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Reflexiones sobre cuatro contemplaciones

Poema del Hombre - Dios

«El espíritu del Señor está sobre mí…». Y oigo el comentario que hace al respecto, diciendo de sí
mismo que es «el portador de la Buena Nueva, de la ley del amor, que pone misericordia donde antes
había rigor; por lo cual todos aquellos que, por la culpa de Adán, padecen enfermedad en el espíritu, y,
como reflejo, en la carne – porque el pecado siempre suscita el vicio y el vicio enfermedad incluso
física – obtendrán la salud: por la cual todos los prisioneros del espíritu del mal obtendrán la
liberación. Yo he venido – dice – a romper estas cadenas, a abrir de nuevo el camino de los Cielos, a
proporcionar luz a las almas que han sido cegadas, oído a las sordas. Ha llegado el tiempo de la
Gracia del Señor. Ella está entre vosotros, Ella es ésta que les habla. Los Patriarcas desearon ver este
día, cuya existencia ha sido proclamada por la voz del Altísimo y cuyo tiempo predijeron los Profetas,
y ya, llevada a ellos por ministerio sobrenatural, saben que el alba de este día ha roto, y su entrada en
el Paraíso está ya cercana, exultando por ello en sus ciudadanos del Cielo. Vosotros lo estáis viendo.
Venid hacia la Luz que surgido. Despojaos de vuestras pasiones para resultar ágiles en el seguir a
Cristo. Tened la buena voluntad de creer, de mejorar, de desear la salud, y la salud os será dad; la
tengo en mi mano, pero sólo se la doy a quien tiene buena voluntad de poseerla, porque sería una
ofensa a la Gracia el darla a quien quiere continuar sirviendo a Satanás».

El murmullo se desata en la sinagoga.

Jesús mira en torno a sí. Lee los rostros y el interior de los corazones y prosigue: «Comprendo lo que
estáis pensando. Vosotros, dado que soy de Nazaret, querríais un favor de privilegio; más esto por
vuestro egoísmo, no por potencia de fe. Así que os digo que, en verdad, a ningún profeta se le recibe
bien en su patria. Otros lugares me han acogido, y me acogerán, con mayor fe, incluso aquellos cuyo
nombre es motivo de escándalo entre vosotros. Allí cosecharé mis seguidores, mientras que en está
tierra no podré hacer nada, porque se me presenta cerrada y hostil. Os recuerdo a Elías y Eliseo. El
primero halló fe en una mujer fenicia; el segundo, en un sirio: a favor de aquélla y de éste pudieron
realizar el milagro. Los de Israel que estaban muriéndose de hambre y los leprosos de Israel no
obtuvieron pan o curación, porque su corazón no tenía la buena voluntad, perla fina que el profeta, de
haber existido, hubiera visto. Lo mismo os sucederá a vosotros, hostiles e incrédulos ante la Palabra
de Dios».
Reflexiones sobre cuatro contemplaciones
Poema del Hombre - Dios
La multitud se alborota e impreca, e intenta ponerle la mano
encima a Jesús, pero los apóstoles primos (Judas, Santiago y
Simón) le defienden, y entonces los enfurecidos nazarenos le
echan fuera de la ciudad. Van detrás con amenazas – no
solamente verbales – hasta el comienzo del monte. Pero Jesús
se vuelve y los inmoviliza con su mirada magnética, y pasa
incólume entre ellos. Desaparece luego, camino arriba, por un
sendero.

Veo un pequeño, pequeñísimo, grupo de casas, un puñado de


casa. Hoy lo llamaríamos anejo rural. Está más alta que
Nazaret, la cual se ve más abajo. Dista de ésta pocos kilómetros.
Es un caserío misérrimo.

Jesús, sentado encima de una pequeña tapia, junto a una casucha, habla con María. Quizás es una
casa amiga, o por lo menos de gente hospitalaria, según las leyes de la hospitalidad oriental. Jesús se
ha refugiado en ella después de haber sido echado de Nazaret, para esperar a los apóstoles que se
habían dispersado por la zona mientras estaba con su Madre.

Con Él sólo se encuentran los tres apóstoles primos, que están recogidos dentro de la cocina y hablan
con una mujer anciana a la que Tadeo llama madre. Por ello comprendo que se trata de María de
Cleofás. Es una mujer más bien anciana, y la reconozco como la que estaba con María en las bodas de
Caná. Claro es que María de Cleofás y sus hijos se han retirado para que Jesús y su Madre puedan
hablar libremente.

