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Tema 17. La Guerra Civil (1936-39).

1.- La Guerra Civil

1.1- La rebelión militar


La tarde del 17 de julio los oficiales rebeldes de la guarnición de Melilla declararon el
estado de guerra en la ciudad, ocupando los principales edificios públicos sin dificultad.
En otras localidades del Protectorado, como Ceuta o Tetuán, las guarniciones se fueron
sumando al alzamiento esa misma tarde. Todos los que intentaron oponerse fueron
reducidos y fusilados de inmediato. En la madrugada del día 18 el general Franco, desde
las Canarias, se pronunciaba contra el gobierno, volando a bordo del Dragón Rapide
hacia Tetuán para ponerse al frente del Ejército de África.

Mientras tanto, Casares Quiroga, informado de la situación, no quiso dar importancia


a la rebelión, perdiendo unas horas decisivas en las que no tomó ninguna medida
concreta para hacer frente al levantamiento, y tampoco accedió a las peticiones de los
sindicatos y partidos obreros para que les entregara armas. En la mañana del día 18,
Queipo de Llano se sumó al golpe en Sevilla, consiguiendo dominar la ciudad con
apenas un centenar de soldados y un puñado de falangistas. La rebelión se extendió
rápidamente por Castilla la Vieja, en algunas ciudades gallegas, y en Andalucía
occidental y Extremadura, donde Huelva, Cáceres, Jerez y Córdoba quedaron bajo la
autoridad de los sublevados. También las Baleares y las Canarias quedaron en sus
manos.

En la tarde del día 18, abrumado por la situación, Casares Quiroga dimitió. Azaña
hizo un último intento de solucionar el problema encargando a Martínez Barrio formar
gobierno y negociar directamente con el general Mola la organización de un gobierno
de concentración con el compromiso de no tomar represalias contra los sublevados.
Pero Mola rehusó porque consideraba que ya era demasiado tarde. Desde ese momento,
el enfrentamiento era inevitable. PSOE y PCE empezaron a movilizar a todos sus
militantes en defensa de la República.

En Pamplona, Mola esperó a la mañana del día 19 para pronunciarse. Durante ese
día, otras ciudades fueron quedando bajo el control de los sublevados, como La Coruña
y Oviedo. En Andalucía, los sublevados consiguieron desembarcar algunas unidades del
Ejército de África, que iniciaron una marcha hacia el norte con el objetivo de enlazar las
dos zonas sublevadas. Pronto Granada y las capitales aragonesas cayeron en manos de
los alzados.

El pronunciamiento fracasó, sin embargo, en otros puntos importantes: la mayor


parte de Aragón, Asturias, Cantabria, Cataluña, Levante y buena parte de Andalucía
oriental permanecieron leales a la República. O bien los golpistas eran pocos y carecían
de fuerzas suficientes para hacerse con el control de los centros neurálgicos, o bien la
rápida reacción de los partidos y sindicatos obreros les impidió triunfar. Esto fue lo que
ocurrió, además, en la mayor parte de los barcos de la Armada, en los que los marineros
se rebelaron contra los oficiales golpistas, que fueron asesinados. El País Vasco se
mantuvo fiel a la República, excepto la provincia de Álava, más por la promesa del
gobierno republicano de concederle el Estatuto de Autonomía que por afinidad

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ideológica con la República (prevaleció el sentimiento nacionalista sobre su fuerte
catolicismo). En otros lugares del país los sublevados quedaron totalmente aislados, por
lo que decidieron hacerse fuertes en algunos recintos más o menos fortificados,
destacando el Alcázar de Toledo o el santuario de Nuestra Señora de la Cabeza en
Jaén.

La actuación de la población civil a favor de la República fue decisiva para hacer


fracasar la rebelión en las dos grandes ciudades del país:

• Madrid: en la mañana del día 19 los sublevados, dirigidos por el general


Fanjul, permanecieron atrincherados en el Cuartel de la Montaña sin decidirse a
salir a la calle, quedando bloqueados por las fuerzas leales al gobierno y las
milicias armadas socialistas y comunistas, que habían recibido armas del nuevo
presidente, José Giral. En el cuartel se encontraban además los cerrojos
necesarios para hacer funcionar los fusiles que el Gobierno estaba repartiendo a
las milicias, por lo que su caída era esencial para los republicanos. Al mediodía
del día 20 se inició el asalto, que fue un baño de sangre. Fanjul fue uno de los
pocos oficiales sublevados que consiguió salir con vida. Los otros cuarteles
sublevados cercanos a la capital, el de Getafe y Campamento, cayeron poco
después.

• Barcelona: la resistencia a la rebelión fue encabezada por las milicias


anarquistas de la CNT, que consiguió armarse para enfrentarse a las tropas
golpistas. Cuando en la mañana del día 19 éstas abandonaron sus cuarteles y
marcharon hacia la Plaza de Cataluña, los militantes anarquistas, en
colaboración con los Guardias de Asalto y la Guardia Civil, rechazaron el
avance y sitiaron a los insurrectos en el edificio de la Telefónica. Cuando llegó
el general Goded desde las Baleares para tomar el mando de los sublevados ya
era tarde. Sin apoyos, la rebelión fue sofocada rápidamente y sin apenas
derramamiento de sangre.

