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AILLÓN SORIA, Susana. Entre el yo compartido y el yo estigmatizado.

En:
Dialogando. Cochabamba-Bolivia: Terre des Hommes, 2002-2003 (Pp. 27-32)

Entre el yo compartido
y el yo estigmatizado

Reflexiones sobre el libro "Culturas e Infancias"

"Culturas e infancias" es un texto que reúne las reflexiones sobre las observaciones y
sistematizaciones de experiencias de co-partes de terre des hommes Alemania que se
encuentran trabajando en la temática niñez y cultura en la región andina. Estas
investigaciones tuvieron como objetivo el hacer conocer la noción y vivencia de los
niñ@s en las diferentes culturas. Se parte de la idea de que la Convención es un
instrumento monocultural, occidental y etnocéntrico y que plantea una idea única de
niñ@, de cultura y de la concepción del derecho.

En las reflexiones de las copartes hay coincidencia en puntualizar que hay diversas
concepciones de ser niñ@, de vivir los derechos, el juego y el trabajo. Claramente
podemos diferenciar dos tipos de visión de las cosas, el mundo y las personas. Estos dos
mundos son el mundo de las culturas originarias y el mundo de las culturas
occidentalizadas.

Es en este marco que el texto "Culturas e infancias" se constituye en un aporte


importante en la reflexión de cultura y niñez, pues a partir del discurso de, los adultos y
de los niñ@s se logra evidenciar las profundas contradicciones de estas dos realidades.

Analizaremos los dos discursos desde la perspectiva de la psicología. Comenzaremos


diciendo que en las comunidades rurales encontramos diferentes denominativos de niñ@:
wawa, waway, wawakay. De hecho, la noción de wawa suele referirse no solo a las
wawas humanas sino a las wawas como fruto de la tierra, las wawas animales, incluso las
wawas de las cosas que serían en términos occidentales "inanimadas".

La representación social que se construye alrededor de esta denominación incluye en


todos los casos, denominaciones positivas y que denotan contenido afectivo basado en el
respeto y el cariño. Este simbolismo lingüístico tiene que ver con la significancia que
adquiere la wawa para estas comunidades. Así, cuando los adultos se refieren a las wawas
les atribuyen un valor simbólico y real muy positivo: las wawas significan fuerza,
esperanza, refugio, respeto, algo muy valioso y, alguien que ayuda al adulto. En este
simbolismo lingüístico también se advierte en otros términos qué hablan de las wawas y
sus funciones en la comunidad; a saber; las wawas son ángeles, flores, nubes, trofeos.
Lenguaje metafórico que informa de la significancia de las wawas en la comunidad.
Significancia que una vez más se ratifica como positiva cuando la crianza es entendida
como un tiempo para pasar la vida juntos - adultos y wawas - y en este proceso la wawa
es considerada, desde que se encuentra en el vientre, como un miembro activo de la
comunidad, un elemento vivificante de la familia y por su ternura es el ser privilegiado
para comunicarse con los dioses. Por ello las wawas tienen un papel fundamental en las
ritualidades religiosas en tanto encarnan la energía, la habilidad para jugar y poder atraer
la mirada de los dioses por su belleza.

Mediante la crianza la wawa aprende que las necesidades son individuales pero también
de la comunidad, que su familia son los humanos, la naturaleza y las deidades y lo más
importante, que aunque sea anciano seguirá siendo wawa, es decir, aprende que ser wawa
es una dimensión, un momento, un ciclo al que se puede volver cuando lo desee. Este
último elemento permite a la wawa poder ejercitar diferentes formas de afectividad y de
expresividad espontánea en cualquier momento de su vida.

La forma en que la wawa se integra a la comunidad se realiza a través de dos maneras,


la primera mediante el juego y la segunda en las actividades cotidianas que realiza para
ayudar a su familia. Ambas formas le permiten adquirir saberes sobre las labores
domésticas, el conocimiento de las plantas medicinales, el conocimiento del mundo
animal y el significado de los fenómenos naturales.

Lo lúdico, el aprendizaje basado en los sentidos y la sensualidad y la expresividad de


los afectos de forma espontánea nos lleva a pensar en la construcción de un "yo
comunitario", un "yo social" que descansa sobre un "nosotros". La racionalidad
occidental no tiene cabida en esta lógica, sino más bien lo espiritual y la importancia vital
del otro comunario en el equilibrio de la vida.

Por eso no es posible pensar en wawas que se encuentren abandonadas en las calles de
una comunidad como tampoco es posible pensar que las wawas "trabajan" en sus
comunidades, - aduciendo al trabajo infantil. Sino más bien es necesario comprender que
la formación del "yo comunitario, yo social" como una construcción propiamente
colectiva, es una especificidad que no rescata la Convención de los derechos de la
infancia. Son dos lógicas diferentes de entender y vivenciar el mundo, las cosas y dentro
de él a los seres humanos.

