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DOCUMENTOS

ITALIANOS EN la ARGENTINA
SU APORTE A NUESTRA ARQUITECTURA
por Ramón Gutiérrez y Patricia Méndez

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Aunque inmersa en la colonización hispánica, ya desde el siglo XVII la presencia italiana en la


arquitectura rioplatense se instaló -y prevaleció en el tiempo- bajo dos modalidades: desde las
ideas y teorías a través de textos, tratados de arquitectura, hasta la acción directa de maestros de
obras y arquitectos nacidos y formados en la península itálica.
En cuanto a la circulación de los tratados, no fue casual que se destacara su presencia en las
bibliotecas de los jesuitas, orden de la cual emergerían los arquitectos más destacados de la
región. Sus hermanos coadjutores italianos, franceses, españoles, belgas o alemanes configuraron
desde fines del siglo XVII y la primera mitad del XVIII uno de los conjuntos profesionales más
relevantes que trabajaron en las misiones de indios guaraníes y en importantes centros como
Buenos Aires, Córdoba y Santa Fe. De entre ellos, Prímoli como constructor y Blanqui como
diseñador marcaron la impronta en edificios civiles y religiosos de un lenguaje clasicista que en no
pocas oportunidades derivó en el uso
de modalidades manieristas. El maestro de obras turinés Antonio Masella estuvo vinculado en
Buenos Aires al templo
de Santo Domingo y al proyecto de reconstrucción de la Catedral en 1752.
El genovés Juan Bautista Pardo actuó en la Catedral de Córdoba.

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La impronta del siglo XIX


Con el avance del XIX, la densificación de las áreas centrales de las ciudades planteó
modificaciones en su tejido y, en consecuencia, nacieron nuevas tipologías en las que los
arquitectos y constructores italianos encontraron un abanico de referentes. Las variantes
residenciales construidas fueron por un lado las llamadas "casas chorizo" emergentes de la
fragmentación de la vivienda de patio, divida en su eje por el nuevo loteo, y por otro, de carácter
suburbano, "casas quintas" como las levantadas por los Canale para César Adrogué, el Palacio
Miró en la actual Plaza Lavalle, el Palacio Devoto de Buschiazzo, el Palacio Carú de Virginio
Colombo o el proyectado Palacio Vasena en San Isidro de Mario Palanti. También hubo cambios
en los programas funcionales que se habían vinculado a edificios conventuales y que ahora, con el
proceso de secularización, dieron lugar a nuevas funciones educativas, sanitarias y culturales entre
las que se cuentan las obras para la propia colectividad italiana como los hospitales (Fossati
primero y Buschiazzo después), los clubes y sociedades comunitarias ("Unione y Benevolenza"),
además de panteones, teatros y monumentos como cantera inagotable para las realizaciones de
estos profesionales. Fue también este el tiempo de levantar catedrales en capitales provinciales
como las de Paraná, Santa Fe (inconclusa), La Rioja, o la de la ciudad de Rosario -realizadas por
el genovés Juan Bautista Arnaldi-, la de Santiago del Estero por Nicolás Cánepa, la de Catamarca
por Luis Caravati, la de Corrientes por Nicolás Grosso y la de Salta por Luis Giorgi y Francisco
Righetti.

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Podemos ver, sin embargo, y a diferencia de otras corrientes culturales, que la migración italiana
escasamente acusó una transculturación directa de sus tipologías de arquitectura popular. En
líneas generales, los códigos formales que se vislumbran sobresalen en la producción
arquitectónica de fachadas que hegemonizó la producción popular de la segunda mitad del siglo
XIX y en donde la distancia entre los "cucharas" italianos y los arquitectos de idéntica procedencia
sólo estuvo signada por la escala de sus obras. Diversos testimonios de comienzos del siglo XX
están contestes en señalar la temprana influencia que tuvieron los arquitectos genoveses Nicolás y
José Canale en la formación del gusto italiano en la arquitectura porteña. Entre sus obras, algunas
se permiten transgresiones tipológicas como realizar un templo de planta central (Inmaculada
Concepción en Belgrano, 1865) y el plano del poblado
de Adrogué (1872) con diagonales y edificios públicos sistematizados.

