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si me persiguen, me iré más al sur

relatos

si me persiguen, me iré más al sur relatos

ISBN: 978-84-612-7127-6 Depósito Legal: J-456-2009 © ediciones RaRo, Jaén, 2009 Diseño Gráfico, portada y viñetas: Thomas Donner, Los Escullos, Almería Impresión en Gráficas La Paz, Torredonjimeno, Jaén, España

De este libro se han hecho 500 ejemplares

Este es el número……………………………

si me persiguen, me iré más al sur

relatos de Javier Luján, Jaime Chavarri, Mario Sanz, Domingo López, Boni Loz, F. Lefer, Carlos Gil, José Pastor

ilustraciones de María Torres

Jaime Chavarri, Mario Sanz, Domingo López, Boni Loz, F. Lefer, Carlos Gil, José Pastor ilustraciones de
Jaime Chavarri, Mario Sanz, Domingo López, Boni Loz, F. Lefer, Carlos Gil, José Pastor ilustraciones de

Índice

En dos

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Javier Luján

 

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Al otro lado

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Jaime Chavarri

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Plumas .

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Mario Sanz Cruz

 

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Han pasado los años…

 

Domingo López

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Atando

cabos

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Boni Loz

 

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. Desde el mar exterior hacia más allá de los bosques del árbol del incienso

Sur o

no

sur .

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F.

Lefer .

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Cuaderno de un viaje por

 

Carlos Gil Palomo José Pastor

 

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. . . . . . 45 53 Cuaderno de un viaje por   Carlos Gil

En dos etapas

Javier Luján

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Nunca he sido muy amigo de fechas. Me bastaba con saber que ya eran unos cuantos años los que llevaba por este lugar. Los suficientes como para responder, cuando me preguntaban que de dónde

era, que de Almería, y más específicamente que del Parque Sobrenatural

de Cabo de Gata–Níjar, y, rizando el rizo, terminaba contestando que de

San José. No mentía, desde luego, bastaba con recordar a cada uno de los amigos que había ido conociendo en este, hasta hace poco, escondido rincón de Andalucía, para convencerme de que era ahora

mi verdadero hogar y a ellos a quienes echaba de menos cuando, por

uno u otro motivo, me tenía que alejar de aquí ocasionalmente. Algo,

que por otro lado, es sumamente recomendable, tal es el poder de

atracción que ejerce esta extraña tierra, esta enigmática costa repleta

de singulares rincones. Aquí, la vida se divide en dos etapas bien diferenciadas. La

temporada de verano y la temporada de invierno. ¿Qué decir de ambas?. Son tan opuestas que quizás en ello consista el misterio y el encanto

de este territorio. Es como mezclar a Iggy Pop con Las Variaciones

Goldberg, de Bach; un acto de pura fe, en el que sale reforzado el propio espíritu, si es que se soporta el intento, claro. En la primera, los bares están a tope, repletos de experiencias por nacer, de personas ansiosas

por la ya mítica leyenda del embrujo de las noches de San José y de sus alrededores, de su desenfreno y sus paraísos artificiales, de los amaneceres en recónditas calas y sus improvisadas raves, donde unos brazos te abrazan sin saber bien a quien pertenecen; pero te sientes feliz

14 porque el mundo aquí es así o al menos es lo que en esos momentos quieres creer. En la segunda etapa, los bares están cerrados. No hay nadie. Tampoco hay coches, ni gente paseando por las calles o las playas. Apenas unos cuantos niños jugando en la plaza, tal vez porque se les rompió la videoconsola o están hasta los huevos de los Lunnies o de La Banda o de sus propios padres. Ni que decir tiene que, ésta última, es la temporada de la reflexión; la época de pensar, de redimir el cuerpo de las agotadoras orgías del verano. También es la época para esos paseos solitarios, —para ellos es sumamente recomendable conocer la obra y algo de la vida del escritor Robert Walser, especialmente la época de su estancia de veintitrés años en el manicomio de Herisau—, por los miles de caminos que se abren nada más llegar al molino de los Genoveses, que desde lo alto mira hacia ese valle que se abre ante los ojos. Si en San José el tiempo fluye lento, aquí se detiene por completo, sólo recuperando nuevamente su ritmo al dar la espalda al molino, adentrándonos otra vez en el pueblo, con la sensación de que ahora somos un poco mejor que antes de haber comenzado nuestro invernal paseo por el abismo de la existencia, entre chumberas y unos cuantos cipreses, que parecen querer desafiar a la razón, con su simple presencia en medio de tanta inmensidad. O sino las propias palabras de Walser, que en momentos así siempre es bueno recordar: “Declaro que una hermosa mañana, ya no sé exactamente a qué hora, como me vino en gana dar un paseo, me planté el sombrero en la cabeza, abandoné el cuarto de los escritos o de los espíritus, y

bajé la escalera para salir a buen paso a la calle.“ Como bien dice Walser, somos bastantes los que aquí habitamos en el cuarto de los espíritus y nos plantamos un sombrero en la cabeza y salimos a dar un paseo para no desaparecer por completo, literalmente, en el interior de dicho cuarto. Pero en esos paseos siempre surge un problema, al mundo Walser se une el mundo vilamatiano, al menos en mi caso; en esa extraña simbiosis, por unos momentos, hasta los cipreses adquieren su razón de ser y el doctor Pasavento camina a tu lado, diciéndote: No estoy aquí para escribir, sino para enloquecer. Para terminar confesándote un poco después, junto a los pinos del sendero que lleva hasta la playa de los Genoveses: No estoy aquí para escribir, sino para estar solo, dejando en tus manos, antes de desvanecerse, un viejo ejemplar del “Elogio de la locura”, de Erasmo de Rotterdam y una creciente sensación de aturdimiento, mientras su voz va diluyéndose en el atardecer, declamando con teatral voz unos versos de Walser, ya casi recostado por completo, su cuerpo, en la cristalera de la farmacia Dupeyroux, en el número 25 de la rue Vaneau, en París:

«Continúo mi camino, que es un paso más allá y a casa; y sin hacer ruido, aparte me quedo ya.» Pues sí, es posible vivir en medio del páramo, de este desierto, y respirar, ser, desear y dormir por la noche y soñar, le respondería a Jakob von Gunten a través del doctor Pasavento, si éste último no me hubiera dejado plantado en medio del camino que conduce hasta la desierta bahía de los Genoveses; y tras ella, Cala amarilla, destino final de mi paseo vespertino, con mi sombrero imaginario sobre la cabeza y con los bolsillos llenos de trozos de papel de diversos tamaños, para

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ser cubiertos por completo con la delgada y pequeña letra que mi lápiz recién afilado me va a facilitar. En ellos escribiré que en verano los bares están llenos y las muchachas ríen a la nada, envueltas en una sugerente nube de sensualidad y sus manos sostienen vasos con mojito o caipirinha,

16 sorbiendo de ellos a través de largas pajitas, que hacen rodar de un lado a otro de sus labios, lanzando lascivas miradas a su alrededor. Sé que esto último el doctor Ingravallo no lo tolerará; pero al escuchar las prime- ras notas de Rock this town, de Stray Cats, el doctor comienza a mover su pelvis frenéticamente, al ritmo de la canción, acercando todo su meneo hasta la misma mesa de las libadoras de exóticas bebidas. Su raciocinio ha quedado detenido, ya sólo es una máquina de seducción, contorsionándose al compás de la música, suspirando por esos labios que hace solo unos segundos le habían provocado el más claro gesto de repulsa y de incomprensión. Esta vez soy yo quien le hace ver a él su paradoja, pasando así a convertirme yo mismo en doctor en psiquiatría, aunque sea por un breve espacio de tiempo, el necesario para que la canción cese y no encadenen ninguna otra música que le vuelva a enfervorizar como a quinceañero en casa ajena. Le digo: Doctor Ingravallo, se le ve absurdo desde este lado de la vida; pero precisamente en ese instante comienza a sonar Hound dog, de Elvis, ni siquiera me escucha, se lanza de rodillas hacia la mesa de las libadoras, con los brazos en alto, girando sus manos, velozmente, de izquierda a derecha y viceversa, repitiendo el gesto mientras su cabeza cae hacia atrás. Me veo gritándole en voz alta: “Doctor Ingravallo, le recuerdo que trabajo en este bar de copas. No me resulte usted patético.“ Al final termina respondiéndome:

Usted siga rellenando sus papelitos, con esa escritura tan pequeña y no olvide que no estamos en el pasaje del Plátano Azul, que ni siquiera es verano y que se encuentra en una tarde de invierno, sentado en la

arena de esta cala, escribiendo para que no lo lean, para desaparecer como escritor público.“ Pienso que lleva toda la razón, me olvido de él, que vuelve enseguida a contonearse delante de la mesa de las miradas lascivas, escapando a mi atención. “Además, ahora usted es el doctor en psiquiatría, no yo, doctor Luján“, oigo que me reprocha entre medias de un intervalo de la música. En el fondo tenía razón el doctor Ingravallo, por lo que continué escribiendo sobre los minúsculos trozos de papel, que a veces se llevaba el viento hacia el mismo mar que se abría delante de mí. Y como si esta vez fuera Vila-Matas escribí sobre unos de los papeles, con apretada letra y protegiéndole contra el viento, sus palabras: “Desconfío de que pueda comunicarse la angustia, encuentro a veces insuficientes y superficiales las palabras, aunque quizás sirvan precisamente para ocultar la angustia”. En invierno empieza a anochecer pronto, por lo que también resulta aconsejable no dejarse llevar demasiado por la fiebre bucólica o creadora y levantar el campamento antes de que los caminos empiecen a llenarse de esos parientes raros de los cerdos, los jabalís; por si las moscas, sobre todo y para no tener que salir corriendo. Al doctor Ingravallo no se le da muy bien eso de correr, como a ningún buen bailarín. De regreso hacia el pueblo coincido con Michel Houellebecq, encendemos un cigarrillo y hablamos distendidamente sobre nuestras respectivas vidas dentro de esos cuartos de los espíritus o de los escritos. Houellebecq me comenta que va a dirigir una película sobre su último libro, Posibilidades de una isla. Yo saco del bolsillo mis papeles, mostrándoselos y diciéndole que los estoy escribiendo para que nadie me lea. No dice nada, pero noto en su mirada una señal de aprobación, de connivencia. Le presento al doctor Ingravallo como un producto

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fruto de mi propia ansiedad, como un otro yo, asimismo imperfecto, que escapa a mi supuesto control. También aprovecho para decirle que por el momento soy el doctor Luján, doctor en psiquiatría; pero que seguramente, al llegar al centro del pueblo, deje de serlo hasta nueva ocasión .En todo caso, me digo, esto último no deja de depender por

18 completo del doctor Ingravallo. Tras unos instantes de silencio los tres juntos reemprendemos el camino, rumbo a la tetería Thea Bohea, donde nos espera una buena tetera de té moruno, con su hierbabuena y sus piñones, y donde quizás también nos aguarde el doctor Pasavento, harto ya de deambular por la rue Vaneau o por su Patagonia particular, en esa su alameda del fin del mundo. En todo caso, todos llevamos sombrero, sombreros de fieltro y con su pluma de ave al aire, que el viento hace silbar juguetonamente. Todo sería perfecto si no fuera porque hace tiempo que no sé nada sobre Siria, es como si la hubieran invadido y borrado del mapa. Ni prensa, ni televisión, ni radio. Un completo silencio sobre ese trozo del mundo. ¿Seguirá estando su embajada en la rue Vaneau? Tengo que escribir sobre ello en una servilleta, en la tetería, antes de que el lápiz pierda su punta o antes de que el tiramisú de Isabelle me haga olvidar el resto de las cosas de este mundo y de que este pueblo tiene dos etapas bien diferenciadas, una en la que los bares están llenos y otra en que nos encerramos en el cuarto de los escritos y casi todos los bares están cerrados; pero también paseamos, como Walser, por esa alameda del fin del mundo.

escritos y casi todos los bares están cerrados; pero también paseamos, como Walser, por esa alameda

