cuándo estás con ella, te llama general? –y la risa
destartalada de Nicanor. Aún recordaba esa broma que le había ju-
gado. Entendía las razones del doctor para pedirme que no fuera al
café.
El general no dio pelea en el asunto, no quiso hacerlo. Ya el
tiempo comenzaba a hacer mella en la salud de su cuerpo, le comen-
zaron a fallar las piernas, la vista. Para entonces su hijo Saúl entraba
ya en la adultez, y comenzaba con el despilfarre de la fortuna yendo
a la capital, y viviendo en el alcohol y las apuestas. Por eso el general
abandonó Las Bocas, la piel de Mariana y pensó rescatar al hijo.
No lo consiguió. Cuando el general quiso regresar a la morena piel
de Mariana, Ambrosio fue la barrera que se lo impidió. Y no tenía
ánimo para pelear con tan buen soldado, como le gustaba decirle al
doctor, igual que a Nicanor, quienes junto con Felipe se encargaban
del manejo de Las Bocas. Nicanor era su mano dura en el poblado,
hasta que junto con Felipe, sacaron de órbita la tradición del ritual
que habían inventado. Arminda comenzó a aparecerse en la playa y
el tiempo se detuvo para todos. Empezaron las tormentas de arena
que cada año se presentan de forma violenta con la finalidad de
enterrarlo todo. Primero fueron sólo sus huellas, saliendo del mar y
entrando de nuevo. Rastros de tortuga y al lado, pequeñas huellas
de pies humanos. Felipe fue el primero en pensar que se trataba de

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Arminda. La forma de su desaparición, las huellas entrando al mar
como lo único que habían encontrado, no recuperar su cuerpo. El
miedo comenzó a recorrer las casas, la gente acudía al sacerdote,
valiente ánimo podía darles un hombre sumido en el alcohol, que no
recordaba ni el credo.
Torrefuerte amó a la Mariana Nadal, de eso no puede que-
dar duda –afirma Nicanor —(ella siempre lo odió, pero se acostum-
bro a esa especie de incesto), la morena sufrió bajo su cuerpo, bajo
sus órdenes y por el residuo de una pasión que el general no podía
contener. Fue el tiempo detenido lo que les hizo separarse. Los ha-
bitantes siguieron envejeciendo algunos años. Luego de las primeras
apariciones de las huellas de Arminda en la playa (¿cómo pueden
creer que se trata de Arminda, sólo porque un día desapareció?). Las
células de los habitantes de Las Bocas continuaron el viaje hacia la
decadencia, con lentitud. El ritual había llegado al límite. Siguen en
ese estado.
¿Qué te estoy contando Yosefina? Ayúdame a entender.
Quizá pienses que estoy loco, yo mismo creo estarlo. La arena le-
vantada, el ulular como gemidos humanos, las huellas en la playa,
el ritual de espera. Las historias que me han contado. Todo es un
sueño del que quisiera despertar para mirarme entre tus brazos, de
nuevo en la facultad, en el departamento, en el jardín botánico. Pero
no, estoy acá enloquecido por la soledad, creyéndoles. Sintiendo que
soy uno mas de éstos hombres detenidos en el tiempo.
El general Torrefuerte continuó envejeciendo, vio morir a
su hijo, y al fin se dio descanso, dejando sus millones y el Islote a su
descendencia. De ahí surgió este bruto de Erik que me ha contratado”.

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Capítulo CUATRO

El polvo es el alfa y el omega. ¿Y si fuera el verdadero dios?


—Alfonso Reyes, Palinodia del polvo.

Viajó a Las Bocas durante una década agitada. Las represiones se-
tenteras marcaban el ánimo en su vida. La naturaleza comenzaba
a ser tomada en cuenta y las protestas no se hacían esperar en las
grandes ciudades, el ambiente comenzaba a resentir los errores de
los poderosos al hacer la transformación de los recursos y a muy
pocos les importaba. Mauricio comenzó a pensar que alguna vez
tendría que tener una razón su existencia.
Estaba detenido en el corredor de la universidad, horas de
esperar para saber en que grupo de la licenciatura en biología había
quedado, su padre le había dicho que siempre lo apoyaría, atrás
quedaban las tristezas por la muerte de su hermana y el silencio de
su madre. Mauricio Cuevas había salido bien de los exámenes de
admisión. Se sentía entusiasmado, era hora de escoger las materias,
de conocer a los compañeros. La escuela le esperaba, y el ambiente
vestía todo de rojo.

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—Es hora de cambiar las cosas. –la sentencia estaba en to-
dos lados, en las cátedras, en los volantes, en los discursos y las mo-
vilizaciones— de generar el Caos, darle la vuelta al mundo, voltear
la tortilla antes que se queme, —¿por qué la prensa no era eco de
la visión de los universitarios? La educación hará libre al hombre.
Los volantes llegaban hasta sus pies. Cuántas veces no subió con los
compañeros a los camiones a realizar la colecta. El 68 no se olvida.
Liberen a nuestros compañeros. Él no podía quedarse aparte. “Ya
no se puede convencer a la gente de las ciudades. El campo…, ahí
es donde debe sembrarse la semilla. Acá, la prensa y los políticos, la
corrupción todo lo ha desecho, las ideas nunca permearán”. Y no
solo él había planeado salir de la capital; el cambio debería darse en
provincia e ir empujando. Este maldito centralismo que nos hace
sentir superiores. Apunta su nombre y su vida de universitario em-
pieza.
—Haré todo lo que pueda para mandarte dinero. Ahora
que te vas, espero no consumirme en el silencio de tu madre —y el
hombre se fue secando, juntos se fueron secando en el recuerdo de
la hija muerta, del hijo que se había ido a probar suerte a la capital.
Será mejor que nunca regreses, era el pensamiento de su padre y
Mauricio supo, al separarse del abrazo de despedida, que sus viejos
formarían parte del polvo de ese pueblo que ahora se iba haciendo
pequeño detrás del vidrio del camión que lo llevaría persiguiendo
una oportunidad. Polvo-arena, arena polvosa, polvorienta arena de
polvo en polvo, arenándose los huesos, así sería su destino, fue for-
mado en el polvo y perseguía esos granos que le marcaban el futuro
en el horizonte.
La entrada del comunismo en América, había teñido de
sangre los pensamientos. Desde los pasillos de la universidad, Mau-
ricio iba formándose los ideales que lo aventaban sobre la vida que
pronto debía asumir, entrar en la adultez como un profesional de
conciencia.
La conoció. Yosefina comenzó a llenarle las expectativas,
había alguien para compartir la lucha. Juntos eran invencibles. To-
das las conversaciones eran explicadas por el método científico. El
atardecer les llevaba a platicar sobre los ciclos del sol, el big bang,

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y los hoyos negros. De ahí seguían hacia las profecías del quinto
elemento, de los planetas no alineados, de la guerra fría y el capri-
cho del Vietnam, estamos en la época, algo cambiará, lo percibo, le
había dicho a Yosefina.
—No tienes que luchar contra todo el mundo. Gira y cambia
por si solo, no puedes notarlo. Todo es la misma y vana mutagénesis.
—Quiero estar ahí. Verlo, palparlo, ser parte de.
—Y morir patéticamente en una redada. Los guerrilleros
están pasados de moda. No todos somos Castro, lo sabes.
—No quiero ser ni Castro ni Cien Fuegos. Países por liberar
no están en mis planes. No quiero emular a nadie. Me voy por las
pequeñas cosas que puedan marcar la diferencia. En la provincia
deben darse los cambios. No tienen la mente saturada de poder.
—¿Qué dices?
—Este país es de risa. La gente es patética. No quiero luchar
por nadie. Sólo quiero estar ahí. Se que algo pronto ocurrirá y quie-
ro ser parte. –Mauricio estaba dentro de una metáfora, sin enten-
derla. Todas las piezas iban poniéndose en el lugar adecuado para
lo que pronto iba a ocurrir. Yosefina prefirió dormirse, le gustaba
dormir en sus brazos mientras él le iba descubriendo el mundo, iba
hablando de sus teorías para componer la humanidad. Ella se sentía
plena. Tenía el mundo que quería dentro del puño, palpitaba y se
endurecía y activaba las señales de su cuerpo para que en el silencio
volviera a dejarse penetrar, otra flacidez y el puño conteniendo a su
hombre.
Mauricio viajó al sureste para mirar el mundo desde esas
trincheras. Apenas pisando las tierras secas y calurosas, se dirigió
al primer sitio que le permitiera ganarse algún dinero trabajando
en la costa; visitó una empacadora que Erik Torrefuerte tenía en la
ciudad. La idea era conseguir algún empleo que le permitiera pasar
los días cerca del océano.
—¿El océano, eh? —le había preguntado el hombre encar-
gado de la empacadora, sin levantar la vista de los papeles donde iba
mirando la historia de vida de Mauricio Cuevas.
—Estoy a unos meses de presentar la tesis, pero puedo aceptar
cualquier trabajo que me ofrezca. Lo que quiero es estar en la costa.

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—¿El mar, eh?, ¿Cualquier empleo, eh? ¿No te gustaría tra-
bajar como biólogo? Entonces para que carajo lo estudiaste —le dijo
a quemarropa Montañez, tirando los papeles en el escritorio. –Los
universitarios no sirven para una puta madre, estudian y estudian
y nunca hacen nada. Y luego quieren venir a conquistar a provin-
cianos. Ustedes los capitalinos son patéticos, todo lo conocen por
teoría, pero jamás se les ha ocurrido que la vida del país la crea la
provincia –Se agarró los huevos. —Necesitan esto para joderse un
poco y aprender. ¿Podrás niño, podrás?
El hombre fornido seguía sentado, apoyando los pies sobre
el escritorio. Un cigarrillo humeaba en el cenicero de cristal. Miran-
do con fijeza el rostro del futuro biólogo. El casi biólogo tenía que
decirle que por eso estaba acá, que esa es la idea de venir a soportar
a un pendejo como usted, pero prefirió sonreir como diciendo, sí
tiene razón, mientras pasaba los ojos por el escritorio. Sentía ganas
de largarse de ahí, era demasiado soportar a este tipo, luego-luego
se veía el rostro del explotador, pensaba, pero quería el empleo, y
sabía que el hombre detrás del escritorio se había interesado en él.
Lo supo porque si no ya la hubiera despedido, y no lo hacía.
—Me gustaría trabajar de mi carrera. Pero esto es una em-
pacadora, y aún no tengo el título.
—En este país los títulos nada importan. ¿No conoces la
Constitución? –y el hombre río para sí mismo. Tomó el cigarro y
Mauricio pudo ver una letra “m” grabada en el dorso de su mano.
El hombre notó que aquel muchacho empezaba a impacientarse.
Quería joderlo un poco más. ¿De qué era capaz este chico?
Montañez disfrutaba hacer enojar a todos, le gustaba que lo retaran.
A cuántos hombres no les había sacado las tripas con el cuchillo
que siempre cargaba con él, colgado al cincho. “Vamos niñito que
esperas” pensó y se puso de pie para soplar el humo en el rostro a
Mauricio. “No eres mas que un capitalino asustado” le decía Mon-
tañez con la mirada fija.
—¿Me dará el trabajo o no?
—¿Cómo fue?, ¿Qué dijiste? —Montañez intentó salir de
atrás del escritorio y enfrentar a Mauricio y el teléfono sonó. Se de-
tuvo, dio unos pequeños pasos hacia atrás, mientras el joven soltaba

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el aire que había retenido. El hombre de rostro endurecido, con la
mano ostentando aquel tatuaje de la “m” cogió la bocina del teléfo-
no. Se dedicó a escuchar lo que le decían por el aparato mientras se
iba rascando la mano del tatuaje con que tenía cogido el auricular;
miraba de reojo al joven que se mantenía sin moverse con la vista
hacia el frente. Cuando el hombre del teléfono se dio cuenta que
Mauricio lo veía de reojo, dibujó una sonrisa de burla en el rostro y
comenzó a pasarse un dedo de la otra mano sobre el tatuaje de la “m”.
—Sí señor. Sólo uno ha llegado... Bueno, tal vez vino algún
otro, pero… ya no están... –hizo una pausa y sonrío irónico, recor-
daba a los más de cinco solicitantes que habían acudido a la entre-
vista de trabajo. Durante toda esa semana la compañía Torrefuerte
publicó en la prensa el anuncio: “Hombre menor de treinta, que
sepa bucear”. —No los pasé por que no eran tipos que parecieran
de confianza. Bueno, bueno, está bien... aun queda uno, eh... tiene
cara de pendejo –dijo mirando a Mauricio, esperando su reacción
—…en su hoja de vida dice que ha buceado antes. Se lo llevo ahora
mismo.
Colgó el teléfono. Levantó de nuevo la vista y dio una últi-
ma chupada a su cigarro. Luego lo apagó sobre el cenicero de cristal.
Puso ambas manos en el escritorio y se inclinó hacia Mauricio.
—Te daré un consejo. Tienes que tenerme miedo para que
nunca, y escúchalo bien imbécil, nunca vuelvas a hablarme en ese
tono, ¿has entendido? –y mientras le hablaba, mantenía el dedo índice
elevado junto al rostro de Mauricio, enseñándole la letra del tatuaje.
Mauricio se quedó callado.
—Ahora sígueme. El jefe quiere contratarte. –cogió los pa-
peles del chico de sobre el escritorio. El biólogo lo dejó pasar junto
a él. Montañez se quedó en la puerta. Mauricio no se movía, su
mirada seguía sobre el cenicero de cristal en que aún se consumía la
colilla. El humo apenas era un hilillo tenue.
—¿Vienes o qué? –dijo Montañez arrugando los papeles.
Ante el sonido Mauricio apretó los puños. Luego sonrío, se dio la
vuelta. Su vista era dura, pero dijo de forma amable. –Le sigo.
Mauricio había trabajado como instructor de buceo en al-
guna playa del país, pero sobre todo lo hizo en balnearios de la capi-

59
tal; con eso aligeró la carga de su padre para completarse la carrera,
su madre pasó del silencio a la inmovilidad, y su padre tenía que
hacerse cargo de su esposa —¡qué extraño es el amor!, pensó en
aquel tiempo—, fue mientras concluía los estudios de licenciatura
en biología; instructor de buceo, eso era su currícula cuando se pre-
sentó ante Torrefuerte.
La conservación de las especies, esa moda que estaba per-
mitiendo la apertura de nuevas oportunidades de trabajo, había des-
pertado el interés del dueño de las empacadoras. Viviendo en una
zona rica en playas y arrecifes es necesario llamar la atención de
los inversionistas extranjeros, y que mejor que con una conciencia
conservacionista, le dijo a Cuevas luego de estrecharle la mano y
hacerlo sentar. Montañez quedó de pie al lado derecho del escritorio
de Torrefuerte. El hombre sobre quien Mauricio ponía su oportu-
nidad de trabajo vestía el blanco con pulcritud, camisa de algodón,
pantalón de lino, y sombrero de palma. Esta idea de altruismo de
Torrefuerte llevaron a Mauricio a presentarse a ocupar esta plaza
de investigador, en el Centro de Investigaciones de Isla Tiburón que
acababa de ser fundado, y Erik Torrefuerte lo envío primero a filmar
unos documentales sobre biología de peces a los arrecifes, en el sur
del estado. Deja que el mar te conozca, aprende a no tenerle miedo.
Cuevas fue siempre un hombre de ideales, esas utopías en
boca de todos que circulaban durante los setenta, que masacraba las
mentes de los universitarios. Al entablar contacto con los pescado-
res, vio la posibilidad de ser partícipe de una nueva revuelta. Revolu-
ción de ideas, las teorías al campo de los hechos, que los pescadores
reciban el trato que todo ser humano merece. La recompensa justa
de acuerdo a su esfuerzo. Cuevas comenzó a involucrarse con sus
problemáticas. En más de una ocasión se involucró en discusiones
con el comisario del puerto donde había sido enviado, para que se
hiciera justicia a los hombres de mar.
—Vamos Chemir, sabes que la cuota es insuficiente por el
producto que ellos entregan, como para que además les quieras ase-
gurar las barcas.
—Nada puedo hacer. Los destrozos en la cantina, alguien
tiene que pagarlos.

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—Fue un altercado sin consecuencias, y no hubo nadie las-
timado, sólo es un pretexto para chingarlos.
—Es, como es. No voy a estar permitiendo que por cual-
quier pretexto hagan escándalo.
—Pero fueron provocados. Andan desesperados con esto
del norte que pegó, no han podido salir…
—Tú ni eres de acá, así que mejor no te metas. No vayas a
salir rayado…
—¿Me está amenazando comisario..?
Chemir dejó de contar el dinero de las cuotas que los pesca-
dores le entregaban y levantó la vista hacia el biólogo.
—Así es…—dos de sus hombres caminaron hacia Mauricio
Cuevas, uno de ellos, abrió la puerta. Mauricio entendió que tenía
que irse.
Todos sabían que la lucha de Mauricio era estéril. Chemir
fungía como comisario, pero estaba bajo las órdenes de Torrefuerte,
quien además de ser dueño de las empacadoras, tenía bajo su nom-
bre las embarcaciones, los almacenes y las cantinas.
—No se desgaste biólogo. Hay que picar mas arriba si quie-
re que le escuchen.
—Pues haré lo que sea necesario.
—Deje las cosas como están, no sea que llame demasiado la
atención, y entonces luego no podrá esconderse.
—No pretendo hacerlo.
No todos los pescadores tenían barcas, había que contratar-
se con algún cooperativista, y estos eran manejados por los empre-
sarios, al final, tenían que vender los kilos del producto que obtenían
en el mar, a un precio ínfimo, y los cooperativistas lo vendían a un
costro tres veces mayor. La ley del intermediario. Los empresarios
además eran comandados por Torrefuerte, quien les hacía favores,
por lo que estaban en deuda. Los pocos pescadores que tenían sus
propias embarcaciones tenían que suplicar para que les compraran
su producto, y por eso, los habitantes de los puertos, apenas sobrevi-
vían. Eso aunado a que las cantinas y los bares daban a crédito sus
productos, y que pertenecían a los mismos dueños de las empaca-
doras, hacía que los pescadores, en el mayor número de las veces,

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trabajaran de gratis. Se les retenían pagos para cubrir las deudas de
sus borracheras.
En la casa que la compañía Torrefuerte le había asignado,
don Roberto no bebía desde la discusión con Montañez, para de-
fender a su hija. Pero mucho tiempo no soltó la botella, sumido en
la desesperación que nos deja la tristeza ante la pérdida de la pareja;
luego de la muerte de su esposa, Roberto Burgos fue reduciéndose
con la intención de que el mar, el sol y el alcohol lo consumieran;
luego de ver a su hija luchar por sobrevivir ante el ataque de Mon-
tañez, Roberto Burgos supo que era tiempo de salir adelante, aho-
ra había abandonado la bebida y ya tampoco estaba dedicado a la
pesca. Había sido contratado por Erik Torrefuerte para acompañar
y mostrar los arrecifes a Mauricio, para la filmación de los documen-
tales. Roberto solo tenía una hija de apenas quince años, Francisca.
Ella los acompañaba en los recorridos a los arrecifes.
—Habrá que hacer algo Yos. No puedo estar tranquilo ante
todo esto. —Mauricio Cuevas le escribía seguido a Yosefina.
—Cálmate y piensa las cosas bien. Yo estaré contigo pronto
–era la respuesta. Que más podía decirle ella, que luchaba contra el
tiempo para terminar la tesis, y los experimentos de hidroponía que
llevaba al cabo no resultaban aún lo que ella y sus tutores esperaban.
–Calma amor, nada puedo hacer ahora, no puedo ir a ti todavía, no
hasta que todo quede listo.
En casa de Roberto, Mauricio tuvo la oportunidad de cono-
cer y entusiasmarse con la vida junto al mar. Por las noches los pes-
cadores venían a compartir las historias de oleajes y atrevimientos,
las fogatas se hacían en la playa, Mauricio miró en estos hombres
la voluntad para seguir adelante. Ideas, ideas con las que nada se
conseguía.
Torrefuerte, nieto de un general de la revolución, sabe que
para ser revolucionario se necesita llevarlo en la sangre. No leyendo
novelitas y creyendo los ideales de los demás. Mucho menos pensan-
do emular los pasos de alguien como Castro que tuvo tanta suerte, y
así es como vislumbraba a Mauricio, alguien investido de teoría, pa-
labras, sueños, que no conocía de realidades, porque no las enfren-
taba. Se necesita tener grandes los huevos para tomar las decisiones

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que se tengan que tomar, y el general Torrefuerte, al igual que Erik,
su nieto, han sabido tomarlas. Por eso había Erik escogido a Mauri-
cio, por eso había puesto a Montañez a vigilarlo.
—Que se sienta contento. Que piense en cómo mejorar el
destino de esa gente. Si va a ir a Las Bocas, debe ser un completo
idealista. No lo pierdas de vista. Y Montañez acostumbrado a ser
invisible estaba al tanto de cada movimiento de Mauricio. La gente
jodida vive de favores, los favores generan información. La informa-
ción otorga el poder, y Montañez obligaba a respetar esta consigna
que una noche generó su pensamiento, y que aplicaba a su vida
con disciplina enajenante. La gente corría a contarle la vida y los
movimientos de Mauricio Cuevas. Muchos de los pescadores que se
reunían en las fogatas en casa de don Roberto mantenían enterado
a Montañez de los movimientos del biólogo.
—Quiere hablar con don Erik. Eso ha dicho.
—Eso sólo lo decide don Erik o yo —y les daba unas monedas.
Erik Torrefuerte quería cambiar un poco la historia de Las
Bocas. El nieto del general no se conformaba con la explotación en
el tiempo del poblado costero, quería conocer más sobre su historia,
sobre aquel ritual que había detenido el tiempo en la carne de esos
hombres. Este conocimiento podría brindarle otras expectativas, re-
crear los hechos en otros lugares. En él mismo. La inmortalidad de
que se hablaba no era cosa despreciable. Era algo que necesitaba
controlar. Miraba esa inmortalidad, y conocía las historias de los
sucesos que habían conducido a los pobladores de Las Bocas a rom-
per con la naturalidad del ciclo de la vida, y sabía también de lo
importante que eran las tortugas marinas en los sucesos. No se con-
formaba con pensar cómo se habían dado las cosas, necesitaba las
razones del por qué, y para ello quería aplicar el método científico.
Enviar a alguien ajeno a vivir en ese poblado. Que se mezclara con
los habitantes, estudiara la biología de los quelonios y su influencia
en los pobladores y en la desaparición de Arminda, en ese ritual de
espera que tanto le encabronaba. Verlos ahí, inmóviles en la playa.
Y quizá alguna vez, recrearlo en su presencia. Quizá no todo haya
sido un acto aislado del destino, quizá es un formulismo que estos
ignorantes encontraron sin querer, llevaba varios años intentándolo.

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Haciendo cada una de las cosas que Nicanor y Felipe le dijeron, pero
nada ocurría; solo los hombres del poblado que estaban inmersos
en el rito eran inmortales, los hombres nuevos que participaban de
los rituales representados por Torrefuerte morían. Y era el mismo
Torrefuerte quien a la semana de la representación venía a ver a los
hombres del experimento y hacía que Montañez pasara su cuchillo
en la garganta de uno de sus hombres y en alguien de Las Bocas,
sólo el hombre del experimento moría. Las heridas del otro sanaban
a las pocas horas. Por eso Erik pensó en Mauricio, son las tortugas se
decía, tienen que serlo. Por ahí vamos a empezar, hay que conocerlo
todo sobre ellas, sobre esta población en especial que anida en las
playas del puerto. Es su sangre la que les impide morir a estos hom-
bres, y confiaba en su raciocinio. Estaba equivocado. ¿Lo estaba?
Primero será conocer sus poblaciones, las estudiaremos, les haremos
análisis, para eso servirá este biologucho. Entiéndelo Montañez, una
vez que este tipo nos de la información que necesitamos…
Eran ya once años desde que murió el general y Erik había
asumido el mando. Mantener prisioneros a un grupo de inmortales
era un poder que no podía controlar y sentía la necesidad de hacer-
lo. Necesitaba de alguien como Mauricio, quien con los datos que
pudiera obtener sobre los reptiles, y de la relación que establezca
con el poblado, brindaría la información suficiente de lo que sucede.
En lo referente a Arminda, al ritual, a las actitudes de Felipe y Nica-
nor, que por miedo a Erik, a Montañez, a las pesadillas que noche
con noche los atormentaban, se habían cerrado a platicar demás.
Ni ellos mismos se explicaban lo que les había ocurrido, a pesar
de que cada año estaban dispuestos a representar los mismos actos,
cuando llega la necesidad de reiniciar el ritual y que los vientos que a
principios de agosto se desataban cedieran y, según creían, Arminda
pudiera descansar y ellos alcanzarían de nuevo la posibilidad de la
muerte. No son las tortugas don Erik, son parte pero no lo son todo.
Es el diablo el que nos tiene atrapados. Puedo oler el azufre, decía
Nicanor. Felipe sonreía con todo su rostro enrojecido por el alcohol.
—El diablo eh, decía Montañez. Está basura que bebes te
ha destruido el coraje. Acá no hay más diablo que yo.

64
—Un diablo bastante fiel a mis designios. ¿Seré acaso, yo
mismo tu Dios, entonces?
—Déjeme sacarles el secreto a madrazos. Si no se mueren
mejor tantito, así podré pasarme largas jornadas desangrándolos.
—Olvídalos. Viven aterrados que no se dan cuenta del po-
der que les da la inmortalidad. No cabe duda que el poder es para
los poderosos, y se nace siéndolo. –suspiró con largueza— Se lleva
en la maldita sangre.
Montañez era invisible, un volcán invisible a punto de ha-
cer explosión en cualquier momento. Era el tipo ideal para cuidar
las espaldas de Erik. Era un hombre rudo, sin escrúpulos, confiable
y fiel. La pistola pegada a la mano. Las cejas tupidas de la indife-
rencia. Nunca dudar. No remordimientos. El cuchillo siempre en el
cincho, el tatuaje de la “m” en el dorso de la mano: Soy hijo de la
muerte, gritaba, y esta es mi marca, gemía, mientras con una mano
apretaba el cuello a alguna víctima mientras le aporreaba el dorso
de la mano, con el tatuaje, en el rostro, una y otra vez, hasta que la
sangre del vencido y la de su mano se mezclaban. Y la muerte me
ama y siempre me regala una víctima más. Les escupía el rostro, y
los dejaba ahí, desfigurados.
Era hermoso verlo lastimar a sus enemigos. Con calma los
iba provocando, los hacía salir de sus casillas. Montañez lo disfru-
taba, sabía de la fuerza de sus músculos, de la decisión siempre ati-
nada. Nada importaba en cuestiones de ganar, sobrevivía, se sabía
superior, y esa superioridad era debido a que creía en él. A que nada
lo ataba a la vida. Nunca esperes que alguien se recupere del primer
golpe —le dijo una vez el general,— cuando veas que puedes acabar
con alguien, no dudes, hazlo— y Montañez supo hacer valer esa sentencia.
Huérfano desde pequeño, el general lo había mantenido en
Isla Tiburón, lo había educado desde la infancia para ser el brazo
justiciero de su nieto Erik. El mismo se construía el mito: Soy hijo
de la muerte, el tatuaje, el nombre—apellido—apodo con que se
hacía llamar. Montañez había sabido corresponder a todo lo que el
general le brindó durante su vida. Era hermoso verlo luchar a mano
limpia, sus músculos en armonía, todo él era un golpe de furia que
hacía retroceder al más valiente. Su mirada de rencores luminosos.

