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PERÚ, FINES 2010 –

INICIOS 2011:
SITUACIÓN SOCIAL Y
POLÍTICA, LUCHA DE Perú: Visión
CLASES Y ELECCIONES sintetizada

GENERALES
José Ramos Bosmediano

La situación de pobreza, atraso, desigualdades


profundas que aquejan al Perú actual no dependerá de
políticas parciales, por más espectaculares que ellas
sean, sino por una transformación de fondo que dé
solución a los problemas estructurales y
fundamentales. Solo en esa dirección pueden cobrar
importancia las políticas sectoriales en función de
objetivos nacionales.
Contenido
PRIMERA PARTE................................................................................................................................................ 2
Los problemas estructurales del Perú ........................................................................................................... 3
El problema de la soberanía .......................................................................................................................... 4
El problema nacional y la nación inconclusa .................................................................................................. 4
Atraso y dependencia de nuestra estructura económica ................................................................................ 6
El problema agrario y campesino................................................................................................................... 7
El problema indígena .................................................................................................................................... 8
Problemas fundamentales de la superestructura ........................................................................................... 8
El problema ecológico ............................................................................................................................... 8
El problema de la democracia.................................................................................................................... 9
El problema del centralismo .................................................................................................................... 10
Fragmentación y desigualdades sociales .................................................................................................. 10
El problema de la cultura ......................................................................................................................... 12
El problema de la educación .................................................................................................................... 13
El problema de la religión ........................................................................................................................ 14
El problema de la corrupción ................................................................................................................... 16
El problema de la salud ........................................................................................................................... 16
El problema de los trabajadores o problema laboral ................................................................................ 17
Los problemas concretos ......................................................................................................................... 17
El problema del aborto ............................................................................................................................ 17
El problema de género ............................................................................................................................ 18
El problema del narcotráfico.................................................................................................................... 18
El problema de la delincuencia común y la inseguridad ciudadana ........................................................... 18
El problema de las enfermedades endémicas .......................................................................................... 19
El problema de la higiene ambiental ........................................................................................................ 19
El problema del transporte ...................................................................................................................... 19
El problema de las minorías sexuales ....................................................................................................... 19
El problema de los discapacitados ........................................................................................................... 20
El problema de la administración de justicia ............................................................................................ 20
CONCLUSIONES SOBRE LA PRIMERA PARTE ..................................................................................................... 20

José Ramos Bosmediano | PRIMERA PARTE 1


Perú, fines 2010 – inicios 2011

SITUACIÓN SOCIAL Y POLÍTICA, LUCHA DE


CLASES, ELECCIONES GENERALES Y ALTERNATIVA
DEMOCRÁTICA, ANTIIMPERIALISTA Y POPULAR
José Ramos Bosmediano
amazonayahuascaramos@yahoo.es
Educador, miembro de la Red social para la Defensa de la Escuela Pública en las Américas (Red SEPA, Canadá),
ex Secretario General del SUTEP.
Lima, marzo 1º del 2011

PRIMERA PARTE
Propongo una visión sintetizada del Perú actual a partir de los problemas que arrastra a lo largo de casi 200
años de vida republicana, desde la independencia política de 1821. Esta primera parte es el diagnóstico de una
realidad que suscita, en la mayoría de peruanos, grandes preocupaciones y también serias diferencias para
proyectar el futuro de la nación.
Después de esta PRIMERA PARTE, se abordará la lucha política actual, expresada principalmente en el proceso
electoral de abril (primera vuelta) y junio (segunda vuelta), como forma fundamental de la lucha de clases;
asimismo, se tratará las clases y las fuerzas políticas en pugna y sus propuestas programáticas. Finalmente, se
delinearé las perspectivas programáticas para una nueva alternativa de características democráticas,
antiimperialistas y populares, con orientación socialista.
Mis afirmaciones no están manifiestamente sustentadas en datos estadísticos, pero parten de las evidencias
empíricas que numerosos investigadores vienen explicitando en sendas publicaciones sobre la pobreza en el
Perú, el estado del servicio de salud, la crisis de la educación peruana, la evolución de las ganancias del gran
capital y la involución del ingreso de los asalariados, la concentración del capital, el peligro inminente de una
hecatombe ecológica en la Amazonía peruana, etc.
Observando lo que viene ocurriendo en el Perú de hoy, cabe repetir aquella afirmación: la democracia
burguesa consiste en que, cada cinco años, los dominadores de turno son elegidos por los dominados, quienes
mintiendo a las masas son puestos en la cúspide del poder para traicionarlos inmediatamente que salen
elegidos. Tal es el carácter de clase de la democracia formal donde la oligarquía y burguesía manejan y
controlan el aparato estatal.
Las épocas electorales en los países capitalistas permiten escuchar los planteamientos más insospechados, los
ofrecimientos más osados, sobre todo de los partidos y candidatos de la derecha. Afloran los problemas del
momento, las necesidades más urgentes de las masas oprimidas, pero estas, casi siempre están impedidas, por
la demagogia reinante y el dinero invertido en las campañas, de observar los reales problemas de fondo que se
requieren enfrentar para dar un curso nuevo a su existencia de parias en un sistema donde unos cuantos
capitalistas se dan el lujo de auspiciar a varios de sus candidatos con ingentes inversiones, para luego sacar
todos los dividendos posibles a los contratos con el Estado, contratos para los que el Estado, sí, es muy
eficiente.
Comentaristas y hasta estudiosos de las ciencias sociales se enfrascan en seguir los pasos de las alianzas, de los
cubileteos electorales, la conformación de las candidaturas presidenciales y congresales, la preocupación por si
el nuevo Congreso será mejor o peor que el que fenece y los anteriores, de dónde salen los millones de soles
que gastan en la campaña, los “pactos éticos” y hasta los gestos más risibles, como los exámenes toxicológicos,
para engañar mejor a las masas, los insultos que van y vienen de unos a otros: la cáscara de la realidad social y
política, descuidando el enfoque de los asuntos de fondo del país. Razón suficiente para ensayar una visión,
breve por cierto, de la situación social, política y de la lucha de clases en el Perú en el marco del proceso
electoral que tendrá en abril del presente año su primera vuelta para un período gubernamental de 5 años
(1911 – 1916).

José Ramos Bosmediano | PRIMERA PARTE 2


El Perú se presenta, al finalizar la primera década del siglo XXI, como un país que no ha resuelto sus
contradicciones fundamentales que viene arrastrando cuando faltan once años para que la república fundada
en 1821 cumpla los 200 años. La república popular china, sólo en 60 años, y con problemas mucho más
difíciles de afrontar por su numerosa población, su gran extensión, el secular atraso de su estructura
económica y social, y la consecuente miseria milenaria de centenares de millones de habitantes, luego de
haber asumido el poder el Partido Comunista bajo la dirección de Mao tse-tung, ha sido capaz de avanzar, con
independencia y soberanía, al lugar que ocupa hoy en el mundo. Los peruanos estamos preparándonos para
celebrar los 200 años de vida republicana sumidos en los mismos problemas heredados del pasado. Es
necesario retomar la definición del Perú por sus contradicciones fundamentales; lo que significa asumir sus
problemas básicos no resueltos, como hechos históricos y no solamente coyunturales. Lo que pasa es que el
pragmatismo que hoy domina, como componente fundamental de la ideología neoliberal, pretende dejar fuera
de la historia los aportes de interpretación de José Carlos Mariátegui, Jorge Basadre; Y, los posteriores
estudiosos de nuestra realidad económica, social, política y cultural, aportes vivos aún, que nos vienen
demostrando que es otro el camino por recorrer para construir un país soberano, desarrollado, próspero y,
sobre todo, con justicia social, sin las aberrantes desigualdades sociales que se siguen profundizando.
Distinguimos los problemas básicos del Perú, aquellos cuya solución pueden generar cambios en los demás.
Son los problemas estructurales que al ser abordados en su esencia y raíz pueden generar cambios en el
conjunto de la sociedad, en las relaciones de producción y los fenómenos superestructurales. La economía, la
soberanía, la formación de la nación peruana, el problema agrario y campesino, el problema indígena, son,
desde nuestra perspectiva, los problemas estructurales que, de no enfrentarlos, ninguno de los demás
problemas podrían resolverse.

Los problemas estructurales del Perú


Los problemas que no se han resuelto aún, por no haber sido abordados en su esencia y raíz, son la herencia de
un desenlace inconcluso en la lucha independista del dominio español (1821 – 1824) y de un nuevo
alineamiento sumiso a las nuevas potencias económicas de los siglos XIX y XX, a Inglaterra, primero, y a Estados
Unidos; principalmente, a partir de las primeras décadas del siglo pasado, en momentos en que el fenómeno
imperialista moderno pasaba del dominio inglés al de la actual potencia; la misma que viene siendo zarandeada
por la crisis capitalista, por la resistencia de los pueblos invadidos (Irak, Afganistán), por las nuevas alternativas
que van surgiendo en Latinoamérica, el surgimiento de un mudo multipolar con la República Popular de China
como uno de los ejes principales de la nueva correlación de fuerzas, y por la aplicación ingeniosa de la
revolución cibernética expresada en los destapes de los Wikileaks.
El enfoque del carácter de la conquista y la colonización del Perú por los españoles como la destrucción de una
civilización, la prehispánica con su rica tradición de desarrollo cultural y autosuficiencia alimentaria, y la
imposición de una cultura diferente a través de la violencia armada, apenas encubierta con la prédica religiosa
del catolicismo más conservador de la Europa de los siglos XV al XVIII; se ha venido cimentando como la
síntesis más fundamental de ese acontecimiento histórico que cambió el rumbo de una civilización milenaria y
abrió paso una nueva historia, con los problemas que heredó la república oligárquica y que siguen atrapando
el futuro del Perú en las vísperas de los 200 años de la primera independencia.
Como es de sobra conocido, fue José Carlos Mariátegui el primero que estudió sistemáticamente los problemas
fundamentales del Perú en su magistral libro “7 ensayos de interpretación de la realidad peruana”, obra que,
desde una visión marxista de la economía, la sociedad y la cultura, dio un derrotero para comprender mejor el
Perú y sus problemas, partiendo de estudios anteriores como los realizados por don Manuel Vicente Villarán y
García Calderón. Jorge Basadre, Víctor Andrés Belaúnde, José Matos Mar, José María Arguedas, Augusto
Salazar Bondy, Heraclio Bonilla, Nelson Manrique, Manuel Burga, Julio Cotler, entre los más destacados, han
contribuido y vienen contribuyendo con el conocimiento de nuestra realidad, aun cuando sus métodos de
análisis e interpretación no coincidan totalmente con los que utilizara nuestro Amauta.
A la obra de los historiadores, sociólogos y antropólogos se ha unido, en los últimos decenios, el trabajo de los
economistas, cuyos análisis de los hechos económicos actuales y del largo plazo, ayudan mejor a definir la
estructura económico-social del Perú republicano. Son de gran utilidad teórica y práctica los trabajos de Oscar
Ugarteche, Humberto Campodónico, Félix Jiménez, Efraín Gonzales de Olarte, y otros no menos importantes.