Al otro lado

Jaime Chavarri

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El estruendo es enorme, todos han salido de sus casas asustados ante ese sonido inusual, ensordecedor, desconocido. La gente se va agolpando en el pequeño paseo marítimo, incrédulos ante lo que ven, el mar se retira dejando ver una fosa que empieza a ser inmensa, el Peñón del Gitano se nos aparece espléndido, pero aterrador en su altura. Todos corremos, y yo, pensando en qué camino tomar giro por instinto la cabeza, viendo una figura sentada y quieta, le reconozco, es Pepe Luis. Freno mi marcha y retrocedo, encamino mis pasos hacia él buscando la trazada mejor en medio del barullo, me topo con dos ancianos corriendo como locos, un latigazo de dolor en la espinilla me echa al suelo, la respuesta se aleja girando de la mano de uno de ellos en forma de bastón. Cojeando llego hasta el fonta, sentándome a su lado, le miro interrogante y él responde: todavía no ha llegado lo gordo. Pienso que sabe algo. Me indica un punto en el horizonte, parece un barco, pero él gira la cabeza negando y suelta: es Alborán hostias!! Por la saliva que echo pienso en la cara de gilipollas que debo tener y cierro la boca. La luz va cayendo y el espectáculo es tan nuevo, tan extraño, que nos tiene como petrificados. Mi compañero me da en el codo diciendo:

ahí vienen, sigo su mirada y observo que la línea del horizonte no era

tal, se está moviendo. Habíamos oído gritos de: Tsunami, Tsunami!! Pero, qué leches! Eso que se acercaba hacia nosotros no eran olas, eran personas a miles, a cientos de miles, formando un enorme ejército. Bajo nuestros pies sentimos un ligero dum dum, una vibración, Pepe y yo nos miramos en un silencio sin tiempo, sin relojes, y al abrir la boca para decirme

20 algo, un movimiento en el cielo nos llama la atención: una gaviota, hace un quiebro rápido y planea hacia… nosotros? Ensimismados la contemplamos parada a un metro escaso, parece más grande recortada contra el fondo de madera del banco. Algo rojo cae desde sus patas, alargo con miedo la mano, pensando en un picotazo, pero Pepe Luis ha pensado lo mismo y se adelanta, parece un pedazo de cartón, lo lee en dos segundos y me mira serio, yo le grito: Qué dice? Me escupe:

“Somos los de enfrente, cambiamos de sitio, vamos para allá”

y me mira serio, yo le grito: Qué dice? Me escupe: “Somos los de enfrente, cambiamos

Plumas

Mario Sanz Cruz

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Un filósofo del pueblo llano, sin título ni trascendencia, siempre decía: “Hay gente que busca la verdad, gente que busca una quimera y gente que no sabe lo que busca y encuentra lo que menos se espera”. Cuánta razón tenía. Desde la Mesa de Roldán hay una increíble panorámica del mar de Almería. La vista se pierde entre tanta agua y los acantilados, que llaman al vacío. El faro domina un paisaje sin otra construcción habitable. La punta de Los Muertos al norte, el Playazo y la punta de La Polacra al sur. Un tramo de costa casi virgen, calcinado en partes y tapizado de pequeñas matas en otras, pero siempre abrupto y volcánico. Una costa que parece inerte pero que alberga mucha vida. El viento suave de levante agita las hojas de algunos palmitos y muchos espartos. A media ladera entre las mesetas alta y baja, donde se mezclan las gaviotas con los cernícalos, un hombre evoluciona entre las rocas, trepa y salta, cargado de cámaras de fotos, anteojos, cuadernos y mochilas. El fotógrafo de naturaleza esquiva las zonas de nidificación de las gaviotas y se sitúa en una pequeña plataforma, desde donde se dominan las cumbres de los acantilados. Con los anteojos va escrutando, con paciencia, cada una de las rocas más elevadas. Al fin, en una punta quebrada por el tiempo, aparece una sombra y tras ella el cuerpo

oscuro y compacto de un roquero solitario. El pájaro mira a un lado y a otro, da varios saltitos nerviosos, pasa de una roca a otra y se lanza sobre un insecto, mientras el fotógrafo dispara su cámara con rapidez, a través del grueso cañón de su zoom. Por suerte ha conseguido algunas buenas instantáneas del tímido roquero que, percatado de la presencia del indeseado vecino, no vuelve a aparecer.

22 El fotógrafo, harto de esperar, un poco cocido por el sol y después de que las gaviotas le tomen como un visitante incómodo y empiecen a sobrevolarle amenazadoramente, inicia el descenso hacia la meseta más baja, con un ojo en el cielo y otro en las piedras sueltas. Entre los grisáceos trozos de basalto, el ojo que mira al suelo se fija en una mancha marrón que se mueve. Al acercarse, el fotó- grafo ve una pluma bastante grande. Saca su cámara y la fotografía, inmortalizando el hallazgo y su entorno. Tomada en la mano, la gran pluma es suave y vaporosa, de punta redondeada. El fotógrafo guarda la pluma entre las páginas de su cuaderno y continúa el descenso. Ya en la meseta baja, en una zona más llana pero igual de pedregosa, sus ojos se fijan en otras plumas del mismo tipo, de diferentes tamaños. Las recoge con cuidado y van a parar a su cuaderno, haciendo compañía a la primera. Las plumas que va encontrando son muy diferentes de las plumas que acostumbra a encontrarse en esta zona, la mayoría más pequeñas y compactas. Estas plumas marrones no se parecen a ninguna de las que vienen descritas en los cuadernos de campo, donde se registran las aves que habitan o pasan por el Parque Natural. Él, a pesar de que ya va teniendo experiencia, a fuerza de hacer fotos y de pasar horas de observación, no es un especialista en aves y, picado en su curiosidad, decide acudir a una amiga bióloga, que

vive en Las Negras. —No vas a creer lo que he encontrado en Mesa Roldán— comenta el fotógrafo mientras echa mano a su cuaderno.

—Te advierto que tengo mucho trabajo y no estoy para bromas— responde la bióloga. —Esto es algo especial.

El fotógrafo entrega las plumas a la bióloga, que enseguida se

interesa en el tema y analiza las plumas en profundidad.

A simple vista puede verse que el cálamo blanquecino se convierte

en un raquis marrón oscuro, y que las barbas están separadas, lo que contrasta con lo visto por ella en esta zona. Además, el tamaño tampoco se ajusta a las aves catalogadas por aquí. Las observa con la lupa, con el microscopio, coteja las características con sus libros y con varias páginas de Internet, dando como resultado que pertenecen a un ave que no puede volar, a un ave corredora de tamaño medio, algo parecido a un emú australiano o a un ñandú sudamericano. Pero eso no tiene mucho sentido. Aquí nunca ha habido aves corredoras. Pero las plumas son casi como la huella digital, no engañan. Éstas no pueden pertenecer a un buitre, que sería lo más semejante en tamaño; y lo más parecido a las aves corredoras, que habita en esta zona de Europa, son las perdices y las gallinas. Los dos, cada vez más intrigados, deciden acudir a un amigo común, que es uno de los guardas del Parque, para ver si tiene conocimiento de que se haya introducido o catalogado algún ave, que pueda responder a las características que apuntan las plumas.

Tras un pequeño viaje en coche, se presentan en Rodalquilar, en las oficinas del Parque, ante su amigo el guarda. —Estamos muy intrigados con unas plumas que han aparecido

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en la parte baja de Mesa Roldán, y queríamos tu opinión— comenta la bióloga. —A ver esa maravilla. El fotógrafo saca una de las plumas de su cuaderno y se la tiende al guarda. Éste la mira con atención, la pone al trasluz y la toca suavemente. —¿Has visto algún ave que pueda ser la dueña de esa pluma?—

24 pregunta la bióloga. —No he visto nada parecido, ni tengo puñetera idea de donde puede haber salido. —Yo creo que es de un ave corredora de tamaño mediano— dice la bióloga. —Aquí no hay aves de ese estilo. —¿Y no puede ser alguna especie que hasta ahora no se ha descubierto?— pregunta el fotógrafo ilusionado. —Más bien puede ser que algún capullo se haya traído una mascota exótica de algún viaje y, cuando ha crecido más de la cuenta, la haya soltado por ahí— responde el guarda con rotundidad. —Bueno, no seas tan categórico. Ya sabes que se han encontrado especies nuevas en sitios insospechados— dice la bióloga. —Sí, insectos o pequeñas plantas, pero no pájaros de cincuenta

kilos.

—Pues tú dirás de donde ha salido esto. —No sé, pero como descubra algún pajarraco suelto por el Parque, que pueda poner en peligro el delicado equilibrio de nuestro ecosistema, no me va a quedar más remedio que meterle cuatro tiros— concluye el guarda. —No seas bruto— dice la bióloga, —con esos planteamientos

serías capaz de cargarte un endemismo sin darle una oportunidad. —Eso. No será preferible ser famoso por descubrir una especie nueva que por cepillársela— dice el fotógrafo. —Me vais a volver loco. ¿Qué pretendéis hacer? —No sé— responde la bióloga, —tal vez montarnos una batida por la zona para intentar localizar a la dueña de estas plumas y salir de dudas. Pero sin armas de fuego. —Está bien, iré con vosotros, aunque acabemos haciendo el ridículo. Al día siguiente, los tres amigos, pertrechados de material de observación y cámaras de fotos, acudían a la zona baja de Mesa Roldán, donde el fotógrafo había hecho su hallazgo. Después de tres horas de búsqueda pisando piedras, tomillos y cagaderos de gaviota, los expedicionarios han encontrado un buen puñado de plumas marrones de diferentes tamaños, similares a las anteriores; pero ningún otro rastro. Ninguna huella de ave pesada, ningún nido extraño, ni ninguna materia fecal desconocida que pudiese dar nuevas pistas. —Esto es muy raro— dice el guarda, —hay plumas pero no hay huellas, ni cagadas, ni nada. —Hombre, esta zona es de suelo seco y muy duro, no es fácil que se marque una huella aunque fuese de un dinosaurio— replica la bióloga. —Pero las plumas son indicios— dice el fotógrafo defendiendo su teoría. —Sí, también hay plumas de gaviota que son indicios, y si miras al lado ves cagadas de gaviota, nidos de gaviota y, un poco más allá, un montón de gaviotas; y según vosotros son bastante más pequeñas

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que vuestro misterioso mostrenco emplumado. —Es verdad, debemos buscar otro tipo de pistas— dice la bióloga. —Ya te digo, un ave como esa tiene que soltar unos mojones bastante considerables— sentencia el guarda. El trío se aplica aún más en la búsqueda, pero el esfuerzo sigue sin dar frutos. Pasadas dos horas y cansados de buscar en la parte baja, deci- den subir a la cima, para continuar su improductivo safari científico. En lo alto de la meseta, batida por el viento de levante que sopla

26 con cierta fuerza, a pesar de que ponen toda su atención en el rastreo, no logran encontrar pluma alguna, ni otro rastro que pueda arrojar luz sobre el asunto. La meseta tiene bastante extensión y no es fácil abarcarlo todo. Buscan cerca de las antenas de los repetidores, en casi toda la antigua cantera, y a los pies de la torre vigía de la Mesa. Desde allí hay una buena vista del faro y los acantilados que lo rodean. A todos se les va la vista al paisaje. —Mirad, el farero está en la linterna— dice el fotógrafo. Podemos ir a preguntarle. Quizá haya visto algo. —Bueno, no se pierde nada por preguntar— dice el guarda. —Es el único edificio habitado de toda esta zona. Si hay algo por aquí, la gente que vive en el faro tiene que haberlo visto— añade la bióloga.

El pequeño grupo baja por la vieja carretera, llena de baches enormes, hasta la valla que rodea el recinto del faro. Tras la puerta metálica, tres perros han acudido a recibirles. Al oír los ladridos, una mujer se acerca a la entrada. —Hola. ¿Necesitáis algo?— pregunta la mujer.

