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J.

Rigoberto Reyes
„El Predestinado de Ranchería‰
Ranchería‰

Biografía
por
Jorge E. Hayn Reyes
Noviembre 2006
Para J. Rigoberto Reyes Aráuz

Copyright © 2006, 2006 by Jorge Hayn


Publish by LA PRENSA
Managua, Nicaragua

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ISBN

First Edition, 2006

Manufactured in Managua, Nicaragua

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A LA MEMORIA DE MI ABUELO

“Hay personas que hacen historia... Más solo prevalecen aquellas his-
torias, de aquellos hombres virtuosos como tú, cuyas memorias quedan grabadas en el re-
cuerdo y la admiración de aquellos que aún te amamos y respetamos, ignorando el correr
del tiempo. Tiempo que nos hace viejos a nosotros mismos también. Pero el sitio
en que estas guardado hoy en nuestros corazones nunca podrá envejecer, y se agiganta
cada día, hasta llegar el día en que estemos juntos de nuevo contigo, compartiendo el legado
acogedor de tu intachable grandeza.”

Jorge E. Hayn Reyes


Houston, TX.
Nov., 2005

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JOSÉ RIGOBERTO REYES
BREVE BIOGRAFIA

“EL PREDESTINADO DE RANCHERIA”


por
JORGE HAYN REYES

Cobijado por las brumas


matinales que desde las montañas
deslizaban suavemente, corretean-
do el pequeño valle donde se em-
potraba el caserío, con sus mulas y
carretas de bueyes deambulando
por las callejuelas, nace el 4 de
enero de 1892, en la ciudad de
Matagalpa, República de Nicara-
gua. Su padre fue el Sr. Celestino
Reyes Vega y su madre la Sra.
Dolores Arauz Cantarero.

A una temprana edad es


enviado por sus padres a es-
tudiar al viejo Instituto Nacio-
nal de Occidente en la ciudad de
León.

En el año de 1909, el
país es sacudido por una
revolución que confronta al
entero sector Conservador, unido
a un grupo considerable del Instituto Nacional de León (1910). Sentado
Liberalismo descontento, contra extrema derecha: J. Rigoberto Reyes.
el régimen establecido por el dic-
tador Liberal, José Santos Zelaya, Presidente de la República.

Dentro de estas circunstancias, siendo la ciudad de León la cuna misma de la ideo-


logía Liberal, a sus escasos 17 años de edad, el joven estudiante de provincia cambia entonces
sus útiles escolares por las armas, que se dispone a empuñar con orgullo en defensa de
sus profundos principios políticos.

Con esta idea bien fija en su cabeza se presenta a la casa de habitación del General Fernando
María Rivas, hombre poseedor de una enorme fama de ideas Liberales, valiente, caballeroso, y
de una gran experiencia y destreza militar, muy temido por sus enemigos.
- General Rivas, se que Ud. saldrá para el frente. Yo deseo combatir en defensa
del Liberalismo, pero quiero hacerlo bajo las órdenes de Ud.

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- ¿Como te llamas?
- Rigoberto Reyes.
- ¿Cuantos años tienes?
- Diez y siete.
- ¿De donde eres?
- De Matagalpa.
- ¿Y por qué quieres ir conmigo, en vez de otro jefe?
- Porque me han dicho que Ud. es muy Liberal y muy valiente. Que Ud. es de los que nun-
ca se corren.
- ¡Gracias, muchacho! Te iras conmigo. Alístate y vete a la Estación. Salimos para
Managua en el tren de las cuatro de esta misma tarde.

Después de llegar a Managua, el General Rivas salió con su columna muy bien equi-
pada con dirección a la Costa Atlántica.

Después del primer encuentro con las fuerzas revolucionarias, en que el General ob-
servó como se portaron sus hombres, llamó al joven Rigoberto a su presencia.
- ¿Donde aprendiste a manejar el rifle?
- En la finca de mis padres, cuando en mis vacaciones iba de cacería.
- Pues lo haces muy bien, muchacho. Vi que no desperdiciabas tiros y que eres sereno
en el combate. Pásate inmediatamente a mi campamento. Te he nombrado mi Primer
Ayudante.
- ¡A sus órdenes mi General!

Así se inicio en el arte de la guerra el jovencito matagalpino, ocupando a tan temprana edad
una posición de responsabilidad, de confianza y de peligro, porque, si bien es verdad que ser
Primer Ayudante de aquel titán representaba un alto honor, también hay que reconocer que su
nuevo cargo le imponía la seria obligación de permanecer constantemente alerta y dispuesto a
los más grandes sacrificios.

El Liberalismo que Rigoberto llevaba en la sangre y en el pensamiento, se robusteció


con el silbar de las balas enemigas, el humo de los combates y la humedad de las trincheras.

Al finalizar la revolución, la cual perdieron inevitablemente las fuerzas del go-


bierno establecido con las cuales luchó Rigoberto. Pues difícil es defender una noble ideo-
logía, cuando sus líderes han perdido el interés de trabajar por el beneficio del pueblo que
los llevó al poder, y sus metas se convierten en la avaricia y la realización de aspira-
ciones personales. Este último regresa a sus labores de la finca de sus padres en las
frescas montañas de Matagalpa, donde se dedica a reconstruir todo lo que los suyos habían per-
dido.

El 23 de abril de 1912, contrae matrimonio civil con la mujer que fuera para siem-
pre la dueña de su corazón, Dolores (Lolita) Valenzuela Zeledón, ante el Juez José Rosa Rizo.
Y su matrimonio cristiano, el 8 de mayo de ese mismo año, por el sacerdote Eusebio R.
Zelaya, cuando Matagalpa no era aún diócesis episcopal. Rigoberto la conoció a raíz de la gue-
rra con Honduras, en 1907; y desde entonces se quisieron. En los albores de la juventud, a
los 14 años de edad, Lolita se enamora profundamente del hombre que supo conquistarla
con su lealtad y su profunda devoción.

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Matrimonio Reyes-Valenzuela

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Matrimonio Reyes-Valenzuela

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Durante los 18 años de duración del régimen Conservador que subió al poder des-
pués de apagarse la conmoción de la guerra, pasó pacíficamente trabajando las faenas de
la agricultura y la ganadería, gozando del respeto y la estima de sus vecinos y amigos, don-
de todos le tenían por hombre de bien y de suaves maneras.

Lo único que le dejó la guerra al joven Rigoberto, fue la pérdida de la oportunidad de obte-
ner un título profesional al que tanto aspiraba conquistar.

