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Libro: SIMBOLISMO DE LAS CASAS ASTROLOGÍA PARA UN TIEMPO DESCORAZONADO Autor: JOSEP M. MORENO ARBOR

Libro: SIMBOLISMO DE LAS CASAS ASTROLOGÍA

PARA UN TIEMPO DESCORAZONADO Autor: JOSEP M. MORENO ARBOR Editorial – BARCELONA - 1987

Índice temático

PREFACIO a) La Astrología en nuestra sociedad está cumpliendo el papel de Cenicienta

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PRIMERA PARTE Cap. Uno: INTRODUCCIÓN GENERAL

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a) La Astrología es un espejo simbólico de la vida

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b) Toda cultura es siempre un experimento

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c) Es necesario un desplazamiento de perspectivas en

Astrología

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Cap. Dos: LA ASTROLOGÍA ¿CIENCIA O ARTE? Cap. Tres: EL SÍMBOLO ASTROLÓGICO

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3.1 La caída, la rotura

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3.2 La visión esotérica

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3.3 Lo simbólico

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3.4 La unidad

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3.5 La imaginación

46

3.6 El mito

51

3.7 El misterio

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Cap. Cuatro: LOS SÍMBOLOS FUNDAMENTALES: EL CÍRCULO, LA CRUZ Y LOS CUATRO ÁNGULOS

4.1 El círculo

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4.2 La cruz

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4.3 El Horizonte

61

4.4 El Meridiano

62

4.5 Los cuatro ángulos

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4.6 El Fondo del Cielo

64

4.7 El Ascendente

64

4.8 El Medio Cielo

65

4.9 El Descendente

66

4.10 El Tema Natal: Mandala de la Individualidad .

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SEGUNDA PARTE Cap. Cinco: LAS CASAS ASTROLÓGICAS

5.1 Introducción

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5.2 Las asignaciones tradicionales

72

5.3 Los hemisferios

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5.4 Los cuadrantes

76

5.5 Los ejes

77

5.6 La relación transitiva

85

2

5.7

La agrupación cuadrangular

88

5.8

La agrupación triangular

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Cap. Seis: LAS CASAS UNA A UNA

 

El Ascendente

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casa II

105

casa III

113

casa IV

123

casa V

131

casa VI

139

casa VII

149

casa VIII

157

casa IX

169

casa X

180

casa XI

187

casa XII

195

Apéndice:

EL DETERMINISMO ASTROLÓGICO:

DESTINO VS. LIBERTAD. LA POSIBILIDAD

ÉTICA

205

Bibliografía

217

Indice analítico

221

Prefacio

La Astrología en nuestra sociedad está cumpliendo el papel de Cenicienta. Si imaginamos a nuestra cultura como una gran familia, nuestra disciplina está condenada por sus envidiosas hermanas a ocupar un papel secundario, infravalorado. Los amantes de Cenicienta padecemos y nos rebelamos al contemplar cómo la ignorancia y, en algunos casos, la envidia, intentan eliminar el valor más preciado. Por ello los astrólogos tenemos un complejo de inferioridad. Muchos no se dan cuenta siquiera. Esto constituye un problema aún peor que el hecho de tenerlo pues. Cuando un complejo es inconsciente, la persona actúa creyendo que no tiene

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problemas, cuando, en realidad y secretamente está poseída por él, sus actitudes, comportamiento y afectos están teñidos de su presencia.

Las hermanas envidiosas o ignorantes habitan fuera y dentro de la familia. Fuera, tanto los aristócratas como los plebeyos la ignoran. La élite cultural política y económica permanece refractaria a su influencia, a nivel popular se consume un tipo de Astrología trivial y absurda (léase horóscopos de periódicos, revistas, manuales de recetas astrológicas, programas de radio y televisión, etc.) que unos pocos "colegas" con no demasiados escrúpulos o, en el mejor de los casos, simplemente porque no alcanzan a más, se dedican a transmitir. Así tales astrólogos actúan aunque no lo sepan como las hermanas de Cenicienta que no quieren que el príncipe se fije en ella. Muchos intentan compensar los efectos de dicho complejo. Surgen de ahí unas posturas que podríamos resumir en dos tipos básicos: los "iluminados" y los "científicos" (excluyo aquí una posible y tercera categoría de la que no se libra ningún campo del saber y del actuar humano: los oportunistas y los perezosos que, ni se molestan en averiguar lo que hacen, ni se preocupan del sentido o la legitimidad de lo que dicen. Para ellos lo importante es ganar dinero o satisfacer su tremenda necesidad de poder).

Los primeros, entienden que la Astrología es cosa de iniciados en los arcanos de escuelas esotéricas. Iniciados porque pueden acceder a misteriosas doctrinas reveladas por el gurú de turno o porque por algún privilegio kármico o prestigio espiritual, poseen el don de la videncia y la sagrada intuición. Ello les permite saber la verdad de la vida de los demás, su nivel de evolución y sus deberes kármicos. Son los que niegan el complejo reaccionando frente a él con actitudes de superioridad y falsa seguridad. ¡Señor, qué tropa, como diría Romanones. Van a la Astrología como quien va a Lourdes, esperando compensar sus deficiencias con la vaguedad ausente de todo rigor de un lenguaje pseudo-esotérico, con una filosofía en la que todo vale (y sobretodo lo mío) y cada cual puede considerarse elegido de los dioses y su único representante en el planeta.

En segundo lugar están los "científicos", aquéllos que adoptan la actitud de esforzarse por lograr la aceptación de los demás. Escogen éstos últimos la vía de vestir a Cenicienta con un "disfraz" (la ciencia o la técnica), que sea de su agrado, fascinados como están de las modas hoy imperantes. Se olvidan que el vestido con el que la protagonista conquista al Príncipe es de origen sobrenatural. Para muchos de este grupo, la Astrología ha de ser y es un saber y una disciplina tan exacta como la que más, o si no, asumiendo la relativa incertidumbre de la psicología clínica moderna, la convierten en su sucedáneo. Tratan entonces de emular, en su práctica, el comportamiento

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de otras disciplinas más agraciadas en su valorización social. En estas lides se encuentran los que creen que organizando congresos, colegios profesionales, como Dios manda, es decir, imitando los modos y siguiendo las pautas de los que existen en otros campos, creando facultades con programas oficiales de estudios, con emisión de títulos legalizados, con códigos deontológicos y con ortodoxias doctrinarias al modo del resto de los saberes socialmente aceptados, vamos a conseguir superar o solventar dicho complejo. Pues bien, creo que de este modo no se soluciona nada, ambas posturas tienen en común algo: el hecho de ser inconscientes del complejo hace que éste impere en el secreto fondo de sus prácticas y actitudes. Con ello se invierten las cosas, pues la Astrología pasa a ser inconscientemente el instrumento por el que se quieren compensar deficiencias personales y gremiales.

Bien pensado, es bastante natural que tengamos este complejo y quizá no sea tan malo tenerlo, es más, cabe la sospecha de que hasta que no cambien las cosas el complejo sea nuestra mejor defensa y la garantía de nuestra integridad. Claro está, siempre que su presencia no sea negada. Resulta evidente que mientras no se produzcan las necesarias transformaciones de la ideología o la mitología vigentes, no podremos prescindir, ni evitar varias cosas, entre ellas:

Recibir comentarios jocosos, cínicos o despectivos, cuando mencionamos a qué nos dedicamos. Que la Astrología no entre en los planes de subvenciones económicas ni apoyos políticos. Que el estatuto jurídico y social del astrólogo brille por su ausencia. Que la casi totalidad de clientes de la Astrología sean esos misteriosos seres que culturalmente aún están considerados inferiores: las mujeres. Los hombres, ya se sabe, están demasiado ocupados en los saberes socialmente idealizados.

A nadie le place esto, pero la realidad es que precisamente éste es el papel

que en nuestra época hemos de desempeñar. La Astrología actualmente

está inserta en lo que podríamos denominar el "inconsciente colectivo" de

la época, en otra acepción más vulgar, la "zona marginal", el lugar de los

proscritos. Constituye así una heterodoxia inasimilable por las actuales estructuras, pues corresponde a una visión de la vida y el cosmos que está en las antípodas de la culturalmente vigente. Quizá la luz oculta de nuestro complejo pueda ofrecer, a algunos, la aguda consciencia de estar habitando en los márgenes de una sociedad, de estar cumpliendo así, la función propia de. la marginación: enfrentar, criticar y socavar lo instituido para posibili-

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tar de este modo la tan necesaria transformación. La Astrología es un saber oculto, esotérico y como tal no puede entrar fácilmente, ni creo que haya de hacerlo, en los sistemas de saberes masificados y tecnificados que inundan nuestro acervo cultural. Creo que nuestra situación, hasta que no se produzca un cambio radical, tanto en el campo social como en el individual, no podrá ser de otro modo. Por tanto y mientras tanto, diría que estamos condenados a sufrir el susodicho complejo. Es tarea de cada astrólogo hallar su propio modo de responder al reto que éste implica. El complejo requiere respuestas, y una de ellas, para mí, es la de ofrecer argumentos.

La Astrología puede ser muchas cosas, eso lo sabemos todos, desde un arte mántico hasta una moda cultural, pasando por todos los grados de pseudo- conocimientos psicológicos. Pero quizá la más genuina y valiosa es cuando se revela como un saber esotérico. Mucha gente, en nuestro medio, utiliza el vocablo esotérico sin tomarse la molestia de reflexionar seriamente sobre lo que significa e implica. No se trata de atesorar montañas de información, dominar infinidad de técnicas de las que uno se siente propietario, o reclamar para sí el monopolio de la sabiduría. Al saber esotérico se le defiende únicamente realizándolo en la propia vida. Y ahí está lo difícil, pues ello implica plasmar uno de sus principales postulados: la unión de conocimiento y vida. Y la vida o el destino, para cada individuo, es algo único, un camino solitario en el que no sirven imitaciones ni verdades válidas para todos. No se puede por ello encerrar a la Astrología en cotos vedados u ortodoxias trasnochadas que descalifican a priori la diversidad de enfoques y escuelas que se esfuerzan por dar forma propia a su particular visión. El rechazo orgulloso y apriorístico es el camino trillado, siempre se ha hecho así, más ello no quita que algunos veamos la fuerte necesidad de esforzarnos para crear las condiciones en que se produzca algo muy necesario: un debate auténtico. Es necesario un enfrentamiento entre escuelas, autores y puntos de vista, pero siempre bajo un marco de honestidad, que haga posible la crítica y la defensa sin que ello implique caer en la paranoia, o sentirse perseguido o difamado por el oponente. El debate es la única forma en la que los participantes revelan su auténtica valía, por eso muchos le temen. Es debatiendo como podemos entre todos llegar a discernir lo que realmente es válido de cada enfoque de lo que es mera paja. Es en la tensión de enfrentar posturas diferentes donde puede generarse un proceso de esclarecimiento por todos necesitado. Esclarecimiento que no implica perder el respeto a los diferentes enfoques ni creer que sólo algunos son los correctos. Todo enfoque que parta de un trabajo serio tendrá buenos argumentos en los que apoyarse y a la Astrología sólo se la puede defender con argumentos. Argumentos que sean

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fruto de un trabajo en el que no estén reñidos la exigencia de rigor y la profundidad, con el maravilloso poder de la imaginación. Tarea harto difícil, pero la única que puede satisfacer tanto la necesidad de crear y acceder a nuevas formas expresivas y vitales, como la de lograr la base que dé sustancia y consistencia a la obra realizada.

En este libro ofrezco los míos. No los míos en el sentido de que me considere su autor, sino porque a ellos me adhiero, los hago míos, los defiendo como míos aunque no me corresponda la paternidad de todos. Con ello, expresa una particular actitud ante mi propio complejo de inferioridad. Como se verá, los capítulos 2 y 3 (dedicados a realizar una crítica de los valores vigentes y a ofrecer el marco bajo el que efectúo mi trabajo) reflejan la existencia del complejo en la sobreabundancia de citas de otros autores. Citas que, por un lado, siento que dan apoyo a mi inseguridad (y la inseguridad se halla en el corazón de todo complejo), pero, por otro, permiten al lector ver claramente que mi enfoque no es tal sino que simplemente me adhiero a los postulados y afirmaciones de toda una corriente de pensamiento o una visión del mundo sustentada por muchos. También, es verdad, sigo otro criterio que encuentro a faltar en mucho de lo que leo, sobre todo si la lectura es sobre temas esotéricos: he intentado tener el mínimo grado de honestidad, buscando y señalando la fuente de las ideas expresadas.

La obra de todo autor está sometida al interjuego de unas influencias que determinan en mucho su ser. De las que a mí me afectan reconozco algunas que, siguiendo el mismo criterio, voy a exponer. Para ello, justo es que haga un breve recorrido por mi trayectoria en el campo astrológico. Recorrido que ayude al lector a situar el libro en su contexto e historia. Mi primer contacto con la Astrología fue a través de las enseñanzas de Marc Edmund Jones, a las que accedí por boca de uno de sus discípulos afincados en España: Arturo Millet. Sus enseñanzas, ya desde un principio, produjeron en mí dos efectos muy dispares. Por un lado me fascinaba descubrir que la Astrología era portadora de una visión que, después de largos años de búsqueda y de decepciones en el campo de la psicología y del psicoanálisis, me permitía enfocar mi atención sobre el individuo concreto, como un producto único e irrepetible. Ello me abría la posibilidad de utilizar una herramienta que no perdía el respeto hacia lo que de estrictamente original cada persona supone. Dicho respeto no lo había encontrado en ninguna escuela de psicología, donde los individuos son números o variables independientes o meros conejillos de indias (pacientes) que han perdido en gran parte su dignidad. Lo mismo había ocurrido en mi inmersión en las distintas teorías sociológicas, políticas filosóficas que

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hasta entonces había conocido. Ahora bien, la pretensión de la escuela de Jones de convertir la Astrología en una técnica racional sembraba en mí hondas inquietudes. Veía claramente como dicho autor y sus seguidores expresaban una filosofía muy peculiar de la existencia que negaban o no reconocían en su práctica. Filosofía que a pesar de sus aspectos lúcidos, que no eran pocos, revelaba también sus claras limitaciones y parcialidades. Un punto de vista que niega la relatividad de sus presupuestos se convierte en ideología. Sentía en la Astrología de Jones la misma sensación que me producen la mayoría de intelectuales yankees: una suprema ingenuidad respecto a los valores culturales de los que son portadores. Dicha ingenuidad convierte su pensamiento en un medio especialmente proclive a la transmisión de las ideologías socialmente imperantes (falta que, más tarde, también observé en otros reconocidos autores de la misma procedencia y tradición cultural: Darse Rudhyar, Stephen Arroyo, por ejemplo). Evidentemente estas observaciones críticas no pretenden desmerecer todos los aspectos valiosos de sus aportaciones, ni pasar por alto el papel que han desempeñado en la construcción de una Astrología nueva, acorde con la época.

Posteriormente, la lectura de las obras de Liz Greene me permitió el reencuentro con algo que ya había conocido y abandonado: la psicología volvía a mí, pero ahora a través de un heterodoxo, de un maldito para las Universidades: C. G. Jung. Este autor abría nuevos horizontes tanto a mi capacidad de comprensión como al enfoque de la práctica astrológica. Su obra formula en un lenguaje asequible un conjunto de antiquísimas enseñanzas que, por supuesto, casan a la perfección con el simbolismo astrológico. Jung, heredero de la herencia gnóstica y platónica, tenía un talante místico, pero también pretendía ser un científico y, para mí, ahí anidaron sus límites más evidentes. Límites que me obligaban a un esfuerzo de superación. Por último, el contacto con otro autor, Enrique Eskenazi, me aportó una comprensión esencial. Su trabajo, que por desgracia aún no es accesible a la mayoría ya que sólo se ha publicado una pequeña parte, me permitió integrar en una visión coherente aquello que Jung con su exceso de cientifismo me obstaculizaba:

1. El conocimiento esotérico y simbólico como la expresión de un

camino individual que tiende hacia la realización de un sentido. Un sentido

que parte de, y se dirige a la vivencia mística de la existencia.

2. La Astrología como expresión de dicha vivencia y como vehículo que

puede guiar en el camino. Camino que así considerado, resulta ser vía de

redención o liberación.

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Su enfoque respecto a lo simbólico resultó de tal coherencia, peso y profundidad que logró que mi visión básica de la Astrología y sus posibilidades sufrieran un proceso de síntesis y profundización muy importantes. Ello se verá claramente a lo largo de este libro que, por lo expuesto, mucho tiene que agradecerle.

Espero que con estas aclaraciones, el lector podrá apreciar mejor, tanto la filiación del libro, como las deudas de gratitud de su autor para con los que le han brindado su ayuda. Una ayuda que igual reconoce en las manos que le abrieron puertas y le ensancharon el horizonte, como en aquellas otras que, en momentos de crisis, su presencia y fuerza fueron un estímulo de inapreciable valor para no cejar en la búsqueda. Hoy, de acuerdo con el último autor, siento que la tarea a realizar, por cada astrólogo, es la de esculpir con el propio cincel, o ahormar en -el crisol de las más íntima subjetividad, una Astrología que contribuya a que nuestra profesión recupere el brillo y la dignidad que le pertenecen. Brillo y dignidad "que en sí ya posee pero que sólo podrán realizarse a través de la vida y obra de todos los que a ella ofrecemos el fruto de nuestro esfuerzo, confianza y comprensión.'

Mi

primera intención al escribir este libro fue la de exponer un enfoque de

la

Astrología en las tres estructuras básicas que constituyen nuestra

disciplina: las casas, los planetas y sus aspectos, y los signos. Pronto vi que

tal empresa me desbordaba, pues de ella resultaría una obra demasiado

extensa. Decidí, pues, escribir únicamente sobre las casas, dejando en manos del destino la posibilidad de completar en el futuro una trilogía, en la que las otras dos obras se centraran en los dos temas que dejo de lado.

Tal decisión me hizo la necesidad de dividir esta primera obra en dos partes. En la primera he intentado perfilar una visión general de la Astrología. La segunda está dedicada por entero al sistema de casas.

Capítulo 1

Introducción General

"Las casas, los países, como las constelaciones, son la pura imaginación de un orden que no existe. Todo son puntos en movimiento. Cada luz, cada ser, cada ángulo están habitados por el infinito con su disposición en dispersiones. Vemos una torre, una habitación, un sepulcro. Pero no vemos nada, Bronwyn. No hay nada. Y todo conspira para fingir que existe, hasta mi corazón apoyado en mi cerebro." J.E. Cirlot

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Cuando uno va al cine o asiste a una representación teatral, ocurre una cosa muy peculiar: si la obra o la película es mínimamente buena, nos sumergimos en ella y, pronto, nos olvidamos de nosotros. Nos convertimos en el héroe o el villano, el amante o la amada. Bajo los efectos mágicos de la identificación, desaparece la distancia entre el espectador y los actores. Llega un punto en que sufrimos, reímos, sudamos o morimos al unísono con los personajes fílmicos o teatrales.

La vida un poco es así. Nos hallamos inmersos en una representación, que a su vez constituye eso que denominamos nuestro destino, y nos creemos lo que nos ocurre. Nos sentimos identificados totalmente con el héroe (nuestro ego) y nos relacionamos con el resto de personajes de la representación, como si de fuerzas benignas o malignas se trataran. Claro, tarde o temprano, llega el fin de la película. Con él aparece el amargo momento de las verdades. Si se trata del cine nos toca regresar de un mundo utópico de aventuras, tragedias y comedias a una gris cotidianidad. Si se trata de nuestra vida, nos aguarda el momento en que hemos de darnos cuenta de lo imaginarios que han sido nuestros problemas, y todas las ambiciones, deseos, pasiones y desengaños que una vez padecimos. Resulta que no sólo somos el héroe sino también el villano, el rey y el vasallo, el amante y la amada, los actores y el espectador.

Todo ello se parece mucho al fenómeno cotidiano del despertar. No en vano, en muchas tradiciones esotéricas y místicas, se equipara el normal vivir al hecho de soñar un largo y enigmático sueño y la iluminación o la liberación a un despertar. Creemos a pies juntillas la diferencia evidente entre la vigilia y el dormir. Creemos, sin ponerlo en duda, que lo importante de nuestra vida es la vigilia. Pensamos que los sueños no son más que productos "subjetivos" y caóticos de nuestra mente. Creemos en todo esto hasta que las cosas y los asuntos nos empiezan a ir mal. Entonces es cuando, nos guste o no, la vida empieza a plantearnos serios interrogantes: ¿Cuál es la parte de la vida en que has aceptado reconocerte? Quizá te has limitado a tus actividades conscientes y has concedido escasa o nula atención a esas otras actividades misteriosas en las que gobierna el "otro", nuestro ser nocturno. Ese que borra toda frontera entre lo real y lo irreal, entre sueño y vigilia. Ese que parece querer conectarnos a una indefinible realidad, más vasta que nosotros mismos y de la cual dependemos hasta el punto de no poder rechazar el diálogo con ella, sin condenarnos a una vida disminuida. Ese ser o genio que habita las regiones más inesperadas de uno mismo, y que, desde allí, va creando las imágenes con que se teje la trama más secreta, la menos comunicable de la vida.

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La Astrología es un sistema simbólico muy poderoso. Tiene que ver con los misterios fundamentales que constituyen al ser humano y, quizás, a la

Creación entera: la consciencia. Ser conscientes, entre otras cosas, significa darnos cuenta de la sustancia fílmica, imaginativa y onírica que es nuestra vida. De la película que permanentemente estamos contemplando, creando

y/o actuando. Este acto es liberador, acaba inmediatamente con los apegos

y las ilusiones que la situación creaba. Cada vez que nos ocurre se siente como si todo fuera un extraño y estremecedor sueño. Ser conscientes

significa, a la vez, ser consciente de la propia individualidad, ser capaz de

ser un individuo único que ofrece sus propias respuestas a la vida, y que al

hacerlo así, puede encontrar un sentido a su existencia. Un ser humano consciente es un ser que se ha desprendido de las ataduras de lo colectivo, un ser que ha pasado por el tamiz de la conciencia toda la herencia cultural

y colectiva que ha recibido, y de ella ha elaborado su propia visión. El

camino de la vida es un camino hacia el descubrimiento del individuo único que uno es. La individualidad es hoy, quizás, el valor más preciado, pero también el más temido. Temido por los poderes e instituciones (Estado, Familia, Escuela, etc.), que parecen haberse empeñado en alentar un proceso masificado) y despersonalizados que tiende a ahogar cualquier

posibilidad de búsqueda creativa. Nunca el peligro ha sido mayor, nunca la esperanza más grande. La carencia de sentido es una de las situaciones más angustiosas que se pueden vivir, tanto a nivel individual como a nivel colectivo. Hoy, la crisis moderna es de falta de sentido. El sentido siempre nace como producto de una tensión esencial, la que vive el hombre en su relación con lo Eterno y de un diálogo el que ha de establecer el hombre con las dos potencias que le animan y sobrepasan: lo divino y lo diabólico. La primera lección que se aprende al entrar en contacto con la Astrología es que, al nacer, uno se constituye en el centro de un mundo respecto al cual, giran, en vertiginosa vorágine, personas, sucesos, fenómenos y cosas que,

de algún misterioso modo, están íntimamente vinculados con uno. La

enfermedad de mi hermana, el fracaso o éxito de mi padre, el problema con

mi pareja, mis amigos o mi jefe están reflejados en mi Tema Natal. El

Tenia Natal es la expresión simbólica del nacimiento de una persona y, en resumen, refleja la localización celeste de los planetas en una posición

determinada de la eclíptica. Así, supongamos que al nacer yo, Marte estaba

a tres grados de Capricornio. Imaginemos que treinta años después, tal día

de un mes, Plutón está transitando exactamente por el mismo lugar de la eclíptica, es decir, por el grado tres de Capricornio. Ese día, en mi vida, ocurre algo inusitado: me despiden del trabajo. Este hecho, que para los astrólogos no constituye motivo de sorpresa alguna, evidencia que existe alguna relación entre Marte, Plutón, el grado tres de Capricornio, y mi vida

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o mi destino.

Algunos astrólogos pretenden dar respuesta al enigma, planteando la existencia de unas influencias planetarias que nos afectan aquí en la Tierra. Así, tal día, Plutón me estaría enviando su influencia por el hecho de hacer un aspecto a Marte, esto es, de ocupar el mismo lugar del Zodíaco en que Marte estaba el día que nací. En cambio, para otros la cuestión no está en postular la existencia de influencias, cosa que es prácticamente imposible de demostrar, sino en hablar de una relación oculta, esotérica, entre los planetas y nosotros. Lo que nos vincula con el cielo no es una relación de causa-efecto, sino una invisible Sincronicidad, un lazo que reintegra nues- tro devenir al celeste, haciéndoles participar a ambos de una esencia común

y única.

Como éste es el enfoque que, el que esto escribe, suscribe, luego me

extenderé con todo detalle. Ahora interesa retener lo esencial, pues respecto

a la evidencia de que existe una relación entre los astros y nosotros, sea

cual sea su naturaleza, ningún astrólogo puede dudarlo. Si damos por sentado este hecho, surgen preguntas inquietantes, complicadas e interesantes: ¿Dónde empieza y dónde acaba eso que normalmente llamamos "yo"? ¿Es mi piel su límite orgánico y existencial? ¿Por qué se refleja en mi Tema Natal lo que le ocurre a mi sobrino, a mi pareja o a mi jefe? ¿Qué tendrán que ver con mi destino? Si son ciertas las aseveraciones del astrólogo, algo muy fundamental en las concepciones básicas de la vida, del Universo y de ese "yo" que creo que soy y que nos han transmitido, está fallando.

Si un proceso que afecta e interesa a mi sobrino se refleja en mi Tema

Natal, o bien indica que su vida y la mía están de algún modo relacionadas,

o bien que la tradicional distinción entre mundo externo y mundo interno

no funciona. A sabiendas o inocentemente vivimos convencidos de que existe un yo independientemente de los demás. Más allá de la relación laboral que une a mi jefe conmigo puedo creer que mi vida no tiene nada que ver con la suya y no es cierto. Estoy totalmente convencido de que la enfermedad de mi hermana es "su" enfermedad y "su" problema y a mí no me afecta en nada y con este convencimiento me engaño.

Vivimos en un mundo convencidos de que hay un bien y un mal, héroes y villanos que, como en las películas, hemos de perseguir para adorar o matar. Sentimos que los héroes y los príncipes azules nos ayudan y complacen, en cambio, los adversarios nos persiguen y causan desgracias. La Astrología nos va a mostrar que uno es, a la vez, el protagonista, el

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héroe, el villano, el espectador, y quizás el guionista, aunque no lo sepa.

Estas aseveraciones ponen sobre el tapete profundas cuestiones acerca de la naturaleza de la realidad. Aunque por su esencia simbólica, la Astrología, no pueda ofrecer respuestas científicas, sí que puede y debe actuar como un instrumento crítico frente 'a cualquier concepción de la realidad que pierda de vista ese misterio, quizá para siempre inexplicable, de la magia que nos rodea. Este libro aborda estas cuestiones, no para resolverlas, sino para testimoniar una experiencia, la mía y la de otra gente, a los que nos mueve

una misma inquietud y una misma desconfianza. Inquietud de vivir la vida

en pos de unas incógnitas que no prometen revelar su faz, pero sí, quizá, dar mayor sabor y colorido a una existencia que, de otro modo, resultaría monótonamente aburrida. Desconfianza respecto a una cultura y una época que, como toda cultura y época, pretende convencernos de su eterna y universal validez, con tanto más énfasis cuanta mayor es la inseguridad y

la duda que internamente padece.

No busquemos en estas páginas demasiada coherencia, ni un método

riguroso, ni mucho menos la explicación de una técnica astrológica nueva. Lejos está de ser un manual de interpretación. Lo que escribo es simplemente el fruto de mi vivencia, tanto profesional como personal. Al

decir mi vivencia significa que reconozco la parcialidad y transitoriedad

que tiene como producto que se conecta con aquellos ámbitos que escapan

a las posibilidades humanas de control. Voy a mezclar

indiscriminadamente ideas propias y ajenas, material poético y onírico, intuiciones sin pretensión alguna de certeza empírica y visiones cuya lucidez o desatino cada uno habrá de juzgar. Hacerlo así resulta más arriesgado para el lector y para mí, pero no veo otro modo. En Astrología

nos sobran manuales con sus recetarios de cocina que desprenden siempre los mismos olores y que saben monótonamente a lo mismo.

La Astrología es un espejo simbólico de la vida. La vida es contradictoria, inconmensurable, demasiado grande para ser contenida en cualquier teoría,

por muy sofisticada que sea. El Tema Natal es un mapa del destino, ese

camino que, mal que nos pese, hemos de recorrer en solitario y que, o bien creemos manejable y explicable por una serie de causas (psicológicas, sociológicas, kármicas, etc.), o bien, lo sentimos como la explicitación paulatina de unas fuerzas que operan en nuestra vida. Fuerzas que no controlamos, y que nos comprometen, lo queramos o no, lo sepamos o no,

con eso que muchos han llamado el Misterio, otros lo Sagrado y otros lo Eterno.

La Astrología reúne en sí la asombrosa paradoja de constituir quizás el más

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antiguo de los saberes y a la vez ser como una recién nacida. Tanto lo muy antiguo como lo recién nacido están muy cerca de eso que muchos llaman el Caos Original, o la Nada que, sin embargo, contiene Todo. Por tanto, rindamos tributo a esta cercanía y no exijamos demasiadas certezas, leyes absolutas y técnicas estandarizadas, pues traicionaríamos en demasía el

espíritu que ha de animar no sólo la Astrología sino también al que empieza

a regir la época que vivimos. La Medicina occidental, gran parte de la

Psicología y de la Astrología aún se están apoyando en una visión, filosofía

o modelo epistemológico ya periclitados. Los que pretendemos no caer en dicho error no rehuyamos la angustia que puede crear el merodear o sumergirnos en el mencionado Caos, pues de él ha de surgir cualquier posibilidad de avance, cambio o redención posible.

En la antigüedad, el Universo tenía una forma y un centro; su movimiento estaba regido por el tiempo sagrado y cíclico, en su espacio cada cosa y persona tenía su lugar propio y en el mundo cada pregunta tenía su respuesta, aunque casi todas las proveyeran las Sagradas Escrituras. La Tierra parecía un hogar seguro, limitado, pero seguro, hasta que el mundo se ensanchó: el espacio se hizo infinito, el tiempo se convirtió en sucesión lineal, inacabable, los astros dejaron de ser la imagen de la armonía

cósmica. Pasamos a una época de soberano orgullo, donde la muerte de Dios fascinó de tal manera a Occidente que quisimos sustituirle colocando en su lugar a nosotros mismos y a nuestras creaciones: la Ciencia, la Técnica, la Política, etc. Hoy, exhaustos por tanto endiosamiento, dolidos y temerosos porque estamos a un paso del abismo, nos enfrentamos a una realidad más desconocida, inquietante y misteriosa que nunca. "Crisis sociales, políticas, artísticas –dice J.E. Cirlot (7) (*)– son la consecuencia de otras más profundas, que se fraguan en el centro del hombre mismo y se

traducen en cambios de su sensibilidad y de su sentimiento del mundo

o

, sea, de la relación viva del ser humano con el inmenso cuerpo que le

ya no se trata de teorías sino de transformaciones reales

circunda

, operadas en el cuerpo de lo real".

Einstein nos ha dejado huérfanos de la seguridad que una concepción simplista del espacio y del tiempo nos proporcionaba. Con alguna razón Kandinsky afirmó: "A mi parecer, la escisión del átomo fue la escisión del mundo entero: de repente se derrumbaron las paredes más fuertes. Todo se volvió inestable, inseguro. No me hubiera sorprendido si una piedra se hubiera disipado en el aire ante mis ojos. La ciencia parecía haber sido aniquilada". Tenía razón Borges: el desconocimiento y el tiempo son nuestro subsuelo. Nuestra época necesita aquel tipo de reflexión que, asumiendo la incertidumbre y la indeterminación que vivimos, dé un

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sentido a la existencia. No, desde luego, ese sentido último y total que en su día proporcionó la religión monoteísta, sino, más bien, aquel que nos permita presentir que el desatino y el absurdo de nuestra vida no quedan simplemente ahí. Un sentido que acoja el esfuerzo humano y le confiera una meta. Meta que, aunque no libere al hombre del misterio que constituye su realidad, le permita enfocar la vida con una actitud de desafío

y sumisión a la vez. Una actitud de la que brote un actuar dirigido a la

realización de una tarea, al cumplimiento de una misión que dé fuerza y propósito a la existencia.

La Astrología puede ser un instrumento inapreciable en tal cometido, no porque actúe como guía infalible, sino porque puede erigirse en mediadora del necesario diálogo con las fuerzas que conforman el propio camino. Diálogo necesario pero ambiguo, a medio camino entre la revelación prístina y el desamparo por tener que dar respuesta a unas voces débiles que apenas se dejan oír. Para utilizar la Astrología en tal sentido es necesario un cambio fundamental en el planteo que hoy siguen la mayoría de sus practicantes. Un planteo demasiado contaminado de los males de la época. Un uso que, si no es sometido a una crítica profunda, acabará con la esperanza de un nuevo florecimiento de nuestra disciplina. Es posible y necesaria una Astrología que rompa la tiranía moderna de la univocidad y del literalismo. Tiranía en la que lo esencial es la interpretación mecánica y reductiva de un símbolo. Así, Marte siempre es iniciativa y un objeto

alargado, en un sueño, siempre alude al falo. En la compulsiva necesidad de reducir, Nietzsche se "explica" por su sífilis, Dostoievski por la epilepsia

y el Espíritu por una sexualidad frustrada. Al decir de Denis de Rougemond

(26): "Lo más bajo nos parece lo más verdadero. Es la superstición de la época, la manía de «remitir» lo sublime a lo ínfimo." Por eso, nos recuerda Bown (3): "el esquema medieval de un significado cuádruple en todas las cosas –la cuadriga, el carro tirado por cuatro caballos– por mecánico que sea en la práctica, es al menos un precepto para no detenerse en un solo significado sólido y constante".

La univocidad elabora un tiempo lineal. El tiempo lineal condena a una

vida fragmentada entre un presente siempre efímero, un pasado inapelable

un futuro siempre incierto. El tiempo así concebido impide toda idea de ciclo. La Astrología no se puede pensar sin ella. Añade Brown (3): "La gran era del mundo comienza nuevamente, los años dorados retornan. Las cosas dan una vuelta completa; un giro es un retorno y un nuevo "

En el tiempo cíclico es posible concebir un pasado

comienzo

y

recuperable, un futuro que nos alimenta y una eternidad alcanzable. Permite ver la vida como un proceso y no como algo fijo. Eso da paciencia

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y ecuanimidad cara a asumir lo imprevisible de la vida y de nuestra naturaleza, pues lo imprevisible deja de ser lo amenazador para devenir lo que hemos de reconocer.

A los símbolos astrológicos se les ha de infundir vida mediante in-

terpretaciones personales. Su significado no es fijo sino que es siempre nuevo y cambia permanentemente en una revelación continua, cuya

reformulación moderna halla su mejor eco en el principio de sincronicidad

de Jung. Esta teoría, en esencia, nos dice que Dios no creó el mundo en seis

días literales, sino que la creación es un proceso continuo que implica la constante irrupción de lo atemporal en el tiempo, en un devenir que los astros atestiguan, nos recuerdan y del que todos participamos. Un devenir imprevisible por lo creativo, enigmático por lo inconmensurable, fruto de la existencia de una realidad que se sitúa más allá de este mundo tan

ingenuamente a mano, que nuestra época, hasta ahora, ha habitado. Realidad re-bautizada por Freud como lo inconsciente. Un inconsciente cuya descripción, tras la labor amplificadora de Jung, se asemeja tanto al Pleroma de los gnósticos y al mundo de las Ideas de Platón, que se ha de vincular a la raíz misma del ser humano, su punto de inserción al vasto proceso del Universo. Sólo por medio de él nos mantenemos conectados a los ritmos cósmicos, y fieles a nuestro origen divino. "Lo inconsciente – dice Jung (17,a)– no sólo es meramente natural y maligno, sino también la fuente de los bienes más excelsos; no sólo es oscuro, sino también luminoso; no sólo bestial, semihumano y demoníaco, sino también sobrehumano, espiritual y «divino»."

Es nuestra responsabilidad buscar o desarrollar la función y el papel que la

Astrología puede y debe cumplir en este momento. Una Astrología que nutriéndose de lo eterno sepa insertarse y hablar con un lenguaje válido para la época presente. No podemos seguir practicando una Astrología que ignore todo el acervo críctico que la consecuencia contemporánea ha desarrollado. Crítica social, ética, política. Crítica de los supuestos y valores que subyacen en nuestras prácticas culturales, sociales e individuales. La Astrología hoy ha de ser crítica. Si descuidamos este aspecto fundamental, ¿qué ofrecemos junto a ella, o a través de ella? ¿La reedición de una moral caduca: aspectos buenos y malos, planetas benéficos y maléficos? ¿Una sarta de consejos respecto a cómo actuar bien? ¿Un consuelo para llenar un vacío o hacer olvidar una angustia existencial, hablando de reencarnaciones, recompensas futuras, o promesas de poderes sobrenaturales? ¿Un saber dogmático acerca de verdades absolutas como si de una religión se tratara? ¿Una nueva ciencia que herede la tradición racionalista que ya conocemos y cuyo legado no es, en

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absoluto, apetecible?

Creo que hemos de buscar en la Astrología no una moral, una religión o una ciencia, sino recuperar una sensibilidad que ponga en tela de juicio la moderna arrogancia con que nuestra cultura ha construido un Universo mecánico y brutal, se ha separado y ha destruido la Naturaleza en nombre del progreso, la moral y la religión. Una sensibilidad que recupere el inmenso mundo de imágenes, sueños, mitos y fantasías que nos habitan. Una sensibilidad que reintegre en nuestra conciencia aquellos ritmos que expresan el despertar de procesos subterráneos, voces que desde las órbitas inmutables de los astros provocan el estremecimiento de inexplicables ecos interiores.

La Astrología es un sistema simbólico. Los símbolos son la expresión en imágenes de seres, fuerzas, o poderes, cuyo denominador común es que escapan al ámbito de lo humano. Los símbolos actúan como una especie de puente que posibilita la comunicación. A través de ellos podemos acceder a un diálogo con la divinidad. Por ellos, los dioses revelan sus intenciones. Intenciones que la mayoría de las veces chocan con las nuestras o con nuestros esquemas racionales, morales y culturales.

Toda cultura es siempre un experimento en el que se ponen a prueba una serie de supuestos filosóficos, éticos y estéticos. Por tanto, siempre implica la aceptación de ciertas actitudes y prácticas y el repudio de otras. El resultado siempre es la parcialidad. Ésta lleva al dogmatismo y a la degeneración en muchas culturas, como la Historia bien ha probado, y/o a la crisis transformativa cuando el propio dinamismo cultural puede autocuestionarse y criticarse, esto es, reconocer y trascender sus propias limitaciones.

La Astrología hunde sus raíces en un sustrato universal. Cualquier forma cultural que maneje sus símbolos le da su propia sustancia, con lo que los vivifica, pero a la vez también les reviste de todos sus errores, prejuicios, unilateralidades, etc. Por ello, una de las funciones básicas de la Astrología es la crítica. Una crítica que genere no sólo transformaciones en el individuo, sino que abarque las formas y prácticas culturales y sociales de su entorno. Toda forma de liberación comparte dos aspiraciones básicas:

La transformación de la consciencia y del sentido de la propia existencia. La liberación del individuo de las formas de condicionamiento que le imponen una cultura y una sociedad determinadas.

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El malestar de la gente emana de lo que podríamos denominar con la palabra hindú-búdica "Maya", cuyo significado no es la mera ilusión, sino la totalidad de la concepción del mundo sustentada por una cultura. Lo que persigue la liberación no es destruir a maya, sino verla tal cual es y descubrir lo que vela u oculta: lo Universal. El juego social no debe tomarse arse en serio, es decir, las ideas sobre el mundo y sobre uno mismo que siempre son convencionalismos sociales, no deben confundirse con la auténtica realidad. Apenas el hombre deje de identificarse con la definición de sí mismo que le han otorgado los otros, o que se autootorga a través de los otros internalizados, deviene, a la vez, Universal y Único. Universal en virtud de que su organismo y su destino son inseparables del cosmos. Único en tanto que está solo ante la tarea de establecer una relación individualizada, crítica y consciente con el mundo que le rodea. Esta soledad es paradójica, puesto que le aparta de los convencionalismos sociales, pero le permite superar los sentimientos de aislamiento y alienación vinculados a la pobre y limitada imagen del propio ser e identidad que la sociedad le ha conferido.

Es necesario un desplazamiento de perspectivas en la Astrología. No hemos de acercarnos a ella desde las ideas y actitudes, juicios y prejuicios que constituyen los supuestos de una cultura. Es necesario un gran esfuerzo crítico, pues pasando por todas estas realidades culturales ha de llegarse a trascenderlas, para así conectar con la dimensión universal del símbolo. Hemos de ser capaces de enfrentarnos a cualquier cultura con la suficiente capacidad discriminativa como para poder diferenciar lo humano de lo divino, lo temporal de lo eterno, lo efímero de lo permanente, las normas y costumbres de los principios morales pretendidamente superiores. Para ello es necesario, tanto una sólida formación cultural, como, y ello nos lo re- cuerda incesantemente Enrique Eskenazi, un cuestionamiento de los valores que rigen la propia vida. Resultaría útil que nos aplicáramos el consejo de Nietzsche a la Filosofía: convertir la Astrología en un arma de "transmutación" de los valores, el No al servicio de una afirmación superior.

En caso contrario, el astrólogo se convierte, lo sepa o no, la mayoría de las veces en un transmisor inconsciente de ideologías, valores y presupuestos de la sociedad. Comunica, tras un lenguaje pseudo-esotérico, pseudo- místico, o pseudo-científico un discurso moralizante, estupidizante, que reproduce en el cliente el mismo sometimiento e inconsciencia que él vive. Buen ejemplo de ello es cierta Astrología que imbuida de teosofismo, y de diferentes tradiciones espirituales mezcladas, mal comprendidas y extraídas

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de sus contextos culturales, adquirió toda una dimensión moral y dogmática como en los mejores tiempos de la Inquisición, aunque por suerte con menos poder.

Como ya ha demostrado el psicoanálisis, la antropología, la historia de las religiones, etc., es la vigencia de los símbolos de una cultura que condiciona su destino y la capacidad vital de sus integrantes. Hoy, con la pérdida de los símbolos que nutrían nuestra civilización se impone la tarea de hallar los que han de sustituirles. La Astrología puede cumplir un papel esencial en esta búsqueda, por algunas razones que este libro intentará esclarecer, pero, ante todo, porque además de ser capaz de cumplir el papel de toda mitología, salvaguarda unos valores difícilmente renunciables para nuestra mentalidad moderna: los valores individuales. El Tema Natal, expresión par excellence del individuo, permite un religamiento con lo sagrado pero desde una perspectiva estrictamente personal. Como dictamina el Oráculo de Gracián: "Todo está ya en su punto, y el ser persona, en el mayor".

Capítulo 2

La Astrología: ¿Ciencia o Arte?

"De la pura inteligencia no brotó nunca nada inteligible, ni nada razonable de la razón pura." Hóderlin, Hiperion

"La Ciencia es el arte de crear ilusiones que el loco cree o discute, pero que el sabio disfruta por su be- lleza o su ingenuidad, sin ser ciego al hecho de que es un velo o cortina humana que encubre la oscuridad abismal de lo incognoscible." C.G. Jung

Cada civilización se caracteriza no solamente por unos usos, costumbres y

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prácticas sociales, sino que edifica, a su alrededor, un mundo propio, utilizando para ello, modos de conocimiento o tipos de consciencia que permiten vislumbrar universos en nada parecidos al nuestro. Jung (17,d) relata la interesante conversación que tuvo, en uno de sus viajes, con el jefe de un pueblo indio:

"Era un cacique del pueblo Tao, un hombre inteligente de entre cuarenta y cincuenta años. Se llamaba Ochawia Biano (Lago de Montaña). Pude hablar con él de un modo como raramente he hablado con un europeo. Evidentemente estaba preso en su mundo, como un europeo lo está en el suyo, pero ¡en qué mundo!