—Hola. Sí, queremos hacerte una pregunta— dice la bióloga. —Muy bien. ¿Qué pasa? —¿No habrás visto por aquí un ave grande, que no puede volar? —Si os sirve un búho que tuvimos que desenganchar de los alambres de espino, allí en la valla de la cantera. No podía volar y avisamos al CREA, que vino a llevárselo. —No. Buscamos más bien un ave corredora, algo así como una perdiz de cuarenta o cincuenta kilos— continúa la bióloga. —Yo no he visto nada de eso, pero menudo estofado podrían hacerse con una perdiz de cincuenta kilos— dice la mujer riendo. —Ya os decía yo que esto es una locura— comenta el guarda por lo bajo. —Mi marido está limpiando en la linterna, podéis preguntarle a él, por si las moscas de kilo y medio. Voy a llamarle. La mujer se aleja, camino del edificio, con una amplia sonrisa en la cara. Haciendo señas al farero, que sigue en la linterna afanado en sus limpiezas, para que baje.

ilustración María Torres
ilustración María Torres

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El hombre deja el plumero con el que estaba quitando el polvo de la óptica, cierra la puerta que da al balconcillo exterior y baja por la escalera de caracol de la torre. Una vez en la calle, su mujer le pone en antecedentes y ambos se acercan a la valla. —Buenos días. ¿Qué es eso de las perdices de cincuenta kilos?— dice el farero que ya trae la sonrisa puesta. —Hola. No es eso, sólo es una forma de hablar. Estamos

28 preguntando si han visto algún ave rara, algo que no se vea aquí con frecuencia. Un ave corredora grande o algo así— dice la bióloga. —La verdad es que no. Aquí corredoras sólo hay perdices y totovías. Aves grandes tampoco hay muchas, como no sean cuervos o algún aguililla— dice el farero. —Igual algún pollo que haya sufrido una mutación por la radio- actividad de Palomares— dice la mujer con sorna. —Muchas gracias— dice la bióloga, algo molesta. —De nada— responde el farero, sin poder contener la risa. —Vámonos de una vez— dice el guarda con la cabeza baja. Los tres expedicionarios frustrados se alejan del faro, camino del coche, mientras discuten si deben seguir la búsqueda o abandonar de una vez. El farero y su mujer vuelven al edificio del faro, comentando la extraña visita. —La gente está fatal de la cabeza. No sé de donde se habrán sacado que aquí hay aves de ese tamaño— dice la mujer. —No sé, pero uno es guarda del Parque— comenta el farero. —Así nos va. —Bueno, yo voy a seguir limpiando el faro. Por cierto, voy a

coger una gamuza para limpiar el polvo, porque al plumero se le han caído casi todas las plumas. Vaya mierda de plumeros que han mandado este año. Seguro que los fabrican en China.

ilustración María Torres
ilustración María Torres

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“Nadie se acuerda de que los plumeros fueron pájaros.”

Han pasado los años…

Domingo López

…y sigo sin entender, cada vez que me asalta el infausto recuerdo, cuál fue la causa de lo que penosamente me aconteció, una tarde caniculosa de estío, en aquel pueblo gaditano. Lo único que tengo claro es que todo sucedió porque me apeé del autobús para hacer transbordo camino de Algeciras y como tenía casi una hora larga por delante hasta la salida de la siguiente combinación pues decidí aventurarme y dar un garbeo por los alrededores de la pequeña y, todo hay que decirlo, cochambrosa estación. Era la primera vez que mis pinreles pisaban aquella población, tan famosa en todo el orbe por sus espiritosos caldos y su genuino folclore, y casi me hizo gracia ejercer de improvisado guiri u ocioso turista en unas horas durante las cuales, a juzgar por la mucha soledad de las calles, sensatamente, los lugareños evitaban para andorrear. Y recuerdo que, sonriente, ante la fachada leprosa del apeadero, haciendo la visera con la mano, vi que sobre las techumbres de tejas sobresalían lejanas y picudas espadañas de iglesias y algún interesante campanario y que aparte de eso no aprecié nada digno de mención, disfrute o embeleso por las inmediaciones ni, tras adentrarme en ellas, por las rúas aledañas, solo paredes de cal reverberante y portones de bodegas y gatos tiñosos y persianas echadas tras las cuales imaginaba ojos adormilados y ancianas de luto y también algún que otro escaparate polvoriento donde se amontonaban desde

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morro un atisbo de sonrisa burlona, como si en realidad me estuviera guaseando socarrón. Y zanjador iba a decirle, de acuerdo, traiga lo que le de la gana o pueda o considere cuando el desagradable fulano ya se dirigía hacia el interior del mostrador de lata, eructando y dejándome envuelto en los efluvios vomitivos de sus gases estomacales. Vaya servicio lamentable, pensé secándome el sudor de la cara con el pañuelo mientras algunas moscas zumbonas enseguida sobrevolaban mi mollera, en demoradas pasadas de reconocimiento, como estudiándome con ávida —¡por fin, un jugoso forastero!— y relamiosa curiosidad. El rústico y pánfilo tipejo regresó con el refresco, haciendo tintinear el insólito

32 hielo del vaso, y aproveché para solicitarle la prensa, si disponían de ella, dado que aunque los borbotones de sangre y las estocadas no me interesaban en absoluto tenía de alguna forma que, digamos, matar el rato. ¿La qué dice usté?, oí que preguntaba con evidente entonación de asombro o desconcierto, como si le hubiera solicitado un ejemplar sin sobar de una revista guarrindonga, de esas con señoritas despelotadas. El periódico, por favor…, dije vagamente inquieto e iba a añadir con un arranque de irritación “o el semanario municipal o la hoja parroquial o lo que tenga a mano” cuando en ese preciso e incómodo instante noté un leve golpecito en la nuca y se oyó una risotada cacareante y patibularia que me sobresaltó. Tranquilo, es la tele, pensé, turbado, alzando los ojos y viendo en la pantalla, efectivamente, el regocijo baboso de un torerillo que, con más pinta de gañán —patillas en hacha, dientes podridos— que otra cosa afirmaba, ensopando en saliva al entrevistador, que por sus muertos acabaría con el morlaco aunque fuera a bocados y patadas. Y entonces fue cuando apareció un mozalbete que, suspirando como si soportara penas de amor, dejó caer a peso sobre la mesa, tras una genuflexión absurda, aquel ejemplar de hojas amarillentas y tan

cachivaches a chorizos fosilizados, curiosos souvenirs y manualidades de esparto y fue por ello y también por la mucha y tremenda solanera que recalé en el primer bar o cantina que encontré en la busca socorrida de un refrigerio a la sombra. Y dí, como digo con uno, un establecimiento con toldo despintado y roto y un par de botas vinateras a ambos lados de la puerta, sobre la cual rezaba, en negro, escrito a brocha, CASA MARCOTE, una de esas tascuchas malolientes, supuse resignado, para desocupados que no andan precisamente leyéndose unos a otros poesías

y donde, entre escupitajos y flatulencias, beben aguachirle hasta criar en la barriga una charca. En fin que como tampoco había mucho para

elegir, aparté con dos dedos la cortina de palillos mugrientos y entré y

di las buenas tardes pertinentes a los posibles parroquianos y me senté

en la primera mesa, coja, por cierto, con la que topé. Y digo posibles porque el local era oscuro y cegado como iba por la excesiva luz de la

calle solo distinguí en la penumbra algún que otro bulto de, sospeché, los consabidos asiduos apoyados indolentes en la barra y abismados en

la tele que retransmitía, entre olés clamorosos, a todo volumen, una

corrida de toros. Se acercó entonces una especie de amandilado rano,

rechoncho y patizambo, que bostezó siesteramente antes de croar “buenas”

y supuse o consideré el camarero o encargado. Le pedí entonces una

limonada natural y me contestó enseguida, de sopetón, que no tenía. Entonces un Trinaranjus sin burbujas y algo de picar, ya sabe, un piscolabis, por favor. Tampoco puede ser. Pues…una Fanta de naranja, si es tan amable. Nanay de la China. Me quedé dudando, confuso, sobre lo que a esas chocantes alturas podría pedir. Hay Mirindas y algo

de morcilla casera, dijo inclinándose, en un incongruente tono apenas audible de confidencialidad o de guasa mientras con descaro se palpaba ostensiblemente el sexo, acomodándoselo. Lo miré y adiviné en su

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manchadas —LA VOZ DE LA GENTE, leí en la cabecera, atónito, con la chola ladeada— que de puro pringosas se debieron quedar pegadas para siempre a la fórmica. Incrédulo, me incliné lentamente, como quien muy su a pesar, por indisposición, se asoma precavido al interior de un retrete de corsarios o galeotes, para verificar la fecha de impresión y boquiabierto comprobé que la edición correspondía a un martes quince de octubre de tres años atrás. Y en ese momento fue cuando sentí otro toque o golpecito en el cogote y entonces comprendí que no podía ser otra vez un supuesto insecto volador chocando con mi pobre cabeza y que graciosos y gamberrotes nunca faltaban en ningún lado así que en el

fondo del subconsciente comenzó inquietantemente a parpadear una
34 pequeña luz roja de peligro que no tardó nada en agrandarse hasta convertirse en un foco de utilidad antiaérea cuando me di cuenta, definitivamente escamado, de que acababa de aterrizar sobre mi mesa una bola de miga de pan renegrido o quizás era un caquillón inmundo, no sé, y que las moscardas glotonas se oían zumbantes con una amenazadora claridad de bombarderos y que —levanté de nuevo la mirada hacia el aparato antediluviano— alguien había apagado la tele y que al girar el cuello cual periscopio para otear los alrededores comprobé con absoluta alarma que todas las miradas hoscas de la ceñuda con- currencia confluían en mi cara y en la sonrisa postiza que, de oreja a oreja, cual improvisada invitación del instinto a confraternizar, se accionó automática y patéticamente en mi boca. Pasó entonces uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete segundos eternos y desasosegantes sin que nadie parpadeara pero que yo aproveché cabalmente para activar y poner en práctica el plan de retirada según el cual a) carraspeé, b) tomé el primer —e intuí, también último — trago de la cítrica bebida, c) saqué cauteloso veinte duros, d) lo deposité con cuidado en la mesa y c) sin

pensarlo dos veces, encomendándome a mi meritoria medalla de bronce de los doscientos metros lisos en los Juegos Escolares Provinciales de los Escolapios de treinta y dos años atrás, en un abrir y cerrar de ojos di un salto eléctrico de liebre taquicárdica hacia la puerta salvadora segui- do, como sin duda me temía, por el tropel vociferante de todos ellos. Y corrí y galopé y troté como un poseso por las calles solitarias, taloneán- dome el trasero bajo el bochorno asfixiante perseguido perruna- mente, con inhumano ahínco, por la bellaquería como sabuesos tras la presa. Y así fue que, ladrados por chuchos pulgosos, jaleados por dro- gotas fantasmales y por niños con churretes escapados de la siesta, de esta lastimosa guisa digo, doblamos esquinas, bajamos cuestas, subimos repechos y cruzamos descampados y barriadas y al final la tremenda carrera no sirvió para nada porque, ya exhausto, tuve la nefasta suer- te de resbalar en un zurullo y al morder el polvo me dieron alcance, con gran regodeo, entre sudores, insultos, resoplidos y burlas. Y sin ningu- na explicación ni plática negociadora me tundieron inmediatamente a guantazos y puntapiés, casi me desnucan a collejas y hasta, los más débiles, se ensañaron conmigo a dolorosísimos pellizcos. Y así, en el suelo, con la ropa desgajada, tan maltrecho y lloroso, vi cómo tras aburrirse de amoratarme y vejarme volvían alborozados a la taberna, tocando todos palmas de júbilo, por bulerías, dándose unos a otros, complacidos, codazos campechanos de botarates. Y traté de incor- porarme, medio muerto, tembloroso y ofuscado y alcancé entonces, casi en un estertor, a interpelar rabiosa y quejumbrosamente ¿¿¿pero por- qué??? Y nadie me dio auxilio, ni amparo ni razón alguna de la irra- cional tropelía, sólo el zagal espigado que iba el último volvió la cara, me miró tunante y vivaracho y dejando de canturrear y con desdén, a modo supongo de explicación, hizo una mueca y se encogió de hombros.