En el año de 1926, vuelven los rumores de la revolución a susurrar en los oídos


del pueblo. Después de todos los abusos de poder y favoritismos arbitrarios de la nueva socie-
dad Conservadora que dirigía los destinos de la nación. Y sobre todo, después de un fallido golpe
de estado perpetrado por el General Emiliano Chamorro, que fuera rechazado por el Gobierno
de los Estados Unidos, quienes reconocen a Adolfo Díaz como presidente mientras el caos político
se resuelve.

Y Rigoberto vuelve a empuñar las armas en defensa de sus ideales de justicia y de su


amado partido Liberal, junto a su hermano Francisco y muchos otros liberales que sa-
lieron de su finca en Matagalpa, armados de escopetas de cacería, revólveres viejos y
machetes, enmontañándose para unirse a las fuerzas del General José María Moncada, que
desde la Costa Atlántica trataba de penetrar al país para iniciar la nueva insurrección. Las
circunstancias del momento le convirtieron en jefe de aquella improvisada y pequeña
columna que, por el efecto que inspiraba Rigoberto, fue aumentando aceleradamente.

Con motivo de las primeras elecciones supervigiladas por fuerzas de la


Marina Norteamericana, en virtud de los convenios celebrados en Tipitapa en mayo de 1926 en-
tre el General José María Moncada y el Sr. Henry Stimson, representante del gobierno de los
Estados Unidos, Rigoberto fue nombrado Jefe Político de Jinotega por el nuevo Presidente In-
terino de Nicaragua, Adolfo Díaz.

En el año 1929, José María Moncada toma posesión de la Presidencia de la Re-


pública. Durante esta administración, J. Rigoberto Reyes es trasladado a Matagalpa con el mis-
mo nombramiento de Jefe Político. El Presidente Moncada le guardó siempre un enorme apre-
cio, casi con un cariño que se hubiera podido traducir como paternal.

En noviembre de 1932, a sus 40 años, Rigoberto ingresa a las filas de la Guardia Nacional
con el grado de Coronel y fue nombrado Comandante del Área Central, que comprendía
los departamentos de Jinotega y Matagalpa, con residencia en la cabecera de Jinotega.

Estos años no fueron, sin embargo, tiempos de tranquilidad para la población de Nicara-
gua, pues al finalizar el pacto de los Convenios de Tipitapa de 1926, no todos los
militares involucrados en la guerra habían depuesto las armas. Entre ellos Agusto C. Sandino,
quien se regresó a las montañas a iniciar una guerra en oposición a la intervención de in-
fluencias extranjeras. Sandino, quien fuera un brillante estratega de astuta practicalidad, alterna-
ba la caballerosidad del militar tradicional con la estricta disciplina del campo de bata-
lla. Sin embargo, nunca pudo controlar por completo a sus tropas, que actuaban independien-

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tes, casi al grado de bandoleros. Entre ellos estaba el conocido Pedrón Altamirano, quien aterro-
rizó el norte del país de manera sangrienta.

Orígenes de la Escuela de Oficiales: primera fila izquierda: J. Ri-


goberto Reyes.
Es dentro de este contexto histórico que le toca al Coronel Reyes tomar posesión de
su nuevo puesto de Comandante de la Guardia Nacional sobre dicha área en conflicto.

El 1º de Enero de 1933, luego de cumplir su mandato presidencial de cuatro años que


la constitución señalaba, el General José María Moncada, en una sencilla ceremonia, entrega el
poder al nuevo Presidente electo, el Dr. Juan Bautista Sacasa. El 3 de Enero de este mismo
año, los marinos americanos abandonan Nicaragua de manera definitiva. Para ese entonces,
Sandino decide renunciar a su guerra en nombre de la tranquilidad y la paz de la nación,
cansada de tanto derramamiento de sangre. Ese mismo año, el Coronel Reyes es ordenado
encabezar la comitiva de los miembros del gobierno que estarían a cargo de la entrega de
las armas de parte de los Sandinistas. Y para tal evento es escogido el poblado de San
Rafael del Norte, en cuya plaza se celebran los convenios de armisticio, estando presentes de
parte del sandinismo los Comandantes Francisco Estrada y Juan Santos Morales, y por parte
del gobierno el Dr. Pedro José Zepeda, el Capitán Médico Manuel Maradiaga y Don Tomás Bor-
ge Delgado (padre del actual Comandante Tomás Borge Martínez). Aún recuerda el autor de
esta obra, la pistola que Sandino le entregó simbólicamente al Coronel Reyes y que el con-
servaba muy especialmente dentro de un escaparate de la sala de su casa, en la
Hacienda San José, en las cercanías de la ciudad de Matagalpa.

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Entrega de armas de los Sandinistas (1933) en San Rafael del Norte, de derecha a izquier-
da: quinto: Dr. Maradiaga; sexto: Coronel J. Rigoberto Reyes; séptimo: Dr. Tomás Borge
Delgado (Padre de Tomás Borge Martínez), octavo: General Escamilla (Mercenario Mexica-
no)

Entrega de armas de parte de los Sandinistas (1933) en San Rafael del Norte. A la izquier-
da el Ejército Sandinista y a la derecha la representación de la Guardia Nacional, encabe-
zada por el Coronel J. Rigoberto Reyes. Al centro de la foto se encuentra el General Agus-
to C.. Sandino.

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Es bien sabido en el seno de la familia Reyes, que existió siempre un respeto mutuo y
una gran admiración entre el Coronel Reyes y el General Agusto C. Sandino, nacidas de las épo-
cas bélicas en las cuales combatieron lado a lado en sus respectivos comandos, avanzan-
do desde la Costa Atlántica, bajo la bandera Liberal que enarbolaba el General José
María Moncada, en 1926, en su ruta libertaria hacia Managua. En este conflicto bélico, Moncada
era el líder militar escogido por los liberales y Juan B. Sacasa el candidato escogido para asumir
la presidencia. Este último acababa de hacer un pacto con el Gobierno de México para obte-
ner armas y apoyo político para la nueva revuelta y se decía, que a cambio de una futura pro-
mesa de anexión de Nicaragua a esta República Mexicana. Sandino, quien se había refugia-
do en México desde hacia varios años, alimentándose de las ideas de la Revolución Mexi-
cana y las hazañas de sus héroes nacionales, regresa a Nicaragua ese mismo año y trata de
unirse a las tropas liberales que se consolidaban en la región Atlántica. Solicita armas a Moncada,
pero no inspirándole confianza, éste se las niega, y es entonces que se dirige a Don Juan B.
Sacasa con tal objeto de manera exitosa. En el avance de las tropas liberales, Sandino se po-
siciona desde el Norte del país, donde recoge el grueso de su ejército, mientras el
resto del contingente prosigue desde la Costa, al Este del territorio nacional. Después
de varias victorias llegan a acampar en la jurisdicción de Muy Muy, donde escogen para aquella
ocasión la Hacienda Ranchería (cuna de la familia Reyes-Vega) para su cuartel general. Y
desde las bases de aquel cuartel, las fuerzas revolucionarias fueron ganando batalla tras batalla,
hasta llegar a apoderarse de casi toda la región de Matagalpa. Cuando estaban en las proxi-
midades de la cabecera del Departamento, el General Moncada estableció una Jefatura Política en
la población de San Ramón, ocasión en la cual nombra a Rigoberto a cargo de tal posición.
Mientras tanto las tropas continúan su marcha hacia la Capital de la República, hasta ser
detenidas por los Marinos Americanos en Tipitapa, obligándolos a pactar y entregar las ar-
mas, con la promesa de prontas elecciones supervigiladas.

