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La red urbana

ibérica
© Artemio Baigorri

Publicado en L. de la Macorra y M. Brandâo, eds., La economía ibéri-


ca: una fértil apuesta de futuro, Editora Regional de Extremadura,
Mérida, 1999, pp. 261-289

"El espacio es una forma que en sí mismo no produce efecto alguno.


Sin duda en sus modificaciones se expresan las energías reales; pero
no de otro modo que el lenguaje expresa los procesos del pensa-
miento, los cuales se desarrollan en las palabras pero no por las pa-
labras. (...) Lo que tiene importancia social no es el espacio, sino el
eslabonamiento y conexión de las partes del espacio, producidos por
factores espirituales".

(Georg Simmel, Sociología, 1908)

1. La urbe global y las redes urbanas

En diversos trabajos venimos desarrollando a nivel teóri-


co, desde (Baigorri, 1995), el concepto de urbe global, al
amparo del cual debemos analizar la red urbana ibérica.
Definimos la urbe global como un continuum inacabable
en el que se suceden espacios con formas y funciones di-
versas, con desiguales densidades habitacionales, cohe-
sionados por diversos nodos o centralidades, pero que en
su totalidad participan de una u otra forma y a todos los
efectos de la civilización y la cultura urbanas (Baigorri,
1998). Ese concepto abstracto se materializa, en este
momento histórico, en una red urbana constituida por
unidades que pueden distinguirse empíricamente, aunque
en no pocos casos, así en las conurbaciones y en las de-
nominadas regiones urbanas, dichas unidades sean difí-
cilmente delimitables.

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Así viene ocurriendo desde que los conceptos de lo urba-
no se hicieron metalocales. El concepto geddesiano de
metrópolis nunca ha constituído una dificultad para la dis-
tinción entre las unidades político-administrativas que la
forman; incluyendo la manifestación de intereses y estra-
tegias individualizadas, y a menudo contrapuestas, de los
distintos municipios -o perímetros administrativos, en ge-
neral- que conforman las metrópolis. La definición por
Gottman del concepto de megalópolis no impidió tampoco
el discernimiento de ciudades concretas que, formando
parte de dicho aglomerado urbano, se benefician o sufren
las sinergias -positivas y negativas- del aglomerado, pero
tienen a su vez perfiles claramente delimitados, políticas
individuales, y estrategias consecuentes. Incluso el noví-
simo concepto de metapolis propuesto por Ascher (1995),
entendido como algo "más allá de las ciudades", y referi-
do el conjunto de Europa o de Norteamérica como regio-
nes o continuos urbanos en el futuro (concepto que no va
mucho más allá del de Gottman), se concreta en espacios
urbanos perfectamente discernibles y delimitables.

Del mismo modo, en la urbe global podemos distinguir fá-


cilmente cómo los distintos nudos, más o menos impor-
tantes demográficamente, más o menos influyentes des-
de el punto de vista económico, político o cultural, siguen
correspondiéndose en buena medida con espacios históri-
cos, para los que conservamos la rudimentaria definición
de ciudades. Si bien se hace crecientemente difícil una
correspondencia directa entre dichos espacios sociales y
los lugares físicos en los que las ciudades surgieron y se
han desarrollado.

Los teóricos de las ciudades-mundo, aún cuando atribu-


yen un peso excesivo y determinante a las tendencias a
la centralización del poder y de la actividad económica,
admiten que "existen no obstante una multiplicidad de
correlaciones espaciales para esta concentración, y en es-
te sentido vemos emerger una nueva geografía del cen-
tro, que puede incluir una red metropolitana de nodos co-
nectados a través de las telecomunicaciones avanzadas.
No se trata de suburbios en el sentido en que los conce-
bíamos veinte años atrás, sino de una nueva forma o es-
pacio de la centralidad" (Sassen, 1995:73). Hasta qué
punto tales centros virtuales podemos asignarlos a un lu-
gar geográficamente definido es una cuestión que está
por resolver. Pero, en cualquier caso, no podemos negar
que tales lugares son materializaciones de la urbe global
en los que las gentes viven, disfrutan, se afanan y traba-

2
jan, existen y tienen nombres, por más que en muchos
casos el propio nombre geográfico pueda constituir inclu-
so un equívoco. Pero, sobre todo, en los mismos términos
que hablamos de las ciudades-mundo consideradas, tam-
bién podríamos hacerlo de otros muchos nodos de la red
urbana global, de mucha menor escala tanto física como
virtual.

En suma, más allá -en realidad, más acá- de la urbe glo-


bal no podemos negar la existencia de ciudades concre-
tas, cuyo espacio social puede diferir del geográfico, pero
que constituyen en cualquier caso objeto de estudio tam-
bién en sus individualidades, que responden a los inter-
eses concretos de sus habitantes -o de sus grupos domi-
nantes-. La importancia de la existencia de la urbe global
radica, en este caso, en la inevitabilidad de tener en
cuenta la posición -o posiciones- y funciones de la ciudad
concreta en la urbe global.

El rápido desarrollo de las teorías de la globalización, y en


el caso del análisis de la ciudad de las teorías de las ciu-
dades-mundo, ha centrado los análisis casi en exclusivi-
dad en este tipo de megalópolis, como si el carácter 'or-
denador' que tienen en la red fuese determinante del
comportamiento del conjunto. Como ya hemos apuntado,
esa posición presupone un principio estructuralista de ca-
rácter jerárquico que a nuestro modo de ver no puede
aplicarse plenamente al funcionamiento de la red global,
mucho más imprevisible e incluso anárquica de lo que
puede desprenderse de dichas teorías. Por el contrario, es
necesario el análisis también de los nodos de importancia
diversa de la urbe global, así como el de esos intersticios
en los que según hemos demostrados se mantiene la ru-
ralidad, y por supuesto de ese tipo de sinapsis que es el
territorio, para poder construir una imagen más o menos
acabada del conjunto de interacciones que mantienen esa
urbe global en términos casi virtuales, y poder entrever
las tendencias evolutivas de la misma.

Tradicionalmente, y gracias al apoyo -demasiado a me-


nudo único apoyo- de la Demografía, la diferenciación en-
tre lo rural y lo urbano ha sido particularmente sencilla,
dependiendo del punto en que -por supuesto, siempre de
forma arbitraria- se decidiese fijar la densidad a la que se
atribuía la condición de población urbana (Davis,
1967:14). La cuestión del tamaño ha sido, en realidad, el
criterio básico para la distinción de lo que es ciudad de lo
que no lo es, de lo que es urbano de lo que es rural.

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Cuando estamos planteando la ruptura de la dicotomía
rural/urbano, las cosas se ponen desde un punto de vista
analítico sensiblemente más difíciles. Recordemos que,
todavía en 1973, Lewis Mumford consideraba que "la de-
finición misma (de ciudad) está todavía en discusión"
(Mumford, 1973:384), y que a principios de la presente
década se apuntaba el registro y codificación de más de
cien definiciones operativas, y a menudo contradictorias,
de lo urbano y la urbanización (Salcedo, 1990:247). Habi-
tualmente se atiende, tanto para definir lo urbano, como
para clasificar jerárquicamente los núcleos urbanos, fun-
damentalmente a cuatro tipo de componentes analíticos.

El tamaño

Se consideran límites inferiores de entre 10.000 y


100.000 habitantes, según los fines de la delimitación,
para definir desde qué tamaño se considera a un núcleo
como ciudad. Es el indicador más utilizado en España, pe-
ro es muy errático y fuertemente marcado por el relati-
vismo territorial. A menudo hallamos en un mismo traba-
jo, con unas pocas páginas de separación, cómo la cifra
en la que se fija el corte entre el asentamiento rural y la
ciudad varía sustancialmente. Lo mismo ocurre en traba-
jos sociológicos (FOESSA, 1970:1188ss.), que en otros de
carácter geográfico (Zoido, 1995:145ss.). Contemplando
el tamaño de las ciudades a escala mundial, desde la
perspectiva del relativismo sociológico este indicador es
de todo punto inconsistente.

El concepto de urbe global nos ayuda a superar las limita-


ciones del tamaño, por cuanto en el mismo no establece-
mos exactamente una jerarquía -de tamaño o funcional-,
sino que más bien nos interesa conocer la dirección de los
flujos -de información, capital, trabajo o energía- y los
distintos roles que desempeñan los nodos de la red. La
cuestión del tamaño hay que circunscribirla por tanto, en
cada caso analizado, al entorno homogéneo más inmedia-
to, siempre que no olvidemos que, "la misión peculiar de
la ciudad consiste en aumentar la variedad, la velocidad,
el grado y la continuidad de la relación humana" (Mum-
ford, 1973:388), lo que guarda una estrecha relación con
el tamaño, según puso de manifiesto Durkheim, pero
también con la forma y la función.

La actividad predominante

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Se entiende que la ciudad diversifica y complejiza las ac-
tividades, y sobre todo debe diferenciarse de un entorno
que se supone rural y agrario, de forma que se ha venido
tomando el peso relativo de la actividad en el sector agra-
rio. Pero este indicador plantea, como el tamaño, la cues-
tión de la arbitrariedad en el corte a partir del cual la dife-
rencia cuantitativa se supone que genera una variación
cualitativa. Y el desarrollo de la telemática ha puesto de
manifiesto las limitaciones de este factor, ya que la diver-
sificación de las actividades se produce también en los
asentamientos que bajo ningún parámetro serían consi-
derados urbanos(1).

El modelo productivo

Se ha considerado que distingue a la ciudad la exporta-


ción de bienes y servicios hacia su entorno, del que im-
porta alimentos. Sin embargo, hoy encontramos que su-
puestas zonas rurales importan la misma proporción de
alimentos que las ciudades, dada su creciente especializa-
ción productiva. Aún si éste parámetro funcional lo en-
tendiésemos en un sentido más amplio, atribuyendo a los
asentamientos urbanos la cualidad de centros de consu-
mo de masas, tampoco nos sería de utilidad en las socie-
dades avanzadas, donde a menudo los principales centros
de consumo de masas -grandes centros comerciales- se
ubican relativamente lejos de las ciudades, en áreas rura-
les equidistantes de varios centros urbanos y donde el
suelo es más barato. Además, ciertas áreas rurales o na-
turales constituyen a su vez, en su propia ruralidad o su-
puesto estado de naturaleza, centros de consumo de ma-
sas altamente especializados.

Los indicadores sintéticos

Desarrollados desde hace décadas ante la incertidumbre


de los factores citados, definen lo urbano "como una cifra
producida mediante la combinación, más o menos afortu-
nada, de magnitudes de diversa naturaleza" (Salcedo,
1990:247). Aunque se vienen construyendo con aparatos
estadísticos crecientemente complejos, siguen chocando
con la barrera del relativismo territorial, incluso a niveles
nacionales.

En suma, se hace cada vez más difícil incluso el definir el


contexto en el que debemos movernos. Pues las caracte-
rísticas de la urbanización son distintas según sea el con-
texto más inmediato de nuestro objeto empírico: sea la

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región de Extremadura, o incluso sus regiones contiguas,
como Andalucía o Alentejo; sea el conjunto de España, o
de la Península Ibérica; sea el contexto de la Unión Euro-
pea; o sea el sistema mundo. De ahí que optemos por
aceptar las definiciones institucionales de los institutos de
Estadística, los cuales coinciden en España y Portugal en
el corte de los 10.000 habitantes, para separar los asen-
tamientos que podrían ser considerados como ciudades
de los que oficialmente no lo son.

2. El tamaño de las ciudades ibéricas

Aunque en otras áreas del planeta debería ser distinta,


podemos establecer como hipótesis de trabajo, para el
conjunto peninsular, el siguiente agrupamiento atendien-
do exclusivamente al tamaño:

Ciudades de 10.000 á 100.000 habitantes, que sue-


len ser pequeñas ciudades funcionalmente especializadas
(agrociudades, capitales administrativas de ámbito pro-
vincial o regional, ciudades industriales, ciudades turísti-
cas, etc...)

