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APRECIACIONES SOBRE EL ARBITRAJE JURÍDICO EN VENEZUELA

Álvaro Silva Calderón

ÍNDICE

Pág.

1. Discusión sobre el Arbitraje 2


2. Cautela frente al Arbitraje 3
3. Corriente Laudatoria 4
4. La Conflictualidad Social 4
5. Base Constitucional de nuestro Sistema de Justicia 5
6. Razones a favor del Arbitraje 7
7. El Arbitraje Internacional 10
8. Tercera Especie de Arbitraje 12
9. Conclusiones 15
10. Fuentes Legales Consultadas 17
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1. Discusión sobre el Arbitraje

En el país existe discusión sobre la figura jurídica del arbitraje, en especial del arbitraje
internacional privado y entre este los referentes a inversiones o a materias donde esté
envuelto el interés público. Diversas demandas judiciales de nulidad e interpretación
de leyes relacionadas con el arbitraje han sido interpuestas y con frecuencia se dictan
conferencias o se realizan seminarios en los cuales se abordan dudas relacionadas con
el tema o se adoptan posiciones tendentes a crear opinión o doctrina al respecto.

Con el objeto de buscar claridad sobre este asunto, de mucha importancia jurídica,
económica y política para el país, se hace necesario analizar el concepto y caracteres
genéricos del arbitraje como figura jurídica y los de sus posibles especies, ya que no es
poco frecuente que en la práctica por razones económicas o por intereses de otra
naturaleza, se deformen las figuras jurídicas y que sin embargo se continúe hablando de
ellas como si se tratara de las verdaderas, lo que produce conclusiones erradas y efectos
dañosos de diversa naturaleza.

Un caso palmario de esto lo hemos tenido en el país con los llamados Contratos de
Servicio en materia petrolera, originariamente tomados del Contrato de Prestación de
Servicios del Código Civil (Libro Tercero, Titulo IX), al cual se le añadieron especiales
precisiones mediante el Art. 3º de la Ley de Hidrocarburos de 1943 (Reforma de
1967), pero que se fueron deformando mediante negociaciones que los fueron
empujando hacia la figura concesionaria, que en materia petrolera había sido
políticamente proscrita y que después lo fue también legalmente. No obstante, se
continuaba hablando de los contratos de servicio como si hubieran conservado su
verdadera naturaleza conceptual, lo cual produjo cuestionamientos, demandas y efectos
adversos al país, que ha obligado a un laborioso esfuerzo de corrección.
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2. CAUTELA FRENTE AL ARBITRAJE

Algo parecido pudiera estar sucediendo con el arbitraje, ante el cual el país ha tenido
una tradición de cautela en su uso procesal privado interno y una prevención grande en
cuanto a su aplicación internacional.

Así hasta nuestro anterior Código de Procedimiento Civil (CPC, 1916), no se le daba
carácter obligatorio al “pacto compromisorio”, es decir al pacto realizado para someter a
arbitraje un conflicto por venir. De manera que si el conflicto aparecía y una de las
partes se negaba a ratificar el pacto ante el Tribunal, no podía ser obligada a someterse
al arbitraje y la cláusula quedaba sin efecto.

Una corriente favorable al arbitraje produjo la modificación establecida ahora en el


Código de Procedimiento Civil (1986), que da carácter obligatorio a la “cláusula
compromisoria”, para introducir la cual la exposición de motivos de la reforma invocó
la ancestral regla “pacta sunt servanda”, que obliga secamente a cumplir lo pactado,
pero con olvido de la también ancestral regla “rebus sic stantibus”, que da a las partes
la oportunidad de analizar las condiciones cambiantes durante el transcurso del tiempo,
para decidir, llegado el caso, sobre la conveniencia de someter un conflicto al arbitraje o
a los jueces naturales, lo que tal vez estuvo en la mente del legislador anterior.