Una anécdota muy simpática que ocurrió alrededor de estos últimos sucesos, tiene lu-
gar en el poblado de San Ramón, donde Rigoberto acababa de ser nombrado representante
de los liberales para guardar el orden y solidificar el poder en dicha área en conflicto, mientras el
resto del ejército marchaba en búsqueda de la conquista final, en Managua. Súbitamente,
el pequeño poblado es sitiado por tropas conservadoras que deambulaban esporádicamente, sin
saber exactamente la situación militar del momento. Y sabiendo que la guarnición liberal estaba
resguardada por un limitado número de soldados y armamento, se disponen a atacar para ani-
quilar a sus enemigos. Rigoberto prepara a su contingente, dispuestos a morir e instruidos
a disparar hasta el último pertrecho. Cuando de pronto, comienzan a resonar cornetas liberales de
batalla por todos los cerros de los alrededores, y todos aquellos que ya habían perdido las
esperanzas vuelven a sentir que la sangre les regresa nuevamente a las venas. Los conserva-
dores al verse rodeados, escapan despavoridos por los mismos montes de donde habían llega-
do. Y cual es la sorpresa de Rigoberto que ve entrar a Sandino con un pequeño grupo de sol-
dados, que le dice: “No se preocupe mi Rigoberto, esos ya no volverán a molestarte”. El
ingenio práctico del “zorro de piñal” que inspiraba a este hombre era sólo igualado por las
tácticas del famoso General Romel del ejército Alemán, que tanto burló a los ingleses en las
batallas del Norte de África, durante la Segunda Guerra Mundial. Y situando a sus hombres
en lugares estratégicos en las cimas de las colinas, usando los clarines militares para engañar a

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sus opositores, había hecho creer a los conservadores que el grueso de las fuerzas liberales se había
regresado al rescate de sus correligionarios. De esta manera, Rigoberto queda en deuda con
aquel ingenioso hombre, exitoso estratega de cañadas y con un instinto natural para embos-
car al enemigo, que sin nunca haberlo admitido abiertamente, ambos personajes comienzan a
tenerse un enorme apego y respeto mutuo.

Otra de las anécdotas personales que el Coronel Reyes solía relatar dentro del
seno familiar, relacionadas con el General Sandino, en vísperas del día de la entrega final de
las armas de parte del ejército Sandinista, en el poblado de San Rafael del Norte. Comienza la tar-
de en que se prepara para salir con su comitiva rumbo a tan crucial evento. Resguardado por un
escaso número de soldados, dicha delegación parte con la entendida estrategia de esperar por la
escolta que el General Sandino había escogido para acompañarlos en tal ocasión, en un ca-
serío abandonado en las afueras del poblado mencionado. Además del designado grupo de
personajes nicaragüenses apuntados para tal comisión, iba un puñado de periodistas mexi-
canos interesados en plasmar las noticias del acontecimiento. Mientras esperaban pacien-
temente, cayó la noche en aquel caserío desolado por la guerra y la incertidumbre, donde el
deseo de sobrevivencia prevalece sobre el apego al hogar que aloja al individuo. Entre el sil-
bido del viento atravesando los platanales y el tiritar de las estrellas cobijando la fría noche
Jinotegana, algunos de los periodistas comienzan a ponerse nerviosos. De manera repentina, se
dejan escuchar una serie de disparos en la lejanía que terminan por desconcertar aún
a los más calmados del grupo, ya suficientemente consternados por las circunstancias. Uno
de los periodistas se le acerca al Coronel Reyes y le pregunta:
-Coronel, ¿Nos puede explicar a que se deben esos disparos?
Y el Coronel Reyes, que ignoraba las circunstancias que rodeaban dicho evento, le con-
testa:
-Es posible que no sea nada por lo cual alarmarse. Sin embargo, si es que Somoza de-
cidió traicionar el pacto con Sandino, esto podría ser una emboscada planificada y nosotros
no estar advertidos. Por otro lado, si es que los Sandinistas nos atacan, disparen todas las balas
que tengan en sus armas, menos la última, que es la que se van a pegar en la cabeza, ya que es
mejor morir que ser capturados.
El Coronel Reyes conocía muy bien la fama de las torturas del famoso Pedrón Alta-
mirano y sabía muy bien que rondaba por el área en que estaban acampando. También sabía
que en Somoza no se podía confiar totalmente y que tratándose de él, tenía que estar preparado
para lo inesperado.
Contaba el Coronel Reyes, sorprendido, que varios de los periodistas, sin poder contenerse,
se orinaban en los pantalones mientras terminaba su razonamiento de la situación.
Sin embargo, en el término de una hora, se apareció Sandino con la escolta que iba a lle-
var al grupo a su campamento final de esa noche en el poblado de San Rafael del Norte. Y al
ser preguntado por los disparos que los había consternado previamente, el General Sandino respon-
dió:
- ¡No se preocupe mi Coronel, fueron unos de mis soldados que se emborracharon, pero
ya los fusilamos!

Llegados a la plaza de San Rafael del Norte, tensión y nerviosismo transpiraban a través
de las miradas en ambos lados de la fórmula pacifista. La incertidumbre del abrumador descono-
cimiento de sus destinos sumidos en el descontrol, contrastaba en los rostros de angustia con-
trolada que cabalgaban en medio de la muchedumbre de campesinos armados, cansados y somno-

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lientos, descontentos, de ropas desaliñadas como sus propios pensamientos, que al día siguiente
cambiarían tan drásticamente de dirección.