"–Mira, –decía Ochawia Biano–, lo crueles que parecen los blancos. Sus labios son finos, su nariz puntiaguda, a sus rostros les desfiguran y surcan las arrugas, sus ojos tienen duro mirar, siempre buscan algo. ¿Qué buscan? Los blancos quieren siempre algo, están inquietos y desasosegados. No sabemos lo que quieren. No los comprendemos. Creemos que están locos.

"Le pregunté por qué creía que todos los blancos están locos. Me respondió:

"–Dicen que piensan con la cabeza. "–¡Pues claro! ¿Con qué piensas tú? –le pregunté. "–Nosotros pensamos aquí, dijo señalando su corazón.

"Quedé sumido en largas reflexiones. Por vez primera en mi vida, me pareció que alguien me había trazado un retrato auténtico del hombre

Este indio había acertado nuestro punto vulnerable y señalado

algo para lo que somos ciegos."

blanco

Una ceguera que se llama provincialismo, una ceguera producto de la prepotencia de nuestra civilización, que se ha especializado en la intolerancia y el desprecio de todo lo que es foráneo a su espíritu y entendimiento. Hemos de zambullirnos en mares de humildad para poder calibrar los tesoros que otras culturas contienen y que pueden ser parte constituyente del bálsamo que tanto necesitamos. Ahora es el momento de que también busquemos en la propia casa, pues en ella nos esperan, quizá desde siempre, en los márgenes que dejan las ortodoxias, dogmatismos y modas culturales, sorpresas no solamente agradables, sino también muy necesarias en relación a los problemas que hoy nos agobian.

Este libro trata de una de ellas, la Astrología, quizá la más antigua, y quizá la menos comprendida, sobre todo en la actualidad; en que una tradición fuertemente cientificista pretende convertirla en una nueva ciencia, o en

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una técnica racional y objetiva. Se intenta legitimar la Astrología haciéndola aparecer como una ciencia.

Existe una Astrología, así como existe una imagen del Universo no científica, que se inscribe en una tradición esotérica o simbólica. No tiene nada que ver con la ciencia, en el sentido moderno del término, pues no pretende explicar ni describir cómo es el mundo, cómo es la naturaleza humana, o como es una persona concreta. Una Astrología en que los planetas son comprendidos y vividos como dioses y no como factores de personalidad, o rasgos de carácter, etc. Pienso ahora en la afirmación de Fernando Pessoa (23): "Los dioses no han muerto: lo que ha muerto ha sido nuestra visión de ellos. No se han ido: hemos dejado de verlos; o hemos cerrado los ojos; o una niebla cualquiera se ha interpuesto entre ellos y nosotros. Continúan existiendo, viven como han vivido, con la misma di- vinidad y la misma 'calma."

Una Astrología que hablando el antiquísimo lenguaje del mito, no pretende decirnos cómo somos, sino mostrar un camino, un modo de vivir, en el que cada individuo ha de dar su propia, original y única respuesta a los interrogantes más esenciales de la existencia: ¿qué sentido tiene mi vida?, ¿qué sentido tiene lo que me ocurre?, ¿qué respuesta dar a los problemas fundamentales y eternos que se presentan en toda vida humana? Jung afirma que el futuro de la psicología como arte curativo depende de su capacidad de reconstruir la conexión ón perdida entre el hombre y el cosmos. La Astrología es una de las herramientas más apropiadas para ello aunque no la única. Por tanto, gran parte del futuro astrológico está, en mi opinión, más comprometido en desarrollar esta capacidad que en hallar y probar científica o estadísticamente las influencias, rayos, o vibraciones que proceden de los planetas. Tampoco lo está en intentar seguir los pasos de una psicología académica que aún sigue contemplando al hombre como un conjunto de variables independientes, es decir, un objeto más, dentro de un mundo donde desapareció la presencia, el espíritu, y con él, la vida entera.

Las estadísticas pueden resultar útiles siempre que, realizadas con el suficiente rigor, sirvan para comprobar o refutar aspectos de nuestra disciplina que se prestan a la confusión y al oscurantismo, que dividen a los astrólogos y que desprestigian a la profesión. Pero existe una dimensión de la Astrología y de la vida, refractaria a cualquier estadística: el individuo. Los métodos científicos aplicados a la Astrología, con la voluntad de alcanzar la certeza que les carácteriza, pueden acrecentar la exactitud del pensamiento astrológico, por tanto, tienen un papel importante en el

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desarrollo e investigación de diversos aspectos de nuestra disciplina. Pero ocurre que esta exactitud no puede suplantar la incertidumbre que todo fenómeno cualitativo encierra, sobre todo cuando dicha exactitud pretende arrojar fuera de sí todo aquello que no abarca. "Hay algo –afirma Kierke- gaard– que no puede convertirse en sistema: la existencia."

"El método estadístico –nos dice Jung (17,e)– muestra los hechos a la luz

si bien

refleja un aspecto indiscutible de la realidad, puede falsificar la verdad de

un modo muy engañoso

individualidad

(pues) lo distintivo de los hechos es su

Podría decirse que la realidad consiste en nada, salvo

del promedio ideal, pero no nos da un cuadro de su realidad

,

excepciones a la regla, y que, en consecuencia, la realidad absoluta tiene

predominantemente el carácter de lo irregular.

"La educación científica se basa principalmente en verdades estadísticas y conocimiento abstrato y, por tanto, imparte un cuadró racional, pero irreal, del mundo, en el que el individuo, como un fenómeno meramente marginal, no representa papel alguno. Sin embargo, el individuo, como dato irracional, es el vehículo verdadero y auténtico de la realidad, el hombre concreto, en contraposición al hombre ideal o normal irreal, al que se refieren las declaraciones científicas.

"No debemos subestimar el -efecto psicológico del cuadro estadístico del mundo: desplazar al individuo en favor de unidades anónimas que se amontonan en formaciones masivas "

Estamos demasiado acostumbrados a considerar la ciencia y la técnica como un prodigio y un milagro y no como una operación en la que interviene, como elemento central, la visión cuantitativa del mundo. Con el dogmatismo de algunos de sus defensores y con la actitud acrítica de los que les escuchamos, se cierran, cada día más, los contactos con esos vastos territorios de la realidad que se rehúsan a la medida y a la cantidad, con todo aquello que es cualidad pura, irreductible a género y especie: la sustancia misma de la vida.

El predominio casi absoluto de la tradición científica en nuestra sociedad no sólo tiene repercusiones epistemológicas sino también sociales e individuales. Socialmente nos movemos con tres supuestos que Feyebarend resume así:

1. El racionalismo científico es preferible a las tradiciones alternativas.

2. No puede ser mejorado por medio de una comparación y/o

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combinación con las tradiciones alternativas.

3. Se debe aceptar y hacer de él la base de la sociedad y la educación en

razón de sus ventajas.

Supuestos que evidentemente no han sido sometidos a una discusión crítica ni han sido contrastados en la práctica social e individual."Las teorías, prácticas y tradiciones no científicas pueden convertirse en poderosos

rivales de la ciencia y revelar las principales deficiencias de ésta si se les da la posibilidad de entablar una competencia leal. Darles esta

(aquélla)

en la que todas las tradiciones tienen iguales derechos e igual acceso a los centros de poder. Una tradición recibe tales derechos no por la importancia

que tiene para los foráneos, sino porque da sentido a las vidas de quienes participan en ella."

oportunidad es tarea de las instituciones en una sociedad libre

Hay quien dice que la ciencia, en última instancia, no es más que un mito (*), el de nuestra cultura, tan real para nosotros como lo fueron los espíritus en otros lugares y, épocas. Hay quienes afirman, y entre ellos científicos destacados, que el conocimiento científico resulta ser tan subjetivo como el del brujo. Cada uno expresa sus imágenes acerca de procesos que no se pueden ver para explicar los eventos que sí se pueden ver, como la bomba atómica o un enfermo. No se trata de desdeñar a la ciencia, sino el afán de algunos de convertirla en la única vía de conocimiento lo que puede acabar paralizando o anquilosando otras posibilidades y modos que tal vez am- pliaran nuestros, hoy en día, demasiado estrechos horizontes vitales. La Astrología presenta un aspecto simbólico que no podrá agotarse en ninguna regla estandarizada y tiene un cariz matemático, y por tanto absolutamente "objetivo", que permite al incrédulo una demostración totalmente empírica de su validez, es decir, de la verdad de su afirmación básica: la existencia de una vinculación entre el Cielo y la Tierra, entre la vida de una persona y la infinidad de estrellas que la contemplan.

"Una cultura –afirma María Zambrano (37,b)–, depende de la calidad de sus dioses, de la configuración que lo divino haya tomado frente al "

Creímos que Dios, con la irrupción de la Ciencia, murió. Mas

no fue así, simplemente mudó sus vestiduras. Hoy adoramos en su lugar, y divinizamos, a una falsa divinidad: la Razón. No podemos liberarnos de una vinculación con lo Absoluto. Sea que absoluticemos una facultad humana, un dios trivial o un ente universal. Es necesario, entonces, que cada uno se pregunte por la propia vinculación que tiene, lo sepa o no, con

hombre

la Eternidad. De la calidad del vínculo depende en mucho su destino, y es ahí donde la Astrología puede tener un papel muy especial. Un papel que le

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vendrá más por su dimensión simbólica que por sus logros científicos, pues como símbolo tiene una "efectividad –dice Enrique Eskenazi (12,a)–

, inagotabilidad perdura como potencial significativo, que irrumpe en diversas culturas y en distintos momentos. Y esta permanencia no consiste en la mera supervivencia histórica, sino en su historicidad: sin una fecha de origen, sin una circunstancia particular que explique su producción, parece

independiente del grado de comprensión de las personas

por su

pertenecer a la categoría de la eternidad".

Capítulo 3

El símbolo astrológico

"El mundo es un objeto simbólico." Zalustio

3.1 La caída, la rotura

Los primeros hombres, según cuentan tradiciones seculares, vivían en perfecta armonía con la naturaleza y los dioses. No eran regidos por otros hombres, sino directa y exclusivamente por el Espíritu. Así todo lo que les rodeaba poseía un carácter sagrado. Cada lugar una significación mítica que se reflejaba en todas sus actividades y se asociaba con un día del año y un plan de los cuerpos celestes. En tal día, marcado por la ascensión de una estrella familiar, las deidades locales se volvían activas y hablaban a la gente en sus sueños y visiones.

Hoy, el Espíritu se ha ausentado de la Tierra. Ya no nos habla, o si lo hace, apenas le escuchamos. No recordamos nuestros sueños, no les prestamos atención ni cultivamos su lenguaje, el de la imaginación. Una cultura obsesionada, desde Parménides, en la distinción neta entre lo que es y lo que no es, vive en constante desarraigo de la dimensión más rica de la existencia. Antes la vida estaba llena de espíritus, hechizos y posesiones. Hoy lo está de neurosis, enfermedades psicosomáticas y adicciones de todo tipo. Antes uno se sentía poseído por un dios o por un demonio. Hoy lo está por un síntoma de cualquier tipo, o por el vacío y la angustia existencial. Hemos creado un mundo obsesivamente material, científico y técnico. Su pobreza espiritual es tal, que no podemos sino recordar con nostalgia y admiración la digna protesta de Smohalla, uno de los últimos profetas indios americanos, en contra de la intención de que su pueblo se volviera cultivador:

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"Mis jóvenes hombres nunca trabajarán. Los hombres que trabajan no pueden soñar y la sabiduría viene a nosotros en los sueños. Me piden que haré la tierra. ¿Tendré que coger un cuchillo y rasgar los pechos de mi madre? Así, cuando muera, no podré entrar en su cuerpo para descansar. Me piden que cave para coger piedras. ¿Deberé cavar bajo su piel para coger sus huesos? Así, cuando muera, no podré entrar en su cuerpo para renacer. Me piden que corte hierbas y haga forraje y lo venda y sea rico como los hombres blancos. Pero, ¿cómo me atreveré a cortar el cabello de

mi

madre?" (The Earth Sprit and its mysteries)

La

sabiduría nos viene en sueños, afirma el profeta. Quizás en el mundo de

sueños e imágenes se halle la única puerta abierta que nos queda hacia la sacralidad cósmica. Muchas culturas se han dado cuenta del valor de esa

otra realidad que se expresa de tal modo. Por ejemplo, el pensamiento chino, situado en las antípodas del nuestro, ha desarrollado, a lo largo de milenios, una percepción muy aguda de ella. Todos sus esfuerzos se centran en captar, comprender y utilizarla sabiamente, tanto en la vida comunal como en la personal. El I CHING es quizá la mejor expresión de

tal cometido. Occidente también ha dispuesto de tradiciones equivalentes:

la Gnosis, la Kábala, el Tarot, el Hermetismo, la Astrología. Constituyen

un conjunto de doctrinas esotéricas, cuya existencia subterránea no ha im-

pedido su supervivencia como un saber oculto y como una potencial fuente

de cuestionamiento y transformación de las estructuras culturales, sociales

e individuales vinculadas con el estado de alienación en el que vivimos.

3.2 La visión esotérica

La filosofía oriental y la tradición hermética nos dicen que la realidad está

constituida por dos niveles. El primero es el mundo de las cosas sensibles, tangibles, regido por las leyes espacio-temporales. Es el nivel superficial,

de las apariencias, en el que todos vivimos, es el Maya hindú, la cueva de

Platón. Dicho nivel actúa-como un velo de otra realidad que se oculta, que trasciende los límites del espacio y del tiempo. Es el ámbito de la Eternidad o la Divinidad. Conectar ambas realidades es la más íntima y suprema aspiración humana. Olvidar una de ellas, el mayor desvarío. Es la condición de los que viven presos en las redes de Maya, la de estar dormidos (o inconscientes como diría un psicoanalista). Su comprensión es sólo la literal, por lo que no pueden percibir la otra realidad. Realidad sólo accesible a través de la imaginación y del símbolo (*).

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La intuición primordial de que el mundo visible, en el que habitualmente nos movemos, es sólo un aspecto de la totalidad, se extiende por todas las épocas como una sabiduría subyacente. El gran secreto, es decir, la causa de nuestra limitación, reside en nuestra propia percepción. El gran error consiste en buscar esta realidad más allá de nosotros mismos. Rimbaud afirma "nuestra pálida razón nos oculta el infinito" y Blake escribe:

Si las puertas de la percepción quedaran depuradas,todo se habría de mostrar al hombre tal cual es: infinito.

"El hombre natural es, hablando en términos de visión consciente, una semilla imaginativa, del mismo modo que la semilla es un paquete de materia sólida, también la mente natural es una concha herméticamente cerrada por un cráneo lleno de ideas abstractas. Y así como la semilla está circundada por un mundo oscuro que nosotros percibimos como un mundo subterráneo, así como el Universo físico que rodea al hombre natural por todos los lados y que es oscuro, en el sentido de que él no puede ver su extensión, así es el mundo subterráneo de la mente, la guarida de Urthoma,

la caverna de la República de Platón. En la naturaleza la mayor parte de las

semillas mueren siendo semillas, y en la vida humana todos los hombres naturales, todos los tímidos, todos los estúpidos y todos los malignos permanecen en la caverna, que alumbra las estrellas del espíritu caído, hibernando en la noche invernal del tiempo. Ellos sólo son embriones de vida, semillas estériles, y mueren en el seno del mundo seminal. La posibilidad de vida existente en ellos permanece en su forma embrionaria de ideas abstractas, sombras y sueños. Algunos de esos sueños son visiones confusas del mundo real de la consciencia despierta; otros son pesadillas

del espanto paralizador de que son presa todas las mentes con un estupor de inercia. Aquí y allá una semilla deja salir un brote tímido hacia el mundo real, y cuando procede así escapa de la oscuridad del entierro e ingresa en

la luz de la inmortalidad." Frye: Fearful Symmetry. Cit. en Brown (3).

La Astrología implica una visión esotérica de la realidad mucho más propia

a su naturaleza que la racional. Mucho más cercana a la poesía que a la ciencia (**). Sus postulados son:

a) Todo está en todo:

Todo es un espejo de múltiples espejos. Cada cosa encierra el Todo y el Todo hace referencia a cada cosa (***), o bien: "Todo vive, todo se agita, todo se corresponde, todo se comunica, y relacionándose atraviesa sin obstáculos la cadena infinita de las cosas creadas: es una red que cubre el mundo y cuyos hilos se comunican con los planetas v las estrellas."

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(Nerval, Aurelia)

El hombre se halla dentro de un océano de vida y consciencia. Una esencia común se revela tras la aparente multiplicidad. El Universo es un ser viviente dotado de alma. Una identidad esencial reúne a todos los seres particulares, que no son más que emanaciones del Todo. La analogía esencial que existe entre la naturaleza y el hombre permite admitir, sin

asombro, que cada destino está, como afirma la Astrología, ligado al curso -de los astros. El hombre se encuentra en el centro de la Creación, y a la inversa, el hombre encuentra la Creación en el centro de sí mismo. Conocer es descender en sí mismo. El Arte poético de Claudel nos recuerda bellamente que "en el fondo de nosotros hay una verdad oscuramente

; es que el hombre lleva en sí mismo las raíces de todas las fuer-

zas que ponen en obra al mundo, y que él constituye su ejemplar

abreviado"

adherida

Una fantasía alocada pero sumamente valiosa de Alan Watts (33) reza así:

"Todo ser vivo cree que es humano, tanto si se trata de una planta, como de un gusano, un virus, una bacteria, etc. Todos los seres, sea cual fuere su sistema sensorial, creen que están en el centro. Es decir, miren donde miren, tienen la sensación de que son el centro del mundo, del Universo Por eso, todos estamos en el mismo lugar, todos tenemos por encima cosas mucho más altas que nosotros mismos, y por debajo cosas que son mucho más bajas que nosotros. Hay cosas a la izquierda y a la derecha, delante y detrás. Tú eres el centro, en todas partes, siempre." Queda lejos la visión científica en la que el mundo paulatinamente se transforma en un ámbito opaco, disecado por la razón. Todo pierde vida, y con ella, sentido. Por ello, no es de extrañar que Yourcenar (36) escriba: "Cuando todos los cálculos complicados resultan falsos, cuando los mismos filósofos ya no tienen nada que decirnos, es natural volverse hacia el parloteo de los pájaros, o hacia el lejano contrapeso de los astros." Damos de tal manera por sentado la validez indiscutible de las creaciones de la razón moderna, que nos resulta casi imposible imaginar una perspectiva en la que la Tierra sigue siendo el centro de mi Universo y el Cielo un ente vivo cuyo orden inmutable y pleno de sentido es solidario de mi pequeñez aquí.

b) Como es arriba es abajo:

Hay un Cielo arriba y una Tierra abajo. El Cielo es expresión de un Cosmos, de un orden eterno. En la Tierra rige el Caos, estamos todos inmersos en el ámbito de la Vida cuya característica principal es la imprevisibilidad. No sabemos que va a ocurrir mañana. Ayer no sospechábamos ni remotamente lo que ha ocurrido hoy. Es la vivencia

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espantosa de estar atados a una fuerza sobrehumana, que parece no reparar demasiado en nosotros. Son las fuerzas de la naturaleza, su fecundidad terrible y su aparente ceguera, las que imponen al hombre la vivencia de su pequeñez y un perpetuo anhelo de orden (****).

E. Eskenazi (12,b) sostiene que la tarea de la Astrología es revelar cómo este aparente caos de nuestra existencia terrestre no es más que producto de nuestra incapacidad de captar la trama de orden que le subyace. El astrólogo, al levantar la mirada, busca en el espejo del Cielo una respuesta

a lo que aquí nos ocurre. Con ello, muestra la unidad que subyace detrás

del Cielo y de la Tierra. La Astrología es un vehículo que permite alcanzar un tipo de conocimiento que se alimenta y busca tal unidad. Conocimiento de la unidad que compromete no sólo a la razón discursiva sino a todas las regiones del ser. Un saber que abre una ventana hacia lo desconocido. Apertura por la cual se puede percibir el infinito y llegar a un nivel de com- prensión cuyo vehículo es el amor y no la mente. Este amor no es amistad, simpatía o deseo. Es más primitivo y más espiritual. Ya no es tú o yo, sino muchos, incluyendo todo aquél cuyo corazón pueda tocar. No hay distancia, sino presencia inmediata. Es un secreto eterno. No se puede explicar.

Siempre ha habido gente que ha presentido y vivido esta unidad entre conocimiento y vida, entre saber, ser y amar. La palabra filosofía, amor a la sabiduría, lo constata. El sentido sólo se revela a quien lo ama, como nos recuerda una bella historia kabalista contada por G. Scholem (30): "La Torá deja salir una palabra de su cofre y ésta aparece por un momento y se oculta enseguida. Y, en cualquier momento y lugar en que salga de su cofre

y se vuelva a esconder con toda rapidez, lo hace tan sólo para aquellos que

la conocen y están habituados a ella. La Torá, como una amada hermosa, se oculta en un recóndito aposento de su palacio. Tiene un único amante, cuya existencia todo el mundo ignora porque permanece escondido. Por amor a ella merodea el amante continuamente ante la puerta de su morada y deja vagar sus ojos buscándola en todas direcciones. Ella sabe que el amado está

constantemente alrededor de la puerta de su morada. ¿Qué hacer? Entreabre ligeramente la puerta del escondido aposento donde se encuentra, desvela por un instante su rostro al amado e inmediatamente se oculta otra vez. Todos los que quizá pudieran estar junto al amado nada verían ni

percibirían. Unicamente él la ve, y su corazón y su alma van en pos de ella,

y sabe que por su amor, la amada se ha manifestado un instante, y ha ardido en su amor."

Para conocer es necesario amar, para amar es necesario conocer. Pascal

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afirmaba que para poder amar las cosas terrenales era preciso conocerlas previamente, y para poder conocer las cosas divinas se debía ante todo amarlas. Dejar penetrar el mundo dentro de sí, abrirse a la vida. De ahí surge el axioma esotérico: conócete a ti mismo. La verdad no es un conjunto de leyes y datos objetivos, ni se halla en los libros. Constituye, más bien, una experiencia personal, por tanto incomunicable. Al decir de María Zambrano (37,a): "La verdad llega, viene a nuestro encuentro como el amor, como la muerte, y no nos damos cuenta de que estaba asistiéndonos antes de ser percibida, de que fue ante todo sentida y aun presentida."

Las palabras y los libros, tiene un valor: reside en el sentido que esconden. Ahora bien, este sentido siempre implica un esfuerzo que no puede ser alcanzado por las palabras. Por ello, siguiendo a Octavio Paz, vemos dos silencios: uno antes la palabra, es un querer decir; otro después de la palabra, es un saber que no se puede decir. Como los místicos, que tanto han dicho para decirnos que las palabras no sirven para dar cuenta de una experiencia que es inefable. Mistos significa silencio. Silencio que es la desnudez de uno frente a su propia verdad, la única válida. "Religar la conciencia con el inconsciente, hacer simbólica la conciencia, es religar las palabras con el silencio; dejar entrar el silencio. Si la conciencia sólo son palabras sin ningún silencio, el inconsciente permanece inconsciente" (3) (N. Brown). Existen las palabras cargadas de intención que son el ruido de la existencia y existe la palabra que necesita del silencio para germinar, de la oscuridad en la que se engendra en lo escondido del ser, y de la soledad para revelarse. Una Palabra que nos preexiste y nos constituye y que fácilmente el ruido hace desaparecer. Mas no por ello se pierde. La Verdad, invulnerable como es, se retira pero deja un germen intacto: la necesidad de sentido. Un germen que al despuntar aparece como supremo mandato al que toda la vida puede llegar a obedecer. Un germen que al crecer deviene en auténtica pasión. Pasión por la Verdad, búsqueda de su paradero, del recinto interior donde el ser se dispone a la comprensión.

3.3 Lo simbólico

El conocimiento simbólico permite acceder a un tipo de comprensión muy distinta a la intelectual. No ofrece datos, ni información, ni nuevas teorías. Esta comprensión, enseña Eskenazi, tiene que ver con la captación del sentido de nuestra experiencia. Dicho sentido ayuda a comprender vivencialmente nuestra participación y peculiar relación con un ámbito de la existencia al que antes llamábamos lo divino, lo eterno, lo absoluto y, en la actualidad, recibe el nombre de lo inconsciente (*****), ese santuario

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moderno de nuestro diálogo sagrado con la realidad suprema. No es un conocimiento

(*****) Utilizo el término inconsciente en un sentido amplio. Para Freud al principio, lo inconsciente era un fenómeno secundario, formado por deseos libidinales incestuosos reprimidos, que también podían ser conscientes. En cambio para Jung, el inconsciente posee realidad inmanente, cuya esencia creadora e impersonal se acerca mucho a las definiciones metafísicas de Cielo e Infierno, es decir, el lugar de lo sobrehumano. Veamos como lo define Brown (3): "El inconsciente no es un armario lleno de secretos en la casita propia de la mente individual; no es ni siquiera, en última instancia, una caverna llena de sueños y espectros en que, como los prisioneros de Platón, la mayoría de nosotros pasa la mayor parte de sus vidas. El inconsciente es más bien ese mar inmortal que nos trajo aquí; del cual tenemos atisbos en momentos de «sentimiento oceánico»; un mar de energía o instinto; que abarca toda la Humani- dad, sin distinción de raza, lengua o cultura; y que abarca todas las generaciones de Adán, pasadas, presentes y futuras en una herencia filogenética; en un solo cuerpo místico o simbólico." (S. Freud) (16,a)

objetivo, nunca podrá serió, nunca ha de serlo, por lo menos en el sentido usual del término. Es un conocimiento que no nace de la experiencia de un mundo exterior a mí, sino de un diálogo con el mundo a través de mí. Por tanto la Astrología, por su carácter simbólico, es radicalmente subjetiva. El conocimiento simbólico no se aprende, se descubre en uno mismo y en la propia vida. Pues es allí donde se revela lo divino, es a través de uno que se hace manifiesto un sentido. La eterna sabiduría nos rodea constantemente, se trata pues de saber hacia dónde mirar. Por ello, la objetividad del conoci- miento esotérico no nace del consenso social como la de la ciencia, sino de la condición de apertura y el nivel de consciencia del sujeto. Si dos personas participan de una misma revelación sentirán que su conocimiento es coincidente, y por tanto, objetivo. Ahí radica la paradoja, esta aparente contradicción entre la subjetividad radical del conocimiento esotérico y su objetividad. No es una objetividad independiente del sujeto sino su más plena e íntegra expresión.

El símbolo nace como expresión del ritmo fundamental de la naturaleza:

toda "polaridad", _la lucha de fuerzas antagónicas y complementarias, que sé'_ existen la una con la otra, se resuelven en una síntesis que éste propicia. Entre todas las parejas de tendencias que constituyen, la vida permite establecer vastas analogías: al ritmo del día y de la noche corresponden, en otros planos, las oposiciones de los sexos, la que se da entre la conciencia y el inconsciente en psicoanálisis, entre el espíritu y la materia. El símbolo es la tensión integradora que intenta restaurar la Unidad primitiva. Para ello, establece un puente entre algo conocido y algo que no conocemos. Implica una contradicción o tensión entre dos polos mediante la cual, lo conocido, en contacto con lo desconocido, deja de ser algo definido y explicado para convertirse en vehículo de un posible

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sentido, y lo desconocido deja de ser algo perteneciente al ámbito del azar

o lo inexistente, para pasar a cumplir una función esencial en cualquier realidad: lo que la constituye y la anima.

Con el mecanismo causa-efecto pretendemos explicar, no sólo la realidad aparentemente objetiva y física de ahí afuera, sino también y ello es lo grave, todo lo que en nuestra vida ocurre. Es la forma más diabólicamente fácil de engañarnos y, sobre todo, de eludir la responsabilidad de nuestras vidas. Si enfermo, la causa y su explicación están en un virus o una dieta desequilibrada. En cualquier conflicto de relación siempre encontramos el modo de hallar causas externas y ajenas a nosotros para atribuirles el papel de agentes causales: el egoísmo o la frialdad de mi pareja, la maldad de los

comunistas o de los capitalistas, etc. Si no encuentro trabajo es por el paro,

y si no dejo un trabajo que ya no me vale es por lo mismo. Si tengo miedo

de salir a la calle, o si prohíbo a mi hija que salga de noche, es por la violencia callejera, y así podríamos multiplicar los ejemplos hasta el infinito. Hallamos la causa que curiosamente siempre nos justifica y nos permite sobre todo no cuestionar la propia participación y responsabilidad en todo ello. Incluso la Astrología se utiliza para el mismo fin. Si no encuentro pareja es porque tengo a Saturno en la VII. Si estoy deprimido o me enfermo es por tal tránsito o progresión, etc. Con este modo de

funcionar y de explicarnos lo que nos ocurre se pierde de vista lo esencial. Lo único que hacemos es un continuo fabricar o buscar causas que en realidad no explican nada. Y cuando no las hallamos recurrimos al azar. Es por casualidad, decimos, y así, el misterio de la aparición del evento o de

la experiencia en nuestra vida queda como estaba: opaco. No se produce el

efecto de revelación deseado. En la revelación, lo que quiere manifestarse,

es un sentido que nunca puede hallarse apelando a causas ni al loco azar.

Todo lo que nos acontece está envuelto por el tejido de un mensaje que proviene de más allá de lo meramente humano. Como si toda realidad del tiempo y del espacio llevara siempre un velo que encubre un misterio. Bajo este velo está oculta la auténtica verdad. El símbolo alza el velo para que la esencia, al descubrirse, patentice lo Sagrado o lo Eterno como una presencia permanente en nuestras vidas. Según dice Georges Gurvitch, (*) los símbolos revelan velando y velan revelando. "La gloria de Dios es ocultar una cosa, mas la gloria del rey es descubrirla; como si, conforme al inocente juego de los niños, la Majestad Divina se deleitara en ocultar sus obras a. fin de que se las descubra; y como si los reyes no pudieran alcanzar mayor honor que ser los compañeros de juego de Dios"(**).

3.4 La Unidad

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Dicen antiguas doctrinas que existe una Unidad originaria entre el mundo divino y el terrenal. Constituye un pilar fundamental de la tradición esotérica, de la mística, y de algunas cosmovisiones pertenecientes a otras culturas. Bajo las miríadas de formas que revisten los seres y los objetos existe una misma realidad esencial, a la vez una y múltiple, material y espiritual. Por ella se explica la existencia y la actividad de los seres, su vida y su muerte. Realidad misteriosa expandida por todas partes, por esencia refractaria a la definición, a la que solamente podemos acercarnos por medio de imágenes y afirmaciones paradojales. Recordemos la singular descripción de Lao- Tse: "El Tao que puede expresarse en palabras no es el

Quieto en la acción, no puede ser nombrado. Puede llamársele

eterno Tao

la forma de lo informe, la imagen de lo que no tiene imagen, lo fugaz y lo indeterminable "

Nosotros hemos perdido el contacto con esta Unidad. Una consciencia superficial, un modo de vivir la vida, o una particular evolución, no sólo nos hacen olvidarla, sino que también nos convencen de la dualidad del Universo: eternidad/tiempo, espíritu/materia, cuerpo/mente, bien/mal, luz/oscuridad, yo/tú, etc. Ambos mundos están escindidos, como nos recuerdan sin cesar nuestros mitos: la Caída; la expulsión del Paraíso, del Edén; el exilio; etc. El mito de la unidad perdida es también el mito de la unidad recobrada. El hombre vive exiliado; en recuerdo de esa Unidad y por un permanente anhelo de recuperarla, convierte su vida en una búsqueda. Los mitos y leyendas de todas las épocas y lugares así lo cuentan: "Cada alma y cada espíritu –leemos en el Zohar hebreo– con ante- rioridad a su entrada en este mundo, consiste en un ser masculino y uno femenino unidos en un solo ser. Cuando descienden a esta Tierra, las dos partes se separan y animan dos cuerpos diferentes." Una concepción similar aparece en el Banquete de Platón (24). De acuerdo con él, la experiencia última del amor sexual es la reunión o reintegración en la unidad, es el entendimiento de que por encima de la ilusión de la dualidad está la indentidad.

Todos sin excepción, quizá por un instante, hemos entrevisto la experiencia de la separación y de la reunión. El día en que de verdad estuvimos enamorados y supimos que ese instante era para siempre, el día en que una experiencia dolorosa hizo que el tiempo abriera sus entrañas para que se desvelara nuestra auténtica realidad: un yo que se desvanece, una palabra que se anula. Solos o acompañados hemos vislumbrado la Unidad.

El prototipo de toda oposición es el sexo. "El conocimiento auténtico –dice

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Brown (3)–, es conocimiento carnal, una cópula de sujeto y objeto que hace uno sólo de dos." El prototipo de la división en dos sexos es la separación de la tierra y el cielo, Madre Tierra y Padre Cielo, los progenitores primordiales. Cada ser humano, desde entonces, nace del sexo y lleva en sí una doble herencia. Por parte de la Madre heredamos el cuerpo y con él la mortalidad. Por parte del Padre, el espíritu y el sentimiento de eternidad. El acto sexual es sagrado, una eterna cita en la que se pueden reencontrar los contrarios, en un éxtasis que permite vislumbrar, revivir y conocer la Unidad. La diferencia fundamental que separaba los gnósticos de sus con- temporáneos, es que, para ellos, su "tierra natal" no era la Tierra, sino el Cielo del que habían conservado la memoria. "Yo estoy en el, mundo pero no soy del mundo." Ésta es la fórmula gnóstica más sencilla. O bien:

"Salido de la luz y de los dioses, heme aquí, exiliado y separado de ellos. Soy un dios, de dioses nacido, pero reducido ahora ora al sufrimiento." Para ellos, el tiempo, la historia, el cuerpo, la Tierra y todos los poderes e instituciones que ha creado el hombre, constituían el dominio del mal. A esta palabra no hay que darle un sentido moral sino existencial. El mal es la existencia en un mundo en el que reina un embotamiento del espíritu. La mayoría de los gnósticos tradujeron este embotamiento –inherente a la materia que nos compone– con una imagen simple y reveladora: el sueño. Dormimos, nos pasamos la vida durmiendo. Sólo aquellos que lo saben pueden romper el muro de la inercia, despertar el brillo que reside en nosotros. Dormir significa vivir en el mundo de la dualidad, despertar implica una tarea que como dice Eskenazi (11,b), compromete a cada cultura y a cada vida humana, que siempre constituyen un intento renovado de reunir los contrarios: "Toda ciencia, religión, mito y filosofía son intentos conscientes o inconscientes de resolver el problema de lo eterno y lo temporal".

El conocimiento simbólico puede curar la escisión, puede ayudarnos a

recordar esa vivencia de unidad, no como un postulado intelectual, sino como una realidad cotidiana y personal. Afirma Eskenazi (12b): "El

, medio para instalarnos en esa realidad. Por tanto no sólo es portador de conocimiento intelectual, sino que es portador de una experiencia de instalación en una realidad indiscutible." En la prosa poética de O. Paz (22,b) leemos: "Somos bien poca cosa y, no obstante, la totalidad nos mece, somos un signo que alguien hace a alguien, somos el canal de transmisión:

no es una abreviatura de la realidad como el concepto

símbolo

sino un

por nosotros fluyen los lenguajes, y nuestro cuerpo los traduce a otros lenguajes. Las puertas se abren de par en par: el hombre regresa. El

universo de símbolos es también un universo sensible. El bosque de las significaciones es el lugar de la reconciliación."

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"En su origen el símbolo es un objeto cortado en dos trozos, sea de cerámica, madera o metal. Dos personas se quedan, cada una, con una

parte; dos huéspedes, el acreedor y el deudor, dos peregrinos, dos seres que

quieren separarse largo tiempo

más tarde sus lazos de hospitalidad, sus deudas, su amistad. Los símbolos eran, entre los griegos de la antigüedad, signos de reconocimiento que permitían a los padres encontrar a sus hijos abandonados. Por analogía, el vocablo se extendió a cualquier signo de reunión o adhesión, a los presagios y a las convenciones. El símbolo deslinda y aúna: entraña las dos ideas de separación y de reunión, evoca una unidad que se ha dividido y que puede reestablecerse."(9)

Acercando las dos partes, reconocerán

"Todo proyecto simbólico –señala Eskenazi (12,b)– es la pretensión de

demostrar que los planos desgarrantes y opuestos se pueden fundir en uno

El puesto del

hombre es de intermediario entre el Cielo y la Tierra, la Eternidad y el

Tiempo. Somos duales

simultáneamente. Nuestra función mediadora consiste no sólo en vivir desgarrados, sino que este desgarramiento lleve a un resultado que sólo el

hombre puede lograr: hacer que los opuestos se reconcilien

esto sea siempre efímero." "El propósito del simbolismo –añade el autor– es mostrar cómo, en cada momento del tiempo, en cada instante de nuestra existencia y en cada experiencia en particular, hay una irrupción permanente de lo Divino, o de lo Sagrado, o de lo Intemporal, que le da significado a la experiencia." Con ello la acción humana se eleva en dignidad. Nada de lo que una persona hace está privado de una profundidad infinita, aunque ella no lo sepa, y desde cualquier circunstancia que vive puede vincularse a lo que le trasciende, "allí donde tú te encuentras, allí mismo se encuentran todos los mundos".

aun cuando

la gran tragedia es vivir entre dos mundos

solo, que sólo adquieren sentido cuando se encuentran

La Astrología, al enmarcar las circunstancias que vive una persona en el marco celeste de sus símbolos, permite sacralizar su experiencia. Sacralizar la experiencia significa añadirle una dimensión sagrada e impersonal o, en otras palabras, permitir que dicha dimensión se manifieste. Nuestra historia no es nuestra, nuestros conflictos personales ni son nuestros ni son personales. Jung dice que detrás de un complejo personal siempre se esconde un arquetipo universal. Es necesario una desidentificación respecto a nuestros problemas pretendidamente personales. Sólo así podemos captar su esencia impersonal, arquetípica. Nuestra vida, en este sentido, es un campo de batalla, un escenario donde se representan conflictos y dramas pertenecientes a la divinidad. Mi problema de pareja es el problema del

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encuentro entre el Hombre y la Mujer, que escritos con mayúscula invitan a reconocerlo como historias de la eternidad. Por eso los mitos son tan importantes en el estudio y la práctica de la Astrología. Permiten un cambio de nivel. Al igual que, mediante el rito, el tiempo profano deviene en instante atemporal, sagrado; mediante el mito, mi problema trasciende esa falsa consciencia de subjetividad y se convierte en la ocasión de establecer un diálogo con lo que me puede y me trasciende.

3.5 La imaginación

Este diálogo requiere un lenguaje. El símbolo lo es; pero si en el plano conceptual, la palabra queda encerrada en un universo cerrado y finito, en su utilización simbólica, la palabra es como si hallara su libertad, pues puede mostrar todos sus sentidos y alusiones como un fruto maduro. La convierte en imagen y así deviene una forma peculiar de comunicación. Sin dejar de ser lenguaje está más allá de él, pero éste recobra su fecundidad que le ha sido mutilada por la reducción que le imponen con su uso conceptual el habla cotidiana y la ciencia.

"El acto de hablar –escribe Brown (3)–, así como el simbolismo, apunta

más allá de sí, al silencio, al verbo en el seno del verbo, al lenguaje

, Torre de Babel; perdido aunque a mano, perfecto para siempre; presente en todas nuestras palabras, pero sin pronunciar. Oír una vez más el lenguaje primordial es devolver a las palabras su plena significación. Como lo hacen los sueños."

sepultado en el lenguaje; el idioma universal

de antes del Diluvio o la

Es más fácil pensar racionalmente que imaginar, porque razonar como razonamos usualmente es repetir, mientras que imaginar es crear. En un mundo que es cambio, como dice el poeta, sólo se sienten a gusto los que crean: los que repiten sienten vértigo ante el cambio. La imaginación que, en Occidente y hasta hace poco, era la "loca de la casa", patrimonio de los artistas, niños y enajenados, ha dejado de serlo. La especulación filosófica y la investigación científica se ocuparon mucho en devaluarla, hasta el punto que ésta contesta reivindicando sus derechos a través de la proliferación de las psicosis, el recurso al alcoholismo y los estupefacientes, a las sectas religiosas y políticas. Como afirma Durand (10): "hoy, las bellas artes para una élite cultivada, y para las masas la

prensa, la televisión y el cine vehiculizan

esa irreprimible sed de

imágenes y sueños". Imágenes que proyectan al hombre, condicionado históricamente, hacia un mundo más rico y pleno que el mundo cerrado de su momento histórico.

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En cambio, cada día son, más los que recuperan una antigua visión: el Universo en su esencia es apetito de manifestación, deseo que se proyecta, la imaginación no tiene otra misión que dar forma simbólica y sensible a un flujo universal en perpetuo movimiento y cambio. Por ello, "el símbolo – nos recuerda Eskenazi (12,b)– no pretende informar, sino transformar". Y por ello, todo sistema simbólico alude a un conjunto de transformaciones que el individuo, en el transcurso de su vida, ha de sufrir. "El hombre –dice Octavio Paz (22,b)–, es trascendencia, un ir más allá de sí." El símbolo es la expresión de ese continuo trascenderse, de ese permanente imaginarse. El hombre está constituido por lo simbólico, es imagen porque se transforma y al transformarse se trasciende.

El único poder transformador de la experiencia reside en la imaginación

como ya los alquimistas sostenían y, como hace poco, han redescubierto los psicoanalistas. Jung (17,b) compara al proceso de individuación como un vivencias de y en las imágenes. Imágenes que él llama arquetipos por su universalidad y que cada ser humano ha de confrontar de acuerdo a su peculiar y única constitución. "La experiencia del arquetipo –dice– es frecuentemente guardada como el secreto personal más estrecho, porque se

siente golpear en el núcleo mismo de su ser

(Estas experiencias)

demandan ser ahormadas individualmente en y por la vida y trabajo de cada hombre. Son imágenes surgidas de la vida, de los gozos y los

lamentos de nuestros antepasados más remotos; y para vivir buscan retornar, no sólo en experiencias, sino en actos. Por su oposición con la mente consciente no pueden ser traducidas directamente a nuestro mundo;

de aquí que haya que encontrar un modo de mediar entre las realidades

consciente e inconsciente."

La Astrología ha de inscribirse en este vasto territorio de la imaginación, como un instrumento destinado a favorecer este trabajo. De lo contrario, se convierte, seducida por la tentación racionalista, en una nueva técnica o ciencia pseudo-psicológica que la degrada utilizándola como una tipología,

o en un instrumento mántico que satisface curiosidades morbosas.

Evidentemente podemos alardear de aciertos cuando definimos al cliente y/o cuando realizamos pronósticos que se cumplen, pero de poco más. Y sobre todo el trabajo astrológico no deja huella. De nada le sirve a la

persona que le definan su carácter, le expliquen sus problemas, le adivinen

su vida y le ofrezcan bien intencionados consejos respecto a como actuar

correctamente. Lo único que sirve es que la persona pueda comprender el sentido de lo que le está ocurriendo en su vida. Y a esta comprensión no se accede con teorías, etiquetas, adivinaciones, ni consejos.

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Las fuerzas, motivos y conflictos que se agitan en el alma de una persona y que mueven los hilos de su vida, siempre son un misterio a respetar, porque en ellas está, confusamente mezclado lo que de mejor y de peor revela un destino. Cuantas veces de un error surge el acierto, de un desvarío la lucidez, y de una neurosis, como suele repetir Jung, la vocación del individuo. El otro es y será siempre un extraño radical, cuyo fondo oscuro, inasible e irreductible a cualquier intento de explicación, nos sitúa ante la tarea de aprender a amarle más que a definirle.

