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C 9 Lecciones para enfrentar la
Arquitectura tras salir de la
H

universidad
De esto ya hemos hablado. Preparas tu proyecto de título (o proyecto final de carrera) por largo
tiempo. Sueñas mil veces con la presentación, con el jurado, con tu proyecto, con tu maqueta, con tu
memoria, con tus palabras. Avanzas, pero crees que te irá pésimo. Luego sientes que no, que será
un éxito y todo valdrá la pena. Y luego todo se repite y tienes ganas de bajarte del tren. Que esto es
una montaña rusa y no sabes cuándo terminará todo.
Hasta que llega el día. Presentas tu proyecto. Explicas tus ideas. La comisión te hace preguntas. Tú
respondes. Te das cuenta que sabes más de lo que creías y que ninguno de tus constantes sueños
durante el último año no estuvieron ni cerca de aproximarse a lo que realmente pasó en el examen.
El Jurado murmura. Termina la presentación y te piden que salgas un rato. Afuera esperas una
eternidad, minutos que se arrastran lentamente. Pasa, por favor. La comisión declama una pequeña
introducción y no puedes deducir si te fue bien o mal. La comisión va al grano. ¡Pasaste!
Felicitaciones, eres un nuevo colega y todos te felicitan por tu logro. La alegría te invade a pesar del
cansancio que vienes arrastrando. La adrenalina baja. Pasa semanas o meses para tomarte el
descanso muy merecido. Comienzas a preguntarte: ¿y ahora qué?
La universidad -esa institución que te forma como profesional (quizás más de lo que quisieras)- te
entrega el diploma y ahora enfrentas al mundo laboral por primera vez (si es que nunca antes
trabajaste). Antes de salir y definir tus propias mediciones de éxito personal (el éxito ya no se mide
en evaluaciones académicas), te compartimos 9 lecciones para enfrentar el mundo ahora que eres
arquitecta o arquitecto.
1. La universidad forma competencias, no un empleo
Partamos por la primera lección: la universidad sigue siendo un símbolo de ascenso social. Muchos
somos los primeros arquitectos, o incluso, los primeros universitarios de nuestras familias y ser
profesional es una receta segura, según lo que estudies, para conseguir un buen empleo,
estabilidad económica y todo eso. Si estudiar arquitectura no te nació como un ardor en el pecho o
una misión en tu vida, es probable que esta variable fue más relevante, una idea reforzada por los
medios de prensa, al publicar constantemente los rankings sobre las carreras mejor pagadas.
Sin embargo, es un error creer que estudiar arquitectura te entrega un empleo. Un error que no
ves cuando sales al mercado laboral -si es que nunca trabajaste antes- y te das cuenta que tus
primeros trabajos no son como lo esperabas en la universidad, o lo que cree la sociedad sobre lo
que es arquitecto.
En cambio, si entendemos que la universidad forma competencias (revisa el perfil de egreso de tu
universidad), podrás visualizar cuáles son tus ventajas, y cómo aplicarlas en lo que ejerces. Una
lección que va de la mano con el siguiente punto.
2. No todos van a diseñar
Durante la carrera todos los cursos orbitan en torno al taller. Por defecto, nuestro valor como
arquitectos está en la medida que diseñemos objetos. De hecho, los primeros cincuenta referentes
arquitectónicos que se te vengan en la mente serán diseñadores. La supuesta pluralidad de la formación
es falsa: todos pueden dedicarse a lo quieran, siempre y cuando sea lo mismo. La misma etapa final de la
carrera es un embudo: da lo mismo lo que hiciste durante la carrera, queremos que seas capaz de
diseñar algo, aunque sea una caja.
Este momento es particularmente complejo para aquellos interesados en el landscape (en España los
arquitectos paisajistas ni siquiera pueden firmar sus propios proyectos), el urbanismo, la teoría, la
construcción, la administración, la enseñanza y todo lo demás que no sea diseño puro y duro.
Tengo amigos con gran interés y conocimiento en el urbanismo que chocaron contra el proyecto de título.
Les pedían la "caja" para titularse. La comisión no valoraba "esos planos de colores". Mis amigos
creyeron que jamás saldrían, pero una vez que saltaron la valla del proyecto de título, su voluntad y
perseverancia (y claro, el mercado laboral) dijeron otra cosa.
3. Aprender a discutir, tranzar y negociar

Mark Wigley, ex decano de GASPP, dice que la arquitectura es "99% esconder y un 1% mostrar". Si
no les hace sentido estas palabras, volvamos al proyecto de taller: cada diseño de arquitectura
comienza con infinitas potenciales capas de información y variables que dependerán de
ti esconderlas o mostrarlas: normativa, especialidades técnicas, presupuesto, plazos,
sustentabilidad, administración, construcción, y lo más importante: un mandante. Sí, alguien que
pague y que, con justa razón, también opine. Porque lo hará. Dalo por hecho.
El ejercicio universitario pone énfasis en el diseño, pues te ayuda a desarrollar las capacidades
técnicas de las que hablamos al comienzo. Sin embargo, en el mundo real también deberás discutir,
tranzar y negociar con tu contraparte. No existe el profesor, pero sí un mandante, especialistas y
contratistas. No esperes que todo el mundo te trate como una luminaria, pues el resto de los
participantes se sienten igual de importantes y con algo relevante que decir y defender.
4. Aprender a trabajar en equipo