En general, el golpe triunfó en función de dos condiciones fundamentales: la


rapidez y coordinación de sus protagonistas, y la capacidad de reacción de las fuerzas
populares. La clave estuvo en las dudas de muchos gobernadores y alcaldes de armar a
la población civil, temerosos de lo que ello podría suponer en el futuro. También fue
fundamental la actitud de las unidades de la Guardia Civil, que en varias ciudades
inclinaron la decisión de tomar partido por uno u otro bando.

1.2- Las fuerzas militares de ambos bandos


Aunque el alzamiento había triunfado en la mitad del país, la situación estratégica
inicial de la República era notablemente superior a la de los sublevados. Controlaban
las regiones mineras más ricas del norte peninsular, así como las industrias
siderometalúrgicas, mecánicas y de armamento. También dominaban Cataluña (lo que
le aseguraba las comunicaciones con Francia, así como el control de la industria
catalana), las comarcas cerealísticas de Castilla la Nueva y del Alto Guadalquivir, la
huerta levantina y murciana y toda la fachada mediterránea. Contaba además con más
de la mitad de los efectivos de los distintos ejércitos y cuerpos de seguridad del Estado
(Guardia Civil y Guardia de Asalto), aunque la falta de oficiales (la mayoría se sumaron
al alzamiento) limitó en mucho la capacidad del ejército republicano, que tuvo que ser
reorganizado incluyendo en él a las distintas milicias populares creadas por los partidos

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políticos y sindicatos para crear el nuevo Ejército Popular. También hay que citar otro
punto importante: la República estaba en posesión del tesoro del Banco de España, lo
que le proporcionaba en principio el control de los recursos financieros del país.

El bando nacional estaba en principio en desventaja por cuanto que había triunfado
en las regiones más atrasadas económicamente y sin apenas industria. A ello hay que
unir la falta de recursos financieros (que le proporcionarían personajes afines a la causa
como Juan March), de marina de guerra y de aviación militar, que quedó casi en su
totalidad en manos del Gobierno. El ejército de tierra también era numéricamente
inferior al republicano, pero cualitativamente contaba con las tropas del ejército de
África, el mejor equipado y entrenado del país. Otra ventaja notable era que la mayor
parte de la oficialidad se había sumado al alzamiento.

1.3- La dimensión internacional de la Guerra Civil


La Guerra Civil dejó de ser rápidamente un conflicto interno para adquirir dimensiones
internacionales, puesto que desde las cancillerías europeas se vio que en España se
estaba decidiendo la gran cuestión que preocupaba en aquellos momentos al mundo: la
prevalencia del sistema democrático sobre los totalitarismos en auge (sobre todo el
fascismo y el nazismo). La Guerra Civil fue la antesala de la II Guerra Mundial, el lugar
donde algunas potencias, sobre todo la Alemania hitleriana, puso en práctica algunas de
sus teorías bélicas que llevarían a Europa al desastre pocos años después.

La intención de las potencias fue que el asunto se dilucidara en España sin que
contaminara al resto de países y pudiera hacer estallar una nueva guerra mundial. Para
ello, Gran Bretaña y Francia crearon un Comité de No Intervención, donde se sumaron
unos 27 países (entre ellos Alemania, Italia y la URSS) con la finalidad de permanecer
neutrales en el conflicto y comprometerse a no ayudar militarmente a ninguno de los
dos bandos. Evidentemente el Comité fue una auténtica farsa pues ambos bandos
recibieron ayuda por parte de sus aliados, por lo que todo lo que se decidía en él era
papel mojado. La única intención del Comité fue controlar a las potencias para que nada
de lo que pudiera suceder en España pudiera ser tomado como excusa para el estallido
de un nuevo conflicto mundial.

La España Republicana contó desde el principio con el apoyo de México (el


republicano Lázaro Cárdenas se mantuvo fiel a su alianza con la España republicana,
aunque su apoyo fue escaso y limitado fundamentalmente a alimentos y escasas armas
sacadas del propio ejército mexicano), Checoslovaquia (la única democracia que
quedaba en Centroeuropa suministró material bélico hasta que fue anexionada por
Alemania en 1938-39), Francia (a pesar de gobernar el Frente Popular de León Blum,
la ayuda francesa no fue todo lo abundante que podía haber sido, y todo por cuestiones
políticas, fundamentalmente. En efecto, en Francia había una fuerte oposición de los
grupos derechistas y conservadores a que se ayudara al gobierno español, amenazando
constantemente con una revuelta interna si ello ocurría. Además, el gobierno francés no
actuaba internacionalmente sin el consentimiento de Gran Bretaña, y aquí los
conservadores dominaban la situación y veían al gobierno republicano como una
República marxista, por lo que nunca dieron el visto bueno a una cooperación francesa a
gran escala con los republicanos, y ello a pesar de la posible amenaza que un gobierno
fascista podía ejercer sobre el flanco sur francés. Con todo, a través de la frontera
francesa pasó abundante material hacia España, aunque la mayoría de inferior calidad al
que recibían los sublevados) y la URSS (la ayuda soviética fue más efectiva en cuanto a

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los asesores militares y al material de guerra enviado, aunque esta ayuda no fue
desinteresada pues Stalin exigió el pago inmediato de todo el material. Así, el oro del
Banco de España fue enviado a Moscú como garantía de los pagos. A pesar de esta
abundancia de material, lo cierto es que la mayoría era ya anticuado y no tenía gran
valor militar).

