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UNIVERSIDAD NACIONAL DE INGENIERIA

Facultad de Ingeniería Geológica, Minera y Metalúrgica

ÉTICA Y FILOSOFÍA POLÍTICA


Sesión 2: LA MORAL Y LA MORALIDAD

Docente: Mg. David Pizarro

Lima, 18 de junio de 2018


Todos adoptamos una determinada concepción moral, y con ella
«funcionamos», con ella juzgamos lo que hacen los demás y lo que
hacemos nosotros mismos, por ella a veces nos sentimos orgullosos de
nuestras acciones y a veces pesarosos.

Todas las concepciones morales contienen algunos elementos


(mandatos, prohibiciones, permisos, pautas de conducta) que pueden
entrar a contradicción con otras concepciones morales.
Distintos modos de comprender lo moral

a. La moralidad es el ámbito de la vida buena, de la vida feliz.


b. La moralidad es el ajustamiento a normas específicamente
humanas.
c. La moralidad es la aptitud para la solución pacifica de conflictos.
d. La moralidad es la asunción de las virtudes propias de la
comunicad a la que uno pertenece, así como la aptitud para ser
solidario con los miembros de tal comunidad (comunitarismo).
e. La moralidad es la asunción de unos principios universales que
nos permite evaluar críticamente las concepciones morales ajenas
y también de la propia comunidad.
a. La moralidad como adquisición de las virtudes que conducen a la
felicidad.

Entre los filósofos de la antigua Grecia lo moral se concibe como la


búsqueda de la felicidad o de la vida buena. Ser moral es sinónimo
de aplicar el intelecto a la tarea de descubrir y escoger en cada
momento los medios más oportunos para alcanzar una vida plena,
feliz, globalmente satisfactoria. En este sentido, la base para
conducirse moralmente es una correcta deliberación, es decir, un uso
adecuado de la racionalidad, entendida aquí como racionalidad
prudencial.
b. La moralidad del carácter individual: una capacidad para
enfrentar la vida sin «desmoralización»

Entre las éticas que entienden la felicidad como autorrealización


merece destacarse una tradición hispánica que comenzó con la obra
de Ortega y Gasset y que ha sido continuada por Aranguren. Esta
ética insiste en la formación del carácter individual, de tal modo que
el desarrollo personal permita a cada cual enfrentar los retos de la
vida con un estado de animo potente: se trata de tener la moral alta,
lpo contrario a sentirse desmoralizado.
Para ello es preciso tener claras las metas que uno desea alcanzar a lo
largo de la vida y poseer un cierto grado de confianza en la propia
capacidad para alcanzar dichas metas. Dicho de otro modo: para
estar en «buena forma moral» es imprescindible contar con algún
proyecto vital de autorrealización y con una buena dosis de
autoestima. En este sentido, está es una ética que no sólo valora el
altruismo como valor moral, sino también la necesaria atención a esa
razonable confianza en uno mismo y en el valor de los propios
proyectos que resulta imprescindible para llevarlos adelante con altura
humana.
Esta explicación de la moral centrada en la formación o
construcción del carácter que tiene por referente en primer lugar al
individuo, que es primariamente el agente de la moralidad. Pero es
aplicable también a las sociedades, porque una sociedad puede
estar alta de moral o desmoralizada, puede tener arrestos para
enfrentar con altura humana los retos vitales o carecer
prácticamente de ellas, puede tener proyectos de autorrealización
y alta autoestima colectiva o puede estar «en baja forma moral»
c. La moralidad del deber. La moral como cumplimento de deberes
hacia lo que es el fin en si mismo

Ya en la antigüedad los estoicos situaron el concepto de «ley


natural» como centro de la experiencia moral, entendían que la
moralidad consiste básicamente en un ajusticiamiento de la propia
intención y de la propia conducta a los dictados universales de la
razón, concebidos por ellos como una igual capacidad que la
naturaleza ha proporcionado a todos los hombres para que
alcancemos el objetivo que ella misma tiene previsto para nosotros.
En la ética medieval se produce un progresivo refuerzo de esa
categoría de «ley natural", de tal modo que va cobrando cada vez
mayor relevancia una nueva visión de la moralidad –centrada en la
noción del deber- que tiene su más acabada expresión en la ética
kantiana. Frente a las concepciones anteriores, la moralidad del
deber explica que, efectivamente, los hombres tienden por
naturaleza a la felicidad, pero que esta es una dimensión en la que
se asemejan a los restantes seres naturales: la felicidad es un fin
natural no puesto por el hombre
Sin embargo, una adecuada explicación de la moralidad , a juicio
de Kant, tendría que superar ese «naturalismo», porque es necesario
justificar de algún modo el hecho de que nuestra razón nos obliga a
practicar con cualquier ser humano, incluso con uno mismo. Es preciso
explicar por qué los preceptos morales que orientan nuestras vidas
no autorizan a dañar a los seres humanos aun cuando estuviéramos
seguros de que tales daños nos acarrearían una mayor felicidad. La
respuesta la encuentra Kant en que la existencia misma de la
moralidad permite suponer que los humanos somos seres que estamos
situados más allá de la ley del precio. Si el hombre es aquel ser que
tiene dignidad y no precio, ello se debe a que es capaz de
sustraerse al orden natural, es auto legislador, autónomo. Lo cual
implica que su mayor grandeza reside en actuar según la ley que se
impone a si mismo
d. La moralidad como aptitud para la solución pacifica de conflictos

