Vous êtes sur la page 1sur 111
Director General Benjamín Martínez Comité Editorial Eduardo Herrera Malatesta Jeyni González Tabarez Editor de este

Director General Benjamín Martínez

Comité Editorial Eduardo Herrera Malatesta Jeyni González Tabarez

Editor de este número Eduardo Herrera Malatesta

Portada Foto: Jeyni González Tabarez Niño en curiara. Río Tauca, Edo. Bolívar

Grupo de discusión en Internet http://groups.msn.com/antropologando/

correo electrónico antropologando@msngroups.com

Universidad Central de Venezuela Facultad de Ciencias Económicas y Sociales Boletín de Antropología Crítica

ANTROPOLOGANDO

Año 2, Nº 10 Julio-Diciembre 2003

Antropologando: Es un boletín que se soporta ideológicamente en el verbo de acción antropologar, creado por el antropólogo Darcy Ribeiro, pues creemos que la ciencia no es una actividad desligada de las coyunturas sociales por las que atr avesamos, sino que es una herramienta para hacer posible cada vez más una comunidad del sabes, del dialogo, de las acciones políticas transformativas legitimadas dentro del marco de las sociedades democráticas.

dentro del marco de las sociedades democráticas. Ciudad Universitaria de Caracas Patrimonio Cultural de la
dentro del marco de las sociedades democráticas. Ciudad Universitaria de Caracas Patrimonio Cultural de la
dentro del marco de las sociedades democráticas. Ciudad Universitaria de Caracas Patrimonio Cultural de la

Ciudad Universitaria de Caracas Patrimonio Cultural de la Humanidad

Antropologando Año 2, Nº 10 Julio-Diciembre 2003

El Trabajo de Campo:

Entre Teorías y Vivencias

CONMEMORACIÓN

50 años de Antropología en la UCV

6

EDITORIAL

El Trabajo de Campo

11

ARTÍCULOS

“Prediseñar lo Impredecible”:

Un Trabajo de Campo y Algunas Reflexiones José Palacios Ramírez (UJ)

23

Reflexiones Excavadas:

Revisión Teórica sobre el Trabajo de Campo Arqueológico Rodrigo Navarrete (UCV)

52

Imágenes y Narrativas de San Pedro del Tauca:

El Registro Visual en el Trabajo de Campo Jeyni González T. (IVIC)

82

Algunas Reflexiones sobre Experiencias en Trabajos de Campo Horacio Biord (IVIC)

102

Patanemo y Yo:

Reflexión Interpretativa de la Actividad de Campo Eduardo Herrera Malatesta (UCV)

120

El Trabajo de Campo como Experimento. Antropología Andando Por Atacama (Chile) José Luis Anta Félez (UJ)

148

Una Tesis de Grado… ¿y después qué? Juan Carlos Rey G. (IVIC)

174

RESEÑAS

Evaluación Estudiantil del Taller:

“La Investigación de Campo en la Antropología:

Vivencia, Convivencia y Sobrevivencia”

María Eugenia Villalón (UCV) y Eduardo Herrera Malatesta

212

Homenaje a Petra Reyes: La Última Mujer Hablante del Mapoyo (†) Maria Eugenia Villalón (UCV)

RESÚMENES

NORMAS DE PUBLICACIÓN

217

219

224

Conmemoración. Antropologando 2 (10) Julio-Diciembre 2003

6

50 AÑOS DE ANTROPOLOGÍA EN LA UCV

Eduardo Herrera Malatesta 1

En el año de 1964 se publicó en la Universidad Central de Venezuela la Memoria de la Escuela de Sociología y Antropología. En este trabajo se compilaron los discursos de apertura y las ponencias e intervenciones de las mesas redondas que se llevaron a cabo en el año 1963 con motivo de la celebración del X Aniversario de la Escuela de Sociología y Antropología. En esta Memoria se plasmó en papel las impresiones de los actores que 40 años atrás conformaban lo que entonces era la Escuela de Sociología y Antropología. Discusiones, ponencias e intervenciones sobre diversos temas de interés antropológico y sociológico fueron reseñados en esas páginas con la intención de mantener una ciencia social activ a y participativa. 50 años atrás personajes como George W. Hill primer director de la escuela, junto con los primeros profesores Miguel

Acosta Saignes, Domingo Casanovas, José María Cruxent, Adelaida de Díaz Ungría, Raniero Egidi Belli, Martha Hildebrandt, José Ramón Medina, Gladis Trujillo de Moreno, Juan B. Moretti G., Thomas Norris, Norman W. Painter, Carlos Parisca Mendoza, Ismael Puertas Flores, Wolfgang Reinhold,

Antonio Requena, Jesús María Risquez, José Luís Salcedo

1 Tesista del Dapartamento de Arqueología, Etnohistoria y Ecología Cultural, Escuela de Antropología, Universidad Central de Venezuela.

Conmemoración. Antropologando 2 (10) Julio-Diciembre 2003

7

Bastardo, James Silverberg, Geor ge Sugarman y Marco Aurelio

Vila, dieron vida a lo que sería la primera escuela especializada

de sociología y antropología de toda latinoamérica (Abouhamad

1964: 7). Entre este grupo de profesores destacamos la labor de

investigadores como Miguel Acosta Sa ignes, Antonio Requena

y Adelaida de Díaz Ungría quienes desde sus inicios

incentivaron y proclamaron la investigación de campo, cada quien en su área, como elemento fundamental para una antropología dinámica y productiva. Aunque, ya para aquel entonces profesores como Antonio Requena señalaban que una

de las problemáticas de la Escuela era que no se estaban proporcionando “los medios de entrenamiento práctico de los estudiantes por cuanto sin la realización de investigaciones y trabajos de campo, la formación científica en especialidades como la Sociología y la antropología resulta insuficiente e

inadecuada” (Requena 1964: 27-28). Entre esos primeros años de formación de la Escuela de Sociología y Antropología y en su posterior desarrollo se realizaron diversas actividades académicas en aras del crecimiento de la Escuela; así como se continuaron luego de la separación de las escuelas en 1987. Aunque, es curioso comparar, desde una perspectiva histórica y salvando las diferencias contextuales de cada período, como las críticas positivas y negativas que se expresan en la Memoria son muy similares a las que hoy en día se han hecho sobre la Escuela de Antropología, principalmente en lo que se refiere a las

Conmemoración. Antropologando 2 (10) Julio-Diciembre 2003

8

actividades académicas, como por ejemplo, los trabajos de campo.

Generalmente se piensa que la mayoría de los estudiantes de la Escuela de Antropología mantiene hoy en día una actitud apática y dispersa en cuanto a las actividades de la Escuela se refiere, o al menos eso es lo que se comenta “entre pasillos”. Esto, como muchas cosas, es una verdad relativa, puesto que si bien es cierto que existe cierta apatía por parte del estudiantado (y el profesorado) por las actividades de la Escuela, también es cierto que existen muchas iniciativas

creadas por estudiantes y profesores que son levemente apoyadas por otros estudiantes y profesores. Entre las iniciativas que en los últimos años se han sentido y planteado a la comunidad de la Escuela es posible mencionar: el grupo Nueva Antropología en Venezuela (NAVE) quienes durante el I

semestre de 2003 organizaron y promovieron charlas concernientes a temáticas antropológicas; el Expo-Arte de la escuela promovidas por el Centro de Estudiantes; la cantidad de grupos de discusión web creados por estudiantes y/o profesores de la Escuela (4 hasta ahora); las charlas sobre “Problemática Indígena en Venezuela” organizadas por la Comisión de Extensión de la Escuela; además de los eventos porvenir como el Congreso Nacional de Estudiantes a Sociología y Antropología (CONESA) organizado por estudiantes de ambas escuelas, el cual se realizará en este año; y el Congreso de Antropología Biológica organizado por la Dirección de la

Conmemoración. Antropologando 2 (10) Julio-Diciembre 2003

9

Escuela a realizarse también en este año. Por último, hace casi tres años se creo el primer Boletín Antropológico de Estudiantes de la Universidad Central de Venezuela, Antropologando, el cual se mantuvo latente y constante como publicación extraoficial hasta su consolidación como publicación Oficial de la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales. Este es un pequeño resumen de las cosas que se han hecho en la Escuela de Antropología a nivel de actividades extraacadémicas, si bien no son demasiadas, han sido y siguen

siendo aportes para el desarrollo de esta escuela, aportes que deberían crecer y ser ejemplo, aportes para criticar constructivamente. Lo curioso es que no todos estos aportes son generados por la Escuela directamente (aunque respaldados por su nombre), pero de igual manera los estudiantes y profesores

se mueven y crean proyectos de trabajo, los cuales deberían sumarse en un solo esfuerzo orientado en un fin común, el de re-crear y mantener una gran Escuela de Antropología, la única del país, la primera de latinoamérica Con estas páginas Antropologando conmemora a aquellos que hace 50 años se esforzaron en un fin común, pero también a aquellos que después de 50 años continúan luchando por mantener ese fin. Desde aquí nos unimos e invitamos al resto de la comunidad estudiantil y profesoral a recordar y mantener nuestra Escuela de Antropología.

Conmemoración. Antropologando 2 (10) Julio-Diciembre 2003

10

REFERENCIAS

ABOUHAMAD H., Jeannette (1964) Presentación. Memoria Escuela de Sociología y Antropología. Edición Especial – Boletín Bibliográfico Ediciones de la Facultad de Economía U.C.V. REQUENA, Antonio (1964) La Escuela de Sociología y

Antropología. Problemas. Posibles Soluciones. Memoria Escuela de Sociología y Antropología . Edición Especial – Boletín Bibliográfico Ediciones de la Facultad de Economía

U.C.V.

Editorial. Antropologando. 2 (10) Julio-Diciembre 2003

11

EDITORIAL

Eduardo Herrera Malatesta

El trabajo de campo ha significado para la antropología la herramienta principal de recolección de datos. Desde los

orígenes de la ciencia antropológica el trabajo de campo ha estado presente, cambiante en cuanto a teorías, métodos y técnicas para su abordaje, pero siempre presente. No es necesario ahondar mucho en una explicación sobre la importancia que el trabajo de campo tiene dentro de la disciplina, solo con observar como es enaltecido y expresado por investigadores en sus publicaciones, basta para entender su relevancia. En textos, ya clásicos, como los de Frazer (1969 [1890]) 1 , Malinoski (2001 [1922]), Levi-Strauss (1970 [1955]), Mead (1972), entre otros, se demuestra el énfasis que estos autores señalaban sobr e la necesidad de recolectar datos en el campo, datos directos de los individuos, y no conformarse con los relatos de los primeros exploradores y naturalistas. En este sentido, el trabajo de campo, el trabajo

etnográfico, ha prevalecido dentro de la disciplina como una actividad necesaria e indispensable para recoger informaciones sobre otras culturas. Pero el trabajo de campo en antropología

1 Las referencias bibliográficas son para referir al lector a los trabajos más representativos de los investigadores, y no para hacer referencia a esos trabajos en específico.

Editorial. Antropologando. 2 (10) Julio-Diciembre 2003

12

ya no puede ser visto solo como el trabajo etnográfico, es decir,

la clásica visión del antropólogo visitando comunidades indígenas. La antropología hoy en día, y desde hace mucho tiempo, se ramifica en diversas áreas de estudio. Así, se pueden enumerar diversas “formas” de trabajos de campo: el trabajo de campo etnográfico, el arqueológico, el urbano, el visual, el biológico, entre otros. Es importante destacar, que si bien pueden encontrarse diversas actividades de campo según los requerimientos de cada investigación, siempre se mantiene algo en común, esto es, que se hace una salida de campo. Los antecedentes de investigadores que realizaron trabajos de campo con orientaciones antropológicas en Venezuela se remontan hacia finales del siglo XIX. Personajes como Gaspar Marcano (1971 [1889, 90, 91]), Lisandro Alvarado (1956) y Alfredo Jahn (1927) vienen a la memoria al

preguntarnos acerca de los trabajos de campo en el país. Estos investigadores representan lo que Vargas (1976) denominó los inicios de la Corriente Etnográfica en Venezuela, ellos “constituyen los mejores exponentes de esta tendencia que tuvo como corolario una de las síntesis analíticas más completas que

se haya hecho hasta el presente de la cultura aborigen venezolana” (Vargas 1976: 160). Sus investigaciones estuvieron orientadas principalmente en la búsqueda de datos empíricos, datos recolectados en el campo, aunque sin dejar de lado la revisión de las fuentes históricas y documentales

Editorial. Antropologando. 2 (10) Julio-Diciembre 2003

13

invaluables para la comprensión de los procesos históricos

locales y nacionales (Vargas 1976). Este énfasis en los trabajos de campo fue heredado por los investigadores que les subsiguieron, quienes al igual que estos pioneros mantuvieron el interés por indagar directamente en cuestiones relacionadas con la cultura, la historia y los aspectos biológicos de los habitantes presentes y pasados de Venezuela. Entre los investigadores de mediados del siglo XX se pueden destacar la labor de Miguel Acosta Saignes, José Maria Cruxent y Adelaida de Díaz Ungría. Cada uno de ellos desde su disciplina realizó diversos aportes al conocimiento antropológico venezolano, y en sus publicaciones quedo plasmado su interés por conocer y contrastar la antropología en el campo. Acosta Saignes realizó diversas publicaciones sobre temas antropológicos, históricos y folclóricos relacionados con

las culturas aborígenes venezolanas (1980, 1990), de los cuales una gran cantidad son producto de sus observaciones en el campo. Cruxent, por otra parte, se interesó en temáticas vinculadas al pasado prehispánico venezolano y sus diferentes manifestaciones, así como, la exploración y prospección

arqueológica y etnográfica de áreas poco investigadas de la geografía nacional para su momento 2 . Díaz Ungría dedicó sus investigaciones etnográficas al estudio de aspectos biológicos,

2 Para una revisión de la obra completa de J. M. Cruxent revisar la bibliografía compilada por E. Wagner (Wagner y Zucchi 1978: 367-

375)

Editorial. Antropologando. 2 (10) Julio-Diciembre 2003

14

físicos y genéticos en las poblaciones indígenas venezolanas,

realizando aportes de indudable valor científico (Díaz Ungría 1965, 1966; Díaz Ungría y Castillo 1971; Díaz Ungría y Díaz González 1986). Esta investigadora sostuvo siempre la posición de que los trabajos de campo eran fundamentales para la disciplina (varios 1995) 3 . Así como la labor realizada por estos investigadores, y los que les precedieron, se pueden reconocer otros que, igualmente, han realizado aportes al conocimiento etnográfico venezolano, entre ellos se pueden mencionar los trabajos de Johanes Wilbert (1966), Vincenzo Petrullo (1969 [1939]), entre muchos otros.

En Venezuela la tradición de trabajos de campo se deja sentir tanto en las publicaciones de antropólogos, como en el énfasis con que algunos profesores de la Escuela de

Antropología dictan sus clases. Aunque, si bien esto es cierto, también es cierto que en Venezuela, hasta ahora, no se han realizado publicaciones donde se discutan los aspectos relacionados con el trabajo de campo en sí, más allá de las investigaciones etnográficas. Es decir, que es normal leer libros

que son resultado de experiencias de campo, pero ¿qué sucede con el antropólogo que esta detrás de esos textos? ¿dónde está la experiencia del antropólogo más allá de los datos que

3 Para una revisión de la obra completa de Díaz Ungría revisar el currículo reseñado en el Homenaje a la Doctora Adelaida de Díaz Ungría (Varios 1995).

Editorial. Antropologando. 2 (10) Julio-Diciembre 2003

15

recolectó? ¿quién explica cómo se lleva a cabo un trabajo de

campo? ¿en qué consiste? ¿qué es lo que pasa con los antropólogos, que al momento de llegar de una larga estadía en un sitio de trabajo, retornan diferentes? Estas preguntas y muchas otras pueden pasar por la cabeza de cualquier estudiante que observa a un profesor o investigador u otro estudiante al llegar del campo. ¿Qué es el trabajo de campo? ¿qué significa? ¿cómo se hace?, estas preguntas y varios aspectos técnicos, metodológicos y experienciales fueron discutidos y desarrollados por la Profa. Maria Eugenia Villalón en el taller dictado en la Escuela de Antropología entre junio y julio de 2003: El Trabajo de Campo en Antropología: vivencias, convivencias y sobrevivencias. Es a partir de esta experiencia y de la incertidumbre natural acerca de los trabajos de campo, que

surgió la iniciativa de realizar un boletín dedicado a los trabajos de campo en antropología. El interés principal estaba basado en compilar artículos donde se discutiera y revisara el trabajo de campo en sí mismo, sea de manera teórica, metodológica, práctica o experiencial. Una discusión en este sentido podría

proporcionar dos tipos de beneficios directos para la disciplina. En primer lugar, la discusión crítica, académica y productiva sobre este tema podría generar un debate en cuento a ¿cómo se están realizando los trabajos de campo en el país? y ¿Cómo son percibidos los trabajos de campo por los mismo antropólogos? Esto conlleva, al reconocimiento del investigador que se oculta

Editorial. Antropologando. 2 (10) Julio-Diciembre 2003

16

detrás de los textos. La discusión del trabajo de campo en sí

mismo, está estrechamente relacionada con el investigador que realiza el trabajo. En segundo lugar, esta discusión podría ser percibida como un elemento pedagógico dirigido a los estudiantes que comienzan a adentrarse en la carrera. La compilación de los artículos aquí presentados se realizó con estas ideas en mente, y afortunadamente se logró compilar una cantidad de artículos que difieren en sus temáticas y enfoques interpretativos. Así, se juntan experiencias de estudiantes y profesionales con visiones y temas de investigación de diversas índoles, y ubicados en las diversas ramas de la antropología. En este número se pueden ubicar los artículos en tres grupos. En el primero, se ubica el artículo de Navarrete, este autor realiza una revisión teórica e histórica sobre la discusión del trabajo de campo en el mundo anglófono desde la

antropología hasta la arqueología, haciendo una revisión teórica de los postulados que en los últimos 20 años han impactado con mayor fuerza la disciplina. El interés de este investigador se basa en la revisión del tema de la dimensión epistemológica y social del trabajo de campo. Según Navarrete el trabajo de

campo “ha sido centro del debate sobre la legitimidad y función social de la antropología en las últimas décadas”, aunque señala que esta discusión se ha planteado con mayor fuerza desde la antropología y arqueología anglófona, siendo este tipo de debate muy pequeño en la antropología latinoamericana y venezolana.

Editorial. Antropologando. 2 (10) Julio-Diciembre 2003

17

En el segundo grupo se incluyen los trabajos de

Palacios, Anta, Gonzá lez y Herrera. Estos textos articulan, a partir de experiencias personales, reflexiones sobre diversos elementos del trabajo de campo, tanto teóricos, metodológicos

y prácticos como experienciales e interpretativos. El texto de

Palacios está orientado hacia el precepto de que el trabajo de campo ocupa un lugar central dentro de la disciplina antropológica y es la principal herramienta de la generación del conocimiento antropológico, tanto a nivel funcional y sistémico, como a nivel estructural. En el trabaj o de Anta se destaca la interacción particular que se da en el trabajo de campo entre el antropólogo y la gente que habita en el lugar de su estudio. A través de un ejemplo festivo, una boda, el autor aborda algunos de los elementos donde antropología y la cultura local se entrelazan hasta el punto en que el trabajo de

campo termina convirtiéndose en una forma experimental de conocer lo propio, y el discurso resultante de sus interpretaciones termina siendo “un discurso literario, las más de las veces de carácter retórico”. En el texto de González se aborda la relevancia que

tienen las formas de registro visual como métodos de recolección de datos y documentos en sí mismos. La autora

utiliza la fotografía y las representaciones gráficas para conocer

a las nociones que los habitantes del pueblo, donde realizó su

estudio, tienen sobre paisaje y las narrativas. El texto de Herrera representa una reflexión interpretativa acerca de la

Editorial. Antropologando. 2 (10) Julio-Diciembre 2003

18

actividad etnográfica que un arqueólogo puede experimentar en

el campo. Este texto trata de expresar por un lado, la experiencia y convivencia experimentada en un lugar de trabajo

y las repercusiones que esto tiene para la interpretación en

arqueología y, por otro, la consideración de contextualizar al

investigador dentro de la investigación y del sitio de trabajo, así como revisar teóricamente las preguntas que surgen de esta consideración.

El tercer grupo esta compuesto por los trabajos de Biord y Rey.

En estos artículos se muestran las impresiones y experiencias personales de los autores en diferentes trabajos de campo. El artículo de Biord expresa sus experiencias de campo realizadas con diversas comunidades indígenas y campesinas. Aspectos como las dificultades de genero, la confidencialidad y la devolución de la información son desarrollados por Biord como

puntos metodológicos claves para poder optimizar los trabajos de campo, y así lograr una mejor compenetración con las comunidades. El trabajo de Rey es producto de sus experiencias en trabajos de campo arqueológicos. En el texto el autor señala a través de ejemplos toda la clase de inconvenientes logísticos y

metodológicos con los que generalmente se enfrentan los arqueólogos en el campo. Así mismo, en el texto Rey plantea una serie de reflexiones personales acerca de la actividad de campo y cómo esta puede enriquecer a la ciencia antropológica.

Editorial. Antropologando. 2 (10) Julio-Diciembre 2003

19

Los artículos contenidos en este número abarcan

diversos aspectos del trabajo de campo, aunque sin lugar a dudas quedan muchos aspectos sin revisar. El abordaje teórico, metodológico y práctico del trabajo de campo en antropología es un tema con muchas ramificaciones, y que debería ser discutido con mayor profundidad e intensidad en los espacios académicos del ámbito antropológico venezolano. Sea de manera pedagógica o en discusiones publicas el trabajo de campo debería comenzar a ser visto como un elemento fundamental de la disciplina y no como un mero requerimiento de la investigación. Desde la perspectiva en que es editado este número del Boletín, es necesario e imprescindible que tanto estudiantes como profesores de la Escuela de Antropología inicien actividades donde se involucren salidas de campo constantes y participativas, la experiencia en trabajos de campo

es una necesidad y un derecho de los estudiantes, pero igualmente abrir debates a nivel del profesorado sobre trabajos de campo enriquecería enormemente el conocimiento de los alumnos. Antropologando es una iniciativa estudiantil que busca

la integración del conocimiento antropológico en Venezuela y en Latinoamérica. En este búsqueda, como en cualquier investigación, se encuentran constantemente obstáculos y trabas para el desarrollo interno; pero esta en el esfuerzo conjunto, en la constancia académica y sistemática la victoria y avance de los esfuerzos. Este número de Antropologa ndo dedicado a un

Editorial. Antropologando. 2 (10) Julio-Diciembre 2003

20

tema poco discutido en el país desde una perspectiva interna,

“desde debajo” de la antropología puede marcar un punto de partida para mayores debates y publicaciones. Además, este mismo número esta realizando un homenaje a los 50 años de formación antropológica en la Universidad Central de Venezuela, y todos los artículos y reseñas contenidos en este número están dedicados a todos aquellos que hace 50 años lucharon por crear y mantener una disciplina científica y académica. Si hoy en día no se mantiene, discute y desarrolla firmemente la antropología venezolana, entonces la disciplina no prosperará en ninguna dirección. Desde estas páginas, se rinde homenaje a los que realizaron y realizan trabajos de campo, a aquellos que ayer y hoy luchan por espacios de discusión y debate científico, estudiantes y profesores, los que están y los que ya se fueron.

BIBLIOGRAFÍA CITADA

ACOSTA SAIGNES, Miguel (1980) Estudios en Antropología, Sociología, Historia y Folclor. Biblioteca de la Academia Nacional de la Historia. Serie Estudios, Monografías y Ensayos, Caracas. ACOSTA SAIGNES, Miguel (1990 [1962]) La Cerámica de la Luna y otros Estudios Folklóricos . Monte Ávila Editores, Caracas. ALVARADO, Lisandro (1956) Datos Etnográficos de Venezuela. Obras completas de Lisandro Alvarado. Vol. IV, Ministerio de Educación, Dirección de Cultura y Bellas Artes, Caracas. DÍAZ UNGRIA, Adelaida (1965) Estudio de Distintas Tribus en Venezuela. En: Comisión Nacional de Cooperación con la UNESCO. 1 (3): 13-24 DÍAZ UNGRIA, Adelaida (1966) Estudio Comparativo de las Características Serológicas y Morfológicas

Editorial. Antropologando. 2 (10) Julio-Diciembre 2003

21

Correspondientes a las Poblaciones Guajiro, Guahibo, Guarao y Yaruro. Publicaciones del Instituto de

Investigaciones de la Facultad de Economía, Universidad Central de Ve nezuela, Caracas. DÍAZ UNGRIA, Adelaida y Helia L. de Castillo (1971) Antropología Física de los Indios Irapa. Instituto de Investigaciones Económicas y Sociales, Facultad de Ciencias Económicas y Sociales, Universidad Central de Venezuela, Caracas.

DÍAZ

UNGRIA,

Adelaida

y

J.

L.

Díaz

González

(1986)

Consanguinidad

entre

los

Indígenas

Yukpa.

Sociedad

Venezolana de antropología Biológica. Publicaciones ocacionales, Vol. 1 – Nº 1. FRAZER, James (1969 [1890]) La Rama Dorada. Estudios sobre magia y religión . Fondo de Cultura Económica, México.

JAHN, Alfredo (1927) Los Aborígenes del Occidente de Venezuela. Su historia, etnografía y afinidades lingüísticas. Lit. y Tip. del Comercio, Caracas. LEVI-STRAUSS, Claude (1966) Los Alcances de la Antropología. Cuadernos del Seminario de la Integración Social Guatemalteca, Nº 14, Guatemala.

LEVI-STRAUSS, Claude (1970 [1955])

Tristes Trópicos. Editorial

Universitaria de Buenos Aires, Buenos Aires.

MALINOWSKI,

Bronislaw

(2001

[1922])

Los

Argonautas

del

Pacífico

Occidental.

Comercio

y

aventura

entre

los

indígenas

de

la

Nueva

Guinea

melanésica .

Ediciones

Península, Barcelona. MARCANO, Gaspar (1971 [1889, 90, 91]) Etnografía Precolombina de Venezuela. Instituto de Antropología e Historia, Facultad de Humanidades y Educación, Unive rsidad Central de Venezuela, Caracas. MEAD, Margaret (1972) Experiencias Personales y Científicas de una Antropóloga . Editorial Paidós, Buenos Aires. PETRUYO, Vincenzo (1969) Los Yaruros del Río Capanaparo - Venezuela . Instituto de Antropología e Historia, Facultad de Humanidades y Educación, Universidad Central de

Venezuela, Caracas.

VARGAS,

antropológicas venezolanas 1880-1936. En: Semestre Histórico. 3: 151 -174 VARIOS (1995) Homenaje a la Doctora Adelaida de Díaz Ungría. Comisión de Estudios de Postgrado, Facultad de Ciencias Económicas, Universidad Central de Venezuela, Caracas.