65
Sus manos ásperas y feroces. Más de una ocasión les había arran-
cado las vísceras a sus contrincantes con el cuchillo; Erik lo había
presenciado, por eso igual le temía, pero Montañez era demasiado
fiel a su destino, a ese agradecimiento para con el general, para con
los Torrefuerte. Dedicaba su vida a cuidar del nieto, su jefe.
Las riñas en que se involucraba eran para acostumbrar a
los que lo conocían de que Erik tenía el poder, y hacerles saber que
él era el instrumento del cual el nieto del general podía valerse para
controlar todo en Isla Tiburón y en Las Bocas, en las empacadoras
y en los puertos costeros donde Torrefuerte hacía negocios. Sólo el
afortunado de Jorge Ekert se le había escapado vivo. A ese tipo le
debía Montañez la marca que le cruzaba el cuello. Fue una tarde
cuando Montañez quiso tomar a la fuerza a Francisca, la hija de don
Roberto, que luego se casaría con el mismo Jorge que salió en su de-
fensa. Ya Montañez la tenía tirada bajo su cuerpo, con los calzones
rotos, (era la segunda vez que la tenía en ese estado) cuando sintió
el golpe del remo quebrarse en su cabeza (era la segunda vez que
la chica se le escapaba sin poder gozar su carne). Montañez tomó a
Jorge del cuello, lo levantó con un sólo brazo y Jorge estirándose le
cortó el cuello con un anzuelo para tiburón que tenía en la mano.
Montañez lo soltó; cubriéndose la herida con una mano, con la otra
sacó su pistola, en ese momento entró Erik Torrefuerte y lo detuvo
de un grito:
—No te atrevas a dañarlo. Lo necesito.
Montañez sabe que no pasará mucho tiempo para arreglar
esa discusión. En algún momento, Jorge dejara de serle útil a Erik y
entonces él podrá divertirse con la venganza. Pero para esta escena
todavía hacen falta algunos años. Es necesario retomar la narración
al tiempo en que Francisca aún vivía fuera de Isla Tiburón con su
padre y Mauricio Cuevas, haciendo inmersiones en los arrecifes, to-
mando fotografías y vídeo para los documentales encargados por
Torrefuerte. Y cuando Jorge Ekert aún seguía en Las Bocas con el
tiempo detenido en sus células.
Esos recorridos entre los arrecifes le destaparon la mente a
Mauricio, por vez primera le hicieron disfrutar los espacios abier-
tos del mar. Toda su vida había sido, primero de polvo y desierto y

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luego de continuos rascacielos, coches, camiones, pavimento, ruido
y hacinamiento. Con la carrera había conseguido conocer distintos
ambientes, viajó de regreso al desierto, fue a los bosques de pinos y
encinos, a la montaña, a los ríos, pero sólo una vez al mar, donde
pudo dedicarse algunas semanas a impartir clases de buceo, contra-
tándose en un parque de descanso. Desde esa vez pensó en su padre,
en las horas que aquel hombre le contaba sobre el océano, sobre los
deseos no cumplidos de poder ver el mar con su esposa, y ahora, ha-
ciendo inmersiones en los arrecifes, junto con Roberto y Francisca,
volvía a su mente el rostro de su viejo; imaginaba los ojos de aquel
hombre que le contagió su amor al mar, un amor nunca realizado
en el padre, pero tan grande y pleno que el mismo Mauricio sabía
que desde cualquier lugar y en alguna forma que no podía describir,
ahora él y su padre estaban juntos, ahí entre los peces, entre las for-
maciones coralinas, entre el sargazo, en el vaivén del oleaje, gracias
al contrato que le había dado Torrefuerte. Había que agradecerle.
A diferencia del amor filial que Mauricio profesaba a su padre, Erik
Torrefuerte entendió desde pequeño que él no era parecido a su
progenitor. Por las historias que contaban las mujeres que le cui-
daron hasta los once años, supo que era mucho mas parecido al
abuelo: aguerrido, violento, despiadado. Lo supo también porque al
cumplir los quince, las mujeres que se afanaban en el cuidado de la
casa, comenzaron a dibujarle el machismo en el pecho, sorbiéndo-
le el semen con impaciencia, dejándose penetrar por el patroncito,
le harían sentirse dueño del mundo. Era natural dar órdenes y ver
cumplido sus caprichos.
—Tú no serás un pendejo como tu papá, —le había dicho
el viejo general, una tarde, en la playa, cuando Erik tenía doce años
y se acercó a ver a su abuelo que miraba el mar, absorto. El general
le pidió que se sentara en la arena, ahí junto a la silla en la que descansaba.
—Prefiere estar en las ciudades gastándose todo lo que yo
he ganado, en vez de querer el océano, la humanidad que le he en-
tregado. Es un miedoso, no sabe imponerse.
En aquellos días Erik no tenía ni la más remota idea de que
existía un lugar llamado Las Bocas. Fue hasta que cumplió los dieci-
siete cuando su abuelo le habló de esas historias. Esa añoranza, ese

67
recuerdo de la piel morena de Mariana. Fue en esa misma época
cuando murió Saúl Torrefuerte, el padre de Erik. Esa tarde en que
la turbonada se había levantado y se voltearon las lanchas. La tarde
en que Erik endureció la quijada, cuando supo que la muerte era un
sentimiento atroz que nunca lo vencería.
—Se levantó la ola, y se fue rompiendo desde ahí lejos, se
veía el espumear, y venía y venía hacia el puerto, y yo me quedé
sentado esperando que me tragara, ja, pero hasta el mar me tiene
respeto, cayó a unos metros de mi y cuando se retiró la espuma,
ahí estaba el cuerpo ahogado de tu padre. Lo recuerdo con los ojos
cerrados, como un recién nacido, como lo vi la primera vez, creo
que son los únicos dos momentos en que me ha hecho feliz, cuando
nació y con su muerte.
Erik no había conocido a su madre; quizá se tratara de al-
guna mujer que estuvo en el servicio para los Torrefuerte y que al
nacer Erik fue echada de la casa, sumida en la cárcel, desaparecida,
quizá muerta, las historias del abuelo siempre eran difusas. Nunca
se sabía si decía la verdad, pero todo lo decía levantando la voz, agi-
tando las manos, endureciendo la mirada, espumeando la boca, por
lo que Erik, aún pequeño, corría a esconderse para llorar por no ser
abrazado por su madre, por no conocerla.
—¿Qué coño quieres, chamaco? Una mujer que te arrope
en las noches… Está bien, te mandaré las que quieras, pero deja de
llorar por estupideces. Las serpientes nunca conocen a su madre, y
los Torrefuerte somos peor que las serpientes. Hazte hombre y no
seas un pedazo de imbécil como tu papá.
Erik pasó las tardes en medio de mujeres que le cuidaban.
Su padre se dedicaba a la bebida, soportando los improperios del
abuelo; era un don nadie que siempre bajaba la cabeza, y se robaba
cuanta moneda pudiera encontrarse en su camino. Robaba desde
que el general le limitó los gastos. Y en los pocos momentos de luci-
dez que tenía se escondía de la presencia de su hijo. Le era incómodo
que Erik lo mirara así, como un pedazo de hombre, como un inútil.
Saúl Torrefuerte avergonzaba a la dinastía que el anciano general
había querido formar. Por eso se refugiaba en el juego. El destino
le pasó factura, le cobró las deudas y aquella turbonada acabó con

68
su vida. Las olas alcanzaron los diez metros de altura, y la caída fue
letal, litros de agua encima de su cuerpo, revolcándolo en la arena
como un papel que gira en el viento. Esa tarde Saúl venía a la isla
para el cumpleaños de su hijo, lo hacía porque el general lo había
mandado traer, y justo llegó hasta sus pies. Sumido en el alcohol a
Saúl ya nada le importaba el crío.
Ante el cadáver de su padre se presentó Erik Torrefuerte
con una camisa blanca, y un sombrero de palma, no había necesi-
dad de colores oscuros, pensaba. Se detuvo ante el féretro. Se dio
vuelta para mirar a la concurrencia, a los invitados para gritar como
mascando las letras:
—¡Lárguense!
Miró a las personas irse una tras otra, empresarios de otras
empacadoras que tenían negocios con los Torrefuerte, y entre las
personas que se iban, vio que lo miraba un hombre alto, que no se
inmutaba. El tipo miraba con fijeza el féretro, aunque Erik estuviera
enfrente de él. La mirada del hombre pasaba a través del cuerpo del
nieto del general para chocar contra la madera del ataúd. Iba reco-
rriendo su textura como intentando llegar al interior. Le gustaba el
rostro de los cadáveres e imaginaba el rictus que tendría Saúl dentro
de la caja.
—Tú, acércate —el hombre se despabiló y caminó hacia la
voz que lo llamaba— dime tu nombre.
—Me llaman Montañez, mi nombre no importa. —Desde
entonces fueron inseparables. Erik era la mente y el dinero, Mon-
tañez su brazo que se estiraba para consumar cualquier deseo; su
látigo y metralla, su poder y la incontrolable violencia. El general
Torrefuerte tampoco abandonó la capilla donde se velaba a Saúl,
miró a su nieto y a Montañez, su protegido, y comprendió que a los
diecisiete años Erik podía hacerse cargo de los negocios de la fami-
lia. Le gustó que su protegido se hubiera presentado en el momento
oportuno, y supo que sus planes, aún ya no estando él, se realiza-
rían.
Dos años después el general pudo suicidarse sin temor, al
saber que el imperio que había construido tendría un digno sucesor;
sin tristezas cogió la pistola se la metió a la boca y disparó; estaba

69
harto de la existencia, más, atado a una silla de ruedas. Cuando
se había dominado el mundo, al menos la parte del mundo que le
tocó vivir, se hace necesario las decisiones prontas y expeditas. No
soportaba verse en la necesidad de solicitar el auxilio de los demás.
Sentía con este acto que la vida jamás pudo derrotarlo, era él quien
escribía su propio destino, lo había construido según sus creencias y
ahora ponía su firma en el final, esa era la mejor forma de salir de
este mundo, por la puerta grande, siendo él, el único hombre que
lo derrotara. Tuvo tiempo para contarle a su nieto la historia de la
prisión del poblado de Las Bocas, las historias de Nicanor, de Am-
brosio y de Felipe, de la Mariana Nadal, esa mujer que hasta el final
lo había trastornado. La historia de Arminda y su desaparición, los
vientos que se desataban desde abril y hasta agosto, sometiendo al
poblado, y la posibilidad de haber roto un plano dimensional por el
cual la gente de aquel puerto estaba condenada a no envejecer.
Muerto el general, Erik, acompañado de Montañez, viajó
por segunda vez a Las Bocas para darles la noticia a sus habitantes,
ponerse a disposición de los pobladores, para que sepan que las leyes
seguían siendo las mismas, que a él nadie lo agarraría de pendejo,
que estaba enterado de todo, y que las cosas seguirían igual como
hasta ese momento. Tal y como las había escrito el general, que él,
Erik Torrefuerte sólo era un eslabón más en la cadena que el mismo
general usaba, aún muerto, para someterlos.
La primera vez que cruzó de Isla Tiburón a Las Bocas, el
general, pegado a su silla de ruedas, lo acompañó. Lo presentó a los
pobladores, haciéndoles saber que su nieto quedaría a cargo; que,
como lo había prometido, los Torrefuerte nunca los abandonarían.
Erik no ha dejado de pensar en esos momentos. Recuerda que pudo
llorar a su abuelo, algo que nunca hizo por su padre. Y de regreso a
Isla Tiburón, después de esa segunda vez, después de avisar la muerte
del general, dictó la primera orden en cuanto a Las Bocas se refería:
—No les traeremos nada en ocho meses. Que hagan luto
por el abuelo. Que se chinguen un poco —Montañez se encargaría
de dar cumplimiento.
Erik Torrefuerte vio en Mauricio la posibilidad de jugar,
una vez más, con la mente de los pobladores de Las Bocas.

70
—Harás unos documentales sobre la fauna que habitan los
arrecifes de Cayo Blanco. Ya está todo arreglado. Montañez te va a
llevar al sitio y ahí vivirás en casa de Roberto Burgos. Sólo es tem-
poral, mientras arreglo la documentación necesaria para un trabajo
mejor que pienso ofrecerte. Conoce el mar, demuéstrame que puede
confiarse en ti, y el otro trabajo será tuyo. –Mauricio sonrió. Erik y
Montañez se dieron cuenta y vieron que esa podía ser una de sus
debilidades. Cuando Mauricio salió del despacho de Torrefuerte,
Erik le dio la orden a su guarda espaldas:
—No lo pierdas de vista.
En esos poblados del sureste, Mauricio pudo sentir la pobre-
za y constatar que en cada puerto estaban tejidos los problemas con
el mismo carrete de dos hilos: hambre e ignorancia; ignorancia no
sobre los recursos, sino del avance de la civilización que amplía los
abismos del entendimiento entre los poblados costeros y las ciuda-
des. No se puede luchar por ideales cuando duele el hambre en los
intestinos.
—Algo va a pasar y quiero ser parte de ello –le dijo una
y otra vez a Yosefina. —Tengo ese presentimiento. Todos tenemos
algo que hacer en el mundo, y yo he nacido para algo importante.
—Naciste para amarme –decía ella sonriendo.
Eran Roberto y los pescadores de la zona sus nuevos maes-
tros. Los que viven bajo el abuso de las cooperativas y de las empa-
cadoras de pescado. Se dio cuenta, sin conocerlo aún, que el hombre
que firmaba sus cheques era de ese tipo. Que cada puerto tiene su
propio Torrefuerte. No imaginó la situación a la que se sometería,
el caminar aprisionado por la arena, ante unos ojos y músculos in-
móviles que miran el océano como a un dios que les hablara desde
sus profundidades. A la furia del viento que de repente se levantaba
en las playas de Las Bocas. No sabía que Erik Torrefuerte pensaba
enviarlo a ese puerto de fantasmas. Aprendía de don Roberto. Fran-
cisca atendía a su padre, como un ama de casa plena. La madre
había muerto cuando ella apenas cumplía los ocho. Por eso pudo
entender la negativa de la hija a dejar que su padre se fuera sólo a
Isla Tiburón cuando Erik Torrefuerte los había mandado llamar a
su presencia.

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—No preguntes Mauricio. Llegan momentos en que a uno
le toca obedecer. Este es uno de ellos. ¿Creíste que Torrefuerte en
verdad quería esos documentales?
—¿Dejará a Francisca acá?
—No puedo arriesgarme a llevarla conmigo.
—No está a discusión papá. O vamos los dos, o no vas a nin-
gún lado, —le dijo Francisca apuntando la escopeta sobre su padre.
—Primero se fue mi madre y ahora te vas a ir tú. No lo permitiré.
Viviría angustiada sabiendo que el perro que le cuida las espaldas a
Erik pueda lastimarte. Sabes muy bien que no se le olvida lo que ha pa-
sado, y estoy seguro que intentará lastimarte. O los dos o nadie, decide.
El silencio se instaló ahí entre los tres. Mauricio pudo ver la
decisión de Francisca y sentir que el corazón del padre se deshacía.
Los ojos de la chica aventaban un fuego humedecido de lágrimas.
Montañez conoció a Roberto Burgos cuando Francisca apenas tenía
diez, e intentó abusar de ella. El padre de la chica vivía alcoholiza-
do. Se mantenía sufriendo por la muerte de su esposa y Montañez
había aprovechado para hacerse su amigo y meterse a diario en su
casa con una botella de aguardiente. Esa noche emborrachó a Ro-
berto para quedarse a solas con la chica. Pero Francisca no era un
delfín manso de circo, era una mantarraya espinosa que supo clavar
su aguijón en la humanidad de Montañez. Despertó la furia de la
bestia. Ya en el suelo, con el hombre sobre sus espaldas, la boca mas-
ticando arena y sangre, con los calzones abajo, y la enorme verga
del tipo apuntando en su entrepierna, ella cerraba los muslos para
no dejarse penetrar y con sus manos iba buscando algo para defen-
derse, y al fin alcanzó un pedazo de arpón roto y lo enterró en la
mano de Montañez. Roberto logró reaccionar por los gritos, tanto
de la niña como del abusador y tomó la pistola del guarda espaldas,
que estaba en el suelo junto con sus pantalones, y lograron que el
hombre rudo se marchara.
—Nunca te dejaré. Irás conmigo a todos lados —le dijo a
Francisca su padre, mientras le iba quitando el arma. La abrazo.
Luego la apartó de su cuerpo y le dio una bofetada— a tu padre no
debes amenazarlo nunca.— La tomó de las muñecas y la jaló hacia
su cuerpo para consolarla de nuevo. Francisca lloró en el pecho de

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Roberto. Dos días después los tres llegaron a Isla Tiburón por la
tarde. Iniciaba enero.
Para Mauricio, Erik Torrefuerte era un personaje que se
preocupaba por los demás tal como lo hacía él; por los recursos,
por los pobladores. Lejos estaba de conocer las maneras y los pen-
samientos del dueño de Isla Tiburón y, en aquel entonces, mantenía
intactas sus esperanzas, sentía plenitud, estaba realizado al pensar
que Erik quería apoyar a los pobladores. Su admiración fue cayendo
con lentitud en un pozo, en el cual, hasta abajo, al tocar el agua,
lejos de la luz, se formaba el verdadero rostro de ese hombre. Un
rostro sin expresiones, un rostro sin remordimientos, el rostro del
hombre que se sabe invencible.
—No es más que un imbécil —remató Montañez, al infor-
mar a Torrefuerte sobre las actividades que Mauricio llevó a cabo en
Cayo Blanco— Aún cree en la educación y el trabajo en conjunto.
Creo que hasta le admira, le he escuchado reprender a unos pesca-
dores, defendiendo su nombre. Hasta Chemir me ha contado de sus
reclamos, pero el comisario nunca cedió a sus caprichos. Habla de
igualdades pero no tiene ánimos para obligar a nadie. Él tipo causa
lástima por ingenuo.
—¿Crees que se adapte a Las Bocas? —insistía Torrefuerte.
—Creo que al final acabará cediendo —Montañez sabía de
lo difíciles que eran los pobladores de Las Bocas. Pero confiaba en
la capacidad que el biólogo tenía para hacer amistades. Tenía que
aceptar que el muchacho de la capital se había adaptado antes de
lo que él pensaba— lo importante don Erik, es que no se nos vaya a
espantar, y para mí: el que hace amistades demuestra debilidad, la
debilidad otorga los permisos para que se le domine, y no sé si me-
ter una persona a Las Bocas que pudiera doblarse, sea lo que usted
requiera.
—Creo que sí se adaptará —así era siempre. Erik Torre-
fuerte sólo preguntaba por cortesía. Eran preguntas dirigidas a sí
mismo, porque no escuchaba las respuestas de nadie, él generaba
sus propias respuestas. Sabía lo que quería desde el principio, cuan-
do una idea se le metía en la cabeza— de todas formas le haremos

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pasar un mal rato, necesito que sienta temor, así podrá expandir sus
sentidos y asimilar mejor las cosas que vea en Las Bocas.
—Lo aislaremos unos meses. Vas a llevarlo a Las Bocas, y
ahí lo dejaremos hasta que empiece la temporada. Que se adapte o
se chingue.
Erik Torrefuerte revisaba los informes de Ambrosio: siem-
pre era igual, salud perfecta, no enfermedades. Si el ritual había sido
el causante, ¿qué es lo que habían hecho? ¿Qué relación tenía los
remolinos de arena que levanta el viento sin que nadie se lo espere?
Tantas veces había oído la historia. Intentó en varias ocasiones sacar
a Nicanor y traerlo a Isla Tiburón, pero fue imposible atravesar el
mar. Ya en la embarcación Nicanor miraba el horizonte, dispuesto
a dejarse analizar por los médicos que Torrefuerte contrató; pero
las lanchas, que intentaban trasladar al anciano eran regresadas a la
costa, por oleajes provocados por las turbonadas. Una fuerza impe-
día que los habitantes abandonaran Las Bocas. Si no podía sacarlos
había que meter a alguien. Despertó en la madrugada, se puso su
bata de dormir y bajó corriendo las escaleras, abrió la puerta del
cuarto de Montañez. Éste estaba fornicando y su jefe no le dio tiem-
po para nada.
—Las tortugas, por ahí tenemos que trabajar —y se retiró.
El guarda espaldas por el susto perdió hasta la erección.
Luego vino la creación del Instituto para cubrir las aparien-
cias, la solicitud de alguien con experiencia en buceo, y caído del
cielo llegó este biólogo. Cuando las cosas con Mauricio se salieron
de control, creyó que jamás podría lograr entender el misterio, y
sucedió algo que le devolvió la luz a su intelecto. Ya no sólo eran los
extraños escritos que dejara Mauricio sobre su estancia en el puerto
antes de desaparecer, ni la locura de Rulor Miranda, a esto se suma-
ba el accidente de Jorge Ekert. Sólo Ekert había logrado abandonar
Las Bocas; había sido después del ataque del tiburón; pero nunca se
supo ¿por qué? Por la sangre perdida, por su relación con Francisca
a quién no quería perder. Todo esto ocurrió poco tiempo después de
la estancia de Mauricio Cuevas en Las Bocas, y nadie supo por qué
aquel hombre, menudo, distraído, valiente, adicto a la adrenalina
por la pesca de tiburones logró escapar y vivir en Isla Tiburón. Jorge

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Ekert comenzó a envejecer una vez fuera de Las Bocas. Erik intentó
analizarlo y se dio cuenta que era un hombre normal; el mismo
Jorge no entendía cómo, ya en Isla Tiburón, el destino de la inmor-
talidad lo había abandonado. Nadie supo porqué a él sí se le había
permitido salir de Las Bocas, mientras que Nicanor no pudo lograrlo.
Se había contratado a Mauricio, para que ayudara a enten-
der lo de las tortugas, pero acabó dando pistas de lo sucedido con
Arminda. Los datos que el biólogo había dejado en el cofre el día
de su desaparición fueron analizados tantas veces por Torrefuerte.
Incluso había mandado torturar a Rulor Miranda, el asistente de
Mauricio para que le aclarase las notas. ¿Quién carajos era Yosefi-
na? Había que localizarla.
—Tenemos estos papeles, pero no sabemos si algún otro do-
cumento ha llegado a ella. —Había que estructurar un mejor plan
que esta vez no fallara.
Erik había mandado a Mauricio a investigar, a involucrarse
y saber de todo. Nunca contemplo que el tipo fuera tan buen cro-
nista, y que dejara todo apuntado en sus diarios, pero Erik tampoco
pudo prever que alguien sacara esos documentos de Las Bocas, pa-
saran por Isla Tiburón y nadie los detectara.
Torrefuerte nunca pensó que Felipe y Nicanor aún tuvieran
la fuerza suficiente para hacer que las cosas se revolvieran tanto.
Montañez tuvo que sacar a Rulor Miranda del poblado cuando in-
tentaban quemarlo vivo, lo tenían amarrado a un poste que habían
sembrado en la arena. Pudo hacerlo porque los voluntarios Rocío y
José Adrián llegaron a tiempo a dar aviso de que las cosas se habían
complicado en Las Bocas.
Desde que desapareció Mauricio Cuevas, Torrefuerte siguió
intentando averiguar lo que el biólogo había dejado registrado en
sus notas, en sus diarios y en las cartas para la tal Yosefina. ¿Quién
chingados era Yosefina Morales?
Jorge Ekert era de los pobladores que habían llegado a Las
Bocas desde Mina de Oro. Fue uno de los pequeños que habían sido
arrojados al mar por el general, y logró llegar nadando a Las Bocas.
Era ágil y valiente, y tanto Felipe como Nicanor lo habían dejado
de molestar cuando vieron que no podían alcanzarlo. Corría por

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la arena alejándose, o se metía al mar hasta que sus perseguidores
se hartaban y desistían de la persecución. Pasaron los años y, como
todos, participó en los rituales con las tortugas marinas e igual fue
víctima del abandono de la muerte. En dos ocasiones fue llevado a la
clínica del doctor Ambrosio porque se había ahogado en el mar, en
su afán por la pesca del tiburón que le fascinaba, y luego de algunos
días de descanso despertaba con dolor de cabeza.
Conoció a Francisca en el mar. En medio de la ruta entre
Isla Tiburón y Las Bocas, la vio acompañada de don Roberto y de
Mauricio, cuando estaban buceando esas zonas antes de que el bió-
logo fuera llevado a Las Bocas. Jorge siempre lograba alejarse de la
playa e irse a la pesca del tiburón, y se cruzó con el bote de Mauri-
cio. Se acercó a ellos y miró los ojos de Francisca. Eso fue suficiente
para no querer perderla. Pasaron ocho años, después que Mauricio
desapareciera, para lograr ponerse de acuerdo con ella para verla
en el océano todas las tardes. Y fue hasta después del ataque del
tiburón, cuando el doctor Ambrosio decidió intentar sacarlo de Las
Bocas, asustado porque sus heridas no cicatrizaban, y a pesar de la
inmortalidad no lograba sanar; los habitantes de Las Bocas miraron
por vez primera que uno de ellos lograra abandonar el puerto, a
punto de morir. Ambrosio se percató que algo diferente había ocu-
rrido con Jorge, si hubiera sido algo normal, de esa normalidad que
él estaba acostumbrado a atender, es decir, si nadie puede morir, las
heridas tienen que cicatrizar enseguida, el tejido se regenera, y en-
tonces los heridos y enfermos despiertan con dolor de cabeza, pero
Jorge empeoraba, algo había pasado, se iba agravando y tenía que
ser llevado a Isla Tiburón o moriría.
Cuando Jorge se fue, muchos lo intentaron al día siguiente.
Nadie pudo conseguirlo. El viento les hacía regresar a las playas de
Las Bocas. En Isla Tiburón, Torrefuerte hizo que los médicos lo
revisaran. No encontraron nada anormal en él, le dejaron unos días
en cuidados intensivos y Jorge sobrevivió. Torrefuerte necesita saber
porque si Jorge logró abandonar Las Bocas, los demás habitantes
no podían lograrlo. El mismo Ekert no tenía las respuestas, estaba
inconsciente cuando llegó a Isla tiburón y no supo de su traslado.
Torrefuerte no podía correr el rumor de lo que pasaba en Las Bocas,

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y le prohibió a Jorge que hablara del asunto, ni siquiera con Fran-
cisca. La desaparición de Mauricio, sus papeles, haber dejado partir
a Rulor Miranda y la repentina mortalidad de un habitante de Las
Bocas, no le aclararon el misterio. Es tiempo de intentarlo de nuevo.
Torrefuerte espera en el puerto la llegada de Lucrecia Morales.

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Capítulo CINCO

Mauricio Cuevas se miró trabajando en las playas al sureste del país.


Había dejado parte de su mundo en la capital, a kilómetros de dis-
tancia, detrás de la cordillera de montañas. Ahí lo esperaba, añoran-
do las cartas de un correo desde siempre lleno de retrasos, Yosefina,
que mientras tanto, se iba preparando para ser la primera mujer
en obtener la candidatura a doctora en edafología, con sus trabajos
sobre hidroponía que ya el gobierno contemplaba para sus progra-
mas próximos. Un logro que le sabía a gloria, si se considera que su
asesor de tesis, luego de ser vetado en la universidad, le recomendara
claudicar, porque ya no podría defenderla ni apoyarla.
—Me han hecho jubilarme, no quieren que una mujer logre
el doctorado.
Eso no detendría a Yosefina, en su mente estaba la lucha por
estar con el hombre, que ahora le contaba los problemas de los pes-
cadores, “jamás he de rendirme” le decía Mauricio y ella no podía
ser menos; tantas veces habían compartido el ideal de las equida-
des, de las figuraciones superfluas de “nadie nos detendrá”, que en
aquel entonces, apenas a los veintiocho años, hacen tanto por uno
que lo que uno puede prever que harían. Ahora en la distancia, el

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recuerdo de Mauricio es sólo un fantasma, una ilusión, una lectura
de la vida de los héroes que admiró algún momento, un pedazo de
cielo entristecido, un espacio de presente inamovible. Yosefina aún
no sabía aquel futuro del alejamiento que se estaba gestando, eso
que la distancia hace en la carrera del amor, desleírla, truncar las
esperanzas, trepanar las conciencias, aflorar temores. Faltaba que
primero los sinodales la detuvieran, que ella optara por correr tras
el hombre sin pensar en ella misma, quizá llorosa y derrotada, sin
levantar la voz, sin meter las manos, ¿y eso en qué me convertiría?
Me haría caminar detrás de mi hombre, siempre a su sombra, como
una menonita que va asintiendo a todo lo que él decida, y se que
Mauricio no quiere eso de mí. Nunca lo ha querido. Siempre he
tenido su apoyo para ser fuerte y cabrona, para no dejarme.
Faltaba que Yosefina no entendiera que su ruta sería siem-
pre la que ella misma se marcara. Y ningún pendejo me va a negar
el grado de doctor si me he esforzado tanto. Veremos si pueden con-
seguirlo. Y no lo hicieron. Ella pensando en el examen de grado que
se acerca, y las manos de Mauricio en su mente, surgen de las letras
de las primeras cartas que le envía desde el sureste.
—El mar es la conciencia del mundo, deberías vivirlo con-
migo. Necesito que conozcas a esta gente. –y le había enviado esa
única foto, donde se le ve con un pantalón corto color caqui, descal-
zo y sin camisa, el cabello largo y la barba cerrada. Detrás hay un
atracadero y el mar azul. Esos kilómetros mantenían la separación
entre Mauricio y Yosefina e iban tejiendo las ideas de conservación
y el mejoramiento del ambiente. Todos inician queriendo cambiar el
curso de la humanidad, como una utopía que comenzaba a parecer
cada vez más cercana en sus corazones, como cuando Tomás Moro
nos la refirió en sus libros, cuando Vasco de Quiroga la quiso imple-
mentar en la Nueva España, casi como estar ahí.
Y llegó el momento de verse durante unas vacaciones en
las cuales, Mauricio tuvo oportunidad de asistir a la conferencia en
que Yosefina expuso su proyecto de tesis doctoral en la academia de
ciencia. Le miró la fortaleza en las palabras, la exactitud en el andar,
el equilibro de las ideas y la entonación precisa, hasta el aplauso
de los invitados, de la prensa, porque se gestaba un paso más en la

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revolución verde, el gobierno estaba interesado en los resultados de
sus investigaciones y los ministros de agricultura y desarrollo habían
asistido a la ponencia.
Mauricio la miró con el vestido holgado de manta, ella se
movía en el estrado con una confianza inextinguible. Después de la
décima diapositiva, ella lo encontró entre los asistentes y sintió que
se desabrochaba dentro de ella la pasión retenida en la distancia. Su
hombre estaba en la entrada del auditorio, ella hizo una mueca que
sólo él pudo reconocer, y él supo que estaba feliz de verle.
Después del brindis de honor con los invitados que no se
cansaban de adularla, de los políticos que intentaban tomarse la foto
con la primera doctora en edafología, tuvieron oportunidad de con-
vivir con todos, juntos y de la mano, para después pasar al espacio
íntimo de su departamento donde pudieron admirar por la ventana
abierta, en una fuga de smog, alguna estrella muerta de frío, aprisio-
nada por la polución, titilando en la agonía del reflejo de los cuer-
pos, como un augurio de futuros que se permitieron sentir dentro
de esa marejada de caricias en que veían los sueños: aquel con su
trabajo en el Mar Caribe, y ella con sus pruebas de laboratorio.
Afuera la neblina comenzaba a cubrirlo todo, el paso de los
automóviles gritaba su abandono y las calles se hacen largas y silen-
ciosas. Los mendigos se arrinconan bajo los periódicos, ocupando las
bancas de los parques. Alguna mujer carga a un niño en los cruceros
y pide una moneda. Una chica de pelo corto se deja manosear por
el novio en la parada de autobuses. Y Mauricio la veía desnudarse.
El cuello liso, el lunar en la ceja, los muslos que tanto le han gustado
por esa fortaleza con que se prenden a su cadera, como las tenazas
de un escorpión gigante, el abdomen y su espalda arqueada en el
orgasmo. Ha estado seis meses sin ella, sin mujer y con la condena
del deseo en la punta de las células. Nada hay como tenderse juntos
entre los cobertores. Sentir la calidez de su cuerpo, la necesidad de
enredar los muslos, la opresión de los senos de ella en su pecho áspero.
—Me han dolido tanto los senos en tu ausencia.
Fue entonces cuando vino el comentario, que veintidós años
después continúa taladrando la memoria. Todo hacía suponer, visto
desde este momento, recapitulando las palabras y los ademanes, que

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esa noche se destaparon las conciencias, que el futuro de abandono
no podía evadirse. Mauricio no podía dejar de sentirla. Era su piel
adelgazada, traslúcida por los días de encierro en el aire acondicio-
nado, el dibujo de los tres lunares en la espalda, la columna un poco
curva de la escoliosis, las llantitas ya escondiendo la cintura, y los
pechos difíciles de mantener en el encierro, de tan grandes y plenos.
Ella dentro de los brazos de Mauricio, cuya barba a lo cristo, con
esa apariencia de suciedad y maltrato del crucificado, era su propio
dolor en que la tenía atrapada. Los ojos perdidos en esa maraña
de pelos, ese salvajismo y animalidad, con el contagio de la ternura
y avidez de sus labios, la estremecían. Podía escuchar su voz, pero
siempre bajo el dolor que causaba en la sangre, el retumbo de los
corazones que se complementan, las mordidas a las cejas que él le
imprimía en el rostro.
—Me envían a Las Bocas. Para documentar lo que ocurre
ahí con las tortugas. El proyecto está por lo menos para cinco años.
Voy como investigador en jefe.
El resumen de la plática y Yosefina perdida en esos ojos
hundidos, recorriendo con la lengua el costillar de su hombre, espe-
rando hallar la marca de la lanza que a lo mejor había traspasado el
pecho de su propio rebelde. Quiso decir “ya no hables más de sepa-
raciones, no mientras estás dentro de mí” pero no podía, el habla se
le atoraba en el gemido, las palabras se escurrían con la salivación de
la lengua que no dejaba de recorrer la boca del hombre que amaba.
El mutismo imperaba, ella quería hablar, y tenía que hacerlo
de forma diferente, con los gestos y los apretones, con el movimiento
de las caderas y del cuello, con los ojos lacrimosos por la alegría, por
saber los triunfos de ambos, en los gemiditos que les hacían imaginar
que nada podía detenerlos en la escalada de la vida, menos ahora
dentro del ritual de compartir la carne. Era ella el cordero dispuesta
al holocausto, era él la música que el invierno deja en el ambiente
viajando con la brisa, cruzando las praderas, recorriendo riachuelos,
pasando bajo las nevadas, y el orgasmo de ambos hasta la heladez
del sudor que los colma. El sol y el agua limpia que cae en el verano.
Ella y los ojos en blanco, la cadera hacia delante con fuerza, ha-
ciendo que el pene entrara, cuan largo era, hasta donde ella podía

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dejarlo hurgar. Que entrara todo y nada afuera. Que todo el sueño
se le enredara en la garganta. Que todo el hervor de sus internos se
desbordara mojando el vientre de Mauricio, que él terminara y la
llenara con su impulso.
Esa había sido la madrugada, caricias, besos, mordidas y
algo de plática, corta pero concisa. Había que disfrutar el resto de
la oscuridad. Imaginar la sonrisa, los dientes, la coloración de la
lengua. Pronto el día les enfriaría los ojos, y era necesario sorberse
el uno al otro, aniquilarse para no poder abandonar el tiempo, eran
demasiadas células compartidas, demasiados jugos y fluidos mezcla-
dos, y ante todo, estaba el tiempo que quería avanzar y acercar la luz
de la mañana. Era necesario escuchar el latido de los corazones. No
estorbarse con las ideas de vente conmigo, déjalo todo y empecemos
juntos en otro lado. Era necesario aceptar los triunfos de ambos. No
ceder ante la distancia. Y no podrían hacerlo, no podían negar esa
equidad que los hacía libres.
Ahora Yosefina cree que sí debió doblarse, con tal de no
perder el olor de su Mauricio, pero a los veintiocho años no podía
contra ese sentimiento, contra ser contraria a su mente, a sus ideales,
a la generación y construcción de su pensamiento. No podía doble-
garse ante las oportunidades que a ella se le presentaban en la ciu-
dad, ella no había pensado nunca ser llamada la esposa de, la señora
de, era alguien individual, era la doctora Yosefina Morales, invitada
por el gobierno federal para implementar acciones que mejoraran
la producción del campo. No podía ser la acompañante de un in-
vestigador de tortugas y pasearse con el bikini por la playa mientras
aquel realiza su trabajo. Cuidar a los niños que procrearían juntos,
mientras él desarrollaba su carrera. No podía ser sólo un apoyo ca-
sero. No.
—Somos más fuertes que esto. Para qué desesperarnos. —Y
ese había sido el trato. Amarse a pesar de los kilómetros y las barre-
ras montañosas, a pesar del tiempo y los compañeros. Construir his-
torias propias y disfrutarse los ratos que así lo desearan, escapándose
para verse cuando lo quisieran. Cuando la distancia doliera en los
muslos, en la espalda, en los ojos, por la ausencia y su garra que todo
lo hace sangrar, incluso la tristeza.