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Atando cabos

Boni Loz

Cuando leas esto lo más probable es que ya me haya convertido en el monstruo que suelo ser durante los meses de verano, y afortu- nadamente es más que posible que no llegues a reconocerme. Pero de momento escribo esto en el mes de febrero, en estos meses de baja intensidad, de belleza brutal y magnífica soledad… esos meses en los que la posibilidad de que nos encontremos es casi nula y prácticamente cero que lleguemos a conversar. Afortunadamente. Pero empecemos por partes. Yo soy un tipo criado en Salamanca, que pasé mi adolescencia en Badajoz y que me fui a estudiar y emborra- charme a lo bestia en Granada. También soy un ser atormentado y de una mala leche considerable, lo cual hace que no sea la compañía más agradable para cualquiera. Y sin embargo aquí me tenéis, viviendo en el Cabo de Gata. Con esto quiero deciros, que cualquiera puede vivir en este lugar. Porque te dirán (ya verás) que aquí es difícil, que si las relaciones, que si el invierno es duro… mitos, leyendas, este es un lugar tan bueno y difícil como cualquier otro. De hecho yo me vine aquí hace ya nueve años, aunque los dos primeros nadie me hizo ni caso, todo hay que decirlo. Pero aquí estoy, no he muerto en el intento. No todavía. Llegué a Las Negras en pleno mes de noviembre, cuando ya estaban casi todos los bares cerrados y apenas se veía nadie por las

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ilustración María Torres
ilustración María Torres

calles, una maravilla. Además descubrí que los habitantes de la zona no son dados a la curiosidad y nadie te pregunta de dónde vienes ni qué haces, bueno, en realidad nadie te pregunta nada así que pude pasarme meses sin hablar con nadie. Hasta que de pronto llegó el verano. Pongamos por caso que estás leyendo esto en pleno mes de julio, verás un montón de bares abiertos por todas partes, gente que camina

feliz (o que parece serlo), las playas llenas de personas dorándose al sol

y las noches, pues ya lo irás viendo, parecen hechas a la medida de tus

sueños, lujuriosas, viciosas y llenas de movimiento. Durante julio y agosto esta zona cambia por completo. Tienes todos los lugares que quieras para elegir, bares, restaurantes, chiringuitos, más caros, menos caros, unos en lugares más especiales otros en lugares anodinos, pero todos ellos, todos (menos esos escasos sitios que misteriosamente parecen tener un gafe) estarán llenos de gente. Y no gente cualquiera. Aquí hay mucha gente guapa, lo cual en sí no es un problema, salvo que seas un tipo como yo, mala follá y no muy agraciado físicamente. Las cosas son así, a mí me gustaría largarme de aquí en julio y agosto, largarme

a Madrid por ejemplo, pero cuando vives aquí (y eso sí que no es

negociable) el trabajo llega en esos meses. Yo seré uno de esos camareros que te sirven una pizza o una hamburguesa sin dedicarte una sonrisa y que si me preguntas dónde puedes tomarte una copa en un lugar especial pueden pasar dos cosas, que según cómo me dé te mande para El Barranquete o te diga mági- camente los lugares adecuados, incluso trataré de llevarte yo mismo, si me dejaras, que lo dudo, y yo seguiré enfurruñado toda la maldita noche,

pensando porqué la naturaleza no me dio más altura, un cuerpo más fornido o unos bonitos ojos. En verano es cuando nos ganamos la vida, unos mejor que otros,

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eso no cambia vayas donde vayas. Hay gente que tiene los bolsillos con más fondo que otros, algunos que tienen propiedades familiares y otros que se las han buscado o están en el empeño. Así que cuando llegan los meses de verano, trabajamos en la hostelería o en su periferia. Eso significa que además de pasar horas tras una barra o en una cocina, luego nos desahogamos en el resto de garitos. No conozco a un solo camarero que cuando termina su jornada no acabe en algún bar de noche, y no voy a dar nombres. En cualquiera de los que abundan en Las Negras, o por San José… Todo lo que no hemos hecho durante el invierno se convierte en verano en puritita actividad. Los días parecen tener más de 24 horas, el estómago nos aguanta de todo, desde no comer durante veinte horas seguidas a meterte un banquete pantagruélico de golpe a base de lo que sea mientras sea mucho y sobre todo beberte
40 cantidades ingentes de alcohol que en invierno te hubieran tumbado tomando nada más que la mitad. Pero en verano, increíblemente el cuerpo aguanta. Ya le puedes dar cerveza, vino, ginebra o chupitos de tequila y de ron, que mantienes el tipo mientras ves a un montón de gente que posiblemente no volverás a ver nunca más (o con un poco de mala suerte sí, vuelvan el año que viene). Creo que el verano nos fascina y nos repele por igual. El rechazo es lógico, después de una larga hibernación de repente te ves atacado de los nervios, sin saber si vas a ser capaz de servir entre cincuenta y cien cubiertos diarios o si aguantarás poniendo copas todas las noches hasta casi el alba sin que te de un infarto. Curiosamente aguantas, estás más ágil que nunca, las fuerzas no te abandonan y a la vez abominas de todo lo que ocurre a tu alrededor mientras no paras de trabajar. El único momento malo del día es conseguir levantarte por la mañana, que parece que tienes todos los huesos de tu cuerpo desarticulados y

te parece imposible que puedas volver a hacer lo mismo que el día anterior, pero también eso se pasa en cuanto empiezas a moverte y a toser. Y todo vuelve a su cauce: la mala leche va in crecendo, y por tanto tus fuerzas también, es increíble lo que logra la rabia, a mayor mal humor, más actividad, es algo que debería estudiarse. De hecho, sé de casos (y no pocos) de camareros que al servir una mesa de más de diez comensales y si cada uno de ellos le pide una bebida diferente ha llegado a echarles una bronca descomunal (si hay algo que un camarero odia con toda sus fuerzas es dar mil viajes a una misma mesa para poner ahora una cerveza, ahora dos más y en un segundo que alguien te pida un vino de verano, ténganlo en cuenta, traten de organizarse y verán como cambia el servicio). Si hay algo que luego uno disfruta al terminar su turno es irse de copas y quejarse de todo, de todo, se lo aseguro, sólo los que han trabajado de camareros pueden saber la crueldad que podemos mostrar ante los clientes que nos dan de comer. Desde cómo van vestidos, a cómo hablan (parece que no, pero nos enteramos de todo) de QUÉ hablan, no hay tema que se nos pase por alto y que luego no critiquemos en nuestro momento de copas. Lo sabemos todo, no lo olviden… Y sin embargo, nos fascina el verano cabogatense. Porque vemos gente, porque hablamos con gente, porque escuchamos ¿escuchamos? Eso a lo mejor no es del todo cierto… porque todo cambia y nosotros, todos los que vivimos y trabajamos aquí también cambiamos, en cierta medida nos disfrazamos, nos inventamos un personaje o varios y nos dejamos llevar por la lujuria del verano. De alguna forma nos gusta creer que nosotros también estamos de vacaciones, de otra forma, porque afortunadamente no nos gastamos el dineral que suele pagar la gente por pasar aquí unos días, pero tratamos de estar medianamente morenos

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(si te ven muy blanco pueden pensar que trabajas demasiado) y sobre todo no nos hace falta dieta alguna para bajar unos kilos, aunque no queramos, es inevitable. Incluso también es muy posible que tengamos nuestros romances, la gente que viene de vacaciones está receptiva y nosotros mucho más. Incluso yo mismo he tenido mis devaneos, con lo cual cuando en ocasiones me han ofrecido trabajo en la construcción para que el invierno no se me hiciera tan duro económicamente, jamás me lo he pensado. Con lo bien que me va de camarero, ni se me ocurre, vaya. Y es que cuando tienes unas noches terriblemente locas y sensuales, notas el cansancio mucho menos, estás con una sonrisa en la cara que parece que estés gritando a todo el mundo, soy feliz qué pasa. Así que claro que nos gusta el verano, aunque eso sí, cuando a algunos empresarios se les ocurren ideas como intentar traer a turistas durante

42 los meses de invierno, a mí se me revuelven las tripas. ¿Pero cómo va a ser eso de llenar esto durante los maravillosos meses de invierno que es cuando nosotros, los que curramos, nos recuperamos de nuestros excesos? Cada vez que oigo ideas de ese tipo, sé que quien habla no está al pie del cañón y sobre todo que es alguien que desde luego no sabe lo que significa la palabra tranquilidad. Esa tranquilidad que tanto se necesita durante los meses duros, sí, porque hay que apretarse el cinturón, pero bendita necesidad para nuestros estómagos y cabezas. Ahora que termino me doy cuenta de que casi no falta nada para el verano. Cuando queramos darnos cuenta, volvemos a ser los monstruos de siempre…

Y más al Sur

Y más al Sur

Sur o no sur

F. Lefer

Siempre fantaseaba con escapar de la gran ciudad e irme hacia el sur, pero todo lo que me rodeaba parecía atenazarme a aquella vida que me ponía físicamente malo. Todos los mediodías, entre los dos turnos diarios de mi odioso trabajo, iba a tumbarme un rato a un gran parque y lo hacía en un banco que apuntaba al nudo sur de la célebre M-30. Allí soñaba con lograrlo, con escapar, pero no tenía ni idea de cómo. Un día, tras una noche de juerga, falté al curro y nadie se dio cuenta. Pensando en ello, elaboré un plan fantástico. Si no se habían dado cuenta sin haber preparado el tema de antemano, ¿qué pasaría si lo preparase concienzudamente? Dicho y hecho. Planeé coartadas de todo tipo: Supuestos viajes de representación. Gestiones comerciales. Reuniones con empresas tan rimbombantes como imaginarias. Pequeñas enfermedades (de esas de dos días que no requieren justificante). Unas cuantas llamadas telefónicas bien colocadas… Alternando todos estos subterfugios calculé que podría lograr como un mes entero de escaqueo. La tarde antes de poner en marcha mi plan estaba excitadísimo. Nunca me había sentido tan implicado en una tarea como en esa ocasión. De hecho, si me hubiera aplicado así en cualquiera de mis trabajos anteriores —profesionales o académicos— a esas alturas ya hubiera sido, sin duda, rico como un cerdo. Pero no, así que disfrutaba al máximo

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de cada uno de los pormenores de mi plan. ¿Qué hacer con todo ese tiempo escamoteado al sistema? Sin duda, seguir mi viejo plan, irme al sur. A algún sitio con mar. Al sur. A algún pueblo pequeño del sur con mar. Mi plan necesitaba un cómplice en la empresa, un topo. Alguien que, de vez en cuando, fingiese haberme visto. Que entregase recados en mi nombre, incluso que echase alguna bronca en mi nombre…Todo esto lo hallé en mi amigo y compañero Henry. Creo que él disfrutaba con esa colaboración en el plan. Los dos teníamos muchas ganas de dar por culo a nuestros ineptos jefes. Los dos compartíamos esa risa. Además, sin que él lo pidiera, yo tenía pensado compensarle con una parte de mi inmerecido sueldo. Así que lo hice. Me fui al sur. Disfrutaba de cada minuto de libertad robada, de libertad remunerada. Todas las mañanas dedicaba una media hora o así —quizá menos— a las tareas de fingimiento y la cosa funcionaba a la perfección. Cada semana elaboraba los ridículos 46 informes que se me exigían y que nadie leía ni tenía en cuenta. Eso me llevaba, en total, unas dos horas —quizá menos—. Es decir, cada semana tenía que dedicar unas cuatro horas a cambio de mi sueldo por un trabajo de cuarenta. Pasé un mes increíble. Un mes de regocijo y risa. No podía creerlo. Volví un lunes por la mañana y forcé una reunión con los jefes. Uno de ellos me felicitó por mis últimos trabajos y Henry me aseguró que nadie había sospechado siquiera. Entonces empecé a calibrar realmente lo que podía hacer: planeé dedicarme a esto el resto de mi vida laboral. Pasé una semana en la ciudad en la que emprendí una actividad febril. Esta consistió en hacer ciertos contactos adecuados con otras empresas relacionadas con la mía. Entablé amables y calculadas relaciones con personajes que sabía que tenían trato con mis jefes. Quería que les

mencionaran mi nombre a ellos en cuanto coincidieran. Reconozco que me dediqué a las deleznables actividades de un trepa común. Calculé que, con este tipo de medidas y siempre con el apoyo del cada vez más descojonado Henry, podría huir definitivamente al sur para el resto de mis días. Sólo tendría que mantener todo este teatro de supuestas actividades y volver de vez en cuando por allí. Así, me volví a pirar al sur. Disfrutaba cada mañana de la playa. Comía en un pequeño restaurante junto al mar. Alquilé una casita en un acantilado y todo me iba de vicio. Por cierto, me entregué a mis vicios con despreocupación: Leía y fumaba hachís con fruición. Siempre tenía una botella de vino y alguna mujer rondando. Vivía feliz. Fueron pasando los meses. Yo seguía con la rutina de volver una vez al mes por la ciudad y hacer mis acostumbradas exhibiciones personales. Lo hacía siempre con mesura, porque no quería que nadie se acostumbrase a mi presencia física. En una ocasión, uno de mis jefes me hizo un comentario acerca de mi buen color. Desde luego era cierto que éste desentonaba sospechosamente en una mañana lluviosa como aquella. Anoté mentalmente ese peligro y pretexté cualquier sandez que, dada la falta de interés real de mi jefe, coló a la perfección. A todo esto, Henry se divertía tanto que estaba alcanzando altísimas cotas de fingimiento. No podía haber elegido un mejor socio. De repente se había completado un año. No podía creerlo. Mi vida en el sur me iba inmejorablemente. Incluso, a causa de la enorme acumulación de tiempo libre, — había cogido un trabajo en un bar nocturno en el que me encargaron de la música. Entre mi sueldo de la empresa de mandril —Henry me devolvía todas las transferencias que le hacía— y lo del bar, ganaba más dinero que nunca en toda mi vida de marrones y madrugones.

