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Luego del apogeo del Imperio Romano y su transformación por las nuevas ideas y la ética

impuestas por el cristianismo y el impacto de los pueblos germánicos, el mundo conocido fue
modificando su estructura dando paso a lo que hoy llamamos:
Edad Media
Este período histórico duró aproximadamente un milenio, desde la caída del Imperio
Romano de Occidente hasta la caída de Constantinopla o el descubrimiento de América o la
reconquista de Granada por los reyes de España y su estructura está ubicada geográficamente en
el continente europeo. No fue un cambio abrupto este paso y dio lugar con el tiempo a la
conformación de los modernos estados del llamado viejo continente. La caída del imperio y por lo
tanto su unidad, dieron lugar a un periodo de invasiones de distintos pueblos europeos entre sí y
de invasiones externas, la más importante de ellas fue el avance del islam a la zona mediterránea
del continente.
En cuanto a la organización político-social y económica, surgió un nuevo orden
coexistente con predominio feudal en un primer periodo y burgués más adelante.
El feudalismo consistió en una organización de raigambre rural. El rey otorgaba tierras a
los vasallos a cambio de protección militar y gabelas, con obligación de asistir a las reuniones de
consejo. Así el vasallo, convertido en señor feudal se convirtió en amo y juez de su jurisdicción y
los antiguos esclavos se convirtieron en lo que se llamó “siervos de la gleba”. Estos debían
trabajar la tierra y se les otorgaba una parcela para producción propia; debían entregar parte de su
producción al señor. También eran convocados para servir en el castillo y se les permitía usar el
molino y otros enseres con un costo. Debían servir al señor a cambio de protección militar contra
las incursiones de otros pueblos y de bandidos. Este sistema rural y con fuerte estratificación
social predominó durante la primera parte de la edad media. La nueva nobleza conservó sus
títulos en forma hereditaria.
Se otorgaron tierras también a grupos religiosos cristianos quienes en sus monasterios
tenían obligación de dar hospedaje a peregrinos, enfermos y menesterosos. El ejemplo más
fideligno es el de la orden creada por San Benito en los años 500 de la era cristiana. Entre las
normas de fundación de la orden aparecen tres obligaciones fundamentales de los religiosos: el
trabajo intelectual con obligación de horas de estudio y lectura y la transcripción de los libros
antiguos sagrados y profanos considerados valiosos en cuanto a ciencia y literatura antigua y de
los distintos pueblos (es importante recordar que la transcripción y traducción al latín se daban en
forma manual); el trabajo manual que permitiera el cultivo de las tierras acondicionándolas y
haciendolas cultivables, el desmonte, secado de pantanos, construcción de caminos y puentes; y la
apertura de refugios, hospederías y escuelas monásticas anexas que incluían las obras caritativas.
La pobreza era mucha y no alcanzaban este tipo de obras.
Hacia el año 800, Carlomagno, emperador del Sacro Imperio, también llamado el
“emperador social”, creó un plan de asistencia eclesiástico-civil que ampliaba la obligación de la
caridad a los nobles. Establecía que toda persona (jefe de familia) tenía obligación de atender a las
necesidades de su familia y de todas las personas que habitaran bajo el mismo techo o vivieran en
sus tierras. Se fijó una tasa de aporte para el socorro por parte de los obispos, abades, abadesas,
nobles y vasallos y se ordenó que se le diera trabajo a los mendigos capaces de laborar. Esto fue
un principio de reglamentación de la asistencia.
Las órdenes religiosas continuaron sus obras de beneficencia destacándose muchas de ellas
tales como los ya nombrados benedictinos, los nolascos, trinitarios, médicos-sacerdotes (éstos
tuvieron gran labor durante la epidemia de peste), etc.. Por orden de los concilios católicos de
Aquisgrán de 816 y 836, el convento que no tuviera un hospicio para peregrinos y ancianos debía
fundarlo, también los de religiosas debían acoger a las mujeres ancianas en forma permanente.
