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ABRID VUESTROS OJOS A LAS SEÑALES DEL FIN

OBJETIVO CATEQUÉTICO
* Presentar el fin del mundo y sus señales como buena noticia para el
creyente; como llamada a la conversión para quien vive de espaldas a
Dios.

1. ¿Cuándo?
«Jesús salió del templo; mientras iba de camino se le acercaron sus
discípulos y le señalaron los edificios del templo, pero él repuso: ¿Véis
todo eso, verdad? Os aseguro que lo derribarán hasta que no quede
ahí
piedra sobre piedra. Estando él sentado en el monte de los Olivos se
le
acercaron los discípulos y le preguntaron a solas: Dínos cuándo va a
ocurrir eso y cuál será la señal de tu venida y del fin del mundo»
(/Mt/24/01-03).

2. ¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Dónde?


«A unos fariseos que le preguntaban cuándo iba a llegar el Reino de
Dios, Jesús les contestó: El Reino de Dios no vendrá
espectacularmente,
ni anunciarán que está aquí o está allí, porque, mirad, el Reino de
Dios
está dentro de vosotros» (Lc 17, 20-21). Y a los discípulos que sobre
la
llegada del Reino de Dios también le preguntaron a Jesús: «¿Dónde
será, Señor?», respondió: «Donde se reúnen los buitres, allí está el
cuerpo» (Lc 17, 37).

3. Unas preguntas que se repiten


¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Dónde? Preguntan los discípulos. Preguntan los
fariseos. Preguntamos muchos de nosotros. La curiosidad, la
superstición y la fantasía popular no se resignan. Pretenden arrancar
a
toda costa el secreto que rodea al fin del mundo ¿Cómo terminará el
mundo? ¿Se podrá conocer la fecha exacta? ¿Dónde sucederá la
venida
final de Cristo?

4. Jesús dirige al hombre una llamada que compromete toda su vida


Sin embargo, este tipo de preguntas -tal y como son planteadas- no
encuentran respuesta directa en el Evangelio. El Evangelio no viene a
satisfacer la curiosidad humana, sino a dirigir al hombre una llamada
que
compromete toda su vida. Por ello, la respuesta de Jesús es
sorprendente, profunda. Va más allá de lo que se pregunta. Jesús se
mueve en otro plano y responde desde él. Los discípulos, gente
sencilla,
se han dejado impresionar por las construcciones del templo. Jesús
los
sustrae de ese plano superficial y engañoso, poniéndoles delante de
la
catástrofe que se está gestando ya, a su alrededor, en aquella
sociedad:
«No quedará piedra sobre piedra.» De este modo, Jesús los coloca,
de
pronto, ante el problema del fin; ellos lo entienden así, pues
preguntan:
«Dinos cuándo va a ocurrir eso y cuál será la señal de tu venida y del
fin
del mundo.» Los fariseos, gente complicada, le hacen a Jesús la
pregunta difícil, la que parece no tener respuesta: «¿Cuándo iba a
llegar
el Reino de Dios?» Jesús les da esta respuesta: «El Reino de Dios
está
dentro de vosotros.»

5. El día de Cristo y el fin del mundo están próximos. Al filo de la


historia en curso
En la respuesta de Jesús a la pregunta de los discípulos (Mt 24, 1-3),
todo va misteriosamente relacionado: la historia de Jerusalén (la
historia
en curso), el Día del Hijo del Hombre (que llegaría después de
padecer
mucho y ser reprobado por esta generación (cfr. Lc 17, 25) y el fin del
mundo. En realidad, aquello que separa de Cristo y del fin del mundo a
la
historia en curso no es tanto de orden cuantitativo, espacial y
cronológico, cuanto cualitativo y existencial. Por su resurrección,
Cristo
inicia una nueva forma de presencia en el mundo, que acabará
haciendo
del universo entero un cielo nuevo y una tierra nueva. El Día de Cristo
y
el fin del mundo están, pues, próximos. Están en medio de vosotros.
La
generación presente será testigo de ello: «Os aseguro que antes que
pase esta generación todo esto se cumplirá» (/Mt/24/34).

6. ¡No os dejéis engañar! Falsos mesianismos


Mas, ¡cuidado! Dice Jesús: ¡No os dejéis engañar! Es preciso estar
sobreaviso y saber discernir. Surgirán falsos cristos y falsos profetas,
falsos mesianismos: «Cuidado con que nadie os extravíe. Vendrán
muchos usurpando mi nombre, diciendo: "Yo soy el Mesías", y
extraviarán a mucha gente» (Mt 24, 4-5). Y también: «Si alguno os
dice
entonces: "Mira, aquí está el Mesías", o "Míralo, allí está", no os lo
creáis:
porque saldrán mesías falsos y profetas falsos, con tal ostentación de
señales y portentos, que extraviarían, si fuera posible, a los mismos
elegidos. Mirad que os he prevenido» (/Mt/24/23-25).

7. ¡Abrid vuestros ojos a las señales del fin!


¡Abrid vuestros ojos a las señales del fin! dice Jesús. Vosotros mismos
podéis encontrar la respuesta. De la misma manera que, observando
la
naturaleza, caéis en la cuenta de que el verano está cerca, así
también
podéis conocer las señales del fin: «Aprended de esta parábola de la
higuera: cuando ya la rama se pone tierna y brotan las yemas,
deducís
que el verano está cerca. Pues lo mismo, cuando veáis vosotros todo
eso, sabed también que ya está cerca, a la puerta» (Mt 24, 32-33).
San
Lucas en el pasaje paralelo introduce esta variante: «Cuando veáis
que
suceden estas cosas, sabed que está cerca el Reino de Dios»
(/Lc/21/31).

8. La guerra
Ahora bien, ¿cuáles son las señales que anuncian el fin? El Evangelio
va enumerando una serie de realidades que anuncian al mundo y al
hombre su propio fin. En primer lugar, aparece la guerra, ese viejo
azote
de la humanidad: «Se alzará pueblo contra pueblo y reino contra
reino"
(Mt 24, 7). En el Apocalipsis aparece esta misma señal destructora
bajo
la imagen de un jinete que monta un caballo rojo y empuña una
espada
enorme: "Cuando soltó el segundo sello, oí al segundo Viviente que
decía: "Ven". Salió otro caballo, alazán (rojo), y al jinete le dieron
poder
para quitar la paz a la tierra y hacer que los hombres se degüellen
unos
a otros; le dieron también una espada grande» (Ap 6, 3-4).

9. EI hambre
Junto a la guerra aparece el hambre. "Habrá hambre..., por diversos
países" (Mt 24, 7). En el Apocalipsis aparece esta señal temible bajo
la
imagen de un nuevo jinete, que monta un caballo negro y lleva en su
mano una balanza. «Cuando soltó el tercer sello, oí al tercer Viviente
que
decía: "Ven". En la visión apareció un caballo negro; su jinete llevaba
en
la mano una balanza. Me pareció oír una voz que salía de entre los
cuatro vivientes y que decía: 'Un cuartillo de trigo, un denario; tres
cuartillos de cebada, un denario; al aceite y al vino no los dañes''» (Ap
6,
5-6).

10. La peste y la muerte


Tras la guerra y el hambre, la peste. "En diversos países habrá
epidemias (peste)" (Lc 21, 11). En el Apocalipsis, esta señal aparece
bajo la imagen del jinete que monta un caballo amarillento, a quien
sigue
de cerca otro, la muerte. «Cuando soltó el cuarto sello, oí la voz del
cuarto Viviente que decía: "Ven". En la visión apareció un caballo
amarillento; el jinete se llamaba peste y la muerte lo seguía» (Ap 6, 7-
8).
Ambos jinetes forman el sombrío cortejo de epidemias, calamidades y
muertes que siguen a los anteriores.

11. La persecución de los creyentes


Junto a estos jinetes apocalípticos, una nueva señal: la persecución
de
los creyentes. Detenciones, calumnias, interrogatorios, torturas,
procesos, ejecuciones. «Os entregarán al suplicio y os matarán; y por
mi
causa os odiarán todos los pueblos" (Mt 24, 9). En el Apocalipsis, esta
señal aparece como el descubrimiento del secreto histórico que
ocultaba
el quinto sello: «Cuando soltó el quinto sello, vi al pie del altar las
almas
de los asesinados por proclamar la Palabra de Dios y por el testimonio
que mantenían" (/Ap/06/09). Para el vidente del Apocalipsis, la historia
humana tiene un altar donde son sacrificados los mártires de cada
época.

12. La conmoción de los cimientos


Junto a todo ello, la conmoción de los cimientos. Con un lenguaje
simbólico, la Escritura describe las catástrofes y calamidades que en
todos los tiempos anuncian el fin del mundo. Se trata de imágenes
que,
por tanto, no pueden ser entendidas al pie de la letra. «Habrá...
terremotos por diversos países" (/Mt/24/07). Y también: «... El sol se
hará tinieblas, la luna no dará su resplandor, las estrellas caerán del
cielo, los astros se tambalearán» (/Mt/24/29). Y el Apocalipsis: «En la
visión, cuando se abrió el sexto sello se produjo un gran terremoto, el
sol
se puso negro como un vestido de pelo, la luna se tiñó de sangre y las
estrellas del cielo cayeron a la tierra, como caen los higos verdes de
una
higuera cuando la sacude un huracán. Desapareció el cielo como un
pergamino que se enrolla y montes e islas se desplazaron de su lugar.
Los reyes de la tierra, los magnates, los generales, los ricos, los
potentes
y todo hombre, esclavo o libre, se escondieron en las cuevas y entre
las
rocas de los montes» (/Ap/06/12-15). Se conmueven los cimientos,
por
ejemplo, en la caída de culturas y civilizaciones, de imperios políticos
y
económicos, de religiones y sociedades... Las imágenes pueden
referirse
también a catástrofes de la naturaleza.

13. La proclamación de la Buena Nueva


Una nueva y última señal: la proclamación de la Buena Nueva. En
medio de los horrores que en todas las épocas anuncian al mundo su
propio fin, resuena la Buena Noticia de que, pase lo que pase, se
impondrá la victoria de Dios. Las fuerzas poderosas que destruyen al
mundo y al hombre (guerra, hambre, peste, muerte...) serán vencidas
por una fuerza superior: la Palabra de Dios, Jesucristo, el único jinete
victorioso. «El evangelio del Reino se proclamará en el mundo entero»
(Mt 24, 14). En el Apocalipsis, la señal de la predicación de la Buena
Nueva aparece bajo la imagen del jinete que monta el caballo blanco:
«En la visión, cuando el Cordero soltó el primero de los siete sellos, oí
al
primero de los Vivientes que decía con voz de trueno: "Ven". En la
visión
apareció un caballo blanco; el jinete llevaba un arco, le entregaron una
corona y se marchó victorioso para vencer otra vez» (/Ap/06/01-02).

14. Por encima de todo, se impondrá la Palabra de Dios


PD/VICTORIA:
La identificación del jinete del caballo blanco, que empuña en su brazo
el temible arco de los poderosos ejércitos partos, viene dada en otro
pasaje del Apocalipsis: «Vi el cielo abierto y apareció un caballo
blanco;
su jinete se llama el Fiel y el Veraz, porque es justo en el juicio y en la
guerra. Sus ojos llameaban; ceñían su cabeza mil diademas y llevaba
grabado un nombre que sólo él conoce. Iba envuelto en una capa
teñida
en sangre y lo llaman Palabra de Dios» (/Ap/19/11-13). El jinete del
caballo blanco es el símbolo de la victoria. Por encima de todo,
vencerá
la Palabra de Dios, la Persona de Cristo el jinete Fiel y Veraz.

15. «Y entonces vendrá el fin.» La venida en majestad de Cristo


Tras estas señales, el Fin: «Entonces llegará el fin» (/Mt/24/14). El fin
no es para nosotros, los creyentes, el término en que todo acaba, sino
el
principio de un futuro sin término que mantendrá todo hasta la
plenitud:
«Cuando empiece a suceder todo esto, levantaos, alzad la cabeza; se
acerca vuestra liberación» (Lc 21, 28). Este fin coincide con la venida
de
Cristo: «Cuando veáis todo esto, caed en la cuenta de que El está
cerca,
a las puertas» (Mt 24, 33). Se trata de su venida en majestad
(parusía).
El Nuevo Testamento habla siempre de «venida», no de «retorno». No
es
lo mismo. Cristo ha venido al mundo de una vez para siempre, por la
encarnación. Y esa única venida se despliega en tres etapas. Desde
su
encarnación hasta la muerte, se hace presente Cristo en el mundo en
forma de Siervo (kénosis). Con la resurrección inicia Cristo un nuevo
modo de presencia en este mundo, no al descubierto, sino velada,
«como en un espejo», a través de signos, aunque está atestiguada y
confirmada por el Espíritu en la comunidad creyente. Con su venida
en
majestad, Cristo vivifica, al fin, plenamente a los hombres
(resurrección),
manifiesta el sentido de la historia (juicio), renueva todas las cosas
(nueva creación).

16. La llamada a la conversión


Las palabras de Jesús sobre el fin y sus señales fueron dichas a una
generación concreta: los hombres de su tiempo. Sin embargo, van
dirigidas a todas las generaciones. No pretenden inculcar el miedo a
la
muerte y al fin del mundo. Las palabras de Jesús quieren sacudir y
despertar a un pueblo que vive de espaldas al plan de Dios. Un
pueblo
ciego que va por el mal camino. Jesús invita a la penitencia, llama a la
conversión: es preciso contar con Dios, buscar a Dios, volver a Dios.
El
fin está cerca. Como anunciaba Juan el Bautista: «Dad el fruto que
pide
la conversión... Ya toca el hacha la base de los árboles, y el árbol que
no
da buen fruto será talado y echado al fuego» (/Mt/03/08-10).

17. Un pueblo de espaldas a su propio fin


Los contemporáneos de Jesús están ciegos. Viven de espaldas al fin
que los amenaza. Pueden interpretar los signos meteorológicos y no
lo
que más les habría de interesar: ¡Las señales de los tiempos! "Se
acercaron los fariseos y saduceos y le pidieron para ponerlo a prueba:
Muéstranos un signo que venga del cielo. El les respondió: Al caer la
tarde decís: "Está el cielo colorado, va a hacer bueno"; por la mañana
decís: "Está el cielo de un color triste, hoy va a haber tormenta". El
aspecto del cielo sabéis interpretarlo, ¿y los signos de los tiempos no
sois capaces? ¡Una generación perversa e infiel y exigiendo signos!
Pues signo no se les dará excepto el signo de Jonás» (/Mt/16/01-04).

18. Como sucedió en los días de Noé y de Lot


Los contemporáneos de Jesús se parecen a los coetáneos de Noé y
de Lot: «Como sucedió en los días de Noé, así será también en los
días
del Hijo del Hombre: comían, bebían y se casaban, hasta el día que
Noé
entró en el arca; entonces llegó el diluvio y acabó con todos. Lo
mismo
sucedió en tiempos de Lot: comían, bebían, compraban, vendían,
sembraban, construían; pero el día que Lot salió de Sodoma, llovió
fuego
y azufre del cielo y acabó con todos» (/Lc/17/26-29). Como los
contemporáneos de Noé y Lot, viven de espaldas al desastre,
despreocupadamente. El fin los cogerá de improviso.
Las palabras de Jesús, más que una amenaza, son una llamada de
atención al peligro que acecha.

