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IMPRESO EN MÉXICO

© 1991, David Toscana

© 2 00 3, Ed i to ria l S u damericana, S . A. ®

H umbe rto 1531, Buenos Aires .

© 2 00 3 , Pla za & Jan é s M é xi c o, S. A. de C. V .

A v.

H omero 544, C o l . Chapultepec Moral e s,

D e l . Mi gue l Hidal go , 11570 M é xico , D . F

© 2 00 3, d e la presente edició n :mpo E ditor ial Random House Mond ad o ri, S. L .

' l 'n n i rssrr a d e Gra ci a , 47-49 . 080 21 Bar ce lona, Espa ña

I S B N: 968-11- 0598- 2

( ' 1I lllpl l H i l ' i ó n tipog ráfica: Juan Car l o s Go n zá le z

-

U na vez más Amaro repartió su mirada entre la ventana

ye l reloj. Ya pasaba d e las nueve y, afuera, l os golpes de

vie nto, hoja s y tierra que bajaban de la montaña presa - gia ban un aguacero. Imelda comenzó a cerr a r l a s v entanas, lamentándose de l polvo que se había metid o e n la casa.

- Menos mal que hoy n o vas a salir -dij o de acuer -

d o con su costumbre de bu scar e l chant a j e e n vez de pe-

di r un favor . Generalmente Amaro se sentía con poco án i mo para

c

ontradecir a su mujer y t ermin a ba por comp l acer la. Sin

e

mbargo, esa noche estab a di s pu esto a a ctuar d e otro

modo. ¿Cómo faltar hoy al Lont a n a n za , pensó, justo hoy que seré el centro de atenci ón? 1 l a b ia d ec idido llegar tar -

de, cerca de las diez, cuand o y a t o d os s u s am i g os estuvie - ran ahí, esperándolo, h abl ando d e é l.

¿Verdad que no vas a sal ir, l I u g o?

I ! ~yv1 r o Alguno s ~ños at r ás A maro l e había pedido qu~ ya no. 10 llamara así. Fue poco después d e ha ber cumplido los cuare n ta. Una secre t aria d e l a fá brica se acercó para ' en -

-

"

t r cgar l e un s o b re y l e p reg u n t ó : ¿ u s te d es J lu go ? La mcz -

c

e ra un nombr e de niño o de much a ch o , pero no a l c a n z a - ba para un hombre maduro, de vientre amplio y o n du l a - do, sin aire para diez escalones ni valor para riesgos que implicaran a lgo más que un par de fichas en los juegos de cartas.

l a d e l u s t e d c on ese n om b r e l e r es u lt ó a b e r r ante . H u go

( #, ~ u -¿Verdad que no? - insistió Imelda.

- }I

Es a misma tarde, poco antes del silbato de las seis, e l

g

v ei n te años d e s e r v icio, le empujó un sobre lleno de bille-

e s y l e pidió f i rmar varios papeles. Amar o volvió a casa más t e mprano que de costumbre y respondió a la curiosi-

t

e r e nt e de p e rsonal 10 había llamado. Le agradeció sus

da d d e Im e l da diciendo que se había sentido mal, un do-

lor e n la e sp a lda, los achaques de la edad. El ' resto fue echarse so b r e e l sof á a esperar la noche. -

y no pud o distinguir ni los restos de aquella muchacha \1- ~

Amar o volteó hacia su mujer, imponente y aburrida ,

o n la q ue h a bía hecho tantos planes / Vaya ser auxiliar \

d e c on t a dor , le dijo f e liz cuando 10 contr a taron en la f á -

r ica, y c r eo que en menos de seis meses nos podremos

a rgar . L o s p lan e s eran tan indefinidos que a veces no se Iistinguían de los sueños: se irían a la ciudad, donde él rerrninaría sus e studios, podría ganar m á s y e v entu a l-

b

l

m e n te m o n ta r í a s u propio negocio. Poco pensaban sobre qué es t udia r o qué negocio poner , y a Im e lda sólo le

p

e o c up aba q u e l os p lanes fueran dema si a do ordinarios, igualcs a lo s de todo el mundo. É l la abrazaba y la

d i c i é ndo l e que no eran igua l e s , porque e llos

sonr e í a y le decía que 10

011 1( ' 0 vonlndcrarnente importante er a esta r juntos toda 111 vhlu, 1111I1(IIIC to d a la v ida pasara e n e l pu eblo y sin di-

r

t l tll

' O l lt c l l t n l m

IOH 1l \ l rfn t 1 real i d a d. Ella le

11 ( ' 1 ' 0 . l~tltot1ces él se Il n m n b n I lu go y ella tenía un t ra s ero "

unnomoso.

-

N o

me h as c o n t e stado , H u g o.

/

/ ( ,0 J1tt r )

J Dec idi ó q u e t o dos l e ll a m a ran por su segund o apelli-

medio

\ d o, A mar o, pu e s e l p r i mero, G a r c ía , 10 llev a ba

p u eb l o . C uando por t e l é f on o le pr e guntaban de parte de quién, c ome nz ó a respond e r "de Amaro", y de tanto au-

tono m bra r se así, l a gente se fue olvidando

Ime lda re chazó la i dea y le dijo que le diría Amaro el día

en q ue é l la llamara Villar r eal. , A maro se palpó e l bolsillo y sintió los billetes. No los

h a b í a q uerido contar. Par a nadie era un secreto que cuan- do e n la fábrica corrían a a lguien 10 liquidaban con una

c a ntid ad inferior a la correspondiente por ley. Él mismo

lle gó a indignarse más cuando le hicieron esto a un com -

pa ñer o que cuando 10 experimentó en c a rn e propia. De -

ci dió no contar el dinero para no enterarse d e l tamaño de

s u i n justicia. No pensaba decírselo a Im e ld a. Qu er í a pasar una no che a gusto, sin reclamos, sin necesidad de hacer nue- vos planes ni andar pidiendo f avores ni d e vera s p o n e rse

a i maginar su situación d e l me s o d e l añ o e ntra nte. Para

qué ocuparse ahora de eso si y a t e nd ría a s u m ujer c on - ver tida en una concienci a de t i e mp o c o mp l e to, cu estio - ná ndolo, haciéndole cuent a s, o bli gán do l o a sal ir a la calle

e n busca de un ingreso . Amaro se encaminó haci a l a pu e r t a y , sin decir na- da , salió. Las flores de bugambili a a van za b a n por la calle con

c ada golpe d e viento . Rodaban, y alg un a s h a sta doblaban

p or la esqui n a c o m o si tuvi er a n volun tad para dirigi r se a algún lu gar e specífi c o. P e ro só l o e so v io, bugambilias,

de Hugo . Sólo

p orq u e l a s c a l l es es tab a n d es i erta s d e ¡,¡;cllle, I .c angusti pen sa r qu e ta l vez h a b í a p e rdid o m u c h o tiempo c o n s u muje r y q ue tal vez sus amigos, cansad o s d e espe ra do, s e hab r ían regresado a sus casas. El viento sopló con más intensidad. Amaro se pasó una y otra vez las manos por el cabello tratando de ende- rezarse e l peinado y, al tiempo que se lamentaba por lo inútil de su esfuerzo, le reconfortó palpar el rasgo mejor conservado de esos tiempos que él, en su pensamiento, llamaba los años de esperanza y que Imelda refería en conversaciones m e lancólicas con frases como cuando éramos f e lices. Pa r a Amaro la f e licidad era una falacia aprendida en las t e lenov e las. Nadie podía ser feliz porque la alegría era alg o momentá n eo que de pronto aparecía en una ris a ,

con una buena

notici a , con un buen trag o , pero igu a l-

mente s e esfum a ba en un momento y tardaba en volver. -1>- La m a yor p a rte d e l día uno no era feliz; tan sólo se dedi-

caba a comer, dormir, t r abajar, ida pasando en espera d e que un amig o o e l a z ar t r ajera como regalo otro instant e preferible al r e sto ; y Amaro pensaba que las noches ofre-

c í a n siempr e mejores oportunidades para hallar e sos ins -

todo se mostraba demasiado de esos años de esperanza l a

tantes. D e día . , en cambio, rea l . Por eso en l a s n o ches

rudorcs, la mcrcuncía de cada calla: d O H niños durmiendo

obr e u na c o bij a dc s h i l a c h ada, u na fa m i li a s i l e ncio s a e n t () 1 ' Il O a l te l evis or , re t ra t os s onrien t e s d e b o d a , d e quin c e uños, s i l l o n es ro jo s forrados e n p l ástico, v írgene s , c ru c ifi - jo s , ma nt e l e s b or d a d o s, un pa n a m e dio c omer, un calen-

d a rio q u e se qu e dó e n f e bre r o, un a pa r eja de ancianos

v i én dose con l a ind i f e r e n c i a d e l tiempo, mujeres envuel- ras e n ba t a s flo rea d a s; nad a qu e le atrajera; escenas que bie n po d r ían habers e tomado de su propia c a sa. -¡Métete, Gaby! ¡Ya va a llover!

E l grito se empalmó con e l viento . Amaro volteó ha-

c i a u no y otro lado sin distinguir de dónde había venido.

S in ti ó unas gotas pequeñ a s, aisladas sobre la c a ra y se di- jo q ue aún no era la lluvi a , a p e nas un presagio. Con otro

re l á mpago descubrió a un hombre a l fond o de la calle.

L ue go lo vio tambalearse en l a oscuridad y trató inútil -

m e nte de identificado hasta que l o perdió de vista. Apu-

r ó e l paso . El Lontananza p a r ecía m ás l e jos que nunca y

a ca so, igual que ese hombre, su s am i g o s y a iban por el

ca mino de regreso. Amaro forzó la respiración. An s i a b a e l humo d e l ci-

g ar ro' las palmadas en la esp a ld a , l as f r ase s imbricad a s e n

b usca de una risa, de un g e sto d e a prob ac i ó n . A l lá, d e n- tro del Lontananza, estaba la vid a .

ciudad e r a un respl a ndor en el horizonte que Am ar o

-No

me van a dejar solo - dij o

Amaro

e n v oz alta .

sentí a dem a siado cerca no como para no a lc an za d o, y po r las m a ñanas se v olví a un lugar muy remoto d e sd e do n d e

par a tranquilizarse- o Hoy no. Por fin distinguió e l lugar y v o l v i ó a d i s m i nuir e l pa-

los patron es ll e gab a n en sus autos negros . Un r e lámp a g o iluminó la calle. Amar o s e c a rgó hacia la acera de rech a, r e p e g a do a las paredes d e l a s casa s para

o. No tenía caso co rr er si ya p od ía v ig i l a r l a puerta. Las paredes de sillar del Lontan a n za, e l l e tre ro, e l arbotante de la esquina, todo estaba a hí en espera de Amaro, pero

s

esquivar l a inm inen t e lluvia. Su mirada ent ró in trusa por

e

l viento seguía llegando sin v o ces ni risa s, tan sólo con

la s ventanas y f ue d esc ubriendo, como si obse rvara apa-

s

u silbido , sin siquiera otro gri t o p a ra Ga b y .

 

S e a ce r c ó ne r vi o s o y tomó l a p eri l la t i c l a pu e rt a . An - tes d e a brir agu z ó e l oído. Escuchó e l t ra q ueteo d e l a llu -

v i a sobre la lámin a y sólo entonces se p erc a t ó d e q u e s e estaba mojando. Tanteó los billetes antes d e a tr e v e rse a abrir. Alguien estiró la puerta desde dentro.

- ¡Miren quién llegó!

Distinguió a sus amigos, poniéndose de pie, cami- nando hacia él con magníficas sonrisas que algo tenían de solemnes. Lo a br azar on, le apretaron la mano con e l mayor de los afectos y 10 condujeron hasta l a cabecer a de un a ristra de mesas que h a bían unido p a ra l a o ca sión . Amaro sonri ó. Todos est a ban con él e n s u noche . A al gunos de ello s t a mbién los habí a n co r rido de la fábrica; otros aún tr a b a jaban ahí . Pero hab e r perdido e l em - pl e o no era sino un símbolo. Al fin todos ellos habían caí - do en la tramp a que les t e ndieron para nunca esc a par del puebl o, una t r ampa dis f r a zada de un emple o apen a s s ufi-

c ien te para adormece r los sueños, para d e rrotados. Sin em-

b a rgo, e sa noche se s e n t í a n se g uros, felice s . E sa noche el Lontan a nza era un p araí so donde el fracaso no e x istía.

f I o:' : l' Vi fe L eva ntaron sus v a sos y bebieron.

Lu e go d e pedir un a ronda para todos, Am a ro empe - (ltI ( ! zará a r e latar lo s po r men o res de su despid o y todos se

e ch a r án a r eír cuando les cuente que firm ó c ua nto papel

le pu s i ero n e nfre n te c o n tal de tomar e l sob re del dinero.

Hab l a rán de los tr a idore s, d e los apestosos q ue h uye ron a

l

siem p r e q u e a hora ll a m a n casa de campo. D e sgr aciados,

d i r án c o n e l rost ro e nc e ndido , cobardes .

a c i u d a d y v u e lve n acas o un fin de seman a a s u c a sa de

C ua n d o l a n oche s e haga más viej a y se de tenga el

r e pi q u c lt , o e n e l te cho de lámina, Am aro pro pondrá un

brindi s p or s u m uje r y p o r las de todos . E nt onces, entre

2

1111111 dt· uprobación y fra ses d e e namorado s , abrirán l as

hac e m ás d e ve i nte año s,

d e la e spera nza , porqu e n ad i e pensa r í a si -

I ( UI N I I H p ar a sac ar l o s retratos de

1 , I n ti l i n o s

11'1111'11 ( ' 1 ) u n brin dis p or l a s mujere s c a d a v e z más am-

11111114 y t e di o s as q u e de j a ron en casa. 1'01' c u e n ta de Ama ro correrán las bromas y los chis-

s e rá n a pr o b a dos igual que se le aprueban a

¡ III 1'"1 rón. I )t 'H p u é s , c u a ndo e l cantinero comience a señalar el mllll dCHdc la ba rra, e l los dirán está bien, Odilón, ya nos IIII IH I , y un o a un o i rá despidiéndose de Amaro y le dará In•• w"r i as por h a b e rl e s regalado esa velad a tan mara-

I í 'Ii , Y t o d os

1111tH\ •

A m ar o pa gará sin chistar e l consumo d e todos, sin

rupurtur 10 qu e be bieron antes de que él llegara, sin ocu - i ! 11tH' d e re visa r la c uent a , porque sabe muy bien que po- i ' I I M veces e n la vid a s e puede ser protagonista y no espera '11 \1' ('H I ' :! o po r t u n i d a d sea gratuita. Luego pedir á un a bo-

I d l l l p nra e l ca m i no de vu e lta a casa , que se hará largo,

pl)~11t l o , o sc uro . 1)01' las ca ll e s que corren de norte a sur avanzarán pe-

'1III'¡1m; rí os tur b i os , y Amaro , sin memoria , se preguntará I \ l t ~ h o ra comenzó a llover. Un trago , tres tr a gos, diez

Il l I go H il a b ote ll a a medias y Amaro s e desp lomará sobre

I leido, boc aba jo, orin á ndose los pant a lones, palp a ndo el vulumcn m íni mo de los billetes en e l bolsillo. Y ahí, con

I ro s tr o aco m odado para sostener n ariz y boca fuera del I 1111I'CO, tra t a n do de no pensar e n na d a, dormirá. I ) o r mir á h ast a el aman e c e r , cuan do alguien 10 vea y nl ll ' l \ a a vi sar le a Im e lda, qui e n segu ramente estará aún

I

d l 'lI p ic rta , lu chando entr e l a p r e oc up a ción y la r a bia. Ella n1 h nst a su lad o y le tend e r á un a ma no para levantado.

I3

- I l u g o, ¿ por qu é m e h aces e s t o ? Am aro, c on l a m e n t e d e sor b it ad a , se c o l gar á d e s u hombro y se dejará llevar de vuelta a c asa . Ahí qu e r r á pe - dir perdón o al menos dar una explicación, per o e n vez de eso se echará sobre e l sofá y, mirando a trav é s d e la ventana, comprenderá que ya es de día.

\ .\

I

\

-

r

E l ho mbre llevaba varios minutos viendo la fotografía. La

re g r e só al bolsillo de la camisa para tomar la botella de

ce rv e za y servir su contenido en e l vaso; una camisa sin

c ue l lo, blanca, con una raya roja y otra verde. Bastante fea , pensó Odilón, me recuerda el uniforme que usó Mé-

x ic o en el setentaiocho.

r e s to de los bebedores, volviendo completamente e l cuer-

po para observar incluso a l os qu e t e nía a su espalda. Re-

c a rgado en la barra, Odil ón l a i n t e rp re t ó c omo una mirada

tr iste y retadora, y se l e oc u r r ió qu e e l h om b re ll e vab a una

p ena encima y de segur o b u sca r ía c o b r árs e l a co n a l g uien .

No le importaban lo s pr o bl ema s d e s u s c l i e n te s; sin em-

El hombre echó un vistazo lento al

bargo, en ese momento p r esi nti ó q u e po d ía n prese ntarse di- ficultades para él y su ne go c i o. 1la b ia rec or dado otra ocasión en que un hombre con la mi s m a f or m a d e m irar estuvo be-

b i endo largamente: com en zó co n cer v e za , si guió con jaibo -

les y terminó con mezcal, c a d a vez co n o j o s más desafiantes e inquisitivos. Por fin, de t a n t o m irar a u no de los clientes, provocó la pregunta: ¿qu é m e ves? De in mediato comenza - ron los golpes. Uno de ell o s sacó s u n a va ja y e l piso terminó

('

\~

\f .