José Ramos Bosmediano | PRIMERA PARTE 3


El problema de la soberanía
Es uno de los problemas más importantes del Perú que impide su desarrollo autosostenido (“autocentrado”,
prefieren otros), integral y permanente. Toda nación moderna, o que se precie de serla, tiene (debe tener)
capacidad suficiente para enfrentar y resolver sus problemas sin someterse a los designios de los extranjeros y
sin depender de la “ayuda” económica de ninguna potencia. El desarrollo de sus propias fuerzas es la base
fundamental en la búsqueda del progreso del país. El uso de sus recursos naturales, la potenciación de sus
fuerzas productivas humanas, científicas y tecnológicas, son las claves para asegurar autonomía en la toma de
decisiones y en la planificación del desarrollo nacional.
Lo que ha ocurrido en el Perú, desde los primeros años de la república, es todo lo contrario. Se permitió que el
capitalismo inglés se apoderara de los procesos de la economía peruana: en las finanzas, con la presencia
monopólica de bancos extranjeros que centralizaron los beneficios de los créditos y los ahorros; en la
explotación de los recursos naturales, cuya renta es simplemente exportada a los países de origen de las
inversiones; un sistema de impuestos favorable a los grandes inversionistas; un aparato industrial de enclave
extranjero y de nula transferencia tecnológica, subsidiario de la industria imperialista; un sistema salarial de
“cholo barato”; un proceso de circulación de bienes y servicios (comercio) monopolizado por algunas empresas
privadas de importación y exportación.
Este proceso de dominación extranjera en el Perú se potenció con la presencia del capitalismo norteamericano
y de otras potencias capitalistas, hasta llegar a la situación actual en la que los gobiernos peruanos que se
suceden son incapaces de replantear los actuales contratos onerosos para el Perú, o de elevar los impuestos a
las transnacionales que explotan nuestros recursos naturales. En lugar de fijar soberanamente los impuestos
directos, se viene planteado, casi rogatoriamente, impuestos a las sobreganancias, canon y sobrecanon,
convertidos hoy en las “grandes” reivindicaciones de los pueblos del interior del país frente a un Estado
totalmente postrado ante los intereses del gran capital. Lo más indigno para un país es la aceptación del
“óbolo voluntario” que las transnacionales de la minería se han comprometido a entregar al Perú, una migaja
de sus millonarias ganancias anuales que están obteniendo en los últimos 20 años con la explotación del hierro,
cobre, oro, plata en nuestro país. Para agravar más el significado de ese óbolo, su administración es realizada
por las propias empresas.
Ocurre que la soberanía nacional se ha venido y se viene midiendo solamente como expresión del cuidado de
nuestras fronteras, o de la discusión y aprobación de leyes y constituciones, de la elección de gobernantes y
autoridades. Es la soberanía formal de nuestra república, también formal, la que pesa en la educación cívica
de los peruanos, alimentada por una educación con supervivencias coloniales, cuya crisis sigue retardando el
desarrollo cultural del país. Se confunde interdependencia y colaboración mutua con sumisión de nuestro país.
En el campo espiritual se ha ido consolidando la vieja idea de que sin la ayuda extranjera no podemos
desarrollarnos. Esa “ayuda” es lo fundamental. Nuestras potencialidades no cuentan. Incluso somos incapaces
de resolver el problema del narcotráfico sin la orientación de Estados Unidos, a tal punto que los gobiernos de
turno caminan regateando más dólares para combatir esa plaga que está convirtiendo a México en un país de
miles de asesinatos en los últimos años. Tuvo que ser la embajada yanqui en el Perú la que informara, vía
secreta, el involucramiento de militares peruanos en el negocio de las drogas, incapaces, como son los
gobernantes, de atacar a los factores fundamentales en la proliferación del narcotráfico desde las alturas del
poder, como quedó demostrado durante la dictadura fujimontesinista de 1990 – 2000.
Soberanía, independencia, capacidad de autogobernarse en todos los sentidos, son las conquistas de una
república moderna que el Perú no ha logrado hasta hoy. Los discursos gubernamentales, los ritos electorales,
las leyes y las constituciones, no pasan de ser meras ilusiones de soberanía que la realidad contradice. En las
numerosas “cartas de intención” que obliga firmar el Fondo Monetario Internacional se expresa el grado de
dependencia de nuestro manejo presupuestal a los intereses de la gran banca internacional. En el programa de
la derecha nunca ha sido considerada una alternativa de soberanía nacional. Siempre han dado por hecho el
alineamiento del Perú con la democracia capitalista y sus bases económicas de dominación mundial. Esta
significación de sumisión contiene el TLC firmado con Estados Unidos y, por extensión, los demás TLC con otros
países, cuyos supuestos beneficios no llegan al pueblo peruano.
El problema nacional y la nación inconclusa
Ha sido ya cuestionada la convicción, casi escolar, de que la nación peruana se perfiló y forjó durante las
guerras de la independencia y en el proceso de confrontación ideológica y política que precedió a la creación

José Ramos Bosmediano | PRIMERA PARTE 4


de la república. En estos tiempos se ha puesto en circulación la tesis, según la cual, nuestra nación empezó a
construirse en el fragor de la lucha entre los caudillos militares en la primera mitad del siglo XIX, como si esos
caudillos hubiesen planteado, por lo menos, la liberación de millones de indígenas oprimidos por el
gamonalismo, o hubiesen sentado las bases de una nación independiente del dominio extranjero. Queda hoy
claro el hecho de que esa supuesta nación se identifica con los sentimientos e intereses y hasta con la cultura
de los criollos que han dominado el país desde la Presidencia de la República, los ministerios, el Parlamento, el
Poder Judicial, las Fuerzas Armadas, el Clero y la las clases dominantes: los viejos terratenientes, hasta el medio
siglo XX por lo menos, y una burguesía criolla intermediaria que sigue funcionando como socia obsecuente del
gran capital internacional. La reciente revelación de los wikileaks sobre reuniones de los principales candidatos
con la Embajada de los Estados Unidos para buscar salidas a los problemas del país, no hacen más que
confirmar el carácter de subordinación de las clases dominantes a ese poder imperialista, y que en el pasado
también ocurría con el imperialismo inglés.
En el Perú no se ha desarrollado una burguesía nacional, patriótica, como ocurrió en los países donde la
burguesía asumió la lucha contra el poder feudal (Europa), o en el caso de países asiáticos, cuya burguesía
desarrolló un verdadero capitalismo nacional sobre la base del desarrollo industrial moderno. La burguesía
peruana hace tiempo que ha demostrado su incapacidad histórica para resolver los problemas del Perú. El
propio capitalismo en el Perú ha dejado de ser la alternativa estructural para esa gran tarea histórica que
significa construir una nación; incapacidad que conlleva, frecuentemente, a confrontar con las clases oprimidas
que reclaman sus reivindicaciones, como ha ocurrido con el movimiento campesino de Atusparia en el siglo XIX,
la lucha del proletariado cañero del Norte en 1932, los movimientos campesinos del Valle de Chicama y de
Puno, con la lucha de los indígenas amazónicos en los años 2008 y 2009, cuyo bárbaro desenlace el 5 de junio
del 2009 es de absoluta responsabilidad del gobierno aprista del Presidente Alan García Pérez.
Al ser marginados de casi todos sus derechos millones de campesinos e indígenas del Ande y de la Amazonía
peruana, componentes de nacionalidades hasta hoy oprimidas por la nación criolla, es impensable construir la
nación peruana. Todos los esfuerzos de emancipación de la opresión de clase, tanto de los campesinos,
indígenas, obreros y sectores bajos de la burguesía, fueron duramente reprimidos y temporalmente
derrotados. Desde los inicios de la república se observa, en la historia peruana, una fragmentación social
profunda, una división abierta entre clases sociales, con expresiones de discriminación racial de por medio. La
dominación de clase con la fragmentación social resultante que hoy vivimos es uno de los obstáculos más
poderosos que impide construir la nación peruana.
Esa fragmentación se evidenció, por ejemplo, durante la guerra con Chile, pues una parte de los negros e
indígenas confundieron los intereses chilenos con su propia emancipación del yugo criollo. Mucho mejor se ha
observado las profundas divisiones entre peruanos durante la lucha indígena amazónica entre el 2008 y el
2009, cuando los principales líderes de la derecha peruana menospreciaron a los indígenas como sujetos de
derecho. El propio Presidente de la República, Alan García Pérez, llegó a tildar a los campesinos e indígenas
amazónicos como ociosos e incapaces de hacer producir aquellas tierras. ¿Equivocación de un hombre
ensoberbecido por el poder? En parte sí. Pero, fundamentalmente, se trata de la conducta de uno de los
portadores actuales de los intereses de la burguesía dominante, de su dominio de clase, cuya nación no tiene
nada que ver con los intereses de nuestras clases oprimidas sino, (como acaba de demostrar el nuevo Premio
Nobel de Literatura, el neoliberal Mario Vargas Llosa) con los poderosos del mundo, con quienes este escritor
se siente más cómodo. Para la clase dominante en el Perú de hoy, la patria no está en el Perú, sino en los
bancos extranjeros y en las urbes del mundo capitalista. Esa clase es “patriota” en tanto y en cuanto sus
bolsillos están llenos con las ganancias, no siempre lícitas, que les permite mantener la propiedad de los más
importantes medios de producción. Por eso también despotrican del nacionalismo y tratan de enfrentar a este
con el patriotismo. Para la burguesía criolla, patriotismo y nacionalismo son incompatibles. Por eso su
conducta apátrida, entreguista, sumisa al poder económico y político de los países imperialistas.
Parte del problema de la soberanía nacional es la inexistencia de una política exterior de no alineamiento con
las potencias en pugna, de apoyo a las luchas de los pueblos por su independencia, de mutuo respeto y de
beneficio compartido con todos los países y, sobre todo, de defensa de nuestra soberanía en todos los
terrenos.
La república fundada sobre bases económicas, sociales y culturales coloniales, siguió y sigue bajo la orientación
ideológica y política de los criollos de pensamiento colonial.

José Ramos Bosmediano | PRIMERA PARTE 5


La construcción de la nación es una de las tareas históricas fundamentales del pueblo peruano. Su plasmación
será un proceso de profundas transformaciones en los campos de la economía, de las relaciones sociales de
producción y de la cultura; no de integración de las clases, pues esa integración es una ilusión mientras las
clases oprimidas no se emancipen de la dominación económica, social y cultural.

