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Vida y muerte, medicina y filosofía

SOBRE LA NECESIDAD DE LA FILOSOFIA


Yo soy un simple escritor, pero con los años he aprendido que en
la base de todo conocimiento tiene que haber un fundamento
filosófico. Si no, se corre el riego de cometer grandes errores. Yo
estudié física, aunque luego abandonara la carrera. Y bien, la más
grande revolución de esa ciencia fue la que se hizo en nuestro siglo
mediante las investigaciones de Einstein, que no fueron con aparatos
sino con lápiz y papel, por decirlo así, y mediante la meditación de los
fundamentos mismos de la ciencia física. No con metros y relojes,
sino pensando en qué cosa es exactamente un metro y un reloj.
Para decirlo en términos más pretenciosos, su investigación fue
epistemológica, es decir filosófica.
Que esa investigación haya traído portentosas consecuencias
prácticas) sin ir más lejos, la energía atómica? es una prueba
espectacular de la conveniencia de una meditación filosófica a cierta
altura del desarrollo científico.
Pues de suponerse obvio en que la facultad de medicina solo debe
enseñarse a curar enfermos, y parece una académica exageración
hablar de la necesidad de estudios filosóficos, cuando lo que importa
es el tracoma, la diabetes o la tuberculosis. ¿Qué más lejos de platón
que un leproso que llega a un consultorio? Si, a primera vista para el
hombre sensato, el buen sentido aconseja en tales casos revisar al
enfermo, darle una medicación especifica y dejarse de charlatanismo.
Palabra que acudía (y aun acude) a la mente de muchos médicos
cuando se hace el planteo que estoy haciendo. Esto es la
consecuencia del pensamiento positivista, traído por las ciencias
aplicadas, y que tanto daño hijo en la universidad y en el espíritu de
la gente. En el colegio nacional de La Plata sufrimos un profesor de
psicología que durante las tres cuartas partes del curso enseñaba
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anatomía y fisiología del celebro y en el último cuarto “deducía” de
esos estudios el comportamiento psicológico. Fue esta arrogancia
cientificista la que echo las bases de la moderna enseñanza y la que
todavía sufrimos sus malas consecuencias.
Claro, la misión del médico es curar a enfermos. Pero, ¿Qué es un
enfermo? Un enfermo es un hombre.
Pero cuando preguntamos “que es un hombre “empiezan las
dificultades, que llegan a ser vertiginosamente filosófica. Este es un
tema que no podemos examinar en los estrechos límites de una
simple conversación, pero bastara decir que a lo que la filosofía
contemporánea llama “hombre” no es a un conjunto de análisis de
orina, hepatogramas, radiografías, cifras de presión y de acido úrico y
en general a ese conjunto de papeles y números que el enfermo
recoge al final de un largo periplo en una de esas monstruosas
clínicas que sobre todo padecen los países más desarrollados, como
los Estados Unidos o Rusia. Pues a medida que más ha desarrollado la
civilización técnica, sus características esenciales (análisis,
cuantificación, computación, abstracción, mecanización) mas el ser
humano se va reduciendo (y el verbo es el justo, el siniestramente
exacto) a un conjunto de fichas, números y curvas. En una de esas
abstractas clínicas el enfermo entra por una puerta, recibe un numero
(el primero) le van haciendo análisis y lo van sometiendo al examen
de aparatos cada vez más sofisticados, y cuando sale por la otra
puerta se pretende curarlo mediante ese conjunto de cantidades y
abstracciones, olvidando que el hombre es un ser concreto y
cualitativo, por encima (o por debajo) de todo. Es decir que lo que es
licito para un silicato o una computadora, para el hombre es un
disparate filosófico tan grande que nos debería hacer reír, si no nos
inclinara más bien a la angustia y a la desesperación. 1

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Fragmento de una conversación mantenida por Ernesto Sábato con redactores de
la revista “Medicina Intensiva”. Fue publicada en dicho órgano;
Buenos Aires, noviembre de 1978.