.

c ubi ert o d e sangre. A l día sig u i e nt e, 1)1 icn tra s l impi a b a l a

c ostra seca, Od iló n s e l a m e n tó d e no h a b er a c t u a d o ant es . Se hubiera ahorrad o un m uerto y las dos h or a s qu e l e to m ó ce - pillar el piso con amole, se hubiera ahorrado los cuestion a - rios de la judicial, el andar respondiendo por gente que ni conocía y la botella de creolina que hubo de verter por todo

e l su e lo para matar lo vivo que quedara del muerto y que du- rante una semana le impregnó la cantina con un olor profun -

do a hospital.

El hombre agitó su botella vacía en señal de que de - seaba otra . El mismo Odilón fue hasta su mesa y la colo- có junto al vaso. Ahí la destapó. Quer í a medir de cerca

sus intenciones y sus agallas, y de paso aprovechó para re-

c o ger dos envases va c íos con sus respectivas corcholatas. -¿No hubo suerte? -preguntó Odilón.

.

-Ningun a

-respondió

el hombre, otra vez con la

fotografía en la mano . Las botellas se d e stapaban frente al cliente porque por esos días se r ea liz a b a una promoción de la empresa

c e rvecera en la que regal a ban desde una c e rvez a hasta un automóvil . La p r egunta de Odilón fue a ce rc a de la pro -

moción, pero supuso que e l hombre le hab í a r e spondido sob r e la vida. Distinguió que la fotografí a e r a d e una Po-

l a roid, de ésas inst a ntáneas. La r econoci ó po r su forma '

cuadrada, por su gro s or y por el color negro d e l rev erso. Aunque no alcan z ó a ver la imagen p e nsó que e staría muy mal definida, pues él mismo era dueño d e una Pola- roid y, sin import a r la cantidad de luz, las f otos si e mpre resultaban como si se hubieran tomado d e noc h e , los rostros lucían verdosos y los detalles, co mo un lunar o

u na a r ruga, simplemente no se dejaban ver. Por eso me-

t ió la cámara en un cajón y nunca más l e dio por saca r la.

=

16

Regresó a la b arra , d esde dond e p roc u ró no quita d e la

visrn a l hom b re . Se preg u ntó c u á l s e ría l a e strategia co - rr ec ta: ec hado o ha bla r c on él . N o consideró l a opci ó n de

d c j a rl o hacer, de esperar . Echa do , p en só Odilón , puede

HC!" 10 peor, p o rqu e 10 tendría que ha c er y o m ismo y luego HOy y o e l qu e r e cibe el go lpe o la cuchillada o e l bal az o. No

t i e n e c ara de ser buen b e b ed or, ¿aunqu e cómo estar segu-

ro? Apen as lleva t r es c erv e za s , y tres cualqui era las a guanta .

N o le quedó sino h a blar con él , un a fin g id a charla en-

t r e a mig os para ma n d a r lo de vuelta a su casa .

te encargo, Güero -le dijo a su ay ud a nte- , voy

t l a ten d e r un asu n t o . De stapó u na cer v eza y, como no h a b ía premio, sacó de un ca j ón un a c orchol a ta de la noche a nt er i o r que re- ga laba un six pa ck .

h o y es su

ami go -s e dirigió al hombr e - ,

d ía de sue rte.

- A i

-Mir e ,

E l ho mbr e tomó la corchola t a y la o bs e r v ó con poco

inter és.

- Yo no p e dí e st a cerveza.

Lo que meno s e s p e raba Odilón er a un a rranque de

r hon es t i dad; un pr e mio era un premi o y d e b ía a ceptarse

a un que fuera inm e recido. -Tome la ficha y v a y a a canjeada en cualquier de-

pó si to . Od ilón se di o c u e nta de que había muy poca dife-

r e n cia entre 10 qu e d ij o y echarlo del local . Pe n só rápido

e n una forma de arreg l ar sus palab r as, 10 que menos que-

rí a er a portarse vi olento.

-Entonces t rá i game s ei s -dijo e l hombre, cuidan- do qu e la imagen d e l a fot o g rafía no f ue ra visible para

O di l ó n- . La quiero canjear a quí,

17

Dos m e s e s at r ás, Odi l ón ha bí a l eí d o u n li br o t i t ul a d o

Manual del ba r tender: la guía práctica p a r a a d mini s tr a r c o n

éxit o un bar. Muchas ve . ces 10 vio en

vistería que estaba a tres cuadras d e l Lontananza. Las primeras veces sólo le causó risa: él sabía perfectamente cómo administrar su negocio; 10 que menos necesitaba era que un tal Lyonel Baldwin le diera consejos. Sin em- bargo, cada vez que se asomaba al aparador el libro le tentaba un poco más. Por fin, en una de tantas, se animó a entrar. La contraportada con el rostro del autor le dio confianza: era un hombre de salud bastante precaria, ca-

bellera muy rala pero uniforme, ojos saltones y brillantes, pi e l seca y rostro mal rasurado. Odilón no 10 creyó un hombre que administrara bares, pero sí uno que los visi -

e l aparador de la r e -

d e UHIIl: tlt a d e v ari e d a d y Heg uid o p l an e a ba s o br e l a o c a - sión c u a n d o tr es norteamer i c a n o s l e pidieron un as mar -

¡ . !; a ri ta s .Lo s m e x ica no s no tomamos esa ma riconada , di- jo, s e invent ó para l os gringo s q u e no a guantan e l tequila. De c ualquier mo d o guard ó e l libro en un cajón de la ba -

r r a y se pro p uso c onsultad o si alguna vez otro extranjero

l e s olic i ta b a u n a bebida fuera de 10 acostumbrado. Al fi -

n a l de l a lectura, sólo el c apítulo titulado "Cien pregun-

t as " l e pareció va lioso. El autor aseguraba que un canti -

n e ro d e bía ser 10 suficientemente original como para

e v itar c onversaciones acerca del clima o la salud. Para co -

m enz ar una ch a rla, había que soltar cualquiera de las cien preg untas qu e él recomendaba . Dichas preguntas eran tan s uperficiales que no determinarían el rumbo de la

t

a ba asiduamente. Pagó e l libro y lo leyó en dos tardes.

c

onv ersación, sino que daban total libertad para que el

Al principio le decepcionó 10 que estaba leyendo . El

c

lie nte hablar a de 10 que quisiera. Odilón se propuso

autor, al fin pensando en bares de primer mundo, habla -

me morizadas y las leyó una vez tras otra. Y no es que en

ba sobre la instalación de computadoras para controlar el

u

n momento dado pudie ra enumerar las cien preguntas,

inventario de alcoholes, la nómina, e l consumo de las mesas y el de los clientes asiduos; la forma de negociar

si no que ya en otras situ acio n es, si resultaba oportuno, le ve ní a a la cabeza cualqui e r a de ellas. En ese instante,

contratos con las compañías de cable para tener al más

v

iendo las rayas verd e s y ro j as d e l hombre frente a él, re-

bajo costo HBO, MTV, Playboy Chann e l o las peleas de

co rdó la pregunta nú mero vei ntitrés:

box de campeonato mundial; el tipo de bebida preferido según cada segmento social, sexual y racial; la responsa- bilidad moral d e l encargado o propietario de un bar res-

p e cto a los bebedores menores de veintiún años y las

co nsecuencias legales en caso de que alguno de e llos se

v i era involucrado en accidentes o crímenes. El libro de

tres cientas noventaiséis páginas también in c l uía las rece-

tas d e las mil bebidas y combinaciones más populares en

e l m undo. ¡Mil!, se sorprendió Odilón. E n e l Lontanan-

za no servimos más de diez . De hecho, O di lón se jactaba

18

-¿Dónde compr ó l a cam i sa? Odilón hizo una rever e ncia m e nt a l a Lyonel Ba1d-

win. En 10 que el homb r e l e r e spond í a , é l mismo elaboró una serie de posibilid ade s : fue un rega lo, en tal tienda,

me la robé, perteneció a mi difunto

do un regalo ahora p odí an h a blar d e quién se la regaló; tal vez la persona de la foto ; y a hora e l tema ya no sería la

camisa sino la persona d e l a f oto; -En Centro Pant a l o n e ro - d ij o e l hombre . Lástima, pensó Odil ó n . Com pra d a en una tienda era

pa dre

Y si había si -

19

l a op c i ó n qu e d a b a m e n os pos i bili d a d e s . Lo de l r eg a l o, e l robo o e l p a dr e mu e rto e r a má s exp l o t a bl e .

-Qyé

raro -dijo Odilón-,

ahí deb erían v e nder

pantalones. -Sí venden. +-Quiero decir sólo pantalones.

El hombre fue moviendo lentamente la mano hasta poner la fotografía de vuelta en el bolsillo.

y ropa interior y

creo que lociones. Según Lyon e l Baldwin, a más tardar en la tercera in- tervención se podría identificar el rumbo por el que el cliente quería llevar la conversación, y aunque Odilón no pensaba que e l hombre deseara hablar de ropa int e rior, optó por respetar al maestro. -¿Ahí surte usted sus calzones? El hombre levantó la cara y mostró un a mirad a y a no triste y retadora sino incrédula. Luego se e c hó a r e ír c on una mueca cargada de burla. Odilón pr e f i ri ó p e nsar qu e nunca hizo la pregunta y que jamás o yó h ab la r d e l tal Baldwin. Soy un pendejo, se dijo, y sinti ó la necesi d a d de

-También venden cintos - dijo - ,

r eivindicarse ante el hombre. -Voy por sus cervezas. En e l camino quiso formular una convers a ció n inte - ligente . Pero qué podía saber un viejo qu e ni siquiera do- minaba su oficio de tantos años. Mil b ebid as, pen s ó, y yo sólo prepar o diez. A los clientes les gu stab a h a blar de po- lítica , deportes y mujeres; asuntos en l o s que todo s se la daban de e xpertos porque al fin n ad ie e n te n día . Odilón ni siquiera llegaba a eso. El Manual d e l b a rten d e r era el único libro que había comprado d esd e qu e a ba ndonó la secundaria, y la televisión, salvo por l o s j u e g o s de futbol,

20

ó l o l a veía p or c a s ua l id a d . N a d i e pu e d e f in girse int e li - ge n t e , s e d i j o, h a b l a n d o d e go l es o tiros d e e s quin a .

A trás d e l a b a rra , l e a d v i r t i ó s u padre a l hereda rl e e l ne-

~ () c i o,e r es e l j e f e . Nunc a te sien t es a be b er c on nadi e porque

t

h

d enc i a de Ba ld win , y ahor a no le quedaba sino volver a rom -

p

que l a se mana anterior , mi e ntrasinte n tab a d or mir.alcanzó a ver u n - repo - r \~e sob re - ei cacomi x tle, un anim a l que se

me te en los gallineros y, por puro placer, se pone a matar

e pe rderá n e l r e speto . O dil ó n a p re tab a los dientes porque

a b ía r oto u na reg la m á s val i osa que toda l a vida y descen-

e r la y re gresar a e sa mesa donde dejó e l respeto. Recordó

c u a n ta gallina encuentra aunque co ~ s 9 10 una ~ at i ~ ~ g ~ _ ~ " "

ha rp br e. f , D e s c ar t o l á id e a - d e " ha blar sobre eso. También

c o rdó que una v ez un recién conv e rso le dijo que cuando se

lle na ba de dudas, abría la Biblia en una

nie n do el dedo en cualquier líne a, d a ba con la respuesta ne-

re -

página al azar y, po-

t

\J~

c e sari a . Sin descuida r al hombre, Odilón s acó del cajón el

M a nual del bart e nd er e hizo como le indicó el converso . La

l ínea donde puso e l índice decía : ''A l s ervir c e rveza en un va -

s o perfectame n t e limpio se formará un a espuma gruesa,

c o mpacta, crem o sa. La c er vez a luci rá c l a ra y libre d e burbu - jas de gas" . Odi ló n p e nsó en sus vasos, en l a espuma que se iba como si fue r a de Co c a -Cola. Sacó del hi e lo un six pack

y s e 10 llevó al ho mb re.

-Usted

ti ene un p r o blema -l e dijo.

El hombre asintió. - y necesit a d esquitarse. -¿Cómo 10 sab e ? -preg untó e l hombre. Odilón se sinti ó sati sfe cho. T a l v e z e s a curiosidad era síntoma de que no 1 0 c o n s idera b a un estúpido. Sólo bas- taba recuperar un p o co m á s de res peto p a r a pedi r le que

s e fuera .

21

 

-

N o

p or n a d a t e n g o c u a r e n ta atlas e n es t e n egoc I

-

respond i ó.

E l h o mbr e l e t e nd ió l a f o t o g rafía. Era un a muj e r d e

rostro difuso y verdoso; ap a r e nte men t e en traje d e baño y

c o n una toalla enro l lada en la c i ntu ra, pe r o igual pensó

Od il ón que pod í a ser un ve st i do e sc ot ado y si n mangas. -¿Y sabe t amb i é n d e mujere s ?

+ -S é l o suficien t e de un a corn o para no querer saber

de las demás.

No estuvo seg u ro Od i ló n d e s i s u respues t a había s i- do buena, sin em b argo se in c l in ó m ás a pensar que había perd i do terreno. E l homb r e tornó u na de las cervezas y le

d i o un trago. Era n cervezas de l a t a qu e no participaban

en la promo c ión. Luego e xtendió l a mano para solicitar de vuel ta l a fo t ogra f ía . O d i1 ón la retuv o un ra t o, só l o pa -

ra medir l a agres ivi d a d de l hombr e . Ést e mantuvo la ma - no qui e t a, ex t e nd ida, pacie nte .

1':1h OI) \h 1 " ( ; habló un poco, de economía y d e polltica.

Nad:\ qu e l e int e r esara a Odilón, g u i e n se pr eg unt a b a so -

hr c l a c h i c a d e l a fotog r af í a . L l en a r on d e n u evo l a s cañas

d e n u evo l as vac i a ron . Los o j os d e l hombre se movían

I ' / , il l " OSame ntye l os pár p a dos s e volvieron lentos. Al f in

l e vó d e nu e v o la mano al bolsillo y sacó la f otograf ía .

A h ora sí , p e nsó Odi1ón, e l terreno es el adecuado p a r a

s em brar mi frase.

Odilqn - , l os hom b res a ve -

l

:

- ¿S a be , am i go? - dijo

-----

' es so mos como e s cacomixt l es -Es cierto - i l l t ~ ió

,-

el " hombre y se puso de p i e .

O di1ó n ya no pudo terminar l a frase ni ar m a r d e n u e v o

s u idea. El hombre salió del Lo n tananza sin despe di r s e ,

s in llevarse las ce r vezas. Od il ón n o quiso vo l ve r a la barra . Se q u edó pe nsan- do en el significado de s u frase t runca . É l se acaba b a de

e nterar de l a exist encia de l os cacom i xtles. N o era posible

-

Bo nit a

l a muc h acha -d i jo y s e l a devo l vió.

q

ue aque l ho m bre los conociera al pun t o de an t ic i pa r s us

E

l h om br e l a gua r dó e n e l bolsill o y ba j ó la mirada .

p

alabras. Le vino un sentimie n to de desolac i ó n . Pe n s ó

Su expresión h abía cam b i ado ; era corn o si se avergonzara

Odi l ón supo que se h abía equivocado:

el h ombre q u e r ía apacig u a r s u rabia c on una borrachera,

n o co n u n p l ei t o. Fue a l a barra por un a b o t e lla de teq u i- la y un par de cañ a s .

de a l go. En t onces

- Yo inv i to -d ijo

u no para él.

y s ir v ió un tra go p a r a e l hombre y

M i pad r e se avergo n z a r ía de mí, p en s ó , y l e vino a la

m en t e un re cu er d o d i f uso, corno e n P o l aro id, de un

h o mb re m ás j ove n qu e é l re criminánd ol o co n la mira d a .

N o l e inqu ie t ó p o rqu e h a cía unos s egu nd o s se le h a b ía oc urrid o un a f rase y hubi era dado cu a l q uier cosa co n t al

d e d ecír se l a a a l g uie n.

22

que t a l ve z, s ó lo tal vez, é l había s i do creado para oc upar- se de a sunt os más grandes que atender u n a can t i n a. Tal vez portaba u n don para f o rmu lar frase s q u e l lega ran al coraz ón d e la gente. Somos corno l os caco m ix tl e s , s e di-

jo, y l e pesar on sus setenta años corno n u nca y se preg un- tó qué hubi era sido de é l si desde an t es, mu cho ant es, si

des d e qu e a b andon ó la escue l a h ubiera d esc ubi er t o e se do n . ¿C uál hu bi era s ido su suer t e ? ¿Cu áles ser ían s us

rec u e rdos? Qui z á s s u p a dre 10 había

mera vez s e sent a b a a h a blar con un c l ie n te y, d e pronto,

s e sentía otro, o al m e no s quería ser o t ro, un muchacho,

a unqu e fu era un m u c h ac h o a proximánd o s e a l a muerte.

Porque su p a dr e

e n ga ñ ado . Po r p r i-

tam bi é n l e a dvirtió , y e n e sto no " hubo

23

engaño, que l a v e j ez llega b a cuand o eran m á s l o s rcc u cr -

d o s q~ 2 . ~ s.ue~ . y ahora mismo Odil ón pr e sent ía un

s u e ñ o; apena s 10 presentía po r que no al c anza b a a mol-

deado, a definido; era una voz difusa y no dis t inguía de

qui é n era ni de dónde venía . Y a u nque 10 i nt e ntab a , no podía o c uparse de desentrañar e s e presentimiento sin que una y o t r a vez le cayera encima el recuerdo de su padre . El rec ue rdo, otro más. Odi1ón s e dijo que, también, uno es nece s ariamente viejo cuando piensa en su pad r e y vie- ne la imagen de un hombre más joven. Se sirvió otro te - qui1a y decidió ponerse a prueba con su última lectura. Ahí podría estar la c lave, en formular una f r ase poderosa y transmitida de mesa en mesa, sentado con sus clientes.