"Hay una vía de comprensión –afirma Jung– que parte del respeto por el misterio de otro ser humano. La comprensión es una fuerza oprimente y

terrible. A veces puede ser un verdadero asesinato del alma

individuo es un misterio de la vida que se «muere» cuando se le aprisiona.

el meollo del

Es por eso que los símbolos quieren -seguir siendo misteriosos

Yo creo

que la verdadera comprensión no comprende, pero vive y actúa

Debemos

bendecir nuestra ceguera ante los misterios de los otros, porque ella nos resguarda de demoníacos actos de violencia. Deberíamos ser cómplices de nuestros propios misterios, pero velar púdicamente nuestros ojos ante el misterio del otro. En la medida que él es incapaz de comprenderse a sí

mismo, no necesita de la «comprensión» de los otros."

Por ello la Astrología no tiene que utilizarse para definir a las personas: tú eres Libra y por tanto eres así, tienes esta cuadratura y or tanto tal conflicto. Cada definición excluye .a su contraria, separa y encierra a lo definido, con lo cual lo violenta. El símbolo por contra a busca la integración de los contrarios. Por eso utiliza imágenes, pues éstas tienen en común el preservar la pluralidad de significados de las palabras sin quebrantarlos. Cada imagen contiene muchos significados contrarios o dispares, a los que abarca sin suprimirlos. La imagen desafía el principio de la contradicción, por eso es peligrosa, al enunciar la identidad de los contrarios atenta contra los fundamentos de nuestro pensar.

Las palabras son una máscara que raramente expresan en forma correcta lo que está detrás; más bien lo encubren. La inteligencia no es lo que importa, sino la imaginación, nos recuerda Hesse, es con ella como se puede comprender que el hombre retorna al Universo. La imaginación es fuente de conocimiento y creatividad. Su abandono u olvido, en cambio, no sólo empobrece la vida, sino que, como muy bien saben los psicoanalistas, nos convierte en sus esclavos. Retorna en forma de fantasías que desde el inconsciente, o desde el olvido, pueblan nuestra existencia de equívocos y proyecciones. "E] hombre –nos relata Simone Weil (34)– debe realizar el

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acto de encarnarse, pues está desencarnado por la imaginación. Lo que en nosotros procede de Satán es la imaginación." La imaginación puede ser tanto fuente de luz como un oscuro pozo de desatinos. Todo depende de

nuestra actitud hacia ella. Si no la consideramos, nos traiciona, nos posee, y entonces, imaginamos que amamos, imaginamos que sabemos, nos imaginamos e imaginamos a los demás, pero desconectados del mundo de

la realidad.

Nuestra vida se mueve en dos dimensiones: lo imaginario y lo. real. Lo imaginario es el ámbito de la carencia, lo real es el lugar de una plenitud vacía. El proceso terapéutico consiste, en gran medida, en descubrir esa dimensión imaginaria inconsciente, que convierte nuestra vida de un diálogo con los demás a un monólogo con uno mismo, a través de las imágenes proyectadas en el otro. Por eso, añade Weil en lúcidas palabras:

"Para matar el yo es necesario exponerse desnudo y sin defensas a todos los ataques de la vida, aceptar el vacío, el desequilibrio, no buscar jamás una compensación a la desgracia; y sobre todo suspender el trabajo de la imaginación que tiende perpetuamente a cerrar las hendiduras por donde pasaría la Gracia."

Y la Gracia necesita del vacío. Lo que se encuentra en toda experiencia de

profundización que supere la falsa coherencia de la razón es, pura y simplemente, el vacío. No es un vacío pobre y poblado de ausencias, sino un vacío preñado de vida, un vacío que sólo reconoce una realidad, la del flujo inmenso e imparable de la vida y del deseo que hacia ella quiere conducirnos. Cuando se disuelven los artilugios que lo imaginario y la razón imponen en nuestras vidas, surge la oscura realidad del deseo. Los

psicoanalistas conceden al deseo la condición última y motora de la condición humana. Despojar al deseo de sus máscaras, como afirma Eskenazi, consiste en confrontar su dimensión de flujo vital que, por esencia, escapa de toda cosificación, fijación y concreción, cuyos efectos siempre implican el estancamiento existencial. El deseo oculta una profunda mistificación. La vida es puro deseo, pero cuando lo imaginario se convierte en su alimento, cada deseo deviene en fuente de ansiedad, origen del estado de "exasperación y fiebre" que caracteriza el actuar humano. Por ello, todos estamos sometidos al mismo dilema: o establecemos una relación "consciente con estas imágenes, o vivimos bajo

su poder compulsivo que impide que nos volvamos reales, sumiéndonos en

un mundo cuya mejor comparación sería la que establece Platón (24) en el

mito de la cueva: vivir en una gruta rodeados de sombras a las que tomamos por la auténtica realidad.

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La Astrología puede llegar a ser una herramienta de inmensa utilidad para

establecer y mantener ese diálogo. Sus símbolos son excelentes mediadores, cuya utilización consciente puede posibilitar una transformación. Las imágenes inconscientes pasan a ser, a través del trabajo simbólico, interlocutores de la divinidad. Los dioses nos hablan cuando imaginamos o, lo que es lo mismo, las imágenes constituyen el lenguaje de los dioses.

La

imagen materna que, sin yo saberlo, proyectaba a cualquier mujer que

se

me acercara, deviene una posibilidad de relación con el trasfondo

materno presente en toda la vida y también en mi interior. Ya no me veo confrontado con mi propia madre, sino con el arquetipo divino de lo materno, no con un problema personal y único, sino con un problema humano general e impersonal que han tenido que padecer y solucionar los hombres desde siempre. La alquimia resultante es evidente. Detrás del juego diabólico de proyecciones aparece un misterio. Aquella mujer a la que inconscientemente trataba y obligaba a que me tratara como mi mamá,

deviene una desconocida. Desconocida en el mejor y más pleno sentido de la palabra, un pozo sin fondo, que libre de mis expectativas y proyecciones

se me aparece como constante novedad. La relación con ella revela su

auténtico fundamento, como parte constituyente de mi historia, o del mito

de mi vida, si la consideramos como vehículo de mi participación con la

divinidad.

3.6 El mito

En el proceso terapéutico, el trabajo continuado con los sueños del paciente

permite descubrir la existencia de un mito o de varios mitos interactuantes en el destino de la persona. Paulatinamente, tanto las imágenes personificadas de los sueños como los personajes soñados de nuestra vida exterior, revelan el papel mítico que están cumpliendo en nuestra vida. La distancia entre la vida de vigilia y la del sueño desaparece: "Puesto que sueño y vigilia no son dos partes de la vida –dice María Zambrano(37,a)–, que ella, la vida, no tiene partes, sino lugares y rostros."

Aparece nuestro destino como un único proceso que, encarnándose ahora

en sueños y luego en las relaciones con los demás, transforma a los otros en actores de unos roles míticos y portavoces de unos mensajes, cuya comprensión constituye un verdadero poder transformador e integrador de

mi totalidad. Para Jung (17,d), "lo que se es según la intuición interna, y lo

que el hombre parece ser sub specie aeternitatis, se puede expresar sólo mediante un mito. El mito es más individual y expresa la vida con mayor

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exactitud que la ciencia". Cada uno ha de volverse consciente del mito que

vive en su vida, de la imagen que dinámicamente le impele hacia la realización de su destino. Dicho mito no se piensa, ni se inventa, ni se ha de trascender, sino que ha de ser experimentado. Como señala Wickess (35); "se formula a sí mismo desde un impulso o una necesidad de comprender lo que ha ocurrido en el oscuro misterio de su pasado y lo que puede ocurrir

en un desconocido e incognoscible futuro

hombre. Es también conocer al dios adorado por él en secreto, el dios de su deseo dominante, su más preciado valor y su mayor miedo, pues este dios rige la vida que vive él mismo en su inconsciente, y extrañamente domina las elecciones que la persona cree que realiza por medio de su voluntad consciente". Se lee en Río natural de Emilio Prados: "Nació y creció sin saber del dios que nació con él."

Conocer al mito es conocer al

"La primera función de los mitos es la que he denominado función mística –dice Campbell (5)–, despertar y mantener en el individuo un sentimiento de respeto y gratitud respecto a la dimensión misteriosa del Universo, no para que viva atemorizado por ella, sino para que reconozca que participa de ella, pues el misterio del ser es también el misterio de su propio ser." En cada conflicto que tenemos (léase cuadratura, tránsito, progresión, etc.) son voces de lo Eterno que buscan manifestarse, voces que piden un compromiso de nuestra parte. Existe una cisura, una contradicción, que se puede manifestar por infinidad de canales o planos, y que quizá lo que menos importa es que intentemos buscarle, sus causas y explicaciones y sí que adoptemos una actitud que nos lleve a cambiar, a abrirnos a lo desconocido de nosotros mismos y de la vida que nos rodea.

3.7 El misterio

Necesitamos de lo desconocido. El misterio es la única fuente capaz de revitalizarnos y de insuflarnos la suficiente dosis de humildad como para que podamos encarar las experiencias de la vida, entre ellas, las crisis, con una mirada que nos haga reconocer su dimensión simbólica. "Ver el símbolo –leemos en J. Chevalier y A. Gheerbrant (9)– supone entonces estar dispuestos a morir, o quizá despertar de nuevo al olvido «esa otra forma de memoria» como dice Borges. Olvido del mundo y de cuanto sabemos, retorno al no saber, a la infancia, al silencio, al misterio que literalmente significa quedarse mudo ante lo inefable "

El hombre es un ser en busca de un sentido. La búsqueda del sentido constituye el principal misterio de una vida. El hecho primordial humano es estar siempre dirigido o apuntando hacia algo o alguien distinto de uno

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mismo, hacia un sentido que cumplir. "Autotrascendencia" es el nombre que Víctor Frankl (15) dio al hecho fundamental de que ser humano significa hallarse referido a algo o a alguien distinto de uno mismo. Hoy, sin embargo, tal búsqueda está socialmente desconsiderada. La gente se queja de muchos modos de la carencia de sentido y del sentimiento de futilidad y absurdo en el que vive. Muchos intentan fabricar un sentido humano demasiado humano, que en el fondo no les sirve: enriquecerse, adquirir poder, placer, la felicidad o la salvación personal, etc.

El sentido ha de ser descubierto, construido, como afirma Eskenazi (12,b) no puede ser inventado. Si una persona vive bajo tal imperativo está preparada a sufrir, ofrecer sacrificios e incluso, si ello es preciso, a ofrecer su vida. Por contra, si la búsqueda no se emprende o se abandona, no sólo es desdichada sino, y como una vez dijo Albert Einstein, difícilmente apta para la vida. Escribe Brown (3): "A veces me parece que veo originarse las civilizaciones en la revelación de algún misterio, de un secreto; y que se expanden con la paulatina publicación de su secreto; y que terminan en el agotamiento cuando ya no queda secreto alguno, cuando el misterio ha sido divulgado, es decir, profanado. Y así llega el momento –creo que estamos en uno de esos momentos– en que se hace necesario renovar la civilización mediante el descubrimiento de nuevos misterios, mediante el poder, nada democrático, pero soberano, de la imaginación, mediante ese poder nada democrático que hace de los poetas los legisladores no reconocidos de la Humanidad, ese poder que hace nuevas todas las cosas." En cualquier caso, se trata, ante todo, de encontrar nuevamente los misterios. La Astrología lo es, o lo puede ser si no nos empeñamos demasiado en convertirla en una técnica más. El misterio por esencia, no se puede decir, ni escribir, ni recibir de ningún gurú o maestro. Los misterios sólo se despliegan en palabras si pueden permanecer ocultos. He aquí la poesía, he aquí el símbolo. Los misterios se revelan a quien los busca y los ama. De ellos nace el conocimiento esotérico. Su fuente es –como afirma Eskenazi– la propia interioridad, por ello, sólo algunos, no todos, pueden verlos.

(**) "Para el poeta –afirma Azcuy (2)–, como para el ocultista, lo esencial consiste en obtener un nivel de conciencia donde no rijan los opuestos y pueda experimentar- se el Universo enlazado por las correspondencias. Esta aprehensión permite situarse en un punto interior de perspectiva única, desde donde la gestión poética y la gestión ocultista parecen singularmente

Como quería Novalis, todo lo visible se adhiere a lo invisible, todo lo que puede ser

idénticas

oído a lo que no puede serlo, todo lo sensible a lo insensible; quizá, también, todo lo que es posible pensar a lo que no puede ser pensado. "

(***) La afirmación Todo está en todo, es un flagrante atentado contra las leyes básicas de la lógica que rige nuestros actos. Los axiomas fundamentales de nuestra lógica se reducen como los axiomas de las matemáticas, a la identidad y a la contradicción. En la base de todos ellos se encuentra la aceptación de un supuesto básico: todo algo tiene otra cosa contraria a él; por tanto

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toda proposición tiene su antiproposición, toda tesis su antítesis. El objeto se opone al sujeto, el mundo objetivo al subjetivo, el yo al tú, el bien al mal, es decir A se opone a no-A. Nuestro lenguaje es incapaz, por tanto, de expresar la unidad de los contrarios, esto es, otra lógica frente a la que el lenguaje conocido siempre suena a absurdo: A es tanto A como no-A, todo es, tanto A como no-A, A es todo. Pero vemos como incluso estas proposiciones formulan muy pobremente lo que quieren expresar. De ahí la desconfianza hacia el lenguaje de los maestros zen cuando arrojan a sus discípulos al fango porque quieren que se den cuenta que es mejor que las palabras.

Capítulo 4

Los símbolos fundamentales:

el círculo, la cruz y los cuatro ángulos

Extrae primero el alma con firme persistencia. Ya en sus manos las parte, las clasifica. Mas el espíritu —que mantenía unidas dichas partes— por siempre habrá perdido. Goethe, Fausto

4.1 El Círculo

El círculo del Tema Natal es un símbolo de la bóveda celeste, del ámbito divino donde moran los Arquetipos. Por ello su redondez alude a la presencia del Espíritu como principio inalterable, absoluto y eterno. La cruz o el cuadrado, proyección hacia el espacio del punto de vista terrestre, son símbolos de la Materia. El círculo refleja la medida en que todos participamos de una esencia universal arquetípica, el Adam Kadmon o el Hombre Celeste Kabalístico, el Anthropos. Todo hombre es en potencia un nuevo Adán, pues un solo individuo puede imponer un cambio en la evolución humana. Cada uno somos potencialmente los depositarios de un poder inmenso, el poder creativo. Esto confiere un valor increíble a la individualidad. El cuadrado, o la cruz, reflejan la concreción y manifesta- ción de esta individualidad única e irrepetible.

El círculo y el cuadrado simbolizan los dos aspectos fundamentales de la Creación: la unidad y su manifestación y concreción. La relación que existe entre ambas figuras nos lleva al famoso e irresoluble problema matemático de la cuadratura del círculo que es, ni más ni menos, el problema de relacionar lo individual con lo universal, lo temporal con lo eterno, el individuo particular con el arquetipo celeste del Hombre. El círculo es al cuadrado lo que el Cielo a la Tierra o la Eternidad al Tiempo. Es el tema

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esencial de la Astrología y de todo sistema simbólico: la coincidencia de los opuestos. Existe una dialéctica entre los opuestos, una tensión que sólo se resuelve bajo la mediación de imágenes de síntesis, en las que ambos polos se expresan y son necesarios. No cabe el olvido de uno: un aspirar a lo celeste en detrimento de lo terrestre, un querer habitar en la eternidad trascendiendo esa suprema manifestación del tiempo que es el instante presente. Todo es necesario, aunque también es cierto que no todo es igual. Existe una cierta dependencia de un polo respecto al otro como expresa la imagen del cuadrado inscrito en el círculo. La Tierra depende del Cielo, y el tiempo de la eternidad, como todo lo manifestado de esa Unidad primordial de la que surge y hacia la que se dirige.

El círculo es símbolo del eterno movimiento. El movimiento circular se expresa en la noción de ciclo. El ciclo es la forma que adopta el destino para manifestarse. Después del helado invierno se apresura el florecer de la primavera a irrumpir en los corazones. Así en la noción de ciclo, el yo se disuelve en un puro devenir inserto en un proceso cósmico: "no puedo mover un dedo sin perturbar una estrella". El nacimiento, el crecimiento, la evolución, la involución, el tiempo y la muerte giran contenidos en un todo indiviso y circular alrededor de una unidad en la que un solo punto, el centro, pone en juego, activa y vivifica todas las fuerzas presentes en el destino de una persona, de una época y del Universo entero. Por eso se dice que el círculo, al igual que lo divino, es "concentrado sobre sí mismo, sin comienzo ni fin, consumado, perfecto, como la bóveda rodante de los cielos, refugio de la eternidad y lugar de los perpetuos recomienzos".

La redondez del círculo recuerda lo suave, lo que nunca violenta al ser; el círculo es la imagen de la manifestación de lo divino que se deja ver en un movimiento que, lenta e incesantemente, se desliza por un declive casi imperceptible hacia una infinita blandura. Redondo es lo tierno, lo frágil, lo que no se resiste a fuerza alguna. El círculo es la eternidad girando sobre sí misma, desplegándose en eso que llamamos vida. Vida que en su devenir, aparece ante el hombre como el resonar de un eco. Pueden oírse voces inextinguibles que, tanto en la alegría como en el dolor, siempre recuerdan la blandura, esa blandura que nada puede detener y sin la que no hay dolor o júbilo que dejen huella. Redonda es la forma del ser cuando se recoge en sí mismo. Forma envolvente y protectora donde no existen ángulos ni aristas, paradas ni tropiezos; sólo un movimiento, cuya circularidad sin fin es prueba de que el espíritu no puede desaparecer, aunque en muchos se preste a un triste olvido, a un lánguido sueño.

El círculo esconde un centro inmóvil, un solo punto que contiene en sí

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todas las líneas, en el que todos los radios coexisten en una única unidad inmutable y perfecta. Dicho centro tiene un papel providente, es el eje del mundo, un motor permanente del que nace y hacia el que se dirige toda experiencia de la vida. Eso que llamamos destino y que no es más que un ir a tientas en pos de la conquista del tesoro más preciado: el que resulta de acceder no a la posesión de joyas, títulos u honores, sino a un vacío. Un vacío que subyace a la existencia del hombre y que es, sin embargo, la fuente de todo anhelo divino. Es ahí donde uno encuentra su verdadera identidad, ésa que rehuyendo cualquier definición aparece como la matriz de toda creatividad. No es un ser, algo, sino un crear. No hay sujeto ni obje- to, ni nada en especial. Se trata de una identidad que demasiado en- simismada en la contemplación de esa nada que encierra la plenitud del vivir, no repara en algo que no sea el moverse de esta totalidad inmensa que rodea al ser.

El centro, nuestro centro, es esta parte del ser que atento a todo, no se deja avasallar por nada, no hay traición posible, pues desde allí no existe nada lo suficientemente importante como para perder de vista al Todo, y sin embargo, cualquier cosa, desde la más pequeña hasta la mayor, por el simple hecho de existir, desprende tal aroma de divinidad que requiere o exige una entrega total; un sumergirse en cada experiencia y sorber hasta la última gota de su sustancia, pues de ella mana el alimento sagrado, ése que nunca puede perjudicar.

Nuestra vida es, lo sepamos o no, una constante búsqueda de ese centro. Vamos detrás de un anhelo: poder instalarnos en esta región virtual, pues no ocupa espacio ni consume tiempo. Es como si algo o alguien en nosotros supiera que sólo desde allí es posible acceder al sentido de nuestra existencia, como si solamente desde este lugar el destino se cumpliera en su plenitud y nuestra misión se realizara a sabiendas.

El centro no es el paraíso, no es tampoco un jardín de paz y tranquilidad aseguradas, ni por supuesto implica un reino de alegría permanente; recuerda más bien un estado del ser en que existe una ausencia de intereses, nada de lo que se vive es mejor o peor que nada. Asemeja mejor un recipiente donde las contradicciones del vivir se experimentan en una plenitud desgarradora, y por ello, fructifican. Con razón los místicos de todos los tiempos y lugares han encontrado difícil hablar sobre su esencia tremedamente paradójica: "una paz bélica, una vasija llena de conflicto divino". Jung (*) en uno de sus arrebatos místicos se refería a ello así: "En alguna parte, alguna vez, hubo una flor, una Piedra, un Cristal, una Reina y un Rey, un Palacio, un Amado y una Amada, hace mucho, sobre el Mar, en

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una Isla, hace cinco mil años. Es el Amor, es la Flor Mística del Alma, es el Centro, es el Sí-Mismo."

Circular es la experiencia del vivir que dibuja trazos indefinidos hecho de altibajos que se suceden, de presencias y ausencias, de memorias y olvidos que borran todo vestigio de realidades pasajeras, para así favorecer el conocimiento de una Realidad que trasciende lo efímero de nuestro quehacer terrenal. Una ausencia que calla y permanece sorda a todo rumor de la existencia, sólo por eso puede adivinar y presentir que nada empieza y acaba en un instante dado. Todo es eterno en su fragilidad, incluso el más oscuro de los abismos acaba sometiéndose al imperio de su ley.

Una ley que encauza el destino y que obliga a conocer por igual el infierno y el paraíso, el bien y el mal, el espíritu y la carne en una sucesión de experiencias que se disponen como radios de una rueda giratoria y cíclica. En ella, los caminos siempre implican un ir y un regresar paradójicos, "continuar significa ir lejos, ir lejos significa retornar" Cuando la vida se estanca, cuando la fuente se seca, aparece la necesidad de un nuevo sentido que fecunde la existencia. Acceder a un nuevo sentido depende, muchas veces de la disposición de uno a dejar que la vida le haga pasar vergüenza, como cuando era niño. Esto significa un poder volver atrás. Todo progreso implica simultáneamente una vuelta al punto de partida (lo que constituye un tema mítico por excelencia: el regreso del héroe al hogar) y un avanzar hacia lo desconocido de uno mismo y de la época en la cual vive.

El círculo revela que en todo hombre existen las reservas necesarias para realizar lo que su propio crecimiento requiere siempre que, como dice el poeta, tenga la humildad de aceptar las formas extrañas bajo las cuales éstas se manifiestan (por eso, en muchos mitos, el héroe aparece como un tonto en función de su "yo" futuro). Las reservas generalmente nos aguardan en el hogar, aquello que dejamos en el camino en nuestros orígenes.

El círculo nos recuerda ese poder sobrehumano que mueve el torbellino de nuestras vidas, siempre en torno a una búsqueda que no cesa de hacer que el ser se contraiga y se expanda, suba a lo alto y caiga en lo bajo. Una experiencia en que todas las cosas devienen, se elevan y regresan en un vaivén inacabable en el que paulatinamente se da a conocer un sentido. Sentido que emerge tras un mosaico de experiencias cuyos dibujos constituyen la trama del destino. Dice Lao-Tse: "Moverse hacia el destino es como la eternidad. Reconocer la eternidad es la iluminación, y no reconocerla trae el desorden y el mal. El conocimiento de la eternidad hace

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al hombre comprensivo, y la comprensión amplía su mente. La amplitud de visión trae nobleza y la nobleza es como el cielo."

La tensión contradictoria a la que la figura del círculo alude es la que experimentamos todos entre vivir en la periferia de las experiencias. Periferia en la que rige una visión parcial, fragmentaria, y por ello, siempre equivocada, y la posibilidad de dar un salto, de trascender la rueda giratoria de la vida para instalarse en su centro, en ese punto del ser en que se está, a la vez, más allá de la experiencia y en su mismo corazón.

Todo lo periférico de la vida ha de ser subordinado al centro. El movimiento circular tiene también el significado de un "dar vueltas en círculo en torno a sí mismo' (Jung). La vida como una circunvalación, en la que se alternan la huida de sí mismo con la búsqueda de sí mismo, la clara luz esperanzadora que emana del centro, con la desesperanza que se vive en el laberinto de la periferia. Se malinterpreta el tiempo cíclico como una repetición. "Lo que amenaza volver -dice F. Savater (29,b)- es lo que mayor pavor nos inspira, la historia cuyo retorno convertiría nuestros esfuerzos, más o menos baldíos hacia el «progreso», en los trabajos pendientes que Sísifo remonta sin provecho ni reposo". Pero la repetición se inscribe en un tiempo simbólico: lo que vuelve no es la repetición de lo mismo, sino la posibilidad de la creación, no la reiteración del pasado, sino la oportunidad de su redención. La repetición para Kierkegaard tiene un sentido de restauración de las fuerzas gastadas, la posibilidad de reconstrucción de un mundo, la posibilidad de abolición de lo irremediable.

4.2 La Cruz

Si el círculo nos recuerda nuestro origen divino, la cruz es la imagen que mejor representa nuestra condición terrestre. Esa oscuridad esencial que rodea siempre a la chispa divina que hay en nosotros y que también nos constituye. La cruz con sus dos ejes es el símbolo de nuestra ambigüedad radical, ese vivir que nos crucifica en sus contradicciones. Todos estamos crucificados, no hay escape posible, crucificados en tanto estemos inmersos en una materialidad que sólo se manifiesta bajo el velo de la dualidad. Es nuestra conflictividad radical, ese desgarramiento de estar permanentemente situados en una encrucijada de la que parten dos dimensiones, y de ellas cuatro tensiones fundamentales, frente a las que no caben las fáciles soluciones ni las decisiones apresuradas. Es tarea de una vida, pues en cada dirección rige un poder de la vida, el cual siempre busca nuestra adhesión, que arrastrarnos quiere hacia una sola dirección en de-

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trimento y olvido de las demás.

Al igual que Cristo, cada uno ha de asumir su propia cruz. Cargarla a sus espaldas y ponerse a andar. Muchos intentan dejarla de lado, e incluso creen conseguirlo: "soy feliz -dicen-, la vida es para disfrutarla, sacar provecho y nada más". Entonces la cruz se convierte en símbolo de la fijeza, la detención y la solidificación. Lo estable que deviene estático y duro. La dureza del cuadrado es lo opuesto a la blandura del círculo. Nacemos blandos, pero enseguida nos cuadramos. Cuadrarse llaman los militares a la acción de tensar el cuerpo y mostrar la dureza. Esa dureza que cierra filas frente a las sacudidas del vivir. Priva de ser y, sin embargo, parece que la necesitamos tanto, tanto la usamos, que convertimos la vida en un largo laberinto en pos de la blandura perdida. Vivir es cargar la propia cruz hasta que su peso ablanda la espalda, rebaja el orgullo y abre canales al perdón.

4.3 El Horizonte

La tensión horizontal nos conduce a un encuentro permanente con nuestro destino, con las experiencias que nos toca vivir, nos guste o no, y que se debaten, en todo momento, entre la frescura de un comienzo y la inevitabilidad de un acabamiento. La tensión vertical nos divide a todos entre unos orígenes y una nieta, una herencia ancestral que proviene de las profundidades de nuestro nacimiento y un cumplimiento que requiere un auténtico sacrificio. Como afirmaba, ya hace tiempo, Hernian Hesse; "todos tenemos en común nuestros orígenes, nuestras madres. Todos procedemos del mismo abismo, pero cada uno tiende a su propia meta, como un intento y una proyección desde las profundidades".

La vivencia más íntima e inmediata que nos despierta la existencia terrestre es la del tiempo. Desde esta perspectiva, estamos inmersos en un flujo temporal e incesante de experiencias, en el que, en realidad, cada momento es único, cada instante vivido se nos presenta bajo un carácter de novedad e irreversibilidad absolutas. Cada situación es una ocasión única y fatalmente irrepetible. Nunca estamos ante dos situaciones exactamente iguales. Este fluir de experiencias continuas es el que inauguramos en el momento exacto de nuestro nacimiento.

Es la dimensión de horizontalidad, del yacer y del padecer (ser pasivos) que presenta la vida, a todos, bajo la primordial exigencia de ser vivida, asumida y aceptada. Es el amor fati nietzscheano, el no resistirse, o el sí

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incondicional al destino de Jung, condición indispensable para devenir un individuo y sin la cual, lo que se da es una permanente huida frente al reto de vivir.

Para Heráclito la única realidad es la del fluir. Nada queda, nada permanece, todo cambia constantemente. Desarrollar una consciencia de la impermanencia es quizá la tarea básica a la que nos somete el eje horizontal-En cada instante se repite el misterio y el símbolo del nacimiento. Cada momento estrenamos la posibilidad de nacer, de descubrir algo nuevo en nosotros. Como afirma Simone Weil (34): "Es necesario renunciar al pasado y al futuro, pues el yo no es otra cosa que una concreción de pasado y porvenir alrededor de un presente "siempre fugitivo. La memoria y la esperanza suprimen los efectos saludables de la desgracia abriendo un campo ilimitado a las elevaciones imaginarias (yo era, yo seré), pero la fidelidad al instante presente en verdad reduce al hombre a la nada, y así le abre las puertas de la eternidad."

4.4 El Meridiano

Inauguramos con este eje lo que los filósofos denominan "la dimensión de la verticalidad", es decir, la perspectiva que ofrece altura y profundidad a la experiencia. Alcanzar la posición erecta, vertical, no sólo le supone al niño la conquista de la autonomía en el movimiento, sino una toma de distancia respecto al flujo de experiencias que constituyen la horizontalidad de su vida. Es la adquisición de la perspectiva necesaria para poder evaluar su experiencia desde una posición a la vez elevada, desapegada y global (arriba), y profunda e implicada (abajo), lo que constituye el factor imprescindible para la consciencia. La asignación tradicional de este eje como perteneciente al espíritu, la entendemos, siguiendo la concepción de Eskenazi (12,b), como el eje de la comprensión.

Si la vida en su horizontalidad es un puro yacer, un tener que padecerla, y un reto para nuestra capacidad de aceptación, en el eje vertical nace la posibilidad de un nuevo poder. El que ofrece la capacidad de salirse de la inmediatez del hecho para darle altura y profundidad. Sólo la comprensión permite el cambio real, sólo ella puede conseguir que la vida se enriquezca y deje ver su sacralidad inmanente. Consciencia y vida que nada pueden separadas, cada una necesita de la otra para realizarse.

La realidad consiste en el difícil equilibrio existente en el centro, en la encrucijada de los dos ejes. Tal dificultad se expresa claramente en la

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tragedia de Fausto, el sabio cuya sabiduría le aparta de la vida hasta el punto de que demasiado tarde se da cuenta del sacrificio. No se puede pensar la vida sin vivirla, ni al revés. Y ello es una contradicción que muchos no superan. Aquellos que se dedican a determinar el sentido de la vida casi siempre desaparecen del reino de los vivos, llevan la vida de un muerto. Por contra, los que se dedican a vivir carecen de capacidad para darle significado a su existencia. La cuestión se presenta como una casi imposibilidad de vivir y de hallar significado a la vez. O se vive a costa de no saber, o bien se le da un significado a la existencia, pero entonces no puede vivirse. La persona que trueca la vida por la lucidez comete un crimen contra ella, por ello en su destino sufre una condena: el desconsuelo. Muchas veces no se le permite un uso privado de su comprensión; sólo puede divulgarla. La persona que en su vida rehúye la necesidad de comprender y sólo aspira a vivir, se encadena también. Su vida transcurre sin sentido, con muchas experiencias de las que no extrae más que desatino y estupidez. Con ello, o se limita a vivir su estupidez o se obliga a depender de los que se toman la molestia de comprender: se convierten en seguidores de verdades ajenas y en críticos de otras, pero sin poder nunca realmente acceder a la auténtica comprensión que siempre lleva aparejada la soledad. De ahí el no tener más remedio que cargar con la cruz.

4.5 Los Cuatro Ángulos

La proyección de la cruz genera los cuatro puntos cardinales, las cuatro esquinas del mundo: Oriente o el Ascendente, el Zénit o el Medio Cielo, Poniente o el Descendente y el Nadir o el Fondo del Cielo. Oriente (el Asc.) es el lugar de la revelación de la luz, del nacimiento de la claridad, ese rasgar el velo de la noche que implica la luz del alba, que inaugura un nuevo día y con él una nueva esperanza, por ello el Asc. es el lugar de los perpetuos comienzos y de la claridad que guía y orienta al ser. En el Mediodía, aparece la vivencia del esplendor del poder, de la sensación de haber escalado hacia cimas celestes en las que una llamada interior nos recuerda la necesidad de la entrega de ese poder. Sin ella, el yo, ese oscuro déspota, puede usurpar dicho poder para sus equívocos propósitos. Si se logra, se produce la apertura necesaria para que un mandato divino adquiera forma en la vida: la realización de la vocación o el cumplimiento de la tarea.

En el Occidente ya no es la entrega del poder, sino que el mismo ego depone toda pretensión de importancia, es el ocaso de la claridad que guía al individuo para que así una nueva luz, una luz crepuscular, alumbre el

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misterio de la presencia de ese otro, sin el cual no hay completitud posible. En la Medianoche oímos esa voz de los abismos. Voz que a todos nos alcanza y conmueve, y que si es escuchada, ineludiblemente provee de hondura y alma a la experiencia. Los cuatro ángulos de la cruz representan los cuatro poderes que devienen exigencias que crucifican al hombre y constituyen los retos fundamentales entre los que se mueve su destino. Los símbolos de éstas son: en el Fondo del Cielo el deseo, en el Ascendente la claridad, en el Medio Cielo el poder, y en el Descendente la responsabilidad. Dar cabida a uno de esos poderes excluyendo a cualquiera de los otros siempre acaba destruyendo a una persona.

4.6 Fondo del Cielo

El Fondo del Cielo alude a esa oscuridad esencial que rodea nuestros orígenes y la cual siempre se nos aparece bajo la forma del deseo. Esa fuerza del deseo que desde siempre conmovió de tal manera al ser que sólo podemos recibirla unida al miedo, a una inseguridad que baña el hondo pozo de nuestra vida. Una inseguridad tan radical que para muchos es mejor olvidarla, vivir como si fuera posible la seguridad, como si no existiera ese abismo. Se puede vivir así, muchos lo hacen, pero siempre acaban pagando un gran precio: un miedo les atenaza desde lo oscuro de su ser, de tal modo, que en su vida ya no alientan el deseo. Podrán vivir mil aventuras que sus miedos acabarán traicionando. En el fondo ya nada le conmueve. Serán personas vencidas. El Fondo del Cielo nos exige el confrontar nuestros orígenes. Allí siempre topamos con el deseo y con el miedo. Con ellos a cuestas es preciso adoptar una actitud ante la vida, que desprovista de la necesidad compulsiva de agarrarse a mil y una se- guridades ficticias, nos facilite el coraje necesario para relacionarnos con nuestros deseos y nuestros miedos, sin trampas ni tapujos.

4.7 El Ascendente

Sólo así se puede acceder en la vida a un nuevo poder, el que ofrece el Ascendente: la capacidad de orientarnos. Esa claridad del alba que se erige en guía de nuestro destino. Cuando desaparece el huir de los propios miedos y deseos, el hombre puede empezar a sentirse seguro de sí, pues siente que su visión adquiere claridad y su vida orientación. Sabe lo que quiere, conoce sus deseos y sabe cómo realizarlos, cómo afirmarse ante las demandas de los otros y las exigencias de su propia vida. Las crisis en su sentido más alto equivalen a desorientación. Uno está en crisis cuando no

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sabe qué hacer, ha perdido su oriente, y por tanto, o no actúa o lo hace equívocamente. El Ascendente sitúa a la persona, le orienta sobre qué hacer en cada momento, cuál es su papel en una experiencia dada. Ahora bien, tal claridad respecto a uno mismo, también plantea un reto. La conquistada capacidad de orientación puede convertirse en un obstáculo: da excesiva confianza. Es una claridad incompleta si uno se aferra a ella. Éste es el caso de muchos, que después de vivir cierto tipo de experiencias, como por ejemplo, un proceso terapéutico, la claridad que alcanzan respecto a sí mismos, el conocimiento que adquieren de los motivos ocultos (Fondo del Cielo), acaba aplastándoles, "el saber hincha" decía un apóstol. Jung por su parte acuñó el concepto "inflación del ego" para aludir al estado en que fácilmente uno se sumerge en tales condiciones.

4.8 El Medio Cielo

Si ello no ocurre surge entonces el símbolo del Medio Cielo como el dador del auténtico poder. Un poder de concreción de las propias capacidades, un poder terrenal que permite por fin llevar a cabo lo que uno se propone, realizar las metas a las que uno aspira. Se trata de un poder actuar verdaderamente, una capacidad casi mágica de conseguir lo que se desea. Éste es el máximo logro, pero también puede llegar a ser el máximo desastre, como muy bien advierte Castaneda en boca de su maestro: "El poder puede devenir el más fuerte de los enemigos, transforma al que a él se rinde en un hombre caprichoso, cruel, y muere sin saber realmente como manejarlo. El poder es sólo una carga en su destino. Un hombre así no tiene dominio de sí mismo." El poder posee al que lo posee. Es necesario darse cuenta de que ni el-poder, ni la claridad, ni los deseos son de uno. Sólo así se puede llegar a una posición que permita un cierto desapego. Desapego necesario para enfrentar el reto que sobreviene a la hora del ocaso.

4.9 El Descendente

El Descendente es la imagen de esa hora de la vida en que uno ha cumplido su misión para con el mundo. Corre entonces el peligro de un descuido, de un ceder a la tentación del olvido, del descanso y no afrontar quizá la más decisiva de todas las tareas: asumir la propia finitud, la desaparición de toda importancia personal. Es el empequeñecimiento de la propia luz para dejar que brillen las infinitas luces que también ocupan el Universo. Sólo con el oscurecimiento del propio esplendor se consige la ecuanimidad, una visión justa e imparcial de uno mismo en relación a los demás. Sólo así se puede asumir la propia responsabilidad en el trato con el prójimo.

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4.10 El Tema Natal: Mándala de la individualidad

El Tema Natal constituye, pues, un símbolo de integración. En él se hallan representadas las imágenes primordiales (el círculo, el cuadrado, la cruz, el centro) que conforman un arquetipo: el Mándala. El Mándala es símbolo revelador de un orden y un sentido, símbolo que es el soporte y la meta de eso que Jung denominó "el proceso de individuación". Aquel camino en la vida por el que, en parte, por un proceso natural y, en parte, sólo gracias a un máximo esfuerzo (no de voluntad sino de honestidad), uno deviene plenamente uno mismo, un individuo único, original y a la vez universal.

La individuación es un proceso que tiende hacia una meta: la experiencia del centro. Dicha experiencia proporciona, para Jung, "una íntima imperturbabilidad, una calma y una plenitud de sentido de la vida, en cuyo campo puede aceptarse a sí mismo y encontrar un punto medio entre las contradicciones de su naturaleza interior. En lugar de ser un ente fragmentario que ha de aferrarse a puntos de apoyo colectivos, deviene un ser total e independiente, que no explota y absorbe infantilmente su entorno, sino que lo enriquece mediante su presencia"

Es necesario para ello un largo proceso, un camino iniciático, en el decir de los antiguos, en el que se revelan al hombre todos los horrores, la belleza, y los misterios de la vida y de él mismo. Un proceso lleno de peligros, de equívocos y de encuentros mágicos. Es una Iongissima vía", una línea sinuosa que discurre entre antagonismos, un sendero cuya sinuosidad laberíntica no carece de espantos.

Su expresión mítica más universal es la historia del héroe. Ese ser que en los mitos, leyendas y sueños, representa aquella aspiración, que en todos anida, a realizar plenamente la totalidad del ser y con ello cumplir con el destino. Se requieren para tal empresa las cualidades típicamente heroicas:

un arrojo, un coraje y una entrega, sin las cuales nadie es capaz ni siquiera de partir del hogar. Héroe es el que se aleja de su hogar, realiza su propio viaje en pos de ideales y quimeras que, tarde o temprano, le harán despertar y así descubrir la recompensa, el "tesoro de difícil acceso". En el viaje conoció la "noche oscura del alma", las amarguras del fondo del infierno:

"donde había pensado encontrar al monstruo, se encontró con un dios; donde había pensado odiar al otro, descubrió que se odiaba a sí mismo; cuando sentía que llegaba, justo estaba alejándose; y donde se había sentido solo, vio que estaba con el mundo." J. Campbell (5).(*)

Vivir la vida es un círculo completo, de la tumba del vientre al vientre de la

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tumba, de una unidad arcaica e inconsciente a una unidad conquistada. Una enigmática y ambigua incursión en un mundo de materia aparentemente sólida que, sin embargo, y con el paso del tiempo, ese tiempo cuya circularidad sigue siendo el secreto de los dioses, se va deshaciendo entre nuestros dedos como la sustancia de un sueño. "Así –añade el mismo autor (5)– resulta que la paz es una Transcribo, a continuación, una extensa cita del viaje heroico, tal y como J. Campbell (5) lo relata: "El héroe mitológico abandona su choza o castillo, es atraído, llevado, o avanza voluntariamente hacia el umbral de la aventura. Allí encuentra la presencia de una sombra que cuida el paso. El héroe puede o conciliar esa fuerza y entrar vivo en el reino de la oscuridad; allí batalla con el hermano, batalla con el dragón (ofertorio, encantamiento), o puede ser muerto por el oponente y descender a la muerte (desmembramiento, crucifixión). Detrás del umbral, después, el héroe avanza a través de un mundo de fuerzas poco familiares y, sin embargo, extrañamente íntimas, algunas de las cuales le amenazan peligrosamente (pruebas), otras le dan ayuda mágica (auxiliares). Cuando llega al fin del periplo mitológico, pasa por una prueba suprema y recibe su recompensa. El triunfo puede ser representado como la unión sexual del héroe con la diosa madre del mundo (matrimonio sagrado); el reco- nocimiento del padre-creador (concordia con el padre); su propia divinización (apoteosis); o también, si las fuerzas le han permanecido hostiles, el robo del don que ha venido a ganar (robo de su desposada, robo del fuego); intrínsicamente, es la expansión de la conciencia y por ende del ser (iluminación, transfiguración, libertad). El trabajo final es el del regreso. Si las fuerzas han bendecido al héroe, ahora éste se mueve bajo su protección (emisario); si no, huye y es perseguido (huida con transfor- mación, huida con obstáculos). En el umbral del retorno, las fuerzas transcendentales deben permanecer atrás; el héroe vuelve a emerger del reino de la congoja (retorno, resurrección). El bien que trae restaura al mundo (elixir)."

trampa; la guerra es una trampa; el cambio es una trampa; la permanencia es una trampa. Cuando llegue nuestro día por la victoria de la muerte, la muerte cerrará el círculo; nada podemos hacer, con excepción de ser crucificados y resucitar; ser totalmente desmembrados y luego vueltos a nacer."

(*) Hablar de mitología tocante a la ciencia ha de parecer a primera vista un contrasentido pues nos han hecho creer que precisamente ella había de ser la encargada de quitar la vida sus mitos, sustituyendo la fantasía y la leyenda por una estructura de relaciones basada en la realidad objetiva. La ciencia des mitologiza nos dicen, por ello la revolución científica fue un cambio distinto a los precedentes que se limitaban a re-mitologizar, es decir, sustituir un sistema mítico por otro. «Si pedimos a un científico, dice Roszak, que nos explique por qué la ciencia progresa en tanto que otros campos del pensamiento se estancan o retroceden, nos hablará

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¿Estamos pues

Creo que no.

Pues el mito es ese algo creado colectivamente que es como la cristalización de los valores fundamentales de una cultura. Si la nuestra localiza sus más altos valores no en los símbolos místicos, los rituales o las leyendas épicas de tierras y edades lejanas, sino en un modo concreto de conocer, ¿por qué no habríamos de llamarle mito? El gran mito que controla nuestra cultura, pues un mito tiene precisamente fuerza cuando lo aceptamos sin discutirlo.

inmediatamente, a no dudarlo, de la «objetividad» de su método de conocer empleando la palabra mitología ilegítimamente al aplicarla a la objetividad

?