Sí, aprendiste a trabajar en equipo en la universidad, aunque muchas veces tu equipo se


dividió el trabajo como se tratara del ensamblaje de un automóvil en una planta industrial.
Cuando llega el día de la entrega, se juntan antes y lo intentan armar mecánicamente.
No, el trabajar en equipo es más que eso y al igual que en el punto anterior, implicar aprender a
discutir. Además, en el mercado laboral hay jerarquías corporativas y especialidades. La opinión
de algunos pesará más que otros (claro, es tu jefe), pero no tengas miedo de exponer tu
postura, defenderla y escuchar la del resto.
5. Hablar con claridad. Sin poesía. Por
favor.
El lenguaje arquitectónico es especial. No es especial únicamente por los conceptos técnicos que adoptaste,
sino también por esos adverbios, sustantivos y verbos aparentemente profundos y conmovedores, pero
carentes de todo significado. ¿Por qué los usamos? Pues fueron validadas por tus profesores y las memorias
de arquitectura. No obstante, ante los ojos de la sociedad es una de las razones por las cuales no toman en
serio nuestra profesión. Hablamos raro.
Una cosa es hablar raro. Otra cosa es contar con un lenguaje rico, amplio y complejo. Y otro muy distinta, es
decir nada. ¿Ejemplos? Atribuirle propiedades antropomórficas a tu proyecto, como si se tratara de un
pokémon, es totalmente antojadizo. Sí, es una lectura subjetiva y personal sobre tu encargo, pero no es clara, ni
directa ni convincente. Puedes decirlo de otra forma.
No esperes que alguien entienda que una obra "quiso posarse sobre la loma para contemplar la sociedad", o
que su concepto es "un dinamismo circunstancial del retraimiento urbano". No dices nada. De esto ya hablamos
hace un tiempo y presentamos una selección de 150 palabras manoseadas por los arquitectos. ¿Consejo?
Guardar la lista en alguna parte y esforzarse en eliminarlas o reemplazarlas.
6. No, la tabla oficial de honorarios no sirve
No te frustres al ver que la tabla oficial de honorarios para arquitectos no se ajusta a tu propia experiencia.
No te descargues contra el Colegio de Arquitectos o los mandantes. Hay dos respuestas, una corta y una
larga.
Vamos con la respuesta corta: esto escapa a la arquitectura, pues en un mercado de oferta y demanda, la
sobreoferta de arquitectos vuelve más barato la mano de obra.

7. Auto promocionarse. No basta con tener las ideas.


Alguna vez lo fueron Le Corbusier y Mies van der Rohe. Ahora lo es Bjarke Ingels. Más allá de si nos gustan o no,
los arquitectos más reconocidos son también aquellos que más se autopromocionan. En vez de esperar
mandantes, ellos ofrecieron propuestas. Establecieron puentes con otras disciplinas. Rechazaron el status quo de
la disciplina y lo replantearon. Lo hicieron a su manera. Publicaron, expusieron y debatieron. Estaban convencidos
de sus principios y pujaron por materializarlos.
Consejo: no basta con tener las mejores ideas si no eres capaz de transmitirlas. Si nuestra disciplina es un
aporte a la sociedad y nosotros estamos convencidos de que podemos contribuir, entonces debes ser capaz de
comunicarlo. No esperes que, después de un silencioso trabajo durante décadas, lleguen a tu puerta y te
entreguen el Pritzker (o el premio que más valores).
Las mejores ideas (y las más fuertes) se contagian, se difunden, se discuten, se reformulan, se expanden y se
contraponen.
8. La historia de la arquitectura es una construcción social (o "¿Por qué no
conocemos tantas arquitectas destacadas?")

Soy de la idea que la historia es una construcción social. Su construcción es el relato de personas que la
escriben, escuelas que la influencian e instituciones que la validan. En el caso de la arquitectura, es
bastante evidente: ¿no nos parece raro el escaso reconocimiento de la mujer en nuestra disciplina? Los
casos de injusticias son numerosos y progresivamente, por suerte, está quedando en evidencia ese
machismo de la disciplina en el siglo XX. Esa visión de la arquitectura que luego fue transmitida a
generaciones de estudiantes. Asimismo, la pregunta también corre para hablar de minorías étnicas. Y
solo estamos hablando de la historia, pues la brecha salarial sigue siendo escandalosa.
La marginación de Scott Brown en la adjudicación del Pritzker 1991 a su marido, Robert Venturi. O el
constante enjuiciamiento a Zaha Hadid, incluso cuando ya estaba en el firmamento de los starchitects. Y
en el día a día de miles de arquitectas, la injusticia no conoce de barreras culturales ni económicas,
como los 19 casos rescatados por el New York Times sobre desigualdad cotidiana.
¿Cuántas mujeres han ganado individualmente el Pritzker? 1, Zaha. ¿Cuántos latinos? 4 ¿Y africanos? 0.
¿No existen arquitectos de tal envergadura o son invisibilizados? En fin, la arquitectura (y su historia) es
una lectura, es un construcción asumida como la versión oficial y que luego nos enseñaron a nosotros.
Evitemos repetirlo. Es hora de confrontarlas, expandirlas, complejizarlas y diversificarlas.
9. No sabes nada, pero todo se aprende en el
camino.
Salimos de la universidad creyendo que no sabemos nada. Fuimos a un tenedor libre y escogimos
de todo un poco, pero al final de la cena no estás satisfecho. Esta es una de las principales
frustraciones al titularnos y nos inhibe de postular a nuevos trabajos y cargos, o bien, de probar
nuevos caminos.
No te preocupes, pues todo se aprende en el camino. ¿No sabes completar el informe municipal?
De seguro tienes un profesor o un amigo que ya lo sabe, contáctalos. ¿No sabes cómo se realiza
una fundación en terreno húmedo? Investiga, consulta a alguien, revisa planos antiguos, pregúntale
a alguien que ya lleve tiempo trabajando. Siempre hay alguien que ya lo ha hecho. No es el fin del
mundo.
Es cosa de intentar, fallar, probar y que resulte.

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