Ciudades de 100.000 á 500.000 habitantes, conside-


radas ciudades medias

Ciudades de 500.000 á 1.000.000 de habitantes, que


en el ámbito europeo pueden considerarse grandes ciu-
dades

Ciudades de más de 1.000.000 de habitantes, a las


que puede considerarse, al menos a escala europea, co-
mo metrópolis

Sin embargo, a partir de este punto, la diversidad se dis-


para. En los tramos bajos se hace muy difícil distinguir,
en la literatura especializada, si algunos de los asenta-
mientos que sobrepasan los 10.000 habitantes son ciuda-
des, agro-ciudades, o simplemente grandes asentamien-
tos rurales. Mientras que en los tramos altos surge la
confusión cuando empezamos a hablar de grandes ciuda-
des, y aún más de metrópolis o incluso ciudades-mundo.
En Portugal, la capital del país, Lisboa, con apenas un mi-
llón de habitantes, y poco más de dos millones incluyendo
su área metropolitana, no cabe duda de que constituye
una metrópolis local, aunque en el conjunto peninsular se

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ubicaría entre la tercera y la quinta posición en la jerar-
quía de ciudades (según atendamos al municipio o el AM).
Por su parte, en España, Madrid constituye no sólo una
metrópoli de importancia en el sistema urbano europeo,
con casi tres millones en la ciudad y más de cuatro si in-
cluimos el AM, sino que forma parte del paquete de ciu-
dades-mundo considerado por Friedmann -aunque no se
considera así en la obra, más antigua, de Peter Hall-; sin
embargo, juega sólo un papel periférico en el grupo de
ciudades-mundo que actuarían, según dicho paradigma,
como 'ordenadores' del sistema urbano mundial.

Por otro lado, la medida de las ciudades no es posible de-


ducirla de los datos censales, con los que debemos traba-
jar, ya que éstos se refieren a los términos municipales.
En muchos casos, aunque existe una 'frontera' adminis-
trativa entre dos o más núcleos urbanos, éstos constitu-
yen de hecho un aglomerado en términos funcionales,
económicos y de interacción social.

Pero, en un sentido bien distinto, hallamos también muni-


cipios que incluyen diversos núcleos urbanos de relativa
importancia, o una masa informe de poblamiento disper-
so, por lo que la población señalada por los censos y pa-
drones, referida al conjunto municipal, no refleja la im-
portancia real -menor a la inducida-, de la ciudad capital
del término municipal. A veces una parte más o menos
importante de la población que censal y administrativa-
mente se asigna a una ciudad depende funcionalmente y
se vincula social y económicamente a otra distinta.

En cualquier caso, debemos insistir en el carácter relativo


de la medida de las ciudades. Aunque, ciertamente, la re-
latividad afecta en mayor medida a los niveles más bajos
y más altos de la jerarquía. Hablar de 'grandes ciudades'
refiriéndonos a las que sobrepasan los 500.000 habitan-
tes resulta ciertamente pretencioso en un planeta en el
que en 1990 había 281 ciudades-millón -como se deno-
mina a las que superan esa cifra mágica en la demografía
urbana-, de las cuales 61 se sitúan en Europa, y 12 me-
gaciudades -ciudades o conjuntos metropolitanos con
más de diez millones de habitantes- (Habitat,
1996:11ss.). En el otro extremo, calificar de ciudades,
por más que las entendamos como pequeñas, a todos
aquellos núcleos o aglomeraciones con una población en-
tre 10.000 y 100.000 habitantes, puede resultar un ejer-
cicio fallido en muchos casos.

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En cuanto a las ciudades medias (entre 100.000 y
500.000 habitantes), la variabilidad es asimismo tan
enorme que hay quien duda de que deba utilizarse tal ca-
tegoría, que a menudo se presta a confusión. Como mí-
nimo, a la consideración del tamaño debe unirse la fun-
ción, pues hallamos ciudades de más de 100.000 habitan-
tes que en modo alguno contienen la complejidad social,
cultural, económica, en suma funcional, de la ciudad me-
dia, por su carácter de ciudades-dormitorio, ciudades de
monocultivo productivo, etc(2).

3. La posición de las ciudades

Además, la propia posición espacial de la ciudad modifica


estas características. Ciudades como Santiago de Com-
postela -o incluso El Ferrol-, en Galicia; Reus, en Catalu-
ña; o Mérida en Extremadura, más allá de su diversidad
funcional y de tamaño -entre 50.000 y 90.000 habitan-
tes- coinciden en una posición importante en la red urba-
na, lo que hace que, pese a no alcanzar esa barrera arbi-
traria de los 100.000 habitantes, cumplan funciones, en
algunos casos, incluso de tipo metropolitano. En otros ca-
sos, aglomeraciones de ciudades que no alcanzan de lejos
los 100.000 habitantes constituyen en su conjunto una
densa malla urbana que a todos los efectos debería anali-
zarse de forma conjunta, aunque en casi todos los casos
aparece dentro del conjunto una ciudad que supera los

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100.000 habitantes. El concepto estándar de regiones ur-
banas, pensado para las grandes megalópolis, no sirve
para esas aglomeraciones simplemente por una cuestión
de escala(3); y sobre todo porque, frente a ese concepto
jerarquizante, que exige la preeminencia de una gran ciu-
dad central, se presentan territorial y socioeconómica-
mente más bien en términos de red. La gran conurbación
que se extiende entre Murcia y Benidorm, y que se aden-
tra en el interior de las provincias de Murcia y Alicante, no
aparece articulada en torno a una de sus ciudades en
concreto; Alicante, Murcia y Elche, además de otras de
menor tamaño, inter-actúan estrechamente en el marco
de una densísima red de ciudades medias y agro-
ciudades, con numerosos intersticios de poblamiento dis-
perso de carácter rural, e incluso de esoacios naturales,
hasta constituir ese aglomerado de más de 1,8 millones
de habitantes que marca el extremo sur del denominado
Arco Mediterráneo. Mumford utilizó, junto al de región ur-
bana, el término red urbana regional, que él señalaba
como una forma emergente distintiva de la cadena evolu-
tiva eopolis/polis/metrópolis/megalópolis/conurbación
(Mumford, 1973:384); es sin duda un término mucho
más adecuado para definir las situaciones a que nos es-
tamos refiriendo.

Deberíamos por tanto hablar, en este caso, de redes me-


tropolitanas regionales, y es aquí donde comienza a ser
de utilidad la introducción del concepto de mesópolis, pa-
ra identificar a los principales centros urbanos interrela-
cionados pero no contiguos que articulan dichas redes, y
que sin embargo no alcanzan a constituirse individual-
mente en metrópolis centralizadoras u ordenadoras del
conjunto. Algo parecido podríamos decir del corredor que
se extiende entre Vigo y El Ferrol, en Galicia, en el que
resulta difícil fijar una ciudad claramente centralizadora
de un conjunto que alcanza 1,6 millones de habitantes. Y,
a una escala menor, podríamos señalar la conurbación li-
neal de carácter transfronterizo que se extendería desde
San Sebastián a Bayona, y que suma casi 400.000 habi-
tantes en el lado español y más de 180.000 en el lado
francés. Así como, en último término, cabría señalar el
corredor que se extiende entre Elvas (en Portugal) y Mé-
rida, con casi 250.000 habitantes y en el que no puede
decirse que ni siquiera la mayor de las ciudades existen-
tes, Badajoz, constituya nítidamente una ciudad central
en términos jerárquicos (Baigorri, 1999).

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4. Funciones urbanas

Como ha quedado expuesto, la consideración de la diver-


sidad funcional a que responden los distintos núcleos ur-
banos nos ayuda también a reducir la perplejidad en la
que puede sumirnos la mera consideración del tamaño.
Siendo además una cuestión a la que se ha dedicado, a lo
largo del siglo XX, especial atención en la planificación te-
rritorial, en el campo de la Sociología en particular desde
la Ecología Humana (Duncan, 1960), partiendo de la
hipótesis de la dominación metropolitana, según la cual
una gran ciudad tiende a controlar la distribución de per-
sonas, instalaciones y servicios, en una gran región cir-
cundante, centralizándolos, es decir, dando lugar a una
gradación que está en función de la distancia al centro
(Bogue, 1949).

No vamos a extendernos en una cuestión sobre la que la


literatura ha sido abundantísima a lo largo de medio siglo,
y que ha dado lugar a los modelos de sistemas urbanos
cuyas limitaciones hemos expuesto en otros trabajos
(Baigorri, 1991, 1997, 1999), frente al modelo interpreta-
tivo de red en que nos amparamos. Pero sí nos interesa
resaltar la necesidad de tener en cuenta las funciones pa-
ra analizar las estructuras y subestructuras de la red ur-
bana global. Funciones que tradicionalmente han sido en-
tendidas de forma muy diversa, pero que pueden sinteti-
zarse en las siguientes: función religiosa, de recreo o sa-
lud, industrial, capitales políticas y/o militares, cultural,
etc. Sobre la base del 'principio de la función clave', des-
arrollado por la Ecología Humana, se acepta de forma ge-
neral desde el análisis regional el principio de que el cre-
cimiento de una ciudad depende de su capacidad para
ofertar de forma eficaz productos y servicios a poblacio-
nes del exterior. (Anderson, 1973:404).

Entre los modelos funcionalistas más reciente, hallamos


particularmente interesante la siguiente clasificación, rea-
lizada pensando precisamente en las ciudades europeas.

TIPOS FUNCIONALES DE CIUDADES


Tipo de ciudad Características Ejemplos
Ciudades Globales Acumulación de sedes centrales finan- Londres, Paris,
cieras, políticas, económicas y culturales Madrid
de importancia global-mundial
Ciudades de servicios Basadas en industrias avanzadas, cen- Bristol, Reading,

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y alta tecnología en tros nacionales de I+D, servicios orien- Munich, Barcelona
ascenso tados a la producción de importancia
internacional
Ciudades industriales Basadas en industrias tradicionales Metz, Oberhausen,
en declive (monoestructuradas), infraestructura Mons, Sheffield,
física obsoleta, desempleo estructural Bilbao, Oporto
Ciudades Puerto Industrias de construcción y reparación Liverpool, Génova,
naval en declive, legado ambiental, en Marsella, Lisboa,
las situadas al Sur se añaden funciones Cádiz, El Ferrol
de entrada
Ciudades en ascenso Extensa economía informal y subclases Palermo, Tesalóni-
sin industrialización marginalizadas, desarrollo incontrolado ca, Nápoles, Mur-
moderna y deterioro ambiental cia, Elche
Ciudades de una em- Economía local muy dependiente de una Leverkusen, Eind-
presa sola empresa hoven, ¿Zaragoza?
Nuevas ciudades Ciudades completas en sí mismas con Milton Keynes,
población procedente del hinterland de Evry, Tres Cantos
las grandes aglomeraciones urbanas
Satélites monofuncio- Nuevos esquemas urbanos dentro de Sophia-Antípolis,
nales grandes aglomeraciones focalizadas Roissy
hacia una sola función (tecnópolis, aero-
puerto, etc)
Pequeñas ciudades, Pequeñas ciudades y áreas semiurbani- Tudela, Talavera
centros rurales, cintu- zadas en regiones rurales, a lo largo de de la Reina, Évora
rones rurbanos corredores de transporte con vacíos en
el potencial económico
Ciudades de turismo y Economía local dependiente del turismo Salzburgo, Vene-
cultura internacional y de eventos culturales de cia, Palma de Ma-
importancia europea llorca
Ciudades de frontera/ Hinterland dividido por fronteras nacio- Aaachen, Basel,
Ciudades de entrada nales; puertas de entrada para emigran- Badajoz
tes económicos y refugiados políticos
Fuente: Kunzmann y Weneger, 1991 (se han añadido en cursiva algunos ejemplos
ibéricos)

5. De la ciudad intermediaria a la mesópolis

En el caso de la Península Ibérica, con mayor intensidad


incluso que en otras zonas de Europa, el concepto de ciu-
dad media es ampliamente utilizado. Sin embargo, como
se muestra en una de las más recientes definiciones de
las ciudades medias, a menudo alcanza tal nivel de empi-
rismo que muestra su propia imposibilidad de uso. Uno de
los últimos informes de la Comisión Europea sobre orde-
nación del territorio define a las ciudades medias como
ciudades relativamente grandes, con dimensión suficiente
como para no estar en desventaja en relación a las ciuda-
des de más de 500.000 habitantes en materia de servi-
cios, equipamientos y sostenibilidad económica. En sínte-

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sis, el informe considera como ciudades medias a todas
aquellas ciudades europeas de menos de 500.000 habi-
tantes cuya población creció en la década de los '80 (Co-
misión Europea, 1995).