(****) Para comprender dichos principios no basta la razón, es necesario ser capaz de imaginarnos una época en que ésta no ocupaba el lugar en el que hoy está. Tendríamos que remontarnos hasta aquel in illo tempore mítico en el que no se había inventado un mundo objetivo. El hombre vivía rodeado de un Universo de presencias vivas. El mismo aliento vital que anidaba en él constituía la esencia de todo cuanto le rodeaba. "La tierra era sagrada, no sólo los animales, sino que las rocas, los árboles, las montañas, las fuentes y los pozos eran receptáculos del Espíritu Universal, y por ello podían regalar sus dones fertilizantes, terapéuticos y oraculares. El hombre no tenía ninguna pretensión de ser inteligente, sino que estaba totalmente abierto a escuchar con una roca o a un roble tan sólo que manifestaran la verdad. Estaba inmerso en un Universo y, por medio de una sutil trama de analogías y señales mantenía un diálogo íntimo y permanente con todo lo que vive." (The Earth Sprit and its mysteries)

Capítulo 5

Las casas astrológicas

"He apartado mis pies de la tierra; mis manos; de todas las manos, mis sentidos de todo objeto exterior; y

de mis sentidos mi alma

origen. Sufro un nacimiento. He caducado. Cerrando los ojos nada me es externo; soy yo lo externo."

Claudel, Arte Poética

Ya no soy un hombre, no hay más que un movimiento. No hay más que un

5.1 Introducción

La Astrología afirma que, simbólicamente, así como es el primer instante, el nacimiento, es nuestra vida. El primer suceso, queda grabado como

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marca indeleble, huella, cuño, o sello, para el resto de la vida. Si entendemos nuestra vida como un conjunto de experiencias que se despliegan a partir de la primera y primordial experiencia del nacimiento, el Ascendente, su símbolo, constituirá el punto de partida de todo el edificio simbólico, de ahí su importancia.

Las casas astrológicas son el despliegue de la cruz básica, formada por la proyección de la perspectiva terrestre. Por tanto, siempre se refieren a las condiciones presentes y tangibles de nuestra existencia. Las casas constituyen un sistema simbólico, que alude a la experiencia humana en el plano en que ésta se manifiesta como acontecer, como suceso. Como división simbólica del espacio terrestre desde el punto de vista de la percepción de una persona, las casas se refieren a "ámbitos" o espacios, donde se vive un determinado tipo de experiencias. Constituyen los lugares en que se han de producir los encuentros significativos de un destino. Un lugar no es un espacio físico ahí fuera solamente. Es, más bien, una cualidad de la experiencia, un modo de sentir, experimentar y reaccionar frente a lo que la vida nos depara.

Podemos imaginarnos cada casa como una apertura a la vida. Una apertura por la que entra el fluido vital de nuestro destino. Fluido cuya sustancia lo constituyen el mundo, los otros, y las circunstancias que vivimos con ellos y por ellos. Por estas aperturas se cuela lo exterior solamente para fundirse o amalgamarse con el flujo incesante de imágenes que constituyen el mundo interior. De tal fusión surge nuestro destino como la concretización de un proceso en el que resulta indivisible nuestra vida exterior de nuestro mundo interior. Así como es uno es el otro. Hay quien vive de cara a la acción y al mundo aparentemente objetivo de afuera. Son los extravertidos, diría Jung. En cambio, la persona introvertida rehuyendo el mundo de la acción y de las luces exteriores se repliega sobre sí misma, y en íntima introspección vive atenta a sus vivencias interiores, al Universo de ideas, fantasías, imágenes e intuiciones que pueblan su geografía interior. Son dos caminos, o dos modos de vivir, igualmente válidos o igualmente equívocos. Todo depende de la medida en que uno se da cuenta de las ilusiones que fácilmente se ocultan en sus recovecos. Tan objetivo es el mundo interior como el exterior e, inversamente, tan irreal es uno como otro. El grado de credibilidad que le damos se relaciona con la consciencia. Ser conscientes significa, aquí, ver la cualidad onírica de la vida que, apareciendo, en su devenir temporal, ahora como suceso exterior, ahora como vivencia interior, sólo deviene real si uno es capaz de relacionar lo exterior con lo interior y remitir ambos a aquello que está más allá de los dos: lo eterno.

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Esotéricamente cada casa astrológica es la imagen de una búsqueda, un reto

y una necesidad. Búsqueda de la propia individualidad. El único tesoro que

podemos hallar, la mayoría de las veces oculto, tras las diferentes circunstancias y avatares de nuestra existencia. Reto, el que nos plantea la vida en cada situación: ser responsables de ella y ante ella. El simbolismo de las casas nos ayuda para cumplir el sentido de las situaciones determinadas que vivimos.

La propia vida no es nuestra como propiedad, no nos pertenece. Lo que sí depende de nosotros es la decisión de plantearnos la vida como algo que exige una respuesta. Ser responsables es ser capaces de dar respuestas. Respuestas nuestras, propias, acertadas o equivocadas (eso, en realidad, no importa); lo esencial es que sean producidas por uno mismo. Que sean la expresión de un proyecto de vida, de una apuesta que hemos de hacer, de un riesgo que hemos de correr.

Las experiencias exteriores son reflejo de necesidades interiores. Partimos de la convicción esotérica de que sólo vivimos las experiencias necesarias para nuestro crecimiento. Sean del tipo que sean. Por tanto atraemos los acontecimientos como el imán a las limaduras. Cualquier situación que vivo, por ajena o íntima que la considere, será siempre la expresión de una necesidad que me habita, es decir, que la reconozco conscientemente como tal, o que me es ajena o inconsciente, y por tanto, se me impone con la fatalidad de lo vivido como extraño.

La distinción neta y tajante entre las circunstancias y nosotros debe desaparecer. La antigua idea griega "carácter es destino" lleva a

presuponer una íntima conexión entre lo que le sucede a uno y su carácter. Este concepto, en su sentido original, no tenía nada que ver con las modernas descripciones de rasgos caracteriales, tendencias temperamentales y perfiles psicológicos al uso. Se refería, como dice Eskenazi, a nuestra especial manera de "habitar" el mundo. La "huella" que dejamos al actuar. Es nuestro modo de comportarnos el que se vincula a un destino. Las casas son un símbolo de la explicitación, la concreción de ese destino, tal y como se vuelve, real, tangible en nuestra existencia. Un destino que, de pura potencialidad, deviene paulatinamente vida vivida, camino recorrido, acto eternizado a través del Tiempo. Por ello, y siguiendo una concepción de Eskenazi (12,b), las casas constituyen el "fijador" de la experiencia. Son la trama fija, en la que se plasma de un mundo de infinitas posibilidades, aquéllas que van a constituir la sustancia

o el tejido de nuestro destino.

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De hecho, el flujo de experiencias que inauguramos con el nacimiento constituye un devenir en el que las situaciones, los fenómenos y los acontecimientos, nunca son iguales. Cada uno de ellos es único en su aparecer y desaparecer. Ello nos dejaría en el caos más absoluto si no fueramos capaces de presentir o vislumbrar que, detrás del acontecimiento, se adivina una dimensión que permite conferir a la experiencia un orden y un significado. Atendiendo a dicho significado, todas las experiencias que puede vivir el hombre pueden agruparse en un sistema de doce conjuntos simbólicos que dan lugar a las casas.

5.2 Las asignaciones tradicionales

Las asignaciones tradicionales de las casas se deben entender y trabajar en su sentido simbólico. Con ello quiero decir, que contrariamente a lo que hacen muchos astrólogos de clasificar las experiencias de una persona en función de unas reglas sociales, culturales o externas, hemos de interrogarnos sobre qué significa una experiencia dada, para una persona. De nada sirve anteponer un sentido convencional, social y estático que traiciona la vivencia individual e íntima que ha de presidir la comprensión del símbolo astrológico. Así, se oyen absurdos como: si una persona convive con otra pero no o se casa es una relación de casa V, pero en el momento de casarse pasa a ser de casa VII. Si una persona nos pregunta cuestiones sobre su participación en un grupo de trabajo, enseguida se mira su casa XI o X. Y la Astrología no ha de funcionar así. Para un individuo, el participar en un grupo puede significar una cuestión de casa IV (bús- queda de seguridad afectiva). Para otro, puede tener un sentido de casa V (una oportunidad de expresarse y dramatizarse creativamente, donde los demás adquieren el significado de mero público) y, por último, para otro, puede significar un asunto de casa XI (participación y cooperación en un grupo que comparte una misma visión). Lo mismo ocurre con las estériles polémicas de casa X y casa IV como representantes del padre o de la madre. Dichas casas son portadoras de un sentido que a veces encarna el padre y otras la madre. Por mínimo que profundicemos en Va relación humana hemos de ver que el vínculo que une a un padre con su hijo puede revestir una enormidad de significados distintos. Una madre, por ejemplo, y en función de su particular carácter y destino, puede representar un rol simbólico materno o paterno a su casa X o a la IV. En las parejas nos en- contramos con idéntica situación. Si se nos presenta una pareja legalizada, necesariamente, buscamos su descripción en la casa VII. Cuántas veces el psicoanálisis nos ha demostrado que la pareja no es más que la reproducción inconsciente del vínculo que la persona estableció con sus

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progenitores. Para el marido, su mujer puede encarnar perfectamente la imagen de su madre, y relacionarse con su pareja exactamente igual que lo hizo con la madre. Y viceversa respecto a la mujer. Y aun más, la cuestión se complica cuando descubrimos que, a veces, el marido, por ejemplo, no representa tanto al padre de la mujer, como a su propia madre. J3 ajo o un juego de identificaciones inconscientes la relación entre las personas adquiere unos significados muy distantes de los sociales.

¿Cómo podemos encajar los descubrimientos de la psicología profunda si seguimos encarando el símbolo astrológico como una serie de definiciones exteriores, convencionales y estáticas? Se trata, más bien, y siguiendo el espíritu que anima a la Astrología, de considerar cada persona como un individuo único, que ha establecido, consciente o inconscientemente, significados a su experiencia de -acuerdo a su particular modo de vivir y a su destino peculiar.

La mayoría de estas atribuciones pecan de un error fundamental: no tienen en cuenta la naturaleza simbólica de la Astrología. Utilizándola desde una perspectiva racional y analítica, descomponen el tema natal en partes separadas, opuestas, sin considerar la naturaleza paradójica, integradora y dual del símbolo. A la hora de interpretar, esto tiene muchas consecuencias. Así, si una persona tiene muy cargada la casa VII, el astrólogo le aconsejará que se relacione mucho, que viva en pareja, que se asocie, etc. En cambio, si la preponderante es la I, la persona ha de descubrirse a ella misma y ser independiente. Puede prescindir de la pareja y debería vivir sola. De la misma manera con el resto de las casas, con una casa VI fuerte el sujeto debe trabajar mucho, ser ordenado, y esforzarse en superarse a sí mismo sirviendo a la comunidad a través de su trabajo. Pero si el énfasis recae en la casa XII, mejor que la persona no trabaje, sino que se entregue a una causa espiritual, en la que su actuación no reciba recompensa económica alguna y, así, abrace una vida espiritual. Si una persona tiene los planetas benéficos en la casa V y en la VII los maléficos, oí decir una vez a un astrólogo que lo conveniente para la persona es que con la pareja no se case ni conviva en un mismo piso, sino que mantengan la relación a nivel de romance perpetuo. Sobran los comentarios.

Una casa astrológica se ha de interpretar siempre como parte de un eje, de una cuadruplicidad y de una triplicidad. Se la ha de relacionar con la casa que le antecede y la que le sigue, pues una casa no es más que un momento en el que se viven unas experiencias que sólo adquieren sentido en su integración en un proceso y en un contexto. Por ello, una casa es la manifestación de un principio simbólico que se expresa bajo dos

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perspectivas (hemisferio Norte y hemisferio Sur), como perteneciente a una dimensión de la vida (elemento al que pertenece) y a un momento de su manifestación. Por ejemplo, la casa I no se puede comprender sin la VII, y si no se la relaciona con la V y la IX, con la XII y con la II. Y así sucesivamente.

5.3 Los Hemisferios

La línea del horizonte divide el círculo del horóscopo en dos mitades. La mitad superior es el hemisferio Sur, símbolo de un mundo objetivo. Corresponde a la perspectiva celeste, la mitad diurna. Todo lo que resultaba visible en el firmamento, en el instante del nacimiento. La otra mitad es el hemisferio Norte, reflejo de la oscuridad de lo subjetivo. Corresponde a la perspectiva oculta, terrestre, lo que se relaciona con procesos invisibles a la luz del día. Es el reino de la noche. Lo invisible en uno es la propia subjetividad, ese mundo de piel adentro tan vasto y real como el exterior y que constituye la réplica exacta de la dimensión tan aparentemente objetiva de mi vida afuera.

El meridiano vuelve a dividir al círculo en dos hemisferios. El hemisferio Este que simboliza todos los procesos directamente relacionables con uno mismo. Es el movimiento ascendente de la vida y de la experiencia humana, por tanto, alude a todas aquellas experiencias del yo, que se descubre a sí mismo en su actuar. El hemisferio Oeste simboliza el ocaso del yo que da lugar al nacimiento del tú. El descubrimiento del otro como parte constituyente y esencial del propio destino constituye la matriz de las experiencias que aquí se presentan.

Hemisferio Norte

El hemisferio Norte tiene como punto de partida el Ascendente y como punto central el Fondo del Cielo. Ambos puntos permiten comprender la dinámica esencial de dicho hemisferio. En él se da un proceso que, partiendo de la vivencia originaria del nacimiento, se despliega en una serie de experiencias que atañen de un modo directo a la construcción de una subjetividad. Un ámbito de vivencias que nutren y sustentan al ser en la específica y peculiar tarea de construir un mundo personal, vivido como interior, que constituye la materia prima con la que enfrentar el mundo exterior. La protagonista de este hemisferio es la Luna, la cual refleja una cualidad de intimidad y cercanía de lo subjetivo. Su culminación, en la VI, se relaciona con la aceptación de los límites de dicha subjetividad:

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Hemisferio Sur

Nace en el Descendente y alcanza su clímax en el Medio Cielo. Es la mitad celeste del Tema Natal. Alude al ser inmerso en un proceso colectivo y cósmico en el que acaba resultando abrumadora la propia pequeñez. Es el mundo exterior como contraparte que equilibra la propia subjetividad. En dicho hemisferio, tienen lugar todas las experiencias que ayudan al hombre a. adquirir consciencia de su papel en relación a un Todo mayor. Representa la construcción de lo Universal en uno. Universalidad que se opone, complementa y da sentido a la individualidad creada desde la propia subjetividad. Su regente es Saturno, el planeta más lejano de los tradicionales, el último que se puede observar a simple vista, simboliza el Umbral, el punto de contacto con el vasto Universo. Su culminación en la casa XII se relaciona con la aceptación final de lo incognoscible.

Hemisferio Este

Parte del Medio Cielo y su centro es el Ascendente. En este hemisferio, regido por Marte, tienen lugar los procesos y experiencias que se centran alrededor de mí y mi actuación. Los resultados del propio actuar como fruto directo de la inmersión del yo en un mundo que se presta, y demanda un compromiso que sólo se revela en el acto. Son las consecuencias de dicho actuar las que posibilitan un autodescubrimiento efectivo. Autodescubrimiento que se desarrolla en un in crescendo propio de este hemisferio.

Hemisferio Oeste

Aquí tienen lugar las experiencias, cuyo común denominador es que nos implican en una dimensión de relación íntima (Fondo del Cielo) con los demás, y que suponen una exigencia de trato igualitario o cooperación, sin el cual tales experiencias no dejan huella. En este hemisferio se da una vivencia de lo inevitable, pues lo que nos ocurre estando con los otros nunca depende exclusivamente de uno. El otro aparece más bien en nuestra vida siendo portador de un poder o de una fatalidad que nace o proviene de la oscuridad de nuestros orígenes (Fondo del Cielo), y que exige, bajo el álgida de Venus, un compromiso en la relación, una relación comprometida sin la cual resulta imposible asumir la responsabilidad respecto al Otro de nuestras vidas.

5.4 Los Cuadrantes

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La agrupación por cuadrantes establece unas categorías que han dado nombre y naturaleza a las casas, y que constituyen la expresión en el simbolismo astrológico del movimiento dialéctico implícito en todo proceso de manifestación: tesis, antítesis y síntesis. Cada cuadrante implica la agrupación de una casa Angular, una casa Fija y una casa Cadente que posteriormente constituirán una agrupación similar en la formación de los triángulos.

Primer Cuadrante (1-2-3)

Se inicia con la aparición de la chispa inicial de la individualidad(I) que adquiere terrenalidad y corporeidad en su relacionarse con un Universo que le rodea(II) y que deviene consciente de sí a través del descubrimiento del otro (el hermano), y de un entorno que lo constituye como sujeto

humano(3).

Segundo Cuadrante (IV-V-VI)

El proceso de construcción de la interioridad del ser continúa en una nueva dimensión: hallar la fuente de sustento, aquélla en la que poder hundir las propias raíces (IV). Proceso que se desarrolla en la medida que uno actúa y se expresa creativamente (V), a la vez que transforma sus propias creaciones en algo que siente útil a los demás (VI).

Tercer Cuadrante (7-8-9)

Aparece aquí una nueva dimensión. Una vez construido el mundo interior y personal es hora de enfrentar lo otro, un mundo que demanda de mí cumplir con una tarea que en principio ignoro y que empiezo a descubrir con la aparición del otro como par (VII). Aquel que me exige una relación comprometida y responsable. Enfrentar al otro como un igual conduce a una muerte. Muerte cuya puerta de entrada queda abierta por la aparición de la oscuridad que subyace tanto al individuo como a las relaciones que establece (VIII). El yo ha de desaparecer para dejar paso a un ser nuevo. Una individualidad que ahora renace más completa porque ha entrado en contacto con lo desconocido de su ser, con el propio deseo. Deseo que, una vez confrontado, se transmuta en comprensión de uno mismo y del Universo que le rodea, que le constituye y da significado a su existencia (IX).

Cuarto Cuadrante (X-XI-XII)

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La comprensión de uno mismo es también la posibilidad de oír el propio llamado interno: la vocación (X). Una llamada que requiere un actuar en el mundo de tal modo que lo que satisface es cumplir con una tarea. Tarea que se sitúa por encima de todos los pequeños asuntos personales. Desde esta perspectiva, surge la posibilidad de relacionarse con los otros con el fin de aunar esfuerzos, de colaborar en la prosecución de un proyecto colectivo bajo un marco universal (XI). Este proceso tiene una culminación cuando el individuo enfrenta unas experiencias que le revelan su auténtica dimensión (XII). Con ello, surge la posibilidad de una inserción real en un Todo, cuya vastedad y misterio ya no pueden dejarse de lado. Se convierten más bien en la más radical y única posibilidad de redención.

(XIII).

5.5 Los Ejes

I-VII. Eje cardinal masculino, de acción, impulso e inicios. Yo y tú son los dos polos complementarios y opuestos de una relación. Bajo la ilusión de la separatividad, existe un yo separado de un tú. Yo soy así y tú eres asá, yo no soy el responsable eres tú, etc. Bajo la mirada simbólica, el tú es un espejo, un reflejo del yo. Cuando uno vive, como suele ocurrir en dicha ilusión, el tú aparece siempre como portador de aquello que complementa a yo y que éste necesita asimilar. El tú forma parte entonces de la "sombra" (en el sentido junguiano) de la persona. La sombra es una especie de Otro que habita en mí, un fantasma que se alimenta de todo lo que rechazo y de- testo en los demás. La sombra es lo que se proyecta en el otro y se manifiesta siempre que uno combate o se opone a un tú, y viceversa siempre que uno desea e idealiza al otro. Sean cualidades positivas o negativas, su común denominador es que son las propias cualidades inconscientes que aparecen reflejadas en los demás.

No se puede experimentar un "yo" sin experimentar a la vez un "tú". Son dos polos opuestos de una relación. Se generan mutuamente. El yo tal y como usualmente se entiende, como un órgano psicológico separado, no existe. Es una convención social, como lo son las fronteras entre países. La percepción de la reciprocidad y la interdependencia entre el yo y el tú desplaza el énfasis hacia la relación. El eje Ase.-Desc. es el símbolo básico de ella.

Planetas en estas casas siempre indicarán la urgencia de llevar a cabo unas tareas y de realizar unos descubrimientos a través de la relación. La

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confrontación con los diversos tus siempre estará mediada por estos dioses. La inconsciencia, como antes apuntamos, dará siempre lugar a un juego de proyecciones en las que el tú es el portador de sus rasgos sobrehumanos, sean divinos o diabólicos.

La tensión del eje yo-tú se resuelve en un punto central desde el que se vislumbra que ambos factores pueden constituir fuerzas de alejamiento o acercamiento a la realidad de uno mismo, de la propia individualidad. La necesidad de afirmar una identidad y la de establecer una relación con un tú son inseparables. El olvido de una de las dos siempre lleva al estancamiento. El cultivo o satisfacción de una en detrimento de la otra coarta la posibilidad del equilibrio integrador.

II-VIII. Eje femenino de las casas fijas. Todo aquello que se contrapone y concretiza al eje masculino cardinal. Como casas femeninas la experiencia es de receptividad. Son situaciones que se presentan siempre con un cariz de fatalidad. La fortuna y la pobreza (II), la neurosis y las crisis (VIII) siempre nos suceden inevitablemente.

En este eje tiene lugar la función asimiladora y eliminadora, la cual contribuye al afianzamiento y enriquecimiento de la individualidad. Esta asimilación puede vivirse, bajo la ilusión de un yo separado, como toda la sustancia que me apropio pasa a formar parte de mi propiedad; sea una cuenta bancaria, un título, una relación, etc. Toda realidad material, psicológica y espiritual, puede vivirse como una posesión o un patrimonio del ego. De otro modo la II constituye un símbolo de los recursos que la vida pone al alcance del individuo para que, por medio de ellos, se generen ciertas realidades. El que sea uno mismo o los demás los que los utilicen y disfruten es lo que menos debe importar.

En la VIII la vivencia de lo que elimino deviene la expresión de rechazo. Toda realidad, material o no, que mi ego vive como amenazadora para su afianzamiento y enriquecimiento, pasa a ser rechazada. Se convierte entonces esta casa en la de los complejos o neurosis, que constituyen los residuos vivientes de realidades que, equívocamente, uno quiso eliminar de su vida. Esta amputación o eliminación forzada de aspectos de uno o de la vida vuelven posteriormente exigiendo su derecho a vivir. El modo que tienen de aparecer es por medio de las crisis, pues es el único camino que les queda libre.

El eje II-VIII nos confronta con la dialéctica del deseo, tanto en su forma anabólica, asimilación, como en la catabólica, eliminación. Por tanto, nos

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pone en contacto con todo aquello que puede contribuir a integrar al individuo en el flujo vital y a hacerle partícipe de su poder. Siempre que este flujo no se intente cosificar (materialismo) o retener (avaricia, apegos). Si esto ocurre, aparece la paranoia de la propiedad privada, con la consiguiente reducción a objetos de todas las relaciones que el individuo mantiene con su mundo. El deseo, que en su forma primaria es apetito, deviene en voracidad. Una voracidad oral, fruto de un apetito insaciable, que quiere poseer todo (11) y una voracidad de evacuación o de retención (VIII) que necesita compulsivamente rechazar todo lo que no resulta grato. La evacuación se refiere al imperioso impulso de cargar sobre otras personas, agredirles y ensuciarles. Impulso que, en sus formas extremas, puede alcanzar límites inhumanos, con bombas y fusiles simbolizando las heces con que llevamos a cabo la matanza de pueblos y seres humanos. La voracidad de retención implica esta negativa radical, de la gente que está poseída por ella, a regalar y compartir el alimento, a permitir que los demás participen y disfruten. Como cuando el niño retiene las heces que serían el regalo para su madre. Como la de ciertas culturas (la nuestra) y ciertas clases sociales que retienen para sí la inmensa mayoría de las riquezas y los recursos sociales y materiales que todos podrían disfrutar.

En este eje, se concretiza la vivencia de la relación que se da en la 1-7 La relación devienen una posesión del otro cosificado (11), y un campo de batalla en el que se intenta eliminar proyectando en el otro todo lo rechazado de uno mismo (VIII), o se inserta en un flujo de situaciones y vivencias que siempre multiplican los recursos de sus componentes (II), a la vez que se produce una liberación de los lastres –imágenes, complejos y fantasmas– que les impedían un contacto con lo real.

La tensión del eje 2-8, es la que existe entre el deseo y el rechazo, la asimilación y la expulsión, entre la necesidad de poseer aquello con lo que nos identificamos y la necesidad de rechazar o expulsar aquello de lo que renegamos. Esta tensión se puede resolver en el punto de una comprensión de los apegos. Comprender que ambas son fuerzas que esclavizan. Me esclaviza aquel objeto, persona o intangible, que deseo; en tanto que olvido que la fuerza no reside en él sino en aquello que se le concede mediante el hecho de desear. Me esclaviza asimismo el rechazo compulsivo de todo lo que me horroriza, me violenta o me desagrada, porque siempre que-se presenta en mi vida es una llamada del propio inconsciente, es decir, de los lastres que uno arrastra consigo y que buscan expresión y transformación.3- 10. Eje de las casas cadentes en su expresión masculina. Como cadentes tienen que ver con procesos de cambio de los esquemas mentales y de la cosmovisión filosófico-religiosa de un individuo. Se ve aquí una

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interacción constante entre el entorno (3) en el que se educa y vive, y la visión que encarna en su vida (IX). El entorno cotidiano en el que una persona está inmersa y sus ideas y actitudes básicas ante la vida, resultan siempre inseparables. Las relaciones que se establecen con el mundo forman la base comunicativa imprescindible para efectuar los aprendizajes necesarios con el fin de adquirir una comprensión del universo. A través de la enseñanza del lenguaje y de los restantes "utensilios" que una comunidad maneja, la persona adquiere carta de membrecía, se inserta en un medio ambiente (3) y construye una visión intuitiva y/o racional de sí mismo, de la vida y del Universo (IX).

Planetas en este eje siempre comprometen al individuo a una búsqueda consciente e inconsciente de los procesos transformativos a través de los cuales el sistema de relaciones con los demás y la imagen del mundo adquieren significados nuevos, más profundos y abarcadores. Que el mundo y la realidad son una interpretación, es la vivencia básica que subyace a las transformaciones de la consciencia que dicho eje simboliza.

La tensión en este eje es la que se produce entre un saber utilitario, práctico

e imparcial, y la de un saber amplio, filosófico, producto de la revelación

del vivir. Entre la visión de amplios y vastos horizontes y de elevadas miras

y aquella que ha de prestar atención a lo cotidiano, a las exigencias que un

entorno concreto pone sobre el ser humano. Entorno en el que se ha de insertar y lograr una adaptación "inteligente". Por inteligencia aquí hemos de entender aquella peculiar relación con el medio ambiente que preserva la propia libertad y crecimiento. El entorno puede devenir un instrumento para la utilización cotidiana de un mundo que responde directamente al modo inteligente o no de adaptación conseguida. Tal adaptación depende

totalmente de nuestro talante filosófico. La visión filosófica a su vez depende de la capacidad crítica desarrollada a partir del medio ambiente que nos rodea.

El punto central de la oposición pide un reconocimiento de que no existe filosofía, creencias o teorías que puedan desprenderse de unas prácticas sociales y de su expresión práctica en una realidad cotidiana. A la vez, ver lo cotidiano como surgimiento de una visión de la realidad preñada, como

todas, de lucidez y desatino, de revelación divina y de subjetivos, parciales

y efímeros puntos de vista.

Toda Verdad universal, celeste y eterna (IX) necesita de un lenguaje para su difusión. Dicho lenguaje ha de estar inserto en, y partir de, un ambiente concreto, temporal y geográficamente determinado (3). Un lenguaje que llegue a la gente, la mueva y la convenza. Sin este requisito las verdades

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más sublimes y exquisitas pierden poder y significado, no penetran en el sentir de un pueblo o una época determinadas. Un lenguaje desconectado de su conexión con lo Universal puede permanecer en una cultura y época dadas. Son los discursos que corren de boca en boca, constituyendo modos y modas. Son los tópicos de esos siglos. Generalmente marcan unos límites, un cerco que poca gente trasciende. Resulta, en tales condiciones necesario un viaje más allá de las fronteras (IX). Un gran viaje en busca de la inspiración que trascienda el cerco y descubra nuevos continentes, nuevas verdades y nuevas posibilidades de transmitirlas.

IV-X. Constituye el eje femenino de las casas cardinales. Implica receptividad y acoplamiento a los requerimientos del mundo (X) y del grupo familiar (IV). El individuo padece aquí las influencias modeladoras de las primeras relaciones cuya base son los sentimientos. Influencias que posteriormente tienen expresión simbólica en la vocación y las metas que guiarán su vida. La relación que se establece entre las necesidades emocionales del individuo y las del grupo familiar al que pertenece, constituyen una estructura de sentimientos que serán el fundamento de la seguridad o falta de ella con la que enfrentará el resto de situaciones en su vida. Existe una estrecha correlación entre los condicionamientos emocionales del pasado y la necesidad de logro y realización futura, tema que ocupa extensamente la literatura psicoanalítica. Afirma Karl Kraus: 'La meta es el origen", el héroe en los mitos triunfa precisamente porque es fiel tanto a su vocación de triunfo como a su origen.

Planetas en este eje aluden a los dioses que impelen consciente o inconscientemente a una integración del pasado y del futuro, de las necesidades emocionales y de las ambiciones. Si no hay integración consciente, el espíritu de entrega y servicio —la vocación— (X) siempre resulta una racionalización y encubrimiento de las necesidades emocionales insatisfechas y de las inseguridades afectivas negadas (IV).

La tensión del eje aquí expresada es la que se da entre vida pública y vida privada, o entre la entrega a una causas impersonal y la satisfacción de mis necesidades personales, íntimas o emocionales: La vida pública o profesional como huida de la intimidad, o el refu- gio en una realidad familiar que ofrece seguridad, para olvidar el cumplimiento con el mundo de afuera y sus exigencias de esfuerzo y entrega a la tarea. Hay quien vive y cree que las preocupaciones sobre la vida personal y sentimental (IV) no tienen sentido frente a la entrega a un mundo con el que nos obliga un mandato celeste (X). Hay quien ve en todo compromiso social el juego oculto de intereses y maniobras de poder, de gente cuya vida afectiva está

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frustrada.

V-XI. Eje masculino de las casas fijas. Implica la exteriorización del poder creativo acumulado en el anterior eje fijo (II-VIII). Dicho poder tanto puede surgir como autoexpresión creativa de la propia subjetividad (V), como la elaboración de, o la adhesión a, una visión utópica, comunitaria y universal (XI). Existe una íntima unidad entre la creatividad del individuo y la del grupo al que de algún modo pertenece. Dicha pertenencia puede ser consciente o inconsciente, concretizada o inconcreta, pero siempre afecta y es afectada por ella. El grupo puede ser tan tangible como el formado por todos los componentes de una escuela filosófica, partido político, o co- rriente artística, o puede ser tan intangible como las ideas que flotan en una sociedad o época determinada. Es el "espíritu de la época", que determina tanto las necesidades creativas de los individuos y grupos, como los límites y alcance de cualquier proceso creativo. La expresión creativa de este eje está relacionada, a la vez, con el eje cardinal anterior. El grado de seguridad emocional logrado y el tipo de metas y nivel de ambición (en el sentido de entrega a una vocación y un servicio) condiciona por completo la expresión de la fuerza creativa.

Planetas en este eje piden el descubrimiento de los poderes a través de los cuales el individuo puede acceder a una especie de trascendencia del ego. Dicha trascendencia es vital para lograr tanto la espontaneidad necesaria para la creatividad subjetiva (amor a la obra que nace de uno), como al olvido de uno mismo en favor de la entrega a la utopía social. El dilema aquí es el que se da entre la Revolución y la Fiesta. Entre la inmediatez de la alegría festiva y la promesa de felicidad y redención futura de la utopía. Es la militancia revolucionaria, científica o social seria y trascendente frente al goce y el disfrute del ocio festivo alegre, subjetivo y despreocupado. Ya ha habido quien ha comprendido la necesidad de aunar, de integrar ambas perspectivas. Quizá no sea posible la Revolución sin la Fiesta y quizá toda auténtica fiesta es revolucionaria. Alude también este eje a la oposición que surge en base a los dos vínculos que expresa: el enamoramiento y la amistad. Las diferencias son muchas: en el enamoramiento, al contrario que en la amistad, no existen grados. Si uno se enamora es una vivencia total, respecto a los amigos es posible establecer grados y formas. Al amante le revestimos siempre de nuestras proyecciones subjetivistas, le divinizamos. El amigo no admite demasiadas transfiguraciones divinas. Exige de nosotros una imparcialidad total. Parece ser que resulta difícil aunar ambas vivencias. Se dice mucho que es imposible ser amigo de las personas que has amado y, viceversa, las personas que consideras tus amigos no pueden ser objeto de la pasión.

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Dejan de ser tus amigos. Como si la amistad requiriera, en este sentido, una cierta distancia. En cambio, no falta quien concibe a ambos como dos distintas formas del amor. No elegimos como amigos a las personas que de algún modo no queremos, aunque el amor del enamoramiento aparezca de un modo repentino, y el de la amistad nazca gradualmente.

VI-XII. Constituye la polaridad femenina de las casas cadentes. El principio simbólico subyacente es el padecimiento de procesos transformativos. En el anterior eje cadente (111-1X), la polaridad masculina implicaba la posibilidad de buscar activamente las experiencias de cambio, por ejemplo, un viaje, un nuevo aprendizaje, etc. Ahora, en su expresión femenina, el cambio acontece, se impone con el aire de fatalidad propio de lo femenino. Sea una enfermedad, la necesidad de realizar un trabajo obligatorio, cumplir un ho rario, el internamiento en una institución, etc., la vivencia es de algo casi siempre no querido que se me impone. Por ello, este eje está asociado tradicionalmente al sufrimiento. Siempre que existe un ego que impone su ley, cualquier experiencia no planeada de cambio, o cualquier situación que se le impone, implican una resistencia o no aceptación. Con ello no se evita el sufrimiento pero sí que se incrementa la angustia y la desesperación y la huida de uno mismo. Son las transformaciones de la consciencia en su dimensión femenina, las que aquí tienen lugar. La consciencia del cuerpo (VI) y la consciencia anímica adquieren nuevas dimensiones y posibilidades. Surge una posible comprensión de la relación entre el alma y el cuerpo como las dos manifestaciones de un mismo principio.

La tensión de este eje se da en la dicotomía de vivir un trabajo rutinario, obligatorio, que pide un esfuerzo cotidiano del yo y la disolución de este yo en una actividad de entrega al Todo. Entre los esfuerzos de crear un orden concreto social y personal, y el anhelo de experiencias que diluyen todo orden en un inmenso océano en el que sólo es posible la no-acción, la pura contemplación o la entrega desinteresada. Fruto de la tensión puede ser la reconciliación que se ha de dar entre el esfuerzo siempre parcial e imperfecto que un individuo o sociedad efectúa para construir un orden y la comprensión de la inutilidad de todo esfuerzo que escape a un orden mayor. Aquí se descubre que un mundo ordenado no es el orden del mundo. Orden por demás que siempre es incontrolable e inexplicable. Al reconciliarme con el mundo también me reconcilio conmigo mismo. Con ello renuncio al yo, es decir, renuncio a toda acción que no esté directamente inspirada en la afirmación de la vida.

5.6 La Relación transitiva

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Resulta interesante también contemplar las relaciones entre las casas vistas en su complementariedad. Es decir, existe una relación entre la I y la 11, la

II y la 111, y así sucesivamente hasta completar una especie de ciclo cuya

culminación estaría en la casa XII. Así la Astrología permite estructurar un conjunto de experiencias cuyo despliegue simbólico implica la existencia de doce fases de desarrollo o evolución. En la 1 tenemos al individuo que nace y que busca la concretización de su identidad en lo que posee (11). Cada uno en lo que posee puede encontrar una confirmación de su propia identidad. Descubre, posteriormente, la existencia y el papel de los demás, esto es, el mundo social y de la relación en la 111 (siendo para la mayoría el hermano el que encarna este rol), y busca satisfacer su necesidad de seguridad. Necesidad que para la mayoría se satisface en la pertenencia a un grupo familiar o social, experiencia básica de la IV.

Una vez adquirida la seguridad afectiva que constituye la base de todo actuar, el individuo experimenta la necesidad de expresar, de exteriorizar su propia identidad afuera (V). Para ello, busca el medio que lo propicie. Medio que puede ser una persona o un objeto. Por eso, en la V, cumplen igual función una relación afectiva que un hijo o una obra de arte. La cuestión es expresarse y tener un receptor de dicha expresión. El receptor, sea el que sea, es en realidad una prolongación de la propia identidad. Que esta expresión llegue a ser considerada útil en el mundo es la vivencia de la VI. Utilidad que siempre implica un baño de humildad y un ejercicio de autocrítica que se impone en las crisis y que prepara al individuo para el establecimiento de relaciones igualitarias en la VII.

El encuentro con el otro (VII) conduce a una confrontación con el otro fantasmal que habita en mí (VIII) cuya asimilación es la condición requerida para acceder a una perspectiva filosófica y ética autónoma y madura (IX). Visión que encarnándose en la propia individualidad y vida permite una comprensión más amplia del Universo y del papel de uno en

él. Esta es precisamente la demanda que uno halla en la X. La vocación es

la concretización de la propia comprensión que llega al individuo a través

de la necesidad de contribuir con su obra al Todo en el que está inserto. En

la

X se pone a prueba la comprensión que uno ha desarrollado de sí mismo

y

de la vida en aquellas tareas y compromisos que uno asume cara a la

construcción de algo valioso para el mundo.

La contribución que uno realiza le permite acceder a un tipo de relaciones, en la casa XI, donde prima más el compartir unos ideales culturales que

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cuestiones personales. Se experimenta la posibilidad de que la propia visión coincida con, o ayude a la creación de un proyecto colectivo y universal: la sociedad justa.

Para llegar al fin del recorrido donde uno experimenta la posibilidad, no de trabajar en pos de una utopía cultural sino la de vivir unas experiencias de entrega total, de renuncia a la propia vida e individualidad en favor de una Individualidad mayor, llámesele el Todo, Dios, la Mente Cósmica, etc., en la XII. En ella se disuelve y muere el ego para posibilitar el nacimiento del Hijo de Dios en nosotros. La inmersión plena en, y la incorporación del misterio que nos constituye.

La relación transitiva de las casas permite contemplarlas como estadios de desarrollo o fases consecutivas de experiencias. Ello ofrece claves importantes para la interpretación. Por ejemplo, es inútil insistir en una persona que tiene sobrecargada la casa V, en sus significados creativos, sino se esclarece el sentido simbólico de la necesidad de seguridad afectiva de la casa IV. Y ello aunque no tenga ningún planeta en dicha casa. Es imposible comprender el dinamismo de la casa V sino como una fase o un momento inseparable de un proceso o de un todo sólo divisible a la hora de pensar y anafi.zar, mas no a la hora de vivir y comprender.

Hemos de tener en cuenta ciertas regularidades que pueden ofrecer útiles

claves:

A las casas de fuego suceden las de tierra: a la formación de la propia

individualidad siempre le siguen experiencias que la concretan y la asientan, o se oponen y ofrecen tenaz resistencia a las ideas de una persona

tiene de ella misma.

A las de tierra suceden las de aire: nuestra individualidad concretizada,

hecha acto, en las casas de tierra, devienen realidad social e interpersonal,

en la medida que es necesaria la intervención del otro para que conforme, reconozca o se oponga a mi actuación.

A las casas de aire suceden las de agua: al establecimiento de relaciones siempre le suceden conflictos en el área emocional cuyos efectos pueden ser de transformación de las actitudes emocionales que tiñen las relaciones, o el surgimiento de complejos, resistencias y huidas frente a la exigencia de entrega implícita en cada relación.

A las casas de agua suceden las de fuego: la inmersión en los conflictos emocionales es el requisito para que pueda resurgir un nuevo destello de

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individualidad. La disolución que se experimenta en las casas de agua es un proceso, en el mejor de los casos, necesario para la renovación de la vida. En el peor, es la dispersión en el caos informe de la locura, neurosis y la autodestrucción.

Otro modo de acrecentar la comprensión de las casas es considerar cada dos casas como una sola realidad desdoblada en un aspecto masculino o positivo y uno femenino o negativo. Ello da una agrupación de seis áreas que engloban cada una, o bien, una casa de fuego y una de tierra, o bien, una casa de aire y una de agua. Esta agrupación reúne en una unidad a los elementos más opuestos. Resulta muy conveniente para poder imaginar la tensión que se produce en el desarrollo de cualquier proceso.

Quedan así seis áreas: 1-2, 3-4, V-VI, VII-VIII, IX-X y XI-XII. Lo que simboliza tal agrupación es la existencia de una dualidad necesaria en el establecimiento de cualquier realidad inserta en un proceso de despliegue. Así, la propia identidad (I) halla su obstáculo y complemento en un mundo de cosas materiales (II). El descubrimiento del mundo circundante (111) necesita del reconocimiento de aquella parte de este mundo con la que me relaciono de un modo especial (IV). La autoexpresión creativa (V) se concreta y materializa en mi capacidad de producir objetos y realizar actividades útiles para el mundo en que habito (VI). La capacidad de relación queda simbolizada tanto por el grado de compromiso que establezco (VII) como por el grado de implicación emocional del que soy capaz (VIII). El acceso a una comprensión real de la vida y de uno mismo se refleja en la capacidad de hallar una tarea o unas metas que significan la culminación de la propia individualidad puesta al servicio de las fuerzas que guían el destino (X). Por último el proceso de despliegue halla su realización en la conexión con un tipo de experiencias cuyo común denominador es el desprendimiento total del yo. Ello se da en la visión de la entrega a una causa transpersonal (XI) que encuentra su concreción en la capacidad de aceptar y asumir, plenamente el misterio que constituye el ser (XII). Aceptación que pone punto final al descubrimiento de la propia individualidad ahora inserta y participando en un Todo universal.

5.7 La Agrupación Cuadrangular

La agrupación por tríadas establece unas categorías que han dado nombre y naturaleza a las casas y que constituyen la expresión en el simbolismo astrológico del movimiento dialéctico implícito en todo proceso de manifestación: tesis, antítesis y síntesis.

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Angulares (I-IV-VII-X)

Tradicionalmente consideradas las más importantes del Tema Natal. Reflejan simbólicamente el momento de la constitución de un plano de la realidad; la concreción de los elementos (fuego, tierra, aire y agua). Son los momentos angulares de la existencia en tanto que en ellas se afirma o se puede afirmar esa combinación única de destino que es el individuo humano. Cada casa angular refleja la misma existencia desde ángulos diferentes. Un yo (I) que se complementa y se conoce por medio de un tú (VII), que se enraíza (IV) en la búsqueda de un apoyo terrestre, una vivencia de intimidad con la tierra (IV) y que se proyecta en una dimensión celeste en pos de una realización impersonal (X).

En la 1 se constituye el plano del ser, a través de la afirmación de una individualidad. Para lograr dicha afirmación es necesario abrir brecha en el camino. Frente a todo aquello que impide la consecución de la propia voluntad de vivir solo la actitud de desafío, genera la suficiente conciencia de sí mismo como para no permitir que el sentimiento de la propia existencia se apague.

En la IV aparece la dimensión anímica a través de la creación de una estructura emocional. Es el plano de la profundidad. La hondura de las experiencias de la casa IV permite conectar con la hondura de la propia alma. Esta es la auténtica raíz que sostiene el árbol. Una raíz que actúa en el silencio y la oscuridad de la vida emocional y de la que depende que las propias capacidades fructifiquen en el mundo.

La VII implica el establecimiento del plano social, plano que requiere la afirmación de ser en un "ser con los demás". Ello implica la capacidad de equilibrar el polo de la relación por medio de un justo reparto de los deberes y las responsabilidades frente a esos otros que me acompañan y con los que un reto de cooperación y de trato igualitario me une o me enfrenta.