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Un día, cuando volvía de pescar, cogí el móvil y encontré cinco llamadas perdidas de mi jefe mandrileño. Me asusté, aquello no era habitual. Le llamé. El tío quería saber cuándo me quería coger las vacaciones. ¡Las vacaciones! Se me habían olvidado. Tuve el acierto y el morro de decirle a mi “superior” que en ese momento había demasiado trabajo y que creía que no podría cogerlas.

—Bien, em…— me contestó. —sí, es cierto que estamos todos

saturados de trabajo, pero creo, González, que debería descansar. ¿No querría marcharse a la playa aunque fuera unos pocos días? Acepté a regañadientes. Cogí dos semanas con la bendición de

mi orgulloso jefe. Decidí darle sentido a aquello y también pedí dos

semanas en mi nuevo trabajo del bar y, ante mis ojos, se presentó una nueva oportunidad que atrapé al instante: Llegué a un acuerdo con Francisco, mi compañero de trabajo en el bar. El dueño de aquello, un

48 extranjero, no iba nunca y le propuse a Francisco darle la mitad de mi sueldo a cambio de irme y dejarle unas sesiones pregrabadas con las que

podría tirar todo ese tiempo. Francisco aceptó por motivos diferentes a

los de Henry (sólo por la pasta), pero aceptó. Así que otra vez me vi

libre y atendiendo a mi obsesión, me fui más al sur. Ya no bastaba con ese pueblecito junto al mar. Cogí un barco y me largué a Marruecos. Cuando estaba a punto de cumplir cuatro semanas en Xauen, donde ya había empezado a tener buenos amigos, recibí otra llamada

del jefe de mi empresa de Madrid. Me convocaba a una reunión urgente

para el día siguiente. Acepté con la naturalidad de alguien que está cerca

y según colgué me encomendé febrilmente a la misión de estar en Mandril

al día siguiente. Lo logré, entre otras heroicidades, alquilando un taxi destartalado que me llevó a toda hostia hasta Rabat y de ahí en avión

a Mandril.

Entré en el despacho del jefe perfectamente trajeado. Luciendo

un

buen color justificadísimo. Allí me encontré con toda la plana mayor

de

la organización (incluso estaba el Presidente). Pensé que se había

descubierto el pastel. Me preparé para lo peor. A esas alturas yo ya llevaba casi un año y medio de escaqueo total. Me pidieron muy amablemente que me sentara y mi jefe directo tomó la palabra:

—González, su trabajo no ha pasado desapercibido. Su labor ha llamado la atención incluso entre nuestra competencia. No querríamos

perderle. Estamos muy orgullosos de contar con usted en nuestra plantilla y hemos acordado ofrecerle una subida de sueldo… Aquello fue lo más. Cuando salí de la reunión fui a buscar a Henry, que me esperaba en su despacho. Según cerré la puerta nos empezamos

a descojonar con ganas. —Mira, mira— me dijo cogiéndome del brazo y llevándome hasta mi despacho. Entré y era increíble: Henry lo mantenía de forma que realmente parecía que yo pasaba allí mucho tiempo. El ordenador

encendido, papeles encima de la mesa…Incluso el cenicero tenía colillas

y la papelera rebosaba. Eso era un socio.

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Volví al bar. Todo iba bien. Francisco estaba muy contento. Con

mi medio sueldo se había metido en la compra de un cochazo de segunda

mano que hacía tiempo que anhelaba. Directamente me pidió más sesiones grabadas. Las preparé, no me supuso esfuerzo, aquello me gustaba. Pasé un par de días, estreché la mano de Francisco y tiré de nuevo más hacia el sur, hacia Marruecos, hacia Xauen. Allí había establecido contacto con un holandés que acababa de comprar unas cuantas casas con la idea de hacer unos alojamientos rurales “con encanto marroquí”. Me contrató para ocuparme de las reformas y después de la explotación (él tenía que volver a su trabajo en un banco

de Ámsterdam). Me ocupé de aquello durante un par de meses y después,

a cambio de dinero, siempre de dinero, lo dejé todo en manos de Rashid,

un chavalote bastante espabilado que supo ver la oportunidad. Y, otra vez, me largué más al sur. Llegué a Senegal tras un viaje fantástico a través de Mauritania en mi nuevo todoterreno. Fueron unos días en los que atravesé paisajes increíbles y reparé en cual era mi verdadero talento: Encontrar trabajos absurdos, con jefes ineptos y personas dispuestas a callar a cambio de dinero.

Y seguí y seguí. Un restaurante en Tombuctú (Malí). Una empresa de alquiler de todo terrenos en Abidjan (Costa de Marfil). Una emisora de radio en Kumasi (Ghana). Un negocio de exportación de ropas y telas en Osohgbo (Nigeria)… Siempre encontraba situaciones en las que se daban las tres premisas que requería mi talento. Mis ingresos

crecían y crecían e iba dejando tras de mí una estela de socios discretos

y muy agradecidos por el aporte extra de ingresos que yo les propor-

50 cionaba.

Para celebrar el paso del ecuador en mi delirante carrera hacia el sur, invité a Henry a pasar las vacaciones conmigo en Luanda (Angola). Allí me estaba ya trajinando el siguiente paso en la forja de mi entramado de escaqueos remunerados. Pasamos dos semanas a tutiplén, con todos los lujos que el dinero da y todas las oportunidades que unas mentes despiertas proporcionan. Henry se asombraba de que nadie, allí en Mandril, sospechase absolutamente nada. De hecho, me contó que había oído que mi nombre sonaba para un importante ascenso…era increíble. Por entonces yo había restringido mis apariciones por Mandril

a una o dos veces al año…¡y me querían ascender!

Henry se volvió a Mandril después de aquellas vacaciones estupendas. Siempre sin que él lo pidiera, le ingresé una pasta en el banco que le alegraría la vuelta. Y yo seguí. Siempre hacia el sur: Zambia, Namibia, Bostwana. Cada vez más pasta, pero también cada vez más complicaciones. De vez en cuando tenía que retroceder sobre mis pasos para arreglar algún asunto. Unas veces lo lograba y otras no, pero nunca importaba, porque lo que abunda en el mundo son lugares con trabajos absurdos, jefes ineptos y personas dispuestas a callar por dinero. Así llegué a Ciudad del Cabo, en Sudáfrica. Con la excepción del continente antártico, no me quedaba más recorrido en mi obsesión por escapar siempre hacia el sur. Por aquél entonces, allí en Capetown, tenía entre manos un asunto en un hotel. No pude ultimarlo, porque tuve que volver precipitadamente a España: El dueño del Bar del pueblecito del sur había vuelto y no me había encontrado. Francisco, que ya tenía en la cabeza una moto nueva, le había dicho que estaba enfermo y yo tuve que pasar un par de semanas allí hasta que el jefe volvió a largarse a su país. La verdad es que tenía que viajar a menudo y estaba empe- zando a sentirme un poco agobiado. Ya era rico como un cerdo, pero no lo disfrutaba. Me pasaba el día colgado al teléfono, haciendo papeleos en los bancos o volviendo precipitadamente a alguno de mis “pozos petrolíferos”. Empecé a echar de menos las sensaciones que tuve años atrás, cuando me escapé a aquél pueblecito del sur de España donde vivía en mi casa alquilada junto al acantilado y leía y fumaba hachís ¿Cuánto hacía que no me fumaba un porrillo en condiciones? ¿Cuánto hacía que no leía con tranquilidad? Tracé un nuevo plan. Volvería sobre mis pasos. Destaparía mis asuntos y me llevaría lo que pudiese de cada lugar. Dicho y hecho. En algunos sitios hasta logré indemnizaciones importantes, aunque la más sonada fue la de mi empresa de Madrid:

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Como ya era un alto ejecutivo, les salió por un ojo de la cara.

Volví al pueblecito del sur. Compré la casa junto al acantilado. Metí el resto de la pasta en el banco y así hasta hoy. Tengo 64 años, los ceniceros siempre llenos, una buena bodeguilla y una enorme biblioteca. Encontré el punto geográfico exacto. A veces el sur queda un poco al norte.

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bodeguilla y una enorme biblioteca. Encontré el punto geográfico exacto. A veces el sur queda un

Desde el mar exterior hacia más allá de los bosques del árbol del incienso

Carlos Gil Palomo

Muchas noches, cuando llego a casa tarde, me fijo en una chica que sonríe y está pegada en un puesto de la ONCE. Aunque sé que sólo es una fotografía, la estoy empezando a coger cariño poco a poco, y me alegra volver a verla de nuevo cada vez que paso. Algunos paisajes y rincones geográficos me propinan una sensación parecida, de la misma forma que la mujer sonriente. Ya haga frío, calor, esté solo o acompañado. De camino a Barcelona, por ejemplo, en tierras sorianas, entre San Esteban de Gormaz y Calatañazar, nos aparecieron los escabrosos enebros, que habitan en suelos rojos y blanquecinos, entre suaves

laderas. Cada cierta distancia, en los oteros, se divisaban viejas atalayas

y pequeños castillos medievales; supongo más para defenderse de la

gente, sea quien sea, que para contemplar el sobrio escenario de esta comarca. Sólo los árboles más duros y frugales pueden prosperar en

estos ásperos y fríos territorios, quizá por este mismo motivo, casi nunca se

le haya prestado demasiada atención; aunque desde siempre se ha sabi-

do que su madera es imputrescible al paso del tiempo, por lo menos en lo que a escala humana se refiere. En seguida, después de esto, me vino a la memoria un viaje reciente a la costa atlántica y al Atlas marroquí y que aquí voy a tratar de recordar brevemente.

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Marruecos, como decía el filósofo, es gente en movimiento, figuras humanas de diversos colores y formas, con o sin animales de carga y trabajo; con o sin vehículos, artesanos, campesinos, otros desocupados… esperando no se sabe a qué; paisajes arcaicos y otros que están empezando a cambiar o ya han cambiado. Nuestra entrada real a África comenzó en Lixus, una vieja ruina elevada cerca de Larache. Lixus surgió como una colonia fenicia, hermana gemela de Gadir, la actual Cádiz (algunos dicen que Agadez quiere decir en bereber, fortaleza). Por aquel entonces, por el 1100 a.C, esta parte de la tierra marcaba la barrera de lo conocido en Occidente hasta entonces. Para los marinos de antaño, Maurasia y Hesperia delimitaban el mundo real, colonial, del mitológico. Un hombre tumbado a la sombra de un eucalipto parecía esperar- nos, aparte de unas tortugas más tranquilas todavía. El hombre con un palo a sus espaldas, nos acompañó en la visita. Ahora sólo permanecen las piedras, los templos romanos, el anfiteatro, el altar de sacrificios; pero me imaginaba las barcazas en el estuario, el puerto, las salinas de 54 entonces. Bien es sabido que en toda época y lugar han existido objetos de culto y de lujo, y que en aquella, en concreto, se perseguía entre otras, la púrpura, un tinte marino rojo que gustaba de ponerse a los generales victoriosos y a las gentes principales. Y como manjar selecto, lengua de flamenco, ave que todavía afortunadamente, se puede ver volar por las cercanías en grandes bandos rosados. Desde arriba se divisaba con comodidad la línea de la costa (en árabe se pronuncia saahel). Casi toda ella mirando al poniente donde el sol se esconde. Más tarde pude comprobar, en la ciudad, como a mucha gente, familias enteras, parejas y grupos de amigos, les gustaba pasear al

atardecer, contemplando de reojo las últimas fragancias de la luz del día, pensativos, posiblemente recordando una existencia como simples mortales. Algo más hacia el sur, por Essauira, las costas siguen siendo espléndidas. Acantilados con playas dunares, grandes corrientes de agua y vegetación original. En algunos sitios hay acumuladas bolsas de plástico y otros desperdicios que deposita la marea, pero eso ahora no viene al caso. En esta ciudad y en otras del Saahel, los portugueses y españoles del siglo XV hicieron construir grandes fortalezas, cuando se estaba ampliando considerablemente el horizonte de lo conocido con la conquista de América. La mitología de aquella época cambió y surgió el Dorado. De camino hacia el este, a las montañas, pasamos por Marrakech. Antes de llegar, nos detuvimos por curiosidad entre unos árboles espinosos y compactos parecidos a olivos, pero que no lo eran. Los arganes (que de este árbol se trataba) daban un aceite excelente para protegerse del sol y para el cuidado de la piel y también ofrecían otro aceite comestible muy escaso y sublime, aunque para obtenerlo tuviera que comérselo antes un camello. Como el argán es único de esta región marroquí, nos gustó saber de su existencia y de su valiosa utilidad. Marrakech es un gran zoco, plano, casi desértico. Suponíamos que en su época más esplendorosa los bereberes bajaban de las montañas para intercambiar, vender o comprar mercancías y animales. Ahora, con el flujo del turismo, bajan de estas mismas montañas para trabajar temporalmente en los puestos de comida y artesanía. También hay cuentacuentos, niños boxeadores, músicos, hombres-medicina. Como no todo es mercado, y esto es un secreto, fuimos a ver un extenso palmeral, hoy un poco degradado y con casas de lujo a su alrededor. El

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taxista que nos llevó, nos dice que éramos los primeros turistas que le pedían este destino, pensamos que quizá el barrio populoso que había que atravesar para acceder al oasis, tuviera algo que ver con el escaso número de curiosos.