Atraso y dependencia de nuestra estructura económica


En 1985 fue editado en el Perú el libro “Perú: 1890-1977. Crecimiento y políticas en una economía abierta” de
Rosemay Thorp y Geoffrey Bertram (Mosca Azul Editores / Fundación Friedrich Ebert / Universidad del Pacífico,
Lima). Como si fuera hoy, los autores describen la economía peruana en el período estudiado como un sistema
basado en la dependencia a los intereses extranjeros, sobre todo una economía supeditada a la exportación,
con un atraso considerable respecto a economías diversificadas para su desarrollo. Basados en algunas
hipótesis empíricas y la revisión de distintos estudios, señalan 6 características de nuestra evolución
económica: a) los excedentes económicos concentrados en manos extranjeras reducen la capacidad de
crecimiento en el largo plazo; b) la monopolización de las oportunidades en manos extranjeras afecta
negativamente las capacidades de decisiones locales o nacionales; c) la monopolización tecnológica extranjera
induce a la falta de desarrollo tecnológico nacional; d) nuestra economía es vulnerable porque su eventual
dinamismo depende de factores externos, principalmente de los precios de algunos bienes primarios; e) la
dependencia externa crea dualismo interno, es decir, una profunda desigualdad entre los peruanos, hecho que
muchos estudiosos han mencionado; f) esa dependencia externa de nuestra economía impide que surja en el
país una fuerza competitiva, pues la clase dominante se alía con el poder extranjero para obstaculizar el
surgimiento de alternativas diferentes a la existente. ¿No resuena este resumen como un elocuente eco en
nuestra realidad presente?
El economista Gonzales de Olarte, en su pequeño libro “El péndulo peruano. Políticas económicas,
gobernabilidad y subdesarrollo, 1963 – 1990” (IEP Instituto de Estudios Peruanos, 2da. edición, Lima, 1994),
comprueba la inexistencia de políticas económicas que enfrenten al subdesarrollo, es decir, al atraso de la
estructura económica del Perú, desde una perspectiva del largo plazo, ocurriendo, más bien, una suerte de
péndulo que va de gobierno a gobierno sin un proyecto de desarrollo nacional. Gonzales trata de demostrar
que no hay gobernabilidad en el Perú porque la economía no funciona adecuadamente, pues dice que cuando
hay recesión los conflictos aparecen y, cuando se produce el crecimiento de la economía, los conflictos son
insignificantes. Aunque esta tesis no es comprobable empíricamente, tiene la virtud de señalar que la
economía peruana requiere un viraje de fondo, que para el autor, fiel a su credo liberal, no significa ir más allá
del esquema capitalista.
En reciente entrevista (Diario La Primera de Lima, 01/febrero/2011, pp. 12-13), el economista y Profesor de la
Universidad del Pacífico, Bruno Seminario, al que nadie puede reprocharle una posición de izquierda, no puede
ser más claro cuando tipifica a la economía peruana actual como una economía sumamente vulnerable porque
está sujeta a los factores externos, sin un proceso de industrialización, con salarios que han perdido su valor y
con una concentración monopólica y dominante del comercio.
En el momento actual los neoliberales han puesto la mira en la desaparición de toda presencia del Estado en la
administración de la economía, traspasando la propiedad total de los medios de producción a los empresarios
privados. Este modelo capitalista ha sido, en realidad, lo que ha predominado en la evolución de la república
peruana, desde el siglo XIX y casi todo el siglo XX, siendo la excepción el corto período de la dictadura del
General Velasco (1968 – 1975), cuya experiencia desarrollista neokeynesiana fue desmantelada gradualmente
hasta que el zarpazo neoliberal cayera en el Perú con la dictadura fujimontesinista.
La economía capitalista en el Perú no ha creado una industria nacional que incorpore nuestras materias primas
a la producción interna de bienes y servicios y de desarrollo tecnológico; ni una agricultura próspera que sea la
base de la seguridad y soberanía alimentarias, de la creación de trabajo masivo y del desarrollo de la industria y
agroindustria; no se ha creado en el Perú un capital “originario” que sea la base fundamental de las inversiones
y reinversiones para dejar de depender de la inversiones extranjeras que han estrangulado nuestra capacidad
de desarrollo con el pago de la cuantiosa deuda externa que seguimos arrastrando con la permanente
retroalimentación de “mas deuda para pagar la deuda” (“refinanciamiento”, “reperfilamiento”).
La economía neoliberal que viene imponiéndose en el Perú desde la década de los 90 del siglo XX está dando
continuidad al mito de la ayuda externa como puntal de nuestro desarrollo y a la creencia de que el capitalismo
nos va a convertir en un país “modelo” de modernidad y de progreso. Hasta los proyectos de infraestructura
de las transnacionales y de los afanes hegemonistas del capitalismo de Brasil son considerados, por los

José Ramos Bosmediano | PRIMERA PARTE 6


gobernantes peruanos, como un mérito de su administración, como es el caso de las carreteras transocéanicas,
cuya supuesta autoría se disputan el ex Presidente Alejandro Toledo y el Presidente Alan García Pérez.
Nuestro atraso es evidente en todos los terrenos de la economía. El crecimiento del PBI no es, de por sí, un
factor de progreso y desarrollo. Crecimiento elevado del PBI hubo durante la segunda fase de la dictadura de
Odría (1950 – 1956) y también en los primeros años de la dictadura de Velasco, pero en ningún momento la
economía peruana superó los problemas de la dependencia externa, de la fragmentación social, del atraso
tecnológico, de la desarticulación espacial del territorio, de la pobreza y la desocupación. Si de la pobreza se
trata, los neoliberales consideran que ella se reduce y hasta desaparece cuando el Estado invierte en la entrega
de pequeños servicios a los más pobres, incluidos los 100 nuevos soles para cada familia en extrema pobreza
(Programa Juntos), política social introducida en casi todos los países latinoamericanos por el Banco Mundial y
el Fondo Monetario Internacional.
El problema de nuestra economía, atrasada, dependiente, de desarrollo desigual, de base primario-
exportadora, no podrá ser resuelto en los marcos del capitalismo, incluso si se cambiaría de “modelo”. Tanto la
privatización y el estatismo, como modelos capitalistas, han fracasado no solamente en el Perú. Es el
socialismo la alternativa que resuelve esa contradicción en el marco de una economía planificada para el
desarrollo acelerado e integral de las fuerzas productivas, naturales, científicas, tecnológicas y humanas, al
servicio de las mayorías nacionales. No son los monopolios extranjeros los que desarrollarán nuestro país.
Si algún propagandista neoliberal ha dicho que en el Perú se ha producido una “revolución capitalista”, habría
que preguntarle quién ha ganado con esa supuesta revolución: si los inversionistas extranjeros y sus socios en
el Perú, o la inmensa mayoría de peruanos que, en el mejor de los de los casos, viven con salarios y pensiones
miserables. Las revoluciones capitalistas han tenido su tiempo. Fueron revoluciones que crearon una nueva
economía y una nueva civilización que hoy están en decadencia. Hasta el pensamiento burgués, su arte
desintegrador y su cultura pragmatista tienen hoy el signo de lo irracional, lo precario, lo relativo, la falta de la
afirmación creadora que caracterizó al humanismo burgués de los siglos XIV al XVIII. El llamado
postmodernismo es la expresión actual del envejecimiento y el colapso de la civilización burguesa, por ende, de
su proyecto económico y social.

El problema agrario y campesino


Planteado por José Carlos Mariátegui como el problema de la tierra, en los tiempos actuales abarca este y
también la inexistencia de una agricultura relacionada con la solución de, por lo menos, las siguientes
cuestiones cruciales: 1. la democratización de la propiedad agraria en función de las necesidades de millones
de campesinos, la presencia del Estado en la gran producción agraria, la propiedad colectiva en sus diversas
formas y la propiedad privada individual para medianos empresarios, sin el minifundio empobrecedor y sin el
latifundio que se beneficia con las inversiones estatales en las grandes irrigaciones merced al trabajo asalariado
de sobrexplotación; 2. la soberanía alimentaria del país a través de la producción agraria centrada,
fundamentalmente, en el mercado interno, no solamente para el consumo inmediato, sino, también, para la
exportación, sin menoscabar nuestras necesidades internas de alimentación; 3. la recuperación de nuestra
tradición agraria, promoviendo el cultivo masivo de las especies y variedades autóctonas y conservando su
carácter orgánico que nos permita cuidar nuestras semillas y nuestras tierras de la expansión irresponsable de
los transgénicos, objetivo de la voracidad de los monopolios que producen esa semilla de laboratorio; 4. el uso
racional del agua y de las irrigaciones, no sólo para no contaminar ni destruir la capa freática de las tierras
cultivables, sino para impedir el uso privado monopólico del agua; la producción moderna de maquinarias y
herramientas agrícolas, semillas, almacenes, tecnologías para mejorar y proteger la producción agraria en las
tierras andinas y un sistema de formación masiva de técnicos agrícolas, de ganadería tropical, ganadería
andina, apicultura, avicultura etc.; 5. modernización del trabajo agrícola y pecuario, tanto desde el punto de
vista de su organización como de los beneficios para los productores: seguridad social universal, educación
tecnológica y salud, desarrollo cultural; 6. un nuevo sistema de comercialización que beneficie al productor
directo y no a los intermediarios.
Si en el pasado el problema agrario se definía como la existencia del latifundio y las formas de explotación pre-
capitalistas sobre las masas indígenas, hoy se ha conformado en el Perú un nuevo latifundismo, ya no de tipo
feudal, sino burgués, el de la apropiación de las mejores tierras por la burguesía agraria protegida por el Estado
y los gobiernos de los últimos 20 años. La gran propiedad capitalista de la tierra se ha convertido en ley, pues
actualmente los nuevos latifundistas pueden ser propietarios de hasta 40 mil hectáreas, pero hay casos en que
esa propiedad individual se ha excedido más allá del máximo legal. Ya no tenemos yanaconas y aparceros,

José Ramos Bosmediano | PRIMERA PARTE 7


pero sí cientos de miles de asalariados con remuneraciones miserables, sin derechos sociales, con turnos que
exceden la jornada de las 8 horas y sin trabajo estable.
Por otro lado, las exportaciones agroindustriales se han convertido en el objetivo fundamental de la gran
producción agraria, dejando nuestro mercado interno con productos de menor calidad y con precios cada vez
más elevados para la población, más un sistema monopólico de comercialización en las grandes ciudades a
través de cadenas de propiedad extranjera que compran la producción a precios disminuidos para venderlos a
precios sobrevalorados en las grandes tiendas. El mismo Bruno Seminario, en la entrevista citada, señala el
hecho de que las grandes tiendas comercializadoras no han creado un nuevo mercado, ni han ampliado el
existente, sino que han absorbido la clientela de los pequeños negocios, llevándolos a la ruina.