L a s mujeres son como espuma de cerveza, pensó . Un va -

so limpio es la vida sin burbujas, pensó. Los recuerdos deben lavarse como un vaso donde los sueños flotan en burbujas, pensó. La espuma cremosa, grues a y compacta

e s la belleza de un a mujer ante los ojos de un cacomixtle,

. pensó. Negó con l a c a beza, tapó la botella y volvió a la ba- rra. Se puso a atend e r sin ánimo a los clientes , con l a sen -

s

a ción de que a qu e l hombre de la camis a a r ay a s l e había

e

ncendido la luz por un instante, só l o por un inst a nte.

-

H i lde bran ~ fue recibido con un a fiesta f a miliar organi -

za d a por sus padres. El alcalde e s tuvo presente como in -

v ita do de honor, pues fue con dineros d e l municipio que

pa s ó d os años en la c a pital d e l estado, inscrito en el Co -

l

e g io de Escritores. Volvió con la satisfacción de un di -

p

l om a enmarcado e n ch a pa de oro que 10 a utorizaba a

e

s cri bir profesiona1me n t e y con el orgullo de estar entre

lo s únicos diecisé is , d e un grupo origin a l de cincuenta,

q ue te rminaron e l c urso. ~ Hildebrando h abía ga n a do fama loc a l porque su s

v

er sos eran leídos e n cada fiest a patria y patronal. Para el

v

e i n ticuatro de febr ero e scr i bió un poema titulado " La

t

ri color ondeante", cuy o verso m ás cél e bre decía:

P o rque si n o fu e r as ág ui l a n o fu e ra M é xic o

Para el veintiuno de m ar zo , había e scrito un poema lla mado "Bendito Benito", q u e se vo l v ió tan famoso que

i n cluso al pie de l a estatua d e ] uárez , en la calle del mis -

m o nombre , u na pl a ca conm em ora tiva 1 0 citaba:

•.

e sangre in dia tu no b l e z a

D e san gre bl a n ca t us q u erencias

c inco y di e z d e

mayo, e l diecisé is de septiembre, el veinte de novi e mbre,

e l doce de octubre y las navidades . También tenía loas pa- ra prohombre s como Cuauhtémoc, Hidalgo, Guerrero, Zapata, Villa , Madero y el padre Pro.

El único tropiezo en su carrera, gracias a que nunc a hizo público un soneto a López Portillo, se lo ganó por haber escrito la "Oda al gobernador". La compuso a soli- citud d e l a l ca ld e , en cierta ocasión en que e l gobernador visitó e l pueblo. Educado con lecturas poéticas de años

le gustaba emplear palabras de

r e motos , a Hildebrando

dudoso significado para la mayoría de su público, pero él

Su repertorio

abarcaba el primero,

s e ntí a que le dab a n a sus versos la dosis de erudición

todo arte r e quiere . No era raro encontrar en sus obras pa- labras como r o si c l e r, algazara, progenie, lid , denuesto , pl é -

que

iun '1m' 111 ¡m il do 1\ 1 frcn te. 1 1 :1 p(, b I ico j nrcrru In p(a con

IplllllSOS y gritos de rnariachi, hasta negar al verso ve i nt i -

f1j('lL', e n e l q u e H il dc b rando dl' art e :

emp l eó un a d e esa s pa l abras

E l g ob e rn a dor e mb e becido

"

' _ 1

/,

.

H ubo u n momento de desconcierto

en el que no se .

e s c uc haro n ni aplausos ni gritos. ¿Qyé dijo?, se preguntó

l a g en t e , y comenzaron a circular las interpretaciones . La

pr e ns a , a l día siguiente, estuvo dividida. Algunos dijeron que Hi ldebrando había insinu a do que e l1 2 rimer manda -

tario es tatal actuaba como bebé y otros ~ ~gl lr ª b q . J J . i . J .l t e

hab ía e m pleo ado úñ - slnó n l m ~ ' d~ - baboso.

AL G OB ERÑADOR rezaba un encabe z ado .

POETA INSULTA _

:-::-

00_0'0--

1

E l Gobierno del Estado, a tra v és de la Subsecretaría

de C omunicación

man e ra de d i sculp a rse públicamente . El municipio pagó

Social , pidió al alcalde que buscara la

yades, loo r, fúl g ido y fulgente, infando, presura , g a rzul,

e

n todos los periódic o s r % io n . a - le s - t l f l . - - in se o r ue mostra-

aqueste, z a gal , q u ere lloso, adalid y, con gran fr e cuencia ,

b

a e l te~to íntegr~ de l ~~ da

al g ~ ador"

La palabra

la expresión joh!

embebecido apareC la r esalt ad a y co n un astensco. Al con-

Escribió de un día para o t ro la desventurada oda, t e r-

s

u ltarse e l pie de p ág in a , podía leerse:

 

minándola justo a ntes de la ceremonia en que el g ober - nador inauguraría la ampliación de la escuela prima ria y

EMBEBECIDO - A dj. Admir a do y pasmado.

e l a lcalde nego c iaría una par t ida del presupuesto par a ins -

talar una

se gún lo

programado: se dev e ló la placa conmemor a tiva de la am- pliación, s e aplaudió, hubo discursos y llegó l a h o ra de la oda . Las primer a s est r ofas hablaron s obr e un e stado pro-

hijo predilecto del lugar. El evento transcurri ó

arena de lucha libre dedicada al Blu e D e mon,

g resista y sobre un go bierno q u e d a ba lib e rta d con opor - tunidad, sobre la rec i a figura d e l man datar io, con ojos

(Fu e nt e : P e qu e ñ o L a rou s s e Ilu s trado)

La explica c i ón

f u e vi s ta con buenos ojos por parte

d el gobierno est ata l . Sin em barg o, aduciendo motivos de

f a lta de recur sos, s e negó e l a poy o

na de l ucha lib re. Pese a es t o, e l b a l an ce de H i l de br a ndo

vo: nu n ca u n poe m a suyo h a bía a lca nzado tanta difusió n ,

e conómico para la are -

resultó positi -

"'-

y c o n esa bu e n a fama ni e l a l c a l d e l e negó e l di nero para sus estudios ni el grueso de l a g e nt e p r o te st ó p or e l de s t i - no de sus impuestos . Dos años asistió a una escuela donde le mostr a r o n l a manera como se deben manejar las metáforas y met o ni- mias, sin abusar de ellas, y le hicieron memorizarse los elementos que requiere un texto para ser cuento. Apren- dió a redactar guiones de cine, radio y televisión; obras de teatro y ensayos. Supo que palabras como fue, dio y vio ya no llevan acento, y que extrañamente rió aún 10 mantiene; que desapareció la be de obscuro; que el adjeti - vo, cuando no da vida, mata; que los adverbios termina - dos en mente no deben emplearse frecuentemente; que

pues bien, yo necesito decirte que te adoro ya no hace suspi -

rar a nadie; y, muy a su pesar, se enteró de una verdad que en un principio le inquietó al punto de suponer que el maestro le mentía, pero que con el paso del tiempo y lecturas prestadas terminó por aceptar; una verdad que le dejó sin dormir varias noches sumido en la decepción y resuelto a nunca escribir otro verso: la poesía ya no era rimada. Hubiera tomado el camino de vuelta al pu eb lo de no haber sido porque su decisión de dejar los vers o s 10 con - dujo a aceptar la narrativa como su nueva vocac i ó n . A fin de cuentas, ser poeta o cuentista o dram at u rgo o p u bli- cista no era más que una especializaci ó n d e ntro de su nueva vida como p r ofesional de las letras. Hildebrando sentía que la escuela l e h a b ía da do todas las habilidades para escribir un cuento ; si n em bar go, no le venían las ideas. Por eso 10 primero que h izo tra s su fiesta de b i e nvenida fue meterse en el Lontana n za par a o cupar una mesa en la esquina del fondo. Ahí col g ó un l e t re ro :

E t; < ' ; H I ' I ' O R ' I ' I ' I ' ULI\ I )O

POR L A ESC UJ ~ L A DE ESC R ITOR E S BU S C A H ISTORIAS PARA E SCRIBI R C U E NTOS .

Si res ult a b a cierto, co mo decía e l cantinero, que ahí s e esc uchaban más c o nfesiones que en la iglesia, ése era e L ~ i f iopreci so p ara hacerse de temas . Tan fácil como tro- n ar s e un a s ce r vezas y esperar . -¿ Ha habido suerte? - preguntó el cantinero. -Todavía no . Hildebrando había notado la presencia de un hom- bre q ue desde una mesa distante 10 miraba con insisten- c i a pero sin ánimo para acercarse. Supuso que todo era c ue stión de tiempo, de tragos. Cuando el hombre estu - v ie ra suficientemente borracho se acercaría para verter su a lm a en el papel . ¡ De repente sus miradas se encontraron. Hildebrando s onrió con torpeza y levantó el brazo en señal de saludo . El hombre ni sonr i ó ni saludó: eructó, se puso en pie y se ac ercó al escritor . - Tengo la h istor i a perfecta - dijo. Volteó haci a l a barra e hizo una seña que Hildebran- d o i nterpretó co mo a mor y paz, y que dentro del Lonta- n anza signific a b a dos cervezas por favor. - Cuéntem e l a , s e ño r , y si vale la pena yo la convierto e n literatura. - Me llam o Ada lb er to . - Bien, A d a l berto, só lo quiero aclararte que los es - critores nos ali m e nt a mos de ideas venidas de muchas fuentes sin q u e p ag u cm os gra t i ficaciones o regalías . -No q u iero din ero - Hi1d ebrando .

"'-

- ¿ Ere s e l d e l poema a ju á rc z? +- A d a l bcrro se e n t u - siasmó y t e ndi ó l a m ano sin h a ll ar corr e spond en c ia . El Güero llevó las dos cerv e zas . Hildeb r and o des t a - pó la pluma y abrió su cuaderno. L a s h o j as estaban c a si todas repletas de tachaduras y frases que no concluí an , d e inicios de cuentos que se quedaron en el arranque .

- Es una historia de cienci a ficción - dijo Ada l berto .

- No importa - a c laró Hildebrando - , yo escribo cualquier género .

- Es sobre un candidato a primer ministro de una isla

i maginaria. Un ca ndid a to muy popu la r que seguramente

hubiera g a nado las elecciones si no e s porque alguien lo asesin a en la última etap a de su campaña . La gente lo llora y si e nte que con él también s e v a n a la tumba los sueños de progreso económico , justicia s ocial, empleo dig -

no , democracia, soberanía nacional , auge comercia l , de- sarrollo cultural

- ¿No son muchas esperanzas para un c a ndidato?

- Se hacen m i l esfuerzos por resolve r e l c r imen pero

no h a y modo de dar con l o s culpables . M i ent ra s t a nto, el

Adulbcr«: miró :\ l l ildchrunclo,

t:nlUtÜaHIIH) el) su rostro.

ansioso por detectar

- ¿ M e vi s te c a r a de pen d e j o?

-

- La a l usión es t a n evidente q u e hasta u n ni ño l a

¿Por

qu é ?

p es ca - a h ora f ue H ild e bran d o el q ue bebió . h a sta apu ra r

l 't qote ll a -. Adem á s no q u ier o m ete r me e n líos c on na - dt2; ya m e v eo: e l R us hd ie e mplumado . No estoy pa r a

' s o ; m i búsqueda e s purame n te l it e r a ri a, s i n compr o mi -

so s q ue la corromp an. -Pero m uy bu eno para h acer l e o das al gobernador .

H ilde br a n d o v i o que A dalberto se ponía en pie y se

m ar cha ba. ¡ S í gu e lo! , le gritó una voz por dent r o . ¿Qyién va a pa ga r las cervezas de amor y paz? Pero tuv o m i edo de a rm a r u n escándalo, d e parecer un imbéc i l co rrie ndo

de

p

A l dí a siguiente l as cosas no fueron mejor . Estuvo

to da la mañana sentado en la misma mesa, bebiendo

a g ua y hac i endo garabatos en el cuaderno sin que nadie

tr ás , y n o obstante sus bolsillos vacíos, ce r rando los '

u ños 10 dejó parti r .

candidato sustituto gana las elecciones y , t an p r onto to- , ma el poder, la isla se hunde en u n a trem en d a c r i s i s

s

e le acercara, s a lvo Odilón . -Si no c onsumes te tienes que ir -le advirtió, y le

-

T e nía entendid o que iba a s er de c ie n cia ficción.

e

x pli có que de cualquier modo, aun chupándose una Co -

Adalberto asintió y dio un trago a s u cerveza.

ro

ni ta por minuto, no estaba muy convenc i do de permi-

-Ocurre que un famoso científico cong e la e l cuerpo

ti

rl e colgar el letrero. El mal ejemplo p o dría extenderse y

del difunto o 10 conserva sum e rgido en un a sus t a n c ia ra -

a

l ra to llegarían p lomeros, albañiles, abogados y hasta

ra, y para antes del siguiente periodo e lectoral en cuentra

m

é dicos a colgar sus letrer o s con horarios, tarifas y espe-

la forma de revivirlo . Por supuesto ot ra v ez p o p ularidad

ci

ali dades . SE DEST AP ANCAÑos/DEFIENDO TRABAJADO-

total, la esperanza perd i da , sácanos d e l p oz o y n o sé cuán-

R

ESDESPEDIDO/SSE PO NENINYECCIONES-. ¿En qué se

to más. El candidato resu c itado gan a e ntonc es las elec- . ciones, mayoría absoluta, arrasa, tom a e l poder y la isla se

con vertiría mi ne gocio? Hildebrando v olt e ó a ve r su p r opio letrero y quiso

vuelve a hundi r en una crisis toda ví a p eor .

r

e cordar a algún col eg a q ue h ub i era hecho algo parecido

3 0

3 1

"'-

e n o tr a cantin a , pero ap enas l e a l c an z ó l a c t l b l ! ~1 1 1»ira imaginar a Ca rl os Fuent e s e n La Ópera, d e l a J ' I 1 J l I 1 0 de Candice Bergen. -El muy ojete -dijo para sí-, con esa vieja hasta yo escribo una Terra nostra; y capaz que la mía sí se en- tiende. Concibió un libro titulado Lontananza, en el que na- rraría las andanzas de un escritor que entra a un bar y cuelga un letrero en busca de temas. Pensó a su vez que un director convert i ría su lib r o en una película titulada

Los apuros de un escritor .

Era la única idea que hasta el momento le había en- tusiasmado y se le fue e l tiempo tomado de ella . Sin em- bargo no se ponía de acuerdo sobre narradores , tonos, tiempos y demás. El escritor entró al bar. No. El escritor entra al bar. No. Entro a l bar. No. Entrarías al bar. No . El bar estaba vacío. Con un carajo . En ésas andaba cuando se acercó un hombre . -Si quieres escribir algo realmente importante , yo te puedo dar información . Hildebrando levantó la vista al escucha r l a voz pro- funda y pausada. Vio a un hombre viejo, c o n una mezcla extraña de fortaleza y cansancio . -Lo escucho -dijo. -¿No me invitas a sentarme? Imagi nó al viejo pidiendo un par d e cerveza s y l uego y é n dos e sin p agar. - T o dav í a no -dijo Hildebrand o-, primer o díga- me d e qué s e tra ta. E l ho m b r e n o hizo caso y se sent ó. Sa có un pañu e lo del bo l s i ll o d e l a ca misa y secó un a c a p a de s ud or en su frente a pu n to de go tear .

' 1 0 J 1 0 ' l, C O

la verdadera identidad del Bluc D"-

111 0 1 1 -dij-.-.

1 I il d e brando c erró s u c u a d e rno . - N o sa b ía qu e f uera u n secreto . E n s il e ncio, el hom br e d e sm e nuz ó una servilleta. - Es cierto -d i j o d e cep c ionado-, tal vez ya no sea se c re t o. - + - Y e n todo caso - ' dijo Hildebrando-, no creo que

s e a impor t a nte. El h o mbre se puso en pie y se retiró con paso lento . S u v oz baja pero audible alcanzó a decir:

- T i e nes razón, tal vez ya no le importe a nadie. Ap enas salió del Lontananza, entró Adalberto, apro- ve c han do e l i mpulso que le dio e l hombre a la puerta . -A h í estás -dijo señalando hacia Hildebrando. -¿ Q y . é? ¿Tiene otra h istoria de ciencia ficción? Ad alberto pidió un par de cervezas y se sentó . -M i ra -dijo-, acepto que 10 que te conté ayer p uede parece r se en algo a 10 de Kennedy

( ,

,

-Kennedy mis huevos -interrumpió

- pero ahora te voy a contar una historia sobre un

Hildebrando.

s a cer dote que sabía más de la cuenta. Hildebrand o 10 miró con desconfianza. El Güero tra jo l as dos ce r v e zas. -O las pag a s p or adelantado -advirtió Hildebran- do - o no escuch o n ada . A dalberto fu e a l a barra para entrega r le un billete a O d i l ón y de inm ediato volvió para comenzar su relato:

-Trata de un curi t a q ue durante algunos años ha si- d o e l confesor de l a mu j e r d e l alcald e , y así se entera de t od a l a c orrupción q ue hay en la política local . Como no p uede v io lar el secr eto de confesión, decide hacer unas

"-

inv e stig a cion es por s u cu e nta, y a s í l l ega a ac u m ul ar l a misma información que le daba la señor a , p ero a h or a n a - da le impide denunciar al alcalde.