A medida que iba conociendo un poco más este país, más me

reafirmaba en que la Península Ibérica es más África que Europa. “La prisa mata” nos dijo alguien en algún lugar, serpenteando entre las callejuelas, pero ellos no saben que al paso de los días, voy más lento para todo. Viniendo de un lugar de la Alpujarra no me sorprendía lo cercana que algunas veces puede estar la montaña del mar: la nitidez de los cielos, de la bondad del agua, de las barranqueras prodigiosas, de los animales sigilosos, de la gente austera… Con una diferencia, remontarse en el tiempo muchos años atrás, con grandes bancales

(balates) de piedra, chorros de agua, nogales centenarios, aldeas colgadas de las paredes. Tierra roja de generaciones de alfareros, ganaderos y hor- telanos. Niños algo asustados con el visitante, sólo al principio, que corren, sonríen y juegan después. Los más mayores parecen cansados, posiblemente por el propio paso de la vida o por la inamovible oligarquía

56 falsamente democrática que dirige Marruecos, donde el rey no encarna a Dios en la tierra, pero casi.

El valle de Ourika, al margen de las cascadas, sigue siendo sor-

prendente. En algunas laderas había, antes o después, enebros, también llamado el árbol del incienso. Allí estaban, siempre verdes, aromáticos, duros, sin llamar mucho la atención. El incienso, creían los antiguos, conserva los cuerpos muertos y por eso llamaron a su resina “vida de cadáver”. Subiendo hacia Yebel Toubkal (yebel es montaña) de más de 4000 metros de altitud, grandes valles ariscos, casi verticales, de color

marrón azulado, como las perdices que revoloteaban por allí. En los alrededores de una estación de esquí llamada Oukaïmeden, extensos pastaderos temporales de rebaños (en árabe hierba se pronuncia has- heesh). Se encontraban cuevas y con suerte, algún grabado primitivo con algún que otro animal, un hombre esquematizado o una figura geométrica. Antes de dormir, cansado de tanto andar, observo que la noche es clara y que el cielo nocturno está tan limpio y estrellado que podía imaginarme todo lo que quisiera, embelesado, feliz, sin prisa, sólo respirando este aire fresco que me hacía vivir.

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0Escala
200km
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Marruecos
S

Cuaderno de un viaje por Marruecos

José Pastor

Ceuta, Tetuán, Oued-Laou

Los 14 kilómetros que separan y unen África con Europa, Marruecos con España, han sido escenario de idas y venidas, de sueños y fracasos, de huidas y reencuentros. Fenicios, romanos, árabes, moriscos expulsados, corsarios, aventureros e inmigrantes han surcado estos mares y en sus orillas han dejado huellas y recuerdos. Catorce kilómetros que se ven y se viven de forma distinta según desde donde se mire y donde se viva. Para los africanos estos 14 kilómetros son un abismo donde se juegan la vida persiguiendo el sueño de una vida mejor. Para los europeos es un trayecto en ferry de algo más de media hora persiguiendo el sueño de un mundo exótico y desconocido o de las posibilidades de nuevos mercados. No solemos encontrarnos en el camino. El mundo está mal repartido. Ceuta con su fuerte medieval y sus murallas de foso insalvable es española y marroquí. Española en sus banderas, iglesias y escaparates de neón. Marroquí en sus ojos oscuros, sus chilabas y sus mujeres con velo. También es tabernera; de cervezas, vino manzanilla, pescaíto frito y cante en la Peña Flamenca. Y anoche, noche de Champions League, futbolera. Acabo tomando unas copas con una pareja que vienen en bicicleta desde Sidi Ifni. Quieren ir se a vivir a algún lugar de la costa sur de Marruecos. Ella habla de una nueva vida, del mar, de la belleza

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de las mujeres, de los mercados de camellos, de los anocheceres en los

oasis. Él ha estudiado Económicas y habla de las posibilidades turísticas, de comprar casas en Sidi Ifni, de las ayudas de la Comunidad Europea. Ella es preciosa, él un tipo normal. Pero no hay nada que hacer. El mundo está mal repartido. Por la mañana deambulo por una luminosa, blanca y apacible Ceuta. Subo al monte Hacho y a la Ermita de San Antonio desde donde se puede ver el Peñón de Gibraltar. Vuelvo a bajar a la ciudad y en una terraza bebo cervezas y hojeo la “Descripción del África” de Juan León Africano. Hasan al-Wazzan, árabe nacido en la Granada musulmana, emigró a Fez después de la conquista de la ciudad por los reyes Fernando

e Isabel. Tras estudiar en la Universidad de Qarawiyin se hizo cargo del

manicomio de Fez. Más tarde se dedicó a viajar en misiones diplomáticas

y comerciales. En un viaje por Oriente fue raptado por corsarios sicilianos

que lo llevaron a Italia. Regalado al Papa León X este lo bautizó como Juan León y le encargó que describiera el África que había conocido. Su “Descripción del África” fue publicada en Venecia en 1550 convirtiéndose en un libro imprescindible para conocer aquella tierra desconocida. Hay otra “Descripción general de África” escrita por Mármol Carvajal entre

60 1573 y 1599 que también nos descubre ese continente desconocido y enigmático que era África para los europeos. Aún así la descripción de África con la que más disfruto es la de Ali Bey. Ali Bey es el nombre con que Domingo Francisco Jordi, nacido en Barcelona en 1767, realiza su viaje por África. De su infancia y adolescencia poco se conoce pero sí que a los 14 años fue designado administrador de utensilios de la costa de

Granada. Gran parte de su tiempo lo dedica al estudio y al aprendizaje de física, astronomía, botánica, meteorología y geografía. Traductor, ensayista e inventor, en 1801 presenta a Godoy el Plan de Viaje al África

con objetos políticos y científicos. Tras muchos avatares políticos y técnicos, se somete a la circuncisión y parte a su viaje por África haciéndose pasar por un musulmán “religioso, príncipe, doctor, sabio, cherif, peregrino”. Su viaje recoge descripciones, noticias históricas, notas etnológicas como la de la circuncisión de los niños o etnobotánicas como las que ofrece sobre el argán. La religión, las costumbres o la alimentación son otros de los aspectos que Ali Bey recoge en su viaje. “El alimento principal de los habitantes del reino de Marruecos es el alcuzcuz, pasta simplemente compuesta de harina con agua, la cual amasan hasta hacerla bastante dura; después la parten en pedazos cilíndricos del grosor del dedo, luego se reduce a granos adelgazando sucesivamente los pedacitos y partiéndolos muy diestramente con la mano. La pasta así dividida la dejan endurecer, exponiéndola sobre servilletas al sol, o simplemente al aire libre. Para cocer el alcuzcuz lo ponen con manteca en una especie de puchero, cuyo fondo está lleno de agujeritos; dicho puchero se coloca sobre otro mayor, en el cual los pobres no echan sino agua, pero las gentes acomodadas ponen carne y volatería. Puesto al fuego este doble puchero, el vapor que sube del inferior entra por los agujeros y cuece el alcuzcuz que hay encima. (……) Yo tengo este alimento por el mejor posible para el pueblo, porque a la ventaja de ser fácil de lograr y transportar, añade la de ser en extremo nutritivo, sano y agradable. Todo musulmán come con los dedos de la mano derecha y sin tenedor ni cuchillo, en razón a que el profeta comía así.”

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La frontera está a doce kilómetros de la ciudad de Ceuta. Tras hacer cola, enseñar papeles y documentos, me sellan el pasaporte, cambio dinero y me pongo en ruta. Pongo un cd de la Orchesta Nacional de

Barbés como banda sonora. Nada más llegar a Tetuán me adentro en la Medina. Amurallada, con arcos árabes y palacios escondidos, con minaretes y recodos, con puertas y plazoletas. Con calles laberínticas, tortuosas, incomprensibles, imposibles de descifrar con los cinco sentidos, ni con plano, ni con brújulas, ni con guía. Y todo el mundo en la calle como hormigas alrededor de su hormiguero antes de una tarde de lluvia. Y sus insistentes guías improvisados siguiéndome de cerca. Tras muchas vueltas y revueltas doy con unas tenerías que se creen que datan del siglo XV y con el museo etnográfico. En Tetuán encontraron refugio y tal vez consuelo los moros y los judíos expulsados de Al-Ándalus y con ellos la ciudad alcanzó un gran esplendor. Siglos más tarde la ciudad formó parte de eso que se llamó protectorado español. Así que es fácil encontrar huellas y aspectos andalusíes, sefardíes y españoles en edificios, palabras e historias. Un hombre ya tan mayor que no recuerda cuando nació me cuenta que luchó con las tropas de Franco en la guerra civil y que le prometieron una pensión de jubilación que nadie le ha dado. Dice que está cansado de pedirla y que en la guerra se hicieron muchas barbaridades de las que no gusta recordar. Tras dejar Tetuán, los paisajes agradables de colinas verdes y

62 mar azul iluminado contrastan con los pueblos costeros que parecen sin terminar, a la sombra, enfangados, tristes, grises. Me acerco hasta El-Jebha pero desando el camino y a la caída de la tarde llego hasta Oued-Laou. A estas horas están recogiendo las redes barrederas con la pesca del día, todo el pueblo ayuda. Encuentro alojamiento en una especie de albergue juvenil que regentan dos jóvenes marroquíes y consigo apalabrar una cena a base de pescado. Después del ajetreo de la

frontera y de Tetuán, la noche en Oued-Laou es apacible, tranquila, silenciosa. Tomo unos tés con hierbabuena en el café que hay enfrente

del albergue, donde la preparación del té y su ritual se convierten en todo un arte cotidiano. En el café solo hay hombres que siguen con atención una película india con subtítulos en árabe. Después de la cena aparece un hombre mayor con una botella de vino blanco y algo de kif. Me cuen- ta que trabajó años en Málaga, Barcelona y París, que hizo dinero pero no fue feliz. Dice que ahora aquí es más o menos feliz, que Oued-Laou es un buen sitio y que en verano es un lugar turístico que van descu- briendo españoles e italianos. Piensa que los marroquíes y los espa- ñoles tienen más parecidos que diferencias pero que nunca llegaremos

a ponernos de acuerdo, que a los gobiernos español y marroquí no les interesa. Me habla de Abd el Krim que luchó en los años veinte por

instaurar una república laica en el Rif pero que los gobiernos de España

y Francia se sintieron amenazados y pusieron todos sus medios militares, económicos y materiales para combatir a Abd el Krim y sus rebeldes rifeños. Veinte mil rifeños mal armados contra ochenta mil hombres respaldados por escuadrillas de aviación. Dieron guerra, pero numéri- camente apabullados los rifeños fueron derrotados y su líder deportado

a la isla de Reunión. La mecha de la rebeldía y de la independencia

estuvo prendida durante años pero ahora nadie se acuerda de Add el Krim y los rifeños. Me despierto temprano, todavía no ha salido el sol. Se oye el mar, las gaviotas, el rebuznar de los burros, el canto de los gallos. Me levanto, paseo por la playa, desayuno unos churros y un café con leche. Escucho y veo como Oued-Laou se va despertando. No hace mucho que ha salido el sol y ya todo está en movimiento, en pleno funcionamiento, a su ritmo.