La principal ayuda internacional a la República llegó a través de las Brigadas


Internacionales. Fueron organizadas por la Internacional Comunista siguiendo las
directrices dictadas desde Moscú, las cuales indicaban como una necesidad la lucha
contra el fascismo en todo el mundo. El PC francés, dirigido por André Marty, se
encargó de reclutar por todo el mundo a personas que quisiesen combatir al fascismo
(en su mayoría miembros de los partidos comunistas de sus respectivos países) y en
defensa de la democracia. Unos 60.000 hombres de hasta 30 países llegaron a formar las
distintas brigadas, organizadas normalmente según la procedencia de los voluntarios
(norteamericanos de la “Lincoln”, canadienses, británicos, alemanes de la “Thaelmann”,
polacos, italianos de la “Garibaldi”,…), y cuyo centro de entrenamiento estuvo en
Albacete. Su bautismo de fuego se produjo en la batalla de Madrid (XI/1936), donde
consiguieron detener a las tropas africanas del general Varela. A partir de entonces
fueron usadas en los distintos frentes siempre como tropas de choque, de ahí el alto
porcentaje de bajas entre sus filas, aunque no siempre con los mismos resultados
obtenidos en Madrid (fracaso en el Jarama o en el Ebro, por ejemplo). Las purgas
llevadas a cabo por Stalin en la URSS tuvieron también su reflejo en España, sobre todo
entre las filas de las Brigadas, donde las acusaciones arbitrarias hacia muchos de sus
componentes (acusados de trotskistas, anarquistas o espías fascistas) acabaron por
desmoralizar a las tropas. Muchos fueron fusilados por los propios estalinistas, otros
volvieron a sus países,… En 1938 gran parte de las Brigadas habían sido disueltas, y las
restantes estaban formadas ya por más españoles que extranjeros. Finalmente, a finales
de 1938 fueron oficialmente disueltas tras llegarse a un acuerdo en el Comité de No
Intervención para reducir el porcentaje de tropas extranjeras presentes en el país.

La España “Nacional” recibió los apoyos fundamentales de Italia y Alemania,


ayuda no desinteresada sino a cambio de dinero y sobre todo materias primas minerales
(fundamentales para alimentar la industria de guerra alemana). Numéricamente la ayuda
italiana fue la más importante. Mussolini envió a la Península al CTV (Corpo di
Truppe Voluntarie), por donde llegaron a pasar más de 70.000 soldados de tierra y
aire, la mayoría de ellos voluntarios “a la fuerza”. La eficacia del CTV fue relativa,
como se pudo comprobar en la estrepitosa derrota en Guadalajara, por lo que
normalmente los nacionales prefirieron usarlas en frentes menores y siempre mezcladas
con unidades españolas (la Aviación Legionaria, como se conocía a la aviación italiana,
sí fue más eficaz y decisiva en algunos sectores del frente). Los alemanes decidieron
enviar menos tropas, pero su ayuda material y profesional supera a la italiana. Hitler
decidió enviar a la Península a la Legión Cóndor, formada por asesores militares,
tanquistas, artilleros y aviadores, cuya ayuda fue decisiva desde el principio para que las
tropas rebeldes obtuvieran la superioridad aérea necesaria para dominar los campos de
batalla. Otros países apoyaron también a los sublevados. Portugal, con un régimen
dictatorial dirigido por el general Salazar, envió un pequeño contingente de voluntarios,
los “viriatos”, pero sobre todo colaboró controlado la frontera común y permitiendo la
entrada de abundante material a través de ella. Irlanda se vio representada
testimonialmente por los voluntarios de la “Legión de San Patricio”.

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Los Estados Unidos se mantuvieron neutrales, más por la presión de la opinión
pública que por el deseo de su presidente Franklin D. Roosevelt, decidido pro-
republicano. A pesar de que se prohibió a todas las compañías ayudar a ambos bandos,
algunas, como la General Motors o la Texaco, abastecieron de camiones y petróleo a las
tropas nacionales.

Lo cierto es que ambos bandos necesitaban el apoyo exterior para mantenerse en el


conflicto con garantías de victoria, por lo que desde un primer momento recurrieron a
buscar aliados que les proporcionaran armas y suministros. Para muchos esta ayuda
internacional, en un país pobre como era España, fue la causante de la duración de la
guerra.

1.4- Evolución política de la España republicana


El estallido del conflicto dejó a ambas zonas en una situación de desorganización y caos
que tuvo especial incidencia en el territorio controlado por el gobierno republicano,
cuyos gobiernos venían arrastrando una profunda crisis desde antes del alzamiento. En
efecto, el 18/VII dimitió Casares Quiroga y fue sustituido por Martínez Barrio, quien
se negó a armar a los trabajadores. Fue sustituido por José Giral, quien optó por
entregar armas al pueblo para que defendieran el régimen democrático. UGT, PSOE y
CNT tomaron el poder en las calles, iniciándose una explosión de terror y asesinatos
indiscriminados (el llamado “terror rojo”, con fusilamientos sumarios, ajustes de
cuentas, “sacas” de prisioneros,…) que el Gobierno, deslegitimado, se vio incapaz de
controlar. Los anarquistas aprovecharon para realizar en algunas zonas su revolución
social, organizando colectividades en los pueblos (como el Consejo de Aragón), se
sustituyó la disciplina militar por la revolucionaria,... Pronto se formaron dos posturas:
los que creían que la victoria se obtendría a través de un gobierno fuerte y centralizado
(PSOE, PCE y partidos republicanos), y los que creían en la primacía de la revolución
en manos de la clase obrera (CNT, POUM y socialistas radicales). Lo cierto era que en
España se estaba produciendo una verdadera revolución social, aunque en un momento
poco adecuado ya que la revolución interfirió de manera negativa en el éxito final de la
guerra, como después veremos.