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De gran relevancia fue la formación de discípulos, particularmente la de Juan A. Buschiazzo quien


continuaría con el estudio profesional de aquéllos y sería autor de varias transformaciones urbanas
de la ciudad de Buenos Aires. Pero también, los cronistas han considerado a Pietro Fossati, autor
de la Curia Metropolitana de Buenos Aires
y de varias obras para Urquiza en Entre Ríos (Palacios San José y Santa Cándida entre otros),
como el primer arquitecto italiano de la segunda mitad del siglo mientras que las innovaciones
tipológicas continuaban con Rolando Le Vacher, natural de Parma, quien realizó con Emilio Agrelo
el "Bon Marché" (hoy Galerías Pacífico), mientras Bruno Avenati encaraba el edificio de la
Sociedad Italiana de Tiro y Arnaldi edificaba el Teatro Onrubia (1889) además de múltiples y
variadas obras en el interior del país.
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Una vez constituida la ciudad de Buenos Aires como capital argentina en 1880, fue necesario
encarar el diseño de edificios para alojar las funciones del nuevo régimen federal; para ello el
gobierno contrató en Roma al arquitecto Francisco Tamburini. Comenzó de esta manera las obras
de la nueva Casa de Gobierno, el Teatro Colón,
la Jefatura de Policía, hospitales, edificios de servicios y decenas de obras escolares.
El nuevo estado y la nueva capital requerían la construcción de un imaginario y una conducción
organizada que garantizase la consolidación física de ese modelo definitivamente europeo y
cosmopolita al cual se aspiraba.
En una lectura que permite verificar la dinámica de crecimiento de la ciudad entre 1860 y 1880, es
posible percibir una gran movilidad poblacional y de actividades económicas que generarían un
fuerte impacto en la producción arquitectónica.

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Un grupo importante de la migración italiana y del cantón Ticino de Suiza asumió un papel
protagónico en el sector de la construcción, que se manifestó en la renovación de las técnicas y en
la formulación de un lenguaje consolidado.
La utilización del balde metálico, la sistematización de los materiales y el lenguaje de un clasicismo
-difundido por los "Vignola de bolsillo"- que usaban los "cucharas" italianos en sus versiones para
"propietarios y obreros" definieron un nuevo paisaje urbano en los barrios tradicionales de la ciudad
que se propagaría por todo el territorio nacional. Un esquema simple de zócalos, cornisas, frisos de
"tierra romana" y pretiles, a veces con balaustres de terracota, definían los lineamientos
horizontales de un léxico que se completaba con pilastras verticales, aberturas rectangulares y
arcos de medio punto en fachadas que muchas veces ocultaban viviendas coloniales. Si
analizamos un conjunto de planos de viviendas porteñas realizados por los constructores
ticinenses Michel y Pietro Fortini entre 1875 y 1885 podemos constatar cómo se modificaban los
partidos arquitectónicos desde la casa de patio a la casa chorizo, la solución de las "casas
mellizas" de dos plantas, la incorporación del local comercial con la residencia arriba y la presencia
de tipologías para "casas de renta". Sin embargo, las manifestaciones formales de estas
arquitecturas se evidenciaron como variables dentro de la misma propuesta sin alteraciones
notorias.
Así, de uno a otro extremo del país, arquitectos y constructores italianos fueron forjando entre 1880
y 1910 una lectura urbana inconfundible. Entre ellos cabe recordar a Luigi Broggi, Gaetano
Rezzara, Ítalo Méliga y Bosco que realizaron una vasta obra en la ciudad de Rosario mientras los
constructores Adelo Berti y Alfonso Amati modelaron el paisaje urbano en la provincia de Córdoba.
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Sin embargo, si consideramos a los profesionales propiamente dichos, los "arquitectos" eran un
grupo reducido, ya que entre 1878 y 1900 revalidaron sus títulos sólo 9 profesionales, entre los que
únicamente dos eran de origen italiano: Juan A. Buschiazzo y el genovés Juan B. Arnaldi. Es
curioso constatar que teniendo un poder claro en las decisiones de las obras públicas a través de
Buschiazzo, de Tamburini y luego de Meano, los arquitectos de este origen tuvieron poca
gravitación en las acciones profesionales y de formación, de las que fueron luego desplazados por
los propulsores del academicismo francés, sobre todo a partir de la muerte de Tamburini en 1890.
Si se analizara más profundamente la arquitectura realizada en el período 1860-1890 en Buenos
Aires, deberíamos contabilizar dos vertientes en el grupo de presencia o influencia italiana. En
primer lugar los maestros de obras en sus diversas calificaciones de rango profesional,
cohesionados por un lenguaje y un oficio de la construcción que consolidó la ciudad en el período,
marcando las pautas de generación de nuevos barrios, a los que se suman los sectores que
organizaron las empresas constructoras, de vasta actuación en un mercado inmobiliario muy
dinámico hasta la crisis de 1890, y a quienes fueron adjudicadas la mayoría de las grandes obras
públicas en las últimas décadas del siglo, como los Besana, Simonazzi, Stremiz, Antonini y
Cremona.