En la X es la afirmación de la dimensión del obrar en el plano terrestre a través de eso que llamamos vocación y que no es más que el mandato que recibimos de lo celeste o universal nos compele a escuchar y a obedecer. En la X el ser se afirma en la conciencia del deber cumplido. Una conciencia que implica tanto un sacrificio de lo personal de la vida como un encuentro con lo más puramente personal de nosotros con el fin de lograr una contribución al Todo que merezca la pena.

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Sucedentes (II-V-VIII-XI)

Simbolizan el momento de la antítesis. Expresan los procesos que, a través de una oposición, tanto devienen estímulos que acrecientan la fuerza de las angulares, como obstáculos que la inhiben y bloquean. Las experiencias de las casas sucedentes siempre sitúan a una persona frente a un algo material o inmaterial que se opone al momento afirmativo o de asentamiento vivido en las angulares. Este algo que generalmente se vive como externo a uno es en realidad la manifestación de la propia fuerza de resistencia. Fuerza que canalizada y confrontada favorece el cumplimiento del propio destino in- crementando la sensación de poder. Poder actuar en función de las propias necesidades, que es, en última instancia, lo que garantiza el cumplimiento de las tareas a realizar.

La II representa todos los recursos que pueden favorecer o inhibir la expresión de las ambiciones o de la llamada vocacional (X) y de la individualidad en general (I), la fuerza que se opone suele aparecer cuando uno siente que necesita algo que no está a su disposición permanente. Ese algo es el alimento necesario para la vida. Ese algo es un alimento que paradójicamente nunca puede ser poseído o asegurado.

La V implica la fuerza que potencia tanto la propia individualidad (1), como la seguridad emocional adquirida en la (IV). En el acto de creación uno se da cuenta de sí mismo. El hijo, el romance y la obra son las ocasiones para que la persona desarrolle su propia capacidad creativa. Una creatividad que no depende tanto del talento heredado como de la actitud que se tiene ante el mundo. Actitud que intensifica o anula la necesidad de ser uno mismo y de expresarse según la propia ley.

La VIII es la expresión de la fuerza emocional que resulta de experimentar e integrar las propias dimensiones inconscientes de la individualidad. El algo que aquí se opone es la expresión en el presente de los procesos que tuvieron lugar en un pasado (IV) revivido en las relaciones íntimas que aparecen en la casa VII. Son los síntomas neuróticos, los complejos, los conflictos de relación, etc. que remiten a ese algo que, aquí, deviene un otro que habita en mí. La XI aparece como resultado de la integración en un Todo mayor que resulta al seguir la propia vocación. Dicho todo afianza y potencia el sentirse parte de un proyecto universal. La fuerza que se opone ahora es la que proviene de un grupo, de un ente social al que puedo ver como un reto frente a mi propia individualidad, o un refugio en donde hallar aquellos que confirman mi existencia.

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Cadentes (3-6-9-12)

Son las casas en las que se dan los procesos de cambio que permiten tanto la conciencia de las tensiones como la búsqueda de su resolución: la superación de las contradicciones. Casas de síntesis y de procesos dialécticos en las que el hombre se ve sometido a vivencias de crisis que estimulan la necesidad de transformarse y de permitir que se den los cambios necesarios tanto en su vida personal como en la del universo que ocupa.

En la 3 la primera transformación se produce tras la tensión que nace de la relación con el hermano, el primer otro que más que un igual es vivido como un mero obstáculo a eliminar o incorporar. Con el hermano y por el hermano empieza a percibirse un mundo, un entorno frente al que uno se ha de situar en mejor o peor relación. El entorno acompaña y a veces empaña un proceso dialéctico de mutua transformación. En la 3 se viven formas de experiencia que siempre tienden a una mutación del individuo y con él del mundo que habita. Mutación que constituye el componente más genuino de ese dinamismo colectivo que llamamos lo social.

En la VI el mismo proceso se vive en una dimensión terrenal. Aquí los protagonistas son el cuerpo, ese cuerpo carnal que me constituye y ese otro cuerpo social que constituye lo que los marxistas denominan el motor de la sociedad: las relaciones de producción. La actividad productiva que nace fruto del esfuerzo conjunto de un cuerpo social y que implica una distribución de tareas y obligaciones que posibilitan su funcionamiento ordenado y efectivo. Las experiencias transformadoras aquí aparecen como enfermedades, del cuerpo individual o del cuerpo social, que son procesos que tienden a resolver las tensiones existentes en forma de mutaciones en pos del hallazgo de nuevas posibilidades de acción y de producción riqueza.

La casa IX implica siempre todas aquellas experiencias que necesitan una resolución de las tensiones por medio de una actividad que implique la posibilidad de construir o recuperar una vivencia de unidad. Sea en forma de fórmula filosófica, religiosa o metafísica, dicha unidad alcanzada permite una labor integradora y transformadora de la experiencia. Con ella se puede ampliar la comprensión que uno posee tanto del Universo que le rodea-como de su papel en él. Una visión del mundo o una filosofía de la existencia nunca puede ser un producto acabado. Es necesario un continuo viajar por la vida para que ésta se vaya ahormando como esencia destilada

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del modo de encarar y de asumir el propio destino.

En la casa XII la transformación es quizá la más radical y dolorosa de todas. Aquí el individuo se ha de preparar para un cambio que afecta al conjunto de su vida y de su destino. Aparecen un tipo de experiencias que sitúan a la persona en tal estado que ya no se trata de decidir o escoger cualquier opción sino que se vive la total impotencia para elegir. La tensión a superar es la que se produce entre un yo y su propio destino, entre un yo y el Universo entero, que requiere la colaboración de este yo para la realización de unos procesos que siempre escapan a la capacidad de control y comprensión humanas. Es la confrontación con lo incomprensible y con la propia impotencia que siempre tienen un efecto fulgurante y doloroso: o la aniquilación de ese yo o su sumisión a un Todo que le trasciende.

5.8 La Agrupación Triangular

En esta agrupación las casas forman un triángulo equilátero inscrito en el círculo y constituido por la unión de una casa angular, una sucedente y una cadente. Los triángulos así formados reciben el nombre de:

Triángulo de Fuego (I-V-IX)

Aquí se conforma una presencia, una individualidad que partiendo de la afirmación del propio existir y vivir a su, manera (I), una persona se va descubriendo a sí misma en el acto de exteriorizarse y expresarse (V). Dicha autoexpresión facilita la adquisición de un saber acerca de uno mismo y de la vida del cual se construye una cosmovisión y concepción del mundo (IX). Concepción que se erige como guía para el descubrimiento del propio papel de la persona en la vida y la comunidad. La vivencia del fuego en estas casas alude a unas experiencias que ponen a prueba el propio valor. Siempre piden un atrevimiento. Atreverse a ser uno mismo (I), atreverse a expresar la propia y original sustancia (V) y atreverse a seguir la propia verdad (IX).

Las casas de fuego remiten a unas experiencias que paulatinamente van dejando un sedimento. Dicho sedimento es la revelación de la auténtica individualidad. Esa flor que constituye el mayor regalo de la vida. También pueden implicar un proceso de crecimiento y enquistamiento del ego, ese tirano que acaba con toda posibilidad de redención.

Triángulo de Aire (3-7-11)

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Esta agrupación complementa y se opone a la anterior. Representa por ello, todas aquellas experiencias en que la aparición de los otros es la ocasión para efectuar en la vida los necesarios descubrimientos acerca de uno mismo en el ámbito de la relación. Ámbito crucial sin el que no existiría posibilidad real de conocerse. Un conocerse que resulta del encuentro con aquellos que se me oponen y que me complementan y por ello dan la medida de mi talla y valor. En la VII se descubre la existencia del otro como un igual. Igualdad que exige un respeto a su libertad y que nos sitúa frente a un reto: la cooperación. Cooperación que una vez lograda puede rendir sus frutos en la consecución de un proyecto global (XI). Surge entonces un proceso de creatividad grupal que se constituye en el principal agente dinamizador del cambio social y cultural (111). "Las estructuras de la vida social humana extraen su calidad viviente –dice M. Buber (4)– de la abundancia de la capacidad de entrar en relación que llena todas sus partes."

Las casas de aire implican al ser en el descubrimiento y desarrollo de la propia capacidad de compromiso. Un comprometerse en la relación, un hacer frente a las exigencias de dar cabida en la propia vida a los demás, sin la cual no resulta posible alcanzar la mínima posibilidad de sintetizar y formular la auténtica verdad revelada en el triángulo de fuego.

Triángulo de Agua (IV-VIII-XII)

En este triángulo se confrontan las experiencias usualmente concebidas como las más dolorosas y críticas de la existencia. Se trata del mundo emocional el que aquí se construye. Un ámbito que partiendo de los sentimientos, deseos y ansiedades conforma en núcleo vital de la existencia. Vital porque es de estas experiencias que el ser descubre su alma. El alma es lo que nos alimenta como la raíz al árbol. En estas casas se trata, con todo, de las dimensiones más ambiguas y enigmáticas de la existencia. Es ahí donde se dan los máximos equívocos y donde se halla, a su vez, la fuente de la energía vital.

En la casa IV se dan aquellas experiencias que tuvieron lugar en la zona del olvido de los orígenes y que forjaron para siempre la fortaleza o debilidad emocional expresada más tarde en el grado de dependencias y apegos emocionales o en la capacidad de asumir la propia soledad. En la VIII estas historias resurgen en la confrontación de experiencias que nacen de la relación implicada con otras personas. Aparecen entonces como síntomas, como expresiones desfiguradas de aquellos conflictos emocionales en

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forma de inhibiciones neuróticas, ansiedades o necesidades compulsivas de control y manipulación de los demás. Un impedir que los otros sean ellos mismos para evitar tener que enfrentarme a mí mismo. Un controlar a los otros porque no puedo evitar el controlarme a mí mismo. Los conflictos y síntomas neuróticas aparecen aquí como las fallas de una estructura emocional. Íntimas fisuras por donde puede penetrar la muerte" como proceso regenerador.

En la XII se han de confrontar las experiencias que obligan a integrar todas

aquellas realidades de las que uno ha querido evadirse. En ella se viven las consecuencias finales de nuestro modo de vivir y relacionarnos con el Universo. En las casas de agua el reto siempre es el de conseguir una aceptación y un no resistirse. A través de las crisis típicas de estas casas, es posible el acceso a un estado del ser en que se renuncia a los apegos

emocionales (IV), a la necesidad de defenderse y/o controlar a los demás (VIII) y una aceptación de las exigencias del propio destino en su dimensión más ignota e inexplicable (XII), derivada ésta de la inserción del individuo en un Todo infinito que le rodea y le guía.

Triángulo de Tierra (10-2-6)

Representan la máxima exigencia de un obrar efectivo. De un obrar que trasluce y concretiza la individualidad. Se trata aquí de cumplir con las tareas y las obligaciones fácilmente vividas como aquello que nos limita y que apunta al despliegue de nuestras capacidades. Suponen un asumir un "principio de realidad" que significa un captar las limitaciones y necesidades de vivir en una época y lugar determinados. Necesidades que

mi obrar puede colmar o transformar, y con ello cumplir con un reto básico

presente en toda vida: asumir la responsabilidad de una tarea a realizar.

La casa X es el símbolo de una "vocación", del cumplimiento con una tarea

a través de la cual conozco mis potencialidades y, a la vez, puedo contribuir con algo efectivo a la vida en general. El cumplimiento de la tarea también posibilita que la individualidad se concretice. Algo que en principio es pura potencialidad o imaginación se encarna en una tarea que implica un servicio. Servir es renunciar a la perspectiva personal para abrazar una dimensión impersonal donde lo que menos cuenta es la expansión del yo. En la casa X. se revela la paradoja de que el máximo despliegue de la individualidad implica o exige su propio sacrificio.

En la II se rastrean los recursos con los que se cuenta para el obrar de la X.

Un obrar que contribuye a que la vida ponga a mi disposición lo necesario

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para ello. Lo necesario que no siempre corresponde con las propias

expectativas, con los propios deseos. Los recursos de la casa II contribuyen

y

se multiplican en función de la entrega lograda en la X. Ello implica que

la

posesión de riquezas no necesariamente significa la posesión de recursos.

Cuantas veces la opulencia más que un recurso es un obstáculo, una cárcel en la que el individuo sólo vive su impotencia.

La posesión de los recursos necesarios favorece que en la casa VI uno realice los .esfuerzos necesarios, un trabajo efectivo que transforma la realidad y con ello al mismo ser. Una obra en que el esfuerzo realizado tanto redime a la materia como al que lo realiza. En la casa VI se viven las experiencias que permiten una transformación de la capacidad de trabajar. Un trabajo que tanto se aplica al mundo exterior como al interior. Un trabajo cuya exigencia de utilidad con exigencia

Capítulo 6

Las casas una a una El Ascendente

"Somos de la sustancia con que se hacen los sueños." William Shakespeare, La Tempestad "Existir es resistir, ser «frente a», enfrentarse." M. Zambrano, El hombre y lo divino

A pesar de lo que muchos manuales nos explican el Asc. no es un retrato de

la personalidad ni del temperamento, ni siquiera del carácter de la persona.

Intentar ver en el Ascendente un retrato de la identidad así entendida, constituye una tarea inútil. Es confundir la existencia de un yo imaginario

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con la realidad de uno. Cualquier definición que nos hacemos de nosotros mismos es, en última instancia, imaginaria. El yo es una ilusión, una institución social, un tejido de palabras e imágenes sin la menor realidad sustancial.

La personalidad no es innata sino adquirida. Como una máscara, es una cosa, un objeto, un fetiche. Toda personalidad es rígida y compulsiva. El carácter es un mecanismo defensivo. Coraza caracteriológica es el nombre que le dan los reichianos. Los muros están fortificados con "mecanismos de defensa" y la armadura del carácter. "Ser —dice Simone Weil (34)— es ser vulnerable. Los mecanismos de defensa, están para proteger de la vida. Sólo la fragilidad es humana; un corazón roto, triturado (contrito)."

La persona desde que nace se ve permanentemente inmersa en un mundo de relaciones en el que paulatinamente, a través de un proceso socializador, va adquiriendo un sentido de su identidad que hunde sus raíces, no tanto la sustancia de su individualidad, como en las expectativas, instrucciones y actitudes que con más fuerza se le han presentado. Por tanto, toda identidad que se pueda definir es falsa. "La materia onírica de la que está hecha la personalidad no es privada sino social; un sueño colectivo", Brown (3). El efecto de creer que existe un yo separado es devastador el aislamiento y la separatividad. El yo deviene una especie de burbuja que cortocircuita todas las conexiones naturales que el individuo tiene con el mundo. El aislamiento es un medio corrosivo que actúa sobre uno lentamente, pero sin tregua y en un sentido puramente destructivo. Cuando desaparece la falsa identidad ocurre algo paradójico, uno cada vez es más uno mismo. Se aparta de los convencionalismos, por lo que está más solo. Pero precisamente por eso, su soledad ahuyenta el aislamiento. Está más solo pero más cerca del mundo y de la vida. La burbuja se rompe y por los resquicios irrumpe la comunión con la soledad de los demás.

Lévy-Bruhl (19) estudió la representación que de su propia individualidad tiene el "primitivo" y halló que "posee un vivo sentimiento interno de su existencia personal. Las sensaciones, los placeres y los dolores que experimenta, así como los actos de los que se reconoce como autor voluntario, los relaciona consigo mismo". Pero no se sigue de ello que se aprehenda a sí mismo como un "sujeto" ni, sobre todo, que tenga consciencia de esta aprehensión como oponiéndose a la representación de los "objetos" que no son él mismo. Igualmente en los estudios que investigan la génesis de la representación de sí mismo como sujeto en los niños, nos muestran que ésta aparece bastante tarde. Sin embargo el niño, mucho antes, es ya capaz de autoafirmarse y clamar enérgicamente

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satisfacciones. El sentimiento que tiene de sí mismo se revela por

reacciones vivas, por exigencias imperiosas, pero él no se vive a sí mismo como algo distinto de, y opuesto a, los otros. Hay un "sentir originario" que vive la propia identidad íntimamente vinculada al Universo que le rodea. No es un tú y un yo separados. Es una comunión permanente en la que el binomio yo-tú o yo-ellos constituye las partes inseparables de una invisible y mística Unidad. Freud nos dice: "inicialmente el yo todo lo abarca, luego separa de sí al mundo exterior. El sentimiento del yo que percibimos en la actualidad es, así, sólo un vestigio encogido de un sentimiento mucho más amplio; un sentimiento que abarcaba el Universo y expresaba un vínculo indisoluble del yo con el mundo externo". El psicoanálisis demostró toda la patología en virtud del cual el sentido normal de ser un yo separado del mundo exterior se construye. Por unos mecanismos que técnicamente se denominan introyección y proyección, todo lo que me gusta es absorbido por mí, es mío, por otra parte, el yo lanza al mundo exterior todo cuanto en su interior provoca displacer. Como afirma Brown (3) "la auténtica contribución del psicoanálisis es la revelación de que el yo es un pedacito del mundo exterior que ha sido tragado, introyectado; o mejor, un pedacito del mundo exterior que insistimos en pretender que hemos tragado. El núcleo del propio yo de uno

El yo se alimenta del «principio de realidad», el

es el otro incorporado

cual es un falso límite trazado entre lo interior y lo exterior; sujeto y objeto; real e imaginario; físico y mental. Nos da el mundo dividido o esquizoide en que está atascado el psicoanálisis."

Ya lo han demostrado los antipsiquiatras, no es la esquizofrenia, sino la normalidad, quien tiene la mente dividida; en la esquizofrenia los falsos límites se están desintegrando,. A toda una corriente psicológica, los psicólogos del yo, que en la época de crisis que vivimos pretenden salvar al yo, habría que responderles como lo hizo Brown (3), la solución para el problema de la identidad es: piérdete. Y ésta es una de las vivencias básicas de la casa XII. Sin una constante presencia del sentimiento de estar integrado en un proceso impersonal y participando en una totalidad cósmica, la vivencia de la identidad es siempre ilusoria. Esta totalidad sólo se deja conocer si se alcanza un fondo de misterio total y absoluto que permea toda la realidad de nuestra vida. Lo único que nos podría definir es el misterio que somos. Nuestra identidad, personalidad o individualidad sólo puede vivir sumergida en él.

Quizá la única autoafirmación posible es la de negar cualquier definición limitadora. Lo que el hombre en lo más hondo y más íntimo de sí mismo quiere, es no ser cosa. Autoafirmarse es vivirse como un permanente

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devenir y, por tanto, estar abierto a lo desconocido, a lo posible. Afirma Savater (29,a): "ninguna identidad le basta al yo, porque ama más su posibilidad que sus productos: toda, obra es insuficiente (y también todo status público, todo nombre propio, todo título académico o profesional, toda construcción cara a los otros o frente a uno mismo de una personalidad dada de una vez por todas)". La identidad de uno es algo inasible, soplo, respiro, una presencia pura que palpita.

Otra imagen que simbólicamente alude al Asc nace del fenómeno

astronómico del alba. María Zambrano (37) habla maravillosamente sobre ella: "Los instantes que preceden a la salida del Sol declaran más la luz, con su tenue claridad, que la aparición del astro rey que encuentra ya la

atmósfera preparada, la oscuridad deshecha

brilla en el firmamento, que se insinúa desde el Oriente, es más un pacto con las tinieblas que una victoria humillante; parece haber salido no para vencerlas, sino para alumbrarlas." El alba revela la luz que está naciendo. Como símbolo por excelencia del nacimiento del individuo, el asc. alude al primer contacto de la persona con el mundo: la revelación. Este primer contacto queda "grabado celularmente", es decir, deviene el referente primario, el mediador básico entre el mundo y él (es bien sabido, que cuando un planeta se halla cercano al Ascendente el mismo parto se ve supeditado a su naturaleza. Se nota su presencia. Que recuerde ahora, están los casos de Saturno que preside los nacimientos lentos y dificultosos, con síntomas depresivos pre o post-partum; Plutón que muchas veces envuelve el cordón umbilical alrededor del cuello del niño provocando síntomas de asfixia; un caso de Mercurio que acompañó el nacimiento de interrupciones en el suministro de la luz y avería del teléfono, etc.).

La claridad de la luz que

Lo que refleja el Ase. es, ante todo, al hombre como ser activo. Según Spinoza, el hombre es lo que hace y se hace en su actividad. Es un proceso

permanente, un devenir que se ahoga con las definiciones. Escribe Ortega y

Gasset: "El hombre no es una cosa, sino un drama, un acto

gerundio, no un participio, es un faciendum, no un factum. El hombre no tiene naturaleza, tiene historia." O más exactamente aún, el hombre quiere vivir una historia, quiere dramatizarla, como afirma Bachelard, para hacer de ella un destino. La identidad es, pues, un plan siempre en vías de ejecución. No hay producto acabado, ni meta alguna a la que llegar la identidad no se construye, sino que se defiende afirmándola en contra de los que la quieren eliminar.

La vida es un

El Asc. está relacionado, en última instancia, con todas las situaciones que vive el individuo, porque en todas le confrontan, de un modo u otro, con su

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querer. Es el voto ergo sum, agustiniano, como raíz esencial de todo ser. "Quiero antes de ser –enseña Savater (29,a)–, porque el primer propósito, el primer anhelo del querer es ser. Querer, es querer ser plenamente." La vinculación simbólica entre el Asc. y el signo de Aries puede entenderse entonces como que es necesario enfrentarse, es necesario batallar. La identidad propia, el ¿quién soy yo?, constituye una conquista a realizar. En dicha batalla se ha de lograr una disolución de las estructuras de un falso yo, que toda nuestra crianza nos impuso como molde de la propia experiencia. La disolución de la autoimagen formada por la presión constante que los otros han ejercido sobre nuestra vida. El signo de Asc. puede ser el medio par excellence a través del cual ejercitemos una voluntad autoafirmadora. Cómo queremos ser nosotros mismos. Entrar en posesión de una identidad, no en el congelado sentido esencialista, sino en el libremente cambiante, incierto, pero altamente activo sentido de ser uno quien es. Para ello, no hace falta saber quién es uno, sino ante todo saber que uno es una voluntad de ser. Lo otro, construirse un saber acerca de al mismo, en el fondo, acaba en esa enfermedad que se llama "doble personalidad" o, en términos morales, inautenticidad. Es necesaria una crítica rigurosa de sí mismo y de la verdadera índole de sus relaciones con los demás (VII) para darse cuenta de la propia "máscara". Máscara cuya función consiste en defendernos de la mirada ajena, y por un proceso circular que ha sido descrito muchas veces, de la mirada propia. Al ocultarnos de los demás, la máscara también nos oculta de nosotros mismos.

El Ase. puede llegar a ser el símbolo que nutre el sentido de una autoafirmación de la plena autonomía personal que es, siempre, un acto decisivo de sana violencia, una contraviolencia frente a los que, conscientes o no, pretenden disminuirla o aniquilarla. Se trata de aceptar el combate por una forma de vivir. Uno puede combatir a través de la afirmación de sus aspiraciones o sus intuiciones (Ase. en fuego), o de sus ideas y opiniones (Ase. en aire), de sus sentimientos y deseos (Ase. en agua) y de sus percepciones, sensaciones y realizaciones prácticas (Ase. en tierra).

El cuerpo también queda reflejado por el Ascendente. No tanto en su dimensión de objeto físico, denso, sino como vehículo que expresa y por el que se expresa la individualidad. El cuerpo expresa, mucho más de lo que nos imaginamos. En el cuerpo están inscritas las huellas de nuestra vida. El cuerpo guarda en sí todos los secretos de nuestra identidad o falta de ella. El cuerpo no es un objeto sólido, por mucho que los sentidos quieran convencernos de ello. Es más bien volátil, moldeable y sutilmente expresivo. Crece, se expande, se acorta y empequeñece sin cesar. El cuerpo

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envejece y rejuvenece de acuerdo al estado de nuestra individualidad. En la pura forma del cuerpo se expresa nuestra verdadera identidad. Sólo aquel que sabe leer su lenguaje se da cuenta de hasta qué punto el cuerpo habla. Unas identidades rígidas que se apoyan en rostros envarados. Falsas identidades que se expresan en cuerpos abandonados, enjaulados y olvidados por cabezas incesantemente inquietas. Las piernas indolentes, el pecho hundido, las espaldas rígidas como espadas y unas arrugas avergonzadas que se esconden en los mil refugios de las convencionalidades, los modos y las modas.

El olvido del cuerpo corresponde al olvido de sí mismo. Todo aquel que funciona con una identidad prestada, se olvida de su corporalidad. Uno es otra cosa, su cuerpo es un objeto que le acompaña, casi siempre a su pesar. Hay quien sueña con el día en que podamos desprendernos del cuerpo. Ser pura inmaterialidad, ser simple inexpresividad. Y no se trata tampoco de esculpir en el cuerpo la propia ambición. No todos los cuerpos aparentemente elásticos corresponden a una individualidad flexible. Cuántos de los que se afanan por tener un cuerpo "saludable" y "fuerte" lo único que hacen es convertirlo en el lugar de una mentira, de un autoengaño. Claro está que ello sólo se oculta al propio interesado. El cuerpo revela la identidad, pero no precisamente aquella que se adopta conscientemente. Es el contrapunto, a través del cuerpo surge la verdadera identidad, la que es inconsciente para la persona, pero a la vez la que expresa mejor su verdad.

El cuerpo se metamorfosea. En nosotros está el convertirlo en el recipiente de nuestra indolencia y falsedad o el transformarlo en un arma para el combate más necesario: aquel que nos permitirá recuperar nuestra verdadera identidad. Un cuerpo aceptado, querido, incluso vagamente deseado –por una especie de narcisismo– puede devenir no sólo en el instrumento expresivo par excellence sino como un medio inigualable para insertarnos mejor en la trama del mundo, el mejor guía y compañero, fiel y fuerte. El cuerpo puede así recuperar su gracia natural, una plenitud y delicadeza que no necesariamente significa un cuerpo moldeado según las pretensiones de lo social.

Durante siglos se ha creído, supuesto o postulado, que el hombre está constituido por unas características fundamentales distintas de su cuerpo. Existen unos principios, según esta creencia, que han recibido varios nombres: "mente", "psique", "razón", "espíritu", etc., que forman un algo separado de la materialidad manifiesta del cuerpo. El dualismo cuerpo/mente, espíritu/materia, surge, y con él la esquizofrenia que ha

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destrozado tantas y tantas vidas en Occidente. Filósofos, metafísicos, religiosos y científicos se han esforzado en buscar un algo, más allá o más acá del cuerpo humano, y han derrochado toneladas de tinta tratando de proporcionar explicaciones detalladas de sus diferencias. El dualismo siempre ha implicado que se valora más un polo en detrimento del otro. El cuerpo pasa a ser una propiedad, algo que uno tiene. Bajo el materialismo dominante deviene un conjunto de elementos y propiedades físico-químicas cuya expresión aún hoy es patente en el enfoque de la medicina oficial; el cuerpo es una máquina que enferma a pedazos y se repara a pedazos, aún se habla de enfermedades psicológicas como distintas de las orgánicas, etc.

No se puede encontrar en el hombre nada que trascienda absolutamente su cuerpo. El ser humano no es una realidad, o conjunto de realidades, unificadas por cierto elemento o principio distinto de él mismo. El ser humano no tiene un cuerpo, porque él es un cuerpo –su propio cuerpo-. Dicho con la fórmula filosófica de J. Ferrater (13): "el hombre es un modo de ser un cuerpo". Alma y cuerpo, espíritu y materia son dos manifestaciones de la misma Unidad. Es hora de cerrar la fisura, de reintegrar al cuerpo en su propio lugar, lo que significa reintegrar la propia individualidad. Descubrir el propio cuerpo y descubrir la verdadera individualidad es un proceso único, y lo único que nos permitirá acceder a la capacidad de orientarnos en la vida. Oriente, la salida del Sol, simboliza primariamente la posibilidad de iluminar nuestro camino: adónde vamos, con quién y para qué. No son respuestas últimas las que aquí se dan, sino aquellas que favorecen la propia autoafirmación, aquellas que permiten saber qué quiero hacer, por qué quiero ser precisa y exactamente el que soy.

Los planetas en esta casa y el signo de su cúspide denotan los poderes nacientes en la vida de una persona. Como un sentido que se vive en un perpetuo status nascendi. Sus voces, que van adquiriendo paulatinamente en el despliegue de la existencia una preeminencia, ayudan a responder a la pregunta ¿Quién soy yo?, esto es, constituyen una guía en el descubrimiento de la auténtica identidad. En términos míticos, el signo del ascendente, alude al genio o daimon más relevante en el destino de la persona. En su despliegue, las relaciones que establezca con el mundo y los demás guardarán estrecha analogía con los personajes míticos, asociados al signo. El Ase. tiene que ver con el carácter, pero no en su acepción moderna y vulgar como un conjunto de definiciones del yo, sino que el carácter de un hombre es su demonio, su espíritu tutelar, en el sentido griego, recibido en un sueño. Aquella fuerza que es una presencia permanente en su vida y que impele y determina su destino. La Astrología

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tradicional nos decía que el regente del Ase., es el Gobernador del Terna y del destino del nativo. Tanto el regente del Ase., como los planetas situados en la casa I, representan los dioses a cuyo servicio se entrega toda la vida del individuo. En tal sentido, forman parte principal del mito de la persona. Una persona con Asc. en Cáncer, nos hará pensar por un lado, en el mito de la Gran Madre como un componente esencial del desarrollo de la consciencia de sí. Tener que conformar la relación que uno establece consciente e inconscientemente con esa imagen es una de las tareas básicas de la vida de esa persona. De entrada, con la madre carnal, luego con las sucesivas madres simbólicas o sustitutivas que aparecen en el camino. Camino que si le conduce hacia su verdadera identidad le permitirá ir descubriendo paulatinamente que él, como ya una vez dijo Hegel, no es lo que es y es lo que no es.

Casa II

"Mientras yo sea esto o aquello, o tenga esto o aquello, no lo seré todo ni lo tendré todo. Despréndete de ti mismo, de suerte que ya no seas ni tengas esto ni aquello." Meister Eckhart

El principio simbólico de la Casa II se desparrama en todas aquellas cosas, fenómenos y seres que constituyen las vestiduras de la Fuerza de la Vida. Fuerza elemental, divina, que nos alimenta y que aspira a la creación de riqueza, bienes y valores, y que se complace en ello. Sin más nieta que la multiplicación de la materialidad en la que ésta se fija y condensa efímeramente. Afrodita nos ofrece sus manjares para colmarnos o para perdernos. Ser es comer (II) y ser comido (VIII). Nada hay que no sea alimento. El mundo nos entra por la boca.

En la casa II se vive una primera y esencial dualidad: la que se da entre el

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niño y su madre. Psicoanalíticamente hablando, en este estadio, la madre es el único constituyente del universo vital del niño, ocupa todo el espacio. El contacto con el mundo viene mediado por ella. Ahora bien, la madre, en esta fase de la vida no es una persona, sino un me algo objeto: un pecho. Un objeto que no es vivido como algo raramente físico, pues la totalidad de los deseos y sentimientos infunden en éste cualidades que van mucho más allá del alimento real que proporciona. Melanie Klein (18) ha tratado en profundidad la relación primaria que se establece entre madre-hijo y cuya base es la alimentación. "Bajo el dominio de los impulsos orales –afirma la autora– el pecho es instintivamente percibido como la fuente de alimento y por lo tanto, en un sentido más profundo, como el origen de la vida misma." El niño escinde en su fantasía el pecho materno bajo una división primaria: un pecho bueno y uno malo. Un pecho que alimenta, gratifica y da seguridad y otro que priva, persigue y destroza. De la experiencia del primer pecho se crea en el niño el sentimiento de gratitud que está muy ligado a la posterior generosidad y a la futura capacidad de amar. Nace, a la vez, una sensación de confianza en que hay algo más allá de él que le alimentará cuando lo necesite y le dará todo lo que desea. El pecho bueno que alimenta la relación amorosa con la madre, es el representante de la Fuerza de la Vida. El establecer una relación adecuada con el pecho que da la vida provee de un sentimiento de riqueza interna. Riqueza que está estre- chamente ligada a la gratitud y a la generosidad y que capacita a la persona a compartir sus bienes y valores con otros. Así se hace posible generar un universo personal de enriquecimiento mutuo genera embargo, en aquellos que no lograron acceder a este sentimiento de riqueza y recursos internos, o bien la gratitud brilla por su ausencia, o a los arranques de generosidad les sigue tal necesidad de ser apreciados y valorados que resulta fácil ver que detrás se ocultan otras realidades. La vivencia del pecho malo generala voracidad y la envidia. Surge la voracidad como compensación a la horrible sensación de privación. Con frecuencia las madres sienten que sus bebés quieren tragar su pecho entero. La voracidad es el deseo vehemente e insaciable de chupar, vaciar y devorar, mientras que la envidia es el sentimiento destructivo dirigido hacia aquél o aquello que posee o goza de algo deseable, siendo el impulso envidioso el de quitárselo o dañarlo. Del pecho que no alimenta deviene la base -de toda reacción paranoica y toda necesidad de control del mundo posteriores La propiedad privada es una forma de control paranoide del mundo (sea propiedad de objetos, bienes, personas, ideas, etc.).

En realidad, la voracidad no siempre emana de privación alguna, real o imaginaria, sino que a veces, un exceso de cuidados, o de alimentación, tiene las mismas consecuencias. La sobreabundancia es tan miserable como

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la escasez. La gente que padece esta clase de voracidad es como los niños pequeños que enferman por efecto del atracón de las fiestas de cumpleaños. Es una voracidad oral, insaciable que luego se expresa en necesidades compulsivas de consumir en exceso, de poseer al otro, que siempre constituye una forma encubierta de canibalismo. La voracidad se puede dirigir hacia partes del cuerpo humano o hacia personas enteras, o a grupos de personas e incluso a pueblos enteros.

Desde el punto de vista esotérico todo lo que nos rodea nos alimenta y forma parte de la fuerza y los recursos puestos a nuestra disposición o alcance para alimentar nuestro ser y, en última instancia, favorecer a la vida. Éste es el principal reto de comprensión que esta casa nos plantea:

vivir el mundo particular que nos rodea como un universo de recursos puestos a nuestro alcance para su utilización. El número dos aquí expresa una dualidad esencial: yo y el mundo, el mundo como un apéndice, instrumento o recurso del que obtengo mi alimento y lo ofrezco a los demás. En este sentido tan válida es la vivencia de que todo lo que me rodea me pertenece, todo es utilizable como recurso, como la contraria:

nada es mío, soy yo el que pertenezco a un mundo que exige de mí que lo utilice para sus propios fines.

El dinero constituye, en nuestra cultura, el medio par excellence con el que vivimos y malvivimos esta dimensión y reto de la vida. En nuestro mundo todo se mide por el dinero. Se dice que el dinero es la sangre, el fluido vital de la sociedad. Los bancos son su emblema. La usura bancaria es el caso del delito más legal, cotidiano y socialmente valorizado de todos. Vivimos en un mundo económico. "El dinero es la epistemología de nuestro tiempo." (Sardello) (28). Cada cultura y cada época ha expresado de algún modo cuáles eran sus valores más preciados. En la Grecia clásica, en Egipto y en la Europa Medieval, los edificios más altos y los tesoros más excelsos se hallaban en los templos. Hoy construimos bancos y cámaras acorazadas. Para Norman Brown, el dinero es el alma del mundo. Las ciencias económicas y políticas son las neurosis del dinero. Los freudianos fueron los primeros en redescubrir que el dinero no es una cuestión exclusivamente racional, lógica y social. Vieron en el dinero la expresión simbólica de una dialéctica corporal: los excrementos.

Los primeros objetos que constituyen lo que más tarde será la economía del gasto y del ahorro son los propios excrementos. La educación de los esfínteres se relaciona íntimamente con la ulterior capacidad de desprendimiento, generosidad o apego y avaricia, que constituyen las actitudes básicas, no sólo ante el dinero, sino ante todo lo que queda

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revestido por un valor reconocido o alucinado como propio. Un aprendizaje prematuro del control de los esfínteres da un énfasis en la retención. Estamos en una cultura de constipados crónicos, de retención de los excrementos y de depósitos bancarios que simbolizan la retención de la

riqueza social y material. La locura del dinero es acumularlo. Acumulación como signo de bienestar y abundancia. Hemos de aprender que el bienestar

y la abundancia son un aspecto cualitativo de un modo de vivir, nunca una

magnitud cuantitativa, nunca un objeto del que podamos hacer acopio El dinero es el medio por el cual liberamos el deseo, lo concretizamos, damos existencia a lo que antes era pura imaginación. Es un vehículo, un puro instrumento por el que discurre un poder inmenso: el flujo del deseo, de la vida. Hay quien cree que atesorar bienes equivale a poseer la vida, y ésta es inasible. Nuestra civilización a falta de otras realidades, hace aparecer al dinero como lo sólido y auténticamente real, el único ídolo que adora.

El dinero como símbolo es extremadamente ambivalente. Cuando actúa como fluido circulante y fructificador es como el oro, de origen divino.

Como dictamina Sardello (28): "Hemos de ser capaces de imaginar el dinero como el excremento divino", es decir, un fertilizador sublime; pero

si con ello, olvidamos que el dinero es el soporte material de un valor que

trasciende lo social y lo humano, caemos en la miseria, lo convertimos en el dispensador y garante de nuestras propias y limitadas capacidades humanas. Por muy ricos o pobres que seamos su poder nos esclaviza. La fascinación que ejerce cree en nosotros trastoca en lo más esencial nuestra actitud ante la dimensión divina de su poder. Entonces el dinero deja de ser alimento. Es signo de status social, puerta abierta a privilegios inmerecidos, instrumento de corrupción, dominio y control sobre los demás. Peleamos por dinero como los lobos hambrientos y atemorizados pelean por la presa de la que depende su subsistencia.

En la casa 11, o se alimenta y fructifica la vida o se alimenta e hipertrofia el ego: yo soy lo que es mío. La necesidad de poseer, de apropiarse, es síntoma de la pérdida de los límites entre el ego y el mundo. Cuando creo que algo me pertenece incurro en una ilusión fundamental: separar ese algo del resto de algos que constituyen este gran Todo Universal. Sea una cuenta bancaria, un yate, una persona o un título, la identificación ilusoria entre yo

y lo que me rodea como algo que me pertenece es el principal medio de

sustentación del ego imaginario eg uno quiere poseer a los demás, convertirlos en un bien más, en un objeto que se puede utilizar a placer, elimina de ellos el único valor: su presencia y su libertad. Comete con ello

un acto de canibalismo muy arcaico. Incorpora al otro dentro de sí para poseerlo, pero para ello lo ha de matar. El homicidio puede ser simbólico,

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pero no por ello menos real y trágico. Los demás se convierten en seres privados de libertad y por ello privados de su único valor como sujetos. Poseer a los demás es equipararlos a la teta de la mamá. Los demás me alimentan, por tanto, he de asegurar su disponibilidad a mis necesidades alimenticias. Si el otro es libre corro un riesgo mortal: verme privado. Eso despierta antiguas y terribles fantasías inconscientes destructivas y autodestructivas, por tanto, casi siempre surge el control y la manipulación del otro, el intento de poseerlo, como un medio ilusorio de impedir la ansiedad y el miedo que nacen junto unto con tales fantasías.

La obsesión por la seguridad material siempre es un derivado de una inseguridad que esconde una desconfianza radical hacia la Naturaleza, la Diosa Madre, la proveedora de la vida. Es ella la única que tiene el poder de alimentarme a todos los niveles. Creer que puedo salvaguardar mi seguridad controlándome o controlando a otros, forma parte del desatino humano más antiguo y enraizado en los usos y costumbres de la consciencia patriarcal, masculina, que a todos nos domina y esclaviza. Lo que es mío me pertenece como un regalo o préstamo de la Fuerza de la Vida. Mi riqueza o mi pobreza no es lo que importa. Es el uso que hago de ellas lo que cuenta. El poder material y mundano que se expresa a través del dinero ha de circular a través mío como circula la sangre en el cuerpo y la savia en el tronco del árbol: sin ningún control o resistencia por mi parte. Confiar en que la Diosa Madre nos alimentará en la medida de nuestras necesidades está relacionada con el sentimiento de la propia identidad alcanzado en la casa I. Si ésta se confunde con el conglomerado de máscaras, personajes y autodefiniciones, extraído todo ello de las fuerzas colectivas de un entorno social, dicho sentimiento sufrirá de una especie de hambre crónica, un apetito voraz que todas las riquezas o recursos del mundo no saciarán. El sentimiento de identidad nacido y fortalecido en un proceso de búsqueda de la verdadera humanidad en uno mismo, asegura la tranquilidad y confianza necesaria para diluir la obsesión de acaparar poder y alimento, transformándola en un sentido interno, en un instinto que guía en el correcto uso de los propios recursos y que enseña, por amor a la misma Diosa, que sólo se posee lo que no se posee.

Acumular dinero, la posesión de bienes materiales, siempre dispensa sensación de poder. La riqueza material abre casi todas las puertas del poder social. Lo que fácilmente olvidamos es lo que existe detrás o más allá de dicho poder. Es una ilusión creer que disponemos de poder. Al mínimo descuido es éste el que nos posee. La embriaguez de sentir como el mundo material y los objetos se doblegan ante nuestra voluntad, acuden a nuestros deseos, el poder de convertir a los demás en objetos que dependen

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de nuestra voluntad resulta tan tentador que pocos son los que se le resisten. El poder material se malgasta, se disipa o se enquista y deja de cumplir su función fertilizadora.

También es frecuente la actitud despreciativa frente al aspecto mundano, material, de tal poder. Las personas con inclinación espiritualista o idealista siempre topan con ello. Con actitud puritana rechazan al vil metal, y con ello, al pecho materno que en su fantasía les mal alimentó, y abrazan una pobreza o austeridad que en el fondo les esclaviza tanto o más que a los ricos. Viven en perpetua dependencia económica de los demás, muchas veces escondida o disimulada, o abrazan un estilo de vida basado en la renuncia sistemática al goce o placer del mundo material. El rico y el pobre se encuentran al final del camino y contemplan con asombro su parecido.

Es necesario disponer de recursos, es necesario tratar de potenciarlos. A veces tales recursos pasan necesariamente por lo económico, otras veces no. Si no hay apegos ni rechazos a priorísticos, no es difícil llegar a comprender y experimentar en la propia vida que algo o alguien pone a nuestra disposición, en cada momento, los recursos requeridos para nuestro obrar. Si tal obrar es el adecuado en relación a la situación vital en la que una persona se encuentra, nunca le han de faltar los recursos necesarios. Hay una cuestión mágica detrás. Sólo la confianza permite captarla.

En tal sentido, los recursos puestos a nuestra disposición tanto pueden venir por lo económico, lo material, lo afectivo (una sonrisa, el apoyo de una mano amiga), lo moral, etc. Siempre es la Diosa la que dispone de ellos, siempre es un préstamo transitorio el que nos hace, siempre es de agradecerle la fuerza que pone en nuestras manos. En realidad, tanto podemos sentir que nuestra condición es la de ricos porque nos rodea permanentemente la riqueza infinita de la Diosa, como comprender que no hay tesoros materiales en el mundo que puedan paliar nuestra radical pobreza.

Si insisto en perseguir algo que concibo como mío, como posesión personal ("mi" inteligencia, "mi" belleza, "mi" sabiduría, etc.) uno está en el fondo, aunque no lo sepa, limitado, porque tiene objetivos limitados, porque se define por lo limitado, porque vive ¡ve por y para lo limitado. Esto crea una inseguridad y una inquietud que no solucionan todas las posesiones de la tierra. Cuando se comprende y se siente que uno está unido, ya en esta vida, al infinito, cambian radicalmente las actitudes hacia nuestros deseos. No es que uno deje de desear, ni tampoco sirve la renuncia, pues ésta implica una entrega, un aferrarse a la imagen del que renuncia. Lo que se puede lograr

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es simplemente un aquietamiento del deseo, o una calma y confianza, pues

no hay deseo que pueda con el ser, porque se anula la distancia entre el ser y el desear. Entonces ya no se cae tan fácilmente en la desesperación de ese desear que sólo desea objetos, sino que se accede a la fuente del desear mismo: La Fuerza de la Vida.