Ante el caos existente, en septiembre dimitió Giral y fue sustituido por el líder
socialista radical Largo Caballero, en cuyo gobierno va dar cabida a todas las fuerzas
sociales que apoyaban a la República, desde comunistas a anarquistas (se incorporarán
al gobierno a partir de noviembre, con Federica Montseny como la primera mujer
ministra en la historia de España), pasando por el PNV. Se inicia una corriente
antirrevolucionaria destinada a recomponer la autoridad del Estado. Para ello
desmanteló las colectividades y comenzó el proceso de conversión de las milicias en el
nuevo Ejército Popular, formado por Brigadas Mixtas. Sin embargo, el control del
gobierno nunca se estableció en toda el área republicana, sobre todo en Cataluña
(controlada oficiosamente por el Comité de Milicias Antifascistas, dirigido por la CNT)
y País Vasco, donde se pretendió llevar el Estatuto autonómico (aprobado el 1 de
octubre, con José Antonio Aguirre como primer lehendakari) a los máximos límites.

El gobierno de Largo Caballero va a tener que hacer frente a una verdadera guerra
civil dentro de la Guerra Civil motivado por el enfrentamiento entre los distintos grupos
republicanos. En efecto, en mayo de 1937 se va a producir en Barcelona el
enfrentamiento entre los anarquistas de la CNT/FAI (apoyados por el POUM, trotskista)
y la conjunción socialista-comunista del PSUC (Partido Socialista Unificado de

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Cataluña) por el control de la ciudad, enfrentamiento donde se va a ver reflejada la
discrepancia existente entre las distintas fuerzas republicanas sobre el modelo
revolucionario a seguir. El gobierno de la Generalitat había decidido eliminar los
comités de vigilancia controlados por la CNT y centralizar la dirección del orden
público. A raíz del intento del consejero Ayguadé de tomar el edificio de la Telefónica,
el 3 de mayo se produjo una insurrección anarquista en la ciudad que provocó la lucha
armada entre los dos bandos citados anteriormente. El enfrentamiento dio el triunfo a
las fuerzas de la Generalitat a cambio de más de 200 muertos, la neutralización de los
anarquistas y la práctica eliminación del POUM, que fue ilegalizado y sus dirigentes
apresados con el pretexto de que colaboraba con los fascistas. El gobierno de la
Generalitat recuperó por fin el control del orden público en Cataluña.

Tras los sucesos de Barcelona, los comunistas fuerzan la dimisión de Largo


Caballero, con quien tenían profundas diferencias sobre la dirección de la guerra. El
presidente Azaña se ve obligado a nombrar como jefe de Gobierno al socialista Juan
Negrín, que contaba con el respaldo de los comunistas. Con Negrín desaparecen los
anarquistas del gobierno y crece la influencia de los comunistas tanto en el gobierno
como en el ejército (Negrín consideraba que la disciplina de los comunistas y el apoyo
de la URSS eran fundamentales para obtener la victoria). En agosto, un programa
común del PSOE y del PCE sirvió para fortalecer al Gobierno, que extendió las medidas
de control por todo el país. Se intentó regular la producción agrícola, partiendo de las
tierras colectivizadas, para garantizar el abastecimiento mínimo de la población.
También se establecieron medidas de control de la producción industrial, se continuó
con las compras de armamento en el exterior y se buscaron nuevos apoyos
internacionales. Con respecto a la guerra, Negrín consideraba que era vital resistir a toda
costa y ganar tiempo pues estaba claro que se avecinaba una nueva guerra mundial, y si
ello ocurría las potencias democráticas acudirían a salvar a la República. Aparte de las
acciones militares, su principal intento político para ganar tiempo o al menos conseguir
una paz honrosa se centró en los Trece Puntos (V/1938), programa donde Negrín
pretende establecer a grandes rasgos el futuro de España: independencia e integridad de
España (se pretende evitar la injerencia de potencias extranjeras en el país); democracia;
libertad regional; libertad de conciencia y religiosa; reforma agraria; renuncia a la
guerra,… Ya en 1939, viendo la guerra perdida, intentó poner fin a la guerra buscando
una paz honrosa con Franco mediante un programa de tres puntos: ausencia de
represalias para los vencidos, restablecimiento de la democracia y salida de las fuerzas
extranjeras.

Viendo perdida la guerra y considerando la política de resistencia a ultranza de


Negrín como una sangría innecesaria, los jefes militares no comunistas de Madrid,
como el coronel Casado y el general Miaja, con el apoyo de socialistas moderados
como Julián Besteiro o anarquistas como Cipriano Mera, formaron un gobierno
paralelo, el Consejo de Defensa Nacional, cuyo objetivo era negociar el fin de las
hostilidades con ciertas condiciones y garantías para los vencidos, pero Franco sólo
quería la rendición incondicional. Las luchas internas en Madrid entre comunistas y
socialistas-anarquistas fueron el punto final de las luchas dentro de las distintas
facciones republicanas.

1.5- Evolución política de la España “nacional”


En el territorio sublevado existían también muchas corrientes ideológicas, incluso
opuestas, pero aquí se llegó a la conclusión de que era necesario establecer una férrea

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dictadura militar que impusiera la unidad militar y civil, lo cual favorecería finalmente
la victoria en la guerra.