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Chefchaouen y la montaña

De Oued-Laou a Chefchaouen (Chauen o Xauen) voy por la carretera que trepa siguiendo el río Laou. Todo son tonalidades suaves. Verdes de palmitos, olivos e higueras. Blancas de alminares y aldeas. Azules de un cielo donde se destacan las cumbres de las montañas del Rif. Rojizas en las paredes verticales que encajonan el río. Todo está cuidado con sumo esmero y cariño; campos, árboles, cultivos, acequias, mezquitas, aldeas. Me desvío a Talembote para ver sus cascadas. Abdelali se empeña en acompañarme a ver los saltos de agua. Siguen las tona- lidades suaves, el agua, el esmero en cuidar la tierra y lo que esta pueda ofrecer. De las cascadas volvemos al pueblo siguiendo una acequia excavada en la tierra. Abdelali quiere 100 dirhams por el paseo, le doy 30 pero consigue sacarme el periódico que compré en Ceuta, un bolígrafo y

64 un mapa de carreteras de España, es para la escuela dice. En Talembote en un modesto comedor con vistas al río y a la montaña como un ex- quisito tajiné de cordero. Estoy con un té y con el “Viaje de un andaluz por Marruecos” de Bernardino León Díaz cuando aparece Abdelali que trae un recado del maestro de escuela. En la modesta escuela me recibe un hombre de unos cuarenta años con unos ojos verdes de un brillo intenso. Hace traer unos tés con hierbabuena y me enseña la escuela.

Me recuerda a las antiguas escuelas españolas de los pueblos castellanos; austeras, sencillas y prácticas. Modestamente, casi sin pedirlo, quiere saber si pudiera ofrecerle cualquier tipo de material escolar, cualquier cosa vendría bien; lápices, libros, papel. Rebusco en la mochila y en la furgoneta y mi aportación a la escuela es: “El hilo de Penélope” de Fátima Mernissi, un diccionario español-árabe magrebí, tres bolígrafos

y dos libretas. A cambio el maestro me da las gracias efusivamente,

con el deseo de que Ala guíe mi viaje. Chefchaouen a orillas del río Lau y a la sombra de las montañas del Rif, es un pueblo blanco y azul. En su Medina, de fácil andar y fácil orientación, la Plaza Uta el Hamman constituye el centro neurálgico y el lugar de encuentro. La plaza con su araucaria, su kasbah, su gran mezquita y sus cafetines es un buen lugar para observar la forma de vivir de este pueblo. Por las mañanas deambulo por las calles azules de su Medina, entreteniéndome en los telares artesanales, en las plazas, en las tiendas, a las puertas de sus mezquitas. He descubierto un restaurante popular frecuentado principalmente por marroquíes y el fondak (fonda) Fchichou, el más grande de la medina y el único que sigue cumpliendo la finalidad para el que fue construido: hospedaje de comerciantes, establo para animales y lugar para el depósito de mercancías. La planta baja está destinada a los animales y mercancías, el primer piso para alojar a comerciantes y viajeros. En el jardín de la kasbah paso las horas más calurosas leyendo a la sombra. Al atardecer me acerco al manantial de Ras al-Ma´. Este manantial existía antes de la creación de la Medina de Chefchaouen y todavía hoy abastece de agua a

la ciudad, hace funcionar algunos molinos y da vida a los lavaderos donde

las mujeres van a hacer la colada y los jóvenes a jugar a enamorarse. Desde las cercanías del cementerio sale un camino que va trepando

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y trepando hasta que se convierte en un sendero que serpentea por la montaña. En la montaña te recibe un paisaje majestuoso y solitario, solo algunas mujeres cargadas con haces de leña, hombres arando y unos audares aislados, donde los niños juegan, las gallinas picotean la tierra y los corderos pacen a su aire. Sin electricidad, sin cristales en las ventanas, sin cerraduras en las puertas, sin antenas en los tejados, sólo lo mínimo imprescindible para sobrevivir; hornos de pan, pequeñas huertas, manan- tiales y algo de ganado. El último trecho antes de llegar a los bosques de pinsapo lo hago acompañado por Rachid. Rachid tiene 16 años y me ha enseñado su plantación de kif que cuando recoge y prepara, vende a los turistas de Chefchaouen. Al otro lado de estas montañas está el mar. Rachid nunca ha visto el mar. En la cumbre las nubes juguetean con la montaña, el aire es frío y cortante, aquí arriba, los pinsapos, duros, antiguos y mágicos son los dueños del cielo y de la tierra. Por la noche en la plaza Uta el Hamman tomo unos tés con hierbabuena con unos jóvenes españoles que están realizando un inventario de los recursos y potencialidades turísticas de la provincia de Chefchaouen. Han oído hablar en numerosas ocasiones de los bosques de pinsapos, del abies maroccana (la variedad marroquí de pinsapo), de los de cedros y abetos, que en la montaña se pueden ver macacos, del Parque Nacional de Talassemtane, pero nunca han subido a verlos, ni a disfrutarlos, ni a inventariarlos.

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macacos, del Parque Nacional de Talassemtane, pero nunca han subido a verlos, ni a disfrutarlos, ni

Fez y Marraquech

En Fez conviven varias Fez: Fez al-Bali (La Vieja Fez, siglo IX), Fez al-Yedid (Fez la Nueva, siglo XIII) y la Ville Nouvelle fundada por franceses. Fez-al Bali y su Medina es una ciudad dentro de una ciudad, un increíble arabesco de callejuelas, callejones sin salidas, patios interiores, mezquitas, puertas, barrios de curtidores, de tintoreros, de artesanos del bronce y de la plata, de carpinteros. Medersas, cementerios, hammanes, viviendas modestas, palacios, panaderías, fuentes, puestos de especies, de carne, de fruta,… y sus olores a especias, incienso, kif… y su gentío enloquecido, sus murmullos, sus ruidos, sus colores y la luz colándose suavemente por los toldos y telas. En tres días he destrozado el plano de Fez-al Balí y las suelas de mis babuchas. Creo que sabría llegar sin dar muchos rodeos a la mezquita de Moulai Idris, a la medersa Bou Inania, a la calle Talaa Kebira, al barrio de los tintoreros, al cafetín de Alí, a la inmensa mezquita de Qarawiyin, mezquita y biblioteca, a la mezquita de los Andaluces con su minarete verde y a la puerta de Bab Bou Jeloud. Esta vieja Fez tiene un belleza de ensueño que requiere paciencia y comprensión, si no, te devora. El viaje de Fez a Marraquech lo hago de noche escuchando a Lou Reed y fumando Magrit. Amaneciendo llego al paisaje rojo de

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Marraquech, con sus palmerales y sus retazos de murallas recibiéndome

a la entrada. Encuentro alojamiento económico en las cercanías de la

plaza de Yemá el Fna. Duermo entre desvelos impaciente por recorrer

la ciudad. Desde la plaza Yemá el Fna sale la peatonal rue Bab Agnaou

que desemboca en la avenida Houmman El Fetouaki. Al final de esta avenida se encuentra la puerta de Bab Berrina que nos deja en los

palacios y jardines de el-Badi. Recorro sus estancias, patios, jardines y miro a las cigüeñas que crían en las murallas que la rodean. Siguiendo

la muralla está la magnífica puerta Bad Agnaou para entrar en la kasbah.

Junto a la mezquita de la kasbah están las refinadas tumbas saadíes. Paseando por las callejuelas de la kasbah hay algún que otro palacio, alguna que otra mansión y más mezquitas. De vuelta a la plaza Yemá el Fna, callejeando, encuentro el Palacio de la Bahía, un hermoso laberinto de jardines sombreados, patios y fuentes. Por la noche, en la plaza de Yemá el Fna uno es espectador y

actor entre los juglares, los músicos, los saltimbanquis, los cómicos, los cuentacuentos, las tatuadoras, las echadoras de cartas, los santones y los buscavidas, los curanderos y los adivinadores, los encantadores de serpientes y los aguadores. De un corro a otro buscando la magia, la leyenda, a los escribanos, a la mujer que me contó que en un pueblo lejano, muy lejano, crece un árbol que recibe el nombre de madera de serpiente y que cualquier persona que lleve esta madera en su mano

o colgada al cuello nunca será atacada por serpiente alguna. Como unos

caracoles en un tenderete y vuelvo a la búsqueda de la magia. Y todo me parece un escenario, una farsa, una tragicomedia, un juego de manos,

una fiesta de pueblo, una trampa, una leyenda. Tras varios días callejeando por los zocos de la Medina he con- seguido situarme y que mi rostro y andares erráticos sean familiares

entre comerciantes, guías y buscavidas. Me gustan estos laberintos, sus talleres artesanales, los coloridos de los puestos de comida y especias, las pequeñas mezquitas y los cafetines. Cuando el bullicio de los zocos me agota busco la mezquita Koutoubia y sus jardines. Construida por los almohades a finales del siglo XII está coronada por un hermoso minarete que recuerda al de la Giralda de Sevilla y al de la Torre Hasán de Rabat. En sus amplios jardines buscan refugio, descanso y sosiego habitantes y turistas. Allí leo a Ali Bey. “En Marruecos se hacía antiguamente mucho uso del café; a todas horas del día lo tomaban como en Levante, pero habiendo los ingleses hecho regalos de té a los sultanes, ofrecieron éstos a sus cortesanos y pronto el uso de la bebida se extendió de unos a otros hasta las últimas clases de la sociedad, (…) El té se toma muy fuerte, raras veces con leche, y el azúcar se pone en la tetera”

clases de la sociedad, (…) El té se toma muy fuerte, raras veces con leche, y

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El Gran Atlas

Hoy he pasado el día en el valle de Ourika y en los bosques y cascadas de Setti-Fatma. De guías he tenido a casi todos los niños del pueblo. Atardeciendo he cogido la carretera que sube a Oukaïmeden. Una carretera poco transitada que me introduce en un paisaje de montaña con aldeas asomadas al río. Aldeas de colores terrosos y terraos planos, de eras, veredas, hornos y pozos. De hombres tan silenciosos como la montaña, de mujeres de hermosa piel brillante que lavan ropas multicolores en la orilla del río o cargan con haces de leña. De noche he llegado a Oukaïmeden; una aldea silenciosa, una enorme pradera y una laguna donde croan las ranas. Todo bajo la bóveda que forman el inmenso cielo iluminado de estrellas y las majestuosas montañas del Gran Atlas. El Club Alpino Francés es caro para mi presupuesto pero encuentro alojamiento en una casa marroquí. Ceno un tajín de cabra e innumerables tés. Antes de irme a dormir mi anfitrión despliega toda

70 su mercancía, amabilidad y pericia para venderme piedras semipreciosas, fósiles, fina bisutería o platos. Viendo mi negativa tozudez opta por el intercambio. Yo le doy una navaja suiza que no utilizo, él un gorro de lana que hizo su mujer. La montaña siempre me ha atraído. No es un paisaje fácil, más

bien es duro, difícil, imprevisible, caprichoso y aunque se deja querer a

primera vista enseguida te muestra sus aristas, enseguida te da la espalda (o se le da la espalda). La vida en ella se manifiesta en toda su dureza

y en toda su fragilidad, en toda su belleza y en todo su horror. Todo es

extremo; el calor y el frío, el verano y el invierno, la soledad, el odio,

la amistad, la vida, la muerte, el carácter de sus habitantes. Paisaje

y paisanaje se funden. Su gente es dura como las rocas, luchadora,

resignada, acostumbrada al olvido y al abandono, de pocas palabras, las justas. Plantas, animales y personas se adaptan y sobreviven. Me siento seducido por estos paisajes extremos; por la montaña, por el desierto, por las estepas, por las aldeas perdidas. Tanto en las montañas del Rif como en estas del Gran Atlas es donde encuentro el Marruecos que más agradezco y más disfruto. Alejado de las rutas turísticas y de la modernidad mal entendida todo es más cotidiano, más real, más vital, menos pendiente del futuro, más realista, más humano, más del día a día. En Oukaïmeden he paseado por las cumbres de las altas montañas, he buscado pinturas rupestres, he aprendido de una niña beréber las plantas que se pueden comer y las que curan. He disfrutado del cielo lleno de estrellas, del sol reflejándose en la laguna, de un paseo en burra y de la conversación con un joven vendedor de fósiles que me convenció de la necesidad de una compañera de viajes.

y de la conversación con un joven vendedor de fósiles que me convenció de la necesidad