Esa cautela, como se ve, se mantuvo durante largo tiempo frente a la cláusula
compromisoria de orden nacional y en cuanto al arbitraje internacional para resolver
asuntos públicos, más que cautela, hay en el país una sensación de temor, dadas las
duras experiencias históricas sufridas por la Nación, de tal manera que resulta negado
políticamente que a alguien se le ocurra actualmente sugerir, por ejemplo, el
sometimiento a arbitraje de uno de nuestros conflictos fronterizos.
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3. CORRIENTE LAUDATORIA

Una corriente laudatoria del arbitraje lo pone como el remedio para la desconfianza ante
los tribunales naturales, como una solución mejor que las negociaciones directas entre
partes para resolver los conflictos y como un incentivo casi indispensable para las
inversiones.

Se han dictado leyes nacionales que amplían la aplicación interna del arbitraje privado y
han proliferado tratados internacionales que lo han llevado mas allá de un modo de
resolver los litigios entre Estados o entre entes públicos y lo han puesto al servicio de
intereses comerciales, no solo entre particulares, sino de estos frente al Estado o sus
entes, muy especialmente en el llamado arbitraje de inversiones, objeto también de leyes
internas que en cierto modo asumen, impropiamente, funciones típicas de los tratados
internacionales.

Esta mezcla de propósitos, figuras e intereses es lo que debe ser clarificado, a fin de
asumir una racional posición jurídica ante el uso del arbitraje nacional e internacional.

4. LA CONFLICTUALIDAD SOCIAL

Como es de común conocimiento, dentro de los grupos sociales es inevitable el


aparecimiento de conflictos de diversa naturaleza: económicos, familiares étnicos,
sociales, políticos, etc. y que es esta la razón fundamental para el aparecimiento del
derecho.

La ley se propone establecer normas para reglar y coordinar la pluralidad de intereses


individuales entre si y de estos con los interese colectivos.
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Como el aforismo de que “el derecho propio llega hasta el límite del ajeno”, no
funciona espontánea ni automáticamente, la ley debe establecer coercitivamente los
límites entre la heterogeneidad de derechos existentes en la sociedad. Pero la ley no
puede ni prever, ni evitar, ni solucionar, todos los conflictos sociales, ni acudiendo al
auxiliar administrativo de la reglamentación que puede solo aproximarse un poco mas a
la especificidad de los conflictos, pero que tampoco puede llegar a todos los intersticios
sociales donde se producen.

La ley, en procura de los anteriores propósitos, acude a la contratación a la cual dota con
su fuerza entre las partes, pero limitando a la voluntad de estas al ámbito de aquellas
cuestiones que no afecten el orden público, el cual deja reservado a la colectividad en su
conjunto, representada por el Estado, en preservación de valores indispensables para la
existencia ordenada del grupo social.

Pero ni siquiera con la contratación se puede evitar el aparecimiento de los conflictos,


para cuya solución individualizada se hace necesario un mecanismo social, ya que
proscrita la fuerza particular para la solución de los mismos (nadie puede hacerse
justicia por su propia mano), solo la sociedad en conjunto puede hacerlo, mediante la
administración de la justicia.

5. BASE CONSTITUCIONAL DE NUESTRO SISTEMA DE JUSTICIA

La Constitución de la República Bolivariana de Venezuela (CRBV) nacional establece


las bases de nuestro sistema de administración de justicia al señalar en su artículo 253
que:

“La potestad de administrar justicia emana de los ciudadanos


y ciudadanas y se imparte en nombre de la República y por
autoridad de la ley.
Corresponde a los órganos del Poder Judicial conocer de las
causas y asuntos de su competencia mediante los
procedimientos que determinen las leyes y ejecutar o hacer
ejecutar sus sentencias.
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El sistema de justicia esta constituido por el Tribunal


Supremo de Justicia, los demás Tribunales que determine la
ley, el Ministerio Público, la Defensoría Pública, los órganos
de investigación penal, los o las auxiliares o funcionarios o
funcionarias de justicia, el sistema penitenciario, los medios
alternativos de justicia, los ciudadanos y ciudadanas que
participan en la administración de justicia conforma a la ley y
los abogados autorizados o abogadas autorizadas para el
ejercicio”.