Introducción al estudio de las ideas

Iraida

(1976)

Editorial. Antropologando. 2 (10) Julio-Diciembre 2003

22

WAGNER,

Ensayos Antropológicos en Homenaje a José M. Cruxent. Ediciones C.E.A. – I.V.I.C., Caracas. WILBERT, Johannes (1966) Indios de la Región Orinoco – Ventuari. Instituto Caribe de Antropología y Sociología. Fundación La Salle de Ciencias Naturales, Caracas.

Erika

y

Alberta

Zucchi

(1978) Unidad y Variedad.

Antropologando Julio-Diciembre 2003 Año 2, Nº 10: 23-51

Antropologando 2 (10) Julio-Diciembre 2003

24

“PREDISEÑAR LO IMPREDECIBLE”:

UN TRABAJO DE CAMPO Y ALGUNAS REFLEXIONES

Dr. José Palacios Ramírez 1 Universidad de Jaén, España

RESUMEN El trabajo que aquí se puede leer, es, fundamentalmente, una amalgama de intentos, de intentos de ofrecer algunas reflexiones metaantropologicas sobre distintos aspectos de la experiencia de campo, teniendo como punto de partida una experiencia propia de campo. Por ello, he intentado situar el trabajo de campo de una forma, que calificaría como integral, dado que la intencionalidad que vértebra el texto, esta dirigida a mostrar el trabajo de campo dentro de lo que seria el engranaje completo de una investigación antropológica –en este caso concreto-. Palabras Claves: Trabajo de Campo. Reflexividad. Experimentalidad. Relativismo. Tepehuas (México).

INTRODUCCIÓN

El trabajo que aquí se puede leer, es, fundamentalmente, una

amalgama de intentos, de intentos de ofrecer algunas reflexiones

metaantropologicas sobre distintos aspectos de la experiencia de

campo, teniendo como punto de partida una experiencia propia de

campo. Por ello, he intentado situar el trabajo de campo de una

forma, que calificaría como integral, dado que la intencionalidad que

vértebra el texto, esta dirigida a mostrar el trabajo de campo dentro

de lo que seria el engranaje completo de una investigación

antropológica –en este caso concreta-. Y a la misma vez, también se

dirige hacia la idea de mostrar la posición de centralidad

innegociable que la experiencia de campo ocupa dentro de la

generación de conocimiento antropológico, no solo a nivel funcional

y sistémico, sino también a nivel estructural, pues dicha experiencia,

reproduce paradigmáticamente muchas de las características

esencialmente paradójicas del saber antropológico, su carácter

esquivo, algo que a forma de metáfora, he intentado plasmar en el

titulo del trabajo, “prediseñar lo impredecible”, cuya intención es

presentar el trabajo de campo, la investigación antropológica, y por

ende, el conocimiento antropológico, en su carácter de permanente

paradoja entre el deseo y la imposibilidad, de asir lo inasible, de

objetivar, de objetivar lo subjetivo.

Al margen de estos esbozos orientativos sobre el texto que

sigue, me gustaría que esta introducción sirviese además, para situar

y ofrecer algunas orienta ciones paratextuales, que sirvan para situar

la lectura al respecto de los nodos de discusión que el texto pretende

encarar, en la mayoría de los casos, de forma elíptica. Uno de los

puntos básicos que el texto pretende enfrentar en lo referente a las

dimensiones epistemológicas del trabajo de campo, es el carácter de

condicionalidad que este ostenta dentro de las cartografías del pensar

antropológico, principalmente debido a su inmensa potencialidad

heurística, puesto que una de las características básicas de la

experiencia de campo, es su capacidad para obligarnos a contraponer

perspectivas (a la hora de reflexionar sobre “el papel del observador”

Antropologando 2 (10) Julio-Diciembre 2003

25

1999b), a la vez que para facilitarnos el contraste de realidades

próximas y ajenas (véase Cardin 1990). Aspectos ambos, que indudablemente forman parte esencial, aunque muchas veces silenciada, de lo que Clifford (1999: 424) califica como el habitus del trabajo de campo. Otro aspecto nodal que el texto pretende abordar en su desarrollo, es el carácter experimental del trabajo de

campo (puede verse Rabinow 1992: 26), al cual, pretendo añadir una dimensión complementaria, e igualmente importante, pero en muchas ocasiones obviada, su carácter experiencial, ya que si bien es cierto que la experiencia de campo constituye una fuente inagotable de “hechos a interpretar”, en este proceso hermenéutico se da la mediación insustituible de la evocación, de la rememoración de momentos fuertes, emergentes. Aspecto este en el cual emerge nítidamente la relación intrínseca del conocimiento etnográfico con la escritura, ya sea mediante los diarios de campo (sirvan de ejemplo Leiris 1988; Rabinow 1992; Lourau 1988; y Clifford 1995), la literatura de viajes (pueden verse Chatwin 1988; Lawrence 1999), u otros tipos de literatura (entre otros Conrad 2002; Joyce 1999).

EL PROCESO PREVIO AL TRABAJO DE CAMPO

Si algo ha quedado claro para mí en el desarrollo de diferentes investigaciones como a la que aquí haré referencia, es que cuando se habla de “interferencias externas” tanto refiriéndose al

planteamiento como a todo el desarrollo de cualquier tipo de

Antropologando 2 (10) Julio-Diciembre 2003

26

investigación, no se hace en absoluto bajo ningún ejercicio de

retórica textual; de entrada, porque lo que comenzó siendo la idea de realizar un estudio de carácter aproximativo al papel que desempeñan las ONG’s en un país que se califica como integrante del llamado Tercer Mundo, terminó con el transcurso del tiempo y debido a la posibilidad de apoyo de un compañero, que me

introduciría dentro de la propia comunidad, además de contar con un amplio apoyo bibliográfico e incluso orientaciones previas que me harían más fructífera la estancia para realizar el trabajo de campo, sumándole además la mayor posibilidad de una segunda estancia de mayor tiempo que me sirviera para poder ampliar este trabajo, acabó por convertirlo en un estudio de mediadores culturales de carácter mucho más amplio, debido a que en la zona en cuestión no había ninguna organización no estatal trabajando, teniendo como centro gravitatorio complementario el café, su cultivo y estrategias comerciales y lo que aún resulta más curioso, deviniendo de forma casi autóctona, como si la realidad a la que uno pretende aproximarse determinara también las condiciones, en algo parecido a una negociación.

Otra cuestión que suele quedar bastante clara con el desarrollo de una investigación es la validez únicamente textual de un esquema de desarrollo de la investigación lineal (Wolcott 1993:

127-144) no sólo a nivel de la retroalimentación que se da entre la recolección de datos, la observación directa y la interpretación de los mismos, ya sea inmediata a la recogida de estos, como posterior a

Antropologando 2 (10) Julio-Diciembre 2003

27

la misma, sino lo que es más, en mi caso concreto se podría incluir

en dicha dinámica el amplio periodo previo de lecturas relacionadas al efecto y su continuación tras la estancia de campo, en el cual, por suerte se cumplió el supuesto carácter heurístico de comparar lo vivido con las aportaciones etnográficas y teóricas de otra gente a la búsqueda de ventanas epistemológicas, que abriera posibles

preguntas o que contrastara las propias hipótesis y observaciones. Aunque, en cualquier caso, visto todo el proceso en perspectiva, ha sido un continuo ejercicio que exige replantearse, que parece negar lo que hasta antes se pensaba que estaba claro y que abría nuevos campos, dándole valor a muchas anotaciones y material recogido en el trabajo de campo por pura auto-exigencia metódica, sin pensar en que pudiera tener un valor excesivo para más pretensiones.

METODOLOGÍAS Y HERRAMIENTAS DE “RECOGIDA DE DATOS”: DECISIONES EPISTEMOLÓGICAS

Lo habitual dentro de este tipo de apartados destinados a mostrar el diseño de las propias investigaciones, en el cual se apoyan

los trabajos que se presentan, suele ser comenzar por una serie de aclaraciones sobre el tema o temas centrales de la investigación. Así, buena parte del espacio se dedica a mostrar una perspectiva propia desde la antropología y ciertos precedentes epistemológicos, el objeto de ello es más que claro, dado que cualquier diseño de investigación y la articulación de las herramientas de investigación, incluso su uso, se ven bastante influenciados por las concepciones

Antropologando 2 (10) Julio-Diciembre 2003

28

teóricas que uno tiene como punto de partida, y por los objetivos de

la investigación. Aunque no tiene excesivo sentido que yo intente contar algo que ya María Jesús Buxó hizo mucho mejor, el mencionado trabajo de Buxó se centra en el papel de la sensibilidad dentro de la etnografía, su papel dentro de las elecciones metodológicas y epistémicas:

sensibilidad estética, ayuda a aislar al antropólogo de la

preocupación por la descripción realista, una cierta concepción clónica del nativo y el sentido canónico de la cultura (dándole) la apreciación de que no hay una solución ni explicación únicas para un planteamiento o problema, sino que depende de los conceptos y juicios específicos que se comunican o que se intersubjetivizan en el

la “

diálogo de una experiencia etnográfica concreta” (Buxó 1995: 65).

Junto con las claras influencias innegables a estas alturas de las etnografías posmodernas y de la antropología interpretativa, lo que sin duda influenció mayoritariamente el diseño de mi investigación fue la corriente conocida como etnociencia 2 debido a la minuciosidad de sus planteamientos en la recogida y contraste de datos (así como a una cierta bisoñez en la búsqueda de “seguridades”), lo cual permite además diferenciar muy bien las propias apreciaciones de los informantes, evitando en la medida de lo posible sesgos etnocéntricos. Fundamentalmente el diseño de

dicha investigación, basado en la pretensión de articular tres

2 Véase Hammersley y Atkinson 1994; Werner y Schoepfle 1985.

Antropologando 2 (10) Julio-Diciembre 2003

29

herramientas distintas de toma de datos, como son la observación, la

entrevista y la realización de historias de vida, sólo sufrió un cambio importante, que se refiere a la realización de las historias de vida, para lo cual encontré bastantes dificultades, debido a la gran incomodidad y desconfianza que tanto la grabadora como la propia cámara fotográfica generaba en los habitantes de la localidad donde

me instalé, teniendo que recurrir por norma general al cuaderno de campo y a la memoria. Había además otro inconveniente añadido, el tiempo tan reducido de mi estancia de campo en esa localidad, lo que hizo que a las dificultades naturales y habituales de encontrar a gente que no conoces dispuesta a narrarte su propia vida, se le añadió el carácter difícil de muchos de estos lugareños, lo cual determinó que sólo pudiera realizar una sola historia de vida a una maestra que trabajó en la zona recientemente, así como también pude comenzar a realizársela a otros dos maestros más, uno de los cuales estaba instalado en Pachuca y otro natural de la localidad de Huehuetla y tepehua, pero que por motivos aún no claros para mí, me abandonaron a mitad de su desarrollo. Aun así, esto me causó en ese momento un gran problema, puesto que mi interés en el desarrollo de las historias de vida, por su reconocimiento de la heterogeneidad y

su nivel de complejidad de la realidad, para poner a prueba las abstracciones teóricas, está mucho más cerca del interés en la cuestión de la etnicidad que se ha visto apartado a una posterior elaboración más amplia, con una estancia mas larga en el campo 3 .

3 Sobre la metodología y utilidad de las historias de vida en el trabajo de

Antropologando 2 (10) Julio-Diciembre 2003

30

De esta forma, la estrategia elegida en un comienzo fue

oscilando, casi por sí misma, hacia un planteamiento etnográfico más clásico, que contrastará las entrevistas realizadas y la observación con las apreciaciones más subjetivas y las distintas teorías. Tal vez lo más interesante de la observación estructurada que propone los modelos etnometodológicos son las influencias a partir de los

protocolos desarrollados por Erving Goffman (1981) y su modelo teatral, que privilegia una perspectiva micro y muy interesada por la interacción que la hizo muy atractiva para mí, por lo que en buena medida fue un modelo a seguir en la observación, ya que ofrece la posibilidad de una gran capacidad de análisis, con una buena dosis de economía, de tiempo y de conceptualización, dirigiendo de forma selectiva la atención hacia ciertas conductas, teniendo como constante la fugacidad de la acción humana. Dicho enfoque cuenta además con la ventaja de haber propuesto sus propios métodos de control, es decir, a pesar de partir de ciertas generalizaciones como son la construcción social del rubor (Goffman, 2001: 41-58) y de un fuerte ses go hacia el estudio institucional de las llamadas sociologías de la situación, desarrollando toda una epistemología destinada a demostrar y evitar en la medida de lo posible la continua realización

de inferencias por parte del observador 4 y la influencia de ésta sobre los observados.

campo, puede verse: Pujadas 1995; Buechler 1999: 245-264; Godard y Cabanes 1996; así como un buen ejemplo, clásico ya: Rojas y Nash 1976. 4 Sacks 2001: 61-84; sobre las aportaciones de Goffman puede verse Caballero 1998: 121-144.

Antropologando 2 (10) Julio-Diciembre 2003

31

En el desarrollo del segundo pilar metodológico, esto es, la

entrevista, una vez sobre el campo debí realizar una clara distinción entre las que fueron llevadas a cabo a personas integrantes de algún tipo de institución y las que se realizaban a informantes particulares, además claro está, de la distinción de éstos en los cuadernos de campo de las importantísimas, al menos en mi caso, notas sobre

conversaciones de carácter informal. El desarrollo tanto de unas como de otras estuvo basado en un planteamiento semi-estructurado o abierto, mucho más flexible en el caso de las entrevistas personales; en ambos casos existía un primer tipo de preguntas a realizar –grand tour-, que servían de panorama general sobre la problemática del café, las instituciones estatales por ejemplo, sirviendo como puerta a otras más minuciosas que abrían las propias experiencias concretas del informante y otras más cercanas al ejemplo o la definición concreta, cuya misión era servir de primer nivel de contraste o aclaración de las conclusiones. En este sentido, siempre intente contrastar dentro de lo posible mis anotaciones con los propios informantes para no llegar a equivocaciones interpretativas (véase Kvale 1996) y es de reconocer la importancia heurística de las sugerencias de Oswald Werner y Marck Schoepfle

respecto a la fase previa y posterior de la entrevista (1985: 292).

El tercer punto de apoyo de mi estrategia epistemológica cumplía el papel de dotarla de un nivel analítico complementario a mis propias conjeturas y con el que contrasta tanto los datos etnográficos como otras lecturas etnográficas más o menos paralelas.

Antropologando 2 (10) Julio-Diciembre 2003

32

Supuestamente, esto no depende de mi juicio como autor, también

debería cumplir el papel de articular lo local y cercano, con un nivel más global de análisis, permitiendo algún tipo de análisis estructural

a partir del estudio de enfoque fenomenológico, pasando de la praxis

a la práctica social y de la interacción a las bases de la reproducción

del sistema social en cuestión, si es que las había, claro está. Para

ello se trataba de complementar el análisis de los datos etnográficos con un análisis sociológico más general, transdisciplinar, teniendo como referente el intento de aprehensión de las formas de reproducción social del poder de Pierre Bourdieu (1998) que jugaría un papel de “trampolín” desde su análisis de los modos y discursos culturales de grupos concretos, ofreciendo diagramas bastante completos, saltando hacia teorías más generales aún como la filosofía del poder de Michel Foucault (1984) o la deconstrucción derridiana, cuyo potencial teórico aún no es muy tenido en cuenta en muchas de las tendencias antropológicas por su alto nivel de “relativismo científico”, pero se presenta muy amplio, debido a la capacidad de ambos corpus teóricos de entremezclar la abstracción y la realidad social -que Derrida llama vocación empirista- a la vez que su capacidad para desmontar construcciones sociales, tanto practicas

como discursos (véase Watson 1996: 77-88; Raulet 1994: 52-68).

NOTAS SOBRE UNA ESTANCIA DE CAMPO (HUEHUETLA, 2001)

Antropologando 2 (10) Julio-Diciembre 2003

33

Visto ahora, tiempo después, se torna bastante cierta la idea

del trabajo de campo como un viaje (Krotz 1991:50-57), no sólo físico, sino más vital, que comienza cuando se está en esa serie de no lugares (Augé 1998) que son los aeropuertos y que sólo concluye algún tiempo después de haber vuelto a casa, cuando ya se han aplacado las ganas casi compulsivas de volver al lugar en cuestión y

uno es capaz de ver las notas y el diario con cierta “distancia” y lo hace capaz de entender, pero sólo un tiempo después, muchas cosas. En mi caso particular, la prueba real y más contundente mi paso particular a una situación de permanente extrañamiento fue sin duda la extraña visión de la ciudad de México D.F. desde las alturas, momentos antes de aterrizar, una visión inmensa, casi fantasmal, salpicada de luces e inmensas avenidas, la prueba material del funcionamiento perfecto del caos que a algunos tanto nos seduce. Después de llevar un par de días instalado ya en Pachuca, en el Estado de Hidalgo, que sirvieron para poder aclimatarme un poco y para ultimar detalles con el antropólogo que ya trabajaba en Huehuetla y que me introduciría en la comunidad propiamente dicha. La idea era aprovechar su experiencia en este lugar para que mi fase de entablar contactos se redujera a lo imprescindible para no tener

que perder mucho tiempo y hacer mi estancia allí mucho más productiva y obvia decir que ese objetivo se cumplió, aunque para ellos fueron necesarias larguísimas jornadas que comenzaban muy temprano, en torno a las 6 ó 7 de la mañana y que terminaban con la revisión de las notadas tomadas a lo largo de ese día y la redacción

Antropologando 2 (10) Julio-Diciembre 2003

34

del diario alrededor de las 1 de la madrugada, lo cual hacía que me

preguntase si allí la gente dormía, pues parecía que en este lugar no cesaba nunca la actividad.

La estancia en Huehuetla podría dividirse en dos etapas bien diferenciadas, de hecho, revisando mi diario así aparecen, aunque ésta sería una división muy general, ya que toda la estancia fue un sinfín de altibajos, pues había momentos en los que todo parecía ir

muy bien y en los que me sentía realmente cómodo y otros en los que ocurría todo lo contrario, todo era demasiado extraño y me quedaba bastante claro que ese no era mi ambiente y todo parecía torcerse, era algo parecido a una montaña rusa. La llegada a Huehuetla fue casi tan “extraña” como el aterrizaje en la capital,

fueron necesarias 4,30 horas de autobús para llegar hasta allí y que comenzaron por el cómodo tránsito por las llanuras del Mezquital, en un autobús bastante confortable, para después pasar a realizar un trasbordo en Tulancingo, que significa la entrada en el ambiente de

la Sierra con sus destartalados minibuses, repletos de gente cargada de bultos, realizando continuas paradas, pero rodeado de una abrupta naturaleza de belleza abrumadora, con continuas lluvias y un hábitat bastante disperso, muy desconcertante la primera vez que se visita. Recuerdo muy bien la llegada a Huehuetla, como olvidarlo, era prácticamente el comienzo de un rito, aunque yo ya había realizado trabajo de campo en mi ciudad, intentando estudiar de forma metódica las formas de trabajo en el olivar y a través de éstas el ambiente y el contexto social en mi provincia, pero nada parecido a

Antropologando 2 (10) Julio-Diciembre 2003

35

lo que me esperaba, el realizar trabajo de campo en un lugar tan

lejano y exótico, tan diferente a lo que yo estaba acostumbrado y que debía pasar a formar parte de una “extrañeza confiada”, por decirlo de algún modo, toda vez que se suponía que allí iba a encontrar gente muy diferente a la que yo conocía, la forma de vida indígena que se me había presentado en mis continuas lecturas y que me

apasionaba. Y de hecho, esta ilusión previa a la “decepción” se cumplió en el transcurso de los primeros días, pues ya desde mi llegada, desde que bajé del autobús ya noté en mí la mirada distante

desde las puertas de las casas de la gente que se protegía de la lluvia.

Mi acompañante me hablaba en un tono muy suave, me daba las

últimas instrucciones y me comentaba que al principio todo el mundo sería muy recesivo, pero que no me preocupara, que después, cuando se acostumbraran a verme y me empezaran a conocer, todo sería mucho más fácil. Uno de los hechos más curiosos que me ocurrieron fue el interrogatorio al que me vi sometido por uno de los informantes de mi compañero, pues tan pronto como me vio aparecer por la calle, nos llamó desde el porche de su casa y tras ser presentados formalmente por mi acompañante, éste se dirigió a la casa donde íbamos a rentar unas habitaciones, dejándome en sus

manos. Seguida e inmediatamente comenzó toda una serie de preguntas encadenadas, la mayoría bastantes surrealistas para mí,

aunque supongo que para estas personas mi presencia allí era lo inexplicable, sino fuera porque trabajara para alguna agencia estatal.

De esta manera, mi “dialogante amigo” procedió sin dilación a

Antropologando 2 (10) Julio-Diciembre 2003

36

preguntarme todo tipo de cuestiones: que quien era, de dónde venía,

para qué venía, cuánto costaba el pasaje de avión, por qué me interesaba el café, si trabajaba para el gobierno, si me gustaba México, si mi presencia allí iba a conseguir dinero para la comunidad y otras muchas más preguntas de carácter más trivial sobre mi ciudad, mi país, el cultivo del olivo, si había “carros” o si

mi ciudad y mi país estaban cerca de Estados Unidos. En el fondo en

este mi primer encuentro con un habitante de Huehuetla fui yo el interrogado y no me importó en absoluto, porque supuse que cuanto antes fuese reconocido mi papel allí, antes empezaría a recibir información de ellos, además con mayor facilidad y además se encontraban también en todo su derecho de interrogarme ellos a mí

Mis primeros dos días en Huehuetla estuvieron dedicados a

las presentaciones, a conocer a la gente que más tarde me ayudó y

que también trabajaban con mi acompañante y que no sólo me sirvieron tanto de acompañantes e informantes, sino también como

contactos con la gente, puesto que la credencial que me facilitaron

las

distintas instituciones allí existentes, por ejemplo la Universidad

de

Hidalgo, me sirvieron para que su actitud fuese más permisiva y

positiva respecto a mis preguntas. Durante mi estancia, fue cuando comenzó a tomar más peso la idea de aumentar el interés de mi trabajo hacia la cuestión de la etnicidad, puesto que en ese sentido mis primeras impresiones fueron desilusionantes, pues no existía ninguna asociación tepehua que me pudiera asesorar y ayudar y, a pesar de que algunas de las instituciones mediadoras estaban

Antropologando 2 (10) Julio-Diciembre 2003

37

gestionadas por el INI, sus planteamientos no distaban casi nada de

los de cualquier institución desarrollista y no se centraba para nada en los tepehuas, de hecho muy pocos habitantes conocía la lengua tepehua, uno de mis informantes enseñaba la lengua tepehua a sus hijos y mucha de la gente a la que conocí después afirmaba que esto no tenía mucho sentid o, que eso no servía para nada, puesto que lo

que importaba en este momento era aprender inglés y español. Tanto era así que para intentar aprender algunas de estas palabras, me inventé un juego con las hijas de este señor, de manera que mientras esperaba a que volviera su padre en el porche, ellas me enseñaran algunas palabras en tepehua, en forma de adivinanzas y a cambio yo les decía las mismas palabras en inglés. Después este sentimiento de duda acerca de la solidez étnica que había leído en las bibliografías sobre México y el café, se afianzó mucho más cuando visité el Barrio Aztlan, un barrio que se situaba fuera de Huehuetla y al que se accedía cruzando el río y ascendiendo una ladera en un ambiente que mi mirada occidental se había calificado de extrema pobreza, pero que sus propias gentes pusieron en duda ya que, en absoluto, se mostraron pobres e infelices, al contrario, pues con el tiempo y el diálogo me contaban de sus estrategias para “poder salir adelante” y

compartir con ellos agradables comidas y buenos ratos frente al televisor. La cuestión era que sus patrones de vida o su configuración familiar no me parecían exageradamente extrañas y mucho menos diferentes de otra gente de Huehuetla que era mestiza. Normalmente, cuando discutía este tipo de cuestiones con mi

Antropologando 2 (10) Julio-Diciembre 2003

38

acompañante e introductivo en la comunidad, al que sólo veía por la

noche, ya que llegó un momento en que me movía con total soltura y cada uno realizaba sus propios contactos, las posiciones eran una continua búsqueda de equilibrios entre el absurdo de una visión proteccionista, que casi se dirige hacia una “especie de reserva étnica” sin tener en cuenta a la gente, que se convierte en objeto de

exposición (Alcina Franch 1995: 107-110) y nuestras propias percepciones más cercanas a una especie de fe en la “creatividad cultural” (Rosaldo 1993) de la gente entre la que nos movíamos, en su forma de interpretar patrones culturales occidentales y también los propios de origen étnico sin ningún tipo de contradicción.

En la “negociación” con los distintos informantes, no se me

presentaron excesivas dificultades, salvando el escepticismo de algunos casos hacia un tipo que venía de España a interesarse por sus problemas con el café; en otros casos la intersección de mi compañero facilitó en mucho el asunto, porque la gente lo tenía

bastante identificado y muchos veían en el hablar con él una posible vía para que alguno hiciera caso de sus problemas, sólo en algún momento tuve que aclarar, con cierta incomodidad por mi parte, que yo no estaba dispuesto a pagar dólares a cambio de la información y que no tenía nada que ver con la “gringa” que andaba por ese entonces por Huehuetla y algunos pueblos cercanos recopilando información para el Instituto lingüístico de Verano, posibilitando para luego traducir Biblias al tepehua y al otomi y que “pagaba” por

la información recibida

Tal vez uno de los aspectos más

Antropologando 2 (10) Julio-Diciembre 2003

39

paradójicos de la interacción personal con la gente en Huehuetla fue

su ambivalencia, su ambigüedad, por una parte era obvia la existencia de un ambiente de desconfianza, en buena parte debido al nivel de politización de la vida social, bastaba ser visto con alguien de Antorcha o el PRD o del Consejo Hidalguense del Café, para que rápidamente corriese la voz de que trabajabas para el INI, a la misma

vez que la buena relación con el jefe de la policía local hacía a algunas personas desconfiar, aunque la confusión aumentaba aún más por la buena relación que mantenía con un militante del PRD, que ostentaba un importante carisma personal dentro de la localidad por la “radicalidad” de sus demandas y por sus continuas reivindicaciones de la identidad tepehua frente a la presidencia, aunque hay que decir que el suyo era un caso minoritario. Todo esto por no hablar de la ambigüedad que para las continuas habladurías suponía las visitas que habitualmente realizaba a una familia del Barrio Aztlán o los regalos a sus hijos más pequeños, que ya contaba con el precedente de que mi compañero en una ocasión les prestó dinero para realizar una intervención quirúrgica a una de sus hijas, debido a la imposibilidad para costearla con el único aporte de la madre y el trabajo esporádico de alguno de sus hijos, pues el padre

de familia hace tiempo que los abandonó. Pero como decía, esta aparente desconfianza era contradictoria con la amabilidad y la generosidad de la que mucha gente hizo gala cada vez que les realizaba una visita, incluso en algunos casos, por la noche, tras una larga jornada de trabajo, me ofrecían un café y contestaban

Antropologando 2 (10) Julio-Diciembre 2003

40

pacientemente a mis preguntas. El dueño de una de las cantinas del

pueblo, al cual en realidad conocí por casualidad, puesto que acudía allí con mi compañero en busca del curandero local con el que trabajaba sobre folklore tepehua, llegó a convertirse en un buen informante, incluso llegó a reunirme un una ocasión con algunos propietarios que solían frecuentar su local para que “platicara”

conmigo sobre el “problema” del café. También es digno de mención el caso del militante del PRD que antes comentaba, que no sólo me ofreció su gran conocimiento sobre la historia local y sobre la problemática estatal e institucional-política, sino que también fue capaz de organizarme un recorrido por los distintos cafetales de la zona, presentándome a muchos de los propietarios y empleados en los cafetales, que ante su sola presencia, sin que fuese necesario nada más, accedían con sumo gusto a departir conmigo.