El problema indígena
Quechuas, aimaras e indígenas amazónicos constituyen una población importante no solamente por su
número, sino por su significado económico y cultural. En el caso de los indígenas del ande, no obstante el
fenómeno migratorio que les lleva a convertirse en pobladores de medias y grandes urbes en la sierra, costa y
selva inclusive, su papel en la economía peruana sigue siendo gravitante, y lo sería mucho más si su trabajo y
sus tradiciones agrarias fueran rescatadas, revaloradas y reivindicadas por el Estado a través de la
recomposición de la propiedad agraria y la organización del trabajo sobre la base de la cooperación. En el caso
de las poblaciones indígenas amazónicas, su vida está ligada a su territorio ancestral, a sus recursos naturales,
básicamente los recursos de flora y fauna, de ríos y lagos, tributarios de una cultura bosquecina que hoy está
amenazada por las transnacionales de la minería metálica y los hidrocarburos, amén de las ambiciones
capitalistas de convertir a la Amazonía peruana en la base de la producción de biocombustibles.
Se deduce con claridad que el problema indígena en el Perú no solamente no ha desaparecido, como
auguraron los enemigos de lo “arcaico”, sino que se ha vuelto más evidente y siempre relacionado con la
propiedad de la tierra para la producción de la vida social de esos grupos humanos. Para los neoliberales, los
indígenas sólo existen como un estorbo para la modernización capitalista. Por eso sus políticas de depredación
de esas culturas y de sus espacios geo-económicos y ecológicos.
Lo que denominamos los problemas de la pobreza, del hambre y la miseria en el Perú, ligados a la
desocupación o el desempleo en sus diversas formas, son parte de los problemas estructurales y su
erradicación no puede ser una acción separada de estos, como lo plantean el Banco Mundial y los gobernantes
peruanos. Situarlos como problemas diferentes o separados es distraer la atención de los ciudadanos, sobre
todo de aquellas masas que sufren esas lacras sociales que tienen un origen estructural.
Problemas fundamentales de la superestructura
Son los problemas que, al tener determinaciones estructurales en su origen y en las condiciones para
abordarlos y buscar resolverlos, tienen una gran capacidad de influencia en las transformaciones económicas y
sociales. Hablamos de problemas fundamentales en cuanto abarcan la vida de toda la sociedad y no a
cuestiones parciales que, siendo importantes, son derivaciones de los problemas fundamentales no resueltos.
El problema ecológico
El equilibrio hombre-naturaleza constituye una de las condiciones para que la vida sobre la tierra y, en el caso
específico nuestro, sobre el territorio peruano, no desemboque en la destrucción de la naturaleza, pues esta
destrucción, al mismo tiempo, se convertiría en la destrucción de la vida humana misma.
La relación dialéctica entre las necesidades humanas y el medio natural que provee de los elementos
energéticos y alimenticios para la satisfacción de las cada vez mayores necesidades, tiende a generar severos
desequilibrios cuando la explotación de los recursos se realiza irracionalmente, otorgando mayor importancia
a los beneficios del corto plazo para una economía de libre mercado, o cuando se orienta la producción a una
competencia consumista dentro y fuera del país. Esta situación está poniendo en peligro la supervivencia en el
planeta, razón por la cual gobiernos y organismos internacionales están promoviendo acuerdos para detener la
depredación de la naturaleza, la emisión masiva y acelerada de CO2 y, consecuentemente, el calentamiento
global en proceso de aceleración desde el siglo XX, por lo menos. Lo que se observa, sin embargo, es que la
economía capitalista se sustenta en una explotación irracional de los recursos naturales, sin distinguir aquello
que requiere cuidado para que siga reproduciéndose y preservándose, de lo que debe ser explotado
moderadamente por su alto nivel de contaminación y de destrucción de los organismos vivos de la tierra y las
aguas.

José Ramos Bosmediano | PRIMERA PARTE 8


La biodiversidad de la que nos enorgullecemos los peruanos, en costa sierra y selva, especialmente en nuestra
Amazonía, hace tiempo que está en proceso de depredación por el largo tiempo que viene siendo explotada en
función de ganancias individuales y rápidas. Desde la década de los 70, la explotación minera y la de
hidrocarburos están acelerando esa depredación. Los especialistas señalan que las ¾ partes de la Amazonía
peruana ha sido ya lotizadas para la explotación de petróleo y de gas. También nos llaman la atención por los
grandes proyectos hidroenergéticos, de carreteras y ferrocarriles que se “tragarán” grandes extensiones de
bosques y de cuencas acuíferas, en función de las necesidades de expansión capitalista de algunos países y de
las cuantiosas ganancias de las empresas internacionales que ganarán las licitaciones para la construcción de
las obras de infraestructura.
Es un mérito del experimentado investigador Marc Dourojeanni y sus colaboradores (Alberto Barandiarán y
Diego Dourojeanni), haber llamado la atención sobre el peligro que se cierne sobre la Amazonía si es que los
gobernantes mantienen la irresponsabilidad de seguir depredando el pulmón verde y húmedo más grande del
planeta Tierra. Una de sus conclusiones no puede ser más elocuente: “Si el desarrollo de la Selva no es
orientado de una forma más sensata que en la actualidad, es presumible que a partir de los 2030 en adelante,
esa región sufrirá de múltiples problemas que por ahora desconoce o que sufre discretamente…” (“La Amazonía
peruana en el 2021. Explotación de recursos naturales e infraestructura: ¿Qué está pasando? ¿Qué es lo que
significa para el futuro?” ProNaturaleza. Primera edición. 2009. P. 134) No es una casualidad que el libro haya
merecido casi el silencio de los llamados “líderes de opinión”.
El problema de la democracia
El Estado peruano, como república unitaria y representativa, democracia de raíz occidental, no ha logrado
desarrollar los elementos de la democracia moderna. Ha sido, siempre, una democracia meramente formal,
amputada de los elementos populares y de las aspiraciones de las masas. Sobre la base de una estructura
económica y social atrasada, del latifundismo casi feudal y su alianza con una burguesía intermediaria de
intereses extranjeros, se supeditó a la dictadura de una clase sin ningún proyecto nacional de desarrollo,
carente de un ideario liberal moderno. El funcionamiento de esa democracia formal no logró establecer un
sistema político estable, ni pudo ofrecer a las masas las posibilidades de su participación en las distintas
instancias de gobierno. Todo intento de cambio fue aplastado con la más dura represión, incluso aquellos
cambios que no traspasaban las fronteras del propio liberalismo, como ocurrió con las reformas de los años 70
del siglo XX, fueron considerados como “radicales” y hasta “comunistas”. Estos mismos adjetivos utilizan las
clases dominantes actuales para enfrentar propuestas liberales socialdemócratas como las de Ollanta Humala
o las de Fuerza Social.
La democracia que viene desde la independencia de 1821 está en crisis. Como se viene comprobando desde
hace 20 años, los partidos políticos carecen de un ideario definido y de una organización estable. El
neoliberalismo los ha convertido en meros instrumentos electorales al servicio de la libre empresa. La Ley de
Partidos Políticos, promulgada para resolver la crisis de los partidos, carece de eficacia para cumplir un
propósito que la crisis de la democracia burguesa en el Perú exige otro camino. El transfuguismo, por ejemplo,
antes que ser un problema individual de políticos ciertamente despreciables, es una expresión de la crisis que
ocurre en la vieja democracia republicana. Otro tanto ocurre con el sistema de campañas electorales,
abiertamente mercantilizadas; el sistema preferencial de votación para los cupos parlamentarios, verdadero
escenario de las ambiciones individuales y de pugnas internas, cuotas económicas inalcanzables para la
mayoría de quienes aspiran a una candidatura. A tanto ha llegado su fracaso que hay científicos sociales que
hoy piden la vuelta al sistema de voto por lista completa para el Parlamento y que sean los partidos los que
establezcan el orden de sus candidatos. Pero ese orden también seguirá supeditado a los cambalaches de la
política criolla.
La democracia capitalista en el Perú no ha logrado garantizar los derechos sociales que las clases dominadas
lograron conquistar en las democracias de capitalismo avanzado. Las conquistas sociales que se han logrado
conquistar en el Perú han sido siempre recortadas por las clases dominantes, cuyo conservadurismo les ha
llevado a reducir cada vez más esos derechos, como ocurre, por ejemplo, con la jornada de las 8 horas de
trabajo, conquistada por la clase obrera en 1919.
La democracia burguesa en el Perú está minada, además, por la corrupción generalizada que atraviesa los
clásicos poderes del Estado y toda la burocracia administrativa con poder de decisión y de gasto. El punto final
de esta descomposición moral ha llegado con la imposición del neoliberalismo y su visión irracional de la
economía y de las relaciones sociales con base en la “mano invisible” del libre mercado.

José Ramos Bosmediano | PRIMERA PARTE 9


El problema de la democracia en el Perú es la fase de falencia final de la democracia burguesa formal que ya
no puede garantizar ni siquiera los recortados derechos del pueblo y de los trabajadores. En todo caso, es la
democracia de los de arriba, de los dueños del poder del Estado. En última instancia, es el problema del
carácter del Estado peruano: autoritario, centralista, oligárquico. Es la crisis de un Estado que requiere ser
cambiado. Otro Estado es necesario y posible.
El problema del centralismo
Tiene su base en la estructura económica y social del Estado peruano fundado en el siglo XIX. Es, en primer
lugar, la expresión del desarrollo desigual del capitalismo en el Perú, con “polos de desarrollo” y con periferias
de profundo atraso económico, social y cultural. En segundo lugar, es la presencia de una clase dominante en
la capital como la exclusiva portadora de las decisiones más importantes a través de los poderes del Estado, de
las demás instituciones públicas y privadas, empresariales y de una alta burocracia que, como decía Jorge
Basadre, tiene miedo de transferir capacidades de decisión a las regiones y localidades.
Las medidas jurídicas, político-electorales y administrativas que desde el siglo XIX se han venido legislando y
actuando, incluyendo la elección de autoridades regionales y municipales, no tienen la fuerza descentralizadora
suficiente porque forman parte de un sistema económico y social profundamente centralista. La mayor
centralización y concentración del poder económico que impone el neoliberalismo profundiza el centralismo en
el Perú. El regionalismo que se desprende de esta visión centralista carece de perspectiva descentralizadora, de
tal manera que la regionalización actual se ha convertido en una división arbitraria del territorio, sin sentido
histórico, cultural y geo-económico, produciendo la balcanización del país y no pocos conflictos interregionales
por la apropiación de ciertos recursos naturales. Se basa, por lo demás, en la departamentalización de origen
virreinal. La misma distribución de los aportes de las transnacionales por la explotación de los recursos
naturales carece de un criterio de justicia, alimentando provincianismos y regionalismos basados en el uso
nada productivo de esos aportes, en lugar de realizar una inversión planificada para grandes proyectos de
integración nacional y de la creación de una base común de desarrollo.
Fragmentación y desigualdades sociales
La base organizativa de la república peruana ha sido, desde su fundación, la desigualdad económica y social.
Hasta los años 50 del siglo XX, fueron los campesinos del Ande y de la Costa la clase numéricamente más
oprimida. Desde fines del siglo XIX, aparecen los trabajadores asalariados, cuyo número se incrementa
significativamente hasta los años 30 del siglo XX, período de grandes luchas obreras y numerosos
levantamientos campesinos, acompañados por los sectores más ilustrados de la pequeña burguesía
empobrecida y sensible a los movimientos revolucionarios que ocurrían en el mundo. Desde las universidades,
desde el trabajo intelectual y desde el periodismo, la pequeña burguesía hizo suyas las luchas de campesinos y
obreros.
En la segunda mitad del siglo XX, un sector importante de los dirigentes católicos tomaron parte en la lucha
contra las desigualdades sociales, tratando de rescatar el mensaje popular del Evangelio como Teología de la
Liberación y reconociendo la existencia de una lucha entre explotados y explotadores, es decir, la lucha de
clases, idea totalmente estigmatizada por la derecha peruana en casi todas sus expresiones políticas. Es que en
la república peruana, igual o más que en otras realidades, es imposible no distinguir la diferencia sustancial
entre una gran mayoría de clases oprimidas y una minoría opulenta, cuyo filantropía ha tratado de atenuar las
desigualdades, como ocurre hoy con las “donaciones” que grandes empresas entregan a las comunidades y al
propio Estado para resolver pequeños problemas coyunturales, dejando intactas las desigualdades económicas
y sociales. O cuando las grandes empresas mineras financian las campañas electorales actuales, seguras de
que los eventuales congresistas serán los defensores de sus intereses.
Con la aplicación del modelo capitalista neoliberal desde los años 90 del siglo pasado, las desigualdades
económicas y sociales se han profundizado en el Perú, lo que quiere decir que hoy es más grande la distancia
entre los pobres y los ricos, resultado que se obtiene aplicando el método Gine que, sin embargo, no expresa
integralmente las desigualdades sociales al tener en cuenta sólo los elementos cuantitativos, puesto que las
desigualdades económicas generan otras diferencias que tienen que ver con los derechos individuales, sociales
y humanos. La profundización de las desigualdades económicas y sociales que ha generado el neoliberalismo
se ha manifestado con bastante fuerza en Chile y Brasil, países considerados como los más desiguales de
América Latina y a los que el Perú se ha acercado bastante en los últimos años.