19. De improviso. ¡Estad en vela!


De improviso sorprenderá a los hombres la desgracia, dice Jesús. Si
no se vuelven a Dios, ese día será para ellos como una trampa:
«Tened
cuidado: no se os embote la mente con el vicio, la bebida y los
agobios
de la vida, y se os eche encima de repente aquel día; porque caerá
como un lazo sobre todos los habitantes de la tierra. Estad siempre
despiertos, pidiendo fuerza para escapar de todo lo que está por venir,
y
manteneos en pie ante el Hijo del Hombre» (/Lc/21/34-36). Hemos de
quedar avisados y escarmentados en el dueño de la casa que duerme
profundamente, cuando el ladrón la asalta: «Comprended que si
supiera
el dueño de casa a qué hora de la noche viene el ladrón, estaría en
vela
y no dejaría abrir un boquete en su casa. Por eso, estad vosotros
preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del
Hombre» (/Mt/24/43-44).

20. EI fin, un despojo repentino.¡Es necesario atesorar en orden a


Dios!
El fin alcanzará a los hombres como la muerte al rico necio de la
parábola de Jesús: pensaba asegurarse largos años de buena vida
tras
una cosecha abundante, pero Dios puso un fin repentino a sus
cálculos y
a sus presunciones de disfrute y seguridad: «Y les propuso una
parábola: Un hombre rico tuvo una gran cosecha. Y empezó a echar
cálculos: ¿Qué haré? No tengo donde almacenar la cosecha. Y se
dijo:
Haré lo siguiente: derribaré los graneros y construiré otros más
grandes,
y almacenaré allí todo el grano y el resto de mi cosecha. Y entonces
me
diré a mí mismo: "Hombre, tienes bienes acumulados para muchos
años:
túmbate, come, bebe y date buena vida." Pero Dios le dijo: "Necio,
esta
noche te van a exigir la vida. Lo que has acumulado, ¿de quién será?"
Así será el que amasa riquezas para sí y no es rico ante Dios»
(/Lc/12/16-21). Este labrador rico es un necio, un insensato, un
«loco».
Según el lenguaje bíblico, un hombre que prácticamente niega a Dios
(Sal 13, 1). No cuenta con El.

21. En nuestro mundo están presentes las señales del fin


En nuestro mundo están presente las señales del fin. Por tanto,
también para nosotros son válidas las palabras de Jesús. Quizá
nosotros
nos parecemos a los contemporáneos de Jesús, a los hombres de la
generación del diluvio: «... comemos, bebemos, compramos,
vendemos,
plantamos, construimos..." Vivimos despreocupados, de espaldas al
fin.
Dejamos correr las cosas. Decimos: "Eso no nos toca, no va con
nosotros...". En realidad, nosotros somos tan necios como el rico de la
parábola, si vivimos de espaldas al fin, si no nos volvemos a Dios y
contamos con El.
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TEMA 67-1

OBJETIVO:
INICIACIÓN EN LA VISIÓN CRISTIANA DEL MUNDO:
ABRIR LOS OJOS A LAS SEÑALES DEL FIN

PLAN DE LA REUNIÓN
* Relato de acontecimientos más significativos ocurridos desde la
última reunión.
* Oración inicial: salmo.
* Presentación del tema 67 en sus puntos clave.
* Diálogo: lo más importante.
* Oración comunitaria: desde la propia situación .

PISTA PARA LA REUNIÓN


PUNTOS CLAVE
* Interrogantes que se repiten.
* Falsos mesianismos.
* Abrid vuestros ojos a las señales del fin:
- la guerra,
- el hambre,
- la peste y la muerte;
- la persecución de los creyentes,
- la conmoción de los cimientos,
- la proclamación de la Buena Nueva .

* Al filo de la historia en curso.


* La venida en majestad de Cristo.
* Llamada a la conversión.
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TEMA 67-2

OBJETIVO:
INICIACIÓN EN LA VISIÓN CRISTIANA DEL MUNDO:
ABRIR LOS OJOS A LAS SEÑALES DEL FIN, LLAMADA A LA
CONVERSIÓN

PLAN DE LA REUNIÓN
* Oración inicial: salmo compartido, desde la propia situación.
* Lectura de Gn 6-10 (relato del diluvio: más allá de las distintas
teorías sobre el hecho
del diluvio, descubrir la catequesis de valor permanente: puntos
clave).
* Lectura de Mt 24,37-44.
* Oración final: Sal 46.

PISTA PARA LA REUNIÓN


PUNTOS CLAVE
* Llamada a la conversión.
* Un pueblo de espaldas a su propio fin.
* Como sucedió en los días de Noé y de Lot.
* De improviso: estad en vela.
* El fin, un despojo repentino.
* En nuestro mundo están presentes las señales del fin.

IMPORTA ESTAR VIGILANTES

OBJETIVO CATEQUÉTICO
* Descubrir la necesidad y el valor de la actitud evangélica de la
vigilancia.

22. |Vigilantes: «...Ya está brotando, ¿no lo notáis?»:


Velar, en sentido propio, significa renunciar al sueño de la noche. De
ahí resulta para esta palabra un sentido metafórico: velar es estar
vigilante, luchar contra la pereza y la negligencia a fin de conseguir
aquello que se persigue. Para el creyente, velar es permanecer a la
escucha de la Palabra de Dios (cfr. Pr 8, 34ss). El creyente vela, a fin
de
vivir en la noche, sin ser de la noche. La vigilancia es la actitud
fundamental del creyente en orden al fin de este mundo. Es su actitud
ante la «consumación» de todas las cosas, la naturaleza y la
humanidad,
que comienza ya en el tiempo presente con la inauguración del Reino
de
Dios: «El Reino de Dios está dentro de vosotros» (Lc 17, 21). Es
preciso
permanecer atentos, pues lo verdaderamente nuevo ya está en
marcha,
ya está brotando: «Mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando,
¿no
lo notáis?» (/Is/43/19) (26).

23. Israel, pueblo-vigía; el profeta, hombre-vigía


Israel es, por vocación, el pueblo de la escucha, de la espera, de la
vigilancia. Vive atento a todo lo que pueda manifestar la acción de
Yahvé. La Palabra de Dios señala y abre el verdadero futuro del
pueblo.
Como el salmista, Israel es un pueblo-vigía (cfr. Sal 129, 6-7). En
Israel,
el almendro es el símbolo de la vigilancia. Por ser el primer árbol que
echa flores, es el heraldo que anuncia la presencia de la primavera.
Se
le llama vigilante. El profeta es, en la historia de la salvación, el
hombre-vigía, el primero que detecta la presencia del futuro que llega,
el
heraldo que anuncia la salvación de Dios. La Escritura dedica este
poema a la figura profética del mensajero. «¡Qué hermosos son sobre
los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae la
buena
nueva, que anuncia la salvación, que dice a Sión: ¡Ya reina tu Dios!
¡Una
voz! Tus vigías alzan la voz, a una dan gritos de júbilo, porque con sus
ojos ven el retorno de Yahvé a Sión» (Is 52, 7-8) (27).

24. Dios también vela


No sólo vela el hombre, también vela Dios. La noche del éxodo, noche
que no puede ser olvidada por ningún judío, Dios veló sobre su
pueblo:
«Llegada la vigilia matutina, miró Yahvé a través de la columna de
fuego
y humo hacia el ejército de los egipcios, y sembró la confusión en el
ejército egipcio. Trastornó las ruedas de sus carros que no podían
avanzar, sino con gran dificultad» (Ex 14, 2425). La aventura del
éxodo
ha quedado en la tradición del Antiguo Testamento como una de las
manifestaciones más brillantes de la vigilancia de Dios sobre su
pueblo.
Como se le dice al profeta Jeremías, Dios es también como el
almendro;
permanece atento al cumplimiento de su Palabra en medio de la
historia
humana: «Recibí esta palabra del Señor: ¿Qué ves, Jeremías?
Respondí: Veo una rama de almendro. El Señor me dijo: Bien visto,
porque yo velo para cumplir mi palabra» (Jr 1,11 -12) (28).

25. Vigilancia, esperanza y fe


Israel vigila, Israel espera. Esta actitud se fundamenta en su fe: Dios
actúa en su historia. El es el Señor. Creer y esperar son aspectos
inseparables de la vida del creyente. Así lo vive el salmista: «Porque
tú,
Dios mío, fuiste mi esperanza y mi confianza, Señor, desde mi
juventud»
(Sal 70, 5). Como el pueblo de Israel, todo cristiano es un hombre-
vigía.
Vigilante, lo mismo que el almendro, anuncia la primavera del Reino
de
Dios ya presente en su vida. Aquí radica su esperanza. En su fe vive
la
gran novedad, la buena nueva, que Cristo proclama como una
realidad
que ya está en marcha (cfr. Lc 17, 21), una realidad que ya
permanece
operante en medio del mundo (1 Ts 2, 13) (29).

26. Ya y, sin embargo, todavía no


El Reino de Dios, ya presente, se identifica con la persona de Jesús.
Jesús, por medio de su Espíritu, manifiesta la acción amorosa del
Padre
sobre nosotros y nuestra condición actual de hijos de Dios, si bien
todavía este misterio no se ha manifestado en su plenitud: «Ahora
somos
hijos de Dios, dice San Juan, y aún no se ha manifestado lo que
seremos» (1 Jn 3, 2). En la vida del cristiano se mantiene así una
tensión: el cristiano en el mundo presente vive ya de la presencia y
fuerzas del Reino de Dios y, a la vez, aguarda aún y espera ese
mismo
Reino en su plenitud para el mundo venidero (ver LG 48) (30).

27. Cristo vive


Dentro de esta tensión, el cristiano vive alerta y vigilante en el tiempo
presente y de cara al tiempo venidero, al último futuro. En el tiempo
presente, porque Cristo ha venido y está viniendo. Por su
resurrección,
ha quedado constituido Señor: vive, está presente y actúa en el
mundo
como el Señor. Ha sucedido ya el acontecimiento decisivo que suscita
y
provoca nuestra vigilancia y fundamenta nuestra esperanza. Este es
ya
el gran acontecimiento de la fe. Como dice San Pablo: «Examinaos a
vosotros mismos si estáis en la fe. Probaos a vosotros mismos. ¿No
reconocéis que Jesucristo está con vosotros?» (2 Co 13, 5).
Realmente,
por la resurrección de Cristo «hemos llegado a la plenitud de los
tiempos» (1 Co 10,11) (31).

28. Cristo vendrá


El cristiano permanece vigilante también ante el futuro: Cristo vendrá.
Con su venida en majestad, el hombre (resurrección) y el mundo
(nueva
creación) participará del triunfo de Cristo, efectuándose una última
discriminación de la cizaña y el trigo (juicio). Ante este gran día, es
preciso permanecer vigilantes. Se trata de tener la atenta vigilancia de
quien ama, de permanecer despiertos (Mc 13, 55), de tener ceñidos
los
vestidos y encendidas las lámparas (Lc 12, 35), de estar revestidos
con
el vestido de fiesta, dispuestos a entrar (Mt 22, 11). En realidad, lo que
nos separa de este día no es mucho: «Un poquito de tiempo todavía y
el
que viene llegará sin retraso» (Hb 10, 37) (32).
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TEMA 68
OBJETIVO:
DESCUBRIR LA NECESIDAD Y EL VALOR DE LA ACTITUD
EVANGÉLICA DE LA VIGILANCIA

PLAN DE LA REUNIÓN
* Oración inicial: salmo compartido, desde la propia situación.
* Presentación del tema 68 en sus puntos clave.
* Diálogo: implicaciones diversas.
* Oración comunitaria: desde la propia situación, canción apropiada.

PISTA PARA LA REUNIÓN


PUNTOS CLAVE
* Vigilantes: ya está brotando.
* Israel, pueblo-vigía.
* Dios también vela.
* Vigilancia, esperanza y fe.
* Ya y, sin embargo, todavía no.
* Cristo viene.
* Cristo vendrá.

Nl COMPROMISO SIN FE Nl FE SIN COMPROMISO


OBJETIVO CATEQUÉTICO
* Descubrir el compromiso como una dimensión de la fe y la fe como
fundamentación última del compromiso.

29. Novedad del Reino y esfuerzo presente


El futuro no llega por sí solo; hemos de prepararlo por el esfuerzo y la
lucha. No puede caer sobre el hombre por una suerte de decisión
exterior y arbitraria, respecto a la cual quedase del todo extraño. Todo
futuro trae, sin duda, consigo algo nuevo; pero eso nuevo llega
preparado por nuestro pasado y presente y en una cierta vinculación y
continuidad con ellos. Lo dicho vale para todo futuro; vale también
para
el futuro último (escatológico). El futuro último no tiene por qué dejar
sin
significado, valor y eficacia a los futuros anteriores y relativos. La
esperanza en Dios y en su Reino venidero no elimina el interés del
creyente por el mundo presente. Antes al contrario, perdería toda
seriedad y fundamento la esperanza que se conformase con aguardar
pasivamente el advenimiento del último futuro (34).

30. La esperanza, como la fe y el amor, a través de las criaturas


El creyente no puede utilizar la esperanza cristiana como coartada en
favor de un desinterés por los compromisos con los demás hombres
en
las tareas comunes de este mundo. El cristiano ha de atestiguar y
verificar ante el mundo su esperanza participando seria y activamente
en
lo que la humanidad espera. La fe y la caridad cristiana requieren la
mediación de las criaturas: el conocimiento de Dios pasa a través del
conocimiento del mundo (Rm 1, 1 8ss); el amor a Dios pasa a través
del
amor a los hermanos (1 Jn 4, 20). De igual modo, la esperanza ha de
pasar a través de aquellos proyectos y sus realizaciones en que el
cristiano interviene, solidariamente con los demás hombres, para
cumplir
con el mandato divino de perfeccionar la tierra (Gn 2, 15; 1, 28) (35).

31. Ni compromiso sin fe, ni fe sin compromiso


En definitiva, ni compromiso sin fe ni fe sin compromiso. Una opción
cristiana ha de evitar la separación de ambos extremos. Así lo enseña
el
Concilio Vaticano ll: «Se equivocan los cristianos que, bajo pretexto de
que no tenemos aquí ciudad permanente, pues buscamos la futura,
consideran que pueden descuidar las tareas temporales, sin darse
cuenta que la propia fe es un motivo que les obliga al más perfecto
cumplimiento de todas ellas según la vocación personal de cada uno.
Pero no es menos grave el error de quienes, por el contrario, piensan
que pueden entregarse totalmente a los asuntos temporales, como si
éstos fuesen ajenos del todo a la vida religiosa, pensando que ésta se
reduce meramente a ciertos actos de culto y al cumplimiento de
determinadas obligaciones morales. El divorcio entre la fe y la vida
diaria
de muchos debe ser considerado como uno de los más graves errores
de nuestra época» (GS 43; cfr. 21; 34-39,` 57) (36).

32. El compromiso, expresión necesaria de la fe


La fe compromete la vida entera del hombre. Todo lo pone en venta
quien descubre el Reino de Dios (cfr. Mt 13, 44ss). Pero el
compromiso
se traduce en obras concretas. Las obras del creyente son la
consecuencia, la expresión y la ratificación necesarias de la fe.
Santiago
lo subraya (St 2, 14-26), como también Pablo (cfr. Ef 2,10). Hay obras
de
la fe que son fruto del Espíritu (Ga 5,22-23). La fe que Cristo anuncia
es
la que actúa por la caridad (Ga 5, 6). La fe, en efecto, transforma la
vida
entera, como dice San Pablo a los creyentes de Tesalónica: «Ante
Dios,
nuestro Padre, recordamos sin cesar la actividad de vuestra fe, el
esfuerzo de vuestro amor y el aguante de vuestra esperanza en
Jesucristo nuestro Señor» (1 Ts 1, 3). Por lo demás, Jesús enseñó
que
mientras se aguarda su venida en majestad hay que tener la lámpara
encendida (Mt 25, 1-13), hacer que fructifiquen los talentos (25, 14-
30),
amar a los hermanos (25, 31-46) (37).