Antes de desmontar sus bestias, Sandino se acercó al Coronel Reyes e inclinándose un po-
co en su montura, bajando el tono de su voz le dijo al oído:
- Coronel, yo le he preparado una tienda de campaña para que usted pase la noche.
Sin embargo, le aconsejo que mejor me haga compañía en mi tienda personal, donde le he tendido
un petate al pie de mi cama, pues Pedrón (Altamirano) le anda ganas y así siento que va a estar
más seguro.

Y así el Coronel Reyes, durmió esa noche bajo la protección del mismo líder Sandinista, en
el portal de un cambio histórico que cambiaría la dirección de la Nación al destellar los primeros
rayos de sol sobre los tejados, a la mañana siguiente.

La lucha armada sostenida por la Guardia Nacional durante el comando de los marinos ame-
ricanos tuvo episodios dolorosos y crueles no alcanzados en la historia de nuestras guerras civiles.

Desde el establecimiento de la Guardia Nacional hasta la desocupación de los marinos nor-


teamericanos (1927-1932) se registraron oficialmente más de quinientos combates con los bandole-
ros en los sectores del norte y oriental del país.

Durante el mes de enero y los primeros días de febrero de 1933, los bandoleros intensifica-
ron sus actividades armadas, en cumplimiento de las instrucciones recibidas de Sandino, cuyo obje-
tivo era conseguir las mayores ventajas en un posible arreglo con el Presidente Sacasa. Y así suce-
dió en el pacto de paz suscrito el 21 de febrero de 1933, por el término de un año.

De Febrero a Septiembre de ese año fueron contados los encuentros sostenidos con grupos
aislados de merodeadores por las regiones de Jinotega y la Costa Atlántica. Entonces la Guardia
Nacional, manejada exclusivamente por oficiales nicaragüenses, ya tenía experiencia respecto al
modo de guerrear de los bandoleros y conociendo mejor las costumbres y topografía de los lugares
en que actuaban, aparecía en situación de manifiesta superioridad sobre las fuerzas enemigas. Ello
contribuyó poderosamente para la suspensión de las hostilidades.

Entre las Memorias de Guerra aparece el siguiente informe oficial de las actividades de la
Guardia desde octubre de 1933 a septiembre de 1935:

Febrero 27, 1933.- Patrulla de Guardias al mando del Coronel J. Rigoberto Reyes, G. N., atacó el
campamento Sandinista de Wiwilí a las 10 de la noche y después de 5 minutos de combate los ban-
doleros huyeron en todas direcciones. Las bajas de los bandoleros fueron de 22 muertos. La Guar-
dia no tuvo bajas. El campamento fue ocupado por la Guardia, capturándoles un rifle automático
Browning, una ametralladora Sub-Thompson con sus correspondientes magazines y una infinidad
de artículos misceláneos que serían largo de enumerar. Debido a las circunstancias del momento fue
imposible perseguir al resto de los bandoleros, quienes huyeron por una falda de la montaña, in-
ternándose después por el rió Poteca en el territorio en litigio con Honduras.

A principios del año 1934, usando una sucia y astuta estrategia política, Anastasio So-

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moza García, Jefe Director de la Guardia Nacional, secuestra abruptamente al General Sandi-
no y ordena su ejecución.

Primera Escuela de Oficiales, sentado de izquierda a derecha el segundo es


J. Rigoberto Reyes y el noveno es Anastasio Somoza García.

En Julio del mismo año, el Coronel Reyes descubre un complot para asesinar a Somo-
za en la ciudad de Estelí, por parte de un grupo de jóvenes militares graduados de la Acade-
mia, encabezados por el Capitán Gabriel Castillo. El Coronel Reyes envía un aviso a Somoza
de mandar a llamar a Castillo a Managua, bajo cualquier pretexto para arrestarlo. Castillo,
dos otros capitanes y nueve tenientes sospechosos de estar envueltos en el complot son
arrestados y juzgados en una corte marcial, secretamente llevada a cabo dentro de los linde-
ros del Campo Marte. Acerca de la captura del Capitán Castillo, Somoza le había contado al Co-
ronel Reyes, que llegó este último a los predios de la Academia, en Campo Marte, y que So-
moza, sin percatarse, estaba haciendo su siesta en una hamaca, en uno de los corredores exterio-
res a un extremo del campo donde hacían deporte los cadetes; que cuando Somoza toma con-
ciencia de la presencia del Capitán Castillo, este ya venía caminando hacia donde él estaba, a mi-
tad del campo y nota que la funda de su pistola de reglamento estaba desabotonada. Cuando
Somoza le mira, se sorprende y observa que viene con una gran sonrisa. Más tarde le contaría
al Coronel Reyes acerca del incidente:
- “Y yo vi la cara de la muerte, en la sonrisa del hijo de puta.”-
Pero que su reacción fue de levantarse de la hamaca, elevando sus brazos al aire y gritó:
- “Mi hermano, que alegría de tenerte por aquí.”-

Diciendo esto, sintió que Castillo estaba confundido, le tomó el arma y lo mandó
arrestar. Cabe mencionar, sin embargo, que el Capitán Castillo era un militar de carrera
intachable, héroe de combate en las guerras contra Sandino, admirado y respetado no sólo por sus
subalternos pero por los más altos dirigentes militares, aún del mismo General Moncada. Por eso
se cuenta que cuando Somoza le terminó de quitar todas sus condecoraciones que Castillo

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portaba en su uniforme de gala, al momento de su deshonra militar, éste le dijo, tocándo-
se la profunda cicatriz que tenía en el rostro, provocada por un machetazo, en unas de las cruen-
tas batallas que este valiente tenía que confrontar constantemente:
- “¿Y esta … no me la vas a quitar también?”

Después de una serie de pequeños accidentes suscitados en los arsenales de la Guardia


Nacional, ocurridos durante el mes de Septiembre, Somoza comprueba una peligrosa falta de
disciplina dentro de sus fuerzas armadas. El 12 de Octubre de 1934, el Coronel Reyes, recibe un
telegrama de parte del General Somoza, en sus oficinas del Cuartel de Jinotega:

“ Agradeceríate mucho tomaras mañana avión Venditti para esta Capital, donde
vendrás a ser tercer Jefe de la G.N., haciéndote cargo de la Oficina de Operaciones e Inteli-
gencia. El Coronel Santos irá a reponerte como Jefe del Área Central. Felicítote y felicítome,
pues se los altos quilates que mides como oficial de la Guardia Nacional, con un record perfecto
de honor y lealtad; y estoy seguro que sabrás honrar el nuevo e importante puesto que vas a ocu-
par.”