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Pero también sabemos que entre 1860 y 1900 llegaron al país más de un millón de italianos, hecho
que explica la impronta que dejaron en la transformación de las ciudades y particularmente en
Buenos Aires donde constituían un elevado porcentaje de entre sus habitantes. Y los guarismos
nos lo demuestran, pues sobre un universo de 1654 permisos de construcción (1898) se constata
que el 67% de los mismos correspondían a maestros italianos (899) y ticinenses (220), mientras
que los argentinos tenían 340, los franceses 124, los españoles 38, los alemanes 15 y los ingleses
14. Desde el punto de vista profesional los arquitectos italianos registrados eran 34 sobre un total
de 77, aunque solamente había 49 ingenieros sobre un total de 222 profesionales. Entre los
constructores, los italianos eran el 60% (83 entre 133), alcanzando el 65% entre los carpinteros y el
70% entre los herreros, y el censo nacional de 1895 arroja un total de 66 arquitectos argentinos y
328 extranjeros (83%), de los cuales 180 eran italianos (45%).
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Es a esta Buenos Aires decimonónica con vanidad europea por población y por aspiración a la que
llegó Francisco Tamburini encontrando en ella una arquitectura ecléctica y permisiva que recurría a
patrones genéricos del clasicismo aunque con falta de rigor. Su mayor desafío fue cambiar la
escala de los proyectos así como la variedad de tipos: todo ello le permitió unificar un lenguaje para
la obra pública que, hasta entonces, había estado totalmente ausente. Tamburini sólo participó de
un área restringida al poder central, y se verifica su ausencia en los proyectos municipales de
Buenos Aires -a cargo de la oficina de Buschiazzo y Cagnoni-, o lo que es aún más llamativo, en
propuestas para obras públicas en la nueva ciudad de La Plata. En su carácter de Director General
de Edificios Nacionales, hizo proyectos para San Luis y sus vinculaciones con Juárez Celman le
aseguraron una apertura manifiesta en los diseños que hizo para la provincia de Córdoba. A su
sorpresiva muerte, sus proyectos quedaron parcialmente demorados; algunos fueron continuados
por Víctor Meano, su colaborador más directo pero otros, aparentemente, fueron asumidos por
Juan A. Buschiazzo. Sin embargo, Tamburini fue capaz de legarnos el testimonio de sus obras
como un nuevo modo de hacer arquitectura pública y privada en tiempos de cambios y
desconciertos, dándole el tinte italiano a una Buenos Aires que, recién a partir de entonces,
comenzó a virar hacia el imaginario parisino.