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Pero luego de algunas cartas esporádicas, Yosefina fue di-
solviendo la esperanza en las noches de soledad y café, mientras
el vientre le iba creciendo, con el buzón del correo tejiendo sus te-
larañas, enhebrando sus espacios, revolviendo los recuerdos hasta
lanzarlos al bote de basura para que puedan ser roídos por el olvido
y sus dientes de metal.
Las voces que rodeaban a Yosefina en el laboratorio, en las
visitas a su familia, en el hospital al cual acudía para el control de su
embarazo, en las reuniones con los compañeros de escuela, que los
habían conocido a ambos, le hacían temer el hartazgo de la distan-
cia y luego de cumplirse el año, con la niña en la cuna, se refugió en
el trabajo.
—Tienes que seguir adelante. Hay tanto por hacer que ya
no debes mirar a atrás.
Atrás estaba toda su vida. ¿Como carajo le pedían seguir
adelante? ¿Se puede andar sin oxígeno? ¿Sin pies o sin manos? Atrás
ha quedado el cuerpo. Yosefina ha sentido que son los pedazos de
su piel los que se van quedando atrás, y se va quedando desnuda de
sí misma, en los puros cueros, en los purititos huesos, ya que toda su
humanidad, su naturaleza, su piel y carne han pertenecido y perte-
necen a ese hombre que ¡maldita sea por qué no escribe!
Mauricio no regresó, ni su aliento, ni el espíritu de sus letras.
Mauricio en el silencio del vientre de Yosefina, en cada latido, en los
golpecitos que crecían y se acomodaban. En el llanto de la toma de
oxigeno. En esa mirada primeriza a la hija de ambos. Mauricio en la
ignorancia de estar presente en ella, físicamente ahora, en el rostro
de su hija. Y Yosefina igual declinó el envío de nuevas preguntas:
¿Qué es de ti? Lo que sea podré entenderlo. Hazme saber que estás
bien. No tuvo respuesta, ni se propuso ir en busca de alguna. Quedó
aterida al recuerdo de un hombre que creyó la había amado; ya
nunca podría estar segura de ello, ya no importaba. Había llenado
el cerebro de pensamientos que le permitían desechar por completo
la posibilidad de ese tipo de existencia patológica. Se quedó feliz
mirando en el espejo el futuro imaginado. Y cerró las heridas con la
indiferencia. Jamás te buscaré, fue la promesa.

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Lucrecia nació y no quedaba tiempo para vivir en el pasado
de una relación que se había ido como las nubes, disipado como el
humo, a kilómetros de distancia, al otro lado de las montañas. El
cielo descampó y Yosefina no quiso acordarse más de la lluvia. Se
mira bajo las gotas que caen empapándole la ropa, el cabello moja-
do cubriéndole el rostro, se han perdido sus lágrimas y la sal, en esa
agua dulce que cae del cielo. Esas sus lluvias favoritas que le ocultan
las lágrimas. Ese último llanto, esa última lluvia sobre Yosefina sirvió
para cerrar el capítulo, y no pensar más en ese hombre, en aquel
trato de esperarse el uno al otro; sintió miedo, odio, rabia, y se dijo,
a qué seguir la espera, el amor es sólo una jugarreta del destino
cuando uno es joven y sin responsabilidades, ahora nos queda la piel
y las sensaciones. El agua la cubría, le iba lavando la tristeza. Hay
que luchar contra ese ser que crece con ella en la prisión de su casa,
cuyos ruidos han de poblar paredes, piso y techos, que no había lle-
gado para traer la felicidad.

84
Capítulo SEIS

Yosefina sintió que el cuarto daba vueltas. Que todas las copas de
vino se le venían a la cabeza y que los hielos de las cubetas plateadas
iban recorriendo su espalda como garras, electrocutándola.
—Mauricio hablaba siempre de usted.
Aquel nombre del pasado destapó la celda de la mente. La
estrella solitaria detrás del smog, el aguamarina de las dos únicas
fotos que habían llegado con el correo, el nacimiento de Lucrecia, la
lluvia que le había empapado el alma, limpiándole la distancia. Ver-
se derrotada debajo de las sábanas, enmoheciendo. Se dio cuenta
que nada había sido borrado, que se construyeron historias sobre las
heridas aún sangrantes, gangrenosas, pudriendo la piel. Ella creyó
que se había liberado pero todo venía a caerle encima, como un
balde de agua fría.
Tuvo que sentarse y endurecer el rostro ante el hombre que
había pronunciado la palabra. El nombre odiado se puso a escalar
la corteza del cerebro en busca del lugar al que pertenecía. Remo-
vió la hojarasca. Nombre extraño ahora, nombre complemento,
que debió ser extirpado en las operaciones dolorosas de otros besos,
abrazos que con el paso del tiempo le dibujaron el cinismo en sus

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palabras, y le hicieron darse cuenta que la sexualidad no tiene sen-
timientos. Es fácil probar otros labios, dejarse penetrar, comer por
otra boca, alcanzar la felicidad del orgasmo bajo la caricia y el roce
de otro ser. ¿El amado? Con furia había retirado esa obscenidad de
concepto de su mente. Le era aborrecible todo aquel que le hablara
de amor. Al principio pensó que sería difícil sentir pasión de nuevo.
Pero fue fácil. Tardó en recuperarse, pero una vez que puso en orden
la mente, se decidió a seguir la vida y los halagos llegaron de nuevo.
Intentó creer que la madurez era endurecer su corteza de árbol ma-
duro y decir, los hombres sólo me quieren porque soy famosa y sé
ganarme la plata, y era verdad, pero supo conocerse bien, aceptar
que era una mujer de pasiones intensas, que tenían que ser saciadas:
ella decidiría quién y cuándo. Eso la situaba en la cúspide de la pi-
rámide humana: controla el sexo y controlarás el mundo. Y por más
grandes que fueran los penes, por más inteligentes que fueran los
cerebros, divertidos los comentarios, agradables las compañías, se
había decidido a no pensar en el amor ¿en qué? No entiendo... A no
pensar más que en el disfrute de los roces y las entregas. Darse todo
en el gemido, luchar por obsequiarse en el orgasmo. Lo había logra-
do; hasta ahora que un tipo salido de la nada menciona el nombre
que había abandonado en la Nada: que nada signifique aquello que
un día lo significó todo. Llegó el nombre y el dolor del pecho. Tuvo
que sentarse y recordar lo mucho que le había costado dibujarse
mujer de piedra, escultura de acero, y no el simple pedazo de carne
que había quedado durante meses tirado en la cama, la casa sucia y
desarreglada, con el llanto de la chiquilla que, durante esos primeros
meses de iniciar la respiración y el descubrimiento del nuevo espa-
cio llamado vida, iba desgañitándose del otro lado de la habitación
dentro de la cuna, dentro del pijama mojado de orines, ignorada por
una madre que no la necesitaba más que a una botella de alcohol y
un pene palpitante.
Alguna vez pensó en dejarla morir de hambre, tomó pasti-
llas para dormir, para no tener que escucharla: iba sobre una balsa
en el océano, la lluvia caía y de las nubes negras se desprendían las
alas de aves púrpuras que venían hacia ella, permanecía estática
bajo la tormenta; se miró desnuda, y en las manos le crecieron raí-

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ces, raíces aéreas que subían hacia el cielo, y ella toda era una planta
flotando en ese mar agitado y sobre ella el graznido de los cuervos.
El mar era anaranjado, y de las nubes se dejaron caer flechas de
fuego que tiraban los niños de los cruceros que pasaban cerca, ele-
vando los oleajes. Era un árbol, era el océano que se secaba, y en el
graznido, de nuevo el nombre de su hija. Despertó y la niña lloraba
al otro lado de la habitación. Su cuerpo estaba empapado en sudor,
fue a verla y la alimentó.
Más de una vez se sintió ajena a esa vida de madre. Yosefina
con la resaca de todos los días estallando en la cabeza, los ojos de
panda, ya sin ánimo para la costra del maquillaje, la piel alejada de
las cremas, reseca y quemada. Era un zombie con los ojos detenidos
en las fotografías que poco a poco fue quemando. Los años com-
partidos en la facultad, el jardín botánico y tantas horas de café y
pensamientos. El Vietnam, los panfletos, el método científico con
que se explicaban todo, hasta el amor… no el amor no tiene expli-
cación científica, no tiene derivación lingüística, no tiene relación
con el universo, es una creación del machismo, eso del ámame y me
serás fiel que se impusieron en la época de las cavernas aquellos mo-
nos desnudos que se iban a la cacería de mamuts; el amor lleva a la
fidelidad, la fidelidad mantiene los genes fuertes en la descendencia.
¿Cómo se ha deteriorado todo?
Con los movimientos lentos de un andar sin apuro, pasa-
ba las horas buscando pretextos para odiar a esa pequeña, cuyos
ojos hundidos, esos malditos labios delgados le traían a la mente ese
nombre que sonaba a abandono, desesperanza, a ya no puedo más
con el trabajo, a no tendré tiempo para cuidarla, si pueden hacerse
cargo de ella, bien, si no la llevaré al orfanato, porque no quiero
tenerla, no tolero sus berrinches. A eso sonaba ese Mauricio que le
martilló los oídos, ese reconciliarse con la pequeña, ese descubrir
en la sonrisa el no me importa que no haya vuelto, te tengo a ti mi
botón de azúcar, mi pequeña. Y cubrirla de lágrimas, bautizarla en
el dolor.
Quizá Mauricio había muerto. No más cartas, no preguntar
a los conocidos que viajaban al sureste. Para qué. Murió aunque no
haya muerto. ¿Qué es la existencia sino una representación de las

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ideas, un recuento de historias? Si no hay historias no hay existencia.
Y Mauricio dejó de existir. Nunca lo hizo y eso acabó por confortar-
la. ¿Mauricio? Nombre extraño. Nombre complemento. ¿Para qué
venía a ella ese recuerdo, ese aporrear de letras en la mente, no se
darán cuenta que la muerte es un respiro hacia la vida?, ¿dónde los
años de soledad y desconocimiento? Morir la vida, vivir la muerte.
Todo en soledad.
Soledad en la que hubo que cambiar pañales, despertar del
letargo, moverse de nuevo, reactivarse. Era necesario cumplir con
los proyectos, con los tiempos de las financiadoras y sus exigencias
de calidad, con los tiempos de entrega de las semillas y las plantas
modificadas en su genética, que tanto exigía el gobierno para sus
programas sociales. Las barreras estaban puestas en la mente, re-
construir la historia, cambiar de personajes, inventar los diálogos,
todo para no recordar nada de aquel que compartió su vida, para
borrar cada ademán, cada idea generada. Yosefina que había cons-
truido junto a aquel una forma de pensar, tenía que negarse, adap-
tarse a la creencia de yo siempre he pensado así, él nada tuvo que ver en
esto, y pasaban los años en el descubrir el lenguaje. Y el medio de
cultivo era óptimo, y las células en crecimiento eran óptimas y la
lucha había sido ganada. Todo era óptimo para continuar andando,
dejando caer al silencio los lastres
Arrancar del diccionario palabras horribles como esa de
cuatro letras a, m, o,.. ¿r?, qué significaban, no más que la ironía, no
más que el respeto de la gente a quienes se imponía: esta Yosefina
tan cabrona. El amor es una utopía. Menos que eso. Quizá más, de-
penderá siempre de cómo veas las cosas, decía Yosefina para zafarse
de las relaciones que los hombres que conocía querían entablar con
ella. Me bastan mi hija y mis proyectos para sentirme plena. Estamos
bien así, ¿no te gusta coger sin preguntas, sin esperanzas ni metas?
Pero que tonto eres, que estúpidos son los hombres. Esa Yosefina tan
segura de lograrlo todo, de acaparar los halagos de la academia, el
respeto de las autoridades, el deseo de los hombres. Cansancio, sexo,
gratitud, sexo, estrés, sexo, odiar el sexo, tomar el sexo, sembrar el
sexo en cada pared, en cada lámpara, en cada nuevo abrirse al in-
finito de la histeria, era lo necesario para llenar los vacíos, el regalo

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de los cuerpos y la lucidez del orgasmo para olvidar los rencores,
para poder concentrarse en la búsqueda de la niñez perdida de su
Lucrecia, que nada debía, pero que tampoco nada obligaba.
¡Yo no tengo la culpa de que vivas!, había gritado en una
ocasión que la niña no dejaba de llorar y tuvo que hospitalizarla por
la deshidratación. Ahí sentada en el hospital, mirando el cuerpecito
débil conectado al suero, los ojos sin brillo por la falta de líquidos,
reconoció a su Lucrecia. Logró borrar todos los indicios del pareci-
do con el padre, y supo que su hija era sólo de ella, un pedazo de ella
misma, de la mujer brava que había sido hasta ahora. Sólo de ella
sin nadie más, como aquella virgen de los cuentos que encantan a
los religiosos. La había encontrado un día dentro de su vientre. Fue
plantada por el valor que ella tenía como hembra, como investiga-
dora, como mujer que lucha, como mujer de entrega, había ocurri-
do como la partenogénesis. Mujer vientre, mujer molusco, mujer
demonio de piedra, siempre de piedra la mano y la espina en la
punta de la lengua. Ya no importaba que nunca la hubiera querido
amamantar, que esos enormes pechos arrojaran su leche hacia el
plástico de los biberones y que la muchacha del servicio se encargara
de la niña. En el hospital miró de frente a su hija, como se puede mi-
rar a un niño, como se puede mirar a un prisionero, a un ser inferior
que pide misericordia, que suplica entender por qué durante cinco
años no te he tenido a mi lado, por qué no has podido besarme antes
de dormir, y entonces Yosefina pudo reordenar el futuro.
—¿Qué es lo que he hecho? ¿Qué es lo que me has obligado
a hacer? –se dijo como un reproche, le dijo a alguna sombra, como
un reclamo a la mujer del espejo. No era necesario pensar en quién
era esa sombra, lo que significaba ese gesto de culparla de todo. Era
aquel hombre que se había ido al sureste con voz de esperanza, de
nos volveremos a ver. Morir la vida, vivir la muerte. Y aquel botón de
azúcar deshidratado, aquella boquita seca y costrada, aquellos ojos
sin luz, que a pesar de los esfuerzos, de las mangueras colgando de
esos bracitos, aún sonreía.
Y pudo ser un poco amiga, un poco ya no la victimaria,
un poco la que escucha, un mucho la que regaña y ordena. Para
ser madre harían falta tiempo, dedicación y esa dulzura de la que

89
sabes que carezco, le decía una y otra vez a Lucrecia, mientras se
preparaba para llevarla al colegio, para pasarla a buscar, para comer
con ella, para llevarla a dormir. Y Lucrecia la sentía más madre que
nunca, más madre que la que en cinco años había habitado con ella
esa casa de jardines amplios; esa madre que muchas noches pidió
durante el sueño y no llegaba. Ahora podía tener su respiración por
las noches, podía sentir que no era Yosefina el enemigo. Todo lo
que la proximidad de la muerte lograba cambiar en los corazones;
no fue darle vida, no fue alimentarla con el cordón umbilical lo que
le hizo entender que debía amarla, fue la proximidad de perderla y
mirar de frente a la soledad, quizá la culpa, tal vez el remordimiento.
Amar, ella que sabía que ese sentimiento sólo era una utopía, como
tantas otras que alguna vez rozaron su alma. Fue el descuido de la
alimentación y el abandono lo que llevó a la pequeña Lucrecia a la
enfermedad. En el hospital, Yosefina miró la debilidad en la respi-
ración de su hija. Las diarreas y los vómitos lograron detenerse a
tiempo, y era tan delicada, con esa delgadez intensa a que la había
sometido. Esa delgadez del trato que le profesaba. Ya nunca más.
No podría volver a dejar que llegaran estos momentos, el corroer de
los dolores en el pecho de la angustia: tú no tienes culpa de nada,
pequeña, no es tu culpa este mal de amores por el que he padecido.
Es mi maldita soberbia tan tiranizante. Cinco años le tomó darse
cuenta. Mauricio se fue dejándole ese tesoro que ahora casi pierde
por sus rencores. No eres tú, pequeña. El único monstruo he sido yo
con la idiotez de no entenderte.
Y supo que la relación de una madre para con su hija es mu-
cho más grande que lo que cualquiera pudiera intentar explicar con
argumentos científicos. Ahí sólo puede ponerse en juego el entendi-
miento de lo etéreo, una sensación de electricidad y violencia celular
inimaginable. Eso que nos aleja de los mitos de monos desnudos en
las cavernas, coger y cazar, cazar y procrear tribu; lo supo entonces
y pudo sonreírle, acercarse, manteniendo la distancia, esa niña que
le devoró las entrañas nueve meses, que le devora la responsabilidad.
Ahí estuvo Yosefina, junto al cuerpo dormido de Lucrecia que se
debatía ante la muerte. Y le contó cuentos, le limpió los sudores, le
acarició el rostro y le llenó de besos la piel. Ahí estuvo, estaba, estará

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Yosefina para todo lo que Lucrecia necesite. No hace falta más que
intentar redescubrirse. Y no hacía falta más. El tiempo se encarga-
ría de arreglarlo todo. El tiempo esa única esperanza. Lo que nos
separa de los dioses, el mítico tiempo tan irresponsable, tan de pocas
pulgas que siempre nos lleva de la mano, siempre el maldito tiempo
que nada lo cura, coño, no es mas que una de las categorizaciones
que el hombre hace para medirlo todo, por esa soberbia que le im-
pulsa a querer controlar todo, a imagen y semejanza, padre tiempo,
padre sol, eterno padre desprovisto de misericordia; pero el tiempo
no podía contra esta historia.
Lucrecia amaneció con la sonrisa de todos los niños en el
rostro, con la sonrisa de esos cinco años que Yosefina no había que-
rido mirar, pero que ahí estaba, presente en la inocencia. Era su
duendecillo, su mariposa, su más preciada flor que ella misma había
generado con la semilla de un recuerdo. Alguna vez Mauricio, y este
pedazo de carne que es mi propia alma transfigurada.
Pero no les duró el gusto. Quizá seis años de aprendizaje
de parte de Lucrecia, para darse cuenta que su madre no era más
madre que la señora del aseo. No era más amiga que la que vende el
pan en la esquina. No era más compañera que la cocinera, la madre
de Laura. No la tuvo y no la tendría como madre, y la niña de once
años decidió llamar su atención, jugar a que nada le importaba, y
con el juego fue creyendo que nada en verdad le importaba. Era la
hija de Yosefina Morales y eso la tenía marcada en esta ciudad, don-
de el gobierno amaba a su madre, y sus investigaciones generaban
tanto de que hablar a la prensa y a la academia, con esa propuesta
de mejorar al campesinado. Su madre bajo los reflectores, Lucrecia
bajo la luz mercurial de las esquinas, con Laura y los amigos de la
cuadra, los chicos del crucero. Jugando a ser adultos en un mundo
de chicos y pantalones cortos. Juego de inauguraciones y aprendi-
zaje sobre el asfalto, sobre las pieles, sobre las lágrimas. Luego la
pasión y carne mezclándose, la muerte de Laura, el rencor ante la
muerte y la entrada a la carrera de biología. Yosefina era un cometa
en la vida de su hija, la rozaba apenas, y la chica de once años iba
creciendo en sabiduría, porque no hay mejor espacio para liberar
ideas que el campo gris en que nos desenvolvemos.

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Ahí estaba Yosefina sentada con la copa de vino en la mano,
esperando que los mareos y las remembranzas la abandonen. Y
cuando la calma llegó a su cerebro.
—Se siente bien —el hombre de las gafas la tomó del brazo
y ella se descubrió sentada en una silla.
Yosefina tomaba café en su cuarto de hotel mientras recor-
daba al tipo del brindis. Alto, con el cabello cubierto de canas, y
unos lentes intensos que le reducían los ojos hasta aparentar dos
semillas de pistache. Se quitaba las gafas a cada rato para limpiarles
el sudor que no dejaba de escurrir por su rostro, por el nerviosismo
que no era capaz de controlar. Y Yosefina volvía a marearse ante
unos ojos que no podían dominarse y que giraban por las órbitas,
hasta que eran amansados nuevamente cuando los lentes volvían a
su lugar. El hombre se llamaba Rulor Miranda, oceanólogo. Había
trabajado con Mauricio durante seis meses, ahí en Las Bocas. Todas
las noches lo veía llenando sus notas bajo las lámparas de aceite de
la estación de campo, que les había dado la gente de Torrefuerte.
Lo había acompañado en sus recorridos nocturnos por las playas de
Las Bocas. Le había ayudado a medir el caparazón de las tortugas, a
balizar marcando con una vara, sobre la playa, los kilómetros de la
zona de anidación, o incluso marcar con cinta amarrada a un palo,
el sitio donde los nidos eran depositados.
Había visto tantas veces a Mauricio llenando diarios y es-
cribiendo cartas, que no podía creer lo que Yosefina afirmaba de
no saber nada de aquel devoto novio. Él acompañaba a Mauricio
a depositar el correo —Rulor sabía que nunca se mandaron tales
cartas; supo de Yosefina por medio de Torrefuerte, y bajo el brazo
poderoso de Montañez cuando lo torturaban. Había sido enviado
por Erik para hacer caer a la mujer en el juego, la habían encon-
trado hace algunos años. Erik Torrefuerte quería enterarse de si la
novia de Mauricio había recibido informes sobre Las Bocas, ¿qué
tanto sabía? La paciencia hace grandes a los hombres, había dicho
Torrefuerte a su guarda espaldas, mientras Rulor se enjugaba la san-
gre del rostro—, ahí con las personas que traían víveres a Las Bocas:
y Mauricio se quedaba mirando la esperanza, en las estelas que la
lancha iba dejando mientras partía hacia Isla Tiburón. Sonreía al

92
pensar que aquella mujer del otro lado de las montañas estaría espe-
rando, estaría luchando en esa lejanía, imaginando el reencuentro.
—Es tanto lo que te necesito Yosefina. –Rulor sabía que to-
das las cartas terminaban de la misma forma. Recuerda a Mauricio
en sus constantes pláticas sobre la doctora Yosefina Morales. Hasta
aquella noche de luna alta; los pobladores venían hablando del ri-
tual. Nos presionaban de Isla Tiburón para entregar los reportes ob-
tenidos hasta ese momento. Nicanor, el más anciano del pueblo, nos
había pedido que nos marcháramos, que los pobladores no tenían
problemas con nosotros. Mauricio sabía ganarse a la gente, pero no
podíamos quedarnos al ritual. Y Nicanor blandió el machete cerca
de su rostro. Mauricio se negó a dejar el puerto, pero los machetes, cer-
cando a los voluntarios, fueron convincentes, y luego que nos hicieron
abordar la lancha, a nosotros dos y a los estudiantes que estaban con
nosotros, los pobladores prendieron fuego a la estación de campo.
Mayo y junio son los meses en que la arribazón de las tor-
tugas se vuelve una actividad diaria. Junto con Rulor Miranda, los
voluntarios y Mariana Nadal, Mauricio recorría las playas al este y
al oeste de Las Bocas. Recorridos que empezaban siempre bajo la
mirada endurecida del sacerdote Felipe, bajo la apretada mandíbula
de Nicanor y esa llamarada proveniente de sus ojos.
—No haga caso a estos viejos y cumpla con lo suyo— de-
cía Mariana Nadal, cogiendo del brazo a Mauricio y abordando
la lancha que Torrefuerte les había enviado. El doctor Ambrosio
permanecía silencioso, con el rostro enjuto por la preocupación.
Nada podré hacer por usted, quédese en la clínica... esa había sido
la advertencia, Mauricio no escuchaba, su temperamento le hacía
arriesgarse, y sólo queda esperar que no suceda nada, mientras no
haya provocación no habrá respuesta.
En esas noches, Rulor Miranda se iba caminando por la pla-
ya con Rocío y José Adrián, los voluntarios que había traído Monta-
ñez, una mañana de finales de abril. El día que llegaron los apoyos,
la lancha, los voluntarios y el equipo necesario para desdeñar el si-
lencio y la soledad, Mauricio no estaba en la cabaña; había pasado
la noche en la clínica bajo el cuidado de Mariana, quien lo encontró
tirado en la playa, diez kilómetros al este del poblado. Insolación,

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está deshidratado, y esas costras en toda la piel por el piquete de insec-
tos, tiene una infección que ha avanzado, y lo ha hecho desmayarse.
Nada como el reposo, que lo hidratemos y estará como nuevo. Había
salido por la noche y Mariana lo encontró al atardecer del día siguiente.
—Pensé que sabía que no hay forma de abandonar Las Bocas.
—No quería abandonarla, sólo saber hasta donde podía lle-
gar. Y esas huellas... —¿acaso deliraba?
—En su estado, viviendo de café, agua y limones, no tendría
fuerza para llegar muy lejos.
—Me sentí cansado y me recosté. Luego me fue imposible
levantarme. No es la primera vez que escucho ese susurro en el viento. Y
las huellas… las huellas son la prueba que no estoy loco. ¿Las viste?
—Ha estado haciendo mucho viento. Recogí todos los pape-
les que estaban regados por el piso. –Mariana continuaba ignorándolo.
—Leyó lo escrito en ellos.
—Fui a avisarle que Torrefuerte mandó decir que esta tarde
llegarán los voluntarios y el equipo que estaba usted esperando. El
doctor Ambrosio me pidió que fuera a verle. Lo que hice fue seguir
sus huellas.
—Entonces debió ver las otras huellas, esas que aparecieron
cuando se desató la ventisca.
—No había más huellas que las suyas. –respondió Mariana
sin hacer caso del delirio.
La desesperación le dolía en el cerebro. El aislamiento de
meses. Nicanor comenzaba a espantarlo con aquella sonrisa de
dientes podridos. Con esas historias siempre repetidas. Sin más vo-
ces que las de su pensamiento. Sin las cartas de Yosefina. En el silen-
cio total y pegajoso. En el abandono. Ahora que tendría compañía.
Debía recuperarse.
—¿Qué pasó mi amigo? Le traje lo prometido —le dijo
Montañez al visitarlo en la clínica— La gente se establecerá con
usted en la estación de campo. A darle pues, que ya estamos finali-
zando abril y en cualquier momento comienza la arribazón.
Al salir le presentaron a su colaborador: Rulor Miranda,
oceanólogo, y los voluntarios Rocío Ballote y José Adrián Bestard,
estudiantes de biología que estarían para apoyarlo.