- ¿ En una isla imaginaria?

-No, Hildebrando, ésta es o t ra historia -dio un trago a la cerveza -e -. El sacerdo t e se espanta cuando . ad- vierte que el párroco está confabulado con e l alcalde en

esos negocios; y como se co r re e l chisme de que anduvo haciendo preguntas y enterándose de lo que no debía, una mañana lo machetean frente a la central de autobuses. Hildebrando golpeó la mesa con la mano abierta. -Sí, claro - dijo-, y dicen que fue un accidente, que lo confundieron con Chucho el Roto. -No exactamente - dijo Adalberto-. Si fuera tan simple yo mismo escribiría la historia. Ocurre que aquí el asunto se multiplica con cientos de personajes y con de- cenas de hipótesis sobre lo que ocurrió. Por un momento Hildebran do se entusiasmó con el proyecto; pensó en una novela con varias voces encontra-

das, narradores omniscientes, equicientes y deficientes; y narradores omnisciente s que se hacen los deficientes; personajes c lave que aparecen en una página y desapare- cen en la siguiente. También se l e ocurrió meter dentro de los antagonistas a un nuncio i t aliano para emparentar su novela con las de Puzo; pero aquí le vino una duda que lo decepcionó por completo: ¿qué h acer con una no-

v e la donde el protagonista está m u erto y los demás per-

sonajes son antagonistas? No reco r dó qu e l e hubieran enseñado eso en la escuela de esc ri t ores. -Si tienes complejo de fisc al es p eci a l v e a la Pe Ge Erre -dijo Hildebrando-. A mí no me interesan tus hipótesis .

34

Deja conrnrrc e l resto.

- Va escuché suficiente - l o d e tuv o H i ld e b ra ndo - . . ve r as me v es ta nt a ca r a d e p e n d e j o ?

A da lb c rto c omprendió qu e est a b a p e rdiendo su tiem -

po. Tomó ambas cervezas y l a s ll e vó a otra mesa, donde

se pu s o a b e b er sin prisa.

' { _ ! H i ld e brando r e tiró su letrero. ¿A quién se le ocurría?

P r o b ó l a s e ña de amor y paz y Odilón llegó rápido con

u n par d e Coronas.

-Así me gusta -dijo-,

s erá s s iempre bienvenido,

consumiendo y sin letrero

T ambién bebió con lentitud. Esperaría hasta que

A

da lberto saliera porque se le ocurrió que irse antes era

ta

n to como exhibir su derrota. Abrió su cuaderno y fin -

rió que escribía, pasando la pluma por sobr e los trazos de

trago '1 trazo descubrió un

' ca le ndari05 J :ue colgaba a un costado de la puerta de l ba-

ñ o . No le llamó la atenci ó n la gringa descolorida con cer - ve za en mano, sino la fecha: agosto 27. En cuatro días

p roy ectos anteriores. Entre

c o menzaría septiembre, mes de la patria. Pensó en sus

ver sos a Hidalgo, Allende, Morelos; al grito de Dolores,

a

l abrazo de Acatempan y a las agallas del Pípila . M u-

c

h os los sabía de memoria y los repasó en silencio, con el

to no heroico para el que fueron escritos. Entonces le vi-

no un renovado entusiasmo por las palabras, tal como 10

se ntía a n tes d e que le informaran que la rima estaba

m uerta y sepultada. Buscó en su cuaderno una hoja en

b lanco. Aún le quedaban algunos héroes sin versificar, y

s e dijo que no habí a muerto ni sepultura que se resistie -

ra n al talento. Levánt a te y anda, decretó en su cabeza, se

p ersignó con la mi sma mano que sostenía la pluma y co - menzó a escribir.

35

¡ O h! d esventu r ada pab - i tl l a 7 II la

Que pagó c o n santa san g r e d e niñ o La intr o misi ó n de un extraño e n e migo

P o rque en Chapu /t e p ec parque n o había

3 6

'-_1 (

.

-

a ca l le se encontraba muy vacía para ser media ma ñ a na .

\ . R~ in s er t ó

con prisa l a llave de la puerta porq ue e l t e -

on o estaba sonando . Tan pron t o abrió se abalanzó h a -

c ia e l aparato sobre el mostrador .

- La Brocha Gorda a sus órdenes .

-Disc u lpe - dijo la voz al otro l a do-, me equivo q u é . Colgó la bocin a . Desde qu e el nego c io cayera en una irr em ediab l e cuestabajo , sus fant a sías 10 habían llevado a pe n sar que cada llamad a , t e lefónica podía traer la solu -

c

ió n: un pedido millon a ri o , un contrato para pintar mil

c

a sa s o la raya central d e un a nuev a carretera que atrave -

s

arí a el país, una gr a n f á b r i ca d e muebles e n busca de la-

ca , e l departamento d e t ráns it o qu e h a bí a decidido p i ntar

de a maril l o todas las á r e a s d e no e s t ac i o na r se. Los cobradores, en c ambi o , nun c a l l am aban por telé- fo n o. Hacer l o era como p on er a l a pre s a sobre av i so y da rle tiempo para correr o esc onder s e . N o a nticipaban su

p

re sen c ia más que c o n e l tro n ar de s us m otocic1etas, casi

c

u ando ya estaban ahí . Tod o s eran ig u a l e s , vinieran de

p

a rte del banco, de los prov e e d ores, d e l gobierno o del

r e nt e r o. Vest ía n un a c ami s a bl a n ca, co n t r e s b o t o n es abiertos y tan r a la que un p o c o d e s u dor b as tab a p ara re - v e lar vellos y tetillas. Todos parecían c on du c ir l a mi s ma moto, guardar sus papeles en el mismo estuche az u l ma - rino y usar los mismos lentes oscuros con pretension e s d e RayBan. Dos horas antes 10 había visitado uno . -¿ El señor Rubén Soto? y Rubén respondió como 10 hacía con todos:

-De momento no se encuentra. ¿Algún recado? -Vengo de Pimsa . Dígale que si para e l viernes no p a ga , sus cuentas se van al departamento jurídico . -Bien, yo le digo. Seis meses atrás contaba con la ayuda de un emplea - do, 10 que le permitía abrir el negocio de ocho de la ma - ñana a ocho de la noche. Ahora 10 cerraba cada vez que salía a su casa o al banco o a realizar cualquier trámite. Y fuera su ausencia de cinco minutos o de todo e l turno, no variaba e l letrero de la puerta: VUELVO AL RATO. Un letre- ro que, por 10 general, nadie leía . -Mundo -le dijo el día que 10 desocupó-, no tengo para tu su e ldo. -Ya 10 sé - dijo Mundo - , tiene dos meses de no pagarme. Dur a nte ese tiempo Mundo nunca le exigió su sala- rio. Se había acostumbrado a ver en Rubén no un patrón, sino un amigo, pues era tanto el ocio que raramente reci - bía una orden y, en cambio, ambos se la pasaban conver- sando, jugando naipes y dominó, e inventando formas par a sobrevivir la jornada. En un momento de escrúpulos, cuando ya Mundo había recogido sus cosas, Rubén agregó:

3 8

'Il' 1 ) I ' O I lH ' : (O que cuando

1m; t ' () !{: L H mejoren t e p al I o

tl t H do s m CHeH y tu l i q u id a c i 6 n , Pero no había modo d e pensar qu e l as cosas mejo - rnrían. - No se pr e ocupe, señor , al cabo yo no m a ntengo a

nadie .

- y si qu i eres -dij o b

R ub é n-, hast a te vi e nes otra

ve'z a tra aFr . co nmi go . M u nd o no r espondió. Cruzó l a c a ll e y se sentó en el

1-110de la banqueta . A los pocos s eg und os se detuvo una pes era . C uando Rubén l a vio arrancar y perderse en la dis ta ncia deseó de todo cora z ón pod e r marcharse igual

q ue Mundo . El teléfono volvió a timbrar, La voz que Rubén escu - c hó al otro lado d e la línea l e resultó más decepcionante q ue el número equivocado . Era Cl a r a , su mujer, y Clara n un ca hablaba para algo bueno. -¿Rube? -Sí, dime.

'_1

-Te

tengo malas noticias.

Él se mantuvo en silencio. Le a burrían los artificios qu e su mu j er empleaba pa ra iniciar una conv e rsación en v ez de ir directam e nt e a l asunto. - ¿No me vas a pr eg unt ar q u é? Rubén supuso qu e se t ra t a b a de d inero. ¿ De qué otro as unto se ocuparía Cl ara ? Luego pensó en que p or fin se h ubiera muerto la tía En carna, p e ro no l a co nsideró una mala noticia. - Qyé poco te importa 10 qu e no s ocur re -reclamó

C lara. - De acuerdo -dijo Ru b é n p a ra evi tar una discu - s ión - , cuéntame qué pasa.

39

C l a ra ya h a b ía c am biad o d e 0 P l t 1 1 ( ) 1\ . -Ahorita no, t e l o di go c u a nd o v u e lv a s a l a casa . -Como quieras, pero tengo que co rtar porqu e . ll egó un cliente. Por lo general esa frase era un truco para terminar conversaciones. Esta vez en verdad había una mujer en el quicio de la puerta sosteniendo el muestrario de una marca rival. - Oiga - dijo la mujer - , ¿tiene pintura Berel? Rubén estaba harto de esa pregunta. Todos los que entraban por esa puerta querían pintura Berel y no la ba- sura que él vendía. -No, señora, nada más tengo Cope. La mujer iba a darse la media vuelta cuando Rubén soltó su frase tan estudiada:

-Cope le da la misma calidad a mitad de precio. Las manos de Rubén temblaron con los truenos de una moto c icleta que se aproximaba . La mujer se mantu- vo inmóvil mientras medía las intenciones d e l hombre tras e l mostrador. -¿Me 10 asegura? Rubén asintió con alivio. La motocicleta se había se- guido de largo. -Mire -dijo la mujer señalando el muestr a rio-, quiero tres cubetas de un color como éste. Ahora necesitaba salvar el segundo obstáculo: Ber e l venía en treintaiséis colores, mientras que Co pe, só lo en doce. Rubén no podía venderle un color c o m o ése . Son unos pendejos los de Cope, afirmaba, no s aben qu e no- más los huevos se venden por docena . En tanto p l a neaba una estrategia, notó que la mujer se hacía más co nsciente d e l local . Por n i ngún lado se veían c u bet as de pintura, si

IH'\lHO

un n n n qu c l c o n l a t : t H de medio l i t r o . En l a p ar e d ,

le lámina rezaba P INTA TU ÉXI TO C ON BRO -

:IIAS e XIT O , y d e l e x hibidor só l o pen d ía n dos br o chas d e l n ú m e ro tr e s. Las pocas lij as ya s e habí a n pandeado . on la humed ad y e l piso mostr a ba una capa de polvo de a l menos dos semanas sin barrer. ; - : - -Mucha gente se queja de ese ' color -dijo Rubé p . - po rcj '2funae vez que se aplica se ve mucho más oscuro . Ha bía en su voz algo de fragilidad que inspiraba c o n fianza. La mujer preguntó:

-¿Entonces qué me recomienda? Rubén sacó el muestrario de Cope y señaló uno de lo s c olores. -Mejor llévese el café piñón.

-No r ill ito.

. -Los tonos amarillos acaban por cansar la vista. Se congratuló por su respuesta y sólo se arrepintió de no haberla inventado antes. Le pareció una forma efecti- va de disuadir a cualquiera, y que se podría emplear para to dos los colores. -¿ Lo tiene en e x istencia? -¿Por qué me pre g unt . a eso, señora? -Es que veo t a n v acío s u lo c aL

Rubén sonrió. -Prefiero guard ar t odo en l a bodega -s e ñaló ha- cia el acceso cubierto co n una cortina q u e t en ía a sus es-

sé - dijo la mujer-, yo quería algo más ama -

p

aldas. Volteó hacia atrás y gr itó:

 

-¡Mundo,

tráeme tres cub e t as d e ca fé piñón!

-Espérese

-dijo

la muj e r - ,

t odavía n o me dice el

p

recIO .

 

4

1

- ¿De

-El

l as tre s o de c ada umt ? t otal .

.1

Rub é n ab r i ó un caj ón y ex t rajo la l is t a d e p r ec i os . Odiaba abrirlo porque era igual a ver e l montón d e cu e n - tas vencidas; sólo e l r ecibo del teléfono tenía sello de pagado. -¿ Va a querer brochas o rodillos? La mujer negó con la cabeza. Ya no parecía tan dócil como un minuto antes. -¡Mundo! -gritó de El teléfono comenzó a timbrar. Una, dos, tres veces y Rubén no se movió ni quitó los ojos de la lista de precios. En un trozo de cartón se puso a escribir cualquier serie de números que le viniera a la cabeza. Primero el año de su nacimiento, luego el último sueldo que cobró mucho tiempo atrás cuando trabajó para una fábrica de refrige - radores. En tercer lugar escribió su código postal. El te - léfono insistía. Para Rubén, más de cinco timbrazos eran una falta de educación y hasta ese momento iban once. La mujer avanzó hacia e l aparato como tentada a respon- der. Por fin dijo:

-¿No va a contestar? Rubén estaba seguro de que era Clara. No se habría aguantado las ganas de contarle la mala noticia n i d e pr e - guntade si, ahora sí , el cliente le había compr a d o a lgo. -No -dijo Rubén - , yo le doy pref ere n c i a a la gente que se toma la molestia de venir, no a l a que marca un número. Timbró catorce veces y se sile nci ó . Rubén metió la lista al cajón.

- N o sé qué le pasa a este m u cha ch o . Ha de estar hasta e l fondo de la bodega y no me es c u c h a.

4

2

I J < " : pidi6 : t lit mojcr que lo cspcrnrn y He OH.!li6 tras la

cortina.

e

l

qu e s e d espac h a b a e l ad e l g azador . S ó lo e so. Lo más pró -

x imo a Mundo era una camis e ta de los Vaqueros de Da-

li as co n e l núm e ro ochenta que pendía de un clavo en la

pare d, s u c amiseta de trabajo que decidió dejar porque, a IIn de c u e ntas, ya no tenía trabajo. Rubén volteó a ver su

r e lo j p ara medir la paciencia de la mujer. No fue mucha;

I i l l s u p u cstn bod eg a

e ra u n pequeño c uarto con

b ul to de estopa y un a

ca j a

s c ritorio y ba ñ o . lIa b ía un

l e na de bote ll as va c ías, pr in c ip a l m e nt e d e te quil a , en las

. m te s de dos minutos escuchó que le gritaba:

- ¡Oiga!

- -"'I~o respondió. Sólo quería que se fuera, que lo dejara

s o lo , que no le anduviera preguntando estupideces sobre

prec ios y colores de pinturas. A esa hora, el cuarto era un

s it io sofocante; el sol calent a ba el techo como si fuera

u n a parrilla y no había ventanas para que circulara el aire.

P ri mero le sudó la frente; después, las axilas y las manos.

Q ue se vaya al demonio, que me deje en paz. A los tres

m i nutos la oyó caminar hacia la salida. Luego escuchó

q u e el au t o arrancaba. Cada vez la gente tiene menos pa -

c i encia, s e di j o . El client e de ayer aguantó siete minutos. Sa l ió c a s i detrás de ella, esperando sólo 10 suficiente pa ra no ser v i s t o, y cerró l a puerta luego de colocar el le -

tre ro: VUE L VO AL RATO.

Entró

en el Lontanan za , se sentó en la barra y pidió una

c

erveza. Mientras la bebí a, o b s e rvó c on envidia a Odilón. Él

s

í tenía un n egocio p r ósper o co n c li e ntes a cualquier hora y

c on la liber t ad de vender la s m a r c as que quisiera. Además,

t odos l os que entraban por esa pu e rta a ceptaban sin remi l gos

c ualquier trueque. "Deme un Pr eside nte." "Nomás tengo

Viejo Vergel . " "Bueno, de me d e ése ." Adentro del Len t a-

43

n anza no i m p or t a b a que t o d o f u e ra blanco o ncgro o azul. y por si fuera poco, lo s c li e nt e s n o c u e s ti o n a b an pr ecio s ni revisaban las notas a conciencia. Ése s í era un n ego c io n o -

tl a -

palería y no una cantina? Llamó a Odilón. Por las botellas vacías que le com - praba para el adelgazador, Rubén sabía que en el Lonta - nanza manejaban tres marcas de t equi l a: Sauza, Herra - dura y Cuervo. - Tráigame una botella de Orend á in - dijo . -No tenemos - dijo Odilón-, pero si gusta le pue - do traer - Orendáin o nada - interrumpió Rubén. Ambos se miraron fijamente por unos instantes. Ru - bén pudo adivinar la rabia del cantinero cuando éste le respondió:

- Nada . Entonces sonrió y se retiró satisfecho, sintiéridose con el derecho de no pagar la cerveza. Odilón no hizo el intento de ir tras él . Rubén volvió a su negocio. Antes de entrar escuchó que otra vez sonaba el teléfono. No se apresuró en abrir la puerta; quiso saber si su mujer 10 dejaría so nar más de catorce veces. Sin embargo, de pronto se l e o currió que tal vez no era Clara y corrió hacia la bocin a . Só lo escuchó el tono de marcar, y sin demora 10 aprov echó pa r a llamar a su casa. -Clara. - Dime, Rube. - ¿Para qué me llamaste? -Ya te dije, una mala noticia, per o me e s pero a que vuelvas.

ble. ¿Por qué ca r ajos, se preguntó Rubén, fui a poner una

44

J

sr· -dijo Ruhén

., CH O fue lu primera vez.