A veces, son necesarios momentos de apuro, de real apuro para conocer la

verdad sobre nuestras posesiones: no sirven para nada. Lo único que sirve es la capacidad de poder seguir viviendo. La supervivencia lo es todo. La fuerza vital es la única cosa que uno no puede permitirse perder. Y cabe la sospecha de que las posesiones y la falsa seguridad que con ellas se adquiere, lo único que logran, aparte de hacernos vivir en la ilusión, es la de robarnos la fuerza vital. Una fuerza que depositamos en los objetos y que al hacerlo así la perdemos. El poder entonces lo tiene el dinero. un

título, una persona, un status, etc. Surge el acumular y conservar objetos y recursos como un sustitutivo del usar, porque se quiere vivir sin riesgos. Rodeados de seguridades materiales. Nos aferramos a ellas. No nos damos cuenta que el riesgo es ése: echar a perder la vida. La vida no quiere ser conservada, quiere la capacidad de arriesgarse. Si uno no se arriesga, arriesga aún más, pues cambia todo aquello que acumula por vida no vivida.

Los planetas en esta casa constituyen los dioses de nuestro deseo. Sus

imágenes forman la sustancia de nuestra vinculación básica con el mundo. Bajo ellos y a través de ellos conocemos la codicia, la avaricia, el desapego

y la generosidad. Son los responsables, tanto de nuestro mayor desatino,

pues nos encarcelan en un mundo material y físico que alucinamos como la

fuente que nos alimenta, como del descubrimiento más preciado: confiar en los propios recursos que siempre coinciden con los de la vida en su totalidad, pues todo recurso mana de una única fuente: la Madre Naturaleza que nos cuida y nos cobija. Sólo con dicha confianza y con el desapego frente a las inseguridades del yo se pueden conocer los extraños vericuetos por los que la Fuerza de la Vida pretende llegar a nosotros. Generalmente

lo hace por los canales más insospechados. Canales que han de pasar por el

dominio sagrado de los planetas que la casa contiene. Las experiencias de riqueza y de pobreza económica no son la finalidad, ni se pueden considerar a priori como positivas o negativas. Cuántas veces de una experiencia de pérdida de los bienes, de la ruina económica puede surgir la comprensión de los auténticos recursos que uno dispone. Y viceversa, cuántas veces el enriquecimiento de una persona, la abundancia de bienes

materiales la coloca en una situación de extrema debilidad y alienación. En

la casa 11 uno puede llenar su vida de objetos y posesiones: sus bienes más

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preciados. Pero cuando una vida se llena ya no cabe más, se produce un estancamiento, pues uno viaja con exceso de equipaje. En tales condiciones no es de extrañar que se invoquen experiencias de despojo, de un vaciar la vida para que en el lugar desocupado pueda ser llenado de nuevas realidades, de bienes aún por conocer, de recursos aún por descubrir, sobre todo del recurso principal: la capacidad de gozar ligada al sentimiento de gratitud por los bienes recibidos, por los dones ya atesorados.

Casa III

"Busca a tu contrario, que anda siempre contigo." Machado "Yo soy yo y mi circunstancia." Ortega y Gasset

La casa 3 es, en términos evolutivos, el descubrimiento de la otredad. El darse cuenta de que no existimos solos en el mundo. En una época en que mamá y papá son una parte indiferenciada de mi ser, aparece el hermano y con él la exigencia dolorosa de dar cabida en nuestra vida al otro. Un otro al que tengo que conocer y que voy a necesitar para, a través de él, conocerme a mí mismo. Sea por medio de la aceptación y la camaradería o del rechazo y enemistad, el otro, su talla y altura, me va permanentemente a definir. Se descubre que los demás son una pieza esencial del Universo.

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La casa III nos enseña la primera dualidad vivencial y esencial. El descubrimiento del otro es la caída de la omnipotencia. Ello puede ser una experiencia sumamente edificante o destructiva. La sensación de sentirnos solos en un mundo que está a nuestra disposición, da paso al choque de la realidad social. De ahí puede resultar una herida narcisista en la que a partir de ella, cualquier otro es un obstáculo a la expresión de mi voluntad, o bien, la oposicionalidad básica que implica la relación puede convertirse en un estímulo para el desarrollo de los poderes de adaptación.

El hermano constituye, generalmente, la primera relación que sostenemos con un otro diferente a nosotros. Con él conocemos la diferencia. Y la diferencia consiste en lo que admiramos y lo que rechazamos. A la diferencia la revestimos siempre con un tejido teñido de tonalidades afectivas. El tema mítico geminiano de los herma-nos hostiles encuentra en esta casa expresión en la relación que cada uno ha tenido y tiene con sus hermanos. Y no es necesario que haya tenido hermanos físicos. Es decir, una persona sin hermanos puede vivir y encarnar en su vida el símbolo de la casa 111. El hermano al que odiamos o queremos, admiramos o vilipendiamos es el hermano en nosotros. Todos tenemos la imagen de un hermano interior. Los psicoanalistas le llaman la Sombra. Todos aquellos factores de nuestra personalidad que por diversas razones no asumimos como nuestros, los reprimimos, olvidarnos y enterramos hasta que reaparecen en nuestra vida proyectados en los demás.

La huida del hermano, su búsqueda permanente, la necesidad de rechazarlo

o idealizarlo constituye la sustancia de una historia que tuvimos con el hermano, de sangre o no, y que, posteriormente, de-viene en una clave

básica del mito de nuestro destino, una realidad interior que, a lo largo de la vida y en repetidas situaciones, diferentes personas encarnarán. Estas personas podrán socialmente relacionarse con nosotros como amigos, parejas, parientes, etc., pero simbólicamente representarán al hermano, al gemelo en nosotros. Con ellos reproduciremos aquella historia que tuvimos

o que imaginamos tener con el hermano. Historia que, a caballo entre la

realidad y la imaginación, presenta una trama cuyos símbolos son los planetas y el signo que rige esta casa. El grado de interés hacia la realidad social humana, su aceptación y las actitudes hacia el medio en que uno se desenvuelve depende de la cabida que en nuestra vida tengan los mensajes que de su órbita nos llegan.

El hermano oscuro acecha en muchos recovecos impensados del camino. Una de las figuras míticas que expresan su dinamismo es el arquetipo del Tramposo. Esta imagen que Jung compara .a la figura alquímica de

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Mercurio, por su naturaleza dual, su afición para las jugarretas y las travesuras maliciosas, sus poderes para cambiar de formas y su conducta impredecible, ha sido objeto de veneración y temor en muchas épocas y culturas. Tiene mucho que ver con los pequeños accidentes tradicionalmente asociados a la casa 3. Nos encontramos con dicho arquetipo siempre que nos sentimos a merced de situaciones y molestos "accidentes" que tienen por lo general la rara habilidad de perturbar nuestros propósitos y voluntad. Dice Jung (17,b): "El hombre civilizado ha olvidado al Tramposo. Sola-mente lo recuerda figurada y metafóricamente, cuando, irritado por su propia ineptitud, empieza a hablar del destino que le hace trampas o de que las cosas han sido embrujadas. Él nunca sospecha que su propia, oscura y aparentemente inocua sombra excede sus más locos sueños."

Los accidentes que interrumpen nuestra cotidianeidad, que obstaculizan o perjudican la voluntad con intencionalidad misteriosa, constituyen el lenguaje del hermano. Generalmente no hacemos demasiado caso, aparte de la típica reacción de molestia, sobre la significación que tienen. Los consideramos mero azar, mala suerte, pero aunque no lo sepamos, revelan generalmente más de nosotros que el resto de asuntos "importantes" que acaparan nuestra atención. Ya Freud en su excelente obra "Psicopatología de la vida cotidiana" (16,b), daba cuenta de los mecanismos inconscientes que subyacen a ellos. Él olvido de nombres, propósitos e intenciones, los

actos fallidos, las equivocaciones, las pérdidas de objetos, etc., constituyen

la sustancia que genera el hermano oscuro cada vez que quiere hacerse oír.

El hermano oscuro es como una especie de segunda personalidad, cuyos rasgos varían según los individuos entre los más abominables vicios y

defectos hasta las más excelsas virtudes. Su característica más esencial es que suele ser portadora tanto de lo rechazado como de lo aún no reconocido

o descubierto en uno. La casa 3 constituye el símbolo de un encuentro

inevitable en toda vida humana. El otro en mí, que aquí, aparece como el hermano gemelo, la contraparte de mi ego, cuya morada es casi siempre la oscuridad del inconsciente, y cuyos reflejos veo proyectados en mis hermanos de sangre, raza o especie, es el objeto de tal encuentro. Con el descubrimiento del otro a través del hermano, también se produce otro descubrimiento, la existencia de un mundo poblado por los demás y por un universo de objetos y fenómenos con los que se ha de establecer una relación. La primera necesidad que instituye el descubrimiento de un entorno; de un medio ambiente que rodea al hombre, es el de conocerlo.

Con saberse acompañado en un mundo en el que existen otros, aparece el imperativo de establecer unas relaciones que han de supeditarse a unas

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reglas que trasciendan la mera subjetividad o el capricho particular. Dicho imperativo se concreta en una necesidad hasta entonces inexistente: la comunicación. Es necesario proveerse de medios que permitan percibir el en-torno que rodea al hombre y resulta necesario disponer de medios que permitan una interacción con él. El vehículo que puede actuar como mediador entre ese entorno y una persona es el lenguaje. Apenas el hombre adquirió conciencia de sí, se separó del mundo estrictamente natural. El lenguaje surge como un puente mediante el cual el hombre trata de salvar la distancia que le separa de su realidad exterior. En su realidad última, el lenguaje se nos escapa, pues esa realidad consiste en ser algo indivisible e inseparable de lo humano. En la casa 3 se descubre la esencia discursiva, literaria, del mundo. El lenguaje crea un universo que actúa como un doble del mundo real, hasta el punto de que a veces acaba por sustituir a éste, de tal modo que ya no podemos saber si existe un mundo fuera del lenguaje. Muchos son los pensadores que creen que el lenguaje es la forma como el hombre se abre a las cosas. Bertrand Rusell, Carnap, Wittgenstein, etc. Son filósofos que consideran que el lenguaje hace posible la comprensión de las cosas y, en definitiva, la existencia abierta del hombre. Sin el lenguaje, sin las palabras, yo no tendría idea de nada.

El lenguaje generador de realidad es además el factor que instituye la condición humana y le confiere su dimensión esencialmente., social. "Y la palabra se despierta entre esta confianza radical que anida en el corazón del hombre y sin la cual no hablaría nunca", nos dice María Zambrano, evocando con ello a su vez la vivencia básica que posibilita toda relación social, toda organización de las relaciones en un todo organizado y viviente. El lenguaje e es, ante todo, medio de comunicación social. Implica la existencia de un interlocutor y por tanto de un socio. El número tres, propio de esta casa, es símbolo de un movimiento hacia la integración de los opuestos. Número de síntesis que permite la reunificación de las dualidades en una unidad mayor. La escisión que se ha producido en la casa 2 entre yo y el mundo requiere una síntesis. En cada casa cadente se produce un encuentro entre dos realidades y como resultado una mutación de ambas.

En la casa 3, el pecho-mundo deviene en un entorno constituido por personas y objetos con los que se ha de mantener una relación. Con ello dos polos entran en contacto: el sujeto y el mundo social y físico que le rodea. La calidad y el dinamismo de tal contacto inciden plenamente en ambos instituyéndose así una relación dialéctica que transforma mutua y sucesivamente a ambos componentes. En el ámbito de los seres humanos el locus del encuentro es la relación comunicativa, el lenguaje articulado por

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una serie de signos y significados comunes y convencionales. En el ámbito de las cosas el locus es la relación de adaptación inteligente, una adaptación qué genera un proceso de invención y utilización de medios que general- mente actúan como una prolongación de los sentidos y las facultades humanas y que permiten una captación más afinada de las características de dicho entorno.

Generalmente tenemos la idea de que el medio ambiente es eso que está ahí fuera, como algo dado, estático, con lo que establecemos unas relaciones de adaptación utilitaria. Ahora bien, en realidad dicho entorno siempre es algo creado, es una creación de los propios medios y sistemas con que tratamos de captarlo. Ello nos sitúa frente a una realidad hasta hace poco inimaginable. También es frecuente el error de considerar el lenguaje como algo neutro, que aprendemos de pequeños y que nos sirve para conocer lo que nos rodea y comunicar los resultados de nuestras investigaciones a los demás. "El hombre, afirma Wilheim ven Humdboldt (*), vive con sus objetos siempre bajo la mediación de un lenguaje. Sus sensaciones y su actuación dependen de sus percepciones, y éstas a su vez del lenguaje utilizado. El hombre resulta una presa de su propio lenguaje, pues cada lenguaje traza un círculo del que no es posible escapar sino penetrando en otro." O, también, asumiendo el reto de intentar conocer el desajuste de los instrumentos que empleamos con objeto de corregirlos, tarea por demás harto difícil, porque supone poder utilizar los instrumentos para autocuestionar su propio funcionamiento.

En realidad, todos los medios que hemos empleado para conocer el entorno han modificado no sólo a éste, sino también a nosotros mismos. Por ejemplo, la invención de la escritura, luego del alfabeto fonético, después la imprenta, y hoy la revolución informática y electrónica, han sido, no sólo meros inventos, sino verdaderos procesos de creación de mundos distintos y de seres humanos diferentes. La aparición de un nuevo "medio" de relación, adaptación y conocimiento ha conllevado inseparablemente una nueva forma de ver el mundo. Ya no sentimos del mismo modo, ni continúan siendo los mismos nuestros ojos y nuestros oídos antes y después de la invención del alfabeto fonético o del ordenador.

El hombre, al utilizar instrumentos específicos, como por ejemplo el lenguaje, la escritura o la radio, lo que hace es ampliar uno u otro de sus órganos sensoriales, en detrimento del resto. Ello lleva aparejado grandes cambios a la hora de relacionarnos con el entorno y con los demás, a la hora de hablar y de actuar. Antes de la invención de la escritura, la civilización, sostiene McLuhan (20), era predominantemente auditiva, oral,

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involucraba todos los sentidos en una especie de inmersión en el mundo. El advenimiento de la escritura, y luego de la imprenta, fomentó la preponderancia de un único sentido, el visual. Se produjo así la ruptura

entre el ojo y el oído y, con ello, la mente humana se transforma: el tiempo y el espacio pasan a concebirse como lineales, el pensamiento abandona su lado mágico para hacerse lógico, discursivo, el argumento predomina sobre

la metáfora. Curiosamente los psicólogos sostienen que el predominio de

un sentido sobre los demás es la condición necesaria para que se produzca

el fenómeno de la hipnosis. Por ello, una cultura como. la nuestra, que por

intereses ajenos a los estrictamente culturales cultiva un solo tipo de sentido, cae en un despotismo ilustrado, pues somete a sus integrantes poco críticos a una situación de manipulación por el estado hipnotice que genera. Un alfabeto fonético constituido por signos huecos que se asocian a sonidos sin sentido crea una fragmentación de la mente humana, además de un en-

torno igualmente fragmentado.

"Las relaciones humanas se modificaron sustancialmente –afirma O. Paz.(22,b)– cuando el libro sustituyó a la voz viva, impuso al oyente una sola lección y le retiró el derecho de replicar e interrogar." Antes del uso del alfabeto cada palabra era en sí misma un mundo con resonancias multidimensionales, constituía un mundo poético o una "deidad momentánea", sentida por el hombre analfabeto como una revelación. "El africano rural vive, –según cuenta Carothers (*)–, primordialmente en un mundo de sonidos, en un mundo cargado de significado directo y personal para el oyente, en tanto que el europeo vive, en mayor grado, en un mundo visual que, en conjunto, le es indiferente."

Las casas cadentes implican una transformación de las formas de experiencia. En la 3 se refleja un dinamismo que comporta; cada vez que se establece un determinado tipo de relaciones, una modificación de ambos participantes de la relación. Una relación que aquí es comunicativa y que, por tanto, pone en relieve el papel creador y transformador del lenguaje. En los esfuerzos del niño por aprender a desenvolverse en su medio, Piaget elucidó la existencia de dos procesos básicos y complementarios:

asimilación del medio en los esquemas de pensamiento, y acción del sujeto

y acomodación de estos esquemas al mundo cuando éste no se deja

asimilar. Lo que quizá no tuvo demasiado en cuenta es que el entorno en que una persona o una comunidad vive no es tanto una realidad dada como un mundo inventado. Cada lenguaje implica una visión del mundo distinta, y en última instancia, cabe la sospecha de que cada individuo habita un

mundo particular. Como si en un caleidoscopio, infinidad de formas lingüísticas y perceptivas distintas giraran en torno a una realidad que

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nunca aparece estática, como casi todos los lenguajes pretenden, y que por tanto no es ni definible ni apresable en la rigidez de las normas gramaticales. El hecho de poseer un mismo lenguaje y de observar cosas parecidas, fácilmente induce a dar por supuesto algo que, en el fondo, es una ilusión fundamental: creer que la realidad es algo inmutable, físico y sólido, que está fuera de uno y que seguiría estando de todos modos y de igual manera para todo el mundo.

Los pueblos analfabetos no pueden ver en tres dimensiones o en perspectiva. Nosotros damos por supuesto que éste es el modo normal de visión. Debido a ello se han producido tantos equívocos entre los antropólogos y demás interesados en las culturas foráneas. Por ejemplo, se encontraban con que muchos pueblos africanos no comprendían las imágenes que observaban en una película que les era proyectada. Dichos estudiosos daban por supuesto algo que no era cierto: que no se necesita entrenamiento alguno para observar fotos o películas. El conocimiento del alfabeto da la capacidad de enfocar la mirada un poco por delante de cualquier imagen, de modo que se capta en su totalidad, en un golpe de vista. La gente que no posee este medio de comunicación, habita un mundo distinto, no posee el hábito de utilizar la perspectiva, el ojo no lo usan en perspectiva sino táctilmente, exploran las imágenes y objetos identificándose con el objeto, entran en él. Para los africanos el ojo está considerado menos como un órgano receptor que como un instrumento de la voluntad, siendo el oído el principal órgano receptor. La escritura fonética separó el pensamiento de la acción, con lo que aparece una escisión difícilmente superable entre el mundo mágico del oído y el mundo neutro del ojo. Escisión que hoy vivimos en toda su desgarradora plenitud. El músico vienés Carl Orff prohibía que los niños estudiasen música en su escuela si ya habían aprendido a leer y a escribir. La tendencia visual adquirida, decía, hace perder toda esperanza de desarrollo de las facultades audiotactiles en música.

No sólo hablamos español, sino que los hábitos creados por nuestro alfabeto persisten en nuestro modo de captar el mundo, en nuestra sensibilidad y en la disposición que damos a nuestro espacio y nuestro tiempo en la vida diaria. Los hábitos perceptivos y comunicativos nos hacen habitar el mundo de determinada manera. Manera que tendemos a absolutizar como la única verdadera y posible, con lo que nos condenamos a una realidad que quizá no sea la mejor de las posibles. Cada forma cultural no es más que una forma de combinar el uso de los sentidos. A mayor desproporción en el uso de uno de ellos cabe la sospecha de que mayor es el peligro de la unilateralidad y la pobreza existencial.

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El lenguaje, como expresión de la necesidad de adaptarnos a un entorno y relacionarnos con él, resulta indudablemente un instrumento poderosísimo. Tan poderoso que casi indefectiblemente esclaviza a quien lo utiliza. Hemos visto que todo lenguaje tiene una doble faz, permite contactar con la realidad, pero, a la vez, nos en-gaña y despista de ella. Por ello, cualquier uso del lenguaje puede desembocar en un inmenso abuso, como es excelente botón de muestra la publicidad moderna, los medios de comunicación de masas, los discursos políticos, etc. El lenguaje, la mayoría de las veces, carece de referencias sólidas, la mayoría de los discursos son formales, sin contenido. Por eso Sócrates era tan consciente del en-gaño que puede encubrir el lenguaje, por eso propugnaba como único imperativo "conócete a ti mismo", lo que aquí significa; cono-ce tus insuficiencias y limitaciones.

Detrás de todo ello, se deja ver una convicción mística: el lenguaje es una facultad humana y sobrehumana a la vez. Eso los antiguos lo sabían muy bien: nombrar un objeto era poseerlo. Lo que se nombra adquiere existencia. Lo que no se nombra no existe. Para decir que no había cielo ni tierra, el poema babilónico de la Creación, Enema Elich está redactado de la siguiente forma: "Cuando arriba, el Cielo, no era nombrado, y abajo, la "

Nosotros ignoramos casi todo sobre los orígenes

de la palabra. Las palabras, en otras épocas y/o culturas eran mucho más que meros sonidos que designan o se refieren a realidades, eran la realidad misma. Las lenguas profanas como la nuestra, no dan ninguna idea de ello. "Las palabras no caen en el vacío", dice el Zohar. En las lenguas sagradas cada palabra encierra una fuerza oculta. Hay una magia verbal en que la sonoridad de los nombres propios de personas y ciudades despiertan ecos y analogías ocultas. El timbre alto o bajo de las vocales, las consonantes que lo componen constituyen además su realidad esencial. El hombre no sólo es designado por su nombre propio: él es ese nombre. Así Abram sabe que no tendrá un hijo, hasta que Dios le dice: "Tu nombre no se enunciará más Abram, tu nombre será Abraham ya que te hago padre de una multitud de naciones."

Tierra, no tenía nombre

Nombrar es el primer acto del mago y del poeta. El nombre confiere existencia e individualidad. Cuando se arrebata el derecho a un nombre propio se arrebata simbólicamente el derecho a la individualidad. Como ocurre en nuestra sociedad patriarcal en la que el marido arrebata el nombre a su mujer. Hay una magia en la palabra y la comunicación que se establece entre los seres humanos. Una magia que reluce, por ejemplo, a través de un libro, que circulando por el mundo, pasa de mano en mano y llega a la

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persona que lo ne mismos. Por ejemplo, la invención de la escritura, luego del alfabeto fonético, después la imprenta, y hoy la revolución informática y electrónica, han sido, no sólo meros inventos, sino verdaderos procesos de creación de mundos distintos y de seres humanos diferentes. La aparición de un nuevo "medio" de relación, adaptación y conocimiento ha conllevado inseparablemente una nueva forma de ver el mundo. Ya no sentimos del mismo modo, ni continúan siendo los mismos nuestros ojos y nuestros oídos antes y después de la invención del alfabeto fonético o del ordenador.

El hombre, al utilizar instrumentos específicos, como por ejemplo el lenguaje, la escritura o la radio, lo que hace es ampliar uno u otro de sus órganos sensoriales, en detrimento del resto. Ello lleva aparejado grandes cambios a la hora de relacionarnos con el entorno y con los demás, a la hora de hablar y de actuar. Antes de la invención de la escritura, la civilización, sostiene McLuhan (20), era predominantemente auditiva, oral, involucraba todos los sentidos en una especie de inmersión en el mundo. El advenimiento de la escritura, y luego de la imprenta, fomentó la preponderancia de un único sentido, el visual. Se produjo así la ruptura entre el ojo y el .oído y, con ello, la mente humana se transforma: el tiempo y el espacio pasan a concebirse como lineales, el pensamiento abandona su lado mágico para hacerse lógico, discursivo, el argumento predomina sobre la metáfora. Curiosamente los psicólogos sostienen que el predominio de un sentido sobre los demás es la condición necesaria para que se produzca el fenómeno de la hipnosis. Por ello, una cultura como la nuestra, que por intereses ajenos a los estrictamente culturales cultiva un solo tipo de sentido, cae en un despotismo ilustrado, pues somete a sus integrantes poco críticos a una situación de manipulación por el estado hipnotice que genera. Un alfabeto fonético constituido por signos huecos que se asocian a sonidos sin sentido crea una fragmentación de la mente humana, además de un en- torno igualmente fragmentado.

"Las relaciones humanas se modificaron sustancialmente –afirma O. Paz. (22,b)– cuando el libro sustituyó a la voz viva, impuso al oyente una sola lección y le retiró el derecho de replicar e interrogar." Antes del uso del alfabeto cada palabra era en sí misma un mundo con resonancias multidimensionales, constituía un mundo poético o una "deidad momentánea", sentida por el hombre analfabeto como una revelación. "El africano rural vive, –según cuenta Carothers (*)–, primordialmente en un mundo de sonidos, en un mundo cargado de significado directo y personal para el oyente, en tanto que el europeo vive, en mayor grado, en un mundo visual que, en conjunto, le es indiferente."

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Las casas cadentes implican una transformación de las formas de experiencia. En la 3 se refleja un dinamismo que comporta, cada vez que se establece un determinado tipo de relaciones, una modificación de ambos participantes de la relación. Una relación que aquí es comunicativa y que, por tanto, pone en relieve el papel creador y transformador del lenguaje. En los esfuerzos del niño por aprender a desenvolverse en su medio, Piaget elucidó la existencia de dos procesos básicos y complementarios:

asimilación del medio en los esquemas de pensamiento, y acción del sujeto y acomodación de estos esquemas al mundo cuando éste no se deja asimilar. Lo que quizá no tuvo demasiado en cuenta es que el entorno en que una persona o una comunidad vive no es tanto una realidad dada como un mundo inventado. Cada lenguaje implica una visión del mundo distinta,

y en última instancia, cabe la sospecha de que cada individuo habita un

mundo particular. Como si en un caleidoscopio, infinidad de formas lingüísticas y perceptivas distintas giraran en torno a una realidad que nunca aparece estática, como casi todos los lenguajes pretenden, y que por tanto no es ni definible ni apresable en la rigidez de las normas gramaticales. El hecho de poseer un mismo lenguaje y de observar cosas parecidas, fácilmente induce a dar por supuesto algo que, en el fondo, es una ilusión fundamental: creer que la realidad es algo inmutable, físico y sólido, que está fuera de uno y que seguiría estando de todos modos y de igual manera para todo el mundo.

Los pueblos analfabetos no pueden ver en tres dimensiones o en perspectiva. Nosotros damos por supuesto que éste es el modo normal de visión. Debido a ello se han producido tantos equívocos entre los antropólogos y demás interesados en las culturas foráneas. Por ejemplo, se encontraban con que muchos pueblos africanos no necesita. Es la misma magia por la que el hombre se crea a sí mismo creando el mundo que percibe y en el que habita. Es una magia que tanto puede ser usada para liberar al hombre de cualquier servidumbre que una cultura o una realidad establecida pretenda imponerle, como puede convertirse en la más sólida y sutil de las prisiones. Aquella que no se cuestiona, pues anida en la propia percepción del mundo que nos rodea y nos constituye como humanos.

Los planetas en esta casa no sólo tienen que ver en la historia que tuvimos

o tenemos con el hermano. También constituyen las voces que pueden

ayudarnos a comprender el sentido y el papel que cumple el entorno cultural en nuestra vida. Las relaciones que establece una persona con su

entorno pueden ser las de un monólogo o un diálogo. La primera lleva a una actitud pasiva, uno vive sometido a las "influencias" que éste ejerce

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sobre él, la segunda favorece un papel activo en que la inserción en el medio social y cultural adquiere un relieve crítico y creativo, que permite tanto que el individuo actúe como agente transformador, como que él mismo desarrolle la capacidad adaptativa y de ajuste requerido por un entorno en perpetuo estado de cambio y reajuste.

Una adaptación crítica al entorno equivale a un uso crítico del lenguaje y la inteligencia. Una inteligencia corrosiva que haga admitir que toda verdad es fragmentaria, o mejor, como decía Nietzche, que las verdades del hombre son sus errores irrefutables, y que todo se puede contar de muchas maneras.

Casa IV

"Toda vida es un secreto; llevará siempre adherida una placenta oscura y esbozará, aun en su forma más primaria, un interior." María Zambrano

El cuatro es un número que ocupó extensamente a Jung. La cuaternidad representa para él "el fundamento arquetípico de la psique humana". Los discípulos de Pitágoras también hacían de la tétrada la clave de un simbolismo constituyente de un marco que ordenaba al mundo. "Cuatro, como la tierra, no crea –dice Eva Meyerovich (*)–, sino que_ contiene todo lo que se crea a partir de él." El cuatro expresa pues, la noción de una realidad matricial que parece contener al sujeto. Hoy le llamamos el inconsciente, fundamento y marco del que nace y en el que se realiza la totalidad de la experiencia humana.

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En la casa IV descubrimos la foros et origo de toda experiencia. Es el ¿de

dónde vengo? La cuestión de los propios orígenes es quizás anterior a cualquier otra. Incluso poder preguntarse ¿quién soy? en la casa I, implica previamente un cuestionamiento del olvido que recubre y encubre nuestro pasado. Y de ello trata el psicoanálisis: recordar y revivir un pasado que, aunque olvidado, no está muerto, sigue presente, actuando y condicionando

la

vida toda, el presente, el futuro, a través de la zona oscura de nuestro ser:

el

inconsciente.

Es un pasado que fluye continuamente, desemboca en el presente y, confundido con él, casi siempre nos engaña, pues nos hace creer en la ilusión de los cambios. En realidad, consiste en la repetición rítmica de un pasado impermeable a los cambios. Un pasado actuante que nunca va a variar a no ser que uno emprenda el camino de regreso.

Sumergirnos en las experiencias de la casa IV es darse cuenta de que la mayor parte de nuestro empleo consciente del lenguaje en la casa 3, no es más que un facsímil pálido de extrañas lenguas que más profundamente resuenan en nuestros sueños. Existe un lenguaje que nos viene del "campo de la niñez", esa remota y olvidada región que una vez habitamos, que desaparece mágicamente de nuestra conciencia, pero que perdura hasta el fin de la vida alentando u obstaculizando cualquier logro y realización que uno pueda tener en la vida.

La tradición ve en ella la tierra, el suelo sobre el que se construye el hogar

y enraizan las raíces. El hogar no es una casa, ni unas personas, ni un

sistema de parentesco dado. Es un símbolo del sostén, de la "atmósfera emocional" que sustenta a un individuo. En la fase inicial de la vida el hombre pasa por unas experiencias de índole afectiva que establecen los fundamentos de un sentimiento esencial para la personalidad: la seguridad básica que ha de tener respecto a sí mismo, a la vida en general y a su destino en particular. Esa seguridad que permite construir un hogar mundo. Una morada que coincida con el cosmos.

La casa IV refleja el trasfondo anímico del que una persona nutre al resto de sus actividades vitales. Por ello se considera que expresa la raíz del árbol, o los cimientos del edificio, dando a entender con ello, cómo una persona podrá desarrollar su autoestima, su sentido de pertenencia y enraizamiento afectivo. Hay una necesidad de agrupamiento humano que se desarrolla por primera vez en el seno de una familia. Dicha necesidad, si no es cuestionada, actúa inconscientemente como el principal obstáculo a nuestra individualidad. "Hay numerosos tabúes en el sistema familiar – afirma Cooper (8)–, de alcance mucho más amplio que el tabú del incesto y

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el tabú contra la suciedad. Uno de ellos es la prohibición implícita de experimentar la propia soledad en el mundo. Al parecer no hay muchos padres dispuestos a dejar de estar con sus hijos el tiempo necesario para que desarrollen la capacidad de estar solos.".

Uno de los modos más frecuentes de lograr un sentimiento de seguridad es cuando uno se enraíza en un grupo. Muchas personas "echan sus raíces" en el suelo de una iglesia, una patria, una secta o una colectividad, que siempre ofrece una serie de seguridades básicas. Dichas instituciones se convierten en pechos de los que mana un antiguo veneno: un exceso de seguridad que deja de lado la duda y la soledad, en consecuencia, destruye la vida. A través del grupo con el que uno se identifica, fácilmente se experimenta un estar en el hogar, una sensación de familiaridad, y sobre todo un sentir de que el propio poder se acrecienta. Disminuye la terrible sensación de la soledad y el desamparo. Se olvida el desarraigo radical al que el hombre en su devenir consciente se condenó. Como proclamaron las Sagradas Escrituras: "Las zorras tiene agujeros, y los pájaros del aire tienen nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene donde poner su cabeza."

La familia o sus sustitutos son entonces el principal soporte, la fuente de seguridad básica. Pertenecer a una familia se convierte en el principal medio para escapar a lo horrible de la soledad, del vacío que se ha de experimentar al desprenderse del lazo maternal, que nutre, cobija y da calor. Claro que tales lazos exigen un pago enorme: el de la individualidad. Uno se siente a salvo, pero está dentro del rebaño. Uno está seguro, pero el regazo de la madre impide todo crecimiento, es más, seduce al niño para que duerma un largo sueño. Un largo sueño en que la persona no vive su vida, no se experimenta por sí misma. Vive la vida de la madre colectividad. Reproduce en su familia el juego secular que vivió en la primera, la de la infancia. La vida así vivida es trivial, se desconecta de los sentimientos más hondos y poderosos. Tal persona, desconectada de la fuente, no tiene la energía suficiente ni para darse cuenta de su trivialidad, de su vaciedad. Es una desconexión de las propias raíces que sólo enraízan en el alma y ello se paga caro: o la sujeción al miedo e inseguridad, o la necesidad de abandonar las seguridades e iniciar la búsqueda de otro tipo de seguridades.

Hay que dejar el hogar alguna vez. Cada uno de nosotros somos miembros de una familia, cada uno de nosotros puede y tiene que poner en duda sus orígenes y su pertenecer a, y eso, a pesar de haber sido bien educado. "Es necesario –nos dice David Cooper (8)–, re-visar nuestro pasado familiar, recapitularlo todo para liberarnos de una manera más eficaz que una simple

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ruptura o una separación geográfica, por violenta o tosca que sean una y otra." Hay que abandonar el hogar para recobrar las propias raíces, el hogar auténtico, la fuente interior. Ello supone la devastadora demolición de nuestras estructuras de seguridad que han sido laboriosamente levantadas.

Las vicisitudes y experiencias propias de esta casa anidan básicamente en la fase de la vida que los psicoanalistas tanto han estudia-do: los primeros años de la infancia. Años que sumidos casi siempre en el olvido, acompañan a modo de "herencia psíquica" a la persona, condicionando, como un pasado olvidado pero vivo, todas las conductas emocionales de un presente siempre limitado y vinculado al pasado en forma de "la compulsión a la repetición", esto es, la re-petición automática e inconsciente de las mismas actitudes frente a los otros.

Freud fue el primero en descubrir la relación siempre conflictiva que se da entre padres e hijos en la primera infancia. Su complejo de Edipo es la historia del conflicto primordial entre el deseo y el temor. Deseo de la madre (o padre según el caso), y angustia frente al otro progenitor. La seducción y la hostilidad consciente o inconsciente de los padres hacia los hijos y viceversa, constituyen un núcleo de sentimientos conflictivos enraizados en el inconsciente, cuya represión no sólo no soluciona nada sino que aun empeora pues, tarde o temprano, uno ha de rendir cuentas ante lo reprimido que incansablemente retorna con la pretensión de ser vivido. Con los padres y hermanos conocimos los primeros objetos de nuestro deseo. En ellos queda fijada una parte de nuestra energía instintiva. Posteriormente, si uno no se vuelve consciente de dicha realidad, la estructura afectiva, emocional e instintiva formada en la interacción con ellos, constituye la fuente y el origen de nuestros conflictos emocionales. La pareja, los amigos, etc., se nos aparecen como portado-res inconscientes de los roles de papá, mamá, hermano/a. Reaccionamos con ellos del mismo modo como lo hicimos con nuestra familia.

Adler analiza la otra posibilidad básica. El sentimiento de inferioridad del niño y sus frustraciones emocionales hacen que éste reaccione compensatoriamente estimulando un deseo de dominio las personas que le rodean. Este deseo insaciable corre parejo con la fantasía primordial: ser el más fuerte. Para lograrlo, no duda en recurrir tanto a posturas exacerbadamente masculinas, identificándose con el agresor, o en posturas femeninas de ser el agredido. Ya se sitúe en una posición o en otra, el niño siempre se hace la impresión de que la vida le es hostil.

Hoy en día aún sabemos más, pues cargamos, no sólo con el lastre de los

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equívocos que tuvimos con papá y mamá, sino también con el peso enorme de un destino familiar: "Las investigaciones sobre la génesis de la esquizofrenia en familias, -dice David Cooper (8)–, han mostrado con claridad suficiente que la locura se hace inteligible cuando se entienden los sistemas de comunicación-acción que trabajan en el seno de la familia nuclear. Los más recientes desarrollos de estos estudios indican que es importante tener en cuenta la tercera generación ascendente, es decir, los padres de los padres del sujeto considerado loco, para profundizar adecuadamente en esa inteligibilidad."

Jung aún va más lejos. Observó en sus pacientes que bajo determinadas circunstancias emergía en ellos una serie de sueños y fantasías, cuyas imágenes no encontraban explicación alguna ni remontando los datos de su biografía personal, ni la de su familia. Con ello descubrió un nuevo continente de imágenes, una tierra inexplorada en la que hunden sus raíces nuestras vidas: el Inconsciente Colectivo. Si tales imágenes se han de vincular con recuerdos, estos deberían ser de acontecimientos ocurridos en un pasado remoto de la Humanidad. Acontecimientos que sobrepasan al personaje concreto, más o menos minúsculo, que es el soñador. Se trata de acontecimientos trascendentes, que se relacionan con una dimensión atemporal, eterna, de la experiencia humana.

Un conocido dicho mítico de los judíos reza: "en el cuerpo de la madre, el hombre conoce el mundo, con el nacimiento lo olvida". Como si en la vida prenatal, en el seno de la madre se vivieran unas experiencias no sólo propias del estado de vinculación natural con la madre, sino con una realidad cósmica, que trascendiendo la relación biológica madre-hijo, éste conectara a través del cordón umbilical con la totalidad de la especie y aún más allá, con la fuente de alimento perenne: lo divino.

Por eso la casa IV, como afirma penetrantemente E. Eskenazi, siempre permanece en la oscuridad. Es un símbolo de la zona de nuestra individualidad y de las propias motivaciones que escapa a nuestra conciencia. Como la raíz que, hundida bajo tierra, es invisible pero sostiene y nutre al árbol entero. La casa IV es nuestro cordón umbilical.

Una persona puede vivir una vida superficial, desconectada de sus sentimientos hondos y poderosos que como ríos subterráneos transcurren por debajo de su percepción, pero entonces carece de alma, es decir, tanto en su estar como en su expresión, se nota a faltar algo: hondura. La persona no sufre pero no se alimenta. Puede aparentar tranquilidad, felicidad, alegría, o lo que sea, pero cuando llega el momento y el contenido de la

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casa IV, la corriente del río, subterráneo hasta entonces, emerge, puede ser devastador, o salvador, nunca se sabe. Debajo de las apariencias de tranquilidad, armonía o felicidad, aparecen inmensos mares de tristeza, o de rabia secularmente acumulada, o de deseo contenido en diques que se rompen. Esta experiencia, si no es asimilada, puede conmover o derrumbar los cimientos de una vida. El ego siente la invasión de unas fuerzas que le inundan, le ahogan, o, por contra, si se deja llevar, puede desembocar en un nuevo hogar.

Un hogar que aparece cuando por fin cedemos al deseo de inclinarnos sobre nuestro pasado, para reencontrar allí lo que una vez dejamos apartado en el camino y que ahora resulta necesario. Se han de explorar y recorrer los recuerdos del pasado. Se ha de seguir la oscura nostalgia de los orígenes, confiándose a los senderos del sueño y de la memoria para recuperar el anhelado hogar, la auténtica patria. Se ha de buscar un hogar y descubrir que el hogar de uno es el lugar donde uno está, porque la sensación de seguridad e intimidad se llevan a cuestas, vienen más por un modo de estar en la vida, que por la pertenencia a un grupo y el arraigambre a cualquier lugar.

Los planetas en la IV siempre nos hablan de los temas arquetípicos dominantes vinculados al destino de una persona, con su vida emocional y su seguridad o inseguridad afectiva. Son los dioses que dominaban la atmósfera anímica y las relaciones que bajo su álgida se dieron y se dan entre los miembros de la familia. La atmósfera emocional de una familia está vinculada al mandato de los dioses que la presiden, sus relaciones y conflictos, sus necesidades e instintos, vividos o no. Todo ello forma una especie de caldo anímico o suelo invisible, pero que actúa directamente sobre todos sus integrantes, y especialmente sobre el niño. Éste, que es puro inconsciente, percibe, capta como un radar y se alimenta de aquél. Llora un llanto semejante al de su madre, un llanto que casi siempre es el llanto no llorado por la madre, es decir, se alimenta de los deseos, miedos y conflictos escondidos en la "habitación de los trastos" de la familia. Hay una continuidad de estados emocionales entre los miembros de la familia, una especie de comunicación subterránea que se puede perpetuar simbióticamente por tiempo indefinido, dejando, en muchos casos, a la persona en una tierra de nadie emocional. Por ello, es necesaria una revisión del pasado, un regreso para recuperar todo aquello que un falso mundo de seguridades o inseguridades hizo que dejáramos. Cada vez que se inicia o finaliza un ciclo en la vida, cada vez que se ha de dar un paso adelante, se activa la casa IV. Por las inseguridades que despiertan al menor cambio y porque allí, en esta casa (en nuestra alma), se ha de buscar

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la fortaleza necesaria para levantarse y echar a andar.

La casa IV exige una inmersión periódica en sus aguas. Esas aguas del inconsciente que son la matriz de toda creatividad. Podemos titubear antes de zambullirnos, por miedo a no poder salir. Podemos tiritar de frío una vez dentro y desear salir antes de tiempo. Podemos abandonarnos al estupor del frío y desear entrar en el sueño eterno. Esos son los peligros, pero la recompensa es de un inapreciable valor: los miedos y las inseguridades ya no paralizan la vida, pues la inmersión en lo hondo tiene por virtud un cambio fundamental: se descubren las oscuras dependencias afectivas. Estas relaciones que tras cualquier disfraz convencional ocultaban necesidades emocionales insatisfechas y dependencias afectivas. Se descu- bre, también, a dónde tienen que apuntar las necesidades emocionales para no continuar generando dependencias. Se descubre, en definitiva, lo ilusorio de toda relación en tanto que es vivida pomo algo a lo que cogerse, lo ilusorio de cualquier lugar y situación como techo en el que cobijarse de las tormentas del vivir.

La tarea a realizar en esta casa implica un proceso emocional, por ello no es controlable por la voluntad y el intelecto. Un proceso que apunta a liberar la parte de energía instintiva y emocional que quedó fijada en el pasado. Con ello se puede lograr una nueva inserción en el mundo de la relación afectiva. Ello se traduce en un desarrollo del alma. Una comprensión del alma que permite sentir y aceptar cuán imprevisible es la vida; cuán poco influyen en ella nuestros temores e inseguridades, sobre todo en el sentido que creemos. Dicha compresión no es intelectual, recuerda más bien lo que el mito platónico ya nos advertía: "conocer es recordar". El héroe es el que se recuerda a sí mismo, pues, como se ha dicho, no hay esperanza sino en los recuerdos. Allí están las victorias, los fracasos y sus lecciones. Hasta hay quien dice que toda virtud se debe a la buena memoria y todo vicio al olvido. Como el cuento de los tres hermanos que van sucesivamente al castillo para rescatar a la princesa, los dos primeros no se atreven a pisar el camino de gemas y diamantes, mientras que el tercero, que no olvida a qué va, las pisotea sin contemplaciones.

Por ello recordar es tan importante. De hecho, es una de las principales tareas del psicoanálisis. Es un recordar que permite recuperar lo que

parecía definitivamente perdido –el pasado-, creando con ello un basamento sólido para nuestro presente. Lo que nos sostiene es lo que nos

precede, pero integrado: nuestros orígenes

"Pasado: lo real –nos dice S.