La multiplicidad italiana en el siglo XX


Unos de los rasgos emergentes de la nueva situación del "afrancesamiento" fue la contradicción
inherente a la rigidez
de la Academia por un lado y la necesaria "individualidad" de las obras por el otro. Esta exigencia
liberal de la individualidad, incorporada a la necesidad de prestigio de las nuevas burguesías
urbanas, planteó un rápido agotamiento de ese repertorio tan acotado. La opción de una mayor y
creciente profusión ornamental o la multiplicidad
de materiales importados no fue suficiente y el planteo eclecticista de utilización de recursos
formales de diversa procedencia abrió sus compuertas: mansardas francesas y cortiles italianos
fueron integrados en diversos proyectos con el aval de una Academia que hasta se permitía la
inclusión de estilos "exóticos", además de un nuevo renacimiento italianizante presente en la
escala monumentalista de los edificios gubernamentales.
Aunque los primeros concursos internacionales para las obras públicas (La Plata, 1882) habían
marcado la opción por diseñadores alemanes, no sucedió lo propio en los convocados en la
primera década del siglo XX: a los triunfos de Víctor Meano para los concursos de los Palacios del
Congreso en Buenos Aires y Legislativo en Montevideo, se sumaría el de Gaetano Moretti y el del
escultor Luigi Brizzolara para el del Monumento al Centenario de la Independencia Argentina
(1908), que finalmente no habría de concretarse.
El milanés Moretti, continuador en Montevideo de la obra de Meano (asesinado en 1904), realizó
otros proyectos en Argentina antes que la Primera Guerra Mundial truncara la transformación
ideada para el área central de Buenos Aires.
Las obras de los palacios legislativos se inscriben sin duda en la monumentalidad urbanística que
ya se había vislumbrado en el Monumento a Vittorio Emmanuele en Roma, con edificios públicos
precedidos de espacios abiertos que remataban en generosas vías de comunicación, y con un
extenso repertorio simbólico donde la integración entre arquitectura y escultura configuró un
lenguaje jerarquizado. Es una arquitectura historicista que intentó recuperar eternidades clásicas
pero que a la vez, en su grandilocuente expresividad, acumuló eclécticamente las manifestaciones
del pasado.

La construcción de una historia y de unos símbolos de este naciente "estado fuerte" encontró en
esta etapa de la Argentina una de las más claras expresiones de su búsqueda de identidad en los
rasgos de esta arquitectura "imperial" italiana. Una alternativa recurrente a la que se volvió en otras
etapas de la historia donde lo "clásico" y las esculturas expresarán los fastos de estos signos
triunfales, desde el Monumento a la Bandera de Rosario, a la Fundación Eva Perón y el frustrado
"Altar de la Patria" de la década de los '70.
En tanto, pese a que el inicio de la Primera Guerra Mundial puso en crisis el modelo eurocéntrico,
la importación de manifestaciones antiacadémicas se mantenía con la mimesis de propuestas
Pedro y Miguel Fortini
Aunque inmersa en la colonización hispánica, ya desde el siglo XVII la presencia italiana en la
arquitectura rioplatense se instaló -y prevaleció en el tiempo- bajo dos modalidades: desde las
ideas y teorías a través de textos, tratados de arquitectura, hasta la acción directa de maestros de
obras y arquitectos nacidos y formados en la península itálica.
En cuanto a la circulación de los tratados, no fue casual que se destacara su presencia en las
bibliotecas de los jesuitas, orden de la cual emergerían los arquitectos más destacados de la
región. Sus hermanos coadjutores italianos, franceses, españoles, belgas o alemanes configuraron
desde fines del siglo XVII y la primera mitad del XVIII uno de los conjuntos profesionales más
relevantes que trabajaron en las misiones de indios guaraníes y en importantes centros como
Buenos Aires, Córdoba y Santa Fe. De entre ellos, Prímoli como constructor y Blanqui como
diseñador marcaron la impronta en edificios civiles y religiosos de un lenguaje clasicista que en no
pocas oportunidades derivó en el uso
de modalidades manieristas. El maestro de obras turinés Antonio Masella estuvo vinculado en
Buenos Aires al templo
de Santo Domingo y al proyecto de reconstrucción de la Catedral en 1752.
El genovés Juan Bautista Pardo actuó en la Catedral de Córdoba.

1], 2] y 3] Pedro Fossati, Palacio San José, Entre Ríos, 1858. Planta, vista de una de las torres y pajarera, respectivamente.
4] y 5] Juan Bautista Arnaldi, Colegio para el pueblo de Coronda, Santa Fe, 1884. Planta y vista.
6] Edificio de viviendas con local comercial en planta baja y dos pisos altos. Plantas y frente.
7] Casa para Federico Plarós. Plantas y frente.
8] Casa Roma Guerra, Florida 27, Buenos Aires. Plantas y frente.
9] Casa de la Sra. Atucha en calle Viamonte, Buenos Aires.
10] Conjunto de viviendas y negocios, Paseo de Julio (actual Av. L. N. Alem), Lavalle y 25 de Mayo, Buenos Aires.
11] Casa de Federico Martínez de Hoz, Belgrano 134, Buenos Aires, 1882.