++Ln única -r- rcs p on d i ó e l l a .

I Iubo u n l argo s i l enc io. É l c o l g ó l a bocin a s in d e sp e - dirsc, Pe n sa ba e n u na ca r re t e ra que cr uzaría . e l país de norte a s u r , una carr e tera d e cu a tro carriles que necesita- da n o só lo ra y a e n me dio sino una en cada extremo .

- ¡ Mun do! - gritó - o

P o r las sombras supo que ya pasaba de mediodía. No

¿Por qué no 10 contestaste?

le q ue da b a sino esperar el resto de la tarde, a que aquella

pers o na , fuera quien fuera, volviera a comunicarse.

I

In tentó eludir el aburrimiento de varias formas.

ur m i ó una siesta, pero el calor 10 despertó . Compró el

D

- -'--,

dia r io de la tarde y 10 leyó de cabo a rabo, incluyendo la

pr o gr amación televisiva y el aviso oportuno. Intentó re-

s o l v e r el crucigrama de la penúltima página pero se dio po r v encido en el siete horizontal: Especie de instrumen- to m usical que se hace con una calabaza que tiene pie-

dr e c itas dentro. Consultó el crucigrama resuelto al pie de

la pá gina y encontró que era la solución al del día ante - r ior. Entonces 10 arrojó al suelo, irritado, y salió a la calle

a ju gar a las biografías. Junto con Mundo solía emplear e s te r ecurso para resistir el hastío.

P asó una mujer obesa. Tendría unos cuarentaicinco

a ñ o s y llevaba una blusa sin mangas desde donde asoma-

b a n unos brazos descomunales . En el izquierdo se distin-

g u ía , como un sello brillante y blancuzco, la cicatriz de u n a antigua vacuna. Estiraba constantemente su falda h a cia abajo porque cada tres o cuatro pasos se le trepaba p o r encima de las rodillas. Desde niña es igu al d e gorda, pen s ó Rubén. Sólo que e n tonces tenía sueño s d e ser can t a nte . Su mamá la ponía

a cantar en fiestas fam i l i are s, ant e e l disgusto de los tíos y

45

l as tí as . Por s u p u es to de sus su eños , y con

.1

n u n c a l e br o t ó u na v oz a l a a l t u ra ese cuerpo n i qui é n se a t re v iera a

blanco desde el que colgaba la frase MAs C A L I D ADPO R

M I ': N OS P I 1 E C I O. Un tax i l e i nt e rru mpió l a v i s t a a l dete -

presentada en t e levisión.

n

c r s c f r ente a é l . E l c h of e r a ce l e ró var i as v eces sin arra n-

Rubén cance ló sus pensamientos de un t a j o. L os sin -

.

ar , diri g i é ndol e u na mi ra d a s olí c it a .

tió muy planos y sin originalidad. No le serví a e l fr acaso de los demás sin alguien con quien compartido. D e ha - ber estado Mundo, entre los dos hubieran desarrollado toda su vida: algún motivo que le vedara el derecho a la

f e licidad; luego su matrimonio con un hombre viejo , e n- fermo y sin dinero, que no buscaba la compañí a de una

+- N o v o y - dijo

L u ego d e dos cuadras escuch ó v o c e s e n una casa. Eran

Rubén, y se echó a c aminar ,

do s m uj e res, apa r en t e m e nte madr e e hij a , porque una le re -

l a m aba a otra l a s m al a s cal i fic a ci o nes qu e había o btenido y

l

se ex pl ic a ba diciendo que lo s m aestros la tr a í a n contr a ella y

c

a a menaza ba c o n n o perm i tirle ve r m á s tel e novelas. La otra

mujer sino los c uidados de una enfe r mera; su costumbre

I

ue la s t e lenovelas era n l a s m e no s culp a bl e s . Rubén dudó

q

de cantar t o d o 10 que escuchara en la r adio, in c luy e ndo

p

< ? r\ I ~ _j n stant e ant e s d e to car l a puert a .

l o s jingles; s u fru s tr a ción porque el m a rido s e le muri ó tan pronto que no hubo oportunidad de concebi r un hij o.

P e rdió d e v i sta a la mujer cuando dio l a vu e lt a en una

e squin a . No e s divertido jugar solo a las b iog r a fí a s , pen-

L a discusión se silenció d e inm e di a t o . No obstante,

pa só un largo rato ant e s de qu e l e a bri er an. P r imero se

e nce ndió un foco s o b re l a p u e rt a, lu e g o r e ch i naron los

go z n e s .

s

ó , y c u an do e ntró de nu e vo en el local t am b ién pe nsó

-

¿ Sí? - a s o mó

la c a b e z a un a much ac ha d e algunos

que t a l v ez nunca habí a sido divertido, p ero con M undo

q

ui nce años.

a l m e n o s habí a modo de engañarse y de f ingir la r i sa. El alumbr a do público se activó y lo s coches com en-

z a r on a c i rcular con los faros encendi dos. Rubén s u p o

q u e e r a h o ra d e parti r , d e volver a casa p a r a c onocer l a s

-Disculp e

-dij o Rub é n -,

¿ti e n e pintura Ber e l?

L a muchacha no supo qu é co nt est ar, s ó l o miró con

o jo s i ncrédulos a l hombr e que te ní a e nfr e nt e . Entonces

l a p u e rta se abr i ó m á s y d e j ó ve r l a fi g u r a d e u na mujer

m

al a s noticias que su mu jer le había pr ep a r a do . V U EL VO

ma lhumorad a .

AL R A TO ,l eyó, y se p r eg untó si tendrí a ánim os para vo l-

-¿Qyé qu iere? -pr egun t ó.

v

er a l día s igu i ente.

-Dice qu e si tenemo s pi n tur a Bere l - res pondió la

Se al e j ó lentam e nte del local, agu zand o l os oído s por

m

uchacha.

s

i es cu c hab a un últ i mo llamado del t e l é fono . Cr u zó l a

La muje r su b i ó la voz con t o n o m ás a margo que

c

alle y d ec idió s en tarse un rato en el b o rd e d e l a ba nque-

c

uando prohibió la s t e l en ov e las.

t

a p a ra cont e mpl a r desde ahí su ne g o c i o. Vi o e l letr e r o

-Lárguese o le h abl o a m i ma r i do .

d

e l á mina que dec í a LA BROCHAG O R D A ba jo u na g r a n

Por el dejo d e alarm a en la señora, Rub é n supo que

br

o cha que tra z ab a un a r co iris, las v e ntan as q u e mult i -

n

o e r a s i no una amenaza, q u e e s e mari do , de ex isti r , e sta-

pli c aban el logotip o de Pinturas C o p e y e l to ldo rojo y

b

a muy lejos .

4 6

47

-

M e

v oy p o rqu e qui ero - d i j o R u b én - .

j

Porq u c r

tiene B e r e l .

Caminó hasta la siguiente cuadra y d e nu e vo s e d e t u vo fre nte a otra casa . Esta vez no la e l igió porque e s cu c h ara gr i - tos dentr o sino por el aspecto leproso de su fachada. L a pin - tur a rosa se había vuelto un polvo que se iba desprendi e ndo

cad a vient o y lluvia y dejaba ver el gris d e l enj a rr a do. Ru- bén tall ó e l mu r o con l a mano y luego se chupó los dedos cu-

con

bi e rto s con el p o lvo rosa. No le cupo duda: era Cope , d e l

col or qu e e n e l muestrario llevaba e l nombre de rosa talis - .

m

á n . To d os h a bí a n sido b a utizados con nombres que e n ese

m

om e nt o l e pareci eron absurdos: e l azul encanto, e l bl a nco

ost i ó n, e l g ri s e u ro pa , e l v e rde esperanza y el v e rde ensueño,

e l caf é piñ ó n y e l c afé terren a l.

T o c ó var í a s ve ces sin que nadie le ab r i e r a y entonce s ,

co n la seg urid ad d e que no había nadie e n c a s a, s e pus o a

d ar d e p a t a d as c o n tra la puerta metálica . E n eso v i o que

a

l o t ro l a d o de l a c a ll e v e nía la mujer d e l a vacuna. La

c

ant a nt e, p e n só .

-

Cán t eme

a l g o -susu r ró. Hubiera qu erido gr it ar -

1

0 , p e r o l e fal t ó e l air e t r as el esfuerzo de l as p a tadas .

L

a muj e r cap t ó

qu e R ubén le habí a h a bl a do y s e

d

et u vo .

-N o

l e esc u c hé -di j o .

S u v oz r e s ult ó mucho más dulce d e 1 0 que Rubé n

hu b i era im a gi n ado . Se l e ocurrió que tal v ez l a m ujer iba

d

e vu e l t a a c a sa, don d e encontraría un m ar i d o a mo ro s o y

d

os o t res hij os q u e l e besarían l a mejil l a . T a l vez n unc a

q u iso ser c a nt an t e y tal vez nunca d e se ó na d a fue ra d e

s us pos ib i li dades. L a v i o cruzar la ca l l e y ace r c ar se .

- ¿Qy é s e le o f re ce, s eñor? - pr e guntó -o

t a a l go?

4 8

¿ N eces i -

'lhllllllhlbh.:,

ton dulce, tun t : C I T It He v o l vi 6 1 , : t H ti d i m;a ;

,ti punto que Rubén no pudo sobrellevar su p res en c ia . L a

i gnoró , se dio l a m e di a v u e l t a p a ra toca r d e n u e vo l a

p ue rta y s e mant u vo d e esp a l d as h ast a aseg ur a rs e de que

He h a bía id o . Poco l e im po r t ó qu e no le a b r i er an ; a l f in

fa

l ta ba n v ar i a s c u a dr a s para ll egar a s u ca s a y quedaban

m

uc h a s puer t a s por t ocar . A d e m á s , h a ría un a escala en el

L o nta nanza . N a da le ser í a t a n r e confort a nte como gastar

e

l ú ltimo dine r o en un tr a go qu e le di e r a la p a ciencia ne -

c

e sar i a p a ra enf re nt a r se a l a mala notici a de Clar a, al te-

:

l

é

fo n o que no suen a, al mu e strario de doce colores , a la

c a mi set a número och e nta de lo s V a queros de D a lIas , a

las mujeres de v oz dul c e. Qp é m á s d a ba si l e servían

O re ndáin o Sauza o 10 que fu e ra; ahor a 10 ve r dadera-

m ente importante era h a c e r re ndir su dinero , más canti -

d

ad por menos precio , ande , Odi1ón , tráigame 10 que sea,

d

el m ás barato , aunque sea tan corriente com o la pintura

C o pe, aunque luego teng a que p aga r por l a bot e lla vacía

p ara llenada de adelgazador y t a pada con un t r ozo de

p er iódico enrollado con un cru c igr a ma a medio resolver. Rubén miró e l l a r g o de la call e y las luces r oj a s de un au to que se alejaba, y se preguntó si a c a so 1 a ( : ~;; : ~5 ."

e r a n instrumentos musicales hechos de calabazas con

E i~ 9j] . ~ ~ e ntfo. -

) ' (

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l

i

t

49

j

-

l ¡ \1b e ~ sintió un estirón en el saco cuando se disponía a e n t rar en el Lontananza. - ¿Qyé quieres, niño? -dijo molesto. H ubiera jurado que la calle estaba vacía . Por eso se

m o les t ó , porque se había asustado. -Lotería, señor. -No, gracias, ahora no. -Ándele, señor, no he vendido ni uno. Y a conocía Alberto esa frase. Se la escuchaba a los niño s cuando vendían chicles o paletas o lotería o 10 que fuera, y odiaba que usaran esas mañas para hacerse d e u n c liente. Alberto mismo era vendedor de enciclo - p e dia s y, cuando tocaba una puerta, 10 último que pen- sa ba era decirle al posible comprador "ánd e le, no he

ve n 1 o

d

·

d

"

-Te digo que no. -Hoy juega , señor, son diez millones. El cambio de estrategia l e pareció más respetable, sin e m b argo nunca h a bía creído e n e l a z ar. Toda la vida e sta-

ba e scrita y no había modo de ca mbiar las cosas.

- Yo no te voy a comp r at, p cro espérate U I l rato y V "

rás qu e v i e n e a l g u i e n a co mp rar t c toda la serie.

- ¿De veras? -dij o e l c hic o e ntu s i a s m a do.

-Sí ,

hombre, nomás si é nt a t e aq u í en l a b a nqu e t a y

ten paciencia.

Alberto empujó la puerta d e l Lontananz a y vol t e hacia atrás para preguntar:

-¿Qyé número traes?

El chico estaba débilmente iluminado por

la lu

a marillenta del arbotante. Con un pie dentro y el otro

fuera d e l establecimiento, Alberto tuvo que ignorar e l bullicio y la música para escuchar . la respuesta:

-El 29353.

29353, se repitió Alberto varias veces para m e mori-

zar lo.T i ene

nos t r es me d a dos, que es el primer núme ro . Y e l nue-

v

dos po r e l tre s del medio y sumarle e l tres del finaL O

e le va r a l cuadra do el dos y sumarle el cinco

mejor lo memorizo sin lógica. 29353 si g uió repitiendo

h as t a llegar a la mesa donde estaba Ca r los.

Creo que

dos tres e s: en medio y al final. El cinco me-

e l nueve? Tendría que multiplicar el

e

¿Q¡é hago con

-Q¡iubo,

Alberto.

-Q¡ é tal, Carlos. ¿Cómo va todo? +-Más o menos. Era un a respuesta común en Carlos; él nunca con - testaba con e l habitual " bien", porque era tanto como ne-

garse a h a blar de s us problemas. Ha c ía un año que , por conflictos sindicales, los gringos habían cerr a do la en-

s a mbladora de t e levisores. Desde entonces Carlos estaba

sin empleo. Para lo s cientos de obreros despedidos , la si-

tuación no fue muy grave: ganaban e l salario mínimo y

é se lo consiguieron con cualquier otr o e mpleo . Carlos, en

52

uuubio, cru ingeniero y no le rcsultub« fácil. obtene r u n 1I ( ' 1d o c omo e l que ten í a en l a cnsam b l ado ra. T rab a j ó \ 11I par de meses como ven d e do r e n una za patería, p e r o u-rminó por re nun c iar porq u e l e pa r ec ía muy v er g onzo- () es ta r se in c li nan do par a p o ne r y q u i t ar zapa t o s . Visitó los poco s lu ga res dond e podrían s o l ici t ar un in geniero y

I t 'H cn tr e ga ba s olic itu des e n l a s q ue s e inv e nt a b a expe- ri c nc ia e in c luso fal sea ba s u e d ad y e n tr egaba f o t ograf ías,

vi e jas , d e c u an d o t ení a men os ca n a s .

\ La v er d a d , d e c ía A l berto a espa ld a s d e C ar l os , e s

I h sta n te ma lo c o m o i nge n ie r o, pero con l os gri n go s l e iba bi en po r que s abe ha bl ar ing l és. - -¿Y a conseguist e trabajo ? -¿Q¡ ién q u i e r e con t ratar a un vi e jo como yo ?

-

N o

d i gas e so, Carlos, q ue somos de la mis m a ed a d .

-Un

pa r d e v ie j os, e so so m os.

Viv ía grac ia s al s u e l do d e su mu j er, Ade l ina, un a e n- Fcr m era m ucho m á s j oven qu e él. Diez años ant es, su m atr im onio res ul tó a s o mb r o s o pa ra lo s con o c i d o s. U na mu ch ac h a d e veinte años co n un

ho mb r e que le dobl a b a la e d a d . Más d e l d o bl e . Los a mi- ga s ce rcanos bromea b a n s obre l a fid e lid ad d e Ad e 1ina , y

C ar lo s entonc e s s a bía reír y aseg u r a b a qu e su m uj er nun-

ca le faltaría . Poco a p oco l a s b r omas fuer on cesando pa-

r a dar paso a lo s e lo gios y todos t erminaro n p o r a cep tar

que f o rmaban una bu ena p a r e ja, e in c lu so A lb er t o ll e gó a

dec ir que los envidiab a.

-Pues

-Ya veremos e l dí a q u e t e de j e n si n t r a baj o. Bebieron tres r o nd a s d e c e rveza . Per m a nec í an en si -

yo no me si ento t a n v iejo .

le nc io hasta vaciar l as botell as y vo l v í a n a con ver s a r mi e n-

t ras espe r aban la siguiente r on da . Na da nu evo . C a si todo

53

: <

s e cent ra b a en l o s prob l e ma s p e r s o n a l es y C nr l o a H e ( liaba

qu e era el h o mbr e más des-

graciado del lugar. Si Albert o co m e nt aba que l e calaban los zapatos, Carlos decía:

-Yo tengo un dolor insoportable en l a v e ji g a . Si Alberto hablaba de que se había d e sv e l a do hast a las tres de la mañana, Carlos decía:

como si tratara d e d e m ostrar

No importa, si quieres apúntalo.

A ver, dime c u á l es.

-

- N o

E l

2 9353 .

me g ustan lo s nones.

~ l G ü e ro

se a c e rcó a preguntar si querían tomar algo

III I H i . P id i e ron otras cervezas .

-

Q y é

más da, no es par a ti. Nomás apréndetelo y

-Yo no pude pegar el ojo en toda la noche.

s

us desv e los y dolores de espalda a un rancho de cientos

u-visa ma ñana en el periódico si resultó ser e l ganador.