En cuanto a los niños abandonados, se crearon establecimientos de acogimiento, el más
conocido se fundó en Tréveris en el s.VI con el objetivo de atender a la lactancia y educación de
los niños abandonados. Los recién nacidos eran dejados casi siempre en las puertas de los templos
o conventos y en horarios nocturnos para no ser vistos. Así los niños estaban expuestos al frío y a
los perros u otros animales. Para evitarlo, en la Iglesia Nuestra Señora de París se designó a una
mujer para que los recogiera y los diera a criar, para lo cual recibía una remuneración. En el año
1198 el papa Inocencio III introdujo el sistema del torno en el “Ospedale di Santo Spirito”,
sistema que se propagó rapidamente como forma de recepción y se aplicó hasta hace poco más de
un siglo porque protegía al recién nacido de la intemperie y de los animales y mantenía el
anonimato de la madre generalmente soltera.
En Italia, desde el s.IX las administraciones comunales tomaron a su cargo la tutela de los
menores, los ciegos, los sordomudos y los alienados, creando sus propias instituciones de
beneficencia. En cuanto a los alienados, se debe destacar el desconocimiento de la enfermedad por
la población en general y el temor que se provocaba, dando los más diversos motivos como origen
de sus conductas sin atender a las reales necesidades, por lo cual generalmente se tendía a su
aislamiento.
A partir del siglo XI la consitución social se fue modificando. En las ciudades surgió la
burguesía (proviene de burgo o ciudad). Esta provenía de los artesanos de las ciudades y de los
agricultores que dejaron la actividad agraria por diferentes causas, entre las que se cuentan las
sequías que asolaron a Europa con la consecuente mengua en las cosechas, la organización de las
Cruzadas, la pérdida de caudal económico de los señores feudales que vendían o parcelaban sus
tierras, entre otros. En la ciudad, la nobleza, la burguesía independiente y los siervos coexistían.
Aparecieron también las órdenes religiosas ligadas a las actividades militares y de recuperación de
cautivos, las que no sólo lucharon contra los mahometanos sino que fundaron importantes
hosterías.
En las ciudades, los artesanos medievales se agruparon en cofradías y gremios según sus
especialidades u oficios. Los fines que perseguían estas agrupaciones eran la protección mutua, la
calidad del producto, el cumplimiento de los compromisos, el aprendizaje y mejoramiento del
oficio y el bienestar de los trabajadores. Otros objetivos que incluían eran la formación religiosa y
ética de sus miembros y sus familias y asesoramiento económico. En caso de enfermedad, los
otros miembros del gremio colaboraban en la producción y en el sostenimiento del grupo familiar,
en caso de muerte se hacían cargo de los gastos de sepelio y sostén de la familia.
La apertura del comercio entre países de Europa y el comercio que trajeron las Cruzadas
hicieron que estas agrupaciones se transformaran también en corporaciones a través de las cuales
los artesanos y los pequeños comerciantes defendían sus intereses laborales. Así en 1424 se
hicieron los primeros contratos colectivos para proteger a los torneros de ámbar que se vendía en
Venecia y otras ciudades. En estas circunstancias quedó establecida la obligación corporativa para
desarrollar cualquier actividad, la autoridad concedía el derecho de negociación a la corporación
reconocida, con fiscalización en defensa de los intereses también de los clientes. Entre las
características de los gremios se establecía que todo agremiado debía tener las mismas
condiciones de trabajo, ya sea en la compra de materia prima, en la jornada laboral, en el número
de auxiliares y en los lugares de venta, quedando expresamente prohibido el quitarse clientes unos
a otros.
La cultura feudal y la burguesa coexistieron durante toda la edad media, avanzando hacia
la consolidación y unificación de reinos por medio, especialmente, de uniones matrimoniales de
conveniencia y de la vocación hereditaria de los títulos nobiliarios.
Durante la Edad Media la religión tuvo una influencia primordial, es un periodo
teocéntrico predominando la idea de lo trascendental. También fue un periodo de profundos
cambios políticos y sociológicos en la cual se amalgamaron la cultura romana con la de los
pueblos de origen, especialmente germanos, dando lugar a que las instituciones modificaran sus
estructuras. Para unos historiadores fue un periodo en el cual no se marcaron progresos, para otros
fue una etapa histórica introspectiva que permitió el posterior desarrollo del iluminismo.
Compendiando, podemos decir que durante la Edad Media, la ayuda al necesitado estuvo a
cargo especialmente de la Iglesia, con alguna intervención de los estados como ayuda pública; la
limosna como ayuda privada; y la ayuda mutua prestada por los gremios.