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CUANTIFICACION Y ABSTRACCION
Los tiempos Modernos fueron promovidos por dos potencias
dinámicas y amorales: la razón y el capital, ambos originados en las
mercantiles ciudades italianas que comienzan a desarrollarse
después de las primeras cruzadas. En tales condiciones, el hombre
ansioso de poder - animal instrumentificum- se lanzo a la conquista
del universo. Pero esa conquista se logro a costa de una creciente
abstracción.
Desde la palanca hasta el logaritmo, desde el lingote de oro hasta la
letra de cambio, la historia de ese dominio fue también la historia de
sucesivas y cada vez mas vastas abstracciones: una técnica es tanto
más poderosa cuando mas realidad abarca, o sea cuanto más
general; pero como la generalización implica perdida de lo particular,
el resultado es la perdida de lo concreto, porque lo concreto es lo
particular. Así la concentración capitalista e industria llevo, al menos
en las regiones más avanzadas, a un hombre desposeído de atributos
individuales, a una especie de sr intercambiable, como la pieza de n
aparato fabricado en serie, del mismo modo que la aritmética se
generalizo en algebra.
De esta forma la modernidad llevo a cabo una tremenda paradoja,
pues el hombre logro la conquista del mundo materia a costa de su
propia cosificación. Empujado por los objetos, títere de la misma
circunstancia que había contribuido a crear, dejo de ser libre y
concreto para convertirse en determinado y abstracto como sus
instrumentos. En esa caída del ser, el hombre gano el mundo, pero se
perdió así mismo.
El creciente proceso de abstracción, por obra de la matemática, fue
también el creciente proceso de cuantificación; que si es tolerable, y
quizá inevitable, para el mundo de los objetos, es destructivo para la
realidad cualitativa: el arte, los sentimientos, las emociones, los
valores morales, el hombre y su espíritu. Cuantificación y abstracción
fueron a la vez la causa y la consecuencia de este universo técnico y
tecnolátrico. Y la raíz de la grave crisis de nuestro tiempo.
El mundo cruje y amenaza con derrumbarse. Guerras que unen a la
tradicional ferocidad, la inhumana mecanización, dictaduras
totalitarias de derecha y de izquierda, enajenación del hombre,
destrucción catastrófica de la naturaleza, neurosis colectiva e histeria
generalizada, nihilismo sádico del terrorismo de ambos signos,
drogas, perversión sexual, nos han abierto los ojos (o deberían
abrirlos) para advertir la magnitud y la profundidad de la crisis total
de hombre. Que no es una crisis de estructuras económicas, como
algunos creen, sino una total revisión de una tabla de valores. Con el
advenimiento de la sociedad técnica, el hombre y la naturaleza
fueron desacralizados. Pero el ser humano es incapaz de sobrevivir en
un universo que ya no tiene el antiguo y sabio anclaje en los
supremos valores espirituales que tuvieron siempre las comunidades
haya habido leprosos, pero no necesitaban psicoanalistas.

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Asistimos, pues, al derrumbe de un universo producido por una
ciencia tan ajena a los valores metafísicos como un triangulo o una
bomba atómica, y vivimos ahora a la deriva en un proceloso y
desconocido océano en tinieblas. Iluministas y progresistas fueron los
paradójicos causantes de este caos.
La naturaleza es apenas materia para ser explotada, y el universo se
está vagando con la catástrofe ecológica, que tanto tiene que ver con
la salud física y espiritual del hombre. Y en cuanto al cuerpo del
hombre, por pertenecer a la naturaleza, termina por ser considerado
como un objeto mas, aumentando así su soledad, porque las cosas no
se comunican.
El país donde más perfecta es la comunicación electrónica es
también el país donde la soledad de los seres humanos es más
angustiosa. Y es ilusorio que haya teléfonos para contestar a suicidas:
dos objetos no pueden entrar en comunión, y menos por intermedio
de otro objeto.