33. Fe y compromiso en la construcción de un mundo más justo y


humano
El verdadero creyente no puede limitarse a servir y amar al prójimo
con quien en cada caso se encuentra. En una u otra forma, la fe
exige,
hablando en general, el compromiso en la construcción de un mundo
más justo, más humano y, por lo mismo, más de Dios. Por la fe,
Moisés
emprende la gran aventura de la liberación de un pueblo (Ex 3,11- 12).
Por la fe, las tribus nómadas salidas de Egipto se convierten en un
pueblo que tiene su razón de ser de pueblo de Dios en el ejercicio de
la
justicia (Dt 5, 1-22). Por la fe, los profetas comprometen su vida en la
proclamación de las exigencias de justicia de la Alianza y en la
denuncia
de la injusticia (Jr 20, 7-11) (38).

34. El compromiso de la evangelización


El verdadero creyente coopera en la gran obra de Cristo, prevista
desde toda la eternidad: edificación de su Cuerpo que es la iglesia,
mediante la evangelización de todos los pueblos, según el mandato
del
Señor: «Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. Id y
haced
discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre
y
del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os
he
mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el
fin
del mundo» (Mt 28, 18-20). De este modo, la fe compromete al
creyente
en la realización del designio eterno de Dios Padre: reconciliar en
Cristo
toda la humanidad con Dios y en sí misma, pues la Iglesia, Cuerpo de
Cristo, es prenda, señal, testimonio, principio y germen de esa
reconciliación (39).

35. Compromiso con el esfuerzo y trabajo humanos


La fe exige a los cristianos el serio compromiso de compartir con los
demás hombres el esfuerzo y trabajo común en la construcción del
mundo presente, para cumplir «el plan del Dios manifestado a la
humanidad al comienzo de los tiempos, de someter la tierra (Gen 1,
28) y
perfeccionar la creación» (GS 57).
Algunos cristianos de la comunidad de Tesalónica interpretan de tal
modo la inminencia del Día del Señor, que ya ni siquiera trabajan.
Todo
esfuerzo les parece inútil. San Pablo no intenta apagar su esperanza
ante el futuro. Quiere que preparen esta venida del Señor con un
trabajo
sosegado, dedicándose al servicio de los demás y sin cansarse de
hacer
el bien: «Por lo que respecta a la venida de Nuestro Señor Jesucristo y
a
nuestra reunión con El, os rogamos, hermanos, que no os dejéis
alterar
tan fácilmente en vuestros ánimos..., que os haga suponer que está
inminente el día del Señor... Porque nos hemos enterado que hay
entre
vosotros algunos que viven desconcertados, sin trabajar nada, pero
metiéndose en todo. A esos les mandamos y les exhortamos en el
Señor
Jesucristo a que trabajen con sosiego para comer su propio pan.
Vosotros, hermanos, no os canséis de hacer el bien» (2 Ts 2, 1-2; 3,
11-13) (40).

36. El creyente afronta el sufrimiento


El creyente no rehuye el sufrimiento. Tampoco lo soporta con sola
resignación pasiva. Sale, por lo contrario, al encuentro de los
sufrimientos que le traen consigo, por un lado, la vida misma en este
mundo -que el creyente recibe de Dios como un regalo y, a la vez,
trata
de mejorar- y, por otro lado, sus compromisos de fe y amor:
«Atribulados
en todo, mas no aplastados; perplejos, mas no desesperados;
perseguidos, mas no abandonados; derribados, mas no aniquilados.
Llevamos siempre en nuestros cuerpos por todas partes el morir de
Jesús, a fin de que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro
cuerpo. Pues, aunque vivimos, nos vemos continuamente entregados
a
la muerte por causa de Jesús, a fin de que también la vida de Jesús
se
manifieste en nuestra carne mortal» (2 Co 4, 8ss).
El cristiano se gloría, incluso, en las tribulaciones, «sabiendo que la
tribulación engendra la paciencia; la paciencia, virtud probada; la
virtud
probada, esperanza, y la esperanza no falla, porque el amor de Dios
ha
sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos
ha
sido dado» (Rm 5, 3-5). El gozo en la tribulación (2 Co 1, 3-10) es
fruto
del Espíritu (1 Ts 1, 6; Hch 13, 52; cfr. Ga 5, 22) y, al mismo tiempo,
signo de la presencia del Reino de Dios en este mundo (41).

37. El creyente afronta con esperanza la persecución por la causa de


Jesús
El creyente afronta con esperanza la persecución; por ello la afronta
fiel, perseverante y gozosamente (2 Ts 1, 4; Rm 12, 12). La alegría es
el
fruto de la persecución así soportada: «Dichosos vosotros cuando os
insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi
causa.
Estad alegres y contentos» (Mt 5, 11-12). En particular, la denuncia
profética, compromiso de la comunidad creyente, provoca en todo
tiempo
y también hoy la persecución: «También nosotros debemos llevar la
cruz
que la carne y el mundo echan sobre los hombros de quienes buscan
la
paz y la justicia» (GS 38). El Apocalipsis, espejo de la vida de la
Iglesia,
escrito durante una terrible prueba, alimenta una esperanza en el
corazón de los perseguidos. A cada uno de ellos, como a toda la
Iglesia,
no cesa el Señor resucitado de dirigir este mensaje: «No temas por lo
que vas a sufrir: el diablo va a meter a algunos de vosotros en la
cárcel
para que seáis tentados y sufriréis una tribulación de diez días (un
breve
espacio de tiempo). Mantente fiel hasta la muerte y te daré la corona
de
la vida» (Ap 2, 10). El Apocalipsis es siempre un mensaje de
esperanza
en medio de las dificultades del tiempo presente (42).

38. Ni dualismo ni materialismo


El cristiano cree que el mundo, el hombre y el fruto de su actividad no
están destinados a la destrucción, sino a una última y definitiva
consumación. Frente a la ideología del progreso indefinido, el cristiano
afirma que esa consumación rebasará las virtualidades inmanentes de
toda la realidad, pues es don de Dios. Pero esta reserva escatológica
no
empaña la sinceridad ni disminuye la eficacia del compromiso
temporal
del creyente.
El cristiano sabe que el inmenso esfuerzo por transformar el mundo y
ordenar la sociedad humana de modo justo y fraterno, lejos de caer en
una especie de fondo perdido, dispone elementos que en cierta forma
y
medida integrarán la nueva creación, sin que ésta se identifique con
las
metas alcanzadas por el esfuerzo del hombre. También sabe que «los
bienes que proceden de la dignidad humana, de la comunicación
fraterna y de la libertad, bienes que son un producto de nuestra
naturaleza y de nuestro trabajo, una vez que el Espíritu del Señor, y
según su mandato, los hayamos propagado en la tierra, los
volveremos a
encontrar, pero limpios de toda mancha, iluminados y
transfigurados...»
(GS 39) en la plenitud del Reino de Dios. Sabe, en fin, que el hombre
no
podrá contar con otro tiempo y con otro mundo después del presente,
para poder colaborar en la preparación del Reino (43).

39. Continuidad entre el mundo presente y el venidero. Trascendencia


del Reino de Dios.
Al mismo tiempo, el cristiano radicaliza y relativiza la construcción de
la
«ciudad terrestre». En realidad, «no tenemos aquí ciudad permanente,
sino que andamos buscando la del futuro» (Hb 13, 14). Por ello,
aunque
no establezca una separación entre fe y compromiso, puede el
cristiano,
según la vocación de cada uno, ordenar de diversa forma su vida al
mundo venidero: «Los dones del Espíritu son diversos: mientras llama
a
unos a dar con su deseo vehemente un testimonio explícito de la
morada
celeste y a conservarla viva en medio de la familia humana, otorga a
otros la vocación de dedicarse al servicio temporal de los hombres
preparando con este misterio suyo la materia del reino celestial» (GS
38)
(44).
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TEMA 69-1

OBJETIVO:
INICIACIÓN EN LA VISIÓN CRISTIANA DEL MUNDO:
Nl COMPROMISO SIN FE Nl FE SIN COMPROMISO

PLAN DE LA REUNIÓN
* Información: personas, hechos, problemas...
* Presentación del tema 69 en sus puntos clave
* Diálogo: implicaciones diversas.
* Oración comunitaria: salmo compartido desde la propia situación,
canción apropiada.

PISTA PARA LA REUNIÓN


PUNTOS CLAVE
* El compromiso, expresión necesaria de la fe.
* Un mundo más justo y más humano.
* El compromiso de la evangelización.
* Ni dualismo ni materialismo.
* Continuidad entre el mundo presente y el venidero.
* No tenemos aquí ciudad permanente.
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TEMA 69-2

OBJETIVO:
INICIACIÓN EN LA VISIÓN CRISTIANA DEL MUNDO:
Nl COMPROMISO SIN FE Nl FE SIN COMPROMISO

PLAN DE LA REUNIÓN
* Presentación del objetivo, plan y documento de la reunión:
«Evangelización y compromiso» (DOC-1/1).
* Lectura personal y comentario: lo más importante.
O bien: exposición y diálogo.
* Oración comunitaria: salmo compartido, canción apropiada.

PISTA PARA LA REUNIÓN


PUNTOS CLAVE
* No podemos ser neutrales.
* Sin opción por los pobres, el evangelio es una ideología.
* Creer es comprometerse.
* La salvación incluye la promoción humana.
* En una sociedad que cambia y en una sociedad clasista.
* Nos influye decisivamente.
* No es un orden natural querido por Dios.
* Consecuencias.
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TEMA 69-3

OBJETIVO:
INICIACIÓN EN LA VISIÓN CRISTIANA DEL MUNDO:
Nl COMPROMISO SIN FE Nl FE SIN COMPROMISO

PLAN DE LA REUNIÓN
* Relato de acontecimientos más significativos ocurridos desde la
última reunión;
salmo compartido.
* Presentación de la experiencia de Bartolomé de las Casas:
la experiencia de la Palabra viva le compromete.
* Dialogo: nuestra reacción ante dicha experiencia .
* Oración comunitaria: salmo compartido, desde la propia situación.

PISTA PARA LA REUNIÓN CASAS-B-DE-LAS/CV


* Se trata de la conversión profética de Bartolomé de las Casas,
cumplida en abril de 1514, acontecimiento que relata en la Historia de
las
Indias, libro lll, capítulo 79. Bartolomé había llegado a América el 15
de
abril de 1502, a los nueve años del descubrimiento del continente por
Colón, y había participado con Ovando en la violenta conquista de los
indios taínos. Ya como sacerdote, fue la primera vocación sacerdotal
americana y el que rezó por vez primera la primera misa como
sacerdote
en 1511, siendo su padrino el mismo Diego de Colón, hijo del
descubridor. Conoció en la Hispañola a los dominicos Pedro de
Córdoba
y Antón de Montesinos. Con Pánfilo de Narváez participó, desde
enero
de 1513, en la conquista de la isla de Cuba, donde la dominación
europea de los cristianos se impuso «a sangre y fuego». Bartolomé
recibió como pago de sus servicios un grupo de indios que trabajaban
para él (el sistema del repartimiento). Durante doce años había sido
cómplice de la violencia en el Caribe: «El clérigo Bartolomé de las
Casas
-escribe autobiográficamente- andaba bien ocupado y muy solícito en
sus granjerías, como los otros, enviando sus indios a su repartimiento
a
las minas, a sacar oro y hacer sementeras, y aprovechándose de ellos
cuanto más podía.»
Llegando Diego Velázquez a la villa del Espíritu Santo, y como «no
había en toda la isla clérigo ni fraile», le pidi6 a Bartolomé celebrar la
eucaristía y les predicara el evangelio. Por ello, Bartolomé se decidió
«dejar su casa que tenía en el río de Arimao» y «comenzó a
considerar
consigo mesmo sobre algunas autoridades de la Sagrada Escritura».
Es
importante el texto bíblico que sirvió de punto de apoyo para la
conversión profética del gran luchador del siglo XVI: «Fue aquella
principal y primera del Eclesiástico (Ben Sira) cap. 34: "Sacrificios de
bienes injustos son impuros, no son aceptadas las ofrendas de los
impíos. El Altísimo no acepta las ofrendas de los impíos ni por sus
muchos sacrificios les perdona el pecado. Es sacrificar al hijo en
presencia de su padre robar a los pobres para ofrecer sacrificio. El
pan
es vida del pobre, el que se lo defrauda es homicida. Mata a su
prójimo
quien le quita su salario, quien no paga el justo salario derrama su
sangre". Comenzó -continúa Bartolomé-, digo, a considerar la miseria
y
servidumbre que padecían aquellas gentes (los indios): Aplicando lo
uno
(el texto bíblico) a lo otro (la realidad económica caribeña), determinó
en
sí mismo, convencido de la misma verdad, ser injusto y tiránico todo
cuanto acerca de los indios en esta india se cometía.» Bartolomé no
pudo celebrar su misa, su culto eucarístico. Primero liberó a sus indios
(«acordó totalmente dejarlos») y comenzó su acción profética, primero
en
Cuba, después en Santo Domingo, posteriormente en España y
después
en todos los reinos de las Indias, «quedando todos admirados y aun
espantados de lo que les dijo». «Tratando de la vida contemplativa y
activa, que es la materia del evangelio de aquel domingo, tocando las
obras de caridad, fuele necesario mostrarles la obligación que tenían
a
las cumplir y ejercitar en aquellas gentes de quien tan cruelmente se
servían.» Lo cierto es que el texto de Eclo 34,18-22 tenía una
estructura
sorprendente. (E Dussel)
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TEMA 69-4

OBJETIVO:
INICIACIÓN EN LA VISIÓN CRISTIANA DEL MUNDO:
Nl COMPROMISO SIN FE Nl FE SIN COMPROMISO

PLAN DE LA REUNIÓN
* Oración inicial: salmo compartido desde la propia situación.
* Presentación del objetivo, plan y pista de la reunión:
«El proceso de conversión lleva»... (DOC-4. 1,7.1).
* Diálogo: orientación y revisión del proceso catecumenal .
* Oración comunitaria: desde la propia situaci6n.

PISTA PARA LA REUNIÓN


1 A la denuncia de las grandes diferencias sociales.
2 Hacia una sociedad sin clases.
3 Hacia una escuela que no reproduzca las desigualdades sociales.
4 A una lucha eficaz contra el paro.
5 A una justa distribución del trabajo.
6 Hacia una sociedad menos consumista.
7 A una opción por los pobres.
8 (...)

HAY UNA ESPERANZA PARA EL MUNDO


HAY UNA ESPERANZA PARA Tl
¡RESUCITAREMOS!

OBJETIVO CATEQUÉTICO
* Descubrir que en Cristo resucitado se le ofrece al hombre la victoria
sobre la muerte, el último enemigo.