En el texto "Culturas e infancias" las co-partes narran la ruptura entre dos mundos en la
que se encuentran las familias migrantes, por un lado se encuentra el mundo que dejaron
y por otro, al que desean incluirse.

La construcción de la noción de niñ@ en los migrantes refiere a un "ser que se


encuentra en etapa de desarrollo" y que en ella está al cuidado de su familia. Un ser que
está en proceso de ... alude a un proceso inacabado, a una incompletud. Incompletud que
hace referencia a que alguien debe completarlo. Ese alguien en la cultura occidental está
representado por el adulto. Deviene entonces el dispositivo del adultocentrismo que
vivido cotidianamente recrea el deseo de propiedad hacia los niñ@s. En la representación
social del niñ@ occidental subyace el sentido de propiedad del adulto. El adultocentrismo
construye así su discurso y su práctica.
Práctica recreada por el adulto en el "deber y la responsabilidad" de enseñar, de
completar a ese niñ@. En el discurso de los adultos migrantes encontramos que este
deber es vivido como una carga pesada.

"Los niños son considerados unas personitas que hay que proteger, son como unos
inútiles a los cuales hay que hacerles cosas"

Enseñar significa entonces transmitir algo, implica llenar algo a través de un embudo,
por eso la forma de enseñar es la verticalidad; pareciera que los niñ@s no tienen derechos
sino solamente deberes; que las decisiones fueran tomadas casi exclusivamente por los
adultos (los padres deciden cuándo jugar, suelen guardar los juguetes en el ropero). y que
en este ámbito de relaciones verticales es más fácil pensar que tanto el maltrato como los
castigos son formas aceptadas y recreadas de establecer las relaciones afectivas entre
padres e hijos. Finalmente un elemento recurrente en el discurso occidental adulto,
recreado en las familias migrantes es el que visualiza al niñ@ como "futuro",
desconociendo sus necesidades presentes.

Para los niñ@s migrantes, la ruptura entre los dos mundos: el comunitario y el citadino,
es vivido como una negación a su sensualidad, a su deseo de jugar y de formas de
expresar su afectividad:

 "cuando los grandes hablan los niños se callan"


 "los niños tenemos derecho a ser acariciados y acariciadas"
 "las niñas tenemos derecho a que no se burlen ni aprovechen del cuerpo de las
niñas"

Las familias migrantes están constituidas en muchos casos por varios miembros. Los
problemas que más angustian a los adultos y niñ@s migrantes están relacionados con la
discriminación que viven por su condición de migrantes. Los niñ@s niegan su origen, no
conocen el origen y desarrollo de su historia, niegan su apellido y sienten vergüenza de
sus familias.

En la constitución del "yo", los niñ@s migrantes internalizan el sometimiento, la


obediencia, el silencio. Así se recrea permanentemente la necesidad de la dependencia
afectiva porque se vive esperando que se le ame por el sacrificio que realiza: necesidad
del amor y la aprobación del amo. El amo que puede ser el mundo adulto y también la
sociedad que los margina.

La familia migrante ha perdido su rol educativo por diferentes causas que son
estructurales pero también internas, que tienen que ver con la gran presión a la que se
encuentran sometidos sus miembros. En esta realidad se construye la subjetividad de los
niñ@s migrantes. Así en el ámbito de lo cotidiano, se construye un "yo individual", un
"yo" que parece estar basado en el interés superior del consumo - aduciendo al interés
superior del niño de la Convención y donde, en un deseo desesperado de reconocimiento
los niñ@s harán escuchar otras demandas: "queremos ser felices, reír, romper cosas sin
que nos culpen"

A la vez, la sociedad occidental forma otro "yo" y es el "yo - otros", es decir la


oposición de la otredad, negación de reconocimiento. El "yo deteriorado" es el "yo
estigmatizado" y este elemento, la marginalidad estigmatizada y estigmatizante se
constituye en la centralidad de la identidad de miles de niñ@s que por su situación de
migrantes, pobres, de color, trabajadores y/ o que viven en las calles, son desconocidos en
su especificidad. Pero donde hay mayor represión dialécticamente hay mayor resistencia.
Es el caso de los niñ@s trabajadores y de los que viven en las calles quienes, por su
situación y condición, formarán un elemento articulador de su identidad social -
rescatarán al "yo social, comunitario" en relación al "nosotros" de sus compañeros para
reconocerse a sí mismos.

Susana Aillón Soria


Psicóloga, trabaja en la Fundación La Paz