EL UNIVERSO DETERMINISTA
El éxito de la concepción mecanico-matematica de la naturaleza
llevo a su generalización. Ya Leonardo quiso reemplazar los seres
vivos por mecanismos.
Después vinieron los intentos de Descartes, el auge de los autómatas
y el proyecto de localizar el alma en alguna glándula. De una manera
o de otra, el determinismo mecánico se extendió desde su ámbito
apropiado hasta el territorio del alma, descartando el libre albedrio, la
libertad y la voluntad no eran más que simples ilusiones, debidas a
nuestra ignorancia sobre las infinitas causas que rigen el movimiento
del Reloj Universal.
A lo largo de los siglos XVIII y XIX se propago, finalmente, como una
verdadera superstición, la superstición de la ciencia. Era inevitable.
Se había convertido en la nueva magia, y el hombre de la calle creyó
tanto más en ella cuanto menos la comprendía. Y así se produjo la
curiosa paradoja de que los hombres que mas defienden la ciencia
son los que menos la conocen. Al fin y al cabo, los primeros que en el
siglo XX comenzaron a dudar de ella fueron los físicos y matemáticos
más avanzados, y bastaría comparar la cautela de físicos como
Edington con la tranquilidad de ciertos médicos que usan toda clase
de enigmáticos rayos.

CUERPO, ALMA, ESPIRITU, COSMOS


La medicina siempre tuvo debajo un fundamento filosófico,
aunque no fuese claro y manifiesto. La medicina que surgió del vasto
movimiento científico que comienza en el Renacimiento se basaba en
una filosofía materialista y atomista. Cuando yo era chico, abundaban
los médicos que mandaban de vuelta a su casa enfermos porque
“solo” tenían problemas nerviosos, como si se tratase de
menospreciables fantasmas. Ahora ya sabemos que una inmensa
proporción de enfermedades tienen su origen en el desequilibrio de

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los sistemas nerviosos, y bastaría poner el ejemplo casi escolar de la
ulcera.
Antes se partía de una concepción materialista del hombre: un
conjunto de huesos, músculos, glándulas, venas y arterias. Hoy
sabemos – como lo supieron en la antigüedad hombres de gran
intuición acerca de la unidad corporal y espiritual de la criatura
humana- que el alma y hasta el espíritu tienen decisiva importancia
en ese delicado equilibrio que se llama salud. Y digo “hasta el
espíritu” porque en ese equilibrio inciden no solo los factores
psíquicos, sino también las angustias que provienen de un examen de
conciencia sobre la suerte de una nación o de la entera civilización
actual.
De modo que deberían re-examinarse los fundamentos filosóficos que
hay debajo del arte de curar.
Si son estrictamente materialistas, nos equivocaremos como médicos.
Si admitimos que junto al cuerpo, y en estrecha interacción con él,
hay un alma, ya estaremos más cerca de la verdad y, por lo tanto, de
la posibilidad de curar. Pero si admitimos que el hombre es además
un espíritu, regido por una escala de valores, por preocupaciones
estéticas, éticas gnoseológicas y metafísicas, y si admitimos que esos
tres estratos están en constante inter-relación, como una compleja y
dinámica estructura, entonces sí, podemos estar seguros de poseer
una base cierta para el análisis de una enfermedad y para su
eventual, curación.
Por otra parte, esta unidad superior es irreductible a divisiones
mecánicas y artificiales. Si ya es equivocado pretender separar los
órganos entre sí (error que proviene de la prestigiosa tendencia
atomista de la física y la química), infinitamente más irrealista es la
separación del cuerpo, del alma y del espíritu. Y como vivir es con-
vivir, no solo en el plano de los sentimientos sino en el supremo plano
de los valores; y como además el vivir es una sutilísima interdinámica
con el cosmos, debemos concluir que no puede hablarse de salud ni
de enfermedad si no estamos alertas para juzgar ese inestable
equilibrio que existe en la vasta estructura física, psíquica, espiritual y
cósmica.
Se me podrá argüir que este gigantesco planteo no puede ser tenido
en cuenta cada vez que alguien se presenta en el consultorio con
diarrea. Y yo me atrevo a responder que sí, que hay que tenerla
presente, aunque sea (sobre todo) para poder simplificar cada caso
concreto. Al fin de cuentas es más probable que una diarrea sea
producida por el pavor de un conflicto personal que por no sé qué
microbios de esos que están en boga. Microbio que existían en el
cuerpo de ese enfermo antes del conflicto sin que le trajesen los
inconvenientes intestinales.