Además, los artículos 257 y 258 de la misma Carta Fundamental establecen,


respectivamente, que: “El proceso constituye un instrumento fundamental para la
administración de la justicia…” y que “La ley promoverá el arbitraje, la
conciliación, la mediación y cualesquiera otros medios alternativos para la solución
de los conflictos”.

A su vez la legislación ordinaria regula el arbitraje nacional en el Código de


Procedimiento Civil, donde se lo trata como un procedimiento especial (Libro Cuarto,
Parte Primera, Título I) y en la Ley de Arbitraje Comercial, aplicable en esta materia.

Es dentro del marco de nuestro sistema interno de administración de justicia donde la


Constitución menciona la promoción del arbitraje y es en función de este sistema
como deben ser apreciadas las bondades y limitaciones del arbitraje a la hora de
promoverlo y regularlo legalmente como un medio alternativo de justicia, para que
esté en armonía con los lineamientos constitucionales y doctrinales respectivos.

El arbitraje, como un medio alternativo de administrar justicia, forma parte del sistema
judicial trazado por el constituyente y queda por tanto sujeto a los principios allí
señalados. El primero de ellos es el que señala que la “facultad de administrar
justicia emana de los ciudadanos y ciudadanas” y de esa fuente tienen que derivar los
árbitros su potestad de decidir y no de ninguna otra de carácter económico, técnico,
científico, por importante que sea y debe por tanto la investidura de los árbitros
sujetarse a las formalidades señaladas por la ley. No puede perfeccionarse por el mero
acuerdo de las partes, ni convalidarse por la sola decisión de cámaras de comercio,
asociaciones profesionales o privadas relacionadas con el arbitraje. La aceptación de los
árbitros y la Constitución del tribunal arbitral debe hacerse ante el Tribunal natural
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competente (608 CPC) y una vez aceptado el cargo, el árbitro que se separe de él sin
causa legítima incurrirá en el delito de denegación de justicia (615 CPC).

Debe el procedimiento arbitral sujetarse también a la regla suprema del debido proceso
(257 CRBV) y por tanto ni aún en el caso de árbitros arbitradores pueden estos
abandonar o relajar la totalidad de las normas jurídicas, sustantivas y procesales, y una
vinculación indispensable con estas debe mantenerse para que las decisiones arbitrales
no lleguen a ser objeto del capricho o de la arbitrariedad, incompatibles con la equidad y
la justicia.

El arbitraje es una pieza del sistema judicial, tal como lo establece la Constitución, la
cual no acoge el arbitraje como un mecanismo autónomo o paralelo con propósito de
eludir, sustituir o evadir la jurisdicción pública so pretexto de ineficiencia, venalidad,
imparcialidad o cualquier otro vicio endilgado a los Tribunales naturales, ni para
sustraer del conocimiento público el control de determinadas materias por supuesta
necesidad del manejo confidencial de las mismas.

6. RAZONES A FAVOR DEL ARBITRAJE

El arbitraje es un medio procesal, un procedimiento especial, que permite a quienes


tengan un litigio actual o potencial, acordarse para que sea resuelto por sentenciadores
distintos de los jueces naturales.

Ese procedimiento deriva su validez del mandato legal que lo crea y queda sujeto al
cumplimiento de la organización en él establecida.

Es un procedimiento que para que se active necesita del consentimiento de las partes,
pero este consentimiento tiene condicionamientos y limitaciones que no pueden ser
eludidos.
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Esos condicionamientos comienzan con la misma manifestación de la voluntad, la cual,


además de la capacidad para ser emitida y de los vicios que pueden afectarla,
establecidos en la legislación civil ordinaria, debe cumplir con los otros requisitos que
al respecto establezcan leyes, tales como las que deban ser cumplidas en los casos de
entes públicos o de personas disminuidas en su capacidad en razón de edad o por otros
motivos.