María está afligida. Ha venido a saber lo de la sinagoga y está triste. Jesús la consuela. María le
suplica a su hijo que se mantenga lejos de Nazaret, donde todos están mal predispuestos hacia Él,
incluyendo a los otros familiares que le consideran un loco que está deseando suscitar rencores y
disputas. Pero Jesús hace un gesto sonriendo; parece como si dijera: “¿Por está pequeñez? ¡Olvídate
de ellos!”. Pero María insiste.

Entonces Él responde: «Mamá, si el Hijo del Hombre hubiera de ir únicamente a donde le aman,
tendría que retirar su paso de está Tierra y volverse al Cielo. Tengo en todas partes enemigos, porque
se odia la Verdad, y Yo soy la Verdad. Pero no he venido para encontrar un amor fácil. He venido
para hacer la voluntad del Padre y redimir al hombre. El amor eres Tú, Mamá, mi amor, el que me
compensa todo. Tú y este pequeño rebaño que todos los días se va acrecentando con alguna oveja que
arranco a los lobos de las pasiones y llevo al redil de Dios. Lo demás es el deber. He venido para
cumplir este deber y debo cumplirlo, si es preciso estampanándome contra las piedras de los
corazones que oponen firme resistencia al bien. Es más, sólo cuando caiga, bañando de sangre esos
corazones, los ablandaré estampando en ellos el Signo mío, que anula el del Enemigo. Mamá, he
bajado del Cielo para esto. No puedo sino desear cumplir esto».

«¡Oh! ¡Hijo! ¡Hijo mío!» - María habla con voz acongojada. Jesús la acaricia. Noto que María lleva
en la cabeza, además del velo, el manto; más velada que nunca.

«Me ausentaré durante un tiempo por darte gusto. Cuando esté cerca, mandaré a alguien a avisarte».
Reflexiones sobre cuatro contemplaciones
Poema del Hombre - Dios

«Manda a Juan. Viéndole a Juan me parece verte un poco a ti. Su madre se prodiga en atenciones
hacia mí y hacia a ti. Es verdad que espera un lugar privilegiado para sus hijos. Es mujer y madre,
Jesús. Hay que comprenderla. Te hablará también a ti de ellos. No obstante, te es sinceramente devota.
Cuando quede liberada de la humanidad – que fermenta tanto en ella como en sus hijos, como en los
demás, como en todos -, Hijo mío, será grande en la fe. Es doloroso que todos esperen de ti un bien
humano, un bien que, aunque no sea humano, es egoísta. Pero es que el pecado está en ellos con su
concupiscencia. Aún la hora bendita, y tan temida a pesar de que el amor a Dios y al hombre me la
hagan desear, no ha llegado. Hora en que Tú anularás el Pecado. ¡Oh! ¡Esa hora! ¡Cómo tiembla el
corazón de tu Madre por esa hora! ¿Qué te harán, Hijo, Hijo Redentor, de quien los Profetas refieren
tanto martirio?».

«No pienses en ello, Mamá. Te lo digo una vez más. Dios te ayudará en esa hora. Dios nos ayudará a
ti y a mí. Después, la paz. Ahora ve, que cae la tarde y el camino es largo. Yo te bendigo».

Dice Jesús:

«Pequeño Juan, mucho trabajo hoy. Pero es que llevamos un día de retraso y no se puede ir despacio.
Te he dado la fuerza para esto, hoy.

Te he concedido las cuatro contemplaciones para poderte hablar acerca de los dolores de María y
míos, preparatorios de la Pasión. Después de los dolores que te he dado a conocer, María ha tenido
también éstos; y Yo con Ella.

Mi mirada había leído el interior del corazón de Judas Iscariote. Nadie debe pensar que la Sabiduría
de Dios no haya sido capaz de comprender ese corazón. Más, como le dije a mi Madre, Él era
necesario. ¡Ay de él por haber sido el traidor! Pero un traidor era necesario. Hombre con doblez,
astuto, codicioso, lujurioso, ladrón, más inteligente y culto que la generalidad, había sabido imponerse
a todos. Audaz, me allanaba el camino, aún siendo un camino difícil. Le gustaba, sobre todo, destacar
y poner de relieve su puesto de confianza conmigo. No era servicial por instinto de caridad, sino
solamente porque era uno de esos que vosotros dirías que está siempre en un “activismo”. Ello le
permitía tener la bolsa y acercarse a la mujer; dos cosas que, junto con la tercera (los cargos
humanos), deseaba desmedidamente.
Reflexiones sobre cuatro contemplaciones
Poema del Hombre - Dios
La Pura, la Humilde, la Desasida de las riquezas terrenas no
podía no sentir repugnancia por esa serpiente. También Yo lo
sentía. Y Yo sólo y el Padre y el Espíritu sabemos qué vencimientos
de mí mismo debí poner para poder soportarle cerca.