Primeros ensayos de organización de la asistencia social:


A fines de esta etapa aparece una nueva corriente de pensamiento llamada humanismo, que
da un vuelco al pensamiento medieval ubicando al hombre en el centro de la escena. Ello permite
una mayor comprensión del hombre y de su medio.
Juan Luis Vives
En primer término y para ubicar al pensador, se debe aclarar que el período medieval en
España fue diferente del resto de Europa en muchas cuestiones: hasta el siglo octavo dominaron
los visigodos, y desde el 711 hasta enero de 1492 correpondió al llamado periodo de reconquista,
es decir a la exclusión de los moros que la invadieron. Hubo una marcada diferencia entre este
país y el resto de la Europa medieval en cuanto a la posesión de las tierras, ya que éstas se
otorgaban para poblarlas y cultivarlas y para sostener a los habitantes en un lugar determinado
contra los ataques de los musulmanes. Los siervos se convirtieron en poseedores de las tierras.
Los concilios y consejos, como también los Fueros Municipales, limitaron progresivamente la
autoridad de la nobleza, como se puede ver en las “Partidas” de Alfonso X. Así los gremios y
cofradías tuvieron desarrollo no sólo en las ciudades sino también en el campo. En los burgos, los
miembros de una misma actividad se agrupaban en barrios o en calles determinadas que pasaron a
llamarse con el nombre de los oficios.
En uno de esos barrios gremiales, en Valencia, nació Juan Luis Vives el 6 de mayo de 1492
en el seno de una familia de artesanos con inquietudes intelectuales. Inició sus estudios en la
universidad de su ciudad, los continuó en la Sorbona de París y ya doctorado se radicó en Brujas
(en ese momento perteneciente a España) dictando clases en la universidad de Lovaina. Se
relacionó con los pensadores humanistas de su época tales como Erasmo de Rotherdam y Tomás
Moro. Este último era canciller de Enrique VIII de Inglaterra y lo llevó a ese país donde trabajó en
la corte como lector de la reina, maestro de las princesas y asesor en la corte; luego de los
conflictos matrimoniales de Enrique VIII, que se convirtieron en asuntos de estado en Inglaterra,
volvió definitivamente a Brujas donde murió a los 48 años.
Fue un pensador ecléctico en filosofía, en sus trabajos preconizó el uso de la razón y de las
experiencias. Fue precursor de las ciencias sociales, de la psicología y la pedagogía y muy
especialmente del Trabajo Social Organizado, incursionando también en el derecho. Una de sus
preocupaciones principales era “el bien obrar” basado en las motivaciones religiosas y en el
conocimiento racional. Fue un humanista preocupado por los pobres, pensó y propuso formas de
ayuda desde las organizaciones gubernamentales como cuestiones políticas, es decir incluyendo
los planes planes sociales dentro de una planificación mayor.
En tal condición se le encomiendó un adecuado plan para el tratamiento de la pobreza y
erradicación de la mendicidad en los ayuntamientos de Brujas y de Ypres. Redactó su “TRATADO
DEL SOCORRO DE LOS POBRES” para asesoramiento de los burgomaestres y el senado de
Brujas. Antes de redactar este tratado, Vives recorrió e investigó en los barrios, en las calles, en
las distintas instituciones sobre los orígenes de la pobreza, las dificultades de las personas y las
familias, el estado de desamparo de los niños, etc, el origen de los recursos, etc.. Por ello decimos
que es el primer esbozo de investigación social organizado.
El tratado se divide en dos partes, una primera de fundamentación teológica y filosófica de
la “obligatoriedad” de la ayuda a los necesitados, explicando asimismo el origen de la miseria del
hombre; y una segunda, con medidas prácticas donde aparecen los esbozos de investigación y
planificación de la acción social y la conveniencia que tendrán los gobernantes y las poblaciones
por la disminución de la delincuencia, previniendo además sobre el rechazo al mismo por
determinados sectores que perderían prebendas de aplicarse. Se debe aclarar que no se llevó
adelante el método por él propuesto sino muy parcialmente y luego siglos más tarde en Alemania
fue inspiración de sistemas de ayuda.