“-Afmo. Jefe y amigo- A. Somoza”

Este telegrama lo guardó Doña Lola, su querida esposa, siempre con cariño en su cajita
de cedro de su aposento y constituía motivo de legítimo orgullo para su condición de mujer
de un oficial de la Guardia Nacional.

Al Coronel Reyes le tocó presidir el Consejo de Guerra que juzgó al Teniente Abelardo
Cuadra por los delitos de traición y sublevación. En este, el cual actúa como Presidente de
ese Consejo, terminando con la condena para el acusado, y cuya vida fue salvada por el Presi-
dente de la República.

En el año 1936, avecinándose las nuevas elecciones para presidente, Somoza quiere a to-
da costa imponerse como candidato presidencial. Su influencia, para este entonces, es tan
poderosa, igualada tan solo por su ambición ilimitada. Sin embargo, se le presenta una fuerte
oposición a todos los niveles de la estructura política nacional. Y en su afán de tomar el con-
trol sobre las elecciones, propone para candidato presidencial a su amigo cercano y subalter-
no, el Coronel Rigoberto Reyes, como parte de varias condiciones para aceptar el acuerdo
político que la oposición le quiere imponer. Pero tal sugestión es rechazada por tratarse de
un oficial militar.

En Julio de 1936, Somoza, con el apoyo del Coronel Reyes, perpetran el golpe de estado
con el que derrocan al Dr. Juan Bautista Sacasa, Presidente Constitucional de Nicaragua. Sacasa
se marcha al exilio y el Congreso nombra al Dr. Carlos Brenes Jarquín para terminar los últi-
mos nueve meses de ese período presidencial.

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Artículo del periódico Estrellas de las Amérites.

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Estado Mayor, en la fila delantera – principal – de izquierda a derecha: El Capitán PA –
GN Edmundo Vargas Vásquez; Coronel PA-GN Rafael Espinosa Altamirano; General de
Brigada GN José Rigoberto Reyes Arauz; General de División GN Anastasio Somoza
García; Coronel PA-GN Guillermo Rivas Cuadra; Capitán PA-GN Rafael Avence Benítez,
veterano paraguayo de la guerra del Chaco, que fue incorporado a la Guardia Nacional.

Con el objeto de remover las últimas barreras constitucionales que le permitieran for-
mar parte de las nuevas elecciones, Somoza renuncia como Jefe Director de la Guardia Nacio-
nal ese Noviembre y el Presidente Brenes Jarquín elige al Coronel Reyes para llenar el puesto
vacante. Sin embargo, el 16 de Diciembre, unas semanas antes de las elecciones, como una
movida rápida para recuperar el puesto de Jefe Director, Somoza anuncia que Rigoberto Reyes va
a ser promovido a General de Brigada, para formar parte como Secretario de Guerra, Marina y
Aviación en su próximo gabinete, el cual toma legitimidad el 1º de Enero de 1937.

El 26 de Septiembre de 1937, poco antes de las once de la mañana, su querida y leal es-
posa pierde la vida después de una cruenta lucha contra el cáncer. El Padre García es el designa-
do de darle los santos olios. Toda la noche anterior la familia y los numerosos amigos esperaron
a cada instante el desenlace de la cruel agonía.

Cuando Monseñor Lezcano y Ortega se acercó a la enferma y le dijo: “Reza, hija mía, y
mira al cielo”, la poca luz de aquellos ojos que empañaba la agonía enfocó la altura, las manos de
cera se cruzaron sobre el pecho generoso, nido de bellezas, y los labios exangües tuvieron
temblor de plegaria.

17
Entierro de Doña Lola Valenzuela de Reyes saliendo de Campo Marte.

Entierro de Doña Lola Valenzuela de Reyes saliendo de Campo Marte.

18
Cementerio de Managua, entierro de Doña Lola Valenzuela de Reyes: J. Rigo-
berto Reyes, Anastasio Somoza García, Dr. Luis Manuel Debayle.

19
Entre los pensamientos recordatorios a la memoria de Doña Lolita Valenzuela de
Reyes, resalta el del General Anastasio Somoza García:

- “Fue Doña Lolita una dulce, pura y buena esposa; magnífica amiga, madre ejemplar y
abnegada. Inmensamente rica, sus riquezas fueron el oro de sus propias virtudes, siendo ella la
más valiosa herencia que deja a sus dignos hijos.
Su vida diáfana, transparenta la vida de las grandes mujeres, de las grandes ma-
dres. Sus excelsas cualidades son fiel trasunto de esos raros ejemplares de bondad, abnegación y
sacrificio. Su amor brilló con la serenidad de luz inextinguible, y como lámpara votiva del hogar
fue calor y vida para sus hijos: doble consagración que resume toda su existencia de madre y
esposa.
El General J. Rigoberto Reyes, mi leal, bueno y sincero amigo, en medio de su dolor
debe sentirse feliz de haber tenido una esposa que fue orgullo de su hogar, prestigio
de la estirpe femenina, y quien le dejara once tesoros, fruto de sus grandes virtudes y lumi-
nosa abnegación.
Duerme tranquila, querida amiga, y mientras llegamos a hacerte compañía asegurámos-
te que la amistad que nos unió continuará inalterable entre vuestro inconsolable espo-
so, vuestros hijos y yo. Hasta luego.”-

A. Somoza.
Managua, D.N., 7 de Octubre de 1937

20
Mensaje de Condolencia a la Muerte de Doña Lola Valenzuela de Reyes de parte
del General Anastasio Somoza García.

21
Mensaje de Condolencia a la Muerte de Doña Lola Valenzuela de Reyes de parte
del alto mando de la Guardia Nacional.

22
Portada del libro escrito para la muerte de Doña Lola Valenzuela de Reyes,
publicado por la Guardia Nacional.

23
Cuando en el año de 1939, el Presidente Franklin D. Roosevelt invita al Presidente So-
moza a visitar los Estados Unidos, este último hace preparaciones extensivas para tan im-
portante acontecimiento. El General Reyes, ahora Ministro de Guerra, asume control temporal
sobre la Guardia y toma residencia en la Casa Presidencial, junto con el Coronel Luis Manuel De-
bayle y el General Gustavo Abaunza. En ausencia de Somoza, el Coronel Debayle solía insinuar
con insistencia y en tono de broma al General Reyes que este se tomara el poder y al regreso de su
viaje presidencial tomara prisionero a Somoza García. Sin embargo, se topaba cada vez con la
respuesta tajante que repetía: “Yo soy fiel a mi General y a mis principios Liberales”.