José Ramos Bosmediano | PRIMERA PARTE 10


Las políticas neoliberales aplicadas para atenuar las desigualdades y “disminuir la pobreza”, se denominan
programas sociales, desde la realización de pequeñas obras en las comunidades del interior del país y en las
barriadas más pobres de las grandes ciudades, hasta la entrega de alimentación (comedores populares, vaso de
leche), creación de trabajo temporal para un sector de los desocupados, la entrega de dinero en efectivo
(Programa Juntos) a los “más pobres”. Los programas sociales son mandatos del Banco Mundial, ya que este
organismo es el que dirige las llamadas “reformas estructurales” que aplica el neoliberalismo para garantizar el
aumento de la tasa de ganancia de los grandes empresarios.
El Informe Mundial sobre Desarrollo Humano 2010 del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo
(PNUD) registra para el Perú severas desigualdades en la distribución de los beneficios del crecimiento del PBI
en la presente década, especialmente en la pérdida de ingresos para el sector mayoritario de la población, lo
que explica las demás disparidades: oportunidades en el índice de educación (pérdida de -30.2%), en esperanza
de vida al nacer (-l6.5%). Estas y otras disparidades sitúan al Perú en el cuarto lugar de los países
latinoamericanos de desigualdades, al lado de Brasil, Chile y Argentina (La República de Lima, 9/12/2010. P. 14:
DESIGUALDAD AFECTA AL DESARROLLO HUMANO)
Los neoliberales han venido prometiendo, como si fuera una verdad incontrovertible, que las inversiones y el
crecimiento del PBI generarían, de facto, el “chorreo” de los beneficios “hacia abajo”. Hoy mismo, en la
presente campaña electoral, nuevamente vuelven a la misma promesa de “poner más énfasis en el desarrollo
social” y en el trillado “combate a la pobreza”. Esta promesa es contraria al proceso de concentración y
reconcentración de la propiedad sobre los medios de producción y, por ende, de la riqueza que es producida
por el trabajo colectivo de millones de trabajadores y su apropiación individual por unos cuantos empresarios
de las finanzas, la industria, el gran comercio y la producción agraria y agroindustrial para la exportación.
La lucha por la justicia es la lucha por la igualdad en todos los planos de la vida social: en la economía, los
derechos sociales y humanos, la cultura, la educación, la recreación, el goce de los beneficios de la ciencia y la
tecnología, el derecho a la vida en un ambiente sano. Todo ello supone una transformación de fondo de las
estructuras económicas y sociales del país que el capitalismo mundial impide a los pueblos, incluyendo a los
propios habitantes de los países desarrollados, como se comprueba con el empeoramiento de las condiciones
de vida para los sectores pobres y medios empobrecidos en Estados Unidos, Inglaterra, Alemania, España,
Italia, Grecia, Francia, Canadá, etc., sometidos a las mismas políticas de “austeridad” que el Banco Mundial y el
FMI vienen aplicando, con el salvajismo ya conocido, a los países del Tercer Mundo.
La fragmentación social es una consecuencia del atraso económico y social y se agudiza con el proceso de
mayores desigualdades que genera el capitalismo que oprime a la sociedad peruana, con repercusiones en la
fragmentación cultural del país.
Pese al avance en la infraestructura para el transporte terrestre, el Perú sigue siendo un país desintegrado
física y poblacionalmente. Con las carreteras interocéanicas, de cuya autoría brasileña hemos hecho
referencia, sólo habrá una integración vertical y sectorizada, no para beneficiar el desarrollo del país, sino para
la promoción de las transaccionales, de los grandes importadores y exportadores del Brasil y de las potencias
extracontinentales.
La fragmentación social es la existencia, cada vez más difundida y promovida, de distintos niveles de vida entre
la población peruana, desde aquellos que gozan de muchos privilegios (vivienda, educación, consumo,
esparcimiento, principalmente), hasta sectores que no tienen otra alternativa que preocuparse por el día a día
de su subsistencia. En el fondo de esta fragmentación social está la diferente concepción de vida de cada
sector. Esta fragmentación está borrando el concepto colectivo de la patria y de los bienes de la nación: todo
tiende a ser propiedad privada, principalmente individual o “colectiva” si se trata de ciertas asociaciones,
clubes, grupos corporativos, etc. En la salud y la educación, por ejemplo, la fragmentación ha llevado a la
conformación de servicios tan diferenciados que nadie puede controlar su funcionamiento ni garantizar
servicios cualificados para todos. Cada uno cuida su salud como puede. Cada uno se educa de acuerdo con sus
posibilidades. Hay regiones que viven en permanente pugna por la propiedad y los beneficios de los recursos
naturales, de los ríos que cruzan su territorio, por ejemplo. La localización de los recursos mineros, en lugar
de convertirse en un factor para el desarrollo nacional, es motivo de privilegios “naturales” para ciertas
regiones en la forma de canon, regalías, donaciones, etc., hasta llegar al uso ilegal de esos recursos, cuando no
a hechos criminales como los registrados en el 2010 en la región Ancash. La fragmentación social y las otras son
la consecuencia inevitable de una realidad clasista en la que se ha venido configurando la dominación burguesa
sobre las clases oprimidas: la clase obrera, el campesinado, los sectores indígenas subsistentes, la pequeña

José Ramos Bosmediano | PRIMERA PARTE 11


burguesía en sus diversos estamentos y un semiproletariado convertido en vasto ejército industrial de reserva,
cantera de mano de obra barata. Las diversas formas que adquiere la lucha de clases en nuestro país tienen
que ver con el grado de explotación sobre las clases dominadas, pero también con las limitaciones de estas
clases oprimidas que no han logrado aún conformar un movimiento unificado para luchar por la conquista del
poder para construir un nuevo Estado, una nueva economía, una nueva cultura, una nueva educación, una
nueva moral: en definitiva, una nueva sociedad.
Pero nos encontramos también con la profunda fragmentación cultural del Perú. Siendo un país diverso desde
el punto de vista antropológico, como muchos países del mundo, esta realidad no impediría construir la unidad
de la nación en torno a nuestros objetivos comunes, promoviendo la igualdad de oportunidades para todos y
respetando los derechos de los distintos grupos culturales y nacionalidades existentes. En lugar de fomentar la
unidad, se promueve la fragmentación entre los mismos componentes de las distintas colectividades. Uno de
factores de esa fragmentación es la influencia de las transnacionales de la minería que divide a las
comunidades indígenas para la explotación de los recursos naturales, ofreciendo pequeñas dádivas a los jefes
indígenas o a las autoridades criollas-mestizas, lo que finalmente produce un enfrentamiento entre los propios
componentes de las comunidades y pueblos. El otro factor es la presencia de numerosos credos religiosos que
producen diferenciaciones insalvables entre los propios niños, creando las bases para los enfrentamientos en
defensa de una supuesta libertad de credos; disputa que, en el medio rural, tiene mucha influencia en las
escuelas.
Una sociedad tan fragmentada como la peruana está produciendo la proliferación de opciones electorales
“independientes” que en lugar de basarse en programas para la construcción de la nación peruana y el
desarrollo nacional, se sustentan en meros intereses personales y de pequeños grupos, algunos de los cuales se
parecen más a mafias que a fuerzas políticas, reclutando activistas y candidatos que transitan de un partido a
otro sin ningún escrúpulo, previa cuota de inscripción.
Pero no se crea que la fragmentación brevemente descrita esté al margen del sistema económico, político y
social dominante. El neoliberalismo, por su ideología irracional sustentada en la concepción del libre mercado
como “motor del desarrollo”, afianza y promueve la fragmentación para imponerse en medio de de la división
y el caos. Las clases dominantes y la cultura criolla dominante manejan esa fragmentación a través de los
medios de comunicación y de los operadores políticos de la derecha: publicistas, “comunicadores”, “líderes de
opinión”, literatura de “autoayuda”, telenovelas (véase “Al fondo hay sitio” como ingenua pretensión de
posible convivencia entre los de “arriba” y los de “abajo”, sin mayores problemas).
En síntesis: más divididos, masas mejor gobernables. Tal es el papel de la fragmentación en el Perú.
La condición fundamental para acabar con las desigualdades sociales es una profunda transformación
económica y social. Lo que hoy el Banco Mundial y sus seguidores en cada uno de los países subdesarrollados
denominan la pobreza no es sino la consecuencia de las desigualdades sociales, de la apropiación individual de
la riqueza producida por millones de trabajadores. El “combate a la pobreza”, eslogan repetido en casi todos
los países, no pasará de ser un analgésico a la miseria de esos millones de desheredados.
El problema de la cultura
No hay mayores controversias con la afirmación generalizada del carácter diverso de la cultura peruana, de la
pluriculturalidad que ha venido enriqueciéndose con el fenómeno de la inmigración de orientales y negros,
principalmente, aun cuando el origen de esa inmigración haya sido el fruto de una política esclavizadora de los
antiguos colonizadores y de las emergentes clases dominantes desde el siglo XIX.
Los elementos más importantes de la pluriculturalidad del Perú son las culturas andinas y las amazónicas, que
hoy por hoy son las más oprimidas por la cultura dominante.
El problema fundamental de la pluriculturalidad en el Perú es el dominio de la cultura criolla, propia de las
clases dominantes y de ciertos estamentos que desprecian a las culturas dominadas, cuyos valores van
perdiendo su capacidad de respuesta, incluso en el campo del arte, como es el caso del pintor amazónico
Rémber Yahuarcani, quien se niega a la denominación de artista nativo por poseer, la mencionada designación,
una carga “despectiva”. El artista nativo se bate en retirada para llegar a “triunfar” en un medio elitizado bajo
los postulados de un arte enajenado.