40. El mayor enigma de la vida humana MU/ENEMIGA:


La muerte es el mayor de los enigmas, la más seria amenaza a las
ansias humanas de vivir, el último enemigo (1 Co 15, 26) del hombre:
«El
máximo enigma de la vida humana es la muerte. El hombre sufre con
el
dolor y con la disolución progresiva del cuerpo. Pero su máximo
tormento
es el temor por la desaparición perpetua» (GS 18). La muerte
desconcierta, sobrecoge, escandaliza. Frente a ella, de uno u otro
modo,
el hombre se pregunta: ¿Por qué la muerte? ¿Habrá algo después?
¿Qué será de mí y de los míos? (47).

41. En cuestión el sentido de la vida y Dios mismo


¿Estamos condenados a muerte o existe para nosotros una
esperanza? La muerte pone en cuestión el ser y el sentido de la
existencia humana. Si el hombre es, en realidad, un ser para la
muerte,
bien puede decirse también que es una pasión inútil. Ahora bien, la
muerte pone en cuestión también a Dios. Dios es el Señor de la vida y
de
la muerte y, además, es Amor. El verdadero amor pide eternidad. Si la
muerte fuese lo más fuerte, o Dios no sería Dios o Dios no sería amor.
Es Dios mismo quien ha sembrado en el corazón del hombre un
anhelo
de inmortalidad (48).
42. «Hay esperanza para tu futuro»
El israelita creyente ha intuido por su fe en el Dios de la Alianza, que
Dios mantendrá fielmente a los suyos consigo para siempre: «No
dejarás
a tu amigo ver la fosa; me librarás de las garras de la muerte, me
colmarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha»
(Sal/015/10-11). Dios, comprometido fiel y amorosamente con los
suyos
para siempre, nos llama sin cesar a la esperanza: «Así dice Yahvé:
Reprime tu voz del lloro y tus ojos del llanto, porque... hay esperanza
para tu futuro» (Jr/31/16-17). Llamarnos a la esperanza es una
costumbre de Dios. Sus costumbres son eternas. Por eso, desde el
principio (Gn 3,15), la historia de la salvación es una invitación de Dios
para que el hombre espere, incluso contra toda esperanza
(Rm/04/18).
Dios es la esperanza en persona, como dice el salmista: «Tú, Dios
mío,
fuiste mi esperanza y mi confianza, Señor, desde mi juventud. En el
vientre materno ya me apoyaba en ti, en el seno, tú me sostenías,
siempre he confiado en ti» (Sal 70, 5-6) (49).

43. Hubo esperanza para Abraham ABRAHAN/ESPERANZA


Hubo esperanza para Abraham. Esperó lo humanamente inesperable.
Dios le había dicho: «... Te hago padre de muchedumbre de pueblos.
Te
haré crecer sin medida» (/Gn/17/05-06). Abraham era ya viejo y su
mujer
estéril; sin embargo, creyó y esperó en la Palabra de Dios que le
prometía una descendencia tan numerosa como las estrellas del cielo
(Gn 15, 5). Abraham, «apoyado en la esperanza, creyó, contra toda
esperanza, que llegaría a ser padre de muchas naciones, según lo
que
se le había dicho: 'Así será tu descendencia'. No vaciló en la fe, aun
dándose cuenta de que su cuerpo estaba medio muerto -tenía unos
cien
años- y estéril el seno de Sara. Ante la promesa no fue incrédulo, sino
que se hizo fuerte en la fe, dando con ello gloria a Dios, al persuadirse
de que Dios es capaz de hacer lo que promete, por lo cual le valió la
justificación» (/Rm/04/18-22) (50).

44. Hubo esperanza para Israel


Hubo esperanza para Israel en medio del mar y en las soledades del
desierto, donde no había camino: «Así dice el Señor, que abrió
camino
en el mar, y senda en las aguas impetuosas... Abriré un camino por el
desierto, ríos en el yermo» (Is 43, 16-19). Y en medio del destierro,
donde no había regreso: «Cuando el Señor cambió la suerte de Sión,
nos parecía soñar: la boca se nos llenaba de risas, la lengua de
cantares» (Sal 125,1 -2). Era el cumplimiento del anuncio profético:
«...
Volverán de tierra hostil» (Jr 31, 16) (51).

45. Hubo esperanza para Jesús


Hubo esperanza para Jesús: un «tercer día» ante el máximo enigma
del hombre, la muerte. En efecto, ha habido un hombre que ha
esperado
como nadie, allí donde se troncha y desaparece toda esperanza
humana. Ese hombre ha sido Jesús. El horizonte de Jesús se había
ido
cerrando progresivamente: la intriga, la persecución, la calumnia, la
condena y, finalmente, la muerte. Todo había caído sobre él. Era una
situación sin salida. Jesús lo sabe y así lo dice a sus discípulos en
distintas ocasiones: «Desde entonces empezó Jesús a explicar a sus
discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte
de
los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y tenía que ser ejecutado
y
resucitar al tercer día» (Mt 16, 21) (52).

46. Un «tercer día» más allá de la muerte


«... Y al tercer día resucitará» (Mt 17, 23; 20,19). Jesús confía
totalmente en el Padre: por muy honda que sea su caída en el oscuro
abismo de la muerte, nada podrá impedir que se manifieste
triunfalmente
la acción salvadora de Dios. Jesús sabe que de su humillación y de su
muerte el Padre sacará la glorificación y la vida. Cambiará su suerte,
habrá un tercer día más allá de la muerte, resucitará (53).

47. ¡Cristo ha resucitado!


«Sepa con certeza toda la casa de Israel que Dios ha constituido
Señor y Cristo a este Jesús a quien vosotros habéis crucificado» (Hch
2,
36). ¡Cristo ha resucitado! Este es ya el gran acontecimiento. Un
muerto,
Jesús, condenado y ejecutado por la turbia justicia de los hombres,
vive.
La resurrección de Cristo significa la ratificación categórica de lo que
los
justos del Antiguo Testamento habían presentido: Dios no abandona a
sus elegidos al poder de la muerte. En Cristo ha desvelado este gran
misterio (54).

48. Resucitaremos como El


Como dice San Pablo, nosotros, porque Cristo ha resucitado,
resucitaremos a imagen de Cristo resucitado, como plenitud del
cuerpo
resucitado de Cristo, del que los bautizados somos miembros. Por eso
San Pablo llama a Cristo Resucitado «primicias» (1 Co 15-20) o
«primogénito de entre los muertos" (Col 1, 18). Su resurrección no es
el
final feliz de un destino meramente individual, sino la anticipación y el
modelo de un destino común a todos los suyos. Si el cristiano es el
hombre que va asemejándose a Cristo como a su prototipo (cfr. Rm 8,
29), ese proceso de asimilación no estará completo hasta que, muerto
con El, resucite como El. Para representarnos, pues, nuestra
resurrección, no tenemos otra referencia que el misterio de la
resurrección de Cristo. Sabemos que Cristo una vez resucitado de
entre
los muertos, ya no muere más y que la muerte no tiene ya dominio
sobre
él; su vida es un vivir para Dios (cfr. Rm 6, 8-10). Por eso,
resucitaremos
a una vida no señalada ya para siempre por el poder y la amenaza de
la
muerte. Viviremos para Dios (55).

49. Seremos los mismos.


CUERPO/RS: Según formulaciones de la fe de la Iglesia, «los muertos
resucitarán en sus cuerpos»... (Símbolo, Fides Damasi; DS 72); «con
sus
propios cuerpos que ahora tienen» (Concilio IV de Letrán, DS 801). La
resurrección de los muertos será «la resurrección de la misma carne
que
ahora tengo» (Profesión de fe impuesta a los Valdenses po Inocencio
lll,
DS 797). La fe cristiana no se limita a sostener el hecho de la
resurrección, defiende además la identidad corporal del resucitado.
Pero
no podemos pensarla ingenuamente como una identidad
groseramente
material, como un retorno de la carne y sangre perecederas. En el
fondo,
la Iglesia, con su fe en la identidad del cuerpo resucitado, trata de
salvaguardar la identidad del hombre resucitado con el hombre de la
anterior existencia temporal. El cuerpo, en efecto, es la totalidad de mi
persona en tanto me expreso y asomo a lo exterior. La corporeidad de
la
resurrección será la mía; más aún, será más mía que nunca lo fue en
mi
vida terrena (56).

50. En plenitud :
El hombre muestra por su cuerpo lo que él es, en el gesto, en la
palabra corporalmente articulable y perceptible. Durante la existencia
terrena, esa automanifestación no se logra del todo; es, o puede ser,
ambigua, equívoca, bien porque el hombre se enmascara con la
mentira
o el disimulo, bien porque no ha llegado aún a forjarse un semblante
definitivo. Resucitar «con el mismo cuerpo» significará, por tanto,
resucitar con un cuerpo propio, que transparente la propia y definitiva
mismidad, ya sin posible equívoco: un cuerpo que es más mío que
nunca, por cuanto es supremamente comunicativo de mi yo. El cuerpo
glorioso («pneumático», espiritual, /1Co/15/44) es el yo irradiando la
vida
del Espíritu, libre de todo automatismo inconsciente, depositario de
una
plenitud integral que nace en el núcleo más íntimo de la persona y
alcanza y transfigura su corporeidad. Existe una misteriosa
continuidad
entre nuestra actual corporeidad y la plenitud de nuestra resurrección
en
Cristo (57).

51. La inmortalidad del alma


La vida del hombre, en su núcleo más general, continúa más allá de la
muerte, inmediatamente después de ella, y «previamente» a su
resurrección. Por supuesto, dichas determinaciones temporales no
corresponden del todo, unívocamente, a las de nuestro tiempo
terrenal.
Por eso puede decir con verdad Jesús al buen ladrón: «Te lo aseguro:
hoy estarás conmigo en el Paraíso» (Lc 23, 43). Y Pablo, por su parte,
puede escribir a la comunidad de Corinto: «Preferimos salir de este
cuerpo para vivir con el Señor» (2 Co 5, 8). Y a los filipenses: «Deseo
morir y estar con Cristo» (Flp 1, 23).
La liturgia en uno de los Prefacios de difuntos, lo proclama así: «La
vida de los que en ti creemos, Señor, no termina, se transforma».
La «inmortalidad del alma» no expresa por sí sola, como creencia de
las religiones primitivas ni como pura y simple convicción filosófica, la
totalidad del destino final del hombre ni los motivos originales de la fe
en
la resurrección. La inmortalidad del espíritu humano es contemplada
por
la fe en el contexto de la resurrección (58).

52. Creemos en la comunión de los santos


El Papa Pablo VI expresa de esta manera en el Credo del Pueblo de
Dios la fe de la Iglesia en el misterio, ya actual, de la comunión de los
santos. «Creemos en la comunión de todos los fieles cristianos, es
decir,
de los que se purifican después de muertos y de los que gozan de la
bienaventuranza celeste, y que todos se unen en una sola Iglesia; y
creemos igualmente que en esa comunión está a nuestra disposición
el
amor misericordioso de Dios y de sus santos, que siempre ofrecen
oídos
atentos a nuestras oraciones, como nos aseguró Jesús: Pedid y
recibiréis» (CPD 30) (59).

53. Cristo ha hecho de la historia humana el tiempo de la esperanza.


Un «tercer día» para el mundo
La Resurrección de Jesús ha inaugurado para el mundo entero el
amanecer de un nuevo día, el Día de la Resurrección, el "tercer día".
El
tercer día no es tanto un día solar de calendario, como, sobre todo, el
principio que cualifica todo el tiempo nuevo: el tiempo que sigue a la
resurrección de Jesús. Cristo ha hecho de la historia humana el
tiempo
de la esperanza. La muerte no tendrá poder definitivo sobre el hombre
y
sobre el mundo. Por ello, puede decir Pablo: «La muerte ha sido
devorada en la victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde
está, oh muerte, tu aguijón?» (1 Co 1 5, 54- 55). San Ignacio de
Antioquía ha expresado admirablemente ante su propio martirio, la fe
cristiana en el amanecer de ese nuevo día que venza la oscuridad de
la
muerte: «Bello es que el sol de mi vida, saliendo del mundo, se oculte
en
Dios, a fin de que en El yo amanezca» (63).

54. «Hay para ti un mañana y no habrá sido vana tu esperanza»


Hay una esperanza para el mundo, una esperanza para el hombre,
una esperanza para ti. Nuestra esperanza se llama Cristo Resucitado:
«No hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que
nosotros debamos salvarnos» (Hch 4, 12). Si acoges en tu vida la
acción
de Cristo Resucitado, ciertamente «hay para ti un mañana y no habrá
sido vana tu esperanza» (cfr. Pr 24, 14). No temas. Son para ti estas
palabras de Jesús resucitado: «No temas: Yo soy el primero y el
último, y
soy el que vive. Estaba muerto, y ya ves, vivo por los siglos de los
siglos;
y tengo las llaves de la Muerte y del Infierno» (AD 1. 17-18) (64).
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TEMA 70

OBJETIVO:
DESCUBRIR QUE EN CRISTO RESUCITADO SE LE OFRECE AL
HOMBRE LA VICTORIA SOBRE LA MUERTE, EL ULTIMO ENEMIGO

PLAN DE LA REUNIÓN
* Información: personas, hechos, problemas...
* Presentación del tema 70 en sus puntos clave.
* Diálogo: mensaje de la resurrección e interrogantes humanos ante el

hecho de la muerte;
¿cómo es vivido desde la propia experiencia de fe?
* Oración comunitaria: Sal 15, canción apropiada.
PISTA PARA LA REUNIÓN
PUNTOS CLAVE
* Un «tercer día» más allá de la muerte.
* Cristo ha resucitado.
* Resucitaremos como El.
* Seremos los mismos.
* En plenitud.
* La inmortalidad del alma.
* Comunión de los santos.
* Hay un mañana para el mundo, hay un mañana para

SÓLO DIOS CONOCE Y JUZGA DE VERDAD AL HOMBRE

OBJETIVO CATEQUÉTICO
* Descubrir el juicio como aspecto fundamental del proceso de
evangelización.

55. Oculto el sentido de las cosas, de los acontecimientos, de las


personas
Las apariencias nunca revelan nítidamente la interioridad de los
seres, cuyo sentido último permanece, las más de las veces, oculto o
sólo parcialmente desvelado. Los hechos de la vida y los
acontecimientos de la historia son, por lo común, ambiguos y opacos:
que posean un significado dista mucho de ser evidente. La verdad
total
queda oculta. El sentido pleno de las cosas también (65).

56. Cuando actúa en la historia, Dios juzga


Para el creyente, Dios no interviene de una manera particular, en la
historia, sin juzgar. Su intervención tiene siempre una doble vertiente:
salva y juzga. La prioridad corresponde, con todo, al aspecto salvífico.
El
juicio de Dios es, fundamentalmente, para la salvación. Es el día
esperado por el creyente. Cuando la Iglesia primitiva confesaba su fe
en
el Cristo juez («vendrá a juzgar»), lo que resonaba en el fondo de este
artículo de fe era el mensaje confortante de la gracia vencedora (Mt
25,
21 ss; Lc 10, 18; 2 Ts 2, 8; 1 Co 15, 24), pues el juicio será la victoria
definitiva de Cristo y de los suyos sobre los poderes hostiles. El
creyente, que vive según su fe, no tiene por qué temer este día del
Señor como si fuera para él un día de ira. Así lo dice San Juan: «En
esto
ha llegado el amor a su plenitud con nosotros: en que tengamos
confianza en el día del Juicio, pues como él es, así somos nosotros en
este mundo. No hay temor en el amor, sino que el amor perfecto
expulsa
el temor, porque el temor mira el castigo; quien teme, no ha llegado a
la
plenitud en el amor» (1 Jn 4, 17-18) (66).