El apego y la estima que la Guardia guardaba para con el General Reyes crecían de
tal manera, que hacían sentir incomodo hasta al mismo Somoza. Un grupo fuerte y nume-
roso dentro de la misma Guardia se estaba preparando y trataban de convencer al General Re-
yes para tomarse el poder, topándose siempre con la oposición rancia que se interponía entre
el grupo en mención y el espíritu de rectitud del clásico militar de carrera. Y el clima de
corrupción que estrangulaba la sociedad y la economía de Nicaragua estaba comenzando a
preocupar en las altas esferas de los Estados Unidos, pues el ambiente de incertidumbre
amenazaba con una eminente revuelta popular. Este ambiente desconcertante había provoca-
do que el Gobierno Americano suspendiera la ayuda militar que Somoza tanto necesita-
ba. Así que este último se entrega a la tarea de reorganizar la Guardia por su propia cuenta,
prescindiendo de la bendición Americana. En el verano de 1940, aprovechando un viaje del Ge-
neral Reyes a Washington, para asistir a una reunión de los Jefes de Estado del Hemisferio
Occidental, Somoza comienza su complot para alterar la jerarquía de la estructura militar a su
favor. Entra a los predios de Campo Marte, usurpando los escritorios y papelería de varios
oficiales y transfiere las armas de ese precinto al Palacio Presidencial. El General Reyes fue
reemplazado por el Coronel Medina, quien tuvo que ser ascendido súbitamente. Ocho ofi-
ciales fueron arrestados, cuatro dados de baja y veinte mas transferidos. El General Reyes no
supo nada al respecto hasta su regreso de Washington. A su llegada al aeropuerto de Managua
fue arrestado por el Jefe de la Policía. Somoza demandó de él su renuncia de la Guardia, la cual
obtuvo de inmediato, reportándole que iba a ser llevado a corte marcial y fusilado. El dictador
le ofreció una serie de explicaciones para excusar su acción, incluyendo cargos de que el Ge-
neral Reyes había intervenido sus teléfonos de la Casa Presidencial, que había fallado en ejecu-
tar órdenes, de que era influenciado por elementos pro-Nazi y que era culpable por los deli-
tos de soborno y corrupción, cargos de los cuales Somoza no tenía pruebas y que podían ser
dirigidos a cualquiera y que siempre utilizaba como estrategia para manipular a sus oponentes.

Después de todas sus acusaciones Somoza le obliga a tomar la Finca Ranchería por
cárcel, sin darle la baja de la Guardia y recibiendo sueldo normalmente. Todos los meses el
pagador del Ejército llegaba hasta la misma casa hacienda a dejar su encomienda. Dos años
pasó prisionero sin saber el motivo por el cual le alteraron su vida drásticamente.

La esposa del Presidente, Doña Yoyita (Somoza), era muy amiga de la señorita de
origen Francés, Sarita Darvell, y vivía entusiasmada por presentarla con Rigoberto. Doña

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Sarita le pregunto un día a su celestina que como ella iba a pretender interesarse por un hom-
bre que estaba prisionero y sin futuro. Mas ella le aseguraba que no debía tener la menor
duda del futuro de Rigoberto, pues ella tenía la certeza de que su esposo solo lo tenía cas-
tigado y que pronto le impulsaría nuevamente dentro de la vida administrativa del gobierno.
Tanta fue su insistencia y posiblemente tanto los encantos de la Dama en cuestión sobre
el viudo desterrado, que terminan consumando su matrimonio en el año 1941 en los pre-
dios de la casona de Ranchería. Ella llega al sitio en avioneta acompañada de su hermano
Salvador, que era militar de profesión. El aeroplano aterrizó en el sitio que se conocía como
Las Lomas, y el resto del viaje lo terminan a lomo de caballos. Se dice que el caballo de Sarita
no era muy fácil de controlar, y que llegando a la Hacienda Ranchería la botó de su silla, sufrien-
do ésta un terrible golpe que le afectó tanto que desde entonces ella cojeaba un poquito al cami-
nar.

A Doña Sarita nunca le agradó la vida del campo, y con astucia y disimulo solía lla-
mar la atención de Doña Yoya de Somoza para que ésta intercediera ante su esposo,
Anastasio, insinuando hablar en nombre de Rigoberto, y pidiendo para este puestos en la ciudad
y hasta en Managua misma, como sucedió en la última parte de su vida y en el desenvolvimiento
de su experiencia en la Administración Liberal.

En el año 1945 lo nombran Administrador General del Puerto de Corinto, puesto en el


cual permanece aproximadamente por poco más de un año.

En 1946 es llamado a Managua a tomar el cargo de Ministro de Obras Públicas. Puesto


que ejerce hasta que Leonardo Argüello sube a la Presidencia de la República, el 1º de Mayo de
1947 y pasa a formar parte de su gabinete como Ministro de Comunicaciones. Solo que este cargo
le dura unos cuantos días, pues Somoza sintiéndose traicionado por Argüello, le lleva al
derrocamiento el 26 de Mayo de ese mismo año. Rigoberto, cansado de tanta inestabilidad y
excesos de poder de parte del General Somoza, le pide la baja del ejército, y este último fi-
nalmente se la acepta, pudiendo así concentrarse en las actividades de sus haciendas que tanto
extrañaba para entonces.

Estado mayor de la G.N. Primera fila de izquierda a derecha—el quinto: Dr. Luis Manuel Debayle, el
sexto: General Anastasio Somoza García, el séptimo: General J. Rigoberto Reyes.

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El General J. Rigoberto Reyes fue condecorado en distintas ocasiones por entidades políti-
cas y por el Señor Presidente de la República con la Cruz del Valor en Septiembre de 1936 y con
la medalla del Mérito Presidencial en Enero de 1937. También recibió la condecoración de la
Órden de Vasco Núñez de Balboa de la República de Panamá; las Medallas de la Sinceridad, de la
2da Compañía de la Costa Atlántica en 1933; Certificado de Honor y Medalla de Oro de los Ofi-
ciales de la Guardia en Marzo de 1936; Medalla de Oro de los Alistados de la Guardia en Enero de
1939; Medalla de la Liga Militar Liberal y la Cruz del Escuadrón de Fuego de los Veteranos nor-
teamericanos de la guerra mundial de 1914.

Mientras tanto Sarita y Rigoberto se habían distanciado, llegando a vivir en dife-


rentes ciudades. Hasta que un día, después de varios años, con la ayuda del Dr. Alejandro
Fajardo, el matrimonio quedo disuelto para siempre. Ellos nunca más cruzaron palabra al-
guna, aunque coincidían en ocasiones con alguna frecuencia.

