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JOSE MARIA ARGUEDAS, ENTRE SAPOS Y -HALCONES (Discurso de Don Mario Vargas Llosa) Seior Director de la Academia Peruana de la Lengua Sefior Embajador de Espafia Sefiores académicos Sefioras y sefiores: Si hace veinte afios me hubieran dicho que un dia iba a ser académico hubiera tomado la profecia como un agravio 0 como una broma. Las palabras ‘academia’, ‘académico’, me parecian entonces, y, con perdén de ustedes, no han de- jado de parecerme todavia, parientes consanguineas de co- sas con las que me siento tan distanciado ahora como cuan- do era adolescente: el casticismo, el conservadurismo, el ca- tolicismo. A pesar de ello, he aceptado la carifiosa conspira- cién de antiguos maestros de San Marcos, de parientes y de amigos, para instalarme entre ustedes, por razones que me gustaria confiarles. La primera tiene que ver con el desamparo de la lite- ratura en el Peri. Huérfana de apoyo oficial y privado, des- defiada por unos e ignorada por otros, malvive de milagro y gracias a esfuerzos individaules que son gotas de agua en un desierto de indiferencia u hostilidad. En estas condiciones es infantil cultivar la iconoclasia literaria: no se puede comba- 89 tir lo inexistente y es pérdida de tiempo matar cadaveres. En nuestro paramo intelectual, cualquier empefio a favor de la literatura y del espiritu, y de cualquier signo, debe ser aplau- dido y apoyado por los escritores como un combate contra la barbarie que nos cerca y que no es sdlo politica y econémica sino también cultural, Formar parte de una institucién cu- yos miembros, de manera desinteresada, se reinen a hablar del idioma y de las letras es, dentro de este desolado contex- to, contribuir, de un modo parco sin duda pero inequivoco, a mantener viva el alma de nuestro pais y todo aquel que sea convidado a participar en ella debe sentirse agradecido. La segunda razén es que ser miembro de la Academia es una manera como cualquier otra de afirmar el orgullo que todo peruano deberia sentir de hablar en castellano y de ser, gracias a Espafia, miembro pleno de una de las mas dina- micas provincias culturales del mundo. Sin que esto signi- fique menospreciar nuestro pasado prehispanico ni el que- chua o el aymara, creo que el desarrollo del Pert es in- separable de la afirmacién y extensidn de la cultura y la lengua que hacen de nosotros parte indivisible de una co- munidad de doscientos millones de hombres que, en el nue- vo y en el viejo continente, comparten una historia, una cultura y experiencias que aseguran nuestra modernidad y nuestro didlogo con el resto de los hombres. Un viejo pre- juicio, en nuestro pais, acostumbra identificar a la cultu- ra de raigambre espafiola con tendencias politicamente re- trégradas y religiosamente ultramontanas. Sdlo la ignoran- cia puede amparar semejante desatino en relacién con el pais donde nacieron los fueros populares, el primero que en- sefié al mundo a combatir con guerrillas a los tiranos y aquel cuyas literaturas, aun en los momentos de mayor re- presién oficial, consiguieron ser siempre, en la palabra de sus mejores creadores, insumisas, heterodoxas y tercamen- te enraizadas en lo popular, desde Ios tiempos del Arcipres- te y de Martorell hasta los de Lorea y Machado. Después 90 del mio, a ningtin pais me siento tan unido ni quiero tanto como a Espaiia, a la que debo (y pienso sobre todo en Ca- talufia, en Barcelona) mucho de lo que soy y de lo que he podido hacer. Esta es, supongo, una buena oportunidad para decirlo. Por lo demas, confio en que ser académico no cancele ni modere en mi una cierta vocacién de incon- formidad —ante los poderes establecidos, desde luego, pe- ro sobre todo ante mi propio trabajo— pues una de las po- cas certidumbres que he alcanzado es que no hay nada tan eficaz como la satisfaccién para matar o idiotizar a un es- eritor. Eseribir en castellano, ser uno de esu legion de creado- res que ha dado a la humanidad el Quijote y los Comen- tarios Reales, Residencia en Ia Tierra, Piedra de Sol o los Poemas Humanos, no es, en modo alguno, renunciar a la experiencia intransferible de su pueblo, provincia o aldea. Al contrario, es tener la posibilidad, gracias al idioma en que uno escribe, de realzar la visién de lo propio con una perspectiva mds ancha, hablar de una variante significativa de lo humano —el Peri— con Ja seguridad de ser escuchado y comprendido. Asi lo entendieron el Inca Garcilaso de la Vega y César Vallejo, y asi lo entendié también José Maria Arguedas, ese escritor que conocié y amé como pocos el Pe- ride habla quechua, y de quien, luego de este obligatorio predmbulo, voy a hablarles. * Oe * Es arriesgado aceptar a pie juntillas las interpretacio- nes que hace un autor de su propia obra, ya que ésta, por su cercania —ese contexto que el escritor dificilmente distin- gue del texto—, puede resultar para é1 mds enigmatica que para sus lectores. Tomar al pie de la letra lo que José Ma- ria Arguedas decia sobre lo que escribié ha Nevado a mu- chos —a mi mismo, en una época— a pensar que el méri- 91