Como respuesta analítica a tales insuficiencias conceptua-


les, se ha venido introduciendo en los últimos años -
fundamentalmente desde la literatura francesa- el térmi-
no de 'ciudad intermediaria' (ville intermédiaire). Hay in-
cluso razones de orden semántico que aconsejan cambiar
de terminología; pues de hecho las ciudades medias, tal y
como las entendemos, atendiendo a la anterior clasifica-
ción funcional apenas tendrían sentido en el grupo de las
pequeñas ciudades y centros rurales, por más que tradi-
cionalmente se haya utilizado el término en relación con
ciudades que centralizan determinadas funciones, articu-
ladas en torno a la función clave de la capitalidad admi-
nistrativa, provincial o comarcal, y de las que demasiado
se sobreentiende "una cierta dulzura de vivir, un cierto
dejar pasar, un adormecimiento que sólo conduce al des-
colgamiento y el subdesarrollo", frente al cual emerge el
concepto de ciudades intermediarias (los anglosajones
utilizan a menudo el término 'ciudades libres'), con las
que "se ponen en valor otras connotaciones que insisten
en el dinamismo que permite provocar relaciones y en la
capacidad de sostenerse sobre una autonomía constructi-
va, en relación con un territorio vivo." (Gault, 1989:20).

El concepto de 'ciudad media' de la Comisión Europea nos


apunta la dirección clave para el desarrollo del concepto
de 'ciudad intermediaria': es de alguna manera el éxito en
el desarrollo lo que caracterizaría a este tipo de ciudades,
diferenciándose de las tradicionales 'ciudades medias'
porque éstas permanecen ancladas en el pasado, en el
dolce far niente provinciano. Tornqvist (1988) señala, tras
analizar diversos países europeos, la existencia de siete
factores fundamentales:

a) Buena red de comunicaciones interior y exterior (na-


cional e internacional)

b) Nivel de instrucción y de capacidad de investigación


superior a la media

c) Buen entorno residencial para segmentos cualificados


de la población activa

d) Diversidad significativa de oportunidades de empleo

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e) Núcleo urbano central eficiente

f) Fuerte apoyo a las actividades de ámbito cultural

g) Implicación activa de las instituciones públicas en la


vida de la ciudad

Por otra parte, la 'ciudad intermediaria' valoriza lo que se


ha denominado "la lógica de la organización espacial en
red" (Camagni, 1993), por oposición a las lógicas compe-
titivas predominantes en periodos anteriores(4). Más aún,
la percepción de la existencia, en Europa, de "ciudades
que ganan en países que pierden" (Benko, Lipietz, 1992)
hace hablar a algunos autores de "ciudades que ganan en
regiones que pierden" (Ferrâo et al., 1994), precisamente
como un factor que habría acompañado a muchas de las
políticas de potenciación de las ciudades medias, en las
que no se habría tenido en cuenta el concepto de red y la
implicación con su hinterland, al contrario de lo que ocu-
rriría con las ciudades intermediarias. La 'ciudad interme-
diaria' ya no es así la 'ciudad media' que se constituye
simplemente en centro situado en un nivel intermedio de
la jerarquía urbana, con mera voluntad de acumulación
de los recursos -demográficos, económicos y naturales-
de su entorno. Es fundamentalmente un núcleo integrado
en el circuito -o red- de relaciones que se establecen en
el seno de los sistemas nacional e internacional; un in-
termediario por tanto (efectivo o todavía potencial) entre
espacios situados en dimensiones distintas: las 'ciudades-
mundo' de una parte, y los territorios hasta ahora margi-
nales en la otra.

En suma, podríamos definir a la 'ciudad intermediaria' en


términos dinámicos, y en un sentido optimista y empren-
dedor, como una ciudad de entre 100.000 y 500.000
habitantes, aproximadamente, con capacidades para su
afirmación, tanto a nivel nacional como internacional, en
los sistemas urbanos en los que participa, y con capaci-
dad para contribuir al desarrollo del entorno territorial
inmediato del que extrae buena parte de su fortaleza.

Sin embargo, el concepto de ciudad intermediaria es en el


fondo un concepto normativo, orientado al diseño de es-
trategias de desarrollo local que reequilibren el territorio,
más que analítico; en esta dirección se retrotrae al mismo
concepto de ciudad media tal y como fue pensado -con
casi idéntica finalidad en el discurso-, en la planificación
territorial/regional de los años '60. La cualidad que se

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pretende, ese carácter de intermediación entre lo local y
lo global, es la misma que se pretendió atribuir a las ciu-
dades medias, sobre todo, en la planificación del desarro-
llo francesa y española, y ya en los años '80 en el caso de
Portugal. También entonces el papel que se pretendía pa-
ra las ciudades medias era el de evitar la excesiva con-
centración de la población en los grandes centros urba-
nos, optimizando los recursos dispersos en el territorio
sobre la base del desarrollo polarizado en una serie de
Centros de Crecimiento(Moseley, 1977). Nos referimos,
muy particularmente, a la política de las 'metrópolis de
equilibrio' fomentada en Francia en los años '60, y orien-
tada a favorecer el desarrollo regional, basada en la crea-
ción de elementos estructurantes, empleo público e in-
cremento de la centralidad. En el caso de España, aunque
no existió una política equivalente de manera explícita, la
política de Polos de Desarrollo cumplió idénticas funcio-
nes, pues los mismos llevaban implícita la potenciación de
algunas de las ciudades medias. En el caso de Portugal
hay ciertas referencias al tema en el III Plano de Fomento
(1968/73), pero será ya en los años '80 cuando empiece
a desarrollarse una política de explícito apoyo a las ciuda-
des medias, con el Programa de Consolidação do Sistema
Urbano Nacional (PROSIURB). Por tanto, la 'ciudad inter-
mediaria' haría en realidad referencia, más bien, a un
momento evolutivo de las ciudades medias, que no todas
ellas han podido alcanzar(5).

El concepto de ciudades intermedias se alimenta del pla-


neamiento estratégico de ciudades de finales de los años
'80. La ciudad de Poitiers (Francia), en concreto, investiga
en 1987 en torno al concepto de 'metrópolis intermedia-
rias', una noción que permitía salir de esa noción dema-
siado estrecha que relaciona las ciudades medias con el
número de habitantes; y que a través de la idea de 'me-
trópolis' implica una cierta capacidad de influencia, por
tanto de autonomía y autoorganización. La idea de la in-
termediación sugiere que no se trata de grandes metró-
polis, ni pequeñas ciudades que se sitúan por debajo del
umbral crítico de desarrollo (Gault, 1989:36).

Es en este punto en el que podemos hemos introducido la


denominación 'mesópolis', no por un mero nominalismo
que persiga la distinción vanal, sino por cuanto entende-
mos que una sola palabra sintetiza en este caso esos con-
tenidos asignados a las 'metrópolis intermediarias'.

14
De alguna manera, en las mesópolis hallaríamos aquellos
centros urbanos con capacidad de iniciativa que son im-
plícitamente aceptados como cabeceras o líderes de un
subsistema urbano, pero que a la vez tienen conciencia
de sus debilidades y dependencias respecto del sistema
de grandes ciudades y metrópolis, así como de su papel
dinamizador respecto de su hinterland, que será más o
menos amplio en función, fundamentalmente, del sistema
de poblamiento imperante. No son por tanto ciudades pe-
queñas o medianas ciudades que viven de su entorno,
que son parasitarias del mismo -algo consustancial a mu-
chas pequeñas capitales administrativas-, sino que articu-
lan, y sobre todo se articulan en un hinterland productivo
y dinámico dentro del cual coexiste una red de ciudades
pequeñas y medianas.

Incluso entre los principales defensores del paradigma de


las ciudades-mundo, según hemos visto, se observa una
línea de revisión crítica de la hipótesis de las ciudades-
mundo como centros de creciente centralización, y sobre
la imagen de jerarquía de ciudades. Por ejemplo Lyons y
Salmon señalan "alguna evidencia de que la creciente
globalización de la economía mundial esté redefiniendo
las relaciones dentro de la jerarquía urbana y, en este
proceso, expandiendo el potencial de control global de al-
gunas ciudades de los estratos más bajos de la jerarquía"
(Lyons&Salmon, 1995:99). En este mismo sentido, la
evolución bastante positiva de numerosas ciudades me-
dias -o intermediarias- nos apunta, según algunos auto-
res, que "no existe ningún fatalismo que lleve a una mar-
ginalización creciente de las aglomeraciones que no ocu-
pan una posición cimera en términos demográficos, como
los modelos de organización territorial del tipo centro-
periferia dejaban preveer" (Ferrâo et alt., 1994:1133)

Por todo ello, la mesópolis viene en muy corta medida de-


terminada por el tamaño, si bien es probable la existencia
de un tamaño mínimo -que arbitrariamente podemos si-
tuar en los 100.000 habitantes(6) para ser operativos- a
partir del cual se genera la densidad crítica suficiente pa-
ra la autogeneración y diversificación creciente de las ac-
tividades económicas.

6. Ciudades, mesópolis, grandes ciudades y


metrópolis en la Península Ibérica

15
Atendiendo estrictamente al tamaño y a la posición, el si-
guiente mapa recoge todas aquellas ciudades que, aisla-
das o formando parte de redes urbanas, corredores o
áreas metropolitanas, superan los 100.000 habitantes en
la Península Ibérica. Por el momento puede servirnos pa-
ra medir groseramente su relativamente escaso número.

A nivel meramente de hipótesis, que como queda dicho


habría de ser verificada para cada caso en la misma me-
dida en que lo hemos hecho para el de Badajoz en (Bai-
gorri, 1995, 1999), podemos establecer la siguiente clasi-
ficación de tipologías sobre la casuística recogida en el
mapa, componiendo la estructura de redes urbanas que
articulan la península ibérica:

a) Regiones metropolitanas y grandes ciudades:

Madrid -la única ciudad peninsular que es aceptada como


ciudad global, o ciudad mundo, por algunos autores-, es
entendida aquí, en tanto metrópolis, como un continuum
urbano -no necesariamente de uso residencial- que se ex-
tiende entre Toledo y Guadalajara. Entendida en este
sentido amplio -que las fronteras regionales impiden de
nuevo tratar, como en su día lo impedían las municipales-
, se trata de una metrópolis de 4,9 millones de habitan-
tes.

16
Barcelona, con 1,6 millones de habitantes, articula sin
embargo una metrópolis también en un sentido amplio
incluye más de setenta municipios que totalizan 3,9 mi-
llones de habitantes.

Lisboa, a pesar de la relativamente poca población de la


municipalidad de dicho nombre (menos de 700.000 habi-
tantes), articula en su península y la de Setúbal una po-
blación de más de 2,4 millones de habitantes, que a pe-
sar de no ser la principal conurbación portuguesa actúa
como metrópolis local.