Weil (34)–, pero absolutamente fuera de nuestro alcance, no podemos dar un paso hacia él, sólo orientarnos por una emanación suya que viene hacia

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nosotros. Por eso es la imagen por excelencia de la realidad eterna, sobrenatural. ¿Será ésta la causa de la alegría y la belleza que hay en el recuerdo como tal?"

La casa IV es el "país de la infancia", sus planetas son los habitantes de este país. Si no es visitado por nosotros, es decir, si no oímos sus voces, se convierten en manantial constante de tendencias e impulsos infantiles. Si son escuchados nos conducen a establecer contacto y experimentar la inseguridad radical del ser. Sus lecciones permiten aprender que por mucho que echemos raíces estables en suelos, nada ni nadie puede evitarnos el desarraigo, pues esto es lo único capaz de sacudir los apegos, capaz de generar la confianza en uno mismo.

La casa V

El número cinco es la expresión simbólica de una necesidad nueva. Es signo de unión (dos –principio femenino– más tres principio masculino–), número nupcial dicen los pitagóricos; implica una totalidad obtenida por un centro que reúne e integra cuatro. Cuatro es la imagen de la estabilidad que, en un nuevo estadio (el cinco), deviene en la necesidad de hallar un centro el corazón-manantial que es pura creatividad. Al conseguir construir en la propia vida un hogar seguro, un fundamento sólido, que como vimos no pasa por lo que generalmente se cree, aparece el cinco como el inicio de una tensión o urgencia que antes no se sospechaba: la creatividad, expresar la propia sustancia individual. Si la individualidad es única, también lo ha de ser su expresión. Por ello en esta casa aparece la creatividad como punto de referencia e integración de la personalidad. En la creación se parte de la conciencia de la separación y es una tentativa de reunir lo que fue separado.

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Una vez recordado el pasado, una vez realizado el camino de inversión, esto es, de ida hacia atrás, en busca de los propios orígenes, una vez perdida la necesidad compulsiva de sentirse seguro y querido por los papás y mamás que pululan por nuestra vida, podemos recuperar la infancia. "Dejad que los niños se acerquen a mí", dijo

Jesús, sólo ellos pueden gozar de verdad, Sólo ellos pueden crear. Hay que divertirse. Es preciso reencontrar las huellas de nuestra ilimitada capacidad de pasión y goce que una vez tuvimos todos. Sólo los niños conocen la Fiesta como una encarnación en el tiempo de lo atemporal, como una irrupción de lo divino en la vida personal y colectiva. Las ceremonias, festejos, ferias, etc., adquieren sentido sólo si despiertan la facultad de maravillarse, de contemplar con el corazón. Este despertar es uno de los retos de esta casa, un despertar que aquí es un recuperar algo que, como adultos, todos añoramos. Son los niños los que no la han perdido. La fiesta antigua estaba fundada en la experiencia de conectarse con una parte del ser que al manifestarse hace a uno convertirse, de pronto, en el centro del Universo. Y ello es porque lo divino ha descendido. En cambio, hoy, lo único que se vive es un ocio envilecido. Es la fiesta de los grandes imperios: el circo romano, las modernas "vacaciones" y el interés por los espectáculos estúpidos.

La casa V no habla de los hijos biológicos necesariamente, sino de todos aquellos sobre los que depositamos, proyectamos y vivimos vicaria o íntimamente la propia necesidad de crear, jugar, apasionarse y, con ello, salir de uno mismo, exteriorizar nuestra individualidad en el puro acto de hacerse uno con el objeto de la pasión. La casa V trata, en definitiva, de lo único en nosotros capaz de apasionarse y gozar: el Niño. Esta imagen o factor que en el ser humano por mucho que envejezca nunca muere, o mejor dicho, nunca debería morir. Las personas más maduras, en el pleno sentido de la palabra, son al mismo tiempo infantiles en alto grado. Es preciso que una persona "madure" para vivir la realidad del niño que también es. Hay un miedo social a que nos convirtamos en niños. Por su irresponsabilidad se diré, entonces se exige de la gente que viva una adultez desconectada de la niñez, se nos inculca un sentido de la responsabilidad que lo único que logra es castrar toda posibilidad creadora presente o latente del niño en nosotros.

Se condena con ello a los adultos que se disocien de él y lo proyecten en sus hijos biológicos. El resultado, la mayoría de las veces, es dramático: el hijo deja de ser otra persona, para devenir en "mi niño", una prolongación

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de la propia identidad. El niño se convierte, a su pesar, en el depositario involuntario de las ilusiones y que de pequeñitos todos tuvimos y no pudimos o no nos atrevimos a realizar. El niño que, como símbolo, siempre alude a un futuro preñado de posibilidades creativas, proyectado en nuestros hijos se intenta vivir en un proceso cargado de violencia, al que comúnmente denominamos educación y que, en la práctica, casi siempre implica una serie de tácticas que apuntan a controlar al otro, para así poder recrear y revivir nuestras propias expectativas. Como afirma E. Eskenazi, educar se convierte en la imposición forzada de las propias imágenes al hijo, cuando podría ser el proceso por el cual se deja al otro ser él mismos. Claro que, añade el autor, uno consigue educar así cuando uno se permite ser, a la vez, él mismo.

En la casa V vemos, entonces, el tipo de hijos que deseamos tener. Deseo que casi nunca coincide con la realidad. Los padres nunca tienen exactamente los hijos que desean, porque se hacen una imagen a la cual ellos tendrían que plegarse. Dicha imagen no es más que una proyección de sí mismo. Los padres olvidan que el niño es un individuo completo, le convierten en partes de su propia identidad. Ocurre algo parecido en el enamoramiento, el otro no es más que un reflejo idealizado, el portador de una imagen que no está, en absoluto, fundada en su realidad. La historia y relación que establecemos con nuestros hijos y amantes está reflejada simbólicamente en esta casa. Sus planetas ocupantes y/o el planeta que rige su devenir serán los dioses que mediarán en la relación. El hijo deviene en- tonces en el enviado de la vida que me hará confrontar lo que ignoro de mí. Los problemas de la relación padres-hijos son, cara a los padres, aquellos que eluden confrontar en ellos mismos, aquellos que no han podido relacionar con su propia individualidad. Si uno se convierte en adulto o padre "responsable", lo más probable es que el hijo encarne el papel mítico del o de los planetas de esta casa. De ello casi siempre surge una relación tensa y problemática, los padres entran en conflicto con los hijos, pero más profundamente es con lo que ven reflejado de ellos mismos en sus hijos. El resultado suele ser trágico, pues tarde o temprano el hijo se rebelará contra sus padres. Rebelión completamente necesaria cara a descubrir su auténtica individualidad. Para ello ha de destruir en sí todo lo que los padres le han de alguna manera inculcado. Cuando eso no ocurre, casi siempre es síntoma de algo peor. El niño no se rebela porque ha renunciado a ser él mismo, con lo que se condena ha vivir una vida que no es la suya sino la de sus padres. Un proceso similar ocurre con los amantes. El enamorado tarde o temprano ha de pasar por una decepción. El otro empieza a revelarse como un ser autónomo que tira al traste la imagen y las expectativas que de él/ella nos habíamos formado. En la casa V todos hemos de confrontar un

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tipo de experiencias que demandan que exterioricemos algo nuestro, algo que habita en lo más profundo del ser. Algo que de nosotros salga hacia afuera y se proyecte y condense en un objeto exterior. Sólo así podemos conocer algo que nos constituye aunque no nos pertenezca. Lo encontramos reflejado en una imagen, sea objeto, persona o actividad. Por eso el hijo, el romance o el juego son tan importantes. A través de ellos exteriorizamos y conocemos lo mejor que tenemos. Esta necesidad de exteriorización de nuestra individualidad es vivida como la inclinación que a todos subyuga, a dramatizar, a representar en el drama de la vida nuestro papel magnificado, enseñar lo mejor que tenemos. Para ello es menester poder olvidarse de uno mismo, olvido que brota por sí mismo cuando el niño en nosotros surge, con su entusiasmo, su pasión, y un divino egoísmo, que le permite trascen- der todo lo que no sea el objeto de su juego-pasión.

Todo acto creativo que tal nombre merezca ha de contar con él. Su presencia resulta imprescindible para alcanzar este estado del ser que se denomina: ensimismarse, olvidarse de uno mismo para reencontrarse a sí mismo pero transfigurado, hecho arte, embellecido en el máximo esplendor del que uno es capaz. Todo ello recuerda en mucho al narcisismo trascendental de Unamuno (31), un ansia de inmortalidad y autoafirmación, "un entender el yo no como algo pasivamente recibido, sino como trofeo que debía conquistarse a sí mismo para luego asentarse al resto del universo, como un sello indeleble o un pendón victorioso". La creación siempre implica salir del espacio y del tiempo que se habita. Sólo el niño tiene esa capacidad. Con ello no sólo se viven espacios y tiempos distintos, sino que también se conoce una nueva dimensión, un espacio atemporal o un tiempo sin historia del que emana una de las fuentes esenciales de la fuerza creativa: la espontaneidad.

La casa V no muestra los potenciales creativos en el sentido de los propios talentos o la capacidad de genio que sólo algunos heredan. Este "genio" ni está en la casa V ni se halla reflejado en el Tema Natal. No se puede ver. Es un secreto de la divinidad y del destino. La casa V se refiere a un tipo de creatividad que es herencia universal. Todos podemos disponer de ella, a todos nos es dado conocerla aunque no todos quieran. Ya Maslow (21) tuvo que distinguir entre "la creatividad debida a un talento especial" de la "creatividad de las personas que se autorealizan. "Ésta última –según sus palabras–, deriva mucho más directamente de la personalidad misma y se "

manifiesta ampliamente en los acontecimientos ordinarios de la vida

Es

la creatividad que surge por sí sola en el abandonarse al propio niño que sólo jugar quiere. ¡Es tan importante el juego! En él es cuando más cerca estamos de lo divino. En el juego desaparece la necesidad del esfuerzo, de

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violentar la naturaleza, se siente el puro placer y la alegría, la fatiga está ausente. Surge la espontaneidad, única fuerza capaz de cambiar nuestra percepción, como el niño de la fábula que se dio cuenta de que el rey estaba desnudo. Se puede entonces captar lo fresco, lo frágil y lo único de los fenómenos, las personas y las cosas. Se siente la liberación de todos los clichés y los estereotipos. Se accede a una autoexpresión inocente y carente de inhibiciones. Se consigue una "segunda ingenuidad" como la llamó Santayana, término que. etimológicamente viene de la palabra latina ingenius que significa "noble", "generoso" y propiamente "nacido libre". De la ingenuidad surge el ingenio, la capacidad generativa.

Jugar, enamorarse, contemplar al hijo, pintar, escribir, todo ello presenta la ocasión propicia para que en ella nos sumerjamos, para que de ella nos inflamemos y así vislumbremos la identidad, la unidad que se da entre el objeto de la creación y uno mismo. En realidad, todo acto creativo es un acto de unificación de reintegración de aspectos antes separados opuestos, formas que luchan entre sí, disonancias de todo tipo, hasta formar una unidad. Lo mismo hace el gran teórico cuando reúne hechos sorprendentes

e inconsistentes de modo que podamos darnos cuenta de su mutua

interdependencia. Y lo mismo podemos decir del gran estadista, el gran

terapeuta, el filósofo, el progenitor, el inventor. Todos ellos son

integradores

en integrativa, en esta misma medida depende de la integración interior de

En la medida que la creatividad es constructiva, sintetizante

la

persona." De dicha integración surge como en una totalidad inseparable

la

capacidad de amar, de jugar, de reír, de improvisar y de crear.

Uno es su hijo, su obra, su amante, su juego. Ello puede dar lugar a las

manifestaciones más impersonales de contacto amoroso, el amabam amare de S. Agustín, como a las formas más burdas de utilización egoísta del mundo. Mi obra, mi hijo, mi amada, deviene el pretexto para sentirme un dios, constituyen la audiencia imprescindible para que yo me escuche a mí mismo. En un monólogo reiterado en el que sólo brilla el orgullo, la pérdida de mis límites por el crecimiento de la auto importancia. Ya D. Juan nos previene de ella. Constituye el peor enemigo, aquel que consume

la mayor cantidad de sustancia vital o de poder según sus propias palabras.

En la pasión del enamoramiento no existe el otro como un tú igual a mí. Este otro es el mero soporte de una proyección de lo que de mí idealizo. La felicidad que provoca es la de verse contemplado en la amante, es la de amarse a uno mismo cuando ama. Es el amor al amor, cómo dice Denis de

Lo que aman es el amor, el

Rougemond (26), Tristán e Isolda no se aman

hecho mismo de amar. Es un amor egoísta por esencia, como el de Narciso.

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Uno se enamora de uno mismo, de como se siente y qué experimenta cuando se enamora. El otro queda reducido a un simple medio para experimentar placer. El ansia de ser uno mismo, tanto puede ser egoísmo fatal, como necesaria despreocupación por los demás, tan imprescindible para poderse exteriorizar, para poder vivir tal como uno es y como quien uno es.

El punto común de todas las situaciones de la casa V es que en ellas brota la pasión. Esa pasión produce el "calentamiento" necesario para que surja la espontaneidad y con ella el acto creador. Lo característico de esas situaciones es que surge la sensación de sorpresa, aparece lo inesperado. Da la impresión de que durante un lapso de tiempo se elimina lo cotidiano y conocido, y con ello se conecta con una fuerza impulsora o transformadora. Espontáneo es el entrar en las situaciones sin supuestos previos, ni objetivos preconcebidos, con inocencia y sencillez. Sólo así desaparecen los clichés y estereotipos inhibidores, como el niño que se siente seguro sin temor al ridículo. La espontaneidad no es algo que se pueda dominar o crear por un acto de voluntad. Más bien al revés, cualquier acto de voluntad consciente la inhibe. Es necesario conseguir el estado de no interferencia del yo, un olvido de sí mismo. Las razones, ideas y creencias del yo perturban el proceso creativo. El yo debe desaparecer; en el fondo, es el mismo problema que han de enfrentar los místicos.

El niño nace cuando el yo se va. Es él el que no se asusta delante de lo misterioso, de lo sorprendente. El niño se deja ser, cuando la situación lo requiere, es capaz de ser caótico, desordenado, anárquico, vago, indeciso, inexacto, impreciso, altruista y egoísta la vez. Se desenvuelve en un estado del ser en el que el deber no se desconecta del querer ni éste del placer. Todo ello implica una cuestión esencial: un autoaceptarse a uno mismo, que es lo que permite percibir con cierta originalidad y valentía la naturaleza del mundo desde una perspectiva no usual. La espontaneidad es así, el locus de la individualidad. En la medida que ésta disminuye la espontaneidad desaparece y a la inversa, en la medida que ésta se desarrolla, aquélla se expande y se manifiesta.

La creatividad que un individuo posee no es una posesión, no le pertenece. No existe un poema mío, lo que existe es la poesía y uno es un recipiente en el que descansa. El escritor escribe dando forma a los pensamientos de muchos que no escriben. El creador, el poeta, el artista, corren el inmenso peligró de perder de vista este hecho esencial. Con ello surge el más pesado de los egoísmos. En la antigüedad no existía la noción de autor. Una obra de arte era anónima porque pertenecía al Todo del que surgía.

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En realidad, en el mismo acto de crear, cuando uno está dando luz a su obra no hay ego. Cuando uno crea es puro, no se preocupa del yo, es cuando uno no crea que se preocupa del yo. La creatividad es como un río, no tiene ningún poseedor, del mismo modo que un río no se preocupa por donde pasa. El río atraviesa fronteras, baja por las montañas, pasa de un país a otro, de una cultura a otra. Hoy, discutimos mucho por los autores de las cosas, pero el río sigue tranquilamente su curso. No le importa que le llamen Pedro o Emilia, no le importa los comentarios de los críticos y el éxito o la fama obtenidos. Lo único que le importa es correr. Y todos somos los ser oidores de ese río. Lo único que importa es dejarnos mojar y arrastrar por su corriente. Lo que de verdad importa es recuperar la ca- pacidad de poder disfrutar bañándonos en él y jugar con el agua como todos los niños saben hacer.

Es importante crear algo, porque de ello pueden surgir descubrimientos esenciales sobre uno mismo. La exigencia de creatividad presupone un reto muy fuerte, pero inescapable, a no ser que se quiera vivir la misma necesidad de un modo sustitutivo: imponiendo a los demás (hijos, amantes, etc.) la propia sustancia individual. Los descubrimientos posibles que se pueden realizar, apuntan a un proceso esencial que se da debajo de la superficie de las cosas. Un proceso que permite vincular la vida y la obra en una unidad que, fácilmente, revela el mito que uno encarna o del que uno participa. La obra revela la individualidad porque a través de ésta se vislumbra un sentido. Un sentido que encaja en el individuo como un todo viviente, es decir, como un trozo de naturaleza del que se desprenden ac- ciones (sus hijos) que son una réplica casi exacta de la matriz de la que surgieron. Existe una relación paradójica entre la vida y las obras. Consiste en que son realidades complementarias sólo en un sentido: podemos comprender la obra de un autor sin conocer para nada su vida, pero no podemos comprender la vida de un autor sin conocer su obra.

Las obras que uno crea, como los hijos, son independientes de sus autores. Por tener vida propia, su significado varía para cada persona y, en distintos momentos, también para una misma persona. Gracias a ellos penetramos en otro mundo de sentidos y vemos nuestra propia intimidad bajo otra luz:

salimos del encierro. El acto creativo parte de un estado de separación y constituye siempre una tentativa de reunir lo que fue separado. Por eso Octavio Paz (22,a) es capaz de decir: "En el poema, el ser y el deseo de ser pactan por un instante, como el fruto y los labios. Poesía, momentánea reconciliación: ayer, hoy, mañana; aquí, allá; tú, yo, él, nosotros. Todo está presente: será presencia."

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Casa 6

"Sólo el médico herido puede curar." Proverbio místico

El número seis es el hexágono constituido por dos triángulos imbricados. El triángulo superior representa el orden celeste, el inferior alude a lo terrestre. En el seis ambos triángulos se encuentran simbolizando así la hierogamia cielo-tierra, tanto el descenso a la tierra del orden celeste, como la purificación y ascenso de lo natural hacia un orden sobrenatural. La primera imagen corresponde míticamente a la encarnación de Dios, el Redentor hecho hombre y nacido de una Virgen (Virgo Intacta). La segunda imagen hace pensar en la figura del alquimista, aquél cuyo esfuerzo y meta consiste en espiritualizar la materia.

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El descenso del orden celeste que entra en contacto con la tierra tiene su expresión más originaria en la noción del trabajo. El trabajo. es una actividad humana, cuyo origen sagrado revelan los mitos y las religiones. Cultivar el agro, trabajar los metales eran, para el hombre de las sociedades arcaicas, modos de cambiar el ser de las sustancias. Las sustancias participaban del carácter sagrado de la Madre Tierra. El hombre con su intervención no sólo buscaba un beneficio personal, sino que "colaboraba" en la obra de la Naturaleza. Como afirma M. Elíade (11), "hay algo común entre el minero, el forjador y el alquimista: todos ellos reivindican una experiencia mágico-religiosa particular en sus relaciones con la sustancia; esta experiencia es su monopolio, y su secreto se transmite mediante los ritos de iniciación de los oficios; todos ellos trabajan con una materia que tienen a la vez por viva y sagrada, y sus labores van encaminadas a la transformación de la Materia, su «perfeccionamiento», su transmutación»." En tal contexto el trabajo está unido al acto ritual. Trabajar implica una actividad mediadora entre el Cielo y la Tierra, por tanto el carácter sacro no sólo recae sobre la actividad, sino también sobre los útiles que utiliza. El arte de crear instrumentos y los instrumentos en sí son de esencia sobrehumana. Todo trabajo tiene una meta simbólica: unir arriba y abajo. Como aquel zapatero chino que alcanzó la iluminación realizando su labor porque era consciente que cada vez que cosía dos suelas unía el Cielo con la Tierra. Por eso, es preciso, no sólo trabajar, sino trabajar alcanzando la máxima perfección. Aparecen, por tanto en esta casa la figura del Maestro y la del aprendiz. Es necesario un largo aprendizaje, pues el maestro co- noce la técnica: qué cosas utilizar y de qué manera, para que todo salga a la perfección. La experiencia adquirida del maestro tiene como resultado un proceso de refinamiento de los utensilios, su obrar ha alcanzado las virtudes que el alquimista recomendaba para la Gran Obra: máximo esfuerzo, máxima concentración y máximo amor.

Hay un saber hacer y hay una necesidad de adquirir la destreza necesaria. El aprendiz es aquel que se pone en manos del maestro y se deja guiar por él. No es tarea fácil como cuenta una bella historia:

"Érase una vez un joven aprendiz que había estado al servicio de su maestro, el cual utilizaba unas técnicas muy sencillas. Consistían en arrodillarse delante de una estatua con cuerpo de hombre y cara de mujer durante dos años, después de los cuales el aprendiz se separó del maestro creyendo que aquél ya no le podía enseñar nada. Así, convencido de ello decidió poner en práctica las enseñanzas recibidas. Al poco tiempo de instalarse ya tenía muchos discípulos que seguían sus nobles enseñanzas,

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cosa que contribuyó a aumentar aún más la soberbia del aprendiz, por lo que decidió escribir un libro que sería el relato en donde pondría de manifiesto la gran equivocación en la que está el hombre sobre su vida. Una noche cuando estaba ya acabando de escribir el libro, le vino a la cabeza cuán grande sería después de que todo el mundo conociera el libro. En el libro, entre otras cosas, explicaba cómo un hombre se podía deshacer de su ego y llegar a la verdad última de las cosas, mas cuando estaba totalmente enredado en la maraña de sus pensamientos, una voz le habló desde la oscuridad de su estancia. Sólo acertó a oír: «No hay soberbia más grande que un ser sin soberbia.» El aprendiz quedó sobrecogido y, en toda la noche no pudo dormir, pues en su cabeza sólo giraba una idea y una imagen, la de su antiguo maestro y el pensamiento de volver a verlo. Al día siguiente despidió a todos sus discípulos, mandó quemar el manuscrito y se fue a ver a su maestro. Cuando llegó ante él se postró a sus pies, el maestro le mandó a orar y en una de sus oraciones se vio repitiendo sin cesar una frase bíblica: «No deis de comer perlas a los cerdos.»

No resulta tan fácil como parece asumir el talante de aprendiz. Es un papel que pone a prueba nuestra humildad. Por eso se dice que sólo los niños (casa V) pueden aprender. El adulto no puede porque cree que ya sabe, y con esa creencia se cierra a la posibilidad de nuevos aprendizajes. Un hombre en disposición de aprender ha de conseguir una "entrega", una "predisposición" a dejar que lo nuevo entre en el, a reconocer que su saber es limitado, imperfecto e insuficiente.

En la casa VI aparecen, de nuevo, las experiencias que hacen "tocar tierra". Con ello, y después de la autoexpresión lograda en la casa anterior, se inaugura una nueva dimensión: la consciencia de los propios límites. El trabajo y la enfermedad son dos vías para acceder a no sólo al conocimiento de nuestros límites sino al deseo de superarlos. El resultado de estas experiencias puede ser demoledor o altamente positivo para el propio crecimiento. La exigencia en la casa VI es la de lograr la suficiente visión crítica de uno mismo y del mundo en que vive para así acceder un criterio realista que permita dirigir los esfuerzos. Si la crítica es autocrítica uno descubre los propios fallos, insuficiencias y limitaciones. Sólo a partir de ello es posible saber dónde se ha de aplicar el trabajo para que sea efectivo. Si la crítica es hacia fuera surge la necesidad de organizar el mundo para incrementar de este modo la eficacia del esfuerzo conjunto. Surge la idea de trabajo como utilización de la materia. Una utilización con vistas a un fin. Una utilización que fácilmente puede devenir en usura si se pierde de vista cuál es la meta del esfuerzo. Si la meta no se cuestiona lo suficiente como para que quede probado su valor, cosa que, por desgracia,

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tan poco ocurre en una sociedad como la nuestra en la que el trabajo ha perdido su sentido. Se trabaja porque sí, sin cuestionar cuál es su utilidad en la vida del individuo o de la colectividad. Cuando al trabajo y a la sustancia se les despoja de su valor sagrado aparece un sentido del trabajo exclusivamente utilitarista. Trabajar se convierte en un ritual cotidiano, ru- tina totalmente carente de significación, que se vive como una obligación. Entonces el trabajo deviene en una actividad embrutecedora. Vivimos en una sociedad cuyos valores respecto al trabajo no destacan precisamente por su humanidad. La noción del trabajo se ha reducido, embrutecido mejor, a una actividad hecha por máquinas pensantes con máquinas no pensantes.

Las máquinas que el hombre inventa para tales fines constituyen los medios por los que se opera una doble transformación. La del mundo en que vivimos y la del hombre que las utiliza. Surge de nuevo en esta casa la relación dialéctica que ya vimos en la anterior casa cadente. Una relación que si antes se daba entre dos polos interdependientes: un mundo que percibo y con el que me comunico, y yo, ahora la díada se establece entre un mundo sobre el que actúo, sobre el que imprimo la huella de mi obrar, y yo mismo. Con nuestro obrar transformamos no sólo al mundo, sino a nosotros mismos también. Esto ya lo percibió uno de los pensadores que más penetrantemente reflexionó sobre dicha actividad humana, "el trabajo –dice C. Marx en un pasaje de El Capital– es ante todo un proceso entre el hombre y la naturaleza, un proceso en el que el hombre, mediante su obrar, realiza, regula y controla sus intercambios con la naturaleza. Desempeña, respecto de ella, el papel de un poder natural. Pone en movimiento las fuerzas naturales que pertenecen a su naturaleza corporal: brazos y piernas, cabeza y manos, para apropiarse de las sustancias naturales en una forma utilizable para su propia vida. Al actuar así, mediante sus movimientos sobre la naturaleza exterior, transformándola, transforma al propio tiempo su propia naturaleza".

Resulta imprescindible por ello, cuestionarle en qué sentido nuestro actual delirio tecnológico nos está transformando, Difícil cuestión, pero a la vista del desastre ecológico que nuestra industria produce, resulta fácil aventurar que el cambio que sufrimos en nuestra propia carne y espíritu no es muy halagüeño. Ya lo advirtió hace mucho un filósofo chino. He aquí la historia:

"En sus viajes por las regiones al norte del río Han, Tzu-Gung vio a un anciano labrando su huerta. Había excavado un cazo de riego. El hombre bajaba al manantial, llenaba un recipiente con agua y lo vertía a brazo en el cazo. Los esfuerzos eran enormes, los resultados parecían muy mediocres.

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"Tzu-Gung le dijo:

"–Hay un medio por el que podrías llenar cien cazos en un solo día y podrías hacer mucho más con poco esfuerzo, ¿quieres que te lo diga? "Alzóse el hortelano, le miró y le dijo:

"–¿Qué medio puede ser ése? "Tzu-Gung replico:

"–Toma una pértiga de madera, ligera de una punta, con un peso en la otra. De ese modo podrás sacar agua tan deprisa que se derramara. "El enojo asomó al rostro del anciano, que dijo:

"–He oído decir a mi maestro que cualquiera que emplee una máquina hará todo su trabajo como una máquina. Al que hace su trabajo como una máquina, el corazón se le vuelve como una máquina, y el que lleva en el pecho un corazón como una máquina pierde su sencillez. El que ha perdido su sencillez se sentirá inseguro en las luchas de su alma. La inseguridad en las luchas del alma no se aviene con el sentido honesto. No es que no conozca tales cosas; es que me avergüenza usarlas."

Grande es la sabiduría de este cuento. El trabajo con máquinas puede transformar al hombre en una máquina. Las propias invenciones del

hombre creadas con el fin de cambiar el mundo a medida de sus necesidades amenazan con convertir al hombre y a su mundo en un lugar sin vida, como en nuestra sociedad tan bien deberíamos saber. La inseguridad en las luchas del alma es quizás una de las descripciones más lúcidas de la situación del hombre actual en nuestra cultura. Al decir de O. Paz (22,b): "la técnica es una realidad tan poderosamente real –visible, palpable, audible, ubicua– que la verdadera realidad ha dejado de ser natural o sobrenatural: la industria es nuestro paisaje, nuestro cielo y

La técnica se hipertrofia en un mundo que carece de

Las construcciones de la técnica –fábricas, aeropuertos, plantas

nuestro infierno

imagen

de energía y otros grandiosos conjuntos– son absolutamente reales, pero no son presencias, no representan: son signos de la acción y no imágenes del mundo. Entre ellas y el paisaje natural que las contiene no hay diálogo ni

correspondencia".

El regente natural de la casa VI es Mercurio. Para la Alquimia, Mercurio es la prima materia. Jung, que se interesó mucho en el estudio de Mercurio, vio que éste representaba un símbolo del inconsciente y del cuerpo. Cualquiera de nuestras enfermedades y de nuestras insuficiencias puede constituir la prima materia o materia confusa, y convertirse en el oro transmutado. Eliminación de las impurezas de los metales que nos recuerda a la imagen de la pureza de la -Virgen asociada al signo que rige a la casa.

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El esfuerzo al que alude la casa VI no debe entenderse en su acepción típicamente masculina de esfuerzo voluntarioso que impone unas ideas o actitudes, sino más bien un deseo de ponerse fuerte, lo suficiente como para atrevernos a amar nuestro cuerpo y tratarlo con ternura. Es el esfuerzo que hemos de hacer todos para contemplar nuestro cuerpo como un templo, o como dice el poeta: como una hermosa virgen yerta. Nunca se opone ni clama por nuestra falta de consideración, o nuestra ceguera a sus necesidades. Calla hasta el punto que se quiebra. Permite pasivamente que le tensionemos, le envenenemos. Responde, como la tierra, con un silencio absoluto. Constituye el aspecto más denso que tenemos y, a la vez, es el más imaginario. Todo cuerpo es una imagen, refleja el estado anímico, mental y espiritual del sujeto.

La enfermedad no sólo es un cuerpo alterado y/o una mente desquiciada, constituye, ante todo, una experiencia humana, universal y eterna, que, tarde o temprano, cada uno ha de vivir en su vida. Cualquier enfermedad nos confronta con la difícil experiencia de darnos cuenta de los propios límites, de experimentar nuestra vulnerabilidad. Cuando irrumpe es el momento en que más fácilmente se destrozan las ilusiones de potencia y libertad. Uno se siente débil, disminuido, sensible, con sentimientos de confusión, dependiente de los demás y privado, por una fuerza que no controla (la propia enfermedad), de ejercer su voluntad. La enfermedad esclaviza, aísla, interrumpe la vida cotidiana, somete al paciente a una introversión forzada, a una recapitulación no querida.

Uno de sus heraldos casi inevitables es el dolor. Abismo terrorífico para los más, fuente de conocimiento para los menos. Huimos del dolor como si fuera la peor de las maldiciones. Nuestro espíritu, acobardado y entumecido por las mil comodidades de una cultura que ensalza la triste huida frente a todo lo que altera su insaciable sed de placer y comodidad, no tolera su presencia. Nos recuerda demasiado a la muerte, quizá. Al dolor, como al virus o al microbio, lo consideramos un agente inútil, creado por una Naturaleza ciega, idiota o mecánica, a la que hemos de corregir o eliminar cuando no cumple nuestras expectativas.

Sólo unos pocos pueden convertir la experiencia del dolor en algo valioso. Recibir el dolor no como un enemigo a destrozar, ni como un tormento a aguantar. Sólo unos pocos pueden aceptar el dolor, abrazarlo al igual que se abraza al más perfecto de los placeres. El dolor, como toda experiencia humana, encierra en su corazón un tesoro, algo de mucho valor que el que lo sufre podría incorporar; un mensaje de la Eternidad que podría escuchar

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si tan solo estuviera lo suficientemente receptivo, sin resistencia, si tan sólo

fuera lo suficientemente blando.

Cuando el dolor inunda las entrañas y se siente, intenso, vivo, lacerante, es el momento de un derrumbe. El ángulo de visión, desde el que nuestra mirada se posa en el mundo, sufre una transformación radical: gana en pureza. Todo se ve distinto. Surgen recuerdos e imágenes teñidas de una sustancia diferente. El dolor nos abre puertas de comprensión y humildad, diluye puntos ciegos, inflexibilidades y durezas que antes atenazaban nuestro corazón. El dolor del cuerpo le resucita, el dolor del alma ahonda el sentimiento, el dolor del espíritu le enternece y abre los cielos de nuestro interior. "La desgracia –dice Simone Weil (34)– obliga a reconocer como real lo que no se creía posible." Paradójicamente la impotencia y debilidad de la enfermedad puede conseguir que broten nuevas y desconocidas fuerzas. De hecho, para muchos, sólo a través del dolor les es dado conocer su soledad. El dolor, en última instancia, hay que sufrirlo en soledad; a partir de esta posición solitaria puede darse un definitivo esclarecimiento:

el dolor de uno es el dolor del mundo, el dolor de uno es el vehículo que

reintegra al yo con lo que le es radicalmente ajeno.

En cambio, el dolor de la enfermedad es, para casi todos, señal inequívoca de un desajuste pecaminoso. Sea que profesemos la doctrina Kármica, psicoanalítica, cristiana, naturista o marxista, la enfermedad delata la mala vida, las culpas a expiar, las retribuciones a pagar. Existe en muchos la equívoca idea, generalmente revestida de sutiles razones, teorías o creencias, de que lo correcto y lo justo es la salud. Estar sano equivale a estar en la Ley, no sólo humana, sino cósmica. Enfermar es confesar al mundo la propia maldad, ignorancia, error o estupidez.

A gran parte de la medicina y la psicología le falta una dimensión esencial:

una enfermedad no sólo es expresión de unas supuestas causas, sean físicas, psíquicas, energéticas o espirituales. Es, sobre todo, la irrupción de un misterio en la vida, único, irrepetible, indefinible. Misterio que, más allá de

nuestras teorías, valores y actitudes, siempre cambiantes y parciales, constituye una puerta abierta a una redención posible, a una salvación necesitada. La enfermedad es una indicación en el sendero, una señal que correctamente interpretada puede dar una clave, una pista que oriente en el enigma existencial que es nuestro destino.

El dolor es el punto de partida para el inicio de un viaje mítico. La experiencia de la enfermedad sitúa a la persona en la necesidad vital de hallar al curador. El curador es una imagen simbólica que permite integrar

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diversas actividades humanas y profesiones bajo un común denominador:

el médico, el sacerdote, el psicoterapeuta, etc. La relación entre curador y enfermo es tan fundamental como la de hombre-mujer, padre-hijo, cte. Es arquetípica, en el sentido expuesto por Jung, es decir, expresa una forma innata y potencial de la conducta humana. Por tanto, en todos nosotros tanto habita el arquetipo del curador como el del enfermo. Cuando enfermamos es necesario un encuentro entre ambos. Sólo el auténtico médico lo posibilita, pues sabe que quien realmente cura es el poder de la Divinidad actuando a través del arquetipo. El médico y su técnica lo encar- nan pero nunca poseen el control de la fuerza curativa. Los griegos lo sabían muy bien. Quirón es quien enseña la medicina a Asclepios (Esculapio). La causa de las curaciones y hasta de las resurreciones que opera procede de una sola fuente: la sangre de la Gorgona que le ha dado Atenea. Al fin, Zeus acaba fulminando a Asclepios y lo transforma en constelación, el serpentario (caduceo).

El símbolo del médico fulminado nos recuerda no sólo el carácter sagrado de la vida, que pertenece exclusivamente a Dios, sino también la hybris, la osadía suicida del que se atribuye la fuerza divina. Es la caricatura ridícula del médico todopoderoso que se olvida que su paciente es una parte de él mismo, que como lo trata a él también trata a su propia vida.

De ahí que el papel directivo asumido por algunos médicos y técnicas terapéuticas, resulte en sí peligroso, como afirma Von Franz(32): "implica una tentación a la soberbia del chamán acerca de la cual refieren mucho y malo los mitos y arrebatan a los pacientes aquello que más precisan: su responsabilidad".

El curador es la imagen que simboliza la fuerza curativa que anida en todo ser humano. El enfermo debe encontrarse con el símbolo fuera de sí mismo proyectado en el médico, pero también en su interior. Todo buen médico consciente o intuitivamente lo sabe: Por ello, uno de los más geniales médicos que han existido, Paracelso, ya afirmaba: "El médico es el medio por el cual la naturaleza es puesta en obra. La medicina crece sin ser

rogada, brota desde la tierra aunque nosotros nada pidamos

este ejercicio

del arte yace en el corazón; si tu corazón es falso, el médico que hay en ti también lo es." Según el mismo autor, las enfermedades se originan en el plano de lo natural, pero su curación procede del ámbito de lo sobrenatural. La recuperación de la salud está ligada a la comprensión del sentido de la enfermedad y, a la vez, acceder a dicha comprensión conduce

necesariamente a una transformación. En palabras de Von Franz (32): "El dios de los médicos, Esculapio, va acompañado en las antiguas obras de

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arte, por el cabirio fálico Telesforos –el que transforma hacia la meta– ya que no existe quizá curación de enfermedad sin que vaya acompañada por una profunda transformación." Así puedo intentar curar un dolor de muelas con antibióticos u con dietas, pero si no relaciono la afección conmigo y no la integro en mi vida, si, en definitiva, me niego a plantearme qué sentido tiene el que aquí y ahora, en tal y tal circunstancias de mi vida, aparezca la enfermedad, podré eliminar los síntomas e incluso la aparente enfermedad, pero no se produce el efecto de comprensión y de cambio necesario. En cambio, si se establece un diálogo entre la enfermedad y yo, un simple dolor de muelas puede ser una especie de catapulta que me lance a-parajes por descubrir de mí y de la vida. En este sentido, deja de tener importancia alguna la etiología de mi enfermedad (física, psíquica, kármica, etc.) ni su gravedad. Deviene en una fuerza cargada de destino que exige de la vida del que la padece unas tareas a realizar y una transformación. Y esto lo que de antemano requiere es que uno sea capaz de asumir la responsabilidad de ella.

Los planetas en está casa aluden a los dioses de nuestro esfuerzo y de nuestra debilidad. Bajo su álgida hemos de descubrir los misterios de la enfermedad y el sentido del esfuerzo humano. Las experiencias típicas de esta casa serán la vía de acceso por la que lo divino (simbolizado por los planetas y su regente) encarne en nuestro obrar cotidiano. A través de ellos podemos contactar con nuestra capacidad-de ser aprendices, esto es, con la capacidad de reconocer nuestra pequeñez, vulnerabilidad y por tanto de conocer el poder de la humildad. Las experiencias mediatizadas por tales planetas permiten o posibilitan que afloren nuestras debilidades que, tanto sean corporales como espirituales, siempre nos sitúan frente a una crisis transformadora. A través de ellas se integran en la propia vida y en el actuar cotidiano las virtudes de la humildad, la autocrítica y el sentido del esfuerzo superados.

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Casa VII

"Todo crecimiento se delata en la búsqueda de un adversario potente." F. Nietzsche, Ecce Homo "Toda vida verdadera es encuentro." "Cuando un hombre está con su mujer, el deseo de las colinas eternas les envuelve con su soplo." M. Buber, Yo y Tú

La casa VII inaugura un nuevo ciclo de experiencias que tienen como común denominador un progresivo empequeñecimiento del yo. De ahora en adelante cada nueva fase de experiencias demanda un mayor sacrificio, un paulatino desprendimiento del yo con el fin de favorecer su integración en una realidad inmensa: el cosmos. Muchos no inician el recorrido iniciático de este hemisferio. Se quedan abajo, viviendo dentro de su propio

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caparazón. Las experiencias de todo el hemisferio Sur se viven entonces como medios de acrecenta miento, fijación y enquistamiento del yo. Todo se utiliza para la propia usura.

El número siete indica el sentido de un cambio después de un ciclo consumado. El inicio del hemisferio Sur implica el acceso a una totalidad simbolizada por el siete que reúne en sí el encuentro entre lo masculino, el tres, y lo femenino, el cuatro. Resulta significativo que las parejas de arcanos mayores en el Tarot sumen siete: La Pa-pisa (11) y el Sumo Sacerdote (V), y la Emperatriz (111) y el Emperador (IV). En el siete hay un sentido de totalidad o complementariedad que se alcanza cuando dos elementos diferentes entran en relación, se encuentran.

Al igual que en la casa I vimos que no existe un yo como una esencia fija y

desprendida del mundo, la casa VII es la invitación a la búsqueda del tú verdadero. El tú verdadero, de carne y hueso, no es el fantasma imaginario que usualmente interponemos entre nosotros y los demás. Implica el descubrimiento de la presencia. El tú cuando es presencia no tiene confines, es un misterio, la relación que se establece es directa, sin prejuicios ni defensas. Sólo ello posibilita el encuentro auténtico. "La relación y el encuentro —dice M. Buber (4)— sólo se producen si hay presencia. La desesperación, la angustia y el pesimismo aparecen en la medida que

(pues) los tús se vuelven

desaparece la presencia en nuestras relaciones objetos entre objetos."

En la casa VII aparece por primera vez la posibilidad de un encuentro, o de unos encuentros que constituirán la vía, por excelencia, por donde penetra el destino en nuestra vida. La casa del Tú que constantemente está presente en nuestras vidas, esa pareja que constituye, a la vez, mi complemento y lo que se me opone. En cada casa se dala posibilidad de una integración de la personalidad, de la individualidad. Cada casa alude a un tipo de experiencias que, si son asimiladas, uno puede surgir más completo, más individualizado e íntegro. Aquí la integración es un resultado de cómo vivimos y enfocamos los encuentros con aquellos que son mis pares. Mis pares son mis parejas y mis adversarios. Los iguales a mí. Aquéllos cuya altura da la medida de mi propia talla, como muy acertadamente recuerda el refranero español: "dime con quién andas y te diré quién eres". No nos damos cuenta hasta qué punto sobre el Otro reposa nuestro mundo. De su presencia e influjo nace el Universo tal y como lo concebimos. Es el Otro el que, a la vez, me impide y me permite ser yo.

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El Otro de la casa VII es mi par en tanto representa aquél o aquélla que aparece en mi camino con una máxima exigencia: reconocer su radical diferencia, su extrañeza y el misterio del que es portador. Esto implica un cumplimiento difícil de realizar, pues preferimos cohabitar con lo conocido más que con lo desconocido. Tergiversamos la extrañeza que el otro. es, con nuestras propias fantasías. Hasta el punto de que casi siempre nos encontramos no con otro real, sino con otro que es el portador de lo imaginario en mí. Éste es el gran equívoco presente en toda relación, y a la vez la gran posibilidad de lograr un conocimiento real de nosotros mismos. El Otro es siempre, para uno, un ser que, a medio camino entre la realidad y la fantasía, tiene como misión en nuestra vida, lo sepamos o no, favorecer otro encuentro, esta vez interior. Un encuentro con aquellas zonas del ser que sin un otro que las ejemplifica o las representa no podemos conocer.

El Otro atestigua en nuestra vida la extrema importancia que tiene el que nos conozcamos. Pues sin conocimiento de uno mismo no hay lugar para el Otro real en nuestra vida y, a la vez, sin el Otro presente no es posible el conocerse. "El hombre —afirma M. Buber (4)— deviene uno mismo a través de los tús". El otro es siempre la ocasión para que efectúe un descubrimiento o para que se produzca un crecimiento, pues el otro es portador de lo desconocido en mí. A esto los psicoanalistas lo llaman la proyección. Todo aquello de lo que aún permanecemos inconscientes lo proyectamos, lo vemos como realidades en los demás. Realidades en el fondo imaginarias, pues es nuestra propia fantasía la que teje la sustancia del encuentro.