José Ramos Bosmediano | PRIMERA PARTE 12


A la dominación de la cultura criolla se agrega la penetración cultural extranjera, configurando una cultura
peruana que el filósofo Augusto Salazar Bondy denominara “cultura de la dominación”, imitativa, sin
originalidad y sin capacidad de desarrollar los valores propios de nuestras culturas nacionales.
La creación reciente del Ministerio de Cultura, siendo un paso importante para impulsar una política cultural
que nos ayude a desarrollar una cultura peruana auténtica, no pasará de ser un acto burocrático, una
formalidad, si se carece de los lineamientos que nos permitan rescatar lo nuestro, lo propio como base (“la
tierra”, decía Martí), asimilando los valores de la cultura universal en el arte, la ciencia, la tecnología, las forma
de vida, construyendo la personalidad cultural del Perú que muchos denominan identidad nacional.
El nuevo Ministerio de Cultura, en particular el Ministro Juan Ossio, ha demostrado que carece de la suficiente
perspectiva cultural cundo decide pintar las paredes de concreto armado del Museo de la Nación. Pareciera
que los más altos funcionarios del Estado ni siquiera se han percatado que el arquitecto Niemeyer existió,
habiendo estado en exhibición su obra el 2010 en el Centro Cultural de San Marcos. Mucho menos la
existencia de Le Corbusier.
¿Cuáles son los valores fundantes de la cultura peruana a construirse? Es una pregunta importante cuya
respuesta depende de la sociedad que queremos construir. Si carecemos de un proyecto de sociedad nueva,
distinta a la que hoy tenemos, será difícil superar nuestra desintegración cultural y el carácter dependiente de
nuestra cultura dominante actual.
La cultura criolla dominante es una herencia colonial que ha venido alimentándose de los valores de la cultura
burguesa imperialista; que al decir de Mario Vargas Llosa en el prólogo de su libro “La civilización del
espectáculo”, ha convertido a la cultura, efectivamente, en un espectáculo, sustituyendo los valores que él
llama eternos por la banalidad, la tontería, etc. Este escritor neoliberal descubre, al fin, que la cultura
occidental, a la que tanto adora, ya no tiene ningún horizonte seguro, realidad ya descrita por José Carlos
Mariátegui en la segunda década del siglo XX cuando afirmaba que la cultura occidental, identificada por la
cultura capitalista, había llegado a su período decadente. Una cultura decadente, como la occidental
capitalista, no puede ser la base para construir una nueva cultura peruana. No hay, pues, ningún valor eterno
que nos pueda legar la cultura capitalista en descomposición.
Por lo tanto, el problema de la cultura en el Perú es la existencia de una cultura criolla dominante, por un lado
y, por otro, la de una rica tradición cultural propia, en proceso de desarrollo que se requiere valorar y revalorar
para fundar la nueva cultura peruana a partir de nuestras raíces. Esta gran tarea requiere la presencia de de un
Estado capaz de promover el trabajo cultural en función de las aspiraciones de las grandes mayorías nacionales.
La cultura propia es la base para fundar una nueva educación y para desarrollar la ciencia y la tecnología en un
país. Estas, a su vez, son los elementos que enriquecen la cultura. El desarrollo cultural de una sociedad tiene
bases económicas y sociales. No es un mero trabajo intelectual de especialistas que sólo promueven las
creaciones individuales de artistas e innovadores. Tampoco es la promoción de espectáculos y del turismo para
promover los negocios de los privados, dejando al margen a millones de peruanos que, por sus condiciones
económicas, son enajenados de los valores de nuestros bienes culturales.
El problema de la educación
Una visión equivocada, por interesada y coyuntural, es concebir el problema de la educación como un simple
asunto de calidad en función de ciertos conocimientos y destrezas útiles para adaptarse a las nuevas
condiciones de la acumulación capitalista actual. En cada ciclo de la crisis educativa, los reformadores de la
educación peruana han adoptado la misma visión, correspondiente a las necesidades de la vieja clase
latifundista, primero, y del capitalismo dependiente, desde el siglo XX. Esta visión de la crisis de la educación
peruana ha convertido las consecuencias de la crisis en supuestas causas del problema: los índices de las
falencias educativas, la situación académica de los maestros, los aspectos administrativos y organizativos de la
escuela y los métodos pedagógicos, considerados como las causas de nuestra situación educativa.
No hemos tenido sino algunos intentos de abordar el problema educativo enfocando las causas de la crisis y la
naturaleza económica y social de esta. Los reformadores fueron incapaces de evaluar la estructura obsoleta
del sistema educativo peruano que la república adoptó como herencia de la educación colonial y al margen de
la educación moderna que en pleno siglo XIX se desarrollaba en Europa: la escuela pública gratuita y universal,
la educación democrática, la educación científica y politécnica, la educación laica, la coeducación como
elemento de la educación democrática; pero, sobre todo, un proyecto educativo como parte de un proyecto
nacional de desarrollo democrático y moderno en función de las necesidades y aspiraciones de las mayorías. Al

José Ramos Bosmediano | PRIMERA PARTE 13


contrario, la república peruana siguió manteniendo un sistema educativo elitista, centrado en educar a un
grupo gobernante a través de su exclusiva educación privada, lo que suponía el abandono presupuestal de la
educación pública, hasta que el neoliberalismo decidió, definitivamente, generalizar el negocio de la educación
levantando el falso postulado de la “·libertad de enseñanza” y el engañoso postulado del Banco Mundial del
“mejoramiento de la calidad de la educación”.
Son hitos fundamentales los análisis de la crisis de la educación peruana realizados por Manuel Vicente
Villarán, el propio “Califa” Nicolás de Piérola, José Antonio Encinas, José Carlos Mariátegui, Jorge Basadre y la
Comisión de Reforma Educativa conformada por don Augusto Salazar Bondy, Emilio Barrantes y Wálter
Peñaloza Ramella, entre los más importantes. Sus criterios de análisis fueron diferentes a los que
posteriormente utilizó el Banco Mundial como base de la reforma educativa neoliberal en curso, porque
objetivo fundamental de esta es promover una reducción sustancial del presupuesto dedicado a la educación
con fines de equilibrios macroeconómicos exigidos por el FMI y el llamado Consenso de Washington.
El problema de la educación peruana es el de un sistema educativo que no ha desarrollado la educación
moderna como parte de un proyecto democrático, integral, independiente y popular. La reforma educativa
neoliberal en curso no hace más que mantener los elementos negativos y los valores conservadores del sistema
educativo en crisis, confundiendo el tecnocratismo con la pedagogía científica, el negocio de la educación con
la democracia educativa y el trasplante de currículos y métodos extranjeros con las necesidades pedagógicas
de nuestra realidad. Agotadas las reformas neoliberales a finales de los 90 del siglo XX, los gobernantes han
empezado a imaginar y actuar a través de medidas parciales, como el plan de “una laptop por estudiante”,
“colegios emblemáticos”, “colegio mayor”, “plan lector”, evaluación estandarizada de maestros y estudiantes,
la “meritocracia” docente, becas para los mejores estudiantes, créditos para estudiantes universitarios, la
creación de nuevas universidades públicas y privadas, estudios obligatorios de postgrados para los maestros
de la educación básica, hasta la disparatada propuesta de “instrucción pre-militar” para el nivel de educación
secundaria.
Una observación perspicaz del sistema educativo peruano actual nos advierte su agotamiento, su
funcionamiento caótico y su ineficacia para resolver la crisis histórica y estructural que arrastra desde su
fundación.
A las clases dominantes no les interesa ni la escuela pública ni el futuro cultural de las mayorías oprimidas, sino
en la medida en que sean medianamente instruidas para servir como soportes de un sistema productivo en
beneficio de las transnacionales y de una economía interna subdesarrollada.
El destino de la reforma educativa neoliberal, impuesta en los años 90 del siglo XX, es el mismo que la reforma
de Augusto Pinochet en Chile, donde el Congreso viene discutiendo una nueva Ley de Educación para resolver
la crisis de esa reforma, mejor dicho su fracaso, que es también el fracaso del continuismo neoliberal que la
Concertación Democrática actuó desde 1990.
El problema de la religión
La religión católica sigue siendo la mayoritaria en el Perú, con una feligresía, entre practicante y no practicante,
que no baja del 80%. Su debilidad, antes que numérica, es cualitativa, en el sentido de que su indiscutible
“prestigio” ya no es tal. Ha sido erosionada, principalmente, por su relación con los sectores más
conservadores y pudientes de la sociedad peruana, cuando no con los gobernantes de turno, principalmente
con aquellos que han ejercido el poder desde posiciones autoritarias y antipopulares, siendo el caso más
saltante la relación del actual Cardenal Juan Luis Cipriani con la dictadura fujimontesinista y sus continuadores.
Otro factor de la erosión de su “magisterio” ha sido la aparición, por los años 60-70 del siglo XX, de la tendencia
progresista de la Teología de la Liberación, bajo la presión de los movimientos populares de liberación en
América Latina que promovieron las corrientes socialistas, pero que luego fue casi abandonada produciéndose
una suerte de desengaño de los sectores más conscientes de las masas en “su iglesia de los pobres”. De un
prestigio de significado social y continental, pasó, hacia los años 90, a su decaimiento como corriente
contestataria al lado de los pobres. A lo anterior debe sumarse el crecimiento del Opus Dei como corriente
católica de indudable posición conservadora y antipopular, ligada a los intereses de los más ricos del Perú y
totalmente desfasada de los cambios de conciencia frente a problemas concretos de la vida social, como el
aborto y el control de la natalidad por métodos artificiales; pero, sobre todo, porque esta “nueva iglesia
católica” es sentida por un gran número de católicos y no católicos como parte del orden injusto existente,
elemento espiritual de defensa de un sistema que requiere cambios importantes. No deben descartarse
factores externos al Perú, como los permanentes escándalos por abusos sexuales protagonizados por