Los últimos días de estancia en la sierra fueron realmente gratos, puesto que, en cierto modo, ya me sentía aceptado en la

comunidad y me movía con relativa autonomía, tan sólo se vieron empañados por dos hechos desagradables: el primero el abandono de dos personas que en un principio habían aceptado colaborar conmigo en la realización de sus historias de vida y el otro que fue mucho más desagradable, pues se trata de uno de esos momentos considerados como “emergentes” en los cuales las líneas estructurales de los posicionamientos culturales y también las propias del sentimiento estratégico del poder se muestran de repente con la solidez de un muro, contra el cual se estrellan muchas de las ideas benevolentes

Antropologando 2 (10) Julio-Diciembre 2003

41

hacia la propia labor que uno se construye mentalmente. Dichos

abandonos de mis supuestos colaboradores fueron repentinos, pues de un día para otro me encontré con la nota de uno de ellos, argumentando una ausencia no esperada que causalmente surgía en la fecha de mi partida. En el caso del otro abandono, simplemente se trató de un viaje repentino sin medir ningún tipo de disculpa que,

aunque en un primer momento me llegó a molestar y también me hizo plantearme que era yo quien me inmiscuía en sus vidas a cambio de nada, con lo que tal disciplina no era necesaria, puesto que era algo de carácter voluntario y no podía ser exigido, pese a que a mí me pudiera suponer un contratiempo.

El momento “emergente” al cual me refería con anterioridad,

se desarrolló una de las noches antes de marcharme, sobre las 11 de la noche, cuando mi compañero y yo nos encontrábamos en la planta de arriba de la casa tras haber estado hablando largamente sobre antropología y nos encontrábamos dispuestos a enfrascarnos en la

redacción de nuestros diarios, cuando comenzamos a escuchar un gran estruendo que procedía de la primera planta de la vivienda en la que vivíamos, justamente donde se encontraba la cocina, el salón con la televisión y un par de habitaciones más. Se trababa de un fuerte altercado entre el dueño de la casa y su esposa, en el cual éste empezaba a perder ostensiblemente los nervios en la discusión, gritando y amenazándola con golpearla, mientras se encargaba de arrasar con todo lo que encontraba por su camino. Nosotros escuchábamos muchos gritos de ayuda de la mujer, mientras ésta

Antropologando 2 (10) Julio-Diciembre 2003

42

corría a refugiarse de él en la cocina. En un principio nuestra clara

intención fue intervenir para intentar solucionar el problema, pero el ingeniero que rentaba la casa que había junto a la nuestra nos tranquilizó aduciendo que “siempre era así”, que no pasaría nada, aún así optamos por buscar al jefe de la policía que rentaba también por allí, pero en ese momento no se encontraba; por suerte, en esos

momentos aparecieron unos amigos del “señor”, también ostensiblemente borrachos, y se lo llevaron a continuar la juerga. Ese fue uno de mis peores momentos, sin duda. La pregunta esencial que nos hicimos después y que a día de hoy aún me hago, de ahí esta paradoja sobre lo que algunos llaman “exhibicionismo posmoderno”, es si de no estar en juego nuestra estancia allí, tanto la presente como la futura, hubiésemos intervenido en la disputa conyugal, porque no me asombró el “siempre es así” de mi “vecino”, porque lo único que sentí fueron unas tremendas ganas de marcharme cuanto antes de allí, de volver a donde las situaciones son más manejables por y para mí. Supongo que el etnocentrismo en estas situaciones se muestra no sólo como un prejuicio, sino también lo que en parte es el equipamiento cultural o “sentido común” al que cada persona recurre cuando es impensable pensar fría y racionalmente.

De mi marcha de Huehuetla mantengo un recuerdo agridulce, era agradable volver a casa, pero no tan pronto, mientras me alejaba en el autobús, miré por última vez la Sierra y sus cafetales, el continuo fluir de gentes que viene y van, tanto a pie como en furgoneta colectiva, de gente su sube y baja, que viene y se

Antropologando 2 (10) Julio-Diciembre 2003

43

va, que se marchaba a pueblos cercanos como Tenango de Doria, a

Tulancingo o Pachuca o incluso a la capital, México D.F. El sentimiento era positivo, tanto por la experiencia como por el trabajo realizado, en este momento incluso algunos de los desplantes que me hicieron y los momentos de auténtica burla de los lugareños sobre mí mismo, que me movía continuamente por allí, haciendo preguntas

extrañas sobre cafetales, los coyotes y todo tipo de cosas y que, salvo en momentos de confianza, parecían no existir. También me ocurría algo parecido con los maestros, me parecían comprensibles y hasta graciosos, he de suponer que la idealización posterior también juega un importante papel en este tipo de experiencias, sobre todo en las primeras tomas de contacto y que el papel del diario es ejercer una noción de contraste. A lo lejos, ya sólo quedaban junto al río las calles ordenadas, con la extraña superposición de antenas parabólicas, al otro lado del río, el Barrio Aztlan con sus casas “tradicionales” de madera, precarias, y en mi cabeza la idea de volver pronto, muy pronto, quien sabe.

EL

ETNOGRÁFICA

ANÁLISIS

DE

LOS

DATOS

Y

LA

FASE

DE

ESCRITURA

La característica más importante del periodo posterior al

la

asombrosa, o al menos a mi me lo pareció así, capacidad de este

periodo para encajar y desencajar las piezas, para de alguna extraña forma ponerlo todo en su lugar. En mi caso, al periodo de trabajo de

trabajo de campo y previa a la redacción de

los

datos

es

Antropologando 2 (10) Julio-Diciembre 2003

44

campo le siguió el intento de ordenar de forma sistemática los datos

recogidos, algo que no resultó demasiado difícil, ya que durante el trabajo de campo, utilicé tres tipos de cuadernos claramente diferenciados: uno dedicado a las entrevistas, otro a la observación de los hechos y el último un diario propiamente dicho donde relataba cada uno de los días de la forma más detallada posible. Más que

nada el orden de los datos consistía en extraer protocolos sistemáticos a nivel etic y emic, tanto de las observaciones como de las distintas entrevistas y conversaciones informales que pude realizar, así como también de varias lecturas comprensivas de mi propio diario, añadiéndole la observación detenida de las fotografías tomadas en Huehuetla y sus cafetales, que ya expliqué que no fueron muchas más debido a la incomodidad que provocaba la cámara a sus habitantes, ya que no sabían “para qué las iba a utilizar” o si “trabajabas para el gobierno”. El análisis de los datos condujo a muchas más lecturas, no sólo de carácter antropológico, sino que se diversificó hacia otras ciencias como fueron la geografía espacial y humana, la historia de México, filosofía política, sociología, teoría de juegos y toma de decisiones, etnología clásica de América, una parte de la ingente producción mexicana existente sobre

indigenismo, incluyendo aportaciones del mundo andino, economía, teorías y sus variantes antropológicas, desde el materialismo hasta la ecología cultural, todo ello en un continuo intento de comprensión que se veía muchas veces compensado en la “toma de vida” de los

Antropologando 2 (10) Julio-Diciembre 2003

45

datos que antes no parecían tener importancia y que a la vez

retroalimentaba nuevas lecturas.

La fase de escritura es, paradójicamente, la más trabada y satisfactoria, exceptuando claro está la experiencia vital del trabajo de campo que después abordaremos, ya que exige de niveles de sintaxis y orden y a la vez de una gran capacidad analítica y de disciplina minuciosas que ponen a prueba cualquier vocación

literaria, la que se suele esconder siempre tras la figura de muchos antropólogos. La única pretensión al respecto de la redacción del trabajo era consegu ir apartar de la materialización de una visión medianamente respetada con mi visión personal de las problemáticas culturales a las que aquí me aproximo, pese al freno que ejercen las

formulaciones de este tipo de ritos de paso académicos, además de con la gente que me acogió en su casa y me ayudó en Huehuetla; un estilo personal que se acercaba lo más posible a una mirada subjetiva y momentánea, lo más alejada posible de los estilos más extendidos

de escritura etnográfica (Geertz 1997).

CODA

Al fin y al cabo, lo único que parece claro, al menos eso creo, es que, el trabajo de campo, como toda actividad cultural, es experimental, pero experimental en un sentido que yo entendería muy alejado de la experimentalidad científica –mas bien cuasi experiencial–. Por decirlo de una forma concreta, cada trabajo de

campo es “irrepetible”, aunque se formalice siempre bajo unas

Antropologando 2 (10) Julio-Diciembre 2003

46

condiciones preestablecidas. Así pues, creo que una vez adoptado

este punto de vista, deja de tener sentido el plantear determinados debates sobre el trabajo de campo, ya se trate de delimitar un estatuto científico verificable por medio de revisited apoyados en una cierta fe en el objetivismo (son todo un clásico Lewis 1986: 15-64; 65-88; 1970), o ya se trate de reflexiones artificiosas en exceso, tal vez

influidas por las modas académicas en demasía, que no parecen darse cuenta de que por oposición reproducen el dualismo objetivista al presentar el trabajo de campo como un constructo personal del antropólogo, un simulacro, negándole su contenido viv encial (me refiero a García Canclini 1991: 58-64). A este respecto me parece que un ejemplo magnífico de los diferentes tipos de conocimiento que genera el trabajo de campo, a nivel heurístico, experimental y epistemológico es el de Rosaldo (1993) 5 . En cualquier caso, aceptando –por obvio– lo inadecuado de una concepción del trabajo de campo como espacio neutro, experimental, donde el antropólogo se limitase a “observar”, a comprobar sus hipótesis, para luego dejar que sus descripciones “hablen por sí solas” 6 . Pero desestimando de igual manera el desprecio que, en algunos casos, se ha dado a raíz de las propuestas

posmodernas y dialógicas de la narratividad etnográfica en su contenido interpretativo, como si realmente fueran separables, por

5 Aunque también puede verse, en un sentido mucho más general, Lisón Tolosana 1998: 219-235; Jamard 1999: 273-274; Jociles 2000: 109-158.

6 En este sentido son conocidas las críticas posmodernas de Pratt 1991: 61- 90; Crapanzano 1991: 91-122 y Rosaldo 1991: 123-130, y curiosamente, aplicables a muchas de las etnografías posmodernas.

Antropologando 2 (10) Julio-Diciembre 2003

47

una parte, las reflexiones epistemológico-estáticas de los cuadernos

de campo de la supuesta objetividad sin mella de sus diálogos, en los cuales toda la “presencia” del etnógrafo parece desplazarse a su dimensión ético-política, olvidando su obvia presencia interpretativa y generalizada de sentidos explicativos e implícitos a muy distintos niveles 7 . Parece mucho más lógico el retomar la reflexión sobre el

trabajo de campo en otra línea –quizá más vistosa– que relacione directamente a éste con categorías epistemológicas del pensamiento antropológico, como son la comprensión, la explicación o la interpretación y la reflexividad (pueden verse los conocidos Beattie 1975: 293-309; Jarvie 1975: 271-292) Y es que si uno se atiene al trabajo de campo de forma más “integral”, no teniendo en cuenta tan sólo la estancia, sino también las reflexiones y el conocimiento que generan los cuadernos de campo a posteriori, en su revisión, el trabajo de campo aparece como un permanente encadenamiento de momentos emergentes, de generación de significaciones y sentidos, pero también como un encadenamiento de diferentes niveles y posicionamientos de interpretación, que, a partir de algo que para mí está muy cercano a la hermenéutica, van generando nuevas preguntas e interpretaciones, dotando de significación a nuevos

momentos, de forma que parece como si todo este cúmulo sólo tomase sentido, fruto del ejercicio narrativo, tanto en la mente del antropólogo, como en sus cuadernos, y, sobre todo en las

7 Puede verse Clifford 1991a: 25-60; 1991b: 151-182; las críticas de partida de Tyler 1991: 183-204; Rabinow 1991: 321-356. Así como una buena síntesis de todas estas discusiones en Anta 2002: 55 -64.

Antropologando 2 (10) Julio-Diciembre 2003

48

etnografías. Dándose el caso de que esta percepción integral del

proceso etnográfico, que conecta directamente las etnografías en el trabajo de campo por medio del antropólogo como sujeto activo, receptor, intérprete y reflexivo, parece estar directamente relacionada con lo que últimamente hemos conocido como Antropología reflexiva (véanse por ejemplo, Ghasarian 2002: 5-33; Hirschon 1998:

149-164; Couldry 1996: 315-333), corriente ésta que parece ofrecer interesantes equilibrios y observaciones desde su heterogeneidad.

BIBLIOGRAFÍA

ALCINA FRANCH, José (1995) Deontología etnográfica. Etnografía. Metodología cualitativa en la investigación sociocultural. Aguirre, A. (Comp.). Barcelona: Marcombo. pp: 107-110 ANTA FÉLEZ, José L. (2002) El sexo de los ángeles: cultura, modernidad e historia en la Antropología social. Jaén: Jabalcuz. AUGÉ, Marc (1998) Los “no lugares”. Espacios del anonimato. Una antropología de la sobremodernidad. Barcelona: Gedisa. BEATTIE, John H. M. (1975) Comprensión y explicación en Antropología Social. La Antropología como ciencia. Llober a, J. R. (edt). pp:

293-309. Barcelona: Anagrama. BOURDIEU, Pierre (1988) Cosas Dichas. Buenos Aires: Gedisa. BUECHLER, Hans; BUECHLER, Judith. M. (1999) El rol de las historias de vida en antropología. Areas. Revista de ciencias sociales. (19):

245-264.

BUXO, Maria J. (1995) El arte de la ciencia etnográfica. Etnografía. Metodología cualitativa en la investigación sociocultural. Aguirre Baztán, A. (Comp.). Barcelona, Marcombo. pp: 64-72. CABALLERO, Juan José (1998) La interacción social en Goffman. En:

REIS, (83): 121-144. CARDÍN, Alberto (1990) Lo próximo y lo ajeno. Barcelona: Icaria. CHATWIN, Bruce (1988) Los trazos de la canción. Barcelona: Muchnik. CLIFFORD, James (1991a) Introducción: verdades parciales. Retóricas de la Antropología. Clifford, J.; Marcus, G. E. (Edits.). Madrid, Gijón: Júcar. pp: 25-60

Antropologando 2 (10) Julio-Diciembre 2003

49

CLIFFORD, James (1991b) Sobre la alegoría etnográfica. Retóricas de la Antropología. Clifford, J.; Marcus, G. E. (Edits.). Madrid, Gijón:

Júcar. pp: 151-182

CLIFFORD, James (1995) Dilemas de la cultura. Barcelona: Gedisa. (Orig.

1988).

CLIFFORD, James (1999) Itinerarios transculturales. Barcelona: Gedisa. CONRAD, Joseph (2002) El corazón de las tinieblas. Madrid: Alianza. CRAPANZANO, Vincent (1991) El dilema de Hermes: la mascara de la subversión en las descripciones etnográficas. Retóricas de la Antropología. Clifford, J.; Marcus, G. E. (Edits.). Madrid, Gijón:

Júcar. pp: 99-122. COULDRY, Nic (1996) Speaking about others and speaking personally:

reflections after elspeth probyn´s sexing the self. Cultural Studies, 10 (2): 315-333. FOUCAULT, Michel (1984) Historia de la Sexualidad. Vol. 1. La Voluntad de Saber. Madrid: Siglo XXI. (Orig. 1976). FOUCAULT, Michel (1999a) Las palabras y las cosas: una arqueología de las ciencias humanas. Madrid: Siglo XXI. (Orig. 1966). FOUCAULT, Michel (1999b) Esto no es una pipa. Ensayo sobre Magritte. Barcelona: Anagrama. GARCÍA CANCLINI, Néstor (1991) ¿Construcción o simulacro del objeto de estudio? Trabajo de campo y retórica textual. Alteridades , 1 (1):

58-64.

GEERTZ, Clifford (1997) El antropólogo como autor. Barcelona: Paidós. GHASARIAN, Christian (2002) Sur les chemins de l´ethnographie reflexive. De l´ethnographie a l´anthtropologie reflexive. Nouveaux terrains, nouvelles practiques, nouveaux enjeux. Ghasarian, C. (Edit.) Paris: Armand Collin. pp: 5 -33 GODARD, Francis; CABANES, Robert (1996) Uso de las historias de vida en las ciencias sociales. Medellín: Centro de Investigaciones y Desarrollo social.

La presentación de la persona en la vida

GOFFMAN, Erving (1981)

publica. Buenos Aires: Amorrortu.

GOFFMAN,

Sociologías de la situación. Madrid: La Piqueta. pp: 41-58 HAMMERSLEY, Martyn; ATKINSON, Paul (1994) Etnografía. Métodos de investigación. Barcelona: Paidós. HIRSCHON, Rene (1998) Antropología reflexiva. VV AA. Antropología:

AA.

Erving

(2000)

Rubor

y

organización

social.

VV.

horizontes teóricos . Granada: Comares. pp: 149-164

JAMARD,

Jean-Luc

(1999)

¿Pueden

equivocarse

los

antropólogos?

Antropología, ciencias e historia. Áreas, (19): 272-275.

Antropologando 2 (10) Julio-Diciembre 2003

50

JARVIE, Iam C. (1975) Nadel: sobre los fines y métodos de la Antropología Social. La Antropología como ciencia. Llobera, J. R (Edit.) Barcelona: Anagrama. pp: 271-292 JOCILES, Isabel (2000) Trabajo de campo, emociones e interpretación. Antropología: Horizontes interpretativos . Lisón Tolosana, C. (Edit.). Granada: Universidad de Granada. pp: 109-152 JOYCE, James (1999) Ulysses. Barcelona: Tusquets. KROTZ, Esteban (1991) Viaje, trabajo de campo y conocimiento antropológico. Alteridades, 1 (1): 50-57

KVALE, Steiner (1996) Interviews. An introduction to qualitative research interviewing. London: Sage Publication.

LAWRENCE, Thomas Edward (1999) sabiduría. Barcelona: ZETA.

LEIRIS, Michel (1988)

LEWIS, Oscar (1970) Tepoztlan, un pueblo de México. México: Joaquín Mortiz. LEWIS, Oscar (1986) Ensayos Antropológicos. México: Grijalbo. LISÓN TOLOSANA, Carmelo (Edit.) (1998) Antropología: Horizontes comparativos. Granada: Universidad de Granada. LOURAU, René (1988) Le journal de recherche. Materiaux d´une theorie de l´implication. París: Meridiens Klincksieck. PRATT, Mary L. (1991) Trabajo de campo en lugares comunes. Retóricas de la Antropología. Clifford, J.; Marcus, G. E. (Edits.). Madrid, Gijón: Júcar. pp: 61 -90

la

Los

siete

pilares

de

L´Afrique fântome. París: Gallimard.

PUJADAS, Juan J. (1995) El método biográfico: el uso de historias de vida en ciencias sociales. Madrid: CIS. RABINOW, Paul (1991) La representaciones son hechos sociales:

modernidad y postmodernidad en la Antropología. Retóricas de la Antropología. Clifford, J.; Marcus, G. E. (Edits.) Madrid, Gijón:

Júcar. pp: 321-356

RABINOW,

Marruecos. Madrid, Gijón: Júcar. RAULET, Gerard (1994) Estructuralismo y posestructuralismo. Un estudio

Reflexiones sobre un trabajo de campo en

Paul

(1992)

de Michel Foucault. Revista de Pensamiento Critico , num.1. pp:

57-68.

ROJAS, Juan; NASH, June (1975) He agotado mi vida en la mina. Una historia de vida. Buenos Aires: Ediciones Nueva Visión. ROSALDO, Renato (1991) Desde la puerta de la tienda de campaña: el investigador de campo y el inquisidor. Retóricas de la Antropología. Clifford, J.; Marcus, G. E. (Edits.). Madrid, Gijón:

Júcar. pp: 123-150

Antropologando 2 (10) Julio-Diciembre 2003

51

ROSALDO,

Renato

(1993)

Cultura

y

verdad.

México:

Grijalbo,

CONACULTA.

SACKS,

Harvey

(2000)

La

maquina

de

hacer

inferencias.

V.V.A.A.

Sociologías de la situación. Madrid: Ediciones La Piqueta. pp: 61 -

84

TYLER, Stephen (1991) Etnografía posmoderna: desde el documento

oculto a lo oculto del documento. Retóricas de la Antropología. Clifford, J.; Marcus, G. E. (Edits.). Madrid, Gijón: Júcar. pp: 183-

204

WATSON, Graham (1996) Listening to the native. The non-ironic alternative to dialogic ethnography (as well as to the functionalism, marxism and structuralism). CRSA, (33): 77-88. WOLCOTT, Harry (1993) Sobre la intención etnográfica. Lecturas de Antropología para educadores. Velasco, H; Díaz de Rada, A. (edits). Madrid: Trotta. pp: 127 -144 WERNER, Oswald; SCHOEPFLE, Mark (1985) Systematic fieldwork. London: Sage.

Antropologando. Julio-Diciembre 2003 Año 2, Nº 10: 52-81

Antropologando 2 (10) Julio -Diciembre 2003

53

REFLEXIONES EXCAVADAS:

REVISIÓN TEÓRICA SOBRE EL TRABAJODE CAMPO ARQUEOLÓGICO

Rodrigo Navarrete 1 Universidad Central de Venezuela

RESUMEN El tema de la dimensión social y epistemológica del trabajo de campo ha sido centro del debate sobre la legitimidad y función social de la antropología en las últimas décadas. Su cuestionamiento como contexto de producción de conocimiento científico y espacio de poder simbólico y político ha cambiado la interacción de la disciplina con el mundo cultural. Sin embargo, las referencias de esta discusión global en español son escasas. Sin negar su existencia en nuestro idioma, reconocemos que es la antropología anglófona la que ha debatido intensivamente el tema. Este trabajo pretende reseñar, teórica e históricamente, la discusión sobre el trabajo de campo en el mundo anglófono desde la antropología hasta la arqueología. No pretendemos cubrir exhaustivamente la discusión sino reseñar críticamente ciertos estudios que representan emblemáticamente su desarrollo histórico. Palabras claves : Trabajo de campo. Teoría antropológica. Arqueología. Reflexividad

El tema de la dimensión social y epistemológica del

trabajo de campo ha sido centro del debate sobre la legitimidad

de nuestro saber y de su función social en las últimas dos

décadas. Esto ha desencadenado igualmente un intenso

cuestionamiento de su papel no sólo como contexto de

producción de un conocimiento científico sino como espacio de

poder simbólico y político en la interacción de nuestra

1 Profesor. Departamento de Arqueología, Etnohistoria y Ecología Cultural, Escuela de Antropología, U.C.V. bf81014@binghamton.edu

disciplina y los antropólogos con el mundo cultural. De hecho,

la antropología, a partir de la ruptura de los paradigmas

científicos generales, ha mantenido una constante reflexión

sobre la práctica de campo, los productos inmediatos de esta

actividad, las rutinas y protocolos mantenidos durante esta

etapa de la investigación y sus interacciones políticas con las

comunidades o individuos considerados en estudio (Gupta y

Ferguson 1997).

Sin embargo, lamentablemente contamos con pocas

referencias de esta discusión en el mundo global en nuestro

idioma. No podemos negar la existencia de reflexiones de este

tipo en el mundo hispanoparlante; de hecho, sería más lógico

que surgieran inicialmente en Latinoamérica como periferia,

marginal y marginada pero a la vez contestaria y

transformadora, del discurso hegemónico de los circuitos

académicos centrales. Sin embargo, una vez más los centros de

poder absorben la crítica y la difunden desde su centralidad

hacia la periferia –de hecho, el discurso postmoderno se

alimentó de reflexiones y saberes marginales o ignorados pero

se consolidó en los centros de poder-. En este sentido, la

antropología anglófona ha producido un extenso de debate que

ha tenido una resonancia distinta en nuestro contexto.

Por otro lado, en el campo específico de la arqueología

a nivel global, este debate entró a participar tardíamente y, una

vez más, a partir del discurso anglófono. En el caso de

Latinoamérica, es evidente que una vertiente de esta discusión,

Antropologando 2 (10) Julio -Diciembre 2003

54

la dimensión política y social de la producción del

conocimiento arqueológico y su utilización para proyectos presentes, se inició desde hace al menos tres décadas con el surgimiento de la Arqueología Social Latinoamericana (Vargas 1993, 1999). Sin embargo, no trascendió los límites de nuestras latitudes y sólo recientemente ha sido reconocido en la

comunidad científica mundial (McGuire y Navarrete 1999). Por las razones antes expuestas, este trabajo, más que ofrecer una propuesta innovativa desde una situación específica en el campo, intenta presentar para nuestra comunidad latinoamericana la relación histórica y teórica de la discusión sobre el trabajo de campo en el mundo anglófono desde la antropología hasta la arqueología. Con este fin, abordaremos el problema en tres niveles: el del surgimiento de esta tendencia autorreflexiva en la antropología en general, el de su vinculación con las subjetividades y particularidades antropológicas y el de la arqueología en específico. No pretendemos aquí realizar una cobertura exhaustiva de la totalidad de la discusión sobre el tema; por el contrario, reseñaremos críticamente ciertos estudios claves que

consideramos representan de forma emblemática el desarrollo histórico de la discusión.