Valencia, con 750.000 habitantes, articula a otro medio


centenar de municipios en un hinterland relativamente
cercano, que suma 1,8 millones de habitantes.

Sevilla, con 650.000 habitantes, domina otros veinte


municipios en su entorno más inmediato con los que tota-
liza 1,1 millones de habitantes. Sin embargo, no sabemos
hasta qué punto no debería hablarse más bien de una
metrópolis del Guadalquivir, que incluye la conurbación
de Cádiz-Jérez (0,66 millones) y Huelva (0,22 millones).
Sería interesante estudiar si nos encontramos frente a un
caso ideal de red metropolitana en la que el peso de la
metrópolis principal está justamente compensada por va-
rias mesópolis. Hablaríamos de una región metropolitana
de aproximadamente 1,9 millones de habitantes.

Bilbao es sin duda el caso más extraño en la península,


por cuanto constituye tal vez la única área metropolitana
por decisión propia. Con algo más de 360.000 habitantes
en el municipio central, alcanza algo más de un millón de
habitantes si le sumamos, además de los municipios del
área metropolitana constituida, otro medio centenar de su
hinterland. En este sentido, Bilbao constituiría probable-
mente justamente el tipo ideal de 'gran mesópolis' en Es-
paña. Los particularismos que se alimentan en el País
Vasco explican que, en lugar de tratarse como gran co-
nurbación -como de hecho funciona de forma espontá-
nea- el conjunto que se extiende a lo largo de la autopista
entre la ría de Bilbao y Bayona -poco más de 100 kilóme-
tros separan ambas ciudades-, se desarrollen estrategias
que claramente entran en competición entre el denomi-
nado Gran Bilbao y la conurbación trans fronteriza -en
proceso de desarrollo- que se extiende entre San Sebas-
tián y Hendaya. La metrópolis vasca sumaría 1,6 millones
de habitantes, y nos encontraríamos en un si esta hipóte-
sis es verificable frente a un caso muy similar al señalado

17
en el caso de Sevilla. En este caso serían las mesópolis de
San Sebastián y Bayona justamente las que estarían
cumpliendo esa función intermediaria a que se ha hecho
referencia. Por otra parte, como más adelante veremos,
este corredor y el de Badajoz constituyen los dos únicos
de carácter auténticamente trans fronterizo de la Penín-
sula.

Zaragoza, con 600.000 habitantes, es probablemente la


única gran ciudad que pueda entenderse como tal en la
península, tanto por su perfil -sin área metropolitana, pe-
ro con un vasto hinterland- como por sus funciones y ta-
maño.

b) Conurbaciones y áreas mesopolitanas

La gran conurbación Oporto-Coimbra constituye sin du-


da el ejemplo más potente y paradigmático, en la penín-
sula, de espacio urbano articulado por mesópolis. En sí el
distrito del Grande Porto tiene entidad propia, articulado
por las mesópolis de Porto (302.000 habitantes) y Vila
Nova de Gaia (248.000 habitantes), junto a otras ciuda-
des medias, media docena de las cuales superan los
100.000 habitantes. Sin embargo, creemos que debemos
extender este corredor hasta el entorno de otra mesópo-
lis, Coimbra; de forma que el conjunto, un corredor de
unos 150 kms de largo y menos de 40 de profundidad,
totaliza los 4 millones de habitantes, constituyéndose en
la tercera concentración urbana de la península, después
de las regiones metropolitanas de Madrid y Barcelona.

La que hemos denominado Arco Mediterráneo Sur(7) es,


como región mesopolitana, sin embargo, aún más para-
digmático de todo aquello que encerraba la idea de las
ciudades intermediarias, atendiendo a su dinamismo, la
autonomía de las ciudades, el funcionamiento de los flu-
jos internos en términos de red, etcétera. No se trata ya
de hablar del continuum urbano que se extiende entre
Benidorm y Elche, articulado por Alicante, sino que en-
tendemos debe incluirse dentro de esta vasta región me-
sopolitana el entorno metropolitano de Murcia y Cartage-
na. La mayor de las ciudades consideradas, Murcia, no al-
canza los 330.000 habitantes; mientras que las otras tres
entre los 170 y los 270.000 habitantes (Alicante). El con-
junto del medio centenar de municipios, que incluyen
numerosas ciudades de más de 20.000 habitantes y, so-
bre todo, un continuum de poblamiento y utilización y
administración netamente urbanas incluso de los espacios

18
agrarios, totalizan algo más de 1,8 millones de habitan-
tes.

Algo parecido podríamos decir de lo que bien podríamos


denominar el Corredor Urbano de Galicia, que se ex-
tiende en una estrecha franja entre Vigo y Ferrol totali-
zando 1,6 millones de habitantes, en medio centenar de
ciudades de tamaños diversos, jaspeadas por amplios in-
tersticios rurales. No habiendo una ciudad que domine
claramente sobre el conjunto, debemos entender como
mesópolis no sólo a las dos ciudades que sobrepasan los
100.000 habitantes (Vigo y La Coruña), sino también por
su posición y funciones a Santiago, a pesar de no alcan-
zar dicho tamaño.

A otra escala, presenta características muy parecidas la


Región Mesopolitana Astur, articuladas por las mesó-
polis de Gijón y Oviedo, que además de competir articu-
lan una red más extensa que totaliza 0,8 millones de
habitantes.

El caso del corredor urbano de la Costa del Sol, como


ocurre con la conurbación turística de la isla de Mallorca,
presenta características especiales por su condición de
regiones-factoría en las que la explotación del turismo ca-
si como monocultivo plantea problemas de interpretación
territorial de orden diverso. En ambos casos nos hallamos
con dos grandes ciudades (los algo más de 500.000 habi-
tantes de Málaga frente a los algo menos de 300.000 de
Palma no significan mucho, habida cuenta de la mayor
significación que en la capital balear tiene la población
consumidora flotante). Dudaríamos en este caso de si
hablamos de regiones metropolitanas o mesopolitanas,
requiriendo un análisis de mayor profundidad del que po-
demos hacer en este momento.

Del mismo modo que resulta dudoso el tratamiento analí-


tico que debiéramos dar a la pequeña conurbación en
torno a Tarragona (con casi 300.000 habitantes), que
funciona con cierta autonomía como red pero dificilmente
se la puede desvincular de la región metropolitana de
Barcelona, ya que de hecho se produce una continuidad
urbana física entre ambas conurbaciones.

Finalmente -teniendo en cuenta que las regiones mesopo-


litanas de San Sebastián/Hendaya, de Cádiz/Jerez y
Huelva las hemos asignado potencialmente a regiones
metropolitanas que potencialmente las incluyen- tendría-

19
mos el caso de la región mesopolitana de las Vegas del
Guadiana, articulada fundamentalmente por la mesópolis
de Badajoz, pero en cuya red juega también un papel
fundamental una pequeña ciudad como Mérida, como
ocurría en el corredor Gallego a otra escala y con ligera-
mente distinta significación funcional en el caso de San-
tiago. Según extendamos la región al corredor Elvas-
Mérida (algo más de 240.000 habitantes) o hagamos una
delimitación más laxa, incluyendo un corredor de algo
más de 120 kilómetros y unos 40 de profundidad (inclu-
yendo Almendralejo y las ciudades gemelas de Don Beni-
to y Villanueva, entre otras, superando así ampliamente
los 300.000 habitantes), la significación del mismo varía.

Y en una situación parecida hallamos al pequeño corredor


que se extiende entre El Ejido y Almería, que suma algo
más de 250.000 habitantes. En cuanto al caso de Andú-
jar-Linares-Úbeda, ya se ha señalado la dificultad de
adscribirlo a una tipología concreta de red urbana.

c) Ciudades medias

Aparecen luego 14 ciudades medias de más de 100.000


habitantes, de desigual tamaño pero funcionalmente en
todos los casos asimilables al concepto tradicional de las
ciudades medias: Valladolid (que si tenemos en cuenta la
cercanía y vinculación casi metropolitana de Palencia so-
brepasa los 420.000 habitantes), Santander (que, como
en el caso de Valladolid, si incluímos Torrelavega y algu-
nos pequeños núcleos de su entorno más inmediato su-
pera los 320.000 habitantes), Córdoba (algo más de
350.000 habitantes incluyendo algunos municipios de ca-
rácter metropolitano), Granada (311.000), Pamplona
(250.000), Vitoria (206.000), León (173.000), Salamanca
(169.999), Burgos (160.000), Jaén (156.000), Lérida
(140.000), Albacete (130.000) y Logroño (127.000).

En el caso de Portugal, las ciudades medias existentes no


son tales (Ferrão, 1995), sino que a lo sumo forman parte
de las conurbaciones existentes. Ninguna otra situada
fuera de tales conurbaciones alcanza los 100.000 habitan-
tes, aunque no cabe duda de la existencia de un tejido de
pequeñas ciudades que articulan el interior, como Vila
Real, Castelo Branco, Évora, Beja o Faro.

20
7. Ciudades que se mueven. Bananas, arcos,
diagonales y triángulos en la Península Ibéri-
ca y Europa

No obstante, cuando pretendemos estructurar la red ur-


bana peninsular en un modelo claro, y sobre todo explica-
tivo, nos encontramos casi frente a un divertimento, más
aún si integramos la comprensión de la red en el conjunto
de la Unión Europea. Hasta la fecha no se ha demostrado
que ninguno de los innumerables modelos que pretenden
abstraer la expresión física en el territorio del desarrollo
económico y social sean explicativos, y en consecuencia
puedan llegar a ser normativos, salvo en la medida en
que sean propuestos como imágenes, futuribles de la vo-
luntad.

Por el contrario, en la mayoría de los casos -sea cual sea


el aparato cuantitativo sobre el que descansen(8)- se trata
de modelos únicamente descriptivos, que caen en el em-
pirismo abstracto cuando pretenden proponer proyeccio-
nes tendenciales. A menudo, los propios autores especia-
lizados en este tipo de trabajo reconocen que "la clasifica-
ción en niveles jerárquicos era muchas veces un artificio
estadístico no siempre acorde con la realidad" (Precedo,
1987:75).

Así, hace menos de dos décadas era comúnmente admiti-


da en los ámbitos académicos la concentración del desa-
rrollo económico y la dinámica urbana en España en un
triángulo altamente integrado en el Nordeste español, con
vértices en Asturias, Levante y Cataluña, siendo los flujos
más abundantes entre los vértices de Asturias y Cataluña,
estando el resto del país caracterizado por la presencia de
núcleos urbanos escasamente vinculados en materia de
flujos con otras ciudades (Ferrer y Precedo, 1982). Sin
embargo, la situación actual sólo remotamente guarda re-
lación con ese cuadro descrito; no tanto -o no únicamen-
te- por los cambios producto de la reestructuración indus-
trial (Rodriguez Pose, 1995) con los que a menudo se
pretende camuflar los errores de previsión, como por la
propia dinámica de los territorios y ciudades, coadyuvada
-eso sí- por las transformaciones tecnológicas y los cam-
bios en los procesos de comunicación.

En realidad, si atendemos a perspectivas más globales, ni


siquiera los diversos empiristas abstractos coinciden en
las conclusiones a las que los análisis funcional, de flujos

21
o morfológicos nos conducen. Así, un vasto número de
investigadores concluyen, cuando observan las reestruc-
turaciones espaciales provocadas por el paso de la socie-
dad industrial a la post-industrial, por el advenimiento de
la Sociedad de la Información, la Globalización y el resto
de factores de cambio que han impactado en las últimas
décadas -ya hemos apuntado al respecto en otro aparta-
do- , que todo ello conduce a una mayor concentración de
la producción, el capital, la información y en suma el
bienestar en los grandes centros decisorios, hablemos de
ellas como megalópolis financieras, ciudades globales,
ciudades-mundo, etc. Es la línea sustentada fundamen-
talmente por Sassen y Castells.