José Ramos Bosmediano | PRIMERA PARTE 14


numerosos sacerdotes y la permanente derechización de la jerarquía papal respecto a las cuestiones sociales
planteadas por los papas Paulo VI y Juan XXIII, cuyas propuestas de apertura de la iglesia católica hacia los
anhelos de justicia de los desheredados de la tierra ayudaron al surgimiento y fortalecimiento temporal de esa
corriente “liberadora” que llevó a muchos sacerdotes a tomar parte en las luchas del pueblo, incluso en las
guerrillas de liberación en Latinoamérica (algunos de ellos): Camilo Torres, Helder Cámara, los hermanos Boff,
Ernesto Cardenal, Paulo Freire, Arnulfo Romero, fueron las más importantes expresiones de esa iglesia
comprometida con los pobres. Y aunque en el Perú los sacerdotes católicos no fueron más allá del discurso, de
todas maneras se convirtieron en eventuales enemigos de los poderosos.
Es evidente que se ha producido un viraje en la iglesia católica peruana, como en el resto de América Latina,
una clara derechización, un predominio de la más conservadora, como que esa iglesia ha vuelto, en el Perú, a
los fueros de Monseñor Lisson y de los curas que usaron el púlpito para predicar la sumisión a los “sagrados
principios” de la iglesia. Los “Diálogos de fe” que Monseñor Cipriani ofrece todos los domingos y sus
encendidos discursos de cada ocasión expresan la hegemonía espiritual de lo conservador en la mayoría de la
población peruana, lo que ha llevado al gobierno peruano actual a proclamar como patrono del Perú al Señor
de los Milagros.
Sobre la base de esta evolución de la iglesia católica peruana, pero, también frente al empeoramiento de las
condiciones de existencia de las poblaciones del campo y de los sectores marginados de las ciudades, grupos
religiosos procedentes de credos protestantes se han venido afianzando en la conciencia de no pocos sectores
populares y medios (adventistas, evangélicos, pentecostales y sus variaciones y divisiones), al tiempo que
nuevas tendencias de naturaleza fundamentalista han irrumpido en la conciencia social de sectores marginados
de la población, con predicas catastrofistas para el género humano, pero asimismo con esperanzas en un
supuesto futuro de salvación, bajo nuevas relaciones entre feligreses y jefes religiosos, incluyendo relaciones
de trabajo, como es el caso de los Israelitas del Pacto Universal fundado por el extinto Ataucusi, cuyo peso
espiritual llegó, incluso, eventualmente a la política parlamentaria. En esta misma dirección política vienen
actuando los grupos evangélicos, cuyo pragmatismo les lleva a engrosar las filas de diferentes partidos de
derecha, buscando competir con la iglesia católica en el campo de la influencia en el poder del Estado.
Se ha entablado en el Perú, en los últimos 30 años, una lucha por tomar el poder del Estado por los grupos
religiosos, que ha llegado al campo de la educación. Por su parte, la iglesia católica dirige casi toda la
educación básica privada con su Consorcio de Educadores Católicos, y parte importante de la educación
privada y pública superior. Por el otro lado, las iglesias no católicas también están expandiendo su influencia
educadora privada y hasta pública, como en el caso de los israelitas, que en determinadas zonas selváticas
dirigen las escuelas baso los postulados de su credo religioso, haciendo retroceder a los católicos en esas
zonas.
El problema de las religiones en el Perú se sintetiza en la inexistencia del Estado laico. El postulado
constitucional al respecto es confesional, al ofrecer el apoyo del Estado a todas las religiones y el
reconocimiento especial a la iglesia católica. Pero lo confesional es más rotundo cuando se trata de la
educación y del subsidio económico para la iglesia católica. Este problema no resuelto da todas las facilidades
para que las religiones sigan formando parte del poder del Estado, desde luego, con el peso más decisivo de la
iglesia católica. Si en el futuro otra iglesia lograra situarse por encima de las demás, a ella pertenecería la
hegemonía espiritual y política en el poder del Estado. Por hoy, ese papel todavía le corresponde a la iglesia
católica.
Lo que ha ocurrido con el cambio de estrofa del Himno Nacional para ser cantada en las escuelas y actos
públicos, es hartamente demostrativo del carácter confesional del Estado. Desechando la estrofa que hablaba
de la “eterna cerviz” frente al yugo español, se pasó a entregar al Perú “al Dios de Jacob”, otro yugo no es
menos oprobioso, aunque más sutil que el anterior.
Otro aspecto no menos importante es la relación de algunas iglesias protestantes con la influencia de los
Estados Unidos en la vida política nacional, pues las más importantes tienen sede y financiamiento en aquel
país y las formas de pensamiento que promueven entre su feligresía es del pragmatismo y el individualismo,
promotoras de un pensamiento que conduce a la resignación frente a los problemas de “este mundo”: una
idea muy acorde con los intereses de la clase dominante de Estados Unidos: no tocar el mundo de hoy para
conquistar el mundo del mañana.
Hay también un pensamiento religioso muy ligado al sincretismo andino-amazónico, como es el caso del culto a
Sarita Colonia, a la Beatita de Humay y las demás expresiones mítico-religiosas que, sobre bases culturales

José Ramos Bosmediano | PRIMERA PARTE 15


prehispánicas, sobreviven mezcladas con elementos de los ritos y creencias católicas. Pero estos fenómenos
tienen escasa importancia en el manejo del poder del Estado en el Perú. Su permanencia no es incompatible
con ningún proceso de liberación o de transformación social, como lo ha demostrado la supervivencia de la
santería cubana.
El problema de la corrupción
Es, en realidad, el problema de la moral en el manejo del Estado. Es uno de los problemas surgidos del proceso
de la constitución de la república de herencia colonial.
No exageran quienes afirman que hemos ingresado, hace décadas, a una situación de anomia ética en el Perú,
a la inexistencia de escrúpulos para delinquir con los recursos del Estado por los gobernantes de todo nivel.
Tampoco es una novedad la existencia de un Poder Judicial atado a los nudos de la corrupción.
Pero tan grave como la corrupción de los gobernantes de turno es la condescendencia de importantes sectores
de ciudadanos con esa corrupción, expresada, por lo menos, de dos formas: una, justificando el robo con la
realización de obras (“ha robado, pero ha hecho obras”, suelen afirmar no pocos ciudadanos); la otra,
volviendo a elegir a quienes se han aprovechado de la corrupción para enriquecerse y enriquecer a sus
allegados.
La corrupción se vuelve más evidente en las inmensas “inversiones” para las campañas electorales con el
objetivo de recuperarlas a través de los contratos y las coimas con el Estado. Los cálculos más conservadores
de apropiaciones ilícitas del presupuesto del Estado a través de las coimas señalan que el 30% es para los
bolsillos de gobernantes, testaferros y contratistas. Cualquier discusión programática se vuelve casi un estorbo
para los compradores de votos. Para ocultar la falta de discusión, candidatos y periodistas elevan a nivel de
“interés público” asuntos privados de los candidatos, como su opción sexual, sus relaciones
extramatrimoniales, sus excentricidades y hasta su forma de vestir.
Al afirmar que la corrupción en el Perú tiene un origen colonial, no debe ocultarse que se ha venido
incrementando a medida en que nos hemos integrado al sistema de dominación capitalista, particularmente
con el proceso de neoliberalización de nuestra economía. El Estado neoliberal que se ha configurado en las
últimas dos décadas ha profundizado la corrupción en el Perú, de tal manera que los últimos dos gobiernos
peruanos del siglo XXI compiten entre sí sobre cual de ellos es el más corrupto, y solo tratan de ocultar su
grado de corrupción comparándose con el gobierno de Fujimori-Montesinos, la más putrefacta actuación de
gobernantes peruanos. Que la corrupción en el Perú se haya profundizado con el neoliberalismo, demuestra
que su origen es económico y social.
El otro factor que debe tenerse en cuenta para explicarnos la multiplicación de conductas corruptas en el
manejo del Estado y la adopción de comportamientos permisibles por parte de la población es la promoción
del clientelismo político desde el poder del Estado y desde las mismas campañas electorales. La denominada
“lucha contra la pobreza” a través de las “políticas sociales” de entrega de bienes de consumo y hasta de
dinero, son factores de ocultamiento de la corrupción. Como no hay un desarrollo económico y social real, la
única manera de “hacer justicia” es entregar migajas para saciar las necesidades del momento y promover
conductas resignadas en la población.
El problema de la salud
Es en realidad, una derivación del problema de las desigualdades sociales. Se expresa en las endemias que
sufren amplios sectores populares, con enfermedades que ya deberían de haber sido erradicadas hace tiempo.
Al contrario, muchas de ellas, como la malaria, la lepra y la tuberculosis, no solamente siguen existiendo, sino
que, al decir de los especialistas, se vienen incrementando en las zonas más pobres del país.
El problema de la salud en el Perú se manifiesta de distintas maneras. En primer lugar, carecemos de un
sistema nacional de salud para todos, sin distinciones de procedencia social. Más bien hay una fragmentación
de los servicios de salud con la proliferación de policlínicos privados, contratos de privatización del servicio
público con el negocio privado de la salud, sistema paralelo como los llamados “hospitales de la solidaridad”,
un negocio y un factor de proselitismo electoral. En suma, la inexistencia de un sistema de salud pública único,
integral, gratuito, eficiente y justo.
Una segunda manifestación es la inexistencia de una industria nacional de la salud, empezando por la
fabricación de medicinas básicas para toda nuestra población.

José Ramos Bosmediano | PRIMERA PARTE 16


Una tercera, la remuneración adecuada al personal médico y paramédico, de tal manera que ellos se dediquen
a tiempo completo a la salud pública y no tengan que dedicarse a trabajos adicionales en los servicios privados
para aumentar sus ingresos familiares.
Y en cuarto lugar, que es de donde se debe empezar, no tenemos un sistema de salud preventivo integral,
comenzando por la alimentación.
No es ninguna casualidad que, ante la inexistencia de un sistema de salud integral en el Perú, se multipliquen
los negocios de las medicinas “bamba” y los negocios de la “medicina natural”, de cuya eficacia, en la gran
mayoría, no se puede confiar.
El problema de los trabajadores o problema laboral
Es un problema surgido de las relaciones laborales entre asalariados y empresarios privados, por un lado, y
entre asalariados y el Estado como empleador público. En el sistema capitalista el problema es permanente,
pues el denominado empleador nunca remunerará al trabajador según su trabajo y su nivel de productividad.
De hacerlo, disminuiría al mínimo sus ganancias. Por parte del Estado capitalista, reserva las remuneraciones
más elevadas para su alta burocracia, mientras que para la gran mayoría de sus trabajadores solo presupuesta
cantidades proporcionalmente pequeñas.
El problema laboral en el Perú actual se ha agudizado porque la gran mayoría de asalariados han perdido su
estabilidad laboral y sus derechos sociales, al tiempo que la inestabilidad laboral conlleva la imposibilidad de
organizarse sindicalmente para reclamar sus derechos, habiéndose creado el sistema de las empresas llamadas
service, convertidas en comercializadoras de la fuerza de trabajo.
Por parte del Estado, la situación es similar, con el agregado de la llamada ”meritocracia” a través de
evaluaciones antojadizas para regatear las remuneraciones, cuando no para impedir que profesionales probos
asuman funciones más elevadas en la administración pública, como ha ocurrido con el Fiscal Avelino Guillén.
En el sector público la “meritocracia” que aplica el neoliberalismo laboral ha agredido abiertamente los
derechos profesionales de los docentes, médicos y paramédicos, buscando también mellar los derechos de los
docentes universitarios. Su objetivo fundamental es disminuir los gastos en el sector público. Ha creado,
además, la figura de contratos especiales con el nombre de CAS, eliminando todo derecho laboral para casi 200
mil trabajadores estatales.
Todo puede definirse como la ausencia de un Código de Trabajo que defina los derechos de los trabajadores y
que, sobre esa base, se realicen las negociaciones de los trabajadores con la patronal, privada o Estatal. En el
caso del Estado, no existe un sistema de carrera pública que garantice seguridad para los trabajadores y su
derecho de superación profesional y laboral, tomando como base evaluativa el desempeño laboral.
Los problemas concretos
Nos referimos a aquellas cuestiones que surgen en el proceso de evolución de los hechos sociales y de las
transformaciones que pueden operarse en determinados momentos de la lucha política, o en el curso de las
conquistas sociales en el plano nacional e internacional. Los problemas concretos se presentan en distintos
niveles de gravedad, como ocurre, por ejemplo, con la delincuencia común, o el problema del transporte
urbano. En todos los casos se desprenden de la ausencia de cambios sustantivos para resolver los problemas
estructurales y también los fundamentales. Así tenemos el caso de los derechos de ciertas minorías sociales;
las aplicaciones de políticas públicas para resolver cuestiones concretas como el derecho al aborto; el problema
de las drogas, en especial del narcotráfico; el problema de la delincuencia y la inseguridad ciudadana; de las
enfermedades endémicas aún no erradicadas; el problema del transporte público; la higiene ambiental, el
problema de género, el de las minorías sexuales, el problema de los discapacitados, el problema de la
administración de justicia, entre los que son percibidos con mayor interés por la población en determinadas
coyunturas, por lo que pueden denominarse como problemas coyunturales. Esta distinción permite explicar
que se les considere como los problemas sustantivos, en ausencia de una comprensión integral de los
problemas del país, carencia que es aprovechada por los sectores dominantes que pretenden mantener el
mismo sistema económico y social, confundiendo los cambios parciales que ofrecen con la transformación
radical que necesita el Perú.
El problema del aborto
Surge por la inexistencia de un sistema de salud reproductiva y de la planificación demográfica, ligados a la
existencia de un Estado laico, verdaderamente laico. Los sectores más conservadores siguen manteniendo las