VIRUS, BASILOS Y COMPAÑÍA


El concepto totalizador y estructural debería también aplicarse
contra esa tendencia separatista o divisionista que caracteriza buena
parte de la medicina actual. Después de gigantescos esfuerzos de
laboratorio se logra individualizar al virus X que produce la
enfermedad Tal, y entonces todo consiste en liquidar al virus X. Así

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salieron infinidad de medicamentos, muchos de los cuales, como la
penicilina, aparecieron poco menos que como panaceas.
Este criterio divisionista, que es un subproducto de la concepción
científica clásica, olvida que también el cosmos es una unidad, con un
sutil pero riguroso equilibrio. Y que la liquidación del virus X
seguramente hará prosperar el por el momento ignoto virus Y que es
detenido por el virus X, como la especie de los gatos detiene a la
especie de los ratones. Así, el promocionado descubrimiento de X y
su clamorosa liquidación es seguida, a los pocos segundos, por la
proliferación del virus Y, de naturaleza desconocida y que nos
produce la gripe de Hong Kong o de Barcelona o de Banfield.
Como yo soy un oscurantista, nunca permití que mis médicos le
dieran penicilina para un resfrió a los chicos. Ahí están, muy bien de
salud. Que una droga de esta naturaleza se diese para un caso de
vida o muerte, para una meningitis o cosa parecida, bueno, de
acuerdo. Pero para un simple resfrió o para una angina de garganta...
Así nos ha ido con esta inflación y des-inflación de drogas. Muchas de
las cuales, por otra parte, han traído más males que beneficios. Baste
pensar en las atrocidades que un día se revelaran sobre las píldoras
contra el embarazo.
No es necesario ser medico ni biólogo para imaginar las tremendas
consecuencias que puede tener para una mujer la detención de un
proceso que compromete su ser entero.
Esta propensión a dividir la realidad indivisible, a convertir en
comportamientos cerrados regiones que son desnaturalizadas en el
momento mismo de ser incomunicadas, esta propensión a resolver
químicamente problemas parciales, esta forma de desencadenar el
desbarajuste general de la realidad a base de ilusorios arreglos
separados, ¿A dónde ha de llevarnos? Quien sabe las imprevisibles
consecuencias que para la raza humana tendrán la quimioterapia, la
supresión sin mas de bacilos, la destrucción d los ritmos cósmicos, la
violación de equilibrio universal, la contaminación de los ríos y los
mares. Las flamantes “enfermedades de la civilización” son apenas
anuncios de lo por venir, síntomas precoces del desequilibrio que la
técnica y la sociedad tecnológica ya han producido entre el hombre y
su medio. Si pequeños cambios mesológicos provocaron la
desaparición de especies enteras, si los grandes reptiles no pudieron
sobrevivir a las transformaciones que ocurrieron al final del periodo
mesozoico, puede muy bien suceder que la especie humana sea
incapaz de soportar los catastróficos cambios que el hombre ha
producido en el mundo de hoy. Pues estos cambios son tan terribles,
tan profundos y tan vertiginosos que aquellos que provocaron el fin
de los reptiles nos parecen insignificantes. El hombre no ha tenido
tiempo para adaptarse a las bruscas y potentes transformaciones que
su técnica y su sociedad han creado a su alrededor, y no es
arriesgado afirmar que buena parte de las enfermedades actuales
sean los medios de que se está valiendo el cosmos para eliminar esta
orgullosa especie. El hombre es el primer animal que ha creado su
propio medio; pero, irónicamente, el primero que de esta manera se
está destruyendo así mismo. Vista así, la mecanización es la más
vasta, espectacular y siniestra tentativa de exterminio de la raza
humana.