Fue nombrado miembro vitalicio del Cuerpo del Senado, puesto que sostuvo hasta la lle-
gada del Sandinismo en 1979.

Para ese entonces, por problemas relacionados con sus ojos, tuvo que someterse
a varias operaciones de la vista en Colombia y casi habiendo perdido la visión, viaja a
Miami para reposar de sus dolencias. Sin saber que jamás regresaría a la Patria que tanto
amó y guardó para siempre en su corazón.

La familia representó siempre la principal prioridad que motivo su existencia. Y el


destino le premió de una familia numerosa. Siempre se vio rodeado de sus hijos, los que
nunca dejaron de admirarlo y respetarlo, aún en sus momentos más difíciles. Fue
siempre el mimado de sus hijas mujeres, quienes jamás se separaban de su lado en sus enfer-
medades y dolencias. Su mayor herencia fue la de su descendencia: Rigoberto, que se casó
con María Isabel (Nunis) Herrera; Armando, que se casó con María Lili Rivas; Leticia conocida
como Ticha, que se casó con Guillermo Quiñónez; Luz Marina conocida como Mama Luz, que se
casó con Guillermo Lang; Margarita conocida como Tiíta, que se casó con Julio Blandón; Hora-
cio conocido como Papa Lacho, que se casó con María Octaviana (Tanita) Cisne; Enrique, que
se casó con Teruca Iduya; Oscar, que se casó con Mireya Valenzuela; Mauricio, que se casó con
Gloria Molina; Nena, que se casó con Jorge E. Hayn; y Chepita, que se casó con Roberto Rivas.

El General J. Rigoberto Reyes Arauz, muere en la ciudad de Miami, USA., el 24 de Di-


ciembre de 1984. Sus restos permanecen todavía en el cementerio de esa ciudad que le acogió y
donde fue siempre visitado por todos sus amigos, familiares y personas que le querían y extraña-
ban.

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Familia Reyes-Valenzuela, de izquierda a derecha,: Luz Marina, Nena, Arman-
do, Rigoberto, Doña Lola, Chepita (en brazos), Horario, Mauricio, Coronel J.
Rigoberto Reyes, Enrique, Oscar, Margarita, y Leticia.

Familia Reyes Valenzuela, de izquierda a derecha: Armando, Rigoberto, Marga-


rita, Luz Marina, Mauricio, General J. Rigoberto Reyes, Chepita, Nena, Leticia,
Oscar, Horacio, y Enrique.
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Boda Reyes-Cisne, de izquierda a derecha: General J. Rigoberto Reyes, Doña Sa-
rita Darvell (esposa del General Reyes), Rigoberto, Luz Marina, Octaviana Cisne
(sentada), Horacio Reyes (sentado), Armando, Nunis, Marina Cisne, Doña Octa-
viana Cisne, y demás miembros de la familia Cisne.

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Palabras del General Reyes (1940):

“Soy miembro activo de la Guardia Nacional desde su reorganización con elementos nica-
ragüenses. Comprendiendo el alto objeto para que ha sido creada he puesto todo mi empeño en
identificarme con el para cumplir, en mi esfera de acción, los propósitos que animan al Comandan-
te General y Jefe Director de la G. N., General de División Anastasio Somoza, de cristalizar en el
alma de la Institución las cualidades de disciplina, sobriedad y pundonor militares.
Del ejército depende siempre la eficacia del Poder Ejecutivo, porque es su fuerza y su ver-
dadera capacidad de mando. Si en nosotros descansa tan delicada responsabilidad es necesario que
seamos dignos de ella, no permitiendo que se alteren las labores administrativas, por ninguna cau-
sa, ni con ningún pretexto.
La Guardia Nacional ha demostrado en horas de peligro y de dolor sus cualidades de leal-
tad, de valor, de responsabilidad y de sacrificio, limpiando de malezas el sendero y propagando el
amor al trabajo y a la vida civil, que nacen de la seguridad de la paz.
La Guardia Nacional, fiel a su razón de existencia, ha respetado la voluntad del electorado
nicaragüense y la libertad del pensamiento escrito, cuando esta no ha pretendido saltar al campo de
lo prohibido por la ley.
Al ingresar a la Guardia cada uno de nosotros dejó en el recuerdo el color de la bandera
partidarista y se ha convertido en el centinela exclusivamente alerta para que no se empañen los
colores de la Bandera Nacional con perturbaciones intestinas, ni violaciones internacionales. El
estancamiento de la cultura y del progreso de la República reconoce, como causa primaria, el en-
cono con que en todos los tiempos se han planteado y resuelto sus problemas vitales. Ahora la
Guardia constituye una clase orientada a muy altos destinos, porque, al renunciar a la facultad de
deliberar, ha fortalecido el espíritu de cuerpo, haciéndose respetable y fuerte, por la obediencia y
ejecución inmediata de las ordenes superiores.
En la Guardia Nacional descansa la seguridad del Estado y de sus leyes fundamentales. Por
eso cada uno de los miembros que la integran debe comprender que hay más sacrificio que prove-
cho en el ejercicio de sus funciones; y que la abnegación, la lealtad y el honor no constituyen vir-
tudes, sino condiciones indispensables para figurar dignamente en sus filas.

Oficiales y alistados de la Guardia Nacional:


He estado y estaré con vosotros en los días difíciles y en las horas de justo regocijo. Com-
parto con vosotros las responsabilidades del estado militar y quiero que vuestra conducta se ciña al
Reglamento para el Gobierno y Disciplina de la Guardia y al debido acatamiento a las leyes de la
República, porque en esa forma cumpliréis con vuestro deber y ayudareis al desarrollo del progra-
ma administrativo que el Excelentísimo Señor Presidente General Somoza, ha iniciado, a la som-
bra de la paz, para bien del país.
Habéis sabido corregir en gran parte los defectos motivados por los antecedentes de nuestra
organización. Siendo fieles al juramento prestado satisfaréis los anhelos de nuestro Jefe Director y
lograréis obtener sin reservas la confianza de los nicaragüenses”.