Aun así Alberto se entretenía y disfrutaba esas char -

L

l e g ó otro par de cervezas frías. Las botellas comen-

las. Los amigos, a fin de cuentas, son para confiarse sus ·

.uron a sudar. Carlos también.

 

problemas.

-

A

10 mejor llueve -dijo Alberto-,

mira cómo

-¿Qy é harías con diez millones? A Carlos le gustaba soñar. Le era sencillo brincar de

de hectáreas lleno de ganado calidad exporta c ión y una

udan las botellas. - E s e comentario hizo consciente a C a rlos de que el n mbi c nte dentro d e l Lontananza comenz a ba a asfixiado. Se desabrochó dos botones de la c a misa y se l a a rremangó .

c

a sa d e tr e s pisos y un escritorio de caoba desde donde

-Además -dijo Alberto para continuar una con -

pudie ra d a r órdenes. Por las mañanas recorría su s propie-

v

e rs ac ión dejada más atrás-, ¿cómo puedes sentirte vie-

dad e s montado a c a ballo y, cuando quería ir a la ciudad,

j

o c o n una mujer como Ad e lina?

.

arr a ncab a a g ran v e locidad en su pick - up de ll a ntas des-

.

-Tal vez ella agr a ve la s co sas . Muchos piensan que

comunal e s p a ra dejar una estela de polvo visible desde

e

s mi hija.

v

a rios kilóm e tros a la redonda. Dijeran 10 que dijer a n , e l

-Eso

tiene arreglo -dijo

Alberto c o n un a sonri-

din e ro sí e ra la f e licidad.

s

a - .

Cuando quieras te l a cambio por mi Toña .

y aunque Carlos no le devolvió la pr eg unta, A lberto

C

arlos volteó hacia l a pu e rta p ar a pr e t e nder q u e no

h a bl ó sobre un viaj e que haría por t o do e l mundo , p er o

sin m e ncion a r ciudades específicas. Antes d e p a rtir p r en-

derí a una gr a n fogata con e l Tes o ro de la juve ntud, M é x i c o

ha b ía escuchado. Alb er t o en t e n d i ó 10 d esa tin a do d e su

c o m entario y quiso ali sar e l t e r r e n o .

no vo y a nin g ún l a d o. Lo me to al b a nco y

-Igual

a tr a v é s d e lo s si g los y las demás enci c lop e di as . -Por c ierto, Carlos, quiero qu e te a prend a s un

m

e dedico a calcular int e r ese s . -¿Compraste ese n ú mero?

número.

-

Me

10 ofreció un n iño e n l a ca l l e , pero no me in-

-¿De t e léfono? -No , de lotería.

te

r esó. Carlos dio un trago a s u c erveza . Pa lp ó sus bolsillos

-Pero y o tengo muy mala memoria.

e

n busca de cigarros, a s a b icnd a s de q u e los tenía vacíos,

,~

p e ro c on l a i nt e n c i ó n d e o b l igar a Alb erto a ofrccerlc uno. Alberto p e rm a n ec i ó e n silencio. - Ten . go una teoría -dijo C a r lo s . - , ¿ So br e? -En esta vida todos t en emos una cuota de bu e na y de mala suer t e, y al final, la s uma de ambas se equilibra .

-Esa

idea no es t uya -di jo Alberto - . Ya la había

escuchado. -Lo que quiero decir e s qu e toda la vida he tenido muy ma l a s u erte. Como q u e ya va siendo tiempo de q u e ' me ocurra algo bueno. -¿Cómo d i ces eso? T i enes a Adelina. - j Ad e lina! Siempre la tr aes en la boca, me haces pensar que la quieres para t i . Ahora fue Alberto e l que v o lt eó hacia la puerta. Pasaron un rato en silencio, h a s t a que Ca r los dijo:

- Termina en cincuentaitrés. -¿Qyé? -E l número. Alb er to estaba repasan d o las palabras de C a rlos . Siempre la traes en l a boca . Adelina . ¿Cómo le habrá he - cho este cabrón ? , se preguntó . ¿ Q y é le dio? -Es mi edad. ' -Hasta e l mes q u e entra - d ij o Alber t o. + - Y me llamo Carlos . Co m ie n za con la tercera letra del abecedario . - ¿Qyé importa? Si l e b us c a s, vas a encontrar que estás relacionado con cua l q u ier n ú m ero. -Sí, A l berto, ¿pero sabes qué pasar ía si mañ a na re - v iso el periódico y resulta q u e el 29353 se ganó el p remio mayor? - N ada, todo seguiría igua l .

56

- ¿erra ter ribl e: to d o i g u a l .

- La sema na pasa d a t e di j e qu e e n Gr oli e r querían 1111 ven d e dor , y ni te int e r e só . - Nom á s los limosner o s tocan de puerta en puerta .

- Me j o r

es o que andar de mantenido .

Ca r l os to m ó la botella y bebió su contenido de un

. - ¿Dónde viste e l número? - Y a te dije . Me 10 quería vender un niño allá afuera. Ya ve s que aquí no dejan entrar a menores de edad.

\ -Espérame aquí - dijo Carlos, y salió con prisa. A lberto bebió con calm a su cerveza y pasó el índ i ce

so b re un rodete de agu a en l a mesa para dibujar una A . -Afuera no hay nadi e -C a rlos volvió inquieto.

hace rato estaba se n-

j

iró n

-Qyé raro -dijo Alberto-,

ta do en la banqueta. -¿Ya dónde fue? - Yo q u é sé, igual vendió l os billetes y se fue para s u c asa.

Alberto, no puedo tener tan ma l a s u erte.

A yú d a me a buscarlo . Tú 10 viste. De seguro 10 p u edes r e co nocer . - Ho m bre, Carlos , no te alteres . Ya v e rás que gana o t ro nú m ero. -¿C ó mo i ba vestido? -N i m e f ijé. Carlos se se nt ó resign a d o . A l v e r l a A dibujada en la m e sa, tra zó u na C con e l rod et e d e s u c er veza . Lo h i zo s in pen s ar , p o r mera i m ita c i ón . V o lt e ó d e nuevo h acia la A y se p regu n tó si era de A l b e rt o o de Ad e lin a . E n un m ovimie nt o r áp i do borró amb as l e t r a s c on una serv i l l e ta. - Ay úd ame, Alber to . Ten go u na co razonada.

-No,

57

,

~

E l vient o s i l b ó p o r e n t re Ins láminas d e l techo, / \ 1 -

b e r to vio a C a r l o s y s u t o n o p ara pedir a yud a l e re c o r d el " á ndele, s e ñor, no h e v e ndid o ni un o " .

-Aunque quisiera no puedo. -¿Por qué?

- ¿Sabes qué horas son?

Un r e loj de números roma n os sobre e l espejo de la barra dio la respuesta. -Las ocho y diez. -Ya debe haber devu e lto los billetes que no vendió . Otra vez Carlos se apresuró hacia la calle. En ese instante Alberto entendió que tendría que hacerse cargo de toda la cuenta y se arrepintió de su broma. Puso dos billetes sobre la mesa y siguió, con paso l e nto, la ruta ha- cia la puerta.

Carlos sabía dónde estaba la sucursal de la Lotería Nacional . Era una casona a espaldas del Cine Imperio, a unas seis cuadras d e l Lontananza. Siempre volt ea ba, aunque fuera de reojo, para ver las cart e le r as d e l Imperio, plagadas de muj e res semidesnudas . Esta vez se siguió de largo sin respetar su costumbre.

Encontr ó la lu z apagada y la puerta cerrada. 29353 Se asomó por una v e ntana y apenas vio el contorno de un

e sc r i tori o y mi archiv e ro. Las demás v e ntanas estaban

cub ie rt a s con cort i nas anaranjadas. Se retiró sin siqui e ra oprimir e l timbr e. D e s g raciados, dijo para sí .

-'

'J

/'

Empe z ó a llover. Una lluvia leve, pero fría . Una llu- via que a lo largo d e s eis cuadras lo mojó igual q u e un agu a cero. Entró en e l Lontananza con una sensación d e vacío similar a la qu e le vino cuando cerraron la ens a mbl a dora. ¿Y ahora qué?, era la pregunta sin respuesta.

58

-

¿

~ l C

l e s ir v o?

N a d a , g ra c i a s .

E s to

no e s ref u g io contra la lluvia -dijo

Odi-

k l ll - . A l g o ti e ne

qu e tomar.

- Lo

L o que s e a fue un whisky con hielo. El hielo se de-

qu e s ea -dijo Carlos.

r ri rió m ucho antes de que Carlos lo probara . Pidió a l

r u n t i n e ro que buscara en la radio la estación que trans - mitc lo s s orteos de la Lotería Nacional, pero éste le dijo:

como

. rionó una pieza de música norteña. - C ar los no insistió ni se mol e stó . Ni siquiera estaba

." t á n do lo,fue a echar una moneda a la sinfonola y selec -

- S ería tanto como espantar a la client e la - y

1

' I

H t ! g u rode querer escuchar el sorteo. Había que sobrevivir

l a no c he, hasta que aparecieran los periódicos con el

9 3 53 o sin él . Se dijo que e l resultado, fuera cual fuera,

p re fe r i r ía conocerlo con Adelina a su lado, no dentro de un a c antina donde no había a quién abrazar, con quién

d e s a h ogarse. ¡Dos! ¡Nueve! ¡Tres! ¡Cinco! ¡Tres! En la

m e n t e de Carlos retumbaba la vo z chillona de los niños t1u e a esa hora estarían anunciando los números ganado-

I

' t ! S .¡ P r emio rnayor, premio m a yor, veintinueve mil tres-

c

i e n tos cincuentaitrés!

C uando salió del Lont a n a n za ya no llo v ía , pero era

dif íci l caminar por las c a ll e s i enzo qu e ta das/ Había que ,,)

ro d ea r o brincar charcos y l o s z ap a tos se t o rnaban más

p e s a dos a cada paso.

R ascó las suelas en la rej a d e s u casa p a ra r emove r les el

l o d o . Adelina estaba de turn o e n l a c l í ni c a c omo todos los vie r nes. De cualquier modo, al e n tr a r , pregu ntó en voz alta

¿ dó nde estás? Necesitaba un a caricia que 10 tranquilizara. N o pasa nada, mi amor, ya ver ás qu e no pa sa nada.

59

, 4

Es p eró u na h ora tras otra. Sentado, inmóvil, sin ga-

n as d e p ensar p e ro i ne vit a b l e men t e p ensando . 2935 .

29353. Su número t e l e f ó nico c o m e n z ab a con 35 . S u nú -

mero de lista en la secundaria, 10 reco r dab a b ie n, era e l

29 . Nació el día 9 del mes 5. Tenía tres hermanos

De

vez en vez se justificaba diciéndose que esa ansie-

dad no era sino producto del cansancio y de 10 que había bebido. A ratos le ganaba el sueño y dejaba caer la cabeza sobre el pecho. La posición le alcanzaba para dormir si acaso cinco minutos. Luego despertaba con un movi - miento brusco , sobresaltado. Se quedó dormido en más de diez ocasiones y en todas ellas soñó la continuación de -' b su vig i!~ : el número, el periódico, el vendedor de lotería, los niños chillones, premio mayor, premio mayor. Se acerc a ba el momento, el amanecer. Las manos

, preguntó Car l os por enésima v ez , a u n qu e sab ía que los ha d e s e l p e r i ódi c o ll ega b a má s tard e . Abrió la tortille- rtn de enf r e nte y sonó e l silbato de una fábrica.

P or fin a pareció un muchacho con su cuota de dia -

rios ba j o l a axila y Carlos 10 llamó mientras sacaba su

c arte ra . Volvió a su casa sin atreverse a leer. La primera plana

h a b l a ba de un nuevo plan del presidente para acabar con

la c o rrupción. Adelina, toda de blanco y con una taza de

.afé, 10 recibió con un beso. \ -¿A qué saliste tan temprano? Carlos la abrazó con fuerza, con la necesidad de un

ni ño . El periódico cayó al suelo y unas

de r ramaron sobre la cara del presidente. En ese momen -

to sintió que liberaba gran parte de la tensión que se le

gotas de café se

sudaron. S e puso de pie y fue hasta su ropero y tomó una corbata. Eligió la azul con motas amarillas. No supo por qué, pero ya con la corbata en la mano decidió anu-

ha

bía acumulado durante la noche. -¿ Qpé te pasa? Por sobre todo, a Adelina le intrigaba la corbata azul

dársela. Se remojó la cara y salió a la calle, despeinado, con temblor en los ojos, con la camisa desfajada, mas

d

e motas amarillas. Sin soltar el abrazo, como en un baile extraño, Car -

con su corbata perfectamente anudada. A 10 largo del

lo

s retrocedió hacia la recámara y se tumbó junto con s u

horizonte comenzaba a pintarse una franja rosa. El lodo

m

ujer en la cama. Adelina acomodó la taza sobre el buró.

de la calle ya no se pegaba a los zapatos. No tardaría en

-No 10 sé - dijo - o Ojalá no nos pase

nada.

romperse el silencio del ambiente ni tardarían los vocea-

Adelina supuso que Carlos quería hacer el amor. Ella

dores en aparecer con sus atados de periódicos. Adelina

se sentía cansada, había sido una noche de mucho traba-

estaría saliendo de la clínica, checando su tarjeta con el

jo

. Sin embargo se dijo que accedería a cualquier deseo

gusto de no volver hasta el l unes, adiós, doctor, nos ve- mos, Adelina.

d

e su marido con tal de no verlo alterado. Sostuvieron el abrazo sin hablarse ni besarse ni aca -

Se sentó en la plaza a esperar. Cruzó los brazos y los

r

iciarse. Carlos se quedó dormido. Lo último que alcan -

apretó para darse calor; la lluvia h abía enfriado la maña-

z

ó a pensar a n tes de perder la conciencia fue que todo

na. Primero se tendieron los pues t os de tacos, luego pa- saron los camiones de refrescos y de pan. ¿A qué hora?,

había sido una es tu pidez, que y a tendría tiempo para co - brarle la broma a Alberto.

Despertócon la voz d e s u muj er. N o t e n ía i d e a d e l a ho - ra, sólo distinguió que por la ventan a s e c ol a b a un a 1u mucho más intensa que cuando se durmió. Ad e lina no estaba junto a él, su voz proven í a de otra parte de la casa . -Adelina -llamó sin obtener respuesta. Caminó hacia el vano de la puerta. Desde ahí la divi- só hablando por teléfono, recostada en el sillón de la sala y en ropa interior, blanca como siempre la usaba para que . no trasluciera por su uniforme de enfermera. Escuchó una risa baja de Adelina, luego que mencionaba el nom - bre de Alberto. Dio media vuelta y se miró en el espejo. No se expli- có cómo se había atrevido a salir con esa corbata ni cómo se pudo dormir con ella. Se la quitó a tirones, tratando de recordar quién se la había regalado porque, estaba se - guro, él nunca la hubiera comprado y su mujer tampoco. Un escalofrío le recorrió de la cint u ra a la nuca. Recordó la lluvia y pensó que no tardaría en resfriarse. Escuchó de nuevo la risa baja de Adelina. Se echó sobre la cama sin ganas de cuestionarse na- da. Tras 10 del número de lotería no quería cargar de nuevo con e l peso de su imag i nación. Cuando oyó que su mujer colgaba e l teléfono cerró los ojos para hacerse e l dormido . Ad e lina volvió a la recámara, se metió entre las sába- nas y lo abrazó larga y cálidamente. Le dio un beso, a medias en la boca y a medias en la mejilla.

Dice que eres un tipo

con mucha suerte. Carlos abrió los ojos y asintió a la fuerza y pensó que

-Alberto está loco - dijo -o

62

a su edad, sin empleo, con d o l or l:11 la v e ji ga y s in á nimo

p ar a a b rir e l p er i ó di c o, po r m u c ha Ad e l i na d e cal z ones bl a n cos qu e tuviera a su lado, a l g ui e n t e ndría que ense - rar l c a diferen c i ar e ntr e la buen a y - la mala ------- suerte. " ~

-

63

-

f ,

\ I l é c t ~ sintió un hilo de sudor qu e le b a j a ba por la fren-

l

e. S u primer impulso fu e tomar una serv i lleta y pasárse -

a po r la cara, pero decidió esperar un mom e nto; prefirió

a

e

c o n tuv o un rato, como en una r e presa, sólo mientras acu - mu l a b a la fuerza suficiente para escurrir muy cerca del

l

v e r ig uar cuál sería el cauce de su diminuto río, que en

s e m omento ya se extendía hast a la ceja derecha . Ahí se

l ag ri mal, hacia la nariz. Héctor e x perimentó un cosqui-

ll e o q ue finalmente lo forzó a tomar la servilleta. -Qyé jijo calor -dijo-o Si a l m e nos la cheve estu -

v i e r a fría .

B e só el pico de la botella y echó la cabeza hacia atrás.

o n cada trago iba creciendo la espuma dentro del cris-

ta l . O bservó con rabia el ventilador apagado y pensó que, aun siendo las nueve pasadas, el techo de lámina seguiría

ca lie nte como pavimento de mediodía. Poco antes se ha- bí a parado sobre la silla para tratar de alcanzar la cadena

d e l v entilador . Desde la barra Odilón le dijo que no fun -

c i o n aba. Héc t or le respondió que ya 10 sabía y se puso a

- Q y é c a l or - rCp 1 t l

H i z o b o l a l a se r v il leta húm e d a d e s ud or y l a arro j

ha c ia la sinfono1a, descompuest a t a m b i é n, porq u e a un - que no tenía ni un mes de instalada, d e sd e h acía d os se -

manas la máquina sólo tocaba el disco de la posición Al . H é ctor se puso a cantar mentalmente Magia blan ca t ú

tienes, me has hechizado a mí,

con tu mirada coqueta

y s e

interrumpió cuando escuchó el ruido de una botella que se quebraba.