UN SER PARA LA MUERTE

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Ustedes hacen terapia intensiva, y como pocos, están en contacto
cotidiano y tremendo con el más misterioso hecho de la existencia: el
de la muerte.
Pero, tal vez convenga saber qué es exactamente o al menos
aproximadamente o presumiblemente ese enigma ¿es la simple
muerte fisiológica? ¿Cómo comportarse con ese ser que se debate
ante gran abismo sin proponerse previamente la calidad de ese
fenómeno? ¿Conviene que un hombre muera con la sola compañía de
electrómetros, tensiómetros y electrocardiógrafos? ¿Es lícito, y hasta
inteligente desde el punto de vista terapéutico, separarlo de manera
mecánica de los rostros que más ama, y para los cuales quieren vivir?
Aquí, de nuevo, pero ahora de manera más patética y espectacular,
nos tropezamos con una concepción mecánica y cuantitativa de la
existencia, que, paradójicamente, puede estar atentando contra la
vida misma.
Los tiempos modernos se edificaron sobre la ciencia, y como ya lo vio
el genio de Aristóteles, no hay ciencia sino de lo general. Lo que
inevitable y temiblemente fue convirtiendo el mundo real de los seres
humanos en un monstruoso universo de abstracciones, logaritmos,
geodésicas, espectrogramas, encefalogramas, tensores y ecuaciones
diferenciales. Todo controlado, si es posible, por computadoras.
¿Qué tiene de asombroso que con esta mentalidad se haya
desvalorizado el cuerpo humano, si es lo más concreto que tiene el
hombre? Si los platónicos lo excluyeron por motivos religiosos y
metafísicos, la ciencia lo hizo por motivos heladamente
gnoseológicos. Y así, por la convergencia de estas dos maneras de
considerar la realidad, se llego a aquella entelequia que era el
hombre para los iluministas, ajeno a la tierra y a la sangre, a la
sociedad misma y sus vicisitudes. Un hombre tan abstracto que desde
ese momento hubo que nombrarlo con H mayúscula. Y tan extraño a
las reales angustias y esperanzas del ser de carne y hueso que en su
nombre se pudo guillotinar a algunos centenares de miles de
hombres con h minúscula. Y se ha seguido torturando y matando en
las cárceles soviéticas.
Nietzsche se pregunto si la ciencia debía dominar sobre la vida o la
vida sobre la ciencia. Y en la correcta respuesta a este interrogatorio
sintetizo la revolución antropocéntrica de nuestro tiempo: el centro
no sea ya más la cosa, ni ese sujeto abstracto sino la persona
concreta, con una nueva conciencia del cuerpo que la sustente.
Este vitalismo es superado e integrado en la fenomenología
existencial, porque sin renunciar a la integridad del ser humano, se lo
coloca al hombre por encima del mero biologismo. Lo que es posible
por el cuerpo y únicamente por él; porque es el cuerpo quien lo
individualiza, otorga ese lugar concreto en la realidad, y le da una
perspectiva. Es el yo concreto encarnado en un cuerpo. Es ese cuerpo
además, quien lo convierte al hombre en un “ser para la muerte”,
restituyéndole su autentica condición trágica.
Así, ni puro materialismo, que convierte a los fenómenos anímicos y
espirituales en mera ilusiones o epifenómenos ni “espíritu puro”,
según el cual se olvida la condición biológica del hombre, es el papel
básico del cuerpo. Pienso que en esta perspectiva debería indagarse
el papel del médico frente al enfermo y, en particular, ante el
solemne momento de la muerte.
Aquí, en este momento, es cuando las virtudes y los defectos de la
medicina tecnológica parecen aislar un hecho que no es por su
esencia aislable, esa inclinación a especializar las tareas y la
propensión materialista que en este caso se muestra en su máxima
exponencia. Comprendo muy bien las ventajas que tiene en un
diagnostico un aparato de rayos X: no estoy en contra de los aparatos
en la medicina sino contra su idolización. Comprendo muy bien que si
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a un hombre se le ha parado el corazón lo aconsejable de pronto es
un impulso eléctrico, más que mostrarle al enfermo la cara de su hijo
más querido. Lo que me parece repudiable es el aislamiento
mecánico y bárbaro que he visto practicar en muchos casos; un
aislamiento de estas características que supone inválidos los otros
atributos de la existencia, los valores emocionales y sentimentales, el
contexto familiar, etc. Pienso que en nada como en esto la medicina
debería ser prudente y conservadora (en el buen sentido de la
palabra), debería admitir que la muerte sigue siendo un gigantesco
misterio a la vez físico, psíquico y espiritual; y que una cosa es la
muerte meramente fisiológica y otra lo que podría llamarse
desaparición definitiva del alma y del espíritu. Es muy probable, es
casi seguro, que si en estas ocasiones no practicamos la “docta
ignorantia” corremos el riego de cometer gravísimas equivocaciones
por presuntuosidad intelectual. Y aun sin entrar en el movedizo
terreno de una existencia después de la muerte física, no sabemos
qué vertiginosa realidad puede haber en los segundos que precede a
la muerte física. Sabemos si, que el tiempo existencial nada tiene que
ver con el tiempo de los relojes, y que un minuto en los últimos
momentos de un condenado a muerte puede equivaler a decenas de
años en el calendaros, como ha podido conocerse por el testimonio
de condenados cuya pena fue conmutada en el último momento. Pero
aun puede ser infinitamente más complejo, cuantitativa y
cualitativamente, el segundo mismo que precede a la muerte de un
enfermo. ¿Qué sabemos sobre esa experiencia? La vida es una
preparación para la muerte, pero los segundos que la preceden
pueden ser de esencial importancia para ese recibimiento del acto
supremo. ¿Es aconsejable encerrar al hombre en un hermético
recinto, entre aparatos, para recibir ese hecho inexorable pero
natural, enigmático pero seguramente grandioso?
¿Sabemos qué clase de vínculo profundo y acaso trascendente se
establece en los instantes que preceden a la muerte entre el hombre
que va a dejar para siempre su existencia terrenal y los seres que
más ha querido? La muerte convierte a la vida en destino, ya que
hasta el último momento de la vida el hombre es un ser libre, y no
tenemos derecho a aherrojarlo miserablemente entre electrómetros,
por el solo hecho de que el no puede defenderse.