Ataca a los poderosos aferrados a sus bienes sin dar de participar al hermano necesitado de
los mismos, considerando que para tener derecho a ellos y no ser “un ladrón” debe compartir de lo
que tiene en demasía. En estas reflexiones incluye fundamentos sobre la ley natural y la divina.
En cuanto al modo de participar al pobre de los bienes, en el Tratado afirma:”Todo
indigente tiene derecho a una asistencia efectiva y organizada que se base en el conocimiento
de las causas de miseria por medio de una encuesta que tome en cuenta las circunstancia y
particularidades de cada asistido. El tratamiento individualizado se prolongará tanto como
sea preciso para que el indigente llegue a valerse por sí mismo, a ganar el propio sustento
trabajando”.
Las medidas prácticas recomendadas por Vives en los finales de la edad media incluyen las
paliativas, las curativas y las preventivas, con ellas estableció hace 5 siglos los principios básicos
de la asistencia social.
Instó a que se indaguen las causas de mendicidad, el estado físico y mental de los
mendigos a través de un exámen médico. Luego recomendó que a los sanos se les enseñara un
oficio cuando no lo tuvieran, teniendo presentes su capacidad y su inclinación. Con los internados
en asilos que gozaran de buena salud a los que llamó “zánganos” recomendó la misma medida, y
con los que tuvieran alguna discapacidad, que se les dieran ocupaciones considerando esta
disminución: “ni los ciegos deben permanecer ociosos, son muchas las faenas en que pueden
ejercitarse”. Consideró que también los enfermos y ancianos debían estar ocupados en tareas
livianas de acuerdo a sus condiciones, aclarando que no hay nadie tan inválido que no pueda hacer
nada. Esta orientación a la ocupación laboral, respetando las individualidades, disminuye la
población asilada para dejar lugar a quienes efectivamente necesitan de esos establecimientos.
Hay un capítulo especial para los enfermos mentales a quienes considera que debe
tratárselos con “tal tiento y delicadeza, que no se les aumente ni siquiera se les alimente su
locura....los remedios adecuados, el trato benigno y afable, la placidez y el sosiego, fácilmente
vuelven el juicio y la salud mental”.
Incluye la temática de los niños menesterosos y abandonados, su instrucción y educación
priorizando el conocimiento de sus capacidades y sus inclinaciones. Aconseja enseñar a los
varones la lectoescritura y un oficio y a las niñas los rudimentos de la lectoescritura y tareas en
ese momento propias de las mujeres (más domésticas). Prevee la formación de los docentes
surgiendo de los mismos alumnos más capacitados.
Se ocupa de la administración de los fondos para la asistencia y la redistribución de los
mismos. Crea el cargo de procurador en hospicios y hospitales con obligación de rendir cuentas.
Preve la forma de lograr fondos desde las iglesias. Recomienda economía a los miembros de la
Iglesia y a los que actúan en nombre de los poderes públicos. Aconseja recoger sólo el dinero
necesaria a fin de evitar la corrupción que suele existir en cargos de ecónomos y la supresión del
boato personal y en los sepelios (en los que surgían las contribuciones más importantes).
Expone las ventajas que puede tener una ciudad que ha organizado su asistencia a los
menesterosos y que la administra con probidad ya que ello redundará en menor estadística
criminal, mayor tranquilidad y concordia, salud, seguridad y belleza en los lugares públicos.
Considera que cumpliendo estas recomendaciones la mayor ganancia será para la ciudad. Arenga
a la caridad, el amor fraterno y recíproco.
Tambien previene sobre quiénes serán los que se opondrán a la asistencia organizada
ubicándolos en los dos extremos: los poderosos que utilizan de la situación de indefención de los
pobres y manejan los fondos a discreción, y los menesterosos que no desean salir de su estado de
necesidad petendiendo ser asistidos en forma permanente por los conciudadanos. Asimismo
considera que este plan es general y debe ser adaptado a cada lugar y tiempo, sugiriendo
comenzar por las medidas que más facilmente sean aceptadas por todos evitando así el rechazo de
la aplicación del plan.