Antropologando 2 (10) Julio -Diciembre 2003

55

EN LA ANTROPOLOGÍA: CLIFFORD Y MARCUS DESATAN LA POLÉMICA ETNOGRÁFICA

La obra de James Clifford y George Marcus Writing Culture. The Poetics and Politics of Ethnography (1986) representa un hito en términos de la discusión sobre el

problema del trabajo de campo y sus implicaciones tanto epistemológicas como sociopolíticas, especialmente para el ámbito de la etnografía. De alguna manera, en el contexto de unas ciencias sociales que confrontaban y cuestionaban abiertamente los propios supuestos de su constitución científica,

esta obra se conformó en la respuesta desde la etnografía al dilema de la objetividad frente al fenómeno cultural y al de su traducción a los códigos del discurso antropológico. Al asumir que el proceso de recolección de información en el campo por parte del antropólogo no sólo implicaba un relevo minucioso y clínico de la información sino que involucraba elementos contextuales y subjetivos por parte del sujeto y el objeto en la producción del conocimiento, se reconocía que la trascripción y traducción de lo cultural en la emblemática libreta de campo conllevaba la escritura y reescritura de la cultura en observación. En definitiva, la antropología perdía definitivamente su inocencia con esta reflexión. En este volumen compilado, los diversos autores asumen que los géneros literarios y académicos se interpenetran y que la escritura de las descripciones culturales debe ser considerada en su carácter experimental y ético. El énfasis se

Antropologando 2 (10) Julio -Diciembre 2003

56

coloca en la producción del texto y en la retórica como medio

que define la naturaleza artificial de las narraciones culturales. De esta manera, cuestionan la supuesta transparencia de los modos de autoridad y apuntan hacia el dilema histórico de la etnografía: el hecho de que esta siempre trabaja en la invención

y no necesariamente en la presentación o representación de

culturas. En este sentido, los participantes, siguiendo a autores como Michel Foucault (1973), Michel de Certeau (1983), and Terry Eagleton (1983), asumen una perspectiva tanto post-

antropológica como post-literaria al reconstruir estos discursos

y disolver la dicotomía entre ambos géneros. Argumentan que

desde el siglo XVII las ciencias occidentales han excluido ciertos modos expresivos de su repertorio legítimo -y legitimado-, especialmente la retórica -como contrapuesta a la significación transparente y directa-, la ficción -en oposición al hecho factual- y la subjetividad -como contraria a la objetividad-. Las características eliminadas del discurso científico fueron atribuidas a la categoría de literatura. De esta manera, los textos literarios fueron confinados al campo

metafórico y alegórico, constituido por invenciones y no por hechos observados, mientras se cargaban de contenidos emotivos, especulaciones y genialidades subjetivas de sus autores. (Clifford y Marcus 1986, p. 5) Si reconocemos el carácter subjetivo y literario de la

descripción etnográfica, debemos reconocer también que sus

Antropologando 2 (10) Julio -Diciembre 2003

57

verdades representan sentencias inherentemente parciales, al

menos en dos sentidos: primero, al estar comprometidas con la posición y con la intención del sujeto cognoscente, y segundo, incompletas al no poder abordar y explicar la totalidad del fenómeno cultural. Esta tesis es precisamente el eje del debate entre quienes propugnan una nueva antropología autorreflexiva

y aquéllos que la resisten desde puntos de poder por temor al colapso de las convenciones propias del cientificismo en antropología. En consecuencia, estos autores hacen énfasis en el rescate y la valorización de la poética cultural, es decir, el reconocimiento de la centralidad de la interacción de voces y de opiniones posicionadas en el discurso etnográfico –como espacio de diálogo- por encima de los aspectos visuales de la cultura. Dentro de un paradigma discursivo en vez de visual, las metáforas dominantes de la etnografía se movilizarían del ojo observador hacia el discurso expresivo y los gestos. Este interés en los aspectos discursivos de las representaciones culturales, a su vez, recanalizaría la atención no sólo a la interpretación de los textos culturales sino hacia sus

relaciones de producción. Los estilos divergentes de escribir, actualmente popularizados, precisamente hacen uso explícito de estos nuevos órdenes de complejidad. Dentro de una tendencia general hacia la especificación de los discursos en la etnografía, se hace necesario reconocer la autoridad del sujeto y del objeto

en el texto, la posicionalidad y las condiciones temporales y

Antropologando 2 (10) Julio -Diciembre 2003

58

espaciales de la producción del texto y los condicionamientos y

límites institucionales e históricos del discurso. Como consecuencia de esta nueva manera de pensar la relación con el trabajo de campo ha surgido una novedosa escritura etnográfica, la narración de campo autorreflexiva. Según los autores (Clifford y Marcus 1986, p.14) con distintos

niveles de sofisticación e ingenuidad, a veces confesional y otras analítica, estas narraciones nos ofrecen un espacio crucial para la discusión de aspectos epistemológicos, existenciales y políticos de nuestro trabajo. El discurso del analista cultural ya no puede ser simplemente el del observador experimentado, describiendo e interpretando a la cultura ya que ahora se problematizan tanto la experiencia etnográfica como ideales intocables como el de la observación participante. Los modos dialógicos, consecuencia de este vuelco en la visión de la interacción cultural en el trabajo de campo etnográfico, no son, en principio, autobiográficos y no requieren de una excesiva autoconciencia o introyección. Como Bakhtin (1981) ha demostrado desde la crítica literaria, los procesos dialógicos proliferan en cualquier espacio discursivo

complejamente constituido, como el de la etnografía. En estos espacios, múltiples voces reclaman la necesidad de expresarse, como sucede típicamente en el trabajo de campo antropológico. La polivocalidad fue restringida y dirigida en la etnografía tradicional al darle a una de esas voce s una función de

autoridad y a las otras supeditarlas a papel de fuentes o

Antropologando 2 (10) Julio -Diciembre 2003

59

informantes, los cuales serían sólo referidos, citados o

parafraseados en la narración escrita de esta experiencia por parte del antropólogo. Una vez que este dialogismo –por ejemplo, en nuestro caso entre el arqueólogo, el informante y la evidencia- y la polifonía –por ejemplo, entre las diversas libretas de campo de los participantes y otras versiones orales y

escritas sobre la situación por la comunidad local- son reconocidos como modos de producción textual, la autoridad monofónica queda cuestionada y expuesta como una característica de una ciencia que se atribuye la representación de las culturas.

En definitiva, esta obra hizo evidente que la escritura y la lectura de la etnografía están sobredeterminadas por fuerzas que están más allá del control tanto del autor como de la comunidad interpretativa y que intervienen desde sus inicios en la producción del discurso. Estas contingencias –asociadas con el lenguaje, la retórica, el poder y la historia- tienen que ser asumidas y confrontadas abiertamente en el proceso de la escritura y en la obtención de la información en el campo. Pero

esta confrontación nos arrastra hacia un peligroso cuestionamiento de los principios de la verificac ión científica. La evaluación de la verdad en las narraciones culturales y la separación de la ciencia del arte, de la realidad de la fantasía, del conocimiento de la ideología se deben repensar sobre la

base de la experiencia y la interacción en el campo y en la

Antropologando 2 (10) Julio -Diciembre 2003

60

academia. Como plantean Cilfford y Marcus (l986, p.25) al

menos en los estudios culturales ya no podemos conocer la verdad total y ni siquiera podemos pretender acercárnosles. El trabajo de campo se convierte entonces en este espacio de la duda epistemológica pero también de la construcción interpretativa.

EN LAS SUBJETIVIDADES ANTROPOLÓGICAS:

EL ANTROPÓLOGO SE VE –Y SIENTE- EN EL CAMPO

Es evidente que este esfuerzo autorreflexivo en torno a

la construcción y “escritura” de la etnografía tuvo una incidencia directa sobre la comprensión del trabajo de campo antropológico y, en consecuencia, sobre la relación del sujeto cognoscente y el objeto de estudio tradicional en el contexto. Pero esta reflexión no tardó en atacar al propio antropólogo, asaltando sus propias configuraciones, mutaciones, miedos, inseguridades y realizaciones en su intercambio con el otro. De repente, se hizo evidente que el espacio del trabajo de campo no era meramente un sitio de recolección de información, sino que, más importante aún, era un espacio de intercambio y negociación de valores, confrontación y alianza política, poder de sumisión o trasgresión, experiencias y deseos compartidos, visiones intertextuales o contrapuestas del mundo. Es así como comienza a surgir una lectura más intimista pero a la vez contextualista de nuestro quehacer en la que el investigador –ya no como sujeto abstracto sino como agente social individual en

Antropologando 2 (10) Julio -Diciembre 2003

61

situación concreta- se cuestiona su papel y su propia identidad.

El antropólogo deja de ver al nativo frente a si, rompe la división nosotros–otros y comienza a mirarse a sí mismo frente al nativo. Una reflexión como ésta necesariamente atrajo a lo interno del discurso antropológico, además de otros enfoques

como la economía política, un acercamiento fenomenológico del quehacer en la disciplina. El reconocimiento de la importancia del “estar” en el campo rescató para el debate toda una ignorada dimensión experiencial del trabajo del antropólogo. Por ejemplo, autores como Kulick y Willson (1995) utilizan el tema de la reflexividad para atacar un aspecto marginado, ignorado e incluso estigmatizado por el discurso antropológico: el asunto de la identidad, el sexo y la subjetividad erótica en el trabajo de campo antropológico. Siguiendo a Strathern (1991), para los participantes en este volumen, el término “reflexividad” en antropología, aunque variable y polisémico, define –y rescata de la negación- un campo problematizado y problematizable renovado: la figura del trabajador de campo. Problematizar esta figura, antes llena

de confianza en si misma, ha permitido someterla a escrutinio y crítica en relación a las bases y naturaleza del conocer, los procedimientos y las rutinas en la recolección de la información, la autoridad (en términos de autoría y de autorización) en la narración antropológica, la audiencia para

estos discursos y su lectura como texto antropológico y los

Antropologando 2 (10) Julio -Diciembre 2003

62

efectos y consecuencias de la práctica sobre el discurso

antropológico tanto de la comunidad en estudio como de su comunidad científica o social. Estas preguntas han enriquecido a la antropología al problematizar el mito de la objetividad antropológica, exponiendo sus ambigüedades, e incitando a los antropólogos al examen de las condiciones históricas,

culturales y políticas que deben tener lugar para darle sentido como un campo de investigación y como una práctica metodológica y textual. Como era de esperarse, este introyectivo y develador vuelco hacia la reflexividad no se ha dado sin resistencia. Aquéllos que rechazan toda esta atención en el trabajador de campo acusan a esta antropología reflexiva de intentar adquirir la libertad de fabricar mistificaciones creativas que no dan cuenta de la realidad etnográfica sino de la necesidad del antropólogo de llenarse de autoridad y que, además, no son conmensurables bajo ninguna convención lógica o verificación de los hechos (Sangren 1988). Igualmente, otros critican a los antropólogos reflexivos por su radicalismo pretencioso e inocuo (Jarvies 1988).

Es esta creciente sensibilidad de la posicionalidad, esta concientización de la parcialidad-parcialización es el impulso que, según los autores, podría catapultarnos hacia una antropología reflexiva que, más allá del egoísmo banal, desencadenara una antropología capaz de utilizar al ser de una

forma epistemológica productiva. Siguiendo a Kondo (1990)

Antropologando 2 (10) Julio -Diciembre 2003

63

plantean que la experiencia, y la especificidad de la experiencia

propia –un ser humano particular quien se encuentra a otros particulares en un momento histórico particular y tiene sus valores particulares en esta interacción- no se opone a la teoría; de hecho la incorpora y la actúa. Igualmente, el conocimiento parcial y posicionado, según Haraway (1991) y Strathern

(1991) puede ser epistemológicamente productivo por sus conexiones y las inesperadas aperturas que tal conocimiento hace posible. En sus propias palabras, “la única manera de lograr una visión global es estando en algún lugar en particular” (Haraway en Kullick y Willson 1995, p.20) Este espacio se crea mediante la formación de una reflexividad constituida teóricamente en la que el ser continuamente reconoce y cuestiona las condiciones históricas y políticas confrontadas en el contexto así como las condiciones que estructuran y limitan sus interacciones con un otro. Pero, en estas interacciones con los otros, el ser debe intervenir en el terreno de otros seres y tiene que imaginativamente intentan empatizar con ellos y participar de los sentimientos e ideas de estos otros. Cuando se trata de lograr este tipo de conexión, la

meta no debe ser ni la igualdad ni la comprensión total sino la creación de una extensión de una posición que proveerá capacidades distintas. ( Kullick y Willson 1995, p.21) Por su parte, autores como Lewin y Leap (1996) colocan el dedo en la llaga desde la perspectiva de la

diferencialidad sexual, específicamente en el sentido de la

Antropologando 2 (10) Julio -Diciembre 2003

64

orientación sexual. Al discutir en su volumen editado sobre las

reflexiones de antropólogos homosexuales masculinos y femeninos en y sobre el campo, la cuestión de la diferencia no sólo se está colocando del lado del otro sino del propio investigador, el asunto de la identidad no sólo se conforma en lo cultural sino también en lo sexual, y la formación de una

experiencia no sólo depende de la socialización general sino de su relación con el género. Para ellos, las nociones de que las sociedades avanzadas –tales como aquéllas que producen antropólogos- son más evolucionadas y superiores a las sociedades primitivas fueron sustituidas hace mucho tiempo por el relativismo cultural y su método comparativo. Sin embargo, frecuentemente, cuando colocamos al ser como punto de partida implícito, estas nociones evolucionistas se reestablecen como una herramienta fundamental tanto en la recolección de datos como en la construcción teórica en antropología. Al mismo tiempo, sin embargo, los esfuerzos para calificar como ciencia ocasionalmente han hecho que los antropólogos sean reticentes a revelar lo que ocurre en el

campo, que imaginan como no científico o subjetivo. Esta reticencia produce un rechazo poco científico a especificar el método. Cuando aplicamos un método reflexivo, la tendencia, anclada en un positivismo ingenuo a asumir acríticamente que “lo que pasó allá afuera estaba simplemente allá”, se desvanece

dejando el camino abierto a una discusión mucho más

Antropologando 2 (10) Julio -Diciembre 2003

65

específica sobre como el investigador y el proceso de

investigación (Lewin y Leap 1996, p.1). La creciente preocupación en antropología sobre el trabajo de campo como un proceso localizado y negociado y la comprensión asociada de que las descripciones etnográficas son producidas por estas cambiantes y a veces por poco entendidas

fuerzas, han abierto a la crítica cada aspecto del ser del investigador y han obligado a la etnografía a constituirse de manera más autorreflexiva. Lewin y Leap reconocen, por ejemplo, que las discusiones de Hymes (1972) sobre los límites del saber y la práctica antropológica, la crítica de Said (1978) a la tendencia de la antropología a “orientalizar” a sus sujetos y la preocupación de Clifford y Marcus (1986) sobre el problema de la representación, aclararon el terreno y provocaron debates de profunda incidencia en la disciplina. La incorporación de la reflexividad en el esquema reacciona contra el presupuesto contradictorio promovido en el entrenamiento antropológico, que la antropología se equipara con la experiencia pero que el único resultado valuable de dicha experiencia es el dato objetivo que se trae a la academia.

Algunos, como Rabinow (1977), al analizar su experiencia en Marruecos se percatan de que el trabajo de campo es una operación de colaboración en la que los informantes y los antropólogos mutuamente construyen las explicaciones e interpretaciones. Esto significa que los diversos aspectos de la

propia identidad del antropólogo, junto con los eventos

Antropologando 2 (10) Julio -Diciembre 2003

66

específicos que se desarrollan durante la investigación, generan

una experiencia de campo particular e irreplicable, la que luego se convierte en la sustancia de la generalización etnográfica. Si la reflexividad exige cierta cautela en relación con los presupuestos y deseos que se llevan al campo, entonces se debe estar abierto a entender la forma en que se maneja la propia

identidad. Más aún, debemos estar alerta a la distinción o reproducción por parte del antropólogo de las estrategias identitarias empleadas en nuestro propio contexto cultural. El trabajo de campo siempre ha arrastrado sus propios dilemas. Mientras algunos han apuntado que el papel del trabajo de campo en la socialización y profesionalización de los antropólogos ha sido romantizado, y no se han apreciado adecuadamente sus complejidades, los antropólogos, especialmente aquéllos que trabajan en especialidades que exigen un prolongado y constante contacto con informantes vivos, tienden a evaluar esta experiencia y a enfatizar la dimensión crítica de la práctica profesional. De hecho, para muchos, la propia decisión de entrar en la profesión estaba relacionada con imágenes del campo y en la lectura de las

experiencias de antropólogos particulares. Esta visión tradicional de la antropología, fundamentalmente diferente a la de otros campos académicos, es la de que uno no puede simplemente sentarse y teorizar:

intrínseco a la disciplina está el requerimiento de salir y vivir

con quienes se estudia. El compartir la vida en el mundo menos

Antropologando 2 (10) Julio -Diciembre 2003

67

desarrollado (donde los antropólogos tradicionalmente trabajan)

parece significar, en una etapa más inocente, que no se puede usar o objetificar a los miembros de las culturas estudiadas. Para aquéllos que iniciaron sus carreras en antropología antes del surgimiento de este intenso auto-examen sobre la creación del otro, la antropología pareciera ofrecer una auténtica forma

de condensar las diferencias entre si mismos y otros tipos de pueblos, y a su vez de ignorar la diferencialidad en el mundo desarrollado, especialmente en la academia. En este sentido, el antropólogo se convierte en un “extraño profesional”, esencialmente justificado para llevar a cabo la empresa debido a su diferencia con la cultura en estudio. Últimamente, se ha producido una abundante literatura relacionada con la metodología de campo que ofrece técnicas y herramientas para enlazar la distancia apropiada entre la propia cultura del antropólogo y el campo y para hacer más fácil el proceso de adecuarse a los incómodos espacios y situaciones del contacto intercultural. Algunos enfatizan los obstáculos lingüísticos, otros los de situarse en la comunidad y conseguir un lugar donde vivir, conectar con los locales en la vida diaria,

conseguir ayudantes, enfrentar problemas de salud o alimenticios, o como comportarse en el campo, mientras otros hacen recomendaciones en relación a las técnicas y procedimientos de recolección y registro de datos. Sin embargo, como señalan Lewin y Leap, el entrenamiento para el trabajo de

campo ha estado prácticamente ausente y muchas generaciones

Antropologando 2 (10) Julio -Diciembre 2003

68

de estudiantes han aprendido por ensayo y error mientras

suponen que el éxito en esta hazaña denota una suerte de predestinación individual para la carrera antropológica -y los errores un indicador de instintos antropológicos erróneos-. Aparte del ministerio evangelizador, la antropología es probablemente la única disciplina que opera con la noción

implícita de que sus profesionales cumplen con un llamado o vocación que deben descubrir en el campo si desean continuar (Lewin y Leap 1996, p.5) La moraleja de estas narraciones es que el trabajo de campo es estresante e incómodo, que el hecho de la diferencia es la exigencia central del trabajo y que esta diferencia debe ser eventualmente superada mediante la observación participante. El éxito al aprender una cultura podría, desde este punto de vista, ser medido por la habilidad de comenzar a pensar y comportarse como un nativo o al menos de anticipar correctamente como un nativo se comportaría en una situación particular. Pero aunque encontrar un lugar en el campo y eventualmente alcanzar la cercanía a la cultura estudiada es esencial para el logro antropológico, todavía pareciera que

mantenemos el rechazo y el temor de no estudiar nuestra propia cultura.

De hecho, se asume frecuentemente que la distancia geográfica asegura la distancia cultural requerida por el antropólogo para ser un “extraño profesional”. Esto ha

significado tradicionalmente que la ubicación del sitio de

Antropologando 2 (10) Julio -Diciembre 2003

69

campo debe estar distante físicamente de la residencia del

antropólogo (preferiblemente en otro país), que el sitio de campo debe ser al menos culturalmente diferente de aquél familiar al investigador (un grupo indígena, por ejemplo), o que el nivel socioeconómico de la comunidad de campo debe ser más simple y probablemente más pobre que el aquél al que

antropólogo está acostumbrado. Por el contrario, Lewin y Leap señalan que los antropólogos que han comenzado a trabajar en localidades ni remotas ni exóticas, su propia cultura occidental, han tenido que reconfigurar el uso de la distancia y la objetividad al definir su interacción en el campo. Otros antropólogos han sido más francos en su deseo de aprender algo sobre ellos mismos en el proceso de estudiar poblaciones que pueden ser consideradas como su propia cultura e incluso comunidades asociadas a su propia identidad. Así, el desarrollo de la investigación etnográfica entre los suyos es considerado beneficio por estos autores ya que libera al antropólogo de involucrarse en la explotación de otros, ofrece la ventaja intelectual del conocimiento propio preexistente y así permite al investigador

aprender sobre si mismo.

EN LA ARQUEOLOGÍA: EL POSTPROCESUALISMO MARCA LA PAUTA

Desde

mediados

de

los

80,

autores

como

Hodder

(1986) han insistido en analizar la arqueología cultural desde

Antropologando 2 (10) Julio -Diciembre 2003

70

Antropologando 2 (10) Julio -Diciembre 2003

71

una perspectiva hermeneútica, es decir, interpretativa. Este

producción y el consumo del conocimiento arqueológico debido

programa incluye desde la evaluación crítica de los procedimientos técnicos, analíticos y reflexivos de la práctica y

que se cuestionó para qué -utilidad social- y para quién -

a

audiencia- se rescataba e interpretaba el pasado. Debido a que el conocimiento arqueológico está contenido en trabajos escritos, entonces la escritura del pasado (o el pasado como texto) devino en una metáfora apropiada

el

discurso arqueológico, la consideración dialógica de las

diversas fuentes de información utilizadas por el arqueólogo, la necesidad de “interpretar la interpretación” arqueológica dentro

del contexto de producción del conocimiento y el

para todos los niveles y tipos de producción, reproducción y

reconocimiento de las múltiples intersecciones sociales, políticas, culturales, históricas y éticas que intervienen en el conocimiento sobre el pasado en el presente. Por primera vez en la historia de la disciplina, la crítica postprocesualista, enfrentada a la concepción aséptica y autoritaria del procesualismo neopositivista, develaba la pretensión objetivista

diseminación del ámbito arqueológico. La reflexividad, así, se incorporó a la arqueología y generó una vertiente interpretativa. Estos autores reconocen, una vez más, la importancia crucial y precursora de la obra Clifford y Marcus (1986) destacando que el reconocimiento del acto de la escritura (y la acción de escribir), central para la etnografía como disciplina, permitió extrapolar la interpretación a otras áreas del saber antropológico, incluyendo a la arqueología. Así, podemos entender esta disciplina dentro del marco históricamente constituido que promueve la organización del conocimiento en

mundo moderno, a la vez que intenta colonizar y domesticar

el

y

dejaba al descubierto a un arqueólogo sujeto social,

produciendo a su vez un artefacto y texto cultural: la arqueología como disciplina occidental moderna para entender el pasado propio y ajeno. Sin embargo, a pesar de esta crítica, gran parte de la producción arqueológica ha continuado manteniéndose al margen de la reflexividad o, en el mejor de los casos, reconociéndola como un osado aporte pero sin

el

pasado desde el presente. La escritura etnográfica, así como

la arqueológica, están entonces determinadas por su contexto,

aplicarla a su propia producción específica. Como plantea Carman (1995) en relación a la interpretación, escritura y presentación del pasado, la incorporación en arqueología de la discusión sobre la herencia, no sólo implicó la discusión de la tradición pretérita en el

presente, sino que despertó una preocupación sobre la

las formas de retórica establecidas, por sus marcos

instrumentales, por las relaciones de poder y por la contingencia histórica. El necesario interés en los productores del conocimiento y en sus consumidores del producto generado por

la arqueología, permite superar la discusión sobre el pasado en

por

Antropologando 2 (10) Julio -Diciembre 2003

72

si mismo para contextualizarlo. La cuestión de a quién le

pertenece ese pasado o si existe un solo pasado o múltiple pasados dirige así la atención hacia la polivocalidad y la pluralidad de intereses y comunidades que pueden detentar dicho pasado. Para Carman, repentinamente, la voz de autoridad única del arqueólogo sobre el pasado se comienza a

perder –o al menos entra a competir y negociar- con diversas versiones e interpretaciones. Se comienza entonces a discutir la manera de articular estas versiones en competencia sobre los objetos y sitios arqueológicos, algunas de las cuales incluso rechazan el enfoque arqueológico por su posición preferencial y hegemónica dentro de nuestra sociedad. En última instancia, lo que se discute es el lugar de la arqueología y de los arqueólogos en la sociedad. Es precisamente la evaluación del propósito y el valor del pasado y su estudio a partir de la consideración de la práctica arqueológica y no como una condición a priori inmanente de la propia disciplina. Se reitera de esta manera que sólo reconociendo que toda práctica, incluyendo la arqueológica, está históricamente situada podemos evaluar la posibilidad de nuevas formas de practicarla (Carman 1995,

pp.95-96).

Sin embargo, una de las áreas en las que esta discusión ha sido relegada y postergada con más insistencia a un último plano, incluso entre los procesualistas, es precisamente en el trabajo de campo. Pareciera que en algunos se desdeña la

relevancia de explorar este tópico, mientras que en otros se le

Antropologando 2 (10) Julio -Diciembre 2003

73

considera tan álgido y polémico que prefieren no tocarlo. Ya

sea por desinterés o por miedo, los arqueólogos hemos silenciado los procesos y la lógica del trabajo arqueológico. Como lo asevera Hodder (1999) el trabajo de campo arqueológico se ha mantenido relativamente desteorizado, es decir, que la práctica de la arqueología en el campo no ha sido

sujeto del mismo nivel de escrutinio experimentado en las décadas recientes en otros campos como la etnografía. Muchos de nosotros hemos excavado “refugiándonos” fuera de criticismo y sin dejarnos perturbar por el análisis reflexivo. En nuestros refugios hemos utilizado técnicas que nos parecen auto-evidentes e incuestionables. Para Hodder, está claro que para los arqueólogos es muy difícil moverse fuera de sus refugios. Sin embargo, considera prioritario para la disciplina comenzar a considerar la pluralidad y la interacción con constituciones diversas. Si queremos responder adecuadamente al mundo que existe fuera de nuestro refugio, la reflexividad debe extenderse “hasta dentro de la trinchera, desde la punta de la cuchara de albañil hasta el mesón de laboratorio” (Hodder 1999, p.x).

Por otra parte, el reconocimiento del compromiso con otras voces nos obliga a considerar la manera en la que los arqueólogos “recolectan los datos”. Nos lleva a elaborar un análisis crítico del grado en que los arqueólogos en la academia occidental han construido el pasado dentro del marco de sus

específicas perspectivas históricas. La recolección de la

Antropologando 2 (10) Julio -Diciembre 2003

74

información etnográfica puede ser fácilmente vista como

dialógica ya que involucra la interacción con personas. Pero en la arqueología, antes o simultáneamente al hecho de la escritura, existe también la necesidad de manejar una inmensa cantidad de información “objetiva” y enfrentar los problemas de la construcción del dato, lo que nos llevaría ha desarrollar

una crítica reflexiva de hasta los más sencillos y directos procesos de observación. De hecho, para Hodder, los retos metodológicos podrían ser mayores y más severos en arqueología. Quizás está es precisamente la razón por la que el trabajo de campo arqueológico ha resistido y evitado en gran medida la reevaluación crítica vista en otras áreas de la disciplina y en la etnografía. Una de las características más distintivas de nuestra disciplina –al menos en el ámbito de la propia excavación- es que es destructiva, por lo que excavar no puede ser análogo a un experimento de laboratorio que puede ser repetido en distintos momentos y en laboratorios diferentes. En consecuencia, debido a que la excavación implica destrucción, el registro debe lo más exacto y minucioso posible. Por esto, el

sitio se convierte en el texto. Ahora, Hodder resalta que ya que los sistemas de registro se han hecho cada vez más formalizados, frecuentemente las excavaciones parecen desarrollarse como si el terreno fuese visto a través del sistema de registro. En vez de que el sistema de registro sirva a los

intereses de la adquisición de conocimiento, la relación se

Antropologando 2 (10) Julio -Diciembre 2003

75

revierte y se excava para registrar. Con la estandarización del

registro en todos los niveles de análisis, tendemos a seleccionar sólo lo que los procedimientos o formularios nos permiten o exigen registrar. De esta manera, somos propensos a no expresar, invisibilizar o anular las preocupaciones, dudas, impresiones, debates e inconsistencias.