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—Han pasado muchos días.
—No se había podido, ya ve, ¿O piensa darme problemas
otra vez? No discuta y póngase a trabajar. ¿O pretende que le dé
explicaciones? –le dijo Montañez pegándosele al rostro. La debili-
dad de Cuevas ante la fortaleza de Montañez, le hicieron bajar la
mirada. Ahí estaba la marca en la mano. La “m” que lo distinguía
–Nunca pensé que fuera usted tan cobarde, mi amigo. Unas sema-
nitas y ya está usted hecho una porquería.
Mauricio parecía un náufrago, no imponía mucho respeto
en esa primera reunión con su equipo de trabajo. Recibió el material
de apoyo, despidió a Montañez en el embarcadero, y luego de un
baño y acicalarse la enmarañada barba, habló con sus ayudantes,
y desde entonces, le confesó Rulor a Yosefina, fuimos mirando la
capacidad de Mauricio para transmitir su inteligencia.
Pero llegó esa noche. El enardecimiento de los habitantes, la
carrera por la vida. La intensa tormenta de arena te agitaba el cuerpo.
—Mauricio había descubierto algo. Lo supuse, debido a que
al principio Nicanor lo acompañaba en las salidas, como su guía. El
trabajo nocturno era intenso. Yo me la pasaba durmiendo durante
las mañanas, igual que los voluntarios. Pero Mauricio no descansa-
ba. Pensé que usted estaría enterada. —Para Yosefina la historia que
el tipo de los lentes le relatara era indescifrable.
Mauricio dio orden a José Adrián de abandonar el sitio y
una vez arrancado el motor, saltó al mar. Nunca me pidió que lo
acompañara, pero en ese momento no podía dejarlo solo. Necesita-
ba saber lo que Mauricio me había mantenido en secreto. Nadamos
con precaución, apenas asomando la cabeza, llegamos a la playa a
unos kilómetros del poblado y comenzamos a caminar detrás de la
duna costera. Llegamos dando la vuelta dentro de la ciénaga, vimos
la estación que ardía en llamas, entonces corrimos al embarcadero,
ahí estaba el barquito del doctor Ambrosio acompañado de Mar-
tín y Mariana. En otros botes el sacerdote Felipe, Nicanor, Susana,
Jorge Ekert, las mujeres y algún otro, se habían adelantado. Justo
cuando desaté la lancha, comenzaron los gritos y las correrías hacia
nosotros. No supe de donde venían. Tropecé y caí al suelo. Mauricio
siguió corriendo. Abordó y encendió el motor de la lancha. No volví

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a verlo. Desperté en un hospital. Cuando me recuperé me dirigí a las
oficinas de Torrefuerte.
—El proyecto fue un fracaso.
—¿Y Mauricio?
—¿Cómo pudo enardecerse la gente de esa manera, qué fue
lo que hicieron?
Aún hoy, a pesar de todas mis sospechas, puedo decir que no
sé de qué hablaba Torrefuerte.
—Sólo tenían que entregar reportes, no andar por ahí ave-
riguando historias —se respondía Erik, mientras los ojos de Rulor
Miranda buscaban el vidrio de aumento de sus lentes que aquel
hombre le quitaba para molestarlo.
— Describir el manejo que hacen de las tortugas, ¿te parece
algo difícil? —Montañez negaba con la cabeza, con el rostro endu-
recido, pero sin odio. Roca de luz, frente a Rulor y el temor de éste,
que se apoderaba de su miserable cuerpo.
— ¿Y Mauricio? —se había atrevido a preguntar de nuevo.
Rulor Miranda, el hombre lleno de tics, arrastrando un poco la pier-
na derecha, echando los hombros hacia atrás cada dos segundos,
sin dejar de sudar, le había entregado los papeles y Yosefina creyó
notar algo de tristeza en la tonalidad de voz que el hombre de las
gafas usaba para contar la historia. Así llegaron a ella los papeles. No
vio más al hombre de los lentes ni supo de él, hasta que Lucrecia le
dijo que se iba al sureste, que la habían aceptado para trabajar con
tortugas. El tipo que entrevistó a su hija para el trabajo en Las Bocas
era Rulor Miranda.
En su cuarto de hotel, Yosefina espera la llamada de Lucre-
cia, mantiene en la cama el cofre que contiene los escritos de Mau-
ricio, que todavía no se anima a leer.
—Quizá ahí se encuentre lo que Mauricio no quiso con-
fiarme —le había dicho Rulor al entregarle el cofrecito de madera que
tenía tres candados —como puede ver, en veintidós años nunca lo he
abierto.
Rulor le había dicho que ni el mismo Torrefuerte supo de
ese cofre. Rocío Ballote lo había rescatado en la huída, y lo conservó;
días después de que yo me entrevistara con Torrefuerte, la volunta-

96
ria me habló por teléfono para invitarme una copa y me lo entregó.
Fue en la ciudad. En un café del centro. La ví nerviosa. Como es-
condiendo algo. Pero nunca supe qué. Me entregó una carta escrita
por ella, en la que me pedía perdón. Luego supe que se pegó un
tiro. Se sentía vigilada, perseguida, acosada. Algo la había dejado
inquieta, tenía miedo pero nunca me dijo de qué. Igual yo, mucho
tiempo sentí que me vigilaban. Podía entrar y salir de Isla Tiburón,
pero siempre tenía que reportarme con Montañez a determinada
hora. Me creían enfermo, y los tics, el hombro derecho hacia atrás,
la sudoración, fueron cesando conforme pasó el tiempo. Ya me he
recuperado. Un día me habló Erik para decirme:
—Según la gente que he contratado, Mauricio murió en
alta mar. Te voy a dejar ir de vacaciones Rulor. Hazme el favor de
descansar y calmarte. No sea que te pase lo de Rocío. No entiendo
qué la pudo haber inquietado tanto, tan inteligente que parecía, y
mira que pegarse un tiro. Te he avisado a ti y a José Adrián. Dime Ru-
lor qué es lo que ha pasado en Las Bocas que todos acaban muertos.
—No lo sé don Erik. Pero cierro los ojos y miro los rostros
deformes de los pobladores del puerto, la lumbre de sus antorchas.
Yosefina contempla el cofre sobre la cama. A un lado tiene
unas pinzas que solicitó en la recepción del hotel. Está dispuesta a
entrar al mundo que le ha sido vedado durante dos décadas. Nece-
sita respirar, transportarse a ese tiempo para borrar los silencios que
la apretaron tan duro por las noches. El hombre de las gafas acabó
diciéndole:
—No creo que Mauricio haya muerto en alta mar. Era un
excelente nadador. Quizá usted quiera averiguarlo.
Yosefina no había querido averiguar nada en tantos años.
Ahora quería saber lo que había vivido Mauricio, y esos papeles se
lo dirían.
Fue en las largas caminatas, matando el tiempo, cuando a
Mauricio comenzó a obsesionarle la figura que presentía a sus es-
paldas, esa sombra que dibujaba su mente. Le habían hablado de la
desaparición de Arminda, y había prestado oído a los sonidos que
escuchaba cuando el viento levantaba la arena.

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—Ya ha comenzado a inquietarse la niña. ¿Cuándo llega-
rán las hembritas a la playa?
—Esto sé esta poniendo peor cada año. –comentaban los
pobladores.
Mauricio se alejaba para reconocer cada sitio de los que Ni-
canor le había hablado. Al principio el anciano había actuado como
guía, hasta esa vez cuando Mauricio quiso ir más allá de Naular.
—No tienes nada que hacer ahí. Vamos a regresar.
—Quiero seguir un poco.
—He dicho que no –y lo tomó de la muñeca. Mauricio
constató la fuerza del anciano, y vió esa terrible mirada en su rostro.
Decidió regresar con él al puerto. Pero al día siguiente caminó solo
más allá de Naular. Al poco rato comenzó a sentir una opresión en
el pecho, el aire se hacía denso y le daba por imaginar que alguien le
miraba.
—¿En serio? –le preguntó Mariana Nadal cuando por fin
se atrevió a contarle. Ya habían pasado dos meses desde aquella vez
que la morena lo encontrara tirado en la playa. Justo la tarde que
Montañez había llegado con provisiones.
—No me harás dudar de mi cordura. Algo extraño pasa y
deberías decírmelo.
—¿No le dijeron que no debía ir mas allá de Naular?
—¿Por qué? ¿Qué ocultan detrás de ese sitio?
—Creí que le interesaban las tortugas, no las historias de
fantasmas.
—Pero no puedo negarme que he escuchado esos murmullos.
—¿Alguien más los ha escuchado? Rulor siempre le acom-
paña. ¿Los escucho también? ¿Le ha preguntado a Rocío? ¿A José
Adrián?
—Olvídalo. Debe ser el calor.
Si se animó a decirle a Mariana es porque la sensación se
ha hecho más notoria. Sobre todo esta noche, cuando pudo ver de
nuevo huellas pequeñas detrás de las suyas. Justo esta noche, cuando
Rocío, la única mujer que los acompaña en el proyecto se había
ido con Rulor hacia el otro lado del puerto. Mauricio le pide a José
Adrián que se regrese a la estación, que él se quedará a ver que

98
deposite esta tortuga; envió al voluntario al poblado para apoyar a
Rocío y a Rulor en el sembrado de los nidos en el corral de incuba-
ción. Solo en la playa mira las huellas. Al principio creí que eras tú
Yosefina, la soledad me hacía pensarlo, ahora que están ellos, dudo
menos de mi cordura.
El viento comenzó a revolver la arena. Va corriendo, inten-
tando atraparlo. Cae. Queda hincado, enojado consigo mismo por
ser patético. Me estoy enfermando. A sus espaldas vuelve a sentir
la presencia, voltea y ve las huellas en la arena, y el chapoteo en el
agua. El mar comienza a salpicar, la arena a levantarse como una
barrera a ambos lados de su cuerpo, formando un muro. Crece un
remolino de agua y Mauricio retrocede como un cangrejo, ayudán-
dose con las manos y los pies. La columna de agua se inclina sobre
su rostro.
Se oyen las voces de Rocío y Mariana que han salido en su
búsqueda.
—Nicanor ha ido a la cabaña a hacer un escándalo –dice
Rocío.—Está discutiendo con José Adrián y Rulor.— Rocío se ade-
lanta corriendo, mientras que Mariana camina junto a Mauricio. La
morena iba mirando las marcas que han quedado en la arena.

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Capítulo SIETE

Desde el asiento del avión Lucrecia sigue recordando la mirada de


su madre. Después de la plática que han tenido, la noche antes de
su vuelo, no sabe si sentir enojo por el silencio de tantos años, si
pensar en la locura de un padre que no conoció, o tomar en cuen-
ta las palabras de Yosefina y las lecturas de los papeles amarillos
mal garabateados que le ha entregado. Puede entramar el tejido del
tiempo hacia esa noche cuando la escuchó alterada del otro lado del
teléfono. Esa noche cuando aquel hombre de los lentes le entregó
los documentos a Yosefina. Lucrecia le había preguntado si esta-
ba llorando y ella decía que era por el nerviosismo que siempre se
le presentaba después de cada conferencia. Sin embargo a 11,000
pies de altura rumbo al sureste, esperaba encontrarse con el mismo
hombre de las gafas, que la había contratado para hacerse cargo del
próximo Centro para la Protección de la Tortuga, que después de
veintidós años intentaban establecer en Las Bocas.
Miranda se lo dijo al entregarle su boleto y le había dado
las instrucciones necesarias para su viaje, él la esperaría en el puerto
de Progreso. Lucrecia se había emocionado aún mas, cuando en el
aeropuerto de la capital, le fue entregado un sobre firmado por Erik

100
Torrefuerte: “Srita. Lucrecia Morales, después del análisis de los
candidatos se ha decidido contratarla a usted para ocupar la plaza
de Investigadora en Jefe, del Proyecto de Conservación de la Tor-
tuga Marina. Enhorabuena. Como debe estar enterada, llegando
a Mérida habrá una persona esperándola que la conducirá hacia el
puerto de Progreso, a donde he dispuesto que el oceanólogo Rulor
Miranda, nuestro Coordinador de Proyectos, le acompañe en el via-
je a Isla Tiburón, aquí estaré esperándola”.
Sentía un poco de preocupación por saber si habría luego
algún pasaje de regreso y esto era lo que afectaba las emociones de
su madre. ¿Volverían a verse o la vulgaridad de la discusión será lo
último que se dirían? Lucrecia aceptaba orgullosa esta oportunidad
que se presentaba apenas después de presentar el examen de grado.
Esta confianza que depositaban en ella, no podía desaprovecharla.
Había vivido como hija de madre soltera, encerrada en libros de
ciencia, en esos largos espacios de soledad, debidos a que su ma-
dre pasaba semanas fuera de casa por sus viajes de campo, o por
mantenerse encerrada en el laboratorio, recibiendo cada día mas
reconocimientos por su labor científica, pero dejando a su hija bajo
el cuidado de las amigas, de las niñeras, de las maestras de escuela.
La temporada que convivió con Laura le habían endurecido el pen-
samiento. Y se sentía inteligente y hermosa. Su delgadez tirana le
había ayudado para conseguir lo que quería en cuestiones de amor,
y era Federico lo único que en verdad le había agradado, hasta que
se descubrió enamorada de su amiga, esa hembra con quien com-
partió la niñez. Federico tenía esa violencia al amarla que le había
marcado el carácter. Él, junto con todo lo que hasta ahora había
conocido, quedaban atrás. Los recuerdos se irían desgastando hasta
ser sólo parte del sueño. Ni la pasión por Federico pudo detenerla,
aunque al recordarlo se le sigan empañando los ojos y sienta un do-
lor extraño en la garganta. Iré a ti Laura, se dijo muchas noches, y
ahora, en el avión quiere reconstruir el cuerpo de su amiga encima
del suyo.
Ya no era la niña que necesitaba de su madre. Se habría
acostumbrado a vivir como su compañera de casa, a eso era a lo mas
que aspiraban ambas en la relación. Eran en las fiestas familiares

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donde al menos se abrazaban y fingían tener esa relación madre—
hija. Era para el pago de las cuotas de escuela, para los regaños y
los no puedes salir esta noche, para los que Yosefina importaba para
Lucrecia, sobre todo importaba porque esas negaciones las llevaban
al enfrentamiento. Al principio Lucrecia corría al cuarto a llorar por
la injusticia, Yosefina endurecía el rostro con esa manera de acabar
las discusiones: No tienes argumentos, tienes que levantar la voz,
aprende a discutir y deja de hacer dramitas. Laura le había dado
consuelo y fortaleza para burlar los cuidados de su madre. Aprendió
a escapar por la ventana. A no dejarse sorprender, hasta que el cinismo
hizo presa de su vida, y le dejó de importar lo que Yosefina pensara.
—¿De dónde vienes?
—Del infierno. Lindo lugar, te lo recomiendo —y azotaba la
puerta de su cuarto, dejando a su madre con las palabras en la boca.
Ya no es lo mismo, menos ahora con una carrera terminada
y la oportunidad de no depender de la economía de Yosefina, su
compañera de casa, su madre a medias. Lucrecia tenía ante sí el
pasado como una niebla que en una noche se había rasgado. Había
llorado por la tristeza de la voz de su madre, le había servido un
whisky para aclararle la garganta, y mientras lo hacía se dijo que
era un momento en que le hubiera gustado mejor escuchar algo
de rock, fumándose una bachita, de esas que siempre guarda en su
porta lentes, en el buró junto a su cama. Quizá con esa placidez que la
hierba siempre le ha brindado, hubiera podido escuchar a su madre sin
alterarse como al final lo hizo. Quizá hubiese sido mejor no saber nada,
¿para qué? Si siempre ha estado sola, ¿a qué viene ese sentido de culpa?
— ¡Ya cállate Yosefina, por favor!
Pero tenía que mantenerse en silencio, para no agitar el
miedo a los fantasmas de su madre. Ese temor que, grabado en los
papeles amarillos, le fue transmitido como una herencia, como si
hubiese sido entregada, luego de graduarse, con todo y dote, y esa
dote era la prisión del alma del que debiera ser su padre, que no
conoció y que tampoco sentía necesidad de conocer. En el dolor
del abandono su madre le había ocultado durante años la identidad
de su progenitor. Cuando tuvo edad para darse cuenta de las cele-
braciones de la escuela, los festivales del día del padre, a los que su

102
abuelo asistía, se animó a preguntar a su madre ¿dónde está papá?,
y vino aquella historia de una noche que viajó para un congreso
conoció a un hombre que la dejó embarazada, y no había más.
— Ni siquiera nos preguntamos nuestros nombres –ríe con
la mentira, ríe y abraza a Lucrecia niña.– No te preocupes, yo soy tu
madre y tu padre. Y bueno, también tienes al abuelo. –y aunque el
abuelo no estaba de acuerdo, respetó las decisiones de su hija para
ocultarle a Lucrecia la identidad de su papá. Yosefina no pudo decir-
le que amaba a ese fantasma que ahora había aparecido de la nada,
no pudo contar que se conocieron en la escuela de ciencias, en el
jardín botánico, en el corredor de las cícadas, que el dolor que tenía
en el pecho era tan intenso, que para su mala o buena fortuna Lu-
crecia tenía esos mismos ojos, hundidos ojos de preguntas, y ahora
descubría, la misma dignidad.
—Cómo pudo permitir tanto, y encima, me dice que no
levante la voz, que tenga argumentos para discutir, y que no haga
drama, ella que se la ha pasado llorando las noches, encerrada en su
cuarto. –pensaba Lucrecia mientras el avión se iba elevando.
Y ahora, ese fantasma viene en este viaje con ella.
Dentro de esos papeles atrasados se encuentra la memoria de aquel
hombre, y ese balde de agua hirviendo, que quizá después de una
bachita no hubiera sido tan duro, pero fue casi como si le hubieran
dicho: sabes, siempre tu padre no nos abandonó, desapareció en un
pueblo de pescadores donde dicen que se ha detenido el tiempo;
imagínate la idiotez del tipo que me entregó los papeles, un poblado
que ni siquiera conozco, sólo una foto mandó tu padre, en que se
veía un embarcadero con lanchas atadas al muelle como tantos en
todos los puertos del país.
—¿Se veía?
—Al nacer tú, me deshice de todo lo que me recordara a tu
padre.
Lucrecia había entrado temprano a la primaria, con solo
cinco años de edad cumplidos. Para qué dejarla en casa al cuidado
de las niñeras, si puede comenzar su aprendizaje, pensaba Yosefina.
Por eso a los once ya estaba en la escuela secundaria. Todos esos
años fue su abuelo el que la había acompañado. Pero cuando sus

103
abuelos murieron en el accidente, cuando regresaban a la capital
de sus vacaciones, Lucrecia supo que estaría sola. Y de mano de la
soledad caminaba las quince cuadras hasta la secundaria. Sus once
años encima y su cuerpo de niña contrastaban con el carácter fuerte
que imprimía a todas sus relaciones. No tenía amigas, sólo Laura
que estudiaba en una escuela de gobierno, la hija de Doña Lucero la
mujer que se encargaba de la cocina y de la casa. Laura y Lucrecia
se sentían hermanas, y como tales se entregaron al incesto. Fue Lau-
ra su guía por un mundo que Lucrecia ansiaba descubrir.
— Ninguna de las dos tenemos padre. Qué chido ¿no crees
Luqui? Nuestras madres, sin embargo, no parecen muy tristes. Al
menos, la Lucero, siempre tiene una sonrisa, un beso, un zape y
un revolcón para quien le guste. –Lucrecia no contestaba, seguía
sintiendo las hierbas del jardín picándole los muslos y las piernas. Le
gustaba tirarse en el césped a fumar con Laura, sabía que su madre
no podría ya con ella. Esa lucha en que se había enfrascado les aven-
taba el rencor en la cara. – y pues la doctora Yosefina tampoco se
puede decir que sea una monja. No te enojes pero ya le he contado
más de una veintena de tipos distintos en los últimos tres años. –Lu-
crecia callaba y seguía mirando las nubes en el cielo.
—¿Lo has hecho ya Laura?
— ¿Coger, dices?, claro, tengo catorce años. Si fea no soy.
Bastante prieta, pero tengo mis galanes.
—¿Y te gustó?
—Al principio me dolió horrible, como si te estirarán un
dedo hacia atrás, hasta reventártelo. Pero luego... El Paco es un im-
bécil, enseguida me embarró toda el muy pendejo.
Lucrecia se puso de costado, en posición fetal, rodeando con
sus brazos sus piernas, y dándole la espalda a Laura.
—¿Te acostaste ya, pinche chamaca?
—No. Pero me muero de ganas. No tengo aún con quien.
—No chingues. Tienes apenas once años. Yo acabo de cum-
plir catorce y ya merezco, pero tú... Deberías aguantarte.—hizo una
pausa mientras miraba a Lucrecia, y comenzó a acariciarle el cabe-
llo. —Vi a mi mamá cogerse a Federico. —siguió diciendo Laura.
Lucrecia estiró una mano hacia el césped para cortar una hojas.

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—¿El que hace los mandados en el instituto de Yosefina?
—El mismo.
—¿No es muy joven para tu mamá? ¿Qué edad tiene, dieci-
nueve?
—Dieciocho, según Lucero. Varias veces ha venido quesque
a traer o a buscar algo de doña Yosefina y pues “la negra” tiene sus
calenturas –rieron ambas. —Me escabullí para mirar, me puse bien
caliente. Luego ya estaba toda mojadota. –y rió lúdica.
—¿Mojadota?
—Ahí merito; —le dijo intentando tocarla, Lucrecia se de-
fendió con las manos, y ambas rieron, Laura se quedó con la mano
derecha de Lucrecia, y comenzó a chuparle los dedos. —El Federico
está delgado, pero tiene lo suyo. No tan grande como mi Paco, pero
está bastante bien. El caso es que mi “negra” se la metía en la boca
(y se metía dos dedos de Lucrecia en la suya) luego se pusieron a co-
ger como salvajes. No como el pinche de Paco, con dos movimientos
de cadera expulsó todo, todito y me dejó embarrados los muslos. Yo
sentía que necesitaba más, pero al otro se le fue poniendo suaveci-
ta… (Soltó su mano, y encendió otro cigarro).
—Ese hombre de barbas, es tu padre. En estos papeles dice
lo mucho que te piensa y te imagina, como sueña con vernos, los tres
juntos en la playa para esperar la fiesta dedicada a las tortugas que
se hace en aquel puerto. Te imaginaba muy parecida a él, y créeme
que lo eres. –le había dicho Yosefina.
¿Debo sentir pena? ¿Debo sentir cariño por este hombre?
¿Qué esperas de mí? ¿Perdón? Si siempre he crecido como una bas-
tarda. Nada hay qué pueda perdonar porque nada me interesa. La
soledad ha sido siempre la barrera de mis tristezas. Me has enseñado
eso desde la cuna. No necesito tener padre ahora. Tú has sido ma-
dre y padre, ¿lo olvidaste? Son tus palabras: padre y madre, malos
ambos, por supuesto. Nunca estuviste cerca, nunca tenías tiempo.
¿Qué debo sentir, lástima por ti? ¿Porque ahora descubres que el
hombre que amabas no te abandonó, sino que desapareció, debo
perdonar tu silencio? ¿Debo perdonar a todos los cerdos que metiste
a tu cama? ¿O quizá deba sentir respeto porque nunca volviste a
creer en el amor, y ahora pretendes contarme el sufrimiento que

105
padeciste por un hombre, o hacerme creer que alguna vez estuviste
enamorada? ¡Yo fui la huérfana, tú sólo fuiste la abandonada!
Lucrecia sabe, supo y siempre sabrá que esas palabras fue-
ron dardos para el corazón de Yosefina, pero no podía callarlas, ha-
bían sido años ya de querer que su madre fuera una mujer feliz y
no el investigador serio que siempre ha sido, la jefa de tantos y el
ejemplo de muchos.
—Necesitaba una madre no una amiga, nunca pudiste en-
tenderlo. —Se lamentaba de las palabras, pero habían sido necesa-
rias. Fueron muchas las lágrimas que aquella había derramado, más
cuando Lucrecia aprovechó esa misma discusión para contarle que
un hombre alto y fornido le había hablado, en la facultad, de un
trabajo en el sureste:
—Mi jefe necesita unos biólogos, y como supe que te acabas
de graduar.
—¿Cómo supiste?
—Hay carteles con tu nombre anunciando tu examen de
grado de hace una semana.
—¿Cómo sabes mi nombre?
—Pregunté por los recién graduados.
—¿Te envío mi mamá?
—No sé quien sea tu mamá.
—Y de qué trata el trabajo.
—Un Centro para conservación de Tortugas Marinas en
el sureste. No queremos a alguien con mucha experiencia, porque
el sueldo no es mucho. Pero no serás la única candidata. La cita es
mañana a las dos.
Luego de haberla abordado en los corredores de la facul-
tad, Montañez habló con Torrefuerte para confirmarle que había
dado el segundo paso. Primero Rulor Miranda contactó a Yosefina,
ahora abordaron a Lucrecia. No sospechan nada. Les han hecho
llegar los papeles en un cofre, y ahora esperarán, y ofrecerán todo
para que la hija de Mauricio Cuevas termine la investigación que su
padre iniciara. Pretenden controlarlas taladrando el sentimiento y la
nostalgia. Saben de ellas, de sus movimientos. Torrefuerte ha tenido

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veintidós años para tramar bien la celada. Ahora tiene la certeza que
el misterio será develado, y nadie más tendrá que enterarse.
—Dejemos que vaya a la entrevista. Si no se anima, enton-
ces te la traes por la fuerza –fue la respuesta de Torrefuerte. Pero no
hubo motivo para atraer temprano la violencia. Montañez se quedó
con las ganas, miró a la recién graduada, y vio en ella el rostro de
Mauricio, es igualita, no cabe duda que la idiotez se hereda.
—¡¡¡Al sureste!!! —Yosefina sintió hervir su piel, un calor
insoportable creció desde el estómago hacia su rostro. Bebió un vaso
con agua. A la doctora le habían valido seis meses de leer los papeles
de Mauricio para volverse una señorita de casa. Llena de amor, sole-
dad, tristeza, dolor y debilidad. Lucrecia la desconocía. Necesitaba
pelear sin lágrimas, como Yosefina acostumbraba hacerlo, pero aho-
ra su madre por todo lloriqueaba. Nunca la había visto así, drama
tras drama. Le causa lástima, no el saber quién era su padre, sino ver
el amor renacer tarde en el corazón de Yosefina. Su madre ha de-
vorado las cartas, se las sabe de memoria, tantas lágrimas retenidas
han tenido que soltarse. Pero Lucrecia tenía que viajar.
Ya en el aeropuerto, Yosefina se había doblegado, e intentó
retenerla en la sala de documentación del equipaje: Ese lugar me
arrancó lo que más quise; eres lo único que me queda. Las decisio-
nes han sido tomadas. Lucrecia sabe que en los internos su madre
hubiera hecho lo mismo. Lucrecia a 11,000 pies de altura cruzando
el Golfo para llegar al sureste y encontrarse de frente con ese pue-
blo de fantasmas que su madre le ha contagiado, si es posible que
los fantasmas puedan contagiarse como la sarna, o la influenza que
habita dentro de los manglares de la mente.
Mauricio Cuevas había crecido en un poblado sin mayor
mérito que haber sido refugio de cristeros que huían y lloraban, sa-
queaban, maldecían y habían formado una cruz en el templo prin-
cipal, a base de metralla y aquel altar donde rompieron todas las
vajillas de porcelana fina que robaron a los hacendados (liberales o
no, qué importaba) durante su carrera para esconderse de los fede-
rales. Aún se cantan los corridos de la Batalla del cerro del Capulín, el
Corrido de Santiago Bayacora y muchos otros que narran las historias de
esos hombres llenos de violencia religiosa que extraviaron el camino

107
luego que las autoridades eclesiásticas los abandonaron a su desti-
no. A pocos kilómetros de donde Irineo Menchaca realizó la toma
de Mezquital durante la Segunda Cristiada en abril de 1935; doce
años después, cuando la religión había retomado su pacífica forma-
ción de hombres en espera de un nuevo tiempo que les regresara
los favores perdidos, en ese poblado polvoso donde el último de los
bandidos —creyentes, descendiente de nombres como Lucas Mora,
Chano Gurrola, donde las mismas Brigadas Femeninas Santa Juana
de Arco (Brigadas Invisibles—Brigadas Invencibles, Bi—Bi) fueron
refugiadas tantas veces, el último de los combatientes cristeros había
sido sepultado debajo de la pila bautismal donde el padre Anselmo
le mojó el rostro a Mauricio Cuevas, por ahí, en el año de 1947.
Tuvo una hermana de nombre Angélica que murió cuando
cumplió los quince en el intento de un aborto. Las hierbas que le dio
la comadrona no le sentaron bien, por toda la infestación de pará-
sitos que Angélica tenía encima, además de que ya la cuenta se le
había alargado a las 25 semanas. Se desangró mientras el padre de
Mauricio la abofeteaba:
—Eres dos veces pendeja, o tres, no sé, eres una maldita
pendeja. Ahora resulta que te me mueres. Sólo eso podía faltar. –y le
sacudía el cuerpo como si quisiera agitarle el alma y darle vida. Y a
cada sacudida, el padre de Mauricio gemía de dolor y el llanto se le
escapaba.
Mauricio miró la sangre escurrir desde la entrepierna de su
hermana, bajar por el colchón hasta tocar el piso y dejar la mancha
hedionda, que nunca quiso borrarse; él apenas contaba con sus once
años recién cumplidos, y servía solamente para los mandados. Hacía
falta dinero, pero el padre de Mauricio apostaba al sacrificio, que el
niño estudiara, no podemos haber tantos burros en la familia. Aun-
que sea él que lo lograra.
Mauricio Cuevas pasó la vista por la casa que tenían en ese
pueblo, alguna vez guarida de cristeros, que ni siquiera asomaba
en el mapa, parte de algún municipio, de uno de los estados de esta
república que su padre le ayudaba a amar, si algo puede amarse ya
sobre un país, una patria, un sistema de repúblicas; era una casa
simple, sin muchos adornos y sin muchas cosas, una cocina siempre

108
limpia, las cortinas en las ventanas, y los cuartos pequeños y bien
arreglados. Con la muerte de Angélica se quedaría con el espacio del
cuarto sólo para él.
Su madre era alta y delgada, de ojos grandes pero sumidos
debajo de las cejas que saltaban como una cornisa. La primogénita
moría y Mauricio miraba a sus padres: Roberto Cuevas sacudiendo
el cuerpo. Su madre sentada junto a la ventana, mirando la muerte,
y a ratos el amanecer, peinándose el cabello. Y entre las nubosidades
que huían del desierto encontró el manantial que se tragó su voz a
sorbos. Su madre se fue hundiendo en el silencio.
El padre de Mauricio Cuevas tomó a su hijo para sus confi-
dencias. Le hablaba de lo mal que lo trataban en la fábrica. Que ser
parte de la maquinaria que forma los automóviles extranjeros jamás
había sido su sueño. Hay un sistema político, hay una república pero
nadie la respeta, sólo es el sinónimo de país, y tan sólo la pura som-
bra. Roberto Cuevas siempre había imaginado que podría llevar a
su familia de paseo a la playa, jugar entre la arena.
—Junto al mar, el tiempo se detiene Mauri, algún día te
llevaré y nos miraremos el sargazo en los ojos, nos tomaremos de
la mano los tres, mamá, tú y yo, y correremos a meternos entre el
oleaje.
Nunca pudo ver la playa en vida. Pero le llenó a Mauricio
los ojos de brisa marina. Las playas significaban la libertad, el sacri-
ficio de sus padres. El dolor metido en la mente de un hombre que
se rompía la madre de sol a sol, por un sueldo raquítico con que
apenas cubría las deudas adquiridas para enviar a su hijo a estudiar
a la capital y a una esposa que se iba plegando como las hojas de la
Mimosa pudica, cuando se le toca, cerrándose sobre ella misma.
Había un jardín lejano, se abría el verde y los árboles eran
parecidos a semáforos que siempre permitían el paso. Bajo los árbo-
les, en esa sombra, solía Yosefina pasar ratos de descanso. Atenta a
sus lecturas. A compartir con sus primas el catecismo. Disfrutaba los
momentos cuando sus padres la llevaban a los días de campo en casa
de los abuelos. Se podía olvidar del ruido constante de los motores
que iban girando sobre su cabeza cuando asistía a clase. Solían venir
cada vez que tenían vacaciones. Le preguntaban si quería ir a la

109
playa, si quisiera salir del país, ir a algún parque de diversiones, y la
respuesta era la misma: No. Quiero ir a casa de los abuelos.
Ahí podía madrugar y ayudar a los empleados en las faenas
de la granja, los rancheros la consentían sobre manera, y Yosefina
montaba caballos, ayudaba en la ordeña, alimentaba a las gallinas,
gozaba la libertad de aromas que se le enredaban en el rostro. Por las
tardes iba a la lejanía de esos jardines para poder sentarse bajo los
árboles a leer. Había ratos que gozaba la compañía de sus primas,
pocos en verdad, pero los hubo. Ellas crecieron y fueron apartán-
dose. Yosefina recuerda a Daniel, el hijo del jardinero, ese primer
beso cuando caía la tarde y las luciérnagas imaginaban reinar en esa
oscuridad. Era una razón mayor para venir de vacaciones a casa de
los padres de su madre.
Pasaron los años y distintos amaneceres con sus promesas
de vida nueva. Con el corazón roto y las cartas en el incendio de
la primera decepción, Yosefina cumplía los dieciséis para enterarse
que Daniel se había escapado con una novia, dos meses antes. Yose-
fina arrugaba las cartas cuyas fechas en el encabezado se descubrían
mucho más próximas, que esa fecha de la huída. El tipo le seguía
escribiendo desde la clandestinidad del escondite donde vivía con
otra. Así conoció Yosefina el amor. Así llegó a su vida el dolor de los
abandonos, y nunca pudo prepararse para lo que vivió con Mauri-
cio. Nunca pudo prever que conocerlo significaría el cambio que su
vida necesitaba. La simpleza en el pensamiento de aquel hombre,
que siempre se preocupaba por el necesitado, que un día dejó de
escribir, y fue sepultado por la arena.
Yosefina estaba en la maestría cuando conoció a Mauricio,
que cursaba el segundo semestre de la licenciatura en biología en la
misma facultad. Fue en la biblioteca, luego en el gimnasio, en la ca-
fetería; volvió a verlo en la obra de teatro, y se dio cuenta que Mauri-
cio la estaba siguiendo. Luego él mismo se lo confesó, tenía muchos
amigos que siempre le llevaban el recado de donde podía verla. Lo
observó entre los manifestantes socialistas, de este lado los leninistas,
por acá los trotskistas, y Mauricio por ahí, lejano, siguiéndola. Supo
que Yosefina adoraba los jardines de su casa, y por eso hizo que una
amiga mutua la citara en el jardín botánico de la universidad. Fue

110
ahí, en el corredor de las cícadas, cuando la celestina se excusó para
ir al baño, que Mauricio se dio valor para acercarse y regalarle una
Mamilaria gaumeri, que un compañero le había traído del sureste, la
había encargado con tiempo, y ver el rostro de Yosefina ante el rega-
lo, hizo que valiera la pena el esfuerzo.
—Pero es una especie protegida… Cómo la vamos a sacar de acá.
—No pensé en eso —hizo una pausa y puso cara de asus-
tado— Miento. Me llevo con el encargado. Él me ayudó a meterla,
incluso me la hidrataron porque se había estresado un poco con el
viaje (el estrés en las plantas ha sido el colmo del capitalismo). Me
llamo Mauricio.
—Ya lo sé. No sólo tú has estado haciendo trabajo de in-
vestigación —y Mauricio sintió que todo había encajado a la per-
fección, sintió un temblor bajo los pies, y la miró a los ojos; no pudo
decir nada, sólo se le quedó viendo el rostro, el lunar en la ceja, la
nariz pequeñita.
El verde de las plantas comenzó a balancearse hacia las
sombras, los vitrales de la luz reflejaban alebrijes y demás quimeras
en las rocas y las arenas de los hábitat representados dentro del jar-
dín botánico, crecían haciendo el mundo pequeñito, hasta sólo ser
ellos dos detenidos en un lugar preciso, en un tiempo exacto para
reconocerse, así sin misterios. Y los ojos profundos de Yosefina iban
creciéndole en la piel. Se imaginó besándola. Se imaginó paseando
con ella de la mano. Una ventana, y ahí en el firmamento, una so-
litaria estrella muriendo de frío. Se miraban y ambos sintieron que
en ese momento se fueron contando sin hablar toda su vida anterior
a ese momento. Hasta que ambos fueron avisados que salieran a la
explanada, porque estaba temblando en la ciudad.