Sin embargo, sobre los mismos datos otro no menos ex-


tenso grupo propone que el hecho más significativo es la
aparición de nuevos espacios de crecimiento que se esta-
rían convirtiendo en los principales beneficiarios de la re-
cuperación económica. Las denominaciones son extrema-
damente variadas, por cuanto en realidad se refieren
también a realidades no menos diversas: desde las Edge
Cities norteamericanas (Garreau, 1992), en referencia a
los centros suburbanos que han incrementado su prota-
gonismo (Cervero, 1989), y en general a los ciudades
nuevas del sprawl de las metrópolis (McGovern, 1994);
sean las pequeñas y medianas ciudades que se beneficia-
rían de la deslocalización y desconcentración de las tecno-
logías de la información (Campos Venutti, 1985); sean los
famosos 'distritos industriales' popularizados por italianos
y madrileños (Piore y Sabel, 1990); los ejes de desarrollo
flexible, las ciudades tecnológicas francesas (Rodriguez
Pose, 1995), etc.

Lógicamente, frente a estas posiciones debe haber un


tercer grupo, más ecléctico y quizás dentro del cual
habría de incluirse nuestra posición. Esta tercera posición
parte de las aportaciones de (Benko y Lipietz, 1992), que
ponen de manifiesto que, efectivamente, las regiones que
ganan con la reestructuración -si es que es tal- son regio-
nes urbanas, preferentemente las mayores y tradicionales
metrópolis; sin embargo, entiende que que ello no es óbi-
ce para que nuevos espacios puedan alcanzar protago-
nismo, en unos casos, y en otros 'salir' incluso de su posi-
ción estrictamente periférica; en suma, se habla de nuevo
de "el 'renacimiento' de ciudades intermedias en relación
con el poder de las grandes metrópolis" (Cappellin,
1992:30)

22
Así, a pesar de nuestro escepticismo respecto de los tra-
dicionales análisis espaciales, no es menos cierto que
existen evidencias empíricas que pueden derivarse de la
observación espacial. Modelos interpretativos que, en la
medida en que sean acertado, pueden ayudar al estable-
cimiento de estrategias de desarrollo tanto urbano como
regional. Hipótesis que, más con la ayuda de la intuición
científica (la 'imaginación sociológica' de Wrigth Mills apli-
cada al espacio), que con la de los datos, nos permiten
pronosticar una evolución posible siempre que se den de-
terminadas circunstancias. En esta línea van los más re-
cientes trabajos sobre la dinámica espacial del desarrollo,
siendo la literatura sobre el denominado Arco Mediterrá-
neo uno de los más interesantes ejemplos de estas nue-
vas posiciones -ver, para una revisión de textos sobre ese
espacio, (Salvá, 1997)-. Lo cierto es que, exista o no el
famoso arco mediterráneo, la reflexión sobre el mismo
está ayudando a las ciudades y regiones que hipotética-
mente lo compondrían a establecer políticas apropiadas
de inserción en la economía global, coadyuvando así a los
procesos naturales de sus propias estructuras económicas
y sociales.

23
En este sentido, hay interesantes antecedentes en esta lí-
nea de aproximación, que lamentablemente no fueron su-
ficientemente tenidos en cuenta por los planificadores,
debido esencialmente la escasa difusión de los análisis
espaciales de origen sociológico. Así, el informe sociológi-
co FOESSA de 1970 preveía que, "en las próximas déca-
das, el mapa de la estructura urbana peninsular evolucio-
nará del modo siguiente: 1. Urbanización creciente de la
costa mediterránea, Madrid, Lisboa y costa cantábrica. 2.
Desarrollo de los nudos interiores de enlace: Valladolid,
Burgos, Zaragoza y quizás Albacete, Bailén y Badajoz. 3.
Detención relativa del proceso urbanizador en Oporto-
Galicia y en las ciudades medias de la campiña andaluza"
(FOESSA, 1970:1190)

Dejando a un lado el caso de la conurbación Oporto-


Galicia, que obviamente ha seguido desarrollándose in-
tensamente en estas tres décadas, no cabe duda de que
el resto de las previsiones se han cumplido con bastante
exactitud., y que el modelo espacial actual en la Península
Ibérica, después de choques tan profundos como la lla-
mada crisis fordista, la globalización, la incorporación a la
UE, o la desaparición de las fronteras, se parece bastante
al sugerido en aquel informe.

8. Las grandes tendencias espaciales en Euro-


pa y la península ibérica

Veamos en primer lugar cúales son los grandes modelos


interpretativos de la dinámica espacial europea en estos
momentos. Como veremos, algunos son redundantes, y
otros contradictorios, pero todos ellos constituyen hipóte-
sis a considerar. El problema de casi todos ellos es que
pretenden una frustrada interpretación global, imposible
en la medida en que terminan en las fronteras comunita-
rias y no pueden leerse en sus respectivas conexiones
con las redes planetarias. De ahí que nos parezcan mucho
más interesantes aquellos modelos que se limitan a espa-
cios concretos, conviniendo con (Hall, 1993:893) en la di-
ficultad de expresar un sistema urbano europeo, existien-
do más bien un conjunto de sistemas nacionales diferen-
ciados entre sí de forma clara por causa de diversos
hechos históricos, aunque tampoco debemos olvidar que
la desaparición de las fronteras ha provocado la interco-
nexión de no pocos de estos sistemas nacionales, o redes

24
urbanas, conformando nuevos espacios para la interpre-
tación, presentando la Península Ibérica varios casos de
este tipo.

Sin duda, el modelo más conocido, basado en las posicio-


nes que entienden que los cambios están conduciendo a
una mayor centralización y jerarquización de los espacios,
es el de la banana azul, que expresa la idea de la concen-
tración de los flujos económicos y financieros en un pasi-
llo, y que fue lanzado por la DATAR a finales de los años
'80, según está expresado en (Brunet, 1989). Se trata
esencialmente de un corredor metropolitano que se ex-
tendería, atravesando mares y montañas, prácticamente
entre Londres y Milán.

Otros autores hablan de la megalópolis europea para re-


ferirse a este espacio, pero lo cierto es que, a pesar de
que en la zona hallamos la mayor densidad urbana, no
está claro para todos los autores que exista una continui-
dad clara, ni siquiera en los términos en que hace tres
décadas se enunció el concepto de megalópolis para des-
cribir el Noroeste de los Estados Unidos (Gottman, 1973).
Por lo que otros prefieren distinguir entre las capitales
centrales de Europa, que constituirían la auténtica mega-
lópolis europea, y el arco alpino. Es en estos términos
como se plantea la red urbana la propia Comunidad, al
diseñar los programas de cooperación interregional, y de
hecho la Dirección General de Políticas Regionales de la
Comisión estableció su modelo de interpretación espacial
de la dinámica regional europea.

Otros autores modifican sensiblemente ese modelo para


intentar reflejar mejor la variabilidad espacial. Pues, cier-
tamente, incluir al Alentejo litoral en una misma unidad
de análisis y acción con el País Vasco, Bretaña o Gales es
cuando menos arbritario; como lo es asimilar Córcega y
Cerdeña a Cataluña, el área metropolitana de Marsella o
el hoy dinámico Languedoc. En unos casos (Cappellin,
1992) se opta por un reagrupamiento de los polígonos, y
en otros (Daviet, 1994; Salvá, 1997) se opta por centrar-
se en determinados espacios-problema, como el Arco Me-
diterráneo, distinguiendo muy bien los fragmentos que
constituyen dicho espacio.

Este modelo, en su simplicidad, parece mucho más realis-


ta por cuanto sin abandonar los posibles puntos de en-
cuentro entre los distintos subsistemas, o redes, nos de-

25
limita espacios mucho más concretos y, a la vez, posibili-
ta empezar a distinguir vacíos(9).

Sobre ese modelo encontramos cinco grandes áreas o re-


des urbanas peninsulares, casi todas ellas transnaciona-
les, a considerar como hipótesis: el llamado arco medite-
rráneo, claramente transnacional, según lo definió la DA-
TAR, entre Alicante y Génova; la fachada del Golfo de
Vizcaya, entre La Rochelle y Gijón; la conurbación de Fi-
niesterrae, entre Oporto y A Coruña; la fachada del Estre-
cho, que recogería el Algarve y Andalucía (la conurbación
murciana de la costa formaría en realidad parte del Arco
Mediterráneo); y la no menos conocida Diagonal Conti-
nental, que en este modelo se extiende entre Lisboa y
Madrid.

En cualquier caso, nos interesa resaltar cómo los más re-


cientes documentos oficiales comunitarios sobre ordena-
ción del territorio, como el Esquema de Desarrollo del Es-
pacio Europeo (SDEC) del territorio corroboran las ten-
dencias que apuntábamos en la primera parte de este
trabajo, hacia una comprensión no jerarquizada -o poli-
céntrica, en la terminología del SDEC- de las redes urba-
nas (De Michelis, 1999: 6); no obstante lo cual se admite
que por el hecho mismo de la concentración de infraes-
tructuras en corredores se produce una realimentación de
los polos económicos ya existentes, dificultándose el de-
sarrollo de nuevos corredores debido al déficit de accesi-
bilidad que sufren algunas zonas, y muy especialmente el
Suroeste de la península ibérica (Comisión Europa, 1999:
73-76).

Deteniéndonos en el ámbito peninsular, el esquema del


Plan Director de Infraestructuras elaborado en España a
principios de los años '90 recogía dos ejes esenciales, de
un lado el hoy denominado Arco Mediterráneo, en este
caso entre Murcia y la frontera francesa, y en segundo lu-
gar el Corredor del Ebro, que conecta dicho Arco con la
Región Urbana Vasca. Asimismo, se señalan una serie de
ejes en proceso de consolidación: el más importante,
aunque relativamente forzado en su diseño -sobre todo
en la extremidad superior- sería el Eje Levante-Madrid-
Asturias, que se cruza con un supuesto Eje Valladolid-
Burgos-Región Urbana Vasca (denominado en el proyecto
Eje de los Portugueses), y supuestamente conectaría
también -a través de Despeñaperros- con el Corredor de
Andalucía Occidental. En fin, aparece como destacable el

26
fragmento gallego del hoy denominado Arco Atlántico,
denominado aquí Eje gallego-Portugués.

Pero lo que nos interesa señalar en este modelo, estable-


cido precisamente para fijar la construcción de nuevas in-
fraestructuras metropolitanas, urbanas e interurbanas en
la década de los '90(10), es su radical olvido, a pesar de
responder a análisis y objetivos ya plenamente enmarca-
dos en la Unión Europea, de la parte de la Península en la
que se ubica Portugal.

En el PDI la raya, como ocurría en los precedentes Planes


de Desarrollo, parece ser para los planificadores no una
separación administrativa sino una línea de costa. Y lo
mismo puede decirse de los documentos de estrategia te-
rritorial portugueses, aunque en este caso sí se suelen
considerar al menos los espacios españoles más conti-
guos, especialmente cuando se trata (Badajoz o Suroeste
de Galicia) de lugares que contribuyen a la articulación
del propio espacio económico y social portugués.

9. La posición y el cambio virtual de posición.


Nodos transfronterizos

En este marco, que conduce a los planificadores territo-


riales incluso a olvidar la existencia de otro país al otro
lado de la frontera, es plenamente aceptable nuestro con-
cepto de las ciudades que se mueven.

Hemos visto cómo uno de los elementos de la globaliza-


ción, no el más estudiado, es el surgimiento de una di-
mensión de la ciudad que supera los perfiles de lo físico.
Hemos hablado así de urbe global, utilizando la denomi-
nación de global no en referencia a tamaños individuales
-como hace la 'escuela' de Friedmann desde una perspec-
tiva territorialista, o la de Sassen desde una perspectiva
productiva-, ni siquiera exactamente desde la perspectiva
formalista de Doxiadis, sino para designar un proceso por
el que los aspectos físicos y morales de la ciudad se ex-
tienden a todos los rincones del universo, civi-lizándolo.