57. Dios sondea las entrañas y los corazones


En el Antiguo Testamento, la fe en el juicio de Dios es una convicción
tan fundamental que nunca se pone en duda. Dios, el Señor, gobierna
el
mundo y, particularmente, a los hombres. Su palabra determina el
derecho y fija las reglas de la justicia. Dios sondea las entrañas y los
corazones (Jr 11, 20; 17, 10; 20, 12) conociendo así perfectamente a
los
justos y a los culpables. Como, por otra parte, posee el dominio de los
acontecimientos, no puede dejar de guiarlos para que finalmente los
justos escapen a la prueba y los malos sean castigados (cfr. Gn 18,
22ss). No se entendería el drama de Job sin esta convicción
fundamental. Los salmos están llenos de las súplicas que le dirigen
justos perseguidos (Sal 9, 20; 25, 1; 34, 1-24, 42, 1, etc.). La
experiencia histórica aporta a los creyentes ejemplos concretos de
este
juicio divino, al que están sometidos todos los hombres y todos los
pueblos (67).

58. Acontecimientos históricos que significan la aversión de Dios hacia


el pecado humano.
En el momento del éxodo Dios juzgó a Egipto, es decir, castigó al
opresor de Israel, a quien El quería otorgar la libertad (Gn 15, 14; Sb
11,
10). Los castigos de Israel en el desierto son acontecimientos
históricos
que significan el juicio de Dios contra un pueblo infiel. El exterminio de
los cananeos en el momento de la conquista es otro ejemplo de lo
mismo, que muestra a la vez el rigor y la moderación de los juicios
divinos (Sb 12, 10-22). Y si retrocedemos, en el tiempo, hallamos una
decisión de Dios juez al principio de todas las catástrofes que caen
sobre la humanidad culpable; cuando la ruina de Sodoma (Gn 18, 20;
19, 13), en el diluvio (Gn 6, 13), en ocasión del pecado de los
orígenes
(Gn 3, 14-19). El recuerdo del juicio que amenaza, el anuncio de su
inminente realización, forman parte importante de la predicación
profética. Bajo el anuncio de las catástrofes venideras hay que leer la
espera de acontecimientos históricos que significarán en el plano
experimental la aversión de Dios hacia el pecado humano (68).

59. Evocación profética de un juicio final. El «día de Yahvé»


Después del destierro de Babilonia, el tema del juicio de Dios de la
antigua fe de Israel se desenvuelve, por obra de los escritores
apocalípticos, en la creencia de un juicio universal que habría de
abarcar y alcanzar a los pecadores del mundo entero y a todas las
colectividades enemigas de Dios y de su pueblo, ya que constituiría el
preludio obligado del anuncio profético de la salvación. Dios juzgará al
mundo por el fuego (Is 66, 16). Reunirá a las naciones en el valle de
Josafat ("Dios juzga"): Serán entonces la siega y la vendimia
escatológicas (Jl 4, 12-13). El libro de Daniel describe con imágenes
alucinantes este juicio que vendrá a cerrar el tiempo y a abrir el
reinado
eterno del Hijo del hombre (Dn 7, 9-12, 13). La escatología
desemboca
aquí más allá de la tierra y de la historia. Lo mismo sucede en el libro
de
la Sabiduría (Sb 4, 20-5, 23). Sólo los pecadores deberán entonces
temblar, pues los justos serán protegidos por Dios mismo (4, 15ss; cfr.
3,
1-9) (69).

60. El juicio de Dios, instancia de los oprimidos


En los salmos posteriores al destierro, la apelación al Dios juez
aparece en ellos como una instancia destinada a acelerar la hora del
juicio final (Sal 93, 2). Y se canta por anticipado la gloria de esta
audiencia solemne (Sal 74, 2-11; 95, 12-13; 97, 7-9), en la certeza de
que Dios hará finalmente justicia a los pobres que sufren (Sal 139,
13-14). Así los oprimidos aguardan el juicio con esperanza. A pesar de
todo, queda en pie una amenaza tremenda (Sal 142, 2): todo hombre
es
pecador delante de Dios (70).

61. El juicio, aspecto fundamental de la predicación del Evangelio


Con la predicación de Jesús, quedan inaugurados los últimos tiempos:
el juicio escatológico se actualiza ya, aunque todavía haya que
esperar
la venida gloriosa de Cristo para verlo realizado en su plenitud. La
predicación de Jesús se refiere frecuentemente al juicio del último día.
Todos los hombres habrán entonces de rendir cuenta (cfr. Mt 25,
14-30). Una condenación rigurosa aguarda a los escribas hipócritas
(Mt
12, 40ss), a las ciudades del lago que no han escuchado la
predicación
de Jesús (Mt 11, 20-24), a la generación incrédula que no se ha
convertido a su palabra (12, 30-42), a las ciudades que no acojan a
sus
enviados (10, 14-15). Por lo demás, desde los Hechos hasta el
Apocalipsis, todos los testigos de la predicación apostólica reservan
un
puesto esencial al anuncio del juicio, que invita a la conversión (Hch
17,
31; cfr. 24, 25; 1 P 4, 2-3; 2 Co 5, 10-11; Hb 6, 2). Más aún, Pablo
afirma
que por el Evangelio -anunciado por él-, se está ofreciendo, cierto, la
justificación y salvación de Dios, pero «desde el cielo Dios revela,
además, su reprobación de toda impiedad e injusticia de los hombres
que tienen la verdad prisionera de la justicia» (Rm 1, 18) (71).
62. Diversa situación del hombre en el contexto plural de las religiones

Nos dice la Escritura que el juicio de Dios tendrá en cuenta la diversa


situación del hombre en el contexto plural de las religiones. Así serán
juzgados bajo la ley mosaica aquellos que la invocan: «Cuantos
pecaron
bajo la ley, por la ley serán juzgados...; los que la cumplen, ésos serán
justificados» (Rm 2, 12-13). Serán juzgados según la ley escrita en la
conciencia quienes no hayan conocido otra: «Cuando los gentiles, que
no tienen ley, cumplen naturalmente las prescripciones de la ley, sin
tener ley, para sí mismo son ley; como quienes muestran tener la
realidad de esa ley escrita en su corazón, atestiguándolo su
conciencia
con sus juicios contrapuestos que les acusan y también les
defienden...»
(Rm 2, 14-15). Quienes hayan recibido el Evangelio serán juzgados
por
la Ley de la libertad cristiana: «Hablad y obrad tal como corresponde a
los que han de ser juzgados por la Ley de la libertad.» El sentido de
esta
libertad es dado a continuación; la libertad de actuación discurre por
los
caminos de la misericordia: «Porque tendrá un juicio sin misericordia
el
que no tuvo misericordia» (St 2, 12-13) (72).

63. Los que inculpablemente desconocen el Evangelio


«Los que inculpablemente desconocen el Evangelio de Cristo y su
Iglesia, dice el Concilio Vaticano Il, pero buscan con sinceridad a Dios
y
se esfuerzan, bajo el influjo de la gracia, por cumplir en las obras su
voluntad conocida por el dictamen de la conciencia, pueden conseguir
la
salvación eterna. La divina Providencia tampoco niega los auxilios
necesarios para la salvación a aquellos que inculpablemente no
llegaron
todavía a un claro conocimiento de Dios y se esfuerzan, ayudados por
la
gracia divina, en alcanzar la vida recta» (LG 16) (73).

64. La actitud adoptada por los hombres frente al Evangelio


Esto supuesto, el criterio principal del juicio será la actitud adoptada
por los hombres frente al Evangelio, esto es, frente a Cristo: «El que
cree en él, no será juzgado; el que no cree, ya está juzgado, porque
no
ha creído en el nombre del Hijo único de Dios. El juicio consiste en
esto:
que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas a la
luz,
porque sus obras eran malas» (Jn 3, 18-19) (74).

65. En el proceso de Jesús es juzgado el mundo


Hubo un crimen en el que la rebeldía humana llegó con un simulacro
de juicio legal al colmo de su malicia: la ejecución de Jesús. Durante
este juicio inicuo se remitió Jesús a aquel que juzga con justicia (1 P
2,
23); así Dios al resucitarlo lo rehabilitó en sus derechos: No era
posible
que el Justo quedara abandonado al poder del pecado y de la muerte
(cfr. Hch 2, 24). Antes al contrario, la muerte de Jesús señala el
momento en que Dios juzga al mundo definitivamente; en el tiempo
posterior se irá explicitando esta sentencia. A partir de ese momento,
el
Espíritu en forma permanente confundirá al mundo, testimoniando que
el
pecado está de parte del mundo, que la justicia está del lado de
Jesús,
que el príncipe de este mundo ha sido ya juzgado, es decir,
condenado
(cfr. Jn 16, 8-11). Tal es la manera como se realiza el juicio
escatológico
anunciado por los profetas: desde el tiempo de Cristo es ya un hecho
adquirido, constantemente presente, del que sólo se espera la
consumación final (75).

66. La actitud adoptada por los hombres frente al prójimo


Junto a la actitud adoptada por los hombres ante Jesús no menos se
tomará en cuenta para el juicio su conducta con el prójimo,
sacramento
de Cristo: «Y el rey les dirá: Os aseguro que cada vez que lo hicisteis
con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis» (Mt
25,
40; cfr. 25, 45). La prueba irrefutable de la autenticidad en la fe
consiste
en que nos lleve a descubrir efectivamente a Cristo en su imagen,
nuestro prójimo. Quienes han sellado con las obras del amor esta
ardua
identificación de Cristo en el prójimo, ésos son los verdaderos
creyentes: «Todo el que ama, ha nacido de Dios y conoce a Dios» (1
Jn
4, 7). Quienes, por el contrario, en el prójimo maltratado y humillado
no
hubieren descubierto el rostro desfigurado del Siervo de Yahvé, no
alcanzarán tampoco reconocimiento por parte del mismo Señor en su
venida gloriosa: «En verdad os digo, no os conozco» (Mt 25, 12) (76).

67. Con la muerte se hace definitiva e irrevocable la orientación del


hombre en relación con Dios
Mientras vive en las condiciones de este mundo, el hombre puede,
hablando en general, revocar y cambiar en cualquier momento de su
vida la decisión fundamental que antes tuviere tomada a favor de Dios
o
contra él y su revelación en Cristo. Pero llegada su muerte, tal
decisión
del hombre queda ya cerrada y fija para siempre. Con la muerte, se
hace definitiva e irrevocable la orientación del hombre en relación con
Dios: o vivirá siempre cara a Dios o de espaldas a él. Esta es la fe de
la
Iglesia (DS, 839; 854; 925-926; 1000-1002; 1304-1306), conforme con
la afirmación de San Pablo: «Es necesario que todos seamos puestos
al
descubierto ante el tribunal de Cristo, para que cada cual reciba
conforme a lo que hizo durante su vida mortal, el bien o el mal» (2 Co
5,10; cfr. Jn 9,4; Lc 16,26) (77).

68. Desvelamiento de la actitud asumida en el secreto de los


corazones.El juicio comienza ahora
No es el juicio divino lo que constituye de suyo al hombre en inocente
o culpable, en el estado de salvación o de condenación. Es la radical
aceptación de Dios o su repulsa por parte del hombre lo que
cualificará
en un sentido u otro una situación que respecto a Dios ha de quedar
fija
para siempre con la muerte del propio hombre. El juicio de Dios
descubre- no constituye- esa situación. Como dice San Juan: «Dios
no
mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el
mundo
se salve por él. El que cree en él, no será juzgado; el que no cree, ya
está juzgado porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.
El
juicio consiste en esto: que la luz vino al mundo, y los hombres
prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas» (Jn
3,17-19). En la actitud, pues, que cada uno asume en relación con la
luz
y las tinieblas, se opera ya inmediatamente la separación, el juicio. Es
el
juicio divino una revelación del secreto de los corazones humanos. El
juicio final no hará sino manifestar en plena luz la discriminación que
ha
empezado a operarse ya desde ahora en el secreto de los corazones
(78).

69. La fe viva, razón de nuestra confianza ante el juicio de Dios


El juicio final pondrá en claro el verdadero valor de las obras de los
hombres: «No juzguéis antes de tiempo, dejad que venga el Señor. El
iluminará lo que esconden las tinieblas y pondrá al descubierto los
designios del corazón» (1 Co 4, 5). Ante un juicio semejante, surge
necesaria la pregunta ¿quién podrá salvarse?: «Si llevas cuentas de
los
delitos, Señor, ¿quién podrá resistir?» (Sal 129,3). En efecto, nadie
podría salvarse apoyado exclusivamente en sus propios méritos.
Desde
el principio, la humanidad entera es culpable delante de Dios (Rm 3,
10-20). Pero ahora con Jesús de Nazaret, muerto y resucitado, se
revela
la justicia de Dios, no la justicia que castiga, sino la que justifica y
salva
a quienes creen (cfr. Rm 3, 21-22). Como dice San Pablo: «Ahora no
pesa condena alguna sobre los que están unidos a Cristo Jesús» (Rm
8,
1). Así, pues, el hombre cuya fe en Cristo es fe viva por la esperanza y
el amor, ya no tiene por qué temer. Recordemos las palabras de San
Juan: «En esto ha llegado el amor a su plenitud con nosotros: en que
tengamos confianza en el día del juicio... No hay temor en el amor,
sino
que el amor perfecto expulsa el temor» (1 Jn 4,17- 18). Su confianza
en
Dios no hace al creyente descuidado en el servicio a su Señor. Vive
como quien ha de dar cuenta (79).

70. La enseñanza del Concilio Vaticano II


El Concilio Vaticano II nos recuerda la necesidad de vivir vigilantes y
con esperanza: "Y como no sabemos el día ni la hora, es necesario,
según la amonestación del Señor, que velemos constantemente, para
que, terminado el único plazo de nuestra vida terrena (cfr Hb 9, 27),
merezcamos entrar con El a las bodas y ser contados entre los
elegidos
(cfr. Mt 25, 31 -46), y no se nos mande, como siervos malos y
perezosos
(cfr. Mt 25, 26) ir al fuego eterno (cfr. Mt 25, 41), a las tinieblas
exteriores, donde habrá llanto y rechinar de dientes (Mt 22, 13 y 25,
30).
Pues antes de reinar con Cristo glorioso, todos debemos comparecer
ante el tribunal de Cristo para dar cuenta cada uno de las obras
buenas
o malas que haya hecho en su vida mortal (2 Co 5, 10) y al fin del
mundo saldrán los que obraron el bien para la resurrección de vida;
los
que obraron el mal, para la resurrección de condenación (Jn 5, 29; cfr.
Mt 25, 46). Teniendo, pues, por cierto, que los padecimientos de esta
vida son nada en comparación con la gloria futura que se ha de
revelar
en nosotros (Rm 8, 18; cfr. 2 Tm 2, 11-12), con fe firme aguardamos la
esperanza bienaventurada y la llegada de la gloria del gran Dios y
Salvador nuestro Jesucristo (Tt 2, 13), quien transfigurará nuestro
abyecto cuerpo en cuerpo glorioso semejante al suyo (Flp 3, 21) y
vendrá para ser glorificado en sus santos y mostrarse admirable en
todos los que creyeron (2 Ts 1, 10) (LG 48) (80).
........................................................................