No ignoraba Yo tampoco la hostilidad de los sacerdotes, fariseos,


escribas y saduceos. Eran zorros astutos que trataban de
empujarme hacia su guarida para despedazarme. Tenían hambre
de mi sangre, y trataban de colocarme trampas por todas partes
para capturarme, para tener un motivo de acusación, para
quitarme de en medio. Durante tres años fue larga la insidia, y
ésta no se aplacó sino cuando me supieron muerto. Esa noche
durmieron felices. La voz de su acusador se había extinguido para
siempre. Eso creían. No. Todavía no se ha apagado. Jamás se
apagará; truena, truena, maldice a quienes ahora son como ellos.
¡Cuánto dolor sufrió mi Madre por su culpa! Y Yo no olvido ese
dolor.

Que la multitud fuera voluble, no era una cosa nueva. Es la fiera que lame la mano del domador si está
armada de azote o si ofrece un pedazo de carne para saciar su hambre. Pero es suficiente que el
domador se caiga o que no pueda seguir usando el azote, o que no disponga de otras presas para
saciarle el hambre, para que se le abalance y le despedaze. Basta con decir la verdad y ser buenos
para ser odiados por la multitud después del primer momento de entusiasmo: la verdad es reproche y
admonición, la bondad despoja del azote y hace que los no buenos dejen de sentir miedo; de aquí el
“crucifícale” después de haber dicho “hosanna”. Mi vida de Maestro estuvo colmada de estas dos
voces. La última fue “crucifícale”. El “hosanna” fue como el aliento que toma el cantor para tener el
respiro suficiente y así poder dar el agudo. María, en la tarde del Viernes Santo, oyó de nuevo dentro
de sí todos los hosannas mentirosos hechos gritos de muerte hacia su querido hijo, y esto la traspasó.
No lo olvido tampoco.

¡La humanidad de los apóstoles… cuánta! Llevaba sobre mis brazos verdaderos bloques de piedra que
gravitaban hacia el suelo, para alzarlos hacia el Cielo. Incluso los que no se veían a sí mismos como
ministros de un rey terreno, como Judas Iscariote, los que no pensaban como él, en subir – si se
prestaba la ocasión – al trono en vez de mí, ellos , sí, ansiaban siempre, a pesar de todo, la gloria.
Llegó el día en que incluso mi Juan y su hermano tendieron a esta gloria que os deslumbra como un
espejismo hasta en las cosas celestes. No me refiero a una santa aspiración al Paraíso – que deseo que
tengáis – me refiero a un deseo humano de que vuestra santidad sea conocida. No sólo esto: se trata de
una avaricia de cambista, de usurero, que hace que, por un poco de amor ofrecido a quien Yo os he
dicho que debéis daros con todo vuestro ser, pretendáis un puesto a su derecha en el Cielo.

No, hijos, no. Antes hay que saber beber todo el cáliz que Yo bebí. Todo: con su caridad como
respuesta al odio, con su castidad contra las voces del sentido, con su heroicidad en las pruebas, con
su holocausto por amor a Dios y a los hermanos. Luego, una vez cumplido todo el propio deber, decir
además: “Somos siervos inútiles”, y aguardar a que el Padre mío y vuestro os conceda, por su bondad,
un puesto en su Reino. Hay que despojarse, como me has visto despojado en el Pretorio, de todo lo
humano, quedándose sólo con lo indispensable: el respeto hacia el don de Dios que es la vida, y hacia
los hermanos, a los cuales podemos ser más útiles desde el Cielo que en la Tierra, y dejar que Dios os
imponga la estola inmortal blanqueada en la sangre del Cordero.
Reflexiones sobre cuatro contemplaciones
Poema del Hombre - Dios

Te he mostrado los dolores preparatorios de la Pasión. Otros te mostraré. Aún no dejando de ser
dolores, el contemplarlos ha supuesto un descanso para tu alma. Ya basta. Queda en paz».