La manifestación de voluntad debe ser hecha formalmente, mediante escrito,


generalmente en forma auténtica, ante el Juez natural que este conociendo del conflicto
o ante funcionario que pueda dar certeza de esa manifestación, si se refiere a conflictos
potenciales.

Se descarta por tanto la forma oral de manifestación de la voluntad para activar el


arbitraje, porque tal manifestación debe estar dotada de certeza, para la cual la oralidad
no suele ser eficiente.

Esa manifestación debe ser expresa, clara y precisa, porque tratándose de que las partes
han de abandonar, aunque sea parcial y temporalmente, la jurisdicción de sus jueces
naturales, no puede haber dudas ni ambigüedades al respecto, por lo que ese
consentimiento no puede ser tácito, ni presunto, ni deducido.

Además de las formalidades para la manifestación de la voluntad, la ley impone a ésta


límites para su actuación en razón de las materias que pueden ser objeto de arbitraje. Se
excluyen del arbitraje las materias referentes al estado de las personas, al divorcio, la
separación de cónyuges, las que no pueden ser objeto de transacción y en general las de
interés público.

La transacción se encuentra reglada como un contrato en la legislación sustantiva, la


cual exige para su validez libre disponibilidad de los bienes por las partes involucradas
y no se admite sobre cuestiones que afecten el interés público. La ley procesal acepta la
transacción como un medio para poner fin a los litigios, a cuyo efecto y para que
produzca cosa juzgada debe ser manifestada ante el Juez con competencia para conocer
del asunto que se transige.
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El arbitraje es pues un medio procesal para la composición de conflictos, creado y


regulado por la ley, la cual exige para su activación la limpia y precisa voluntad de las
partes y condiciona su emisión y limita sus efectos.

Así que no pueden los particulares en el arbitraje actuar libremente, con omisión de
formalidades, ni en cualquier materia ni con prescindencia de las autoridades judiciales,
a cuyo control quedan sujetos y de quienes dependen para la ejecución de los laudos.

El arbitraje esta sujeto a la ley y a la acción de los jueces naturales, quienes en ocasiones
actúan como jueces de alzada y en otras para dirimir incidencias que puedan surgir en el
procedimiento arbitral y éste no releva la acción de los jueces naturales sino
parcialmente, ya que mediante el arbitraje solo se decide la declaración del derecho,
bien actuando los árbitros conforme a las estrictas reglas jurídicas o como arbitradores
según su leal saber y entender.

Los árbitros no tienen plena jurisdicción, ya que carecen de competencia para la


ejecución de sus laudos, atribución esta que es propia e indelegable de los jueces
naturales. Por esa misma razón debe ser negada a los árbitros la potestad de dictar y
ejecutar medidas cautelares que tengan como propósito el desasimiento de bienes o
derechos para asegurar las resultas de los pleitos. Las medidas cautelares que pueden
dictar los árbitros deben circunscribirse al aseguramiento de elementos probatorios
necesarios para su labor cognoscitiva y establecimiento de los derechos pretendidos.

Para que el laudo de los árbitros tenga la fuerza de la cosa juzgada debe ser consignado
ante el juez donde los árbitros fueron designados, quien lo publicará y es competente
para conocer de las acciones de nulidad sobre el mismo.

Con los límites y condicionamientos indicados, el arbitramento es bienvenido como un


medio alternativo de solución de conflictos, lo mismo que lo son el convenimiento, el
desistimiento y la transacción.