111
Capítulo OCHO

He caminado la arena de esta playa. Lejos ha quedado Isla Tiburón


y los miedos que me contagiaste. Nada de lo que he leído en los pa-
peles que me has dado me ha podido consolar. No puedo compartir
tu sentimiento. Siento odio. No sé si por ti. Sí hacia Rulor Miranda
que me impulsó hacía esta aventura de fantasmas que se ríen por la
noche, que me hizo seguir la pista de un futuro, ya de por sí marcado
por la desaparición de un hombre, futuro contaminado, como si te con-
taran el final la película, y entonces no pudieras disfrutar las palomitas.
Lo he conocido mejor, sabes, y se me hace un ser extraño. A
ratos viene a platicarme del trabajo y en ocasiones lo miro detenido
junto al mar, en el atracadero mirando el horizonte, sumido en sus
pensamientos. Supe que él no puede volver a Las Bocas, que en
diversas ocasiones lo ha intentado y en el trayecto se desmaya, o se
altera tanto que más de una vez se ha tirado al mar manoteando.
—Actúa como un desquiciado. –escuche decir a alguien. Y
los rumores sobre Rulor han crecido tanto que me desespera. –Está
enfermo de mar y arena. Está enfermo por Las Bocas.
He visto mi dormitorio. La cabaña que menciona el hombre
de los papeles (no podré decirle padre nunca, espero entiendas), no

112
es la misma, la anterior se quemó dijeron, nadie lo recuerda, o no se
habla mucho al respecto. El poblado si es de madera, pero nada me
recuerda esas descripciones que las dos hemos leído. He preguntado
por Nicanor y me han llevado a ver su tumba. Hay una cafetería de
nombre Doña Susana. Y no existe clínica alguna, pero sí pude ver
otras tumbas con los nombres de Mariana Nadal y Ambrosio Piña
escritos en las lápidas.
La iglesia esta cerrada entre semana. Acá no vive ningún
sacerdote y el que viene algunos domingos no se llama Felipe. “Solo
viene gente si Torrefuerte lo autoriza”. Don Erik es una persona en
extremo amable. –Oirás tantas historias, la verdad es que Las Bocas
es un pueblo de ermitaños, se vive ahí porque no se tiene ataduras
en ningún lado. No vivirás ahí por siempre, no perteneces a los hom-
bres ajenos a todo, ¿o sí? Claro que no, has de tener familia, gente
que te quiere y da todo por ti. Esa gente lo ha olvidado todo con
respecto al mundo de fuera. Años de apartarse, de convivencia con
gente como ella, sin nada que contar, que no quiere mezclarse. Se te
hará extraño pero no hay niños, no están aquí para tener amistades,
están porque trabajan para mí, y quieren olvidarlo todo. Yo les doy
trabajo y los protejo en su anonimato. Trabajarás, se te pagará bien,
y te sales cuando quieras o cuando termines el trabajo. Una tempo-
rada te pido, es difícil por el silencio, pero si lo logras, veremos que más
puedo ofrecerte. Y cerramos el trato con un apretón de manos.
Rulor Miranda ya no quiere hablar conmigo, desde que
comencé a portarme distante. De alguna forma se siente ofendido
porque doy crédito a lo que dicen de él. Supongo que obedece algún
tipo de ordenamiento dictado por don Erik, mi jefe y dueño de las
empacadoras. Rulor es un buen tipo, noble y trabajador, pero está
muy trastornado, respétalo y mantente a distancia.
Todos hablan de Rulor como un hombre enfermo, necesita
medicarse para estar tranquilo. Nadie lo respeta, ni siquiera pueden
creer que él haya sido enviado a contactarme, a hacerme la entre-
vista para este trabajo, piensan que pudo ser una forma en que don
Erik lo intenta volver a la realidad. Unos aseguran que para Rulor es
mucho mejor estar lejos del océano. Está a salvo en Isla Tiburón. No
es el mar lo que lo enloquece, si no, no hubiera podido salir nunca

113
de Isla Tiburón, es el pedazo de océano que lo separa de Las Bocas,
ese lugar lo tiene aterrado. Y es lo que no quiero que te pase. En el
momento que te sientas mal, con miedo, o simplemente no soportes
el silencio, me avisas por medio de Montañez, y te sacamos de ese
sitio. El silencio puede destrozar la mente del más cuerdo.
Quizá te quiso jugar alguna broma, producto de sus cons-
tantes delirios. No lo sé. No quiero ofender tus recuerdos, madre,
no quiero sentir que te decepciono. Tuve mucho temor de enviar
esta carta y hacer que pierdas la ilusión. La verdad creo que no te
amarraste a mis pies para no dejarme venir porque en el fondo, ne-
cesitabas que alguien te confirmara lo de los papeles. Incluso, ahora
lo he pensado, pudo ser algún otro hombre que se hizo pasar por
Miranda, y que el hombre que me contrató y el que te entregó los
papeles no son el mismo Rulor. No lo sé. Te escribo lo que he visto.
—¿Conociste a Mauricio?
—Creo que lo conocí, creo que fui su asistente. No lo re-
cuerdo, no puedo recordarlo bien –se toma la cabeza con las manos
—a lo mejor sólo leí los reportes, pero no tiene importancia. Hay
mucha niebla en la cabeza. Niebla, fuego, arena… (y levantó la ca-
beza y la frente llena de sudor, el enojo terrible de sus gestos) Lo que
te dije es lo que es. Hubo un intento y ahora volveremos a empezar.
Volverás a empezar, es un proyecto nuevo de don Erik y no importa
aquel tipo, no consiguió nada, sólo atrasarnos, y el trabajo no debe
atrasarse… hay que seguir… tenemos que lograrlo esta vez…
—Es que mi madre me habló de alguien que le entregó unos
papeles en un cofre, —lo interrumpí en sus divagaciones— hace
unos meses, y según ella, quien se los entregó se llama Rulor Miran-
da —el tipo palideció.
—Deja de hacer preguntas estúpidas, y lee los informes que
hay y la literatura sobre las especies que te entregué, —me dijo gri-
tando, sus ojos parecían salirse de los lentes— y no me vuelvas a de-
cir nada sobre cofres y papeles, ¿eres idiota? Que putas me importa
tu madre.
Sí hubo un investigador de nombre Mauricio Cuevas antes
de mí. En esto todos coinciden, aseguran que enloqueció; espero
estés sentada para escuchar esto. Dicen que en aquel entonces era

114
difícil venir a verlo y el hombre enfermó de soledad. Ya he leído de
algo llamado mal de montaña, y creo que es algo que pudo pasarle.
Se encerraba en la estación de campo y no quería tener contacto
con los pobladores. Cuentan que se le encontró muchas ocasiones
a punto de ahogarse nadando en el mar, y lo llevaban de nuevo al
puerto. Que le vieron hacerse heridas en los antebrazos con un cu-
chillo que siempre tenia con él, y que lo escuchaban gritar por las
noches, desesperado. Un día cogió una lancha y se fue hacia el mar.
Nunca llegó a Isla Tiburón, pero tampoco regresó a Las Bocas. Se
habrá ahogado o huido a cualquier otro puerto.
Puedo creer lo de la locura. No tienes idea de lo que es el si-
lencio hasta que llegas a Las Bocas. Puedo escuchar mis pensamien-
tos. A veces, cuando hablo con alguien, dudo si lo que digo, en ver-
dad lo digo o sólo lo he pensado. Me siento como intoxicada. Como
cuando fumo algo de mota. Lo chistoso es que el último cigarrito
me lo fumé en Isla Tiburón, con Ángela, que será mi compañera,
y fue antes de venir para acá. Espero no creas que soy una droga-
dicta, estoy limpia. Es el mutismo de la gente. Esas miradas duras.
Las quijadas apretadas. La monotonía del oleaje. Pero una cosa voy
a prometerte, no enloqueceré en este sitio. Al contrario quiero de-
gustar el silencio, paladearlo, quiero concentrarme en encontrar mis
pensamientos primigenios, no seguir pensando cosas que me den
tristeza, eso es algo que estoy luchando por que no suceda. Huyo del
tráfico de la ciudad y todo ese paisaje de cemento. Esas carreras al
amanecer cuando la luz apenas se vislumbra y todos apurados hacia
las estaciones del metro. Acá te duermes con el sonido de las ciga-
rras, miras el ropaje nocturno iluminarse con las luciérnagas, y te
levantas rayando el día con las voces de los flamencos que viven en
el humedal. Necesitaba de esto ¿sabes?, pero es duro estar pensando
siempre en voz alta, como si me desdoblara ¿sabes? Como si la voz
interna me hablara así de frente, y en voz alta.
He pensando mucho en ti, en como estarás, en que espero
que te sientas mejor y que apenas me pueda establecer bien, puedas
venir a este sitio para que recorras las playas que Mauricio te contó
en sus textos. No sé que es lo que ha pasado en verdad con él. Nadie
de Isla Tiburón lo sabe a ciencia cierta, sólo son: parece que, cree-

115
mos que, puras suposiciones. Pero apenas llevo unos días acá, y es
necesario que comience a involucrarme. No creo escribirte todos los
días, puede ser contraproducente, y violentar mi tranquilidad, des-
quiciarme por imaginar e imaginar cosas, por escribir ya no hechos
reales sino dejar que el pensamiento guié mis interpretaciones de
la realidad. Prefiero sudar y cansarme, caminar, observar, trabajar
en lo que se me ha contratado y no andar corriendo en busca de
respuestas a preguntas que, en serio te lo digo, no me interesa con-
testar. Quizá vine huyendo, de ti, del fantasma de Laura, del mismo
Federico (no le llenes la cabeza a ese hombre de temas míos, mien-
tras menos sepa de mi, le ayudará a dejar mi nombre secarse en su
recuerdo, marchitarse y hacerse polvo, eso es mejor para él y para
mí). No estoy escondida, en verdad no he pensado en él más que en
este momento, y no miento, es en serio, mi alma está conmigo, me
platica y me dice que esté tranquila, que juntas nos recuperaremos,
quitaremos las últimas capas. Acá descubriré quien es Lucrecia Morales.
Nadie me dirige la palabra aun y me he sentido tan extraña
que tampoco me he permitido abordarlos de manera contundente,
sólo contestan si realizo alguna pregunta. Llevo dos semanas sola en
la cabaña, leyendo las notas que tome de los papeles de Mauricio,
o revisando la literatura que me prestaron en Isla Tiburón sobre las
especies. Me he entretenido caminado en los playones. Lo único real
de las notas es la arena, tanta arena duele en la mirada.
Creo que es lo que me llena de tristeza: la arena tan harta
de silencio, como un cementerio de la naturaleza, como el inicio del
universo, así se me figura la arena, el polvo en que todos habremos
de convertirnos alguna vez, esa mezcla de generaciones que viajan
al viento, que son arrojados a la superficie por el mar, que todo lo
disuelve.
Se que eres fuerte madre, se que todo esto te ha golpeado
demasiado. No sé que sea mejor, si pensar que el hombre que amas-
te te abandonó o el hecho de que haya quedado loco. El hombre los
dejó plantados con el trabajo.
La misma Ángela, quien además es asesora de don Erik,
me ha dicho que Rulor Miranda constantemente visita el psiquia-
tra. Torrefuerte paga los gastos. ¿Puedes creerlo? Está seriamente

116
trastornado el tipo, ¿cómo no te diste cuenta? Debió ser por que
necesitabas escuchar lo que te contó, madre. Estabas en el sureste,
escuchaste su nombre, te sentías sola, la soledad vino a jugarte una
mala partida. Necesitabas esperanzas y este loco te las brindó. A lo
mejor los textos son del mismo Rulor Miranda. No lo sé. Te he dicho
que a lo mejor ni era él. Espero estés bien madre, espero que perdones
este desencanto y que podamos seguir siento tú y yo como hasta ahora
lo hemos sido. Eres fuerte Yosefina. Te quiero mucho. Cuídate.
Lucrecia mira la estela del bote que se dirige de regreso a
Isla Tiburón. Le han traído víveres y más equipo. No llegó con ellos
Ángela Pozo, le contaron los marineros que la bióloga se quedó a
esperar una cuatrimoto que piensan traer por vez primera para no
tener que hacer los recorridos a pie.
Ha comenzado a trabajar con los habitantes de la comuni-
dad, y le causa extrañeza no ver en el poblado a niños. En el café
Doña Susana, la señora Renata le ha recibido con pláticas por de-
más interesantes, sobre la caza del tiburón, sobre la pesca ribereña,
las anidaciones de los flamencos, sobre algunos mamíferos pequeños
que sólo habitan en estas regiones, sobre las noches calientes cuando
el amor corre por el poblado, hasta volverse rencor y todos se aban-
donan a sus viviendas, odiándose un poco por tener que convivir.
Lucrecia ha pensando en la posibilidad de mirarse dentro
de los brazos de uno de los pescadores, lamer esa piel salitrosa que-
mada por el sol. Viéndolo bien le apetece incluso la fisonomía de
Renata, esas curvas resaltadas por una buena alimentación, esos la-
bios carnosos y su nariz ancha, las cejas que se unen al centro, y los
ojos retocados siempre de líneas negras, dándoles amplitud. Renata
le trae a la memoria aquel primer beso que le dio Laura, mientras le
decía “si vas a estar pronto con Federico será mejor que sepas besar,
así que ven, nada mas no me vayas a morder” y se mira estallar de
risa cuando su amiga le metió la lengua en la boca “no te rías que
esto es serio” “carajo Laura, ¿en verdad es así como a los chicos les
gusta? ¿O sólo es una puerqueza tuya?”, “Claro que les gusta, les
encanta meter la lengua en nuestras bocas, meter la lengua en todos
lados…” “¿De que hablas?” ríe cómplice, “Ya lo veras, ya lo veras
mujer”.

117
Con el cabello largo pero la cabeza siempre cubierta por
una tela, tiene un presentimiento, la Susana de la historia de Mau-
ricio es similar a esta mujer, viéndola bien si tiene el tipo de gitana
madura que describió aquel hombre. Renata enciende un cigarrillo,
sin levantar la cabeza mira a Lucrecia divagar.
—Mucho que pensar hoy ¿eh?
La chica no responde, sonríe al acercar la lumbre de un
cerillo a su rostro para encender un cigarro.
—No hay mucha gente.
—Es la luna, habrán ido a camaronear. No siempre es así,
pero no hay de que quejarse.
Lucrecia se ha pasado las horas fumando con Renata, ha-
blando sobre la ciudad. Renata tiene una forma de mirar caracterís-
tica, se te queda viendo fijamente cuando le hablas; sirve de nuevo
las tazas de café.
—Nunca he salido de acá. Toda mi vida ha estado en estas
playas.
—Que suerte; yo daría mis ojos por haber pasado mi vida
en este sitio. Nunca podré olvidarlo. El silencio, la tranquilidad. Uno
puede pasarse los días pensando, leyendo, o mirando el mar hasta
que caiga la noche, espesa como un bloque, me siento abrumada
por tanta vista hermosa, quisiera quedarme para siempre, tener hi-
jos acá —Lucrecia quiere encaminar una plática, para acceder a la
información que necesita— ¿Tiene usted hijos?
—¿Tus ojos eh? —chupa el cigarro. La mujer hace una pau-
sa mientras va agitando su café para que se enfríe un poco, sin levan-
tar la vista hacia Lucrecia:
—Quizá alguna vez los haya tenido. No puedo o no quiero
recordarlo, no sé cuál sea en verdad la respuesta que mejor le venga
a tu pregunta. Los hijos han llegado y se han ido, han nacido y se
han muerto, durante toda la historia del puerto, o la historia de mi
vida. No lo sé. ¿Acaso han sido dos o tres mis pérdidas? Son tan in-
gratos los críos, te retuercen las vísceras unos meses, y por eso tienes
que pagar queriéndolos toda la vida. Te daré un consejo, trata de no
preguntarle a la gente sobre su vida presente o pasada. Acá todos
tienen algo de tristeza en la conciencia, y es lo único que te diré so-

118
bre el asunto. Todos han dejado algo, han dejado todo, y no buscan
amigos sino morirse solos.
Lucrecia comenzó a pensar de nuevo en las lecturas que
había hecho antes del viaje. En las palabras de Torrefuerte sobre los
habitantes. Suspiró, y continuó:
—Todo es muy tranquilo.
—Espero encuentres lo que vienes buscando y no tengas
que aburrirte. Cuando las personas se aburren empiezan a querer
saber cosas que no tienen por qué. Se vuelven molestas y fastidiosas
con sus ideas de cambiarlo todo. Cuesta trabajo aceptar esta vida,
pero la tenemos y la sabremos llevar, la hemos sabido llevar a cabo,
entonces ¿por qué quieren interrumpir nuestro empeño en la vida
que nos ha tocado? –Renata dejó escapar el humo por la nariz—
Vete a dormir, ya voy a cerrar.
Lucrecia se fue a su cuarto con lentitud, una muralla de
luciérnagas se iba encendiendo a su paso, algún aleteo sobre su ca-
beza, y en la mente naciéndole la bruma, preguntas como un con-
glomerado de células, sin decisión para dividirse y sin atrevimiento
para dejarse sacar del cerebro. Llegó a su dormitorio, sacó su maleta
de debajo de la cama y revisó entre sus apuntes hasta encontrar el
nombre del pedazo de playa que Mauricio había descrito: Naular.
Sentía que estaba cayendo en una trampa, había que enfo-
carse en el trabajo, la playa de anidación, el corral para los nidos.
¿Por qué no llegaba Ángela Pozo? ¿Por qué la mandaron antes si no
tenía ahora mucho por hacer mas que conocer el puerto y a la gente,
y esas playas anchas donde anidaban las hembras? Ella no cederá
ante la soledad como lo hizo su antecesor. Es una treta para hacer
que sienta la desesperación habitar sus pensamientos. No podrán,
ella esperará tranquila, y será valiente, es algo que día a día se promete.
Cogió el cuchillo que le había dado Jorge Ekert en Isla Ti-
burón y se encaminó hacia Naular. Las cosas deben de enfrentarse
a la primera. Caminaba por la playa y fue sintiendo que entraba en
la oscuridad, como si tuviera que hacer a un lado las cortinas de la
noche que le impedían el paso. 35 kilómetros, ¿cómo medirlo?, y de
inmediato pensó en Laura, en la forma en que junto con ella po-
dían saber la velocidad de huida de los tipos que les vendían hierba,

119
contando sus pasos a cada minuto, y haciendo los cálculos, e intento
mantener una velocidad constante en su andar, que le permitiera ca-
minar sin cansarse, no importaba qué tanto tiempo le llevara llegar
a Naular, tenía que hacerlo. No había más. No se quedaría rodeada de
preguntas, enfrentaría a Mauricio yendo hacia ese sitio que le aterraba.
El incidente en el café Doña Susana, esa frialdad cortante
de responder de Renata, que no anduviera indagando sobre los de-
más, es algo que no piensa permitir. No ha sido un evento aislado, ya
había encontrado antes al anciano Ramón sentado sobre la tumba
marcada con el nombre de Nicanor, acariciándola con los ojos más
tristes que Lucrecia hubiera visto en su vida. Se detuvo en la entrada
del cementerio y desde ahí le preguntó al viejo que sollozaba y cuyo
cuerpo se agitaba en las respiraciones de su llanto:
—¿Está bien? ¿Puedo ayudarle? –dijo mientras vencía su
miedo de entrar al cementerio, sobre todo por la imagen de que
representa un hombre sentado en una tumba y de noche.
—Me han robado el nombre –el tipo se levantó y comenzó
a correr entre las lápidas hasta salir del otro lado del cementerio. Lu-
crecia caminó hacia la tumba donde estaba sentada aquel personaje.
La lápida tenía el nombre de Nicanor Durán. Entonces con el cu-
chillo removió las maderas de la tumba, y al abrirla, no había huesos
dentro. Salio con prisa del cementerio, mirando hacia la tumba, y
cuando se volteó para continuar corriendo de frente, se topó con un
tipo alcoholizado. De nariz grande y calvo, que la detuvo.
—No sea usted como ellos, váyase de una vez; cada que uno
de ustedes llega somos nosotros los afectados, váyase cuanto antes de
Las Bocas. Nada de lo que acá ocurre podrá entenderlo, puede salir
lastimada.
—Déjeme, —Lucrecia dio dos pasos atrás con agilidad, y
sacó el cuchillo que Ekert le había dado.—¿Me estás amenazando?
Dime tu nombre. ¿Quién eres? –No pudo reconocerlo.
—Profanadora. Ha venido a rompernos la tranquilidad. Le
digo que se vaya cuanto antes –el tipo caminó hacia atrás para per-
derse en la oscuridad. Lucrecia desistió seguirlo. Se dirigió al café
Doña Susana, no le contó nada a Renata. Se guardó las ideas para
irlas paladeando, había profanado una tumba, era cierto, en busca

120
de qué, los papeles le seguían afectando. Se enjuagó en el agua del
pozo, al lado del establecimiento, y entró con el rostro cambiado.
Mauricio y Yosefina seguían disputándose su mente. Pasaron los días
y con los baños matutinos en el mar disolvió esas ideas locas de Mauri-
cio. El mar que lo destruye todo, que todo se lo traga, hasta los miedos.
Ahora camina midiendo el tiempo para llegar a Naular, y
no aminora el paso. No podían ser casos aislados. Los hombres del
cementerio, el comentario cortante de Renata. Algo estaba pasando
y empezaba a creer en lo que Mauricio escribió en sus textos. Recordó
igual lo que Jorge Ekert le había dicho en Isla Tiburón sobre Cuevas.
—Hombre inteligente. La verdad es que no sé qué es lo que
le ha pasado; era un hombre noble, me consta. –y Lucrecia se des-
cubrió hablando sola, diciendo en voz baja “qué es de ti Mauricio”.
Y de pronto percibió la brisa, se percato por vez primera como el
viento va rompiendo con la monotonía del oleaje que le llegaba has-
ta las botas, el mar estaba agitándose. El viento de los papeles de
Mauricio. La niña transformada en remolinos de arena.
Sintió frió y no había llevado consigo nada para cubrirse,
se preguntó, “qué carajo hago acá a estas horas; maldición estoy
empezando a actuar impulsivamente, no traje nada para cubrirme y
empieza a hacer viento”.
El viento arreció y los granos de arena comenzaron a im-
pactarse con su cuerpo; fueron los brazos y las piernas al descubierto
los que más se resentían; decidió refugiarse tras unos arbustos de la
duna costera.
El viento levantaba la arena impidiendo ver. El ritmo del
oleaje había aumentado y entonces lo escuchó, no había duda, ella
no estaba loca, lo había escuchado, un sonido como susurro, el soni-
do era real, y Lucrecia lo supo con certeza, ahí estaba otra vez, y el
viento cedió de improviso, el mar se dejó de escuchar con su oleaje
potente de barítono. Lucrecia se puso de pie, (el mar semejaba un
plato, de tan quieto), miró en la playa la silueta de una persona que
estaba de pie, semioculta por la oscuridad.
Lucrecia tomó el cuchillo en su mano derecha, con fuerza:
—Dime de inmediato ¿quién eres? –Apretó el arma, y se
puso de pie de un salto.

121
—Soy Rodrigo, trabajo con doña Renata en el café, ella me
ha mandado a buscarla, porque la vio un poco alterada y supuso que
se había ido para la playa.
Rodrigo, ese chaparro de amplia frente, siempre presente
en el café como parte de la decoración. –Yo ayudaba al doctor Am-
brosio hasta que, por desgracia, nos dejó hace algunos años. El y su
novia, Marianita fueron siempre tan cuidadosos con todos los del
pueblo. Fue una lástima, pero… en fin. Torrefuerte nunca envió un
nuevo médico, así que, según todos, como yo era el que más tiempo
pasaba en la clínica, me pidieron hacerme cargo. Y ahora soy el que
realiza los análisis. Cuente conmigo señorita.
—No intentes engañarme. Estoy segura de haber escucha-
do unos susurros en el viento. Había una voz en el viento, carajo.
El tipo se rió de ella. He sido yo señorita que trataba de
asustarle. Era una broma, siempre se la hago a los que vienen. Como
dicen que Mauricio se ha vuelto un fantasma, me gusta asustarlos.
—Estoy segura de haber escuchado…
—Está usted sugestionada, es todo. Ya Montañez nos ha
contado que usted es la hija de la mujer que tuvo Mauricio Cuevas.
El tipo se ahogó señorita, no hay más que buscarle. Vamos al pueblo,
que el viento puede volver a levantarse. –Rodrigo le había soltado
una verdad sin reservas, algo que ella misma sabía, y la hizo sentirse
una mujer ignorante, atemorizada por historias de fantasmas. Los
fantasmas no existen, pensó enojada mientras caminaba hacia el
hombre que seguía detenido en la playa.
—¿Y como explicas que el viento se haya detenido de pronto?
—Se llaman turbonadas. Son comunes. Debería saberlo. Apa-
recen y desaparecen, así como así, y en el mar pueden ser mortales.
Lucrecia accedió a regresar al poblado.
—Debería partirte la cara por idiota. –y pensó— Maldita
Yosefina y tus papeles imbéciles.
El resto de la semana no asistió al café, vivió de los víveres
que le habían dejado. Se daba baños en el mar por las mañanas muy
temprano y por las tardes antes que el sol se ocultara. Repasaba en
la mente los sucesos. No pudo equivocarse, ¿esos papeles en verdad
la habían sugestionado?

122
Rulor Miranda despertó en un cuarto oscuro. Minutos antes
estaba en un café de la ciudad sentado frente al cofre que le entrego
Rocío. Minutos antes, horas antes, algunos días ya, no sabía cuánto
tiempo había pasado desde esa plática con la antigua voluntaria del
proyecto de Las Bocas. Ella se había levantado y salido deprisa una
vez que le entregó los papeles. “No necesito más de esto. Mauricio
estaba enterado de todo y nosotros ahí viviendo como estúpidos, en
un maldito ritual de sangre. ¿Qué es esto Rulor, dime de qué se trata,
estabas enterado o es que tampoco conocías al tal Mauricio? Nos de-
jaron a nuestra suerte, y esas miradas oscuras, todos corriendo con
antorchas. José Adrián y yo evitábamos mirar atrás pero escuchába-
mos la turba insultarnos y la agitación del mar. No sé que ha pasado,
pero después de leer los papeles no he podido conciliar el sueño, ahí
están las voces, la sonrisa de Mauricio, las tortugas, las voces. Hemos
comido en el café de doña Susana tantas veces, y pensar que ella es
e esos seres sin nombre y sin vida que relatan los escritos.” Decía sin
parar Rocío, mientras soplaba dentro de la taza de café americano
que se había servido, miraba hacia uno y otro lado.
—De qué carajo hablas…
—Tampoco estabas enterado. Lee estos papeles que ha de-
jado Mauricio.
—No tenías porque leerlos. No eran para ti.
—No debí pero lo hice. El tipo desapareció y yo siento que
me persiguen. Se trata de brujería, de rituales de magia negra. Usan
la sangre de la tortuga como parte del ritual. Y nos usaron para pro-
teger a la especie con tal de mantener sus ritos.
—Si me dices quizá pueda recordar y entenderte.
—Tú regresaste con Mauricio ¿qué fue lo que paso?
—No puedo. Siento como si no tuviera recuerdos de ese
sitio en el que trabajamos. Estuve varios días desmayado.
—No me puedo quedar más Rulor, creo que te han lavado
el cerebro o algo así, cuídate, escóndete, desaparece, estos tipos son
de grandes ligas, están enfermos. Me he dado cuenta que me vigilan,
ahora mismo pueden estar viéndonos –se bebió su café hasta el fondo,
se puso de pie mientras recogía algunas de sus cosas de la mesa—.
Haz lo que quieras con esos papeles, están dirigidos a Yosefina.