Breve síntesis de la obra:
TRATADO DEL SOCORRO DE LOS POBRES
Dedicado a burgomaestres y senado de Brujas, Bélgica, en ese momento parte del imperio
español. Se consideró el primer ensayo científico para solucionar los problemas económicos
basándose en su origen, con mayor importancia a la etiología del mal que a las manifestaciones
posteriores, fustiga a los ociosos, propicia la enseñanza de oficios buscando las características
individuales para su orientación. Sus medidas no fueron aplicadas de inmediato. Años después se
aplicaron en parte en Brujas y especialmente en Ypres, donde encomendaron la organización de la
asistencia. El tratado tuvo resonancia posterior en Europa y América.

Libro I
Fundamentación teológica y filosófica de la ayuda a los necesitados, con explicación
previa sobre el origen de la necesidad y miseria del hombre:
La causa de todos los males es el pecado “percance lamentable que invirtió el orden de la
constitución humana”. La necesidad, la miseria, la pobreza, es causa del pecado y “todo el que es
menesteroso de ayuda ajena es pobre y ha de menester misericordia (en griego: limosna), la cual
no consiste exclusivamente en la sola distribución de dinero, como piensa el vulgo, sino en toda
obra con que se alivia la insuficiencia humana”.
Para él, la ayuda, además del dinero, debe concretarse especialmente en consejos,
presencia corporal, palabras, fuerza, trabajo y asistencia. Considera que el bien es una natural
consecuencia de la interdependencia entre los hombres, y la ingratitud de los que reciben, en casos
es la causa de que muchos se aparten de hacer el bien.
Sobre el comportamiento de los pobres, de acuerdo a la mentalidad de la época, considera
que la envía Dios dando más ocasión de practicar la virtud, por lo que debe ser sobrellevada como
un don de Dios. Asimismo considera que los que reciben deben ser agradecidos de ánimo, “no
malgasten torpe ni pródigamente..., no lo guarden con sórdida ruindad...gasten con prudencia en
cosas necesarias...no envidien ni quiten a otros pobres su limosna”.
Respecto de los pudientes, hace referencia a que algunos vicios impiden hacer el bien:

“creer que los bienes son exclusivamente nuestros, malgastar dinero en juegos al azar y

truhanerías y banquetear suntuosamente” resumiendo estos vicios en soberbia y egoísmo.

Argumenta muy largamente demostrando que “ninguna cosa debe sernos estorbo para hacer el

bien”.

En el Cap. XI “De lo que da Dios a cada uno, no se lo da para él solo” refleja su idea
sobre el derecho de la propiedad, sosteniendo asimismo que la propiedad privada es causa de
males sociales: ”Decía el filósofo Platón, que serían felices las repúblicas si desaparecieran del
vocabulario del trato humano las dos palabras tuyo y mío,,,como si existiera un hombre que
poseyera algo que con razón pueda llamar suyo”. Para él los bienes de la naturaleza son para
participar indistintamente todos los hombres volviendo a la idea del pecado como origen de las
necesidades. Enfatizando que sólo se poseen los bienes legítimamente, cuando se los comparte, de
lo contrario se “es ladrón y robador, convicto y condenado por la ley natural”.
En el Cap. X fundamenta teológicamente el socorro de los pobres, puesto que si ello no se
hace “no pueden subsistir ni la piedad ni el cristianismo”. Insiste que tanto en el Antiguo como en
el Nuevo Testamento nada se recomienda e inculca tanto como la misericordia. Concluye: “El
resumen de todo cuanto he dicho es éste: yo no tengo por cristiano a quien no socorre al hermano
indigente en la medida de sus posibilidades... Esto es propio del Cristianismo verdadero...
Tócanos a nosotros hacer, a una, bien al alma y al cuerpo según pudiere a cada uno”.
El último capítulo se titula Cuánto bien se ha de hacer a cada uno y cómo se ha de hacer
este bien. Manifiesta que al dar “conciba cada uno para con el prójimo un afecto amigable y
fraterno”. Hace varias referencias bíblicas, ej. Tobías: Haz limosna... conforme pudieres, sé
misericordioso; si tuvieres abundancia, da abundantemente; si tuvieres poco, da con buen ánimo
esa poquedad”.