Hay pues una urbe global que se superpone a la territo-


rialidad de las ciudades físicas, modificando su conforma-
ción territorial. Todavía podemos distinguir fácilmente
cómo los nudos de la urbe global, más o menos importan-
tes demográficamente, más o menos influyentes econó-

27
mica, política o culturalmente, siguen correspondiéndose
en parte con centros históricos, para los que conservamos
la rudimentaria definición de ciudades, aunque ahora las
llamemos megalópolis o incluso ciudades-mundo. Pero se
hace cada vez más difícil una correspondencia directa en-
tre esos espacios sociales y los lugares físicos en los que
las ciudades surgieron y se han desarrollado. Debemos
hablar por tanto también de centralidades virtuales, que
en parte pueden corresponderse con perímetros adminis-
trativos diferenciados, pero también con un conjunto de
posiciones sociales interconectadas espacialmente y ubi-
cados en lugares físicos a veces muy alejados entre sí.

Por otra parte, la influencia de los nuevos centros virtua-


les, así como la modificación de la tecnología de las co-
municaciones, está a su vez determinando desplazamien-
tos virtuales de determinadas localizaciones físicas, que
por lo demás no parecen responder al criterio de centrali-
zación jerárquica implícito en el paradigma de las ciuda-
des-mundo.

En este sentido hemos planteado el 'cambio de posición'


que un lugar físico (en nuestro caso hemos estudiado la
ciudad de Badajoz, a la que hemos definido como mesó-
polis transfronteriza), adopta por efecto de un conjunto
de cambios tanto físicos -maduración de planes de rega-
dío, mejora de las comunicacones terrestres...- como vir-
tuales -desaparición de las fronteras de la UE, internacio-
nalización de la Economía, conexión a la red mundial de
telecomunicaciones...-. 'Moviéndose', en tanto que lugar,
de una posición, como capital -a su vez excéntrica- de
una provincia de 600.000 habitantes, periférica y situada
en un fondo de saco -el telón de corcho-, a una posición
central en un espacio poblado por más de doce millones
de habitantes, articulado por tres metrópolis: Madrid, Lis-
boa y Sevilla

Es decir, la posición de una ciudad puede sin embargo


modificarse, como efecto de los cambios que se producen
en su entorno. Creo que este fenómeno se está produ-
ciendo ahora en general respecto a las ciudades de Ex-
tremadura y Alentejo, y más concretamente respecto de
la mesópolis de Badajoz. Veamos cómo, al nivel de mode-
los abstractos, se concreta esta interpretación espacial.

Es un fenómeno de notable importancia en la dinámica


territorial peninsular, que se produce asimismo en la me-
sópolis transfronteriza de San Sebastián/Bayona. Pero

28
nos centraremos en el caso de Badajoz, en primer lugar
porque sobre el mismo hemos desarrollado una reciente
investigación en profundidad (Baigorri, 1995, 1999), y en
segundo lugar porque es el único que afecta a nuestro
objeto de estudio: España y Portugal.

10. El nodo transfronterizo de Badajoz y la ar-


ticulación de una red urbana ibérica, en el
marco de la construcción europea

Desde los años '70, al par que se desarrollan los estudios


regionales en España, unos pocos análisis mostraron
(Martin Lobo, 1971, 1971b) la contradicción entre las es-
tructuras vigentes -determinadas en su configuración his-
tórica por la existencia de una frontera política- y el desa-
rrollo de las fuerzas productivas, que efectivamente co-
menzaban a tender hacia una interacción de tipo metro-
politano. De hecho, el corredor Badajoz-Elvas actuaba ya
como un conjunto transfronterizo, especializado justa-
mente en el comercio de frontera, tanto legal como ilegal.

Badajoz constituía, tradicionalmente, un centro comercial


para la aristocracia terrateniente alentejana, y para bue-
na parte de las clases medias de las ciudades portugue-
sas del entorno.

Aunque no disponemos de estimaciones fidedignas al res-


pecto, el trasiego de portugueses en Badajoz venía
haciéndose cada vez más intenso. Entre 1961 y 1971, el
movimiento de viajeros en la frontera hispano-portuguesa
de Caya/Caia se había multiplicado casi por cinco, pasan-
do de algo menos de 90.000 a casi 410.000, y en 1993,
cuando dejan de publicarse este tipo de estadísticas (que
no han sido sustituídos por imprescindibles encuestas de
origen/destino realizadas en la ex-frontera), la cifra había
alcanzado 1,5 millones de personas, aunque entre los
numerosos informes generados por los diversos organis-
mos provinciales y supraprovinciales dedicados a la plani-
ficación económica rara vez -por no decir nunca- hacen
mención de la importancia que estaba ya adquiriendo en
la época la presencia de portugueses en el comercio de
Badajoz.

Por el contrario, algunas de las grandes empresas comer-


ciales de la época sí habían percibido este fenómeno: a

29
principio de la década de los '70 tanto Simago como Gale-
rías Preciados abrieron sendos centros comerciales en la
ciudad, en el caso de GP explícitamente orientado no sólo
a la población local sino también a los visitantes portu-
gueses. Y pocos años más tarde El Corte Inglés instalaría
una pequeña avanzadilla. En estos términos se describen
desde el otro lado de la raya los atractivos atracción que
la ciudad ofrecía en la época a los portugueses:"El movi-
miento que se inició por las compras apoyadas en una
peseta barata, y que el riesgo apenas calculado de pasar
la frontera con mercancía ilegal hacía más atractivo, entró
rápidamente en los hábitos de las clases más altas de la
población portuguesa más o menos próxima. Y el presti-
gio que se asociaba al uso de ropa española (...) haría
que estos hábitos se extendiesen a una clase media que
en el Alentejo hace treinta años casi no tenía expresión.
Las excursiones a Badajoz sucedían invariablemente ante
de navidad, antes de la Primavera y del Verano y en el
inicio del curso escolar para equipar a los niños" (Cascais,
1996).

Lo que nos interesa destacar es el despegue que se pro-


duce en las relaciones sociales y económicas hispano-
portuguesas, y el papel que en dicho proceso juega el no-
do de Badajoz, a partir de la liberación política y econó-
mica de ambos países, y que se dispara a partir del ingre-
so de ambos países en la Comunidad Económica Europa;
cuando por otra parte se produce, como ha puesto de
manifiesto Mariana Cascais, una cierta 'democratización'
en la utilización de la Badajoz como ciudad de referencia
por parte de buena parte de la población del Alentejo. No
sólo por disponer de más, mejores y más baratos produc-
tos en su comercio, sino asimismo por disponer de servi-
cios de calidad (médicos, profesionales...) que pueden ser
utilizados en el mismo tiempo que se aplica a desplaza-
miento equivalente en una gran ciudad. Desde buena par-
te del Alentejo se puede ir y regresar, para realizar una
compra o acceder a un servicio profesional en Badajoz,
dentro de la mañana o de la tarde. En el caso de las com-
pras, como se ha señalado, el comercio transportará al
municipio del comprador portugués, al día siguiente, el
electrodoméstico o equipo adquirido.

Aunque los análisis empíricos son escasos, y no existen


todavía sistemas de estadísticas que atiendan a estos fac-
tores, empezamos a disponer de datos, siquiera parciales
y poco actualizados, sobre la conversión de Badajoz en un
elemento de la red urbana portuguesa. su incorporación

30
al mercado de trabajo de la ciudad (lógicamente, al mer-
cado regular). En 1994 había casi 500 personas proce-
dentes de Portugasl registrados en el INEM de Badajoz
como demandantes de empleo, y se registraron un total
de 60 contratos con trabajadores portugueses. En 1995 la
cifra de demandantes se redujo (314), pero se elevó el
número de contratos (112).

Hay que tener en cuenta, por otro lado, que en modo al-
guno se trata únicamente de contratos para realizar el ti-
po de trabajos característicos de los inmigrantes, esto es
los que no quieren realizar los naturales del país(11). Al
contrario, nos encontramos ya frente a un mercado de
trabajo transfronterizo en pleno auge, y que afecta a muy
diversos sectores productivos y categorías profesionales,
aunque lógicamente predominan la construcción y la agri-
cultura. Así, entre los contratos realizados en 1995 halla-
mos varios profesionales y técnicos, directivos de empre-
sa, administrativos, vendedores, etc.(12).

Asimismo, se ha hablado en otros apartados de la impor-


tancia de la Universidad en el marco de la formación de la
mesópolis de Badajoz. En este sentido, la caída de la
frontera ha facilitado un goteo (muy lento) de estudiantes
portugueses; en el curso 96-97 había un total de 25
alumnos siguiendo carreras en la Universidad de Extre-
madura, de los que 18 estaban en el Campus de Badajoz
(más de la mitad en la Facultad de Medicina). A los cuales
hay que añadir un total de 30 alumnos inscritos en los di-
ferentes programas de Doctorado, de los cuales 26 lo
hacen en el Campus de Badajoz. Son cifras, sin duda al-
guna, muy pequeñas, pero que nos parecen importantes
siquiera como síntoma, sobre todo por cuanto al parecer
algunos alumnos presentan como razón fundamental el
hecho de que la Universidad de Extremadura está más
cerca y más fácilmente comunicada con sus domicilios
que otras universidades portuguesas (Luengo, 1996).

Este proceso ya imparable de normalización de las rela-


ciones transfronterizas en el ámbito mesopolitano ha ve-
nido apoyado en una buena medida por la incorporación
de ambos países a la Unión Europea, sobre todo debido a
la aplicación de directrices y programas comunitarios que
han alentado la cooperación transfronteriza. Esta coope-
ración estaba también instituida en el Estatuto de Auto-
nomía de Extremadura, que incluye entre sus objetivos el
de "impulsar el estrechamiento de los vínculos humanos,
culturales y económicos con la nación vecina de Portu-

31
gal"; de forma que la política de la Junta de Extremadura
viene orientando parte de su esfuerzo en esta dirección.

Entre las primeras iniciativas comunitarias que establecie-


ron bases para el actual proceso de coopera-
ción/integración transfronteriza, hay que señalar el Pro-
grama Operativo de Desarrollo de las Regiones Transfron-
terizas de España y Portugal 1989-1993 elaborado por los
gobiernos nacionales de ambos países en el marco de los
primeros borradores de Planes de Desarrollo Regional de
regiones de objetivo 1, que luego se integraría en la ini-
ciativa INTERREG de la Comisión Europea (1990-1993).
Porteriormente, los representantes políticos de las regio-
nes de Extremadura, Alentejo y Centro establecerían di-
versos protocolos de colaboración que permitió la realiza-
ción de proyectos conjuntos en el ámbito de programas
interregionales europeos como LEDA, RECITE, LACE, PIE,
etc.

Todos estos procesos se oficializan con la firma de Proto-


colos de Cooperación entre Extremadura y Alentejo
(1992), así como con la región Centro (1994), lo cual su-
pone ya un cierto compromiso de actuación conjunta. Una
de las instituciones fundamentales surgidas de estos pro-
tocolos ha sido el Gabinete de Iniciativas Transfronterizas
(GIT), con sedes en Mérida, Évora y Coimbra, al abrigo
del programa INTERREG. Es sin duda el GIT el principal
responsable de que, en los últimos años, la cooperación
transfronteriza se haya intensificado y de que, de resultas
de esta intensificación, Badajoz haya profundizado en su
papel de mesópolis transfronteriza(13).