Dentro de este esquema, el sit io se convierte en texto pero ignorando su contexto de producción de conocimiento. En consecuencia, con el fin de entender como los arqueólogos

razonan en la práctica y para tratar de penetrar esta cortina del silencio positivista, Hodder propone que debemos introducir la reflexividad en nuestro trabajo. Los arqueólogos en teoría aceptarían que los métodos de excavación, la recolección de la información y el registro de los datos son todos dependientes de

la interpretación

Sin embargo, quizás debido a las tecnologías

disponibles para analizar las inmensas cantidades de información y al aumento de arqueología de contrato, hemos tomado la posición de que los métodos de excavación pueden

ser separados de la interpretación e que, incluso, son previos a ella. Hemos olvidado que lo que realmente sucede es que los

datos no son “ofrecidos” para su interpretación sino que la propia interpretación es ya parte de los datos. En su visión, la interpretación se produce en la “punta de la cuchara de albañil”. De esta manera, el dato arqueológico puede ser definido como un conjunto de relaciones dinámicas, dialécticas

e inestables entre los objetos, los contextos y las

Antropologando 2 (10) Julio -Diciembre 2003

76

interpretaciones. Los términos objeto y contexto deben ser

usados relacionalmente dentro de una red jerárquica de términos pasando del atributo al artefacto, del conjunto al tipo, del estrato al aspecto, del sitio a la región (Hodder 1999, p. 83- 84). Este proceso interpretativo interconectado se produce a todos los niveles, incluyendo el propio proceso de excavación.

Mientras la mano conduce la cuchara sobre el terreno, se toman decisiones que ignoran o destacan las irregularidades, cambios de textura y color. Este nivel, para el autor, es prácticamente una interpretación “corporalizada” ya que está influenciada por la interpretación sobre lo que está sucediendo y lo que se está encontrando en una relación física directa. La manera y los métodos que utilizamos para excavar (cuchara, pala, uso de cernido, ubicación de unidades de excavación) dependen de un nivel de interpretación del contexto. Pero a su vez, la interpretación del contexto depende a su vez de los objetos contenidos. Por esto, idealmente quisiéramos conocer todo lo que hay en el pozo antes de excavarlo. Esta es precisamente la paradoja del arqueólogo: la interpretación sólo se hace posible una vez que la interpretación ha comenzado (Scruton 1982).

Los arqueólogos han enfrentado esto pretendiendo que la interpretación y la codificación de los objetos son procedimientos objetivos, neutrales y sistemáticos, lo que implica ignorar una evidente realidad para justificarse. En la práctica, tenemos que excavar sin conocer lo que estamos

excavando y tenemos que definir los contextos sin aún

Antropologando 2 (10) Julio -Diciembre 2003

77

entenderlos, así como tenemos que seleccionar los atributos o

rasgos sin saber claramente cuáles son los tipos. La solución para este problema se ha buscado erróneamente en el otro extremo, al producir y legitimar un análisis decontextualizado sumamente codificado y generalizador. Es por esto que para Hodder requerimos elaborar una nueva metodología que

incorpore la fluidez en las relaciones entre los objetos, los contextos y las interpretaciones. Esta fluidez debe ser comprendida como una parte necesaria integral del trabajo arqueológico, especialmente en el proceso de excavación (Hodder 1999, pp. 93). La metodología de campo puede ser descrita como una secuencia de obtención-registro-análisis-interpretación. Dentro de una visión más dinámica y continua de la interpretación, el procesamiento y clasificación son más elaborados y adecuados mientras el trabajo de campo se está realizando. Esto permite al arqueólogo observar la información mientras se extrae del terreno y sugerir áreas o problemas en los cuales concentrarse. Es por esto que Hodder plantea que sería falso argumentar que la descripción puede ser separada de la interpretación y sugiere

que, en realidad, la investigación arqueológica representa un proceso complejo, multietápico y multiescalar. Sus trayectorias y resultados son impredecibles ya que forman parte de un fluir continuo en constante transformación. La investigación arqueológica y el trabajo de campo

pueden verse, entonces, como procesos fluidos de

Antropologando 2 (10) Julio -Diciembre 2003

78

interpretación, dotados de aspectos reflexivos y de estrategias

participativas, así como negociados desde distintas perspectivas. Esta apertura, que supone la ruptura de las dicotomías tradicionales y la crítica de presupuestos, se ha hecho necesaria en un mundo globalizado, que es cada vez más homogéneo y diverso. El desarrollo de una práctica profesional

“políticamente correcta”, para Hodder, más allá del panfleto y los estereotipos que han hecho de este discurso una tendencia actual, se ha convertido en un eje de responsabilidad social debido a su imbricación con las sensibilidades y derechos de la diversidad de los grupos. Un elemento crucial para esta nueva práctica y reflexión es el decentramiento de la autoridad en el discurso arqueológico, el cual ha permitido la emergencia en distintas latitudes de la articulación de las voces postcoloniales. La arqueología puede jugar un papel importante en la continuación y expansión hacia el siglo XXI de estos procesos de globalización –y de resistencias y alternativas- ya que, como área de conocimiento, está directamente implicado en la homogenización y diferenciación de las identidades. Sin embargo, su incidencia puede ser tanto emancipatoria como

dominante. Por un lado, podemos comprometernos con una arqueología multisituada que facilite la incorporación de múltiples intereses a todos los niveles de análisis e interpretación, desde la punta de la cuchara de albañil hasta el resultado publicado. Estamos en capacidad de utilizar la

arqueología como un proyecto flexible, abierto y participativo

Antropologando 2 (10) Julio -Diciembre 2003

79

con el fin de romper los patrones establecidos de pensamiento y

dominación y otorgarle un sentido emancipatorio dentro de los procesos globales de postcolonialismo y de la era de la información. Por el contrario, las mismas tecnologías que liberan y promueven un debate abierto pueden ser utilizadas para cerrar la discusión y excluir lo periférico o, más aún,

incorporar o absorber las voces alternativas al discurso definido

y regulado desde los centros de poder. De esta manera, la

arqueología también puede jugar un papel como parte de los procesos de dominación dentro del panorama de la globalización. De esta manera, Hodder coloca la interpretación al centro de un hilo conductor que surge desde el mismo que planificamos nuestra estrategias de campo, se materializa en cada golpe de pico mientras excavamos, se transforma –

racional y emotiv amente- en cada interacción cotidiana con la comunidad local mientras vamos al campo, se redimensiona en

el laboratorio cuando lavamos y organizamos el material, se

enriquece en el proceso del análisis de la información, se negocia en el debate académico, se contextualiza socialmente a

través de su difusión por medios orales o escritos y se legitima

o trasgrede en el campo de los discursos y prácticas políticas

locales y globales. La importancia de esta reflexión respecto a nuestra revisión-reseña teórica del trabajo de campo es innegable. Sólo colocando nuestra experiencia del trabajo de

campo dentro de un esquema reflexivo que dimensione la

Antropologando 2 (10) Julio -Diciembre 2003

80

complejidad, contradicciones y potencialidades de esta parte del

quehacer arqueológico, sólo otorgándole la relevancia que tiene para la formulación de un saber sobre el pasado socialmente pertinente y científicamente relevante, podremos entonces tener una arqueología madurando a plena conciencia y caminando de la mano con las necesidades y proyectos de las poblaciones del

presente.

BIBLIOGRAFÍA

Carman, John. (1995) Interpretation, writing and presenting the past. Interpreting Archaeology. Finding Meaning in the Past. Hodder, Ian, Michael Shanks, Alexandra Alexandri, Victor Buchli, John Carman, Jonathan Last y Gavin Lucas (eds.) Londres y Nueva York, Routledge. Bakhtin, Mikhail (1981) Discourse in the Novel. The Dialogical Imagination. Holquist, Michael (ed.) Austin, University of Texas Press. Clifford, James y George Marcus. Writing Culture. The Poetics and Politics of Ethnography. Berkeley, Los Angeles y Londres. University of California Press, 1986. De Certeau, Michel (1983) History: Ethics, Science and Fiction. Social Science as Moral Inquiry. Hahn, Norma, Robert Bellah, Paul Rabinow y William Sullivan (edits.). New Yo rk, Columbia Press University. Eagleton, Terry (1983) Literary Theory. Oxford, Oxford University Press. Foucault, Michel (1973) The Order of Things. New York, Vintage Press.

Gupta,

(1997) Anthropological

Akhil

y

James

Ferguson

(eds.)

Locations. Boundaries and Grounds of a Field Science.

The

Reinvention of Nature . London and New York, Routledge. Hodder, Ian (1999) The Archaeological Process. An Introduction. Oxford y Malden, Blackwell Publishers. Hymes, Dell (1972) Reinventing Anthropology. New York, Random House.

Haraway,

Donna

(1991)

Simians,

Cyborgs,

and

Women:

Antropologando 2 (10) Julio -Diciembre 2003

81

Jarvie, Ian (1988) Comment on “Rethoric and the Authority of Ethnography: “Postmodernism” and the Social Reproduction of Texts” by Steven Sangren. Current Anthropology, 29 (3):

427-429

Kondo, Dorinne (1990) Crafting Selves: Power, Gender and Discourses of Identity in a Japanese Workplace. Chicago, Chicago University Press. Kulick, Don y Margaret Willson (1995) Taboo. Sex, Identity and Erotic Subjectivity in Anthropological Fieldwork. Londres y Nueva York, Routledge. Lewin, Ellen y William Leap (eds.) (1996) Out in the Field. Reflections of Lesbian and Gay Anthropologists. Urbana y

Chicago, University of Illinois Press. McGuire, Randall y Rodrigo Navarrete (1999) Entre motocicletas y fusiles: las arqueologías radicales anglosajona y latinoamericana. Boletín de Antropología Americana, 34 (Julio): 89-110.

Rabinow,

Reflections on Fieldwork in Morocco.

Berkeley, University of California Press. Said, Edward (1978) Orientalism. New York, Random House.

Sangren, Steven (1988) Rethoric and the Authority of Ethnography:

“Postmodernism” and the Social Reproduction of Texts. Current Anthropology, 29 (3): 405-424

Shanks,

Re - Constructing

Archaeology: Theory and Practice . London, Routledge. Shanks, Michael y Christopher Tilley (1987b) Social Theory and Archaeology. Cambridge, Polity Press. Strathern, Marilyn (1991) Partial Connections. Savage, Rowman and Littlefield.

Vargas, Iraida y Mario Sanoja (1993) Historia, Identidad y Poder. Caracas, Tropikos.

La Historia como Futuro. Caracas,

Vargas Arenas, Iraida (1999) FACES-Tropikos.

Paul

(1977)

Michael

y

Christopher

Tilley

(1987a)

Antropologando Julio-Diciembre 2003 Año 2, Nº 10: 82-101

IMÁGENES Y NARRATIVAS DE SAN PEDRO DE TAUCA:

EL REGISTRO VISUAL EN EL TRABAJO DE CAMPO

Jeyni S. González Tabarez 1 Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas

RESUMEN En este artículo relataré mis experiencias de campo en la Comunidad de San Pedro de Tauca, Distrito Sucre, Estado Bolívar. En especial,

haré referencia a la importancia que tuvieron dos formas de registro visual: la fotografía y las representaciones graficas, como métodos de

recolección de datos (narrativas, paisajes, rostros, eventos,

documentos en sí mismos, que sirvieron de base al desarrollo de mi trabajo escrito y además, como elementos mnemotécnicos, que permitieron recuperar y recrear las vivencias de los habitantes de la comunidad y también mi experiencia personal en el lugar. Palabras clave: San Pedro de Tauca. Trabajo de Campo. Fotografía.

), y como

Representaciones Gráficas

La existencia transcurre en un continuo despliegue de imágenes captadas por la vista y que otros sentidos realzan o atenúan, imágenes cuyo significado (o presunto significado) varía constantemente, con lo que se construye un lenguaje hecho de

imágenes traducidas a palabras y de palabras traducidas a imágenes, a través del cual tratamos de captar y comprender nuestra propia existencia. Las imágenes que compone nuestro mundo son símbolos,

signos, mensajes y alegorías

materia de la que estamos hechos. (Manguel, 2002: 19)

las imágenes como las palabras, son la

MI INTERÉS DE INVESTIGACIÓN

Cuando comencé a pensar en el tema que iba a

desarrollar en la tesis de grado, mi interés se encontraba en el

1 Profesional en Entrenamiento, Departamento de Antropología - IVIC. jeynisgt@hotmail.com

Antropologando 2 (10) Julio -Diciembre 2003

83

estudio de la semantización del espacio 2 por grupos Caribes del

Orinoco Medio. Con esta intención comencé a trabajar en el

Proyecto “Asentamiento, Migración e Interacción de Grupos

Étnicos en el Río Caura, Estado Bolívar, Venezuela”

desarrollado en el Departamento de Antropología del IVIC por

la Dra. A. Zucchi. A partir de aquí fue posible ubicar el lugar en

el que trataría de llevar a cabo la investigación; este sería la

Comunidad de San Pedro de Tauca.

LA COMUNIDAD

San Pedro de Tauca es una comunidad mixta (de

criollos e indígenas), localizada actualmente en jurisdicción del

Distrito Sucre del Estado Bolívar, cerca de Maripa capital de

dicho distrito. El asentamiento se encuentra entre las riberas de

los ríos Tauca y el Caura y cuenta con una población de 50

habitantes aproximadamente.

De acuerdo con lo que me habían informado otros

investigadores que trabajan en la zona, esta era una comunidad

Kari’ña 3 , así que parecía posible realizar el trabajo en ese lugar.

Sin embargo, las cosas no eran exactamente como esperaba,

pues San Pedro de Tauca en la actualidad está conformada no

2 Diversos autores han hecho importantes aportes sobre la semantización del espacio, es decir, el proceso de asignación de nombres a los lugares. Ver: Fiore (1985);Amodio (1998); García (1976), entre otros.

3 Los kari’ñas son un grupo indígena perteneciente a la familia lingüística Caribe

Antropologando 2 (10) Julio -Diciembre 2003

84

sólo por kari’ñas sino también por criollos, y además prácticamente ningún habitante de la comunidad se reconocía como kari’ña, todos se autodenominaban “racionales” 4 , y lo único que afirmaban era que, en algún momento ese territorio había sido ocupado por esos indígenas. Pero a pesar de ello, este lugar y sus habitantes atraparon mi interés. Esta comunidad me abrió sus puertas, me brindó la seguridad de saber que estaba en el sitio indicado para realizar el trabajo, pues cada paisaje, cada narrativa, y cada individuo posee mucha información aún inexplorada. Así, di un cambio al trabajo de investigación, ya que sí deseaba continuar trabajando en San Pedro de Tauca debía considerar para el estudio de la semantización del espacio no sólo a la pequeña población indígena, sino también a los criollos. Además, después de conocer el sitio me percaté de que habían otros elementos interesantes que me permitirían abordar no sólo el proceso de semantización del espacio, sino también

otros aspectos relacionados con la construcción y organización del espacio por los habitantes de la comunidad. Estas personas me informaron que a lo largo del tiempo, su asentamiento “ ha cambiado de ubicación y sus habitantes han creado un lenguaje espacial propio, que ha sido creado y re-creado tanto a través de

4 De acuerdo con las informaciones recopiladas durante el trabajo de campo,“racional” es un termino utilizado por los habitantes de la zona para referirse a todo aquel que no es indígena (criollo, español, negro)

Antropologando 2 (10) Julio -Diciembre 2003

85

procesos históricos, como de su acción social cotidiana. Es en estos paisajes en donde se plasma la memoria, ya sea en forma de puntos de referencia para la historia local, o como marcadores de la organización espacial” (González, 2003:12). De esta forma, amplié el horizonte de la investigación

y me propuse una serie de objetivos vinculados por un lado, con

el cambio y la evolución del patrón de asentamiento (etapas del asentamiento, factores de cambio), y por otro, con el proceso de construcción social de espacio (elementos que intervienen en el proceso, nombres de los lugares, rasgos topológicos y topográficos), para finalmente conocer sí existen relaciones entre el patrón de asentamiento y la construcción social del espacio en la comunidad de San Pedro de Tauca. Para lograr esto era necesario definir una metodología de investigación; en

primer lugar debía delimitar el tipo de estudio que realizaría y,

a partir de ello, los métodos y técnicas que utilizaría para alcanzar los objetivos que me planteé.

LA RECOLECCIÓN DE LOS DATOS EN EL TRABAJO DE CAMPO

investigación, en primer lugar, es un encuentro, una

‘interacción’ y para esta interacción no existen reglas sino que

cada investigador debe construirse las suyas” (Ferrarotti, 1991)

La “

Realizar el trabajo de investigación resultó muy diferente a como me lo imaginaba mientras me encontraba aún sentada en un pupitre o frente a la computadora redactando el

Antropologando 2 (10) Julio -Diciembre 2003

86

proyecto: el tema que me había planteado tuvo muchos cambios, especialmente de orden metodológico. Si bien ya

sabía que el desarrollo de la investigación requería un trabajo etnográfico 5 , no me había detenido a pensar en todas las posibles situaciones e imprevistos que se pueden enfrentar en este tipo de experiencias. Esto es, que mis estrategias de recolección de datos cambiaran, se ampliaran o se

multiplicaran!

pasaron. Fui a San Pedro de Tauca con la ilusión de que a través de las entrevistas iba a obtener la información que buscaba; y de verdad debo reconocer que estas me ofrecieron mucha información (sobre el patrón de asentamiento, los nombres de los lugares, los acontecimientos históricos, el lugar de origen de los habitantes, las emigraciones hacia otras zonas, la ubicación de sitios arqueológicos y de viejos asentamientos). Pero después de unos días me di cuenta de que si bien este era una

exactamente estas cosas fueron las que

y

herramienta muy útil, debía buscar otras alternativas que complementaran, la información obtenida de las entrevistas o que me permitieran acceder a información que a través de estas no podía conseguir. Así recurrí a la observación participante, el registro fotográfico y las representaciones gráficas, así como a

algunos métodos y técnicas arqueológicos (la prospección y

5 Asunto ya extraño para muchos, debido que mi tesis estaba inscrita en el Dpto. de arqueología de la Escuela de Antropología y formaba parte de un proyecto arqueológico del IVIC

Antropologando 2 (10) Julio -Diciembre 2003

87

excavación) y a la revisión de fuentes bibliográficas (históricas, etnográficas y etnohistóricas) 6 . La observación me permitió obtener información sobre el desarrollo de las actividades diarias de los habitantes de la comunidad, tanto de su comunicación no verbal, el escenario, las características de los participantes, la ubicación espacial, la secuencia de los sucesos, el tipo de acción e interacción, así como de la intención de las acciones realizadas. Visité algunos lugares de San Pedro de Tauca (cementerios, puertos del río Tauca, lagunas, sabanas, morichales y sitios arqueológicos) en compañía de habitantes del pueblo y también conseguí registrar las características del paisaje cultural y físico de estos sitios. Afinando la mirada y compenetrándome más con la gente, obtuve muchísimos beneficios para la investigación, pues conocí muchos lugares de los que me hablaban en las entrevistas, me percaté de otros asuntos de los que podía preguntar y de la importancia de mis notas de campo. Pero más

importante aún: esta experiencia me hizo ver que había ciertos elementos que no iba a poder registrar a través de las entrevistas y las notas producto de mi observación, pues algunos paisajes, nombres de lugares y aspectos de la organización del asentamiento no eran de fácil conocimiento a partir de la simple

6 Debido que me interesa básicamente relatar aquí lo concerniente al trabajo etnográfico, no haré referencia al trabajo arqueológico ni a la investigación documental

Antropologando 2 (10) Julio -Diciembre 2003

88

visita a los lugares y su posterior descripción escrita o a través de las respuestas obtenidas de las conversaciones con la gente; sólo a partir de mi convivencia con ellos iba a poder acceder a esos elementos. En este sentido, recurrí a otros dos métodos que hasta ese momento los había considerado como secundarios dentro del trabajo de campo: el registro fotográfico y las representaciones gráficas.

LAS REPRESENTACIONES GRÁFICAS

representar “

es organizar el mundo fáctico en figuras y el nivel más

elemental de esta organización es el espacio-temporal. Esto quiere decir que el espacio- tiempo, lejos de ser datos, se organizan como figuras” (Bozal 1987: 21-22).

Según Bozal (1987: 19-23) las representaciones gráficas son evocaciones o ideas, que están presentes en la mente de los individuos y pueden referirse a: la captación de un

objeto presente, la reproducción de situaciones pasadas, la anticipación de acontecimientos futuros, o la conjunción de diferentes contenidos, tal como ocurre en la fantasía o en la imaginación. En mi trabajo de campo, la representación gráfica, como método de recolección de datos consistió en la

elaboración de croquis y dibujos. Los dibujos son un tipo de lenguaje que representa, a través de imágenes, la realidad visible. Son realizados sobre una superficie, por medio de líneas

Antropologando 2 (10) Julio -Diciembre 2003

89

o de sombras, y son representaciones de objetos reales, imaginarios, o de formas puramente abstractas (Acha, 1994:

42). Los croquis son diseños, a mano alzada, de un paisaje, terreno, etc, que solo representan limites evocativos o metafóricos y no puntos precisos. En un principio realmente no conocía la utilidad que este método podía tener para mi trabajo. Sinceramente fue una cuestión fortuita; por un lado, porque tan sólo comenzó como una estrategia personal de ubicación en el sitio, pues me ayudó a conocer la distribución de las viviendas, la extensión del

territorio, las familias que habitan en el lugar, los lugares que debía visitar, etc. Primero traté de ubicarme a partir de la cartografía 7 pero me di cuenta de que no resultaba nada productivo, pues la escala del mapa no me facilitaba las cosas (no podía ubicar nada!). Así que recurrí a las hojas en blanco y traté de hacer un croquis del lugar. Sinceramente no llegué muy

lejos!

insignificantes croquis a la gente y me decían: Bueno, está bien

pero

cuenta de que era más productivo que ellos me ayudaran a graficar, ya que además de ubicarme necesitaba saber a dónde debía ir. Si bien contaba con un GPS 8 , me parecía más prudente

Después

comencé a pedir auxilio. Les mostraba mis

eso son sólo las casas, le falta el resto. Con esto me di

7 Me refiero a los mapas obtenidos en Cartografía Nacional,

correspondientes a la zona.

8

Geoposicionador Satelital

Antropologando 2 (10) Julio -Diciembre 2003

90

y práctico recurrir a ellos que viven ahí y que sin muchas complicaciones me podían a indicar la ubicación de los lugares. A la gente no le entusiasmaba mucho la idea de tomar un lápiz y dibujar. Sin embargo, luego de notar mi desorientada búsqueda de sitios prefirieron colaborar. Algunos optaron por “dictarme” los croquis. Se paraban a mi lado y me indicaban sobre el papel la dirección de las líneas y trazos que debía seguir. Otros decidieron hacer sus propios croquis.; claro, con ciertas condiciones: “venga mañana y yo se lo doy, no se quede aquí sentada porque me desconcentra”; o “siéntese aquí para irle explicando, porque sino, no va a entender el dibujo”, etc. Y así fue; hice lo que ellos me pedían y todo salió mucho mejor, pues obtuve no sólo una ubicación espacial de utilidad en el campo sino además una serie de datos que ni las entrevistas ni los recorridos junto a ellos me ofrecieron. Los croquis estaban llenos de nombres, de iconos que representaban diversos elementos del paisaje físico y cultural; estaban cargados de

información histórica sobre la organización de asentamiento, sobre los habitantes, etc. Nunca pensé que esto iba a ser tan productivo. Además no sólo para mi trabajo sino también para ellos mismos, pues después de tenerlos en mis manos los mostraba a todos y les

parecía una buena oportunidad para tener la cartografía del pueblo, que vale decir no existe. Por otra parte, realizar las entrevistas con mis croquis en la mano me permitió despertar

Antropologando 2 (10) Julio -Diciembre 2003

91

ciertos recuerdos sobre el pasado a los que no había podido acceder.

En cuanto a los dibujos, debo decir que fue una experiencia un poco diferente. Llevé muchas hojas blancas y unos cuantos lápices para cualquier eventualidad y resultaron de gran utilidad para acercarme a una parte muy importante de la población: los niños. Al observarme escribiendo éstos se acercaban para ver como lo hacia e incluso algunos traían sus cuadernos del colegio para hacer las tareas o para pedirme que les ayudara con éstas. Cuando otros niños veían esto me pedían hojas para escribir o dibujar. Les encantaba sentarse en la mesa o en el piso a imitarme escribiendo. Primero lo hicieron los más pequeños, pero poco a poco comenzaron a multiplicarse!. Se acercaban hasta diez niños para pedirme hojas y lápices. Llegó un momento en que se convirtió en una actividad cotidiana. Todas las tardes me buscaban para dibujar y a mí me agradaba muchísimo la idea, pues los niños siempre tienen energía para

pintar, para hablar, jugar, cantar, hablar, etc., lo que hacía más placentero mi trabajo. Además, me di cuenta de que implicaba un gran alivio para sus madres, ya que todos se concentraban en la actividad durante largo rato y esto las libraba a ellas un poco de estarlos

cuidando. Para mí era muy reconfortante, pues era una muestra de que, a pesar de que yo no era parte del pueblo, y de que tenían escaso tiempo conociéndome, la gente empezaba a

Antropologando 2 (10) Julio -Diciembre 2003

92

tenerme un poco de confianza; lo digo porque el hecho de que los dejaran estar conmigo indicaba que no le temían tanto a mi presencia. Así que en cuanto pude salir de San Pedro hacía Maripa 9 , busqué rápidamente un lugar donde comprar creyones y más lápices, y eso hice; compré cuantos pude, para poder seguir dibujando con los niños. Después de veinte días en San Pedro de Tauca, regresé a Caracas con una gran cantidad de dibujos, algunos croquis y unas cuantas entrevistas y notas de campo. Durante el proceso de organizar la información que obtuve en mi trabajo de campo, me di cuenta de la gran utilidad que podrían tener las representaciones gráficas realizadas por los habitantes de la comunidad. No sólo las de los adultos sino también las de los niños, pues podía recurrir al dibujo para observar como representan el mundo, el entorno, los niños y por ende cuál es el vinculo que desde la infancia establece la gente con su paisaje físico y cultural.

Para mi siguiente visita me armé de más herramientas:

tizas de colores, marcadores, creyones, hojas, lápices, sacapuntas, borras, etc. Planifiqué un poco el trabajo con los niños para incentivarlos a realizar, además de los dibujos libres, otras representaciones que fueran de utilidad para el trabajo.

Con los adultos también planifique la elaboración de otro tipo

9 Maripa es la capital del Municipio Sucre y es el lugar más cercano a San Pedro de Tauca que cuenta con servicios públicos y establecimientos comerciales.