- r -No sé por qué seguimos viniendo aquí -dijo.

Parra levantó una mirada indiferente y de inmediato la volvió a bajar. Había acomodado nueve corcholatas, una sobre otra, y estaba por colocar una más. Con un ma- notazo H é ctor las tiró al suelo, y mientras las veía rodar y

rebotar se dijo que sonaban igual que las monedas de a peso. Odilón los contemplaba molesto, detrás de la barra, preguntándose quién iba a recoger las corcho1atas. -Dije que no sé por qué seguimos viniendo aquí . Ahora Parra mostró rabia en los ojos, pero en vez de reñir encendió un cigarro, se estregó las barbas y hasta entonces contestó:

-Yo tampoco.

A r rojó hacia el frente la primera fumarada, y H é ctor

contuvo la respiración durante unos segundos. -¿ Por qué nadie echa el humo por la nari z ?

+-No sé -respondió elegante. -¿Otra ronda?

Parra - o

Cr e o que no es

r e ntr ete nía l eyendo l a et iqu e t a d e la c e rve za que recién He había be b i d o .

- ¿ Ves al p i nc h e gori1ón que está sentado en la

barra?

- Ce rve z a C a rta Blanca, calidad premiada certifica -

da, c onten ido ne t o 325 eme e le, Cervecería Cuauhté -

moc, e se a de ce ve, Monter rey , México.

- H ace tiempo me piqué a su vieja -continuó Héc -

r o r c on voz baja .

-Sí -levantó

la vista Parra-, ya me 10 dijiste va-

ria s ve ces. ¿Oyé quieres? ¿Oye le vaya al güey con el

.

his me para que te mate?

- -Nombre,

Parrita, te 10 digo en confianza, como

.

ua te s .

-Con una vez basta. Además la vieja no está como

p a ra a ndado pregonando.

-De

todos modos no creo que le importe al güey.

Me c ontaron que va seguido a los baños de vapor . -¿Yeso qué? Yo también voy. Héctor se echó hacia el resp a ldo de su silla, con una

s o nr isa a punto de volverse carcajada. -No te conocía esa s costumbres, P a rrita. Así que vas y te encueras ahí f re nt e a t o dos par a que te peguen un a tenta1eada.

va a s ud ar, a qu e l e s a lga por

l os p oros el veneno que tr a e d e ntro.

L a sonrisa de Hécto r perm a n ec ió est á ti ca por varios

s eg u ndos, aun cuando y a h abí a ec hado de s u mente el

-No seas imbécil . U no

 

-Sí,

pero que sean Coronitas. A v e r si están más

a

s un to de los baños de v a p or. Par r a hab l ó de cualquier

frías que éstas.

c

o sa para volverle el rostro al e s t a d o n a t u r a l :

Héctor se desabrochó un par de bot o nes de la cami -

-Tengo años viendo esos p ó st er s de l a rubia Supe-

sa . El sudor le daba a su pecho un brillo sintético. Parra

ri or y siempre son puras grin guill as insí pidas .

66

67

- U na

v ez organizaro n u n concur s o porq u e l o s de l a

cervecería q u ería n qu e l a m o d e l o fu era un a g ü era mex i -

cana. Era n esas épocas en que a hu e vo qu erían qu e no s sintiéramos muy orgullosos de nu estra na c ion a lidad, no - más lo de México val í a. Ya ve s qu e hasta Roca no quiso llevarse a Cabinho a l m un dia l p orqu e era brasileño.

- ¿Y lu ego ?

-N ada. Resulta q u e co n c u rsaron p u ras faunas que

n i con baños de Miss Clairol se veían rubias. Les diero n

las grac i as y se vo l vieron a co n tra t a r gringas . Así le pasó a

Roca. Ai andaba llorando a Ca bi n h o c u ando quedam os en último lugar. -Voy al baño.

- N o me tienes que avisar, ni q u e fuera escu e la.

Héctor lo vio retirarse co n pasos rápidos . Le vio la barriga colgante como u n a gra n p apada que lo obligaba a entallarse los pantalones a la altura de la cadera. Qpiso

imaginario envuelto en una toa l la en los baños de vapor y

e n cambio recordó un cua d ro d e h ombres barbados ves -

tidos con túnicas de roma n os. Hab í a áng e les y una muje r desnuda . R e cordó también un a nu ncio a dos calles de ahí que de c ía con letras in t ermite ntes : BAÑOS DE VAPOR, BA- ÑO TURCO, BA Ñ O RUSO Y se p r eg unt ó cuál sería la dife- rencia entre ellos . Pensó que e l c u adro lo había visto e n e l recibidor de casa de l a tía Es t ela, co n u n marco tan gran - de que podía estar ocultando una p uer t a .

- Mi mujer tiene la mé n d iga cost u mbre de contar-

me s u s sueños en el desayuno -dij o H é ctor tan pronto vo l vió Parra.

-¿ Y qué soñó anoch e ?

- No

me acuerdo de mis s ueño s y quieres que re -

c u erde l os de ella.

68

- P O S no d i ces

- Sí,

pe ro nunca l e po n go a t e n c ión. Es de gente en-

rma eso d e con t ar su e ños. - U na vez l eí e n e l periódico que cuando creemos que es tamo s soñando en realidad estamos despiertos y

f

e

. ua ndo cree mos que estamos despiertos en realidad e s ta -

mos soña n d o .

- No mames, Pa r rita, y de seguro te 10 creís t e.

-S e

-El

me hizo muy interesante la idea . punto es que siempre me desayuno a las carre-

ras para que rru vIeF no me cuente sus suenas.

-

I

- Mejor dile que no te gusta.

- -Ya se 10 dije, pero e l l a me reclam a que nunca ha-

b l a mo s de nada; que está bien, que y a no me los va a con- tar, pe ro que en t onces yo le platique algo . -Hace poco vi una entrevist a con Roca y dijo que

no es t a ba arrepentido de nada.

-¿~edó

en último lugar y resulta que no se arre-

pi ent e?

A mbos se prendieron de sus botell a s . Héctor vio que

Pa rra tenía espuma de cerveza en la b a rba . Le pareció dema-

s i a do larga y sucia y se preguntó si se la lav a ría con jabón o co n champú; s i se la p e inab a al menos de vez en cuando, si

la es puma apestaría p a ra m a ñ ana . Él m i smo, cuando era es-

t

udia nte de leyes, habí a d esea d o un a b a rb a

como ésa , cerra-

d

a, r izada, oscura, porque ent onces su po n ía que er a necesaria

p

ara que 10 tomaran en s erio como abo g a do, pero tantos

a

ño s de amanecer con a pena s u n a f e lpa e n la barbilla le hizo

a rc hivar e s e deseo junto con otros. -Anoche vi una pe l ícul a muy buen a -dijo Parra - o No sé cómo se llamaba pero er a d e un os narcos que se-

c ues traban a la esposa de un poli cí a .

69

~-----------------------------------------------------------------------~II ~

-

Yo

no l a term i n é

de v e r . ¿C6fl1o es po s ib l e que lu

1

'1I i ' ()~ 1 e s a - p e ro

ya l a v o z d e l o s l Ierma n os

Ca rrió n

esposa esté buenísi m a y l os

nar c o s no le hagan nada ?

H

l l I llaba e l lugar .

-Eran

narcos, no v i ol a do r es.

Mag i a b l anca t ú ti e n e s , me h as h e ch iza do a mí

-Ya

se va el gorila.

a

da vez qu e P a rra acom od a ba otra corcho1ata vo1-

-Voy

con Odilón

a pedirle

corcholatas. ¿Cu á nt a

I cu b a a med i r l as int e nciones

de

Héctor, y aunque 10 vio

crees que pueda acomodar sin que se caigan?

-Es

un ojete. No te va a dar.

Otra vez H é ctor 10 vio retirarse con pasos rápidos y le vio la barriga colgante, y cuando estaba recordando d e nuevo e l cuadro de los hombres barbados cortó los pen -

samientos de cuajo para darle paso a la esposa del policía,

I j e no y pe nsat ivo, p e nsó que i g u a l era una forma de sor -

rc nde r l o y de rriba r le de nuevo su torre. Las últimas cor -

p

r hola tas 10 obligaron a contener la respiración y a contro -

l a r e l t e m blor de su pulso .

- ¿Cu ál

es la serie policiaca que más te ha gustado?

\ Hé c to r sintió que su pregunta era interesante .

atada a una columna de madera, amenazando

a sus

rap -

-

¿

D e

todas?

.

tores .

- -Sí ,

hombre .

-¿No

que no? -llegó

Parra con un puñado de cor -

cholatas-.

Me dio veinticuatro.

-Se

me hace raro.

-Es

que le dije que eran para jugar ajedrez.

-N

arcos o lo que fueran no me creí la película.

-¿Cuántas

-Hoy

crees que pueda acomodar? no me quiero poner pedo.

-Joto . Una por una, Parra fue acomodando las corcholatas . Las primer a s cinco, fácilmente. Luego e l trabajo se fue complicando porque, torcidas por la fuerza d e l dest a pa - dor, l a s pi e zas no tenían la simetría necesaria para un mon - taje segu r o. Un hombre se acercó a la sinfonola y echó un a moneda.

-Seguro

Héctor.

no sabe que está descompuesta

-dijo

Apenas comenzó la música, el hombre dio una pata -

P a rra detuvo su construcción

por un momento. De -

acaba contestar esa pregunta de la m a ner a más sincera .

- B _ ~ rn ~ ! ~xJ~~ ~ dijo.

-No

es posible -dijo Héctor- .

Barnaby Jones era un

-

v e j e t e que no hacía nada . Todo se 10 arreglaba su nuera .

-Precisament e .

Era u n viejo sin fuerzas, por eso

t e n ía que usar su ingenio.

-Entonces

debería gust , arte . m á s Cannon .

Ése era

viejo , gordo y en silla de ruedas.

-¿Sabías

que la nuera de Barnaby Jones l a hacía an -

tes de Batichica?

D e pronto H é ctor levantó los brazos , s onrió y apretó

l os p uños y se mantuvo inmóvil por unos segundos , co -

m o u na fotografía de alguien celebra nd o un g ol .

-Está

bien - dijo Héctor entusi asma do-,

me voy

a p o ner pedo, pero no con cervez a.

P arra tomó la última corcho1at a y poco antes de aco -

d

a a l a parato y volteó a su alrededor avergonzado .

 

m

o d a r la se puso fu r ioso con sól o p e nsa r q ue a propósito

 

-No jala -explicó

a quien quisiera oírlo-.

Yo no

H

é c tor le daría una patada a la me sa .

7I

---------- ---- --------~

-

Pa r a

e l l i h ro

d e C U i t l l l CSH

d ijo a l l i ll -- . M i r n

n omás qu é b e l l eza.

Héctor ac ercó l a c ar a h as t a qu e casi topa b a s u nari con la torre. -Te felicito -dijo.

-Sí, claro -dijo

Parra y con el índic e d erri b ó S ll

propia edificación . -¿Por qué? +-Si lo hubieras hecho tú, nunca te lo perdonaría -No tenía la más mínima intención -Más vale prevenir.

Otra vez Odil ó n los miraba molesto . Parra y Héctor 10 not a ron, y aunque sus botellas ya estaban va c ías, deci - dieron esp e rar a ntes de pedir más. -Creo que tu mujer tiene razón -dijo Parra. -¿ Sobre qué? -Qye eres una mierda . -Nunca ha dicho eso - re c lamó Hécto r .

-De

seguro lo piensa.

+ - T e e stab a d i ciendo que quier o pon e rme pedo, qui ero festejar.

+-Y yo también 10 pienso. Eso de no escucharle ni sus sue ñ os

Un perr o e ntr ó , ladró dos veces y salió de inmediato c o n la cola entr e l a s p a tas. La sinfonola y a había termi- n a do de toc a r . -Presiento qu e hoyes una noche especial . -Adem á s no hay nada de malo en eso. Yo a veces le cuento a mi mujer 10 que sueño y ella me lo cuenta a mí . -Vamos a tomar whisky. -¿Tú picha s ? -Cl a ro , yo soy el que tiene motivos par a fest e j a r .

7 2

l léctor hizo una seña a l G ü e r o

y ta n pr o nt o l o t u vo h om br e q ue a cababa

I ( ' n ' l \ le pidió u n p ar d e j a iboles . Un

d i ' ( ' 11 trar se ace r có a l a sin f on ol a , p e ro alguien le advirtió

q"l' no fun c i o naba, a meno s qu e quisiera oír "Magia blan - I ' H" . Parra vio s u re l o j. E ran las doce y diez. - ¿ C ump l e s a ños? - No . - ¿E nt o nces qué celebras? L l e ga r o n los dos vasos con más hielo que bebida. 1 I é c to r l o levantó para brindar. Parra se cruzó de brazos.

- Ma ñana comienzo una vida nueva. - N o mames, Héctor, ¿otra vez?

- - Lo que pasa, Parrita, es que tú eres un fracasado. -Po r favor, trabajamos en la misma empresa, tene - IIIO S pu estos iguales, ganamos 10 mismo. - ¿Nunca te has preguntado qué hubiera pasado si ('11 ve z de metemos a trabajar hubiéramos terminado la rurrera? -No . Pa rra tomó su vaso. Héctor aprovechó para levantar ( ; 1s uy o y de nuevo invitarlo a brindar. Otra vez Parra 10 ig no ró . - ¿ Qyé te pasa, Parrit a ? Un brindis no se le niega a

na die.

-Tu madre. -¿Es porque te dije fracasado? ¿Te molestó? -He aquí que a sus cuarentaipico de años Héctor de la Rosa vuelve a la facultad de leyes para terminar sus . st ud ios, todo un ejemplo de dedicación y esfuerzo. Por D io s, te verías ridículo con libros bajo el brazo . ¿De qué l e s v as a platicar a las m u ch a ch a s? Se van a burlar de ti, d e l pinche ruco. Ahí tú s er á s e l fr a casado, entre puros

73

m u ch ach os q u e piensan que a tu edad serán dueños del

- N o ti e n e amigOH.

mundo. Si qui eres po n c rte pedo e s t u a s unto, pero no m

-

¿ Lo

c ono c e s ?

vengas con vidas nu ev as.

-

N o .

-Ya sé qué te molestó -dijo Héct o r - , pero te ju ro

H

é ct o r no se de c idió a revisar s u c ar t e r a aunque a esas

que no iba a tirarte las corcho1atas.

a

l t ur a s no estaba seg ur o de si t e ní a sufic i ente dinero para pa -

Ambos bebieron en silencio sus jaibo1es, con tragos

ga

r la cuen ta . Se p reg unt ó si ya e staba ebrio y se respondió

cortos, procurando mantener la boca pegada al vaso y así tener una excusa para ya no hablar. El golpeteo de los

que un po c o . Re cordó e l asunto de los baños de vapor y su-

pus o q u e eso era 10 que h a bía molestado a Parra.

c

ia co tú debiste pedir mi opinión.

hi

e los contra el cristal fue aminorando hasta que todo se

-En todo caso y o también est oy encabronado - dijo.

volvió un líquido demasiado claro y sin sabor. -¿Qyieres otro trago, Parrita? Yo invito. -Aquí se está muy bien, Héctor, aunque no ja1e el

-¿Por qué? Si hast a estab a s c e lebr a ndo tu vida nueva. -Cuando te pregunté por e l mejor programa poli-

a

banico , aunque nom á s haya una canción.

 

- -Es

que no me interesa -dijo Parra-,

en todo ca-

Parra tomó su cajetilla y sacó un cigarro, 10 manoseó un rato y se 10 puso en la boca.

s

o m e interesan más los sueños de tu mujer. -A ella déjala fuera .

-¿Y qué hay de malo? -preguntó Héctor -. Mira

'

Par ra se echó hacia e l respaldo y de nuevo se cruzó de

la edad de B a rnab y Jones.

bra zo s . Héctor se desabrochó un botón más. Vio su ca -

Ambos evitaron encontrar sus miradas. Parra guardó

m

isa, toda gris con una mancha oscura en la bolsa a causa

e l cigarro de vuelta en la cajetilla -Es t e l ev isión, Héctor.

Pidieron otra r onda y cada quien se puso a beber in- merso en un silencio que no les incomodaba, que les ser - vía para a trapar conversaciones ajenas. En la mesa de la derecha tres hombres comentaban que los hijos son unos

m a l a gradecidos; en la mesa posterior un hombre asegu-

r a ba quién sería e l ganador de las próximas elecciones de

g obern a dor, y p a ra ganar credibilidad, con frecuencia em- ple a ba l a frase "te 10 digo yo". Parra sacó un hielo y se frotó l a frente con él hasta derretido por completo. Por fin Héctor señaló hacia su derecha y dijo:

-¿ Ves al güey d e l copete parado que está allá? -Sí .

74

de u n a pluma que se le había chorre a do meses atrás. Su

m uje r 10 había regañado , que tuviera más cuidado, que

es as manchas no se quitan, y é11e dijo que se callara. -Mira - extendió una tarjet a de presentación de un

a bo gado. Parra la miró por un r a to .

- ¿Tienes probl e m a s?

-No,

Parrita. ¿No te acu e rdas de Robledo? Me 10

to pé cuando venía para a c á. M e contó que t iene un des-

p ac ho y secretaria y and a d e cor b a t a. Le dije que viniera,

q ue nos íbamos ' a junt a r aquí, pe r o s e d i sculpó porque

a nd aba muy ocupado, qu e a ver cuán d o.