123
—A Mauricio le encantaba escribirle cartas a su mujer. A lo
mejor todo lo que te ha desesperado, son historias que ha inventado.
—Yo vi esas cuencas oscuras de los habitantes cuando fue-
ron a sacarnos de la estación. Vi las antorchas, y que le decían a
Mauricio que se largara. Y en esos papeles se habla de seres inmorta-
les, no es una broma Rulor, —se detuvo mientras encendía un cigarrillo,
chupó y exhaló el humo— se trata de brujería. Desde que esos papeles
están conmigo no he podido dormir. Te voy a pedir que nunca, escúcha-
lo bien, nunca vuelvas a buscarme. Quiero olvidar todo lo ocurrido.
Nunca volvió a verla. Hasta que supo del suicidio de la chi-
ca. Rulor pagó la cuenta y salió del café, caminó dos cuadras absorto
en sus recuerdos, veía el rostro alterado de Mauricio cuando quiso de-
tenerse para auxiliarlo, aquella noche cuando las cosas se complicaron.
—Alcánzalos, sigue, sigue tú, yo me quedaré para ganarte
tiempo. –Y Mauricio abordó la barca y salio al mar.
Llegaron corriendo con las antorchas encendidas. Los po-
bladores estaban irreconocibles, los ojos negros con una profundi-
dad intensa, casi como si no tuvieran los órganos visuales, como si
fueran sólo las cuencas vacías, iluminadas, a ratos, por la luz de las
antorchas. Tenía razón Rocío, la niebla comienza a disiparse. Hay
tanta oscuridad a su alrededor, la única luz que percibe es la de su
conciencia, como si estuviera dentro de una sala de cine, mirando
las escenas que se proyectan en la pared de su cráneo.
Lo levantaron en el aire como si fuera un costal de plumas,
lo fueron llevando en alto y…
Rulor Miranda se deshace de los pensamientos, y un dolor
en las sienes vuelve a repetirse, comienza a aflorar por sus poros el
sudor. Se siente mareado y se recarga sobre la pared de una casa,
inclinándose, pone las manos en las rodillas y jala aire. Los automó-
viles ocupan la calle, hay un pequeño embotellamiento y los sonidos
de los motores lo sacan de nuevo del recuerdo. Siente que a pesar
de todo se asfixia. Un carro se detiene junto a él. Baja un hombre
fornido.
—¿Montañez?
Rulor Miranda despierta en un cuarto oscuro. Le duelen las
sienes, la boca y también otras partes del cuerpo. Su vista comienza

124
a adaptarse a la oscuridad, y empieza a reconocerse. Se pasa las ma-
nos por el rostro y le arde la cara. Le cuesta trabajo enfocar los ob-
jetos. Mira apenas sus manos: una mancha oscura, lleva la derecha
hacia sí y olfatea, un olor a sangre podrida, prueba con su lengua los
coágulos que se le han embarrado en las manos. Lo han golpeado.
Intenta recordar, pero al cerrar los ojos e intentar concentrarse, sólo
hay un brillo intenso. Una luz de frente a él. Hay alguien detrás de la
luz que le interroga. No lo distingue, sólo esa masa humana que esta
enfrente, le hacen tanta falta sus lentes y no recuerda donde pudo
haberlos dejado:
—¿Montañez?
—No te resistas, estúpido. Dime qué es lo que ha pasado.
Era algo muy simple lo que debían hacer, dime qué ha pasado. In-
tenta recordar y decirme qué sucedió, es mejor para ti, mariquita,
es mejor para todos poder saber: ¿dónde fue Mauricio en la bar-
ca? ¿qué ha pasado con Ambrosio y con Mariana Nadal? Contesta.
¿Quién te dio ese cofre con los papeles de Mauricio?
—Rocío, ella me los dio. –entonces ha sido él quien denun-
ció a la voluntaria. Siempre ha sido un cobarde y lo confirma. La
luz, las respiraciones, el sudor, la vista que nunca ha sido buena, la
niebla.
—¿Rocío, eh? –y dirigiéndose a otra persona— Ve a traerla,
encuéntrala. –Alguien sale dando un portazo. Luego todo ha sido
oscuridad otra vez.
Esa luz brillante, esa luz que cubre todos sus pensamientos,
la mente en blanco, alguien grita. La luz le abraza, es un fulgor, un
brillo intenso que duele en la piel, todas las ondas de color reunidas
y colapsando en las pupilas, todo reunido en un sólo haz que pierde
las tonalidades, luz pura que no sé rompe dentro del prisma, toda
esa luz que hace que su forma vaya apareciendo, como una sombra
que se distingue entre la multitud de sombras que llenan la penum-
bra del cuarto. Es un cuerpo, y Rulor ve una silueta en posición fetal
tirada en el suelo. Se concentra en reconocer quien es ese bulto que
se queja en ese cuarto oscuro. Va recorriendo el cuerpo desnudo de
la persona que permanece en el suelo, tiritando de dolor. Se concen-
tra y el hombre levanta la cara. Rulor abre los ojos, es él quien esta

125
tirado desnudo temblando, envuelto en su sangre y en sus propios
excrementos. Es él quien suplica a sí mismo por ayuda, es él quien
pide al otro él, que por piedad le ayude, está aterrado se acaricia, y
se odia. Es él entre sudores, lágrimas y sangre, con el rostro desfigu-
rado se mira arrastrarse en el suelo, y también a este Rulor que mira
desde otro tiempo se le empañan los ojos de tristeza, de piedad por
ese él mismo, que hace unos días era golpeado para que confiese he-
chos que no recuerda, para que diga del paradero de un hombre que
no quiere recordar, de aquella noche que todo lo ha cambiado en su
vida, y Rocío en la playa con su sonrisa efectiva, con su equivocarse
en el uso de los binoculares… “no se ve bien Rulor”, “carajo, tienes
al revés los binoculares”; es José Adrián y sus largas zancadas cuan-
do corría con Mauricio, esas competencias para ver quién cocinaba,
son ellos cuatro sentados ante la fogata disfrutando la panorámica
estelar que les ofrece la madrugada, ahí enterrando de nuevo las
nidadas que han tenido que reubicarse, ahí en las caminatas noctur-
nas, en la emoción de la primera tortuga de carey que miran subir a
desovar, en la primera vez que pudieron sentir caer en sus manos los
huevos que pone la hembra, en todas esas veces que pasaban a los
formatos los datos de campo, largo de caparazón, número de huevos
depositados. Ellos cuatro cenando juntos, ese gusto por trabajar en
equipo que Mauricio les ha ido enseñando. Y acá está ese rostro del
mismo Rulor que ha despertado de la pesadilla. Se da cuenta que
vive sumergido en esa pesadilla desde el momento en que tropezó
en la playa mientras corrían al atracadero, y detrás los pobladores y
sus antorchas, él respirando en la calle entre el tráfico, él en el blanco
hospital, o entrevistándose con Torrefuerte, y las preguntas “¿qué
es lo que ha pasado, Miranda, tienes que decirme?” y él sin poder
recordarlo, los golpes en el rostro, el agua helada, fue Rocío, la chica
inteligente que se equivocaba tanto, su risa rota ya, su cuerpo roto
ya, su vida rota ya por un delator que es él mismo, se mira tirado
en el suelo, y sólo viene a su mente el interés en darle de patadas al
bulto, y tiene las costillas rotas por las patadas, Rocío Ballote rota,
se ha roto el círculo, la oscuridad, las inyecciones, todo lo que ha
soportado ese tipo que es él mismo y que le mira desde el suelo, es-
tirando las manos, implorando ayuda, para salir de ese hoyo, de ese

126
pozo en que se encuentra, ahí mirando el poblado de nuevo, todos
los pobladores brincando de sombra en sombra, huyendo del sol de
abril y de mayo y junio, huyendo de la playa y esa quietud de todos,
y el café de doña Susana repleto, lleno el templo con su altar y sus
inscripciones extrañas, algún códice y la voz de Felipe dando los
sermones:
—Han venido, han venido de otras partes, y las que deben
venir cada año verán que están entre nosotros ¿qué haremos? –y
Nicanor azuzando a lo demás.
—Que se vayan, hay que sacarlos. Que regresen a Isla Ti-
burón, o se pudran con nosotros. –sus ojos de serpiente, su voz como
ladridos.
Dice Ambrosio: ellos cumplen con un trabajo que les en-
cargó Erik, no podemos sacarlos, así como así. Para qué meternos
en pleito con Torrefuerte. Hagamos lo nuestro y punto. Hay que
vigilar las turbonadas para saber cuando tiene que ser el ritual y lis-
to. Ellos a su trabajo y nosotros al nuestro. Rulor que todo lo sabía,
Rulor siempre al lado de Mauricio, lleno de admiración; el hombre
barbado poniendo el brazo alrededor de su cuello. José Adrián es
descubierto por Nicanor que sale en su persecución y el voluntario
corre que corre hasta la estación, y ahí sólo esta Rocío despierta y
le pide que vaya por Mauricio, que la gente quiere echarlos de Las
Bocas, y Ambrosio le pide calma al voluntario y Mariana Nadal se
decide a acompañar a Rocío en busca de Mauricio que había ido a
Naular, para vigilar unas nidadas que ahí quedaban. Y las mujeres
corren a buscarlo, y Nicanor y Felipe han despertado a Rulor y este
se pone los lentes para verlos bien, para mirar cómo sus ojos van
perdiendo el color blanco del glóbulo ocular y sus órganos visuales
se van oscureciendo. Ahí está él mirándose junto al voluntario, dis-
cutiendo con Felipe y Nicanor que quieren sacarlos de Las Bocas, y
ellos argumentando que tienen el permiso y la orden de Torrefuerte
para estar ahí y, qué les pasa, ellos están enterados y no pueden
venir así como así a despertarlos y meterse en la estación de campo
porque Torrefuerte los tiene ahí para realizar el estudio sobre las tor-
tugas, y a mi me valen las tortugas y me valen todos los Torrefuertes
del mundo, sólo se que ustedes no pueden quedarse, grita Nicanor

127
mientras Ambrosio le pide calma; Felipe se interpone entre los dos y
van saliendo de la estación de campo y hay algunos manotazos entre
Nicanor y José Adrián, y el viejo le dice: tienen que largarse o vendré
a partirles la madre mañana temprano, y luego llega Mauricio, con
alguna alteración en la mirada, viendo con fijeza a Mariana Nadal
conspirando con ella, como interrogándola, y Rocío se tira a llorar
mientras Rulor aplica algún fomento a la cara de José Adrián quien
recibió los manotazos de Nicanor, y Mauricio se enoja tanto que se
va a ver al anciano a su cabaña. El doctor Ambrosio le sale al paso y
no lo deja llegar, y Mauricio regresa y se pone a escribir como siem-
pre en sus papeles a la misma Yosefina, cómo deseo que estés acá,
como sabe Rulor que siempre termina con sus escritos, y el ayudante
le dice a Mauricio que no hay suficientes garantías, que será mejor
irse a Isla Tiburón a dar aviso a Torrefuerte, pero Mauricio no con-
testa y él dice una y otra vez, una idea y luego otra pero en todas es la
misma opción, irse a Isla Tiburón, y Mauricio les mira asustados, y
les dice…, cómo olvidarlo, cómo puede olvidarlo en esta oscuridad,
bajo esa luz que le lastima los ojos, como puede olvidar lo que aquel
hombre les dijo:
—Estoy así de descubrir algo importante. Yo no me voy,
pero son libres de irse temprano.
José Adrián les enseña el horizonte y les dice:
—Ya casi amanece. –El viento comienza a agitar la arena,
y los cuatro deciden que dormirán un rato y que Mauricio estará
despierto esperando que vengan a hablar con él, a ver si Nicanor
regresa. Nadie sale de la cabaña, todos duermen las desveladas dia-
rias. Nicanor no vino y al otro día cuando ya casi son las cuatro de
la tarde, Rocío despierta de último y comienza a empacar las cosas,
Mauricio está en el café de doña Susana hablando con Ambrosio
y Rulor, y los voluntarios empacando las cosas para largarse de ese
sitio. Y el hombre desde esta oscuridad mira al otro hombre que esta
desesperando retorciéndose en el suelo, en posición fetal y estirando
las piernas, embarrándose en sangre, sudor y orines, y ahora sabe
que es él mismo, y siente compasión por ayudarse, y Rulor sigue fijo
con la vista en los recuerdos, que han ido viniendo a instalarse en
su mente, cuando estuvieron cargados de neblinas. Rulor y Mau-

128
ricio corriendo hacia la estación de campo, Rocío aterrada, José
Adrián llevando las cosas hacia el atracadero. Mariana y Ambrosio
luchando por darles tiempo, ya viene la turba azuzada por Felipe y
Nicanor, los ojos negros y las antorchas en la mano, todos suben a
la lancha. José Adrián arranca y Mauricio le dice no te detengas y
brinca al mar, Rulor lo sigue… no siempre fui un cobarde. Se abre
una puerta y alguien entra. De nuevo la luz cae sobre sus ojos.
—Ya me estás cansando imbécil. La tal Rocío, la hemos en-
contrado muerta. Se ha pegado un tiro la estúpida. Y la pistola se le
movió, casi se descabeza. No llegamos a tiempo. Ya he leído los tex-
tos del cofre, dime ¿quién mas los ha leído? ¿Dónde esta José Adrián,
que no hemos podido encontrarlo?
—Fue Rocío quien me contactó. No sé dónde encontrarlo.
—Lo voy a encontrar, a él y a esa Yosefina a quien van diri-
gidos los textos. Yo he pagado por esos informes, no es posible que
quieran verme la cara de estúpido. ¿Tengo cara de imbécil?
—No sé de que me habla don Erik, no sé qué dicen los pa-
peles, apenas me los habían entregado.
—Alguien tiene que pagar por esto. Mauricio ya no está, ha
desaparecido. Montañez está buscando al otro voluntario, mientras
no aparezca, mientras no sepa quienes han leído estos textos, tú te
vas a quedar conmigo. Inyéctenlo.
Unas siluetas con ropas blancas se acercan a Rulor Miran-
da… y de nuevo el sueño. Un hombre manchado de orines, un café,
el rostro roto de Rocío. Hay una casa en las afueras de la ciudad y un
hombre fornido sale a la puerta, con la cabeza levantada, mostrando
el porte del poderoso, limpia el cuchillo con un pañuelo rojo. Den-
tro hay un tiradero de sangre, y un bulto humano abierto en canal,
como los cerdos, las tripas enredadas en el cuello. Han encontrado a
José Adrián.
—Quiero que nos acompañe a Las Bocas, así que aunque
tengas que amarrarlo va a ir con nosotros –esa fue la orden que
Torrefuerte dio a Montañez. Al amanecer el guarda espaldas entró
al cuarto oscuro donde estaba Rulor Miranda (o lo que quedaba de
él) aun dormido. Se despertó cuando sintió encima de él, la rodilla
que Montañez había asentado sobre su estómago, le vendó los ojos

129
y le metió un trapo en la boca para impedir sus gritos. Le amarró las
manos en la espalda. Se acercó a su oído y le dijo en un susurro:
—Te voy a sacar de aquí. No te resistas porque sólo te las-
timarás. –Rulor Miranda quiso confiar en él, y se dejó cargar por
Montañez y sacar de la oscuridad del cuarto. El aire estaba limpio.
Montañez lo cargó hasta el atracadero, ahí estaba esperando Erik y
dos marineros. Amanece.
Al oír la voz de Torrefuerte, Rulor comenzó a moverse como
un animal furioso que es conducido al matadero, Montañez lo soltó
y el tipo cayó al suelo como un pesado bulto de huesos. Con el golpe
se lastimó los brazos, sintiendo que se le habían roto y en el intento
de gritar comenzó a escupir sangre.
—Pero que has hecho animal, ahora se está muriendo y ne-
cesito que viva. –regañó Erik, y Montañez le quitó el trapo de la
boca, y los borbotones de sangre escurrieron manchando la cubier-
ta. Sus gritos hicieron huir a las gaviotas.
—Déjate de idioteces. Vas a ir con nosotros a Las Bocas o
tendré que arrancarte acá mismo los dientes uno por uno —Monta-
ñez pateaba el cuerpo de Miranda.
—No se nada de Mauricio… —en la mente miraba esas
cuencas vacías, esos ojos negros de los habitantes de Las Bocas que
lo habían cargado y lo arrastraron a las lanchas. La lancha comen-
zó su travesía y Miranda se sacudía como un pez por la cubierta,
pegando alaridos. En su mente recordaba el recorrido hacia el San-
tuario. La noche sin luna, el agua del mar agitándose. El viento le-
vantándose en la arena. Los hombres que lo conducían en la barca
con las miradas extraviadas, el torso desnudo, los ojos negros con
una profundidad. Rulor se mira tirado en el fondo de la barca, el
agua de mar le salpica el rostro, uno de los hombres lo tiene cogido
del cabello. En la caída ha perdido los lentes.
Se han detenido en alguna playa. Miranda es obligado a
bajar de la barca. Hay antorchas sembradas en la arena, y puede
ver que en el sitio se hayan los habitantes de Las Bocas, el doctor
Ambrosio junto a Mariana. Martín y doña Susana, Jorge Ekert está
agachado y alcanza a verle las espaldas. Hay un silencio terrible,
puede escuchar las respiraciones. Es empujado hacia el grupo de

130
personas, tropieza y cae a la arena; es cuando se percata de que la
playa está infestada de cadáveres de tortugas de carey.
—Tendrás que contármelo todo una vez que lleguemos a
Las Bocas, me vas a decir quién de estos imbéciles te ha hecho daño,
me vas a contar, frente a ellos que es lo que ha pasado con Mauricio
Cuevas, ¿me estás escuchando Rulor…? –Miranda está tirado en un
rincón del bote, apretando los ojos.
—Seguro le dieron algo de beber, un brebaje de esa bruja de
doña Susana, por eso no puede recordar lo que ha pasado.
—A mi no me engaña este. Tiene miedo es todo. No sé que
es lo que lo puede estar causando, no puede ponerse en pie, y el he-
cho de ir hacia Las Bocas lo aturde.
El hombre intenta gritar pero no puede; lágrimas y mocos le
embarran el rostro. Sus ojos suplicantes buscan la mirada de Torre-
fuerte pero el dueño de esta agua no se inmuta y mira hacia el frente.
Montañez le da patadas de cuando en cuando, al mirar que Rulor
se va desmayando. Cuando Rulor logra ponerse de pie en la arena,
alcanza a ver entre las sombras que sus ojos le permiten; Ekert se
levanta con el cuchillo ensangrentado en una mano y la cabeza de
la tortuga en la otra. Aparece Nicanor y detrás de él lo hace Felipe,
sus ojos completamente negros. Traen atado del cuello a Mauricio,
arrastrado como un animal. Lo tienen desnudo y Mariana oculta su
rostro en el pecho del doctor Ambrosio.
—Ha llegado el momento de romper el curso del destino a
que se nos ha abandonado. Esta noche será la sangre de este mortal
la que alimente nuestras células. Durante años ha sido el continuo
rotar de nuestra sangre la que hemos utilizado para mantener el
sacrificio; esta sangre nueva nos liberará del maleficio y calmará la
furia de arena que ha ido creciendo. Esta prisión es la venganza que
merecimos. Ofrecer a este hombre para sanar los tiempos de violencia,
–las olas se hacían cada vez mas altas aunque continuaban su caída en
la misma línea de playa, la arena subía en remolinos formando paredes
alrededor de los habitantes de Las Bocas. Ekert y Martín continúan
mezclando el licor de uva de mar con la sangre de las tortugas que han
decapitado. Mauricio tiene la mirada fija en el océano. Mariana Nadal
se suelta del cuerpo de Ambrosio y corre al centro del circulo.

131
—¿Y si no funciona? Han pensado que nos han llevado a
este estado de cosas por la misma voluntad de ansiar la muerte. Us-
tedes nos han contagiado los demonios de no envejecer. Si toma-
mos la vida de este hombre podemos pasar otro tiempo detenidos.
¿No lo ven? Míren el viento… la arena… es ella persiguiéndonos a
nosotros, y ahora tomaremos la vida de otro hombre… ¿y si todo
empeora?, no sabíamos que esta vida se detendría para nosotros, y
no sabemos que alcances puede tener el sacrificio de este hombre;
él se ha dado cuenta de nuestra permanencia en el tiempo, lo ha in-
tuido… —decía mirando hacia Rulor Miranda refugiado detrás de
la neblina de sus ojos. Mauricio yace de rodillas por los golpes que
entre Felipe y Nicanor le han propinado.
—Es necesario aplacar su furia. Así como ella está condena-
da a habitar el viento, nosotros estamos condenados a no morir. Si
matamos a otro hombre, el destino puede llevarnos a peores cosas.
–quiso hacerles entender Ambrosio atrayendo a Mariana hacia él.
—Cobardes. ¿Qué puede ser peor que no lograr salir de
este mundo? No se dan cuenta que a este hombre lo ha enviado
Torrefuerte porque quiere controlar nuestra inmortalidad. – y los
pobladores piensan que Felipe tiene razón.
Nicanor levanta el cuchillo y va sobre Mauricio que per-
manece quieto. Mariana se mantiene frente a él, y Nicanor acaba
hiriéndola en la garganta. No hubo más que una luz de sangre, y el
humo rojo que se desprendió del cuerpo. Cayo Mariana. El oleaje
continuó creciendo, las paredes de arena rodearon al grupo y el agua
de mar se levantó sobre ellos, como un techo, encapsulándolos.
Un brazo de agua levanta el cuerpo de Mauricio. Los po-
bladores se apuran a cortarse los brazos derramando su poca sangre
en las tinajas que Ekert y Martín cargan; beben el líquido para aca-
bar convulsionando en la arena. Ambrosio se perfora el corazón sin
soltar la mano de Mariana. Todos mueren. El cuerpo de Mauricio
en las alturas y el brazo de mar que lo sostine cae sobre la arena y
sobre los pobladores de Las Bocas empapándolos y apagando las
antorchas. Solo Miranda se queda ahí entre los cadáveres y la arena
humedecida.

132
Después de algunos minutos los pobladores de Las Bocas
se levantaron. Regresaron al puerto y amarraron a Rulor a un poste
en medio del poblado. Estaban a punto de prenderle fuego, cuando
llegó Montañez y su gente para arrebatárselo y llevarlo a Isla Tibu-
rón. Hasta ahora, que Torrefuerte lo obligaba a regresar, y a disipar
la neblina de lo ocurrido.
Rulor Miranda no vuelve en sí, continúa balbuceando pa-
labras incomprensibles. Llevan tres horas varados en el atracadero
de Las Bocas, Montañez le ha pegado de patadas para hacerlos re-
accionar. Los otros marineros lo han sacudido, le han echado agua
y no despierta. De vez en vez convulsiona un poco y abre los ojos
dejándolos en blanco.
—Regresemos a Isla Tiburón. Este hombre necesita trata-
miento siquiátrico. Lo llevarás a la capital para que lo internen, –ha-
bía dicho Erik, en cuclillas junto al cuerpo de Miranda.

133
Capítulo NUEVE

Montañez va limpiando su pistola tipo escuadra observándola con


fijeza, hasta con cariño, como si fuera parte de su cuerpo. Mantiene
el brazo extendido hacia el frente, brazo de roble, con la dureza de la
vida, de los dientes y la quijada. Al finalizar el miembro despunta el
cañón del arma, por donde el proyectil arroja sus rencores de sentir-
se pleno al arrancar vitalidad a los músculos, esa animadversión a la
muerte que le impulsa siempre a buscarla. Mirada de buitre, de cón-
dor, de águila que se deja caer sobre la presa. No remordimientos.
No fracasos. No límites. Son sus principales defensas ante la vida.
Montañez ha cursado por su vida con esa sonrisa irónica. Desde
muy crío se identificó con la fortaleza de sus músculos. Sintió desde
pequeño el rencor de verse abandonado. Quizá alguna vez pasó la
tristeza por su rostro, pero el general Torrefuerte supo arrancársela
de tajo llenándolo de arrojo, siempre le decía:
—Eres como yo, mi pequeño, así de triunfador. Nosotros
los de cierto tipo, hemos nacido con demasiada hormona, y eso nos
permite gozar la debilidad de los otros. Yo igual fui pobre, mi peque-
ño, yo igual estuve comiendo maíz durante muchos días, maíz que-
brado, lo que dan a los cerdos para engordar. Ahí me brincaba yo

134
las bardas de los chiqueros, y les robaba el maíz quebrado a esos ani-
males, iba a casa y en una fogata que encendía, ahí en el solar ponía
a cocer en agua mi alimento. Mi madre me regañaba, pero ella no
tenía nada que decirme, y le gritaba “a callar mujer, questo es cosa
de hombres” así le gritaba, porque así le gritaban todos sus hombres,
esos hombres que se liaban a golpes por ella. Ah, mi madre tan bella
y tan puta la condenada, siempre he pensado que he sido la mez-
cla de mucha leche. Yo, ¿sabes?, el mismísimo general que acá está
contigo; soy la mezcla de muchas leches, porque la noche que me
concibieron, a mi madre se la cogieron varios hombres, le llenaron el
culo de leche, la llenaron todita de leche a la muy puta. Ay mi madre
tan puta la pobrecita, éramos tan pobres, tanto; tuve dos hermanas,
y creo que ambas me dieron hijos, ¿sabes?, murieron en la revuelta
(mis hijos y mis hermanas), esa vez que atacaron la hacienda y mi
madre me encerró dentro de unos sacos de pita, junto a los sacos de
maíz para los cerdos, yo un cerdo mas. Ahí me quedé encerrado y
entre los hilos del saco, vi como los malditos federales se iban sur-
tiendo a mi familia, se la cogieron hasta la sangre, a mí pobre madre.
Ay mi madre tan puta la pobrecita, sus hijas tan putas tan bien, se las
cogieron que da gustos, muchos condenados gustos, ya no tendría yo
que seguirlas atendiendo, yo sólo tenia once años, la mayor de ellas
quince y la otra doce, y a las dos me las anduve cogiendo sabes, y
no por maldad, así era en aquel entonces, dormíamos todos sobre
una misma manta, y cuando ellas entraban en calor, cuando yo me
calentaba, todo ardía, ya no tenía que atenderlas, yo era un chicue-
lo de once años, y de cogerme a los cerdos pasé a cogerme a mis
hermanas. El sexo de las cerdas es el más parecido al de las mujeres
¿sabías? Ay mi pequeño, todo lo que he de enseñarte. Sólo no me
cogí a mi madre porque, ay la pobrecita era tan puta que nunca tuvo
tiempo para mí. Pero le chupé las tetas hasta que cumplí los siete
eso sí, y le dejé mordisqueados los pezones para que ningún cabrón
se los pusiera erectos, se los parara pues, todos mordisqueados; los
pezones no, los pezones no decía la pobrecita, los pezones no porque
me duelen, y era su fortaleza, yo le di la fortaleza. Pero esa noche
que los putos federales atacaron la hacienda, esa puta y maldita no-
che, cuando mataban a la menor de mis hermanas, entonces me fui

135
con una barreta sobre el cabezón aquel y le he puesto una partida de
culo, “conque así te gusta hijo de tu madre”, y le metí la barreta en
el culo con tanta rapidez que lo partí en dos, la barreta le salió por
el ombligo; ahí en la choza, en otra partecita, había dos cabrones
indios amarrados y después de que el puteque que estaba de guardia
se jetió, los liberé a los muy cabrones indios, y tomaron la carabina
y la pistola de ese puto y se le fueron encima a él y a los otros, los
matamos y nos pelamos luego pal monte. Desde entonces, a los once
años comandé a mi primer grupo de indios. Sí, a la más chica de mis
hermanas no la pude salvar, ¿sabes? La barreta igual la atravesó a
ella, y es que el puteque aquel del federal se la estaba cogiendo por
el culo. ¿Sabes lo que es cogerse a una niña de doce por el culo?, se
le rompe el ano, sabes, se le rompe el ano y se desangra, y eran sus
gritos horribles, los escucho todavía, sabes, los escucho todavía, y
así me volví fiera desde entonces, me volví un hijo del demonio, y
nada me podía detener, había tanto odio en mi. La más chica de mis
hermanas, sí que me gustaba un chingo, me había dado un crío, a
los doce la tenía ya embarazada. A mi hermana mayor fue después
que la dejé cargada, cuando me di una escapadita pa la hacienda ya
que estaba enrolado en el pleito grande. Mi madre murió joven la
pobrecita, ay era tan puta. Esos pendejos con quienes huí a los once
años, luego que los liberé a los cabrones, quisieron tenerme de su
puerquito, pero en la primera de golpes con los federales supieron
de qué cuero estoy hecho, he sacado corazones, he arrancado orejas
y narices con los dientes, he atravesado a tanto jueputa por el culo, y
así ha sido, así me he formado y quiero que no te rindas ante nada,
no tengas miedo ante nada, ni la naturaleza ha podido conmigo…
—¿Eres mi padre? —Había dicho Montañez niño, y una
bofetada le quitó el primero de sus dientes de leche, eran sus siete
años de una tristeza creciente y la voz del hombre que le cuidaba le
endureció los ojos.
—Pero que putería. Yo soy el padre de todos y el hijo de
la patria, soy el dios de los hombres, y el siervo de los pobres. Soy
el general Torrefuerte que jamás ha sido vencido, he liberado a los
peones de todas las haciendas del oriente del estado. El mismísimo
Zapata sabe mi nombre. El mismo general Alvarado me habla de

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tú. Y estoy acá haciéndote hombre carajo. Tú serás el Montañez,
porque a mi se me pega la gana de que lo seas, y serás esa raza que
siempre cuidará de los míos, y los míos nunca dejarán caer a los
tuyos. Y es así, somos esta raza de poder que nunca nos hará rendir-
nos. —Y el niño de siete años, con la boca sangrante, escuchaba esas
razones de peso para un niño de siete años, y las iba guardando en
su corazón, y se hizo respetar, y el general le regalaba todo el poder
sexual de las hembras que rodeaban su dinero, esas mujeres que él
permitía que habiten su Isla para su diversión, esas que alegraban
el ojo de los pescadores que ansiaban viajar a Isla Tiburón por la
fama, y que luego se miraban trabajando siempre para él, sin poder
salirse de las garras de Torrefuerte, porque llegaban a deberle tanto
dinero en apuestas y en borracheras, y el general nunca se tentaba
el corazón con matarlos si intentaban huir sin liquidar su deuda; si
no tenían dinero, debían pagar con trabajo. Las mujeres estaban ahí
como gancho, mujeres desbordantes de lujuria, si no de belleza, esta-
ban ahí rodeando la silueta del poder de Torrefuerte y se servían del
cuerpo del pequeño Montañez, así como luego lo hicieran con Erik.
El general le enseñó al futuro guarda espaldas a ser invisible;
la misma familia del general, ni el hijo Saúl ni el nieto Erik supieron
de Montañez hasta el velorio del primero. Y Montañez comenzó a
destilar su hombría, su entrega y su conciencia, actuando al poder
de sus músculos, hasta llegar a este momento en que mira su pistola
tipo escuadra, y la va disfrutando como si fuera parte de su cuerpo,
una prolongación de su brazo.
Sus ojos de dolor, van arañando las cosas y los rostros, hasta
hacer que todos miren hacia abajo. Hasta el mismo Erik baja la ca-
beza después de darle alguna orden, que de antemano sabe que será
cumplida.
Pero a pesar de ese miedo que siempre provoca, no ha sido
suficiente para que algunos pescadores como Roberto Burgos, Jorge
Ekert y Francisca, la esposa de este último, la hija del primero, vayan
intentando la conformación de un grupo de pescadores que no esté
bajo el mismo raterismo y bajeza de Chemir, ni bajo las ordenes de
Torrefuerte. Chemir da los informes necesarios para acomodar los
castigos que Montañez se encarga de propinar. Nada puede hacerse