Otras instituciones públicas han contribuido explícita o


implícitamente a ese proceso. Como la Diputación Provin-
cial de Badajoz, que contribuyó con casi 800 millones el
Programa Transfronterizo de 1989-90, y se incorporó
asimismo a la financiación del programa INTERREG a par-
tir de 1990, del mismo modo que se ha implicado en el
programa INTERREG II que finaliza en 1999. Además de
diversos programas culturales y de promoción empresa-
rial, la Diputación financia la única revista bilingüe espa-
ñol/portugués existente en ambos países, y que ha alcan-
zado un notable prestigio en los respectivos círculos cul-
turales nacionales: Espacio/Espaço Escrito. El propio
Ayuntamiento de Badajoz, aún siendo el agente más inte-
resado en la promoción de la ciudad, es el que en menor
medida contribuye a la potenciación de su función trans-
fronteriza, pero también ha desarrollado una serie de ac-

32
tuaciones. El anterior gobierno de la ciudad instauró una
Delegación de Relaciones con Portugal (hoy transformada
en Comisión Extraordinaria de Relaciones con Portugal),
que puso en marcha aulas de portugués, la edición de
una revista bilingüe (O Pelourinho) de ámbito comarcal
transfronterizo, así como la organización de numerosos
eventos culturales de cooperación. Pero el instrumento
más notable puesto en marcha en esa época fue la im-
plantación de una Feria de Muestras Hispano-Portuguesa
en la ciudad que ha venido adquiriendo creciente impor-
tancia con los años.

11. ¿Cooperación o penetración?. El dilema de


las ciudades fronterizas

Esta creciente colaboración transfronteriza, y sobre todo


la progresiva conversión de Badajoz en la mesópolis que
articula una vasta zona que supera las fronteras naciona-
les, viene siendo percibida también desde el país vecino.
Especialmente a partir de los trabajos sobre la urbaniza-
ción regional y las ciudades medias que se vienen reali-
zando en la Universidad de Évora, en el Alentejo: "Bada-
joz siempre incrementó su vocación expansionista y se
afirma cada vez más como mesópolis transfronteriza (...).
La metropolización se refleja en una forma geográfica que
expresa las estrategias espaciales de los actores (empre-
sas, instituciones, individuos), tendiendo al dominio de
las sucesivas escalas de actividades y funciones. (...) Ba-
dajoz, en cuanto que mesópolis, puede caracterizarse
como una metrópolis tendencial. Con un reducido papel
de metrópolis, articula de forma eficiente las escalas local
y regional; integra un conjunto de localidades que consti-
tuyen un mesosistema, en el que el número de agentes
activos es cada vez mayor (...) Las infraestructuras a
cualquier nivel, particularmente las de transportes, con la
garantía de mejores accesibilidades; las oportunidades
reales o virtuales de trabajo, promueven la concentración
urbana e incrementan una movilidad creciente de las po-
blaciones periféricas en dirección a Badajoz, cuya área de
influencia se acrecienta continuamente" (Cascais, 1996).

En este sentido, los intentos de ordenación territorial rea-


lizados sobre el Alentejo vienen a poner de manifiesto en
ocasiones, aunque nunca explícitamente, que Badajoz es
la ciudad que le falta a la región para ser articulada espa-

33
cialmente, papel que difícilmente puede llegar a cumplir
Évora por su reducido tamaño (50.000 habitantes).

Así, el Programa Operativo del Alentejo reconoce que "No


se verifica la existencia de una red equilibrada de centros
urbanos de dimensión media, capaz de constituir una es-
tructura que permita un correcto ordenamiento global de
la región" (CCRA, 1994:10). Y mucho más lejos llegaba la
Comisión de Planeamiento de la Región Sur de Portugal
(que incluía también el Algarbe) en 1972, en el marco de
los trabajos preparatorios del IV Plan de Fomento. En el
análisis y diagnóstico que se realiza en dichos trabajos, se
propone un esquema en el que ya se atribuye a Badajoz,
implícitamente, un papel de metrópolis transfronteriza
(CPRS, 1972), con más agudeza visual -o mejor conoci-
miento del terreno- que la mostrada por los planificadores
españoles del Desarrollo. En suma, como ha apuntado
Saudade Baltazar, "La ciudad de Badajoz, siendo la mayor
de la región y por la posición estratégica que ocupa en el
eje Lisboa-Estremoz-Elvas-Badajoz-Mérida-Madrid, deten-
ta una posición privilegiada frente a los otros centros po-
blacionales de diminuta dimensión, al constituirse como
verdadero polo de atracción para los habitantes de los
pequeños aglomerados tanto españoles como portugue-
ses. En el lado portugués esta área de influencia se ex-
tiende mucho más allá de los concejos limítrofes (Elvas y
Campo Maior), terminando incluso por 'cautivar' al alente-
jano en general. Obviamente esta influencia disminuye a
medida que la distancia física aumenta respecto de Bada-
joz" (Baltazar, 1996)

Sin embargo, el papel hegemónico que viene atribuyén-


dose fácticamente a Badajoz preocupa en general al otro
lado de la frontera, donde es a menudo percibido como
una 'invasión' que, de entrada, terminaría definitivamente
con las esperanzas de que Évora, capital del Alentejo, se
convirtiese en una ciudad media de entidad suficiente
como para ser considerada ciudad intermediaria. La pre-
sión, desde Occidente, de Lisboa y su fuerte crecimiento
metropolitano, y desde Oriente desde Badajoz, parece
según algunos análisis que estaría contribuyendo a una
cierta ruptura del Alentejo como región económica unita-
ria, como espacio-región en suma. De hecho, muchos de
estos análisis deben interpretarse desde la clave de la
competencia entre ciudades, como se pone de manifiesto
más o menos explícitamente en algunos trabajos: "Si É-
vora no invierte su posición estratégica, podría ser 'engu-
llida' por el Área Metropolitana de Lisboa y por Badajoz, lo

34
que significa que no obtendría ninguna ventaja de su lo-
calización geográfica. (...lo que provocará...) una desen-
frenada invasión de productos y mano de obra europeos,
y en particular la tentativa de invasión por parte de
'nuestros hermanos'" (Nazário, 1997:359). Y, en términos
menos apasionados, la profesora Cascais advierte de la
formación de un tipo de relaciones asimétricas:"Podemos
ver crecer los elementos que vuelven el sistema asimétri-
co, y las relaciones aparentemente más complejas son
cada vez más de dependencia respecto a la capital del
sistema" (Cascais, 1996).

Estas actitudes, generalizadas entre las clases medias y


los profesionales y técnicos de la región alentejana, po-
dría explicar, entre otros hechos, el implícito desinterés
de la ciudad gemela asimétrica, Elvas, respecto a cual-
quier tipo de planeamiento infraestructural o territorial
unitario, que pudiera suponer la aceptación del papel su-
bordinado de esta ciudad respecto de Badajoz. Un papel
que puede ser plenamente aceptado -e incluso a veces
promovido- en Olivenza, dentro del área mesopolitana
española, en la medida en que se entiende que ello puede
potenciar a la propia ciudad(14)-, pero que es mucho más
difícil de aceptar en una ciudad que no sólo pertenece a
otro país, sino que además durante casi cinco siglos ha
sido uno de los bastiones defensivos más importantes
frente al expansionismo español.

Este conjunto de fenómenos constituye, sin duda, uno de


los principales desafíos para que el espacio transfronteri-
zo pueda optimizar todo su potencial de desarrollo en el
futuro. No olvidemos que el 'miedo a la invasión española'
ha sido y es ampliamente explotado con intenciones polí-
ticas en Portugal. No olvidemos que notorias personalida-
des portuguesas, como el ex-primer ministro Cavaco Sil-
va, han argumentado en su campaña contra los proyectos
de regionalización política de Portugal que la regionaliza-
ción conduciría al Alentejo a convertirse más en una pro-
longación de Extremadura y Andalucía que en una región
portuguesa(15).

12. La articulación ibérica del espacio penin-


sular a la luz de la desaparición de las fronte-
ras

35
El caso de Badajoz merece especial atención, por cuanto
constituye, por su importancia, la avanzadilla en el proce-
so de formación de nodos transfronterizos de conexión,
que nos permitan poder hablar realmente en el futuro de
corredores y regiones urbanas peninsulares, y no única-
mente españolas o portuguesas como hacemos en la ac-
tualidad. Y es particularmente importante, desde el punto
de vista económico, porque la aparición y desarrollo de
estos nodos supone un cambio sutancial de posición vir-
tual de espacios económicos tradicionalmente periféricos.

En el documento Network Strategy for Medium-Sized Ci-


ties, elaborado por el conjunto de ciudades que junto a
Évora forman una red europea de ciudades medias, se
plantea como hipótesis una prolongación virtual del co-
rredor metropolitano europeo, hacia el Suroeste, conec-
tando las principales ciudades del Norte y el Centro de
Europa con las capitales peninsulares (Silva, 1994a:59).
La propuesta tiene cierta lógica, más política que econó-
mica, pero es en cualquier caso una tendencia ilusionan-
te, que ha llegado a generar algunas iniciativas en el
marco del Consejo de las Regiones, tendentes a la poten-
ciación de la ya citada Diagonal Continental.

Por otra parte, además de los cambios de posición virtual


de los espacios que se produce por efecto de la unión de
fronteras, en cuyo marco hay que incluir el eje potencial
de la Diagonal Continental, es un hecho ya establecido en
el análisis regional que la creación de nuevas infraestruc-
turas de comunicaciones y transportes contribuye pode-
rosamente al establecimiento de nuevas interacciones. En
este sentido, y si bien no es producto de la planificación -
pues como hemos señalado siempre se ha olvidado la
existencia de Portugal en la planificación del desarrollo en
España-, debemos tener en cuenta que la mejora en las
comunicaciones en el eje Lisboa-Valencia puede tener
asimismo cierta incidencia en la posición relativa de la
mesópolis de Badajoz. El proceso -mucho más lento que
en lo que se refiere al sistema radial de comunicaciones,
que sigue siendo el básico en España- en la mejora de las
comunicaciones transversales a la Península viene contri-
buyendo desde hace tiempo a un fuerte incremento de las
relaciones económicas de todo el Oeste peninsular, tanto
español como portugués, con el Arco Mediterráneo. Los
últimos planes españoles de carreteras han previsto la
mejora del sistema de carreteras Badajoz-Ciudad Real-
Albacete-Valencia/Alicante, e incluso el actual Gobierno
planteó en un momento dado la posibilidad de construc-

36
ción de una autopista de peaje en dicho eje (actualmente
harían falta 320 nuevos kms de autovía o autopista para
conectar por vía rápida Badajoz con el Mediterráneo). De
forma que es posible hablar también de un eje potencial
Lisboa-Badajoz-Ciudad Real-Albacete-Alicante/ Valencia
que, casi en el centro de la Península, conecte económi-
camente el Arco Atlántico y el Arco Mediterráneo.

Por su parte, en otros documentos hemos señalado para


las principales ciudades extremeñas "la posición relativa-
mente buena en el triángulo Madrid-Lisboa-Sevilla" (Bai-
gorri, 1990:10).

Basamos esta hipótesis en la analogía espacial de la nue-


va posición virtual de Badajoz con la sustentada por Za-
ragoza a partir del desarrollo de las redes de comunica-
ción en los años '60, situándose en un punto equidistante
entre Madrid, Barcelona y Bilbao, esto es en el centro de
los más intensos corredores de flujos económicos de la
Península.

No cabe duda de que ha sido esa posición la que ha per-


mitido a Zaragoza convertirse en una de las principales
ciudades -y sobre todo centros económicos- españoles,
así como ha permitido más recientemente el propio desa-
rrollo del Corredor del Ebro, articulado precisamente por
Zaragoza.