-r epitió Parra y ro mpió la tarje-

ta. Héctor no se sintió con ganas de pr otestar y entonces

-

Sí,

a ver cuándo

75

s e dijo que ya sabía t [U C la iba a romper. L O A I T()~O S de

pap e l pararon m u y ce r ca d e l as co r c holat as; e s ta vez O di - lón volteaba hacia ot ro lado.

-Starsky y Hutch -dijo H é c t o r . -¿ Ya no vas a invitar otros jaibo1es? -Ésos sí la hacían, con su carro rojo de raya blanca y llantas anchas. Ésos sí se ligaban viejas bien buenas, no como el ruco de Barnaby Jones.

-¿Sabías

que Barnaby jones era el apá de los Be-

verly Ricos?

-Ni me acuerdo de ese programa.

-Era

de

unos rancheros que encuentran petróleo

y

-Sí, ya sé, pero nunca 10 veía. -Tienes que ver de todo si luego quieres decir cuál es el mejor . -Veo 10 suficiente. -Hasta confundes las cosas. Cannon sí era un pin- ch e gordo, pero e l anciano en silla de ruedas se llamaba Ironside .

H é c tor escarbó en su memoria y se preguntó si Parra

tendría razón. ¿Cannon caminaba? Tal vez sí, era dema-

siado gordo como para sentarse en una silla de ruedas.

+-T ú estás igual-dijo ga con treintaidós piezas.

Ahor a fue Parra e l que hurgó en su mente para hacer cuentas; una reina, un rey , dos alfiles, dos cab a llos, dos torr e s +-No importa -dijo.

Héctor-. El ajedrez se jue-

-Pich a

al baño.

tú otra ronda -dijo Héctor y se e ncaminó

Mientras orinaba repasó los marcadores con que ha -

bía perdido el equipo

de Roca frente a Tú nez, Alemania

P o l onia . l lnbían sido dos goles a fa v o r y do c e e n co n -

;

tru. E l h a b ía v i s t o l o s tr es p ar tid os en una t e l e v i s i ó n que

m onta r o n

P o l o nia er a n o rm a l, pe r o nunc a u n equipo africano ha -

hía ga na d o un ju e go, y l a primera vez tuvo que ser contra

M éx ico . Uno de sus compañeros se echó a llorar sin em -

e n l a fac ult a d d e l e y e s. T a l vez 10 de Alemania

p

a c h o ; é l sólo se llenó de rabia. ¿Qyé nos queda después

d

e e s to ?, preguntó el compañero a Héctor con los ojos

l

l

or o sos , y Héctor le respondió que no exagerara, que só-

l o e ra un juego .

L o s jaibo1es estaban servidos cuando volvió.

-Si el tipo d e l copete tuviera amigos ya le habrían

dic ho que se peinara de otro modo. -Supongo -dijo Parra-o Pobre güey. -¿Con qué te lavas l a barba?

_ . Muy mi pedo.

Héctor vio su vaso con desconfianza. La vuelta al ba - 10 h abía acabado por mareado y y a no est a ba seguro de

q

uer e r un t r ago más. Sin embargo, no creía correcto des-

p

re c i ar la invitación de P a rra. -Te prometo que mañana sí le oigo sus sueños a mi

vie ja -dijo y dio un trago más. -A mí qué. -Es que quiero empezar una vida nueva . +-Y dale con 10 mismo . ¿Fuiste a la iglesia o dónde

t e metieron esas ideas? Héctor alzó los h om b ros y tomó e l re st o de su be-

i da . -Ahora sí ando ped o - dij o . -Desde hace rato -a gregó Parra . Un estado de ánimo p a r eci d o a l a f e licidad se apro-

b

.

p i ó de Héctor. Se puso en pi e y e c h ó una moneda a la

infon o l a . A l g u no s de sc ono c id os l e re c l a m aron C O I l un silbido, p ero é l n o se inmut ó : en ese m o mento l e e ra indispensable escuchar música, aunqu e f u er a d e l o s H er - manos Carrión. Comenzó percutiendo sobr e l a si n f o no1 a

s

, h o m b r e , p e ro 1 1 0 C O I ' ! " ( : ! p orq u e l e da b a u n in - (arto, U na ve z atrap ó a un ladrón c on un a cañ a de p e scar . Pa rr a ence ndi ó u n c i ga rro y ec h ó e l humo por la

n

"

a riz . To d o s ali ó por la fos a izqui e rda porque la derecha

para llevar el ritmo, luego se puso a cantar, y sólo cuando le dio por hacer algunos movimientos emparentados con

.

s t a ba t a pada. -Con una caña -dijo Héctor en el momento en que

el baile, Parra se levantó por él . -No seas imbécil-le dijo . -¿Sabías, Parrita, que en el setentaiocho le metie- ron a México doce goles? -Sí, me acuerdo. Ya te dije que hace poco vi a Roca en la tele. -¿ Y dijo que no se arrepentía de nada?

s

e le pe rdía la mirada - o Me hubiera gustado ver eso.

+-Sí +-Parra 10 depositó

en su silla.

-Ésos son pantalones. -Supongo. -¿ Y sabías que Robledo se echó a llorar cuando per - dimos contra Túnez? -Pobre pendejo. -Sí, pobre.

Héctor se dedicó a escuchar la música. Continuaba con la sensación de f e licidad, aunque ya no tenía deseos de bailar ni de hacer nada. Bastaba con estar ahí sentado

y sentir un calor que ya no le molestaba y escuchar los

coros de los Hermanos Carrión y ver a la gente alrededor

y seguir escuchando hasta que el disco regresara a su po -

sición. Tal vez entonces volvería a la sinfonola con otra

moneda y qué más daba si otra

vez le silbaban y ojalá

ahora sí Parra 10 dejara bailar . Sacó su cartera y puso to- do 10 que tenía sobre ia mesa .

-¿ Era en serio eso de que Cannon caminaba? -pre- guntó.

7

8

79

I \

-

Las s illa s ¿ patas arriba, estaban alzad a s s o bre las mesas. ~mG ü e r o l pasaba sin mucha convic c ión un tra pe a dor su -

. io y se ~ o que revolvía sin remover la tie r r a d e l suelo,

mie n tras Odi l ón, sentado

más a burrido, hacía sus cuentas d e l c ierre. Separó los bi -

lle t e s e n dos montones:

y a rr ugados por tanto

nue vo s y comparó sus fech a s, las firmas d e l director ge -

ner al, de l representante

tres v e c e s al direc t or y quién era don An-

dré s Quinta n a Roo y ya no tuvo ojos par a distinguir las

s

det r ás de la barr a, un a n oche

los de asp e cto nuevo y los sucios

m

anos e o.

Tomó

algunos

de l os

de la junta de gobierno y del ca-

j e r o; e n do s años habían cambiado

iete vece s al de la junta. S e preguntó

let ra s de los grabados d e l reve r s o .

-

-

La e n fermedad de O d i l ón

¿Terminaste,

Ya

casi.

Gü ero?

u na ma -

yo r carg a d e t rabajo sobr e e l Güero , e l úni c o de ocho

he r manos

fra ncés. É l aceptaba : esta ca rga a cam b i o

pe ra nza .

h

a b ía i m pue s to

q u e conse r vó e l co l or

claro d e u n antepasado

d e cierta es -

-

¿ Par a

q u é sirve el dinero? -repiti6

Odilón

s u

c

o n algunas varia c iones en c uanto a l s it i o en e l qu e no

cantilena d e ca d a v ez qu e ec h a b a l os b i ll e t es e n l a bo l sa.

s

ufría dolor : a v eces e ran l as uñas, a v e ces los hueso s o e l

Las monedas siempre l a s d e jaba en l a ca j a . N o m e g u s t a

·

abe llo. Al Güero le parecía muy p o c a cosa qu e le llega-

batallar con la feria. Y con el batallar no se r e f erí a a l a

ran a doler los pelos y l e i rr it a b a vedo tan fuerte, cargan-

cuestión económica sino a la dificultad para recoger la s

do un barr il d e c e rveza, subiendo una escalera para cam -

monedas pequeñas, de a diez y de a veinte, con los dedo s

b

i a r u n f o co, agachándose una y cien veces para recoger

temblorosos y rígidos. En cambio, sí le gustaban los bi - lletes porque podía tomarlos suavemente, usando dos o más dedos y, en caso de caérsele alguno, no importaba su

c

olil l as , corcholatas, corchos y latas. -Hoy vendimos muy poco. -Es que todos andan muy amolados -el Güero

denominación, caería en silencio, sin delatar su

s

in tió la necesidad de dar una excusa.

A veces e l Güero aborrecía su trabajo. No le importa-

-En

mi époc a , cuanto más jodido se estaba, más

ba atender a los bebedores , escuchar sus quejas e insultos; aceptaba lavar el baño y limpiar vómitos. Todo eso estaba bien. Un trabajo como cualq u ier otro, se decía. Pero alg u -

e

ra n las ganas de un trago. -Son otros tiempos, señor . -¿Y qué podemos hacer para que sea como antes?

nas noches, cuando sus amigos entraban al Lontananza, de puro coraje se le subía el rojo a la cara. Sírvenos, Güe-

-N o sé, señor El Güero se guard a ba sus planes: colocaría una tele -

ro. Ándale, huevón. Y le tronaban los dedos y era una

vis

ión

en cada esquina para ver el box y el futbol, una

bu r la tras otra toda la noche sin que le dejaran un cénti-

bu

ena mano de pintura, mesas de billar, otras marcas de

mo de propina. Lo peor venía en su noche libre. Frente a las muchachas, frente a Consuelo, los amigos continua- ban sus bromas. Güero, tráeme una cerveza, un vaso, una servilleta. Y ya fuera en u n salón de baile o en la casa de una de ellas, e l Güero seguía siendo e l mozo siempre lis- to para atenderlos. No por mucho tiempo, pensaba. Odilón levantó la bolsa de los billetes y la agitó. -Si pudiera comprar tus años, muchacho . Pero a mi edad uno sólo puede aspirar a un buen morir. +-No diga eso, señor - el Güero, exasperado, apretó los dientes. Apenas seis meses antes Odilón tenía otra cantilena :

siguen pasando los años y no me duele ni una uña. De hecho comenzó a repetirla desde que llegó a los setenta,

82

cer veza, la gente se estaba cansando de tomar pura Co - ro na, aire acondicionado y, sobre todo, un cambio de

no

mbre. Compraría un anuncio luminoso que prendiera

y

apagara toda la noche: BAR EL GÜERO . La palabra

ca

ntina era del pasado. O mejor aún : GÜERO'SBAR. Un día Odilón se precipitó al suelo, sin oportunidad

si quiera de poner las manos. El Güero recordaba la caída

c omo un hecho muy lento, como si Odilón hubiera sido

un globo. E l grito; los bra zo s b u s c ando en dónde apoyar-

s e : en la barra, en un b a n c o, en un c li e nte ; e l aterrizaje; la

ca beza rebotando sin ha cer un so l o ru ido; el viejo en el

s uelo, inmóvil, incapaz d e incorporarse. Los que estaban

a lrededor 10 levantaron p ara s e ntado junto a la barra y

r evisarle algunos huesos . No es nada, dijo Odilón, y con-

83

tinuó s i r v i e nd o y c o b rando y l ava n do vasos. ! \ I rato S " sintió m a l. T e di g o qu e n o es nada , h om b re , s i acaso u n mareo . Contra su costumbre de c idió r e ti rars e ant e s d e c e - rrar e l negocio y, luego de darle al Güero un a se ri e d e r e - comendaciones, se despidió diciendo hasta mañana. No fue ni al día siguiente ni a la semana sigu i ente cuando volvió. Tardó casi un mes y llegó convertido en un viejo de pasos cortos, cada vez más cortos, y pendien- te d e l r e loj porque a hora cargaba una cajit a metálica con pastillas que había de tomar cada cuatro, seis, ocho o do-

c e horas para la circulación, la acidez, los gases, las pier-

nas entumecidas. Desde entonces cada noche l e pedía al Güero que lo acompañara de vuelta a casa . El muchacho

a c c ed í a, resignado, a s ervirle de muleta, a tomar un rum -

bo opuesto al suyo con una lentitud que le h a stiaba , con es a s manos en busca de equilibrio sobre sus hombros y

respondiendo sí a todas las preguntas de rutina que bro- taban ante l a falta de conversa c ión: ¿Apagaste la sinfono- la? ¿C e rraste bien la llave del fregadero? ¿Le pusiste

c reolina a los baños? Y al pasar frente a casa de Consue -

lo, e l Gü e ro agachaba la cabeza, avergonz a do, pero a la vez tranquilo porque ella siempre se acostaba temprano. -¿ Ya terminast e , Güero? - repitió la pre g u n ta. -Sí, señor.

Er a cerca de la unade la mañana, muy temp r ano pa- ra cerrar en viernes. El Güero fue a la bodega y comenzó

a a pagar las luces. No le extrañó escuchar que alguien

golpeaba la puerta. Seguido se presentaban algunos tras- nochados dispuestos a pagar lo que fuera con tal de que

l e s permitieran entrar. Tocan, pensó. Diles que ya no son

h o ras . De camino a la puerta pasó frente a Odilón y qui -

so bloquear los oídos para no esc u char:

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- '1o c an. D il c s q u e ya 1 10 s on horas . dilón tenía h ec h a s s u s fr ases p a ra ca d a c ircunstan-

'

l a . R es ul t aba fác i l ant i ci p a r s u s p a lab ra s cada vez que en -

t ra b a un c lie nt e , c u a ndo se rompía un a botella o cuando alg ui e n se n eg a b a a pa g ar la cuenta; y tan no se salía de

s u s cost umbres que continuab a preguntando por la creo -

lin a de los baños aunque ya ni en las boticas había modo de co nsegui r la. Les eché Cloralex , respondió e l Güero

l as pri meras veces . Después se conformó con asentir.

por e l postigo a un par de es-

-Está ce r r a do - dijo

pa lda s en retirada. _ E l Güero movió los l a bios en silencio. ¿Qyé desean

to ma r? Pero ya saben qu e a esta hora todo cuesta e l doble . -Vámonos, Güero, estoy muy cansado . -Espéreme tantito, me f a lt a apagar una luz. De vuelta en l a bodega tomó una botella de brandy y

s e sig uió de largo hacia e l baño. Al gira r la tapa escuchó

e l ro mpimiento del sello. Segur a mente Odilón ya estaría

de pie , apoyándose en sillas y mesas par a alcanzar la sal i- da . El Güero se s e ntó sobre e l escus a do a e s perar . El olor

n o e ra el de una hora a ntes, cuando comenzó a asear.

¿ Q yé les cuesta estirarle? ¿Qyé les cuesta mejorar la pun -

te r ía? Afortunadament e no había testigos en esa parte de

s u t ra bajo. Un poco al frente, un poco sobre su cabeza

o bserv ó el tubo que Odilón había mandado soldar para

p oder sentarse y pararse s in a y uda de nadie. -Apúrale, por f a vo r . El Güero no se a t rev i ó a tomar de l a botella. La co - lo có bocabajo sobre u n m i n g it o rio y e scuc h ó e l gorgotear

de l líquido que se iba. -Ya voy, señor. Todo el interior qu e d ó a o scur a s . Co n un fuerte jalón

\

.

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e l Gü e ro ce r ró l a p u er t a h inchada. Odi l ón giró l a ll a v e.

El viento de la call e e r a un rev ol t i l l o d e air e fresco y ea - liente, como si en un lugar cercano estuvi era ll o v i e ndo . Odilón puso las manos sobre los hombros d e l mu c h ac ho. +-Vámonos.

¿Por qué no se compra unas muletas el cabrón? ¿Para qué me trae jugando a la víbora de la mar? El Güero se preocupaba porque sus preguntas empezaban a ser tan repetitivas como las del viejo. ¿Apagaste la sinfonola? ¿Cerraste bien la llave del fregadero? ¿Le pusiste creolina a los baños? Arrastraba un pie, daba otro paso y el mu- chacho decía sí, sí, sí, asqueado de sentir el temblor de las manos sobre sus hombros y convencido de que todo era una prueba. ¿Pero cuántas veces más tendré que pasada? Una prueba, sin duda, porque Odilón no iba a creer , que tanta lealtad, tanto sacrificio era por el sueldo de cada se- mana. Vas a ver, Consuelo, cómo al rato me va a ir mejor. Entonces, como siempre que trataba de imaginar ese fu- turo, su optimismo se truncaba con la imagen del sobri- no de Odilón, un poco oscura, despreciable, inquietante. Esa cara sebosa que retenía todo el polvo del viento. No es posible; es un bueno para nada. ¿Cuándo ha procura- do a su tío? Una serie de relámpagos iluminó el contorno de los cerros. La luz permanecía por tan poco tiempo que no se alcanzaba a captar ningún color. -Está relampagueando. -Eso parece. y cuando llovía y los zapatos se llenaban de una plasta de lodo que alargaba la distancia, Odilón decía:

-Está lloviendo. La casa de Consuelo apareció tan silenciosa como todas las noches. El Güero vio de reojo el meneo de las

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c orti n a s y l a s p a l o r ni ll a H a l r e d e d or d e l l o c o encendido en

l

N o s u po co nt i n u a r l a id e a.

a terraza. U n día, Con s u e l o

Le em p eza b a n a a bu rrir s u s proyec t os y tal vez a ella

tam bi é n .

M á s ad e lante se acababa la tierra de la calle para dar