En otro pasaje afirma: “Ni tampoco conviene que midamos nuestras necesidades de tal
manera, que contemos entre necesidades el lujo y el desperdicio, como vestir sedas y brocados,
resplandecer de oro y pedrerías, andar rodeado de una gran muchedumbre de sirvientes, comer
opíparamente todos los días, jugar intrépidamente largos caudales. Y porque nadie se lisonjee a sí
mismo de que si tiene mucha hacienda también dé a los pobres mucha limosna, debemos estar
avisados de que no es aceptable a Dios la limosna que del sudor y hacienda del pobre arrebató el
rico. ¿Qué significa el que tú, por medio de engaño, de impostura, de robo, de violencia, hayas
despojado a muchos de lo que esparces sobre pocos y que hayas sustraído mil por dar ciento? En
este punto, piensan mucho satisfacer cumplidamente si con todas las grandes presas o fraudes
redímense con dar a los pobres una migaja o con ella edifican alguna capilla, poniendo allí su
escudo de armas, o adornan algún templo con vistosas vidrieras o, lo que es más ridículo, entregan
una cantidad al confesor para que los absuelvan”.
En cuanto a quién dar, Vives afirma que la misericordia se ha de tener con todos, sin
distinción de personas. Por otra parte, ha de ser en tiempo oportuno: ”hay que dar, pues, con
presteza, a saber: tan pronto como se demostrasen la ocasión y la coyuntura”. Fundamenta su
pensamiento en Cristo quien no hace diferencia entre los hombres.

Libro II
Esta parte se considera la cuestión metodológica aunque no se trate de la misma en sentido
estricto, ya que la cuestión aún no se planteaba en el Renacimiento, se aborda el qué hacer y el
cómo hacer.
En un inicio marca la conveniencia de que el cuidado de los pobres esté a cargo del
Gobernador de la ciudad, considera esta cuestión como un deber de la ciudad como colectividad,
ya no es una cuestión privada. Afirma que el descuido de la atención de los pobres provoca
riesgos en la república: los menesterosos descuidados en caso de necesidad roban, tienen envidia
de los ricos, se indignan y se irritan viendo que algunos tienen para “mantener bufones, perros,
coimas, mulas, caballos, elefantes y que ellos no tengan cosa que dar a sus pequeños hijos, que
padecen hambre”. Estas situaciones provocan guerras y desórdenes.
Otro daño que provoca el descuido de los pobres es la propagación de enfermedades, y por
ello una parte de la ciudad permanecerá inútil. Insiste en que habiendo pobreza y necesidad, unos
ejercen el latrocino, otros lo hacen a escondidas, hay prostitución entre las jóvenes, las mujeres
mayores se dedican al celestineo y hechicerías y los niños se hacen vagabundos y pordioseros.
“Ahí tienen su origen aquellos vicios que dejo referidos, que no tanto deben imputarse a
ellos como a los magistrados que no saben mirar de otra manera para el bien de la ciudad y no
dictan disposiciones rectas...¡Cuánto menos necesaria sería la penalidad, si la previsión hubiera
sido otra cosa”.
En el capítulo II, comienza a referirse al modo de atender a los necesitados, ello sin dejar
de hacer referencia a que si existiera caridad ella bastaría, pero que es necesario recurrir a
remedios humanos. En primer lugar refiere dónde están los pobres: en los hospitales, en la calle
practicando la mendicidad pública y en sus casas.
Opina que a los hospitales se los debe visitar e inspeccionar con “dos regidores
acompañados de un escribano, tomen nota de las rentas y del numerario, registren los nombres de
los asilados que sostiene el establecimiento y los motivos por qué ingresó cada uno de ellos y
eleven relación a los burgomaestres y al pleno consistorial”.
En el caso de que los pobres vivan en sus casas: ”sean también anotados con sus hijos
respectivos por dos diputados de cada parroquia, especificando sus necesidades; su anterior
manera de vivir, y por qué contingencias vinieron a ser pobres. Esa averiguación resultará fácil
por los informes que suministren los vecinos, qué genero de hombres sean y de qué vida y
costumbres. No se admita de un pobre el testimonio de pobreza de otro pobre...”.
En cuanto a los mendigos vagos sin domicilio, afirma que si tienen buena salud deben
declarar los motivos de su mendicidad y deben ser compelidos a trabajar o bien ser encarcelados.