Mediante el arbitraje puede el sistema de justicia natural obtener alivio de la carga


cognoscitiva y las partes abreviar largos o estrictos procedimientos, reducir costos y
escoger jueces especializados en las materias objeto del litigio, los cuales, en ocasiones,
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pueden decidir de buena fe y equitativamente con mayor facilidad que los jueces
naturales

Nuestra Constitución ordena promover el arbitraje dentro del sistema de justicia


nacional, no fuera de él, no para el ámbito internacional que se rige por razones y
propósitos distintos de los de la administración de justicia nacional y tiene una
regulación constitucional separada.

7. EL ARBITRAJE INTERNACIONAL

El arbitraje cabe dentro de los medios pacíficos de solución de conflictos


internacionales previstos en nuestra Constitución, pero en este campo su naturaleza, su
organización y la administración de su oportunidad y conveniencia, difieren del arbitraje
de orden nacional.

El arbitraje internacional propio se admite para solucionar conflictos entre Estados o


entre personas de derecho internacional, los cuales por razones de soberanía o de
inmunidad no pueden ser atraídos y sometidos forzosamente a una jurisdicción nacional
y rechazada por la razón la guerra y la violencia como medio eficiente de resolver tales
conflictos, se propugna los medios pacíficos, entre los cuales se encuentran las
negociaciones diplomáticas directas, la mediación, la conciliación, los buenos oficios y
el arbitraje.

El arbitraje internacional propio, es decir, aquel que se aplica para resolver conflictos
entre los entes de derecho internacional, es materia típica de los tratados, mediante los
cuales los Estados pueden coordinar sus soberanías.

Nuestra Constitución dice:


Art 152. “Las relaciones internacionales de la República
responden a los fines del Estado en función del ejercicio de la
soberanía y de los intereses del pueblo; ellas se rigen por los
principios de independencia, libre determinación y no
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intervención en sus asuntos internos, solución pacífica de los


conflictos internacionales, cooperación, respeto a los
derechos humanos y solidaridad entre los pueblos en la lucha
por su emancipación y el bienestar de la humanidad……..”

Art. 155: “En los tratados, convenios y acuerdos


internacionales que la República celebre, se insertará una
cláusula por la cual las partes se obliguen a resolver por las
vías pacíficas reconocidas en el derecho internacional o
previamente convenidas por ellas, si tal fuere el caso, las
controversias que pudieran suscitarse entre las mismas con
motivo de su interpretación o ejecución, si no fuere
improcedentes y así lo permite el procedimiento que deba
seguirse para su celebración”.

La disposición Constitucional sobre promoción del arbitraje contenida en el art. 258 se


refiere al arbitraje dentro del sistema de justicia nacional y el arbitraje internacional
debe regirse por las disposiciones de los artículos. 152 y 155.

En el orden interno el arbitraje se tiene como una forma alternativa de resolver


conflictos de naturaleza privada y tiene un carácter coadyuvante, estrechamente
relacionado y subordinado al sistema judicial nacional de justicia, donde se le admiten
las ventajas ya señaladas.

El arbitraje internacional es una alternativa ante la fuerza o la guerra, tiene que ver con
la soberanía de los Estados, se regula por tratados o acuerdos conforme al derecho
internacional y goza de mayor autonomía que el arbitraje nacional.

El arbitraje interno al cual se refiere el Art. 258 de la Constitución, aparece regulado en


nuestro Código de Procedimiento Civil y en la Ley sobre Arbitraje Comercial, con sus
características de subsidiaridad y de subordinación al sistema procesal general, que
hemos mencionado. Tal vez en el futuro, como se viene sugiriendo, haya una sola
normativa común para los asuntos civiles y mercantiles y consecuentemente para la
figura del arbitraje.

El arbitraje internacional por su lado es objeto de los tratados, bilaterales o


plurilaterales, los cuales deben guiarse por los principios constitucionales de
reciprocidad, igualdad soberana, solución pacífica de los conflictos, cooperación,
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respeto a los derechos humanos. Entre estos últimos el debido proceso (49 CRBV)
tiene relevante importancia en el ámbito del derecho adjetivo dentro del cual debe
desempeñarse el arbitraje.