TEMA 71

OBJETIVO:
DESCUBRIR EL JUICIO COMO ASPECTO FUNDAMENTAL DEL
EVANGELIO: SÓLO DIOS CONOCE Y JUZGA DE VERDAD AL
HOMBRE

PLAN DE LA REUNIÓN
* Oración inicial: Sal 94.
* Presentación del tema 71 en sus puntos clave.
* Diálogo: lo más importante.
* Lecturas: Sb 12,10-22; 1 Jn 4,17-18; Jn 3,18-19; Mt 25,31-46.
* Diálogo: ¿qué significa para nosotros este aspecto fundamental del
evangelio?
* Oración final: Sal 143.

PISTA PARA LA REUNIÓN


PUNTOS CLAVE
* Una historia ambigua.
* Cuando Dios actúa, juzga.
* Dios sondea los corazones.
* En acontecimientos históricos.
* El «día de Yahvé».
* Instancia de los oprimidos.
* El juicio, aspecto fundamental.
* Pluralismo religioso.
* Actitud adoptada ante el evangelio y ante el pr6jimo.
* La frontera de la muerte.
* Desvelamiento de la actitud.
* El juicio comienza ahora.

EL INFIERNO: EL PECADO ETERNIZADO

OBJETIVO CATEQUÉTICO
* Descubrir que el infierno no es creación de Dios, sino resultado del
pecado del hombre. Las palabras de la Escritura sobre el infierno son
un aviso amoroso de Dios, una llamada a la conversión .

71. El enigma del infierno


Sobre la realidad del infierno se opina a veces: «El infierno no existe»,
«Es un invento de los curas». A veces también salen al paso
preguntas
como éstas: «Si Dios es bueno, ¿cómo puede haber infierno?",
«¿Puedo
hacer yo algo que merezca un castigo tan grande?»... Y muchas
veces,
en el fondo de estas opiniones e interrogantes, late la pregunta: ¿Qué
es
realmente el infierno? (81).

72. ¿Qué dice la Palabra de Dios?


Una cosa es cierta. El infierno es una realidad de la que no tenemos
una experiencia directa. La realidad del «más allá» nos es dada a
conocer por revelación de Dios. Por ello el creyente que vive
convencido
del efectivo cumplimiento de la Palabra de Dios y aun tiene desde la
fe
experiencias, todo lo parciales que se quieran, de dicho cumplimiento,
toma en serio lo que la Sagrada Escritura dice acerca del infierno y lo
recibe como un aviso amoroso de Dios que quiere evitarnos la caída
en
él y no simplemente dar pábulo a una pura especulación inútil. Pues el
proyecto y la voluntad de Dios son de salvación. Como él mismo dice
por
el profeta Jeremías: "Mis pensamientos son pensamientos de paz y no
de
aflicción" (Jr 29, 11) (82).

73. Dios quiere la salvación de todos


En efecto, la Palabra de Dios anuncia, por encima de todo, la voluntad
de Dios de salvar a todos los hombres. Dios «quiere que todos los
hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad"
(1Tm/02/04).
Esto es lo que dice Jesús a Nicodemo: «Dios no ha enviado a su Hijo
al
mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por
El»
(Jn/03/17; cfr. Jn 12, 47-48) (83).

74. EI infierno es fruto del pecado: el pecado eternizado


A pesar de esta voluntad de salvación por parte de Dios, el hombre
puede oponer un «no» al proyecto salvador de Dios y elegir una vida
cerrada sobre sí mismo, de espaldas a Dios, a los demás y al mundo
de
la nueva creación. Cuando al hombre con su muerte se le convierte en
fija e irrevocable su opción frente a Dios, entonces entra el hombre en
el
estado que llamamos infierno. Como el pecado, el infierno es obra del
hombre, no de Dios. Así como Dios no puede querer ni crear el
pecado,
tampoco puede ni querer ni crear el infierno. El infierno es el estado
de
pecado, irrevocable, consumado y, por decirlo así, eternizado. Para
que
haya infierno, no es necesario que Dios lo haya creado. Basta con que
haya hombres que opten por vivir su vida al margen de Dios. Por lo
que
a Dios toca, Dios es, más bien, amigo de los hombres y ha optado por
su
vida, no por su muerte, pues «Dios no hizo la muerte ni goza
destruyendo a los vivientes. Todo lo creó para que subsistiera»
(/Sb/01/13-14). El infierno supone la lejanía total de Dios y de los
otros.
Es la ruptura definitiva de toda alianza (84).

75. EL infierno, la realidad final de un mundo sin Cristo.


La "muerte segunda"
Para confesar la muerte de Cristo, el Símbolo Apostólico utiliza esta
expresión antigua: «Descendió a los infiernos". Del condenado en el
juicio de Dios decimos también que desciende al infierno. Estas dos
afirmaciones se refieren a dos sucesos diversos con consecuencias
también diversas: Cristo desciende para ascender nuevamente con
una
muchedumbre innumerable de hermanos que estaban padeciendo la
común suerte de la humanidad, mientras que para el condenado el
infierno cierra tras él definitivamente sus puertas. En estas dos
afirmaciones, sin embargo, usamos la misma palabra: infierno. No se
trata de una coincidencia casual; más bien hay en ello una lógica
profunda. Los «infiernos» del Símbolo Apostólico son, como el
«infierno»
el reino de la muerte, y sin Cristo no habría en el mundo más que un
solo
infierno y una sola muerte, la muerte eterna, la muerte «señora de la
historia". Si hay para algunos una muerte primera, provisional y
separable de una «muerte segunda» (/Ap/21/08), la causa está en que
Jesucristo destruyó el reinado de la muerte a secas. Por haber bajado
Jesús a los infiernos, los infiernos no son ya el infierno; pero lo serían,
si
él no hubiese bajado. El infierno significa, en suma, la realidad final de
un
mundo sin Cristo (85).

76. Antes de Cristo


Antes de su venida, Cristo es prometido y esperado. El hombre del
Antiguo Testamento, en la medida que acoge esta promesa, ve
iluminarse una situación (sus «infiernos») con una claridad que se
convierte en certeza. Y viceversa, en la medida en que la rechaza, se
oscurece su situación y él mismo se sume en un abismo, en el que el
poder de Satán se hace más horroroso: sus infiernos se convierten en
infierno (86).

77. Como Sodoma y Gomorra, como el valle de la Gehenna .


Dios quiere que el hombre evite esta situación de ruptura definitiva de
toda alianza con él y con el prójimo. Las palabras de Dios sobre el
infierno son un aviso amoroso. La Sagrada Escritura expresa este
aviso
mediante una gran variedad de imágenes. Todas ellas vienen a
apuntar
a la misma realidad: una situación de condena, la más desgraciada, la
más desesperada de todas. El Antiguo Testamento alude a dos
experiencias terribles como imágenes de la suerte reservada a los
impíos: la consunción de Sodoma y Gomorra por las llamas (Gn 19,
24-25; Am 4, 11; Sal 10, 6) y la devastacion del paraje de Tofet, en el
valle de la Gehenna, lugar de placer destinado a convertirse en lugar
de
horror: «Y al salir verán los cadáveres de los que se rebelaron contra
mí:
su gusano no muere, su fuego no se apaga, y serán el horror de
todos»
(Is 66, 24) (87).

78. Negación de la comunión con Dios


El Nuevo Testamento determina el estado del condenado mediante
expresiones que significan todas, diversamente, la negación de
aquella
comunión que constituye la dicha de la vida eterna: perder la vida (Mc
8,
35), no ser conocido (Mt 7, 23), ser echado fuera (Lc 13, 23ss), etc.
Todas estas expresiones presentan el estado de condenación como
consistente, ante todo, en la exclusión del acceso inmediato a Dios y a
Cristo por el que se logra la vida eterna. El infierno es, pues, la
negación
definitiva de la comunión de vida con Dios, lo contrario de la vida
eterna
(88).

79. La privación eterna de Dios, total fracaso de la vida del hombre y


el mayor de los sufrimientos
El Nuevo Testamento, además, amontona expresiones imaginativas
para apuntar hacia algo tan fuera del alcance de nuestra experiencia,
la
muerte eterna. A propósito de ella se habla de gehenna de fuego
(Mt/18/09), horno de fuego (Mt/13/50), tinieblas exteriores (Mt/22/13),
llanto y crujir de dientes (Mt/13/42), etc. Este lenguaje quiere subrayar
que la privación eterna de Dios lleva consigo para el hombre el total
fracaso de su vida y, por tanto, el mayor de los sufrimientos. El fuego
como destino de aquello que no servía ya para nada, era corriente en
Palestina. En el lenguaje conminatorio del Bautista, el árbol que no da
fruto será echado al fuego (Mt 3,10); lo mismo sucederá con la paja,
una
vez separada del trigo (Mt 3,12). Jesús se expresa de modo
semejante
(Mt 7,19; 13, 30.40-42) (89).

80. La negación de toda comunidad


Desde el punto de vista de la relación con los otros, el infierno es la
incomunicación, la soledad. El que se había elegido a sí mismo como
centro exclusivo de su vida, encontró ya al fin lo que en el fondo
quería:
se tiene sólo a sí mismo. El infierno es el egoísmo llevado a término.
Quien no quiere amar, renuncia a ser amado. En esa soledad del
infierno, nadie habla con nadie, nadie conoce a nadie. Ha cesado todo
diálogo. La imagen sobrecogedora del único lenguaje posible en el
infierno es el crujir de dientes de los textos sinópticos, el sonido
inarticulado, no significativo, no comunicativo. El infierno es, en
verdad,
el «no pueblo», la «anticiudad», la negación de toda comunidad (90).

81. La hostilidad de la creación


Desde el punto de vista de su relación con el mundo, el condenado no
puede prescindir de la Nueva Creación, pero no encuentra su sitio en
ella. El Mundo nuevo no resulta para él morada, albergue acogedor. El
condenado tiene experiencia del mundo como de algo extraño, medio
inhóspito que le asedia y oprime sin que él pueda evadirse. El
universo
saldrá «a pelear contra los insensatos» (Sb 5, 20) (91)

82. El infierno comienza ya ahora


Como sucede con el Reino de Dios, también su oponente, el infierno,
comienza ya desde ahora a desplegar en cierta forma su poder. La
experiencia de cada día nos depara situaciones verdaderamente
infernales en la familia, en la sociedad, en el mundo, a causa del
pecado.
Nuestra historia contemporánea sabe de hombres animados por una
voluntad realmente satánica: hombres que no dudan en levantar sus
vidas sobre los despojos de sus semejantes (92).

83. Lo contrario de lo que el hombre está llamado a ser


De espaldas a Dios, a los demás y al mundo, el hombre viene a ser
justamente lo contrario de lo que estaba llamado a ser. La vida
humana
queda sin sentido, sin razón de ser. sin esperanza. Es tan inútil como
el
árbol sin fruto o la paja sin grano, algo que se echa al fuego porque no
sirve para nada: «Lo mismo sucederá al final del tiempo, dice Jesús:
saldrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los
echarán
al horno encendido. Allí será el llanto y el rechinar de dientes»
(/Mt/13/49-50; cfr. Mt 7, 19 y 3, 12) (93).
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TEMA 72

OBJETIVO:
DESCUBRIR QUE EL INFIERNO NO ES CREACIÓN DE DIOS,
SINO RESULTADO DEL PECADO DEL HOMBRE: EL PECADO
ETERNIZADO

PLAN DE LA REUNIÓN
* Presentación del objetivo, plan y pista de la reunión.
* Lluvia de ideas: interrogantes del grupo en torno al infierno.
* Presentación del tema 72 en sus puntos clave.
* Diálogo: ¿descubrimos aspectos nuevos? ¿cuáles son?
* Oración comunitaria: necesidad de la conversión.

PISTA PARA LA REUNIÓN


PUNTOS CLAVE
* Interrogantes del grupo.
* Dios quiere la salvación de todos.
* El infierno, obra del pecado.
* Un mundo sin Cristo, la «muerte segunda»
* Antes de Cristo.
* Como Sodoma y Gomorra
* Sin comunión con Dios.
* Fracaso total del hombre.
* Negación de toda comunidad.
* Hostilidad de la creación.
* El infierno comienza ya ahora.
* Una vida inútil, sin sentido.

EL PURGATORIO:
LA MADUREZ LOGRADA DESPUÉS DE LA MUERTE

OBJETIVO CATEQUÉTICO
* Presentar el purgatorio, no como un infierno en pequeño, sino como
un proceso necesario para que el creyente, aún inmaduro, pueda
llegar a su plenitud humana, según el plan de Dios.

84. Inmadurez permanente


Tenemos ansias de ser mejores. Lo necesitamos. Es como una sed de
dignidad y de plenitud personal. Sin embargo, la vida diaria nos
muestra
que esa profunda aspiración difícilmente queda satisfecha. Nuestras
debilidades, nuestros límites, nuestros defectos, nos hacen
experimentar
la inmadurez que todavía tenemos y que no hemos logrado superar
(94).

85. Tensión inquietante


Para el creyente, deseoso de encontrarse con Dios en una conversión
cada vez más plena, la experiencia de su pecado le provoca una
tensión,
que le inquieta y le hace exclamar como a Pablo: «Realmente, mi
proceder no lo comprendo, pues no hago lo que quiero, sino que hago
lo
que aborrezco... En efecto, querer el bien lo tengo a mi alcance, mas
no
el realizarlo... ¡Pobre de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo que me
lleva a la muerte?» (Rm/07/15-24) (95).

86. «Sed perfectos como vuestro Padre celestial»


A pesar de su inmadurez, el creyente no deja de escuchar las
palabras
de Jesús: «Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a
Dios»
(Mt 5, 8). Y también: «Sed perfectos, como vuestro Padre Celestial es
perfecto» (Mt 5, 48). Esta llamada a la perfección y a la limpieza de
corazón contrasta con la impureza y la inmadurez del hombre (96).

87. «¿Quién subirá al monte del Señor?»...


Todos estamos llamados a encontrarnos con Dios, a contemplar su
rostro: «Ahora vemos confusamente en un espejo; entonces veremos
cara a cara. Mi conocer es por ahora limitado, entonces podré conocer
como Dios me conoce» (1 Co 13, 1 2). Sin embargo, ¿cómo llega a
contemplar el rostro de Dios, cómo verle cara a cara, desde nuestra
debilidad? «¿Quién subirá al monte del Señor...?» (Sal 23, 3) (97).

88. Isaías reconoce su condición pecadora y es purificado


El profeta Isaías, ante la presencia de la santidad de Dios,
experimenta
su perdición por su condición pecadora: «¡Ay de mí, estoy perdido! Yo
hombre de labios impuros, que habito en medio de un pueblo de
labios
impuros, he visto con mis ojos al Rey y Señor de los Ejércitos»
(Is/06/05-07). No obstante, por la acción de Dios, el profeta es
transformado y purificado, como el oro por el fuego en el crisol: «Voló
hacia mí uno de los serafines, con un ascua en la mano, que había
cogido del altar con unas tenazas; la aplicó a mi boca y me dijo: Mira:
esto ha tocado tus labios, ha desaparecido tu culpa, está perdonado
tu
pecado» (Is 6, 6-7) (98).