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LA ENFERMEDAD A LA LUZ DE OTRAS
CULTURAS
Así como creo que el estudiante debería estudiar que es el hombre en
el sentido filosófico del vocablo antes de ponerse a cortar tejidos y
sobre todo antes de dar píldoras y suprimir órganos, del mismo modo
se me ocurre que en la facultad debería haber cursos en que se
estudiara a fondo el concepto de enfermedad y de salud en otras
culturas, y particularmente en la viejas y sabias culturas orientales.
Pienso por ejemplo en el yoga, filosofía del hombre que se opone al
concepto occidental, técnico y racionalista. Técnicas que permiten el
manejo de fenómenos corporales que entre nosotros no obedecen a
la voluntad. La arrogancia de una cultura que tuvo éxitos
espectaculares en el dominio de la naturaleza inerte nos ha vuelto
insensibles a las milenarias sabidurías de otras culturas, que no
tuvieron desarrollo técnico no por que fueran incapaces, sino porque
sus presupuestos éticos y metafísicos lo menospreciaban.
La colosal crisis de occidente (que por su fuerza planetaria está
arrastrando a pueblos orientales como los japoneses) nos ofrece la
oportunidad y hasta nos obliga perentoriamente a buscar una síntesis
de culturas contrapuestas, que acaso sean preciosas para la re-
humanización de este hombre deshumanizado por la tecnología. Max
Scheler señala tres clases de saber: el que desarrollo la india, que es
un saber de salvación. El que culmino en China y en Grecia, que es un
saber culto; y el saber técnico, que se desenvolvió en Occidente.
Habría que encontrar una síntesis que evite los excesos a los que
cada uno de ellos condujo.