Esencialmente difieren el arbitraje nacional y el internacional en cuanto a las personas


que pueden participar en ellos y en cuanto a las materias que pueden ser su objeto. En el
arbitraje nacional personas y materias de derecho privado. En el arbitraje internacional
personas públicas y materias típicamente de interés público.

8. TERCERA ESPECIE DE ARBITRAJE

Una tercera categoría o figura para resolver controversias es el Arbitraje Internacional


sobre intereses privados, en especial el llamado Arbitraje de Inversiones.

Al respecto es bueno recordar que nuestra Constitución, como muchas otras


constituciones del mundo, garantiza la igualdad de derechos económicos entre
venezolanos y extranjeros.

El Art. 301(CRBV) dice: “El Estado se reserva el uso de la política comercial para
defender las actividades económicas de las empresas nacionales, públicas y privadas.
No se podrá otorgar a personas, empresas u organismos extranjeros regímenes más
beneficiosos que los establecidos para los nacionales. La inversión extranjera está sujeta
a las mismas condiciones que la inversión nacional”.

El arbitraje internacional de inversiones ha venido creando problemas importantes y es


objeto de cuestionamientos.

Los grandes capitales de inversiones, nacionales o transnacionales, son asunto de interés


y preocupación de los países o regiones donde acuden o actúan tales capitales, porque
fundamentalmente lo hacen en búsqueda de lucro, tomando poco o nada en
consideración otros intereses de los países o regiones. Por ello migran con facilidad tras
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el señuelo de la ganancia (capitales golondrina), sin que les importe el desempleo, el


equilibrio comercial o el desarrollo sostenible de las zonas que abandonan.

Por otra parte, dada la potencia de los capitales y la debilidad de muchos de los países
donde acuden, los primeros imponen a los segundos condiciones desiguales o
desventajosas. La regla de cláusulas a favor de los gobiernos en los contratos
administrativos, en la práctica se invierte a favor de los capitales foráneos. Pero estos no
se conforman con esa ventaja, sino que solicitan garantías que los protejan contra los
riesgos, incluso los normales de todo negocio, como los de no tener ganancias o de
perder. Piden convenios de estabilidad fiscal, de libre convertibilidad de la moneda, de
indemnizaciones que no solo restituyan el valor de sus inversiones netas o reales, sino
que cubra las ganancias esperadas o el lucro cesante, limitando por esta vía las
facultades soberanas de los estados de nacionalizar o expropiar o de alguna otra forma
restituir, cuando se haya desequilibrado, la ecuación económica de negociaciones o de
poner estas al servicio social. Y como coronación de todo ello aspiran un tratamiento de
personas de derecho internacional, que las haga inmunes ante las jurisdicciones
nacionales y que les de la unilateral ventaja de acudir a tribunales arbitrales externos, al
margen del control jurisdiccional de los estados, con aplicación de normas jurídicas
sustantivas y adjetivas ajenos al derecho de estos últimos.

Los intentos de organizaciones gubernamentales internacionales de buscar algún control


sobre las empresas transnacionales, se ha visto disminuido por la tendencia
globalizadora de los últimos tiempos, tal vez apoyada más en lo comunicacional que en
lo económico, social o político.

Este cuadro subyace en la discusión sobre la conveniencia o no del arbitraje


internacional de inversiones. Sus defensores lo ven como un medio eficiente de atraer
inversiones extranjeras, las cuales tienen a priori como convenientes. Quienes lo
cuestionan, lo ven como una forma de eludir la jurisdicción y la soberanía nacional y
como una manera de introducir desigualdades contrarias a un sistema jurídico y
económico justo.
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El arbitraje internacional de inversiones, tal como se viene practicando, no parece


encontrar soporte en nuestro sistema constitucional, tal como puede desprenderse de la
letra del artículo 301 citado.
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9. CONCLUSIONES