En principio, la cabeza visible del alzamiento iba a ser el exiliado general Sanjurjo,
pero tras el accidente aéreo que le costó la vida el día 20 de julio se hizo necesario
organizar un gobierno que dirigiera el alzamiento. Así se creó el 24 de julio una Junta
de Defensa Nacional con sede en Burgos, que actuaría como órgano provisional de
gobierno del nuevo Estado. Presidida por el general más antiguo, Cabanellas, e
integrada por los generales Franco, Queipo de Llano, Mola y otros. La Junta contó con
la asistencia de unos comités que inmediatamente decretaron las primeras medidas
contrarrevolucionarias, como el restablecimiento de la bandera roja y gualda, la
supresión de la legislación republicana, eliminación de partidos y sindicatos,
eliminación de la reforma agraria y devolución de las tierras expropiadas a sus antiguos
dueños, sustitución de las autoridades civiles por militares, rígida censura de prensa,…
La Iglesia y al Ejército recuperaron su papel como pilares del Estado.

Sin embargo, pronto se manifestó la insuficiencia de la Junta de Defensa en el


terreno político, por lo que algunos militares golpistas se manifestaron a favor de la
organización de la jefatura única, que acabaría recayendo sobre la figura del general
Franco, nombrado Jefe del Estado y Generalísimo de los Ejércitos el 1 de octubre.
Una Junta Técnica del Estado, compuesta casi exclusivamente por militares, servirá en
adelante para asesorar y ejecutar las decisiones emanadas directamente del Caudillo y
de un entorno íntimo de colaboradores.

Sin embargo, el fracaso en la conquista de Madrid obligará al nuevo régimen a


iniciar un lento pero sistemático proceso de institucionalización, al resultar evidente que
la guerra se prolongaba. Esta lentitud parece ser que fue intencionada por parte de
Franco, al que le interesaba prolongar el conflicto para afianzar su poder político para
cuando acabara la guerra.

La rígida centralización del poder y la implantación de la ley marcial permitieron una


reorganización de la economía directamente encaminada al esfuerzo de guerra. Entre las
decisiones clave para conseguir asentar esa dirección económica figura la creación, el
23 de agosto de 1937, del Servicio Nacional del Trigo, órgano del Estado que
compraría toda la producción, fijaría un precio oficial y se encargaría de distribuir los
excedentes. El resultado fue conseguir evitar la escasez, garantizar el suministro a las
tropas y unas rentas mínimas a la población campesina, lo que ayudó a mantener un
clima de estabilidad en la retaguardia, en contraste con el hambre que, a partir de 1938,
fue general en la zona republicana.

El mismo dirigismo marcó la política financiera del Gobierno “nacional”. Para poder
atender a los gastos de la guerra se estableció una Junta paralela del Banco de España en
Burgos que autorizó la emisión de moneda; se declaró ilegal la exportación de oro
ordenada por Largo Caballero; se recabaron préstamos de financieros e industriales
(entre ellos el más destacado sería el mallorquín Juan March, que apoyaría
económicamente al gobierno nacionalista durante toda la guerra); y se endeudó al futuro
Estado con masivas compras a crédito de material de guerra alemán e italiano.

Con la llegada al círculo de Franco de su cuñado, Ramón Serrano Súñer (“camisa


vieja” falangista fugado de la zona republicana), la dirección política del nuevo régimen

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experimenta, en enero de 1937, una definición mucho más clara. Se va perfilando una
dictadura militar, para lo cual es necesario eliminar el pluripartidismo. Para ello, el 19
de abril de 1937, por el Decreto de Unificación se creaba un partido único, la Falange
Española Tradicionalista y de las JONS, a través del cual se canalizaría toda acción
política. La jefatura quedaba concentrada en la figura de Franco, y se establecía una
Junta Política y un Consejo Nacional como órganos del partido, pero a título
meramente consultivo e integrados, en su mayor parte, por miembros elegidos
directamente por el Caudillo. Los Estatutos del nuevo partido, establecidos meses
después, fijaban como cometido básico del mismo ayudar en la configuración del nuevo
Estado, definido como Movimiento Nacional. Se creó una organización sindical de tipo
vertical y corporativo, al estilo italiano; un sindicato estudiantil único, el SEU; el
Servicio Social de la Mujer,… Desde entonces se fue consolidando el modelo político
y administrativo que caracterizaría al régimen franquista posterior a la guerra.

A lo largo de 1938 el proceso de institucionalización fue completándose. En enero se


promulgó la Ley de Administración Central del Estado, que concentraba todas las
jefaturas en la persona de Franco y que le concedía pleno poder legislativo, ejecutivo y
judicial. Los ministros quedaban obligados a jurar fidelidad al Caudillo. A finales de
mes se formó el primer Gobierno de Franco, formado por militares y civiles cuyo
único rasgo común era la fidelidad personal a la figura del Caudillo. Las primeras leyes
se orientaron a asentar con firmeza el ideario totalitario: ley de prensa, muy restrictiva;
Fuero del Trabajo, que eliminaba toda organización ajena al Movimiento y que
regulaba las relaciones desde la tutela del Estado; Magistraturas de Trabajo, para
arbitrar en los conflictos laborales; nuevos planes de estudios; organización del Auxilio
Social, para servicios sociales.