89. El justo, sorprendido por la muerte sin la madurez y limpieza


requeridas, necesita de una purificación DIFUNTOS/SUFRAGIOS

Puede ocurrir que al justo lo sorprenda la muerte sin la madurez y


limpieza de corazón requerida para entrar inmediatamente en la vida
eterna. Sabemos por la Biblia que sólo los sin mancha, los limpios de
corazón, verán a Dios (Is 35, 8; 52, 1; Mt 5, 8; Ap 21, 27). La Iglesia
cree
que, en este caso, el justo habrá de pasar, después de su muerte, por
una purificación definitiva que lo prepare para poder vivir en la
inmediata
cercanía de Dios. La Iglesia, siguiendo la práctica anterior de los
tiempos
del Antiguo Testamento, ha orado siempre por los difuntos: esta
oración
estuvo siempre animada por su fe en la purificación de los justos
necesitados de ella después de su muerte y su doctrina de la
purificación
ratificó esa constante práctica de la oración (99).

90. Práctica de la oración por los difuntos en el Antiguo Testamento


El texto del segundo libro de los Macabeos (/2M/12/40-46) constituye
uno de los pasajes clásicos de la Escritura en este tema. En los
cadáveres de los soldados israelitas, muertos en defensa de su patria,
se encuentran objetos del culto idolátrico, cuya posesión estaba
severamente prohibida por la Ley. No obstante, Judas hace una
colecta,
con cuyo producto manda ofrecer un sacrificio por el pecado en el
templo
de Jerusalén. Estamos aquí ante la práctica de una oración por los
difuntos, en la que se supone la posibilidad de una purificación
posterior
a la muerte (100).

91. En la Iglesia apostólica La segunda carta a Timoteo (1, 16-18)


contiene una oración de Pablo en favor de un cristiano, Onesíforo, que
le
ayudó en momentos difíciles y que ha muerto: «Concédale el Señor
encontrar misericordia ante el Señor aquel Día.» La legitimidad de los
sufragios por los difuntos está garantizada por un uso que se remonta
al
judaísmo precristiano (2 M 12) y que la Iglesia apostólica conoció y
practicó. La tradición más antigua contiene abundantes testimonios de
oraciones litúrgicas o privadas por los difuntos: indicaciones en este
sentido se encuentran en las catacumbas y cementerios cristianos. El
ejemplo más conocido es el célebre epitafio de Abercio, al final del
cual
se lee: "quien comprende y está de acuerdo con estas cosas, ruegue
por
Abercio". Tertuliano en el siglo III comenta la costumbre de celebrar el
aniversario de los difuntos con «oblaciones», esto es, con una acción
litúrgica. San Efrén recomienda a los hermanos que recuerden su
memoria el trigésimo día de su muerte: «pues los muertos son
auxiliados
por la oblación que hacen los vivos» (RJ 741) (101).

92. Solidaridad eclesial con los difuntos


Esta oración de los cristianos vivos por los difuntos supone una
solidaridad eclesial entre los miembros de Cristo que peregrinan en la
tierra y los que ya han muerto en gracia de Dios. El Concilio Vaticano
II
dice: «La Iglesia de los peregrinos, desde los primeros tiempos, tuvo
perfecto conocimiento de esta comunión de todo el cuerpo místico de
Cristo y por eso veneró con gran piedad el recuerdo de los difuntos y
ofreció también sufragios por ellos, porque santo y saludable es el
pensamiento de orar por los difuntos para que queden libres de sus
pecados (2 M 12, 46)» (LG 50) (102).

93. Todos unidos en la comunión de los santos


Dice también el Concilio: «Así, pues, hasta que el Señor venga
revestido de su majestad y acompañado de todos sus Ángeles (cfr. Mt
25, 31), y, destruida la muerte, sean sometidas a El todas las cosas
(cfr.
1 Co 15, 26-27), algunos de entre sus discípulos peregrinan en la
tierra;
otros ya difuntos se purifican; otros son ya glorificados contemplando
«claramente al mismo Dios, Trino y Uno, tal cual es»; mas todos,
aunque
en grados y formas distintas, estamos unidos en el mismo amor de
Dios y
del prójimo y cantamos el mismo himno de gloria de nuestro Dios.
Porque
todos los que son de Cristo, por tener su Espíritu, se funden formando
una sola Iglesia y en El se unen entre sí (Cfr. Ef 4, 16). La unión, pues,
de los peregrinos con los hermanos que durmieron en la paz de
Cristo,
de ninguna manera se interrumpe; antes al contrario, según la fe
perenne de la Iglesia, se fortalece con la comunicación de bienes
espirituales» (LG 49) (103).

94. Oración de San Agustín por su madre (muerta)


San Agustín tiene en Las Confesiones (IX, 13) esta bella oración por
su madre, Santa Mónica: «Sanado ya mi corazón de aquella herida (la
muerte de su madre), derramo ante ti, Dios nuestro, otro género de
lágrimas muy distintas por aquella tu sierva: las que brotan del espíritu
conmovido a vista de los peligros que rodean a todo el que muere.
Porque aun cuando mi madre, vivificada en Cristo, vivió de tal modo
que
tu nombre es alabado por su fe y sus costumbres, no me atrevo a
decir
que no saliese de su boca palabra alguna contra tus mandamientos.
Así,
pues, dejando a un lado sus buenas acciones, por las que te doy
gracias, te pido ahora perdón por los pecados de mi madre. Oyeme
por
la «Medicina» de nuestras heridas (Cristo), que pendió del leño de la
cruz y sentado ahora a tu diestra, intercede contigo por nosotros. Yo

que ella obró misericordia y que perdonó de corazón las ofensas a
quienes le ofendieron; perdónale tú sus deudas, si algunas contrajo
durante tantos años después de ser bautizada. Perdónala, Señor,
perdónala. Descanse en paz, pues, con su marido. E inspira, Señor y
Dios mío, a cuantos leyeren estas cosas, que se acuerden ante tu
altar
de Mónica, tu sierva, y de Patricio, en otro tiempo su esposo, por cuya
carne me introdujiste en esta vida. Acuérdense con piadoso afecto de
los
que fueron mis padres en esta luz transitoria, mis hermanos ante ti,
Padre, en el seno de la madre Católica y mis conciudadanos en la
Jerusalén eterna, por la que suspira tu pueblo peregrinante» (104).

95. El dogma católico sobre la purificación


El dogma católico sobre la purificación de quienes se durmieron en el
Señor fue definido en los Concilios unionistas de Lyón (en 1274; DS
856)
y Florentino (en 1439; DS 1304). La Iglesia enseña como doctrina de
fe:
a), la existencia de un estado en el que los difuntos son enteramente
purificados; b) el carácter penal (expiatorio) de este estado; c) la
ayuda
que los sufragios de los vivos presentan a los difuntos. El Concilio de
Trento alude también al dogma del purgatorio al hablar de la
justificación
(DS 1580) y sale al paso de los rasgos «curiosos o supersticiosos» en
los que, por desgracia, abundan las representaciones populares (DS
1820) (105).

96. No es un infierno en pequeño. «Duermen el sueño de la paz»


Un modo tan corriente como equivocado de entender el estado de
purificación o purgatorio es imaginárselo como un infierno en
pequeño.
La liturgia afirma, por lo contrario, que quienes se encuentran en ese
estado de purificación «duermen el sueño de la paz». Ellos son hijos
de
Dios, están en gracia, esperan con absoluta certeza la vida eterna. Si
algún término de comparación puede utilizarse para entender el
purgatorio, el más próximo es, sin duda, la experiencia de los
místicos.
Estos, por su inmadurez y sus manchas, sienten como causa de
sufrimiento la misma cercanía, asegurada y beatificante, de Dios
(106).

97. Integración de las diversas dimensiones del hombre en la única


decisión fundamental
El dogma católico de la purificación de quienes durmieron en el Señor
parece suponer que la libre decisión de la persona en esta vida señala
fundamentalmente su destino final, pero no tiene por qué alcanzar
necesariamente todos los estados del ser. como si la rica complejidad
del
hombre se asumiese indefectiblemente, de una vez y durante la
existencia temporal, en aquella decisión. Esto supuesto, el purgatorio
puede entonces ser pensado como la integración de las diversas
dimensiones del hombre en la única decisión fundamental (107).

98. La purificación, dimensión de juicio


JUICIO/FUEGO:
La reflexión cristiana sobre el purgatorio ha de considerar más que la
extensión temporal de ese estado de purificación, su condición de
experiencia reconciliadora en la intimidad de la persona de quien se
encuentra con el rostro de llamas y los pies de fuego (Ap 1, 14-15) de
Cristo juez: la purificación del justo, más allá de las fronteras de la
muerte, es una consecuencia en dimensión del juicio escatológico y
está
en estrecha conexión con él. El juicio, criba y discernimiento de la vida
humana en su tiempo de peregrinación, alcanza su punto culminante,
sometiendo todo lo inmaduro de la existencia temporal a un proceso
por
el que se logra plenamente el hombre nuevo en Cristo.
Pablo parece referirse a ese proceso en un pasaje de la primera
epístola a los Corintios, referido a los evangelizadores que edifican la
Iglesia. Se trata de quienes quedarán a salvo aquel Día, pero pasando
a
través del fuego: «Mire cada uno cómo construye. Nadie puede poner
otro cimiento fuera del ya puesto, que es Jesucristo. Encima de ese
cimiento edifican con oro, plata, piedras o con madera, heno o paja.
Lo
que ha hecho cada uno, saldrá a la luz; el día del juicio lo manifestará;
porque ese día despuntará con fuego y el fuego pondrá a prueba la
calidad de cada construcción: si la obra de uno resiste, recibirá su
paga;
si se quema, la perderá; él sí saldrá con vida, pero como quien escapa
de un incendio» (/1Co/03/10-15) (108).

99. Por la purificación al premio de los santos: Un hombre nuevo, una


identidad que nadie conoce
Por la purificación, si fuera preciso, el creyente es definitivamente
transformado y renovado hasta llegar a la pureza de corazón
necesaria
para gozar de la vida divina. Con ello el hombre accede a su plenitud
personal. Se le devuelve a cada uno su verdadero rostro y a cada uno
se le da una identidad nueva, un nombre nuevo que sólo él conoce. Es
el
premio dado a los santos. Como dice el libro del Apocalipsis: «Le daré
también una piedrecita blanca, y grabado en la piedrecita un nombre
nuevo, que nadie conoce, sino el que lo recibe» (/Ap/02/17) (109).
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TEMA 73
OBJETIVO:
PRESENTAR EL PURGATORIO COMO UN PROCESO NECESARIO
PARA QUE EL HOMBRE AÚN INMADURO, LLEGUE A SU
PLENITUD

PLAN DE LA REUNIÓN
* Presentación del objetivo, plan y pista de la reunión.
* Lluvia de ideas: interrogantes del grupo en torno al purgatorio.
* Presentación del tema 73 en sus puntos clave.
* Diálogo: interrogantes, aspectos nuevos descubiertos.
* Oración comunitaria: Sal 24, canción apropiada.

PISTA PARA LA REUNIÓN


PUNTOS CLAVE
* Inmadurez permanente.
* Tensión inquietante.
* El justo sorprendido por la muerte sin la madurez y limpieza
requeridas necesita una
purificación.
* Solidaridad con los difuntos
* Unidos en la comunión de los santos.
* Dogma católico.
* No un infierno en pequeño.
* Dimensión del juicio.
* Un nombre nuevo.

UN CIELO NUEVO Y UNA TIERRA NUEVA

OBJETIVO CATEQUÉTICO
* Descubrir, en medio de este mundo, los signos del Reino de Dios ya
presente, anticipación y garantía del mundo futuro, un cielo nuevo y
una tierra nueva.

100. En tierra extraña, ¿es posible la dicha y la alegría?


H/PEREGRINO:
Tenemos hambre de felicidad y alegría. Pero la realidad de nuestro
mundo no se presta excesivamente a la alegría y a la esperanza.
¿Podemos vivir alegres y esperanzados, cuando las condiciones de
este
mundo nos oprimen, acongojan y atormentan? ¿Cómo puede uno ser
feliz, cuando en nuestro mundo los hombres se oprimen, se torturan,
se
matan, cuando mueren de hambre muchos niños? ¿Cómo se puede
esperar, cuando aún no están secas todas las lágrimas, sino que
brotan
diariamente otras nuevas? Hambrientos de felicidad y de alegría,
vivimos
en tierra extraña. Como los desterrados de Israel en Babilonia,
colgamos
nuestras cítaras de los árboles y decimos: «¡Cómo cantar un cántico
del
Señor en tierra extranjera!» (/Sal/136/04) (110).

101. EI Reino de Dios ha brotado ya. Está entre vosotros RD/AHORA


El Reino de Dios ha brotado ya, en tierra extraña. Está entre vosotros
(/Lc/17/21). Esta es la Buena Nueva de Jesús. ¡La hora de Dios llega!
Más aún, ya ha comenzado. El Reino de Dios comienza en un mundo
distinto, nuevo, transfigurado. En el comienzo del Reino de Dios está
incluido el final: del principio sale el fin, como del grano sale la espiga;
en
lo más pequeño está actuando ya lo más grande; en el momento
presente comienza lo que va a suceder, aunque ocultamente (111).

102. "A vosotros se os ha dado a conocer los misterios del Reino de


Dios". Comienzos humildes
Todos los comienzos son humildes. Permanecen ocultos a la mirada
de muchos. Así sucede con el Reino de Dios (/Mc/04/26-32). Ha
comenzado en medio de un mundo que no reconoce nada de él. Pero
algunos perciben en esos comienzos pequeños los primeros destellos
de
la acción poderosa de Dios. Dice Jesús a sus discípulos: «A vosotros
se
os ha dado el conocer los misterios del Reino de Dios» (Lc 8, 10).
Dios
crea su Reino, que abarcará a todos los pueblos de la tierra, a partir
de
lo que es como nada a los ojos humanos: un grupo despreciable, que
acogía a gentes de mala fama, habría de ser la comunidad elegida por
Dios para la instauración de su Reino (112).

103. Como un grano de mostaza


Comienzos humildes... Sin embargo, con la misma certeza con que se
produce de la pequeña semilla de mostaza el gran arbusto y del
pequeño
trozo de levadura la masa fermentada, el poder de Dios convertirá ese
grupo despreciable en el gran Pueblo de Dios, que reunirá a todos los
pueblos. «El Reino de los Cielos, dice Jesús, se parece a un grano de
mostaza que uno siembra en su huerta; aunque es la más pequeña de
las semillas, cuando crece es más alta que las hortalizas; se hace un
arbusto más alto que las hortalizas y vienen los pájaros a anidar en
sus
ramas» (Mt/13/31-33). «El Reino de los Cielos, dice también, se
parece a
la levadura; una mujer la amasa con tres medidas de harina y basta
para
que todo fermente» (Mt/13/33). En sus comienzos, el Reino de Dios
es
semejante a un grano de mostaza, la más pequeña magnitud que
percibe
el ojo humano, y es semejante a la levadura, un trozo minúsculo que
casi
desaparece en la gran cantidad de harina. Sin embargo, desde esos
comienzos, es semilla destinada a crecer por encima de todas las
hortalizas y es levadura que fermenta toda la masa (113).

104. Un grupo despreciable lanza gritos de júbilo


¡Ahí está, responde Jesús a los enviados de Juan el Bautista. Un
grupo despreciable puede lanzar grito de júbilo. El Reino de Dios ha
brotado en la nada de su propia miseria. Un cortejo de pobres ha
experimentado el poder de Dios. Algo totalmente nuevo ha
comenzado
en su vida. «Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son
sanados,
los sordos oyen, los muertos resucitan, los pobres son evangelizados»
(Lc 7, 22). Con estas palabras, Jesús proclama el cumplimiento de
todas
las esperanzas, ilusiones y promesas, que habían sido anunciadas
por
los profetas con abundantes y ricas imágenes (114).