37
Asimismo, nos encontramos con que el espacio extreme-
ño-alentejano, articulado en buena medida por Badajoz,
gracias al reciente desarrollo de las infraestructuras de
comunicaciones -autovías, redes de telecomunicaciones,
oleducto y gaseoducto, a medio plazo con mejoras en el
ferrocarril-, se sitúa en un punto casi central de ese
triángulo Madrid-Sevilla-Lisboa, esto es un espacio con
una población de entre 10 y 12 millones de habitantes
(según la delimitación que tomemos). Podemos pensar
incluso en una nueva articulación del espacio interior de
la Península, nunca considerada, gracias al desarrollo de
las vías de comunicación y a la ruptura de la frontera de
Portugal: un rectángulo cuyas esquinas serían Oporto,
Lisboa, Alicante-Murcia y Valencia, en el que Madrid ocu-
pa una posición central, pero en el que aparecen nudos
articuladores de importancia como Albacete en el Este y
Badajoz en el Oeste. Pero hablamos de virtualidades, que
requerirían nuevas investigaciones complementarias.

No obstante, y pensando en el más realista modelo del


Triángulo del Sudoeste, debemos apuntar que encontra-
mos previsible un comportamiento de la mesópolis sensi-
blemente distinto, respecto a su territorio de influencia,
que el de Zaragoza, que ha centralizado y acumulado to-
do el crecimiento aragonés de las últimas cuatro décadas.
En este caso partimos de una situación sensiblemente
distinta, puesto que ya existen una serie de ejes de desa-
rrollo potencial en la región, a lo largo de los cuales se
dispersa en el territorio regional el crecimiento. Al contra-
rio de que lo que ocurría en Aragón cuando se inició, en
los años '60, el despegue de Zaragoza beneficiándose de
su posición estratégica entre Madrid, Barcelona y Bilbao
(y Valencia, según otras interpretaciones espaciales), el
conjunto de Extremadura-Alentejo dispone de ciudades
medias vivas que van a absorber parte del crecimiento,
evitándose así el gigantismo de la principal ciudad a costa
del resto, como ocurrió en Zaragoza (Gaviria, Grilló,
1975). Hoy no tendría en absoluto sentido pensar en tér-
minos de Badajoz contra Extremadura o Badajoz contra el
Alentejo, tal y como durante décadas se ha planteado el
concepto de Zaragoza contra Aragón, o incluso Barcelona
contra Cataluña.

38
En esta misma línea, nuevos análisis deben realizarse en
los nodos galaico y andaluz de conexión territorial; por
cuanto la desaparición de la frontera posibilita un funcio-
namiento más funcional de un Arco Atlántico en el que la
conurbación de Oporto cumplirá un papel esencial, así
como tanto los desarrollos turísticos, como posiblemente
la agricultura de primor, del Sur de la península, adquie-
ren una nueva dimensión al convertir en un continuum
real las zonas de Costa del Algarve y de Andalucía Occi-
dental. Hasta que entendamos realmente cómo funcionan
y se articulan los nodos transfronterizos, y cómo se pro-
yectan sobre el espacio transfronterizo circundante, difí-
cilmente podremos hablar de un sistema urbano ibérico, y
seguramente no podremos comprender con exactitud có-
mo éste se articula en el marco del espacio europeo.

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NOTAS

1. Sin olvidar la existencia de fenómenos, como las urbanizaciones


turísticas de playa, donde hallamos muchos asentamientos que, es-
tando alejados por su reducido tamaño de su consideración como ur-
banos, no cuentan con población activa agraria. Al contrario, sus
habitantes son activos o jubilados del secundario, terciario o cuater-
nario.

46
2. Sabemos desde Durkheim, que la propia densidad genera diversifi-
cación y especialización, en suma caracteriza la ciudad. Por eso mu-
chas ciudades dormitorio han evolucionado, complejizándose hasta
alcanzar auténticas funciones de ciudad media. Pero ello a menudo
exige de una intervención exterior, y el caso de las ciudades dormito-
rio del Sur del ÁM de Madrid es paradigmático. Su mero crecimiento
ha generado demandas que han llevado a una complejización de sus
funciones, pero ha existido también una voluntad de las administra-
ciones superiores, mediante inversiones multiplicadoras, como Uni-
versidades y otros equipamientos avanzados. El que dicha voluntad
superior no haya existido hacia las ciudades dormitorio del Este del
AM (Coslada, San Fernando de Henares, Torrejón), unido a un tama-
ño insuficiente, explica que no se hayan convertido en auténticas ciu-
dades medias. El mismo tipo de análisis podría aplicarse en Barcelo-
na, Lisboa y Oporto.

3. Usualmente el concepto de 'región urbana', como "la esfera de in-


fluencia económica de una ciudad con un núcleo definido en términos
de concentración de empleo y un 'commuting hinterland' compuesto
por todas aquellas áreas en las que más gente acude a trabajar a di-
cha ciudad en cuestión más que a otras ciudades" (Cheshire,Hay,
1989:15), se aplica a grandes metrópolis como una medida de la po-
blación intermedia entre el distrito administrativo estricto y la 'región
metropolitana'. Así, en Londres el distrito administrativo estricto -
Birmingham- tiene 961.000 habitantes, que se amplían a 7,4 millo-
nes si consideramos la región urbana, y a 12,5 si nos referimos a la
región metropolitana (Habitat, 1996:60)

4. De hecho, diversas redes de ciudades se han establecido en Euro-


pa en la década de los '90, generalmente al amparo del programa
RECITE. El balance de una de estas redes, formada por Évora (Portu-
gal), Lamia y algunos suburbios de Tesalónica (Grecia), Speyer (Ale-
mania), Charleroi (Bélgica), Zwolle (Holanda) y Tarragona (España),
concluye que 'las ciudades medias europeas también juegan su pa-
pel, formando una fuerza estructurante en la Unión Europea"(Silva,
1994:12).

5. Lo cual no implicaba ciertamente, en modo alguno, una política de


potenciación de las ciudades medias. Frente a la propuesta descen-
tralizadora que aparecía en (García Barbancho, 1968), y que se ex-
tendió en los años siguientes a nivel regional siguiendo el modelo 'Pa-
ris y el desierto francés', por ejemplo en (Gaviria,Grilló, 1975), los
análisis sociológicos mostraban friamente que "en cualquier caso, es-
ta propuesta tan radical se enfrenta con la dura realidad de que ni
por asomo se está produciendo espontáneamente la tendencia hacia
las 'ciudades medias' y ni siquiera confiamos en que las autoridades
puedan (o quieran) provocarla" (FOESSA, 1970:1218). También en el
caso portugués la realidad muestra la contradicción entre un discurso
teórico descentralizador y una práctica que ha seguido favoreciendo
la concentración demográfica, de infraestructuras y de riqueza en las
conurbaciones de Lisboa y Oporto (Figueiredo, 1994, Nazario, 1997).

6. Ese corte es sólo aceptable provisionalmente. Pequeñas o incluso


medianas ciudades es probable que estén actuando funcionalmente
como mesópolis, en ciertos territorios. Pensamos en Plasencia, que
con menos de 37.000 articula sin embargo una vasto corredor, entre
Navalmoral de la Mata/Talayuela y Coria, de unos 200.000 habitantes

47
y una compleja actividad económica. En Tudela, con apenas 26.000
habitantes pero que articula un vasto hinterland económico lo sufi-
cientemente alejado de las grandes ciudades del entorno (y en el ca-
so de Zaragoza con una 'frontera' administrativa de por medio) como
para poder disfrutar de cierta autonomía. En Faro, con menos de
40.000 habitantes pero que articula, por la gran lejanía de Lisboa,
todo el corredor turístico del Algarve. O en Coimbra, que gracias a la
presencia de la Universidad y de otras instituciones, así como de sus
funciones comerciales, articula también un extenso hinterland. En
cualquier caso, se trata de avanzar operativamente, dejando para
una futura investigación la definición de variables que permitan 'me-
dir', y situar en sus respectivas redes, las mesópolis ibéricas.

7. Seguramente de forma inapropiada, influídos por la literatura más


reciente sobre la materia, que siguiendo los criterios franceses -cuyo
Mediterráneo forma ciertamente un arco- incluye toda la costa levan-
tina y andaluza dentro del llamado Arco Mediterráneo (Salvá, 1997).

8. Normalmente diversas formas de análisis multifactorial con el que,


gracias a las posibilidades de cálculo que hoy nos brinda la tecnolo-
gía, se cruzan y entrecruzan decenas -a veces centenares- de varia-
bles físicas (evolución y características de la población, migraciones,
estructura y dinámica de la producción, infraestructuras, equipamien-
tos científicos, recursos naturales... hasta donde queramos llegar), a
la espera de ver qué 'nos dice' la estadística. De ahí se han derivado
decenas de clasificaciones y jerarquías de ciudades, a menudo obso-
letas casi inmediatamente después de finalizados los cálculos, que
por razones obvias deben basarse en datos de tipo censal ya de por
sí anticuados desde el momento en que están disponibles a los inves-
tigadores. Por lo demás, la estadística no nos dice nada si no es co-
mo respuesta a una pregunta, es decir a una hipótesis.

9. En el marco de las políticas de desarrollo, desde la óptica socioló-


gica son más interesantes los vacios producidos por la entretejida red
global, que los nudos megapolitanos, pues en ellos es donde la dico-
tomía rural/urbano sigue teniendo hoy algún sentido

10. Aunque establecido por el anterior Gobierno de España, el actual


Gobierno ha mantenido en lo esencial los criterios del PDI, introdu-
ciendo únicamente algunos cambios en cuanto a la jerarquía de prio-
ridades de algunas de las obras, así como incorporando algunos pro-
yectos de autopistas de peaje no previstos por el PDI

11. Creemos que la mayor parte del trabajo portugués en Badajoz es


sumergido. Bien directamente (como ocurre con la mayoría de las
empleadas domésticas, muchos trabajadores de la construcción, jor-
naleros, etc), bien indirectamente al formar parte de empresas por-
tuguesas que, sobre todo en el sector de la construcción, se despla-
zan a realizar trabajos en Badajoz.

12. Los datos sobre empleo proceden del estudio Trabajadoras sin
fronteras. Las empleadas de hogar portuguesas en la ciudad de Ba-
dajoz, desarrollado entre 1996 y 1997 por un equipo de las Universi-
dades de Extremadura y Evora (formado por A.Baigorri, S.Baltazar,
M.Cascais, R.Fernández y L.Gómez) y financiado por la Dirección Ge-
neral de Enseñanzas Universitarias e Investigación de la Junta de Ex-

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tremadura. Dicho estudio ha percibido la existencia de una cantidad
importante de mujeres conmuters que trabajan en Badajoz pero resi-
den en municipios portugueses de su área mesopolitana.

13. Un indicador, elaborado por el propio GIT de Extremadura, de la


importancia que la cooperación transfronteriza ha alcanzado, es el
número de noticias publicadas en los medios de comunicación extre-
meños en relación con actividades de cooperación. En 1983 eran 7 en
todo el año, cifra que pasó a 353 en 1995, y se ha disparado a 1.315
en 1997.

14. Olivenza se ha convertido no sólo en uno de los atractivos turísti-


cos esenciales para la propia ciudad de Badajoz, sino que viene fun-
cionando desde hace años como centro subsidiario de congresos, no
sólo de ámbito regional sino también internacional, beneficiándose de
su posición espacial en el anillo mesopolitano. La reciente creación de
una Escuela Regional de Teatro en esta localidad -decisión que a pos-
teriori puede interpretarse como una estrategia para situarla 'en Ba-
dajoz' evitando a la vez conflictos con las otras dos capitales regiona-
les- consolida esta función. Es por otra parte esta posición mesopoli-
tana de Olivenza (que fue entrevista en términos algo megalómanos,
casi como ciudad dormitorio de Badajoz, por el Plan General elabora-
do a principios de los '70) la que ha facilitado sin duda la construc-
ción de un nuevo puente internacional en Ajuda.

15. Declaraciones en el diario Expresso, 30/XI/1996, citado en (Cas-


cais, 1996). Personalmente pudimos escuchar al propio Cavaco Silva,
en el curso de una comida de trabajo en un encuentro sobre regiones
ibéricas transfronterizas, dicho temor.

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