Antropologando 2 (10) Julio -Diciembre 2003

93

de croquis. Les pedía que elaboraran croquis de los ríos y sus puertos de pesca y desembarque, las lagunas, los cementerios, las viviendas y otras construcciones, la vegetación, etc. Así conseguí información inesperada. Pues niños y adultos expresaron mensajes que a través de otros métodos no logré obtener. Quizá porque no lo consideraban importante o porque les parecía poco interesante hablarme de ciertas cosas que para ellos son obvias (debido a que forman parte de su vida cotidiana) o incluso porque mis preguntas no estaban muy bien elaboradas. Entre tanto, para los niños esto continuó siendo una actividad divertida y para los adultos una forma de ubicar a la visitante en el pueblo. Sí, por más que les explicara la utilidad de sus croquis para mi trabajo ellos no quedaban muy convencidos de la relevancia que podían tener sus imágenes. Pero, para mí era diferente; me reconfortaba observar la cantidad de elementos que utilizaban para expresar

gráficamente su entorno, lo que ven, lo que han experimentado. Todas esas figuras conformaban un lenguaje que daba cuenta de su relación con el espacio y los significados culturales que le han otorgado a través del tiempo. Con sus representaciones evocaban recuerdos;

reproducían los mapas mentales que habían construido de su asentamiento, reproducían cada elemento que les parecía relevante, tanto del presente como del pasado. Usaron este

Antropologando 2 (10) Julio -Diciembre 2003

94

medio para mostrarme que no siempre había sido todo como yo lo veía. Así pude conocer algunos elementos del pasado: la ubicación de lugares de antiguos asentamiento, sitios arqueológicos, conucos, áreas de aprovechamiento de recursos naturales (morichales, ríos, sabanas, etc.) y también logré entender muchas cosas del presente. Las imágenes me ofrecieron datos inesperados sobre la relación de los habitantes de San Pedro con la realidad física de los lugares que ocupan y me permitieron conocer diversas características del asentamiento y ciertos elementos del paisaje que son relevantes para ellos.

EL REGISTRO FOTOGRÁFICO

si bien reconoce la subjetividad de la cámara, se

apoya en nuestra convicción de que lo que vemos como espectadores estuvo allí de veras, de que ocurrió en un determinado momento preciso y de que, como realidad fue capturado por el ojo de quien lo presenció” (Manguel, 2002: 91).

“La fotografía

Para quien disfruta de hacer fotos, es muy interesante tener una cámara fotográfica a la mano cuando se visita un lugar desconocido, ya que se pueden registrar una gran cantidad de cosas: eventos, paisajes, personas, objetos, animales, etc.; pero es más sencillo cuando se trata de una visita turística, en lugar de una visita de trabajo. Nada más reconfortante que tomarle fotos con toda libertad a todo lo que observamos, sin

Antropologando 2 (10) Julio -Diciembre 2003

95

remordimientos ni reservas. Sí, suena muy bien, pero no muy adecuado para un antropólogo Cuando ordenaba el equipo que me llevaría a San Pedro de Tauca en mi primera visita, una de las primeras cosas que hice fue comprar muchas películas fotográficas para mi cámara. Esto lo hice a pesar de lo que ya sabía: que no podía andar con la

cámara en la mano, ya que así sólo conseguiría que la gente del pueblo me viera como una turista. Esto lo tenía claro, así que me propuse hacer todo lo posible por no dar una impresión equivocada. Los primeros días me abstuve de usar la cámara. Pero después de un tiempo, cuando ya les había explicado el motivo que me llevó hasta su comunidad, y, cuando ya me sentía un poco en confianza, decidí sacar mi cámara y muy de vez en cuando tomar una foto. Siempre comentaba o pedía permiso antes de hacer esto, ante lo que desperté diversas reacciones:

sonrisas, caras serias, otras sonrojadas, etc

Esto fue muy

bueno, pues aprendí un poco sobre las situaciones adecuadas e inadecuadas para hacer una fotografía. Debo decir que tuve mucha suerte, pues la gente fue muy receptiva ante la lente de la cámara. Muchos esperaban ser fotografiados, sobre todo los más pequeños quienes cada vez

que me veían sacar la cámara se paraban frente a ella y me pedían que les tomara una foto. Asimismo los padres me pedían que fotografiara a sus hijos. Al regresar al pueblo siempre era

Antropologando 2 (10) Julio -Diciembre 2003

96

una de las primeras cosas que esperaban que les mostrara: las fotos. Opte por regalárselas, pues era lo menos que podía hacer por las personas que me habían abierto sus puertas. Esto me

hacia sentir satisfecha, ya que era una forma de retribuirles su gran receptividad y afecto. Así me di cuenta (aunque suene un tanto interesado) de que el tener la cámara me permitía establecer relaciones con la gente de la comunidad. También tuve la suerte de contar con el apoyo y entusiasmo de las personas que me guiaban en el recorrido por los lugares o que me llevaban a conocer a otras personas; estas

no le

me decían: “y de esto no va a sacar una foto”

toma una foto”,entre otras cosas. Así conseguí registrar aspectos de la vida cotidiana, del paisaje, del asentamiento, así como cosas que están a punto de desaparecer (sitios arqueológicos en las riberas del río, campamentos temporales, etc), lugares a los que no es posible acceder siempre (pasos de río, matas, etc) incluso pude fotografiar a personas que no

volvería a ver. Mi relación con el lugar y sus habitantes, mis vivencias, hicieron del registro fotográfico una parte fundamental de mi estadía en el pueblo. Pues, la fotografía se convirtió en un medio para narrar la historia del pueblo y también mi

experiencia en este. Las fotos que hice en San pedro de Tauca no fueron únicamente el resultado de la recolección de datos; también muestran un poco mi sensibilidad ante lo que

”porqué

Antropologando 2 (10) Julio -Diciembre 2003

97

observaba. La cámara me ayudó a crear un mapa de los recorridos, una bitácora del trabajo de campo que al final me ofreció una historia gráfica del lugar y de mi experiencia en el mismo. Fue como “escribir” con imágenes, tratando de crear huellas de la realidad que observaba a partir de cada fotografía que tomaba. De regreso en Caracas, luego de cada trabajo de campo, una de las primeras cosas que hacía era llevar a revelar las películas fotográficas. Al verlas sentía que retornaba a San Pedro de Tauca; además podía mostrar a otros esa realidad que presencié y de la cual capturé un momento, un gesto, un lugar o un rostro Las fotografías fueron de gran utilidad durante la sistematización de los datos para mi trabajo, ya que no sólo me aportaron información sino que además me ayudaron a esclarecer y redimensionar las notas de campo y las representaciones gráficas. Estas me llevaban de vuelta a los

sitios y me permitían recordar las diferentes experiencias en el campo, la gente, sus actividades cotidianas y además me conectaban con cada momento que viví allí, pues en ocasiones tratamos de escribir a partir de ideas abstractas o poco concretas y ver la foto me acercaba más bien a recuerdos, no a ideas

vagas sobre el lugar. Además, las fotografías me ofrecían detalles que no logré percibir en el sitio. Sin embargo debo decir que, debido a que a través de la fotografía se captan

Antropologando 2 (10) Julio -Diciembre 2003

98

instantes y no actos, lo que yo podía obtener de estas no eran verdades o realidades por sí solas, ya que sin el conocimiento del lugar no habría podido interpretar nada de ellas. Quiero decir con esto que el conocer de antemano el contexto al que pertenecen las imágenes fue lo que hizo de ellas un medio para el recuerdo, una herramienta para traer al presente lo que vi, lo que experimenté en aquel lugar meses atrás.

LAS IMÁGENES COMO TEXTOS O NARRATIVAS

queramos “

o no, las palabras y las imágenes se revelan,

interactúan, se complementan, se esclarecen con una energía vivificante. Lejos de excluirse las palabras y las imágenes se alimentan y exaltan mutuamente. Podemos decir, corriendo el riesgo de caer en la paradoja, que cuanto más trabajamos sobre las imágenes, más amamos las palabras” (Joly, 1999: 145)

Jean Mitry (1999: 44-45) define el lenguaje como un medio de expresión susceptible de organizar, construir y comunicar pensamientos, capaz de desarrollar ideas que se modifican, se forman y se transforman. En este sentido el lenguaje es concebido como un ente dinámico, que puede desarrollar temporalmente un sistema cualquiera de signos, de imágenes, de sonidos, teniendo como propósito la organización de este sistema expresar o significar ideas, emociones o sentimientos. A partir de esta idea es posible decir que las representaciones gráficas realizadas por los habitantes de San

Antropologando 2 (10) Julio -Diciembre 2003

99

pedro de Tauca así como las fotografías que tomé, constituyen

lenguajes a través de los cuales expresamos mensajes difíciles

de explicar en palabras, plasmando una imagen en un papel en

blanco o “escribiendo con la luz” a través de la lente de la

cámara fotográfica. Las imágenes creadas por los miembros de

la comunidad (dibujos y croquis) y el registro fotográfico

permitieron captar ciertos elementos que a través de las

entrevistas y las notas de campo no se podían capturar (Brisset,

2000:1).

De esta forma, el registro fotográfico y las representaciones no sólo sirvieron como técnicas o herramientas para el registro de información, sino también como documentos que complementan y se complementan con

el lenguaje escrito y el oral (Ardevól,1998; Joly,1999:145;

Brisset,2000:4-6; Burke,2001; Manguel,2002:19-22). Ambas fuentes de información visual constituyeron alternativas en el campo para capturar información sobre el pasado y sobre el

presente: así por ejemplo, algunos croquis reflejaban el patrón de asentamiento en diferentes períodos históricos; ciertos dibujos mostraban el reconocimiento que desde la infancia hacen los habitantes de la comunidad de los elementos del paisaje cultural y físico y las fotografías presentaban

fragmentos de los lugares nombrados y de sus características. Además, ambas formas de registro visual promovieron

o incentivaron a los habitantes del pueblo a aportar más

Antropologando 2 (10) Julio -Diciembre 2003

100

información sobre el problema estudiado y me ayudaron a obtener un mayor registro de información (Burke, 2001: 177- 198; Gamboa, 2003; Carman, 2003). En este sentido, recurrir a estos dos métodos me permitió por un lado complementar la información oral y captar nuev os datos, y por otro atrapar elementos de la memoria de los habitantes del lugar y de mi memoria (construida a partir de mi experiencia en San Pedro)(Moreyra, 2003). Pues cada uno de nosotros registró todo aquellos elementos (del paisaje, de los lugares) a los que nos hemos hecho sensibles y a los que les hemos conferido un significado; y para ello seleccionamos, organizamos, extrajimos, interpretamos y trasladamos nuestra experiencia del mundo a la forma visual, creando de esta forma, un lenguaje basado en imágenes. Pero este lenguaje construido con fotografías, croquis y dibujos además de representar paisajes y lugares, también narra historias sobre éstos, por lo que se encuentra inserto en una

temporalidad propia de la narrativa, ya que se convierten en medios para contar el pasado y el presente, dando así a cada imagen (inmutable) una vida inagotable e infinita (Manguel, 2002: 25).

BIBLIOGRAFÍA

Acha, Juan (1994) Expresión y apreciación artística, artes plásticas. México, Trillas.

Mirada:

Ardevól,

Etnografía, Representación y Construcción de los datos

Elisenda

(1998)

Por

una

Antropología

de

la

Antropologando 2 (10) Julio -Diciembre 2003

101

Visuales En: Revista de Dialectología y Tradiciones Populares del CSIC. Madrid. www.ugr.es. Bozal, V. (1987) Mimesis: Las Imágenes y las Cosas. Editorial Visor, Madrid. Brisset, Demetrio (1999) Acerca de la Fotografía Etnográfica. Gazeta de Antropología. 15 Universidad de Málaga. España. Burke, Peter (2001) Visto y no Visto. El Uso de la Imagen como Documento Histórico. Critica. Barcelona, España. Carman, María (2003) La Fotografía en el Trabajo de Campo Etnográfico. Ciudad Virtual de Antropología y Arqueología. www.naya.org.ar. Gamboa, José (2003) La fotografía y la Antropología: una historia de convergencias. Revista Latina de Comunicación Social. 55, abr-jun. Tenerife. www.ull.es Gómez, Rafael (2001) Análisis de la Imagen. Estética Audiovisual. Edic. del Laberinto S.L. Madrid. González, Jeyni (2003) Paisajes Físicos y Paisajes Culturales. Patrón de Asentamiento y Construcción Social del Espacio en la Comunidad de San Pedro de Tauca, Distrito Sucre, Edo. Bolívar, Venezuela. Trabajo de Grado para optar al Titulo de Antropólogo. Escuela de Antropología. Facultad de Ciencias Económicas y Sociales. Universidad Central de Venezuela. Joly, Martine (1999) Introducción al Análisis de la Imagen. Biblioteca de la Mirada. Buenos Aires. Mangüel, Alberto (2002) Leyendo Imágenes. Una Historia Privada del Arte. Edit. Norma S.A. Bogotá. Mitry, Jean (1999) Estética y psicología del cine. Las estructuras (Tomo I). Siglo Veintiuno editores. Madrid. Moreyra, Elida y José C. González (2003) Antropología Visual. Ciudad Virtual de Antropología y Arqueología. www.naya.org.ar.

Antropologando. Julio-Diciembre 2003 Año 2, Nº 10: 102-119

ALGUNAS REFLEXIONES SOBRE EXPERIENCIAS EN TRABAJOS DE CAMPO

Horacio Biord 1 Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas

RESUMEN Este artículo reflexiona sobre algunas experiencias vividas por el autor en trabajos de campo efectuados en comunidades indígenas y campesinas (principalmente afro-venezolanas). Se plantean cuestiones metodológicas importantes para optimizar las investigaciones en el terreno, tales como la presencia no solicitada en las comunidades, las barreras para la comunicación derivadas del género social, el carácter confidencial de algunas informaciones cuya privacidad no ha de violarse, y el imperativo de la devolución de la información. Se concluye con algunas observaciones personales sobre el valor atribuido a los trabajos de campo en el ejercicio profesional así como en el proceso de crecimiento personal. Palabras Clave: Ética. Género . Investigación Aplicada. Trabajo de Campo.

INTRODUCCIÓN

En Antropología y otras disciplinas de las ciencias del

hombre, el trabajo de campo constituye un reto: es como poner

a prueba la capacidad de hacer sobre el terreno lo que a veces –

y no siempre- se aprende en las aulas y mediante las lecturas

recomendadas por los profesores. Es también un misterio que

tienta de forma inefable a quienes aún no lo han vivido.

1 Candidato Posdoctoral. Departamento de Antropología. Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas. Apdo. 21.827. Caracas. El autor además es Profesor Asociado, Universidad Católica Andrés Bello, Caracas. hbiord@reacciun.ve

Antropologando 2 (10) Julio -Diciembre 2003

103

Podría decirse que hay dos extremos en los analistas de

procesos sociales cuyo estudio requiere investigaciones de

terreno: (1) aquellos que se aferran al campo como una forma

de evadirse y no logran concebir modelos que simplifiquen las

complejas realidades observadas; y (2) aquellos que eluden la

visita al campo y progresivamente reducen su reflexión a

elucubraciones teóricas. Ambos extremos son perniciosos.

El trabajo de campo podría concebirse como un arte

que debe ser cultivado y perfeccionado. Requiere de pericias y

métodos, pero también de actitudes y disposiciones personales.

El éxito de un trabajo de campo no sólo requiere de una

excelente preparación: lecturas previas, adecuado diseño de

investigación y de los instrumentos y técnicas de recolección de

datos, conocimiento de las condiciones ambientales, recursos

disponibles, etc. También hay un factor de éxito que está

referido a actitudes personales. A veces un profesional

altamente cualificado, no logra establecer una buena relación

con la población que ha decidido estudiar, amén de las

consideraciones acerca de los sesgos teóricos y sus posibles

distorsiones a la hora de describir y analizar realidades sociales.

Este trabajo, sin embargo, no es un abordaje teórico de

tales cuestiones, sino una reflexión sobre algunas experiencias

vividas por el autor en comunidades indígenas y campesinas en

distintas regiones de Venezuela. Concretamente se abordan los

siguientes temas: las implicaciones de la presencia no solicitada

Antropologando 2 (10) Julio -Diciembre 2003

104

del analista en las comunidades; las barreras de género para la

comunicación y recolección de datos; el tratamiento de la información confidencial y la calificación de ésta; la devolución de información y apoyo a las comunidades y grupos estudiados. Para concluir se presentan unas reflexiones finales, no sólo sobre la relevancia de los temas aquí discutidos sino sobre lo

que ha significado para el autor el contacto con grupos socio- diversos.

LA PRESENCIA NO SOLICITADA

Marzo, 1983. Semana Santa. Pleno verano en la Banda Sur del Orinoco. La Mata de Tapaquire, comunidad kari’ña ubicada en el municipio Heres (estado Bolívar). Visitaba algunas comunidades para seleccionar las escuelas que

estudiaría en mi trabajo de grado para la obtención de la Licenciatura en Letras en la Universidad Católica Andrés Bello. Este último constituía un estudio de la educación intercultural bilingüe, entonces en su fase inicial de implantación (Biord

1984).

Estaba hospedado en la casa de doña Petra, situada en

La Montañita, un asentamiento satélite del núcleo principal de La Mata de Tapaquire, a orillas de la vía que conecta la carretera nacional Ciudad Bolívar-Caicara del Orinoco con el núcleo de la comunidad.

Antropologando 2 (10) Julio -Diciembre 2003

105

Una tarde, José Montilla, 2 el dopooto, gobernador o jefe

de la comunidad, quizá desinhibido por los efectos de algún

trago, me llamó aparte y me preguntó los motivos que me llevaban a La Mata de Tapaquire, puesto que él era el jefe de la comunidad y debía estar informado.

Era la segunda vez que visitaba La Mata. Había estado allí unos meses antes, en diciembre de 1982. Ésta, como la vez

anterior, me acompañaba Carmen Poyo de Maneiro, indígena kari’ña, gran amiga e invalorable colaboradora, mi gran introductora al mundo kari’ña. La primera vez que visité La Mata de Tapaquire llegué a la casa del jefe de la aldea y tal vez le expresé mi intención de regresar poco tiempo después para

empezar el proceso de recabar datos para mi trabajo de grado

así

como mi deseo de aprender el idioma kari’ña, fin último de

mi

acercamiento a los kari’ñas.

Cuando Montilla me llamó para indagar los motivos de

mi

visita, confieso que me sentí intimidado y algo fastidiado,

pues a La Mata de Tapaquire entraba y salía gran cantidad de gente. A mis 21 años me preocupaba profundamente haber hecho algo mal y, sobre todo, dañar así mi potencial relación con los kari’ñas de La Mata de Tapaquire. Ésta, desde que la conocí, se convirtió en una de mis comunidades favoritas, tanto

por los testimonios materiales de su historia como por la amabilidad de sus pobladores y la belleza de su entorno (la

2 Nombre ficticio.

Antropologando 2 (10) Julio -Diciembre 2003

106

comunidad está emplazada en unas sabanas de gramíneas y

chaparrales, que albergan hermosos morichales).

Le expliqué pacientemente al dopooto el objeto de mi visita, lo que podrían derivar los kari’ñas de mi trabajo y mi deseo de seguir visitando la comunidad en el futuro. Él, amablemente, se disculpó por la pregunta y me comentó que, estando ahora en conocimiento de los motivos y propósitos de

mi visita, me apoyaría en lo que estuviera a su alcance.

Efectivamente a partir de ese momento me procuró informantes y, además, organizó esa misma noche un baile de maare-maare, el primero que veía yo. Para mí fue una emoción indescriptible el ver indias viejas ataviadas con naava, el vestido femenino

tradicional kari’ña, bailar ese antiguo baile; los cantadores que entonaban las canciones en el idioma de los caribes y los músicos que acompasadamente hacían posible aquella maravilla.

Así aprendí una lección que nunca he olvidado: cada

vez que llego a una comunidad, una de las primeras cosas que

hago es buscar al jefe de la aldea y presentarme dándole amplios detalles sobre mi persona (profesión, meta y propósitos de la visita, vinculación previa con el grupo, conocimiento de otros miembros del grupo, conexiones con éstos, etc.). Cuanto

más prolijo sea y no obstante el tiempo y esfuerzo que para ello tenga que invertir, sé que obtendré mayores y mejores resultados.

Antropologando 2 (10) Julio -Diciembre 2003

107

Una vez, hacia marzo de 1988, me sucedió algo

semejante en la comunidad de Jesús, María y José de El Guamo (estado Monagas). Llegué en compañía de unos colegas y el Gobernador, al principio un poco aprehensivo, se mostró amable y comprensivo después de un largo relato de mi conocimiento y experiencias en otras comunidades kari’ñas.

No en balde, antiguamente, en el Orinoco se celebraban

ceremonias denominadas mirray que precedían los intercambios comerciales y servían para limar tensiones y acercar a los potenciales socios comerciales (Morey y Morey 1975). Algo parecido es el rito de “presentarse” a los jefes de aldeas: una forma de entrar en confianza y eliminar

resquemores.

BARRERAS DE GÉNERO

Marzo, 1983. Semana Santa. Proseguía mi viaje de reconocimiento por las comunidades kari’ñas. Estaba ahora en El Guasey, una comunidad kari’ña del sur del estado Anzoátegui. Deseaba registrar un vocabulario. Una señora me pareció una informante ideal por sus conocimientos y empleo

habitual del idioma indígena. Armado de una grabadora portátil, intentaba grabar una lista de palabras básicas en el patio de la casa de la señora. Había mucha gente, pues era una fecha cercana al Jueves Santo, un día muy especial para los kari’ñas, cuando las familias se reúnen y preparan platillos

Antropologando 2 (10) Julio -Diciembre 2003

108

especiales: pastel de morrocoy y buñuelos de yuca. El

gobernador de la comunidad, don José Poyo (fallecido trágicamente pocos meses después), al tanto de mi deseo, insistió en que nos quedáramos solos la señora y yo.

Me ilusioné al pensar que por fin tendría la tranquilidad necesaria para culminar mi propósito. No obstante, la señora se puso nerviosa y fue muy difícil hacer la grabación. Quizá el

estar solo con un hombre que apenas acababa de conocer, con quien no tenía otros lazos, la intimidó demasiado. Con el tiempo nos hicimos amigos y creo que en la actualidad podría soportar estar a solas un rato conmigo para enseñarme su hermoso idioma, pero en aquel momento fue una temeridad

fruto de mi inexperiencia con sociedades indígenas.

Agosto 1996. Plena temporada de lluvias. Calor y humedad en Barlovento. El sitio: el caserío de Pantoja, en Caucagua, municipio Acevedo, estado Miranda. Debía hacer varias entrevistas para reconstruir un caso de represión política por parte de un Jefe Civil de la época gomecista que podía suponer también una represión cultural (de tipo religioso, concretamente). Se trataba de un trabajo estimulante como pocos (Biord 1996).

La principal informante era una anciana casi centenaria, que desde su mecedora aún controlaba la casa de sus hijos, nietos y bisnietos. Encantadora y simpática, la anciana conocía la información y estaba dispuesta a transmitirla como una forma

Antropologando 2 (10) Julio -Diciembre 2003

109

de revivir el pasado de su familia y devolverles vida, por un

rato siquiera, a parientes ya fallecidos, ignorados por los miembros de su propia familia y repentinamente invocados por unos forasteros dispuestos a oír historias sencillas pero cargadas de significados para el analista.

Marielena Mestas, una colega y gran amiga, me acompañaba. Su presencia fue de una inestimable ayuda. La

anciana, que no mostraba reservas conmigo, se explayaba sin embargo con Marielena. Le contaba detalles de su vida cotidiana, que quizá considerara irrelevantes para un hombre pero de gran interés para una mujer: el proceso de mojar con almidón de yuca la ropa, la preparación de alimentos, remedios

caseros, etc. Era una manera ideal de continuar la conversación con la amable nonagenaria. La visita a otras mujeres, especialmente ancianas, en aquella experiencia barloventeña siempre se benefició de la presencia solidaria de Marielena.

2003. Guareguare, estado Miranda. Más recientemente, al iniciar una investigación en Guareguare, una comunidad campesina, ubicada entre las poblaciones de San Diego de los Altos y Paracotos (municipio Guaicaipuro, estado Miranda), un poco apresurado por optimizar y acelerar la investigación, eché de menos la ayuda de una mujer para lograr la confianza de

algunas señoras mayores. La paciencia y las experiencias previas de hablar y ganarme la confianza, han ido supliendo la carencia de una compañera de trabajo.

Antropologando 2 (10) Julio -Diciembre 2003

110

Hay complicidades de género, con las correspondientes

normas de etiqueta que las legitiman, que pueden interferir (a veces positivamente, a veces en forma poco deseable) en una investigación. Tener conciencias de ellas es una condición indispensable para acometer un trabajo de campo, especialmente en contextos fuertemente sometidos a tales

reglas. No quebrantarlas debe ser también una regla de oro, especialmente para superar con paciencia y tiempo las limitaciones derivadas del tratamiento socialmente codificado entre personas pertenecientes a géneros distintos.

INFORMACIÓN CONFIDENCIAL

Interesado en reconstruir la historia de la represión de unas prácticas mágico-religiosas, visité Caucagua y sus

alrededores a mediados de 1996, como ya he comentado. El trabajo de campo en Barlovento supuso distintos viajes durante varios meses, complementados con revis ión de archivos y fuentes hemero-bibliográficas. Era una historia que podría parecer anodina, especialmente por los años que separaban el presente etnográfico de los sucesos que intentaba reconstruir:

casi 75 años. Los protagonistas de esos sucesos habían muerto ya. Sin embargo, sus hijos y nietos cargaban el peso social del escándalo que en su momento supuso una historia de polvos

para sujetar maridos. Esos filtros amorosos estaban hechos, entre otros materiales, de ralladura de huesos humanos. Las

Antropologando 2 (10) Julio -Diciembre 2003

111

autoridades locales aprovecharon la represión de lo que se

consideraría actos de brujería para accionar venganzas de tipo político. Sin embargo, la falta de tolerancia ante la diversidad étnica y socio-cultural parecía ser el móvil esencial de la historia.

Frente a esto, varias actitudes se hicieron presentes durante la investigación. La mayor parte de los posibles

informantes se cohibieron. Muchas de las principales mujeres involucradas eran ascendientes directas de estos últimos. Era posible sentir una barrera a la hora de hablar del asunto. Tenía una fecha de entrega, pues debía preparar una monografía para un curso de mi doctorado en historia en la Universidad Católica

Andrés Bello. Así, en una ocasión, tras entrevistar a una anciana (cuya memoria, por cierto, presentaba ciertas lagunas) una de sus nietas salió tras de nosotros (me acompañaba Marielena Mestas en aquellas soleadas calles de Caucagua) y

nos preguntó que para qué estábamos recolectando información sobre esos acontecimientos. Quizá temerosa de un uso inadecuado de los datos y de la confidencialidad de las informaciones, nos señaló que su abuela desvariaba y decía cosas que no eran ciertas. Las inventaba, simplemente. Casi me suplicaba: “no le hago caso, por favor”.