En el tercer capítulo aborda el problema del mantenimiento de los pobres. En primer
término, afirma que de acuerdo al decreto divino “...que cada uno coma su pan adquirido por su
trabajo”. Si por salud y por edad, el pobre puede trabajar, no debe permanecer en el ocio. Afirma
que se debe tener consideración con la edad y la posible falta de salud, pero evitando a la vez el
engaño. Según Vives, los mendigos sanos forasteros, deben ser enviados a su pueblo de origen
pero dándoles para el viaje. A los indígenas, si no saben, se los ha de instruir en un oficio, de
acuerdo a su capacidad.
También explica cómo se debe tratar a los pródigos (darles trabajos más modestos y
comidas más tasadas), e indica con referencias muy concretas, a qué talleres pueden ir a trabajar
los desocupados y las diferentes obras públicas en que pueden ser ocupados (vestidos, cloacas,
fosos, edificios, estatuas, etc.). Los que están en hospitales y tienen buena salud y no realizan
tareas, también deben ser enviados a algún trabajo; “a nadie se le permita regalarse con los bienes
que se confieren a otro”:
Hace también advertencias a las que habiendo ingresado a los hospitales como sirvientas,
luego viven regaladamente y con ostentación despreciando y tratando mal a los pobres. Respecto
de los ciegos, sostiene que no deben permanecer ociosos ya que siempre pueden realizar alguna
actividad. Los enfermos y los viejos deben hacer trabajos livianos de acuerdo a su edad y salud.
Finalmente explica cómo tratar a los privados de razón: “averiguar primero la causa de su locura y
procurar luego el modo de su recuperación, proporcionando a cada uno los remedios adecuados”.
En el caso de que los mendigos inválidos no tuvieran cabida en el hospital, recomienda alojarlos
en una o varias casas. En cuanto a los pobres que viven en sus casas, insiste en la necesidad de
que trabajen en obras públicas o en hospitales.
El capítulo IV está dedicado al tema del cuidado de los niños. Para los niños sin padres se
harán hospitales, pero cuando se conozcan sus “madres ciertas, críenlos ellas mismas hasta los
seis años, y sean trasladados después a la escuela pública”. Hace recomendaciones sobre las
cualidades de los maestros afirmando que los magistrados no deben escatimar gastos en la
selección de los mismos. Dice que los niños deben aprender a vivir con sobriedad, para lo cual es
necesario el ejemplo de sus maestros, deben aprender a leer y escribir, la piedad cristiana y la
formación de un juicio recto sobre las cosas. A las niñas se les debe enseñar los rudimentos de las
letras, hilado, costura, tejido, bordado, manejo de la cocina y de la casa. Entre los niños más
capaces se debe elegir a los que luego serán maestros de otros, y los restantes pasarán a
ocupaciones manuales según la inclinación de cada uno.
El capítulo destinado a los censores y la censura, son recomendaciones acerca de la
cualidad que deben reunir éstos y de la tarea de vigilancia y control de las costumbres que deben
realizar, al mismo tiempo que deben procurar que nadie pase la vida ocioso.
En el capítulo VI plantea los problemas del financiamiento, abordando los problemas
concretos y prácticos. El lo llama “del dinero que basta para los gastos”. Primero hace una
referencia histórica de cómo se subvenía a las necesidades de los pobres al comienzo del
cristianismo y su evolución hasta llegar a la situación de ese momento, en la que “obispos, abades
y otras jerarquías eclesiásticas, no más que con querer, aliviarían la mayor parte de los necesitados
con la grandeza de sus rentas. Si no lo quieren, Cristo será su vengador”.
Sostiene que con las rentas disponibles en los hospitales y la mano de obra disponible en
los mismos, se pueden sostener las necesidades. Hace una recomendación a los hospitales ricos
para que den a los más pobremente dotados, explicando cómo hacerlo, también aporta sugerencias
prácticas sobre el control del dinero.
Debido a que una parte sustancial de los fondos provenía de donaciones que se dejaban
después de la muerte, exhortaba a disminuir la pompa de los funerales, a favor de los pobres.
“también en algunos entierros se hace un reparto de carne y se distribuye pan, amén de dinero y
otros efectos, contra la presentación de un distintivo”. Igual reparto se hacía en las primeras
exequias y en el primer aniversario.
Cuando no alcanzaran los recursos para atender a los pobres, sugería: “póngase cepillos en
las tres o cuatro principales iglesias... en donde cada uno deposite todo cuanto la devoción le
sugiere... Pero no se pongan estos cepillos todos las semanas, sino cuando la necesidad lo
apremiare”.