Siempre encontramos a aquellos que justamente necesitamos. Podríamos decir que el otro es un espejo de uno mismo. "Lo que semejante, conoce a lo semejante", reza un aforismo esotérico. El Otro refleja de mí, tanto lo que rechazo, como lo que valoro y admiro, constituye el espejo en el que es difícil reconocerse, porque precisamente refleja lo más real de nosotros, un espejo que nos devuelve nuestro auténtico rostro. Nuestra vida es un continuo discurrir de encuentros. Cada encuentro que nos sale al paso, lleva en sí una promesa, un pequeño tesoro. El tesoro es la posibilidad de hallar algo que hemos de reintegrar en nosotros, algo que estaba desconectado del ser, que se desparramaba en el exterior. Por ello, cada encuentro es portador de un sentido. Un sentido al que accedemos sólo si convertimos aquel encuentro en una experiencia auténtica. Esto significa la necesidad de establecer un compromiso real e implicado. No en el sentido que las normas religiosas daban de un compromiso eterno "hasta que la muerte os separe% sino aquél que nace de una entrega y de un coraje. Entrega que da el ser capacidad de asumir la propia soledad. Sin ello lo que hay es un

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permanente depender, una serie de apegos que alejan la posibilidad de encontrarse. Coraje que proviene de la confianza y que se puede conquistar en la casa opuesta, la I, y tranquilidad en la propia capacidad de ser uno mismo.

Cada relación que tenemos en la vida, antes que nada, antes que padre, hijo, amigo, enemigo, jefe, etc., implica ante todo la presencia de un tú, es decir, una dimensión de la relación, cuyo símbolo fundamental es la casa VII, porque toda relación, sea la que sea su expresión, necesita el reconocimiento del tú como un igual y un extraño a la vez. Esto significa aceptar del otro su totalidad y su libertad, reconocer a otro como portador de un destino que ha de cumplir y que como él mismo, constituye un camino único e irrepetible. Por tanto, toda relación con otro tiene un significado que varía para cada miembro y que sólo se vuelve inteligible en

el contexto del destino de cada persona.

Cada encuentro es el símbolo de un encuentro interior. La calidad de la unión con un Tú refleja la integración de lo otro que hay en mí. El matrimonio es un ritual externo y una institución social que sólo es auténtica cuando es un símbolo de matrimonio interno. Cada uno lo realiza

a su manera. A veces a través de un encuentro, otras por medio de

diversidad de encuentros, a veces el otro- puede ser del sexo opuesto, otras del mismo, pero en cada encuentro aparece la misma exigencia: buscar el tesoro que encierra en sí. El tesoro es acceder a la comprensión e integración del otro en mí. Por eso cada encuentro reviste una seriedad (no una seriedad aburrida, sino la que nace de la conexión con lo divino que le subyace) y pide un auténtico compromiso. De nada sirven los encuentros a

medias, aquellos que apelando a mil justificaciones eluden una entrega real, un compromiso no sólo del yo consciente sino de la totalidad del individuo. Una relación, verdadera compromete lo que en uno hay de esencial.

Cada encuentro es único, cada pareja habría de inventar su relación. Y reinventarla cada vez que fuera necesario, una relación si no se transforma pierde sentido, al igual que una vida. Tan importante como el tipo de vínculo establecido es la peculiar mezcla de movilidad y solidez que se ha de lograr en base a las necesarias transformaciones. Para ello, no sirven las normas, pues, éstas y las instituciones, sólo sirven para encorsetar y fijar algo que por esencia escapa a toda posibilidad de estandarización. Muchas parejas llevan años juntos y nunca han sido pareja, es decir, un par de iguales. Su relación se basa en una serie de pactos implícitos y explícitos, conscientes e inconscientes, por los que cada miembro de la relación cumple un rol imaginario que se adecúa, en más o en menos, a las

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necesidades inconscientes del otro. Se crea entonces una relación o bien de conflicto permanente, pues el otro no cumple con mis expectativas; o bien

de "folie a deux", esto es, una relación totalmente asimétrica, en que el

dominio y la manipulación por parte de un miembro se compensa por la sumisión por parte del otro. No hay encuentro real en tales condiciones. Lo que hay es un vivir, a través del otro, las propias necesidades inconscientes, rehuir a través del otro los propios miedos e incertidumbres. El otro es en

mi vida el que compensa mis propias limitaciones, el otro se convierte

entonces en el portador involuntario de lo que colma mis carencias y mis posibilidades. Entonces siempre se espera algo del otro, por lo cual éste y uno mismo dejan de ser libres.

El reconocer al otro y la capacidad de entrar en relación siempre se

encuentra detrás de la dependencia o el apego afectivo, esto parece ser el

misterio fundamental de esta casa. A la vez, sin una vinculación íntima y comprometida con el otro no es posible síntesis alguna de la personalidad, pues el conocimiento del otro va paralelo al de sí mismo porque se da a través de un diferenciar entre aquello que uno es realmente y lo que se ve del otro. Lo que el tú revela de sí siempre necesita una especie de sentimiento de delicadeza ante la distancia que éste siempre supone. La delicadeza surge cuando uno ha vivido y vive en la consciencia de su soledad. Soledad que no elimina ninguna presencia, soledad por la que el tránsito en el camino de la vida puede convertirse, tanto en una huida de ella hacia los brazos de aquellos que me permiten olvidarla, como la búsqueda de aquellos cuya soledad reconoce y complementa a la mía.

Cada encuentro podría ser una revelación. En cada encuentro podríamos vivir un encuentro con nosotros mismos. Cada una de las dor (IV). En el siete hay un sentido de totalidad o complementariedad que se alcanza cuando dos elementos diferentes entran en relación, se encuentran.

Al igual que en la casa I vimos que no existe un yo como una esencia fija y desprendida del mundo, la casa VII es la invitación a la búsqueda del tú verdadero. El tú verdadero, de carne y hueso, no es el fantasma imaginario que usualmente interponemos entre nosotros y los demás. Implica el descubrimiento de la presencia. El tú cuando es presencia no tiene confines, es un misterio, la relación que se establece es directa, sin prejuicios ni defensas. Sólo ello posibilita el encuentro auténtico. "La relación y el encuentro –dice M. Buber (4)– sólo se producen si hay presencia. La desesperación, la angustia y el pesimismo aparecen en la medida que

(pues) los tús se vuelven

desaparece la presencia en nuestras relaciones objetos entre objetos."

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En la casa VII aparece por primera vez la posibilidad de un encuentro, o de unos encuentros que constituirán la vía, por excelencia, por donde penetra el destino en nuestra vida. La casa del Tú que constantemente está presente en nuestras vidas, esa pareja que constituye, a la vez, mi complemento y lo que se me opone. En cada casa se da la posibilidad de una integración de la personalidad, de la individualidad. Cada casa alude a un tipo de experiencias que, si son asimiladas, uno puede surgir más completo, más individualizado e íntegro. Aquí la integración es un resultado de cómo vivimos y enfocamos los encuentros con aquellos que son mis pares. Mis pares son mis parejas y mis adversarios. Los iguales a mí. Aquéllos cuya altura da la medida de mi propia talla, como muy acertadamente recuerda el refranero español: "dime con quién andas y te diré quién eres". No nos damos cuenta hasta qué punto sobre el Otro reposa nuestro mundo. De su presencia e influjo nace el Universo tal y como lo concebimos. Es el Otro el que, a la vez, me impide y me permite ser yo.

El Otro de la casa VII es mi par en tanto representa aquél o aquélla que aparece en mi camino con una máxima exigencia: reconocer su radical diferencia, su extrañeza y el misterio del que es portador. Esto implica un cumplimiento difícil de realizar, pues preferimos cohabitar con lo conocido más que con lo desconocido. Tergiversamos la extrañeza que el otro es, con nuestras propias fantasías Hasta el punto de que casi siempre nos encontramos no con otro real, sino con otro que es el portador de lo imaginario en mí. Éste e el gran equívoco presente en toda relación, y a la vez la gran posibilidad de lograr un conocimiento real de nosotros mismos. El Otro e: siempre, para uno, un ser que, a medio camino entre la realidad y 1, fantasía, tiene como misión en nuestra vida, lo sepamos o no, favorecer otro encuentro, esta vez interior. Un encuentro con aquella: zonas del ser que sin un otro que las ejemplifica o las representa nc podemos conocer.

El Otro atestigua en nuestra vida la extrema importancia que tiene el que nos conozcamos. Pues sin conocimiento de uno mismo no hay lugar para el Otro real en nuestra vida y, a la vez, sin el Otro presente no es posible el conocerse. "El hombre –afirma M. Buber (4)– deviene uno mismo a través de los tús". El otro es siempre la ocasión para que efectúe un descubrimiento o para que se produzca un crecimiento, pues el otro es portador de lo desconocido en mí. A esto los psicoanalistas lo llaman la proyección. Todo aquello de lo que aún permanecemos inconscientes lo proyectamos, lo vemos como realidades en los demás. Realidades en el fondo imaginarias, pues es nuestra propia fantasía la que teje la sustancia del encuentro.

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Siempre encontramos a aquellos que justamente necesitamos. Podríamos decir que el otro es un espejo de uno mismo. "Lo que semejante, conoce a lo semejante", reza un aforismo esotérico. El Otro refleja de mí, tanto lo que rechazo, como lo que valoro y admiro, constituye el espejo en el que es difícil reconocerse, porque precisamente refleja lo más real de nosotros, un espejo que nos devuelve nuestro auténtico rostro. Nuestra vida es un continuo discurrir de encuentros. Cada encuentro que nos sale al paso, lleva en sí una promesa, un pequeño tesoro. El tesoro es la posibilidad de hallar algo que hemos de reintegrar en nosotros, algo que estaba desconectado del ser, que se desparramaba en el exterior. Por ello, cada encuentro es portador de un sentido. Un sentido al que accedemos sólo si convertimos aquel encuentro en una experiencia auténtica. Esto significa la necesidad de establecer un compromiso real e implicado. No en el sentido que las normas religiosas daban de un com relaciones brindan al ser la oportunidad de acceder a una manifestación de algo muy importante. En la elección de nuestros pares (amigos, amantes, parejas, etc.) nos guían unas fuerzas que no tienen nada que ver con las racionalizaciones que hacemos. Esas fuerzas provienen del campo de nuestra totalidad, o de la divinidad si se prefiere.

Las únicas relaciones importantes, las únicas por las que vale la pena soportar tensiones y problemas, son las que se dan entre personas iguales. Para que eso suceda hay un requisito indispensable: que cada uno haya asumido la responsabilidad de su vida. Sólo así es posible un compromiso real entre pares. Aunque no es frecuente ver que la gente lo consiga. Resulta tan cómodo y fácil tener alguien a quien echar la culpa. Uno es un desgraciado, pero la culpa no es suya. Uno está fragmentado, pero se siente libre de toda responsabilidad. ¿Qué ocurre si uno se hace responsable de la propia vida? Algo terrible para muchos: que no se puede culpar a nadie de la propia incompletitud o infelicidad, que no se puede seguir esperando de los demás lo que nunca nadie podrá satisfacer.

Existen unas leyes que regulan la relación con el otro. Leyes que no obedecen a las categorías morales usuales, sino que nacen de una especie de necesidad universal. Por ello el signo de Libra rige esta casa. Con la exigencia de equilibrio este símbolo recuerda que éste es la realidad fundamental de toda relación. No el equilibrio entendido como una ausencia de movimiento, sino el equilibrio como un factor dinámico que favorece el crecimiento y el conflicto.

La primera ley podría ser la que más arriba ya he mencionado: la cualidad especular de la relación. El otro es un espejo de uno mismo. La percepción

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que del otro tenemos, rara vez es una percepción objetiva, realista. Siempre enfocamos nuestra atención en aquellos aspectos del otro que de algún modo resuenan en nosotros mismos. Por tanto, captamos del otro aquello que nos es familiar, aunque seamos inconscientes de ello. Sólo un esfuerzo que conduzca a una percepción realista del otro permite lograr que esta cualidad especular no sea fuente de equívocos permanente.

La segunda ley alude a una función compensatoria. Basta que nos reconozcamos en algo para que su contrapunto se nos aparezca en el camino. Con ello se restablece el equilibrio en lo que respecta a nuestra totalidad. Esto significa que si uno se siente, o piensa, de algún modo en especial parece que se condene a hallar las virtudes o defectos opuestos en aquellos que le rodean. Si cae en la trampa, esta situación le presenta la excusa para que establezca unas relaciones basadas en el perpetuo extrañamiento. El otro es aquel que se equivoca, que falla, que no entiende, que tiene vicios, etc. Deja de vivir la dualidad como un conflicto interior para representarla como una guerra con el tú, o con el mundo.

La tercera es la ley de la acción recíproca. Toda relación es recíproca, sus miembros se construyen y moldean recíprocamente. Yo conformo al tú y éste me conforma a mí, en un proceso de indivisible entrecruzamiento. Como muy bien afirma Eskenazi (12,b), no es verdad eso de que existe un yo y un tú separados que se encuentran y nace después una relación. Es al contrario, la relación es lo que define a un yo y un tú. Primero se da la relación y de ésta se desprende un yo y un tú. No existe –dice el autor– un yo que odia o ama a un tú, o viceversa, sino que existe el odio y el amor que se da en una relación, y esto es lo que conforma a sus integrantes. En el comienzo es la relación y con ello se destaca algo muy esencial según el mismo autor: "lo importante no es la existencia de un yo y un tú, sino el tipo de relaciones que establecemos. "

Sólo hay relación si somos capaces de encontrarnos con un tú, para ello es necesario que los fantasmas que proyectamos sobre los demás vuelvan a su lugar de pertenencia, esto es, uno mismo. Esto no se consigue fácilmente, son necesarias unas experiencias cuyo símbolo se halla en la próxima casa, la VIII. Son experiencias que persiguen el establecimiento de un diálogo con las propias profundidades. Mientras no se consigue este diálogo, tampoco se puede lograr un diálogo real con los otros. Cada uno habla consigo mismo al hablar con los otros, y ni aun así se escucha. A la vez, lo que los otros nos dicen llega siempre tergiversado. No hablamos con los otros porque no hablamos con nosotros mismos. Con ello nos condenamos a una sordera y a una ceguera que nos impide acceder al otro "que –en

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palabras de O. Paz (22,b)– siempre es toda la humanidad reunida en un solo individuo".

Los planetas en esta casa aluden al tipo de experiencias que hemos de confrontar al entrar en relación. Muchas veces conectamos con ellos a través de sus enviados, es decir, las parejas, los socios y los adversarios con los que nos relacionamos encarnan las características asociadas a los planetas y al regente de la casa VI 1. Son los dioses, o los rasgos de lo divino que tendemos a buscar en los demás y a no reconocer en la propia individualidad. Si la dimensión de identificaciones y proyecciones inconscientes sobre las que se funda toda relación no es puesta sobre el tapete, la pareja (o el amigo, etc.) actuará en nuestra vida como el representante de una exigencia de la vida que no asumimos como propia, de una tarea que eludimos. En tales condiciones la relación siempre estará llena de equívocos. El espacio entre uno y otro será un espacio lleno de fan- tasmas, cuyas fantasías tendrán la sustancia del dios olvidado. El otro nunca será otro, sino un espejo deformado de un rostro divino. de una parte de nuestro ser no realizada, de una necesidad de crecimiento no asumida, de un anhelo de completitud nunca alcanzada. Ocurre lo mismo con el signo que está en la cúspide. Tendemos a reconocernos mucho más en los rasgos vinculados al símbolo del Ascendente condenándonos, por ello, a que el signo opuesto sean aquellas actitudes, rasgos de conducta o personajes que nos resultan problemáticos. Aparecen como en una continua persecución en las imágenes que de los demás nos formamos. No toda relación es proyección. En una relación genuina el otro es reconocido tal como se comporta con nosotros. En un encuentro real los planetas impelen a tejer fantasías sobre el otro. Si tales fantasías devienen conscientes aparecen como imágenes que son irreales, pero tan verdaderas como los mitos y los sueños. Están relacionadas con la naturaleza del otro y expresan muchas veces sus potenciales. Representan la vida potencial del otro en una forma simbólico-mitológica. Aun sin expresar estas imágenes influyen en la relación y en el otro, pudiendo ser de gran ayuda para despertar sus propias potencias vitales.

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Casa VIII

Quien

desea pero no actúa, engendra peste." "Sin el animal en nosotros somos ángeles

castrados.

William Blake

Al igual que un individuo, una relación interpersonal tiene un alma de la que sus integrantes participan y a la que da sustancia su propia alma individual. Dicha alma tiene caracteres divinos y demoníacos, se relaciona tanto con las experiencias místicas de unión sexual como con las pasiones más destructivas. Es el alma del grupo que anima los sentimientos (de unión y distancia, atracción y rechazo, amor y odio) que fluyen entre los individuos y es responsable de su destino emocional. Gran parte de la inexorabilidad y de la fatalidad de nuestras vidas se halla en los encuentros

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con la oscuridad de sus poderes. Poderes que destruyen y regeneran, que duelen y rompen. Entre las líneas de cualquier biografía no es difícil reconocer sus huellas: neurosis, suicidio, la ansiedad, las obsesiones sexuales, crueldades de todo tipo, delirios secretos, soledades no queridas, etc.

Toda relación, al igual que cada participante, presenta una doble faz: un aspecto consciente y un aspecto inconsciente. Si la casa VII representa al primero, la VIII es heraldo del otro. A veces el aspecto oscuro de la relación se manifiesta desde un principio, son las relaciones que nacen ya problemáticas. Pero en la mayoría de veces eso ocurre tras un tiempo de aparente concordia. Aparece el conflicto y el atasco; los dragones y los monstruos poco a poco van despertando. Sus manifestaciones al principio pueden ser muy sutiles: el deseo sexual desaparece, la intensidad y pasión se esfuman, el interés hacia el otro decae, uno ya le conoce, lo cotidiano y repetitivo se vuelve prominente. A ello le sucede una cierta inquietud que se puede disfrazar de muchas maneras y se puede negar de muchas otras. Posterior e inevitablemente se produce lo temido: la irrupción de lo diabólico, de lo negado, de lo temido.

En realidad, todo conflicto con el otro es un pretexto para esconderse de uno mayor. Uno se esconde de sus propios diablos, como muy bien explica el siguiente cuento: "Un monje tibetano, entregado a un largo y solitario, meditativo retiro, comenzó a tener alucinaciones de una araña. Cada día la araña aparecía más grande, hasta que por último su tamaño fue como el del hombre y su apariencia amenazadora. En este punto el monje pidió consejo a su gurú y recibió esta respuesta: «La próxima vez que se aparezca la araña, dibuja una cruz en su vientre y luego, tras reflexionar, coge un cuchillo y clávalo en medio de esa cruz.» Al día siguiente, el monje vio la araña, dibujó la cruz y luego meditó. En el preciso instante en que se disponía a clavar el cuchillo, miró hacia abajo y, con asombro, vio la marca dibujada con tiza sobre su propio ombligo."

Las situaciones y experiencias de la casa VIII siempre revisten el aspecto amenazador que desprende este cuento. Aquí la confrontación es con lo abismal de la naturaleza humana. Esa oscuridad que escondida tras las civilizadas relaciones interpersonales, amenaza a la menor oportunidad con irrumpir y con ella lo que de ordinario uno no quiere enfrentar: todo lo irresuelto de la propia vida sentimental y emocional, todo aquello que nos pertenece, no tanto como seres culturales sino como partícipes de una naturaleza que lo es todo menos civilizada. Es una oscuridad donde perviven caóticamene desde arcaicos impulsos instintivos hasta la auténtica

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fuente del poder vital: la energía serpentina de Kundalini. En términos místicos en esa casa se producen las experiencias que suponen un "des- censo a los infiernos". En realidad, nunca se sale intacto de tal descenso. Lo primero que se abandona es la ingenuidad e idealismo que normalmente rodea a la concepción de la relación humana como una promesa de seguridad y de felicidad.

La casa VIII nos revela que cada relación con los otros guarda en su seno una prueba, un tipo de experiencias que tanto pueden destruir a sus miembros como ofrecerles la oportunidad de desarrollar su poder emocional e instintivo. Desde tal perspectiva cada relación es un "campo de batalla", en feliz frase de Liz Greene, es decir, cuando se vive una relación auténticamente comprometida en la casa VII, tarde o temprano surge el conflicto, y con él lo que de imaginario tiene el otro. Nuestros problemas de relación, vengan por la vía del sexo, la soledad, el bloqueo afectivo, la inseguridad, la necesidad compulsiva de control y de manipulación del otro, etc., constituyen aquí la materia prima, la "masa confusa", el ingrediente necesario para que en su momento estalle la tormenta. Cuando lo hace aparece entonces el enfrentamiento con el otro, la crisis que, acompañada con la aparición de síntomas neuróticos, depresivos, etc., inaugura el momento para iniciar un proceso. Un descenso a las propias profundidades, sin el cual lo que se vive en esta casa es un perpetuo infierno, o una permanente huida de las relaciones conflictivas con la consiguiente condena a su repetición. Generalmente éste es el mecanismo utilizado: huir de la real implicación; uno no se expone al mordisco de la vida, una escapada del conflicto que asume tanto la forma de negación al revestir la relación con una inmensa capa de mentira, hipocresía y ficciones, o un convertir al otro en el demonio, el causante de todas las desgracias y sinsabores de la relación. Uno es el que tiene la razón y el otro es el que se equivoca o tergiversa las cosas. Nos convertimos en lobos con piel de cordero.

En los conflictos de relación son las fuerzas del inconsciente las que se desatan. Aparece nuestra naturaleza instintiva, lo queramos o no, con toda su terrible y ambigua carga de lo oscuro en nosotros. Oscuridad portadora de lo más equívoco de nuestros problemas irresueltos y también de lo más poderoso en nosotros: el deseo instintivo. El deseo aquí se revela como la fuerza del destino por antonomasia. Es el poder que nos obliga, con o sin nuestra voluntad, a acercarnos a aquellos que luego se revelan como los que van a completar la propia individualidad. El miedo al deseo es harto comprensible. Dos mil años de una cultura y una religión divorciadas de esta dimensión de la vida hacen que, o bien le huyamos, o bien le convir-

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tamos en un pasatiempo más, en otra de las trivialidades en la que queremos emborrachar nuestra memoria. El deseo, en cambio, e! una fuerza sobrehumana, mágica, que habita en nosotros y de la que no nos podemos desprender ni responsabilizar como si fuéramos nosotros los que lo creáramos. Algo desea en nosotros y cabe la sospecha, como afirma Eskenazi, que el deseo no sea esa fuerza ciega mecánica y compulsiva sino que tenga un fin, un propósito, .que aun que desconocido por nosotros siempre apunte a la posible integración de lo radicalmente ajeno a mí, pero que también soy yo: el otro oscuro, el ánima y el ánimus junguiano.

El destino siempre entraña peligros insospechados y si la gente rehuye la auténtica dimensión del deseo (que es siempre transgresora) es para evitar el peligro del vivir. Resulta paradójico, pues e deseo quiere la vida y para ello conduce a la muerte. Renunciar a deseo es condenarse a morir. Vivir en el aquí y ahora del deseo es vivir cara a la muerte. Sólo ante la muerte nuestra vida es realmente vida. El ahora del deseo nos reconcilia con nuestra realidad: somos mortales. Seguir el deseo es problemático, porque casi siempre implica la muerte de los propios montajes. El yo se inquieta y se siente amenazado por el poder del deseo que es el poder de la muerte. Muerte de un yo imaginario, muerte de una situación vital que ya no sirve, muerte de una relación que ya cumplió su propósito. Muerte en definitiva de lo que estorba para proseguir el caminó. Pero como a todos nos aterra morir, nadie deja de buena gana el montaje construido, se necesita una crisis. Crisis que es muerte y renacimiento; pero que se quiere evitar renunciando al deseo. Claro que la renuncia no sirve, como tampoco las justificaciones. Quien renuncia' al deseo, renuncia a la vida, o sea, comete una especie de suicidio. Por eso son tan comunes los sueños y fantasías de suicidio que acompañan a la renuncia del deseo. La condena es evidente, vivir una vida en que la intensidad deja paso a una monotonía en la que nada ocurre, y luego, más tarde o más temprano, a la irrupción de ese mismo deseo pero disfrazado. Disfrazado de síntoma neurótico o psicótico, de una moralidad rígida y compulsiva, o de una necesidad de poder, dominio, y control de los demás y de uno mismo. La huida del deseo es la condena a una permanente paranoia, esa desconfianza a los demás o a la vida que esconde una única desconfianza: a uno mismo o al propio deseo que ve proyectado en los demás. Entonces son los demás los que me persiguen, o me desean, o me rechazan. Los otro; se convierten en portadores de la oscuridad que niego en mí, por eso les temo y por eso he de controlar. A mayor control, mayor rigidez a mayor rigidez, mayor alejamiento de la vida, que siempre es blanda. Por ello, en todo mecanismo defensivo anida la muerte. Una muerte a la que nos condenamos, nos

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convertimos en muertos vivientes y otra muerte a la que invocamos: la que habrá de sucedernos para así renacer a la vida.

La turbulencia del deseo es la turbulencia de lo caótico de la vid¿ que atenta a todo orden y que quiere ser vivido. Todo deseo es caótico porque siempre aparece en una extraña mezcla de atracción rechazo, de amor y odio, de-ansia de placer y de necesidad de destrucción. Y eso es lo que menos soporta una conciencia esclavizada por un sentido de orden que excluye la ambigüedad terrible de la naturaleza. Una conciencia a la cual le resulta casi imposible admitir que odia al que ama y que ama al que odia, que desea lo que rechaza (eso que uno dice –"jamás haría tal cosa"), y que rechaza aquello que precisamente desea. La casa VIII nos vincula con el deseo en su manifiestación más natural y por ello siempre linda con el sistema de tabúes, esas zonas de lo prohibido por una moral y una cultura dada y que, precisamente por ello, se convierten en la tentación. Tentación que secretamente fascina o que aterroriza tanto que uno reniega. Se dice que el filósofo Kierkegaard contaba a su secretario "su gran deseo de cometer un robo y vivir luego con la conciencia culpable, temiendo ser descubierto". Este gusto imaginario del fruto prohibido, ese deseo de sentirse portador de un pecado secreto, ¿no es acaso una de las formas que puede tomar el deseo de morir?

El número ocho es un número de resurrección y de transfiguración. Es un número bautismal, de ingreso en los misterios, afirma Eskenazi, por tanto, se relaciona con un proceso de ingreso en una nueva realidad que implica un renacimiento. Pero entonces es necesario morir. La casa VIII es un símbolo de los procesos de iniciación en la vida, de aquellas experiencias que conducen a la muerte, al sarcófago y a la tumba. La muerte como un estado intermedio, al que ha de seguir una nueva vida. Son experiencias que representan todo el proceso: la putrefacción o descomposición de una estructura anteriormente vivida. Significa un proceso vivencial en el que se ha de confrontar lo más radicalmente extraño a uno mismo. Su aparición provoca una desorientación tal que para muchos lleva a la desintegración irrecuperable de su ser. Para otros es aquella inmersión en las tinieblas del Hades que configura un preludio: la muerte del hombre natural y el nacimiento del "niño divino" o -expresado en el lenguaje de los místicos- del "hombre interior"

"Los instintos del hombre –dice Jung (17,a)– no están armónicamente

acordados, sino que luchan violentamente entre sí

carácter caótico, sino que tiende a establecer un orden superior." Las neurosis, los conflictos emocionales, las pasiones amorosas que acaban

Esta lucha no tiene

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destrozando a sus víctimas, las luchas de poder y todas las tretas de manipulación en las relaciones, son las manifestaciones del poder de unas fuerzas que nos poseen. Como relata un cuento judío muy conocido: Era la historia de un joven enamorado de una hermosa princesa que vivía en una ciudad próxima. Él quería casarse con ella, pero la princesa le puso una condición, que le arrancara el corazón a su madre y se lo llevara a ella. El joven volvió a su casa y arrancó el corazón de su madre mientras ésta dormía. Alegremente (aunque, en el fondo, sólo contento) atravesó los campos en busca de la princesa, pero como iba corriendo, tropezó y cayó. El corazón saltó de su bolsillo, y mientras estaba caído en el suelo, le preguntó: "¿Te has hecho daño, hijo querido?" Por ser demasiado obediente a la madre interna, proyectada en la figura de la princesa, quedó totalmente esclavizado por aquélla, de CUYO omnipresente amor inmortal no podría escapar nunca.

Los enfrentamientos con los otros reflejan simbólicamente enfrentamientos de los seres que nos habitan. Unos los llaman complejos, otros arquetipos, algunos dicen que son dioses, otros instintos. Quizás el único acuerdo es que su sustancia trasciende lo meramente humano. Son seres colectivos, impersonales, habitantes del alma del grupo, cuyos dramas se expresan

fatalmente en la vida de las personas. Aquellos que viven la vida trivialmente no se dan cuenta de su existencia, a lo sumo experimentan dificultades en las relaciones que siempre atribuyen a errores o maldades ajenas, mas aquellos otros que no pueden permitirse tales escapatorias les toca, quieran o no, enfrentar su existencia. Y nadie quiere hacerlo, a nadie le gusta tener que reconocer que no es el dueño de su casa, que encierra en síy existen en su vida unas fuerzas que le trascienden y que le empujan hacia direcciones nunca imaginadas ni, por supuesto, queridas. Los conflictos personales son conflictos de la humanidad, o de la divinidad quizás. "Tú no eres débil, naciste con fantasmas en tus ojos os y tuviste el

valor de escudriñar tus propias tinieblas

y te asustaste." Eugenio O'Neill.

Para casi todos, el matrimonio es la muerte. La cotidianeidad mata una relación basada en el control mutuo y la hipocresía. Una hipocresía que viene de querer controlar el deseo, pretender que funcione una institución que se apoya en la represión del instinto. Por ello la mayoría de las parejas asisten con temor, resignación o inconsciencia a la pérdida del deseo. La pasión, al poco tiempo de la institucionalización desaparece. Se instaura entonces el aburrimiento o la falsedad. Nacen entonces las angustias y los reproches. La pareja acaba indefectiblemente en el extrañamiento mutuo en forma de separación, muerte en vida, fingimiento (la doble vida de las rela- ciones clandestinas), o permanente conflicto.

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La casa VIII tiene que ver con el renacimiento. Como si cada uno de nosotros pudiéramos generar un nuevo ser, dar a luz a una criatura que, sin embargo, somos nosotros mismos. Es la criatura que renace de las cenizas de la antigua. Cada uno tiene la capacidad de matar y/o de morir, y eso no es controlable por la razón y la voluntad. Es más bien resultado de un proceso emocional. Un proceso que autónomamente tiene lugar en nosotros cada vez que algo nuevo ha de nacer en nosotros y en nuestra vida. El proceso que se desencadena puede vivirse de varios modos. En términos místicos es la muerte y el descenso al infierno. Para los psicólogos es un proceso terapéutico, un psicoanálisis. El renacer equivale a una regenera- ción. Sólo el morir garantiza seguir vivo. Sólo el contacto con lo tenebroso garantiza la posibilidad de darse cuenta del infierno inconsciente en el que muchos viven.

Las experiencias de esta casa conforman el primer acto de una obra que se desarrolla y culmina en las casas XI y XII. Son las casas cuyos regentes naturales son los planetas transpersonales. Ello indica que a partir de la VIII se abre un abismo. Un abismo que pocos se atreven a traspasar. Por un lado, los que se sitúan más acá de ese abismo son los que ni sospechan su existencia. Viven las experiencias de estas tres casas en la completa ignorancia de su posible significado y repercusiones en la propia vida. Para ellos, que son los normales, la casa VIII es la de los marginados sociales:

delincuentes, terroristas, pervertidos, etc. La casa XI es la de los rebeldes, excéntricos y los exiliados que por su visión utópica no encajan en su país. Y en la casa XII están los desterrados. Aquellos que la vida ha dejado no ya fuera de un país o de un orden social, sino que su destierro es de la realidad entera. Habitan otro mundo. Un mundo reducido a lo ínfimo de un sistema carcelario o un mundo expandido o integrado en lo infinito por su vastedad. Los dos extremos son posibles. En cada extremo sobra algo en común: el yo.

En realidad, tanto el deseo como la muerte son dos aspectos de una misma derrota del yo. Por eso es en el fondo tan temido el deseo. Siempre se presenta como lo que amenaza la existencia de un orden establecido. Si es individual este orden es el reflejado por las relaciones ya instituidas, si es social se trata del orden que impera a través de una moral y de unas instituciones que la concretan. La casa VIII refleja las experiencias que llevan al individuo a cuestionar y contestar a dicho orden. Dichas experiencias son atraídas por el deseo, aunque el sujeto sea inconsciente de él. Por eso es necesario, como afirma Eskenazi, seguir al propio deseo, aunque con ello tiemblen nuestros montajes. Sólo así se podrá revelar una

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esfera de la existencia, negada pero vitalmente necesaria, pues es aquella que permitirá cuestionar aquello que nos sustenta e inutilizarlo tanto como apoyó. Allí en lo más profundo y en lo más hondo yace lo-podrido, lo olvidado, lo que debe expulsarle pues está contaminando toda la vida, aunque no se sepa. Allí nos esperan las tinieblas más opacas que rodean todo lo negado a la luz del día, pero también allí se hallan los tesoros ocultos. Sólo aquél que no reniega de su deseo puede hallar la redención, la transformación de los fantasmas que nos habitan y que, desde el olvido y las profundidades, nos llaman. Cuando tal llamada no se responde los mismos fantasmas se yerguen y en su venganza roban a la vida toda plenitud, y al ser la posibilidad de un renacer. Es necesario que cada uno viva sus momentos transgresores sin los cuales no es posible el auténtico cambio que siempre pide una muerte que acabe con el miedo paralizador. Miedo que condena a un eterno huir. Miedo que alimenta al yo usurpador, que al no morir le condena a un vivir fragmentado, a unas relaciones en las que nunca se asumen compromisos reales. Son vidas mentirosas y furtivas en las que la institucionalización de las relaciones sólo oculta la hipocresía y la muerte que secretamente las subyace. Hemos separado el vivir del morir, con lo que vivir es una tortura diaria, dolor, confusión y desvarío permanente. No sabemos morir y, por tanto, no sabemos vivir. Quien no tiene miedo a la muerte no tiene miedo a la vida, y entonces, la vida y la muerte son iguales. La muerte resulta un proceso de regeneración, aunque doloroso, pero rejuvenecedor. De la muerte nace el deseo libre de ataduras y temores. Sólo entonces puede el deseo conducir a una unión sexual plena.

El sexo no sólo tiene una función procreativa ni, como algunos piensan hoy, de mero placer, Existe una dimensión esotérica en la que el sexo descubre su función alquímica: la unión de los contrarios. ¿Por qué resulta tan problemática la relación sexual? Creemos que se trata de una cuestión de aprendizaje, de autocontrol, de tamaños y medidas, de técnicas amatorias, de multiplicidad de experiencias estimulantes y nuevas, y es un inmenso error. El encuentro sexual es la experiencia que nos presenta la máxima exigencia de entrega y la total ausencia de control. Lo único que importa es la capacidad de no hacer, de dejarse hacer, de abandonarse, y ello está en manos de lo que en nosotros es más vulnerable y menos controlable: los sentimientos que habitan el alma. Claro, pocas veces sale bien, y muchos nunca lo consiguen, pero cuando ocurre, los que en ello participan viven una alteración radical del ser y de la conciencia. Es mucho más que un orgasmo físico, es la muerte del yo cotidiano y la aparición .de un ser nuevo, extraño, que permite experimentar el poder místico de lo emocional: dos personas se viven como una en instantes que rozan la eternidad, dos personas descubren la sabiduría de sus cuerpos y de

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la vida y los misterios de la unión. Sólo a través de estas experiencias se puede llegar a comprender la importancia de la relación humana. En qué medida es el otro el que puede proporcionar el gozo y el placer de la existencia, en qué medida una persona que no se entrega no puede ni podrá nunca experimentar la satisfacción y el júbilo de sentirse vivo. Y ello no se consigue con muchas relaciones ni con experiencias insólitas y rebuscadas:

está en uno mismo, se ha de descender a los propios abismos para encontrarlo. Abismos siempre presentes en toda relación, por eso allí donde hay o se espera una unión feliz aparece la infelicidad, allí donde bri- lla la luminosidad de los ideales, aparece esa región de la oscuridad.

Los planetas en la casa VIII son los dioses que la habitan. Presiden desde ella las sucesivas muertes y renacimientos que uno ha de experimentar en su vida. Actúan como factores que los psicólogos de hoy fácilmente llamarían complejos o síntomas neuróticos, pues siempre aparecen en condiciones críticas. Representan aquellas fuerzas tan poderosas e influyentes en la vida emocional, y en los avatares del deseo que fácilmente se cae en la trampa de la negación y/o la proyección en los demás. Si están disociadas de la conciencia actúan como fuerzas antagónicas y compulsivas que socavan las relaciones e impiden cualquier abandono emocional. Es el caso de la persona siempre tensa, para el que la relación siempre es un mundo de control y manipulación. Para aquellos que han muerto o están en trance de morir, dichos planetas representan las voces que les guiarán en el submundo, el patrimonio o las cualidades divinas que empiezan a relucir después del descenso a las propias tinieblas. El nacimiento del "hombre interior" que aspira a un contacto con lo divino depende, en primer lugar, del contacto del hombre con el reino subterráneo, con la mansión de los muertos y, en segundo lugar, de haber salido de allí con la memoria intacta, es decir, sin la fragmentación del ser propiciada por la ingenuidad. Este descenso siempre implica la muerte de las perspectivas ingenuas sobre uno mismo, la vida y los demás. En la casa VIII se ha de descubrir e integrar un mundo de motivaciones, deseos y actitudes que usualmente están ocultos a la mirada superficial. Los planetas tanto pueden constituir los poderes de ocultación, es decir, las fuerzas y mecanismos que utilizamos para el control, el engaño y la represión, como erigirse en las voces críticas que desenmascaran la oscuridad abismal, y muchas veces animal, que surgen con la relación humana y que pide ser reconocida, aceptada y asimilada. En esta casa VIII se puede aprender algo esencial: la verdadera vida sobreviene cuando se ha muerto a las apariencias externas de la vida, surge entonces la auténtica dimensión de la relación humana: mi alma y la tuya son una sola alma, estamos íntima e indisolublemente unidos a un alma colectiva que nos da la vida y nos conduce a la muerte. Los planetas en esta

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casa son los vehículos que colaboran en la tarea de darnos cuenta de su existencia, de establecer una relación crítica y consciente con ella. Dicha relación determinará no sólo la calidad de nuestra vida sino también la de la propia muerte, pues como ya descubrió Freud al final de su existencia:

todos morimos asesinados. Uno muere de su propia muerte que no es tanto, como ilusamente pensamos, un suceso ajeno a nosotros que nos acontece azarosamente, sino que la muerte es la culminación de la propia vida. Los poetas ya lo sabían y Yeats lo cantó hermosamente: "Asentado en su orgullo, el hombre grande frente a los asesinos escarnece las amenazas de cortar su vida; él conoce la muerte, la conoce hasta el tuétano. Es el hombre mismo quien la ha creado y la mantiene".

Casa IX

"Puesto que no debemos separarnos del camino de. la verdad ni siquiera por el espesor de un cabello." Zohar, 11, 98b.

"Sólo conozco la verdad, cuando en mí se convierte en vida." S. Kierkegaard

"Una filosofía no es más que la transmutación de un temperamento en interpretación del universo, la historia intelectual de una predisposición." Fernando Pessoa

Esta afirmación de Pessoa resulta abrumadora. Si recordamos el viejo

y conocerás el universo, cabría sospechar

que detrás de la búsqueda de la Verdad que tanto han perseguido los filósofos, metafísicos y científicos, siempre se halla una búsqueda de sí mismo. El religioso, el filósofo y el científico intentan dar cuenta del

mundo que vivimos, a través de crear una forma que sea reflejo de la

mandato: conócete a ti mismo

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Verdad y la Unidad del Universo.

En la casa IX se descubre que existir es ser verdadero. La vida se revela como la permanente búsqueda de una Verdad que legitime y dé sentido y sustancia al existir de un destino. El número nueve es, según Pierre Grison, símbolo de la búsqueda fructuosa y alude al coronamiento de los esfuerzos. Es el símbolo de la multiplicidad que retorna a la unidad y por tanto un número de redención. "Todo número, sea cual fuera –dice Avicena (9)– no es sino el número nueve casa ofrecieran la oportunidad de hallar algo que supone una liberación de las tinieblas que se han experimentado. Esta liberación aquí es alcanzada por la comprensión. Una comprensión que advierte que tras el caos puede surgir un orden. Orden que dé coherencia y significado al Universo que habitamos.

Sólo los resucitados, los nacidos dos veces (casa VIII) empiezan a preguntarse realmente por el sentido de la existencia. Y digo realmente porque comprenden que dar respuesta a esta pregunta no pasa por abrazar una religión, una filosofía o una ciencia que ofrezca cobijo seguro a las incertidumbres del vivir. Sólo ellos pueden acceder a tal coronamiento, a que les sea concedida la gracia de una visión redentora. El significado de la vida es el tema eterno de la meditación humana. Todos los sistemas filosóficos, las doctrinas religiosas y las ciencias tratan de encontrar y dar respuesta a ese problema. Muchos han sido y son los intentos y muchos los fracasos. Cuando se pretende hallar una respuesta válida para todos es preciso recurrir a respuestas formales, vacías de contenido: para unos, el sentido de la vida está en el servicio, en la renuncia a uno mismo o al mundo, en la redención, en el sacrificio de sí, etc.; para otros, hay que buscarlo en el deleite de la vida, en la perfección de la cultura, en la creación de un futuro mejor (más allá de ahora, o de la tumba), etc., y, por último, hay quienes niegan la posibilidad siquiera de tratar de saber el significado, pues o no existe o está fuera del alcance humano.

Quizá si en lugar de tanto especular miráramos más de cerca nuestra propia experiencia, veríamos que el significado de la vida no es tan oscuro como parece, está en el conocimiento. Pero no es el conocimiento intelectual. No se trata del conocimiento que implica. el acceso a una información. No se adquiere sino, que se descubre o se "recuerda" como afirmaba Platón. En la casa IX se viven unas experiencias que apuntan a la consciencia de que la vida entera, en todos sus hechos, sucesos y circunstancias, felices o no, nos conduce al conocimiento de algo. Toda la experiencia de la vida es conoci- miento, por eso Fechner podía a decir que "cuando un hombre muere, se cierra uno de los ojos del universo". Darse cuenta de ello equivale a una

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importante expansión y profundización de la relación del hombre consigo mismo y con el mundo.

En esta casa se da un proceso opuesto al de la casa 3. Si en ésta la Unidad

se multiplicaba en infinidad de lenguajes, aquí la multiplicidad revela su

Unidad. Y la Unidad tiene un valor redentor, da sentido dirección a una vida. Aparece como una verdad, mi verdad fruto de una peculiar visión. Mi

mirada se transforma en visión de una Verdad que hago mía y que defiendo

y patentizo en mi modo de vivir.

A despecho de Freud que veía en lo religioso una expresión del instinto

reprimido, desviado o sublimado, la necesidad de la verdad constituye el móvil esencial. Junto a ella está el anhelo místico: experimentar la unidad. Toda visión de la realidad, sea filosófica, metafísica, religiosa o científica

reproduce la misma necesidad: crear un vehículo que refleje la unidad esencial. Intento condenado desde un inicio a un relativo fracaso, pero seguir su ley asegura algo muy esencial en cada uno: el cumplimiento del propio destino.

La necesidad de Verdad, la búsqueda de la Palabra que, a modo de semilla

celeste, fecunde nuestra estancia en la tierra. Es la palabra interior, que según María Zambrano (37,a) "rara vez es pronunciada, la Palabra que un

que no puede convertirse

ser humano guarda como de su misma sustancia:

en

pasado y para la que no cuenta el futuro, la que se ha unido con el ser

la

Palabra que n