Otro día, fuimos remitidos a una señora de avanzada edad que podría ser una buena informante. Hoy en día para mí es casi una abuela clasificatoria, una de esas personas con quien

Antropologando 2 (10) Julio -Diciembre 2003

112

el afecto recíproco nos emparienta. Sin embargo, el primer día

fue hostil y algo dura. Una vez informada del propósito de la visita, me dijo simplemente que su madre le había enseñado que

si no podía hablar bien de alguien, guardara silencio.

Más tarde, logré ser recibido por un venerable sacerdote anciano. Había sido párroco de Caucagua tiempo después de los sucesos que estaba estudiando yo. Luego fue transferido a otra

parroquia muy alejada del ámbito barloventeño y para el momento de la entrevista ya estaba retirado de sus obligaciones pastorales. Creo que tenía muchos conocimientos sobre la historia que me interesaba, pero quizá el sigilo sacramental lo obligaba a callar. Durante la entrevista le mencioné el nombre

de una dama caucagüense que se decía había estado involucrada en la fabricación de los filtros amorosos. El buen sacerdote –de una manera enfática- me pidió que borrara el nombre de la señora, pues nada tenía que ver con el asunto.

Obviamente estas personas, con sus actitudes y silencios, por demás expresivos, reafirmaban versiones que había escuchado de boca de otros informantes. Sólo tenía que saber leer y descifrar los mensajes ocultos, el metalenguaje subyacente en sus actitudes frente a la investigación que realizaba. Pero, además de esta conclusión –valiosa en sí misma

y quizá dictada por el sentido común- debía tener cuidado con el uso de los datos. Se trataba de informaciones comprometedoras, cuya ampliación requería no sólo ganarse

Antropologando 2 (10) Julio -Diciembre 2003

113

aún más la confianza de los informantes para abordar las

historias en forma libre, sino de prudencia extrema para revelar los hallazgos. Nunca he publicado esos resultados, pero, de hacerlo, tendría que ocultar la identidad de muchas personas:

los actores de la historia de los filtros amorosos y la identidad de los informantes, en especial de los descendientes de los

actores de la historia original.

Este caso nos enseña la extrema prudencia que se debe tener a la hora de estudiar hechos sociales que pueden acarrearle a los informantes vergüenza, aprehensión o sentimientos relacionados. Estos últimos sentimientos (como el incesto, por ejemplo) son universales, pero cada sociedad los

define en función de sus valores y creencias.

DEVOLUCIÓN DE LA INFORMACIÓN

En mis primeras visitas a las comunidades kari’ñas percibí que los temas y problemas que a mí me interesaban no necesariamente resultaban los más relevantes para los kari’ñas. No me refiero sólo a cuestiones teóricas o puramente académicas, aun aquellos asuntos de extremada importancia

étnica como la creciente erosión lingüística sufrida por este pueblo indígena no siempre era valorado como algo extremadamente grave por los kari’ñas. En cambio, el problema de las tierras y los conflictos en torno a su tenencia aparecían una y otra vez como temas ampliamente discutidos. Constituían

Antropologando 2 (10) Julio -Diciembre 2003

114

una gran preocupación para las comunidades, pues la

reproducción física y cultural de éstas dependía de la solución de esa problemática.

La kari’ñas recordaban haber tenido títulos sobre sus tierras, otorgados en épocas coloniales por la Corona española. Efectivamente, una visita organizada por orden de la Real Audiencia de Santo Domingo y encabezada por el Oidor-

decano don Luis de Chávez y Mendoza había visitado las comunidades indígenas (no sólo kari’ñas, sin también cumanagotas y chaimas) de la Provincia de Nueva Andalucía y Nueva Barcelona, actuales estado Anzoátegui, Sucre y Monagas, entre 1782 y 1784.

Chávez y Mendoza mensuró las tierras de las comunidades y era esta mensura lo que los kari’ñas aludían como sus antiguos títulos. Sin embargo, ninguna comunidad conservaba los papeles originales y muy pocas sabían dónde podían obtener copias certificadas que avalaran sus reclamaciones territoriales. Adicionalmente tanto la dinámica de fusión y fisión de aldeas (acelerada por el avance de las fronteras de la sociedad venezolana en su conjunto sobre el territorio kari’ña), como el crecimiento demo gráfico experimentado por los kari’ñas, habían modificado la antigua

estructura de pueblos de misión, considerados en la visita de Chávez y Mendoza. Así pues, algunas aldeas habían cambiado

Antropologando 2 (10) Julio -Diciembre 2003

115

de nombre; otras se habían escindido en varias aldeas más

pequeñas, aunque compartían una misma mensura; etc.

Se requería de conocimientos etnohistóricos, antropológicos y jurídicos para apoyar a los kari’ñas en la recuperación de sus títulos y parecía de extrema importancia ayudarlos en esta tarea. Como parte del compromiso con los kari’ñas, diseñé junto con otros colegas, un programa de

antropología aplicada con dos objetivos fundamentales: (1) el rescate de los antiguos títulos para entregarlos a las comunidades y (2) la elaboración de un diagnóstico de las comunidades (muchas de ellas alejadas y con pocas conexiones entre sí), que pudiera servirle a éstas para fundamentar sus

reivindicaciones. 3 Como parte de este proyecto se produjeron varias publicaciones, algunas de ellas orientadas a apoyar la educación intercultura l bilingüe: una síntesis sobre la historia kari’ña en los siglos XVI y XVII (Morales-Méndez et alii

1987); un libro de historia kari’ña para los docentes (Biord et alii 1989); otro para los estudiantes (Biord y Amodio s/f); y un diagnóstico de las comunidades (Amodio et alii 1991). Adicionalmente se entregaron a las comunidades copias de los títulos antiguos obtenidos en archivos españoles y venezolanos y documentaciones conexas; y se repartió a cada comunidad un

3 Este programa contó con el activo apoyo del Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas y el Movimiento de Laicos para América Latina (MLAL), organización italiana de voluntariado vinculada a la iglesia Católica.

Antropologando 2 (10) Julio -Diciembre 2003

116

ejemplar del censo indígena de 1982. Lamentablemente, la

segunda parte del proyecto -que consistiría en un programa de revitalización lingüística- no pudo llevarse a cabo por falta de fondos.

Estas actividades, además de la satisfacción personal y ética que generaron en quienes participamos, me dieron a futuro la posibilidad de continuar haciendo investigaciones con el

apoyo de las comunidades. Estos se puso de manifiesto cuando visitamos las comunidades para elaborar un libro de fotos que constituye una documentación gráfica de la cultura kari’ña de gran utilidad para los propios indígenas (Biord y Mosonyi

2001).

Los kari’ñas pueden tener la seguridad de que mi objetivo no es sólo hacer estudios académicos, sino también apoyar sus luchas. Así algunos kari’ñas me han pedido que los apoye en la reconstrucción de su historia oral y en la elaboración de una guía pedagógica par la educación intercultural bilingüe.

Por cierto que a raíz de la publicación del diagnóstico

de los kari’ñas, los miembros de una comunidad me reclamaron que no había considerado suficientemente su punto de vista frente a un proceso de fisión de aldeas que generó la división de la comunidad en dos. Me comprometí a ampliar este tema, considerando el otro punto de vista (como un derecho a

Antropologando 2 (10) Julio -Diciembre 2003

117

réplica). Esto constituye una deuda con los kari’ñas de la Mesa

de Guanipa.

REFLEXIONES FINALES

Estas experiencias ilustran algo que aunque parezca obvio, no siempre se asume: un investigador no debe dar por sentado que sabe cómo hacer su trabajo de recolección de datos en el terreno, sino que ha de incorporar un perspectiva lo suficientemente flexible para adaptar sus métodos de

observación y recolección de datos a las condiciones, intereses

y necesidades de cada comunidad y grupo, las cuales pueden

variar de manera asombrosa. Una clave de éxito –que, a la vez,

constituye un mandato ético- es asumir efectivamente a las personas no sólo como informantes ni como objetos de

estudios, sino participantes de la investigación, destinatarios de gran parte de los resultados y seres humanos cuya dignidad – ante todo- debe ser respetada. Ni la Ciencia –abstracta y prepotente, en muchos casos- ni ningún otro fin pueden someter

a los seres humanos a situaciones a comprometedoras de su condición humana, ampliamente considerada.

En mi caso particular, las experiencias sobre las que he reflexionado en este artículo me han servido fundamentalmente para afinar mi posición frente al trabajo de campo y asumirlo como un hermoso reto único: cada trabajo supone nuevos desafíos y nuevas experiencias que en último término me

Antropologando 2 (10) Julio -Diciembre 2003

118

enriquecerán no sólo como estudioso de determinadas

cuestiones sino como ser humano.

Lo aprendido al hacer trabajo de campo, además, me resultó de gran utilidad, entre otras cosas, para mediar en conflictos entre actores indígenas y no indígenas así como en el diseño de políticas públicas dirigidas a los pueblos indígenas, cuando, entre mayo de 1995 y enero de 2002, me desempeñé

como Jefe de la División de Servicios Técnicos de la Dirección de Asuntos Indígenas. 4

Por último, expondré una impresión que definitivamente me marcó en mis días de estudiante universitario de pregrado. Mi formación inicial fue en la carrera de Letras en la Universidad Católica Andrés Bello, complementada con sendas pasantías en el Centro de Lenguas Indígenas de mi universidad y en el Departamento de Antropología del Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas (ambas entre 1980 y 1984). En la universidad me sorprendí cuando mis compañeros y profesores (con algunas excepciones muy honrosas) reducían sus expectativas de investigación a lo meramente documental y hemero- bibliográfico y no concebían la idea del trabajo de campo, como que si la literatura oral y los fenómenos lingüísticos, en el caso

de la carrera de Letras, por ejemplo, no fueran temas que

4 Hoy Dirección General de Asuntos Indígenas, adscrita al Ministerio de Educación, Cultura y Deportes.

Antropologando 2 (10) Julio -Diciembre 2003

119

requirieran estudios fuera de los recintos bibliotecarios y

archivísticos. A mí, definitivamente, los trabajos de campo, el contacto con la gente, con indios, negros y campesinos, me han enriquecido y han cambiado mis perspectivas de las cosas: lo académico, lo relevante, lo “científico”, lo preestablecido, lo deseable, etc.

REFERENCIAS

AMODIO, Emanuele; BIORD, Horacio; ARVELO-JIMÉNEZ, Nelly y Filadelfo MORALES-MÉNDEZ (1991) La situación actual de los kari'ñas. Diagnóstico y entrevistas. Caracas: Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas y Movimiento Laicos para América Latina. BIORD, Horacio (1984) “Mitos, arcos y petróleo. Estudio de la

educación intercultural bilingüe en Venezuela. El caso kari’ña”. Trabajo de grado para optar al título de Licenciado en Letras. Escuela de Letras. Facultad de Humanidades y Educación. Universidad Católica Andrés Bello. Caracas. BIORD, Horacio (1996) “Aproximación a dos jefes civiles del gobierno de Juan Vicente Gómez (1908-1935)” (trabajo no publicado).

BIORD, Horacio y Emanuele

Laboratorio Educativo (Biblioteca de Trabajo, 68, Colección Indígenas de Venezuela, 7). BIORD-CASTILLO, Horacio; AMODIO, Emanuele y Filadelfo MORALES-MÉNDEZ (1989) Historia de los kari'ñas. Período colonial. Caracas: Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas y Movimiento Laicos para América Latina. BIORD, Horacio y Jorge MOSONYI (2001) Kari’ñas. Caribes ante el siglo XXI. Caracas. Operadora Cerro Negro. MORALES-MÉNDEZ, Filadelfo; CAPRILES de PRADA, Mariaelena y Horacio BIORD-CASTILLO (1987) Historia kari'ña de los siglos XVI y XVII. Boletín de la Academia Nacional de la Historia Nº 277: 79-99. MOREY, Robert V. y Nancy C. MOREY (1975) Relaciones comerciales en el pasado en los llanos de Colombia y Venezuela. Montalbán Nº 4: 533-564.

AMODIO (s/f) Los kari'ñas. Caracas:

Antropologando. Julio-Diciembre 2003 Año 2, Nº 10: 120-147

PATANEMO Y YO:

REFLEXIÓN INTERPRETATIVA DE LA ACTIVIDAD DE CAMPO

Eduardo Herrera Malatesta 1 Universidad Central de Venezuela

RESUMEN En este ensayo, he tratado de expresar mis experiencias personales sobre mi primer contacto directo con un trabajo de campo arqueológico coordinado por mí. La intención de escribirlo fue realizar un ejercicio “auto-reflexivo” y “auto-crítico” que me ayude a entender mejor la experiencia completa, y los ámbitos específicos, que ha significado el trabajo de campo en Patanemo. En este sentido, trato de realizar una reflexión interpretativa de esta actividad de campo, utilizando ciertos lineamientos del método hermenéutico y la arqueología contextual, los cuales constituyen, además, los métodos de análisis que estoy utilizando en mi trabajo de grado. Palabras clave: Trabajo de campo. Patanemo. Experiencia. Interpretación.

De aquí a unos cientos de años, en este mismo lugar, otro viajero tan desesperado como yo, llorará la desaparición de lo que yo hubiera podido ver y no he visto. Víctima de una doble invalidez, todo lo que percibo me hiere, y me reprocho sin cesar por no haber sabido mirar lo suficiente. C. Lévi-Strauss, Tristes Trópicos, 1970.

EL INICIO

Hace dos años me encontraba buscando un tema que

me interesara para realizar mi tesis de grado dentro del

Departamento de Arqueología de la Escuela de Antropología de

1 Tesista del Departamento de Arqueología, Etnohistoria y Ecología Cultural, Escuela de Antropología, U.C.V. Abraxas85@hotmail.com

Antropologando 2 (10) Julio -Diciembre 2003

121

la Universidad Central de Venezuela. Había muchos temas que

me

llamaban la atención, pero ninguno que me atrapara. Por fin,

un

día conocí a mi tutor y él me ayudó a concretar las ideas que

tenía en mi cabeza. Así decidimos que mi tesis se iba a realizar

sobre caminos prehispánicos entre Vigirima, Edo. Carabobo

(pueblo de tierra adentro) y Patanemo, Edo. Carabobo (pueblo

costero) ambos en el centro norte de Venezuela.

Con este tema de tesis en mente, comencé a realizar un

arqueo de fuentes sobre el sitio y los lineamientos teóricos y

metodológicos del trabajo. Siempre pensando en el futuro, pero

no muy lejano, trabajo de campo. Comencé a dibujar en mi

cabeza como sería todo, el sitio, el terreno, las prospecciones,

las

excavaciones, el material, en fin, durante meses construí en

mi

cabeza todo mi trabajo de campo, y mi proyecto de tesis en

general. Luego de mi primera aproximación a los dos sitios, y

de evaluar cual sería mi situación económica para la tesis,

decidí junto con mi tutor reducir la escala del trabajo, y trabajar

únicamente en uno de los dos sitios. El sitio escogido fue

Patanemo, debido a qué en este sitio no se habían realizado

trabajos arqueológicos sistemáticos y, además, me pareció más

interesante trabajar en un sitio donde se congregaran diversos

ambientes topográficos y ecológicos como son: montaña, valle

y playa.

salidas

en

compañía de unos compañeros; fueron salidas muy cortas,

Las

dos

primeras

de

campo

las

realice

Antropologando 2 (10) Julio -Diciembre 2003

122

aproximadamente de 5 días cada una. En estas salidas todo se

desarrolló con mucha calma y confianza de mi parte; no estaba solo, eran salidas cortas y al fin, mi interés era trabajar con el pasado –yo no tenía porque interactuar mucho con la gente del pueblo– pues mi trabajo era arqueológico y no etnográfico. Unas semanas después salí de mi casa hacia Patanemo, un poco

nervioso, pues, además de estar solo, tenía que contactar al que sería, hoy en día, mi guía e informante. Yo solo había intercambiado un par de palabras con él y me parecía una persona agradable. Él se comprometió a colaborar con mi trabajo y ayudarme a conseguir contactos de sitios arqueológicos dentro del pueblo, pues como iría descubriendo poco a poco, en Patanemo la gran mayoría de los sitios arqueológicos están debajo de las casas y terrenos de los habitantes. De manera general, así comenzó mi trabajo: morral de excursionista en la espalda, botas de cuero altas, ropa desgastada, poco dinero en el bolsillo, la cabeza llena de datos arqueológicos, históricos y teóricos, y sobre todo llena de dudas, incógnitas y miedos. Creo que es necesario señalar que

yo soy blanco, 1.85m de estatura, cabello negro y descendiente de italianos, y Patanemo es un pueblo principalmente habitado por negros descendientes de los esclavos de la colonia. Al principio, pensé que esto sería un problema para mí, y posiblemente para ellos. Afortunadamente, creo que no fue así,

Antropologando 2 (10) Julio -Diciembre 2003

123

pero sin lugar a dudas, mis condiciones fenotípicas y de

extranjero, ayudaron a que, más aún, no pasara desapercibido. Al principio, yo pensaba que la gente no notaba mi presencia, que no me hacían caso; luego comprobé que no era así, al punto en que, cuando llegaba a una casa, incluso de personas que no conocía, me comentaban que ellos ya sabían que yo estaba

viniendo, y por eso estaban calentando café

EL TRATO CON LA GENTE

Mi intención antes de comenzar mi tesis era trabajar en

un sitio donde no habitara nadie, puesto que no me interesaba la interrelación con grupos actuales y también para no tener que explicarle a la gente una y mil veces por qué yo estaba ahí. Creo que el destino no está exento de un grado de ironía. La primera noche que pasé debajo de un techo desconocido en

Patanemo me di cuenta que lo menos que iba a hacer ahí era excavar en sitios donde no hubiese habitantes.

La Confianza El hecho de tener que excavar en los patios y terrenos

sembrados de los habitantes del valle y montaña de Patanemo trajo como consecuencia que, además de explicar detalladamente mi trabajo a decenas de personas, yo tenía que ganarme su confianza. Durante años los vecinos de Patanemo han presenciado como supuestos “arqueólogos” van a las casas

Antropologando 2 (10) Julio -Diciembre 2003

124

de la gente, piden las piezas indígenas que los habitantes han

encontrado (supuestamente para realizar estudios científicos), y

se las llevan para más nunca volver. Este problema, por

supuesto, se extendió a mí y a mi trabajo. Los habitantes del pueblo no tenían constancia de que yo realmente era (soy) un tesista de la Escuela de Antropología de la universidad tratando

de realizar una investigación arqueológica seria y no otro

saqueador citadino con aires de “arqueólogo”. Con estos antecedentes, traté de comenzar a insertarme dentro de la dinámica del pueblo, no solo a prospectar sitios arqueológicos, sino también a exponerme a una cantidad de personas que, sobre todo al principio, me miraban como si fuera

otro saqueador. Los factores que comenzaron a cambiar esta visión de mí ante ellos fueron -o al menos eso pienso yo-: (1) el hecho de que siempre que partía de Patanemo y decía que iba a volver, volvía; (2) que yo tenía, cada vez más, una mejor relación con mi guía y su grupo familiar, y eso se notaba en el pueblo; (3) que siempre explicaba incansable y detalladamente

mi trabajo a cuantas personas podía; y (4) que traía siempre

conmigo material de apoyo para explicarles a las personas los

conocimientos arqueológicos que hasta el momento se tienen sobre el centro-norte de Venezuela, y que, además, mostraba un interés real por enseñárselos. Por supuesto, los puntos arriba mencionados no hubiesen sido alcanzados si no hubiera aceptado desde un

Antropologando 2 (10) Julio -Diciembre 2003

125

principio que esas personas no tenían por qué ayudarme, ni

siquiera tenían por qué mostrarse interesados en mi trabajo. De hecho, no tenían porque aceptar mi presencia dentro del pueblo, dentro de sus casas, dentro de sus vidas, pues a fin de cuentas, yo era (y sigo siendo) un ente extraño a su realidad social cotidiana. Consciente de esto, yo mismo adopté la posición de

decirles que no confiaran en mí, que no creyeran en mí trabajo, que lo aceptaran sólo en la medida en que ellos vieran que mis intenciones para con ésta investigación y con el pueblo eran serias y académicas. Así, durante dos años (en 10 salidas de campo) prospecté y excavé en la montaña y el valle de Patanemo junto a mi guía, quien vale decir, es una persona muy conocida en todo el pueblo y los sectores adyacentes. Las buenas relaciones de mi guía no me abrieron todas las puertas, pues durante un poco más de un año traté de excavar en un terreno en la montaña, y su dueño nunca me dejó. Incluso a veces lo veía por la calle y ni siquiera me saludaba, al contrario me miraba con recelo. Luego de subir constantemente a la montaña durante todas mis salidas de campo y hablar con él, obtuve su

“bendición” y me permitió excavar un pozo 1x1 mt 2 en un punto que se mostraba muy interesante para la investigación arqueológica. Si bien las dimensiones de la excavación fueron mínimas, fue un paso muy importante para mi aceptación por parte de los conuqueros de la montaña, puesto que cuando

Antropologando 2 (10) Julio -Diciembre 2003

126

vieron que uno me abrió las puertas de su casa y su confianza,

luego todos me comenzaron a tratar mucho mejor. Durante este tiempo interactué con las personas –niños, jóvenes y viejos– viví con ellos y conocí algunas de sus costumbres y maneras de vida. Aunque el pueblo de Patanemo está a sólo 2 horas de la capital venezolana, donde vivo, su vida

cotidiana e interacción con el medio que los rodea es muy diferente a la vida que se lleva en la capital. La confianza que las personas depositan en los investigadores no es meramente una tarjeta de entrada a excavar en sus patios, ni mucho menos un elemento secundario de la investigación. Desde mi punto de vista, esta confianza es la aceptación de UNO como individuo dentro de SU pueblo, no como científico, sino como individuo que se compromete con la investigación del pasado. A pesar de que ellos son los que viven en esos espacios donde 500 o 1000 años antes habitaron las poblaciones prehispánicas, el pasado que estoy tratando de re- construir les pertenece a ellos, y también me pertenece a mí, como habitante del territorio que hoy es Venezuela. Después de dos años trabajando en Patanemo, me di

cuenta que prestar atención y considerar a la “gente viva” que habitan en los sitios donde se trabaja, es tan importante para la investigación del pasado como el ir al Archivo General de la Nación a buscar documentos históricos para vincularlos con la investigación arqueológica. La búsqueda del conocimiento

Antropologando 2 (10) Julio -Diciembre 2003

127

acerca del pasado prehispánico no necesariamente debería

excluir los datos etnográficos, porque a fin de cuentas esta gente está utilizando e interactuando con el medio geográfico y ecológico que aprovecharon e interactuaron los pueblos indígenas hace más de 500 años.

Subjetividad y Objetividad Ahora bien, el hecho de haber “encajado” dentro de la comunidad, y en el proceso de observar como ellos aprovechan

e interactúan con el medio que los rodea, ha ocasionado que en

mi interpretación de los datos arqueológicos haya un factor

nuevo que considerar. Inevitablemente, mi interpretación de

estos datos esta siendo afectada, además de por mi contexto,

por el contexto de la gente que hoy en día habita en el valle y la

montaña de Patanemo (Hodder, 1988; D’Agostini, 2000). En este sentido, el cómo YO percibo la realidad, el paisaje y el entorno que me rodea cuando estoy en Patanemo, está siendo influenciado cada vez más, por la interpretación que las personas que viven en Patanemo tienen del paisaje y el entorno, y sobre todo, cómo se desenvuelven en éste. Si bien yo no

tengo la misma facilidad que ellos de sobrevivir en estos sitios, observo y aprendo de cómo lo hacen ellos; cómo pescan, siembran, intercambian, etc. En este proceso de observación y aprendizaje, me pregunto ¿hasta qué punto mis interpretaciones están disociadas

Antropologando 2 (10) Julio -Diciembre 2003

128

de la subjetividad de conocer una forma de vivir dentro de este

medio ambiente?, y ¿hasta qué punto soy capaz de desligar este conocimiento de las interpretaciones que voy construyendo a través de los datos arqueológicos?. Puesto que no necesariamente, los indígenas que habitaron estas tierras tuvieron que desenvolverse de la misma manera que lo hacen

hoy en día los habitantes de Patanemo, pero el conocimiento local sobre el cómo desenvolverse dentro de ese medio puede, en esencia, provenir de los indígenas que centurias atrás habitaron el área. Es decir, que no es posible asegurar que existe una continuidad en el conocimiento sobre el medio ambiente y otros aspectos sociales, pero tampoco es posible asegurar que existe una discontinuidad. Por esta razón, el método de mi investigación es el hermenéutico, puesto que yo no puedo dejarme llevar por lo que observo hoy, pero tampoco lo puedo menospreciar. Así, lo que trato de seguir es una arqueología reflexiva y autocrítica (Shanks y Tilley, 1987), cuyas interpretaciones están sometidas a la circularidad que propone la hermenéutica. Sin dejar de lado, por supuesto, la advertencia que se encuentra implícita en

esta propuesta; si bien “siempre existe cierta participación- pertenencia del sujeto en la cosa que debe interpretar, es también cierto que no existe interpretación sin una desviación, sin un roce, sin una extrañeza entre el intérprete y el texto o el discurso que intenta interpretar” (D’Agostini, 2000: 335).

Antropologando 2 (10) Julio -Diciembre 2003

129

Considero que cualquier interpretación que se realice

acerca del pasado es subjetiva, aunque todos tratemos de buscar desesperadamente cierta objetividad en los datos arqueológicos, “toda arqueología es una actividad interpretativa [y] esta dimensión hermenéutica para la investigación arqueológica es absolutamente fundamental” (Tilley, 1988: 277). Por esto,

considero que el método hermenéutico es el único que puede favorecer el entendimiento de los datos, no como datos aislados, sino como datos vinculados a un sitio arqueológico, a un pueblo actual y a un investigador (Hodder 1988; Shanks y Tilley 1987; Thomas, 1993). Así, el antropólogo (o arqueólogo) trata, a través de metodologías, métodos y técnicas, de recopilar la mayor cantidad de información sobre un aspecto específico de una cultura determinada. Pero en este proceso de re-construcción de la realidad de un grupo, el antropólogo no percibe el mundo tal como lo percibe el grupo. El observador tiene su propia percepción de los hechos y del mundo; por lo tanto, cada investigador debe estar consciente de que en cada trabajo de campo (o en cada investigación en el presente 2 ) existen, al

menos, tres esferas de interpretación:

1. El mundo desde la mirada del investigador (mi cultura)

2. El mundo desde la mirada del Otro (su cultura)

2 Digo en el presente, puesto que si incluimos a esto la perspectiva histórica, inmediatamente se producen otras alternativas y “esferas” de interpretación.