105. Todas las esperanzas y promesas anunciadas por los profetas


«Que el desierto y el sequedal se alegren, regocíjese la estepa y
florezca como flor; estalle en flor y se regocije hasta lanzar gritos de
júbilo. Fortaleced las manos débiles, afianzad las rodillas vacilantes.
Decid a los de corazón intranquilo: ¡Animo!, ¡no temáis!... El vendrá y
os
salvará. Entonces se despegarán los ojos de los ciegos, y las orejas
de
los sordos se abrirán. Entonces saltará el cojo como el ciervo, y la
lengua
del mudo lanzará gritos de júbilo. Pues serán alumbradas en el
desierto
aguas, y torrentes en la estepa, se trocará la tierra abrasada en
estanque, y el país árido en manantial de aguas... Los redimidos de
Yahvé volverán, entrarán en Sión entre aclamaciones, y habrá alegría
eterna sobre sus cabezas. ¡Regocijo y alegría les acompañarán!
¡Adiós,
penas y suspiros!» (Is 35, 1-10; cfr. 65, 17-21; 66, 22; Ez 36, 1-15; Is
11,
6-9; 30, 23-26; Am 9, 13-15)(115).

106. ¡La nueva creación ha comenzado!


La respuesta que Jesús da a los enviados de Juan el Bautista es un
grito de júbilo: ¡Ha llegado la hora! Ha llegado la salvación. El tiempo
de
maldición y de desgracia toca a su fin. La plenitud del mundo ha
comenzado en tierra extraña. Porque el Reino de Dios crece en medio
de
nuestro mundo, se vuelve posible la alegría y el júbilo en medio del
sufrimiento, la libertad en medio de la esclavitud, la fuerza en medio de
la
debilidad, incluso la vida en medio de la muerte y, por tanto, ¡la
canción
del Señor en medio de una tierra extraña! ¡Dichoso el que crea a
pesar
de todas las apariencias contrarias! Con el Reino de Dios, que hace
presente Jesús, el Espíritu creador sopla de nuevo sobre la tierra
seca.
Los miserables oyen la Buena Nueva, las puertas de la cárcel se
abren,
los oprimidos respiran, un pueblo ciego ve una gran luz. ¡La nueva
creación ha comenzado! (116).

107. Un cielo nuevo y una tierra nueva CREACION-NUEVA


"Luego vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la
primera tierra han pasado y el mar ya no existe" (/Ap/21/01). Esta
visión
del libro del Apocalipsis describe la plenitud del Reino de Dios, que
coincide con la plenitud de la tierra y de la humanidad. El Reino de
Dios
es en favor de los hombres. El mundo extraño y hostil, desfigurado por
el
pecado, ha desaparecido. Era el primer cielo y la primera tierra. En el
lenguaje simbólico del Apocalipsis, el mar es la morada del mal. En la
nueva creación el mal no tiene sitio: la tristeza cesa, el sufrimiento
tiene
fin, la muerte ya no tiene poder, el mundo pecador pasa: «Enjugará
las
lágrimas de sus ojos. Ya no habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor.
Porque lo de antes ha pasado. Y el que está sentado en el trono dijo:
Todo lo hago nuevo...» (/Ap/21/04-05) (117).

108. La alianza entre Dios y el hombre plenamente restaurada


Un mundo en el que Dios tiene su familia y su casa. La Alianza entre
Dios y el hombre, destruida por el pecado, queda plenamente
restaurada: «Y vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía
del
cielo, enviada por Dios, arreglada como una novia que se adorna para
su esposo. Y escuché una voz potente que decía desde el trono: Esta
es
la morada de Dios con los hombres. acamparé entre ellos. Ellos serán
su
pueblo y Dios estará con ellos y será su Dios» (Ap 21, 2-3) (118).

109. Las cítaras de Dios, descolgadas de los árboles


Un mundo donde resuenan las canciones alegres del tiempo de la
salvación. Las cítaras de Dios han sido descolgadas de los árboles
para
cantar sin cesar la canción del Señor: «Y vi también... a los que
habían
triunfado de la Bestia y de su imagen (del Mal)... llevando las cítaras
de
Dios. Cantan el cántico de Moisés, siervo de Dios, y el cántico del
Cordero, diciendo: Grandes y maravillosas son tus obras, Señor, Dios
Todopoderoso; justos y verdaderos tus caminos. ¡Oh Rey de las
naciones!» (Ap 15, 2-3) (119).

110. La total liberación, el último éxodo, la gran Pascua. El salario de


Dios
Un mundo que celebra el definitivo cambio de suerte, la total
liberación, el último Éxodo, la gran Pascua. Los pobres se vuelven
ricos:
heredan el Reino de Dios (Lc 6, 20); los últimos son los primeros (Mc
10,
31); los pequeños vienen a ser los grandes (Mt 18, 4); los hambrientos
son saciados (Lc 6, 21 ); los cansados, aliviados (Mt 1 1, 28); los que
lloraban, ahora ríen (Lc 6, 21 ); los enfermos son curados (Mt 11, 5);
los
presos y oprimidos son liberados (Lc 4, 18); los muertos, resucitados
(Mt
11, 5). Un mundo que recibe la recompensa de Dios, el gran salario, la
medida abundante, apretada, colmada y desbordante (Lc 6, 38). Un
mundo donde se recibe la vida eterna como herencia (Mt 19, 29)
(120).

111. «Una muchedumbre inmensa que nadie podría contar, de toda


nación, razas, pueblos y lenguas»
Un mundo donde se reúnen los hijos de Dios en la casa del Padre.
Vienen de todo pueblo y nación, y se sientan a la mesa del Hijo del
hombre. El les parte el pan del tiempo de la salvación, les tiende la
copa
con el vino del mundo nuevo. El pequeño grupo con que comenzó el
Reino de Dios ha crecido inmensamente, hasta congregar dentro de sí
a
todas las naciones de la tierra, como se le prometió al patriarca
Abraham
(Gn 12, 3): «Después miré y había una muchedumbre inmensa que
nadie podría contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas, de pie
delante del trono y del Cordero. Vestidos con vestiduras blancas y con
palmas en sus manos. Y gritan con fuerte voz: la salvación es de
nuestro
Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero» (Ap 7, 9-10) (121).

112. Cristo, Señor de la historia, entregará la nueva creación al Padre.


Dios será todo en todo
Este será el mundo nuevo que Cristo, Señor de la historia, presentará
al Padre: «Luego, el fin, cuando Cristo entregue a Dios Padre el
Reino,
después de haber destruido todo Principado, Dominación y Potestad.
Porque debe él reinar hasta que ponga a todos sus enemigos bajo sus
pies. El último enemigo en ser destruido será la Muerte... Cuando
hayan
sido sometidas a él todas las cosas, entonces también el Hijo se
someterá a Aquel que ha sometido a él todas las cosas, para que Dios
sea todo en todo» (1 Co 15, 24-28) (122).

113. Una plenitud que nadie puede imaginar


Tal será la plenitud del Reino de Dios y la consumación del mundo y
de la humanidad. No conocemos fechas ni detalles. Como dice el
Concilio
Vaticano II, «ignoramos el tiempo en que se hará la consumación de la
tierra y de la humanidad. Tampoco conocemos el modo cómo se
transformará el universo. La figura de este mundo, deformada por el
pecado, pasa, pero Dios nos enseña que nos prepara una nueva
morada y una nueva tierra donde habita la justicia, y donde la alegría
saciará los anhelos de paz que brotan del corazón humano» (GS 39).
Se
trata de una plenitud que ni siquiera podemos imaginar: «Ni el ojo vio,
ni
el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para
los que le aman» (/1Co/02/09) (123).

114. Marana-thá. Amén


Con razón, como dice San Pablo, «la creación, expectante, está
aguardando la plena manifestación de los hijos de Dios... Porque
sabemos que hasta hoy la creación entera está gimiendo toda ella con
dolores de parto. Y no sólo eso; también nosotros, que poseemos las
primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior, aguardando la hora
de ser hijos de Dios, la redención de nuestro cuerpo» (Rm 8, 19-23).
El
deseo anhelante de la nueva creación por parte del creyente aparece
también en este valioso testimonio de la Iglesia primitiva: «Venga la
gracia y pase este mundo. Hosanna al Dios de David. El que sea
santo,
que se acerque. El que no lo sea, que haga penitencia. Maranathá.
Amén» (Doctrina de los Doce Apóstoles). Con este mismo deseo
finaliza
el libro del Apocalipsis: «Amén. Ven, Señor Jesús. La gracia del Señor
Jesús esté con todos» (Ap 22, 20-21) (124).
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TEMA 74-1

OBJETIVO:
INICIACIÓN EN LA VISIÓN CRISTIANA DEL MUNDO:
UN CIELO NUEVO Y UNA TIERRA NUEVA, FUTURO DEL MUNDO
PLAN DE LA REUNIÓN
* Información: personas, hechos, problemas... acontecimientos
significativos ocurridos
desde la última reunión.
* Presentación del tema 74 en sus puntos clave.
* Diálogo: interrogantes, aspectos nuevos descubiertos.
* Oración comunitaria: desde la propia situación, canción apropiada.

PISTA PARA LA REUNIÓN


PUNTOS CLAVE
* En tierra extraña.
* Ha brotado ya el Reino de Dios.
* Comienzos humildes.
* Como un grano de mostaza.
* Un grupo despreciable lanza gritos de júbilo.
* La nueva creación ha comenzado.
* Las cítaras de Dios, descolgadas de los árboles.
* Una muchedumbre inmensa...
* Una plenitud que nadie puede imaginar.
* Maranathá. Amén.
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TEMA 74-2

OBJETIVO:
INICIACIÓN EN LA VISIÓN CRISTIANA DEL MUNDO:
UN CIELO NUEVO Y UNA TIERRA NUEVA,
FUTURO DEL MUNDO QUE SE COMIENZA A VIVIR YA

PLAN DE LA REUNIÓN
* Relato de los acontecimientos más significativos ocurridos desde la
última reunión.
* Oración inicial: salmo compartido.
* Presentación de la pista adjunta: la experiencia de fe de Teresa de
Jesús (1515- 1582), experiencia de la Palabra viva (locuciones y
visiones), le lleva -a pesar de la incomprensión de sus confesores- a
palpar y a experimentar en el mundo presente la realidad definitiva del
mundo futuro: el cielo nuevo y la tierra nueva. La pista ha sido tomada
de
JUNTA NACIONAL PARA LA PREPARACIÓN DEL IV CENTENARIO
TERESIANO, Catequesis de adultos: Teresa de Jesús (I). El sí de
Teresa. Edice, Madrid, 1981, 13-15. Y también: Catequesis de adultos:
Teresa de Jesús (Il). Monja andariega. Edice, Madrid, 1981, 9.

* Diálogo: sobre lo más importante. Una pregunta ¿podemos nosotros


experimentar ahora ya en el presente la realidad del mundo futuro?

* Oración comunitaria: Sal 89, compartido desde la propia situación.

PISTA PARA LA REUNIÓN TEREJ/PD * Teresa ha descubierto que


Cristo habla hoy y que habla a ella; habla aquí y ahora:
"¿Pensáis que está callando? aunque no le oímos bien habla al
corazón" (C 24, 5).
Teresa llama locuciones a las palabras que recibe de Dios. Las
locuciones son palabras de Dios dirigidas a Teresa. El Señor para
hablar
a Teresa, repite -en el fondo- su palabra bíblica (1).
La Palabra le llega «tan de presto», «a deshora, aun algunas veces
estando en conversación», «muy en el espíritu», con «poderío y
señorío», «hablando y obrando».
El fenómeno de las locuciones produjo en Teresa un estado habitual
de fortaleza para continuar con fidelidad creciente el seguimiento de
Cristo. Las palabras oídas evocaron en ella la escena del Evangelio
en
que Jesús calmó la tempestad del lago (Mt 8,26) y se dice a sí misma:
"¿Quién es éste que así le obedecen todas mis potencias, y da luz en
tan
gran obscuridad en un momento, y hace blando un corazón que
parecía
piedra, da agua de lágrimas suaves adonde parecía haber mucho
tiempo
sequedad? ¿Quién pone estos deseos?, ¿quién da este ánimo?; que
me
acaeció pensar; ¿de qué temo?, ¿qué es esto? Yo deseo servir a este
Señor" (V. 25, 19).
Las locuciones seguirán en aumento. La publicación del Índice de
libros prohibidos, por orden del inquisidor general Fernando Valdés
produjo en Teresa mucha pena por lo aficionada que era a la lectura y
el
consuelo que sentía en ella. En esta circunstancia el Señor le dijo:
«No
tengas pena, que yo te daré libro vivo» (V. 26,6). Ella no entendió de
momento el significado de estas palabras, pero muy pronto las
relacionó
con las visiones que le acontecieron (V. 26,6).
* Por esta época entró en relación con el jesuita Baltasar Alvarez,
quien después de tranquilizarla sobre estos fenómenos le aconsejó
que
no diese parte a nadie más, «porque era mejor ya estas cosas
callarlas».
Los confesores le apretaban en extremo. Alguno hasta le mandó
hiciese
burla: «diese higas», a las imágenes que veía. Esto significó para
Santa
Teresa una gran tortura.
"Acordábame de las injurias que le habían hecho los judíos y
suplicábale me perdonase; pues yo lo hacía por obedecer al que tenía
en su lugar, y que no me culpase, pues eran los ministros que él tenía
puestos en su Iglesia. Decíame que no se me diese nada, que bien
hacía
en obedecer, mas que El haría que se entendiese la verdad. Cuando
me
quitaban la oración, me pareció se había enojado. Díjome que les
dijese
que ya aquello era tiranía" (V. 29,6).
* Las visiones las coloca Teresa entre las gracias que Dios concede
para revelarse a los hombres y las califica como una forma de
lenguaje:
"Pone el Señor lo que quiere que el alma entienda en lo muy interior
del
alma y allí lo representa sin imagen ni forma de palabras..." (V. 27,6).
* La comunión de los santos se le hizo experiencia propia; perdió el
miedo a la muerte y palpó ahora ya la realidad de la vida definitiva:
"...sólo mirar el cielo recoge el alma, porque como ha querido el Señor
mostrar algo de lo que haya allá, estáse pensando; y acaéceme
algunas
veces ser los que me acompañan y con los que me consuelo los que

que allá viven, y parecerme aquéllos verdaderamente los vivos, y los
que
acá viven tan muertos, que todo el mundo me parece no me hace
compañía, en especial cuando tengo aquellos ímpetus (V. 38,6; Cfr. E.
IV, X, XV).
.................
1. MUJER/MARGINACIÓN: Las circunstancias históricas hicieron
imposible el
acceso de Teresa al texto bíblico. En los Índices de los años 1551,
1554 y 1559 se
prohibía la publicación de la Sagrada Escritura en lengua vulgar,
permitiéndose solo
el uso de citas en libros de contenido religioso. ·Melchor-Cano en
su «Censura a
los Comentarios del catecismo» de Carranza firmó estas palabras:
«Por más que
las mujeres reclamen con insaciable apetito comer de este fruto
(lectura de la Biblia}
es necesario vedarlo y poner cuchillo de fuego, para que el
pueblo no llegue a él».
Cfr. M. HERRAIZ: «La palabra de Dios en la vida y pensamiento
Teresianos», en
Teología Espiritual, 67 (1979), 19.