J. Rigoberto Reyes,
General de Brigada G. N.,
Jefe del Estado Mayor G. N.

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Lista de oficiales que de la vida civil ingresaron al Ejército:
General Anastasio Somoza 14-Noviembre-1932
Coronel Gustavo Abaunza 19-Noviembre-1932
Coronel Samuel Santos 14-Diciembre -1932
Coronel J. Andrés Urtecho 30-Noviembre-1932
Coronel Sebastián Poveda 23-Noviembre-1932
Coronel Arturo S. Cruz Hurtado 23-Noviembre-1932
Coronel J. Rigoberto Reyes 25-Noviembre-1932
Mayor Fernando Andino 03-Enero-1933
Mayor Luis A. Balladares Torres 19-Noviembre-1932
Mayor Evenor Hernández F. 21-Noviembre-1932
Mayor Gustavo Lacayo 14-Diciembre- 1932
Mayor Ramón Sacaza 13-Mayo-1933
Mayor Alberto M. Baca 19-Noviembre-1932
Mayor Alejo Espinoza L. 26-Noviembre-1932
Mayor Donoso Gasteazoro 26-Noviembre-1932
Mayor Adán Medina C. 25-Noviembre-1932
Mayor Arístides García Otolea 21-Noviembre-1932
Mayor J. Francisco Terán 19-Noviembre-1932
Mayor J. Rodolfo Marín 22-Noviembre-1932
Capitán Hermógenes Prado 19-Noviembre-1932
Capitán Leopoldo Álvarez 23-Noviembre-1932
Capitán Rufino Guerrero 03-Enero-1933
Capitán Diego López Roig 05-Diciembre-1932
Capitán Genaro López 24-Noviembre-1932
Capitán Arturo Montealegre 12-Diciembre- 1932
Capitán José Saravia 19-Noviembre-1932
Capitán Virgilio Vallejos 03-Enero-1933
Capitán Horacio Vega 12-Enero-1933
Capitán David Argüello 19-Noviembre-1932
Capitán Fernando Balladares 19-Noviembre-1932
Capitán Manuel Callejas 22-Noviembre-1932
Capitán Eliseo Mayorga R. 21-Noviembre-1932
Capitán Alfonso Mejía Ch. 05-Diciembre- 1932
Capitán Francisco Mendieta 25-Noviembre-1932
Capitán Enrique Miranda 21-Noviembre-1932
Capitán Ambrosio Parodi 21-Noviembre-1932
Capitán Alejandro Pereira 19-Noviembre-1932
Capitán Joaquín Rivas 25-Noviembre-1932
Capitán Leopoldo F. Salazar 25-Noviembre-1932
Capitán Fulgencio Sevilla 19-Noviembre-1932
Capitán Carlos A. Telleria O. 19-Noviembre-1932
Capitán Carlos G. Zelaya 26-Noviembre-1932

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Jefes Directores de la Guardia Nacional:

Rhea, Robert Y. General de Brigada (Mayo 12 a Junio 29 de 1927)


Pierce, Harold C. Mayor (Junio 30 a Julio 10 de 1927)
Beadle, Elías R. General de Brigada (Julio 11 de 1927 a Marzo de 1929)
Mc Dougal, Douglas C. General de Brigada (Marzo 11 de 1929 a Febrero 5 de 1931)
Matthews, Calvin B. Mayor General (Febrero 6 de 1931 al 1 de Enero de 1933)
Smith, Julian C. Coronel (Agosto 16 a Octubre 5 de 1931)
Somoza, Anastasio General de Brigada (Enero 20 de 1933 al 1 de Noviembre de 1936)
Reyes, J. Rigoberto Coronel (Noviembre 2 de 1936 a Diciembre 9 de 1936)
Somoza, Anastasio General de División (Diciembre 10 de 1936 hasta 1956)

Reunión de militares y liberales cercanos al Presidente Anastasio Somoza García, de pie


el cuarto de izquierda a derecha: General J. Rigoberto Reyes, al centro General Anastasio
Somoza García, onceavo: el Coronel Darvell. De rodillas, enfrente, segundo de izquierda a
derecha Coronel Davinson Blanco, tercero Coronel José Esteban
McEwan.

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BIBLIOGRAFIA:

Cipriano Orúe
PRESIDENTES DE NICARAGUA

Richard Millett
GUARDIANS OF THE DYNASTY
N.Y., 1977

Dr. José María Moncada


NICARAGUA
SANGRE EN SUS MONTAÑAS
San José, California, EE.UU., 1985

Tributo del Estado Mayor de la Guardia Nacional


A la memoria de Doña Lola Valenzuela de Reyes
FLORES DEL RECUERDO
Octubre de 1937, Managua, D.N.

El Estado Mayor de la Guardia Nacional


A la memoria de Doña Lola Valenzuela de Reyes
PENSAMIENTOS
Septiembre 26 de 1938, Managua, D.N.

Luis Mena Solórzano


APUNTES DE UN SOLDADO
(GUERRA DE 1926)
LOS ARQUITECTOS DE LA VICTORIA LIBERAL

Rafael T. Arjona, Editor


Matagalpa/ Libro de Oro Magazine
EL PREDESTINADO DE RANCHERIA
LA CASA DE LOS REYES

A. Reyes Huete
Publicación del Estado Mayor G. N.
ETAPAS DEL EJÉRCITO

Fire Imperils Managua Center


THE NEW YORK TIMES
Article from April 26, 1940

Nicaraguan Leader on Way Here


THE NEW YORK TIMES
Article from May 16, 1940

32
Nicaraguan Cabinet Resigns
THE NEW YORK TIMES
Article from December 24, 1936

Latin-Americans Hear Defense Plea


THE NEW YORK TIMES
Article from October 25, 1940

Managua is Tense in an Armed Truce


THE NEW YORK TIMES
Article from June 2, 1936

Strategic Points Guarded


THE NEW YORK TIMES
Article from May 28, 1947

Reyes in Nicaraguan Cabinet


THE NEW YORK TIMES
Article from November 16, 1946

Reyes Quits Nicaraguan Post


THE NEW YORK TIMES
Article from November 13, 1940

Sacasa Starts Exile with Group of Aides


THE NEW YORK TIMES
Article from June 7, 1936

New Nicaraguan Minister to U.S. Arrives


THE NEW YORK TIMES
Article from November 3, 1937

Hondurans Guard Border


THE NEW YORK TIMES
Article from November 4, 1937

Military Training Urged


THE NEW YORK TIMES
Article from November 8, 1937

Y agradeciendo enormemente la colaboración de todos aquellos familiares y allegados a la fami-


lia del General J. Rigoberto Reyes, quienes finalmente se prestaron para ser entrevistados y haber brinda-
do un magnífico aporte para la terminación de esta corta biografía. En especial a Don Armando y
Doña Lilí Reyes, a Doña Nena Reyes de Hayn, María Lilí Reyes de Wallace, Doña Marlene Hayn de Cisne y
el aporte de todas aquellas personas de gran corazón que me inspiraron en terminarla.

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