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¿ESPECIALISTAS O GENERALISTAS?
La enorme complejidad de los conocimientos hemos adquirido
desde Aristóteles hasta hoy y que al parecer hace ilusorios el “uomo
universale” del Renacimiento, ha conducido a algo que a la vez es
inevitable y catastrófico: el especialista. Un físico que se ocupa de
espectrogramas que puede ignorar vastas regiones de la física, lo
mismo que un químico inorgánico con respecto a la química orgánica.
Esto ha sido inevitable, pero incurramos en esa corriente falacia de
tomar lo inevitable como magnifico. Aun en el mismo terreno, la
especialización condujo a una especie de nueva barbarie, y debemos
recordar que la más grande revolución de la física la hizo un hombre
que fue capaz de tomar en consideración los problemas más
generales de la materia en relación con el tiempo y el espacio;
Einstein no era un especialista: era un “generalista”.
Con mayor razón esto es válido para aquellos territorios más
complejos de la realidad biológica y psicofísica, donde el todo precede
a las partes, tal como también vislumbro Aristóteles. El atomismo de
la física no funciona y en estas complejas realidades, y debe ser
remplazado por un organicismo que da prevalencia a la totalidad
sobre las parcialidades. Que se requiera los servicios de un
especialista en corazón, como se requiere el informe de un
encefalografía, es inevitable y, en condiciones bien delimitadas por el
generalista, de enorme utilidad; pero que se invierta el planteo y se
dé preeminencia al dato de especialista, pertenece ya a la falla
esencial y filosófica de una medicina positivista. Una persona es
mucho más que un conjunto de números, de presentaciones,
cantidades de glucosa, radiografías y eritrosedimentaciones: es un
ser complejo, una delicadísima unidad de materia y espíritu donde
todo influye sobre todo, y en el que es inútil, cuando no pernicioso, el
informe especializado que no integre el armónico y dificilísimo
examen de la estructura.
Dice ilustremente Schopenhauer que hay épocas en que el progreso
es reaccionario y la reacción es progresista. Volver atrás, en
momentos de crisis es lo más adecuado para retomar las banderas de
un genuino progreso. En momentos en que el auge de la
especialización y de la cuantificación mediante aparatos parece para
muchos el colmo de la maravilla, no es difícil demostrar que
constituye uno de los más agudos peligros que enfrenta la medicina
contemporánea. Y reclamar al generalista,
¿No es un poco retomar la vieja tradición de aquel clínico de otro
tiempo? ¿De aquel hombre que tenía una especie de cualidad
rabdomántica para detectar una enfermedad a veces con la sola
forma de caminar de un paciente? ¿de aquel hombre que conocía al
enfermo por su nombre y apellido, que estaba al tanto de sus
problemas familiares y de sus angustias pecuniarias, de sus manías y

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amistades, de sus pasiones y esperanzas, de sus ideas políticas y
religiosas? ¿De aquel hombre que sin mirar un aparato sabia a priori
que a Don Rafael Schiaffino lo que le hacía falta no era vigilar su
acido úrico sino, simple pero genialmente, irse por un tiempo al
campo y dejar de ver a la suegra?
Muchachos, ya les dije que soy apenas un escritor y, por cierto, no
soy un medico, lo que no significa que no sepa nada de medicina,
pues se de ella (y por motivos muy similares) lo que un ladrón
consuetudinario puede saber de la organización policial. He padecido
ulcera, reumatismo, gota, colitis, anginas de garganta, bronquitis.
¿Qué mas, para hablar un poco del asunto? Y, sobre todo, no se
enojen: son opiniones revulsivas, con el solo animo de inclinarlos al
análisis y discusión de problemas que a veces parecen ya resueltos.

Ernesto Sábato

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