Esta nueva forma de entender la moral se abre paso en los países


democráticos de Occidente a partir de las reflexiones de G.H. Mead
en las primeras décadas del siglo XX. Se caracteriza, en principio,
por concebir la moralidad como una cuestión en la que ha de primar
la reflexión acerca del ámbito social, frente a los enfoques que
centran la moral en lo individual; la moralidad es un problema que
pertenece más a la filosofía política que a cualquier otra disciplina
filosófica.
La novedad consistiría en situar el ámbito moral preferentemente en
el de la solución de conflictos de acción, sea a nivel individual, sea
nivel colectivo. Tal solución exige la realización de los hombres como
tales, y precisamente a través de su racionalidad. Pero una
racionalidad que no se muestra ya en el hecho de que los hombres se
den a sí mismos leyes propias, sino en la disponibilidad para
decidirlas, para justificarlas a través del dialogo.
e. La moralidad como práctica solidaria de las virtudes comunitarias
En estos últimos años del siglo XX ha cobrado cierto prestigio la corriente filosófica
comunitarista, que propone entender la moralidad como una cuestión de
identificación de cada individuo con su propia comunidad concreta, aquella en la
que nace y en la que se educa hasta llegar a convertirse en adulto. Esta corriente
nace como reacción frente al individualismo moderno, un individualismo insolidario
y consumista que ha convertí a las sociedades modernas en gigantescos agregados
de personas aisladas (atomismo) y alienadas por una cultura de masas
(incomunicación, dictaduras de las modas, superficialidad, frivolidad, etc.) para
combatir estas lacras, los comunitarias empiezan por subrayar el papel moral
irrenunciable que siempre ha correspondido a la comunidad en la formación de las
personas: un ser humano solo llega a madurar como tal cuando se identifica con
una comunidad concreta (una familia, una vecindad, un colectivo profesional, una
ciudad, una nación), porque solo puede adquirir su personalidad por la
pertenencia a ella, y solo si desarrolla aquellas virtudes que la comunidad exige,
virtudes que constituyen la visión que la comunidad tiene respecto a las excelencias
humanas.
e. La moralidad como práctica solidaria de las virtudes comunitarias
En estos últimos años del siglo XX ha cobrado cierto prestigio la corriente filosófica
comunitarista, que propone entender la moralidad como una cuestión de
identificación de cada individuo con su propia comunidad concreta, aquella en la
que nace y en la que se educa hasta llegar a convertirse en adulto. Esta corriente
nace como reacción frente al individualismo moderno, un individualismo insolidario
y consumista que ha convertí a las sociedades modernas en gigantescos agregados
de personas aisladas (atomismo) y alienadas por una cultura de masas
(incomunicación, dictaduras de las modas, superficialidad, frivolidad, etc.) para
combatir estas lacras, los comunitarias empiezan por subrayar el papel moral
irrenunciable que siempre ha correspondido a la comunidad en la formación de las
personas: un ser humano solo llega a madurar como tal cuando se identifica con
una comunidad concreta (una familia, una vecindad, un colectivo profesional, una
ciudad, una nación), porque solo puede adquirir su personalidad por la
pertenencia a ella, y solo si desarrolla aquellas virtudes que la comunidad exige,
virtudes que constituyen la visión que la comunidad tiene respecto a las excelencias
humanas.
f. La moralidad como cumplimento de principios universales
Las éticas que asumen los descubrimientos de Kohlberg (éticas que
podemos llamar «universalistas») intentan dar razón de la existencia
de ese nivel post convencional de la conciencia moral, y por ello se
niegan a reducir la moralidad a la mera constatación de lo que se
considera bueno y correcto en las distintas tradiciones de las
comunidades concretas.
Bibliografía

 Cortina, A. y Martínez, E. Ética (): La ética como filosofía moral, Capítulo II, págs.: 29-40.