Dice que no hay que recoger todo lo que se puede. Previene, apoyándose en su experiencia
en España, de las corrupciones que se originan cuando los administradores se acostumbran a
manejar mucho dinero. En un pasaje hace referencia a los sacerdotes exhortándolos a no invertir
en provecho propio el dinero de los pobres, considerando que ya tienen buen pasar. Opina que si
no fueran suficientes las limosnas y lo que dan los sacerdotes, debe acudirse a los ricos. Además
de esto, “la corporación rectora de la ciudad cercene cuanto pueda de los gastos públicos, como
son convites, regalos, agasajos, propinas, fiestas anuales, pompas, todo lo cual no conduce más
que al pasatiempo, a la soberbia o ambición”.
En otro capítulo trata de las ayudas puntuales, a los que “apremia alguna necesidad
imprevista u oculta”, ya sea cautiverio, prisión por deudas, incendio, naufragio, inundación o
enfermedades. A los que tuvieron bienes y sufren pobreza, al aliviarlos se debe tener presente el
no avergonzarlos.
Al finalizar lo referente a qué debe hacerse y cómo debe hacerse y en lo que hace al modo
de aplicación de “guías de acción” afirma “esto es lo que me parece que debe hacerse en el
presente estado de cosas”, refiriéndose a lugar y tiempo concretos. Recomendó que en cada caso
se hiciera una adaptación de acuerdo a otras situaciones concretas. “Quizá no será conveniente
observarlo todo como yo he señalado en cada ciudad y en cda circunstancia. Véanlo las personas
prudentes de cada población... Creo sí que convendrá siempre y en todo lugar que se establezca el
mismo proyecto y la misma finalidad, y si no conviene que se ejecutase todo a un mismo tiempo,
porque la vieja usanza se opondrá por ventura a la innovación, será permitido usar de alguna
habilidad y al principio ir introduciendo lo más fácil, para más tarde, insensiblemente, pasar a lo
que pareciere más dificultoso”.
El prevé el rechazo de sus formulaciones por lo que dedica un capítulo a los que las
desaprobarán. Afirma que algunos dirán que a los pobres se los expulsa, cuando se trata sólo de
que sean tenidos como hombres. Otros darán justificaciones teológicas para no atenderlos,
apoyándose en un pasaje en que Cristo afirma que siempre habrá pobres, otros dirán “no
socorramos, pues, a los pobres... porque no parezca que Cristo y San Pablo mintieron”. Luego de
refutar con argumentos también teológicos tales afirmaciones, termina diciendo que “hay pobres
porque muchos profesan el nombre cristiano, no de corazón y de obras, sino de labios afuera.
Habrá otros que rechazarán estas constituciones, porque no aprueban nada sino lo que salió de
ellos”.
Opina que dos tipos de personas se opondrán más tenazmente: los pobres que no quieren
salir de su desidia y los que manejan el dinero de los pobres por temor a perder tan preciado cargo
y sus prebendas y por el peligro de toda innovación.
Frente a estos obstáculos, exhorta a ponerlo en práctica de todos modos, haciendo
referencias a los patriotas que han sufrido por la determinación de servir a la patria. Por otra parte
afirma que “a quienes Dios nos impuso el deber de la caridad con recomendación y mandato
expreso, tenemos otros motivos para no detenernos por estorbos humanos”.
Esta obra termina con las “Ventajas que se siguen, humanas y divinas, de la práctica de
estos consejos”, resumidos así:
• Gran honor de la ciudad donde no se ve mendigo alguno.
• Se reduce la estadística de robos, maldades, latrocinios, delitos de sangre y crímenes capitales;
serán más raras las tercerías y los hechizos.
• Mayor será la quietud.
• Reinará una concordia inalterable.
• Será más seguro, saludable y gustosos asistir a los templos y recorrer toda la ciudad.
• La ganancia mayor será para la ciudad, con ciudadanos más comedidos, más bien criados y
más útiles a la patria.
• Finaliza afirmando que la suprema ventaja será haber dado la religión y la libertad a muchos.
Las últimas palabras del tratado están referidas al aumento del amor recíproco con mayor
comunicación de bienes de unos a otros sin sospechas de indignidad, todo ello con un gran
sentido religioso.
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