La Iglesia, que desde el principio de la guerra había dado su apoyo moral a los
sublevados, recibió su recompensa mediante la derogación de toda la legislación
republicana que había perjudicado a sus intereses. El nuevo régimen se revistió de
signos católicos y se declaró confesional, entregando a la Iglesia plena potestad para
regular la educación y marcar de una impronta religiosa todas las manifestaciones
públicas de carácter civil o militar. Se estableció un sueldo estatal para los sacerdotes, se
derogó la Ley de Congregaciones de la República, se permitió el restablecimiento de la
Compañía de Jesús, se eliminaron el matrimonio civil y el divorcio, y la Iglesia quedó
exenta de impuestos.

El conjunto del nuevo Estado totalitario se culminó con el restablecimiento legal de


la pena de muerte y la Ley de Responsabilidades Políticas de febrero de 1939, que
declaraba “rebeldes” a todos cuantos se hubieran opuesto al Movimiento. La ley
ordenaba la formación de Tribunales integrados por militares, falangistas y juristas, que
serían los encargados, en los años siguientes, de la durísima represión de la posguerra.

1.6- Las fases de la guerra


A lo largo del conflicto podemos diferenciar varias etapas:

A. Guerra de columnas (VII-XI/1936): una vez fracasado el alzamiento y puesto de


manifiesto que la guerra es inevitable, el objetivo de los generales rebeldes es la rápida
captura de Madrid, cuya caída se cree que puede dar un golpe psicológico definitivo
para acabar con la resistencia del gobierno republicano. Para ello las tropas carlistas del

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general Mola debían avanzar desde el norte y las africanas del general Franco desde el
sur, convergiendo ambas sobre la capital.

Tras triunfar el golpe en Navarra, Mola envía rápidamente sus tropas hacia el Sur.
Sin embargo, el rápido avance fue frenado por las milicias republicanas en las sierras de
Somosierra, Guadarrama y Navacerrada, estancándose el frente en las cimas de las
sierras. Los milicianos conseguían también recuperar Guadalajara y Alcalá de Henares.
En Andalucía, Queipo de Llano se adueñaba de las regiones próximas a Sevilla,
consiguiendo enlazar con Córdoba y Granada y abrir una cuña en la Andalucía
republicana. En Aragón, las columnas anarquistas consiguen recuperar terreno, pero no
logran reconquistar ninguna de las tres capitales aragonesas. Todos estos frentes
permanecerían más o menos estables durante toda la guerra.

Por su parte, Franco se vio incapacitado en principio para pasar sus tropas a través
del Estrecho puesto que el alzamiento había fracasado en la Marina, que en su mayoría
permaneció leal a la República y bloqueaba el Estrecho. Sin embargo, el envío por parte
de italianos y alemanes de aviones de transporte y la incapacidad republicana permitió
el primer puente aéreo de la Historia desde el norte de África hasta Sevilla y Jerez. El
desembarco de las tropas africanas permitió la liberación de toda Andalucía occidental,
avanzándose hacia Castilla la Vieja por Extremadura para unir las dos zonas rebeldes.
Por su parte, las milicias republicanas organizaron una expedición con el fin de
recuperar Mallorca, pero la operación fue un fracaso por la tenaz resistencia de los
sublevados.

Durante los meses de septiembre y octubre los avances de las tropas nacionalistas
son constantes. En el Norte, Mola consigue ocupar Irún y cerrar la frontera con Francia,
y poco después rinde San Sebastián. Las fuerzas republicanas consiguieron detener el
avance en el río Deva, estabilizando el frente. En el Sur, Yagüe consigue entrar en
Talavera y Maqueda, con lo que el camino hacia Madrid quedaba despejado. Sin
embargo, la caída inminente de Madrid sufre un retraso cuando, estando las columnas
rebeldes cerca de la capital, Franco decide desviar parte de sus tropas para liberar a los
militares rebeldes cercados en el Alcázar de Toledo (IX/1936), objetivo insignificante
pero de gran carga propagandística que confirió a Franco un enorme prestigio
internacional. En octubre caería Illescas, iniciándose las operaciones de acercamiento a
la capital desde el Sur y el Oeste.

B. Batalla de Madrid (XI/1936-III/1937): el rápido avance de las tropas africanas


desde el Sur y el oeste hacía presagiar la inminente caída de Madrid con suma facilidad,
por lo que el Gobierno decidió marchar hacia Valencia para seguir desde allí con la
resistencia, dejando en la capital a una Junta de Defensa presidida por el general
Miaja para su defensa. Este retraso en la marcha hacia la capital permitió al general
Miaja recomponer y reforzar las defensas de la ciudad, aunando a toda la población
civil, ejército, milicias (creación de las primeras Brigadas Mixtas) y fuerzas de orden
público con el único objetivo de frenar por fin a las tropas africanas, que desde el inicio
de la guerra no habían conocido la derrota. El 2 de noviembre las tropas franquistas
avanzaron hasta Móstoles y Pinto, y dos días después dominaban las poblaciones al sur
de Madrid (Getafe, Leganés y Alcorcón). En la noche del día 7, el hallazgo fortuito en
un tanque enemigo de los planes nacionales para el asalto de la capital permitió a los
republicanos desplegar las tropas en las zonas previstas para el asalto. Debido a ello, y
a pesar de la concentración de medios militares rebeldes, las columnas del general

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Varela, lanzándose al asalto frontal por la zona oeste de Madrid (Ciudad Universitaria,
Casa de Campo, Puente de los Franceses,…), fueron detenidas una y otra vez por las
milicias populares ayudadas, más moral que efectivamente, por las recién organizadas
Brigadas Internacionales. El célebre lema “No Pasarán”, tomado por la dirigente
comunista La Pasionaria de la Gran Guerra, se convirtió en grito de guerra que
enardeció a las tropas republicanas frente a los repetidos intentos rebeldes por tomar la
ciudad. El día 16 los asaltantes consiguieron atravesar el Manzanares a la altura de la
Ciudad Universitaria, aunque no pudieron ampliar la cuña por la feroz resistencia
republicana en el Puente de los Franceses. La Ciudad Universitaria fue arrasada, pero
los republicanos consiguieron defender el frente.