José Ramos Bosmediano | PRIMERA PARTE 17


tesis de la improcedencia del aborto terapéutico y de la libre elección por la mujer en determinadas
circunstancias sociales del embarazo, así como la improcedencia de los controles científicos del embarazo,
supeditando el desarrollo de la ciencia de la salud a las creencias religiosas, con el argumento del “respeto a la
vida humana como proyecto divino”. Es evidente que este problema tiene que ver con el grado de cultura que
la sociedad peruana sigue experimentado.
El problema de género
Surge como parte de las profundas desigualdades sociales, alimentadas por tradiciones conservadoras que
niegan la igualdad de derechos entre el hombre y la mujer. Se pretende reducir el problema de género a la
mera relación de pareja y al machismo fuertemente dominante aún en las sociedades modernas. El machismo,
que viene de siglos y milenios de vida humana, se exacerba y se alimenta por y de las desigualdades sociales
existentes y se expresa, en su forma más injusta, en el mundo del trabajo, sobre todo del trabajo asalariado en
el capitalismo.
El fujimorismo creó el Ministerio de la Mujer y su actuación no ha reivindicado a la mujer. Muchas mujeres se
han incorporado a la administración pública de niveles superiores, pero la situación de millones de mujeres no
ha mejorado. Se trata, entonces, de un problema ligado a los problemas estructurales del país, no de un mero
reconocimiento jurídico de los derechos de la mujer, ni a la creación de estructuras burocráticas.
Como en el caso de Inglaterra con Margaret Theacher o de Alemania con Ángela Merkel, su posición en los
altos cargos del Estado no han generado nuevas condiciones de vida para las millones de mujeres de su país;
más bien su actuación refuerza el sistema de dominación y de desigualdades sociales. Si hay excepciones en el
mundo y en el Perú, esas mismas excepciones existen en el caso de los varones en puestos de gobierno.
El problema del narcotráfico
Es tributario de la falta de un sistema económico que desarrolle el agro, en lo fundamental. Adicionalmente se
alimenta de la corrupción en el campo de la administración de justicia y de la inexistencia de una policía
eficiente y honesta.
No estamos lejos de la implantación de un Estado ligado al narcotráfico, como se está avizorando desde
distintas visiones del problema.
Es también un problema de soberanía en el combate al narcotráfico por la inexistencia de una política propia y
no supeditada al apoyo de los Estados Unidos, presencia que nos quita capacidad de ver el problema en su
dimensión real. Para nuestro caso, es bueno tomar como referente el reclamo actual de los gobernantes
mexicanos, quienes están exigiendo a los Estados Unidos eliminar en su propio país el consumo masivo de
drogas y la exportación de armas para la delincuencia en México.
Mientras no haya una política agraria que involucre a las más amplias masas del campo y sitúe en su verdadera
dimensión el cultivo y la industrialización de la hoja de coca para fines alimenticios y medicinales, no podremos
dar solución al problema. La visión puramente represiva carece de eficacia. La mera sustitución de cultivos en
las zonas cocaleras tampoco constituirá una solución en el largo plazo. Es menos adecuada la prohibición total
del cultivo de esa planta milenaria y útil para objetivos lícitos y humanos.
El problema de la delincuencia común y la inseguridad ciudadana
Hasta los años 80 del siglo pasado, no pasó de ser un problema de “choros”, ladrones de poca monta y de
algunos asaltos espectaculares a entidades bancarias. Hoy estamos ante la presencia de bandas armadas y
organizadas que se dividen las ciudades y hasta dirigen acciones desde los penales.
Hay que ver el origen del problema en la situación social del país, pero su proliferación se alimenta de un
sistema judicial y una estructura policial permisivos en gran parte.
En los últimos 20 años la delincuencia común ha generado, por la presión que ejerce en la ciudadanía, la
aparición de un nuevo negocio, tan rentable como explotador de mano de obra juvenil y barata: el sistema de
seguridad privada, por un lado, y los serenazgos, por otro; ambos ligados a las empresas privadas “de
seguridad”. Lo que tenemos hoy es un sistema parapolicial de agentes de seguridad privada y de serenazgos,
es decir, un sistema paralelo a la Policía Nacional.

José Ramos Bosmediano | PRIMERA PARTE 18


El crecimiento de las empresas de seguridad no ha dado como resultado la disminución de la inseguridad
ciudadana. La delincuencia común aumenta casi proporcionalmente al crecimiento de los servicios de
seguridad.
Los ciudadanos peruanos viven con el síndrome de la muerte inesperada, del asalto en cualquier parte del país,
en las ciudades, en las carreteras y en los ríos amazónicos.
El problema de las enfermedades endémicas
Se desprende de la falta de un sistema de salud integral para todo el país, con un presupuesto que se
incremente y con campañas intensivas hasta reducir la incidencia de dichas enfermedades, continuando luego
con la prevención sistemática a través de programas de higiene ambiental, pero garantizando buenas
condiciones de alimentación para la población, de urbanización y vivienda adecuadas.
La malaria, la tuberculosis, el dengue, principalmente, siguen haciendo estragos en sectores importantes de
nuestra población, sin que los gobernantes centrales y regionales asuman sus responsabilidades, dándose el
caso del Presidente regional de Loreto que, mientras el dengue avanzaba en su región, él estaba distrayendo su
tiempo en discusiones con jugadores rivales de su equipo-empresa, el CNI de Iquitos.
El problema de la higiene ambiental
Es un problema desprendido de la pobreza y de la falta de planificación de las ciudades, cuya infraestructura de
drenajes, desagüe y agua potable es ostensiblemente deficitaria, denunciada, incluso, en los propios hospitales
del Estado.
A lo anterior se unen las prácticas de la explotación minera y de hidrocarburos, además de la fabricación de
pasta básica de cocaína que envenena el aire, los ríos y la propia tierra.
Tiene una gran incidencia en el envenenamiento del ambiente la ausencia de un sistema de transporte
moderno en las grandes ciudades.
El problema del transporte
Es un problema que tiene varias expresiones. En primer lugar, por lo más observable, la proliferación de
vehículos pequeños en las grandes ciudades, principalmente en Lima, donde hace por lo menos 30 años debió
de construirse un Metro, optándose, más bien, por la importación de vehículos menores para satisfacer los
intereses de unos cuantos importadores, cuya actividad no cesa hasta hoy y en la que participan no pocos
gobernantes y aspirantes a serlo. La ausencia de un transporte moderno ha llevado a convertir a Lima en una
ciudad sembrada de inmensos bloques de cemento y de canales denominados “bypass”, sin disminuir el
embotellamiento del tránsito urbano, por lo que en Lima se han creado dos medios para el servicio de
transporte masivo: el Tren Eléctrico y el sistema de buses llamado Metropolitano, que en conjunto sólo
significarán una cobertura del 15 % de las necesidades de transporte urbano en Lima.
En segundo lugar, el transporte terrestre a nivel nacional con vehículos que no garantizan un servicio eficiente
y con carreteras casi abandonadas en su mantenimiento y en la presencia permanente de asaltos.
En tercer lugar, el transporte fluvial en los ríos amazónicos, de gran importancia para la población de esa
inmensa región, pero bajo pésimas condiciones por el exagerado apetito de enriquecimiento de los
propietarios, cuya riqueza se acrecienta en proporción directa al sufrimiento de los pasajeros que se ven
obligados de usar esos barcos.
En cuarto lugar, el sistema de transporte aéreo, convertido en el gran negocio de un monopolio chileno
llamado LAN, cuyos precios y condiciones son abusivos, además de no cubrir los lugares que no son
suficientemente rentables para sus intereses. La presencia de tres líneas áreas diferentes no ha disminuido el
problema del uso monopólico privado de nuestro espacio aéreo.
El problema de las minorías sexuales
El conservadurismo existente en el Perú impide dar libertad a los homosexuales a unirse civilmente para
ejercer su derecho a la vida en común, con todos los derechos civiles, definiendo adecuadamente sus derechos
con los postulados de una nueva Constitución.
La falta de una solución adecuada y oportuna viene generando enfrentamientos innecesarios y haciendo más
complejo el problema.

José Ramos Bosmediano | PRIMERA PARTE 19


El problema de los discapacitados
Es uno de los problemas concretos más dolorosos que tiene el Perú debido a las pésimas condiciones de vida
imperantes, la falta de un sistema de salud integral, el atraso científico y tecnológico en materia de salud
pública, la pobreza de un alto porcentaje de la población, el alcoholismo.
La superación del problema de los discapacitados, por tanto, dependerá de políticas integrales de salud,
alimentación, educación, de infraestructura y de trabajo para esas personas, a efecto de disminuir los efectos
de las discapacidades que sufre una gran parte de nuestra población, pero disminuyendo también el aumento
de discapacitados.
Se ha considerado que la presencia de discapacitados en el Congreso llevaría a resolver el problema, o por lo
menos a atenuarlo. No ha sido así. Los congresistas discapacitados actuales se han alineado con la derecha y,
por lo menos uno de ellos, viene siendo financiado por las Mineras para su campaña de reelección al nuevo
Congreso, siempre con la derecha.
El problema de la administración de justicia
Constituye la falta de una administración gratuita, justa y eficaz de justicia, como aparentemente lo señala la
Constitución Política del Perú. Lo que tenemos hoy es una administración profundamente desigual y
discriminatoria, casi privada, pues los juicios se ganan o pierden según la cantidad de dinero que se gasta.
El hacinamiento carcelario forma parte de una administración de justicia deficiente, pues el sistema penal
existente no permite la reducción de los sentenciados ni el sistema judicial sentencia con prontitud a los
inculpados.
En lugar de reformar de raíz el Poder Judicial, los reformadores solo piensan en construir nuevas cárceles y en
elevar las sanciones a los culpables de delitos, planteándose, inclusive por los sectores más conservadores, la
reimplantación de la pena de muerte para ciertos delitos execrables.
No debe pasarse por alto que parte del problema de la administración de justicia es la impunidad para delitos
en agravio del Estado, especialmente relacionados con la apropiación ilícita de recursos fiscales, coimas y
narcotráfico.
Es indudable que el problema se vuelve más complejo por el uso político del Poder Judicial, restando a este su
independencia respecto a cualquier poder del Estado y a los intereses empresariales.

CONCLUSIONES SOBRE LA PRIMERA PARTE


Los problemas del Perú son estructurales y no parciales. Estos surgen y se agudizan en determinadas
coyunturas. “Desaparecen” en otras, no porque se hayan resuelto, sino porque las exigencias de las luchas
sociales obligan a los gobernantes de turno a aplicar ciertos paliativos. Sin embargo, más temprano que tarde,
reaparecen nuevamente, muchas veces con mayor crudeza, como ocurre con la delincuencia común.
La situación de pobreza, atraso, desigualdades profundas que aquejan al Perú actual no dependerá de políticas
parciales, por más espectaculares que ellas sean, sino por una transformación de fondo que dé solución a los
problemas estructurales y fundamentales. Solo en esa dirección pueden cobrar importancia las políticas
sectoriales en función de objetivos nacionales.
Lima, 01 de febrero del 2011

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