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El camino y Essaouira

Para llegare a Essaouira elijo carreteras secundarias. Pasando el pueblo de Amizmiz la furgoneta dice basta. El primer coche que pasa se detiene, bajan cinco hombres y se ponen a hurgar en el motor, a hacer aspavientos y a hablar entre ellos. En menos de un cuarto de hora numerosos curiosos se han agolpado alrededor de la furgoneta, hablan, ríen, miran el motor y le dan golpecillos con los dedos. No se de dónde ha salido tanta gente. Todos opinan, todos toquetean, todos hablan a la vez. Un hombre de unos cuarenta años, con la cabeza rapada y el rostro poblado de una espesa barba llega gritando por la carretera, se hace paso a empujones y se pone a mirar el motor. Necesita no se qué herramientas. Un joven se ofrece para acercarse al pueblo más cercano y traer esas herramientas. Y sigue llegando más gente. De un taxi bajan ocho personas, dos de ellas se ponen a vender sus abalorios. Cuando el joven vuelve con las herramientas todos tienen algo que opinar. El mecánico improvisado coge las herramientas y se pone manos a la obra
72 entre los gritos de ánimo de la concurrencia. Al rato pide algo, muchos de los curiosos se van a sus coches a buscar ese algo, volviendo con trozos de alambres y papel de lija. En cinco minutos hace el apaño y la furgoneta vuelve a funcionar. La gente lanza un grito de alegría. Ahora

hay que acordar el precio. El hombre pide 500 dirhams, me parece una exageración. De nuevo todo el mundo tiene su opinión. Durante un buen cuarto de hora, todos discutimos, regateamos, nos llevamos las manos a la cabeza, nos convidamos a fumar. No entiendo nada. El precio baja a los 200 dirhams y todos, el mecánico, el público y yo, nos damos por satisfechos. Sin embargo, el joven que ha ido por las herramientas también quiere su parte, para él y para el dueño de las herramientas. Nuevamente el regateo, los aspavientos, los consejos de los demás. Al final consigue 60 dirhams y un paquete de tabaco. Ahora sí que todos quedamos satisfechos y cada uno sigue su camino. Nos despedimos haciendo sonar los claxones.

Essaouira fue fundada en el siglo XVI por los portugueses y las fortificaciones que la rodean constituyen una hermosa y equilibrada mezcla de arquitectura portuguesa y beréber. Desde estas fortificaciones se ven hermosos atardeceres frente a un mar rompiente de olas y reflejos. A lo lejos la silueta de una isla con nombre evocador: Mogador. El nombre de Essaouira parece venir de as-Sawira, que significa pequeño cuadrado, ya que el plano de la ciudad (trazado por un ingenie- ro francés) forma casi un cuadrado con dos grandes avenidas que la atraviesan oblicuamente y se cruzan en perpendicular, dándole a la ciudad un aire totalmente distinto al del resto de las urbes marroquíes que he visitado. Murallas adentro, Essaouira todo es luz, encanto, tranquilidad. Puertas pintadas de azul índico, plazas donde sentarse a tomar té, soportales, patios con árboles milenarios, mercancías expuestas en la calle, palmeras, zocos agradables, gente sin prisa, artesanos tra- bajando con una cadencia decidida. Y el mercado de pescado donde todos los días compro una docena de peces variados de los que desconozco

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el nombre y que en la parte alta del mercado me lo preparan a la brasa. Allí como entre familias marroquíes, siempre numerosas, comerciantes o grupos de amigos. Fuera de las murallas; el puerto pesquero con sus barcos, pescadores, paseantes y gaviotas revoltosas. Y la gran extensión de playas que llega hasta las dunas de Cap Slim donde Jimi Hendrix buscó inspiración y ritmos orientales para su guitarra.

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De Essaouira a Tánger

He llegado a las lagunas de Moulay Bousselham tras dos días de furgoneta bordeando la costa atlántica. Hasta Casablanca por carreteras comarcales desde donde se ven playas solitarias y pueblos pequeños. Pueblos que miran al mar; puertas, ventanas, caminos, lugares de descanso, miran al mar. Entre Casablanca y Rabat, ya por la autovía, los pueblos y ciudades dan la espalda al mar, miran a la carretera. Me detengo en Moulay Bousselham atraído por sus lagunas marinas y los vuelos rosados de los flamencos. El pueblo parece estar de fiesta, todo el mundo en la calle paseando de arriba a abajo, o en las playas jugando al fútbol, o en los bares y restaurantes comiendo o bebiendo té con hierbabuena. Todos bulliciosos, haciendo palmas, saltando, bailando, riendo, pero no están de fiesta, sólo es viernes por la tarde. El sábado en las playas de Moulay Bousselham me baño y tomo el sol. Y en la laguna que es Reserva Natural de aves, paseo viendo flamencos, gaviotas, limícolas, patos y garzas. Confundo a unos yonquis con un grupo de ornitólogos y ellos a mí con un español borracho. Juntos vemos a los flamencos y a una pareja de aguiluchos laguneros, cuando el almuédano llama al rezo todos se postran y rezan. Pasando Larache, en un montículo que domina el estuario del

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Loukkos, se encuentra las ruinas romanas de Lixus. Antes de los romanos

ya la habitaron pueblos megalíticos, fenicios y cartagineses. Los romanos la ocuparon en el 42 después de Cristo y se dedicaron a la exportación de sal, aceitunas y garum (crema de anchoas). Las ruinas muestran mosaicos, anfiteatros, baños y murallas. Desde estas ruinas se tiene una expléndida visión de unas salinas de color rosa, de un estuario abierto

y de Larache. De Larache a Asilah en el paisaje predominan los palmitos, los pinos piñoneros, los alcornoques, los eucaliptos, las plantaciones de

fresas y los pastos verdes. Asilah, ciudadela de impresionantes murallas portuguesas al borde del mar, es un pueblo de rojo atardeceres junto al cementerio. Un pueblo que huele a dulces de almendra y miel a la amanecida, un pueblo con el más sabroso té verde (azucarado, con hierbabuena y artemisa) del norte de Marruecos, un pueblo que sale a

la calle a últimas horas del día, un pueblo de partidas de parchís y cartas al

anochecer. Alquilo una casa junto al palacio de Raissouli y me dedico a pasear, a leer “The Alleys of Marrakeck” de Peter Mayne, a poner en orden las notas de mi cuaderno de viajes y en marcar en el mapa que me ha acompañado en este viaje los lugares que he conocido. Y los que me quedan por conocer: las kasbahs de el valle del Dra, las dunas y oasis del Sáhara, los palmerales del valle del Ziz, la garganta del Todra, las grutas del Monte Tazzeka… El jueves me acerco a un mercado extramuros donde en un descampado encharcado y embarrado se venden y compran calabacines, berenjenas, zanahorias, aceitunas, hierbas, especias, piedras de talco, sal gorda, ropa, gallinas, corderos.

76 Un mercado donde predominan la gente que ha bajado de las montañas, las mujeres con sombreros de borlas, los borricos, los charcos y la subsistencia.

Tánger, puerto mercantil, estratégico y fronterizo es la llave de entrada a Marruecos. Fenicios, griegos, romanos, árabes, beréberes, fatimíes tunecinos, almorávides, almohades, portugueses, españoles, ingleses, franceses y marroquíes se la han disputado durante siglos y siglos. Todavía en el siglo XX seguía esa disputa. En 1923 una solución más o menos consensuada declaro Tánger “zona internacional”. A partir de ese momento, Tánger es tierra de todos y tierra de nadie, y acabará convirtiéndose en patio de recreo, centro de reunión y lugar de excursión para americanos y europeos acomodados. Escritores (Paul y Jane Bowles, Truman Capote, Tennesse Williams), pintores, músicos, exiliados reales e imaginarios, vividores y soñadores se dejaron atrapar por la vida y la noche de Tánger. Hoy en día la ciudad (devuelta a los marroquíes unos años antes de la independencia del reino de Marruecos) es una torre de babel donde todos hacen por entenderse. Tiene algo de decadencia melancólica y un mucho de decrepitud amarga. La recorro dedicando unos días a los edificios abandonados, otro a las librerías y museos, una tarde a la necrópolis, otra a la gruta de Hércules y un par de noches a los cafés, tabernas y restaurantes. Y leo novelas donde Tánger es un personaje más de la trama. Paul Bowles, Mohamed Choukri, Mohamed Mrabet, “La vida perra de Juanita Narboni” de Ángel Vázquez. Cada autor ve y vive un Tánger distinto. A Paul Bowles le debemos el descubrimiento de Tánger para los ojos occidentales y que esta se convierta en una ciudad literaria donde muchos escritores peregrinaron para descubrir la ciudad y conversar con el maestro. Pero Tánger es compleja y no sólo tiene una forma de vivirla. Donde Bowles ve una ciudad poética, exótica y bucólica, Mohamed Choukri ve un Tánger difícil, sucio, de supervivencia. Mohamed Chukri nació en 1935 en un pueblo del Rif, a los siete años huyendo de la

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pobreza toda la familia se traslada a Tánger. Su adolescencia transcurre en las calles de Tetuán, Tánger y Oran. A los 20 años todavía sin saber leer y escribir marcha a Larache a estudiar y allí entra en contacto con la literatura. Paul Bowles lo descubrió para el público inglés y francés traduciendo su obra. “El pan desnudo” es un relato autobiográfico de

su infancia y adolescencia. Su escritura, directa, anárquica, vital, dolida, es como una parte de la propia Tánger. “¡El extraño aire cálido de Tánger con sus bolsas de frescura aun bajo el ardiente sol! Un día, el aire es cristalino, de modo que los montes

de España resaltan como si estuvieran del otro lado de la calle; al día

siguiente, parece un gas luminoso, y ni siquiera los barcos de carga que

están en el puerto pueden distinguirse claramente a causa de la luz blanca y deslumbrante. Y el viento está presente —ech cherqi—, el imposible levante que sopla del Mediterráneo y pasa entre las Columnas de Hércules con la fuerza de un vendaval, y que puede seguir soplando día tras día sin descanso” (Paul Bowles). “En Tánger no vi las montañas de pan que me había prometido

mi madre. También había hambre en este paraíso, pero era menos mortal

que en el Rif. Cuando no podía con el hambre, salía al barrio Aïn Ktewat

en busca de restos de comida en las basuras. Había otro chico haciendo

lo mismo. Iba descalzo, los vestidos rotos. Tenía granos en la cabeza y

en las manos. Me dijo: Las basuras de la ciudad son mejores que las de

nuestro barrio. Lo que tiran los cristianos suele ser mucho mejor que lo que tiran los musulmanes” (Mohamed Chukri).

El microcosmo que es Tánger vivido y narrado según quien lo 78 mire, como lo mire y desde donde lo mire. El New York de Lou Reed no

es el mismo que el de Woody Allen, el París de Paul Smaïl no es el de Houellebecq, la Cuba de Pedro Juan Gutiérrez no tiene nada que ver con la de Zoe Valdés. Es un Marruecos el del limpiabotas y otro Marruecos el del dueño de las botas. Es un paisaje el del campesino que ara la tierra y otro el del fotógrafo que fotografía al campesino que ara la tierra. Nuevamente todo depende de los puntos de vista. Y del dinero. Y de dónde hayas nacido y de lo que has leído y dónde has dormido (y cómo y con quién) y de si has comido o no y de si vas andando o en coche y de la suerte… Mi última tarde en Tánger es lluviosa y busco calor y refugio en la habitación de la pensión. Tumbado en la cama fumo kif y escucho los sonidos de la ciudad; claxones, conversaciones, las llamadas del almuédano, el reclamo de las gaviotas, la casera cantando. Mañana abandonaré este país contradictorio, de claroscuros, de aristas, de ambivalencias muy marcadas. No sólo es que sea a la vez tierna y salvaje, soñadora y realista, somnolienta y despierta, exuberante y desértica, de nieves perpetuas y de sol abrasador. No sólo es que el bullicio de los zocos contraste con el silencio de las mezquitas, o que la crueldad de su pobreza y abandono se suavice en una conversación a la puerta de una panadería, o que la prosperidad y modernización que busca Marruecos se funda en su apego a sus costumbres, tradiciones y formas de vida. Es algo más, algo atípico, temperamental y atemporal. No es fácil de definir, no es fácil de entender. Es como una nebulosa, como el kif, como un espejismo que se te escapa de las manos, como una fotografía en blanco y negro, amarillenta, algo borrosa, algo movida, como un sueño en que se entremezclan realidades y esperanzas.

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Esta edición se acabó de imprimir en verano 2009 en los talleres de Gráficas La Paz, Torredonjimeno, Jaén