Ante los continuos fracasos, y visto el número de bajas, Franco decide detener el
ataque frontal sobre Madrid y cambiar de estrategia, intentando rodear la ciudad por el
noroeste. Se inicia así la batalla de la carretera de La Coruña, que resultó un nuevo
fracaso pues las tropas rebeldes fueron incapaces de abrir brecha en esa dirección.
Franco no ceja en su empeño y decide esta vez atacar por el sureste de la capital para
intentar cortar las comunicaciones de Madrid con Valencia, por donde llegaban todas
las provisiones. Así, en febrero de 1937 se inicia la cruenta batalla del Jarama, donde
cayeron más de 40.000 soldados de ambos bandos sin obtener ninguno sus objetivos
planeados. Un nuevo intento de cercar la capital se inicia en marzo de 1937 cuando las
tropas del CTV italiano, que habían tomado fácilmente Málaga a principios de febrero,
intentaron atacar Madrid por el noreste, avanzando hacia Guadalajara. La aplicación
de la táctica de la “Guerra Célere” (uso combinado de tanques e infantería) permitió en
un principio a los italianos romper las débiles defensas republicanas en la zona, pero el
empeoramiento de las condiciones climatológicas atascó a los blindados italianos en el
barro, lo que unido a la descoordinación del mando italiano con el mando nacional (que
debería haber puesto en marcha una ofensiva de distracción por el norte de Madrid),
permitió un vigoroso contraataque de las milicias y de las Brigadas Internacionales que
terminó por aplastar a las bisoñas tropas italianas. Para la República el éxito tuvo un
gran efecto propagandístico (demostró al mundo entero la participación de tropas
extranjeras del lado de los rebeldes, caso negado hasta entonces) y moral, mientras que
para Mussolini fue un completo desastre que provocó que en adelante el CTV actuara
bajo las órdenes directas de Franco. Tras estos intentos por ocupar Madrid, el frente se
estabiliza.

C. El Frente Norte y las ofensivas republicanas (III-X/1937): ante la imposibilidad


de ocupar Madrid, Franco se olvida de la capital y marcha hacia la cornisa cantábrica,
donde se encontraba el potencial minero e industrial republicano. Aquí el esfuerzo
principal fue llevado por las tropas del general Mola, quien decidió, para romper la
fuerte resistencia que esperaba encontrar en el norte, centrada en el llamado “Cinturón
de Hierro” (línea defensiva alrededor de Bilbao formada por trincheras y búnkeres de
hormigón), utilizar masivamente a la aviación y a la artillería para “ablandar” a los
defensores antes de enviar a sus tropas al asalto. Fue en el norte donde la Legión
Cóndor alemana quiso poner en práctica las técnicas de bombardeo de terror sobre la
población civil que luego se ejecutarían en la II Guerra Mundial. El bombardeo de
Guernica y Durango en abril, ciudades sin importancia militar, fueron el resultado de
ello. Tras el terror, la campaña del Norte fue bastante rápida, sobre todo porque las
tropas del PNV (los “gudaris”), sin apoyo de otras regiones en manos republicanas, no
presentaron demasiada resistencia a las tropas de Mola (muerto en accidente de aviación
el 3 de junio). Bilbao se rindió sin ofrecer resistencia (19/VI/1937) para evitar la

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destrucción de la ciudad y de sus industrias. Pocos días después Franco derogaba el
Estatuto vasco y los conciertos económicos. Los restos del ejército vasco se retiraron
hacia Santander, pero tras el Pacto de Santoña (VIII/1937), los batallones vascos se
rindieron por separado a las tropas italianas que avanzaban hacia Santander, dejando
solos a cántabros y asturianos. El día 26 cayó definitivamente Santander.

Para aliviar la presión sobre el Norte, el gobierno republicano intentó realizar una
serie de contraataques en otros frentes que desviaran la atención de Franco. El primer
ataque se centró en Segovia-La Granja en junio, pero el principal esfuerzo se realizó en
julio en la zona oeste de Madrid, donde se quería intentar romper el cerco de la capital y
aliviar la presión sobre el Norte. Las tropas republicanas consiguieron sorprender a su
enemigo en Brunete, aunque el éxito inicial no fue bien explotado una vez más por la
inoperancia de los oficiales del ejército republicano. La respuesta de Franco fue
contundente, consiguiendo recuperar gran parte de los territorios perdidos para dejar la
batalla en tablas. Dos días antes de la caída de Santander, los republicanos deciden
atacar de nuevo para distraer recursos nacionales en el Norte. Esta vez el objetivo es el
frente de Aragón, donde se pretende conquistar Zaragoza pasando por la localidad de
Belchite. La destrucción de la localidad no evitó la definitiva caída de Asturias en
octubre, por lo que todo el Norte pasaba a manos de Franco.