137
para trabajar en libertad, es muy simple, Torrefuerte es dueño de
Isla Tiburón y de Las Bocas, así que el producto obtenido en esta
agua le pertenece sin objeciones. Erik trajo a Chemir a Isla Tibu-
rón; era un tipo que sabía adular, que rendía culto al poderoso, que
decía “jefe, mire que quieren organizarse…”, “jefe, me enteré que
están pensando navegar en la costa y salirse de Isla Tiburón”, “jefe,
dicen que quieren intentar administrar ellos una cantina, hágame el
favor…” “jefe ha sido fulano… mande a Montañez…” y a Erik eso
le agradaba.
Desde que Jorge Ekert se casó con Francisca, Roberto Bur-
gos encontró alguien con quien intentar que Chemir, el encargado
de organizar a los pescadores, sea depuesto.
—No es necesario que nos anden controlando la vida y la
pesca. Nosotros sabemos cumplir con nuestras metas.
—Torrefuerte ha puesto a Chemir a cargo, y así tiene que
ser. Sólo les queda obedecer. –les confirmó el guarda espaldas. Che-
mir sonreía protegido.
—Entonces déjame hablar con don Erik.
—Cuando Torrefuerte quiera hablar contigo, Roberto, yo
mismo te lo haré saber. Mientras estés emparentado con el imbécil
de Ekert, no creas que haré algo por ti o por tu hija.
—Lo que quieras arreglar conmigo puedes venir y hacerlo.
–contestó Ekert, sujetando su arpón.
—Erik te necesita vivo. Ya se te acabará la suerte.
—Sólo por eso se te respeta desgraciado, sino ya hubiera yo
mismo acabado contigo. –se animó la voz detrás de Montañez.
—Cállate Chemir, Ekert es mío. Hay muchas formas para
acabar contigo. Este tatuaje de mi puño, ¿lo miras?, es la “m” de tu
destino, tu esposa me lo provocó, y acabará marcándote la frente,
para que Francisca se da cuenta de una vez por todas que cambió a
un hombre pleno, por la salamandra que eres.
—No me asustas –dijo Ekert mientras se acercaba a Chemir
y le daba un manotazo en el rostro. Montañez sacó su pistola tipo
escuadra y le apuntó.
—Dispara imbécil, vamos –gritaba abriéndose la camisa y
mostrando el pecho— no eres más que un perro obediente, no sabes

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actuar por tu cuenta. Jamás tendrás un pensamiento o realizarás un
acto por ti mismo.
Ángela Pozo no había viajado a Las Bocas aún. Lucrecia la
esperó en el atracadero pero no había llegado cuando debió hacerlo.
En Montañez ha comenzado a tener éxito la perspicacia o absur-
dismo estúpido de Ángela Pozo, la bióloga asesora de Torrefuerte,
de la cual Montañez pretende sentir algo parecido al amor; como si
el demonio pudiera doblegar las garras, como si la maldad tuviera
compasión. Quizá sea el mismo sentimiento que le despierta Fran-
cisca, o cualquier mujer: lujuria, ardor, pero Ángela se deja querer,
ella sabe que la única forma de doblegar a un demonio es por medio
del placer, y está dispuesta a tener de su lado al guarda espaldas.
Los sentimientos de Montañez no son más que una enre-
dadera venenosa que rodea sus ojos y su vientre pero que mantiene
a salvo a Roberto, a Jorge y a Francisca, porque, al menos por aho-
ra, Ángela intenta absorber los conocimientos empíricos que tienen
sobre el comportamiento de las tortugas que llegan a Isla Tiburón,
y aquellos tres le brindan la posibilidad de poner a prueba sus cono-
cimientos sobre la especie que aprendió cuando estuvo encargada
de un campamento en la costa del Pacífico, o al menos dijo que
aprendió, aunque don Roberto y Francisca piensan que es una gran
mentira, no sabe nada de tortugas.
—Guarda tu arma Montañez. Piensa en el trabajo que aún
queda— le tomó el terrible brazo, le puso los labios en la oreja y el
guarda espaldas, fue cediendo a la caricia. –Tendrás tiempo luego.
Que no te desesperen. Hay otras cosas que necesitan tu atención y
no desgastarte por una mujer que ya has perdido.
—No digas estupideces –la familia de Roberto dio la espal-
da. –Llegará tu hora.
—Todo parece una escena de despecho, queridito.
—No uses esas palabras conmigo.
Ángela Pozo había trabajado en otros campamentos y Mon-
tañez la contactó para trabajar en Las Bocas, por si no lograban
contratar a Lucrecia, y ahora quisieron mantener a las dos en el
proyecto; Erik piensa que con una mujer en la escena, que esté de su
lado, puede mantener a Lucrecia donde la quiere; una mujer siem-

139
pre será la mejor jefa de otra mujer, la chica confiará en ella. Ángela
tiene 35 años y una capacidad de mando muy visible y demostrada.
Luego de la desaparición de Mauricio, fueron varias sema-
nas de golpes y castigos a los pobladores. Montañez se había lucido
aplicándolos. No les traigas nada, habrá que quitarles los cordeles y
los anzuelos, que no puedan ni siquiera ir a pescar. Deja que pasen
unos seis meses. La inmortalidad no quita las sensaciones del ham-
bre. Y el puerto de Las Bocas era todo, alaridos y desesperación.
Han sido veintidós años de espera, en ese tiempo Torrefuer-
te ha mandado a terapia a Rulor Miranda y consiguió que el tipo
abandonara el estado de postración en que cayó por varios años,
hasta parecer un ser normal, al menos podía desenvolverse en la ciu-
dad, le aseguraron los doctores a Erik. Ha preparado todo el mon-
taje del poblado para que, a la llegada de Lucrecia, los personajes
de los relatos no existieran, cambió la fisonomía del sitio, construyó
de nuevo la estación de campo, y les cambió los nombres a los ha-
bitantes, esto fue lo más difícil, si a eso se le suma la desaparición de
Ambrosio y Mariana Nadal, diez años después que Ekert lograra
abandonar el puerto.
El doctor Ambrosio y Mariana se habían convertido en are-
na. ¿De qué carajos estás hablando, Felipe? ¿De qué carajos está
hablando este alcohólico?, dime Nicanor, ¿dónde está Ambrosio y la
ex mujer de mi abuelo?
—Nadie sale de Las Bocas. El mar no lo permite, usted lo sabe.
—¿Dónde se han escondido?
—En todas partes. Un poco por acá, un poco por ese lado
–y su risa de ladridos rabiosos.
—No me obligues a azotarte, hoy tengo el brazo calientito, y
no me rendiré pronto, contéstale a don Erik con la verdad, anciano
pendejo.
—Discutimos, y tuve que darle de cuchilladas a esa puta.
Felipe tomó a Nicanor del hombro y continuó el relato.
—Ambrosio la miró en la arena sangrante, se arrodilló jun-
to a ella, a esperar que despertara…
—Y le pasé el cuchillo en el cuello –Nicanor hizo la mímica.

140
—El cuerpo del doctor cayó sobre el de Mariana, el viento
comenzó a levantar las olas, la arena subió en remolino, y todos vi-
mos como los cuerpos, uno sobre el otro se volvieron arena.
—¿Tú lo confirmas? –Erik dio orden a Montañez, y éste
junto con sus marineros los ataron a un poste en medio de las casas.
Toda la noche les fueron desgarrando las carnes, se desmayaban, o
morían a ratos, y despertaban para seguir sintiendo el castigo que no
cesaba. Tener dolor es una cosa, pero que el dolor no se detenga es
diferente. Al salir el sol, y ya aburrido, Erik le dijo a Montañez que
regresaran a Isla Tiburón. –Arena, que se vayan a la mierda si he de
creerles.
—¿Y qué se puede creer en este sitio?
Lucrecia pronto caerá en la misma angustia de lo que en
verdad sucede en el poblado. Aun le queda la duda de que Jorge
haya logrado volver a envejecer al salir del puerto, de que el Ambro-
sio y la Mariana Nadal, tengan sus lápidas en el cementerio, y que
las turbonadas no se presentaran muchos años luego de la desapa-
rición de Mauricio, y que ahora han vuelto a presentarse. Ni ella ni
nadie saben que el biólogo logró establecer contacto con Arminda,
antes de que la turba se enardeciera y lo llevaran más allá de Naular
a realizar el rito.
“La cordura me falla Yosefina, el tiempo es un juego de
la mente, ¿cómo explicártelo? Todo se detiene, y la luna deja de
avanzar. He descubierto de una forma, que me resulta hasta difícil
contártela, quizá no mágica sino fatídica e inhumana, y fuera del
entendimiento, quizá se trate de brujería, la presencia de una ven-
ganza diabólica tal vez; ha sido un maldito pacto con el diablo, con
los espíritus del océano que todo lo descompone y desintegra en su
interior. Aquella niña que los fundadores de Las Bocas secuestraron
y torturaron, es una presencia que circula todo el tiempo sobre el
poblado. Está en el aire, en el agua, en la arena, entre los manglares,
una sustancia materializada en formas físicas. Se niega a irse, se nie-
ga a soltar a sus verdugos. Habita sus sueños, los empuja a odiarse
unos a otros, a darse de golpes en la playa, hombres contra mujeres,
les ha arrancado de la carne la pasión y les ha sembrado la angustia
sempiterna. Desde abril, justo al comenzar el desove de las tortugas

141
en la playa, todo cambia, lo he visto, los pobladores se han ence-
rrado aún más en su mutismo, y los únicos que hablaban conmigo,
hacen un esfuerzo inmenso por no dirigirnos la mirada, ni a mi ni a
los voluntarios. Ella ocupa todos los rincones, renace todos los años
sólo para recordarles su muerte, está investida de toda su maldad; he
visto su resplandor maligno, cómo se dibuja a su alrededor, flotando
en un aura de espuma, entre el agua, pasa corriendo sobre el oleaje,
borra los rastros de las tortugas, se hinca a verlas desovar, está flo-
tando sobre nosotros, nos apaga las linternas, nos confunde los nidos
que hemos marcado, mueve las cosas de lugar, agita las pesadillas,
nos observa, es el ala blanca de las lechuzas que revolotean sobre el
pozo, el ala negra del murciélago que nos revuelve la cima del cabe-
llo. Está en todos lados. La he sentido, la he soñado, la he visto.”
“Caminé de nuevo hasta Naular, amanecía; horas antes el
brazo de agua de mar se acercó a mí cuando estaba tirado en la
arena, el viento cedió, y en el agua creí percibir un rostro formado
por la espuma. Volví a interpelarla, como si entre nosotros se abrie-
ra el surco de un lenguaje sin palabras. Yo miraba el brazo de agua
elevado hasta mi rostro, pensaba en ella, y sentía su presencia entrar
en mí. Y el agua me contestó, sabes. Es imposible que me creas, pero
has un esfuerzo, que ganaría yo mintiéndote en toda esta historia.
Es ya mediados de agosto, los habitantes soportan las turbonadas
por el día, en las tardes salen a quedarse detenidos frente al oleaje,
y para calmar los tormentos diarios que su espíritu sufre por las no-
ches cargadas de sudor y pesadillas, van hacia el santuario, más allá
de Naular, a verter su sangre. Es la misma Arminda quien los tiene
esclavizados a esta inmortalidad. Se ha comunicado conmigo. Debo
irme de este sito, me dice, olvidar este lugar, salir cuanto antes. Entra
en mi cuerpo, escarba mi mente, me lleva a pensar en ti, hay una
angustia terrible anidando en mis adentros. La miro correr sobre el
oleaje, me creen loco, hasta el mismo Ambrosio se porta escéptico
en su trato, ¿a qué tanto misterio para conmigo, lo sé todo? Todos
me hacían sentir que estaba enloqueciendo, viendo cosas que nadie
ve, oyendo lo que nadie escucha, pero ella se ha comunicado. La
eternidad sobre los huesos. Es arena y agua. El mar que todo lo

142
disuelve, la protegió con todo su poder. Ella deseó tanto escapar de
ellos y encontró el refugio oceánico.”
“No sé si la imaginación me juega una treta. La he sonado
Yosefina, no sé si es verdad, si lo he vivido o es sólo la soledad y la
tristeza de estar acá, la que me hace escribir a pesar de haber perdi-
do las esperanzas, se hace de noche, y los habitantes están inquietos;
mi gente anda temerosa y ha terminado de empacar, apenas ama-
nezca nos largaremos para Isla Tiburón, no hay garantías ante la
excitación de la gente, y ante el hecho de que nuestra presencia les
provoca demasiado.”
Amaneces, dijo José Adrián, amanecía y Mauricio regre-
só a anular, nos iremos cuand amanezca, todo escrito y dicho en
las mismas horas, esa imposibilidad de mirar el tiempo, el maldito
tiempo que todo lo arregla todo. Pero Mauricio no pudo guardar
esos últimos papeles en el cofre, y el secreto desapareció con él. Se
guardó la carta en el pantalón al escuchar la turba que venía hacia
ellos. Corrieron fuera de la estación, alcanzaron el atracadero, y las
cosas y ellos treparon a la lancha. Fue Mariana quien sacó el papel
del bolso de Mauricio, fue Lucrecia quien encontró de nuevo ese
papel, 22 años después.
Erik ha dado orden a Montañez de cuidar las espaldas de
Ángela Pozo, estar pendiente de que los tres cabrones (Roberto,
Francisca y Jorge) no se salgan del huacal y distraer la atención de
las dos biólogas, Ángela Pozo y Lucrecia Morales, con tonteras de
mejor repartimiento de la pesca, mejores oportunidades de vida,
mejores precios a sus productos, no quiere que algo afecte sus planes
de veintidós años, es conciente que puede obtener la información
que necesita.
Se acerca la temporada de anidación y hay mucho trabajo
por delante. Ángela tiene que estar preparada para identificar los
rastros en la playa, saber a la primera, en que sitio está la nidada,
reubicar el nido si se hace necesario, y esa información, bien la co-
nocen Roberto, Jorge y Francisca.
—No me importan otras especies más que la Carey. Ya Lu-
crecia se adelantó para obtener la información necesaria de parte de
los pobladores, y prepararlos para que colaboren con ustedes. Cuan-

143
do llegues tú, dispondrás lo que se debe o no hacer. —Torrefuerte
está acostumbrado a dar órdenes, a tener las mujeres a su mano con
sólo estirarla, ha percibido, igual que Montañez, las feromonas de la
bióloga Pozo.
Torrefuerte es hombre duro que no se ha dejado impresio-
nar por Ángela Pozo, reconoce sus intenciones; desde que adquirió
el imperio de parte de su abuelo, no piensa que una mujer y su
locura sexual puedan arrebatarle las neuronas, y hacer que deje de
pensar con frialdad.
Como si fuera pendeja, piensa Ángela, y abriendo con deli-
cadeza los labios, le dice a Torrefuerte: de cada carapacho de carey
quiero el 15 por ciento de ganancias. Montañez mira el rostro de
su jefe descomponerse por la risa, ¿Crees que se trata del carey?
Preciosa, tú dedícate a las tortugas, deja los negocios para quienes
entienden.
Sobreviviente a un ataque de tiburón, Ekert dice no tenerle
miedo ni al mismo diablo: “Este es el diablo” dice estirando el brazo,
con la marca de las líneas que dejaron las mandíbulas de la bestia,
mientras le sostiene la mirada a Montañez, y éste sólo aprieta los
dientes y el abdomen, sabedor de que no puede tocarlo porque es
importante para los planes de Torrefuerte.
—Llegará el momento.
Quizá ni el mismo Ekert lo sepa, no puede darse cuenta aún
que Torrefuerte lo necesita vivo y lejos de Las Bocas. Más ahora que
Ángela y Lucrecia han llegado para la instalación de los campamen-
tos de tortuga y Ekert es uno de los que sabe del santuario que se
encuentra más allá de Naular.
Ahí estaba levantando el remo en la barcaza, como señal de
la pesca que tenía, para que algún compañero me ayudara a remol-
car semejante animal, cuenta Ekert, ahí estaba mirando el remolino
que a coletazos producía el escualo. Esperaba que algún compañero
me viera, pero en una sacudida del bicho, caí de bruces, justo hacia
donde había amarrado la cabeza del tiburón, y mi brazo salió de la
barca. Se apagaron las luces del día, todo quedó negro presagiando
la tormenta, la marejada de sangre que, a borbotones, iba manando
de la herida. Un calor me hería el cuerpo por entero. Con la caída

144
se soltó la cuerda que detenía la cabeza, y si el tiburón se hubiera
percatado que estaba libre me hubiera llevado con él hacia el fondo.
Pensé en Francisca y en su risa que me regalaba cuando nos veíamos
en alta mar, en mis padres que había enterrado en Mina de Oro, ya
hace mucho tiempo, en el rostro de los ancianos que me ha tocado
enterrar. En todo lo que ocurre en Las Bocas.
Dentro de la mente, en esa oscuridad que me ceñía, miré un
brillo, creí que era la muerte con su traje luminoso, creí que eran las
alas de los ángeles, como me había dicho de niño mi madre, o las
colas afiladas de los demonios que ya venían por mí; que la muerte
llegaba hambrienta; reaccioné y vi el cuchillo, era su resplandor el
que alimentaba mi nublada vista, con la otra mano lo cogí, lo apreté
cerrando el puño sobre su mango y, como pude, atravesé la nariz
del tiburón. Sólo tenía una oportunidad. Sólo iba a tener ese único
chance, así que no hubo tiempo para la duda, verdad Panchi, ella les
puede decir si no me creen –contaba Jorge Ekert mientras iba des-
escamando los pescados que su esposa Francisca iba metiendo a la
sartén; su suegro, Roberto Burgos, enhebraba una red para sardinas,
mientras Ángela Pozo y Lucrecia Morales escuchaban asombradas
la historia de sangre, sal y dientes que el pescador relataba moviendo
los ojos con cinismo, ocultando entre el relato la emoción de saberse
violando la muerte, rompiendo las normas esenciales del destino—
rompí mi camisa y me amarré el brazo. La sangre no dejaba de
manar y me desmayé.
—Era tarde cuando lo trajeron. Yo llegaba de la empacado-
ra; corrieron a avisarme que lo estaban velando en casa de don Erik.
Tenían su cuerpo sobre una mesa y alrededor habían encendido ya
los cirios.
—Ahí conversé con la muerte. Yo sabía que no podía morir,
pero todo era dolor, clavos enterrados hasta el hueso, astillas en la
piel. ¿No me creen? Yo no podía morir, no podía, estaba condenado
a ser inmortal, a ser alguien que traspasara el futuro. Tantos años
vivo y morir así, por un animal de estos que siempre me han fasci-
nado, que siempre han sido un reto para poner en juego mi destino,
un animal de los que siempre me gloriaba, yo era el mejor tiburone-
ro. No podía morir pero estaba tan débil; en eso llegó Panchi y me

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habló, todo seguían siendo nubes rojas entre las que caminaba. Me
hundía en un pantano de rostros despellejados, dentro de un pozo
oscurísimo, justo en el fondo sin poder mover brazos y piernas, el
cuello entumecido, y me hundía en el fango. Miraba hacia arriba y
escuché unos susurros.
—Él no está muerto. No puede morir, gritaba mi Panchi, y
todos vieron que me amaba.
—Murió en el camino, resistió mucho, pero llegó a Isla Ti-
burón ya fallecido.
—Todos ustedes están locos. No puede morir, es uno de
ellos. No está muerto, sólo duerme. –Decían las voces.
Era ella que me hablaba, era ella que lloraba y sus lágrimas
me lavaban las piernas, el torso, la cadera, los muslos, me iban sol-
tando de ese fondo pantanoso que me tragaba, y entonces abrí los
ojos. Esto es la muerte, estoy seguro que fue lo primero que dije. No
se rían, es en serio— las biólogas no podían parar ante el comenta-
rio de Ekert.
—Deja de bromear con la muerte —regañó su esposa— y
que vengan a comer. —Terminó diciendo mientras los platos con los
pescados fritos eran servidos.
—No sé que hubiera pasado si no hubiese llegado Panchi;
me hubieran enterrado vivo, sin duda.
Cuando las biólogas se fueron, Francisca retó a Jorge por
soltar la lengua:
—Cómo te atreves a contar la historia que te tiene acá.
—Ni siquiera entienden de lo que hablo. Si no hubieras lle-
gado yo estaría aun en Las Bocas, y seria inmortal, el hechizo se
rompió porque llegaste. Me has salvado.
—Pero ahora sí puedes morir, y si Torrefuerte se entera de
que sabes lo que ocurrió en el santuario, soltará al perro de Monta-
ñez para que venga por ti, y yo no puedo ni quiero perderte.
—Deja de preocuparte. Es Lucrecia la que me interesa, es
tan parecida a su padre. Decirle estás cosas es como prepararla. No
me cree, pero le hará falta creer en algo.
—Quizá no este acá por su padre. No sabemos lo que Lu-
crecia quiere saber. ¿Quieres ayudarla? Entonces cuídala, pero no

146
le llenes la cabeza de fantasmas. Recuerda que tendrá que ir a ese
sitio y que Torrefuerte puede intentar lastimarla o lastimarte si nos
entrometemos. Recuerda lo que Mauricio te dijo en una ocasión,
que creía que nunca iba a salir vivo de ese sitio, y ya ves que no lo
consiguió.
—Mauricio obtuvo lo que quiso. Ha sido su voluntad.
—No te das cuenta que Torrefuerte tiene otros planes para
la chica.
—Tiene razón —habló Roberto Burgos— hazle caso. Va-
mos a estar pendientes de la hija de Mauricio, pero tenemos que
esperar para ver que es lo que ella sabe de su padre, antes de con-
tarle nada. La última vez que hablaste con ella, le dijiste que era un
hombre noble, y eso me pareció bien, la tranquilizó; para qué hacer
que se desespere. Demasiado tiene con los demonios de Nicanor y
Felipe que tendrá que conocer y tratar. Con la mente retorcida de
Erik, que trae a la hija para un oscuro plan que sólo él entiende.
Veintidós años parecen demasiados para una segunda parte.

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Capítulo DIEZ

La noche antes de salir para Las Bocas, Ángela Pozo logró que Erik
le compartiera los secretos de los habitantes de aquel puerto, y su
necesidad de conocer el ritual para controlar su destino.
—¿Crees en esas historias?
—Si hubieras visto, leído y escuchado al respecto, te darías
cuenta qué todo parece real, por eso quiero pruebas. Son gente de
la edad del general, de la edad de mi abuelo muerto; y siguen igual
de jóvenes como en los tiempos de mi abuelo, ¿cómo lo explicas? La
ciencia no logra comprenderlo todo. Siempre hay un límite entre
el poder de la naturaleza, y la capacidad humana. De ser falsas las
historias igual lo descubriremos, así que no se pierde nada.
—Lo que hace un millonario aburrido –se dijo Ángela en
silencio.
Ella había obtenido parte de la información por medio de
Montañez, y le sonríe con lujuria al darse cuenta que su sensualidad
ha valido para ir al puerto con la historia armada sobre un mundo
de fantasmas, como Erik los ha nombrado. Ángela Pozo mantiene
la humedad de la vagina intacta, salió temprano del lecho de Erik,
para poder despedirse igual del guarda espaldas. Esa posibilidad de

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hembra dominante que le brilla en el cuerpo. Ahora será, saber ju-
gar las cartas. Fueron cinco orgasmos los que logró arrebatar a To-
rrefuerte, le ha brindado el culo para que este desfogara su energía.
—Me has roto por dentro. –decía arrugando las sábanas.
Siente cierto dolor, pero el conocer la historia del puerto le
puede brindar poder y eso la tiene contenta, habrá que manejar a la
Lucrecia para lograr cerrar el círculo. Una vez completado este paso
decidirá si se queda con Torrefuerte para dominar el mundo que le
ha ofrecido, o valerse de Montañez para eliminar al dueño de Isla
Tiburón y robarle su dinero. Es una posibilidad.
Montañez entró en un estado de alteración cuando ella le
confesó que Torrefuerte la había obligado, por medio de astucias
económicas a acostarse con él.
—¿Qué quieres?, él es el jefe. Sólo me resta obedecer igual
que a ti.
—Si decías que eres mi mujer, seguro te hubiera respetado.
—Mi queridito, es el jefe y no hay más. ¿Te crees su igual?
No es así, también es tu jefe, así que ni hablar. Es a ti a quien quiero;
si él me pide el culo, tengo que ceder, a qué pelearnos por cosas que
no tienen remedio.
—Tendré que hablarle.
—Pero no me comprometas. Si quieres pelear por tu mujer
tendrás que tener el dinero que él tiene, porque yo necesito lo que él
me ofrece. A los dos nos serviría.
—Con el dinero que tengo ahorrado podremos vivir bien.
Él tiene que respetar que eres mía. No soy estúpido, puedo darme
cuenta que estás jugando con ambos —la bióloga retenía el miem-
bro del guarda espaldas en la boca, comenzó a lamerlo y a succionar
con fuerza, con una mano le iba estirando la verga mientras con la
otra le sobaba los huevos y le metía el dedo índice en el culo. Mon-
tañez se dejó llevar de nuevo hacia el silencio y se decidió a confiar.
—Deja que yo actúe como mejor convenga a los dos. Pro-
méteme que cuando se pueda nos largaremos de este sitio —y Mon-
tañez prometía todo. Durante el sexo todo se promete, y se hace lo
posible por cumplir, pero el guarda espaldas había sentido por vez
primera que necesitaba terminar su relación con Erik.

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—No puedo matarlo —y aunque nunca cumpliría sus pro-
mesas, no podía faltarle a la memoria del general, que tanto había
hecho por él.
Montañez que nunca ha tenido una mujer sólo para él, es-
talló en cólera, por vez primera se debatía en olvidar las promesas
hechas de nunca atentar contra Erik; pero no está estipulado que su
jefe le quisiera quitar a la única mujer que en verdad ha amado, mas
aún cuando ella, Ángela Pozo, su Ángela Pozo, le cuenta en medio
de lágrimas que Erik la quiere tener de nuevo. “¿Y qué haré, dime,
qué puedo hacer para no faltarte, queridito?” No puede permitírse-
lo, no puede tolerar que Erik le afecte.
Lo que Rulor Miranda no ha podido deducir de Lucrecia,
es su falta de cordura en cada una de sus actitudes frente a Torre-
fuerte. Y mucho menos pudo percibir en la primera impresión, las
intenciones del Jefe por Lucrecia, por que la chica era discreta en
cuanto a su persona, pero no para los conflictos externos en los que
pudiera ver involucrada sus necesidades.
— Esta pequeña comienza a ir demasiado lejos –había re-
comendado Montañez. Pero Torrefuerte estaba encantado con la
muchachita.
—Déjala tranquila, pronto obtendremos lo que necesitamos.
—Ya Ángela había comenzado a mandar los informes que señala-
ban las largas caminatas de Lucrecia en las noches, las confesiones
que lograba arrancarles a los habitantes. Habían vuelto a balizar la
playa, para saber en qué kilómetro las hembras anidantes que salían
a la playa, depositaban sus huevos.
A Lucrecia le habían servido las notas de Mauricio, pero no
hubiera logrado nada sin el apoyo de Rulor Miranda. Este se quedó
unos días en el campamento, al igual que Torrefuerte y Montañez.
Para Rulor se habían disipado los temores, una vez que pisó la es-
tación de campo de Las Bocas. Era revivirse por medio del trabajo.
Había recuperado algo de su cordura, y recordaba sin sobresaltos las
actividades señaladas por Mauricio en aquella época cuando fue su
ayudante.
Lucrecia acostumbraba a dormir sin ropa, y eso era algo
que los hombres que estaban en la estación durante ese tiempo dis-

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frutaban. La chica y su delgadez de niña. El pubis depilado con
cuidado, mostrando esa línea de vellos castaños y la lisura de su piel.
No tenía muchas tetas pero era su culo una curva que señalaba la
necesidad de mostrar la lujuria presente en su cuerpo.
Torrefuerte pudo olvidarse con facilidad de Ángela, Lucre-
cia salía desnuda del baño y entraba al cuarto a ponerse la ropa,
frente a ellos, provocándolos. Quería dejar los pudores morales fue-
ra de Las Bocas, se dijo que acá quería ser lo más natural que pudie-
ra. He venido hasta tan lejos para andar escondiéndome, lo natural
es siempre lo que he preferido, y acá, no siento necesidad de andar
tapada, menos entre estas paredes, menos con mis conocidos.
Todos veían con agrado los paseos por la estación de Lucre-
cia sin ropa y Montañez y Ángela decidieron ser partícipes de esa
liberación. Pero la calma duró pocos instantes.
—No piensas vestirte –le dijo Erik cuando se disponían a
cenar, —Anda desnuda si quieres, pero a la hora de comer, ten la
bondad de cubrirte un poco —y ella le replicó:
—¿Te pone nervioso?
—No, pero pienso que te puede ser incomodo. Y en gene-
ral, me aburre un poco tu desnudez.
—Si me incomodara no lo haría. Me siento bien así. Y es así
como pienso andar dentro de la estación de campo.
—Si lo que quieres es tener sexo con alguno de nosotros
sólo tienes que decirlo —Erik mostraba enojo, la desinhibición de
Lucrecia le desbordaba el pensamiento. Ella no se dejaba controlar
y eso le hacía sentir incómodo. Más ahora que Montañez y Ángela
seguían sus pasos. La enormidad sexual del guarda espaldas no po-
día esconderse, ya que los roces de Ángela eran demasiado eviden-
tes. —Esto no es un campo nudista. Y con tus provocaciones sólo
reflejas inmadurez.
—No lo hago en un afán sexual, todo el cuerpo me arde, y
la ropa me resulta insoportable. No tengo privacidad en esta habi-
tación comunal, y no puedo (ni quiero) cerca de la piel, ni siquiera
una toalla. Pero si de verdad te es molesto, puedo sufrir si lo deseas.
Me gusta mi cuerpo, es estético, y no estoy intentando provocar a
nadie. Les aseguro que ni uno de ustedes me atrae. Bueno, la verdad

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Ángela es en verdad hermosa y la preferiría a cualquiera de ustedes
tres. —Para Ángela ese piropo fue demasiado. Y abandonó el hecho
de haberla secundado.
—¿Qué dices? Vístete por favor, ya te dijo Erik.
— ¿Igual a ti te molesta?
— Al principio no, pero, bueno, ya no sé, se me hace ridí-
culo seguir con esto. —Ángela quería ocultar el rubor de su rostro.
Lucrecia se percató. Y después soltó algo más que puso a Ángela
más nerviosa.
— Pero eso sí, eres el jefe –se dirigió a Erik— y si quieres
puedes probar la mercancía, llevo días sin sexo, y soy una mujer de
hormonas. No estaba interesada, pero pensando en Ángela me sien-
to algo excitada. Será sin compromiso.
Erik se sintió halagado y acepto el reto. Esa noche, Lucrecia
aumentó el volumen de sus gemidos. En verdad disfrutaba del tama-
ño y las aptitudes de Erik, pero quiso ser un poco más escandalosa,
con tal de que Ángela la escuchara en cualquier parte de la estación.
Ángela estaba encima de Montañez, estaba sorprendida de que la
fricción al pene de Montañez no era la que la estaba desbaratando
por dentro, no era ese palpitante pedazo de carne que también la
llenaba, no, eran lo gemidos de Lucrecia, era una necesidad de verla
contonearse. Calambres le recorrían la espalda, y muy dentro de
ella, un intenso calor le apretaba las entrañas. Eran los aullidos de
Lucrecia tan fuertes que Ángela sintió, por vez primera, necesidad
de mirar a otra mujer mientras se la cogían, y decidió trasladar su
pensar hacia aquella mujercita.
Se sacó el pene de Montañez de la vagina, y comenzó a
lamérselo, luego los testículos: metía uno completo a su boca y lo
absorbía hasta que dejarlo rojo, luego procedía a comerle el culo, y
fue cuando dejó que toda la presencia de Lucrecia le electrizara el
cuerpo, ahí con la punta de la lengua recorriendo esas cavidades,
imaginó a la compañera. –Estoy envejeciendo y aún no lo he proba-
do todo.
El sonido de la madera en el vaivén de los cuerpos la saca-
ban de concentración, y por vez primera se dijo que quería probar
a otra mujer, a esta mujer que, ahora lo reconocía, tanto le gustaba.