Antropologando 2 (10) Julio -Diciembre 2003

130

3. El mundo tal cual es (sin cultura)

Si se acepta esto, hay que tomar en cuenta que la interpretación del tema, objeto o sujeto estudiado, que tenga el investigador, es una interpretación de la interpretación del mundo, que a su vez es interpretado por este, y en otra

instancia, esta la interpretación de todo lo anterior. Es decir, (1º esfera) que el investigador interpreta la interpretación que el otro tiene del mundo, para acceder a ese mundo; (2ª esfera) pero al mismo tiempo, el investigador esta interpretando directamente el mundo que rodea a ese otro; (3ª esfera) y por último, el investigador al contextualizarse, sé esta interpretando a él mismo dentro de la investigación. El proceso hermenéutico de investigación no simplemente es una forma de aprehender el mundo; en cambio, es una forma de depurar la interpretación de las nociones propias del mundo, para acercarse un poco más a la visión del otro sobre el mundo y su mundo. Es decir, que el proceso hermenéutico es un proceso de tratar de “ver” el mundo, de limpiarlo de los “escombros” que se generan al momento de

interpretar, y de concientizar que estos “escombros” son parte de los productos que se utilizan en el análisis. Por esto se habla de una circularidad, puesto que la interpretación “va y viene” desde el investigador, quien es el que inicia voluntariamente el proceso.

Antropologando 2 (10) Julio -Diciembre 2003

131

De esta manera, al concientizar que se está

interpretando un hecho cualquiera, se está igualmente concientizando que existen una cantidad de elementos que afectan esa interpretación. Al tratar de vincular estos elementos al circulo hermenéutico se producen instantáneamente, más elementos (o variables) para interpretar, y estos son los

“escombros” de la interpretación. Siguiendo las ideas de algunos de los autores que apoyan esta propuesta interpretativa, se puede deducir que estos “escombros” tienen que ser tomados en cuenta, pues dejarlos de lado es equivalente a dejar de lado datos de la investigación. De esta forma, el investigador escoge que tan profundo quiere llegar en su interpretación, así mismo, como escoge con que elementos teóricos, metodológicos y técnicos quiere utilizar.

Me gustaría reproducir aquí, unas líneas que escribí en mi libreta de campo estando en Patanemo, la noche en que llegué a la casa del guía, luego de estar 3 días acampando y prospectando en la montaña.

En este viaje he ido comprendiendo y comprobando con y en la práctica que el trabajo arqueológico se va conformando y construyendo con la actividad del investigador en el campo. No es sólo excavar y analizar

“objetivamente” el sitio o la gente. Es vivir con “ellos” y “aquí”; es “estar” en el espacio y tiempo de la gente

Antropologando 2 (10) Julio -Diciembre 2003

132

Antropologando 2 (10) Julio -Diciembre 2003

133

contemporánea, es “estar” en el paisaje contemporáneo.

ciencia del pasado, es un proceso interpretativo que busca

A

partir de aquí, en conjunto con los restos materiales

conocer al individuo que habitó en espacios y tiempos determinados. Alcanzar este ideal es en sí un proceso de conocimiento, y este no es un objetivo alcanzable a corto plazo. Para lograr conocer un aspecto especifico de la cultura del pasado es necesario llevar a cabo una investigación extensiva y

de

la gente que vivió en el pasado, hay que tratar de re-

construir el pasado con todas las herramientas teórico- metodológico-prácticas que sean útiles para el caso y momento específico en que se realice la investigación

arqueológica. Es un proceso largo, complejo y delicado que no comienza ni termina en ninguno de los puntos de este

(teoría, campo, laboratorio, etc.), sino que se regenera

minuciosa. En este sentido, mi trabajo en Patanemo solo abarca

una muy pequeña parte de este contexto. Como mencioné más arriba, el investigador escoge hasta que punto se involucra en el proceso interpretativo, pero es imprescindible estar conciente

constantemente. De allí la importancia del proceso

de

todo lo que se va generando al iniciar una investigación, así

hermenéutico involucrado con el proceso arqueológico.

no

se este abarcando directamente.

La

y

percibida como proceso.

circularidad del proceso hermenéutico se ve repetida

representada en la arqueología, cuando ésta es

Patanemo, 23 de febrero de 2003

Cuando hablo de percibir la arqueología como un proceso, no me estoy refiriendo al proceso lineal de iniciar una investigación científica y culminarla, con las etapas técnicas

que esto refiere. Es concebir la arqueología como un estudio que a través de un proceso de conocimiento reflexivo y auto- crítico trata de alcanzar cierta comprensión muy específica acerca del pasado (Shanks y Tilley, 1987; Hodder, 1999). En este sentido, la arqueología se convierte en mucho más que una

El OBSERVADOR CONTEXTUALIZADO

En el proceso de contextualizar los datos de la investigación es inevitable tratar de contextualizarse a uno mismo dentro de los datos y el sitio. En mi caso particular, las dos sub-áreas dentro del área de Patanemo donde trabajé, valle

y montaña, fueron dos “marcos” diferentes de trabajo. La

palabra “marco” la utilizo aquí refiriéndome a un marco de un cuadro, el cual bordea una imagen construida por el investigador. Está imagen es la visión-interpretación que de estos sit ios es construida por el observador. Dentro de la

imagen construida es inevitable (y posiblemente justificable) contextualizarse a uno mismo, pues todo esto es parte del proceso interpretativo del sitio. Para no ser reiterativo en este

Antropologando 2 (10) Julio -Diciembre 2003

134

ensayo solo trataré uno de los dos “marcos”, puesto que si bien

cada sitio posee un contexto diferente y mis experiencias allí fueron diferentes, el punto al cual quiero llegar es el mismo.

Experiencias y reflexiones El marco que he construido de la vida cotidiana en el

Pueblo de Patanemo está dibujado a partir de lo que YO he observado de la gente que allí habita, principalmente de las personas con las que he tenido mayor contacto. No quiero decir con esto que así es la vida en el Pueblo de Patanemo, únicamente que así es como he percibido algunos aspectos de la dinámica de varios grupos familiares del pueblo. No quiero desarrollar aquí todas mis experiencias o abarcar todos los aspectos que se podrían tratar desde una mirada antropológica; solo aspiro relatar unos ejemplos que permitan vislumbrar lo que ha sido el choque cultural que he sentido al convivir con la gente de Patanemo, y como esto ha afectado la visión que tengo del trabajo. Para explicar esto, quisiera (como lo he hecho más arriba) transcribir algunas anotaciones de mi libreta de campo sobre la vida cotidiana o

dinámica del grupo familiar con el cual me he compenetrado más. Antes debo advertir que yo pertenezco a una familia muy pequeña, formada por mi madre, padre, hermano y dos hermanas; no tengo abuelos, tengo tres tíos y cuatro primos a los que no veo nunca y, sinceramente, son mi familia pero no

Antropologando 2 (10) Julio -Diciembre 2003

135

los siento muy cercanos, por lo cual podría decir, sin mucho

remordimiento, que mi familia es mi madre, padre y hermanos. En Patanemo los grupos familiares son extensos, en ocasiones pienso que todos son familia de todos y esto es algo que, a mí particularmente, me ha llamado mucho la atención. Las relaciones familiares son muy cercanas y, hasta me

atrevería a decir, son muy parecidas a lo que se ha definido como clan familiar. Uno de los aspectos dentro del ámbito familiar que más me llama la atención es el uso del espacio en las casas. La línea de lo público y lo privado pareciera ser muy delgada, pues cada célula 3 familiar vive en una casa, pero al mismo tiempo, esa casa pareciera ser de todos, y/o de uso familiar. Es curioso ver como en casa de la familia del guía entra y sale gente (principalmente familia) sin pedir permiso, como si fuera su propia casa. La primera vez que entran (durante el día) saludan, y el resto de las veces sólo entran y comentan algo, siguen una conversación pasada o sencillamente se sientan a ver televisión. Me parece que es como si cada miembro de la familia tiene

su casa, pero el resto de las casas de sus hermanos, hermanas, padres y madres son su casa. En ocasiones alguien llega (sobrino, primo, hermano, etc.) y se queda

3 Aquí utilizó el concepto de célula para referirme a una madre, padre e hijos, que habitan en una casa, pero que son parte de un grupo familiar mayor.

Antropologando 2 (10) Julio -Diciembre 2003

136

todo el día, come, conversa, ve televisión, y luego, en la

noche, cuando se acerca la hora de ir a dormir (lo que generalmente es luego de ver la novela de las 9, de las 10 pm y el noticiero) sencillamente, se despiden diciendo ‘hasta mañana’, y se van. Patanemo, 18 de febrero de 2003

Este escenario, despierta cierta curiosidad en mi por el hecho de observar cómo son las relaciones familiares de esta gente, y si bien, yo no estoy realizando un trabajo etnográfico, me es muy difícil desligarme de este tipo de observaciones. Mi posición dentro de estas situaciones es muy curiosa, pues al ser aceptado por esta familia, prácticamente me consideran adjunto a ella, o adjunto a ese clan familiar. Recuerdo una noche que llegué a Patanemo y luego de saludar y ponernos al día sobre lo que habíamos hecho en el tiempo que no estuvimos juntos, nos sentamos en la sala (de la casa de mi guía) con su esposa y sus dos hijos a ver televisión, y de repente el hijo menor comentó que ya estaba completa la familia (pues yo estaba allí), y el resto sonrió con algo de pena y asintió con la cabeza. Nadie dijo

nada más, pero para mí fue un suceso extraordinario. Otro ejemplo o anécdota del convivir en Patanemo, y esto me ocurrió en repetidas oportunidades, fue el hecho de que la casa de mi guía está en construcción, y hasta hace poco no había baño. Por esto, cuando uno necesitaba hacer alguna

Antropologando 2 (10) Julio -Diciembre 2003

137

necesidad más allá de la urinaria debía dirigirse a casa de su

suegra. Esto era un tanto incómodo para mí, pues la entrada al baño está justo frente a la sala donde se ve televisión. La primera vez que fui al baño entré a la casa con mi guía, y con mi papel higiénico debajo del brazo, tratando de ocultarlo, cual fue mi sorpresa, al ver que en la sala de la televisión estaba la

suegra, el suegro, los nietos, los primos; en fin, una cantidad de personas que sabían que yo necesitaba ir al baño, por lo cual me abrieron la puerta rápidamente, me prendieron la luz y me desearon suerte. Mientras yo estaba adentro, alguien me preguntó: ¿y cómo va su trabajo aquí en el pueblo?, yo en mi concentración medio traté de responder, y otra persona le reprochó a la anterior: no molestes al muchacho que seguro está concentrado. En ese momento, todos comenzaron a comentar y a reírse del suceso, mientras yo seguía dentro del baño. Esa parte no fue más vergonzosa que el momento en que salí del baño y todos me miraron con una sonrisa y preguntaron:

¿todo bien? Por supuesto, ser aceptado no quiere decir que yo soy parte de ese contexto, pues indiscutiblemente yo sigo siendo un

personaje externo, que aparece y desaparece en su vida. Esta condición de extranjero-aceptado, me ha permitido por un lado, poder observar antropológicamente la dinámica de la vida en el pueblo, y por otra parte, participar activamente en las

Antropologando 2 (10) Julio -Diciembre 2003

138

actividades del grupo, en términos de lo que Geertz (1990)

denominó la observación participante. Dentro de este marco trato de contextualizarme y explicarme a mi mismo, mi papel dentro del pueblo, pero hasta ahora no he logrado llegar a una conclusión que me satisfaga. Trato de hacer esto puesto que a raíz de mis trabajos de campo

he sentido la necesidad de justificar mi presencia dentro de una comunidad que no la solicitó.

Me cuesta poder comprender la dinámica de la gente en Patanemo. Aunque yo sólo esté aquí para hacer un trabajo arqueológico, me es muy difícil desligarme de la vida cotidiana del pueblo, los trato de entender y comprender y me es muy complicado. Me siento como un “ente” extraño tratando de encajar en una estructura, que si bien, es muy similar a la mía, tiene muchos elementos diferentes. Yo no sé exactamente por qué trato de conectarme con la realidad social del pueblo, yo estoy aquí para descubrir y entender el pasado, no el presente

Es confuso, mi presencia aquí me confunde. Constantemente siento que estoy perdiendo información, datos, pero me doy cuenta que no puedo abarcar todo al mismo tiempo.

Patanemo, 18 de febrero de 2003

Antropologando 2 (10) Julio -Diciembre 2003

139

Dentro de esta “auto-reflexión” he pensado que una de

las razones de esta confusión es el hecho de que constantemente yo estoy tratando de mantener buenas relaciones con la gente del pueblo, identificándome con ellos y tratando de que ellos se identifiquen con mi trabajo, para así poder lograr que ellos confíen en mí lo suficiente, con el fin de que me permitieran

acceder a los sitios en los que era (y es) interesante excavar (como ya dije, muchos de los sitios con esta característica están debajo de las casas de la gente del pueblo o en sus terrenos). Entonces, por un lado yo trato de ganar la confianza del grupo para acceder a sitios arqueológicos y poder concretar mi investigación, y por otro lado, me es muy difícil dejar de lado la visión antropológica que tengo de esta comunidad. Mientras fui estudiante regular me explicaron que el trabajo arqueológico, requería, convivir con un grupo con el cual había que tratar de mantener buenas relaciones, pues a fin de cuentas, eran ellos los que vivían allí. Pero, aunque me lo explicaron, nunca comprendí realmente lo delicado de esta convivencia. He escuchado de arqueólogos que estando en comunidades, no se relacionan con ella, no la toman en cuenta

dentro del trabajo arqueológico, y esto, en este momento de mi desarrollo académico, me parece absurdo. ¿Cómo desligarse de los individuos hoy en día?, ¿cómo no observar el vínculo que la gente que habita hoy en día en el sitio mantiene con su medio ambiente?. Estas y otras preguntas me llegan a la cabeza

Antropologando 2 (10) Julio -Diciembre 2003

140

cuando pienso en esto. ¿Es que acaso la arqueología es una

ciencia dedicada exclusivamente al pasado?, si esto es así, entonces no estoy aceptando realmente que el pasado es construido desde el contexto del tiempo presente o contemporáneo. Investigadores destacados, de todas las corrientes

teóricas del pensamiento arqueológico, han propuesto que la intención de conocer el pasado es vincularlo con el presente, y que, el pasado es construido desde el presente. Entonces, ¿estaría bien desligarme de la gente del presente?, ¿estaría bien no tomarlo s en cuenta?. Ante estas preguntas no tengo respuesta, solo la confusión que he expresado en estas páginas. Si bien el “marco” que he tratado de representar no está completo, y aunque posiblemente lo podría completar con más ejemplos, el punto que trato de señalar es que si bien yo fui a Patanemo a realizar una investigación arqueológica, el involucrarme con la gente, y observar aspectos etnográficos en los trabajos de campo arqueológicos me resultó inevitable. Esto afectó mi forma de percibir el trabajo y al pueblo en general, lo que posiblemente afecte las interpretaciones que voy a realizar

del pasado. Al principio de este ensayo reproduje unas líneas de un texto de Lévi-Strauss que directamente aborda la temática de los trabajos de campo. Porque yo también, de una forma muy romántica, a veces quisiera haber visitado Patanemo en el siglo

Antropologando 2 (10) Julio -Diciembre 2003

141

XIV o XV y ver directamente a los indígenas que estoy tratando

de conocer. Me doy cuenta de que cuando siento que estoy perdiendo información, es porque mi atención sobre la comunidad no está del todo alerta. La gente me proporciona tanto datos etnográficos como arqueológicos, todo al mismo tiempo. Siguiendo el razonamiento de Lévi-Strauss, si yo

hubiera visto a los indígenas en el siglo XIV o XV, no hubiese conocido toda la gama de elementos que puedo conocer hoy en día, y a fin de cuentas, me encontraría en la misma confusión y con los mismos anhelos que en este momento.

¿EL FINAL?

En este ensayo he tratado de expresar mis experiencias personales sobre mi primer contacto directo con un trabajo de campo arqueológico llevado a cabo, estructurado y desarrollado

por mí; asesorado, por supuesto, por mi tutor, pero, a fin de cuentas consumado por mi persona. He escrito este ensayo con el fin de realizar un ejercicio “auto-refle xivo” y “auto-crítico” que me ayude a entender mejor la experiencia completa y los ámbitos específicos, que han surgido del trabajo de campo en

Patanemo. Incluso al momento de sentarme a escribir y pensar ¿qué voy a decir de mis trabajos de campo? tuve que “auto- reflexionar” mi experiencia, revisar mis notas de campo y analizar todo junto.

Antropologando 2 (10) Julio -Diciembre 2003

142

Con este ensayo he afianzado más mis creencias

actuales sobre la actividad de campo antropológica, la cual significa desde mi punto de vista, la herramienta principal de la antropología. Es en el trabajo de campo donde al evaluar la realidad externa y auto-reflexionar nuestra propia realidad podemos desarrollar propuestas y mantener activa la disciplina.

Si no mantenemos contacto con OTRO ¿cómo poder tener un punto de referencia para lo PROPIO?. En su trabajo Arqueología de Campo, publicado por primera vez hace más de 50 años, Sir Mortimer Wheeler anota que “el arqueólogo no desentierra cosas, sino gentes” (1961: 7). Creo que este autor tocó un punto clave de la actividad arqueológica y, sobre todo, de la interpretación arqueológica. Pero también habría que sumarle a esto que el arqueólogo no convive hoy en día con cosas, sino con gente, punto este que habría que tomar en cuenta. En este sentido, las dudas que he presentado en este ensayo van orientadas a la “exploración” de la arqueología (y la antropología) más allá de lo que me han enseñado en los salones de clases o he leído en los textos. Es el deseo por

experimentar la arqueología (y la antropología), pues sin la experiencia vivida las teorías no son más que solo teorías. Es en el campo donde se genera y se re-genera la disciplina, y es aquí donde han aparecido las propuestas teóricas que han impactado más la antropología, como por ejemplo el funcionalismo de

Antropologando 2 (10) Julio -Diciembre 2003

143

Malinowski, el estructuralismo de Lévi-Strauss, y la

antropología interpretativa de Geertz, entre otras. Estoy tratando de seguir las lecciones de autores como Lévi-Strauss, no por su estructuralismo, sino por el hecho de comprobar y experimentar como lo hizo él y muchos otros antes que él, ¿qué es la antropología?, ¿cómo se hace

antropología?. En fin, de experimentar desde y dentro de la disciplina. Marcus y Fisher (1986), Geertz (1990) y otros, opinaron en un momento determinado del desarrollo antropológico, que solo a través de la antropología interpretativa y de la práctica de la etnografía interpretativa es posible recibir y expresar las vivencias del antropólogo en el campo, y así confrontarlas con un texto que va dirigido no a ese grupo de personas sino a un grupo de académicos y, al final, al conocimiento antropológico de la realidad social. Como el texto que presento en este momento, el cual no está escrito pensando en la gente de Patanemo, sino pensando (egoístamente) en mí conocimiento y desarrollo como futuro antropólogo y, en un segundo plano en el medio académico. Claro está, que si bien

no estoy dirigiendo mis palabras a la gente de Patanemo, las estoy basando de mi experiencia con ellos, por lo cual, también es necesario escribir llegado su momento para ellos. En definitiva, creo que la razón por la cual me es muy difícil desligarme de la gente que vive hoy en día en Patanemo

Antropologando 2 (10) Julio -Diciembre 2003

144

Antropologando 2 (10) Julio -Diciembre 2003

145

es porque yo no estudié en una escuela de arqueología, sino en

proceso de “acceder” fue cuando comencé a replantear mi

una escuela de antropología, y hasta cierto punto me han enseñado a mantener una visión holística de la realidad estudiada. En este momento recuerdo las palabras de uno de mis profesores, cuando tantas veces nos dijo que lo que se busca es un trabajo antropológico del pasado, es decir, que lo

posición. Puesto que ¿soy un manipulador cuando trato de crear estrategias para “acceder” a sitios arqueológicos para concretar

mi

investigación? o ¿soy un egoísta al hacer cualquier cosa con

tal

de obtener lo que deseo del sitio y de la gente? Yo creo que

la respuesta a las dos preguntas es sí. Este es el dilema que

que se busca es trabajar con una metodología que no sólo tome “en cuenta los ‘testimonios’ de quienes dejaron un registro escrito de su vida, sino también rastrear ‘indicios’ y ‘huellas’ de las actividades y pensamientos de quienes no dejaron registro directo de su existencia” (Amodio, 1998: 8). Esto es, vincular directamente el pasado y el presente para tener una visión más completa de los resultados de la investigación.

planteo, puesto que esa gente que conocí allá, es gente viva igual que yo, y ¿qué derecho tengo yo de manipularlos?. Creo que esta es una de las preguntas oscuras de la antropología. La justificación para esto es que conocer el pasado es importante para mí, para nosotros los del medio científico y en general para la nación. Si no conocemos nuestro pasado como podemos realmente conocer quienes somos hoy. Lo que somos hoy no es una producción exclusiva del presente, así como lo que descubrimos del pasado no es una producción exclusiva del pasado. Se podría pensar entonces que nos estamos auto- escribiendo cuando analizamos el pasado, así como yo posiblemente me auto-escribí cuando intencionalmente escogí lo que quería decir en estas páginas, incluso cuando escribo esto pensando en lo que ya escribí. Aunque este análisis parezca un

OTRA VÉZ EN EL CIRCULO

Luego de terminar de escribir este ensayo, y de leerlo y pedir que lo lean otras personas, me he dado cuanta de que mi interpretación de los sucesos y comentarios arriba escritos, es por supuesto, interpretable también. Quienes revisaron el texto me hicieron observar, entre otras cosas, que mis estrategias para

acceder a los sitios de excavación podrían ser una manipulación de mi parte hacia la gente con quien estuve. Por otra parte, podría ser posible que el manipulado sea yo. Durante el desarrollo de los trabajos de campo traté de ganar la confianza de la gente para acceder a sitios arqueológicos. Pero en este

callejón sin salida, no necesariamente lo es, puesto que ¿cómo

es

posible conocer realmente lo que se quiere si no indagamos

profundamente en ello?. Aquí, es donde posiblemente se encuentre un pequeña porción de la justificación del investigador (intruso) en las

Antropologando 2 (10) Julio -Diciembre 2003

146

comunidades. Estar “ahí” para conocer el pasado, el presente,

para conocer la condición humana, para luego tratar de explicarla a la gente de “aquí” y de “allá”, para entender de donde provenimos, para explicarnos hoy el por qué de nuestras acciones, y todo esto, porque pensamos que es importante para conocer al ser humano. Y desde cierto punto de vista, se podría

entender que la mejor manera de conocernos es enfrentándonos a lo que no conocemos. Es decir, que al estar frente a una comunidad con patrones diferentes de vida, podemos revisar los nuestros. Esto es lo que nos ofrece el trabajo de campo, conocernos un poco más y tratar de entender algo que esta fuera de nosotros. En este orden de ideas, el trabajo de campo es un espacio de para duda epistemológica pero también un espacio para construcción interpretativa (Navarrete, en este volumen). No respondo a nada y me mantengo con las mismas incertidumbres con las que comencé este artículo, pero está en la revisión de los elementos que rodean a la investigación, la búsqueda de las respuestas o de las preguntas.

AGRADECIMIENTOS

Quisiera agradecer a Benjamín Martínez (Director General del boletín), por haberme dado la oportunidad de ser el editor invitado para este número. A la Profesora Maria Eugenia Villalón, por

orientarme en mis últimos trabajos

proporcionarme críticas constructivas sobre este texto. Al Profesor Rodrigo Navarrete y a Jeyni González por leer críticamente el borrador de este ensayo y colaborar con sus muy oportunas recomendaciones. Al Dr. Andrzej Antczak por orientarme durante el trabajo en Patanemo y enseñarme diversas visiones de la arqueología.

como

de

campo,

así

Antropologando 2 (10) Julio -Diciembre 2003

147

A Parisina y Carlos siempre interesados en el desarrollo de mi formación académica.

BIBLIOGRAFÍA

AMODIO, Emanuele (1998) Aproximaciones a un lugar de encuentro entre historia y antropología. En: La Vida Cotidiana en Venezuela en el siglo XVIII. Emanuele Amodio (Ed.). Gobernación del Estado Zulia, Secretaria General, Maracaibo. pp. 3-12. D’AGOSTINI, Franca (2000) Analíticos y Continentales. Guía de la Filosofía de los Últimos Treinta Años. Ediciones Cátedra.

Madrid. GEERTZ, Clifford (1990) La Interpretación de las Culturas . Editorial Gedisa, Barcelona, España. HODDER, Ian (1988) Interpretación en Arqueología. Editorial Crítica, Barcelona. HODDER, Ian (1999) The Archaeological Process. An Introduction. Oxford y Malden, Blackwell Publishers.

LÉVI-STRAUSS,

Editorial Universitaria de Buenos Aires, Buenos aires. MARCUS, George y Michael M. Fisher (1986) Anthropology as Cultural Critique. An Experimental Moment in the Human Sciences. University of Chicago Press, Chicago. SHANKS, Michael y Christopher Tilley (1987) Re - Constructing Archaeology: Theory and Practice. Cambridge University Press, Cambridge. THOMAS, Julian (1993) The Hermeneutics of Megalithic Space. En:

Interpretative Archaeology . Christopher Tilley (Ed.). Berg, Oxford, pp. 73-97. TILLEY, Christopher (1988) Excavation as theatre. En: Antiquity. 63 (239): 275-280. WHEELER, Mortimer (1961) Arqueología de Campo. Fondo de Cultura Económica, México.

Claude

(1970)

Tristes

Trópicos.

EUDEBA-

Antropologando. Julio-Diciembre 2003 Año 2, Nº 10: 148-173

EL TRABAJO DE CAMPO COMO EXPERIMENTO. ANTROPOLOGÍA ANDANDO POR ATACAMA (CHILE)

José-Luis Anta Félez 1 Universidad de Jaén, España

RESUMEN

Este artículo plantea cómo es la particular interacción, durante

el trabajo de campo, del antropólogo con aquellos

medio en que se mueve, su retentiva ante lo desconocido y su capacidad de movilidad. Basado en el trabajo de campo llevado a cabo en Atacama (Chile), el autor observa su propia conversión desde el relativismo antropológico al sincretismo cultural a través de la interpretación de algunas de sus fiestas. En este trabajo se muestra, por medio de un ejemplo, una boda, cómo, dónde, por qué y cuáles son algunos de los elementos donde antropología y cultura se entremezclan, hasta llegar un momento en que el trabajo de campo es una forma experimental de conocer lo propio y cómo los resultados de la investigación se convierten en un discurso literario, las más de las veces de carácter retórico. Palabras Clave: Antropología Social. Trabajo de Campo. Sincretismo. Atacama (Chile). Experimentalidad.

que estudia, el

I

Una nota doble antes de meterme en harinas. Formado en

una escuela donde el trabajo de campo significaba el ser o no

ser de la antropología y, por inclusión del antropólogo, nunca

he dudado que tenemos que salir al campo. Esto, sin duda, que

no significa que sea, dicho de manera pronta, un rito iniciático,

sino más bien parte de la experiencia de una determinada

antropología. El trabajo de campo es experimental, fronterizo y

1 Universidad de Jaén - Área de Antropología Social. Campus Las Lagunillas. 23071 Jaén. España. Tel. 953002517. jlanta@ujaen.es

Antropologando 2 (10) Julio -Diciembre 2003

149