Con la caída del Norte, Franco conseguía eliminar un frente de gran extensión y así
poder enviar más tropas hacia otros lugares, a lo que se sumaba el hecho de que las
zonas industriales y mineras de la región pasaban a sus manos. La República se quedaba
sin gran parte de su potencial industrial y bélico. El siguiente objetivo sería atacar hacia
el Mediterráneo para partir a la zona republicana en dos, aislando el corazón de la
resistencia republicana: Cataluña.

D. La marcha hacia el Mediterráneo (XII/1937-VI/1938): los republicanos


sospecharon que tras la caída del Norte, Franco volvería a intentar tomar Madrid para
acabar con la guerra. Para evitar la ofensiva y recuperar la iniciativa militar, el gobierno
republicano ordenó al general Rojo, jefe del Estado Mayor, organizar un ataque con el
nuevo Ejército de Maniobra para conquistar Teruel. A finales de año los republicanos,
con unas condiciones climatológicas durísimas, inician el ataque sobre la ciudad, que
tras un fuerte asedio se rinde a principios de 1938 (fue la primera capital de provincia
recuperada por los republicanos). El ataque republicano retrasó el previsto asalto
rebelde sobre Madrid pues Franco, siguiendo su política de prestigio, decidió recuperar
todo el territorio perdido e inició una batalla de desgaste que le proporcionó buenos
frutos, pues un mes después la ciudad era reconquista y el ejército republicano puesto en
fuga.

Tras la derrota en Teruel, el ejército republicano inició una retirada desordenada que
permitió a los rebeldes avanzar sin apenas oposición en dirección al Mediterráneo, de tal
forma que el 15 de abril las tropas de Camilo Alonso Vega ocuparon la localidad
castellonense de Vinaroz, partiéndo el territorio republicano en dos. El siguiente
objetivo era avanzar sobre Valencia, pero esta vez las tropas republicanas se
defendieron con bravura en la línea defensiva XYZ. La República necesitaba distraer a
las tropas rebeldes de su ataque sobre Valencia, y además tenía que demostrar a la
opinión internacional que aún seguía en condiciones de combatir y que la guerra no
estaba aún perdida, que había que ganar tiempo en un momento en que en Europa

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parecía que iba a estallar un nuevo conflicto que favorecería a los intereses
republicanos. El último esfuerzo se haría en el Ebro.

E. Batalla del Ebro (verano 1938): el objetivo táctico era cruzar el Ebro cerca de su
desembocadura para envolver por la retaguardia a los ejércitos rebeldes que
amenazaban Valencia y Cataluña, teniendo como objetivo último volver a comunicar
Cataluña con el sur. La ofensiva, iniciada en la noche del 24 de julio, cogió por sorpresa
a los rebeldes, que tuvieron que ceder mucho territorio en el sector de Gandesa. Sin
embargo, de nuevo las tropas republicanas se vieron incapaces de explotar
suficientemente su éxito inicia,l y tras una semana de avances los contraataques
rebeldes consiguieron detener la ofensiva. Franco volvió a su táctica preferida, la guerra
de desgaste. Con un amplio uso de la artillería y la aviación, durante cuatro meses los
republicanos estuvieron aguantando el empuje rebelde hasta que no pudieron más, y en
noviembre se vieron obligados a volver a pasar el Ebro. El Ejército Popular había
echado el resto en el Ebro. Las puertas de Cataluña quedaban abiertas a las tropas de
Franco.

F. Ofensiva de Cataluña y final de la guerra (1939): roto el frente en el Ebro, el 23 de


diciembre las tropas nacionalistas desencadenan su última ofensiva en Cataluña. El 26
de enero cae Barcelona y poco después toda Cataluña, pasando el gobierno a Francia a
mediados de febrero con cerca de 500.000 refugiados. Durante varias semanas más, el
Gobierno de Negrín continuó sosteniendo su tesis de resistencia a ultranza, con la
esperanza última de que estallara la guerra en Europa y cambiara la situación española.
Pero las disensiones internas dentro del bando republicano darían el golpe definitivo a la
política de resistencia de Negrín. El coronel Casado, jefe del Ejército del Centro, no
aguantaba el creciente poder de los comunistas en el Gobierno y consideraba suicida la
política de resistencia de Negrín. Tras intentar establecer contactos con Franco para
firmar una paz honrosa, el día 5 de marzo Casado y Besteiro dieron un golpe de Estado
en Madrid. Se produjeron luchas en la capital entre comunistas y socialistas-anarquistas.
Besteiro formó un Consejo Nacional, mietras que Casado seguía intentando a la
desesperada negociar con el gobierno de Burgos. A finales de marzo se rendía la capital.
Tras la caída de Madrid aún quedaban en manos republicanas una gran parte de
territorio en el centro y este peninsular, pero las ganas de resistir ya eran nulas. Tras la
caída de Valencia y Alicante la guerra había terminado realmente. El 1/IV/1939 se
consumó la victoria de los sublevados cuando el Cuartel General del Generalísimo en
Burgos emitió el último parte de guerra.

Cientos de miles de españoles marcharon al exilio. La mayoría de los dirigentes


republicanos (Companys, Besteiro, Largo Caballero,...) murieron fusilados o en campos
de concentración nazis. Los que se quedaron fueron juzgados por la Ley de
Responsabilidades Políticas y pasaron a la cárcel. A los millares de muertos y
mutilados, viudas y huérfanos, hay que sumar que el país quedó destrozado
económicamente.

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