Nos encontramos frente a tres normas que deben ser interpretadas armónicamente, en
búsqueda de la correcta posición constitucional frente a la figura jurídica del arbitraje:

Una, la establecida en el Art. 258, comprendido en el capítulo referente al Poder


Judicial y al Sistema de Justicia Nacional, que ordena promover el arbitraje junto con
otros medios alternativos para la solución de conflictos,. Es este el ámbito deslindado
por el artículo para la promoción del arbitraje, lo cual debe cumplirse mediante la ley,
como lo hace el Código de Procedimiento Civil y la ley de Arbitraje Comercial,
instrumentos estos que desarrollan el arbitraje como una pieza dentro de nuestro sistema
de administración de justicia, con las limitaciones y subordinaciones que arriba
mencionamos, pero nunca como un medio de relevar o eludir la justicia estatal. Por ello
todo exceso de delegación o dejación en manos privadas de procedimientos o
reglamentaciones referentes al arbitraje pueden ser de dudosa constitucionalidad.

Dos, la contenida en los artículos. 152 y 155 de la Constitución, comprendidos en la


Sección referente a las Relaciones Internacionales, que señalan los principios por los
cuales se rigen esas relaciones y entre ellos acogen el de la solución pacífica de los
conflictos, compromiso que debe estar reglado mediante los tratados, acuerdos o
convenios internacionales que celebre la República. Como entre los medios de solución
pacífica de los conflictos internacionales se encuentra el arbitraje, junto con las
negociaciones diplomáticas, los buenos oficios, la mediación y la conciliación, nuestra
Constitución lo admite para la solución de conflictos con otros Estados, los cuales por
razón de soberanía e inmunidad, no pueden ser sometidos al ámbito jurisdiccional
estatal sin menoscabo de los principios consagrados tanto en los artículos señalados
como en el Preámbulo de la Constitución.

Es este campo natural de los Tratados Internacionales, mediante los cuales los Estados
pueden coordinar sus soberanías, por la que están dotados de alto rango legal y
especiales formalidades de formación y promulgación, que los distinguen de las demás
leyes.
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Tres, la contenida en el artículo. 301 de la Constitución, del Capítulo referente al


Sistema Socio Económico y a la función del Estado en la Economía. Este artículo
establece claramente y sin excepciones, que no se puede otorgar a personas, empresas u
organismos extranjeros regímenes más beneficiosos que los establecidos para los
nacionales y remarca firmemente, de manera que no haya lugar a dudas al respecto, que
la inversión extranjera está sujeta a las mismas condiciones que la inversión nacional.

Sin embargo, criterios y actuaciones distintos permanecen en nuestro sistema legal,


creando problemas de constitucionalidad que deben ser despejados mediante la
armonización del sistema legal con la Carta Fundamental, ya por la vía de una recta
interpretación judicial o por la acción legislativa, ordinaria o constitucional.
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10. FUENTES LEGALES CONSULTADAS:

1. Constitución de la República Bolivariana de Venezuela (G.O. 5.453


Extraordinario de fecha 24 de marzo de 2.000). Del Poder Judicial y del
Sistema de Justicia, Artículos 253, 257 y 258. Del sistema socioeconómico,
artículo 301.

2. Código de Procedimiento Civil (G.O. 3694 Extraordinario de fecha 22 de enero


de 1986): Del Arbitramento, Artículos 608 y siguientes.

3. Decreto 356 con Rango y Fuerza de Ley de Promoción y Protección de


Inversiones ( G.O. 5.390 Extraordinario de fecha 18 de noviembre de 1.999)
Artículo 22.

4. Ley de Arbitraje Comercial, (G.O. 36.430 de fecha 7 de abril de 1.998)

5. Ley de Derecho Internacional Privado. (GO 36.511 de fecha 6 de agosto de


1998) Artículos 1, 5, 8, 47, 57, 62.

6. Tratados Internacionales celebrados por la República.