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Iba chupando y chupando mientras sus manos recorrían los pecto-
rales del guarda espaldas, luego se cambio de posición, y sin dejar de
chuparle los huevos y el culo, le ofreció al hombre su vagina, para
que este se la comiera y seguir imaginando la lengua de Lucrecia.
Después de esa noche cuando le inundó la cara al guarda
espaldas con sus líquidos, después de ese momento cuando la pre-
sencia total de Lucrecia le hizo tan bien en el orgasmo, comenzó a
prestarle mas atención a la chica. Y se sintió aliviada cuando Erik y
Montañez se marcharon, el guarda espaldas le dijo:
—Qué bueno que Erik se fijó en Lucrecia; te ha dejado en
paz y ya no tendré que pelear con él.
Erik era diferente, terriblemente prudente en sus relaciones,
y la chica no le había ganado el pensamiento, así que le pidió a Án-
gela que no se olvidara de vigilar a Lucrecia, y ese fue el pretexto, ya
estaba justificado, ella podría estar en cualquier sitio donde Lucrecia
se encontrara, se trataba de no perderla de vista ni un instante, tenia
orden de vigilarla
Jorge Ekert había mapeado de memoria las zonas marítimas
que permitían llegar al santuario de las tortugas que los pobladores
de Las Bocas, desde hacía muchos años, habían protegido. Y que, a
parte de los pobladores de Las Bocas, sólo conocían el desaparecido
Mauricio y Rulor, pero este último no quería recordarlo.
—Soy uno de ellos Lucrecia, o quizá fui uno de ellos, creí
que jamás volvería a Las Bocas, y he podido hacerlo gracias a ti.
Pero tienes que irte. No tienes idea de lo que es el ritual y quizá ellos
no te lo permitan. Mira a Rulor, parece que ha sanado, pero no lo
creo, estoy seguro que sigue sin aceptar todo lo que le tocó ver.
—¿Y cómo fue que lograste salirte?
—Fue tu padre o la misma Arminda, o ambos, la verdad no
lo sé. Luego del accidente con el tiburón me sacaron de acá. —Ekert
se atrevió a regresar al santuario después de tantos años de haberse
liberado del maleficio. Años en que pudo reconocer de nuevo su
piel, sus arrugas, la muerte de las células en su cuerpo.
No importaba la vida eterna, si la vida es un lugar plagado
de gente como Torrefuerte. ¿Qué caso tiene mantener la existencia
similar de los quelonios? A mis 80 años aparento 40, me he permiti-

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do ya envejecer 20 años, recuperar la cordura natural de mi cuerpo,
de la vida.
—Ya no soy esclavo del tiempo, pero sí lo sigo siendo de
Torrefuerte, como todos en Las Bocas.
Y ¿qué culpa tienen los pinches animalitos? Cual es el des-
tino en el que nos quedaremos sufriendo todos, si no hay mas que
pensar que el manantial de sangre que les extraen es una maldita
masacre, y los enormes trozos de carne se irán asentando cada vez
más en la inconciencia. ¿A qué todo el sufrimiento de aquella niña,
tanta tortura?
—¿Se trata de una matanza de tortugas?
—Es más que eso. Es un rito de sangre, violencia. Una pe-
sadilla eterna que no tiene para cuando terminar. Fue el estar con
Panchi lo que me ha salvado. Esa mismo sentimiento que tenían
Ambrosio y Mariana. ¿No creerás que están en el cementerio? Se-
gún lo que me dices, los escritos de Mauricio son ciertos. Pero no
entiendo, ¿qué busca Torrefuerte contigo?
—Este es un lugar olvidado por los dioses. Es una cárcel de
humanos. Un cementerio de tortugas, ellas vienen a dejar vida en
la playa, y van a morir al santuario. Ha sido otorgado por el diablo.
Es lo que es, y siempre será el Santuario, aunque nosotros pasemos
cerca y si nos haga una entrada de mar hacia el humedal y ahí en
Calapetén, puedes mirar el deterioro del tiempo, el olvido en que
siguen reclusos. –Lucrecia miraba el oleaje, la oscuridad era cortada
por la silueta lunar, Ekert estaba detenido en la playa, hablándole.
—Cuando sucede el rito las cosas cambian, es algo con las
células, Ambrosio lo decía siempre, un tipo especial de mutación que
afecta el alma.
—Necesito ver el ritual para poder entenderlo. Necesito es-
tar presente.
—No tienes idea de que podrás encontrar ahí Lucrecia. Lle-
gué de niño y desde ese primer año me hicieron beber del brebaje
que se prepara durante el ritual. Sentí miedo. Había un desorden
esa vez, porque a los que no lo bebían, los mataban y se abalanzaban
sobre su sangre. No sabes todas las cosas que vieron mis ojos de niño

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en esa noche. Todavía sueño con esas cosas. Vine por ti Lucrecia, tú
y Ángela deben salir de acá.
Lucrecia sabía del sitio, sabía de los rituales, sabía de los ase-
sinatos y todos los desmanes que los pobladores de las bocas habían
cometido. Todos esos personajes de las notas de Mauricio cobraban
forma a sus ojos. Todos los tesoros del tiempo. Incluso los esqueletos
de los frailes que fueron inmolados. Las chiquillas que victimaron.
Tanta sangre derramada entre los granos de arena. Y la arena que
se extiende, siempre callada, siempre en movimiento. Reclama sus
trofeos, sus plegarias, ardientes deseos de no vislumbrar el abandono.
Es el tiempo ese maleficio en el ambiente. Hasta Lucrecia
ha padecido los sudores de los días que no terminan de pasar. La
arena del Santuario permite esa sensación. Ese escozor del alma.
Esa tristeza de los aullidos del recuerdo. Y todas las lamentaciones
ya no son mas que el juego de una vida inferior a la nuestra, aun
siendo la eternidad su futuro.
Eternidad de miedos, sinsabores, pesadillas repetidas, sue-
ños colectivos de muerte, el mismo viento, el mismo tiempo deteni-
do en su límite. ¿Cómo detener el tiempo dentro de la carne? ¿Ese
impedir la división celular? ¿Huir del sol, y caminar dentro de la
sombra? ¿Mirar el océano y la respuesta evolutiva de las mareas? El
océano que todo lo destruye, que todo lo circunda y cubre con su
sal. El cambio continuo de las playas. El giro de los granos de arena,
en expansión, en expansión, toda la arena repetida en la carne de
estos hombres. El filamento de la luz que no termina de morir en el
atardecer.
Lucrecia, acostumbrada a la piel y los excesos sexuales que
vivía con Laura, supo darse cuenta que algo había despertado en
Ángela, y la jefa quería hacerse la fuerte. Pero la chica continuó con
su rutina: le gustaba salir del baño sin ropa y detenerse a secar el ca-
bello junto a ella; le gustaba entrar al baño a orinar cuando Ángela
se estaba bañando. Se tomó la libertad de acercarse a Ángela por
atrás, para leer los escritos que ésta preparaba, y decirle en el oído,
“me gustas, no te es suficiente”.
¿Suficiente? Qué significaba. Ángela quería llenarla de golpe.
—¿Cómo lo suficiente?

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—Para correr el riesgo…
—¿? ¿?
—…de decirte que me gustas, carajo, que te des cuenta que
sé que igual te gusto, y a mi no me importa, en lo mínimo, acostarme
contigo. Hace días que no tengo sexo.
—Estás loca. Me gustan los hombres.
—Pero estamos solas y podemos jugar. –y al decirlo se puso
frente a ella, y se le quedó mirando; dejó que su frente tocara con la
de Ángela, que podía sentir la respiración de la chica sobre sus la-
bios; Lucrecia la tomó del cuello y la piel de Ángela subió su tempe-
ratura, se puso nerviosa. Lucrecia no podía dejar pasar el momento,
le cogió de la muñeca y con la otra mano aún en el cuello atrajo su
rostro hacia sus propios labios.
—Es una experiencia más —se decía—, como se antoja li-
berar la ropa y rozar las pieles, tocarse el pubis, un dedo húmedo
que busque escapar; necesito que esto no acabe. –pero Lucrecia se
separó, quitó la sonrisa de su rostro, se limpió la boca con el ante-
brazo y se metió al baño a ducharse; Ángela quedó de pie junto al
escritorio y las piernas le temblaban.

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Capítulo ONCE

Federico consiguió hacer su tesis con Yosefina Morales por reco-


mendación de un antiguo amante de la doctora, y quería empezar
por hacer su servicio social en el laboratorio de hidroponía, aún en
los primeros semestres de la carrera; crecer ahí, dentro del labo-
ratorio. Aprender de la mejor, sentir el ambiente, adentrarse en el
mundo de la ciencia.
Supo desde el inicio que no le había caído en gracia a la que
sería su asesora; que su protector le pidiera ese tipo de favores a una
mujer que se sintió en la obligación, era un chantaje, claro, eso era,
la obligación de recibir al alumno. “Por los buenos tiempos”. No
podía negarse. Aquel amante había sido cálido. El amor no existe, y eso
era una premisa real para la Yosefina.
Creíste que sólo lo decía como gancho, estás equivocado; no
necesito protección, ni sentar cabeza ni nada de esos contratiempos
improcedentes y cursis. Sexo y sudor ¿no te bastan? –La calidez es
una cosa, el orgullo es algo más poderoso, el amante perfecto (para
ese momento, claro), y el hombre supo enseguida que él era la hem-
brita, con el calor de los celos siempre creciendo en el estómago;
Yosefina era una hiena de risa destartalada, que sabía reír siempre

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en el orgasmo. —¿Y es todo?— ofendía cada que tenía oportunidad.
Sudaba sí, gozaba, claro, y por supuesto que alcanzaba la cima del
clímax, pero coño, ¿por qué sólo uno, por qué tan sólo dos? “¿Y eso
es todo? Valiente protección me brindarías, si no puedes brindarme
el desfallecer en el acto. Quiero que me rompas, que me partas en
dos.”
Recibir a Federico en el laboratorio era tener que recordar
al hombre aquel, recordar sus peticiones, sus manos, su barba. Ne-
cesitas tener calma. Yo puedo abrazarte para que puedas estar tranquila. No
necesito estar tranquila, necesito pensar en mí y en mi hija. Ya hubo
tiempo para el romance en otro tiempo, no soy lo que buscas. Es-
taba segura. La huella de Mauricio era un gran surco dentro de
su alma, para qué quería más, no existía más, no necesitaba más
de lo que ya tenía. Será mejor que no vuelva a verte, no quieres entender que
esto es lo único que puedo ofrecer, pides demasiado y no estoy dispuesta a ceder
mi tiempo, a perderlo en cursiladas. Lucrecia crecía rápido y cada vez
era más tosca. Todo el tiempo con los amigos de la calle, en esas
esquinas de luces ámbar, No tengo tiempo para cuidar de otro niño, si ni con
la mía tengo. Pero Federico no era un niño, tenía dieciocho años, era
avispado, disciplinado, obediente, y por más gritos que ella le daba,
nada lo desmoralizaba. Siempre estaba ahí cuando Yosefina levan-
taba la vista. Trae aquello, lleva esto otro, prepara el médium para la
siembra, enciende la campana, astringencia coño, tienes que tener
todo limpio, no seas un cerdo, cierra cuando te vayas, que nadie me
moleste, qué te pasa que no contestas el puto teléfono, pasa por mi
hija al colegio ya que no voy a poder salir. Toma, llévala a comer, y
dile que disculpe. Lucrecia estaba a punto de salir de la secundaria,
tenía apenas trece años. Ve a mi casa por unos apuntes que dejé en
la oficina, y Federico ya estaba dentro de su vida, dentro de su casa.
Incluso dentro de la cocinera—ama de llaves, la Lucero, madre de
Laura. Federico era callado, delgado, un poco más larguirucho que
la estatura media. Lucero lo recibía siempre de buena gana, y de
buena gana lo fue volviendo hombrecito.
Chemir fue el único en ver que Ángela Pozo y Lucrecia Mo-
rales enredaran los cuerpos como escorpiones hambrientos uno de
otro. Llevaban tres meses en esa mezcla de sudores y saliva, y co-

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menzaron a necesitarse. Ángela sentía una angustia terminal por su
relación con Lucrecia, quizá era parte de su confusión, pero ya no
imaginaba siquiera qué era la penetración peneal, estaba dedicada a
disfrutar la lengua y los frágiles dedos de Lucrecia que la recorrían,
esa lengua puntiaguda que bajaba por la espalda, siguiendo la línea
de los vellitos hasta abajo, hasta abajo, deteniéndose de vez en vez
en los lunares, hasta llegar al culo, y ahí llenarlo de saliva, escupir
en él para lubricarlo, meter lo mas que podía la lengua, y el culo de
Ángela se distendía, permitiendo la entrada, así era como Lucrecia
le metía el dedo gordo en la vagina y el índice en el culo, gozando
gozando hasta enarenarse de silencio. Todo el remolino de la honra,
del poder de loba hambrienta con que había llegado se fue tirando
al caño en esas células marchitas por el roce. Esa luz que la joven
bióloga iba dibujando en esta mujer terrosa de noches invictas, y
nunca más lamentos.
Pero las cosas no podían quedarse en el anonimato. Los re-
portes últimos del mes no llegaron, las biólogas estaban confabu-
lando a favor de los ideales de Lucrecia; Ángela había decidido que
Lucrecia fuera su dueña, no le interesaba cambiar nada, no quería
trabajar ni hacer más que acompañarla, llenarse de ella todo el tiem-
po, llorarle para que al salir de ese sitio vivieran juntas, y Lucrecia
le acariciaba el cabello sin responder, se quedaba ahí acostada con
esa hembra encima y sólo pensaba en Mauricio, en su madre, en la
misma Laura que tanto le enseñó a no involucrarse, en Federico que
pudo ser un buen padre junto con ella, en esa vida que el cadáver de
Laura le había arrebatado, en ese desenlace de cuentos de hadas en
que no quiso creer a lado de Federico. En esos niños que nunca po-
drá tener ni ha querido tener, porque le gusta su soledad, su libertad,
que le han hecho no darse por enterada de lo que ha ido creciendo
en esta relación con Ángela, no le preocupa que ella se esté enamo-
rando (qué es el amor sino células marchitas), lo que disfruta es la
faceta ante la cual Ángela se ha rendido, con esa pasión tirana como
ella sabe, que nunca pudo ofrecerse a nadie.
Ángela empezó a creer en sus proyectos, empezó a luchar
por los ideales de su joven amante, leyó las notas que Lucrecia había
hecho de los papeles de Mauricio, leyó las cartas de la madre agobia-

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da, detenida detrás de las montañas. Y en esa levedad en que Ángela
se sentía, traicionó con toda intención, las necesidades de Torrefuer-
te, y la pasión de Montañez. No enviaron más informes, “no hemos
visto nada extraño” era lo que siempre contestaban, pero ya habían
hablado con Ekert para que les ayudara a ir hacia el santuario, pero
un tipo como Torrefuerte, que todo lo sabe, se dio por enterado.
—Vaya con tu mujercita, se ha doblado, creo que la Lucre-
cia se la echó al bolsillo.
—No lo creo, es una hembra fuerte, verá que es una treta
para joderla.
Desde eso Chemir las siguió por orden de Erik luego de la
discusión que habían tenido con Ángela porque no había logrado
nada en esos meses.
—Estoy en eso, pero no puedo darte información semanal.
–contestaba la cordial amante, y luego dirigiéndose a Lucrecia:
—Creo que tenemos que apurar los planes, necesitas hablar
ya con Ekert, ponerte de acuerdo, sino el pinche Montañez volverá
a chingarnos.
—Veremos qué hacer para que vayamos lo mas pronto al
santuario. Necesito hablar y convencer a Renata.
Chemir pudo darse cuenta que tanto Montañez y como
Erik estaban encandilados como moscas por la personalidad de Lu-
crecia. Por esa forma en que su sexo doblegaba a cualquiera que se
le pusiera enfrente. Eran mujeres hermosas. Hermosas al estilo de
cada una. Ángela no era muy bella pero con un cuerpo muy bien
dotado. Y aunque Lucrecia no tenía el cuerpo hermoso, ese que los
hombres acostumbran perseguir, su desfachatez de encuerarse sin
importancia, era un talismán que hipnotizaba a quien se le pusiera
enfrente. Ángela por acuerdo con su mujer, quedó en seguir aten-
diendo a Montañez y luego, a escondidas, a Erik, sin pensar en que
Torrefuerte la dejaba ser, para ver si podía arrancarle la información
que la Lucrecia solo escupía entre los dientes. Ninguna de las dos
se dió cuenta de la presencia nocturna de Chemir alrededor de la
cabaña donde se retorcían una sobre otra.
—He hablado con Nicanor; he descubierto que todo es un
gran montaje, que tú lo sabias, y qué quieres controlar mis actos.

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—Si, me lo dijo Erik desde el principio. Bueno será que aca-
bemos de una vez y que nos vayamos lo mas pronto posible.
—Y entonces ¿cuál va a ser tu decisión?
—Tu padre quiso sacar todo a la luz. Erik no podía permi-
tirlo, necesitaba tener el control sobre la muerte y cree que contro-
lando esa presencia en la arena lo logrará; te ha puesto de carnada
para que por medio de Mauricio, Arminda le permita tener el poder
de controlar la muerte.
—Toda mi vida ha sido una farsa, Erik ha seguido mis pasos
más de diez años. Ahora quiere utilizarme para que yo acabe con lo
único bueno que he sabido de mi padre, su memoria.
El viento comenzó a soplar y la ventana desde donde Che-
mir estaba escuchando escondido la conversación de las mujeres
cayó. Lucrecia tomó el cuchillo que Jorge le había entregado y las
dos guardaron silencio. No quedaba mucho tiempo.
—Jorge y Francisca deben de estar llegando a Naular, tengo
las cuatrimoto lista, ellos me llevarán al Santuario. Regresaré por ti.
Tendrás que entretenerlos mientras tanto.
Atravesando el mar, Ekert y Francisca pudieron ver cómo
se levantaba la arena cerca del poblado, y enfilaron la barca hacia
Naular donde quedaron en ver a Lucrecia.
—Vete al café para que Nicanor y Felipe no sospechen. Ya
he hablado con Renata y ella está de acuerdo. —Lucrecia le dió un
beso hasta que se le apagó la respiración, tomó aire y salió en la cua-
trimoto. La arena le pegaba en el rostro. Había un continuo ulular
en el viento. Lucrecia seguía adelante y una ola creció en el mar y
cayó frente a ella desgajando un montículo de arena que la hizo
trompicar, arena y viento se precipitaron sobe ella que manoteaba
para no ser enterrada viva.
Cuando Ángela Pozo llegó al café Doña Susana, miró en su
mesa de siempre a Nicanor y a Felipe que jugaban al dominó. El si-
lencio era roto por el sonido de las fichas al revolverse o acomodarse.
Se acercó a ellos que levantaron la vista hacia ella y pudo verles las
cuencas vacías, sus ojos oscuros que daban la impresión de haberse
caído de sus órbitas. Corrió a la calle, todo el pueblo iba corriendo
con antorchas hacia el embarcadero. La furia de Arminda estaba

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recorriendo el pueblo y corrían a las barcas para irse al santuario.
Martín venía con las tinajas del alcohol de uva de mar, y en las pla-
yas comenzaban a subir algunas tortugas.
Ángela Pozo quisó esconderse y corrió hacia el cementerio,
lo más lejano a la playa, al llegar ahí cayó al suelo y al levantar la
vista miró las botas de Montañez.
—¡Maldita! –la tomó de los cabellos. Al quedar de pie vio
caminando hacia el mismo sitio a Torrefuerte. Ella intentó manotear
pero el guarda espaldas cerró su brazo sobre su cuello y la levantó en
el aire, ahorcándola.
—Bájala –ordenó Erik y Montañez la soltó. Erik llegó junto
a ella, cogió el cuchillo que Montañez tenía en la cintura, y se lo
enterró completo a la mujer que apenas alcanzó a creer que la ma-
taban. Sus ojos mitad terror mitad ternura. –Jamás nos pondrás el
uno contra el otro,— y al decirlo miró el rostro de Montañez que no
desvío la mirada, se la sostuvo con orgullo y paz en el rostro.
—Llévala a la estación, y encuéntrame a Lucrecia. –le dijo
al guarda espaldas.
El remolino de viento cedió en la zona donde estaba Lucre-
cia peleando por no acabar enterrada. Escuchó el eco de un motor
de lancha que se acercaba, el mar agitándose y la nube de arena en
dirección, hacia el santuario. Luchó por desenterrarse pero no lo
conseguía, hasta que miró un brazo que se estiraba para ayudarla.
Alzó la vista y era Chemir. La jaló hacia él y logró sacarla de la are-
na. Dejaron la moto enterrada, abordaron la barca y se dirigieron
al poblado. Entraron a la estación y Lucrecia vio que la esperaban
Montañez y Torrefuerte. En el atracadero estaban abordando los
pobladores, sus antorchas y sus ojos negros como cuencas vacías.
—Pensabas traicionarme. El maldito Ekert te pensaba lle-
var. Ahora mismo vamos a ir a él, y harás que nos lleve a todos, yo
igual quiero ver a Mauricio.
—¿Qué le hiciste a Ángela?
—Está esperándote en el cuarto –Lucrecia se precipitó ha-
cia la recámara, traspasó la cortina de caracoles y vió el cadáver de
Ángela y la estática de su mirada sin brillo. Quiso correr a abrazarla,
Montañez la detuvo cargándola con una mano.

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—Nos llevarás al santuario y luego, la vas a alcanzar donde
sea que esté.
Jorge y Francisca vieron pasar muchas lanchas, por lo que
Ekert le pidió a su esposa que se escondiera en la duna.
—La atraparon; ahora vendrán por nosotros. Si me llevan,
tendrás que salvarte para conseguir ayuda.
—Si te atrapan iré contigo.
—Hace muchos años debí morir, Arminda no quiso, no
querrá que pase ahora. Ella me liberó, gracias a Mauricio. Tenemos
que devolver el favor que ha hecho por nosotros. Escucho motores,
ahí vienen.
Francisca corrió a esconderse, Jorge intentó borrar las hue-
llas de su esposa de la arena. Desembarcaron. Chemir llevaba la
pistola en la mano. “Súbete Jorge, nos vas a acompañar”. Montañez
saltó a la playa, y comenzó a buscar las huellas de Francisca.
—Estaba enterrando unos nidos y borrando el rastro de la
tortuga, mientras esperaba a Lucrecia. Estoy solo.
—Te avisé que te llegaría la hora —le dijo Montañez sin
dejar de mirarlo.
Yosefina dobló la carta que le había enviado Rulor Miran-
da. Su avión estaba por descender en el aeropuerto de esa ciudad del
sureste. Han sido horas de un dolor acumulado en el pecho. “Ella
está bien, venga lo más pronto posible, yo la llevaré a verla”. La no-
che ha terminado de caer. Los huesos intactos. Las estrellas fijas en
su movimiento. Recibió la carta en la mañana y ahora al anochecer
está poniendo sus pies en esa tierra que le ha robado la vida. No
sabe si sigue caminando hacia el abismo. ¿Cuántas veces Lucrecia
le había dicho que este hombre no era de confianza? Y ahora ella,
de nuevo, era victima de una jugada del destino por medio de este
hombre canoso de gafas con fondo de botella. Ya no puede pensar
en Mauricio, el recuerdo de su hombre ha quedado en un sitio de su
cerebro bien cuidado, protegido, recuperado en su historia de amor
y búsqueda, el jardín botánico, la noche desde el cuarto, el último
amanecer de enredar los cuerpos. Su pensamiento y sus latidos son
por su hija, su botón de azúcar, por su mujer furia, su princesa de sal
y sol.

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Es octubre y las aves migratorias ya se escuchan en el hu-
medal. Sus aleteos. El aleteo de las balas de Montañez, el caer de
los cuerpos traspasados, pólvora y dolor, gritos y arena siempre la
arena sobre el agua, cubriéndolo todo, con esa su cicatriz constante
de sequedad y abismo. El ahogarse del humo de las embarcaciones
que llevan sus antorchas. Lucrecia estirando los dedos para tocar el
rostro de su padre, ese rostro formado de arena, rostro exacto que
se detuvo en el tiempo como una escultura de aire, agua, arena,
prisionero de la esencia de la niña ultrajada en mar abierto, en una
isla que no ha dejado pasar el tiempo, en ese mirar las tortugas de-
capitadas, que todo lo saben y lo miran desde las profundidades del
terror, abismándose en los mares, en los océanos que todo lo destru-
yen hasta la vida humana, y sus pocos siglos de esplendor. La mirada
de Arminda lagrimando en esos ojos pequeños al momento de dejar
caer la vida, en esos huevos, cada año; ahí, escondidos en la arena
que nos cubrirá a todos, y en que todos hemos de acabar.
Nicanor y Felipe piden el sacrificio de la sangre de Lucrecia,
para quedar libres. Erik piensa tener el poder de manejar a Armin-
da, por ser él quien le entregue la sangre de la hija de Mauricio.
Jorge Ekert corre desde el bote con las venas del cuello extendidas
para tomar de la mano a Lucrecia y huir con ella.
—Tú me devolviste a la vida, que sea mi vida la que salve la
de esta joven. —Pero el remolino de arena y viento quiere la vida de
Torrefuerte. Montañez no lo pensó más y con el cuchillo degolló al
hombre que el general le hizo prometer que cuidaría. La oscuridad
avanza, no hay más puntos luminosos sobre las cabezas, todo es un
batir de palmas y pieles, gritos y aire. Montañez derrama la sangre
de Torrefuerte y le dispara a Chemir dentro de la confusión. Todos
corren atropellándose, y el remolino los empuja a todos, el mar se
azota sobre la arena, y avanza, avanza sus oleajes. Los pobladores
corren con la sangre de las tortugas en las tinajas, las cabezas cho-
rreantes de las tortugas decapitadas cuelgan. El tiempo gira sobre
todos, se detienen las imágenes y vuelven a fluir, van hacia atrás y
Torrefuerte desciende de las lanchas, han llegado al santuario. Los
habitantes empiezan el ritual de cada año.

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—Nicanor, detente —habría gritado Torrefuerte. Desem-
barcó y Felipe se puso enfrente de él para impedirle el paso.
—Conseguiste llegar Erik, pero no podrás irte —y se aba-
lanzó sobre él.
Montañez abrió fuego para defender a su protegido. Felipe
cae muerto, pero su herida cicatriza y unos segundos después vuelve
a levantarse. Todos los pobladores comienzan a rodearlos. El mar
comienza a levantar sus oleajes, el ruido del viento aumenta y se
forma un círculo de agua salada encima de ellos. De la arena surge,
bajo la luz de las antorchas, una columna formada por el viento.
Nicanor intenta herir a Lucrecia, pero Jorge Ekert no lo ha permiti-
do. Montañez ha derramado la sangre de Erik y de Chemir. Llegan
Francisca con Rulor y Roberto Burgos desde otra lancha. Francis-
ca corre hacia Jorge, cuando la fuerza del oleaje se precipita sobre
todos, como una ola inmensa dejando caer sus litros de violencia.
Francisca y Jorge se vuelven agua.
Federico ha llevado a Yosefina al aeropuerto acompañado
de Lucero. Antes de abordar su vuelo, la madre de Lucrecia se ha
empeñado en que Federico conozca la historia de Mauricio Cuevas
y le deja en las manos el sobre con los documentos, y las últimas
cartas de Lucrecia. –Te hablaré apenas logre contactarla. Federico
quiso resistirse a dejarla ir sola, pero la doctora tiene su carácter y no
quería que el laboratorio se quedara en el abandono. Los datos de la
última prueba de hidroponía tienen que estar listos para fin de mes,
y esta maldita enajenación en que me he envuelto me ha impedido
dedicarme como el trabajo lo requiere, lo bueno es que has estado
pendiente. Qué bueno que regresaste a pesar de que te eché de la
vida de mi hija. Cuando regresemos del sureste, espero que puedas
arreglar las cosas con ella.
Federico se ha pasado las horas del vuelo de su jefa sumido
en un café leyendo los papeles. Consumiendo sus horas de cigarri-
llos, y piezas de jazz en el sonido ambiente. Levanta la vista, y mira
la lluvia sobre la ciudad, el polvo va desgajando las paredes, todo
filtra hacia las alcantarillas; Federico fuma, y con el humo se trans-
porta hacia Las Bocas.

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El viento cede, el agua se aquieta. Lucrecia mira el rostro
luminoso de Mauricio sobresaliendo entre la espuma, es un rostro
límpido y perfecto; ella coge un cuchillo entre las manos y se arranca
los ojos, son demasiadas las cosas que no deben ser vistas de nuevo.
Montañez toma en sus brazos a Lucrecia ciega e intenta subirse a
la lancha, pero el remolino de arena lo atrapa, eleva su cuerpo y en
el aire lo parte en dos. Sus pedazos caen a la arena, junto al cuerpo
extraviado de Lucrecia que busca a tientas en la arena. Los demás
pobladores comienzan a volverse transparentes. Arena, arena, y
todo circulando, envolviéndolos, mezclándose. Es la arena la que ha
alimentado las conciencias. La mugre de los cuerpos. Los habitantes
en remolinos de viento. El oleaje se detiene, el mar es un plato, una
superficie sin arrugas.
Roberto Burgos levanta en brazos a Lucrecia que lleva el
rostro ensangrentado y la trepa a la lancha. A Rulor el recuerdo del
santuario le golpea las neuronas, permanece estático en la proa.
—Polvo somos… arena inabarcable…
Roberto enciende el motor y la lancha se dirige hacia Isla
Tiburón con los tres pasajeros. En el viaje Roberto comprende que
no verá más a Francisca ni a su yerno. En el silencio puede uno guar-
darse del dolor. Quizá los fantasmas puedan significar los recuerdos
que tenemos de los que se han ido. La sugestión por los entornos que
no conocemos. En eso piensa Yosefina al hojear los papeles que su
hija ha ido escribiendo desde la oscuridad en que se ha sumido. Su
hija descansa. La ceguera la ha empujado al mutismo.
Detrás del océano la vida continúa. Entre los inmortales ca-
minan los fantasmas. Todo se acomoda en esa dimensión sin tiempo
y sin espacio, ya nadie vendrá a molestarlos con sus ideas de vida.
El tiempo seguirá su hilo fuera de ellos. La eternidad tiene el futuro
implícito en su devenir incierto.
Hay un jardín, los árboles resplandecen. Lejos de esas pla-
yas, Yosefina va dejando caer pedazos de papel, recortados, sobre
el agua de la fuente. Al fondo, el jardín mantiene su frescura. Una
estrella titilando de frío, un espacio abierto de color azul. Hay un
oleaje que nunca cesa, y la arena que se desdibuja. Lentamente salen
a la playa, van arrastrando su kilaje de paciencia, llegan a tiempo,

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siglos ha que todo se repite, siglos ha que se repetirá el mismo rito, la
vida que viene a descubrir nuestra fragilidad. Las lágrimas saladas
de los reptiles y los huevos que caen a la arena. s

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La primera edición de
Arena
de Adán Echeverría
se terminó de imprimir y encuadernar
en noviembre de 2009,
en la Ciudad de México, D. F.

Para su composición tipográfica se emplearon las familias


Arial y Baskerville. La impresión de los interiores se realizó
sobre papel cultural beige.